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Mother Teresa Visits Patients At Kalighat Home For The Dying

01 Jan 1976 — Mother Teresa Visits Patients At Kalighat Home For The Dying — Image by © JP Laffont/Sygma/CORBIS

“Oían todas estas cosas los fariseos, que eran amigos del dinero, y se burlaban de Jesús. Y Jesús dijo a los fariseos: ‘Había un hombre rico que se vestía de púrpura y lino finísimo y cada día banqueteaba espléndidamente.

En cambio un pobre, de nombre Lázaro, yacía a su puerta lleno de llagas y ansiaba saciarse con lo que caía de la mesa del rico; pero hasta los perros venían y lamían sus úlceras.

Sucedió que murió el pobre y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham.

Murió también el rico y fue sepultado. En la morada de los muertos, en medio de los tormentos, levantó los ojos y vio de lejos a Abraham, y a Lázaro junto a él. Entonces exclamó:

– Padre Abraham, apiádate de mí y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en el agua y refresque mi lengua, porque estas llamas me atormentan.

– Hijo mío, respondió Abraham, recuerda que has recibido tus bienes en vida y Lázaro, en cambio, recibió males; ahora él encuentra aquí su consuelo, y tú, el tormento.

Además, entre ustedes y nosotros se abre un gran abismo. De manera que los que quieren pasar de aquí hasta allí no pueden hacerlo, y tampoco se puede pasar de allí hasta aquí.

El rico contestó:

– Te ruego entonces, padre, que envíes a Lázaro a la casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos: que él los prevenga, no sea que ellos también caigan en este lugar de tormento.

Abraham respondió:

– Tienen a Moisés y a los Profetas; que los escuchen.

– No, padre Abraham, insistió el rico. Pero si alguno de los muertos va a verlos, se arrepentirán.

Pero Abraham respondió:

– Si no escuchan a Moisés y a los Profetas, aunque resucite alguno de entre los muertos, tampoco se convencerán’” (Lc 16, 19-31).

Contemplación

Impresiona en la parábola cómo las intuiciones del rico no le alcanzan para pensar bien. Ve a Abraham y a su lado a Lázaro y de alguna manera intuye que es el pobre el que lo puede ayudar. Lázaro, el pobre, es la clave de su vida. Pero no llega a captar que está “al lado de Abraham”. Habituado a pensar como rico imagina que Abraham lo tiene de sirviente o de esclavo y por eso no le habla directamente a Lázaro sino que le dice a Abraham que se lo mande con la gotita de agua para refrescarle la lengua con el dedo.

Ni siquiera allí se da cuenta de que Lázaro es Cristo.

O quizás debamos decir que “precisamente allí –en el infierno- no puede reconocer que el pobre es Cristo”.

Y más aún: no reconocer que los pobres son la carne de Cristo es estar ya en el infierno.

Alguno dirá que no, que en todo caso el infierno vendrá después, que ahora los ricos y poderosos la pasan bárbaro.

Pero no es así. Será un infierno acolchonado, placentero, divertido… pero no deja de ser un infierno vivir excluyendo del amor a tanta gente, vivir tapando la compasión, vivir perdiendo la oportunidad de darse y de dar.

Hemos identificado superficialmente al infierno con sufrimientos físicos y de ahí hemos deducido que si uno la pasa bien, entonces no está en el infierno. Pero este es uno de esos razonamientos equivocados que son propios del rico, que piensa que su problema es que “ha caído en un lugar de tormentos”. Sólo se ve a sí mismo, en su situación física, de llamas que le dan sed. NI se le ocurre pedirle perdón a Lázaro, por ejemplo, por no haberlo ayudado en vida. Su mente ofuscada se extiende un poco y llega a pensar en sus cinco hermanos. Es capaz de salir un poquito de sí mismo y extender su preocupación a los de su familia, pero no más. Y lo único que se le ocurre es que “no vayan a caer en el mismo lugar de tormentos que él”. Cero arrepentimiento, cero compasión, casi cero amor. Capaz que si lo refrescaran un poco hasta se acostumbraría al infierno.

Jesús dice esta parábola a los fariseos que “eran amigos del dinero”. El Señor ha contado las tres hermosas parábolas de la misericordia, en su dinámica creciente que va de lo instintivo y técnico a lo más personal, que es la misericordia del Padre para con sus hijos que se pierden su amor; uno por gastarse todo el dinero en fiestas y el otro por ahorrar para heredarlo todo después.

El Señor ha contado también la parábola del administrador astuto, el que se ganó amigos con el dinero inicuo…

Y estos fariseos, que son amigos del dinero (cosa terrible si las hay), se le burlan.

Endurece el Señor el discurso y les habla en su lenguaje, contando una parábola de alguna manera “adaptada a la mentalidad de estos amigos del dinero”. Una parábola que habla del “cambio de suertes”: el que recibió bienes en esta vida, los pierde en la otra. Y viceversa. Es una parábola de emergencia, digamos. Una parábola con trampita. A ver si se dan cuenta de que no se trata de amenazas con un infierno en el que se da vuelta la tortilla.

La parábola es para ver si alguno dice: un momento, aquí de lo que se trata es de ver a Lázaro. Al fin y al cabo, de eso hablan Moisés y los profetas. De eso habla Jesús, cuando dice: “tuve hambre y me diste de comer”.

No es cuestión de muertos que resuciten y asusten a los fiesteros. Se trata de algo interior, de escuchar la voz de la compasión que habla en el propio corazón y de seguirla. Esa voz que me dice, mirá a tus hermanos, es una voz que abre los ojos y hace pensar bien.

El camino de la compasión y de la misericordia no es un camino de imposiciones ni de mandamientos externos. Ver a Lázaro, compadecerse de Lázaro, darle una mano a Lázaro…, es un camino de humanidad, un camino que hace que uno se dé cuenta de la propia dignidad al valorar la del otro, es un camino que nos iguala con todos y hace que nuestro corazón se ensanche instantáneamente y alcance la anchura y la profundidad de la humanidad entera y, más aún, de todo lo creado.

La parábola es para que uno se dé cuenta y le diga al Epulón que habla y habla con Abraham: Amigo, callate y mirá a Lázaro. Hablá con él. No para que te refresque la lengua sino para que te salve!!!. Lázaro significa: Dios ayuda. Aunque vos no lo hayas ayudado a él, capaz que él es mejor que vos e intercede ante el Señor. Fijate que a lo mejor, Lázaro no es un pobre cualquiera sino Jesús. Te acordás que en el evangelio el Señor resucitado es más parecido a un pobre Lázaro que a un Dios glorioso? Se aparece como el jardinero, como un extranjero que se nos acerca por el camino, como uno de los pobres que se acercaban a los botes a la mañana pidiendo un poco de pescado para comer…

Lázaro es uno de esos que no cuentan, a los que no identificamos por la cara porque solo salen en fotos multitudinarias, esas que disparan los drones sobrevolando desde lo alto las barcazas atestadas de emigrantes.

Pero no es uno que viene a sacarte dinero. Es tu Lázaro, es el Dios que te ayuda. Un Dios venido en carne, como remarca siempre Francisco.

Francisco, el profeta que les dice a los Lázaro del hospital para dependientes químicos de Brasil: “Quisiera abrazar a cada uno y cada una de ustedes que son la carne de Cristo”.

Francisco, el profeta que nos refresca la memoria, pero no como quería el rico, sino abriéndonos los ojos: “No olviden la carne de Cristo que está en la carne de los refugiados: su carne es la carne de Cristo”. “Los pobres, los abandonados, los enfermos, los marginados son la carne de Cristo”.

Francisco, el profeta que nos lee el corazón en los gestos y nos advierte que no hay que soltar desde arriba la monedita de limosna: “Este es el problema: la carne de Cristo, tocar la carne de Cristo, tomar sobre nosotros este dolor por los pobres”.

Francisco, el profeta que nos aclara la teología que había marginado la carne de Cristo al “no lugar” de la sociología abstracta: “La pobreza, para nosotros cristianos, no es una categoría sociológica o filosófica y cultural: no; es una categoría teologal. Diría, tal vez la primera categoría, porque aquel Dios, el Hijo de Dios, se abajó, se hizo pobre para caminar con nosotros por el camino. Y esta es nuestra pobreza: la pobreza de la carne de Cristo, la pobreza que nos ha traído el Hijo de Dios con su Encarnación.

Francisco, el profeta que le ha abierto la puerta de la Iglesia a los mendigos y tiene la esperanza de que al entrar ellos comencemos a entender algo de cómo es Dios: “Una Iglesia pobre para los pobres empieza con ir hacia la carne de Cristo. Si vamos hacia la carne de Cristo, comenzamos a entender algo, a entender qué es esta pobreza, la pobreza del Señor”.

Francisco, el profeta que escandaliza a muchos, no porque le falte doctrina sino porque trata de verdad a los pobres como a Cristo: “Nosotros podemos hacer todas las obras sociales que queramos —expresó— y dirán “¡qué bien la Iglesia! ¡Qué bien las obras sociales que hace la Iglesia!”. Pero si decimos que hacemos esto porque esas personas son la carne de Cristo, llega el escándalo”.

Lázaro es Cristo: Él es el quien puede refrescarnos la vida con su gotita de agua, la del brillo agradecido de sus ojos, cuando lo miramos como persona y le damos una mano.

Diego Fares sj.

estadio

Jesús decía a los discípulos:

«Había un hombre rico que tenía un mayordomo al cual difamaron de que malgastaba sus haberes. Lo llamó y le dijo: “¿Qué es esto que oigo de ti? Dame cuenta de tu administración, porque ya no podrás administrar más.”

El mayordomo pensó entonces para sí: “¿Qué voy a hacer ahora que mi señor saca la administración de mi responsabilidad? ¿Cavar? No tengo fuerzas. ¿Pedir limosna? Me da vergüenza. ¡Ya sé lo que voy a hacer para que, al dejar la administración de la casa de mi señor, haya quienes me reciban en su casa!”

Llamó uno por uno a los deudores de su señor y preguntó al primero: “¿Cuánto debes a mi señor?”

“Veinte barriles de aceite”, le respondió.

El administrador le dijo: “Toma tu recibo, siéntate en seguida, y anota diez.”

Después preguntó a otro: “Y tú, ¿cuánto debes?”.

“Cuatrocientos quintales de trigo”, le respondió.

El administrador le dijo: “Toma tu recibo y anota trescientos.”

Y el Señor alabó a este mayordomo infiel, porque obró sagazmente.

 

* Porque los hijos de este mundo son más astutos en su trato con los demás que los hijos de la luz. Pero yo les digo: Gánense amigos con el dinero de la injusticia, para que el día en que este les falte, ellos los reciban en las moradas eternas.

* El que es fiel en lo poco, también es fiel en lo mucho, y el que es deshonesto en lo poco, tam­bién es deshonesto en lo mucho. Si ustedes no son fieles en el uso del dinero injusto, ¿quién les confiará el verdadero bien? Y si no son fieles con lo ajeno, ¿quién les confiará lo que les pertenece a ustedes?

* Ningún servidor puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se interesará por el primero y menospreciará al segundo. No se puede servir a Dios y al Dinero.» (Lc 16, 1-13).

Contemplación

El Señor alaba al mayordomo infiel porque obró sagaz y prudentemente. La parábola nos recuerda otra parábola, la del administrador “fiel y prudente a quien el Señor podrá al frente de su familia para que dé a cada uno su ración a su tiempo” (Lc 12, 42). El administrador de la parábola de hoy no fue fiel, pero sí prudente. Se dio cuenta de que le había llegado la hora y actuó perdonando deuda a los deudores de su amo, para que lo recibieran después en sus casas.

Jesús alaba su viveza, su rapidez para decidir cómo salvarse, su discernimiento de la situación. Utiliza a propósito como ejemplo a uno que no fue fiel, a un corrupto, diríamos hoy, para que quede más claro, creo yo, que obrar con misericordia no sólo es cuestión de bondad, sino de inteligencia.

Porque a veces se divide bondad y viveza. Pareciera que la “viveza criolla” es sólo para la trampa, para el provecho propio… Y aquí Jesús viene a decir que no, que también hay que ser pícaro y vivo para hacer el bien.

Las personas que se le acercan con fe en el evangelio tienen, todas, esta viveza. Me vienen a la mente un montón: la viveza del petizo Zaqueo que se da cuenta de que tiene que salirse del tumulto de la gente y corre a subirse a un sicomoro para que lo vea Jesús; la viveza de la mujer sirio-libanesa para darle vuelta al Señor la parábola de los perritos que comen las migas que los chicos les tiran debajo de la mesa; la viveza de Bartimeo para hacer lío cuando pasa Jesús, de manera que el Señor lo escuche y lo mande llamar; el razonamiento que hace el centurión romano, basándose en su experiencia de mando, cuando le dice a Jesús que él no es digno de que entre en su casa y que bastará con que el Señor diga una palabra para que su servidor se sane; la viveza decidida de la hemorroisa, que se propone algo posible para ella –dada su timidez y la cantidad de gente-: tocar la orla del manto del Señor; la simpática creatividad y desfachatez de los cuatro amigos del paralítico, que metieron a su amigo por el techo de la casa de Simón…

A Jesús le encantan estas personas caraduras para las cosas del Reino. Todo lo contrario de los que le cargan pesadas leyes a la gente y complican la misericordia con reglamentos y condiciones.

Es muy notable y extendida esta tentación tan “cristiana” entre comillas, de paralizarnos a la hora de hacer algún bien! Surgen multitud de pensamientos de todo tipo y nos cuesta discernir con claridad que tantos escrúpulos, peros, excusas, posibles inconvenientes o malinterpretaciones…, que surgen cuando nos decidimos a hacer algo bueno, son impedimentos que pone el mal espíritu. Aceptamos fácilmente que para hacer el mal todo está permitido (lógico) y que para hacer el bien, como hay que hacerlo bien, no se pueda utilizar cualquier medio. Esto es verdad, pero la táctica del mal espíritu consiste en exagerar las condiciones ideales, para que no podamos hacer un bien concreto, y obnubilar nuestra creatividad, ya que, si bien a veces es arduo hacer bien el bien, el Espíritu siempre nos da forma y modo de llevarlo a cabo con su gracia.

Lo que hace el Señor, al contar esta parábola, es consolidar la virtud de la prudencia. La prudencia es la virtud que elige y utiliza el mejor medio para lograr un fin bueno. El Señor pone a propósito como modelo a una persona que solo busca su conveniencia y su bien personal, para mostrar cómo, de última, para salvarse ella, tiene que actuar misericordiosamente con los demás, perdonando deuda para ser luego ayudado.

La confianza que tiene el pícaro en su propia astucia para caer parado, debemos tenerla para hacer el bien. El Espíritu santo activa y favorece esta viveza natural y la mejora cuando tratamos de pensar rápido cómo hacer un bien, de la misma manera (y mucho mejor) que el mal espíritu la favorece cuando el malo se las ingenia para obrar el mal.

Por este lado creo que va el Señor: por el de hacernos confiar en nuestro ingenio y en la ayuda del Buen Espíritu, para hacer obras de misericordia y de bondad.

Es una cuestión de sentar principio que va contra la idea de que la misericordia consistiría en “cerrar un ojo”, en hacer una excepción a La Ley. No es así. Si el administrador sagaz le cierra un ojo a parte de lo que deben los deudores, es porque tiene los dos ojos bien abiertos a la situación última en la que se encuentra. Lo suyo es sabiduría que contempla las realidades últimas: lo echan, no sabe cavar y le da vergüenza pedir limosna. Necesita gente que lo reciba dignamente. Por tanto, se debe ganar su favor. Y lo hace perdonándoles deuda.

El razonamiento es el de una “escatología a medida”, una “ciencia de las cosas últimas” (escatología) no sólo las del fin del mundo, sino las muy concretas: así como para el administrador es muy concreto lo del fin de su trabajo y lo del juicio que se le viene, también es muy concreto el hambre que tienen los más pobres y todas las necesidades a las que apuntan las obras de misericordia.

Si lo pensamos bien, cada santo puede ser definido desde la viveza que tuvo para hacer eficaz una obra de misericordia al servicio del prójimo. Detrás del accionar bueno de cada santo hay algún razonamiento sólido que no deja lugar a dudas a la hora de hacer el bien y quita todos los impedimentos que el mal espíritu pone. Para Hurtado “el pobre es Cristo” y punto. Si es Cristo, necesita que le abramos la puerta de un Hogar, y que le demos ropa, comida y cariño. Esto contra todos los peros de que “no es Cristo, sino un borracho o un vago o un desempleado por causas estructurales o uno al que si lo ayudo, atraerá muchos más y entonces…

Hurtado se las ingeniaba para hacer sentir a los que tenían más dinero que otros que les hacía un favor pidiendo su ayuda.

Brochero lo mismo: tenía el arte de ser convincente como cuando le manda un cajón de duraznos que llega podrido a un alto funcionario para hacerle sentir la necesidad de que llegue el tren a traslasierra.

La madre Teresa decía que a ella nunca se le había cerrado una puerta, porque la gente sabía que iba a dar, no a pedir. Pedía de tal manera que se llenaba de gracia el corazón del que la ayudaba.

San Ignacio, con sus Ejercicios, tiene la gracia de brindar ayuda eficaz al que quiere discernir. Los ejercicios siempre dan fruto, es increíble el testimonio de todo el que los hace.

Las verdades de fe que muchos convierten en abstractos silogismos son vividas sencilla y creativamente por los santos que encuentran maneras prácticas de rezar, como decía un sacerdote en un bautismo que ponía el ejemplo de San Leónidas mártir, que se inclinaba cada mañana para besar el corazón de su pequeño hijo –Orígenes-, reconociendo y adorando en su pecho la Trinidad presente y operante.

Lo mismo Santa Teresita, que se plantea cuál sería su carisma y su modo concreto para poder hacer todos los bienes que deseaba su corazón ingenuo y fervoroso y encuentra la fórmula de San Pablo, la del himno de la caridad, y decide que “en la Iglesia, ella será la caridad”. Nada menos y nada más. Algo tan imposible como simple y al alcance de cualquiera, dado que es una gracia.

El criterio escatológico –el criterio último, necesario para hacer el bien- está presente en las parábolas del Señor. En todas, de alguna manera, nos dice: miren que llega la hora, avívense y conviértanse. Sus gestos, sus milagros, curaciones y perdones, tienen esta característica de algo último. Después, como el tiempo pareció alargarse y que el juicio final no venía, las enseñanzas del Señor fueron tomando un carácter más moral, diríamos, y en muchos casos, esto degeneró en un nuevo legalismo, peor que el de los fariseos. Es verdad que el Señor, cuando perdona, advierte “no peques más”. Pero es capaz de repetir esto “setenta veces siete”. Si absolutizamos sus palabras, tenemos que absolutizarlas todas, no solo algunas. Y absolutizar también, sin miedo, lo de ser misericordiosos siempre de nuevo, setenta veces siete.

Si somos misericordiosos, aunque no hayamos sido fieles, el Señor nos alabará al menos la sagacidad. Y además, tendremos quién nos defienda en el día del juicio: las personas a las que ayudamos, aquellos a los que les perdonamos deudas, aquellos a los que no condenamos socialmente… Yo, cuando le doy a alguien una absolución que me pide humildemente y que no sé si es cumple todas las condiciones legales, digamos, por la situación compleja en la que la persona se encuentra, le advierto que “si lo detienen en el purgatorio, me mande llamar, para que paguemos la deuda juntos”. A mí me ayuda imaginarme en un purgatorio largo junto a todos los que perdoné “de más”, que en un purgatorio hecho sólo a la medida de mis pecados personales. Prefiero ser acusado de haber perdonado de más y ser purificado junto con aquellos a los que dejé entrar sin que cumplieran todas las exigencias ni tuvieran todos los papeles en regla, a ir a esa oficina del purgatorio en la que estarán los que se cuidaron bien de no infringir ninguna regla. Capaz que en tiempo, la purificación dura lo mismo, solo que en un lado estarán solo los funcionarios eclesiásticos que cumplieron todos los reglamentos que se les dieron y en el otro, cada cura estará mezclado junto con la gente de su rebaño.

La imagen que tengo dándome vueltas es la del estadio Malvinas Argentinas, en el Challao (cuenco de agua, en huarpe), en Mendoza. Mi cuñado nos sacó entradas vip en la empresa del Ivo para ver a la Selección contra Uruguay. Jugaba Messi! Y vimos su gol de bastante cerca!

Eran entradas para la platea y el paquete incluía ida y vuelta al Estado en una linda combi, de manera de evitar en lo posible el problema de estacionamiento. Llegamos como gente del primer mundo, con nuestra entrada magnetizada en mano, pero la entrada real fue cosa de otro mundo. Habían cerrado con policías todas las distintas entradas al estadio y todos teníamos que entrar por un solo lugar, bastante alejado. Así que de golpe pasamos a ser una masa de gente que llenaba compacta una cuadra de terreno pedregoso y a oscuras, sin saber bien qué hacer con nuestra famosa entrada (¡!), más que no hacerla notar mucho ya que íbamos mezclados y bien igualados los de la platea y los de la popular. Tardamos cuarenta y cinco minutos en recorrer 200 metros y al final había sólo tres pobres gauchos que no daban abasto para cortar las entradas de los que avanzábamos de a cinco por cada molinete. A mí ni me cortaron la entrada y la guardé como testimonio del valor que tienen los papeles en regla en los momentos apocalípticos.

Por supuesto que, cuando llegamos a “nuestros asientos”, con el partido ya empezado, varios estaban ocupados por gente que se había colado y tuvimos que negociar cada uno un asiento en el momento, a las buenas y apurados por los gritos de los de la fila de atrás, a los que les tapábamos la visión por estar parados… Estuvieron bien dos compañeros que esperaron a que llegara el primer tiempo para poder conversar amablemente con los que les habían sacado el lugar y, mostrándoles las entradas, los instaron a ir a defender ellos a su lugar su derecho, así como nosotros lo hacíamos en el nuestro con ellos.

La experiencia fue la de sentir que la entrada que decía que todo estaba en regla y superbien, no valía mucho en medio de una multitud que pujaba por entrar y de un partido ya empezado. Allí lo que valió fue el sentimiento de la común humanidad. Cuando avanzábamos, compactados de manera peligrosa, fue impresionante cómo cesaron automáticamente todos los “reclamos por nuestros derechos” (aunque de vez en cuando se elevaba algunos insultos a la policía que, con su habitual estrategia de escritorio, había complicado las cosas en vez de simplificarlas) y la prudencia de cada uno cuajó en una especie de instinto común de supervivencia: sólo se podía avanzar y entonces bajamos un cambio y todos nos cuidamos de no empujar, de no adelantarnos, de no exasperar los ánimos, de poner buen humor (como uno que al escuchar a otro que vendía agua sin mucho éxito, comenzó a ofrecer “champan, champan”), y de cuidar a los chicos que iban pegados a sus papás y por ahí no los veías…

El bien siempre es concreto. Y nuestra inteligencia práctica que lo ha gustado y lo desea, funciona bien. La virtud que Jesús alaba y que llamamos prudencia, es esa respuesta concreta de nuestra voluntad al bien. Es ese poner manos a la obra decididamente en el momento preciso en que nuestra inteligencia, luego que ha escaneado y sopesado todas las posibilidades, emite un juicio que dice: esto es lo mejor y hay que hacerlo, movete ya. Movete así. Cuando se trata de sobrevivir, si entendemos bien que lo que está en juego es definitivo, somos decididos y actuamos prudentemente. El Señor apela a esta sagacidad humana para que la pongamos al servicio del reino, al servicio del anuncio del Evangelio y de las obras de misericordia. Contamos para ello, además de nuestra inteligencia humana que, cuando la apuramos un poco, funciona bien, con la gracia del Espíritu, que nos indica qué debemos decir y que podemos hacer en cada momento.

Diego Fares sj

misericordia 

Todos los publicanos y pecadores se acercaban a Jesús para escucharlo. Los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: Este hombre acepta a los pecadores y come con ellos (tiene expectativas para con ellos). Jesús les dijo entonces esta parábola: Si alguien tiene cien ovejas y pierde una, ¿no deja acaso las noventa y nueve en el campo y va a buscar la que se había perdido, hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, la carga sobre sus hombros gozoso, y al llegar a su casa llama a sus amigos y vecinos, y les dice: “Alégrense conmigo, porque encontré mi oveja perdida.” Les aseguro que, de la misma manera, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que cambia su manera de pensar y sus propósitos, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse.

Y les dijo también: Si una mujer tiene diez dracmas y pierde una, ¿no enciende acaso la lámpara, barre la casa y busca con cuidado hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, llama a sus amigas y vecinas, y les dice: “Alégrense conmigo, porque encontré la dracma que había perdido.” Les aseguro que, de la misma manera, se alegran los ángeles de Dios por un solo pecador que cambia su manera de pensar y sus propósitos.

Jesús dijo también: Un hombre tenía dos hijos. El menor de ellos dijo a su padre: “Padre, dame la parte de herencia que me corresponde.” Y el padre les repartió sus bienes. Pocos días después, el hijo menor recogió todo lo que tenía y se fue a un país lejano, donde malgastó sus bienes en una vida licenciosa. Ya había gastado todo, cuando sobrevino mucha miseria en aquel país, y comenzó a sufrir privaciones. Entonces se puso al servicio de uno de los habitantes de esa región, que lo envió a su campo para cuidar cerdos. Él hubiera deseado calmar su hambre con las bellotas que comían los cerdos, pero nadie se las daba. Entonces entrando en sí recapacitó y dijo: “¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, y yo estoy aquí muriéndome de hambre! Ahora mismo me levantaré e iré a mi padre y le diré: Padre, pequé contra el Cielo y contra ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros.” Entonces partió y volvió a la casa de su padre.

Cuando todavía estaba muy lejos lo vio su padre y se compadeció entrañablemente y corriendo hacia él se le echó al cuello y lo abrazó y lo besó. El joven le dijo: “Padre, pequé contra el Cielo y contra ti; no merezco ser llamado hijo tuyo.” Pero el padre dijo a sus servidores: “Traigan en seguida la mejor ropa y vístanlo, pónganle un anillo en el dedo y sandalias en los pies. Traigan el ternero engordado y mátenlo. Comamos y festejemos, porque mi hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y fue encontrado.” Y comenzó la fiesta.

El hijo mayor estaba en el campo. Al volver, ya cerca de la casa, oyó la música y los coros que acompañaban la danza. Y llamando a uno de los sirvientes, le preguntó que significaba eso. Él le respondió: “Tu hermano ha regresado, y tu padre hizo matar el ternero engordado, porque lo ha recobrado sano y salvo.” Él se enojó y no quiso entrar. Su padre salió para rogarle que entrara, pero él le respondió: “Hace tantos años que te sirvo, sin haber desobedecido jamás ni una sola de tus órdenes, y nunca me diste un cabrito para hacer una fiesta con mis amigos. ¡Y ahora que ese hijo tuyo ha vuelto, después de haber gastado tus bienes con mujeres, haces matar para él el ternero engordado!”. Pero el padre le dijo: “Hijo mío, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo. Es justo que haya fiesta y alegría, porque tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado” (Lc 15, 1-32).

Contemplación

Pensaba que si Lucas pone juntas estas tres parábolas no es porque quiera insistir tres veces en lo mismo sino porque quiere mostrarnos tres estrategias de la misericordia según qué sea lo que se nos ha perdido: una oveja, una dracma o un hijo. La alegría y la fiesta con los amigos es la misma: en el cielo hay más alegría por uno que estaba perdido y vuelve que por todo lo demás. La dinámica de la alegría celestial es inclusiva. Como en una familia, no hay alegría plena si no están todos. Cuando falta alguno, se celebran las cosas lindas, pero con cierta discreción, como guardando un lugar al que falta, haciendo notar que el amor siente su ausencia. La dinámica de las alegrías mundanas es totalmente al revés: es exclusiva. Cada uno manotea la mejor parte que puede y si otros quedan afuera mejor, porque no hay que repartir.

Jesús nos dice que el Padre no quiera que se pierda ninguno de sus pequeñitos. Todo lo creado es valioso a sus ojos de Padre y desea que Jesús recapitule todas las cosas y se las devuelva redimidas y santificadas. La gloria de Dios es que el hombre viva y que toda la creación participe de su alabanza y de su gozo.

¿Qué nos quiere decir el Señor con esto de que es mayor la alegría por un pecador que se convierte que por noventa y nueve justos que no necesitan conversión? La enseñanza tradicional toma lo de la conversión. La reflexión es que en realidad nadie es tan justo que no necesite conversión. Los más perdidos, los que se sienten más pecadores, enseñan esta verdad de fondo a los que tienen la tentación de justificarse más fácilmente: todos somos mendigos de la misericordia. En Amoris Laetitia, el Papa Francisco nos invita a leer estas parábolas en clave familiar, haciendo ver la alegría que le da a Dios cada pasito adelante que da una familia de las así llamadas “irregulares” para acercarse a su misericordia.

La otra enseñanza de esta Alegría mayor va por el lado de caer en la cuenta de que cada ser es único e insustituible y su perdición o salvación afecta al todo. Esta verdad es clarísima en la lógica familiar: cada hijo es único y hace a la alegría de la familia entera. No es para nada la lógica del mercado y del consumo, en la que los productos se reemplazan unos a otros y lo que importa no es el todo sino el acumular siempre más.

Una tercera enseñanza puede ir por el lado de ver que si cada “perdido” es valioso y único, las estrategias para encontrarlo y recuperarlo, también deben tener algo único y distinto, algo “a le medida de lo que necesita cada uno”. Quizás este mensaje de una misericordia “a medida” y no de una misericordia “en general” es importante en este momento.

Apunto a lo que dice Amoris Laetitia en cuanto a que a veces: “ponemos tantas condiciones a la misericordia que la vaciamos de sentido concreto y de significación (e incidencia) real, y esa es la peor manera de licuar el Evangelio” (AL 311).

Las distintas parábolas puestas todas juntas nos estarían hablando de distintas estrategias de la única Misericordia infinita e incondicional de nuestro Padre y de su Hijo Jesús.

La parábola del Pastor y la oveja perdida me hace pensar en lo que se pierde por motivos de “naturaleza” digamos. El instinto de las ovejas es a andar juntas, pero si alguna tiene un instinto que la lleva para otro lado, no hay otra que seguir la estrategia del buen pastor: tiene que ocuparse de manera especial de este problema, dejando las otras noventa y nueve, y saliendo a buscar la perdida. Y al encontrarla, no la puede traer de vuelta ni a los empujones ni atrayéndola con su silbido, sino que la tiene que cargar en hombros. Los problemas “instintivos” por llamarlos de alguna manera, no caen bajo los empujones del deber ni bajo el tironeo suave de la atracción del ideal. Aquí sólo sirve la misericordia que ejercita la paciencia de salir a buscar, de cargar sobre sus hombros a la oveja perdida y que la regresa amorosamente al rebaño. Donde algo instintivo está “cruzado”, se abraza y se carga y se va adelante. La cruz no se resuelve ni se deja. Y si la oveja se vuelve a escapar, la misericordia del buen pastor volverá a usar la misma estrategia.

La parábola de la mujer que pierde una de sus diez dracmas, me hace pensar en lo que se pierde por motivos “técnicos”, diríamos. La moneda no tiene ningún capricho intrínseco que la lleve a perderse. Sabemos que donde cayó quedó. Por eso la estrategia de la mujer será la de encender la lámpara (pensar bien de nuevo todo –pidiendo a los ojos de la Virgen la luz para ver dónde se le cayó-) y la de barrer cuidadosamente –dice Lucas- toda la casa hasta encontrarla. Aquí la misericordia se ejercita con uno mismo, lo que es cuestión “técnica” requiere humildad y paciencia y cuidado en el iluminar y en el barrer. Nada de stress ni de esa actitud soberbia del que gasta energías de más y pone caras y suspiros cuando no le cierran las cuentas o tiene un problema con un caño que pierde o un programa de computadora que no anda.

Esta parábola situada en medio de las otras dos, más humanas, tiene mucha importancia en la actualidad, ya que el modo como enfrentamos las pérdidas en el nivel “técnico” –con impaciencia y stress o con frialdad- se traslada al ámbito de nuestra relación con las personas.

La parábola del Padre misericordioso nos habla de los hijos que se pierden “libremente” y aquí la dinámica de la misericordia es más compleja y a largo plazo. No se puede “cargar sobre los hombros” a los hijos: ni al que se va ni al que no quiere entrar. Hay que esperar. Y no todos se alegran con la vuelta del perdido, como pasa con la oveja y con la dracma. En esta parábola hay un hijo que no se alegra para nada. Esta es la parábola fundamental, diríamos, y las otras dos como que la preparan. Nos ayudan a distinguir esos dos ámbitos en el que la misericordia se ejercita “unilateralmente” del ámbito en el que tiene que ejercitarse de a dos. A la oveja hay que cargarla, sola no vendrá nunca. La moneda hay que buscarla cuidadosamente, porque en alguna parte está. Con los hijos, en cambio, la misericordia infinita del Padre va dando sus pasos respetando los de sus hijos. Para poder derrocharse como le es propio necesita un receptáculo especial. ¿Cuál es? En la oveja, vemos que, aunque se haya escapado y se volverá a escapar, se deja cargar en hombros por el pastor. No muerde. El instinto es incorregible, pero tiene su humildad: es como es. La moneda, como decíamos, no se mueve de donde está. Es uno el que debe iluminar bien y barrer y volver a repasar toda la casa. En el hijo pródigo vemos que el abrazo efusivo con que el Padre “le cae y se le echa encima” y la fiesta con que festeja su regreso, necesitan no tanto de la confesión de los pecados, a los que el Padre hace oídos sordos, sino de la actitud del hijo que regresa. Al Padre le bastó con verlo volver. Lo vio de lejos y adivinó todo. Pero tenía que volver él por sí solo. No lo podía ir a buscar. Es verdad que su situación había terminado siendo desastrosa y digna de compasión, similar a la del herido al borde del camino. Pero se había alejado libremente. Se había alejado llevándose su parte de la herencia. Tenía que volver valorando no sólo que “todo lo del padre era suyo” sino al Padre mismo. Tenía que recuperar su ser hijo. Lo recupera sintiéndose necesitado, de pan y de perdón. Y el padre, ahí sí, le brinda todo su amor tratándolo como hijo muy amado. Pero para poder ponerle el anillo de par y el vestido de fiesta, necesitó ese receptáculo del que reconoce que “no merece ser llamado hijo”. Lo que dice el hijo pródigo es profundo: ser hijo es ser algo que uno no merece, que se le regaló. Esto implica estar de vuelta –haberse convertido- de la actitud del que “pide su parte”.

Así como las dos primeras parábolas preparan esta de una misericordia de a dos –entre el hijo que se reconoce como hijo y el Padre que le vuelca todo su amor misericordioso-, la parábola del hijo mayor, que viene a ser como una cuarta parábola, refuerza la enseñanza de que hay un paso que Dios no puede dar por uno. La actitud de no querer entrar es totalmente contraria a la del hijo que vuelve a casa. El del hijo pródigo ha sido un largo camino. El hijo mayor, en cambio, está a un pasito de la puerta. Y sin embargo, con el pródigo se ve de lejos que todo será simple como un abrazo y con el mayor, aunque el Padre salga a convencerlo, ya se ve que todo será muy complicado: estando cerca de su Padre se ha ido aislando de tal manera que está absolutamente lejos de su misericordia. Su discurso se mueve en el ámbito del deber y no logra salir de allí: siempre te he servido sin desobedecer ninguna de tus órdenes.

La parábola se concluye con las palabras del Padre, dando las “razones para la misericordia”, que no son otras que la alegría por la vida y por la persona de su hijo que estaba perdido y ha regresado. Pero no hay final feliz sino final abierto.

El final feliz hay que entrar a buscarlo en el corazón de la parábola del hijo pródigo, allí donde el Padre lo abraza.

Todo lo que impida que se de este abrazo, debe ser desechado. Aunque tenga nombres tan sagrados como “justicia” “verdad” “derecho canónico” “ley” “dogma”.

Todo lo que ayude a que se de este abrazo, debe ser bendecido. Aunque tenga nombres peligrosos como “misericordia incondicional”.

Diego Fares sj

 

 

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Caminaban con Jesús grandes muchedumbres acompañándolo,
y él, dándose vuelta, les dijo:
«Si alguna persona viene a mí y no me ama más que a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta a su propia vida, no puede ser mi discípulo. El que no carga con su cruz y se viene en mi seguimiento, no puede ser mi discípulo.
¿Quién de ustedes, si quiere edificar una torre, no se sienta primero y calcula los gastos, y mira si tiene para terminarla? No sea que una vez puestos los cimientos, no pueda terminar y todos los que lo vean se burlen de él y digan: “Este hombre comenzó a edificar y no pudo terminar.” ¿Y qué rey, si marcha para entrar en guerra contra otro rey, no se sienta antes a considerar si con diez mil hombres puede enfrentar al que viene contra él con veinte mil? Por el contrario, mientras el otro rey está todavía lejos, envía una embajada para negociar la paz.
De la misma manera, todo aquel de entre ustedes que no renuncia a todos sus haberes, no puede ser mi discípulo» (Lc 14, 25-33).

Contemplación
Dice el padre Guillermo Ortiz S.I. en su reflexión sobre Madre Teresa, en Radio Vaticana: “La pobreza en Calcuta bien podría representarse con la imagen del poderoso y fuerte Goliat, un asesino armado hasta los dientes que ninguno arriesga enfrentar. Por miles los considerados “intocables” mueren en las calles de Calcuta a la vista de todos y sin asistencia de nadie. Pero una mujer diminuta y sin otros medios que sus propios brazos y su sonrisa, no quiere pasar de largo, como en la parábola del buen samaritano. No se amilana, no tiene miedo de este enorme mal. Aunque sea a uno, ella lo puede asistir y afronta desarmada este Goliat inmenso que aterroriza. Y ella pequeña, avanza buscando al más miserable y ahí en la misma calle ofrece su mirada, sus brazos como almohada, su sonrisa…y ese infeliz, aunque sea uno solo entre los miles y miles de intocables, no muere abandonado. Eso es Madre Teresa de Calcuta, todo lo demás es todo lo demás” (Reflexiones en Frontera, 2/9/2106).
Comprendiendo de otro modo la parábola del Señor, podríamos decir que Madre Teresa no se sentó a calcular si podía terminar la torre ni negoció la paz con ese poderoso enemigo –el Goliat de la pobreza-. O sí calculó –y calculó bien- que podía enfrentarlo a su manera. Salió a cuidar a un anciano… Y siguió ayudando de a uno a uno.
Para ello renunció no tanto a sus riquezas, que no las tenía, sino a sus haberes, a los que suponemos que se necesitan para salir a dar una mano, una caricia, un pequeño servicio, a los más necesitados.
Para ayudar a los pobres fue en pobreza, como uno cualquiera que va a ayudar en nuestras obras de misericordia y se ofrece para lo que haga falta.
Pero ella hizo su renuncia a todo “su haber y poseer” como dice la oración de Ignacio, que rezaba en su parroquia jesuita del Sagrado Corazón en Albania.
Esto que parece tan difícil si uno lo entiende pensando en renunciar a “cosas”, en realidad es fácil si uno lo piensa como “renunciar a “haberes”. En qué sentido? En el sentido de que para ayudar no hace falta calcular lo que cuesta “la torre abstracta” –que puede estar representada en calcular el presupuesto entero de una obra, por ejemplo- sino que basta con calcular la torre real –si tengo tiempo para compartir hoy, manos para poner a trabajar ahora y comida para compartir con uno-.
Y la lucha contra ese Goliat que viene con veinte mil se reduce a pelear bien la lucha de cada día.
Madre Teresa tenía claro que Dios no pretendía que tuviera éxito sino que fuera fiel. Por eso sacó de la columna del “haber” la palabra éxito. Perdió el miedo a que le faltara presupuesto y se concentró en realizar “pequeños gestos con gran amor”.
Paradójicamente, “nunca se le cerró ninguna puerta, porque la gente sabía que ella no venía a pedir sino a dar”. Sus obras crecen más como un pastito de pequeños gestos que como grandes instituciones.
Madre Teresa nos enseñó a no tener miedo al monstruo de la pobreza y a enfrentarlo renunciando al éxito. Nuestras obras pueden fracasar económicamente, pero nunca fracasarán los gestos de amor que hicimos en ellas a las personas concretas que servimos. Podremos tener problemas de gestión, pero si sacamos la palabra “éxito” de la columna del haber, esos mismos problemas serán fuente de alegría, la de servir a los pobres en pobreza y no desde una organización omnipotente en la que todo funciona como si fuera una empresa comercial.
Puede hacernos bien rezar la oración de San Ignacio que dice: “Tomad Señor y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad, todo mi haber y poseer. Vos me lo diste, a vos Señor lo torno, todo es vuestro, disponed a toda vuestra voluntad. Dadme vuestro amor y gracia, que esta me basta.”
Es una oración de renuncia en la que las posesiones están en último lugar: antes que a las cosas (al dinero) se renuncia a los haberes, a todo lo que pongo en mi columna de haberes (hacer una obra “exitosa”, por ejemplo; o “el perfeccionismo” del que me jacto o que lamento si no se da y algo sale “como puede”).
Y antes que a los haberes, Ignacio nos hace renunciar a “lo que yo quiero” y a “lo que yo entiendo”. Dos cosas muy difíciles de dejar, pero si lo que uno emprende es una obra evangélica, es un alivio que no tenga que ser a la medida de mis deseos y de mis razones. No se me pide que yo mida y calcule y entienda cómo es la torre del reino sino que ponga mi ladrillo, mi gotita de agua en el mar, como dice Teresa. No se me pide que exprese todo lo que deseo sino que colabore, simplemente.
Y antes que esta renuncia, Ignacio nos hace ofrecer nuestra memoria, nos invita a renunciar a los recuerdos y experiencias que pueden quitar libertad a Dios para que nos sorprenda, al encasillarlo en esa memoria limitada que dice: esto siempre fue y se hizo así.
Y aún más: Ignacio nos invita a ofrecer toda nuestra libertad, lo que equivale a poner el control en manos de Dios. Madre Teresa dice: “Dios es quien tiene el control, confiemos en Él”.
El “todo es vuestro, disponed a toda vuestra voluntad” es el “hágase tu voluntad” del Padre nuestro y, como decía, al poner en acción el amor de Jesús, estas renuncias, más que una carga son un alivio. Porque nada angustia tanto como pensar que si Dios nos encomienda una obra es para que “triunfemos”. Dios nos la encomienda para que seamos fieles, para que distribuyamos a cada uno su ración a su tiempo. Pero esa ración no siempre es “las cosas” que el otro necesita sino “al amor” que necesita. Y compartir una estrechez de recursos puede ser más evangelizador que compartir una holgura.
Imaginando cómo sería el libro de contabilidad de Madre Teresa salieron estas dos columnas (que aquí van sucesivamente)

Haber
Solo Jesús

Todo lo estimo pérdida con tal de tener en mi haber a Cristo Jesús… (Fil 3, 8).

Haber dado de comer a algún Jesús hambriento
Haber dado de beber a algún Jesús que me pidió un vasito de agua
Haber hospedado a algún Jesús que no tenía hogar o haber colaborado en alguna hospedería
Haber vestido a algún Jesús que tenía frío o ropa vieja
Haber visitado a algún Jesús enfermo en el hospital o en su casa y a alguno preso
Haber estado allí donde algún Jesús falleció
Haber enseñado como Jesús a alguno que no sabía
Haber dado como Jesús un buen consejo a alguno que lo necesitaba (de muy buena manera y oportunamente o esperando a que lo pidan, por supuesto)
Haber corregido como Jesús a uno que se equivocó (idem al modo anterior)
Haber perdonado como Jesús al que me ofendió, maltrató o malinterpretó
Haber consolado como Jesús a alguno que andaba triste
Haber soportado como Jesús con paciencia a alguna persona que me molestó
Haber rezado como Jesús por todos, vivos y difuntos, amigos y enemigos…

Deudas de los demás (por cobrar) perdonadas por mí, en el sentido de no cobradas

Debe

Servicio al prójimo (con ternura, sonrisas y hasta que duela)

Que la única deuda con los demás sea la del amor mutuo (Rm 13, 8)

Dar de comer hoy a algún hambriento

Dar de beber hoy a alguno que pide un vasito de agua
Hospedar hoy al que no tiene hogar o ayudar en alguna hospedería

Vestir hoy a alguno que tenga frío o ropa vieja
Visitar hoy a algún enfermo en el hospital o en su casa y a alguno preso
Hacer presencia hoy allí donde alguien falleció
Enseñar hoy a alguno que no sabe (desde dar una indicación en la calle hasta ayudar con las máquinas o enseñar a rezar a los niños…)
Dar un buen consejo hoy a alguno que lo necesita
Corregir hoy a alguno que se equivocó en algo
Perdonar hoy a algunol que me ofendió, maltrató o malinterpretó…
Consolar hoy a alguno que ande triste

Soportar hoy con paciencia a las personas que me molestan
Rezar hoy por todos, vivos y difuntos, amigos y enemigos…

Deudas mías perdonadas por el Padre

Diego Fares sj

Un sábado Jesús entró en casa de uno de los principales fariseos para comer y ellos lo estaban espiando. Notando que los invitados se elegían los primeros puestos, les propuso esta parábola:
«Cuando te inviten a un banquete de bodas, no te sientes en el puesto principal, porque puede suceder que haya sido invitada otra persona más importante que tú, y cuando llegue el que los invitó a los dos, tenga que decirte: ‘Déjale el sitio’, y así, lleno de vergüenza, tengas que ponerte en el último lugar. Al revés, cuando te inviten, ve a sentarte en el último puesto, de manera que cuando llegue el que te convocó, te diga: “Amigo, sube más arriba”, y así quedarás bien ante de todos los comensales. Porque todo el que enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.»
Después dijo al que lo había invitado:
«Cuando des una comida o una cena, no llames a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos, porque corresponderán invitándote y quedarás pagado. Al revés, cuando des un banquete, invita a los pobres, a los lisiados, a los paralíticos, a los ciegos. ¡Dichoso tú, porque ellos no tienen cómo pagarte, te pagarán en la resurrección de los justos!» (Lc 14, 1. 7-14).

Contemplación
Jesús inventa dos parábolas de mirar a la gente nomás, con solo ver un detalle, eso que se hace evidente cuando todo el mundo busca el mejor lugar en una fiesta. Es algo espontáneo: al entrar en un lugar donde hay puestos, miramos eligiendo. Están los que les gusta el primer lugar y los que prefieren algo más discreto, por el medio; los que van derecho a ubicarse apenas llegan y los que dejan pasar un rato… Pero son pocos los que eligen directamente el último puesto. El consejo del Señor es directo: al gesto de querer enaltecerse le opone el de abajarse.
Es lo que captó Ignacio en las meditaciones de los Ejercicios Espirituales que sirven para disponer el corazón a una reforma radical de la propia vida, las Dos Banderas, los Tres Binarios y las Tres maneras de humildad. Ignacio estructura toda lectura y contemplación del evangelio en el modo de un diálogo: nos hace charlar con la Virgen, con Jesús y con el Padre. Y el tema es este: el de humillarse. Va junto con la otra bienaventuranza, la que dice “dichosos los pobres”, que es de lo que trata la segunda parábola. Invitar a los que no pueden retribuirnos es una manera de empobrecernos, ya que uno da sin esperar recibir.
Dichoso el que se abaja, porque será enaltecido. Dichoso el que se empobrece para enriquecer a los más pobres, porque los más pobres le pagarán en la resurrección de los justos.
…..
Lo primero que me viene con estas dos parábolas es eso que hace el Papa Francisco de poner las palabras en acción, de cambiar sustantivos por verbos: misericordiar y ser misericordiados, por ejemplo. Aquí no se trata de “la pobreza” y de “la humildad”, ni menos aún de “ser humilde” y de “ser pobre”. Se trata más bien de dos gestos: uno improvisado –cuando todos eligen el mejor puesto agarrar para el otro lado e ir a sentarse al último-; el otro gesto, más trabajado: organizar una fiesta e invitar a los excluidos.
Una de las más grandes tentaciones del cristianismo, creo yo, es una operación –aparentemente mínima- que el mal espíritu ha llevado a cabo en la modalidad misma de las palabras importantes del Evangelio. No se trata de una operación que se pueda categorizar de modo general. Hay que motivar a que cada uno ponga en acción su capacidad de discernir y se vaya dando cuenta de todas las implicancias. Se trata de advertir pequeños cambios en las palabras que modifican el sentido. Podemos poner como ejemplo lo que sucede en la parábola del invitado que se enaltece por sí mismo. Esto es lo que hace el mal espíritu cuando logra que que algunas palabras del Evangelio “ocupen los primeros puestos”, se “enaltezcan” a sí mismas (o dejen que algunos Legalistas y Fariseos actuales las enaltezcan de más). La Humildad, por ejemplo. Si uno habla de ella como si fuera un Valor con mayúsculas y la sienta en un trono, termina convirtiéndola en una estatua, la vuelve admirable e inaccesible. Una humildad poco humilde, digamos.
Por eso Ignacio Prefiere hablar de “humillaciones”, que si uno acepta, va llegando a la humildad. Para ver si uno es verdaderamente humilde tiene que experimentarse a sí mismo viviendo alguna humillación concreta, como esta de que le digan que ha sido invitado otro más importante y tenga que ceder el puesto de honor (Ahí me quiero ver!!!).
Jesús predica parábolas en las que la humildad se describe en una acción cotidiana. No consagra Valores abstractos. Como hay palabras que son esenciales y que expresan valores últimos, como la humildad, la misericordia, la caridad…, el mal espíritu opera sobre ellas “enalteciéndolas tanto” que terminan por quedarnos lejos. Las vuelve abstractas. Todo lo contrario del Señor que narra parábolas simples y reales en las que esas virtudes se ven en acciones pequeñas y concretas, al alcance de la mano.
La operación del mal espíritu consiste en sustituir la flexibilidad de la humildad, que se concreta en un pequeño gesto como el del que decide, sin que nadie lo note, elegirse el último puesto, de sustituir digo, este carácter concreto, momentáneo, de abajarse en vez de enaltecerse, por la grandilocuencia de hacer de la humildad una especie de ídolo “bueno pero abstracto”. Nos dice el mal espíritu: ojo humanos, que Jesucristo les está predicando “La Humildad”. Entendieron bien? No pueden seguirlo si no son HUMILDES. Están seguros de que podrán caminar toooda su vida por este camino? En cada fiesta que vayan, van a tener que elegir siempre el último puesto, eh?”.
Y con discursos de este tipo nos desalienta
El mal espíritu convierte en estatuas palabras vivas, convierte en conceptos abstractos (eternos) palabras que Jesús narra simpáticamente para que uno por sí mismo dosifique lo que puede recibir y practicar dando un pasito adelante en su vida de cada día.
Jesús no está hablando de “La humildad”, sino de gozar de una fiesta sin dar codazos por una silla. Jesús no está hablando de “La Gratuidad del que regala todos sus bienes” sino de darse el gusto de hacer un regalo sin calcular qué te regalarán a cambio.
Jesús va a la raíz de algo tan humano como el invitar y el ser invitado y nos invita a discernir los dinamismos que se ponen en juego en nuestro interior: donde uno es invitado, aconseja dar lugar al dinamismo de esperar a que el que nos invitó nos ubique; donde somos nosotros los que invitamos, nos invita a dar lugar al dinamismo de preferir a los más pobres.
Lo que está diciendo es que invitar y ser invitados son gestos gratuitos por sí mismos y no los tenemos que contaminar con cálculos egoístas. Pero el Señor habla de estas cosas poniendo el acento en los gestos pequeños, espontáneos, improvisados en el momento. Gestos vivos, de esos que surgen cuando uno mira a los ojos a las personas. El Señor no intenta hacer un manual de comportamientos para fiestas, un Código de Derecho sobre Invitaciones. Volver abstractos los valores vivos del evangelio es propio del espíritu farisaico, y embalsamar las parábolas además de feo y triste es demoníaco, porque las parábolas son lo “anti-abstracto”, son palabra viva en acción, lista para practicar. Y hay una parábola para cada situación de la vida.
El papa decía a los jesuitas polacos, en su reciente viaje, que la gente sale muchas veces desilusionada del confesionario porque siente que le aplican un código abstracto. Y en cambio, la actitud correcta sería la de ver, antes que nada, qué parábola se aplica al penitente. No clasificar el tipo de pecado sino de ver qué parábola está en acción en ese momento: si se trata de un hijo pródigo al que hay que abrazar sin dejarle que diga nada o de un hijo mayor al que hay que hablarle con paciencia y explicarle todo de nuevo, detalladamente. O si es una oveja que uno mismo sale a buscar y perdona sin que la oveja lo pida…
Lo mismo en nuestras obras de misericordia, que son como una fiesta para los excluidos: en cuanto invitados (y aceptados) como colaboradores, el Señor nos invita a vivir nuestro servicio en la dinámica de elegir siempre el último puesto y no adueñarnos de espacios de poder (sean cargos o esos espacios que generamos con la lengua cuando todopoderosamente juzgamos de todos y de todo); y en cuanto somos los que invitan (en el ámbito de servicio que nos ha sido encomendado) el Señor nos invita a vivir en la dinámica de la gratuidad, sirviendo a los más excluidos sin esperar otra recompensa que la que ellos nos quieran dar con su cariño, en el presente, los que puedan, y los que no, el día de la resurrección¡, como dice el Señor.
Diego Fares sj

Jesús iba enseñando por las ciudades y pueblos, mientras se dirigía a Jerusalén.

Una persona le preguntó:

«Señor, ¿es verdad que son pocos los que se salvan?»

El respondió:

«Luchen con empeño para entrar por la puerta angosta,

porque les aseguro que muchos querrán entrar y no lo conseguirán.

En cuanto el dueño de casa se levante y cierre la puerta, ustedes, desde afuera, se pondrán a golpear la puerta, diciendo:

“Señor, ábrenos.”

Y él les responderá:

“No sé de dónde son ustedes.”

Entonces comenzarán a decir:

“Hemos comido y bebido contigo, y tú enseñaste en nuestras plazas.”

Pero él les dirá:

“No sé de dónde son ustedes; ¡apártense de mí todos los que hacen el mal!”

Allí habrá llantos y rechinar de dientes, cuando vean a Abraham, a Isaac, a Jacob y a todos los profetas en el Reino de Dios, y ustedes echados afuera. Y vendrán muchos de Oriente y de Occidente, del Norte y del Sur, y serán admitidos en el banquete del Reino de Dios.

Hay algunos que son los últimos y serán los primeros,

y hay otros que son los primeros y serán los últimos» (Lc 13, 22-30).

Contemplación

Entren por la puerta angosta, es el consejo de Jesús.

La puerta angosta no es la del esfuerzo ascético. 

Me gusta pensar que es la puerta de la fe.

De la fe en Jesús, en primer lugar.

La fe de confiar en eso que nuestro corazón siente al pensar en Jesús: es alguien bueno, de quien me puedo fiar, sus enseñanzas no tienen doblez ni engaño, Él es uno que dio testimonio hasta el final.

Dando clases en el Máximo, en estos días, salió varias veces el tema del martirio. Hablábamos de que la vida entera se puede unificar en un solo gesto, en la confesión de la fe. Allí la fe se convierte en la puerta estrecha, en esa que, al abrirla, se cierran todas las otras salidas, y uno entra a lo esencial.

Entrar por esta puerta estrecha de la fe es algo que podemos hacer muchas veces en el día: cada vez que una situación nos pone en el compromiso de confesar a Jesús y hacer un bien o zafar y pasar de largo, o de hacer algo a medias o directamente de pecar haciendo algo malo.

Confesar la fe! Invocar el Nombre de Jesús, santificar el Nombre del Padre, diciendo de corazón y en un susurro repetido: “Abba”. Pedirle al Espíritu Santo que venga en nuestro ayuda, llamándolo: “Ven”, “vení a mí. Te estoy llamando”.

Oraciones de la fe que tenemos incorporadas y salen espontáneamente en los momentos de apuro o cuando menos lo pensamos. Quién no dice “Dios mío”, ante una desgracia imprevista o inminente.

Pasaba ayer a la noche ante un local que resultó ser un templo protestante y un Señor, que sería el pastor, estaba parado en la puerta de vidrio y decía “Gloria a Dios!, Gloria a Dios!”. Yo pasé a su lado y respondí en voz alta: “Gloria a Dios!” Y sentí que él replicaba diciendo de nuevo “Gloria a Dios” con un matiz de pesca, pensé yo, como diciendo “este es de los nuestros” a lo que respondí interiormente mientras seguía mi camino: no de los tuyos pero sí –ambos- de los de “El”.

La confesión de fe! La tenemos todos, por gracia, como digo. Y surge cuando el Espíritu la suscita. Se trata, pues, de cultivar la semilla buena. No diría de hacerla crecer, porque la fe crece por sí sola, sea que uno duerma o esté despierto. Pero sí de despejarle el camino. Se tratad de comprender su valor, el valor absoluto de cada acto de fe, pronunciado en el secreto del corazón o ante las burlas, las seducciones y las amenazas del mundo. Se trata también de quitar algunos yuyos para que la invocación resuene clara en un jardín desmalezado y no mezclada con otras interjecciones y frases que nos surgen mientras avanzamos por nuestros días.

….

Miraba ayer desde atrás las caras del taxista en un largo viaje desde Chacarita a Congreso que tuve la mala suerte de tomar después de venirme en tren con las valijas. La Capital estaba colapsada, como decía él “porque aquí nadie se calienta por nada” y yo miraba algunas “invocaciones” que musitaba o daba a entender, ante la moto que pasaba haciendo zigzags, las mamás con chicos que se largaban medio a cruzar la calle aún con el semáforo en rojo, los que se distraían por la lentitud de la marcha y no arrancaban rápido cuando tocaba… A mí se me ocurrió rezar un poco: Abba, despejá el camino. Que lleguemos rápido… Y le hacía de coro a otras expresiones tipo “pero que b… el de la moto” o “flaco, despertate” o “fijate esa mamá, como cruza, no se puede creer..”.

Como si fuera un salmo, sonaba el rap del taxi por la ciudad:

Despertate, flaco, despertate

No se puede creer

Fijate como cruza

No se puede creer

Despejá la calle, Abba,

Despejá la calle,

Qué b… el de la moto

Qué b…

No se puede creer

Aquí a nadie le calienta nada

Abba, despejá la calle, Abba

No se puede creer

Aprender a rezar –la confesión de la fe- es cuestión de ritmo.

La letra la tenemos, nos la enseñó Jesús y nos la da la vida.

Es cuestión de ritmo.

La música y la melodía son para ciertos momentos de gracia, más tranquilos.

Pero en medio de ajetreo cotidiano, en medio del trabajo y de la vida, rezar es cuestión de agarrar el ritmo. Basta repetir dos o tres veces una frase que nos vino, como las del taxista, y uno toma conciencia de lo que está diciendo. De lo que la calle le hace decir. Y se da cuenta de que es verdad que de la abundancia del corazón habla la boca. Y al escuchar las propias frases, uno puede cavar más hondo y conectar con la fuente profunda de su corazón. Un encuentra que hay otras palabras del Espíritu que “qué b… el de la moto” o “no se puede creer”. Que uno también puede decir: Abba, fijate en la mamá, cómo cruza, y pedirle que la bendiga, y que despierte al flaco para que arranque de una vez y se ponga las pilas y rogar para que todos nos calentemos un poquito más por las cosas comunes…

Basta con repetir Abba, Padre. Muchas veces, todas las que uno pueda.

Es la confesión de la fe, la que abre la puerta estrecha, la que despeja la calle y abre un cielito de esperanza en medio del gris de la ciudad y le pone un poquito de ritmo y de sonrisa a la marcha, como un salmo que suena a ritmo de rap en un taxi por la ciudad.

Diego Fares sj

fuegofuego

Ven, Espíritu Santo, enciende en nuestros corazones el fuego de tu amor

 

Jesús dijo a sus discípulos:

“Yo he venido a traer fuego sobre la tierra ¡y qué deseo si ya está encendido!

De un bautismo tengo ser bautizado. ¡Y cómo me angustio hasta que esto se cumpla plenamente! ¿Piensan que he venido a traer paz a la tierra? No, les digo que he venido a traer la división. De ahora en adelante, cinco miembros de una familia estarán divididos, tres contra dos y dos contra tres: el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra” (Lc 12, 49-53).

Contemplación

El Señor viene a traer fuego y ese fuego, tiene un aspecto purificador. Decía Hurtado: tenemos que dejar que el fuego de Jesús elimine “todo lo que choca, molesta, apena, inquieta a los otros, todo lo que les hace la vida más dura”. Me gusta esto de que San Alberto ponga la purificación en clave social, en clave comunitaria. No se trata, en primer lugar, de que el Espíritu me purifique de lo que me molesta a mí de mí mismo, sino de lo que hiere, lastima y molesta a los otros, en especial a los más cercanos.

San Ignacio, en la primera etapa de los Ejercicios, luego de hacernos reflexionar acerca de que nuestra vida está hecha para la alabanza y la adoración y antes de llamarnos a la misión y al servicio, nos hace experimentar la Misericordia de Jesús sobre nuestros pecados. Pero no solamente sobre todos los pecados en general sino yendo a buscar el que es la raíz de mi pecado: mi pecado capital.

Por supuesto que, como solemos decir, menos matar los tenemos todos. Pero de lo que se trata en los Ejercicios es de que la Misericordia de nuestro Padre cauterice la raíz de donde crecen todos los yuyos de nuestros pecados.

Los pentecostales dicen algo así como que, si no hay reconocimiento, no hay salvación. El fuego del Espíritu Santo tiene que bautizarnos allí donde tenemos necesidad de nacer de nuevo, allí donde está nuestro pecado principal. Por eso, reconocer ese pecado que nos vence y nos domina, como nuestro mejor aliado para acercarnos a un Jesús real, es la clave de la vida cristiana. El vino para ese pecado mío.

Por eso se trata de una conversión: la misericordia me hace cambiar la mirada. Aquello que sentía que me apartaba de Jesús es en cambio lo que me acerca. Mi pecado es el receptáculo para su Misericordia, como dice Francisco. El pabilo de la vela para que él encienda su fuego. Mi pecado no es lo que me impide ser amigo de Jesús sino lo que me permite relacionarme con él de la manera justa, como alguien que ha sido salvado, como uno que tiene un agradecimiento personal y siente como una cuestión de honor ser fiel a quien lo salvó de veras.

Esto es lo contrario de esa actitud legalista que parece que quisiera que la acción salvífica de Jesús toque solo las partes sanas y limpias. Para recibir el perdón habría que estar perfectamente arrepentido. Para recibir el alimento de la Eucaristía habría que estar perfectamente perdonado. Esto es verdad si lo consideramos “en absoluto”, pero si no tenemos en cuenta el proceso que implica llegar a la perfección, las mismas palabras pueden ser vividas como trampa. El primer contacto con Jesús tiene que ser de confianza y cercanía total del Señor conmigo como estoy. No importa si estoy arrepentido del todo o solo medio arrepentido. Es su gracia la que me purificará plenamente. Si espero a estar bien para acercarme no lo haré nunca. Eso significa que Él vino para los enfermos y pecadores y no para los sanos y los justos. Esto es lo que valoramos de Amoris Laetitia, por ejemplo: que se dirige a las familias tal como son, con sus imperfecciones. No le habla a la familia perfecta sino a mi familia, en la situación en que está llevando adelante la vida.

Ayer, en una charla a jóvenes, salió una frase que no había pensado, pero que me parece que expresó este espíritu. Les decía que el Papa sitúa la familia –la abraza- entre dos grandes gracias: una, la seguridad de la Misericordia absoluta de Dios; la otra, la de su invitación a crecer en el amor familiar sin que haya un techo. Y lo de la misericordia lo expresé diciendo que, para el que lleva adelante una familia, la misericordia de Jesús para con sus pecados es doble. El doble que si está solo. Porque el papá y la mamá, si están bien, contentos, perdonados, en paz, son fuente de bien para sus hijos. Una chica dijo sonriendo: Me voy a tener que buscar alguien pronto, entonces.

La división de la que habla el Señor es una división que va por este lado: es entre los que conciben que la familia requiere y merece “doble misericordia”, contra los que exigen que la familia “sea perfecta o no sea nada”.

El fuego de Jesús es el de una misericordia doble para sus discípulos, que al seguirlo sienten la fragilidad de su pecado y la necesidad de la ayuda redoblada del Señor para llevar a cabo la misión que encomienda.

Diego Fares sj

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