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En aquel tiempo, los once discípulos fueron a Galilea,

a la montaña donde Jesús los había citado.

Al verlo, se postraron delante de El;

sin embargo, algunos todavía dudaron.

Acercándose, Jesús les dijo:

«Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra.

Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos,

bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo,

y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado.

Y yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo…» (Mateo 28, 16-20).

 

Contemplación

Hoy es la fiesta de la Ascensión del Señor al Cielo, donde está sentado a la derecha del Padre, para interceder siempre por nosotros. Jesús nos prometió que estará con nosotros todos los días, hasta el fin del mundo.

Para sentir y gustar esta compañía de Jesús en medio de nuestra vida cotidiana es necesario comprender de qué tipo de presencia se trata, para poder mirar en la dirección correcta, valorar los signos concretos y discernir los sentimientos precisos.

Comprender de qué presencia se trata. No toda presencia es igual. La presencia de las personas desconocidas, con las que viajamos codo a codo en un medio de transporte, es el tipo de presencia en la que la mayor cercanía física hace más patente la distancia. No nos conocemos, no sabemos nada del otro y olvidamos su rostro apenas nos separamos. En el otro extremo, dentro de ese mismo medio de transporte, la presencia de un hijo que quedó en casa para su madre que va al trabajo, es más real que la de todas las otras personas que tiene al lado. La madre lo imagina, le habla interiormente, le aconseja como si lo tuviera delante, sonríe interiormente recordando algún gesto, se apena advirtiendo algún problema…

La presencia del Señor va por este lado: Él está presente como Alguien muy amado. Por eso es que se presentaba en medio de sus amigos reunidos o ante los que lo conocían y le querían. Para otros, aunque lo hayan visto caminando con los de Emaús o a la orilla del lago, encendiendo el fuego, su figura y su presencia física habrá sido como la de las personas con las que nos cruzamos por la calle.

El principio básico de este modo de presencia humano –el de un hijo y el de Jesús- es espiritual: cuanto más amada una persona más presente está.

El amor es adhesión al bien y nuestro corazón se adhiere a quien ama movilizando todo nuestro ser. Si la persona está físicamente presente, el corazón moviliza los sentidos físicos y se expresa a través de ellos, escuchando, mirando, tocando, gustando y oliendo. Si la persona amada está físicamente alejada, el corazón moviliza los sentidos espirituales: tiende hacia atrás los puentes del recuerdo y hacia el futuro, los del deseo. Hace memoria de lo que sintió y gustó y se proyecta hacia el encuentro venidero.

Hay que notar que estos sentidos espirituales tienen la preeminencia también en el presente. Así como uno se aleja espiritualmente de la persona desconocida con la que viaja y pone distancia sensible -no la mira a los ojos ni se interesa demasiado en lo que charla con otro-, también se acerca espiritualmente a la persona amada haciendo que los sentidos físicos se muevan en el medio espiritual. Mediante el recuerdo del pasado y la proyección del deseo, la presencia física adquiere una realidad de mucha mayor significación.

Así, vemos que la presencia de alguien no depende solo ni en primer lugar de su estar enfrente o al lado físicamente. La adhesión libremente elegida y cultivada de un corazón hace más densa y más real la presencia de la persona amada.

La otra persona, cuya presencia experimentamos en mayor o menor medida de acuerdo a nuestra capacidad de adherirnos y de gustar su existencia, no solo está ahí pasivamente sino que es también presencia activa.

Hay personas que hacen “sentir su presencia”. Algunos, por fuerza de atracción: irradiando y gravitando, siendo ellos mismos, sin necesidad de imponerse ni llamar la atención. Otros la hacen sentir a empujones, como Trump que el otro díacuando percibió que el primer ministro de Montenegro se le había adelantado, lo hizo a un lado groseramente con un empujón.

El Señor es de los que hacen sentir su presencia humildemente. Poniéndose al lado como uno más, escuchando e interesándose por lo de uno antes de hablar de sí, brindando algún servicio humilde o recibiéndolo en la persona de un necesitado… Estas dos últimas son sus formas preferidas de “hacerse presente”.

Como decíamos, el corazón tiene la capacidad de “hacer presente” a la persona amada movilizando todos nuestros sentidos –físicos y espirituales-. Los sentidos físicos se mueven por sí solos ante un estímulo exterior. Los espirituales son más libres. En una relación asimétrica, como la que se da entre el Creador y la creatura, la presencia del Creador no puede darse de otra manera que haciendo crecer en libertad a su creatura. Por eso la pedagogía del Señor es la de la Encarnación, la del abajamiento, la del ocultar su divinidad y la de ir mostrándose poco a poco en la medida en que vamos deseando su presencia y haciéndonos capaces de sostener su compañía.

El punto de inflexión –porque hay un punto en el que todo cambia- es saber interpretar –de una vez y para siempre- que toda aparente ausencia suya es un clamoroso signo de una presencia amorosa y real “un escalón más abajo” o “a un costado” de la dirección en la que nos parece no encontrarlo.

Si no nos dejamos engañar por las apariencias a las que nos tiene acostumbrado el mundo de publicidad compulsiva en que nos toca vivir, sabremos encontrar y descubrir a Jesús presente en nuestra vida, todos los días hasta el fin del mundo, en cada situación en la que alguien, aparentemente insignificante, nos esté brindando un servicio humilde o requiera de nosotros poner en movimiento los sentido espirituales para ver a Jesús, que son el sentido de la misericordia y el sentido de la amistad gratuita.

PD.

Ya había terminado la contemplación y antes de mandarla abro el correo y me encuentro con los mails de dos amigos, uno a quien no veo hace años y otro de una mamá a quien conozco por mail. Ambos me cuentan de sus hijos, Jimmy, de su hija que ha entrado a la vida religiosa, y que “al ver su cara serena”, se le pasó la urgencia que tenía por contactar conmigo para hablarme de ella y pasó a compartirme un mail lleno de esa misma serenidad;  Xime me cuenta de su hijo pequeño que ha sufrido un calvario de operaciones a lo largo de su vida y que, sin conocerme, reza por mí a Santa Jacinta (y yo acabo de caer en la cuenta de donde me vino “de golpe” la devoción por Jacinta, a la que nunca había prestado mucha atención. Revisando mails veo que Fran le rezaba a Jacinta por mí desde hacía tiempo). No hay palabras que alcancen para contar todo lo que cada historia tiene, por eso mejor unas pocas como testimonio de esa presencia de Jesús “un escalón más abajo” o en el mail de al lado.

Padre Diego

 

Captura de pantalla 2017-05-19 a las 15.52.46Jesús dijo a sus discípulos:

«Si ustedes me aman, cumplirán mis mandamientos. Y yo rogaré al Padre, y él les dará otro Paráclito para que esté siempre con ustedes: el Espíritu de la Verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce. Ustedes, en cambio, lo conocen, porque permanece a su lado y con ustedes está. No los dejaré huérfanos, vuelvo a ustedes. Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero ustedes sí me verán, porque yo vivo y ustedes vivirán. Aquel día (cuando venga el Espíritu) comprenderán que Yo estoy en mi Padre, y que ustedes están en mí y Yo estoy en ustedes. El que tiene mis mandamientos y los guarda, ese es el que me ama; y el que me ama será amado de mi Padre, y yo lo amaré y me manifestaré a él.

Le dice Judas – no el Iscariote -: «Señor, ¿qué pasa que vas a manifestarte a nosotros y no al mundo?»

Jesús le respondió: «Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él. El que no me ama no guarda mis palabras. Y la palabra que escuchan no es mía, sino del Padre que me ha enviado. Les he dicho estas cosas estando entre ustedes. Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, les enseñará todo y les recordará todo lo que yo les he dicho» (Jn 14, 15-26).

Contemplación

Al igual que Judas Tadeo, nosotros también preguntamos: “¿Por qué Jesús no se manifiesta a todo el mundo, de una sola vez, para que todos crean?

El Señor no corrige la pregunta de Judas Tadeo (como había hecho con las de Tomás y Felipe) sino que vuelve a repetir lo que había dicho antes. Es como si le dijera: escuchen bien lo que les dije.

Primero dijo: “El que me ama será amado de mi Padre”.

Ahora agrega: “Si uno me ama, guardará mi palabra y mi Padre lo amará”.

Es como si dijera: “A una persona, no hay que mostrarle al Padre, hay que ayudarle a que se sienta amada por Él”.

Y esto requiere un proceso, un camino…

Jesús es el Camino. Cuando lo seguimos, comenzamos a sentirnos amados por el Padre. Experimentamos la predilección del Padre: que estamos en sus brazos como un hijo amado.

Este amor es un Don.

O mejor: es “la mitad de un Don”.

El Espíritu Santo es este “Don por la mitad”.

El amor, si solo ama uno, aunque ese uno sea un Dios, se apaga.

El amor necesita que yo también lo demuestre.

Cuando cumplo (cumplimos) los mandamientos de Jesús, siento (sentimos) el Amor de Dios completo.

Y esto se nota en que siento (sentimos) paz y alegría en el corazón.

Esto hay que entenderlo bien: la condición que pone Jesús -de “cumplir sus mandamientos y de guardar su palabra” -no es una exigencia moral.

Es el Amor que necesita ser amado.

Es como si Jesús nos dijera: por favor, (hagan) lo que lee digo, que solo así sentirán mi amor entero en su corazón.

Y esto es posible gracias a la ayuda del Espíritu Santo.

El Espíritu es nuestro Compañero interior, nuestro Maestro y nuestro Defensor.

El nos enseña modos concretos para “poner en práctica el mandamiento del amor a Jesús”, es el que hace que sea transitable el dificil camino del amor.

El discernimiento, del que habla Francisco es: encontrar el modo concreto de hacer el bien en cada situación única y personal.

Y aquí respondemos a la pregunta: El Señor se manifiesta primero a sus amigos porque necesita de nuestro amor para poder mostrar al mundo un amor completo.

Se nos manifestó a un “nosotros” que al recibirlo a Él se volvería abierto al mundo… El Señor, para manifestarse como Don, necesita de este “rebañito” que es la Iglesia, que lo acoge con su respuesta. En el seno de los que guardan la Palabra y cumplen el mandamiento de amar a Jesús, como María, se crea ese espacio de misericordia y de alegría, abierto e inclusivo, para que todo el que quiera pueda entrar a experimentar y a gustar lo lindo que es ser amado del Padre.

Diego Fares sj

 

Jesús dijo a sus discípulos:

«No se agite su corazón. ¿Ustedes creen en Dios?, crean también en Mí. En la Casa de mi Padre hay muchas moradas; de no ser así, se lo habría dicho, porque voy a prepararles un lugar. Y cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré otra vez para llevarlos conmigo, a fin de que donde yo esté, estén también ustedes. Y a donde Yo voy ya saben el camino.»

Tomás le dijo: – «Señor, no sabemos adónde vas. ¿Cómo vamos a saber el camino?»

Jesús le respondió: – «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí. Si ustedes me comprenden, conocerán también a mi Padre. Ya desde ahora lo conocen y lo han visto.»

Felipe le dijo: – «Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta.»

Jesús le respondió: – «Felipe, hace tanto tiempo que estoy con ustedes y toda­vía no me conocen (no comprenden quién soy). El que me ha visto, ha visto al Padre. ¿Cómo dices: “Muéstranos al Padre”? ¿No crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí? Las palabras que digo no son mías: el Padre que habita en mí es el que hace las obras. Créanme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Créanlo, al menos, por las obras. Les aseguro que el que cree en mí hará también las obras que yo hago, y aún mayores, porque yo me voy al Padre» (Juan 14, 1-12).

 

Contemplación

“No se agite su corazón. Ustedes creen en Dios? Crean también en mí”.

“No teman. Yo soy el ángel de la paz. Recen conmigo! Dios mío, yo creo, adoro, espero y te amo”.

Cuando uno lee los diálogos del ángel y de nuestra Señora con los pastorcitos de la Cova da Iría –San Francisco, Santa Jacinta y la sierva de Dios Lucía- se percibe el mismo aire que en los diálogos del Señor con sus apóstoles.

El tono de instrucción del ángel cuando, en la segunda aparición (que ya no les mete miedo), los ve sesteando a la sombra de los árboles de la quinta que rodeaban el pozo: “Qué están haciendo. Recen. Recen mucho. Que los corazones de Jesús y de María tienen sobre ustedes planes de misericordia”. En la primera aparición les había dicho que Jesús y María estaban “atentos a la voz de sus súplicas”. Y les había juntado en la oración el rezarle a Dios con interceder por los pecadores: “…Y te pido perdón por los que no creen, no adoran, no esperan y no te aman”. Ahora les agrega a la oración, los sacrificios: “Ofrezcan constantemente oraciones y sacrificios al Altísimo”.

Aquí es donde Lucía, con esa familiaridad de los chicos, se anima a preguntarle: “¿Y cómo hemos de sacrificarnos?”. Pareciera que estamos escuchando a Tomás cuando le dice al Señor: “¿Cómo vamos a saber el camino? (Si no sabemos a dónde vas)”. Al igual que el Señor, el Ángel de su Guardia y de Portugal (con ese nombre se les revela) aprovecha para darles una instrucción más detallada y acorde con su mentalidad. Les dice: “De todo lo que puedan ofrezcan un sacrificio como acto de reparación por los pecados por los cuales Él es ofendido, y de súplica por la conversión de los pecadores. Atraed así sobre su patria la paz. Yo soy el Ángel de su Guardia, el Ángel de Portugal. Sobre todo, acepten y soporten con sumisión el sufrimiento que el Señor les envíe”.

En torno a Fátima se sienten siempre palabras como “los secretos de Fátima” o “el tercer secreto”…; en el rosario se agrega en muchos lados: “líbranos del fuego del infierno”. También se une Fátima a la conversión de Rusia… El fenómeno del sol que se movía, visto por la multitud, quedó también, pero más en un segundo puesto.

Si uno lee con atención, ve que a cada uno de los niños las apariciones, del ángel primero y de nuestra Señora después, a lo largo de todo un año, le produjeron efectos distintos. Todos verdaderos y dignos de atención. Francisco, por ejemplo, no escuchaba lo que la Virgen decía. Su prima Lucía y su hermanita se lo comunicaban. A él, lo que le quedó fueron las palabras del ángel, que sí escuchó, y que les dijo: “Consolad a Dios”. El pequeño se quedó con eso. Dice Lucía años después: “Él trataba solamente de pensar en consolar a Nuestro Señor y a la Virgen, que le habían parecido tan tristes”. Cuando su prima y su hermanita le contaban lo que decía la Virgen, Francisco, dominado por el sentimiento de la presencia de Dios, discurría sólo en torno a este punto. Les decía: “Estábamos ardiendo en aquella luz que es Dios y no nos quemábamos. ¿Cómo es Dios? Esto no lo podemos decir. Pero qué pena que Él esté tan triste; ¡Si yo pudiera consolarle!”.

En la pregunta que se hace Francisco – “Cómo es Dios”-, ¿no resuena el “Muéstranos al Padre”, de Felipe?

Y en el centrarse en ese sentimiento tan humano, que es sentir pena por la tristeza de Jesús, ¿no resuena la respuesta del Señor a Felipe de que el que lo ve a Él, ve al Padre?

Es la misma pedagogía, son los mismos diálogos, es el perfume del evangelio en el que Jesús se revela y a cada uno le habla según es su corazón y puede entenderlo.

Francisco se quedó con esto, con que él podía consolar a Dios. Y en su enfermedad le confiaba a su prima: “Nuestro Señor estará triste? Tengo tanta pena de que Él esté así. Le ofrezco cuantos sacrificios puedo”.

Jacinta, en cambio, más pequeña con sus seis añitos, quedó impresionada con la visión del infierno. Se preguntaba por qué Nuestra Señora no se lo mostraba a todos. Y le decía a su prima, que se ve que era la que hablaba, que le dijera a la Señora que se lo mostrara a todos los pecadores. “Verás cómo se convierten”. Esta frase es como la de Felipe: “Eso nos basta”. “Muéstranos al Padre y eso nos basta”. Es ese sentimiento tan nuestro de querer algo que resuelva todo. Pero Jacintita agrega: “Qué pena siento por los pecadores”. Sus ideas van por el lado de su imaginación, pero es la pena, el sentimiento de pena que anida en su corazón de niña, lo que el Ángel evangeliza. La buena noticia es que los dos hermanitos que hoy han sido canonizados, “encarnaron” la pena de Jesús por los “pobres pecadores” (así habla Jacinta de nosotros, como “pobres pecadores”). Y más allá de sus ideas acerca de “revelar a todos el infierno”, ella al igual que su primo, se deciden a hacer algo, su parte.

Sus sacrificios, no eran sólo esa cuerda que se ataban y que la Virgen les aconseja que se la desaten para dormir. Tampoco el pasar una novena y, de vez en cuando, hasta un mes sin beber. Hacían también pequeños sacrificios como no comer la merienda y dejar “los higos y las uvas a los pobres”.

El secreto de Fátima –todos los secretos- están a la vista para que el que tenga ojos para ver, vea cómo el corazón de los pequeños pastorcitos es capaz de conocer a Dios –en su pena- y practicar sus mandamientos –con pequeños sacrificios por amor a los demás-.

Pero a lo que iba es a que la revelación del Señor va unida a cómo es cada uno, de carácter y de corazón.

Tomás y Felipe representan a dos tipos de hombres. Tomás es de los que preguntan por el camino; Felipe, de los que preguntan por la meta. Tomás necesita ver y tocar, hacer su experiencia, encontrar el modo. A Felipe con “ver al Padre basta”.

Jesús dialoga con cada uno teniendo en cuenta estas inquietudes existenciales que los mueven.

También con los niños de Fátima. Jacinta es más Tomás, podríamos decir. Ella quiere resolver el problema de los pecadores y le parece que basta con que “toquen” y experimenten lo que es el fuego del infierno, como quema, así se convierten y listo el pollo. Francisco es más como Felipe: queda fijado en “cómo es Dios” y en la consolación. A él le basta con hacer lo que sea para consolar al Señor. Los dos coinciden en el sentimiento de compasión y misericordia que les hace arder el corazón sin quemarlos.

Así también nosotros. En estos cien años, Fátima habló a varias generaciones con un aspecto de su mensaje que se centró en algunas cosas que tienen que ver con un carácter y una mentalidad. Nosotros podemos atender también a otras.

A mí me conmueve la pequeñez y la valentía de Jacinta y de Francisco. Me interpelan sus sacrificios. Rezando a Jacinta, sentía cierto temor ante la posibilidad de que Dios me pidiera sacrificios como los suyos (le tocó morir sola en el hospital -la Virgen se lo predijo y le prometió que la acompañaría todo el tiempo- y ser operada sin anestesia –le quitaron parte de dos de sus costillas). Y sentía que me decía algo así como que ni lo pensara. Que no me daba el cuero para ser tan valiente como ella. Que sí podía hacer pequeñísimos sacrificios, como lo de dejar algunas uvas para los pobres. Y la verdad es que imaginar a esta niña, que es todo un carácter, alienta y hace posible estos pequeños sacrificios para “consolar a Jesús” y para “interceder por los que no creen, no adoran, no esperan (¡pobres!) y no aman al Señor”.

Diego Fares sj

 

 

 

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En aquel tiempo, Jesús dijo: «Les aseguro que el que no entra por la puerta en el corral de las ovejas, sino que sube por otro lado, es un ladrón y un asaltante. El que entra por la puerta es el Pastor de las ovejas. El portero le abre y las ovejas escuchan su voz. Él llama a cada una por su nombre y las hace salir. Cuando las ha sacado a todas, va delante de ellas y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz. Nunca seguirán a un extraño, sino que huirán de él, porque no conocerán quién es el que les habla.»

Jesús les hizo esta comparación,  pero ellos no comprendieron lo que les quería decir. Entonces Jesús prosiguió: «Les aseguro que Yo soy la puerta de las ovejas. Todos aquellos que han venido antes de mí son ladrones y asaltantes, pero las ovejas no los han escuchado. Yo soy la puerta. El que entra por mí se salvará; podrá entrar y salir, y encontrará su alimento. El ladrón no viene sino para robar, matar y destruir. Pero yo he venido para que las ovejas tengan Vida, y la tengan en abundancia. Yo soy el Pastor hermoso. El Pastor hermoso y bueno expone su vida por las ovejas. El mercenario, el que no es pastor, a quien no pertenecen las ovejas, ve venir al lobo abandona las ovejas y huye, y el lobo las arrebata y dispersa, porque es asalariado y no le importan las ovejas (Jn 10, 1-13).

Contemplación

¿Cómo presentar a los que van a hablar hoy, siguiendo aquello de San Ignacio en los Ejercicios de “mirar a las personas y escuchar lo que dicen”? Había comenzado imaginando que decían: “Somos las ovejas de las que habla Jesús en el Evangelio de hoy”. Pero después pensé que esto le puede sonar mal a alguna persona: “Ahora van a hablar las ovejas! Lo que faltaba…”. Sin embargo, esto de que hablen los personajes del Evangelio no es nuevo. Martín Descalzo, por ejemplo, hizo hablar hasta a los objetos de la pasión. Es algo propio de La Palabra hacer que todo hable… Y que no sea fábula. Pero como puede ser que haya algún prejuicio contra las ovejas y no se nos considere tan valiosas como en la época del Señor, pensamos que conviene presentarnos diciendo que “somos algunas de esa multitud inmensa de personas a las que Jesús llama “sus ovejas” y con respecto a las cuales se define a sí mismo como Buen Pastor, como Pastor bueno y hermoso. Esperamos con esto atajar cualquier comentario de que discriminamos a otros animales, haciendo notar bien claro que el Señor elije ponernos como ejemplo porque interactuando, Él saca lo mejor de nosotras y nosotras lo mejor de Él.

Por ejemplo: Él lo que más valora de nosotras es que reconozcamos su voz y eso nos baste para hacernos andar juntas. Y a nosotras, lo que siempre nos conmueve como si la escucháramos por primera vez, es cuando Él cuenta la parábola del pastorcito que salió a buscar a su oveja perdida. Esto por no hablar de todo: de su ternura con los corderitos indefensos, de su valentía contra los lobos hasta el punto de exponer su vida por nosotras, de lo lindo que es que nos llame a cada una por su nombre, de la confianza que nos tiene cuando nos deje ir adelante, porque sabe que nuestro instinto es infalible, el hecho de que no tenga miedo de darle palos a los mercenarios, que nos vigilan solo por interés, para vestirse con nuestra lana y tomarse nuestra leche, y que deje en evidencia a los que se disfrazan de oveja y hablan de la ley y la santa doctrina pero son fríos como lobos… También nos gusta cuando dice que somos muchas más de lo que parece, que Él tiene otros rebaños y que formaremos uno solo un día… Tantas cosas lindas que Jesús reveló de su corazón mirándonos a nosotras, humildes creaturas. Por todo esto, aun siendo personas como somos, no nos da ningún reparo hablar sintiéndonos “ovejas de Jesús, nuestro buen Pastor”. Y si alguna persona se anima a meterse en nuestra lana y a sumergirse en un rebañito para experimentar lo que es ser una más junto con todas, verá que es una linda experiencia de oración. Esta de rezar, decimos, haciéndose una con todas, como una oveja, haciéndose pequeño, como un corderito.

Dicho esto, no es que tengamos mucho más para decir, ni tampoco se trata de cosas que ustedes no sepan, pero viene bien que las digamos nosotras, hablando –aunque seamos incontables- como un solo rebaño, con un solo corazón y una sola fe.

Lo primero que se nos ocurre compartir es que las ovejas del evangelio somos ovejas comunes. Un rebañito nomás en cada lugar, pero que se sabe parte del Rebaño grande. Ese que nuestro Papa Francisco llama el santo Pueblo fiel de Dios, y que está esparcido por todas las naciones.

Esta conciencia de ser “comunes” es algo muy especial. Se reconoce de lejos. Nosotras nos damos cuenta enseguida y es muy divertido porque es al revés de lo que parece: hay gente que se siente común y que es muy especial y otra que se quiere hacer la especial y es de lo más ordinaria. Capaz que alguno no se ha dado cuenta, pero si se fijan bien, los famosos -de esos que caminan por la alfombra roja de Hollywood- en su afán de distinguirse por su vestido o su peinado, terminan siendo todos iguales. En cambio, la gente común, los mozos, las enfermeras, las maestras, esos que se visten todos iguales para dedicarse a su servicio, son todos únicos. Quién no recuerda a esa maestra única que tanto amó en su infancia, o a esa enfermera que lo curó con delicadeza o a ese mozo que lo reconoce y lo hace sentir apreciado apenas uno entra en un restaurant.

La segunda cosa a compartir es la gracia que tenemos de juntarnos. Muchos que nos ven acudir multitudinariamente a la plaza de San Pedro, en las Misas, las Audiencias y los Ángelus del Papa, no entienden cómo nos podemos juntar. Nos ven tan distintas entre nosotras… Algunos hasta se cuestiona si somos todas ovejas del rebaño católico, cuestionan por qué entonces no somos más practicantes… Es gracioso, porque entre nosotras no tenemos problemas. Nos aceptamos unas a otras, no importa de qué rebaño vengamos. Venimos a escucharlo a él, no a miramos entre nosotras. Aceptamos mansamente la compañía y la presencia de la de al lado, sin necesidad de fijarnos mucho en su aspecto ni juzgar sus comportamientos. Somos ovejas que, cuando nos silba un buen pastor, nos unimos como un solo rebaño.

Los que quieren ser “distintos”, no saben lo que se pierden. Lo lindo que es ser “una más del pueblo de Dios”, lo lindo que es poder unirse con otras ovejas, distintísimas de una y, aunque solo sea por unas horas, formar un único rebaño bajo un solo pastor.

Es divertido ver cómo algunos se ponen nerviosos al vernos unidas y no poder controlarnos ni aprovecharnos para la estadística. Hay algunos que nos valoran, valoran nuestra fe y nuestro amor a Jesús y a su vicario, pero tratan de sacar algún provecho de nuestra presencia. Cuando se nos acercan estos pastores, que no son mercenarios pero que tienen sus pequeños intereses privados, nosotras los esquivamos un poco. Logran juntar a algunas en un grupito por aquí, pero las otras nos corremos un poquito para allá… Ninguno puede juntarnos a todas.

Hay otros también que, como no aprecian al papa, nos disminuyen a nosotras, nos tratan de sentimentalistas. Nos llaman “ovejas”, precisamente, que para ellos significa “sin conciencia crítica”. Y “rebaño”, que para ellos es algo contrario a ser personas. Nosotras no nos enojamos. Ya cambiarán. Es que esta gracia – porque es una gracia- de juntarnos y de aguantarnos la juntada, no es algo espontáneo o que surja de primera. En general las que nos juntamos somos ovejas que “están de vuelta”. Si ustedes preguntan, casi todas tenemos alguna historia de habernos perdido y de haber sido buscadas y encontradas. Muchas fuimos de esas ovejitas perdidas que volvieron en hombros del buen pastor. Y en nuestra gran mayoría, somos parte de esas otras de las que Jesús dice: “también tengo otras ovejas, que no son de este redil; también a ésas las tengo que conducir y escucharán mi voz; y habrá un solo rebaño, un solo pastor” (Jn 10, 16). Es decir, somos las que nadie juntó ni vino nunca a buscar, pero no perdimos las ganas ni la nostalgia de que nos junten y por eso cuando se da la oportunidad y aparece un buen pastor, la aprovechamos.

Por último, y para no cansar demasiado, les confesamos que nos agrada que Jesús nos caracterice como “las que escuchamos su voz”. Nuestro testimonio no es otro que este: somos las que, en la voz de los buenos pastores, sabemos reconocer la Voz del Único Pastor. Nada más. Y nada menos. La voz lo es todo en el pastor. Y de modo particular en esta época, en la que las imágenes son más fáciles de manipular. ¿Vieron que el Señor, cuando resucitó, parece que a propósito se mostraba bajo apariencias diversas? Aparecía como jardinero, como un peregrino, como uno que parecía que quería comprar pescado… Pero cuando hablaba, lo reconocían. Sobre todo los más amigos, como Magdalena, cuando la llamó por su nombre (como a nosotras sus ovejitas); como Juan, apenas escuchó que les decía: “tiren la red a la derecha de la barca”. No es que su voz fuera reconocible “científicamente” –digamos- sino que “les iba haciendo arder el corazón” y, en algún momento, cuando pronunciaba alguna palabra especial, como el nombre de María, o cuando hacía algún gesto, como el de partir el pan, su voz se volvía inconfundible. Bueno, esa es la gracia que tenemos nosotras, las ovejas del pueblo fiel de Dios: que reconocemos su voz, en el sentido de algo que dice, en el momento en que lo dice y cómo –con qué tono- lo dice. Porque no vayan a creer que esto de reconocer la voz es algo así nomás. Piensen que hay gente que estudia teología toda su vida y no reconoce su voz. Parece increíble, pero es así: se saben toda la letra y no aciertan con el tono o con el momento histórico. También puede ser que como hablan solo entre ellos, y poco o nada con las ovejas comunes , de tanto discutir dando importancia a temas abstractos se les vaya perdiendo el gusto de reconocer la calidez de una voz…

Pero este problema de oído lo tienen también algunas ovejas. Creemos que es de tanto ver y escuchar pavadas por los noticieros. Es un problema personal. Cuando te gusta que te endulcen el oído o que te lo llenen de chismes y noticias escandalosas, la voz llana del pastor se te puede ir volviendo aburrida, poco convincente. Pero no es problema que pueda resolver él, ni gritando más ni respondiendo a todos sus acusadores. Es problema de cada oveja, de sus oídos.

El oído es menos objetivo que la vista. El oír está más inmediatamente ligado a “lo que uno quiere -ama- oír”. Por eso es que cuando el Señor dice que nosotras reconocemos su voz, en realidad nos está diciendo un piropo. Está diciendo que lo amamos mucho. Por eso es que lo sabemos reconocer.

Diego Fares sj

 

 

 

 

“Aquel día, el primero de la semana, Cleofás y yo volvíamos a nuestro pequeño pueblo llamado Emaús, situado a unos diez kilómetros de Jerusalén. En el camino hablábamos sobre lo que había ocurrido.

Mientras conversabamos y discutíamos, el mismo Jesús se nos acercó y siguió caminando con nosotros. Pero nuestros ojos estaban retenidos, de modo que no podíamos reconocerlo.

El nos preguntó: «¿Qué conversación es esa que tienen entre ustedes mientras van caminando?» Nosotros nos detuvimos, con el semblante triste, y Cleofás le respondió: «íTú eres el único forastero en Jerusalén que ignora lo que pasó en estos días!» «¿Qué cosa?», nos preguntó él. Nosotros le respondimos: «Lo que pasó con Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y en palabras delante de Dios y de todo el pueblo, y cómo nuestros sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para ser condenado a muerte y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que fuera él quien librara a Israel. Pero a todo esto ya van tres días que sucedieron estas cosas. Es verdad que algunas mujeres que están con nosotros nos han desconcertado: ellas fueron de madrugada al sepulcro y al no hallar el cuerpo de Jesús, volvieron diciendo que se les habían aparecido unos ángeles, asegurándoles que él está vivo. Algunos de los nuestros fueron al sepulcro y encontraron todo como las mujeres habían dicho. Pero a él no lo vieron.»

El nos dijo: «¡Qué necios son y qué tardos de corazón para creer todo lo que anunciaron los profetas! ¿No ven que era necesario que el Mesías soportara esos sufrimientos para entrar en su gloria?» Y comenzando por Moisés y continuando con todos los profetas, nos interpretó en todas las Escrituras lo que se refería a él.

Cuando llegamos cerca de nuestro pueblo, hizo ademán de seguir adelante. Pero nosotros le insistimos: «Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba.»

El entró y se quedó con nosotros. Y estando sentado a la mesa con nosotros, tomó el pan, lo bendijo y después de partirlo nos lo daba.

Entonces se nos abrieron los ojos y lo reconocimos, pero él había desaparecido de nuestra vista. Y nos decíamos con Cleofás: «¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y abría para nosotros la interpretación de las Escrituras?»

En ese mismo momento, nos pusimos en camino y regresamos a Jerusalén.

Allí encontramos reunidos a los Once y a los demás que estaban con ellos, y estos nos dijeron: «Es verdad, ¡el Señor ha resucitado y se apareció a Simón!»

Nosotros, por nuestra parte, contamos lo que nos había pasado en el camino y cómo lo habíamos reconocido al partir el pan” (Lucas 24, 13-35).

Contemplación

Se habrán dado cuenta de que el Evangelio, aunque sólo pone el nombre de Cleofás, nos considera como si fuéramos uno solo. Lucas siempre dice “los discípulos”. Y hace ver cómo  el Señor nos pregunta, nos reta, nos explica, nos parte el pan y nos ilumina los ojos a los dos al mismo tiempo: a nosotros. Y nosotros, aunque aquella tarde haya hablado sólo Cleofás y ahora sólo yo, siempre decimos “nosotros”.

No es un detalle menor. Si a alguno le interesan las estadísticas del Reino, les cuento que Lucas es quien más utiliza la palabra “nosotros”. 21 veces en su evangelio -3 en Emaús- y  57 veces en los hechos (78 veces sobre unas 300 que se utiliza en el Nuevo Testamento).

En Lucas todo es “nosotros”.

Él fue, quizás, el que mejor se dio cuenta de esta manera de proceder del Espíritu a impulsos del Cual comenzó a formarse nuestra pequeña comunidad.  En nuestro encuentro con el Señor Resucitado, Lucas adelanta lo que luego se convirtió en algo común. En los Hechos de los Apóstoles tanto las acciones como el lenguaje de los discípulos tienen siempre la forma del nosotros. Tan es así que en un momento llegamos a decir: “Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros…” (Hc 15, 28)-. ¡El Espíritu Santo y nosotros! ¿Qué les parece?

Bueno, este extenso preámbulo es para decirles que si alguno de ustedes toma lo de que no se mencione mi nombre y el hecho de que siempre hablemos de “nosotros”, como una invitación a ponerse en mi lugar para ser parte del nosotros, es bienvenido.

Desde que invitamos al Señor sin saberlo, la hospitalidad se convirtió para nosotros en fuente de esperanza. Esperanza de volver a verlo de nuevo en toda su Gloria, como lo vimos en ese instante antes de que desapareciera, cuando nos partió el Pan. De hecho, no sé si sabían, el nombre de mi compañero lo expresa: Cleofas es ‘el que ve la gloria’. Mientras tanto, para nosotros cualquier “extracomunitario”, cualquier peregrino, cualquier persona que se nos ponga al lado, que se meta en nuestro evangelio y nos acompañe un trecho de camino es el mismo Jesús en persona…. Y en nuestra casa, el pan alcanza para todos.

Así que si quieren “meterse en la escena” –como dice San Ignacio en los Ejercicios Espirituales- no hay problema.

Cada uno tiene su modo de entrar y de interactuar con nosotros. Hay un icono que nos representa como un discipulo y una discípula y les sirve para contemplar a las consagradas y a los consagrados. Hay otro icono en el que se nos representa como una familia, incluso con un bebé. Otros como esos discípulos que el Señor enviaba “de dos en dos”.

Como digo, es bienvenida toda persona que se sienta identificada con nosotros. Así que pasamos a usar el nosotros y esperamos que se sientan incluidos.

Nosotros, de lo que queríamos dar testimonio es simplemente de este “vivir y obrar en común” que nos regaló el Señor.

Él ya nos había enviado en misión juntándonos de a dos y ese hecho marcó nuestra amistad en el Señor para siempre. Tanto que no nos fuimos cada uno por su lado, como suele suceder en las huidas. Nos fuimos juntos. Y El nos vino a buscar también a los dos.

Hay algo muy propio de Jesús en esto de tratarnos a los seres humanos “de a dos” (quizás es porque El es “el dos” del Padre y todo lo hacen juntos, en un mismo Espíritu).

Su entrada en nuestra historia comienza ya con dos parejas: María y José y sus parientes más ancianos, Zacarías e Isabel. El llamamiento a los apóstoles comenzó con los hermanos: Simón y Andrés y Santiago y Juan. También los envíos: siempre fueron de a dos. Y la hospitalidad de Marta y María. Y la amistad de Pedro y Juan.

Esta manera de ver a la gente de a dos, de pensar las misiones de a dos, es propio del Señor. Y se trata de un dos que rápidamente vemos convertirse en tres. Cuando Jesús hablaba de pedir de a dos, lo expresaba así: “Les aseguro también que si dos de ustedes se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, sea lo que fuere, lo conseguirán de mi Padre que está en los cielos. Porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18, 19-20). Es así. Es un dos abierto, un juntarse de a dos para formar familia, comunidad, equipo.

Pues bien, ese era nuestro problema. El nos pescó justo hablando de la comunidad. Era de eso de lo que veníamos conversando entristecidos… Si leen entre líneas lo que dice Cleofás, nuestro problema era la comunidad: ¿cómo podía ser que “nuestros” sumos sacerdotes y “nuestros” jefes lo hubieran condenado? ¿Y nuestro grupo? ¡Qué doloroso era ver ya despuntar las semillas de la disolución! ¿Qué otro cosa podía significar que algunas de las mujeres que andaban con nosotros, al no ver el cuerpo del Señor, hubieran comenzado a tener visiones de ángeles y que algunos de los nuestros les creyeran y otros no…? Acostumbrados a andar unánimes en torno a Él, vimos cómo se comenzaba a gestar la desunión y no queriendo ser cómplices, como suele suceder, nos abrimos. Y al final terminamos aumentando la división con nuestra huida.

Sí, el problema del que hablábamos con Cleofás era precisamente el de la comunidad. ¡Qué misterio, ¿no?! Cómo es que queriendo formarla la desgarramos. Nuestro reclamo era de fondo y estaba dirigido a Él. Nosotros habíamos esperado en Él y ahora no lo veíamos. Y sin Él no hay comunidad posible, eso estaba claro para nosotros y creo que vale también para ustedes.

Sin Él, no más de a dos, porque no hay grupo que aguante.

Sin Él, el recuerdo piadoso de las gestas vividas en común no es más que nostalgia sin futuro.

Sin Él, la mística de la comunidad se convierte muy pronto en política -como les pasó a nuestros saduceos- o termina siendo puro ritualismo y burocracia -una comunidad de sepulcros blanqueados-, como les pasó a nuestros fariseos…

Nosotros no intuíamos qué le pasaría a nuestra comunidad,  y no queríamos quedarnos a averiguarlo. Por eso nos fuimos. La teníamos tan clara, veíamos con tanta lucidez el problema de la comunidad, que nuestros ojos se fueron velando de una tristeza tal que se volvieron incapaces de reconocer al Maestro cuando se nos puso al lado por el camino.

Era un simple caminante, sin nada especial, si es que no es algo especial esa naturalidad con que se nos acercó y nos hizo hablar…

Eso fue lo más hondo que descubrimos luego, al recordar el ardor que nos encendió el corazón como una brasita nueva: justo en el punto del camino en el que la desilusión de la comunidad se volvía una lucidez, justo allí, donde nuestros ojos creían ver más claro lo que es la vida, se nos acercó Él, como a dos ciegos. Jesús, El que todo lo ilumina. Y antes de darnos la luz, nos encendió el fervor. Nos hizo comprender que para “ver su gloria” hacían falta esos tres días de pasión, en los que el amor es pura entrega.

Nosotros con la gracia oscura de su cercanía lo intuímos, y por eso, aún ciegos de tanta lucidez, dialogamos con Él y hasta nos animamos a hospedarlo en casa.

Antes de verlo lo escuchamos,

antes de reconocerlo lo hospedamos,

antes de entenderlo saboreamos el pan que nos partió.

Esta manera de entrar de nuevo en nuestra vida, este estilo suyo de establecer la comunión sin exigencias ni pruebas, sólo apelando al diálogo, a la hospitalidad y a la fe, nos marcó el camino de regreso a la comunidad.

A una comunidad en la que queríamos integrarnos tratando a los demás del modo como Él nos había tratado a nosotros.

Nos habíamos desilusionado de la comunidad por mirar muy críticamente a los que eran más grandes que nosotros y por despreciar muy escépticamente a las que eran más pequeñas que nosotros.

El hecho de que el Señor nos hubiera ido a buscar personalmente, a pesar de nuestra necedad y taradez de corazón, nos conmovió.

Por eso volvimos humildemente a la comunidad: dispuestos a escuchar cómo se le había aparecido a Simón Pedro y deseosos de valorar a nuestras hermanas como pares en pequeñez, equiparando el trato preferencial que nos había dado el Señor al igual que a  ellas.

Nos habíamos alejado de la comunidad enceguecidos por nuestras propias ideas, encerrados en la lucidez falsa de nuestros criterios y de nuestra manera de ver las cosas…

El hecho de que el Señor nos escuchara pacientemente antes de hablar, de que nos acompañara por el camino sin dejarnos ir solos, el hecho de que esperara nuestra invitación y luego la aceptara y nos partiera el pan… todo esto hecho con tanta paciencia y cariño, nos hizo arder el corazón.

Volvimos a la comunidad dispuestos a caminar con los demás, sin apurar el paso de nadie, siendo capaces de ir dos cuadras de más con el que nos pedía que lo acompañáramos una, abiertos a escuchar, deseosos de compartir primero antes de discutir…

En definitiva: volvimos corriendo a la comunidad.

Nos quedó claro que le hicimos hacer un trabajo extra al Señor.

Es verdad que los hijos pródigos sacamos lo mejor del corazón de Dios, su Divina Misericordia. Pero habiendo tantos pródigos y pequeñitos que se pierden en el mundo, la vuelta a lo común de la comunidad debe ser rápida, para poder salir todos juntos a buscar a otros que lo necesitan más.

Les confesamos que nuestra manera de estar en la comunidad, a partir de allí, fue un puro estar disponibles: para lo que quisieran mandarnos los más grandes y para la ayuda que necesitaran las más pequeñas.

No nos enganchamos nunca más en ninguna en ninguna interna (las internas son lujos que se dan los ricos y los poderosos).

No nos enroscamos más en ningún discurso desesperanzador (los discursos desesperanzados son para los que les gusta escucharse a sí mismos).

Pasamos a ser parte de esa infinita multitu de pequeñitos del pueblo fiel, los que todo lo creen, los que todo lo esperan, los que todo lo soportan.

Algunos nos ven ingenuos.

Pero nosotros sonreímos interiormente porque sabemos lo que es estar de vuelta del camino que se aparta de la comunidad.

Y nos gusta, considerarnos “de segunda”;

Nos encanta poder ser, dentro de la Comunidad grande, parte de “los que están de vuelta”:

de los perdidos que fueron encontrados,

de los pecadores que fueron perdonados,

de los escépticos que pasaron a ser fieles,

de los que que querían ser primeros y ahora quieren ser últimos,

de los que daban órdenes y ahora desean obedecer.

Esperamos que se entienda bien esto de “estar de vuelta”: no nos hizo de los que creen que se las saben todas, sino de los que sólo desean servir.

Diego Fares sj

 

 

 

 

Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo:

– “¡La paz esté con ustedes!”.

Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor. Jesús les dijo de nuevo:

– “¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes”.

Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió:

– “Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan”.

Tomás, uno de los Doce, de sobrenombre el Mellizo, no estaba con ellos cuando llegó Jesús. Los otros discípulos le dijeron:

– “¡Hemos visto al Señor!”.

Él les respondió:

– “Si no veo la marca de los clavos en sus manos, si no pongo el dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no lo creeré”.

Ocho días más tarde, estaban de nuevo los discípulos reunidos en la casa, y estaba con ellos Tomás. Entonces apareció Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio de ellos y les dijo:

– “¡La paz esté con ustedes!”.

Luego dijo a Tomás:

– “Trae aquí tu dedo: aquí están mis manos. Acerca tu mano: Métela en mi costado. En adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe”.

Tomas respondió:

– ¡Señor mío y Dios mío!”.

Jesús le dijo:

– “Ahora crees, porque me has visto. ¡Felices los que creen sin haber visto!” (Jn 20, 19-31).

 

Contemplación

Estas contemplaciones, como de tanto en tanto digo, no son sino “media contemplación”. En el sentido de que lo que intentan son cosas tales como:

despejar el camino, quitando algún obstáculo;

contar una historia, que sirve para acompañar la marcha;

compartir una reflexión para que cada uno profundice en lo que el Espíritu le da a sentir y gustar.

Hoy vamos por el lado de la reflexión, por si ayuda a quitar el obstáculo de un lugar común. Ese de que “si no veo no creo”.

Felices los que creen sin haber visto no significa los que creen “imaginando” o “suponiendo” sino los que creen a impulsos del Espíritu Santo.

El Espíritu sopla, tú no lo ves, pero puedes experimentar su movimiento, escuchar su canto y su voz, que es como el canto y la voz del viento.

Digo “impulsos” en plural porque el Espíritu tiene su ritmo, sus buenas ondas, sus olas con distinta intensidad. A veces sopla bajito y es como el aire fresco de la mañana que imprime alegría al día nuevo. A veces sopla hondo, en lo profundo del corazón cuando se estremece de pena al contemplar a uno que ha dormido en la calle, apenas envuelto en una frazada. Y así: a veces es viento de altura, aire límpido de montaña, que permite ver lejos el horizonte; otras veces se transforma en voz íntima, que dice Padre, Abba; y Señor Jesús, Señor mío y Dios mío! Sólo el Espíritu puede hacer que escuchemos y digamos estas palabras y que las asintamos de corazón.

Esto para decir que no siempre hace falta ver.

Debería ser obvio para una cultura como la nuestra.

En esta época no tiene sentido eso de “si no lo veo no lo creo”.

Hoy vemos un exceso de imágenes, pero todos sabemos que son modificadas.

Uno mismo modifica las fotos que saca para que precisen un detalle o tengan más luz. Como decía una amiga: felices los que pueden cambiar su foto de Facebook cada semana. Otros, cuando conseguimos salir más o menos decentes en una, la dejamos por tres años.

Hoy vemos pocos rostros reales y muchos en las pantallas. Hoy una de las cosas que más tocamos son las pantallas táctiles de nuestros celulares.

El ver y el tocar, que para Tomás eran los sentidos de lo inmediato, de lo propio suyo, hoy ya no lo son más. Vemos y tocamos con pantallas de por medio, que no nos ensucian con sangre los dedos y, si nos hieren los ojos, bajamos el brillo. No es lo mismo tocar con el dedo las llagas del Señor, como quería Tomás, que tocar una pantalla táctil.

En nuestra época necesitamos, más que nunca, otros sentidos para creer en Jesús (y en los demás).

A la realidad no se sale mejorando la calidad de las pantallas para que sean 3D.  A la realidad se sale –paradójicamente- yendo primero para adentro, directo al corazón, a lo que uno siente –allí interactúa el Espíritu, con los afectos-, y conectándose de corazón a corazón.

A la realidad de los pobres se sale “sintiendo misericordia”, no leyendo estadísticas.

A la realidad se sale, como dice Francisco, tocando la mano al pobre al que le damos una moneda, mirándolo a los ojos, diciéndole “buenos días”, “cómo estás hoy”.

Si solo ves los noticieros, que te dan la imagen que justifica la estadística, verás lo que te hacen ver.

Cuesta ver noticias frescas. Las que te muestran tienen algo ya pre-armado, para corroborar algo que te quieren hacer sentir.

Por eso hoy quizás sea bueno decir, al revés que Tomás: Si lo veo, no lo creo.

“Si lo veo, no lo creo” en el sentido de: tengo que confrontar muchas imágenes y opiniones y no dar crédito a lo primero que veo (a lo primero que me hacen ver).

Yo suelo hacer así: cuando leo una noticia o veo algo por TV, primero trato de sentir bien lo que siento. Dejo que el mensaje me impacte. Y luego me examino a mí mismo y me preguntó: qué sentí? Por qué pensé esto? Por qué me pegó justo allí la noticia? Cuál es mi prejuicio, mi parte débil? Y suelo descubrir lo que llamo: “mis lugares comunes”.

Un lugar común afecta a los refugiados

Si uno lee los titulares de los diarios sin estar muy atento, la sensación es que los refugiados están invadiendo Europa. Este año han venido a Italia a través del Mediterráneo 43.000 personas y se han ahogado más de mil. Pero estamos hablando de países como Italia, con una estructura hotelera que en 2015, por ejemplo, registró 89.000.000 de llegadas. Por supuesto que los inmigrantes no se quedan un promedio de 3 noches, pero impacta cuando un ministro del interior dice que “no es simple gestionar la llegada de 10.000 personas por mes”. Las estadísticas hay que leerlas comparando muchas cosas, si no, si lo que ves son dos o tres datos, mejor decir: si lo veo, no lo creo.

Otro ejemplo, pero cualitativo.

Mamadhou Alfa, un chico de 20 años que está en el centro de refugiados de San Saba, me decía que subió al subte, se sentó en un puesto libre y la señora que estaba al lado se llevó la mano a la nariz. Él estaba recién bañado y bien vestido, pero ella lo vio -y lo olió! – sucio. Él decía que no era justo. Y lo repetía… Pero la señora “lo olió sucio”. Esto es muy impresionante. Por eso, si mi mentalidad está influida por estadísticas malintencionadas, aunque lo huela, no lo creo.

 

Dejamos ahora lo de los refugiados, que conmueve las entrañas y pasamos a otro campo: el de la astrofísica.

El año pasado, con la colaboración de una Cordobesa, un grupo de científicos confirmó la teoría de las ondas gravitacionales. Son ondas como las que produce una piedra al caer en un lago. La noticia decía así:

“Después de semanas de rumores, el equipo del observatorio Advanced LIGO (Advanced Laser Interferometer Gravitational-Wave Observatory) ha confirmado que, efectivamente, el 14 de septiembre de 2015 los dos interferómetros del experimento detectaron la sutil deformación del espacio-tiempo causada por el paso de ondas gravitacionales creadas por la colisión de dos agujeros a 1300 millones de años luz de la Tierra”.

La Cordobesa Gabriela González que es parte del equipo, dio una conferencia el año pasado: “Ondas gravitacionales: una nueva manera de admirar el universo”.

Lo que me impresionó es que estas ondas no se ven (como las electromagnéticas) sino que “se escuchan”. ¡Los científicos se pasaron un año confirmando con otros científicos si “el sonido” detectado eran esas ondas o si se trataba de algún hacker que había interferido el proyecto!

Esto puede servir para reflexionar acerca del trabajo que se toman los científicos antes de creer lo que experimentan. Pero mejor aún puede servir como metáfora de las cosas del Espíritu.

Vivimos en un universo que “se hace oír” lentamente, a un ritmo de millones de años luz, con un lenguaje que permite escuchar colisiones de estrellas que sucedieron miles de millones de años atrás… ¿Debería sorprendernos que el Espíritu Santo Creador, que aleteaba sobre las aguas de ese Universo, como dice el Génesis, y que descendió sobre nuestra Señora y los apóstoles con un fuerte ruido el día de Pentecostés, se siga haciendo oír en nuestros días?

¿Nos sorprende que pueda ser muy real y no solo algo poético afirmar que también hoy, gracias a ese delicado y sensible instrumento que es nuestro corazón humano, podemos “escuchar” el canto de ese Espíritu, cuyas ondas gravitacionales se expanden suavemente a través del espacio-tiempo, de generación en generación?

¡Decía un científico que, gracias a estas ondas detectadas e identificadas, podemos “escuchar” en vivo y en directo lo que pasó hace millones de años! Es decir: así como cuando uno ve una transmisión en directo, la voz se retarda un poco más que la imagen, pero uno sabe que está “en vivo”, así también con las estrellas, que vemos “en vivo” como eran hace millones de años a medida que se alejan, y así también en las cosas del Espíritu, que podemos vivir en vivo, agradeciendo incluso esa rugosidad y espesor que adquiere su voz al atravesar la historia pasando por otros corazones.

Los corazones de los santos testigos y evangelizadores son el instrumento vivo por el que se transmite esta voz del Espíritu –no por el aire ni por el mero paso del tiempo- y le dan, cada uno, su tono y su timbre especial, que enriquece el mensaje. El lieto anuncio de la Resurrección de Cristo –del que hablaba el Papa Francisco- no es un anuncio abstracto sino un anuncio en el que la voz del Señor se une a la voz de todos los suyos. Él quiere que sumemos la nuestra para anunciar al mundo que Cristo es el Señor y todos podamos decir como Tomás: Señor mío y Dios mío, sin necesidad de verlo, siguiendo los “impulsos” de su Espíritu.

Diego Fares sj

 

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“Pasado el sábado, al amanecer del primer día de la semana, con María (la de Santiago), fuimos a ver el sepulcro. De pronto, se produjo un gran terremoto pues el Angel del Señor bajó del cielo y, acercándose, hizo rodar la piedra y se sentó sobre ella. Su aspecto era como el relámpago y su vestido blanco como la nieve. Los guardias se pusieron a temblar de espanto ante él y se quedaron como muertos. El Ángel se dirigió a nosotras, las mujeres y nos dijo: «Ustedes no tengan miedo, yo sé que buscan a Jesús, el Crucificado; no está aquí, ha resucitado, como lo había dicho. Vengan, vean el lugar donde estaba, y ahora vayan en seguida a decir a sus discípulos: “Ha resucitado de entre los muertos, e irá delante de ustedes a Galilea; allí lo verán”. Esto es lo que tenía que decirles.» Nosotras, partimos a toda prisa del sepulcro, con mideo y gran gozo y corrimos a dar la noticia a sus discípulos. En esto, Jesús nos salió al encuentro y nos saludó diciendo: «Alégrense». Nosotras, acercándonos, nos abrazamos a sus pies y lo adoramos. Entonces Jesús nos dijo: «No teman; avisen a mis hermanos que salgan para Galilea; allí me verán» (Mt 28, 1-10).

Contemplación

Aunque al narrar el evangelio así, en primera persona, saqué mi nombre, y dejé el de “la otra” María, como la llama Mateo, ya se habrán dado cuenta de quién es la que habla. La tradición se hace lío con tantas Marías en el evangelio. Las dos Marías que fuimos  al santo Sepulcro la mañana de Pascua. Las tres Marías que estabamos al pie de la cruz. María, la hermana de Lázaro… A mí me gusta recordar la primera vez que Lucas me nombra como “una más del pequeño grupo de mujeres” que acompañabamos al Señor y lo servíamos con nuestros bienes: “Le acompañaban los Doce, y algunas mujeres que habían sido curadas de espíritus malignos y enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios, Juana, mujer de Cusa, un administrador de Herodes, Susana y otras muchas que les servían con sus bienes” (Lc 8, 2-3). Por esto de los siete demonios muchos me identifican con esa pobre mujer que fueron a ‘sorprender’ en adulterio, la que querían apedrear delante del Señor! También me confunden con la otra María, la hermana de Marta y de Lázaro, por lo de los perfumes… Y con la otra pecadora, a la que el Señor dijo que se le había perdonado mucho porque “había amado mucho”. A mí me hacen sonreir estas “confusiones” de nombre. Me gusta lo que dice Pablo, que: “Todos los bautizados en Cristo nos hemos revestido de Cristo: y ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos somos uno en Cristo Jesús” (Gal 3, 26-28).

Si ahora me identifico más es para que mi testimonio les llegue mejor a ustedes, no por otra pretensión, ni para satisfacer ninguna curiosidad.

Mi nombre cristiano, mi identidad, lo que soy por gracia, no me viene ni de afuera –del rol que teníamos las mujeres en mi época y que ha cambiado en la de ustedes-, ni de adentro –de mis heridas o de mis deseos-, sino de Otro, de Él. Fue el Maestro el que terminó de configurar y consolidó para siempre en mí la conciencia de lo que soy por su gracia cuando me llamó por mi nombre:

María -me dijo-,

y yo le respondí con el suyo para mí:  Rabbuní.

Y ahí está todo.

Lo que digan los demás, y lo que a veces yo misma cavilo, me tiene sin cuidado.

Pero lo que quería compartir con ustedes en esta mañana de Pascua, es que mis nombres más lindos no son nombres propios – al fin y al cabo, como decía, mi nombre propio es el más común-, ni tampoco nombres que signifiquen cargos o títulos jerárquicos dentro de la Comunidad. Mis nombres más lindos son nombres de los gestos que mi Maestro tuvo conmigo; nombres de lo que hizo conmigo y de lo que me permitió hacer por Él. Y en eso los invito a identificarse conmigo y con los otros discípulos y discípulas. Los invito porque es una verdad también para ustedes que, en el Maestro, todos nosotros podemos ser uno. Es como que juntándonos en torno a Él quedamos “revestidos” de Él.

El “hace nuevas todas las cosas” y lo primero que nos renueva es el nombre: nos regala nombres nuevos, nos reviste con los nombres de la resurrección.

¿Cuáles son estos nombres?

Son los nombres del evangelio. Hay una infinidad. Son tantos como los gestos y las obras de misericordia, de anuncio y de adoración…

Uno se los puede probar cada día y revestirse con uno de ellos. Tienen que ver con preguntarse no tanto “quién soy” (lo cual está bien, como dice su Rabbuní –Francisco-) sino primero: “para quién soy hoy”.

Los que nos da el Señor son nombres para otros. Nombres de acción. ¡Pruébenselos ustedes! Prueben lo que se siente, por ejemplo, luego de confesarse, ponerse como nombre “la-pecadora-perdonada” o “el-pecador-perdonado”.

Yo soy “La pecadora perdonada” (con el “la” como usa la gente del interior).

Para mí ese fue el primer nombre con que me bautizó el Señor y no lo cambio por nada, aunque le agregue otros nombres, también muy significativos, este siempre está en la base. Soy “La pecadora perdonada”, de la que salieron los siete espíritus impuros que poseían mi corazón y lo dejaron libre para que sólo fuera su Dueño mi Rabbuní.

Prueben también, en esta semana santa, llamarse “uno-o-una-de-los-que-están-junto-a-la-Cruz-de-Jesús”. Este nombre a mí también me encanta. Me lo puso Juan, que fue el que mejor me conoció. Los otros discípulos, a los que el Señor nos mando a anunciarles que había resucitado, siempre se quedaron un poco con la primera impresión –de locas- que se hicieron de nosotras al vernos llegar tan alborotadas. Y parece que de alguna manera la transmitieron, porque por lo que veo, en el imaginario eclesial, apenas si hay alguna imagen de nuestra “Anunciación”. A mí me pintan siempre llorosa y a los pies del Señor, penitente y sensual a la vez… Pero como alegre compañera de evangelización, poco o nada. No importa. Decía que Juan, en cambio, como habíamos estado juntas con él y María su Madre, al pie de la Cruz, nos miraba de otra manera. Haber estado allí aquellas interminables horas nos cambió todo, nos fundió en un solo sufrimiento los corazones. El gólgota nos quitó toda presunción, toda exageración, nos hizo “testigos veraces”…, nos hizo confiar entre nosotros. Por eso a Juan le bastó vernos a los ojos para creer.

“La pecadora perdonada” es un nombre íntimo. Un nombre con el que sólo el Maestro abre y cierra nuestra vida. El otro, en cambio, el de “uno de los que estamos junto a la Cruz de Jesús”, es un nombre “social”, de grupo. Es el nombre que ilumina nuestra pertenencia a la comunidad, nuestro quehacer solidario y nuestro compadecer junto con los demás. Es un nombre que nos pone junto a María, su Madre, que más que “una de las que estábamos” era “La que estaba”, “La que está siempre junto a toda cruz”. Este es un nombre que nos hermana a Jesús, un nombre que nos iguala con los pobres, con todos los que sufren. ¿Quién hay que no “esté junto a alguna cruz?”

Prueben también llamarse “uno-de-los-que-buscan-a-Jesús-el-Crucificado”. Este nombre nos lo puso el Angel y les confieso que me tocó en lo más profundo del corazón. Es tan propio nuestro andar “buscando (temiendo) a un Crucificado. Como si algo en lo más íntimo nos dijera “mirá que ahí termina todo: en una cruz”. “¿Cuál será la próxima desgracia?”, nos preguntamos. Y caminamos hacia ella resignados. Sin embargo este nombre tiene algo lindo. Es un nombre “puerta”, como yo le llamo. Es verdad que uno camina siempre al encuentro de alguna cruz, de algún sepulcro, de su cita personal con su muerte…Yo puedo dar testimonio de cuánto es verdad esto de que buscamos muertos. Acuérdense que tenía delante a mi Maestro Resucitado y mis lágrimas sólo me permitían pensar en su cuerpo muerto. De allí me vino otro nombre: el de “la-que-llora-porque-no-sabe-dónde-han-puesto-a-su-Señor”. Estos tres últimos nombres parecen medio fúnebres, es cierto. Pero hablan de fidelidad. Y desde que El Señor no faltó a su cita con la muerte, desde que Él abrazó la Cruz, esta se abrió y se convirtió en puerta hacia la vida. Fue por perseverar junto al sepulcro vacío que el Señor se me manifestó primero.

Y entonces me cambió el nombre -nos lo cambió a las dos- y fuimos: “Las-que-abrazan-a-los-pies-de-Jesús-y-lo-adoran”. En este nombre exageramos un poco con la efusividad y el Señor nos pidió que lo soltáramos, porque todavía no había ido al Padre. Pero ahora, gracias al Espíritu que nos hace “adoradores en Espíritu y en Verdad” podemos abrazar y adorar todo lo que queramos.

De todos estos nombres hay uno que le llama la atención a los demás y es “La-primera-a-la-que-se-le-manifestó-Jesús-resucitado”. Este sería un nombre sólo para mí… Pero lo de “la primera” va en la dirección de los títulos y los cargos y no pega conmigo.  Además, si uno lee bien Marcos dice: “Jesús resucitó en la madrugada, el primer día de la semana, y se manifestó primero a María Magdalena, de la que había echado siete demonios” (Mc 16, 9). Para mí, más que nombre mío es el Nombre de Él. Mi Maestro es: “El-resucitado-que-se-manifestó-primero-a-María Magdalena-y-a-las-otras-mujeres”. Porque de hecho, si bien Marcos y Juan me mencionan a mí sola, Mateo y Lucas nos mencionan a varias.

El asunto es que esto de que se manifestara primero a las mujeres siempre trajo cola. Con Pedro lo charlamos muchas veces, porque él y Juan nos creyeron. Al menos fueron a ver. Pero los otros! A los de Emaús pareciera que fue nuestro anuncio lo que terminó de convencerlos de que la cosa no daba para más y se marcharon. Se les veía en la cara lo de “esto es demasiado”. Lo lindo es que después a ellos les gustaba llamarse “Los que están de vuelta”, y eran de los más respetuosos con nosotras. Se nos ponían al lado, un paso atrás. Quizás por que comprendían lo que es sentir que los otros te envidian un poco por ser preferidos. Ellos habían tenido al Señor como compañero de camino y gracias a que siguieron la corazonada de invitarlo a quedarse aquella tarde, les partió el Pan! Nada menos.

Por cosas como esta yo digo que el que lleva la palabra “primero” no es nombre mío o nuestro sino del Señor: El lleva por Nombre “El que se manifiesta primero a los pequeños”. En todo caso, el nombre que nos queda a nosotras a partir de su acción es el de “testigos”. Simples y pequeñas testigos.

Este nombre, el de testigos, es clave en la Iglesia. Es el fundamento de la jerarquía apostólica. Cuando hubo que cubrir el lugar de Judas, se eligió, tirando los dados!

-con ese buen humor y esa simplicidad propios sólo de la Iglesia cuando está consolada-. Se sorteó entre los que “anduvieron con nosotros todo el tiempo que Jesús convivió con nosotros, para ser constituido “testigo de la resurrección” (Hc 1, 21). Es tan fuerte este nombre –“testigos del Resucitado”- que por ahí a alguno o a alguna se le sube a la cabeza. Se me sugirió –un poco a destiempo, por supuesto- desde la época de ustedes que por qué no reclamaba mis derechos. “Vos sos la primera testigo. Te tendrían que poner a vos en lugar de Judas”. “E incluso primero que Pedro”, se entusiasmó otro…

Yo pienso que, como reclamo, tal vez sería justo. Pero automáticamente me haría perder para adelante, lo que se me donó. Porque el Señor sigue siendo “El-que-se-manifiesta-primero-a-los-pequeños”, y a mí, lo que me interesa en la vida es que se me siga manifestando mi Rabbuní. ¿O acaso no está claro que “Él se manifiesta primero a los últimos”? Yo creo que el Señor dejó bien claro que este es el camino por donde viene su Don: viene primero por los más pequeños y se da siempre para beneficio de los más pequeños. La autoridad y la jerarquía es puro servicio de este Don. Y además, está en un lugar intermedio, que un día desaparecerá. Y yo no quiero perder “Lo que no desaparece”

Pero bueno, cada uno tiene que hacer su propio camino en esto del nombre que quiere tener y el nombre que le dan en la Iglesia.

Además, como dice San Ignacio, basta “tener entendimiento” del evangelio para darse cuenta de que la primera Testigo del resucitado fue su Madre. Como decía un padre español contemporáneo de ustedes y muy simpático: Esta es una verdad obvia. Al Señor le habían quitado la ropa y se habían sorteado su túnica. Así es que seguro que lo primero que ha hecho al resucitar es ir a casa de su Madre a buscar esa ropa de recambio que ella siempre le tenía lista”.

Así como la primera vez el Don vino a través de la pequeñez de “su servidora” –como le gusta a Ella que la llamemos-, así también en Pentecostés, el Don del Espíritu vino a los que estábamos reunidos en torno a Ella. Y si Ella no reclama…

En esta Pascua de ustedes, del 2017 dC, les deseo la gracia del Evangelio de hoy: que “El Señor les salga al encuentro y les diga, como a nosotras, ¡Alégrense!”.

Cumplo así con mi oficio y mi rol dentro de la Iglesia, que es el de consolar a los amigos del Señor, con el nombre que no acaba nunca de: “La-que-anunciauna-y-otra-vez-que-el-Maestro-ha-resucitadoy-que-los-espera-en-Galilea-y-que-sube-a-su-Padre-y-nuestro-Padre”, para que de esa alegría y de la contemplación de tanta gloria y gozo del Señor resucitado, sienta cada uno su pertenencia a la Iglesia de Cristo y descubra sus nombres: esos que se forman con los nombres de aquellos a los que el Señor nos envía cada día a consolar y misericordiar.

 

 

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