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probervio

 

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos:

“Saben que está mandado: ‘Ojo por ojo, diente por diente’.

Pero yo les digo:

No hagan frente al malo.

Al contrario si uno te abofetea en la mejilla derecha, ofrecele la otra;

al que quiere hacerte un juicio para quitarte la túnica, dale también la capa;

y si uno te quiere forzar a caminar un kilómetro, acompañalo dos;

a quien te pide, dale, al que te pide prestado, no le escapes.

Han oído que se dijo: ‘Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo’. Yo en cambio, les digo: Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los aborrecen y recen por los que los persiguen y calumnian. Así serán hijos de su Padre que está en el cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos y manda la lluvia a justos e injustos. Porque si aman a los que los aman, ¿qué premio tendrán? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y si saludan sólo a sus hermanos, ¿qué hacen de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles? Por tanto, sean perfectos como su Padre celestial es perfecto” (Mt 6, 38-48). 

Contemplación

Estamos viviendo en un mundo en el que cada país se arma para aniquilar a sus enemigos y se construye muros para no permitirles entrar. Sostener que al enemigo hay que eliminarlo lleva a aceptar como algo lógico que haya “daños colaterales”. Este es el nombre para la muerte de personas inocentes. No solo estamos lejos de la lógica del Señor sino muy lejos incluso del “ojo por ojo y diente por diente”.

En un mundo así, ¿son aplicables los consejos del Señor “no hagan frente al malo” y “amen a sus enemigos”?

Creo que debemos insistir en la novedad absoluta de esta ley de Jesús. Se sintetiza en “amar a los enemigos” y esto es algo que no podemos repetir a la ligera, sin medir las consecuencias.

El concreta sus consejos con ejemplos muy claros. La primera actitud que recomienda es no resisitir al malo, e implica:

“poner la otra mejilla”

“acompañar el doble de lo que se nos pide”

y “no escaparse del que nos viene a pedir prestado”. No solo “dar al que nos pide” sino “no escaparse”.

Vemos que Jesús no deja resquicio alguno para la excusa.

La segunda actitud es positiva, y lo de amar a los enemigo se concreta en ejemplos para las manos –hacer el bien a los que nos aborrecen- y para el corazón –recen por los que los calumnian. El Señor no deja que se escape ni siquiera el saludo! Porque uno puede aceptar que nos pida rezar en nuestra pieza por un perseguidor y hasta hacerle un bien si lo vemos necesitado, pero saludarlo… sonreírle! Qué difícil, no?

Por eso debemos sentir la dificultad que supone aceptar estas palabras. Por que si no, escuchamos el evangelio como uno que dice “sí, pero no”. Y esta es la peor manera de volverlo intrascendente.

Qué es lo que nos está diciendo el Señor? Qué significa hoy “poner la otra mejilla”, y “no esquivar al que sabemos que nos va a pedir prestado”?

Leamos detenidamente.

No resistir a los malos

Convengamos que los tres primeros son ejemplos muy distintos, pero parecen estar dentro de un ambito “vecinal”, por decirlo de alguna manera. En esto de no resistir al mal, el Señor no está hablando de un ataque con drones o de un terrorista suicida, ni tampoco del corrupto que deja que se desgaste asesinamente la maquinaria de un tren o del que por venganza te rocía con fósforo la casa y quema a tu familia.

La no resistencia al mal, el Señor la pone en escenas de la vida cotidiana. Una es de esas situaciones en las que una discusión, de pronto, pasa a mayores y termina en un empujón o en un cachetazo. El que sigue el consejo del Señor, es el que logra contener el  desborde sin recurrir a la violencia, poniendo un gesto de mansedumbre que desarma al otro.

Hacer el bien a los que nos odian        

Fijémonos ahora en otro detalle. Cuando habla de “hacer el bien” al que nos aborrece, no dice qué bien o cuánto. El Señor aquí dice simplemente “hacerle el bien”. No dice cuál bien. No dice que no lo esquivemos. Podemos esquivarlo y hacerle un bien sin que lo sepa. No dice que nos dejemos odiar más y más. A veces solo es posible hacer un bien muy pequeño a uno que nos odia mucho, pero siempre podemos actuar concentrándonos en algo positivo y no contagiados por el odio.

Rezar por los que nos persiguen

En la oración, los consejos del Señor se vuelven más radicales: rezar y bendecir al que nos persigue y nos calumnia. Aquí sí, el Señor nos dice que le deseemos el bien incluso al que puede quitarnos la vida. Que recemos para que se convierta, cambie, deje de obrar mal. Es que cuando hablamos con Dios, el tema tiene que ser el amor y no el rencor: no podemos dejar que el corazón se nos llene con sentimientos de odio y venganza.

Como vemos, hay una graduación en esto de los enemigos. No todos son igual de malos y hay muchos modos de resistir el mal y de hacer el bien.

Si damos un paso más, es bueno caer en la cuenta del tono que usa el Señor. Es de consejo, no de mandamiento. Estos no son preceptos legales, son  consejos espirituales.

¿Qué diferencia hay? Que los mandamientos obligan bajo pena de pecado; los consejos, en cambio, no: son libres. Uno se obliga lo que puede o quiere. Si uno no los sigue, se pierde su alegría. No es que Dios lo vaya a castigar.

El que se mete a caminar según estos consejos y modos de amar –incluso al enemigo-, se mete en unos líos tales que sólo el Espíritu Santo lo puede ayudar. Pero bueno. Si no para que se habría gastado tanto el Señor en enviarnos a su Espíritu, si con el derecho canónico bastara.

Diego Fares sj

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No piensen que vine para disolver la Ley o los Profetas: yo no he venido a disolver sino a plenificar. Les aseguro que no desaparecerá ni una i ni una coma de la Ley, antes que desaparezcan el cielo y la tierra, hasta que todo se realice. El que no cumpla el más pequeño de estos mandamientos, y enseñe a los otros a hacer lo mismo, será considerado el menor en el Reino de los Cielos. En cambio, el que los cumpla y enseñe (estos pequeños mandamientos), será considerado grande en el Reino de los Cielos. Yo les aseguro que, si la justicia de ustedes no supera la justicia de los escribas y fariseos, no entrarán en el Reino de los Cielos (Mt 5, 17-37).

Contemplación

Un pueblo que ama sus costumbres y cumple la ley interiormente, no por miedo a la policía, es un pueblo sabio y maduro.

Solo el Espíritu Santo es capaz de dar esta gracia: la ley interior de la caridad, que la gente cumpla de corazón las leyes, con gusto de buen ciudadano, por amor al bien.

Sin el Espíritu Santo de Jesús, las costumbres más buenas se vuelven secas y duras o se corrompen y se pudren. Si no se enseñan y se practican con amor las costumbres, los jóvenes se preguntan ¿por qué tengo que hacer esto si no me gusta?

Por eso se compara a las leyes con las frutas. Para enseñarlas a los niños hay que hacer como las madres que nos hacen gustar la dulzura interior de las leyes de la casa.

Dice el proverbio: “Deja que el carácter sea formado por la poesía, fijado por las leyes del buen comportamiento, y perfeccionado por la música”. O como decía un amigo: Dulce, salado, dulce. Así tiene que ser el proceso de una enseñanza. Dulce, salado, dulce.

El Espíritu es el que origina primero y luego perfecciona la ley.

Un buen árbol frutal da fruto en todas sus ramas. Puede ser que algún grano de uva no madure bien o se vuelva agrio, pero el racimo si es bueno, tiene buen gusto en cada grano pequeño. En esos últimos y pequeños frutos se ve la bondad de la planta.

Por eso el Señor habla de los “pequeños mandamientos”. No sólo “no matar”, sino tratar con dulzura y respeto al prójimo: no enojarse ni gritar a nadie, no llamar estúpido ni loco a ninguno. El modo de hablar es importante: es el fruto del corazón, porque de la abundancia del corazón habla la boca. Y si uno está lleno del Amor del Espíritu Santo sus palabras son buenas y dichas en buen tono.

Lo mismo con el adulterio. No basta con un “no adulterar” vivido como cáscara. El Señor nos invita a no dar mucho tiempo a pensamientos que –en un momento nos damos cuenta- están haciendo de otra persona un objeto en función de nuestro placer. El Señor nos invita a cultivar en cambio pensamientos que se dirijan a desear el bien a la otra persona.

Si un cristiano quiere dar estos frutos sin estar muy unido a Jesús (por la oración y la comunión que son el espacio donde actúa su Espíritu) será como una rama cortada: no sirve para nada, se secará pronto y su fruto se marchitará. El cristianismo no consiste en pensar lo que Jesús dice. En primer lugar, es buscar modos de encontrarnos con Él y de permanecer en el ámbito de su amistad. Y estos modos no son “costumbres” o “ritos” sino que son la relación con una Persona –el Espíritu-. El cristianismo es buscar al Espíritu Santo: dejarnos encontrar por Él, que viene, que sopla, que actúa… y canta!

El canto del Espíritu es una suave melodía que uno puede inventar y tararear cuando tiene pocas ganas de rezar.

Es el Espíritu Santo el que vuelve disfrutable la cercanía con Jesús. Y unidos a Jesús, el Espíritu en persona circula por nuestra vida –se mueve, suscita mociones, despierta ideas, hace gustar…-. Así va haciendo madurar nuestras costumbres, nuestros sentimientos y nuestro modo de pensar, de modo que todo se convierte en alimento dulce para los que nos rodean y nuestra vida da fruto.

Más que enseñarnos verdades como “cosas”, el Espíritu toma a su cargo el ritmo de nuestros días y hace que se sucedan las consolaciones del Padre, eligiendo sus momentos oportunos (kairós), dentro del tiempo de Dios, que todo lo ha planeado para bien de los que ama.

Pidamos al Espíritu Santo que cante en nuestros corazones las notas de la ley interior de la caridad, ese canto que hace que se vuelva dulce y fácil de cumplir toda otra ley y nos permite cumplir con gusto –cantando- los “pequeños mandamientos del Señor”.

……………

Como se habrán dado cuenta, la contemplación de hoy es la que mando a la comunidad china. Más corta, ya que los chinos trabajan todo el día y no tienen tiempo para leer largas teologías (ya sé que los argentinos tampoco (je)). La imagen para hablar de la ley es “alusiva”. Es que la pintura china, si quiere pintar un templo, no lo pinta, sino que pinta a un monje cortando leña o llevando un cubo de agua por el camino, de modo que se sienta que “hay un templo en la cercanía”.

El asunto es que hoy me puse a escribir primero la contemplación que le mando a Shu Qin, una amiga monja de la Compañía de María que me las traduce. Siempre rezo con lo más sentido de la semana y como ayer, un grupo de amigas de mi comunidad China de Regina, que andaban de paseo por Mendoza, me inundaron de WhatsApp y de fotos de la visita que le fueron a hacer a mi madre, el tiempo se me fue con esta contemplación “china”. Extendiendo un poco la confidencia personal, comparto que es muy lindo como cura que la gente me exprese su cariño “saludando a mi madre”. No solo los chinos, también los refugiados de San Saba siempre preguntan “cómo está tu mamá” (Ely –el pintor- hasta le mandó uno de sus cuadros).

Cuando le contaba, mi madre reflexionaba que “se ve que el cariño a la madre está muy metido en esas culturas”. Yo le decía que también en la nuestra y que hasta el Papa, ayer, en la audiencia que tuvo con La Civiltà Cattolica por nuestro número 4000, cuando me tocó saludarlo –como siempre- me dijo: “dale un saludo a tu madre”. Su modo formarnos a los jesuitas siempre estuvo unido a su cariño por nuestras madres.

Pienso que esto es así y que por algo el Señor confió la enseñanza de la ley de la caridad al Espíritu, que nos habla “en lengua materna” (y que actúa en la Iglesia, y de modo particular a través de nuestra Madre la Virgen).

Como nuestras madres, el Espíritu nos inculca los pequeños mandamientos que hacen que la ley sea cumplible y vivible, que se convierta en cultura, es decir: en el corazón de cada pueblo.

Diego Fares

Presentación de la edición de La Civiltà Cattolica Iberoamericana en la Embajada de España (Roma -9 de febrero de 2017)

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La edición en español de La Civiltà Cattolica, con su número 1 estampado allí donde la Revista madre lleva el número 4000, nos habla de fecundidad. Sale a la luz junto con tres hermanas: la edición de la revista en francés, editada por Parole et Silence, la edición en inglés, editada por UcaNews y la edición en coreano, a cargo de la Provincia coreana de la Compañía de Jesús.

En los últimos años la revista se ha vuelto más internacional (más poliédrica, culturalmente hablando), por los temas que trata, por la incorporación de escritores jesuitas de distintos países y culturas y por el interés que han suscitado muchos de sus artículos, traducidos en diversas lenguas.

Los ofrecimientos que se sucedieron durante el año pasado, de editarla en las lenguas mencionadas –y los proyectos de edición en otras- son una respuesta concreta a esta apertura e interés de la revista a todo lo que es “civilizado” en el sentido de  “humano” (y no bárbaro, deshumanizante)  como nos decía Juan Pablo II en 1982. El espacio de diálogo plurilingüístico que se abre con estas ediciones hace honor al nombre de La Civiltà Cattolica. Lo que era interés por algunos artítulos adquiere ahora consistencia de revista y vuelve realidad un deseo que motivó a nuestros padres fundadores, que en 1849, soñaban con “una universalidad de lectores”.

Un sueño así requiere personas, tiempo y recursos.

Los recursos, que suelen ser el primer obstáculo para muchos sueños “que no son negocio”, en este caso, no han sido un problema sino que inesperadamente, han surgido. De manera realista -porque se prevé que el proyecto puede ser autosustentable- y a la vez generosa. Es una apuesta hecha en conjunto por gente distinta que trabaja en el mundo editorial y que valora un contenido –el de la revista- que puede ser de interés para sus lectores.

Las personas que se suman al grupo de escritores para hacer realidad este sueño, además de los buenos traductores y de los arriesgados editores, son nuevos escritores. Para llegar a una universalidad de lectores hace falta una universalidad concreta de escritores, “que sean testigos directos o que vivan climas culturales, sociales y políticos diversos”. La Compañía de Jesús, que convoca, forma y misiona hombres que, condividiendo el mismo fervor por anunciar el Evangelio provienen de muchos pueblos y que anhelan capacitarse para inculturarse en otros, puede proveer sujetos que se dediquen a este particular modo de apostolado intelectual. Con los escritores y lectores de otras lenguas, los impulsos de otros países y culturas entrarán a formar parte del corazón mismo de la revista como nunca antes. La dimensión plurilingüística que aportan se injerta en el tronco vivo y secular de la revista, cuyas raíces se hunden en la Ciudad de Roma y sus ramas se expanden a la Civilización universal.

Cuenta la historia que el padre Valignano, superior de la misión jesuita residente en la estratégica Macao (el delta del Río de las Perlas o Guandong, la región de más alta densidad de población y de desarrollo industrial del mundo actual), había concebido un plan de evangelización fundado sobre un principio revolucionario respecto al método habitual. Proyecto sugerido (impuesto, más bien) por la diversidad de China respecto a todos los otros reinos en los cuales se había intentado introducir el cristiniasmo. Valignano había entendido que no era posible acercarse con los métodos de evangelización acostumbrados a un pueblo con una civilización antiquísima, de refinada cultura literaria y filosófica, dotado de la más avanzada organización administrativa que se conociese en el mundo y con una estima de la propia civilización que no admitía poder recibir ninguna enseñanza de todos los otros “pueblos bárbaros”. Por eso ordenó en 1582 que dos padres –el padre Ricci era uno de ellos- se aplicaran totalmente liberados de todo otro encargo, al estudio de la lengua oficial, llamada “mandarín”; que aprendieran los clásicos de la cultura china y se adecuaran a las costumbres y a la mentalidad del pueblo para transmitir desde el interior, habiéndose hecho chinos ellos mismos, la verdad del cristianismo”. El padre Ricci escribiría su libro “Sobre la amistad” –recopilando en chino lo mejor de la civilización occidental sobre este tema- y dirá que “Esta ‘Amistad’  me ha dado más crédito a mí y a la europa que todo lo demás que hemos hecho”[1].

La narración prolija del plan de Valignano, es para hacer ver, en la última frase de Ricci, la importancia de los escritos en otras lenguas, si es que se quiere estrechar lazos de amistad sólidos y establecer un verdadero diálogo entre culturas y pueblos diversos. Pero también tiene el fin de hacernos sentir la necesidad de un cambio radical de mentalidad. Lo que Valignano concibió como una estrategia necesaria para relacionarse con la “superioridad de la cultura china” no fue algo coyuntural, es la esencia de la evangelización de la cultura y de la inculturación del Evangelio. Aprender la lengua y las costumbres de un pueblo, más aún “hacerse uno de ese pueblo para anunciar la verdad del Evangelio desde su interior” es la actitud básica y el modo de proceder con toda cultura.

Para ello son necesarias al menos tres actitudes: erradicar el criterio de superioridad, adoptar el criterio de amistad entre culturas y poner el acento en lo único que permite incluir dialogalmente todas las diferencias. Esto es: una política que promueve la igualdad y la dignidad de cada persona humana y garantiza la apertura a la trascendencia. Vale recordar una y otra vez que la apertura a lo trascendente y el sentido ético de la justicia no son acumulables, como el dinero, la tecnología y el dominio territorial. Pueden poseerlos en alto grado las culturas más pobres en bienes materiales y pueden perderlos en el curso de una o dos generaciones las civilizaciones que han alcanzado el más alto grado de sofisticación y de expansión territorial.

En estos dos ámbitos el cristianismo tiene un Espíritu nuevo para contribuir a la civilización universal: la Misericordia incondicional del Padre que nos iguala en Jesús. Trabajar en la inculturaración de este anuncio en todos los pueblos, implica un esfuerzo mancomunado de hombres que, proveniendo y viviendo en las diferentes culturas, cultiven estos valores que son los que crean puentes y dinamizan todo lo que es bien común y trascendente, en sus distintas expresiones.

Por último, el tiempo. Cultivar esta dimensión pluricultural –para que no se vuelva abstracta- requiere un delicado equilibrio y mucho tiempo. El primer signo de que esto es asumido con realismo, puede verse en que la Revista, en su edición en otras lenguas, ralenta su ritmo. El exigente ritmo quincenal, que es el mínimo para mantener perspectiva y profundidad sin perder actualidad -sin quedar absorbidos por exceso de inmediatez-, se vuelve mensual. La lógica selección de los artículos que se traducen no se reduce solo a una cuestión cuantitativa. La selección requiere un ulterior trabajo de discernimiento, el cual amplía el discernimiento habitual que implica cada publicación italiana.

El punto es y será siempre el que nos señalaba nuestro Papa Francisco, retomando a Pablo VI y a Benedicto: “Donde haya existido o exista una confrontación entre las exigencias urgentes del hombre y el mensaje perenne del Evangelio, allí han estado y están los jesuitas” Y agregaba: “Y por favor, sean hombres de frontera (…) Para entrar en las otras culturas, no “para barnizarlas un poco, ni para  domesticarlas”. El trabajo de lograr el equilibrio que permite discernir esos puntos donde se juega el hecho de que una frontera se convierta en puente o en muro, es un trabajo en equipo y, por tanto, de una investigación y de un esfuerzo compartidos que requieren tiempo y paciencia.

En esto, para el que no lo sabe, es significativo expresar que en La Civiltà Cattolica, lo que se escribe tiene un plus consensual. Antes de su publicación, cada artículo —haya sido escrito por los miembros de la redacción o venga de fuera— se somete al juicio de los otros –icluidos los de la Secretaría de Estado de la Santa Sede- y, al  final, constituye el fruto de un diálogo interno, de una  apertura a otros modos de escribir y de pensar.

Decía mi abuelo paterno –un libanés, que emigró a Argentina a finales del siglo XIX y que aprendió el español leyendo los carteles de las calles – que cada lengua que uno aprende es un hombre.

No el enriquecimiento cultural de un hombre que incorpora nuevos saberes sino –llanamente- otro hombre, uno nuevo, sin ser –cuantitativamente- uno más. Porque con la lengua uno aprende a sentir y gustar las cosas y a pensarlas y expresarlas con otro corazón: el de las culturas que la hablan.             Encomendamos al Señor esta Civiltà Cattolica que late ahora con cuatro corazones. De manera particular hoy, a la que comienza a hablar en español. Y como hispanoablante que habla con uno de los cien acentos que nuestra lengua adopta en los dos continentes, doy testimonio de la alegría que nos da contar en este momento único en la historia de la Revista, con el Papa Francisco como uno de nuestros escritores jesuitas “de otras lenguas”. Ojalá que La Civiltà Cattolica, al hablar ahora en español, se entone con el tono de Francisco, que ha sintonizado tan bien con el tono con que hablan las gentes.

[1] Cfr. M. RICCI, Dell’amicizia, Macerata, Quodlibet, 2005. Introducción de F. MIGNINI, 8-9.

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Ustedes son la sal de la tierra.

Pero si la sal pierde su sabor, ¿con qué se la volverá a salar?

Ya no sirve para nada, sino para ser tirada y pisada por los hombres.

Ustedes son la luz del mundo.

No se puede ocultar una ciudad situada en la cima de una montaña.

Y no se enciende una lámpara para meterla debajo de un cajón, sino que se la pone sobre el candelero para que ilumine a todos los que están en la casa.

Así debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes, a fin de que ellos vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre que está en el cielo.”

Contemplación

El Señor junta la luz y la sal, la iluminación de los ojos y el sabor de la lengua.

El Espíritu Santo, cuando se nos acerca y nos dejamos iluminar y conducir por Él, es el que nos permite percibir “la luz y el esplendor de la verdad y gustar su íntima dulzura”.

No nos da Jesús su Sal y su Luz como si fueran “cosas”: nos da su Espíritu que es el que hace que “las palabras de las Escrituras –cuando leemos el Evangelio con fe y deseo de ponerlo en práctica- se transformen en una especie de palabras fosforescentes, que emiten luz”.

La sal del Espíritu, como sucede cuando se hecha un poquito de sal al melón, acentúa la dulzura de la Palabra.

Es por la acción del Espíritu que la Escritura se anima: frases que uno había leído y escuchado muchas veces sin ninguna particular emoción, de pronto se llenan de sentido y de sabor, parece que hubieran sido escritas personalmente para uno, para iluminar precisamente la situación particular que uno está viviendo. Como dice Cantalamessa en su libro “El canto del Espíritu”, es como si Jesús te estuviera hablando allí mismo, en persona, con autoridad y dulzura inmensas.

El hecho de que esto no suceda siempre y cuando se da la gracia y la consolación, sea algo tan claro y tan intenso, debe llevarnos a inclinar la cabeza en adoración y humilde acción de gracias al Espíritu, cuya acción suave y poderosa –como un Viento- nos invita a desplegar nuestras velas y a dejarnos conducir a donde Él quiera.

Es importante distinguir el estilo y el modo de “mover” que es propio del Espíritu que nos dan nuestro Padre y Jesús. Estamos acostumbrados a los empujones, en los subtes, en los trenes, en el tránsito… Estamos acostumbrados a una sociedad de consumo que utiliza la luz y los sabores de modo que provoquen reacciones inmediatas y adicción. Por eso, el modo de utilizar la luz y el sabor que es propio del Espíritu, puede pasarnos desapercibido. Puede sucedernos que su luz mansa y su sabor natural –como el del agua o el del pan- nos parezcan poco atrayentes, si es que nos hemos acostumbrado a ser empujados.

El Espíritu actúa a través de nuestros sentidos y gustos, pero –y esta es la clave- disminuye su capacidad de influenciarnos en el preciso momento en que sentimos que podemos elegir. El de la elección es un momento sagrado que sólo el Espíritu Santo respeta y aprecia más que nadie, incluso más que nosotros mismos, que nos acostumbramos a dejarnos llevar por lo que nos interesa y a rechazar espontáneamente lo que nos molesta.

Siempre hay un instante en el que uno experimenta que es libre de elegir: entre levantarse o quedarse un ratito más, entre detenerse o pasar de largo, entre hablar o cerrar la boca, entre jugarse o esperar a ver qué hacen los demás… El Espíritu no sólo respeta y acepta nuestra decisión, sino que “podés elegir” es la palabra que Él vuelve fosforescente y sabrosa.

El Espíritu realza el valor que tiene el hecho de que podamos elegir. Elegir lo que nos da a gustar, libremente, con gusto y por amor.

Elegir produce vértigo. Por eso, aunque no parezca, le tenemos tanto miedo a la libertad. Algunos se justifican con leyes objetivas, que les aseguran que lo que hacen está bien siempre y en todos los casos, porque es La Verdad. Otros se justifican con leyes subjetivas, que les aseguran que lo que hacen está bien en el momento en que lo hacen y si quieren podrán cambiar.

El Espíritu en cambio nos abre un espacio de libertad, nos da tiempo para pensar y sentir y sopesar. Nos hace gustar sus propuestas y permite que experimentemos las contrarias, da lugar a que digamos no, no quiero, no puedo, no entiendo, no soporto… Espera a que recorramos los caminos alternativos que el mal espíritu nos propone, hasta que decidimos regresar al punto justo donde no lo elegimos a Él para, ahora sí, pedirle humildemente que nos explique de nuevo cómo sería su propuesta.

Sus propuestas son simples. Se pueden resumir en dos Palabras y un criterio de discernimiento. Las dos palabras son una, “Abba”, y es para que se la digamos a Dios, cualquiera sea la idea que nos hayamos hecho de Aquel que nos creó; la otra es “Señor”, y es para decírsela a Jesús, que se hizo hombre para ganarse nuestra amistad.

Se entiende que son dos palabras para ser dichas no solo con la boca sino con el corazón:

Papá es para decirla como un hijo, con el cariño y la honra filial con que nos dirigimos al que nos trajo a la vida.

Señor es para decírsela a Jesús con gestos, “haciendo cualquier cosa que Él nos diga”, como nos recomienda nuestra Madre, la Virgen.

El criterio de discernimiento –que ilumina y pone sal a las cosas- es el que nos revela que el Espíritu es Alguien que se puede “entristecer” si lo tratamos mal, y que “se enciende de luz y de gozo”, cuando sintonizamos con Él.

Es decir: el criterio es muy humano, en el sentido de algo muy sensible. Uno se da cuenta si entristeció a alguien o si le alegró el día.

No es, por tanto, criterio de discernimiento, fijarme si “cumplí” o si “infringí una ley”. Por supuesto que esto entra y se da por descontado, pero es el mínimo y si no se hace de corazón puede ser la mayor trampa, como le pasaba a los Fariseos, que cumpliendo la letra de la ley pecaban contra el Espíritu Santo, contra la Verdad y el Bien que Jesús encarnaba en la vida de los hombres, con gestos de amor para con los pecadores y los enfermos.

Sal y luz son el criterio. Ni pura sal ni pura luz. El Espíritu ilumina los momentos importantes de la vida y luego nos los hace gustar y reflexionar. Y así quiere que lo tratemos, compartiendo con Él un poco de luz para hacer y trabajar y otro poco gustando las cosas, interiorizándolas.

Se trata, como vemos, de un criterio propio de la amistad, siempre rica en luz y en sal. Como decía Juan Luis Vives: “la amistad es la sal de la vida”. Y como decía Tagore: “la amistad es como una luz fosforescente, resplandece mejor cuando todo se oscurece”.

Diego Fares sj

 

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Al ver a las muchedumbres, Jesús subió a la montaña, se sentó, y sus discípulos se acercaron a él.

Entonces tomó la palabra y comenzó a enseñarles, diciendo:

«Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el

Reino de los Cielos.

Felices los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia.

Felices los afligidos, porque serán consolados.

Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados.

Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia.

Felices los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios.

Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios.

Felices los que son perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.

Felices ustedes, cuando sean insultados y perseguidos, y cuando se los calumnie en toda forma a causa de mí.

Alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo» (Mateo 5, 1-12ª).

 

Contemplación

El Señor, al comienzo de su ministerio, retoma al profeta Isaías. Le dice a la gente que el Espíritu Santo lo ha ungido para anunciar la buena noticia a los pobres y consolar a los afligidos.

Las bienaventuranzas son ese Anuncio.

Son las bendiciones consoladoras de Jesús a su pueblo.

Nos hará bien escucharlas de los labios de un Jesús sentado en medio de su pueblo.

Al ver a la gente que lo había seguido multitudinariamente –grandes y chicos, familias enteras que lo siguieron en procesión, esperando que el Maestro los juntara en algún lugar adecuado y se pusiera a enseñarles-, Jesús subió al monte y allí –rodeado de sus discípulos- se sentó tranquilamente y comenzó a “anunciar la buena noticia a los pobres”.

Su anuncio no es comparable a ningún tipo de anuncio o enseñanza humana. O mejor, es el más humano de los anuncios y la mejor de las enseñanzas.

Dos detalles. Se dieron cuenta de que, para empezar, toma la pobreza, las penas y el hambre y sed de justicia de la gente? Jesús no anuncia ni enseña lo que la gente “no sabe” sino que toma lo que la gente “vive” y eso es lo que ilumina.

 

Felices los pobres, los afligidos, los que tienen hambre y sed de justicia. El reino es de ustedes, los pobres: serán consolados en sus penas, serán saciados en su sed de justicia.

Vemos como en la primera bendición consoladora está todo: Benditos los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.

El discurso es convocante: los está mirando a ellos, notando su pequeñez

¿Quiénes eran, uno a uno, esas personas que estaban escuchando aquel día?

¿Qué tenían de especial para ser destinatarios del anuncio más bello de la historia?

No eran nadie y, por eso mismo, eran todos.

Eran los más comunes. Ninguno pudo reivindicar “yo estuve allí, aquel día”, porque no había periodistas.

Eran las familias del pueblo, las mamás que salieron con sus hijas a ver si Jesús se las bendecía. Eran los hombres con sus hijos que estaban trabajando en su campito: dejaron el arado y se fueron con sus compañeros a escuchar a Jesús. Eran los viejos, que estaban sentados a la puerta de su casa y les decían a todos que estaba bien ir a escuchar al Rabí. Y, por supuesto, en primera fila estaban los mendigos que habían ido todos. Y los enfermos, los que el Señor había curado y los que tenían la esperanza de hacerse curar.

Felices los que tienen alma de pobres, los que no pretenden mucho para sí, solo poder estar sanos para trabajar por su familia…

Jesús anuncia que su Reino, el de los cielos que han bajado a ese monte y a esa pequeña multitud del pueblo fiel –en la que bien caben todos los pueblos de la historia, esos pueblos que somos todos cuando nos abajamos a estar juntos, contentos de ser uno más que escucha junto con todos a Alguien como Jesús, cuando convoca-, su Reino… les pertenece: es de ellos!

A veces uno se pregunta cómo llegaría el mensaje a tanta gente, qué escucharían, qué podrían entender… Yo creo que esto, lo entendieron todos. Perfectamente.

Uno presta atención cuando, en medio de una multitud, dicen “los que tienen asiento de la fila 20 a la 40 suben primero”; o “las personas con niños a cargo o personas ancianas, por este lado”. Cuando Jesús dijo “los que tienen alma de pobres”, nadie se movió, pero todos los que estaban allí, sentados en el suelo, después de haber dejado sus cosas para seguir a Jesús, sintieron que les estaba hablando a ellos. Y les decía que El Reino de los Cielos era de ellos.

Y apenas sintieron que les hablaba a ellos, que los pobres de espíritu eran ellos, los que “lo habían seguido para escucharlo y estaban allí sentados en el suelo”, el Maestro los contuvo con la bienaventuranza de la paciencia y les hizo sentir que comprendía su estado de ánimo y su sed. Como si hubiera dicho levanten la mano los que tienen alguna aflicción y los que están esperando que se haga justicia. No hizo falta que levantaran la mano. El anuncio era, indudablemente, para ellos.

Y entonces, después de escuchar esto, se les abrieron bien los oídos y entendieron todo lo demás, que les vino como un agua fresca para sus corazones y los consoló como el solcito de la tarde que los iluminaba haciendo que las palabras del Reino entraran en sus mentes y se fijaran para siempre en su memoria común.

Ustedes serán consolados, serán saciados. Eso vengo a anunciarles, esa es la buena noticia. Ahora cambian las cosas, se dan vuelta: lo mismo que los afligía se convierte en su bendición. Porque Yo estoy con ustedes, el Padre me ha enviado, y Yo los veo y los comprendo, yo los consuelo, yo les hago justicia.

Fue en ese momento, en el que todos estaban pendientes de sus labios porque se sentían comprendidos en su situación y en sus aspiraciones más hondas y comunes, que el Señor sembró La Bienaventuranza: Felices los misericordiosos porque alcanzarán Misericordia. Allí, en el corazón de su discurso, en el momento culminante de esa homilía que duró nueve minutos –porque el Señor hacía silencio luego de cada una y esperaba que se la dijeran unos a otros, especialmente a los que estaban más lejos- Jesús anunció y reveló que las dos Misericordias van unidas: la que damos a los demás con la que recibimos de Dios.

Esta es la más importante, si se puede hablar así, o mejor, es el corazón, que da vida a las demás, en ese latir que purifica todo, asumiéndolo, y oxigena todo, con sangre renovada. Por eso, ahí mismo, viene la que dice: Felices los de corazón puro, porque verán a Dios.

A continuación, todos comprendieron que el Señor les daba una tarea –la de trabajar por la paz, como buenos hijos de Dios. Y los precavía contra la tentación de pensar en un reino fácil o triunfalista. El Señor les enseña que, así como asume todas sus pobrezas, sus penas y deseos de justicia, también asume las persecuciones. Pone dos clases –y por eso se dice que estas dos últimas bienaventuranzas son una que se desdobla-: la persecución por practicar la justicia (por luchar por los pobres y oprimidos) y la persecución por causa suya (por confesar la fe). Así como unió las misericordias en una sola, también une los martirios en uno solo. La confesión de la fe y la lucha por la justicia van unidas en una misma bienaventuranza.

 

El asunto es que la gente entendió perfectamente estas bienaventuranzas.

La gente recibió estas bendiciones consoladoras de Jesús que los iban convirtiendo así, de mera multitud en el pueblo fiel de Dios.

Cuando Jesús dice que “de ellos –de los pobres de espíritu que lo escuchan allí sentados como Él en el suelo- es el Reino de los Cielos” está diciendo que son el pueblo de Dios, porque un Reino más que un territorio o una Constitución es un pueblo fiel a ese territorio y a esa constitución. Aquí el territorio es el del Cielo y la ley carismática e identitaria son estas bienaventuranzas.

El pueblo fiel de Dios es el de los afligidos –enfermos, pecadores y esclavos de alguna adicción que los somete al poder del diablo- a los que el Señor consuela.

El pueblo fiel de Dios es el de los que tienen hambre y sed de justicia y esperan pacientemente la herencia. Mientras tanto son el pueblo de Dios que el Señor alimenta multiplicando los panes y los peces y dándose a sí mismo como viático en la Eucaristía.

El pueblo fiel de Dios es el que practica y recibe la Misericordia en un mismo gesto: como es misericordioso y comprensivo con las debilidades de los demás y se compadece de sus miserias, con la misma grandeza de corazón recibe el perdón de Dios.

El pueblo fiel de Dios tiene el corazón purificado, no por muchas virtudes, que también las tiene, sino sobre todo por esa misericordia común e inclusiva, con que los más pobres acogen a todos y siempre tienen lugar para uno más.

El pueblo fiel de Dios está formado por las inmensas multitudes que trabajan por la paz. Siempre allí donde uno levanta un arma y hiere a otro, hay diez que tratan de contenerlo y que asisten al herido.

El pueblo fiel de Dios es el de los perseguidos (hoy también se persigue excluyendo o tratando como sobrante) por reclamar justicia para los hombres y por adorar a Dios.

El Señor convoca, armoniza y conduce a su pueblo

dándole pertenencia –sellada con su sangre y caracterizada en el bautismo-,

conteniéndolo y consolándolo,

saciando su sed de justicia

haciéndolo misericordioso y misericordiado,

revelando sus cosas a los más pequeñitos

otorgando a todos el don de trabajar artesanalmente por la paz (en todos sus trabajos, más allá de las distintas tareas que cada uno esté realizando, la gente sencilla siempre está construyendo la paz),

y alegrándolo en medio de las persecuciones y desprecios.

Bendito Jesús que dio las bienaventuranzas a su pueblo!

Diego Fares sj

 

 

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Cuando Jesús se enteró de que Juan había sido decapitado se retiró a Galilea. Y, dejando Nazaret, se quedó a habitar en Cafarnaúm, a orillas del lago, en los confines de Zabulón y Neftalí, para que se cumpliera lo que había sido anunciado por el profeta Isaías: ¡Tierra de Zabulón, tierra de Neftalí, camino del mar, país de la Transjordania, Galilea de las naciones (paganas)! El pueblo que se hallaba en tinieblas vio una gran luz; a los que habitaban en las oscuras regiones de la muerte, les amaneció una luz (Is 9, 2).

A partir de ese momento, Jesús comenzó a proclamar «Conviértanse, porque está cerca el Reino de los Cielos.»

Mientras caminaba a orillas del mar de Galilea, Jesús vio a dos hermanos: a Simón, llamado Pedro, y a su hermano Andrés, que echaban las redes al mar porque eran pescadores. Entonces les dijo: «Síganme, y yo los haré pescadores de hombres.» Inmediatamente, ellos dejaron las redes y lo siguieron.Continuando su camino, vio a otros dos hermanos: a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca con Zebedeo, su padre, arreglando las redes; y Jesús los llamó. Inmediatamente, ellos dejaron la barca y a su padre, y lo siguieron. Jesús recorría toda la Galilea, enseñando en las sinagogas, proclamando la Buena Noticia del Reino y curando todas las enfermedades y dolencias de la gente (Mateo 4, 12-23).

Contemplación

Galilea de las naciones paganas…,

orillas del mar…,

pescadores echando las redes…,

la gente con sus dolencias…

El papa Francisco usa la palabra “periferias”.

Periferias geográficas, culturales, existenciales.

Allí donde se mezclan las fronteras entre los pueblos: eso era Galilea.

Allí comienza el Señor a proclamar la buena noticia: que el reino de los cielos está cerca… Cerca de la vida de esa gente.

Esto hay que agregarlo y tenerlo claro. Jesús no va al Templo de Jerusalén a decir que el Reino de los cielos está allí, en medio de las paredes del templo. Jesús va al interior del país, a la frontera, que ahora es con Siria y el Líbano. Va a una región próspera de pesca y comercio, donde Israel se mezclaba con otras culturas.

Dicen que los Galileos “tenían acento” y en la capital se les burlaban, como sucede en todas las capitales con la gente que consideran más simple, con los extranjeros…

A ese pueblo Jesús le anuncia –recordando a Isaías- que les va a amanecer una luz. Linda expresión! De esperanza: Que te amanezca una luz. Que te despiertes contento y salgas a la vida y al trabajo pensando que te espera algo bueno.

Primera enseñanza para nosotros: el Reino está cerca de los lugares donde se mezclan las culturas.

Dije se mezclan porque es una expresión común, pero hay que ver bien dónde y cómo es que las culturas se mezclan. Hay que ver dónde es que no se levantan muros de piedras y acero afilado; dónde es que no hay aduanas con perros y militares; dónde es que no te piden documentos ni tarjetas, sin los cuales no tenés trabajo ni posibilidad de entrar a ningún lado.

Diría que las culturas se mezclan, por ejemplo, cuando te invitan a comer, cuando una familia o una comunidad te cocina sus platos nacionales, cuando los refugiados del Centro Astalli te ofrecen su café “touba” (el café de mis amigos senegaleses)…

Sí. Las culturas se mezclan intercambiando dones, palabras, recuerdos.

El miércoles pasado estaba charlando con Zia –afghano- y Ferozi -un iraní, al que le dicen que es peruano o mexicano, por la cara. Hablábamos como podíamos en nuestro medio italiano, y en cierto momento Zia, pregunta como cayendo en la cuenta de que no tiene ni idea: “¿pero dónde queda la Argentina?”. Mientras busco un mapa en Google, siento que es justo que él no sepa bien si Argentina está cerca de México, como intenta decirle Ferozi, o más al sur, porque yo no sé bien cuáles son las fronteras de Afganistán o las de Irán.

Esta experiencia de ignorancia compartida es básica para empezar a sentir que cada cultura es un mundo en el que las personas vivimos como en nuestra casa y que no vale más una que otra.

Cuando tu cultura es muy conocida –como les pasa a los europeos- es como que se da por sentado que hay una cierta superioridad. En cambio, cuando el desconocimiento es mutuo, como que se empieza bien.

Es que las culturas, más que mezclarse, se amigan.

Cuando uno abre el corazón a la amistad, apenas te hacés amigo de alguien, te interesa saber dónde queda su ciudad, cómo se saluda en su lengua, qué comida les gusta…

Yo siempre pregunto cómo se dice “amigo”. Los chinos dicen Peng You (y con los caracteres repetidos indican que “el amigo es como yo y yo como él”). Los senegaleses dicen “sama xarit” o “sama wei” (mi amigo). En dari y en pastún todavía no sé.

Aquí viene el punto que quiero invitarlos a contemplar: la relación que hay entre frontera y amistad. La relación que hay entre el hecho de que el Señor se vaya a la frontera con los paganos y allí empiece a anunciar que el reino está cerca, y el hecho de que elija a estos pescadores que eran hermanos y amigos entre sí.

La amistad entre pescadores se forja enfrentando los peligros del mar. Pero también es importante tener en cuenta que el suyo es un trabajo de frontera en el sentido de que el mar es un medio ajeno, que siempre hay que respetar, un medio que nunca se puede dominar. Se pueden dominar los espacios geográficos de un pueblo, no su cultura. Las culturas, por su propio ser, tienden a amigarse. Por eso, para formar “misioneros”, es importante este sustrato básico de “ser pescadores”. El pescador echa las redes… no controla lo que pesca. Entra al mar por un tiempo y luego tiene que salir de él. Esta interacción con un medio extraño, hace del trabajo de pescar algo especial. Y el Señor usa la metáfora de “pescadores de hombres”, que tenemos que asumir en toda su complejidad. No se trata de tirar un anzuelo y pescar un pez (o un zapato). La prueba es que hay hombres que no podemos pescar porque no hemos respetado el mar de su cultura y se nos han cerrado las puertas de países enteros, como la china. Y en otros países, en los que la Iglesia entró a caballo de culturas dominantes, o fue expulsada y perseguida, o se impuso no siempre paciente y respetuosamente, imponiendo costumbres “humanas” que no son necesariamente evangélicas, y que a la larga entran en crisis. Y aún así, muchas culturas se les amigaron a los cristianos. Donde dio fruto el cristianismo fue porque se dio esta amistad.

Cuenta la historia que el padre Valignano, superior de los jesuitas que se habían establecido en Macao (esa zona clave del Asia, en el Delta del Río de las Perlas que es ahora la zona de mayor densidad de población del planeta y que perteneció al Portugal hasta 1999 y recién será totalmente china en el 2050), concibió un plan de evangelización fundado sobre un principio revolucionario respecto al método habitual, sugerido (impuesto, más bien) por la diversidad de China respecto a todos los otros reino en los cuales se había intentado introducir el cristianismo. Valignano había comprendido que no era posible acercarse con los métodos habituales de evangelización a un pueblo de una civilización antiquísima, de refinada cultura literaria y filosófica, dotado de la más avanzada organización administrativa conocida en el mundo y con una estima de la propia civilización que no admitía ninguna enseñanza de otros “pueblos bárbaros”. Los chinos pensaban que la región china más alejada del centro y sin gobernadores era superior a cualquier país extranjero. Por eso Valignano ordenó al padre Ricci y a un compañero que se dedicaran totalmente, libres de cualquier otro encargo, al estudio de la lengua oficial, el mandarín; que aprendieran los clásicos de la cultura china y se adecuaran a las costumbres y mentalidad del pueblo, para transmitir desde el corazón de su cultura, convertidos ellos mismos en chinos, la verdad del cristianismo.

Y qué escribió el padre Ricci, en medio de una vida entera dedicada a “ser chino”? Un tratado sobre la Amistad! Un tratado que se valoró siempre y mañana se valorará más todavía.

Esto, que concibió Valignano y realizó el padre Ricci, es lo que se debería haber hecho en todas las culturas!! Es lo que está aún por hacerse. El hecho de que la cultura china estuviera más desarrollada no es, en el fondo, lo importante. Toda cultura, como toda persona, tiene esa identidad única a la que Jesús desea hablarle de igual a igual. Sin querer imponerle nada y ofreciéndole todo. El hecho de “hacerse todo a todos”, de encarnarse e inculturarse en otra cultura para anunciar el evangelio “en su lengua”, vale tanto para una cultura “desarrollada” como para una cultura “menos desarrollada”, así como vale para una persona que haya estudiado, igual que para una persona sin estudios especiales.

Si no nos dice nada sobre nuestra actitud ante las otras culturas, el hecho de que el Señor haya ido a predicar a la región de Zabulón y Neftalí y que, siendo del gremio de los carpinteros, haya tenido que aprender a lidiar con los del gremio de los pescadores, es que todavía estamos en pañales en lo que hace a la misión de ir a anunciar el Evangelio a todos los pueblos. Estos dos mil años de cristianismo y el hecho de cómo ha crecido el mundo, nos tienen que hacer ver en perspectiva, que la Iglesia apenas si salió a misionar. Aunque haya habido valientes misioneros que llegaron a los extremos del mundo, salir a misionar implica mucho más que ir, implica un cambio de mentalidad siempre renovado y de todos y cada uno de los cristianos. Y ese cambio que comienza por “salir” de la propia cultura. Salir en el sentido de situarla en medio del concierto de todas las demás culturas como una más, de igual a igual con todas. Con las grandes civilizaciones que unificaron muchas culturas: la egipcia, la china, la griega, la roma, la maya y la azteca, la bantú… y con cada pequeña cultura que por estar aislada o por ser pequeña no cuenta menos y es en sí misma un universo al igual que las demás.

Se trata de salir y de poner, entonces, el evangelio en medio de cada cultura, como si pusiéramos al Niño Jesús en un pesebre, rodeado de pastores pobres y de magos venidos del extranjero, para comenzar a dejar que su luz ilumine a todos y a todo.

Se trata de navegar mar adentro –en ese océano inmenso de todas las culturas- y echar las redes humildemente, agradecidos como agradecen los pescadores con lo que el mar les da.

Se trata de establecer una cultura del encuentro, como dice Francisco, en la que la amistad es la clave. Y si cultivar una amistad personal les lleva toda la vida a dos amigos, cultivar una amistad entre culturas, lleva miles de años. La buena noticia es que la amistad, aunque requiera tanto tiempo para afianzarse, se goza y da frutos desde el primer instante. Como dice Ricci: “No hay nadie que ame las riquezas solo por las riquezas mismas, en cambio el que ama a un amigo, lo ama sólo por sí mismo” (Sobre la Amistad, 37).

Diego Fares sj

 

 

 

 

 

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Al otro día, Juan Bautista ve a Jesús viniendo hacia él y dice:

“Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Este es Aquel de quien yo dije: ‘Después de mí viene un hombre que me precede, porque existía antes que yo. Yo no lo conocía, pero he venido a bautizar con agua para que él fuera manifestado a Israel”.

Y Juan dio testimonio diciendo:

“He visto al Espíritu descender del cielo en forma de paloma y permanecer sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: ‘Aquel sobre el que veas descender el Espíritu y permanecer sobre él, ese es el que bautiza en el Espíritu Santo’. Yo lo he visto y doy testimonio de que él es el Hijo de Dios” (Jn 1, 29-34).

Contemplación

En este tiempo estoy rezando con “El canto del Espíritu”, un libro de Raniero Cantalamesa, el predicador del Papa. En nuestra casa no faltan libros –la biblioteca tiene más de 400.000- pero este lo pesqué del escritorio del Hermano Rizzo (91 años muy activos) que lo tiene también en casetes y lo usa para hacer sus ejercicios cada año.

Al contemplar al Espíritu que desciende sobre el Señor, pensaba que puede ayudarnos decir “no” a dos imágenes del Espíritu Santo que lo alejan de nuestra vida cotidiana.

Primer no. Nunca tenemos que pensar al Espíritu Santo solo, aislado.  

Siempre tenemos que pensarlo “con” otros: con Jesús, con la Comunidad, tejiendo relaciones buenas entre las personas. Él es el Espíritu de Jesús. Es el Espíritu de la Iglesia.

Es verdad que el Espíritu Santo es la tercera Persona de la Santísima Trinidad y que es muy misteriosa la relación que se da entre el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo… Pero el evangelio de hoy nos lo  muestra “descendido”, aterrizado, posado sobre Jesús, acompañándolo durante toda su vida.

Se usan muchas imágenes para nombrar al Espíritu Santo: Viento, Fuego, Agua, Paloma… Son ideas muy lindas y buenas, pero no sirven si las pensamos aisladas. En cambio, tienen mucho sentido si las unimos al Jesús.

El Espíritu es Viento, pero no como el viento que mueve la copa de los árboles. El Espíritu es el Aliento que respiraba Jesús.

Es el Aire que exhaló Jesús en la Cruz: “Jesús inclinó la cabeza y entregó su Espíritu” (Jn 19, 30).

Es el Viento que Jesús les sopló a los apóstoles cuando les dijo: “reciban el Espíritu Santo” (Jn 20, 22).

Entonces, focalicemos bien la imagen: el Espíritu Santo acompaña y conduce toda la vida de Jesús. También conduce y acompaña la vida de nuestra familia y de nuestra comunidad. Si lo imaginamos de alguna manera no puede sino ser cercana!!

Cuando nos imaginamos el Espíritu como Aire y como Aliento de Vida, podemos imaginar a Jesús cuando suspira hondo porque las discusiones de los suyos lo impacientan; también cuando silba como un pastor que llama a sus ovejitas, cuando ronca durmiendo en la barca, o cuando canta rezando los Salmos…

Cuando decimos que el Espíritu “sopla” o “nos inspira” recordemos que el Espíritu:

+ sopla de los labios de Jesús

+ nos inspira buenos sentimientos desde el Corazón de Jesús.

+ renueva y refresca el Aire que respiramos en la Iglesia.

Segundo no. No tenemos que pensar al Espíritu Santo como algo puramente inmaterial.

Cuando decimos que una persona es muy espiritual muchas veces nos imaginamos a alguien que está alejado de las cosas carnales y terrenas.

Es un poco como si “espiritual” fuera cantar en la iglesia y “material” fuera trabajar en el supermercado.

Esta imagen no tiene nada que ver con el Espíritu Santo, porque Jesús es la Palabra hecha Carne y su Espíritu es un Espíritu que actúa en la carne, en la historia, en la vida cotidiana de la gente.

A veces pensamos que el Espíritu inspira sólo “ideas espirituales”. Pero la verdad es que las “ideas espirituales” suelen ser objeto de muchas tentaciones. Cuando discutimos y peleamos en familia y en la Iglesia, suele ser por causa de “ideas que uno cree que son mejores que las de los otros”, que son “la verdad”.

Esto es una gran tentación contra el Espíritu. Porque la verdad del Espíritu nunca es para pelear.

Por eso creo que, cuando pensamos en el Espíritu Santo –el Espíritu de Jesús- es bueno conectarlo con los sentidos antes que con las ideas.  Creo que al Espíritu Santo le cuesta mucho “hacernos pensar como Jesús”. Fácilmente las diferencias de ideas degeneran en peleas y no somos dóciles a la acción del Espíritu en cuestiones de ideas. En cambio, en la práctica, en las cosas que hacemos usando nuestros sentidos, suele ser más fácil dejarnos conducir por el Espíritu.

Podemos ejercitarnos en sentir al Espíritu actuando en el sentido del tacto:

cuando una mamá acaricia a su bebé: el suyo es un sentido totalmente del Espíritu Santo, porque es pura bondad y ternura.

Cuando una enfermera cura una herida y va tocando con la presión justa para curar haciendo doler lo menos posible y siendo rápida y eficaz, allí “toca” el Espíritu Santo.

Hace poco ví en YouTube un video de niños trabajando en una mina de “coltán” en el Congo. El coltán es ese material que usan nuestros Smartphone, por el cual a los que trabajan en las minas les dan un euro por kilo. El niño, después de haber roto la roca con una barra, separaba, con sus manitas embarradas, el coltán de otros materiales y sonreía.

Cómo es que sonreía en medio de ese trabajo extenuante y de esa explotación tan injusta?

Sonreía porque él trabajaba para ayudar a su familia. Y el mismo Espíritu que sonríe en sus manos que tocan el mineral que alimenta a su familia, debe llorar en nuestros ojos tocados por esa imagen que indigna el corazón.

Podemos ejercitarnos en escuchar al Espíritu. Se puede oír su paso, se lo puede escuchar en el silencio, no “entendiendo” todo lo que dice –porque más que hablar, gime con sonidos inefables- pero sí “sintiendo” que reza en nuestro interior. Podemos “sentir” su quietud y reposo.

Podemos ejercitarnos en gustar al Espíritu, sintiendo el buen sabor del evangelio, el gusto que dejan en la boca las buenas acciones, los cantos y oraciones de alabanza, las gracias bien dadas…

Podemos ejercitarnos en olfatear al buen Espíritu que deja sentir su presencia allí donde percibimos que alguien obra desinteresadamente, con amor y humildad. Y distinguirlo perfectamente del mal espíritu, que se huele allí donde hay soberbia, maltrato, mentira y falsedad.

Podemos ejercitarnos en ver al Espíritu de Jesús, pero no con ojos televisivos, que quieren ver todo rápido, pasando de una imagen a la siguiente, sino con ojos más lentos y serenos, con los ojos del corazón, que miran complaciéndose en agradecer y en desear el bien a los que amamos. En esta semana diremos muchas veces al Espíritu: “Ven Creador, Espíritu de Jesús, y enciende con tu luz nuestros sentidos.

Si nuestros sentidos lo buscan sepamos que el Espíritu:

puede llenar nuestra soledad, como un buen Amigo;

puede defendernos del maligno, que se aprovecha de nuestras debilidades;

puede suplir todo lo que nos falta cuando tratamos de rezar y no quedamos contentos y cuando queremos hacer bien al prójimo y no sabemos bien cómo;

puede perdonar y sanar nuestros pecados, si lo dejamos que nos trate bien, dándonos paz y serenidad y ayudando a que nos aceptemos a nosotros mismos y nos tengamos paciencia.

Diego Fares sj

 

 

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