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 En aquel tiempo, se presentó Juan el Bautista, predicando en el desierto de Judea y diciendo:

Conviértanse, porque se ha acercado el Reino de los Cielos”.

A Él se refería el profeta Isaías cuando dijo:

‘Una voz grita en el desierto: Preparen el camino del Señor, Enderecen sus senderos’.

Juan tenía una túnica de pelos de camello y un cinturón de cuero, y se alimentaba con langostas y miel silvestre. La gente de Jerusalén, de toda la Judea y de toda la región del Jordán iba a su encuentro, y se hacía bautizar por él en las aguas del Jordán, confesando sus pecados.

Al ver que muchos fariseos y saduceos se acercaban a recibir su bautismo, Juan les dijo:

“Engendro de víboras, ¿quién les enseñó a escaparse de la ira de Dios que se acerca? Den el fruto que corresponde a una conversión verdadera, y no se contenten con decir: ‘Tenemos por padre a Abraham’. Porque yo les digo que de estas piedras Dios puede hacer surgir hijos de Abraham. El hacha ya está puesta a la raíz de los árboles: el árbol que no produce buen fruto será cortado y arrojado al fuego. Yo los bautizo con agua para que se conviertan; pero aquel que viene detrás de mí, es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de sacarle las sandalias. El los bautizará en el Espíritu Santo y en el Fuego. Tiene en su mano la horquilla y limpiará su era: recogerá su trigo en el granero y quemará la paja en un fuego inextinguible” (Mt 3, 1-12).

Contemplación

Conviértanse! Conversión -metanoia- es la palabra preferida de Juan.

Una palabra, una misión: hacer que la gente se convierta a Jesús que viene.

Ese Jesús que viene después de Juan, que es más poderoso que él en Espíritu y al cual Juan no se considera digno ni de sacarle las sandalias de los pies para servirlo.

La conversión es un proceso, un camino y donde hay que poner los ojos es en Jesús.

De qué tengamos que convertirnos y cuánto nos lleve, depende de dónde esté parado cada uno, de hacia dónde esté orientada su mente, sus costumbres y cuál sea el tesoro de su corazón.

La conversión de las pasiones. Examinándome, veo que lo primero que resuena cuando escuchó conversión, es dejar algunos pecados que tienen que ver con lo más inmediato de mis pasiones: perezas, avideces, broncas. Son pasiones –en el sentido preciso de que las padezco, de que me mueven espontáneamente- que no obedecen fácilmente a Jesús. Las controlo hasta cierto punto, pero siempre están ahí. Y por eso mismo, porque no tenemos “dominio total” de nuestras pasiones, es que no son lo primero sino lo último que se convierte.

La conversión de la mente. Antes está la conversión de mi mentalidad, de mis ideas y modo de razonar. En este punto yo creo que mis ideas están más modeladas por las del evangelio. Gracias a los Ejercicios espirituales le he tomado el gusto a “pensar con los criterios de Jesús” y no con los míos. Por experiencia y gracias a la ayuda de buenos maestros, he aprendido a discernir las “falacias del demonio”, sus razonamientos torcidos, apenas se siente su “tufo” y su mal sabor.

Pero en este punto veo que hay una gran tarea ya que mucha gente piensa mal.

Hay quien piensa, por ejemplo, que si el Papa pone la Misericordia infinita del Padre por encima de todo y no “clarifica” los casos en los papeles, la gente se va a “confundir”.

Hay gente que piensa como pensaban los saduceos, que no creían en la resurrección, y le presentaban “casos” de libro al Señor. Casos como de la mujer que tuvo siete maridos, y querían que les clarificara qué opinaba sobre ese “caso”.

El Señor les dice que “están muy equivocados”, que los criterios de la resurrección son otros. Que Dios es un Dios de vivos, no de “casos de manual”.

Cuando le ponen delante una persona, como la pecadora, el Señor no opina sino que se involucra totalmente con la persona, pone en contacto su Misericordia con la miseria, como dice el Papa en la Carta Apostólica con que concluyó el Jubileo.

No me resisto a poner el primer párrafo:

“Misericordia et misera son las dos palabras que san Agustín usa para comentar el encuentro entre Jesús y la adúltera. No podía encontrar una expresión más bella y coherente que esta para hacer comprender el misterio del amor de Dios cuando viene al encuentro del pecador: «Quedaron sólo ellos dos: la miserable y la misericordia».

Cuánta piedad y justicia divina hay en este episodio. Su enseñanza viene a iluminar la conclusión del Jubileo Extraordinario de la Misericordia e indica, además, el camino que estamos llamados a seguir en el futuro.

(…) La misericordia no puede ser un paréntesis en la vida de la Iglesia, sino que constituye su misma existencia, que manifiesta y hace tangible la verdad profunda del Evangelio. Todo se revela en la misericordia; todo se resuelve en el amor misericordioso del Padre.

Una mujer y Jesús se encuentran. Ella, adúltera y, según la Ley, juzgada merecedora de la lapidación; él, que con su predicación y el don total de sí mismo, que lo llevará hasta la cruz, ha devuelto la ley mosaica a su genuino propósito originario. En el centro no aparece la ley y la justicia legal, sino el amor de Dios que sabe leer el corazón de cada persona, para comprender su deseo más recóndito, y que debe tener el primado sobre todo.

En este relato evangélico, sin embargo, no se encuentran el pecado y el juicio en abstracto, sino una pecadora y el Salvador. Jesús ha mirado a los ojos a aquella mujer y ha leído su corazón: allí ha reconocido su deseo de ser comprendida, perdonada y liberada. La miseria del pecado ha sido revestida por la misericordia del amor. Por parte de Jesús, no hay ningún juicio que no esté marcado por la piedad y la compasión hacia la condición de la pecadora. A quien quería juzgarla y condenarla a muerte, Jesús responde con un silencio prolongado, que ayuda a que la voz de Dios resuene en las conciencias, tanto de la mujer como de sus acusadores. Estos dejan caer las piedras de sus manos y se van uno a uno. Y después de ese silencio, Jesús dice: «Mujer, ¿dónde están tus acusadores? ¿Ninguno te ha condenado? […] Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más». De este modo la ayuda a mirar al futuro con esperanza y a estar lista para encaminar nuevamente su vida; de ahora en adelante, si lo querrá, podrá «caminar en la caridad» (cf. Ef 5,2). Una vez que hemos sido revestidos de misericordia, aunque permanezca la condición de debilidad por el pecado, esta debilidad es superada por el amor que permite mirar más allá y vivir de otra manera” (Misericordia et misera 1).

Estas palabras del Papa no solo son claras sino que son “luminosas”, y con el esplendor de la verdad del Evangelio nos marcan “el camino que estamos llamados a seguir en el futuro”.

Sus enseñanzas son magisterio y sana doctrina y nos ponen en contacto “con la “verdad profunda del Evangelio”. “Todo se vuelve claro, se revela, en la Misericordia; todo se resuelve –se juzga de manera justa y sabia- en el amor misericordioso del Padre”.

La conversión del corazón. Llegamos así a la conversión del corazón, que es la que cuenta. La conversión de las pasiones y la conversión de las ideas siempre están “a medio hacer”, no son cosas de las que uno pueda decir que ya está convertido, ni en las que uno se pueda sentir totalmente seguro. Cuando uno domina una pasión, el demonio comienza a trabajarlo en otra… Y con las ideas, siempre surge alguna deslumbrante que –como ángel de luz- fascina a veces nuestra mente y tenemos que estar atentos porque no son ideas “malas” y que lleven a algo directamente malo, sino que suelen ser ideas “alternativas”, que llevan a algún bien, pero menor o distinto del que el Señor quería para nosotros.

Es siempre la misma lucha: los paganos tenían que convertirse de los “ídolos” y los judíos de la dureza de la “ley”.

El Señor, sin desatender estos ámbitos de conversión, apunta directo al corazón. Él entabla un diálogo sostenido en el que el tema es sólo y en primer lugar “el corazón de la gente”, de cada persona y de su pueblo, porque, como dice siempre Francisco: los pueblos tienen un corazón y se lo siente latir en su cultura.

Uno no puede convertir totalmente sus pasiones ni sus ideas pero sí puede convertir enteramente su corazón. Como decía aquella religiosa amiga de una amiga: Si Jesús me pide el corazón, yo se lo doy.

Y a propósito de todo esto, les comparto algo muy lindo que me contó esta amiga religiosa, – es misionera en el Congo y está haciendo el mes de Ejercicios en la vida cotidiana-:

“Te cuento ahora –me escribía- algo muy bello. Aquí hoy hemos tenido una sesión de 8 a 13, que continuará el próximo sábado, para los alumnos de los dos últimos cursos, de las 4 escuelas secundarias de la misión. Era un grupo de 109 alumnos y alumnas. El tema es la educación afectivo-sexual. Ha ido muy, muy bien y eso les ayuda a crecer y formarse bien. Lo damos un matrimonio comprometido, 2 sacerdotes y 2 religiosas.

Tenías que ver la cara de una chica de 20 años (la conozco bien) que estudia en un Instituto vecino y que ha participado en la formación. Lleva ya un aborto y dos embarazos con 2 hombres distintos… ahora estudia 5º de Secundaria. Su cara cuando ha oído que nunca está todo perdido, que aunque se haya perdido la virginidad del cuerpo se puede recuperar la del corazón, que a pesar de la magnitud de nuestros errores y pecados Dios no puede sino perdonar y que nos llama a ir adelante… por esa cara que ha recuperado la luz y la esperanza yo daría una vida entera y mil más.

El día que veas al Papa Francisco, cuéntaselo! Eso es la Misericordia.”

La conversión del corazón, sólo Jesús la consigue. Ese es el Bautismo del Espíritu. Un bautismo del corazón. Un sumergir el corazón en su agua bendita que lo limpia todo. Un dejar que por el camino Jesús nos lo vaya “bautizando” con su modo de contar las cosas que pasaron, y caigamos en la cuenta y nos digamos, como los discípulos de Emaús: “acaso no ardía nuestro corazón por el camino mientras nos hablaba?”.

La conversión del corazón es solo un “sí”, como el de María; un “que se haga” –eso es el corazón-, un hágase según tu palabra, a tu modo y a tu medida, cuando quieras y como quieras.

La conversión del corazón es  dejar algo, como dejaron las redes los primeros cuatro discípulos: así como estaban, lo siguieron. Eso es el corazón.

La conversión del corazón es seguir una corazonada, como Zaqueo, como la hemorroisa, como Bartimeo, como Pedro y Juan corriendo al sepulcro, como María Magdalena que no se quería ir. Una corazonada, eso es el corazón.

La conversión del corazón es una certeza que toca fondo, como la del hijo pródigo. “Me levantaré y volveré junto a mi Padre”, eso es el corazón.

La conversión del corazón es tirarse de cabeza, como Brochero tirándose al río agarrado de la cola de su mula Malacara y es también una rutina cotidiana, como el pasar del cura con la pata entablada, al tranco de mula, frente a los ranchos de la gente que sale a pedirle la bendición, mientras va fumando un chala rumbo a una viejita que lo espera para la confesión.

La conversión del corazón es inmediata, es un “encantado patroncito” como el de Hurtado. ¿Recuerdan? Aquel día en que un estudiante jesuita había viajado a Santiago con una lista inmensa de encargos y al llegar, no va que se topa con el Padre Hurtado y espontáneamente se le ocurre pedirle la camioneta. Hurtado sacó ahí nomás las llaves del bolsillo y se las dio con su mejor sonrisa diciendo: “encantado, patroncito“. Apenas partió el joven en la camioneta, San Alberto salió a hacer sus numerosas diligencias de aquel día en micro. Este detalle muestra su humildad espontánea”, dice el cronista. Nosotros decimos que eso es “el corazón”.

La conversión del corazón es una sed de amor y de almas, como esa que “de una manera que nunca podrá explicar, se apoderó del corazón de la Madre Teresa, y el deseo de saciar la sed de Jesús se convirtió en la fuerza motriz de toda su vida”.

La conversión del corazón es un sentir la Palabra de Dios como un lapicito que escribe las cosas suavemente y con linda letra en esa superficie tierna del alma que llamamos “nuestro corazón”.

La conversión del corazón es una decisión, como la que tomó Teresita, el día en que “se olvidó de sí misma -de su hipersensibilidad para con los afectos de los demás, que hacían que se le estrujara el corazón- y fue feliz”.

La conversión del corazón es ponerle, a cada miseria, la firma de la misericordia, que es la única que no necesita “aclaración”.

Diego Fares sj

 

 

 

 

 

 

 

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En aquél tiempo Jesús dijo a sus discípulos: Como en los días de Noé, así será la venida del Hijo del hombre. Así como pasó en los días que precedieron al diluvio, que la gente comía, bebía y se casaba, hasta el día en que entró Noé en el arca; y no se dieron cuenta de nada, hasta que sobrevino el cataclismo y los arrastró a todos, así será también el Adviento del Hijo del hombre.

Entonces habrá dos hombres en el campo: uno será tomado y uno abandonado; dos mujeres estarán moliendo con la muela, una será tomada y una abandonada.

Vigilen, pues, porque no saben qué día viene su Señor.

Sepan esto: si el amo de casa supiera a qué hora de la noche viene el ladrón, vigilaría y no dejaría abrir un boquete en su casa.

Por eso, también ustedes estén preparados, porque a la hora menos pensada viene el Hijo del hombre (Mt 24, 37-44).

 

 

Contemplación

La contemplación al comienzo del Adviento es muy simple. Se basa en una verdad que a veces se nos tapa, y es ésta: si Jesús dice que vendrá, entonces es que hay una puerta abierta.

Si vino una vez, si viene a consolarnos cada día mientras vamos de camino por la vida, si vendrá trayendo consigo el último día, significa que tenemos que mirar hacia allí donde la realidad es una puerta abierta.

Como cuando uno espera la salida del sol y concentra la mirada allí donde el cielo irradia ese esplendor de luz primero blanca y luego amarillo como oro fundido.

El libro del Génesis nos regala la primera imagen de la creación como la de la luz que se abre espacio en medio del caos y las oscuras tinieblas. Dijo Dios: Haya Luz. Y la luz se hizo” (Gn 1. 2-3).

Las cosas son lo que son, pero tienen un lugar abierto en sí para dar a luz algo mejor.

Las estrellas son estrellas desde hace quince mil millones de años –cada una con sus planetas y asteroides girando alrededor- y lo siguen siendo, pero en nuestro planeta, hace 2.700 millones de años, surgió algo totalmente nuevo: se abrió paso la vida fotosintética de las plantas marinas.

Las plantas siguen siendo plantas desde entonces, pero en ellas –en su estructura íntima- hubo espacio para que se abriera paso la vida animal.

Los animales siguen siendo animales desde entonces, pero en su estructura íntima hubo espacio abierto para que hace menos de dos millones de años, adviniéramos nosotros, los hombres: la vida autoconsciente y libre, la vida espiritual.

Los hombres seguimos siendo animales racionales, cosa que una cultura que se dice agnóstica, se empeña en querer demostrar… Como si no bastara con ver en el noticiero las noticias sobre Mosul o estudiar nuestros propios comportamientos egoístas, para darnos cuenta de que somos eso, simples animales, a los que la razón nos permite “salirnos de los límites” y experimentar sobre nuestra propia vida y, lo que es muchas veces muy triste, sobre la vida de los demás.

Es importante esta verdad: que si no nos abrimos a ese “algo más”, que hizo que surgiéramos desde el interior de las otras especies, y damos a luz “algo mejor”, no sólo somos “simples animales racionales”, sino que nos convertimos en algo negativo. La racionalidad, cuando no se abre al corazón, se enfría y, paradójicamente, esto hace que nuestras pasiones animales pierdan sus límites naturales y enloquezcan.

¿Qué sino paranoia es esa violencia que convierte la lucha natural por un pedazo de carne, propia de un lobo tanto como de una gaviota, en la fabricación y venta organizada a escala mundial de armas de todo tipo, incluso químicas, que bombardea poblados indefensos y hace explotar bombas humanas en aeropuertos?

¿Qué sino exacerbación frenética es una sexualidad que convierte la expresión del amor y la fecundidad en una industria de pornografía y recurre a la trata de personas –incluso niños y niñas- para alimentarla?

¿Qué sino delirio es una industria que produce cosméticos con carne humana y deja que se pudran toneladas de alimento mientras millones de personas padecen hambre y los niños nacen y viven desnutridos?

Paranoia, exacerbación frenética, delirio… El mal, antes que problema moral, es locura que sólo la razón y una obcecada libertad pueden sostener.

Cuando cerramos la puerta a esta apertura que es constitutiva de toda realidad, no solo nos apartamos de Dios, sino que engendramos en nuestro interior algo peor que un simple “animal racional”. Le abrimos la puerta a la locura del mal.

Lo que narra el Génesis en el relato del Diluvio no es simple pasado, sigue siendo actual: “Vio Dios que la maldad del hombre cundía en la tierra, y que todos los pensamientos que ideaba su corazón eran puro mal de continuo”. Esto hizo que le pesara “a Dios haber creado al hombre en la tierra y se indignó su corazón” (Gn 6, 5-6).

La imagen de Noé construyendo el Arca, es la imagen que contrasta con toda esta locura. Aunque parezca poca cosa: “Basta un hombre bueno para que haya esperanza” dice de él Laudato Si (71).

Resulta conmovedora la imagen de Noé –“el hombre más justo y cabal de su tiempo”- que se puso a construir un Arca en las afueras de su pueblo. Todos se le reían y “comían y bebían y se casaban…”, dice la Biblia, dando a entender que cada uno estaba en lo suyo. Pero Noé soñaba un Arca en la que cupieran todas las especies animales de la tierra.

Luego de que las aguas hayan “tapado” todo, el Arca será una puerta abierta flotante, desde la que la humanidad verá salir por fin el arco iris de la alianza.

Es clave para nosotros abrir espacio y darle peso a esta imagen primordial y al mensaje de fondo que contiene: los seres humanos que vivimos actualmente descendemos de hombres como Noé.

No descendemos de los necios que murieron ahogados en su maldad y no dejaron descendencia.

Es cierto que el mal cubre toda la superficie de la tierra, pero los que vivan en el futuro nacerán de los que seamos como Noé, de los que construyamos estructuras omni-inclusivas –Arcas- y no de los que vivan sólo para sí, ni mucho menos de los que construyen estructuras que descartan.

Alguno dirá –siguiendo las pautas publicitarias-: “Pero la vida es para gozársela uno, no es para perderla pensando en los que vendrán”.

Esta verdad que pone en movimiento a toda la sociedad del consumo es una verdad muy extendida, pero es bastante superficial.

¿Hay acaso gozo más grande en la vida que gozar con los nietos?

¿Tiene sentido envejecer rodeado de lujos y poder en espacios vacíos de nietos?

Y digo no solo de los propios sino de los de todos los demás.

¿No es lo más lindo de la vida tomar conciencia de que otros soñaron con nosotros, trabajaron para nosotros, gastaron su vida por nosotros?.

¿No hay un Noé en la historia no muy lejana de toda familia actual, uno que tomó consigo a los suyos y se subió a una barca salvando a la familia de alguna guerra o de alguna crisis y estableciéndose en un nuevo país?

Para comenzar el Adviento le abrimos espacio en el corazón a esta pequeña abertura que todos tenemos y que nos constituye como creaturas y como seres humanos. Por esa apertura, que llamamos nuestros sueños, nuestra esperanza, nuestro amor que nos hace abrirnos a los demás, entrará Jesús. Igual que un día entró por es “Sí” abierto y acogedor de María, nuestra Señora.

Si la realidad es abierta ¿es tan extraño el anuncio de que hace dos mil años, en un momento preciso y único de la historia, Advino Aquel en quien fueron creadas todas las cosas, precisamente gracias a este carácter suyo de estar abiertas? ¿Es tan extraño que haya venido a habitar entre nosotros Aquel que nos creo habitables, es decir “abiertos a lo otro”?

“Hay toda una mentalidad que descarta y da por supuesto que no tiene sentido hablar de una venida de Dios a este mundo pequeñito dentro de un universo infinito y en un momento concreto de la historia.

Lo cual es como no entender que precisamente es eso lo único que tiene sentido en un universo así, en que la apertura de las grandes estructuras acoge la vida como pequeña semilla.

Dentro del cosmos infinito, nuestro pequeño planeta vivo.

Dentro de la madre, la vida que comienza.

Dentro de nuestro cuerpo, la chispa espiritual de nuestro corazón.

Dentro de nuestro corazón, la pequeñez infinita de la Trinidad.

Ese Dios que se hace presente y viene a habitar en nosotros porque se ha enamorado de nuestra abierta pequeñez” (2010).

P. D. La imagen del Arca de Noé es del Taller de artesanías San Roque González de Santa Cruz, de El Hogar de San José, una de esas Arcas de misericordia que abre sus puertas a las personas en situación de calle en Buenos Aires (En Youtube hay un lindo video donde se puede ver la magia de las manos de los artesanos: https://www.youtube.com/watch?v=o2Fa71_WRDE).

Diego Fares sj

 

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El pueblo permanecía allí y contemplaba.

Sus jefes, burlándose, decían:

«Ha salvado a otros: ¡que se salve a sí mismo, si es el Mesías de Dios, el Elegido!»

También los soldados se burlaban de él y, acercándose para ofrecerle vinagre, le decían:

«Si eres el rey de los judíos, ¡sálvate a ti mismo!»

Sobre su cabeza había una inscripción:

«Este es el rey de los judíos.»

Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo:

« ¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros.»

Pero el otro lo increpaba, diciéndole:

« ¿No tienes temor de Dios, tú que sufres la misma pena que él? Nosotros la sufrimos justamente, porque pagamos nuestras culpas, pero él no ha hecho nada malo.»

Y decía:

«Jesús, acuérdate de mí cuando vengas en tu Reino.»

Él le respondió:

«Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso».

….

Todos sus amigos y las mujeres que lo habían acompañado desde Galilea permanecían a distancia, contemplando lo sucedido (Lc 23, 35-49).

 

Contemplación

Al terminar el Año Santo de la Misericordia, nos identificamos con el buen ladrón y entre hoy y mañana, le “robaremos” a Jesús crucificado una mirada suya. Le hablaremos como el buen ladrón y le diremos algo nuestro que haga que vuelva hacia nosotros su Rostro –el Rostro de la Misericordia de nuestro Padre- y nos diga como a aquel pobre crucificado: “Yo te aseguro que hoy estarás Conmigo en el paraíso”.

Antes de hablar con Él tendremos que hablar con nuestro compañero de ruta y cruz, con el mal ladrón. Tendremos que hacerlo callar. Es uno que se ha mimetizado con sus opresores y se burla e insulta a Jesús como hacen los potentados, los que se creen que pueden usurpar la Realeza de Jesús utilizando dinero y violencia. El mal ladrón no es que sea malo por robar, sino porque roba mal: no roba el único tesoro que vale la pena, Jesús, “en quien están escondidos todos los tesoros” (Col 2, 3) que cuentan, los que no se herrumbran ni se humedecen. Ese mal ladrón nos habla a veces al oído, nos llena de sus quejas amargas y de sus verdades a medias, que nos dejan encogido el corazón y en ayunas del amor que Jesús, a nuestro lado, siempre está dispuesto a brindarnos. Tenemos que hacer callar la voz del mal ladrón. No es ni siquiera suya. Toma las burlas prestadas de los jefes de los saduceos y de los escribas y fariseos que habían rechazado a Jesús. Y ellos a su vez “no saben lo que hacen” y repiten las palabras que les musita al oído el Demonio, el acusador, el mentiroso, el que siembra la división y busca el mal. “Por qué no te salvas a ti mismo y nos salvas a nosotros”. Esa es la palabra de burla, que al mismo tiempo es profecía, porque Jesús, precisamente, nos estaba salvando a nosotros.

….

Los gritos de mi compañero me despertaron de mi ensueño. Yo no veía ni sentía nada sino solo mi dolor. Me habían condenado, me habían echo subir al Golgota cargando el leño y sujetándome entre varios para que no pataleara, me habían clavado en esa cruz. La impotencia me llevó a hundirme en mi resignación forzada: cualquier movimiento hacía que me dolieran más los clavos y mi único alivo era gemir lastimeramente y con los ojos cerrados suplicando que la muerte viniera rápido.

Pero, como digo, los gritos de mi amigo me despertaron y tratando de hacerlo callar hice el gesto de que mirara a Jesús.

Lucas arregla un poco mi discurso ya que no me salieron en orden todas esas palabras a mi compañero. Pero expresan bien el sentido de lo que le dije: quería que se avivara, que viera su situación… Pero sobre todo que no fuera injusto a último momento. Si uno se está muriendo, aunque sea un ladrón, puede reconocer a alguien inocente. Y yo sabía, con la certeza que tiene un malhechor, que Jesús era inocente. Nadie mejor que un ladrón para reconocer al que no lo es. Ahí fue que, haciendo gestos a mi compañero para que mirara con sus ojos a Jesús, me di cuenta de que nos estaba escuchando y me salió esa frase: “Jesús -le dije- acuérdate de mí cuando vengas en tu Reino”.

Fue una frase que me vino de “arriba” y me sorprendió a mi mismo.

Pero antes de retomarla, tengo que explicar un poco mi situación.

Yo ya estaba entregado y sabía que no quería poner mis esperanzas en que me desclavaran de la cruz y me dejaran suelto. Estaba en ese momento en que uno se entrega, se confía en las manos de Dios, en las manos misteriosas del que nos dio la vida.

Estaba en ese momento en el que uno quiere hacer cuentas con uno mismo y ser sincero para poder presentarse ante el Creador.

Uno ya no tiene ganas de discutir con los demás ni de quejarse a la vida sino de ser auténtico, de confesar aquello en lo que uno ha creído, de agradecer a la vida, de pedir perdón a los que uno ama y de dejar a Dios que juzgue a los enemigos.

Se ve que había registrado hondamente que Jesús que nos acompañaba en nuestra situación extrema, era un inocente. Pero, como digo, yo estaba atontado.

Fue la frase de mi compañero lo que me despertó.

No sus gritos sino lo injusto de la frase. “No sos vos el Mesías? Salvate a vos mismo y salvanos a nosotros”.

Aún en el dolor físico más fuerte, la indignación ante la injusticia se impone en el corazón humano. Apelamos al razonamiento justo del otro, como par en humanidad. No puede ser que te creas Dios. No puede ser que no reconozcas al que es inocente… Se lo queremos decir: me podrás matar, pero que te quede grabado que sos injusto. Sé que lo tendrás que reconocer.

Es eso tan humano de saber que hay una medida común –un juicio- desde el que nos juzgamos todos, sin necesidad de que nos juzgue otro. Eso es lo que le quería decir a mi compañero: juzgá por vos mismo, no te comás las palabras de los otros, que son tipos capaces de condenar a justos con culpables. Juzgá por vos mismo. No ves que Jesús no ha hecho nada malo y está sufriendo lo mismo que nosotros que nos lo merecemos?

Ahí fue que lo miré a Él y me olvidé de mi compañero, que siguió insultando, y me salió llamarlo Jesús.

Ahora que lo veo desde el paraíso –porque les adelanto que sí que se acordó de mí y desde esa tarde estoy con Él, en ese espacio que ustedes, que han “desmitologizado” las palabras, no saben cómo nombrar y que nosotros llamábamos “el paraíso”- ahora, como decía, que habito ese espacio que nos abrió Jesús –ese espacio tan humano y a la vez tan de Dios-, siento que fue Él el que hizo brotar de mi corazón esas palabras.

Así como las burlas injustas de mi compañero me hicieron salir del corazón esa recriminación que le hice – “no tenés temor de Dios?”-, el darme cuenta de que Jesús nos estaba escuchando, hizo que lo llamara Jesús, como si fuera un amigo de toda la vida, y que le hiciera esa extraña petición.

A mí me daba vueltas el hecho de que él era inocente y no se quejaba. Eso me hizo sentir admiración por su señorío. Cuando uno ve a otro que sufre lo mismo con más dignidad uno se edifica, aprende, trata de imitar al otro buscando esa dignidad dentro del propio corazón. Allí sentí que ese señorío suyo era poderoso. No lo veían los otros, que se le burlaban, pero yo sí que lo podía ver. Y con tanta claridad que me causó espanto: cómo yo podía darme cuenta de que lo que decía ese cartel –Rey de los judíos- era verdad, y los otros no. Pero como no tenía tiempo para ocuparme de los demás, le hice una petición bien de ladrón, que manotea lo que está al alcance de su mano. Le dije “acordate de mí”.

“Jesús” fue la primera palabra que Él me sacó del corazón. Me la sacó con su mirada atenta y llena de compasión.

“Acordate de mí” fue la segunda frase, enteramente personal, mía sola y sólo para mí.

Si a otro le gusta, la tiene que decir él, tiene que permitir que Jesús se la saque del corazón… y para eso tiene que estarle cerca, allí donde él está. Y también ser sincero.

“Cuando vengas en tu reino” es la frase que suena más extraña en mi boca. Pero lo que quise decir es que yo reconocía no solo su inocencia de buena persona y su señorío sobre la injusticia y la cruz, sino que reconocía que eso iba a triunfar. Que de alguna manera ese ser Rey de Jesús iba a ganar. Y yo quería estar de su lado en la victoria, así como la vida me había puesto a su lado en la derrota de la cruz. Eso le quise decir y se lo dije. Y aquí estoy, pudiéndoles hablar a ustedes desde lo hondo del corazón, desde ese espacio que es el Reino, en el que habitamos juntos los que estamos de este y del otro lado, como se dice.

Al final del Año de la Misericordia, que el Señor ha querido que se cierre con mi imagen de “buen ladrón” les deseo que, viendo lo que me pasó a mí, se animen también a “robarle misericordia a Jesús”, aunque sea en estos dos últimos días (que yo solo tuve unos momentos).

Entiendo que lo de “cerrar la puerta de la Misericordia” es un modo de expresar que los que han entrado en ella ya no pueden ser expulsados afuera por nada ni nadie.

Y también les deseo que acompañen al Papa Francisco en esos tres deseos suyos que nos compartió en la Bula con la que convocó este año santo de la Misericordia. Decía Francisco:

“El Año jubilar se concluirá́ en la solemnidad litúrgica de Jesucristo Rey del Universo, el 20 de noviembre de 2016. En ese día, cerrando la Puerta Santa (para que todos quedemos adentro), tendremos ante todo (primer deseo) sentimientos de gratitud y de reconocimiento hacia la Santísima Trinidad por habernos concedido un tiempo extraordinario de gracia. Encomendaremos la vida de la Iglesia, la humanidad entera y el inmenso cosmos la Señoría de Cristo, esperando (segundo deseo) que derrame su misericordia como el roció de la mañana para una fecunda historia, todavía por construir con el compromiso de todos en el próximo futuro. ¡Cómo deseo (tercero) que los años por venir estén impregnados de misericordia para poder ir al encuentro de cada persona llevando la bondad y la ternura de Dios! A todos, creyentes y lejanos, pueda llegar el bálsamo de la misericordia como signo del Reino de Dios que está ya presente en medio de nosotros” (MV 5).

Diego Fares sj

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Como algunos, hablando del Templo, decían que estaba adornado con hermosas piedras y ofrendas votivas, Jesús dijo:

– «De todo lo que ustedes contemplan, un día no quedará piedra sobre piedra que no sea destruida.»

Ellos le preguntaron:

– «Maestro, ¿cuándo tendrá lugar esto, y cuál será la señal de que va a suceder?».

Jesús respondió:

– «Tengan cuidado, no se dejen seducir, porque muchos se presentarán en mi Nombre, diciendo: “Soy yo”, y también: “El tiempo está cerca.”

No los sigan.

Cuando oigan hablar de guerras y revoluciones no se atemoricen;

es necesario que esto ocurra antes, pero no llegará tan pronto el fin.»

Después les dijo:

«Se levantará nación contra nación y reino contra reino. Habrá grandes terremotos; peste y hambre en muchas partes; se verán también fenómenos aterradores y grandes señales en el cielo. Pero antes de todo eso, los detendrán, los perseguirán, los entregarán a las sinagogas y serán encarcelados; los llevarán ante reyes y gobernadores a causa de mi Nombre, y esto les sucederá para que puedan dar testimonio de mí. Asienten bien en sus corazones esto: que no tienen que ensayar de antemano el modo de defenderse y justificar las cosas, porque yo les daré una lengua y una sabiduría a la cual no podrán resistir ni contradecir ninguno de sus adversarios. Serán entregados hasta por sus propios padres y hermanos, por sus parientes y amigos; y a muchos de ustedes los matarán. Serán odiados por todos a causa de mi Nombre. Pero ni siquiera un cabello se les caerá de la cabeza. Gracias, a su aguante (hypomoné) salvarán sus vidas» (Lc 21, 5-19).

Contemplación

Entramos en la última semana del Jubileo de la misericordia.

El evangelio es apocalíptico y nos concentramos, más que en las imágenes de destrucción, en algunas palabras esenciales que salen de los labios del Señor. Dejamos que resuenen en nuestro corazón alguna de sus frases:

“no se dejen seducir”,

todo sucede “para que puedan dar testimonio de mí”,

“grábenselo bien en el corazón”,

“Yo les daré una lengua y una sabiduría irresistibles”,

“gracias a su aguante salvarán la vida”.

La última, que traducimos como “el aguante”, es la famosa hypomoné que siempre usa el Papa Francisco.

Significa fortaleza, paciencia…, en el sentido de perseverar hasta el final.

Es el aguante de no bajar los brazos, de no cambiar, de no flaquear.

Por eso la traducimos por esa expresión tan concreta nuestra: “aguante”.

El aguante tiene que ver con la “resiliencia”, con esa capacidad que tienen algunos seres de mejorar en la adversidad, de transformar lo negativo en fortaleza.

Pero el aguante cristiano tiene un algo más.

No es el de apretar los dientes.

No es el de aguantar “cualquier cosa” como ambiguamente aparece en la canción de Calle 13,

No es un aguante meramente físico o psicológico, un instinto de supervivencia.

Es algo distinto: tiene que ver con el corazón –con lo más noble-

Es un aguante que nos reviste enteramente con el manto de Jesús.

Más que apretar los dientes es alzar la mirada al cielo desde el corazón.

Eso que Jesús nos enseña cuando dice: grábense bien esto, “asiéntenlo en sus corazones –esa es la frase-: no tendrán que aguantar pensando cómo defenderse sino que Yo les daré una lengua y una sabiduría que no podrán resistir ni contradecir sus adversarios”.

El aguante cristiano es un aguante de puro corazón.

Es un saberse defendido por Jesús, en comunión con Él.

Es esperarlo todo sólo de Él.

Es referirlo todo a Él.

Puede ayudarnos ver algunos ejemplos de cómo es el aguante de Jesús. Ejemplos que “evangelizan” una virtud bien humana, mejorando lo mejor que tiene y discerniendo algunas cosas que no son tan buenas.

En el juicio, vemos cómo el Señor, que se ha dejado atar como un ladrón y llevar preso, cuando un sirviente lo abofetea, lo frena en seco, por así decirlo, haciéndole reflexionar: “Si hablé mal, da testimonio de lo que dije mal, pero si hablé bien ¿por qué me pegas?” (Jn 18, 23).

En toda la pasión, el Señor muestra su señorío en pequeños detalles que hacen ver que su entrega es libre, que no aguanta cualquier cosa sin hacerlo notar. Esa lengua y sabiduría irresistible que nos promete, se hace patente a lo largo de toda su pasión.

Diríamos que el Señor realiza un trabajo indescriptible de remitir todo lo que le pasa a su Corazón, sin dejar que nada se salga del cauce de su gran amor.

En la Eucaristía y en el lavatorio encauza lo que sucederá resignificándolo: se trata de su entrega, para ser Él en persona nuestro alimento y para quedarse en medio de nosotros “como el que sirve”, como el que lava nuestras faltas.

En el huerto, bajará en la oración hasta la intención más profunda de su corazón, sintiendo con angustia su deseo de no sufrir la cruz y ofreciéndose libremente –de todo corazón- para que se haga la voluntad del Padre y no la suya.

En el juicio dará testimonio de que es el Hijo del Dios Altísimo, de que es Rey y de que es la Verdad. Y nada más. Del resto hará silencio.

Perdonará de corazón las vilezas con que lo despojan de sus vestidos y lo crucifican, poniendo su mirada en que “no saben lo que hacen”.

Encomendará a su Madre a Juan y al discípulo a su Madre, en un gesto único que muestra cómo su aguante lo hace vivir su pasión sin que el dolor le haga salirse de sus afectos, sino todo lo contrario. Es como que el Señor se vuelve más tierno cuando está sufriendo más. Por otro lado es eso tan humano de apelar a la madre en los momentos de muerte, el concentrarse del corazón en los afectos de niño que, ante la impiedad, acude a la piedad maternal.

El aguante de Jesús, en última instancia, es ponerse en las Manos del Padre: “En tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23, 46). Encomendar es un acto del corazón.

Al culminar el Jubileo de la Misericordia pedimos al Espíritu Santo que nos fortalezca el corazón con el don del aguante, ese aguante propio del Corazón de Jesús.

Que nos aguantemos con paciencia a nosotros mismos, dejándonos perdonar y poner en camino una y otra vez por nuestro Buen Pastor, sin descargar nuestra impaciencia con los demás.

Que nos aguantemos con ternura y buen humor como familia, soportando pacientemente las molestias de nuestros seres queridos y aceptando que nos soporten a nosotros como ellos pueden, sin reclamar mal.

Que nos aguantemos con respeto y sin golpes bajos como pueblo, aceptando que la diversidad es una riqueza para el bien común que nos incluye a todos, para que nuestras impaciencias no redunden en más sufrimiento de los más pobres que siempre son el pato de la boda, como dice el Papa.

Pedimos al Espíritu la gracia de aguantarnos humildemente como Iglesia, sintiendo que hemos sido invitados a la Fiesta sin mérito alguno de nuestra parte y no podemos actuar como si fuéramos los dueños de la que es nuestra Madre y Señora.

Pedimos la gracia del aguante en la fe, en la esperanza y en la caridad.

Pedimos la gracia del aguante con ternura, con largo aliento y con sentido del humor, que es la virtud humana más cercana a la caridad, como dice Francisco.

Diego Fares sj

 

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 Se acercaron a Jesús algunos saduceos, que niegan la resurrección, y le dijeron: «Maestro, Moisés nos ha ordenado: Si alguien está casado y muere sin tener hijos, que su hermano, para darle descendencia, se case con la viuda. Ahora bien, había siete hermanos. El primero se casó y murió sin tener hijos. El segundo se casó con la viuda, y luego el tercero. Y así murieron los siete sin dejar descendencia. Finalmente, también murió la mujer. Cuando resuciten los muertos, ¿de quién será esposa, ya que los siete la tuvieron por mujer?»

Jesús les respondió:

«En este mundo los hombres y las mujeres se casan, pero los que sean juzgados dignos de participar del mundo futuro y de la resurrección, no se casarán. Ya no pueden morir, porque son semejantes a los ángeles y son hijos de Dios, al ser hijos de la resurrección. Que los muertos van a resucitar, Moisés lo ha dado a entender en el pasaje de la zarza, cuando llama al Señor el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. Porque Él no es un Dios de muertos, sino de vivientes; pues todos viven para él. Al oír esto la gente se maravillaba de su doctrina. Pero los fariseos, al enterarse de que había tapado la boca a los saduceos, se reunieron en grupo…» (Lc 20, 27-38).

Contemplación

La “antiparábola” de la viuda que se casó siete veces debió parecerle muy ingeniosa a los saduceos. Ingeniosa como es ingenioso el mal, cuando quiere ser cruel, burlarse y herir. Sin embargo es patético que alguien ponga toda su inteligencia para burlarse de Alguien como Jesús, en vez de preguntarle humildemente acerca de un tema tan grande como el de la resurrección. La resurrección de la carne –que el Señor nos resucitará con toda nuestra historia, esa que se graba en nuestra frágil carne mortal- es el misterio de la Vida mismo y no puede ser tratado irónicamente ni con silogismos ingeniosos. Que no la podamos “demostrar” científicamente como se muestra la energía que se enciende en nuestro cerebro cuando pensamos y amamos, no significa que tengamos que desarraigar esta esperanza que habita de alguna manera en nuestro corazón.

Toco aquí la palabra corazón y me viene lo más hondo que he leído en mucho tiempo. Es de Romano Guardini y lo dice describiendo a Stavròghin, un personaje de su obra “Los demonios”:

“Stavròghin no tiene corazón; por eso su espíritu es frío y vacío y su cuerpo se intoxica en una pereza y sensualidad bestial. No tiene corazón, por eso no puede encontrar íntimamente a nadie y nadie se encuentra verdaderamente con él. Porque solo el corazón crea la intimidad, la verdadera cercanía entre dos seres. Solo el corazón sabe acoger y dar una patria. La intimidad es el acto, la esfera del corazón. Stavròghin está siempre infinitamente lejano, incluso de sí mismo, porque interior a sí el hombre sólo puede serlo con el corazón, no con el espíritu. El hombre no tiene en su poder el entrar en la propia interioridad con el espíritu. Por eso, si el corazón no vive, el hombre es un extraño para sí mismo”.

            Sin enredarnos en muchas distinciones, lo que me iluminó como un rayo es esa frase de Guardini que afirma que, a la intimidad, se entra de corazón o no se entra.

Esto es para todos los que se hacen lío con los razonamientos y cuando algún Saduceo moderno da cátedra sobre la evolución, sobre la química del cerebro o sobre la materia, se confunden y dudan de lo que dice el Evangelio porque les parece que es poco científico.

Nuestro corazón es ese misterioso “corazón” (iba a decir “lugar” o “centro” pero es una palabra primordial, no hay otra palabra para decir corazón que “corazón”) donde laten al unísono lo que llamamos espíritu y lo que llamamos carne. No somos “espíritu y carne”. Lo que somos sólo lo podemos saber si entramos en nuestro corazón y si lo hacemos de corazón.

Si entramos allí donde “latimos”, donde somos amados y amamos.

Si entramos allí donde sabemos si somos amados o no.

Si entramos amando “de todo corazón”, como decimos.

Cuando Jesús dice que Dios es un Dios de vivientes, está diciendo que Dios es Dios de los corazones. Sin corazón un cerebro puede ser reemplazado por una computadora, porque no tiene capacidad de “decidir por amor”. 

Confesiones de un Saduceo (2007)

Creo que fue la serena convicción con que lo dijo lo que me llevó a reflexionar…

Sí, fueron más sus ojos sin rastro de ira ante nuestra burla, que pretendía avergonzarlo en público, lo que me llamó la atención.

Después se sumaron otros detalles, especialmente el contraste entre la gente, que se maravillaba de su doctrina y la furia de mis colegas (más contra la satisfacción que le producía a los fariseos el ver cómo nos había tapado la boca, que contra Él…).

Yo había ideado y escrito la “anti-parábola de la viuda resucitada”, como le dí en llamar. Y me creí que era verdaderamente ingeniosa. El inventaba parábolas que describían el cielo de los resucitados con la intención de cambiar nuestras costumbres en la tierra y a mí se me ocurrió proyectar una situación terrena para burlarme de sus ideas del cielo. Esperaba, al menos, otra parábola en respuesta. O que rebatiera el argumento, como hizo con lo de la moneda del César…

La verdad es que el Rabbí me resultaba interesante.

Oírlo discutir con los fariseos me encantaba y prefería su apertura moral antes que la sarta de leyes escrupulosas sobre las que ellos discutían interminablemente…

Pero lo que no podía entender era cómo un hombre inteligente como él podía creer en la resurrección de los muertos.

Soy capaz de comprender que los que trabajan en torno al templo y viven de la religión, necesiten prometer algo bueno a la gente para mantenerla sumisa y colaboradora. Para ello, nada mejor que hablarles del cielo mientras se aprovechan de su dinero en esta tierra… Pero que alguien pobre y humilde como el Rabbí, sin ambiciones ni intereses personales y a la vez tan inteligente, hablara tanto del cielo, me intrigaba mucho. ¿No se daba cuenta que con eso favorecía a los comerciantes de la religión?

La verdad es que la explicación que dio de las Escrituras, lo de que seremos como ángeles y que no nos casaremos, no la seguí mucho. Lo que me golpeó fue la última frase. Me miró especialmente a mí, como si supiera que era yo el que había inventado la anti-parábola y dijo: “Él no es un Dios de muertos sino de vivientes; pues todos viven para él”.

Lucas no lo pone, pero Mateo y Marcos sí lo registraron: Él dijo también: “Ustedes están en un error grave, por no comprender bien las Escrituras”.

Si hay algo que no me gusta es estar en un error; y menos que me lo digan en público. Pero que me dejen ahí, sin más explicaciones y que todo el mundo se dé por satisfecho con lo que dijo el que me corrigió, ya es el colmo.

Ahí me di cuenta de que la gente no tenía interés en nuestras discusiones de palabras: estaban fascinados con la Palabra de Jesús.

Cualquier cosa que él dijera, estaba bien.

No se ponían a pensar si podrían cumplir todo lo que él les decía.

Sus palabras, simplemente, les conmovían el corazón.

No eran “razonables”, como esos argumentos que suenan lógicos, pero te dejan afuera.

Sus palabras entraban en uno y permanecían, como si se aposentaran.

Sin apuro por dar fruto…

Entraban mansamente en el corazón, como semillas en la tierra blanda por la llovizna…  

Y eso fue lo que me pasó a mí. Le escuché decir que nuestro Dios no es un Dios de muertos sino de vivos y se despertó en mí el deseo de ese Dios Vivo; le escuché decir que todos vivimos para él y se despertó en mi corazón el deseo de vivir también yo para él.

¡El deseo! ¿Pueden creer que estando ante Él, por primera vez en mi vida, descubrí lo que era tener un deseo? Hasta ese momento yo había tenido necesidades. Y tenía claro que cuando las satisfacía, dejaban de interesarme. Así entendía yo esas ideas del cielo: como una carencia que algunos pretendían llenar con una ilusión.

Pero al escucharlo hablar del Cielo a Él, algo nuevo se movió en mi corazón. Deseaba que siguiera hablando.

Aunque dijera cosas dolorosas, como eso de que estábamos en un grave error. Todo lo que percibía en él, su coherencia, su señorío, su limpieza, su sinceridad… todo, eran cosas positivas que despertaban deseos de más en todas mis facultades.

No sé si han tenido alguna vez la experiencia de estar ante una persona así, cuya sola presencia basta para que uno no quiera otra cosa sino seguir estando ante ella. Gozando de que esté viva, quiero decir. Gozando de que exista.

¡El Dios vivo del que hablaba era Él mismo!

Y distinto a la vez.

Y no es que le brillara ninguna luz especial.

El Dios vivo estaba en sus Palabras.

Se hacía presente en cada una de sus Palabras como si fueran Palabras vivas, capaces de crear lo que nombraban.

Cada Palabra suya era como un tapiz bordado, como una pieza musical… Cada Palabra que salía de sus labios iluminaba como un amanecer,

limpiaba el alma como un viento fuerte,

regaba el corazón como una acequia que trae agua de la montaña.

Y después que decía las cosas así, la experiencia no desaparecía, sino que cada Palabra se guardaba ella misma en mi corazón y quedaba disponible, como un tesoro escondido, como una fuente de agua viva, para ser de nuevo saboreada como… ¡como un pan vivo…!

Desde entonces creo en él.

Creo en su Dios, que no es un Dios de muertos.

Creo en la resurrección de la carne, de la que me burlaba por ignorante.

Creo todo, porque lo dice Él.

Y lo más asombroso es que creo como toda la gente sencilla que cree en Él y se le acerca. Es más, quiero mezclarme con esa gente de manera tal que nada me distinga, para que nada me distraiga de estar cerca de Él. Cuánto más anónimo y escondido yo, uno más entre los otros, todos juntos e iguales, más Él, más en Él.”

Diego Fares sj

 

 

 

 

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Jesús entró en Jericó y atravesaba la ciudad. Vivía allí un hombre llamado Zaqueo, que era jefe de los publicanos y rico; y buscaba ver a Jesús –quién era- pero no podía a causa de la multitud, porque era pequeño de estatura, así que se echó a correr hasta ponerse adelante y subió a una morera para poder verlo, porque Jesús estaba a punto de pasar por allí… y al llegar a ese lugar, Jesús, levantando la mirada, le dijo: Zaqueo, date prisa en bajar, porque hoy tengo que ir a quedarme en tu casa. Zaqueo bajó a toda prisa y lo recibió alegremente.

 

Al ver esto, todos murmuraban, diciendo: Entró a hospedarse en casa de un hombre pecador. Pero Zaqueo, poniéndose de pie dijo al Señor: Mira, Señor, voy a dar la mitad de mis bienes a los pobres, y si en algo defraudé a alguno, le restituyo cuatro veces más. Y Jesús le dijo: «Hoy ha llegado la salvación a esta casa, ya que también este hombre es un hijo de Abraham, porque el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que había perecido» (Lc 19, 1-10).

 

Contemplación

Para Zaqueo el encuentro con Jesús debe haber sido como un solo instante. Así como lo que escribí, todo de corrido: desde el momento en que Jesús entré en Jericó y le avisaron hasta que se cruzaron sus miradas. Él allí en lo alto, subido a una morera y Jesús abajo que alzó la mirada y le habló a él, en medio de la gente, y le dijo que tenía que ir a alojarse en su casa.

La otra escena es un espejo de la primera, en el sentido de que también todo ocurre en un instante. A Zaqueo le basta con escuchar medio comentario de crítica a  Jesús porque ha ido a alojarse en su casa, para ponerse de pie y restituir de una vez lo que había ido acumulando y robando por años.

Es el efecto Zaqueo: el de decidirse en un instante por Jesús y hacer las cosas de corazón. Con Jesús esto sirve. Con otra gente uno puede decir “vamos a ver”, “lo pensaré tranquilo”. Con Jesús que pasa, las cosas se resuelven en un instante.

Por supuesto que detrás ha habido todo un proceso y que, después, cuando se ponga a devolver y a rebajar deudas, también se iniciará otro. Pero son procesos llenos de “saltos”, llenos de “momentos de discernimiento” que son como toda una eternidad de salvación, ya que si la vida de Zaqueo terminara en cualquiera de esos momentos, su vida estaría plena.

Una primera gracia, que vaya a saber desde cuando se venía preparando, le vino en el momento en que la avisaron que Jesús estaba entrando en la ciudad. Fue nada más escuchar y decirse “yo lo tengo que ver”. Aunque se diga en un instante, esa frase es algo complejo. Se puede ver tanto por lo que desencadena como por lo que podría haber abortado el encuentro. “Yo lo tengo que ver” es frase que esconde una gracia recibida, un deseo incontenible y un juicio claro que pone en acción a Zaqueo y lo lleva a meterse entre la gente, a adelantarse corriendo y a subirse a la morera. En cualquiera de esos pasos podría haber cambiado la historia. Zaqueo se podría haber conformado con verlo de lejos, dando algún saltito; podría haber sentido vergüenza de subirse a la higuera… Tantas cosas, pequeñas o grandes, pueden ser impedimento para realizar un deseo, para llevar a cabo una decisión.

Por supuesto que Zaqueo era un hombre de acción, que se arriesgaba a prestar y luego era implacable a la hora de cobrar. Sólo que aquí utiliza toda su viveza y resolución para conectarse con Jesús. Zaqueo no se avergüenza de ser él. No dice “para ver a Jesús primero tengo que cambiar y ser bueno”. Lo va a ver así como está y como es. Y Jesús le dice que quiere hospedarse en su casa, como diciendo que no solo lo acepta a él sino a él con todos sus amigos y su familia. Porque a veces también sucede que pensamos que, para ver a Jesús, tenemos que ir solos y de noche, sin que nadie se entere, como pensaba Nicodemo. A este también lo recibió el Señor, pero parece que era un hueso más duro de roer, como se puede deducir del hecho de que se manifestara públicamente como amigo de Jesús recién después de su muerte, cuando fue a pedirle el cuerpo a Pilato.

Zaqueo, el publicano, se le adelanta, cumpliendo eso que dice Jesús que los publicanos y las prostitutas (y todas las personas que cada sociedad discrimina por su condición sexual, religiosa, política, o por sus opiniones o acciones presentes y pasadas) se adelantan a todos y entran primero en su Reino de misericordia y alegría.

El efecto Zaqueo puede servirnos para discernir nuestros “momentos” cuando pasa Jesús.

Yo pongo como ejemplo las actitudes cuando pasa el Papa. Están los que dicen “Yo lo tengo que ver” y están los que, después que pasa o dice o hace algo, dicen “Vamos a ver”. Están los que corren y se adelantan y gritan y tratan de acercarse y los que consideran que no hay que “idolizar” al Papa. Por supuesto que el cariño y la emoción al ver pasar a Francisco se confirman luego en la vida diaria, si uno cultiva el mismo entusiasmo para acercarse a los pobres y mejorar en su relación con los demás. El segundo paso del efecto Zaqueo, luego de su emoción y cholulismo por ver a Jesús, es reparar sus pecados devolviendo dinero robado y perdonando deudas. Eso no quita que la actitud paralizante, fría y llena de peros, de los fariseos con respecto a Jesús sea equiparable a la de Zaqueo porque de última, todo “sentimiento y emoción” demuestran su autenticidad en la práctica. Yo diría que con Jesús la emoción y el sentimiento y el deseo de acercarse, de verlo y de tocarlo, son ya una “práctica”: la de la oración y adhesión a su Persona en la fe. De allí brota luego la fuerza para ser más justos con los demás y más misericordiosos. Por eso, la emoción de la gente ante el Papa, el deseo de acercarse y de entrar en contacto con su persona, no es un acto sentimentalero. Visto de afuera puede ser que parezca que es la misma euforia que se desata ante cualquier persona famosa. Pero es despreciar la inteligencia y el corazón de los demás rebajar los sentimientos hondos porque la expresión “carnal”, digamos, sea la misma, vista desde afuera. Es una manera sutil de negar la encarnación. Es pensar que toda lágrima es “lágrima de cocodrilo”, que todo entusiasmo es “pasajero”, que toda emoción es subjetiva y superficial, que toda adhesión a una persona es “personalismo” etc.

San Ignacio, en la espiritualidad encarnada de los Ejercicios, cuando entramos en oración, con el debido respeto que nos merece Dios nuestro Señor, nos hace ejercitar todo nuestro ser, poniendo en acción nuestras capacidades más espirituales –como la libertad y la capacidad de contemplar- junto con nuestros sentimientos –pidiendo lágrimas y vergüenza por los pecados y gozo y alegría por la resurrección del Señor- y teniendo en cuenta la posición para rezar, el lugar, las comidas, el sueño, los paseos… Todo sirve a la hora de alabar y buscar y hallar al Señor y de entrar en coloquio con él como un amigo con otro amigo o un servidor con su Señor.

El efecto Zaqueo consiste en dejarse movilizar íntegramente por la presencia y el paso del Señor. Dejar que movilice nuestros deseos más hondos, que ponga en acción nuestra capacidad de decidir en un momento, que agilice nuestros pies para correr y que nos devuelva la agilidad de niños para trepar a un árbol, que nos haga movilizar a todos los de nuestra casa y a nuestras amistades y que la gracia llegue a nuestro bolsillo y a la billetera y cambie la dirección de nuestros intereses convirtiéndonos en personas para los demás.

Diego Fares sj

epa05194757 Pope Francis confesses as he leads a penitential service in Saint Peter's Basilica at the Vatican, 04 March 2016.  EPA/MAX ROSSI / POOL

Refiriéndose a algunos que confiaban en sí como si fueran justos y menospreciaban a los demás, dijo Jesús también esta parábola:

«Dos hombres subieron al Templo para orar;

uno era fariseo y el otro, publicano.

El fariseo, de pie,

oraba así:

“Dios mío, te doy gracias

porque no soy como los demás hombres,

que son ladrones, injustos y adúlteros;

ni tampoco como ese publicano.

Ayuno dos veces por semana

y pago la décima parte de todas mis entradas.”

En cambio, el publicano,

manteniéndose a distancia,

no se animaba siquiera a levantar los ojos al cielo,

sino que se golpeaba el pecho, diciendo:

“¡Dios mío, bancame, que soy un pecador!”

Les aseguro que este último volvió a su casa justificado,

pero no el primero.

Porque todo el que se enaltece a sí mismo será humillado y el que se humilla a sí mismo será enaltecido» (Lc 18, 9-14).

 

Contemplación

La frase del publicano es “sé propicio conmigo” (ilastheti), se benigno, indulgente, muéstrate favorable. Bancame, decimos en argentino.

“Yo te banco” es: “estoy con vos”, “te apoyo”, “te sostengo”, “te aguanto… y pago por vos, me hago cargo”.

El publicano, que sabía de dinero, de préstamos y deudas, bien pudo utilizar la palabra en este sentido de “bancame, Señor, que no puedo pagar. Soy pecador”.

En Argentina también usamos el gesto universal de golpearnos dos o tres veces el corazón con el puño y luego señalar al otro al que “bancamos” con el dedo y asentir con la cabeza. “Yo te banco”, decimos, y se lo hacemos sentir al otro que es nuestro amigo.

“No me lo banco” es la expresión contraria y significa no solo que no lo soporto, sino que no lo quiero soportar. Solemos aludir a la actitud del otro –que se la cree o que se siente superior o autosuficiente- más que a tal o cual defecto.

Bancar o no bancar es cuestión de libertad, es algo gratuito que se hace porque se siente, por pura amistad: o se hace con gusto o no se hace.

Cuando decimos “me lo tuve que bancar” estamos diciendo que “fue por esta vez” y porque que “no me quedó otra”, ya que estaba en juego algo más importante, que es lo que en realidad “nos bancamos” soportando al otro.

Este lenguaje que tenemos “incorporado” es el que tenemos que usar cuando hablamos con el Señor.

El publicano dice “bancame”.

Y no lo dice como el chanta que ruega: “salvame en esta que después te pago”, sino que dice de verdad: “salvame en todo porque soy pecador”.

Soy pecador. No dice: “me mandé una macana”.

El publicano sabe de verdad que necesita que el Señor lo purifique y lo perdone totalmente.

Seguro que reza con sentimient el Salmo 50: “Bancame Señor, ten piedad de mí, por tu gran compasión borra mi culpa, perdona todas mis deudas”.

Y aquí es donde entra Jesús. En realidad, Él es el que nos banca a todos. La carta a los Hebreos lo dice más en difícil pero ese es el sentido: “Jesús debía ser en todo semejante a los hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel Pontífice en lo que es para con Dios, para expiar los pecados del pueblo” (Hb 2, 17).

En la mentalidad antigua, estaba claro que, en esto de “bancar”, alguno tenía que pagar o poner el cuero. En el rito de la expiación, para “expiar” los pecados del pueblo, para purificarlos, se elegía dos chivos y se echaba suertes. Uno era para el Señor, y el sumo sacerdote lo sacrificaba sobre el altar y se rociaba con su sangre el Arca de la Alianza, pidiendo perdón por los pecados del pueblo. Al otro –al chivo expiatorio- el sacerdote le ponía las manos sobre la cabeza, lo cargaba con los pecados del pueblo y lo soltaba en el desierto para que se perdiera y no volviera más al campamento.

En nuestro caso ambas acciones las cumplió Jesús, que nos purificó con su Sangre y cargó sobre sí nuestros pecados y los borró para siempre.

Es importante recuperar este sentido de que Otro nos banca.

La mirada benévola y misericordiosa del Padre para con nosotros se la tenemos que agradecer a Jesús. Que Dios nos sea “propicio”, como le pide el publicano, es gracias a que Jesús nos bancó.

En la liturgia siempre estamos expresando que por medio de Cristo y en Cristo el Padre realiza el designio de su amor eterno (1 Jn 4, 8) “mostrándose propicio”, es decir “perdonando” a los hombres con un perdón eficaz, que destruye verdaderamente el pecado, que purifica al hombre y le comunica su propia vida (1 Jn 4, 9).

¿Por qué digo que es importante recuperar este sentido de que Otro nos banca?

Porque el concepto dañino que está instalado activamente en nuestra cultura es que “lo importante es bancarse a sí mismo”. Y esto es terrible.

Si no te bancás a vos mismo porque naciste en la pobreza o en un país en guerra del que tuviste que huir o no te alimentaron bien o no tuviste educación o caíste en una adicción no podés exigir que la sociedad te banque.

Si no te bancás a vos mismo porque tenés apenas unas semanas de vida, no sos persona. Sos “parte” del cuerpo de otra que se banca a sí misma y te puede eliminar.

Y así en todo. La meritocracia, como se dice, instala el lema de que cada uno se tiene que bancar a sí mismo.

Y esto es lo más antievangélico y antihumano que se pueda pensar.

Porque lo humano es que nacemos y vivimos gracias a que otros nos bancan y lo cristiano es que cuando este sistema humano “falló” por el pecado, Jesús vino a hacerse cargo y a bancarnos a todos.

Y la realidad es que los “que se bancan a sí mismos” y son “autosustentables” en realidad lo que están haciendo es utilizar para beneficio propio y consumir los recursos que cientos y de miles de personas han producido y de los que no pueden gozar.

Nadie es autosustentable si lo largan solo en medio de la naturaleza. Poné a un multimillonario sin documentos ni dinero en una barcaza en medio del mediterráneo con gente que hable otro idioma y veamos si puede hacer otra cosa que expresar con gestos un “bánquenme”.

Por eso tenemos que aprender humildemente del publicano y usar su lenguaje en todos los niveles.

A nivel personal, tenemos que decirle a Jesús: bancame, Señor, intercedé por mí para que el Padre me aguante con paciencia y no se canse de perdonarme. Que no corte esta higuera a ver si con tu ayuda y tu gracia puede dar frutos en adelante.

A nivel social, tenemos que decirle al Señor: mirá cómo me estoy bancando a todos los que puedo, pagando impuestos, dando trabajo, luchando por la justicia y colaborando en las obras de misericordia de la Iglesia, ayudando a mis hermanos, tratando de tener paciencia y dar una mano. Así como vos me bancás a mí yo me banco a los otros.

A nivel ecológico también podemos tener esta actitud humilde de cuidar el planeta y la ciudad y los lugares en que habitamos así como el planeta y la ciudad y la casa nos bancan a nosotros y nos tienen paciencia en todo lo que ensuciamos y consumimos de más y no sembramos para el futuro.

Inmensamente agradecidos a Jesús que nos bancó a todos y a sus santos y a tanta gente buena que nos banca día a día, con una actitud humilde, como publicanos, le pedimos al Padre: muéstrate propicio con nosotros, Señor. Se indulgente con tus hijos. Perdona nuestros pecados y danos tu gracia para que no nos cansemos de pedirte que nos banques y nos convirtamos en gente positiva, dispuesta a bancarse todo con tal de ganar tu amor, tu benevolencia y, si es posible, tu confianza y tu amistad.

Diego Fares sj

 

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