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Reconciliarnos con nuestra pequeñez

Juan el Bautista oyó hablar en la cárcel de las obras de Cristo, y mandó a dos de sus discípulos para

preguntarle:
– « ¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?»
Jesús les respondió:
– «Vayan a contar a Juan lo que ustedes oyen y ven:
los ciegos ven y los paralíticos caminan; los leprosos son purificados y los sordos oyen; los muertos resucitan y la Buena Noticia es anunciada a los pobres. ¡Y dichoso aquel que no se escandaliza de mí!»

Mientras los enviados de Juan se retiraban, Jesús empezó a hablar de él a la multitud, diciendo:
– « ¿Qué fueron a ver al desierto? ¿Una caña agitada por el viento?
¿Qué fueron a ver? ¿Un hombre vestido con refinamiento?
Los que se visten de esa manera viven en los palacios de los reyes.
¿Qué fueron a ver entonces? ¿Un profeta? Les aseguro que sí, y más que un profeta. El es aquel de quien está escrito: “Yo envío a mi mensajero delante de ti, para prepararte el camino”.
Les aseguro que no ha nacido ningún hombre más grande que Juan el Bautista; y sin embargo, el más pequeño en el Reino de los Cielos es más grande que él» (Mt 11, 2-11).

Contemplación
Reconciliarnos con nuestra pequeñez… Elegí este título porque me parece que la mentalidad reinante nos lleva a no estar contentos con nuestra pequeñez y porque por ahí va la respuesta de Jesús a un Juan Bautista que manda a sus discípulos a preguntarle si es Él el que iba a venir o si debían esperar a otro.

Juan era alguien que no se escandalizaba de su propia pequeñez. Recordemos cómo confesó siempre que Jesús era el más grande, que él no era digno ni de desatarle las correas de las sandalias, recordemos cómo estaba convencido de que debía enpequeñecerse para que Cristo creciera…
La propia pequeñez parece que la tenía clara, pero es como que la pequeñez de Jesús lo escandalizó o escandalizó a sus discípulos por un momento.
El Señor responde mostrando sus obras con los más necesitados y añade la bienaventuranza de los pequeños (porque para escandalizarse de Alguien como Jesús hay que estar bastante agrandado): “dichoso aquel que no se escandaliza de mí”.

En la contemplación pasada veíamos que la pequeñez del Reino –su insignificancia- es capaz de encender en nuestros ojos el fuego de la esperanza.
Contemplar a Jesús metido en nuestra historia, viviendo su pequeña vida singular, tejida con los hilos de las circunstancias casuales con que se teje toda historia, hace nacer la esperanza. Porque es precisamente el no exigir el Señor para sí nada especial, el vivir una vida completamente ordinaria y común como cualquiera, lo que le da a toda vida, a la de cada uno, un valor inmenso.
Lo valioso y esperanzador es “la Vida Plena” –“Yo soy la Resurrección y la Vida” – metida en medio de la vida imperfecta y común.
Por eso lo de reconciliarnos con nuestra pequeñez.
Reconciliarnos con que no sea una pequeñez provisoria, previa a una grandeza que vendrá, sino una pequeñez que se mantiene como tal, permitiendo que en su interior viva un amor siempre más grande y ardiente.
Porque lo que enseña Jesús es que la única grandeza es la del amor.
El amor es lo único que vale la pena agrandar.
Y para que el amor crezca, todo lo demás se debe empequeñecer.
Este es en esencia el mensaje del Hijo de Dios venido en la pequeñez de nuestra carne.
Jesús expresa el valor de la pequeñez cuando dice que Juan es el más grande de los hombres –que la grandeza que él alcanza es lo máximo que hombre alguno puede alcanzar- y que, sin embargo, el más pequeño del Reino de los Cielos es más grande que él.
Más grande porque, una vez que Jesús se ha encarnado y se puede comulgar con él, recibirlo a él, hospedarlo y poner en práctica su Palabra, una vez que Jesús está en medio de nosotros, su Presencia hace que toda pequeñez se plenifique y se vuelva “grande” sin dejar de ser pequeña.
Tan pero tan grande y nuevo es lo que trae el Señor que no necesita “agrandar el recipiente”. Lo deja como está y, sin tocarlo, lo renueva entero.
A los santos les deja su carácter (la irascibilidad de Ignacio, la susceptibilidad de Teresita, los miedos del Cura de Ars que lo hacían huir de su parroquia…),
no les cura muchas de sus enfermedades (la “espina en la carne de Pablo, las gastritis del Beato Pro),
no hace que cambie la opinión de gente que los rodea (la cocinera que se lamentaba de que Teresita “no hubiera progresado nada en la virtud”, los que veían a Hurtado como un optimista más…),
permite que vivan situaciones ambiguas (San Juan de la Cruz encarcelado por sus hermanos frailes, la madre Teresa cuando no le aprobaban su congregación…).
Es como si Jesús no les hiciera nada especial ni les agrandara nada fuera de su amor.
La vida misma tal como acontece en medio de situaciones cambiantes se transforma sin dejar de ser lo que es y pasa a ser algo totalmente nuevo.
Eso es lo que sucede en la Eucaristía, que el pan no deja de ser un simple pancito y sin embargo es Jesús vivo, Pan de Vida eterna, resucitada.

Lo que obra este milagro –de que algo o alguien siga siendo tal cual era y sea algo o alguien totalmente nuevo- es la fe.

Una fe que se renueva antes, durante y después de cada “venida” del Reino.

Son los ojos de la fe los que hacen que tantos pequeñitos vean a Jesús que pasa y descubran que es el Hijo de Dios y le griten que los cure, que los perdona, que los salve.
Es la fe la que hace que siga firme la confianza en el Señor aún cuando parezca que no pasa nada como cuando los sirvientes de Caná siguen cargando agua y llenando las tinajas sin que se vea bien para qué…
Es la fe la que, luego de los milagros “físicos” se abre a una luz mayor y se hace capaz de descubrir al Donante como fuente del don, como le pasó al Ciego de nacimiento.

La fe ilumina la realidad común y esta se colorea un momento con los colores del Reino para volver enseguida a la tonalidad natural. Así, entre lucecitas y nublados la fe se va metiendo en el Objeto infinito que la atrae y suscita: el Amor del Padre que brilla a través de la opacidad de la carne de su Hijo

Por eso hablo de “reconciliarnos con nuestra pequeñez”, porque es en la pequeñez misma que se nos ha de revelar una y otra vez Jesús. No en una pequeñez que luego pasa a ser grandeza.
El Señor va de pequeñez en pequeñez:
de la pequeñez de la Encarnación a la pequeñez del Pesebre;
de la pequeñez de la carpintería de Nazareth a la pequeñez de la Barca de Simón y de las de sus amigos;
de la pequeñez de la Cruz, en la que apenas cabía su humanidad doliente, a la pequeñez de una resurrección que se manifiesta a unos poquitos, con gran alegría pero sin aire de grandeza alguno…
Y todo para quedarse en la pequeñez de la Eucaristía…

Reconciliarnos con un Jesús que siempre será pequeño, poquita cosa ante un mundo que ama las grandezas, implica reconciliarnos con nuestra propia pequeñez.
¿Acepto con alegría la pequeñez de mi paso por este mundo?
¿Acepto con alegría lo poco que soy, lo poco que logro progresar, lo chiquito de mis sueños más grandes?
Para terminar de querer mi pequeñez tengo que verla como el modo más directo de “terminar de recibir, de una vez por todas”, al Niño Jesús en mi vida.
El quiere nacer, y para eso le basta el pesebrito de mi alma.
Jesús no necesita grandes estructuras para venir a habitar en nuestra historia, solo necesita que gente como yo le preste su fe, pequeña como un granito de mostaza, para poder echar raíces y crecer.

Reconciliarme con mi pequeñez es recibirlo así tal como estoy.
Es dejarlo entrar en lo que soy: “esto que soy, esto te doy”.
Reconciliarme con mi pequeñez es aceptar que Jesús siempre estuvo en ella, cómodo y contento, que fui yo el que no la soportaba y huia de ella como el Hijo pródigo que se escapó de la pequeña casa paterna en busca de grandezas.
Reconciliarme con mi pequeñez es optar por “no agrandarme”.
No agrandarme es no esperar que me agranden con su reconocimiento los demás.
No agrandarme es estar contento de que, cada mañana, el pesebre siga siendo pesebre, y no se transforme nunca en una “estructura consolidada”.
No agrandarme es caber en la pequeña cruz de mis fragilidades y contrariedades diarias amando el combate, como decía Hurtado. No por sí mismo sino por el bien que trae.
No agrandarme es contentarme con la resurrección de cada día que me brinda Jesús en la Eucaristía, como los pobres que se contentan con su desayuno.

La dinámica de la Eucaristía es la única dinámica y la única estructura que dinamiza y consolida la Vida verdadera.

Reconciliarnos con nuestra pequeñez es mirar con ojos nuevos lo que miramos siempre con ojos viejos.
Mirar ampliando la pupila para ver lo que ilumina la luz de la fe, que deja que la Luz de Jesús se pose en cada cosa (Podemos quedarnos contemplando el cuadro del Greco, viendo cómo las manos se calientan y los rostros se iluminan de la LUZ que irradia el Niño tan pequeñito).

Reconciliarnos con nuestra pequeñez es alegrarnos de ser y de sentirnos siempre más pequeños que el Amor que se nos regaló y que habita en nosotros.

Diego Fares sj

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Con las manos del Padre sobre nuestros hombros

Como algunos, hablando del Templo, decían que estaba adornado con hermosas piedras y ofrendas votivas, Jesús dijo:
– «De todo lo que ustedes contemplan, un día no quedará piedra sobre piedra que no sea destruida.»
Ellos le preguntaron:
– «Maestro, ¿cuándo tendrá lugar esto, y cuál será la señal de que va a suceder?».
Jesús respondió:
– «Tengan cuidado, no se dejen seducir, porque muchos se presentarán en mi Nombre, diciendo: “Soy yo”, y también: “El tiempo está cerca.”
No los sigan.
Cuando oigan hablar de guerras y revoluciones no se atemoricen;
es necesario que esto ocurra antes, pero no llegará tan pronto el fin.»
Después les dijo:
«Se levantará nación contra nación y reino contra reino. Habrá grandes terremotos; peste y hambre en muchas partes; se verán también fenómenos aterradores y grandes señales en el cielo. Pero antes de todo eso, los detendrán, los perseguirán, los entregarán a las sinagogas y serán encarcelados; los llevarán ante reyes y gobernadores a causa de mi Nombre, y esto les sucederá para que puedan dar testimonio de mí. Asienten bien en sus corazones esto: que no tienen que ensayar de antemano el modo de defenderse y justificar las cosas, porque yo les daré una lengua y una sabiduría a la cual no podrán resistir ni contradecir ninguno de sus adversarios. Serán entregados hasta por sus propios padres y hermanos, por sus parientes y amigos; y a muchos de ustedes los matarán. Serán odiados por todos a causa de mi Nombre. Pero ni siquiera un cabello se les caerá de la cabeza. Gracias, a su perseverancia (hypomoné) salvarán sus vidas» (Lc 21, 5-19).

Contemplación

Ante los tiempos que iban a venir después de Él –los nuestros incluidos-, Jesús no quiere que nos distraigamos ni con la grandiosidad del Templo, ni con las catástrofes apocalípticas, ni con las guerras y persecuciones.
El Señor asume que toda esa conflictividad es real y de alguna manera inevitable pero quiere que centremos nuestra atención en la única misión: “todo esto les sucederá para que puedan dar testimonio de mi”.
Y nos promete la asistencia del Espíritu que nos dará su “Lengua” (como en Pentecostés) y nos recordará en cada momento sus “Palabras”.
Permanecer en esta misión, dar testimonio del Amor de Jesús, mantener la confianza en su Nombre en medio de las pruebas y persecuciones, es una gracia que proviene del Padre.
Creo que nos puede hacer bien sentir y gustar esta gracia de la paciencia y del aguante tomando conciencia de que es el Padre el que nos está sosteniendo.

Para animarse a sentir al Padre hay que recordar que Jesús vino para que tengamos “libre acceso al Padre” (Ef 2, 18). Con mucha confianza y familiaridad podemos “doblar la rodilla ante el Padre” como el hijo pródigo y dejar que nos ponga las manos sobre los hombros y que nos afiance con esa fuerza prodigiosa que brota de su misericordia infinita capaz de perdonarnos todo, de ponernos de pie y de misionarnos en un solo acto.

Cuando uno siente que tiene paciencia, que es capaz de esperar, de contener, de estar firme, sin perder la calma, cuando uno siente ánimo para comenzar de nuevo cada día, cuando le tomamos el gusto a la perseverancia, sin dejarnos distraer ni a izquierda ni a derecha…, es bueno dar gracias al Padre. Es bueno descubrir, maravillados, que debajo de esta gracia están las manos del Padre. La paciencia infinita del Padre es la que todo lo sostiene y en la que hace pie y se fundamenta toda paciencia nuestra.
Son sus manos sobre nuestros hombros las que nos afirman y fortalecen al mismo tiempo que nos bendicen.
Las manos del Padre en nuestro hombros nos ponen de pie y nos consolidan el corazón en el amor (cfr. 1 Tes 3, 13).
Las manos del Padre en nuestros hombros nos empujan hacia adelante dando “tenacidad a nuestra esperanza” (1 Tes 1, 3).
El Padre es el que nos “fortalece por la acción de su Espíritu en el hombre interior”; nuestro Padre hace que “Cristo habite por la fe en nuestros corazones y que estemos así arraigados y cimentados en el amor” (Ef 3, 15-16).
Sentir las manos del Padre en nuestras espaldas hace que se nos “iluminen los ojos del corazón y conozcamos cual es la esperanza a la que hemos sido llamados” (Ef 1, 18).
La fortaleza para ser pacientes y aguantarlo todo no proviene de otro lado sino de saber en la fe que el Padre nos ha elegido “antes de fundar el mundo” (Ef 1, 5). No hay mayor alegría para un hijo que saber que sus padres lo soñaron antes de que naciera: soñaron con su corazón más allá del rostro, del sexo, del carácter que iba a tener y de lo que iba a ser. Por eso el amor de los papás trasciende las circunstancias de la vida de los hijos, porque está antes, porque es más de fondo: es amor a la persona.
Así nos consuela saber que Dios nos soñó primero a nosotros en su Hijo y luego creo el mundo, las demás cosas.
No somos “producto” de este mundo, por eso no nos afecta su conflictividad y su constante conmoverse y destruirse.

Así, Jesús nos centra en este amor fundante del Padre del que brota toda perseverancia y todo permanecer firmes y alegres en su amor.

El Padre es el que nos sostiene desde abajo, desde el fondo de nuestro ánimo. El Padre es principio y fundamento de nuestra vida, el que está a nuestras espaldas y nos sostiene y alienta. Como dice Guardini: vivimos en la paciencia del Padre. Esa larga paciencia que ha echado la semilla en tierra y espera a que de fruto, que ha puesto amor en la vida de sus hijos y espera que vuelvan al hogar y que se sientan en casa a su lado.

Si bajamos estas verdades a nuestros sentimientos cotidianos podemos discernir que, detrás de toda impaciencia, de todo cansancio y de todo desaliento, de todo lamento, está alguna distracción que nos ha hecho alejar del abrazo del Padre.
Nos largamos solos a disfrutar la vida, como el hijo pródigo y terminamos entre los chanchos. Tenemos que regresar a sentir las manos del Padre sobre nuestros hombros para poder comer el pan de los hijos.
O quizás, como el hijo mayor, hemos cargado sobre nuestros hombros la responsabilidad de la casa pero al no dialogar con nuestro Padre nos hemos ido sintiendo agobiados por el deber y necesitamos refrescarnos en sus ojos que nos dicen: hijo, todo lo mío es tuyo, mientras que con una mano sobre nuestro hombro nos invita a entrar en la casa.
El hijo menor quiere regresar pero el mayor no lo deja. Y son las manos del Padre las que abrazan e invitan a los dos.

Lo que estamos diciendo con esta imagen de las manos del Padre sobre nuestros hombros es que nuestra paciencia y aguante, nuestra firmeza y perseverancia no se fundamentan en nosotros mismos ni en nada mundano sino solo en el Padre.
En su paciencia somos pacientes, fuera de ella nos ponemos ansiosos, nos volvemos inconsistentes, perdemos empuje, nos quedamos sin entusiasmo.
Esta virtud propia del Padre de sostener y de esperar, de alentar y de aguantar, de consolidar y fortalecer, es todo lo contrario del paternalismo. El Padre nos pone “en pie de igualdad” como hace con Jesús su Hijo. Pero también es todo lo contrario del huerfanismo, de ese andar por la vida como huachos, sin identidad, sin pertenencia, sin familia, sin tradición, inventando experiencias que no son fecundas, sino pura distracción y entretenimiento.

Qué efectos maravillosos tienen las manos del Padre sobre tus hombros?
Las manos del Padre te hacen sentir resistente ante las presiones que vienen de afuera, ante la exigencia de tus hermanos, ante las presiones del mundo, de los horarios y compromisos…
Las manos del Padre te impulsan a mantener las posiciones ganadas yendo por más, con ánimo grande, sin achicarte ni angustiarte ante las contradicciones grandes y dejándote contener por el trabajo concreto de cada día.
Las manos del Padre te retienen ante las tentaciones de fuga, de todos los escapismos.
Las manos del Padre te contienen y te templan en Jesús, acallando la ansiedad y dando el gusto de esperar en los procesos de crecimiento y de fecundidad.
Las manos del Padre te hacen tierra buena, te permiten “conservar la Palabra con corazón bueno y recto para que de fruto gracias a esa perseverancia” (Lc 8, 15).
Diego Fares sj

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Jesús nos conoce y le gusta que lo conozcamos

Un día en que Jesús estaba orando a solas y sus discípulos estaban con él, les preguntó: «¿Quién dice la gente que soy Yo?»
Ellos le respondieron: «Unos dicen que eres Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, alguno de los antiguos profetas que ha resucitado.»
«Y ustedes, les preguntó, ¿quién dicen que soy Yo?»
Respondiendo, Pedro dijo: «El Mesías de Dios.»
Y él con órdenes terminantes les mandó que a nadie comunicaran esto, diciendo: «El Hijo del hombre tiene que padecer muchas cosas, ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser condenado a muerte y resucitar al tercer día.»
Y decía a todos: «Si alguno quiere venir en mi seguimiento, niéguese a sí mismo, cargue con su cruz cada día y sígame. Porque el que quiera poner a salvo su vida, la perderá pero el que pierda su vida por mí, ese la salvará» (Lc 9, 18-24).

Contemplación
“No hay que darle más vueltas: sólo el que está convencido de ser conocido personalmente por Jesús, logra acceder al conocimiento de Él; y sólo el que tiene la seguridad de conocer a Jesús tal cual es, se sabe también conocido por Él”.

Esta frase de Von Balthasar nos puede ayudar a entrar en el corazón del Evangelio de hoy: Jesús confía en que podemos saber bien quién es Él. Es más, le agrada preguntarnos para ver si lo vamos descubriendo. Jesús es la Verdad y a la Verdad le encanta que la conozcan plenamente. A Jesús le gusta ser transparente, manifiestamente conocido por todos –especialmente por los más pequeños, esos que el mundo cree que no saben nada y resulta que saben lo más importante-.
Jesús bendice al Padre cuando es reconocido y se cuida bien de poner a salvo este conocimiento, guardándolo en el secreto. Y se ocupa también de consolidarlo, poniéndolo en clave de Vida y no de habladurías.

Nuestro modelo, en esto de conocer a Jesús y de ser conocidos por Él, es Pedro.
Jesús conoce a Pedro y se siente bien conocido por él.

¿Quién es el Mesías de Dios para Pedro? Es el que llena todas sus esperanzas y las de todo su pueblo. Alguien que viene a guiarlos y a salvarlos. Alguien a quien seguir dejándolo todo y dando la vida por Él.

¿Y quién es Pedro para Jesús? Un amigo con quien puede crear algo nuevo para bien de todos, la persona en torno a la cual reunirá a su Iglesia ,porque Pedro los edificará en la confianza para con Jesús y los pastoreará en su Amor y su perdón.

Pedro está convencido de que Jesús lo conoce a fondo. Lo supo desde el primer día, cuando el Maestro fijó su mirada en sus ojos y le descubrió que su Nombre de fondo era Piedra. Pedro tarminó de expresar cuánto lo conocía Jesús después de la resurrección cuando le dijo con pena: “Señor, Vos lo sabés todo, Vos sabés que te quiero como amigo”.
Pedro fue creciendo en esta intuición de que Jesús lo conocía mejor de lo que él se conocía a sí mismo. Esta convicción es básica para poder conocer realmente a Jesús.
Y Jesús lo fue librando de sus pretensiones y fanfarronadas, lo fue volviendo humildemente sólido en dos cosas: en la confianza a toda prueba y en la caridad pastoral. Sólido y simple como una piedra bien trabajada y bien puesta en su lugar por la mano del arquitecto.
El Señor lo fue haciendo crecer a Pedro en este saberse conocido y aceptado en lo más íntimo: en su capacidad de ser fiel a muerte con su Amigo Jesús. Jesús lo fue confirmando en las intuiciones que tenía con respecto a lo que estaba escondido en Jesús. Pedro intuía que Jesús lo era todo y Jesús lo iba animando a que lo expresara cada vez mejor.

La pedagogía de Jesús es apasionante. El no dice “Yo soy el Hijo de Dios, háganme caso”. Jesús no dice nada. Se mete en medio de su pueblo y comienza a actuar: predica, perdona, sana, llama, envía… Y luego trae a los suyos a su intimidad y les pregunta qué dice la gente, quién dicen ellos que es Él.
Y cuando van acertando, lo que hace Jesús es cuidar que no saquen mal las consecuencias.

Aquí nos podemos detener un momento.

Por que también nosotros, junto con todo el pueblo fiel, sentimos bien de Jesús. Lo amamos y sabemos que “tenemos que ir a Él”. Cada uno a su manera, todos lo sabemos. Jesús nos pertenece. El Padre nos lo ha regalado y Él no rechaza a ninguno de los que se le acercan. El es nuestro y nosotros somos suyos.
Aquí cada uno tiene que encontrar su manera de “conocer mejor a su Amigo y Señor Jesús y de dejarse conocer sanadoramente por Él”. Es una doble tarea en la que hay que enfrascarse si darle más vueltas, como recomienda von Balthasar.

Sí puede ayudar remarcar las recomendaciones que Jesús hace a sus amigos una vez que les ha confirmado que en lo esencial lo conocen bien.
La primera recomendación es “esconder este hallazgo”. Es difícil, porque cuando uno descubre un secreto de otro no resulta fácil callarlo. ¡Resulta que yo sé quién es Jesús y no tengo que decirlo! Me parece que la cosa es así: no tengo que contarlo yéndome en palabras –como los que están a la pesca de “la frase” que hace ver que están en “el paradigma” de la espiritualidad-, pero sí tengo que “contar el conocimiento de Jesús” con un cambio en mi vida. ¿Cómo? Yendo a buscar en silencio mi cruz allí donde están los que amo, allí donde está mi puesto de servicio, y poniéndome en ese camino en el que uno va perdiendo su vida por Jesús, darme cuenta de que voy ganando la Vida que brota de su Amor.

El conocimiento de Jesús no es teórico, no está sujeto al paradigma de moda. El conocimiento de Jesús es vital, se va haciendo más claro en el intercambio de vidas.
Yo voy perdiendo mi vida viviendo como Él quiere.
Voy perdiendo mi vida significa que me ocupo más de los que le interesan a él que de los que me interesan a mí. Dedico más tiempo a los que me necesitan a mí y, paradójicamente, voy encontrando a los que necesito yo, pero no donde los hubiera buscado de seguir mis intereses “propios” por decirlo así. Buscando ayudar a otros más pobres termino siendo mejor ayudado yo mismo. Jesús me va dando Vida en la medida en que la pierdo por servirlo a él. Encuentro mejores amigos donde nunca los hubiera buscado…

Es que cuando “buscamos nuestra vida”, cuando “elegimos” lo que pensamos que nos salvará, solemos equivocarnos, y mucho. De aquí viene tanta desilusión de nosotros mismos y de los demás. En cambio cuando elegimos las cosas que nos propone el Evangelio, lo que primero parece un deber y un servicio a otros, termina siendo lo que nos permite encontrar la clave de nuestra propia Vida.
Conociendo y amando a los más pobres como los conoce y ama Jesús uno termina aceptando que es pobre, también, y muy amado. Y entonces puede, como decía Bernanós: “Amarse a sí mismo lo mismo que a cualquier otro pobre miembro del Cuerpo místico de Cristo. Dicho, si se quiere, con palabras menos teológicas (la frase es de Martín Descalzo): hay que aprender a mirarnos a nosotros mismos con la misma ternura con que nos miraríamos si fuéramos nuestro propio padre”. Por este lado va lo de conocernos como Jesús nos conoce, con ese conocimiento que brota del amor y que da Vida.
Diego Fares sj

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Reconocer el hambre de nuestro corazón

Jesús habló a la multitud acerca del Reino de Dios y devolvió la salud a los que tenían necesidad de ser curados.
Al caer la tarde, se acercaron los Doce y le dijeron:
«Despide a la multitud, para que vayan a los pueblos y caseríos de los alrededores en busca de albergue y alimento, porque estamos en un lugar desierto.»
El les respondió:
«Denles de comer ustedes mismos.»
Pero ellos dijeron:
«No tenemos más que cinco panes y dos pescados, a no ser que vayamos nosotros a comprar alimentos para toda esta gente.»
Porque eran alrededor de cinco mil hombres.
Entonces Jesús les dijo a sus discípulos:
«Háganlos sentar en grupos de cincuenta.»
Y ellos hicieron sentar a todos.
Jesús tomó los cinco panes y los dos pescados y, levantando los ojos al cielo, pronunció sobre ellos la bendición, los partió y los fue entregando a sus discípulos para que se los sirvieran a la multitud. Todos comieron hasta saciarse y con lo que sobró se llenaron doce canastas (Lc 9, 11b-17).

Contemplación

Este dibujo de Patxi, en el que Jesús aparece en una actitud servicial tan linda y nuestro corazón aparece tan corazón, me encantó porque me recordó las épocas del Cottolengo, en que servíamos la comida a nuestros hermanitos en unos platos como el de la imagen. El hambre y las ganas con que almorzaban está pintado en esa servilleta a cuadros, en ese tenedor inofensivo y en ese corazón que es todo boca. El dibujo hace sentir nuestro hambre de Dios, con todas sus ansias y desorden, y a un Jesús que acude a saciarlo “litúrgicamente” –diría-, con mansedumbre y prontitud de madre.
Resuena el denles ustedes de comer: ayúdenme a repartirme para saciar el hambre de la gente, Yo soy Pan de Vida y deseo darme como alimento. La gente tiene hambre de este Pan y le dan cualquier cosa. Ayúdenme a darles de comer lo que les alegrará el corazón y saciará todas sus ansias.
La alegría de ese corazón al recibir el Pan en el plato no tiene desperdicio. Quizás nos haga bien reconocer allí nuestro propio corazón, tan hambriento, tan impulsivo, tan corriendo de aquí para allá en busca de su bien, tan tironeado por tantos bienes que sacian por un ratito y tan necesitado de un alimento sólido, rico y verdadero, que lo tranquilice y lo serene, que lo sacie y lo centre en sí, para poder dejar de reclamar desde sus carencias y comenzar a latir al ritmo de los deseos más hondos que, saciados por la plenitud del Don, se ensanchan serenamente multiplicándose para los demás, y ya sin necesidad de devorar, inclinan más bien todo el peso del corazón a la alegría de poder darse a los demás.
Contemplar nuestro hambre, contemplar nuestro corazón de Cottolengo, es tan sano! Y es la contrapartida para poder contemplar el Corazón de Jesús, tan simple y tan sin maldad como el de los Cottolenguinos, pero con toda su lucidez y libertad. En el Cottolengo uno aprende a ver lo que es el ser humano sin pecado, lo que es el corazón sin maldad (porque el mal como que ha salido todo afuera y se muestra en la enfermedad y en la discapacidad). Uno se da cuenta de que el pecado sale de nuestra mente, que piensa mal, que se equivoca, que se emperra en su error y no se deja iluminar por Jesús. Y comprende que, para iluminar nuestra mente obcecada Jesús tiene primero que alimentar nuestro corazón. Recién cuando estamos bien saciados podemos pensar con sus palabras y dejarnos iluminar por sus criterios. Por eso Jesús se hizo Pan y no luz. El que es la Luz y la Palabra, se hizo Pan. Para que primero lo comamos y luego, llenitos de Dios, lo podamos comprender. El Corpus es Jesús saliendo a la calle como Pan, hablándole directo a nuestro corazón, más allá de las ideas, más allá de los conceptos, el Pan del Corpus nos habla directo al corazón. Pero hay que mostrarle un corazón como el de la imagen, angurriento como uno de los pequeñitos del Cottolengo a la hora de almorzar. Un corazón con plato de lata, servilleta a cuadros y tenedor. Un corazón todo boca, con hambre de Dios. Si reconocemos bien nuestra hambre, si tenemos al humildad de pintar así, ese hambre básico que está debajo de todas nuestras hambres sofisticadas, entonces se dibujarán bien claritos, con esa magia con que el Espíritu dibuja las facciones de Jesús de manera tal que las podemos visualizar con claridad, los rasgos de Jesús: por qué es tan bueno, por qué es tan manso, por qué tiene tanta paciencia, por qué se parte y se reparte como Pan. La Eucaristía es el sacramento de su Amor. Jesús, Pan de Vida para nuestro hambre, es Don del Padre. Nos lo da el Padre, que es la fuente. Lo santifica el Espíritu, que hace que se multiplique. Nos lo sirve Jesús mismo, de las manos de sus amigos sacerdotes, por los que elevamos una oración conclusiva y fervorosa en este fin del año sacerdotal.
Diego Fares sj

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Peces deseosos de los anzuelos de Dios

Estaba Jesús en cierta ocasión junto al lago de Genesaret y la gente se agolpaba para oír la palabra de Dios.
Vio entonces dos barcas a la orilla del lago;
los pescadores habían desembarcado y estaban lavando las redes. Subió a una de las barcas, que era de Simón, y le pidió que la separase un poco de tierra. Se sentó y estuvo enseñando a la gente desde la barca.
Cuando terminó de hablar, dijo a Simón:
– Navega mar adentro y echen sus redes para pescar.
Simón respondió:
– Maestro, hemos estado toda la noche trabajando sin pescar nada,
pero como tú lo dices, echaré las redes.
Lo hicieron y capturaron una gran cantidad de peces.
Como las redes se rompían, hicieron señas a sus compañeros de la otra barca para que vinieran a ayudarlos. Vinieron y llenaron las dos barcas, hasta el punto de que casi se hundían.
Al verlo, Simón Pedro cayó a los pies de Jesús diciendo:
– Apártate de mí, Señor, que soy un hombre pecador.
Pues tanto él como sus hombres estaban sobrecogidos de estupor ante la cantidad de peces que habían capturado; e igualmente Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón.
Entonces Jesús dijo a Simón:
– No temas, a partir de ahora serás pescador de hombres.
Y después de llevar las barcas a tierra, dejado todo, lo siguieron (Lc 5, 1-11).

Contemplación
La escena de la pesca milagrosa nos resulta bien conocida, pero la solemos tener incorporada como si estuviera en todos los evangelios y la verdad es que sólo está en Lucas y en Juan. Y Lucas es el único que junta el llamamiento con la pesca milagrosa. Tratemos de “ver” con qué intención lo hace, qué es lo que desea destacar del llamamiento.
En los otros dos sinópticos Jesús llama directamente a los pescadores amigos: “¡Síganme!”. En Lucas no los llama: ellos lo siguen libremente, atraídos se ve, de manera irresistible por el Señor que les ha regalado una pesca milagrosa. Tal es la atracción que dejan la pesca, no sólo las barcas y las redes.
La clave está en la frase con que el Maestro le quita los miedos a Simón Pedro. Notamos que Lucas adelanta aquí el doble nombre, siendo que Jesús se lo dará recién en el capítulo 6 cuando “elija a los doce”. Y lo adelanta porque adelanta también la confesión de Fe de Pedro: ese “Aléjate de mí que soy un hombre pecador”.
Jesús le responde a Simón Pedro con un “No temas. De ahora en adelante serán hombres lo que pescarás”.
Meditando en esta frase le preguntaba al Señor por qué “pescar hombres” quita el temor y “cómo se pesca a los hombres”. Con mucho consuelo sentí que a un hombre se lo pesca atrayéndolo de manera tal que él mismo se ofrezca.
Jesús nos pesca aceptando que lo abandonemos todo y lo sigamos, incorporándonos en su misión de Pescador.
Desde esta perspectiva, vemos que Lucas ha construido toda la escena como una pesca de hombres: la pesca de los primeros discípulos, que serán los primeros de esa larga cadena de anzuelos, con los cuales los últimos que hemos sido pescados somos  nosotros.
¿Cuáles son los pasos de esta “autopesca”, de esta pesca en que el Pescador no atrapa sino que atrae y el hombre mismo muerde líbremente el anzuelo y se va tras el Pescador?
La iniciativa la tiene el Señor, por supuesto. El evangelio nos dice que, estando en acción, en medio de la gente que se agolpa y escucha la Palabra, Jesús ve dos barcas y a los pescadores que estaban limpiando las redes. Decide subirse a una, la de Simón, pero ya ha visto también la otra, que luego se incorporará a la pesca para dar una mano.
Y el morder el anzuelo se va dando por pequeños sí por parte de los hombres pescados.

Sí al Señor que se va “metiendo”
El primer sí de Simón Pedro se da cuando acepta que el Señor suba a su barca.

Sí al Señor que pide por favor
El segundo sí es de obediencia al ruego de Jesús cuando le pide que tire un poco para atrás la barca para poder predicar a la gente sin que se amontone a su alrededor.
Estos primeros sí se dan sin palabras. Son un aceptar que Jesús entre en nuestra barca, que se vaya metiendo en nuestra vida, en nuestras cosas de trabajo.
Jesús siempre tiene la iniciativa: unas veces activamente, como cuando entra en los pueblos, mira y se acerca (Zaqueo), da pie a una conversación (la Samaritana), sube a la barca (Pedro); otras veces por atracción, como cuando “pasa” (Bartimeo), o es señalado por otro (Juan a los primeros discípulos)…
Recibir al Señor que viene y llamar al Señor que pasa son las primeras actitudes de la fe que es un querer confiar, un querer que nos pesquen.
El primer anzuelo, el primer gancho, siempre lo pone Jesús.
Y el Padre hace que sintamos el impulso a recibir al Señor en nuestra barca, en nuestra casa.
Pero hay gente que ya viene cultivando las ganas de dejarse pescar, hay peces atentos al anzuelo –deseosos de los anzuelos de Dios- no solo pescadores atentos a los peces.

Sí al Señor que manda
El tercer sí, Simón lo dará pero haciendo notar que lo hace por el Señor: “en tu palabra”, “por que Vos lo decís”. Es un sí más personal, un acto de fe, de confianza plena en la persona del Maestro, aunque a Pedro en el fondo le parezca que el Señor no conoce su profesión de pescador.

Lo que le pidió primero le implicó a Pedro dejar lo que estaba haciendo, que era limpiar las redes, y poner su barca a disposición del Señor.
El segundo pedido ya fue una orden: “Conduce la barca mar adentro y echen las redes para la pesca”. Este sí implica hacer lo que el Señor manda. Y lo que manda (como en Caná) no siempre es muy lógico ni fácil.

El cuarto sí de Simón Pedro es un sí de adoración, bajo la forma de una confesión de la propia indignidad. “Alejate de mi que soy un hombre pecador”. Simón Pedro confiesa la distancia infinita que hay entre él y el Señor. Al mirar maravillado lo que ha ocurrido, alza los ojos de la pesca y del trajín en que están todos metidos y se tira de rodillas a los pies de Jesús.
¡Le dice “aléjate” pero acercándose! Eso es la “autopesca”. La pesca por atracción. Jesús ya no necesitará mandarle, Simón le toma el gusto a ofrecerse y el Señor irá confirmando y corrigiendo sus “acercamientos en la fe y en la entrega total”.
Eso será “pescar hombres”. Un proceso en el que, enganchándonos nosotros líbremente en su anzuelo más y más, sin esperar a que nos pida, ofreciéndole qué más quiere de nosotros…, atraeremos a otros al ser atraídos nosotros por Él.
El Señor confirma este modo de proceder, yéndose sin decir nada y aceptando que abandonen todo por él, que se suban a su barca, que lo sigan y le vayan preguntando y pidiendo…

Teresita expresaba esto pidiéndole al Señor: “Atráeme a ti y atraeré conmigo a los que amo”.
Sólo puede pescar hombres el que es pescado –el que busca el anzuelo libremente- cada vez de nuevo por el Pescador.

Pescamos en la medida en que buscamos ser pescados.
Pescamos en la medida en que recibimos a Jesús en nuestra barca, en cada Eucaristía; pescamos en la medida en que “hacemos todo lo que él nos dice” y “cuándo nos lo dice”, aunque hayamos trabajado la noche o la vida entera sin sacar nada.
Pescamos en la medida en que confesamos nuestra indignidad y distancia infinita acercándonos confiados a Jesús y nos dejamos llamar y misionar de nuevo por Él.
Pescamos en la medida en que “abandonamos” toda pesca ya realizada y lo seguimos más allá, adonde sea que vaya.
Que el Señor nos de la gracia de tomarle el gusto a morder sus anzuelos y que, pescados por él, le atraigamos a muchos otros a su amor.

Diego Fares sj

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