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Posts Tagged ‘Amor’

probervio

 

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos:

“Saben que está mandado: ‘Ojo por ojo, diente por diente’.

Pero yo les digo:

No hagan frente al malo.

Al contrario si uno te abofetea en la mejilla derecha, ofrecele la otra;

al que quiere hacerte un juicio para quitarte la túnica, dale también la capa;

y si uno te quiere forzar a caminar un kilómetro, acompañalo dos;

a quien te pide, dale, al que te pide prestado, no le escapes.

Han oído que se dijo: ‘Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo’. Yo en cambio, les digo: Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los aborrecen y recen por los que los persiguen y calumnian. Así serán hijos de su Padre que está en el cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos y manda la lluvia a justos e injustos. Porque si aman a los que los aman, ¿qué premio tendrán? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y si saludan sólo a sus hermanos, ¿qué hacen de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles? Por tanto, sean perfectos como su Padre celestial es perfecto” (Mt 6, 38-48). 

Contemplación

Estamos viviendo en un mundo en el que cada país se arma para aniquilar a sus enemigos y se construye muros para no permitirles entrar. Sostener que al enemigo hay que eliminarlo lleva a aceptar como algo lógico que haya “daños colaterales”. Este es el nombre para la muerte de personas inocentes. No solo estamos lejos de la lógica del Señor sino muy lejos incluso del “ojo por ojo y diente por diente”.

En un mundo así, ¿son aplicables los consejos del Señor “no hagan frente al malo” y “amen a sus enemigos”?

Creo que debemos insistir en la novedad absoluta de esta ley de Jesús. Se sintetiza en “amar a los enemigos” y esto es algo que no podemos repetir a la ligera, sin medir las consecuencias.

El concreta sus consejos con ejemplos muy claros. La primera actitud que recomienda es no resisitir al malo, e implica:

“poner la otra mejilla”

“acompañar el doble de lo que se nos pide”

y “no escaparse del que nos viene a pedir prestado”. No solo “dar al que nos pide” sino “no escaparse”.

Vemos que Jesús no deja resquicio alguno para la excusa.

La segunda actitud es positiva, y lo de amar a los enemigo se concreta en ejemplos para las manos –hacer el bien a los que nos aborrecen- y para el corazón –recen por los que los calumnian. El Señor no deja que se escape ni siquiera el saludo! Porque uno puede aceptar que nos pida rezar en nuestra pieza por un perseguidor y hasta hacerle un bien si lo vemos necesitado, pero saludarlo… sonreírle! Qué difícil, no?

Por eso debemos sentir la dificultad que supone aceptar estas palabras. Por que si no, escuchamos el evangelio como uno que dice “sí, pero no”. Y esta es la peor manera de volverlo intrascendente.

Qué es lo que nos está diciendo el Señor? Qué significa hoy “poner la otra mejilla”, y “no esquivar al que sabemos que nos va a pedir prestado”?

Leamos detenidamente.

No resistir a los malos

Convengamos que los tres primeros son ejemplos muy distintos, pero parecen estar dentro de un ambito “vecinal”, por decirlo de alguna manera. En esto de no resistir al mal, el Señor no está hablando de un ataque con drones o de un terrorista suicida, ni tampoco del corrupto que deja que se desgaste asesinamente la maquinaria de un tren o del que por venganza te rocía con fósforo la casa y quema a tu familia.

La no resistencia al mal, el Señor la pone en escenas de la vida cotidiana. Una es de esas situaciones en las que una discusión, de pronto, pasa a mayores y termina en un empujón o en un cachetazo. El que sigue el consejo del Señor, es el que logra contener el  desborde sin recurrir a la violencia, poniendo un gesto de mansedumbre que desarma al otro.

Hacer el bien a los que nos odian        

Fijémonos ahora en otro detalle. Cuando habla de “hacer el bien” al que nos aborrece, no dice qué bien o cuánto. El Señor aquí dice simplemente “hacerle el bien”. No dice cuál bien. No dice que no lo esquivemos. Podemos esquivarlo y hacerle un bien sin que lo sepa. No dice que nos dejemos odiar más y más. A veces solo es posible hacer un bien muy pequeño a uno que nos odia mucho, pero siempre podemos actuar concentrándonos en algo positivo y no contagiados por el odio.

Rezar por los que nos persiguen

En la oración, los consejos del Señor se vuelven más radicales: rezar y bendecir al que nos persigue y nos calumnia. Aquí sí, el Señor nos dice que le deseemos el bien incluso al que puede quitarnos la vida. Que recemos para que se convierta, cambie, deje de obrar mal. Es que cuando hablamos con Dios, el tema tiene que ser el amor y no el rencor: no podemos dejar que el corazón se nos llene con sentimientos de odio y venganza.

Como vemos, hay una graduación en esto de los enemigos. No todos son igual de malos y hay muchos modos de resistir el mal y de hacer el bien.

Si damos un paso más, es bueno caer en la cuenta del tono que usa el Señor. Es de consejo, no de mandamiento. Estos no son preceptos legales, son  consejos espirituales.

¿Qué diferencia hay? Que los mandamientos obligan bajo pena de pecado; los consejos, en cambio, no: son libres. Uno se obliga lo que puede o quiere. Si uno no los sigue, se pierde su alegría. No es que Dios lo vaya a castigar.

El que se mete a caminar según estos consejos y modos de amar –incluso al enemigo-, se mete en unos líos tales que sólo el Espíritu Santo lo puede ayudar. Pero bueno. Si no para que se habría gastado tanto el Señor en enviarnos a su Espíritu, si con el derecho canónico bastara.

Diego Fares sj

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 Le pregunta Judas (no el Iscariote): Señor ¿qué pasa que vas a manifestarte a nosotros y no al mundo?

Respondió Jesús y le dijo:

«El que me ama guardará fielmente mi palabra, y mi Padre lo amará;

y vendremos a él y en él haremos morada.

En cambio el que no me ama no guarda a mis palabras.

La palabra que ustedes oyeron no es mía, sino del Padre que me envió.

Yo les he dicho estas cosas mientras permanezco con ustedes;

Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi Nombre,

Él les enseñará a ustedes todas las cosas

y les recordará todas las cosas que les dije.

Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo.

¡No se inquiete su corazón ni se acobarde!

Me han oído decir: “Me voy y volveré a ustedes”.

Si me amaran, se alegrarían de que vuelva junto al Padre,

porque el Padre es mayor que yo.

Les he dicho esto antes que suceda,

para que cuando se cumpla, ustedes crean».

Ya no hablaré muchas cosas con ustedes porque viene el príncipe del mundo. A mí no me hace nada, pero es necesario que el mundo conozca que amo al Padre y que hago las cosas tal como el Padre me las mandó. Levantémonos, vámonos de aquí (Jn 14, 22-31).

Contemplación

Nos centramos en la respuesta de Jesús a Judas Tadeo. Judas pregunta “qué pasa”, por qué decís que te vas a manifestar a nosotros y no al mundo… Por la respuesta del Señor vemos que preguntó con inquietud, como quien no entiende y no está de acuerdo con algo que otro dice y lo interrumpe en un punto. Jesús aprovecha y hace una explicación sobre las actitudes que tenemos que tener con su Palabra.

Guardar fielmente la Palabra

La primera actitud es de cuidar la Palabra. Guardarla, protegerla, conservarla en el corazón: serle fiel.

La parábola de la semilla que cae en tierra buena nos muestra la actitud que el Señor quiere que cultivemos: el deseo de ser tierra buena, que acoge la Palabra y la deja echar raices profundas en el corazón.

La imagen contraria es la de los que no guardan la Palabra, sea porque su corazón es superficial como una calle, sea porque es pedregoso y tiene muchas ideas propias, sea porque hay en él yuyos de otras palabras que echaron raíces y le quitan alimento a la Palabra de Dios.

Guardarla por amor a Jesús

Guardar la Palabra y protegerla no es cuestión teórica sino que es cuestión de amor. En esto se confunden muchos que creen la Palabra se cuida con otras palabras. Y no es así. La Palabra se cuida con Amor. Por eso Jesús manda el Espíritu Santo, el Espíritu que es puro Amor. El Espíritu, como el Amor, no es nada si no hay dos que se aman. El Amor cuida la Palabra de Jesús. Que no es sólo suya, como dice, sino que es Palabra del Padre que lo envió. Esto es importante para nosotros. Porque la Palabra de Jesús a veces no es fácil de entender y menos facil aún es ponerla en práctica. Cuidarla y tener paciencia mientras crece, como una semilla, y se va volviendo clara a medida que da frutos en nuestra vida, es cuestión de amor. Si lo queremos a Jesús, si nos dejamos querer por nuestro Padre misericordioso, que no se cansa de perdonarnos, entonces podremos “guardar fielmente su Palabra”. Si no, es imposible.

Y ya sabemos lo que pasa con los que no cuidan la Palabra: o se vuelven sordos a todo lo que dice el Evangelio y no le hacen caso o, lo que es mucho peor, se vuelven celosos guardianes de “algunas palabras” que les vienen bien y que cuidan a su modo. Estos son los que se vuelven como los fariseos y los escribas. Distinguen hasta un mosquito cuando se trata, por ejemplo, de moral sexual y se tragan un camello cuando se trata de moral con el dinero o con la fama, como les decía el Señor en su época. No amaban a Jesús, no les agradaba su persona, su modo de ser… Se fijaban solamente en la literalidad de sus palabras, atentísimos a lo que decía, para entramparlo: “esta palabra que vos decís va contra esta otra que está en la Ley!” Su manera de cuidar la palabra era compararla con otras palabras. No veían los frutos que la Palabra de Jesús daba en el corazón del pueblo, los milagros de sanación que hacía, cómo perdonaba a la gente y la gente se volvía más buena, cómo los liberaba de sus malos espíritus y les enseñaba a amar a Dios en todas las cosas de su vida. La Palabra de Jesús es una Palabra viva, que hay que poner en contacto con la vida de la gente, no con las palabras de otros libros para que se quede guardada allí y no salga.

Guardar la Palabra como quien hospeda a un amigo

El amor con que se cuida la Palabra es como el amor con que uno hospeda a un amigo. Por eso el Señor dice que el Padre amará al que lo ama a Él y que los dos vendrán y se hospedarán en su casa. Y estando ellos dos así como en su casa, el Espíritu del Amor que se tienen, tomará a su cargo ir enseñando todo lo que la Palabra quiere decirnos. El Espíritu lo hará paso a paso, como cuando uno charla con un amigo y le deja todo el tiempo que necesite y tenga ganas para contar sus cosas y explicarlas detalladamente, a fondo. Esta es la característica de la amistad: que uno sabe que tiene todo el tiempo que quiera para charlar con un amigo. Que puede pedirle charlar en cualquier momento que necesite y el otro deja todo. Que puede contar esos detalles que otro no escucha porque le dice que eso ya lo dijo. Cuando un amigo cuenta sus cosas puede repetir lo que quiera y extenderse todo lo que quiera, porque uno sabe que no es cuestión de palabras, no es cuestión de entender qué quiere decir. No es una “cosa” lo que quiere decir. Está abriendo su corazón a través de las palabras que dice… Así es con la Palabra de Jesús: conservarla, no es ponerla en la biblioteca ni menos en el freezer, para descongelarla cuando haga falta. Conservarla es hospedarlo a Él para que Él mismo la conserve y nosotros tener el oído atento para “ponerle la oreja” –para escucharlo- cuando quiera hablar.

Guardar la Palabra como la de alguien que se jugó por mí

El amor con que se cuida la Palabra es el amor eternamente agradecido que uno tiene con una persona que, en su momento, se jugó por nosotros. Si alguien nos habla mal o nos dice que dijo algo que no corresponde, antes de pregunta qué dijo uno ya lo está defendiendo. Fijémonos que Jesús hizo eso antes de la Pasión. Él ya le había hablado al Padre bien de su amigo Simón, sabiendo que lo iba a traicionar, para que después, cuando se recuperase, volviera bien, para que no perdiera la fe. Y a los discípulos, Jesús les adelanta todo lo que va a pasar para que no se escandalicen cuando lo vean acusado como blasfemo y crucificado en una Cruz.

El Señor nos cuida a nosotros de nuestras propias palabras, aunque sean de negación a Él, como fue en el caso de Pedro.

Cómo no vamos a cuidar las suyas, las del que jamás nos traiciona, las Palabras del que siempre nos es fiel.

…….

Tengo un amigo que en este momento no puede pronunciar palabras. Las escribe en una pizarra, lo cual, dada su simpática locuacidad natural, es un límite considerable. No por eso ha perdido su humor, según me dicen y sus “discusiones con la nutricionista” en pocos renglones dejan traslucir que se está recuperando raudamente del problema que lo dejó sin habla.

Transcribo (dando espacio a la  narración) el mail de su hija que cuenta los Whatsapp de su hermano menor donde va mensajeando en tiempo real la desigual discusión entre la nutricionista parlanchina y mi amigo con su pizarra en mano.

Whatsapp del hijo menor:

[29/4 09:09] Discusión entre Papá y la nutricionista:

–       Nutricionista: (con voz de cariño profesional, imagino yo) “Le voy a mandar un Ensure y con un Espesan que le dejo, lo llevan a la consistencia de un yogurt. Si?”.

–       Papá: (en la pizarra) “Y si directamente me traés un yogurt y nos dejamos de joder?”

…….

Whatsapp del hijo:

[29/4 09:11]:

“La nutricionista palideció”.

………

Otro Whatsapp del hijo:

[29/4 09:22]

“Ahora papá le está escribiendo una nota al doctor y si no le dan de comer algo más sólido pronto va a morder a la nutricionista”.

……

Jacques es el que prepara los almuerzos de los domingos en la Casa de la Bondad. Los prepara como los de “La fiesta de Babette”, que dicho sea de paso, es la imagen que usa el Papa para expresar, en una sóla parábola, lo que quiere decir con toda su Exhortación Apostólica “La alegría del amor en las familias”. Cómo Jacques me ha dicho que desde que comenzó su enfermedad se va sintiendo menos voluntario de la Casa y más Patroncito, me tomo la libertad de transcribir esta escena ya que lo muestra de cuerpo entero como uno de los patroncitos cuando no les gusta la comida que les proponen. Así como él, con infinita paciencia y creatividad, le va pescando el gusto a cada uno y de a poquito logra preparar el banquete que se adapta a su gusto y a su estado de ánimo espero que la nutricionista logre aprender de este paciente tan especial que tiene a cargo y que ha ejercido esta tarea de “nutricionista-Chef” con los enfermos en estado terminal de la Casa de la Bondad.

Pero lo que más me interesa compartir es cómo los hijos “guardan las palabras de su padre”.

Diego Fares sj

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Después que Judas salió, Jesús dijo: 

«Ahora el Hijo del hombre ha sido glorificado

y Dios ha sido glorificado en él. 

Si Dios ha sido glorificado en él, 

también lo glorificará en sí mismo, 

y lo hará muy pronto. 

Hijos míos, ya no estaré mucho tiempo con ustedes.

Les doy un mandamiento nuevo: 

ámense los unos a los otros. 

Así como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros. 

En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos

en el amor que se tengan los unos a los otros» (Jn 13, 31-35).

 

Contemplación

Amense, nos dice Jesús. Así como Yo los he amado. Eso hará que la gente crea que ustedes son mis discípulos. Es decir: gente que aprende de Mí, gente que va ha hacer las cosas como Yo le diga (como en Caná).

No les van a creer porque ustedes muestren que han estudiado bien mis palabras y que sus interpretaciones son ortodoxas, dogmáticas, infalibles, fieles a la tradición. Los consideraran una secta o una religión más: gente que vive según unos valores y los defiende de manera tal que no deja entrar sino a los que piensan como ellos. La gente, también la ovejas mías que viven en los rebaños de otras culturas y religiones, intuye que Yo vine por algo más grande. Por eso sólo les creerán si se aman entre ustedes. Si se aman hasta el punto de crear comunidades abiertas y miseriocordiosas, capaces de incluir a todos, como dice Francisco.

El amor que nos manda poner en práctica Jesús más que un mandamiento es un don. Si escuchamos bien el mandato de amarnos entre nosotros tiene una condición: con el amor con que Yo los he amado. Ese “los he amado” apunta al Evangelio: allí se encuentran los gestos de Amor de Jesús. Desde los más pequeñitos, como cuando bendecía a los niños, hasta el más grande, el de su muerte en la Cruz.

Nos preguntamos: este amor ¿sólo está en el Evangelio? Tenemos que leer, llenarnos de sus hermosas imágenes y luego ¿con qué fuerza lo aplicamos? ¿Con las nuestras?

Justamente no. Todo lo contrario. Humanamente, cuando uno ha sido amado ese amor sigue activo en uno. En los besitos que una mamá da a los piecitos de su bebé está vivo el mismo amor con que su mamá la besó a ella. En la hospitalidad de uno para con sus amigos está vivo el amor de su abuelo que uno heredó a través de la hospitalidad de su padre…

Pero yo no siento, dirá alguno, esa fuerza del Amor con que Jesús me amó. Apenas decirlo y ya uno se da cuenta de que no es verdad. Al menos a veces la ha sentido. O la siente todo el tiempo cuando ama, pero el problema está en que siente más fuerte la fuerza contraria, la del amor egoista, la del amor con que uno se ama a sí mismo.

Hay algún modo para amar con el Amor con que me ha amado Jesús?

La fórmula en pasado perfecto lo salva al Amor, porque puedo volver a ese Amor tal como está en su fuente, en el Evangelio. Yo he amado con ese Amor, pero luego, por mis costumbres y hábitos, lo “reduje” al mío, digamos así. Amo con el amor de Jesús pero diluído, mochado, puesto en pausa, dejado de lado directamente, cada vez que me muevo por mis intereses egoístas.

Para amar con el amor con que Jesús me ha amado pueden ayudar tres cosas simples:

Una, volver a gustarlo reviviendo en la contemplación alguna escena de amor del Evangelio. Lo importante es esto: leer un pasaje o quedarme en un detalle, pero yendo a buscar sólo el amor que puso allí Jesús. Porque eso es lo que busco ver bien, contemplar en toda la riqueza de sus recursos, en toda la profundidad de  su entrega, en toda la  altura de su estima, en todos los más pequeños detalles de su ternura.

La segunda es reflexionando y agradeciendo, porque ese amor que Jesús puso allí ha tenido mucho que ver conmigo.

La tercera es elegir poner en práctica algún aspecto, el que tenga más a mano en  este momento, respondiendo con el gesto de amor que mi prójimo más inmediato me pida.

Estas tres actitudes de la oración, cuando me lleven a la practica, mientras esté haciendo ese gesto de amor “con el amor de Jesús” tal como lo vi, agradecí y elegí en la oración, tendrá una respuesta por parte del Señor. El responde inmediátamente a los que aman a sus pequeñitos: nos hará sentir un “a mí me lo hiciste, es a mí que me lo estás haciendo”.

Esta respuesta de Jesús es un amor presente. Yo diría que al hacer algún gesto con ese amor suyo, nosotros “entramos en el tiempo y en el espacio del evangelio”, entramos en el ámbito de su Reino, donde todo amor es presente.

Aquí, recordando una contemplación del 2010, me parece bueno listar diez señales de que Jesús responde confirmando la presencia real y motivante de su Amor en nuestro amor.

  1. Distingo claramente que sigo siendo un pecador, pero estoy amando a otro con el Amor de Jesús. El sentimiento es de alivio y paz, porque este amor le quita fuerza a la culpay me permite pedir perdón serenamente de mis pecados.

El amor de Jesús lava las culpas.

  1. La segunda señal viene de los otros. De repente alguien en la familia o entre los amigos nos hace notar que estamos un poco monotemáticos: hablamos mucho de la obra en que trabajamos. Se nota que la queremos.

El amor de Jesús hace hablar oportuna e inoportunamente.

  1. La tercera señal tiene que ver con un modo nuevo de (no) sentir el tiempo: pasa cuando uno se quedó trabajando en tanta paz y no se dio cuenta de que se pasó la hora.

El amor de Jesús trae una paz que no es como la que da el mundo

  1. La cuarta señal es una experiencia del yugo: lo que antes era difícil ahora se hizo fácil lo pesado se volvió liviano.

El amor de Jesús es un yugo suave y llevadero

  1. La cuarta señal es un sentimiento de gustoque da hacer bien el bien. Se nota por ejemplo en que uno empiece a llegar más temprano y se vaya más tarde…

El amor de Jesús nos hace gustar el bien.

  1. La sexta señal de que Jesús responde cuando amamos con su amor es un volvernos como cuando eramos niños: uno experimenta que puede trabajar como quien juega. De hecho se ríe mucho y se divierte con los compañeros.

El amor de Jesús nos hace como niños.

  1. La séptima señal es que se nos despierta algún tipo de creatividad: uno siente que le viene una cierta caradurez para hacer cosas nuevas, distintas de “lo que siempre se hizo así”.

El amor de Jesús hace hacer cosas siempre más grandes.

  1. La octava señal tiene que ver con fidelidad: uno agarra el bien y no lo suelta. Da testimonio en las malas y hasta se alegra con las persecuciones.

El amor de Jesús crea lazos de fidelidad.

  1. La novena señal es la alegría interior: un brillito en los ojos en medio de las tareas más humildes y escondidas.

El amor de Jesús nos da una alegría que nadie nos puede quitar.

  1. La décima señal es una transfiguración de la realidad, un solcito interior que ilumina la belleza en las almas mas pobres y hace que uno sienta que recibe calidez al mismo tiempo que la da.

El amor de Jesús glorifica lo que toca.

 Estas “respuestas de Jesús”, esto hay que decirlo, son muy respetuosas de nuestra libertad. Uno puede hacer de cuenta como que no las sintió y el Señor no insiste. Deja constancia que estuvo y cada tanto regresa y nos hace sentir su amor. Pero Él espera que como los de Emaús, respondamos a esa “calidez que sentimos en el corazón” con un gesto de hospitalidad de corazón: Quédate con nosotros, que atardece.

Una cosa linda de estas “respuestas” de Jesús a los gestos que hacemos con su amor es que puede responder con la uno o con la diez. Hay gente humildísima que vive con el brillito en los ojos del noveno paso toda la vida y hay gente que siempre está en el primer paso, de necesitar sentir de nuevo el alivio de su culpa. Santa Teresita dice que cuando se daba cuenta de su fragilidad decía: otra vez estoy en el primer escalón. Pero lo decía sin enojo ni desilusión para consigo misma. Le alegraba poder ofrecer siempre de nuevo su imperfección.

Diego Fares sj

 

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La paz es cosa de la Trinidad o “¿qué pasa que no se aclaran las cosas?”

Le pregunta Judas (no el Iscariote): Señor ¿qué pasa que vas a manifestarte a nosotros y no al mundo?
Respondió Jesús y le dijo:
«El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará;
y a él vendremos y en él haremos morada.
En cambio el que no me ama no es fiel a mis palabras.
La palabra que ustedes oyeron no es mía, sino del Padre que me envió.
Yo les he dicho estas cosas mientras permanezco con ustedes;
Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi Nombre,
Él a Ustedes les enseñará todas las cosas
y les recordará a ustedes todas las cosas que les dije a ustedes.
Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo.
¡No se inquiete su corazón ni se acobarde!
Me han oído decir: “Me voy y volveré a ustedes”.
Si me amaran, se alegrarían de que vuelva junto al Padre,
porque el Padre es mayor que yo.
Les he dicho esto antes que suceda,
para que cuando se cumpla, ustedes crean»
Ya no hablaré muchas cosas con ustedes porque viene el príncipe del mundo. A mí no me hace nada, pero es necesario que el mundo conozca que amo al Padre y que hago las cosas tal como el Padre me las mandó. Levantémonos, vámonos de aquí.
(Jn 14, 22-31).

Contemplación
“Señor ¿qué pasa que vas a manifestarte a nosotros y no al mundo? “
Manifestarte (enfanizein) es “volverte claro”, visible, comprensible, creíble.
La pregunta es de Judas Tadeo.
Se ve que le impresionó la palabra que usó Jesús: “El que me ama será amado de mi Padre y Yo también lo amaré y me le “manifestaré”.

Para el pueblo fiel, que conserva la memoria de los santos, Judas Tadeo es el patrono de las cosas imposibles, y es muy querido. Para la tradición puede haber sido primo hermano de Jesús (hijo de un hermano de San José, cosa que nos lo vuelve muy cercano en el afecto). El autor de la Epístola de Judas, la última de la Epístolas católicas, se identifica por su estilo con el Apóstol que le hace esta pregunta a Jesús. En su carta se dirige a “los que han sido llamados amados de Dios Padre”. Toma la respuesta tan linda de Jesús que dice que “si alguno me ama, mi Padre lo amará”.
Bueno, esto para ponerle rostro a uno de los discípulos queridos de Jesús, rostro que el tiempo ha borrado pero cuyos rasgos se pueden dibujar de nuevo en la fe común. A Judas le quedó esta semilla del evangelio, la de ser uno de los que amaban a Jesús y fueron amados por el Padre. Nada menos!

Jesús, si le preguntan, responde. Y esta última pregunta de uno de sus discípulos encierra el tema “global” de “cómo se comunican las cosas de Dios”. Martini comenta estas preguntas de los discípulos diciendo que son preguntas que surgen de “malentendidos”. Malentendidos que se suscitan en el corazón de los discípulos y que Jesús aclara con amor hasta donde puede y, tomando pie precisamente en la dificultad de hacerse comprender a fondo, revela que será el Espíritu Santo el que aclarará todas las cosas.
En toda relación interpersonal y comunitaria es muy importante “aclarar los malos entendidos”. Es el trabajo del diálogo generoso y natural entre las personas que conviven y trabajan juntas. Ahora, de última, como nos enseña Jesús, los malos entendidos no los aclara ni Él viviendo entre nosotros. Hace falta la Trinidad íntegra habitando en el corazón de las personas que conviven para que se de esa Paz del Espíritu en la que todo se vuelve claro y no quedan malentendidos.

Al primo de Jesús le preocupaba esto de que “… y qué pasa con el resto del mundo”.
Para mucha gente es motivo de tentación sentir “cómo es que algo tan esencial nos llega recién ahora”. Es el famoso “cómo yo no me enteré antes! O también: “si esto es tan verdadero, cómo es que no les llegó a todos”.
Jesús toma pie en el buen deseo que suscita la pregunta en el corazón de Judas Tadeo y le responde algo hermoso. Lo desarrollaré en orden inverso para que ayude a releer las palabras tal como las dijo Jesús, que son de las más amorosas de todo el Evangelio.

Por qué no se aclaran las cosas, es pues, la pregunta.
¿Qué es lo último que Jesús le responde?
Jesús dice que “ya no hablará muchas más cosas”. Llega la hora en la que se acaban las palabras y tiene que pasar a la acción. El testimonio de su amor al Padre lo tendrá que dar padeciendo la Cruz.
Es que las cosas no se aclaran sólo con palabras. Hace falta dar testimonio con la propia vida. Si Jesús que es el Logos, La Palabra, dice que ya no puede aclarar más, no podemos pretender nosotros un acuerdo y un consenso que brote de nuestras razones y argumentos. Lo que aclara todo malentendido es demostrar con nuestra vida que amamos al Padre y que hacemos las cosas tal como Él las dice, que buscamos “hacer su voluntad y no la nuestra”.

¿Por qué es tan difícil aclarar las cosas?
Lo penúltimo que Jesús dice es que “Viene el príncipe de este mundo…”. Las cosas son tan difíciles de aclarar porque este mundo está bajo el poder del padre de la mentira, del divisor –diablo-, del acusador. Diariamente vemos cómo nada se aclara y todo se confunde. En vez de escandalizarnos debemos recordar que Jesús ya nos lo dijo. Y creer en Él, y en su camino para “aclarar las cosas”. Ni el mismo Jesús puede hacer frente a los “argumentos mentirosos” con “argumentos verdaderos”. Dios mismo para convencer, necesita “dar testimonio”. Con su Palabra no alcanza. Menuda lección ¿no?

¿Y entonces?
Jesús concluye con que “nos tenemos que alegrar de que El se vaya al Padre, porque: “el Padre es mayor que Yo”.
Para aclarar las cosas tampoco basta el testimonio de dar la vida. La vida de Jesús podría haber quedado en un escándalo y ser causa de una desilusión y de una tristeza como la de los discípulos de Emaús, cuando intentan explicar “las cosas que han pasado entre nosotros”.
Para aclarar las cosas hace falta el testimonio del Padre. Jesús va a su Padre para que Él lo glorifique. Para que el Padre certifique que Jesús hizo todo bien, según su voluntad. Eso es “glorificar”: volver manifiesto y claro –no “así nomás” sino de manera luminosa y esplendente- toda la vida de Jesús.
Por tanto, para aclarar las cosas hay que ir a buscar a otro: en el caso de Jesús, a su Padre amado. Y nos tenemos que alegrar de esta “necesidad” tan humana de un hijo de tener que ir a buscar a su papá.
La imagen de un hijo con su padre da paz. Pensarlo a Jesús en el Corazón del Padre nos pacifica. De allí fue enviado a nosotros, así lo conocimos. Y vuelve a su lugar de origen. Como le manda anunciar a María Magdalena: “Ve y diles: ‘vuelvo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios’” (Jn 20, 17).

Aquí es donde, para aclarar las cosas, Jesús revela los frutos de su unión con el Padre. Es en ese momento cuando les promete el Espíritu y –ahí mismo- les da la Paz.
Para aclarar las cosas, para que Jesús se nos vuelva manifiesto, primero tiene que darnos su Paz. Una paz que Él mismo tiene al estar unido con el Padre. No es una paz cualquiera. En el Huerto Jesús no tenía paz. Estaba ansioso y angustiado hasta la muerte. Se puso en paz cuando se decidió a entregarse a lo que el Padre quería.
En la cruz Jesús no estaba en paz, tenía sed, preguntaba, sentía el abandono… Hasta que se puso en las manos del Padre. Por eso, esta paz que Jesús les da y les deja a sus amigos es una paz que brota de su corazón de hijo, unido al Padre, y por la que tendrá que luchar al día siguiente en la pasión. Es una paz padecida, la que nos regala Jesús. Y por eso es tan linda y tan verdadera. Porque podemos “pasar en paz todos los pasos angustiosos que él pasó por nosotros”, podemos pasar las angustias con El, en paz, poniendo cada inquietud nuestra en una de Jesús, para dejar que Él nos la pacifique.
El mundo no puede “ver claramente” a Jesús porque no tiene su paz. Porque el príncipe de la mentira lo desasosiega constantemente con nuevas guerras y armisticios provisorios.
El opuesto al príncipe de este mundo –al mal espíritu, como dice san Ignacio- es el buen espíritu, el Espíritu Paráclito. Él a Ustedes, dice Jesús. Qué frase tan breve y tan hermosa: “Él a Ustedes”. El Espíritu que mi Padre les envía en mi Nombre. En el Nombre bendito de Jesús –que es nuestro nombre, nombre de hermano nuestro, del primo de Judas Tadeo, sobrino de San José y de María-. En Nombre de ese Jesús que las pasó todas para darnos su paz, para que no se inquiete ni se acobarde por nada nuestro corazón, el Padre nos envía su Espíritu, el Espíritu de ambos espirado.
Y la Paz es, desde ahora, don de la Trinidad.
Que Jesús se nos vuelva claro, es cosa de la Trinidad.

Y lo más lindo de todo, lo primero que le responde a Judas Tadeo (que era lo que venía diciendo cuando Judas lo interrumpió), es que la Trinidad se viene a vivir a casa. Jesús se va al Padre pero para venir con el Padre al corazón de los que lo amamos. Desde allí, desde lo hondo de nuestro corazón donde habitan y moran, el Padre y Jesús nos comunican su Espíritu aclarador: Él nos enseña a nosotros todas las cosas que dijo Jesús y nos las recuerda en el momento oportuno, a medida que las necesitamos para aclarar los “malentendidos”.

En el Hogar de San José venimos haciendo unas reuniones “trinitarias” con grandes frutos desde hace unas semanas. Nos juntamos de a tres, un colaborador, la coordinadora y el director, y conversamos de nuestro trabajo en común. Nos juntamos en Nombre de Jesús y ponemos en medio a nuestros hermanos a quienes queremos servir. Y es notable cómo –así, de a tres- se aclaran los malentendidos! Se ve que del buen espíritu de estas reuniones me nació esta reflexión sobre la paz. Paz trinitaria, paz padecida por Jesús, paz confiada que nos dejó para que la cuidemos.
Le pedimos a la Virgencita de Lujan que guarda en su corazón la paz de la Trinidad para su pueblo argentino que cada uno de los peregrinos que hoy la visiten se lleve esa paz que tanto necesita nuestra sociedad desasosegada. La Paz que sólo Jesús puede dar.

Diego Fares sj

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Los diez grados de amor al prójimo

Después que Judas salió, Jesús dijo:
«Ahora el Hijo del hombre ha sido glorificado
y Dios ha sido glorificado en él.
Si Dios ha sido glorificado en él,
también lo glorificará en sí mismo,
y lo hará muy pronto.
Hijos míos, ya no estaré mucho tiempo con ustedes.
Les doy un mandamiento nuevo:
ámense los unos a los otros.
Así como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros.
En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos:
en el amor que se tengan los unos a los otros» (Jn 13, 31-35).

Contemplación
Dice un exegeta que la Pasión, en San Juan no es, como en los demás Evangelistas, pura acción, sino Palabra, Verbo: Jesús habla con sus discípulos largamente, y pone en Palabras de Vida el sentido de la redención. San Juan transforma todo en “Palabra” en “Logos”. Por eso la última cena no narra la institución de la Eucaristía como hecho sino que Jesús con Palabras nos dona su mandamiento nuevo: el mandamiento del amor. Las Palabras del Señor llenan de contenido la Eucaristía, las va diciendo mientras les lava los pies, mientras comparten el Pan y el Cáliz de salvación.
El Señor integra lo que sucede en esa Cena Eucarística. Como vemos que hace con Judas, a quien le ha lavado los pies como a los otros. Precisamente en el momento en que Judas sale para entregarlo Jesús expresa: “ahora se ve claro –glorioso- mi amor. Dice: “el Hijo del hombre ha sido glorificado”. Como diciendo, ahora queda bien manifiesta la magnitud de mi amor, que lava los pies al traidor y que se entrega libre y misericordiosamente mientras es entregado miserablemente.
En el peor momento de su vida Jesús hace que brille en todo su esplendor el amor que el Padre le ha encomendado comunicarnos. Y el Padre corrobora su predilección por Jesús, poniendo todo en sus manos, que lavan pies sucios y que serán traspasadas por los clavos. Es en el contexto de esta hora, la hora de la mayor traición, en la que el Señor nos deja el mandamiento de su amor:

Les doy un mandamiento nuevo:
ámense los unos a los otros.
Así como yo los he amado,
ámense también ustedes los unos a los otros.
En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos:
en el amor que se tengan los unos a los otros»

El amor no es algo estandar. El amor es a medida. Tiene infinitos grados y matices. Hay un amor distinto para cada bien. Si el Bien es nuestro Dios, el amor se expande a todo el corazón y a toda el alma y atrae todas nuestras fuerzas. Si el bien es el prójimo, el amor suscita sentimientos de ternura para con los niños, de unión profunda entre los esposos, nos mueve a compasión ante el que sufre, establece igualdad de ánimo entre los amigos, nos inclina a honrar a los mayores… y en lo social, el amor despierta la sed de justicia y de paz.
El amor tiene grados, intensidades distintas, y así como es pasión y sentimiento vivo, se hace también institución, gana territorios, se muestra en obras y crea costumbres que sanan y dan vida.

Leyendo a San Juan de la Cruz, en la Noche oscura tiene un precioso tratadito (que toma de San Bernardo y de Santo Tomás) en el que habla de “los grados de la escalera del amor, por donde el alma de uno en otro va subiendo a Dios”.
Esta escalera se refiere directamente al amor a Dios, pero pienso que podemos aplicar sus enseñanzas al amor al prójimo. A mí me sirvió para identificar sentimientos y grados de compromiso que experimentamos en nuestro trabajo apostólico de servicio al prójimo.

Tomamos pues el amor al prójimo como “mandato” o misión que nos da el Señor y examinamos los grados y escalones por los que subimos o bajamos en esta escala de compromiso y entrega a esta nuestra misión de amarnos entre nosotros como Él nos amó.

Dice San Juan de la Cruz:
“El primer grado de amor hace enfermar al alma provechosamente”
El primer grado de amor (que es un escalón donde uno siente que puso el pie y que es como una escalera mecánica, que comienza a llevarnos suavemente y sin pausas) es un estado de “enfermedad provechosa”. “Así como el enfermo pierde al apetito y el gusto por la comida”, en este primer grado de amor o de compromiso con un apostolado de servicio a los enfermos y a los más pobres, uno siente que muchas cosas que antes deseaba y le interesaban mucho y lo atraían (fiestas, lujos, placeres…) no le despiertan ya el gusto de antes. Esto se da en mayor o menor grado, pero, como decía un colaborador: las cosas que son un bien “sólo para uno” ya no tienen “el gusto de antes”.

El segundo grado de amor “hace al alma buscar su bien en todo momento” (uno se pone un poco monotemático)
El segundo grado o escalón del amor o compromiso con el apostolado “hace que uno se encuentre pensando y hablando todo el tiempo” del prójimo (de la Casa de la Bondad o de los casos del Hogar…”. Como que nos ponemos un poco (o muy) monotemáticos. Y esto es señal de amor porque: “De la abundancia del corazón habla la boca”.

El tercer grado de amor es el que “hace al alma trabajar y poner fervor para no faltar” (uno se sorprende trabajando generosamente, sin cálculos mezquinos)
El tercer grado de la escala amorosa o compromiso con la misión consiste en” ponerse a trabajar sin reparar en el esfuerzo”. Se sienten como dos cosas: una que uno no puede dejar al prójimo sin ayudar –Jesusito me necesita…- y al mismo tiempo uno experimenta el propio límite: que nada alcanza. Se deja de condenar a los demás y uno siente que es muy poco lo que puede hacer comparado con lo que desearía! Trata entonces de hacer lo que puede bien hecho.

El cuarto grado de amor es que “por razón del Amado, se causa en el alma un ordinario sufrir sin fatigarse” (Como que lo difícil se hace fácil, lo pesado se siente liviano).
El cuarto grado de esta escala de amor y de compromiso con el prójimo, dice bellamente San Juan de la Cruz, consiste en que el alma siente un “ordinario sufrir sin fatigarse”. San Ignacio dice que cuando uno está consolado las cosas más pesadas le parecen livianas. Muchas veces vemos en medio de un trabajo duro cómo algún colaborador pareciera que no se cansa. Uno le ofrece ayuda y el otro nos mira como diciendo “gracias, pero estoy bien”. Se da como un cansancio físico con una fuerza espiritual que lo compensa y sobrepasa.

Valga aquí una aclaración. Por estos grados se va y se viene. No es que uno siempre vaya para arriba, pero una vez experimentado uno de estos grados como que se tiende a subir y a desear que el Señor nos mantenga la intensidad de amor que nos hizo experimentar. Uno discierne con facilidad, por sensación, cuando está en un grado o en otro y puede pedir a Dios la gracia de subir por su escala.

El quinto grado “hace al alma apetecer y codiciar a Dios impacientemente” (Nos viene una cierta impaciencia por hacer las cosas bien, con intensidad).
El quinto escalón del amor a Dios y al prójimo es una especie de impaciencia (San Juan habla de codicia) por estar sirviendo al prójimo. Toda dilación por mínima que sea, se hace muy larga, molesta y pesada, y uno no puede estar sino está con el prójimo necesitado. Vemos a los que llegan temprano y se van tarde y están siempre en movimiento. Lo cual no deja de causar cierta contrariedad en el que no ama igual.

El sexto grado “hace correr ligeramente a Dios con alegría” (Se siente a veces que uno puede trabajar como quien juega).
El sexto grado de la escala del amor es muy lindo. Uno siente que “corre ligeramente hacia los que tiene que servir” y nota “en el trato con los demás cómo se dan muchos toques de alegría y de agradecimiento y de cariño”. Como dice el Salmo: Así como el ciervo desea las aguas, así mi alma te desea a ti, Dios mío.

El séptimo grado “hace atrevida al alma” (Nos viene una cierta caradurez).
El séptimo grado en esta escala consiste en un atrevimiento y caradurez para hacer cosas novedosas y buenas y para decirlas sin respeto humano ni cobardía. Uno siente que se vuelve atrevido en el bien, vehemente, sin vergüenza ni prudencias humanas. Esto también trae sus contrariedades: “Pero si siempre se hizo así, para qué cambiar ahora”.

El octavo grado de amor “hace al alma agarrar y apretar sin soltar el Bien” (No se afloja ni “abajo del agua”).
El octavo grado de la escala de este amor que es fidelidad a la misión encomendada y elegida es cuando uno no suelta ni afloja por nada del mundo la tarea que ha asumido con amor. Uno se siente unido a los que ama y partícipe de sus sentimientos, padeceres y alegrías. Visto el bien del prójimo y puesto en marcha no se retrocede ni un tranco de pollo.

El noveno grado de amor “hace arder al alma con suavidad”.
El noveno grado, dice San Juan “ Hace arder al alma con suavidad”. Se trata de esa alegría mansa que brilla en los ojos de los que sirven con amor a sus hermanos. Por ahí uno ve un brillito en los ojos del otro que ha estado sirviendo platos, charlando largo con uno, contemplando en silencio al que agoniza…

El décimo grado ya es sólo para con Dios y no pertenece a esta vida sino al Cielo: Hace asimilarse totalmente a Dios, por la clara visión de Dios. Aunque como dice San Juan, esto pertenece al Cielo, cuando Madre Teresa hablaba de “las almas preciosas y bellas de sus pobres” uno siente que algo de esta visión se da a veces también en esta vida y al ver un destello de la presencia de Jesús en los ojos agradecidos de un pobre el corazón se nos inunda de amor.

Estas diez intensidades distintas del amor espero que nos sirvan para andar atentos a toda la riqueza y a todos los matices que tiene el mandamiento que el Señor nos dejó, para que nos ejercitemos, cada uno según la gracia que el Señor le de, en cultivar y acrecentar estos grados del amor comprometido.
Diego Fares sj

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La pequeña condición

 En aquel tiempo, Jesús dijo:

«Mis ovejas escuchan mi voz, Yo las conozco y ellas me siguen.

Yo les doy Vida eterna: ellas no perecerán jamás

y nadie las arrebatará de mis manos.

Mi Padre, que me las ha dado, es mayor que todos

y nadie puede arrebatar nada de las manos de mi Padre.

El Padre y yo somos uno» (Jn 10, 27-30).

 Contemplación

“Las ovejas, que están custodiadas en esta unidad entre Padre e Hijo, poseen la vida eterna; ningún poder terreno puede hacerles mal”, dice Balthasar. Y la pequeña condición para un Bien tan grande como la Vida eterna consiste en “escuchar la voz de Jesús, dejarse conocer por El y seguirlo”. Porque así: “Yo les doy vida eterna y nadie las arrebatará de mis manos”.

 Escuchar su voz

La imagen del Buen Pastor con la ovejita en sus hombros despierta confianza.

Nos acercamos, entonces, con los miedos propios de las ovejas, es verdad, pero atraídos irresistiblemente por la voz de nuestro Pastor hermoso. Si nos sentimos un  poco ariscos como las ovejas que no tienen pastor, su voz es el remedio que necesitamos. Queremos estar “custodiados en esta unidad” en la que viven Jesús y el Padre: “El Padre y Yo somos uno”. Queremos ser uno con Jesús.

 ¿Por qué la imagen de las ovejas? Ayer, haciendo contemplación con un pequeño grupo de espiritualidad del Hogar de San José, hablábamos del amor natural, de ese que brota instintivamente ante el bien, y salió el ejemplo de los animalitos. Son incondicionales, dijo Rita. El amor de nuestro perro, que criamos de cachorrito, es incondicional. El amor de las ovejas por su pastor es incondicional. Si escuchan la voz de su pastor la reconocen entre miles y se sienten confiadas, atraídas irresistiblemente. Han nacido en ese rebaño y han seguido a sus madres que seguían la voz del pastor; no conocen otra cosa que las confunda: la voz de su pastor es clara y única, un bien que moviliza instantáneamente los afectos de su corazón al unísono con el del rebaño entero. En las ovejas, la atracción ante la voz del Pastor tiene el plus del rebaño: cada una escucha y el rebaño entero escucha. Si alguna ovejita se retrasa un poco o no reconoce rápido al pastor, al ver que todo el rebaño reacciona, también la díscola se pliega fácilmente.

La verdad es que está bien elegida la imagen de las ovejas que utiliza el Señor para hacernos entender cómo funcionan las cosas entre nosotros y Él.

Me imagino que es una imagen que el Señor debe haber sacado de sus madrugadas de oración, en las que contemplaría atentamente a los pastorcitos de su pueblo cuando sacaban las ovejas a pastar…

A Jesús y a nosotros nos conmueve el amor natural de los animalitos. Desearíamos amar así: sin dudas, incondicionalmente, sin los peros de la razón. Pero hemos escuchado tantas voces! Nos hemos entusiasmado con tantas otras voces que prometían pastos mejores…! Tenemos tantas voces dentro nuestro! Hemos pactado con tantos pastores mercenarios que nos han desilusionado!

 Dejarse conocer por El

Sin embargo Jesús lo hace simple: “mis ovejas escuchan mi voz”.

Fijate que Jesús nos dice “mis ovejas”. Si somos suyos no hay que dudar.

A esto apunta la pequeña condición del medio: cuando Jesús dice “Yo las conozco” esta afirmación tiene como contrapartida un “dejarnos conocer por El”. Dejarnos mirar por El, en eso consiste la oración. Más que en tratar de imaginarlo, confiar en que nos mira. Hacer actos de fe hasta que sintamos que somos suyos, que estamos en sus manos.

Si dudamos miremos el rebaño de los santos, de las personas que más queremos y que sentimos que ellos sí son de Jesús. Sentiremos que somos suyos nosotros también. No porque lo hayamos elegido nosotros a Él sino porque Él nos hizo nacer en su rebaño y somos suyos.

No porque no lo hayamos abandonado nunca sino porque Él en persona nos vino a buscar y nos rescató ¡y a qué precio!

Date cuenta de que somos valiosos y valiosas para Él desde antes que lo supiéramos. ¡Es tan consolador saber que somos suyos! Podemos hacernos el test del ADN sin temores: somos hijos suyos, aunque nos hayan dicho otra cosa: “Para nosotros no hay más que un solo Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas y para el cual somos;  y un solo Señor, Jesucristo, por quien son todas las cosas y por el cual somos nosotros” (1 Cor 8, 6).

 Cuando se trata de la Vida, el problema de la horfandad es el primero. La vida humana no es plena si nos sentimos huérfanos. Por eso el Señor afirma primero nuestra pertenencia. Pertenecer a su familia –la de su ser uno con el Padre y la familia de su Iglesia- hace a nuestra identidad. Es que a nadie le interesa vivir sino está seguro de su identidad, si no sabe quiénes son sus padres, su pueblo y sus hermanos. La vida humana es vida personal, no simples experiencias pasajeras. Vivir es poder decir “soy tuyo”, “soy de ustedes”. Vivir es tener quien nos diga “sos mío”, “sos de nuestra familia”, “sos de nuestro pueblo”.

 Por eso es tan injusta y terrible la exclusión. Es peor que la agresión, que al menos nos reconoce como sujetos con quiénes pelear. La exclusión, el dejar a la gente en la calle, el dejarlos morir solos en un hospital, el dejar que los chicos estén durmiendo drogados en las estaciones, es decirles “no son nuestros”, no sos mío, no sos de esta sociedad. Y ese negar la pertenencia y desconocer la identidad es peor que la muerte física. Es como la pena del destierro que los pueblos antiguos practicaban como castigo más severo que la muerte.

 ¡Somos de Jesús! A anunciar este evangelio, esta buena noticia, somos enviados nosotros y tratamos de testimoniar esta filiación no solo con palabras sino con obras. Las Casas de la Bondad y los Hoages de San José, cada una de nuestras obras, son en primer lugar obras de inclusión. Apuntan a decirle a la gente “ustedes son nuestros y nosotros somos suyos”. Esta es su casa. Luego vienen las tareas, los cuidados… Pero lo primero es la pertenencia. Hacer sentir al otro que es una ovejita de Jesús y que tiene su casa abierta.

Es por esto que el Señor, al decirnos que El nos da Vida eterna, Vida plena, habla de unidad. La Vida Plenamente humana es plenitud de relaciones y esto implica pertenencia, estar custodiados en sus manos, ser suyos y del Padre, estar incluidos en su amor. Y esta inclusión es un don –porque somos suyos- que debemos recibir con agradecimiento y cultivar activamente: escuchando su voz y siguiéndolo. Somos sus ovejas, ovejas de su rebaño y nos hacemos sus ovejas siguiendo su voz.

Escuchar la voz del buen pastor que resuena en toda palabra buena del evangelio y seguirlo poniendo en práctica “todo lo que El nos dice” es ser sus hijos eligiendo líbremente ser lo que somos por don.

 Se trata, como vemos, de una pequeña condición para un Bien tan grande como la Vida Plena. Ser suyos, escuchar con agrado su voz, seguirlo a El, donde quiera que vaya, y como nos recomienda nuestra Señora y Madre: “hacer todo tal cual El nos lo diga”.

Diego Fares sj

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Para que el amor sea un sentimiento, más aún: una pasión

Poco después, Jesús se apareció otra vez a sus discípulos junto al lago de Tiberíades. Estaban juntos Simón Pedro, Tomás «El Mellizo», Natanael el de Caná de Galilea, los hijos de Zebedeo y otros dos discípulos. En esto dijo Pedro:
–Voy a pescar.
Los otros dijeron:
–Vamos contigo.
Salieron juntos y subieron a una barca; pero aquella noche no lograron pescar nada. Al hacerse claro el día Jesús estaba en la orilla del lago, pero los discípulos no lo reconocieron.
Jesús les dijo:
–Muchachos, ¿no tienen algo de pescado para comer?
Ellos contestaron: –No.
El les dijo:
–Echen la red al lado derecho de la barca y pescarán.
Ellos la echaron, y la red se llenó de tal cantidad de peces que no podían moverla.
Entonces, el discípulo a quien Jesús tanto quería le dijo a Pedro:
–¡Es el Señor!
Al oír Simón Pedro que era el Señor, se ciñó un vestido, pues estaba desnudo, y se lanzó al agua. Los otros discípulos llegaron a la orilla en la barca, tirando de la red llena de peces, pues no era mucha la distancia que los separaba de tierra; tan sólo unos cien metros. Al saltar a tierra, vieron unas brasas, con peces colocados sobre ellas, y pan. Jesús les dijo:
–Traigan ahora algunos de los peces que han pescado.
Simón Pedro subió a la barca y sacó a tierra la red llena de peces; en total eran ciento cincuenta y tres peces grandes. Y, a pesar de ser tantos, la red no se rompió. Jesús les dijo:
–Vengan a comer.
Ninguno de los discípulos se atrevió a preguntar: «¿Quién eres?», porque sabían muy bien que era el Señor. Jesús se acercó, tomó el pan en sus manos y se lo repartió; y lo mismo hizo con los peces. Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a sus discípulos, después de haber resucitado de entre los muertos.
Después de comer, Jesús preguntó a Pedro:
–Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?
Pedro le contestó:
–Sí, Señor, tú sabes que te quiero.
Entonces Jesús le dijo:
–Apacienta mis corderos.
Jesús volvió a preguntarle:
–Simón, hijo de Juan, ¿me amas?
Pedro respondió:
–Sí, Señor, tú sabes que te quiero.
Jesús le dijo: –Pastorea mis ovejas.
Por tercera vez insistió Jesús:
–Simón, hijo de Juan, ¿me quieres como amigo?
Pedro se entristeció, porque Jesús le había preguntado por tercera vez si lo quería, y le respondió:
–Señor, Tú todo lo sabes, Tú conoces que te quiero.
Entonces Jesús le dijo: –Apacienta mis ovejas. Te aseguro que cuando eras más joven, tú mismo te ceñías el vestido e ibas adonde querías; mas, cuando seas viejo, extenderás los brazos y será otro quien te ceñirá y te conducirá adonde no quieras ir. Jesús dijo esto para indicar la clase de muerte con la que Pedro daría gloria a Dios. Después añadió:
–Sígueme” (Jn 21, 1-19).

Contemplación
“Simón ¿Me amas más que estos?”
Jesús hace como hacemos con los chicos: “¿A quién querés más?” “¿Hasta dónde me querés?” “Hasta el cielo”. El amor expresa su profundidad en esta manera ingenua del comparar no por celos sino para hacer sentir al niño que su amor no tiene límites de manera que le tome el gusto al amor y entre en esa dinámica del más. Con juegos de cariño las mamás y los papás le enseñan a sus hijos pequeños la verdad más honda de la vida: que lo que nos importa es su amor.
Y este y no otro es el evangelio de Jesús resucitado: hacerle experimentar a Simón Pedro, su amigo, que lo que le importa es su amor.
Y Pedro, que no escribirá mucho pero que dará su vida por Jesús, nos dejará testimonio de este amor y de esta amistad que sintieron y cultivaron Jesús y él.
Juan, ya anciano, recordará estas cosas y nos dejará como regalo este diálogo que Simón, su amigo mayor, le habrá confiado y acerca del cual habrán conversado tantas veces.
Y en la primera carta de Pedro está esa frase tan hermosa que tiene su fuente en esto que decimos, en lo que le enseñó Jesús que era lo único importante. Pedro nos habla de un Jesucristo: “a quien ustedes aman sin haberlo visto” (1 Pe 1, 8). Y nos exhorta a purificarnos en la verdad de “un amor fraternal sin hipocresía”. Dice: “Ámense unos a otros de corazón e intensamente”. “Sean de un mismo sentir, compasivos, fraternales, misericordiosos, de humildes sentimientos, no devolviendo mal por mal” (1 Pe 3, 8).

La última “manifestación” o “encuentro” del Señor con los suyos se da en el ámbito de la vida cotidiana, en medio del trabajo. Jesús ya no “se aparece” en medio de ellos, ni les sale al encuentro por el camino sino que “está” a la orilla del lago donde trabajan, atrayéndolos hacia sí, hacia la Eucaristía que les tiene preparada, atrayéndolos hacia las preguntas sobre el amor.
El Señor Resucitado es el que atrae a todos a su amor. Y como la Resurrección acontece en el corazón, es hacia este diálogo de corazones hacia lo que nos atrae el Resucitado. No solo a Pedro y a sus amigos, no solo las redes con la pesca milagrosa de aquella mañana, sino a toda la humanidad. Pedro arrastrando las redes hacia la orilla es la imagen del Pescador de hombres que le lleva a todos a Jesús. ¿Para qué? Para que el Señor interrogue a todos acerca del amor.
El Señor “está”, esperándonos con el bien que despierta en nosotros el amor: el pan calentito de la Eucaristía. Nos está esperando luego del trabajo para partirnos el pan. Y si un desayuno calentito en una mañana fría nos hace sentir el cariño de quien nos lo preparó, cuánto más si no es solo pan el bien que nos alimenta sino el mismo Cuerpo del Señor. En ese Bien supremo podemos arraigar con todos los afectos de nuestro corazón, arraigar de modo tal que nada nos pueda apartar de ese nuestro sumo Bien y en él permanezcamos adheridos por la fe y el amor.
El Señor “está” esperándonos para charlar, para realizar con nosotros eso que llamamos “oración”, a la que damos tantas vueltas y que en el fondo es algo muy sencillo: rezar es hablar con Jesús –nuestro Bien- y dejar que nos pregunte si lo amamos: si lo amamos más que todos, si lo amamos simplemente, si lo queremos como amigos. Cuando nos hace arder el corazón en este triple amor que brota de su Corazón (como decía Santa Margarita María) –de misericordia infinita, que perdona todo pecado, de caridad perfecta que completa lo que nos falta y de amistad gratuita que goza al igualarse con nosotros-, cuando nos hace arder el corazón, digo, entonces nos confía sus ovejas y sus corderitos, lo que le es más querido, nos confía a sus hermanos, a nuestros hermanos, para que los cuidemos y apacentemos.
Como dice Pedro, que experimentó este amor del Señor: “Ante todo mantengan ardiente la caridad unos con otros, porque “la caridad cubre la muchedumbre de los pecados”, practiquen una amorosa hospitalidad unos con otros, sin murmuraciones, cada uno conforme al don que recibió” (1 Pe 4, 8 ss.). A los pastores nos dirá: “Apacienten el rebaño de Dios en medio de ustedes no a la fuerza sino de buen grado, espontáneamente en Dios, no por interés sino de corazón (…) revestidos con sentimientos de humildad, como esclavos los unos de los otros” (1 Pe 5, 2 ss.).

En este clima, contemplando al Señor y a Pedro cómo dialogan acerca del amor, quisiera aprovechar para sanar algunas ideas erradas acerca del amor. Me llamó la atención un sencillo texto de Santo Tomás en el que valora más el simple amor sensible que el amor que depende de una elección de la razón (amor de dilección). ¿Cómo argumenta? Diciendo que “el hombre puede tender mejor a Dios por el amor -atraído pasivamente en cierto modo por Dios mismo-, de lo que pueda conducirle a ello la propia razón, lo cual pertenece a la naturaleza de la dilección. Y por esto el amor es más divino que la dilección”.
Explicamos un poco. El amor de dilección presupone “elegir” y uno elige juzgando con la razón. Cuando elegimos nuestros amores, a veces nos equivocamos y elegimos mal. El simple amor natural, en cambio, el amor que está en el apetito sensitivo, ese amor que es una “pasión” (un bien ante el que nuestro apetito es pasivo porque ese bien se nos impone naturalmente), el simple amor, decimos, nos mueve el corazón sin que podamos resistirlo. Es el amor de un hijo pequeño por su madre: un amor natural, irresistible. El bien que la madre es para el bebé despierta en él el amor.
En estos términos plantea Jesús el Amor a Dios, al revelarnos que Dios es nuestro Padre, nuestro querido Padre.
En estos términos plantea Jesús su propio amor por nosotros al darnos por Madre a su Madre en la hora de la Cruz. Nos dio a la Virgen por Mamá. Cuando vemos con qué cariño nos adoptó ella en sus afectos, comprendemos lo “sentido” que fue este gesto para el Señor. Ella comprendió con qué amor quería su Hijo que nos amara! El Señor nos muestra, pues, con este gesto que nos ama como a hermanos, dándose tan por entero a nosotros, con una misericordia sin condiciones, con una dedicación y entrega tan sentidas que no nos dejan dudas de que nos considera su mayor bien. El Señor nos ama “sensiblemente”, nos tiene “afecto”, nos quiere “naturalmente”, nos siente hermanos, amigos. Le gusta estar entre nosotros, todos los días, hasta el fin del mundo. Le agrada haberse llevado al Cielo todas nuestras anécdotas, toda nuestra existencia humana, se siente cómodo en el Cielo con nuestra humanidad, sintiendo las cosas de la Trinidad “apasionadamente”, con un corazón de carne. Porque Él es así, puro amor. Y nos ha creado, nos ha dado el don de la vida. Y al encarnarse y sentir con un corazón humano, su Amor se ha vuelto “apasionado”: nos ama sintiendo cariño sensible, con una sensibilidad riquísima, ya que está imbuida por su Espíritu, pero bien sensibilidad (nada de “espiritualismo intelectual y desencarnado).
Y le interesa saber si Simón Pedro, su discípulo y amigo del alma (si cada uno de nosotros) nos damos cuenta de cómo siente él su amor. El amor sensible “siente” si es correspondido “sensiblemente”. Siente si el otro siente lo mismo o no. No le basta con el amor de elección (ya te elegí y me quedo con vos aunque no “sienta que te amo”). A Jesús le interesa saber si llegó con su amor a hacernos sentir amor. Cuando uno es muy amado, con el amor justo que corresponde a la condición del otro, ese amor despierta irresistiblemente un amor igual. Cuanto más es amado un hijo por su padre con amor de padre, más siente crecer en sí el amor de hijo. Lo mismo sucede con cada amor: si en el trabajo nos amamos con amor de compañeros de trabajo, ese amor suscita más amor de compañerismo. El problema son, pues, los amores “mezclados”, los que provienen de proyectar expectativas de un tipo de amor donde deberíamos notar otro…
Con Jesús, tengámoslo bien claro, no se trata para nada de un amor formal, cultual, de cumplimiento de deberes…. El Señor quiere saber si lo queremos como amigo, si tenemos ganas de andar en su Compañía y de comer y trabajar con él.
Hay una canción preciosa que dice: “Para que el amor no sea un sentimiento, tan solo un deslumbramiento pasajero”. Y está bien lo que dice, en cuanto a arraigar en el amor perfecto, que dice sí hasta el final. Pero creo que no valora lo que significa un “sentimiento” y un “deslumbramiento” cuando del otro lado está la Persona de Jesús. Eso que es tan carnal y fragil, nuestro sentimiento, el afecto, la pasión, es la materia con la que le interesa trabajar a Jesús. Y cuando ponemos en juego nuestros afectos y los dejamos en sus manos, El hace que nuestro corazón arraigue de tal manera en su Corazón, el Bien Sumo, que se convierten en lo más movilizante. ¿No es acaso este amor sensible y real lo que más nos atrae en la vida de los Santos? La Pasión del simple amor cura el temor y la tristeza y nos asienta en el territorio del alegre fervor espiritual.

Diego Fares sj

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