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Jesús decía a los discípulos:

«Había un hombre rico que tenía un mayordomo al cual difamaron de que malgastaba sus haberes. Lo llamó y le dijo: “¿Qué es esto que oigo de ti? Dame cuenta de tu administración, porque ya no podrás administrar más.”

El mayordomo pensó entonces para sí: “¿Qué voy a hacer ahora que mi señor saca la administración de mi responsabilidad? ¿Cavar? No tengo fuerzas. ¿Pedir limosna? Me da vergüenza. ¡Ya sé lo que voy a hacer para que, al dejar la administración de la casa de mi señor, haya quienes me reciban en su casa!”

Llamó uno por uno a los deudores de su señor y preguntó al primero: “¿Cuánto debes a mi señor?”

“Veinte barriles de aceite”, le respondió.

El administrador le dijo: “Toma tu recibo, siéntate en seguida, y anota diez.”

Después preguntó a otro: “Y tú, ¿cuánto debes?”.

“Cuatrocientos quintales de trigo”, le respondió.

El administrador le dijo: “Toma tu recibo y anota trescientos.”

Y el Señor alabó a este mayordomo infiel, porque obró sagazmente.

 

* Porque los hijos de este mundo son más astutos en su trato con los demás que los hijos de la luz. Pero yo les digo: Gánense amigos con el dinero de la injusticia, para que el día en que este les falte, ellos los reciban en las moradas eternas.

* El que es fiel en lo poco, también es fiel en lo mucho, y el que es deshonesto en lo poco, tam­bién es deshonesto en lo mucho. Si ustedes no son fieles en el uso del dinero injusto, ¿quién les confiará el verdadero bien? Y si no son fieles con lo ajeno, ¿quién les confiará lo que les pertenece a ustedes?

* Ningún servidor puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se interesará por el primero y menospreciará al segundo. No se puede servir a Dios y al Dinero.» (Lc 16, 1-13).

Contemplación

El Señor alaba al mayordomo infiel porque obró sagaz y prudentemente. La parábola nos recuerda otra parábola, la del administrador “fiel y prudente a quien el Señor podrá al frente de su familia para que dé a cada uno su ración a su tiempo” (Lc 12, 42). El administrador de la parábola de hoy no fue fiel, pero sí prudente. Se dio cuenta de que le había llegado la hora y actuó perdonando deuda a los deudores de su amo, para que lo recibieran después en sus casas.

Jesús alaba su viveza, su rapidez para decidir cómo salvarse, su discernimiento de la situación. Utiliza a propósito como ejemplo a uno que no fue fiel, a un corrupto, diríamos hoy, para que quede más claro, creo yo, que obrar con misericordia no sólo es cuestión de bondad, sino de inteligencia.

Porque a veces se divide bondad y viveza. Pareciera que la “viveza criolla” es sólo para la trampa, para el provecho propio… Y aquí Jesús viene a decir que no, que también hay que ser pícaro y vivo para hacer el bien.

Las personas que se le acercan con fe en el evangelio tienen, todas, esta viveza. Me vienen a la mente un montón: la viveza del petizo Zaqueo que se da cuenta de que tiene que salirse del tumulto de la gente y corre a subirse a un sicomoro para que lo vea Jesús; la viveza de la mujer sirio-libanesa para darle vuelta al Señor la parábola de los perritos que comen las migas que los chicos les tiran debajo de la mesa; la viveza de Bartimeo para hacer lío cuando pasa Jesús, de manera que el Señor lo escuche y lo mande llamar; el razonamiento que hace el centurión romano, basándose en su experiencia de mando, cuando le dice a Jesús que él no es digno de que entre en su casa y que bastará con que el Señor diga una palabra para que su servidor se sane; la viveza decidida de la hemorroisa, que se propone algo posible para ella –dada su timidez y la cantidad de gente-: tocar la orla del manto del Señor; la simpática creatividad y desfachatez de los cuatro amigos del paralítico, que metieron a su amigo por el techo de la casa de Simón…

A Jesús le encantan estas personas caraduras para las cosas del Reino. Todo lo contrario de los que le cargan pesadas leyes a la gente y complican la misericordia con reglamentos y condiciones.

Es muy notable y extendida esta tentación tan “cristiana” entre comillas, de paralizarnos a la hora de hacer algún bien! Surgen multitud de pensamientos de todo tipo y nos cuesta discernir con claridad que tantos escrúpulos, peros, excusas, posibles inconvenientes o malinterpretaciones…, que surgen cuando nos decidimos a hacer algo bueno, son impedimentos que pone el mal espíritu. Aceptamos fácilmente que para hacer el mal todo está permitido (lógico) y que para hacer el bien, como hay que hacerlo bien, no se pueda utilizar cualquier medio. Esto es verdad, pero la táctica del mal espíritu consiste en exagerar las condiciones ideales, para que no podamos hacer un bien concreto, y obnubilar nuestra creatividad, ya que, si bien a veces es arduo hacer bien el bien, el Espíritu siempre nos da forma y modo de llevarlo a cabo con su gracia.

Lo que hace el Señor, al contar esta parábola, es consolidar la virtud de la prudencia. La prudencia es la virtud que elige y utiliza el mejor medio para lograr un fin bueno. El Señor pone a propósito como modelo a una persona que solo busca su conveniencia y su bien personal, para mostrar cómo, de última, para salvarse ella, tiene que actuar misericordiosamente con los demás, perdonando deuda para ser luego ayudado.

La confianza que tiene el pícaro en su propia astucia para caer parado, debemos tenerla para hacer el bien. El Espíritu santo activa y favorece esta viveza natural y la mejora cuando tratamos de pensar rápido cómo hacer un bien, de la misma manera (y mucho mejor) que el mal espíritu la favorece cuando el malo se las ingenia para obrar el mal.

Por este lado creo que va el Señor: por el de hacernos confiar en nuestro ingenio y en la ayuda del Buen Espíritu, para hacer obras de misericordia y de bondad.

Es una cuestión de sentar principio que va contra la idea de que la misericordia consistiría en “cerrar un ojo”, en hacer una excepción a La Ley. No es así. Si el administrador sagaz le cierra un ojo a parte de lo que deben los deudores, es porque tiene los dos ojos bien abiertos a la situación última en la que se encuentra. Lo suyo es sabiduría que contempla las realidades últimas: lo echan, no sabe cavar y le da vergüenza pedir limosna. Necesita gente que lo reciba dignamente. Por tanto, se debe ganar su favor. Y lo hace perdonándoles deuda.

El razonamiento es el de una “escatología a medida”, una “ciencia de las cosas últimas” (escatología) no sólo las del fin del mundo, sino las muy concretas: así como para el administrador es muy concreto lo del fin de su trabajo y lo del juicio que se le viene, también es muy concreto el hambre que tienen los más pobres y todas las necesidades a las que apuntan las obras de misericordia.

Si lo pensamos bien, cada santo puede ser definido desde la viveza que tuvo para hacer eficaz una obra de misericordia al servicio del prójimo. Detrás del accionar bueno de cada santo hay algún razonamiento sólido que no deja lugar a dudas a la hora de hacer el bien y quita todos los impedimentos que el mal espíritu pone. Para Hurtado “el pobre es Cristo” y punto. Si es Cristo, necesita que le abramos la puerta de un Hogar, y que le demos ropa, comida y cariño. Esto contra todos los peros de que “no es Cristo, sino un borracho o un vago o un desempleado por causas estructurales o uno al que si lo ayudo, atraerá muchos más y entonces…

Hurtado se las ingeniaba para hacer sentir a los que tenían más dinero que otros que les hacía un favor pidiendo su ayuda.

Brochero lo mismo: tenía el arte de ser convincente como cuando le manda un cajón de duraznos que llega podrido a un alto funcionario para hacerle sentir la necesidad de que llegue el tren a traslasierra.

La madre Teresa decía que a ella nunca se le había cerrado una puerta, porque la gente sabía que iba a dar, no a pedir. Pedía de tal manera que se llenaba de gracia el corazón del que la ayudaba.

San Ignacio, con sus Ejercicios, tiene la gracia de brindar ayuda eficaz al que quiere discernir. Los ejercicios siempre dan fruto, es increíble el testimonio de todo el que los hace.

Las verdades de fe que muchos convierten en abstractos silogismos son vividas sencilla y creativamente por los santos que encuentran maneras prácticas de rezar, como decía un sacerdote en un bautismo que ponía el ejemplo de San Leónidas mártir, que se inclinaba cada mañana para besar el corazón de su pequeño hijo –Orígenes-, reconociendo y adorando en su pecho la Trinidad presente y operante.

Lo mismo Santa Teresita, que se plantea cuál sería su carisma y su modo concreto para poder hacer todos los bienes que deseaba su corazón ingenuo y fervoroso y encuentra la fórmula de San Pablo, la del himno de la caridad, y decide que “en la Iglesia, ella será la caridad”. Nada menos y nada más. Algo tan imposible como simple y al alcance de cualquiera, dado que es una gracia.

El criterio escatológico –el criterio último, necesario para hacer el bien- está presente en las parábolas del Señor. En todas, de alguna manera, nos dice: miren que llega la hora, avívense y conviértanse. Sus gestos, sus milagros, curaciones y perdones, tienen esta característica de algo último. Después, como el tiempo pareció alargarse y que el juicio final no venía, las enseñanzas del Señor fueron tomando un carácter más moral, diríamos, y en muchos casos, esto degeneró en un nuevo legalismo, peor que el de los fariseos. Es verdad que el Señor, cuando perdona, advierte “no peques más”. Pero es capaz de repetir esto “setenta veces siete”. Si absolutizamos sus palabras, tenemos que absolutizarlas todas, no solo algunas. Y absolutizar también, sin miedo, lo de ser misericordiosos siempre de nuevo, setenta veces siete.

Si somos misericordiosos, aunque no hayamos sido fieles, el Señor nos alabará al menos la sagacidad. Y además, tendremos quién nos defienda en el día del juicio: las personas a las que ayudamos, aquellos a los que les perdonamos deudas, aquellos a los que no condenamos socialmente… Yo, cuando le doy a alguien una absolución que me pide humildemente y que no sé si es cumple todas las condiciones legales, digamos, por la situación compleja en la que la persona se encuentra, le advierto que “si lo detienen en el purgatorio, me mande llamar, para que paguemos la deuda juntos”. A mí me ayuda imaginarme en un purgatorio largo junto a todos los que perdoné “de más”, que en un purgatorio hecho sólo a la medida de mis pecados personales. Prefiero ser acusado de haber perdonado de más y ser purificado junto con aquellos a los que dejé entrar sin que cumplieran todas las exigencias ni tuvieran todos los papeles en regla, a ir a esa oficina del purgatorio en la que estarán los que se cuidaron bien de no infringir ninguna regla. Capaz que en tiempo, la purificación dura lo mismo, solo que en un lado estarán solo los funcionarios eclesiásticos que cumplieron todos los reglamentos que se les dieron y en el otro, cada cura estará mezclado junto con la gente de su rebaño.

La imagen que tengo dándome vueltas es la del estadio Malvinas Argentinas, en el Challao (cuenco de agua, en huarpe), en Mendoza. Mi cuñado nos sacó entradas vip en la empresa del Ivo para ver a la Selección contra Uruguay. Jugaba Messi! Y vimos su gol de bastante cerca!

Eran entradas para la platea y el paquete incluía ida y vuelta al Estado en una linda combi, de manera de evitar en lo posible el problema de estacionamiento. Llegamos como gente del primer mundo, con nuestra entrada magnetizada en mano, pero la entrada real fue cosa de otro mundo. Habían cerrado con policías todas las distintas entradas al estadio y todos teníamos que entrar por un solo lugar, bastante alejado. Así que de golpe pasamos a ser una masa de gente que llenaba compacta una cuadra de terreno pedregoso y a oscuras, sin saber bien qué hacer con nuestra famosa entrada (¡!), más que no hacerla notar mucho ya que íbamos mezclados y bien igualados los de la platea y los de la popular. Tardamos cuarenta y cinco minutos en recorrer 200 metros y al final había sólo tres pobres gauchos que no daban abasto para cortar las entradas de los que avanzábamos de a cinco por cada molinete. A mí ni me cortaron la entrada y la guardé como testimonio del valor que tienen los papeles en regla en los momentos apocalípticos.

Por supuesto que, cuando llegamos a “nuestros asientos”, con el partido ya empezado, varios estaban ocupados por gente que se había colado y tuvimos que negociar cada uno un asiento en el momento, a las buenas y apurados por los gritos de los de la fila de atrás, a los que les tapábamos la visión por estar parados… Estuvieron bien dos compañeros que esperaron a que llegara el primer tiempo para poder conversar amablemente con los que les habían sacado el lugar y, mostrándoles las entradas, los instaron a ir a defender ellos a su lugar su derecho, así como nosotros lo hacíamos en el nuestro con ellos.

La experiencia fue la de sentir que la entrada que decía que todo estaba en regla y superbien, no valía mucho en medio de una multitud que pujaba por entrar y de un partido ya empezado. Allí lo que valió fue el sentimiento de la común humanidad. Cuando avanzábamos, compactados de manera peligrosa, fue impresionante cómo cesaron automáticamente todos los “reclamos por nuestros derechos” (aunque de vez en cuando se elevaba algunos insultos a la policía que, con su habitual estrategia de escritorio, había complicado las cosas en vez de simplificarlas) y la prudencia de cada uno cuajó en una especie de instinto común de supervivencia: sólo se podía avanzar y entonces bajamos un cambio y todos nos cuidamos de no empujar, de no adelantarnos, de no exasperar los ánimos, de poner buen humor (como uno que al escuchar a otro que vendía agua sin mucho éxito, comenzó a ofrecer “champan, champan”), y de cuidar a los chicos que iban pegados a sus papás y por ahí no los veías…

El bien siempre es concreto. Y nuestra inteligencia práctica que lo ha gustado y lo desea, funciona bien. La virtud que Jesús alaba y que llamamos prudencia, es esa respuesta concreta de nuestra voluntad al bien. Es ese poner manos a la obra decididamente en el momento preciso en que nuestra inteligencia, luego que ha escaneado y sopesado todas las posibilidades, emite un juicio que dice: esto es lo mejor y hay que hacerlo, movete ya. Movete así. Cuando se trata de sobrevivir, si entendemos bien que lo que está en juego es definitivo, somos decididos y actuamos prudentemente. El Señor apela a esta sagacidad humana para que la pongamos al servicio del reino, al servicio del anuncio del Evangelio y de las obras de misericordia. Contamos para ello, además de nuestra inteligencia humana que, cuando la apuramos un poco, funciona bien, con la gracia del Espíritu, que nos indica qué debemos decir y que podemos hacer en cada momento.

Diego Fares sj

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Jacques

Cuando estaba por cumplirse el tiempo de su Ascensión al cielo, Jesús se encaminó decididamente (puso rostro firme) hacia Jerusalén y envió mensajeros delante de él. Ellos se pusieron en camino y entraron en un pueblo de Samaría para prepararle alojamiento. Pero no lo recibieron porque iba a Jerusalén. Cuando sus discípulos Santiago y Juan vieron esto, le dijeron: «Señor, ¿quieres que mandemos caer fuego del cielo para consumirlos?» Pero él se dio vuelta y los reprendió. Y se marcharon a otro pueblo.

Mientras iban marchando por el camino, alguien le dijo a Jesús:

«¡Te seguiré adonde vayas!»

Jesús le respondió:

«Los zorros tienen sus cuevas y las aves del cielo sus nidos, pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza.»

Y dijo a otro:

«Sígueme.»

El respondió:

«Permíteme que primero vaya a enterrar a mi padre.»

Pero Jesús le respondió:

«Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú ponte en marcha, anuncia el Reino de Dios.»

Otro le dijo:

«Te seguiré, Señor, pero primero permíteme ir a despedirme de los míos.»

Jesús le respondió:

«Uno que ha puesto la mano en el arado y mira hacia atrás, no es apto para el Reino de Dios» (Lc 9, 51-62).

 

Contemplación

Tener una misión en la vida lo es todo. Y si esa misión nos la encomienda Jesús, qué mejor.

Y ser cristiano es gozar esa libertad que da seguir ahora a Jesús sin poseer otra cosa que su misión

El evangelio de hoy nos presenta así a Jesús, polarizado por su misión, encaminado decididamente a Jerusalén.

Y sus diálogos con los que le salen al encuentro apuntan todos a lo mismo: a quitar impedimentos que retrasan o le quitan fuerza a la misión principal.

Cómo nos salva el Señor? Nos salva encargándonos una misión.

Una misión en la que, mientras la vamos realizando, se nos aclara el sentido de nuestra vida, encontramos muchas oportunidades para reparar lo que hicimos mal, nos encontramos en el camino con muchos amigos y le damos una mano a tantos que no tienen sitio en este mundo…

Jesús nos señala el camino de la salvación recorriendo Él el suyo. Haciendo su parte.

No le tuvo miedo a dejarse determinar por una sola misión.

El vivió para el Padre, se dejó guiar, se fue dando en cada gesto y estuvo atento a su hora. Cuando le llegó el momento, se dio todo.

Tener una misión, dedicarse por entero a algo, es una metáfora de la vida. La energía y el dinamismo que ponemos en una tarea concreta nos pone en sintonía con el dinamismo del que nos está creando y salvando, apasionadamente, a nosotros.

……….

El 20 de junio partió a la casa del Padre (y a su Norte querido donde quería ser enterrado) Jacques Parraud. Jacques es voluntario en nuestra Casa de la Bondad y en El Hogar de San José. Y digo “es” porque estas obras tienen sucursal en el cielo. O más bien al revés: son sucursales del cielo en esta tierra.

En la Nación del 2007 sacaron una linda historia de “Un abuelo malcriador, tallador de muebles íntimos” que dice así:

“Había una vez, en Neuquén, una chica de 6 años que quería un ropero para sus muñecas. Por eso le pidió a su abuelo si le podía hacer uno. Aunque éste no sabía fabricar muebles de juguete, aceptó el pedido y buscó la manera de cumplir con el encargo.

Así, como si fuera un cuento, detrás de la puerta del departamento de Jacques Parraud, sobre la calle Juncal, en la ciudad de Buenos Aires, comenzó a brotar un mundo de proporciones diminutas. Mientras este abuelo malcriador por demás se esforzaba por darle el gusto a su nieta menor, surgía en él este gusto por hacer miniaturas que ya lo acompaña hace más de diez años y al que dedica casi todas las tardes de su vida.

  • “Mi padre decía que cuando uno llega a viejo tiene que tener un hobby, si no, molesta”, bromea este veterinario del INTA, de abuelos franceses, nacido en Jujuy.

Detrás del ropero vinieron la cama, la mesa de luz, la cómoda y los pedidos de las demás nietas. A estas primeras piezas pensadas para conformar un mobiliario de juguete, les siguieron muebles de estilo. Una mesa isabelina sobre la cual un repollito de Bruselas sería considerado enorme, la silla de Molière, un escritorio de correspondencia para señora, chaise longue, ruecas para lino… Y es que una vez que empezó no hubo vuelta atrás.

El primer obstáculo que tuvo que sortear fue el movimiento de sus manos.

  • Soy muy torpe – dice, para sorpresa de todo aquel que conoce su delicada obra liliputiense-. Se me rompen muchas cosas.”

El segundo fue encontrar las herramientas adecuadas.

  • Te vas dando cuenta de qué necesitás y vas mejorando“, cuenta Parraud, que se define como ansioso e impaciente, aunque persistente.

Y agrega:

– “Descubrís algunos trucos“.

 

(… Y en estas tres frases, agrego yo, tenemos las claves del que se embarca en una misión).

 

Recorriendo librerías encontró inspiración en las páginas de catálogos para coleccionistas de antigüedades o en libros sobre historia del mueble, y definió sus preferencias.

  • Me gustan los muebles rústicos, regionales, hechos por buenos artesanos y que se han desarrollado para cumplir una función, no de adorno“, explica sobre su elección, que muestra una inclinación por los modelos del período que va del siglo XVII a principios del XX.

Bien podría decirse que su casa está tomada. En todos los rincones hay estantes con pueblitos -como él los llama- de estilos Windsor, amish, sueco o gótico, en una escala de uno en diez. Minuciosamente, y a cada uno, Parraud le pega en la parte posterior un papelito en el que están impresos algunos datos de la historia de esa pieza. La madera que más emplea es el pino, aunque a veces la enchapa con otras más costosas, como la de cerezo, su predilecta. Sin embargo, con el trabajo de carpintería no están terminados los muebles, les faltan los detalles. Una nieta les hace los colchoncitos y almohadones, otra pinta los platitos para que parezcan de porcelana, y él mismo teje los esterillados o los tapiza con cabritilla. (…)

  • Tienen que tener las mismas características que los originales y ser copias lo más fieles posibles“, dice sobre sus creaciones.

En los últimos tiempos ha empezado a producir galeras, carruajes coloniales. Ya suma alrededor de 25, entre ellos, una reducida réplica del modelo que trasladaba a Facundo Quiroga cuando fue emboscado en Barranca Yaco.

Cuando se le pregunta sobre este pasatiempo, responde:

  • Me gusta porque como es todo trabajo manual puedo escuchar música clásica mientras trabajo. Pierdo la sensación del tiempo“. A veces se queda hasta la madrugada cortando, pintando, tallando, y no se da cuenta. “Me produce una gran satisfacción haberlo terminado”, añade.

Familiares, amigos y conocidos le regalan herramientas, libros, revistas, y cada vez que ven algo chiquito, lo compran y se lo traen.

  • A todo el mundo le encantaría tener en miniatura las cosas que le gustan“, explica sobre la atracción que provocan estos objetos minimizados.

….

Hasta aquí La Nación. Yo la seguía así, en una carta que hace unos días le envié a sus hijos:

“Desde el día en que me lo crucé a Jacques en la Casa de la Bondad (él estaba entrando a la cocina y yo a mitad de las escaleras subiendo a la planta alta) y me dijo algo que no recuerdo con precisión en cuanto a las palabras pero sí al sentimiento (fue algo así como que para un viejo como él había poco para mejorar interiormente, como diciendo que sólo le quedaba hacer algún servicio a los más pobrecitos, y yo le respondí algo así como que la misericordia del Señor era infinita en el sentido de que nos podía transfigurar totalmente ), desde aquel día se enlazó una amistad. Y Jacques me brindó la gracia de poder participar de la transfiguración que el Señor hizo en su vida y que todos hemos gozado y compartido.

Uso sí la palabra transfiguración porque fue eso: era algo que él tenía –en su corazón, en sus sentimientos- y que estaba como tapado, quizás por algún escrúpulo, algo así como: «qué te la vas a dar de bueno, vos a esta edad».

Cuando sintió que podía darse y que expresar esa bondad era gracia y que sintonizaba y se emparejaba muy bien con la misma gracia en otros, desató todo ese caudal de fineza, de ternura, de pícara simpatía, de saber ver lo importante, de pequeños servicios, de creatividad en su tarea, de apreciar lo que valemos los demás, de buen humor… Una increíble infinitud de detalles con los que sazonó nuestra vida, como si a cada uno le sirviera también algún plato espiritual, así como hacía con las comidas de los domingos para los enfermos, o a cada uno le enseñara a tallar la pata de una silla, como hacía con los artesanos del Hogar.

Lo imaginaba en la misa entrando al cielo muy sencillamente, contento pero sin creérsela, dejando hacer al Señor (…) Sentía que Jacques entraba al cielo y ocupaba su lugar exactamente como lo hacía en la cocina de la Casa y en el Taller de Artesanías del Hogar. Entraba llevando lo suyo para los demás, sus sangüichitos y sus sillitas, y entablando una conversación totalmente centrada sobre estas cosas y no sobre sí mismo, haciendo notar esto y aquello de lindo y de bueno para hacer con los demás.

Qué lindo entrar al cielo como uno es, a estar con los que uno estuvo haciendo lo que uno hacía  (con el mismo amor).

….

Por malcriar a una nieta, pero no así nomás, sino con el denuedo de quien descubre una pasión y la lleva hasta sus últimas consecuencias, Jacques se dedicó con noches y días a sus miniaturas de pino y cerezo, quizás sin saber por qué, hasta esa mañana en que entró en el Taller de Artesanías del Hogar y descubrió a los pobres que ahora reproducen sus sillitas con su misma torpe fineza y pasión. Y su taller de miniaturas, en el que “Una nieta hace los colchoncitos y almohadones y otra pinta los platitos para que parezcan de porcelana”, abrió otra sucursal en el Taller de Artesanías San Roque González de Santa Cruz. Aunque me tientan las imágenes, me parece un poco infantil levantar la mirada e imaginarlo haciendo miniaturas en el cielo. Me parece más claro volver la mirada a la oscuridad de mi interior, allí donde las pequeñas cosas que me apasionan solicitan, como una nieta malcriada, que les preste absoluta atención y me dedique a ellas con la pasión y la libertad gozosa con que Jacques se dedicó a su misión en esta tierra.

Diego Fares sj

 

 

 

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Jesús dijo: Estas son las palabras que les hablé estando aún con ustedes:

que era necesario que se cumpliera todo lo que está escrito de mí en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos.

Entonces les abrió la mente para que comprendieran las Escrituras y les dijo:

«Así está escrito: el Mesías debía sufrir

y resucitar de entre los muertos al tercer día,

y comenzando por Jerusalén,

en su Nombre debía predicarse a todas las naciones la conversión

para el perdón de los pecados.

Ustedes son testigos de todo esto.

Y yo les enviaré al Prometido de mi Padre.

Permanezcan en la ciudad,

hasta que sean revestidos con la fuerza que viene de lo alto.»

Después Jesús los llevó hasta las proximidades de Betania y, elevando sus manos, los bendijo. Y aconteció que, mientras los bendecía, se desprendió de ellos y era llevado en alto al cielo. Los discípulos, que lo habían adorado postrándose ante El, volvieron a Jerusalén con un gozo grande, y estaban siempre en el Templo bendiciendo a Dios (Lc 24, 46-53).

Contemplación

Razonar bien

¿Qué quiere decir Lucas con la frase: “les abrió la mente – la facultad de razonar- para que comprendieran las Escrituras”?

Comprender es “poner juntas las ideas”, en este caso las de toda la Escritura.

Esta apertura es algo así como cuando, en una escena, el director de una película nos da la clave que nos permite entender, en un instante, todo lo que pasó. Cada escena cobra sentido entonces.

Ahora bien, convengamos en que nuestros razonamientos suelen complicarse. Todos vemos las mismas imágenes y captamos las mismas palabras, pero puestos a razonar, cada uno va para lados diversos (o nos llevan). Hay tantas interpretaciones (razonamientos) sobre las cosas!

La gracia grande del Espíritu Santo, que Jesús resucitado ya comienza a dar a los suyos, es la de “razonar bien”.

Y razonar bien, con buen espíritu, tiene sus condiciones, sus características propias.

Antes de contar la principal (con un poema) analicemos algunas más teóricamente:

El que razona bien, permite que el Espíritu unifique las ideas conflictivas que se suscitan al pensar.

El que razona bien, permite que el Espíritu le haga ver la totalidad de la verdad.

El que razona bien, le da tiempo al Espíritu para que ponga cada verdad en su lugar, de acuerdo a su importancia para la salvación y el bien común.

El que razona bien, permite que el Espíritu lo abra a la realidad de Cristo, que es más grande que las ideas que nos hacemos de Él.

El mal espíritu, en cambio, instiga a razonar insistiendo una y otra vez en las ideas conflictivas.

El mal espíritu encierra el razonamiento en alguna verdad parcial, en la que uno se obstina en que tiene razón.

El mal espíritu apura  los razonamientos, hace que uno “patee el tablero de ajedrez”, y entonces ya no se puede ver la jerarquía de las verdades, los pasos que se fueron dando.

El mal espíritu adula los razonamientos que formalmente son impecables o brillantes y hace que uno se la crea y piense que puede meter toda la realidad en su esquema.

Vayamos ahora a una linda petición: Espíritu Santo, ábrenos la mente para que razonemos bien!

Pedirle al Espíritu que nos abra la mente para razonar bien, es una petición poco usual y sin embargo, es la más importante. Allí, en el proceso de nuestros razonamientos, es donde más necesitamos la ayuda del Espíritu Santo. Porque la gracia la tenemos, la recibimos en el Bautismo y  cada vez que comulgamos o nos confesamos… La Palabra la escuchamos…, pero cuando razonamos por nosotros mismos, es allí donde más somos tentados. Sin embargo, nadie piensa que es cerrado. Que el problema no está en sus ideas sino en la forma en que “las pone juntas” y en las conclusiones que saca.

Por eso en el Veni Creator, le pedimos al Espíritu Santo que “visite las mentes de sus fieles”. Su visita nos consuela y –consolados- pensamos bien: se nos amplía la mente, se nos abre la cabeza. Pedirle al Espíritu que nos abra la mente es una forma de pedirle que nos aumente la fe. Porque lo que abre la mentalidad no son nuevas ideas sino la fe en Jesús.

Dos aperturas

El Evangelio nos narra los trabajos que se tomó Jesús para “abrir el entendimiento” a los suyos de modo que “comprendieran las Escrituras”.

Podríamos decir que hay dos aperturas.

Una la que logra establecer Jesús, con su muerte en Cruz y mostrándose resucitado. Las llagas abiertas son la señal de esta primer apertura que se hace propiamente en su Carne! Esta apertura no es mental sino carnal. Nadie la puede cerrar porque las llagas y el Corazón abierto –traspasado- del Señor queda así abierto para siempre. La apertura de la Cruz no hay idea que la cierre. No es cuestión de interpretaciones. Por eso Pablo habla de “la Sabiduría de la Cruz”.

La segunda apertura, es la del Espíritu, que colma con su Verdad todo lo que dejó abierto el Señor y hace que cada persona de fe se abra a los demás. Es la apertura de una verdad misionera, que se vuelve humilde y se hace todo a todos para ir ganando a la gente para Cristo.

El cielo al que se asciende

La primera apertura, la de las llagas abiertas de Jesús resucitado, culmina abriendo las puertas del cielo. Pero aquí hay que poner atención y razonar bien. Porque cuando razonamos sobre el cielo solemos usar paradigmas antiguos que nos llevan a conclusiones en contradicción con la ciencia y entonces abandonamos el razonamiento.

La Ascensión, como dice un amigo, no fue un viaje a la estrellas. Fue un entrar a cuerpo entero en el corazón del Padre y, al mismo tiempo un entrar de lleno en las historias de todos los hombres. El Cielo es una imagen física de “trascendencia”. Y hoy, las imágenes de trascendencia van por el lado de la interioridad, no de la altura.

Las dos trascendencias, como nos dice el Papa Francisco –los dos cielos- son la trascendencia al Padre y la trascendencia a los demás. Subir al cielo es hoy entrar en comunión con el Padre en el misterio de la oración y entrar en comunión con los demás en el servicio de la caridad. Allí están “los cielos: en el Corazón del Padre, que ve en lo secreto, y en el corazón de los hombres, donde uno se siente “a la altura de la dignidad humana” cuando los sirve, especialmente a los más pobres.

…..

Miremos, pues, a Jesús que asciende a estos cielos.

El Señor se aleja para que adquiramos perspectiva de lo que Es Él, de lo que nos donó con su Vida.

El movimiento del Señor es hacia la intimidad misteriosa del Padre.

El movimiento que el Espíritu desencadena en los discípulos es hacia todos los hombres, hacia todas las culturas y situaciones humanas que se dan y se darán en la historia.

Ambos movimientos se acompasan y tienen sentido.

Y como hablamos de movimiento y de acompasar los pasos, les comparto el poema de Madeleine Delbrêl que “razona bien” porque piensa como quien danza. Se llama:

La danza de la obediencia

Tocamos la flauta y ustedes no han bailado

Es 14 de julio (Fiesta popular en Francia).

Todo el mundo sale a bailar.

Por todas partes, después de meses, de años, el mundo baila (Madeleine escribe después de la guerra)

Más se muere, más se danza.

Delirios de guerras, delirios de danza.

Se siente verdaderamente mucho ruido.

La gente seria se ha ido a acostar.

Los religiosos recitan los maitines de San Enrique Rey.

Y yo pienso en el otro Rey.

En el Rey David que danzaba delante del Arca.

Porque si hay mucha gente santa que no ama bailar

Hay muchos santos que tienen necesidad de bailar.

Tan contentos de vivir estaban:

Santa Teresa, con sus castañuelas,

San Juan de la Cruz con un Niño Jesús en brazos,

Y San Francisco, delante del Papa.

 

Si estuviéramos contentos de ti, Señor,

no podríamos resistir

a esa necesidad de bailar que desborda el mundo

y llegaríamos a adivinar

qué danza es la que te gusta hacernos danzar,

enlazando los pasos de tu Providencia.

 

Porque pienso que quizás ya tengas bastante

con esa gente que habla siempre

de servirte con aire de capitanes;

de conocerte con aires de profesor;

de alcanzarte con las reglas de un deporte;

de amarte como se ama una vieja pareja.

Y un día, en que tenías un poco de ganas de otra cosa,

inventaste a San Francisco

y lo hiciste tu juglar.

A nosotros nos toca ahora el dejarnos inventar

para ser gente alegre que dance su vida contigo.

 

Para ser buen bailarín, contigo como en otras cosas, no hace falta

saber adónde conduce el baile.

Solo hace falta seguir,

ser alegre,

ser ligero

y, sobre todo, no ponerse rígido.

No hace falta pedirte explicaciones

de los pasos que te gusta dar.

Hay que ser como una prolongación

ágil y viva de ti mismo

y recibir a través tuyo la comunicación del ritmo de la orquesta.

 

No hay por qué querer avanzar a toda costa

sino aceptar dar la vuelta, ir de lado,

Hay que saber detenerse y deslizarse en vez de marchar.

Y esto no sería más que una serie de pasos tontos

si la música no hiciera de ellos una armonía.

 

Pero nosotros olvidamos la música de tu Espíritu

y hacemos de nuestra vida un ejercicio gimnástico;

olvidamos que, en tus brazos, se danza,

que tu Santa Voluntad

es de una increíble fantasía,

y que no hay monotonía ni aburrimiento

más que para las almas viejas

que hacen de decorado estático

en el baile gozoso de tu amor.

 

Señor, sácanos a bailar.

Estamos listos para danzarte este recado que tenemos que hacer,

estas cuentas, el desayuno a preparar, esta tarde en la que tendremos sueño.

Estamos listos para danzarte la danza del trabajo, la del calor y, más tarde, la del frío.

 

Si algunas melodías suenan en tono menor, no te diremos

que son tristes.

Si otras nos fatigan un poco, no te diremos

que son cansadoras.

Y si alguno nos empuja, lo tomaremos a risa

sabiendo bien que eso pasa siempre al bailar.

 

Señor, muéstranos el puesto que,

en este romance eterno

iniciado entre tú y nosotros,

tiene el baile singular de nuestra obediencia.

Revélanos la gran orquesta de tus designios,

donde aquello que tu permites,

pone notas extrañas

en la serenidad de lo que quieres.

 

Enséñanos a revestir cada día

nuestra condición humana

como un vestido de baile,

que nos hará amar de ti todo detalle

como una joya indispensable.

 

Haznos vivir nuestra vida,

no como un ajedrez en el que todo está calculado,

no como un partido en el que todo es difícil,

no como un teorema que nos rompe la cabeza,

sino como una fiesta sin fin donde se renueva el encuentro contigo,

como un baile,

como una danza

entre los brazos de tu gracia,

con la música universal del amor.

Señor, ven a sacarnos a bailar.

 

Diego Fares sj

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La puerta está abierta


Jesús iba enseñando por las ciudades y pueblos, mientras se dirigía a Jerusalén.
Una persona le preguntó:
«Señor, ¿es verdad que son pocos los que se salvan?»
El respondió:
«Luchen con empeño para entrar por la puerta estrecha,
porque les aseguro que muchos querrán entrar y no lo conseguirán.
En cuanto el dueño de casa se levante y cierre la puerta, ustedes, desde afuera, se pondrán a golpear la puerta, diciendo:
“Señor, ábrenos.”
Y él les responderá:
“No sé de dónde son ustedes.”
Entonces comenzarán a decir:
“Hemos comido y bebido contigo, y tú enseñaste en nuestras plazas.”
Pero él les dirá:
“No sé de dónde son ustedes; ¡apártense de mí todos los que hacen el mal!”
Allí habrá llantos y rechinar de dientes, cuando vean a Abraham, a Isaac, a Jacob y a todos los profetas en el Reino de Dios, y ustedes echados afuera. Y vendrán muchos de Oriente y de Occidente, del Norte y del Sur, y serán admitidos en el banquete del Reino de Dios.
Hay algunos que son los últimos y serán los primeros,
y hay otros que son los primeros y serán los últimos» (Lc 13, 22-30).

Contemplación
La pregunta de aquella persona: “Señor ¿es verdad que son pocos los que se salvan?” motivó a Jesús a contar la parábola de la puerta estrecha.
La pregunta parece que apunta para el lado de las estadísticas, pero en el fondo encierra una inquietud personal. Si son pocos los que se salvan, yo tengo menos posibilidades…, pensaría éste.
Jesús pescó su preocupación y quiso responderle focalizándo a todos en el objetivo: “Ustedes preocúpense seriamente por entrar por la puerta estrecha; y, si de verdad quieren entrar, entren ahora mismo, antes de que el dueño de casa cierre la puerta”.
Pensemos que Jesús estaba delante de ellos, hablándoles. ¡Esta gente tuvo la oportunidad de preguntarle directamente a Jesús en persona! Entonces el Señor, ante semejante pregunta, no puede sino urgirlos a que se jueguen. Les está diciendo: “¡Che! Avívense! Yo soy la Puerta. Nadie va al Padre sino por mí. ¿Creen esto? Bueno, aprovechen ahora. Miren que no estoy mucho tiempo con ustedes”.

¿Cómo nos implicamos nosotros en la escena?
Puede ayudarnos tratar de imaginar bien cuál es la puerta estrecha que nos lleva directo al Reino.
La imagen de la puerta estrecha es tridimensional. “Entrada estrecha” en la mentalidad de Jesús Buen Pastor es senderito de montaña que se angosta a medida que uno sube; es también la puertita del corral de las ovejas, cuya estrechez permite que el pastor las haga entrar y salir de a una, sin que se le amontonen, y poder así llamarlas a cada una por su nombre, y rascarles cariñosamente la cabeza. Pero la puerta es estrecha también por otros dos motivos: porque es mucha la gente que quiere entrar y porque el tiempo de que quede abierta se termina. Las imágenes que usa el Señor son claras y apuntan a movernos. Salí de las cavilaciones, focalizate en la puerta, apurate que se cierra, no te perdás la oportunidad.

¿La oportunidad de qué? ¿La puerta estrecha que me lleva a donde? ¿Qué significa para mí la salvación?

Convengamos que las respuestas tradicionales a estas preguntas van a contrapelo de nuestra mentalidad actual. No visualizamos como interesante una puerta que nos lleve al cielo (al menos no por ahora, no en este preciso momento). Nuestros ojos están puestos en las mil puertas que nos llevan a este mundo, no en la única que nos “sacaría” de él! (Aunque Jesús no pide al Padre que nos saque sino que nos cuide del Maligno). Pero nosotros estamos interesados en entrar por las puertas de los shoppings, por los portales de Internet, deseamos tener tarjetas que nos abran las puertas de los cajeros de los bancos y que nos permitan ingresar a lindas casas y pertenecer a clubes y círculos de gente amiga…
O quizás no. Quizás alguno esté interesado en el Padre. Existe Jesús. Existe el Padre. Si todo el evangelio fueran consejos morales para aplicar a este mundo sería poca cosa. El evangelio es para abrirnos una puerta a la Vida infinitamente rica en Amor que es la Vida de Dios.

Volvamos entonces al que le hizo la pregunta a Jesús ¿qué habrá visto en el Señor, qué le habrán hecho sentir sus palabras, que se le despertó esta pregunta?
Me parece que vió algo muy lindo, tanto que, como suele pasar cuando experimentamos algo especial, ahí nomás le vino la duda: y esto ¿será para mí? ¿será para todos? Es lo que nos pasa ante las cosas lindas de Jesús: nos dan ganas de seguirlo, pero nos parece que no vamos a poder llegar, que el reino de los cielos es para un grupo selecto de santos que pudieron entrar en este círculo de pertenencia plena a Jesús, donde todo es motivo de alegría y gozo, hasta las penas, y donde la amistad no tiene resquicios y donde cada uno está contento en su puesto de servicio sin ser ni más ni menos que nadie.
“¿Es verdad que serán pocos los que se salven?”, es una pregunta que no nos animamos a formular por temor a la respuesta. Nos parece que la respuesta es sí, serán pocos. Hay también un “outlet de la salvación”, una pertenencia al reino que es de segunda mano, donde se está dentro pero no en plenitud…

¡Y no es para nada así!
Si uno lee bien, es verdad que Jesús muestra que entrar al Reino requiere esfuerzo, que la puerta es angosta y el tiempo corto, pero también es verdad ¡que la puerta está abierta! Hoy está abierta. Abierta para mí. Puedo entrar. El hecho de que me advierta que se va a cerrar es para hacerme valorar lo grandioso de que esté abierta hoy. Para que no me crea que “total hay tiempo”. Las ofertas se hacen por el día. Si no, no son ofertas. Nadie se mueve a aprovecharlas. Toda la parábola de hoy, con su lenguaje exigente y de advertencias apocalípticas no es para asustarnos sino para urgirnos:
entrá ahora al reino del Amor del Padre,
entrá por la Puerta Abierta que es el Corazón de Jesús,
metete rápido que luego nada ni nadie te podrá sacar.
Metete como estás, aprovechá que está abierto.
Cuando está abierto está abierto, no hay otra exigencia que entrar.

La única exigencia de la libertad gratuita del amor de Dios es que hay que entrar en su ámbito cuando él lo abre. Como no depende de nosotros que esté abierto, apenas lo vemos abierto hay que entrar!

Esto sucede muchas veces por día en la vida de un cristiano: el amor invita líbremente a entrar en su reino, a actuar según los criterios del amor, a jugarse y tirarse de cabeza en algún pequeño gesto de amor, y si uno lo aprovecha, el corazón se nos llena de alegría, y si no, luego de unos momentos, la puerta se cierra, pasó la ocasión y aunque uno quiera volver atrás ya no se puede.
Cada uno puede hacer recuento de las oportunidades que se le brindan con cada persona, de las que acepta y de las que deja pasar. Esta experiencia es personal y clara y la parábola de hoy le pone nombre.

Para Teresita esta puertita estrecha era “pescar al vuelo la ocasión de hacer algo por agradar al Padre”. Lo estrecho era ese instante de decisión enteramente personal en ella se jugaba sin dudar por la fe en Dios y obraba por amor, por darle el gusto a Dios. Cuando obraba así o alababa a Dios así, se le dilataba el corazón.
Para Hurtado esta puertita era decir siempre “Sí, al Padre”. Decírselo en cada “Sí, patroncito”, en cada “encantado patroncito”, dicho a los prójimos.
Decir sí, era “entrar por la puerta estrecha”, porque el sí no le dejaba márgenes, lo hacía ir para adelante, confiado totalmente en las manos del Padre. Y el premiaba pacificándole el corazón con su presencia.

¿Estoy contento de Dios? Era la pregunta “estrecha” por la que Hurtado hacía pasar su corazón y su mente antes de abrirse a otras preguntas o meterse en otras cuestiones. Estoy contento de Dios era la afirmación que le despejaba el camino y le abría el horizonte. “Cuando le digo que estoy contento con Él, esa es la mejor alabanza que puedo hacerle y es la mejor manera de expresarle todo mi amor”. Nada nos pone más contentos que alguien que nos ama esté contento con nosotros. Cuando alguien se pone contento de vernos es señal de que nos ama. Y esto también vale para nuestra relación con Dios. Estar contentos con Dios es “estar contenidos en Dios”, y al que está contento en Él se le dilatan los márgenes de su vida, por más estrechos que parezcan vistos de afuera. De esto da ejemplo la vida de los santos: el Carmelo de Teresita tiene densidad de cielo, puertas abiertas a lo trascendente a la vuelta de cada ricnón de encuentro cotidiano.
Entrar por la puerta estrecha que es sólo Jesús lleva a las amplísimas praderas del Reino. Él también entra en nuestra vida por la puerta estrecha de la Eucaristía y una vez dentro nos comunica consigo y con el Padre y su Espíritu nos gana el corazón.
Diego Fares sj.

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Bolsas del Cielo

Jesús dijo a sus discípulos:
«No temas, pequeño Rebaño, porque el Padre se ha complacido en darles a ustedes el Reino. Vendan sus bienes y denlos como limosna. Trabajen haciendo bolsas que no envejezcan y tesoros que no se agoten, en el cielo, donde no se aproxima ningún ladrón ni la polilla puede corroer. Tengan en cuenta que allí donde uno tiene su tesoro, allí está también su corazón.
Estén preparados, ceñido el vestido y con las lámparas encendidas. Sean como los hombres que esperan el regreso de su señor, que fue a una boda, para abrirle apenas llegue y llame a la puerta.
¡Felices los servidores a quienes el señor encuentra velando a su llegada! Les aseguro que él mismo recogerá su túnica, los hará sentar a la mesa y se pondrá a servirlos. ¡Felices ellos, si el señor llega a medianoche o antes del alba y los encuentra así!
Entiéndanlo bien: si el dueño de casa supiera a qué hora va a llegar el ladrón, no dejaría perforar las paredes de su casa.
Ustedes también estén preparados, porque el Hijo del hombre llegará a la hora menos pensada.»
Pedro preguntó entonces:
«Señor, ¿esta parábola la dices para nosotros o para todos?»
El Señor le dijo:
«¿Cuál es el encargado de las cosas de la casa (oikonomos) digno de confianza y prudente, a quien el Señor pondrá al frente de su personal para distribuirle la ración de trigo en el momento oportuno? ¡Feliz aquel a quien su señor, al llegar, encuentra ocupado en este trabajo! Les aseguro que lo pondrá por sobre todos sus bienes.
Pero si este servidor piensa en su corazón: “Se demorará la llegada de mi señor”, y se dedica a maltratar a los más chicos y a las servidoras más pequeñas, y se pone a comer, a beber y a emborracharse, su señor llegará el día y la hora menos pensada, lo castigará y le hará correr la misma suerte que los infieles.
El servidor que, conociendo la voluntad de su señor, no tuvo las cosas preparadas y no obró conforme a lo que él había dispuesto, recibirá un castigo severo.
Pero aquel que sin saberlo, se hizo también culpable, será castigado menos severamente. Al que se le dio mucho, se le pedirá mucho; y al que se le confió mucho, se le reclamará mucho más» (Lc 12, 32-48).

Contemplación
Al comenzar a escribir “hagan bolsas que no envejezcan” se me vino la imagen de las “bolsas del cielo”. Quizás fue que pasaba el camión de Manliba recogiendo las bolsas de basura y se me ocurrió pensar en los ángeles tesoreros, que pasan por las calles de las ciudades juntando bolsas con tesoros para el cielo. ¿Cómo serán las bolsas del cielo? No de plástico que contamina ni tampoco biodegradables. Pienso que si los tesoros del Reino son alegría, paz, amabilidad, justicia, misericordia y amor, discreción espiritual, fortaleza y paciencia, las bolsas deben tener forma de corazones.
Nuestro corazón comienza a latir en otra persona y si en algún “lugar” tiene esperanzas de seguir latiendo, eso que llamamos el cielo no será sino donde late Otro corazón.
En el Reino que el Padre se ha complacido en regalarnos, las bolsas con tesoros de caridad tienen figura y consistencia de corazón. Son bolsas especiales, porque el contenido es entre líquido y gaseoso:
la alegría es como un hilito de Agua de vertiente;
la paz es como una brisa suave que todo lo envuelve;
el amor hace que el corazón se vuelva líquido, como decía el Cura de Ars, en el sentido de que no se va endureciendo sino volviendo más tierno…
Es que las cosas del Espíritu son difíciles de guardar si no es en lugares como el cielo, donde el agua se guarda en nubes y el viento sopla libre. No se pueden guardar cosas pesadas, diríamos. Nuestro corazón es lo más parecido al cielo. Algunas veces nos asustamos de que sea tan voluble, tan hipersensible, que cambie tanto de estados de ánimo… Es que es “bolsa” que se adecua a su contenido. Cambia de forma y de ritmo de acuerdo a lo que le damos, a los objetos que le tiramos dentro.
El dinero lo petrifica y hace que sus latidos se vuelvan calculados y mezquinos;
la ira lo chamusca o lo carboniza con el mismo fuego con que quiere destruir a su enemigo;
la pasión lo vuelve esclavo de aquello que quiere poseer;
el miedo lo inunda por dentro con lo que teme que le pueda sobrevenir;
la vanidad le cambia las ventanas por espejos y lo infla y desinfla como un globo.
“Tengan en cuenta que allí donde uno tiene su tesoro, allí está también su corazón”.
Es terrible arrojar embolsar cosas malas porque el corazón es una bolsa espiritual que toma la forma de lo que se le mete adentro, se vuelve semejante a lo que contiene.

Y el Señor… ¿qué tipo de tesoros nos propone para embolsar en el corazón, de manera tal que sus ángeles puedan pasar a buscarlos cada noche para irlo guardando cuidadosamente en nuestra cuenta del Cielo, esa que está abierta a nuestro nombre y en la que podemos depositar a toda hora?
Dos tesoros nos propone Jesús. Dos tesoros que se pueden atesorar y hacen feliz al corazón que los guarda adentro suyo.
Podríamos nombrarlos con dos palabras y decir: son los tesoros de la oración y del servicio. Pero cada uno tiene ya sus preconceptos y puede ser que alguno tienda a colocar la oración y el servicio en la columna del debe más que en la del haber.
Fijémonos cómo lo expresa el Señor. “¡Felices los servidores a quienes el señor encuentra velando a su llegada! Les aseguro que él mismo recogerá su túnica, los hará sentar a la mesa y se pondrá a servirlos. ¡Felices ellos, si el señor llega a medianoche o antes del alba y los encuentra así!”
La oración es un tesoro porque hace que el corazón esté velando, despierto y tenga en esperanza la alegría que le dará la llegada de su Señor, el Tesoro verdadero.
La oración es tesoro porque hace que el corazón tome la forma del Tesoro que recibirá y lo adelanta.
Es decir: no se trata de cualquier oración. La oración tesoro es esa que hacía Teresita, que le dejaba la mente descansada, porque metía una o dos palabritas del evangelio nomás, y el corazón dilatado.
La oración Tesoro dilata la bolsa del corazón con la esperanza de un Jesús glorioso que regresa de la Fiesta de Bodas.
Cuando vayás a rezar, acordate de que hay una oración Tesoro. No solo se trata de hablar de cosas, de pedir y de comprender…
Hay una oración Tesoro que dilata tu corazón con el Soplo del Espíritu
y lo pone en marcha a toda vela, apostólicamente,
que hace arder tu corazón con el fuego de la caridad
que enciende otros fuegos
y lo refresca con el Agua viva de la fe que salta hasta la vida eterna.
Esta oración es la que le agrada al Padre, la que se reza en espíritu y en verdad, la que transfigura nuestro corazón volviéndolo adorador y servicial. Esta oración es la que el Padre ve y premia en lo secreto, haciendo una Alianza en la que queda escrito lo que hablamos, depositado a nuestro nombre y el Suyo.

El otro tesoro es el del servicio y Jesús se lo aclara a Pedro con la Parábola del encargado fiel: “¿Cuál es el encargado de las cosas de la casa digno de confianza y prudente, a quien el Señor pondrá al frente de su personal para distribuirle la ración de trigo en el momento oportuno? ¡Feliz aquel a quien su señor, al llegar, encuentra ocupado en este trabajo! Les aseguro que lo pondrá por sobre todos sus bienes”.
Después, Jesús revela lo que “piensa en su corazón” el encargado que maltrata a sus compañeros. Piensa: “total mi Señor tardará en llegar”.
Aquí se ve, por contraposición, lo que guarda en su corazón el encargado fiel: “Mi Señor vendrá pronto, espero poder tener todo hecho como si estuviera él en persona.
Por lo dicho antes, vemos que este Señor es uno que es capaz de premiar a los suyos sirviéndolos en persona: “Les aseguro que él mismo recogerá su túnica, los hará sentar a la mesa y se pondrá a servirlos”.
Hay por tanto un “servicio Tesoro”, que no es “gasto” sino “premio”: el privilegio de poder servir como sirve Jesús y a los que Jesús sirve.
Servir a los más pequeños es un don, como servir a los propios hijos y seres queridos.
Nuestro padre San Ignacio tuvo la gracia de comunicarnos en sus Ejercicios esta doble bienaventuranza que nos muestra cómo hay una oración y un servicio que son tesoros y que hacen que nuestro corazón adquiera la forma feliz del Tesoro que recibe y practica.
La síntesis de Ignacio está en esos dos ejes de sus EE que son el Principio y Fundamento y la Meditación del Rey Eternal que nos llama. Estas meditaciones transmiten la dinámica del Reino tal como la expresa Jesús en el Evangelio de hoy.
La oración Tesoro brota de la conciencia de que “El hombre es creado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor”. Por tanto, en cualquier momento puedo “depositar de corazón en el Cielo un tesorito de Alabanza y Adoración”.
El servicio Tesoro nace de un servicio que se sabe respuesta a un llamamiento. En la meditación del Reino, Ignacio nos muestra a un Jesús Rey eterno, que viene a llamar a todos los hombres y a darle a cada uno de los que se sienten contentos de trabajar con Él un puesto de servicio en su Reino.
Si uno está en el trabajo que le encomendó el Señor, en su misión, todo lo que hace reditúa en Tesoro en el Cielo. En cambio, “el que no junta conmigo, desparrama.”. El que se mete donde no lo llaman, más que atesorar, desparrama.
Feliz, pues, el que encuentrasu horario de oración Tesoro y su puesto de servicio Tesoro: se le transfigurará el corazón y se le convertirá en “bolsa del cielo”. Como decía el Cura de Ars: “Hijos míos, su corazón es pequeño, pero la oración lo dilata y lo hace capaz de amar a Dios. La oración nunca nos deja sin dulzura…, en la oración se funden las penas como la nieve ante el sol. Otro beneficio de la oración es que hace que el tiempo transcurra tan aprisa y con tanto deleite que ni se percibe su duración. Miren, cuando era párroco en Bresse, en cierta ocasión en que casi todos mis colegas habían caído enfermos, tuve que hacer largas caminatas durante las cuales oraba al buen Dios, y, créanme que el tiempo se me hacía corto.
Hay personas que se sumergen totalmente en la oración, como los peces en el agua, porque están totalmente entregadas al buen Dios. Su corazón no está dividido. Cuánto amo a estas almas generosas. San Francisco de Asís y santa Coleta veían a nuestro Señor y hablaban con él del mismo modo que hablamos entre nosotros.”
Diego Fares sj

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Jesús que viene desde más allá de lo esperado

Jesús dijo a sus discípulos:
– “Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas;
en la tierra habrá angustia de la gente,
y desesperación por el sonido del mar y del oleaje,
los hombres perderán el sentido por el terror y la ansiedad
de lo que va a sobrevenir al mundo,
porque las fuerzas del cielo se conmoverán.

Y entonces verán al Hijo del hombre viniendo en una nube, con potestad y gloria grande. Comenzando a acontecer estas cosas, pónganse de pie y alcen la cabeza, porque se aproxima su redención.

¡Guarda! que no se les embote el corazón con los excesos, con el alcohol y con las preocupaciones de esta vida, no sea que ese día les caiga de repente, como un lazo, porque sobrevendrá a todos los que habitan sobre la faz de toda la tierra.

Velen en todo tiempo rogando para que tengan fuerza para escapar de todas estas cosas que van a suceder y puedan mantenerse en pie en presencia del Hijo del hombre» (Lc 21, 25-36).

Contemplación

“Verán al Hijo del hombre viniendo en una nube, con potestad y gloria grande…”.
“Padre, venga a nosotros tu reino. Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo…”

Las imágenes evangélicas nos hablan de un lugar –el Cielo- y de un tiempo –el futuro, el porvenir-.
Jesús nos manda estar atentos a ese cielo y a ese porvenir.
Jesús nos revela que nuestro modo de vida, lo que tenemos que hacer, reciben su norma no del ahora ni de lo cotidiano y terrenal, sino de ese cielo y de ese porvenir en el que El volverá en una nube a redimirnos.

¡Guarda! que no se nos embote el corazón.
¡Velemos, para tener fortaleza en ese día!

¿Qué nos quiere decir Jesús, el Señor con su lenguaje apocalíptico?
Nos quiere decir que la vida que Él enseña, recibe su criterios y sus normas del Cielo y del porvenir. Por eso quiere que alcemos la cabeza y levantemos la mirada de los pensamientos en los que estamos sumergidos y, mirando al azul del cielo, abramos el corazón a esa Palabra suya que ilumina nuestro corazón viniendo desde su Libertad.

El problema, Señor, es que nos han robado no sólo el mes de Abril, como canta Sabina, sino también el cielo entero y el porvenir.

Más que robar, no los han numerado: ya no podemos contemplar el cielo y el futuro sin hacer estadísticas. Y los números que dicen 100.000 millones de galaxias en expansión, más que admiración producen vértigo.

¿Qué han hecho los números?
Han logrado que la imagen del Padre de los cielos y de su Hijo amado Jesús viniendo en una nube no despierten ya ninguna esperanza real.

Esto hay que afrontarlo, porque si estas dos imágenes ya no deslumbran con su belleza, la moral cristiana se queda sin su gloria y deja de atraer a los hombres.
Al robarnos la imagen bella nos roban el contenido bueno.
Y si nuestro corazón se queda sin cielo y sin porvenir, deja de ser un corazón humano.

¿A dónde alzar la cabeza, cuando vemos tantos desastres apocalípticos, si no hay cielo para que “esté nuestro Padre”, ni porvenir desde el que “venga el Señor Jesús”?

A veces pareciera que ya no hay gente que alce la cabeza, que ya no hay hombres como Ignacio, al que lo reconocían como “el vasco de los ojos alegres que siempre anda mirando al cielo”. Ignacio confesó que su mayor gozo –del que obtenía un grande esfuerzo y deseo de servir a Dios- se lo daba quedarse largo rato mirando al cielo.

Adviento era el tiempo para mirar al cielo y para otear el porvenir. Por eso la Iglesia canta:
“Rociad cielos de lo alto,
nubes lloved al justo…
y que se abra la tierra
y brote el Salvador,
como una flor…”.
¿Podemos seguir imaginando y gozando lo que las imágenes del cielo y del porvenir nos regalan? ¿O tenemos que renunciar a ellas, reemplazándolas por imágenes más “tecnológicas”?

Tomemos la imagen de Jesús viniendo en una nube, con gran potestad y gloria. Es imagen de cielo y de porvenir.
El Señor nos promete que lo veremos.
No hay pues que renunciar fácilmente a este imagen.
En las contemplaciones del cuadro de nuestra Señora de Guadalupe, se nos dice que para la cultura náhuatl, “venir sobre las nubes” era una manera metafórica de decir “que alguien venía desde más allá de lo esperado, para hacer algún bien al reino”.
Para los antiguos, el cielo y el futuro, eran un lugar y un tiempo que venía desde más allá de lo visible y de lo esperado.

Nos quedamos sólo con esto.
Dicen que hoy los cristianos no hablamos del cielo ni decimos que esperamos de verdad a Jesús por temor a causar “la risa de los atenienses” (los que se le rieron a Pablo cuando les anunció la resurrección).
Para nuestra cultura, el cielo y el porvenir se han convertido en lugares y tiempos inspeccionables, predecibles, al menos hasta extremos en que ya no deseamos seguir mirando más. No esperamos nada que venga de allí.

¿Qué significa entonces para nosotros “que alguien venga –en una nube- desde más allá de lo esperado”?

¿No es verdad que lo que no se expresa de manera cuantificable nos parece poco realista? ¿No es verdad que cuando nos prometen algo enseguida exigimos precisiones numéricas: cuánto costará, cuándo llegará…?

Por tanto, si Jesús viene de algún cielo y en alguna nube, si Jesús viene desde más allá de lo culturalmente esperado, vendrá en una manera de presencia que no será cuantificable. Es más, puede que ya esté presente, viniendo a cada instante, pero si los números nublan nuestra mirada, no lo veremos. (La expresión “nublar la mirada” es elocuente. Los deseos pueden nublar la mirada o limpiarla si son deseos puros, de los que permiten “ver a Dios”).

Concretemos un poco más qué implica “alzar la cabeza de lo cuantificable”. Algo “no cuantificable” es algo muy subversivo para el mundo en que vivimos. Porque la norma de nuestro mundo viene de los negocios y como a algo que no es cuantificable no se le puede poner precio, resulta que es algo con lo que no se puede negociar. Y eso le molesta a mucha gente.

Decir que nuestro Padre está en el cielo equivale, para nosotros, a decir que está “en un ámbito donde no hay negocio posible”.
El Cielo donde vive el Padre es un ámbito que se abre apenas uno deja de negociar. Así de simple. Tan cerca está el Cielo! Basta dejar de negociar.
Es un ámbito donde el Padre, desde su libertad, hace salir el sol para justos e injustos, manda que se pague a los últimos igual que a los primeros, exige que se perdonen las deudas y sueña con que todos los invitados acudan al banquete de las bodas de su Hijo…

Señalamos que lo que espera nuestra cultura, lo que envuelve todos los deseos y proyecciones de nuestro paradigma es “negociar más”.
¿Es así?
Creo que sí. Que “la posibilidad de negociar todo” es lo que oscurece el cielo. Hasta no hace mucho, los negocios requerían más tiempo. Negociar una cosecha requería un año. Hoy se negocia a futuro! Y cada aparato que compramos viene con el mensaje “acordate que me tenés que recargar”, “estate atento que pronto me tendrás que cambiar”. ¿No nos llama la atención el lenguaje de los aparatos? Es el mismo que utiliza nuestro Señor. Los aparatos hablan como si fueran nuestros dioses. Exigen que estemos a su disposición. Nuestro mundo no tiene descanso, no hay lugar para el ocio. Todo es negocio.
El problema es hondo porque no solo negociamos cosas, sino que hemos invadido también el espacio y el tiempo y uno tiene la sensación de que no hay nada “inesperado”. Como que tenemos “medido” el cielo y la tierra, el pasado y el futuro. La consecuencia de esta “mirada negociadora” es que todo se convierte en gestión.

El mundo natural tenía su límite. Si uno carneaba un ternero cuando no había heladera, como cuenta Menapace, tenía que compartirlo con sus vecinos. Esto tenía como consecuencia una solidaridad como natural. En el mundo tecnológico que hemos inventado, los aparatos no sólo no se pudren sino que el próximo siempre es mejor que el anterior –más veloz y más potente.
Discernido bien este “horizonte” de “infinitos negocios”, imitación tecnológica de lo que sería la eternidad, es bien sencillo descubrir la puerta del cielo y divisar la nube en la que viene Jesús.
Jesús si viene de algún lado debe ser de lo que está fuera de los negocios esperados.
Cielo será entonces un espacio y un tiempo en el que el negocio no existe. No tiene validez.
El que entra en ese reino no tiene moneda para negociar porque todo lo que allí se obtiene e intercambia es gratuito.
El Padre y Jesús habitan en lo gratuito y vendrán de lo gratuito.

¿Podemos alzar la cabeza y poner la mirada en lo gratuito?
Alzar la cabeza significa sacar la mirada de los números, alzar los ojos y dejar de contar –codiciosa o angustiosamente- números: cuánto ganaste, qué tan alto te dio el colesterol, cuántas horas durará el viaje, qué velocidad tiene la memoria ram, cuántos gigabytes…

Pobres números! No seamos injustos con ellos. El cielo está más allá de los números usados para negociar. Pero los números tienen también una dimensión de gratuidad y amor. En el cielo dos son Uno y Uno es Tres. Justamente porque entre ellos hay un espacio que es el espacio abierto del amor y no el espacio cerrado del negocio.

Para decirlo ya de una vez: el cielo es “no negocio”. Está en lo alto, pero no en la altura espacial sino en la altura del que no negocia sino que se da gratuitamente.

Jesús en este Adviento vendrá del no negocio.
Vendrá de allí donde uno se anima a darlo todo y no mira si gana o pierde .
Vendrá en esa nube que está “por sobre nuestros cálculos”, en la altura de lo gratuito, de lo que cae de arriba y se nos brinda como don.

¿Querés ver a Jesús viniendo en una nube lleno de poder y gloria?
Esa imagen de cielo, de altura, de algo que viene desde más allá de toda expectativa interesada, está unida a otra imagen de la que es inseparable. Así como los negocios requieren dos partes interesadas, así también la gratuidad del amor. La imagen del cielo se despeja cuando abrimos bien los ojos para mirar la tierra. El Jesús de la nube –inesperado- tiene de la mano al Jesús del pesebre –siempre a mano, requiriendo de nuestro amor y servicialidad.

Cuanto más mires al Jesús del Pesebre –y lo beses y lo abraces y lo sirvas en los jesusitos pobres que encontrás en tu vida cotidiana- más se te abrirán los ojos para ver al Jesús del cielo.
Cuánto más creas con obras que de verdad ya ha venido y está en tus hermanos a los que cuidás y servís, más fe tendrás en que volverá sobre una nube lleno de poder y gloria.

Diego Fares sj

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