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 Le pregunta Judas (no el Iscariote): Señor ¿qué pasa que vas a manifestarte a nosotros y no al mundo?

Respondió Jesús y le dijo:

«El que me ama guardará fielmente mi palabra, y mi Padre lo amará;

y vendremos a él y en él haremos morada.

En cambio el que no me ama no guarda a mis palabras.

La palabra que ustedes oyeron no es mía, sino del Padre que me envió.

Yo les he dicho estas cosas mientras permanezco con ustedes;

Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi Nombre,

Él les enseñará a ustedes todas las cosas

y les recordará todas las cosas que les dije.

Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo.

¡No se inquiete su corazón ni se acobarde!

Me han oído decir: “Me voy y volveré a ustedes”.

Si me amaran, se alegrarían de que vuelva junto al Padre,

porque el Padre es mayor que yo.

Les he dicho esto antes que suceda,

para que cuando se cumpla, ustedes crean».

Ya no hablaré muchas cosas con ustedes porque viene el príncipe del mundo. A mí no me hace nada, pero es necesario que el mundo conozca que amo al Padre y que hago las cosas tal como el Padre me las mandó. Levantémonos, vámonos de aquí (Jn 14, 22-31).

Contemplación

Nos centramos en la respuesta de Jesús a Judas Tadeo. Judas pregunta “qué pasa”, por qué decís que te vas a manifestar a nosotros y no al mundo… Por la respuesta del Señor vemos que preguntó con inquietud, como quien no entiende y no está de acuerdo con algo que otro dice y lo interrumpe en un punto. Jesús aprovecha y hace una explicación sobre las actitudes que tenemos que tener con su Palabra.

Guardar fielmente la Palabra

La primera actitud es de cuidar la Palabra. Guardarla, protegerla, conservarla en el corazón: serle fiel.

La parábola de la semilla que cae en tierra buena nos muestra la actitud que el Señor quiere que cultivemos: el deseo de ser tierra buena, que acoge la Palabra y la deja echar raices profundas en el corazón.

La imagen contraria es la de los que no guardan la Palabra, sea porque su corazón es superficial como una calle, sea porque es pedregoso y tiene muchas ideas propias, sea porque hay en él yuyos de otras palabras que echaron raíces y le quitan alimento a la Palabra de Dios.

Guardarla por amor a Jesús

Guardar la Palabra y protegerla no es cuestión teórica sino que es cuestión de amor. En esto se confunden muchos que creen la Palabra se cuida con otras palabras. Y no es así. La Palabra se cuida con Amor. Por eso Jesús manda el Espíritu Santo, el Espíritu que es puro Amor. El Espíritu, como el Amor, no es nada si no hay dos que se aman. El Amor cuida la Palabra de Jesús. Que no es sólo suya, como dice, sino que es Palabra del Padre que lo envió. Esto es importante para nosotros. Porque la Palabra de Jesús a veces no es fácil de entender y menos facil aún es ponerla en práctica. Cuidarla y tener paciencia mientras crece, como una semilla, y se va volviendo clara a medida que da frutos en nuestra vida, es cuestión de amor. Si lo queremos a Jesús, si nos dejamos querer por nuestro Padre misericordioso, que no se cansa de perdonarnos, entonces podremos “guardar fielmente su Palabra”. Si no, es imposible.

Y ya sabemos lo que pasa con los que no cuidan la Palabra: o se vuelven sordos a todo lo que dice el Evangelio y no le hacen caso o, lo que es mucho peor, se vuelven celosos guardianes de “algunas palabras” que les vienen bien y que cuidan a su modo. Estos son los que se vuelven como los fariseos y los escribas. Distinguen hasta un mosquito cuando se trata, por ejemplo, de moral sexual y se tragan un camello cuando se trata de moral con el dinero o con la fama, como les decía el Señor en su época. No amaban a Jesús, no les agradaba su persona, su modo de ser… Se fijaban solamente en la literalidad de sus palabras, atentísimos a lo que decía, para entramparlo: “esta palabra que vos decís va contra esta otra que está en la Ley!” Su manera de cuidar la palabra era compararla con otras palabras. No veían los frutos que la Palabra de Jesús daba en el corazón del pueblo, los milagros de sanación que hacía, cómo perdonaba a la gente y la gente se volvía más buena, cómo los liberaba de sus malos espíritus y les enseñaba a amar a Dios en todas las cosas de su vida. La Palabra de Jesús es una Palabra viva, que hay que poner en contacto con la vida de la gente, no con las palabras de otros libros para que se quede guardada allí y no salga.

Guardar la Palabra como quien hospeda a un amigo

El amor con que se cuida la Palabra es como el amor con que uno hospeda a un amigo. Por eso el Señor dice que el Padre amará al que lo ama a Él y que los dos vendrán y se hospedarán en su casa. Y estando ellos dos así como en su casa, el Espíritu del Amor que se tienen, tomará a su cargo ir enseñando todo lo que la Palabra quiere decirnos. El Espíritu lo hará paso a paso, como cuando uno charla con un amigo y le deja todo el tiempo que necesite y tenga ganas para contar sus cosas y explicarlas detalladamente, a fondo. Esta es la característica de la amistad: que uno sabe que tiene todo el tiempo que quiera para charlar con un amigo. Que puede pedirle charlar en cualquier momento que necesite y el otro deja todo. Que puede contar esos detalles que otro no escucha porque le dice que eso ya lo dijo. Cuando un amigo cuenta sus cosas puede repetir lo que quiera y extenderse todo lo que quiera, porque uno sabe que no es cuestión de palabras, no es cuestión de entender qué quiere decir. No es una “cosa” lo que quiere decir. Está abriendo su corazón a través de las palabras que dice… Así es con la Palabra de Jesús: conservarla, no es ponerla en la biblioteca ni menos en el freezer, para descongelarla cuando haga falta. Conservarla es hospedarlo a Él para que Él mismo la conserve y nosotros tener el oído atento para “ponerle la oreja” –para escucharlo- cuando quiera hablar.

Guardar la Palabra como la de alguien que se jugó por mí

El amor con que se cuida la Palabra es el amor eternamente agradecido que uno tiene con una persona que, en su momento, se jugó por nosotros. Si alguien nos habla mal o nos dice que dijo algo que no corresponde, antes de pregunta qué dijo uno ya lo está defendiendo. Fijémonos que Jesús hizo eso antes de la Pasión. Él ya le había hablado al Padre bien de su amigo Simón, sabiendo que lo iba a traicionar, para que después, cuando se recuperase, volviera bien, para que no perdiera la fe. Y a los discípulos, Jesús les adelanta todo lo que va a pasar para que no se escandalicen cuando lo vean acusado como blasfemo y crucificado en una Cruz.

El Señor nos cuida a nosotros de nuestras propias palabras, aunque sean de negación a Él, como fue en el caso de Pedro.

Cómo no vamos a cuidar las suyas, las del que jamás nos traiciona, las Palabras del que siempre nos es fiel.

…….

Tengo un amigo que en este momento no puede pronunciar palabras. Las escribe en una pizarra, lo cual, dada su simpática locuacidad natural, es un límite considerable. No por eso ha perdido su humor, según me dicen y sus “discusiones con la nutricionista” en pocos renglones dejan traslucir que se está recuperando raudamente del problema que lo dejó sin habla.

Transcribo (dando espacio a la  narración) el mail de su hija que cuenta los Whatsapp de su hermano menor donde va mensajeando en tiempo real la desigual discusión entre la nutricionista parlanchina y mi amigo con su pizarra en mano.

Whatsapp del hijo menor:

[29/4 09:09] Discusión entre Papá y la nutricionista:

–       Nutricionista: (con voz de cariño profesional, imagino yo) “Le voy a mandar un Ensure y con un Espesan que le dejo, lo llevan a la consistencia de un yogurt. Si?”.

–       Papá: (en la pizarra) “Y si directamente me traés un yogurt y nos dejamos de joder?”

…….

Whatsapp del hijo:

[29/4 09:11]:

“La nutricionista palideció”.

………

Otro Whatsapp del hijo:

[29/4 09:22]

“Ahora papá le está escribiendo una nota al doctor y si no le dan de comer algo más sólido pronto va a morder a la nutricionista”.

……

Jacques es el que prepara los almuerzos de los domingos en la Casa de la Bondad. Los prepara como los de “La fiesta de Babette”, que dicho sea de paso, es la imagen que usa el Papa para expresar, en una sóla parábola, lo que quiere decir con toda su Exhortación Apostólica “La alegría del amor en las familias”. Cómo Jacques me ha dicho que desde que comenzó su enfermedad se va sintiendo menos voluntario de la Casa y más Patroncito, me tomo la libertad de transcribir esta escena ya que lo muestra de cuerpo entero como uno de los patroncitos cuando no les gusta la comida que les proponen. Así como él, con infinita paciencia y creatividad, le va pescando el gusto a cada uno y de a poquito logra preparar el banquete que se adapta a su gusto y a su estado de ánimo espero que la nutricionista logre aprender de este paciente tan especial que tiene a cargo y que ha ejercido esta tarea de “nutricionista-Chef” con los enfermos en estado terminal de la Casa de la Bondad.

Pero lo que más me interesa compartir es cómo los hijos “guardan las palabras de su padre”.

Diego Fares sj

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¡Recen, que el Padre escucha!

Jesús, para mostrarles que es necesario orar siempre sin descorazonarse, les proponía una parábola diciendo:
«Había un juez en cierta ciudad que no temía a Dios ni le importaba lo que los hombres pudieran decir de él.
Había también en aquella misma ciudad una viuda que recurría a él siempre de nuevo, diciéndole:
“Hazme justicia frente a mi adversario.”
Y el Juez se negó durante mucho tiempo. Hasta que dijo para sí:
“Es verdad que yo no temo a Dios ni me importan los hombres, sin embargo, porque esta viuda me molesta, le haré justicia, no sea que al fin, de tanto venir, me abofetee en la cara”.
Y el Señor dijo:
«Oyeron lo que dijo este juez injusto? Y Dios, ¿no se apresurará en auxilio de sus elegidos, Él, que los escucha pacientemente, cuando día y noche claman a él? Les aseguro que en un abrir y cerrar de ojos les hará justicia. Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?» (Lc 18, 1-8).

Contemplación
La gracia a pedir en la contemplación de este evangelio, es que se nos liberen las ganas de rezar de manera tal que podamos entablar una comunicación familiar, permanente, con nuestro Padre del Cielo.
Ojalá sintamos que se nos abre la puerta del Cielo y que el Padre se complace en escuchar nuestras oraciones y en concedernos todo lo que le pedimos, como un padre que le da cosas buenas a sus hijos.
Padre, que en un abrir y cerrar de ojos
nos concedas la gracia de poder rezarte
con el gusto y la confianza de tus hijos queridos.
Que te contemos todo, Padre
y lo esperemos todo de Vos.

Saboreamos este evangelio de la oración insistente con toda nuestra fe, seguros de que la Palabra es eficaz para hacer lo que dice.
Y ¿qué dice? Dice que Jesús “quiere mostrarnos que es necesario rezar siempre”.
Nos detenemos en el deseo de Jesús. Podemos ver lo que desea en lo que hace con más pasión. En Lucas vemos muchas veces a Jesús rezando.
Su oración es una manera de relacionarse muy linda y muy íntima que Él tiene con el Padre y su deseo es que nosotros podamos entablar la misma relación.
Es un deseo hermosísimo el de Jesús: recen, que el Padre los escucha como me escucha a mí.

Rezar, todo el mundo reza. De alguna manera todos “suspiramos” a Alguien en nuestras angustias (ese “Dios mío” que brota de lo profundo del ánimo de quien sufre) y todos damos gracias a “la Vida” cuando nos va bien. Rezar es como respirar. Todas las religiones enseñan a rezar, a ponerse de acuerdo con los propios deseos y a invocar al Creador, al que es fuente de la vida.
Pero la oración de Jesús es eso y mucho más.

Contemplemos, pues, a Jesús rezando en el evangelio de Lucas:
cuando Jesús reza se abre el cielo y el Padre envía el Espíritu Santo sobre Él (Lc 3, 21-22).
Cuando Jesús reza entra en la intimidad del Padre. Jesús busca espacios de soledad y tiempos tranquilos, se va a lugares desiertos para rezar (Lc 5, 16) y pasa las noches en oración (Lc 6, 12).
Cuando Jesús reza se transfigura en esa charla con Dios y con sus amigos los santos (Lc 9, 29).
Cuando Jesús reza despierta en los discípulos un deseo irresistible de rezar así: “enséñanos a orar” (Lc 11, 1). Y la oración que Él les enseña es el Padre nuestro: “cuando recen digan Padre…” (Lc 11, 2).
Cuando Jesús reza su oración es insistente. El modelo será la oración del Huerto: recen para no caer en tentación, recen para ponerse bien de acuerdo con la voluntad del Padre (Lc 22, 40-46).

Qué lindo que es tener acceso directo a quien nos puede ayudar y aconsejar. El Padre siempre atiende el celular cuando llama uno de sus hijos.
Qué lindo que es haber experimentado que la oración nos “transfigura” el rostro y transfigura lo que nos pasa: ilumina nuestros sentimientos, nos aclara la mente, nos pacifica el corazón.
Qué lindo que es sentir que uno puede ajustarse plenamente a lo que le agrada al Padre. Con esfuerzo, es verdad, pero contando con la ayuda del Espíritu y siendo bien humildes podemos sentir que al Padre le agrada de verdad lo que hacemos en Nombre de Jesús.

Cuando llegamos a este punto surgen los peros: la duda, el no creer del todo, cierto descorazonamiento… todo muy lindo, pero…

Y a esto apunta precisamente Jesús con la parábola de hoy: quiere que nos entusiasmemos con la oración, que nada ni nadie pueda apartarnos de la gracia de poder rezar siempre y en toda situación a nuestro Padre del Cielo.

Vayamos palabra por palabra, que aquí todo es importantísimo y vital.
Es necesario rezar (dein), dice Jesús. No hay que escuchar una sola campana, la que nos dice “tenés que”, “es tu obligación”. “Es necesario” significa también es oportuno y es lo correcto. No se trata sólo de un “ideal” que pocos alcanzan. Jesús nos quiere enseñar que “podemos” rezar siempre, que esa necesidad que sentimos y que nos ahoga porque no sabemos cómo hacer para rezar bien es una necesidad legítima y que, con sus enseñanzas y ayuda, podemos satisfacerla en plenitud.
Podés rezar, es correcto que reces todo lo que quieras, es oportuno insistir en la oración, al Padre no le molesta.

“Rezar siempre, sin descorazonarnos”. Jesús sabe que nos descorazonamos fácilmente. A veces, cuando estamos consolados, la oración brota espontáneamente, como la respiración. Rezamos con peces en el agua: agradecemos y pedimos “naturalmente”. Pero en otros momentos sentimos que la oración es imposible. Que se nos deshacen las peticiones en la lengua en el mismo momento de pronunciarlas. Experimentamos que lo que más deseamos es justamente lo que no sabemos pedir porque tememos que eso no nos será concedido. Para qué rezar!

Para desmentir esta falacia, Jesús inventa la parábola de la viuda insistente y el juez inicuo. El Señor toma el toro por las astas: detrás de los descorazonamientos en la oración hay una mala imagen de Dios. Pensamos que en el fondo “no le importa”. Tantas cosas que pasan en el mundo, por qué se va a ocupar justamente de lo mío. (Las estadísticas nos matan!). Por eso Jesús inventa el ejemplo extremo de alguien a quien no le importa nada. Los jueces muchas veces se sienten dios. Sus dictámenes son ley. Tiene más poder incluso que los presidentes. Pues bien, uno de estos jueces inicuos termina cediendo por conveniencia y por temor: para que la viuda no le siga “rompiendo” (esa es la expresión del evangelio), no vaya a ser que le arme un escándalo y lo desprestigie.
¿A dónde apunta el Señor? Apunta a que la insistencia en la petición justa vale por sí misma. Y que este valor es “no negociable” lo pesca hasta un juez inicuo. Y le teme. Él, que no teme a nadie más, le teme a esta coherencia hecha petición. Pedir lo justo hace a la dignidad de la viuda. Aunque no sea escuchada por mucho tiempo ella no puede dejar de reclamar, porque si no pierde su esencia.
Las madres del dolor y las personas que reclaman justicia expresan muchas veces esta verdad: “yo antes no era así, decía una mamá. La muerte injusta de mi hijo me cambió. Y ahora soy otra: soy una persona que reclama justicia. No solo para mí sino para todos”.
En estos días, rezar por los mineros chilenos y por los que los están ayudando a salir en este preciso instante, es una cuestión de honor, de participar de corazón en lo bueno que se está haciendo. No podemos no rezar, no podemos no ocupar tiempo deseando el bien y pidiendo a Dios por ellos. No se trata del resultado, que está en muy buenas manos y el “milagro” va parejo, sin contradicciones, con la tecnología humana. Se trata de unir el corazón al corazón de los demás que están deseando el bien. Rezar nos compromete y, en lo que ya va bien, nos permite participar!
Eso está diciendo Jesús: podés rezar significa podés participar! Con tu oración sos parte, pertenecés, todo lo bueno que hace el Padre te incluye y cuenta con vos, con tu corazón, con tu buen deseo, con tu amor.

Así pues: podemos rezar, rezar nos hace bien, hace a nuestra dignidad de seres humanos, rezar nos une, nos comunica, nos hace partícipes.

Aquí es importante la figura del Padre que “nos hará justicia en un abrir y cerrar de ojos”. La expresión vale porque pinta tan bien lo que es la vida. ¿Acaso no se nos pasa la vida en un abrir y cerrar de ojos? La experiencia siempre es así: las cosas parece que tardan y, luego, cuando ocurren, parece que todo fue en un abrir y cerrar de ojos. Pues bien, la oración nos permite capitalizar lo que acontece en un instante. Sin la oración el mundo se vuelve inasible, fugaz… Haber rezado nos permite “ver” de manera distendida, lo que Dios hace en el tiempo. Y este ver con fe –haber pedido creyendo y luego agradecer el don- le da consistencia –Vida plena- a nuestro corazón.
La oración nos revela nuestro propio ser de creaturas. El soberbio no reza. El que reza se ubica como humilde creatura y lo deja a Dios ser Dios. Lo de un abrir y cerrar de ojos es una verdad profunda. La vida pasa en un abrir y cerrar de ojos. Y la oración nos da la oportunidad de ponernos del lado del Dios Padre que lleva adelante su plan de salvación. Rezar nos hace ser hombres.

Por eso Jesús nos quiere enseñar que podemos orar siempre, sin descorazonarnos, sin perder ánimo, sin desmayar ni desfallecer.
Jesús nos insta a pedir lo que creemos justo e insistir, como la viuda.
Y nos asegura que el Padre se apresurará a venir en nuestro auxilio.
Recen! Que el Padre escucha! Él está haciendo maravillas y vos podés ser parte con tu oración, como María.

Diego Fares sj

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Los diez grados de amor al prójimo

Después que Judas salió, Jesús dijo:
«Ahora el Hijo del hombre ha sido glorificado
y Dios ha sido glorificado en él.
Si Dios ha sido glorificado en él,
también lo glorificará en sí mismo,
y lo hará muy pronto.
Hijos míos, ya no estaré mucho tiempo con ustedes.
Les doy un mandamiento nuevo:
ámense los unos a los otros.
Así como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros.
En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos:
en el amor que se tengan los unos a los otros» (Jn 13, 31-35).

Contemplación
Dice un exegeta que la Pasión, en San Juan no es, como en los demás Evangelistas, pura acción, sino Palabra, Verbo: Jesús habla con sus discípulos largamente, y pone en Palabras de Vida el sentido de la redención. San Juan transforma todo en “Palabra” en “Logos”. Por eso la última cena no narra la institución de la Eucaristía como hecho sino que Jesús con Palabras nos dona su mandamiento nuevo: el mandamiento del amor. Las Palabras del Señor llenan de contenido la Eucaristía, las va diciendo mientras les lava los pies, mientras comparten el Pan y el Cáliz de salvación.
El Señor integra lo que sucede en esa Cena Eucarística. Como vemos que hace con Judas, a quien le ha lavado los pies como a los otros. Precisamente en el momento en que Judas sale para entregarlo Jesús expresa: “ahora se ve claro –glorioso- mi amor. Dice: “el Hijo del hombre ha sido glorificado”. Como diciendo, ahora queda bien manifiesta la magnitud de mi amor, que lava los pies al traidor y que se entrega libre y misericordiosamente mientras es entregado miserablemente.
En el peor momento de su vida Jesús hace que brille en todo su esplendor el amor que el Padre le ha encomendado comunicarnos. Y el Padre corrobora su predilección por Jesús, poniendo todo en sus manos, que lavan pies sucios y que serán traspasadas por los clavos. Es en el contexto de esta hora, la hora de la mayor traición, en la que el Señor nos deja el mandamiento de su amor:

Les doy un mandamiento nuevo:
ámense los unos a los otros.
Así como yo los he amado,
ámense también ustedes los unos a los otros.
En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos:
en el amor que se tengan los unos a los otros»

El amor no es algo estandar. El amor es a medida. Tiene infinitos grados y matices. Hay un amor distinto para cada bien. Si el Bien es nuestro Dios, el amor se expande a todo el corazón y a toda el alma y atrae todas nuestras fuerzas. Si el bien es el prójimo, el amor suscita sentimientos de ternura para con los niños, de unión profunda entre los esposos, nos mueve a compasión ante el que sufre, establece igualdad de ánimo entre los amigos, nos inclina a honrar a los mayores… y en lo social, el amor despierta la sed de justicia y de paz.
El amor tiene grados, intensidades distintas, y así como es pasión y sentimiento vivo, se hace también institución, gana territorios, se muestra en obras y crea costumbres que sanan y dan vida.

Leyendo a San Juan de la Cruz, en la Noche oscura tiene un precioso tratadito (que toma de San Bernardo y de Santo Tomás) en el que habla de “los grados de la escalera del amor, por donde el alma de uno en otro va subiendo a Dios”.
Esta escalera se refiere directamente al amor a Dios, pero pienso que podemos aplicar sus enseñanzas al amor al prójimo. A mí me sirvió para identificar sentimientos y grados de compromiso que experimentamos en nuestro trabajo apostólico de servicio al prójimo.

Tomamos pues el amor al prójimo como “mandato” o misión que nos da el Señor y examinamos los grados y escalones por los que subimos o bajamos en esta escala de compromiso y entrega a esta nuestra misión de amarnos entre nosotros como Él nos amó.

Dice San Juan de la Cruz:
“El primer grado de amor hace enfermar al alma provechosamente”
El primer grado de amor (que es un escalón donde uno siente que puso el pie y que es como una escalera mecánica, que comienza a llevarnos suavemente y sin pausas) es un estado de “enfermedad provechosa”. “Así como el enfermo pierde al apetito y el gusto por la comida”, en este primer grado de amor o de compromiso con un apostolado de servicio a los enfermos y a los más pobres, uno siente que muchas cosas que antes deseaba y le interesaban mucho y lo atraían (fiestas, lujos, placeres…) no le despiertan ya el gusto de antes. Esto se da en mayor o menor grado, pero, como decía un colaborador: las cosas que son un bien “sólo para uno” ya no tienen “el gusto de antes”.

El segundo grado de amor “hace al alma buscar su bien en todo momento” (uno se pone un poco monotemático)
El segundo grado o escalón del amor o compromiso con el apostolado “hace que uno se encuentre pensando y hablando todo el tiempo” del prójimo (de la Casa de la Bondad o de los casos del Hogar…”. Como que nos ponemos un poco (o muy) monotemáticos. Y esto es señal de amor porque: “De la abundancia del corazón habla la boca”.

El tercer grado de amor es el que “hace al alma trabajar y poner fervor para no faltar” (uno se sorprende trabajando generosamente, sin cálculos mezquinos)
El tercer grado de la escala amorosa o compromiso con la misión consiste en” ponerse a trabajar sin reparar en el esfuerzo”. Se sienten como dos cosas: una que uno no puede dejar al prójimo sin ayudar –Jesusito me necesita…- y al mismo tiempo uno experimenta el propio límite: que nada alcanza. Se deja de condenar a los demás y uno siente que es muy poco lo que puede hacer comparado con lo que desearía! Trata entonces de hacer lo que puede bien hecho.

El cuarto grado de amor es que “por razón del Amado, se causa en el alma un ordinario sufrir sin fatigarse” (Como que lo difícil se hace fácil, lo pesado se siente liviano).
El cuarto grado de esta escala de amor y de compromiso con el prójimo, dice bellamente San Juan de la Cruz, consiste en que el alma siente un “ordinario sufrir sin fatigarse”. San Ignacio dice que cuando uno está consolado las cosas más pesadas le parecen livianas. Muchas veces vemos en medio de un trabajo duro cómo algún colaborador pareciera que no se cansa. Uno le ofrece ayuda y el otro nos mira como diciendo “gracias, pero estoy bien”. Se da como un cansancio físico con una fuerza espiritual que lo compensa y sobrepasa.

Valga aquí una aclaración. Por estos grados se va y se viene. No es que uno siempre vaya para arriba, pero una vez experimentado uno de estos grados como que se tiende a subir y a desear que el Señor nos mantenga la intensidad de amor que nos hizo experimentar. Uno discierne con facilidad, por sensación, cuando está en un grado o en otro y puede pedir a Dios la gracia de subir por su escala.

El quinto grado “hace al alma apetecer y codiciar a Dios impacientemente” (Nos viene una cierta impaciencia por hacer las cosas bien, con intensidad).
El quinto escalón del amor a Dios y al prójimo es una especie de impaciencia (San Juan habla de codicia) por estar sirviendo al prójimo. Toda dilación por mínima que sea, se hace muy larga, molesta y pesada, y uno no puede estar sino está con el prójimo necesitado. Vemos a los que llegan temprano y se van tarde y están siempre en movimiento. Lo cual no deja de causar cierta contrariedad en el que no ama igual.

El sexto grado “hace correr ligeramente a Dios con alegría” (Se siente a veces que uno puede trabajar como quien juega).
El sexto grado de la escala del amor es muy lindo. Uno siente que “corre ligeramente hacia los que tiene que servir” y nota “en el trato con los demás cómo se dan muchos toques de alegría y de agradecimiento y de cariño”. Como dice el Salmo: Así como el ciervo desea las aguas, así mi alma te desea a ti, Dios mío.

El séptimo grado “hace atrevida al alma” (Nos viene una cierta caradurez).
El séptimo grado en esta escala consiste en un atrevimiento y caradurez para hacer cosas novedosas y buenas y para decirlas sin respeto humano ni cobardía. Uno siente que se vuelve atrevido en el bien, vehemente, sin vergüenza ni prudencias humanas. Esto también trae sus contrariedades: “Pero si siempre se hizo así, para qué cambiar ahora”.

El octavo grado de amor “hace al alma agarrar y apretar sin soltar el Bien” (No se afloja ni “abajo del agua”).
El octavo grado de la escala de este amor que es fidelidad a la misión encomendada y elegida es cuando uno no suelta ni afloja por nada del mundo la tarea que ha asumido con amor. Uno se siente unido a los que ama y partícipe de sus sentimientos, padeceres y alegrías. Visto el bien del prójimo y puesto en marcha no se retrocede ni un tranco de pollo.

El noveno grado de amor “hace arder al alma con suavidad”.
El noveno grado, dice San Juan “ Hace arder al alma con suavidad”. Se trata de esa alegría mansa que brilla en los ojos de los que sirven con amor a sus hermanos. Por ahí uno ve un brillito en los ojos del otro que ha estado sirviendo platos, charlando largo con uno, contemplando en silencio al que agoniza…

El décimo grado ya es sólo para con Dios y no pertenece a esta vida sino al Cielo: Hace asimilarse totalmente a Dios, por la clara visión de Dios. Aunque como dice San Juan, esto pertenece al Cielo, cuando Madre Teresa hablaba de “las almas preciosas y bellas de sus pobres” uno siente que algo de esta visión se da a veces también en esta vida y al ver un destello de la presencia de Jesús en los ojos agradecidos de un pobre el corazón se nos inunda de amor.

Estas diez intensidades distintas del amor espero que nos sirvan para andar atentos a toda la riqueza y a todos los matices que tiene el mandamiento que el Señor nos dejó, para que nos ejercitemos, cada uno según la gracia que el Señor le de, en cultivar y acrecentar estos grados del amor comprometido.
Diego Fares sj

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Se muere el amor y el corazón sigue vivo ¿puede haber mayor dolor?

Aquel mismo domingo, por la tarde, estaban reunidos los discípulos en una casa con las puertas bien cerradas, por miedo a los judíos. Jesús se presentó en medio de ellos y les dijo:
–La paz esté con ustedes.
Y les mostró las manos y el costado. Los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús les dijo de nuevo:
–La paz esté con ustedes.
Y añadió:
–Como el Padre me envió a mí, así los envío yo a ustedes.
Sopló sobre ellos y les dijo:
–Reciban el Espíritu Santo. A quienes les perdonen los pecados, Dios se los perdonará; y a quienes se los retengan, Dios se los retendrá.
Tomás, uno del grupo de los doce, a quien llamaban «El Mellizo», no estaba con ellos cuando se les apareció Jesús. Le dijeron, pues, los demás discípulos:
–Hemos visto al Señor.
Tomás les contestó:
–Si no veo las señales dejadas en sus manos por los clavos y meto mi dedo en ellas, si no meto mi mano en la herida abierta en su costado, no lo creeré.
Ocho días después, se hallaban de nuevo reunidos en casa todos los discípulos de Jesús. Estaba también Tomás. Aunque las puertas estaban cerradas, Jesús se presentó en medio de ellos y les dijo:
–La paz esté con ustedes.
Después dijo a Tomás:
–Acerca tu dedo y comprueba mis manos; acerca tu mano y métela en mi costado. Y no seas incrédulo, sino creyente.
Tomás contestó:
–¡Señor mío y Dios mío!
Jesús le dijo:
–¿Crees porque me has visto? Bienaventurados los que creen sin haber visto.
Jesús hizo en presencia de sus discípulos muchos más signos de los que han sido recogidos en este libro. Estos han sido escritos para que crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios; y para que, creyendo tengan en él vida eterna (Jn 20,19-31).

Contemplación
¿Qué evangelio, qué buena noticia quiere comunicarnos el Señor Resucitado con estos encuentros en los que, por un lado, se presenta físicamente y por otro lado, desaparece una semana; estos encuentros en los que, por un lado, muestra sus llagas y por otro lado dice “felices los que creen sin haber visto”?
Los cuarenta días de este “dejarse ver y retener los ojos”, de estos venir al encuentro y luego desaparecer de Jesús Resucitado, creo que apuntan a suscitar la expectativa de una nueva manera de Presencia suya en nuestra vida.
No se trata pues de añorar sólo los “apariciones” del Señor durante aquellos cuarenta días benditos, sino también de aprender de sus “ausencias”.

Gracias a la pedagogía del Resucitado la comunidad entra en un ritmo de Esperanza, en el que están atentos a que el Señor se les haga visible en cualquier momento y situación de la vida:
por el camino (como a los de Emaús y a las mujeres),
en medio de la comunidad reunida,
durante el trabajo de pesca, junto al lago.
Jesús los acostumbra a esperar que venga: el “¡Ven Señor Jesús!” se hará oración en la Iglesia. Tomás aprende hoy la lección de que el Señor viene a sus tiempos y hay que estar atento: a los ocho días “estaba también Tomás con ellos cuando se presentó el Señor”.

Además de educarnos en este ritmo que hace bien a la fe dado que deja espacio a nuestra libertad, dándonos tiempo para ir y venir con nuestros sentimientos y decisiones (Tomás decidió estar aquel día, así como luego decidió estar al lado de Pedro en la barca, cuando se fueron a pescar, dado que el Señor no “aparecía” y ellos no sabían bien qué hacer mientras esperaban), ¿qué otro mensaje comunica el Señor Resucitado con sus presencias y ausencias?

Otro mensaje es el de los frutos de la Resurrección. “Por sus frutos reconocerán a las personas”, les había enseñado Jesús. La Resurrección irradia paz. La paz de Cristo es el primer fruto de su Resurrección; y lo capta nuestra sensibilidad antes que nuestra mente. Antes de reconocer que “es el Señor” los discípulos sienten que su paz lo precede. En esos días el Señor dice la frase repetidas veces: “La paz esté con ustedes”. Pero esa paz pasa a ser don de los cristianos: nos damos la paz al comenzar la misa, en medio de la Eucaristía, y al despedirnos nos vamos en paz. El don de la paz es el ámbito en el que luego “viene y se va” el Resucitado. Y es algo que podemos sentir. Es la primera señal de la consolación, dice Ignacio. Y la más estable, la de fondo. Paz alegre en los momentos lindos y paciencia en el dolor. La paz quita el temor, que es una de las cuatro pasiones principales: gozo y tristeza, esperanza y temor. Como dice Santo Tomás:
Respecto del bien, el movimiento comienza en el amor, continúa en el deseo y termina en la esperanza; mientras respecto del mal, comienza en el odio, continúa en la huida y termina en el temor.
Vemos pues que el Señor como Buen Pastor de nuestras pasiones, va a buscar lo más perdido de nuestros sentimientos, el temor, y lo rescata con la paz. Invierte así el movimiento de huida que provocó el no tolerar sus llagas, su pasión y muerte, y llena de amor sus corazones con su presencia, despertando la Esperanza de su regreso y el gozo de su presencia física.
La paz la comunica el Señor mostrando sus llagas, que es lo que producía rechazo, odio a los enemigos, miedo al dolor y a la muerte, huida, tristeza y desesperanza. Sensiblemente cura a los discípulos inundándolos de suave paz. Sus llagas nos han curado:
Vengo Señor, junto a las ígneas huellas
De tus sacras heridas luminosas:
Quíntuple abrir de inmarcesibles rosas,
Suma constelación de cinco estrellas.

Vengo a poblar sus oquedades bellas,
A estudiar en sus aulas silenciosas
Y a beber, con ternuras dolorosas,
La miel de acibar que pusiste en ellas.

Cuando zozobre mi valor, inerme,
Y vaya en turbias ansias a abismarme
Y llagado también llegue yo a verme,

Deja a tus dulces llagas allegarme,
Y en sus íntimos claustros esconderme
Y en su divina suavidad curarme.

El mensaje de fondo que nos comunica el Resucitado, con sus presencias y ausencias, con su paz y su perdón, es que, gracias a su ayuda, puede resucitar siempre nuestra capacidad de amar. Y para que se abran de nuevo los ojos al amor es necesario dialogar con sus heridas. Inmersos en este ritmo de la Esperanza, que hace “desear” en paz la presencia del Señor, podemos dialogar con las heridas del Señor, pidiéndole con fe que nos dinamicen con el movimiento sanante de la resurrección y nos rescaten de la tendencia hacia el miedo, la tristeza y la desesperación.

¿Cuál es tu llaga? -te dice Jesús- mostrámela. ¿Es una llaga de tus manos? ¿Sentís que te cuesta dar la mano, que te cuesta abrirlas, que te cuesta recibir y compartir? Si es así, es una llaga en tus manos. Quizás te faltó quién te diera la mano de niño, quien te consolidara y te hiciera sentir seguro en tu adolescencia, quien te enseñara a hacer las cosas en tu trabajo. Quizás no te daban bien y tenías que manotear y robar vos y te quedó una huella de manos cerradas, de manos lastimadas. Agarrate de mi Mano –te dice el Señor-, dejá que te tome la mano, como a Pedro cuando se hundía, que te alce como a la Magdalena. Dejá qué ponga en tus manos mi Eucaristía, dejá que te ayude a abrazar la Cruz que has tomado con tus manos heridas para seguirme, dejá que te bendiga en la frente con mi mano.

¿Cuál es tu llaga? – te dice Jesús- mostrámela. ¿Es una llaga de tus pies? ¿Sentís que te cuesta levantarte a la mañana, que cada paso es un acercarte a lo que temés, una incertidumbre? Te cuesta ir a tus cosas, sentís que no avanzás, que caminás lento como cargando un peso, o que vas y venís desorientado,? Si es así, es una llaga en tus pies.
Quizás tropezaste muchas veces y no te levantaron rápido, con cariño, o saliste a dar vueltas de joven y metiste la pata, y no te animaste a regresar a la casa del Padre, quizás te has vuelto demasiado temeroso y estás paralizado en tu espacio reducido sin animarte a los caminos… Ponete tras mis huellas –te dice Jesús-. Seguime. No mirés para atrás ni a los otros: Vos seguime a mí. Vamos juntos. Yo soy la Luz, Yo soy el Camino. Dejá que te cargue un trecho en mis hombros, como a la ovejita perdida, como al herido del camino, permitime que te ponga en pie como al paralítico, dejá que ordene cargar tu camilla y caminar.

¿Cuál es tu llaga? – te dice Jesús- mostrámela ¿Es una llaga en tu costado? ¿Sentís que tenés el corazón indeciso, que perdés el ánimo y la confianza cuando te invaden sentimientos tristes, de bronca, de culpa, de impotencia, de desesperación? Si es así, se trata de una llaga en tu corazón.
Quizás te lastimaron de pequeño, esperabas más amor del que te dieron tus papás, te quedó la impresión de que mejor no esperar mucho amor para no desilusionarte…
En esta llaga hay que ser muy pero muy delicados. Las otras son estandar, por decirlo de alguna manera. Las llagas del corazón, en cambio son únicas. Inimaginable es lo que puede herir el corazón de un niño, el corazón de un adolescente, el corazón de una madre, el corazón de un padre, el corazón de un amigo… Aquí sí que es imprescindible que dejés que se te acerque Jesús, con la llaga de su Corazón a la de tu corazón. Sólo Alguien como él puede ayudar. Porque las otras llagas, con una curita pueden andar, aunque uno renguée o le moleste al agarrar. Pero el corazón, si tiene una llaga necesita “resurrección”. No menos. Porque si no se muere. Se muere espiritualmente. Funciona en automático. Manda sangre. Siente. Pero no ama. Se muere el amor y el corazón sigue vivo ¿puede haber mayor dolor?
Cada corazón es infinitamente sensible: tanto el de un niño como el de un anciano, el de los pobres como el de los ricos, el de los enfermos como el de los fuertes… No importa quién o qué seas por fuera si se te ha muerto el amor. Cada corazón es infinitamente sensible porque está hecho de carne y espíritu, de una manera tan delicada que solo puede ser obra de Dios. Y si está herido en su capacidad de amar, sólo lo puede sanar Él. Y con un Corazón también herido, que para eso se dejó traspasar: para poder curar nuestros corazones. Sólo Jesús puede curar el corazón de un niño abusado y con miedo, de una abuelita despreciada por sus hijos, de un pobre tratado sin respeto, de un poderoso humillado injustamente, de una adolescente engañada por su novio, de un padre de familia que perdió el trabajo, de una mujer maltratada por su esposo…
La Resurrección acontece en el corazón y allí tiene que acercarse Jesús Resucitado y, con su paz y su alegría, con el soplo suavecito que cura el ardor de las heridas, tiene que perdonarte tus pecados (y las llagas que tus pecados o los pecados ajenos produjeron en tu corazón), para que resucite y siente que, de nuevo, puede amar.
Esa es la señal definitiva de la Resurrección: que uno siente, experimenta, que de nuevo puede amar. Que gracias a Jesús podemos amar: a Dios, a nosotros mismos y a los demás.
Diego Fares sj

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de-dos-en-dos1

El Reino se expande por presencia personal

“Jesús recorría los pueblos de los alrededores enseñando a la gente…
(Es en medio de esas “correrías apostólicas” que…)
… Llama junto a sí a los Doce
y comienza a enviarlos de dos en dos;
y les daba potestad sobre los espíritus impuros.
Les mandó que nada tomaran para el camino sino sólo un bastón;
ni pan, ni mochila, ni monedas en la faja; sino que se calzaran sandalias
y que no vistieran dos túnicas.
Les decía: ‘En cualquier lugar que entren en una casa
permanezcan allí hasta que salgan de ese lugar.
Y si se da que algún lugar no los acoge y la gente no los escucha,
al salir de allí, sacudan hasta el polvo de debajo de sus pies
como testimonio contra ellos’.
Entonces ellos salieron a predicar para que la gente se convirtiera;
expulsaban a muchos demonios y ungían con óleo a muchos enfermos,
y los curaban” (Mc 6, 7-13).

Contemplación

Antes que nada una pequeña historia de San Francisco de Asís, que es quien mejor comprendió la alegría y la fuerza de conversión que tiene el evangelio desnudo. La leí hace poco y me encantó. Se cuenta en las Florecillas que cuando Francisco convocó a todos los hermanos en una especie de primer capítulo Franciscano se juntaron en Santa María de los Ángeles más de cinco mil frailes. Francisco les predicaba y al llegar al tema de la pobreza les dijo que les mandaba por santa obediencia a todos que ninguno se preocupara ni anduviera ansioso por la comida o por las necesidades del cuerpo, sino que se ocuparan solamente de orar y alabar a Dios, que Dios cuidaría de ellos. Y todos recibieron este mandato con alegría y se entregaron a la oración. A Santo Domingo, que estaba presente, le pareció muy extraño este mandato y juzgó que era una indiscreción de Francisco juntar a tanta gente y no ocuparse para nada de la comida. Sin embargo, al mediodía, de todos los pueblitos cercanos, vinieron carretas y carretas con gente trayendo alimentos, platos y jarros y todo tipo de cosas útiles para los frailes y la gente misma les servía la comida. Con lo cual, muy conmovido, Santo Domingo, al comprobar en qué manera era verdad que la Providencia divina se ocupaba de ellos, confesó con humildad haber censurado falsamente de indiscreto el mandato de San Francisco, se arrodilló ante él diciendo humildemente su culpa y añadió: — No hay duda de que Dios tiene cuidado especial de estos santos pobrecillos, y yo no lo sabía. De ahora en adelante, prometo observar la santa pobreza evangélica”.

Esta confianza en la fuerza del evangelio, que hace que todo lo demás venga por añadidura, proviene de recomendaciones de Jesús como ésta, cuando envía a los Apóstoles de dos en dos, a predicar.

En la vida de los santos tenemos testimonios hermosísimos de todo tipo. Madre Teresa en nuestro tiempo es la mejor testigo de cómo a Jesús le gusta la gente que se confía totalmente en él a la hora de poner en práctica su evangelio, ya sea predicando o haciendo las obras de misericordia que él nos enseñó.
En la última entrevista que le hicieron dice:
“Personalmente no tenemos nada. Vivimos de la caridad y por la caridad.
La periodista agrega: Y de la Providencia…
Y Madre Teresa asiente: Tenemos que afrontar siempre necesidades imprevistas. Dios es infinitamente bueno. Siempre se preocupa de nosotras.”

El mundo de hoy es complicado y la tendencia del consumo es totalmente contraria a este espíritu evangélico.
El diagnóstico es el mismo que el de Madre Teresa: tenemos que afrontar siempre necesidades imprevistas.
El diagnóstico es el mismo pero la dinámica para afrontarlo es contraria.
La lógica consumista dice: entonces tenemos que tener dos de todo, por previsión.
En lo tecnológico sucede lo mismo: hay que tener siempre dos (o tres) sistemas de remplazo, dos backups, dos sistemas de seguridad, otro grupo electrógeno…
¿Se acuerdan del ejemplo de los megamillonarios? Esa nueva casta social de gente super rica, que, por dar un ejemplo, usan relojes diseñados por el suizo Franck Muller, de un valor de hasta 600.000 dólares. Pues bien, cuando se les preguntó a muchos de ellos cuánto dinero necesitarían para sentirse seguros, todos apuntaron a una cifra que era, casi inevitablemente, el doble de lo que ya tienen. Cien, mil o diez mil millones de dólares. Lo mismo da.

La lógica de Jesús parece que es al revés: en vez de dos túnicas, sólo una. En vez de dos pares de sandalias, sólo una. Y no llevar pan ni plata por las dudas…

Es bueno recordar aquí que este año, que fue de debacle económica a nivel global, fue el año en que más ayuda recibió una obra como la Casa de la Bondad. Sucedió algo semejante a las carretas cargadas de bienes que espontáneamente le llevaban a los frailes los vecinos.

Tampoco viene mal traer aquí a cuento que los que quieren tener dos de todo son los que caen en manos de personas como Bernard Madoff, que les da el doble a los de arriba de la pirámide a medida que les va sacando todo a los de la base.

Pero me parece que me voy del tema del evangelio, en el sentido de que estas “verdades” enfrían, porque pueden llevar a discusiones del tipo: “pero bueno, ¿qué quiere decir? ¿Qué todos tenemos que ser la Madre Teresa o San Francisco?
Me cuestionaba a mí mismo pensando que en el Hogar, si no hubiéramos comprado dos motores para armar el grupo electrógeno, nos hubiéramos quedado sin luz (y sin agua) un día, porque un motor no anduvo.

Si la contemplación se enfría, dejemos los números.
La lógica de Jesús, así como no es cuestión de letra sino de Espíritu, tampoco es cuestión de números.

¿Y entonces? ¿Qué es lo que el Señor quiere que resalte al enviar a los suyos de dos en dos y con pobreza de medios?

¡De dos en dos! ¡Qué maravilla! Vuelven a salir números, pero con otro espíritu. Porque son números de personas.
Y de dos que hacen uno, porque van con un solo corazón y una única misión.
Y de dos que a la vez son tres, porque donde dos o más se juntan en Nombre de Jesús allí está Él en medio de ellos.

Entonces comenzamos a entrever que lo que quiere resaltar Jesús es que el Reino se expande por presencia personal.
Los manda de dos en dos y con pocas cosas para que se note que Él va con ellos, que Él está presente en medio de ellos.
Los hace quedarse donde los acogen y los escuchan, para que formen familia, comunidad, centrando a cada pueblo en torno a la familia que mejor recibe a los enviados. Porque el que los recibe a ellos lo recibe a Jesús y el que recibe a Jesús recibe al Padre que lo envió.

La lógica de Jesús tiene muy en cuenta los números cuando se trata de personas: “Cuanto hicieron a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicieron. Y en verdad les digo que cuanto dejaron de hacer con uno de estos más pequeños, también conmigo dejaron de hacerlo” (Mt 25, 40 ss).

La pobreza de recursos es, pues, para que se incremente la riqueza personal, para que la gente sienta que recibe personas, no ideas; para que la gente sienta que es convocada a formar comunidades de vida, no a realizar servicios puntuales. En las cosas de Jesús cada uno tiene que sentir que lo importante es que se sume como persona: importa su presencia, su corazón y su rostro, junto con sus manos.

Nos detenemos ahora un momento y profundizamos en la dinámica del llamamiento.
Jesús “llama junto a sí” a los Doce.
Llama, en presente (porque sigue llamándote ahora), y llama haciendo hincapié en este “junto a sí”.

Quiere que estés con Él y al enviarte quiere que sientas que vas en su Compañía.
Y que los que te reciben sientan que en vos hay mucho lugar para Él porque si es así, sentirán que también hay lugar para ellos.

Ser evangelizados es que se nos abran los ojos para ver a la Persona de Jesús en el centro de este envío de dos en dos. El es el tercero que va con ellos.
El estilo despojado con que andan sus enviados hace que la atención de la gente se dirija a Jesús que va con ellos.
Evangelizar no es ir a repetir una doctrina que el Señor les enseñó o a multiplicar un trabajo que Jesús no alcanzaría a realizar Él sólo.
Recordemos que Él ya está “recorriendo aldeas y enseñando a la gente” y que los envía “a los lugares donde debía ir Él”. Desde el comienzo Jesús se ha situado en medio de su pueblo, dialogalmente. El envío tiene un doble movimiento: atrayendo junto a sí y luego yendo con ellos a donde los envía. Estando presente en medio de cada pareja de apóstoles entra en cada casa y en cada pueblo y se fija en si los acogen o no. La Persona de Jesús está en el centro del pueblo fiel, de los Doce, de cada grupo de dos y de los lugares a donde entran. Así como Jesús los “hizo Doce” para que estuvieran con Él, aquí los envía para que los reciban, para que ellos estén y permanezcan en la casa donde los acogen y escuchan.

Dejarse evangelizar es aceptar a los enviados en la propia casa y que lo propio pase a sumarse a la Comunidad. Ser evangelizado es dejarse “coaptar”, integrar, sumar…, para lo cual hay que permitirle a Jesús que nos sane de toda enfermedad que aísla y de todo mal espíritu que no nos permite permanecer en su amor.

Al fin y al cabo, a los discípulos se los reconocía por este “estar siempre con Jesús”, por andar en su compañía. Esta es la gracia que pidió Ignacio para él y para sus compañeros y para todos los que hacen los Ejercicios: la de formar una compañía de Jesús. Una compañía en la que la pobreza de medios haga resaltar la calidez, el gozo y el valor de las personas mismas, cuya amistad en el Señor es nuestra mayor riqueza.

Diego Fares sj

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Jesus de Nazareth

Los milagros nuestros que Jesús admira

Jesús salió de allí y vino a su pueblo y sus discípulos lo acompañaban.
Cuando llegó el Sábado comenzó a enseñar en la sinagoga
y los más de los que lo escuchaban estaban asombrados y decían:
-¿De dónde (saca) este estas cosas? y ¿qué es la sabiduría esta que le ha sido dada? ¿y estos milagros (dynamis) que por sus manos se realizan?
¿No es este el carpintero, el hijo de María, y el hermano de Jacob y de José y de Judas y de Simón? Y no se hallan sus hermanas aquí entre nosotros?
Y se escandalizaban de él.
Jesús les dijo:
– No hay profeta desprestigiado si no es en su patria
y entre sus parientes y en su casa.
Y no podía obrar milagro alguno (dynamis),
salvo que a unos pocos enfermos, imponiéndoles las manos, los curó.
Y él se admiraba de su incredulidad.
Y recorría las aldeas en torno enseñando (Marcos 6, 1-6).

Contemplación

Los milagros que Jesús no pudo hacer…
San Ignacio consideraba que era “todo impedimento” con respecto a las maravillas que el Señor quería hacer por él y con él. Y sin embargo se sentía muy amado, es más, experimentaba con estupor que cuánto más él le ponía impedimentos a la acción del Espíritu, más lo bendecía el Señor; como si Dios redoblara su confianza en su creatura a fin de ganarle el corazón. Esto le causaba a Ignacio admiración, agradecimiento, humildes pedidos de perdón y le daba mucha confianza para mejorar cada día.
Ignacio no le ponía distancias a la misericordia de su Señor ni se escandalizaba de él, como le pasó a los vecinos de Nazareth.

¡Cuántos milagros desea hacer el Señor en mi vida!
Esta es una linda manera de pensar.
Requiere, eso sí, que profundicemos en nuestra concepción de lo que es un milagro.
“Dynamis” (virtud, fuerza), así llama el evangelio de Marcos a los milagros.
Se trata de esa “dynamis” que brotó del interior de Jesús cuando la fe de la hemorroisa le tocó suavecito el manto

Esas “dynamis” que brotan de los labios y de las manos de Jesús hacen “retroceder” a las fuerzas negativas, las de la enfermedad y la muerte, las del pecado y las insidias del demonio.

El milagro es la fuerza del Amor que difunde el bien y hace retroceder al mal.

Nuestra mentalidad ha quedado atrapada en una concepción superficial del milagro: la de algo que sucede “desafiando las leyes naturales”. La gente se divide entre los que ven por todos lados cosas “sobrenaturales” y los que no creen para nada en lo sobrenatural sino que a todo le encuentran una explicación científica.

Pero en la Biblia el milagro es otra cosa. Es ver en algo, no importa mucho si es algo natural o extraordinario, la fuerza (dynamis) del Amor personal de nuestro Padre Dios, o de Jesús, o de los Santos.

Por eso hay milagros cotidianos e inmediatos, como los que le pedimos a los ojos de la Virgen: que nos den la “dynamis” para “encontrar” algo que se nos perdió o para “recordar” dónde lo habíamos dejado.

Están también los milagros a largo plazo, cuya dynamis es una fuerza mansa y constante que crece y se sostiene a lo largo del tiempo, como hemos visto en estos años que ha ocurrido con la Casa de la Bondad, cuya construcción hoy nos maravilla, siendo que comenzó de la nada, a fuerza de pura fe.

Hay que recordar también que el lugar de los milagros es el corazón, no la realidad exterior en bruto. Los milagros acontecen en el corazón. Es allí donde se “a-cuerda” la relación maravillosa entre un hecho –extraordinario o trivial- y la intención amorosa de Dios, entre algo que deseamos y pedimos y el ver en su cumplimiento la mano de Jesús, el asentimiento de la Virgen, la intercesión eficaz de algún santo amigo…
En el significado religioso de los hechos está la esencia del milagro. Uno siente “aquí estuvo la mano de mi Señor”; “esto es obra suya”; “el Señor escuchó mis ruegos”.

El asunto es que, una vez que Jesús vino al mundo, hay algo de su manto en todas las cosas: hay partículas de la Eucaristía en toda la materia, hay palabras suyas en todos los mensajes…

Esto es lo que nos regaló la ingeniosa fe de la Hemorroisa: la gracia de poner al descubierto que lo que cubre la gracia interior está empapado de ella y la manifiesta. El manto de Jesús participa de la fuerza vital de su interior divino: vibra con el latido de su Corazón. El amor del Señor bendice todo lo que toca y como todas las cosas están bendecidas, se puede acceder a ese Amor con solo tocar la puntita de sus mantos. La imagen linda es la del pueblo fiel de Dios tocando con delicadeza infinita el manto de la virgen, los pies de los santos…

Es tan simple “sentir” a Jesús en la fe de los otros y desear “tocarlo” con nuestra fe, que Jesús se maravilló mucho de que en sus pagos nadie le tocara el manto ni le sacara ninguna virtud sanadora. Se mantuvieron a distancia aún dándose cuenta de que la sabiduría (sofia) que salía de sus labios y las virtudes (dynamis) que salían de sus manos eran algo extraordinario. Se asombraron, sí, pero en vez de pasar a la admiración confiada de la fe, consintieron a la tentación de escandalizarse y pusieron distancia a las maravillas de Dios para no entregarle corazón a Jesús.

¿Qué milagros se perdieron? Todos, salvo esos pocos que recibieron los que fueron curados de alguna enfermedad al imponerles Jesús las manos. Imagino entre estos a alguna gente querida del barrio. Seguro que Jesús curó a alguna abuelita de esas que lo habían malcriado de niño; y a algún discapacitado mendigo al que la Virgen muchas veces le habría encargado de llevarle algo de comida o abrigo… ¿Qué por qué no les hizo el milagro antes? Es que Jesús les había estado haciendo milagros todo el tiempo. Estos de las curaciones físicas son milagros de la Vida Pública, para dar testimonio del Amor de Dios que se revela en la Palabra del Evangelio. Pero los otros milagros consistían en dar testimonio del Amor de Dios que se manifiesta en los pequeños gestos de la vida cotidiana. Y los milagros “apocalípticos”, del terremoto y el oscurecimiento del cielo, se dieron no en la vida sino en la muerte del Señor, para dar testimonio de su Amor que lo entrega todo para redimirnos.

Cada milagro responde a una dimensión del Amor y el Amor requiere todo tipo de milagros.
Como digo, hay infinidad de milagros y la gracia es el milagro de la fe para tener la “dynamis” de saber pedirlos y poder verlos.
Hemos visto que cuando el Señor calma la tempestad no los cura del todo del miedo, sino que se llenan de un gran temor ante la majestad de Jesús. Y el Señor los vuelve a acercar haciéndoles reflexionar sobre su fe, no sobre el milagro exterior. El miedo viene de la poca fe. Lo que vence el miedo a la enfermedad y a la muerte es la fe. Una fe que tiene la dynamis de una intensísima suavidad como la de la Hemorroisa, que cree que con solo tocar el manto de Jesús dejará de desangrarse. El miedo se cura con la “dynamis” del “mucho servir por puro amor”. Es una especie de “auto-milagro”, porque uno mismo cuando es curado de su fiebre, como la suegra de Pedro, se puede levantar y ponerse a “servir”. El milagro de la curación se concierta con el milagro del servicio.

Milagro de Jesús, milagro nuestro.

Conversión de la imagen de un Dios que viene en mi ayuda cuando yo quedo impotente ante alguna realidad a la imagen de un Dios que gesta junto conmigo sus milagros –la dynamis de su Amor junto con el milagro de mi fe y de mi ponerme a servir en su Nombre.

El Señor se admira de nuestra fe porque brindarle nuestra fe es un milagro que hacemos nosotros. Brindarle nuestro servicio por amor, es un milagro que brota de nuestro corazón. Y entonces: hay sintonía de milagros.

Martín Descalzo cuenta aquel relato tan lindo de Gerard Bessiere:
“Los miércoles, milagro”. ¿Se acuerdan? Dice así:

“Aquella tarde a Gabriela le preguntó su amigo Jacinto.
─ ¿Qué has hecho hoy en la escuela?
─ He hecho un milagro ─ respondió la niña.
─-¿Un milagro? ¿Cómo?
─ Fue en el catecismo.
─ ¿Y cómo hiciste el milagro?
─ Tenemos como profesora a una señorita que está muy enferma. No puede hacer nada ella sola, sólo hablar y reír.
─ Y ¿qué pasó?
─ La señorita hablaba de los milagros de Jesús. Y los niños dijeron: No es verdad que haya milagros. Porque si los hubiera, Dios te hubiera curado a ti.
─ Y ella ¿qué dijo?
─ Dijo: Sí, Dios hace también milagros para mí. Y los niños dijeron: ¿Qué milagro ha hecho?
─ ¿Y entonces?
─ Entonces ella dijo: Mi milagro son ustedes. ¿Porqué? , le preguntamos. Y ella dijo: Porque me llevan los miércoles a pasear empujando mi silla de ruedas. ¿Lo ves? Hacemos milagros todos los miércoles por la tarde. La señorita dijo también que habría muchos más milagros si la gente quisiera hacerlos…”.

Diego Fares sj

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Curaciones16Hemorroisa

Los “pianissimo” de la fe

Cuando Jesús regresó en la barca a la otra orilla, una gran multitud se reunió a su alrededor, y él se quedó junto al mar. Entonces llegó uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo, y al verlo, se arrojó a sus pies, rogándole con insistencia:
– «Mi hijita se está muriendo; ven a imponerle las manos, para que se cure y viva.»
Jesús fue con él y lo seguía una gran multitud que lo apretaba por todos lados.
Se encontraba allí una mujer que desde hacía doce años padecía de hemorragias. Había sufrido mucho en manos de numerosos médicos y gastado todos sus bienes sin resultado; al contrario, cada vez estaba peor. Como había oído hablar de Jesús, se le acercó por detrás, entre la multitud, y tocó su manto, porque pensaba:
– «Con sólo tocar su manto quedaré curada.»
Inmediatamente se secó la fuente de su sangre, y ella sintió en su cuerpo que estaba curada de su mal. Jesús se dio cuenta en seguida de que una virtud (dínamis) había salido de él, se dio vuelta y, dirigiéndose a la multitud, preguntó:
– «¿Quién tocó mi manto?»
Sus discípulos le dijeron:
– «¿Ves que la gente te aprieta por todas partes y preguntas quién te ha tocado?»
Pero él seguía mirando a su alrededor, para ver quién había sido.
Entonces la mujer, muy asustada y temblando, porque sabía bien lo que le había ocurrido, fue a arrojarse a los pies y le confesó toda la verdad.
Jesús le dijo:
– «Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz, y queda curada de tu enfermedad.»
Todavía estaba hablando, cuando llegaron unas personas de la casa del jefe de la sinagoga y le dijeron:
– «Tu hija ya murió; ¿para qué vas a seguir molestando al Maestro?»
Pero Jesús, sin tener en cuenta esas palabras, dijo al jefe de la sinagoga:
– «No temas, basta que creas.»
Y sin permitir que nadie lo acompañara, excepto Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago, fue a casa del jefe de la sinagoga. Allí vio un gran alboroto, y gente que lloraba y gritaba. Al entrar, les dijo:
– «¿Por qué se alborotan y lloran? La niña no está muerta, sino que duerme.»
Y se burlaban de él. Pero Jesús hizo salir a todos, y tomando consigo al padre y a la madre de la niña, y a los que venían con él, entró donde ella estaba. La tomó de la mano y le dijo:
– «Talitá kum», que significa: «¡Niña, yo te lo ordeno, levántate!»
En seguida la niña, que ya tenía doce años, se levantó y comenzó a caminar. Ellos, entonces, se llenaron de asombro, y él les mandó insistentemente que nadie se enterara de lo sucedido. Después dijo que le dieran de comer” (Mc 5, 21-43).

Contemplación
Gente que piensa en Jesús

“…Pensaba: con sólo tocar su manto quedaré curada.”
Entramos en la contemplación por la puertita interior del corazón de la mujer que sufría hemorragias.
La escena de hoy es multitudinaria y ajetreada. Jesús va por la calle, en medio de la gente que lo apretuja por todos lados. Va con sus discípulos, urgido por el pedido del Jefe de la Sinagoga, que suplica por la vida de su hijita. Pero por el camino, en medio de tanta gente que va con Jesús o pasa a su lado, del corazón de alguien brota un pensamiento especial. Un pensamiento que se dirige exclusivamente a la fuerza vital que emana del corazón bueno de Jesús Ese pensamiento pensaba así: “con solo tocar su manto quedaré curada”.

Entramos entonces a la contemplación por este “pensaba…” de la hemorroisa (la mujer a la cual la vida se le iba yendo de a poco pero de manera creciente); entramos a Jesús por el pensamiento que brotó de ella lleno de amor y de fe total en el Señor.
Contemplamos su corazón. ¡Qué corazón lindo el suyo! Cuánto amor escondido a Jesús. Cuánta confianza en la Bondad de Jesús se esconde en el pensamiento de que “con solo tocar su manto quedaré curada”. Decimos que el pensamiento le brotó del corazón. Y cuando decimos pensamiento tenemos que recuperar la fuerza de esta palabra. El pensamiento no es algo estándar, no es un medio para contactarse con la realidad. El pensamiento es una potencia del espíritu cuya unidad reside en el corazón del hombre. Un corazón bueno y sabio piensa virtuosamente. Piensa con una fuerza que le permite “remar contra la corriente” (virtud), remontar situaciones difíciles. Un corazón como el de la hemorroisa piensa con fuerza vital, piensa positivamente, con fe. Y por eso Jesús le dice: tu fe te ha salvado. Tu pensamiento virtuoso a leído bien la realidad, ha sido capaz de sentir el latido pianísimo de mi Corazón en la orla de mi manto.
¡Hay tanta gente así! Tanta gente que confía en Jesús en silencio, que lo ama sin que nadie lo note. Hay tanta gente aue va cultivando pensamientos fuertes de fe en la intimidad y cuando llega la ocasión la “toca” y es bendecida. Hay tanta gente que dialoga interiormente de sus cosas con él y que reza por todos: por los que no conoce, por los enfermos, por la patria. Gente que no hace ruido, como la hemorroisa. Que no se hace notar, pero que está pensando en Jesús todo el tiempo. Gente que está haciendo actos de fe, positivos, virtuosos, y que toca las cosas con la música de su buena onda y les saca armonías y melodías en vez de disonancias.

Hablo en términos musicales porque el evangelio dice que, cuando la mujer le tocó el manto, “Jesús se dio cuenta en seguida de que una virtud (dínamis) había salido de él”. En música la “dinámica” se expresa marcando la intensidad con que se puede ejecutar una pieza. Están los pianísimos, los piano, los mezzopianos, los fortes, mezzofortes y fortísimos). Jesús se da cuenta de las intensidades de la fe como un músico es capaz de percibir matices en la misma nota. El pianísimo de la mano de la mujer al tocar su manto, en medio de los tonos subidos de la multitud, hizovibrar el Corazón del Señor y le sacó un tono fortísimo, como una corriente, dice también el griego, que secó instantáneamente la fuente de sangre de la mujer (así expresa el evangelio lo que nosotros traducimos como “cesó la hemorragia”).
Cuando Jesús se da vuelta y dirigiéndose a la gente pregunta “Quién tocó mi manto”, está hablando en términos de dinámica, en términos de intensidad. Los discípulos responden con aparente sentido común, inmersos en la intensidad coyuntural que fluye sin ton ni son en la corriente de la multitud que va por la calle. Pero uno sabe –no solo Jesús- cuando alguien lo toca para pedir algo humildemente. Así como distinguimos los empujones y la brusquedad, también sentimos la amabilidad del que nos toca el brazo para ceder un asiento o dar el paso.
La fe no es estática, es dinámica, tiene infinitos matices: es cuestión de intensidad. En un pianísimo se encierra la belleza de toda una intensidad que se contiene para darse con dulzura, casi en silencio. Así lo tocó la hemorroisa a Jesús e hizo vibrar de admiración su  corazón. Se dio cuenta al instante pero no un segundo antes. Jesús también iba “distraído”, si se puede hablar así, o quizás, totalmente focalizado en Jairo y su hijita, y por eso sintió que “una virtud” había salido de él, y entonces para todo y quiere ponerle nombre. “Quién”, pregunta. Porque la fe tiene la intensidad de cada nombre propio.
Ayer bauticé en terapia a una joven mujer china, embarazada de cinco meses, con neumonía, y entre los barbijos y la pequeña jeringa con agua que una mano me pasaba sin querer entrar en la zona de aislamiento (patéticamente precario, por otro lado) la bauticé al lado de su marido y primero dije las palabras Yo te bautizo en el nombre del Padre… y después el nombre chino, y después me salióbajito “María”. Y mirando al marido lo interrogué con los ojos si le parecía bien que la bautizara así. Él asintió. Cuando trato de hablar con los chinos, como las palabras no salen, salvo dos o tres, cambio el tono. Y ellos, que tienen cuatro (y alguno más) captan los cambios de tono y te miran a los ojos y entienden que estás diciendo algo especial. En la confesión solo se decir “quede en paz” y sin embargo basta.
La fe es cuestión de tonos. Cuando decimos “aumenta mi fe”, no estamos diciendo dame mucha, sino dame cambiar la intensidad. Y más bien no para el lado de los forte sino de los pianissimo. Dame una fe mansa y piana, que en un pequeño toque de con la nota justa con gran amor. Por eso el Señor habla de una fe como un granito de mostaza. Nosotros pensamos en algo chiquito, pero lo importante es la intensidad vital que encierra un granito de mostaza, al acorde de vida que late en su interior. Una fe pequeña es más bien una fe pianissima, que toque las realidades y las piense con intensidad callada y sonora.
Tu fe te ha salvado.
Le pedimos a la hemorroisa la gracia de la fe. El nombre de hemorroisa parece el de una enfermedad y sin embargo tiene un sentido espiritual profundo, porque “ruomai” significa fluir, liberar, y se usa también para “salvar”. Ella liberaba sangre perdiendo vida y nosotros fuimos salvados por la efusión de sangre del Salvador, que es fuente de Vida.
La hemorroisa es tipo del ser humano que se desangra, que pierde energía y vitalidad derramándolas en tantos esfuerzos inútiles (como las terapias que había buscado esta mujer sin obtener resultados). Es tipo también del que se deja secar la fuente por donde pierde vida y energía interior (como dice Grün). Tipo de la persona que deja que fluya la fe de su corazón y que toque suavemente el corazón del Señor, fuente de Vida verdadera.
El Señor es el que hizo cesar nuestras hemorragias con la Suya. El que derramó con su Sangre el Espíritu para el perdón de los pecados. Una hemorragia necesita una transfusión y él es el donante generoso.
Nos quedamos, pues, contemplando y dejando resonar los matices de la escena en nuestro corazón, pidiendo a esta santa mujer, tan tímida en cuanto a respeto humano y tan audaz en la fe, que nos comparta la gracia de esa fe que la llevó a ponerse en contacto armonioso con la Fuente de la Vida.

Una última imagen: la de Jesús dándose vuelta y mirando a la gente hasta dar con los ojos de la mujer que tocó su manto. Jesús conoce a la gente que es como la hemorroisa. Conoce a su pueblo sencillo que lo toca con fe, en el manto de sus imágenes y de las de sus santos. Jesús ama a esta gente y le dedica lo mejor de su amor. Porque él es uno de ellos. El también se acerca a nosotros en medio de la multitud y nos toca apenas el brazo, a veces pidiendo algo, otras con algún gesto amable… Y si uno se da cuenta de que fue Él, si uno aprende a sentirlo se sana de tantas cosas! En primer lugar de las enfermedades que hacen sangrar, que hacen “perder energía”, perder vida: los rencores que sangran por las heridas del corazón, las desilusiones que sangran por la heridas de la mente… Y si algo ya no sangra porque se ha muerto, para el Señor “duerme” y puede venir a resucitarlo con su “talita kum”, pequeña, yo te lo mando ¡levántate!.
Diego Fares sj

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