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Jesus pan de vida2 (1)

Jesús habló a la multitud acerca del Reino de Dios y devolvió la salud a los que tenían necesidad de ser curados. Al caer la tarde, se acercaron los Doce y le dijeron:«Despide a la multitud, para que vayan a los pueblos y caseríos de los alrededores en busca de albergue y alimento, porque estamos en un lugar desierto.» El les respondió: «Denles de comer ustedes mismos.» Pero ellos dijeron: «No tenemos más que cinco panes y dos pescados, a no ser que vayamos nosotros a comprar alimentos para toda esta gente.» Porque eran alrededor de cinco mil hombres. Entonces Jesús les dijo a sus discípulos: «Háganlos sentar en grupos de cincuenta.» Y ellos hicieron sentar a todos. Jesús tomando los cinco panes y los dos pescados y, levantando los ojos al cielo, los bendijo, los partió, y se los iba dando a sus discípulos para que se los sirvieran a la multitud. Todos comieron hasta saciarse y con lo que sobró se llenaron doce canastas (Lc 9, 11 b-17).

Contemplación

El jueves, en la misa del Corpus en San Juan de Letrán, una frase del Papa me gustó para compartirla. Habló de dos pequeños gestos que son parte de la Eucaristía: ofrecer los pocos panes y peces que tenemos y recibir de manos de Jesús el pan partido y distribuirlo a todos.

Decía así Francisco, acercar del mandato del Señor:

«Denles Ustedes de comer». En realidad, es Jesús el que bendice y parte los panes, con el fin de satisfacer a todas esas personas, pero los cinco panes y los dos peces fueron aportados por los discípulos. Y Jesús quería precisamente eso: que, en lugar de despedir a la multitud, ofrecieran lo poco que tenían.

Hay además otro gesto: los trozos de pan, partidos por las manos sagradas y venerables del Señor, pasan a las pobres manos de los discípulos para que los distribuyan a la gente. También esto es «hacer» (la Eucaristía) con Jesús, es «dar de comer» con él. Es evidente que este milagro no va destinado sólo a saciar el hambre de un día, sino que es un signo de lo que Cristo está dispuesto a hacer para la salvación de toda la humanidad ofreciendo su carne y su sangre. Y, sin embargo, hay que pasar siempre a través de esos dos pequeños gestos: ofrecer los pocos panes y peces que tenemos; recibir de manos de Jesús el pan partido y distribuirlo a todos. (Francisco, Misa del Corpus, 2016).

Se trata, entonces, de dirigir rápido la mirada a esto pequeño. Cuando contemplamos el hambre de la humanidad, los ojos de los niños, los rostros de los papás que llevan a su familia escapando de Siria, las mamás que abrazan a sus bebés en los barcones atestados de refugiados…, hay que buscar algo pequeño. Algo nuestro, para ofrecer y algo (también pequeño) de Jesús, para recibir y distribuir. Lo nuestro es fácil: unas monedas, ropa linda que tenemos y no usamos, un ratito de nuestro tiempo para hacer una llamada o una visita… Pero ¿cuáles son los pequeños gestos de Jesús que podemos recibir y compartir?

Me gustó esta imagen de que también Jesús realiza “pequeños gestos”. Incluso los grandes gestos, como este de convertir los cinco pancitos en panes para cinco mil personas, lo fue haciendo de a poquito, dándole a cada discípulo el pan y los peces que debían llevar a cada grupo de cincuenta.

Contemplamos los pequeños gestos de Jesús con el pan.

Digamos ante todo que son los mismos que hace cuando instituye la Eucaristía.

Yo no soy exegeta y el pasaje está muy estudiado, por supuesto, pero uno puede ver que la actitud de Jesús para con los pancitos, que le sale espontánea, es marcadamente especial. Alzar los ojos al Cielo, pronunciar la bendición, partirlos… son pequeñas acciones del Señor que quedaron grabadas para siempre en los ojos y en el corazón de los discípulos. Repetirlos no fue un intento de apropiarse mágicamente de sus gestos. El Señor mismo mandó que “hiciéramos esos gestos” en memoria suya. Además, como son gestos con el pan, a todos nos salen naturales. Son gestos de madre y de padre que simplemente parten el pan para sus hijos y lo hacen bendiciéndolo de corazón, sin nada especial, con el amor mismo cotidiano, que en algún momento contempla al hijito que toma el pan con sus deditos y uno agradece a Dios y sonríe interiormente y atesora esa imagen en el corazón. Son esas imágenes que alimentan el alma y dan sabor y fuerza a la vida.

Los pequeños gestos de Jesús para con el pan conforman un solo gesto en el que todo está integrado: tomar-alzar los ojos/pronunciar la bendición-partir-repartir.

Se trata de una acción que fluye, espontánea, sin titubeos ni apuros.

Pero no es algo que le salga así nomás a cualquiera.

En una mesa familiar el tomar y partir y repartir se hace con espontaneidad y cariño. Quizás el momento de alzar los ojos al cielo y bendecir, queda medio como sobrentendido. La bendición de la comida no siempre está integrada perfectamente a la acción de servir y compartir.

En Jesús ese alzar la mirada buscando la bendición del Padre es algo connatural, algo que entra en el ritmo habitual de su vida y es parte de cómo hace las cosas. En mucha gente sencilla esta bendición, esta conexión con el Padre forma parte del lenguaje. Los musulmanes, por ejemplo, en medio de su conversación dicen muchas veces “alabado sea Dios”; también muchos pentecostales. Nosotros usamos el “Dios quiera” como modo de referirnos a lo alto cuando expresamos un deseo…

La otra espontaneidad del Señor, que no es tan fácil para nosotros, es la de tomar con sus manos los pocos panes en un gesto que está referido a la multitud: los toma con intención de repartir. En nosotros esto no es tan espontáneo. Si vemos que no va a alcanzar no queremos ni agarrar. Nos alejamos del pan, tomamos distancia. Lo espontáneo más generoso sería no comer tampoco nosotros, o guardarlos para después, como parece que habían hecho los discípulos…

Jesús, así como une el pan con el Padre une también los pancitos para sí y los pancitos para los otros, une con sus gestos lo poco y lo mucho, lo poquitito y lo desmesuradamente mucho. Esto es bien de Él.

La actitud de partir el pan, en cambio, es más de todos. Espontáneamente el pan invita a ser partido y repartido. Su estructura misma es así: fácil de partir y no sujeta a mucho cálculo. Un chocolate se puede partir en pedacitos iguales. El pan es distinto. No es tan cuantificable, digamos. Está fuera de la lógica del sistema, que se maneja con ese dios cuantitativo que es el dinero. Si uno parte muy igualito el pan queda medio ridículo. En cambio si uno no parte parejo un chocolate o una torta, queda medio egoísta.

Como vamos viendo y sintiendo, en estos pequeños gestos de Jesús con el pan, hay cosas que son muy comunes y fáciles para nosotros, como el tomar y partir y repartir en un ámbito pequeño, y otras que son más de Él, como el hacer esto refiriéndose al Padre y a todos los hombres.

Este es el Evangelio de los pequeños gestos eucarísticos de Jesús.

Nos evangeliza porque se encarna en nuestra cultura humana, familiar, y haciendo lo mismo que nos gusta hacer a nosotros, lo mejora infinitamente con su amor. Todo sin que se note demasiado, sin hacer alarde. Pero abierto a que uno “abra los ojos” –porque cuando el Señor parte el pan se nos abren los ojos- y aprenda a sentir y a recibir un amor grande y tierno como un pan en una pequeña Eucaristía.

Miramos ahora unos instantes los tiempos que el Señor se toma y el modo como realiza sus gestos. Sin ser exegeta uno ve que Lucas usa tiempos verbales distintos: no dice “tomó” los panes sino “habiendo tomado o tomando los panes”; y la referencia al Padre no es “alzó” los ojos sino un “habiendo alzado o alzando los ojos al cielo”.

Tomar y abrazar lo nuestro, lo poquito de nuestros cinco panes, es algo que el Señor hace de una vez para siempre y lo está haciendo de manera constante. El está “tomando y abrazando nuestra humanidad”. Lo mismo sucede con su estar en contacto constante y directo con su Padre.

En el centro del gran gesto vienen dos acciones precisas y puntuales: bendijo y partió los panes.

Y luego una acción que se extiende en el tiempo: “les iba dando” los panes para que los sirvieran.

Lo que uno siente es que el Señor bendijo los panes que tenía abrazados mientras estaba mirando al cielo y que luego los partió decididamente y comenzó la larga tarea de repartirlos.

Detenernos en estos pequeños gestos del Señor es un modo de entrar en comunión con Él, de ir haciéndonos a su ritmo, a su modo de hacer las cosas.

Invirtiendo los términos, nosotros, que estamos metidos en ese ir y venir de los discípulos que llevan las canastas con panes y peces y las ponen delante de cada familia y de cada grupo de cincuenta y que vuelven al Señor con las canastas vacías a buscar más panes y peces; nosotros que luego tenemos que juntar las sobras para que nada se pierda… podemos imitar la actitud de Jesús que toma y abraza todo lo nuestro y tomar y abrazar nosotros todo lo suyo; y con el mismo sentimiento de hijos,

podemos alzar los ojos al cielo y centrarnos en el Padre que es nuestro referente último,

al que todo agradecemos y de quien todo recibimos y esperamos;

con la misma fuerza con que Jesús abraza nuestros pecados y nuestra Cruz,

podemos abrazar nosotros su misericordia y su perdón;

con la misma alegría con que Él toma nuestros pocos panes,

podemos tomar nosotros sus dones, que aunque son grandes, inmensos,

se nos dan bajo forma contraria, envueltos de pequeñez, de simples gracias cotidianas.

Podemos tomar y recibir (sabiéndolos discernir…):

los pequeños gestos de Jesús, que está con nosotros todos los días de la historia y se nos aparece por el camino en la persona de algún hermano y nos acompaña un trecho…

los pequeños gestos de Jesús, cada vez que recibimos la Eucaristía en la misa…

los pequeños gestos de Jesús, cada vez que una simple palabra del Evangelio se nos enciende como una velita y nos ilumina una situación…

los pequeños gestos de Jesús, en la mirada agradecida del que servimos…

los pequeños gestos de Jesús, en la compasión que compartimos con el que padece.

 Diego Fares sj

 

Durante la última Cena, Jesús dijo a sus discípulos: -“Todavía tengo muchas cosas que decirles, Pero ustedes no las pueden sobrellevar ahora. Cuando venga, el Espíritu de la Verdad, El los encaminará a la Verdad total: porque no hablará desde sí mismo, sino que lo que oiga, eso hablará, y les anunciará lo por venir. El me glorificará a Mí porque recibirá de lo mío y se lo anunciará a ustedes. Todo lo que es del Padre es mío. Por eso les digo: Recibirá de lo mío y se lo anunciará a ustedes” (Jn 16, 12-15).

 

Contemplación

Miércoles de primavera en San Saba, nuestra Iglesia antigua en el Aventino, cerca del Circo Máximo y de las Termas de Caracalla.

La tarde es apacible y en el patio del Centro de Acogida, Margherita, su hermana pequeña Caterina y Olivia pintan.

Mi amigo Ely Fal les va regalando todos los colores de sus pomos.

Hoy es clase de arte.

Y ellas, poco a poco, se animan a más y pasan de los pinceles a las manos…

Ese enchastre de color en las manos es “la clase” de pintura.

No lo olvidarán nunca y quizás Margherita salga artista.

Seguramente, creo yo.

Gracias a Ely.

Las nenas vienen siempre a visitarlo. Son sus amiguitas. El terreno de la Iglesia, donde el Centro Astalli ocupó lo que era un cine parroquial y lo convirtió en hospedería, tiene un campo de deportes y los papás del barrio traen a sus chicos a jugar por las tardes. Como Ely expone sus cuadros en los muros de grandes piedras y musgo que rodean lo que fue un convento de clausura, los niños se acercan a contemplar con curiosidad y él les muestra sus obras llenas de colores y motivos africanos. Ely es del Senegal.

Ya conozco de otras veces a Margherita y a Caterina: llegan como una bandada de gorriones, hablan sin parar, tocan todo, miran todo y levantan vuelo…

Confieso que cuando Margherita agarró un pincel que estaba en el tarrito con agua y comenzó a colorear una hoja, sentí ese temor a enchastre que despiertan las niñas armadas de pinceles, con chorros de pintura y hojas blancas delante. Pero lo miré a Ely,  y cuando ví que agarraba con decisión tres papeles, los ponía delante de cada una de las niñas y empezaba a abrir las tapitas de sus pomos de colores, sentí que todo estaba en buenas manos.

El no duda ni un instante sino que canturrea en voz baja: Hoy es clase de arte.

Viéndolo regalarles sus hojas de papel, primero las blancas comunes y luego las más gruesas, de color; viendo como les llena cada tanto el papel con un chorrito de pintura, pienso que tiene  los gestos de un director de orquesta, que da entrada a cada color, cada vez que una de las niñas exclama, exigente: quiero el marrón! quiero el amarillo! quiero el rojo!… 

Ellas los distribuyen sin piedad en la superficie, los mezclan y desperdician…

Y Ely les da todo el color que quieren. Hoy es clase de arte, repite cantando un poco con acento Senegalés.

La pequeña trinidad se duplica pronto y vienen otras niñas… Margherita es la más tremenda. Su mamá está en Francia, dice su padre, que primero se había quedado sentado a unos veinte metros y revisaba tranquilamente su celular, confiado en la maestría de Ely (que ya les había regalado dos de sus grandes cuadros a la familia, según me enteré después) y luego se acercó a fotografiar a sus dos hijas y a comentar un poco de su vida. El papá de Olivia también se acercó, con una cara que pasaba de la alegría al ver a su hijita pintando, al espanto de lo que costaría limpiarla. Viendo las manos de su pequeña coincidió conmigo en que la experiencia sería “imborrable”, aunque el jabón líquido de Ely limpió después casi toda la pintura, salvo la de las uñas y la de los vestidos.

Al ver a las tres niñas en ese derroche de color, concentradas en empastichar el papel con pinceles y manos, saqué una foto pensando que eran toda una pequeña trinidad. Después, contemplándolas, con sus manos y dedito sosteniendo la hoja y pintando con tanta seriedad y dedicación (Margherita comentó como para sí misma pero para que la oyera: esto es arte abstracto) me preguntaba qué relación tenían con el evangelio, con eso que Jesús dice que:

El Espíritu que recibe de lo suyo, que es todo del Padre, y nos lo da.

Nos da qué cosa? Me preguntaba. Y pensé rápido en esos pomos de color que Ely gastó enteros para que las niñas tuvieran su clase de arte. Se que le cuestan bastante, porque son caros y me parecía un derroche, ya que las niñas, en su entusiasmo, malgastaron un color sobre el otro y no hicieron ningún dibujito. Pero la experiencia del arte fueron sus manos llenas de color: tocar el chorro de azul y esparcirlo como un cielo por el papel, llenarse las palmas de marrón y estamparlas como un suelo, mojar la punta del dedito en el amarillo y trazar un sol para borronearlo todo después…

Lo que el Espíritu nos da –experimenté- son todos los colores de la Trinidad. Y sentí el amor como un derroche de colores, de cuya textura uno puede impregnarse las manos para -después – ir aprendiendo a pintar.

Ely, el artista, les regaló a las niñas sus colores. Seguro de que esa experiencia sin límites, de derroche alegre –musical- hasta quedar exhaustos los cinco pomos, de color, les llenaría el alma para siempre con unas ganas imparables de aprender a pintar.

Me llamó la atención que Caterina, cuando el momento mágico se agotaba y los dos papás comenzaban a negociar el regreso a casa y el lavado de manos en el surtidor de la pared, preguntara por el premio. Ella había entendido claramente que se trataba de un concurso de pintura y que el mejor dibujo recibiría como premio… ¡un cuadro de Ely! Ahí fue que el papá le recordó que Ely ya les había regalado dos a la familia. Yo agregué –teológicamente- que el premio era pintar gratuitamente y el papá asintió remarcando que lo importante era participar. Pero Caterina ya se había concentrado en comenzar a limpiarse las manos en el vestido lo cual motivó una ida de urgencia al surtidor y entre exclamaciones y sonrisas partieron cada uno a su casa dejando a un Ely pleno y sonriente que ordenaba el caos de la mesa comentándome que esas eran sus pequeñas amiguitas. Hoy fue una clase de arte, comenté. El asintió mientras juntaba los dibujos. Gracias, le dije. Y le mostré la foto con nuestra pequeña trinidad de amigas.

Pequeña trinidad

Diego Fares sj

 

 

Trinidad-Misericordia (1)Siendo, pues, tarde aquel día, el primero después del sábado, y estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por miedo a los judíos, vino Jesús y se presentó en medio de ellos, y les dice:

¡La paz esté con ustedes!

Y diciendo esto, les mostró sus manos y su costado.

Se alegraron los discípulos al ver al Señor.

Entonces Jesús les dijo de nuevo:

¡La paz esté con ustedes! Como me ha enviado a mí el Padre, también Yo los envío a ustedes. Y al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió:

Reciban el Espíritu Santo. A quienes les perdonen los pecados les quedan perdonados y a quienes se los retengan les quedan retenidos (Jn 20, 19-23).

 

Contemplación

En el año de la Misericordia, retomamos la frase de San Ireneo que dice así: “El Señor encomendó́ al Espíritu Santo al hombre que había caído en manos de ladrones y del que se compadeció́, vendó sus heridas y le dio dos denarios: para que, recibiendo por el Espíritu la imagen y la inscripción del Padre y del Hijo, hagamos fructificar el denario que se nos ha dado, y lo devolvamos multiplicado al Señor” (San Ireneo).

San Ireneo identifica al “hospedero” de la parábola con el Espíritu Santo! Hospedero en griego es el que recibe bien a todos (pandojei). El Espíritu es el dulce Huésped del alma y cuando nosotros lo hospedamos bien a Él, Él se convierte Hospedero nuestro.

San Ireneo agrega un detalle: las dos moneditas que deja el buen samaritano, el Hospedero-Espíritu Santo nos las da a nosotros (que somos ese herido que fue tratado con misericordia y compasión) para que las hagamos fructificar y las devolvamos con intereses al Señor cuando vuelva.

Son las dos moneditas para recibir bien a todos, las monedas de la misericordia.

Esta forma de rezar de Ireneo, uniendo parábolas, es una gracia del Espíritu, que nos va recordando toda la Escritura y todas las cosas de Jesús. Lo que sí hay que tener claro es que todo lo que nos recuerda está puesto en clave de Misericordia. Sin esta Palabra Clave, todo el evangelio se vuelve disonante. Tanto que es imposible de cumplir!

 

La clave de la Misericordia fue el primer mensaje del Papa Francisco, en la misa del 17 de Marzo de 2013:

“Para mi, lo digo humildemente, el mensaje más fuerte de Jesús es la Misericordia”.

Preparando ya en su corazón el Jubileo, que anunciaría al año siguiente, le decía a los sacerdotes de Roma el 6 de marzo del 2014:

“Misericordia significa primero que todo curar las heridas. Cuando uno está herido, tiene necesidad rápido de que le curen las heridas, no de los análisis, del valor del colesterol o de la glucemia… Está la herida, curá la herida, y después vemos los análisis. Después se harán las curas especializadas, pero primero se deben curar las heridas abiertas. Para mí, esto, en ese momento, es lo más importante. Y están también las herida escondidas, porque hay gente que se aleja para no hacer ver las heridas … como los leprosos del tiempo de Jesús, que estaban alejados para no contagiar. Hay gente que se aleja porque tiene vergüenza, por la vergüenza de no hacer ver las heridas. Y se alejan quizás con la cara un poco torcida, contra la Iglesia, pero en el fondo, adentro, tienen una herida. Necesitan una caricia”.

Así hablaba el Papa.

Me impresiona el discernimiento de que “lo primero de todo es curar las heridas abiertas”. Así como es la melodía de fondo, la misericordia es también lo primero a la hora de actuar. Y discernir es darle esta primacía. Discernir no es elegir entre dos cosas buenas en abstracto. Discernir es elegir en el momento presente el bien concreto que el Señor quiere hacer a alguien concreto, que no siempre es “lo más perfecto” en sí mismo. Francisco es contundente: Misericordia significa primero que todo curar las heridas abiertas.

La imagen es toda una parábola. Es la parábola del médico de guardia que con una mirada discierne lo primero que hay que atender y curar: las heridas abiertas…

En esto, muchas veces colamos el mosquito y nos tragamos el camello, vemos la pajita en el ojo ajeno y no la viga en el nuestro.

Las heridas abiertas de nuestro mundo son tantas! Herida abierta son las guerras, como la de Siria, el hambre de los niños, los refugiados en sus barcones en el mar abierto y en los campos que son “cárceles a cielo abierto”. Las heridas abiertas es la gente durmiendo en la calle, los menores que desparecen, objeto de la trata de personas… Las heridas abiertas de nuestra sociedad es la gente sobrante. Sin que se los digan la categoría de “sobrante” se impone por sí misma: están de más.

En la Iglesia, hay heridas abiertas cuando alguien siente que la Iglesia no es para él porque alguno utiliza las citas del evangelio o de la tradición como si fueran una especie de alambrado de púas invisible que lo mantiene a distancia.

Frente a esto, el Papa nos quita la venda de los ojos y nos exhorta a actuar con misericordia.

He escuchado a algunos que dicen que la misericordia puede crear confusión!!! Si hay algo claro y cierto en esta vida –porque el Espíritu Santo se encarga de confirmarlo con su alegría- es que cuando nos dejamos llevar por la misericordia, como el Buen Samaritano, sabemos y sentimos que hemos actuado bien. Y, por el contrario cuando no nos dejamos conmover y actuamos como el doctor de la ley y el sacerdote de la parábola, sabemos y sentimos que, en conciencia, hemos obrado mal.

Seguramente que el tratar con misericordia a la gente complicará la vida de la Iglesia, pero la complicará “maravillosamente” como dice Francisco.

Puede ser que la misericordia de lugar a excesos, como suele pasar cuando se hacen excepciones. Si esto pasa, tendremos que confesarnos, como el cura que siempre pone como ejemplo el Papa cuando habla de la confesión: el que se confesaba de “haber perdonado mucho”. Le decía al Señor: Señor, tengo escrúpulos porque hoy he perdonado mucho. Pero vos tenés la culpa porque me diste el ejemplo.

Pero la Iglesia no puede ser como un Banco. ¿Alguien ha visto alguna vez a un pobre entrar a un banco a pedir una monedita? Sería algo lógico, ya que ahí hay tanta plata, hay tantas monedas… Sin embargo, la lógica del mercado es tan fuerte, está tan instalada, que a ningún mendigo se le pasa por la cabeza entrar a pedir allí. Sabe que si logra llegar a la caja sin que ningún guardia lo saque de la institución, la cajera ni siquiera sentirá pena por su pedido, ya que maneja plata ajena. La lógica del mercado dice que se caería todo el sistema si una cajera de banco regalara una monedita a un pobre. Por un lado, no cerraría la caja (la cajera debería poner la monedita de su bolsillo) y por otro, se correría la voz, vendrían todos los pobres a pedir y colapsaría el sistema financiero… Esa lógica está impuesta en nuestra cultura actual y todos la obedecemos. Pero cuando se traslada imperceptiblemente a la vida de la Iglesia, es un escándalo.

Pues bien, en los lenguajes que se utilizan en la Iglesia hay frases y tonos que hacen sentir la lógica de la cajera de banco que “maneja plata ajena”. Se nota en que cuando dicen “lo siento mucho pero no podemos hacer nada por usted en su situación”, dejan traslucir hasta un cierto gustito, el del fariseo impecable que cumple toda la ley.

Esta lógica hace sentir miedo, quita la paz, lleva a cerrar puertas. Tanto que algunos, en el momento de enfrentarse a una herida, en vez de mirar a la persona a los ojos, miran el protocolo y cierran el diálogo.

Yo pienso: se encarnó Jesús e inventó sacramentos, signos visibles de la gracia invisible, que “tocan” a la gente, para que luego nosotros inventemos formas de hacerlos intocables? Un extremo (que es paradigmática para lo demás) son los que se ponen guantes para (no) tocar la Eucaristía porque piensan que tocarla con la mano la podría manchar o algo así. Es como si nuestra mamá se pusiera guantes para partirnos el pan.

En este Pentecostés del Año de la Misericordia, pedimos al Espíritu Santo dos gracias grandes: una la de brindarle un rinconcito de nuestro corazón para que Él, como Hospedero de la Misericordia, pueda recibir a todo el que se acerque con una herida abierta, especialmente si adivinamos que está escondida. El es “el que recibe bien a todos” y si a nosotros se nos va la mano en no dejar a nadie afuera, sabrá perdonarnos.

La otra gracia es la de poder discernir con su lógica, que sin excluir los otros pasos, sabe que siempre el primer paso tiene que ser de misericordia. Recordando, como dice el Papa que: «Dos lógicas recorren toda la historia de la Iglesia: marginar y reintegrar. El camino de la Iglesia, desde el concilio de Jerusalén en adelante, es siempre el camino de Jesús, el de la misericordia y de la integración. El camino de la Iglesia es el de no condenar a nadie para siempre y difundir la misericordia de Dios a todas las personas que la piden con corazón sincero. Porque la caridad verdadera siempre es inmerecida, incondicional y gratuita» (AL 296).

Diego Fares sj

 

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Jesús dijo: Estas son las palabras que les hablé estando aún con ustedes:

que era necesario que se cumpliera todo lo que está escrito de mí en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos.

Entonces les abrió la mente para que comprendieran las Escrituras y les dijo:

«Así está escrito: el Mesías debía sufrir

y resucitar de entre los muertos al tercer día,

y comenzando por Jerusalén,

en su Nombre debía predicarse a todas las naciones la conversión

para el perdón de los pecados.

Ustedes son testigos de todo esto.

Y yo les enviaré al Prometido de mi Padre.

Permanezcan en la ciudad,

hasta que sean revestidos con la fuerza que viene de lo alto.»

Después Jesús los llevó hasta las proximidades de Betania y, elevando sus manos, los bendijo. Y aconteció que, mientras los bendecía, se desprendió de ellos y era llevado en alto al cielo. Los discípulos, que lo habían adorado postrándose ante El, volvieron a Jerusalén con un gozo grande, y estaban siempre en el Templo bendiciendo a Dios (Lc 24, 46-53).

Contemplación

Razonar bien

¿Qué quiere decir Lucas con la frase: “les abrió la mente – la facultad de razonar- para que comprendieran las Escrituras”?

Comprender es “poner juntas las ideas”, en este caso las de toda la Escritura.

Esta apertura es algo así como cuando, en una escena, el director de una película nos da la clave que nos permite entender, en un instante, todo lo que pasó. Cada escena cobra sentido entonces.

Ahora bien, convengamos en que nuestros razonamientos suelen complicarse. Todos vemos las mismas imágenes y captamos las mismas palabras, pero puestos a razonar, cada uno va para lados diversos (o nos llevan). Hay tantas interpretaciones (razonamientos) sobre las cosas!

La gracia grande del Espíritu Santo, que Jesús resucitado ya comienza a dar a los suyos, es la de “razonar bien”.

Y razonar bien, con buen espíritu, tiene sus condiciones, sus características propias.

Antes de contar la principal (con un poema) analicemos algunas más teóricamente:

El que razona bien, permite que el Espíritu unifique las ideas conflictivas que se suscitan al pensar.

El que razona bien, permite que el Espíritu le haga ver la totalidad de la verdad.

El que razona bien, le da tiempo al Espíritu para que ponga cada verdad en su lugar, de acuerdo a su importancia para la salvación y el bien común.

El que razona bien, permite que el Espíritu lo abra a la realidad de Cristo, que es más grande que las ideas que nos hacemos de Él.

El mal espíritu, en cambio, instiga a razonar insistiendo una y otra vez en las ideas conflictivas.

El mal espíritu encierra el razonamiento en alguna verdad parcial, en la que uno se obstina en que tiene razón.

El mal espíritu apura  los razonamientos, hace que uno “patee el tablero de ajedrez”, y entonces ya no se puede ver la jerarquía de las verdades, los pasos que se fueron dando.

El mal espíritu adula los razonamientos que formalmente son impecables o brillantes y hace que uno se la crea y piense que puede meter toda la realidad en su esquema.

Vayamos ahora a una linda petición: Espíritu Santo, ábrenos la mente para que razonemos bien!

Pedirle al Espíritu que nos abra la mente para razonar bien, es una petición poco usual y sin embargo, es la más importante. Allí, en el proceso de nuestros razonamientos, es donde más necesitamos la ayuda del Espíritu Santo. Porque la gracia la tenemos, la recibimos en el Bautismo y  cada vez que comulgamos o nos confesamos… La Palabra la escuchamos…, pero cuando razonamos por nosotros mismos, es allí donde más somos tentados. Sin embargo, nadie piensa que es cerrado. Que el problema no está en sus ideas sino en la forma en que “las pone juntas” y en las conclusiones que saca.

Por eso en el Veni Creator, le pedimos al Espíritu Santo que “visite las mentes de sus fieles”. Su visita nos consuela y –consolados- pensamos bien: se nos amplía la mente, se nos abre la cabeza. Pedirle al Espíritu que nos abra la mente es una forma de pedirle que nos aumente la fe. Porque lo que abre la mentalidad no son nuevas ideas sino la fe en Jesús.

Dos aperturas

El Evangelio nos narra los trabajos que se tomó Jesús para “abrir el entendimiento” a los suyos de modo que “comprendieran las Escrituras”.

Podríamos decir que hay dos aperturas.

Una la que logra establecer Jesús, con su muerte en Cruz y mostrándose resucitado. Las llagas abiertas son la señal de esta primer apertura que se hace propiamente en su Carne! Esta apertura no es mental sino carnal. Nadie la puede cerrar porque las llagas y el Corazón abierto –traspasado- del Señor queda así abierto para siempre. La apertura de la Cruz no hay idea que la cierre. No es cuestión de interpretaciones. Por eso Pablo habla de “la Sabiduría de la Cruz”.

La segunda apertura, es la del Espíritu, que colma con su Verdad todo lo que dejó abierto el Señor y hace que cada persona de fe se abra a los demás. Es la apertura de una verdad misionera, que se vuelve humilde y se hace todo a todos para ir ganando a la gente para Cristo.

El cielo al que se asciende

La primera apertura, la de las llagas abiertas de Jesús resucitado, culmina abriendo las puertas del cielo. Pero aquí hay que poner atención y razonar bien. Porque cuando razonamos sobre el cielo solemos usar paradigmas antiguos que nos llevan a conclusiones en contradicción con la ciencia y entonces abandonamos el razonamiento.

La Ascensión, como dice un amigo, no fue un viaje a la estrellas. Fue un entrar a cuerpo entero en el corazón del Padre y, al mismo tiempo un entrar de lleno en las historias de todos los hombres. El Cielo es una imagen física de “trascendencia”. Y hoy, las imágenes de trascendencia van por el lado de la interioridad, no de la altura.

Las dos trascendencias, como nos dice el Papa Francisco –los dos cielos- son la trascendencia al Padre y la trascendencia a los demás. Subir al cielo es hoy entrar en comunión con el Padre en el misterio de la oración y entrar en comunión con los demás en el servicio de la caridad. Allí están “los cielos: en el Corazón del Padre, que ve en lo secreto, y en el corazón de los hombres, donde uno se siente “a la altura de la dignidad humana” cuando los sirve, especialmente a los más pobres.

…..

Miremos, pues, a Jesús que asciende a estos cielos.

El Señor se aleja para que adquiramos perspectiva de lo que Es Él, de lo que nos donó con su Vida.

El movimiento del Señor es hacia la intimidad misteriosa del Padre.

El movimiento que el Espíritu desencadena en los discípulos es hacia todos los hombres, hacia todas las culturas y situaciones humanas que se dan y se darán en la historia.

Ambos movimientos se acompasan y tienen sentido.

Y como hablamos de movimiento y de acompasar los pasos, les comparto el poema de Madeleine Delbrêl que “razona bien” porque piensa como quien danza. Se llama:

La danza de la obediencia

Tocamos la flauta y ustedes no han bailado

Es 14 de julio (Fiesta popular en Francia).

Todo el mundo sale a bailar.

Por todas partes, después de meses, de años, el mundo baila (Madeleine escribe después de la guerra)

Más se muere, más se danza.

Delirios de guerras, delirios de danza.

Se siente verdaderamente mucho ruido.

La gente seria se ha ido a acostar.

Los religiosos recitan los maitines de San Enrique Rey.

Y yo pienso en el otro Rey.

En el Rey David que danzaba delante del Arca.

Porque si hay mucha gente santa que no ama bailar

Hay muchos santos que tienen necesidad de bailar.

Tan contentos de vivir estaban:

Santa Teresa, con sus castañuelas,

San Juan de la Cruz con un Niño Jesús en brazos,

Y San Francisco, delante del Papa.

 

Si estuviéramos contentos de ti, Señor,

no podríamos resistir

a esa necesidad de bailar que desborda el mundo

y llegaríamos a adivinar

qué danza es la que te gusta hacernos danzar,

enlazando los pasos de tu Providencia.

 

Porque pienso que quizás ya tengas bastante

con esa gente que habla siempre

de servirte con aire de capitanes;

de conocerte con aires de profesor;

de alcanzarte con las reglas de un deporte;

de amarte como se ama una vieja pareja.

Y un día, en que tenías un poco de ganas de otra cosa,

inventaste a San Francisco

y lo hiciste tu juglar.

A nosotros nos toca ahora el dejarnos inventar

para ser gente alegre que dance su vida contigo.

 

Para ser buen bailarín, contigo como en otras cosas, no hace falta

saber adónde conduce el baile.

Solo hace falta seguir,

ser alegre,

ser ligero

y, sobre todo, no ponerse rígido.

No hace falta pedirte explicaciones

de los pasos que te gusta dar.

Hay que ser como una prolongación

ágil y viva de ti mismo

y recibir a través tuyo la comunicación del ritmo de la orquesta.

 

No hay por qué querer avanzar a toda costa

sino aceptar dar la vuelta, ir de lado,

Hay que saber detenerse y deslizarse en vez de marchar.

Y esto no sería más que una serie de pasos tontos

si la música no hiciera de ellos una armonía.

 

Pero nosotros olvidamos la música de tu Espíritu

y hacemos de nuestra vida un ejercicio gimnástico;

olvidamos que, en tus brazos, se danza,

que tu Santa Voluntad

es de una increíble fantasía,

y que no hay monotonía ni aburrimiento

más que para las almas viejas

que hacen de decorado estático

en el baile gozoso de tu amor.

 

Señor, sácanos a bailar.

Estamos listos para danzarte este recado que tenemos que hacer,

estas cuentas, el desayuno a preparar, esta tarde en la que tendremos sueño.

Estamos listos para danzarte la danza del trabajo, la del calor y, más tarde, la del frío.

 

Si algunas melodías suenan en tono menor, no te diremos

que son tristes.

Si otras nos fatigan un poco, no te diremos

que son cansadoras.

Y si alguno nos empuja, lo tomaremos a risa

sabiendo bien que eso pasa siempre al bailar.

 

Señor, muéstranos el puesto que,

en este romance eterno

iniciado entre tú y nosotros,

tiene el baile singular de nuestra obediencia.

Revélanos la gran orquesta de tus designios,

donde aquello que tu permites,

pone notas extrañas

en la serenidad de lo que quieres.

 

Enséñanos a revestir cada día

nuestra condición humana

como un vestido de baile,

que nos hará amar de ti todo detalle

como una joya indispensable.

 

Haznos vivir nuestra vida,

no como un ajedrez en el que todo está calculado,

no como un partido en el que todo es difícil,

no como un teorema que nos rompe la cabeza,

sino como una fiesta sin fin donde se renueva el encuentro contigo,

como un baile,

como una danza

entre los brazos de tu gracia,

con la música universal del amor.

Señor, ven a sacarnos a bailar.

 

Diego Fares sj

 

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 Le pregunta Judas (no el Iscariote): Señor ¿qué pasa que vas a manifestarte a nosotros y no al mundo?

Respondió Jesús y le dijo:

«El que me ama guardará fielmente mi palabra, y mi Padre lo amará;

y vendremos a él y en él haremos morada.

En cambio el que no me ama no guarda a mis palabras.

La palabra que ustedes oyeron no es mía, sino del Padre que me envió.

Yo les he dicho estas cosas mientras permanezco con ustedes;

Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi Nombre,

Él les enseñará a ustedes todas las cosas

y les recordará todas las cosas que les dije.

Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo.

¡No se inquiete su corazón ni se acobarde!

Me han oído decir: “Me voy y volveré a ustedes”.

Si me amaran, se alegrarían de que vuelva junto al Padre,

porque el Padre es mayor que yo.

Les he dicho esto antes que suceda,

para que cuando se cumpla, ustedes crean».

Ya no hablaré muchas cosas con ustedes porque viene el príncipe del mundo. A mí no me hace nada, pero es necesario que el mundo conozca que amo al Padre y que hago las cosas tal como el Padre me las mandó. Levantémonos, vámonos de aquí (Jn 14, 22-31).

Contemplación

Nos centramos en la respuesta de Jesús a Judas Tadeo. Judas pregunta “qué pasa”, por qué decís que te vas a manifestar a nosotros y no al mundo… Por la respuesta del Señor vemos que preguntó con inquietud, como quien no entiende y no está de acuerdo con algo que otro dice y lo interrumpe en un punto. Jesús aprovecha y hace una explicación sobre las actitudes que tenemos que tener con su Palabra.

Guardar fielmente la Palabra

La primera actitud es de cuidar la Palabra. Guardarla, protegerla, conservarla en el corazón: serle fiel.

La parábola de la semilla que cae en tierra buena nos muestra la actitud que el Señor quiere que cultivemos: el deseo de ser tierra buena, que acoge la Palabra y la deja echar raices profundas en el corazón.

La imagen contraria es la de los que no guardan la Palabra, sea porque su corazón es superficial como una calle, sea porque es pedregoso y tiene muchas ideas propias, sea porque hay en él yuyos de otras palabras que echaron raíces y le quitan alimento a la Palabra de Dios.

Guardarla por amor a Jesús

Guardar la Palabra y protegerla no es cuestión teórica sino que es cuestión de amor. En esto se confunden muchos que creen la Palabra se cuida con otras palabras. Y no es así. La Palabra se cuida con Amor. Por eso Jesús manda el Espíritu Santo, el Espíritu que es puro Amor. El Espíritu, como el Amor, no es nada si no hay dos que se aman. El Amor cuida la Palabra de Jesús. Que no es sólo suya, como dice, sino que es Palabra del Padre que lo envió. Esto es importante para nosotros. Porque la Palabra de Jesús a veces no es fácil de entender y menos facil aún es ponerla en práctica. Cuidarla y tener paciencia mientras crece, como una semilla, y se va volviendo clara a medida que da frutos en nuestra vida, es cuestión de amor. Si lo queremos a Jesús, si nos dejamos querer por nuestro Padre misericordioso, que no se cansa de perdonarnos, entonces podremos “guardar fielmente su Palabra”. Si no, es imposible.

Y ya sabemos lo que pasa con los que no cuidan la Palabra: o se vuelven sordos a todo lo que dice el Evangelio y no le hacen caso o, lo que es mucho peor, se vuelven celosos guardianes de “algunas palabras” que les vienen bien y que cuidan a su modo. Estos son los que se vuelven como los fariseos y los escribas. Distinguen hasta un mosquito cuando se trata, por ejemplo, de moral sexual y se tragan un camello cuando se trata de moral con el dinero o con la fama, como les decía el Señor en su época. No amaban a Jesús, no les agradaba su persona, su modo de ser… Se fijaban solamente en la literalidad de sus palabras, atentísimos a lo que decía, para entramparlo: “esta palabra que vos decís va contra esta otra que está en la Ley!” Su manera de cuidar la palabra era compararla con otras palabras. No veían los frutos que la Palabra de Jesús daba en el corazón del pueblo, los milagros de sanación que hacía, cómo perdonaba a la gente y la gente se volvía más buena, cómo los liberaba de sus malos espíritus y les enseñaba a amar a Dios en todas las cosas de su vida. La Palabra de Jesús es una Palabra viva, que hay que poner en contacto con la vida de la gente, no con las palabras de otros libros para que se quede guardada allí y no salga.

Guardar la Palabra como quien hospeda a un amigo

El amor con que se cuida la Palabra es como el amor con que uno hospeda a un amigo. Por eso el Señor dice que el Padre amará al que lo ama a Él y que los dos vendrán y se hospedarán en su casa. Y estando ellos dos así como en su casa, el Espíritu del Amor que se tienen, tomará a su cargo ir enseñando todo lo que la Palabra quiere decirnos. El Espíritu lo hará paso a paso, como cuando uno charla con un amigo y le deja todo el tiempo que necesite y tenga ganas para contar sus cosas y explicarlas detalladamente, a fondo. Esta es la característica de la amistad: que uno sabe que tiene todo el tiempo que quiera para charlar con un amigo. Que puede pedirle charlar en cualquier momento que necesite y el otro deja todo. Que puede contar esos detalles que otro no escucha porque le dice que eso ya lo dijo. Cuando un amigo cuenta sus cosas puede repetir lo que quiera y extenderse todo lo que quiera, porque uno sabe que no es cuestión de palabras, no es cuestión de entender qué quiere decir. No es una “cosa” lo que quiere decir. Está abriendo su corazón a través de las palabras que dice… Así es con la Palabra de Jesús: conservarla, no es ponerla en la biblioteca ni menos en el freezer, para descongelarla cuando haga falta. Conservarla es hospedarlo a Él para que Él mismo la conserve y nosotros tener el oído atento para “ponerle la oreja” –para escucharlo- cuando quiera hablar.

Guardar la Palabra como la de alguien que se jugó por mí

El amor con que se cuida la Palabra es el amor eternamente agradecido que uno tiene con una persona que, en su momento, se jugó por nosotros. Si alguien nos habla mal o nos dice que dijo algo que no corresponde, antes de pregunta qué dijo uno ya lo está defendiendo. Fijémonos que Jesús hizo eso antes de la Pasión. Él ya le había hablado al Padre bien de su amigo Simón, sabiendo que lo iba a traicionar, para que después, cuando se recuperase, volviera bien, para que no perdiera la fe. Y a los discípulos, Jesús les adelanta todo lo que va a pasar para que no se escandalicen cuando lo vean acusado como blasfemo y crucificado en una Cruz.

El Señor nos cuida a nosotros de nuestras propias palabras, aunque sean de negación a Él, como fue en el caso de Pedro.

Cómo no vamos a cuidar las suyas, las del que jamás nos traiciona, las Palabras del que siempre nos es fiel.

…….

Tengo un amigo que en este momento no puede pronunciar palabras. Las escribe en una pizarra, lo cual, dada su simpática locuacidad natural, es un límite considerable. No por eso ha perdido su humor, según me dicen y sus “discusiones con la nutricionista” en pocos renglones dejan traslucir que se está recuperando raudamente del problema que lo dejó sin habla.

Transcribo (dando espacio a la  narración) el mail de su hija que cuenta los Whatsapp de su hermano menor donde va mensajeando en tiempo real la desigual discusión entre la nutricionista parlanchina y mi amigo con su pizarra en mano.

Whatsapp del hijo menor:

[29/4 09:09] Discusión entre Papá y la nutricionista:

–       Nutricionista: (con voz de cariño profesional, imagino yo) “Le voy a mandar un Ensure y con un Espesan que le dejo, lo llevan a la consistencia de un yogurt. Si?”.

–       Papá: (en la pizarra) “Y si directamente me traés un yogurt y nos dejamos de joder?”

…….

Whatsapp del hijo:

[29/4 09:11]:

“La nutricionista palideció”.

………

Otro Whatsapp del hijo:

[29/4 09:22]

“Ahora papá le está escribiendo una nota al doctor y si no le dan de comer algo más sólido pronto va a morder a la nutricionista”.

……

Jacques es el que prepara los almuerzos de los domingos en la Casa de la Bondad. Los prepara como los de “La fiesta de Babette”, que dicho sea de paso, es la imagen que usa el Papa para expresar, en una sóla parábola, lo que quiere decir con toda su Exhortación Apostólica “La alegría del amor en las familias”. Cómo Jacques me ha dicho que desde que comenzó su enfermedad se va sintiendo menos voluntario de la Casa y más Patroncito, me tomo la libertad de transcribir esta escena ya que lo muestra de cuerpo entero como uno de los patroncitos cuando no les gusta la comida que les proponen. Así como él, con infinita paciencia y creatividad, le va pescando el gusto a cada uno y de a poquito logra preparar el banquete que se adapta a su gusto y a su estado de ánimo espero que la nutricionista logre aprender de este paciente tan especial que tiene a cargo y que ha ejercido esta tarea de “nutricionista-Chef” con los enfermos en estado terminal de la Casa de la Bondad.

Pero lo que más me interesa compartir es cómo los hijos “guardan las palabras de su padre”.

Diego Fares sj

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Después que Judas salió, Jesús dijo: 

«Ahora el Hijo del hombre ha sido glorificado

y Dios ha sido glorificado en él. 

Si Dios ha sido glorificado en él, 

también lo glorificará en sí mismo, 

y lo hará muy pronto. 

Hijos míos, ya no estaré mucho tiempo con ustedes.

Les doy un mandamiento nuevo: 

ámense los unos a los otros. 

Así como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros. 

En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos

en el amor que se tengan los unos a los otros» (Jn 13, 31-35).

 

Contemplación

Amense, nos dice Jesús. Así como Yo los he amado. Eso hará que la gente crea que ustedes son mis discípulos. Es decir: gente que aprende de Mí, gente que va ha hacer las cosas como Yo le diga (como en Caná).

No les van a creer porque ustedes muestren que han estudiado bien mis palabras y que sus interpretaciones son ortodoxas, dogmáticas, infalibles, fieles a la tradición. Los consideraran una secta o una religión más: gente que vive según unos valores y los defiende de manera tal que no deja entrar sino a los que piensan como ellos. La gente, también la ovejas mías que viven en los rebaños de otras culturas y religiones, intuye que Yo vine por algo más grande. Por eso sólo les creerán si se aman entre ustedes. Si se aman hasta el punto de crear comunidades abiertas y miseriocordiosas, capaces de incluir a todos, como dice Francisco.

El amor que nos manda poner en práctica Jesús más que un mandamiento es un don. Si escuchamos bien el mandato de amarnos entre nosotros tiene una condición: con el amor con que Yo los he amado. Ese “los he amado” apunta al Evangelio: allí se encuentran los gestos de Amor de Jesús. Desde los más pequeñitos, como cuando bendecía a los niños, hasta el más grande, el de su muerte en la Cruz.

Nos preguntamos: este amor ¿sólo está en el Evangelio? Tenemos que leer, llenarnos de sus hermosas imágenes y luego ¿con qué fuerza lo aplicamos? ¿Con las nuestras?

Justamente no. Todo lo contrario. Humanamente, cuando uno ha sido amado ese amor sigue activo en uno. En los besitos que una mamá da a los piecitos de su bebé está vivo el mismo amor con que su mamá la besó a ella. En la hospitalidad de uno para con sus amigos está vivo el amor de su abuelo que uno heredó a través de la hospitalidad de su padre…

Pero yo no siento, dirá alguno, esa fuerza del Amor con que Jesús me amó. Apenas decirlo y ya uno se da cuenta de que no es verdad. Al menos a veces la ha sentido. O la siente todo el tiempo cuando ama, pero el problema está en que siente más fuerte la fuerza contraria, la del amor egoista, la del amor con que uno se ama a sí mismo.

Hay algún modo para amar con el Amor con que me ha amado Jesús?

La fórmula en pasado perfecto lo salva al Amor, porque puedo volver a ese Amor tal como está en su fuente, en el Evangelio. Yo he amado con ese Amor, pero luego, por mis costumbres y hábitos, lo “reduje” al mío, digamos así. Amo con el amor de Jesús pero diluído, mochado, puesto en pausa, dejado de lado directamente, cada vez que me muevo por mis intereses egoístas.

Para amar con el amor con que Jesús me ha amado pueden ayudar tres cosas simples:

Una, volver a gustarlo reviviendo en la contemplación alguna escena de amor del Evangelio. Lo importante es esto: leer un pasaje o quedarme en un detalle, pero yendo a buscar sólo el amor que puso allí Jesús. Porque eso es lo que busco ver bien, contemplar en toda la riqueza de sus recursos, en toda la profundidad de  su entrega, en toda la  altura de su estima, en todos los más pequeños detalles de su ternura.

La segunda es reflexionando y agradeciendo, porque ese amor que Jesús puso allí ha tenido mucho que ver conmigo.

La tercera es elegir poner en práctica algún aspecto, el que tenga más a mano en  este momento, respondiendo con el gesto de amor que mi prójimo más inmediato me pida.

Estas tres actitudes de la oración, cuando me lleven a la practica, mientras esté haciendo ese gesto de amor “con el amor de Jesús” tal como lo vi, agradecí y elegí en la oración, tendrá una respuesta por parte del Señor. El responde inmediátamente a los que aman a sus pequeñitos: nos hará sentir un “a mí me lo hiciste, es a mí que me lo estás haciendo”.

Esta respuesta de Jesús es un amor presente. Yo diría que al hacer algún gesto con ese amor suyo, nosotros “entramos en el tiempo y en el espacio del evangelio”, entramos en el ámbito de su Reino, donde todo amor es presente.

Aquí, recordando una contemplación del 2010, me parece bueno listar diez señales de que Jesús responde confirmando la presencia real y motivante de su Amor en nuestro amor.

  1. Distingo claramente que sigo siendo un pecador, pero estoy amando a otro con el Amor de Jesús. El sentimiento es de alivio y paz, porque este amor le quita fuerza a la culpay me permite pedir perdón serenamente de mis pecados.

El amor de Jesús lava las culpas.

  1. La segunda señal viene de los otros. De repente alguien en la familia o entre los amigos nos hace notar que estamos un poco monotemáticos: hablamos mucho de la obra en que trabajamos. Se nota que la queremos.

El amor de Jesús hace hablar oportuna e inoportunamente.

  1. La tercera señal tiene que ver con un modo nuevo de (no) sentir el tiempo: pasa cuando uno se quedó trabajando en tanta paz y no se dio cuenta de que se pasó la hora.

El amor de Jesús trae una paz que no es como la que da el mundo

  1. La cuarta señal es una experiencia del yugo: lo que antes era difícil ahora se hizo fácil lo pesado se volvió liviano.

El amor de Jesús es un yugo suave y llevadero

  1. La cuarta señal es un sentimiento de gustoque da hacer bien el bien. Se nota por ejemplo en que uno empiece a llegar más temprano y se vaya más tarde…

El amor de Jesús nos hace gustar el bien.

  1. La sexta señal de que Jesús responde cuando amamos con su amor es un volvernos como cuando eramos niños: uno experimenta que puede trabajar como quien juega. De hecho se ríe mucho y se divierte con los compañeros.

El amor de Jesús nos hace como niños.

  1. La séptima señal es que se nos despierta algún tipo de creatividad: uno siente que le viene una cierta caradurez para hacer cosas nuevas, distintas de “lo que siempre se hizo así”.

El amor de Jesús hace hacer cosas siempre más grandes.

  1. La octava señal tiene que ver con fidelidad: uno agarra el bien y no lo suelta. Da testimonio en las malas y hasta se alegra con las persecuciones.

El amor de Jesús crea lazos de fidelidad.

  1. La novena señal es la alegría interior: un brillito en los ojos en medio de las tareas más humildes y escondidas.

El amor de Jesús nos da una alegría que nadie nos puede quitar.

  1. La décima señal es una transfiguración de la realidad, un solcito interior que ilumina la belleza en las almas mas pobres y hace que uno sienta que recibe calidez al mismo tiempo que la da.

El amor de Jesús glorifica lo que toca.

 Estas “respuestas de Jesús”, esto hay que decirlo, son muy respetuosas de nuestra libertad. Uno puede hacer de cuenta como que no las sintió y el Señor no insiste. Deja constancia que estuvo y cada tanto regresa y nos hace sentir su amor. Pero Él espera que como los de Emaús, respondamos a esa “calidez que sentimos en el corazón” con un gesto de hospitalidad de corazón: Quédate con nosotros, que atardece.

Una cosa linda de estas “respuestas” de Jesús a los gestos que hacemos con su amor es que puede responder con la uno o con la diez. Hay gente humildísima que vive con el brillito en los ojos del noveno paso toda la vida y hay gente que siempre está en el primer paso, de necesitar sentir de nuevo el alivio de su culpa. Santa Teresita dice que cuando se daba cuenta de su fragilidad decía: otra vez estoy en el primer escalón. Pero lo decía sin enojo ni desilusión para consigo misma. Le alegraba poder ofrecer siempre de nuevo su imperfección.

Diego Fares sj

 

 

En aquel tiempo, Jesús dijo:

«Mis ovejas escuchan mi voz, Yo las conozco y ellas me siguen.

Yo les doy Vida eterna: ellas no perecerán jamás

y nadie las arrebatará de mis manos.

Mi Padre, que me las ha dado, es mayor que todos

y nadie puede arrebatar nada de las manos de mi Padre.

El Padre y yo somos uno» (Jn 10, 27-30).

 

Contemplación

El acontecimiento más fuerte de esta semana ha sido la presentación de la Exhortación apostólica Amoris Laetitia, del Papa Francisco. Y el evangelio del Buen Pastor –ese al que sus ovejas escuchan y reconocen- nos da una clave linda de lectura contemplativa. Contemplativa en el sentido de reconocer a Cristo en el otro con los ojos y también con los oídos.

Contemplar con los ojos

“Como los Magos, las familias son invitadas a contemplar al Niño y a su Madre (y a José), a postrarse y adorarlo” (AL 30).

Jesús, María y José

en vosotros contemplamos

el esplendor del verdadero amor,

a vosotros, confiados, nos dirigimos (Oración final).

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Esta imagen tan linda, la fotografié ayer en nuestra Casa de Roma que está sobre la enfermería, para mandarle a una amiga carmelita, que fue la que me hizo notar la presencia de la mujer en la escena. San Ignacio dice, en la contemplación del Nacimiento:

“El primer punto es ver las personas, es a saber,

ver a nuestra Señora y a José y a la ancila

y al niño Jesús después de nacido,

haciéndome yo un pobrecito y esclavito indigno,

mirándolos, contemplándolos y

sirviéndolos en sus necesidades,

como si presente me hallase,

con todo acatamiento y reverencia posible;

y después reflexionar en mí mismo

para sacar algún provecho” (EE 114).

 

Esta “ancila”, empleada o criada en castellano antiguo, es esa mujer que cuida a los hijos y es parte de la familia.

Esa es la actitud con la que Ignacio entra él mismo y nos hace entrar en la contemplación: como si fuéramos un “pobrecito y esclavito indigno”.

Como esa criada: con todo el respeto del mundo pero también con toda su familiaridad.

Es decir: nos mete en la escena.

Por el lugar más humilde pero como protagonistas, no como espectadores.

Por aquí van los sentimientos del Papa a la hora de contemplar a la Sagrada Familia y a las familias del mundo actual.

Contemplar la familia del Cielo

En el número final, el Papa nos pide contemplar la plenitud familiar que todavía no alcanzamos. Por un lado, para desear más y nunca renunciar a dar un pasito adelante de madurez en nuestro amor familiar. Allí está una gran fuente de alegría para toda la sociedad. Por otro lado, para poder relativizar bien el camino histórico de nuestras familias, sin desesperar por nuestros límites ni juzgar duramente ninguna fragilidad (AL 325).

El Papa mismo se puso en esta clave contemplativa: “Agradezco –dice al comienzo- por tantos aportes que me han ayudado a contemplar los problemas de las familias del mundo en toda su amplitud” (AL 4).

La Iglesia de Papa Francisco contempla los acontecimientos de cada una de nuestras familias, con los ojos de la Virgen, ya que María conserva cuidadosamente en el tesoro de su corazón todo lo que nos pasa (AL 30).

“Quiero contemplar – dice el Papa- a Cristo vivo presente en tantas historias de amor, e invocar el fuego del Espíritu sobre todas las familias del mundo” (AL 59).

Contemplar sintiendo amor por la familia

Ayer, en una presentación que el Padre Yáñez y su equipo de pastoral familiar hicieron en la Gregoriana, un Psicólogo decía que había que ponerse desde perspectiva del Papa Francisco, esto es: no solo la del “amor en la familia” sino la del “amor por la familia”. Es decir: no se trata de una reflexión sobre el amor sino de compartir el amor por las familias que muestra el Papa y la mayoría de los padres Sinodales.

La Exhortación nos propone una mirada “estética”, capaz de mirar la belleza de la familia real con la mirada creativa del que mira con amor, valorando (AL 128).

Cuando digo real hablo tanto de las familias perfectas del cielo como de las familias imperfectas de la tierra. Real es “lo concreto y lo actual” y se opone a “abstracto” y a lo “meramente posible”. Abstractas son las familias que sólo están en los papeles, sean los papeles del estado, sean de los imaginarios sociales publicitados, sean los de la misma Iglesia, cuando se conforma con puntualizar las formulaciones generales en sí mismas, multiplicando normas para “casos” abstractos, sin contacto con la gente real (la real del cielo –los santos- y la de la tierra –nosotros-).

Las heridas del no contemplarnos

El Papa refuerza esta mirada amorosa cuando nos hace ver cómo “Muchas heridas y crisis se originan cuando dejamos de contemplarnos” Es el reclamo que muchas veces escuchamos en la familia: « Mi esposo no me mira, para él parece que soy invisible». « Por favor, mírame cuando te hablo ». « Mi esposa ya no me mira, ahora sólo tiene ojos para sus hijos » « En mi casa yo no le importo a nadie, y ni siquiera

me ven, como si no existiera ». El amor abre los ojos y permite ver, más allá de todo, cuánto vale un ser humano. (AL 128).

Y la imagen más linda que pone el Papa de ese amor contemplativo es la de la Fiesta de Babette, ese film en que la “empleada” transforma una familia amargada en una familia gozosa con la exquisitez de una cena preparada con infinito amor:

“La alegría de ese amor contemplativo tiene que ser cultivada.

Puesto que estamos hechos para amar,

sabemos que no hay mayor alegría que un bien compartido:

« Da y recibe, disfruta de ello » (Si 14,16).

Las alegrías más intensas de la vida brotan

cuando se puede provocar la felicidad de los demás,

en un anticipo del cielo.

Cabe recordar la feliz escena del film La fiesta de Babette,

donde la generosa cocinera recibe un abrazo agradecido y un elogio:

« ¡Cómo deleitarás a los ángeles! ».

Es dulce y reconfortante la alegría de provocar deleite en los demás,

de verlos disfrutar” (AL 129).

El Papa termina revelándonos la clave de cómo mira él a todos y cómo es esta mirada la que impregna toda la Exhortación:

“Es una honda experiencia espiritual

contemplar a cada ser querido

con los ojos de Dios y reconocer a Cristo en él.

Esto reclama una disponibilidad gratuita

que permita valorar su dignidad.

Se puede estar plenamente presente ante el otro

si uno se entrega « porque sí »,

olvidando todo lo que hay alrededor.

El ser amado merece toda la atención.

Jesús era un modelo porque,

cuando alguien se acercaba a conversar con él,

detenía su mirada, miraba con amor (cf. Mc 10,21)” (AL 323).

Contemplar con los oídos

El Señor define la pertenencia a su familia en clave de escucha y práctica: « Mi madre y mis hermanos son éstos: los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen por obra » (Lc 8,21).

Cuando lo que se escucha es verdaderamente la Palabra de Dios, la Palabra encarnada, esta no se queda en el papel sino que se pone inmediatamente en obras.

Una sana autocrítica

El criterio de discernimiento se da en la práctica: allí, en los frutos de amor (de los cuales la alegría es el fruto interior y contagioso más notorio) se comprueba la veracidad de la Palabra. Una palabra que no da frutos, que sólo produce distinciones bizantinas y discusiones interminables e ininteligibles, no es Palabra de Dios. Será un estuche que la contuvo en alguna época, pero esto se debía a que ese envoltorio o formulación cultural “tocaba” el corazón de la gente.

Cuando una palabra deja de tocar el corazón de la gente no siempre es porque el corazón de la gente sea duro. Muchas veces es porque la formulación se ha endurecido, se ha esclerotizado.

Puede ser que si hablamos de “dinero”, las formulaciones de la Iglesia les parezcan duras a muchos por la avaricia que les endurece su corazón.

Pero si hablamos de familia, de hijos pequeñitos, de amor de esposos que luchan todo el día codo a codo por hacer su casita y criar a sus pequeños, no podemos pensar que allí sea la dureza del corazón el problema.

Más bien hay que pensar, como dice el Papa, que ha sido el lenguaje de algunos eclesiásticos el que ha contribuido a crear el problema del que nos lamentamos y por eso “nos corresponde una saludable autocrítica” (AL 36).

Escuchar lo esencial: el júbilo del amor familiar

La alegría del amor de las familias es el júbilo de la Iglesia. El júbilo son esos gritos de alegría que salen del corazón y la mejor imagen son las carcajadas de los niños que alegran el clima familiar.

La propuesta del Papa va por el lado de “volver a escuchar lo esencial” (AL 58), la risa de la alegría del amor familiar que encanta el alma de los jóvenes, despertando el deseo de formar familia, y dilata serenamente el corazón de los abuelos, haciéndoles sentir que valió la pena tanta lucha para formar una familia.

Exigir a la libertad más que a las pasiones

La exhortación nos propone a todos –familias y pastores- un ejercicio ascético exigente. No va por el lado del ascetismo de las pasiones, como estamos acostumbrados. Sino por el lado del ascetismo de la libertad que “consiste en escuchar con paciencia y atención, hasta que el otro haya expresado todo lo que necesitaba” (AL 137). En esto vemos la pedagogía de Francisco, que no pone el acento en querer “dominar perfectamente las pasiones (la sexualidad sobre todo)” ya que “de nuestras pasiones solo tenemos dominio político, no monárquico”, como dice Santo Tomás, sino que pone el acento en educar la libertad. Ser inflexibles con nosotros mismos si no nos hemos ayudado con nuestra libertad para “escuchar” al otro –al esposo o a la esposa, a los hijos, con sus reclamos, a los nonos con sus quejas (AL 191) …- es una exigencia posible difícil pero posible de cumplir.

Los consejos del Papa revelan su sabiduría (y su calle): Escuchar…

“… Requiere la ascesis de no empezar a hablar antes del momento adecuado.

En lugar de comenzar a dar opiniones o consejos,

hay que asegurarse de haber escuchado todo lo que el otro necesita decir.

Esto implica hacer un silencio interior

para escuchar sin ruidos en el corazón o en la mente:

despojarse de toda prisa,

dejar a un lado las propias necesidades y urgencias, hacer espacio.

Muchas veces uno de los cónyuges no necesita una solución a sus problemas,

sino ser escuchado.

Tiene que sentir que se ha percibido su pena, su desilusión, su miedo, su ira, su esperanza, su sueño.

Pero son frecuentes lamentos como estos: « No me escucha. Cuando parece que lo está haciendo, en realidad está pensando en otra cosa ». « Hablo y siento que está esperando que termine de una vez ». « Cuando hablo intenta cambiar de tema, o me da respuestas rápidas para cerrar la conversación»” (AL 137).

Toda familia es oveja capaz de escuchar la voz del Buen Pastor

Al mismo tiempo el Papa confía en que los esposos son capaces de “escuchar más en su conciencia a Dios y a sus mandamientos y de hacerse acompañar espiritualmente” de modo que sus decisiones sean íntimamente libres de subjetivismos y acomodamiento a la mentalidad de moda (AL 221).

Esta confianza en que las ovejas “escuchan” la voz del Pastor, lleva a ayudar a “formar” las conciencias, no a querer sustituirlas (AL 37) con normas generales para todo caso que llevan a una inmadurez espiritual.

Los pastores desconfiados

Aquí está la clave de muchas críticas al Papa y a la Exhortación. Hay pastores que no confían en que cada persona del pueblo fiel de Dios “escucha la voz de Jesús” en su interior. En que la escucha y la entiende perfectamente, en el sentido de que siempre está abierta a escuchar más y mejor y a dejarse guiar y corregir. A algunos esta confianza en la madurez de la conciencia de la gente, que se muestra en no “explicitar todo con normas canónicas” les parece infidelidad a la ley. Si no ven escrita una prohibición en el papel piensan que se es infiel a la doctrina revelada. No ven que hay una ley que el Buen Pastor mismo escribe en los corazones y que muchas veces se escribe “con renglones torcidos”.

Un magisterio extraordinario

Un magisterio que confía en el buen sentido y en la fidelidad de las personas, especialmente cuando se trata de “personas en familia” es un magisterio más profundo, valiente y serio que un magisterio que sólo se preocupa de mantener la coherencia entre lo escrito en un concilio y lo formulado en otra encíclica. Sin dejar de lado esta letra escrita en papeles, el magisterio se juega a la letra escrita en los corazones, que lleva más tiempo leer y se lee de manera íntima y personal, en diálogo serio y dócil con la Iglesia, que es Madre y Maestra.

El amor necesita tiempo

“Este camino – que propone el Papa- es una cuestión de tiempo. El amor necesita tiempo disponible y gratuito, que coloque otras cosas en un segundo lugar. Hace falta tiempo para dialogar, para abrazarse sin prisa, para compartir proyectos, para escucharse, para mirarse, para valorarse, para fortalecer la relación” (AL 224).

Tiempo y un “saber escuchar afinando el oído del corazón” (AL 232). Porque “el amor

tiene una intuición que le permite escuchar sin sonidos y ver en lo invisible” (AL 255).

Así, el Papa “invita a los pastores a escuchar con afecto y serenidad” a las familias para ayudarlas a vivir mejor y a reconocer su propio lugar en la Iglesia, dejando de lado una “fría moral de escritorio” y “situándose en el contexto de una discernimiento pastoral cargado de amor misericordioso” (AL 312).

Diego Fares sj

 

 

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