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Cercanía en el momento justo

Duchas                                                                   El papa saluda a la gente al inaugurar las duchas

 

Apenas fue bautizado por Juan,

el Espíritu condujo a Jesús al desierto.

 Y estuvo en el desierto cuarenta días siendo tentado por Satanás;

y vivía entre las fieras y los ángeles lo servían.

 Después que Juan fue entregado, vino Jesús a Galilea

y allí predicaba el Evangelio de Dios, y decía:

«Se ha cumplido el tiempo propicio y se ha vuelto cercano el Reino de Dios.

Conviértanse y crean en la Buena Nueva» (Mc 1, 12-15).

 

Contemplación

La Iglesia nos regala cuarenta días (ya pasaron cuatro y este primer Domingo de Cuaresma es el quinto) de Ejercicios Espirituales en la vida cotidiana. San Ignacio dice que los Ejercicios son para mejorar nuestro cariño a las cosas del Espíritu. Ciertamente amamos al Señor y a nuestros hermanos, pero el afecto se nos desordena y nos dispersamos en muchas cosas que no terminan de saciar nuestra sed de verdadera amistad y de amor. La Cuaresma son estos 35 días de retiro para ordenar nuestros afectos y darnos el gusto de expresar nuestro amor a Jesús, a nuestro Padre, a la Virgen y a San José, a los pobres, a nuestros seres queridos…, de expresar nuestro afecto, digo, de manera auténtica, de modo tal que brote la alegría y se nos ensanche lleno de esperanza el corazón.

De manera auténtica quiere decir dos cosas: una, sin fingir, ya que somos pecadores y no es que de golpe nos vamos a convertir en un San Alberto Hurtado o en una Beata Teresa de Calcuta y vamos a andar todo el día “contentos” y “devolviendo a los pobres el amor que el Señor nos brinda gratuitamente en la adoración”, y la otra, autenticidad quiere decir “con nuestro sello propio”: la conversión tiene que ser desde las máscaras a nuestro verdadero rostro, de la imitación a lo original, de lo estándar a lo creativo.

 

Del evangelio de hoy me llaman la atención dos cosas, si es que se puede llamar cosas al tiempo oportuno y a la cercanía. Jesús nos dice: “Llegó el tiempo propicio y se ha vuelto cercano el Reino de Dios”. Por tanto: “conviértanse y crean en esta Buena Noticia”.

Cómo lo traducimos para que no suene a prédica cuaresmal?

Ayer en el correo, Emanuella, la cajera mientras me tenía esperando el vuelto porque le pagué el impuesto para la estadía, que eran 160 Euros (mejor no pensar en pesos!), con un billete de 500, me decía que más de siete horas no se podía estar atendiendo al público porque no te dejaban respiro. Yo me animé a decirle que era como el confesionario, y le pregunté si estaba de acuerdo en que el secreto era atender a cada uno como si fuera el único y no mirar la fila, y ella asintió con interés (enganchamos la charla!). Ellos tampoco miran la fila (y bien que del otro lado uno lo nota y le da bronca, porque pretende que el que atiende note que estamos esperando, y el que confiesa siente “por qué no dejás de mirar, que ya te voy a atender a vos, dejá que atienda bien a tu hermano…, vieja metida!”). Pero a lo que voy es a la mentalidad para con las cosas de la Iglesia. Me dijo: en Argentina se confiesa la gente? Tan pecadores son? No es que aquí en Italia no lo seamos, pero casi nadie se confiesa… Yo le dije: mire que la confesión es un alivio, no es una cámara de torturas, como dijo el Papa… Y se ve que algo le hizo un click. Convertirse va por este lado, de cambiar una mentalidad que nos hace ver como feas las cosas lindas de Dios, como tétricas las cosas que son en realidad fuente de mucha alegría, como imposición las cosas que son un regalo.

 

Con el Reino de Dios –con ese ámbito donde el Espíritu hace de las suyas y Dios “reina, conduce, gobierna”- hay que estar atentos, nos enseña el Maestro, al momento justo y a la distancia justa. Lo contrario, como bien dijo una mamá que conozco, es esa capacidad que tienen los papás para despertar al bebe, entrando en la pieza “con la mejoor intención en el peooor momento” (anoté la frase porque me pareció genial). En las cosas de Dios, el momento justo es más importante que una intención perfecta. Por qué? Por que el tiempo es de Dios y la intención, en cambio, es muy de cada uno. Cuando es el momento justo, el Señor puede meterse “en medio de nuestra acción” y escribir derecho con renglones torcidos, como se dice.

 

Por tanto, con Jesús es necesario estar atentos a sus tiempos y a su modo de cercanía.

 

Cuando Jesús nos encomienda algo, es lindo hacerlo enseguida, cuando sentimos que se nos acerca es bueno hacerle lugar y darle tiempo. Es nuestra manera de mostrar nuestro amor, no tanto por el cumplimiento sino por el cariño que mostramos en la prontitud.

 

Esto que puse del modo de estar cerca del Señor hay que entenderlo bien. Al escribirlo caigo en la cuenta de que Él es un Dios cercano –Dios con nosotros, es su nombre-, la cuestión es darnos cuenta del modo como nos está cerca, que no siempre es el que esperamos. El Señor siempre está cerca, pero no de la misma manera. Saber habitar en su cercanía, saber encontrarlo “cuando queramos” como dice San Ignacio que él podía hacerlo en su adultez, tiene que ver con cómo nos acercamos a los demás. El Señor está cerca de todos y no puede hacernos sentir su projimidad cuando pasamos de largo ante los demás. Sí en cambio se deja sentir apenas nos acercamos al pobre, al que nos necesita.

 

En estos días en Roma, me voy acercando por primera vez a todos los que encuentro, y aprovecho la gracia que tiene siempre todo primer encuentro.

Con la gente en situación de calle de aquí no es fácil. Tienen otros códigos.

La primera abuela que me enterneció –gorda, sentada y envuelta en ropa oscura, de Europa del Este seguramente- fue por su sonrisa. Le di cinco euros y me bendijo profusamente… Después, mientras bajaba por Via di Porta Pinciana y me metía en Via del Tritone, hacia la Fontana di Trevi, vi que la misma abuela se replicaba: cada dos o tres cuadras hay una mujer así y sonríe de la misma manera irresistible. Comencé a dar de a un euro (que para nosotros son diez mangos)…

Aquí los curas están acostumbrados a los mendigos y te dicen que la gente es profesional, que tienen la ayuda de Caritas y que no hace falta andar dando limosna por la calle.

 

Igual me mata la sonrisa! Sonríen aunque no les des. Quizás sea un rictus pero sonríen y eso te lleva a elegir: o establecés contacto o mirás para otro lado. Pero no se puede ser indiferente a una sonrisa. La sonrisa de Aliche, al entrar y salir de Santa María de los Ángeles y los Mártires, fue hermosa y lo sigue siendo en el recuerdo

 

Otra distinta, aunque similar, me la hicieron los africanos (a la segunda aprendí). Una jovencita me preguntó la hora (noté algo raro porque acaba de escuchar que le había preguntado la hora al que iba adelante mío). Después me llamó “africano blanco” (porque los africanos viejos tienen barba blanca también); y a continuación me regaló un elefantito y una tortuga pequeños sin pedir nada. Después que le acepté hizo como que se iba en mi misma dirección y volvió al ataque, pidiendo unas moneditas para su niño que tenía que comer… Y ya no me soltó. El elefante y la tortuguita comenzaron a pesar en el bolsillo…

Cuando Saba, un negro altísimo y simpático me verseó con el mismo discurso, me hizo agarrar la segunda tortuga y caminó conmigo a lo largo del Tiber, charlando del papa, de la religión, y de la paz… , caí en la cuenta de la táctica. Saba quedó un poco desilusionado con la monedita de un euro y yo me deshice del elefantito y la tortuga en una pared de un negocio, por si a alguno le gustaban.

Otro encuentro más simple fue con Babba, un “barbone” de la estación “Termini”, al que no logré entenderle más que su nombre. Al menos quedó contento con la monedita y conversó un rato en su media lengua. Babba ya está “quemado” como decimos y no tiene nada de “profesional”. En uno de los reportajes que les hacen a los que viven en la Estación Termini, un abuelo en silla de ruedas decía que la gente es idiota, que no sabe reconocer al que tiene verdadera necesidad. Cada uno anda en lo suyo. Pasan y ni siquiera te miran –decía-.

 

Esto que decía el abuelo es lo que trato de “ver” aquí: quién tiene verdadera necesidad y cual es. No es fácil, como digo, por los códigos. Voy cayendo en la cuenta de que los pobres saben que en Roma los turistas tenemos plata y andamos al cuete, dando vueltas por Piazza Navona, con el mapa y sin apuro. Por eso las tácticas de mangueo son implacables: no te sueltan, saben que no sos un empleado que va a la oficina. Algún Euro tiene que salir de ese bolsillo. Saben también que es bueno sonreír, establecer contacto visual, y regalarte algo antes de pedir (por eso los elefantitos).

 

Los pobres son maestros en esto de la cercanía. Saben que la cercanía es vital, que si no lográs llamar la atención y establecer contacto visual y físico, estás perdido. A mi me enseñan a ser pedigüeño con Dios, a acercarme y no soltarlo. El es rico en misericordia y no deja que se vaya sin nada todo aquel que se le acerca.

 

En esto de “la verdadera necesidad”, las duchas de la Columnata de San Pedro, que no son como las había imaginado, me parecieron una pegada genial, fruto de alguien como Francisco que mira la dignidad de las personas cuando se trata de “dar”. No es la “monedita que tirás”.

 

Valentino, uno de los que se turnan para cuidar las duchas (un pasillo con cinco baños y lavatorios de un lado y cinco duchas del otro, impecables con sus azulejos y espejos) me mostraba lo que les dan –una bolsa de plástico con toallas, maquinita, jabón y peines y otras cositas) y utilizó la palabra “dignas”. Que en San Pedro, donde a veces uno necesita un baño y tiene esos químicos, los que manguean o viven en la calle tengan una ducha que no un baño no químico sino que forma parte de la estructura edilicia de los edificios vaticanos, es algo digno. Su baño es mejor que el de los turistas! No es algo monumental. Bastan esas cinco duchas para los que vienen, especialmente a la mañana.

 

Y ya que mencioné a Francisco, el primer baño vaticano que usé fue el suyo, ya que cuando terminaba nuestro encuentro del martes, me dijo que tenía que ir un momento al baño y me ofreció si necesitaba el de su escritorio. “La luz está afuera” me avisó mientras él entraba en su cuarto, y el aviso vino en el momento justo porque yo, al no verla, ya me había desorientado como le pasa a todo el que entra en baño ajeno. Me causó gracia esto de usar el baño del papa y pensé que también los pobres de la calle deben sentir como que están en casa cada vez que los utilizan “dignamente”, en el momento justo en que los necesitan.

Las cosas del reino son cuestión de cercanía y en esto, con Francisco, más que avanzar, nos hemos acercado. Aquí la gente lo ama –amor a primera vista, me dijo una abuela en el colectivo después de haberme hecho notar que “los argentinos jugamos de locales ahora”.

El dice que en el poco tiempo que tiene, espera que el Señor de la gracia de que las reformas que pueda iniciar sean irreversibles. Esta de los baños en la Columnata ya lo es. Y ojalá todos creamos en esta Buena Noticia, ya que al fin y al cabo, el bautismo no es otra cosa que una buena ducha, de esas que uno se da cuando, como el hijo pródigo vuelve a la casa del Padre.

Diego Fares sj

 

 

Abrazos

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Viene a él un leproso que, rogándole y doblando las rodillas, le decía:

“Si quisieras puedes limpiarme”.

Jesús movido por la compasión, extendiendo su mano lo tocó y le dijo:

“Quiero, límpiate”.

Y al instante desapareció de él la lepra y quedó limpio.

Adoptando con él un tono de severidad lo despidió y le dijo:

“Mira, no digas nada a nadie, sino ve y muéstrate al sacerdote y entrega por tu purificación la ofrenda que ordenó Moisés para que les sirva de testimonio”.

Pero él, apenas se fue, empezó a proclamarlo a todo el mundo,

y a divulgar la cosa, de tal manera que Jesús ya no podía entrar públicamente en ninguna ciudad, sino que se quedaba fuera, en lugares solitarios.

Y venían a él de todas partes” (Mc 1, 40-45).

 

Contemplación

 

“Jesús, movido por la compasión, extendiendo su mano lo tocó”.

El Señor no tiene miedo al contacto físico con el leproso.

Imaginémonos hoy un enfermo de ébola… Los médicos se acercan vestidos como astronautas…

Acercarse a un leproso sin protección era como acercarse hoy desprotegido a una persona enferma del ébola: un riesgo para uno y para toda la sociedad.

Sin embargo, Jesús lo tocó y lo curó.

Y, aunque no se contagió la lepra, quedó de alguna manera “leproso socialmente”: no podía entrar públicamente en ninguna ciudad.

 

El Papa Francisco, en la jornada mundial del enfermo, toma una expresión de Job: “Yo era los ojos para el ciego y los pies para el paralítico” (Job 29, 15).

Esta actitud compasiva y cercana implica “poner el cuerpo”, como se dice. Ser ojos para el ciego. Guiarlo al caminar, leerle, contarle lo que vemos. Recuerdo a Martín Descalzo cuando le pidieron que acompañara a un no vidente a visitar San Pedro, cómo se desconcertó al comienzo y después se entusiasmó “contándole la Basílica” a viva voz.

Poner el cuerpo es la actitud que nos purifica el corazón cuando servimos y, entonces sí, se nos da la gracia de ver a Dios en el prójimo. O mejor, de verlo metido también en ese espacio de cercanía en el que interactuamos con el otro necesitado.

A Dios no se lo puede ver como un “objeto”. Nuestra capacidad de visión queda siempre excedida. Sí se lo puede ver “en acción”, en lo que sucede cuando amamos y servimos. No se trata de un ver como espectadores. Si uno no hace nada, el sufrimiento “deforma la visión”. En cambio ayudando de cerca, aclara la mirada, la focaliza.

A Cristo uno lo va viendo en la medida exacta en que deja que le gane el corazón la compasión y se va acercando físicamente al otro. Cuando uno se anima y le da la mano al que está caído, lo mira a los ojos, le devuelve la sonrisa y se queda un rato con él, de alguna manera Cristo se vuelve visible.

Esto requiere tiempo. No es algo puntual. Y el tiempo pasado con el enfermo es un “tiempo santo”, como dice Francisco. Dar tiempo al que sufre es “habitar en la enfermedad”. Y mucha gente dando tiempo es una “casa”: de ahí nuestras casas de la bondad, de ahí el Hogar, donde pasamos tiempo juntos con los más necesitados. No los atendemos “en la calle”, como de pasada. Les damos nuestra casa.

 

Profundizando un poquito más, decimos que es al entrar en contacto con los que están enfermos y los que sufren que se despierta en nosotros la compasión. La compasión solo se experimenta si uno se pone en movimiento de cercanía, en contacto humano, físico. Si uno toma la dirección de alejarse, la compasión se enfría… Y vistos como espectáculo, el dolor y las desgracias llevan a no querer mirar. En cambio al entrar en el espacio de la cercanía, los ojos del que sufre, atraen, son como un imán. Y, esto es lo bueno, la compasión con el otro ordena todas las demás pasiones que tenemos. Calma nuestra ira, serena mi afán de posesión, me hace olvidar la lujuria, pone en actividad a la pereza, abaja nuestra  soberbia, frena todo activismo, acalla mi palabrerío… La compasión me vuelve humano, le da espesura a los despuntes de sabiduría que a veces siento en mi  corazón.

………

En estos días de despedida me di el gusto de hacer con todos el gesto que habitualmente hago con los chinos. Como veía que no todos comulgaban, una tarde, al final de la misa, invité a todos a pasar en fila y le impuse las manos a cada uno haciendo una crucecita en cada frente. Les encantó la bendición y quedó como rito en todas las misas.

Repetí este gesto en las tres misas de Regina y en la misa del Hogar. Y en el Hogar, como algunos se quedan en el fondo de los comedores, busqué a cada uno y los bendije y abracé a todos. Así que, además de los tres álbumes con fotos y dedicatorias que me obsequiaron, me llevo muchos abrazos, muchas bendiciones y muchos ojos.

Les comparto algunos más “apostólicos”, digamos, ya que están los de la familia y los de los amigos, que cada uno conoce y no necesita que le cuenten lo bien que hacen y lo lindos que son. Los que comparto son los que no se dan espontáneamente todos los días y tienen esa gracia de evangelio de hoy, en la que Jesús “movido por la compasión, toca al leproso” o “movido por la ternura, impone las manos a los niños y los bendice”.

…………..

El de Daniel, de la panadería Santa Rosa, fue un abrazo con harina y engrudo. El sólo hecho de bajar la escalera del sótano de Yrigoyen y Pasco, donde amasan las facturas, ya te enharina. Y de camisa negra de cura, peor. El aire mismo está blanquecino. Algunos de los que estaban con las manos en la masa me dieron respetuosamente el codo o un beso, pero Daniel me abrazó y me palmeó como para que le hiciera propaganda por la calle. Así que quedé con la espalda muy graciosa, como me dijeron en el Hogar.

 

Antoñito había ido “a llevar un pedido” y no estaba en la verdulería. Pero cayó antes de la misa a darme un abrazo y pedir la bendición. Cuando se la pedí a él se quedó en posición de firme, sin entender que yo le pedía a él que me bendijera. Y después, limpiándose un poquito el dedo en el delantal, como hacía Pedrito, me hizo una leve señal de la cruz, marcando respetuosamente cuatro puntitos.

 

Un matrimonio amigo se entusiasmó con el amplio lugar que ofrece mi “frente”  y me impusieron las manos los dos y se quedaron rezando un rato largo con lo que sentí como una de esas bendiciones de sanación que algunos hacen.

 

En la Casa de la Bondad, Horacio que andaba “medio caído”, en el sillón de la sala común que da al patio, se puso de pie y me dio una linda bendición. Horacio siempre se alegra al verme y es de los pocos a quienes yo le cuento mis cansancios y me da ánimo él a mí.

 

Con los chinos un abrazo es algo bastante particular. Ellos se saludan juntando las manos e inclinando varias veces la cabeza con una sonrisa. Aquí en Argentina se van acostumbrando un poco a dar un beso o un abrazo, pero los abrazos son algo toscos, más bien casi un empujón. Te lo dan y se apartan un poco confundidos, como se siente uno cuando hace el saludo de ellos de la paz y experimenta algo nuevo, una manera de cercanía que no conocía. Saludar de lejos juntando las manos e inclinando la cabeza, curiosamente para mí, hace que uno “sienta” la cercanía del otro, igual y a veces más que dando un abrazo. Y pienso que ellos deben experimentar lo mismo al revés. Pero lo que quería compartir es un abracito que una mamá china le dijo a su hijito de tres o cuatro añitos que me diera. Medio duro el chinito me dio unas palmaditas “reeditables”, que en este mismo momento revivo con ternura. Es el abracito Iñaki, como lo tengo bautizado.

 

En el Hogar, al hacer la bendición, le di un abrazo a cada uno. Cada persona es distinta, pero el conjunto hace sentir algo y lo que sentí fue la dureza que produce estar en la calle. Después que pasaron varios, lo que primero me pareció que sería cosa de alguno, la sentí en casi todos: la mayoría como que no sabía dar un abrazo. No tenían ese reflejo natural que lleva a responder cuando un recibe un abrazo fuerte, lo tenían olvidado: muchos se quedaron con los brazos quietos, sin movimiento de cercanía sino como pasando de largo, musitando alguna palabra de agradecimiento pero con rigidez. El abrazo se ejercita en la familia y el que hace años que la perdió como que su cuerpo lo olvida. Por eso me metí en los comedores. Tenemos que dar muchos abrazos nosotros para que los que están mal vayan recuperando su capacidad de recibir. Antes de dar “cosas” hay que alimentar la capacidad de recibir trato humano, cariño.

Diego Fares sj

 

 

 

La prédica de los gestos

 tapa

 

En aquel tiempo, al salir Jesús y sus discípulos de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, y se lo dijeron. Jesús se acercó, la tomó de la mano y la levantó. Se le pasó la fiebre y se puso a servirles. Al anochecer, cuando se puso el sol, le llevaron todos los enfermos y endemoniados. La población entera se agolpaba a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios; y como los demonios lo conocían, no les permitía hablar. Se levantó de madrugada, se marchó al descampado y allí se puso a rezar. Simón y sus compañeros fueron y, al encontrarlo, le dijeron: —«Todo el mundo te busca.» Él les respondió: —«Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he salido.» Así recorrió toda Galilea, predicando en las sinagogas y expulsando los demonios” (Mc 1, 29-39).

 

Contemplación

“Todo el mundo te busca”. Salvadas las distancias y siguiendo con el espíritu con que nacieron estas “contemplaciones del Evangelio” – en las que pongo en contacto alguna palabra del Señor con la (mi) vida, tal como está, tomando lo que más me da a “sentir y gustar” el Espíritu del Evangelio o algo que me ha conmovido en la semana, con el fin de alentar a cada uno a que rece con lo suyo-, en este último tiempo, antes de la misión a Roma, la experiencia fuerte es la de “todo el mundo –mi pequeño mundo, mi “metro cuadrado”, como dijo un amigo-, todo el mundo te busca”. Para charlar, para saludar, para traer alguna cartita para el Papa (o vino o dulce de batata (¡!) o banderas firmadas…), para despedirse…

Teniendo en cuenta lo afectivo mío, que viene como viene (el lunes después que firmé la renuncia a la Fundación y dejé el Hogar en manos de Alejandro, me agarró fiebre hasta la mañana siguiente, en la que ya me levanté despejado), lo que me consuela es la palabra del Señor, cuando dice ese “Vamos a otra parte”. El irse es “para predicar también allí, que para eso he salido”.

 

De esto quiero dar testimonio: si vine a la Compañía fue por el Evangelio y si voy donde me mandan es por el Evangelio también. Recuerdo que cuando decidí pedir entrar en la Compañía de Jesús no pensaba todavía en ser sacerdote sino en dedicar todo el tiempo de mi vida a tratar de comprender el Evangelio para poder vivirlo. Me parecía que seguir a Jesús y comprender sus enseñanzas requería toda mi vida y en eso estoy desde entonces, tratando de ser discípulo. También tenía el deseo de “dar la Eucaristía a mis amigos y hacer algo por los más pobres”. Y esa motivación, que es sacerdotal, sigue dándome vida.

 

Los llamados y las búsquedas de la gente amiga en este tiempo han estado cargados de gestos, de pequeños gestos con gran amor. Y eso es lo quisiera compartir un poco mezclado, como sale, porque los gestos me “predican al Señor”.

…………..

Dos amigas adelantaron casamiento! Querían que las case yo. Hoy es el de Mili con Mariano y mañana el de Shu Pin. Aunque no sean el típico “casamiento de apuro”, algo tienen de apuro lindo: como que ante lo definitivo de la partida de un amigo se activa lo definitivo de la propia vida y alguien siente que es su momento oportuno.

Mili es un tanto insistente, como buena abogada, y el Whatsapp de los últimos meses está lleno de “queremos que nos cases vos” y de todo tipo de emoticones de ruego, pedido y “dale”. Hicieron todo como para que los casara igual el que estuviera pero poniendo esta fecha por las dudas que yo pudiera. Así que dentro de un rato iremos a la Boda. Somos amigos con su familia desde la época del Barrio, hace más de 30 años.

Shu Ping es hija de Chen Wen, el que convocó a la comunidad china en torno al padre Cullen, hace más de 20 años de los cuales hemos compartido 10. A los 18, Shu Pin era de las primeras que se confesaba en perfecto castellano y con la que podía charlar un poco, para consuelo mío, ya que al comenzar con los chinos no entendía literalmente casi nada.

Terminar con dos bodas es para mí un gesto apostólico muy consolador. Porque aunque la expresión sea “quiero que nos cases vos” la realidad es más honda. Los que se casan son las parejas y quieren invitarme a participar de la alegría de su vida de familia sellándola con la bendición del Señor a su amor. El evangelio comienza con una boda. O con dos, mejor, porque la venida de la Palabra a este mundo comenzó con las bodas de María y José, cuando aceptaron darle una familia a Jesús y la Vida pública del Señor comenzó en las Bodas de Caná. Y el Señor nos cuenta con sus parábolas que lo definitivo del Reino –el Cielo- será como un banquete de Bodas.

Me extiendo un poquito… Los casamientos de los chinitos –todos muy jóvenes, desde algunos de 18 hasta otros con no más de 25- son muy sencillos. Ellos que en la fiesta grande hasta se ponen dos vestidos y festejan lindo, por los horarios de nuestra misa, los domingos a la siesta, y el deseo de casarse por la Iglesia lo antes posible, lo hacen en medio del trabajo y la vida cotidiana y dejan la fiesta para cuando se pueda. Les importa de verdad el sacramento y saben bien, incluso los no católicos, que la familia es para toda la vida. A mí me da un poco de pena que hasta mi lectura pidiendo su consentimiento en chino sea tan farragosa, por decir algo, y trato de rescatar algún gesto de calidez. Ubico bien a alguno que les saque lindas fotos, que a los chinos les encantan (Jia Li, que se casó hace dos semanas, con sus 18 añitos, me confió en las únicas palabras que le escuché en castellano que “quería muchas lindas fotos”), o les regalo una crucecita o, si los dos son católicos, los hago comulgar en el altar. Lo que quería rescatar aquí es que con los chinos aprendí a que hay que concentrar todo en un gesto. Uno tiene un solo disparo, como dicen a veces los deportistas de alta competición, y hay que saber aprovecharlo porque define la competencia. Esto de tener “una sola palabra” (en mi caso siempre termina siendo “Ping An” –paz-) o de poder cruzar una sola mirada, en la confesión, afina el corazón y lo vuelve más apto para el evangelio, que suele caminar por los instantes oportunos y detenerse a habitar en los detalles simples (esto dicho en chino estaría bueno).

…….

Con mi madre y mi hermana fuimos a rezarle a Papá al cementerio. Con el solazo mendocino del mediodía y unos claveles rojos, rezamos un Ave María, recordamos su muerte, el cariño que brindó a tanta gente que lo recuerda, y meditamos también en la nuestra. “Deber cumplido” dijo mamá, al volver a casa, y yo le agradecí que me llevara, ya que no soy de ir mucho al cementerio. Es mejor la misa, pero cada tanto “hace bien”. La verdad es que sin mi familia, sin su apoyo incondicional y el cariño de cada uno no hubiera podido ser cura. Con mis hermanos nos queremos mucho, pensamos distinto, hablamos poco y coincidimos en lo que nos junta. Que por inspiración de la menor hayamos hecho un Whatsapp sólo de hermanos (y con una foto de cuando éramos chicos!) es todo un gesto. Para mí, con gusto a “todo de una vez”.

………

Una amiga de mis hermanas venía insistiendo que les bendijera su nueva casa y no se había dado el mes pasado cando fui a Mendoza. Sentí que era lindo que fuera uno de los últimos gestos en Mendoza y con una familia cercana a los míos pero con la que no habísa tenido tanto trato personalmente. Luego de la bendición, en la que apliqué el “gesto padre Peralta”, pasé a sentirlos como parte de mi familia. Hay algo lindo, les escribí, en poder compartir la fe con los amigos de la familia, cosa que no siempre se da. El gesto padre Peralta me lo contaron los Chimondeguy, mostrando el lugar de la pared en la que quedó grabada su bendición para siempre. Consiste en no tener los adminículos indispensables para una bendición de casa, como son el hisopo con agua bendita y el bendicional, y, cuando la dueña de casa ve que el cura no comienza y le pregunta tímidamente si necesita algo para bendecir, este le pega un chirlo con la palma abierta de la mano a la pared y dice en alta voz y de una sola vez: “¡Que el Señor bendiga esta casa, n’el nombredelPadreydelHijoydelEspírituSantoamén. Vamos a comer!”. Pequeño gesto de bendición que no se olvida ni en treinta años y se transmite de generación en generación.

…….

También es fuerte los que quieren que me acerque a sus hijos o seres queridos. La gente cercana que siente que quisiera aprovechar más la gracia sacerdotal, no sólo para sí, sino para los que quiere. Los gestos de la gente más sencilla –en general llamaditos, visitas y presentes, como el San-Jose-con-abracito que me regaló Iñaki en nombre de Manos Abierta- son de los gestos más entrañables.

 

Pienso en mis gestos…

De mi parte, poder regalar “mis cosas” (en el noviciado nos enseñaban a decir “las cosas de mi uso”), ha sido lindo. De mi oficina, a la primera que le ofrecí que eligiera lo que quisiera, se me llevó el San José Obrero! Ese costó porque sentí que se me llevaba un pedazo del Hogar o que me quedaba sin protección… pero está en buenas manos. Lo mismo que la reliquia de Hurtado, su perfil en metal negro poniendo la piedra fundamental del Hogar de Cristo, una virgencita alada de Quito, el “jagüel de la Samaritana, que eligió la Hna Juliana,  y todas esas imagencitas sagradas que fui juntando a lo largo de los años. Solo me llevo mi san José de piedra y la Virgencita de Sumampa.

 

La reflexión y el provecho que voy sacando es que, en los momentos definitivos, los gestos son los que cuentan. Ignacio era de los que “amaban con gestos –con cosas- más que con palabras (como la Sra. Marta que trabaja en casa con mamá y me acaba de traer un arrolladito de los que aprendió a hacer cuando era jovencita, para acompañar el mate y es la sorpresa que ayer por teléfono me dijo que me iba a dar).

………..

Para con el Hogar, mi gesto, ha sido preparar lentamente el camino a otros jesuitas. Hacer querible el Hogar para la Compañía ha llevado tiempo. Por un lado ha sido un trabajo de institucionalización, por otro (aunque van juntos) un trabajo de cariño. Se resume, creo, en que el Hogar esté lindo, en que de gusto ir y estar, en que este valorada en su rol la gente que lo organiza, lo cuida y colabora…

Un problema que tenemos en la Compañía actual es que, por un lado, heredamos instituciones y casas de renombre mundial y  con un sello bien jesuítico, pero que no convocan mucha gente. Ni a los mismos jesuitas. Y por otro lado, la vida de muchos jesuitas pasa por otros caminos, en los que se advierte una gracia, pero cuesta que esa gracia se vuelva institución.

Que se junten la vida y la estructura es la gracia propia de Jesús, Dios encarnado. Por eso, que el Hogar sea una obra apostólica de la Compañía de Jesús, es la gracia más grande que le podemos brindar a nuestros comensales y huéspedes. Es darles de verdad una casa nuestra, abrirles no un hogar sino nuestro Hogar, el de San José, en el que se vive en Compañía de Jesús.

………

Bueno. La contemplación de hoy salió muy personal. A veces me da un poco de pudor contar cosas mías, pero me alientan los que me hacen ver que no son mías sino “de lo que el Señor hace en mí” y, en ese sentido, son “de lo que hace con todos”. Que sea para bien, como me dijo el Papa Francisco, cuando le reproché un poco que me hubiera nombrado en el avión a Río. De allí partió esta partida. Y eso muestra que en las cosas de Jesús todo es muy personal y muy para todos, comunitario, como decimos.

 

Diego Fares sj

 

 

 

El pueblo fiel se alegra con la autoridad de Jesús

bergoglio ente la gente

(Jesús con sus cuatro primeros discípulos…) Entraron en Cafarnaún,

y cuando llegó el sábado fue a la Sinagoga y comenzó a enseñar.

Todos estaban asombrados de su doctrina,

porque les enseñaba como quien tiene autoridad

y no como los escribas.

Y de pronto, había en la sinagoga un hombre poseído

de un espíritu inmundo que se puso a gritar diciendo:

« ¿Qué tenemos que ver nosotros contigo, Jesús Nazareno?

¿Viniste a acabar con nosotros?

Te conozco, sé quién eres: el Santo de Dios.»

Pero Jesús lo increpó, diciendo:

« Cállate y sal de este hombre.»

Y sacudiéndolo violentamente el espíritu inmundo,

gritando con un gran alarido, salió del hombre.

Y quedaron todos pasmados de manera tal que se preguntaban unos a otros:

« ¿Qué es esto? ¡Una doctrina nueva… y con autoridad…!

Ordena a los espíritus impuros y estos lo escuchan y le obedecen».

Y su fama se extendió rápidamente por todas partes,

en toda la región de Galilea (Marcos 1, 21-28).

 

Contemplación

El evangelio de Marcos conecta dos cosas que hacen a la autoridad: a quiénes  admira y mueve al seguimiento y a quién hace callar, y mueve a la persecución.

El pueblo fiel de Dios se alegra con la doctrina nueva del Señor. Y el mal espíritu se manda a mudar (y se enrosca a la espera de su hora); Jesús lo hace callar y lo echa, no deja que atormente a este pobre hombre (ni a nadie que no quiera).

 

Desde entonces, el Nombre de Jesús hace que se aleje cualquier tentación y convoca a los humildes.

Los pobres son evangelizados, esa es la buena noticia.

 

Acabamos de tener un encuentro de jesuitas y un compañero hizo una síntesis tan linda de la consolación que nos trae el Papa Francisco, que la quiero compartir. Estábamos hablando de la gracia que significa tener un Papa que haya salido de nuestra tierra, que haya dado clase en el mismo salón en que estábamos reunidos y habitado nuestra casa del Colegio Máximo de San José, y Pablo dijo que lo que más le alegraba era sentir que esa alegría de palabras y gestos sencillos, que él había mamado en su casa y trabajando en el barrio, ahora estaba instalada en las estructuras más altas de la Iglesia. Que antes parecía como que no estaba y ahora sí. Y es verdad, a uno le alegra escuchar de labios del Papa, desde la Cátedra de Pedro, las mismas palabras y ejemplos, que en nuestras épocas de estudiantes nos hicieron descubrir la riqueza de gracia que habita en el corazón del pueblo fiel de Dios, al que Jorge nos envió a servir.

 

Los pobres son evangelizados. Esa fue la reivindicación que hizo Jesús de la autenticidad de su misión y sigue siendo la piedra de toque.

 

La palabra “pobre”, unida a pequeños, sencillos de corazón, gente simple, gente pueblo, gente común, tiene muchas connotaciones: alude a situaciones sociales de inequidad, por ejemplo, como cuando uno dice que en una sociedad pobres son los que quedan excluidos del sistema al que todos aportamos y que nos sostiene a todos. Tiene también una connotación más honda, existencial y teológica, como cuando hablamos de “pobres de espíritu”, de humildad de creaturas que reconocen que Dios es su única riqueza y por eso lo adoran y lo obedecen filialmente.

 

Quizás lo importante es que se trata de una categoría salvadora e inclusiva: todos podemos ser pobres. Basta dar un poco, para que disminuya nuestra riqueza, y ponerse en actitud de recibir, para experimentar nuestra necesidad.

Llegar a ser ricos o sabios o mejores, a veces un siente que no está a su alcance en una medida digna de ser mencionada. Pero llegar a ser más pobrecito, bajar un escalón poniéndonos a nivel de otro que está más abajo, siempre se puede.

Y esto en todo nivel. A nivel doctrinal, basta ponerse en contacto con la propia  ignorancia en tantas cosas (es tan poquito lo que uno llega a conocer y a saber!) para que brote como una fuente de luz y de sabiduría ante nuestros ojos cualquier palabra del Evangelio de Jesús. Sólo alguien que está enceguecido con su propia opinión (por defender algún interés, por supuesto) puede no abrirse a la maravilla del Evangelio. Entre tanto palabrería es tan refrescante escuchar las palabras de Jesús. Por eso el Papa recomienda llevar siempre con uno un pequeño evangelio (o tener alguna aplicación en el celular) para poder leer algún versículo del evangelio en cualquier momento y dejar que esa semilla buena vaya creciendo en nuestro corazón.

 

Aquí está la clave contemplativa para el día de hoy: hacete pobre para poder admirarte de la autoridad de Jesús, para que su palabra te evangelice hoy y acalle tus malos espíritus, de cualquier tipo que sean.

 

San Ignacio tiene una expresión muy linda en la contemplación del Nacimiento. Dice: “ver a nuestra Señora y a Joseph y a la empleada (porque él imagina una empleada que le ayuda a la Virgen), y al niño Jesús, después de ser nacido, haciéndome yo un pobrecito y esclavito indigno, mirándolos, contemplándolos y sirviéndolos en sus necesidades, como si presente me hallase, con todo acatamiento y reverencia posible; y después reflexionar en mí mismo para sacar algún provecho” (EE 114). Así rezaba Ignacio. Y así trataba luego a la gente: haciéndose como un pobrecito y esclavito indigno de todos y para todo.

 

Hacete hoy un pobrecito indigno en alguna situación que te toque vivir y verás cómo se enciende la lucecita del evangelio y Jesús te comienza a hablar interiormente y a confirmar tus pasos haciéndote sentir su gracia en tu corazón.

 

Diego Fares sj

 

Jesús se apareció a los Once y les dijo:
«Vayan por todo el mundo, anuncien 
la Buena Noticia a toda la creación (Mc 16, 15).

Evangelizadores hoy


Saulo, que todavía respiraba amenazas de muerte contra los discípulos del Señor, se presentó al Sumo Sacerdote y le pidió cartas para las sinagogas de Damasco, a fin de traer encadenados a Jerusalén a los seguidores del Camino del Señor que encontrara, hombres o mujeres.
Y mientras iba caminando, al acercarse a Damasco, una luz que venía del cielo lo envolvió de improviso con su resplandor. Y cayendo en tierra, oyó una voz que le decía: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?»
El preguntó: «¿Quién eres tú, Señor?»
«Yo soy Jesús, a quien tú persigues, le respondió la voz. Ahora levántate, y entra en la ciudad: allí te dirán qué debes hacer».
Los que lo acompañaban quedaron sin palabra, porque oían la voz, pero no veían a nadie. Saulo se levantó del suelo y, aunque tenía los ojos abiertos, no veía nada. Lo tomaron de la mano y lo llevaron a Damasco. Allí estuvo tres días sin ver, y sin comer ni beber.
Vivía entonces en Damasco un discípulo llamado Ananías, a quien el Señor dijo en una visión: «¡Ananías!»
El respondió: «Aquí estoy, Señor».
El Señor le dijo: «Ve a la calle llamada Recta, y busca en casa de Judas a un tal Saulo de Tarso. El está orando y ha visto en una visión a un hombre llamado Ananías, que entraba y le imponía las manos para devolverle la vista».
Ananías respondió: «Señor, oí decir a muchos que este hombre hizo un gran daño a tus santos en Jerusalén. Y ahora está aquí con plenos poderes de los jefes de los sacerdotes para llevar presos a todos los que invocan tu Nombre».
El Señor le respondió: «Ve a buscarlo, porque es un instrumento elegido por mí para llevar mi Nombre a todas las naciones, a los reyes y al pueblo de Israel. Yo le haré ver cuánto tendrá que padecer por mi Nombre».
Ananías fue a la casa, le impuso las manos y le dijo: «Saulo, hermano mío, el Señor Jesús -el mismo que se te apareció en el camino- me envió a ti para que recobres la vista y quedes lleno del Espíritu Santo.»
En ese momento, cayeron de sus ojos una especie de escamas y recobró la vista. Se levantó y fue bautizado. Después comió algo y recobró sus fuerzas.
Saulo permaneció algunos días con los discípulos que vivían en Damasco, y luego comenzó a predicar en las sinagogas que Jesús es el Hijo de Dios.
Todos los que oían quedaban sorprendidos y decían: «¿No es este aquel mismo que perseguía en Jerusalén a los que invocan este Nombre, y que vino aquí para llevarlos presos ante los jefes de los sacerdotes?» Pero Saulo, cada vez con más vigor, confundía a los judíos que vivían en Damasco, demostrándoles que Jesús es realmente el Mesías (Hc 9, 1-22).

 

Contemplación

En el avión de regreso de Manila, el P. Lombardi inició la conferencia de prensa pidiendo al Papa Francisco que se explayara un poco acerca de las personas que está canonizando de acuerdo a la metodología que se llama “equivalente”. El Papa explicó que esta metodología, según el Derecho Canónico:

“Se aplica cuando un hombre o una mujer es beato, beata, desde hace mucho tiempo y tiene la veneración del pueblo de Dios, que de hecho lo venera como santo, y no se hace el proceso. Hay algunos casos así desde hace siglos. El proceso de Ángela de Foligno fue así; ella fue la primera. Después decidí hacer lo mismo con personas que han sido grandes evangelizadores y evangelizadoras. En primer lugar, Pedro Fabro, que fue un gran evangelizador de Europa: murió –podríamos decir– en el camino, cuando, con cuarenta años, viajaba para evangelizar. Y después vinieron los demás: los evangelizadores de Canadá, Francisco de Laval y María de la Encarnación, que, por el gran apostolado que hicieron, fueron prácticamente los fundadores de la Iglesia en Canadá, siendo él Obispo y ella religiosa. El siguiente fue José de Anchieta, de Brasil, fundador de São Paulo, que hacía tiempo que era beato, y ahora es santo José Vaz, aquí, como evangelizador de Sri Lanka. Y en septiembre próximo, Deo mediante, haré la canonización de Junípero Serra, en los Estados Unidos, porque fue el evangelizador del oeste de los Estados Unidos. Son figuras de grandes evangelizadores, que están en sintonía con la espiritualidad y la teología de la Evangelii gaudium. Y por eso he elegido esas figuras. Era esto”.

 

Es decir: el Papa está canonizando a grandes predicadores del Evangelio del Reino de Dios, como hacía Jesús nuestro Señor. Hombres y mujeres que salieron a evangelizar y fueron a las periferias, haciendo que la alegría del Evangelio llegara a muchos, especialmente a los más alejados y necesitados.

 

La liturgia de la fiesta de la Conversión de San Pablo nos pone al Apóstol como evangelizador: el mismo Jesús define a Pablo como “un instrumento elegido por mí para llevar mi Nombre a todas las naciones”.

 

¿Qué es evangelizar?

Evangelizar es “llevar el Nombre de Jesús” a toda la gente, a todas las situaciones.  La Buena Noticia se puede resumir en el Nombre bendito de Jesús, que protege a todo el que lo invoca con fe y transfigura hasta las más pequeñas acciones que realizamos en su Nombre. Es notable, por ejemplo, cómo aleja cualquier tentación decir: que el Nombre de Jesús me proteja de esto.

 

¿Cómo reza un evangelizador?

En Evangelii Gaudium, Francisco nos habla de la oración de Pablo.

“Miremos por un momento el interior de un gran evangelizador como san Pablo, para percibir cómo era su oración. Esa oración estaba llena de seres humanos: «En todas mis oraciones siempre pido con alegría por todos ustedes […] porque los llevo dentro de mi corazón» (Flp 1,4.7)2” (EG 281).

La oración del que evangeliza está llena de rostros. Pensar en la gente, interceder por sus necesidades no nos aparta de la contemplación.

 

¿De qué se tiene que convertir el que quiere evangelizar?

Pablo fue una persona que se convirtió de perseguidor en “evangelizador”. Jesús lo convierte en el camino, le hace ver que es Él, Jesús, al que persigue, cuando maltrata a los cristianos. Este Rostro del Señor, que lo deja ciego, se le graba de tal manera, que lo verá de ahí en más en todo. En vez de criticar y de quejarse por las situaciones de cruz, Pablo pasó a encontrar lo bueno en todo y en  todos: “Todo lo puedo en Aquel que me conforta”. “Me hago todo a todos… con tal de ganar a alguno para Cristo”.

 

¿Cuándo y dónde se puede evangelizar?

El Anuncio del Evangelio será la vida de Pablo y lo llevará a todas las periferias. “Hay de mi si no evangelizare” (1 Cor 9, 16). El evangelio será “su dulce y confortadora alegría”. Porque el bien crece cuando se comunica (EG 9) y el Evangelio es nuestro mayor bien.

Este es el Espíritu que impulsa al Papa Francisco a ir a las fronteras, a animarnos a todos a que salgamos a evangelizar. Es que junto con el Evangelio vienen todos los dones:

“Porque el Evangelio que les hemos anunciado llegó hasta ustedes, no solamente con palabras, sino acompañado de poder, de la acción del Espíritu Santo y de toda clase de dones…Y ustedes, a su vez, imitaron nuestro ejemplo y el del Señor, recibiendo la Palabra en medio de muchas dificultades, con la alegría que da el Espíritu Santo” (1 Tes 1, 4-6).

Qué lindo esto de “recibir la Palabra con alegría en medio de muchas dificultades”. En eso consiste nuestra vida Cristiana, nuestra alegría radica en la Palabra,  en recibir la Palabra, en poder “sentirla y saborearla en la contemplación” y en poder salir a anunciarla a otros con obras de misericordia, para consolar y ganar corazones.

 

Evangelizar a la gente y a todas las culturas e inculturar el evangelio es tarea sacerdotal: de todos los bautizados, como pueblo sacerdotal de Dios.

Hay dos defectos muy actuales que nos dan la anti –imagen de lo que significa esta misión sacerdotal de evangelizar. Hoy en día, a nivel grande se habla de “tráfico de influencias”. Es lo que en pequeño se llama “llevar y traer”, chusmear.

La tarea sacerdotal es “influenciar bien”. Influenciar a la gente para que se acerque con confianza a la Misericordia del Padre y hablarle bien al Padre y a los demás de sus hijitos, interceder por ellos. Es lo que hace Jesús, cuando nos anima con sus parábolas a confiar en que el Padre nos ama. Es lo que hace cuando habla bien de las dos moneditas de la viuda o de la fe grande del Centurión.

El Señor evangeliza hablando bien, comunicando la Buena Noticia, ejerciendo su influencia para salvar y para incluir a todos.

Por este lado va la hermosa tarea de Evangelizar que nos encomendó.

…………

 

De la Buena Noticia bajamos a nuestra realidad, secuestrada por las malas noticias, o, lo que es mucho peor, por las noticias falaces, con las que somos bombardeados los que estamos metidos en medio de una guerra de interpretaciones. Utilizo la palabra “falaz” porque es la que usa Ignacio en sus reglas de discernimiento para tipificar el modo de proceder del mal espíritu.

 

Leamos un momento la regla de Ignacio:

“Es propio de Dios y de sus ángeles en sus mociones dar verdadera alegría y gozo espiritual, quitando toda tristeza y confusión que el enemigo induce. Porque es propio del mal espíritu militar contra la tal alegría y consolación espiritual trayendo razones aparentes, sutilezas y asiduas falacias” (EE 329).

La Palabra de Jesús siempre nos alegra el corazón, nos envuelve con su alegría y nos va iluminando luego, poco a poco, las cosas. No ilumina ni aclara todo, pero da entusiasmo para caminar y para seguir buscando cada día.

Las falacias del demonio, en cambio, nos entristecen y nos empantanan. Suelen tener algo adictivo, fascinante –como la curiosidad con que seguimos los detalles escabrosos de una muerte como la del Fiscal Alberto Nisman-, pero de última nos dejan mal sabor. Uno termina afirmando esa falacia que ya está como instalada en nuestra sociedad: “En este país nunca se llegará a conocer la verdad”.

Discierno que es una falacia, en primer lugar, intuitivamente, por el desánimo y la tristeza que suscita. La rechazo de plano diciendo que: Es una mentira –total y diabólica- eso de que “en este país nunca se llega a saber nada”. En ningún ámbito humano se puede llegar a “saber todo”. Y, evangélicamente, Jesús nos ha prometido que un día “todo lo oculto quedará manifiesto” y Él juzgará a cada uno según sus obras. Con esto, en un cristiano, no puede reinar esa desesperanza.

Salvaguardada la justicia final, que es de Dios, puedo –podemos- cultivar la justicia a pequeña escala, en nuestro ámbito de acción y hacer frente a las noticias falaces con la Buena Noticia del Reino de Dios. Podemos comenzar por valorar y reivindicar el sentimiento de los más humildes que “se entristecen por el mal”: la gente que llama a la radio diciendo, simplemente: “hoy estoy muy triste”. Si somos capaces de entristecernos al escuchar a los falaces cerniéndose como buitres sobre un cadáver, es que sabemos una verdad muy importante. Este pequeño sentimiento puede parecer poca cosa para enfrentar al terrorismo, a la corrupción,  a la burla, a la lucha mezquina. Quizás sea poca cosa-esto de alegrarse con la verdad y entristecerse con la mentira-, pero hace a la altura y a la profundidad de nuestro corazón. Y a la capacidad de unirnos socialmente con los que cultivan la misma honradez. No alegrarse con la mentira ni con la burla ni siquiera cuando el que la sufre es nuestro adversario es tener grandeza de ánimo, lealtad, capacidad de juego limpio. El que milita contra la alegría, el demonio y sus secuaces, no mira si usa verdad o mentira. El que predica la Buena Noticia cuida el ser buena persona siempre, por sí misma y por los demás, sin importar si tiene delante a gente sin escrúpulos.

Entre la minoría poderosa de los corruptos y la más o menos extendida clase media de una pretendida neutralidad, podemos integrarnos a esa inmensa mayoría del pueblo fiel de Dios que evangeliza en su conjunto, cultivando la alegría de la Buena Noticia en su corazón y en cada ámbito de su pequeña vida. Y esto es posible siendo protagonistas, en Nombre de Jesús, del bien y la verdad en nuestras vidas y no espectadores neutralizados de la pelea de los demás. Como siempre nos dice el Papa Francisco: no nos dejemos robar la alegría de evangelizar.

Y para discernir y rechazar esa tentación de quedar “paralizados” por la magnitud de la corrupción y de la lucha a la que asistimos y que nos deja afuera, puede hacernos bien recordar la historia de os ángeles neutrales. Dice así:

Cuando el en aquel entonces hermoso Luzbel y sus ángeles se rebelaron contra Dios, el Arcángel Miguel (“quién como Dios!”) capitaneó ahí nomás a los ángeles buenos y salió a luchar contra los malos. Sin embargo -como suele suceder- la división de bandos no fue en dos sino en tres. Hubo un grupo -dice la historia- que se declaró neutral: los ángeles neutrales se sentaron en las aceras del Cielo y con cara de espectadores esperaron a ver quién ganaba. Cuando terminó la batalla con la derrota de los ángeles soberbios, dicen que Dios -que no castiga sino que da a cada uno lo suyo con misericordia-, les dió a los malos lo que querían -que era estar lo más lejos posible de El- y creó para ellos el infierno. A los que quisieron ser neutrales no sabía qué darles y como en la eternidad todo ocurre en un instante y uno queda convertido en lo que eligió, los tuvo que enviar a la tierra, entre los mortales, que somos los únicos que pueden mantener la neutralidad durante un  tiempo.

Es así que desde entonces los ángeles neutrales viven mezclados entre nosotros (no se sabe qué harán después). Estos “mitad-ángel-mitad-demonio”, estos “esperemos-a-ver-quién-gana”, que se creen más vivos que Dios y que el diablo, por su ser de “ángeles” (ángel significa “mensajero”, “anunciador”, “comunicador” diríamos hoy) se  mezclan en todos los ámbitos donde es clave la comunicación.

Se mezclan también con cada uno de nosotros cada vez que buscamos o pasamos información. Y nos quieren hacer creer que puede haber “ángeles (comunicadores) neutrales”.

Sin embargo no es así. Cada vez que paso una noticia -como en el juego del teléfono- va en ella un pedazo de mi corazón…, y puedo jugarme la vida denunciando la corrupción y alentando la bondad en el pequeño espacio en que me toca actuar a mí. Y allí donde no hay nada que hacer, puedo dolerme y llorar en la oración. Eso también es ser “evangelizadores”.

Como dijo Francisco a los jóvenes en Manila: “Sean valientes, no tengan miedo a llorar”.

Francisco improvisó un discurso para que los jóvenes aprendan a llorar, a conmoverse con el sufrimiento ajeno. El Pontífice se inspiró del testimonio de Glyzelle Palomar, de 12 años, que con lágrimas en los ojos le preguntó: ¿Por qué deja Dios que pasen esas cosas, incluso si no es culpa de los niños?

Francisco respondió: 
“Existe una compasión mundana que no nos sirve para nada.
 Vos hablaste algo de eso. Una compasión que a lo más nos lleva a meter la mano al bolsillo y dar una moneda. Si Cristo hubiera tenido esa compasión, hubiera pasado, curado a tres o cuatro y se hubiera vuelto al Padre. Solamente cuando Cristo lloró y fue capaz de llorar, entendió nuestros dramas”.

El Papa invitó a los jóvenes a aprender del dolor. “Lloran los marginados, lloran aquellos que son dejados de lado, lloran los despreciados; pero aquellos que llevamos una vida más o menos sin necesidades, no sabemos llorar. Ciertas realidades de la vida solamente se ven con los ojos limpios por las lágrimas”.

Mafalda (1)

Diego Fares sj

Como los pobres que se acuestan entre diarios y cartones… así es la oración de los que siguen al Señor

 San José de Francisco

 

Estaba Juan otra vez allí con dos de sus discípulos

y, mirando a Jesús que pasaba, dijo:

«Este es el Cordero de Dios.»

Los dos discípulos, al oírlo hablar así, siguieron a Jesús.

El se dio vuelta y, viendo que lo seguían, les preguntó:

«¿Qué quieren?»

Ellos le respondieron:

«Rabí -que traducido significa Maestro- ¿dónde vives?»

«Vengan y lo verán», les dijo.

Fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él ese día.

Era la hora décima (las cuatro de la tarde).

Uno de los dos que oyeron las palabras de Juan y siguieron a Jesús era Andrés, el hermano de Simón Pedro. Al primero que encontró fue a su propio hermano Simón, y le dijo:

«Hemos encontrado al Mesías», que traducido significa Cristo.

Entonces lo llevó a donde estaba Jesús. Jesús lo miró y le dijo:

«Tú eres Simón, el hijo de Juan: tú te llamarás Cefas», que traducido significa Pedro” (Jn 1, 35-42).

 

Contemplación

La palabra del Evangelio de hoy es “seguimiento”: “los dos discípulos siguieron a Jesús”, dice Juan. Y la imagen que se me cruzó y no pude apartar es la del San José dormido del Papa Francisco”. Vamos a juntar la palabra y la imagen y a dejarnos llevar…

 

Ayer en Filipinas, el Papa dijo que él ama mucho a San José y que tiene esa imagencita de San José durmiente (la tenía en su cuarto aquí, frente a Plaza de Mayo) y le pone un papelito cuando tiene alguna intención “para que San José la sueñe”, y le conceda la gracia.

Nunca le había escuchado esa frase: “para que San José la sueñe”. Y me encantó porque sentí que nos hermana con San José: hacer una petición es un poco soñar si se hará realidad, y ponerla para que San José también la sueñe, antes de concederla, es hermanarse en esa espera confiada que deja todo en manos del Padre.

Saber que San José sueña mi petición me llena de paz.

Él la está soñando conmigo.

El Padre verá estos sueños y nos dará lo mejor, cuando y como quiera.

Mientras, lo soñamos.

Y con José, que tenía sueños moviditos, con deseos y angustias y el no temas del ángel.

“… Para que San José lo sueñe”.

 

Aquí viene lo del seguimiento: “Al despertarse, José hizo como el ángel le había dicho y tomó a María su esposa…”.

El seguimiento de Jesús no es obediencia militar. El Señor pone pausas, para que “soñemos” sus cosas antes de llevarlas a cabo. Pausas que ayudan a nuestra libertad, a elegir seguirlo por amor y no por obediencia automática.

 

De eso trata el evangelio de hoy.

 

Juan señala a sus discípulos que el que pasa es Jesús, el Cordero de Dios, y ellos lo siguen inmediatamente. Jesús se da vuelta, y al ver que lo siguen, les pregunta qué buscan.

Esta palabra “qué buscan”, resuena en el corazón de los discípulos con los ecos de los Salmos y de Isaías: “Busquen al Señor, busquen siempre su rostro” (Sal 105, 4), “Busquen al Señor mientras puede ser hallado, llámenlo mientras está cercano” (Is 55, 6).

Buscar una palabra clave que nos hace bucear en nuestros deseos profundos.

 

Con ese fin último que mueve el corazón a latir se quiere conectar Jesús: Busquen el Reino y su justicia y lo demás se dará por añadidura. El que busca encuentra… Yo sé que buscan a Jesús, el crucificado. No está aquí: ha resucitado

 

Ellos repreguntan: “Maestro, donde habitas”. Algún exegeta dice que no sabían qué decir, pero puede ser también que lo tenían bien planeado: no querían una respuesta rápida sino ir a quedarse con el Rabbí, que es lo que de hecho sucede, porque Jesús los invita: “Vengan y vean”.

Juan recuerda que eran las cuatro de la tarde y que se quedaron –permanecieron- con él todo aquel día. Digo que quizás lo tenían planeado porque la pregunta es “donde permaneces” y luego dice que “permanecieron” con aquel día. Permanecer en Juan es signo de la fe y del amor: “Permanezcan en mi amor”. Quedarse… Estar.

Y no hay manera mejor de permanecer que quedarse a dormir y soñar.

Por eso digo que el seguimiento de Jesús no es sólo ir a cumplir misiones de aquí para allá y hacer esto y aquello, como cuando la gente se admira de toda la actividad del Papa. El seguimiento tiene esta cara de actividad prodigiosa y tiene también la otra cara, la del despatarrarse a dormir y a soñar en Jesús y descansar en él en una oración que consiste en llegar a dormirse en paz en los brazos de Dios.

La oración no es “seguir maquinando”. En Dios la actividad y la fatiga apostólica es fatiga y el descanso es absoluto descanso, vacación, sueño y soñar.

 

Y así como las angustias y preocupaciones del día se nos meten en el sueño y nos desvelan, también es bueno que los sueños lindos y la palabra de Dios “contemplada” –soñada- se nos meta en medio del trabajo del día y nos alegre y pacifique.

Ser contemplativos en la acción y activos en la contemplación, como dice Francisco.

 

En la Biblia, sueños y visiones son lo mismo. Es Dios que extasía nuestros sentidos y nos hace estar sintiendo y gustando sus imágenes y alimentándonos con la Palabra viva.

Eso buscan estas contemplaciones, y las ponemos como un papelito bajo la cabeza de San José, para que se recueste en ellas y las sueñe (como los pobres que se acuestan sobre diarios y cartones así es la oración de los que siguen al Señor).

De soñar un rato y dejarnos llevar por la vitalidad secreta de la Palabra y de rezar imaginando lo que nos gusta, sale luego la misión y se mejora el seguimiento.

 

Contemplar tiene algo de vuelo –de sobrevolar el evangelio abarcando todo y mirando aquí y allá- y también de pozo –de poner el zoom en una escena, en un detalle y ampliar y profundizar quedándose allí.

 

Así es el seguimiento de Jesús, de golpe es dejarlo todo e ir más allá y de golpe quedarse durante años en un sitio y echar raíces.

Por eso la imagen de José yaciente, de sus pies descalzos y quietos, es imagen de seguimiento: porque su afectividad está activa en el sueño y la Palabra que se le revela es la que lo pondrá en movimiento, de aquí para allá, llevando consigo a la Madre y al Niño.

Le pedimos a San José que sea patrono de nuestra oración y que nos enseñe a contemplar soñando como él para poder seguir a Jesús también en la acción.

 

Ayer el Papa hizo este gesto, cuando contaba de su devoción a San José y es una linda imagen de cómo poner las manos al ir a rezar, no solo juntas sino como almohada de nuestra mente que necesita descansar y soñar las cosas de Dios para poder seguirlo descansadamente en medio de las fatigas.

Francisco y San José

Diego Fares sj

Lo lindo de Dios es para todos

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Juan predicaba, diciendo:

«Detrás de mí vendrá el que es más poderoso que yo,

y yo ni siquiera soy digno

de ponerme a sus pies

para desatar la correa de sus sandalias.

Yo los he bautizado a ustedes con agua,

pero él los bautizará con el Espíritu Santo.»

En aquellos días, Jesús llegó desde Nazaret de Galilea

y fue bautizado por Juan en el Jordán.

Y al salir del agua, vio que los cielos se abrían

y que el Espíritu Santo descendía sobre él como una paloma;

y una voz desde el cielo dijo:

«Tú eres mi Hijo predilecto,

en ti tengo puesto todo mi agrado» (Mc 1, 7-11).

 

Contemplación

 

Tres imágenes de Epifanía, esa entrada total y para siempre de Dios en nuestra historia humana: los reyes paganos que vienen a adorar,

Jesús haciendo fila con los pecadores

y el Señor con su Madre y su equipo de discípulos en las bodas del amor humano,

en la cocina de la casa de los novios de Caná de Galilea.

 

Tres imágenes de cómo Jesús llega a las periferias o viene de ellas o habita en ellas.

 

Este es el Jesús que le “agrada” al Padre.

Le agrada mucho, muchísimo, tanto que está “chocho con su predilecto”.

Ahora bien, esta felicidad que se da en la relación entre ellos, más aún, esta Alegría que es Dios mismo (Amor del Padre y del Hijo que se requieren, como dicen los chicos), es algo totalmente expansivo, más que el Big Bang (ese Amor es el famoso Big Bang, que dicen que se puede medir pero “no se sabe por qué se expandió algo tan armoniosamente hermoso como este universo”; ¡cómo no van a saber que eso tiene nombre y se llama Amor del Padre que se derrocha para nosotros en su Hijo predilecto y nos hace lugar en la existencia!).

O sea: el Amor es lo único expansivo, lo único que puede hacer big bangs verdaderos y para siempre. Lo demás son cuetes y fuegos artificiales.

Y como este amor es salida de sí para los demás, por eso el Padre está feliz de que su Predilecto llegue con este mensaje a los pequeñitos, aunque le cueste la vida, que llegue a esos que no saben para qué los trajeron a sufrir tanto en este mundo,  y no se le pierda ni se le escandalice ninguno (viste vos que sos padre o mamá cómo cuando pasa algo bueno con uno de tus hijos enseguida mirás que lo tomen bien los otros y encontrás la manera para que no haya celos). Que no se le pierda ni el más pecador, ni el más sufriente, ni el más caprichoso, ni el menos tenido en cuenta, ni el que vive poquito tiempo –unos instantes desde su concepción, unos días en la cunita de terapia, unos meses en brazos de su mamá- ni el que vive mucho – largos años de andar de aquí para allá sin encontrarse con su amor, buscándolo en las creaturas a tientas, dando manotazos sin encontrarlo-. El Padre quiere que todos sintamos lo mismo que sintió Jesús: vos sos mi hijo predilecto, en vos tengo puesto todo mi agrado.

Esta es la Alegría del Evangelio y Jesús la trae para todos. No es una frase para que solo la escuchen los exegetas en idiomas extraños, es para que resuene en los oídos de toda la gente como la melodía de la última canción de moda o como la canción que siempre tarareamos.

Jesús nos anuncia esta verdad –que a Dios le podemos decir Padre (como cada uno lo diga: papi, viejo, father, papá, o papuchi como dice una amiguita mía) y hacerlo sanamente como lo hace Él, sin proyectar en la divinidad los miedos, los fantasmas, las ilusiones o las ambiciones que tenemos (Hanna Wolf).

Nadie puede evitar pensar a Dios proyectando lo más íntimo que vive: divinizamos lo más fuerte –bueno y malo- que vivimos, somos seres que trascienden conscientemente porque la vida es eso, no quedarse encerrado en la propia célula sino salir a comunicarse con las demás y juntas llevar adelante la vida. Pero Jesús sanea ese impulso vital, nos revela el modo correcto de charlar con Dios y de hacer lo que le agrada (que no es que le hagamos monumentos religiosos y liturgias raras, profecías tremendistas y dinámicas de autoayuda, sino que primero salgamos en ayuda de los más frágiles y después sí, recemos lo más lindo que podamos).

 

Bueno, la cuestión es que la Epifanía nos dice en tres íconos que esta Alegría es para derrochar, no para administrar en dosis homeopáticas. Cada uno se llevará su botellita de agua bendita y la tomará en los sorbos que corresponda, pero tenemos que anunciar que la fuente de Agua Viva está para que se sumerjan de cabeza todos los que quieran. Te podés conectar desde cualquier lugar del planeta y el evangelio te actualiza la App en diez segundos y te da las instrucciones para encontrar tu pozo de agua viva en el lugar que estés. Eso es Espíritu: sopla donde quiere (y donde lo quieren). No tenés que pagar nada pero, eso sí, vas a tener que cavar en tu interior, limpiar la pieza, hacer lugar a otros… Pero el Bautismo está: te podés tirar a la pileta ya y el Señor te va a limpiar y vivificar.

 

Vamos a los tres íconos epifánicos (que iluminan para todos lados):

 

Los que adoran

Me gusta pensar que los reyes representan lo más inteligente de la humanidad. Son esos tipos que estudian, que investigan, apasionados por descifrar el universo, por encontrar las claves que nos permiten entender dónde habitamos, cómo vinimos a la vida, cómo funciona el cosmos… Pero no son del tipo funcionalista, que quiere inventar cosas para ganar plata. Son los que tienen un ojo en la materia y el otro en lo trascendente. Miran la estrella pero para que los lleve al Niño. Y van equipados con regalos, porque quieren adorar (como el buen Samaritano, que iba equipado con primeros auxilios porque quería ayudar).

Esta es la palabra –adorar-. Son gente inteligente que sabe que lo más inteligente es adorar. Cuando tocan el límite adoran.

 

Una reflexión sobre el límite y la adoración. Hay algunos que, cuando tocan el límite se enojan, se vuelven violentos y empujan o resentidos y se encierran,o escépticos y se burlan.

Los Magos, en cambio, salen a buscar y cuando encuentran el misterio se postran, adoran y regalan. Recién después siguen su camino, esquivando a los Herodes y a sus cortes mundanas.

Dios está en la periferia de nuestro yo y lo encuentra el que sale de sí en la adoración y el regalo.

 

En estos días hemos sufrido la violencia extrema desatada entre los que maltratan los límites en nombre de lo que consideran sagrado e innegociable. Para Charlie Ebdo, el derecho al humor es sagrado: el humor es signo de la más alta intelectualidad. No tienen el principio cristiano de que, si algo escandaliza a mi hermano, eso es para mí un límite para lo que considero un derecho y puedo renunciar a hacerlo con tal de no escandalizar. Para los terroristas, su culto a Dios es sagrado y con eso no se bromea. No tienen el valor cristiano de perdonar el que traspasa un límite y nos ofende y de estar dispuestos a dar la vida por Dios en vez de quitarla a otros.

 

Los que son parte del pueblo fiel

Los que acuden a Juan para que los bautice son la gente del pueblo fiel de Dios. Jesús va de incógnito entre ellos, como uno más. No está allí para ser adorado sino para mezclarse –como el agua con el vino antes de la consagración (se mezcló con nuestra vida humana)-, para acompañar, simplemente.

Esta gente en medio de la cual camina Jesús, es la inmensa mayoría de la humanidad: los que trabajan, los que sostienen el mundo con su cariño, su paciencia y su laboriosidad. Los que viven la vida, crían a sus hijos, sirven cada uno en su humilde puesto de trabajo y pasan anónimos por la vida sin hacer aspavientos ni dar demasiado que hablar. Como ellos era el padre de Jesús, San José. Si los reyes representan lo más brillante del ser humano, la intelectualidad, la gente que acude a Juan representa lo común (pensaba decir la masa, lo carnal, lo popular, el tejido material de la vida humana…, y veo que son todas palabras con algo de despectivo). Lo común, lo social, lo que nos hace familia, pueblo que camina en conjunto, sin distinguirse, mezclándose con los demás, codo a codo, no es menos que lo intelectual, que la chispa del genio, que lo especial… No existen lo uno sin lo otro. Y Jesús es tan Dios allí, como uno más del pueblo fiel de Dios, como cuando se destaca como Cabeza y como Señor.

Dios está en la periferia de nuestro yo y lo encuentran los que caminan con los demás y se sienten como uno más del pueblo fiel de Dios, aunque sean el mismo Hijo único y predilecto del Padre.

 

Los que forman familia

Caná es la imagen del corazón, del amor humano, del amor de los novios que se casan y forman familia. Allí la presencia del Señor es también social, está como un invitado más, dentro de lo especial que tienen los invitados para una familia que celebra un casamiento: no son anónimos sino elegidos, amigos, parientes. Allí el Señor está participando de la fiesta y, en ese ámbito familiar tan especial, mediador diría, entre el Dios adorable y el Dios compañero, hace su primer milagro.

Caná, el agua convertida en vino de Caná, es el lugar favorable, y la boda es el tiempo de gracia para que comience a actuar el Dios encarnado.

Los otros dos ámbitos son más pasivos: el Niño adorado y el que se hace bautizar por Juan. En Caná Jesús comienza a actuar. Y la materia de su trabajo será el amor.

Sobre el amor trabaja Jesús, ese amor que se basa en la mutua confianza, en la fe, y en la alegría de esperar todo del amor del otro.

Dios habita en la periferia del yo y lo encuentran los que forman familia, los que apuestan a que la relación sagrada es la del amor, por encima de todo lo demás.

 

La buena noticia de la Epifanía, la que el Papa Francisco está haciendo llegar a todos los confines, es la que hace sentir a la gente que es “coheredera” de la misericordia infinita del Padre y del amor de Jesús. Esto contra los que se han apropiado de la gracia y no la derraman sino a cuentagotas como si el Reino fuera una obra de arte minimalista. No es así. La gracia brota a raudales del corazón del Padre y se derrocha sin medida ni temor sobre todos los que quieran participar. Sobre los no creyentes que buscan, sobre la gente común que camina como pueblo, sobre los que se aman y forman familia.

 

La buena noticia es que nuestro Dios es Padre y Padre del Cielo, porque no lo alcanza ninguna “materialidad” (sea energía cósmica, actividad neuronal  o creación tecnológica), y Jesús es Dios de la Tierra, porque no lo desencarna de estar ligado a todo prójimo ninguna espiritualidad que no incluya a todos (ni las ideas cósmicas de la new age, ni las dinámicas de autoexperiencia, ni las de militancia política).  El Amor entre el Padre del Cielo y su Hijo Predilecto hecho carne es Espíritu que se dona a todo hombre y mujer que lo quiera recibir. La misión es anunciar, con palabras y gestos y obras de amor, que esto lindo de Dios, es para todos.

Diego Fares sj

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