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 Lo que contamina la vida social

Se reunieron ante Jesús los fariseos y algunos de los escribas que habían venido de Jerusalén y como vieron que algunos de sus discípulos estaban comiendo sus panes con las manos impuras, es decir, sin lavar (pues los fariseos y todos los judíos, si no se lavan las manos hasta la muñeca, no comen, porque se aferran a la tradición de los ancianos. Cuando vuelven del mercado, si no se lavan, no comen. Y hay muchas otras cosas que aceptaron para guardar, como los lavamientos de las copas, de los jarros y de los utensilios de bronce y de las camas) le preguntaron:

─ ¿Por qué no andan tus discípulos de acuerdo con la tradición de los ancianos, sino que comen su pan con las manos impuras?

Y Jesús les respondió diciendo:

─ Bien profetizó Isaías acerca de ustedes, hipócritas, como está escrito:

‘Este pueblo me honra de labios, pero su corazón anda lejos de mí.

Y en vano me rinden culto, enseñando como doctrina los mandamientos de hombres. Porque dejando los mandamientos de Dios, se aferran a la tradición de los hombres’.

Y llamando a sí otra vez a toda la multitud, les decía:

─ Óiganme todos y entiendan: no hay nada que siendo externo al hombre, entre en él y sea capaz de contaminarlo; las cosas que contaminan al hombre son las que salen del (interior del) hombre. Si alguno tiene oídos para oír, oiga.

Cuando entró en casa, aparte de la multitud, sus discípulos le preguntaron acerca de la parábola (enigma). Y les dijo:

─ ¿Así que también ustedes están sin entendimiento? ¿No comprenden que nada de lo que entra en el hombre desde fuera le puede contaminar? Porque no entra en su corazón sino en su estómago, y sale a la letrina. Así declaró limpias todas las comidas. Y decía:

─ Lo que del hombre sale, eso contamina al hombre. Porque desde adentro, del corazón del hombre, salen los razonamientos retorcidos, la inmoralidad sexual, los robos, los asesinatos, los adulterios, el deseo avaro de tener más sin preocuparse por los otros, las maldades, el engaño doloso, la indecencia, el ojo envidioso, la difamación, la arrogancia del hacerse ver como superior a los otros  y la locura e insensatez. Todas estas maldades salen de adentro y contaminan al hombre (Mc 7, 1-23).

 

Contemplación

La palabra “contaminación” me saltó a los ojos y pensé en la lista de pecados, no solo desde el punto de vista moral, como malas acciones, sino en sus efectos sociales y ecológicos. Al dañarnos como especie humana, dañamos también al planeta, a las demás especies y a las generaciones venideras. La Encíclica Laudato Si habla de la contaminación mental (LS 47) y pide:

Sana nuestras vidas,

para que seamos protectores del mundo

y no depredadores,

para que sembremos hermosura

y no contaminación y destrucción.

Toca los corazones

de los que buscan sólo beneficios

a costa de los pobres y de la tierra (Oración final).

                  Es evidente que la conciencia moral del mal “no alcanza” a detenerlo. El cineasta polaco Kieslovsky, que filmó la serie televisiva “El decálogo”, decía que le admiraba que todos coincidiéramos en que los diez mandamientos están bien y los infringiéramos de mil maneras todos los días.

La conciencia moral muchos, gracias a Dios no todos, la tenemos “anestesiada”. Digo no todos porque hay gente, como los Familiares y Amigos de Víctimas y Heridos de la Tragedia de Once 22/2/2012, que no está anestesiada, que hace tres años y medio que está bien despierta y nos pone el despertador a los que nos acercamos para acompañarlos.

Su conciencia moral no está tampoco dispersa sino que es bien precisa: saben que las acusaciones son por “delitos de defraudación contra la administración pública y por descarrilamiento culposo, delitos que tienen una pena que va de 2 a 6 años y de 1 a 5 años de prisión respectivamente”. Saben que eso es el mínimo posible y si pueden lucharan por una condena más dura y llevaran adelante otros juicios y otras acciones en pos de la justicia. Pero, en su lucha, se dejan medir por la ley vigente y eso hace de ellos un ejemplo como ciudadanos.

Al leer en el evangelio los pecados que destaca el Señor, me parece que califican con mucha justeza la actitud de muchos de los imputados. Los podemos releer pensando en el juicio, en las declaraciones de “los responsables irresponsables” como los llamó el Papa y sentir cómo adquieren un realismo que asusta.

Los pecados -dejando aparte ahora la inmoralidad sexual y el adulterio- son:

“Los razonamientos retorcidos, los robos, los asesinatos, el deseo avaro de tener más sin preocuparse por los otros, las maldades, el engaño doloso, la indecencia, el ojo envidioso, la difamación, la arrogancia del hacerse ver como superior a los otros  y la locura e insensatez”. Estos pecados que el Señor desenmascara, haciendo ver que “salen del interior del hombre, de “nuestra libertad”, son pecados “sociales”. No afectan sólo a una persona o a una familia sino a toda la sociedad. Y son pecados “ecológicos”, contaminan el medio ambiente social y espiritual en el que vivimos como especie humana.

 

El deseo avaro de tener más sin preocuparse por los demás, contamina el uso del dinero y, a través de esto, contamina todo lo demás. Es el primer escalón, la avaricia, que lleva a todos los demás pecados: al robo, a la indecencia, al ojo envidioso…

Detrás de la tragedia de Once hubo robo. Simple y llanamente: gente que afanó y que usó dinero de todos los ciudadanos para beneficio propio. Basta comparar el estilo de vida de los empresarios y funcionarios y el estado de los trenes y de la gente que viaja en ellos. Estas dos realidades van unidas, separarlas es estar contaminado por el mal uso del dinero.

Los razonamientos retorcidos, el engaño doloso y la difamación, contaminan la palabra. Contaminan lo que se dice en la tele y la radio, lo que se escribe en los periódicos, lo que se declara en los juicios, el discurso político y económico.

Para justificar el afano, están todos los razonamientos. Uno está acostumbrado a escuchar cualquier cosa, pero cuando se trata de un juicio concreto, como el de Once, se ve que son retorcidos e intencionadamente mentirosos. La deducción siempre es la misma: cuando no se entiende qué pasó, cuando todo es confuso… es que alguien te está robando.

La arrogancia del hacerse ver como superior a los otros  y la locura e insensatez, contaminan el mundo del espíritu: hay personajes que actúan como si fueran “dioses”, actúan tanto que terminan creyéndoselo y proponen un modelo a la sociedad.

La arrogancia de los que no están acostumbrados a sentarse en un banquillo de acusados ha sido para los familiares y amigos, la gota que colmó el vaso.

Al analizar fríamente las actitudes de arrogancia, ese no poder creer que los imputen a ellos, uno ve que el problema viene de muy hondo.

Uno decía: “que me acusen a mí es como si por cada mala práxis en un hospital tuviera que ser llamado a declarar el ministro de salud”. Uno diría: “Y sí”. Si se hunde un barco tiene que salir a hablar el capitán, no solo el maquinista. Pero en la función pública se ve que se “desconecta” esta unión entre el que ejerce el poder y el bien común de la gente.

Otro decía que no había hablado con los familiares por que “es difícil encontrar la palabra justa”. La palabra justa es “justicia”. En el discurso del dueño de TBA se veía un razonamiento armado con palabras muy precisas para no decir la única palabra justa. Un acto fallido, a mi parecer, estuvo en una frase de este señor que dijo, refiriéndose a su empleado, el motorman: “Algo le pasó y lo puso mentalmente en una situación confusa”. “Desconectar este freno antes de entrar en la estación es sentirse Superman”. No comento la actitud vil de un patrón que le echa toda la culpa al empleado que su empresa contrató y que le permitía ganar mucho dinero. Pongo el acento en la palabra “Superman”. Desconectar el freno a la hora de recibir dinero del estado y a la hora de gastarlo en otras cosas, es sentirse Superman. Eso es lo que se sienten estos personajes: superiores a los demás. Por encima de las leyes. Han desconectado el freno antes, por eso después de una tragedia, hasta pueden llorar y compadecerse de las víctimas y sentirse víctimas ellos mismos.

Por eso, lo único que puede ponerle freno a ese pecado de insensatez y de locura, es la justicia. La justicia común y vigente. Nada de matarlos a todos. La aplicación del código penal estricta, ni más ni menos, que nos pone a todos en situación de igualdad ante la ley conectando nuestras acciones con sus efectos. Este remedio, si no los cura a ellos, al menos le hace bien a la sociedad, evita la contaminación de la arrogancia.

Por este lado va la lucha de los Familiares y Amigos de la Víctimas y Heridos de la Tragedia de Once. Con su convicción, su lucidez y su aguante están haciendo que salgan a la luz -que se confiesen- estos pecados de avaricia, de mentira y de arrogancia, y que sean juzgados.

Y al mismo tiempo que se condena a los responsables directos de la Tragedia, nos interpelan a todos como personas y como sociedad a confesarnos y a corregirnos de todo afán de tener más sin preocuparnos por los otros, de todo razonamiento retorcido para defender esta avaricia y de toda arrogancia cuando nos descubrimos en estas actitudes contaminantes.

El premio no es solo una vida social más justa, es también la fraternidad que te permite reír y llorar, disentir y perdonar, abrazado a los demás con los ojos limpios. Por eso viene bien recordar las palabras que les dijo el Papa Francisco a los familiares: “Rezo porque el juicio que están llevando adelante se haga con toda justicia. Y que la verdad aparezca. No hay que tenerle miedo a la verdad. La verdad siempre nos hace libres, decía Jesús”.

Familiares -Papa 1

 

Diego Fares sj

 

 

 

 

 

Palabras de vida

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Muchos de los discípulos que lo oyeron dijeron:

– ¡Es duro este lenguaje! ¿Quién es capaz de escucharlo?

Sabiendo Jesús que murmuraban acerca de esto les dijo:

– ¿Esto los escandaliza?

¿Y si vieran al Hijo del hombre subir a donde estaba primero?

El Espíritu es el que vivifica, la carne de nada aprovecha.

Las palabras que Yo les he dicho son Espíritu y son Vida.

Pero hay algunos de entre ustedes que no creen.

Porque Jesús sabía desde un principio quiénes eran los que no creían

y quién era el que le había de entregar.

Y decía:

– Por esto les he dicho que nadie puede venir a mí a no ser que le sea concedido por mi Padre.

Desde ese momento muchos de sus discípulos se volvieron atrás y no andaban ya en su compañía.

Dijo pues Jesús a los Doce:

– ¿Acaso también ustedes quieren marcharse?

Le respondió Simón Pedro:

– Señor ¿a quién iremos?

Tú tienes palabras de vida eterna.

Y nosotros hemos creído y conocido que tú eres el Santo de Dios.

Jesús les respondió: ¿No los he elegido yo a ustedes, los Doce? Y uno de ustedes es un diablo. Hablaba de Judas, hijo de Simón Iscariote, porque éste le iba a entregar, uno de los Doce (Jn 6, 60-69).

 

Contemplación

Palabras de vida.

Esa es la frase que le queda a Simón Pedro, de la que se agarra -como cuando se hundía en el mar y le tendió la mano a Jesús diciendole “Señor, sálvame” – para poder seguir con Jesús, para no irse con los que dejaron de andar en su compañía.

“Las palabras que yo les he dicho son Espíritu y Vida”, dice Jesús.

Justamente de eso se escandalizaban, de sus palabras: “Es duro este lenguaje” -decían muchos. “Quién es capaz de escucharlo”.

Los amigos de Jesús. Ellos fueron capaces de escucharlo.

No todos. A Judas se ve que se le volvió insoportable la palabra de Jesús.

En el pasaje se vive una lucha. Dramática dentro del grupo. Hay gente que se va. Hay gente que adhiere más. Hay uno que traiciona.

Y Jesús no cede posiciones. No contemporiza. Acentúa la contradicción. Yo los he elegido y sin embargo uno es un diablo.

Los que se alejan, él lo interpreta como que el Padre no les concede (todavía) ir a Él. Pero entre los que sí se les concedió ir a Jesús, entre los que él mismo eligió, uno traiciona. Es un diablo. No escucha las palabras de Vida sino las palabras de muerte.

Me impresiona esto que pasó y que sigue pasando en la historia: ante las palabras de vida hay corazones que les parece muy duro ese lenguaje; hay corazones que se adhieren más y más; y hay corazones que traicionan, que dialogan con los enemigos de Jesús y lo entregan.

Me impresionan las tres posibilidades, siempre abiertas: de borrarse, de adherir más de corazón, de traicionar.

Por supuesto que todos somos pecadores y las agachadas y las traiciones cada uno las tenemos allí donde pecamos. Pero para eso el Señor tiene el remedio de la confesión: para nuestras infidelidades, para nuestras incoherencias y para nuestras omisiones, como dice siempre el padre Rossi. El asunto es el fondo del corazón: si la decisión última -que se va preparando a lo largo de la vida, de las pequeñas opciones de cada día- es (no digo será, sino es) la de adherirnos como podamos a Jesús, como siempre hizo Pedro y los discípulos, la de borrarnos lo más justificadamente posible cuando la cosa se ponga difícil o, peor aún, la opción de traicionar.

La decisión de tomar distancia, como se dice hoy, de dejarlo y no andar ya en su compañía, es de “muchos“; la de no irse y seguirlo más de cerca, es comunitaria, del grupo de amigos elegidos personalmente; la decisión de traicionarlo, es aislada: se da sólo en uno de entre los elegidos más cercanos.

Nos centramos en la comunitaria.

Es con la que dialoga el Señor porque es la actitud de tierra buena, que se abre a su Palabra. Cuando el Señor habla le está hablando a esta comunidad de sus amigos. Lo que les dice a los muchos que se van, en realidad se lo dice a los que se quedan. Los otros ya han tomado distancia y ponen entre paréntesis todo lo que diga. Pero el Señor aprovecha y les confirma, a los que se quedan con Él, que pueden hacerlo porque “se los concede el Padre”. El Padre los atrajo y el Padre les concede permanecer con su Hijo amado.

Podemos gustar como fruto este sentimiento lindo: desear comulgar y quedarse en comunión agradecida con Jesús es un regalo del Padre. ¿Por qué a nosotros? Quizás por que no ponemos distancia. Cuando uno regala algo a alguien se fija en que exprese la cercanía justa. Si es exagerado, hace que el otro se retraiga. El regalo de la Eucaristía, de la comunión plena con Jesús, no es un regalo puntual: hay toda una historia de regalos regalados y agradecidos, que fueron preparando este regalo definitivo, el don que el Señor hace de sí mismo. Preguntarnos por qué a nosotros es como preguntar por toda la vida, por todo lo que se nos dió y fuimos aceptando y haciendo crecer. Por este lado va lo que nos hace ver Jesús frente a todos los que toman distancia. Los que comulgamos es porque toda la vida nos fuimos acercando, de a pasitos quizás, o con grandes saltos algunos…, pero es una actitud de vida y la Vida es don que el Padre teje hilo a hilo, día a día.

Y como Judas está totalmente cerrado, lo que dice sobre la traición se dirige también a la comunidad que quiere serle fiel. Jesús habla preguntándose a sí mismo “No los he elegido yo? Y sin embargo…” Me suena a que el Señor relativiza su poder. Es verdad que sus Palabras son Espíritu y Vida, es verdad que nos ha elegido de corazón, pero tenemos que ser conscientes que no basta. También nosotros tenemos que acercarnos a Él y elegirlo a Él. Por eso pregunta directamente: Y ustedes? Capaz que también ustedes quieren marcharse?

“A quién iremos”.

Qué grande que es Simón Pedro.

Las suyas, por gracia del Padre, son palabras de vida.

Porque muestra que no sigue “las ideas de Jesús”, sino que lo sigue a Él como Persona. Y por eso primero “se bebe sus palabras” y “se las mastica”, como dice Juanchi, y después las medita, como hacía nuestra Señora.

Son palabras vivas, ¿se entiende, no?

En cambio:

Dejar a Jesús por seguir ideas…!

Dejar a Jesús porque nos parece dura alguna palabra…!

Simón Pedro ha recibido la gracia de la fe, de esta “adhesión personal a Jesús” y por eso es la roca, por eso es el papa.

Contra la tentación de adherirse a ideas o discutir ideas y perderse la comunión con la persona, está la fe de Simón Pedro y sus compañeros, que forman comunidad en torno a Jesús y comulgan con él, con su Carne y su Sangre.

Temino compartiendo dos palabras de vida de San Alberto Hurtado:

Una palabra de vida es sobre la Misa:

“Hacer de la Misa el centro de mi vida. Prepararme a ella con mi vida interior, mis sacrificios, que serán hostia de ofrecimiento; continuarla durante el día dejándome partir y dándome…en unión con Cristo. Grandes momentos de la Misa. ¡Mi Misa es mi vida, y mi vida es una Misa prolongada!”

La otra palabra de vida es sobre el valor social de todas nuestras acciones y pasividades. La compartí con los que fueron a la misa de Colaboradores de nuestra Obras en Regina, el 18, a través de un mail al padre Alejandro. Le decía:

Rezando esta mañana, abrí por azar (o providencia) la consoladora carta que le escribe a Elena Vizcaino, una colaboradora del Hogar de Cristo que, por estar lejos, no se si enferma o con otras tareas, no podía trabajar en el Hogar y le decía a Hurtado que «con pesar vivía aquel apostolado como pasado». Me vino al dedillo la respuesta de Hurtado para mi estar lejos (y ahora, para terminar la contemplación sin muchas “historias de vida apostólica” ya que agosto lo he pasado casi sin salir a la calle).

Le escribía Hurtado a su amiga y colaboradora:

“Sólo en una cosa no estoy de acuerdo con usted y es en esto de que el Hogar es pasado. Hay un dogma sumamente consolador, es el de la comunión de los santos. El nos enseña que no hay ninguna de nuestras acciones que carezca de valor social. Al hacer el bien, al sufrir con paciencia, al rezar, siempre aprovechamos a los demás… De manera que ud. sigue trabajando en el Hogar. En los momentos de soledad y de silencio hágase amiga del Dulce Huésped del Alma, que nunca la deja sola. El nos hace recordar que en lugar de decir yo debemos decir nosotros, pues «No vivo yo sino que Cristo vive en mí -Gal 2, 20). Así que no nos cansemos de amar a los demás y de alegrar sus vidas» (Carta del 9 de Diciembre del 47).

 

Diego Fares sj

 

 

 

 

Vivirá por mí

Lujan

Jesús dijo a los judíos:

Yo soy el pan viviente que ha bajado del cielo.

Si alguien comiere de este pan vivirá para siempre,

Y el pan que Yo daré es mi carne para la vida del mundo.

Los judíos discutían entre sí, diciendo:

¿Cómo puede este hombre darnos a comer su carne?

Jesús les respondió:

Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del Hombre

Y no beben su sangre, no tienen vida en ustedes mismos.

El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna,

Y Yo lo resucitaré en el último día.

Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre la verdadera bebida.

El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y Yo en él.

Así como Yo que he sido enviado por el Padre Viviente,

vivo por el Padre, de la misma manera el que me come vivirá por mí.

Este es el pan bajado del cielo,

No como el que comieron sus padres y murieron.

El que coma de este pan vivirá eternamente.

Jesús enseñaba todo esto en la sinagoga de Cafarnaún (Jn 6, 51-59).

Contemplación

“Vivirá por mí”. Qué quiere decir “vivir por Jesús, gracias a la Eucaristía”. Para esta meditación me ayudo con algunas cosas de San Ignacio y otras de su amigo Pedro Fabro, fiel discípulo de Ignacio y que expresa las cosas de los Ejercicios en términos más afectivos, haciéndonos sentir cómo obra el Señor en una persona que lo quiere mucho pero que se siente muy fragil.

San Ignacio, en los Ejercicios dice: “presupongo ser tres pensamientos en mi, es a saber, uno propio mío, el cual sale de mi simple libertad y querer, y otros dos que vienen de fuera de mi libertad y querer, el uno que viene del buen espíritu y el otro del malo” (EE 32).

Esta conciencia no “autorreferencial” -usando la palabra que elige Francisco- es básica para la vida espiritual. Uno constata un pensamiento o un sentimiento y lo primero es distinguir “de donde viene”, si de adentro o de afuera”. ¿De adento o afuera de qué? De adentro o de afuera del propio querer (de nuestra estructura sicológica con nuestra historia) y de nuestra libertad (algo que elegimos sentir y pensar).

Y ese de afuera ¿qué significa? No es un de donde sino un “de quiénes”. De afuera significa que hay pensamientos y mociones que otro -el buen espíritu o el malo- nos comunican y nos hacen sentir. El buen espíritu, respetando siempre nuestra libertad y con delicadeza, atrayendo. El malo con ningún respeto, metiéndose dentro de manera que nos hace confundir muchas veces y creer que es nuestro propio espíritu que piensa o siente algo muy malo.

Con el bueno es más claro: a uno se le ocurre una idea al leer el evangelio y se da cuenta de que es una gracia, de que es un pensamiento nuevo. Uno siente una alegría al hacer un acto de misericordia y se da cuenta de que es uno pero potenciado increíblemente por una gracia. Uno habitualmente no siente cosas tan buenas.

En cambio con lo malo, se suele mezclar todo. Uno tiene un pensamiento bajísimo, de envidia por ejemplo, de modo tal que alaban a otro y uno siente que se le ve la envidia en los ojos y no puede sonreir o aplaudir de corazón. Aquí el mal espíritu aprovecha lo que puede ser un primer movimiento comparativo natural para atarlo a un pensamiento: “viste lo que sos. Ese sos vos en el fondo. Un envidioso. Date cuenta lo que pensaste. Y lo que sentiste! Si sentís eso es que sos así. Vos ya lo sabías. Sos una porquería…”. Esta misma contundencia del mal, esta vehemencia y absolutez ideológica, debe llevarnos a “oler al que nos acusa”. Claramente no es un pensamiento nuestro. Es verdad que sentimos la envidia como todas las pasiones, pero alguien le hechó nafta al fuego.

Fabro lleva esta misma constatación a nivel no sólo del pensamiento sino de la vida.

Rezando un día de la Asunción como hoy, pero hace 573 años, en Spira -corazón de Alemania-, decía (en unos de esos días de desolación) que se sentía “completamente abandonado a sí mismo, sin ningún movimiento del buen espíritu ni del malo; y eso me hacía sentir cuan frágil yo era”.

Tenía la impresión de “estar en mí mismo más abajo, más vacío y más desconcertado de lo que me había sentido otras veces (…) privado de mociones espirituales venidas de afuera, solo en mi mismo, con lo que me debería bastar -la gracia suficiente que siempre tenemos”.

Fabro discernía que esto le hacía bien, el hecho de no tener “la devoción nacida de esas mociones espirituale que cambian nuestro ser en otro mejor”.

Veía como un favor especial del Señor esto de “vivir en mí mismo sólo con la gracia esencial: porque esto ayuda a reconocer mejor y a distinguir el espíritu propio, cómo es uno en su estado ordinario, del estado debido a un espíritu ocasional, bueno o malo”.

Hace bien discernir, dice: “cada uno de los tres modos de vida que nos toca experimentar.

En el primero, podemos decir (sin excluir la gracia suficiente, por supuesto) “ciertamente, yo vivo“;

en el segundo: “ya no soy yo quien vive sino que Cristo vive en mí“,

y en el tercero: “ya no soy yo el que vive sino el pecado o el mal espíritu vive en mí, el que impone su ley a los malos” (Fabro, Memorial 15 de Agosto de 1542).

Cuando comulgamos, es bueno rectificar nuestra intención y poner todo el deseo y todas las fichas en ese segundo estado del que habla Fabro y decir: “si te como viviré por Vos, Jesús”.

¿Por qué digo esto? Porque en general, distinguimos la vida de Cristo de la antivida del mal espíritu, pero comulgamos como si Cristo viniera a mejorar un poquito ese primer estado que es nuestra vida al natural. Y los efectos son más bien pobres. No es que mejore mucho mi fragilidad ni que cambie mi manera natural de sentir las cosas.

Fabro es maestro en esto porque aunque el Señor lo hace crecer enormemente en su vida espiritual, su vida propia, su sicología, sus tentaciones de temor, de impureza, de escrúpulos y vanidad, siguen iguales toda su vida. Cuando las experimenta como algo suyo, siente que no ha cambiado nada. Cuando el mal espíritu las fogonea, siente que lo vencen.

Y sin embargo el Señor vive cada vez más en él. Su relación con Jesús madura día a día. Tanto interiormente, con esta gracia de darse cuenta quién está viviendo, como apostólicamente, sirviendo y ayudando a los demás.

Y el receptáculo, como él dice, que el Señor utiliza, es su misma fragilidad -con tentaciones y todo-. Fragilidad discernida y ofrecida, como arcilla en las manos del Alfarero, como instrumento en manos del Artista -el pincelito de Teresita, el lapicito de Madre Teresa…-.

La misericordia, como dice el Papa, tiene como receptáculo nuestro pecado y nuestra fragilidad. Reparar lo que se rompió, fortalecer al debil, animar al que se desanima, perdonar al que nos ofendió…, estas acciones muestran mejor el poder y la intención gratuita del Señor que el hecho de crear algo de la nada o hacerlo perfecto de una vez. Porque en la creación uno podría sospechar que el que crea se complace en sí mismo, en hacer algo que le agrada para su propio placer. Al perdonarnos, el Señor nos hace ver cómo nos ama a nosotros mismos. Por eso nuestra fragilidad es tan preciosa a sus ojos, porque allí, en torno a ella, dialogamos en pie de igualdad.

Vivir en otro como vive Jesús Eucaristía no es una invasión, no es suplantación de sentimientos ni transformación en otra cosa. El Señor vive en nosotros como quien se hospeda donde lo alojan y acepta lo que somos y lo que le damos. Le gusta vivir en nosotros. No viene como esos huéspedes que te quieren cambiar los muebles de lugar, sino como el que le encanta el modo como has dispuesto tus cosas y valora lo que has logrado y lo que tenés. Uno de los modelos de lo que significa “vivir con Jesús, por Él y en Él” está contenido a lo largo del pasaje de Emaús. Ellos viven con Jesús como compañero de camino y a medida que comparten y les habla comienzan a vivir por él, gracias a sus palabras que les abren la mente y les hace arder los corazones. Cuando lo hospedan y les parte el pan, que, aunque no lo dice Lucas, se llevaron para comer en el camino de regreso, ya estaban viviendo no ellos sino Cristo resucitado en ellos, de camino a la Comunidad.

Nuestra Señora es la Maestra en esto de que Jesús habite y viva en nuestra pequeñez. Ella no tiene que distinguir la vida de Jesús de la vida del mal espíritu, porque no experimentó la mancha del pecado, lo que significa “vivir en pecado”, vivir no siendo uno sino lo que el pecado impone al adueñarse de nuestras pasiones y hacernos obrar mal.

Pero sí distinguía perfectamente entre su “vivo yo” y “es Jesús que vive en mí”. Sí sabía de lo que era ella antes de concebir, sus posibilidades -cómo será posible esto si yo…”- y lo que llega a ser gracias a que “nada es imposible para Dios”.

Ella distingue su pequeñez de las grandes cosas que hace Dios.

Se siente mirada precisamente en su pequeñez, no en su grandeza, que ciertamente tenía ya que era una buena persona, buena hija, buena novia, buena amiga.

Pero el receptáculo de la Misericordia es su pequeñez.

Fabro dice de la Virgen, después de celebrar la misa: “Yo pensaba que ella fue siempre perfecta en su naturaleza, que vivió continua y efectivamente bajo la moción del Espíritu Santo, pero, sin ninguna duda, no siempre de la misma manera: si bien siempre fue la llena de gracia probablemente no fue siempre “tocada” por un mismo fervor del Espíritu Santo y por la misma consolación; había siempre en ella espacio para la humildad perfecta, para el hambre y la sde de agradar siempre más al Altísimo y por el temor de no ser todo lo útil que Dios quería”.

Como vemos, Fabro es maestro en esto de hacer ver la pequeñez no en relación al mal sino al “siempre más”. Gracias a nuestra pequeñez podemos desear que el Señor viva siempre más en nosotros! Lo podemos pedir de corazón gracias a que “somos pequeños”, a que “no hemos sido hechos perfectos, ya cerrados”.

El que me come deseará vivir más por mí. Que este sea nuestro deseo pequeño al comulgar con ese Dios que se ha enamorado de nuestra pequeñez porque allí puede crecer junto con nosotros.

Al meditar en el Misterio de la Asunción de María en cuerpo y alma al cielo, dado que la imagen de una “subida”, está contaminada por las imágenes de los despegues de aviones y naves espaciales que se pierden en la vastedad inimaginable del espacio sideral, me gusta pensar en el otro polo (toda imagen se construye en una tensión polar): el de Dios.

Dos definiciones del Cielo que me gustan:

El Cielo es el espacio de la intimidad de Dios. Por eso el Reino de los cielos está cerca.

El Cielo es la “plenitud de las relaciones, de amor, amistad, paz, alegría…”

María es subida a esa intimidad e introducida en esa plenitud de relaciones.

Pero esto supone que Dios desciende, de alguna manera misteriosa, a esa que ha subido y se posa en ella (sino ella debería seguiría subiendo como un globo que se pierde en el infinito ya que Dios es infinito); eso significa también que la Plenitud de Dios se deja contener por la pequeñez de María.

Por eso es que su imagen es tan poderosa: porque uno siente la omnipotencia del amor de Dios latiendo en un pequeño corazón de carne, más nuestro todavía, si se puede hablar así, que el de Jesús. Un siente toda la altura del Altísimo a la altura cercana de esas imágenes de María, que nuestro pueblo sabe poner a la distancia justa, para dar testimonio de que ella subió y de que Dios baja a nuestras pequeñas historias.

Diego Fares sj

Los cuatro privilegios del Cuerpo del Señor resucitado

 

Los judíos murmuraban de Jesús, porque había dicho:

‘Yo soy el pan que ha bajado del cielo’.

Y decían: ‘¿Acaso este no es Jesús, el hijo de José?

Nosotros conocemos a su padre y a su madre.

¿Cómo puede decir ahora: Yo he bajado del cielo?’
Jesús tomó la palabra y les dijo:

No murmuren entre ustedes.

Nadie puede venir a mí

a no ser que mi Padre que me envió lo atraiga a mí;

Y yo lo resucitaré en el último día.

Está escrito: Todos serán instruidos por Dios.

Todo el que oye al Padre y aprende su enseñanza, viene a mí.

No es que al Padre lo haya visto alguien:

Solo el que viene de parte de Dios: ese es el que ha visto al Padre.

Se los digo de verdad: el que cree, tiene vida eterna.

 

Yo soy el pan de la Vida.

Sus padres, en el desierto, comieron el maná y murieron.

Pero éste es el pan que desciende del cielo,

para que aquél que lo coma no muera.

Yo soy el pan vivo que descendió del cielo.

El que coma de este pan vivirá eternamente,

Y el pan que Yo daré es mi carne para la vida del mundo’ (Jn 6, 41-51).

 

Contemplación

Rezando con la resurrección del Señor, San Pedro Fabro -el compañero de Ignacio, amigo de Francisco Javier, al que el Papa canonizó sin necesidad de milagro, como gran evangelizador de Europa- contemplaba los “cuatro privilegios del cuerpo glorioso de Cristo”. Como su Cuerpo glorioso es con el que comulgamos, me hace bien contemplar las gracias que pide Fabro, pedir las mías e invitar a cada uno a que en la comunión pida las suyas.

Michel de Certeau sj, que comenta el Memorial de Fabro dice que al pedir estas gracias el santo busca en la Resurrección del Señor la suya propia y el remedio de sus enfermedades. Y esboza a propósito de este deseo una especie de ‘retrato de sí mismo en negativo’: falta de vivacidad de espíritu, falta de penetración espiritual, confusión y oscuridad (tenía sus escrúpulos) y excesiva sensibilidad para los malos humores y las críticas”.

¿Qué gracias pedía Fabro? Dice así: “le pedí para mi espíritu algunos dones: que por gracia, a fin de poder realizar siempre el bien y soportar el mal, pudiera llegar a ser más rápido, más perspicaz, más receptivo y transparente a la luz y menos sensible a los ataques del mal (lo cual corresponde a la ‘impasibilidad”)”. Hasta aquí Fabro.

Los privilegios del cuerpo resucitado del Señor -con el cual, insisto, comulgamos- son: inmortalidad, impasibilidad, agilidad y pulcritud o belleza.

Fabro aclara que para él, la gracia del Cuerpo resucitado y glorioso del Señor de no estar sujeto ya a padecimientos -la impasibilidad, sus llagas curadas-, consistía en bajar el grado de sensibilidad para los ataques del mal. Como el mal espíritu nos estudia como uno que quiere tomar una fortaleza y busca la parte más débil para entrar, esta tentación la tenemos todos, ya que cada uno tiene su parte debil. Y precisamente allí es donde nos entristecemos porque “sentimos” el poder de los ataques de la tentación y experimentamos en carne propia nuestra debilidad. Curiosamente Fabro pide la gracia de “ser menos sensible”. Uno diría ¡no! hay que ser sensible y darse cuenta de todos los ataques. Escuchar todo lo que dicen de mi -Fabro era susceptible a las críticas- y notar todos mis cambios de humor.

Esto sería verdad si el demonio tuviera poder real sobre nosotros y tuviéramos que defender solos nuestras zonas frágiles. Pero el demonio es un dragón muerto, que sólo arrastra gente con los estertores de su cola inmensa y un león encadenado que sólo puede morder si uno se le acerca. Jesús tomó sobre sí nuestras debilidades y quiere que las pongamos en sus manos. Especialísimamente nuestras debilidades. Nuestros pecados, nuestras tentaciones, cada uno allí donde experimenta que es derrotado setenta veces siete.

Fijémonos que esta gracia de “bajar un cambio a mi sensibilidad para con los ataques del mal a mi debilidad”, va junta con otra totalmente contraria que es la de “ser más receptivo y transparente a la luz”. Fabro pide la gracia de ser más sensible para percibir la luz de Jesús, su belleza en sí mismo y en todas las cosas, en las personas…

En el último taller sobre la bienaventuranza de la limpieza de corazón, la Hna Marta nos compartió ese hermoso texto de Leclercq en el que Francisco le dice al Hno León:

-¿Sabes tú, hermano, lo que es la pureza de corazón?

-Es no tener ninguna falta que reprocharse -contestó León sin dudarlo.

-Entonces comprendo tu tristeza -dijo Francisco-, porque siempre hay algo que reprocharse.

-Sí -dijo León-, y eso es, precisamente, lo que me hace desesperar de llegar algún día a la pureza de corazón.

-¡Ah!, hermano León,

créeme -contestó Francisco-,

no te preocupes tanto de la pureza de tu alma.

Vuelve tu mirada hacia Dios.

Admírale. Alégrate de lo que El es, El, todo santidad.

Dale gracias por El mismo.

Es eso mismo, hermanito, tener puro el corazón.

 

Y cuando te hayas vuelto así

hacia Dios, no vuelvas más

sobre ti mismo. No te preguntes

en dónde estás con respecto a Dios.

La tristeza de no ser perfecto

y de encontrarse pecador

es un sentimiento todavía humano, demasiado

humano. Es preciso elevar tu mirada más alta,

mucho más alta. Dios, la inmensidad de Dios

y su inalterable esplendor.

El corazón puro es el que no cesa

de adorar al Señor vivo y verdadero.

Toma un interés profundo

en la vida misma de Dios y es capaz,

en medio de todas sus miserias, de vibrar

con la eterna inocencia y la eterna alegría

de Dios. Un corazón así

está a la vez despojado y colmado. Le basta

que Dios sea Dios. En eso mismo encuentra

toda su paz, toda su alegría

y Dios mismo es entonces su santidad.

-¿Y cómo hay que hacer? -preguntó León.

-Es preciso simplemente

no guardar nada de sí mismo.

Barrerlo todo, aun

esa percepción aguda de nuestra miseria;

dejar sitio libre, aceptar el ser pobre;

renunciar a todo lo que pesa, aun

el peso de nuestras faltas;

no ver más que la gloria del Señor

y dejarse irradiar por ella.

Lo transcribo con otra puntuación para saborear mejor todas las palabras, ya que son de gran belleza e irradian mucha luz sobre estas dos sensibilidades: piel de rinoceronte para el mal, piel de bebé y ojos de niño asombrado para la belleza de Jesús. Como el demonio no tiene real poder si no nos acercamos, por eso despliega toda una batería de palabras y de sentimientos hasta que “escuchamos”, hasta que “respondemos”, hasta que nos pega en la zona débil y allí nosotros mismos le damos poder, como esos que le hablan por teléfono a las abuelas hasta que le encuentran el punto de interés o el punto débil y allí las embaucan.

En la comunión de cada semana, o de cada día, podemos pedir al Señor que su Cuerpo “ecualice” nuestra sensibilidad. Ante los ataques del demonio, que disminuyan los “agudos” (el mal espíritu suele entrar con chirrido, con sospechas agudas -demasiado seguramente-, con inquietud y como un ruido molesto) y se reduzcan los “bajos” (el mal espíritu suele dar golpes bajos, impresiones sordas, pantanosas, que quedan como un mal gusto indefinido en el fondo del corazón).

En cambio para las mociones del Espíritu, que utilice nuestra sintonía fina, que nos volvamos más receptivos, como dice Fabro, a la luz y a la música del Señor. Que pesquemos sus tonos de voz de buen pastor enamorado de nuestra pequeñez.

Como vemos, se trata de un cambio profundo en la manera de sentir.

Yo diría, afinando la punta al lápiz, que allí donde tenemos que ser “impasibles” y estar “blindados” (ante el mal) nos ponemos atentos y sensibles. En cambio allí donde tenemos que ser receptivos y transparentes (ante la belleza del Señor y del Espíritu) nos volvemos pragmáticos y miramos qué hay que hacer, qué se nos pedirá, en vez de gozar gratuitamente del don de la belleza del Señor.

Ante el mal, blindaje. Cuanto más seductor sea el enemigo, menos chateo.

Ante la belleza del que es Bueno, receptividad. Cuanto más fina la sintonía, mejor.

Dejo aquí para que cada uno pida la gracia de discernir lo suyo: donde es que el mal espíritu le mezcla los tantos, a qué percepción aguda de su debilidad tiene que cerrarle la puerta en la cara y qué cosas lindas de Jesús tiene que disfrutar un rato sin pensar que le vaya a pedir nada difícil.

La gracia a pedir, cuando comulguemos con el Cuerpo glorioso del Señor resucitado, para reforzar estas dos, de la impasibilidad y de la belleza, es la de la agilidad. La rapidez, que decía Fabro, y la viveza, para darme cuenta al toque, quién me está manejando el ecualizador interior, si el buen espíritu o el malo.

 

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Diego Fares sj

La metáfora del Pan que desciende del Cielo 

1-Eucarist_a-Fano

Cuando la gente vio que Jesús no estaba allí, ni tampoco sus discípulos,

subieron a las barcas y fueron a Cafarnaúm, en busca de Jesús.

Al encontrarle a la orilla del mar, le dijeron:

  • «Rabbí, ¿cuándo has llegado aquí?»

Jesús les respondió:

  • «En verdad, en verdad les digo: ustedes me buscan, no porque hayan visto señales, sino porque han comido de los panes y se han saciado. Trabajen, no por el alimento perecedero, sino por el alimento que permanece para vida eterna, el que les dará el Hijo del hombre, porque a éste es a quien el Padre, Dios, ha marcado con su sello »

Ellos le dijeron:

  • «¿Qué trabajo tenemos que hacer para realizar las obras de Dios? »

Jesús les respondió:

  • «La obra de Dios es que crean en quien él ha enviado.»

Ellos entonces le dijeron:

  • «¿Qué señal haces para que viéndola creamos en ti? ¿Qué obra realizas? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, según está escrito: les dio a comer Pan del cielo.»

Jesús les respondió:

  • «En verdad, en verdad les digo: No fue Moisés quien les dio el pan del cielo; es mi Padre el que les da el verdadero pan del cielo; porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo.»

Entonces le dijeron:

  • «Señor, danos siempre de ese pan.»

Les dijo Jesús:

  • «Yo soy el pan de la vida. El que venga a mí, no tendrá hambre, y el que crea en mí, no tendrá nunca sed (Jn 6, 24-35).

Contemplación

El Pan del Cielo, dice Jesús, es el Pan que el Padre nos da.

Se trata de un Pan que no está en un mostrador a la espera de que alguien lo compre sino que desciende del Cielo. Tiene su propia iniciativa, digamos.

Y es un Pan-Persona. Esto se desprende de que el Señor dice nos podemos acercar al Pan -el que venga a mi-, acercanos no solo físicamente sino con fe -el que crea en mi-, para no tener hambre, para nunca más tener sed.

La metáfora del Pan del Cielo sonaba como algo muy concreto a los oídos de los discípulos (le llaman Rabbi y lo siguen de una ciudad a otra, por lo tanto podemos llamarlos discípulos): recordaban el maná que Moisés le dio a comer a sus antepasados en el desierto. Tenían historia común de un Dios que los había hecho pueblo suyo. En esa historia se sitúa Jesús y los va atrayendo, como a ovejitas, los va centrando en torno a su persona.

Jesús se presenta como Pan en medio de la mesa familiar, en medio de esa fiesta comunitaria que fue la multiplicación de los cinco pancitos y los dos peces.

Ellos tienen historia, son una comunidad, un pueblo. La metáfora no es la de un pan comprado en el supermercado para hacerse un sangüichito.

A nosotros, la metáfora del Pan nos suena linda, como la del Cielo, pero más añorada que integrada a la vida. Y quizás esto sea bueno. No tenemos detrás imágenes de ningún maná. Quizás la última imagen popular sea la de la primera comunión: Pan de la Niñez. Recuerdo puro y lindo, pero algo opacado por el vestido y las fotos.

Mejor empezar de nuevo. Partir de que no sabemos lo que buscamos. Pero yendo un poco más allá de los contemporáneos de Jesús. A ellos el Señor les tenía que corregir imágenes que se habían desviado: la del Mesías Rey, la del maná… Nosotros podemos partir del deseo de algo más, de Alguien distinto. Ni siquiera de la multiplicación, porque para nuestro mundo serial multiplicación suena a “mas de lo mismo”.

Quizás nos ayude partir de los verbos, no de los sustantivos.

No de “pan”, no de “cielo”, no de “vida”,

sino de los verbos nuestros, como “buscar y trabajar”, “acercarse y creer”

y de los verbos del Padre y de Jesús: “ser, dar y descender”.

Los verbos se unen en ese “ser Pan” de Jesús y en ese “danos siempre de ese pan”, que brota como fruto del corazón, cuando uno recorre este evangelio.

Ayer, en la misa de San Ignacio en el Gesù -nuestra Iglesia madre del Santísimo Nombre de Jesús- nuestro padre General citaba al padre Rossi de Gasperis sj, en su libro “Un peregrino que comienza desde Jerusalén” y decía que la espiritualidad de Ignacio no iba por el lado de “ganar para tener sino de ser para darse“.

Esto quiero decir: que Jesús le transmite a la gente su deseo de darse. Y ellos, luego de tantas preguntas de todo tipo, comprenden. Y lo expresan: Danos siempre de ese pan.

La metáfora del Pan la tenemos que leer como la metáfora del darse: Dios es un Dios que se nos da, un Dios que quiere darse, que viene a darse y hace de todo para poder darse.

Por eso, más que con las cosas que nos da tenemos que conectarnos con la acción, con el gesto y con el modo de darse. Por eso aquí Jesús no dice que hay que “comerlo”. Aquí nos muestra una de las puntas de esa “comunión” vista como proceso: se comienza con  “ir a Él”, y hay que ir con fe: “creer es como beber”.

Me viene espontáneamente lo de la comunión a los divorciados.

Tomo conciencia de que digo “lo de”, como dando por supuesto que se entiende de qué estamos hablando. Y no es para nada así. Más bien hay que salirse de lo ya dicho (algunos decían que para qué tratar el tema si ya está todo definido clarísimamente) y ampliar la mirada. Hay que salir de la trampa del “se puede o no se puede”, que era el lenguaje de los Fariseos y tomar conciencia del misterio de la Eucaristía y del Matrimonio.

No se trata de si “se autoriza o no algo a algunos que les fue mal en la vida” sino de crecer como Iglesia en lo que significan las gracias que se nos dan, se trata de crecer también en el modo como hablamos de estas gracias y en el modo como las “administramos”.

Mis reflexiones no van por el lado de “definir” nada, sino por el lado de ensanchar el corazón evangélicamente. Para que no nos suceda que nos quedemos dentro de una definición del Señor y fuera de una de sus parábolas.

Primera reflexión:

En un mundo cristiano en el que tantos pueden comulgar y no lo sienten, hay gente que no puede y lo desea.

El sólo hecho de “desearla”, de querer comulgar, implica creer en la bondad salvífica, y esto es parte esencial del “comulgar”. Recibir la Eucaristía, entrar en comunión con Jesús en la Eucaristía, no es sólo “comer” el Pan, sino “creer”, acercarse (como decían las condiciones: acercarse a comulgar con devoción), quedarse dando gracias como después de una fiesta, traducir esa comunión en obras de misericordia. Comulgar es ser con Jesús para darnos. Comulgar no es un hecho aislado sino toda nuestra vida.

Y así como está la bienaventuranza de los felices que creen sin haber visto, también está la de los que -mientras en la Iglesia se dialoga y se discute acerca de cómo hacer y qué se puede y qué no está permitido- se acercan a Jesús sin comer el Pan, los que lo desean a distancia, desde el último banco de la iglesia, los que se quedan con las manos vacías, esperando… Más felices quizás, en el secreto de las cosas de Dios, que los que comulgamos a veces sin estupor ni adoración, solo con un pequeño sentimiento de piadosa devoción, que está bien, pero es poco.

Segunda reflexión:

La Eucaristía es todo el tiempo de una fiesta, no un bocadito.

Este evangelio, en el que Jesús enseña a sus discípulos los pasos para “ir a Él” y “creer en Él” que es Pan -que se hace Pan porque es Amor y desea darse-, nos abre a una mirada más amplia sobre la Eucaristía.

La Iglesia vive de la Eucaristía porque la Eucaristía es todo: es el Padre que nos está dando continuamente a Jesús y Jesús que está dando la vida en la Cruz para salvarnos.

Cada persona se encuentra siempre en “algún momento” de esta Eucaristía que Jesús celebra. Y no como persona aislada, si es que esto existe, sino como persona creyente dentro del pueblo fiel de Dios. El siempre está celebrando la Eucaristía por nosotros, aunque nosotros no hayamos ido ese día a misa o no hayamos comulgado.

Tercera reflexión:

La Eucaristía genera dinamismos de vida, de inclusión y tiene sus procesos, no es un “objeto” de consumo

Cuando vamos en la fila, mientras algunos ya comulgaron y otro está comulgando, es importante sentir esta gracia: la de que es la Iglesia entera la que comulga -también la Iglesia que está en territorio extranjero, esos “otros rebaños” de los que habla el Señor-.

Por parte del Padre que nos da a Jesús, estamos todos incluidos: el Padre no quiere que ninguno se pierda y le hace fiesta al hijo pródigo antes de escuchar su confesión completa, con lo de que pecó y no es digno de ser hijo y que lo trate como un servidor…

Por parte de Jesús que se nos da, están incluidos hasta los mismos que lo crucifican. Imagínense cuánto más un pobre pecador que no puede comulgar públicamente.

Por parte de los que comulgamos, hace bien sentir la indignidad que nos incluye a todos -el yo no soy digno de que entres en mi casa-, sentir que hay tantos que se quedan fuera, y que, si se los saliera a invitar a la fiesta por los caminos, dado que muchos con tarjeta no quieren venir, vendrían corriendo y se pondrían el traje de fiesta con alegría.

Cuarta reflexión:

La comunión de deseo es parte integral de la comunión sacramental

La imagen “pan del cielo”, si uno la analiza en sus términos, incluye “descenso”. Un pan es para comer y el cielo lo aleja. Es una imagen que despierta deseo: deseo de que baje y por eso la gente le dice: danos siempre de ese pan.

Jesús refuerza esta imagen descendente por parte suya, ya que El es Pan que desciende, pan que se da desde otras praderas con otro trigo que los que conocemos, diciéndonos que si nosotros nos ponemos en movimiento y “vamos a Él”, si lo bebemos con el deseo de la Fe, estamos en su misma dinámica.

Y cuando en el lecho de muerte uno confiesa y le da la comunión a alguien, se hace presente toda la vida y se ve que esa persona no estaba “excomulgada”. Siempre deseó comulgar. Es solo que la fila se le hizo más larga.

Quinta reflexión:

La Eucaristía es comida sujeta a criterios comunitarios no individualistas

Me gusta meditar contemplando la fila que hacemos para ir a comulgar. Si hay uno en la fila que en este momento está comulgando, yo que voy atrás, con mi acercarme con devoción y fe, ya estoy comulgando. Y la abuela que va a misa mientras hijos y nietos duermen, está haciendo entrar en comunión con Jesús a toda la familia. La estadística, en esto, no nos dice nada. Censar cuántos comulgan no tiene sentido. No se puede medir el grado de comunión que crea en torno a sí una sola persona que comulga con Jesús, no solo espacialmente sino a lo largo del tiempo. Detrás de la última comunión de un moribundo (que en muchos casos del Hogar fue su primera comunión) vaya a saber la misa diaria de qué abuela lo tenía ya incluido. El censo no tiene que preguntar: Ud se confiesa? Y sacar la estadística de que sólo el tanto % de cristianos se confiesa. La pregunta tiene que ser: Ud. en el momento de morir, desearía poder pedir perdón de sus pecados y que lo perdonaran aquellos a los que hizo mal para quedar en comunión con ellos o preferiría morir sin que nada se sepa y lo pasado pisado? Creo que la estadística sería distinta. Son pocos los que se han endurecido tanto que no quieren saber nada de nada.

Ejercicio para ir a comulgar

Mientras voy en la fila, solidarizarme interiormente con todos los que desean comulgar y no pueden por su situación, y con los que desearían comulgar si tuvieran real conciencia del don que es. Es un momento especial para incluir a los que no comulgan y rezar por ellos y como uno de ellos.

Los que sí comulgan, ellos mismos están con Jesús y no necesitan de mi intercesión en ese momento. Por eso creo que es una buena ocasión para igualarnos en indignidad con todos los hombres y decir a Jesús “no soy -no somos- dignos de que entres en nuestra casa”. Este gesto, si se hace habitual, puede ser de mucho fruto. Es bueno luego, traducirlo en algún gesto de inclusión y de comunión con personas que “no comulgan”, que sufren algún tipo de “excomunión social o familiar”.

Diego Fares sj

Se comparte también en territorio extranjero

panes

“Después de esto, se fue Jesús a la otra ribera del mar de Galilea, el de Tiberíades,

y mucha gente le seguía porque contemplaban las señales que realizaba con los enfermos. Jesús subió al monte y se sentó allí en compañía de sus discípulos.

Estaba próxima la Pascua, la fiesta de los judíos.

Al levantar Jesús los ojos y contemplar que venía hacia él mucha gente, dice a Felipe:

– «¿Cómo vamos a comprar panes para que estos tengan qué comer?»

Se lo decía para probarle, porque Él sabía lo que iba a hacer.

Felipe le contestó:

-«Doscientos denarios de pan no bastan para que cada uno tome un poco.»

Le dice uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro:

-«Aquí hay un chico que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero ¿qué es eso para tantos?»

Dijo Jesús:

-«Hagan que se recueste la gente.»

Había en el lugar mucha hierba.

Se recostaron, pues, los hombres en número de unos cinco mil.

Tomó entonces Jesús los panes y, después de dar gracias (eujaristezas) los repartió entre los que estaban recostados y lo mismo todo lo que quisieron de los peces.

Cuando se saciaron, dice a sus discípulos:

-«Recojan los trozos sobrantes para que nada se pierda.»

Los recogieron, pues, y llenaron doce canastas con los trozos de los cinco panes de cebada que sobraron a los que habían comido.

Al ver la gente la señal que había realizado, decía:

-«Este es verdaderamente el profeta que iba a venir al mundo.»

Dándose cuenta Jesús de que intentaban venir a tomarle por la fuerza para hacerle rey, huyó de nuevo al monte él solo” (Jn 6, 1-15).

Contemplación

La así llamada “multiplicación de los panes” aparece seis veces en los evangelios. La primera, en el territorio de Israel, aparece en los cuatro evangelistas, y la segunda, en territorio pagano, aparece solo en Mateo y en Marcos.

Como dice el padre Gustavo Gutiérrez, eso es señal de que se encuentra allí un mensaje importantísimo del Señor. Cuando algo se repite dos y hasta tres veces, en el lenguaje simbólico de la Biblia, es señal de algo importante. Seis veces nos tiene que llevar a pensar. La segunda multiplicación Lucas y Juan la dejaron de lado. Dicen los exegetas que con la integración de los paganos duplicar las multiplicaciones complicaba la cosa y por eso quizás la simplificaron en una. De hecho, a mí siempre me quedó como que era una especie de “repetición” del mismo milagro. Hasta que Gutiérrez me hizo ver esto de que “se comparte también en territorio extranjero”.

En la segunda multiplicación los peces son siete y también las canastas sobrantes. Algunos dicen que el número es alusión al jubileo y esto de “compartir en territorios extranjeros” –en las fronteras existenciales, como dice el papa Francisco, allí donde hay otros que no piensan ni viven como nosotros-, puede hacernos bien para ir entrando en el año de la misericordia.

“Compartimos también en territorio extranjero”. Esto es poner a la fraternidad, a la solidaridad y al culto al Dios verdadero, por encima de los límites que, necesariamente, crea el modo de pensar y las costumbres culturales de cada pueblo y de cada persona y también la Iglesia misma.

Jesús da de comer sus panes y peces bendecidos a los que no son del pueblo de Israel. Estamos hablando de panes y peces bendecidos por las manos del Señor, luego de dar gracias al Padre! No es la Eucaristía (hay peces, como dice Gutiérrez) pero es, yo diría, el ambiente previo y la acción posterior a la Eucaristía. Se acoge a todos y se comparte el alimento bendecido con todos. Y se guarda lo que sobra, en señal de continuidad, de que gracias a Jesús nos hacemos pueblo de Dios, compañeros de camino, unificados por su atracción y su acción benéfica.

Contemplemos la pedagogía del Señor. Juan nos dice que la gente lo seguía porque contemplaba las señales que hacía con los enfermos.

El Señor parte de su deseo de darse entero y de salvar a todos y su primer radio de acción es sobre la enfermedad. La enfermedad nos iguala a todos los seres (incluso al nuevo planeta recién descubierto, que tiene mil millones de años más que nuestra hermana y madre tierra, cuyos mares se están evaporando). A los seres humanos, allí donde la riqueza, la condición social y los saberes y roles nos distinguen y nos llevan a formar agruparnos excluyendo a otros, la enfermedad nos iguala. El Señor curaba gente de toda clase, la hija de Jairo y la hija de la mujer palestina, el siervo del Centurión y la suegra de Simón Pedro…

En las multiplicaciones de panes y peces para la gente que lo sigue y escucha su Palabra, el Señor da un paso más. De lo individual de la enfermedad pasa a lo comunitario, a lo social: hace que la gente se organice, se siente y comparta. Y los alimenta a todos con los mismos panes y peces bendecidos. Los que reciben su palabra reciben también sus panes y peces.

Experimentamos esta gracia cuando peregrinamos junto con todo el pueblo fiel de Dios o en ocasiones multitudinarias, como las que se dan en las visitas del Papa, en los jubileos, en los congresos Eucarísticos. Hay un Don del Señor a su pueblo que es previo a todo condicionamiento humano. El sembrador sale a sembrar y esparce la semilla en todo tipo de terrenos, el Buen Pastor mira a las ovejas que no tienen pastor y las sana a todas y las alimenta a todas, haciéndolas sentar por grupos (se habrán juntado entre los amigos, entre los del mismo pueblo y condición y también se habrán mezclado bastante).

Así también sucede en Pentecostés y con las primera conversiones: el Don del Espíritu se da por “rebasamiento” (verdadero rebasamiento, no como el del capitalismo, que no derrama nada o sólo algunas gotas). Desde un núcleo de corazones plenamente suyos, los dones del Señor se reparten sin medida, a todos, sin exclusiones de ningún tipo. Así como se recibe el Don –de la salud, del perdón, del pan y del Espíritu- sin medida ni condiciones, también así se comunica.

Los cristianos comienzan a predicar el evangelio antes de ser llamados cristianos,

reciben el Espíritu, como la familia de Cornelio, sobre los que “cae (literalmente) el Espíritu” mientras Pedro está hablando y entonces, después, los bautiza diciendo: “Acaso puede alguien negar el agua del bautismo a estos que han recibido el Espíritu Santo como nosotros” (Hc 10, 47).

A la Iglesia se le arman líos porque los paganos se hacen cristianos sin pasar por los ritos judíos y debe “legislar” para ir ordenando este Espíritu Santo “desatado”, por decirlo de alguna manera, que comienza a “armonizar todas las diversidades”, comenzando por las lenguas.

Por eso la Iglesia, cuando legisla y ordena, cuando clasifica pecados y autoriza grados de participación en los sacramentos, siempre debe hacerlo estando atenta a que “gestiona” un Don “ingestionable” sino es para salvación de más gente y para mayor crecimiento en fe y en caridad de todos.

Por eso, la primera pregunta debe ser siempre: “cómo hacemos para que Jesús y sus dones lleguen a todos de modo tal que no se pierda ninguno”. La pregunta nunca debe ser “quién no puede” sino “cómo hacer para que llegue a todos”.

Si esto requiere de “tiempos extraordinarios” como un Jubileo de la Misericordia, que permita desbloquear algunas situaciones imposibles de arreglar por la vía ordinaria y barajar y dar de nuevo, pues aquí tenemos al Papa Francisco que con coraje y decisión lo ha decretado.

Si esto requiere un gran trabajo de organización (y luego de limpieza para juntar las sobras) no hay otra que arremangarse y hacer crecer la organización.

Si hay que repensar la disciplina de la Iglesia porque el cambio cultural es de esos que se dan cada mil años, hay que iniciar el camino. No fue menor la tarea de la Iglesia al dejar los preceptos y las costumbres judías y comenzar a gestar los propios. Recordemos que la “Tradición de la Iglesia” es algo vivo, y se compone no solo de cosas inmutables, como el Dogma y la moral, sino de cosas que tienen que ir cambiando, como la liturgia, la disciplina eclesiástica y la pastoral.

Como decía San Juan XXIII al comienzo del Concilio: “Una cosa es la substancia de la antigua doctrina, del “depositum fidei”, y otra la manera de formular su expresión…”.

Transcribo el pasaje por que me parece que es un bálsamo para el alma y ayuda a ver el espíritu con que Francisco lleva adelante la Iglesia:

“La tarea principal de este Concilio no es, por lo tanto, la discusión de este o aquel tema de la doctrina fundamental de la Iglesia, repitiendo difusamente la enseñanza de los Padres y Teólogos antiguos y modernos, que os es muy bien conocida y con la que estáis tan familiarizados. Para eso no era necesario un Concilio.

Sin embargo, de la adhesión renovada, serena y tranquila, a todas las enseñanzas de la Iglesia, en su integridad y precisión, tal como resplandecen principalmente en las actas conciliares de Trento y del Vaticano I, el espíritu cristiano y católico del mundo entero espera que se de un paso adelante hacia una penetración doctrinal y una formación de las conciencias que esté en correspondencia más perfecta con la fidelidad a la auténtica doctrina, estudiando ésta y exponiéndola a través de las formas de investigación y de las fórmulas literarias del pensamiento moderno.

Una cosa es la substancia de la antigua doctrina, del “depositum fidei”, y otra la manera de formular su expresión; y de ello ha de tenerse gran cuenta —con paciencia, si necesario fuese— ateniéndose a las normas y exigencias de un magisterio de carácter predominantemente pastoral.

Al iniciarse el Concilio Ecuménico Vaticano II, es evidente como nunca que la verdad del Señor permanece para siempre. Vemos, en efecto, al pasar de un tiempo a otro, cómo las opiniones de los hombres se suceden excluyéndose mutuamente y cómo los errores, luego de nacer, se desvanecen como la niebla ante el sol.

Cómo reprimir los errores. Siempre la Iglesia se opuso a estos errores. Frecuentemente los condenó con la mayor severidad. En nuestro tiempo, sin embargo, la Esposa de Cristo prefiere usar la medicina de la misericordia más que la de la severidad. Ella quiere venir al encuentro de las necesidades actuales, mostrando la validez de su doctrina más bien que renovando condenas. No es que falten doctrinas falaces, opiniones y conceptos peligrosos, que precisa prevenir y disipar; pero se hallan tan en evidente contradicción con la recta norma de la honestidad, y han dado frutos tan perniciosos, que ya los hombres, aun por sí solos, están propensos a condenarlos, singularmente aquellas costumbres de vida que desprecian a Dios y a su ley, la excesiva confianza en los progresos de la técnica, el bienestar fundado exclusivamente sobre las comodidades de la vida. Cada día se convencen más de que la dignidad de la persona humana, así como su perfección y las consiguientes obligaciones, es asunto de suma importancia. Lo que mayor importancia tiene es la experiencia, que les ha enseñado cómo la violencia causada a otros, el poder de las armas y el predominio político de nada sirven para una feliz solución de los graves problemas que les afligen. En tal estado de cosas, la Iglesia Católica, al elevar por medio de este Concilio Ecuménico la antorcha de la verdad religiosa, quiere mostrarse madre amable de todos, benigna, paciente, llena de misericordia y de bondad para con los hijos separados de ella” (San Juan XXIII, Discurso inicial, Vaticano II, 11 de octubre de 1962).

Diego Fares sj

………………..

Algunos “trozos sobrantes” que junté de las contemplaciones de estos doce años. Para que nada se pierda.

Jesús es Pan de vida.

Yo soy pan para los demás.

En comunidad somos un equipo de cinco pancitos.

Nuestro pueblo es cinco mil panes compartidos (2003).

Nosotros andamos preocupados por lo que falta y el Señor nos manda a cuidar que no se pierda nada ¡de lo que sobró!

Que no se pierdan los voluntarios nuevos, que no se malogren los proyectos futuros, que no se nos llene de angustia o de quejas o de suspicacias el corazón mientras estamos gestionando milagros, sino que nos abramos humildemente a juntar la sobreabundancia en vez de creer que tenemos que asegurar mezquinamente lo ya logrado como si hubiera sido responsabilidad nuestra el milagro (2006).

Los fragmentos de la historia de cada vida! De la mía… Todo lo bueno y hermoso que me pasó y que gocé hasta ahí, con la pena de que terminara o de que no se pudiera guardar, todo eso fragmentario, el Señor lo junta en esa canasta que será su mejor regalo al llegar al cielo. No un regalo de cosas nuevas sino de las que cada uno vivió y no pudo vivir más a fondo: la canasta con el amor entero (2006).

La belleza no se limita a las “rosas únicas”, como decía Teresita, también se regala en la multitud de margaritas blancas, todas sencillas e iguales en su esplendor. En esta escena de los panes, la belleza es la de la comunidad: la belleza de la multitud de rostros del Pueblo fiel, alegre junto a su Pastor Hermoso. Lo bueno y útil de la multiplicación de los panes no debe hacernos perder la belleza gratuita de la unificación de su gozo que experimentó la gente (2009).

El pastor y el tiempo de su pueblo

Pastor

 

Y volvieron los apóstoles a reunirse junto a Jesús

Y le contaron todas las cosas que habían hecho

y las cosas que habían enseñado.

El les dijo: ‘Vengan ustedes solos aparte a un lugar desierto

A descansar un poquito’.

Porque eran tantos los que iban y venían

Que ni para comer encontraban un tiempo desocupado.

Y se fueron en la barca a un lugar desierto entre ellos solos.

Pero muchos los vieron que se iban y los reconocieron.

Entonces, a pie y de todas las aldeas,

concurrieron allá y llegaron antes que ellos.

Al desembarcar, Jesús vio una gran muchedumbre,

Y se compadeció entrañablemente de ellos,

Porque andaban como ovejas que no tienen pastor

Y se puso a enseñarles largamente y con calma (Marcos 6, 30-34).

Contemplación

Contemplamos a Jesús, a su pueblo y a sus apóstoles.

El viaje del papa Francisco a las naciones más pequeñas de nuestra antigua Patria Grande, nos ayuda a hacer la “composición del lugar”, como dice San Ignacio que hay que hacer en las contemplaciones, para bajar la oración a la realidad, al espacio y al tiempo (contemplar como si presente me hallase).

Miramos a la gente, que “llega antes que ellos”, como dice Marcos.

En los lugares más humildes, como nuestra parroquia jesuita de Bañado Norte, cerca de Asunción, la gente se preparó desde el momento en que se enteraron que el papa iría a su barrio. En la cárcel de Palmasola, le comenzaron a hacer las tallas que le regalaron desde mucho antes. Y así. Algunos lo veían pasar sólo unos segundos, en el papamóvil, pero lo contemplaban con un corazón en el que el tiempo se había distendido: ya de antes deseaban mucho verlo y recibir una bendición y luego que pasó atesoraron esa presencia, un gesto, una mirada, un momento, y se lo han quedado saboreando en el corazón, como esa mamá que le llevó a su hijito en silla de ruedas y logró que el papa se lo bendijera: llorando decía que se llevaba esa bendición para toda su vida.

La reflexión que saco, viendo y escuchando a muchos y de mi propia experiencia, es que ver al Papa en medio de su pueblo –siendo uno uno más- saca el mejor fruto que se puede sacar de un encuentro.

La imagen es la última del evangelio, la de Jesús que ve la gran muchedumbre de su gente y se compadece entrañablemente de ellos y se pone a enseñarles y a bendecirlos y saludarlos largamente y con mucha calma.

Esa es la imagen de Francisco con la gente. Y uno tiene que encontrar su lugarcito allí.

Si entramos ahora en ese Corazón que experimenta sentimientos de entrañable compasión, nos podemos sentir admirados de que Jesús se compadezca de que andemos… ¡sin Él!

Nos mira y nos ve sin Él y eso le da pena. Eso significa la metáfora de que nos ve como “ovejas que no tienen Pastor”.

Es un sentimiento de padre, como cuando un papá ve a su hijo desorientado o triste y le da pena que no se deje ayudar, que se cierre, y cuando lo ve volver, como el padre misericordioso a su hijo pródigo, se llena de alegría y se le conmueven las entrañas, al ver que regresa y al ver cómo regresa, las dos cosas.

Ese es el punto preciso en que nos sitúa este evangelio: Jesús ve que la gente se dio cuenta de quién es Él y comienza a acudir de todas partes, cada uno desde la situación en que está, para acercarsele. Las ovejas han venteado al Pastor, han reconocido el tono de su voz, su modo de andar entre ellas y dejan todo para seguirlo.

Es una situación en la que se muestra la fragilidad, cuando uno deja su rol y su entorno y se va con otros, en medio de la multitud, para encontrarse con alguien como Jesús. El Señor “ve” este venir de la gente hacia él y se compadece de su pueblo.

Una reflexión que me viene es esta del “pueblo fiel”. Hoy todos hablan de la teología del pueblo y de qué significaría pueblo para Francisco. Sin desmerecer ningún aporte –que todos ayudan- creo que cuando él habla de pueblo fiel esta imagen de la gente peregrinando a Jesús – a Luján, a San Cayetano, a Aparecida, al Quinche, a Copacabana…- toca el corazón de lo que es el pueblo.

Somos pueblo cuando reconocemos y seguimos fielmente al buen Pastor. Quizás la expresión más honda de lo que siente un pueblo está reflejada en el Cantar del mio Cid, cuando el Cid es desterrado por el rey y el pueblo llano se pone de su parte y en contra del rey. La gente se lamenta de que el Rey lo desaproveche y alguien dice: ¡Dios, qué buen vasallo si hubiese buen señor!

En Jesús vemos al “buen vasallo” del “buen Señor”, el padre del Cielo que es el padre de todos los pequeñitos de la tierra, especialmente de los que nadie más cuida. En torno a él nos “convertimos en pueblo fiel”, de manera creciente, incluyente, saliendo de todo egoísmo y yendo al encuentro de los demás, como pares.

Por eso lo de “situarnos” en medio del pueblo fiel nos hace gustar lo mejor del Buen Pastor, de su Padre y experimentar la cohesión que nos da el Espíritu, que nos armoniza en nuestras diversidades y nos hace Iglesia, pueblo fiel de Dios.

Esto hay que sentirlo y gustarlo y que nos dilate el corazón:

¡Es tan lindo tener un pastor, un buen pastor!

Veía a la gente, cómo se preocupaba por que el papa descansase al ver que no tenía tiempo ni para ir al baño y, al mismo tiempo, todos querían saludarlo y tocarlo, y veo que gozó en esos días lo lindo que es tener un pastor.

Nos hace bien conservar estas cosas en el corazón y dilatarnos en el recuerdo. El momento más lindo de las fiestas, como siempre dice el padre Rossi, es ese después que se van todos y uno se queda rememorando los rostros y los momentos.

También es lindo dilatarse en la espera. En Estados Unidos, a los jesuitas se les ocurrió pedirle a la gente que escribiera “qué le diría al Papa Francisco si tuviera cinco minutos con él”. La verdad es que poner a la gente en esta “frecuencia” –por decirlo de alguna manera- saca las mejores cosas de los corazones.

Me impactaron tres que reflexionaron sobre el tiempo, sobre lo que hace un buen pastor con nuestro tiempo, que es como decir lo que hace con nuestro corazón, que es el órgano del tiempo, el que hace que el tiempo lata fuerte, se unifique o se disperse, con la fuerza del amor.

Una persona decía:

“Lo más seguro es que lloraría durante cuatro minutos y medio y luego, podría balbucear que me bendijera”.

¿No es una preciosa imagen de cómo es el tiempo de un corazón que ama mucho?

Otra, que según Jacques debe ser una persona joven, escribió: “¿Podría mantenerse vivo por unos cien años, por favor?”

Firma “Kim Ita”.

Trato de repetir la frase en mi pobre inglés –se nota que es un deseo dicho de corrido, que termina en ese “please” (por favor, no te vayas)-, y siento que el corazón de Kim quiere dilatar un tiempo que vive como tiempo de gracia.

Un jesuita escribe: “Le diría que estos dos últimos años han sido los más felices de mis 33 años como sacerdote … debido a que nuestro papa promueve la misericordia”. Y al mismo tiempo que “expresa cómo vive su tiempo” agrega:

“He de añadir que a pesar de los comentarios de algunos obispos influyentes y periodistas de renombre, la mayoría de los católicos en los Estados Unidos da gracias a Dios cada día por su elección”.

En esta frase veo a un cura que “siente” lo que siente su pueblo y se lo dice al Pastor.

El Pastor, como dice el Papa no es un peinador de ovejas, pero tampoco es un patrón de estancia que solo se informa del número de cabezas de ganado que le pertenecen.

La metáfora del pastor y su rebaño nos habla de la vida a escala humana –que incluye la persona en su familia y en su pueblo-.

Eso hace que el pastor si tiene muchos rebaños, no pase a ser un gerente. Siempre sigue teniendo relación personal con sus ovejas y también se ocupa de que cada rebañito tenga su pastorcito cercano. Por este lado hay que meditar en el misterio de la iglesia que conformó Jesús. Cada uno tiene que estar atento al Único Pastor, a su pastorcito y a su rebaño.

Bueno, la contemplación se vino por este lado –de cómo le hace vivir un buen pastor el tiempo a su pueblo.

Nos quedamos con lo lindo que es tener un pastor.

Jesús da piedra libre a este sentimiento.

Lo hace por la vía alegre, cuando se llena de gozo de que el Padre le revele sus cosas a los pequeños que lo escuchan a él y lo siguen, y por la vía apenada de la compasión, cuando se conmueve de que la gente no lo haya tenido, de que haya pasado tanto tiempo sin él.

Es la gracia personalísima del cristianismo. Tener un pastor supera todo.

Supera las liturgias, porque hace una liturgia única de cada encuentro;

supera todas las sabidurías, porque encuentra la palabra inédita en el momento justo;

supera todas las autoayudas porque siempre es mejor que, si necesitás ayuda, te ayude otro (ganás un amigo y no sólo tenés una solución a un problema).

Como dice la aclamación antes del evangelio durante la Cuaresma: “El Señor es mi pastor, nada me falta”.

 

Diego Fares sj

 

 

 

 

 

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