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Posts Tagged ‘Domingo de Ramos’

 

Cuando se aproximaron a Jerusalén, al llegar a Betfagé, junto al monte de los Olivos envió Jesús a dos discípulos, diciéndoles: «Vayan  al pueblo que está enfrente de ustedes, y enseguida encontrarán un asna atada y un pollino con ella; desátenlos y tráiganmelos. Y si alguien les dice algo, dirán: El Señor los necesita, pero enseguida los devolverá. »

Esto sucedió para que se cumpliese el oráculo del profeta:

Digan a la hija de Sión: He aquí que tu Rey viene a ti, manso y montado en un asna y un pollino, hijo de animal de yugo.

Fueron, pues, los discípulos e hicieron como Jesús les había encargado: trajeron el asna y el pollino. Luego pusieron sobre ellos sus mantos, y él se sentó encima.

La gente, muy numerosa, extendió sus mantos por el camino; otros cortaban ramas de los árboles y las tendían por el camino. Y la gente que iba delante y detrás de él gritaba:

« ¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas! »

Y al entrar él en Jerusalén, toda la ciudad se conmovió. « ¿Quién es éste?»  decían.

Y la gente decía: « Este es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea » (Mt 21, 1-11).

 

Contemplación

“Si alguien les dice algo…”

Yo soy ese “alguien”. Pero no les dije nada a los discípulos. Más aún, yo mismo desaté mi asna y le dí una palmada al burrito que se fue con ellos de lo más contento, como si supiera que iba a ver a su Dueño. Con mi padre criamos burros y los alquilamos. También la gente nos deja los suyos para que se los cuidemos cuando vienen en peregrinación al Templo. Tengo más o menos la edad del Maestro y he seguido todas sus cosas. No hemos hablado nunca, pero él me vió una vez entre la gente y en su mirada yo supe que me conocía. Por eso me ha llenado de alegría este gesto de confianza de parte suya. El sabe que aquel día en que lo escuché hablar, tuve fe en Él. En el sentido de que interiormente hice una especie de promesa de que, si me necesitaba para lo que fuera, podía contar conmigo. Así que cuando vi que sus discípulos entraban en mi corral como si fueran de mi familia, me dije a mi mismo: “era verdad”. Era verdad todo lo que había sentido aquel día: que Él había escuchado mi ofrecimiento. Todo era cierto. Nunca pensé que me fuera a pedir mi burra y el burrito. Confieso que había pensado en cosas más heroicas. Que me llamaba a ser su discípulo, a dejar todo y a seguirlo… A veces me inquietaba pensando si sería capaz de dejarlo todo: mi familia, mis animales, mi terreno… Pero Él solo me pidió prestada mi burra y su pollino. Fue solo por esa mañana. Al mediodía ya me los habían devuelto. Y aunque los evangelios no lo dicen, Él en persona pasó a agradecerme por la tarde. Fue un gesto de su parte. Quería pagarme pero yo, por supuesto, no le acepté nada (debo decir que me chocó mucho la actitud del que tenía la bolsa, ya que apenas yo dije que no quería nada, al mismo tiempo que el Señor insisitía, él ya había cerrado la bolsa y miraba para otro lado…). Le ofrecí al Señor que se quedaran en mi casa, pero me dijo que iba camino a Betania, que está un poco más abajo, a casa de Lázaro y de sus hermanas. Comprendí inmediatamente. En toda la región no se hablaba de otra cosa que de la resurrección de Lázaro. Aunque fue muy amable y no solo saludó a mi mujer y a mis hijos sino que le dio unas palmadas al burrito, que con Él no se mostraba para nada desconfiado como con los extraños, lo ví preocupado. Había tenido un encontronazo con las autoridades del Templo y la gente comentaba que había expulsado a los vendedores, en un arranque de ira como nunca se había visto. Yo después les decía a todos que a nosotros nos había parecido el hombre más manso del mundo. Pero parece que lo del Templo fue impresionante. Dio vuelta las mesas de dinero y con el látigo él mismo movió a los animales. Nadie lo hubiera dicho viéndolo ahora acariciar a mi burrito. Yo se que lo suyo fue un gesto, como esos que la Escritura narra de los profetas. Pero la gente estaba alborotada. Unos decían que debía ser nuestro Rey. Otros desconfiaban, porque las autoridades decían que era un falso profeta. La cuestión es que yo le había dado mis animales y, montado sobre mi asna, Él había entrado triunfalmente en nuestra Ciudad Santa. Bueno, las cosas grandes todos las saben. Yo cuento lo chiquito, lo que me pasó a mí. Y debo decir que hubo algo más. A la mañana siguiente, Él pasó de nuevo. Iba otra vez al Templo y sucedió lo de la higuera. Ustedes sabrán que Betfagé, el nombre de mi pueblo, significa “Casa de las brevas o de los higos verdes”. Pues bien, una higuera quedó seca de raíz esa madrugada. Dicen que el Señor, “al amanecer, cuando volvía a la ciudad, sintió hambre; y viendo una higuera junto al camino, se acercó a ella, pero no encontró en ella más que hojas. Entonces, dicen que le dijo a la higuera: “que nunca jamás brote fruto de ti!” Y al momento se secó la higuera”. Yo quedé muy impresionado. Por la maldición y porque no era tiempo de higos. Miraba la higuera y miraba mi burra y el burrito y pensaba que menos mal que había tenido todo preparado. Creo que estos signos cobraron sentido después de la pasión del Señor. Estas muestras de poder contrastaron con la mansedumbre que mostró al recibir la flagelación y al tener que cargar con la cruz. Los que habíamos sido testigos de la expulsión de los vendedores del Templo y de la maldición de la higuera, que se secó en un instante como si le hubiera caído un rayo, comprendimos que Él iba libremente a la pasión, que nadie le quitaba la vida sino que Él mismo la entregaba. Pero, como decía, estas reflexiones más teológicas, creo que las puede hacer cualquiera. Yo me quedo con que Él ya me conocía (como le dijo a Natanael, que lo había visto cuando estaba debajo de la higuera); Él ya sabía de mi deseo hondo de estar disponible para cualquier cosa que necesitara y, cuando se dio la oportunidad, mandó  a que me pidieran mi burra y el borriquito. Me quedo también con ese gesto que tuvo de volver a agradecerme personalmente. Y lo de querer pagar el alquiler de los animales. Imaginense. He visto que en su época, el sucesor de uno de sus discípulos (de Simón Pedro, al que el Señor mandó a que me trajera la burra después de su entrada triunfal en Jerusalen), también volvió al albergue a pagar el alquiler después de que lo habían elegido Papa. Son esas cosas concretas que a la gente común nos dicen más que todas las teologías. Cuando a la semana siguiente, después de la muerte del Señor, los mismos discípulos comenzaron a anunciar que había resucitado, yo fui de los primeros en unirme a ellos y en hacerme bautizar. Y no uso la expresión vulgar de que “habría que ser muy burro para no darse cuenta de que quién era Jesús”, porque sería faltarle el respeto a mi borriquito, que tan a gusto se había sentido con el Maestro, y que tan campantemente lo había acompañado, junto a su madre, guardando en sus grandes orejas la maravillosa música de las aclamaciones del pueblo, sobre todo las hurras y viva viva de los chicos de Jerusalen, que desde aquel día venían siempre a verlo y me pedían si lo podían montar un rato, como si fueran cada uno un Niño Jesús, y le daban  terrones de azucar… Ellos lo reconocen como el burrito sobre cuya madre el Hijo de David entró proféticamente en la ciudad Santa y yo no dejo de maravillarme de que mi asna y mi burrito, que siempre han sido parte de mi trabajo cotidiano, hayan cobrado un valor tan grande, como para darle sentido a toda mi vida, ya que me ha bastado siempre mirarlos nada más un momento, para que se me agolpen en la memoria –llenándome de consuelo- todos los hechos de la pasión de Jesús y los que siguieron a su resurrección bendita y sienta que, gracias a mi burra y a su borriquito, yo fui protagonista y puedo ser testigo de tanto bien que nos ha venido a todos gracias a Jesús, que quiso comenzar la semana santa de su entrega entrando humildemente en Jerusalen montado sobre mi asna y mi burrito.

 

Diego Fares sj – Domingo de ramos A 2017

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La Pasión del Señor y nuestras pasiones

“Llegada la hora, Jesús se sentó a la mesa con los Apóstoles y les dijo: He deseado ardientemente comer esta Pascua con ustedes antes de mi Pasión”.
…..
En seguida Jesús salió y fue como de costumbre al monte de los Olivos, seguido de sus discípulos. Cuando llegaron, les dijo: «Oren, para no caer en la tentación». Después se alejó de ellos, más o menos a la distancia de un tiro de piedra, y puesto de rodillas, oraba: «Padre, si quieres, aleja de mí este cáliz. Pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya». Entonces se le apareció un án-gel del cielo que lo reconfortaba. En medio de la angustia, él oraba más intensamente, y su sudor era como gotas de sangre que corrían hasta el suelo. Después de orar se levantó, fue hacia donde estaban sus discípulos y los encontró adormecidos por la tristeza. Jesús les dijo: «¿Por qué están dur-miendo? Levántense y oren para no caer en la tentación».

Contemplación
La contemplación de este Domingo de Ramos, en que la liturgia nos evangeliza con la Pasión según San Lucas, nace de una impresión y de un deseo. La impresión, compartida con muchos, es la de que la Semana Santa siempre me encuentra poco preparado. Y cuando llega ese momento especial en medio de las ceremonias en que el Señor se las ingenia para conmover mi corazón, surge también la pena de no haberme preparado mejor para aprovechar su gracia.

El deseo es el de “preparar mejor la Pascua”. Escribiendo esto me doy cuenta de que así comienza la Pasión. Jesús mismo manda que preparemos la Pascua:
“Llegó el día de los Azimos, en el que se debía inmolar la víctima pascual. Jesús envió a Pedro y a Juan, diciéndoles: «Vayan a prepararnos lo necesario para la comida pascual»”.

Los discípulos le preguntaron: “¿Dónde quieres que la preparemos?”. Nosotros podemos preguntar “¿Cómo querés que la preparemos?”. Cómo en cuanto a los afectos: ¿Con qué disposición afectiva, centrados en qué sentimientos, con cuánto fervor y pasión querés que preparemos la Pascua?

Leyendo la Pasión uno puede ir tanteando en las escenas y en los diálogos, tratando de imaginar afectivamente cuáles serían los sentimientos de Jesús en la Pasión. Los sentimientos fuertes, quiero decir, los más hondos…

Al fijar el corazón en esto de los sentimientos impresiona mucho lo humano y lo divino que se ve a Jesús. Por un lado se lo ve Dueño de sí, con un Señorío que está lleno de la potencia del Espíritu y que se manifiesta hasta en los últimos detalles. No lo vemos al Señor poseído por un solo sentimiento (depresión por la traición, miedo a la muerte, bronca por los que lo empujan y se le burlan…). Al contrario, uno lo siente como atento a todo, con los sentimientos a flor de piel, pero centrados. El Señor siente todo: lo grande y dramático y lo pequeño y banal. Como dice Guardini “Jesús saca de su interior las fuerzas más vigorosas y se arma para la lucha suprema”.
Por otro lado –y esto es lo que contrasta con el Señorío- Jesús es arrastrado por los acontecimientos. En esto es como cualquier ser humano. En unas pocas horas lo arrestaron, lo condenaron y lo ejecutaron. Y lo que admira es el trabajo interior que el Señor hace. No se si me explico: me impresiona que “no trate de cambiar los acontecimientos”. Se somete a ellos y los modela desde adentro. Eso es lo que deslumbra en la Pasión: parece que a Jesús le pasan todas y que es el único que no actua y eso mismo hace que surja con nitidez la fuerza de su amor. El Señor padece con amor. Y ama apasionadamente.

Aquí es donde entran nuestras pasiones. A ellas tiene que llegar el efecto benéfico de la Pasión del Señor. No solo a nuestras ideas y buenas intenciones. La Pasión tiene que llegar nuestras pasiones, a ese lugar en donde un “salta” (pasión irascible) o donde uno es “arrastrado irresistiblemente” (pasión concupiscible). Allí tiene que llegar la gracia de la Pasión de Cristo, para apasionarnos con el Bien y para fortalecernos ante el mal.

Uno de los dramas de nuestro mundo, dicen los psicólogos, es la pérdida del deseo. Invadidos por bienes menores –bienes de consumo- se nos apaga el deseo del Bien con mayúsculas (el Bien común, de todo el hombre y de todos los hombres, el Bien trascendente). El amor a las chucherías tecnológicas enfría el Amor apasionado a las personas.
Por otro lado, los males que se nos muestran con toda crudeza no vienen “revestidos de publicidad” y causan verdadera angustia. Si uno ve los noticieros podemos entender bastante lo que significa el ver los pecados del mundo, los males y sufrimientos por los cuales va Jesús a la Pasión. Nosotros los vemos en gran medida todos los días. Angustia grande y real y deseos artificiales y pequeños: una mala mezcla. En estas coordenadas se mueven nuestras pasiones: el deseo del bien (concupiscencia) y el rechazo del mal (irascibilidad).

¿Y Jesús? ¿Cuáles son sus deseos apasionados? ¿Qué mal le angustia? ¿En qué amor está arraigado su Corazón?

Elegimos del evangelio de Lucas dos pasajes en los que se habla explícitamente de sus deseos y angustias.

Pasión por la Eucaristía

“Llegada la hora, Jesús se sentó a la mesa con los Apóstoles y les dijo: He deseado ardientemente comer esta Pascua con ustedes antes de mi Pasión”.

Es la única vez que el Señor abre su corazón mostrando su “deseo ardiente”. Una vez había dicho que venía a traer fuego a la tierra y cómo deseaba que ya estuviera ardiendo. Pues bien, aquí nos muestra en qué consiste ese deseo ardiente: es deseo de “comer la Pascua con sus amigos”. Es el deseo de “hacer la Eucaristía antes de su Pasión”. En la Pasión su entrega será un puro dejarse arrastrar, ser entregado en manos de sus enemigos y dejarse crucificar. En la Eucaristía su entrega es un puro don, un partirse como pan y compartirse como vino consagrados, un darse como alimento y establecer una comunión íntima y total con los suyos. La Pasión de Jesús es la Eucaristía, acción de gracias al Padre y unificación en sí de sus amigos.
Cuando el Señor dice deseo ardiente dice hambre de verdad, como el del hijo pródigo que “deseaba ardientemente comer las bellotas de los cerdos”. El Señor tiene hambre y sed de Eucaristía, de entrar en comunión con nosotros, en una comunión que nos purifica de todo lo propio egoista nuestro y nos hace latir con sus sentimientos y compartir sus deseos de salvación para todos los hombres.
Nuestro mundo sin deseos tiene hambre y sed de la Eucaristía. En todas nuestras ansias late escondida y puja por salir a la luz este deseo de la Eucaristía, de entrar en comunión total con el que nos creó, con el que puede perdonarnos nuestros insoportables pecados y encendernos la esperanza de un amor grande y vivificante.
Toda nuestra concupiscencia exacerbada por la publicidad y el mundo del consumo no hace más que aumentar el hambre de Dios, el hambre del Bien verdadero, que se concreta en la Eucaristía, al comer el Pan de Vida y al beber la Sangre del Señor que se derrama para el perdón de los pecados.
Si en algún lugar podemos poner nuestra pasión (esa que todos tenemos y que muchas veces no se pone en movimiento por no encontrar un objeto adecuado) es en la Eucaristía. Creer que el Señor viene a nosotros apasionadamente y corresponderle yendo a comulgar apasionadamente (en la misa y en los lugares de comunión con los hermanos).

Pasión por la oración
Si ante el Bien que expresa la Eucaristía el Señor siente un deseo ardiente, ante el mal de la muerte que le sobreviene el Señor experimenta una angustia enorme que lo lleva hasta sudar gotas de sangre. El mal causa enojo y angustia. Si sentimos que podemos vencerlo, se despierta la pasión de la ira y arremetemos con violencia. Pero cuando es desproporcionadamente enorme, nos invade la angustia, un querer enfrentarlo y sentir que no podemos. Aquí el Señor nos enseña la lección del Huerto, quizás la más hondamente humana: “En medio de la angustia, él oraba más intensamente”. En su interior se ve la lucha por querer cambiar los acontecimientos y la transformación que experimenta en su voluntad al poner, por encima de todo el mal, al Padre, Bien Único y Supremo. El Señor vence el mal, internamente, adhiriéndose al Bien.

Este orar más intensamente es su recomendación (con el gesto de llevarlos consigo y de orar tres veces) a los discípulos, a los que la angustia los ha anestesiado y se han dormido de tristeza. Oren para no caer en la tentación de la desesperación y del bajar los brazos. En la angustia, la pasión tiene que orientarnos al Padre, en cuyas manos debemos ponernos sobreponiéndonos a la aplastante sensación de impotencia.

Pasión por la Eucaristía, Pasión por la Oración. Son como dos caras de la Pasión por el Padre. El Amor al Padre lo lleva a Jesús a desear ardientemente hacer la Eucaristía y a padecer en la Cruz. Son las dos expresiones de su Amor. Centrados sus afectos en el Padre, todo en Jesús será servicio (lavatorio de los pies), comunión fraterna, perdón hasta a los enemigos (Padre perdónalos porque no saben lo que hacen), abandono en Dios (Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu).

Y para que no queden dudas de que su Pasión es alimento y remedio para nuestras pasiones, nos deja a su Madre para que la llevemos “a nuestra casa”, a lo más propio nuestro: “a la intimidad de nuestros afectos”, como dice Juan. Nuestra Señora es la que, con su manera de vivir la Pasión de su Hijo, apasionada por lo que le apasiona a El y no por ningún otro deseo o dolor, nos enseña a centrar en Cristo nuestro amor de manera tal que ordene nuestras pasiones y afectos y todos nuestros sentimientos, haciendo que sean los mismos que los sentimientos de Jesús.
Diego Fares sj

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huerto-grecoJesús entra en la pasión “perfumado”

“Trajeron el burrito a Jesús y le echaron encima sus mantos y montó en él… La gante aclamaba Hosanna! Bendito el que viene en el nombre del Señor!… Y entró Jesús en Jerusalen en el templo, y echando una mirada sobre todo, como era ya tardía la hora, salió para Betania con los Doce” (Mc 11, 7-11).

El Domingo de Ramos es un domingo de entrada. Por eso comenzamos la ceremonia afuera, en la puerta del Templo, para entrar luego con Jesús y todo el pueblo de Dios a Jerusalen, a vivir con él esta semana santa.

Se trata de una Entrada especial, una Entrada al Reino de los Cielos, tal como lo revela y lo vive Jesús. Digo que es una entrada especial porque del Reino no se puede decir “está aquí” o “está allá”. Jesús dice que está “cerca”, “en medio de nosotros”: en el interior del corazón viviendo los acontecimientos sociales que se dan en medio de la vida familiar y pública del momento presente que nos toca vivir.
Por eso es que hay que estar recogidos interiormente y a la vez en medio de la Iglesia y de la vida, atentos a lo que sucede a nuestro alrededor.
La imagen rectora es la del Señor que vive lo que va sucediendo en la Pasión atento al Padre y los hombres, sin oponer resistencia ni escapar, pero al mismo tiempo con una actitud de amor activo que hace y dice lo que tiene que decir y hacer. El Señor cumple su misión, como bien dice Guardini.

La puerta de Entrada al Reino es la Cruz. No hay otra puerta. El Reino es Reino de Vida, Reino de paz y de justicia, Reino de amor y de alegría. Pero hay que entrar por la puerta estrecha y sólo de la mano de Jesús nos animamos a entrar por donde Él entró primero.
La puerta de la Cruz es sobre todo interior. Exteriormente la Cruz puede tomar muchas formas, algunas más notables y dolorosamente espectaculares, y otras más ocultas, que son vividas casi anónimamente, sin muchos testigos. Pero la Cruz interior de cada persona es a la vez única y la misma.
Y la gracia de la Cruz de Cristo es que hay en ella lugar para la nuestra, para la mía debe decirse cada uno.
Mi Cruz entra en la del Señor y allí lo que es sólo dolor sin sentido y sufrimiento se “hace santo” –sacrificio quiere decir “sacrum facere”, hacer que algo se vuelva sagrado-. Es que hacer un sacrificio no es “hacer algo que nos cuesta” sino que “lo que ya nos cuesta se vuelve sagrado. ¿Cómo? Lo que para nosotros es una cruz, al ofrecerlo al Padre comulgando con los sufrimientos de Cristo, se vuelve algo sagrado.
La caridad de Jesús en la Cruz hace que se vuelva sagrado todo sufrimiento humano en la medida en que “entra” en Él.

Unir nuestros sufrimientos a los de Cristo, esa es la gracia de la Pascua.

Unir nuestros sufrimientos, los sufrimientos de los que amamos y los de todos los hombres, especialmente los de los más pequeñitos y abandonados, unirlos a Cristo para que en él se vuelvan santos, esa es la gracia de la Pascua.

Al unirlos a los suyos nuestros sufrimientos adquieren sentido.

Sentido de amor, no explicación lógica.
Sentido de amor que se vuelve fuente de mayor amor y de vida.

San Gregorio Nacianceno lo dice con mucha fuerza y belleza en el Breviario de hoy:
“Sacrifiquemonos a nosotros mismos a Dios,
inmolemos cada día nuestra persona y toda nuestra actividad,
imitemos la pasión de Cristo con nuestros propios padecimientos,
honremos su sangre con nuestra propia sangre,
subamos con denuedo a la Cruz.
Si quieres imitar a Simón el Cireneo (puedes hacerlo),
toma tu cruz y sigue al Señor.
Si quieres imitar al buen ladrón crucificado con él (puedes hacerlo),
reconoce honradamente su divinidad…
Adora al que por amor a ti pende de la Cruz
y crucificándote tu también
(en la misma cruz que ya estés y te sientas interiormente crucificado)
procura recibir algún provecho de tu misma culpa…”.

San Gregorio nos indica un camino de entrada a la Pasión. Con Marcos, que nos pinta breves escenas de encuentros de Jesús con distintas personas, podemos entrar con las que más nos lleguen al corazón a los sufrimientos de Cristo para acercarle los nuestros y que queden santificados.
Elijo dos entradas, una que abre la pasión y otra que la cierra. Las dos tienen tienen en común un perfume.

El perfume de nardo

Mientras Jesús estaba en Betania, comiendo en casa de Simón el leproso, entró una mujer con un frasco lleno de un valioso perfume de nardo puro, y rompiendo el frasco, derramó el perfume sobre la cabeza de Jesús (Mc 14, 3).

La primera entrada a la Pasión del Señor es una entrada anticipada. Es la de la mujer que entra en la casa de Simón el leproso llevando un frasco lleno de un valioso perfume de nardo puro y rompiendo el frasco, derrama todo el perfume sobre la cabeza de Jesús.
Nos quedamos contemplando su gesto.
“Juan dice que “la casa se llenó del aroma del perfume•.
Dejamos pues que se nos perfume el alma, que nos entre el evangelio por el sentido espiritual del olfato.
Como comienza el Cantar de los Cantares:
“Mejores son que el vino tus amores;
mejores al olfato tus perfumes;
ungüento derramado es tu Nombre,
por eso te aman las doncellas” (Cant 1, 2-3).
Jesús entró en la pasión así perfumado ya que tanta cantidad de perfume le habrá impregnado el cabello para varios días.

Desde la perspectiva de hoy, de unir nuestros sufrimientos a los de Cristo para que se vuelvan sagrados, el gesto de la mujer me resuena como la imagen del sufrimiento que nos causa la misma gracia que hemos recibido, lo más noble que logramos construir con nuestro esfuerzo. En ese perfume están todas las ganancias y todos los gastos, todos los sueños y los deseos de esta mujer. En ese perfume está lo mejor de su vida y ella lo vuelca íntegro en la Cabeza santa de Jesús.

Otra mujer ungió con su perfume los pies del Señor llorando arrodillada sus pecados. Y el Señor alabó su mucho amor.

Esta, de pie, unge su cabeza en un gesto que el Señor alaba por su lucidez: “ungió mi cuerpo anticipadamente para la sepultura” y profetiza que su gesto quedará grabado como evangelio dentro del Evangelio.
No hay que mezclar perfumes. De esta mujer no se dice (ni se ve por su actitud) que sea pecadora. Por el contrario, es profetisa: interpreta el fondo de lo que está aconteciendo en el Corazón de Jesús –su entrega total- y le corresponde con una entrega también total, perfumándola humildemente con su perfume más valioso.

Junto con esta mujer pedimos la gracia de entrar en la pasión del Señor rompiendo el frasco donde guardamos lo mejor de nosotros mismos, nuestro amor más sincero y puro, que es como un valioso perfume, para derramarlo íntegro –en señal de total abandono- en su Cabeza. Para que sea Él el que de sentido a todo lo que vivimos con más pasión e intensidad, a todo aquello que perfuma nuestra alma y le da su tono existencial, de alegría y de angustia tembién.
Al Señor le interesa este perfume nuestro más que todos los demás. Le interesa más que nuestras buenas obras, el perfume con que están realizadas, más que nuestros deberes cumplidos, el perfume con que perfumamos nuestros sentimientos y pensamientos.
San Ignacio nos da el criterio del gusto (y por tanto del perfume) para rezar con aquello en lo que encontramos algo más de sentimiento, lo que nos huele más rico, podríamos decir, de alguna frase de Jesús. Así también al Señor le interesa dialogar con nosotros tomando pie en aquello que perfuma nuestras palabras y acciones, para bendecirlo. Así como se fija con misericordia inmensa en aquello que huele mal en nuestro corazón, aquello que hiede a pecado, para lavarlo y perdonarlo, así valora con Amistad infinita el perfume de nuestra amistad más sincera e íntegra.

Por este lado va lo de entrar en la Pasión de la mano de Jesús, sabiendo que va perfumado con lo mejor de la humanidad, representado por este valioso (y a la vez humilde) perfume de mujer leal al Señor. Y le llamo leal apoyándome en la contraimagen: la de la rabia sórdida de Judas, que critica el gesto. El mal olor de la traición no soporta el perfume de la lealtad.

Perfume de mirra y áloe

La segunda entrada es una entrada tardía. Es la entrada que cierra la pasión, la de José de Arimatea al palacio de Pilato:
“Vino José de Arimatea, miembro prominente del concilio, que también esperaba el reino de Dios; y llenándose de valor, entró adonde estaba Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús” (Mc 15, 43).
Marcos destaca cómo se armó de valor y tomó coraje para comparecer ante Pilato y pedirle el cuerpo de Jesús. Juan nos dirá que fue con Nicodemo y que así como José compró la sábana santa, Nicodemo compró las cien libras de mirra y aloe (Jn 19, 39).
La sábana llena de especies aromáticas con que fue envuelto el cuerpo muerto del Señor también huele bien. Aunque tardío, es perfume de lealtad y de coraje de los que se juegan enteros. Y el jugarse entero vale aunque no llegue a tiempo. Jesús se va también perfumado con el perfume de Nicodemo y de José de Arimatea, sus discípulos ocultos. Ellos también han sufrido su cobardía y no la han tapado, han dejado que salga a la luz y humildemente han sabido soportar la crítica de su falta de compromiso y de coherencia con lo que creían. El Cuerpo del Señor acepta todo perfume auténtico y hasta después de muerto se deja ungir por lo mejor de la humanidad.
Tanto los que entran tarde como los que entran temprano pueden encontrar su lugar en la Pasión del Señor, que vuelve sagrados nuestros sufrimientos. Sólo es cuestión de ir con nuestros mejores perfumes para ofrecérselos a él, que se anima a morir así ,de nosotros perfumado, para resucitar glorioso y volver a darnos vida.

Diego Fares sj

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