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Jesús, al pasar, vio a un hombre ciego de nacimiento.

Sus discípulos le preguntaron: «Maestro, ¿quién ha pecado, él o sus padres, para que haya nacido ciego?» «Ni él ni sus padres han pecado, respondió Jesús; nació así para que se manifiesten en él las obras de Dios. Debemos trabajar en las obras de aquel que me envió, mientras es de día; llega la noche, cuando nadie puede trabajar. Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo.»        

Después que dijo esto, escupió en la tierra, hizo barro con la saliva y lo puso sobre los ojos del ciego, diciéndole: 

«Ve a lavarte a la piscina de Siloé», que significa «Enviado.

El ciego fue, se lavó y, al regresar, ya veía. 

 

Me presento: yo soy el que se lavó y volvió viendo, el “(ex) ciego de nacimiento”.

Perdón por no poner mi nombre. Puede parecer contradictorio hablar en primera persona y firmar con un nombre genérico, el de mi enfermedad. Espero que sea para gloria de Dios y sirva de modelo, para que todo el que “no ve” las cosas de Jesús, pueda meterse en mi pellejo y personalizar el relato. Testifico que vale la pena. Estamos de acuerdo entonces: que hable yo contando las cosas desde adentro, es un recurso para que ustedes se puedan meter en la escena. A favor de esto hago notar que tiene un fundamento evangélico. Soy uno de los sanados qué más habla en el evangelio. Y les confieso que cuando comencé a hablar de Jesús y a defenderlo contra los “opinadores”, como llamo yo a los fariseos de mi época, me entusiasmé. A todos nos gusta hablar de lo que vemos. Y cuando hemos sido ciegos y lo que vemos son las cosas que hace Jesús, imagínense!

Esto de hablar en primera persona, ajustándose a lo que uno va viendo en realidad, creo que es importante. Lo de los que opinan por boca de otro o de modo interesado, es algo que se ha dado en todas las épocas. Pero en la de ustedes, se ha convertido en un problema. Por la amplitud del fenómeno. Hay mucha gente no ve, o que ve lo que le conviene, y opina constantemente. De esos hay que defenderse. También hay gente como yo, ciegos a los que nos abrieron los ojos y comenzamos a hablar. Tenemos menos prensa. Pero no damos opiniones. Damos testimonio del que nos regaló la fe.

Perdón si parezco un poquito soberbio, no se me vayan a enojar ustedes también como se me enojaron los fariseos que creyeron que les quería dar cátedra… Comprenderán que cuando uno pasa de “oír” la realidad a “verla”, la ve con mucha fuerza y es más difícil que se la vendan prefabricada.

Si uno ha sido ciego, el oído fino para distinguir los tonos de voz sinceros de los falsos, se conserva y, encima, se le agrega el poder mirar a la gente a los ojos… Por eso es difícil engañar a un ciego que ha recuperado la vista.

Vuelvo a lo que dije de entrada, a lo que me motiva a hablar: veo que entre ustedes también hay un montón de opiniones acerca de Jesús, de sus palabras y de sus seguidores… En torno a lo que dice y hace el Papa Francisco, esta gente –como los virus en internet- se concentra con una malignidad pertinaz. En mi caso, descubrí cómo este tipo de personas, para los que un pobre ciego que comienza a ver por sí mismo se les convierte en una amenaza, trataban de desautorizar a Jesús por todos los medios. Le tendían trampas con planteos legalistas, tergiversaban sus dichos, se le burlaban, buscaban ensuciarlo… Comenzaron por cerrarle los oídos. Esto les endureció el corazón y les hizo perder fidelidad. Se volvieron ciegos y confundieron a Jesús con el diablo. Su modo de hablar, capcioso al principio, terminó en gritos de blasfemia.

En la época de ustedes veo que los temas que se discuten son otros, pero la actitud es la misma. Están los que quieren creer, los que van creyendo y defienden su fe en el que les hace bien. Y están los que no creen en nada, opinan de todo y terminan blasfemando. Es un detalle al que hay que estar atento: hay gente que dice defender la noble causa de la ley divina, pero su lenguaje está plagado de blasfemias. Son juguetes del demonio, que no por nada es llamado el acusador, caricatura del Espíritu Santo, que dice la verdad, pero siempre como Defensor misericordioso y bueno.

La cuestión es que, en mi humilde opinión, no hay que perderse la gracia de ver a Jesús con los ojos de nuestra propia fe por dar crédito a “lo que se dice” buscando ponerlo en duda. Yo quisiera que todos tuvieran la gracia de oírlo y de verlo por sí mismos, como la tuve yo. Dejen, pues, que los guíe de la mano un humilde ex ciego de nacimiento y vean si les resulta.

 

Para mí todo empezó cuando me di cuenta de que Él me estaba mirando. Juan dice: Jesús, al pasar, vio a un hombre ciego de nacimiento. Bueno, ese era yo. Y yo, que viví esto desde adentro, les confieso que me di cuenta de que Él me estaba mirando.

Cómo te diste cuenta, me dirán.

Me di cuenta porque los ciegos nos damos cuenta siempre cuando alguien se nos queda mirando un rato. La persona respira distinto. Se hace un silencio alrededor… Algo pasa y uno se da cuenta. Pero yo me quedé expectante y silencioso porque esta mirada era distinta a todas. No lo conocía, pero digo Él porque esa fue la experiencia: la de Alguien que me resultaba tan familiar que era como si me hubiera estado mirando toda la vida.

También percibí enseguida que estaba con otros y que hablaban de mí.

Y agucé el oído para escuchar, por que trataban de que no los oyera.

Discutían mi caso.

Y, como suele suceder con los casos como el mío, todos opinaban.

En mi época la gente pensaba que una ceguera como la mía era fruto de algún pecado. Sé que ustedes son más modernos y ya saben que si uno nace ciego es por una cuestión genética o por alguna enfermedad y no hay que preguntarse mucho más… Pero la cuestión es que uno se lo pregunta igual ¿Qué hice yo para merecer esto? ¿Quién tiene la culpa? Y para los que sufren la cosa, como me pasó a mí, todas las explicaciones son igual de inútiles.

Pero en eso, lo escuché a Él. Al que me había estado mirando.

Dijo que no era culpa de nadie…

Eso se me quedó grabado.

Y también dijo que Él era la luz del mundo.

Las otras cosas no me las acuerdo, pero pueden verlas en el evangelio de Juan.

Yo seguía callado y quieto.

La verdad es que escuchar que no era culpa de mis padres, fue un gran alivio. Yo sentía mucha pena por mi papá y por mi madre. Culpa de mi desgracia, la gente los discriminaba a ellos (esa es la palabra que me dijeron que usan ustedes y la verdad es que es una palabra muy clara). Yo sabía que no era culpa de ellos, pero no me atrevía a formularlo. Es difícil ir contra las opiniones de la gente con la que vivimos.

Ya me han contado que ustedes tienen muy elaborado esto de las culpas. Que hay gente que se dedica exclusivamente a este tema…

La cuestión es que escuchar que alguien dijera que no era culpa de nadie, ni de mis padres ni mía, me pareció tan liberador, tan encantador, tan refrescante que creo que ahí ya comencé a ver. A ver de otra manera, digo. No desde la culpa sino desde eso que dijo Él después: “Esto es para que se manifiesten en él las obras de Dios”.

Qué manera linda de ver las cosas: esto que pasó es “para que se manifiesten en mí las obras de Dios”. Les digo que por eso me quedé callado y lo dejé hacer. Dejé que escupiera y me untara con barro y obedecí cuando me mandó a ir a lavarme a Siloé: lo hice todo como automáticamente. Yo ya iba curado. Como si supiera que iba a poder ver. Porque lo que más nubla los ojos es la culpa (me imagino que esto ustedes ya lo saben, con todos los especialistas en el tema que tienen). Las culpas no dejan ver. Tanto las propias como las de los demás. Las culpas que uno no quiere ver y las culpas que uno ve demasiado claro: en uno mismo y en los demás. En cambio, cuando uno mira al Señor y le pregunta “Cómo puede servir esto para gloria tuya”, todo se aclara.

Lo que sí recuerdo ahora es cómo se me acercó: de pronto Él me tocó un brazo. Actuaba como los médicos que saben infundirte confianza cuando te tocan. Y enseguida me untó los ojos con barro. Yo no decía nada. Escuchaba su respiración, sentía sus manos apretando bien mis párpados… Confieso que fue como si me los moldeara. Después he andado leyendo la Escritura y cada vez que puedo, me detengo en el libro del Génesis, cuando dice que Dios formó al hombre de barro. Yo no sé cómo se habrá sentido Adán, si es que sintió algo, porque cuando lo modelaron todavía no tenía espíritu, pero a mí me quedó la experiencia de cómo Dios me modelaba de nuevo los ojos. Me los modelaba desde adentro.

En eso creo que yo salí distinto a todos (digo esto, por las discusiones que vinieron después. Era como si solo yo viera claras las cosas y todos los demás las vieran distintas, confusas…).

Claro, es que yo pasé de un extremo al otro: de no ver nada a ver con los ojos nuevos que me abrió Jesús… Y ya se sabe que el que mira con ojos nuevos, lo ve todo nuevo: una nueva creación!

“Ve a lavarte a la piscina del enviado” le escuché decir. Eso fue lo único que dijo. Y yo no discutí. Aunque me hubiera gustado quedarme allí para siempre y que me siguiera modelando “mis ojos sin culpa” –como yo digo-, le obedecí y me fui.

Conocía el camino. El evangelio no cuenta nada de cómo llegué a la piscina y cómo me lavé los ojos… sólo dice que volví viendo. Y fue así. Lo que yo sentí se los puedo contar en otro momento, pero no es lo importante. El asunto es que me volví, porque quería ver a Jesús, pero… como suele suceder, me agarró la gente. Los opinadores… Creo que ustedes tienen la experiencia cuando los periodistas le meten los micrófonos a una persona y no lo dejan hablar, sino que opinan ellos. Bueno, igual.

Les pongo ahora el texto que sigue, para no perder objetividad. Porque, la verdad es que, misteriosamente, lo que empecé a ver coincide con el punto de vista del evangelista. Esto es muy lindo, cuando uno ve que el evangelio expresa las cosas, sencilla y perfectamente, desde el mismo punto de vista con que uno mira desde su interior.

 

Los vecinos y los que antes me habían visto mendigar, se preguntaban:

 «¿No es este el que se sentaba a pedir limosna?» 

Unos opinaban

«Es el mismo.» «No, respondían otros, es uno que se le parece.» 

Yo decía: 

«Soy realmente yo.» 

Ellos me dijeron: 

« Y cómo se te han abierto los ojos?» 

Yo respondí: 

«Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, lo puso sobre mis ojos y me dijo: “Ve a lavarte a Siloé”. Yo fui, me lavé y vi.» 

Ellos me preguntaron: 

«¿Dónde está?»

Yo respondí: 

«No sé.»

Yo que había sido ciego fui llevado ante los fariseos. Era sábado cuando Jesús hizo barro y me abrió los ojos. Los fariseos, a su vez, me preguntaron cómo había llegado a ver.     Yo les respondí: 

«Me puso barro sobre los ojos, me lavé y veo.» 

Algunos fariseos decían: 

«Ese hombre no viene de Dios, porque no observa el sábado.» 

Otros replicaban: 

«¿Cómo un pecador puede hacer semejantes signos?» 

Y se produjo una división entre ellos. Entonces me dijeron nuevamente: 

«Y tú, ¿qué dices del que te abrió los ojos?» 

Yo respondí: 

«Es un profeta.» 

Sin embargo, los judíos no querían creer que yo había sido ciego y que había llegado a ver, hasta que llamaron a mis padres y les preguntaron: 

«¿Es este el hijo de ustedes, el que dicen que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?» 

Mis padres respondieron: 

«Sabemos que es nuestro hijo y que nació ciego, pero cómo es que ahora ve y quién le abrió los ojos, no lo sabemos. Pregúntenle a él: tiene edad para responder por su cuenta.» 

Mis padres dijeron esto por temor a los judíos, que ya se habían puesto de acuerdo para excluir de la sinagoga al que reconociera a Jesús como Mesías. Por esta razón dijeron: «Tiene bastante edad, pregúntenle a él.» 

Los judíos me llamaron por segunda vez a mí que había sido ciego y me dijeron: 

«Glorifica a Dios. Nosotros sabemos que ese hombre es un pecador.»

«Yo no sé si es un pecador, respondí; lo que sé es que antes yo era ciego y ahora veo.» 

Ellos me preguntaron: 

«¿Qué te ha hecho? ¿Cómo te abrió los ojos?»

Yo les respondí: 

«Ya se lo dije y ustedes no me han escuchado. ¿Por qué quieren oírlo de nuevo? ¿También ustedes quieren hacerse discípulos suyos?»

Ellos me injuriaron y me dijeron: 

«¡Tú serás discípulo de ese hombre; nosotros somos discípulos de Moisés! Sabemos que Dios habló a Moisés, pero no sabemos de donde es este.» 

Yo les respondí: 

«Esto es lo asombroso: que ustedes no sepan de dónde es, a pesar de que me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, pero sí al que lo honra y cumple su voluntad. Nunca se oyó decir que alguien haya abierto los ojos a un ciego de nacimiento. Si este hombre no viniera de Dios, no podría hacer nada.»

Ellos me respondieron: 

«Tú naciste lleno de pecado, y ¿quieres darnos lecciones?» Y me echaron. 

 

Como ven, al contarles de nuevo el evangelio en primera persona, no hay que agregarle nada. Esto es obra del Espíritu Santo y en esto, los evangelistas se distinguen de los “opinadores”. No sé qué les llame la atención a ustedes de mis diálogos con los opinadores. Cada uno puede quedarse en la parte del evangelio que más le llegue al corazón, en la escena o en el diálogo que más le guste. Yo, al rememorar una vez más ante ustedes lo que me pasó, me gustaría compartirles algo que no está escrito, pero que surge del texto: la atmósfera que había.

Todo el mundo hablaba y discutía y el ambiente se iba calentando. Yo, sin embargo, estaba tranquilo. No sé si lo notaron, pero yo no necesitaba gritar ni hablar mucho. Ellos en cambio me insultaban, iban de aquí para allá, discutían entre ellos… Habrán notado, eso sí, mi tonito irónico… Creo que eso terminó de sacarlos. Pero no me iban a hacer enojar a mí, que ahora veía!

Eso quería comentarles, nada más. Cuando uno ve las cosas con los “anteojos de Dios” como dice un monje de ustedes, adquiere cierto buen humor y no discute enojado. Yo aprendí eso, escuchándome hablar a mí mismo (después leí que Jesús decía que es el Espíritu el que nos hace hablar en esas situaciones), aprendí a mantener el buen humor y a desconfiar cuando por defender a Dios me comienzan a brotar frases agrias, quejumbrosas, enojos, iras y blasfemias…

Bueno, pero ya hablé demasiado. Les cuento el final del evangelio que fue muy lindo, porque Jesús me vino a buscar por segunda vez y nuestro diálogo fue emocionante… Espero que mi testimonio les ayude a desear esos ojos nuevos, ojos puros, ojos sin culpa, que miran con buen humor…. Esos ojos que Jesús regala y que son, sobre todo, para verlo a Él.

 

Jesús se enteró de que me habían echado y, al encontrarme, me preguntó:

 «¿Crees en el Hijo del hombre?»

Yo respondí: 

«¿Quién es, Señor, para que crea en él?» 

Jesús me dijo:

 «Tú lo has visto: es el que te está hablando.»

Entonces exclamé:

 «Creo, Señor», y me postré ante él  (Juan 9, 1-41).

Diego Fares, 4 A Cuaresma 2017.

 

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greco ciego

Permiso para ver

(Iban de camino subiendo a Jerusalen…) Y llegan a Jericó…
Y saliendo Jesús de Jericó,
acompañado de sus discípulos y de una multitud considerable,
el hijo de Timeo –Bartimeo-, un ciego mendigo,
estaba sentado al costado del camino.
Y cuando oyó decir que era Jesús el Nazareno,
comenzó a dar gritos y decir:
─ ¡Hijo de David, Jesús ¡Misericordiame!
Y le increpaban muchos para que se callara,
pero él gritaba mucho más:
─ ¡Hijo de David, misericordiame!

Deteniéndose Jesús dijo “llámenlo”.

Entonces llaman al ciego diciéndole:
─ ¡Animo, levántate! El te llama.
Él, tirando su manto, se puso de pie de un salto y se vino a Jesús.
Y en respuesta Jesús le dijo:
─ ¿Qué quieres que haga para tí?
El le respondió:
─ Rabboní, (haz algo para) que vuelva a ver.
Jesús le dijo:
Vete. Tu fe te ha salvado.
Y al instante comenzó a ver
y lo seguía en el camino (Mc 10, 46-52).

Contemplación
“¿Qué quieres que haga para ti?”.
Es la misma pregunta que les hizo el domingo pasado a Santiago y Juan:
“¿qué quieren que haga por ustedes?”.
Quizás Jesús haya remarcado la pregunta haciéndoles notar que era la misma para que  compararan sus deseos con los de Bartimeo. Ellos deseaban un puesto a su lado, el ciego quería volver a ver. Y no para quedarse sentado sino para seguirlo por el camino.
Algunas miradas habrá habido entre ellos. Entre los otros diez y Santiago y Juan, que habrán bajado la vista avergonzados.
Los deseos…
Qué deseas que haga por vos. Qué querés que haga contigo.
Qué esperás de mí, nos dice Jesús.
“Qué tengo yo contigo, Mujer” le dice Jesús a su Madre cuando ella le hace ver que los novios de Caná no tienen vino. Qué vínculo tenemos entre vos y yo que hago lo que deseas adelantando mi hora.
Hay que saber imaginar las miradas en estas escenas para pescar el sentido hondo de los diálogos y de lo que acontece.
Hay que afinar el oído, como el ciego, que no veía pero que escuchaba los silencios, las pausas, el tono de voz (primero lo chistaban para que se callara y ahora lo apuran: “ánimo, levantate, él te llama”).
Bartimeo, el ciego mendigo, que estaba sentado al borde del camino, como dice Marcos. Lucas dice que era “un ciego que estaba mendigando”. Marcos en cambio pone el énfasis en que “estaba sentado”. No mendigó ese día. Estuvo atento. Lo deducimos porque apenas oyó que era Jesús, comenzó a dar gritos para llamar su atención. Antes, Bartimeo debe haber notado algo especial, seguramente, porque Jesús cuando entró en Jericó debe haber pasado a su lado. Pero pasó rápido… Y entonces decidió pescarlo a la salida.
Marcos no nos dice nada de lo que hizo Jesús en Jericó (la Ciudad pagana cuyos muros cayeron al son de las trompetas de Israel). Imaginamos que el Señor no entró y salió inmediatamente. Sin embargo todo transcurre como en un instante. No hay imágenes de ese día. Sólo la expectación oscura y decidida del hijo de Timeo a quien Marcos enfoca y pone en el centro de la escena. Por la reacción tan inmediata e insistente se ve que entre la entrada de Jesús a la ciudad y su salida, Bartimeo fue madurando su deseo y pensando bien su petición. La estrategia de acción se nota en los verbos:

Estaba sentado. Sin mendigar ni hacer otra cosa. En el lugar justo, el que eligen los mendigos, allí donde uno no puede no ver su mano extendida, que nos encaja una estampita, allí donde uno no puede no escuchar su queja y su pedido.

Cuando oyó decir. Bartimeo estaba atento a todas las voces, a los cambios de la calle. Quizás le habría pedido a alguno que le dijera cuando pasaba Jesús. Vos avisame cuando esté por pasar, porque viene mucha gente y por ahí se me escapa. Tal cual.

Comenzó a dar gritos diciendo… La frase estaba bien elegida: eso de llamar a Jesús “por su apellido” –Hijo de David-, era lo que muchos hacían. Hijo de David el bendecido, David el Rey amado por su pueblo, el Rey magnánimo y generoso. El era “hijo de Timeo”, que puede significar el deshonrado y también el honorable, según se vea. Bartimeo apela personalmente a Jesús.

Gritaba mucho más. Tenía previsto que no sería fácil. La gente comenzó a chistar. Jesús se les iba a todos así que no había por qué hacer escándalo por un mendigo más. (Me hizo acordar que en Aparecida, cuando el Papa salía de la sala, luego de la Inauguración de la V Conferencia, me fui colando entre los presentes yendo hacia el lugar por donde saldría y cuando estaba a dos metros y le pedí a un cardenal que se corriera un poquito me dijo “No” con cara de no sea impertinente. Y entre mirarlo a él y no saber si insistir, la espalda de Benedicto se perdió por la puerta de salida. Pensé que no era para tanto y que no tenía nada especial que pedirle… Viene a cuento porque Bartimeo sí tenía algo que pedirle personalmente a Jesús y por eso… gritaba mucho más fuerte)

¡Misericordiame! No existe el verbo en castellano. Apiádate, sí. “Ten misericordia de mí”. Misericordiame es la palabra que eligió Bartimeo. Es “La palabra”. Jesús no puede resistirla. Toca las entrañas de su Ser Dios. Porque Dios es el Padre de las Misericordias y él es su Hijo. Bartimeo eligió bien la Palabra mágica capaz de hacer detener al Hijo de David en medio de una multitud. Cuando alguien dice misericordiame, Jesús se detiene, Jesús escucha. Aunque no lo diga con palabras, aunque el que esté al costado del camino no pueda hablar porque está desmayado, su situación misma dice “misericordiame”. Y Jesús se compadece. Y va hacia él o lo manda llamar.

Tirando su manto, se puso de pie de un salto y se vino a Jesús. Creo que el Señor no fue Él porque quería hacer ver de lo que era capaz Bartimeo. Y no se equivocó porque Bartimeo tiró su manto, pegó un salto y encaró solo a Jesús. No dice que lo llevaron. Se orientó perfectamente mientras todos le abrían paso en silencio, con ese sentido de orientación de los no videntes que siempre nos asombra.
El gesto de tirar el manto tiene algo de teatral (en el sentido auténtico de dramático). Es un gesto simbólico de alguien que ya está curado. Bartimeo deja su vida de mendigo y camina libre hacia Jesús: va a hacer su último mangazo, o penúltimo más bien, va a pedir la fe para poder seguir a Jesús por el camino.

Rabboní que vuelva a ver. Ese ha sido siempre su deseo. Expresado al aire. Expresado a nadie (a Dios) en su interior. Y ahora encuentra al destinatario de ese deseo que parecía frustrante, imposible, mantenido para nadie, cultivado en la oscuridad en que vivía a pleno sol en su puesto de mendigo. Ese deseo que ha moldeado obsesivamente su corazón encuentra por fin al que lo puede percibir y Bartimeo escucha las palabras que esperaba: “Qué deseas que haga para ti”. Y él se lo expresa con meridiana claridad: Rabboní que vuelva a ver. Ese Rabboní dicho primero debe haber conmovido a Jesús. Bartimeo pone una pausa a su deseo. No le sale a borbotones. No es el “Uno diez” del que ni mira al colectivero. “Rabboní”, “Mi maestro”. “Hijo de David” fue para llamar su atención. Y para poner las cosas en claro en medio de la multitud. Nombre político de Jesús al que apela un ciudadano del pueblo de Israel, aunque viva en Jericó.
Rabboní, en cambio, es nombre de amigo. ¡Desde cuándo Bartimeo se considera “discípulo” de Jesús! ¡Faltaría más! Les debe haber picado a Santiago y a Juan, cuyos deseos apuntaban al Mesías triunfante más que al humilde Maestro. Marcos remarca esta conciencia de discípulo al culminar la escena con la imagen de un Bartimeo nuevo que “lo seguía por el camino”, expresión ‘técnica’ si se quiere para un discípulo de Jesús.

Comenzó a ver. Pero no nos adelantemos. La acción central de Bartimeo es esta: comenzar a ver. Jesús no hizo “nada” para que comenzara a ver. Es como si más que pedirle un milagro Bartimeo le hubiera pedido permiso. Y el Señor se lo concedió. Es uno de esos “derechos de los amigos” de los que hablamos hace poco. Basta pedirle a Jesús permiso y uno puede empezar a ver las cosas como Él las ve. Tenés permiso, eso significa “tu fe te ha salvado”.
Jesús no le puso barro en los ojos ni lo tocó ni le sopló las basuritas. Ni siquiera tuvo que hacer un gesto –el de partir el pan- como con los de Emaús. Es que Bartimeo ya venía creyendo desde hacía rato. Desde que Jesús entró en Jericó. Y desde mucho antes quizás, vaya uno a saber. Es una de esas personas de las que dice la misa: “cuya fe sólo tú conociste”. Uno de los pequeñitos del pueblo fiel de Dios que “comienzan a ver” a Jesús un buen día, casi sin darse cuenta de que han comenzado a habitar decididamente en su Reino. Esos pequeñitos a los que Dios les concede su deseo más hondo y lo viven sin que nadie lo sepa, adorando e intercediendo, siguiendo a su Maestro por el camino. Son esa muchedumbre incontable de testigos que el mundo ciego no sabe ver (por eso no aparecen en los diarios, que hablan sólo de esos dos o tres vivos que se creen que la tienen clara).
Aparecida expresa muy lindo este modo de caminar con Jesús que tenemos muchos Bartimeos del pueblo fiel de Dios:
“… Las peregrinaciones. En ellas se puede reconocer al Pueblo de Dios en camino. Allí, el creyente celebra el gozo de sentirse inmerso en medio de tantos hermanos, caminando juntos hacia Dios que los espera. Cristo mismo se hace peregrino, y camina resucitado entre los pobres. La decisión de partir hacia el santuario ya es una confesión de fe, el caminar es un verdadero canto de esperanza, y la llegada es un encuentro de amor. La mirada del peregrino se deposita sobre una imagen que simboliza la ternura y la cercanía de Dios. El amor se detiene, contempla el misterio, lo disfruta en silencio. También se conmueve, derramando toda la carga de su dolor y de sus sueños. La súplica sincera, que fluye confiadamente, es la mejor expresión de un corazón que ha renunciado a la autosuficiencia, reconociendo que solo nada puede. Un breve instante condensa una viva experiencia espiritual” (Ap 260).

Diego Fares sj

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