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Al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos

– ‘Qué dice la gente sobre el Hijo del hombre? Quién dicen que es?’

Ellos respondieron:

-‘Unos dicen que es Juan el Bautista, otros, Elías y otros Jeremías o alguno de los profetas’.

– ‘Y ustedes –les preguntó- ‘¿Quién dicen que soy?’

Tomando la palabra Simón Pedro respondió:

– ‘Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo’.

Y Jesús le dijo:

-‘Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre sino mi Padre que está en el cielo.

Y Yo te digo: Tú eres Pedro y sobre esta Piedra edificaré mi Iglesia,

y el poder de la muerte no prevalecerá sobre ella.

Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos.

Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo’

Entonces ordenó severamente a sus discípulos que no dijeran a nadie que él era el Mesías” (Mt 16, 13-20).

Contemplación

Feliz de ti Simón!

Es la bienaventuranza de la fe.

De lo feliz que hace tener fe en Jesús.

La alegría que da hacerle caso a la fe cuando algo la despierta en nuestro corazón y sentimos el impulso a adherirnos sin peros a una certeza, que tiene que ver con un bien común, con algo que nos hace sentir plenamente humanos.

Algo especial se ilumina en los ojos de Jesús, mientras les va preguntando: “quién dice la gente que soy yo, quien dicen ustedes que soy yo…” y Simón le hace caso a lo que le dice su corazón.

Me pregunto si todos sentimos la voz del Padre cuando nos indica quién es Jesus, cuando nos revela que es su predilecto, el que esperamos, el Ungido…

El Señor dirá que el Padre se hace oír mejor por los pequeñitos y no por los que se complacen en escucharse a si mismos y en escuchar a los que los aplauden.

En todo caso, escuchar la voz del Padre e interpretarla como algo especial requiere ayuda, confirmación.

Esto es lo que hace Jesús con Simón: lo confirma, lo consolida en esa confianza que hace que se juegue y que lo convierte en Pedro, en piedra para confirmar la fe de sus hermanos, de todos nosotros.

Desde entonces, Simón Pedro -siempre con sus dos nombres, como hoy Jorge Bergoglio/Francisco- tiene la misión de confirmar personalmente la fe de los que queremos ser discípulos de Jesús.

Me gusta la idea evangélica de una fe en Jesús que necesita confirmación.

Una confirmación que no viene de la carne ni de la sangre, que no es cultural ni genética, sino que viene del Padre, del Altísimo, del Misericordioso, del que siempre está, estuvo y estará (que es una forma cercana de decir que es eterno).

Nuestra fe necesita esta confirmación de nuestro Padre y Él nos la hace llegar por dos vías, ambas eclesiales: por Pedro y por los pequeñitos del pueblo fiel, infalible en su modo de creer y de vivir la fe en su vida cotidiana.

Una fe que necesita confirmación es una fe pobre, es una “poca fe”.

Una “poca fe” que grita: Señor! Auméntanos la fe.

El plural indica que no se trata de una pobreza individual, de esas de las que uno podría salir por esfuerzo propio, sino de una pobreza que nos orienta hacia los demás, que nos hace salir de nosotros mismos y pedir ayuda. A Jesús , a Pedro y a las personas que vemos que tienen más fe que nosotros.

Volviendo a Simón Pedro, diría que él y todos los que con su nombre propio reciben el nombre de Pedro, solo se entienden desde esta fe. No se los entiende desde categorías meramente políticas, sicológicas, sociológicas…

Si se los elige es porque son gente que se deja confirmar y que se hace cargo de la tarea de confirmar a los demás.

Desde esta perspectiva se puede decir que Simón buscó ser Pedro, quería ser Pedro, fue siempre un Pedro, uno que era piedra para los demás, uno que se dejaba confirmar y que confirmaba a los demás en la fe, ya se tratara de tirar la red una vez más , aunque no hubieran pescado nada en toda la noche, o de caminar sobre las aguas en dirección a lo que para los demás era solo un fantasma.

Desear ser Pedro, desear ser confirmado para poder confirmar, es un deseo que regala el Padre a quien quiere. Suele dárselo a los que se animan a caminar sobre las aguas (y no a los que quieren trepar), a los que se dejan corregir y saben pedir perdón, a los que se juegan por sus hermanos sin miedo a quemarse…

Dejarse confirmar es disponerse a recibir el fruto de una acción conjunta: del Padre que pone a Jesus bajo la Luz del Espíritu Santo y lo transfigura ante nuestros ojos.

Confirmar a los demás también implica una tarea compleja, mas compleja que la que conlleva definir un dogma o escribir una encíclica. Esta es solo una cara, la cara intelectual de la fe. Pero confirmar requiere también acompañamiento, conducción pastoral a lo largo del tiempo, cariño y misericordia para perdonar las caídas, paciencia y fortaleza para iniciar un proceso y llevarlo a buen fin…

Es decir: confirmar en la fe es cosa de Padre.

Va más allá de decirle a un hijo “tienes que hacer esto” o “esto está bien y esto está mal”.

La fe se confirma bancando a los hijos. Hijos que, como Simón Pedro, a veces dicen cosas geniales y otras cualquier pavada, que se tiran al agua porque quieren caminar sobre el mar y después piden ayuda porque se hunden, que se entusiasman y también a veces niegan cobardemente, que se arrepienten y regresan…

Jesus elige a Pedro porque se anima a pasar por todas estas cosas escuchando la voz interior del Padre que le hace ver desde adentro quién es Jesus a quien tiene delante. Confía en el. Fíate. Es mi Hijo. Es tu Amigo, tu Señor, escúchalo: es uno que te puede enseñar, tu maestro (tu director espiritual, tu rabí, tu iman, tu sensei, tu shifu…, como quiera llamarlo tu cultura).

Pero, como decíamos, no se trata de una fe individual sino comunitaria, eclesial. Es una fe misionera, que responde quién es Jesus en medio de la gente y para ir a confirmar a la gente. Una fe que escucha lo que dicen los medios -que Jesus es esto y lo otro-, y dice: para mí Jesus es el Hijo De Dios y esto salgo a anunciarlo y a compartirlo con los demás. En el conflicto de las interpretaciones, la fe resuena -Jesus quiere que resuene- con el tono de voz único y personal de cada uno. El Señor no le interesa sacar un promedio estadístico de lo que la gente piensa de él para que uno se quede con ese tanto por ciento. Le interesan voces que se jueguen por el el cien por ciento. Le interesa lo que yo pienso y elijo cultivar de mi relación con él en lo íntimo de mi corazón, no que yo tenga una opinión promedio acerca de quién es él.

Nadie puede decir Jesús es mi Señor si el Espíritu no le mueve el corazón.

Y el Espíritu no mueve sino corazones que quieren confirmar la fe de sus hijos pequeñitos, de los pobres mas pobres y de los que quieren aprender las enseñanzas del evangelio.

Diego Fares sj

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Cuando se aproximaron a Jerusalén, al llegar a Betfagé, junto al monte de los Olivos envió Jesús a dos discípulos, diciéndoles: «Vayan  al pueblo que está enfrente de ustedes, y enseguida encontrarán un asna atada y un pollino con ella; desátenlos y tráiganmelos. Y si alguien les dice algo, dirán: El Señor los necesita, pero enseguida los devolverá. »

Esto sucedió para que se cumpliese el oráculo del profeta:

Digan a la hija de Sión: He aquí que tu Rey viene a ti, manso y montado en un asna y un pollino, hijo de animal de yugo.

Fueron, pues, los discípulos e hicieron como Jesús les había encargado: trajeron el asna y el pollino. Luego pusieron sobre ellos sus mantos, y él se sentó encima.

La gente, muy numerosa, extendió sus mantos por el camino; otros cortaban ramas de los árboles y las tendían por el camino. Y la gente que iba delante y detrás de él gritaba:

« ¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas! »

Y al entrar él en Jerusalén, toda la ciudad se conmovió. « ¿Quién es éste?»  decían.

Y la gente decía: « Este es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea » (Mt 21, 1-11).

 

Contemplación

“Si alguien les dice algo…”

Yo soy ese “alguien”. Pero no les dije nada a los discípulos. Más aún, yo mismo desaté mi asna y le dí una palmada al burrito que se fue con ellos de lo más contento, como si supiera que iba a ver a su Dueño. Con mi padre criamos burros y los alquilamos. También la gente nos deja los suyos para que se los cuidemos cuando vienen en peregrinación al Templo. Tengo más o menos la edad del Maestro y he seguido todas sus cosas. No hemos hablado nunca, pero él me vió una vez entre la gente y en su mirada yo supe que me conocía. Por eso me ha llenado de alegría este gesto de confianza de parte suya. El sabe que aquel día en que lo escuché hablar, tuve fe en Él. En el sentido de que interiormente hice una especie de promesa de que, si me necesitaba para lo que fuera, podía contar conmigo. Así que cuando vi que sus discípulos entraban en mi corral como si fueran de mi familia, me dije a mi mismo: “era verdad”. Era verdad todo lo que había sentido aquel día: que Él había escuchado mi ofrecimiento. Todo era cierto. Nunca pensé que me fuera a pedir mi burra y el burrito. Confieso que había pensado en cosas más heroicas. Que me llamaba a ser su discípulo, a dejar todo y a seguirlo… A veces me inquietaba pensando si sería capaz de dejarlo todo: mi familia, mis animales, mi terreno… Pero Él solo me pidió prestada mi burra y su pollino. Fue solo por esa mañana. Al mediodía ya me los habían devuelto. Y aunque los evangelios no lo dicen, Él en persona pasó a agradecerme por la tarde. Fue un gesto de su parte. Quería pagarme pero yo, por supuesto, no le acepté nada (debo decir que me chocó mucho la actitud del que tenía la bolsa, ya que apenas yo dije que no quería nada, al mismo tiempo que el Señor insisitía, él ya había cerrado la bolsa y miraba para otro lado…). Le ofrecí al Señor que se quedaran en mi casa, pero me dijo que iba camino a Betania, que está un poco más abajo, a casa de Lázaro y de sus hermanas. Comprendí inmediatamente. En toda la región no se hablaba de otra cosa que de la resurrección de Lázaro. Aunque fue muy amable y no solo saludó a mi mujer y a mis hijos sino que le dio unas palmadas al burrito, que con Él no se mostraba para nada desconfiado como con los extraños, lo ví preocupado. Había tenido un encontronazo con las autoridades del Templo y la gente comentaba que había expulsado a los vendedores, en un arranque de ira como nunca se había visto. Yo después les decía a todos que a nosotros nos había parecido el hombre más manso del mundo. Pero parece que lo del Templo fue impresionante. Dio vuelta las mesas de dinero y con el látigo él mismo movió a los animales. Nadie lo hubiera dicho viéndolo ahora acariciar a mi burrito. Yo se que lo suyo fue un gesto, como esos que la Escritura narra de los profetas. Pero la gente estaba alborotada. Unos decían que debía ser nuestro Rey. Otros desconfiaban, porque las autoridades decían que era un falso profeta. La cuestión es que yo le había dado mis animales y, montado sobre mi asna, Él había entrado triunfalmente en nuestra Ciudad Santa. Bueno, las cosas grandes todos las saben. Yo cuento lo chiquito, lo que me pasó a mí. Y debo decir que hubo algo más. A la mañana siguiente, Él pasó de nuevo. Iba otra vez al Templo y sucedió lo de la higuera. Ustedes sabrán que Betfagé, el nombre de mi pueblo, significa “Casa de las brevas o de los higos verdes”. Pues bien, una higuera quedó seca de raíz esa madrugada. Dicen que el Señor, “al amanecer, cuando volvía a la ciudad, sintió hambre; y viendo una higuera junto al camino, se acercó a ella, pero no encontró en ella más que hojas. Entonces, dicen que le dijo a la higuera: “que nunca jamás brote fruto de ti!” Y al momento se secó la higuera”. Yo quedé muy impresionado. Por la maldición y porque no era tiempo de higos. Miraba la higuera y miraba mi burra y el burrito y pensaba que menos mal que había tenido todo preparado. Creo que estos signos cobraron sentido después de la pasión del Señor. Estas muestras de poder contrastaron con la mansedumbre que mostró al recibir la flagelación y al tener que cargar con la cruz. Los que habíamos sido testigos de la expulsión de los vendedores del Templo y de la maldición de la higuera, que se secó en un instante como si le hubiera caído un rayo, comprendimos que Él iba libremente a la pasión, que nadie le quitaba la vida sino que Él mismo la entregaba. Pero, como decía, estas reflexiones más teológicas, creo que las puede hacer cualquiera. Yo me quedo con que Él ya me conocía (como le dijo a Natanael, que lo había visto cuando estaba debajo de la higuera); Él ya sabía de mi deseo hondo de estar disponible para cualquier cosa que necesitara y, cuando se dio la oportunidad, mandó  a que me pidieran mi burra y el borriquito. Me quedo también con ese gesto que tuvo de volver a agradecerme personalmente. Y lo de querer pagar el alquiler de los animales. Imaginense. He visto que en su época, el sucesor de uno de sus discípulos (de Simón Pedro, al que el Señor mandó a que me trajera la burra después de su entrada triunfal en Jerusalen), también volvió al albergue a pagar el alquiler después de que lo habían elegido Papa. Son esas cosas concretas que a la gente común nos dicen más que todas las teologías. Cuando a la semana siguiente, después de la muerte del Señor, los mismos discípulos comenzaron a anunciar que había resucitado, yo fui de los primeros en unirme a ellos y en hacerme bautizar. Y no uso la expresión vulgar de que “habría que ser muy burro para no darse cuenta de que quién era Jesús”, porque sería faltarle el respeto a mi borriquito, que tan a gusto se había sentido con el Maestro, y que tan campantemente lo había acompañado, junto a su madre, guardando en sus grandes orejas la maravillosa música de las aclamaciones del pueblo, sobre todo las hurras y viva viva de los chicos de Jerusalen, que desde aquel día venían siempre a verlo y me pedían si lo podían montar un rato, como si fueran cada uno un Niño Jesús, y le daban  terrones de azucar… Ellos lo reconocen como el burrito sobre cuya madre el Hijo de David entró proféticamente en la ciudad Santa y yo no dejo de maravillarme de que mi asna y mi burrito, que siempre han sido parte de mi trabajo cotidiano, hayan cobrado un valor tan grande, como para darle sentido a toda mi vida, ya que me ha bastado siempre mirarlos nada más un momento, para que se me agolpen en la memoria –llenándome de consuelo- todos los hechos de la pasión de Jesús y los que siguieron a su resurrección bendita y sienta que, gracias a mi burra y a su borriquito, yo fui protagonista y puedo ser testigo de tanto bien que nos ha venido a todos gracias a Jesús, que quiso comenzar la semana santa de su entrega entrando humildemente en Jerusalen montado sobre mi asna y mi burrito.

 

Diego Fares sj – Domingo de ramos A 2017

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simples-empleados

 

Los apóstoles le dijeron al Señor:

«Auméntanos la fe.»

El respondió:

«Si ustedes tuvieran fe del tamaño de un granito de mostaza, dirían a esa morera que está ahí:

“Erradícate y trasplantate en el mar,” y les obedecería.

¿Quién de ustedes si tiene un servidor para arar o cuidar el ganado, cuando este regresa del campo, le dice:

“Ven pronto y siéntate a la mesa”?

¿No le dirá más bien:

Prepárame la cena y recógete la túnica para servirme hasta que yo haya comido y bebido, y tú comerás y beberás después”?

¿Deberá mostrarse agradecido con el servidor porque hizo lo que se le mandó?

Así también ustedes, cuando hayan hecho todo lo que se les ordenó, digan:

“Somos simples servidores, lo que debíamos hacer, solamente eso hemos hecho» (Lc 17, 5-10).

 

Contemplación

Jesús estaba diciendo: “si tu hermano peca, repréndelo. Y si se arrepiente, perdónalo” Y si se repite la cosa siete veces por día, perdónalo. Aquí es donde los Apóstoles, a coro, dicen ese “Auméntanos la fe!”.

Mateo alarga un poco el episodio y nos cuenta que Pedro, como veía que el Señor se iba entusiasmando con esto del perdón y quizás notó que alguno de los discípulos ponía cara o hacía algún gesto, fue al frente como siempre y le preguntó como para precisar la cosa: “A ver, entonces cuántas veces tendríamos que perdonar? Hasta siete veces?”.

Me parece escuchar aquí el tono que luego dio lugar a otros tonos (y tonitos) que ponen los que saben teología o derecho canónico o alguna otra ciencia y cuando escuchan hablar del amoor y de la misericooordia bajan la charla de su nivel romántico –por decir una palabra- y le ponen números. Pedro lo hizo por primera vez y se mandó con ese “… hasta siete veces?”, que habrá sonado bárbaro para la línea misericordiosista y demasiado jugado para la línea juridicista.

El Señor respondió lo de “setenta veces siete”. Entonces todos exclamaron -como muchos que leen Amoris Laetitia-: “Auméntanos la fe”.

Ese auméntanos la fe coral suena a como si dijeran: Aceptamos que hables a nivel ideal, pero si realmente querés eso, Señor, entonces la cosa cambia. No nos hagas cargo a nosotros de cosas imposibles. Sos Vos el que tenés que darnos más fe.

Me detengo un poco aquí y hago notar cómo estas exigencias del Señor, que suscitan un diálogo franco con Pedro y los otros, un diálogo en el que el Señor plantea un perdón y una misericordia incondicional, grande, generosa, y los discípulos le expresan lo difícil que es y cómo para algo así necesitarán ayuda, suscita en muchos hombres de iglesia un tercer tipo de postura. Es el de los que aceptan que la misericordia es infinita y también aceptan que para vivir en este mundo y llevar adelante una organización como la Iglesia, lo que hay que hacer es “perdonar, sí, pero con condiciones”. Son los que escuchan la palabra misericordia, pero enseguida van al “si se arrepiente”, y allí se sientan en la cátedra de Moisés y empiezan… con las condiciones del arrepentimiento, que al final son tantas que nunca se puede perdonar no digo siete veces sino ni siquiera una. O sólo se pueden perdonar pequeñeces y no ningún pecado de verdad, ninguna falta ni metida de pata en serio.

Un ejemplo que me quedó resonando en estos días fue una expresión que usó un cardenal muy importante de la iglesia italiana que, hablando del Papa y de lo “innegable que era todo el bien que hacía” dijo (y cito): “Rezo al Señor para que la indispensable búsqueda de las ovejas perdidas no ponga en dificultad las conciencias de las ovejas fieles”.

La frase me pareció terrible, sinceramente. Y más cuanto más inteligente se cree y más consenso tiene y busca obtener en esas “conciencias de ovejas fieles”. Los diarios pescaron inmediatamente la cosa y titularon: “el doble discurso del cardenal…”

Discerniendo, lo de “ovejas fieles vs ovejas perdidas” es una tergiversación de la parábola, ya que consolida precisamente lo que el Señor quiere, combatir, que es la conciencia de los “que se creen fieles y superiores a los demás”. Para ellos cuenta Jesús la parábola: para los fariseos que se escandalizaban de que él comiera con los pecadores, como dice Lucas al comienzo del capítulo 15.

Además, se reduce al absurdo a sí misma, ya que, si alguna conciencia fiel se siente perdida y en dificultad, pasa a ser una “oveja perdida” a la que el Señor irá a buscar con igual cariño que a la otra. Esto es lo que sucede en la parábola del hijo pródigo, que la conciencia del hijo mayor encuentra dificultad en comprender cómo es que el Padre le hace una fiesta al hijo pródigo y el Padre con el mismo amor va a buscarlo y a dialogar con él. Así que con cariño de hijos le decimos al cardenal que rece pero que no haga más este tipo de declaraciones. Que él y todas las ovejas fieles están y han estado siempre con el Señor y que todo lo de la Iglesia es suyo. Pero que es justo hacer fiesta por tantos que estaban lejos de casa y que ahora vuelven y que es bueno alegrarse. Y que esas mismas ovejas perdidas que regresan lo hacen humildemente, saben mejor que nadie que no tienen todos los papeles en regla y no quieren poner en dificultad ni cuestionar a las ovejas fieles, sino recibir el abrazo del Padre y el perdón del Señor.

Bueno, y ahora sigue la respuesta de Jesús a ese suspiro del auméntanos la fe. Si tuvieran fe como un granito de mostaza…

Siempre he interpretado la frase como si el Señor dijera: la verdad es que sí, que necesitan que les aumente la fe, porque no tienen nada de nada. Les bastaría con una fe chiquita como un granito de mostaza… Es decir: se las tengo que aumentar, pero tampoco es que la tenga que aumentar mucho… Bastaría con un poquito…

Sin embargo, hoy leo distinto y me parece que el Señor responde dando vuelta la cosa: no se trata de que Él nos aumente la fe sino de que nosotros nos ubiquemos como lo que somos: simples servidores. Y lo primero de un simple servidor es no andar retrucando al patrón. Como si uno cada vez que el patrón nos manda algo suspirara y le dijera: para eso, primero me aumenta el sueldo y me pone otro que ayude. Si uno dice algo así en un empleo, seguramente le muestran la cola que hay afuera esperando el puesto sin tantas condiciones.

Jesús nos enseña que tenemos que hacer todo lo mandado y más y encima después que hicimos nuestro trabajo y encima perdonamos al otro con la poca o mucha fe que tenemos (que con la gracia suficiente nos basta) debemos decir: somos servidores inútiles. Inútiles en el sentido de simples o pobres servidores.  Esto no lo dice para desvalorizarnos sino para ubicarnos. La fe no es “nuestra fe” sino la fe en Él. En que si perdonamos en nombre suyo Él cambiará a las personas.

No se trata, por tanto, de tener una fe de grandes señores sino de pobre servidores. Por aquí me parece que va la cosa.

El Señor va contra una mentalidad bastante extendida de que para ser cristiano y cumplir con el evangelio uno tendría que ser una especie de Superman, porque que esas exigencias son cosas para los grandes santos. Y en cambio el Señor nos dice que son cosas para simples servidores! Pone la fe al nivel de la obediencia sencilla de los empleados, que naturalmente obedecen y sirven.

Así tenemos que recibir su evangelio y cuando nos dice que perdonemos tenemos que perdonar, como un empleado al que su patrón le dice vos vas a trabajar con este y uno se lo banca aunque no le guste; y si el jefe le dice ahora me trae esto o hace aquello, el empleado obedece, simplemente, porque es un empleado y lo tiene claro. Y al final del día no se hace el héroe porque hizo todo lo que le dijeron sino que simplemente dice “hice mi trabajo. Soy un simple empleado”.

Entonces, de lo que se trata es de valorar bien quién es Jesús y lo que nos dice acerca de cómo debemos obrar cuando obramos en su Nombre. Si Él nos manda que creamos, creemos. Si él nos manda que perdonemos, perdonamos. Sí él nos dice que recemos, rezamos. Y lo hacemos por obediencia. Una obediencia de empleado. De uno que tiene claro no sólo quién es Jesús que nos manda sino quién es uno. Como el centurión –genio- que saca la conclusión de que si a él, sus soldados le obedecen, cuánto más le obedecerá la enfermedad a Jesús y le dice que “basta con que diga una palabra y su siervo quedará sano”. Así nosotros, cuando perdonamos, debemos confiar que con una palabra del Señor, tanto nosotros como la otra persona nos podemos convertir.

Diego Fares sj

 

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Parábolas para aumentar la fe

Los apóstoles le dijeron al Señor:
– Auméntanos la fe.
El respondió:
-Si ustedes tuvieran fe del tamaño de un granito de mostaza, dirían a esa morera que está ahí: Erradícate y trasplántate en el mar, y les obedecería.

¿Quién de ustedes si tiene un servidor para arar o cuidar el ganado, cuando este regresa del campo, le dice: Ven pronto y siéntate a la mesa?
¿No le dirá más bien: Prepárame la cena y recógete la túnica para servirme hasta que yo haya comido y bebido, y tú comerás y beberás después?
¿Deberá mostrarse agradecido con el servidor porque hizo lo que se le mandó?
Así también ustedes, cuando hayan hecho todo lo que se les ordenó, digan:
Somos servidores inútiles, sólo hemos hecho lo que debíamos hacer (Lc 17, 5-10).

Contemplación
Escuchemos bien el pasaje tratando de comprender lo que se dice: ¡Auméntanos la fe!
Esta expresión nos lleva directamente al corazón de los discípulos. Es una expresión de deseos y podemos simpatizar con ella, sentir que a nosotros nos pasa lo mismo. Hay situaciones en las que uno dice “esto es demasiado”. Y allí, si uno no se mira a sí mismo sino que alza el corazón a Jesús, puede brotar esta petición: Señor, aumenta mi fe.
Uno mira a los santos, cómo sentían en las dificultades, y piensa: evidentemente ellos tenían más fe. Este pedido tan lindo suele atraer una tentación de desilusión. Como si luego de pedir bien nos sobreviniera un pensamiento que nos roba algo: “está bien pedir un aumento de fe, pero la fe es un don, si no me la has dado ya…”. O también: “para pedir más fe hace falta fe”. “Ya sé que si no dudara… pero…”.
….
Los “peros” de la fe. Las dudas, las cavilaciones… Parásitos de la gracia que nos garronean.
En cambio ¡qué lindo es cuando uno cree y basta!, cuando uno se larga confiado. Ese momento en el que uno salta de la barca y se pone a caminar sobre el agua. Pero luego sobreviene el temor, las razones en contra…
No importa: “Poca fe”, dice cariñosamente el Señor. “¿Por qué dudaste?”.

“Aumenta nuestra fe” es siempre una buena fórmula, una buena oración.
Queremos decirle al Señor: Señor Jesús, te necesitamos. Ensanchanos el corazón, amplía nuestra mirada, fortalecenos en el obrar de cada día…
Tener fe es lo que más anhelamos. Quisiéramos confiar totalmente en vos. “Descargar en vos todas, absolutamente todas nuestras preocupaciones” como decía San Claudio de la Colombière.
¡Qué más quisiéramos que abandonarnos totalmente en vos y salir de nuestro mar de angustias, de nuestros cabildeos y pusilanimidades!. ¡Auméntanos la fe! Queremos creer, queremos confiar, queremos parar de pensar cosas que nos angustian y descansar en la roca de la fe, en la serenidad sufrida de tu amor. Queremos decir con Pablo: “quién podrá apartarnos del amor de Cristo”. Queremos decir: “Sé en Quién me he confiado”. Queremos exclamar como el papá de aquel chico enfermo: “Creo, Señor, pero aumenta mi fe”.

Pues bien, a esta oración tan auténticamente humana, a esta oración que expresa tan bien lo que pasa en nuestros corazones, el Señor responde con tres parábolas cortas y de gran impacto. Son para mí como la síntesis de tres parábolas y tienen una eficacia irresistible, de manera tal que si uno “tiene oídos y las quiere escuchar”, si uno las “escucha y las comprende”, si uno “las comprende y les hace caso y se pone manos a la obra”, le regalan el fruto maduro de un aumento instantáneo de su fe.

La primera “parábola” es la del grano de mostaza. Escuchemos a Jesús cómo “resume” la parábola del granito de mostaza y la pone en acción:
“Si ustedes tuvieran fe del tamaño de un granito de mostaza,
dirían a esa morera que está ahí:
Erradícate y trasplántate en el mar,
y les obedecería”.
En la parábola para ejemplificar cómo son las cosas en el Reino de los Cielos, la imagen del granito de mostaza invita a “tener paciencia”: el reino comienza siendo lo más pequeño y luego, con el tiempo, tiene un crecimiento desmesurado. Aquí, en cambio, Jesús pone un ejemplo de poder y de eficacia desmedidos que se dan en el acto y para ello basta una fe pequeñísima como un granito de mostaza.
¿Responde el Señor con esto al pedido de aumento de fe?
Sí. Responde aumentando “la idea” que ellos tienen de la fe. Les dice: miren que la fe es “siempre más grande” que ella misma, como que se autopotencia. La fe es una realidad viva, es una semilla que está creciendo por sí misma y pueden “usar” su fuerza desde el primer instante. Es eficaz desde el comienzo. Aunque sea pequeñita, tiene ya el árbol entero en su pequeñez de semilla.
Jesús les hace maravillarse de lo que significa “haber recibido ya la fe”, les hace confiar en el poder de esa semillita que Él ya les ha dado.
Tengan fe en la fe misma, les está diciendo.
Confíen en la fe que les he dado Yo. Como un talento, ejercítenla. Hagan actos de fe –Creo en Jesucristo, mi Dios y Señor-.

Y cómo se hace un acto de fe?
Es como ordenar a una higuera que se desarraigue y que se transplante en el mar.
¿Qué quiere decir con esta imagen?. Está diciendo: “Confíen en que algo que está arraigado en la tierra, por el poder de Dios se pueda transplantar y puede arraigar en el mar. Es una imagen, una manera de decir algo, de orientar nuestra mirada en la dirección de la fe. Nosotros “vemos” las cosas “arraigadas”, situadas, con una historia, como parte de un proceso… Desconfiamos (aunque nos encante) de lo “instantáneo”, de lo “mágico”…
Con esta imagen de desarraigo de la tierra y de arraigo en el mar, el Señor apunta a la naturaleza misteriosa de las cosas: las cosas están arraigadas en la tierra, es verdad, pero más hondo están arraigadas en su Creador. Y él puede hacer que, arraigadas en Él (en la fe), puedan luego arraigar en “lugares imposibles”. La santidad de infinito número de hermanos nuestros lo demuestra. Para el que no crea, basta ver cómo “arraigan nuestras obras de caridad” allí donde menos se lo espera. ¿Dónde si no en la fe están arraigadas nuestras Casas de la Bondad y nuestros Hogares y Hospederías?
Así, la primera parábola aumenta la fe instantáneamente al que la pone en práctica y “manda las cosas a que –arraigadas en la fe- arraiguen en lugares imposibles”. Y las cosas obedecen! Y la mirada misma de uno cambia al darse cuenta de que apeló a un arraigo que no se ve pero que es verdaderísimo. Uno le dijo a algo o a alguien: vos estás arraigado en Dios y harás lo que él quiera. Y yo estoy tranquilo con eso. Vivo confiando en ese arraigo. La fe es un mandato irresistible que podemos hacer a toda realidad apelando a su arraigo más hondo: (Como sé que estás arraigada en tu Creador y Señor, te mando que te arraigues en el mar (allí donde sólo en Dios podrás echar raíz porque el mar no te dará lo que necesitas).

La segunda parábola va muy unida a la tercera, pero se pueden distinguir para provecho de la fe. Es una parábola en la que Jesús está mostrando el contraste entre los patrones humanos y Él como Señor y Servidor nuestro. Dice así:
“¿Quién de ustedes si tiene un servidor para arar o cuidar el ganado, cuando este regresa del campo, le dice:
Ven pronto y siéntate a la mesa?
¿No le dirá más bien:
Prepárame la cena y recógete la túnica para servirme
hasta que yo haya comido y bebido, y tú comerás y beberás después?
¿Deberá mostrarse agradecido con el servidor
porque hizo lo que se le mandó?”
El “quién de ustedes” es una frase única de Jesús. Es como decir “¿Se pueden imaginar que un amo sirva a su criado y le agradezca por cumplir con su tarea?
Jesús les hace caer en la cuenta (nos hace caer en la cuenta) de quién es Él en quien confiamos. La frase nos recuerda el lavatorio de los pies y la promesa de servirnos a la mesa en el cielo. Nos hace ver que la fe es arraigar en Alguien como Él, en Jesús, el que dio la vida por nosotros, el que se juega por servirnos y perdonarnos, el que nos llama a colaborar con él en el trabajo apostólico. Así como antes agrandó la idea de la fe misma, eficaz en su pequeñez, ahora agranda la imagen y el valor de su Persona. No existe un patroncito igual a Él en esta tierra. La fe no es sólo mirar la tarea que nos encomienda sino mirarlo a Él y desear servirlo y adorarlo luego de cumplir con la tarea. Al que practica esto, al que después de laburar por el Reino se pone a disposición de Jesús para lo que Él mande en la oración, el Señor lo hace descansar, le sirve la Eucaristía, le lava los pies, le perdona los pecados, lo alimenta con su Palabra y le ayuda a gozar en la fe contemplando las obras buenas realizadas en conjunto, según el designio del Padre.

La última parábola apunta a “aumentar la fe” empequeñeciéndonos a nosotros mismos. O poniéndonos en nuestro lugar, simplemente. Jesús nos da la frase justa, la que disipa las dudas y consolida la fe:
“Así también ustedes,
cuando hayan hecho todo lo que se les ordenó, digan:
Somos servidores inútiles,
sólo hemos hecho lo que debíamos hacer”.
El trabajo bien hecho dignifica porque tiene su valor en sí mismo. Al hacer lo que debemos encontramos nuestra medida y eso hace que nos sintamos plenos en nuestro límite y pequeñez. Al hacer bien el bien caemos en la cuenta de que lo cotidiano es milagro. Una señal es que uno puede decir sinceramente: la obra requería ser hecha bien y al hacerla no he hecho más que cumplir con lo debido. Al hacer las cosas bien uno siente que poder hacerlas fue un don, que uno “colaboró” y que ver las cosas bien hechas es suficiente premio.
Decir “no hemos hecho más que cumplir con nuestro deber” nos arraiga en Dios y nos aumenta la fe. La vida nos regala una secreta plenitud cuando cumplimos de corazón con nuestro deber, sin reclamar nada externo a la tarea misma.
Diego Fares sj

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El acontecimiento de la Resurrección ¿Por qué primero en el corazón de las mujeres?

“El primer día después del descanso sabático, muy de madrugada, las mujeres se vinieron al sepulcro llevando los perfumes aromáticos que habían preparado. Y encontraron la piedra corrida a un lado del sepulcro y habiendo entrado, no hallaron el cuerpo del Señor Jesús. Y aconteció, en su perplejidad a causa de esto, que de pronto se les presentaron dos varones con vestiduras deslumbrantes. Como quedaron amedrentadas inclinando sus rostros hacia el suelo, ellos les dijeron: «¿A qué buscan al Viviente entre los muertos? No está aquí, resucitó (se puso en pie). Recuerden cómo les habló cuando aún estaba en Galilea, diciendo: “Es necesario que el Hijo del hombre sea entregado en manos de los pecadores, que sea crucificado y que al tercer día se levante.”» Y se acordaron de sus palabras. Y vueltas del sepulcro, anunciaron todas estas cosas a los Once y a todos los demás. Eran María Magdalena, y Juana, y María, la madre de Santiago; y las demás mujeres que las acompañaban dijeron esto mismo a los Apóstoles. Y parecieron a sus ojos como vacías de sentido estas palabras y no las creyeron. Pedro, sin embargo, levantándose fue corriendo al sepulcro, y agachándose, ve (que estaban) sólo las sábanas de lino fino, y se volvió a casa (a lo suyo propio), admirándose de lo acontecido” (Lc 24, 1-12).

Contemplación
Estaban las cosas pero no estaba el Cuerpo del Señor.
Estaba la tumba, con la piedra removida, pero las mujeres no encontraron el Cuerpo del Señor Jesús. Pedro se asomó agachándose y “vio sólo las sábanas de lino fino”.

No hay nada más presente que un cadáver. Uno lo deja en un lugar y cuando vuelve sigue allí, igual, reclamando un entierro con su mudez en descomposición.
A las discípulas, que llevaban los perfumes aromáticos, la ausencia del Cuerpo les pesó con el peso de la piedra removida, que era su preocupación.
A Pedro, que habría podido remover la piedra, le llamó la atención un detalle delicado: las sábanas de lino fino solas, sin el Cuerpo del Señor Jesús que habían envuelto.
A Juan le llamará la atención un detalle más sutil aún: el sudario enrollado aparte de las sábanas de lino (había visto a Lázaro salir de la tumba vendado y con el sudario sobre el rostro).

Lucas nos dice que Pedro regresó a casa (a lo suyo propio) admirándose por lo que había acontecido. Este volver a lo nuestro, a nuestras cosas, es propio de la experiencia religiosa: uno siente que “sale un poco de sí y se mete en lo de Jesús y luego vuelve a lo suyo, a lo habitual…”, tenemos esta experiencia de meternos en las cosas de Dios y luego dejarlas –admirándonos- para volver a lo nuestro.
Lucas utiliza la misma palabra que los discípulos de Emaús le dirán a Jesús: “¿Sos el único que no sabe lo que ha acontecido?”.
Cuando se trata de cosas, los acontecimientos son un “sucederse” de las cosas, un pasar… Cuando se trata de personas, acontecer significa “nacer”, venir a la vida.
¿Qué es lo que acontece en la Resurrección de Jesús? Acontece que dejan de tener peso los acontecimientos de cosas y pasa a tener peso y fuerza de irradiación el Acontecimiento de la Persona de Cristo Resucitado.
Ya no se trata de que “pasen cosas”.
La charla sobre las cosas pasa a ser “charlatanerías” y las palabras sobre Jesús, en cambio, pasan a ser Evangelio.

Aquí pega un giro el hablar del mundo.

Los noticieros transmiten incesantemente noticias sobre lo que sucede en el mundo, sobre las cosas que pasan. El evangelio en cambio difunde la Buena Noticia sobre el acontecimiento más significativo de la historia, acerca de lo que “ha llegado a ser realidad”: que Jesucristo ha resucitado.

Y dónde acontece Esto? En el corazón de las discípulas, que fieles en su amor van de madrugada con perfumes al sepulcro.

La Resurrección acontece en los corazones.

No hay otro lugar físico donde pueda acontecer.

La tumba está vacía, las sábanas de lino fino no tienen ya su contenido, el sudario yace sobre la losa.

La resurrección acontece en ese delicado espacio –donde la carne y el espíritu laten acompasadamente- que es el corazón humano. Y en primer lugar, acontece la resurrección del Señor en el corazón de las discípulas, en su perplejidad, nos dice Lucas: “Aconteció, en su perplejidad a causa de no encontrar el Cuerpo del Señor Jesús” (en su desconcierto y “aporía” –sin salida- en que quedaron sus mentes), que de pronto se les presentaron los ángeles de la resurrección y les anunciaron que Jesús está vivo.
La resurrección acontece primero como Anuncio, como Palabra que al ser oída por unos corazones que han quedado inmóviles de perplejidad, sin saber qué sentir, les da algo concreto y verdadero para sentir.
Los ángeles orientan esos corazones que están en suspenso con una pregunta: ¿A qué buscan al Viviente entre los muertos?
La pregunta les revela la dirección en que estaban buscando: es una dirección equivocada, por eso no ven nada. Iban con toda la furia a embalsamar un cadáver, a poner perfumes a una tragedia, a sellar con amor una nostalgia en la cual podrían llorar con razón para siempre: el Cuerpo muerto del Señor Jesús.
Ellas comprendían bien lo que había significado tener al Señor Jesús en esta tierra, haber podido compartir con él atardeceres junto al fuego y madrugadas frías.
Valía la pena levantarse al rayar el alba para ir junto a Él y quizás enterrarse en vida y hacer de esa tumba lugar de culto para todos los tiempos, ya que nunca volvería a existir Alguien tan hermoso y bueno como el Señor Jesús.
La sencilla pregunta de los ángeles de la resurrección y la afirmación límpida y clara “No está aquí, sino: resucitó”, produce un click en sus mentes y las mete instantáneamente en el acontecimiento de la Resurrección. Pero este acontecimiento lleva su tiempo, tiene sus pasos: no se trata de que “vean y toquen” inmediatamente el Cuerpo del Señor Jesús resucitado. El acontecimiento es de tal magnitud que se necesitará toda la historia de la humanidad para ponernos a la altura, para entrar en Él y que acontezca en nosotros.
El primer paso que les hacen dar los ángeles a las mujeres (y nosotros podemos ir tomando debida nota) es “recordar”: “Recuerden cómo les hablaba cuando estaba con ustedes en Galilea”. Para que la resurrección acontezca –dado que es algo que sucede sólo en los corazones- es necesario que adquiera el ritmo con que vive nuestro corazón. El corazón vive recordando y proyectando, los sentimientos del corazón nunca están quietos, beben recuerdos y proyectan acciones de vida. El corazón atrae la sangre desde todos los confines de nuestro cuerpo, con las huellas de lo vivido por cada órgano, y la purifica en sí con el soplo fresco del oxígeno, para lanzarla de nuevo a vivificar el cuerpo. En este ritmo vital tiene su espacio el acontecimiento de la resurrección: todos los recuerdos de lo vivido con Jesús tienen que ser recuperados amorosamente para recibir el Soplo de aire fresco del Espíritu, que irá haciendo ver toda su Verdad y su sentido a cada cosa de la vida del Señor: “era necesario que el Hijo del Hombre padeciera…”.
El acontecimiento de la Resurrección necesitará muchos corazones –todos en realidad-, por eso los ángeles pondrán en movimiento de Anuncio Evangélico los pies de las discípulas que irán a contar estas cosas a los Once y a todos los demás. En el corazón de esa comunidad de amigos y amigas en el Señor irá aconteciendo la resurrección (y sólo entrando en ese ámbito cordial –en la Unidad del Espíritu, con el vínculo de la paz- será posible vivir en la fe el acontecimiento de la resurrección del Señor Jesús). No podrá ser captada por ningún noticiero ni reconstruida con ningún método histórico crítico que no se meta en la realidad de lo que viven estos corazones. Afuera no pasa nada. Pasará lo que harán estos testigos. Pasará que habrá obras de caridad que construirán las manos de los discípulos. Pasará que habrá una alegría contagiosa que revelarán sus rostros y sus liturgias. Y llamará la atención este “fulgor” de la resurrección. Pero lo decisivo acontecerá siempre dentro del corazón y se comunicará de corazón a corazón.

Así, las cosas tienen ahora su centro en la Persona del Señor resucitado, que las recapitula en torno a sí. Y a ese Señor no tenemos acceso que podamos forzar, sino que Él viene a nosotros cuando quiere y entra si encuentra abierta la puerta de nuestro corazón. El se hace presente cuando nos ponemos en situación de unir nuestros corazones con el de otros, ya sea en la oración, ya sea en el servicio del anuncio del evangelio y de las obras de misericordia. No podemos “entrar” en el ámbito de la resurrección con métodos periodísticos o científicos. Pero podemos disponernos a percibir al Señor que viene, estando juntos como las discípulas y los discípulos, insistiendo en la oración en los lugares de dolor como la Magdalena, dialogando de las cosas que acontecen en torno a Jesús, como los de Emaús, yendo a nuestro trabajo cotidiano juntos, como Pedro y los discípulos que se fueron a pescar…

Hoy están de moda los libros de “historia de Jesús” (Hasta en Discovery Chanel tenemos los enigmas de la “historia de Jesús”). Sin ánimo de polemizar con los expertos, a veces siento que, aunque sean interesantes para aclarar muchas cosas que uno no sabe del mundo antiguo, lo que se informa con este “género literario periodístico” termina por ocultar lo único importante.
¿Y qué vendría a ser lo único importante? Que la vida de Jesús y los acontecimientos que se dieron en torno a Él no nos han llegado como noticia histórica, como noticia de un hecho que sucedió en el pasado y que se aleja irremisiblemente de nuestra vida a medida que esta avanza hacia el futuro. Lo primero no fue una noticia periodística.
Lo primero fue lo que aconteció en el corazón de las discípulas.
El Señor elige esos corazones para sembrar la semilla buena del primer anuncio porque son corazones fieles, simple y auténticamente fieles, sin cavilaciones, sin vueltas. Creo que el no valorar lo que significa un corazón así, entero, como sólo una mujer puede dar (y la resurrección necesita ese ámbito íntegro como el Verbo necesitó el corazón de María para encarnarse) hace que se tome como anecdótico el hecho de que el Señor se haya aparecido primero a las discípulas: a María, como nos hace contemplar Ignacio, a la Magdalena y a sus compañeras, Juana y María la de Santiago y a las demás que andaban en su compañía. Hay que valorar en todas sus dimensiones que sean estos corazones los primeros en dar cabida al acontecimiento de la resurrección. En otro ámbito se hubiera diluido en mil versiones y hubiera sido como la semilla que cae en los distintos terrenos malos y mezclados.
Notemos además que la resurrección no necesita un corazón inmaculado como el de María. El Verbo ya se encarnó de una vez para siempre en su carne sin pecado y ahora está inculturado, ya ha purificado nuestra carne y su sola presencia purifica lo que toca. Basta que se lo reciba con fe (pero fe íntegramente fiel, no como la de Tomás) y en un corazón comunitario. Así son los corazones de estas amigas y por eso prende en ellas como un Fuego el Espíritu de la Resurrección.
Cuando vemos a Pedro poner sus distancias, creer y dudar, ir y venir, sopesar y calcular, esperar y dar tiempo… comprendemos por qué el Señor hizo que su resurrección aconteciera primero en el corazón de las mujeres.
Después necesitaba que su Vida se hiciera estructura, Iglesia, disposiciones, leyes, procesos… y para ello le daría a Pedro y a sus compañeros todo el tiempo que necesitaran. Pero mientras tanto, la Resurrección tenía que “encarnarse”, nacer, estar viva, comunicarse –con esa capacidad afectiva de comunicarse que tienen las mujeres y que las unifica en torno a la realidad que tienen entre manos sin poner distancia abstracta como hacemos los varones-. Mientras los hombres medían las consecuencias políticas –por decirlo así, en el sentido de construcción social de la palabra- del acontecimiento, las mujeres lo daban a luz.
El corazón de la mujer es capaz de cambiar íntegramente en un instante todas sus expectativas cuando nota en sí que hay una vida nueva en ella. Esta capacidad de captar la vida nueva en un instante y de convertirse enteramente hacia ella con aceptación amorosa (no importa que a veces sea con gozo inmediato y otras con gozo y angustias) es lo que necesita Jesús para que su resurrección “Acontezca”, se haga real y vivificante en este mundo.
La resurrección es algo que sigue Aconteciendo en los corazones fieles! Admirados como Pedro, por el Anuncio de las discípulas, digamos: “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo quien, por su gran misericordia, mediante la Resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha reengendrado a una esperanza viva, a una herencia incorruptible, inmaculada e inmarcesible” (1 Pe 1, 3).
Diego Fares sj

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La fe de José: creer en Jesús en medio de la vida ordinaria

Y Jesús comenzó a decirles:
– Hoy se ha cumplido esta Escritura en los oídos de ustedes.
Todos daban testimonio en su favor y se admiraban de las palabras de gracia que salían de sus labios y comentaban:
– Pero ¿acaso no es éste el hijo de José?
Él les dijo:
– Seguramente ustedes me aplicarán a mí este proverbio: «Médico, cúrate a ti mismo. Lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún, hazlo también aquí, en tu patria».
Sin embargo añadió:
– De verdad les digo que ningún profeta es aceptado en su patria. De verdad les digo que muchas viudas había en Israel en tiempo de Elías, cuando se cerró el cielo por tres años y seis meses, y hubo gran hambre en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda de Sarepta, en la región de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel al tiempo de Eliseo el profeta, y ninguno de ellos fue curado, sino únicamente Naamán el sirio.
Y se llenaron de ira todos en la sinagoga al oír estas cosas. Y levantándose, lo arrojaron fuera de la ciudad y lo llevaron hasta la cima del monte sobre el cual estaba edificada su ciudad, para despeñarlo. Pero El, abriéndose paso por en medio de ellos, seguía su camino” (Lc 4, 21-30).

Contemplación
Como en la contemplación del Pan de Vida del año pasado (Domingo 19 B), la mención a San José es para mi una invitación a contemplar la Figura de nuestro Patrono y Protector. Son contadas las veces que San José aparece en el evangelio y, así como no hay que forzarlo a salir del silencio y del ocultamiento amoroso propios de su misión, tampoco hay que dejarlo pasar desapercibido cuando aparece. De contemplarlo en silencio podemos sacar mucho provecho para nuestra relación de fe con Jesús.

Meditando en la frase “Pero ¿acaso no es éste el hijo de José?”, me llama la atención que las mismas palabras tengan sentidos distintos en Juan y en Lucas. Las respuestas de Jesús nos revelan cómo Él entendió intenciones diversas en cada ocasión.
En el evangelio de San Juan, los Fariseos ‘ningunean’ al Señor cuando les revela que Él es “el Pan bajado del Cielo”. Con ironía se dicen entre sí: “Pero ¿acaso este no es el Hijo de José?. ¿Cómo es eso de que ha bajado del Cielo?”. Notábamos cómo Jesús no dejó pasar la frase. No sólo por un cariño natural a su padre adoptivo sino para que aprovechemos en la fe, uniendo la imagen de San José a la de la Eucaristía, Pan del Cielo.
Contemplamos nuevamente cómo para Jesús la imagen del pan está unida a ese pan cotidiano que San José, como padre de familia hebrea, bendecía y partía con amor en la mesa familiar. Jesús no es Pan “caído de un Cielo extramundano”, es Pan que viene de un Cielo que es la Intimidad Amorosa del Padre con el Hijo. Y esta Intimidad –este Reino de los Cielos – brota desde adentro del corazón humano de Jesús. A ese corazón María le brindó su carne purísima y San José un hogar. Ese hogar, en el que José partía el pan, fue durante muchos años el espacio terreno del Cielo, de la intimidad de Dios. Como dice el Card. Suenens en su hermosa “Carta a San José”: “Que misterio el hogar de Nazaret, esta degustación anticipada del cielo sobre la tierra”.

En el evangelio de hoy la frase es la misma –¿acaso no es éste el hijo de José?-, pero la tentación de los paisanos de Jesús no es la de menospreciarlo por ser hijo de José sino la de exigirle trato especial por ser de los suyos. Lo deducimos de la respuesta del Señor. Les dice: “Seguramente ustedes me aplicarán a mí este proverbio: ‘Médico, cúrate a ti mismo. Lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún, hazlo también aquí, en tu patria’”.
Jesús pesca que lo consideran uno del pueblo y que el reproche va por el lado de los celos. ¿Por qué hacés milagros en otro lado? Tanto tiempo con nosotros sin darte a conocer y ahora resulta que volvés lleno de fama…
En el caso de los Fariseos la tentación de murmurar con ironía proviene de corazones totalmente cerrado de antemano. Entre los paisanos de Jesús la tentación tiene otra raíz. Primero quedaron encantados con Jesús, “todos estaban admirados por las palabras de gracia que salían de sus labios”.
Es notable cómo el mal espíritu puede mete su púa venenosa en el corazón mismo de una gracia y hacer que termine mal algo que comenzó bien!
La imagen de José fue utilizada para escandalizar!
Si es el hijo de José, tiene que hacer milagros aquí.

Resulta evidente que el Señor provoca a los que se tentaron con esta frase, porque les adivina lo que están pensando y agudiza la confrontación: “ningún profeta es aceptado en su patria”, les dice. Y para peor pone dos ejemplos de milagros hechos a extranjeros.
Digo provoca, pero no como provocamos nosotros. El Señor provoca amorosamente, con la esperanza de suscitar la fe en el corazón que está bajo la influencia de la tentación, que lo ciega manipulando sus pasiones. Lástima que no tengamos la grabación del diálogo, porque el tono de voz y la mirada de Jesús agregarían muchísimo a las frases escritas.
Podemos imaginar, sin embargo, que el Señor no les habló de manera hiriente. Aunque les haya soltado una serie de verdades duras de tragar. Tenemos muchos ejemplos de respuestas duras del Señor –a su Madre, a la Sirofenicia…- que en corazones buenos producen el efecto maravilloso de un notable aumento de fe y no de un rechazo.
Las mismas palabras a unos los hacen entregarse por entero a Jesús, con un acto de fe radical y a otros, en cambio, les endurecen más el corazón y los llevan a obstinarse en el alejamiento de la bondad de Dios. Qué misterio!
Y es la carne del Señor, su humanidad el ser “el hijo de José”, la piedra angular de la fe, que es también piedra de escándalo.

Recuerdo que cuando estaba por entrar en el Noviciado tuve que completar un trámite para la excepción del servicio militar y, en la cola que hacíamos en el Regimiento, me arrepentí y fui a decirle al padre Pangrazzi, que era mi director espiritual, que iba a esperar un poco. Que pensaba que era mejor hacer un año de colimba y luego decidir si entraba en la Compañía. El me escuchó y con bastante ironía me dijo: “Qué le vamos a hacer. Ya veo que nunca te vas a decidir”. Fue como un puñal que me hizo salir lo más hondo del corazón, y ahí nomás volví al Regimiento, completé el trámite (quedé demorado unas horas porque en esa época los que trabajábamos en el Barrio San Martín, en Mendoza, éramos sospechosos) y… aquí estamos. Siempre recuerdo esa palabra fuerte que me ayudó a jugarme.

Los paisanos de Jesús podrían haber tomado bien sus palabras. Le podrían haber dicho:
“Señor, auméntanos la fe”.
“Perdón por no haberte reconocido antes”.
“La verdad es que siempre notamos algo especial en Vos, en María, tu Madre y en José… Es que la humildad de ustedes guardaba muy bien el secreto… Pero ahora reconocemos que Vos sos el Mesías, el Hijo del Dios bendito”.

Jesús arrancaba estas confesiones de fe de los corazones que lo habían estado esperando, de los corazones buenos y humildes, que no le ponían peros ni condiciones a la revelación de Dios. Los ejemplos de la Viuda de Sarepta y de Naamán el Sirio son muy lindos. El general Sirio se deja sacar de su enojo con el profeta por las palabras sensatas de una criada y cumple con la condición “fácil” de bañarse siete veces en el Jordán, aunque sienta que los ríos de su patria son mucho mejores. Es que quería curarse de verdad. Y la pobre viuda no pone reparos en prepararle una tortita de pan a Elías con el poco de harina y de aceite que le quedaba. Dios le hace el milagro de que no se le agote nunca más la tinaja de harina ni la orza de aceite y, además, Elías le resucitará a su hijo, cuando poco después de haberlo hospedado, caiga enfermo y muera.

¿Y cómo entra San José en este pasaje tan lleno de imágenes?

Si vamos a lo esencial, lo que Jesús les dice a sus paisanos es que él no es un hacedor de milagros mágicos sino Alguien que obra allí donde encuentra fe. Les reclama la fe.
Pero ¿Qué tipo de fe?
Una fe como la de su padre. La humildad de la fe de José es más grande que la de Naamán el Sirio y que la de la viuda de Sarepta, porque José hace todo lo que el Angel de Dios le dice sin chistar ni protestar nunca, sin poner objeciones ni mostrar decaimientos de ánimo. Pero quizás lo más provechoso para nosotros de la fe de José sea lo de vivirla en la vida ordinaria.
Santa Teresita, refiriéndose a su devoción a San José, decía:
“Lo que más me edifica cuando medito el secreto de la Sagrada Familia es la idea de su vida del todo ordinaria. La Santísima Virgen y San José sabían ciertamente que Jesús era Dios y, sin embargo, muchos misterios les estaban ocultos y, como nosotros, vivían de fe. ¿No le ha extrañado esta afirmación del texto sagrado: “ellos no comprendieron lo que les decía?”. Y aquella otra, no menos misteriosa: “Sus padres estaban maravillados de lo que se decía de Él” ¿No es de creer que aprenderían algo? Porque esta admiración arguye alguna sorpresa”.
Vemos que la no comprensión y la admiración, a María y a José los llevaron a sumergirse más hondamente en el misterio de la fe. Por eso Jesús replica tan fuerte a sus paisanos. Usan a su padre para rechazar la fe en Él siendo que precisamente en José está la clave para tratar a Jesús, para creer en Él sin que nos haga ningún favor especial por ser de su familia. La fe lleva a más fe y a más amor, no a hechos milagrosos externos. La fe lleva a cuidar a los otros, no a lograr favores especiales para uno mismo.
No se trata de una tentación menor. Lo de “cúrate a ti mismo” se repetirá en la Pasión, cuando le digan: “Si eres el Hijo de Dios, sálvate a ti mismo y baja de la Cruz”. San José y María son un ejemplo extendido en el tiempo de una fe que va madurando el amor al prójimo, renunciando cotidianamente a los propios intereses. La vida enteramente ordinaria de José y María conviviendo con Jesús es escuela de fe.
Una fe que los lleva a salir de sí constantemente para sumergirse más y más en Jesús. No miran lo que Jesús podría hacer por ellos sino lo que ellos pueden hacer por Jesús. Y en eso encuentran mayor felicidad.
Una fe que los hace adaptarse a los ritmos de Jesús, que de golpe se les escapa y luego vive largos años sujeto a ellos.
Una fe que los hace salir de sus expectativas para esperar los tiempos de Dios.
A veces habrán querido apurar a Jesús y otras les habrá parecido que no pasaba nada… El silencio simple y rotundo de Nazareth es la respuesta de José y María, de la fe de José y María, cuyo fruto es luego su relación con Jesús maduro. ¡Dejaron que Jesús creciera en el interior de su hogar y de sus corazones!

Por eso Jesús los provoca a sus paisanos. En la frase que usó alguno que estaba tentado se encuentra la clave para una gracia.
Este es el hijo de José.
Felices nosotros que hemos convivido con él sin saberlo.
Podemos ahora dejar que nos explique todo lo que aprovechó de nuestra vida ordinaria para ir madurando y llegar a revelarse plenamente como Hijo de Dios.
Felices de nosotros que estuvimos cerca suyo.
Cuántos beneficios nos hizo en pequeños detalles, sin que nos diéramos cuenta!
Somos el más privilegiado de los pueblos.
Dios ha querido habitar entre nosotros y compartir nuestra vida.
Nuestra vida sencilla es valiosa a los ojos del Señor…
Jesús les reclama una fe que, si miran bien, es cercana a ellos, ya que han convivido con María y con José.
Que nuestro Patrono y Protector nos conceda la gracia de su fe silenciosa que le ensanchó el corazón con el gozo de vivir con Jesús y María una vida común.
Diego Fares sj

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Caná: el lugar donde comienza la fe

Tres días después (del llamamiento a los primeros discípulos) se celebraron unas bodas en Caná de Galilea y estaba allí la Madre de Jesús. También Jesús fue invitado con sus discípulos a las bodas. Y como faltase el vino, la Madre de Jesús le dice a él: «No tienen vino».
Y Jesús le dice a ella: «¿Y qué a mí y a ti, mujer? Aún no ha llegado mi hora.»
Le dice su madre a los sirvientes:
«Hagan todo lo que El les diga.»
Había allí seis tinajas de piedra destinadas a los ritos de purificación de los judíos, que contenían unos cien litros cada una. Jesús dijo a los sirvientes: «Llenen de agua estas tinajas.» Y las llenaron hasta el borde. «Saquen ahora, agregó Jesús, y lleven al encargado del banquete.» Así lo hicieron. El encargado probó el agua cambiada en vino y como ignoraba su origen, aunque lo sabían los sirvientes que habían sacado el agua, llamó al esposo y le dijo: «Siempre se sirve primero el buen vino y cuando todos han bebido bien, se trae el de inferior calidad. Tú, en cambio, has guardado el buen vino hasta este momento.»
Este fue el primero de los signos de Jesús, y lo hizo en Caná de Galilea. Así manifestó su gloria, y sus discípulos creyeron en él (Jn 2, 1-11).

Contemplación
La vida del Señor tiene sus lugares privilegiados. La casa de Caná, en Galilea, es uno de ellos.
Nos podemos quedar un rato tratando de imaginar la casa de Caná.
Está vestida de fiesta: se celebran las bodas de dos jóvenes que son amigos de María y de Jesús. Está toda la familia y mucha gente del pueblo. Reina la alegría, hay música y danzas. María ayuda con la comida. Los novios conversan con Jesús…

San Ignacio nos dice que para contemplar hace bien “imaginar el lugar” donde se desarrolla la escena evangélica. Es lo que llama “la composición de (cómo era) el lugar”.

Jesús es la Palabra hecha carne y para “visualizarlo” tenemos que verlo situado en su lugar: en su casa, en su paisaje, con su gente.
Por eso, si queremos “contemplar a Jesús” nuestra contemplación tiene que ir por el lado de su humanidad, como le gustaba decir a Santa Teresa.
Resalto esta tendencia hacia lo concreto y situado (tan propia de la mística popular) porque hoy en día se presenta como muy moderna una tendencia contraria: con el pretexto de “ver” a un Jesús así llamado “histórico”, se siguen métodos que le van quitando pieza a pieza todo lo concreto -poniendo en duda lugares, hechos, palabras…-, hasta dejarnos a un Jesús sin carne ni paisaje, en una especie de milagro de Caná al revés: en vez del vino bueno nos ofrecen a beber un agua destilada, que no es precisamente el Agua Viva de la fe.
Por eso, cuando uno escucha que le hablan de Jesús como si fuera un personaje histórico cualquiera, sujeto a la investigación periodística, hay que calzarse el casco de la fe y poner entre paréntesis “el contenido” que nos proponen, mientras nos informamos un poco más acerca del “lente” (del método) por el cual nos invitan a mirar las cosas. Porque muchos le aplican al evangelio métodos que, como dice el Papa, son “una red con agujeros de cierto tamaño, que pescan cierto tipo de peces y dejan pasar otros”. Son métodos que “ven lo que proyectan” e, iluminando con mucha luz algún aspecto particular del Evangelio, ponen un manto de sombra sobre el Evangelio entero. Nos permiten ser poseedores de una verdad abstracta, que informa pero no da vida, y nos privan de recibir el Don de la Fe (el vino nuevo).

Nuestra Madre la Iglesia, en cambio, nos deposita en la fe un Jesús que viene siempre entero:
en el pesebre con burro y buey,
en la Cruz con los dos ladrones
y en Caná, tomando buen vino.

Este excurso viene al caso para abrir el tema de los “lugares de la fe” que iremos viendo a lo largo de este año en los talleres de ejercicios de los primero miércoles. La idea es de la Hna Marta y nos ayudará a rezar contemplando a un Jesús situado,
que elige lugares y sitios para darse
y para manifestarse en toda su bondad y hermosura:
para nacer, el Pesebre de Belén;
para morir, la cruz del Calvario, en las afueras de la Ciudad Santa;
para entrar en la vida religiosa y civil de su pueblo, el Agua del río Jordán;
… y para la primera manifestación de su gloria: la casa de familia de Caná de Galilea, el día de la fiesta de bodas de sus amigos.
Nunca debemos dar por gustado este misterio de Caná: que la Gloria de Jesús se manifieste primero que todo en el seno de la familia, en un casamiento, con el don del Vino rico que pone el broche de oro en la fiesta.
Caná siempre tiene gusto a lindo.
Caná es luminosa, ilumina con la luz mansa de la gloria de Jesús.

La gloria de Jesús es lo que despierta el sentido de la Fe:
“Este fue el primero de los signos de Jesús,
y lo hizo en Caná de Galilea.
Así manifestó su gloria
y sus discípulos creyeron en Él”.
El primero de los signos no es uno más dentro de una serie: se trata de un signo paradigmático, primordial: un signo que marca con su sello a todos los demás.
Todos los signos de Jesús –sus palabras y milagros, sus gestos de amor y cercanía, sus caminatas, entradas y salidas…- se orientan a suscitar la fe en el corazón de sus discípulos y del pueblo fiel de Dios. De ahí la importancia del signo que elige como primero para manifestar su gloria y del lugar donde lo realiza.
el signo es una “transformación”.
El momento o “la hora”: la celebración de una fiesta de bodas, un momento especialmente comunitario en la vida de una familia.
El lugar: un pueblo pequeño y una casa común.
Y dentro de la casa, el lugar es la cocina y el patio, donde están las tinajas de agua para los ritos de purificación.
Allí los testigos “presencian” y prueban la transformación del agua en vino.
Allí en el patio de Caná siembra el Sembrador la semilla de la fe.

La fe es una transformación: transformación de la manera de pensar y de ver suscitada por el resplandor de un hecho inusitado que despierta la capacidad de maravillarnos y creer.
Transformación de la manera de sentir y de obrar que se suscita al “probar” una transformación como la del agua en vino.

Y Jesús elige a María para que haga de maestra de ceremonias de este Milagro que hizo brotar la fe en el corazón de sus discípulos y los unió para siempre como comunidad de discípulos misioneros.
“Nosotros hemos visto su gloria, dirá ochenta años más tarde san Juan recordando esta hora, que apenas comprenden cuando la están viviendo. María, desde el gran silencio en que acaba de entrar, ha comenzado a rumiar todo esto en su corazón” (Martín Descalzo).

“Hagan todo lo que Él les diga”, es la doctrina de la fe.
Hagan todo lo que Él les diga” es la frase feliz de la que es feliz porque ha creído.
“Cualquier cosa que Él les diga, ustedes háganla”, es la consigna clara de María que firme y sin vacilaciones, precede y encamina la fe.
“Crean en lo que dice Jesús. No duden. No vacilen. Pónganlo en práctica enseguida y verán. Háganle caso. Obedézcanle. Hagan un acto de fe poniendo manos a la obra. Crean en Él”.

La misma voz que viene del Cielo Altísimo de la intimidad del Padre
es la que brota de lo más tierno del Corazón de Madre de María: “escuchen al Hijo amado, hagan todo lo que Él les diga”.

De allí en más esta transformación en la que consiste la Fe será el ingrediente esencial de todos los signos y milagros de Jesús.
Con fe, lo podrá todo. Porque nada es imposible para Dios.
Sin fe no podrá hacer nada.

Por eso el demonio ataca la fe.
Nosotros creemos muchas veces que ataca la moral, que nos tienta con placeres o nos mete miedo con padeceres. Pero esas cosas son sólo el envase de la tentación. Lo que el demonio ataca es nuestra fe. Nos quiere hacer desconfiar de lo que dice Jesús.
“No hagás lo que Él te dice. Para qué, si total no va a cambiar nada”.
Ese es el contenido de toda tentación. Y va contra la transformación que se inició en Caná y que transformó todo.

Por eso contra toda tentación del enemigo, de no hacer lo que Jesús dice, la gracia es “hacer actos de fe”.
Creo en Jesucristo, nuestro Señor.
Creo que Jesús es el Mesías, el Hijo del Dios Bendito.
Creo que Jesús es mi Salvador.
Creo que Jesús es el Cordero de Dios.
Creo que Jesús transforma el agua en vino, la desolación en consuelo y alegría.
Creo que Jesús es nuestra Paz.
Creo. Quiero Creer. Creo y espero.

E lugar donde la fe de María comenzó a ser bebida para los demás fue Caná. Allí los discípulos, los servidores y los novios comenzaron a beber de la fuente de la fe.
María es “lugar de la fe”, ámbito materno, espacio receptivo y de crecimiento de la fe de los hijos de Dios.

Juan habla sólo dos veces de María.
Y la sitúa en la hora primera, en Caná – “estaba allí la Madre de Jesús”-
y en la hora definitiva, al pie de la Cruz – “estaban junto a la Cruz de Jesús, su Madre…”.
En ambas ocasiones María está y hace de mediadora entre los signos de Jesús y la fe de los discípulos, esa fe la que nos transforma en hijos de Dios: “Mujer, ahí tienes a tu hijo. Hijo, ahí tienes a tu Madre”.
María, la carne de María –y por extensión todo lo que tocan sus manos, todo lo que ven sus ojos y escuchan sus oídos, todos los caminos que recorren sus pies- es lugar de venida y de morada del Dios hecho carne. De ahí la importancia de los lugares donde la fe brota y se consolida, que son siempre lugares marianos. Lugares de gozo y de fiesta, como Caná. Lugares de dolor y compasión, como el Calvario.
El que confiesa a Cristo venido en carne, es de Dios.
El que desencarna la Palabra, el que la saca de contexto, el que la vuelve abstracta, sin rostro ni paisaje ni tono de voz, ese está contra Jesús.
Diego Fares sj

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