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La Pasión del Señor y nuestras pasiones

“Llegada la hora, Jesús se sentó a la mesa con los Apóstoles y les dijo: He deseado ardientemente comer esta Pascua con ustedes antes de mi Pasión”.
…..
En seguida Jesús salió y fue como de costumbre al monte de los Olivos, seguido de sus discípulos. Cuando llegaron, les dijo: «Oren, para no caer en la tentación». Después se alejó de ellos, más o menos a la distancia de un tiro de piedra, y puesto de rodillas, oraba: «Padre, si quieres, aleja de mí este cáliz. Pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya». Entonces se le apareció un án-gel del cielo que lo reconfortaba. En medio de la angustia, él oraba más intensamente, y su sudor era como gotas de sangre que corrían hasta el suelo. Después de orar se levantó, fue hacia donde estaban sus discípulos y los encontró adormecidos por la tristeza. Jesús les dijo: «¿Por qué están dur-miendo? Levántense y oren para no caer en la tentación».

Contemplación
La contemplación de este Domingo de Ramos, en que la liturgia nos evangeliza con la Pasión según San Lucas, nace de una impresión y de un deseo. La impresión, compartida con muchos, es la de que la Semana Santa siempre me encuentra poco preparado. Y cuando llega ese momento especial en medio de las ceremonias en que el Señor se las ingenia para conmover mi corazón, surge también la pena de no haberme preparado mejor para aprovechar su gracia.

El deseo es el de “preparar mejor la Pascua”. Escribiendo esto me doy cuenta de que así comienza la Pasión. Jesús mismo manda que preparemos la Pascua:
“Llegó el día de los Azimos, en el que se debía inmolar la víctima pascual. Jesús envió a Pedro y a Juan, diciéndoles: «Vayan a prepararnos lo necesario para la comida pascual»”.

Los discípulos le preguntaron: “¿Dónde quieres que la preparemos?”. Nosotros podemos preguntar “¿Cómo querés que la preparemos?”. Cómo en cuanto a los afectos: ¿Con qué disposición afectiva, centrados en qué sentimientos, con cuánto fervor y pasión querés que preparemos la Pascua?

Leyendo la Pasión uno puede ir tanteando en las escenas y en los diálogos, tratando de imaginar afectivamente cuáles serían los sentimientos de Jesús en la Pasión. Los sentimientos fuertes, quiero decir, los más hondos…

Al fijar el corazón en esto de los sentimientos impresiona mucho lo humano y lo divino que se ve a Jesús. Por un lado se lo ve Dueño de sí, con un Señorío que está lleno de la potencia del Espíritu y que se manifiesta hasta en los últimos detalles. No lo vemos al Señor poseído por un solo sentimiento (depresión por la traición, miedo a la muerte, bronca por los que lo empujan y se le burlan…). Al contrario, uno lo siente como atento a todo, con los sentimientos a flor de piel, pero centrados. El Señor siente todo: lo grande y dramático y lo pequeño y banal. Como dice Guardini “Jesús saca de su interior las fuerzas más vigorosas y se arma para la lucha suprema”.
Por otro lado –y esto es lo que contrasta con el Señorío- Jesús es arrastrado por los acontecimientos. En esto es como cualquier ser humano. En unas pocas horas lo arrestaron, lo condenaron y lo ejecutaron. Y lo que admira es el trabajo interior que el Señor hace. No se si me explico: me impresiona que “no trate de cambiar los acontecimientos”. Se somete a ellos y los modela desde adentro. Eso es lo que deslumbra en la Pasión: parece que a Jesús le pasan todas y que es el único que no actua y eso mismo hace que surja con nitidez la fuerza de su amor. El Señor padece con amor. Y ama apasionadamente.

Aquí es donde entran nuestras pasiones. A ellas tiene que llegar el efecto benéfico de la Pasión del Señor. No solo a nuestras ideas y buenas intenciones. La Pasión tiene que llegar nuestras pasiones, a ese lugar en donde un “salta” (pasión irascible) o donde uno es “arrastrado irresistiblemente” (pasión concupiscible). Allí tiene que llegar la gracia de la Pasión de Cristo, para apasionarnos con el Bien y para fortalecernos ante el mal.

Uno de los dramas de nuestro mundo, dicen los psicólogos, es la pérdida del deseo. Invadidos por bienes menores –bienes de consumo- se nos apaga el deseo del Bien con mayúsculas (el Bien común, de todo el hombre y de todos los hombres, el Bien trascendente). El amor a las chucherías tecnológicas enfría el Amor apasionado a las personas.
Por otro lado, los males que se nos muestran con toda crudeza no vienen “revestidos de publicidad” y causan verdadera angustia. Si uno ve los noticieros podemos entender bastante lo que significa el ver los pecados del mundo, los males y sufrimientos por los cuales va Jesús a la Pasión. Nosotros los vemos en gran medida todos los días. Angustia grande y real y deseos artificiales y pequeños: una mala mezcla. En estas coordenadas se mueven nuestras pasiones: el deseo del bien (concupiscencia) y el rechazo del mal (irascibilidad).

¿Y Jesús? ¿Cuáles son sus deseos apasionados? ¿Qué mal le angustia? ¿En qué amor está arraigado su Corazón?

Elegimos del evangelio de Lucas dos pasajes en los que se habla explícitamente de sus deseos y angustias.

Pasión por la Eucaristía

“Llegada la hora, Jesús se sentó a la mesa con los Apóstoles y les dijo: He deseado ardientemente comer esta Pascua con ustedes antes de mi Pasión”.

Es la única vez que el Señor abre su corazón mostrando su “deseo ardiente”. Una vez había dicho que venía a traer fuego a la tierra y cómo deseaba que ya estuviera ardiendo. Pues bien, aquí nos muestra en qué consiste ese deseo ardiente: es deseo de “comer la Pascua con sus amigos”. Es el deseo de “hacer la Eucaristía antes de su Pasión”. En la Pasión su entrega será un puro dejarse arrastrar, ser entregado en manos de sus enemigos y dejarse crucificar. En la Eucaristía su entrega es un puro don, un partirse como pan y compartirse como vino consagrados, un darse como alimento y establecer una comunión íntima y total con los suyos. La Pasión de Jesús es la Eucaristía, acción de gracias al Padre y unificación en sí de sus amigos.
Cuando el Señor dice deseo ardiente dice hambre de verdad, como el del hijo pródigo que “deseaba ardientemente comer las bellotas de los cerdos”. El Señor tiene hambre y sed de Eucaristía, de entrar en comunión con nosotros, en una comunión que nos purifica de todo lo propio egoista nuestro y nos hace latir con sus sentimientos y compartir sus deseos de salvación para todos los hombres.
Nuestro mundo sin deseos tiene hambre y sed de la Eucaristía. En todas nuestras ansias late escondida y puja por salir a la luz este deseo de la Eucaristía, de entrar en comunión total con el que nos creó, con el que puede perdonarnos nuestros insoportables pecados y encendernos la esperanza de un amor grande y vivificante.
Toda nuestra concupiscencia exacerbada por la publicidad y el mundo del consumo no hace más que aumentar el hambre de Dios, el hambre del Bien verdadero, que se concreta en la Eucaristía, al comer el Pan de Vida y al beber la Sangre del Señor que se derrama para el perdón de los pecados.
Si en algún lugar podemos poner nuestra pasión (esa que todos tenemos y que muchas veces no se pone en movimiento por no encontrar un objeto adecuado) es en la Eucaristía. Creer que el Señor viene a nosotros apasionadamente y corresponderle yendo a comulgar apasionadamente (en la misa y en los lugares de comunión con los hermanos).

Pasión por la oración
Si ante el Bien que expresa la Eucaristía el Señor siente un deseo ardiente, ante el mal de la muerte que le sobreviene el Señor experimenta una angustia enorme que lo lleva hasta sudar gotas de sangre. El mal causa enojo y angustia. Si sentimos que podemos vencerlo, se despierta la pasión de la ira y arremetemos con violencia. Pero cuando es desproporcionadamente enorme, nos invade la angustia, un querer enfrentarlo y sentir que no podemos. Aquí el Señor nos enseña la lección del Huerto, quizás la más hondamente humana: “En medio de la angustia, él oraba más intensamente”. En su interior se ve la lucha por querer cambiar los acontecimientos y la transformación que experimenta en su voluntad al poner, por encima de todo el mal, al Padre, Bien Único y Supremo. El Señor vence el mal, internamente, adhiriéndose al Bien.

Este orar más intensamente es su recomendación (con el gesto de llevarlos consigo y de orar tres veces) a los discípulos, a los que la angustia los ha anestesiado y se han dormido de tristeza. Oren para no caer en la tentación de la desesperación y del bajar los brazos. En la angustia, la pasión tiene que orientarnos al Padre, en cuyas manos debemos ponernos sobreponiéndonos a la aplastante sensación de impotencia.

Pasión por la Eucaristía, Pasión por la Oración. Son como dos caras de la Pasión por el Padre. El Amor al Padre lo lleva a Jesús a desear ardientemente hacer la Eucaristía y a padecer en la Cruz. Son las dos expresiones de su Amor. Centrados sus afectos en el Padre, todo en Jesús será servicio (lavatorio de los pies), comunión fraterna, perdón hasta a los enemigos (Padre perdónalos porque no saben lo que hacen), abandono en Dios (Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu).

Y para que no queden dudas de que su Pasión es alimento y remedio para nuestras pasiones, nos deja a su Madre para que la llevemos “a nuestra casa”, a lo más propio nuestro: “a la intimidad de nuestros afectos”, como dice Juan. Nuestra Señora es la que, con su manera de vivir la Pasión de su Hijo, apasionada por lo que le apasiona a El y no por ningún otro deseo o dolor, nos enseña a centrar en Cristo nuestro amor de manera tal que ordene nuestras pasiones y afectos y todos nuestros sentimientos, haciendo que sean los mismos que los sentimientos de Jesús.
Diego Fares sj

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Jesús que viene desde más allá de lo esperado

Jesús dijo a sus discípulos:
– “Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas;
en la tierra habrá angustia de la gente,
y desesperación por el sonido del mar y del oleaje,
los hombres perderán el sentido por el terror y la ansiedad
de lo que va a sobrevenir al mundo,
porque las fuerzas del cielo se conmoverán.

Y entonces verán al Hijo del hombre viniendo en una nube, con potestad y gloria grande. Comenzando a acontecer estas cosas, pónganse de pie y alcen la cabeza, porque se aproxima su redención.

¡Guarda! que no se les embote el corazón con los excesos, con el alcohol y con las preocupaciones de esta vida, no sea que ese día les caiga de repente, como un lazo, porque sobrevendrá a todos los que habitan sobre la faz de toda la tierra.

Velen en todo tiempo rogando para que tengan fuerza para escapar de todas estas cosas que van a suceder y puedan mantenerse en pie en presencia del Hijo del hombre» (Lc 21, 25-36).

Contemplación

“Verán al Hijo del hombre viniendo en una nube, con potestad y gloria grande…”.
“Padre, venga a nosotros tu reino. Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo…”

Las imágenes evangélicas nos hablan de un lugar –el Cielo- y de un tiempo –el futuro, el porvenir-.
Jesús nos manda estar atentos a ese cielo y a ese porvenir.
Jesús nos revela que nuestro modo de vida, lo que tenemos que hacer, reciben su norma no del ahora ni de lo cotidiano y terrenal, sino de ese cielo y de ese porvenir en el que El volverá en una nube a redimirnos.

¡Guarda! que no se nos embote el corazón.
¡Velemos, para tener fortaleza en ese día!

¿Qué nos quiere decir Jesús, el Señor con su lenguaje apocalíptico?
Nos quiere decir que la vida que Él enseña, recibe su criterios y sus normas del Cielo y del porvenir. Por eso quiere que alcemos la cabeza y levantemos la mirada de los pensamientos en los que estamos sumergidos y, mirando al azul del cielo, abramos el corazón a esa Palabra suya que ilumina nuestro corazón viniendo desde su Libertad.

El problema, Señor, es que nos han robado no sólo el mes de Abril, como canta Sabina, sino también el cielo entero y el porvenir.

Más que robar, no los han numerado: ya no podemos contemplar el cielo y el futuro sin hacer estadísticas. Y los números que dicen 100.000 millones de galaxias en expansión, más que admiración producen vértigo.

¿Qué han hecho los números?
Han logrado que la imagen del Padre de los cielos y de su Hijo amado Jesús viniendo en una nube no despierten ya ninguna esperanza real.

Esto hay que afrontarlo, porque si estas dos imágenes ya no deslumbran con su belleza, la moral cristiana se queda sin su gloria y deja de atraer a los hombres.
Al robarnos la imagen bella nos roban el contenido bueno.
Y si nuestro corazón se queda sin cielo y sin porvenir, deja de ser un corazón humano.

¿A dónde alzar la cabeza, cuando vemos tantos desastres apocalípticos, si no hay cielo para que “esté nuestro Padre”, ni porvenir desde el que “venga el Señor Jesús”?

A veces pareciera que ya no hay gente que alce la cabeza, que ya no hay hombres como Ignacio, al que lo reconocían como “el vasco de los ojos alegres que siempre anda mirando al cielo”. Ignacio confesó que su mayor gozo –del que obtenía un grande esfuerzo y deseo de servir a Dios- se lo daba quedarse largo rato mirando al cielo.

Adviento era el tiempo para mirar al cielo y para otear el porvenir. Por eso la Iglesia canta:
“Rociad cielos de lo alto,
nubes lloved al justo…
y que se abra la tierra
y brote el Salvador,
como una flor…”.
¿Podemos seguir imaginando y gozando lo que las imágenes del cielo y del porvenir nos regalan? ¿O tenemos que renunciar a ellas, reemplazándolas por imágenes más “tecnológicas”?

Tomemos la imagen de Jesús viniendo en una nube, con gran potestad y gloria. Es imagen de cielo y de porvenir.
El Señor nos promete que lo veremos.
No hay pues que renunciar fácilmente a este imagen.
En las contemplaciones del cuadro de nuestra Señora de Guadalupe, se nos dice que para la cultura náhuatl, “venir sobre las nubes” era una manera metafórica de decir “que alguien venía desde más allá de lo esperado, para hacer algún bien al reino”.
Para los antiguos, el cielo y el futuro, eran un lugar y un tiempo que venía desde más allá de lo visible y de lo esperado.

Nos quedamos sólo con esto.
Dicen que hoy los cristianos no hablamos del cielo ni decimos que esperamos de verdad a Jesús por temor a causar “la risa de los atenienses” (los que se le rieron a Pablo cuando les anunció la resurrección).
Para nuestra cultura, el cielo y el porvenir se han convertido en lugares y tiempos inspeccionables, predecibles, al menos hasta extremos en que ya no deseamos seguir mirando más. No esperamos nada que venga de allí.

¿Qué significa entonces para nosotros “que alguien venga –en una nube- desde más allá de lo esperado”?

¿No es verdad que lo que no se expresa de manera cuantificable nos parece poco realista? ¿No es verdad que cuando nos prometen algo enseguida exigimos precisiones numéricas: cuánto costará, cuándo llegará…?

Por tanto, si Jesús viene de algún cielo y en alguna nube, si Jesús viene desde más allá de lo culturalmente esperado, vendrá en una manera de presencia que no será cuantificable. Es más, puede que ya esté presente, viniendo a cada instante, pero si los números nublan nuestra mirada, no lo veremos. (La expresión “nublar la mirada” es elocuente. Los deseos pueden nublar la mirada o limpiarla si son deseos puros, de los que permiten “ver a Dios”).

Concretemos un poco más qué implica “alzar la cabeza de lo cuantificable”. Algo “no cuantificable” es algo muy subversivo para el mundo en que vivimos. Porque la norma de nuestro mundo viene de los negocios y como a algo que no es cuantificable no se le puede poner precio, resulta que es algo con lo que no se puede negociar. Y eso le molesta a mucha gente.

Decir que nuestro Padre está en el cielo equivale, para nosotros, a decir que está “en un ámbito donde no hay negocio posible”.
El Cielo donde vive el Padre es un ámbito que se abre apenas uno deja de negociar. Así de simple. Tan cerca está el Cielo! Basta dejar de negociar.
Es un ámbito donde el Padre, desde su libertad, hace salir el sol para justos e injustos, manda que se pague a los últimos igual que a los primeros, exige que se perdonen las deudas y sueña con que todos los invitados acudan al banquete de las bodas de su Hijo…

Señalamos que lo que espera nuestra cultura, lo que envuelve todos los deseos y proyecciones de nuestro paradigma es “negociar más”.
¿Es así?
Creo que sí. Que “la posibilidad de negociar todo” es lo que oscurece el cielo. Hasta no hace mucho, los negocios requerían más tiempo. Negociar una cosecha requería un año. Hoy se negocia a futuro! Y cada aparato que compramos viene con el mensaje “acordate que me tenés que recargar”, “estate atento que pronto me tendrás que cambiar”. ¿No nos llama la atención el lenguaje de los aparatos? Es el mismo que utiliza nuestro Señor. Los aparatos hablan como si fueran nuestros dioses. Exigen que estemos a su disposición. Nuestro mundo no tiene descanso, no hay lugar para el ocio. Todo es negocio.
El problema es hondo porque no solo negociamos cosas, sino que hemos invadido también el espacio y el tiempo y uno tiene la sensación de que no hay nada “inesperado”. Como que tenemos “medido” el cielo y la tierra, el pasado y el futuro. La consecuencia de esta “mirada negociadora” es que todo se convierte en gestión.

El mundo natural tenía su límite. Si uno carneaba un ternero cuando no había heladera, como cuenta Menapace, tenía que compartirlo con sus vecinos. Esto tenía como consecuencia una solidaridad como natural. En el mundo tecnológico que hemos inventado, los aparatos no sólo no se pudren sino que el próximo siempre es mejor que el anterior –más veloz y más potente.
Discernido bien este “horizonte” de “infinitos negocios”, imitación tecnológica de lo que sería la eternidad, es bien sencillo descubrir la puerta del cielo y divisar la nube en la que viene Jesús.
Jesús si viene de algún lado debe ser de lo que está fuera de los negocios esperados.
Cielo será entonces un espacio y un tiempo en el que el negocio no existe. No tiene validez.
El que entra en ese reino no tiene moneda para negociar porque todo lo que allí se obtiene e intercambia es gratuito.
El Padre y Jesús habitan en lo gratuito y vendrán de lo gratuito.

¿Podemos alzar la cabeza y poner la mirada en lo gratuito?
Alzar la cabeza significa sacar la mirada de los números, alzar los ojos y dejar de contar –codiciosa o angustiosamente- números: cuánto ganaste, qué tan alto te dio el colesterol, cuántas horas durará el viaje, qué velocidad tiene la memoria ram, cuántos gigabytes…

Pobres números! No seamos injustos con ellos. El cielo está más allá de los números usados para negociar. Pero los números tienen también una dimensión de gratuidad y amor. En el cielo dos son Uno y Uno es Tres. Justamente porque entre ellos hay un espacio que es el espacio abierto del amor y no el espacio cerrado del negocio.

Para decirlo ya de una vez: el cielo es “no negocio”. Está en lo alto, pero no en la altura espacial sino en la altura del que no negocia sino que se da gratuitamente.

Jesús en este Adviento vendrá del no negocio.
Vendrá de allí donde uno se anima a darlo todo y no mira si gana o pierde .
Vendrá en esa nube que está “por sobre nuestros cálculos”, en la altura de lo gratuito, de lo que cae de arriba y se nos brinda como don.

¿Querés ver a Jesús viniendo en una nube lleno de poder y gloria?
Esa imagen de cielo, de altura, de algo que viene desde más allá de toda expectativa interesada, está unida a otra imagen de la que es inseparable. Así como los negocios requieren dos partes interesadas, así también la gratuidad del amor. La imagen del cielo se despeja cuando abrimos bien los ojos para mirar la tierra. El Jesús de la nube –inesperado- tiene de la mano al Jesús del pesebre –siempre a mano, requiriendo de nuestro amor y servicialidad.

Cuanto más mires al Jesús del Pesebre –y lo beses y lo abraces y lo sirvas en los jesusitos pobres que encontrás en tu vida cotidiana- más se te abrirán los ojos para ver al Jesús del cielo.
Cuánto más creas con obras que de verdad ya ha venido y está en tus hermanos a los que cuidás y servís, más fe tendrás en que volverá sobre una nube lleno de poder y gloria.

Diego Fares sj

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inauguracion7El deseo de santidad

Lo seguían grandes multitudes que llegaban de Galilea, de la Decápolis, de Jerusalén, de Judea y de la Transjordania. Al ver a la gente, Jesús subió a la montaña, se sentó, y sus discípulos se acercaron a él.
Entonces tomó la palabra y comenzó a enseñarles, diciendo:
“Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.
Felices los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia.
Felices los afligidos, porque serán consolados.
Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados.
Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia.
Felices los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios.
Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios.
Felices los que son perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.
Felices ustedes, cuando sean insultados y perseguidos, y cuando se los calumnie en toda forma a causa de mí.
Alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo; de la misma manera persiguieron a los profetas que los precedieron” (Mt 4, 25 -5, 12).

Contemplación

¿Qué es lo que canonizamos en los santos? ¿Los grandes milagros? ¿Los hechos heroicos? ¿La vida sacrificada en bien de los demás…?
Lo que canonizamos es el amor.
Sólo el amor es canonizable.
Después viene lo demás, como por añadidura.

Este pensamiento consuela. Porque el amor –el amor recibido y el que damos- lo reconocemos todos.
Si sabemos distinguir quién es de verdad santo o santa, es porque percibimos lo que es amor verdadero y puro. Desde nuestro amor pequeño y temeroso de darse por entero sabemos reconocer el amor que se entrega sin mirarse a sí mismo, gozoso de ser puro amor.
Y si sabemos reconocer un amor así, es porque lo anhelamos con todo el corazón.
Nos alegra y nos libera de toda angustia cuando podemos amar así, cuando nos sentimos amados así, sin condiciones, por encima de todo, gratuitamente y sin cálculos.
Sufrimos cuando no encontramos el camino para amar así, cuando nos vemos obligados a calcular, cuando nos sentimos apresados por una regla o un muro que nos impide amar libremente.
Sufrimos cuando otras cosas menores que el amor lo atan, lo acorralan, lo reducen, lo postergan, lo dejan a un costado.
Y si sufrimos es porque tenemos esa medida interior que nos dice “no es verdad que no se pueda amar”… Y seguimos buscando.
Los santos son los que nos muestran que hay caminos para amar en toda ocasión. Y la fiesta de todos los santos y santas nos muestra una muchedumbre de testigos que testifican con su vida que les fue dado el don de amar así y que hicieron fructificar, cada uno, su denario de amor de muchas maneras y en diverso grado.
La comunión de los santos es comunión en ese amor que da fruto duradero. Y a nosotros se nos permite sumarnos a ese amor en acto, como a la peregrinación a Luján, sin otra condición que la de caminar. Caminando y caminando, a medida que se iguala el paso (y la renguera) el corazón se va purificando de todo lo que es amor con condiciones, amor con peros, de modo que paso a paso va quedando sólo amor, sólo santidad.

Balthasar cita un pasaje de Bernanos que tenía pasión por la comunión de los santos. Lo traduzco porque va al fondo de lo que es el deseo de santidad:
“Existe el peligro ─ dice Bernanos ─ de imaginarse el amor de Dios como un amor de benévola condescendencia. No es así. Dios cela a sus creaturas con un bramido cuya más pálida representación debería partirnos en pedazos hasta convertirnos en polvo. Es por esto que El ha infundido este celo y este bramido (por los pecadores, por todos los hombres…) en la profundidad del tierno y amoroso Corazón de Jesucristo. Jesús ha venido no como vencedor sino como uno que implora protección (como un pobre). El está en mí como un prófugo que se ampara bajo mi protección y yo debo salirle de garante ante su Padre.

Nosotros queremos verdaderamente aquello que Jesús quiere, nosotros queremos de verdad, sin saberlo, nuestro dolor, nuestro sufrimiento, nuestra soledad, aunque tenemos la sensación de que sólo queremos nuestro gozo.
Nos imaginamos que tememos y huimos de la muerte y en realidad deseamos esta nuestra muerte, así como Jesús deseaba la suya (…).
Amamos todo aquello que Jesús ama, pero no sabemos que lo queremos; es que no nos conocemos: el pecado nos hace vivir en la superficie de nosotros mismos y sólo en el momento de la muerte entramos de nuevo en nosotros mismos, y es allí donde Él nos espera (…).
Si nos ponemos en contra suyo, esto ocurre solo al precio de un desgarramiento de todo nuestro ser interior, de una terrible disipación de nosotros mismos. Es que nuestra voluntad está unida a la suya desde la creación del mundo. El ha creado el mundo junto con nosotros.
Qué dulce que es esta idea, que nosotros, aún cuando lo ofendemos, no cesamos sin embargo de desear aquello que Él desea, en el más escondido santuario de nuestra alma”.

Este deseo que tan bien narra Bernanos no es un deseo puramente natural, es ese “gemido” del Espíritu Santo que Jesús ha infundido en nuestros corazones con su pasión y muerte y resurrección:
“En efecto, toda la creación espera ansiosamente esta revelación de los hijos de Dios. Ella quedó sujeta a la vanidad, no voluntariamente, sino por causa de quien la sometió, pero conservando una esperanza. Porque también la creación será liberada de la esclavitud de la corrupción para participar de la gloriosa libertad de los hijos de Dios. Sabemos que la creación entera, hasta el presente, gime y sufre dolores de parto. Y no sólo ella: también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos interiormente anhelando que se realice la redención de nuestro cuerpo (…) El mismo Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad porque no sabemos orar como es debido; pero el Espíritu intercede por nosotros con gemidos inefables. Y el que sondea los corazones conoce el deseo del Espíritu y sabe que su intercesión en favor de los santos está de acuerdo con la voluntad divina” (Rm 8, 19 ss.).
El deseo del Espíritu es el deseo de santidad, el deseo de un amor entero. Un amor que abrace el gozo y la cruz y la esperanza de la resurrección. Un amor que incluya todo, que no deje nada fuera. Ni sólo el gozo, ni sólo la cruz, ni sólo la esperanza de la resurrección: las tres realidades juntas, cada una a su tiempo y en la medida en que se nos dan y las sentimos.
La comunión de los santos es comunión en este deseo profundo e inalterable, del cual no se puede apagar el ardor ni acallar los gemidos.
El mundo de hoy trata de distraernos de esta sed y de este anhelo por lo auténtico. Trata de unirnos en la comunión de los consumidores o en la comunión de los que protestan o en la comunión de los que han llegado a la fama. Todas islas que no satisfacen ni hacen que disminuya el único deseo: el de la comunión de los santos, que busca y busca con sed el amor puro y auténtico, tanto en lo grande como en lo pequeño. Sed de autenticidad es la roca contra la que se estrellan todas las propuestas alternativas que tratan de que negociemos lo único que nos interesa: ser amados de verdad y poder amar de verdad.
……………….
Ayer inauguramos la Casa de la Bondad en Buenos Aires.
Y la casa se llenó de gente para la misa.
Se llenó de una manera especial,
porque la gente fue llegando como preveíamos
y fue colmando cada sitio
─ el altar hubo que armarlo en el patio del fondo
(bajo una carpa por si llovía) ─
hasta que la casa quedó literalmente henchida de gozo.
Serenamente plena y linda.
El P. Rossi habló de la lindura de la Casa de la Bondad.
Celebramos la misa de todos los santos.
Y la presencia de todos fue un testimonio
de que es verdad que existe la comunión de los santos,
de que es incontenible y cohesionadora la fuerza mansa que tiene el deseo cuando es amor puro, cuando es puro deseo de recibir a Cristo moribundo, como dice Bernanos, deseo de brindar una casa linda para ese encuentro,
en el que en el momento de morir entramos en nosotros mismos
allí donde Él nos espera.
Ese deseo auténtico y sin otros agregados,
convocó, animó y volvió creativa y constante
a una pequeña multitud de voluntarios y voluntarias
que trabajaron durante seis años en esperanza
como si vieran ya desde el comienzo la Casa tal como estaba ayer:
hecha una lindura.

Poder comulgar en la Eucaristía
luego de haber comulgado en la esperanza y en los trabajos,
fue algo así como debe haber sido la Transfiguración.
Y nos dio fuerzas para bajar del Monte al encuentro de los que serán los invitados al Banquete, los pobres Cristos a los que deseamos hospedar y servir con puro amor.
Diego Fares sj

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greco ciego

Permiso para ver

(Iban de camino subiendo a Jerusalen…) Y llegan a Jericó…
Y saliendo Jesús de Jericó,
acompañado de sus discípulos y de una multitud considerable,
el hijo de Timeo –Bartimeo-, un ciego mendigo,
estaba sentado al costado del camino.
Y cuando oyó decir que era Jesús el Nazareno,
comenzó a dar gritos y decir:
─ ¡Hijo de David, Jesús ¡Misericordiame!
Y le increpaban muchos para que se callara,
pero él gritaba mucho más:
─ ¡Hijo de David, misericordiame!

Deteniéndose Jesús dijo “llámenlo”.

Entonces llaman al ciego diciéndole:
─ ¡Animo, levántate! El te llama.
Él, tirando su manto, se puso de pie de un salto y se vino a Jesús.
Y en respuesta Jesús le dijo:
─ ¿Qué quieres que haga para tí?
El le respondió:
─ Rabboní, (haz algo para) que vuelva a ver.
Jesús le dijo:
Vete. Tu fe te ha salvado.
Y al instante comenzó a ver
y lo seguía en el camino (Mc 10, 46-52).

Contemplación
“¿Qué quieres que haga para ti?”.
Es la misma pregunta que les hizo el domingo pasado a Santiago y Juan:
“¿qué quieren que haga por ustedes?”.
Quizás Jesús haya remarcado la pregunta haciéndoles notar que era la misma para que  compararan sus deseos con los de Bartimeo. Ellos deseaban un puesto a su lado, el ciego quería volver a ver. Y no para quedarse sentado sino para seguirlo por el camino.
Algunas miradas habrá habido entre ellos. Entre los otros diez y Santiago y Juan, que habrán bajado la vista avergonzados.
Los deseos…
Qué deseas que haga por vos. Qué querés que haga contigo.
Qué esperás de mí, nos dice Jesús.
“Qué tengo yo contigo, Mujer” le dice Jesús a su Madre cuando ella le hace ver que los novios de Caná no tienen vino. Qué vínculo tenemos entre vos y yo que hago lo que deseas adelantando mi hora.
Hay que saber imaginar las miradas en estas escenas para pescar el sentido hondo de los diálogos y de lo que acontece.
Hay que afinar el oído, como el ciego, que no veía pero que escuchaba los silencios, las pausas, el tono de voz (primero lo chistaban para que se callara y ahora lo apuran: “ánimo, levantate, él te llama”).
Bartimeo, el ciego mendigo, que estaba sentado al borde del camino, como dice Marcos. Lucas dice que era “un ciego que estaba mendigando”. Marcos en cambio pone el énfasis en que “estaba sentado”. No mendigó ese día. Estuvo atento. Lo deducimos porque apenas oyó que era Jesús, comenzó a dar gritos para llamar su atención. Antes, Bartimeo debe haber notado algo especial, seguramente, porque Jesús cuando entró en Jericó debe haber pasado a su lado. Pero pasó rápido… Y entonces decidió pescarlo a la salida.
Marcos no nos dice nada de lo que hizo Jesús en Jericó (la Ciudad pagana cuyos muros cayeron al son de las trompetas de Israel). Imaginamos que el Señor no entró y salió inmediatamente. Sin embargo todo transcurre como en un instante. No hay imágenes de ese día. Sólo la expectación oscura y decidida del hijo de Timeo a quien Marcos enfoca y pone en el centro de la escena. Por la reacción tan inmediata e insistente se ve que entre la entrada de Jesús a la ciudad y su salida, Bartimeo fue madurando su deseo y pensando bien su petición. La estrategia de acción se nota en los verbos:

Estaba sentado. Sin mendigar ni hacer otra cosa. En el lugar justo, el que eligen los mendigos, allí donde uno no puede no ver su mano extendida, que nos encaja una estampita, allí donde uno no puede no escuchar su queja y su pedido.

Cuando oyó decir. Bartimeo estaba atento a todas las voces, a los cambios de la calle. Quizás le habría pedido a alguno que le dijera cuando pasaba Jesús. Vos avisame cuando esté por pasar, porque viene mucha gente y por ahí se me escapa. Tal cual.

Comenzó a dar gritos diciendo… La frase estaba bien elegida: eso de llamar a Jesús “por su apellido” –Hijo de David-, era lo que muchos hacían. Hijo de David el bendecido, David el Rey amado por su pueblo, el Rey magnánimo y generoso. El era “hijo de Timeo”, que puede significar el deshonrado y también el honorable, según se vea. Bartimeo apela personalmente a Jesús.

Gritaba mucho más. Tenía previsto que no sería fácil. La gente comenzó a chistar. Jesús se les iba a todos así que no había por qué hacer escándalo por un mendigo más. (Me hizo acordar que en Aparecida, cuando el Papa salía de la sala, luego de la Inauguración de la V Conferencia, me fui colando entre los presentes yendo hacia el lugar por donde saldría y cuando estaba a dos metros y le pedí a un cardenal que se corriera un poquito me dijo “No” con cara de no sea impertinente. Y entre mirarlo a él y no saber si insistir, la espalda de Benedicto se perdió por la puerta de salida. Pensé que no era para tanto y que no tenía nada especial que pedirle… Viene a cuento porque Bartimeo sí tenía algo que pedirle personalmente a Jesús y por eso… gritaba mucho más fuerte)

¡Misericordiame! No existe el verbo en castellano. Apiádate, sí. “Ten misericordia de mí”. Misericordiame es la palabra que eligió Bartimeo. Es “La palabra”. Jesús no puede resistirla. Toca las entrañas de su Ser Dios. Porque Dios es el Padre de las Misericordias y él es su Hijo. Bartimeo eligió bien la Palabra mágica capaz de hacer detener al Hijo de David en medio de una multitud. Cuando alguien dice misericordiame, Jesús se detiene, Jesús escucha. Aunque no lo diga con palabras, aunque el que esté al costado del camino no pueda hablar porque está desmayado, su situación misma dice “misericordiame”. Y Jesús se compadece. Y va hacia él o lo manda llamar.

Tirando su manto, se puso de pie de un salto y se vino a Jesús. Creo que el Señor no fue Él porque quería hacer ver de lo que era capaz Bartimeo. Y no se equivocó porque Bartimeo tiró su manto, pegó un salto y encaró solo a Jesús. No dice que lo llevaron. Se orientó perfectamente mientras todos le abrían paso en silencio, con ese sentido de orientación de los no videntes que siempre nos asombra.
El gesto de tirar el manto tiene algo de teatral (en el sentido auténtico de dramático). Es un gesto simbólico de alguien que ya está curado. Bartimeo deja su vida de mendigo y camina libre hacia Jesús: va a hacer su último mangazo, o penúltimo más bien, va a pedir la fe para poder seguir a Jesús por el camino.

Rabboní que vuelva a ver. Ese ha sido siempre su deseo. Expresado al aire. Expresado a nadie (a Dios) en su interior. Y ahora encuentra al destinatario de ese deseo que parecía frustrante, imposible, mantenido para nadie, cultivado en la oscuridad en que vivía a pleno sol en su puesto de mendigo. Ese deseo que ha moldeado obsesivamente su corazón encuentra por fin al que lo puede percibir y Bartimeo escucha las palabras que esperaba: “Qué deseas que haga para ti”. Y él se lo expresa con meridiana claridad: Rabboní que vuelva a ver. Ese Rabboní dicho primero debe haber conmovido a Jesús. Bartimeo pone una pausa a su deseo. No le sale a borbotones. No es el “Uno diez” del que ni mira al colectivero. “Rabboní”, “Mi maestro”. “Hijo de David” fue para llamar su atención. Y para poner las cosas en claro en medio de la multitud. Nombre político de Jesús al que apela un ciudadano del pueblo de Israel, aunque viva en Jericó.
Rabboní, en cambio, es nombre de amigo. ¡Desde cuándo Bartimeo se considera “discípulo” de Jesús! ¡Faltaría más! Les debe haber picado a Santiago y a Juan, cuyos deseos apuntaban al Mesías triunfante más que al humilde Maestro. Marcos remarca esta conciencia de discípulo al culminar la escena con la imagen de un Bartimeo nuevo que “lo seguía por el camino”, expresión ‘técnica’ si se quiere para un discípulo de Jesús.

Comenzó a ver. Pero no nos adelantemos. La acción central de Bartimeo es esta: comenzar a ver. Jesús no hizo “nada” para que comenzara a ver. Es como si más que pedirle un milagro Bartimeo le hubiera pedido permiso. Y el Señor se lo concedió. Es uno de esos “derechos de los amigos” de los que hablamos hace poco. Basta pedirle a Jesús permiso y uno puede empezar a ver las cosas como Él las ve. Tenés permiso, eso significa “tu fe te ha salvado”.
Jesús no le puso barro en los ojos ni lo tocó ni le sopló las basuritas. Ni siquiera tuvo que hacer un gesto –el de partir el pan- como con los de Emaús. Es que Bartimeo ya venía creyendo desde hacía rato. Desde que Jesús entró en Jericó. Y desde mucho antes quizás, vaya uno a saber. Es una de esas personas de las que dice la misa: “cuya fe sólo tú conociste”. Uno de los pequeñitos del pueblo fiel de Dios que “comienzan a ver” a Jesús un buen día, casi sin darse cuenta de que han comenzado a habitar decididamente en su Reino. Esos pequeñitos a los que Dios les concede su deseo más hondo y lo viven sin que nadie lo sepa, adorando e intercediendo, siguiendo a su Maestro por el camino. Son esa muchedumbre incontable de testigos que el mundo ciego no sabe ver (por eso no aparecen en los diarios, que hablan sólo de esos dos o tres vivos que se creen que la tienen clara).
Aparecida expresa muy lindo este modo de caminar con Jesús que tenemos muchos Bartimeos del pueblo fiel de Dios:
“… Las peregrinaciones. En ellas se puede reconocer al Pueblo de Dios en camino. Allí, el creyente celebra el gozo de sentirse inmerso en medio de tantos hermanos, caminando juntos hacia Dios que los espera. Cristo mismo se hace peregrino, y camina resucitado entre los pobres. La decisión de partir hacia el santuario ya es una confesión de fe, el caminar es un verdadero canto de esperanza, y la llegada es un encuentro de amor. La mirada del peregrino se deposita sobre una imagen que simboliza la ternura y la cercanía de Dios. El amor se detiene, contempla el misterio, lo disfruta en silencio. También se conmueve, derramando toda la carga de su dolor y de sus sueños. La súplica sincera, que fluye confiadamente, es la mejor expresión de un corazón que ha renunciado a la autosuficiencia, reconociendo que solo nada puede. Un breve instante condensa una viva experiencia espiritual” (Ap 260).

Diego Fares sj

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