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Jesus pan de vida2 (1)

Jesús habló a la multitud acerca del Reino de Dios y devolvió la salud a los que tenían necesidad de ser curados. Al caer la tarde, se acercaron los Doce y le dijeron:«Despide a la multitud, para que vayan a los pueblos y caseríos de los alrededores en busca de albergue y alimento, porque estamos en un lugar desierto.» El les respondió: «Denles de comer ustedes mismos.» Pero ellos dijeron: «No tenemos más que cinco panes y dos pescados, a no ser que vayamos nosotros a comprar alimentos para toda esta gente.» Porque eran alrededor de cinco mil hombres. Entonces Jesús les dijo a sus discípulos: «Háganlos sentar en grupos de cincuenta.» Y ellos hicieron sentar a todos. Jesús tomando los cinco panes y los dos pescados y, levantando los ojos al cielo, los bendijo, los partió, y se los iba dando a sus discípulos para que se los sirvieran a la multitud. Todos comieron hasta saciarse y con lo que sobró se llenaron doce canastas (Lc 9, 11 b-17).

Contemplación

El jueves, en la misa del Corpus en San Juan de Letrán, una frase del Papa me gustó para compartirla. Habló de dos pequeños gestos que son parte de la Eucaristía: ofrecer los pocos panes y peces que tenemos y recibir de manos de Jesús el pan partido y distribuirlo a todos.

Decía así Francisco, acercar del mandato del Señor:

«Denles Ustedes de comer». En realidad, es Jesús el que bendice y parte los panes, con el fin de satisfacer a todas esas personas, pero los cinco panes y los dos peces fueron aportados por los discípulos. Y Jesús quería precisamente eso: que, en lugar de despedir a la multitud, ofrecieran lo poco que tenían.

Hay además otro gesto: los trozos de pan, partidos por las manos sagradas y venerables del Señor, pasan a las pobres manos de los discípulos para que los distribuyan a la gente. También esto es «hacer» (la Eucaristía) con Jesús, es «dar de comer» con él. Es evidente que este milagro no va destinado sólo a saciar el hambre de un día, sino que es un signo de lo que Cristo está dispuesto a hacer para la salvación de toda la humanidad ofreciendo su carne y su sangre. Y, sin embargo, hay que pasar siempre a través de esos dos pequeños gestos: ofrecer los pocos panes y peces que tenemos; recibir de manos de Jesús el pan partido y distribuirlo a todos. (Francisco, Misa del Corpus, 2016).

Se trata, entonces, de dirigir rápido la mirada a esto pequeño. Cuando contemplamos el hambre de la humanidad, los ojos de los niños, los rostros de los papás que llevan a su familia escapando de Siria, las mamás que abrazan a sus bebés en los barcones atestados de refugiados…, hay que buscar algo pequeño. Algo nuestro, para ofrecer y algo (también pequeño) de Jesús, para recibir y distribuir. Lo nuestro es fácil: unas monedas, ropa linda que tenemos y no usamos, un ratito de nuestro tiempo para hacer una llamada o una visita… Pero ¿cuáles son los pequeños gestos de Jesús que podemos recibir y compartir?

Me gustó esta imagen de que también Jesús realiza “pequeños gestos”. Incluso los grandes gestos, como este de convertir los cinco pancitos en panes para cinco mil personas, lo fue haciendo de a poquito, dándole a cada discípulo el pan y los peces que debían llevar a cada grupo de cincuenta.

Contemplamos los pequeños gestos de Jesús con el pan.

Digamos ante todo que son los mismos que hace cuando instituye la Eucaristía.

Yo no soy exegeta y el pasaje está muy estudiado, por supuesto, pero uno puede ver que la actitud de Jesús para con los pancitos, que le sale espontánea, es marcadamente especial. Alzar los ojos al Cielo, pronunciar la bendición, partirlos… son pequeñas acciones del Señor que quedaron grabadas para siempre en los ojos y en el corazón de los discípulos. Repetirlos no fue un intento de apropiarse mágicamente de sus gestos. El Señor mismo mandó que “hiciéramos esos gestos” en memoria suya. Además, como son gestos con el pan, a todos nos salen naturales. Son gestos de madre y de padre que simplemente parten el pan para sus hijos y lo hacen bendiciéndolo de corazón, sin nada especial, con el amor mismo cotidiano, que en algún momento contempla al hijito que toma el pan con sus deditos y uno agradece a Dios y sonríe interiormente y atesora esa imagen en el corazón. Son esas imágenes que alimentan el alma y dan sabor y fuerza a la vida.

Los pequeños gestos de Jesús para con el pan conforman un solo gesto en el que todo está integrado: tomar-alzar los ojos/pronunciar la bendición-partir-repartir.

Se trata de una acción que fluye, espontánea, sin titubeos ni apuros.

Pero no es algo que le salga así nomás a cualquiera.

En una mesa familiar el tomar y partir y repartir se hace con espontaneidad y cariño. Quizás el momento de alzar los ojos al cielo y bendecir, queda medio como sobrentendido. La bendición de la comida no siempre está integrada perfectamente a la acción de servir y compartir.

En Jesús ese alzar la mirada buscando la bendición del Padre es algo connatural, algo que entra en el ritmo habitual de su vida y es parte de cómo hace las cosas. En mucha gente sencilla esta bendición, esta conexión con el Padre forma parte del lenguaje. Los musulmanes, por ejemplo, en medio de su conversación dicen muchas veces “alabado sea Dios”; también muchos pentecostales. Nosotros usamos el “Dios quiera” como modo de referirnos a lo alto cuando expresamos un deseo…

La otra espontaneidad del Señor, que no es tan fácil para nosotros, es la de tomar con sus manos los pocos panes en un gesto que está referido a la multitud: los toma con intención de repartir. En nosotros esto no es tan espontáneo. Si vemos que no va a alcanzar no queremos ni agarrar. Nos alejamos del pan, tomamos distancia. Lo espontáneo más generoso sería no comer tampoco nosotros, o guardarlos para después, como parece que habían hecho los discípulos…

Jesús, así como une el pan con el Padre une también los pancitos para sí y los pancitos para los otros, une con sus gestos lo poco y lo mucho, lo poquitito y lo desmesuradamente mucho. Esto es bien de Él.

La actitud de partir el pan, en cambio, es más de todos. Espontáneamente el pan invita a ser partido y repartido. Su estructura misma es así: fácil de partir y no sujeta a mucho cálculo. Un chocolate se puede partir en pedacitos iguales. El pan es distinto. No es tan cuantificable, digamos. Está fuera de la lógica del sistema, que se maneja con ese dios cuantitativo que es el dinero. Si uno parte muy igualito el pan queda medio ridículo. En cambio si uno no parte parejo un chocolate o una torta, queda medio egoísta.

Como vamos viendo y sintiendo, en estos pequeños gestos de Jesús con el pan, hay cosas que son muy comunes y fáciles para nosotros, como el tomar y partir y repartir en un ámbito pequeño, y otras que son más de Él, como el hacer esto refiriéndose al Padre y a todos los hombres.

Este es el Evangelio de los pequeños gestos eucarísticos de Jesús.

Nos evangeliza porque se encarna en nuestra cultura humana, familiar, y haciendo lo mismo que nos gusta hacer a nosotros, lo mejora infinitamente con su amor. Todo sin que se note demasiado, sin hacer alarde. Pero abierto a que uno “abra los ojos” –porque cuando el Señor parte el pan se nos abren los ojos- y aprenda a sentir y a recibir un amor grande y tierno como un pan en una pequeña Eucaristía.

Miramos ahora unos instantes los tiempos que el Señor se toma y el modo como realiza sus gestos. Sin ser exegeta uno ve que Lucas usa tiempos verbales distintos: no dice “tomó” los panes sino “habiendo tomado o tomando los panes”; y la referencia al Padre no es “alzó” los ojos sino un “habiendo alzado o alzando los ojos al cielo”.

Tomar y abrazar lo nuestro, lo poquito de nuestros cinco panes, es algo que el Señor hace de una vez para siempre y lo está haciendo de manera constante. El está “tomando y abrazando nuestra humanidad”. Lo mismo sucede con su estar en contacto constante y directo con su Padre.

En el centro del gran gesto vienen dos acciones precisas y puntuales: bendijo y partió los panes.

Y luego una acción que se extiende en el tiempo: “les iba dando” los panes para que los sirvieran.

Lo que uno siente es que el Señor bendijo los panes que tenía abrazados mientras estaba mirando al cielo y que luego los partió decididamente y comenzó la larga tarea de repartirlos.

Detenernos en estos pequeños gestos del Señor es un modo de entrar en comunión con Él, de ir haciéndonos a su ritmo, a su modo de hacer las cosas.

Invirtiendo los términos, nosotros, que estamos metidos en ese ir y venir de los discípulos que llevan las canastas con panes y peces y las ponen delante de cada familia y de cada grupo de cincuenta y que vuelven al Señor con las canastas vacías a buscar más panes y peces; nosotros que luego tenemos que juntar las sobras para que nada se pierda… podemos imitar la actitud de Jesús que toma y abraza todo lo nuestro y tomar y abrazar nosotros todo lo suyo; y con el mismo sentimiento de hijos,

podemos alzar los ojos al cielo y centrarnos en el Padre que es nuestro referente último,

al que todo agradecemos y de quien todo recibimos y esperamos;

con la misma fuerza con que Jesús abraza nuestros pecados y nuestra Cruz,

podemos abrazar nosotros su misericordia y su perdón;

con la misma alegría con que Él toma nuestros pocos panes,

podemos tomar nosotros sus dones, que aunque son grandes, inmensos,

se nos dan bajo forma contraria, envueltos de pequeñez, de simples gracias cotidianas.

Podemos tomar y recibir (sabiéndolos discernir…):

los pequeños gestos de Jesús, que está con nosotros todos los días de la historia y se nos aparece por el camino en la persona de algún hermano y nos acompaña un trecho…

los pequeños gestos de Jesús, cada vez que recibimos la Eucaristía en la misa…

los pequeños gestos de Jesús, cada vez que una simple palabra del Evangelio se nos enciende como una velita y nos ilumina una situación…

los pequeños gestos de Jesús, en la mirada agradecida del que servimos…

los pequeños gestos de Jesús, en la compasión que compartimos con el que padece.

 Diego Fares sj

 

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Reconocer el hambre de nuestro corazón

Jesús habló a la multitud acerca del Reino de Dios y devolvió la salud a los que tenían necesidad de ser curados.
Al caer la tarde, se acercaron los Doce y le dijeron:
«Despide a la multitud, para que vayan a los pueblos y caseríos de los alrededores en busca de albergue y alimento, porque estamos en un lugar desierto.»
El les respondió:
«Denles de comer ustedes mismos.»
Pero ellos dijeron:
«No tenemos más que cinco panes y dos pescados, a no ser que vayamos nosotros a comprar alimentos para toda esta gente.»
Porque eran alrededor de cinco mil hombres.
Entonces Jesús les dijo a sus discípulos:
«Háganlos sentar en grupos de cincuenta.»
Y ellos hicieron sentar a todos.
Jesús tomó los cinco panes y los dos pescados y, levantando los ojos al cielo, pronunció sobre ellos la bendición, los partió y los fue entregando a sus discípulos para que se los sirvieran a la multitud. Todos comieron hasta saciarse y con lo que sobró se llenaron doce canastas (Lc 9, 11b-17).

Contemplación

Este dibujo de Patxi, en el que Jesús aparece en una actitud servicial tan linda y nuestro corazón aparece tan corazón, me encantó porque me recordó las épocas del Cottolengo, en que servíamos la comida a nuestros hermanitos en unos platos como el de la imagen. El hambre y las ganas con que almorzaban está pintado en esa servilleta a cuadros, en ese tenedor inofensivo y en ese corazón que es todo boca. El dibujo hace sentir nuestro hambre de Dios, con todas sus ansias y desorden, y a un Jesús que acude a saciarlo “litúrgicamente” –diría-, con mansedumbre y prontitud de madre.
Resuena el denles ustedes de comer: ayúdenme a repartirme para saciar el hambre de la gente, Yo soy Pan de Vida y deseo darme como alimento. La gente tiene hambre de este Pan y le dan cualquier cosa. Ayúdenme a darles de comer lo que les alegrará el corazón y saciará todas sus ansias.
La alegría de ese corazón al recibir el Pan en el plato no tiene desperdicio. Quizás nos haga bien reconocer allí nuestro propio corazón, tan hambriento, tan impulsivo, tan corriendo de aquí para allá en busca de su bien, tan tironeado por tantos bienes que sacian por un ratito y tan necesitado de un alimento sólido, rico y verdadero, que lo tranquilice y lo serene, que lo sacie y lo centre en sí, para poder dejar de reclamar desde sus carencias y comenzar a latir al ritmo de los deseos más hondos que, saciados por la plenitud del Don, se ensanchan serenamente multiplicándose para los demás, y ya sin necesidad de devorar, inclinan más bien todo el peso del corazón a la alegría de poder darse a los demás.
Contemplar nuestro hambre, contemplar nuestro corazón de Cottolengo, es tan sano! Y es la contrapartida para poder contemplar el Corazón de Jesús, tan simple y tan sin maldad como el de los Cottolenguinos, pero con toda su lucidez y libertad. En el Cottolengo uno aprende a ver lo que es el ser humano sin pecado, lo que es el corazón sin maldad (porque el mal como que ha salido todo afuera y se muestra en la enfermedad y en la discapacidad). Uno se da cuenta de que el pecado sale de nuestra mente, que piensa mal, que se equivoca, que se emperra en su error y no se deja iluminar por Jesús. Y comprende que, para iluminar nuestra mente obcecada Jesús tiene primero que alimentar nuestro corazón. Recién cuando estamos bien saciados podemos pensar con sus palabras y dejarnos iluminar por sus criterios. Por eso Jesús se hizo Pan y no luz. El que es la Luz y la Palabra, se hizo Pan. Para que primero lo comamos y luego, llenitos de Dios, lo podamos comprender. El Corpus es Jesús saliendo a la calle como Pan, hablándole directo a nuestro corazón, más allá de las ideas, más allá de los conceptos, el Pan del Corpus nos habla directo al corazón. Pero hay que mostrarle un corazón como el de la imagen, angurriento como uno de los pequeñitos del Cottolengo a la hora de almorzar. Un corazón con plato de lata, servilleta a cuadros y tenedor. Un corazón todo boca, con hambre de Dios. Si reconocemos bien nuestra hambre, si tenemos al humildad de pintar así, ese hambre básico que está debajo de todas nuestras hambres sofisticadas, entonces se dibujarán bien claritos, con esa magia con que el Espíritu dibuja las facciones de Jesús de manera tal que las podemos visualizar con claridad, los rasgos de Jesús: por qué es tan bueno, por qué es tan manso, por qué tiene tanta paciencia, por qué se parte y se reparte como Pan. La Eucaristía es el sacramento de su Amor. Jesús, Pan de Vida para nuestro hambre, es Don del Padre. Nos lo da el Padre, que es la fuente. Lo santifica el Espíritu, que hace que se multiplique. Nos lo sirve Jesús mismo, de las manos de sus amigos sacerdotes, por los que elevamos una oración conclusiva y fervorosa en este fin del año sacerdotal.
Diego Fares sj

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Emaus 2

El Corpus

“El primer día de la fiesta de los Panes Ácimos, cuando se inmolaba la víctima pascual, los discípulos dijeron a Jesús:
─ ¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la comida pascual?
El envió a dos de sus discípulos diciéndoles:
─ Vayan a la ciudad; allí se encontrarán con un hombre que lleva un cántaro de agua. Síganlo y díganle al dueño de la casa donde entre: ‘El Maestro dice: ¿dónde está mi habitación de huésped, en la que voy a comer el cordero pascual con mis discípulos? El les mostrará una gran sala en el piso alto, arreglada con almohadones y ya dispuesta; prepárennos allí lo necesario”.
Los discípulos partieron y, al llegar a la ciudad, encontraron todo como Jesús les había dicho y prepararon la Pascua.
Mientras estaban comiendo, Jesús tomó el pan habiendo bendecido lo partió y lo dio a sus discípulos diciendo:
─Tomen y coman, esto es mi Cuerpo.
Y habiendo tomado un cáliz y dado gracias se lo dio y bebieron de él todos. Y les dijo:
─ Esta es mi Sangre de la Alianza, que es derramada por muchos. En verdad les digo que no beberé más del fruto de la vid hasta el día en que beba el vino nuevo en el Reino de Dios” (Mc 14, 12-26).

Contemplación

El Corpus esconde muchas paradojas y hay que avivarse, como siempre decía Jesús con sus “el que pueda entender que entienda”, avivarse, digo para ser co-protagonistas de un banquete de convivialidad y no espectadores de un objeto de culto desactualizado. Una paradoja es que contemplamos un Pan, ponemos en la vidriera de la Custodia un pan rico y tierno, que si no despierta el apetito y lleva pronto a conseguirlo, a partirlo y compartirlo, se vuelve una contradicción. El Corpus es para comer y saborear.
Otra paradoja es que hacemos una procesión para exaltar un banquete. El banquete puesto en marcha nos recuerda que la alegría de la convivialidad que celebramos no es aún el banquete definitivo.
Damos pues algunos puntos para el camino, para ayudar a sentir ganas del Corpus.

La compañía del Corpus

El primer punto va por el lado de sentir en el Corpus a Jesús compañero, de sentir en el Corpus la alegría de la Compañía de Jesús.
La imagen más linda que tengo de una Procesión del Corpus es la de la Primavera del 93 en Roma. Desemboqué por una calle lateral en medio de la procesión que iba a Santa María Mayor y de golpe entre la gente distinguí ─ con súbita emoción ─ al Papa Juan Pablo que llevaba la custodia en las manos. Iba como uno más en medio de todos. En una marcha tranquila, dorada y blanca: la Eucaristía en manos del Papa, Jesús en medio de su gente…, el Pan de los ángeles acompañándonos:Corpus Juan Pablo

Jesús, buen Pastor, Pan verdadero,
ten piedad de nosotros:
apaciéntanos y cuídanos;
permítenos contemplar los bienes eternos
en la tierra de los vivientes.

Tú, que lo sabes y lo puedes todo,
Tú que nos alimentas en este mundo,
conviértenos en tus comensales del cielo,
en tus coheredores y amigos,
junto con todos los santos.

Les propongo ahora una contramarcha y volver a recorrer los versos de estas dos estrofas del Panis Angelicus, de manera de ir entrando en la contemplación del Corpus con ritmo de procesión.

En medio de la Procesión experimentamos al Buen Pastor que nos da la Vida verdadera, el Pan que nos cohesiona como ovejas de su Rebaño.

Contemplamos escuchando y gustando, como dice San Juan de la Cruz:
“la música callada, la soledad sonora,
(de) la Cena que recrea y enamora”.

El Apetito del Corpus

El fruto de la contemplación del Corpus es sentir y gustar internamente el deseo la Comunión. Al Corpus se lo sigue y se lo adora para incrementar el deseo de comulgar con él y de salir a crear comunión con todos, no para quedarse en la contemplación del Pan, ni siquiera para quedarse haciendo carpa en la tranquilidad del banquete.
Al Corpus se lo alaba y se lo adora para despertar deseo de la Eucaristía,
el hambre del Pan Vivo,
la sed de la Bebida Espiritual que es la Sangre de Jesús, que perdona los pecados del mundo,
la irresistible necesidad de entablar vínculos de comunión con todos los hombres y las mujeres del mundo, en el único que nos hace un solo Cuerpo.

La fuente de alegría del Corpus

Nos podemos detener unos instantes y hacer como una primera estación en esta contemplación en marcha. Hacemos un alto para tomar conciencia de cuál es la fuente de donde brota la Alegría del Corpus. Como dice San Juan de la Cruz:
Aquesta eterna fonte está escondida
en este Vivo Pan por darnos vida,
aunque es de noche.
Aquesta viva fuente que deseo,
en este Pan de Vida yo la veo,
aunque es de noche.
La alegría de la Fiesta del Corpus, según Guardini, expresa lo que el Jueves Santo no llega a desarrollar en plenitud Es que la última Cena quedó inmersa en el Drama de la Pasión. Jesús instituyó la Eucaristía haciendo una pausa entre dos momentos de altísima tensión: hacía apenas un momento que había desenmascarado la traición de Judas y unos minutos después los sacaría a todos afuera, hacia el Huerto de los Olivos y a la Cruz.

La alegría brota como un agua de fuente inagotable en esa pausa de paz y de convivialidad en la que el Señor, en medio de la cena:
“tomó el pan habiendo bendecido
lo partió y lo dio a sus discípulos diciendo:
─Tomen y coman, esto es mi Cuerpo.
Y habiendo tomado un cáliz y dado gracias
se lo dio y bebieron todos de él.
Y les dijo: ─ Esta es mi Sangre de la Alianza,
que es derramada por muchos”,
ese momento lleno de íntima belleza, ese instante de comunión con el Señor que les daba a comer su Cuerpo, quedó grabado en la memoria de los Apóstoles de tal manera que se convirtió en el centro de la vida cristiana, en la fuente de la vida de la Iglesia.

El tiempo de gracia del Corpus

Todos los gestos de Jesús quedaron grabados en el corazón de los suyos y luego en la memoria del pueblo fiel de Dios. Sin embargo la Eucaristía quedó impresa de una manera única, especial. Jesús marcó expresamente ese gesto de comunión en el momento justo de la historia, recapitulando todo el pasado y anticipando todo el futuro, concentrándolos allí, en lo que sintetizamos diciendo “el Corpus”. Por eso toda Eucaristía contiene y despliega una temporalidad especial: en la Misa el tiempo es tiempo pleno, tiempo de gracia, unificación de todos los tiempos en la corporalidad resucitada de Jesucristo, Señor de la historia.

La bondad del Corpus se difunde

En la fiesta del Corpus, lo que sacamos a peregrinar por las calles no es un “objeto sagrado”, sacamos en procesión una Cena, un Banquete, un Pan Vivo ─ el Corpus ─ que concentra en sí todo el memorial de la muerte y resurrección de Jesús.
Lo que contemplamos en la Custodia no es una “foto”, no es una parte de la historia, es el Todo: el Corpus atrae toda nuestra sed de comunión y al suscitar esa convivialidad con Jesús nos abre los ojos a su Vida entera.
La paradoja del Corpus debe ser bien entendida. Ponemos como objeto de contemplación a quien es el protagonista de la comunión. Miramos fuera al Pan que llevamos dentro. Contemplamos unos instantes lo que comemos, lo que nos da vida, lo que nos hace hermanos. Exaltamos lo que es más íntimo. Ponemos a caminar lo que es más descanso: la comida familiar.
El Corpus no es un “objeto de culto especialísimo” aislado. Muchos se confunden en la Iglesia y agotan toda la fuerza de su amor en una sola dirección, la del culto, que termina siendo autorreferencial: todo es mirarme a mí, si me arrodillo al recibir la comunión y si soy más puro y totalmente atento a ese objeto que está delante y que luego meto adentro.
La dinámica del Corpus es como la de la Bondad: difusiva (no exclusiva). Adorar la Eucaristía es adorar el Amor que se nos regala gratuitamente para que compartamos con los demás.
Por eso, para concretar nos podemos preguntar:
¿Qué hay que “ver” o imaginar al contemplar la Eucaristía?
No hay que ver a un Jesús que se “define” a si mismo sino a un Jesús que se parte y se reparte.
Si Jesús hubiera querido que lo recordáramos como imagen a Él sólo, nos hubiera dejado un cuadro o una foto o la descripción de su rostro.
Pero Jesús no quiere ser recordado así. Por eso nos deja su memorial haciéndose pan para que, al abrir los ojos, no lo veamos a Él (por eso desaparece apenas lo reconocen los de Emaús) sino que, comulgando con él, veamos al Padre y veamos con ojos nuevos a los hermanos, volviendo a la Comunidad.
No hay que “ver” a Jesús. Hay que recordarlo.
Hay que comulgar con Jesús, hay que entrar en intimidad con El.
Y con El en nosotros, cumplir su mandamiento: Amar al Padre ─ rezando, alabando y adorando con reverencia amorosa ─, y amar al prójimo –sirviendo a nuestros hermanos en quienes el Señor quiere ser visto.
Jesús no quiere ser visto como objeto aislado. Y menos que hagamos objeto de visión y de culto la Eucaristía como objeto aislado. Así como los ángeles despiertan a los discípulos que se han quedado mirando al cielo, así tendrían que despertar a los que se quedan embobados mirando la hostia santa y haciendo esfuerzos para ver algo divino.

¿Qué hay que recordar y con qué sentimientos al adorar el Corpus?
Hay que recordar en el Corpus ─ con sentimientos de acción de gracias ─ todas las convivialidades que se nos han regalado: el pan del desayuno en la intimidad de la cocina, que regala unos instantes de cariño para tener fuerza para el día (como la misa de la mañana); el asadito en familia del fin de semana, en el que se recapitula y se comparte todo lo vivido (como la misa del Domingo); el banquete de las fiestas más grandes, con todos los amigos y con todo el pueblo de Dios… Jesús ha estado con nosotros, todos los días, cada vez que hemos participado convivialmente de estas comuniones cotidianas.

¿Qué hay que planificar y con qué sentimientos al adorar el Corpus?
Como Ignacio, que tenía en la mesa de la Eucaristía su mesa de trabajo, al adorar el Corpus hay que sentir lo que el Señor desea para todas las convivialidades que hemos construido juntos en su Nombre. Hay que contemplar nuestras obras –los Hogares de San José, las Casas de la Bondad- tanteando con espíritu de intercesión y disponibilidad para el servicio, qué es lo que el Señor desea que hagamos y con qué paz y con cuánta alegría.

El Corpus es la convivialidad de Jesús con el Padre que se nos regala.
El Corpus es nuestra convivialidad con Jesús que Él le ofrece al Padre.
Por eso la alegría del Corpus es tan especial: es la alegría de los que intuyen que están siendo incluidos en un Amor definitivo.

Y dejo aquí para ir con los chicos de Regina a la Procesión del Corpus de nuestra Arquidiócesis de Buenos Aires.

Diego Fares sj

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