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 padre con niño (1)

Un día, Jesús estaba orando en cierto lugar, y cuando terminó,

uno de sus discípulos le dijo:

«Señor, enséñanos a orar, así como Juan enseñó a sus discípulos.»

El les dijo entonces:

«Cuando oren, digan:

Padre

¡Que sea santificado Tu Nombre!

¡Que Venga Tu Reino!

El pan nuestro, el necesario para la existencia, dánoslo cotidianamente,

Y perdónanos nuestros pecados,

Porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe;

Y no nos metas en la prueba.

Jesús agregó:

«Supongamos que algunos de ustedes tiene un amigo

y recurre a él a medianoche, para decirle:

“Amigo, préstame tres panes, porque uno de mis amigos llegó de viaje y no tengo nada que ofrecerle,” y desde adentro él le responde:

“No me fastidies; ahora la puerta está cerrada, y mis hijos y yo estamos acostados. No puedo levantarme para dártelos.”

Yo les aseguro que aunque él no se levante para dárselos por ser su amigo, se levantará al menos a causa de su insistencia y le dará todo lo necesario.

También les aseguro: pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá. Porque el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abre. ¿Hay entre ustedes algún padre que da a su hijo una piedra cuando le pide pan? ¿Y si le pide un pescado, le dará en su lugar una serpiente? ¿Y si le pide un huevo, le dará un escorpión? Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más vuestro Padre celestial dará desde el cielo el Espíritu Santo a los que se lo pidan!» (Lc 11, 1-13).

Contemplación

La primera moción, al leer la oración de petición en que Abraham busca cambiarle el corazón a Dios, haciendo que se compadezca por los diez justos de Sodoma, me hizo sentir que la oración que se adentra en el corazón de Dios es para cambiar el mío, no el de Él.

El de Él en el sentido de cómo lo siento yo, cómo me comporto de acuerdo a lo que imagino que Él pensará y querrá. Eso puede cambiar en mi oración: cambiar lo que yo siento de Dios.

Por eso la oración es charlar como con los amigos: buscando el sentimiento más auténtico para compartirlo como un pan.

Los amigos se alimentan de sentimientos auténticos, de lo que le pasa al otro: lo que más le gusta, lo que está soñando, lo que siente que no es leal, las dificultades, el amor… Todo lo auténtico alimenta la amistad.

Y con el Señor, la dificultad es que hay mucho espacio libre en medio. El responde, sí, pero no como un amigo inoportuno que viene de noche a pedir algo y nos obliga a cambiar nuestros sentimientos.

Del sentimiento de ir recluyéndonos en la intimidad propia del sueño el amigo inoportuno nos interpela a salir de nosotros mismos y a atenderlo a él.

Esa insistencia, es una manera de presencia del otro, que nos cambia.

Con los amigos no es difícil salir de nosotros mismos para abrirles la puerta. Porque la amistad enseguida transfigura la relación y del fastidio propio se pasa a la alegría compartida.

Pero con Dios es distinto. Aunque ahora que lo pienso, fue a Jesús al que se le ocurrió este ejemplo del amigo inoportuno. Es que Jesús es así. Si uno lee bien el evangelio es más cercano de lo que parece. Nos adivina todo lo humano. Es más: lo profundiza. Nos hace descubrir cosas nuestras –bien humanas- que no conocíamos que existieran en el hombre. Y nos lo encamina. Encamina hacia Dios precisamente eso que a nosotros nos parecía que nos aleja. Con el pecado es claro: es el receptáculo para Dios mismo, cuyo nombre es Misericordia. Pero también aquí, ese respeto humano que nos aleja, para no molestar, Jesús nos hace ver que es lo más importante: molestarlo a Dios.

Por estas cosas, que se le notarían al rezar, será que al verlo, a ese discípulo, bendito discípulo que se animó a importunar a Jesús que estaba rezando con el Padre, nada menos, se le ocurrió hacerle esta petición!: enséñanos a rezar.

El pensamiento de un amigo es así: si veo que estás en otra cosa, igual te insisto porque sé que eso te hará ver que lo que me pasa es auténtico –si este me llama a esta hora, dirás, es por algo-, y apenas veas esto sé, que como sos mi amigo, me ayudarás con alegría. Esta es la confianza de la amistad.

Esto que yo siento cada vez que tengo que pedirle algo a un amigo que se que está ocupado –o que se está recluyendo en la intimidad del sueño, como el de la parábola- me lleva a ver que Jesús dice la parábola pensando en el discípulo que lo “importunó”. O sea, el amigo inoportuno fue el que le pidió que nos enseñara a rezar. Capaz que Jesús vio que alguno le daba un codazo, como diciendo cómo se te ocurre pedir una cosa así en este momento…

La verdad es que no se si es tan así como me lo imagino, porque el evangelio dice que le preguntó “cuando terminó de rezar”. O sea que no le cortó la oración para pedirle que les enseñara a rezar (lo pidió para todos, pero fue él el que sintió la necesidad). Pero capaz que le pidió medio con un exabrupto ya que me imagino que si el Señor estaba rezando con el Padre sería algo así como cuando uno comulga y se queda un rato en silencio. No es que cortó con el celular y pasa a atenderte a vos. O capaz que Jesús le leyó el corazón y vio que había dudado si hacerle la petición o no, porque se ve que no era Pedro ni ninguno de los más importantes, de los que siempre hablaban, sino solo “uno de sus discípulos”, como dice Lucas, y entonces Jesús lo anima contando esta parábola. Le hace sentir que estuvo bien y que eso tiene que ser la oración: importunarlo a Dios. (Si no, para qué rezar? Para pedirle lo que ya sabe? O lo que es lógico que siga su curso normalmente? Jesús viene a decir que a Dios le gustan más las oraciones molestas!).

Sin embargo, este respeto humano que por ahí sentimos con Jesús, y que seguramente sentimos más con ese Señor Misterioso y un Poco Lejano, a quien Jesús nos dice que lo llamemos Padre, es el que Jesús aprovecha para enseñarnos a rezar.

No hay que tener respeto humano con Dios en la oración. Eso nos enseñó.

Llámalo Padre. Ahí está todo. Esta palabra es mágica. Te abre la puerta de su corazón.

Pero entrá en tu corazón antes de pronunciarla con los labios y decila auténticamente. Es decir sintiéndola.

Con sencillez, porque es una palabra muy sencilla y de lo más común, pero sintiéndola. Siempre que digo esto de que padre es una palabra común, me viene al corazón la voz del niño… Iba caminando por Once, en Buenos Aires, entre los negocios de ropa, de sábanas, de calzado, de artículos para el hogar…, y siento entre las voces de la gente, una voz de niño que dice “abba… y no se si “mirá esto” o “vamos ahora a comprar aquello…” No recuerdo lo que siguió porque yo solo escuché “abba”. Me quedé conmovido y para que no se notara que me daba vuelta aminoré el paso y dejé que se me adelantaran. Les ví un momento el rostro, cuando me pasaban, y luego de espaldas, los dos de negro y con saco, el papá, joven, con su sombrero y las trenzas, y el niño de unos ocho o diez años, de la mano, también de negro y con kipá y trenzas castaño claro, que alzaba un poco el rostro, con lentes, y seguía hablando con su abba, delante de mí, en medio de la gente. Sentí que tenía ganas de decirle: enseñame a rezar. Con lágrimas en los ojos, lo dije en voz baja. No a él, a ese niño, ni a su abba. Pero también a ellos. Porque me imaginaba a Jesús de niño, de la mano de José, por el Once en Nazaret. Cosas que sólo pasan en Buenos Aires.

….

Retomo luego de un rato. Cuando llegué al corazón de la contemplación, con el recuerdo lindo del niño y su abba, me puse a buscar la foto. Encontré esta que está linda. El niño va agarrado a su abba y ambos miran cada uno para su lado. Pero en cualquier momento él niño se da vuelta y le dice “abba” tal cosa… Por eso me gustó.

El Abba –el Padrenuestro- con sus palabras sencillas es un poco así.

Uno puede ir con Dios mirando cada uno para su lado, pero en cualquier momento puede darse vuelta –el que lo sienta primero- y decir “abba” tal cosa –santificado sea tu nombre o comprame el pan o perdona lo que hice o librame de este mal…- o él puede decirnos “hijo” tal cosa –quiero que vengas a trabajar a mi viña, o todo lo mío es tuyo, o escúchalo a tu Hermano (a Jesús)-.

Pensaba que la parábola del amigo inoportuno viene tan pero tan bien para rezar! Lo de inoportuno es una de esas palabras impertinentes que resalta la amistad diciendo todo lo contrario. Porque en el amor a un hijo, por ejemplo, la inoportunidad no existe. Si un hijo llama de noche y en el celular suena el ringtone especial, un papá no piensa qué molesto sino “qué le habrá pasado”, “qué necesita”, “qué bueno que llame porque seguro que le pasó algo y gracias a que llama lo puedo ayudar”… Un papá piensa sin pensarlo todas esas cosas y otras por el estilo. Si el que llama a medianoche es un amigo, como el que describe Jesús, el sentimiento no es tan inmediatísimo como con un hijo, pero tarda pocos segundos en sintonizarse con la necesidad del otro. Quizás cuánto tarde sea un medidor de la amistad, si es que ese aparato existe. En todo caso, si la amistad se mide es para cultivarla mejor y no para reprochar nada.

Pero poniendo las cosas en el marco de la enseñanza que el discípulo pidió y que el Señor le dio con esta parábola, podemos concluir que nuestra capacidad de insistencia es lo que indica el grado de familiaridad que tenemos con nuestro Abba y Amigo y allí está el punto para crecer en la oración.

Que esto lo sabemos –que somos hijos- es una verdad. Se constata en las malas, porque ahí acudimos a Dios sin vergüenza y le decimos “Dios mío”, por qué me abandonás o no permitas que esto pase. El líbranos del mal es una oración que traemos de fábrica, digamos. Pero otras, más cotidianas, como la del pan y la del perdón, las tenemos que trabajar mejor. Y la de santificar su Nombre –bendecirlo y cariñosearlo gratuitamente- es algo que tiene que salir de un corazón que se trabaja a sí mismo y cultiva los sentimientos más nobles. Lo mismo la de venga tu reino. Esa es una oración que la tenemos que hacer en la acción, mientras nos arremangamos para poner manos a la obra.

Como yo escribo rezando (o rezo escribiendo) la seguiría…, pero dejo aquí la contemplación para enviarla, sonriendo porque con la diferencia horaria les llegará a muchos a “medianoche”. Pero al fin y al cabo la oración es suponer que uno tiene un amigo a quien puede recurrir a medianoche.

Diego Fares sj

 

dos monjas.jpg

Jesús entró en un pueblo,

y una mujer que se llamaba Marta lo recibió como huésped en su casa.

Tenía una hermana llamada María,

que sentada a los pies del Señor, escuchaba su Palabra.

Marta, que andaba de aquí para allá muy ansiosa y preocupada con todos los servicios que había que hacer, dijo a Jesús:

«Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola con todos los servicios? Dile que venga a cooperar conmigo.»

Pero el Señor le respondió:

«Marta, Marta, te preocupas y te pones mal por muchas cosas (servicios),

y sin embargo, pocas cosas, o más bien, una sola (un solo servicio) es necesaria. María eligió la mejor parte, que no le será quitada» (Lc 10, 38-42).

Contemplación

Dos mujeres dialogan con Jesús. Son hermanas, amigas del Señor, y en la intimidad familiar charlan con Él de sus cosas. El tono de confianza de su conversación nos hace sentir también invitados: es como si el evangelio de Marta y María nos hospedara a todos – discípulos y discípulas de todos los tiempos- en el misterio de lo que siente Jesús de nuestro servicio y de nuestra oración, para que podamos hacerle las preguntas que nos surgen del corazón.

La escena nos resulta familiar: nos basta escuchar unas pocas palabras e imaginar un cruce de miradas para sentir que conocemos lo que pasó. En casa uno actúa como es e intuye cómo se actúa en otros hogares. Cuando vienen amigos y hay que preparar la comida, los roles se dividen espontáneamente. En un primer momento cada uno elige y atiende a lo que le gusta: uno hace el asado, otro prepara las ensaladas, uno atiende a los huéspedes, les muestra sus cosas, otro prepara la mesa… En cierto momento, como en el Evangelio, hay que terminar de organizar y alguien toma el mando: la comida está casi lista ¡hay que colaborar! Luego podemos seguir charlando (aunque en algunas sobremesas, de nuevo viene el apuro de alguno por juntar los platos…).

Es este preciso instante el que capta Lucas. Podemos imaginar que habrán charlado de mil cosas aquel día… Y con Jesús, todas darían para un evangelio. Pero este diálogo espontáneo y chispeante, en medio de una escena que todos hemos vivido alguna vez, es una puerta para entrar en los sentimientos hondos del corazón de Jesús. Y en los nuestros.

Cómo decía, en toda comida familiar con amigos las cosas se mueven espontáneamente. Pero cuando el asado está listo, alguno hace notar que hay que colaborar para pasar de un tiempo a otro: del tiempo de la preparación al tiempo de la comida. Suele ser el padre o la madre los que “sienten la necesidad” de mandar. Conocen los tiempos y que las cosas hay que hacerlas y por eso mandan. Los tiempos de la casa, en este caso los conoce Marta que es la que cocina y pareciera ser la hermana mayor. Pero en vez de arreglar las cosas entre hermanas, lo mete a Jesús en el asunto. Y aquí comienza lo interesante para reflexionar nosotros. Se nota que lo que quiere el evangelio es hacernos reflexionar. Pero más que una reflexión sobre la vida activa y la vida contemplativa me parece que se trata de una reflexión sobre sobre nuestra libertad: sobre lo que cada uno elige y sobre lo que nos distrae, haciendo que pongamos la fuerza en controlar lo que hacen los demás.

Marta, que está cumpliendo el rol de dueña de casa, apela a Jesús directamente. Escuchemos cómo le dice con total desfachatez: “No te importa que mi hermana me deje sola con todos los servicios? Dile que venga a cooperar conmigo”. Marta está totalmente convencida de que tiene razón y que la autoridad de Jesús debe estar de su parte. Por eso le extraña que Él no se haya dado cuenta (podemos imaginar que habrá hecho ruido con las cacerolas o habrá pasado suspirando para hacer notar a esos dos que bien podían levantarse a darle una mano). Pero el punto no son los supuestos celos de Marta, ni el activismo ni tampoco los derechos especiales de las contemplativas que vendrían a ser las preferidas del Señor…

El punto me parece que está en que Marta apela a la autoridad de Jesús para que resuelva su caso y el Señor, cariñosamente, le rechaza el planteo. Le responde, sí, pero no interviniendo como autoridad. La remite a los criterios de la fraternidad. Cómo? Jesús hace que Marta vuelva la mirada, primero al modo como está desarrollando ella su actividad  –te preocupas y te pones mal– y luego al modo como María está realizando la suya –eligió-. Convengamos que escuchar al Señor es también una actividad. Estas dos actitudes interiores y modos de actuar, son lo que quiere hacerle discernir el Señor. En segundo lugar vienen “las muchas cosas” y “la mejor parte”.

Tanto las actitudes como las cosas están en una relación asimétrica. Elegir es un acto libre, andar ansioso, en cambio, es algo que más bien se padece. Elegir supone un juicio claro y una decisión que luego se mantienen gracias al afecto que uno cultiva. Es decir: el afecto es una nueva elección, reforzada cada vez. En cambio andar preocupado y ponerse mal, nos hablan de sentimientos que van y vienen, de pensamientos encontrados que tienen que ver con “las muchas cosas” que el Señor le señala a Marta. En cambio la elección tiene que ver con una sola cosa, la que vale por sí misma como “la mejor” y por eso es que uno la puede elegir sin lugar a dudas.

Lo que Jesús hace con Marta es ayudarla a que tome conciencia de que está justificando su estado de ánimo con algo que parece objetivo: que hay muchas cosas por hacer. El Señor le aclara que no es verdad, que sólo una cosa es necesaria. Y que su hermana la ha descubierto y la ha elegido y por eso está tranquila. En esto el Señor toma parte –su parte- al juzgar que María eligió lo mejor. Pero notemos que tampoco en esto se pone Él como autoridad. No dice: “Yo no se la quito” sino “no le será quitada”.

Podemos pensar que está hablando del Padre que es el que “designa los puestos de cada uno” como le dirá en otra ocasión a la madre de Santiago y Juan, que le planteaba algo similar (siempre la cuestión son los cargos, los honores y quién manda, quién es “el mayor”).  Y los planteos de Jesús van por otro lado: por el lado de fortalecer a cada uno en su libertad, para que elija la mejor parte y no se la pierda distrayéndose en controlar a sus hermanos, como si fuera él el encargado de hacer cumplir cosas que ni el mismo Jesús obliga.

Así como el Señor dice a la pecadora: “Nadie te ha condenado? Yo tampoco te condeno”, así le dice a Marta: “María ha elegido ella la mejor parte y no le será quitada”. Ante el mal, el Señor no se pone a soltar mandamientos negativos, como hacen algunos cardenales que pareciera se complacen en remachar cada vez que pueden que un precepto negativo vale siempre y sin ninguna excepción. El Señor no rebate esto a nivel teórico (usando otra abstracción que es la de buscar casos y casos excepcionales). El simplemente mira a la persona (no al caso particular ni al caso general) y agrega un NO: no te condeno. No te aplico la ley. Te perdono.

Y cuando se trata del bien y de lo mejor, que es elegir escucharlo a Él, tampoco pone mandamientos sino que se nos iguala como hermano y dice que El Padre no nos quitará nada de lo que hayamos elegido por amor a él y a su Palabra. Aunque alguno como Marta piense que estamos siendo injustos y poco solidarios por elegir tan exclusivamente a Jesús.

La tentación de invertir esta jerarquía de valores evangélicos y volver a discutir quién manda, es una constante en la Iglesia. Reaparece bajo distintas formas: quién es el mayor, qué ministerio tiene la primacía, cual es el estado de vida más perfecto, quién tiene la última palabra –si el Papa actual, el anterior o el de hace 100 años, si el Concilio Vaticano o el de Trento-, cuál es la declaración infalible de mayor valor dogmático…

Un lindo ejemplo del espíritu que Jesús hace reinar entre las hermanas, Marta y María, lo dieron el Papa Francisco y Benedicto en el encuentro que tuvieron con motivo de los 65 años de sacerdocio de Ratzinger. Las palabras que se dijeron estuvieron signadas por este espíritu de fraternidad, tan lejano de todos los que los contraponen buscando discusiones abstractas sobre la autoridad.

Francisco le dijo que: “lo que Benedicto ha siempre testimoniado y testimonia también ahora es que la cosa decisiva en nuestras jornadas –de sol o de lluvia- aquella sólo con la cual viene también todo el resto, es que el Señor esté verdaderamente presente, que lo deseemos, que interiormente estemos cercanos a Él, que lo amemos, que de verdad creamos profundamente en  Él y creyendo lo amemos de verdad”. Le dijo también que el lugarcito que habita en el Vaticano, es como “la Porciúncula, la pequeña porción (la mejor parte, podríamos decir aquí) de donde emana una tranquilidad, una paz, una fuerza, una madurez, una fe, una dedicación y una fidelidad que me hacen tanto bien y dan fuerza a mí y a toda la Iglesia”.

Y Benedicto le agradeció hablando también de la mejor parte que ha elegido Francisco y que no le será quitada, diciendo: “Gracias sobre todo a usted, Santo Padre. Su bondad, desde el primer momento de la elección, en cada momento de mi vida aquí, me admira, me hace conmueve realmente, interiormente. Más que los jardines vaticanos, con su belleza, es su bondad el lugar donde vivo: me siento protegido. Gracias también por la palabra de agradecimiento, por todo. Y esperamos que Usted junto con todos nosotros pueda ir adelante por este camino de la misericordia divina, mostrándonos el camino de Jesús, el camino hacia Jesús, hacia Dios”.

Si uno lee profundo, de verdad que conmueven las palabras de estos dos hermanos. Francisco le agradece a Benedicto su testimonio de lo que es “la mejor parte” –el amor a Jesús. Y le dice que de esa elección brota paz y coraje. Benedicto le dice que esa Porciúncula donde vive, más que los jardines es “la bondad de Francisco”. Frase que podemos hacer nuestra tantos en el mundo, especialmente los más pequeños y olvidados: en la bondad de Francisco vivimos y nos sentimos protegidos, en medio de este mundo tan violento y expulsivo. Siendo que así siente Benedicto uno no puede entender bien qué es lo que le pasa a algunos cristianos en su corazón que sienten verdadero disgusto (e incluso sentimientos de agresividad) ante Francisco. Qué avaricia de poder o de otras cosas habrán cultivado en su corazón para no querer a alguien que es antes que nada una buena persona). Pero Benedicto va más allá y anima a Francisco a ir adelante por el camino de la Misericordia que ha emprendido. Yo aquí sí que tomaría sus palabras como una “definición de Papa emérito”: Benedicto define que el camino de la Misericordia que ha emprendido Francisco “es el camino de Jesús y el camino hacia Jesús, hacia Dios”.

Qué lindo ejemplo de cómo se viven las relaciones de servicio y oración entre hermanos tal como las quiere Jesús! Qué lejos de todo lo que generan los que “no han elegido la mejor parte”, como han elegido Benedicto y Francisco, y de esa insatisfacción brotan tantos males: habladurías, celos, envidias, condenas furibundas, ironías sarcásticas, detracciones… Todo un mundo de avaricia y ambición de poder que brota de “no elegir la mejor parte”.

BYF.jpgDiego Fares sj

Campamento de Dabaad.jpg 

Un doctor de la Ley se levantó y le preguntó para ponerlo a prueba:

«Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la Vida eterna?»

Jesús le preguntó a su vez:

«¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?»

El le respondió:

«Amarás al Señor, Dios tuyo, de todo corazón y con toda tu alma y con toda tu fuerza y con toda tu mente, y a tu prójimo como a ti mismo.»

«Has respondido exactamente, le dijo Jesús; actúa así y vivirás.»

Pero el doctor de la Ley, para justificar su intervención, le hizo esta pregunta: «¿Y quién es prójimo mío?»

Jesús volvió a tomar la palabra y le respondió:

«Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos ladrones, que lo despojaron de todo, lo hirieron y se fueron, dejándolo medio muerto. Casualmente bajaba por el mismo camino un sacerdote: lo vio y siguió de largo. También pasó por allí un levita: lo vio y siguió su camino. Pero un samaritano que viajaba por allí, al pasar junto a él, se sintió movido por la misericordia. Entonces se acercó y vendó sus heridas, cubriéndolas con aceite y vino; después lo puso sobre su propia montura, lo condujo a una hospedería y se encargó de cuidarlo. Al día siguiente, sacó dos denarios y se los dio al dueño de la hospedería, diciéndole:

“Cuídalo, y lo que gastes de más, te lo pagaré al volver.”

¿Quién de estos tres te parece que se volvió cercano al que cayó en manos de los ladrones?»

«El que puso en obras la misericordia que sintió por él», le respondió el doctor.

Y Jesús le dijo:

«Ve, y pon en práctica obras similares» (Lucas 10, 25-37).

Contemplación

            El “Qué debo hacer” lo sabe el Antiguo Testamento, el Nuevo y también todo hombre de buena voluntad de cualquier religión o creencia que tenga. Por eso Jesús felicita al Doctor de la ley por la respuesta, aunque le agrega algo que da un sabor de sana ironía a la felicitación. Le dice: “actúa así y vivirás”. Es decir: al Señor le interesa la vida más que las definiciones. El es uno que se fija en las acciones y en los gestos concretos de los hombres, esos gestos en los que se ve que el Amor a Dios y al prójimo se encarnaó de veras. Por eso la segunda pregunta -quién es mi prójimo-, el Señor no la responde con nuevas fórmulas abstractas sino narrando una parábola.

A esta parábola (y a las demás), cuando le ponemos un solo título, las mandamos de vuelta al ámbito de la abstracción: Esa ya la conozco, nos decimos: es la parábola del buen samaritano.

Pero las parábolas son como la vida: un camino que hay que recorrer entero y de vuelta cada vez : “Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó…”. En las buenas parábolas, cada frase puede ser el título.

La que responde a la pregunta “quién es mi prójimo”, podemos titularla, por ejemplo: “La parábola del hombre que cayó en manos de unos ladrones que lo despojaron de todo, lo hirieron y se fueron, dejándolo medio muerto”. Podríamos contemplar cómo ese hombre medio muerto del evangelio son hoy 700 millones de personas (el 9,2% de la población mundial) que viven bajo el umbral de la pobreza (no logran limosnear  2 dólares por día).

Otro título puede ser: “La parábola de los ladrones que despojaron a un hombre de todo, lo hirieron y se fueron”. Podemos contemplar en ella a ese hombre que se nos acerca para robar y matar. Caer en la cuenta cómo hoy en día los ladrones ni siquiera tienen que robar personalmente: el sistema permite que haya 62 personas que sean dueñas de tanto dinero como la mitad de la población mundial.

También puede llamarse: “La parábola del que casualmente bajaba por el mismo camino: lo vio y siguió de largo”. Podemos contemplar así la globalización de la indiferencia, que hoy tiene algo distinto a la época de Jesús, ya que no es más “casualmente” que uno se encuentra a los asaltados. Nadie puede caminar por ningún lado ni encender la tv sin que aparezca alguien tirado al costado del camino.

Contemplar la vida con los ojos de la parábola es un ejercicio de poner el título que la hace real y conmovedora para mí. Sea porque me dejo tocar el corazón por la humanidad descartada, sea que me indigno ante la iniquidad del sistema, sea porque me confieso de las veces que pasé de largo… o porque me dispongo a salir al día con el corazón samaritano.

….

Algo ha cambiado en nuestra época. Creo que hoy no preguntaríamos a Jesús quién es mi prójimo (aunque igual nos viene bien que nos lo narre, porque a veces el rostro del prójimo se nos esconde detrás de estadísticas y de imágenes virtuales que no nos conmueven). Más bien le preguntaríamos: ¿Qué hace Dios para salvarnos?

Jesús responde en el Evangelio con parábolas, no con definiciones. Están, por un lado, las parábolas clásicas que nos cuentan cómo es Dios.

Está la que nos cuenta que Dios es como un padre que nos ama con todo el corazón como a sus hijos pródigos…

Está la parábola que nos cuenta que Dios es como un Padre de familias que ama con todas sus fuerzas a su Viña y que por eso sale hasta la última hora a contratar trabajadores que le ayuden con su cosecha…

Pero está también esta, la del Buen Samaritano, en la que Dios no aparece.

Y esta es su genialidad.

Es la señal de que Dios nos ama con toda su mente. Por eso se le ocurrió esto tan inteligente de que lo descubramos nosotros como Dios-Samaritano, al contarnos la historia de un buen samaritano cualquiera.

La parábola del buen samaritano nos ayuda a descubrir no sólo al prójimo humano sino también a un Dios-prójimo, a Jesús.

Para esto tenemos que considerar el detalle de que no aparezca en la parábola como una señal de su delicadeza.

Aparecen, eso sí, las cosas que él hizo por nosotros:

Él es ese que nos vio de lejos, como a la oveja perdida.

Él es el que se compadeció de nosotros, viendo que andábamos como ovejas sin pastor. Él nos vendó las heridas y curó con su aceite nuestras enfermedades.

Él nos cargó como una cruz sobre sus espaldas y se hizo cargo de nuestra convalecencia. Él pagó todo y prometió volver para pagar lo que faltara…

También podemos verlo escondido en las cosas que el hombre padeció, en lo que 700 millones de hermanos padecen cada día…

Él es el que está enfermo, el que tiene hambre, el refugiado que huye, el que necesita consejo y consuelo porque está triste y desorientado.

Jesús responde quién es Dios en acción, y lo hace igualándose con nosotros, tanto en lo que hacemos por los demás como en lo que padecemos.

La parábola de los que cayeron en manos de unos ladrones que los despojaron de todo, los hirieron y se fueron, dejándolos medio muerto

Charlando con mis amigos en situación de refugiados del Centro de San Saba, lo que más me impacta es que al comienzo parecen solos y luego de un tiempo, largo, en que se crea una relación de más confianza, aparece la familia. Aparece el rostro de un pequeñín en la pantalla del celular; aparece una historia de familia que quedó en su patria y a la que ellos buscan ayudar desde acá. Los heridos al costado del camino no son solo los 15,4 millones de refugiados de las estadísticas. Detrás de cada una de esas personas hay una red familiar rota que queda en medio de pueblos devastados por la guerra. El herido al costado del camino son hoy pueblos enteros, millones de familias. La mayoría son personas jóvenes (los más viejos no llegan a huir), llenas de capacidad de trabajar y de formar familia, que viven con poca esperanza –dejando correr el tiempo, decía uno- en lugares de tránsito. Desde lugares acogedores que albergan a algunas decenas de personas hasta esos campamentos como el de Dadaab en Kenia, en el que las carpas que cobijan a más de 400.000 personas, se pierden de vista en las fotos que sacan desde el aire.

Nos conmueve esta imagen de pueblos enteros que han sido asaltados, apaleados y que están tirados al borde del camino. Y si queremos “ver” a Dios, no hay otra imagen mejor y más verdadera que la de un Jesús que se conmueve en las entrañas al ver a estos pueblos, al ver el rostro de cada niño, de cada mamá, de cada papá, de cada abuela y abuelo tan lastimados y abandonados y con tantos sufrimientos.

La parábola de los ladrones que despojaron a un hombre de todo, lo hirieron y se fueron

Los datos económicos muestran que detrás de los prójimos apaleados por las guerras están los ladrones. La violencia no se expande en guerras interminables sino donde hay dinero que robar. Apenas uno se informa un poco, lo primero que sale es la complejidad  de las guerras en las que están envueltos los países de origen de los refugiados. Siria y los dos Sudan, por ejemplo, tienen el mayor número de refugiados. Este año han llegado a 5 millones los refugiados sirios. La paz parece imposible de lograr. Detrás del gobierno está Rusia, detrás de los rebeldes moderados (¡!) está EE.UU. Y para castigo de ellos, aparece el ISIS, que está en contra de todos. La imagen complicada se simplifica cuando un ve que Siria es rica en petróleo, gas natural y otros minerales estratégicos. Lo mismo pasa con Sud Sudan: con una mayoría católica se separó del Sudan del norte, que tiene mayoría musulmana, pero solo para caer en una nueva guerra civil entre sus tribus principales. Curiosamente, el país más pobre del mundo en este momento, es un país rico en petróleo.

Hay que contemplar bien la lógica de la violencia y de la guerra, que deja apaleados a los humildes. Detrás de la lógica de la violencia actúa la lógica del dinero, que es la avaricia. En cambio, detrás de la lógica del cuidado, de la ternura y del respeto, actúa la lógica del desprendimiento y del don.

Aquí sí sirve un silogismo a nivel muy personal: mis agresiones se activan por avaricia (de dinero, de poder o de fama), son funcionales a los dueños del dinero, del poder y de la fama y dejan sin atención a algún pobre que necesita mis energías para ayudarlo.

La parábola de los que casualmente bajaban por el mismo camino: lo vieron y siguieron de largo

En la parábola, los que pasan de largo son un sacerdote (clero alto) y un levita (clero bajo). Hoy nuestra sociedad está más diversificada. Pero lo de alto y bajo sigue en todos los niveles. El sacerdote y el levita podrían ser hoy un Funcionario de alto rango y otro de menor jerarquía, sea de una Empresa o del ámbito estatal o eclesial. Las jerarquíade hoy no son solo religiosas, aunque la actitud de los que pertenecen a ellas en algún grado de la escala jerárquica, sea la de servir con una entrega religiosa que los vuelve indiferentes a las personas más necesitadas. Lo que la parábola nos viene a decir es que la única religión es ayudar a los pobres.

No se pueden tener “actitudes religiosas” en actividades profanas. Choca que un banco reine un “silencio religioso”. Es la prueba de que el dinero es un dios.

No puede ser que a los militares o a los políticos se les tenga “obediencia debida”, como si fueran dioses.

No puede ser que se sacrifique gente por el bien de la Empresa, como si fuera una diosa.

En el único ámbito donde puede y debe reinar una actitud religiosa es en el cuidado de los más pobres.

Solo allí se debe hacer “liturgia”. La liturgia de un hospital de campaña, que cura heridos sintiendo que son sagrados.

La liturgia de un hogar que sirve el desayuno y el almuerzo a los que están en situación de calle como si celebrara una misa.

La liturgia de una casa de la bondad que atiende a los enfermos, con el cariño y la dedicación con que se da el sacramento de la unción a los enfermos.

Lo religioso no es mirar a un Dios abstracto que saldría como el sol por el este geográfico, sino “mirar a Cristo en el prójimo pobre”.

Sólo sobre esa revelación –tuve hambre y me diste de comer- se debe hacer Teología, para reflexionar sobre la esencia divina de un Dios encarnado que se hace pobre concreto.

Solo sobre esos deberes –los de las obras de misericordia-, que son lo único de lo que se nos pedirá cuenta, se debe hacer Moral, y lo más detallada posible, estableciendo cuantas proteínas y cuanto tiempo de sonrisas y juegos necesita un bebé para desarrollarse bien y cómo se traduce eso en el sueldo de los papás.

Sólo sobre esa misericordia se debe hacer Derecho Canónico, para establecer los mil cánones que valoren con toda precisión los gestos con los que se hace cargo de un herido un buen samaritano y los cánones que condenen con toda precisión los modos que tienen para pasar de largo los funcionarios de alto y bajo rango que hacen de sus ocupaciones una religión.

La respuesta de la parábola es clara. Jesús responde quién es mi prójimo:

el Dios prójimo que se nos acercó y tuvo compasión de nosotros,

el prójimo Dios herido al que nos tenemos que acercar

y el prójimo buen samaritano y hospedero en el que nos podemos convertir.

La parábola del Buen Samaritano nos invita a simplificar: a Dios lo encontraremos a mitad del camino que salimos a recorrer para ayudar a los necesitados.

 

Diego Fares sj

cuenta ovejitas-01

El Señor designó a otros setenta y dos, y los envió de dos en dos para que lo precedieran en todas las ciudades y sitios adonde él debía ir. Y les dijo: «La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha. ¡Vayan! Yo los envío como a ovejas en medio de lobos. No lleven dinero, ni alforja, ni calzado, y no se detengan a saludar a nadie por el camino. Al entrar en una casa, digan primero: “¡Que descienda la paz sobre esta casa!” Y si hay allí alguien digno de recibirla, esa paz reposará sobre él; de lo contrario, volverá a ustedes. Permanezcan en esa misma casa, comiendo y bebiendo de lo que haya, porque el que trabaja merece su salario. No vayan de casa en casa. En las ciudades donde entren y sean recibidos, coman lo que les sirvan; curen a sus enfermos y digan a la gente: “El Reino de Dios está cerca de ustedes.”Pero en todas las ciudades donde entren y no los reciban, salgan a las plazas y digan: “¡Hasta el polvo de esta ciudad que se ha adherido a nuestros pies, lo sacudimos sobre ustedes! Sepan, sin embargo, que el Reino de Dios está cerca.” Les aseguro que en aquel Día, Sodoma será tratada menos rigurosamente que esa ciudad.»

Los setenta y dos volvieron y le dijeron llenos de gozo: «Señor, hasta los demonios se nos someten en tu Nombre.»

El les dijo: «Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo. Les he dado poder para caminar sobre serpientes y escorpiones y para vencer todas las fuerzas del enemigo; y nada podrá dañarlos. No se alegren, sin embargo, de que los espíritus se les sometan; alégrense más bien de que sus nombres estén escritos en el cielo.»

Y en aquel momento, exultó de gozo Jesús en el Espíritu Santo (Lc 10, 1-12; 17-21).

Contemplación

“Si somos ovejas venceremos, si nos convertimos en lobos seremos vencidos” (San Juan Crisóstomo).

Quizás sólo viniendo de Asís se pueda sentir que es verdad esto de que es bueno permanecer siendo ovejitas, esto de ir armados sólo con una misión, de dar paz a la gente y anunciar el Reino con alegría.

Quizás nunca haya sido tan consolador como hoy escuchar de labios de Jesús que lo de “estar como ovejas en medio de lobos” no es una situación terrificante o inevitable sino una misión.

Que estamos en medio de lobos no hace falta que lo diga Jesús.

La imagen del lobo solitario que va cargado de explosivos nos atemoriza al entrar en cualquier aeropuerto.

Las medidas económicas de muchos gobiernos se sienten como verdaderos zarpazos que le arrebatan a la gente que vive solo de su sueldo tajadas significativas de su limitado poder adquisitivo.

Cada tanto se vuelve patente el hedor de la corrupción que muestra cómo alguno estuvo rapiñando dinero para sí y escondiéndolo, literalmente, en guaridas y cuevas.

Los voces de muchos periodistas suenan más a aullidos que a comentarios y uno escucha como gruñen sus sarcasmos ideológicos amenazando a la manada rival.

Matar indiscriminadamente, dar zarpazos, rapiñar, aullar… son todas actitudes de lobo contra las que el Señor nos previene: si nos convertimos en lobos, perdemos.

Cuáles son las actitudes de ovejitas en medio de lobos?

Hay una de la que siempre habla el Papa y es caminar. Las ovejitas tienen que caminar. Y no solas sino todas juntas, así las puede proteger el pastor.

Por eso lo de ir ligeros de equipaje, sin dinero ni mochila ni calzado extra: caminar. La imagen “ no detenerse a saludar a nadie por el camino” nos habla de la misión de caminar. Si estamos en medio de lobos, la actitud de ovejitas es caminar…

La otra actitud, que también es central en el estilo de Francisco es la de dar la paz. Los mensajes suyos son de paz. Si la persona no es digna, la paz vuelve a él. Pero él no manda mensajes de guerra. Esto de Jesús de que los suyos dicen siempre y a todos: “que la paz descienda sobre esta casa”, es clave para distinguir a un cristiano. Jesús agrega que si hay allí alguien digno de la paz, esa paz reposará sobre esa persona y si hay alguien que no es digno o la rechaza, la paz volverá a nosotros. Pero a nosotros no nos toca discernir a esta casa sí y esta no. La paz de Jesús se desea a todos y se da a todas “las casas”. Podríamos decir: a todos los pueblos, a todas las culturas, a todos los grupos –sociales, religiosos, políticos, de género, de ideas y modos de accionar- a todos.

Luego de estas dos actitudes de ovejitas, la de andar siempre caminando y caminando como los rebaños con su pastor y la de dar la paz porque un rebañito de ovejas nunca puede dar miedo o generar violencia, sino que de su vista misma y de su modo de moverse emana paz, vienen otras actitudes que el Señor señala.

Una es la de entrar en las casas y permanecer un tiempo en ellas, compartiendo la comida. Es como decir que la actitud de paz no es algo que se da de lejos sino que requiere convivir, visitar, ser recibido, compartir. En ese tiempo el Señor nos hace poner especial atención a “curar a los enfermos”. Uno ve esta dedicación en el Papa Francisco que, en medio de la gente, saludando a todos, se detiene especialmente a acariciar y abrazar a los enfermos.

En este clima de paz y de cuidado por los más débiles, viene la misión de “anunciar el Reino”. El Reino no se anuncia como un estado de cosas sino como una cercanía. El reino no se instala sino que camina con los enviados y genera ese clima de paz y de obras de misericordia. Camina, no se impone: el que lo desea tiene que “entrar” por sí mismo. Y cada día se tiene que entrar y, si uno no desea permanecer puede salir.

No es un reino con papeles, visados, scanners y muros. Es más bien un reino en marcha: no se instala en nuestro territorio sino que nos pone a nosotros en camino. Camina a paso lento, como un rebañito de ovejas. Pero no se detiene a ocupar espacios sino que siempre está en movimiento.

Jesús dice que si alguno no recibe este anuncia ni se deja cautivar por esta cercanía, la actitud más “agresiva” diríamos es “sacudirse hasta el polvo de las sandalias” y seguir camino, remarcando no obstante que “el reino está cerca”.

Esta actitud de darle para adelante, de no detenerse a discutir, es lo que a algunos les desespera, literalmente, del Papa Francisco. Se ve en la exasperación de los comentarios, en las palabras fuertes, en las frases altisonantes, en la satisfacción que manifiestan cuando creen que lo atraparon en un error “in-dis-cu-ti-ble”.

El Papa les regaló la Amoris Laetitia a las familias y las que la gozan y se alimentan de sus palabras mansas y llenas de paz familiar, son bendecidas, y las que no, se la pierden por ahora, pero sepan que “está cerca” –que la “Alegría del amor familiar” está cerca-.

A los que discuten frases y citan definiciones antiguas, el papa los deja hablando solos. Ya se puso en camino a otras periferias y está planeando nuevos anuncios evangélicos para los pequeñitos.

Este seguir para adelante es tan suave que ni siquiera se nota que se sacude el polvo de los zapatos, pero el gesto está, aunque sea tan leve como cuando una ovejita sacude las patitas. Ni siquiera aquí hay la más mínima actitud de lobo. Respecto de esas preguntas impertinentes que algunos dejan picando el aire –al estilo de “cómo puede ser que haga esto”-, alguien dijo: este papa no responde preguntas sino que las plantea. Es ese gesto tan evangélico del Señor ante toda pregunta tramposa, de pegar media vuelta e irse a otra parte, a hablar con la gente que está interesada en recibir un evangelio.

La última actitud “de ovejita” con que el Señor remacha su envío misionero hace a la manera de cantar victoria: no se alegren porque el demonio se les someta sino porque sus nombres están escritos en el cielo.

Por tanto: nada de triunfalismos ni de revanchas de ovejas que festejan como lobos.

Caminar y caminar, dar la paz, quedarse con la gente y cuidar a los enfermos, anunciar la cercanía del reino, seguir adelante sin discutir, festejar sin revanchismos… Cada una de estas actitudes genera un ámbito vital que se expande como un reino por sí mismo. Son actitudes que dilatan el corazón y abren un espacio social distinto.

Lucas corona este envío misionero diciendo una frase misteriosa: “Y en aquel momento, exultó de gozo Jesús en el Espíritu Santo”.

El Señor confirma con el gozo la misión, el enviarnos así, como a ovejitas en medio de lobos. Nada confirma más que ver no solo alegría en los ojos del que nos envió sino ver que “exulta de gozo” cuando regresamos y le contamos lo que hicimos y cómo lo hicimos.

Esa imagen de Jesús exultando de gozo en el Espíritu Santo es la imagen evangélica más poderosa del nuevo testamento. Equivale a la Transfiguración, pero ésta no es solo ante los tres grandes amigos –Pedro, Santiago y Juan- sino ante los 72 discípulos y discípulas, ante la Iglesia que sale.

Dicen algunos que no entienden nada que Jesús nunca sonríe en el evangelio. Podemos imaginar de otra manera que con su mejor sonrisa a este Jesús que exulta de gozo en el Espíritu Santo?

Esta alegría y este gozo es su única arma, la que disuelve todo temor y quita todas las ansiedades, sospechas y escrúpulos.

Y el Señor nos la regala a los discípulos y discípulas que en misión fueron como ovejitas en medio de lobos y no se contagiaron de los lobos: volvieron como ovejas al seno de su Buen Pastor.

Diego Fares sj

 

 

 

 

Jacques

Cuando estaba por cumplirse el tiempo de su Ascensión al cielo, Jesús se encaminó decididamente (puso rostro firme) hacia Jerusalén y envió mensajeros delante de él. Ellos se pusieron en camino y entraron en un pueblo de Samaría para prepararle alojamiento. Pero no lo recibieron porque iba a Jerusalén. Cuando sus discípulos Santiago y Juan vieron esto, le dijeron: «Señor, ¿quieres que mandemos caer fuego del cielo para consumirlos?» Pero él se dio vuelta y los reprendió. Y se marcharon a otro pueblo.

Mientras iban marchando por el camino, alguien le dijo a Jesús:

«¡Te seguiré adonde vayas!»

Jesús le respondió:

«Los zorros tienen sus cuevas y las aves del cielo sus nidos, pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza.»

Y dijo a otro:

«Sígueme.»

El respondió:

«Permíteme que primero vaya a enterrar a mi padre.»

Pero Jesús le respondió:

«Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú ponte en marcha, anuncia el Reino de Dios.»

Otro le dijo:

«Te seguiré, Señor, pero primero permíteme ir a despedirme de los míos.»

Jesús le respondió:

«Uno que ha puesto la mano en el arado y mira hacia atrás, no es apto para el Reino de Dios» (Lc 9, 51-62).

 

Contemplación

Tener una misión en la vida lo es todo. Y si esa misión nos la encomienda Jesús, qué mejor.

Y ser cristiano es gozar esa libertad que da seguir ahora a Jesús sin poseer otra cosa que su misión

El evangelio de hoy nos presenta así a Jesús, polarizado por su misión, encaminado decididamente a Jerusalén.

Y sus diálogos con los que le salen al encuentro apuntan todos a lo mismo: a quitar impedimentos que retrasan o le quitan fuerza a la misión principal.

Cómo nos salva el Señor? Nos salva encargándonos una misión.

Una misión en la que, mientras la vamos realizando, se nos aclara el sentido de nuestra vida, encontramos muchas oportunidades para reparar lo que hicimos mal, nos encontramos en el camino con muchos amigos y le damos una mano a tantos que no tienen sitio en este mundo…

Jesús nos señala el camino de la salvación recorriendo Él el suyo. Haciendo su parte.

No le tuvo miedo a dejarse determinar por una sola misión.

El vivió para el Padre, se dejó guiar, se fue dando en cada gesto y estuvo atento a su hora. Cuando le llegó el momento, se dio todo.

Tener una misión, dedicarse por entero a algo, es una metáfora de la vida. La energía y el dinamismo que ponemos en una tarea concreta nos pone en sintonía con el dinamismo del que nos está creando y salvando, apasionadamente, a nosotros.

……….

El 20 de junio partió a la casa del Padre (y a su Norte querido donde quería ser enterrado) Jacques Parraud. Jacques es voluntario en nuestra Casa de la Bondad y en El Hogar de San José. Y digo “es” porque estas obras tienen sucursal en el cielo. O más bien al revés: son sucursales del cielo en esta tierra.

En la Nación del 2007 sacaron una linda historia de “Un abuelo malcriador, tallador de muebles íntimos” que dice así:

“Había una vez, en Neuquén, una chica de 6 años que quería un ropero para sus muñecas. Por eso le pidió a su abuelo si le podía hacer uno. Aunque éste no sabía fabricar muebles de juguete, aceptó el pedido y buscó la manera de cumplir con el encargo.

Así, como si fuera un cuento, detrás de la puerta del departamento de Jacques Parraud, sobre la calle Juncal, en la ciudad de Buenos Aires, comenzó a brotar un mundo de proporciones diminutas. Mientras este abuelo malcriador por demás se esforzaba por darle el gusto a su nieta menor, surgía en él este gusto por hacer miniaturas que ya lo acompaña hace más de diez años y al que dedica casi todas las tardes de su vida.

  • “Mi padre decía que cuando uno llega a viejo tiene que tener un hobby, si no, molesta”, bromea este veterinario del INTA, de abuelos franceses, nacido en Jujuy.

Detrás del ropero vinieron la cama, la mesa de luz, la cómoda y los pedidos de las demás nietas. A estas primeras piezas pensadas para conformar un mobiliario de juguete, les siguieron muebles de estilo. Una mesa isabelina sobre la cual un repollito de Bruselas sería considerado enorme, la silla de Molière, un escritorio de correspondencia para señora, chaise longue, ruecas para lino… Y es que una vez que empezó no hubo vuelta atrás.

El primer obstáculo que tuvo que sortear fue el movimiento de sus manos.

  • Soy muy torpe – dice, para sorpresa de todo aquel que conoce su delicada obra liliputiense-. Se me rompen muchas cosas.”

El segundo fue encontrar las herramientas adecuadas.

  • Te vas dando cuenta de qué necesitás y vas mejorando“, cuenta Parraud, que se define como ansioso e impaciente, aunque persistente.

Y agrega:

– “Descubrís algunos trucos“.

 

(… Y en estas tres frases, agrego yo, tenemos las claves del que se embarca en una misión).

 

Recorriendo librerías encontró inspiración en las páginas de catálogos para coleccionistas de antigüedades o en libros sobre historia del mueble, y definió sus preferencias.

  • Me gustan los muebles rústicos, regionales, hechos por buenos artesanos y que se han desarrollado para cumplir una función, no de adorno“, explica sobre su elección, que muestra una inclinación por los modelos del período que va del siglo XVII a principios del XX.

Bien podría decirse que su casa está tomada. En todos los rincones hay estantes con pueblitos -como él los llama- de estilos Windsor, amish, sueco o gótico, en una escala de uno en diez. Minuciosamente, y a cada uno, Parraud le pega en la parte posterior un papelito en el que están impresos algunos datos de la historia de esa pieza. La madera que más emplea es el pino, aunque a veces la enchapa con otras más costosas, como la de cerezo, su predilecta. Sin embargo, con el trabajo de carpintería no están terminados los muebles, les faltan los detalles. Una nieta les hace los colchoncitos y almohadones, otra pinta los platitos para que parezcan de porcelana, y él mismo teje los esterillados o los tapiza con cabritilla. (…)

  • Tienen que tener las mismas características que los originales y ser copias lo más fieles posibles“, dice sobre sus creaciones.

En los últimos tiempos ha empezado a producir galeras, carruajes coloniales. Ya suma alrededor de 25, entre ellos, una reducida réplica del modelo que trasladaba a Facundo Quiroga cuando fue emboscado en Barranca Yaco.

Cuando se le pregunta sobre este pasatiempo, responde:

  • Me gusta porque como es todo trabajo manual puedo escuchar música clásica mientras trabajo. Pierdo la sensación del tiempo“. A veces se queda hasta la madrugada cortando, pintando, tallando, y no se da cuenta. “Me produce una gran satisfacción haberlo terminado”, añade.

Familiares, amigos y conocidos le regalan herramientas, libros, revistas, y cada vez que ven algo chiquito, lo compran y se lo traen.

  • A todo el mundo le encantaría tener en miniatura las cosas que le gustan“, explica sobre la atracción que provocan estos objetos minimizados.

….

Hasta aquí La Nación. Yo la seguía así, en una carta que hace unos días le envié a sus hijos:

“Desde el día en que me lo crucé a Jacques en la Casa de la Bondad (él estaba entrando a la cocina y yo a mitad de las escaleras subiendo a la planta alta) y me dijo algo que no recuerdo con precisión en cuanto a las palabras pero sí al sentimiento (fue algo así como que para un viejo como él había poco para mejorar interiormente, como diciendo que sólo le quedaba hacer algún servicio a los más pobrecitos, y yo le respondí algo así como que la misericordia del Señor era infinita en el sentido de que nos podía transfigurar totalmente ), desde aquel día se enlazó una amistad. Y Jacques me brindó la gracia de poder participar de la transfiguración que el Señor hizo en su vida y que todos hemos gozado y compartido.

Uso sí la palabra transfiguración porque fue eso: era algo que él tenía –en su corazón, en sus sentimientos- y que estaba como tapado, quizás por algún escrúpulo, algo así como: «qué te la vas a dar de bueno, vos a esta edad».

Cuando sintió que podía darse y que expresar esa bondad era gracia y que sintonizaba y se emparejaba muy bien con la misma gracia en otros, desató todo ese caudal de fineza, de ternura, de pícara simpatía, de saber ver lo importante, de pequeños servicios, de creatividad en su tarea, de apreciar lo que valemos los demás, de buen humor… Una increíble infinitud de detalles con los que sazonó nuestra vida, como si a cada uno le sirviera también algún plato espiritual, así como hacía con las comidas de los domingos para los enfermos, o a cada uno le enseñara a tallar la pata de una silla, como hacía con los artesanos del Hogar.

Lo imaginaba en la misa entrando al cielo muy sencillamente, contento pero sin creérsela, dejando hacer al Señor (…) Sentía que Jacques entraba al cielo y ocupaba su lugar exactamente como lo hacía en la cocina de la Casa y en el Taller de Artesanías del Hogar. Entraba llevando lo suyo para los demás, sus sangüichitos y sus sillitas, y entablando una conversación totalmente centrada sobre estas cosas y no sobre sí mismo, haciendo notar esto y aquello de lindo y de bueno para hacer con los demás.

Qué lindo entrar al cielo como uno es, a estar con los que uno estuvo haciendo lo que uno hacía  (con el mismo amor).

….

Por malcriar a una nieta, pero no así nomás, sino con el denuedo de quien descubre una pasión y la lleva hasta sus últimas consecuencias, Jacques se dedicó con noches y días a sus miniaturas de pino y cerezo, quizás sin saber por qué, hasta esa mañana en que entró en el Taller de Artesanías del Hogar y descubrió a los pobres que ahora reproducen sus sillitas con su misma torpe fineza y pasión. Y su taller de miniaturas, en el que “Una nieta hace los colchoncitos y almohadones y otra pinta los platitos para que parezcan de porcelana”, abrió otra sucursal en el Taller de Artesanías San Roque González de Santa Cruz. Aunque me tientan las imágenes, me parece un poco infantil levantar la mirada e imaginarlo haciendo miniaturas en el cielo. Me parece más claro volver la mirada a la oscuridad de mi interior, allí donde las pequeñas cosas que me apasionan solicitan, como una nieta malcriada, que les preste absoluta atención y me dedique a ellas con la pasión y la libertad gozosa con que Jacques se dedicó a su misión en esta tierra.

Diego Fares sj

 

 

 

 

El-circo-invade-el-Vaticano-y-el-Papa-acaricia-pequeño-tigre (1).jpg

Domingo 12 c 2016

Un día en que Jesús estaba orando a solas y sus discípulos estaban con él, les preguntó:

«¿Quién dice la gente que soy Yo?»

Ellos le respondieron:

«Unos dicen que eres Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, alguno de los antiguos profetas que ha resucitado.»

«Y ustedes, les preguntó, ¿quién dicen que soy Yo?»

Respondiendo, Pedro dijo:

«El Mesías de Dios.»

Y él con órdenes terminantes les mandó que a nadie comunicaran esto, diciendo:

«El Hijo del hombre tiene que padecer muchas cosas, ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser condenado a muerte y resucitar al tercer día.»

Y decía a todos: «Si alguno quiere venir en mi seguimiento, niéguese a sí mismo, cargue con su cruz cada día y sígame. Porque el que quiera poner a salvo su vida, la perderá pero el que pierda su vida por mí, ese la salvará» (Lc 9, 18-24).

Contemplación

¿Qué dice de mí la gente; qué dicen ustedes?

A Jesús le interesaba estar en boca de la gente y saber qué pensaban sus discípulos. Pero no para hacer encuestas de popularidad. Con estas preguntas, el Señor animaba a los suyos a hacer un discernimiento, a sentir lo que pensaba la opinión pública de entonces y a jugarse ellos personalmente.

Lucas menciona la opinión de la gente sencilla, del pueblo fiel, que sentía a Jesús como alguien a favor suyo, como un hombre de Dios, como uno que los defendía y ayudaba. Pero seguramente en el grupo de los discípulos también se hablaba de lo que decía los grupos de poder de aquel entonces.

Los principales formadores de opinión eran los saduceos, los zelotes y los fariseos.

Los Saduceos eran los que negociaban con los romanos con tal de conservar su poder. Eran gente rica y poderosa, dueños de la tierra, con poder político.

Los discípulos le podrían haber dicho a Jesús algo así: estos piensan que sos un iluminado más pero que no tenés idea de la política. Te ven peligroso por cómo te ganás a la gente. De última, son capaces de sacrificarte si los molestás en su relación con el imperio. De hecho, esto fue lo que hizo Caifás, el jefe de los saduceos, cuando pronunció aquella frase de que era bueno que uno muriera por la nación y condenó a Jesús a muerte.

Los Zelotes, estaban en el otro extremo del abanico político, eran militantes anti-romanos. Un rasgo que los definía era la anticorrupción: acusaban a los Saduceos de amar el dinero. Fueron Zelotes los que combatieron hasta dar la vida en Masada (73 dC), después que los Romanos tomaron Jerusalén. Jesús tenía en su grupo a Simón el Zelote (ningún Saduceo se hizo discípulo suyo). Este le podría haber dicho a Jesús: algunos pensamos que vos sos el Mesías, pero otros te ven demasiado contemporizador, con eso de “dar al César lo que es del César…”.

De última, el sentimiento popular zelote prefirió a Barrabás y no a Jesús.

Los Fariseos, ya sabemos lo que pensaban. Nicodemo le podría haber dicho a Jesús: mis hermanos piensan que les ponés a la gente en contra, que aflojás le Ley, que les das muchos palos con lo de que son hipócritas y vanidosos…

Esta contemplación de lo que podría ser una charla extendida entre Jesús y sus discípulos la hacemos “actualizándola” con sentimientos del presente. El Señor nos da pie con sus preguntas. El quiere que le contemos lo que opina la gente, lo que dicen los diarios. Porque sabe que estas cosas nos movilizan, nos provocan sentimientos encontrados. Y esto es necesario sentirlo y clarificarlo en la oración para tener nuestra propia idea formada de quién es Él para nosotros.

….

Pensaba que nuestro Papa Francisco ha puesto nuevamente en movimiento estas preguntas.

Lo ha hecho poniendo el cuerpo, saliendo a la calle, charlando con todos y de todo. Exponiéndose.

Y creo que es inteligente que, antes de considerar esta opinión o aquella, cada uno reflexione sobre el hecho mismo de que el Papa esté en boca de todos.

El mismo lo ha provocado acercándose.

Acercándose de manera despojada de toda distancia.

Este es el punto.

Porque todos los papas se han acercado y lo han hecho de manera cada vez más sencilla y explícita. Desde que Juan XXIII comenzó a bajarse de la silla gestatoria (que de hecho era como el papamóvil, para que la gente pudiera verlo, pero daba aires de realeza) hasta las arrodilladas de Juan Pablo II que besaba el suelo de cada país que visitaba.

Pero Francisco ha terminado de acercarse definitivamente, si se puede decir así.

Partamos de un extremo. Hace unos días en el espectáculo que dio un circo, escuchamos a uno que le dice al santo Padre si se quiere acercar a acariciar a un cachorro de tigre. Se le ve la cara al papa como diciendo yo hago lo que me digan, si a ustedes les parece… Y cuando se levanta y va caminando ya se lo nota confiado. El tigre le pegó un sustito, pero luego lo acarició tranquilamente.

Francisco tiene incorporado el gesto de ir y acercarse.

En el encuentro con los sacerdotes, después de la misa, también hizo el mismo gesto de ir al encuentro. Constaté que desarmó todo el protocolo porque los guardias, como no sabían para donde iba a agarrar, cerraron por una hora todas las salidas del altar. Francisco decía después que al meterse entre los curas los abrazos eran verdaderos golpes (estos te pegan!).

El mismo deseo de mayor cercanía se ve cuando toca con la frente la cabeza de un enfermo o se deja abrazar por los niños.

Hay una cercanía física que ha borrado todas las distancias y ha llevado lo sagrado a otro lugar.

El sentimiento de adoración y de reverencia ante nuestro Creador nos lleva naturalmente a formas de expresión que tienen que ver con la distancia. Es el “aléjate de mí que soy un hombre pecador” de Pedro al ver la pesca milagrosa. Pero en Jesús, estas distancias no tienen sentido. En el evangelio de la mujer pecadora que lo unge se nota que el Señor no pone distancias de ningún tipo sino todo lo contrario: sus gestos invitan a la confianza familiar.

En la cercanía física la misma persona se contiene.

La otra imagen es la de Jesús en medio de la multitud, camino a casa de Jairo: lo aprietan por todos lados pero él siente a la mujer que toca su manto y se cura y se detiene a conversar con ella cara a cara. Esta total cercanía es la que, a su manera, hace sentir Francisco. Es un modo de testimoniar la cercanía del Reino que trajo el Señor.

Esta cercanía y projimidad del Dios con nosotros no sólo es física sino también espiritual.

El Papa la expresa al hablar siempre de una misericordia que no se cansa de perdonar.

Al quitar las condenas y las aristas bien definidas de las definiciones abstractas, su lenguaje pone en contacto los corazones: es un lenguaje cercano en el sentido de que invita a dialogar, a expresarse.

Es esto antes que nada lo que posibilita que hable cualquiera. Y que algunas palabras a las que los medios les ponen micrófono, se amplifiquen. Pero por cada opinión desencajada hay cientos de miles de frases que la gente pronuncia en su corazón y que son bendiciones.

Siempre recuerdo lo que para mí, como jesuita, fue la mejor opinión “de la gente” sobre el Papa. En nuestra revista América, en los Estados Unidos, hicieron una encuesta antes de la visita del Papa y le preguntaban a la gente “qué le diría Ud. al Papa Francisco si tuviera cinco minutos a solas con él”. El jesuita James Keenan escribió: “Le diría que estos dos últimos años han sido los más felices de mis 33 años como sacerdote (…) Y tengo que decirle que a pesar de los comentarios de algunos obispos influyentes y periodistas de renombre, la mayoría de los católicos en los Estados Unidos da gracias a Dios cada día por su elección. Por último, pido a Dios por su salud, su consuelo y su sabiduría; y espero que esté entre nosotros más de lo que usted piensa. Que usted sea un jesuita es, poniéndolo en sus propias palabras, «la frutilla de la torta»”.

Por tanto, el hecho de escuchar que cualquiera dice cosas del Papa no es para indignarse sino para caer en la cuenta de que si su cercanía en unos provoca estos sentimientos en mí puede provocar otros. El movimiento tiene que ser: cuando escucho algo que me provoca sentimientos e ideas encontradas, tengo que acercarme yo de alguna manera directamente al papa. Ir a leer lo que él dijo, sus palabras textuales en el sitio del vaticano, buscar el video donde se ven sus expresiones (no solo la foto que me dan los diarios).

Allí donde los medios me quieren alejar haciéndome sentir disgusto por un punto particular, por algo que “dijo” el Papa, allí me tengo que “acercar”, buscando formar mi opinión personal.

No importa que después mi opinión no salga en los diarios. Importa que yo me examine y discierna lo que siento yo, lo que el Espíritu dice en mi corazón.

En lo disonante de algunos titulares se puede discernir un intento desesperado de evitar que se descubra que alguien les ha quitado poder. El modo de comunicar del Papa Francisco es directo. No solo se trata de que gracias a los medios actuales cualquiera pueda leer y ver en directo lo que dice y hace. Su modo de plantear los temas invita a dialogar, a que uno se ponga junto con él a la escucha del Espíritu. Titular sus frases como si fueran dogmas, siendo que la Iglesia misma hace tiempo que no habla dogmáticamente, es una cortina de humo. Si uno escucha y lee bien, el Papa está hablando un lenguaje humilde y abierto al diálogo y a la corrección de los puntos de vista. Hacer de cada gesto suyo una definición de partido político es una táctica que tiene patas cortas. Y aunque las tuviera largas, la provocación no deja de ser buena para que cada uno se juegue y opte por la cercanía cordial contra los diversos tipos de distancia: tanto la distancia saducea que sólo se mueve en espacios de su conveniencia política, como la distancia farisaica, que aleja al pueblo de las fuentes de vida con la excusa de la ley.

Diego Fares

 

 

 

 

 

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