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 PEDRO Llorando.jpg

Estaba Jesús en cierta ocasión junto al lago de Genesaret

y la gente se agolpaba para oír la palabra de Dios.

Vio entonces dos barcas a la orilla del lago;

los pescadores habían desembarcado y estaban lavando las redes.

Subió a una de las barcas, que era de Simón,

y le pidió que la separase un poco de tierra.

Se sentó y estuvo enseñando a la gente desde la barca.

Cuando terminó de hablar, dijo a Simón:
–Navega mar adentro y echen sus redes para pescar.
Simón respondió:
–Maestro, hemos estado toda la noche trabajando sin pescar nada,

pero como tú lo dices, echaré las redes.
Lo hicieron y capturaron una gran cantidad de peces.

Como las redes se rompían,

hicieron señas a sus compañeros de la otra barca para que vinieran a ayudarlos.

Vinieron y llenaron las dos barcas, hasta el punto de que casi se hundían.

Al verlo, Simón Pedro cayó a los pies de Jesús diciendo:
–Apártate de mí, Señor, que soy un hombre pecador.
Pues tanto él como sus hombres estaban sobrecogidos de estupor ante la cantidad de peces que habían capturado; e igualmente Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón.

Entonces Jesús dijo a Simón:
No temas, a partir de ahora serás pescador de hombres.
Y después de llevar las barcas a tierra, dejado todo, lo siguieron (Lc 5, 1-11).

 

Contemplación

Dice el dominico Bernard Bro, en su conmovedor librito “Se necesitan pecadores” (en castellano pusieron “Dios necesita pecadores”) que Simón Pedro no comprendía cuál era su pecado porque no había visto el rostro de Jesús, la verdadera mirada con que Jesús lo miraba. No había visto esos ojos de amigo que vió después de haberlo negado, cuando Jesús lo miró al salir del Sanedrín. Ahí sí los vió y lloró amargamente.

Por eso Jesús lo terminará de curar examinándolo sobre el amor de amigo y no sobre otras cosas. Los otros pecados o eran insignificantes o venían de este, de haber mirado más la misión que el rostro de Jesús.

Pedro, dice el padre Bro, rechazaba perderse en la adoración de su amigo, como hizo Juan en la ultima cena. Rechazaba que Jesús le tuviera que lavar los pies, le daba vergüenza que los fariseos le dijeran que su Rabbí no pagaba los impuestos, sentía que era un escándalo que Jesús hablara de su pasión… Y por eso, aunque parecía que estaba dispuesto a dar la vida por él y hasta se procuró una espada e hirió a uno de los que fueron a detener a Jesús, apenas vio que lo estaban juzgando, lo negó ante una empleada.

Quizás todo nació aquí, luego de la pesca milagrosa. Pedro cayó a sus pies y le dijo espantado “apártate de mí, Señor, que soy un hombre pecador”.

Simón tenía bien elaborada la definición de sí mismo. Un hombre y un pecador.

Uno podría decir: bueno, esa definición también la tengo yo de mí. Pero puede que no signifique para todos lo mismo. Hombre pecador.

Podemos ver algo de lo que siente Simón en la conclusión que saca de esa imagen de sí mismo: la conclusión es decirle al Señor “apártate de mí”.

Es curioso, porque otros –la prostituta que fue lavarle los pies con sus lágrimas, por ejemplo, y también los enfermos y endemoniados- al sentirse hombres y mujeres pecadores, se acercaban a Jesús o le pedían que se acercara él.

Este apártate de Simón quizás no tiene que ver con su pecado como persona, ya que es alguien que se deja corregir humildemente por el Señor, una y otra vez.

Creo que tiene que ver con la misión.

Pedro no soporta la misión que el Señor le quiere confiar, la misión que le confió de hecho apenas lo vio, cuando le cambió el nombre de Simón por el de Pedro.

Hay algo de rechazo en esto de que le dieran una tarea “sin conocerlo” que hizo que aprovechara este momento del milagro de la pesca para decirle al Señor estas palabras que había ido preparando en su interior: “alejate de mí”.

Como diciendo: Yo no me puedo alejar si vos sos quien sos. Alejate vos por favor. No me pidas que te siga.

Pero el Señor redobla la apuesta y como si no lo hubiera escuchado (primero lo había llamado “Piedra de mi Iglesia”) ahora lo bautiza “Pescador de hombres”. Y en el último encuentro lo llamará “Pastor de mis ovejas”.

La misión es la misión y el Señor llama a los que Él quiere. Sus pecados y fragilidades los tendrá que soportar y tratar de corregir Simón Pedro como cualquier otro, pero no tienen que ver con la misión, con pescar gente para Jesús, con ser roca donde otros se apoyen y sobre la que construyan, con pastorear cariñosamente a las ovejitas.

Es como cuando un papá o una mamá tienen un hijito. Se las tienen que arreglar con sus pecados y con la relación entre ellos, pero a la misión de hacer crecer bien, con cariño, a su hijito, no le pueden poner condiciones. Uno no puede decirle a un hijito: alejate de mí que no soy un buen padre. Porque el hijo dirá: no me importa. Vos sos mi mamá. Te quiero cerca.

Algo de esto intuyo en la actitud de Jesús, en que parezca que no lo escucha a un Simón que le dice que quiere huir, que lo deje tranquilo con su vida de pescador sin pescas milagrosas (aunque Simón deberá reconocer que también le gustaba eso de “caminar sobre el agua” y de que Jesús lo elogiara cuando acertaba a escuchar la voz del Padre).

Pero se ve que a Simón Pedro siempre le daba vueltas esta tentación de “alejarlo a Jesús”. Y tiene que ver, me parece, no tanto con Jesús sino con él mismo.

Con la imagen que Simón Pedro tiene de sí; con lo que encierran esas palabras: “soy un hombre” y “soy un pecador”. O con la suma de las dos características.

Algo hay ahí que no le deja ver el verdadero rostro de Jesús, esa cara de bueno que veían tan facilmente otros “hombres y mujeres pecadores”.

 

Quizás fue que Jesús lo apuró con el llamado y a él el entripado se le quedó adentro. Pero si no lo hubiera llamado, si Jesús hubiera esperado a que Simón resolviera sus cuestiones de imagen, no lo habría seguido nunca (y quizás no se hubiera conocido a sí mismo nunca, si su relación hubiera sido sólo con peces y compradores de pescado).

Y también hay que reconocer que si bien el Señor lo apuró con sus “sígueme” y con los títulos – Piedra, Pescador, Pastor… y Mayordomo,  Portero, Servidor fiel, y Definidor de quién es Jesús, y Portavoz de los otros…. (la verdad es que el Señor lo llenó de títulos a su amigo, no le aflojó en esto de “consolidarle el rol y la misión”) – también le tuvo una paciencia infinita.Así que vamos viendo que, si bien lo apuró, también le tuvo paciencia.

 

Son dos cosas estas que sólo hacen los amigos, que si bien a veces nos apuran, como si estuviera todo dado por hecho, también nos tienen total paciencia si ven que nos complicamos o nos atoramos.

Sea lo que se que se le atragantó a Simón, lo que resulta claro es que es algo que no le dejaba ver a Jesús como Amigo. Lo veía como Señor, pero no como Señor Amigo, como Cristo y Mesías, pero no como Cristo Amigo.

 

Decíamos que el problema parece estar en algo que Simón Pedro piensa de sí mismo. Quizás sea presunción. Una mirada muy alta de cómo tiene que ser alguien con una misión así.

O no querer que se vean sus miserias. Dicen que cuando uno sube más alto en la escalera más riesgo tiene de que se le vea al trasero.

Pero aunque todo esto pueda ser que le moleste un poco, Pedro es alguien que siempre se deja corregir. No se endureció como Judas. A regañadientes a veces, pero siempre volvió a Jesús, siempre tuvo ese “y a quién iremos”. Es decir: no quería (ni podía) alejarse de Jesús. Pero le pide que “se aleje Él”.

Como si no se soportara a sí mismo con Jesús cerca. La bondad del Señor le hace doloroso verse a sí mismo tan hombre pecador. Algo de esto sentimos cuando nos da vergüenza estar cerca de Jesús con nuestros pecados, como cuando nos revisa el médico o nos corrige la maestra o el entrenador. También sucede algo así cuando nos elogian en público.

No resulta algo facil de entender por qué Simón le pide al Señor que se aleje. Y no una vez sino que siempre tuvo esta tentación de “a mí nunca me lavarás los pies”.

Quizás si miramos a Jesús, cómo lo va curando, qué remedios le da…

Por ahí podemos ver mejor desde la mirada del Señor ya que la de Simón está oscurecida por lo mismo que le duele y lo aleja y entonces, en las palabras y gestos que tiene se da algo contradictorio, que no permite ver qué es en realidad lo que le pasa.

Jesús lo cura con un cariño y un bancárselo a toda prueba. Lo retó mil veces en privado y en público pero jamás puso en duda su apoyo incondicional ni su amistad. Nunca dejó de ser el Amigo de Simón y el que se dejaba representar por Simón Pedro.

Y los remedios?

Me animo a decir que lo curó de mirada y de palabra. Pero sobre todo de mirada.

Recordemos la escena: Pedro lo está negando, acorralado por los sirvientes, por tercera vez, y Lucas nos dice que “en ese instante cantó el gallo y Jesús, dándose vuelta, miró a Pedro. Este recordó sus palabras y saliendo afuera lloró amagamente” (Lc 22, 60-62).

Jesús le había dado la clave.

Yo creo que no fue tanto la mirada, que Jesús siempre mira igual, con amor, sino el momento. Pedro se da cuenta de que el Señor no estaba mirando ese momento vergonzoso de su negación sino que ya lo había visto antes, sabía todo, y lo había preparado para que la termines con esto de escandalizarte de vos mismo y de decirme que me aleje de vos porque sos un hombre pecador como si Yo no lo supiera ya, dale, rearmate que necesito que me ayudes a cuidar a los demás, de vos lo sé todo y te perdono todo. Vamos.

Lucas dice que fue un remedio amargo, que el llanto fue amargo. Es decir, que lloró su amargura. Hay amarguras que hay que llorarlas para que se vayan, para que las lágrimas las diluyan y pasen.

La amargura de Simón Pedro debe haber ido por el lado de sentir que “se había perdido a Jesús”, no del todo, por supuesto, sino que le había puesto distancia a Alguien así, con el que había convivido, al que había seguido… En ese momento se dio cuenta de que por mirarse a sí mismo y definirse y tratar de hacer un buen papel se había perdido a Jesús y que ahora se lo llevaban a la pasión y no tenía tiempo de decirle nada.

Por eso, que luego de resucitado el Señor haya tenido la delicadeza de preguntarle tres veces y con distintos matices si lo quería, fue lo máximo. Porque esta vez no lo apuró con la misión, esta vez Jesús lo entendió del todo (si es que se puede decir que antes no lo había entendido, pero Pedro necesitaba esto) y le preguntó primero por lo suyo. No le dijo, ya sé que me querés, y que sos un hombre pecador. Le preguntó por su amistad. Y en esa clave, le confió tres veces las ovejas. Como amigo.

Dicen que algo le cambió a Dios por el hecho de haberse encarnado. Aunque por definición Dios no cambie, el haberse hecho hombre algo le habrá cambiado. Algunos dicen que experimentó en carne propia el dolor, la muerte, el pecado… No sé cómo sea, ya que la experiencia de estas realidades es algo intransferible. Cada uno conoce su propio pataleo. Lo que sí sabemos es que en esta historia Jesús y Simón Pedro se hicieron amigos. Y el que tiene esta experiencia sabe que el hacerse amigo de alguien hace que cambie no “algo” sino todo, al mismo tiempo que lo demás sigue su curso habitual.

Diego Fares sj

 

 

17266

Y Jesús comenzó a decirles:
–Hoy se ha cumplido esta Escritura en los oídos de ustedes.
Todos daban testimonio en su favor y se admiraban de las palabras de gracia que salían de sus labios y comentaban:
–Pero ¿acaso no es éste el hijo de José?
Él les dijo:
–Seguramente ustedes me aplicarán a mí este proverbio:

«Médico, cúrate a ti mismo. Lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún, hazlo también aquí, en tu patria».
Sin embargo añadió:
–De verdad les digo que ningún profeta es aceptado en su patria. De verdad les digo  que muchas viudas había en Israel en tiempo de Elías, cuando se cerró el cielo por tres años y seis meses, y hubo gran hambre en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda de Sarepta, en la región de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel al tiempo de Eliseo el profeta, y ninguno de ellos fue curado, sino únicamente Naamán el sirio.

Y se llenaron de ira todos en la sinagoga al oír estas cosas. Y levantándose, lo arrojaron fuera de la ciudad y lo llevaron hasta la cima del monte sobre el cual estaba edificada su ciudad, para despeñarlo. Pero El, abriéndose paso por en medio de ellos, seguía su camino” (Lc 4, 21-30).

 

Contemplación

En el pasaje de hoy me quedo con la sensación de la gente que Lucas describe como “admiración de las palabras de gracia que salían de los labios de Jesús”.

Lucas mira a Jesús y mira a la gente y nos despierta a esa maravilla de poder captar el ir y venir de un momento de gracia en el que uno no sabe qué mirar, si el rostro de Jesús que habla o la cara iluminada de la gente.

Porque la gente escucha las palabras de Isaías, que no tenían ninguna novedad ya que eran como el evangelio del Domingo que uno ha escuchado tantas veces, pero algo hacía que estuvieran prendidos a los labios de Jesús, fascinados por no podemos imaginar qué –si el tono, si la manera de levantar la mirada, si algún gesto con las manos- pero que convertía cada palabra en una palabra de gracia.

Ninguna novedad… salvo que Jesús dice que esas palabras se cumplen hoy.

Ayer sucedió algo de esto. Una risa sofocada, una pausa del que hablaba, un aplauso tímido a mi izquierda y un consenso unánime que desentumeció los ánimos de lo que una hora y media de hacer cola y otra hora y media de charlas, habían puesto en actitud pasiva: de pronto, la Sala Nervi (como le llamó una viejita italiana que era del barrio),  oficialmente  Sala Pablo VI, se llenó con el aplauso y la risa de las 5.000 mujeres y los 500 hombres –consagradas y consagrados- que escuchábamos fascinados al padre Miguel, carmelita español.

Es que hablando de la contemplación y de algunas actitudes que a veces adoptamos los religiosos y las religiosas, al mejor estilo de Pronzato o Martín Descalzo, Miguel Marquez Calle había comenzado describiendo a “alguno que reza con un cartel al cuello que dice cuidado con el perro, que muerde”, con lo cual ya se descontracturaron algunas caras y comenzó a aparecer alguna sonrisa; inmediatamente continuó con “esos místicos con los que nadie de la comunidad puede vivir” y remató la cosa diciendo que “hay algunas o algunos que en vez de tener apariciones, deberían tener… desapariciones”.

Fue aquí que al tímido aplauso, la sala, generosamente, le concedió el consenso de un aplauso bien dado.

No aplaudimos fácilmente los religiosos. Digo esto porque con traducción simultánea en cinco lenguas, aparatos que no andaban bien y gente luchando por seguir el hilo de algún concepto, festejar una broma fue todo un acontecimiento.

Un pequeñito pentecostés en el que todos entendimos el chiste en nuestra lengua.

Escribo pentecostés con minúsculas, porque el padre Miguel sacó a relucir después esas “palabras con minúscula” que hay que saber escuchar de la gente común en la que el Espíritu actúa.

Quedó flotando en el aire qué es lo que tenía que “desaparecer” en vez de “aparecer” en la contemplación, pero se ve que todos entendimos porque nos reimos de buena gana las/los 5.500 de la Sala. Quizás fue bueno que no lo explicitara él y que cada uno interpretara a gusto. A mí me quedó resonando una oración que anhelo y que va por el lado de “desaparecer un rato yo”. No todo yo, por supuesto, sino ese yo que proyecta imágenes y deseos y hace aparecer preocupaciones… Que desaparezca  y quede no “yo” sino “Diego”, que a los ojos del Señor es mucho más que un yo. Mi nombre Diego pertenece más a los otros que a mí. Yo lo uso sólo cuando le doy la mano a alguien, escucho o pregunto su nombre y luego digo el mío. Cuando Jesús me nombre, desaparecen los fantasmas (como el jardinero que veía María Magdalena junto al sepulcro vacío) y cesan las lágrimas.

 

Pero bueno. El asunto fue que ayer, en esta charla, hubo un rato en que toda la asamblea sintió que de una boca salían palabras de gracia y nos las bebimos todas. El encuentro sigue estos días y tendrá sus lindos frutos. Yo ya coseché algunos que me hacen saltar de gozo porque la vida religiosa está viva o más que viva vivible o, mejor todavía, “encendible”. Hay mucho material combustible y basta una llamita para encender una fogón y crear comunidad y para encender ese fuego que Jesús decía que qué ganas tenía de que ya estuviera ardiendo.

Algunos pequeños signos nomás. Con minúsculas.

Uno fue la cola, o mejor la fila, porque, como contó María Jesús, una carmelita española que con sus setentaytantos tiene más salero que 50 monseñores, está el chiste del niño que al entrar al circo le dice al papá: “Papa mira que cola larga”, y el papá: “Se dice fila, hijo, no cola”. Y al ver después el niño a un perrito, le dice al padre: “Mira papá cómo mueve la fila el perro”) la fila, digo se hizo larga, ya que con los atentados de París en el Vaticano se han puesto muy precavidos y sólo había cuatro scanners para pasar los 5.500 que éramos, así que estuvimos hora y media, y los últimos (porque alguna se quedó dormida y atrasó al bus de las carmelitas) entramos con la oración ya terminada y el Cardenal Aviz a mitad de su exposición, la fila, vuelvo a decir, fue tan divertida o más que las charlas.

Cuando me di cuenta de que todo el mundo hacía fila con gusto y que las charlas eran entretenidas por todos lados, ya que como la fila daba dos vueltas uno que iba para un lado veía a los que iban para el otro, me quedé saboreando eso.

Contamos chistes, tomamos mate, saludamos gente…, me saqué selfies con carmelitas de Inglaterra y de Escocia, conocí otras de Francia y de Sud Africa…

En el momento disfruté la hora y media de fila. Hasta se me hizo corta, diría. Ahora reflexiono que quizás sólo en la vida religiosa la cola para entrar a un encuentro es tan o más entretenida que el encuentro mismo (¿será que a veces es verdad eso de que nuestra vida tiene algo de cielo en la tierra?). La cuestión es que me gustó eso de armar el encuentro en la calle. Aunque daba para el comentario de “qué barbaridad, cómo no organizan mejor la entrada, sabiendo que viene tanta gente”, sin embargo nadie lo hizo. El Scanner le sonaba varias veces a algunas y la cosa se tomaba con risas. María Jesús, después de sacarse el teléfono, el reloj, el rosario y las monedas… ante un guardia que al final se dio cuenta de que era ridículo seguir haciendo retroceder a alguien que avanzaba con tal cara de buena y la hizo pasar así nomás, me comentó por lo bajo que debía haber sido el pastillero, que era metálico.

Otro signo evidente fue la presencia de las mujeres. En el mundo dicen las estadísticas las mujeres consagradas son 693.575. Los varones somos 184.316 religiosos sacerdotes y 55.253 religiosos hermanos.

Si agregamos a estos 239.569 consagrados, los 5.173 Obispos (no se si incluyen al Obispo de Roma o hay que agregar 1 Papa), más los 280.532 curas diocesanos, y los 43.195 diáconos permanentes, llegamos a 568.469 varones.

Hay muchas lecturas posibles.

Yo trato de hacer una lectura con minúsculas.

La lectura cuantitativa dice –obvio- que las discípulas son más que los discípulos.

La lectura cualitativa dice –entre otras muchas cosas posibles- que los varones si no se agrega otro título al de  “religiosos” llegamos solo a 55.253 y disminuyendo.

En una de nuestras reuniones de comunidad, el Hno Carlo, con sus 90 años preguntó al Delegado “si en la Compañía se estaba revalorizando la vocación de los hermanos o… ya era una causa perdida” (esto entendí yo de una frase que dejó en el aire). La respuesta, como siempre, es que sí, que la compañía valora mucho a los hermanos… Pero no hay vocaciones.

El ministerio, con su posibilidad de hacer carrera y de tener status, al mismo tiempo que atrae muchas energías no evangélicas, espanta otras que sí lo son. Urge una separación radical entre ministerio sacerdotal, poder y fama. De manera tal que surjan los “carismas con minúsculas”. Y en esto, evangélicamente, me resuena que las mujeres “han elegido la mejor parte”.

Me animo a decir que el desafío, hoy, no consiste en “jerarquizar” a la mujer, “elevándola” a la dignidad del ministerio sacerdotal, sino que antes de plantear este tema, que se puede plantear como todo, creo que hay una gran tarea por hacer: la de “abajar” el ministerio sacerdotal a tal punto, que si permanece como propio de los varones, la tarea de confesar los pecados y de hacer la Eucaristía, se consideren como dos servicios humildes del Señor, dos carismas con minúsculas: el de lavar los pies y el de estar a la mesa como el que sirve. Y que se destaquen y jerarquicen otros carismas histórica y existencialmente propios (por no decir exclusivos, que suena feo) de las mujeres, como el de ser las primeras evangelizadores de sus hijos; el de estar al pie de todas las cruces; el de centrar las asambleas en las que el Espíritu Santo desciende, como María; el de aconsejar, el de bendecir… Ayer, al despedirme de unas amigas carmelitas las bendije en la frente con una señal de la Cruz y les pedí que me bendijeran como suelo pedir, especialmente a los pobres. Y la verdad es que me impusieron las manos y me bendijeron con más unción y ternura, con más Espíritu, del que yo sentí cuando las bendije a ellas.

En una Iglesia en la que los carismas estén todos a la par, bien diferenciados “para que haya de todo” (como decía con humor una monja de otra de la que una tercera decía que no sabía que hacía alguien así en la vida religiosa) y considerados como todos provenientes del mismo Espíritu para el bien común, el carisma del poder orientado al servicio, se convertirá en uno más, atrayendo sólo a los que tienen la gracia (y las espoaldas) para conducir, sin que esto signifique más honor o más ventajas que las necesarias para cada tarea.

Carismas con minúsculas. De esto, el Espíritu Santo llena la faz de al tierra y el mundo, no solo el cristiano, está lleno de ellos. La misionariedad de la Iglesia y el salir a evangelizar tiene mucho de ir a ponerse a la par y al servicio de aquellos a los que, conociendo menos a Cristo, el Espíritu les regala estos carismas de fe, de prácticas solidarias, de esperanza…, hasta que, en el momento oportuno, surja ese intercambio de palabras con minúscula, en el que consiste una buena noticia, esa que se da en el interior de un corazón cuando el agua se le convierte en vino.

Diego Fares sj

 

 

 

 

 

 

 

 

Lucas

 Muchos han tratado de relatar ordenadamente los acontecimientos

que se cumplieron entre nosotros,

tal como nos fueron transmitidos por aquellos

que han sido desde el comienzo testigos oculares

y luego servidores de la Palabra.

Por eso, después de informarme diligentemente de todo desde los orígenes,

yo también he decidido escribir para ti, excelentísimo Teófilo,

un relato ordenado, a fin de que conozcas bien

la solidez de las enseñanzas que has recibido.

Jesús volvió a Galilea con el poder del Espíritu y su fama se extendió en toda la región. Enseñaba en las sinagogas y todos lo alababan.

Jesús fue a Nazaret, donde se había criado; el sábado entró como de costumbre en la sinagoga y se levantó para hacer la lectura. Le presentaron el libro (“Biblíon”) del profeta Isaías y, abriéndolo, encontró el pasaje donde estaba escrito:

“El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unción. El me envió a evangelizar a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor. Jesús cerró el Libro, lo devolvió al ayudante y se sentó. Todos en la sinagoga tenían los ojos fijos en él. Entonces comenzó a decirles: «Hoy se ha cumplido esta Escritura que acaban de oír» (Lc 1, 1-4; 4, 14-21).

 

Contemplación

Me gusta entrar en la contemplación por la puerta chica de algún detalle.

En este evangelio el detalle es un nombre: “Teófilo” –amigo de Dios-.

Lucas le dice que, después de haber escuchado a los “testigos oculares y, luego, servidores de la Palabra” ha decidido “escribir para él”.

Lindo esto de: “he decidido escribir para ti”. Después agrega: “Una narración ordenada, para que conozcas bien la solidez de las enseñanzas que has recibido”.

Teófilo ya es amigo de Dios, ya ha recibido el Evangelio y los dones del Espíritu en la Iglesia. El relato ordenado de Lucas, que se ha “informado diligentemente de todo desde los orígenes” es una ayuda para conocer bien la solidez de lo recibido.

A mí me encanta esta introducción porque siento que mis contemplaciones nacen de esa dinámica de Lucas. Sus escritos son las “Contemplaciones del Evangelio y de los Hechos”. El modelo me imagino que lo tomó de la Virgen, a la que Lucas era muy cercano; Ella, “la que guardaba todas las cosas contemplándolas en su corazón”.

También el modelo de Lucas es el mismo Señor que abre la inteligencia a los discípulos de Emaús y “comenzando por Moisés y los profetas, les relata todo lo que en la Escritura se refería a Él”.

Lo que saco como fruto es que el Evangelio se escribe y se lee en clave de amistad. Si uno profundiza en algo, es para contarle mejor a los amigos. Esa es en definitiva la actitud de Jesús: todo lo que vivió fue para contárselo a sus amigos. Es que si uno da la vida por sus amigos, desea que lo sepan. Narrarlo es una manera de darlo. La vida no se da como “una cosa”. Al contar, uno ofrece al otro la clave, el sentido, con que fue viviendo su vida y haciendo las cosas “para él”. Un hijo puede “leer” en la vida de sus padres el amor que le tuvieron. Una mamá compra las cosas para la casa, elige la comida, por ejemplo, pensando en lo que le gusta a cada uno y lo que necesita, y luego la prepara, la cocina y la sirve… Así con todo: el amor se narra con pequeños hechos y hay que saber “leerlo”. Hay que guardar las cosas en el corazón y luego hacer memoria y saborear las palabras con que cada cosa fue hecha: esto lo elegí para vos, esto lo compré porque se que te hace bien, esto te lo cociné así porque sé que te gusta. Es ese “he decidido escribir para ti, querido Teófilo”, lo que da el sentido de amor a todo el Evangelio.

Lucas se nos revela así como uno a quien han fascinado “los Hechos” de los amigos de Jesús y desea contárselos a los que tienen este sentido de la amistad con Dios, a los que quieren ser sus amigos. A Lucas le impresiona cómo el ser “Testigos oculares” de la Vida de Jesús lleva a sus discípulos a convertirse en “Ministros de la Palabra”. Es decir: lo que acontece en la Vida de Jesús –su Amor hecho carne, gesto cotidiano- es de tal calidad y magnitud, que requiere que uno se convierta en servidor de la Palabra y narre esos hechos. No son cosas que uno pueda contar así nomás. Hay que contemplar e “informarse diligentemente de todo”, como le dice a Teófilo. El Evangelio como Amor contemplado y narrado es lo mismo que el Amor vivido. Esta es la gracia que sólo Jesús posee y da. El es La Palabra, por eso todo lo que vive y hace tiene un Sentido pleno, una palabra clara. Y cuando alguien nos cuenta lo que hizo Jesús, se ve enseguida la palabra Amor puro que motiva y envuelve cada gesto.

Nosotros entendemos esto porque tenemos experiencia de esta coincidencia plena entre un gesto y una palabra en el amor gratuito de quien nos ama bien. Basta que un amigo diga “estoy con vos” en un momento importante, para que uno sepa y sienta efectivamente que la otra persona está. Y las palabras claves suelen ser las que menos lo aparentan, las que dicen todo sin tener que explicar. En el caso del evangelio de hoy, Lucas lo dice todo al solemnizar el momento en que Jesús termina de leer. Dice: “Jesús cerró el Libro, lo devolvió al ayudante y se sentó. Todos en la sinagoga tenían los ojos fijos en él. Entonces comenzó a decirles: «Hoy se ha cumplido esta Escritura que acaban de oír».

Si a uno le abren los ojos, como a mí hace unos días, una de estas personas para las que “la amistad es lo primero”, cae en la cuenta de que Jesús cortó el versículo de Isaías. El profeta, luego de anunciar “un año de gracia del Señor” agregaba “y de venganza de nuestro Dios”. Jesús corta esta frase. Y lo hace de manera solemne, cerrando el libro y devolviéndoselo al sacristán y sentándose. A partir de este momento, dice el Señor, sólo gracia, sólo misericordia.

Curiosamente (o no) este anuncio de un Dios cuyo Nombre es Misericordia, como dice Francisco en el libro que salió hace unos días, atraerá la venganza sobre sí. Pero salvará a sus amigos.

Hablé de los que nos abren los ojos. Hace unos días participé de la presentación del libro “Francisco y los pentecostales”, al que le hice una reseña en nuestra revista. Estaban el Pastor Giovanni Traettino, amigo del Papa desde el encuentro en el Luna Park con los pentecostales al que asistió Bergoglio, el Obispo Rafaelle Nogarò, que habló de que lo primero en el ecumenismo es “hacernos amigos” porque así luego uno comprende lo profundo que el otro experimenta de Jesús y no discute por los modos de expresar las cosa, y el anciano ex director del diario L’Avvenire, que fue el que me hizo ver este significativo corte de la frase que hace Jesús explícitamente. Fue una experiencia del Espíritu sentir a todos estos cristianos, con distintas confesiones y modos de vivir el Evangelio, coincidir en la amistad. Treattino destacaba que el Papa había ido a visitar su Iglesia en Caserta porque quería ir a ver a su amigo y comer en su casa. Y cómo esto había traído problemas protocolares, ya que unos días antes era la fiesta patronal católica y entonces: “cómo el papa iba a ir con los protestantes y no con los católicos”. Al fin tuvo que ir dos veces en tres días: primero a las patronales y después a los pentecostales. Cosas que uno hace sólo por los amigos.

Todo esto para reafirmar que, cuando abrimos el Evangelio, o lo hacemos como quien va a leer la carta de un amigo o mejor que lo dejemos por un rato. El Evangelio no es el discurso de uno que viene a darnos lecciones de moral o de teología. Si lo leemos tiene que ser en clima de amistad, como algo escrito por un amigo que, al leerlo, uno siente el placer de quedarse en cada frase y de releer, saboreando las expresiones, leyendo entre líneas, imaginando la alegría de nuestro amigo mientras nos escribía pensando que lo leeríamos comprendiendo todo…

Si uno va a buscar una palabra de amigo, el evangelio siempre le resultará provechoso y agradable, y estará lleno de sorpresas. Si uno va a buscar otras cosas, seguramente encontrará, aunque no siempre sentirá ganas de leerlo. Sucede igual con las personas: sólo con los más amigos uno tiene siempre ganas de compartir un rato, en el momento que sea y como se de. Con otras personas uno cumple las obligaciones o arregla las citas.

La amistad es un don que se da simultáneamente en dos corazones. Pero se da “en fragilidad”: uno ofrece algo o tiene un gesto especial y el otro lo acepta y, cuando es oportuno, retribuye con otro gesto particular… Si uno de los dos corta esta dinámica, no la continúa ni la promueve, la amistad no echa raíces; se convierte en una buena relación, pero no en amistad de corazón.

Todos tenemos la experiencia o de haber rechazado o de que nos hayan rechazado, gentilmente, una demanda de mayor amistad, poniendo distancia.

Y también tenemos la experiencia de haber aceptado un ofrecimiento y de haberlo cultivado felizmente de modo tal que, con el tiempo, se convirtió en una gran amistad.

Con el Señor, la apuesta de radical y fuerte: o amistad de corazón, hasta dar la vida por los amigos, o… nada. No existe un acercamiento “más o menos” a Jesús.

Pero no hay que temer habérselo perdido muchas veces! Gracias a Dios Jesús nos ofrece su amista siempre de nuevo, toda nuestra vida.

Pero no nos ofrece una relación “políticamente correcta” o “de buenos modales”.

El Señor cada vez se nos ofrece como amigo.

Cada vez nos dice como le dijo a Simón Pedro: me amas como amigo?

Para entender por qué a veces no entendemos lo que Dios nos quiere decir o por qué no crecemos y maduramos en nuestra relación con él, la clave está en esto, en la amistad.

Uno se da cuenta perfectamente cuando una persona quiere ser nuestra amiga y uno no quiere o cuando nosotros queremos ser amigos de uno y el otro nos pone distancia.

En la relación con el Señor, de parte suya, siempre está ofrecida la amistad.

De nuestra parte, el problema es si pretendemos algo menos.

Durante algún tiempo, puede ser que el Señor se conforme con una relación “a medias” diríamos. Pero será cada vez menos. A medida que pase el tiempo su ofrecimiento será más íntimo y total y disminuirán otras gracias secundarias que quizás antes nos daba.

Si uno no comprende esto, por ahí se endurece, al ver que Dios “no responde a sus necesidades”.

Es que el Señor, de a poco, todo lo va poniendo en clave de amistad.

Si nos perdona los pecados, será como un amigo, que es capaz de perdonarnos todo pero no por eso consiente que no crezcamos.

Si nos exige, será como amigo: por nuestro propio bien, no por el suyo.

Si nos pide algo, será como amigo, no para que “cumplamos” meramente sino para que lo hagamos de corazón.

Diego Fares sj

 

 

 

 

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Tres días después (del llamamiento a los primeros discípulos) unas bodas se celebraron en Caná de Galilea y estaba allí la Madre de Jesús. Y también Jesús fue invitado con sus discípulos a las bodas. Y como faltase el vino, la Madre de Jesús le dice a él: «No tienen vino».

Y Jesús le dice a ella: «¿Y qué a mí y a ti, mujer? Aún no ha llegado mi hora.»

Le dice su madre a los sirvientes:

«Cualquier cosa que El les diga, ustedes háganla.»

Había allí seis tinajas de piedra destinadas a los ritos de purificación de los judíos, que contenían unos cien litros cada una. Jesús dijo a los sirvientes: «Llenen de agua estas tinajas.» Y las llenaron hasta el borde. «Saquen ahora, agregó Jesús, y lleven al encargado del banquete.» Así lo hicieron. El encargado probó el agua cambiada en vino y como ignoraba su origen, aunque lo sabían los sirvientes que habían sacado el agua, llamó al esposo y le dijo: «Siempre se sirve primero el buen vino y cuando todos han bebido bien, se trae el de inferior calidad. Tú, en cambio, has guardado el buen vino hasta este momento.»

Este fue el primero de los signos de Jesús, y lo hizo en Caná de Galilea. Así manifestó su gloria, y sus discípulos creyeron en él (Jn 2, 1-11).

 

Contemplación

Sobre la fe de María dice el padre Lucio Gera (lo cito separando los renglones según esa cadencia poética que tiene su prosa cuando rima: dicha, escondida, alegría y vida):

“La fe constituía la dicha de María,

la bienaventuranza primera y más radical.

Aquella por la que en el creyente

hay una semilla de paz y oculta dicha”.

“Feliz el que cree, el que sabe descubrir

que detrás del escenario doloroso

de este mundo y de su propia vida,

hay una mano protectora; feliz quien cree

que el mal y el sufrimiento no tendrán

la última palabra; feliz quien es pobre

pero la fe le permite tener escondida

dentro de sí una promesa, y con ella,

una profunda y paciente espera y alegría.

Feliz quien por la fe, ha dado con un sentido de su vida,

aunque más no fuera por el hecho de saber

que un sentido está oculto en el corazón de Dios”.

Así la contemplamos a Nuestra Señora en Caná: con esta semilla de paz y oculta dicha, que da a sus manos y a sus ojos –los ojos de María- ese saber hacer las tareas cotidianas.

María trabaja  viendo lo que falta y quién puede ayudar, mira cómo ganarse el corazón de su Hijo y dice la palabra justa a los servidores. Pone a todos en comunión para que el milagro del vino anime la fiesta de los esposos de Caná de Galilea.

Lo lindo del padre Gera, para mí, es que cuando escribe pareciera que contempla la fe de María tal como la vive nuestro pueblo fiel.

En esas mujeres de nuestro pueblo, empleadas por hora, amas de casa, en cuyos ojos cuando regresan cansadas a su hogar, uno puede ver, si espía un poco, en los colectivos llenos del gran Buenos Aires al atardecer, esta semilla de paz y oculta dicha.

En esos papás trabajadores, pobres, como desprotegidos de madrugada, que van a su tarea apenas con un bolsito, uno puede ver, sin necesidad de mirar los ojos, viendo las manos nomás, que son gente que no tiene nada salvo, esa sí que la tienen, escondida dentro de sí una promesa. En esa gente sencilla que sabe –porque uno puede ver que lo saben, cuando peregrinan a Luján, por ejemplo- que lo que no tiene sentido visible, alguno sí que lo tiene y lo debe tener, oculto en el corazón de Dios y por eso caminan toda la noche y sólo a Él se refieren cuando los golpea la desgracia.

La comunión de nuestro pueblo con María es algo que va por dentro. Es una comunión entre gente que tiene escondida una promesa y lleva en sí una semilla de paz y oculta dicha.

Es la comunión con la que uno sabe que anda –que anduvo y que andará- por las cocinas.

Y no inofensivamente, sino atareada con el vino.

Los hombres sabemos que María es la única creatura, al fin y al cabo, que le pisó la cabeza a la serpiente venenosa.

En Caná vemos que se preocupa de que haya vino. Como si dijéramos que no le tiene miedo a las sustancias peligrosas. Y por eso puede haber onda con ella en todos los que experimentan esas carencias íntimas, de familia, de mamá y de papá, de autoestima, a quienes el mundo llena con sustancias adictivas.

María puede establecer la conexión entre aquellos a los que les falta el vino, los servidores y Jesús, que es el único capaz de llenarnos con tinajas de su vino bueno, el que enfiesta y da coraje para enfrentar la lucha de la vida.

La vimos antes huyendo a Egipto, con su hijito en brazos, como las mamás que vemos con ojos desorbitados, cuando las rescatan de los botes inflables en que llegan a las costas de Grecia y de Lampedusa, aferrando a sus hijitos con los que se largaron al mar.

Ayer el padre General de los Jesuitas les decía a las personas refugiadas a quienes atendemos en nuestro Centro Astalli: Ustedes nos enseñan lo más débil de la humanidad y lo más fuerte. Lo más débil porque han experimentado el miedo, la angustia, la soledad. Lo más fuerte, porque han tenido el coraje de superar el miedo y la angustia tomando riesgos increíbles; porque han tenido la generosidad de superar su soledad siendo solidarios en su misma pobreza…

La comunión de estas personas con María es interior, es la de quien ha huido con la que ha huido, la de quien se ha jugado todo con la que se ha jugado todo.

La veremos a nuestra Señora como discípula, pidiendo ver a Jesús como una más, escuchándolo en medio de la gente. Nunca formó parte de ninguna corte. Cuando pudo se metió ella en la cocina y entre la gente que escuchaba a su Hijo. Cuando se dejó rodear fue para que la sostuvieran al pie de la cruz y para rezar esperando el Espíritu.

En este sentido creo que tenemos que animarnos a crear otras imágenes suyas.

La del Apocalipsis, coronada del sol, con la luna a sus pies y rodeada de estrellas, es solo un aspecto de su imagen primordial. Sobre esta cara se han dibujado las demás. María siempre está como resplandeciendo y de alguna manera sola y en altura, sea como la Inmaculada o con el Niño en brazos.

Nos hacen falta imágenes de María que expresen la otra cara, más interior: su dicha oculta, su estar entre los demás –ni sola ni en lo alto.

Y estas nuevas imágenes no serán nuevos cuadros, en las que en vez de verla sola la veamos con otros, en las que en vez de ver resplandores externos veamos el brillo de sus ojos. Más bien creo que lo que debe cambiar es nuestra perspectiva. Más que cuadros de pintores famosos tienen que ser selfies. Fotos que nos saquemos nosotros con Ella.

Esto de la selfie es curioso. El Abad de Guadalupe decía que ella fue la primera en tomarse una selfie. No sé si entendí bien, pero a mí me parece que los que se tomaron la selfie usando sus ojos como cámara fueron Juan Diego y los que estaban con él, ya que allí quedaron reflejados. Esta selfie de María, o tomada con los ojos de María, tiene este aspecto “interior y comunitario” que forma parte de ese todo, en el que la imagen exterior, rodeada del sol, la luna y las estrellas, es sólo un polo, que  debemos leer en tensión con el otro. Siguiendo esta indicación de los ojos de la Virgen, para la visita del Papa a México están haciendo un collage en el que la Imagen de Nuestra Señora estará formada por millares de fotos de familias mexicanas y latinoamericanas.

Y aquí va una pequeña reflexión, que espero no complique. Aunque la selfie tenga un lado autorreferencial –de sacarse una foto a uno mismo-, tiene también (como todo) un lado comunitario. No solo porque muchas selfies nos las sacamos con otro o en grupo, sino por el deseo mismo de ser mirados, de fijar cómo somos vistos objetivamente por otros ojos (que nos miran desde la cámara), a los que sonreímos para luego, al vernos, sonreírnos de nuevo.

En ese sentido es lindo pensar en los ojos de la Virgen, y en los ojos de Dios, como un lugar desde donde nos podemos mirar y fotografiar en todos los instantes importantes de nuestra vida (también en los importantes “interiormente”, por sólo ser y estar vivos, haciendo algo cotidiano, pero lindo de ver para quienes nos aman y que por eso compartimos).

Puede ser una hermosa oración la de “sacarnos una selfie” con los ojos del Señor, cada vez que “sentimos” algo lindo: ganas de agradecer al estar en medio de un paisaje hermoso o en un momento especial dentro del vivir común.

Sacar una selfie es “fijar” ese momento de belleza y de gracia.

Paradójicamente, al sacarnos a nosotros mismos en un paisaje que nos gusta, nos incluimos en él, nos miramos dentro (esto me vino de tanto pasar por la Fontana de Trevi y ver infinidad de gente sacándose selfies con la Fontana como marco y experimentar que lo que uno ve todos los días, para otros es un momento único en su vida, para el cual ahorraron años y que sólo verán una vez. Por eso la emoción de estar dentro).

La selfie tiene que ver con sacarse la foto en el momento en que uno lo siente. No que te la saque otro cuando y como quiere. Pero no por eso deja de ser “mirada de otro”, objetivación de un momento para contemplar después.

En algunas ceremonias del Papa dudaba entre sacar yo (medio mal), la foto y esperar a buscar las que saca el fotógrafo oficial (que son mejores, sin duda). Siempre trato de sacar una yo porque es la que me da el “tono” de lo que vivo, la perspectiva, en medio de la gente, desde la que viví las cosas. Esa foto me sirve luego para rezar, porque está sacada con un sentimiento especial, buscando un detalle que me fija la gracia interior.

En un mundo lleno de imágenes que se nos imponen, las selfies caseras nos defienden contra esta invasión y nos permiten fijar para poder hacer memoria momentos importantes enteramente personales.

Para el que mira de afuera, es una foto más, y en general no muy bien sacada. Para el que la sacó es un testimonio de su vida, de sus sentimientos y de haber sido protagonista de un paisaje, de un acontecimiento, de una historia.

Sentir que Jesús está dispuesto a sacarse una selfie con nosotros en el momento en que se lo pidamos, es una dicha oculta de la que no nos tenemos que privar.

Sentir que la cámara pueden ser los ojos de la Virgen, que como un soporte plegable nos da ese poquito más de distancia que hace la diferencia, es otro motivo de alegría.

Tener como criterio para discernir cuándo sacarnos una esas palabras de nuestra Señora “ustedes hagan todo lo que él les diga”, puede ser iluminador como un flash.

Cada vez que “siento” que estoy gozando de una linda vista, “glorificar” el momento con una selfie dando gracias al Señor. También cada vez que estoy compartiendo con alguien algo lindo, un encuentro, un momento especial de una reunión…

….

La selfie que habrá pedido alguno de los servidores de la Fiesta, con Jesús y María a su lado y los compañeros agachados junto a las tinajas, es la selfie de este domingo.

Al fin y al cabo el evangelio está lleno de gente que “metió” a Jesús por un momento en su vida, empezando por la Verónica. El Evangelio como colección de selfies de muchos del pueblo fiel compartidas, no de imágenes que registró un solo autor.

Que los ojos de la Virgen que nos miran siempre y lo fotografían todo estén siempre a disposición para clickear muchas pequeñas oraciones con mucha alegría y gran amor al Señor.

Diego Fares sj

 

 ARBOL_RAICES

Estando el pueblo expectante

todos se preguntaban en su corazón acerca de Juan,

si no sería el Mesías -el Cristo-,

respondió Juan diciendo a todos:

«Yo los bautizo a ustedes en agua;

pero viene el que es más fuerte que yo,

al cual yo ni siquiera soy digno de desatar la correa de sus sandalias;

Él los bautizará en Espíritu Santo y en fuego.»

Y aconteció que,

cuando el pueblo se hacía bautizar,

habiendo sido bautizado también Jesús,

y estando en oración,

se abrió el cielo

y el Espíritu Santo descendió

en figura corporal, a manera de paloma,

sobre Él.

Y una voz vino del cielo:

«Tú eres el Hijo mío, el predilecto,

en Ti me he complacido»   (Lc 3, 15-16. 21-22).

 

Contemplación

Siempre me impresiona ver a Jesús en la fila, entre la gente, como uno más de los que se van a hacer bautizar por Juan, cumpliendo con los gestos de devoción y de culto que el pueblo fiel de Dios practica en todas las culturas. Es el Hijo de Dios encarnado e inculturado. Esta última palabra es importante porque la Encarnación no es un hecho solamente físico, de la naturaleza, algo que hace referencia a tener huesos, carne y sangre. Nuestra carne humana es una maravilla muy especial. Hay una fragilidad en nuestros huesos que hace que no caminemos como un potrillito apenas lo pare su madre sino que necesitemos aprender a caminar de la mano de nuestros papás y hermanitos. Hay una sutileza en nuestras cuerdas vocales que nos permite aprender a modular sonidos que en otras especies quedan muy limitados. Nuestras manos son capaces de movimientos de precisión que generan obras de arte e interactúan delicadamente con el mundo… Estos ejemplos por no hablar de la plasticidad de nuestras neuronas, capaces de relacionar entre sí de conexiones que hacen de cada uno de nuestros cerebros un Universo entero y único.

Nuestra carne es carne espiritual y lo espiritual no es individual sino familiar y cultural. Encarnarse es tomar la carne inculturada de un pueblo, con su modo de juntar las manos para orar, de lavarse y de vestirse, de trabajar y de cantar. Este Jesús inculturado es el que vemos en la fila de los que van a hacerse bautizar por Juan.

Estando este Jesús en oración, desciende sobre Él el Espíritu –también inculturado, en forma de palomita, para que pueda “registrarlo el evangelio”- y pronuncia el Padre su bendición –también inculturada, con las palabras del Salmo 2, 7 para que la puedan entender los que escuchan: “Este es mi Hijo el predilecto, en ti me he complacido”.

Quería detenerme hoy en la oración de Jesús. Es un tema grato a Lucas, que nos muestra a Jesús rezando en siete oportunidades: aquí en el agua del Jordán, varias veces en el Monte –de manera especial en la Transfiguración-, de madrugada y la noche entera, junto a sus discípulos, cuando les enseña el Padrenuestro, y en el huerto de los Olivos.

Lo que quiero compartir es que se trata de una oración inculturada, una oración en la que Jesús se mete en el corazón de su pueblo, en las raices de su cultura. El que reza es Jesús con los pies en el barro del Jordán, metido en el agua marrón por el limo y, simbólicamente, llevándose en la corriente los pecados de su pueblo bautizado y purificado. El Jesús que reza de madrugada tiene los ojos llenos de amaneceres y los oídos con el canto de los pajaritos. El Jesús que reza de noche tiene el alma inundada de estrellas y de la luz de la luna. El Jesús que reza en el Tabor está charlando con Moisés y Elías, en una oración que tiene sus raíces en estas columnas de la fe de su pueblo. El Jesús que reza en el Huerto tiene las rodillas con hojas y palitos y deja su huella en la tierra.

Lo imaginamos rezando de la mano de San José y mirando los labios de su Madre que le enseña a repetir los salmos: Tú-e-res-mi-hi-jo-pre-di-lec-to (Qué lindo debía sonar en los labios de María!).

Oración cristiana, oración inculturada. Oración con paisajes nuestros, con nuestras músicas, nuestros gestos, nuestros proverbios… Oración con raíces, con rostros, con tierra, cielo y piedras nuestros.

En esto no hay “dinámicas neutrales”, que sirvan a todos los pueblos. Cada uno debe encontrar los caminitos y movimientos (los dinamismos) que le permiten bajar a –engordar sus raíces- como dice mi amigo Jacques, de manera que absorban poderosamente la vida de los jugos de la tierra, y subir a sus hojas, sus flores y sus frutos, para alegrar y dar vida a los demás. Hay dinámicas que se agotan en el oasis que producen y otras que nos zambullen en el río de la vida del pueblo de Dios.

“Engordar las raices” fue la expresión más novedosa de estos últimos tiempos. Jacques me decía así en un mail:

Querido Diego

Cuando llegue hoy a la CB (Casa de la Bondad) me enteré que estuviste un ratito temprano y lamente un montón no haber estado allí para darte un abrazo… Justo este domingo que completa un fin de semana largo, quede solo para atender a los patroncitos y el viernes Marcela me mandó un mail diciéndome que Alejandra les daba el desayuno y que yo fuera a las 10 hs., para no agotarme*, cosa que acepté encantado, y, consecuentemente, me perdí el poder verte y charlar un ratito… La holganza tiene su precio…

Por suerte.  contigo me pasa que siempre te comento virtualmente y en silencio, sucesos, sensaciones y opiniones, que por lo general me contestás con párrafos que redactas en tus contemplaciones… de manera tal que siento como si el diálogo nunca se interrumpió y lo tomo como otro de los tantos “milagritos” que me ocurren cotidianamente…

Hoy falto Clarita porque empezó en Diciembre a trabajar en  Metrogas y por supuesto este verano no tiene vacaciones y le dije que aprovechara este finde largo para visitar a su amigota que vive en Lincoln… De todo modos la extraño mucho porque es terriblemente eficaz y ordenada y me alivia mucho el trabajo… gracias a eso  puedo recostarme un rato entre el desayuno y el almuerzo (Tal como hacía Horacio en el sillón de la recepción)…

Imagino la panzada de “familia” que te habrás dado en tu Mendoza, pues, aunque cortita,  siempre es muy estimulante por aquello de ” engordar las raíces ”  … Si hay algo gratificante es eso de ver cómo engordan nuestras raíces cada vez que compartimos la vida en familia, en esos lapsos vamos descubriendo raíces que no conocíamos pero que siempre funcionaron y  esos descubrimientos terminan haciendo crecer un montón de otras nuevas… Vas a ver, cuando llegues a viejo, que las raíces son tan frondosas como la copa y recién empiezas a verlas cuando se acerca el tiempo de compartir con ellas la vida subterránea…

Te mando un fuerte abrazo

Jacques

* Marcela me cuida porque tiene pocos candidatos domingueros para la cocina, pero creo firmemente que el Tata la va a sorprender…

Quién es Jacques? El que escribe así de las raíces. Quise que se presentara por estas palabras y ahora sí puedo agregar que tiene sus “cuatro veintes” bien llevados, como dicen los franceses, que es el que enseñó a hacer las sillitas artesanales a los integrantes del Taller de Artesanías del Hogar (además de llevarles sangüichitos de miga y máquinas e instrumentos de precisión para el trabajo); Jacques es el que cocina y sirve los “almuerzos de Babbette” los domingos, para los patroncitos que están enfermos, en la Casa de la Bondad… Y tanto más… Pero en esta contemplación participa como el que nos enseña un tipo de oración que consiste en “engordar raíces”, en arraigarse, en buscar vida en “esas raíces que no conocíamos pero que siempre funcionaron”, en cada familia y en cada pueblo.

Por ese lado va el “estar en oración” de Jesús. Enraizado así, atrae la mirada del Padre y le hace brotar del corazón esa frase que tanto bien nos hace escuchar: vos sos mi hijito muy querido, el predilecto de mi corazón”. Enraizado así atrae como un árbol plantado al borde de la acequia al Espíritu, que cuando se posa en nuestra alma nos pacifica y nos dinamiza con su vida.

Diego Fares sj

 

 

 

 

Al principio existía la Palabra,

y la Palabra estaba junto a Dios,
y la Palabra era Dios.
Al principio estaba junto a Dios.

Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra
y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe.
En ella estaba la vida,
y la vida era la luz de los hombres.
La luz brilla en las tinieblas,
y las tinieblas no la percibieron.

La Palabra era la luz verdadera
que, al venir a este mundo,
ilumina a todo hombre.
Ella estaba en el mundo,
y el mundo fue hecho por medio de ella,
y el mundo no la conoció.
Vino a los suyos,
y los suyos no la recibieron.

Pero a todos los que la recibieron,
a los que creen en su Nombre,
les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios.
(Hijos que) no nacieron de la sangre,
ni por obra de la carne,
ni de la voluntad del hombre,
sino que fueron engendrados por Dios.

Y la Palabra se hizo carne
y habitó entre nosotros.
Y nosotros hemos visto su gloria,
la gloria que recibe del Padre como Hijo único,
lleno de gracia y de verdad.

Juan da testimonio de él al declarar:
‘Este es Aquel del que yo dije:
El que viene después de mí me ha precedido,
porque existía antes que yo’.

De su plenitud todos nosotros hemos recibido
y gracia sobre gracia:
porque la ley fue dada por medio de Moises,
pero la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo.

Nadie ha visto jamás a Dios;
el que lo ha revelado es el Dios Hijo único,
que está en el seno del Padre (Juan 1, 1-5. 9-18).
Contemplación
La Palabra es la luz verdadera que ilumina a todo hombre…
Qué y cómo es esa luz?
El Papa decía, al comenzar el año, que “la misericordia es la luz para mirar el pasado y ver las huellas de Dios en nuestra vida”.
Esas huellas pueden ser sólo nostalgia de paredes que ya no están o mirada distendida que abarca muchos tiempos, capaz de percibir una presencia que no se puede hacer sentir en un tiempo solo “puntillar” –como dice un filósofo actual-, un presente hecho sólo de momentos, de flashes, de series de fotos que se suceden unas a otras.
La presencia de la misericordia es la de la Palabra hecha carne que pone su tienda, amorosamente, entre nosotros, y va cubriendo con su sombra toda nuestra historia. Es una presencia que requiere ser vista tanto en los detalles que pasaron como en el deseo y la ilusión de lo nuevo que vendrá.
La misericordia es omnipresente y pluriabarcativa. Repara lo que falta, suple lo que no se realizó, completa lo que hicimos a medias.
La misericordia renueva lo que se puso viejo, enciende la brasa entre las cenizas, hace brotar la semilla que parecía seca.
La misericordia es toda una manera de mirar: es un paradigma, como se dice hoy. Es decir, no solo una miradita, sino todo un horizonte, desde cuya luz interpretamos de manera distinta todo lo demás, todo lo que invitamos a entrar dentro de su ámbito bueno e indulgente.
Cuando uno mira juzgando duramente los ojos se ponen rígidos y miopes. La expresión “cegado por la rabia” no es una metáfora sino algo físico: la ira nos hace ver todo borroso y atacar disparando a ciegas. Uno, cuando está enojado, dice cualquier cosa con tal de herir. De hecho, la ira es muy autorreferencial. Uno es dolorosamente consciente de que está siendo herido y eso hace que vea confusamente la realidad del otro. Lo que se ve es que me han herido y el otro no es sino un “vos que me has herido aquí”. Y entonces uno busca contrarrestar atacando a mansalva, golpeando allí donde siente que al otro le duele.
En distintos grados de violencia, la visión de la ira se muestra parcial, focalizada en un punto, distorsionada en lo demás.
La misericordia en cambio ablanda los ojos y deja entrar más luz.
Mira las heridas mansamente, con cuidado para no lastimar más.
La misericordia se toma tiempo. Como no quiere herir sino que quiere curar, no escarba la herida; más bien se va acercando con delicadeza para ir aliviando el dolor desde las partes sanas.
La misericordia se deja guiar por lo que siente el otro para ayudar a curar.
Todo lo contrario de la ira, que se guía por el propio dolor para atacar.
Lo más propio de la mirada misericordiosa es que distiende el tiempo: uno tantea qué es lo que está herido para ver dónde hay que curar.
Si la herida es un trauma del pasado, la misericordia lo va rodeando de recuerdos buenos, también pasados, que permiten ampliar la visión y que la persona salga de su encierro en un solo punto, ese donde fue atacado. Hay mucho sano que pasó y que se puede agradecer.
Si el problema es algo actual, la misericordia ayuda diciendo que no hay que apurarse a juzgar, que se puede dar tiempo a las cosas y no contraatacar ya, porque sería echar leña al fuego.
Si se trata de un miedo al futuro, que paraliza o lleva a precipitarse, la misericordia ayuda a soplar los “futuribles” como quien sopla un globo, y alejarlos suavemente en vez de meterse en ellos.
Estas serían algunas diferencias: la primera, creo, es que el juicio duro es siempre puntual.
La mirada misericordiosa, en cambio, es amplia, como un horizonte sobre el mar.
La dureza de juicio es repetitiva, nos vuelve monotemáticos: siempre insistiendo en el punto herido por la ofensa.
La misericordia en cambio es capaz de variar, de hablar de otro tema, para suavizar…
La dureza de juicio es como un embudo: apunta todas las armas a un punto, pero no para salir, sino para taponar la vida allí y no dejar pasar.
La misericordia en cambio da vuelta el embudo y hace pasar el cuello de botella lo más rápido y mejor que se pueda. Sigamos adelante, dice, que si pasamos esto, no se cómo pero segurísimamente el horizonte se abrirá.

La misericordia es siempre concreta, porque es actuar con amor para reparar un mal. Y el mal se repara comenzando a juntar los pedazos por algún lado o taponando la herida que sangra y no diciendo ¡qué barbaridad!
La misericordia comienza por los demás. Uno tiene algún gesto para con un mendigo en la calle o para con algún enfermo desconocido en un hospital y cae en la cuenta de que puede ser más misericordioso en casa, con su familia, con sus hermanos y papás.
La misericordia con uno mismo tiene nombre: se llama “humildad”, la humilde vergüenza propia de volver a comenzar. Nada de “soy siempre el mismo…”, ni de “nunca voy a cambiar”. La misericordia es empezar de nuevo, la misericordia es reparar y hacer bien lo que hicimos mal.
La misericordia en la familia tiene nombre: se llama “emparejar”. Es cara de buen humor que sonríe y, al ver un defecto, dice: yo soy igual. Lo mismo que me molesta en vos, yo lo hago en otro momento, o de otra forma, pero es igual. La misericordia dice: no soy mejor que mis padres, soy igual a mis hermanos, con otra “tonalidad” quizás.
La misericordia en la política tiene dos nombres: se llama “no venganza” con el enemigo y “solidaridad” con los los que sufren más.
La misericordia con la tierra tiene nombre: se llama “ecología integral” y es llamar hermana a cada cosa y sentirla y tratarla como tal.

La misericordia de Dios tiene nombre: se llama Jesús y, paradójicamente, nos cura no “desde arriba” sino haciéndose con nosotros uno más, hasta el punto de hacernos sentir pena de que sea tan débil, tan poquita cosa su humanidad.
Podemos releer rezando el prólogo de Juan poniendo en lugar de la “Palabra”, Misericordia.

Al principio existía la Misericordia
y la Misericordia estaba junto a Dios,
y la Misericordia era Dios.
Al principio estaba junto a Dios.

Todas las cosas fueron hechas con Misericordia
y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe.
En la Misericordia estaba la vida,
y la Misericordia era la luz de los hombres.
La luz de la misericordia brilla en las tinieblas,
y las tinieblas no la percibieron.

La Misericordia era la luz verdadera
que, al venir a este mundo,
ilumina a todo hombre.
Ella estaba en el mundo,
y el mundo fue hecho por medio de ella,
y el mundo no la conoció.
Vino a los suyos,
y los suyos no la recibieron.

Pero a todos los que reciben la Misericordia,,
a los que creen en su Nombre,
les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios.
(Hijos que) no nacieron de la sangre,
ni por obra de la carne,
ni de la voluntad del hombre,
sino que fueron engendrados por Dios.

Y la Misericordia se hizo carne
y habitó entre nosotros.
Y nosotros hemos visto su gloria,
la gloria que recibe del Padre como Hijo único,
lleno de gracia y de verdad.

De su plenitud de Misericordia, todos nosotros hemos recibido
y gracia sobre gracia:
porque la ley fue dada por medio de Moises,
pero la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo.
El es la Misericordia del Padre.

Nadie ha visto jamás a Dios;
el que lo ha revelado es e Hijo, el Misericordioso,,
que está en el seno del Padre.

Que este año santo de la Misericordia nos traiga la gracia de recibirla plenamente en nuestro interior, dejando que sane todo pecado y corrija con indulgencia todo defecto, y de poder expresarla con obras a nuestros hermanos más necesitados.
Diego Fares SJ

Los padres de Jesús iban todos los años a Jerusalén en los días de la fiesta de la Pascua.

Y cuando tuvo doce años, subieron ellos como de costumbre a la fiesta y, al volverse, pasados los días, el Niño Jesús se quedó en Jerusalén,
sin que se dieran cuenta sus padres.
Pero creyendo ellos que él andaría en la caravana, caminaron una jornada,
y le buscaban entre los parientes y conocidos;
pero al no encontrarle, se volvieron a Jerusalén en su busca.
Y sucedió que, al cabo de tres días, le encontraron en el Templo
sentado en medio de los maestros, escuchándoles y preguntándoles;
todos los que le oían, estaban estupefactos por su inteligencia y sus respuestas.
Cuando le vieron, quedaron atónitos, y su madre le dijo:
«Hijo, ¿por qué nos hiciste esto a nosotros? Aquí estamos tu padre y yo que, angustiados, te andábamos buscando».
El les dijo:
«Y ¿por qué me buscaban? ¿No sabían que yo debía estar en la casa de mi Padre?»
Pero ellos no comprendieron la respuesta que les dio.
Bajó en su compañía y fue a Nazaret, y vivía sujeto a ellos.
Su madre guardaba cuidadosamente todas estas cosas en su corazón.

Jesús progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres.
(Lc 2, 40-52).

Contemplación
Ningún lugar mejor para mí, para contemplar a Jesús en su familia, que el patio de casa en Mendoza, tomando unos mates. Después de la varías misas de Nochebuena celebradas con mis queridas comunidades de Buenos Aires, en el patio de la infancia dejo que “la paz actúe de árbitro en mi corazón”, como dice Pablo, y le vaya dando permiso a los sentimientos que acuden a buscar cobijo: vos sí, vos por ahora no.
En todos lados es bueno que la paz sea el árbitro, pero en la familia más.
Si algo no viene con paz, si trae otras cosas bajo el brazo, ahora no lo puedo atender, no puede entrar. Como hacemos en familia, si alguno saca un tema y se ve que otro empieza a alzar la voz, alguien, discretamente, cambia el tema. Una conversación que rompe la paz de la mesa familiar, no hay que seguirla mucho rato. No importa si es una hermosa idea religiosa o una verdad política comprobable estadísticamente. Como al entrar en el pesebre, o en cualquier pieza donde hay una cuna con un bebé, cuidar que haya paz es lo primero. Y si una palabra agita los ánimos y nos hace alzar la voz, no es el momento.
“Hijo, aquí estamos tu padre y yo que te andábamos buscando, angustiados…”
María nos enseña la única “angustia”: que Jesús se nos pierda. Cada uno puede traducirlo a su realidad y pensar la vida en clave de padres a los que se les pierde un hijo, en clave de pastor al que se le pierde una ovejita. Jesús nos da la clave de lo único que le angustia al Padre, si se puede hablar de “las angustias del Padre”, que no quiere que se le pierda nada, ninguno de sus pequeñitos, ni un pajarito siquiera de lo que ha creado por amor. Somos un bien para nuestro Padre y a esa “angustia” que él siente si nos perdemos, debemos referir nuestra oración, sea como sea que cada uno diga esos “Dios mío” con suspiro hondo que son verdadera oración en Espíritu y en Verdad como le gusta al Padre que lo adoren.
Esta es la única angustia, la de que se nos pierda el hijo: un hijo concreto y todo lo que en la vida es “hijo”, fruto de nuestro amor compartido, fruto de nuestro haber dado vida a alguien, de haber dado a luz y traído a la existencia algo que no existía y que hemos cuidado y a lo que queremos por puro amor para que siga adelante por sí mismo.
Y es lindo notar que Jesús no dice “por qué andaban angustiados” sino “por qué me buscaban”. En otros asuntos el Señor corrige la angustia: no se angustien por la comida o el vestido, diciendo qué comeremos o con qué nos vestiremos… Su Padre del Cielo sabe bien que necesitan estas cosas… Miren los lirios del campo…”. En cambio aquí no dice “no se angustien” sino algo así como “no saben acaso que a mí siempre me pueden encontrar?”. Yo estoy siempre en “las cosas de mi Padre”.
Esta es la linda noticia de Navidad. Se lo dijeron los ángeles a los Pastores: “encontrarán a un Niño recostado en un Pesebre”. El Evangelio se resume en “encontrar a Jesús”. Encontrar la Palabra hecha carne. Después el irá diciendo todo lo demás que queramos saber. Pero Jesús es el Dios encontrable.
Lo podés encontrar en el pesebre, ahí cerquita de donde pasás tu noche en vela por el trabajo, como los pastores, o siguiendo esa estrella que descubriste en el cielo, como los magos.
Lo podés encontrar junto al pozo de tus deseos, que te dan tanto trabajo, donde vas a buscar agua como la samaritana, y te podés poner a charlar con él.
Lo podés encontrar sin que nadie te vea, si vas como Nicodemo a algún lugar donde vos sabés que el Maestro está.
Lo podés encontrar en medio de la gente, como Zaqueo, que se animó a pasar un poco de vergüenza y se subió a la higuera para que lo viera al pasar.
Lo podés encontrar de oído, como Bartimeo, que se animó a gritar cuando sintió que pasaba cerca, saliendo de Jericó.
Lo podés encontrar como los dos primeros discípulos que le hicieron caso a Juan Bautista en quien confiaban cuando les dijo que de ahora en más siguieran a Jesús.
Lo podés encontrar como el Cireneo, siempre que veas pasar a alguno cargando algo que es demasiado pesado para él, cosa que se ve todos los días.
Estas son las cosas del Padre y a Jesús se lo encuentra en ellas.
Ojalá que esta paz que da saberlo siempre a mano, siempre cercano, siempre prójimo Señor, Salvador, Amigo, Compañero, nos quite toda angustia y sea Jesús como ese punto fijo de nuestro GPS interior que nos reorienta hacia su mirada buena sea donde sea que nos encontremos.
Diego Fares SJ

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