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Posts Tagged ‘Amoris Laetitia’

 

 

 

“Jesús dijo a sus apóstoles:

El que ama a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí.

Y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mi.

El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí.

El que encuentra su vida la perderá y el que pierda su vida por mí la encontrará.

El que los recibe a ustedes me recibe a mí y el que me recibe a mí recibe a Aquel que me envió.

El que recibe a un profeta por ser profeta, tendrá recompensa de un profeta,

Y el que recibe a un justo por ser justo, tendrá recompensa de un justo.

Les aseguro que cualquiera que dé de beber aunque sólo sea un vasito de agua fresca,

a uno de estos pequeños por ser mi discípulo, no quedará sin recompensa” (Mt 10, 37-42).

 

Contemplación

El que pierda su vida por Mí… la encontrará!

Perder la vida por Él. Por Jesús.

Perderla por la gente, por los más pequeñitos, por los demás.

Perder la vida en esas tareas pequeñas en las que se nos puede pasar una manaña, como cuando buscamos cómo dar mejor un vasito de agua fresca a uno de sus pequeños…

El agua fresca de la canilla.

El vastio de agua de un criterio evangelico, que nos hace mirar distinto.

O el agua fresca de las parábolas, esas fuentes de agua viva.

Las parábolas del Señor estan distribuidas a lo largo de nuestra vida como las fuentes de Roma. Lo más hermoso de Roma es que de sus fuentes se pueda beber. La gente lleva en sus mochilas una pequeña botella de plástico para cargarla cuando tenga sed.

Las parábolas… Urge discernir en qué parábola estamos viviendo en el momento presente. Y también a qué parábola nos invita el Señor a ir.

El Papa Francisco nos dice que la parábola del Buen Samaritano es clave en nuestros días. A su luz debemos leer las otras. El hijo pródigo, por ejemplo, no es tanto uno que vuelve por sí mismo suscitando la indignación de su hermano mayor que reclama justicia; hoy es un hijo pródigo que Jesús nos trae porque lo encontró tirado por el camino. Uno que ni siquiera puede llegar por sí mismo a la casa del padre. Uno al que los salteadores modernos lo suben a un gomón y en medio del mar lo tiran al agua o lo dejan a la deriva para que otros lo rescaten.

Desde la parábola del Buen Samaritano hay que leer también la parábola de la invitación a la Fiesta de bodas; ese momento en que –como los invitados con derecho no vienen- el padre manda a buscar a los pobres y enfermos y los sienta a su mesa, vistiéndolos con vestido de fiesta.

Lo que quiero decir es que la parábola del Buen Samaritano da el tono a las otras y hace descubrir en ellas ese momento en el que, por pura misericordia, somos puestos en las manos del Señor, que nos cuida y repara nuestras fuerzas.

Una Iglesia samaritana quiere decir una Iglesia de discípulos que salen a actuar “fuera de su cultura” e incluso “fuera de la ley”.

La imagen potente de la Iglesia hospital de campaña es la que el Papa profetiza para discernir actitudes. Compartimos un mundo con al menos 10 millones de niños en situación de “apatridia”, que no tienen ninguna nacionalidad porque han nacido en campamentos de refugiados. Es decir: los papás de esos niños ni siquiera pueden contar con un lugar legal donde registrar sus nombre para darles documento de identidad. Por eso el Papa responde a las preguntas de los cardenales no con definiciones magisteriales sino con actitudes magisteriales. Es que “la Palabra de Dios no se muestra como una secuencia de tesis abstractas, sino como una compañera de viaje también para las familias que están en crisis” (AL 22).

Perder la vida es salir de la parábola confortable en la que estamos instalados: a veces limitamos nuestra vida cristiana a repetir dos escenas: la del hijo pródigo que se va con su parte de la herencia y –después de un tiempo- la del hijo pródigo que vuelve a confesarse; o nos instalamos en esa escena en la que el hijo mayor “no quiere entrar a la fiesta”, y se nos va la vida en alimentar algún resentimiento que no nos deja vivir.

Perder la vida hoy es buscar alguna manera de entrar en la parábola del Buen Samaritano, buscando algún lugar de apostolado, alguna manera, de ayudar a los que están tirados al borde del camino, de invitar a los que se quedaron sin trabajo aunque sea la última hora, de salir a buscar a los pobres para que entren a la fiesta…

El otro día alguien comentó en la mesa algo de los mendigos de Roma. Fue un comentario “en general”, muy razonable. Y a mí me salió comenzar a nombrar a algunos que conozco con su nombre propio: a Elíe, el discapacitado en sus piernas que anda sentado en un skate y sube y baja nuestra calle Francesco Crispi empujándose con las manos, y a Gabriella, la que tiene el mismo problema que Elíe y pide en la Fontana di Trevi, que resultó ser hermana de Elíe; y a María, la rumena que pedía frente a nuestra puerta, y a María, que es de Moldavia y que pide en el subte, a la que todos los miércoles le llevo una limosna que me dan para ella y un día me dijo que querría que todos los días fueran miércoles, pero no por la plata sino por mi visita; y de Patrizia y Assunta, las dos abuelas que viven al aire libre en Piazza Spagna… y de Constantino, el de Términi, a quien no veo hace tiempo.

Siempre digo a los que hablan de los mendigos truchos y de toda la explotación y el negocio que se esconde detrás de la mendicidad en Roma, que si no fuera por los pobres, Roma sería una disneylandia espiritual, en la que todo sería un sueño de película en el que los turistas cumplimos el deseo de ver al Papa, comer tallarines y hacernos una selfie mientras tiramos la monedita que no le damos a los mendigos en la Fontana di Trevi.

Perder la vida por Él buscando amarlo más.

Más que a un padre y a una madre –dice Jesús-, más que a un hijo o a una hija.

Esto de las comparaciones parece un perdedero de tiempo. Si estamos en la parábola del Buen Samaritano, llevando gente al hospital de campaña, a qué viene esto de Jesús de que “lo amemos más”. Si ya sabemos que “no somos dignos”, que nunca lo seremos…

Este mandamiento de amarlo más hace que resuene en el corazón el tono con que Jesús le preguntó a Simón Pedro: “¿me amas más que estos?”.

Si estamos perdiendo tiempo en la tarea de “apacentar sus corderos” y “salir a buscar a sus ovejas perdidas”, es bueno que Jesús nos pregunte si lo amamos más y nos recuerde esa otra pérdida de tiempo: la que consiste en adorarlo a Él.

“Las comparaciones son odiosas”, dice el dicho. Y es verdad, pero con una excepción: comparar las cosas (todo, también las personas y hasta la propia vida) con Jesús  sopesando a quien o a qué amamos más, no solo no es odioso sino que hace mucho bien.

La comparación tiene su trampita, porque si amamos más a Jesús apacentaremos a sus ovejas. No es que tengamos que dejar de lado a nuestros seres queridos.

Lo que pasa es que se trata de una comparación y de un más especiales: amar más es “centrarse más” en Jesús, enfocar la mirada en Él, ir directo y primero a Él.

Entonces vemos que se trata de un Jesús en movimiento.

No es que estén todos sentados a la mesa, Jesús y nuestros seres queridos, y nosotros tengamos que servirle primero a Él, haciendo esperar a los demás. Para nada! Incluso es al revés, porque en las imágenes de banquetes, el Señor dice que Él está como el que sirve (y así estará en el cielo!!).

Si nos centramos en Jesús veremos que está en salida, que pasa.

Amarlo más es cultivar la actitud de “si viene, dejo todo y lo sigo”.

El otro día una parejita de mexicanos en luna de miel decía que para ellos “Francisco es el mismo Jesús que camina entre nosotros”. Los pequeños lo captan.

El mensaje del Papa, con sus gestos de salir, de caminar, testimonia y profetiza que Jesús camina entre nosotros.

Después cada uno tendrá que sacar las consecuencias y escuchar lo que ese Jesús le dice, pero se trata de un Jesús “en camino”.

Por eso hay que mirar a dónde va y por dónde caminó y anduvo.

Para leer bien sus gestos en el presente hay que hacer memoria de dónde los hizo primero y mirar a dónde irá a hacerlos de nuevo. Yo cuando lo veo lavar los pies en la cárcel de Roma recuerdo cuando se los lavó a los huéspedes de nuestro Hogar de San José, en el 2001, y miro que ahora que irá Colombia, en Medellín, visitará uno de los “Hogares San José”, para niños desplazados por la guerra.

Todas las “críticas” a Francisco nos lo muestran “en una foto”.

Basta mirarlo en camino –de donde venía y a dónde va luego de esa foto de algo que hizo o dijo y que es objeto de comentarios, enojos e interpretaciones- para que nos vuelva la alegría al corazón.Tenemos a un Papa en cuya persona Jesús camina con nosotros.

Nos da testimonio así de que la Palabra de Dios, para entenderla bien, hay que entenderla “en camino”. Hay que dejar todo (también las propias interpretaciones) y seguirla. Como sucede con las personas, que uno no puede seguir sino a uno por vez, también sucede con la Palabra. Hay que seguir de a una por vez, aplicarla y ponerla en práctica lo mejor posible. Y seguirla cada uno como está y como es. Si uno tiene una cruz (los pecados son una cruz, una familia separada a cuestas es una cruz…) tomarla y seguirlo con ella. Los que se dedican a discutir cuestiones abstractas más que malos o equivocados son gente que está sentada: no es que no tengan razón en algunas cosas que dicen de la moral o de la tradición, lo que pasa es que no hay tiempo para quedarse a discutir con ellos. Hay mucha gente que está esperando por un vasito de agua fresca, por esa Verdad que el Espíritu da a sorbos hasta que un día, uno mismo, se bautiza en Ella.

 

 

Diego Fares sj

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 En aquel tiempo, se presentó Juan el Bautista, predicando en el desierto de Judea y diciendo:

Conviértanse, porque se ha acercado el Reino de los Cielos”.

A Él se refería el profeta Isaías cuando dijo:

‘Una voz grita en el desierto: Preparen el camino del Señor, Enderecen sus senderos’.

Juan tenía una túnica de pelos de camello y un cinturón de cuero, y se alimentaba con langostas y miel silvestre. La gente de Jerusalén, de toda la Judea y de toda la región del Jordán iba a su encuentro, y se hacía bautizar por él en las aguas del Jordán, confesando sus pecados.

Al ver que muchos fariseos y saduceos se acercaban a recibir su bautismo, Juan les dijo:

“Engendro de víboras, ¿quién les enseñó a escaparse de la ira de Dios que se acerca? Den el fruto que corresponde a una conversión verdadera, y no se contenten con decir: ‘Tenemos por padre a Abraham’. Porque yo les digo que de estas piedras Dios puede hacer surgir hijos de Abraham. El hacha ya está puesta a la raíz de los árboles: el árbol que no produce buen fruto será cortado y arrojado al fuego. Yo los bautizo con agua para que se conviertan; pero aquel que viene detrás de mí, es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de sacarle las sandalias. El los bautizará en el Espíritu Santo y en el Fuego. Tiene en su mano la horquilla y limpiará su era: recogerá su trigo en el granero y quemará la paja en un fuego inextinguible” (Mt 3, 1-12).

Contemplación

Conviértanse! Conversión -metanoia- es la palabra preferida de Juan.

Una palabra, una misión: hacer que la gente se convierta a Jesús que viene.

Ese Jesús que viene después de Juan, que es más poderoso que él en Espíritu y al cual Juan no se considera digno ni de sacarle las sandalias de los pies para servirlo.

La conversión es un proceso, un camino y donde hay que poner los ojos es en Jesús.

De qué tengamos que convertirnos y cuánto nos lleve, depende de dónde esté parado cada uno, de hacia dónde esté orientada su mente, sus costumbres y cuál sea el tesoro de su corazón.

La conversión de las pasiones. Examinándome, veo que lo primero que resuena cuando escuchó conversión, es dejar algunos pecados que tienen que ver con lo más inmediato de mis pasiones: perezas, avideces, broncas. Son pasiones –en el sentido preciso de que las padezco, de que me mueven espontáneamente- que no obedecen fácilmente a Jesús. Las controlo hasta cierto punto, pero siempre están ahí. Y por eso mismo, porque no tenemos “dominio total” de nuestras pasiones, es que no son lo primero sino lo último que se convierte.

La conversión de la mente. Antes está la conversión de mi mentalidad, de mis ideas y modo de razonar. En este punto yo creo que mis ideas están más modeladas por las del evangelio. Gracias a los Ejercicios espirituales le he tomado el gusto a “pensar con los criterios de Jesús” y no con los míos. Por experiencia y gracias a la ayuda de buenos maestros, he aprendido a discernir las “falacias del demonio”, sus razonamientos torcidos, apenas se siente su “tufo” y su mal sabor.

Pero en este punto veo que hay una gran tarea ya que mucha gente piensa mal.

Hay quien piensa, por ejemplo, que si el Papa pone la Misericordia infinita del Padre por encima de todo y no “clarifica” los casos en los papeles, la gente se va a “confundir”.

Hay gente que piensa como pensaban los saduceos, que no creían en la resurrección, y le presentaban “casos” de libro al Señor. Casos como de la mujer que tuvo siete maridos, y querían que les clarificara qué opinaba sobre ese “caso”.

El Señor les dice que “están muy equivocados”, que los criterios de la resurrección son otros. Que Dios es un Dios de vivos, no de “casos de manual”.

Cuando le ponen delante una persona, como la pecadora, el Señor no opina sino que se involucra totalmente con la persona, pone en contacto su Misericordia con la miseria, como dice el Papa en la Carta Apostólica con que concluyó el Jubileo.

No me resisto a poner el primer párrafo:

“Misericordia et misera son las dos palabras que san Agustín usa para comentar el encuentro entre Jesús y la adúltera. No podía encontrar una expresión más bella y coherente que esta para hacer comprender el misterio del amor de Dios cuando viene al encuentro del pecador: «Quedaron sólo ellos dos: la miserable y la misericordia».

Cuánta piedad y justicia divina hay en este episodio. Su enseñanza viene a iluminar la conclusión del Jubileo Extraordinario de la Misericordia e indica, además, el camino que estamos llamados a seguir en el futuro.

(…) La misericordia no puede ser un paréntesis en la vida de la Iglesia, sino que constituye su misma existencia, que manifiesta y hace tangible la verdad profunda del Evangelio. Todo se revela en la misericordia; todo se resuelve en el amor misericordioso del Padre.

Una mujer y Jesús se encuentran. Ella, adúltera y, según la Ley, juzgada merecedora de la lapidación; él, que con su predicación y el don total de sí mismo, que lo llevará hasta la cruz, ha devuelto la ley mosaica a su genuino propósito originario. En el centro no aparece la ley y la justicia legal, sino el amor de Dios que sabe leer el corazón de cada persona, para comprender su deseo más recóndito, y que debe tener el primado sobre todo.

En este relato evangélico, sin embargo, no se encuentran el pecado y el juicio en abstracto, sino una pecadora y el Salvador. Jesús ha mirado a los ojos a aquella mujer y ha leído su corazón: allí ha reconocido su deseo de ser comprendida, perdonada y liberada. La miseria del pecado ha sido revestida por la misericordia del amor. Por parte de Jesús, no hay ningún juicio que no esté marcado por la piedad y la compasión hacia la condición de la pecadora. A quien quería juzgarla y condenarla a muerte, Jesús responde con un silencio prolongado, que ayuda a que la voz de Dios resuene en las conciencias, tanto de la mujer como de sus acusadores. Estos dejan caer las piedras de sus manos y se van uno a uno. Y después de ese silencio, Jesús dice: «Mujer, ¿dónde están tus acusadores? ¿Ninguno te ha condenado? […] Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más». De este modo la ayuda a mirar al futuro con esperanza y a estar lista para encaminar nuevamente su vida; de ahora en adelante, si lo querrá, podrá «caminar en la caridad» (cf. Ef 5,2). Una vez que hemos sido revestidos de misericordia, aunque permanezca la condición de debilidad por el pecado, esta debilidad es superada por el amor que permite mirar más allá y vivir de otra manera” (Misericordia et misera 1).

Estas palabras del Papa no solo son claras sino que son “luminosas”, y con el esplendor de la verdad del Evangelio nos marcan “el camino que estamos llamados a seguir en el futuro”.

Sus enseñanzas son magisterio y sana doctrina y nos ponen en contacto “con la “verdad profunda del Evangelio”. “Todo se vuelve claro, se revela, en la Misericordia; todo se resuelve –se juzga de manera justa y sabia- en el amor misericordioso del Padre”.

La conversión del corazón. Llegamos así a la conversión del corazón, que es la que cuenta. La conversión de las pasiones y la conversión de las ideas siempre están “a medio hacer”, no son cosas de las que uno pueda decir que ya está convertido, ni en las que uno se pueda sentir totalmente seguro. Cuando uno domina una pasión, el demonio comienza a trabajarlo en otra… Y con las ideas, siempre surge alguna deslumbrante que –como ángel de luz- fascina a veces nuestra mente y tenemos que estar atentos porque no son ideas “malas” y que lleven a algo directamente malo, sino que suelen ser ideas “alternativas”, que llevan a algún bien, pero menor o distinto del que el Señor quería para nosotros.

Es siempre la misma lucha: los paganos tenían que convertirse de los “ídolos” y los judíos de la dureza de la “ley”.

El Señor, sin desatender estos ámbitos de conversión, apunta directo al corazón. Él entabla un diálogo sostenido en el que el tema es sólo y en primer lugar “el corazón de la gente”, de cada persona y de su pueblo, porque, como dice siempre Francisco: los pueblos tienen un corazón y se lo siente latir en su cultura.

Uno no puede convertir totalmente sus pasiones ni sus ideas pero sí puede convertir enteramente su corazón. Como decía aquella religiosa amiga de una amiga: Si Jesús me pide el corazón, yo se lo doy.

Y a propósito de todo esto, les comparto algo muy lindo que me contó esta amiga religiosa, – es misionera en el Congo y está haciendo el mes de Ejercicios en la vida cotidiana-:

“Te cuento ahora –me escribía- algo muy bello. Aquí hoy hemos tenido una sesión de 8 a 13, que continuará el próximo sábado, para los alumnos de los dos últimos cursos, de las 4 escuelas secundarias de la misión. Era un grupo de 109 alumnos y alumnas. El tema es la educación afectivo-sexual. Ha ido muy, muy bien y eso les ayuda a crecer y formarse bien. Lo damos un matrimonio comprometido, 2 sacerdotes y 2 religiosas.

Tenías que ver la cara de una chica de 20 años (la conozco bien) que estudia en un Instituto vecino y que ha participado en la formación. Lleva ya un aborto y dos embarazos con 2 hombres distintos… ahora estudia 5º de Secundaria. Su cara cuando ha oído que nunca está todo perdido, que aunque se haya perdido la virginidad del cuerpo se puede recuperar la del corazón, que a pesar de la magnitud de nuestros errores y pecados Dios no puede sino perdonar y que nos llama a ir adelante… por esa cara que ha recuperado la luz y la esperanza yo daría una vida entera y mil más.

El día que veas al Papa Francisco, cuéntaselo! Eso es la Misericordia.”

La conversión del corazón, sólo Jesús la consigue. Ese es el Bautismo del Espíritu. Un bautismo del corazón. Un sumergir el corazón en su agua bendita que lo limpia todo. Un dejar que por el camino Jesús nos lo vaya “bautizando” con su modo de contar las cosas que pasaron, y caigamos en la cuenta y nos digamos, como los discípulos de Emaús: “acaso no ardía nuestro corazón por el camino mientras nos hablaba?”.

La conversión del corazón es solo un “sí”, como el de María; un “que se haga” –eso es el corazón-, un hágase según tu palabra, a tu modo y a tu medida, cuando quieras y como quieras.

La conversión del corazón es  dejar algo, como dejaron las redes los primeros cuatro discípulos: así como estaban, lo siguieron. Eso es el corazón.

La conversión del corazón es seguir una corazonada, como Zaqueo, como la hemorroisa, como Bartimeo, como Pedro y Juan corriendo al sepulcro, como María Magdalena que no se quería ir. Una corazonada, eso es el corazón.

La conversión del corazón es una certeza que toca fondo, como la del hijo pródigo. “Me levantaré y volveré junto a mi Padre”, eso es el corazón.

La conversión del corazón es tirarse de cabeza, como Brochero tirándose al río agarrado de la cola de su mula Malacara y es también una rutina cotidiana, como el pasar del cura con la pata entablada, al tranco de mula, frente a los ranchos de la gente que sale a pedirle la bendición, mientras va fumando un chala rumbo a una viejita que lo espera para la confesión.

La conversión del corazón es inmediata, es un “encantado patroncito” como el de Hurtado. ¿Recuerdan? Aquel día en que un estudiante jesuita había viajado a Santiago con una lista inmensa de encargos y al llegar, no va que se topa con el Padre Hurtado y espontáneamente se le ocurre pedirle la camioneta. Hurtado sacó ahí nomás las llaves del bolsillo y se las dio con su mejor sonrisa diciendo: “encantado, patroncito“. Apenas partió el joven en la camioneta, San Alberto salió a hacer sus numerosas diligencias de aquel día en micro. Este detalle muestra su humildad espontánea”, dice el cronista. Nosotros decimos que eso es “el corazón”.

La conversión del corazón es una sed de amor y de almas, como esa que “de una manera que nunca podrá explicar, se apoderó del corazón de la Madre Teresa, y el deseo de saciar la sed de Jesús se convirtió en la fuerza motriz de toda su vida”.

La conversión del corazón es un sentir la Palabra de Dios como un lapicito que escribe las cosas suavemente y con linda letra en esa superficie tierna del alma que llamamos “nuestro corazón”.

La conversión del corazón es una decisión, como la que tomó Teresita, el día en que “se olvidó de sí misma -de su hipersensibilidad para con los afectos de los demás, que hacían que se le estrujara el corazón- y fue feliz”.

La conversión del corazón es ponerle, a cada miseria, la firma de la misericordia, que es la única que no necesita “aclaración”.

Diego Fares sj

 

 

 

 

 

 

 

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En aquel tiempo, Jesús dijo:

«Mis ovejas escuchan mi voz, Yo las conozco y ellas me siguen.

Yo les doy Vida eterna: ellas no perecerán jamás

y nadie las arrebatará de mis manos.

Mi Padre, que me las ha dado, es mayor que todos

y nadie puede arrebatar nada de las manos de mi Padre.

El Padre y yo somos uno» (Jn 10, 27-30).

 

Contemplación

El acontecimiento más fuerte de esta semana ha sido la presentación de la Exhortación apostólica Amoris Laetitia, del Papa Francisco. Y el evangelio del Buen Pastor –ese al que sus ovejas escuchan y reconocen- nos da una clave linda de lectura contemplativa. Contemplativa en el sentido de reconocer a Cristo en el otro con los ojos y también con los oídos.

Contemplar con los ojos

“Como los Magos, las familias son invitadas a contemplar al Niño y a su Madre (y a José), a postrarse y adorarlo” (AL 30).

Jesús, María y José

en vosotros contemplamos

el esplendor del verdadero amor,

a vosotros, confiados, nos dirigimos (Oración final).

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Esta imagen tan linda, la fotografié ayer en nuestra Casa de Roma que está sobre la enfermería, para mandarle a una amiga carmelita, que fue la que me hizo notar la presencia de la mujer en la escena. San Ignacio dice, en la contemplación del Nacimiento:

“El primer punto es ver las personas, es a saber,

ver a nuestra Señora y a José y a la ancila

y al niño Jesús después de nacido,

haciéndome yo un pobrecito y esclavito indigno,

mirándolos, contemplándolos y

sirviéndolos en sus necesidades,

como si presente me hallase,

con todo acatamiento y reverencia posible;

y después reflexionar en mí mismo

para sacar algún provecho” (EE 114).

 

Esta “ancila”, empleada o criada en castellano antiguo, es esa mujer que cuida a los hijos y es parte de la familia.

Esa es la actitud con la que Ignacio entra él mismo y nos hace entrar en la contemplación: como si fuéramos un “pobrecito y esclavito indigno”.

Como esa criada: con todo el respeto del mundo pero también con toda su familiaridad.

Es decir: nos mete en la escena.

Por el lugar más humilde pero como protagonistas, no como espectadores.

Por aquí van los sentimientos del Papa a la hora de contemplar a la Sagrada Familia y a las familias del mundo actual.

Contemplar la familia del Cielo

En el número final, el Papa nos pide contemplar la plenitud familiar que todavía no alcanzamos. Por un lado, para desear más y nunca renunciar a dar un pasito adelante de madurez en nuestro amor familiar. Allí está una gran fuente de alegría para toda la sociedad. Por otro lado, para poder relativizar bien el camino histórico de nuestras familias, sin desesperar por nuestros límites ni juzgar duramente ninguna fragilidad (AL 325).

El Papa mismo se puso en esta clave contemplativa: “Agradezco –dice al comienzo- por tantos aportes que me han ayudado a contemplar los problemas de las familias del mundo en toda su amplitud” (AL 4).

La Iglesia de Papa Francisco contempla los acontecimientos de cada una de nuestras familias, con los ojos de la Virgen, ya que María conserva cuidadosamente en el tesoro de su corazón todo lo que nos pasa (AL 30).

“Quiero contemplar – dice el Papa- a Cristo vivo presente en tantas historias de amor, e invocar el fuego del Espíritu sobre todas las familias del mundo” (AL 59).

Contemplar sintiendo amor por la familia

Ayer, en una presentación que el Padre Yáñez y su equipo de pastoral familiar hicieron en la Gregoriana, un Psicólogo decía que había que ponerse desde perspectiva del Papa Francisco, esto es: no solo la del “amor en la familia” sino la del “amor por la familia”. Es decir: no se trata de una reflexión sobre el amor sino de compartir el amor por las familias que muestra el Papa y la mayoría de los padres Sinodales.

La Exhortación nos propone una mirada “estética”, capaz de mirar la belleza de la familia real con la mirada creativa del que mira con amor, valorando (AL 128).

Cuando digo real hablo tanto de las familias perfectas del cielo como de las familias imperfectas de la tierra. Real es “lo concreto y lo actual” y se opone a “abstracto” y a lo “meramente posible”. Abstractas son las familias que sólo están en los papeles, sean los papeles del estado, sean de los imaginarios sociales publicitados, sean los de la misma Iglesia, cuando se conforma con puntualizar las formulaciones generales en sí mismas, multiplicando normas para “casos” abstractos, sin contacto con la gente real (la real del cielo –los santos- y la de la tierra –nosotros-).

Las heridas del no contemplarnos

El Papa refuerza esta mirada amorosa cuando nos hace ver cómo “Muchas heridas y crisis se originan cuando dejamos de contemplarnos” Es el reclamo que muchas veces escuchamos en la familia: « Mi esposo no me mira, para él parece que soy invisible». « Por favor, mírame cuando te hablo ». « Mi esposa ya no me mira, ahora sólo tiene ojos para sus hijos » « En mi casa yo no le importo a nadie, y ni siquiera

me ven, como si no existiera ». El amor abre los ojos y permite ver, más allá de todo, cuánto vale un ser humano. (AL 128).

Y la imagen más linda que pone el Papa de ese amor contemplativo es la de la Fiesta de Babette, ese film en que la “empleada” transforma una familia amargada en una familia gozosa con la exquisitez de una cena preparada con infinito amor:

“La alegría de ese amor contemplativo tiene que ser cultivada.

Puesto que estamos hechos para amar,

sabemos que no hay mayor alegría que un bien compartido:

« Da y recibe, disfruta de ello » (Si 14,16).

Las alegrías más intensas de la vida brotan

cuando se puede provocar la felicidad de los demás,

en un anticipo del cielo.

Cabe recordar la feliz escena del film La fiesta de Babette,

donde la generosa cocinera recibe un abrazo agradecido y un elogio:

« ¡Cómo deleitarás a los ángeles! ».

Es dulce y reconfortante la alegría de provocar deleite en los demás,

de verlos disfrutar” (AL 129).

El Papa termina revelándonos la clave de cómo mira él a todos y cómo es esta mirada la que impregna toda la Exhortación:

“Es una honda experiencia espiritual

contemplar a cada ser querido

con los ojos de Dios y reconocer a Cristo en él.

Esto reclama una disponibilidad gratuita

que permita valorar su dignidad.

Se puede estar plenamente presente ante el otro

si uno se entrega « porque sí »,

olvidando todo lo que hay alrededor.

El ser amado merece toda la atención.

Jesús era un modelo porque,

cuando alguien se acercaba a conversar con él,

detenía su mirada, miraba con amor (cf. Mc 10,21)” (AL 323).

Contemplar con los oídos

El Señor define la pertenencia a su familia en clave de escucha y práctica: « Mi madre y mis hermanos son éstos: los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen por obra » (Lc 8,21).

Cuando lo que se escucha es verdaderamente la Palabra de Dios, la Palabra encarnada, esta no se queda en el papel sino que se pone inmediatamente en obras.

Una sana autocrítica

El criterio de discernimiento se da en la práctica: allí, en los frutos de amor (de los cuales la alegría es el fruto interior y contagioso más notorio) se comprueba la veracidad de la Palabra. Una palabra que no da frutos, que sólo produce distinciones bizantinas y discusiones interminables e ininteligibles, no es Palabra de Dios. Será un estuche que la contuvo en alguna época, pero esto se debía a que ese envoltorio o formulación cultural “tocaba” el corazón de la gente.

Cuando una palabra deja de tocar el corazón de la gente no siempre es porque el corazón de la gente sea duro. Muchas veces es porque la formulación se ha endurecido, se ha esclerotizado.

Puede ser que si hablamos de “dinero”, las formulaciones de la Iglesia les parezcan duras a muchos por la avaricia que les endurece su corazón.

Pero si hablamos de familia, de hijos pequeñitos, de amor de esposos que luchan todo el día codo a codo por hacer su casita y criar a sus pequeños, no podemos pensar que allí sea la dureza del corazón el problema.

Más bien hay que pensar, como dice el Papa, que ha sido el lenguaje de algunos eclesiásticos el que ha contribuido a crear el problema del que nos lamentamos y por eso “nos corresponde una saludable autocrítica” (AL 36).

Escuchar lo esencial: el júbilo del amor familiar

La alegría del amor de las familias es el júbilo de la Iglesia. El júbilo son esos gritos de alegría que salen del corazón y la mejor imagen son las carcajadas de los niños que alegran el clima familiar.

La propuesta del Papa va por el lado de “volver a escuchar lo esencial” (AL 58), la risa de la alegría del amor familiar que encanta el alma de los jóvenes, despertando el deseo de formar familia, y dilata serenamente el corazón de los abuelos, haciéndoles sentir que valió la pena tanta lucha para formar una familia.

Exigir a la libertad más que a las pasiones

La exhortación nos propone a todos –familias y pastores- un ejercicio ascético exigente. No va por el lado del ascetismo de las pasiones, como estamos acostumbrados. Sino por el lado del ascetismo de la libertad que “consiste en escuchar con paciencia y atención, hasta que el otro haya expresado todo lo que necesitaba” (AL 137). En esto vemos la pedagogía de Francisco, que no pone el acento en querer “dominar perfectamente las pasiones (la sexualidad sobre todo)” ya que “de nuestras pasiones solo tenemos dominio político, no monárquico”, como dice Santo Tomás, sino que pone el acento en educar la libertad. Ser inflexibles con nosotros mismos si no nos hemos ayudado con nuestra libertad para “escuchar” al otro –al esposo o a la esposa, a los hijos, con sus reclamos, a los nonos con sus quejas (AL 191) …- es una exigencia posible difícil pero posible de cumplir.

Los consejos del Papa revelan su sabiduría (y su calle): Escuchar…

“… Requiere la ascesis de no empezar a hablar antes del momento adecuado.

En lugar de comenzar a dar opiniones o consejos,

hay que asegurarse de haber escuchado todo lo que el otro necesita decir.

Esto implica hacer un silencio interior

para escuchar sin ruidos en el corazón o en la mente:

despojarse de toda prisa,

dejar a un lado las propias necesidades y urgencias, hacer espacio.

Muchas veces uno de los cónyuges no necesita una solución a sus problemas,

sino ser escuchado.

Tiene que sentir que se ha percibido su pena, su desilusión, su miedo, su ira, su esperanza, su sueño.

Pero son frecuentes lamentos como estos: « No me escucha. Cuando parece que lo está haciendo, en realidad está pensando en otra cosa ». « Hablo y siento que está esperando que termine de una vez ». « Cuando hablo intenta cambiar de tema, o me da respuestas rápidas para cerrar la conversación»” (AL 137).

Toda familia es oveja capaz de escuchar la voz del Buen Pastor

Al mismo tiempo el Papa confía en que los esposos son capaces de “escuchar más en su conciencia a Dios y a sus mandamientos y de hacerse acompañar espiritualmente” de modo que sus decisiones sean íntimamente libres de subjetivismos y acomodamiento a la mentalidad de moda (AL 221).

Esta confianza en que las ovejas “escuchan” la voz del Pastor, lleva a ayudar a “formar” las conciencias, no a querer sustituirlas (AL 37) con normas generales para todo caso que llevan a una inmadurez espiritual.

Los pastores desconfiados

Aquí está la clave de muchas críticas al Papa y a la Exhortación. Hay pastores que no confían en que cada persona del pueblo fiel de Dios “escucha la voz de Jesús” en su interior. En que la escucha y la entiende perfectamente, en el sentido de que siempre está abierta a escuchar más y mejor y a dejarse guiar y corregir. A algunos esta confianza en la madurez de la conciencia de la gente, que se muestra en no “explicitar todo con normas canónicas” les parece infidelidad a la ley. Si no ven escrita una prohibición en el papel piensan que se es infiel a la doctrina revelada. No ven que hay una ley que el Buen Pastor mismo escribe en los corazones y que muchas veces se escribe “con renglones torcidos”.

Un magisterio extraordinario

Un magisterio que confía en el buen sentido y en la fidelidad de las personas, especialmente cuando se trata de “personas en familia” es un magisterio más profundo, valiente y serio que un magisterio que sólo se preocupa de mantener la coherencia entre lo escrito en un concilio y lo formulado en otra encíclica. Sin dejar de lado esta letra escrita en papeles, el magisterio se juega a la letra escrita en los corazones, que lleva más tiempo leer y se lee de manera íntima y personal, en diálogo serio y dócil con la Iglesia, que es Madre y Maestra.

El amor necesita tiempo

“Este camino – que propone el Papa- es una cuestión de tiempo. El amor necesita tiempo disponible y gratuito, que coloque otras cosas en un segundo lugar. Hace falta tiempo para dialogar, para abrazarse sin prisa, para compartir proyectos, para escucharse, para mirarse, para valorarse, para fortalecer la relación” (AL 224).

Tiempo y un “saber escuchar afinando el oído del corazón” (AL 232). Porque “el amor

tiene una intuición que le permite escuchar sin sonidos y ver en lo invisible” (AL 255).

Así, el Papa “invita a los pastores a escuchar con afecto y serenidad” a las familias para ayudarlas a vivir mejor y a reconocer su propio lugar en la Iglesia, dejando de lado una “fría moral de escritorio” y “situándose en el contexto de una discernimiento pastoral cargado de amor misericordioso” (AL 312).

Diego Fares sj

 

 

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