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“Pasado el sábado, al amanecer del primer día de la semana, con María (la de Santiago), fuimos a ver el sepulcro. De pronto, se produjo un gran terremoto pues el Angel del Señor bajó del cielo y, acercándose, hizo rodar la piedra y se sentó sobre ella. Su aspecto era como el relámpago y su vestido blanco como la nieve. Los guardias se pusieron a temblar de espanto ante él y se quedaron como muertos. El Ángel se dirigió a nosotras, las mujeres y nos dijo: «Ustedes no tengan miedo, yo sé que buscan a Jesús, el Crucificado; no está aquí, ha resucitado, como lo había dicho. Vengan, vean el lugar donde estaba, y ahora vayan en seguida a decir a sus discípulos: “Ha resucitado de entre los muertos, e irá delante de ustedes a Galilea; allí lo verán”. Esto es lo que tenía que decirles.» Nosotras, partimos a toda prisa del sepulcro, con mideo y gran gozo y corrimos a dar la noticia a sus discípulos. En esto, Jesús nos salió al encuentro y nos saludó diciendo: «Alégrense». Nosotras, acercándonos, nos abrazamos a sus pies y lo adoramos. Entonces Jesús nos dijo: «No teman; avisen a mis hermanos que salgan para Galilea; allí me verán» (Mt 28, 1-10).

Contemplación

Aunque al narrar el evangelio así, en primera persona, saqué mi nombre, y dejé el de “la otra” María, como la llama Mateo, ya se habrán dado cuenta de quién es la que habla. La tradición se hace lío con tantas Marías en el evangelio. Las dos Marías que fuimos  al santo Sepulcro la mañana de Pascua. Las tres Marías que estabamos al pie de la cruz. María, la hermana de Lázaro… A mí me gusta recordar la primera vez que Lucas me nombra como “una más del pequeño grupo de mujeres” que acompañabamos al Señor y lo servíamos con nuestros bienes: “Le acompañaban los Doce, y algunas mujeres que habían sido curadas de espíritus malignos y enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios, Juana, mujer de Cusa, un administrador de Herodes, Susana y otras muchas que les servían con sus bienes” (Lc 8, 2-3). Por esto de los siete demonios muchos me identifican con esa pobre mujer que fueron a ‘sorprender’ en adulterio, la que querían apedrear delante del Señor! También me confunden con la otra María, la hermana de Marta y de Lázaro, por lo de los perfumes… Y con la otra pecadora, a la que el Señor dijo que se le había perdonado mucho porque “había amado mucho”. A mí me hacen sonreir estas “confusiones” de nombre. Me gusta lo que dice Pablo, que: “Todos los bautizados en Cristo nos hemos revestido de Cristo: y ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos somos uno en Cristo Jesús” (Gal 3, 26-28).

Si ahora me identifico más es para que mi testimonio les llegue mejor a ustedes, no por otra pretensión, ni para satisfacer ninguna curiosidad.

Mi nombre cristiano, mi identidad, lo que soy por gracia, no me viene ni de afuera –del rol que teníamos las mujeres en mi época y que ha cambiado en la de ustedes-, ni de adentro –de mis heridas o de mis deseos-, sino de Otro, de Él. Fue el Maestro el que terminó de configurar y consolidó para siempre en mí la conciencia de lo que soy por su gracia cuando me llamó por mi nombre:

María -me dijo-,

y yo le respondí con el suyo para mí:  Rabbuní.

Y ahí está todo.

Lo que digan los demás, y lo que a veces yo misma cavilo, me tiene sin cuidado.

Pero lo que quería compartir con ustedes en esta mañana de Pascua, es que mis nombres más lindos no son nombres propios – al fin y al cabo, como decía, mi nombre propio es el más común-, ni tampoco nombres que signifiquen cargos o títulos jerárquicos dentro de la Comunidad. Mis nombres más lindos son nombres de los gestos que mi Maestro tuvo conmigo; nombres de lo que hizo conmigo y de lo que me permitió hacer por Él. Y en eso los invito a identificarse conmigo y con los otros discípulos y discípulas. Los invito porque es una verdad también para ustedes que, en el Maestro, todos nosotros podemos ser uno. Es como que juntándonos en torno a Él quedamos “revestidos” de Él.

El “hace nuevas todas las cosas” y lo primero que nos renueva es el nombre: nos regala nombres nuevos, nos reviste con los nombres de la resurrección.

¿Cuáles son estos nombres?

Son los nombres del evangelio. Hay una infinidad. Son tantos como los gestos y las obras de misericordia, de anuncio y de adoración…

Uno se los puede probar cada día y revestirse con uno de ellos. Tienen que ver con preguntarse no tanto “quién soy” (lo cual está bien, como dice su Rabbuní –Francisco-) sino primero: “para quién soy hoy”.

Los que nos da el Señor son nombres para otros. Nombres de acción. ¡Pruébenselos ustedes! Prueben lo que se siente, por ejemplo, luego de confesarse, ponerse como nombre “la-pecadora-perdonada” o “el-pecador-perdonado”.

Yo soy “La pecadora perdonada” (con el “la” como usa la gente del interior).

Para mí ese fue el primer nombre con que me bautizó el Señor y no lo cambio por nada, aunque le agregue otros nombres, también muy significativos, este siempre está en la base. Soy “La pecadora perdonada”, de la que salieron los siete espíritus impuros que poseían mi corazón y lo dejaron libre para que sólo fuera su Dueño mi Rabbuní.

Prueben también, en esta semana santa, llamarse “uno-o-una-de-los-que-están-junto-a-la-Cruz-de-Jesús”. Este nombre a mí también me encanta. Me lo puso Juan, que fue el que mejor me conoció. Los otros discípulos, a los que el Señor nos mando a anunciarles que había resucitado, siempre se quedaron un poco con la primera impresión –de locas- que se hicieron de nosotras al vernos llegar tan alborotadas. Y parece que de alguna manera la transmitieron, porque por lo que veo, en el imaginario eclesial, apenas si hay alguna imagen de nuestra “Anunciación”. A mí me pintan siempre llorosa y a los pies del Señor, penitente y sensual a la vez… Pero como alegre compañera de evangelización, poco o nada. No importa. Decía que Juan, en cambio, como habíamos estado juntas con él y María su Madre, al pie de la Cruz, nos miraba de otra manera. Haber estado allí aquellas interminables horas nos cambió todo, nos fundió en un solo sufrimiento los corazones. El gólgota nos quitó toda presunción, toda exageración, nos hizo “testigos veraces”…, nos hizo confiar entre nosotros. Por eso a Juan le bastó vernos a los ojos para creer.

“La pecadora perdonada” es un nombre íntimo. Un nombre con el que sólo el Maestro abre y cierra nuestra vida. El otro, en cambio, el de “uno de los que estamos junto a la Cruz de Jesús”, es un nombre “social”, de grupo. Es el nombre que ilumina nuestra pertenencia a la comunidad, nuestro quehacer solidario y nuestro compadecer junto con los demás. Es un nombre que nos pone junto a María, su Madre, que más que “una de las que estábamos” era “La que estaba”, “La que está siempre junto a toda cruz”. Este es un nombre que nos hermana a Jesús, un nombre que nos iguala con los pobres, con todos los que sufren. ¿Quién hay que no “esté junto a alguna cruz?”

Prueben también llamarse “uno-de-los-que-buscan-a-Jesús-el-Crucificado”. Este nombre nos lo puso el Angel y les confieso que me tocó en lo más profundo del corazón. Es tan propio nuestro andar “buscando (temiendo) a un Crucificado. Como si algo en lo más íntimo nos dijera “mirá que ahí termina todo: en una cruz”. “¿Cuál será la próxima desgracia?”, nos preguntamos. Y caminamos hacia ella resignados. Sin embargo este nombre tiene algo lindo. Es un nombre “puerta”, como yo le llamo. Es verdad que uno camina siempre al encuentro de alguna cruz, de algún sepulcro, de su cita personal con su muerte…Yo puedo dar testimonio de cuánto es verdad esto de que buscamos muertos. Acuérdense que tenía delante a mi Maestro Resucitado y mis lágrimas sólo me permitían pensar en su cuerpo muerto. De allí me vino otro nombre: el de “la-que-llora-porque-no-sabe-dónde-han-puesto-a-su-Señor”. Estos tres últimos nombres parecen medio fúnebres, es cierto. Pero hablan de fidelidad. Y desde que El Señor no faltó a su cita con la muerte, desde que Él abrazó la Cruz, esta se abrió y se convirtió en puerta hacia la vida. Fue por perseverar junto al sepulcro vacío que el Señor se me manifestó primero.

Y entonces me cambió el nombre -nos lo cambió a las dos- y fuimos: “Las-que-abrazan-a-los-pies-de-Jesús-y-lo-adoran”. En este nombre exageramos un poco con la efusividad y el Señor nos pidió que lo soltáramos, porque todavía no había ido al Padre. Pero ahora, gracias al Espíritu que nos hace “adoradores en Espíritu y en Verdad” podemos abrazar y adorar todo lo que queramos.

De todos estos nombres hay uno que le llama la atención a los demás y es “La-primera-a-la-que-se-le-manifestó-Jesús-resucitado”. Este sería un nombre sólo para mí… Pero lo de “la primera” va en la dirección de los títulos y los cargos y no pega conmigo.  Además, si uno lee bien Marcos dice: “Jesús resucitó en la madrugada, el primer día de la semana, y se manifestó primero a María Magdalena, de la que había echado siete demonios” (Mc 16, 9). Para mí, más que nombre mío es el Nombre de Él. Mi Maestro es: “El-resucitado-que-se-manifestó-primero-a-María Magdalena-y-a-las-otras-mujeres”. Porque de hecho, si bien Marcos y Juan me mencionan a mí sola, Mateo y Lucas nos mencionan a varias.

El asunto es que esto de que se manifestara primero a las mujeres siempre trajo cola. Con Pedro lo charlamos muchas veces, porque él y Juan nos creyeron. Al menos fueron a ver. Pero los otros! A los de Emaús pareciera que fue nuestro anuncio lo que terminó de convencerlos de que la cosa no daba para más y se marcharon. Se les veía en la cara lo de “esto es demasiado”. Lo lindo es que después a ellos les gustaba llamarse “Los que están de vuelta”, y eran de los más respetuosos con nosotras. Se nos ponían al lado, un paso atrás. Quizás por que comprendían lo que es sentir que los otros te envidian un poco por ser preferidos. Ellos habían tenido al Señor como compañero de camino y gracias a que siguieron la corazonada de invitarlo a quedarse aquella tarde, les partió el Pan! Nada menos.

Por cosas como esta yo digo que el que lleva la palabra “primero” no es nombre mío o nuestro sino del Señor: El lleva por Nombre “El que se manifiesta primero a los pequeños”. En todo caso, el nombre que nos queda a nosotras a partir de su acción es el de “testigos”. Simples y pequeñas testigos.

Este nombre, el de testigos, es clave en la Iglesia. Es el fundamento de la jerarquía apostólica. Cuando hubo que cubrir el lugar de Judas, se eligió, tirando los dados!

-con ese buen humor y esa simplicidad propios sólo de la Iglesia cuando está consolada-. Se sorteó entre los que “anduvieron con nosotros todo el tiempo que Jesús convivió con nosotros, para ser constituido “testigo de la resurrección” (Hc 1, 21). Es tan fuerte este nombre –“testigos del Resucitado”- que por ahí a alguno o a alguna se le sube a la cabeza. Se me sugirió –un poco a destiempo, por supuesto- desde la época de ustedes que por qué no reclamaba mis derechos. “Vos sos la primera testigo. Te tendrían que poner a vos en lugar de Judas”. “E incluso primero que Pedro”, se entusiasmó otro…

Yo pienso que, como reclamo, tal vez sería justo. Pero automáticamente me haría perder para adelante, lo que se me donó. Porque el Señor sigue siendo “El-que-se-manifiesta-primero-a-los-pequeños”, y a mí, lo que me interesa en la vida es que se me siga manifestando mi Rabbuní. ¿O acaso no está claro que “Él se manifiesta primero a los últimos”? Yo creo que el Señor dejó bien claro que este es el camino por donde viene su Don: viene primero por los más pequeños y se da siempre para beneficio de los más pequeños. La autoridad y la jerarquía es puro servicio de este Don. Y además, está en un lugar intermedio, que un día desaparecerá. Y yo no quiero perder “Lo que no desaparece”

Pero bueno, cada uno tiene que hacer su propio camino en esto del nombre que quiere tener y el nombre que le dan en la Iglesia.

Además, como dice San Ignacio, basta “tener entendimiento” del evangelio para darse cuenta de que la primera Testigo del resucitado fue su Madre. Como decía un padre español contemporáneo de ustedes y muy simpático: Esta es una verdad obvia. Al Señor le habían quitado la ropa y se habían sorteado su túnica. Así es que seguro que lo primero que ha hecho al resucitar es ir a casa de su Madre a buscar esa ropa de recambio que ella siempre le tenía lista”.

Así como la primera vez el Don vino a través de la pequeñez de “su servidora” –como le gusta a Ella que la llamemos-, así también en Pentecostés, el Don del Espíritu vino a los que estábamos reunidos en torno a Ella. Y si Ella no reclama…

En esta Pascua de ustedes, del 2017 dC, les deseo la gracia del Evangelio de hoy: que “El Señor les salga al encuentro y les diga, como a nosotras, ¡Alégrense!”.

Cumplo así con mi oficio y mi rol dentro de la Iglesia, que es el de consolar a los amigos del Señor, con el nombre que no acaba nunca de: “La-que-anunciauna-y-otra-vez-que-el-Maestro-ha-resucitadoy-que-los-espera-en-Galilea-y-que-sube-a-su-Padre-y-nuestro-Padre”, para que de esa alegría y de la contemplación de tanta gloria y gozo del Señor resucitado, sienta cada uno su pertenencia a la Iglesia de Cristo y descubra sus nombres: esos que se forman con los nombres de aquellos a los que el Señor nos envía cada día a consolar y misericordiar.

 

 

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El acontecimiento de la Resurrección ¿Por qué primero en el corazón de las mujeres?

“El primer día después del descanso sabático, muy de madrugada, las mujeres se vinieron al sepulcro llevando los perfumes aromáticos que habían preparado. Y encontraron la piedra corrida a un lado del sepulcro y habiendo entrado, no hallaron el cuerpo del Señor Jesús. Y aconteció, en su perplejidad a causa de esto, que de pronto se les presentaron dos varones con vestiduras deslumbrantes. Como quedaron amedrentadas inclinando sus rostros hacia el suelo, ellos les dijeron: «¿A qué buscan al Viviente entre los muertos? No está aquí, resucitó (se puso en pie). Recuerden cómo les habló cuando aún estaba en Galilea, diciendo: “Es necesario que el Hijo del hombre sea entregado en manos de los pecadores, que sea crucificado y que al tercer día se levante.”» Y se acordaron de sus palabras. Y vueltas del sepulcro, anunciaron todas estas cosas a los Once y a todos los demás. Eran María Magdalena, y Juana, y María, la madre de Santiago; y las demás mujeres que las acompañaban dijeron esto mismo a los Apóstoles. Y parecieron a sus ojos como vacías de sentido estas palabras y no las creyeron. Pedro, sin embargo, levantándose fue corriendo al sepulcro, y agachándose, ve (que estaban) sólo las sábanas de lino fino, y se volvió a casa (a lo suyo propio), admirándose de lo acontecido” (Lc 24, 1-12).

Contemplación
Estaban las cosas pero no estaba el Cuerpo del Señor.
Estaba la tumba, con la piedra removida, pero las mujeres no encontraron el Cuerpo del Señor Jesús. Pedro se asomó agachándose y “vio sólo las sábanas de lino fino”.

No hay nada más presente que un cadáver. Uno lo deja en un lugar y cuando vuelve sigue allí, igual, reclamando un entierro con su mudez en descomposición.
A las discípulas, que llevaban los perfumes aromáticos, la ausencia del Cuerpo les pesó con el peso de la piedra removida, que era su preocupación.
A Pedro, que habría podido remover la piedra, le llamó la atención un detalle delicado: las sábanas de lino fino solas, sin el Cuerpo del Señor Jesús que habían envuelto.
A Juan le llamará la atención un detalle más sutil aún: el sudario enrollado aparte de las sábanas de lino (había visto a Lázaro salir de la tumba vendado y con el sudario sobre el rostro).

Lucas nos dice que Pedro regresó a casa (a lo suyo propio) admirándose por lo que había acontecido. Este volver a lo nuestro, a nuestras cosas, es propio de la experiencia religiosa: uno siente que “sale un poco de sí y se mete en lo de Jesús y luego vuelve a lo suyo, a lo habitual…”, tenemos esta experiencia de meternos en las cosas de Dios y luego dejarlas –admirándonos- para volver a lo nuestro.
Lucas utiliza la misma palabra que los discípulos de Emaús le dirán a Jesús: “¿Sos el único que no sabe lo que ha acontecido?”.
Cuando se trata de cosas, los acontecimientos son un “sucederse” de las cosas, un pasar… Cuando se trata de personas, acontecer significa “nacer”, venir a la vida.
¿Qué es lo que acontece en la Resurrección de Jesús? Acontece que dejan de tener peso los acontecimientos de cosas y pasa a tener peso y fuerza de irradiación el Acontecimiento de la Persona de Cristo Resucitado.
Ya no se trata de que “pasen cosas”.
La charla sobre las cosas pasa a ser “charlatanerías” y las palabras sobre Jesús, en cambio, pasan a ser Evangelio.

Aquí pega un giro el hablar del mundo.

Los noticieros transmiten incesantemente noticias sobre lo que sucede en el mundo, sobre las cosas que pasan. El evangelio en cambio difunde la Buena Noticia sobre el acontecimiento más significativo de la historia, acerca de lo que “ha llegado a ser realidad”: que Jesucristo ha resucitado.

Y dónde acontece Esto? En el corazón de las discípulas, que fieles en su amor van de madrugada con perfumes al sepulcro.

La Resurrección acontece en los corazones.

No hay otro lugar físico donde pueda acontecer.

La tumba está vacía, las sábanas de lino fino no tienen ya su contenido, el sudario yace sobre la losa.

La resurrección acontece en ese delicado espacio –donde la carne y el espíritu laten acompasadamente- que es el corazón humano. Y en primer lugar, acontece la resurrección del Señor en el corazón de las discípulas, en su perplejidad, nos dice Lucas: “Aconteció, en su perplejidad a causa de no encontrar el Cuerpo del Señor Jesús” (en su desconcierto y “aporía” –sin salida- en que quedaron sus mentes), que de pronto se les presentaron los ángeles de la resurrección y les anunciaron que Jesús está vivo.
La resurrección acontece primero como Anuncio, como Palabra que al ser oída por unos corazones que han quedado inmóviles de perplejidad, sin saber qué sentir, les da algo concreto y verdadero para sentir.
Los ángeles orientan esos corazones que están en suspenso con una pregunta: ¿A qué buscan al Viviente entre los muertos?
La pregunta les revela la dirección en que estaban buscando: es una dirección equivocada, por eso no ven nada. Iban con toda la furia a embalsamar un cadáver, a poner perfumes a una tragedia, a sellar con amor una nostalgia en la cual podrían llorar con razón para siempre: el Cuerpo muerto del Señor Jesús.
Ellas comprendían bien lo que había significado tener al Señor Jesús en esta tierra, haber podido compartir con él atardeceres junto al fuego y madrugadas frías.
Valía la pena levantarse al rayar el alba para ir junto a Él y quizás enterrarse en vida y hacer de esa tumba lugar de culto para todos los tiempos, ya que nunca volvería a existir Alguien tan hermoso y bueno como el Señor Jesús.
La sencilla pregunta de los ángeles de la resurrección y la afirmación límpida y clara “No está aquí, sino: resucitó”, produce un click en sus mentes y las mete instantáneamente en el acontecimiento de la Resurrección. Pero este acontecimiento lleva su tiempo, tiene sus pasos: no se trata de que “vean y toquen” inmediatamente el Cuerpo del Señor Jesús resucitado. El acontecimiento es de tal magnitud que se necesitará toda la historia de la humanidad para ponernos a la altura, para entrar en Él y que acontezca en nosotros.
El primer paso que les hacen dar los ángeles a las mujeres (y nosotros podemos ir tomando debida nota) es “recordar”: “Recuerden cómo les hablaba cuando estaba con ustedes en Galilea”. Para que la resurrección acontezca –dado que es algo que sucede sólo en los corazones- es necesario que adquiera el ritmo con que vive nuestro corazón. El corazón vive recordando y proyectando, los sentimientos del corazón nunca están quietos, beben recuerdos y proyectan acciones de vida. El corazón atrae la sangre desde todos los confines de nuestro cuerpo, con las huellas de lo vivido por cada órgano, y la purifica en sí con el soplo fresco del oxígeno, para lanzarla de nuevo a vivificar el cuerpo. En este ritmo vital tiene su espacio el acontecimiento de la resurrección: todos los recuerdos de lo vivido con Jesús tienen que ser recuperados amorosamente para recibir el Soplo de aire fresco del Espíritu, que irá haciendo ver toda su Verdad y su sentido a cada cosa de la vida del Señor: “era necesario que el Hijo del Hombre padeciera…”.
El acontecimiento de la Resurrección necesitará muchos corazones –todos en realidad-, por eso los ángeles pondrán en movimiento de Anuncio Evangélico los pies de las discípulas que irán a contar estas cosas a los Once y a todos los demás. En el corazón de esa comunidad de amigos y amigas en el Señor irá aconteciendo la resurrección (y sólo entrando en ese ámbito cordial –en la Unidad del Espíritu, con el vínculo de la paz- será posible vivir en la fe el acontecimiento de la resurrección del Señor Jesús). No podrá ser captada por ningún noticiero ni reconstruida con ningún método histórico crítico que no se meta en la realidad de lo que viven estos corazones. Afuera no pasa nada. Pasará lo que harán estos testigos. Pasará que habrá obras de caridad que construirán las manos de los discípulos. Pasará que habrá una alegría contagiosa que revelarán sus rostros y sus liturgias. Y llamará la atención este “fulgor” de la resurrección. Pero lo decisivo acontecerá siempre dentro del corazón y se comunicará de corazón a corazón.

Así, las cosas tienen ahora su centro en la Persona del Señor resucitado, que las recapitula en torno a sí. Y a ese Señor no tenemos acceso que podamos forzar, sino que Él viene a nosotros cuando quiere y entra si encuentra abierta la puerta de nuestro corazón. El se hace presente cuando nos ponemos en situación de unir nuestros corazones con el de otros, ya sea en la oración, ya sea en el servicio del anuncio del evangelio y de las obras de misericordia. No podemos “entrar” en el ámbito de la resurrección con métodos periodísticos o científicos. Pero podemos disponernos a percibir al Señor que viene, estando juntos como las discípulas y los discípulos, insistiendo en la oración en los lugares de dolor como la Magdalena, dialogando de las cosas que acontecen en torno a Jesús, como los de Emaús, yendo a nuestro trabajo cotidiano juntos, como Pedro y los discípulos que se fueron a pescar…

Hoy están de moda los libros de “historia de Jesús” (Hasta en Discovery Chanel tenemos los enigmas de la “historia de Jesús”). Sin ánimo de polemizar con los expertos, a veces siento que, aunque sean interesantes para aclarar muchas cosas que uno no sabe del mundo antiguo, lo que se informa con este “género literario periodístico” termina por ocultar lo único importante.
¿Y qué vendría a ser lo único importante? Que la vida de Jesús y los acontecimientos que se dieron en torno a Él no nos han llegado como noticia histórica, como noticia de un hecho que sucedió en el pasado y que se aleja irremisiblemente de nuestra vida a medida que esta avanza hacia el futuro. Lo primero no fue una noticia periodística.
Lo primero fue lo que aconteció en el corazón de las discípulas.
El Señor elige esos corazones para sembrar la semilla buena del primer anuncio porque son corazones fieles, simple y auténticamente fieles, sin cavilaciones, sin vueltas. Creo que el no valorar lo que significa un corazón así, entero, como sólo una mujer puede dar (y la resurrección necesita ese ámbito íntegro como el Verbo necesitó el corazón de María para encarnarse) hace que se tome como anecdótico el hecho de que el Señor se haya aparecido primero a las discípulas: a María, como nos hace contemplar Ignacio, a la Magdalena y a sus compañeras, Juana y María la de Santiago y a las demás que andaban en su compañía. Hay que valorar en todas sus dimensiones que sean estos corazones los primeros en dar cabida al acontecimiento de la resurrección. En otro ámbito se hubiera diluido en mil versiones y hubiera sido como la semilla que cae en los distintos terrenos malos y mezclados.
Notemos además que la resurrección no necesita un corazón inmaculado como el de María. El Verbo ya se encarnó de una vez para siempre en su carne sin pecado y ahora está inculturado, ya ha purificado nuestra carne y su sola presencia purifica lo que toca. Basta que se lo reciba con fe (pero fe íntegramente fiel, no como la de Tomás) y en un corazón comunitario. Así son los corazones de estas amigas y por eso prende en ellas como un Fuego el Espíritu de la Resurrección.
Cuando vemos a Pedro poner sus distancias, creer y dudar, ir y venir, sopesar y calcular, esperar y dar tiempo… comprendemos por qué el Señor hizo que su resurrección aconteciera primero en el corazón de las mujeres.
Después necesitaba que su Vida se hiciera estructura, Iglesia, disposiciones, leyes, procesos… y para ello le daría a Pedro y a sus compañeros todo el tiempo que necesitaran. Pero mientras tanto, la Resurrección tenía que “encarnarse”, nacer, estar viva, comunicarse –con esa capacidad afectiva de comunicarse que tienen las mujeres y que las unifica en torno a la realidad que tienen entre manos sin poner distancia abstracta como hacemos los varones-. Mientras los hombres medían las consecuencias políticas –por decirlo así, en el sentido de construcción social de la palabra- del acontecimiento, las mujeres lo daban a luz.
El corazón de la mujer es capaz de cambiar íntegramente en un instante todas sus expectativas cuando nota en sí que hay una vida nueva en ella. Esta capacidad de captar la vida nueva en un instante y de convertirse enteramente hacia ella con aceptación amorosa (no importa que a veces sea con gozo inmediato y otras con gozo y angustias) es lo que necesita Jesús para que su resurrección “Acontezca”, se haga real y vivificante en este mundo.
La resurrección es algo que sigue Aconteciendo en los corazones fieles! Admirados como Pedro, por el Anuncio de las discípulas, digamos: “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo quien, por su gran misericordia, mediante la Resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha reengendrado a una esperanza viva, a una herencia incorruptible, inmaculada e inmarcesible” (1 Pe 1, 3).
Diego Fares sj

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