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El oficio del Señor

Resurrección llagas

I

Los discípulos de Emaús, por su parte, narraron las cosas que habían acontecido en el camino y de qué modo le habían conocido en la fracción del pan.

II

Mientras estaban hablando de estas cosas, Jesús se presentó en medio de ellos y les dijo:

«La paz esté con ustedes.» Sobresaltados y aterrados, les parecía que estaban viendo un espíritu. Pero él les dijo: «¿Por qué están conturbados? Y por qué surgen esos pensamientos en su corazón? Miren mis manos y mis pies; soy yo mismo. Pálpenme y vean que un espíritu no tiene carne y huesos como ven que yo tengo.» Y, diciendo esto, les mostró las manos y los pies.

Como ellos no acababan de creer a causa de la alegría y la admiración, les dijo: «¿Tienen aquí algo de comer?» Ellos le ofrecieron parte de un pez asado. Y tomándolo delante de ellos lo comió. Después les dijo: «Estas son aquellas palabras mías que Yo les decía cuando todavía estaba con ustedes: “Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos acerca de mí”».

III

Y, entonces, les abrió sus mentes para que comprendieran las Escrituras, y les dijo: «Así está escrito que el Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día y se predicara en su Nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones, empezando por Jerusalén. Ustedes son testigos de estas cosas. Y he aquí que Yo envío al Prometido de mi Padre sobre ustedes. Ustedes permanezcan quietos en la ciudad hasta que sean revestidos de fortaleza desde lo alto» (Lc 24, 35-48).

 

Contemplación

El oficio del Señor Resucitado es consolar a sus amigos, como dice Ignacio en los EE.

Consolar es un oficio, no algo así nomás. Y el Señor lo ejercita, me imagino yo, con el “oficio” –como se dice- con que realizaba su trabajo de carpintero. “Tiene oficio”, decimos, cuando alguien hace las cosas al detalle.

Antonio es una de las personas que trabaja en casa –en Civiltà Cattolica- haciendo mantenimiento. Sabe hacer todo tipo de tareas, que por lo que he visto hasta hoy, van desde el manejo de los computers y de las conferencias en streaming, cuando la casa se llena de gente para una conferencia, hasta la pintura de las piezas y el armado de estanterías, pasando por la limpieza de la fuente… Lo que equivale a decir que sin él, los del “Colegio de escritores”, pereceríamos en dos días en esta inmensa Villa Malta o “de las Rosas” como se llamaba, por sus lindos rosales. Ayer, Antonio me arregló un problemita eléctrico en la pieza. Una lámpara titilaba y parecía la culpable de que titilara el monitor cada vez que se encendía o apagaba cualquier luz. Entre los quinientos enchufes y cables de la pieza, que armé con remiendos de zapatillas usadas, parecía que había sobretensión. El entró y empezó a desenchufar y enchufar sin problemas todo, comenzando por la pava eléctrica para el mate, ante mi terror de que quemara la compu. Bajó y subió dos veces al piso inferior a buscar destornilladores y al fin, por descarte, cambió un cable que unía la compu con el monitor y, “mágicamente” para mí, se acabó el problema. Antonio, maldiciendo en un italiano muy expresivo a los cretinos que habían hecho mal el trabajo de atornillar los aparejos al techo, cambió también la lámpara que había estado titilando y que pensábamos que era la culpable, cuando en realidad, gracias a ella descubrió el problemita del cable. Mientras estaba subido a la escalera le pedí que me explicara por qué un cable hacía corto y el otro no, si los dos eran nuevos (yo ví que había traído un cable distinto y que no lo enchufaba en la misma entrada del monitor, o sea que era otro modo de conectar los dos aparatos), sonrió y no me dijo nada. “Es más fácil hacerlo que explicarlo, no?” –le dije. El se sonrió de nuevo y dijo en italiano: “Giustamente!, Patre Diego”. Yo agregué: “Es como si yo te quisiera explicar en dos minutos las cosas de la filosofía”. Y nos reímos con la complicidad de los que saben su oficio y aprecian el del otro.

Aquí viene lo de la “apertura de la mente” del evangelio de hoy. Si uno no tiene un oficio, difícil que el Señor le pueda abrir la cabeza para que entienda las Escrituras. Que tenga un oficio, digo, algo que uno haga bien, en lo que sepa “todo” lo que hace falta para hacer bien algo. Lo cual conlleva también la conciencia de “lo que uno no sabe” y necesita que haga otro. Para consolarnos, el Señor necesita que tengamos nuestro oficio, donde unimos lo teórico y lo práctico con arte No importa si se trata del oficio de cocinar un bizcochuelo, practicar una cirugía o escribir un bendito artículo (que ya corregí, creo unas veinte veces y todavía no sale). Eso le basta para establecer contacto. Si no pensamos desde nuestro oficio, y sí, en cambio desde algún libro que leímos o desde alguna idea que consideramos “alta” y no “baja” como la de las pequeñas tareas, difícil que el Señor nos pueda “abrir la mente para comprender las escrituras”.

Por algo el Señor eligió toda gente con oficio: desde San José, que era carpintero, hasta Simón y sus amigos, que eran pescadores, pasando por nuestra Señora, su Madre, que tenía oficio en cuestiones de fiestas grandes. Lo de darse cuenta de que algo va a faltar y arreglarlo antes que nadie se de cuenta es una de esas virtudes que apreciamos en alguien “que tiene oficio”.

Así que la primera “lección” para que el Señor pueda ejercitar su oficio con nosotros, es salir corriendo cada uno a su propio oficio. No digo a su trabajo en general, donde a veces uno “hace las cosas hasta donde le pide el jefe”, sino a su oficio, a eso que, en su profesión o trabajo o hobby si quieren, uno sabe hacer y lo hace con gusto, con verdadero amor. Allí nos tiene que encontrar el Señor reflexionando para poder hacer contacto y abrirnos la mente para comprenderlo a Él; para comprender que Jesús Resucitado no es un “objeto de culto” o “de investigación” o “de consumo”: es alguien ejercitando un oficio –el de amar y consolar a sus amigos- al que sólo se puede acceder “por sus efectos”, viendo el trabajo.

Esto, como decía, requiere “valorar el trabajo”. Y sólo lo valora el que valora el propio.

Así, estos 3.333 caracteres con espacio excluido (como un artículo de la Revista no debe pasar de los 28.000 caracteres con espacio incluido, ahora uso cada rato la función “contar palabras”), que me llevaron una hora de contemplación, son sólo para comunicar esto: antes de ser consolados tenemos que aprender a apreciar que se trata de un “oficio” que el Señor Resucitado ejercita.

San Ignacio dice que hay que mirarlo: “mirar el officio de consolar, que Christo nuestro Señor trae, comparando cómo unos amigos suelen consolar a otros” (EE 224).

Ya con esto de “mirar” tenemos para un renglón: mirar como quien mira con admiración cómo otro hace su oficio. Mirar apreciando el oficio y no como quien dice “me arregló la cosa así nomás” o “qué fácil que es hacer el bizcochuelo” (andá y hacelo…).

San Ignacio es otro de los que “tienen oficio”. Basta con ver los Ejercicios (y no hablemos de las Constituciones!) cómo tiene en cuenta cada detalle, cada moción que el ejercitante experimentará en el proceso de hacer los Ejercicios.

Los Ejercicios son algo así como “el Manual del Ayudante” del Único que tiene el Oficio de Consolar. Manual del ayudante que, en la mayoría de los casos, indicará cómo hacer para “no molestar” ni complicar las cosas, cuando el Señor se ha conectado bien con la persona y charlan a gusto, consoladamente. Y en estar muy atento y ser muy comprensivo y bondadoso, cuando la persona está desolada o tentada y algo impide que “su mente se abra” y vea “los santísimos efectos de la Resurrección” (EE 223).

Aquí me viene el “oficio” que tenemos en conjunto en El Hogar de San José (“tenemos”, digo!). Allí uno experimenta en carne propia la dureza de la desolación de tantos cristos maltratados y cómo para consolar verdaderamente hace falta un ejército de personas que desarrollen con todo cariño y sabiduría cada uno su oficio: el de recibir bien y el de hacer pasar, el de ubicar en las mesas y servir el desayuno, el de dar las toallitas para el baño y la maquinita de afeitar, el de llamar por turno y atender a cada uno, el de hacer la ficha y pasar los datos, el de preparar el taller y exponer las artesanías… Tantos “pequeños oficios con gran amor” antes de llegar al fondo del alma para ver cómo empezar a reconstruir una vida que quedó “descartada”.

Así como hay “oficios sociales”, en los que el secreto está en el equipo (esto tan simple que es lo primerísimo que muchos captan con sólo “entrar al Hogar” y que tanto les cuesta entender a otros que “hacen la suya”), hay también “oficios personales”, en los que el secreto está en saber que sólo los puede hacer una sola persona.

Captar esto, cuándo se trata de algo que “solo una persona puede hacer”, es otra de las claves que, el que tiene oficio ve inmediatamente, y el que no, se pasa a veces la vida dándose contra la pared y queriendo hacer por sí mismo lo que es tarea de otro.

Solo Jesús Resucitado te puede consolar ¿está claro?

Aquí viene una palabra de Ignacio que es propia de su oficio. La palabra es “propio”. Los italianos la usan para decir “obvio”, “precisamente”. Creo que estamos en condiciones de leer con gusto y valorando mucho la primera regla de discernimiento de la “segunda semana” donde Ignacio dice:

Proprio es de Dios y de sus ángeles en sus mociones dar verdadera alegría y gozo spiritual, quitando toda tristeza y turbación, que el enemigo induce; del qual es proprio militar contra la tal alegría y consolación spiritual, trayendo razones aparentes, sotilezas y asiduas falacias” (EE 329).

Ignacio descubre que “dar verdadera alegría” es propio de Dios y de sus ángeles, de Jesús resucitado y del buen espíritu. Y quitarla, es propio del enemigo.

Este paso, en la vida espiritual, hace la diferencia. Es como tirarse a la pileta o no. Cuando uno está desolado, dejar de darle vueltas a los “por qué será” y hacer el click de afirmar con fuerza: “esto lo hizo un enemigo”, como en la parábola del Trigo y la cizaña o “un cretino” como afirmaba Antonio sobre la escalera, equivale a ganarlo todo.

Y cuando uno está consolado, descubrir también que “hay oficio” detrás y humillarse y agradecer inmediatamente al Señor que se está tomando el trabajo de consolarme a mí, también hace la diferencia.

Descubrir esto en el mar de cosas que no es que a uno “se le mueven” dentro y lo llevan de un estado de ánimo a otro, sino que “alguien” las mueve, es la clave de la vida espiritual. Porque en la vida espiritual todo es personal.

“El me lo dio, él me lo quitó” como decía Job, y no toleraba que otro que su Señor le explicara las cosas.

“Contra ti, contra ti, solo pequé”, llora David en el Magníficat del Pecador, como llama el Padre Boasso al salmo 50. David no miraba su pecado –con culpa autorreferencial, diría Francisco- sino a su Señor.

Ahora que hemos visto bien “a Quién tenemos que dirigirnos” –al que tiene como oficio propio consolar-, podemos releer el evangelio y ver algunos detalles.

¿Qué es lo que los consuela?

Que el Señor está vivo. Que haya Resucitado y esté pleno de Gloria y gozo, como dice Ignacio, y que está para ellos, que los visite, que les hable, que coma con ellos.

Es decir: cosas enteramente personales, no en función de nada. Este oficio de lo “enteramente gratuito” de “gozar con la vida misma”, de alegrarse con la amistad compartiendo la charla y la mesa, es algo no hay que dar por descontado. Me decía alguien que le maravillaba que el Papa se diera tiempo para hacer algunas llamadas personales con tanto trabajo que tiene. Y yo pensaba que ese era su “oficio”: consolar a la Iglesia, a la humanidad. Y el consuelo no se da “en general” sino que siempre es enteramente personal. Igual es expansivo, porque tenemos “sentido social” y sabemos que “lo que le pasa a uno le pasa a todos”.

¿Con qué gestos los consuela?

El Señor consuela con pequeños gestos enteramente “personales”, que sólo sus amigos podrían reconocer: el modo de partir el pan, el comer pescado asado, mostrándoles sus manos heridas y sus pies, hablando de los profetas y los salmos

Y si vamos más hondo, a cada uno el Señor lo consuela en lo suyo propio.

Mateo nos muestra a las discípulas que iban a hacer su oficio, de lavar, perfumar y envolver en vendas y lienzos al pobre difunto. Ellas quedan deslumbradas por los vestidos blancos del ángel y en su aspecto fulgurante. El ángel les “corre la piedra” que era precisamente su problema: lo que sabían que ellas no podían hacer.

Después les sale al encuentro el Señor mismo y ellas se arrojan a sus pies. El por un lado las deja hacer y también aprovecha para decirles que no lo retengan (oficio de las santas mujeres, este de retener al Señor un rato más) y revelarles que “va al Padre”. La prensa que no sabe de estos “oficios” se burla de las monjas de clausura que intentan “retener” un poquito al Papa cuando lo ven que pasa.

A los discípulos el Señor les manda a decir que “lo verán en Galilea”. Se ve que se divierte planeando su aparición junto al lago, cómo hará que se les abran los ojos dándoles un consejo quizás demasiado preciso: “tiren las redes a la derecha y encontrarán”.

También está el misterioso signo de “dejar el sudario, que había cubierto su cabeza, no puesto con las sábanas, sino envuelto en un lugar aparte”, como cuenta Juan con todo detalle. A Juan le basta eso, Tomás necesitará “meter el dedo en la llaga”, la Magdalena que le diga su nombre, María…, los de Emaús que los acompañe y les escuche tooodo lo que tienen para decir.

Si leemos los evangelios de la Resurrección como la narración de un “oficio” del Señor, cada detalle visto desde distintas perspectivas, lejos de ser testimonios sueltos y contrapuestos, son un testimonio absolutamente creíble de una experiencia única “eclesial”: comunitaria y personal al mismo tiempo.

El Señor da testimonio de que sabe ejercer su oficio y de que ha comenzado a hacerlo. Ellos no necesitarán saber más: serán revestidos con la fuerza de lo Alto y saldrán a contar esta buena noticia a las periferias, seguros de que el Señor seguirá con su oficio de consolarlos todos los días en cada recodo del camino, al partir el pan, al realizar sus obras de misericordia y al predicar con alegría su evangelio.

 

Diego Fares sj

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Felices los que creen sin haber visto

 

“Siendo tarde aquel día, el primero después del Sábado, Y estando las puertas cerradas del lugar donde se encontraban los discípulos, por miedo a los judíos, vino Jesús y se presentó en medio de ellos y les dijo:

«La paz con ustedes». Y diciendo esto, les mostró las manos y el costado.

Se alegraron entonces los discípulos viendo al Señor. Jesús les dijo otra vez:

«La paz con ustedes. Como el Padre me envió, también yo los envío.» Y cuando dijo esto, sopló sobre ellos y les dice: «Reciban el Espíritu Santo. A quienes perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos.»

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían:

«Hemos visto al Señor.»

Pero él les contestó:

«Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré.»

Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro y Tomás con ellos. Vino Jesús estando las puertas cerradas, y se presentó en medio de ellos y dijo:

«La paz con ustedes.» Luego dice a Tomás:

«Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no quieras ser incrédulo sino fiel.»

Tomás le contestó:

«Señor mío y Dios mío. »

Le dice Jesús:

«Porque me has visto has creído. Felices los que no vieron y creyeron.»

Jesús realizó en presencia de los discípulos otras muchas señales que no están escritas en este libro. Estas han sido escritas para que crean que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengan vida en su nombre” (Jn 20, 19-29).

 

Contemplación

Esperaba que esta semana tocara alguno de los encuentros del Señor Resucitado con las santas mujeres (para hablar de la Hna Juliana, nuestra encargada de la cocina del Hogar de San José, que hoy cumple 90 años, plenos de bendiciones), pero tocó Tomás. Igual en estas contemplaciones (que aprovecho para decir que no son prédicas, ni exégesis, ni ninguna otra cosa que “medias contemplaciones” de uno que ama el evangelio metido en la vida y reza con lo que más le gusta y siente y lo comparte con los que tienen ganas de leerlo y de hacer su propia contemplación con lo que el Espíritu les da a gustar a ellos), en estas contemplaciones, digo, no tengo mucho problema en hacer entrar los rostros y la vida de mis seres más queridos. Pero siempre me gusta hacerlos entrar “teniendo algo que ver” para que no se sientan sapo de otro pozo. Estoy escribiendo esto y siento claramente que no es así, que al evangelio se entra por todos lados, hasta por el techo, como entró el paralítico con su camilla, y a cualquier hora, como los invitados que ocuparon el sitio de los que no querían ir a la fiesta. Así como pasa en San Pedro, que los puestos de la gente siempre se llenan y los de los prelados, si llueve como el Domingo de Pascua, quedan más de la mitad vacíos, así sucede también con los personajes del Evangelio: los pequeños entran en él como en su casa.

Por aquí agarro la punta del hilo y lo miramos a Tomás, habiéndose ido inoportunamente y regresando también inoportunamente… Y con pretensiones! Se ve que tenía esa gracia de ir a contramano de la comunidad (y de la historia) y, justo cuando Jesús vino, él se había ido a hacer otra cosa. Pero como la comunidad estaba consolada y la humanidad del Señor Resucitado era una experiencia tan amable y pacificadora, se ve que sin decirle mucho le hicieron sentir que mejor se quedaba y esperaba a que el Señor volviera.

Y volvió. Y Tomás tuvo su “foto personal” en la que lo vemos arrodillado a los pies del Señor diciendo ese “Señor mío y Dios mío”, que tanto bien nos hace y que fue el fruto de su fe, peleada y discutida y humildemente conquistada por el Señor que le habló con tanto cariño y aprovechó para regalarnos esa bienaventuranza tan a medida para todos los que no le hemos visto: Felices los que creen sin haber visto.

Dicho esto, ya puedo hacer entrar a Juliana, que es lo que quería, aunque uno comienza a meterse en el Evangelio y se entusiasma… Igual volveremos, pero hace bien ponerlo en diálogo con la vida de uno.

Juliana es una de esas “felices que creen sin haber visto”. Siempre dice: “Cómo será, cuando lo veamos al Señor!”. Y lo dice con una mezcla de deseo de niña pequeña y de abuela que ha vivido mucho y de cristiana que acalla sus pensamientos y se sumerge en el misterio, que da ganas de tener ganas de verlo a Dios uno también.

Juliana es una de esas personas que nos hacen sentir que nuestra vida “recién comienza”. Al menos a mí, siempre me hace pensar que comenzó con el Comedor y el Hogar a los 57 años y que el Señor la ha bendecido y la ha hecho fuente de bendición para tantos de nosotros durante 30 años. En eso es para nosotros un poco como Sara, la esposa de Abraham, a la que Dios bendijo con descendencia en su vejez. La lección para mí, es que lo que da vida es trabajar en las obras que el Señor bendice, no importa la edad que uno tenga o lo que le toque hacer.

Y ya con esto se abren dos anécdotas. Una sobre la felicidad y los años; la otra, sobre los títulos de lo que uno hace.

La felicidad y los años

Estábamos charlando en el 2006 (¡!) con Juli y Eulalia y yo les había pedido consejo por que tenía que dar una charla a los curas sobre la formación permanente. “Qué les digo a los curas”, les preguntaba, “qué nos dirían ustedes a nosotros los sacerdotes”. Las dos coincidieron en que “a los curas hay que decirles algo positivo, que los aliente, porque su vida es dura”. Me decían lo de ver lo positivo en uno y Eulalia contó cómo Dios la había cambiado cuando se dio cuenta de que ella lo buscaba afuera y él estaba dentro suyo. Que saberlo a Jesús dentro suyo le había hecho comenzar a ver todo lo positivo que tenía (antes pensaba de sí: “qué yerba si soy todo palo”) y se lo había transmitido a un chico rebelde, que luego cambió. Le decía: “Vos sos un campito y tenés un tesoro escondido adentro. Metele, búscalo!”.

A mi me gustó el ejemplo pero les dije que era difícil ver lo positivo, sobre todo encontrar la manera de decirlo en una charla a curas. Allí Juliana tuvo un gesto espontáneo que me conmovió. Es como si la viera ahora: se inclinó un poco y me tocó el brazo y dijo mirando con picardía a Eulalia: “Pobrecito, es que apenas tiene cincuenta”. Y agregó: “Estas cosas positivas se comienzan a ver después de… (aquí cruzó intencionadamente una mirada de complicidad con Eulalia como pidiendo confirmación de otra testigo) … de los sesenta… por ahí (haciendo el gesto de mas o menos con la mano). Uno se da cuenta de todo lo que Dios hizo en la vida de uno. Lo malo ya pasó, pero lo bueno queda”.

Bueno, esta es la anécdota de la felicidad y los años. Ahora que estoy casi en los sesenta, me sumo a ellas y doy testimonio también de que no me alcanzan los ojos para ver todo lo positivo que Dios hace en mi vida. Es la experiencia de Juan cuando dice: “Jesús realizó en presencia de los discípulos otras muchas señales que no están escritas en este libro” (y si se escribieran no alcanzarían los libros del mundo….).

Los títulos

Comienzo con este párrafo diciendo que me perdí un buen rato de la madrugada buscando un documento donde había comenzado, hace algunos años, a poner por escrito “Los dichos de Juliana”. Como no lo encuentro todavía, tengo que hacer memoria. Y surgen los “títulos” de Juliana. Una vez le pesqué cómo meditaba sobre lo que hacía cuando dijo que ella era “solo una transportista”. “¿Cómo es eso?”, le pregunté. “ Y sí. Si lo único que hago yo es traer la comida al Hogar todas las mañanas”. Yo la cargué con que entonces pertenecía al gremio de Moyano pero a partir de ahí le puse atención a un montón de “títulos” en los que se definía cada día por las pequeñas acciones que realizaba. “La remisera”, “la compradora de gorras y desodorantes”, “la directora espiritual del hijo de la panadera que la había agarrado por la calle para charlar”. Una vez me dijo, como quien cae en la cuenta por primera vez: “Al fin y al cabo yo no he sido otra cosa que una empleada de cocina, sin sueldo, consagrada”. Y ahí nomás agregó: “como la Virgen”, con uno de esos gestos tan expresivos suyos, como quien dice: “¡Mirá qué cosa dije!”.

Esto lo comparto porque nos hace mucho bien. Uno suele definirse buscando algún título más grande que obtuvo en la vida –desde madre o padre hasta cura o Dr.- y se pierde de titular las cosas pequeñas que hace todos los días. Si se hacen en Nombre del Señor son “carismas”. Al fin y al cabo, los Diáconos eran “los que servían las mesas” y a los Apóstoles los reconocían como “los que estaban con Jesús”. Son los únicos “títulos” que el Señor nos pedirá: el de “me diste de comer cuando tuve hambre” y “me compraste ropa cuando estaba desnudo”. En el Hogar titulamos cada rol y, es lindo ver cómo los roles más “pequeños” son pares en la cartelera con los más “grandes”.

Lo que el Señor hace con uno.

Si algo tiene Juliana que es más lindo de lo que ella es como persona, es lo que Dios hace con ella. Yo he tenido el privilegio de ver esto que el Señor ha hecho con ella durante estos veinte años y de verlo desde un lugar muy especial. No muy de cerca, como cuando uno vive en la misma comunidad, porque ahí cuesta más ver (como le pasaba a la cocinera a la que ayudaba Santa Teresita, que pensaba que la chica no servía para mucho y era un manojo de susceptibilidades), ni de más lejos, que hace que a veces uno “agrande” las cualidades de otro. La distancia del acompañamiento espiritual permite ver lo que hace el Señor con un alma, no tanto su sicología o las cosas que le pasan sino lo que la persona le deja hacer a Dios. Y en esto la Hna Juliana es un ejemplo: ha dejado que el Señor haga en ella maravillas, o dicho de otra manera, que haga cosas más grandes que ella misma. Porque lo más común es que uno no le deje hacer a Dios más que lo que uno siente que puede manejar. Hay que tener la humildad de que se vea lo grande que Dios hace en uno. Supone la humillación de que se vean con toda crudeza nuestros defectos, los de fábrica y los caprichos adquiridos. Juliana siempre pagó este precio. Sus defectos se notan, como los de una mamá. Pero eso permite ver el amor de su corazón y las maravillas que el Señor hace en muchos a través de ella.

La oración

Juliana es una mujer de oración. Oración de ratos largos ante el Santísimo y oración de charlar con la Virgen por la calle. Oración de reflexionar con sensatez y juzgar sobre estados de ánimo y situaciones, sabiendo dejar todo en manos de Dios y pasando página, sin “revolver la polenta”. Oración de examen ignaciano al “rebobinar el día” y oración de poner la cabeza contra el suelo para levantarse adorando a la mañana. Oración de sentir “el vientito del Espíritu Santo” al abrir la puerta del comedor a la madrugada para que entren los empleados y oración de hija pequeña que invoca a su “mamita” y tiene “su grupo de oración” que reza por ella cuando tiene muchos problemas y no le da la cabeza para rezar sola. Grupo de oración integrado por, a saber: Juan el Bautista, San José, la Madre, por supuesto, San Expedito, El Padre Eterno… y muchos otros que se agregan con gusto para rezar por Juliana. Cuando le pregunté si no le parecía demasiado para ella sola, me contestó que ella los necesitaba a todos.

En su oración estamos todos, su familia, su congregación, el Hogar, la gente del barrio, los curas… la Iglesia y el mundo. Todos le interesamos. Todo le interesa. Si algo lamenta, como dijo hace unos años a una periodista, es “no haber empezado antes”. Cómo se ve, nada que ver con los primeros de la parábola que se quejaban de que los últimos habían cobrado lo mismo.

Bueno, como aquí son las diez y en Buenos Aires las 5 y Juli ya debe estar levantada, dejo este primer capítulo aquí. Ya encontraré las hojas con sus dichos y, si no, los iremos reconstruyendo entre los muchos que se los escuchamos, lo cual es más evangélico.

Felices nosotros que vemos a alguien como Juli, que ama tanto a Jesús sin haberlo visto. Si el Señor quiere que “creamos por la palabra y la vida de otros”, podemos considerarnos privilegiados.

De entre las mil fotos, elijo esta en la que está como jamón del sangüiche, porque sé que le gustará mucho a ella.

Rossi-Juli-Fares

 

Diego Fares sj

 

 

Centrados en Jesús

Francisco

Juzgo que todo es pérdida

ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor,

por quien perdí todas las cosas,

y las tengo por basura para ganar a Cristo

(…) y conocerle a él,

el poder de su resurrección

y la comunión en sus padecimientos

hasta hacerme semejante a él en su muerte,

tratando de llegar a la resurrección de entre los muertos

(…). Por eso una cosa hago:

olvido lo que dejé atrás

y me lanzo a lo que está por delante

(Fil 3, 13-17).

Contemplación 

Esta semana pedí poder participar en las ceremonias del Papa y me lo concedieron, cosa que no siempre es posible. Como ya llevo cuatro –el domingo de Ramos, la misa Crismal, la celebración de la Pasión en la Basílica y el Via Crucis en el Coliseo-, mientras me preparo para la Vigilia Pascual, hago mi oración con lo vivido y lo comparto.

Es la primera vez en 29 años de sacerdote que hago de oveja y no de pastor. Y la verdad es que es lindo. Traté de seguir el consejo de nuestro Santo –Pedro Fabro- que dice que para “encontrar devoción” hace bien “no salirse de tres fronteras: una, la del momento de la liturgia en que uno está (sin recordar otras cosas ni proyectar lo que se hará después; la segunda frontera de la que no hay que salir es la del tema que se celebra (el santo o la fiesta) y la tercera frontera por la que uno se debe dejar contener es la de cada frase que uno va pronunciando.

En la pasión, por ejemplo, que cantaban tres diáconos en latín y con una música muy hermosa, trataba de ir pronunciando las palabras suavemente, para no distraerme con lo que no entendía. En los pasos del Via Crucis, que hizo un Obispo Italiano y que hacía “hablar a Jesús en primera persona” contando lo que sentía de manera muy sobria y creíble, trataba de meterme en esa escena y no pensar en la que venía. Era difícil por el marco del Coliseo y por una suerte de “dualidad” que me hace, por un lado aprovechar para rezar yo, y por otro, “estar con todos los sentidos abiertos, como dice Claudia que me conoce, para captar todo lo del Papa y poder comunicárselo a mi gente”. Así que trato de absorber todo –poniéndome muy receptivo- y de esta atento a elegir lo que el Señor me dice a mi y pide que le responda y lo que me hace sentir para dar a otros.

Centrado en los que se centran en él

La verdad es que me concentré totalmente en el Papa. En él como persona, pero al mismo tiempo, en los que se concentran en él: los que lo cuidan, la gente que lo ve pasar, los que lo quieren y preguntan por él.

Empiezo por la gente simple que se interesa tanto por Francisco. Nuestra cocinera Ángela (que hace la limpieza y en estos días en que las hermanas están de vacaciones, nos cocina junto con su hija) me decía que lo había visto muy cansado al Papa. Yo le decía que es que vive muy intensamente las ceremonias. Se concentra totalmente y se olvida del mundo. Porque habíamos cenado algo livianito una hora antes, entre la celebración en San Pedro a las 17 y el Via Crucis a las 21, y estaba de lo más bien. Esto la dejó tranquila, porque todos nos preocupamos cuando lo vemos cansado.

Centrado en los que cuidan al pueblo fiel

De eso nos habló a los sacerdotes el Jueves Santo: del cansancio de los curas. Y dijo que rezaba mucho por nosotros, especialmente cuando el que se sentía cansado era él. Fue tan linda la homilía: nos habló del cansancio bueno, ese que uno siente después de haber ungido con oleo de alegría al pueblo fiel y hace que le pueda decir al Señor “basta por hoy, Señor” y claudicar ante el sagrario o ante la cruz en adoración. Nos dijo que hay que ser curas con olor a oveja y sonrisa de papá que mira a sus hijos o a sus nietos.

La verdad es que todo lo que dijo el jueves santo, él lo vive. Uno lo ve “cansado, pero cansado bien” y que te regala unas sonrisas tan mansas que quedan grabadas para siempre. Poder estar al lado de un santo, como me decía un amigo, es una dulzura.

Terminada la Misa Crismal, salimos de San Pedro “a contramano”, pasando por detrás del altar mientras los empleados juntan las sillas. Aproveché para sacar una foto de la silla del Papa iluminada por su blancura, solita, en el altar, lleno de plantas verdes, de mármoles y manteles. No se por qué me vino sacarla. Quizás por su sencillez en el centro del altar más “fastuoso” del mundo.

En la Misa de Ramos, el domingo pasado, Francisco puso al centro la “humillación de Jesús”: “En el centro de esta ceremonia, que parece tan fastuosa, se encuentra la humillación de Jesús. El Señor se humilló para salvarnos”. Lo mismo dijo en la Misa con los detenidos de Rabbibia: “En el centro está el amor de Jesús hasta el fin. Nos ama sin límites, a cada uno, y se hizo esclavo. Recen para que el Señor me haga más esclavo, para servir a todos”.

En cada Eucaristía el Papa elige una palabra, una actitud del Señor, y la pone en el centro. Esta es la clave de sus homilías: lo que está en el centro.

Esclavo de aquellos a los que debe servir

Salíamos por la Puerta de los Peregrinos que da directo frente a Santa Marta (que está a unos 80 metros) y vemos que los guardias suizos paran la gente en la boca del túnel (porque las paredes allí tienen varios metros y se sale por un túnel). Es que está dando la vuelta el auto del papa y no dejan que ande gente suelta por las calles interiores del Vaticano. Salimos al sol de este hermoso Jueves Sacerdotal y vemos que el papa está frente a Santa Marta charlando con el Cardenal que cuida a Benedicto. Spadaro pide ir a saludarlo y nos permiten cruzar la explanada, pero vemos que entra en Santa Marta. Tendrá que ir al baño, dice uno. Los guardias nos dejan entrar y bajamos la escalera circular (se entra por una puerta corrediza, como las de los aeropuertos, y se baja a un medio entrepiso, que es la recepción, por dos escaleras semi-redondas que dan a las salitas y a los ascensores). Veo por primera vez la imagen de San José. Es una de las réplicas de la imagen del Máximo. Otra es la que Jorge nos regaló para el Hogar. Así como preside nuestra planta alta, allí preside las entradas y salidas del Papa de Santa Marta! (Le pedí a Antonio que me sacara una foto y allí no pudimos, porque estábamos esperando que Francisco terminara de hablar con una persona y no queríamos que se nos escapara). Estuvo charlando sus buenos 7 minutos (los tiempos y las distancias que pongo son números míos, interiores, digamos) y vino sonriendo a saludarnos. Verlo de cerca, a mí, me transmite muchas cosas, una mejor que otra, y por eso pongo cámara lenta. Físicamente, la impresión es de mansa dulzura. Su trato es manso. En lo que dura el tiempo de los saludos, se deja saludar. Está como un esclavo. Después vimos lo mismo cuando saludaba a los detenidos: “se lo están ‘mangiando’” – me decía Antonio. Y es verdad: deja que se le acerquen, dedica a cada uno una franca sonrisa con mirada a los ojos, responde a lo que le piden: un abrazo (tres besos le dio un grandote), una bendición a un rosario, las dos manos juntas de alguien que toman la suya…

De cerca lo siento bien. Cansado después de la ceremonia, en la que nos habló del cansancio de los sacerdotes, de “cansarnos bien”, en el Señor. De tener olor a oveja y sonrisa de papás. Cansado e irradiando paz, una especie de ámbito pacífico que lo acompaña, lo precede cuando se acerca y te mete adentro cuando estás cerca de él y después que se va dura un rato. Como Antonio lo abraza, a mi, que siempre me tiende la mano, también se acerca para un abrazo, que le doy con gusto, por supuesto. Charlan algunas cosas de la Civiltà Cattolica y nos dice que se va a almorzar con diez curas. Me pregunta si me dan de comer en la Civiltà (sutileza para decir que él también se fija en cómo está uno físicamente) y antes de irse me da saludos especiales para mi madre. Dos veces me recomienda que le diga que le manda saludos. Siempre es el mejor regalo que a uno le saluden a su madre. Desde el noviciado que Jorge siempre le dio más bola a nuestros familiares y, de manera especial a nuestras madres, que a nosotros. Son cosas lindas.

Nos vamos con Antonio y al salir, caigo en la cuenta de que, con la emoción, no sacamos la foto. Pero como tenemos que volver a dejar unos dulces que le mandan y están en el auto, la sacamos luego:

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Tocarla es como tomar gracia de la del Hogar, al entrar y salir de la oficinita, y de la del Máximo, como hacíamos al terminar las misas.

Me quedo con lo de “esclavo”. Al tenerlo cerca, al tocarle el hombro, darle la mano, mirarlo a los ojos y ver cómo trata a los otros, es como tener a Jesús cerca. Y la actitud es totalmente nueva para mí: es como la de tener a uno más grande que se hace esclavo. Por un lado está dirigiendo todo el mundo y por otro está a tu disposición, sin mostrar apuro por cortar la charla, y cuando uno hace amague de irse, reteniéndote un rato más. Esto que siempre hizo, ahora se nota “macizamente”. Si los guardias suizos tienen tiempo para saludarte deteniéndose un momento amablemente (y pasando luego a otra cosa), el Papa se detiene y se queda con vos todo lo que quieras. Y los que están al lado no joroban, como otros, que te alejan ellos para que el Papa no tenga que hacer el gasto. En su presencia uno se da cuenta de que es verdad que el tiempo es relativo y que lo crean las personas. Así como dicen que una gran masa de un planeta haría que el tiempo transcurra más despacio, así en su cercanía, el tiempo se aplaca, se vuelve rico, sustancial. Las sensaciones se activan y la memoria registra hasta los detalles más mínimos. No es que quiera hacer ciencia, pero lo de la “dilatación del tiempo por gravitación” está comprobado, aunque nuestra capacidad de experimentarlo es mínima. Pero, como dice Rossi que Francisco –al igual que el Rey de La Ciudadela de Saint Exupery- no gobierna dando indicaciones sino “gravitando”, uno siente el efecto de esta “gravitación de Francisco” en cómo si se intensifica el tiempo cuando estás a su lado.

 

Como un guardia suizo (los que se centran en su cuidado)

Todo esto que voy diciendo tiene que ver con “centrarse” en la gracia. Dejar que el tiempo de gracia se aquiete es una manera de “encontrar devoción”. Gozar el momento, no adelantarse.

También está lo de “cuidar” la gracia: que no haya cosas que la perturben.

Aquí entra como ejemplo los guardias suizos. El título me vino en estos días en que he estado en contacto con varios de “los que cuidan al santo Padre, como ellos dicen. ¿Qué es lo que me impresiona? Algo que llamaría su “desapego” a todo lo que no sea su misión. Estás en medio de una conversación amable, que entablaron sin problema, mientras uno espera al papa frente al saloncito de visitas en Santa Marta, y de golpe, sin explicaciones, siguen su camino, hablando por el micrófono que llevan incorporado y no regresan por un rato o no vuelven a hablarte más. Otro día, los volvés a ver y te recuerdan y se continúa el diálogo de la misma manera: desapegado.

Yo lo aplicaba a mi vida y pensaba que así tenía que estar atento al Señor, como un guardia suizo, haciendo las cosas pero conectado interiormente con él no disperso en mil cosas. Ellos saben que el Papa está en la casa, o viene en un rato, y está activo, haciendo cosas, recibiendo gente. Y su tarea es cuidarlo sin que se note, que pueda moverse libremente como si no pasara nada, pero atentos a que puede pasar cualquier cosa en el mundo en que vivimos.

Otra imagen es la de dos guardias vestidos con su uniforme militar, casco y lanza, avanzando a paso marcial por la explanada de San Pedro, hacia su lugar en las puntas. Un amigo cura me dice: “Ahí debe haber salido el papa en el auto hacia la plaza. Cuando aparecen estos es que él viene”.

Bueno, no se si logro expresar la intuición. Me admiró ver gente tan concentrada en la misión de que Otro pueda hacer su tarea. Lo mismo diría del maestro de ceremonias y de otra gente que lo rodea: están, no se hacen notar y “sincronizan” perfectamente para que el Papa “proceda”. Son todos muy profesionales, pero los guardias suizos me impresionaron como más “desapegados”, en el sentido de actuar en cuerpo, como una sola maquinaria. Como suizos, bah!

Los jesuitas apreciamos el gusto y la alegría de un trabajo en cuerpo bien hecho, sin comentarios ni hacerse notar demás. Al dar ejercicios en equipo uno siente ese gusto de que la persona encuentre el fruto que el Señor le da y se encuentre con él. Entonces uno se retira discretamente pero queda a mano, para lo que se necesite. Estar uno en su lugar y en su misión, como un guardia suizo, es un testimonio de que el Señor está “activo” y que es “el importante”.

Diego Fares sj

¿Qué podemos hacer en la Pasión?

 Romper nuestro frasco de perfume de nardo puro y derramar el perfume sobre la cabeza de Jesús

Faltaban dos días para la fiesta de la Pascua y de los panes Ácimos. Los sumos sacerdotes y los escribas buscaban la manera de arrestar a Jesús con astucia, para darle muerte. Porque decían:

«No lo hagamos durante la fiesta, para que no se produzca un tumulto en el pueblo.»

Mientras Jesús estaba en Betania, comiendo en casa de Simón el leproso, llegó una mujer con un frasco lleno de un valioso perfume de nardo puro, y rompiendo el frasco, derramó el perfume sobre la cabeza de Jesús. Entonces algunos de los que estaban allí se indignaron y comentaban entre sí:

«¿Para qué este derroche de perfume? Se hubiera podido vender por más de trescientos denarios para repartir el dinero entre los pobres.»

Y la criticaban. Pero Jesús dijo:

«Déjenla, ¿por qué la molestan? Ha hecho una buena obra conmigo. A los pobres los tendrán siempre con ustedes y podrán hacerles bien cuando quieran, pero a mí no me tendrán siempre. Ella hizo lo que podía; ungió mi cuerpo anticipadamente para la sepultura. Les aseguro que allí donde se proclame la Buena Noticia, en todo el mundo, se contará también en su memoria lo que ella hizo.»

Preguntar dónde quiere que le preparemos la Pascua

Judas Iscariote, uno de los Doce, fue a ver a los sumos sacerdotes para entregarles a Jesús. Al oírlo, ellos se alegraron y prometieron darle dinero. Y Judas buscaba una ocasión propicia para entregarlo.

El primer día de la fiesta de los panes Ácimos, cuando se inmolaba la víctima pascual, los discípulos dijeron a Jesús:

«¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la comida pascual?»

El envió a dos de sus discípulos, diciéndoles:

«Vayan a la ciudad; allí se encontrarán con un hombre que lleva un cántaro de agua. Síganlo, y díganle al dueño de la casa donde entre: El Maestro dice: “¿Dónde está mi sala, en la que voy a comer el cordero pascual con mis discípulos?” El les mostrará en el piso alto una pieza grande, arreglada con almohadones y ya dispuesta; prepárennos allí lo necesario.»

Los discípulos partieron y, al llegar a la ciudad, encontraron todo como Jesús les había dicho y prepararon la Pascua.

Al atardecer, Jesús llegó con los Doce. Y mientras estaban comiendo, dijo:

«Les aseguro que uno de ustedes me entregará, uno que come conmigo

Entristecernos y preguntarle si seremos nosotros los que lo traicionaremos

Ellos se entristecieron y comenzaron a preguntarle, uno tras otro:

«¿Seré yo?»

El les respondió:

«Es uno de los Doce, uno que se sirve de la misma fuente que yo. El Hijo del hombre se va, como está escrito de él, pero !ay de aquel por quien el Hijo del hombre será entregado: más le valdría no haber nacido!»

Recibir de sus manos la Eucaristía

Mientras comían, Jesús tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo:

«Tomen, esto es mi Cuerpo.»

Después tomó una copa, dio gracias y se la entregó, y todos bebieron de ella. Y les dijo:

«Esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos. Les aseguro que no beberé más del fruto de la vid hasta el día en que beba el vino nuevo en el Reino de Dios.»

Aceptar la invitación a velar con Él aunque nos durmamos

Después del canto de los Salmos, salieron hacia el monte de los Olivos. Y Jesús les dijo:

«Todos ustedes se van a escandalizar, porque dice la Escritura: Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas. Pero después que yo resucite, iré antes que ustedes a Galilea.»

Pedro le dijo:

«Aunque todos se escandalicen, yo no me escandalizaré.»

Jesús le respondió:

«Te aseguro que hoy, esta misma noche, antes que cante el gallo por segunda vez, me habrás negado tres veces.»

Pero él insistía:

«Aunque tenga que morir contigo, jamás te negaré.»

Y todos decían lo mismo.

Llegaron a una propiedad llamada Getsemaní, y Jesús dijo a sus discípulos:

«Quédense aquí, mientras yo voy a orar.»

Después llevó con él a Pedro, Santiago y Juan, y comenzó a sentir temor y a angustiarse. Entonces les dijo:

«Mi alma siente una tristeza de muerte. Quédense aquí velando

Y adelantándose un poco, se postró en tierra y rogaba que, de ser posible, no tuviera que pasar por esa hora. Y decía:

«Abba -Padre- todo te es posible: aleja de mí este cáliz, pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya.»

Después volvió y encontró a sus discípulos dormidos. Y Jesús dijo a Pedro:

«Simón, ¿duermes? ¿No has podido quedarte despierto ni siquiera una hora? Permanezcan despiertos y oren para no caer en la tentación, porque el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil.»

Luego se alejó nuevamente y oró, repitiendo las mismas palabras. Al regresar, los encontró otra vez dormidos, porque sus ojos se cerraban de sueño, y no sabían qué responderle. Volvió por tercera vez y les dijo:

«Ahora pueden dormir y descansar. Esto se acabó. Ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. !Levántense! íVamos! Ya se acerca el que me va a entregar.»

Llorar nuestras traiciones y borradas como Pedro

Jesús estaba hablando todavía, cuando se presentó Judas, uno de los Doce, acompañado de un grupo con espadas y palos, enviado por los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos. El traidor les había dado esta señal:

«Es aquel a quien voy a besar. Deténganlo y llévenlo bien custodiado.»

Apenas llegó, se le acercó y le dijo:

«Maestro.»

Y lo besó. Los otros se abalanzaron sobre él y lo arrestaron. Uno de los que estaban allí sacó la espada e hirió al servidor del Sumo Sacerdote, cortándole la oreja. Jesús les dijo:

«Como si fuera un bandido, han salido a arrestarme con espadas y palos. Todos los días estaba entre ustedes enseñando en el Templo y no me

arrestaron. Pero esto sucede para que se cumplan las Escrituras.»

Entonces todos lo abandonaron y huyeron. Lo seguía un joven, envuelto solamente con una sábana, y lo sujetaron; pero él, dejando la sábana, se escapó desnudo.

Llevaron a Jesús ante el Sumo Sacerdote, y allí se reunieron todos los sumos sacerdotes, los ancianos y los escribas. Pedro lo había seguido de lejos hasta el interior del palacio del Sumo Sacerdote y estaba sentado con los servidores, calentándose junto al fuego. Los sumos sacerdotes y todo el Sanedrín buscaban un testimonio contra Jesús, para poder condenarlo a muerte, pero no lo encontraban. Porque se presentaron muchos con falsas acusaciones contra él, pero sus testimonios no concordaban. Algunos declaraban falsamente contra Jesús:

«Nosotros lo hemos oído decir: “Yo destruiré este Templo hecho por la mano del hombre, y en tres días volveré a construir otro que no será hecho por la mano del hombre.”»

Pero tampoco en esto concordaban sus declaraciones. El Sumo Sacerdote, poniéndose de pie ante la asamblea, interrogó a Jesús:

«¿No respondes nada a lo que estos atestiguan contra ti

El permanecía en silencio y no respondía nada. El Sumo Sacerdote lo interrogó nuevamente:

«¿Eres el Mesías, el Hijo del Dios bendito?»

Jesús respondió:

«Yo soy: y ustedes verán al Hijo del hombre sentarse a la derecha del Todopoderoso y venir entre las nubes del cielo.»

Entonces el Sumo Sacerdote rasgó sus vestiduras y exclamó:

«¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Ustedes acaban de oír la blasfemia. ¿Qué les parece?»

Y todos sentenciaron que merecía la muerte. Después algunos comenzaron a escupirlo y, tapándole el rostro, lo golpeaban, mientras le decían:

«!Profetiza!»

Y también los servidores le daban bofetadas.

Mientras Pedro estaba abajo, en el patio, llegó una de las sirvientas del Sumo Sacerdote y, al ver a Pedro junto al fuego, lo miró fijamente y le dijo:

«Tú también estabas con Jesús, el Nazareno.»

El lo negó, diciendo:

«No sé nada; no entiendo de qué estás hablando.»

Luego salió al vestíbulo. La sirvienta, al verlo, volvió a decir a los presentes:

«Este es uno de ellos.»

Pero él lo negó nuevamente. Un poco más tarde, los que estaban allí dijeron a Pedro: «Seguro que eres uno de ellos, porque tú también eres galileo.»

Entonces él se puso a maldecir y a jurar que no conocía a ese hombre del que estaban hablando. En seguida cantó el gallo por segunda vez. Pedro recordó las palabras que Jesús le había dicho: «Antes que cante el gallo por segunda vez, tú me habrás negado tres veces.» Y se puso a llorar.

Hacer silencio como el Señor

En cuanto amaneció, los sumos sacerdotes se reunieron en Consejo con los ancianos, los escribas y todo el Sanedrín. Y después de atar a Jesús, lo llevaron y lo entregaron a Pilato. Este lo interrogó:

«¿Tú eres el rey de los judíos?»

Jesús le respondió:

«Tú lo dices.»

Los sumos sacerdotes multiplicaban las acusaciones contra él. Pilato lo interrogó nuevamente:

«¿No respondes nada? !Mira de todo lo que te acusan

Pero Jesús ya no respondió a nada más, y esto dejó muy admirado a Pilato.

En cada Fiesta, Pilato ponía en libertad a un preso, a elección del pueblo. Había en la cárcel uno llamado Barrabás, arrestado con otros revoltosos que habían cometido un homicidio durante la sedición. La multitud subió y comenzó a pedir el indulto acostumbrado. Pilato les dijo:

«¿Quieren que les ponga en libertad al rey de los judíos?»

El sabía, en efecto, que los sumos sacerdotes lo habían entregado por envidia. Pero los sumos sacerdotes incitaron a la multitud a pedir la libertad de Barrabás. Pilato continuó diciendo:

«¿Qué debo hacer, entonces, con el que ustedes llaman rey de los judíos?»

Ellos gritaron de nuevo:

«Crucifícalo

Pilato les dijo:

«¿Qué mal ha hecho?»

Pero ellos gritaban cada vez más fuerte:

«Crucifícalo

Contemplarlo de lejos como las mujeres amigas

Pilato, para contentar a la multitud, les puso en libertad a Barrabás; y a Jesús, después de haberlo hecho azotar, lo entregó para que fuera crucificado.

Los soldados lo llevaron dentro del palacio, al pretorio, y convocaron a toda la guardia. Lo vistieron con un manto de púrpura, hicieron una corona de espinas y se la colocaron. Y comenzaron a saludarlo:

«Salud, rey de los judíos!»

Y le golpeaban la cabeza con una caña, le escupían y, doblando la rodilla, le rendían homenaje. Después de haberse burlado de él, le quitaron el manto de púrpura y le pusieron de nuevo sus vestiduras. Luego lo hicieron salir para crucificarlo.

Como pasaba por allí Simón de Cirene, padre de Alejandro y de Rufo, que regresaba del campo, lo obligaron a llevar la cruz de Jesús. Y condujeron a Jesús a un lugar llamado Gólgota, que significa: «lugar del Cráneo.»

Le ofrecieron vino mezclado con mirra, pero él no lo tomó. Después lo crucificaron. Los soldados se repartieron sus vestiduras, sorteándolas para ver qué le tocaba a cada uno. Ya mediaba la mañana cuando lo crucificaron. La inscripción que indicaba la causa de su condena decía: «El rey de los judíos.» Con él crucificaron a dos ladrones, uno a su derecha y el otro a su izquierda.

Los que pasaban lo insultaban, movían la cabeza y decían:

«Eh, tú, que destruyes el Templo y en tres días lo vuelves a edificar, sálvate a ti mismo y baja de la cruz

De la misma manera, los sumos sacerdotes y los escribas se burlaban y decían entre sí:

«Ha salvado a otros y no puede salvarse a sí mismo! Es el Mesías, el rey de Israel, que baje ahora de la cruz, para que veamos y creamos!»

También lo insultaban los que habían sido crucificados con él.

Al mediodía, se oscureció toda la tierra hasta las tres de la tarde; y a esa hora, Jesús exclamó en alta voz:

«Eloi, Eloi, lamá sabactani.»

Que significa:

«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»

Algunos de los que se encontraban allí, al oírlo, dijeron:

«Está llamando a Elías.»

Uno corrió a mojar una esponja en vinagre y, poniéndola en la punta de una caña le dio de beber, diciendo:

«Vamos a ver si Elías viene a bajarlo.»

Entonces Jesús, dando un gran grito, expiró.

El velo del Templo se rasgó en dos, de arriba abajo. Al verlo expirar así, el centurión que estaba frente a él, exclamó:

«Verdaderamente, este hombre era Hijo de Dios!»

Había también allí algunas mujeres que miraban de lejos. Entre ellas estaban María Magdalena, María, la madre de Santiago el menor y de José, y Salomé, que seguían a Jesús y lo habían servido cuando estaba en Galilea; y muchas otras que habían subido con él a Jerusalén.

Era día de Preparación, es decir, vísperas de sábado. Por eso, al atardecer, José de Arimatea -miembro notable del Sanedrín, que también esperaba el Reino de Dios- tuvo la audacia de presentarse ante Pilato para pedirle el cuerpo de Jesús.

Pilato se asombró de que ya hubiera muerto; hizo llamar al centurión y le preguntó si hacía mucho que había muerto.

Informado por el centurión, entregó el cadáver a José. Este compró una sábana, bajó el cuerpo de Jesús (de la cruz), lo envolvió en ella y lo depositó en un sepulcro cavado en la roca. Después hizo rodar una piedra a la entrada del sepulcro.

María Magdalena y María, la madre de José, miraban dónde lo habían puesto” (Marcos 14, 1 – 15, 47).

Contemplación

No es larga la Pasión según san Marcos. Le he puesto algunos títulos para leerla en estos días. Responden a una pregunta: ¿qué podemos “hacer” en la Pasión. No mucho, pareciera. Y sin embargo…

Podemos “romper nuestro frasco de perfume de nardo puro y derramar el perfume sobre la cabeza de Jesús”, como hizo esta mujer. Tuvo esta idea y la llevó a cabo. Perfumar a Jesús! A quién se le puede ocurrir sino a una mujer! Contaba hace unos días Nuria Calduch, en la presentación del suplemento del Osservatore Romano “Mujeres Iglesia Mundo”, que la revista Vida Nueva comienza a sacar en Español, que cuando le dijo a su Director de Tesis que el tema que le había gustado para hacer su trabajo era el del perfume en el evangelio, este, cuando vio que no la iba a poder convencer de que había temas más trascendentes para investigar, la despidió con esa frase: “Mujer tenía que ser”. La tesis se transformó en un hermoso librito “El perfume del evangelio”, sobre los encuentros de Jesús con las mujeres. (Comento que el papa Francisco la eligió con otras dos como miembro de la Pontificia Comisión Bíblica Internacional y es la primera vez que entran mujeres).

La verdad es que, contemplando lo que “hace” la gente en la Pasión, el gesto de esta mujer fue no sólo el más hermoso sino el más positivo, junto con el de la Verónica, que le limpió el rostro al Señor y el de las tres Marías que “miraban” y “estaban” haciendo sentir su cariño con la presencia y las lágrimas. Los demás gestos son… para llorar. Esa sería la palabra. El llanto de Pedro debe haber sido para el Señor como el perfume. Todos los demás gestos de Pedro están signados por el desatino: decir que nunca lo traicionará, cortarle la oreja a Malco, negarlo ante las sirvientas… Las lágrimas serán lo más auténtico de su buena voluntad.

Así que a la pregunta ¿qué podemos hacer en la pasión, esta semana santa? la respuesta va por el lado de derrochar y derramar perfumes y lágrimas (había puesto “o”, pero me parece más positiva la “y”, ya que todos tenemos algo de amor guardado para ocasiones especiales y este “perfume” no hay que dejar que quede así, guardado: hay que derramarlo. Algún gesto de adoración se merece “la cabeza del Señor”, algo que sea “sólo para él”. De las lágrimas ya hablaremos este miércoles en el blog “ejerciciosespirituales.wordpress.com”, con la Hna Marta, ya que este mes toca la bienaventuranza “felices los que lloran, porque serán consolados”.

Dejarnos confortar

Paso a lo otro que quería compartir: en la Pasión, como decimos en el “alma de Cristo”, hay que dejarse “confortar por el Señor”: ¡Pasión de Cristo, confórtanos!

No se trata de “hacer” otras cosas sino de “dejar que el Señor haga”. El “hágase en mí” de la Virgen no encuentra lugar más apropiado que este de la Pasión del Señor para que lo repitamos. Que se haga en mí – en nosotros, porque el Señor da la vida por todos los que andamos dispersos y hacer de nosotros un pueblo fiel- la redención; hágase en nosotros el rescate, la liberación de las esclavitudes (las del mundo que nos lleva a estar esclavizados por el consumo y las esclavitudes de las propias tendencias y pasiones) donde cada uno se siente atado; hágase en mí, en nosotros, la Eucaristía que nos unifica al comer un mismo pan; hágase en nosotros la eclesialidad, ya que la Cruz del Señor atrae a todos y nos hace “comunidad de gente perdonada, salvada”.

Cada uno sabe dónde necesita que lo conforten. Qué linda palabra “confortado”. Suena a “gestos que confortan”, que dan ganas de vivir, que hacen sentir que todo vale la pena”. Qué linda la gente que conforta, con su ejemplo, con su estar, con su no bajar los brazos, con sus palabras positivas, con su aliento. Jesús en la Pasión es el gran confortador. El lo planeó todo. Planeó la Eucaristía, que sería la que nos confortaría para siempre, en todas las situaciones; confortó a Pedro adelantándose a su negación, para que no se viniera abajo ni cayera en la desesperación; nos dio la clave para sentirnos confortados: saber que lo podemos confortar a Él. Le hacía bien volver y ver a sus amigos tratando de velar, aunque se hubieran dormido. Confortó a las mujeres que lloraban. Nos confortó a todos en Juan, dándonos a la Confortadora, a su Madre. Confortar es una palabra sólida. De las que van directo al corazón, donde el ánimo se consolida o se viene abajo –descorazonarse, decimos-. Pasión de Cristo, reconfórtanos.

Les comparto dos textos del Papa Francisco porque él tiene esta gracia de la fortaleza. Es una gracia especial, porque consiste en tener “piel de rinoceronte” por fuera y “ternura de niño” por dentro. Y estar “blindado por la paz”. La suya es una fortaleza que le viene de “manejar bien su propio límite”, no creyéndosela y de ser fuerte en la vida cotidiana, hacerse fuerte en las pequeñas cosas, con la paciencia.

“Muchas veces, en efecto, no logramos captar el designio de Dios, y nos damos cuenta de que no somos capaces de asegurarnos por nosotros mismos la felicidad y la vida eterna. Sin embargo, es precisamente en la experiencia de nuestros límites y de nuestra pobreza donde el Espíritu nos conforta y nos hace percibir que la única cosa importante es dejarnos conducir por Jesús a los brazos de su Padre”.

Y también: “No hay que pensar que el don de fortaleza es necesario sólo en algunas ocasiones o situaciones especiales. Este don debe constituir la nota de fondo de nuestro ser cristianos, en el ritmo ordinario de nuestra vida cotidiana. Como he dicho, todos los días de la vida cotidiana debemos ser fuertes, necesitamos esta fortaleza para llevar adelante nuestra vida, nuestra familia, nuestra fe. El apóstol Pablo dijo una frase que nos hará bien escuchar: «Todo lo puedo en Aquel que me conforta» (Flp 4, 13). Cuando afrontamos la vida ordinaria, cuando llegan las dificultades, recordemos esto: «Todo lo puedo en Aquel que me da la fuerza». El Señor da la fuerza, siempre, no permite que nos falte. El Señor no nos prueba más de lo que nosotros podemos tolerar. Él está siempre con nosotros. «Todo lo puedo en Aquel que me conforta. Queridos amigos, a veces podemos ser tentados de dejarnos llevar por la pereza o, peor aún, por el desaliento, sobre todo ante las fatigas y las pruebas de la vida. En estos casos, no nos desanimemos, invoquemos al Espíritu Santo, para que con el don de fortaleza dirija nuestro corazón y comunique nueva fuerza y entusiasmo a nuestra vida y a nuestro seguimiento de Jesús”.

Bueno, baste con esto para saber qué “hacer” en la pasión –perfumar y llorar- y qué fruto pedir al Señor que nos de el verlo así, tan lastimado y dándose por entero para nuestro bien: que nos conforte y reconforte su pasión.

………

Testimonio de Vinicio Riva, el enfermo de forúnculos al que el Papa confortó con su abrazo:

“Sentí que el corazón se me salía del cuerpo. Fue el paraíso, él nunca dudó en abrazarme”, le contó al periódico.

Su enfermedad es una de las enfermedades genéticas más comunes, pero la apariencia de los enfermos genera todo tipo de rechazos contra ellos. El mal, por supuesto, no es contagioso.

“El Papa ni se detuvo a pensar si me abrazaba o no. Mi enfermedad no es contagiosa, pero seguramente él (Francisco) no lo sabía. Bajó del altar a saludar a los enfermos. Yo le besé la mano mientras que él con la otra me acariciaba la cabeza y las heridas. Después tiró de mí, abrazándome con fuerza y besándome el rostro. Yo tenía la cabeza en su pecho, sus brazos me rodeaban. Me tenía muy pegado a él, mimándome, no se apartaba.  Simplemente lo hizo: envolvió toda mi cabeza como si solamente sintiera amor”,  comentó el hombre que vive en Vicenza, una ciudad de 100.000 habitantes al norte de Italia, cercana a Venecia.

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Diego Fares sj

 

San José: “rodeado, absorbido y sumergido en el gozo de Dios”

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Entre los que habían subido para adorar durante la fiesta,

había unos griegos que se acercaron a Felipe, el de Betsaida de Galilea,

y le dijeron:

«Señor, queremos ver a Jesús.»

Felipe fue a decírselo a Andrés, y ambos se lo dijeron a Jesús.

El les respondió:

«Ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser glorificado.

Les aseguro que si el grano de trigo que cae en la tierra no muere,

queda solo; pero si muere, da mucho fruto. El que tiene apego a su vida la perderá; y el que no está apegado a su vida en este mundo, la conservará para la Vida eterna.

El que quiera servirme que me siga, y donde yo esté, estará también mi servidor.

El que quiera servirme, será honrado por mi Padre.

Mi alma ahora está turbada. ¿Y qué diré: “Padre, líbrame de esta hora”?

¡Si para eso he llegado a esta hora! ¡Padre, glorifica tu Nombre!»

Entonces se oyó una voz del cielo:

«Ya lo he glorificado y lo volveré a glorificar.»

La multitud que estaba presente y oyó estas palabras, pensaba que era un trueno. Otros decían: «Le ha hablado un ángel.»

Jesús respondió:

«Esta voz no se oyó por mí, sino por ustedes.

Ahora ha llegado el juicio de este mundo,

ahora el Príncipe de este mundo será arrojado afuera;

y cuando yo sea levantado en alto sobre la tierra,

atraeré a todos hacia mí» (Jn 12, 20-33).

Contemplación

“El que quiera servirme, será honrado por mi Padre”, dice el Señor en un momento de su vida en que “todos lo quieren ver”, hasta los griegos, y él habla de una atracción más profunda que quiere ejercer en el corazón de los hombres: “atraeré a todos hacia mí” pero no para la foto sino desde la Cruz y para el servicio.

Como no salió nada especial sobre San José comparto lo que me llenó de alegría leyendo el Breviario. Tiene que ver con esto de ser servidor y de ser honrado por el Padre, no por el mundo. San José es el Servidor bueno, prudente y fiel, al que el Padre le encomienda a Jesús y a María, comunicándose con él en sus sueños más profundos, allí donde salen las cosas que uno más ama o teme. Allí se ve que lo que más ama José es a María y, una vez que acepta ser padre de Jesús, lo único que teme es que alguien le pueda hacer daño a su hijo amado. Es su amor lo que lo vuelve prudente, vigilante, “atento a todo lo que lo circunda” como dice Francisco, y “más sensible para con las personas que lo rodean”. Este amor servicial a Jesús que se expresa amando y sirviendo a todos los que Jesús ama y se dejan servir –todos los que vamos formando así la Iglesia-, es lo que mueve al Padre a “honrar” a José.

Partamos de que a todos nos encanta “ser honrados”. Es algo más que ser aplaudidos o ser nombrados, algo más que ser reconocidos. La honra es a la persona y puede ser silenciosa. Hay gente muy humilde a la que uno “honra” interiormente y no se le ocurriría aplaudirlos o sacarles fotos. La honra tiene que ver con “dar la vida”: uno honra en su corazón a los que ve que dan la vida. Y cada uno lo siente de manera especial en su misma profesión, en su vocación, en la familia. Yo honro a los sacerdotes que fueron para mi ejemplo de dar la vida en el confesionario, siendo confesores misericordiosos y cercanos a la gente; honro a los que veo que celebran con más amor la Eucaristía; honro a los que dicen sí más inmediatamente cuando les piden ir a ver a un enfermos; honro a los que se entregan enteros sin mezquinarse. En la familia, honro a la que es buena hija, al que es buen papá y a la que es buena mamá, honro a las que fueron las mejores tías del mundo para nosotros; en el Hogar honro a los colaboradores que honran a nuestros comensales y huéspedes; honro a los que honran el trabajo en equipo, porque es la manera de honrar al excluido, dándole una “pequeña sociedad” en la que no hay internas de poder sino que todo poder hacer algo se ve como servicio. En la Compañía honro a los que honran nuestra vocación. Cómo siento esto? Ayer celebramos con dos Obispos amigos, Sergio y Jorge, en las piecitas (Camerette) de San Ignacio. Un lugar escondido en medio de la ciudad, que algunos jesuitas geniales, especialistas como somos en cuestiones de ruinas, rasquetearon hasta dejar el lugar tal como era cuando lo habitaba Ignacio. Hicieron un trabajo de restauración que consistió sobre todo en “simplificar”, sacando cortinas, capas de revestimiento, cuadros y chirimbolos sagrados que se fueron acumulando. Recuerdo hace 20 años, cuando viví en Roma por primera vez, que estaba todo en obra y yo me saqué unas astillitas de un escritorio que, ahora con vergüenza, veo bien en su puesto y convertido en reliquia. Allí están las “cosas de Ignacio” –un par de chancletas negras y toscas, anchas porque se le hincharían los pies, como advirtió Lugones, que es veterinario además de Obispo y sabe de hinchazones, una sotana negra o más bien “manteo”, un chalequito o camisa deshilachadito…, una casulla blanca con algún dorado desvaído por el tiempo- y viendo estas prendas sentía yo, con muchas lágrimas, que allí había nacido todo (para nosotros, para mí) –la Compañía-, y que era todo interior. Esa fue la gracia –maciza- que recibí: sentir que ese manto más bien chicón, contenía un gozo grande como el de un mundo, un gozo de reino de los cielos, y que era tan sólido y constante que, para cuidarlo, hacían falta prendas humildes por afuera. Esta es la honra del Padre: hacer sentir un gozo interior, que es como un solcito y se lleva puesto a donde uno va, y cuanto más uno se humilla más se hace sentir.

Eso es lo que decía Bernardino de Siena de San José. Lo transcribo porque vale la pena: “Añade el Señor: pasa al banquete de tu Señor”. Porque, aunque el gozo festivo de la felicidad eterna entra en el corazón del hombre, el Señor prefirió decirle: pasa al banquete, para insinuar de un modo misterioso que este gozo festivo no sólo se halla dentro de él, sino que lo rodea y absorbe por todas partes, y que está sumergido en él como en un abismo infinito”. Fíjense qué manera de hablar del gozo: no solo está dentro sino que lo rodea y lo absorbe y José está sumergido en él!

San José, hombre del gozo. Por eso es patrono de la Iglesia y se le confía y pide de todo. Porque el gozo abarca todos los aspectos de la vida, a veces sublimes, a veces de un instante. Y retomo: honro a los jesuitas, compañeros míos, que viven con más gozo su vocación, porque significa que la “entienden” más. Ser compañeros de Jesús es, antes que toda otra cosa, cuestión de un gozo, el de la amistad en el Señor. De allí brotan todas las misiones y oraciones, todas las obras y ejercicios y escritos y acompañamientos: de un gran gozo.

Y el Padre honra a los que “se gozan en el Señor”, se gozan de ser sus compañeros, sus perdonados, sus ovejitas, sus misioneros, sus amigos del alma.

Honro a San José porque su gozo tiene esta expansividad de la que habla San Bernardino, que envuelve toda la vida cotidiana, en su dimensión de Hogar de San José y en su dimensión de Exilio en las calles de Egipto, gozo que se expande en la contemplación silenciosa de María y del Niño Jesús, en la mesa familiar y en el trabajo de carpintero y changuista, arreglando las cosas de los vecinos.

Los que buscamos la honra mundana (San Ignacio era de estos), podemos sentir que es la materia prima con la que mejor trabaja el Padre. El deseo de ser honrado, en su veta más profunda, es deseo de pertenencia a la raza humana, deseo de que nos sepan parte de la especie por nuestras elecciones y acciones libremente asumidas. Eso común que tienen los animales, que los hace “sintonizar” instintivamente con todo lo de su especie y que los une como bandada, rebaño, manada y cardumen, eso nosotros lo tenemos que “elegir” y “cultivar” para “ser” verdaderamente hombres y mujeres de nuestra raza, de nuestro pueblo, de nuestra familia y grupo. El gozo de sentirnos parte y de poder servir es lo que nos hace humanos y cristianos y eso siempre “es honrado por el Padre”. Así como no deja de ver ni uno solo de los pajaritos que “caen”, tampoco deja de ver y valorar y de premiar –con su honra- en lo secreto nuestro Padre ni uno sólo de los deseos y de las acciones que hacemos “honrando” la humanidad que él creó, en cualquiera de sus seres y en todas las circunstancias.

Centradas en ese gozo, que es su anzuelo y su premio, están las tres enseñanzas que el Papa Francisco nos comparte como “Lecciones de San José”:

“(el gozo de ) Descansar en el Señor en la oración,

(el gozo de) crecer con Jesús y Santa María

y (el gozo de) ser una voz profética en la sociedad”.

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Diego Fares sj

Jesús vino a salvar y lo que salva es la Misericordia

 EL PAPA ANUNCIA UN AÑO SANTO EXTRAORDINARIO DESDE EL PRÓXIMO DICIEMBRE

 

Jesús dijo a Nicodemo:

«De la misma manera que Moisés levantó en alto la serpiente en el desierto, también es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto,

para que todos los que creen en él tengan Vida eterna.

Sí, tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único

para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna.

Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo,

sino para que el mundo se salve por él.

El que cree en él, no es condenado;

el que no cree, ya está condenado,

porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.

En esto consiste el juicio: la luz vino al mundo,

y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz,

porque sus obras eran malas.

Todo el que obra mal odia la luz y no se acerca a ella,

por temor de que sus obras sean descubiertas.

En cambio, el que practica la verdad se acerca a la luz,

para que se ponga de manifiesto que sus obras han sido hechas en Dios» (Juan 3, 14-21).

Contemplación

Me impresionó esa foto del Papa Francisco confesándose por que todos están mirando para otro lado mientras él, de blanco y con los zapatitos juntos, como un chico de escuela, se confiesa en esos confesionarios macizos y un poco incómodos de San Pedro.

A la semana de llegar a Roma, la primera entrada en San Pedro la hice por la puerta de los peregrinos que está detrás. Como ahora te hacen pasar por un scanner si llevás bolsos, la cola siempre es larga y cuando uno anda cerca no es que entra así nomás como era hace 20 años. La cuestión es que me dieron ganas de confesarme y me confesé con un franciscano muy simpático, que me dijo que ellos habían venido cuando fue la supresión de la Compañía, que tenía esa misión, de ser confesores en San Pedro. Me dio un poco de nostalgia, aunque le pregunté si la gente se confesaba mucho y me dijo que no tanto, que siempre había pero no es que hicieran cola. Uno ve mucho turista y los confesionarios inmensos casi sin gente. Pero lo que quería decir es que viendo al Papa de rodillas en ese confesionario y viendo su posición podía sentir esa “incomodidad” de los confesionarios. El reclinatorio te queda alto por todos lados, para los brazos que hay que estirarse para poner los codos y para los pies que quedan medio de punta. Decía que impresiona ver al personal –a los de frac, que parecen mozos de un hotel de lujo, al guardia suizo, con su penacho rojo y al resto, mirando para adelante y al papa sumergido en el confesionario.

Con dos años de papado, Francisco ya nos “acostumbró” a algunos gestos, pero creo que hace bien que nos siga sorprendiendo que se confiese en público como sorprendió el año pasado. Decía un periodista: “Tras leer un sermón, el Papa debía escuchar las confesiones de los fieles al igual que unos 60 sacerdotes presentes en la inmensa iglesia.

Su maestro de ceremonias, monseñor Guido Marini, le indicó al Papa un confesionario vacío, pero el pontífice se dirigió a otro, se arrodilló frente a un sorprendido sacerdote y se confesó durante unos minutos”. El dice que se confiesa cada quince días, porque es un pecador, como todos.

Y vuelvo a la “incomodidad” de los confesionarios. Cuesta confesarse. Y hace mucho bien. Cuesta decidirse, y luego uno sale respirando hondo, despejado, después del “suspirito”, como los chicos. (Siempre que confieso a los chicos me fijo cuando dan “el suspirito”. Señal que ya estuvo y que estuvo bien. Y con los grandes es lo mismo).

La incomodidad es por una cosa o por otra, pero siempre está. Puede ser pequeña, pequeñísima, como algo que se deja para después, aunque uno no tenga problema en confesarse, o inmensa, como la idea de mover la piedra del sepulcro, cuando uno tiene alguna de esas cosas que se le atragantaron vaya a saber cuándo y no se anima ni a pensar en tocar el tema. Hay incomodidades de tipo cultural, como la de Nicodemo, que va de noche para que no lo vea nadie, no vaya a ser que le cuenten a sus pares del sanedrín. Ayer me quería confesar para acompañar la jornada del Papa y adelantar en espíritu el año de la Misericordia que anunció “inesperadamente”, como dijeron algunos (qué menos inesperado que Francisco anuncie un año de la misericordia si no habla de otra cosa desde que fue elegido Papa!. Pero ahí se ve que la imagen de los que están mirando para otro lado no es simbólica sino que es muy real), me quería confesar, decía y el padre me hizo esperar porque un hermano le había pedido antes. La cuestión es que aproveché para hacer un examen de conciencia un poquito más intenso y me dio mucha incomodidad verme con tantas pequeñas bajezas. Los pecados más grandes son más netos y, cuando uno se anima, dan la sensación de cierta “grandeza”, de sincera valentía. Pero las mezquindades cotidianas como que se resisten a que uno las “acerque a la luz”, como dice Jesús: “Todo el que obra mal aborrece la luz y no se acerca a ella, por temor de que sus obras sean descubiertas. En cambio, el que practica la verdad se acerca a la luz para que se ponga de manifiesto que sus obras han sido hechas en Dios”. A mi me ayuda escribir las cosas, porque al escribirlas como que terminan saliendo tal cual como las quería decir y luego, delante del confesor, las puedo leer. Si no, si las tengo dando vueltas, me influye más la persona del confesor: si muestra apuro no me explayo en algo que me gustaría, si habla él siento que me corta lo mío, si me alienta a seguir, profundizo más…

La cuestión es que hasta el Papa se confiesa y entra por ese molde que nos dejó Jesús y que institucionalizó la Iglesia. Es un sacramento y la gracia de la misericordia viene de esa fuente, con esos envases, en ese “quiosco”, con estos curas y con las vueltas y mañas de cada uno. Jesús está ahí y, como Nicodemo, cada uno tiene que encontrar su ratito para ir a verlo. Si es de noche, de noche. Pero no hay que perderse la cita. El Papa puso la cosa en términos de “camino”, de proceso, como a él le gusta. Cuando Jesús le dice a Nicodemo que el Padre lo envió para salvar al mundo, no para juzgarlo, uno se da cuenta de que le quiere quitar las cosquillas y los miedos y aclararle bien el asunto, que se trata de pura misericordia y bondad y que “el confesionario no es una cámara de torturas” como nos hace ver Francisco. El mismo Papa nos compartió que en este tiempo había estado “pensando a menudo cómo puede la Iglesia hacer más evidente su misión de ser testigo de la misericordia”. Es lo mismo, ¿se dan cuenta? El Señor siempre viene con la bondad de Dios y nosotros tenemos mil vueltas. El problema de Jesús y del Papa es cómo hacer para que creamos de verdad que Dios quiere salvarnos y no juzgarnos.

Ahí Francisco lo planteó como “un camino que comienza con una conversión espiritual; tenemos que recorrer este camino” –nos dice-. Y para ello, anunció un “Jubileo extraordinario que tendrá como centro la misericordia de Dios. Será un año santo de la Misericordia. Lo queremos vivir a la luz de la palabra del Señor: “sean misericordiosos como el Padre’ (Lc 6, 36). Y esto, especialmente para los confesores! Tanta misericordia!”. Dijo esto y se fue a confesar. Y cada uno tiene que imitarlo: agarrar e irse a confesar.

Ayuda primero dar gracias. Antes de meterse con los pecados, comenzar por dar gracias de todo lo lindo y lo bueno que el Señor no sólo nos ha dado sino que nos ha llevado a hacer. Dar gracias por lo mejor que tiene uno, comenzar por alguna limosna que uno haya dado o algún gesto de caridad que le haya salido espontáneo y hermoso y lo haya consolado a algún otro. La limosna borra multitud de faltas y si uno piensa en la cara de alguno al que dio una limosna seguro que se siente más confiado a la hora de acercarse a Jesús para pedirle perdón de sus pecados.

Depués viene el examen de conciencia de las faltas. Puede ayudar anotar primero que todo el pecado de vergüenza de conferse. Fue lo primero que confesaron Adán y Eva cuando, después que pecaron, Dios los vino a buscar y ellos se escondieron. Cuando uno confiesa que le cuesta, después es más fácil decir lo que viene.

Una vez que uno está en la cosa, hay que dejarse “guiar” por el sacerdote. Es como ir al médico: unos te atienden mejor otros más distantes…, la cosa es que en la confesión es el Señor el que da la absolución y si te la da, no hay que fijarse mucho en la letra ni en el tiempo que tardó. Ademá, la confesión es una sola repartida en muchas veces a lo largo de la vida y lo que no se arregló del todo en una se arregla en otra. Lo importante es que, como les digo a los chinos, cuando me dicen que van a “hablar chino”: “Jesús entiende”. No importa que no entienda mucho el cura y tampoco que entienda todo lo que dice uno mismo. La confesión es sacramente de Su Misericordia y el Señor se las arregla para derramarla en nuestros corazones con los pobres medios que nosotros ponemos. Si la curó a la hemorroisa con que sólo le tocara la orla de su manto! El Señor se las arreglaba para decirle a la gente “tus pecados están perdonados” en las situaciones más extrañas. Los que miraban de afuera decían “de qué habla”, o “quien se cree que es éste”. Pero él le leía el corazón a la gente y sabía que se acercaban de muchas maneras y pidiendo esto o aquello pero que en el fondo lo que andaban buscando es que les perdonara los pecados. Igual que nosotros, igual que todos.

Al leer la homilía de ayer me llamó la atención que terminara diciendo que “la iglesia, que tiene tanta necesidad de recibir misericordia, porque somos pecadores, podrá encontrar en este jubileo la alegría para redescubrir y hacer fecunda la misericordia de Dios, con la cual todos estamos llamados a dar consolación a todo hombre y a toda mujer de nuestro tiempo. No nos olvidemos que Dios perdona todo, que Dios perdona siempre. No nos cansemos de pedir perdón”. El Papa nos anima a “recibir primero nosotros –la iglesia entera- esa misericordia que después estamos llamados a repartir, digamos, con gestos y obras. En este año del Sínodo de la Familia, en el que algunos por querer defender la doctrina endurecen el corazón, como si esta hubiera sido la estrategia de Jesús alguna vez y no todo lo contrario, como ser mostrarse más bueno hasta el punto de dar la vida por los pecadores, el Papa pone este marco de un año de misericordia para que guíe todo lo que hagamos y hablemos.

Termino con tres citas suyas:

En el primer Ángelus después de su elección, el Santo Padre decía que: “Al escuchar misericordia, esta palabra cambia todo. Es lo mejor que podemos escuchar: cambia el mundo. Un poco de misericordia hace al mundo menos frío y más justo. Necesitamos comprender bien esta misericordia de Dios, este Padre misericordioso que tiene tanta paciencia” (Ángelus del 17 de marzo de 2013).

También este año, en el Ángelus del 11 de enero, manifestó: “Estamos viviendo el tiempo de la misericordia. Éste es el tiempo de la misericordia. Hay tanta necesidad hoy de misericordia, y es importante que los fieles laicos la vivan y la lleven a los diversos ambientes sociales. ¡Adelante!”.

Y en el mensaje para la Cuaresma del 2015, el Santo Padre escribe: “Cuánto deseo que los lugares en los que se manifiesta la Iglesia, en particular nuestras parroquias y nuestras comunidades, lleguen a ser islas de misericordia en medio del mar de la indiferencia”.

Para esto, el primer pasito delante de cada uno irá para el lado del confesionario más cercano. Hay una foto que no saldrá en los diarios del mundo pero sí en la red digital del cielo y es la nuestra, la tuya y la mía, arrodillados, como Francisco, en algún confesionario.

Diego Fares sj

El modo de actuar de Jesús

 

Se acercaba la Pascua de los judíos.

Jesús subió a Jerusalén

y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas

y a los cambistas sentados delante de sus mesas.

Hizo un látigo de cuerdas y los echó a todos del Templo,

junto con sus ovejas y sus bueyes;

desparramó las monedas de los cambistas, derribó sus mesas

y dijo a los vendedores de palomas:

«Saquen esto de aquí y no hagan de la casa de mi Padre un mercado (“emporio”)».

Y sus discípulos recordaron las palabras de la Escritura:

Me devora el celo por tu Casa” (Sal 69, 10).

Entonces los judíos le preguntaron:

«¿Qué signo nos das para obrar así?»

Jesús les respondió:

«Destruyan este templo y en tres días lo levanto.»

Los judíos le dijeron:

«Han sido necesarios cuarenta y seis años para construir este Templo,

¿y tú lo vas a levantar en tres días?»

Pero él se refería al templo de su cuerpo.

Por eso, cuando Jesús resucitó, sus discípulos recordaron que él había dicho esto, y creyeron en la Escritura y en la palabra que había pronunciado.

 

Mientras estaba en Jerusalén, durante la fiesta de Pascua,

muchos creyeron en su Nombre al ver los signos que realizaba.

Pero Jesús no se confiaba a ellos, porque él conocía a todos

y no necesitaba que lo informaran acerca de nadie:

él sabía lo que hay en el interior de cada uno (Juan 2, 13-25).

Contemplación

Me quedo con la imagen del Señor “devorado por el celo” y que, a los vendores de palomitas, no les tira la mesa ni los corre a latigazos, sino que les pide “saquen esto de aquí, no hagan de la casa de mi Padre un mercado”. A ellos, a los más humildes, que tenían su puestito junto al Templo, o que eran empleados de alguno más rico, el Señor les explica. A los otros, simplemente los corre, y con extrema dureza.

La imagen es… (me cuesta encontrar la palabra) la del Señor airado (con “ira santa” dicen algunos para distinguirla de la nuestra) y manso a la vez.

Con manso quiero expresar, más que la mansedumbre en sí misma, el hecho de que logre mansarse en un momento de mucha ira. El poder “bajar un cambio” nos muestra a Jesús dueño de sus pasiones, dueño de sí, como decimos.

Llama la atención como el Señor deja que surja de sus entrañas la ira y le da rienda suelta, para luego parar la mano al ver a las palomitas… Jesús es capaz de encenderse en ira contra la iniquidad de los poderosos y de moderarse con los pequeñitos.

Me detengo aquí, en lo de moderar una pasión con otra: la ira con la mansedumbre. Ambas son expresiones de su amor: la ira de Jesús es un indignarse a ante el mal, ante la injusticia y la falsedad de los que usan el Templo para hacer negocios. Su mansedumbre es conmoverse ante las palomitas y los que las vendían para que los más humildes (como sus padres cuando lo fueron a presentar al Templo) pudieran hacer su ofrenda.

Lo que me impresiona es lo que produce la escena que monta el Señor en la mente de los discípulos, en su corazón y en el de la gente (“muchos creyeron en Él). Los fariseos están totalmente cerrados y piden signos, los discípulos en cambio, están boquiabiertos y Juan pone que el actuar de Jesús les abre la mente: “Sus discípulos recordaron las palabras de la Escritura: “me devora el celo por tu casa”.

Luego está la escena, también dura y con palabras fuertes, entre los fariseos y el Señor. Ellos lo increpan pidiendo un signo y él responde hablando de destrucción del Templo. Son frases cortantes y se percibe la tensión en el aire. Los discípulos miran todo esto y Juan vuelve a decir: “Por eso, cuando Jesús resucitó, sus discípulos recordaron que él había dicho esto, y creyeron en la Escritura y en la palabra que había pronunciado”.

Se da aquí, entre el Maestro y sus discípulos, un proceso de formación, que podemos calificar como “contemplación en la acción”. El modo de actuar de Jesús despierta en los discípulos el recuerdo de las Escrituras: ven en directo lo que el Señor hace como una actualización de la Escritura, como si la Palabra se hiciera viva ante sus ojos y sucediera lo que la Biblia dice. Esta conexión entre Escritura y Vida, entre las acciones del Señor y el sentido profundo –insondable en cuanto que en cada cosa que Jesús hace que resuene la Escritura entera!- es lo propio de la fe: “creyeron en la Escritura y en la Palabra de Jesús”.

Reflexionando en nuestras experiencias de haber sentido Fe, podemos decir que parte de la experiencia se da en el momento, uno siente que pasó algo lleno de sentido y que lo excede y entonces lo guarda en el corazón para recordarlo después y completar la experiencia (“después que el Señor resucitó… recordaron”).

Pero lo que quiero profundizar es el modo tan particular de actuar que tiene el Señor que es el que “despierta” la fe. Porque la fe la despierta solo Jesús. Es lo propio suyo, para lo que se encarnó: para que creamos en el Amor del Padre que se nos había alejado y oscurecido.

Cómo actúa Jesús? Los discípulos pescan que no está “sobreactuando”, pescan que tampoco es que se dejó llevar por la ira. Nada de eso, los admira que Jesús está, precisamente, “actuando”: poniendo acciones llenas de sentido para despertar la adhesión de sus corazones de una manera nunca vista.

El Señor causa adhesión total o rechazo. No hay términos medios, no hay lugar para la duda o la perplejidad. Y esto parte de su acción, de una acción en la cual se nota que Él es Señor por el modo como se deja llevar (devorar) y por el modo como se controla, por cómo responde y cómo se calla, por cómo mira el conjunto de una situación y, a la vez, tiene consideración por el detalle, por cada persona, por cómo actúa en el momento y por cómo se proyecta al futuro, a lo que comprenderán después que realice “La Acción por excelencia”, la Resurrección.

El punto es siempre la acción. Si reflexionamos sobre lo que sucede en nuestros días en Argentina con la muerte del fiscal Alberto Nisman, vemos cómo las “acciones” que nos cuentan los medios, modifican nuestro pensamiento y nos hacen pasar de un sentimiento de adhesión total a una interpretación a duda y a la perplejidad. Es que nos narran “acciones” que no vimos y que vienen mediadas por datos “científicos”. Que si “el cuerpo fue movido”, que si “no había restos de pólvora en la mano”, que si “la puerta no estaba cerrada por dentro”, que si “los documentos escritos en paralelo estaban reelaborados recientemente por los ejemplos que citan”. Cada hecho narrado modifica nuestra mirada y nuestra adhesión. Esto es lo que quiero notar: el poder de las acciones sobre nuestros sentimientos y opiniones. Uno concluye: si no hay pólvora, no se suicidó. Luego le cuentan cómo se hizo el análisis y entonces uno duda. El método para determinar los restos de pólvora tiene sus condiciones y límites, la no contaminación de la escena del crimen nunca puede ser perfecta, alguien tiene que abrir la puerta y eso ya mueve el cadáver… Es más, no solo se muestra la ambigüedad posterior a la muerte sino, para atrás, en los comportamientos de la persona misma antes del hecho.

Lo que quiero destacar es que hay una “ambigüedad constitutiva” del accionar humano de la que sólo Alguien como Jesús está exento. Eso es, precisamente lo que “admira” a los discípulos y despierta su fe. El accionar del Señor no sólo no es ambiguo en el presente –actúa con toda determinación, sin dudar ni volver atrás, sin excederse ni quedarse corto-, sino que vuelve coherente todo el pasado y el futuro. Su acción hace ver la fidelidad de Dios a lo largo de la historia, hace que se cumplan todas las promesas de la Escritura y se vea que era posible que lo prometido se volviera realidad. Al mismo tiempo, con la Resurrección, se vuelve no solo verdadero sino también valioso todo lo sucedido (incluida la Cruz). La muerte no deja en una ambigüedad fundamental todo lo humano.

Alguien dijo que las interpretaciones contradictorias sobre la muerte de Nisman iban a extenderse durante los próximos veinte años. Lo que equivale a decir que si se llega a aclarar todo va a ser cuando ya no tenga importancia vital para la sociedad. Es decir: como sociedad estamos condenados a vivir en la ambigüedad, lo cual significa que estamos más esclavos que Israel en Egipto, como pueblo, dependemos de nuestros Amos, que son los que manejan estas ambigüedades para conservar el poder y ganar plata.

Ahora bien, qué es lo que hace que las acciones del Señor sean tan coherentes y vuelvan coherente todo lo demás? Qué es lo que hace que despierten en el que quiera ver una adhesión de amor y fidelidad total a su Persona? Qué es eso tan pedagógico del Maestro que va formando el corazón de sus discípulos en la fe y permite que escriban el Evangelio “para que nosotros también creamos”?

En este tiempo en que me dedico a revisar apuntes y escritos del Papa Francisco, recuerdo una charla de Bergoglio, cuando era nuestro Rector, sobre la formación según los Ejercicios Espirituales. Mostraba cómo la dinámica de los Ejercicios se establece en la tensión entre poner “un marco de seguridad” y “entusiasmar al riesgo de dar un paso más”.

Esto ayuda a entender al Papa ahora, cuando por un lado, se muestra muy exigente (condenas a las enfermedades de la curia) y, por otro, predica a un Dios que no se cansa de perdonar.

En los Ejercicios, la misericordia infinita del Padre da un marco de seguridad y de confianza que no tiene límites. Por otro lado, la invitación de Jesús al seguimiento en la pobreza y las humillaciones, supone un riesgo y un magis que no permiten que uno se acomode. Ambas realidades evangélicas hay que vivirlas juntas en la fe, discerniendo en cada momento y para cada situación si lo que el Espíritu Santo indica es un confiarse a la misericordia que perdona todo o arriesgarse a dar un paso más en el seguimiento de Jesús. Si uno se queda solo con la seguridad de la misericordia puede correr el riesgo de estancarse. Si uno sólo pone el acento en la exigencia de más, puede parecer duro o idealista. Por eso los gestos y las cosas que hace y dice el Papa, hay que interpretarlos bien, dentro del proceso que va acompañando en cada momento.

Acompañar evangélicamente un proceso, nos decía entonces, implica mantener la tensión entre condena, perdón y perfección (magis), como hacía siempre el Señor. Veamos algunos ejemplos de las frases de Jesús que no se pueden tomar aisladamente. Son las frases en que dice: “hay de ustedes…”, “Aquel de ustedes que está libre de pecado’ y ‘el que quiera ser perfecto…’.

  1. ‘Hay de ustedes (que hacen de la casa de mi Padre un negocio)’.

La condena en general es a la hipocresía como proceso de absolutización de la ley que al no poder cumplirse corrompe el corazón y origina la actitud de hipocresía: cumplimiento = cumplo y miento.

En orden a la caridad, la ley, como marco de seguridad, es solo un polo. El otro es el de arriesgarse a dar un paso más: fuera del camino (Samaritano), fuera del tiempo (Sábado), fuera de los ritos (leprosos, pecadora…).

  1. ‘Aquel de ustedes que esté libre de pecado que tire la primera piedra’

El perdón del Señor es un no maltratar los límites. Implica una profundización en la mirada, apartándola de la transgresión y poniéndola más hondo:

la saca de la enfermedad física y la pone en la fe (‘tu fé te ha salvado'; ‘qué es más fácil decir'; carga tu camilla’);

la saca de lo ritual y la pone en el agradecimiento (diez leprosos);

la saca de la culpa (pasado) y la pone en el futuro, igualando a todos (‘nadie te ha condenado…vete y no peques más’).

Al perdonar el Señor amplía el marco de seguridad hasta el infinito: la misericordia del Padre es inagotable, y por tanto no hay que fingir para controlarla.

  1. ‘Aquel de ustedes que quiera ser perfecto’.

El ir más allá de los límites implica siempre un proceso de crecimiento en el cual:

Hay confianza sin límites en la gracia que crece por sí sola.

Hay cuidado de lo pequeño: ampliando el marco de seguridad: exige tierra buena, no escandalizar, no apagar la mecha humeante, tener paciencia con la cizaña, vigilar y orar.

El criterio es cuidar el espacio, ya que el tiempo es de Dios.

Una vez consolidada la gracia hay una ampliación del riesgo: Venderlo todo y seguirlo. Es un abandono del espacio, no llenándolo de ‘cosas’, para abrirlo a la acción de Dios.

En síntesis, nos decía Bergoglio: el Señor abre el límite cuando ve que hay riesgo de fosilizarse o pudrirse (como sucede con el paralítico, que hacía 38 años que estaba junto a la piscina y no quería curarse. El Señor lo mueve). Otras veces hace que uno mismo se levante y vaya como pueda (cuando le dice a otro “carga tu camilla y camina”).

En cambio el Señor protege el límite cuando está fecundado por la gracia, aunque sea pequeñita (por eso no maltrata la caña quebrada ni la llamita apenas encendida).

Y hace ir más allá cuando un proceso está maduro y ha dado fruto. Allí impulsa hacia la misión universal.

Por eso, cada uno tiene que escuchar lo que el Papa dice de acuerdo a su situación personal, sin “importarle” lo que le dice a otros ni, mucho menos, usar frases aisladas para sacar conclusiones universales. Si hace así, se pone del lado de los fariseos, que lo criticaban duramente y no sacaban ningún provecho. En cambio de la otra manera, uno se pone del lado de los discípulos que en todo lo que hacía y decía el Señor sacaban provecho para su vida espiritual.

Diego Fares sj

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