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“Jesús dijo a sus apóstoles:

No teman a los hombres.

No hay nada oculto que no deba ser revelado

y nada secreto que no deba ser conocido.

Lo que Yo les digo en privado repítanlo públicamente;

y lo que escuchen al oído proclámenlo desde los techos.

No teman a los que matan el cuerpo pero no pueden matar el alma.

Teman más bien a aquél que puede arrojar el alma y el cuerpo al infierno.

¿Acaso no se vende un par de canaritos por unas monedas?

Sin embargo ni uno solo de ellos cae en tierra sin el Padre (sin que el Padre esté)

También ustedes tienen contados todos sus cabellos.

No teman entonces, porque valen más que muchos pájaros.

Al que se declare por mí ante los hombres,

Yo me declararé por él ante mi Padre que está en el cielo.

Pero Yo negaré ante mi Padre que está en el cielo

a aquél que me niegue ante los hombres” (Mt 10, 26-33).

 

Contemplación

No teman. No teman. No teman.

No teman confesarse los pecados y predicar públicamente el evangelio.

No teman a las persecuciones externas, que no pueden matarles el alma.

Ustedes son valiosos para el Padre, que los cuida más que a los pajaritos: no teman.

La persecución viene de anunciar la alegría del evangelio, que es la alegría del amor.

Y los lobos –tanto los que devoran las ovejas como los que dejan que otros las devoren porque ellos cuidan letras y frases y no a las personas concretas- meten miedo, amenazan, difaman, matan.

El Señor dice que al que se declare abiertamente por él ante los hombres, él se declarará por él ante el Padre. Y que negará ante el Padre al que reniegue de Él ante los hombres.

Esto es pues lo único que debemos temer: que Jesús no nos reconozca ante el Padre.

A esto se refiere también lo de “temer al que puede arrojarnos al infierno”.

El infierno es quedar fuera del reconocimiento salvífico de Jesús.

El demonio no nos puede “arrojar” al infierno si primero no nos hemos soltado de la mano y de la mirada del Señor. Solo fuera del ámbito de acción de su Misericordia, quedamos a merced de los empujones y zarpazos del maligno.

Ahora bien, el Señor ha querido ligar su reconocimiento a –al menos- tres confesiones que tenemos que saber hacer sin miedo.

La primera confesión es de nuestros pecados. Es íntima y personal. Es la Confesión sincera de que somos pecadores, manifestación sacramental de nuestras enfermedades y de nuestros pecados.

Es una confesión privada en la que uno abre su conciencia ante el confesor que en nombre del Señor y de la Iglesia nos concede la absolución y el perdón.

El día en que “todo lo secreto sea revelado”, nuestros pecados se tendrán que revelar como pecados confesados, como pecados de los que pedimos perdón y que tratamos de  reparar de acuerdo a lo que la Iglesia nos dio como penitencia.

Saligo al paso de una dificultad: el Señor nos manda confesamos ante otro. Y esto es algo que algunos cuestionan. Pero esa persona cuida con delicado respeto que lo confesado abra nuestra conciencia a la fuente de misericordia salvadora del Señor, esa que inunda el alma de paz y nos da un arrepentimiento amoroso que  nos lleva a la conversión.

El confesionario no es una tintorería ni una sala de torturas. Es, como decía alguien, el único lugar donde uno puede hablar mal de uno mismo sin temor a que sea mal usado. En la confesión se perdona todo para que la persona pueda repartir de nuevo. Se perdonan todas los malos “pensamientos, palabras, obras y omisiones”, no minimizando su malicia íntima y su malos efectos en los demás, sino todo lo contrario: se perdonan para que la persona se libere de sus ataduras y comience a “pensar, hablar y obrar” bien desde una decisión suya, de corazón.

El Señor lo hizo ver tan claro cuando curó al que tenía la mano paralizada, seca –como señal concreta de que no podía “hacer” nada, y por tanto no podía hacer el bien-. Lo curó en sábado y “miró con enojo a los que lo rodeaban y sintiendo tristeza por su dureza de corazón”. Es que ellos no miraban la persona sino la formulación de la ley y consideraban como un desastre que el Señor se la saltara en público. Pero lo que Jesús quería era hacerles ver precisamente eso: que había un ámbito en que, si la ley permitía que el hombre siguiera con su mano paralizada, nunca se daría un paso adelante en su salvación.

Pedimos al Espíritu: quitanos el miedo a la confesión, que tanto alivio nos da y tanto bien nos hace. Perdonados podemos ir para adelante en la misión que nos has encomendado, libres de los enredos narcisistas de culpas y autojustificaciones. Es mejor tu juicio bueno que el nuestro o el ajeno.

La otra confesión es de que Dios es misericordioso. La tenemos que hacer de modo visible y comunitario (uno solo no alcanza a dar testimonio de esto). Consiste en declararnos por Jesús con palabras encarnadas en gestos concretos y obras de misericordia.

Se trata de nuestro reconocimiento de la Persona de Jesús en la persona de cada pobre y necesitado que encontramos por el camino de la vida. Los pobres son los pobres concretos que cada uno encuentra cada día. Más aún: no solo estamos atentos al que nos encontramos casualmente sino que abrimos obras específicas para salir al encuentro de cada tipo de pobreza y de miseria.

¿Cuándo fue que no te reconocimos?, será la pregunta de algunos en el juicio. Cada vez que no hiciste esto –darle de comer, vestirlo, hospedarlo, visitarlo…- con uno de mis hermanos más pequeños, no lo hiciste conmigo.

Pedimos al Espíritu de misericordia: quitanos quite ese respeto humano, ese temor a dar un pasito de cercanía amable hacia el otro con quien podemos tener un pequeño gesto de misericordia que él sabrá completar con la suya hacia nosotros. Es tanta la alegría que devuelven estos pequeños gestos, que es una pena perderlos por temerosos.

La tercera confesión es de obediencia explícita a nuestros pastores. Es la más controvertida actualmente. Tiene que ver con la persona del Pastor: del Papa, del Obispo, del párroco, del padre espiritual, del maestro, del papá y de la mamá para cada hijo… Algo muy obvio (al menos para mí) en lo que el demonio muestra su cola serpentina, es que con esta tentación tienta tanto a los hijos pródigos como a los hijos cumplidores. Con el papa, por ejemplo, es muy notable: lo “desobedece” la gente que se considera a sí misma como liberada de todo paternalismo y que se rebela contra todo lo que sea dogmatismo eclesial, y lo desobedece también la gente que se considera defensora a ultranza del dogma y de la tradición. Por arriesgar un discernimiento nomás: ¿no será que ambos tipos de personas coinciden en que al defender “ideas” –las propias o las de la tradición- no se animan a confrontarse con personas de carne y hueso?

La cuestión es que, en el ámbito del reino que Jesús abre y establece, la autoridad es personal. La autoridad no son los libros, son personas concretas. El Señor no “escribió un código de leyes y dogmas”. Confió su poder –que es servicio- a Pedro y a sus apóstoles.

En el pueblo de Dios las relaciones son personales y disimétricas. Manda uno y –paradójicamente- para mandar debe ser el que sirve a todos. Pero manda uno.

A ese que manda sirviendo humildemente, el Señor le confía las llaves de su Reino y le da el poder de atar y de absolver.

Mirar y juzgar las cosas como nuestro pastor –hacerle caso a nuestros padres y maestros, seguir el consejo del confesor, hacer las cosas como nos pide el párroco, seguir el ritmo de nuestros obispos y declararnos públicamente a favor de lo que dice el Papa- a alguno le puede sonar paternalista o anticuado. Sin embargo, este modo de obrar “eclesial”, escuchando la voz del Señor –que nos dice “cada vez que hiciste lo que te decía tu padre espiritual hiciste lo que Yo quería”- es bendecido por el Espíritu Santo. Incluso cuando lo que nos manda el pastor no es “lo más perfecto”, el Señor escribe derecho con líneas torcidas.

Cuando uno se acostumbra a seguir solo sus propios criterios –con todo lo que tienen de criterios de otros- puede que tenga más “razón” y que en sí mismo esté bien, pero no cuenta con la misma bendición del Espíritu que lo que uno hace obedeciendo a Cristo en la persona de sus pastores.

La obediencia es “ob-audire”, tender el oído para escuchar al Otro que habla en “otros” (no en formulaciones abstractas). Esa obediencia no significa no dialogar y discutir, pero el principio es que es mejor obedecer a otra persona “en nombre de Cristo” que a sí mismo.

Me viene siempre la anécdota de San Alberto Hurtado que cuenta Larraín:

“…Un joven jesuita viajó a Santiago con una lista inmensa de encargos. Al llegar se topó con el Padre Hurtado y le pidió la camioneta. Él sacó las llaves del bolsillo y le dijo “encantado, patroncito”. Apenas partió el joven en la camioneta, el Padre Hurtado salió a hacer sus numerosas diligencias en micro. Este detalle muestra su humildad espontánea”.

También muestra su obediencia espontánea. Así como veía a Cristo en el pobre, y los servía como a sus patroncitos” también oía a Cristo en los mandatos de otro y le obedecía como a un “patroncito”.

Si el amor a la persona de Jesús se concreta en las obras de misericordia para con los pobres, el amor a la persona del Espíritu Santo se concreta en la obediencia a quien en la Iglesia tiene el encargo de conducir.

Diego Fares sj

 

 

 

 

 

Jesús dijo a los judíos: Yo soy el pan vivo bajado del cielo.

El que coma de este pan vivirá eternamente,

y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo.»

Los judíos discutían entre sí, diciendo:

«¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?»

Jesús les respondió:

«Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre

y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes.

El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna,

y yo lo resucitaré en el último día.

Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida.

El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él.

Así como yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida,

vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí» (Juan 6, 51-58).

 

Contemplación

El que me come vivirá por mí, dice el Señor. No se trata de un comer inconsciente, sino de un comer espiritual. Recibir la Eucaristía es comer un Pan que uno elige, rodeando de preparación y cuidado la comida (la misa) para saborearlo y gustarlo como un banquete especial, junto con toda la Iglesia, en cada comunidad.

Comulgar así, es una gracia del Espíritu Santo, que no solo hace espiritual al agua del Bautismo y al aceite con que somos ungidos en la Confirmación, sino que hace que la Carne de Cristo, el Pan de la Eucaristía y el vino consagrado que es verdaderamente la Sangre del Señor –derramada para el perdón de nuestros pecados- sean también comida espiritual, que nos hace “vivir por Jesús”: el que me come vivirá por mí.

Solemos separar a Jesús del Espíritu y más bien los deberíamos unir siempre y todo lo posible. La Carne del Señor, el que se nos dé como Pan y como Vino consagrados, hace que la vida que el Espíritu nos da, no sea solo una cuestión que captamos con la mente o con el corazón, sino que podamos “sentir y gustar” sensiblemente, masticando y bebiendo en un momento breve pero concreto que nos permite experimentar que “hemos tomado la comunión”. Pero al mismo tiempo es el Espíritu Santo el que hace que este acto físico, que no permite abstracciones ni espiritualizaciones vagas, que conecta el pan de la Eucaristía con el pan que comemos en casa y la Carne de Cristo con nuestra Carne –de modo preferencial con la Carne que necesita ayuda, la carne de los enfermos, de los pobres y desamparados de este mundo-, que este acto material de recibir una hostia consagrada, tenga un sentido mayor que el de tomar un simple alimento. Humanamente, comer un pedazo de pan y beber un vaso de vino, adquiere un significado diverso si uno sólo los toma como alimento rápido camino al trabajo o si los comparte en una fiesta familiar y de amistad. La comida es alimento material y al mismo tiempo concreta y sella una alianza espiritual. Así también comer la Carne del Señor, es alimento físico, viático que da energía para el camino diario y banquete de bodas, comida de alianza, adelanto del Banquete del Cielo.

El Espíritu Santo es el que inspira el sentido de cada comunión: hace que la comunión de la misa diaria sea alimento para la jornada, que la comunión del Domingo sea expresión de la unión con la familia, con la comunidad y con todo el pueblo fiel de Dios y que las comuniones en los momentos grandes, en el matrimonio o en las Fiestas de la Iglesia, sean comuniones de renovación de la Alianza con el Señor y con su pueblo.

Por eso tenemos que pedir al Espíritu saber comulgar bien, con un sentido espiritual, que hace de cada Eucaristía algo único. El cansancio o la rutina con respecto a la Eucaristía no tienen sentido si, simplemente, se pide la ayuda al Espíritu para comulgar. Otras ayudas, el Espíritu las da “como quiere y cuando quiere”, y como sus carismas requieren nuestra participación y el cultivo de sus gracias –que son siempre “la mitad”- a veces no los “recibimos” plenamente. Como además, toda gracia del Espíritu es para el bien común, el que no está en su puesto de trabajo y de servicio propio, elegido como vocación –o si está en el lugar a donde es llamado por el Señor, a veces haraganea o se distrae- tampoco recibimos “plenamente” las gracias que el Espíritu siembre y derrama abundantemente sobre toda la humanidad y la creación. Pero con la Eucaristía es distinto porque no se trata de recibir nosotros una gracia según nuestra capacidad y la del entorno en el que históricamente nos hemos situado, sino que se trata de que el Espíritu “haga brillar” al mismo Jesús, haga que su Carne de toda su energía y su Sangre todo su fervor. Es decir: la parte “subjetiva” espiritual que plenifica todo acto material, haciendo que despliegue toda su potencialidad, no es nuestra subjetividad sino la del Espíritu.

En definitiva, lo que digo es que no se puede comulgar bien con Jesús sino es con la ayuda del Espíritu Santo.

Al Espíritu le tengo que pedir todo: que me dé ganas de ir a misa y que me de gustarla y aprovecharla según Él desea para el bien común.

Si uno comulga sólo desde sus expectativas, por ahí su comunión es aburrida. Como cuando uno se sienta a la mesa en un banquete de otra cultura y solo come lo que le resulta conocido. Pasamos gran parte de la vida “comulgando solo con un Jesús “pan conocido” y nos perdemos todos los sabores que el Espíritu da a cada Eucaristía. Comulgar con la ayuda del Espíritu es comulgar “apostólicamente”, en orden a gustar y aprovechar cosas nuevas que serán fuente de vida para servir mejor a aquellos a los que somos enviados a evangelizar.

Probemos a comulgar rezando con el Ven Creador.

Digamos el Espíritu: “enciende con tu luz nuestros sentidos” para que el sabor de la Eucaristía nos traiga a la memoria el pan ázimo que el Señor consagró por primera vez.

Pidámosle: “infunde tu amor en nuestro pecho” para que al tragar la Eucaristía y sentir el calor del Vino consagrado, el camino que recorren desde nuestro paladar a nuestro estomago encienda de fervor nuestro corazón.

Roguemos al Espíritu: “fortalece con tu fuerza inquebrantable la flaqueza carnal de nuestro cuerpo”, para que la experiencia de estar en comunión con Cristo nos haga sentir y experimentar que “nada ni nadie podrá separarnos del amor del Señor” que el Espíritu ha infundido en nuestros corazones.

Solicitémosle “repele lejos a nuestro enemigo”. Que la Carne del Señor no deje hacer valer al mal espíritu esa “mala alianza” que estableció con nuestra carne. Si uno reflexiona bien, esto que decimos de “comulgar con la Carne del Señor ayudados por el Espíritu” tiene su contrapartida en el hecho de que es el mal espíritu el que utiliza la debilidad de nuestra carne para alejarnos del amor de Dios. Nuestra carne no se aleja de Dios naturalmente. Se desordenó por el pecado. Y aún en su desorden, tiene límites. Lo que no tiene límites es lo espiritual, que hace que nuestra ira no tenga medida –como sí la de un animal, que solo mata para comer- o que nuestra avaricia sea insaciable. La lucha, pues, no es entre carne y espíritu, así sin más. Es entre nuestra carne bajo el dominio del mal espíritu y nuestra carne –unida a la Carne de Cristo- conducida por el Espíritu Santo.

Que en la fiesta del Corpus, el Espíritu Santo nos enseñe a comulgar bien y nos quite la niebla de los ojos para que sepamos reconocer al Señor Jesús resucitado en cada partir el pan.

Diego Fares sj

 

Trinidad.jpg

En aquel tiempo dijo Jesús a Nicodemo:

Tanto amó Dios al mundo

que le dio a su Hijo unigénito

para que todo el que cree y confía en Él no muera

sino que tenga vida eterna.

Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo

sino para que el mundo se salve por él.

El que cree en Él, no es condenado,

el que no cree, ya está condenado,

porque no ha creído en el Nombre del Hijo unigénito de Dios (Jn 3, 16-18).

Contemplación

Si uno mira el evangelio de hoy, en que el tema daría para un tratado sobre la Trinidad que podría llevar varios tomos, ve que la Iglesia elige un textito de nada en el que sólo se nos dice que Dios amó tanto al mundo que le dio a su Hijo para que confiando en Jesús nadie se muera, sino que todos tengan vida. Ni se mencionan las Tres divinas Personas. Solo un adverbio de cantidad –“tanto”- para hacernos sentir el peso suave de un amor incondicional: nos dio a su Hijo, a Jesús. Qué más se puede dar.          Es propio de Jesús esto de “engrandecer al Padre” –“¡nos amó tanto!”. También es propio suyo “quitar peso a nuestros pecados”, ejercitar la misericordia que suaviza la ley. Él es como el administrador infiel que le hacía agarrar los recibos a los deudores de su amo y donde en uno estaba escrito “cien barriles de aceite”, él le decía “anota 50”, y donde el recibo de otro decía “100 sacos de trigo”, él administrador se lo devolvía: “Mira, toma tus recibos y anota sólo ochenta”. Esta manera de “decir la verdad rebajando la obligación” permite a la persona sentir la presencia amorosa del Señor y recomenzar de nuevo desde una moral interior, movida por el amor.

En el oficio de lecturas de hoy sábado Santo Tomás cita a San Agustín que dice: “es mejor andar rengueando por el Camino que correr fuera de él. Porque el que va por el Camino –que es Jesús-, aunque avance poco, porque renguea, se acerca a la meta”. Me conmovió esto de: “aunque avance poco”. Me sentía identificado. Me venía la imagen de la peregrinación a Luján: de esas personas que uno al pasar los ve caminar totalmente acalambrados. Cómo arrastran los pies y otro los sostiene y los ayuda a ir adelante. Los pies son un desastre, pero en la cara se les ve que solo sienten “la meta”. Engrandecer a la Virgen les hace disminuir el dolor…

Nos centramos, pues, en ese “tanto” del amor de Dios.

El Padre no nos dio otras tablas con mandamientos y leyes. Nos dio a Jesús.

Nuestro Padre del Cielo no nos dio un tratado de teología. Nos dio a Jesús.

Y la Alegría del evangelio (“Evangelii gaudium”) de la carne frágil del Niño Jesús, que su Madre envolvió en pañales y recostó en un pesebre, se la anunció a los pastorcitos de las periferias de Belén, no a los escribas y fariseos de la corte y del templo.

Nuestro Padre no nos dio un tratado de moral sexual. Nos dio a Jesús.

Y la Alegría del amor (“Amoris laetitia”) que envolvió la infancia y la adolescencia de Jesús, quedó sellada en la intimidad familiar que sus padres –José y María- vivieron lejos de las miradas indiscretas de los demás.

El lieto anuncio de lo que llamamos “la vida oculta”, es que cuando una pareja se ama y Dios la bendice con la vida nadie debe meterse a opinar perturbando desde afuera. Nunca debemos olvidar que en el silencio de María y en el sueño de José, lo que a los ojos de la ley era motivo de excomunión se convirtió en un “no temas tomar a María tu esposa porque el que ha sido generado en ella por el Espíritu es santo (Mt 1, 20).

El Padre nos dio a su Hijo gracias a que María se bancó las miradas y los chusmeríos de la gente (que saldrían a la luz con toda su hiel en la vida adulta del Señor cuando regresó a Nazaret y en sus discusiones con los fariseos, que le dijeron que ellos no eran hijos de prostituta).

El Padre nos dio a Jesús gracias a que José no se atuvo a la ley y se jugó por un sueño, en una sociedad en la que la puerta del juez estaría abierta para redactar un acta de repudio con puntos y comas ya que todo era público y estaba catalogado con la precisión con que solo la ley judía puede hacerlo.

Nuestro Padre nos dio a Jesús y Él, su Hijo amado, para revelarnos a ese Padre suyo y Padrenuestro, no se le ocurrió mejor cosa que rezar delante de la gente diciendo Alabado Seas (“Laudato si’”) mi Señor . Y agradecerle y alabarlo porque hace salir el sol sobre buenos y malos, alimenta a los pajaritos del cielo, cuidando que no caiga ni un solo sin estar Él en persona presente, y viste a los lirios del campo mejor de lo que se visitó el rey Salomón.

El Padre nos dio a Jesús y Jesús se puso a enseñar a la gente:

– que Dios es un Padre que hace fiesta a los hijos pródigos y les tiene infinita paciencia a los hijos conservadores;

– que Dios es un Padre que sale a buscar trabajadores para su viña y no se fija mucho en los contratos;

– que Dios es un Padre que invita a todos a la fiesta de bodas de su hijo y regala entradas y trajes de fiesta.

El Padre nos dio a Jesús y Jesús, después de hacer todo lo posible por “suavizar la ley” -no para que no se cumpliera sino para darle la oportunidad a la gente de cumplirla entera, pero de corazón y a su propio ritmo-, al final, no pudiendo ya dar más, se dio a sí mismo en la Eucaristía –lavando los pies y partiendo el pan- como signo concreto y real de ese “amor tan grande” –de ese “tanto”- del Padre.

Jesús, al igual que el Padre, nos amó “hasta el extremo”. Y la mejor palabra para hacer ver este amor es ese mismo adverbio: “tanto”.

Jesús nos amó tanto que nos dio su Palabra, su compañía, sus sentimientos, su estilo, su carne, su servicio, su vida, a su Madre… Y, por si fuera poco, Él y el Padre nos dieron su Espíritu.

Al decir su “Espíritu” se nos agranda el Don y hay que tener cuidado porque, como todo gran regalo puede hacer que “hasta el santo desconfíe”. Por eso el Espíritu, si bien tiene algunos Pentecostés y a veces se deschava y se vuelve Efusivo, gradúa ese “tanto” del Padre y de Jesús y lo convierte en un “tanto cuanto”. Como dice Ignacio: nos manifiesta el Amor discretamente.

Discreción no significa para nada “términos medios”, tibieza o “nivelar por lo bajo”. Nada de eso. Caridad discreta significa mirar el bien del otro, no a sí mismo ni a la ley en abstracto. El Espíritu se vuelca y se da totalmente a todos según la capacidad de cada uno. El Espíritu es especialista en hacerse a la medida a cada persona: toma su paso, se “incultura”, se “hace todo a todos”.

Como el Espíritu del Padre y de Jesús es Alguien que no se mira a sí mismo, por eso el mundo no lo ve ni lo percibe; porque el mundo cuando dice “espíritu” piensa en un yo cuya soberbia hace girar el mundo en torno a su vanidad y a su poder. El Espíritu del Padre y de Jesús, en cambio es común, es inclusivo, unifica al pueblo fiel de Dios y da a cada uno un carisma para el bien común. El Espíritu es el “tanto” de Dios convertido en “tanto cuanto”: tanto cuanto puede cada uno recibir, tanto cuanto uno pueda dar las gracias que recibe.

El “tanto cuanto” –que se adapta perfectamente a cada persona y a cada pueblo- actúa en lo grande y en lo pequeño. Y lo hace en un nivel de magnitud que se nos escapa: lo macro, porque actúa en la Iglesia y en los pueblos a una escala que cuesta ver. A veces un cambio tarda dos milenios –como el tomar conciencia de que no se pueden bendecir las guerras- y otras veces el cambio se da en un microsegundo, como cuando Hurtado vio a ese pobre aterido de frío, le dio su sobretodo y supo que era Cristo, o cuando la pequeña Jacinta de Fátima comprendió que podía ofrecer sacrificios por los pecadores.

El Espíritu revela la verdad a algunos a sorbos y a otros lanzándolos a mar abierto.

El Espíritu enciende en algunos la fe como una velita y en otros es un fuego que enciendo otros fuegos.

El Espíritu hace rezar a algunos con las palabras de las oraciones aprendidas de niño y a otros los hace hablar y cantar en lenguas desconocidas, pura expresión de afecto y amor.

El Espíritu ayuda a los pobres creando y sosteniendo instituciones de caridad estructuradas y visibles y también con gestos personales, de esos en los que la mano derecha no sabe lo que dio la izquierda…

El Espíritu sopla donde quiere y cuando quiere y es Soberano en su modo de unir a los hombres, de enseñar a servir y de hacer adorar. Gracias a Dios, no se lo puede enjaular, como dijo el Papa a los carismáticos.

Bendita sea la Santísima Trinidad: el Padre misericordioso, el Hijo, Jesús, nuestro Señor y el Espíritu Santo Consolador.

Diego Fares sj

 

Al atardecer del Domingo encontrándose los discípulos con las puertas cerradas por temor a los judíos, vino Jesús y se puso en medio de ellos y les dijo:

‘La paz esté con ustedes’.

Mientras les decía esto les mostró sus manos y su costado.

Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor.

Jesús les dijo de nuevo:

‘La paz esté con ustedes. Como el Padre me envió a mí,

Yo también los misiono a ustedes’.

Al decir esto sopló sobre ellos y añadió:

‘Reciban el Espíritu Santo.

Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen

y serán retenidos a los que ustedes se los retengan’ (Jn 20, 19-23).

Contemplación

Cómo se hace para que en nuestra vida se de un “nuevo Pentecostés”? En un mundo donde el consumo y la prisa nos petrifican el corazón, necesitamos una verdadera y literal reanimación espiritual. Hay que “masajear” el corazón, como cuando a alguno se le detiene y otro con ambas manos trata de ponérselo en movimiento y le hace respiración asisitida. La oración es la que nos hace entar el Aire que nos falta, cuando con toda la Iglesia suplicamos y cantamos: “Ven Espíritu Santo, eres bienvenido en este lugar, eres bienvenido en mi corazón”. Y luego viene el segundo movimiento que consiste en ponerse a amar. Ya, inmediátamente, sin dudar ni postergar. Amar aunque sea con un pequeño gesto, pequeñísimo: desear simplemente el bien a otro. Ya. No importa si es a fuerza de voluntad, no pasa nada si no lo sentimos tanto. Amar a todos, a cualquiera: a los cercanos y a los más desconocidos, al que nos quiere y mejor aún a alguno que nos cae antipático. Ninguno debería pensar que puede conocer el Amor que  Dios ha “infundido en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo regalado” (Rm 5, 5), si ese Amor no le ha servido, al menos una vez, para perdonar una ofensa, para amar a un enemigo, para reconciliarse con un hermano, para tener un gesto de ternura al dar una limosna a un pobre…

Para que el Espíritu venga y permanezca, hay que ponerse a amar. Gestos de amor. No importa cuáles. No importa a quién. No importa cómo. El amor no hace daño, el amor purifica todo y mejora todo lo que toca.

El gesto de amor pequeño, florece y alegra;

el gesto de amor momentáneo, abre una ventana;

el gesto de amor acotado, hace experimentar que su plenitud queda intacta, es más: se multiplica, como el aceite y la harina en el frasco de la viuda de Sarpta, que compartió su última hogaza de pan con el profeta y no se agotó nunca más el aceite en su frasco ni se acabó la harina en su tinaja (1 Re 17, 14). Hay que ponerse a adorar y a servir. Son los dos movimientos simples e infalibles para recibir al Espíritu y para que permanezca del único modo que sabe hacerlo: expandiéndose a todos, llenándolo todo.

El Pueblo fiel de Dios es el que mejor sabe y el que mejor hace esto. Lo hace con millones de manos y de rostros, de manera invisible y oculta, como son invisibles y ocultos los movimientos del corazón.

Hay que saber intuir al Espíritu en el Pueblo fiel. Hay que aprender a verlo en los signos. Cuando uno ve la muchedumbre de fieles que peregrina a Luján –y a todos los santuarios marianos del mundo- hay que saber ver, como dijo el Concilio Vaticano II, que es “muchedumbre reunida por la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Lumen Gentium 4).

El Papa Francisco es uno que siempre ha sabido ver como nos dice el Concilio que veamos; es uno que siempre ha insistido en que el Espíritu Santo hace que el pueblo fiel de Dios sea “infalible en su modo de creer”.

El Concilio lo dice así: «La universalidad de los fieles que tiene la unción del Espíritu Santo no puede fallar en su creencia”. Y agrega que no se trata de un acto de fe intelectual, como si el Pueblo de Dios escribiera documentos y definiera dogmas. El Pueblo de Dios cree con su presencia –nada más-  y con sus gestos –nada menos-: “ejerce esta peculiar propiedad mediante el sentido sobrenatural de la fe de todos, cuando desde los obispos hasta el último de los fieles seglares, manifiestan un asentimiento universal en las cosas de fe y costumbres» (LG  12).

Este plus del Pueblo fiel en su totalidad sobre lo que sería la fe de cada persona considerada individualmente, se debe a que el Sujeto o la Persona que hace actuar como una sola persona a la muchedumbre, unificándola, es el Espíritu Santo, que en el conjunto se muestra «indefectible»: da el sentido de la fe que «mueve y sostiene» a todo el Pueblo fiel de Dios.

El Concilio dice que “el Pueblo de Dios, con ese sentido de la fe que le da el Espíritu, recibe la verdadera Palabra de Dios, penetra más profundamente en ella con rectitud de juicio y la aplica más íntegramente a su vida». Fijémonos bien en las tres palabras: recibe, profundiza con rectitud de juicio y aplica de modo íntegro a su vida. Es tan maciza y sólida esta fe, que, si uno no participa, si uno no sale y se mete en la procesión, corre el riesgo de no verla.

El cardenal Bergoglio decía que no se puede pronunciar la palabra “Pueblo de Dios” sin comprometerse. Si uno habla como desde afuera, queriendo objetivar, si uno no siente con el corazón del pueblo fiel de Dios y está en su lugar de servicio, no lo ve.

Lo dice Evangelii Gaudium: “Yo soy una misión (…) en el corazón del pueblo” (EG 237).

Si separo mi trabajo y mi misión de mi vida –si no soy “maestro de alma, enfermera de alma, político de alma”- dejo de ser pueblo… Y no recibo ni puedo dar el amor que el Espíritu Santo infunde en los corazones. Porque solo en el seno de un Pueblo -movido y sostenido por el Espíritu Santo-, puede cada uno recibir y ejercitar el propio carisma y la propia misión, que no es un deber sino una bendición y una fuente de alegría y plenitud, ya que haciendo encontrar a cada uno su carisma es como el Espíritu conduce concretamente a la totalidad del Pueblo fiel.

En ese sentido nuestra Señora y los santos y santas son expresión de esta indefectibilidad y eficacia del Espíritu: al dejarse conducir por él, todo en ellos redunda en beneficio de la totalidad del Pueblo fiel. Y el pueblo lo reconoce honrando a nuestra Señora y a los santos y nombrándose a sí mismo -a los lugares que habita y a las instituciones que crea- con el nombre de sus santos que es personal y común.

De entre todos los modos de rezar y de servir que el Amor –porque el Espíritu Santo es el Amor- inspira, uno es privilegiado. Es semilla flor y fruto, en ese sentido digo que es privilegiado. Tiene que ver con la unidad. San Agustín dice que, así como en el primer Pentecostés “las diversas lenguas que un hombre podía hablar eran el signo de la presencia del Espíritu Santo, así ahora el amor por la unidad de todos los pueblos es el signo de su presencia” (Discurso 267). Lo decía Agustín hace 1500 años y ese “ahora” del que habla es más actual que nunca: hoy tiene el Espíritu Santo –lo hospeda, recibe sus bienes, lo discierne en la vida y actúa según su conducción amorosa- el que “ama la unidad de todos los pueblos”. Y el que no, no. El que solo piensa en su país o en su cultura, en su religión o, menos aún, en su sector, no es del Espíritu. El Espíritu respira con todos y cada uno de los que en este momento inhalamos y exhalamos. Nadie puede “respirar de más”. Pero sí podemos respirar juntos, igualados en esta “espiritualidad” que nos hace ser más por comunión y no por posesión. O por posesión de lo único que podemos realmente poseer, interiorizar, hacer nuestro y hacernos suyos, íntegramente y modo pleno: el Amor que el Espíritu Santo infunde en el corazón común del pueblo fiel de Dios.

Diego Fares sj

 

En aquel tiempo, los once discípulos fueron a Galilea,

a la montaña donde Jesús los había citado.

Al verlo, se postraron delante de El;

sin embargo, algunos todavía dudaron.

Acercándose, Jesús les dijo:

«Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra.

Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos,

bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo,

y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado.

Y yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo…» (Mateo 28, 16-20).

 

Contemplación

Hoy es la fiesta de la Ascensión del Señor al Cielo, donde está sentado a la derecha del Padre, para interceder siempre por nosotros. Jesús nos prometió que estará con nosotros todos los días, hasta el fin del mundo.

Para sentir y gustar esta compañía de Jesús en medio de nuestra vida cotidiana es necesario comprender de qué tipo de presencia se trata, para poder mirar en la dirección correcta, valorar los signos concretos y discernir los sentimientos precisos.

Comprender de qué presencia se trata. No toda presencia es igual. La presencia de las personas desconocidas, con las que viajamos codo a codo en un medio de transporte, es el tipo de presencia en la que la mayor cercanía física hace más patente la distancia. No nos conocemos, no sabemos nada del otro y olvidamos su rostro apenas nos separamos. En el otro extremo, dentro de ese mismo medio de transporte, la presencia de un hijo que quedó en casa para su madre que va al trabajo, es más real que la de todas las otras personas que tiene al lado. La madre lo imagina, le habla interiormente, le aconseja como si lo tuviera delante, sonríe interiormente recordando algún gesto, se apena advirtiendo algún problema…

La presencia del Señor va por este lado: Él está presente como Alguien muy amado. Por eso es que se presentaba en medio de sus amigos reunidos o ante los que lo conocían y le querían. Para otros, aunque lo hayan visto caminando con los de Emaús o a la orilla del lago, encendiendo el fuego, su figura y su presencia física habrá sido como la de las personas con las que nos cruzamos por la calle.

El principio básico de este modo de presencia humano –el de un hijo y el de Jesús- es espiritual: cuanto más amada una persona más presente está.

El amor es adhesión al bien y nuestro corazón se adhiere a quien ama movilizando todo nuestro ser. Si la persona está físicamente presente, el corazón moviliza los sentidos físicos y se expresa a través de ellos, escuchando, mirando, tocando, gustando y oliendo. Si la persona amada está físicamente alejada, el corazón moviliza los sentidos espirituales: tiende hacia atrás los puentes del recuerdo y hacia el futuro, los del deseo. Hace memoria de lo que sintió y gustó y se proyecta hacia el encuentro venidero.

Hay que notar que estos sentidos espirituales tienen la preeminencia también en el presente. Así como uno se aleja espiritualmente de la persona desconocida con la que viaja y pone distancia sensible -no la mira a los ojos ni se interesa demasiado en lo que charla con otro-, también se acerca espiritualmente a la persona amada haciendo que los sentidos físicos se muevan en el medio espiritual. Mediante el recuerdo del pasado y la proyección del deseo, la presencia física adquiere una realidad de mucha mayor significación.

Así, vemos que la presencia de alguien no depende solo ni en primer lugar de su estar enfrente o al lado físicamente. La adhesión libremente elegida y cultivada de un corazón hace más densa y más real la presencia de la persona amada.

La otra persona, cuya presencia experimentamos en mayor o menor medida de acuerdo a nuestra capacidad de adherirnos y de gustar su existencia, no solo está ahí pasivamente sino que es también presencia activa.

Hay personas que hacen “sentir su presencia”. Algunos, por fuerza de atracción: irradiando y gravitando, siendo ellos mismos, sin necesidad de imponerse ni llamar la atención. Otros la hacen sentir a empujones, como Trump que el otro díacuando percibió que el primer ministro de Montenegro se le había adelantado, lo hizo a un lado groseramente con un empujón.

El Señor es de los que hacen sentir su presencia humildemente. Poniéndose al lado como uno más, escuchando e interesándose por lo de uno antes de hablar de sí, brindando algún servicio humilde o recibiéndolo en la persona de un necesitado… Estas dos últimas son sus formas preferidas de “hacerse presente”.

Como decíamos, el corazón tiene la capacidad de “hacer presente” a la persona amada movilizando todos nuestros sentidos –físicos y espirituales-. Los sentidos físicos se mueven por sí solos ante un estímulo exterior. Los espirituales son más libres. En una relación asimétrica, como la que se da entre el Creador y la creatura, la presencia del Creador no puede darse de otra manera que haciendo crecer en libertad a su creatura. Por eso la pedagogía del Señor es la de la Encarnación, la del abajamiento, la del ocultar su divinidad y la de ir mostrándose poco a poco en la medida en que vamos deseando su presencia y haciéndonos capaces de sostener su compañía.

El punto de inflexión –porque hay un punto en el que todo cambia- es saber interpretar –de una vez y para siempre- que toda aparente ausencia suya es un clamoroso signo de una presencia amorosa y real “un escalón más abajo” o “a un costado” de la dirección en la que nos parece no encontrarlo.

Si no nos dejamos engañar por las apariencias a las que nos tiene acostumbrado el mundo de publicidad compulsiva en que nos toca vivir, sabremos encontrar y descubrir a Jesús presente en nuestra vida, todos los días hasta el fin del mundo, en cada situación en la que alguien, aparentemente insignificante, nos esté brindando un servicio humilde o requiera de nosotros poner en movimiento los sentido espirituales para ver a Jesús, que son el sentido de la misericordia y el sentido de la amistad gratuita.

PD.

Ya había terminado la contemplación y antes de mandarla abro el correo y me encuentro con los mails de dos amigos, uno a quien no veo hace años y otro de una mamá a quien conozco por mail. Ambos me cuentan de sus hijos, Jimmy, de su hija que ha entrado a la vida religiosa, y que “al ver su cara serena”, se le pasó la urgencia que tenía por contactar conmigo para hablarme de ella y pasó a compartirme un mail lleno de esa misma serenidad;  Xime me cuenta de su hijo pequeño que ha sufrido un calvario de operaciones a lo largo de su vida y que, sin conocerme, reza por mí a Santa Jacinta (y yo acabo de caer en la cuenta de donde me vino “de golpe” la devoción por Jacinta, a la que nunca había prestado mucha atención. Revisando mails veo que Fran le rezaba a Jacinta por mí desde hacía tiempo). No hay palabras que alcancen para contar todo lo que cada historia tiene, por eso mejor unas pocas como testimonio de esa presencia de Jesús “un escalón más abajo” o en el mail de al lado.

Padre Diego

 

Captura de pantalla 2017-05-19 a las 15.52.46Jesús dijo a sus discípulos:

«Si ustedes me aman, cumplirán mis mandamientos. Y yo rogaré al Padre, y él les dará otro Paráclito para que esté siempre con ustedes: el Espíritu de la Verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce. Ustedes, en cambio, lo conocen, porque permanece a su lado y con ustedes está. No los dejaré huérfanos, vuelvo a ustedes. Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero ustedes sí me verán, porque yo vivo y ustedes vivirán. Aquel día (cuando venga el Espíritu) comprenderán que Yo estoy en mi Padre, y que ustedes están en mí y Yo estoy en ustedes. El que tiene mis mandamientos y los guarda, ese es el que me ama; y el que me ama será amado de mi Padre, y yo lo amaré y me manifestaré a él.

Le dice Judas – no el Iscariote -: «Señor, ¿qué pasa que vas a manifestarte a nosotros y no al mundo?»

Jesús le respondió: «Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él. El que no me ama no guarda mis palabras. Y la palabra que escuchan no es mía, sino del Padre que me ha enviado. Les he dicho estas cosas estando entre ustedes. Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, les enseñará todo y les recordará todo lo que yo les he dicho» (Jn 14, 15-26).

Contemplación

Al igual que Judas Tadeo, nosotros también preguntamos: “¿Por qué Jesús no se manifiesta a todo el mundo, de una sola vez, para que todos crean?

El Señor no corrige la pregunta de Judas Tadeo (como había hecho con las de Tomás y Felipe) sino que vuelve a repetir lo que había dicho antes. Es como si le dijera: escuchen bien lo que les dije.

Primero dijo: “El que me ama será amado de mi Padre”.

Ahora agrega: “Si uno me ama, guardará mi palabra y mi Padre lo amará”.

Es como si dijera: “A una persona, no hay que mostrarle al Padre, hay que ayudarle a que se sienta amada por Él”.

Y esto requiere un proceso, un camino…

Jesús es el Camino. Cuando lo seguimos, comenzamos a sentirnos amados por el Padre. Experimentamos la predilección del Padre: que estamos en sus brazos como un hijo amado.

Este amor es un Don.

O mejor: es “la mitad de un Don”.

El Espíritu Santo es este “Don por la mitad”.

El amor, si solo ama uno, aunque ese uno sea un Dios, se apaga.

El amor necesita que yo también lo demuestre.

Cuando cumplo (cumplimos) los mandamientos de Jesús, siento (sentimos) el Amor de Dios completo.

Y esto se nota en que siento (sentimos) paz y alegría en el corazón.

Esto hay que entenderlo bien: la condición que pone Jesús -de “cumplir sus mandamientos y de guardar su palabra” -no es una exigencia moral.

Es el Amor que necesita ser amado.

Es como si Jesús nos dijera: por favor, (hagan) lo que lee digo, que solo así sentirán mi amor entero en su corazón.

Y esto es posible gracias a la ayuda del Espíritu Santo.

El Espíritu es nuestro Compañero interior, nuestro Maestro y nuestro Defensor.

El nos enseña modos concretos para “poner en práctica el mandamiento del amor a Jesús”, es el que hace que sea transitable el dificil camino del amor.

El discernimiento, del que habla Francisco es: encontrar el modo concreto de hacer el bien en cada situación única y personal.

Y aquí respondemos a la pregunta: El Señor se manifiesta primero a sus amigos porque necesita de nuestro amor para poder mostrar al mundo un amor completo.

Se nos manifestó a un “nosotros” que al recibirlo a Él se volvería abierto al mundo… El Señor, para manifestarse como Don, necesita de este “rebañito” que es la Iglesia, que lo acoge con su respuesta. En el seno de los que guardan la Palabra y cumplen el mandamiento de amar a Jesús, como María, se crea ese espacio de misericordia y de alegría, abierto e inclusivo, para que todo el que quiera pueda entrar a experimentar y a gustar lo lindo que es ser amado del Padre.

Diego Fares sj

 

Jesús dijo a sus discípulos:

«No se agite su corazón. ¿Ustedes creen en Dios?, crean también en Mí. En la Casa de mi Padre hay muchas moradas; de no ser así, se lo habría dicho, porque voy a prepararles un lugar. Y cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré otra vez para llevarlos conmigo, a fin de que donde yo esté, estén también ustedes. Y a donde Yo voy ya saben el camino.»

Tomás le dijo: – «Señor, no sabemos adónde vas. ¿Cómo vamos a saber el camino?»

Jesús le respondió: – «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí. Si ustedes me comprenden, conocerán también a mi Padre. Ya desde ahora lo conocen y lo han visto.»

Felipe le dijo: – «Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta.»

Jesús le respondió: – «Felipe, hace tanto tiempo que estoy con ustedes y toda­vía no me conocen (no comprenden quién soy). El que me ha visto, ha visto al Padre. ¿Cómo dices: “Muéstranos al Padre”? ¿No crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí? Las palabras que digo no son mías: el Padre que habita en mí es el que hace las obras. Créanme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Créanlo, al menos, por las obras. Les aseguro que el que cree en mí hará también las obras que yo hago, y aún mayores, porque yo me voy al Padre» (Juan 14, 1-12).

 

Contemplación

“No se agite su corazón. Ustedes creen en Dios? Crean también en mí”.

“No teman. Yo soy el ángel de la paz. Recen conmigo! Dios mío, yo creo, adoro, espero y te amo”.

Cuando uno lee los diálogos del ángel y de nuestra Señora con los pastorcitos de la Cova da Iría –San Francisco, Santa Jacinta y la sierva de Dios Lucía- se percibe el mismo aire que en los diálogos del Señor con sus apóstoles.

El tono de instrucción del ángel cuando, en la segunda aparición (que ya no les mete miedo), los ve sesteando a la sombra de los árboles de la quinta que rodeaban el pozo: “Qué están haciendo. Recen. Recen mucho. Que los corazones de Jesús y de María tienen sobre ustedes planes de misericordia”. En la primera aparición les había dicho que Jesús y María estaban “atentos a la voz de sus súplicas”. Y les había juntado en la oración el rezarle a Dios con interceder por los pecadores: “…Y te pido perdón por los que no creen, no adoran, no esperan y no te aman”. Ahora les agrega a la oración, los sacrificios: “Ofrezcan constantemente oraciones y sacrificios al Altísimo”.

Aquí es donde Lucía, con esa familiaridad de los chicos, se anima a preguntarle: “¿Y cómo hemos de sacrificarnos?”. Pareciera que estamos escuchando a Tomás cuando le dice al Señor: “¿Cómo vamos a saber el camino? (Si no sabemos a dónde vas)”. Al igual que el Señor, el Ángel de su Guardia y de Portugal (con ese nombre se les revela) aprovecha para darles una instrucción más detallada y acorde con su mentalidad. Les dice: “De todo lo que puedan ofrezcan un sacrificio como acto de reparación por los pecados por los cuales Él es ofendido, y de súplica por la conversión de los pecadores. Atraed así sobre su patria la paz. Yo soy el Ángel de su Guardia, el Ángel de Portugal. Sobre todo, acepten y soporten con sumisión el sufrimiento que el Señor les envíe”.

En torno a Fátima se sienten siempre palabras como “los secretos de Fátima” o “el tercer secreto”…; en el rosario se agrega en muchos lados: “líbranos del fuego del infierno”. También se une Fátima a la conversión de Rusia… El fenómeno del sol que se movía, visto por la multitud, quedó también, pero más en un segundo puesto.

Si uno lee con atención, ve que a cada uno de los niños las apariciones, del ángel primero y de nuestra Señora después, a lo largo de todo un año, le produjeron efectos distintos. Todos verdaderos y dignos de atención. Francisco, por ejemplo, no escuchaba lo que la Virgen decía. Su prima Lucía y su hermanita se lo comunicaban. A él, lo que le quedó fueron las palabras del ángel, que sí escuchó, y que les dijo: “Consolad a Dios”. El pequeño se quedó con eso. Dice Lucía años después: “Él trataba solamente de pensar en consolar a Nuestro Señor y a la Virgen, que le habían parecido tan tristes”. Cuando su prima y su hermanita le contaban lo que decía la Virgen, Francisco, dominado por el sentimiento de la presencia de Dios, discurría sólo en torno a este punto. Les decía: “Estábamos ardiendo en aquella luz que es Dios y no nos quemábamos. ¿Cómo es Dios? Esto no lo podemos decir. Pero qué pena que Él esté tan triste; ¡Si yo pudiera consolarle!”.

En la pregunta que se hace Francisco – “Cómo es Dios”-, ¿no resuena el “Muéstranos al Padre”, de Felipe?

Y en el centrarse en ese sentimiento tan humano, que es sentir pena por la tristeza de Jesús, ¿no resuena la respuesta del Señor a Felipe de que el que lo ve a Él, ve al Padre?

Es la misma pedagogía, son los mismos diálogos, es el perfume del evangelio en el que Jesús se revela y a cada uno le habla según es su corazón y puede entenderlo.

Francisco se quedó con esto, con que él podía consolar a Dios. Y en su enfermedad le confiaba a su prima: “Nuestro Señor estará triste? Tengo tanta pena de que Él esté así. Le ofrezco cuantos sacrificios puedo”.

Jacinta, en cambio, más pequeña con sus seis añitos, quedó impresionada con la visión del infierno. Se preguntaba por qué Nuestra Señora no se lo mostraba a todos. Y le decía a su prima, que se ve que era la que hablaba, que le dijera a la Señora que se lo mostrara a todos los pecadores. “Verás cómo se convierten”. Esta frase es como la de Felipe: “Eso nos basta”. “Muéstranos al Padre y eso nos basta”. Es ese sentimiento tan nuestro de querer algo que resuelva todo. Pero Jacintita agrega: “Qué pena siento por los pecadores”. Sus ideas van por el lado de su imaginación, pero es la pena, el sentimiento de pena que anida en su corazón de niña, lo que el Ángel evangeliza. La buena noticia es que los dos hermanitos que hoy han sido canonizados, “encarnaron” la pena de Jesús por los “pobres pecadores” (así habla Jacinta de nosotros, como “pobres pecadores”). Y más allá de sus ideas acerca de “revelar a todos el infierno”, ella al igual que su primo, se deciden a hacer algo, su parte.

Sus sacrificios, no eran sólo esa cuerda que se ataban y que la Virgen les aconseja que se la desaten para dormir. Tampoco el pasar una novena y, de vez en cuando, hasta un mes sin beber. Hacían también pequeños sacrificios como no comer la merienda y dejar “los higos y las uvas a los pobres”.

El secreto de Fátima –todos los secretos- están a la vista para que el que tenga ojos para ver, vea cómo el corazón de los pequeños pastorcitos es capaz de conocer a Dios –en su pena- y practicar sus mandamientos –con pequeños sacrificios por amor a los demás-.

Pero a lo que iba es a que la revelación del Señor va unida a cómo es cada uno, de carácter y de corazón.

Tomás y Felipe representan a dos tipos de hombres. Tomás es de los que preguntan por el camino; Felipe, de los que preguntan por la meta. Tomás necesita ver y tocar, hacer su experiencia, encontrar el modo. A Felipe con “ver al Padre basta”.

Jesús dialoga con cada uno teniendo en cuenta estas inquietudes existenciales que los mueven.

También con los niños de Fátima. Jacinta es más Tomás, podríamos decir. Ella quiere resolver el problema de los pecadores y le parece que basta con que “toquen” y experimenten lo que es el fuego del infierno, como quema, así se convierten y listo el pollo. Francisco es más como Felipe: queda fijado en “cómo es Dios” y en la consolación. A él le basta con hacer lo que sea para consolar al Señor. Los dos coinciden en el sentimiento de compasión y misericordia que les hace arder el corazón sin quemarlos.

Así también nosotros. En estos cien años, Fátima habló a varias generaciones con un aspecto de su mensaje que se centró en algunas cosas que tienen que ver con un carácter y una mentalidad. Nosotros podemos atender también a otras.

A mí me conmueve la pequeñez y la valentía de Jacinta y de Francisco. Me interpelan sus sacrificios. Rezando a Jacinta, sentía cierto temor ante la posibilidad de que Dios me pidiera sacrificios como los suyos (le tocó morir sola en el hospital -la Virgen se lo predijo y le prometió que la acompañaría todo el tiempo- y ser operada sin anestesia –le quitaron parte de dos de sus costillas). Y sentía que me decía algo así como que ni lo pensara. Que no me daba el cuero para ser tan valiente como ella. Que sí podía hacer pequeñísimos sacrificios, como lo de dejar algunas uvas para los pobres. Y la verdad es que imaginar a esta niña, que es todo un carácter, alienta y hace posible estos pequeños sacrificios para “consolar a Jesús” y para “interceder por los que no creen, no adoran, no esperan (¡pobres!) y no aman al Señor”.

Diego Fares sj

 

 

 

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