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Jesús dijo a sus discípulos:

«No se agite su corazón. ¿Ustedes creen en Dios?, crean también en Mí. En la Casa de mi Padre hay muchas moradas; de no ser así, se lo habría dicho, porque voy a prepararles un lugar. Y cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré otra vez para llevarlos conmigo, a fin de que donde yo esté, estén también ustedes. Y a donde Yo voy ya saben el camino.»

Tomás le dijo: – «Señor, no sabemos adónde vas. ¿Cómo vamos a saber el camino?»

Jesús le respondió: – «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí. Si ustedes me comprenden, conocerán también a mi Padre. Ya desde ahora lo conocen y lo han visto.»

Felipe le dijo: – «Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta.»

Jesús le respondió: – «Felipe, hace tanto tiempo que estoy con ustedes y toda­vía no me conocen (no comprenden quién soy). El que me ha visto, ha visto al Padre. ¿Cómo dices: “Muéstranos al Padre”? ¿No crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí? Las palabras que digo no son mías: el Padre que habita en mí es el que hace las obras. Créanme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Créanlo, al menos, por las obras. Les aseguro que el que cree en mí hará también las obras que yo hago, y aún mayores, porque yo me voy al Padre» (Juan 14, 1-12).

 

Contemplación

“No se agite su corazón. Ustedes creen en Dios? Crean también en mí”.

“No teman. Yo soy el ángel de la paz. Recen conmigo! Dios mío, yo creo, adoro, espero y te amo”.

Cuando uno lee los diálogos del ángel y de nuestra Señora con los pastorcitos de la Cova da Iría –San Francisco, Santa Jacinta y la sierva de Dios Lucía- se percibe el mismo aire que en los diálogos del Señor con sus apóstoles.

El tono de instrucción del ángel cuando, en la segunda aparición (que ya no les mete miedo), los ve sesteando a la sombra de los árboles de la quinta que rodeaban el pozo: “Qué están haciendo. Recen. Recen mucho. Que los corazones de Jesús y de María tienen sobre ustedes planes de misericordia”. En la primera aparición les había dicho que Jesús y María estaban “atentos a la voz de sus súplicas”. Y les había juntado en la oración el rezarle a Dios con interceder por los pecadores: “…Y te pido perdón por los que no creen, no adoran, no esperan y no te aman”. Ahora les agrega a la oración, los sacrificios: “Ofrezcan constantemente oraciones y sacrificios al Altísimo”.

Aquí es donde Lucía, con esa familiaridad de los chicos, se anima a preguntarle: “¿Y cómo hemos de sacrificarnos?”. Pareciera que estamos escuchando a Tomás cuando le dice al Señor: “¿Cómo vamos a saber el camino? (Si no sabemos a dónde vas)”. Al igual que el Señor, el Ángel de su Guardia y de Portugal (con ese nombre se les revela) aprovecha para darles una instrucción más detallada y acorde con su mentalidad. Les dice: “De todo lo que puedan ofrezcan un sacrificio como acto de reparación por los pecados por los cuales Él es ofendido, y de súplica por la conversión de los pecadores. Atraed así sobre su patria la paz. Yo soy el Ángel de su Guardia, el Ángel de Portugal. Sobre todo, acepten y soporten con sumisión el sufrimiento que el Señor les envíe”.

En torno a Fátima se sienten siempre palabras como “los secretos de Fátima” o “el tercer secreto”…; en el rosario se agrega en muchos lados: “líbranos del fuego del infierno”. También se une Fátima a la conversión de Rusia… El fenómeno del sol que se movía, visto por la multitud, quedó también, pero más en un segundo puesto.

Si uno lee con atención, ve que a cada uno de los niños las apariciones, del ángel primero y de nuestra Señora después, a lo largo de todo un año, le produjeron efectos distintos. Todos verdaderos y dignos de atención. Francisco, por ejemplo, no escuchaba lo que la Virgen decía. Su prima Lucía y su hermanita se lo comunicaban. A él, lo que le quedó fueron las palabras del ángel, que sí escuchó, y que les dijo: “Consolad a Dios”. El pequeño se quedó con eso. Dice Lucía años después: “Él trataba solamente de pensar en consolar a Nuestro Señor y a la Virgen, que le habían parecido tan tristes”. Cuando su prima y su hermanita le contaban lo que decía la Virgen, Francisco, dominado por el sentimiento de la presencia de Dios, discurría sólo en torno a este punto. Les decía: “Estábamos ardiendo en aquella luz que es Dios y no nos quemábamos. ¿Cómo es Dios? Esto no lo podemos decir. Pero qué pena que Él esté tan triste; ¡Si yo pudiera consolarle!”.

En la pregunta que se hace Francisco – “Cómo es Dios”-, ¿no resuena el “Muéstranos al Padre”, de Felipe?

Y en el centrarse en ese sentimiento tan humano, que es sentir pena por la tristeza de Jesús, ¿no resuena la respuesta del Señor a Felipe de que el que lo ve a Él, ve al Padre?

Es la misma pedagogía, son los mismos diálogos, es el perfume del evangelio en el que Jesús se revela y a cada uno le habla según es su corazón y puede entenderlo.

Francisco se quedó con esto, con que él podía consolar a Dios. Y en su enfermedad le confiaba a su prima: “Nuestro Señor estará triste? Tengo tanta pena de que Él esté así. Le ofrezco cuantos sacrificios puedo”.

Jacinta, en cambio, más pequeña con sus seis añitos, quedó impresionada con la visión del infierno. Se preguntaba por qué Nuestra Señora no se lo mostraba a todos. Y le decía a su prima, que se ve que era la que hablaba, que le dijera a la Señora que se lo mostrara a todos los pecadores. “Verás cómo se convierten”. Esta frase es como la de Felipe: “Eso nos basta”. “Muéstranos al Padre y eso nos basta”. Es ese sentimiento tan nuestro de querer algo que resuelva todo. Pero Jacintita agrega: “Qué pena siento por los pecadores”. Sus ideas van por el lado de su imaginación, pero es la pena, el sentimiento de pena que anida en su corazón de niña, lo que el Ángel evangeliza. La buena noticia es que los dos hermanitos que hoy han sido canonizados, “encarnaron” la pena de Jesús por los “pobres pecadores” (así habla Jacinta de nosotros, como “pobres pecadores”). Y más allá de sus ideas acerca de “revelar a todos el infierno”, ella al igual que su primo, se deciden a hacer algo, su parte.

Sus sacrificios, no eran sólo esa cuerda que se ataban y que la Virgen les aconseja que se la desaten para dormir. Tampoco el pasar una novena y, de vez en cuando, hasta un mes sin beber. Hacían también pequeños sacrificios como no comer la merienda y dejar “los higos y las uvas a los pobres”.

El secreto de Fátima –todos los secretos- están a la vista para que el que tenga ojos para ver, vea cómo el corazón de los pequeños pastorcitos es capaz de conocer a Dios –en su pena- y practicar sus mandamientos –con pequeños sacrificios por amor a los demás-.

Pero a lo que iba es a que la revelación del Señor va unida a cómo es cada uno, de carácter y de corazón.

Tomás y Felipe representan a dos tipos de hombres. Tomás es de los que preguntan por el camino; Felipe, de los que preguntan por la meta. Tomás necesita ver y tocar, hacer su experiencia, encontrar el modo. A Felipe con “ver al Padre basta”.

Jesús dialoga con cada uno teniendo en cuenta estas inquietudes existenciales que los mueven.

También con los niños de Fátima. Jacinta es más Tomás, podríamos decir. Ella quiere resolver el problema de los pecadores y le parece que basta con que “toquen” y experimenten lo que es el fuego del infierno, como quema, así se convierten y listo el pollo. Francisco es más como Felipe: queda fijado en “cómo es Dios” y en la consolación. A él le basta con hacer lo que sea para consolar al Señor. Los dos coinciden en el sentimiento de compasión y misericordia que les hace arder el corazón sin quemarlos.

Así también nosotros. En estos cien años, Fátima habló a varias generaciones con un aspecto de su mensaje que se centró en algunas cosas que tienen que ver con un carácter y una mentalidad. Nosotros podemos atender también a otras.

A mí me conmueve la pequeñez y la valentía de Jacinta y de Francisco. Me interpelan sus sacrificios. Rezando a Jacinta, sentía cierto temor ante la posibilidad de que Dios me pidiera sacrificios como los suyos (le tocó morir sola en el hospital -la Virgen se lo predijo y le prometió que la acompañaría todo el tiempo- y ser operada sin anestesia –le quitaron parte de dos de sus costillas). Y sentía que me decía algo así como que ni lo pensara. Que no me daba el cuero para ser tan valiente como ella. Que sí podía hacer pequeñísimos sacrificios, como lo de dejar algunas uvas para los pobres. Y la verdad es que imaginar a esta niña, que es todo un carácter, alienta y hace posible estos pequeños sacrificios para “consolar a Jesús” y para “interceder por los que no creen, no adoran, no esperan (¡pobres!) y no aman al Señor”.

Diego Fares sj

 

 

 

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Jesús y Pedro 

Poco después, Jesús se apareció otra vez a sus discípulos junto al lago de Tiberíades. Estaban juntos Simón Pedro, Tomás «El Mellizo», Natanael el de Caná de Galilea, los hijos de Zebedeo y otros dos discípulos. En esto dijo Pedro: Voy a pescar.

Los otros dijeron: Vamos contigo. Salieron juntos y subieron a una barca; pero aquella noche no lograron pescar nada.

 

Al hacerse claro el día Jesús estaba en la orilla del lago, pero los discípulos no lo reconocieron.

Jesús les dijo: Muchachos, ¿no tienen algo de pescado para comer?

Ellos contestaron: No.

El les dijo: Echen la red al lado derecho de la barca y pescarán.

Ellos la echaron, y la red se llenó de tal cantidad de peces que no podían moverla.

Entonces, el discípulo a quien Jesús tanto quería le dijo a Pedro: ¡Es el Señor!

Al oír Simón Pedro que era el Señor, se ciñó un vestido, pues estaba desnudo, y se lanzó al agua. Los otros discípulos llegaron a la orilla en la barca, tirando de la red llena de peces, pues no era mucha la distancia que los separaba de tierra; tan sólo unos cien metros. Al saltar a tierra, vieron unas brasas, con peces colocados sobre ellas, y pan.

Jesús les dijo: Traigan ahora algunos de los peces que han pescado.

Simón Pedro subió a la barca y sacó a tierra la red llena de peces; en total eran ciento cincuenta y tres peces grandes. Y, a pesar de ser tantos, la red no se rompió.

Jesús les dijo: Vengan a comer.

Ninguno de los discípulos se atrevió a preguntar: «¿Quién eres?», porque sabían muy bien que era el Señor. Jesús se acercó, tomó el pan en sus manos y se lo repartió; y lo mismo hizo con los peces.  Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a sus discípulos, después de haber resucitado de entre los muertos.

 

Después de comer, Jesús preguntó a Pedro: Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?

Pedro le contestó: Sí, Señor, tú sabes que te quiero.

Entonces Jesús le dijo: Apacienta mis corderos.

Jesús volvió a preguntarle: Simón, hijo de Juan, ¿me amas?

Pedro respondió: Sí, Señor, tú sabes que te quiero.

Jesús le dijo: Pastorea  mis ovejas.

Por tercera vez insistió Jesús: Simón, hijo de Juan, ¿me quieres como amigo?

Pedro se entristeció, porque Jesús le había preguntado por tercera vez si lo quería, y le respondió: Señor, Tú todo lo sabes, Tú conoces que te quiero.

Entonces Jesús le dijo: Apacienta mis ovejas. Te aseguro que cuando eras más joven, tú mismo te ceñías el vestido e ibas adonde querías; mas, cuando seas viejo, extenderás los brazos y será otro quien te ceñirá y te conducirá adonde no quieras ir. Jesús dijo esto para indicar la clase de muerte con la que Pedro daría gloria a Dios. Después añadió: Sígueme” (Jn 21, 1-19).

 

Contemplación

Se aclara el día, se aclara la fe.

Juan ve a Jesús en la orilla y le dice a Pedro: Es el Señor.

Fuego encendido. Nadie se anima a preguntar: Quien eres? porque saben muy bien…

Jesús se hace de nuevo Eucaristía. Les parte el pan…

Después de comulgar, se aclara el amor.

El Señor lleva el diálogo con sus preguntas hasta llegar a la amistad.

Me quieres como amigo?

Allí Simón Pedro se rinde.

Pensaba que ese amor ya estaba roto. Que quizás quedara la posibilidad de un amor de segunda, digamos. Como el hijo pródigo que tenía claro que ya no merecía ser llamado hijo…

Jesús le dice que a la amistad no le pasó nada. Que apaciente sus ovejas como un amigo a quien su amigo le confía el rebaño.

Ya la vida le dará oportunidad de “pagar” la deuda de haberse escapado cuando a Jesús lo tenían preso. A él también lo “llevarán a donde no quiere” y podrá dar gloria a Dios.

Pero ahora Jesús quiere que lo siga como amigo.

Tú sígueme. Como amigo.

Sin importarle lo que haga Juan, su otro amigo.

…..

Es curiosa la amistad con Jesús.

Claro que a Pedro le importa Juan.

Es el que le dice: Es el Señor.

Juan es su amigo en el Señor.

Así como la comunidad de amigos en el Señor le dice a Tomás: Hemos visto al Señor.

Juan es que primero discierne a Jesús por los gestos.

Lo ve en la acción. Cuando las cosas pasan de cierta manera, Juan se da cuenta de que es Jesús el que está moviendo las aguas, el que está conduciendo el proceso.

Hoy decimos el que sabe leer los signos de los tiempos.

Es el que cree primero.

Pero eso no quita que Pedro, como amigo, tenga con Jesús un trato único.

Su amistad es a la vez comunitaria. Se ordenará al bien de los demás. Para bien de todo el rebaño…, pero eso no quita que la amistad de Jesús con Simón Pedro sea única.

Y lo que Juan y los demás evangelistas hacen explícito de la amistad entre Jesús y Pedro, nos ayuda a ver lo especial de al amistad de Jesús con cada uno de los demás (y de nosotros).

Se entiende mejor el trato especial a Tomás, el amigo que necesitaba tocarlo, verlo en persona. Puede resultar curioso porque la “forma del reproche” pareciera que ocupa el centro de la escena. Pero si uno mira bien, Jesús le concede ese trato especial que necesitaba Tomás para decirle “Señor mío y Dios mío”. Ahí nomás el Señor “usa” la situación como ejemplo para dar una bienaventuranza comunitaria, que nos servirá a todos los que vengamos después: Felices los que creen –en Jesús resucitado, que nos da la misión del Padre y el Espíritu del perdón- sin haber visto (los que creen en el anuncio de los testigos). Pero entre Jesús y Tomás la amistad se terminó de consolidar cuando Jesús le respondió a las preguntas interiores que Tomás tenía.

La amistad es un diálogo entre dos. Un diálogo interior que sólo los amigos comprenden y que se puede mantener en medio de otras cosas, hablando con otros de otras cosas…

Y así como lo tiene con Pedro, el Señor lo tiene con Tomás (y con los que queremos tener este diálogo de a dos con Él).

Con María Magdalena, el diálogo de amistad que retoma el Resucitado tiene pocas palabras: Mujer por qué lloras; a quién buscas… Una sola palabra –María- bastará para que ella diga la suya: Mi maestro, mi Rabbuní. Enseguida el Señor modera la efusión afectiva de María que se echa a sus pies y quiere abrazarlos… Le da la misión y la tarea. Pero ya quedó consolidada la amistad única.

Toda la apasionada carrera de María Magdalena para ir a anunciar a los discípulos que ha visto a Jesús y lo que Él le ha dicho, está motivado por esta amistad única entre ella y el Señor.

La amistad se motiva desde adentro.

La amistad es una alegría que uno lleva consigo permanentemente. Basta pensar nomás en un el amigo.

Con los de Emaús será necesaria una larga charla. Son de esos amigos que necesitan contar tooodo lo que les pasa. Y el Señor los ve de lejos y con gusto se les vuelve encontradizo y los acompaña por el camino y los hace hablar. Es signo de amistad clara esto de acercarse a uno que sabemos que nos llevará toda la tarde escucharlo. Si no sos amigo, te escapás o en cierto momento decís que te tenés que ir. El Señor hace al revés. Después que les escuchó todo y logró que ellos lo escucharan a Él con gusto, se deja invitar. El “quédate con nosotros que atardece”, es la clave de una amistad que quiere ser cultivada. Es la clave de todas las amistades con Jesús: si lo invitamos a nuestros atardeceres. En el atardecer de la vida serás juzgado por el amor. Cada atardecer es para celebrar este juicio. Para invitar a Jesús a cenar con nosotros. Para quedarnos “juzgando” las cosas que vivimos “en el amor”.

La amistad es cuestión de atardeceres.

Con Juan, la amistad ya estaba “consolidada” de antes.

Desde la cena, en la que el Señor lo dejó recostarse sobre su pecho.

Desde mucho antes, seguro.

Yo diría que desde el primer día, en que se quedaron con Él toda la tarde.

La amistad de Juan con Jesús es de esas en las que en un momento uno ve toda la vida del otro, si se puede decir así.

Con Jesús esto es posible si Él lo da como gracia.

Debe haber sido algo que pasó aquella tarde, a la hora undécima (la de las amistades maduras).

Juan será el que en cada signo “vea” al Señor.

Lo vio traspasado en la Cruz.

Lo vio en el sudario doblado.

Lo ve ahora en la orilla del lago.

Hay amigos que pueden ver mucho en sus amigos. En Jesús, como es un transfigurado, se puede ver todo todo, si él se manifiesta, si él “cuenta todo lo que le ha dicho el Padre” como hace un amigo con sus amigos. Y Juan es de estos.

Y su evangelio es el fruto que comparte con todos nosotros, como un buen amigo que todo lo que tiene lo comparte.

La amistad se la pasa viendo lo que es invisible a los ojos

…..

Así, cada uno de nosotros tiene que descubrir su amistad “especial” con Jesús.

Puede ayudarnos algo muy lindo que dijo el Papa hace unos días: que el Evangelio es el libro de la Misericordia y Juan nos dice que “no todos los gestos de misericordia de Jesús quedaron registrados allí”. Y que eso es una invitación a seguir descubriendo y escribiendo nosotros los gestos escondidos y los gestos que faltan.

Lo mismo podemos decir de la amistad. Cada uno tiene que escribir el evangelio de “su amistad” con Jesús.

Para eso hay que entrar por el lado de alguno de estos “ejemplos” de amistad especial de Jesús con algunos de sus amigos (no hablamos de Lázaro, de Marta y María, de tanta gente sencilla que se hacía amiga de Jesús –de Zaqueo, de Natanael, de Mateo…-).

Y también hay que conocer las propias necesidades y lo que uno tiene para dar. Las preguntas que tenemos, los sueños de amistad…

Jesús está siempre “respondiendo” a estos anhelos profundos. Somos nosotros los que a veces no los consideramos “dignos de atención” o son deseos tan fuertes que nos ciegan, como le pasaba a María Magdalena, cuyo llanto desconsolado no la dejaba ver a Jesús a quien tenía delante de los ojos.

….

Volvemos a Simón Pedro.

La amistad resucitada con Jesús –esa amistad que Pedro había considerado muerta con la negación- la amistad resucitada, digo, será el criterio para tratarse a sí mismo (para dejarse lavar los pies y perdonar las culpas) y para tratar a los demás, para pastorear a las ovejas y a los corderitos. El dirá en su carta que hay que pastorear no por obligación ni maltratando a la gente sino como buen pastor. Como amigo del Buen Pastor, quiere decir.

Pedimos la gracia de dejar que sea Jesús –gracias sean dadas a Jesucristo, como dice Pablo- Amigo el que nos libre de esa lucha interminable entre las dos leyes que luchan entre nosotros: la de la carne y la del deber. Ninguna logra ni logrará vencer a la otra. Solo la amistad de Jesús es capaz de armonizarlas. Porque, como dicen los chinos (estoy leyendo el tratado del jesuita misionero en china Mateo Ricci sobre la amistad): la amistad es armonía.

La amistad de Jesús es lo único capaz de armonizar las diferencias –todas las diferencias que se consolidan muchas veces y se convierten en cruz- de modo tal que den vida.

La paz y la armonía, interior y comunitaria, es el criterio para discernir que está actuando Jesús, que su Espíritu está conduciendo con su modo bueno nuestras cosas y nuestra vida.

Recordemos que “el oficio de Jesús resucitado” es consolar y dar paz a sus amigos, como dice Ignacio en las contemplaciones de la Resurrección.

Porque la amistad tiene un solo oficio y un solo propósito: alegrar a los amigos

Diego Fares sj

 

 

 

 

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