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San José: “rodeado, absorbido y sumergido en el gozo de Dios”

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Entre los que habían subido para adorar durante la fiesta,

había unos griegos que se acercaron a Felipe, el de Betsaida de Galilea,

y le dijeron:

«Señor, queremos ver a Jesús.»

Felipe fue a decírselo a Andrés, y ambos se lo dijeron a Jesús.

El les respondió:

«Ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser glorificado.

Les aseguro que si el grano de trigo que cae en la tierra no muere,

queda solo; pero si muere, da mucho fruto. El que tiene apego a su vida la perderá; y el que no está apegado a su vida en este mundo, la conservará para la Vida eterna.

El que quiera servirme que me siga, y donde yo esté, estará también mi servidor.

El que quiera servirme, será honrado por mi Padre.

Mi alma ahora está turbada. ¿Y qué diré: “Padre, líbrame de esta hora”?

¡Si para eso he llegado a esta hora! ¡Padre, glorifica tu Nombre!»

Entonces se oyó una voz del cielo:

«Ya lo he glorificado y lo volveré a glorificar.»

La multitud que estaba presente y oyó estas palabras, pensaba que era un trueno. Otros decían: «Le ha hablado un ángel.»

Jesús respondió:

«Esta voz no se oyó por mí, sino por ustedes.

Ahora ha llegado el juicio de este mundo,

ahora el Príncipe de este mundo será arrojado afuera;

y cuando yo sea levantado en alto sobre la tierra,

atraeré a todos hacia mí» (Jn 12, 20-33).

Contemplación

“El que quiera servirme, será honrado por mi Padre”, dice el Señor en un momento de su vida en que “todos lo quieren ver”, hasta los griegos, y él habla de una atracción más profunda que quiere ejercer en el corazón de los hombres: “atraeré a todos hacia mí” pero no para la foto sino desde la Cruz y para el servicio.

Como no salió nada especial sobre San José comparto lo que me llenó de alegría leyendo el Breviario. Tiene que ver con esto de ser servidor y de ser honrado por el Padre, no por el mundo. San José es el Servidor bueno, prudente y fiel, al que el Padre le encomienda a Jesús y a María, comunicándose con él en sus sueños más profundos, allí donde salen las cosas que uno más ama o teme. Allí se ve que lo que más ama José es a María y, una vez que acepta ser padre de Jesús, lo único que teme es que alguien le pueda hacer daño a su hijo amado. Es su amor lo que lo vuelve prudente, vigilante, “atento a todo lo que lo circunda” como dice Francisco, y “más sensible para con las personas que lo rodean”. Este amor servicial a Jesús que se expresa amando y sirviendo a todos los que Jesús ama y se dejan servir –todos los que vamos formando así la Iglesia-, es lo que mueve al Padre a “honrar” a José.

Partamos de que a todos nos encanta “ser honrados”. Es algo más que ser aplaudidos o ser nombrados, algo más que ser reconocidos. La honra es a la persona y puede ser silenciosa. Hay gente muy humilde a la que uno “honra” interiormente y no se le ocurriría aplaudirlos o sacarles fotos. La honra tiene que ver con “dar la vida”: uno honra en su corazón a los que ve que dan la vida. Y cada uno lo siente de manera especial en su misma profesión, en su vocación, en la familia. Yo honro a los sacerdotes que fueron para mi ejemplo de dar la vida en el confesionario, siendo confesores misericordiosos y cercanos a la gente; honro a los que veo que celebran con más amor la Eucaristía; honro a los que dicen sí más inmediatamente cuando les piden ir a ver a un enfermos; honro a los que se entregan enteros sin mezquinarse. En la familia, honro a la que es buena hija, al que es buen papá y a la que es buena mamá, honro a las que fueron las mejores tías del mundo para nosotros; en el Hogar honro a los colaboradores que honran a nuestros comensales y huéspedes; honro a los que honran el trabajo en equipo, porque es la manera de honrar al excluido, dándole una “pequeña sociedad” en la que no hay internas de poder sino que todo poder hacer algo se ve como servicio. En la Compañía honro a los que honran nuestra vocación. Cómo siento esto? Ayer celebramos con dos Obispos amigos, Sergio y Jorge, en las piecitas (Camerette) de San Ignacio. Un lugar escondido en medio de la ciudad, que algunos jesuitas geniales, especialistas como somos en cuestiones de ruinas, rasquetearon hasta dejar el lugar tal como era cuando lo habitaba Ignacio. Hicieron un trabajo de restauración que consistió sobre todo en “simplificar”, sacando cortinas, capas de revestimiento, cuadros y chirimbolos sagrados que se fueron acumulando. Recuerdo hace 20 años, cuando viví en Roma por primera vez, que estaba todo en obra y yo me saqué unas astillitas de un escritorio que, ahora con vergüenza, veo bien en su puesto y convertido en reliquia. Allí están las “cosas de Ignacio” –un par de chancletas negras y toscas, anchas porque se le hincharían los pies, como advirtió Lugones, que es veterinario además de Obispo y sabe de hinchazones, una sotana negra o más bien “manteo”, un chalequito o camisa deshilachadito…, una casulla blanca con algún dorado desvaído por el tiempo- y viendo estas prendas sentía yo, con muchas lágrimas, que allí había nacido todo (para nosotros, para mí) –la Compañía-, y que era todo interior. Esa fue la gracia –maciza- que recibí: sentir que ese manto más bien chicón, contenía un gozo grande como el de un mundo, un gozo de reino de los cielos, y que era tan sólido y constante que, para cuidarlo, hacían falta prendas humildes por afuera. Esta es la honra del Padre: hacer sentir un gozo interior, que es como un solcito y se lleva puesto a donde uno va, y cuanto más uno se humilla más se hace sentir.

Eso es lo que decía Bernardino de Siena de San José. Lo transcribo porque vale la pena: “Añade el Señor: pasa al banquete de tu Señor”. Porque, aunque el gozo festivo de la felicidad eterna entra en el corazón del hombre, el Señor prefirió decirle: pasa al banquete, para insinuar de un modo misterioso que este gozo festivo no sólo se halla dentro de él, sino que lo rodea y absorbe por todas partes, y que está sumergido en él como en un abismo infinito”. Fíjense qué manera de hablar del gozo: no solo está dentro sino que lo rodea y lo absorbe y José está sumergido en él!

San José, hombre del gozo. Por eso es patrono de la Iglesia y se le confía y pide de todo. Porque el gozo abarca todos los aspectos de la vida, a veces sublimes, a veces de un instante. Y retomo: honro a los jesuitas, compañeros míos, que viven con más gozo su vocación, porque significa que la “entienden” más. Ser compañeros de Jesús es, antes que toda otra cosa, cuestión de un gozo, el de la amistad en el Señor. De allí brotan todas las misiones y oraciones, todas las obras y ejercicios y escritos y acompañamientos: de un gran gozo.

Y el Padre honra a los que “se gozan en el Señor”, se gozan de ser sus compañeros, sus perdonados, sus ovejitas, sus misioneros, sus amigos del alma.

Honro a San José porque su gozo tiene esta expansividad de la que habla San Bernardino, que envuelve toda la vida cotidiana, en su dimensión de Hogar de San José y en su dimensión de Exilio en las calles de Egipto, gozo que se expande en la contemplación silenciosa de María y del Niño Jesús, en la mesa familiar y en el trabajo de carpintero y changuista, arreglando las cosas de los vecinos.

Los que buscamos la honra mundana (San Ignacio era de estos), podemos sentir que es la materia prima con la que mejor trabaja el Padre. El deseo de ser honrado, en su veta más profunda, es deseo de pertenencia a la raza humana, deseo de que nos sepan parte de la especie por nuestras elecciones y acciones libremente asumidas. Eso común que tienen los animales, que los hace “sintonizar” instintivamente con todo lo de su especie y que los une como bandada, rebaño, manada y cardumen, eso nosotros lo tenemos que “elegir” y “cultivar” para “ser” verdaderamente hombres y mujeres de nuestra raza, de nuestro pueblo, de nuestra familia y grupo. El gozo de sentirnos parte y de poder servir es lo que nos hace humanos y cristianos y eso siempre “es honrado por el Padre”. Así como no deja de ver ni uno solo de los pajaritos que “caen”, tampoco deja de ver y valorar y de premiar –con su honra- en lo secreto nuestro Padre ni uno sólo de los deseos y de las acciones que hacemos “honrando” la humanidad que él creó, en cualquiera de sus seres y en todas las circunstancias.

Centradas en ese gozo, que es su anzuelo y su premio, están las tres enseñanzas que el Papa Francisco nos comparte como “Lecciones de San José”:

“(el gozo de ) Descansar en el Señor en la oración,

(el gozo de) crecer con Jesús y Santa María

y (el gozo de) ser una voz profética en la sociedad”.

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Diego Fares sj

Jesús vino a salvar y lo que salva es la Misericordia

 EL PAPA ANUNCIA UN AÑO SANTO EXTRAORDINARIO DESDE EL PRÓXIMO DICIEMBRE

 

Jesús dijo a Nicodemo:

«De la misma manera que Moisés levantó en alto la serpiente en el desierto, también es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto,

para que todos los que creen en él tengan Vida eterna.

Sí, tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único

para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna.

Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo,

sino para que el mundo se salve por él.

El que cree en él, no es condenado;

el que no cree, ya está condenado,

porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.

En esto consiste el juicio: la luz vino al mundo,

y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz,

porque sus obras eran malas.

Todo el que obra mal odia la luz y no se acerca a ella,

por temor de que sus obras sean descubiertas.

En cambio, el que practica la verdad se acerca a la luz,

para que se ponga de manifiesto que sus obras han sido hechas en Dios» (Juan 3, 14-21).

Contemplación

Me impresionó esa foto del Papa Francisco confesándose por que todos están mirando para otro lado mientras él, de blanco y con los zapatitos juntos, como un chico de escuela, se confiesa en esos confesionarios macizos y un poco incómodos de San Pedro.

A la semana de llegar a Roma, la primera entrada en San Pedro la hice por la puerta de los peregrinos que está detrás. Como ahora te hacen pasar por un scanner si llevás bolsos, la cola siempre es larga y cuando uno anda cerca no es que entra así nomás como era hace 20 años. La cuestión es que me dieron ganas de confesarme y me confesé con un franciscano muy simpático, que me dijo que ellos habían venido cuando fue la supresión de la Compañía, que tenía esa misión, de ser confesores en San Pedro. Me dio un poco de nostalgia, aunque le pregunté si la gente se confesaba mucho y me dijo que no tanto, que siempre había pero no es que hicieran cola. Uno ve mucho turista y los confesionarios inmensos casi sin gente. Pero lo que quería decir es que viendo al Papa de rodillas en ese confesionario y viendo su posición podía sentir esa “incomodidad” de los confesionarios. El reclinatorio te queda alto por todos lados, para los brazos que hay que estirarse para poner los codos y para los pies que quedan medio de punta. Decía que impresiona ver al personal –a los de frac, que parecen mozos de un hotel de lujo, al guardia suizo, con su penacho rojo y al resto, mirando para adelante y al papa sumergido en el confesionario.

Con dos años de papado, Francisco ya nos “acostumbró” a algunos gestos, pero creo que hace bien que nos siga sorprendiendo que se confiese en público como sorprendió el año pasado. Decía un periodista: “Tras leer un sermón, el Papa debía escuchar las confesiones de los fieles al igual que unos 60 sacerdotes presentes en la inmensa iglesia.

Su maestro de ceremonias, monseñor Guido Marini, le indicó al Papa un confesionario vacío, pero el pontífice se dirigió a otro, se arrodilló frente a un sorprendido sacerdote y se confesó durante unos minutos”. El dice que se confiesa cada quince días, porque es un pecador, como todos.

Y vuelvo a la “incomodidad” de los confesionarios. Cuesta confesarse. Y hace mucho bien. Cuesta decidirse, y luego uno sale respirando hondo, despejado, después del “suspirito”, como los chicos. (Siempre que confieso a los chicos me fijo cuando dan “el suspirito”. Señal que ya estuvo y que estuvo bien. Y con los grandes es lo mismo).

La incomodidad es por una cosa o por otra, pero siempre está. Puede ser pequeña, pequeñísima, como algo que se deja para después, aunque uno no tenga problema en confesarse, o inmensa, como la idea de mover la piedra del sepulcro, cuando uno tiene alguna de esas cosas que se le atragantaron vaya a saber cuándo y no se anima ni a pensar en tocar el tema. Hay incomodidades de tipo cultural, como la de Nicodemo, que va de noche para que no lo vea nadie, no vaya a ser que le cuenten a sus pares del sanedrín. Ayer me quería confesar para acompañar la jornada del Papa y adelantar en espíritu el año de la Misericordia que anunció “inesperadamente”, como dijeron algunos (qué menos inesperado que Francisco anuncie un año de la misericordia si no habla de otra cosa desde que fue elegido Papa!. Pero ahí se ve que la imagen de los que están mirando para otro lado no es simbólica sino que es muy real), me quería confesar, decía y el padre me hizo esperar porque un hermano le había pedido antes. La cuestión es que aproveché para hacer un examen de conciencia un poquito más intenso y me dio mucha incomodidad verme con tantas pequeñas bajezas. Los pecados más grandes son más netos y, cuando uno se anima, dan la sensación de cierta “grandeza”, de sincera valentía. Pero las mezquindades cotidianas como que se resisten a que uno las “acerque a la luz”, como dice Jesús: “Todo el que obra mal aborrece la luz y no se acerca a ella, por temor de que sus obras sean descubiertas. En cambio, el que practica la verdad se acerca a la luz para que se ponga de manifiesto que sus obras han sido hechas en Dios”. A mi me ayuda escribir las cosas, porque al escribirlas como que terminan saliendo tal cual como las quería decir y luego, delante del confesor, las puedo leer. Si no, si las tengo dando vueltas, me influye más la persona del confesor: si muestra apuro no me explayo en algo que me gustaría, si habla él siento que me corta lo mío, si me alienta a seguir, profundizo más…

La cuestión es que hasta el Papa se confiesa y entra por ese molde que nos dejó Jesús y que institucionalizó la Iglesia. Es un sacramento y la gracia de la misericordia viene de esa fuente, con esos envases, en ese “quiosco”, con estos curas y con las vueltas y mañas de cada uno. Jesús está ahí y, como Nicodemo, cada uno tiene que encontrar su ratito para ir a verlo. Si es de noche, de noche. Pero no hay que perderse la cita. El Papa puso la cosa en términos de “camino”, de proceso, como a él le gusta. Cuando Jesús le dice a Nicodemo que el Padre lo envió para salvar al mundo, no para juzgarlo, uno se da cuenta de que le quiere quitar las cosquillas y los miedos y aclararle bien el asunto, que se trata de pura misericordia y bondad y que “el confesionario no es una cámara de torturas” como nos hace ver Francisco. El mismo Papa nos compartió que en este tiempo había estado “pensando a menudo cómo puede la Iglesia hacer más evidente su misión de ser testigo de la misericordia”. Es lo mismo, ¿se dan cuenta? El Señor siempre viene con la bondad de Dios y nosotros tenemos mil vueltas. El problema de Jesús y del Papa es cómo hacer para que creamos de verdad que Dios quiere salvarnos y no juzgarnos.

Ahí Francisco lo planteó como “un camino que comienza con una conversión espiritual; tenemos que recorrer este camino” –nos dice-. Y para ello, anunció un “Jubileo extraordinario que tendrá como centro la misericordia de Dios. Será un año santo de la Misericordia. Lo queremos vivir a la luz de la palabra del Señor: “sean misericordiosos como el Padre’ (Lc 6, 36). Y esto, especialmente para los confesores! Tanta misericordia!”. Dijo esto y se fue a confesar. Y cada uno tiene que imitarlo: agarrar e irse a confesar.

Ayuda primero dar gracias. Antes de meterse con los pecados, comenzar por dar gracias de todo lo lindo y lo bueno que el Señor no sólo nos ha dado sino que nos ha llevado a hacer. Dar gracias por lo mejor que tiene uno, comenzar por alguna limosna que uno haya dado o algún gesto de caridad que le haya salido espontáneo y hermoso y lo haya consolado a algún otro. La limosna borra multitud de faltas y si uno piensa en la cara de alguno al que dio una limosna seguro que se siente más confiado a la hora de acercarse a Jesús para pedirle perdón de sus pecados.

Depués viene el examen de conciencia de las faltas. Puede ayudar anotar primero que todo el pecado de vergüenza de conferse. Fue lo primero que confesaron Adán y Eva cuando, después que pecaron, Dios los vino a buscar y ellos se escondieron. Cuando uno confiesa que le cuesta, después es más fácil decir lo que viene.

Una vez que uno está en la cosa, hay que dejarse “guiar” por el sacerdote. Es como ir al médico: unos te atienden mejor otros más distantes…, la cosa es que en la confesión es el Señor el que da la absolución y si te la da, no hay que fijarse mucho en la letra ni en el tiempo que tardó. Ademá, la confesión es una sola repartida en muchas veces a lo largo de la vida y lo que no se arregló del todo en una se arregla en otra. Lo importante es que, como les digo a los chinos, cuando me dicen que van a “hablar chino”: “Jesús entiende”. No importa que no entienda mucho el cura y tampoco que entienda todo lo que dice uno mismo. La confesión es sacramente de Su Misericordia y el Señor se las arregla para derramarla en nuestros corazones con los pobres medios que nosotros ponemos. Si la curó a la hemorroisa con que sólo le tocara la orla de su manto! El Señor se las arreglaba para decirle a la gente “tus pecados están perdonados” en las situaciones más extrañas. Los que miraban de afuera decían “de qué habla”, o “quien se cree que es éste”. Pero él le leía el corazón a la gente y sabía que se acercaban de muchas maneras y pidiendo esto o aquello pero que en el fondo lo que andaban buscando es que les perdonara los pecados. Igual que nosotros, igual que todos.

Al leer la homilía de ayer me llamó la atención que terminara diciendo que “la iglesia, que tiene tanta necesidad de recibir misericordia, porque somos pecadores, podrá encontrar en este jubileo la alegría para redescubrir y hacer fecunda la misericordia de Dios, con la cual todos estamos llamados a dar consolación a todo hombre y a toda mujer de nuestro tiempo. No nos olvidemos que Dios perdona todo, que Dios perdona siempre. No nos cansemos de pedir perdón”. El Papa nos anima a “recibir primero nosotros –la iglesia entera- esa misericordia que después estamos llamados a repartir, digamos, con gestos y obras. En este año del Sínodo de la Familia, en el que algunos por querer defender la doctrina endurecen el corazón, como si esta hubiera sido la estrategia de Jesús alguna vez y no todo lo contrario, como ser mostrarse más bueno hasta el punto de dar la vida por los pecadores, el Papa pone este marco de un año de misericordia para que guíe todo lo que hagamos y hablemos.

Termino con tres citas suyas:

En el primer Ángelus después de su elección, el Santo Padre decía que: “Al escuchar misericordia, esta palabra cambia todo. Es lo mejor que podemos escuchar: cambia el mundo. Un poco de misericordia hace al mundo menos frío y más justo. Necesitamos comprender bien esta misericordia de Dios, este Padre misericordioso que tiene tanta paciencia” (Ángelus del 17 de marzo de 2013).

También este año, en el Ángelus del 11 de enero, manifestó: “Estamos viviendo el tiempo de la misericordia. Éste es el tiempo de la misericordia. Hay tanta necesidad hoy de misericordia, y es importante que los fieles laicos la vivan y la lleven a los diversos ambientes sociales. ¡Adelante!”.

Y en el mensaje para la Cuaresma del 2015, el Santo Padre escribe: “Cuánto deseo que los lugares en los que se manifiesta la Iglesia, en particular nuestras parroquias y nuestras comunidades, lleguen a ser islas de misericordia en medio del mar de la indiferencia”.

Para esto, el primer pasito delante de cada uno irá para el lado del confesionario más cercano. Hay una foto que no saldrá en los diarios del mundo pero sí en la red digital del cielo y es la nuestra, la tuya y la mía, arrodillados, como Francisco, en algún confesionario.

Diego Fares sj

El modo de actuar de Jesús

 

Se acercaba la Pascua de los judíos.

Jesús subió a Jerusalén

y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas

y a los cambistas sentados delante de sus mesas.

Hizo un látigo de cuerdas y los echó a todos del Templo,

junto con sus ovejas y sus bueyes;

desparramó las monedas de los cambistas, derribó sus mesas

y dijo a los vendedores de palomas:

«Saquen esto de aquí y no hagan de la casa de mi Padre un mercado (“emporio”)».

Y sus discípulos recordaron las palabras de la Escritura:

Me devora el celo por tu Casa” (Sal 69, 10).

Entonces los judíos le preguntaron:

«¿Qué signo nos das para obrar así?»

Jesús les respondió:

«Destruyan este templo y en tres días lo levanto.»

Los judíos le dijeron:

«Han sido necesarios cuarenta y seis años para construir este Templo,

¿y tú lo vas a levantar en tres días?»

Pero él se refería al templo de su cuerpo.

Por eso, cuando Jesús resucitó, sus discípulos recordaron que él había dicho esto, y creyeron en la Escritura y en la palabra que había pronunciado.

 

Mientras estaba en Jerusalén, durante la fiesta de Pascua,

muchos creyeron en su Nombre al ver los signos que realizaba.

Pero Jesús no se confiaba a ellos, porque él conocía a todos

y no necesitaba que lo informaran acerca de nadie:

él sabía lo que hay en el interior de cada uno (Juan 2, 13-25).

Contemplación

Me quedo con la imagen del Señor “devorado por el celo” y que, a los vendores de palomitas, no les tira la mesa ni los corre a latigazos, sino que les pide “saquen esto de aquí, no hagan de la casa de mi Padre un mercado”. A ellos, a los más humildes, que tenían su puestito junto al Templo, o que eran empleados de alguno más rico, el Señor les explica. A los otros, simplemente los corre, y con extrema dureza.

La imagen es… (me cuesta encontrar la palabra) la del Señor airado (con “ira santa” dicen algunos para distinguirla de la nuestra) y manso a la vez.

Con manso quiero expresar, más que la mansedumbre en sí misma, el hecho de que logre mansarse en un momento de mucha ira. El poder “bajar un cambio” nos muestra a Jesús dueño de sus pasiones, dueño de sí, como decimos.

Llama la atención como el Señor deja que surja de sus entrañas la ira y le da rienda suelta, para luego parar la mano al ver a las palomitas… Jesús es capaz de encenderse en ira contra la iniquidad de los poderosos y de moderarse con los pequeñitos.

Me detengo aquí, en lo de moderar una pasión con otra: la ira con la mansedumbre. Ambas son expresiones de su amor: la ira de Jesús es un indignarse a ante el mal, ante la injusticia y la falsedad de los que usan el Templo para hacer negocios. Su mansedumbre es conmoverse ante las palomitas y los que las vendían para que los más humildes (como sus padres cuando lo fueron a presentar al Templo) pudieran hacer su ofrenda.

Lo que me impresiona es lo que produce la escena que monta el Señor en la mente de los discípulos, en su corazón y en el de la gente (“muchos creyeron en Él). Los fariseos están totalmente cerrados y piden signos, los discípulos en cambio, están boquiabiertos y Juan pone que el actuar de Jesús les abre la mente: “Sus discípulos recordaron las palabras de la Escritura: “me devora el celo por tu casa”.

Luego está la escena, también dura y con palabras fuertes, entre los fariseos y el Señor. Ellos lo increpan pidiendo un signo y él responde hablando de destrucción del Templo. Son frases cortantes y se percibe la tensión en el aire. Los discípulos miran todo esto y Juan vuelve a decir: “Por eso, cuando Jesús resucitó, sus discípulos recordaron que él había dicho esto, y creyeron en la Escritura y en la palabra que había pronunciado”.

Se da aquí, entre el Maestro y sus discípulos, un proceso de formación, que podemos calificar como “contemplación en la acción”. El modo de actuar de Jesús despierta en los discípulos el recuerdo de las Escrituras: ven en directo lo que el Señor hace como una actualización de la Escritura, como si la Palabra se hiciera viva ante sus ojos y sucediera lo que la Biblia dice. Esta conexión entre Escritura y Vida, entre las acciones del Señor y el sentido profundo –insondable en cuanto que en cada cosa que Jesús hace que resuene la Escritura entera!- es lo propio de la fe: “creyeron en la Escritura y en la Palabra de Jesús”.

Reflexionando en nuestras experiencias de haber sentido Fe, podemos decir que parte de la experiencia se da en el momento, uno siente que pasó algo lleno de sentido y que lo excede y entonces lo guarda en el corazón para recordarlo después y completar la experiencia (“después que el Señor resucitó… recordaron”).

Pero lo que quiero profundizar es el modo tan particular de actuar que tiene el Señor que es el que “despierta” la fe. Porque la fe la despierta solo Jesús. Es lo propio suyo, para lo que se encarnó: para que creamos en el Amor del Padre que se nos había alejado y oscurecido.

Cómo actúa Jesús? Los discípulos pescan que no está “sobreactuando”, pescan que tampoco es que se dejó llevar por la ira. Nada de eso, los admira que Jesús está, precisamente, “actuando”: poniendo acciones llenas de sentido para despertar la adhesión de sus corazones de una manera nunca vista.

El Señor causa adhesión total o rechazo. No hay términos medios, no hay lugar para la duda o la perplejidad. Y esto parte de su acción, de una acción en la cual se nota que Él es Señor por el modo como se deja llevar (devorar) y por el modo como se controla, por cómo responde y cómo se calla, por cómo mira el conjunto de una situación y, a la vez, tiene consideración por el detalle, por cada persona, por cómo actúa en el momento y por cómo se proyecta al futuro, a lo que comprenderán después que realice “La Acción por excelencia”, la Resurrección.

El punto es siempre la acción. Si reflexionamos sobre lo que sucede en nuestros días en Argentina con la muerte del fiscal Alberto Nisman, vemos cómo las “acciones” que nos cuentan los medios, modifican nuestro pensamiento y nos hacen pasar de un sentimiento de adhesión total a una interpretación a duda y a la perplejidad. Es que nos narran “acciones” que no vimos y que vienen mediadas por datos “científicos”. Que si “el cuerpo fue movido”, que si “no había restos de pólvora en la mano”, que si “la puerta no estaba cerrada por dentro”, que si “los documentos escritos en paralelo estaban reelaborados recientemente por los ejemplos que citan”. Cada hecho narrado modifica nuestra mirada y nuestra adhesión. Esto es lo que quiero notar: el poder de las acciones sobre nuestros sentimientos y opiniones. Uno concluye: si no hay pólvora, no se suicidó. Luego le cuentan cómo se hizo el análisis y entonces uno duda. El método para determinar los restos de pólvora tiene sus condiciones y límites, la no contaminación de la escena del crimen nunca puede ser perfecta, alguien tiene que abrir la puerta y eso ya mueve el cadáver… Es más, no solo se muestra la ambigüedad posterior a la muerte sino, para atrás, en los comportamientos de la persona misma antes del hecho.

Lo que quiero destacar es que hay una “ambigüedad constitutiva” del accionar humano de la que sólo Alguien como Jesús está exento. Eso es, precisamente lo que “admira” a los discípulos y despierta su fe. El accionar del Señor no sólo no es ambiguo en el presente –actúa con toda determinación, sin dudar ni volver atrás, sin excederse ni quedarse corto-, sino que vuelve coherente todo el pasado y el futuro. Su acción hace ver la fidelidad de Dios a lo largo de la historia, hace que se cumplan todas las promesas de la Escritura y se vea que era posible que lo prometido se volviera realidad. Al mismo tiempo, con la Resurrección, se vuelve no solo verdadero sino también valioso todo lo sucedido (incluida la Cruz). La muerte no deja en una ambigüedad fundamental todo lo humano.

Alguien dijo que las interpretaciones contradictorias sobre la muerte de Nisman iban a extenderse durante los próximos veinte años. Lo que equivale a decir que si se llega a aclarar todo va a ser cuando ya no tenga importancia vital para la sociedad. Es decir: como sociedad estamos condenados a vivir en la ambigüedad, lo cual significa que estamos más esclavos que Israel en Egipto, como pueblo, dependemos de nuestros Amos, que son los que manejan estas ambigüedades para conservar el poder y ganar plata.

Ahora bien, qué es lo que hace que las acciones del Señor sean tan coherentes y vuelvan coherente todo lo demás? Qué es lo que hace que despierten en el que quiera ver una adhesión de amor y fidelidad total a su Persona? Qué es eso tan pedagógico del Maestro que va formando el corazón de sus discípulos en la fe y permite que escriban el Evangelio “para que nosotros también creamos”?

En este tiempo en que me dedico a revisar apuntes y escritos del Papa Francisco, recuerdo una charla de Bergoglio, cuando era nuestro Rector, sobre la formación según los Ejercicios Espirituales. Mostraba cómo la dinámica de los Ejercicios se establece en la tensión entre poner “un marco de seguridad” y “entusiasmar al riesgo de dar un paso más”.

Esto ayuda a entender al Papa ahora, cuando por un lado, se muestra muy exigente (condenas a las enfermedades de la curia) y, por otro, predica a un Dios que no se cansa de perdonar.

En los Ejercicios, la misericordia infinita del Padre da un marco de seguridad y de confianza que no tiene límites. Por otro lado, la invitación de Jesús al seguimiento en la pobreza y las humillaciones, supone un riesgo y un magis que no permiten que uno se acomode. Ambas realidades evangélicas hay que vivirlas juntas en la fe, discerniendo en cada momento y para cada situación si lo que el Espíritu Santo indica es un confiarse a la misericordia que perdona todo o arriesgarse a dar un paso más en el seguimiento de Jesús. Si uno se queda solo con la seguridad de la misericordia puede correr el riesgo de estancarse. Si uno sólo pone el acento en la exigencia de más, puede parecer duro o idealista. Por eso los gestos y las cosas que hace y dice el Papa, hay que interpretarlos bien, dentro del proceso que va acompañando en cada momento.

Acompañar evangélicamente un proceso, nos decía entonces, implica mantener la tensión entre condena, perdón y perfección (magis), como hacía siempre el Señor. Veamos algunos ejemplos de las frases de Jesús que no se pueden tomar aisladamente. Son las frases en que dice: “hay de ustedes…”, “Aquel de ustedes que está libre de pecado’ y ‘el que quiera ser perfecto…’.

  1. ‘Hay de ustedes (que hacen de la casa de mi Padre un negocio)’.

La condena en general es a la hipocresía como proceso de absolutización de la ley que al no poder cumplirse corrompe el corazón y origina la actitud de hipocresía: cumplimiento = cumplo y miento.

En orden a la caridad, la ley, como marco de seguridad, es solo un polo. El otro es el de arriesgarse a dar un paso más: fuera del camino (Samaritano), fuera del tiempo (Sábado), fuera de los ritos (leprosos, pecadora…).

  1. ‘Aquel de ustedes que esté libre de pecado que tire la primera piedra’

El perdón del Señor es un no maltratar los límites. Implica una profundización en la mirada, apartándola de la transgresión y poniéndola más hondo:

la saca de la enfermedad física y la pone en la fe (‘tu fé te ha salvado'; ‘qué es más fácil decir'; carga tu camilla’);

la saca de lo ritual y la pone en el agradecimiento (diez leprosos);

la saca de la culpa (pasado) y la pone en el futuro, igualando a todos (‘nadie te ha condenado…vete y no peques más’).

Al perdonar el Señor amplía el marco de seguridad hasta el infinito: la misericordia del Padre es inagotable, y por tanto no hay que fingir para controlarla.

  1. ‘Aquel de ustedes que quiera ser perfecto’.

El ir más allá de los límites implica siempre un proceso de crecimiento en el cual:

Hay confianza sin límites en la gracia que crece por sí sola.

Hay cuidado de lo pequeño: ampliando el marco de seguridad: exige tierra buena, no escandalizar, no apagar la mecha humeante, tener paciencia con la cizaña, vigilar y orar.

El criterio es cuidar el espacio, ya que el tiempo es de Dios.

Una vez consolidada la gracia hay una ampliación del riesgo: Venderlo todo y seguirlo. Es un abandono del espacio, no llenándolo de ‘cosas’, para abrirlo a la acción de Dios.

En síntesis, nos decía Bergoglio: el Señor abre el límite cuando ve que hay riesgo de fosilizarse o pudrirse (como sucede con el paralítico, que hacía 38 años que estaba junto a la piscina y no quería curarse. El Señor lo mueve). Otras veces hace que uno mismo se levante y vaya como pueda (cuando le dice a otro “carga tu camilla y camina”).

En cambio el Señor protege el límite cuando está fecundado por la gracia, aunque sea pequeñita (por eso no maltrata la caña quebrada ni la llamita apenas encendida).

Y hace ir más allá cuando un proceso está maduro y ha dado fruto. Allí impulsa hacia la misión universal.

Por eso, cada uno tiene que escuchar lo que el Papa dice de acuerdo a su situación personal, sin “importarle” lo que le dice a otros ni, mucho menos, usar frases aisladas para sacar conclusiones universales. Si hace así, se pone del lado de los fariseos, que lo criticaban duramente y no sacaban ningún provecho. En cambio de la otra manera, uno se pone del lado de los discípulos que en todo lo que hacía y decía el Señor sacaban provecho para su vida espiritual.

Diego Fares sj

Un brillo jesuítico en los ojos

 

Jesús tomó consigo a Pedro, Santiago y Juan,

y los condujo a ellos solos a un monte elevado.

Allí se transfiguró en presencia de ellos.

Sus vestiduras se volvieron esplendentes, blanquísimas,

como ningún batanero en el mundo sería capaz de blanquearlas.

Y aparecieron a su vista Elías y Moisés,

y estaban conversando con Jesús.

Pedro dijo a Jesús:

– «Maestro, ¡es lindísimo para nosotros estar aquí!

Hagamos tres carpas, para ti una, para Moisés una y para Elías una.»

Pedro no sabía qué responder (al acontecimiento), porque estaban fuera de sí por el terror.

Y se formó una nube ensombreciéndolos,

y vino una voz de la nube:

– «Este es mi Hijo dilecto, escúchenlo a él.»

Súbitamente, mirando a su alrededor, ya no vieron a nadie,

sino a Jesús solo con ellos.

Mientras bajaban del monte,

Jesús les previno de no contar lo que habían visto,

hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos.

Ellos guardaron la cosa para sí.

preguntándose qué significaría «resucitar de entre los muertos» (Mc 9, 2-10).

 

Contemplación

Como me levanto tempranito para rezar, me gusta imaginar que fue de madrugada que Jesús “tomo en su Compañía” a sus amigos (como traduce Ignacio en los Ejercicios) y los condujo a ellos solos a un monte elevado”.

La hora me recuerda que en Argentina es la una y media de la mañana.

El otro día alguien me dijo que había “perdido cuatro horas”, y yo en cambio siento que las gané. Puedo rezar mientras que los míos duermen y cuando me viene alguno a la memoria, siento que para él es re-temprano, que a las 9,30 mías se están despertando los encargados del hogar y que cuando celebro la misa a las 12,30 allá recién están entrando al desayuno… Así que con el tiempo vamos bien, primereando.

 

Y con lo del monte elevado, ni digamos: el Pincio es uno de los montes de Roma, que está en la Colina del Quirinal, desde donde se tienen las mejores vistas de toda Roma. Por mi ventana se ve a mi misma altura la cúpula de San Pedro y sé que apenas entrando a Santa Marta y subiendo una escalera corta, está Francisco rezando y trabajando. Eso sólo ya consuela. Y más cuando llama como hace un ratito y se alegra de que ya le haya llegado su respuesta a Juliana, que le mandó una cartita.

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La “composición del lugar” que San Ignacio nos hace hacer en las contemplaciones, aquí tiene sus privilegios. Sin embargo, los lugares históricos suscitan sentimientos encontrados: todo es admirable y hermoso, pero habla de esplendores pasados. Ayer recorriendo los Foros Romanos, admirábamos desde abajo la majestuosidad del Coliseo. De golpe, un amigo dice: “y pensar para lo que se usaba…”. Fue como si se me hubieran venido abajo esas moles de piedra erigidas para espectáculos de muerte, donde murieron tantos hermanos nuestros, los primeros cristianos.

Y en la moda, en la “exterioridad europea de los vestidos”, me impresiona la “sofisticación”. La propaganda en los diarios y en los carteles es sofisticada, esa es la palabra para mí. Subiendo la escalinata de Plaza España (una cuadrita a la derecha, luego de subir los famosos 135 escalones que se hacen amigablemente al pie, está nuestra casa de Villa Malta), como están arreglando la Iglesia en lo alto, los “sponsors” han puesto la gigantografía de unos fideos que resulta muy chocante y bien gráfica para entrar en la Transfiguración.

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La impresión es que aquí hay muchas capas de cultura acumuladas –antiquísimas y post-modernas- antes de llegar al corazón, que es donde surgen las emociones que transfiguran los rostros. Y pensaba que no sé si hay muchas “transfiguraciones” para mí en Roma, salvo las de las personas: la gente cuando charlás bien, se transfigura.

Perdón por el paseo, pero Ignacio siempre nos hace “contemplar situadamente”, cada uno donde está. Y Roma, si algo tiene, es que es un poco de todos. Y más ahora, con el papa Francisco. Por eso me animo a compartirla.

Unos chicos musulmanes argentinos que nos visitaron me decían, con la cara iluminada, que la Iglesia que más les había gustado era la nuestra del Gesù, que aún sin compartir nuestro sentimiento religioso, sentían allí algo que no sabían bien cómo describir y a mí se me ocurrió pensar que la palabra era “amigable”. Roma es amigable y, aunque haya muchas capas de historia acumuladas y mucha sofisticación, si uno está atento, se le encuentra el corazón. Eso sí, hay que hacer un trabajo como el de una restauracionista de origen asiático, que las dos veces que pasé en estos 15 días, está como si fuera parte de las Estatuas, con su mameluco, lleno de polvo, su casco y sus lentes de protección, blanqueando (como si fuera la batanera de la que habla el evangelio) con una manguerita de hidrógeno líquido, creo, la pata de un caballo marino de la Fontana di Trevi.

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Pues bien, contrastando con estos esfuerzos de reflexión, la Transfiguración es un acto personal del Señor. No es algo que nosotros logremos ni con un trabajo monumental como el del Coliseo ni con un trabajo de restauracionista, como el de la muchacha de la Fontana di Trevi. Él “se” transfigura como y cuando quiere, simplemente, dejar que resplandezca su Gloria. Una Gloria que estaba (y está) como retenida, para no imponerse, para no deslumbrar a nadie que no quiera, para que uno tenga la oportunidad de subir al monte en su Compañía y haga el esfuerzo, de modo tal que cuando él se nos muestre en toda su belleza, sin desmerecer para nada la gratuidad soberana de su regalo, también sintamos que pusimos lo mejor de nuestra parte.

Pedro de alguna manera es el que capta esta invitación a participar en la intimidad del diálogo del Señor con Moisés y con Elías y se mete en la conversación aportando su frase admirativa – qué lindo que es estar aquí…-, y su propuesta de hombre práctico –hagamos tres carpas…-. Sin embargo, la voz del Padre silenciará todo otro comentario y nos dará la clave para participar en la Transfiguración: escuchar a Jesús. El es el Hijo predilecto y “escucharlo” nos llevará toda la vida. Cuando escuchamos a Jesús, a su Evangelio, la realidad se transfigura. Especialmente los rostros: se vuelven más lindos, cada uno con su brillito de Jesús.

 

Hay un brillo jesuítico (no se me ocurre otra palabra más linda y como es compartible ya que todo el que desee ser compañero de Jesús puede serlo, en la medida en que gaste tiempo en “acompañarlo” a los lugares donde él va y en los que él “habita”), un brillo, digo, que se descubre en los ojos y la sonrisa de la gente cuando uno, mientras los mira, “escucha” interiormente el nombre con que Jesús llama a cada uno y las palabras con las que interpreta lo que viven.

Una cosa es ver “pobres” y otra “a cada uno de estos mis pequeñitos”.

Una cosa es ver “pecadores” y otra “hijos pródigos” u “ovejitas de mi rebaño”, o “gente a la que él tampoco le tira la primera piedra”.

Una cosa es ver gente pedigüeña, que pide bendiciones y estampitas, y otra es ver “gente con una fe grande”.

Una cosa es ver simples trabajadores, gente que trabaja pescando o cobrando impuestos y otra es ver a Pedro y a Mateo, e imaginar lo que pueden llegar a ser: pescadores de hombres y evangelistas.

Cuando escuchamos a Jesús, el Hijo amado, la realidad se transfigura. La realidad está opacada por tantos nombres que le ponemos, uno tras otro, pero cuando es el Señor el que nombra todo cambia. Salen los nombres verdaderos, la palabra justa, el adjetivo que despierta la sonrisa y hace lagrimear por un instante ese brillito jesuítico en los ojos del que se siente mirado como mira Jesús.

Nosotros no tenemos, como el Señor, el poder de transfigurarnos, ya que no tenemos brillo propio. Pero sí tenemos el poder de transfigurar en la fe a los demás, viendo a Jesús en ellos. Pedimos la gracia de mirar siempre de esta manera: transfigurando.

 

Diego Fares sj

 

 

 

Cercanía en el momento justo

Duchas                                                                   El papa saluda a la gente al inaugurar las duchas

 

Apenas fue bautizado por Juan,

el Espíritu condujo a Jesús al desierto.

 Y estuvo en el desierto cuarenta días siendo tentado por Satanás;

y vivía entre las fieras y los ángeles lo servían.

 Después que Juan fue entregado, vino Jesús a Galilea

y allí predicaba el Evangelio de Dios, y decía:

«Se ha cumplido el tiempo propicio y se ha vuelto cercano el Reino de Dios.

Conviértanse y crean en la Buena Nueva» (Mc 1, 12-15).

 

Contemplación

La Iglesia nos regala cuarenta días (ya pasaron cuatro y este primer Domingo de Cuaresma es el quinto) de Ejercicios Espirituales en la vida cotidiana. San Ignacio dice que los Ejercicios son para mejorar nuestro cariño a las cosas del Espíritu. Ciertamente amamos al Señor y a nuestros hermanos, pero el afecto se nos desordena y nos dispersamos en muchas cosas que no terminan de saciar nuestra sed de verdadera amistad y de amor. La Cuaresma son estos 35 días de retiro para ordenar nuestros afectos y darnos el gusto de expresar nuestro amor a Jesús, a nuestro Padre, a la Virgen y a San José, a los pobres, a nuestros seres queridos…, de expresar nuestro afecto, digo, de manera auténtica, de modo tal que brote la alegría y se nos ensanche lleno de esperanza el corazón.

De manera auténtica quiere decir dos cosas: una, sin fingir, ya que somos pecadores y no es que de golpe nos vamos a convertir en un San Alberto Hurtado o en una Beata Teresa de Calcuta y vamos a andar todo el día “contentos” y “devolviendo a los pobres el amor que el Señor nos brinda gratuitamente en la adoración”, y la otra, autenticidad quiere decir “con nuestro sello propio”: la conversión tiene que ser desde las máscaras a nuestro verdadero rostro, de la imitación a lo original, de lo estándar a lo creativo.

 

Del evangelio de hoy me llaman la atención dos cosas, si es que se puede llamar cosas al tiempo oportuno y a la cercanía. Jesús nos dice: “Llegó el tiempo propicio y se ha vuelto cercano el Reino de Dios”. Por tanto: “conviértanse y crean en esta Buena Noticia”.

Cómo lo traducimos para que no suene a prédica cuaresmal?

Ayer en el correo, Emanuella, la cajera mientras me tenía esperando el vuelto porque le pagué el impuesto para la estadía, que eran 160 Euros (mejor no pensar en pesos!), con un billete de 500, me decía que más de siete horas no se podía estar atendiendo al público porque no te dejaban respiro. Yo me animé a decirle que era como el confesionario, y le pregunté si estaba de acuerdo en que el secreto era atender a cada uno como si fuera el único y no mirar la fila, y ella asintió con interés (enganchamos la charla!). Ellos tampoco miran la fila (y bien que del otro lado uno lo nota y le da bronca, porque pretende que el que atiende note que estamos esperando, y el que confiesa siente “por qué no dejás de mirar, que ya te voy a atender a vos, dejá que atienda bien a tu hermano…, vieja metida!”). Pero a lo que voy es a la mentalidad para con las cosas de la Iglesia. Me dijo: en Argentina se confiesa la gente? Tan pecadores son? No es que aquí en Italia no lo seamos, pero casi nadie se confiesa… Yo le dije: mire que la confesión es un alivio, no es una cámara de torturas, como dijo el Papa… Y se ve que algo le hizo un click. Convertirse va por este lado, de cambiar una mentalidad que nos hace ver como feas las cosas lindas de Dios, como tétricas las cosas que son en realidad fuente de mucha alegría, como imposición las cosas que son un regalo.

 

Con el Reino de Dios –con ese ámbito donde el Espíritu hace de las suyas y Dios “reina, conduce, gobierna”- hay que estar atentos, nos enseña el Maestro, al momento justo y a la distancia justa. Lo contrario, como bien dijo una mamá que conozco, es esa capacidad que tienen los papás para despertar al bebe, entrando en la pieza “con la mejoor intención en el peooor momento” (anoté la frase porque me pareció genial). En las cosas de Dios, el momento justo es más importante que una intención perfecta. Por qué? Por que el tiempo es de Dios y la intención, en cambio, es muy de cada uno. Cuando es el momento justo, el Señor puede meterse “en medio de nuestra acción” y escribir derecho con renglones torcidos, como se dice.

 

Por tanto, con Jesús es necesario estar atentos a sus tiempos y a su modo de cercanía.

 

Cuando Jesús nos encomienda algo, es lindo hacerlo enseguida, cuando sentimos que se nos acerca es bueno hacerle lugar y darle tiempo. Es nuestra manera de mostrar nuestro amor, no tanto por el cumplimiento sino por el cariño que mostramos en la prontitud.

 

Esto que puse del modo de estar cerca del Señor hay que entenderlo bien. Al escribirlo caigo en la cuenta de que Él es un Dios cercano –Dios con nosotros, es su nombre-, la cuestión es darnos cuenta del modo como nos está cerca, que no siempre es el que esperamos. El Señor siempre está cerca, pero no de la misma manera. Saber habitar en su cercanía, saber encontrarlo “cuando queramos” como dice San Ignacio que él podía hacerlo en su adultez, tiene que ver con cómo nos acercamos a los demás. El Señor está cerca de todos y no puede hacernos sentir su projimidad cuando pasamos de largo ante los demás. Sí en cambio se deja sentir apenas nos acercamos al pobre, al que nos necesita.

 

En estos días en Roma, me voy acercando por primera vez a todos los que encuentro, y aprovecho la gracia que tiene siempre todo primer encuentro.

Con la gente en situación de calle de aquí no es fácil. Tienen otros códigos.

La primera abuela que me enterneció –gorda, sentada y envuelta en ropa oscura, de Europa del Este seguramente- fue por su sonrisa. Le di cinco euros y me bendijo profusamente… Después, mientras bajaba por Via di Porta Pinciana y me metía en Via del Tritone, hacia la Fontana di Trevi, vi que la misma abuela se replicaba: cada dos o tres cuadras hay una mujer así y sonríe de la misma manera irresistible. Comencé a dar de a un euro (que para nosotros son diez mangos)…

Aquí los curas están acostumbrados a los mendigos y te dicen que la gente es profesional, que tienen la ayuda de Caritas y que no hace falta andar dando limosna por la calle.

 

Igual me mata la sonrisa! Sonríen aunque no les des. Quizás sea un rictus pero sonríen y eso te lleva a elegir: o establecés contacto o mirás para otro lado. Pero no se puede ser indiferente a una sonrisa. La sonrisa de Aliche, al entrar y salir de Santa María de los Ángeles y los Mártires, fue hermosa y lo sigue siendo en el recuerdo

 

Otra distinta, aunque similar, me la hicieron los africanos (a la segunda aprendí). Una jovencita me preguntó la hora (noté algo raro porque acaba de escuchar que le había preguntado la hora al que iba adelante mío). Después me llamó “africano blanco” (porque los africanos viejos tienen barba blanca también); y a continuación me regaló un elefantito y una tortuga pequeños sin pedir nada. Después que le acepté hizo como que se iba en mi misma dirección y volvió al ataque, pidiendo unas moneditas para su niño que tenía que comer… Y ya no me soltó. El elefante y la tortuguita comenzaron a pesar en el bolsillo…

Cuando Saba, un negro altísimo y simpático me verseó con el mismo discurso, me hizo agarrar la segunda tortuga y caminó conmigo a lo largo del Tiber, charlando del papa, de la religión, y de la paz… , caí en la cuenta de la táctica. Saba quedó un poco desilusionado con la monedita de un euro y yo me deshice del elefantito y la tortuga en una pared de un negocio, por si a alguno le gustaban.

Otro encuentro más simple fue con Babba, un “barbone” de la estación “Termini”, al que no logré entenderle más que su nombre. Al menos quedó contento con la monedita y conversó un rato en su media lengua. Babba ya está “quemado” como decimos y no tiene nada de “profesional”. En uno de los reportajes que les hacen a los que viven en la Estación Termini, un abuelo en silla de ruedas decía que la gente es idiota, que no sabe reconocer al que tiene verdadera necesidad. Cada uno anda en lo suyo. Pasan y ni siquiera te miran –decía-.

 

Esto que decía el abuelo es lo que trato de “ver” aquí: quién tiene verdadera necesidad y cual es. No es fácil, como digo, por los códigos. Voy cayendo en la cuenta de que los pobres saben que en Roma los turistas tenemos plata y andamos al cuete, dando vueltas por Piazza Navona, con el mapa y sin apuro. Por eso las tácticas de mangueo son implacables: no te sueltan, saben que no sos un empleado que va a la oficina. Algún Euro tiene que salir de ese bolsillo. Saben también que es bueno sonreír, establecer contacto visual, y regalarte algo antes de pedir (por eso los elefantitos).

 

Los pobres son maestros en esto de la cercanía. Saben que la cercanía es vital, que si no lográs llamar la atención y establecer contacto visual y físico, estás perdido. A mi me enseñan a ser pedigüeño con Dios, a acercarme y no soltarlo. El es rico en misericordia y no deja que se vaya sin nada todo aquel que se le acerca.

 

En esto de “la verdadera necesidad”, las duchas de la Columnata de San Pedro, que no son como las había imaginado, me parecieron una pegada genial, fruto de alguien como Francisco que mira la dignidad de las personas cuando se trata de “dar”. No es la “monedita que tirás”.

 

Valentino, uno de los que se turnan para cuidar las duchas (un pasillo con cinco baños y lavatorios de un lado y cinco duchas del otro, impecables con sus azulejos y espejos) me mostraba lo que les dan –una bolsa de plástico con toallas, maquinita, jabón y peines y otras cositas) y utilizó la palabra “dignas”. Que en San Pedro, donde a veces uno necesita un baño y tiene esos químicos, los que manguean o viven en la calle tengan una ducha que no un baño no químico sino que forma parte de la estructura edilicia de los edificios vaticanos, es algo digno. Su baño es mejor que el de los turistas! No es algo monumental. Bastan esas cinco duchas para los que vienen, especialmente a la mañana.

 

Y ya que mencioné a Francisco, el primer baño vaticano que usé fue el suyo, ya que cuando terminaba nuestro encuentro del martes, me dijo que tenía que ir un momento al baño y me ofreció si necesitaba el de su escritorio. “La luz está afuera” me avisó mientras él entraba en su cuarto, y el aviso vino en el momento justo porque yo, al no verla, ya me había desorientado como le pasa a todo el que entra en baño ajeno. Me causó gracia esto de usar el baño del papa y pensé que también los pobres de la calle deben sentir como que están en casa cada vez que los utilizan “dignamente”, en el momento justo en que los necesitan.

Las cosas del reino son cuestión de cercanía y en esto, con Francisco, más que avanzar, nos hemos acercado. Aquí la gente lo ama –amor a primera vista, me dijo una abuela en el colectivo después de haberme hecho notar que “los argentinos jugamos de locales ahora”.

El dice que en el poco tiempo que tiene, espera que el Señor de la gracia de que las reformas que pueda iniciar sean irreversibles. Esta de los baños en la Columnata ya lo es. Y ojalá todos creamos en esta Buena Noticia, ya que al fin y al cabo, el bautismo no es otra cosa que una buena ducha, de esas que uno se da cuando, como el hijo pródigo vuelve a la casa del Padre.

Diego Fares sj

 

 

Abrazos

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Viene a él un leproso que, rogándole y doblando las rodillas, le decía:

“Si quisieras puedes limpiarme”.

Jesús movido por la compasión, extendiendo su mano lo tocó y le dijo:

“Quiero, límpiate”.

Y al instante desapareció de él la lepra y quedó limpio.

Adoptando con él un tono de severidad lo despidió y le dijo:

“Mira, no digas nada a nadie, sino ve y muéstrate al sacerdote y entrega por tu purificación la ofrenda que ordenó Moisés para que les sirva de testimonio”.

Pero él, apenas se fue, empezó a proclamarlo a todo el mundo,

y a divulgar la cosa, de tal manera que Jesús ya no podía entrar públicamente en ninguna ciudad, sino que se quedaba fuera, en lugares solitarios.

Y venían a él de todas partes” (Mc 1, 40-45).

 

Contemplación

 

“Jesús, movido por la compasión, extendiendo su mano lo tocó”.

El Señor no tiene miedo al contacto físico con el leproso.

Imaginémonos hoy un enfermo de ébola… Los médicos se acercan vestidos como astronautas…

Acercarse a un leproso sin protección era como acercarse hoy desprotegido a una persona enferma del ébola: un riesgo para uno y para toda la sociedad.

Sin embargo, Jesús lo tocó y lo curó.

Y, aunque no se contagió la lepra, quedó de alguna manera “leproso socialmente”: no podía entrar públicamente en ninguna ciudad.

 

El Papa Francisco, en la jornada mundial del enfermo, toma una expresión de Job: “Yo era los ojos para el ciego y los pies para el paralítico” (Job 29, 15).

Esta actitud compasiva y cercana implica “poner el cuerpo”, como se dice. Ser ojos para el ciego. Guiarlo al caminar, leerle, contarle lo que vemos. Recuerdo a Martín Descalzo cuando le pidieron que acompañara a un no vidente a visitar San Pedro, cómo se desconcertó al comienzo y después se entusiasmó “contándole la Basílica” a viva voz.

Poner el cuerpo es la actitud que nos purifica el corazón cuando servimos y, entonces sí, se nos da la gracia de ver a Dios en el prójimo. O mejor, de verlo metido también en ese espacio de cercanía en el que interactuamos con el otro necesitado.

A Dios no se lo puede ver como un “objeto”. Nuestra capacidad de visión queda siempre excedida. Sí se lo puede ver “en acción”, en lo que sucede cuando amamos y servimos. No se trata de un ver como espectadores. Si uno no hace nada, el sufrimiento “deforma la visión”. En cambio ayudando de cerca, aclara la mirada, la focaliza.

A Cristo uno lo va viendo en la medida exacta en que deja que le gane el corazón la compasión y se va acercando físicamente al otro. Cuando uno se anima y le da la mano al que está caído, lo mira a los ojos, le devuelve la sonrisa y se queda un rato con él, de alguna manera Cristo se vuelve visible.

Esto requiere tiempo. No es algo puntual. Y el tiempo pasado con el enfermo es un “tiempo santo”, como dice Francisco. Dar tiempo al que sufre es “habitar en la enfermedad”. Y mucha gente dando tiempo es una “casa”: de ahí nuestras casas de la bondad, de ahí el Hogar, donde pasamos tiempo juntos con los más necesitados. No los atendemos “en la calle”, como de pasada. Les damos nuestra casa.

 

Profundizando un poquito más, decimos que es al entrar en contacto con los que están enfermos y los que sufren que se despierta en nosotros la compasión. La compasión solo se experimenta si uno se pone en movimiento de cercanía, en contacto humano, físico. Si uno toma la dirección de alejarse, la compasión se enfría… Y vistos como espectáculo, el dolor y las desgracias llevan a no querer mirar. En cambio al entrar en el espacio de la cercanía, los ojos del que sufre, atraen, son como un imán. Y, esto es lo bueno, la compasión con el otro ordena todas las demás pasiones que tenemos. Calma nuestra ira, serena mi afán de posesión, me hace olvidar la lujuria, pone en actividad a la pereza, abaja nuestra  soberbia, frena todo activismo, acalla mi palabrerío… La compasión me vuelve humano, le da espesura a los despuntes de sabiduría que a veces siento en mi  corazón.

………

En estos días de despedida me di el gusto de hacer con todos el gesto que habitualmente hago con los chinos. Como veía que no todos comulgaban, una tarde, al final de la misa, invité a todos a pasar en fila y le impuse las manos a cada uno haciendo una crucecita en cada frente. Les encantó la bendición y quedó como rito en todas las misas.

Repetí este gesto en las tres misas de Regina y en la misa del Hogar. Y en el Hogar, como algunos se quedan en el fondo de los comedores, busqué a cada uno y los bendije y abracé a todos. Así que, además de los tres álbumes con fotos y dedicatorias que me obsequiaron, me llevo muchos abrazos, muchas bendiciones y muchos ojos.

Les comparto algunos más “apostólicos”, digamos, ya que están los de la familia y los de los amigos, que cada uno conoce y no necesita que le cuenten lo bien que hacen y lo lindos que son. Los que comparto son los que no se dan espontáneamente todos los días y tienen esa gracia de evangelio de hoy, en la que Jesús “movido por la compasión, toca al leproso” o “movido por la ternura, impone las manos a los niños y los bendice”.

…………..

El de Daniel, de la panadería Santa Rosa, fue un abrazo con harina y engrudo. El sólo hecho de bajar la escalera del sótano de Yrigoyen y Pasco, donde amasan las facturas, ya te enharina. Y de camisa negra de cura, peor. El aire mismo está blanquecino. Algunos de los que estaban con las manos en la masa me dieron respetuosamente el codo o un beso, pero Daniel me abrazó y me palmeó como para que le hiciera propaganda por la calle. Así que quedé con la espalda muy graciosa, como me dijeron en el Hogar.

 

Antoñito había ido “a llevar un pedido” y no estaba en la verdulería. Pero cayó antes de la misa a darme un abrazo y pedir la bendición. Cuando se la pedí a él se quedó en posición de firme, sin entender que yo le pedía a él que me bendijera. Y después, limpiándose un poquito el dedo en el delantal, como hacía Pedrito, me hizo una leve señal de la cruz, marcando respetuosamente cuatro puntitos.

 

Un matrimonio amigo se entusiasmó con el amplio lugar que ofrece mi “frente”  y me impusieron las manos los dos y se quedaron rezando un rato largo con lo que sentí como una de esas bendiciones de sanación que algunos hacen.

 

En la Casa de la Bondad, Horacio que andaba “medio caído”, en el sillón de la sala común que da al patio, se puso de pie y me dio una linda bendición. Horacio siempre se alegra al verme y es de los pocos a quienes yo le cuento mis cansancios y me da ánimo él a mí.

 

Con los chinos un abrazo es algo bastante particular. Ellos se saludan juntando las manos e inclinando varias veces la cabeza con una sonrisa. Aquí en Argentina se van acostumbrando un poco a dar un beso o un abrazo, pero los abrazos son algo toscos, más bien casi un empujón. Te lo dan y se apartan un poco confundidos, como se siente uno cuando hace el saludo de ellos de la paz y experimenta algo nuevo, una manera de cercanía que no conocía. Saludar de lejos juntando las manos e inclinando la cabeza, curiosamente para mí, hace que uno “sienta” la cercanía del otro, igual y a veces más que dando un abrazo. Y pienso que ellos deben experimentar lo mismo al revés. Pero lo que quería compartir es un abracito que una mamá china le dijo a su hijito de tres o cuatro añitos que me diera. Medio duro el chinito me dio unas palmaditas “reeditables”, que en este mismo momento revivo con ternura. Es el abracito Iñaki, como lo tengo bautizado.

 

En el Hogar, al hacer la bendición, le di un abrazo a cada uno. Cada persona es distinta, pero el conjunto hace sentir algo y lo que sentí fue la dureza que produce estar en la calle. Después que pasaron varios, lo que primero me pareció que sería cosa de alguno, la sentí en casi todos: la mayoría como que no sabía dar un abrazo. No tenían ese reflejo natural que lleva a responder cuando un recibe un abrazo fuerte, lo tenían olvidado: muchos se quedaron con los brazos quietos, sin movimiento de cercanía sino como pasando de largo, musitando alguna palabra de agradecimiento pero con rigidez. El abrazo se ejercita en la familia y el que hace años que la perdió como que su cuerpo lo olvida. Por eso me metí en los comedores. Tenemos que dar muchos abrazos nosotros para que los que están mal vayan recuperando su capacidad de recibir. Antes de dar “cosas” hay que alimentar la capacidad de recibir trato humano, cariño.

Diego Fares sj

 

 

 

La prédica de los gestos

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En aquel tiempo, al salir Jesús y sus discípulos de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, y se lo dijeron. Jesús se acercó, la tomó de la mano y la levantó. Se le pasó la fiebre y se puso a servirles. Al anochecer, cuando se puso el sol, le llevaron todos los enfermos y endemoniados. La población entera se agolpaba a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios; y como los demonios lo conocían, no les permitía hablar. Se levantó de madrugada, se marchó al descampado y allí se puso a rezar. Simón y sus compañeros fueron y, al encontrarlo, le dijeron: —«Todo el mundo te busca.» Él les respondió: —«Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he salido.» Así recorrió toda Galilea, predicando en las sinagogas y expulsando los demonios” (Mc 1, 29-39).

 

Contemplación

“Todo el mundo te busca”. Salvadas las distancias y siguiendo con el espíritu con que nacieron estas “contemplaciones del Evangelio” – en las que pongo en contacto alguna palabra del Señor con la (mi) vida, tal como está, tomando lo que más me da a “sentir y gustar” el Espíritu del Evangelio o algo que me ha conmovido en la semana, con el fin de alentar a cada uno a que rece con lo suyo-, en este último tiempo, antes de la misión a Roma, la experiencia fuerte es la de “todo el mundo –mi pequeño mundo, mi “metro cuadrado”, como dijo un amigo-, todo el mundo te busca”. Para charlar, para saludar, para traer alguna cartita para el Papa (o vino o dulce de batata (¡!) o banderas firmadas…), para despedirse…

Teniendo en cuenta lo afectivo mío, que viene como viene (el lunes después que firmé la renuncia a la Fundación y dejé el Hogar en manos de Alejandro, me agarró fiebre hasta la mañana siguiente, en la que ya me levanté despejado), lo que me consuela es la palabra del Señor, cuando dice ese “Vamos a otra parte”. El irse es “para predicar también allí, que para eso he salido”.

 

De esto quiero dar testimonio: si vine a la Compañía fue por el Evangelio y si voy donde me mandan es por el Evangelio también. Recuerdo que cuando decidí pedir entrar en la Compañía de Jesús no pensaba todavía en ser sacerdote sino en dedicar todo el tiempo de mi vida a tratar de comprender el Evangelio para poder vivirlo. Me parecía que seguir a Jesús y comprender sus enseñanzas requería toda mi vida y en eso estoy desde entonces, tratando de ser discípulo. También tenía el deseo de “dar la Eucaristía a mis amigos y hacer algo por los más pobres”. Y esa motivación, que es sacerdotal, sigue dándome vida.

 

Los llamados y las búsquedas de la gente amiga en este tiempo han estado cargados de gestos, de pequeños gestos con gran amor. Y eso es lo quisiera compartir un poco mezclado, como sale, porque los gestos me “predican al Señor”.

…………..

Dos amigas adelantaron casamiento! Querían que las case yo. Hoy es el de Mili con Mariano y mañana el de Shu Pin. Aunque no sean el típico “casamiento de apuro”, algo tienen de apuro lindo: como que ante lo definitivo de la partida de un amigo se activa lo definitivo de la propia vida y alguien siente que es su momento oportuno.

Mili es un tanto insistente, como buena abogada, y el Whatsapp de los últimos meses está lleno de “queremos que nos cases vos” y de todo tipo de emoticones de ruego, pedido y “dale”. Hicieron todo como para que los casara igual el que estuviera pero poniendo esta fecha por las dudas que yo pudiera. Así que dentro de un rato iremos a la Boda. Somos amigos con su familia desde la época del Barrio, hace más de 30 años.

Shu Ping es hija de Chen Wen, el que convocó a la comunidad china en torno al padre Cullen, hace más de 20 años de los cuales hemos compartido 10. A los 18, Shu Pin era de las primeras que se confesaba en perfecto castellano y con la que podía charlar un poco, para consuelo mío, ya que al comenzar con los chinos no entendía literalmente casi nada.

Terminar con dos bodas es para mí un gesto apostólico muy consolador. Porque aunque la expresión sea “quiero que nos cases vos” la realidad es más honda. Los que se casan son las parejas y quieren invitarme a participar de la alegría de su vida de familia sellándola con la bendición del Señor a su amor. El evangelio comienza con una boda. O con dos, mejor, porque la venida de la Palabra a este mundo comenzó con las bodas de María y José, cuando aceptaron darle una familia a Jesús y la Vida pública del Señor comenzó en las Bodas de Caná. Y el Señor nos cuenta con sus parábolas que lo definitivo del Reino –el Cielo- será como un banquete de Bodas.

Me extiendo un poquito… Los casamientos de los chinitos –todos muy jóvenes, desde algunos de 18 hasta otros con no más de 25- son muy sencillos. Ellos que en la fiesta grande hasta se ponen dos vestidos y festejan lindo, por los horarios de nuestra misa, los domingos a la siesta, y el deseo de casarse por la Iglesia lo antes posible, lo hacen en medio del trabajo y la vida cotidiana y dejan la fiesta para cuando se pueda. Les importa de verdad el sacramento y saben bien, incluso los no católicos, que la familia es para toda la vida. A mí me da un poco de pena que hasta mi lectura pidiendo su consentimiento en chino sea tan farragosa, por decir algo, y trato de rescatar algún gesto de calidez. Ubico bien a alguno que les saque lindas fotos, que a los chinos les encantan (Jia Li, que se casó hace dos semanas, con sus 18 añitos, me confió en las únicas palabras que le escuché en castellano que “quería muchas lindas fotos”), o les regalo una crucecita o, si los dos son católicos, los hago comulgar en el altar. Lo que quería rescatar aquí es que con los chinos aprendí a que hay que concentrar todo en un gesto. Uno tiene un solo disparo, como dicen a veces los deportistas de alta competición, y hay que saber aprovecharlo porque define la competencia. Esto de tener “una sola palabra” (en mi caso siempre termina siendo “Ping An” –paz-) o de poder cruzar una sola mirada, en la confesión, afina el corazón y lo vuelve más apto para el evangelio, que suele caminar por los instantes oportunos y detenerse a habitar en los detalles simples (esto dicho en chino estaría bueno).

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Con mi madre y mi hermana fuimos a rezarle a Papá al cementerio. Con el solazo mendocino del mediodía y unos claveles rojos, rezamos un Ave María, recordamos su muerte, el cariño que brindó a tanta gente que lo recuerda, y meditamos también en la nuestra. “Deber cumplido” dijo mamá, al volver a casa, y yo le agradecí que me llevara, ya que no soy de ir mucho al cementerio. Es mejor la misa, pero cada tanto “hace bien”. La verdad es que sin mi familia, sin su apoyo incondicional y el cariño de cada uno no hubiera podido ser cura. Con mis hermanos nos queremos mucho, pensamos distinto, hablamos poco y coincidimos en lo que nos junta. Que por inspiración de la menor hayamos hecho un Whatsapp sólo de hermanos (y con una foto de cuando éramos chicos!) es todo un gesto. Para mí, con gusto a “todo de una vez”.

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Una amiga de mis hermanas venía insistiendo que les bendijera su nueva casa y no se había dado el mes pasado cando fui a Mendoza. Sentí que era lindo que fuera uno de los últimos gestos en Mendoza y con una familia cercana a los míos pero con la que no habísa tenido tanto trato personalmente. Luego de la bendición, en la que apliqué el “gesto padre Peralta”, pasé a sentirlos como parte de mi familia. Hay algo lindo, les escribí, en poder compartir la fe con los amigos de la familia, cosa que no siempre se da. El gesto padre Peralta me lo contaron los Chimondeguy, mostrando el lugar de la pared en la que quedó grabada su bendición para siempre. Consiste en no tener los adminículos indispensables para una bendición de casa, como son el hisopo con agua bendita y el bendicional, y, cuando la dueña de casa ve que el cura no comienza y le pregunta tímidamente si necesita algo para bendecir, este le pega un chirlo con la palma abierta de la mano a la pared y dice en alta voz y de una sola vez: “¡Que el Señor bendiga esta casa, n’el nombredelPadreydelHijoydelEspírituSantoamén. Vamos a comer!”. Pequeño gesto de bendición que no se olvida ni en treinta años y se transmite de generación en generación.

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También es fuerte los que quieren que me acerque a sus hijos o seres queridos. La gente cercana que siente que quisiera aprovechar más la gracia sacerdotal, no sólo para sí, sino para los que quiere. Los gestos de la gente más sencilla –en general llamaditos, visitas y presentes, como el San-Jose-con-abracito que me regaló Iñaki en nombre de Manos Abierta- son de los gestos más entrañables.

 

Pienso en mis gestos…

De mi parte, poder regalar “mis cosas” (en el noviciado nos enseñaban a decir “las cosas de mi uso”), ha sido lindo. De mi oficina, a la primera que le ofrecí que eligiera lo que quisiera, se me llevó el San José Obrero! Ese costó porque sentí que se me llevaba un pedazo del Hogar o que me quedaba sin protección… pero está en buenas manos. Lo mismo que la reliquia de Hurtado, su perfil en metal negro poniendo la piedra fundamental del Hogar de Cristo, una virgencita alada de Quito, el “jagüel de la Samaritana, que eligió la Hna Juliana,  y todas esas imagencitas sagradas que fui juntando a lo largo de los años. Solo me llevo mi san José de piedra y la Virgencita de Sumampa.

 

La reflexión y el provecho que voy sacando es que, en los momentos definitivos, los gestos son los que cuentan. Ignacio era de los que “amaban con gestos –con cosas- más que con palabras (como la Sra. Marta que trabaja en casa con mamá y me acaba de traer un arrolladito de los que aprendió a hacer cuando era jovencita, para acompañar el mate y es la sorpresa que ayer por teléfono me dijo que me iba a dar).

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Para con el Hogar, mi gesto, ha sido preparar lentamente el camino a otros jesuitas. Hacer querible el Hogar para la Compañía ha llevado tiempo. Por un lado ha sido un trabajo de institucionalización, por otro (aunque van juntos) un trabajo de cariño. Se resume, creo, en que el Hogar esté lindo, en que de gusto ir y estar, en que este valorada en su rol la gente que lo organiza, lo cuida y colabora…

Un problema que tenemos en la Compañía actual es que, por un lado, heredamos instituciones y casas de renombre mundial y  con un sello bien jesuítico, pero que no convocan mucha gente. Ni a los mismos jesuitas. Y por otro lado, la vida de muchos jesuitas pasa por otros caminos, en los que se advierte una gracia, pero cuesta que esa gracia se vuelva institución.

Que se junten la vida y la estructura es la gracia propia de Jesús, Dios encarnado. Por eso, que el Hogar sea una obra apostólica de la Compañía de Jesús, es la gracia más grande que le podemos brindar a nuestros comensales y huéspedes. Es darles de verdad una casa nuestra, abrirles no un hogar sino nuestro Hogar, el de San José, en el que se vive en Compañía de Jesús.

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Bueno. La contemplación de hoy salió muy personal. A veces me da un poco de pudor contar cosas mías, pero me alientan los que me hacen ver que no son mías sino “de lo que el Señor hace en mí” y, en ese sentido, son “de lo que hace con todos”. Que sea para bien, como me dijo el Papa Francisco, cuando le reproché un poco que me hubiera nombrado en el avión a Río. De allí partió esta partida. Y eso muestra que en las cosas de Jesús todo es muy personal y muy para todos, comunitario, como decimos.

 

Diego Fares sj

 

 

 

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