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Posts Tagged ‘discernimiento’

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Ustedes son la sal de la tierra.

Pero si la sal pierde su sabor, ¿con qué se la volverá a salar?

Ya no sirve para nada, sino para ser tirada y pisada por los hombres.

Ustedes son la luz del mundo.

No se puede ocultar una ciudad situada en la cima de una montaña.

Y no se enciende una lámpara para meterla debajo de un cajón, sino que se la pone sobre el candelero para que ilumine a todos los que están en la casa.

Así debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes, a fin de que ellos vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre que está en el cielo.”

Contemplación

El Señor junta la luz y la sal, la iluminación de los ojos y el sabor de la lengua.

El Espíritu Santo, cuando se nos acerca y nos dejamos iluminar y conducir por Él, es el que nos permite percibir “la luz y el esplendor de la verdad y gustar su íntima dulzura”.

No nos da Jesús su Sal y su Luz como si fueran “cosas”: nos da su Espíritu que es el que hace que “las palabras de las Escrituras –cuando leemos el Evangelio con fe y deseo de ponerlo en práctica- se transformen en una especie de palabras fosforescentes, que emiten luz”.

La sal del Espíritu, como sucede cuando se hecha un poquito de sal al melón, acentúa la dulzura de la Palabra.

Es por la acción del Espíritu que la Escritura se anima: frases que uno había leído y escuchado muchas veces sin ninguna particular emoción, de pronto se llenan de sentido y de sabor, parece que hubieran sido escritas personalmente para uno, para iluminar precisamente la situación particular que uno está viviendo. Como dice Cantalamessa en su libro “El canto del Espíritu”, es como si Jesús te estuviera hablando allí mismo, en persona, con autoridad y dulzura inmensas.

El hecho de que esto no suceda siempre y cuando se da la gracia y la consolación, sea algo tan claro y tan intenso, debe llevarnos a inclinar la cabeza en adoración y humilde acción de gracias al Espíritu, cuya acción suave y poderosa –como un Viento- nos invita a desplegar nuestras velas y a dejarnos conducir a donde Él quiera.

Es importante distinguir el estilo y el modo de “mover” que es propio del Espíritu que nos dan nuestro Padre y Jesús. Estamos acostumbrados a los empujones, en los subtes, en los trenes, en el tránsito… Estamos acostumbrados a una sociedad de consumo que utiliza la luz y los sabores de modo que provoquen reacciones inmediatas y adicción. Por eso, el modo de utilizar la luz y el sabor que es propio del Espíritu, puede pasarnos desapercibido. Puede sucedernos que su luz mansa y su sabor natural –como el del agua o el del pan- nos parezcan poco atrayentes, si es que nos hemos acostumbrado a ser empujados.

El Espíritu actúa a través de nuestros sentidos y gustos, pero –y esta es la clave- disminuye su capacidad de influenciarnos en el preciso momento en que sentimos que podemos elegir. El de la elección es un momento sagrado que sólo el Espíritu Santo respeta y aprecia más que nadie, incluso más que nosotros mismos, que nos acostumbramos a dejarnos llevar por lo que nos interesa y a rechazar espontáneamente lo que nos molesta.

Siempre hay un instante en el que uno experimenta que es libre de elegir: entre levantarse o quedarse un ratito más, entre detenerse o pasar de largo, entre hablar o cerrar la boca, entre jugarse o esperar a ver qué hacen los demás… El Espíritu no sólo respeta y acepta nuestra decisión, sino que “podés elegir” es la palabra que Él vuelve fosforescente y sabrosa.

El Espíritu realza el valor que tiene el hecho de que podamos elegir. Elegir lo que nos da a gustar, libremente, con gusto y por amor.

Elegir produce vértigo. Por eso, aunque no parezca, le tenemos tanto miedo a la libertad. Algunos se justifican con leyes objetivas, que les aseguran que lo que hacen está bien siempre y en todos los casos, porque es La Verdad. Otros se justifican con leyes subjetivas, que les aseguran que lo que hacen está bien en el momento en que lo hacen y si quieren podrán cambiar.

El Espíritu en cambio nos abre un espacio de libertad, nos da tiempo para pensar y sentir y sopesar. Nos hace gustar sus propuestas y permite que experimentemos las contrarias, da lugar a que digamos no, no quiero, no puedo, no entiendo, no soporto… Espera a que recorramos los caminos alternativos que el mal espíritu nos propone, hasta que decidimos regresar al punto justo donde no lo elegimos a Él para, ahora sí, pedirle humildemente que nos explique de nuevo cómo sería su propuesta.

Sus propuestas son simples. Se pueden resumir en dos Palabras y un criterio de discernimiento. Las dos palabras son una, “Abba”, y es para que se la digamos a Dios, cualquiera sea la idea que nos hayamos hecho de Aquel que nos creó; la otra es “Señor”, y es para decírsela a Jesús, que se hizo hombre para ganarse nuestra amistad.

Se entiende que son dos palabras para ser dichas no solo con la boca sino con el corazón:

Papá es para decirla como un hijo, con el cariño y la honra filial con que nos dirigimos al que nos trajo a la vida.

Señor es para decírsela a Jesús con gestos, “haciendo cualquier cosa que Él nos diga”, como nos recomienda nuestra Madre, la Virgen.

El criterio de discernimiento –que ilumina y pone sal a las cosas- es el que nos revela que el Espíritu es Alguien que se puede “entristecer” si lo tratamos mal, y que “se enciende de luz y de gozo”, cuando sintonizamos con Él.

Es decir: el criterio es muy humano, en el sentido de algo muy sensible. Uno se da cuenta si entristeció a alguien o si le alegró el día.

No es, por tanto, criterio de discernimiento, fijarme si “cumplí” o si “infringí una ley”. Por supuesto que esto entra y se da por descontado, pero es el mínimo y si no se hace de corazón puede ser la mayor trampa, como le pasaba a los Fariseos, que cumpliendo la letra de la ley pecaban contra el Espíritu Santo, contra la Verdad y el Bien que Jesús encarnaba en la vida de los hombres, con gestos de amor para con los pecadores y los enfermos.

Sal y luz son el criterio. Ni pura sal ni pura luz. El Espíritu ilumina los momentos importantes de la vida y luego nos los hace gustar y reflexionar. Y así quiere que lo tratemos, compartiendo con Él un poco de luz para hacer y trabajar y otro poco gustando las cosas, interiorizándolas.

Se trata, como vemos, de un criterio propio de la amistad, siempre rica en luz y en sal. Como decía Juan Luis Vives: “la amistad es la sal de la vida”. Y como decía Tagore: “la amistad es como una luz fosforescente, resplandece mejor cuando todo se oscurece”.

Diego Fares sj

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Los pastores fueron rápidamente

y encontraron a María, a José,

y al recién nacido acostado en el pesebre.

Al verlo, contaron lo que habían oído decir sobre este niño,

y todos los que los escuchaban quedaron admirados

de lo que decían los pastores.

Mientras tanto,

María atesoraba estas cosas ponderándolas (symballousa) en su corazón.

Y los pastores volvieron, alabando y glorificando a Dios

Por todo lo que habían visto y oído,

conforme al anuncio que habían recibido.

Ocho días después,

llegó el tiempo de circuncidar al niño

y José le puso el nombre de Jesús,

nombre que le había sido dado por el Ángel

antes de su concepción (Lc 2, 16-21).

 

Contemplación

Me gusta la traducción que dice que María “atesoraba” los acontecimientos de su Hijo y lo hacía no de manera estática, como quien saca una foto y la guarda, sino “ponderándolas” en su corazón. “Sym-ballo” es un verbo muy rico. De allí viene nuestra palabra “símbolo” y, es también significativo su opuesto: “diaballo”.

“Symballo” resume toda una actividad reflexiva y meditativa, que significa rumiar las cosas, relacionarlas, unir, ponderando y sopesando los pensamientos, buscando no sólo la explicación sino el sentido profundo de los acontecimientos o sucesos que suscitan admiración. Y este sentido se refuerza con la acción opuesta del verbo “diaballo”, que se traduce por acusar, separar, dividir.

Por eso es que ponemos este pasaje del evangelio en clave de ese discernimiento en el cual el Papa Francisco nos invita a crecer.

La ponemos a Nuestra Señora como Maestra espiritual –maestra de novicias y de novicios, como se dice en la vida religiosa-, y como la que nos acompaña y hace de directora espiritual.

Estas imágenes no son muy habituales pero no nos resultan para nada extrañas. Es verdad que a nuestra Madre para venerarla solemos ponerla en un lugar alto y llena de flores, colocación espacial que hace que nuestra mirada se oriente hacia arriba, hacia una trascendencia celestial.

También es verdad que nuestro modo de dirigirnos a ella tiene mucho de ruego de niños pequeños que buscan el socorro inmediato de la Madre, su ternura, el cobijo de su manto, su mirada buena…

Todo esto es el ámbito materno total y envolvente que constituye el discernimiento básico –diríamos- de que en Ella –como en la Iglesia- nuestra alma encuentra su espacio, el del Espíritu, en el que nos encontramos con nuestro Padre y con Jesús.

Pero eso es invitación también a una charla adulta con nuestra Madre que, en sintonía con su modo de pensar bien, nos ayude a discernir lo que nos pasa en la vida concreta.

Discernir es “ponderar” lo que sentimos y pensamos y lo que nos pasa con un fin práctico: las cosas de Dios, para “atesorarlas en el corazón” y las cosas del mal espíritu, para “lanzarlas”, sin permitir que nos dividan en la duda ni que nos confundan, ni que nos orienten por el mal camino.

Aunque parezca jugar un poco con las palabras, puede hacernos bien oponer “símbolo” contra “diablo”. Pensamientos que integran contra pensamientos que dividen. El Papa Francisco, en Amoris Laetitia habla de dos lógicas:

«Dos lógicas recorren toda la historia de la Iglesia: marginar y reintegrar […] El camino de la Iglesia, desde el concilio de Jerusalén en adelante, es siempre el camino de Jesús, el de la misericordia y de la integración […] El camino de la Iglesia es el de no condenar a nadie para siempre y difundir la misericordia de Dios a todas las personas que la piden con corazón sincero […] Porque la caridad verdadera siempre es inmerecida, incondicional y gratuita». Entonces, «hay que evitar los juicios que no toman en cuenta la complejidad de las diversas situaciones, y hay que estar atentos al modo en que las personas viven y sufren a causa de su condición» (AL 296).

 

El discernimiento como atención

María es Maestra en el discernimiento que “pondera” la complejidad de todo lo que acontece en torno a Jesús –la Palabra hecha carne- y no se apura a sacar conclusiones abstractas ni simplistas de las cosas.

Este “atesorar las cosas en su corazón, dándoles altura de símbolo -en el que cada partecita de lo que vive el Niño encierra el Todo de Dios-, es el primer discernimiento: el que acoge “toda la realidad” tal como es y no excluye ni margina nada.

Cuando el Papa habla de que “Es sano prestar atención a la realidad concreta” (AL 31), algunos, con esa mentalidad legalista que nos ha invadido la Iglesia, piensan enseguida en “casos”: casos particulares que entrarían o no dentro del “caso general” del que habla la ley. Y el Papa no está hablando de “casos” (ni generales ni particulares), está hablando de gente, de personas con rostro y familia. Prestar atención a la realidad concreta no es considerar a los individuos aislados para construir casos estadísticos. Nuestra realidad íntima es que somos familia, grupo, pueblo.

La conciencia de una mamá y de un papá, que están llevando adelante a sus hijos, es una conciencia en la que “se pondera y pesa todo lo que vive la familia”, no lo de uno solo. La realidad humana es comunitaria en lo más personal. Individuos somos solo para las estadísticas, que nos cuentan de a uno para calcular nuestro voto y ver qué más vendernos. ¿Se han fijado que los productos tienden a ser cada vez más “individuales”? Antes un televisor o una heladera eran “familiares”. La tendencia a dividir, a que cada miembro de la familia quiera “tener lo suyo”, es una tendencia que, si se contagia a otros ámbitos, termina haciendo mal.

Cuando el Papa habla de “atención a la realidad concreta” es porque «las exigencias y llamadas del Espíritu Santo resuenan también en los acontecimientos mismos de la historia», a través de los cuales «la Iglesia puede ser guiada a una comprensión más profunda del inagotable misterio del matrimonio y de la familia» (AL 31).

En este sentido María es Maestra en lo que hace al primer paso del discernimiento que es la “atención a la realidad”. Es Maestra porque, atenta a la realidad de Jesús, gracias a su maternidad por encargo de su Hijo en la Cruz, su atención se extiende a todos.

La atención amorosa a su Hijo, concentrada como sólo una madre puede concentrarse es, por un lado, algo común. Toda mamá tiene ese sexto sentido que hace que esté atenta a todo lo que sucede a su hijo: en su corazón y a su alrededor, en la pieza, en la casa, en la cuadra y en la escuela, con sus amigos… Pero como Jesús es especial, y Él mismo estará atento y concentrado en todo lo humano, la atención de María creció increíblemente.

Todo lo humano “resuena” en su corazón y despierta su atención con un matiz materno que nos hace discernir fácilmente si aprendemos a “pensar – a sentir y gustar- con Ella”. Siempre recuerdo a Juana Molina –cantautora argentina- que dice que los colores cambian con la textura de las cosas que colorean. No es lo mismo un azul profundo en una remera que en unos ojos. También la música: la misma melodía suena diferente en una guitarra y en un piano. Y lo mismo, digo yo, sucede con la verdad: no es da igual leerla escrita en un código de Derecho canónico que oírla pronunciada por los labios de María. Cada uno puede probar escuchando esa frase que dice: “Hagan todo lo que Él les diga” (Jn 2, 5).

Si sintonizamos con La que piensa bien, las cosas que nos pasaron y que nos pasan se colorearán con su esperanza, se enternecerán con su ternura y se iluminarán con su fe. La misma realidad “objetiva” puede verse y sentirse muy distinto si el instrumento y la tela son el corazón y la mente de María.

Esto de lo que hemos hablado –la atención a la realidad concreta- es el primer paso de todo discernimiento. Es animarse a ver y sentir las cosas como son, en su complejidad real: siento esto, está pasando esto.

Esta percepción de lo propio e íntimo y de lo ajeno y común es especial en nuestra Señora. Ella es capaz de darse cuenta de que falta el vino en medio del bullicio de una fiesta y de turbarse ante el saludo de un ángel y preguntarle cómo será posible lo que le dice.

Consultar a nuestra Directora espiritual acerca de nuestras mociones más íntimas –esos pensamientos que nos dividen el corazón, como le predijo Simeón a Ella, que desde entonces tiene el corazón “traspasado” y sabe discernir bien lo que acerca a Jesús y lo que nos separa de su amor- consultarle acerca de lo que falta en el mundo que nos rodea, es el primer paso  del discernimiento.

 

El discernimiento como interpretación con criterios espirituales

El segundo paso es “interpretar las mociones”. Interpretarlas según Dios. Porque cada moción y pensamiento viene con su propio peso y con una interpretación ya dada, fruto de nuestra cultura, de nuestra historia y sensibilidad. Pero darles tiempo a las cosas, poner un poquito de distancia, ponderar y examinar lo que ya viene como obvio y no siempre lo es, es necesario para ser una persona libre y con pensamiento crítico.

María es Maestra en esto. Ella, con todo respeto, lo frena un poquito hasta al Arcángel Gabriel, pidiendo que le explique un poco más despacio. Cosa que el Ángel hace a continuación, esta vez sin enojarse como le pasó con el viejo Zacarías, que expresó sus dudas como pudo y el otro lo dejó mudo por nueve meses.

Nuestra Señora tiene la delicadeza de discernir hasta los apuros angélicos.

Esa misma gracia femenina la llevará a hacer que su Hijo adelante su hora en las Bodas de Caná. Alguna incomodidad le causó a Jesús el pedido de su Madre. Se nota en la respuesta que le dio el Señor, que por más que uno le dé vueltas teológicas, en el dejar claro el Señor que no era su hora, algo de fastidio se trasluce, aunque inmediatamente el Señor haya obedecido a su Madre. No me gusta decir “fastidio” pero sí diría que algo hubo, porque el Señor hizo llenar las tinajas hasta el borde, como cuando uno hace lo que el otro quiere, pero lo hace “exagerando” un poco la cosa para hacer reír, como hace un amigo que conozco.

Pero lo que interesa aquí es la parte “interpretativa” del discernimiento en la que María nos puede ayudar tanto a interpretar bien.

Cuándo necesitamos más explicación, como le pasó a Ella en la Anunciación,

cuándo hace falta apurar la cosa, como pasó en Caná, y hay que importunar a Jesús, con el riesgo de ligarnos un desplante…

y también cuándo la situación es de vida o muerte, como cuando se les perdió el Niño en el Templo y lo “buscaban angustiados”. Allí sí, María puso toda su emocionalidad en juego y no paró hasta encontrar a Jesús.

Son los Ojos de la Virgen los que, por estar bien atentos a las cosas, nos hace ver dónde encontrarlas si se nos perdieron.

 

El discernimiento como atesorar y lanzar

El tercer paso del discernimiento es “atesorar” lo bueno –no solo conservarlo como si uno lo pusiera en el freezer o en un álbum de recuerdos de la compu- y lanzar lo malo.

Lanzar y rechazar lo malo –vomitarlo y aborrecerlo- es parte del discernimiento.

Porque el mal espíritu siempre actúa en dos tiempos y hay cosas que nos sugiere que “de ninguna manera pretende que las hagamos ahora” pero nos las deja en consignación por si en algún momento nos vienen ganas. Y uno guarda muchas cosas que no tendría que guardar. Atesoramos resentimientos, culpas, deseos de revancha, reivindicaciones a futuro… Tantas cosas que, aunque no las realicemos ocupan lugar en la memoria y lentifican nuestra vida espiritual.

María es la mujer del “hágase”, es Nuestra Señora de la Prontitud, como la llama Francisco.

El bien lo hace con presteza y diligencia. Sin perezas ni vueltas.

Y, por eso mismo, rechaza el mal. Ella rechazar el mal por connaturalidad, sin necesidad de grandes enfrentamientos, por estar toda ocupada en hacer el bien.

Quizás sea este su secreto de Inmaculada. María vence el mal a fuerza de bien, a fuerza de sencillo desinterés propio y de amor tierno y materno por el bien de sus hijos.

El cariño de una madre descomplica las cosas, Desata los nudos en los que se enredan los hijos, y lo hace con decisión, con paciencia y buen humor.        María, en la medida que puede, no deja que el mal entre en su casa. Y cuando viene de afuera, como les pasó con Herodes, sabe huir a tiempo. Como familia, Ella con José son capaces de perderlo todo con tal de cuidar al Niño. Por eso es María es Maestra de novicios y novicias en esto de discernir el grado de malignidad del mal y neutralizar su poder “refugiándose” en Egipto.

En la cruz, cuando ya no haya lugar donde refugiarse, Ella sabrá estar de pie junto a su Hijo, confortándolo con su mirada y sacando lo mejor de su corazón (del de ambos).

Su estar de pie junto a la cruz es el rechazo valiente y absoluto del mal sin violencia alguna. Si con algunos males menores, el discernimiento es la huida, el alejarse uno para no mimetizarse haciendo fuerzas por combatir activamente el mal, ante el mal absoluto de la cruz el discernimiento no es la huida sino la presencia, el estar allí donde muere su Hijo inocente y compadecer con él.

Por último, el Magnificat. Es la Oración del Discernimiento.

Allí María:

Engrandece al Señor

y se deja inundar de la alegría de la consolación en Dios su Salvador.

Nos dice qué es lo que el Señor mira con bondad: la pequeñez de su Servidora, porque es un Dios que se ha enamorado de nuestra pequeñez.

Y Ella discierne que esta gracia será reconocida por todas las generaciones de la historia. Esta atención particular que, en María, Dios ha prestado a sus pequeñitos, es una gracia extendida y decisiva, que nada ni nadie cambiará ni nos podrá quitar.

Es la gracia que le hace atesorar ese “Feliz de ti” que todos sus hijos le decimos y que nos hace sentir “Felices de nosotros, que la tenemos a Ella”.

María está atenta a “las grandes cosas” que Dios hace en la vida de cada uno y de la historia y las refiere a su Nombre, lo santifica, lo bendice y magnifica: Santo es su Nombre. Esto es lo que hay que atesorar para que nuestro corazón cante salmos de Alabanza y adore a Dios en Espíritu y en verdad, como a Él le agrada.

María también discierne que el modo de actuar de Dios será el de una permanente e incondicional Misericordia –por todas las generaciones- para con aquellos que se vuelven a él con santo temor de Dios.

Y luego discierne lo que Dios, con el poder de su brazo atesora, y lo que rechaza; lo que acoge y lo que dispersa:

Dios dispersa a los soberbios (en su propio corazón, en su interior los vuelve confusos y divididos) y destrona a los poderosos, mientras que a los humildes los realza;

Dios colma de bienes a los hambrientos y expulsa a los ricos con las manos vacías.

Finalmente, y de nuevo, como para dejarlo claro, María discierne que Dios nos socorre a sus hijos “acordándose de la Misericordia”, la que prometió a Abraham y que renueva siempre, con toda su descendencia. Una descendencia que en Abraham incluye a todos los hombres de buena voluntad, ya que Abraham primero era “pagano” si se puede hablar así, y a judíos y musulmanes que lo tienen como padre en la fe.

Esta Misericordia es el bien absoluto a atesorar en el corazón, como nuestra Madre y Maestra y Directora espiritual nos enseña y por cuyas sendas nos encamina y acompaña.

 

Diego Fares sj

 

 

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La generación de Jesucristo fue así:

Estando comprometida su Madre María con José,

antes de que estuviesen juntos,

se encontró con que había concebido en su vientre por obra del Espíritu Santo.

José, su esposo, que era un hombre justo y no quería denunciarla públicamente, resolvió repudiarla en secreto.

Mientras tenía estas cosas en el ánimo,

el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo:

‘José, hijo de David, no temas recibir en tu casa a María, tu esposa,

porque lo que ha sido engendrado en ella es del Espíritu Santo.

Ella dará a luz un hijo, a quien pondrás el nombre de Jesús,

porque él salvará a su Pueblo de todos sus pecados.’

Todo esto sucedió para que se cumpliera

lo que el Señor había anunciado por el Profeta:

‘La Virgen concebirá y dará a luz un hijo

a quien pondrán el nombre de Emmanuel,

que traducido significa: «Dios con nosotros.»’

Al despertar, José hizo lo que el Ángel del Señor le había ordenado

y recibió consigo a su mujer (Mt 1, 18-24).

 

Contemplación

El título que San Ignacio da a sus Reglas de discernimiento es “Reglas para en alguna manera sentir y conocer las varias mociones que en el alma se causa, las buenas para recibir y las malas para lanzar” (EE 313).

En el pasaje del evangelio de hoy, vemos cómo San José sintió y conoció que se causaban en su alma pensamientos muy distintos y contradictorios entre sí.

Por un lado, sus pensamientos humanos, fruto de una deliberación bien pensada, en la que no encontraba otra salida racional para no ser injusto ni con María ni consigo mismo, que repudiarla en secreto. No quería exponerla públicamente ni podía hacerse cargo por su cuenta de un bebé que no era suyo.

Esos eran “sus pensamientos propios” y aunque el evangelio no lo dice, seguramente se le habrán cruzado otros sentimientos y pensamientos del mal espíritu antes de llegar a este decisión libre y deliberada.

Por otro lado, San José tiene ese sueño en el que se le aparece el ángel bueno y le da una interpretación totalmente distinta e impensada de lo que ha sucedido.

Y Mateo nos dice que, “al despertar, San José hizo lo que el ángel del Señor le había ordenado y recibió consigo a su mujer”.

No nos cuenta qué pensó ni si elaboró una oración. Simplemente se decidió por el buen espíritu y pasó directamente a la acción.

San José recibió no sólo el buen pensamiento, sino que se levantó y fue derechito a buscar a María y con todo amor se la llevó a su casa.

Los otros razonamientos, sentimientos y resolución anterior los “lanzó” fuera de sí, sin ninguna duda ni vuelta atrás.

 

Se suele decir que San José es el hombre del silencio y que no se conserva ninguna palabra suya en el Evangelio.

Sin embargo, Mateo nos permite entrar en su mundo interior, en el que su resolución y buen juicio humano, su capacidad de escuchar a Dios en sueños y sus acciones buenas, no solo nos hablan sino que nos abren el espacio de un diálogo interior rico y elocuente.

Su silencio es como el silencio de esos padres que abren la oreja y el corazón a sus hijos y los dejan hablar y contar todo lo que necesitan y con pequeños gestos y miradas los invitan a hablar y a hablar más hasta que desahogan todo su corazón. Son esos silencios llenos de sí, de aprobación, de aliento, de “yo te comprendo” “entiendo todo” “contame”, más elocuentes que cualquier discurso. Silencios dialogantes. Así es el silencio de San José: un silencio en el que cabían todos los diálogos entre Jesús y María en el hogar de Nazaret.

Es que el alma de San José habita en las fuentes de la Palabra.

Veamos, si no, su misión.

El Ángel le dice que como padre, será él el que le ponga el Nombre a Jesús: “le pondrás el nombre de Jesús”.

Esta misión nos recuerda a Adán, cuando Dios le trajo delante a todos los animales para que les pusiera nombre y Adán le puso un nombre a cada uno (Gn 2, 19-20).     Ponerle el Nombre a Jesús es habérselo puesto a toda la nueva creación: todo, de ahora en mas, llevará el logo “Jesús”.

Una vez que José, delante del sacerdote que lo circuncidaba, pronunció el Nombre de Jesús, qué otra cosa le quedaba para decir. Ya antes lo había comenzado a pronunciar en voz baja, mientras lo tenía en brazos y se lo daba a María: Jesús, Jesucito.       Imagino que San José tendría en sus labios este “Jesús” para todo. Jesús, Jesucito, Jesús tomá, Jesús vení, Jesús escuchá, Jesús vamos a rezar, Jesús ayudame, Jesús traéme el martillo, Jesús andá decile a tu mamá, Jesús vamos que te llevo a la sinagoga, Jesús, ahora bendecimos el pan, Jesús vamos a dormir, Jesús, despertate, que tenemos que salir rápido porque hay gente mala que nos quiere hacer mal, Jesús esperame aquí y cuidá a tu madre, Jesús no te nos pierdas de nuevo, que tu madre se angustia mucho…, Jesús, Jesús, Jesús.

Cómo dicen algunos que San José no hablaba si se la debió pasar cantando y saboreando el Nombre bendito de su Hijo. Y no solo por gusto de padre, como todo papá que saborea el nombre que le puso a su hijo, sino además, como misión dada por el Señor.

El Magníficat de San José tiene una sola palabra.

Las demás, como un rebaño de ovejitas en torno a su buen pastor, acudirían al escuchar “Jesús” y le andarían siempre cerca.

Y las palabras lobo, huirían de su corazón y desaparecerían de su mente, con solo pronunciar Jesús.

El discernimiento fatigoso que José tuvo que hacer por sí solo, antes de escuchar de labios del Ángel el Nombre que lo discierne todo, el Nombre que revela los pensamientos que cada hombre tiene en su corazón, como le diría Simeón a María, ese discernimiento, una vez escuchado el Nombre de Jesús que tendría que ponerle a su hijo, se volvió parte de su mismo corazón.

Al poner a Jesús su Nombre, San José no solo se convirtió en padre de Jesús, sino que Jesús se le encarnó en su corazón y tomó posesión de él haciéndolo uno con el Suyo.

De ahí en más, San José discernirá lo que tiene que hacer sin necesidad de andar dando vueltas y sopesando pros y contras.

Le bastará con decir Jesús y los pensamientos buenos se le arremolinarán como ovejitas y los pensamientos malos huirán como lobos espantados por el cayado del pastor.

San José, diciendo Jesús, sabrá lo que tiene que hacer: si huir a Egipto o si regresar a Nazaret.

Y se consolidará esta experiencia cuando Jesús se les pierda en el templo y se pasen tres días buscándolo. Sin Jesús, el mundo se les habrá caído y al recuperarlo, maduro –ya ocupado en las cosas de su Padre-, lo habrán sentido ya no solo como hijo querido sino como Salvador, que no otra cosa significa el Nombre de Jesús.

 

No tengo mucho más para decir sino solo esto: que San José es patrono del discernimiento.

Y que si uno quiere “discernir” como dice el Papa Francisco, no tiene que iniciarse en ningún tipo de procedimiento complicado. Basta con que comience a invocar a San José y le pida que lo acompañe en este camino, recordándole como buen Padre de invocar el Nombre bendito de su Hijo, de decir Jesús a cada rato y todo lo que pueda, para ir sintiendo y conociendo las mociones que se causan en su alma, las buenas para recibir y las malas para lanzar.

Con San José se volverá claro lo que hay que “tomar consigo” y lo que “no hay que repudiar”; uno sabrá cuándo hay que “huir a Egipto” escapando de los Herodes y cuándo hay que volver a Nazaret; uno sabrá buscar y hallar a Jesús cuando se le pierda, regresando a las cosas del Padre…

San José hablaba poco en el sentido de que no hablaba por hablar. Habló poco porque decidió y pasó a la acción. Lo cual equivale a “pronunciar” interiormente las palabras esenciales, los “sí” que lo llevan a hacerlo todo como el Señor le dice.

En esa frase de Mateo: “Al despertar, José hizo lo que el Ángel del Señor le había ordenado”, está interiormente dicha la frase de María: “Yo soy la Servidora del Señor, hágase en mí según tu Palabra”.

En el “hágase” que pronuncia constantemente la Iglesia, abriéndose a la Acción del Espíritu, San José es el que “hace” –e invita ha hacer- todas esas pequeñas tareas y servicios necesarias para cuidar y custodiar lo que misteriosamente lleva a cabo el Señor.

San José discierne los momentos, diría Francisco, actúa en lo cotidiano, cuidando al Niño y a su Madre.

Y porque está siempre pronunciando la Palabra más grande –Jesús- es que no necesita pronunciar otros discursos, sino sólo las palabras más pequeñas y simples, que casi ni se pronuncian, pero se ve que están dichas, cuando alguien como él las pone en acción.

Diego Fares sj

 

 

 

 

 

 

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Trinidad-Misericordia (1)Siendo, pues, tarde aquel día, el primero después del sábado, y estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por miedo a los judíos, vino Jesús y se presentó en medio de ellos, y les dice:

¡La paz esté con ustedes!

Y diciendo esto, les mostró sus manos y su costado.

Se alegraron los discípulos al ver al Señor.

Entonces Jesús les dijo de nuevo:

¡La paz esté con ustedes! Como me ha enviado a mí el Padre, también Yo los envío a ustedes. Y al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió:

Reciban el Espíritu Santo. A quienes les perdonen los pecados les quedan perdonados y a quienes se los retengan les quedan retenidos (Jn 20, 19-23).

 

Contemplación

En el año de la Misericordia, retomamos la frase de San Ireneo que dice así: “El Señor encomendó́ al Espíritu Santo al hombre que había caído en manos de ladrones y del que se compadeció́, vendó sus heridas y le dio dos denarios: para que, recibiendo por el Espíritu la imagen y la inscripción del Padre y del Hijo, hagamos fructificar el denario que se nos ha dado, y lo devolvamos multiplicado al Señor” (San Ireneo).

San Ireneo identifica al “hospedero” de la parábola con el Espíritu Santo! Hospedero en griego es el que recibe bien a todos (pandojei). El Espíritu es el dulce Huésped del alma y cuando nosotros lo hospedamos bien a Él, Él se convierte Hospedero nuestro.

San Ireneo agrega un detalle: las dos moneditas que deja el buen samaritano, el Hospedero-Espíritu Santo nos las da a nosotros (que somos ese herido que fue tratado con misericordia y compasión) para que las hagamos fructificar y las devolvamos con intereses al Señor cuando vuelva.

Son las dos moneditas para recibir bien a todos, las monedas de la misericordia.

Esta forma de rezar de Ireneo, uniendo parábolas, es una gracia del Espíritu, que nos va recordando toda la Escritura y todas las cosas de Jesús. Lo que sí hay que tener claro es que todo lo que nos recuerda está puesto en clave de Misericordia. Sin esta Palabra Clave, todo el evangelio se vuelve disonante. Tanto que es imposible de cumplir!

 

La clave de la Misericordia fue el primer mensaje del Papa Francisco, en la misa del 17 de Marzo de 2013:

“Para mi, lo digo humildemente, el mensaje más fuerte de Jesús es la Misericordia”.

Preparando ya en su corazón el Jubileo, que anunciaría al año siguiente, le decía a los sacerdotes de Roma el 6 de marzo del 2014:

“Misericordia significa primero que todo curar las heridas. Cuando uno está herido, tiene necesidad rápido de que le curen las heridas, no de los análisis, del valor del colesterol o de la glucemia… Está la herida, curá la herida, y después vemos los análisis. Después se harán las curas especializadas, pero primero se deben curar las heridas abiertas. Para mí, esto, en ese momento, es lo más importante. Y están también las herida escondidas, porque hay gente que se aleja para no hacer ver las heridas … como los leprosos del tiempo de Jesús, que estaban alejados para no contagiar. Hay gente que se aleja porque tiene vergüenza, por la vergüenza de no hacer ver las heridas. Y se alejan quizás con la cara un poco torcida, contra la Iglesia, pero en el fondo, adentro, tienen una herida. Necesitan una caricia”.

Así hablaba el Papa.

Me impresiona el discernimiento de que “lo primero de todo es curar las heridas abiertas”. Así como es la melodía de fondo, la misericordia es también lo primero a la hora de actuar. Y discernir es darle esta primacía. Discernir no es elegir entre dos cosas buenas en abstracto. Discernir es elegir en el momento presente el bien concreto que el Señor quiere hacer a alguien concreto, que no siempre es “lo más perfecto” en sí mismo. Francisco es contundente: Misericordia significa primero que todo curar las heridas abiertas.

La imagen es toda una parábola. Es la parábola del médico de guardia que con una mirada discierne lo primero que hay que atender y curar: las heridas abiertas…

En esto, muchas veces colamos el mosquito y nos tragamos el camello, vemos la pajita en el ojo ajeno y no la viga en el nuestro.

Las heridas abiertas de nuestro mundo son tantas! Herida abierta son las guerras, como la de Siria, el hambre de los niños, los refugiados en sus barcones en el mar abierto y en los campos que son “cárceles a cielo abierto”. Las heridas abiertas es la gente durmiendo en la calle, los menores que desparecen, objeto de la trata de personas… Las heridas abiertas de nuestra sociedad es la gente sobrante. Sin que se los digan la categoría de “sobrante” se impone por sí misma: están de más.

En la Iglesia, hay heridas abiertas cuando alguien siente que la Iglesia no es para él porque alguno utiliza las citas del evangelio o de la tradición como si fueran una especie de alambrado de púas invisible que lo mantiene a distancia.

Frente a esto, el Papa nos quita la venda de los ojos y nos exhorta a actuar con misericordia.

He escuchado a algunos que dicen que la misericordia puede crear confusión!!! Si hay algo claro y cierto en esta vida –porque el Espíritu Santo se encarga de confirmarlo con su alegría- es que cuando nos dejamos llevar por la misericordia, como el Buen Samaritano, sabemos y sentimos que hemos actuado bien. Y, por el contrario cuando no nos dejamos conmover y actuamos como el doctor de la ley y el sacerdote de la parábola, sabemos y sentimos que, en conciencia, hemos obrado mal.

Seguramente que el tratar con misericordia a la gente complicará la vida de la Iglesia, pero la complicará “maravillosamente” como dice Francisco.

Puede ser que la misericordia de lugar a excesos, como suele pasar cuando se hacen excepciones. Si esto pasa, tendremos que confesarnos, como el cura que siempre pone como ejemplo el Papa cuando habla de la confesión: el que se confesaba de “haber perdonado mucho”. Le decía al Señor: Señor, tengo escrúpulos porque hoy he perdonado mucho. Pero vos tenés la culpa porque me diste el ejemplo.

Pero la Iglesia no puede ser como un Banco. ¿Alguien ha visto alguna vez a un pobre entrar a un banco a pedir una monedita? Sería algo lógico, ya que ahí hay tanta plata, hay tantas monedas… Sin embargo, la lógica del mercado es tan fuerte, está tan instalada, que a ningún mendigo se le pasa por la cabeza entrar a pedir allí. Sabe que si logra llegar a la caja sin que ningún guardia lo saque de la institución, la cajera ni siquiera sentirá pena por su pedido, ya que maneja plata ajena. La lógica del mercado dice que se caería todo el sistema si una cajera de banco regalara una monedita a un pobre. Por un lado, no cerraría la caja (la cajera debería poner la monedita de su bolsillo) y por otro, se correría la voz, vendrían todos los pobres a pedir y colapsaría el sistema financiero… Esa lógica está impuesta en nuestra cultura actual y todos la obedecemos. Pero cuando se traslada imperceptiblemente a la vida de la Iglesia, es un escándalo.

Pues bien, en los lenguajes que se utilizan en la Iglesia hay frases y tonos que hacen sentir la lógica de la cajera de banco que “maneja plata ajena”. Se nota en que cuando dicen “lo siento mucho pero no podemos hacer nada por usted en su situación”, dejan traslucir hasta un cierto gustito, el del fariseo impecable que cumple toda la ley.

Esta lógica hace sentir miedo, quita la paz, lleva a cerrar puertas. Tanto que algunos, en el momento de enfrentarse a una herida, en vez de mirar a la persona a los ojos, miran el protocolo y cierran el diálogo.

Yo pienso: se encarnó Jesús e inventó sacramentos, signos visibles de la gracia invisible, que “tocan” a la gente, para que luego nosotros inventemos formas de hacerlos intocables? Un extremo (que es paradigmática para lo demás) son los que se ponen guantes para (no) tocar la Eucaristía porque piensan que tocarla con la mano la podría manchar o algo así. Es como si nuestra mamá se pusiera guantes para partirnos el pan.

En este Pentecostés del Año de la Misericordia, pedimos al Espíritu Santo dos gracias grandes: una la de brindarle un rinconcito de nuestro corazón para que Él, como Hospedero de la Misericordia, pueda recibir a todo el que se acerque con una herida abierta, especialmente si adivinamos que está escondida. El es “el que recibe bien a todos” y si a nosotros se nos va la mano en no dejar a nadie afuera, sabrá perdonarnos.

La otra gracia es la de poder discernir con su lógica, que sin excluir los otros pasos, sabe que siempre el primer paso tiene que ser de misericordia. Recordando, como dice el Papa que: «Dos lógicas recorren toda la historia de la Iglesia: marginar y reintegrar. El camino de la Iglesia, desde el concilio de Jerusalén en adelante, es siempre el camino de Jesús, el de la misericordia y de la integración. El camino de la Iglesia es el de no condenar a nadie para siempre y difundir la misericordia de Dios a todas las personas que la piden con corazón sincero. Porque la caridad verdadera siempre es inmerecida, incondicional y gratuita» (AL 296).

Diego Fares sj

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