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Posts Tagged ‘Discípulas’

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El Señor designó a otros setenta y dos, y los envió de dos en dos para que lo precedieran en todas las ciudades y sitios adonde él debía ir. Y les dijo: «La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha. ¡Vayan! Yo los envío como a ovejas en medio de lobos. No lleven dinero, ni alforja, ni calzado, y no se detengan a saludar a nadie por el camino. Al entrar en una casa, digan primero: “¡Que descienda la paz sobre esta casa!” Y si hay allí alguien digno de recibirla, esa paz reposará sobre él; de lo contrario, volverá a ustedes. Permanezcan en esa misma casa, comiendo y bebiendo de lo que haya, porque el que trabaja merece su salario. No vayan de casa en casa. En las ciudades donde entren y sean recibidos, coman lo que les sirvan; curen a sus enfermos y digan a la gente: “El Reino de Dios está cerca de ustedes.”Pero en todas las ciudades donde entren y no los reciban, salgan a las plazas y digan: “¡Hasta el polvo de esta ciudad que se ha adherido a nuestros pies, lo sacudimos sobre ustedes! Sepan, sin embargo, que el Reino de Dios está cerca.” Les aseguro que en aquel Día, Sodoma será tratada menos rigurosamente que esa ciudad.»

Los setenta y dos volvieron y le dijeron llenos de gozo: «Señor, hasta los demonios se nos someten en tu Nombre.»

El les dijo: «Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo. Les he dado poder para caminar sobre serpientes y escorpiones y para vencer todas las fuerzas del enemigo; y nada podrá dañarlos. No se alegren, sin embargo, de que los espíritus se les sometan; alégrense más bien de que sus nombres estén escritos en el cielo.»

Y en aquel momento, exultó de gozo Jesús en el Espíritu Santo (Lc 10, 1-12; 17-21).

Contemplación

“Si somos ovejas venceremos, si nos convertimos en lobos seremos vencidos” (San Juan Crisóstomo).

Quizás sólo viniendo de Asís se pueda sentir que es verdad esto de que es bueno permanecer siendo ovejitas, esto de ir armados sólo con una misión, de dar paz a la gente y anunciar el Reino con alegría.

Quizás nunca haya sido tan consolador como hoy escuchar de labios de Jesús que lo de “estar como ovejas en medio de lobos” no es una situación terrificante o inevitable sino una misión.

Que estamos en medio de lobos no hace falta que lo diga Jesús.

La imagen del lobo solitario que va cargado de explosivos nos atemoriza al entrar en cualquier aeropuerto.

Las medidas económicas de muchos gobiernos se sienten como verdaderos zarpazos que le arrebatan a la gente que vive solo de su sueldo tajadas significativas de su limitado poder adquisitivo.

Cada tanto se vuelve patente el hedor de la corrupción que muestra cómo alguno estuvo rapiñando dinero para sí y escondiéndolo, literalmente, en guaridas y cuevas.

Los voces de muchos periodistas suenan más a aullidos que a comentarios y uno escucha como gruñen sus sarcasmos ideológicos amenazando a la manada rival.

Matar indiscriminadamente, dar zarpazos, rapiñar, aullar… son todas actitudes de lobo contra las que el Señor nos previene: si nos convertimos en lobos, perdemos.

Cuáles son las actitudes de ovejitas en medio de lobos?

Hay una de la que siempre habla el Papa y es caminar. Las ovejitas tienen que caminar. Y no solas sino todas juntas, así las puede proteger el pastor.

Por eso lo de ir ligeros de equipaje, sin dinero ni mochila ni calzado extra: caminar. La imagen “ no detenerse a saludar a nadie por el camino” nos habla de la misión de caminar. Si estamos en medio de lobos, la actitud de ovejitas es caminar…

La otra actitud, que también es central en el estilo de Francisco es la de dar la paz. Los mensajes suyos son de paz. Si la persona no es digna, la paz vuelve a él. Pero él no manda mensajes de guerra. Esto de Jesús de que los suyos dicen siempre y a todos: “que la paz descienda sobre esta casa”, es clave para distinguir a un cristiano. Jesús agrega que si hay allí alguien digno de la paz, esa paz reposará sobre esa persona y si hay alguien que no es digno o la rechaza, la paz volverá a nosotros. Pero a nosotros no nos toca discernir a esta casa sí y esta no. La paz de Jesús se desea a todos y se da a todas “las casas”. Podríamos decir: a todos los pueblos, a todas las culturas, a todos los grupos –sociales, religiosos, políticos, de género, de ideas y modos de accionar- a todos.

Luego de estas dos actitudes de ovejitas, la de andar siempre caminando y caminando como los rebaños con su pastor y la de dar la paz porque un rebañito de ovejas nunca puede dar miedo o generar violencia, sino que de su vista misma y de su modo de moverse emana paz, vienen otras actitudes que el Señor señala.

Una es la de entrar en las casas y permanecer un tiempo en ellas, compartiendo la comida. Es como decir que la actitud de paz no es algo que se da de lejos sino que requiere convivir, visitar, ser recibido, compartir. En ese tiempo el Señor nos hace poner especial atención a “curar a los enfermos”. Uno ve esta dedicación en el Papa Francisco que, en medio de la gente, saludando a todos, se detiene especialmente a acariciar y abrazar a los enfermos.

En este clima de paz y de cuidado por los más débiles, viene la misión de “anunciar el Reino”. El Reino no se anuncia como un estado de cosas sino como una cercanía. El reino no se instala sino que camina con los enviados y genera ese clima de paz y de obras de misericordia. Camina, no se impone: el que lo desea tiene que “entrar” por sí mismo. Y cada día se tiene que entrar y, si uno no desea permanecer puede salir.

No es un reino con papeles, visados, scanners y muros. Es más bien un reino en marcha: no se instala en nuestro territorio sino que nos pone a nosotros en camino. Camina a paso lento, como un rebañito de ovejas. Pero no se detiene a ocupar espacios sino que siempre está en movimiento.

Jesús dice que si alguno no recibe este anuncia ni se deja cautivar por esta cercanía, la actitud más “agresiva” diríamos es “sacudirse hasta el polvo de las sandalias” y seguir camino, remarcando no obstante que “el reino está cerca”.

Esta actitud de darle para adelante, de no detenerse a discutir, es lo que a algunos les desespera, literalmente, del Papa Francisco. Se ve en la exasperación de los comentarios, en las palabras fuertes, en las frases altisonantes, en la satisfacción que manifiestan cuando creen que lo atraparon en un error “in-dis-cu-ti-ble”.

El Papa les regaló la Amoris Laetitia a las familias y las que la gozan y se alimentan de sus palabras mansas y llenas de paz familiar, son bendecidas, y las que no, se la pierden por ahora, pero sepan que “está cerca” –que la “Alegría del amor familiar” está cerca-.

A los que discuten frases y citan definiciones antiguas, el papa los deja hablando solos. Ya se puso en camino a otras periferias y está planeando nuevos anuncios evangélicos para los pequeñitos.

Este seguir para adelante es tan suave que ni siquiera se nota que se sacude el polvo de los zapatos, pero el gesto está, aunque sea tan leve como cuando una ovejita sacude las patitas. Ni siquiera aquí hay la más mínima actitud de lobo. Respecto de esas preguntas impertinentes que algunos dejan picando el aire –al estilo de “cómo puede ser que haga esto”-, alguien dijo: este papa no responde preguntas sino que las plantea. Es ese gesto tan evangélico del Señor ante toda pregunta tramposa, de pegar media vuelta e irse a otra parte, a hablar con la gente que está interesada en recibir un evangelio.

La última actitud “de ovejita” con que el Señor remacha su envío misionero hace a la manera de cantar victoria: no se alegren porque el demonio se les someta sino porque sus nombres están escritos en el cielo.

Por tanto: nada de triunfalismos ni de revanchas de ovejas que festejan como lobos.

Caminar y caminar, dar la paz, quedarse con la gente y cuidar a los enfermos, anunciar la cercanía del reino, seguir adelante sin discutir, festejar sin revanchismos… Cada una de estas actitudes genera un ámbito vital que se expande como un reino por sí mismo. Son actitudes que dilatan el corazón y abren un espacio social distinto.

Lucas corona este envío misionero diciendo una frase misteriosa: “Y en aquel momento, exultó de gozo Jesús en el Espíritu Santo”.

El Señor confirma con el gozo la misión, el enviarnos así, como a ovejitas en medio de lobos. Nada confirma más que ver no solo alegría en los ojos del que nos envió sino ver que “exulta de gozo” cuando regresamos y le contamos lo que hicimos y cómo lo hicimos.

Esa imagen de Jesús exultando de gozo en el Espíritu Santo es la imagen evangélica más poderosa del nuevo testamento. Equivale a la Transfiguración, pero ésta no es solo ante los tres grandes amigos –Pedro, Santiago y Juan- sino ante los 72 discípulos y discípulas, ante la Iglesia que sale.

Dicen algunos que no entienden nada que Jesús nunca sonríe en el evangelio. Podemos imaginar de otra manera que con su mejor sonrisa a este Jesús que exulta de gozo en el Espíritu Santo?

Esta alegría y este gozo es su única arma, la que disuelve todo temor y quita todas las ansiedades, sospechas y escrúpulos.

Y el Señor nos la regala a los discípulos y discípulas que en misión fueron como ovejitas en medio de lobos y no se contagiaron de los lobos: volvieron como ovejas al seno de su Buen Pastor.

Diego Fares sj

 

 

 

 

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El acontecimiento de la Resurrección ¿Por qué primero en el corazón de las mujeres?

“El primer día después del descanso sabático, muy de madrugada, las mujeres se vinieron al sepulcro llevando los perfumes aromáticos que habían preparado. Y encontraron la piedra corrida a un lado del sepulcro y habiendo entrado, no hallaron el cuerpo del Señor Jesús. Y aconteció, en su perplejidad a causa de esto, que de pronto se les presentaron dos varones con vestiduras deslumbrantes. Como quedaron amedrentadas inclinando sus rostros hacia el suelo, ellos les dijeron: «¿A qué buscan al Viviente entre los muertos? No está aquí, resucitó (se puso en pie). Recuerden cómo les habló cuando aún estaba en Galilea, diciendo: “Es necesario que el Hijo del hombre sea entregado en manos de los pecadores, que sea crucificado y que al tercer día se levante.”» Y se acordaron de sus palabras. Y vueltas del sepulcro, anunciaron todas estas cosas a los Once y a todos los demás. Eran María Magdalena, y Juana, y María, la madre de Santiago; y las demás mujeres que las acompañaban dijeron esto mismo a los Apóstoles. Y parecieron a sus ojos como vacías de sentido estas palabras y no las creyeron. Pedro, sin embargo, levantándose fue corriendo al sepulcro, y agachándose, ve (que estaban) sólo las sábanas de lino fino, y se volvió a casa (a lo suyo propio), admirándose de lo acontecido” (Lc 24, 1-12).

Contemplación
Estaban las cosas pero no estaba el Cuerpo del Señor.
Estaba la tumba, con la piedra removida, pero las mujeres no encontraron el Cuerpo del Señor Jesús. Pedro se asomó agachándose y “vio sólo las sábanas de lino fino”.

No hay nada más presente que un cadáver. Uno lo deja en un lugar y cuando vuelve sigue allí, igual, reclamando un entierro con su mudez en descomposición.
A las discípulas, que llevaban los perfumes aromáticos, la ausencia del Cuerpo les pesó con el peso de la piedra removida, que era su preocupación.
A Pedro, que habría podido remover la piedra, le llamó la atención un detalle delicado: las sábanas de lino fino solas, sin el Cuerpo del Señor Jesús que habían envuelto.
A Juan le llamará la atención un detalle más sutil aún: el sudario enrollado aparte de las sábanas de lino (había visto a Lázaro salir de la tumba vendado y con el sudario sobre el rostro).

Lucas nos dice que Pedro regresó a casa (a lo suyo propio) admirándose por lo que había acontecido. Este volver a lo nuestro, a nuestras cosas, es propio de la experiencia religiosa: uno siente que “sale un poco de sí y se mete en lo de Jesús y luego vuelve a lo suyo, a lo habitual…”, tenemos esta experiencia de meternos en las cosas de Dios y luego dejarlas –admirándonos- para volver a lo nuestro.
Lucas utiliza la misma palabra que los discípulos de Emaús le dirán a Jesús: “¿Sos el único que no sabe lo que ha acontecido?”.
Cuando se trata de cosas, los acontecimientos son un “sucederse” de las cosas, un pasar… Cuando se trata de personas, acontecer significa “nacer”, venir a la vida.
¿Qué es lo que acontece en la Resurrección de Jesús? Acontece que dejan de tener peso los acontecimientos de cosas y pasa a tener peso y fuerza de irradiación el Acontecimiento de la Persona de Cristo Resucitado.
Ya no se trata de que “pasen cosas”.
La charla sobre las cosas pasa a ser “charlatanerías” y las palabras sobre Jesús, en cambio, pasan a ser Evangelio.

Aquí pega un giro el hablar del mundo.

Los noticieros transmiten incesantemente noticias sobre lo que sucede en el mundo, sobre las cosas que pasan. El evangelio en cambio difunde la Buena Noticia sobre el acontecimiento más significativo de la historia, acerca de lo que “ha llegado a ser realidad”: que Jesucristo ha resucitado.

Y dónde acontece Esto? En el corazón de las discípulas, que fieles en su amor van de madrugada con perfumes al sepulcro.

La Resurrección acontece en los corazones.

No hay otro lugar físico donde pueda acontecer.

La tumba está vacía, las sábanas de lino fino no tienen ya su contenido, el sudario yace sobre la losa.

La resurrección acontece en ese delicado espacio –donde la carne y el espíritu laten acompasadamente- que es el corazón humano. Y en primer lugar, acontece la resurrección del Señor en el corazón de las discípulas, en su perplejidad, nos dice Lucas: “Aconteció, en su perplejidad a causa de no encontrar el Cuerpo del Señor Jesús” (en su desconcierto y “aporía” –sin salida- en que quedaron sus mentes), que de pronto se les presentaron los ángeles de la resurrección y les anunciaron que Jesús está vivo.
La resurrección acontece primero como Anuncio, como Palabra que al ser oída por unos corazones que han quedado inmóviles de perplejidad, sin saber qué sentir, les da algo concreto y verdadero para sentir.
Los ángeles orientan esos corazones que están en suspenso con una pregunta: ¿A qué buscan al Viviente entre los muertos?
La pregunta les revela la dirección en que estaban buscando: es una dirección equivocada, por eso no ven nada. Iban con toda la furia a embalsamar un cadáver, a poner perfumes a una tragedia, a sellar con amor una nostalgia en la cual podrían llorar con razón para siempre: el Cuerpo muerto del Señor Jesús.
Ellas comprendían bien lo que había significado tener al Señor Jesús en esta tierra, haber podido compartir con él atardeceres junto al fuego y madrugadas frías.
Valía la pena levantarse al rayar el alba para ir junto a Él y quizás enterrarse en vida y hacer de esa tumba lugar de culto para todos los tiempos, ya que nunca volvería a existir Alguien tan hermoso y bueno como el Señor Jesús.
La sencilla pregunta de los ángeles de la resurrección y la afirmación límpida y clara “No está aquí, sino: resucitó”, produce un click en sus mentes y las mete instantáneamente en el acontecimiento de la Resurrección. Pero este acontecimiento lleva su tiempo, tiene sus pasos: no se trata de que “vean y toquen” inmediatamente el Cuerpo del Señor Jesús resucitado. El acontecimiento es de tal magnitud que se necesitará toda la historia de la humanidad para ponernos a la altura, para entrar en Él y que acontezca en nosotros.
El primer paso que les hacen dar los ángeles a las mujeres (y nosotros podemos ir tomando debida nota) es “recordar”: “Recuerden cómo les hablaba cuando estaba con ustedes en Galilea”. Para que la resurrección acontezca –dado que es algo que sucede sólo en los corazones- es necesario que adquiera el ritmo con que vive nuestro corazón. El corazón vive recordando y proyectando, los sentimientos del corazón nunca están quietos, beben recuerdos y proyectan acciones de vida. El corazón atrae la sangre desde todos los confines de nuestro cuerpo, con las huellas de lo vivido por cada órgano, y la purifica en sí con el soplo fresco del oxígeno, para lanzarla de nuevo a vivificar el cuerpo. En este ritmo vital tiene su espacio el acontecimiento de la resurrección: todos los recuerdos de lo vivido con Jesús tienen que ser recuperados amorosamente para recibir el Soplo de aire fresco del Espíritu, que irá haciendo ver toda su Verdad y su sentido a cada cosa de la vida del Señor: “era necesario que el Hijo del Hombre padeciera…”.
El acontecimiento de la Resurrección necesitará muchos corazones –todos en realidad-, por eso los ángeles pondrán en movimiento de Anuncio Evangélico los pies de las discípulas que irán a contar estas cosas a los Once y a todos los demás. En el corazón de esa comunidad de amigos y amigas en el Señor irá aconteciendo la resurrección (y sólo entrando en ese ámbito cordial –en la Unidad del Espíritu, con el vínculo de la paz- será posible vivir en la fe el acontecimiento de la resurrección del Señor Jesús). No podrá ser captada por ningún noticiero ni reconstruida con ningún método histórico crítico que no se meta en la realidad de lo que viven estos corazones. Afuera no pasa nada. Pasará lo que harán estos testigos. Pasará que habrá obras de caridad que construirán las manos de los discípulos. Pasará que habrá una alegría contagiosa que revelarán sus rostros y sus liturgias. Y llamará la atención este “fulgor” de la resurrección. Pero lo decisivo acontecerá siempre dentro del corazón y se comunicará de corazón a corazón.

Así, las cosas tienen ahora su centro en la Persona del Señor resucitado, que las recapitula en torno a sí. Y a ese Señor no tenemos acceso que podamos forzar, sino que Él viene a nosotros cuando quiere y entra si encuentra abierta la puerta de nuestro corazón. El se hace presente cuando nos ponemos en situación de unir nuestros corazones con el de otros, ya sea en la oración, ya sea en el servicio del anuncio del evangelio y de las obras de misericordia. No podemos “entrar” en el ámbito de la resurrección con métodos periodísticos o científicos. Pero podemos disponernos a percibir al Señor que viene, estando juntos como las discípulas y los discípulos, insistiendo en la oración en los lugares de dolor como la Magdalena, dialogando de las cosas que acontecen en torno a Jesús, como los de Emaús, yendo a nuestro trabajo cotidiano juntos, como Pedro y los discípulos que se fueron a pescar…

Hoy están de moda los libros de “historia de Jesús” (Hasta en Discovery Chanel tenemos los enigmas de la “historia de Jesús”). Sin ánimo de polemizar con los expertos, a veces siento que, aunque sean interesantes para aclarar muchas cosas que uno no sabe del mundo antiguo, lo que se informa con este “género literario periodístico” termina por ocultar lo único importante.
¿Y qué vendría a ser lo único importante? Que la vida de Jesús y los acontecimientos que se dieron en torno a Él no nos han llegado como noticia histórica, como noticia de un hecho que sucedió en el pasado y que se aleja irremisiblemente de nuestra vida a medida que esta avanza hacia el futuro. Lo primero no fue una noticia periodística.
Lo primero fue lo que aconteció en el corazón de las discípulas.
El Señor elige esos corazones para sembrar la semilla buena del primer anuncio porque son corazones fieles, simple y auténticamente fieles, sin cavilaciones, sin vueltas. Creo que el no valorar lo que significa un corazón así, entero, como sólo una mujer puede dar (y la resurrección necesita ese ámbito íntegro como el Verbo necesitó el corazón de María para encarnarse) hace que se tome como anecdótico el hecho de que el Señor se haya aparecido primero a las discípulas: a María, como nos hace contemplar Ignacio, a la Magdalena y a sus compañeras, Juana y María la de Santiago y a las demás que andaban en su compañía. Hay que valorar en todas sus dimensiones que sean estos corazones los primeros en dar cabida al acontecimiento de la resurrección. En otro ámbito se hubiera diluido en mil versiones y hubiera sido como la semilla que cae en los distintos terrenos malos y mezclados.
Notemos además que la resurrección no necesita un corazón inmaculado como el de María. El Verbo ya se encarnó de una vez para siempre en su carne sin pecado y ahora está inculturado, ya ha purificado nuestra carne y su sola presencia purifica lo que toca. Basta que se lo reciba con fe (pero fe íntegramente fiel, no como la de Tomás) y en un corazón comunitario. Así son los corazones de estas amigas y por eso prende en ellas como un Fuego el Espíritu de la Resurrección.
Cuando vemos a Pedro poner sus distancias, creer y dudar, ir y venir, sopesar y calcular, esperar y dar tiempo… comprendemos por qué el Señor hizo que su resurrección aconteciera primero en el corazón de las mujeres.
Después necesitaba que su Vida se hiciera estructura, Iglesia, disposiciones, leyes, procesos… y para ello le daría a Pedro y a sus compañeros todo el tiempo que necesitaran. Pero mientras tanto, la Resurrección tenía que “encarnarse”, nacer, estar viva, comunicarse –con esa capacidad afectiva de comunicarse que tienen las mujeres y que las unifica en torno a la realidad que tienen entre manos sin poner distancia abstracta como hacemos los varones-. Mientras los hombres medían las consecuencias políticas –por decirlo así, en el sentido de construcción social de la palabra- del acontecimiento, las mujeres lo daban a luz.
El corazón de la mujer es capaz de cambiar íntegramente en un instante todas sus expectativas cuando nota en sí que hay una vida nueva en ella. Esta capacidad de captar la vida nueva en un instante y de convertirse enteramente hacia ella con aceptación amorosa (no importa que a veces sea con gozo inmediato y otras con gozo y angustias) es lo que necesita Jesús para que su resurrección “Acontezca”, se haga real y vivificante en este mundo.
La resurrección es algo que sigue Aconteciendo en los corazones fieles! Admirados como Pedro, por el Anuncio de las discípulas, digamos: “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo quien, por su gran misericordia, mediante la Resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha reengendrado a una esperanza viva, a una herencia incorruptible, inmaculada e inmarcesible” (1 Pe 1, 3).
Diego Fares sj

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Contemplamos a las Discípulas.
María Magdalena, María la madre de Santiago y Salomé.
Son Tres Amigas en el Señor, que andan juntas de madrugada repasando de nuevo el viacrucis que anteayer recorrieron con su Maestro.
Son Las que llevan perfumes en sus manos.
Han ido primero a comprar los perfumes.
Se ve que ya entonces las casas de artículos funerarios abrían a toda hora…
Los muertos no esperan.
Quizás ya es tarde para embalsamar, pero ellas van igual.
Son Las que no tienen miedo al olor de la muerte, ni al sepulcro, ni a los soldados…
Ellas son de “Las que buscan a Jesús”, como las bautizará ese Angel que se les parece, el que tampoco le teme a los sepulcros.
Solo les preocupa la piedra.
Pero no demasiado, se nota, ya que lo conversan de camino, una vez que pusieron en marcha ese mecanismo implacable de ritos ancestrales para ungir pronto a los muertos. Ellas van con perfumes. Y el perfume traspasa las piedras.
Son Las que vencen las piedras con perfumes.
Son de “Las que ven visiones de ángeles”, como dirán despreciativamente sus pares al revés -los que huyen-, los Discípulos de Emaús.
Ellas van a buscar a Jesús. A los de Emaús, Jesús los tiene que salir a buscar.
Son las que tienen miedo de anunciar algo tan grande, pero de última lo cuentan.
Son las primeras a las que el Señor les sale al encuentro. Y les deja un mensaje para nosotros.

Les comparto que esta contemplación nació poniendo el título. Había puesto “insignificancia y resurrección” y estaba escribiendo acerca de la importancia que la liturgia da a esta primera aparición de Jesús a las santas mujeres… Insignificancia me sonaba un tanto despectivo. Lo que yo quería era reflexionar acerca de cómo el Señor se le aparecía a las más pequeñas, a las que no contaban mucho, ni en la sociedad ni en su misma comunidad. Ellas fueron las primeras, a eso no hay con qué darle. Y la liturgia de la Vigilia pascual mantiene estos evangelios en los que ellas son las interlocutoras privilegiadas de la Resurrección, por no decir las protagonistas.

Escribía: “la aparición del Señor resucitado a las mujeres es un acontecimiento importante. Ellas fueron las primeras Discípulas a las que el Señor les salió al encuentro y la Iglesia mantiene esta prioridad en la liturgia. En la Vigilia Pascual de los tres ciclos se nos narran los encuentros del Señor resucitado con las Discípulas. Los textos para la misa de la noche se toman de los sinópticos -este año se lee a Marcos- y el Domingo siempre se lee a Juan: el hermosísimo encuentro del Señor Resucitado con María Magdalena”.

Al escribir “Discípulas” en vez de “mujeres”, cambié el título y seguí la contemplación por este lado.

Confieso que durante mucho tiempo estas apariciones a las mujeres me dejaban gusto a poco. Como que eran apariciones a medias, en las que había más ángeles que Jesús, apariciones que en vez de consolarlas las espantaban con envíos y anuncios que los otros no terminaban de creerles. Esto está patente de manera especial en Marcos, ya que termina su evangelio en el versículo 8 que acabamos de leer (luego viene el final canónico), sin que Jesús se les aparezca y con ellas llenas de temor de ir a anunciar lo que el Angel les dijo.
El espíritu de menosprecio de los Discípulos de Emaús se cuela a través de los tiempos… ¿Recuerdan la frase?: “… es verdad que algunas mujeres de las que están con nosotros nos sobresaltaron (…), volvieron diciendo que hasta visión de ángeles habían tenido” (Lc 24, 23). Ese “hasta” lo dice todo. Es como decir que ya era el colmo. Y claro que cuesta creerlo…
Pero la resurrección es así, es un renacimiento espiritual y va ligado a ángeles, a mujeres y a perfumes… Realidades insignificantes para muchos.
No así para el Señor.

Puse Discípulas y no mujeres. Me parece más justo porque lo que está en juego es más hondo que las cuestiones culturales de machismos y feminismos. Es la fe lo decisivo: son “mujeres de fe”, que siguen los impulsos de su corazón, que cree porque ama con ternura y valentía. Esa fe les saca lo mejor de sí como mujeres, así como saca lo mejor de los varones como varones. Y lo mejor de sí como mujeres de fe es esa capacidad de creer y de confiar en que la vida es más fuerte que la muerte. La mujer cree en la vida más allá de la muerte, no se resigna nunca a la muerte ya que la vida se a gestado en ella. Y la resurrección es algo tan primario que tiene que ser recibido también primariamente, desde esa intuición que únicamente una mujer de fe puede tener de una vida resucitada.

Llamarlas Discípulas me llevó a buscar en el evangelio. Me parecía que no estaba explícito, que más bien se las llamaba “las mujeres”. Sin embargo no es para nada así. Marcos menciona a las tres amigas –María Magdalena, María, la madre de Santiago y de José, y Salomé- y dice que ellas “cuando Jesús estaba en Galilea lo servían y lo seguían” (Mc 15, 41). Son verbos muy significativos: diakonein significa servir y akolutein seguir. Son pues Servidoras y Discípulas. Son las primeras en adoptar lo que luego serán las dos cualidades en torno a las cuales se estructurarán todas las formas de vida religiosa.

¿No es lindo contemplarlas como las primeras fundadoras de la vida religiosa?
Es verdad que el tiempo de los llamados, la hora décima, comienza cuando Juan y Andrés le contestan a Jesús esa pregunta: ¿qué buscan? Ellos responden bien, queriendo saber “donde vive” y “quedándose con él”. Pero luego entran en un camino salpicado de discusiones acerca de “quién es el mayor” y de “sentarse a la izquierda y a la derecha”, en las que se ve envuelto hasta el mismo Juan, el otro “fundador” diríamos, de la vida religiosa.

Lo de las Discípulas, en cambio, parece más definitivo de entrada. El ángel no les pregunta sino que afirma “ustedes buscan a Jesús”.
Y ellas han permanecido en la Cruz y más allá de la Cruz, junto al sepulcro.
Como que la radicalidad de la vida religiosa se da en ellas entera: amistad de a tres, valentía, servicio, seguimiento, permanencia fiel, búsqueda sólo de Jesús… y perfumes…, especialmente perfumes.

Hablo de la vida religiosa como vida. Vida de la que participamos todos los que amamos y seguimos y servimos a Jesús en la medida exacta en que lo hacemos.
Si ayuda la comparación: el ministerio es algo objetivo. Un sacerdote consagra o absuelve aunque esté en pecado.
La vida religiosa, en cambio, se vive en la medida en que se vive.
Es Discípulo o Discípula la persona que desea aprender del evangelio y gasta tiempo contemplando y rezando.
Es Servidora o Servidor la persona que sirve y se da a sí misma en su servicio.
Vive en comunidad la persona que siente y actúa comunitariamente, la que busca obedecer y elige los últimos lugares sin que se lo manden ni controlen…
Tiene amigos y amigas en el Señor el que cultiva la amistad.
Es fiel el que permanece fiel, más allá de que otros sean o no fieles.
Perfuma el que perfuma, alaba el que alaba, reza el que reza.
Y busca sólo a Jesús el que busca sólo a Jesús: en y más allá de desolaciones y consolaciones.

Así como las primicias de la Encarnación nos llegaron por una Mujer –María- así también las primicias de la Resurrección nos llegaron por las tres Discípulas.
El Resucitado confirma con la consolación que da su Resurrección el tipo de vida consagrada que adoptan primero las Discípulas.
Vida de estar al pie de la Cruz
Vida de madrugones con perfumes y alabanzas
Vida de andar de a tres
Vida que en su fragilidad se le anima a los soldados y a las piedras
Vida de permanecer a la espera del esposo, en oración y vela
Vida de anuncio que vivifica la comunidad desde adentro
Vida de seguimiento hasta más allá de la muerte
Vida de servicio alegre y que perfuma.

Por eso contemplamos a las Discípulas como modelo de esta vida que se vive antes de los títulos. Son ellas también de las Discípulas ocultas. Ocultas de una manera muy especial ya que no se mantienen ocultas por tener miedo, como Nicodemo, sino porque “la sociedad no las ve”, el paradigma cultural bajo cuya luz juzgamos y pensamos no las distingue; al no valorarlas las invisibiliza. Aunque sean mayoría y anden por la calle: no se las ve. Ellas pasan, públicamente ocultas, lo cual es una característica propia del Resucitado, cuyo misterio está ocultamente manifiesto.

Es evidente que la Resurrección trastoca los roles culturales: no solo de afuera las ignoran, ellas mismas tienen miedo de esta nueva misión de ir a anunciar porque saben que para muchos discípulos, como para los de Emaús, no resultarán creíbles sus experiencias de ángeles.
Sin embargo se jugarán. Y en el nivel más íntimo de la vida y de la conducción de la Iglesia, se formará un trío de Fe entre Magdalena, Pedro y Juan, que comenzarán a actuar de manera nueva: en conjunto en la fe.
Los que más aman, Magdalena y Juan irán primeros, pero le darán la preeminencia a Pedro, el cual, sin embargo, les hará caso y seguirá sus intuiciones, aunque luego le toque dictaminar.
Así, la Iglesia es un misterio que contemplamos considerándola como fundada y vivificada en dos principios: el principio de María y el principio de Pedro.
En María, el Espíritu da vida engendrando en la fe, cuidando con un amor de ternura envolvente que atrae a todos y a todos cobija bajo su manto.
En María –con todos sus hijos bajo su manto- la Iglesia es santa, inmaculada, infalible en su modo de creer.
En María la Iglesia está unida por el servicio (diakonía) que ama “menguando”, disminuyendo, sin hacerse notar.
En Pedro, el Espíritu da vida a la Iglesia edificando y manteniendo la casa, la estructura que cobija la vida de familia.
En Pedro la Iglesia conserva el depósito de la fe y juzga y dictamina lo que pastoralmente acerca a Cristo y lo que aleja de él.
En Pedro la Iglesia se mantiene unida también por el servicio que ama “jerarquizando” lo más humilde.

Como se ve, no se oponen para nada estos dos principios sino que son expresiones –femenina y masculina- de un mismo amor.
Sin embargo, a veces quedan separados. Lo mariano queda por un lado, como cosa del pueblo sencillo, como ternura y servicialidad no jerarquizada. Y lo petrino queda por otro lado, como cosa clerical, como jerarquía que se convierte en puro vestido y ceremonia, como poder vaciado de ternura y servicialidad.

Aquí es donde entra otro principio, diría yo, que unifica los anteriores interiormente: el que encarnan Magdalena y Juan. Ellos son los que “están al pie de la Cruz y reciben a María y son los que le anuncian a Pedro las apariciones del Señor y lo acompañan y esperan a que él dictamine.
Son el comienzo de la vida religiosa, femenina y masculina, que, en pie de igualdad vive los principios Mariano y Petrino, sin que nadie se los imponga y sin imponérselos a nadie.
…………………………

Anda por internet un “Testamento de Jesús” en el que deja sus cosas a los que las deseen, y entre muchas cosas lindas, hay algunas que vienen bien en esta contemplación de las Discípulas. Pensaba cuáles serían las que ellas seguramente agarraron, las que eligieron como herencia. Y pensaba que serían de esas cosas más pequeñas y simples que dejó Jesús, las que hacen a la vida cotidiana.

Dice el Señor:
Les dejo…
Mis sandalias.
Mis sandalias son de las personas que deseen tener pies de Discípulas.

Les dejo…
La palangana y la toalla con que les lavé los pies.
Son de las personas que deseen tener manos de Servidoras.

Les dejo…
El plato donde he partido el pan.
Es de las personas que deseen vivir en comunidad fraterna.

Les dejo…
El cáliz donde convertí el vino en mi sangre, antes de derramarla.
Mi cáliz es de los que deseen beber conmigo las amarguras de la desolación –la hiel y el vinagre de la cruz- y los gozos de la consolación –el vino alegre de Caná y de la Eucaristía-.

Les dejo …
Mi túnica… tejida con cariño por mi Madre, pero común e igual a la de los demás.
Es de todo aquella persona que quiera vestir hábito, el hábito que la iguala a sus compañeros y compañeras de vida religiosa.

Les dejo, por fin, mi Cruz.
Es una Cruz ya usada. La sentirán más cómoda que las propias, se los aseguro.
Porque es la Cruz que no pesa sino que sostiene al que se anima a abrazarla.
Va con los clavos y la lanza.
Ojo, que no son para que se los claven ustedes.
Quedaron a medida para mis llagas.
Son para los que quieran recordar en toda herida, las mías ya resucitadas.

Y así…, podemos ir contemplando a las Discípulas en esta noche santa y en la madrugada del Domingo de Pascua, dejando que el Señor nos mande su Angel –el ángel de la resurrección-, el que se alía con las discípulas y nos envía mensajes para no tener miedo, para buscar a Jesús, mensajes para volver a la Galilea del primer amor.

(Domingo de Pascua 2006) Diego Fares s.j.

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