Feeds:
Entradas
Comentarios

Tratadito de los dones en clave de misericordia

ABI-cimabue-l

Al atardecer del Domingo encontrándose los discípulos con las puertas cerradas, por temor a los judíos,

vino Jesús y se puso en medio de ellos y les dijo:

‘La paz esté con ustedes’.

Mientras les decía esto les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor.

Jesús les dijo de nuevo:

‘La paz esté con ustedes. Como el Padre me envió a mí, Yo también los misiono a ustedes’.

Al decir esto sopló sobre ellos y añadió:

‘Reciban el Espíritu Santo (y) si a uno cualquiera ustedes le perdonan los pecados serán perdonados y si a uno se los retienen quedan retenidos” (Jn 20, 19-23).

 

Contemplación

El Señor dice que no hay que agregar ni una “i” a la ley pero aquí me animo a agregar, entre paréntesis, una “y”. Es necesesaria, me parece, para conectar al Espíritu Santo con la misericordia. Es que, en general, la frase del Señor se lee “reciban el Espíritu Santo”. Punto. Y a continuación viene: “A los que les perdonen los pecados les serán perdonados….”.

Este punto puede hacer que la recepción del Espíritu parezca algo separado de la tarea inmediata de perdonar. De hecho, en las oraciones al Espíritu Santo se le piden muchas cosas: todos los dones… También esto distrae un poco (al menos a mí). Uno comienza pidiendo sabiduría y cuando llega al entendimiento y la ciencia la cosa se complica. Surgen preguntas de qué es la ciencia y si el don de intelecto lo tienen los más inteligentes… En cambio el Señor insufla el Espíritu y no habla de muchos dones sino sólo de perdonar los pecados.

En la Bula de convocación al Jubileo extraordinario de la misericordia, el papa Francisco directamente dice: “Cada uno de nosotros ha recibido el don del Espíritu Santo para el perdón de los pecados, de esto somos responsables” (17).

Me encantó esta conexión del Espíritu y el perdón. Es como si el Señor dijera: si ustedes perdonan le abren la cancha al Espíritu y Él hace todo lo demás. Es el punto que nos toca, nuestra responsabilidad, como dice Francisco.

Pero antes de ser una responsabilidad hay que meditar en que es un don: reciban el Espíritu Santo para perdonar. A ver si lo puedo expresar: no se trata de “recibir primero el Espíritu y, después, “salir a perdonar”. El Espíritu que recibimos es un “Espíritu Perdonador”, un “Espíritu Misericordiante” si se puede decir.

El Papa utiliza esta expresión latina en su escudo “Miserando atque eligendo”– y dice que eligiendo nos suena familiar, pero “misericordiando” no es una palabra que usemos.

Pues bien, en el año de la mIsericordia tenemos que empezar a usarla.

El Espíritu Santo que recibimos es Santo no sólo en sí mismo sino en su acción para con nostros: es Espíritu Santificador y nos da la gracia Santificante. Curiosamente, no pronunciamos la palabra principal: es Espíritu Misericordiador y nos da la Gracia Misericordiante.

Que suene raro, no me importa. Y que parezca un juego de palabras, tampoco me importa. Porque que nos incomode el sonido es bueno para que nos incomode el prójimo.

El que no recibe una gracia misericordiante, que lo mueve a tener misericordia de alguno, al que se tiene que aproximar para ayudarlo, no recibió nada. Cero gracia. Nada de dones que sean “santificantes” de la propia persona sin conexión inmediata para con los demás.

El Espíritu da sus dones para el bien común, no para perfeccionar a alguno como si fuera un vestido que lo adorna o una virtud que lo hace más que los demás. Están tan metidas estas ideas que para sacarlas hay que raspar la piel y por ahí sangra. El apóstol dice: “qué tenés que no hayás recibido”. Nada. Podemos decir. Y agregamos: “Qué tenés que no sea para dar”. Nada.

Y lo único que podemos dar que sea nuestro es el perdón.

Por eso el Señor nos da lo más suyo –su Espíritu- para ayudarnos en lo más nuestro –que perdonemos. Todos los demás dones hay que “traducirlos” en clave de misericordia.

Meditando estas cosas me puse a releer, en esta clave, las catequesis del Papa del año pasado sobre los dones del Espíritu Santo. Y salió algo muy lindo, sobre todo al prestar atención a los ejemplos que usa. Salió una especie de tratatido de los dones “en clave de misericordia”.

………..

Sabiduría es sentir el gusto y el sabor de hacer las cosas como las hace Dios, mirando con sus ojos misericordiosos a toda creatura, no con ojos de odio o envidia. El papa pone dos ejemplos caseros de “sabiduría misericordiosa”: “Piensen en una mamá, en su casa, con los niños, que cuando uno hace una cosa el otro maquina otra, y la pobre mamá va de una parte a otra, con los problemas de los niños. Y cuando las madres se cansan y gritan a los niños, ¿eso es sabiduría? Gritar a los niños —les pregunto— ¿es sabiduría? ¿Qué dicen ustedes?: es sabiduría o no? ¡No! En cambio, cuando la mamá toma al niño y lo reta dulcemente y le dice: «Esto no se hace, por esto…», y le explica con mucha paciencia, ¿esto es sabiduría de Dios? ¡Sí! Es lo que nos da el Espíritu Santo en la vida. Luego, en el matrimonio, por ejemplo, los dos esposos —el esposo y la esposa— se pelean, y luego no se miran o, si se miran, se miran con la cara torcida: ¿esto es sabiduría de Dios? ¡No! En cambio, si dicen: «Bah, pasó la tormenta, hagamos las paces», y recomienzan a ir hacia adelante en paz: ¿esto es sabiduría? [la gente: ¡Sí!] He aquí, este es el don de la sabiduría. Que venga a casa, que venga con los niños, que venga con todos nosotros”.

¡Meter esos dos ejemplos de “misericordia cotidiana” al hablar del Don de la Sabiduría! ¡Qué lindo corazón tiene nuestro Papa! Qué sabio que es poder ver al Espíritu dando esta misericordia sabia a una mama y a dos esposos que en vez de pelear saben perdonar y sanar. No se trata de una misericordia sentada en un trono ni de una sabiduría que se imparte desde una cátedra. El Papa las baja a la vida de todos los días. Allí donde la misericordia es “practicable”.

Otro ejemplo de cómo el Espíritu irradia misericordia en sus siete dones lo dio el Papa hablando del don de consejo. Contó una historia que vivió en el ámbito del sacramento de la Reconciliación:

“Recuerdo una vez en el santuario de Luján, yo estaba en el confesionario, delante del cual había una larga fila. Había también un muchacho todo moderno, con los aretes, los tatuajes, todas estas cosas… Y vino para decirme lo que le sucedía. Era un problema grande, difícil. Y me dijo: yo le he contado todo esto a mi mamá, y mi mamá me ha dicho: dirígete a la Virgen y ella te dirá lo que debes hacer. He aquí a una mujer que tenía el don de consejo. No sabía cómo salir del problema del hijo, pero indicó el camino justo: dirígete a la Virgen y ella te dirá. Esto es el don de consejo. Esa mujer humilde, sencilla, dio a su hijo el consejo más verdadero. En efecto, este muchacho me dijo: he mirado a la Virgen y he sentido que tengo que hacer esto, esto y esto… Yo no tuve que hablar, ya lo habían dicho todo su mamá y el muchacho mismo. Esto es el don de consejo. Ustedes mamás, que tienen este don, pídanlo para sus hijos: el don de aconsejar a los hijos es un don de Dios”. Aquí se ve bien lo que decía de un don que se da para otro, no para sí. Quizás esa mamá no es la consejera de todo el barrio, pero para su hijo recibió el don de consejo. Y tenía que ver con la misericordia, con algo que era el pecado de su hijo y que él tenía que resolver para confesarse bien y hacer las cosas bien. No se trata de un don que sirva para hacerse famoso escribiendo libros de autoayuda. El Espíritu te permite aconsejar allí donde sentís misericordia, no en otro lugar.

En torno al don de Ciencia, el Papa también contó algo original. El afirma que tenemos que “custodiar lo creado” y ve el don de ciencia desde esta perspectiva: lo que nos ayuda a no apoderarnos de la creación y a no destruirla, sino a admirarla y agradecerla para custodiarla bien.

Tiene una frase muy “misericordiosa”, por no decir sólo muy linda: “Cuando Dios terminó de crear al hombre no dijo «vio que era bueno», sino que dijo que era «muy bueno». A los ojos de Dios nosotros somos la cosa más hermosa, más grande, más buena de la creación”. Y contó: “Una vez estaba en el campo y escuché un dicho de una persona sencilla, a la que le gustaban mucho las flores y las cuidaba. Me dijo: «Debemos cuidar estas cosas hermosas que Dios nos ha dado; la creación es para nosotros a fin de que la aprovechemos bien; no explotarla, sino custodiarla, porque Dios perdona siempre, nosotros los hombres perdonamos algunas veces, pero la creación no perdona nunca, y si tú no la cuidas ella te destruirá».

También la ciencia debe ser “misericordiosa”. Y no solo por caridad sino para sobrevivir. La naturaleza no puede ser misericordiosa. Solo nosotros podemos. Para cultivar actitudes ecológicas no basta con ser sensato –no lo somos, de hecho-, hay que pedir el don de mirar la naturaleza con misericordia. Como San Francisco, que admiraba y compadecía a cada creatura.

Con el don del temor de Dios, el Papa hizo también una reflexión muy original acerca del Espíritu Santo que “nos abre el corazón a la misericordia”. Dijo: “El temor de Dios nos hace tomar conciencia de que todo viene de la gracia y que nuestra verdadera fuerza está únicamente en seguir al Señor Jesús y en dejar que el Padre pueda derramar sobre nosotros su bondad y su misericordia. Abrir el corazón, para que la bondad y la misericordia de Dios vengan a nosotros. Esto hace el Espíritu Santo con el don del temor de Dios: abre los corazones. Corazón abierto a fin de que el perdón, la misericordia, la bondad, la caricia del Padre vengan a nosotros, porque nosotros somos hijos infinitamente amados. Y agregó algo fuerte acerca de lo opuesto a la misericordia que es la corrupción: “Pero, atención, porque el don del temor de Dios es también una «alarma» ante la pertinacia en el pecado. Pienso, por ejemplo, en las personas que tienen responsabilidad sobre otros y se dejan corromper. ¿Piensan que una persona corrupta será feliz en el más allá? No, todo el fruto de su corrupción corrompió su corazón y será difícil ir al Señor. Pienso en quienes viven de la trata de personas y del trabajo esclavo. ¿Piensan que esta gente que trafica personas, que explota a las personas con el trabajo esclavo tiene en el corazón el amor de Dios? No, no tienen temor de Dios y no son felices. No lo son. Pienso en quienes fabrican armas para fomentar las guerras; pero pensad qué oficio es éste. Estoy seguro de que si hago ahora la pregunta: ¿cuántos de usetedes son fabricantes de armas? Ninguno, ninguno. Estos fabricantes de armas no vienen a escuchar la Palabra de Dios. Estos fabrican la muerte, son mercaderes de muerte y producen mercancía de muerte. Que el temor de Dios les haga comprender que un día todo acaba y que deberán rendir cuentas a Dios”. El pecado contra el Espíritu se manifiesta también en la corrupción estructural y hay que denunciarlo cueste lo que cueste.

Para explicar el don del entendimiento, el Papa usó el ejemplo de los discípulos de Emaús: “Tras asistir a la muerte en cruz y a la sepultura de Jesús, dos de sus discípulos, desilusionados y acongojados, se marcharon de Jerusalén y regresaron a su pueblo de nombre Emaús. Mientras iban de camino, Jesús resucitado se acercó y comenzó a hablar con ellos, pero sus ojos, velados por la tristeza y la desesperación, no fueron capaces de reconocerlo. Jesús caminaba con ellos, pero ellos estaban tan tristes, tan desesperados, que no lo reconocieron. Sin embargo, cuando el Señor les explicó las Escrituras para que comprendieran que Él debía sufrir y morir para luego resucitar, sus mentes se abrieron y en sus corazones se volvió a encender la esperanza (cf. Lc 24, 13-27). Esto es lo que hace el Espíritu Santo con nosotros: nos abre la mente, nos abre para comprender mejor, para entender mejor las cosas de Dios, las cosas humanas, las situaciones, todas las cosas.” Y recordemos que el Señor pudo hacer eso porque ellos “lo hospedaron”, cumpliendo una de las obras de misericordia, sin saber quién era.

Para el don de Piedad usó un ejemplo muy argentino y muy italiano: dijo que ser piadoso no es hacer como dicen en piamontés “la mugna quacia”. Es lo que siempre decía en castellano que el cristiano no es como los fariseos que se hacen “los mosquita muerta”. La piedad no es poner cara de estampita sino “ser verdaderamente capaces de gozar con quien experimenta alegría, llorar con quien llora, estar cerca de quien está solo o angustiado, corregir a quien está en el error, consolar a quien está afligido, acoger y socorrer a quien pasa necesidad. Hay una relación muy estrecha entre el don de piedad y la mansedumbre. El don de piedad que nos da el Espíritu Santo nos hace apacibles, nos hace serenos, pacientes, en paz con Dios, al servicio de los demás con mansedumbre”.

Terminamos con la fortaleza: “Con el don de fortaleza el Espíritu Santo libera el terreno de nuestro corazón, lo libera de la tibieza, de las incertidumbres y de todos los temores que pueden frenarlo, de modo que la Palabra del Señor se ponga en práctica, de manera auténtica y gozosa. Es una gran ayuda este don de fortaleza, nos da fuerza y nos libera también de muchos impedimentos”. El Papa pone como ejemplo a gente que es fuerte en la vida cotidiana: “Cuántos hombres y mujeres —nosotros no conocemos sus nombres— que honran a nuestro pueblo, honran a nuestra Iglesia, porque son fuertes: fuertes al llevar adelante su vida, su familia, su trabajo, su fe. Estos hermanos y hermanas nuestros son santos, santos en la cotidianidad, santos ocultos en medio de nosotros: tienen el don de fortaleza para llevar adelante su deber de personas, de padres, de madres, de hermanos, de hermanas, de ciudadanos. ¡Son muchos! Demos gracias al Señor por estos cristianos que viven una santidad oculta: es el Espíritu Santo que tienen dentro quien les conduce. Y nos hará bien pensar en esta gente: si ellos hacen todo esto, si ellos pueden hacerlo, ¿por qué yo no?”. Esta fortaleza está llena de ternura y misericordia.

…………

Misericordia es una palabra práctica. Es la única palabra importante para Jesús porque todo lo que se refiere a Dios, Él lo hace girar en torno a la misericordia. Y digo que es práctica porque es una palabra que para entenderla hay que “sentir” que a uno se le conmuevan las entrañas o se le revuelvan las tripas, y tener algún gesto de misericordia concreto con alguien miserable.

Jesús, cuando habla del Padre nos dice que “seamos misericordiosos como es Misericordioso Él”. Y si alguno pregunta “¿y cómo?”, allí están todas las parábolas.

Cuando Jesús habla del Espíritu, nos lo muestra en acción: perdonando los pecados a través nuestro. Para experimentar sus dones tenemos que poner en práctica alguna obra de misericordia que hará que se “consoliden” en nuestro corazón sus otros dones.

Sabiduría misericordiosa, Consejo misericordioso, Ciencia misericordiosa…

El Espíritu actúa con una humildad inimaginable: si nosotros dejamos en suspenso un pecado él espera…

Por eso urge ponernos de acuerdo los cristianos, especialmente la jerarquía, a ver cómo hacemos para perdonar a todos, porque el mismo Señor está esperando, no solo la gente.

Diego Fares sj

 

Sí que hay respuestas al sufrimiento

Papa en Filipinas

 

Jesús dijo a sus discípulos:

«Vayan por todo el mundo,

anuncien la Buena Noticia a toda la creación.

El que crea y se bautice, se salvará.

El que no crea, se condenará.

 

Y estos prodigios acompañarán a los que crean:

arrojarán a los demonios en mi Nombre

y hablarán nuevas lenguas;

podrán tomar a las serpientes con sus manos,

y si beben un veneno mortal no les hará ningún daño;

impondrán las manos sobre los enfermos y los curarán.»

 

Después de decirles esto,

el Señor Jesús fue llevado al cielo y se sentó a la diestra de Dios.

Ellos partiendo de allí predicaron por todas partes,

cooperando el Señor y confirmando la Palabra

con los signos que la acompañaban (Mc 16, 15-20).

 

Contemplación

Lo más fuerte de esta semana lo viví el miércoles en la Asamblea de Caritas Internationalis. Se juntaron en la Domus Maríae de la Acción Católica representantes de más de 130 países donde trabaja Caritas. En el mundo hay 194 países reconocidos y Caritas trabaja en 164. Hay más de 30 países en los que los cristianos somos perseguidos, en algunos de manera terrible, como en Corea del Norte, Somalía, Siria, Irak, Afganistán, Arabia Saudita, Maldivas, Argelia, Sudán, Irán, Pakistán, Eritrea… De todas maneras, cuando hay desastres, Caritas igual llega.

 

Me quedé un rato tomando conciencia del mapa de la persecución: el mandato del Señor de ir a todos los pueblos del mundo ha ido adquiriendo, en los últimos años, nuevamente, un carácter dramático. La persecución no es solo de una ideología política, como en los países comunistas, sino que también hay persecución activa de otras religiones. Y se agrega una más solapada que es “social”: en muchísimos países no se persigue directamente a los cristianos pero se votan cada vez más leyes contra los valores cristianos, en lo que hace a la vida, a la familia, a la educación de los chicos, al cuidado de los moribundos.

 

El sufrimiento en el mundo no son sólo los desastres naturales, que son verdaderas tragedias, ni sólo el hambre y las enfermedades, con sus causas estructurales, sino que se le agrega esto de hacer sufrir a otro por su convicción más íntima: por su creencia en Dios. El sufrimiento de los inocentes es un misterio y el sufrimiento en la “parte” –si se puede decir así- más inocente, en la manera como uno percibe el amor de Dios y lo expresa sirviendo al prójimo- lo es más todavía. Jesús crucificado por sentirse Hijo amado del Padre misericordioso y expresarlo públicamente, con palabras y con gestos de amor que iban más allá de la religión establecida como ley, es la imagen Mayor de este sufrimiento del Inocente.

 

Y aquí llego a lo que me conmovió hoy, leyendo el librito del Cardenal Kasper, a quien tanto aprecia el Papa por su “teología serena”, “El desafío de la Misericordia”. Venía escuchando que “para el sufrimiento no hay respuesta”. Lo dijo el Papa a aquella Niña, Glyzelle Palomar, recogida de la calle por la obra del jesuita Jean Francois Thomas sj en Filipinas, que se quebró al preguntar por qué les pasaban esas cosas a los niños, recordando sus sufrimientos. Pues bien, Kasper dice que: “Cuando llegamos a los problemas más profundos de la teología (que son los de la vida): Dios y el mal, Dios y el sufrimiento de los inocentes, Dios y la injusticia…, la respuesta no puede ser teórica sino que debe ser práctica. Son desafíos a nuestra misericordia. Tenemos que llevar al menos un débil rayo de la misericordia divina a la oscuridad del mundo”.

La verdad es que me consoló esta “formulación teológica”. Es muy simple, pero no obvia. Porque cuando decimos que “no hay respuesta” este no suscita todo tipo de imágenes: de mudez de Dios, de sin sentido, de angustia. Y no es así: nuestras obras de misericordia “responden” con una Palabra que pronunciamos entre muchos, muchísimos, con nuestro servicio y acompañamiento de las situaciones de pobreza e injusticia y de sufrimiento. La respuesta “práctica” de la Caritas no sólo no es una respuesta de “segunda” sino que es “la” respuesta de Jesús, que vino a compartir nuestra vida y nuestros sufrimientos con todo su amor.

Cuando el Señor dice: “anuncien la buena noticia a toda la creación” claramente no se trata sólo de palabras que uno pronuncia y otro capta, analiza, juzga y asiente o no. La reflexión es un aspecto de la Palabra. No siempre uno tiene capacidad teórica de reflexionar y expresar sistemáticamente todo lo que una palabra le comunica. Hay un tipo de reflexión que no se expresa en más palabras sino que se expresa inmediatamente en decisiones y actitudes. Cuando uno elige integrarse a una obra de Misericordia y Caridad, esta elección de vida supone una reflexión profundísima, un juicio personal que tiene más claridad y más lógica que un tratado de teología dogmática. Al elegir iluminamos ciertas cosas como lo más valioso para la vida y dejamos de lado o rechazamos otras cosas como menos valiosas o directamente malas.

En la Asamblea de Caritas, a la que asistí porque nuestro Director no podía ir, me encontré con gran alegría (porque no conocía a nadie) con nuestro Obispo Oscar Ojea. Fue un gusto sentarnos juntos toda la mañana en el último puestito que quedaba libre, atrás de todo, y compartir luego unos tallarines en una cantina muy simpática cerca de la casa. Entre otras cosas me contó algo que me iluminó esta contemplación. Fue un encuentro que tuvo él con Jean Vanier, fundador del Arca. Vanier, conmovido y entusiasmado absolutamente con el Papa Francisco, al que cada vez que lo ve no puede sino decirle “Ud. es Jesucristo en la tierra”, le decía que Evangelii Gaudium era una exhortación muy especial. Que estábamos acostumbrados a un tipo de lenguaje en los documentos papales que llevaba a leerlos y a subdividirlos para entender y explicar a la gente. Y con la exhortación sucedía algo muy especial: sus palabras llevan directamente a la práctica. Es un lenguaje afectivo (el afecto integra inteligencia, pasiones y sensibilidad) que impulsa a “hacer”, no a teorizar más. Y en este hacer se va iluminando más lo que quiere decir. Oscar contaba que Vanier se emocionaba con este nuevo lenguaje.

Claro, a algunos teólogos (de escritorio) los deja sin trabajo. Porque la gente entiende directamente y no necesita que le expliquen mucho más. Sin embargo yo creo que es más linda la cosa, porque abre puestos de trabajo a otra teología, a una reflexión nueva que surge de los lugares donde se practica la misericordia.

Hay que estar atentos porque eso significa “hablarán nuevas lenguas” –harán nuevas teologías-. No en el sentido de superficial de “modas teológicas” que siempre hay, sino en la verdadera teología de moda, la que logra que la gente “se vista” a gusto, lindo, cómodo y para bien. No es superficial la belleza de la moda. Como pasa con los hábitos. El problema no es usar o no usar hábitos sino no usar “hábitos viejos”, como dice el evangelio. Porque lo nuevo se convierte en parche que rompe la tela vieja. De lo que se trata, tanto en la teología, como en los hábitos, en la liturgia y en las costumbres, es que las “formas” dinamicen la vida, permitan expresarla e institucionalizarla para bien de muchos.

Cuando uno se bautiza –se tira de cabeza y se sumerge- en la misericordia del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, experimenta que no tiene cómo agradecer tanta misericordia y amistad sino “bautizando a otros”. Bautizar con gestos de ternura y de acogida, de servicio y cordialidad, con agua, con espíritu y con la propia sangre.

Cuando estamos en estas tareas, de sumergir en obras de misericordia a todos los descartados y maltratados, entonces nos acompañan los prodigios de los que habla el Señor: hacemos una teología que todos entienden, no hay demonio que, si entra, se quede, sino que, con paciencia como cuando invitamos a irse a los violentos que entran al Hogar, los expulsamos; no hay serpiente que pueda morder y entristecer con sus comentarios la vida de la comunidad, ni contaminación que nos envenene el alma, porque “estamos imponiendo las manos de la misericordia a los enfermos para curarlos”.

 

Y la imagen del Señor también se nos aclara: es un Dios práctico, metido en la vida, está sentado, no como espectador sino resolviendo, intercediendo, cooperando y confirmando con signos nuestras palabras encarnadas en obras de misericordia.

 

La fundación del Padre Thomas, en Filipinas, se llama “Tulay ng Kabataan”, que significa “Un puente para los niños” (www.anak-tnk.org) y fue la que visitó el Papa sorpresivamente. Por este lado van “las respuestas” al sufrimiento: respuestas con las manos, respuestas con casas, respuestas con visitas y compañía…

Diego Fares sj

 

 

 

Amigos

Durante la Cena, Jesús dijo a sus discípulos:

«Como el Padre me amó, también yo los he amado a ustedes.

Permanezcan en mi amor.

Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor,

como yo cumplí los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.

Les he dicho esto para que la alegría que yo tengo esté en ustedes y el gozo que ustedes tienen se plenifique.

Este es mi mandamiento:

Ámense mutuamente, como yo los he amado.

Nadie tiene un amor más grande que este: dar la vida por los amigos.

Ustedes son mis amigos si hicieren lo que yo les mando.

Ya no les digo siervos, porque el siervo ignora qué es lo que hace su señor; yo los he llamado amigos, porque todas las cosas que oí junto a mi Padre se las he dado a conocer.

No me eligieron ustedes a mí, sino que Yo los elegí a ustedes, y los destiné para que vayan y lleven fruto, y ese fruto permanezca, para que todo lo que pidan al Padre en mi Nombre se los dé. Esto les mando, que se amen los unos a los otros» (Jn 15, 9-17).

 

Contemplación

Acabo de leer de un tirón el libro “Desde mis zapatos” de María Luján Rey, la mamá de Lucas Menghini Rey, la última víctima en ser encontrada 62 horas después de ocurrida la Tragedia de Once, el 22 de febrero de 2012 a las 8,32/33 am. No pude menos que escribirle un mensajito agradeciéndole su valentía para permitir que, si uno quiere, se meta en sus zapatos y reviva en el corazón por un rato lo que los familiares viven desde hace tres años y vivirán siempre. Me nació llamarla amiga. Luego pensé que nunca habíamos cruzado más que un saludo, una mirada de dolor, una palabra de cariño. Pero como cada amistad es única, esta también. Es una amistad sin muchas palabras, una amistad de cercanía respetuosa y a un costadito a lo largo de muchos 22 de Febrero compartidos en la estación, una amistad de admiración por lo buena gente que es, que son, los familiares de las víctimas. María Luján tiene una definición de la buena que me conmovió: “La buena gente es la que engrandece el espacio en el que decide participar”.

Desde mis zapatos

Yo me animo a decir que he visto “crecer” a muchos de los familiares en humanidad, en cariño, en amistad, en trabajo, en nobleza, en grandeza, en lucidez… a lo largo de estos tres años. No sé cómo eran antes. Me da la impresión de que eran gente común. Común en el sentido del “espacio” que uno transita: cada cual tiene su casa, su lugar de trabajo, su mundo. Pero la tragedia les hizo “engrandecer el espacio en el que decidieron participar”. Baste el ejemplo que cuenta de las inundaciones. María Luján ofreció su casa para juntar ropa y alimentos para los inundados de La Plata, sin pensar que sus amigos se habían aumentado exponencialmente después de la tragedia. Fue así que no le terminaba de creer a su hija que le decía por celular que la casa se estaba llenando de donaciones y cuando volvió de una reunión en la que estaba vio su espacio rebalsado de cosas para llevar. Por este lado va lo de engrandecer –no solo “agrandar”- el espacio en el que uno decide participar. Los familiares engrandecen nuestro espacio común, lo honran con su reclamo de justicia, con su perseverancia y su empecinamiento en no bajar los brazos.

Y cuando alguien abre el espacio de su corazón y cuenta todo lo que ella cuenta en su libro, ese ámbito engrandecido es una mano tendida, una invitación a entrar: es un gesto de amistad.

Jesús dice que el signo de su amistad, la prueba mayor por así decirlo, junto con la de “dar la vida” es que “nos dio a conocer todas las

cosas que oyó junto a su Padre, en la intimidad”. A los amigos uno les cuenta las cosas más íntimas. Y más íntimas que las cosas que a uno le pasan son las cosas que uno siente y, más todavía, las queuno elige cultivar. Cuando uno cuenta el proceso que lleva toda elección, los pasos adelante, los miedos, las convicciones, las lagunas… uno está compartiendo la libertad, lo que nadie de afuera puede ver ni medir.

Por eso decía que un libro como el de María Luján es un gesto de amistad.

No hay otra manera para leer lo que allí nos narra que convertirnos en sus amigos. De ella y de todos los que la rodean y comparten su vida porque los amigos de mis amigos son mis amigos. ¿No será demasiado? Como no hay opción, creo que el único camino es “engrandecer” el concepto que cada uno tenga de amistad.

Hay muchos –infinitos- tipos de amistad. Todas las amistades son distintas y tienen eso en común, que los que las viven de adentro, la llaman su amistad.

La amistad siempre es “integra”. Sus características siempre están, aunque tomen mil formas. La confidencia, por ejemplo, siempre está. Sin embargo hay confidencias para un tipo de amigos y otras para otros. No todas son para todos pero con cada amigo hay alguna en la que el alma se “confidencia” entera.

Hay un tipo de amistad que nosotros, los jesuitas, llamamos la de los “amigos en el Señor”. Es una amistad en La Amistad. En ella, dos propiedades de toda amistad se potencian al máximo: una es esa capacidad de toda amistad de ser fecunda, de convocar e incorporar a otros amigos. La amistad en El Señor se incrementa exponencialmente: incorpora amigos sin importar épocas en que vivieron, países, razas, edades… Y por esto se la puede llamar “amistad social, comunitaria”. Llega a ser amistad entre pueblos que comparten santos, por ejemplo. O a tender puentes de amistad entre gente que vivió en épocas lejanas.

La otra característica que mejora es la que está ligada a una misión. En toda amistad hay un “mirar hacia algo que apasiona en común”: un deporte, la música, los viajes… infinitas cosas apasionan y unen a los amigos. Uno se hace amigo de otro por el camino de la vida, mientras ambos van compartiendo algo que descubrieron o trabajando en algo que les encargaron. En la Amistad en el Señror esta misión es anunciar el Evangelio, la buena noticia de que Jesús ha resucitado y nos sale al encuentro: se puede hablar con Él, recibir su Espíritu. Esta misión no tiene límites, requiere toda nuestra creatividad y todas nuestras fuerzas. Por eso se “expande” sólo en un amor de amistad, no de deber, que siempre mira el límite.

Estas dos características se pueden ver en estado puro, de manera muy especial cuando organizan sus actos conmemorativos, en los familiares de la Tragedia de Once: se ve que se hicieron y nos hicieron amigos a muchos en su caminar en pos de la justicia y que cuando trabajan en su misión se entregan sin límites con una alegría que los hermana.

Este tipo de amistad, que se da en torno a algo común que nos constituye como pueblos y como sociedad, no se puede “no elegir”. Como dice Campanela, en el prólogo: cuando te toca el timbre hay que atender.

San Ignacio usa en los Ejercicios una expresión de su tiempo: el que no responde a un llamamiento tal del Señor, será considerado “perverso caballero”. Es cuestión de honor responder al llamado de un grupo humano que “se hace amigo” en el reclamo de justicia. Son dos valores que a veces se dan separados, pero cuando se juntan nada ni nadie los puede ni los debe separar. No se puede ser “mero espectador” , un alentador, como dice María Luján de los que te dan una palmada y te dicen sigan luchando, como diciendo los que la sufren tienen el deber de luchar, los otros no.

El que expresa algo así, con palabras o gestos (u omisiones) es digno de ser vituperado por todo el mundo como perverso caballero (EE 94). Dicho en nuestro lenguaje: a esa gente hay que decirle en la cara y públicamente que son … ¿cuál sería la traducción de perverso caballero? No se trata de cualquier insulto o condena. Un caballero era una persona que se tenía por persona de bien, que se enorgullecía de ser honorable y de trabajar en causas justas. Cuando una persona así, no responde al llamado a defender una causa justa, se traiciona a sí mismo, no solo a los demás. Es alguien no sólo malo sino falso y debe ser desenmascarado. Eso significa “perverso caballero”. Por eso, cuando los familiares desenmascaran los dichos y las acciones de los políticos, funcionarios, jueces, periodistas y gente común, que contradicen la investidura y el oficio que tienen y dicen defender, están realizando una tarea en la que todos debemos participar. No puede ser que un político no defienda el bien comú: es un perverso político. No puede ser que un empresario no defienda a sus clientes y que un sindicalista no defienda a sus obreros y que un ciudadano común no defienda a los ciudadanos comunes: son todas perversiones y se deben denunciar. Con nombre y apellido, como hacen los familiares. Si no, se deshace el tejido social que se teje cuando cada uno ama y cumple con su rol y su trabajo y lo honra y nunca lo usa para otro fin.

Lo contrario de esta perversión, tan extendida en nuestra poco honorable vida ciudadana, no es un término medio sino una amistad fiel a muerte, desinteresada y total, sincera y cariñosa, comprometida hasta dar la vida. Nada menos que una amistad así puede contagiar esa sanidad que necesita una sociedad corrupta no sólo en hechos aislados sino corrupta en las dinámicas mismas de su funcionamiento y corrupta en el modo de comunicar, maquillándola, la realidad.

Creo que hay una lección para aprender de los familiares y en esto tenemos que ser clarividentes. Astutos,diría, para discernir con total nitidez y sin medias tintas, que la única manera de oponerse a la corrupción y a la globalización de la indiferencia, la exclusión y la injusticia, es con la amistad.

No alcanza con “el amor”. El amor –como nos suena en nuestros oídos modernos- está teñido de deber y cuando uno siente “tenés que amar”, ya interiormente se resguarda, pone límites y condiciones. La propuesta es ¿querés hacerte amigo con nosotros y trabajar por esta causa, ayudar en esta misión, realizar estas tareas?

No es lo mismo decir “tenés que amar” que “¿sos mi amigo?”.

En las evaluaciones, cuando uno lucha por el prójimo, no se deben evaluar sólo metas y logros sino ver si creció la amistad. Y no me vengan con que no se puede medir la amistad. Este es un mito del demonio, al que no le gusta que se midan las cosas del Reino. Porque si se miden, pierde por goleada. Al demonio le gusta que contabilicemos lo malo: cuántas víctimas, cuántas pérdidas, cuántas injusticias…

Pero la amistad se puede medir también. Eso sí, tiene que ser con una regla especial.

Es una regla que “mide rápido” pero mide. Mide, por ejemplo, el tiempo que perdí esperando a un amigo. La regla lo borra enseguida, pero lo constata. No para hacerlo notar, justamente eso es lo que un amigo no hace. Pero sí, por ejemplo, para desestimarlo con seguridad si el otro se siente avergonzado: “Mirá, en realidad fueron cinco minutos, nomás. Y la otra vez yo te hice esperar lo mismo, te acordás?”. Todo esto por si hiciera falta, digo. Pero la amistad mide: cuentas claras conservan la amistad.

Esta regla mide también “el tiempo que pasamos sin medir”. Lo mide al final de un trabajo arduo y lo mide en bloques: le dediqué a esto de mi amigo “toda la tarde” o “estuvimos hasta no sé qué hora trabajando”. Queda registrada la conciencia de “no haber estado fichando el reloj” como signo del gusto que uno siente en estar con el otro y la satisfacción de la tarea cumplida más allá de los esfuerzos que llevó.

Esta regla mide la cantidad de esas tareas que “no sabemos quién hizo qué cosa”, porque salió todo de todos. Esta medida es muy fina, porque cuando uno es amigo mide con admiración y sin celos lo que el otro hace mejor que uno y no se fija tanto en lo que uno hace mejor. Es una regla que registra al revés, diríamos.

Esta regla mide también la cantidad de reclamos no hechos, los que cada uno se guardó, no contabilizó públicamente y olvidó con consciente alegría. Es la regla de “perdonar las deudas” (que tienen que hacerse conscientes, porque si no salen en el momento menos pensado).

También mide aspectos cualitativos como “si se mantiene la temperatura del fervor”, si las sonrisas son de buena calidad, si el condimento del buen humor estuvo un poquito por todos lados, si el desinterés gana puntos, si los gestos gratuitos encuentran quién los escuche cuando se narran con detalle…

Es curioso cómo el examen del día que propone Ignacio, en el que las consolaciones y el agradecimiento tienen el primerísimo lugar, se haya convertido en análisis de las faltas. Esto quiere decir que está tentada la estructura misma del evangelio, que es buena noticia. Tomar conciencia ayuda, después, cada uno llevará su libretita y su diario. María Luján dice que gracias a su diario: “pudo descubrir que no necesariamente el olvido es producto del devenir de los días y que mantener viva la memoria logra que los sucedido hace meses, días y años, se sienta tan reciente como si fuera parte del presente”. Esta memoria que registra todo es la de la amistad.

(Y por supuesto que no hay ni que decirlo y todos tenemos que leer el libro. Nos ganaremos el agradecimiento gratuito de una amiga para “cada uno de los que, por un rato, miraron la vida desde mis zapatos”).

 

Diego Fares

 

 

 

 

 

 

 

Cargados de frutos

 

“Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el Viñador

y a todo sarmiento que en Mí no carga fruto, lo corta,

y a todo el que carga fruto, lo poda, para que cargue frutos más copiosos.

 

Ustedes están ya podados gracias a la Palabra que les he anunciado.

Permanezcan en mí, como yo permanezco en ustedes.

Lo mismo que el sarmiento no puede cargar frutos por sí mismo,

si no permanece en la vid; así tampoco ustedes si no permanecen en mí.

 

Yo soy la vid; ustedes los sarmientos.

El que permanece en mí y yo en él, ése carga mucho fruto;

porque separados de mí no pueden hacer nada.

Si alguno no permanece en mí, es arrojado fuera, como el sarmiento, y se seca;

luego los recogen, los echan al fuego y arden.

Si permanecen en mí, y mis Palabras permanecen en ustedes,

pidan lo que quieran y lo conseguirán (Jn 15, 1-8).

 

Contemplación

 

Dar fruto.

Si no permanecen en mí, no pueden dar fruto.

Esto es lo que estamos acostumbrados a oír: si permanezco unido a Jesús puedo dar mucho fruto. Pero el verbo griego –pherein– no significa dar sino llevar, portar, “cargar”. Por tanto: en Jesús puedo cargar frutos, como un sarmiento unido al tronco de la cepa. Es decir: el fruto lo da la Vid entera, aunque brote de la yema viva de un sarmiento, sería ridículo pensar que este es el que “da” el fruto. Más bien lo “carga”. Es como si un pendrive se atribuyera el poder “dar” la información preciosa que contiene porque es el “soporte”. Sin una compu, un pendrive no es más que un “pituto” (el ejemplo técnico es para los que no sabemos cómo se hace una poda, que no es cuestión de cortar ramitas secas).

 

Nos centramos entonces en la palabra evangélica “cargar”: somos el “soporte” de una información preciosa, la Buena Noticia del Evangelio de Jesús Resucitado. Pero sin Él, sin su Espíritu que “activa” esta información vital en la compu de cada corazón, no podemos hacer nada.

No menospreciemos sin embargo este “cargar”. El soporte no es puro apoyo material: el sarmiento no carga el racimo como si fuera un palo cualquiera; lo carga dejando circular la vida por sus circuitos interiores.

De ahí la maravilla de un sarmiento con yemas vivas: es una vara mágica en la que late la vida de la Vid entera.

Por eso se puede injertar y hacer con él una nueva cepa!

Como si un pendrive pudiera crecer por su propia fuerza y transformarse en un Ipad (en esto de ser fecunda la naturaleza le gana a la técnica, aunque uno mire con desprecio a un sarmiento feucho y con ojos de admiración a un pendrive).

 

Un sarmiento que carga frutos es uno elegido y podado por el Viñador.

 

Aquí Jesús hace entrar el Padre, humildemente vestido de podador. En estos días, rezando, me ví varios videos de Podadores de viña y dos de los que contemplé son un encanto. Uno, abuelo ya, mostraba cómo se hace un injerto y daba gusto ver como se concentraba tanto en pelar la vara elegida “por la parte estrecha, porque las savias circulan por la parte ancha de la planta”, que se olvidaba del micrófono. El otro, no tan mayor, tenía un sombrero de paja que le hacía sombra en el rostro, por lo que no se lo veía. Él también hacía ver el trabajo de sus manos y no su cara. Me llenó de consuelo imaginar la sonrisa pícara del Padre sintiéndose a gusto en estos hombres sencillos que no se hacen ver directamente sino a través de su oficio. “Mi Padre trabaja”, como dice Jesús. No se hace ver, trabaja.

 

Así pues, los podadores son gente de oficio. Ellos hablaban de “controlar la carga de los racimos”. Cada cepa tiene dos “brazos” que la crucifican, por decir así, apoyándola sobre un alambre y el arte de la poda consiste en hacer que los racimos se den ordenadamente sobre los dos brazos, para que la carga esté bien distrtibuida. Por eso los podadores cortan los sarmientos que se van muy para arriba, hacia fuera o hacia abajo.

Cortan los que se van muy derechito para arriba porque después, dicen, es dificil desinfectar y cosechar (me tiento y adelanto aquí un fruto de la comparación: como estos sarmientos serían aquellos teólogos cuya prédica da frutos buenos pero tan altos que nadie los puede cosechar). Es que la vid es una planta trepadora y tiende a irse para arriba con cualquiera que le brinde apoyo. Por eso es que hay que mantenerla baja, para que los frutos estén al alcance de la mano y con las yemas cerca del tronco, que es donde tiene más fuerza vital la cepa (por eso se plantan tantas cepas y no se deja que una sola se extienda de más).

Se suelen dejar unas seis yemas por brazo y cada yema dará uno o dos racimos. La yema es la parte vital de la planta, donde se da el misterio de que de una madera rugosa y retorcida salgan uvas dulces y capaces de transformarse en vino y de llegar a ser la Sangre del mismo que las inventó.

 

Es interesante notar que El que poda ya sabe el fruto que dará cada cepa el año próximo, por las yemas vitales que deja bien orientadas. Pero hay un “programa oculto” en la planta que hace brotar más yemas en algunas partes de los brazos y en otras no. Pero no nos vayamos por las ramas: de las mil lecciones que podemos sacar de esta comparación que nos regala el Señor, nos estamos quedando sólo en esto de cargar. Desde el punto de vista de nuestro Padre, la poda se orienta a que la carga de los frutos esté bien distribuída. Por eso privilegia a los sarmientos que no solo tienen yema que dará fruto, sino que “se orientan” bien en relación a toda la cepa, sin cortarse solos para arriba ni inmiscuirse en la cepa vecina.

La lección es importante para que cada uno medite allí donde se siente “podado”. Reflexionar es “sentir” las manos del Padre allí donde “siento que me cortan”. Sentir sus manos y captar su mensaje amoroso: ¿Dónde quiere que “cargue” los frutos de su Vid (de su Jesús)? Si me corta este “portador” y me deja aquel otro ¿qué me está queriendo decir? ¿Por qué me deja estas dos yemas (estas dos vías para fructificar) y no aquellas? También está la experiencia de ser “cortado” precisamente donde uno carga frutos, para injertarlo en otra cepa, a ver si mejora la mezcla. Operación que tiene sus riesgos ciertamente, pero las manos del Padre son expertas.

 

Reflexionar así implica un cambio total de mentalidad: yo no “doy” ningún fruto, sólo lo “porto”. Mi misión es como esa yema viva por donde brotará el racimo.

Con esta mentalidad, que ve al Señor Enraizado en la Iglesia como una Gran Cepa, que soporta toda la extensión de las ramas con sus racimos, uno se integra como sarmiento buscando que el fruto sea en uno “cosechable”.

 

Este es el concepto: la cosechabilidad. Que en mi oficio, el fruto que da el Señor, madure bien, gracias a mi orientación, y sea cosechable.

 

Estamos hablando, para que se entienda bien, de que en la Iglesia tenemos para dar al mundo un solo fruto: la Eucaristía, que es amor misericordioso que sana las miserias y potencia las virtudes de cada comensal.

Este amor fructificante, es el mismo que tiene que ofrecer el que tiene oficio de papa y oficio de sacristana, oficio de director y oficio de portero.

Proyecto que no vehiculiza este fruto se poda; y se potencia el que da más fruto.

No habría ni que decir que el sarmiento que no da la uva para el vino eucarístico de la misericordia, la alegría y la promoción, se corta, y el que da se poda para que de más.

 

 

La palabra “cargar” fruto me gusta porque en general se la asocia con “cargar la cruz” o “la camilla”, es decir con los problemas. Pero también los frutos hay que cargarlos. Y cargar lo bueno es un placer, como cargar nietos que te llenan de sonrisas y besos aunque te hagan doler la espalda.

 

Podamos aquí (la cortamos, digo) para que cada uno se puede quedar gustando los frutos de esta parábola de la Vid, sintiendo como Jesús nos “porta a todos sobre sus espaldas anchas”.

 

 

Paso a una gracia de oración que me vino con esto de “cargar frutos”.

Si uno le toma el gusto, puede convertirse en sinónimo de “rezar”.

La gracia me vino de ver cómo los santos evangelizadores, que está canonizando el Papa Francisco, eran hombres y mujeres que “cargaban en su oración al pueblo al que eran misionados”. Y esos pueblos “lo sintieron y lo sienten” y les devuelven amor con amor.

No a todos nos da para “cargar los frutos de un pueblo entero” pero aquí entra la imagen del Padre que a cada uno le da la gracia de cargar con el fruto de algún rostro concreto en el que Él quiere dar fruto y nos invita a participar.

Así, me hago cargo un rato de algún rostro y siento su peso en la contemplación.

Contemplar tiene algo de “cargar”. Uno se pone una imagen en las espaldas y la lleva, la toma en brazos y la sostiene, hasta sentir su peso, que es el amor. Porque el amor es cuestión de peso: cuánto pesa alguien en mi vida, cuanto se me va al fondo del corazón, cuánta masa tiene que me atrae irresistiblemente y me hace gravitar en torno a su persona.

 

Uno puede cargar una palabra del Evangelio (como esta misma, hoy) y caminar con ella por la vida cotidiana, a ver qué se siente. No es lo mismo caminar con un niño en brazos que llevando sólo una mochila.

 

Uno puede cargar también un rostro y rezar.

Podemos elegir una carita, como la que me mandó el padre Ernesto, la carita de uno de los niños del terremoto de Nepal, y rezar con ella: cargar el peso de esos ojos sobre el corazón.

 Niño de Nepal

Los medios nos dan “datos estadísticos” que son imposibles de llevar. La noticia de que “un millón y medio de niños está en riesgo en Nepal” es un peso tan abrumador que nos excede. Es mayor que el peso de los edificios derrumbados y los escombros polvorientos.

Pero los medios también nos muestran rostros. Y si uno se fija en las fotos, la gente hoy mira con intención: sabe que la foto llegará antes que la ayuda y su mirada tiene un reclamo más hondo que el de solo pedir.

Hay todo tipo de miradas, pero entre todo lo que cada uno expresa yo leo siempre algo así como “me gustaría que sepas que estoy aquí y que tengas conciencia de mí”.

Hay un mensaje para los gobiernos y los que pueden hacer algo concreto, pero también hay una mirada que sólo busca otra mirada. “Sé que cuando estés en una situación como la mía desearás como yo que alguien se acuerde de ti”. El Papa lo expresó con tanto cariño: “eran personas como nosotros”.

 

En la imagen del Padre que poda los sarmientos para que cada uno cargue uno o dos racimos y no más, hay algo que nos anima a “cargar” frutos de oración de manera personal. Cada uno puede elegir a alguien y cargarlo un rato en el corazón.

Más que una tarea, es un privilegio. Y será de gran ayuda: la ayuda que nos dan los pobres cuando rezamos por ellos. Como decía Ernesto que me mandó esta foto: Hay “un rostro dolorosamente esperanzado, y está detrás de una lona rasgada, como el velo del templo que nos permite ver ‘más allá’ del dolor. Me hizo mucho bien contemplar esta foto y rezar por tantas víctimas”.

 

 

 

Diego Fares sj

¡Help! ¡Help!

05

Yo soy el Buen Pastor, el Pastor hermoso. El buen pastor da la vida por las ovejas. El que es asalariado, en cambio, y no pastor, como no le son propias las ovejas, cuando ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye -y el lobo las arrebata y las dispersa- porque es mercenario y no le importan nada las ovejas.

Yo soy el pastor hermoso; y conozco mis ovejas y las mías me conocen a mí, como me conoce el Padre y yo conozco a mi Padre y doy mi vida por las ovejas.

También tengo otras ovejas, que no son de este redil; también a ésas las tengo que conducir y escucharán mi voz; y habrá un solo rebaño, un solo pastor.

Por eso me ama el Padre (con amor de predilección), porque Yo entrego mi vida, para tomarla de nuevo. Nadie me la quita; yo la doy por mí mismo. Tengo poder para darla y poder para tomarla de nuevo; esa es el mandamiento que he recibido de mi Padre»   (Jn 10, 11-18).

 

 

Contemplación

Hoy quiero rezar contemplando a las ovejitas que se hundieron en el Mar Mediterráneo el domingo pasado. Se murieron sin poder para recuperar su vida. Y esta impotencia llama a Jesús.

 

“Buscaban una vida mejor”, dijo el Papa conmovido durante el rezo del Regina Coeli. Y lo que más nos conmovió, “eran personas como nosotros”. Eso dijo: “Eran personas como nosotros, hermanos nuestros que buscaban una vida mejor, hambrientos, perseguidos, lastimados, utilizados, víctimas de guerras, que buscaban una vida mejor… Buscaban la felicidad…”.

 

Quería ver los rostros, los barcos, lo que pasó. Pero no es que haya tanto. En comparación con otras imágenes estas vienen mezquinadas. Así que comencé a imaginar: Los mercenarios meten cientos de personas de más en esas barcazas y las abandonan a su suerte. No son sus pastores, para nada. No les interesan las ovejas. Decía un superviviente que en la espera eran entre 1000 y 1200 Y que los guardias les daban bastonazos al que no obedecía. Vienen de muchos países: Mali, Bangladesh, Eritrea, Somalia, Senegal, Sierra Leona, Costa de Marfil y Gambia. Esperan meses para embarcarse. Varios de los jóvenes dicen que es preferible morir a quedarse en sus tierras, en la situación en que vivían. Se ve que es gente que ha ahorrado mucho tiempo para conseguir esas sumas y viaja con una esperanza.

 

Tampoco les interesan mucho a los gobiernos, que planean bombardear las barcazas con drones, ni a mucha gente que siente que son invasores, peligrosos, de otra religión, de otra raza… Pero cuando uno se detiene un poco en algunas historias y mira un rato las fotos y lee testimonios, comienza a sentir que es verdad que son personas como nosotros: con sus familiares, con sus pocas cositas que lograron llevar, con sus sueños en esa bodega del barco, todos amontonados, como en las épocas de los esclavos –habían cerrado las puertas de la bodega para que no pasara lo que pasó, que todos se van arriba y se amontonan de un mismo lado y el barco se vuelca-, sin saber qué pasa afuera, sintiendo que en pocos minutos el agua les subió por los pies y que se van a pique y se ahogan amontonados, apenas con tiempo para rezar y para abrazarse y patalear y gritar… Y para ellos, ya está. Ya pasó. Pero para nosotros no.

 

Son las ovejitas de ese otro redil, que Jesús dice que también son suyas y que también a ellas las tiene que conducir y que escucharán su voz.

 

A otros no les interesan mucho. A nosotros sí, porque “son ovejas como nosotros”. Somos todos ovejas de ese único rebaño que sueña Jesús, por el que dio la vida. Si lo queremos a él, si le estamos agradecidos de que de la vida por nosotros, si comulgamos, esas ovejitas también nos interesan.

Aquí encontré una foto de cómo son las barcazas. Uno se imagina muchísima gente, pero el barco tenía sólo 20 metros de largo. 20 metros en los que se amontonan todos, cada uno en un lugarcito, las mamás cuidando que no les pisen a los chicos. Busqué una foto y los barcos son así, como este. Si uno trata de contar, los visibles son más de 170, aunque no parezca. Los otros están adentro. Los que no podían pagar más iban al tercer nivel!Captura de pantalla 2015-04-25 a las 08.15.12 1

 

 

Así estaba el barco esa noche, cuando se acercó la lancha para salvarlos y los iluminó con sus faros. Ahí fue que la gente se fue toda para un lado… No sabremos nunca si iban 700 personas, 800 o 900. Pero podemos imaginar, porque dicen que iban como 200 mujeres y entre 40 y 50 niños y niñas. Los demás eran hombres, en su mayoría jóvenes. No se sabe. Nadie las cuenta. Se ve que a último momento hacen subir a más, que con dinero en mano piden un lugar. Dicen que algunos pagaron 1.000 dólares y otros hasta 7.000. Allí se ve por qué meten más gente. Alguno muestra una suma muy grande y otro lo deja pasar.

 

 

Estos son algunos de los 28 sobrevivientes. Solo 28. Y se recuperaron nada más que 24 cadáveres. Los demás quedaron en el fondo del mar. Pero de todas las fotos al final me quedo con esta:

1429602777129

 

 

Leyendo los testimonios de Omar, de Abdirizzak y de Nasir, tres supervivientes, me imaginé que eran como los tres jóvenes que están allí. No el de blanco a la izquierda, que es el Capitán, que se mezcló con los pasajeros y se salvó. Dicen que bebía y fumaba hachís y que cuando se aproximó el carguero, dejó el timón para que no vieran que era el capitán. Ahí chocaron los barcos y luego la gente se amontonó e hizo que volcara.

 

Omar cuenta que “partieron de Gebilay y de Borama, al noroeste de Somalía, el año pasado. Eran treinta y cinco. Atravesaron Etiopía y luego Sudan y Libia para llegar al puerto de Trípoli. Allí los arrestaron y los tuvieron en la cárcel por meses. Estaba con su hermana Sarah per “la perdí. Zarpó en otra nave y no sé cómo le habrá ido.

 

Abdirizzak cuenta que fue “un viaje fatigosísimo”. Semanas de sacudidas por las pistas de las caravanas del Sahara. El hambre. La sed. El Sol a pico. Las noches gélidas. La arena en las orejas y en la nariz. Abdirizzak está flaco como un clavo y tienen ojos enormes. Dice que gastó 2000 dólares para llegar atravesando el Mediterráneo. “Tengo un primo en Noruega. Mi sueño es ir allá”.

Cuentan que el pesquero estaba sobrecargado. Cuántos pasajeros? “Y…”. Hacen un gesto con la mano como diciendo “tantísimos, andá a saber”. Mujeres, niños. La vieja embarcación tenía tres pisos: “A los que pagaron menos plata los amontonaron abajo y los encerraron dentro. Nosotros terminamos en el nivel del medio. Arriba estaban los que habían pagado más. Partimos a las seis. En cierto momento, en la oscuridad, sintieron un golpe y el mundo entero se vino abajo. “Gritaban todos. Empujaban. Vómitos. Puñetazos. Miedo. De abajo, los que estaban encerrados dentro, gritaban Help! Help! No sé como logramos salir afuera apenas a tiempo, mientras el pesquero se iba abajo.

 

Nazir cuento su historia con un hilito de voz. Vivía con su mamá, un hermano y dos hermanas en Kuliarchar, cerca del río Ghurautra, a dos horas de auto de Dacca. Vida dura. Mucho. En cierto momento en la familia no vieron alternativa. Juntaron el dinero para el avión confiando al jovencito de 17 años la misión de hacer fortuna. “Partí para Trípoli hace dos años, el 16 de mayo del 2013. Por un tiempo no me fue mal. Trabajaba como mecánico en Garian, una ciudad en el desierto a hora y media de Trípoli. Pero poco a poco la guerra civil se acercaba. Un mes atrás me decidí: tenía que irme. Era muy peligroso para mí quedarme allí. Tenía que partir. Tomé el autobús, llegué a Trípoli, busqué alguno que me ayudase a conseguir pasaje en un barco para Italia. Terminé en Gergarisch. Nos metieron en un campo. Éramos muchísimos. Mil, mil quinientos quizás. Nada de camas. Dormíamos en el suelo. Sin siquiera una manta. Calor infernal de día y de noche un frío terrible. Para calentarnos un poco cada uno se apretujaba con su vecino. No veíamos la hora de partir. Cualquier día era bueno. Pero no llegaba más. Finalmente el jueves 16 nos anunciaron la partida. Sábado. La narración se junta con la de Omar y Abdirizzak. Nazir, un amigo que se tuvo que quedar tendido por la fatiga y un tercer compañero de viaje bengalí, no terminaron bajo la cubierta como los otros dos muchachos somalíes. Tal vez porque habían pagado más que los otros. Nos encontramos con una treintena en lo más alto del pesquero. Cerca del comandante sirio y de otro piloto, un tunecino. El sirio bebía . Vino. Bebía, bebía y fumaba hachís. Hacen mímica como que no estaba en sus cabales y no tenía el control del pesquero. A cierta hora, después de haber hecho sonar la alarma pidiendo socorro, vieron arribar una nave. Era grandísima. Y nosotros, tratando de acercarnos, terminamos yendo derecho a chocarla. Instintivamente nos tiramos hacia atrás. Todos gritaban. De abajo, donde estaban encerrados los africanos, sentíamos gritos pidiendo ayuda: Help, Help! Fue un segundo. El pesquero se dio vuelta y terminamos en el agua. Cinco minutos, no más y se fue al fondo. Permanecimos allí, tratando de nadar, una media hora. No se veía nada. Los marineros filipinos de la nave tiraron escaleras de soga. Me agarré y logré salir.

…………….

Del relato me quedan algunas cosas. Una que pareciera que no es como contaron los medios que todos se abalanzaron hacia un lado para pasar a la otra nave. Como si fueran unos desesperados ignorantes del barco en que iban. Estos jóvenes dicen que cuando vieron que iban a chocar se corrieron instintivamente para el otro lado, luego que el capitán había soltado el volante.

 

De los de abajo sólo quedan en los oídos de los jóvenes –y en los nuestros- esas dos palabritas en inglés desesperado “Help” “Help”. Me dan tanta pena! Esas dos palabras me hacen llorar más que todo lo demás. Imaginar a las mamás que han aprendido a pedir ayuda en inglés, pensando que quizás así los que venían a salvarnos entenderían su pedido. No es un grito desesperado. Es un pedido. Una invocación. Dicha en inglés para que la entendamos bien todos. Hay gente pidiendo ayuda!

Ojalá que Jesús escuche a sus ovejitas. El dice que sí. Y que da la vida por ellas.

 

…………..

Mi reflexión es esta.

Son tragedias evitables, como las nuestras, la de Cromagnon, la de Once. Muere gente de más porque van amontonados. Y hay que caer en la cuenta de que “son personas como nosotros”. Si hubiéramos sentido que “se acercaba la guerra”, como Nazir, muchos de nosotros hubiéramos optado por meternos en esas barcazas.

 

Lo que me ayudan a ver estos testimonios es qué tipo de persona quiero ser, con quiénes quiero estar, con quiénes me quiero codear. Qué historias me interesan. Las historias que nadie cuenta, como la de la familia de Nazir que juntó la plata para que él hiciera fortuna, las historias de las que sólo nos queda una palabra –esos ¡Help! ¡Help!… Esas son historias de Vida, de gente que quería vivir bien, que no se resignaba a vivir mal.

Por eso es que hay que reconstruir esas historias, porque son de vida.

Al lado de ese deseo desesperado de vivir, al lado de la valentía de esas madres que se lanzan al mar con sus hijos, al lado de esos que se desprenden de 7.000 dólares, con los que podrían sobrevivir un buen tiempo en sus países, para apostar a una esperanza para sus hijos, qué aburridas qué insulsas resultan las historias que nos cuentan los diarios, de gente aburrida que no sabe qué hacer con su vida. Tanta aburrida superficialidad!

 

Esos sobrevivientes que vemos no son solo una “parte de la humanidad del presente” –la más valiente, la más llena de garra y coraje. Si miramos bien, podemos ver que son nuestros antepasados. Nosotros descendemos de “sobrevivientes”. Provenimos de los que se subieron a los barcos y huyeron de las guerras, de los que prefirieron arriesgarse antes que quedarse en lugares sin posibilidades. Mirarlos a ellos es como mirar a nuestros abuelos.

La humanidad no es de los que viven aburridos consumiendo lo que otros crearon sino de los que luchan por la vida, de los que forman familia y buscan trabajo y se desloman trabajando para que sus hijos tengan una vida mejor.

 

Esos inmigrantes son también nuestro futuro. No por nada nos conmueve tanto la imagen de los frágiles seres humanos en un barquito en medio de la noche y del mar encrespado. Es la imagen del Arca de la que venimos y es la imagen de nuestra pequeña tierra, perdida en el Océano del universo oscuro. También nuestro mundo, con toda su sofisticación y belleza, si se inclinara un poquito hacia alguno de los lados, si nos acercáramos un poquito de más al sol, se inundarían nuestras tierras como se llena de agua una barca y no tendríamos lugar dónde escapar.

Nuestra querida tierra también morirá un día. Puede que sea tan milenariamente lejano que no nos interese, pero hace bien saber que esa barcaza en la que se amontonan los inmigrantes es la foto de un futuro nuestro. Quizás el fin será como Cromagnón, un gran incendio, o será como Once, un choque de algún asteroide, o será una inundación, pero estas así llamadas “tragedias” son adelantos de algo que hace a nuestra condición de seres contingentes, como dicen los filósofos. Por eso es que hay que mirarlas de frente y, dada la fragilidad de nuestra barca, mirar al que tenemos al lado: las personas son lo que cuenta. Y por ellas y para ellas es que hay que cuidar la barca, custodiar lo creado, como nos dirá el Papa en la próxima encíclica sobre la Ecología.

Diego Fares sj

 

 

 

 

El oficio del Señor

Resurrección llagas

I

Los discípulos de Emaús, por su parte, narraron las cosas que habían acontecido en el camino y de qué modo le habían conocido en la fracción del pan.

II

Mientras estaban hablando de estas cosas, Jesús se presentó en medio de ellos y les dijo:

«La paz esté con ustedes.» Sobresaltados y aterrados, les parecía que estaban viendo un espíritu. Pero él les dijo: «¿Por qué están conturbados? Y por qué surgen esos pensamientos en su corazón? Miren mis manos y mis pies; soy yo mismo. Pálpenme y vean que un espíritu no tiene carne y huesos como ven que yo tengo.» Y, diciendo esto, les mostró las manos y los pies.

Como ellos no acababan de creer a causa de la alegría y la admiración, les dijo: «¿Tienen aquí algo de comer?» Ellos le ofrecieron parte de un pez asado. Y tomándolo delante de ellos lo comió. Después les dijo: «Estas son aquellas palabras mías que Yo les decía cuando todavía estaba con ustedes: “Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos acerca de mí”».

III

Y, entonces, les abrió sus mentes para que comprendieran las Escrituras, y les dijo: «Así está escrito que el Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día y se predicara en su Nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones, empezando por Jerusalén. Ustedes son testigos de estas cosas. Y he aquí que Yo envío al Prometido de mi Padre sobre ustedes. Ustedes permanezcan quietos en la ciudad hasta que sean revestidos de fortaleza desde lo alto» (Lc 24, 35-48).

 

Contemplación

El oficio del Señor Resucitado es consolar a sus amigos, como dice Ignacio en los EE.

Consolar es un oficio, no algo así nomás. Y el Señor lo ejercita, me imagino yo, con el “oficio” –como se dice- con que realizaba su trabajo de carpintero. “Tiene oficio”, decimos, cuando alguien hace las cosas al detalle.

Antonio es una de las personas que trabaja en casa –en Civiltà Cattolica- haciendo mantenimiento. Sabe hacer todo tipo de tareas, que por lo que he visto hasta hoy, van desde el manejo de los computers y de las conferencias en streaming, cuando la casa se llena de gente para una conferencia, hasta la pintura de las piezas y el armado de estanterías, pasando por la limpieza de la fuente… Lo que equivale a decir que sin él, los del “Colegio de escritores”, pereceríamos en dos días en esta inmensa Villa Malta o “de las Rosas” como se llamaba, por sus lindos rosales. Ayer, Antonio me arregló un problemita eléctrico en la pieza. Una lámpara titilaba y parecía la culpable de que titilara el monitor cada vez que se encendía o apagaba cualquier luz. Entre los quinientos enchufes y cables de la pieza, que armé con remiendos de zapatillas usadas, parecía que había sobretensión. El entró y empezó a desenchufar y enchufar sin problemas todo, comenzando por la pava eléctrica para el mate, ante mi terror de que quemara la compu. Bajó y subió dos veces al piso inferior a buscar destornilladores y al fin, por descarte, cambió un cable que unía la compu con el monitor y, “mágicamente” para mí, se acabó el problema. Antonio, maldiciendo en un italiano muy expresivo a los cretinos que habían hecho mal el trabajo de atornillar los aparejos al techo, cambió también la lámpara que había estado titilando y que pensábamos que era la culpable, cuando en realidad, gracias a ella descubrió el problemita del cable. Mientras estaba subido a la escalera le pedí que me explicara por qué un cable hacía corto y el otro no, si los dos eran nuevos (yo ví que había traído un cable distinto y que no lo enchufaba en la misma entrada del monitor, o sea que era otro modo de conectar los dos aparatos), sonrió y no me dijo nada. “Es más fácil hacerlo que explicarlo, no?” –le dije. El se sonrió de nuevo y dijo en italiano: “Giustamente!, Patre Diego”. Yo agregué: “Es como si yo te quisiera explicar en dos minutos las cosas de la filosofía”. Y nos reímos con la complicidad de los que saben su oficio y aprecian el del otro.

Aquí viene lo de la “apertura de la mente” del evangelio de hoy. Si uno no tiene un oficio, difícil que el Señor le pueda abrir la cabeza para que entienda las Escrituras. Que tenga un oficio, digo, algo que uno haga bien, en lo que sepa “todo” lo que hace falta para hacer bien algo. Lo cual conlleva también la conciencia de “lo que uno no sabe” y necesita que haga otro. Para consolarnos, el Señor necesita que tengamos nuestro oficio, donde unimos lo teórico y lo práctico con arte No importa si se trata del oficio de cocinar un bizcochuelo, practicar una cirugía o escribir un bendito artículo (que ya corregí, creo unas veinte veces y todavía no sale). Eso le basta para establecer contacto. Si no pensamos desde nuestro oficio, y sí, en cambio desde algún libro que leímos o desde alguna idea que consideramos “alta” y no “baja” como la de las pequeñas tareas, difícil que el Señor nos pueda “abrir la mente para comprender las escrituras”.

Por algo el Señor eligió toda gente con oficio: desde San José, que era carpintero, hasta Simón y sus amigos, que eran pescadores, pasando por nuestra Señora, su Madre, que tenía oficio en cuestiones de fiestas grandes. Lo de darse cuenta de que algo va a faltar y arreglarlo antes que nadie se de cuenta es una de esas virtudes que apreciamos en alguien “que tiene oficio”.

Así que la primera “lección” para que el Señor pueda ejercitar su oficio con nosotros, es salir corriendo cada uno a su propio oficio. No digo a su trabajo en general, donde a veces uno “hace las cosas hasta donde le pide el jefe”, sino a su oficio, a eso que, en su profesión o trabajo o hobby si quieren, uno sabe hacer y lo hace con gusto, con verdadero amor. Allí nos tiene que encontrar el Señor reflexionando para poder hacer contacto y abrirnos la mente para comprenderlo a Él; para comprender que Jesús Resucitado no es un “objeto de culto” o “de investigación” o “de consumo”: es alguien ejercitando un oficio –el de amar y consolar a sus amigos- al que sólo se puede acceder “por sus efectos”, viendo el trabajo.

Esto, como decía, requiere “valorar el trabajo”. Y sólo lo valora el que valora el propio.

Así, estos 3.333 caracteres con espacio excluido (como un artículo de la Revista no debe pasar de los 28.000 caracteres con espacio incluido, ahora uso cada rato la función “contar palabras”), que me llevaron una hora de contemplación, son sólo para comunicar esto: antes de ser consolados tenemos que aprender a apreciar que se trata de un “oficio” que el Señor Resucitado ejercita.

San Ignacio dice que hay que mirarlo: “mirar el officio de consolar, que Christo nuestro Señor trae, comparando cómo unos amigos suelen consolar a otros” (EE 224).

Ya con esto de “mirar” tenemos para un renglón: mirar como quien mira con admiración cómo otro hace su oficio. Mirar apreciando el oficio y no como quien dice “me arregló la cosa así nomás” o “qué fácil que es hacer el bizcochuelo” (andá y hacelo…).

San Ignacio es otro de los que “tienen oficio”. Basta con ver los Ejercicios (y no hablemos de las Constituciones!) cómo tiene en cuenta cada detalle, cada moción que el ejercitante experimentará en el proceso de hacer los Ejercicios.

Los Ejercicios son algo así como “el Manual del Ayudante” del Único que tiene el Oficio de Consolar. Manual del ayudante que, en la mayoría de los casos, indicará cómo hacer para “no molestar” ni complicar las cosas, cuando el Señor se ha conectado bien con la persona y charlan a gusto, consoladamente. Y en estar muy atento y ser muy comprensivo y bondadoso, cuando la persona está desolada o tentada y algo impide que “su mente se abra” y vea “los santísimos efectos de la Resurrección” (EE 223).

Aquí me viene el “oficio” que tenemos en conjunto en El Hogar de San José (“tenemos”, digo!). Allí uno experimenta en carne propia la dureza de la desolación de tantos cristos maltratados y cómo para consolar verdaderamente hace falta un ejército de personas que desarrollen con todo cariño y sabiduría cada uno su oficio: el de recibir bien y el de hacer pasar, el de ubicar en las mesas y servir el desayuno, el de dar las toallitas para el baño y la maquinita de afeitar, el de llamar por turno y atender a cada uno, el de hacer la ficha y pasar los datos, el de preparar el taller y exponer las artesanías… Tantos “pequeños oficios con gran amor” antes de llegar al fondo del alma para ver cómo empezar a reconstruir una vida que quedó “descartada”.

Así como hay “oficios sociales”, en los que el secreto está en el equipo (esto tan simple que es lo primerísimo que muchos captan con sólo “entrar al Hogar” y que tanto les cuesta entender a otros que “hacen la suya”), hay también “oficios personales”, en los que el secreto está en saber que sólo los puede hacer una sola persona.

Captar esto, cuándo se trata de algo que “solo una persona puede hacer”, es otra de las claves que, el que tiene oficio ve inmediatamente, y el que no, se pasa a veces la vida dándose contra la pared y queriendo hacer por sí mismo lo que es tarea de otro.

Solo Jesús Resucitado te puede consolar ¿está claro?

Aquí viene una palabra de Ignacio que es propia de su oficio. La palabra es “propio”. Los italianos la usan para decir “obvio”, “precisamente”. Creo que estamos en condiciones de leer con gusto y valorando mucho la primera regla de discernimiento de la “segunda semana” donde Ignacio dice:

Proprio es de Dios y de sus ángeles en sus mociones dar verdadera alegría y gozo spiritual, quitando toda tristeza y turbación, que el enemigo induce; del qual es proprio militar contra la tal alegría y consolación spiritual, trayendo razones aparentes, sotilezas y asiduas falacias” (EE 329).

Ignacio descubre que “dar verdadera alegría” es propio de Dios y de sus ángeles, de Jesús resucitado y del buen espíritu. Y quitarla, es propio del enemigo.

Este paso, en la vida espiritual, hace la diferencia. Es como tirarse a la pileta o no. Cuando uno está desolado, dejar de darle vueltas a los “por qué será” y hacer el click de afirmar con fuerza: “esto lo hizo un enemigo”, como en la parábola del Trigo y la cizaña o “un cretino” como afirmaba Antonio sobre la escalera, equivale a ganarlo todo.

Y cuando uno está consolado, descubrir también que “hay oficio” detrás y humillarse y agradecer inmediatamente al Señor que se está tomando el trabajo de consolarme a mí, también hace la diferencia.

Descubrir esto en el mar de cosas que no es que a uno “se le mueven” dentro y lo llevan de un estado de ánimo a otro, sino que “alguien” las mueve, es la clave de la vida espiritual. Porque en la vida espiritual todo es personal.

“El me lo dio, él me lo quitó” como decía Job, y no toleraba que otro que su Señor le explicara las cosas.

“Contra ti, contra ti, solo pequé”, llora David en el Magníficat del Pecador, como llama el Padre Boasso al salmo 50. David no miraba su pecado –con culpa autorreferencial, diría Francisco- sino a su Señor.

Ahora que hemos visto bien “a Quién tenemos que dirigirnos” –al que tiene como oficio propio consolar-, podemos releer el evangelio y ver algunos detalles.

¿Qué es lo que los consuela?

Que el Señor está vivo. Que haya Resucitado y esté pleno de Gloria y gozo, como dice Ignacio, y que está para ellos, que los visite, que les hable, que coma con ellos.

Es decir: cosas enteramente personales, no en función de nada. Este oficio de lo “enteramente gratuito” de “gozar con la vida misma”, de alegrarse con la amistad compartiendo la charla y la mesa, es algo no hay que dar por descontado. Me decía alguien que le maravillaba que el Papa se diera tiempo para hacer algunas llamadas personales con tanto trabajo que tiene. Y yo pensaba que ese era su “oficio”: consolar a la Iglesia, a la humanidad. Y el consuelo no se da “en general” sino que siempre es enteramente personal. Igual es expansivo, porque tenemos “sentido social” y sabemos que “lo que le pasa a uno le pasa a todos”.

¿Con qué gestos los consuela?

El Señor consuela con pequeños gestos enteramente “personales”, que sólo sus amigos podrían reconocer: el modo de partir el pan, el comer pescado asado, mostrándoles sus manos heridas y sus pies, hablando de los profetas y los salmos

Y si vamos más hondo, a cada uno el Señor lo consuela en lo suyo propio.

Mateo nos muestra a las discípulas que iban a hacer su oficio, de lavar, perfumar y envolver en vendas y lienzos al pobre difunto. Ellas quedan deslumbradas por los vestidos blancos del ángel y en su aspecto fulgurante. El ángel les “corre la piedra” que era precisamente su problema: lo que sabían que ellas no podían hacer.

Después les sale al encuentro el Señor mismo y ellas se arrojan a sus pies. El por un lado las deja hacer y también aprovecha para decirles que no lo retengan (oficio de las santas mujeres, este de retener al Señor un rato más) y revelarles que “va al Padre”. La prensa que no sabe de estos “oficios” se burla de las monjas de clausura que intentan “retener” un poquito al Papa cuando lo ven que pasa.

A los discípulos el Señor les manda a decir que “lo verán en Galilea”. Se ve que se divierte planeando su aparición junto al lago, cómo hará que se les abran los ojos dándoles un consejo quizás demasiado preciso: “tiren las redes a la derecha y encontrarán”.

También está el misterioso signo de “dejar el sudario, que había cubierto su cabeza, no puesto con las sábanas, sino envuelto en un lugar aparte”, como cuenta Juan con todo detalle. A Juan le basta eso, Tomás necesitará “meter el dedo en la llaga”, la Magdalena que le diga su nombre, María…, los de Emaús que los acompañe y les escuche tooodo lo que tienen para decir.

Si leemos los evangelios de la Resurrección como la narración de un “oficio” del Señor, cada detalle visto desde distintas perspectivas, lejos de ser testimonios sueltos y contrapuestos, son un testimonio absolutamente creíble de una experiencia única “eclesial”: comunitaria y personal al mismo tiempo.

El Señor da testimonio de que sabe ejercer su oficio y de que ha comenzado a hacerlo. Ellos no necesitarán saber más: serán revestidos con la fuerza de lo Alto y saldrán a contar esta buena noticia a las periferias, seguros de que el Señor seguirá con su oficio de consolarlos todos los días en cada recodo del camino, al partir el pan, al realizar sus obras de misericordia y al predicar con alegría su evangelio.

 

Diego Fares sj

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Felices los que creen sin haber visto

 

“Siendo tarde aquel día, el primero después del Sábado, Y estando las puertas cerradas del lugar donde se encontraban los discípulos, por miedo a los judíos, vino Jesús y se presentó en medio de ellos y les dijo:

«La paz con ustedes». Y diciendo esto, les mostró las manos y el costado.

Se alegraron entonces los discípulos viendo al Señor. Jesús les dijo otra vez:

«La paz con ustedes. Como el Padre me envió, también yo los envío.» Y cuando dijo esto, sopló sobre ellos y les dice: «Reciban el Espíritu Santo. A quienes perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos.»

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían:

«Hemos visto al Señor.»

Pero él les contestó:

«Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré.»

Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro y Tomás con ellos. Vino Jesús estando las puertas cerradas, y se presentó en medio de ellos y dijo:

«La paz con ustedes.» Luego dice a Tomás:

«Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no quieras ser incrédulo sino fiel.»

Tomás le contestó:

«Señor mío y Dios mío. »

Le dice Jesús:

«Porque me has visto has creído. Felices los que no vieron y creyeron.»

Jesús realizó en presencia de los discípulos otras muchas señales que no están escritas en este libro. Estas han sido escritas para que crean que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengan vida en su nombre” (Jn 20, 19-29).

 

Contemplación

Esperaba que esta semana tocara alguno de los encuentros del Señor Resucitado con las santas mujeres (para hablar de la Hna Juliana, nuestra encargada de la cocina del Hogar de San José, que hoy cumple 90 años, plenos de bendiciones), pero tocó Tomás. Igual en estas contemplaciones (que aprovecho para decir que no son prédicas, ni exégesis, ni ninguna otra cosa que “medias contemplaciones” de uno que ama el evangelio metido en la vida y reza con lo que más le gusta y siente y lo comparte con los que tienen ganas de leerlo y de hacer su propia contemplación con lo que el Espíritu les da a gustar a ellos), en estas contemplaciones, digo, no tengo mucho problema en hacer entrar los rostros y la vida de mis seres más queridos. Pero siempre me gusta hacerlos entrar “teniendo algo que ver” para que no se sientan sapo de otro pozo. Estoy escribiendo esto y siento claramente que no es así, que al evangelio se entra por todos lados, hasta por el techo, como entró el paralítico con su camilla, y a cualquier hora, como los invitados que ocuparon el sitio de los que no querían ir a la fiesta. Así como pasa en San Pedro, que los puestos de la gente siempre se llenan y los de los prelados, si llueve como el Domingo de Pascua, quedan más de la mitad vacíos, así sucede también con los personajes del Evangelio: los pequeños entran en él como en su casa.

Por aquí agarro la punta del hilo y lo miramos a Tomás, habiéndose ido inoportunamente y regresando también inoportunamente… Y con pretensiones! Se ve que tenía esa gracia de ir a contramano de la comunidad (y de la historia) y, justo cuando Jesús vino, él se había ido a hacer otra cosa. Pero como la comunidad estaba consolada y la humanidad del Señor Resucitado era una experiencia tan amable y pacificadora, se ve que sin decirle mucho le hicieron sentir que mejor se quedaba y esperaba a que el Señor volviera.

Y volvió. Y Tomás tuvo su “foto personal” en la que lo vemos arrodillado a los pies del Señor diciendo ese “Señor mío y Dios mío”, que tanto bien nos hace y que fue el fruto de su fe, peleada y discutida y humildemente conquistada por el Señor que le habló con tanto cariño y aprovechó para regalarnos esa bienaventuranza tan a medida para todos los que no le hemos visto: Felices los que creen sin haber visto.

Dicho esto, ya puedo hacer entrar a Juliana, que es lo que quería, aunque uno comienza a meterse en el Evangelio y se entusiasma… Igual volveremos, pero hace bien ponerlo en diálogo con la vida de uno.

Juliana es una de esas “felices que creen sin haber visto”. Siempre dice: “Cómo será, cuando lo veamos al Señor!”. Y lo dice con una mezcla de deseo de niña pequeña y de abuela que ha vivido mucho y de cristiana que acalla sus pensamientos y se sumerge en el misterio, que da ganas de tener ganas de verlo a Dios uno también.

Juliana es una de esas personas que nos hacen sentir que nuestra vida “recién comienza”. Al menos a mí, siempre me hace pensar que comenzó con el Comedor y el Hogar a los 57 años y que el Señor la ha bendecido y la ha hecho fuente de bendición para tantos de nosotros durante 30 años. En eso es para nosotros un poco como Sara, la esposa de Abraham, a la que Dios bendijo con descendencia en su vejez. La lección para mí, es que lo que da vida es trabajar en las obras que el Señor bendice, no importa la edad que uno tenga o lo que le toque hacer.

Y ya con esto se abren dos anécdotas. Una sobre la felicidad y los años; la otra, sobre los títulos de lo que uno hace.

La felicidad y los años

Estábamos charlando en el 2006 (¡!) con Juli y Eulalia y yo les había pedido consejo por que tenía que dar una charla a los curas sobre la formación permanente. “Qué les digo a los curas”, les preguntaba, “qué nos dirían ustedes a nosotros los sacerdotes”. Las dos coincidieron en que “a los curas hay que decirles algo positivo, que los aliente, porque su vida es dura”. Me decían lo de ver lo positivo en uno y Eulalia contó cómo Dios la había cambiado cuando se dio cuenta de que ella lo buscaba afuera y él estaba dentro suyo. Que saberlo a Jesús dentro suyo le había hecho comenzar a ver todo lo positivo que tenía (antes pensaba de sí: “qué yerba si soy todo palo”) y se lo había transmitido a un chico rebelde, que luego cambió. Le decía: “Vos sos un campito y tenés un tesoro escondido adentro. Metele, búscalo!”.

A mi me gustó el ejemplo pero les dije que era difícil ver lo positivo, sobre todo encontrar la manera de decirlo en una charla a curas. Allí Juliana tuvo un gesto espontáneo que me conmovió. Es como si la viera ahora: se inclinó un poco y me tocó el brazo y dijo mirando con picardía a Eulalia: “Pobrecito, es que apenas tiene cincuenta”. Y agregó: “Estas cosas positivas se comienzan a ver después de… (aquí cruzó intencionadamente una mirada de complicidad con Eulalia como pidiendo confirmación de otra testigo) … de los sesenta… por ahí (haciendo el gesto de mas o menos con la mano). Uno se da cuenta de todo lo que Dios hizo en la vida de uno. Lo malo ya pasó, pero lo bueno queda”.

Bueno, esta es la anécdota de la felicidad y los años. Ahora que estoy casi en los sesenta, me sumo a ellas y doy testimonio también de que no me alcanzan los ojos para ver todo lo positivo que Dios hace en mi vida. Es la experiencia de Juan cuando dice: “Jesús realizó en presencia de los discípulos otras muchas señales que no están escritas en este libro” (y si se escribieran no alcanzarían los libros del mundo….).

Los títulos

Comienzo con este párrafo diciendo que me perdí un buen rato de la madrugada buscando un documento donde había comenzado, hace algunos años, a poner por escrito “Los dichos de Juliana”. Como no lo encuentro todavía, tengo que hacer memoria. Y surgen los “títulos” de Juliana. Una vez le pesqué cómo meditaba sobre lo que hacía cuando dijo que ella era “solo una transportista”. “¿Cómo es eso?”, le pregunté. “ Y sí. Si lo único que hago yo es traer la comida al Hogar todas las mañanas”. Yo la cargué con que entonces pertenecía al gremio de Moyano pero a partir de ahí le puse atención a un montón de “títulos” en los que se definía cada día por las pequeñas acciones que realizaba. “La remisera”, “la compradora de gorras y desodorantes”, “la directora espiritual del hijo de la panadera que la había agarrado por la calle para charlar”. Una vez me dijo, como quien cae en la cuenta por primera vez: “Al fin y al cabo yo no he sido otra cosa que una empleada de cocina, sin sueldo, consagrada”. Y ahí nomás agregó: “como la Virgen”, con uno de esos gestos tan expresivos suyos, como quien dice: “¡Mirá qué cosa dije!”.

Esto lo comparto porque nos hace mucho bien. Uno suele definirse buscando algún título más grande que obtuvo en la vida –desde madre o padre hasta cura o Dr.- y se pierde de titular las cosas pequeñas que hace todos los días. Si se hacen en Nombre del Señor son “carismas”. Al fin y al cabo, los Diáconos eran “los que servían las mesas” y a los Apóstoles los reconocían como “los que estaban con Jesús”. Son los únicos “títulos” que el Señor nos pedirá: el de “me diste de comer cuando tuve hambre” y “me compraste ropa cuando estaba desnudo”. En el Hogar titulamos cada rol y, es lindo ver cómo los roles más “pequeños” son pares en la cartelera con los más “grandes”.

Lo que el Señor hace con uno.

Si algo tiene Juliana que es más lindo de lo que ella es como persona, es lo que Dios hace con ella. Yo he tenido el privilegio de ver esto que el Señor ha hecho con ella durante estos veinte años y de verlo desde un lugar muy especial. No muy de cerca, como cuando uno vive en la misma comunidad, porque ahí cuesta más ver (como le pasaba a la cocinera a la que ayudaba Santa Teresita, que pensaba que la chica no servía para mucho y era un manojo de susceptibilidades), ni de más lejos, que hace que a veces uno “agrande” las cualidades de otro. La distancia del acompañamiento espiritual permite ver lo que hace el Señor con un alma, no tanto su sicología o las cosas que le pasan sino lo que la persona le deja hacer a Dios. Y en esto la Hna Juliana es un ejemplo: ha dejado que el Señor haga en ella maravillas, o dicho de otra manera, que haga cosas más grandes que ella misma. Porque lo más común es que uno no le deje hacer a Dios más que lo que uno siente que puede manejar. Hay que tener la humildad de que se vea lo grande que Dios hace en uno. Supone la humillación de que se vean con toda crudeza nuestros defectos, los de fábrica y los caprichos adquiridos. Juliana siempre pagó este precio. Sus defectos se notan, como los de una mamá. Pero eso permite ver el amor de su corazón y las maravillas que el Señor hace en muchos a través de ella.

La oración

Juliana es una mujer de oración. Oración de ratos largos ante el Santísimo y oración de charlar con la Virgen por la calle. Oración de reflexionar con sensatez y juzgar sobre estados de ánimo y situaciones, sabiendo dejar todo en manos de Dios y pasando página, sin “revolver la polenta”. Oración de examen ignaciano al “rebobinar el día” y oración de poner la cabeza contra el suelo para levantarse adorando a la mañana. Oración de sentir “el vientito del Espíritu Santo” al abrir la puerta del comedor a la madrugada para que entren los empleados y oración de hija pequeña que invoca a su “mamita” y tiene “su grupo de oración” que reza por ella cuando tiene muchos problemas y no le da la cabeza para rezar sola. Grupo de oración integrado por, a saber: Juan el Bautista, San José, la Madre, por supuesto, San Expedito, El Padre Eterno… y muchos otros que se agregan con gusto para rezar por Juliana. Cuando le pregunté si no le parecía demasiado para ella sola, me contestó que ella los necesitaba a todos.

En su oración estamos todos, su familia, su congregación, el Hogar, la gente del barrio, los curas… la Iglesia y el mundo. Todos le interesamos. Todo le interesa. Si algo lamenta, como dijo hace unos años a una periodista, es “no haber empezado antes”. Cómo se ve, nada que ver con los primeros de la parábola que se quejaban de que los últimos habían cobrado lo mismo.

Bueno, como aquí son las diez y en Buenos Aires las 5 y Juli ya debe estar levantada, dejo este primer capítulo aquí. Ya encontraré las hojas con sus dichos y, si no, los iremos reconstruyendo entre los muchos que se los escuchamos, lo cual es más evangélico.

Felices nosotros que vemos a alguien como Juli, que ama tanto a Jesús sin haberlo visto. Si el Señor quiere que “creamos por la palabra y la vida de otros”, podemos considerarnos privilegiados.

De entre las mil fotos, elijo esta en la que está como jamón del sangüiche, porque sé que le gustará mucho a ella.

Rossi-Juli-Fares

 

Diego Fares sj

 

 

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 468 seguidores