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La metáfora del Pan que desciende del Cielo 

1-Eucarist_a-Fano

Cuando la gente vio que Jesús no estaba allí, ni tampoco sus discípulos,

subieron a las barcas y fueron a Cafarnaúm, en busca de Jesús.

Al encontrarle a la orilla del mar, le dijeron:

  • «Rabbí, ¿cuándo has llegado aquí?»

Jesús les respondió:

  • «En verdad, en verdad les digo: ustedes me buscan, no porque hayan visto señales, sino porque han comido de los panes y se han saciado. Trabajen, no por el alimento perecedero, sino por el alimento que permanece para vida eterna, el que les dará el Hijo del hombre, porque a éste es a quien el Padre, Dios, ha marcado con su sello »

Ellos le dijeron:

  • «¿Qué trabajo tenemos que hacer para realizar las obras de Dios? »

Jesús les respondió:

  • «La obra de Dios es que crean en quien él ha enviado.»

Ellos entonces le dijeron:

  • «¿Qué señal haces para que viéndola creamos en ti? ¿Qué obra realizas? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, según está escrito: les dio a comer Pan del cielo.»

Jesús les respondió:

  • «En verdad, en verdad les digo: No fue Moisés quien les dio el pan del cielo; es mi Padre el que les da el verdadero pan del cielo; porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo.»

Entonces le dijeron:

  • «Señor, danos siempre de ese pan.»

Les dijo Jesús:

  • «Yo soy el pan de la vida. El que venga a mí, no tendrá hambre, y el que crea en mí, no tendrá nunca sed (Jn 6, 24-35).

Contemplación

El Pan del Cielo, dice Jesús, es el Pan que el Padre nos da.

Se trata de un Pan que no está en un mostrador a la espera de que alguien lo compre sino que desciende del Cielo. Tiene su propia iniciativa, digamos.

Y es un Pan-Persona. Esto se desprende de que el Señor dice nos podemos acercar al Pan -el que venga a mi-, acercanos no solo físicamente sino con fe -el que crea en mi-, para no tener hambre, para nunca más tener sed.

La metáfora del Pan del Cielo sonaba como algo muy concreto a los oídos de los discípulos (le llaman Rabbi y lo siguen de una ciudad a otra, por lo tanto podemos llamarlos discípulos): recordaban el maná que Moisés le dio a comer a sus antepasados en el desierto. Tenían historia común de un Dios que los había hecho pueblo suyo. En esa historia se sitúa Jesús y los va atrayendo, como a ovejitas, los va centrando en torno a su persona.

Jesús se presenta como Pan en medio de la mesa familiar, en medio de esa fiesta comunitaria que fue la multiplicación de los cinco pancitos y los dos peces.

Ellos tienen historia, son una comunidad, un pueblo. La metáfora no es la de un pan comprado en el supermercado para hacerse un sangüichito.

A nosotros, la metáfora del Pan nos suena linda, como la del Cielo, pero más añorada que integrada a la vida. Y quizás esto sea bueno. No tenemos detrás imágenes de ningún maná. Quizás la última imagen popular sea la de la primera comunión: Pan de la Niñez. Recuerdo puro y lindo, pero algo opacado por el vestido y las fotos.

Mejor empezar de nuevo. Partir de que no sabemos lo que buscamos. Pero yendo un poco más allá de los contemporáneos de Jesús. A ellos el Señor les tenía que corregir imágenes que se habían desviado: la del Mesías Rey, la del maná… Nosotros podemos partir del deseo de algo más, de Alguien distinto. Ni siquiera de la multiplicación, porque para nuestro mundo serial multiplicación suena a “mas de lo mismo”.

Quizás nos ayude partir de los verbos, no de los sustantivos.

No de “pan”, no de “cielo”, no de “vida”,

sino de los verbos nuestros, como “buscar y trabajar”, “acercarse y creer”

y de los verbos del Padre y de Jesús: “ser, dar y descender”.

Los verbos se unen en ese “ser Pan” de Jesús y en ese “danos siempre de ese pan”, que brota como fruto del corazón, cuando uno recorre este evangelio.

Ayer, en la misa de San Ignacio en el Gesù -nuestra Iglesia madre del Santísimo Nombre de Jesús- nuestro padre General citaba al padre Rossi de Gasperis sj, en su libro “Un peregrino que comienza desde Jerusalén” y decía que la espiritualidad de Ignacio no iba por el lado de “ganar para tener sino de ser para darse“.

Esto quiero decir: que Jesús le transmite a la gente su deseo de darse. Y ellos, luego de tantas preguntas de todo tipo, comprenden. Y lo expresan: Danos siempre de ese pan.

La metáfora del Pan la tenemos que leer como la metáfora del darse: Dios es un Dios que se nos da, un Dios que quiere darse, que viene a darse y hace de todo para poder darse.

Por eso, más que con las cosas que nos da tenemos que conectarnos con la acción, con el gesto y con el modo de darse. Por eso aquí Jesús no dice que hay que “comerlo”. Aquí nos muestra una de las puntas de esa “comunión” vista como proceso: se comienza con  “ir a Él”, y hay que ir con fe: “creer es como beber”.

Me viene espontáneamente lo de la comunión a los divorciados.

Tomo conciencia de que digo “lo de”, como dando por supuesto que se entiende de qué estamos hablando. Y no es para nada así. Más bien hay que salirse de lo ya dicho (algunos decían que para qué tratar el tema si ya está todo definido clarísimamente) y ampliar la mirada. Hay que salir de la trampa del “se puede o no se puede”, que era el lenguaje de los Fariseos y tomar conciencia del misterio de la Eucaristía y del Matrimonio.

No se trata de si “se autoriza o no algo a algunos que les fue mal en la vida” sino de crecer como Iglesia en lo que significan las gracias que se nos dan, se trata de crecer también en el modo como hablamos de estas gracias y en el modo como las “administramos”.

Mis reflexiones no van por el lado de “definir” nada, sino por el lado de ensanchar el corazón evangélicamente. Para que no nos suceda que nos quedemos dentro de una definición del Señor y fuera de una de sus parábolas.

Primera reflexión:

En un mundo cristiano en el que tantos pueden comulgar y no lo sienten, hay gente que no puede y lo desea.

El sólo hecho de “desearla”, de querer comulgar, implica creer en la bondad salvífica, y esto es parte esencial del “comulgar”. Recibir la Eucaristía, entrar en comunión con Jesús en la Eucaristía, no es sólo “comer” el Pan, sino “creer”, acercarse (como decían las condiciones: acercarse a comulgar con devoción), quedarse dando gracias como después de una fiesta, traducir esa comunión en obras de misericordia. Comulgar es ser con Jesús para darnos. Comulgar no es un hecho aislado sino toda nuestra vida.

Y así como está la bienaventuranza de los felices que creen sin haber visto, también está la de los que -mientras en la Iglesia se dialoga y se discute acerca de cómo hacer y qué se puede y qué no está permitido- se acercan a Jesús sin comer el Pan, los que lo desean a distancia, desde el último banco de la iglesia, los que se quedan con las manos vacías, esperando… Más felices quizás, en el secreto de las cosas de Dios, que los que comulgamos a veces sin estupor ni adoración, solo con un pequeño sentimiento de piadosa devoción, que está bien, pero es poco.

Segunda reflexión:

La Eucaristía es todo el tiempo de una fiesta, no un bocadito.

Este evangelio, en el que Jesús enseña a sus discípulos los pasos para “ir a Él” y “creer en Él” que es Pan -que se hace Pan porque es Amor y desea darse-, nos abre a una mirada más amplia sobre la Eucaristía.

La Iglesia vive de la Eucaristía porque la Eucaristía es todo: es el Padre que nos está dando continuamente a Jesús y Jesús que está dando la vida en la Cruz para salvarnos.

Cada persona se encuentra siempre en “algún momento” de esta Eucaristía que Jesús celebra. Y no como persona aislada, si es que esto existe, sino como persona creyente dentro del pueblo fiel de Dios. El siempre está celebrando la Eucaristía por nosotros, aunque nosotros no hayamos ido ese día a misa o no hayamos comulgado.

Tercera reflexión:

La Eucaristía genera dinamismos de vida, de inclusión y tiene sus procesos, no es un “objeto” de consumo

Cuando vamos en la fila, mientras algunos ya comulgaron y otro está comulgando, es importante sentir esta gracia: la de que es la Iglesia entera la que comulga -también la Iglesia que está en territorio extranjero, esos “otros rebaños” de los que habla el Señor-.

Por parte del Padre que nos da a Jesús, estamos todos incluidos: el Padre no quiere que ninguno se pierda y le hace fiesta al hijo pródigo antes de escuchar su confesión completa, con lo de que pecó y no es digno de ser hijo y que lo trate como un servidor…

Por parte de Jesús que se nos da, están incluidos hasta los mismos que lo crucifican. Imagínense cuánto más un pobre pecador que no puede comulgar públicamente.

Por parte de los que comulgamos, hace bien sentir la indignidad que nos incluye a todos -el yo no soy digno de que entres en mi casa-, sentir que hay tantos que se quedan fuera, y que, si se los saliera a invitar a la fiesta por los caminos, dado que muchos con tarjeta no quieren venir, vendrían corriendo y se pondrían el traje de fiesta con alegría.

Cuarta reflexión:

La comunión de deseo es parte integral de la comunión sacramental

La imagen “pan del cielo”, si uno la analiza en sus términos, incluye “descenso”. Un pan es para comer y el cielo lo aleja. Es una imagen que despierta deseo: deseo de que baje y por eso la gente le dice: danos siempre de ese pan.

Jesús refuerza esta imagen descendente por parte suya, ya que El es Pan que desciende, pan que se da desde otras praderas con otro trigo que los que conocemos, diciéndonos que si nosotros nos ponemos en movimiento y “vamos a Él”, si lo bebemos con el deseo de la Fe, estamos en su misma dinámica.

Y cuando en el lecho de muerte uno confiesa y le da la comunión a alguien, se hace presente toda la vida y se ve que esa persona no estaba “excomulgada”. Siempre deseó comulgar. Es solo que la fila se le hizo más larga.

Quinta reflexión:

La Eucaristía es comida sujeta a criterios comunitarios no individualistas

Me gusta meditar contemplando la fila que hacemos para ir a comulgar. Si hay uno en la fila que en este momento está comulgando, yo que voy atrás, con mi acercarme con devoción y fe, ya estoy comulgando. Y la abuela que va a misa mientras hijos y nietos duermen, está haciendo entrar en comunión con Jesús a toda la familia. La estadística, en esto, no nos dice nada. Censar cuántos comulgan no tiene sentido. No se puede medir el grado de comunión que crea en torno a sí una sola persona que comulga con Jesús, no solo espacialmente sino a lo largo del tiempo. Detrás de la última comunión de un moribundo (que en muchos casos del Hogar fue su primera comunión) vaya a saber la misa diaria de qué abuela lo tenía ya incluido. El censo no tiene que preguntar: Ud se confiesa? Y sacar la estadística de que sólo el tanto % de cristianos se confiesa. La pregunta tiene que ser: Ud. en el momento de morir, desearía poder pedir perdón de sus pecados y que lo perdonaran aquellos a los que hizo mal para quedar en comunión con ellos o preferiría morir sin que nada se sepa y lo pasado pisado? Creo que la estadística sería distinta. Son pocos los que se han endurecido tanto que no quieren saber nada de nada.

Ejercicio para ir a comulgar

Mientras voy en la fila, solidarizarme interiormente con todos los que desean comulgar y no pueden por su situación, y con los que desearían comulgar si tuvieran real conciencia del don que es. Es un momento especial para incluir a los que no comulgan y rezar por ellos y como uno de ellos.

Los que sí comulgan, ellos mismos están con Jesús y no necesitan de mi intercesión en ese momento. Por eso creo que es una buena ocasión para igualarnos en indignidad con todos los hombres y decir a Jesús “no soy -no somos- dignos de que entres en nuestra casa”. Este gesto, si se hace habitual, puede ser de mucho fruto. Es bueno luego, traducirlo en algún gesto de inclusión y de comunión con personas que “no comulgan”, que sufren algún tipo de “excomunión social o familiar”.

Diego Fares sj

Se comparte también en territorio extranjero

panes

“Después de esto, se fue Jesús a la otra ribera del mar de Galilea, el de Tiberíades,

y mucha gente le seguía porque contemplaban las señales que realizaba con los enfermos. Jesús subió al monte y se sentó allí en compañía de sus discípulos.

Estaba próxima la Pascua, la fiesta de los judíos.

Al levantar Jesús los ojos y contemplar que venía hacia él mucha gente, dice a Felipe:

– «¿Cómo vamos a comprar panes para que estos tengan qué comer?»

Se lo decía para probarle, porque Él sabía lo que iba a hacer.

Felipe le contestó:

-«Doscientos denarios de pan no bastan para que cada uno tome un poco.»

Le dice uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro:

-«Aquí hay un chico que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero ¿qué es eso para tantos?»

Dijo Jesús:

-«Hagan que se recueste la gente.»

Había en el lugar mucha hierba.

Se recostaron, pues, los hombres en número de unos cinco mil.

Tomó entonces Jesús los panes y, después de dar gracias (eujaristezas) los repartió entre los que estaban recostados y lo mismo todo lo que quisieron de los peces.

Cuando se saciaron, dice a sus discípulos:

-«Recojan los trozos sobrantes para que nada se pierda.»

Los recogieron, pues, y llenaron doce canastas con los trozos de los cinco panes de cebada que sobraron a los que habían comido.

Al ver la gente la señal que había realizado, decía:

-«Este es verdaderamente el profeta que iba a venir al mundo.»

Dándose cuenta Jesús de que intentaban venir a tomarle por la fuerza para hacerle rey, huyó de nuevo al monte él solo” (Jn 6, 1-15).

Contemplación

La así llamada “multiplicación de los panes” aparece seis veces en los evangelios. La primera, en el territorio de Israel, aparece en los cuatro evangelistas, y la segunda, en territorio pagano, aparece solo en Mateo y en Marcos.

Como dice el padre Gustavo Gutiérrez, eso es señal de que se encuentra allí un mensaje importantísimo del Señor. Cuando algo se repite dos y hasta tres veces, en el lenguaje simbólico de la Biblia, es señal de algo importante. Seis veces nos tiene que llevar a pensar. La segunda multiplicación Lucas y Juan la dejaron de lado. Dicen los exegetas que con la integración de los paganos duplicar las multiplicaciones complicaba la cosa y por eso quizás la simplificaron en una. De hecho, a mí siempre me quedó como que era una especie de “repetición” del mismo milagro. Hasta que Gutiérrez me hizo ver esto de que “se comparte también en territorio extranjero”.

En la segunda multiplicación los peces son siete y también las canastas sobrantes. Algunos dicen que el número es alusión al jubileo y esto de “compartir en territorios extranjeros” –en las fronteras existenciales, como dice el papa Francisco, allí donde hay otros que no piensan ni viven como nosotros-, puede hacernos bien para ir entrando en el año de la misericordia.

“Compartimos también en territorio extranjero”. Esto es poner a la fraternidad, a la solidaridad y al culto al Dios verdadero, por encima de los límites que, necesariamente, crea el modo de pensar y las costumbres culturales de cada pueblo y de cada persona y también la Iglesia misma.

Jesús da de comer sus panes y peces bendecidos a los que no son del pueblo de Israel. Estamos hablando de panes y peces bendecidos por las manos del Señor, luego de dar gracias al Padre! No es la Eucaristía (hay peces, como dice Gutiérrez) pero es, yo diría, el ambiente previo y la acción posterior a la Eucaristía. Se acoge a todos y se comparte el alimento bendecido con todos. Y se guarda lo que sobra, en señal de continuidad, de que gracias a Jesús nos hacemos pueblo de Dios, compañeros de camino, unificados por su atracción y su acción benéfica.

Contemplemos la pedagogía del Señor. Juan nos dice que la gente lo seguía porque contemplaba las señales que hacía con los enfermos.

El Señor parte de su deseo de darse entero y de salvar a todos y su primer radio de acción es sobre la enfermedad. La enfermedad nos iguala a todos los seres (incluso al nuevo planeta recién descubierto, que tiene mil millones de años más que nuestra hermana y madre tierra, cuyos mares se están evaporando). A los seres humanos, allí donde la riqueza, la condición social y los saberes y roles nos distinguen y nos llevan a formar agruparnos excluyendo a otros, la enfermedad nos iguala. El Señor curaba gente de toda clase, la hija de Jairo y la hija de la mujer palestina, el siervo del Centurión y la suegra de Simón Pedro…

En las multiplicaciones de panes y peces para la gente que lo sigue y escucha su Palabra, el Señor da un paso más. De lo individual de la enfermedad pasa a lo comunitario, a lo social: hace que la gente se organice, se siente y comparta. Y los alimenta a todos con los mismos panes y peces bendecidos. Los que reciben su palabra reciben también sus panes y peces.

Experimentamos esta gracia cuando peregrinamos junto con todo el pueblo fiel de Dios o en ocasiones multitudinarias, como las que se dan en las visitas del Papa, en los jubileos, en los congresos Eucarísticos. Hay un Don del Señor a su pueblo que es previo a todo condicionamiento humano. El sembrador sale a sembrar y esparce la semilla en todo tipo de terrenos, el Buen Pastor mira a las ovejas que no tienen pastor y las sana a todas y las alimenta a todas, haciéndolas sentar por grupos (se habrán juntado entre los amigos, entre los del mismo pueblo y condición y también se habrán mezclado bastante).

Así también sucede en Pentecostés y con las primera conversiones: el Don del Espíritu se da por “rebasamiento” (verdadero rebasamiento, no como el del capitalismo, que no derrama nada o sólo algunas gotas). Desde un núcleo de corazones plenamente suyos, los dones del Señor se reparten sin medida, a todos, sin exclusiones de ningún tipo. Así como se recibe el Don –de la salud, del perdón, del pan y del Espíritu- sin medida ni condiciones, también así se comunica.

Los cristianos comienzan a predicar el evangelio antes de ser llamados cristianos,

reciben el Espíritu, como la familia de Cornelio, sobre los que “cae (literalmente) el Espíritu” mientras Pedro está hablando y entonces, después, los bautiza diciendo: “Acaso puede alguien negar el agua del bautismo a estos que han recibido el Espíritu Santo como nosotros” (Hc 10, 47).

A la Iglesia se le arman líos porque los paganos se hacen cristianos sin pasar por los ritos judíos y debe “legislar” para ir ordenando este Espíritu Santo “desatado”, por decirlo de alguna manera, que comienza a “armonizar todas las diversidades”, comenzando por las lenguas.

Por eso la Iglesia, cuando legisla y ordena, cuando clasifica pecados y autoriza grados de participación en los sacramentos, siempre debe hacerlo estando atenta a que “gestiona” un Don “ingestionable” sino es para salvación de más gente y para mayor crecimiento en fe y en caridad de todos.

Por eso, la primera pregunta debe ser siempre: “cómo hacemos para que Jesús y sus dones lleguen a todos de modo tal que no se pierda ninguno”. La pregunta nunca debe ser “quién no puede” sino “cómo hacer para que llegue a todos”.

Si esto requiere de “tiempos extraordinarios” como un Jubileo de la Misericordia, que permita desbloquear algunas situaciones imposibles de arreglar por la vía ordinaria y barajar y dar de nuevo, pues aquí tenemos al Papa Francisco que con coraje y decisión lo ha decretado.

Si esto requiere un gran trabajo de organización (y luego de limpieza para juntar las sobras) no hay otra que arremangarse y hacer crecer la organización.

Si hay que repensar la disciplina de la Iglesia porque el cambio cultural es de esos que se dan cada mil años, hay que iniciar el camino. No fue menor la tarea de la Iglesia al dejar los preceptos y las costumbres judías y comenzar a gestar los propios. Recordemos que la “Tradición de la Iglesia” es algo vivo, y se compone no solo de cosas inmutables, como el Dogma y la moral, sino de cosas que tienen que ir cambiando, como la liturgia, la disciplina eclesiástica y la pastoral.

Como decía San Juan XXIII al comienzo del Concilio: “Una cosa es la substancia de la antigua doctrina, del “depositum fidei”, y otra la manera de formular su expresión…”.

Transcribo el pasaje por que me parece que es un bálsamo para el alma y ayuda a ver el espíritu con que Francisco lleva adelante la Iglesia:

“La tarea principal de este Concilio no es, por lo tanto, la discusión de este o aquel tema de la doctrina fundamental de la Iglesia, repitiendo difusamente la enseñanza de los Padres y Teólogos antiguos y modernos, que os es muy bien conocida y con la que estáis tan familiarizados. Para eso no era necesario un Concilio.

Sin embargo, de la adhesión renovada, serena y tranquila, a todas las enseñanzas de la Iglesia, en su integridad y precisión, tal como resplandecen principalmente en las actas conciliares de Trento y del Vaticano I, el espíritu cristiano y católico del mundo entero espera que se de un paso adelante hacia una penetración doctrinal y una formación de las conciencias que esté en correspondencia más perfecta con la fidelidad a la auténtica doctrina, estudiando ésta y exponiéndola a través de las formas de investigación y de las fórmulas literarias del pensamiento moderno.

Una cosa es la substancia de la antigua doctrina, del “depositum fidei”, y otra la manera de formular su expresión; y de ello ha de tenerse gran cuenta —con paciencia, si necesario fuese— ateniéndose a las normas y exigencias de un magisterio de carácter predominantemente pastoral.

Al iniciarse el Concilio Ecuménico Vaticano II, es evidente como nunca que la verdad del Señor permanece para siempre. Vemos, en efecto, al pasar de un tiempo a otro, cómo las opiniones de los hombres se suceden excluyéndose mutuamente y cómo los errores, luego de nacer, se desvanecen como la niebla ante el sol.

Cómo reprimir los errores. Siempre la Iglesia se opuso a estos errores. Frecuentemente los condenó con la mayor severidad. En nuestro tiempo, sin embargo, la Esposa de Cristo prefiere usar la medicina de la misericordia más que la de la severidad. Ella quiere venir al encuentro de las necesidades actuales, mostrando la validez de su doctrina más bien que renovando condenas. No es que falten doctrinas falaces, opiniones y conceptos peligrosos, que precisa prevenir y disipar; pero se hallan tan en evidente contradicción con la recta norma de la honestidad, y han dado frutos tan perniciosos, que ya los hombres, aun por sí solos, están propensos a condenarlos, singularmente aquellas costumbres de vida que desprecian a Dios y a su ley, la excesiva confianza en los progresos de la técnica, el bienestar fundado exclusivamente sobre las comodidades de la vida. Cada día se convencen más de que la dignidad de la persona humana, así como su perfección y las consiguientes obligaciones, es asunto de suma importancia. Lo que mayor importancia tiene es la experiencia, que les ha enseñado cómo la violencia causada a otros, el poder de las armas y el predominio político de nada sirven para una feliz solución de los graves problemas que les afligen. En tal estado de cosas, la Iglesia Católica, al elevar por medio de este Concilio Ecuménico la antorcha de la verdad religiosa, quiere mostrarse madre amable de todos, benigna, paciente, llena de misericordia y de bondad para con los hijos separados de ella” (San Juan XXIII, Discurso inicial, Vaticano II, 11 de octubre de 1962).

Diego Fares sj

………………..

Algunos “trozos sobrantes” que junté de las contemplaciones de estos doce años. Para que nada se pierda.

Jesús es Pan de vida.

Yo soy pan para los demás.

En comunidad somos un equipo de cinco pancitos.

Nuestro pueblo es cinco mil panes compartidos (2003).

Nosotros andamos preocupados por lo que falta y el Señor nos manda a cuidar que no se pierda nada ¡de lo que sobró!

Que no se pierdan los voluntarios nuevos, que no se malogren los proyectos futuros, que no se nos llene de angustia o de quejas o de suspicacias el corazón mientras estamos gestionando milagros, sino que nos abramos humildemente a juntar la sobreabundancia en vez de creer que tenemos que asegurar mezquinamente lo ya logrado como si hubiera sido responsabilidad nuestra el milagro (2006).

Los fragmentos de la historia de cada vida! De la mía… Todo lo bueno y hermoso que me pasó y que gocé hasta ahí, con la pena de que terminara o de que no se pudiera guardar, todo eso fragmentario, el Señor lo junta en esa canasta que será su mejor regalo al llegar al cielo. No un regalo de cosas nuevas sino de las que cada uno vivió y no pudo vivir más a fondo: la canasta con el amor entero (2006).

La belleza no se limita a las “rosas únicas”, como decía Teresita, también se regala en la multitud de margaritas blancas, todas sencillas e iguales en su esplendor. En esta escena de los panes, la belleza es la de la comunidad: la belleza de la multitud de rostros del Pueblo fiel, alegre junto a su Pastor Hermoso. Lo bueno y útil de la multiplicación de los panes no debe hacernos perder la belleza gratuita de la unificación de su gozo que experimentó la gente (2009).

El pastor y el tiempo de su pueblo

Pastor

 

Y volvieron los apóstoles a reunirse junto a Jesús

Y le contaron todas las cosas que habían hecho

y las cosas que habían enseñado.

El les dijo: ‘Vengan ustedes solos aparte a un lugar desierto

A descansar un poquito’.

Porque eran tantos los que iban y venían

Que ni para comer encontraban un tiempo desocupado.

Y se fueron en la barca a un lugar desierto entre ellos solos.

Pero muchos los vieron que se iban y los reconocieron.

Entonces, a pie y de todas las aldeas,

concurrieron allá y llegaron antes que ellos.

Al desembarcar, Jesús vio una gran muchedumbre,

Y se compadeció entrañablemente de ellos,

Porque andaban como ovejas que no tienen pastor

Y se puso a enseñarles largamente y con calma (Marcos 6, 30-34).

Contemplación

Contemplamos a Jesús, a su pueblo y a sus apóstoles.

El viaje del papa Francisco a las naciones más pequeñas de nuestra antigua Patria Grande, nos ayuda a hacer la “composición del lugar”, como dice San Ignacio que hay que hacer en las contemplaciones, para bajar la oración a la realidad, al espacio y al tiempo (contemplar como si presente me hallase).

Miramos a la gente, que “llega antes que ellos”, como dice Marcos.

En los lugares más humildes, como nuestra parroquia jesuita de Bañado Norte, cerca de Asunción, la gente se preparó desde el momento en que se enteraron que el papa iría a su barrio. En la cárcel de Palmasola, le comenzaron a hacer las tallas que le regalaron desde mucho antes. Y así. Algunos lo veían pasar sólo unos segundos, en el papamóvil, pero lo contemplaban con un corazón en el que el tiempo se había distendido: ya de antes deseaban mucho verlo y recibir una bendición y luego que pasó atesoraron esa presencia, un gesto, una mirada, un momento, y se lo han quedado saboreando en el corazón, como esa mamá que le llevó a su hijito en silla de ruedas y logró que el papa se lo bendijera: llorando decía que se llevaba esa bendición para toda su vida.

La reflexión que saco, viendo y escuchando a muchos y de mi propia experiencia, es que ver al Papa en medio de su pueblo –siendo uno uno más- saca el mejor fruto que se puede sacar de un encuentro.

La imagen es la última del evangelio, la de Jesús que ve la gran muchedumbre de su gente y se compadece entrañablemente de ellos y se pone a enseñarles y a bendecirlos y saludarlos largamente y con mucha calma.

Esa es la imagen de Francisco con la gente. Y uno tiene que encontrar su lugarcito allí.

Si entramos ahora en ese Corazón que experimenta sentimientos de entrañable compasión, nos podemos sentir admirados de que Jesús se compadezca de que andemos… ¡sin Él!

Nos mira y nos ve sin Él y eso le da pena. Eso significa la metáfora de que nos ve como “ovejas que no tienen Pastor”.

Es un sentimiento de padre, como cuando un papá ve a su hijo desorientado o triste y le da pena que no se deje ayudar, que se cierre, y cuando lo ve volver, como el padre misericordioso a su hijo pródigo, se llena de alegría y se le conmueven las entrañas, al ver que regresa y al ver cómo regresa, las dos cosas.

Ese es el punto preciso en que nos sitúa este evangelio: Jesús ve que la gente se dio cuenta de quién es Él y comienza a acudir de todas partes, cada uno desde la situación en que está, para acercarsele. Las ovejas han venteado al Pastor, han reconocido el tono de su voz, su modo de andar entre ellas y dejan todo para seguirlo.

Es una situación en la que se muestra la fragilidad, cuando uno deja su rol y su entorno y se va con otros, en medio de la multitud, para encontrarse con alguien como Jesús. El Señor “ve” este venir de la gente hacia él y se compadece de su pueblo.

Una reflexión que me viene es esta del “pueblo fiel”. Hoy todos hablan de la teología del pueblo y de qué significaría pueblo para Francisco. Sin desmerecer ningún aporte –que todos ayudan- creo que cuando él habla de pueblo fiel esta imagen de la gente peregrinando a Jesús – a Luján, a San Cayetano, a Aparecida, al Quinche, a Copacabana…- toca el corazón de lo que es el pueblo.

Somos pueblo cuando reconocemos y seguimos fielmente al buen Pastor. Quizás la expresión más honda de lo que siente un pueblo está reflejada en el Cantar del mio Cid, cuando el Cid es desterrado por el rey y el pueblo llano se pone de su parte y en contra del rey. La gente se lamenta de que el Rey lo desaproveche y alguien dice: ¡Dios, qué buen vasallo si hubiese buen señor!

En Jesús vemos al “buen vasallo” del “buen Señor”, el padre del Cielo que es el padre de todos los pequeñitos de la tierra, especialmente de los que nadie más cuida. En torno a él nos “convertimos en pueblo fiel”, de manera creciente, incluyente, saliendo de todo egoísmo y yendo al encuentro de los demás, como pares.

Por eso lo de “situarnos” en medio del pueblo fiel nos hace gustar lo mejor del Buen Pastor, de su Padre y experimentar la cohesión que nos da el Espíritu, que nos armoniza en nuestras diversidades y nos hace Iglesia, pueblo fiel de Dios.

Esto hay que sentirlo y gustarlo y que nos dilate el corazón:

¡Es tan lindo tener un pastor, un buen pastor!

Veía a la gente, cómo se preocupaba por que el papa descansase al ver que no tenía tiempo ni para ir al baño y, al mismo tiempo, todos querían saludarlo y tocarlo, y veo que gozó en esos días lo lindo que es tener un pastor.

Nos hace bien conservar estas cosas en el corazón y dilatarnos en el recuerdo. El momento más lindo de las fiestas, como siempre dice el padre Rossi, es ese después que se van todos y uno se queda rememorando los rostros y los momentos.

También es lindo dilatarse en la espera. En Estados Unidos, a los jesuitas se les ocurrió pedirle a la gente que escribiera “qué le diría al Papa Francisco si tuviera cinco minutos con él”. La verdad es que poner a la gente en esta “frecuencia” –por decirlo de alguna manera- saca las mejores cosas de los corazones.

Me impactaron tres que reflexionaron sobre el tiempo, sobre lo que hace un buen pastor con nuestro tiempo, que es como decir lo que hace con nuestro corazón, que es el órgano del tiempo, el que hace que el tiempo lata fuerte, se unifique o se disperse, con la fuerza del amor.

Una persona decía:

“Lo más seguro es que lloraría durante cuatro minutos y medio y luego, podría balbucear que me bendijera”.

¿No es una preciosa imagen de cómo es el tiempo de un corazón que ama mucho?

Otra, que según Jacques debe ser una persona joven, escribió: “¿Podría mantenerse vivo por unos cien años, por favor?”

Firma “Kim Ita”.

Trato de repetir la frase en mi pobre inglés –se nota que es un deseo dicho de corrido, que termina en ese “please” (por favor, no te vayas)-, y siento que el corazón de Kim quiere dilatar un tiempo que vive como tiempo de gracia.

Un jesuita escribe: “Le diría que estos dos últimos años han sido los más felices de mis 33 años como sacerdote … debido a que nuestro papa promueve la misericordia”. Y al mismo tiempo que “expresa cómo vive su tiempo” agrega:

“He de añadir que a pesar de los comentarios de algunos obispos influyentes y periodistas de renombre, la mayoría de los católicos en los Estados Unidos da gracias a Dios cada día por su elección”.

En esta frase veo a un cura que “siente” lo que siente su pueblo y se lo dice al Pastor.

El Pastor, como dice el Papa no es un peinador de ovejas, pero tampoco es un patrón de estancia que solo se informa del número de cabezas de ganado que le pertenecen.

La metáfora del pastor y su rebaño nos habla de la vida a escala humana –que incluye la persona en su familia y en su pueblo-.

Eso hace que el pastor si tiene muchos rebaños, no pase a ser un gerente. Siempre sigue teniendo relación personal con sus ovejas y también se ocupa de que cada rebañito tenga su pastorcito cercano. Por este lado hay que meditar en el misterio de la iglesia que conformó Jesús. Cada uno tiene que estar atento al Único Pastor, a su pastorcito y a su rebaño.

Bueno, la contemplación se vino por este lado –de cómo le hace vivir un buen pastor el tiempo a su pueblo.

Nos quedamos con lo lindo que es tener un pastor.

Jesús da piedra libre a este sentimiento.

Lo hace por la vía alegre, cuando se llena de gozo de que el Padre le revele sus cosas a los pequeños que lo escuchan a él y lo siguen, y por la vía apenada de la compasión, cuando se conmueve de que la gente no lo haya tenido, de que haya pasado tanto tiempo sin él.

Es la gracia personalísima del cristianismo. Tener un pastor supera todo.

Supera las liturgias, porque hace una liturgia única de cada encuentro;

supera todas las sabidurías, porque encuentra la palabra inédita en el momento justo;

supera todas las autoayudas porque siempre es mejor que, si necesitás ayuda, te ayude otro (ganás un amigo y no sólo tenés una solución a un problema).

Como dice la aclamación antes del evangelio durante la Cuaresma: “El Señor es mi pastor, nada me falta”.

 

Diego Fares sj

 

 

 

 

 

Lo llenaron de flores 

Papa Flores

“Entonces Jesús llamó junto a sí a los Doce,

los envió de dos en dos y les dio autoridad sobre los espíritus no puros.

Les mandó

que nada tomaran para el camino

sino sólo un bastón;

no pan, ni mochila, ni monedas en la faja;

sino que se calzaran sandalias

y que no vistieran dos túnicas.

Les decía:

‘En cualquier lugar (que vayan) y entren en una casa,

permanezcan en ella hasta que salgan de esa población.

Y si algún lugar no los recibe

y no los escuchan,

saliendo de allí,

sacudan el polvo de debajo de sus pies

en testimonio contra ellos’.

Y saliendo

predicaron “kerigmáticamente” que la gente se convirtiera;

y expulsaban a muchos demonios

y ungían con óleo a muchos enfermos,

y los curaban” (Mc 6, 7-13).

 

Contemplación

Tomo algunos puntos del evangelio para que contemplemos con ellos el viaje del Papa.

“Si no los reciben…”

Me decían algunos curas de Roma que el viaje del Papa a América Latina no estaba teniendo mucha repercusión en los medios europeos. Uno interpretaba que no les gusta el lenguaje anti-dinero –“el estiércol del diablo”, dijo Francisco. Aquí toda la preocupación es por Grecia y su posible default. Otro decía que el entusiasmo de la gente es pasajero. ..

Yo sigo el viaje del Papa y la verdad es que viendo a la gente del Ecuador tan querido –que lo cubrió de flores-, viendo el cariño más “hacia adentro” de los bolivianos y la alegría del pueblo paraguayo, creo que esta peregrinación a los países pequeños (desde el punto de vista de la economía mundial), ha tenido una repercusión inmensa en el alma de sus pueblos.

Como vemos en Marcos, el Evangelio se predica en medio de un encuentro: si en un lugar no lo reciben, Jesús dice a sus apóstoles que no se detengan allí. El evangelio es de a dos. Y su constatación, también: la miden los que la viven, no se mide de afuera la “repercusión” que tiene la palabra de Jesús en el corazón de la gente. Por eso mi reacción ante los comentarios de la poca acogida en los medios europeos fue decir: “lástima para ellos…, que se lo pierden” y “felices los pueblos humildes, que se ganan su corazón y el papa el de ellos”.

Al leer la frase de Marcos, acerca de cómo entrar a un pueblo, uno extraña la paz de la que habla Lucas.

Marcos no dice nada de la paz, y dedica bastante a “sacudirse hasta el polvo de las sandalias”. Pero si uno lee con atención queda resaltado lo de la casa en la que entran. Jesús les dice que “se queden en esa casa”, que permanezcan allí, hasta que salgan del pueblo. En contraste con el ambiente público que por ahí no los escucha, están estas casitas donde inmediatamente son acogidos. El evangelio fue contagiándose así: en cada ciudad hubo “casas”, personas concretas, familias, que acogieron a los enviados. Lo público siempre fue variable, por decirlo así. Pienso en los Hechos de los Apóstoles, en “Lidia, de la ciudad de Tiatira, vendedora de telas de púrpura, que adoraba a Dios; y el Señor abrió su corazón para que recibiera lo que Pablo decía” (Hc 16, 14). El evangelio arraiga en corazones “que adoran a Dios”. ¿Quién puede medir estos arraigos? No los medios, ciertamente.

Hay algunas señales, sin embargo, que pueden pasar desapercibidas, pero si se las sabe ver son “clamorosas”. Hay que leer el lenguaje de nuestros pueblos que reciben al papa con mucha paz, con espíritu de oración, con deseo de acogerlo y de recibir su bendición.

Una señal son las flores.

La acogida del pueblo ecuatoriano fue con flores. Estaba mirando el papamóvil, cómo se acercaba por las callecitas al Santuario de la Virgen del Quinche, y de golpe las flores que arrojaba la gente se volvieron como una nevada que se acumulaba sobre el techo y el capot…

El lenguaje silencioso y colorido de las flores es algo muy propio de las antiguas culturas andinas.

Y a Francisco lo ungieron con flores. En el camino al Quinche lo inundaron de pétalos de flores.

Cada manojito de pétalos, fue cuidadosamente deshojado y envuelto en pañuelos en la intimidad de los hogares. El hecho de arrojarlo en un instante, con alguna frase de cariño, al paso del papamóvil, revela más de lo que siente un pueblo que lo que mil páginas de los periódicos puedan decir y opinar. Esas flores, que llenaban el templo y el altar de la Virgen en ramos macizos, esparcidas en millares de pétalos por la calle y cubriendo el papamóvil, daban continuidad a la oración, establecían puente con la vida cotidiana. La misma flor perfuma el santuario, el altarcito hogareño y la calle…

Si alguien no “escucha” el mensaje clamoroso que dio la gente más humilde de un pueblo cuando cubrió de flores el auto y la calle por donde pasó, por unos segundos, el papa Francisco por su vida, hay que dejarlo. Quizás uno no se pueda sacudir el polvo de las sandalias, porque hoy mucha gente vive sobre asfalto, pero hay que irse a los lugares donde la gente “camina sobre flores”. Aquí en Italia hay una costumbre muy linda que se llama “infiorata” –enflorada, diríamos-. Me tocó en Corpus pasar llevando al Santísimo por un cuadro pintado con pétalos de flores que representaba a Jesús Buen Pastor. Solo camina sobre la infiorata el que lleva al Santísimo y luego los chicos de catecismo la “destruyen”. Al caminar sobre las flores uno toma conciencia de lo que pisa y de a Quién lleva en la Custodia y siente el mensaje de las flores: que la Gloria es sólo del Señor y nosotros podemos “recibir” la que nos de cómo regalo, pero nunca pretender poseerla. Allí está el secreto de la belleza efímera de las flores, que se dan enteras en perfume y color, sin guardarse nada para el otro día. Así recibió el pueblo ecuatoriano al Papa, dándole su corazón en flores.

El deseo de la bendición es otra señal.

La gente quiere recibir la bendición del Papa. Así cantaban los niños afuera del Hogar de ancianos de las misionera de la Caridad, en Quito: “queremos bendición, queremos bendición”. El Papa dijo que le impresionaba cómo pedía la bendición el pueblo ecuatoriano “Si hasta las guaguas juntan las manitos…!”. Y la respuesta a esas bendiciones fueron los abrazos, especialmente los de los chicos.

A Francisco, en Bolivia, lo ungieron con los abracitos de los niños.

En la cárcel-pueblo de Palmasola (una de las más violentas de América Latina) los testimonios de tres reclusos –dos hombres y una mujer- fueron desgarradores.

La sensación, cuando terminaron de hablar fue extraña. Cómo quien dice “y ahora qué hacemos”. Hubo un momento de silencio antes de que hablara el Papa, que estaba conmovido, y en eso, una de las dos nenas que estaban sentaditas a sus pies, se levantó sin motivo aparente, movida desde adentro por su angelito de la guarda, y le fue a dar un abrazo. El papa respondió al abracito con unas palmadas, pero ella se le quedó un rato, ostensiblemente, y de golpe, así como fue se volvió. Lo consoló, claramente.

Siempre me acuerdo de una vez que charlábamos en Buenos Aires: habían salido varias cosas tristes –un cura que había dejado…- y al final de la charla él me dijo: cuando vienen estas malas noticias “hay que consolarse con la gente buena”. Eso sentí con la nena: que ante algunos males el Señor no tiene respuesta, pero te manda un angelito que te consuela con su bondad. Estos intercambios entre el papa y los pueblos son “evangelios vivientes”, porque la gente “lee” estos signos y sabe que Jesús les está hablando “para que se conviertan” como dice Marcos.

Este “incluirlo” al Papa, con flores y abrazos, es el gesto noble y agradecido del que se siente incluido.

Los espíritus no limpios (akataros), son otra señal

Otra señal impresionante, si se quiere ver, es cómo “limpia” Francisco las situaciones más ambiguas y contrastantes. Digo esto para que uno mire e interprete con sus propios ojos lo que el Espíritu obra cuando el Papa se pone en medio de gente y de situaciones complejas. La gente que se guía por lo que “escriben” los medios me da mucha pena. Sobre todo porque uno puede “ver” en directo las cosas y no la interpretación que le dan.

Pongo como ejemplo una situación única, para mí, que se crea por un momento ( y que tiene algo de juicio final), cuando uno de los presos cuenta su vida, cómo era apegado a su mamá, cómo comenzó a trabajar a los once añitos para ayudar a su familia y a ahorrar guardando algo de su platita enterrándola en el patio de su casa. Cómo este ahorro digno se le volvió exagerado y de alguna manera tuvo que ver con que fuera cómplice de un delito que lo llevó a la cárcel. Una cárcel donde se había convertido en delegado querido por todos. El preso contaba, reconocía, pedía perdón, denunciaba la corrupción y pedía trato más digno. Y lo escuchaba en silencio el Papa, sus carceleros, las autoridades, los otros presos… Por ahí se entusiasmó un poco con su relato y le dijeron al oído que abreviara. Y abrevió sin problemas.

¿No es para destacar que alguien como el Papa vaya a ese pueblo-cárcel perdido y su presencia logre que se escuchen los más enfrentados?

El Papa después “contuvo” todo al decir: “Uds. se preguntarán quién es el que está ante ustedes. Y les digo que el que está ante ustedes es un hombre perdonado”.

Francisco se mete allí donde el mal espíritu alborota, confunde, divide y embarra todo y lo limpia con su presencia. Esto no es algo “humano”. El se mete y el Señor “contiene” a la gente. Es notable cómo han cambiado los que antes tenían el encargo de cuidarlo y lo querían blindar y alejar de la gente. El evangelio “contiene” los espíritus desbordados, limpia las intenciones torcidas, purifica los deseos desordenados, encamina las buenas intenciones. Esto también es clamoroso.

Termino aportando dos poemas que iluminan el corazón del que inspiró esa cruz “escandalosa” que Evo le regaló al Papa. Son del jesuita Luis Espinal, asesinado en Bolivia en el 80. El había hecho el boceto de ese Cristo sobre una hoz y un martillo y era expresión de un deseo de dialogar con todos los que defendían a los más pobres.

Más allá de las ideas políticas de cada uno, hace bien saber que los que ordenaron su muerte, el dictador Meza Tejada y su ministro Arce Gómez, no solo defendían ideas políticas sino que tenían vínculos con el narcotráfico. Arce Gómez está todavía preso en Bolivia, y Meza Tejada fue juzgado y condenado por violación de los derechos humanos en 1993.

Quién fue Espinal puede verse por cómo dio la vida.

También se puede entrever algo de su corazón por sus filmes a favor de los humildes (era director de cine) y por poemas como estos… (Pero esto es solo para los que eligen juzgar por sí mismos acerca de la calidad de las personas y no por lo que le dicen aquellos medios que viralizan sin investigar ni un poco la imagen de una “cruz comunista”).

Señor Jesucristo,
nos da miedo gastar la vida.
Pero la vida Tú nos la has dado para gastarla; no se la puede economizar en estéril egoísmo.

Gastar la vida es trabajar por los demás, aunque no paguen,
hacer un favor al que no va a devolverlo; gastar la vida es lanzarse aun al fracaso, si hace falta, sin falsas prudencias;

es quemar las naves en bien del prójimo. (…)

Gastar la vida
no se hace con gestos ampulosos,
y falsa teatralidad.
La vida se da sencillamente,
sin publicidad, como el agua de la vertiente, como la madre da el pecho a su wawa, como el sudor humilde del sembrador. (…)

……………..

El futuro es un enigma,
nuestro camino se interna en la niebla; pero queremos seguir dándonos, porque Tú estás esperando

Con nuestros cuerpos aún en la brecha, y con el alma rota,
te gritamos un primer “hurra”,
hasta que se desencadene la eternidad.

Tu dolor ya pasó;
tus enemigos han fracasado antes de nacer. Tú eres el Rey de la sonrisa definitiva. (…)

Marchamos detrás de Ti,
por una calzada de eternidad. Tú estás con nosotros
y eres nuestra inmortalidad.

Señor triunfador de los siglos,
quita todo rictus de tristeza
de nuestros rostros.
No estamos embarcados en un azar; la ultima palabra ya es tuya.

Más allá́ del crujir de nuestros huesos,
ya ha empezado el “Aleluya” eterno. Que las mil gargantas de nuestras heridas se sumen ya a tu salmodia triunfal.

Diego Fares sj

Ser gente que confía

 Jose-el-carpintero

Jesús salió de allí y vino a su pueblo y sus discípulos lo acompañaban.

Cuando llegó el Sábado comenzó a enseñar en la sinagoga

y los más de los que lo escuchaban estaban asombrados y decían:

-¿De dónde (saca) este estas cosas? y ¿qué es la sabiduría esta que le ha sido dada? ¿y estos milagros (dynamis) que por sus manos se realizan? ¿No es este el carpintero, el hijo de María, y el hermano de Jacob y de José y de Judas y de Simón? Y no se hallan sus hermanas aquí entre nosotros? Y se escandalizaban de él.

Jesús les dijo:

– No hay profeta desprestigiado si no es en su patria y entre sus parientes y en su casa.

Y no podía obrar milagro alguno salvo que a unos pocos enfermos, imponiéndoles las manos, los curó.

El se admiraba de su incredulidad.

Y recorría las aldeas en torno enseñando (Marcos 6, 1-6).

Contemplación

Escepticismo, no-fe, incredulidad.

Esa es la palabra que nuclea lo que narra Marcos de la vuelta de Jesús a su patria.

Veamos un poco este escepticismo tal como lo describe Marcos. Es una actitud muy pos moderna, pero se ve que viene de antiguo.

Lo primero que podemos contemplar es que este escepticismo causa admiración al Señor: “El se admiraba de su in-credulidad”. A veces nos sucede que asistimos a algún hecho que nos conmueve profundamente, algo que nos hace recuperar la fe en la raza humana, por así decirlo, y vemos que otros a nuestro lado son testigos de lo mismo pero no los toca, los deja indiferentes o con una cara de: “está bien, pero no es para tanto…”.

Lo que quiero rescatar es esa base mínima de escepticismo, de no entusiasmo ante el bien, ese poner el bien entre paréntesis que contrasta con la actitud de fe.

La fe es todo lo contrario, la fe se deja ensanchar el corazón por el bien, hace que nos impliquemos, nos vuelve sensibles, nos toca el corazón.

Decía alguien que no hace falta mucha fe, porque la fe necesita ser completada y siempre es el Señor el que la completa, sea mucha o poca.

También en las relaciones humanas, la confianza es de a dos y se completa entre dos. Con los niños, la experiencia es clara: a veces los chicos chiquitos desconfían de un adulto y si este se los gana un poquito, con algún juego o algún regalito, los niños abren todo el corazón y se confían plenamente. Necesitan verse envueltos en un manto de cariño que los hace confiar y abrirse sin temores.

Quizás por eso es que Jesús “no puede creer que no crean”, que no se abran ni un poquito a sus regalos: el regalo de su sabiduría, el regalo de sus milagros. Es tanto lo que les está dando. Un día dirá: si no me creen a mí crean a las obras que hago.

Al Señor le dolía la falta de fe, no tanto por él sino por los desconfiados. Se perdían las maravillas que él hace con los que confían en su bondad.

De aquí podemos sacar la primera lección para nuestra vida: la fe es una cuestión definitiva, una actitud última, que define la calidad de lo que somos.

O tenemos fe – poquita o mucha, pero tenemos- o somos gente sin fe.

O confiamos o no confiamos.

O andamos por la vida con el sentido de la fe atento a los signos del Señor o salimos a la calle dispuestos a confirmar nuestro escepticismo.

Vamos sumando razones para creer o multiplicamos argumentos para no confiar.

Somos de los que dicen: “qué grande es esto que estamos viendo” o “vamos a ver cómo termina esto, si no es más de lo mismo”.

Escuchemos los argumentos de los paisanos de Jesús, cuáles son sus razones para el escepticismo.

La primera frase es demoledora: “de donde este estas cosas”. Nuestro maestro Fiorito, cuando en la dirección espiritual escuchaba que llamábamos “este” a algún compañero, reaccionaba inmediatamente: decía riendo “estás tentado”. No digamos nada si uno calificaba al otro con alguna palabra ofensiva. Pero bastaba el desprecio que deja entrever decir “este” o “este tipo”.

Para los vecinos de Jesús “este” significaba “el carpintero, el hijo y de María”. Ya hay algo turbio que el pueblo se ve que tenía callado o comentaba en voz baja y que ahora se vuelve explícito. Jesús no es el hijo de José y de María sino sólo el hijo de María. La historia de la concepción de Jesús se ve que no tenía nada de evangelio y sí mucho de chusmerío. Lo habían aceptado como “el carpintero”, pero ahora que les venía “con estas cosas” de milagros y enseñanzas, les salió toda la hiel que tenían guardada. De donde este estas cosas.

Vemos que el escepticismo clasifica bien: cada cosa en su lugar, cada persona en su rol. Y por eso no puede creer, aunque lo esté viendo, que de algunos “tipos” de persona pueda salir algo bueno o extraordinario.

Como se pronunció el nombre de María, podemos pasar en nuestra oración a mirar a la madre de Jesús y a ver en ella la actitud de fe totalmente distinta (no digo contraria porque la fe es algo único, hermoso, no se define por ser contraria al escepticismo, que es una actitud de porquería, como vemos en los paisanos del Señor).

María es la que ve las maravillas que Dios hace en nuestra pequeñez. En su propia pequeñez y en la del pueblo fiel. Ella confía en todos sus hijitos y sabe ver lo bueno de cada uno mejor que nadie. Y Jesús, siendo Dios, quiso aprender de su madre este modo de confiar en la gente.

No es a pesar de ser el hijo de María que Jesús hace maravillas sino precisamente por serlo. De María y de José, de quienes aprendió a creer. Me gusta pensar que así como él les enseñó a ellos a creer en el Padre y en “las cosas de su Padre”, ellos le enseñaron a creer en la gente. En sus padres Jesús aprendió a confiar en lo mejor de la humanidad, en lo que es capaz de llegar ser un corazón humano, sencillo como el corazón de José, puro y limpio como el corazón de María. Ellos le enseñaron a confiar en la gente, que, como sus vecinos, es capaz de mezquindades pero también de gran generosidad.

Pasemos un momento a “las cosas” que realiza Jesús. De donde las saca, se preguntan. Y esta es la clave de la fe: darse cuenta de que las saca de su buen corazón, de su querer bien a la gente, de su deseo de dar la vida. La fe no es constatar un hecho milagroso midiendo científicamente su grado de probabilidad sino constatar que los frutos buenos nacen de un corazón bueno y creer en la Persona que obra así, de corazón. La fe es personal. Por eso Jesús preguntaba “quién” me ha tocado cuando la hemorroisa le tocó el manto. Quería saber quién, no tanto por qué. La fuerza curativa, el milagro, salió solo directo a la enfermedad, pero los ojos de Jesús querían encontrarse con los ojos de la que así confiaba en él. Porque la fe es cuestión de amor. Así como la cara externa del amor se traduce en obras y gestos, la cara interna consiste en la fe y la esperanza que hacen que el que ama se amolde al pensamiento y a los tiempos y modos de aquel en quien confía y espera.

Y de aquí podemos comprender cómo hay otra tentación contra la fe. Hay algunos que creen tanto en “las cosas” que hace y dice Jesús, que se olvidan de su persona. No son escépticos, todo lo contrario. Dicen: esto que Jesús dijo es una verdad absoluta. Este signo sacramental que Jesús realizó tiene poder salvífico pleno. Por tanto, hay que cuidar que no se desdibuje para nada la verdad y que se conserve la pureza del sacramento. Cuidan esto de tal manera que no hay nada más que decir ni ningún camino a recorrer. Olvidan que Jesús no tiene miedo en dialogar con todos y de ir revelando sus verdades paso a paso, como hizo con Nicodemo y con la Samaritana. Olvidan que si uno se acerca a Jesús y lo toca no lo vuelve impuro, al contrario, se purifica a sí mismo. Lo cual no quita que luego tenga que iniciar o reiniciar un camino de santificación en el que siempre se puede dar un pasito más.

Mientras los escépticos y los integristas discuten en torno a “las cosas”, los creyentes nos tomamos de la mano de Jesús y nos vamos en su seguimiento a esas “otras aldeas” adonde él salía a predicar. Hay tanta gente buena que tiene ganas de creer en Alguien como Jesús que no hay que perder el tiempo con los escépticos ni con los fundamentalistas.

Decía el Papa Francisco en la Audiencia del 13 de Mayo de 2013:

“Vivimos en una época en la que se es más bien escéptico respecto a la verdad. Benedicto XVI habló muchas veces de relativismo, es decir, de la tendencia a considerar que no existe nada definitivo y a pensar que la verdad deriva del consenso o de lo que nosotros queremos. Surge la pregunta: ¿existe realmente «la» verdad? ¿Qué es «la» verdad? ¿Podemos conocerla? ¿Podemos encontrarla? Aquí me viene a la mente la pregunta del Procurador romano Poncio Pilato cuando Jesús le revela el sentido profundo de su misión: «¿Qué es la verdad?» (Jn 18, 38). Pilato no logra entender que «la» Verdad está ante él, no logra ver en Jesús el rostro de la verdad, que es el rostro de Dios. Sin embargo, Jesús es precisamente esto: la Verdad, que, en la plenitud de los tiempos, «se hizo carne» (Jn 1, 1.14), vino en medio de nosotros para que la conociéramos. La verdad no se aferra como una cosa, la verdad se encuentra. No es una posesión, es un encuentro con una Persona”.

Diego Fares sj

 

Los que nos tocan el manto

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En aquel tiempo, Jesús atravesó de nuevo en barca a la otra orilla, se le reunió mucha gente a su alrededor, y se quedó junto al lago. Se acercó un jefe de la sinagoga, que se llamaba Jairo, y, al verlo, se echó a sus pies, rogándole con insistencia: –Mi niña está en las últimas; ven, pon las manos sobre ella, para que se cure y viva. Jesús se fue con él, acompañado de mucha gente que lo apretujaba. Había una mujer que padecía flujos de sangre desde hacía doce años. Muchos médicos la habían sometido a toda clase de tratamienos, y se había gastado en eso toda su fortuna; pero en vez e mejorar, se había puesto peor. Oyó hablar de Jesús y, acercándose por detrás, entre la gente, le tocó el manto, pensando que con sólo tocarle el vestido curaría. Inmediatamente se secó la fuente de sus hemorragias, y notó que su cuerpo estaba curado. Jesús, notando que había salido fuerza de él, se volvió en seguida, en medio de la gente, preguntando: – ¿Quién me ha tocado el manto? Los discípulos le contestaron: –Ves como te apretuja la gente y preguntas: “¿Quién me ha tocado?” Él seguía mirando alrededor, para ver quién había sido. La mujer se acercó asustada y temblorosa, al comprender lo que había pasado, se le echó a los pies y le confesó todo. Él le dijo: –Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y con salud. Todavía estaba hablando, cuando llegaron de casa del jefe de la sinagoga para decirle: –Se ha muerto. ¿Para qué molestar más al maestro? Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo al jefe de la sinagoga: –No temas; basta que tengas fe. No permitió que lo acompañara nadie, más que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. Llegaron a casa del jefe de la sinagoga y encontró el alboroto de los que lloraban y se lamentaban a gritos. Entró y les dijo: – ¿Qué estrépito y qué lloros son éstos? La niña no está muerta, está dormida.

Se reían de él. Pero él los echó fuera a todos y, con el padre y la madre de la niña y sus acompañantes, entró donde estaba la niña, la cogió de la mano y le dijo: –“Talitha qumi” (que significa: contigo hablo, niña, ponte en pie. La niña, que ya tenía doce años, se puso en pie inmediatamente y comenzó a caminar. Y se quedaron viendo visiones. Jesús les insistió en que nadie se enterase; y les dijo que dieran de comer a la niña (Mc 5, 21-43).

 

Contemplación

El de hoy es uno de esos “evangelios dobles”, en el que dos hechos de Jesús quedaron unidos para siempre. Vaya uno a saber si la hemorroisa fue después a casa de Jairo a ver a la pequeña o si le contaron a la nena que el mismo día en que Jesús la curó a ella también curó a otra señora que estaba enferma. Yo estoy seguro que sí, porque las víctimas se juntan. O al menos eso nos enseñó Jesús, que cualquiera que esté en situación de necesidad es nuestro prójimo y nos tenemos que juntar con todos los que sufren y nos necesitan.

Los dos milagros se pueden contemplar desde la perspectiva de fe de Jairo y de la mujer. Jairo ve que su hijita se le muere y se va a buscar –desesperado- a Jesús. La fe es el último recurso. La hemorroisa siente lo mismo, aunque sea más tímida y su situación no trascienda, ha probado muchos médicos y siente que va cada vez peor. La fe en Jesús que pasa es su último recurso. Una cosa común en estas dos personas es que no dejan que nada se interponga entre su fe y Jesús. La multitud no impide a la Samaritana que le toque el manto. Los anuncios de que la hija ya está muerta y las burlas de la gente no impiden que Jairo entre con Jesús a la pieza y tenga fe. Es la fe a pesar de la vergüenza y a pesar de los miedos: “vos no tengas miedo, basta que creas”.

 

Antes de venir a Argentina tenía ganas de ver un momento al Papa, que me había preparado rosarios bendecidos para traer y un regalo para mi madre. Me llamó para disculparse porque no tenía tiempo material y entonces me fui a verlo a un retiro que daba a los sacerdotes en San Juan de Letrán. Hago un excurso: esto del tiempo material en el papa es real. Hay veces que uno no tiene tiempo sicológico, que no le da para atender a una persona más o hacer otra tarea. Por lo que he visto en este tiempo Francisco se brinda sin guardarse nada y si a uno no lo ve en medio de la multitud es porque solo tiene dos ojos y está mirando al de al lado. Cuando lo veo entre la gente me da la impresión del Señor yendo a la casa de Jairo que se detiene con la hemorroisa, el tiempo que ella necesita para confirmarse en la fe, y luego sigue. Ni le dice ahora no puedo porque tengo un milagro más importante, ni se detiene demás a atender a la gente que “se aviva” que puede tocarle el manto… Volviendo al retiro del Papa…; como no me había inscripto por mail, pedí entrada solo para ese día y la llamé a una amiga que estaba adentro, en la organización, para que me viniera a buscar y así poder estar más cerca. Pero como llegué sobre la hora ella ya estaba recibiendo al Papa que entraba por un costado de la Basílica en ese momento, así que quedé entre la multitud de curas. Me fui colando de a poquito hasta estar casi en primera fila por donde pasaba, pero lo apretaban por todos lados y no me vio. Al ver que se me iba, me fui por detrás y le toqué la espalda con un saludo. Quedé medio desilusionado pero después me acordé de este pasaje y me llenó de alegría.

Ayer, saludando a los que hacen fila a la mañana para entrar al Hogar, se me completó la parábola. Después de misa fuimos caminando con Susana, como hacíamos siempre, y el saludo verbal a los de la fila esta vez fue con apretón de manos. Como el primero me dio también un beso, fue con abrazo y beso a los demás. Me emocionó uno que me abrazo, me dio un beso, luego me alejó un poco para mirarme a los ojos mientras me tenía la mano y me dijo: padre Diego, ¡un saludo… profundo! Eso le salió:  un saludo profundo. Me quedó resonando todo el día y se lo contaba a Juan que como le encantó, enseguida dijo riendo: con eso podés escribir una contemplación (como que yo escribo una contemplación con cualquier cosa…; lo cual es motivo de cargadas y a la vez un elogio muy lindo y “profundo”, porque el evangelio es una colección de detalles de Jesús, no?). Un saludo profundo. Comentábamos que no es un adjetivo habitual para saludo. Un dice un saludo cordial o un saludo cariñoso… Como que el saludo es pasaje: introducción para un encuentro, que puede ser profundo, o despedida que, si es de una persona querida que se va por un tiempo largo, hace que el saludo sea con un abrazo más estrecho. Pero nadie lo explicita. Nadie, salvo alguien que es pobre y no tiene muchas oportunidades de charlar con el cura. Lo ve pasar estando él en la fila, lo ve en medio de las tareas…, y sólo tiene un momento –como la hemorroisa-. Y lo aprovecha. Y dice esa frase que, en medio de tantísimas expresiones de cariño que un escucha, se queda grabada como un evangelio en lo profundo del corazón. Porque hay que ser también, además de humilde, muy simple y de  verdad sentir un cariño profundo, para animarse decirle a otro que uno le está dando un saludo profundo.

Estas personas que tocándonos el manto nos tocan el corazón, nos enseñan a actuar con Jesús. Van juntas las dos cosas: saber tocarle el manto a Jesús, con el deseo de que se de cuenta y nos atienda, y sentir cuando alguien nos toca apenas el manto para hacernos prójimos en el momento y no pasar de largo. Tocar el manto es mirar a los ojos hasta que uno hace contacto, es detenerse un momento más hasta que el otro siente que nos acompasamos a su tiempo, es acercarse a la situación hasta que el otro siente que entramos en el espacio donde habita y siente… Jesús nos enseña a hacerlo en medio de una ciudad y entre la gente. La hemorroisa y Jairo, que lo van a buscar e interactúan con él, Jairo llevándolo a su casa, la mujer haciéndose notar apenas con un leve tironcito, nos enseñan a cultivar deseos profundos de encuentro en nuestra oración, de modo que, cuando se da la oportunidad, nosotros estamos con todos los sentidos despiertos para “comunicarnos con Jesús”. En una fe que brota de este amor y a la que Jesús cuida con mucha determinación. Valorándola: Mujer, tu fe te ha sanado. Y defendiéndola: Vos no temas, basta que tengas fe.

Los dejo aquí con un saludo profundo.

Padre Diego

 

 

 

 

Laudato si

Un día, al atardecer, dijo Jesús a sus discípulos: —«Vamos a la otra orilla.» Dejando a la gente, se lo llevaron en barca, como estaba; otras barcas lo acompañaban. Se levantó un fuerte huracán, y las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua. Él estaba a popa, dormido sobre un almohadón. Lo despertaron, diciéndole: —«Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?» Se puso en pie, increpó al viento y dijo al lago: —«¡Silencio, cállate!» El viento cesó y vino una gran calma. Él les dijo: —«¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aun no tenéis fe?» Se quedaron espantados y se decían unos a otros:  —«¿Pero quién es éste? ¡Hasta el viento y las aguas le obedecen!»  (Mc 4, 35-40).

 

Contemplación

Con la alegría de la Encíclica de Francisco, Laudato Si, comenzamos la contemplación mirando al Jesús que calma la tormenta y le decimos, junto con todas las criaturas: Alabado y Bendecido seas, mi Señor.

Jesús encarna a ese Dios misterioso que le hablaba a Job desde la tormenta. Se le había revelado, en medio de sus clamores y sufrimientos, como el Dios que pone un límite al mar. Le decía:

—«¿Quién cerró el mar con una puerta, cuando salía impetuoso del seno materno, cuando le puse nubes por mantillas y nieblas por pañales, cuando le impuse un límite con puertas y cerrojos, y le dije: “Hasta aquí llegarás y no pasarás; aquí se romperá la arrogancia de tus olas”?»

Pero era un Dios demasiado grande, demasiado poderoso. Un Dios al que no se le podía ver el rostro sin morir.

Jesús, su Hijo amado, nos lo volvió cercano. Un Dios que duerme en nuestra barquita…

El sentimiento con el que podemos rezar hoy nos lo da el salmo 106: Damos gracias al Señor porque es eterna su misericordia.

El Papa nos invita a mirar la creación con la ternura del Padre que ama todo lo que ha creado. Uno puede “ascender de las obras creadas a su Misericordia amorosa” (LS 77).

Una de las cosas más conmovedoras de “Alabado seas”, es el cariño con que nos hace ver la “relación íntima entre los pobres y la fragilidad del planeta”. La imagen de la tierra –“nuestra Casa común”- es la de un ser frágil, necesitado de cuidado, como los seres humanos más pobres y pequeños.

Francisco le pone rostro a la ecología: el rostro de los pobres, que es el Rostro de Cristo. Así, la belleza del Universo, que es terrificante al mismo tiempo que gloriosa, adquiere el Rostro de Cristo y eso ayuda a que cada hombre encuentre su puesto de servicio en el planeta. No estamos abandonados como los apóstoles y los inmigrantes en un barcón a merced de las tormentas del mar. Jesús duerme en nuestra barca, sobre un almohadón, y El es alguien a quien hasta el viento y el mar le obedecen.

Así la Encíclica nos devuelve el rostro cristológico de la tierra: la creación es de Cristo y “lo que es de Cristo –como dice Pablo- es una creatura nueva”. La creación, gracias a la Eucaristía, se transforma en ofrenda para convertirse en Cuerpo de Cristo.

Y a nosotros nos renueva y amplía la misión. La frase del Señor: “Lo que le hiciste al más pequeño de mis hermanos, a mi me lo hiciste”, se extiende a todos los seres creados, al hermano sol y a la hermana agua, al hermano viento y a nuestra hermana madre tierra, como nos enseñó san Francisco.

Así, contemplando al Señor Jesús en todas las cosas, como quería Ignacio, nos descubrimos distintos: no consumidores de un mundo que “se consume”, sino servidores de una creación que clama por nuestra ayuda, que nos necesita para mantenerse y desarrollarse y dar gloria a su Creador con nuestra voz.

Podemos sentir con Pablo cómo “nos apremia el amor de Cristo”. Nos apremia a amar a los pobres y al planeta, a cuidar de ambos con la misma pasión.

El Papa nos dice que:“No se trata de hablar tanto de ideas, sino sobre todo de las motivaciones que surgen de la espiritualidad para alimentar una pasión por el cuidado del mundo”.

“Porque no será posible comprometerse en cosas grandes sólo con doctrinas sin una mística que nos anime, sin « unos móviles interiores que impulsan, motivan, alientan y dan sentido a la acción personal y comunitaria»” (LS 216).

Esta mística de “conexión  con el propio cuerpo, con la naturaleza y con las realidades de este mundo” es propiamente cristiano.

Con esta mística, podemos ver con ojos nuevos pasajes del evangelio como el de hoy. Jesús calma la tormenta no para “pasar a otra cosa”, como si el hecho fuera anecdótico y exclusivo suyo. Las capacidades tecnológicas que hoy tenemos las podemos poner al servicio de tareas como “calmar los vientos y poner límite al océano”. En vez de “dominar la tierra” como si fuéramos sus dueños, nos podemos “enseñorear” de ella, sirviéndola para calmarla, ordenarla, limitar sus descontroles, mejorar sus potencialidades.

La clave está, antes que nada, en sentirnos creaturas –iguales a todas las demás en nuestra pobreza más radical, la de recibir la existencia de manos de Otro, de nuestro Padre Creador.

Luego, con esta alegría y hermandad creatural, la otra clave está en sentirnos servidores, como Cristo, que siendo Dueño se hizo servidor. Servidor de su propia creación.

No es que tengamos que servir porque no somos los patrones sino los empleados. Servir es una actitud libre que nace del Amor, es una actitud gozosa, no algo de lo que uno se tiene que librar para luego dominar. Es un gozo para el amigo servir a sus amigos, para la madre servir a su familia, para el que trabaja servir a su empresa y a su patria.

El Señor que calma la tormenta es el mismo que transforma el agua en vino y con saliva y barro abre los ojos al ciego; es el mismo que se enoja con la higuera que no da frutos y se alegra de que los lirios del campo se vistan de hermosura y de que los pajaritos encuentren alimento. Sabe distinguir lo que es trigo de lo que es cizaña y también sabe esperar los tiempos de la naturaleza antes de intervenir. Conoce la sicología de las ovejas, de los lobos, de las palomas y de las serpientes y sabe cómo se mueven los cardúmenes en el lago. Conoce el tiempo, cuándo va a llover y es Hijo del Dios que hace salir el sol y da la lluvia a malos y buenos.

El contacto del Señor con la naturaleza está integrado con la vida social y espiritual de su pueblo. Es por este lado que va la invitación del papa en su Encíclica: por el lado de una ecología integral, que cuide el ambiente, a los pobres, las culturas y las instituciones sociales y políticas y la espiritualidad.

Terminamos hoy con las dos hermosas oraciones con que Francisco termina su Encíclica. El la califica de “dramática y gozosa”. Creo que podemos agregar: clara, fresca, descontaminante, positiva, sabia, linda, alegre y comprometedora. Una Encíclica que no solo habla de ecología sino que es ecológica.

Oración por nuestra tierra

Dios omnipotente,

que estás presente en todo el universo

y en la más pequeña de tus criaturas,

Tú, que rodeas con tu ternura todo lo que existe,

derrama en nosotros la fuerza de tu amor

para que cuidemos la vida y la belleza.

Inúndanos de paz, 

para que vivamos como hermanos y hermanas

sin dañar a nadie.

Dios de los pobres,

ayúdanos a rescatar

a los abandonados y olvidados de esta tierra

que tanto valen a tus ojos.

Sana nuestras vidas,

para que seamos protectores del mundo

y no depredadores,

para que sembremos hermosura

y no contaminación y destrucción.

Toca los corazones

de los que buscan sólo beneficios

a costa de los pobres y de la tierra.

Enséñanos a descubrir el valor de cada cosa,

a contemplar admirados,

a reconocer que estamos profundamente unidos

con todas las criaturas

en nuestro camino hacia tu luz infinita.

Gracias porque estás con nosotros todos los días.

Aliéntanos, por favor, en nuestra lucha

por la justicia, el amor y la paz.

 

Oración cristiana con la creación

Te alabamos, Padre, con todas tus criaturas,

que salieron de tu mano poderosa.

Son tuyas,

y están llenas de tu presencia y de tu ternura.

Alabado seas.

Hijo de Dios, Jesús,

por ti fueron creadas todas las cosas.

Te formaste en el seno materno de María,

te hiciste parte de esta tierra,

y miraste este mundo con ojos humanos.

Hoy estás vivo en cada criatura

con tu gloria de resucitado.

Alabado seas.

Espíritu Santo, que con tu luz

orientas este mundo hacia el amor del Padre

y acompañas el gemido de la creación,

tú vives también en nuestros corazones

para impulsarnos al bien.

Alabado seas.

Señor Uno y Trino,

comunidad preciosa de amor infinito,

enséñanos a contemplarte

en la belleza del universo,

donde todo nos habla de ti.

Despierta nuestra alabanza y nuestra gratitud

por cada ser que has creado.

Danos la gracia de sentirnos íntimamente unidos

con todo lo que existe.

Dios de amor,

muéstranos nuestro lugar en este mundo

como instrumentos de tu cariño

por todos los seres de esta tierra,

porque ninguno de ellos está olvidado ante ti.

Ilumina a los dueños del poder y del dinero

para que se guarden del pecado de la indiferencia,

amen el bien común, promuevan a los débiles,

y cuiden este mundo que habitamos.

Los pobres y la tierra están clamando:

Señor, tómanos a nosotros con tu poder y tu luz,

para proteger toda vida,

para preparar un futuro mejor,

para que venga tu Reino

de justicia, de paz, de amor y de hermosura.

Alabado seas.
Amén.

 

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