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Ser gente que confía

 Jose-el-carpintero

Jesús salió de allí y vino a su pueblo y sus discípulos lo acompañaban.

Cuando llegó el Sábado comenzó a enseñar en la sinagoga

y los más de los que lo escuchaban estaban asombrados y decían:

-¿De dónde (saca) este estas cosas? y ¿qué es la sabiduría esta que le ha sido dada? ¿y estos milagros (dynamis) que por sus manos se realizan? ¿No es este el carpintero, el hijo de María, y el hermano de Jacob y de José y de Judas y de Simón? Y no se hallan sus hermanas aquí entre nosotros? Y se escandalizaban de él.

Jesús les dijo:

– No hay profeta desprestigiado si no es en su patria y entre sus parientes y en su casa.

Y no podía obrar milagro alguno salvo que a unos pocos enfermos, imponiéndoles las manos, los curó.

El se admiraba de su incredulidad.

Y recorría las aldeas en torno enseñando (Marcos 6, 1-6).

Contemplación

Escepticismo, no-fe, incredulidad.

Esa es la palabra que nuclea lo que narra Marcos de la vuelta de Jesús a su patria.

Veamos un poco este escepticismo tal como lo describe Marcos. Es una actitud muy pos moderna, pero se ve que viene de antiguo.

Lo primero que podemos contemplar es que este escepticismo causa admiración al Señor: “El se admiraba de su in-credulidad”. A veces nos sucede que asistimos a algún hecho que nos conmueve profundamente, algo que nos hace recuperar la fe en la raza humana, por así decirlo, y vemos que otros a nuestro lado son testigos de lo mismo pero no los toca, los deja indiferentes o con una cara de: “está bien, pero no es para tanto…”.

Lo que quiero rescatar es esa base mínima de escepticismo, de no entusiasmo ante el bien, ese poner el bien entre paréntesis que contrasta con la actitud de fe.

La fe es todo lo contrario, la fe se deja ensanchar el corazón por el bien, hace que nos impliquemos, nos vuelve sensibles, nos toca el corazón.

Decía alguien que no hace falta mucha fe, porque la fe necesita ser completada y siempre es el Señor el que la completa, sea mucha o poca.

También en las relaciones humanas, la confianza es de a dos y se completa entre dos. Con los niños, la experiencia es clara: a veces los chicos chiquitos desconfían de un adulto y si este se los gana un poquito, con algún juego o algún regalito, los niños abren todo el corazón y se confían plenamente. Necesitan verse envueltos en un manto de cariño que los hace confiar y abrirse sin temores.

Quizás por eso es que Jesús “no puede creer que no crean”, que no se abran ni un poquito a sus regalos: el regalo de su sabiduría, el regalo de sus milagros. Es tanto lo que les está dando. Un día dirá: si no me creen a mí crean a las obras que hago.

Al Señor le dolía la falta de fe, no tanto por él sino por los desconfiados. Se perdían las maravillas que él hace con los que confían en su bondad.

De aquí podemos sacar la primera lección para nuestra vida: la fe es una cuestión definitiva, una actitud última, que define la calidad de lo que somos.

O tenemos fe – poquita o mucha, pero tenemos- o somos gente sin fe.

O confiamos o no confiamos.

O andamos por la vida con el sentido de la fe atento a los signos del Señor o salimos a la calle dispuestos a confirmar nuestro escepticismo.

Vamos sumando razones para creer o multiplicamos argumentos para no confiar.

Somos de los que dicen: “qué grande es esto que estamos viendo” o “vamos a ver cómo termina esto, si no es más de lo mismo”.

Escuchemos los argumentos de los paisanos de Jesús, cuáles son sus razones para el escepticismo.

La primera frase es demoledora: “de donde este estas cosas”. Nuestro maestro Fiorito, cuando en la dirección espiritual escuchaba que llamábamos “este” a algún compañero, reaccionaba inmediatamente: decía riendo “estás tentado”. No digamos nada si uno calificaba al otro con alguna palabra ofensiva. Pero bastaba el desprecio que deja entrever decir “este” o “este tipo”.

Para los vecinos de Jesús “este” significaba “el carpintero, el hijo y de María”. Ya hay algo turbio que el pueblo se ve que tenía callado o comentaba en voz baja y que ahora se vuelve explícito. Jesús no es el hijo de José y de María sino sólo el hijo de María. La historia de la concepción de Jesús se ve que no tenía nada de evangelio y sí mucho de chusmerío. Lo habían aceptado como “el carpintero”, pero ahora que les venía “con estas cosas” de milagros y enseñanzas, les salió toda la hiel que tenían guardada. De donde este estas cosas.

Vemos que el escepticismo clasifica bien: cada cosa en su lugar, cada persona en su rol. Y por eso no puede creer, aunque lo esté viendo, que de algunos “tipos” de persona pueda salir algo bueno o extraordinario.

Como se pronunció el nombre de María, podemos pasar en nuestra oración a mirar a la madre de Jesús y a ver en ella la actitud de fe totalmente distinta (no digo contraria porque la fe es algo único, hermoso, no se define por ser contraria al escepticismo, que es una actitud de porquería, como vemos en los paisanos del Señor).

María es la que ve las maravillas que Dios hace en nuestra pequeñez. En su propia pequeñez y en la del pueblo fiel. Ella confía en todos sus hijitos y sabe ver lo bueno de cada uno mejor que nadie. Y Jesús, siendo Dios, quiso aprender de su madre este modo de confiar en la gente.

No es a pesar de ser el hijo de María que Jesús hace maravillas sino precisamente por serlo. De María y de José, de quienes aprendió a creer. Me gusta pensar que así como él les enseñó a ellos a creer en el Padre y en “las cosas de su Padre”, ellos le enseñaron a creer en la gente. En sus padres Jesús aprendió a confiar en lo mejor de la humanidad, en lo que es capaz de llegar ser un corazón humano, sencillo como el corazón de José, puro y limpio como el corazón de María. Ellos le enseñaron a confiar en la gente, que, como sus vecinos, es capaz de mezquindades pero también de gran generosidad.

Pasemos un momento a “las cosas” que realiza Jesús. De donde las saca, se preguntan. Y esta es la clave de la fe: darse cuenta de que las saca de su buen corazón, de su querer bien a la gente, de su deseo de dar la vida. La fe no es constatar un hecho milagroso midiendo científicamente su grado de probabilidad sino constatar que los frutos buenos nacen de un corazón bueno y creer en la Persona que obra así, de corazón. La fe es personal. Por eso Jesús preguntaba “quién” me ha tocado cuando la hemorroisa le tocó el manto. Quería saber quién, no tanto por qué. La fuerza curativa, el milagro, salió solo directo a la enfermedad, pero los ojos de Jesús querían encontrarse con los ojos de la que así confiaba en él. Porque la fe es cuestión de amor. Así como la cara externa del amor se traduce en obras y gestos, la cara interna consiste en la fe y la esperanza que hacen que el que ama se amolde al pensamiento y a los tiempos y modos de aquel en quien confía y espera.

Y de aquí podemos comprender cómo hay otra tentación contra la fe. Hay algunos que creen tanto en “las cosas” que hace y dice Jesús, que se olvidan de su persona. No son escépticos, todo lo contrario. Dicen: esto que Jesús dijo es una verdad absoluta. Este signo sacramental que Jesús realizó tiene poder salvífico pleno. Por tanto, hay que cuidar que no se desdibuje para nada la verdad y que se conserve la pureza del sacramento. Cuidan esto de tal manera que no hay nada más que decir ni ningún camino a recorrer. Olvidan que Jesús no tiene miedo en dialogar con todos y de ir revelando sus verdades paso a paso, como hizo con Nicodemo y con la Samaritana. Olvidan que si uno se acerca a Jesús y lo toca no lo vuelve impuro, al contrario, se purifica a sí mismo. Lo cual no quita que luego tenga que iniciar o reiniciar un camino de santificación en el que siempre se puede dar un pasito más.

Mientras los escépticos y los integristas discuten en torno a “las cosas”, los creyentes nos tomamos de la mano de Jesús y nos vamos en su seguimiento a esas “otras aldeas” adonde él salía a predicar. Hay tanta gente buena que tiene ganas de creer en Alguien como Jesús que no hay que perder el tiempo con los escépticos ni con los fundamentalistas.

Decía el Papa Francisco en la Audiencia del 13 de Mayo de 2013:

“Vivimos en una época en la que se es más bien escéptico respecto a la verdad. Benedicto XVI habló muchas veces de relativismo, es decir, de la tendencia a considerar que no existe nada definitivo y a pensar que la verdad deriva del consenso o de lo que nosotros queremos. Surge la pregunta: ¿existe realmente «la» verdad? ¿Qué es «la» verdad? ¿Podemos conocerla? ¿Podemos encontrarla? Aquí me viene a la mente la pregunta del Procurador romano Poncio Pilato cuando Jesús le revela el sentido profundo de su misión: «¿Qué es la verdad?» (Jn 18, 38). Pilato no logra entender que «la» Verdad está ante él, no logra ver en Jesús el rostro de la verdad, que es el rostro de Dios. Sin embargo, Jesús es precisamente esto: la Verdad, que, en la plenitud de los tiempos, «se hizo carne» (Jn 1, 1.14), vino en medio de nosotros para que la conociéramos. La verdad no se aferra como una cosa, la verdad se encuentra. No es una posesión, es un encuentro con una Persona”.

Diego Fares sj

 

Los que nos tocan el manto

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En aquel tiempo, Jesús atravesó de nuevo en barca a la otra orilla, se le reunió mucha gente a su alrededor, y se quedó junto al lago. Se acercó un jefe de la sinagoga, que se llamaba Jairo, y, al verlo, se echó a sus pies, rogándole con insistencia: –Mi niña está en las últimas; ven, pon las manos sobre ella, para que se cure y viva. Jesús se fue con él, acompañado de mucha gente que lo apretujaba. Había una mujer que padecía flujos de sangre desde hacía doce años. Muchos médicos la habían sometido a toda clase de tratamienos, y se había gastado en eso toda su fortuna; pero en vez e mejorar, se había puesto peor. Oyó hablar de Jesús y, acercándose por detrás, entre la gente, le tocó el manto, pensando que con sólo tocarle el vestido curaría. Inmediatamente se secó la fuente de sus hemorragias, y notó que su cuerpo estaba curado. Jesús, notando que había salido fuerza de él, se volvió en seguida, en medio de la gente, preguntando: – ¿Quién me ha tocado el manto? Los discípulos le contestaron: –Ves como te apretuja la gente y preguntas: “¿Quién me ha tocado?” Él seguía mirando alrededor, para ver quién había sido. La mujer se acercó asustada y temblorosa, al comprender lo que había pasado, se le echó a los pies y le confesó todo. Él le dijo: –Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y con salud. Todavía estaba hablando, cuando llegaron de casa del jefe de la sinagoga para decirle: –Se ha muerto. ¿Para qué molestar más al maestro? Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo al jefe de la sinagoga: –No temas; basta que tengas fe. No permitió que lo acompañara nadie, más que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. Llegaron a casa del jefe de la sinagoga y encontró el alboroto de los que lloraban y se lamentaban a gritos. Entró y les dijo: – ¿Qué estrépito y qué lloros son éstos? La niña no está muerta, está dormida.

Se reían de él. Pero él los echó fuera a todos y, con el padre y la madre de la niña y sus acompañantes, entró donde estaba la niña, la cogió de la mano y le dijo: –“Talitha qumi” (que significa: contigo hablo, niña, ponte en pie. La niña, que ya tenía doce años, se puso en pie inmediatamente y comenzó a caminar. Y se quedaron viendo visiones. Jesús les insistió en que nadie se enterase; y les dijo que dieran de comer a la niña (Mc 5, 21-43).

 

Contemplación

El de hoy es uno de esos “evangelios dobles”, en el que dos hechos de Jesús quedaron unidos para siempre. Vaya uno a saber si la hemorroisa fue después a casa de Jairo a ver a la pequeña o si le contaron a la nena que el mismo día en que Jesús la curó a ella también curó a otra señora que estaba enferma. Yo estoy seguro que sí, porque las víctimas se juntan. O al menos eso nos enseñó Jesús, que cualquiera que esté en situación de necesidad es nuestro prójimo y nos tenemos que juntar con todos los que sufren y nos necesitan.

Los dos milagros se pueden contemplar desde la perspectiva de fe de Jairo y de la mujer. Jairo ve que su hijita se le muere y se va a buscar –desesperado- a Jesús. La fe es el último recurso. La hemorroisa siente lo mismo, aunque sea más tímida y su situación no trascienda, ha probado muchos médicos y siente que va cada vez peor. La fe en Jesús que pasa es su último recurso. Una cosa común en estas dos personas es que no dejan que nada se interponga entre su fe y Jesús. La multitud no impide a la Samaritana que le toque el manto. Los anuncios de que la hija ya está muerta y las burlas de la gente no impiden que Jairo entre con Jesús a la pieza y tenga fe. Es la fe a pesar de la vergüenza y a pesar de los miedos: “vos no tengas miedo, basta que creas”.

 

Antes de venir a Argentina tenía ganas de ver un momento al Papa, que me había preparado rosarios bendecidos para traer y un regalo para mi madre. Me llamó para disculparse porque no tenía tiempo material y entonces me fui a verlo a un retiro que daba a los sacerdotes en San Juan de Letrán. Hago un excurso: esto del tiempo material en el papa es real. Hay veces que uno no tiene tiempo sicológico, que no le da para atender a una persona más o hacer otra tarea. Por lo que he visto en este tiempo Francisco se brinda sin guardarse nada y si a uno no lo ve en medio de la multitud es porque solo tiene dos ojos y está mirando al de al lado. Cuando lo veo entre la gente me da la impresión del Señor yendo a la casa de Jairo que se detiene con la hemorroisa, el tiempo que ella necesita para confirmarse en la fe, y luego sigue. Ni le dice ahora no puedo porque tengo un milagro más importante, ni se detiene demás a atender a la gente que “se aviva” que puede tocarle el manto… Volviendo al retiro del Papa…; como no me había inscripto por mail, pedí entrada solo para ese día y la llamé a una amiga que estaba adentro, en la organización, para que me viniera a buscar y así poder estar más cerca. Pero como llegué sobre la hora ella ya estaba recibiendo al Papa que entraba por un costado de la Basílica en ese momento, así que quedé entre la multitud de curas. Me fui colando de a poquito hasta estar casi en primera fila por donde pasaba, pero lo apretaban por todos lados y no me vio. Al ver que se me iba, me fui por detrás y le toqué la espalda con un saludo. Quedé medio desilusionado pero después me acordé de este pasaje y me llenó de alegría.

Ayer, saludando a los que hacen fila a la mañana para entrar al Hogar, se me completó la parábola. Después de misa fuimos caminando con Susana, como hacíamos siempre, y el saludo verbal a los de la fila esta vez fue con apretón de manos. Como el primero me dio también un beso, fue con abrazo y beso a los demás. Me emocionó uno que me abrazo, me dio un beso, luego me alejó un poco para mirarme a los ojos mientras me tenía la mano y me dijo: padre Diego, ¡un saludo… profundo! Eso le salió:  un saludo profundo. Me quedó resonando todo el día y se lo contaba a Juan que como le encantó, enseguida dijo riendo: con eso podés escribir una contemplación (como que yo escribo una contemplación con cualquier cosa…; lo cual es motivo de cargadas y a la vez un elogio muy lindo y “profundo”, porque el evangelio es una colección de detalles de Jesús, no?). Un saludo profundo. Comentábamos que no es un adjetivo habitual para saludo. Un dice un saludo cordial o un saludo cariñoso… Como que el saludo es pasaje: introducción para un encuentro, que puede ser profundo, o despedida que, si es de una persona querida que se va por un tiempo largo, hace que el saludo sea con un abrazo más estrecho. Pero nadie lo explicita. Nadie, salvo alguien que es pobre y no tiene muchas oportunidades de charlar con el cura. Lo ve pasar estando él en la fila, lo ve en medio de las tareas…, y sólo tiene un momento –como la hemorroisa-. Y lo aprovecha. Y dice esa frase que, en medio de tantísimas expresiones de cariño que un escucha, se queda grabada como un evangelio en lo profundo del corazón. Porque hay que ser también, además de humilde, muy simple y de  verdad sentir un cariño profundo, para animarse decirle a otro que uno le está dando un saludo profundo.

Estas personas que tocándonos el manto nos tocan el corazón, nos enseñan a actuar con Jesús. Van juntas las dos cosas: saber tocarle el manto a Jesús, con el deseo de que se de cuenta y nos atienda, y sentir cuando alguien nos toca apenas el manto para hacernos prójimos en el momento y no pasar de largo. Tocar el manto es mirar a los ojos hasta que uno hace contacto, es detenerse un momento más hasta que el otro siente que nos acompasamos a su tiempo, es acercarse a la situación hasta que el otro siente que entramos en el espacio donde habita y siente… Jesús nos enseña a hacerlo en medio de una ciudad y entre la gente. La hemorroisa y Jairo, que lo van a buscar e interactúan con él, Jairo llevándolo a su casa, la mujer haciéndose notar apenas con un leve tironcito, nos enseñan a cultivar deseos profundos de encuentro en nuestra oración, de modo que, cuando se da la oportunidad, nosotros estamos con todos los sentidos despiertos para “comunicarnos con Jesús”. En una fe que brota de este amor y a la que Jesús cuida con mucha determinación. Valorándola: Mujer, tu fe te ha sanado. Y defendiéndola: Vos no temas, basta que tengas fe.

Los dejo aquí con un saludo profundo.

Padre Diego

 

 

 

 

Laudato si

Un día, al atardecer, dijo Jesús a sus discípulos: —«Vamos a la otra orilla.» Dejando a la gente, se lo llevaron en barca, como estaba; otras barcas lo acompañaban. Se levantó un fuerte huracán, y las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua. Él estaba a popa, dormido sobre un almohadón. Lo despertaron, diciéndole: —«Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?» Se puso en pie, increpó al viento y dijo al lago: —«¡Silencio, cállate!» El viento cesó y vino una gran calma. Él les dijo: —«¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aun no tenéis fe?» Se quedaron espantados y se decían unos a otros:  —«¿Pero quién es éste? ¡Hasta el viento y las aguas le obedecen!»  (Mc 4, 35-40).

 

Contemplación

Con la alegría de la Encíclica de Francisco, Laudato Si, comenzamos la contemplación mirando al Jesús que calma la tormenta y le decimos, junto con todas las criaturas: Alabado y Bendecido seas, mi Señor.

Jesús encarna a ese Dios misterioso que le hablaba a Job desde la tormenta. Se le había revelado, en medio de sus clamores y sufrimientos, como el Dios que pone un límite al mar. Le decía:

—«¿Quién cerró el mar con una puerta, cuando salía impetuoso del seno materno, cuando le puse nubes por mantillas y nieblas por pañales, cuando le impuse un límite con puertas y cerrojos, y le dije: “Hasta aquí llegarás y no pasarás; aquí se romperá la arrogancia de tus olas”?»

Pero era un Dios demasiado grande, demasiado poderoso. Un Dios al que no se le podía ver el rostro sin morir.

Jesús, su Hijo amado, nos lo volvió cercano. Un Dios que duerme en nuestra barquita…

El sentimiento con el que podemos rezar hoy nos lo da el salmo 106: Damos gracias al Señor porque es eterna su misericordia.

El Papa nos invita a mirar la creación con la ternura del Padre que ama todo lo que ha creado. Uno puede “ascender de las obras creadas a su Misericordia amorosa” (LS 77).

Una de las cosas más conmovedoras de “Alabado seas”, es el cariño con que nos hace ver la “relación íntima entre los pobres y la fragilidad del planeta”. La imagen de la tierra –“nuestra Casa común”- es la de un ser frágil, necesitado de cuidado, como los seres humanos más pobres y pequeños.

Francisco le pone rostro a la ecología: el rostro de los pobres, que es el Rostro de Cristo. Así, la belleza del Universo, que es terrificante al mismo tiempo que gloriosa, adquiere el Rostro de Cristo y eso ayuda a que cada hombre encuentre su puesto de servicio en el planeta. No estamos abandonados como los apóstoles y los inmigrantes en un barcón a merced de las tormentas del mar. Jesús duerme en nuestra barca, sobre un almohadón, y El es alguien a quien hasta el viento y el mar le obedecen.

Así la Encíclica nos devuelve el rostro cristológico de la tierra: la creación es de Cristo y “lo que es de Cristo –como dice Pablo- es una creatura nueva”. La creación, gracias a la Eucaristía, se transforma en ofrenda para convertirse en Cuerpo de Cristo.

Y a nosotros nos renueva y amplía la misión. La frase del Señor: “Lo que le hiciste al más pequeño de mis hermanos, a mi me lo hiciste”, se extiende a todos los seres creados, al hermano sol y a la hermana agua, al hermano viento y a nuestra hermana madre tierra, como nos enseñó san Francisco.

Así, contemplando al Señor Jesús en todas las cosas, como quería Ignacio, nos descubrimos distintos: no consumidores de un mundo que “se consume”, sino servidores de una creación que clama por nuestra ayuda, que nos necesita para mantenerse y desarrollarse y dar gloria a su Creador con nuestra voz.

Podemos sentir con Pablo cómo “nos apremia el amor de Cristo”. Nos apremia a amar a los pobres y al planeta, a cuidar de ambos con la misma pasión.

El Papa nos dice que:“No se trata de hablar tanto de ideas, sino sobre todo de las motivaciones que surgen de la espiritualidad para alimentar una pasión por el cuidado del mundo”.

“Porque no será posible comprometerse en cosas grandes sólo con doctrinas sin una mística que nos anime, sin « unos móviles interiores que impulsan, motivan, alientan y dan sentido a la acción personal y comunitaria»” (LS 216).

Esta mística de “conexión  con el propio cuerpo, con la naturaleza y con las realidades de este mundo” es propiamente cristiano.

Con esta mística, podemos ver con ojos nuevos pasajes del evangelio como el de hoy. Jesús calma la tormenta no para “pasar a otra cosa”, como si el hecho fuera anecdótico y exclusivo suyo. Las capacidades tecnológicas que hoy tenemos las podemos poner al servicio de tareas como “calmar los vientos y poner límite al océano”. En vez de “dominar la tierra” como si fuéramos sus dueños, nos podemos “enseñorear” de ella, sirviéndola para calmarla, ordenarla, limitar sus descontroles, mejorar sus potencialidades.

La clave está, antes que nada, en sentirnos creaturas –iguales a todas las demás en nuestra pobreza más radical, la de recibir la existencia de manos de Otro, de nuestro Padre Creador.

Luego, con esta alegría y hermandad creatural, la otra clave está en sentirnos servidores, como Cristo, que siendo Dueño se hizo servidor. Servidor de su propia creación.

No es que tengamos que servir porque no somos los patrones sino los empleados. Servir es una actitud libre que nace del Amor, es una actitud gozosa, no algo de lo que uno se tiene que librar para luego dominar. Es un gozo para el amigo servir a sus amigos, para la madre servir a su familia, para el que trabaja servir a su empresa y a su patria.

El Señor que calma la tormenta es el mismo que transforma el agua en vino y con saliva y barro abre los ojos al ciego; es el mismo que se enoja con la higuera que no da frutos y se alegra de que los lirios del campo se vistan de hermosura y de que los pajaritos encuentren alimento. Sabe distinguir lo que es trigo de lo que es cizaña y también sabe esperar los tiempos de la naturaleza antes de intervenir. Conoce la sicología de las ovejas, de los lobos, de las palomas y de las serpientes y sabe cómo se mueven los cardúmenes en el lago. Conoce el tiempo, cuándo va a llover y es Hijo del Dios que hace salir el sol y da la lluvia a malos y buenos.

El contacto del Señor con la naturaleza está integrado con la vida social y espiritual de su pueblo. Es por este lado que va la invitación del papa en su Encíclica: por el lado de una ecología integral, que cuide el ambiente, a los pobres, las culturas y las instituciones sociales y políticas y la espiritualidad.

Terminamos hoy con las dos hermosas oraciones con que Francisco termina su Encíclica. El la califica de “dramática y gozosa”. Creo que podemos agregar: clara, fresca, descontaminante, positiva, sabia, linda, alegre y comprometedora. Una Encíclica que no solo habla de ecología sino que es ecológica.

Oración por nuestra tierra

Dios omnipotente,

que estás presente en todo el universo

y en la más pequeña de tus criaturas,

Tú, que rodeas con tu ternura todo lo que existe,

derrama en nosotros la fuerza de tu amor

para que cuidemos la vida y la belleza.

Inúndanos de paz, 

para que vivamos como hermanos y hermanas

sin dañar a nadie.

Dios de los pobres,

ayúdanos a rescatar

a los abandonados y olvidados de esta tierra

que tanto valen a tus ojos.

Sana nuestras vidas,

para que seamos protectores del mundo

y no depredadores,

para que sembremos hermosura

y no contaminación y destrucción.

Toca los corazones

de los que buscan sólo beneficios

a costa de los pobres y de la tierra.

Enséñanos a descubrir el valor de cada cosa,

a contemplar admirados,

a reconocer que estamos profundamente unidos

con todas las criaturas

en nuestro camino hacia tu luz infinita.

Gracias porque estás con nosotros todos los días.

Aliéntanos, por favor, en nuestra lucha

por la justicia, el amor y la paz.

 

Oración cristiana con la creación

Te alabamos, Padre, con todas tus criaturas,

que salieron de tu mano poderosa.

Son tuyas,

y están llenas de tu presencia y de tu ternura.

Alabado seas.

Hijo de Dios, Jesús,

por ti fueron creadas todas las cosas.

Te formaste en el seno materno de María,

te hiciste parte de esta tierra,

y miraste este mundo con ojos humanos.

Hoy estás vivo en cada criatura

con tu gloria de resucitado.

Alabado seas.

Espíritu Santo, que con tu luz

orientas este mundo hacia el amor del Padre

y acompañas el gemido de la creación,

tú vives también en nuestros corazones

para impulsarnos al bien.

Alabado seas.

Señor Uno y Trino,

comunidad preciosa de amor infinito,

enséñanos a contemplarte

en la belleza del universo,

donde todo nos habla de ti.

Despierta nuestra alabanza y nuestra gratitud

por cada ser que has creado.

Danos la gracia de sentirnos íntimamente unidos

con todo lo que existe.

Dios de amor,

muéstranos nuestro lugar en este mundo

como instrumentos de tu cariño

por todos los seres de esta tierra,

porque ninguno de ellos está olvidado ante ti.

Ilumina a los dueños del poder y del dinero

para que se guarden del pecado de la indiferencia,

amen el bien común, promuevan a los débiles,

y cuiden este mundo que habitamos.

Los pobres y la tierra están clamando:

Señor, tómanos a nosotros con tu poder y tu luz,

para proteger toda vida,

para preparar un futuro mejor,

para que venga tu Reino

de justicia, de paz, de amor y de hermosura.

Alabado seas.
Amén.

 

No defenderse, dejarse llevar

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En aquel tiempo decía también Jesús a la gente…

Así sucede con el reino de Dios como con un labrador que hecha semilla en la tierra; duerma o se levante, de noche o de día, el grano brota y crece, sin que él sepa cómo. La tierra da el fruto automáticamente: primero los tallitos de hierba, luego la espiga, después el trigo pleno en la espiga y cuando el fruto está a punto se mete la hoz porque ha llegado la siega.

Decía también: ¿a qué compararemos el reino de Dios o con qué parábola lo expresaremos? Con el reino sucede como con un grano de mostazas que cuando se siembra en la tierra es más pequeño que cualquier semilla que se siembra en la tierra, pero una vez sembrado crece y se hace mayor que todas las hortalizas y echa ramas tan grandes que las aves del cielo pueden anidar a su sombra.

Y les anunciaba la Palabra con muchas parábolas como éstas, acomodándose a su capacidad de entender y no les hablaba sino en parábolas, pero a sus propios discípulos se lo explicaba todo cuando estaban entre ellos (Mc 4, 26-33).

Contemplación

Nuestra Iglesia del Gesù, la Iglesia madre de todas las iglesias de la Compañía, está dedicada al Corazón de Jesús. Hay dos imágenes, la del altar mayor –de serena grandeza-, que sólo se muestra durante el mes de junio, y la que está en la Capilla lateral. La grande me encantó siempre (quizás porque no la exponían todo el año): es un Jesús reconcentrado, que atrae hacia sí a todos con su mansedumbre llena de majestad. De la otra no me gusta mucho el rostro imberbe del Señor, pero el Corazón está ofrecido en un solo gesto: el de su mano derecha, llagada, y en el de su mano izquierda que se adelanta a darlo entero y vivo.

El evangelio de hoy ilumina el modo de darse del Señor, que es como el de quien se siembra. Un darse desplegado a lo largo de toda mi vida, con algunos momentos puntuales, de los que tengo más conciencia –la primera comunión, los ejercicios del Noviciado, la ordenación…-, pero sostenido a lo largo de ese proceso de vida que narra la parábola: el Señor me ha dado su corazón: “como un labrador que hecha la semilla en la tierra, y mientras yo dormía o me levantaba, de noche o de día, ese grano de trigo, es Corazón brotó y creció, sin que yo supiera cómo. Y da fruto”. El caminito que indica la parábola –con mucha sencillez- es el de los frutos. Hey, tomá conciencia. Si has dado fruto es que Él sembró. Y no una semilla como otras, sino su Corazón. La imagen del Corazón es muy fuerte y tiende a “cosificarse”. Uno la gusta cuando vive la experiencia de alguien que se le entrega y confía y usa las palabras “de corazón”. Pero el corazón está oculto en el pecho y, si en ciertos momentos se hace notar, es para volver luego a lo íntimo, que es donde trabaja a gusto. El corazón a veces late un poco más fuerte, pero para que uno sepa que está latiendo siempre, acompasadamente. Y si es sanador conectarse con el propio corazón –mirar sintiendo, pensar discerniendo las mociones que inquietan de las que dan paz, imaginémonos por un momento lo sanador que es conectarnos con el Corazón de alguien como Jesús. El primer sentimiento que me viene es de frenar un poco (por miedo). Las ideas comunes: “debe andar a mil”, “debe estar muy ocupado”… Basta ponerle palabras para que se disuelvan. “Vengan a mi, que soy manso y humilde de corazón”. Nada más acompasado y “desocupado” que el corazón del Señor. Ahí sí que cabemos todos. El universo con sus miles de millones de galaxias puede compararse con la expansión de uno sólo de sus latidos, y el primer latido del corazoncito de un bebé, es idéntico al Suyo, en el instante en que quiso comenzar a latir junto al Corazón de su Madre. No hay que tenerle miedo ni demasiado respeto. Debería darnos miedo “pensar” como Dios, no “sentir” como Él. Y sin embargo… Hay gente que dice: Dios dijo esto y Dios piensa aquello. Toman dos palabras de la Biblia y algo de algún concilio y se creen que ya saben cómo piensa Dios. Esto es un despropósito. Como uno vive dentro de sus pensamientos y experimenta la capacidad expansiva de las ideas, se suele entusiasmar. Pero basta salir a la calle y escuchar un poco a la gente para darse cuenta de que cada uno piensa lo mismo de sus ideas y de las de su grupo y le resultan iguales o mejores que las ideas de uno. Pero esto no hay que explicarlo mucho. El que racionalmente no juzga que sus ideas son limitadísimas (aunque use las del evangelio y las de los dogmas) para iluminar la realidad, no hay con qué darle. De las ideologías y los dogmas sólo se sale por propia decisión. El número de cabezazos contra la pared que requiere depende del gusto y de la resistencia (de tú cabeza, se entiende).

Sentir como siente el Señor…

Otra tentación viene de la idea de que “ya sé lo que me va a pedir”. “Claro que sería lindo sentir como Él, pero entonces ya está, tengo que cambiar completamente y ya se que eso no va a ser…”

Es notable la cantidad de frases que uno puede decir para atajarse. “Tengan los sentimientos de Jesús”, nos dice Pablo, y agrega: “que siendo Dios se hizo hombre…, por Amor”. El primer “sentimiento” (dice la canción) es que “El no defendió su igualdad con Dios…” No defenderse. Para sentir no hay que defenderse. Sentir es expandirse, dejarse llevar. No defenderse. No se te pide que “hagas lo que Jesús dice” sino que primer “sientas lo que su Corazón siente”. El sentir no se discute porque no es una “idea”, que se construye, sino una respuesta real de un corazón a la realidad, a lo que pasa. Los sentimientos se respetan porque uno ve que cada uno responde con lo que es, con su sensibilidad, con su historia, con su carácter… a algo que sucede. Puede ser que uno le haga ver a otro que un sentimiento es exagerado o pobre, pero el proceso para que el corazón del otro se adecue mejor a esa realidad no es como el de las ideas. Una idea se puede cambiar en un instante. Un modo de sentir no. Lleva tiempo. La adecuación de la mente a la verdad es como la del ojo a la luz y a las formas: se adecuan casi instantáneamente. La adecuación de los sentimientos a la Bondad lleva más tiempo. A un niño sí, le basta una sonrisa para sentir lo mismo que siente con la de su mamá; le basta que le ofrezcan un chocolatín para sentir que puede acercarse. A los grandes nos hace falta un poco más. Tantas desilusiones nos llevan a tenerle miedo a la Ternura de Dios, como nos decía ayer el Papa Francisco en el retiro mundial de Sacerdotes. Le tenemos miedo a la Ternura del Corazón del Señor. Nos da miedo lo que sentimos y lo frenamos, le metemos ideas raras…

Y lo que se nos ofrece es que “sintamos” un rato lo que siente el Señor, cómo siente el Señor.

Hay que ir de a poco y comenzar por sus sentimientos más simples.

Qué sentía ante la Virgen, su Madre, y ante San José. El cariño de Jesús al ver a su madre lavando la ropa, ordenando la casa… El orgullo de Jesús al ver a San José trabajando, al pasear de su mano por el pueblo. No es difícil conectarse con los sentimientos del Niño Jesús. Eran espontáneos como los nuestros, de admiración y puertas abiertas totalmente, como los de todo niño pequeñito, que se deja moldear por los sentimientos de sus papás. Quizás la única diferencia es que el Señor conserva durante toda su vida este corazón de niño. Y por eso lo recomienda. Pero no es difícil conectarse con esos sentimientos porque todos los hemos tenido. Y si luego nos volvimos desconfiados o duros, es sobre la base de una confianza defraudada y de una ternura agredida.

Luego se puede pasar a los sentimientos del Señor con la gente sencilla y buena. Nosotros también “sentimos bien” de la gente simple. Aunque uno sea un complicado cuando ve a la viuda poniendo sus dos moneditas siente que eso está bien; y cuando Jesús cuenta cómo se alegró el pastor con su ovejita y cómo se compadeció el samaritano con la víctima de la agresión de los ladrones también “siente bien”. Esas parábolas son “escuela de sentimientos”. Son ejemplos de bondad en los que uno puede “sentir bien” sin peros. No dejan lugar a dudas ni a ideas raras. El buen pastor se alegró de verdad y uno se puede alegrar con él. La parábola de la alegría del Padre misericordioso supone otros pasos. Allí uno puede sentir como el hijo resentido. En cambio no hay un pastor resentido que diga “cómo se alegra este con esa oveja de m…”. Ver la oveja recuperada es digno de alegría. Porque las ovejas son inconscientes. Es uno que las pierde y uno el que las recupera. En cambio los hijos son bien conscientes y la alegría tiene que ser de a dos y de a tres. Es más compleja. Lo mismo sucede con la parábola del buen samaritano. Ante el herido no hay opción. El bien es un solo: ayudarlo sí o sí. No es como la parábola de la invitación al banquete de bodas. Ahí uno puede decir que tiene otras cosas que hacer. Que está linda la fiesta pero hay deberes y otras celebraciones… Es más compleja la cosa. Pero con el que ayuda al herido todos podemos “sentir pura compasión” y dejarnos modelar el corazón por ella.

Como vemos, “sentir” con el Corazón de Jesús es una tarea de toda la vida. Hay mucho para crecer. El lenguaje del amor nace en la fuente de los sentimientos, en el corazón, y de esta fuente brotan aguas vivas con infinitos matices de intensidad y caudal. Se puede sentir a sorbitos y a borbotones y llega el día en que uno se quiere tirar al Río de Agua viva que brota del Corazón de Cristo y nadar en Él y hacer la plancha y navegar mar adentro y “saltar como una fuente que salta al Cielo”.

Del Corazón como semilla vinimos a parar al Corazón como fuente. Suele pasar si uno se deja llevar por los sentimientos de Jesús.

Padre Diego sj

Bebamos su Sangre, no sea que nos envilezcamos

Corpus 2015

“El primer día de la fiesta de los Panes Ácimos, cuando se inmolaba la víctima pascual, los discípulos dijeron a Jesús:

─ ¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la comida pascual?

El envió a dos de sus discípulos diciéndoles:

─ Vayan a la ciudad; allí se encontrarán con un hombre que lleva un cántaro de agua. Síganlo y díganle al dueño de la casa donde entre: ‘El Maestro dice: ¿dónde está mi habitación de huésped, en la que voy a comer el cordero pascual con mis discípulos? El les mostrará una gran sala en el piso alto, arreglada con almohadones y ya dispuesta; prepárennos allí lo necesario”.

Los discípulos partieron y, al llegar a la ciudad, encontraron todo como Jesús les había dicho y prepararon la Pascua.

Mientras estaban comiendo, Jesús tomó el pan habiendo bendecido lo partió y lo dio a sus discípulos diciendo:

─Tomen y coman, esto es mi Cuerpo.

Y habiendo tomado un cáliz y dado gracias se lo dio y bebieron de él todos. Y les dijo:

─ Esta es mi Sangre de la Alianza, que es derramada por muchos. En verdad les digo que no beberé más del fruto de la vid hasta el día en que beba el vino nuevo en el Reino de Dios” (Mc 14, 12-26).

Contemplación

En la misa del Corpus el Papa Francisco tomó las palabras de San Agustín: “Coman el vínculo que los mantiene unidos, no sea que se disgreguen; beban el precio de su redención, no sea que se desvaloricen” (Sermón 228 B).

Al escucharlas de nuevo, como en el Corpus de 2011 en Bs. As., esta vez me llamó la atención la segunda advertencia de Agustín: beban el precio de su redención, no sea que se vuelvan “viles”.

Envilecerse es la palabra, que viene del latín, y tiene dos significados. Uno es económico y se puede traducir como “devaluarse”. Recordar el precio de la sangre con la que fuimos comprados nos hace tomar conciencia de nuestro valor en impide que nos devaluemos. El mundo valora a las personas sobre todo por su capacidad de producir. De última, hasta una fama ganada con méritos, se “infla” o se “devalúa” según algunos tengan capacidad para obtener frutos económicos de la persona famosa.

La inflación es cuantitativa: el dinero vale menos si se emiten más billetes; pero no hay que dejar de lado este sentido cuantitativo. Puede resultarnos claro pensar que la Sangre del Señor es la moneda fuerte. Cómo los dólares o el oro que uno pueda tener guardados. El punto es que la Sangre del Señor no hay por qué tenerla guardada: el Señor nos la da como bebida espiritual para beberla cada día. San Ignacio, teniendo en cuenta esto, recomendaba mirar a las personas como bañadas en la Sangre del Señor, para que brillara su valor: el valor infinito de cada persona.

Quizás a alguno pueda parecerle excesivo y sin embargo no lo es. Es más, hace falta este exceso para contrapesar la desvalorización constante del mundo a la inmensa mayoría de las personas. Uno mismo termina por considerarse en muchos aspectos como una moneda sin mucho valor, como nuestro devaluado peso argentino, que cada diez años sufre una devaluación considerable.

La Eucaristía es “viático”, vino y pan de calidad, para el camino. Por eso, comulgar es como si uno saliera a la calle con una moneda valiosa no para “comprar cosas” sino para intercambiar relaciones interpersonales de calidad por el camino.

Ayer, una nueva amiga, que por veinte años ha trabajado en el Poliambulatorio de la Caritas de Roma, en la atención sanitaria de los inmigrantes y de las personas en situación de calle, en su último día como directora médica, me mostró el trabajo que hacen, similar en todo al trabajo del Hogar. Ella hacía hincapié en cómo fueron creciendo en organizar cada vez con más calidez humana la acogida de las personas, para que no se sientan “desvalorizadas” por un ambiente frío o distante, impersonal, sino todo lo contrario. Y a partir de esa acogida, surgen muchos caminos de recuperación. La cuestión es que la amistad nació de una charla ocasional, en un ascensor del Vicariato de San Juan de Letrán y en un Bus en el que ella y otra amiga me guiaron para volver a casa, luego de hacer los trámites para el “carnet” de sacerdote que permite “celebrar” – el Celebret, como se llama-. Cruzamos dos palabras y al hablar de la gente con la que trabajábamos, la charla se volvió “valiosa”.

Caigo en la cuenta de que en mis primeros días en Roma todas las relaciones eran nuevas y la calidad de vínculos que establecí con la gente que trataba por primera vez fue bastante especial. Con el paso de los días, la rutina tiende a “depreciar” las relaciones y se instala un “a este ya lo conozco”, “esta ya sé de qué trabaja”, “aquel es fulano…”.

En el evangelio de ayer, el Señor le decía a la gente –imagino que con una sonrisa pícara-: “Qué curioso, no?. Los escribas dicen que el Mesías será un hijo de David y sin embargo en la Escritura, David lo llama “su Señor”.

Era como que el Señor, que es la Humildad en Persona, aquí “vende un poco de imagen” para que la gente lo valore y se de cuenta de quién es el que tienen delante. Con la Eucaristía pasa eso, de tan humilde que es el signo, uno tiende a no sentirlo tan importante.

Pero pensemos por un momento que nuestro Dios podría habernos dejado como viático otra “cosa”, “algún alimento especial”…, no hacía falta que nos dejara su propio Cuerpo y su Sangre bendita. Sin embargo no fue así. Es que en Él todo es personal: nos atiende Dios en Persona, no un empleado importante. Nos da su Cuerpo, no algún producto angelical o celestial.

Envilecerse o desvalorizarse tiene también un sentido “no económico”, más afectivo. El envidioso, dice el diccionario, tiende a “envilecer” a los demás. No sólo quitar valor sino envilecer. Hay una forma de “rebajar” o ningunear, como decimos, que consiste en ignorar o menospreciar. Pero hay otra que va más allá y que es, propiamente, algo vil, fruto de bajeza. La envidia, como dice un amigo, es el único pecado que no se goza, porque amarga al envidioso al mismo tiempo que rebaja al envidiado. Es un pecado verdaderamente demoníaco: “por envidia entró el demonio en el mundo”. Habiendo sido creado ángel de luz, Luzbel envidió a Cristo y se “oscureció”, se envileció. Su venganza es “envilecernos” a nosotros, haciéndonos sentir viles por nuestros pecados. Por eso el Señor cuida tanto a los pecadores y perdona todo, para que uno no se envilezca, para que uno no pierda la autoestima, todo lo que vale como hijo amado, como amigo redimido.

La Eucaristía es El remedio contra este envilecerse.

Por eso es tan importante buscar la manera de que todos podamos comulgar, porque si no nos vamos “desvalorizando”, sintiéndonos de segunda. Y de este sentirnos menos pasamos al “total que le hace una mancha más al tigre”. Y una vez que nos sentimos “despreciables”, es poco lo que podemos hacer por los demás. Esta es la táctica del demonio.

La de Jesús, en cambio, es hacernos sentir cuánto nos estima, qué valiosos somos a los ojos del Padre, cómo con su Espíritu podemos andar alegres y fuertes, qué confianza nos tiene que nos confía sus dones: su evangelio, el perdón, los sacramentos…

Dice el Papa: “Y ¿qué significa hoy para nosotros “depreciarse”, o sea “aguar” nuestra dignidad cristiana? Significa dejarnos corroer por las idolatrías de nuestro tiempo”.

¿Cuáles cita el Papa?:

“el aparecer,

el consumir,

el yo al centro de todo;

pero también el ser competitivos,

la arrogancia como actitud vencedora,

el no querer jamás admitir que nos hemos equivocado o que tenemos necesidades”.

“Todo esto nos envilece, nos vuelve cristianos mediocres, tibios, insípidos, paganos”.

Fijémonos bien las “idolatrías” que señala el Papa.

No habla de los pecados de los que habitualmente nos confesamos todavía los cristianos: las broncas, los enojos, las impurezas sexuales, las faltas de caridad y de oración… Esos son pecados, pero que ya están “discernidos” y no son ídolos, no son “diocesitos” que nos exigen culto. Si pecamos en eso, la conciencia nos lo reprocha.

Podemos probar a confesarnos también las idolatrías actuales:

busqué aparecer yo,

ando siempre buscando qué consumir,

estoy en el centro de todo: yo hice, yo no hice, yo estuve bárbaro, yo estuve pésimo…, yo tengo la culpa, yo merezco otra cosa…

Soy competitivo, en lo que no me interesa no, pero en lo mío propio, con los que me comparo como mis pares, soy competitivo y doy codazos.

Soy arrogante, cuando tuve razón o gané, lo dejo bien clarito. Guardo memoria de mis “yo tenía razón” pasadas.

No me gusta admitir que me equivoqué y tampoco que tengo necesidades. No me gusta pedir. Si no me dan, me distancio…

Diría que “otras cosas son sólo pecados” estas, además, son vilezas. Y el discernimiento de Francisco es que las “vilezas” son propias del demonio y van contra la Carne de Cristo, contra la Eucaristía.

Fijémonos, por ejemplo, en la conexión entre “ser un consumidor” y “no comulgar”. Justamente de aquello de lo que tenemos que ser consumidores, no de manera figurada sino literal -“Tomen y coman, consuman!”-, de eso nos apartamos vilmente y andamos consumiendo cosas de menor calidad.

El poner nuestro yo en el centro de todo y querer aparecer nos envilecen, precisamente, porque el Señor mismo es quien nos pone en el centro de todo su amor. La Eucaristía es un momento en el que Él se abaja y nos pone en el centro a nosotros, Él se hace alimento para que Yo lo coma!!!

Decididamente, la tentación del demonio contra la Eucaristía, como signo del amor de Jesús, no va por el lado de hacernos “malos” sino “viles”.

Esto también tiene que ver con la concepción de que la comunión es “premio para los buenos”. El Papa dice: “La Eucaristía no es un premio para los buenos, sino la fuerza para los débiles, para los pecadores. Es el perdón, es el viático que nos ayuda a andar y a caminar”.

Es lo que está en discusión hoy en día, con respecto a quiénes pueden comulgar y quiénes no.

Si ponemos la discusión en clave de “envilecer” podemos ver que están los que temen que se “envilezca” el sacramento, si se permite comulgar a algunos, y los que temen que se “envilezcan” los cristianos (divorciados, por ejemplo), si se los excluye a todos de la comunión sin tener en cuenta cada caso.

¿Cómo se hace, dicen unos, para no “cambiar la doctrina” que dice que “en pecado mortal no se puede comulgar sin antes confesarse y cambiar la situación de pecado”?

¿Cómo se hace, dicen otros, cuando hay situaciones que no tienen vuelta atrás, para poder vivir y crecer en la fe sin comulgar, sin la ayuda del viático?

Se pueden santificar igual, dicen los primeros. Hay otros medios: la oración, ir a misa, la comunión espiritual…

Entonces la comunión sacramental no es tan esencial, dicen los segundos.

….

Puede ayudar una reflexión en la que todos los que discutimos el tema tomemos conciencia de la intención de fondo del Sacramento: que no nos disgreguemos (la unidad de los discípulos del Señor) y que no nos envilezcamos (nuestra dignidad). De última: que todos recibamos la Salvación del Señor, su gracia y su vida.

Para no “desvalorizar” la Eucaristía ni desvalorizarnos a nosotros mismos, lo primero, creo, es caer en la cuenta de que el Señor, si nos quería “alimentar”, podría habernos dado otro alimento. Algo especial, pan del cielo, un nuevo maná, algo que nos diera su gracia santificante. Pero optó por darse a sí mismo como alimento: su Cuerpo y su Sangre.

Esto es para decir que la relación personal con el Señor “no se puede manchar”, él entraba en casa de pecadores y comía con ellos, los santificaba con su presencia, los movía a cambiar de vida. No es que primero les pedía que se convirtieran y después iba a su casa a comer.

La Eucaristía no es un “objeto”, sino sacramento de la presencia real de una Persona. Y en las relaciones personales las “situaciones” y los “tiempos” se regulan primero desde adentro y después, en la medida de lo posible, desde afuera.

En su familia, un padre, puede juzgar el proceso que vive su hijo en términos de “vida o muerte” y no en términos de una justicia más exterior.

Es lo que sucede en la parábola del hijo pródigo. El mayor se escandaliza porque le parece injusta la situación. Su hermano primero tendría que restituir lo gastado, para volver a una situación de igualdad con él. El Padre en cambio pone la cosa en términos de vida y muerte: mi hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida. Por eso celebra un banquete de comunión.

Este juzgar en términos de vida y muerte (y no sólo en términos de una situación que se extiende en el tiempo y tiene visibilidad social, como es el matrimonio) el derecho canónico también lo utiliza cuando permite “confesar válida y lícitamente a cualquier penitente que esté en peligro de muerte de cualquier censura y pecado” (CDC 976); y también cuando obliga a dar la comunión: “se debe dar el viático a los fieles que, por cualquier motivo se hallen en peligro de muerte” (CDC 921.1).

También valora el Derecho la conciencia de la persona como norma última cuando dice que “si uno tiene conciencia de un pecado grave, no comulgue sin antes confesarse. Pero “por un motivo grave”, si no se puede confesar uno puede comulgar teniendo presente que “está obligado a hacer un acto de contrición perfecta”, que incluye el propósito de confesarse cuanto antes”(CDC 916).

A propósito dejo como está la formulación llena de “no se puede” y “está obligado”. Y lo hago para destacar el contenido, que se puede formular también de manera positiva: “si uno tiene conciencia de que ha recibido la gracia de desear con un amor pleno el Pan de la casa de su Padre y eso lo lleva a hacer un acto de contrición perfecta, en el que se arrepiente de todo lo malo que ha hecho en su vida, está obligado volver a la casa del padre pensando en cómo le confesará su pecado. Y el Padre que ve volver a este hijo está “obligado” a hacerle fiesta de perdón (con abrazos y sin dejarlo hablar mucho) y banquete de comunión. Después verán cómo hacer para arreglar “los líos que desató la situación” y a reparar lo mejor posible todo el entramado social.

Con este espíritu es que se deben “volver a tratar” todos los temas sobre la comunión y el matrimonio, de manera que surjan planteos que expresen la doctrina de siempre en este nuevo contexto social, que es inédito.

“Jesús – dice el Papa- ha derramado su Sangre como precio y como baño sagrado que nos lava, para que seamos purificados de todos los pecados: para no disolvernos, mirándolo, saciándonos de su fuente, para ser preservados del riesgo de la corrupción. Y entonces experimentaremos la gracia de una transformación: nosotros siempre seguiremos siendo pobres pecadores, pero la Sangre de Cristo nos librará de nuestros pecados y nos restituirá nuestra dignidad. Sin mérito nuestro, con sincera humildad, podremos llevar a los hermanos el amor de nuestro Señor y Salvador. Seremos sus ojos que van en busca de Zaqueo y de la Magdalena; seremos su mano que socorre a los enfermos del cuerpo y del espíritu; seremos su corazón que ama a los necesitados de reconciliación y de comprensión.

De esta manera la Eucaristía actualiza la Alianza que nos santifica, nos purifica y nos une en comunión admirable con Dios”.

Diego Fares sj

Con el color de la Trinidad

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Por su parte, los once discípulos partieron a Galilea,

al monte que Jesús les había indicado.

Cuando vieron a Jesús se postraron para adorarlo;

aunque algunos todavía dudaban

Jesús se acercó a ellos y les habló así:

‘Me ha sido dada toda autoridad en el cielo y en la tierra.

Vayan, pues, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos

Bautícenlos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo,

y enséñenles a cumplir todo lo que Yo les he encomendado.

Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin de la historia’ (Mt 28, 16-20).

Contemplación

Preámbulos para la contemplación

Me gusta la traducción de la Biblia Latinoamericana. Porque habla de autoridad y no de poder (los romanos distinguían el poder de dominio –por el solo hecho de ejercer un cargo- y el de autoridad –por mérito propio- y lo que Jesús quiere ejercer es su autoridad, por habérsela ganado y no un mero dominio por la fuerza).

También habla de los pueblos y no simplemente de la gente, que es más anónimo. Los pueblos, como dice Francisco, tienen un corazón: su cultura común a la que aman, la que hace decir “somos de acá”.

Por último me gusta porque habla del fin de la historia, no simplemente de los siglos. La historia y las historias sí tienen comienzo y fin –fruto de la libertad- y no dependen sólo del tiempo material.

El otro preámbulo es el de la imagen que siempre elijo. La trinidad de Chagall, para quien el color tiene “química” y desata procesos contemplativos en nuestra afectividad, me gustó para esta contemplación. Los tres ángeles que visitan a Abraham son imagen de la Trinidad. Estos ángeles de Chagall están metidos en la historia de Abraham, en el rojo ardiente del desierto, implicados en la vida del padre de muchos pueblos en la fe. El ángel de la derecha, de Azul como Abraham, es imagen del Padre. Toda la escena está envuelta en rojo-amor.

Chagall nos hace sentir deseo de la misteriosa mesa que los ángeles esconden al darnos la espalda mientras alegremente se miran y escuchan entre ellos y con Abraham.

Chagall pintaba apasionadamente y decía que “cada uno intepretara como quisiera”.

El color –como la realidad- es superior a las ideas, así que tomamos su pintura como un regalo para la contemplación cristiana, que sabe ver lo bueno en todas las creaturas.

……..

El deseo de sumergirse en el cuadro –en ese rojo que se derrama sobre la escena- es deseo de Bautismo. En la Trinidad hay que ser bautizado, hay que entrar: que nos den la espalda es invitación a acercarnos a su mesa, no a permanecer indiferentes. Como Abraham, debemos hospedar a los tres ángeles. El deseo de los Tres es habitar en nosotros y hacernos habitar en ellos.

Pero no como quien asciende a alguna visión mística celestial y se aleja del mundo encerrándose en una oración exclusiva. Jesús nos invita a bautizarnos en una Trinidad en la que él está con nosotros todos los días hasta el fin de la historia; una Trinidad en la que el Espíritu está motivando nuestra libertad con suaves insinuaciones para que nos animemos a sentir y gustar sus consuelos, para que se nos iluminen los ojos con las parábolas de Jesús; para que sintamos cariño de hijitos pequeños al llamar a Dios Abba, Papá.

¿Se puede crear silencio en un cuadro? Chagall decía que le gustaría quedarse a vivir largo tiempo en el espacio de sus cuadros como un monje de clausura en su convento.

¿Se puede despertar el deseo en un cuadro? El de la Trinidad nos hace desear entrar en su espacio de charla cordial.

Invirtiendo la pregunta ¿se puede pintar una escena así –con toda su realidad afectiva, íntima- en nuestra realidad social –ruidosa, acelerada, consumista, violenta…?

¿Se puede “contemplar” la realidad de los pobres coloreándola, no como quien pinta para tapar sino como quien descubre los colores íntimos, reales, latiendo en toda vida, en el sufrimiento mismo?

Siempre me impresiona, sobre todo en las culturas africanas y en nuestra Latinoamérica ( y ahora que escribo veo que es en todas) cómo los más pobres se visten con colores vivos y vistosos. A mí me dicen estos colores que su vida íntima no es pobre como su vida exterior, que su corazón está lleno de amor y de esperanzas y sus sufrimientos no les quitan la alegría de amar mucho la vida y a los suyos. A los más pobres les pueden quitar muchas cosas y darles las de menor calidad para que consuman, pero no les pueden quitar los colores (ni la música).

Todo esto me viene en la oración como las ondas de una verdad evangélica que cayó como cae una piedra en el centro de la fuente. Fue una mañana en que sentía que no podía soportar ver a los pueblos sufrientes en barcones de refugiados, sequías del desierto y terremotos. “Mirá primero al Padre”. Eso fue lo que sentí. Mirá primero a su Padre y entonces los podrás mirar a ellos y a toda creatura. No se soporta mirar a los pobres si uno no mira al Padre, ese sin el cual no cae ni un pajarito –sin que Él Padre esté- como nos revela Jesús. Ese que sabe muy bien lo que necesitamos cada uno de sus hijitos antes siquiera de que se lo pidamos. Ese que no quiere que se pierda ni uno solo de sus pequeñitos. Ese que mira en lo secreto de nuestra pieza cuando juntamos las manos para rezarle. Ese que ve la monedita de la viuda. Ese que sale a todas horas a ver si hay alguno que quiera venir a trabajar a su viña. Ese que todas las tardes sube a la terraza para ver cuándo vuelve el hijo que se fue. Ese que se levanta de la mesa y va a charlar con el hijo que se enojó. Ese que sufre tanto por nosotros que nos manda a su Hijo querido y predilecto de su alma, aunque se lo matemos, ese que habla con Él de nosotros y lo escucha cuando Él le dice que nos perdone porque no sabemos lo que hacemos.

Primero mirar al Padre antes de mirar a uno que sufre, a un niño pobre. Si no, no se soporta. Uno ayuda pero sin querer mirar. Y hay muchas soluciones que se dan sin mirar o para no tener que mirar.

Y esto de los cuadros y los colores de la Trinidad es porque la realidad no sólo es para actuar sino que es para actuar mirando.

El amor es actuar mirando, siendo consciente de la dimensión del otro a la que sólo podemos entrar “si no hacemos nada”.

Como dice esa hermosísima canción de las Misioneras Diocesanas: … “Y es propio del que ama, el callarse y el mirar… Tus ojos dejan ver el corazón como ventanas puedo ver lo que hay en vos”.

Para ver a los pobres hay que mirar al Padre, hay que mirar rezando el Padre nuestro, hay que pedir la fe en que él nos creó y él nos recibe con su abrazo.

San Alberto Hurtado le aconsejaba a una amiga-colaboradora que “le pusiera a su modo de ver las cosas un verdecito esperanza…”.

Y para mirar al Padre sin proyectarle imágenes de nuestro inconsciente, hay que escuchar a Jesús. “Este es mi Hijo amado: escúchenlo”. El mismo Padre nos lo recomienda, nos lo manda, cariñosamente.

Sólo Él nos “revela al Padre” lo que traducido se dice: sólo Jesús nos revela la imagen del Padre que nos permite ver a los pobres.

Los pobres entendido como todos: preferencialmente, por supuesto, los que más sufren porque necesitan nuestra mirada de hermanos primero que todos, pero también a todo prójimo y a nosotros mismos. Para mirarnos hay que mirar primero al Padre.

El Espíritu Santo es el que nos hace sentir qué palabra de Jesús nos permitirá ver al Padre hoy, ver ese color del Padre que nos “colorea evangélicamente” la visión de la realidad, en cada momento.

En la trinidad de Chagall el vestido de Abraham tiene el mismo azul que el vestido del ángel-padre. Algo así tiene que hacer nuestra oración: revestirnos con ese azul del padre para poder mirar la realidad.

Diego Fares sj

Tratadito de los dones en clave de misericordia

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Al atardecer del Domingo encontrándose los discípulos con las puertas cerradas, por temor a los judíos,

vino Jesús y se puso en medio de ellos y les dijo:

‘La paz esté con ustedes’.

Mientras les decía esto les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor.

Jesús les dijo de nuevo:

‘La paz esté con ustedes. Como el Padre me envió a mí, Yo también los misiono a ustedes’.

Al decir esto sopló sobre ellos y añadió:

‘Reciban el Espíritu Santo (y) si a uno cualquiera ustedes le perdonan los pecados serán perdonados y si a uno se los retienen quedan retenidos” (Jn 20, 19-23).

 

Contemplación

El Señor dice que no hay que agregar ni una “i” a la ley pero aquí me animo a agregar, entre paréntesis, una “y”. Es necesesaria, me parece, para conectar al Espíritu Santo con la misericordia. Es que, en general, la frase del Señor se lee “reciban el Espíritu Santo”. Punto. Y a continuación viene: “A los que les perdonen los pecados les serán perdonados….”.

Este punto puede hacer que la recepción del Espíritu parezca algo separado de la tarea inmediata de perdonar. De hecho, en las oraciones al Espíritu Santo se le piden muchas cosas: todos los dones… También esto distrae un poco (al menos a mí). Uno comienza pidiendo sabiduría y cuando llega al entendimiento y la ciencia la cosa se complica. Surgen preguntas de qué es la ciencia y si el don de intelecto lo tienen los más inteligentes… En cambio el Señor insufla el Espíritu y no habla de muchos dones sino sólo de perdonar los pecados.

En la Bula de convocación al Jubileo extraordinario de la misericordia, el papa Francisco directamente dice: “Cada uno de nosotros ha recibido el don del Espíritu Santo para el perdón de los pecados, de esto somos responsables” (17).

Me encantó esta conexión del Espíritu y el perdón. Es como si el Señor dijera: si ustedes perdonan le abren la cancha al Espíritu y Él hace todo lo demás. Es el punto que nos toca, nuestra responsabilidad, como dice Francisco.

Pero antes de ser una responsabilidad hay que meditar en que es un don: reciban el Espíritu Santo para perdonar. A ver si lo puedo expresar: no se trata de “recibir primero el Espíritu y, después, “salir a perdonar”. El Espíritu que recibimos es un “Espíritu Perdonador”, un “Espíritu Misericordiante” si se puede decir.

El Papa utiliza esta expresión latina en su escudo “Miserando atque eligendo”– y dice que eligiendo nos suena familiar, pero “misericordiando” no es una palabra que usemos.

Pues bien, en el año de la mIsericordia tenemos que empezar a usarla.

El Espíritu Santo que recibimos es Santo no sólo en sí mismo sino en su acción para con nostros: es Espíritu Santificador y nos da la gracia Santificante. Curiosamente, no pronunciamos la palabra principal: es Espíritu Misericordiador y nos da la Gracia Misericordiante.

Que suene raro, no me importa. Y que parezca un juego de palabras, tampoco me importa. Porque que nos incomode el sonido es bueno para que nos incomode el prójimo.

El que no recibe una gracia misericordiante, que lo mueve a tener misericordia de alguno, al que se tiene que aproximar para ayudarlo, no recibió nada. Cero gracia. Nada de dones que sean “santificantes” de la propia persona sin conexión inmediata para con los demás.

El Espíritu da sus dones para el bien común, no para perfeccionar a alguno como si fuera un vestido que lo adorna o una virtud que lo hace más que los demás. Están tan metidas estas ideas que para sacarlas hay que raspar la piel y por ahí sangra. El apóstol dice: “qué tenés que no hayás recibido”. Nada. Podemos decir. Y agregamos: “Qué tenés que no sea para dar”. Nada.

Y lo único que podemos dar que sea nuestro es el perdón.

Por eso el Señor nos da lo más suyo –su Espíritu- para ayudarnos en lo más nuestro –que perdonemos. Todos los demás dones hay que “traducirlos” en clave de misericordia.

Meditando estas cosas me puse a releer, en esta clave, las catequesis del Papa del año pasado sobre los dones del Espíritu Santo. Y salió algo muy lindo, sobre todo al prestar atención a los ejemplos que usa. Salió una especie de tratatido de los dones “en clave de misericordia”.

………..

Sabiduría es sentir el gusto y el sabor de hacer las cosas como las hace Dios, mirando con sus ojos misericordiosos a toda creatura, no con ojos de odio o envidia. El papa pone dos ejemplos caseros de “sabiduría misericordiosa”: “Piensen en una mamá, en su casa, con los niños, que cuando uno hace una cosa el otro maquina otra, y la pobre mamá va de una parte a otra, con los problemas de los niños. Y cuando las madres se cansan y gritan a los niños, ¿eso es sabiduría? Gritar a los niños —les pregunto— ¿es sabiduría? ¿Qué dicen ustedes?: es sabiduría o no? ¡No! En cambio, cuando la mamá toma al niño y lo reta dulcemente y le dice: «Esto no se hace, por esto…», y le explica con mucha paciencia, ¿esto es sabiduría de Dios? ¡Sí! Es lo que nos da el Espíritu Santo en la vida. Luego, en el matrimonio, por ejemplo, los dos esposos —el esposo y la esposa— se pelean, y luego no se miran o, si se miran, se miran con la cara torcida: ¿esto es sabiduría de Dios? ¡No! En cambio, si dicen: «Bah, pasó la tormenta, hagamos las paces», y recomienzan a ir hacia adelante en paz: ¿esto es sabiduría? [la gente: ¡Sí!] He aquí, este es el don de la sabiduría. Que venga a casa, que venga con los niños, que venga con todos nosotros”.

¡Meter esos dos ejemplos de “misericordia cotidiana” al hablar del Don de la Sabiduría! ¡Qué lindo corazón tiene nuestro Papa! Qué sabio que es poder ver al Espíritu dando esta misericordia sabia a una mama y a dos esposos que en vez de pelear saben perdonar y sanar. No se trata de una misericordia sentada en un trono ni de una sabiduría que se imparte desde una cátedra. El Papa las baja a la vida de todos los días. Allí donde la misericordia es “practicable”.

Otro ejemplo de cómo el Espíritu irradia misericordia en sus siete dones lo dio el Papa hablando del don de consejo. Contó una historia que vivió en el ámbito del sacramento de la Reconciliación:

“Recuerdo una vez en el santuario de Luján, yo estaba en el confesionario, delante del cual había una larga fila. Había también un muchacho todo moderno, con los aretes, los tatuajes, todas estas cosas… Y vino para decirme lo que le sucedía. Era un problema grande, difícil. Y me dijo: yo le he contado todo esto a mi mamá, y mi mamá me ha dicho: dirígete a la Virgen y ella te dirá lo que debes hacer. He aquí a una mujer que tenía el don de consejo. No sabía cómo salir del problema del hijo, pero indicó el camino justo: dirígete a la Virgen y ella te dirá. Esto es el don de consejo. Esa mujer humilde, sencilla, dio a su hijo el consejo más verdadero. En efecto, este muchacho me dijo: he mirado a la Virgen y he sentido que tengo que hacer esto, esto y esto… Yo no tuve que hablar, ya lo habían dicho todo su mamá y el muchacho mismo. Esto es el don de consejo. Ustedes mamás, que tienen este don, pídanlo para sus hijos: el don de aconsejar a los hijos es un don de Dios”. Aquí se ve bien lo que decía de un don que se da para otro, no para sí. Quizás esa mamá no es la consejera de todo el barrio, pero para su hijo recibió el don de consejo. Y tenía que ver con la misericordia, con algo que era el pecado de su hijo y que él tenía que resolver para confesarse bien y hacer las cosas bien. No se trata de un don que sirva para hacerse famoso escribiendo libros de autoayuda. El Espíritu te permite aconsejar allí donde sentís misericordia, no en otro lugar.

En torno al don de Ciencia, el Papa también contó algo original. El afirma que tenemos que “custodiar lo creado” y ve el don de ciencia desde esta perspectiva: lo que nos ayuda a no apoderarnos de la creación y a no destruirla, sino a admirarla y agradecerla para custodiarla bien.

Tiene una frase muy “misericordiosa”, por no decir sólo muy linda: “Cuando Dios terminó de crear al hombre no dijo «vio que era bueno», sino que dijo que era «muy bueno». A los ojos de Dios nosotros somos la cosa más hermosa, más grande, más buena de la creación”. Y contó: “Una vez estaba en el campo y escuché un dicho de una persona sencilla, a la que le gustaban mucho las flores y las cuidaba. Me dijo: «Debemos cuidar estas cosas hermosas que Dios nos ha dado; la creación es para nosotros a fin de que la aprovechemos bien; no explotarla, sino custodiarla, porque Dios perdona siempre, nosotros los hombres perdonamos algunas veces, pero la creación no perdona nunca, y si tú no la cuidas ella te destruirá».

También la ciencia debe ser “misericordiosa”. Y no solo por caridad sino para sobrevivir. La naturaleza no puede ser misericordiosa. Solo nosotros podemos. Para cultivar actitudes ecológicas no basta con ser sensato –no lo somos, de hecho-, hay que pedir el don de mirar la naturaleza con misericordia. Como San Francisco, que admiraba y compadecía a cada creatura.

Con el don del temor de Dios, el Papa hizo también una reflexión muy original acerca del Espíritu Santo que “nos abre el corazón a la misericordia”. Dijo: “El temor de Dios nos hace tomar conciencia de que todo viene de la gracia y que nuestra verdadera fuerza está únicamente en seguir al Señor Jesús y en dejar que el Padre pueda derramar sobre nosotros su bondad y su misericordia. Abrir el corazón, para que la bondad y la misericordia de Dios vengan a nosotros. Esto hace el Espíritu Santo con el don del temor de Dios: abre los corazones. Corazón abierto a fin de que el perdón, la misericordia, la bondad, la caricia del Padre vengan a nosotros, porque nosotros somos hijos infinitamente amados. Y agregó algo fuerte acerca de lo opuesto a la misericordia que es la corrupción: “Pero, atención, porque el don del temor de Dios es también una «alarma» ante la pertinacia en el pecado. Pienso, por ejemplo, en las personas que tienen responsabilidad sobre otros y se dejan corromper. ¿Piensan que una persona corrupta será feliz en el más allá? No, todo el fruto de su corrupción corrompió su corazón y será difícil ir al Señor. Pienso en quienes viven de la trata de personas y del trabajo esclavo. ¿Piensan que esta gente que trafica personas, que explota a las personas con el trabajo esclavo tiene en el corazón el amor de Dios? No, no tienen temor de Dios y no son felices. No lo son. Pienso en quienes fabrican armas para fomentar las guerras; pero pensad qué oficio es éste. Estoy seguro de que si hago ahora la pregunta: ¿cuántos de usetedes son fabricantes de armas? Ninguno, ninguno. Estos fabricantes de armas no vienen a escuchar la Palabra de Dios. Estos fabrican la muerte, son mercaderes de muerte y producen mercancía de muerte. Que el temor de Dios les haga comprender que un día todo acaba y que deberán rendir cuentas a Dios”. El pecado contra el Espíritu se manifiesta también en la corrupción estructural y hay que denunciarlo cueste lo que cueste.

Para explicar el don del entendimiento, el Papa usó el ejemplo de los discípulos de Emaús: “Tras asistir a la muerte en cruz y a la sepultura de Jesús, dos de sus discípulos, desilusionados y acongojados, se marcharon de Jerusalén y regresaron a su pueblo de nombre Emaús. Mientras iban de camino, Jesús resucitado se acercó y comenzó a hablar con ellos, pero sus ojos, velados por la tristeza y la desesperación, no fueron capaces de reconocerlo. Jesús caminaba con ellos, pero ellos estaban tan tristes, tan desesperados, que no lo reconocieron. Sin embargo, cuando el Señor les explicó las Escrituras para que comprendieran que Él debía sufrir y morir para luego resucitar, sus mentes se abrieron y en sus corazones se volvió a encender la esperanza (cf. Lc 24, 13-27). Esto es lo que hace el Espíritu Santo con nosotros: nos abre la mente, nos abre para comprender mejor, para entender mejor las cosas de Dios, las cosas humanas, las situaciones, todas las cosas.” Y recordemos que el Señor pudo hacer eso porque ellos “lo hospedaron”, cumpliendo una de las obras de misericordia, sin saber quién era.

Para el don de Piedad usó un ejemplo muy argentino y muy italiano: dijo que ser piadoso no es hacer como dicen en piamontés “la mugna quacia”. Es lo que siempre decía en castellano que el cristiano no es como los fariseos que se hacen “los mosquita muerta”. La piedad no es poner cara de estampita sino “ser verdaderamente capaces de gozar con quien experimenta alegría, llorar con quien llora, estar cerca de quien está solo o angustiado, corregir a quien está en el error, consolar a quien está afligido, acoger y socorrer a quien pasa necesidad. Hay una relación muy estrecha entre el don de piedad y la mansedumbre. El don de piedad que nos da el Espíritu Santo nos hace apacibles, nos hace serenos, pacientes, en paz con Dios, al servicio de los demás con mansedumbre”.

Terminamos con la fortaleza: “Con el don de fortaleza el Espíritu Santo libera el terreno de nuestro corazón, lo libera de la tibieza, de las incertidumbres y de todos los temores que pueden frenarlo, de modo que la Palabra del Señor se ponga en práctica, de manera auténtica y gozosa. Es una gran ayuda este don de fortaleza, nos da fuerza y nos libera también de muchos impedimentos”. El Papa pone como ejemplo a gente que es fuerte en la vida cotidiana: “Cuántos hombres y mujeres —nosotros no conocemos sus nombres— que honran a nuestro pueblo, honran a nuestra Iglesia, porque son fuertes: fuertes al llevar adelante su vida, su familia, su trabajo, su fe. Estos hermanos y hermanas nuestros son santos, santos en la cotidianidad, santos ocultos en medio de nosotros: tienen el don de fortaleza para llevar adelante su deber de personas, de padres, de madres, de hermanos, de hermanas, de ciudadanos. ¡Son muchos! Demos gracias al Señor por estos cristianos que viven una santidad oculta: es el Espíritu Santo que tienen dentro quien les conduce. Y nos hará bien pensar en esta gente: si ellos hacen todo esto, si ellos pueden hacerlo, ¿por qué yo no?”. Esta fortaleza está llena de ternura y misericordia.

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Misericordia es una palabra práctica. Es la única palabra importante para Jesús porque todo lo que se refiere a Dios, Él lo hace girar en torno a la misericordia. Y digo que es práctica porque es una palabra que para entenderla hay que “sentir” que a uno se le conmuevan las entrañas o se le revuelvan las tripas, y tener algún gesto de misericordia concreto con alguien miserable.

Jesús, cuando habla del Padre nos dice que “seamos misericordiosos como es Misericordioso Él”. Y si alguno pregunta “¿y cómo?”, allí están todas las parábolas.

Cuando Jesús habla del Espíritu, nos lo muestra en acción: perdonando los pecados a través nuestro. Para experimentar sus dones tenemos que poner en práctica alguna obra de misericordia que hará que se “consoliden” en nuestro corazón sus otros dones.

Sabiduría misericordiosa, Consejo misericordioso, Ciencia misericordiosa…

El Espíritu actúa con una humildad inimaginable: si nosotros dejamos en suspenso un pecado él espera…

Por eso urge ponernos de acuerdo los cristianos, especialmente la jerarquía, a ver cómo hacemos para perdonar a todos, porque el mismo Señor está esperando, no solo la gente.

Diego Fares sj

 

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