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Posts Tagged ‘Francisco’

 

En aquel tiempo, los once discípulos fueron a Galilea,

a la montaña donde Jesús los había citado.

Al verlo, se postraron delante de El;

sin embargo, algunos todavía dudaron.

Acercándose, Jesús les dijo:

«Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra.

Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos,

bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo,

y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado.

Y yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo…» (Mateo 28, 16-20).

 

Contemplación

Hoy es la fiesta de la Ascensión del Señor al Cielo, donde está sentado a la derecha del Padre, para interceder siempre por nosotros. Jesús nos prometió que estará con nosotros todos los días, hasta el fin del mundo.

Para sentir y gustar esta compañía de Jesús en medio de nuestra vida cotidiana es necesario comprender de qué tipo de presencia se trata, para poder mirar en la dirección correcta, valorar los signos concretos y discernir los sentimientos precisos.

Comprender de qué presencia se trata. No toda presencia es igual. La presencia de las personas desconocidas, con las que viajamos codo a codo en un medio de transporte, es el tipo de presencia en la que la mayor cercanía física hace más patente la distancia. No nos conocemos, no sabemos nada del otro y olvidamos su rostro apenas nos separamos. En el otro extremo, dentro de ese mismo medio de transporte, la presencia de un hijo que quedó en casa para su madre que va al trabajo, es más real que la de todas las otras personas que tiene al lado. La madre lo imagina, le habla interiormente, le aconseja como si lo tuviera delante, sonríe interiormente recordando algún gesto, se apena advirtiendo algún problema…

La presencia del Señor va por este lado: Él está presente como Alguien muy amado. Por eso es que se presentaba en medio de sus amigos reunidos o ante los que lo conocían y le querían. Para otros, aunque lo hayan visto caminando con los de Emaús o a la orilla del lago, encendiendo el fuego, su figura y su presencia física habrá sido como la de las personas con las que nos cruzamos por la calle.

El principio básico de este modo de presencia humano –el de un hijo y el de Jesús- es espiritual: cuanto más amada una persona más presente está.

El amor es adhesión al bien y nuestro corazón se adhiere a quien ama movilizando todo nuestro ser. Si la persona está físicamente presente, el corazón moviliza los sentidos físicos y se expresa a través de ellos, escuchando, mirando, tocando, gustando y oliendo. Si la persona amada está físicamente alejada, el corazón moviliza los sentidos espirituales: tiende hacia atrás los puentes del recuerdo y hacia el futuro, los del deseo. Hace memoria de lo que sintió y gustó y se proyecta hacia el encuentro venidero.

Hay que notar que estos sentidos espirituales tienen la preeminencia también en el presente. Así como uno se aleja espiritualmente de la persona desconocida con la que viaja y pone distancia sensible -no la mira a los ojos ni se interesa demasiado en lo que charla con otro-, también se acerca espiritualmente a la persona amada haciendo que los sentidos físicos se muevan en el medio espiritual. Mediante el recuerdo del pasado y la proyección del deseo, la presencia física adquiere una realidad de mucha mayor significación.

Así, vemos que la presencia de alguien no depende solo ni en primer lugar de su estar enfrente o al lado físicamente. La adhesión libremente elegida y cultivada de un corazón hace más densa y más real la presencia de la persona amada.

La otra persona, cuya presencia experimentamos en mayor o menor medida de acuerdo a nuestra capacidad de adherirnos y de gustar su existencia, no solo está ahí pasivamente sino que es también presencia activa.

Hay personas que hacen “sentir su presencia”. Algunos, por fuerza de atracción: irradiando y gravitando, siendo ellos mismos, sin necesidad de imponerse ni llamar la atención. Otros la hacen sentir a empujones, como Trump que el otro díacuando percibió que el primer ministro de Montenegro se le había adelantado, lo hizo a un lado groseramente con un empujón.

El Señor es de los que hacen sentir su presencia humildemente. Poniéndose al lado como uno más, escuchando e interesándose por lo de uno antes de hablar de sí, brindando algún servicio humilde o recibiéndolo en la persona de un necesitado… Estas dos últimas son sus formas preferidas de “hacerse presente”.

Como decíamos, el corazón tiene la capacidad de “hacer presente” a la persona amada movilizando todos nuestros sentidos –físicos y espirituales-. Los sentidos físicos se mueven por sí solos ante un estímulo exterior. Los espirituales son más libres. En una relación asimétrica, como la que se da entre el Creador y la creatura, la presencia del Creador no puede darse de otra manera que haciendo crecer en libertad a su creatura. Por eso la pedagogía del Señor es la de la Encarnación, la del abajamiento, la del ocultar su divinidad y la de ir mostrándose poco a poco en la medida en que vamos deseando su presencia y haciéndonos capaces de sostener su compañía.

El punto de inflexión –porque hay un punto en el que todo cambia- es saber interpretar –de una vez y para siempre- que toda aparente ausencia suya es un clamoroso signo de una presencia amorosa y real “un escalón más abajo” o “a un costado” de la dirección en la que nos parece no encontrarlo.

Si no nos dejamos engañar por las apariencias a las que nos tiene acostumbrado el mundo de publicidad compulsiva en que nos toca vivir, sabremos encontrar y descubrir a Jesús presente en nuestra vida, todos los días hasta el fin del mundo, en cada situación en la que alguien, aparentemente insignificante, nos esté brindando un servicio humilde o requiera de nosotros poner en movimiento los sentido espirituales para ver a Jesús, que son el sentido de la misericordia y el sentido de la amistad gratuita.

PD.

Ya había terminado la contemplación y antes de mandarla abro el correo y me encuentro con los mails de dos amigos, uno a quien no veo hace años y otro de una mamá a quien conozco por mail. Ambos me cuentan de sus hijos, Jimmy, de su hija que ha entrado a la vida religiosa, y que “al ver su cara serena”, se le pasó la urgencia que tenía por contactar conmigo para hablarme de ella y pasó a compartirme un mail lleno de esa misma serenidad;  Xime me cuenta de su hijo pequeño que ha sufrido un calvario de operaciones a lo largo de su vida y que, sin conocerme, reza por mí a Santa Jacinta (y yo acabo de caer en la cuenta de donde me vino “de golpe” la devoción por Jacinta, a la que nunca había prestado mucha atención. Revisando mails veo que Fran le rezaba a Jacinta por mí desde hacía tiempo). No hay palabras que alcancen para contar todo lo que cada historia tiene, por eso mejor unas pocas como testimonio de esa presencia de Jesús “un escalón más abajo” o en el mail de al lado.

Padre Diego

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Mother Teresa Visits Patients At Kalighat Home For The Dying

01 Jan 1976 — Mother Teresa Visits Patients At Kalighat Home For The Dying — Image by © JP Laffont/Sygma/CORBIS

“Oían todas estas cosas los fariseos, que eran amigos del dinero, y se burlaban de Jesús. Y Jesús dijo a los fariseos: ‘Había un hombre rico que se vestía de púrpura y lino finísimo y cada día banqueteaba espléndidamente.

En cambio un pobre, de nombre Lázaro, yacía a su puerta lleno de llagas y ansiaba saciarse con lo que caía de la mesa del rico; pero hasta los perros venían y lamían sus úlceras.

Sucedió que murió el pobre y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham.

Murió también el rico y fue sepultado. En la morada de los muertos, en medio de los tormentos, levantó los ojos y vio de lejos a Abraham, y a Lázaro junto a él. Entonces exclamó:

– Padre Abraham, apiádate de mí y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en el agua y refresque mi lengua, porque estas llamas me atormentan.

– Hijo mío, respondió Abraham, recuerda que has recibido tus bienes en vida y Lázaro, en cambio, recibió males; ahora él encuentra aquí su consuelo, y tú, el tormento.

Además, entre ustedes y nosotros se abre un gran abismo. De manera que los que quieren pasar de aquí hasta allí no pueden hacerlo, y tampoco se puede pasar de allí hasta aquí.

El rico contestó:

– Te ruego entonces, padre, que envíes a Lázaro a la casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos: que él los prevenga, no sea que ellos también caigan en este lugar de tormento.

Abraham respondió:

– Tienen a Moisés y a los Profetas; que los escuchen.

– No, padre Abraham, insistió el rico. Pero si alguno de los muertos va a verlos, se arrepentirán.

Pero Abraham respondió:

– Si no escuchan a Moisés y a los Profetas, aunque resucite alguno de entre los muertos, tampoco se convencerán’” (Lc 16, 19-31).

Contemplación

Impresiona en la parábola cómo las intuiciones del rico no le alcanzan para pensar bien. Ve a Abraham y a su lado a Lázaro y de alguna manera intuye que es el pobre el que lo puede ayudar. Lázaro, el pobre, es la clave de su vida. Pero no llega a captar que está “al lado de Abraham”. Habituado a pensar como rico imagina que Abraham lo tiene de sirviente o de esclavo y por eso no le habla directamente a Lázaro sino que le dice a Abraham que se lo mande con la gotita de agua para refrescarle la lengua con el dedo.

Ni siquiera allí se da cuenta de que Lázaro es Cristo.

O quizás debamos decir que “precisamente allí –en el infierno- no puede reconocer que el pobre es Cristo”.

Y más aún: no reconocer que los pobres son la carne de Cristo es estar ya en el infierno.

Alguno dirá que no, que en todo caso el infierno vendrá después, que ahora los ricos y poderosos la pasan bárbaro.

Pero no es así. Será un infierno acolchonado, placentero, divertido… pero no deja de ser un infierno vivir excluyendo del amor a tanta gente, vivir tapando la compasión, vivir perdiendo la oportunidad de darse y de dar.

Hemos identificado superficialmente al infierno con sufrimientos físicos y de ahí hemos deducido que si uno la pasa bien, entonces no está en el infierno. Pero este es uno de esos razonamientos equivocados que son propios del rico, que piensa que su problema es que “ha caído en un lugar de tormentos”. Sólo se ve a sí mismo, en su situación física, de llamas que le dan sed. NI se le ocurre pedirle perdón a Lázaro, por ejemplo, por no haberlo ayudado en vida. Su mente ofuscada se extiende un poco y llega a pensar en sus cinco hermanos. Es capaz de salir un poquito de sí mismo y extender su preocupación a los de su familia, pero no más. Y lo único que se le ocurre es que “no vayan a caer en el mismo lugar de tormentos que él”. Cero arrepentimiento, cero compasión, casi cero amor. Capaz que si lo refrescaran un poco hasta se acostumbraría al infierno.

Jesús dice esta parábola a los fariseos que “eran amigos del dinero”. El Señor ha contado las tres hermosas parábolas de la misericordia, en su dinámica creciente que va de lo instintivo y técnico a lo más personal, que es la misericordia del Padre para con sus hijos que se pierden su amor; uno por gastarse todo el dinero en fiestas y el otro por ahorrar para heredarlo todo después.

El Señor ha contado también la parábola del administrador astuto, el que se ganó amigos con el dinero inicuo…

Y estos fariseos, que son amigos del dinero (cosa terrible si las hay), se le burlan.

Endurece el Señor el discurso y les habla en su lenguaje, contando una parábola de alguna manera “adaptada a la mentalidad de estos amigos del dinero”. Una parábola que habla del “cambio de suertes”: el que recibió bienes en esta vida, los pierde en la otra. Y viceversa. Es una parábola de emergencia, digamos. Una parábola con trampita. A ver si se dan cuenta de que no se trata de amenazas con un infierno en el que se da vuelta la tortilla.

La parábola es para ver si alguno dice: un momento, aquí de lo que se trata es de ver a Lázaro. Al fin y al cabo, de eso hablan Moisés y los profetas. De eso habla Jesús, cuando dice: “tuve hambre y me diste de comer”.

No es cuestión de muertos que resuciten y asusten a los fiesteros. Se trata de algo interior, de escuchar la voz de la compasión que habla en el propio corazón y de seguirla. Esa voz que me dice, mirá a tus hermanos, es una voz que abre los ojos y hace pensar bien.

El camino de la compasión y de la misericordia no es un camino de imposiciones ni de mandamientos externos. Ver a Lázaro, compadecerse de Lázaro, darle una mano a Lázaro…, es un camino de humanidad, un camino que hace que uno se dé cuenta de la propia dignidad al valorar la del otro, es un camino que nos iguala con todos y hace que nuestro corazón se ensanche instantáneamente y alcance la anchura y la profundidad de la humanidad entera y, más aún, de todo lo creado.

La parábola es para que uno se dé cuenta y le diga al Epulón que habla y habla con Abraham: Amigo, callate y mirá a Lázaro. Hablá con él. No para que te refresque la lengua sino para que te salve!!!. Lázaro significa: Dios ayuda. Aunque vos no lo hayas ayudado a él, capaz que él es mejor que vos e intercede ante el Señor. Fijate que a lo mejor, Lázaro no es un pobre cualquiera sino Jesús. Te acordás que en el evangelio el Señor resucitado es más parecido a un pobre Lázaro que a un Dios glorioso? Se aparece como el jardinero, como un extranjero que se nos acerca por el camino, como uno de los pobres que se acercaban a los botes a la mañana pidiendo un poco de pescado para comer…

Lázaro es uno de esos que no cuentan, a los que no identificamos por la cara porque solo salen en fotos multitudinarias, esas que disparan los drones sobrevolando desde lo alto las barcazas atestadas de emigrantes.

Pero no es uno que viene a sacarte dinero. Es tu Lázaro, es el Dios que te ayuda. Un Dios venido en carne, como remarca siempre Francisco.

Francisco, el profeta que les dice a los Lázaro del hospital para dependientes químicos de Brasil: “Quisiera abrazar a cada uno y cada una de ustedes que son la carne de Cristo”.

Francisco, el profeta que nos refresca la memoria, pero no como quería el rico, sino abriéndonos los ojos: “No olviden la carne de Cristo que está en la carne de los refugiados: su carne es la carne de Cristo”. “Los pobres, los abandonados, los enfermos, los marginados son la carne de Cristo”.

Francisco, el profeta que nos lee el corazón en los gestos y nos advierte que no hay que soltar desde arriba la monedita de limosna: “Este es el problema: la carne de Cristo, tocar la carne de Cristo, tomar sobre nosotros este dolor por los pobres”.

Francisco, el profeta que nos aclara la teología que había marginado la carne de Cristo al “no lugar” de la sociología abstracta: “La pobreza, para nosotros cristianos, no es una categoría sociológica o filosófica y cultural: no; es una categoría teologal. Diría, tal vez la primera categoría, porque aquel Dios, el Hijo de Dios, se abajó, se hizo pobre para caminar con nosotros por el camino. Y esta es nuestra pobreza: la pobreza de la carne de Cristo, la pobreza que nos ha traído el Hijo de Dios con su Encarnación.

Francisco, el profeta que le ha abierto la puerta de la Iglesia a los mendigos y tiene la esperanza de que al entrar ellos comencemos a entender algo de cómo es Dios: “Una Iglesia pobre para los pobres empieza con ir hacia la carne de Cristo. Si vamos hacia la carne de Cristo, comenzamos a entender algo, a entender qué es esta pobreza, la pobreza del Señor”.

Francisco, el profeta que escandaliza a muchos, no porque le falte doctrina sino porque trata de verdad a los pobres como a Cristo: “Nosotros podemos hacer todas las obras sociales que queramos —expresó— y dirán “¡qué bien la Iglesia! ¡Qué bien las obras sociales que hace la Iglesia!”. Pero si decimos que hacemos esto porque esas personas son la carne de Cristo, llega el escándalo”.

Lázaro es Cristo: Él es el quien puede refrescarnos la vida con su gotita de agua, la del brillo agradecido de sus ojos, cuando lo miramos como persona y le damos una mano.

Diego Fares sj.

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 Jorge sirviendo.jpg

Jesús dijo a sus discípulos:

«No temas, pequeño Rebaño, porque el Padre se ha complacido en darles a ustedes el Reino.

Vendan sus bienes y denlos como limosna.

Trabajen haciendo bolsas que no envejezcan y tesoros que no se agoten, en el cielo, donde no se aproxima ningún ladrón ni la polilla puede corroer.

Tengan en cuenta que allí donde uno tiene su tesoro, allí está también su corazón.

Estén preparados, ceñido el vestido y con las lámparas encendidas. Sean como los hombres que esperan el regreso de su señor, que fue a una boda, para abrirle apenas llegue y llame a la puerta. ¡Felices los servidores a quienes el señor encuentra velando a su llegada! Les aseguro que él mismo recogerá su túnica, los hará sentar a la mesa y se pondrá a servirlos. ¡Felices ellos, si el señor llega a medianoche o antes del alba y los encuentra así!

Entiéndanlo bien: si el dueño de casa supiera a qué hora va a llegar el ladrón, no dejaría perforar las paredes de su casa. Ustedes también estén preparados, porque el Hijo del hombre llegará a la hora menos pensada.»

Pedro preguntó entonces: «Señor, ¿esta parábola la dices para nosotros o para todos?»

El Señor le dijo: «¿Cuál es el ecónomo fiel y prudente, a quien el Señor pondrá al frente de su personal para distribuirle la ración de trigo en el momento oportuno? ¡Feliz aquel a quien su señor, al llegar, encuentra ocupado en este trabajo! Les aseguro que lo pondrá por sobre todos sus bienes. Pero si este servidor piensa en su corazón: “Se demorará la llegada de mi señor”, y se dedica a maltratar a los servidores y servidoras más pequeños, y se pone a comer, a beber y a emborracharse, su señor llegará el día y la hora menos pensada, lo castigará y le hará correr la misma suerte que los infieles. El servidor que, conociendo la voluntad de su señor, no tuvo las cosas preparadas y no obró conforme a lo que él había dispuesto, recibirá un castigo severo. Pero aquel que sin saberlo, se hizo también culpable, será castigado menos severamente.

Al que se le dio mucho, se le pedirá mucho; y al que se le confió mucho, se le reclamará mucho más» (Lc 12, 32-48).

Contemplación

En el evangelio de hoy escuchamos hablar a Jesús muy familiarmente con los suyos y todos sus consejos y recomendaciones apuntan a un solo punto: a centrarnos en Él.

No lo dice pero se trata de Él.

Son muchas las imágenes que salen de su corazón y con las cuales reviste su presencia.

En la primera imagen que usa dice que Él es como un señor que fue a una boda y al regresar encuentra a sus servidores velando. Otras veces se presenta como el esposo mismo, que regresa. Aquí como que se esconde más: parece un hombre cualquiera que se va a un casamiento y al volver parece que quiere que en su casa esté todo en orden y bajo control. Uno se pregunta ¿para qué hacer esperar a todos sus servidores despiertos? Parece exagerado… Sin embargo hay un detalle que traiciona la presencia de Jesús. ¿Se fijaron que la parábola habla dos veces de la felicidad de estos servidores? Son gente feliz, están felices de servir a este señor y el señor también está feliz con ellos. El detalle inusitado es que los ha hecho esperar para recogerse la túnica, hacerlos sentar a la mesa y ponerse el mismo a servirlos!

Si en las parábolas siempre hay un detalle que produce un quiebre en el sentido común, en esta, que parece una parábola menor, se esconde una riqueza igual a la de la oveja perdida. No es una parábola que tenga tanta fama como la otra, pero es más consoladora todavía. Porque no se trata de un pastor que se compadece y va a buscar su ovejita perdida. Cosa notable, pero al fin y al cabo, es su ovejita y se puede pensar que ir a buscarla y “perdonarla” es una manera de no perder algo suyo. Pero esta de los servidores va más allá. Porque se trata de servidores fieles y buenos, que hacen lo suyo con alegría. Cumplen con su deber y un “muchas gracias” o un regalo, aunque no fuera necesario, sería una buena forma de mostrar agradecimiento por parte del patrón. Pero ponerse a servirlos! Jesús nos da a conocer lo que siente en su corazón por nosotros, la alegría que le da haber creado otros seres a quienes puede hacer que se igualen a Él, que puedan experimentar su misma felicidad. Por eso expresa aquí las dos bienaventuranzas del servidor: “Feliz el servidor al que su Señor lo encuentra velando”; y más feliz si no tercerizó los tiempos y su Señor “lo encuentra velando personalmente a cualquier hora!”.

Cómo podríamos titular esta parábola: la del Buen Señor, en consonancia con el Buen Pastor…; me gusta más la parábola de los servidores felices, en contraposición con la de la oveja perdida.

Es la parábola que prepara el Lavatorio de los pies; esto se ve en el detalle de “recogerse la túnica”. Pero también alude al hecho de que, en la Eucaristía, el Señor no solo es Pan de vida, sino también el que lo sierve y lo reparte: “tomó el pan, lo partió y se los dio, diciendo…”. En la Eucaristía es el Señor mismo el que se nos da y se nos sirve. Al fin y al cabo eso es un Pan Vivo: un pan que se sirve él mismo, no hay que ir a comprarlo ni disponer nada para comerlo.

Si tomamos esta parábola como la de los servidores y servidoras contemplativos, felices porque velan, podemos pensar que a estos amigos el Señor les hace el trabajo.

La otra parábola sería para los de vida activa. Pedro pregunta si la primera es para todos y Jesús le responde regalándole otra parábola con bienaventuranza incluida. La dinámica es la misma, Jesús se presenta bajo la imagen del señor que cuando vuelve juzga cómo están las cosas en su casa. Pero la parábola es todo otro universo: aquí no se habla de velar sino de trabajar. Curiosamente, Jesús le responde comenzando con una pregunta: “¿Quién es el ecónomo fiel y prudente, a quien el Señor pondrá al frente de su personal para distribuirle la ración de trigo en el momento oportuno?

La parábola se aplica a Pedro y a todos los que tienen a su cargo “la gestión”, como decimos hoy. La tarea de la que habla el Señor es la de administrar las raciones de trigo en el momento oportuno. Se requiere fidelidad al señor y prudencia para conocer los tiempos y la medida de las raciones para cada uno del personal.

En realidad, cuando Pedro pregunta, el Señor le responde con una parábola especial para él, que será a quien “pondrá” a cargo de su Iglesia. El mecanismo “esto lo decís para mí” siempre logra una profundización por parte del Señor y es signo de buena oración, de uno que reflexiona y saca provecho para sí, como dice San Ignacio. Actitud contraria por cierto a la del que escucha el evangelio en las partes que “se le aplican a los otros” principalmente.

La bienaventuranza es grande: El Señor dice que pondrá a este servidor “sobre todos sus bienes”. Es como si lo hiciera Papa, digamos, ya que lo “encontró ocupado en este trabajo”. No viene mal pensar que esta parábola la estamos viviendo con la elección del Papa Francisco, uno a quien el Señor lo encontró (y cualquier día o noche que lo hubiera venido a buscar, al menos desde que lo conozco, puedo testimoniar que lo habría encontrado igual) trabajando por dar la ración a cada uno de los suyos. Y lo puso al frente de todos sus bienes. Feliz de él (y pobrecito él).

La parábola tiene una malaventuranza que la concreta y la refuerza. No hay aquí condena al infierno sino castigos, más y menos severos, a los que piensan que el señor tardará y se dedican a comer, beber, emborracharse y, lo que es peor, a maltratar a los servidores y servidoras más pequeños. Desdichados de ellos, desdichados de nosotros si nos encuentra así. El Señor refuerza que el trabajo se debe hacer rendir, los talentos son para dar fruto, la gestión debe ser eficaz, porque se nos ha confiado mucho, pero el punto no son las cosas sino el trato a los empleados más pequeñitos. Esto es distintivo en la Iglesia: cómo trata cada uno a los empleados…

Se distinguen las actitudes del señor ante los que velan y ante los que gestionan. A los primeros los premia con una cena; a los segundos, con más trabajo –les confía todos sus bienes-. Son dos parábolas muy distintas y diría que la segunda –la de la gestión- se ordena a la primera –la del velar-. La segunda nos revela la actitud última del Señor: la de sentarnos a la mesa en su Reino y mostrarnos su Amor sirviéndonos, ya que nosotros somos sus hijos y creaturas y más que servirlo a él El nos da todo a nosotros. La segunda, al no hablar de castigos eternos, sino de más y menos, y de premios que son más trabajos y administrar más bienes, es una parábola más para la historia, para nuestro tiempo de servicio en esta tierra.

¿Cómo le podríamos llamar a esta segunda parábola? Está en el género de las parábolas de la promoción social, digo yo. La solemos llamar la del administrador fiel y previsor. Esta frase siempre se aplica a San José, porque es el único que está a la altura, digamos, de un cargo así en la familia del Señor. También puede ser la del Patrón exigente, como el de la parábola de los talentos. Me gusta pensarla desde el detalle de “distribuir la ración de trigo en el momento oportuno” vs “pensar que el señor tardará en llegar”. Yo la llamaría: la parábola del administrador con sentido del tiempo. Este sentido tiene que ver con las personas, con el conocimiento de los tiempos de las personas: cuánto tarda en volver un Señor que nos ama, cuándo necesitan su ración los servidores y servidoras más pequeños… El detalle de los “servidores y servidoras pequeños” (paidas y paidiskas), es significativo. Pensemos que nuestra Señora se define como “servidora pequeña” y que Jesús se identifica “con uno solo de estos pequeñitos”. Si en la otra Jesús se reviste de “señor que sirve”, en esta se reviste de “servidor pequeñito maltratado o servido con la ración justa en el tiempo oportuno”. Diría que si la otra la titulamos “la parábola de los servidores felices de ser atendidos por Jesús” a esta la podríamos llamar: “la parábola de los servidores pequeñitos, maltratados por el que Jesús dejó a cargo”. Y así las dos parábolas hacen una sola: si ponemos en el centro a los pequeñitos de Jesús –los que velan su llegada, los que se dejan consolar por Él, los que son bien cuidados y tienen su ración en el momento oportuno y a veces son maltratados por los que están arriba.

 

Son estas dos parábolas de la misericordia especiales. Nosotros pensamos la misericordia solamente como perdonando pecados. Lucas, que es el que escribió las del Hijo pródigo, la oveja perdida y la dracma perdida, es también el que escribe estas que nos muestran una misericordia que va más allá de perdonar los pecados. Es la misericordia del señor que se compadece de que sus servidores hayan estado esperándolo y hayan dejado la casa impecable y les regala una cena servida por él mismo. Así como Jesús se compadece de la gente que anda como ovejas sin pastor, también se compadece de los servidores fieles, que se matan trabajando y tratan de hacer las cosas bien y, por supuesto, se cansan. Por eso es que el regalo de servirlos es también una obra de misericordia. Consolar al triste, quizás…, incluyendo lo de dar de comer al hambriento…

Es que a veces, luego de hacer todo bien, uno queda medio triste si no es reconocido o si alguno nota sólo lo que faltó… La misericordia también se vuelca –desbordante- sobre este aspecto de nuestra condición humana que se alegra tanto cuando descubre que el Señor no es un amo ni un patrón sino un amigo.

La otra parábola, la del trabajo, nos habla de una misericordia que se vuelca en los detalles –la ración justa en el momento oportuno, para los más pequeños-. Es algo que está a nuestro alcance y que el Señor valora muchísimo, tanto que premia desmesuradamente un vasito de agua dado a un pequeño y castiga severamente al que maltrata a los empleados pequeñitos. Esta misericordia es la nuestra, la que se nos regala para dar. Los cargos en la Iglesia son para hacer misericordia con los pequeños, no para gestionar el reino. Imaginense! Gestionar el reino de Uno que ni siquiera se pudo salvar a sí mismo, ni morir con algún decoro al menos!

La verdad es que hay algunos que, si uno mira cómo se visten, en qué autos van y en qué casas viven (me incluyo en lo de la casa) y sobre todo, cómo se comportan con los empleados, pareciera que se creyeron que el cargo de administrar que les han dado es para “gestionar el reino” y no para “hacerse amigos con el dinero de la iniquidad y purgar así sus pecados”.

La parábola del ladrón, que está en medio de las dos parábolas, sirve de despertador para los adormecimientos en las cosas del reino que suelen ir unidos a las trasnochadas de “divano-felicidad”, como le llamó el papa a la tentación de apoltronarse en vez de salir a servir.

Diego Fares sj

 

 

 

 

 

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 A pesar de ser un hombre de 79 años, el Papa Francisco consigue comunicar muy bien con los jóvenes. Claro que es muy simpático, pero no es solo esto. Según usted cual parte de su mensaje fascina tanto a los jóvenes?

Espontáneamente, para responder qué es lo que fascina tanto a los jóvenes del Papa Francisco, me vino la imagen de una joven amiga, muy conmovida por un encuentro que tuvo con Francisco que me escribía: “Francisco nos miró a los ojos! Eso es encuentro. Fue conmovedor al extremo!!! Profundo, de absoluta entrega y escucha, se ‘conectó’ con nosotros… ese casi minuto con él fue eterno en encuentro y bendición. Me he sentido la persona más bendecida del mundo”.

Esta capacidad del Papa de mirar a los ojos a las personas y conectarse con cada uno como si fuera único en el mundo, es algo que todos apreciamos, pero creo que los jóvenes lo aprecian más. La capacidad de enamorarse tiene que ver con esta mirada y en la juventud la sed de esta mirada es absoluta.

También diría, compartiendo otros testimonios, que los jóvenes captan que Francisco no representa un papel, que es sincero. No es demagogo como muchos viejos son con los jóvenes. Se gana su simpatía porque es cercano de verdad. Es alguien que simplifica las cosas, que no se asusta de nada, no tiene miedo a morir ni a exponerse, no le tiene miedo a los abrazos ni a las selfies, aunque se note que es más bien tímido o reservado. Te acepta como sos y te invita a dar un pasito adelante. Te anima a ser libre, no te impone nada. Te escucha con verdadero interés. No se la cree. Se juega por los pobres. Es desacartonado. Sorprende y ama la sorpresa. Vive con radicalidad evangélica, lo cual es un signo de juventud espiritual. Bueno, estas son cosas que he escuchado que dicen los jóvenes y creo que responden a la pregunta.

Usted lo conoció cuando era un joven jesuita. Que le impactó más?

En el año 74 conocí a Bergoglio primero por sus “efectos” en los buenos jesuitas que mandó a Mendoza, mi provincia, y que lo valoraban como un “Provincial que sabía mandar, con coraje y lucidez”. Al año siguiente, en setiembre del 75 lo conocí personalmente, en la Casa Provincial en el Barrio de Flores, cuando pedí ser admitido a la Compañía. Me impactó que siendo Provincial y viviendo en esa gran casa, el tuviera su piecita en la terraza, en el cuartito donde se guardaban las escobas.

Pero me impactó sobre todo la amistad que tenía con los otros jesuitas jóvenes que eran sus pares y serían nuestros formadores. Se notaba que habían optado por los jóvenes y que nos dedicaban todo su tiempo. Nos daban lo mejor que tenían. Provincial, Maestro de novicios, misioneros jóvenes, sacerdotes ancianos, profesores… convivían con nosotros (un grupito de 7 novicios que fue incrementándose hasta llegar a más de cien estudiantes en diez años) y creían en construir una Compañía al servicio de nuestro pueblo, de los más pobres, sin ideologías, con una formación seria y una espiritualidad muy linda. Bergoglio y nuestros formadores se dedicaban a nosotros –novicios y estudiantes- como lo más importante, sin descuidar por supuesto a los ancianos y a las tareas pastorales que la Compañía les confiaba además del la formación.

Como lograba comunicar con los jesuitas mas jóvenes?

Como decía más arriba mi amiga, también entonces: “Te miraba y te conocía”. Pero esto hay que entenderlo bien. No hablo de uno que te adivina el pensamiento. La sensación era más bien que conectaba con tus sueños, con lo mejor de tu vocación. Te miraba proyectado en lo que tenías ganas de ser y lo alentaba con su mirada y lo sabía encauzar con lo que te iba enseñando y confiando como tareas. Era capaz de mirar lejos en un alma y sembrar buenas semillas que darían fruto con el tiempo. En todo nuestro grupo de jesuitas jóvenes sembró lo mejor que Dios le había dado a él y lo cultivó pacientemente. Y mientras nos formaba nos hizo amigos entre nosotros. Nos enseñó a dialogar entre nosotros sin mentir ni buscar quedar bien. Nos puso en contacto con nuestro pueblo. Nos dio ejemplo de amar a los pobres y de aprender de ellos, caminar pacientemente con ellos. Nos libró de ideologías y de modas teológicas y se animó a reinventar nuestra formación con nosotros, a nuestro paso. Nos gustaba también que no tuviera miedo de nada ni de nadie cuando se trataba de servir al Señor.

Cuando era arzobispo de Buenos Aires, el Papa tenia mucho cariño para la peregrinación anual de los jóvenes a Lujan. Por que? Que representa esta iniciativa y por que tiene tanto impacto?

El amor a Luján viene de antes. La primera peregrinación juvenil fue en el 75, si no me equivoco. Antes solo se hacía una llamada “tradicional” y a esa se le agregó en primavera la de los jóvenes, aunque iba todo el mundo. Esta nació de una intuición del padre Tello, que sentía que a los jóvenes politizados nos haría bien entrar en contacto con la Virgen Madre y patrona de la Argentina. Bergoglio y nuestro maestro de Novicios nos mandaron a esa primera peregrinación. Para mí fue un descubrimiento experimentar al pueblo de Dios en marcha, caminando en la noche para llegar al Santuario. En mi provincia no había conocido expresiones de espiritualidad popular tan masivas. Fue una gracia que se mantiene intacta con los años: ir a Lujan significa rezar con todos y por todos. Es verdadera gracia de ser un mismo pueblo de Dios ante nuestra única Madre.

Había creado otras iniciativas especificas para los jóvenes en Buenos Aires?

Bergoglio siempre tuvo mucha entrada y cercanía con los niños y los jóvenes. En su trabajo en la Parroquia de San José, que inspiraba el trabajo en las parroquias vecinas a las que íbamos los jóvenes, el trabajo con niños y jóvenes fue para nosotros un verdadero milagro de alegría, de participación, de respuesta masiva y fiel de las familias que nos confiaban a sus hijos. Es verdad que nosotros, como estudiantes jesuitas, lo seguíamos a muerte en sus iniciativas. El Día del niño, por ejemplo, llegaba a juntar más de cinco mil niños en la parroquia y tenían un día entero para ellos, con juegos, cine, deportes, comida y regalos (salíamos a conseguir regalos por todo el gran Buenos Aires y cada niño tenía el suyo). Los campamentos de jóvenes juntaban cientos de ellos en Mar del Plata.

Cuando fue obispo todo esto se tradujo en aliento a la pastoral de la niñez y la juventud: las Misas del día del Niño en grandes estadios, luego de una procesión por la ciudad, el aliento a los jóvenes catequistas, a sus iniciativas, todo el aliento a los curas que trabajan en las Villas y a sus ayudas a los jóvenes con problemas…

Según usted que significa la expresión “hacer lío”?

De joven uno entiende lo que significa que un padre de permiso para “hacer lío”. Significa que confía en uno, que no le tiene miedo a la alegría, que se fía en que, aunque uno se pase un poco de la raya, hará las cosas bien. En general los adultos le dicen a los jóvenes que “no hagan lío”, que se porten bien, que no rompan. Y esa expresión es un poco egoísta, en el sentido de que puede significar: hacé lo que quieras pero no me molestes.

Hagan lío, en cambio, significa confesar que la sociedad no está bien, que necesita un cambio, y que lo tienen que hacer los jóvenes. Si para eso tienen que hacer lío y romper esquemas, no importa. Lo importante es que se mejore lo esencial: “Hagan lío y organícenlo bien –exhortó el Santo Padre–. Un lío que nos dé un corazón libre, un lío que nos dé solidaridad, un lío que nos dé esperanza, un lío que nazca de haber conocido a Jesús y de saber que Dios a quien conocí es mi fortaleza. Ese es, debe ser, el lío que hagan”. Esto es porque un cura en broma le había dicho: ‘sí, usted siga aconsejándole a los jóvenes que hagan lío, siga, siga… pero después los líos que hacen los jóvenes los tenemos que arreglar nosotros’. ¡Hagan lío! pero también ayuden a arreglar y organizar el lío que hacen. Las dos cosas ¿eh?”

En sus viajes, el Papa habla mucho de sueños con los jóvenes. Siempre los invita a ser sonadores. Que tiene que ver el sueño con la fe?

Bergoglio siempre soñó en grande. Cuando nacen este tipo de personas, son una gracia que hay que saber aprovechar. Sobre todo cuando se trata, como en su caso, de un soñador de sueños comunes, uno que sabe hacer soñar a otros y sabe sumar sueños de muchos. Nuestra formación espiritual y pastoral, hoy puedo decirlo pero porque entonces lo viví así, tenía mucho de sus sueños. Soñábamos con tener vocaciones, soñábamos con trabajar en equipo, soñábamos con dar los ejercicios espirituales a muchos jóvenes, soñábamos con justicia social para nuestra patria, soñábamos con acompañar a nuestra gente en sus sueños, yendo a su paso, soñábamos con un lenguaje nuevo en la iglesia, soñábamos con ir más allá de esas posiciones escépticas e ilustradas que son un poco tristes y contagiar de alegría y fervor a muchos… Y eran sueños que se realizaban en el día a día y daban frutos, como la fe, que en unos da el 30, en otros el 60 y en otros el ciento por uno.

Que tipo de sueño necesita nuestro presente?

Nuestro tiempo necesita salir de un ensueño –el del confort- y animarse a los sueños verdaderos. El primer sueño creo que pasa por los niños: soñar un mundo en que los niños puedan soñar. Esto es constitutivo del ser humano. Si ese sueño se apaga, la vida está muerta, aunque por fuera se ve mucho progreso. Todos los logros están ensombrecidos por la esterilidad. La Encíclica Amoris Laetitia es un acto de fe del papa en la capacidad de soñar juntos el futuro, que define lo que es una familia.

El otro sueño que necesita nuestro tiempo es el de la política: soñar una política con otra música, como dice el Papa. Por eso él invita a Europa a salir del ensueño de un confort individualista y a soñar la política solidaria, la defensa de la dignidad humana a escala mundial.

El tercer sueño es planetario: el Papa invita al planeta a soñar una alabanza compartida, a salir de la pesadilla de la contaminación y de la destrucción de la humanidad y a soñar una tierra cuidada y cultivada con amor para glorificar al Creador.

Sus Encíclicas –caracterizadas por la alegría- pueden leerse como “sueños” y deseos del Papa. Francisco nos invita a soñar con la belleza del evangelio, a soñar con la belleza de la creación y a soñar con la belleza de la familia.

Borges decía que todas las palabras nacen de una metáfora, aún las más comunes. Y que para hablar un lenguaje abstracto hay que hacer morir esta metáfora de modo que quede un mínimo esencial, diríamos. Esto es todo lo contrario de los sueños, en los que se trata de lo máximo existencial, de lo afectivamente más rico, mejor y más bello. Un sueños de mínimos no tiene sentido. El lenguaje que sueña Francisco (porque lo sueña en la oración, en la que a veces confiesa que se adormenta como un hijo en brazos de su padre) no excluya para nada esos mínimos abstractos que algunos llaman tradición y doctrina. El invita a ir más allá.

La misericordia es el “arma cristiana” para revolucionar el mundo? 

La misericordia y la ternura. La misericordia es un sueño, es soñar que el mal y el pecado se pueden no solamente paliar mediante acciones y política de minimizar daños, sino curar radicalmente, desde adentro y para siempre. El abrazo del Padre Misericordioso al hijo pródigo, es el sueño que Jesús regaló –a costa de dar su vida- a la humanidad.

La ternura es otro sueño, el del Espíritu, cuya fuerza no es como la de la naturaleza inanimada, que se rige por la fuerza rígida, sino la de la vida, que se transmite por lo más frágil y del modo más inagresivo. La imagen del “arma” vale solo por contraposición absoluta, ya que la ternura y la misericordia comienzan por el gesto de desarmarse para no herir ni descartar sino para sanar y abrazar.

Estos sueños de Dios, el de la ternura de María y José con el Niño en el pesebre –que San Francisco supo legarnos como un sueño que cada familia recrea al hacer su pesebrito con los niños en Navidad-; el de Jesús desarmado totalmente en una Cruz, capaz de atraer la mirada de todos los que lo traspasamos; y el sueño del Padre que nos espera y nos abraza conmovido en sus entrañas de modo tal que nos vuelve a hacer sentir hijos, son sueños que estaban perdiendo fuerza. El del pesebre, reemplazado por el frenesí del consumo; el de la Cruz, reemplazado por la eficacia de otros medios de atracción y el de la misericordia del Padre por técnicas de introspección y autoayuda que no hacen referencia a Otro. El Papa nos devuelve estos sueños en su radicalidad, sin ningún matiz ni pero: la misericordia del Padre perdona todo y sana todo, la ternura de María es más potente que cualquier gestión y la Cruz de Jesús, haciéndonos morir de veras nos permite ser verdaderamente resucitados en carne y afectos reales.

Diego Fares sj

 

 

 

 

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Jesús entró en un pueblo,

y una mujer que se llamaba Marta lo recibió como huésped en su casa.

Tenía una hermana llamada María,

que sentada a los pies del Señor, escuchaba su Palabra.

Marta, que andaba de aquí para allá muy ansiosa y preocupada con todos los servicios que había que hacer, dijo a Jesús:

«Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola con todos los servicios? Dile que venga a cooperar conmigo.»

Pero el Señor le respondió:

«Marta, Marta, te preocupas y te pones mal por muchas cosas (servicios),

y sin embargo, pocas cosas, o más bien, una sola (un solo servicio) es necesaria. María eligió la mejor parte, que no le será quitada» (Lc 10, 38-42).

Contemplación

Dos mujeres dialogan con Jesús. Son hermanas, amigas del Señor, y en la intimidad familiar charlan con Él de sus cosas. El tono de confianza de su conversación nos hace sentir también invitados: es como si el evangelio de Marta y María nos hospedara a todos – discípulos y discípulas de todos los tiempos- en el misterio de lo que siente Jesús de nuestro servicio y de nuestra oración, para que podamos hacerle las preguntas que nos surgen del corazón.

La escena nos resulta familiar: nos basta escuchar unas pocas palabras e imaginar un cruce de miradas para sentir que conocemos lo que pasó. En casa uno actúa como es e intuye cómo se actúa en otros hogares. Cuando vienen amigos y hay que preparar la comida, los roles se dividen espontáneamente. En un primer momento cada uno elige y atiende a lo que le gusta: uno hace el asado, otro prepara las ensaladas, uno atiende a los huéspedes, les muestra sus cosas, otro prepara la mesa… En cierto momento, como en el Evangelio, hay que terminar de organizar y alguien toma el mando: la comida está casi lista ¡hay que colaborar! Luego podemos seguir charlando (aunque en algunas sobremesas, de nuevo viene el apuro de alguno por juntar los platos…).

Es este preciso instante el que capta Lucas. Podemos imaginar que habrán charlado de mil cosas aquel día… Y con Jesús, todas darían para un evangelio. Pero este diálogo espontáneo y chispeante, en medio de una escena que todos hemos vivido alguna vez, es una puerta para entrar en los sentimientos hondos del corazón de Jesús. Y en los nuestros.

Cómo decía, en toda comida familiar con amigos las cosas se mueven espontáneamente. Pero cuando el asado está listo, alguno hace notar que hay que colaborar para pasar de un tiempo a otro: del tiempo de la preparación al tiempo de la comida. Suele ser el padre o la madre los que “sienten la necesidad” de mandar. Conocen los tiempos y que las cosas hay que hacerlas y por eso mandan. Los tiempos de la casa, en este caso los conoce Marta que es la que cocina y pareciera ser la hermana mayor. Pero en vez de arreglar las cosas entre hermanas, lo mete a Jesús en el asunto. Y aquí comienza lo interesante para reflexionar nosotros. Se nota que lo que quiere el evangelio es hacernos reflexionar. Pero más que una reflexión sobre la vida activa y la vida contemplativa me parece que se trata de una reflexión sobre sobre nuestra libertad: sobre lo que cada uno elige y sobre lo que nos distrae, haciendo que pongamos la fuerza en controlar lo que hacen los demás.

Marta, que está cumpliendo el rol de dueña de casa, apela a Jesús directamente. Escuchemos cómo le dice con total desfachatez: “No te importa que mi hermana me deje sola con todos los servicios? Dile que venga a cooperar conmigo”. Marta está totalmente convencida de que tiene razón y que la autoridad de Jesús debe estar de su parte. Por eso le extraña que Él no se haya dado cuenta (podemos imaginar que habrá hecho ruido con las cacerolas o habrá pasado suspirando para hacer notar a esos dos que bien podían levantarse a darle una mano). Pero el punto no son los supuestos celos de Marta, ni el activismo ni tampoco los derechos especiales de las contemplativas que vendrían a ser las preferidas del Señor…

El punto me parece que está en que Marta apela a la autoridad de Jesús para que resuelva su caso y el Señor, cariñosamente, le rechaza el planteo. Le responde, sí, pero no interviniendo como autoridad. La remite a los criterios de la fraternidad. Cómo? Jesús hace que Marta vuelva la mirada, primero al modo como está desarrollando ella su actividad  –te preocupas y te pones mal– y luego al modo como María está realizando la suya –eligió-. Convengamos que escuchar al Señor es también una actividad. Estas dos actitudes interiores y modos de actuar, son lo que quiere hacerle discernir el Señor. En segundo lugar vienen “las muchas cosas” y “la mejor parte”.

Tanto las actitudes como las cosas están en una relación asimétrica. Elegir es un acto libre, andar ansioso, en cambio, es algo que más bien se padece. Elegir supone un juicio claro y una decisión que luego se mantienen gracias al afecto que uno cultiva. Es decir: el afecto es una nueva elección, reforzada cada vez. En cambio andar preocupado y ponerse mal, nos hablan de sentimientos que van y vienen, de pensamientos encontrados que tienen que ver con “las muchas cosas” que el Señor le señala a Marta. En cambio la elección tiene que ver con una sola cosa, la que vale por sí misma como “la mejor” y por eso es que uno la puede elegir sin lugar a dudas.

Lo que Jesús hace con Marta es ayudarla a que tome conciencia de que está justificando su estado de ánimo con algo que parece objetivo: que hay muchas cosas por hacer. El Señor le aclara que no es verdad, que sólo una cosa es necesaria. Y que su hermana la ha descubierto y la ha elegido y por eso está tranquila. En esto el Señor toma parte –su parte- al juzgar que María eligió lo mejor. Pero notemos que tampoco en esto se pone Él como autoridad. No dice: “Yo no se la quito” sino “no le será quitada”.

Podemos pensar que está hablando del Padre que es el que “designa los puestos de cada uno” como le dirá en otra ocasión a la madre de Santiago y Juan, que le planteaba algo similar (siempre la cuestión son los cargos, los honores y quién manda, quién es “el mayor”).  Y los planteos de Jesús van por otro lado: por el lado de fortalecer a cada uno en su libertad, para que elija la mejor parte y no se la pierda distrayéndose en controlar a sus hermanos, como si fuera él el encargado de hacer cumplir cosas que ni el mismo Jesús obliga.

Así como el Señor dice a la pecadora: “Nadie te ha condenado? Yo tampoco te condeno”, así le dice a Marta: “María ha elegido ella la mejor parte y no le será quitada”. Ante el mal, el Señor no se pone a soltar mandamientos negativos, como hacen algunos cardenales que pareciera se complacen en remachar cada vez que pueden que un precepto negativo vale siempre y sin ninguna excepción. El Señor no rebate esto a nivel teórico (usando otra abstracción que es la de buscar casos y casos excepcionales). El simplemente mira a la persona (no al caso particular ni al caso general) y agrega un NO: no te condeno. No te aplico la ley. Te perdono.

Y cuando se trata del bien y de lo mejor, que es elegir escucharlo a Él, tampoco pone mandamientos sino que se nos iguala como hermano y dice que El Padre no nos quitará nada de lo que hayamos elegido por amor a él y a su Palabra. Aunque alguno como Marta piense que estamos siendo injustos y poco solidarios por elegir tan exclusivamente a Jesús.

La tentación de invertir esta jerarquía de valores evangélicos y volver a discutir quién manda, es una constante en la Iglesia. Reaparece bajo distintas formas: quién es el mayor, qué ministerio tiene la primacía, cual es el estado de vida más perfecto, quién tiene la última palabra –si el Papa actual, el anterior o el de hace 100 años, si el Concilio Vaticano o el de Trento-, cuál es la declaración infalible de mayor valor dogmático…

Un lindo ejemplo del espíritu que Jesús hace reinar entre las hermanas, Marta y María, lo dieron el Papa Francisco y Benedicto en el encuentro que tuvieron con motivo de los 65 años de sacerdocio de Ratzinger. Las palabras que se dijeron estuvieron signadas por este espíritu de fraternidad, tan lejano de todos los que los contraponen buscando discusiones abstractas sobre la autoridad.

Francisco le dijo que: “lo que Benedicto ha siempre testimoniado y testimonia también ahora es que la cosa decisiva en nuestras jornadas –de sol o de lluvia- aquella sólo con la cual viene también todo el resto, es que el Señor esté verdaderamente presente, que lo deseemos, que interiormente estemos cercanos a Él, que lo amemos, que de verdad creamos profundamente en  Él y creyendo lo amemos de verdad”. Le dijo también que el lugarcito que habita en el Vaticano, es como “la Porciúncula, la pequeña porción (la mejor parte, podríamos decir aquí) de donde emana una tranquilidad, una paz, una fuerza, una madurez, una fe, una dedicación y una fidelidad que me hacen tanto bien y dan fuerza a mí y a toda la Iglesia”.

Y Benedicto le agradeció hablando también de la mejor parte que ha elegido Francisco y que no le será quitada, diciendo: “Gracias sobre todo a usted, Santo Padre. Su bondad, desde el primer momento de la elección, en cada momento de mi vida aquí, me admira, me hace conmueve realmente, interiormente. Más que los jardines vaticanos, con su belleza, es su bondad el lugar donde vivo: me siento protegido. Gracias también por la palabra de agradecimiento, por todo. Y esperamos que Usted junto con todos nosotros pueda ir adelante por este camino de la misericordia divina, mostrándonos el camino de Jesús, el camino hacia Jesús, hacia Dios”.

Si uno lee profundo, de verdad que conmueven las palabras de estos dos hermanos. Francisco le agradece a Benedicto su testimonio de lo que es “la mejor parte” –el amor a Jesús. Y le dice que de esa elección brota paz y coraje. Benedicto le dice que esa Porciúncula donde vive, más que los jardines es “la bondad de Francisco”. Frase que podemos hacer nuestra tantos en el mundo, especialmente los más pequeños y olvidados: en la bondad de Francisco vivimos y nos sentimos protegidos, en medio de este mundo tan violento y expulsivo. Siendo que así siente Benedicto uno no puede entender bien qué es lo que le pasa a algunos cristianos en su corazón que sienten verdadero disgusto (e incluso sentimientos de agresividad) ante Francisco. Qué avaricia de poder o de otras cosas habrán cultivado en su corazón para no querer a alguien que es antes que nada una buena persona). Pero Benedicto va más allá y anima a Francisco a ir adelante por el camino de la Misericordia que ha emprendido. Yo aquí sí que tomaría sus palabras como una “definición de Papa emérito”: Benedicto define que el camino de la Misericordia que ha emprendido Francisco “es el camino de Jesús y el camino hacia Jesús, hacia Dios”.

Qué lindo ejemplo de cómo se viven las relaciones de servicio y oración entre hermanos tal como las quiere Jesús! Qué lejos de todo lo que generan los que “no han elegido la mejor parte”, como han elegido Benedicto y Francisco, y de esa insatisfacción brotan tantos males: habladurías, celos, envidias, condenas furibundas, ironías sarcásticas, detracciones… Todo un mundo de avaricia y ambición de poder que brota de “no elegir la mejor parte”.

BYF.jpgDiego Fares sj

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Domingo 12 c 2016

Un día en que Jesús estaba orando a solas y sus discípulos estaban con él, les preguntó:

«¿Quién dice la gente que soy Yo?»

Ellos le respondieron:

«Unos dicen que eres Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, alguno de los antiguos profetas que ha resucitado.»

«Y ustedes, les preguntó, ¿quién dicen que soy Yo?»

Respondiendo, Pedro dijo:

«El Mesías de Dios.»

Y él con órdenes terminantes les mandó que a nadie comunicaran esto, diciendo:

«El Hijo del hombre tiene que padecer muchas cosas, ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser condenado a muerte y resucitar al tercer día.»

Y decía a todos: «Si alguno quiere venir en mi seguimiento, niéguese a sí mismo, cargue con su cruz cada día y sígame. Porque el que quiera poner a salvo su vida, la perderá pero el que pierda su vida por mí, ese la salvará» (Lc 9, 18-24).

Contemplación

¿Qué dice de mí la gente; qué dicen ustedes?

A Jesús le interesaba estar en boca de la gente y saber qué pensaban sus discípulos. Pero no para hacer encuestas de popularidad. Con estas preguntas, el Señor animaba a los suyos a hacer un discernimiento, a sentir lo que pensaba la opinión pública de entonces y a jugarse ellos personalmente.

Lucas menciona la opinión de la gente sencilla, del pueblo fiel, que sentía a Jesús como alguien a favor suyo, como un hombre de Dios, como uno que los defendía y ayudaba. Pero seguramente en el grupo de los discípulos también se hablaba de lo que decía los grupos de poder de aquel entonces.

Los principales formadores de opinión eran los saduceos, los zelotes y los fariseos.

Los Saduceos eran los que negociaban con los romanos con tal de conservar su poder. Eran gente rica y poderosa, dueños de la tierra, con poder político.

Los discípulos le podrían haber dicho a Jesús algo así: estos piensan que sos un iluminado más pero que no tenés idea de la política. Te ven peligroso por cómo te ganás a la gente. De última, son capaces de sacrificarte si los molestás en su relación con el imperio. De hecho, esto fue lo que hizo Caifás, el jefe de los saduceos, cuando pronunció aquella frase de que era bueno que uno muriera por la nación y condenó a Jesús a muerte.

Los Zelotes, estaban en el otro extremo del abanico político, eran militantes anti-romanos. Un rasgo que los definía era la anticorrupción: acusaban a los Saduceos de amar el dinero. Fueron Zelotes los que combatieron hasta dar la vida en Masada (73 dC), después que los Romanos tomaron Jerusalén. Jesús tenía en su grupo a Simón el Zelote (ningún Saduceo se hizo discípulo suyo). Este le podría haber dicho a Jesús: algunos pensamos que vos sos el Mesías, pero otros te ven demasiado contemporizador, con eso de “dar al César lo que es del César…”.

De última, el sentimiento popular zelote prefirió a Barrabás y no a Jesús.

Los Fariseos, ya sabemos lo que pensaban. Nicodemo le podría haber dicho a Jesús: mis hermanos piensan que les ponés a la gente en contra, que aflojás le Ley, que les das muchos palos con lo de que son hipócritas y vanidosos…

Esta contemplación de lo que podría ser una charla extendida entre Jesús y sus discípulos la hacemos “actualizándola” con sentimientos del presente. El Señor nos da pie con sus preguntas. El quiere que le contemos lo que opina la gente, lo que dicen los diarios. Porque sabe que estas cosas nos movilizan, nos provocan sentimientos encontrados. Y esto es necesario sentirlo y clarificarlo en la oración para tener nuestra propia idea formada de quién es Él para nosotros.

….

Pensaba que nuestro Papa Francisco ha puesto nuevamente en movimiento estas preguntas.

Lo ha hecho poniendo el cuerpo, saliendo a la calle, charlando con todos y de todo. Exponiéndose.

Y creo que es inteligente que, antes de considerar esta opinión o aquella, cada uno reflexione sobre el hecho mismo de que el Papa esté en boca de todos.

El mismo lo ha provocado acercándose.

Acercándose de manera despojada de toda distancia.

Este es el punto.

Porque todos los papas se han acercado y lo han hecho de manera cada vez más sencilla y explícita. Desde que Juan XXIII comenzó a bajarse de la silla gestatoria (que de hecho era como el papamóvil, para que la gente pudiera verlo, pero daba aires de realeza) hasta las arrodilladas de Juan Pablo II que besaba el suelo de cada país que visitaba.

Pero Francisco ha terminado de acercarse definitivamente, si se puede decir así.

Partamos de un extremo. Hace unos días en el espectáculo que dio un circo, escuchamos a uno que le dice al santo Padre si se quiere acercar a acariciar a un cachorro de tigre. Se le ve la cara al papa como diciendo yo hago lo que me digan, si a ustedes les parece… Y cuando se levanta y va caminando ya se lo nota confiado. El tigre le pegó un sustito, pero luego lo acarició tranquilamente.

Francisco tiene incorporado el gesto de ir y acercarse.

En el encuentro con los sacerdotes, después de la misa, también hizo el mismo gesto de ir al encuentro. Constaté que desarmó todo el protocolo porque los guardias, como no sabían para donde iba a agarrar, cerraron por una hora todas las salidas del altar. Francisco decía después que al meterse entre los curas los abrazos eran verdaderos golpes (estos te pegan!).

El mismo deseo de mayor cercanía se ve cuando toca con la frente la cabeza de un enfermo o se deja abrazar por los niños.

Hay una cercanía física que ha borrado todas las distancias y ha llevado lo sagrado a otro lugar.

El sentimiento de adoración y de reverencia ante nuestro Creador nos lleva naturalmente a formas de expresión que tienen que ver con la distancia. Es el “aléjate de mí que soy un hombre pecador” de Pedro al ver la pesca milagrosa. Pero en Jesús, estas distancias no tienen sentido. En el evangelio de la mujer pecadora que lo unge se nota que el Señor no pone distancias de ningún tipo sino todo lo contrario: sus gestos invitan a la confianza familiar.

En la cercanía física la misma persona se contiene.

La otra imagen es la de Jesús en medio de la multitud, camino a casa de Jairo: lo aprietan por todos lados pero él siente a la mujer que toca su manto y se cura y se detiene a conversar con ella cara a cara. Esta total cercanía es la que, a su manera, hace sentir Francisco. Es un modo de testimoniar la cercanía del Reino que trajo el Señor.

Esta cercanía y projimidad del Dios con nosotros no sólo es física sino también espiritual.

El Papa la expresa al hablar siempre de una misericordia que no se cansa de perdonar.

Al quitar las condenas y las aristas bien definidas de las definiciones abstractas, su lenguaje pone en contacto los corazones: es un lenguaje cercano en el sentido de que invita a dialogar, a expresarse.

Es esto antes que nada lo que posibilita que hable cualquiera. Y que algunas palabras a las que los medios les ponen micrófono, se amplifiquen. Pero por cada opinión desencajada hay cientos de miles de frases que la gente pronuncia en su corazón y que son bendiciones.

Siempre recuerdo lo que para mí, como jesuita, fue la mejor opinión “de la gente” sobre el Papa. En nuestra revista América, en los Estados Unidos, hicieron una encuesta antes de la visita del Papa y le preguntaban a la gente “qué le diría Ud. al Papa Francisco si tuviera cinco minutos a solas con él”. El jesuita James Keenan escribió: “Le diría que estos dos últimos años han sido los más felices de mis 33 años como sacerdote (…) Y tengo que decirle que a pesar de los comentarios de algunos obispos influyentes y periodistas de renombre, la mayoría de los católicos en los Estados Unidos da gracias a Dios cada día por su elección. Por último, pido a Dios por su salud, su consuelo y su sabiduría; y espero que esté entre nosotros más de lo que usted piensa. Que usted sea un jesuita es, poniéndolo en sus propias palabras, «la frutilla de la torta»”.

Por tanto, el hecho de escuchar que cualquiera dice cosas del Papa no es para indignarse sino para caer en la cuenta de que si su cercanía en unos provoca estos sentimientos en mí puede provocar otros. El movimiento tiene que ser: cuando escucho algo que me provoca sentimientos e ideas encontradas, tengo que acercarme yo de alguna manera directamente al papa. Ir a leer lo que él dijo, sus palabras textuales en el sitio del vaticano, buscar el video donde se ven sus expresiones (no solo la foto que me dan los diarios).

Allí donde los medios me quieren alejar haciéndome sentir disgusto por un punto particular, por algo que “dijo” el Papa, allí me tengo que “acercar”, buscando formar mi opinión personal.

No importa que después mi opinión no salga en los diarios. Importa que yo me examine y discierna lo que siento yo, lo que el Espíritu dice en mi corazón.

En lo disonante de algunos titulares se puede discernir un intento desesperado de evitar que se descubra que alguien les ha quitado poder. El modo de comunicar del Papa Francisco es directo. No solo se trata de que gracias a los medios actuales cualquiera pueda leer y ver en directo lo que dice y hace. Su modo de plantear los temas invita a dialogar, a que uno se ponga junto con él a la escucha del Espíritu. Titular sus frases como si fueran dogmas, siendo que la Iglesia misma hace tiempo que no habla dogmáticamente, es una cortina de humo. Si uno escucha y lee bien, el Papa está hablando un lenguaje humilde y abierto al diálogo y a la corrección de los puntos de vista. Hacer de cada gesto suyo una definición de partido político es una táctica que tiene patas cortas. Y aunque las tuviera largas, la provocación no deja de ser buena para que cada uno se juegue y opte por la cercanía cordial contra los diversos tipos de distancia: tanto la distancia saducea que sólo se mueve en espacios de su conveniencia política, como la distancia farisaica, que aleja al pueblo de las fuentes de vida con la excusa de la ley.

Diego Fares

 

 

 

 

 

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Jesus pan de vida2 (1)

Jesús habló a la multitud acerca del Reino de Dios y devolvió la salud a los que tenían necesidad de ser curados. Al caer la tarde, se acercaron los Doce y le dijeron:«Despide a la multitud, para que vayan a los pueblos y caseríos de los alrededores en busca de albergue y alimento, porque estamos en un lugar desierto.» El les respondió: «Denles de comer ustedes mismos.» Pero ellos dijeron: «No tenemos más que cinco panes y dos pescados, a no ser que vayamos nosotros a comprar alimentos para toda esta gente.» Porque eran alrededor de cinco mil hombres. Entonces Jesús les dijo a sus discípulos: «Háganlos sentar en grupos de cincuenta.» Y ellos hicieron sentar a todos. Jesús tomando los cinco panes y los dos pescados y, levantando los ojos al cielo, los bendijo, los partió, y se los iba dando a sus discípulos para que se los sirvieran a la multitud. Todos comieron hasta saciarse y con lo que sobró se llenaron doce canastas (Lc 9, 11 b-17).

Contemplación

El jueves, en la misa del Corpus en San Juan de Letrán, una frase del Papa me gustó para compartirla. Habló de dos pequeños gestos que son parte de la Eucaristía: ofrecer los pocos panes y peces que tenemos y recibir de manos de Jesús el pan partido y distribuirlo a todos.

Decía así Francisco, acercar del mandato del Señor:

«Denles Ustedes de comer». En realidad, es Jesús el que bendice y parte los panes, con el fin de satisfacer a todas esas personas, pero los cinco panes y los dos peces fueron aportados por los discípulos. Y Jesús quería precisamente eso: que, en lugar de despedir a la multitud, ofrecieran lo poco que tenían.

Hay además otro gesto: los trozos de pan, partidos por las manos sagradas y venerables del Señor, pasan a las pobres manos de los discípulos para que los distribuyan a la gente. También esto es «hacer» (la Eucaristía) con Jesús, es «dar de comer» con él. Es evidente que este milagro no va destinado sólo a saciar el hambre de un día, sino que es un signo de lo que Cristo está dispuesto a hacer para la salvación de toda la humanidad ofreciendo su carne y su sangre. Y, sin embargo, hay que pasar siempre a través de esos dos pequeños gestos: ofrecer los pocos panes y peces que tenemos; recibir de manos de Jesús el pan partido y distribuirlo a todos. (Francisco, Misa del Corpus, 2016).

Se trata, entonces, de dirigir rápido la mirada a esto pequeño. Cuando contemplamos el hambre de la humanidad, los ojos de los niños, los rostros de los papás que llevan a su familia escapando de Siria, las mamás que abrazan a sus bebés en los barcones atestados de refugiados…, hay que buscar algo pequeño. Algo nuestro, para ofrecer y algo (también pequeño) de Jesús, para recibir y distribuir. Lo nuestro es fácil: unas monedas, ropa linda que tenemos y no usamos, un ratito de nuestro tiempo para hacer una llamada o una visita… Pero ¿cuáles son los pequeños gestos de Jesús que podemos recibir y compartir?

Me gustó esta imagen de que también Jesús realiza “pequeños gestos”. Incluso los grandes gestos, como este de convertir los cinco pancitos en panes para cinco mil personas, lo fue haciendo de a poquito, dándole a cada discípulo el pan y los peces que debían llevar a cada grupo de cincuenta.

Contemplamos los pequeños gestos de Jesús con el pan.

Digamos ante todo que son los mismos que hace cuando instituye la Eucaristía.

Yo no soy exegeta y el pasaje está muy estudiado, por supuesto, pero uno puede ver que la actitud de Jesús para con los pancitos, que le sale espontánea, es marcadamente especial. Alzar los ojos al Cielo, pronunciar la bendición, partirlos… son pequeñas acciones del Señor que quedaron grabadas para siempre en los ojos y en el corazón de los discípulos. Repetirlos no fue un intento de apropiarse mágicamente de sus gestos. El Señor mismo mandó que “hiciéramos esos gestos” en memoria suya. Además, como son gestos con el pan, a todos nos salen naturales. Son gestos de madre y de padre que simplemente parten el pan para sus hijos y lo hacen bendiciéndolo de corazón, sin nada especial, con el amor mismo cotidiano, que en algún momento contempla al hijito que toma el pan con sus deditos y uno agradece a Dios y sonríe interiormente y atesora esa imagen en el corazón. Son esas imágenes que alimentan el alma y dan sabor y fuerza a la vida.

Los pequeños gestos de Jesús para con el pan conforman un solo gesto en el que todo está integrado: tomar-alzar los ojos/pronunciar la bendición-partir-repartir.

Se trata de una acción que fluye, espontánea, sin titubeos ni apuros.

Pero no es algo que le salga así nomás a cualquiera.

En una mesa familiar el tomar y partir y repartir se hace con espontaneidad y cariño. Quizás el momento de alzar los ojos al cielo y bendecir, queda medio como sobrentendido. La bendición de la comida no siempre está integrada perfectamente a la acción de servir y compartir.

En Jesús ese alzar la mirada buscando la bendición del Padre es algo connatural, algo que entra en el ritmo habitual de su vida y es parte de cómo hace las cosas. En mucha gente sencilla esta bendición, esta conexión con el Padre forma parte del lenguaje. Los musulmanes, por ejemplo, en medio de su conversación dicen muchas veces “alabado sea Dios”; también muchos pentecostales. Nosotros usamos el “Dios quiera” como modo de referirnos a lo alto cuando expresamos un deseo…

La otra espontaneidad del Señor, que no es tan fácil para nosotros, es la de tomar con sus manos los pocos panes en un gesto que está referido a la multitud: los toma con intención de repartir. En nosotros esto no es tan espontáneo. Si vemos que no va a alcanzar no queremos ni agarrar. Nos alejamos del pan, tomamos distancia. Lo espontáneo más generoso sería no comer tampoco nosotros, o guardarlos para después, como parece que habían hecho los discípulos…

Jesús, así como une el pan con el Padre une también los pancitos para sí y los pancitos para los otros, une con sus gestos lo poco y lo mucho, lo poquitito y lo desmesuradamente mucho. Esto es bien de Él.

La actitud de partir el pan, en cambio, es más de todos. Espontáneamente el pan invita a ser partido y repartido. Su estructura misma es así: fácil de partir y no sujeta a mucho cálculo. Un chocolate se puede partir en pedacitos iguales. El pan es distinto. No es tan cuantificable, digamos. Está fuera de la lógica del sistema, que se maneja con ese dios cuantitativo que es el dinero. Si uno parte muy igualito el pan queda medio ridículo. En cambio si uno no parte parejo un chocolate o una torta, queda medio egoísta.

Como vamos viendo y sintiendo, en estos pequeños gestos de Jesús con el pan, hay cosas que son muy comunes y fáciles para nosotros, como el tomar y partir y repartir en un ámbito pequeño, y otras que son más de Él, como el hacer esto refiriéndose al Padre y a todos los hombres.

Este es el Evangelio de los pequeños gestos eucarísticos de Jesús.

Nos evangeliza porque se encarna en nuestra cultura humana, familiar, y haciendo lo mismo que nos gusta hacer a nosotros, lo mejora infinitamente con su amor. Todo sin que se note demasiado, sin hacer alarde. Pero abierto a que uno “abra los ojos” –porque cuando el Señor parte el pan se nos abren los ojos- y aprenda a sentir y a recibir un amor grande y tierno como un pan en una pequeña Eucaristía.

Miramos ahora unos instantes los tiempos que el Señor se toma y el modo como realiza sus gestos. Sin ser exegeta uno ve que Lucas usa tiempos verbales distintos: no dice “tomó” los panes sino “habiendo tomado o tomando los panes”; y la referencia al Padre no es “alzó” los ojos sino un “habiendo alzado o alzando los ojos al cielo”.

Tomar y abrazar lo nuestro, lo poquito de nuestros cinco panes, es algo que el Señor hace de una vez para siempre y lo está haciendo de manera constante. El está “tomando y abrazando nuestra humanidad”. Lo mismo sucede con su estar en contacto constante y directo con su Padre.

En el centro del gran gesto vienen dos acciones precisas y puntuales: bendijo y partió los panes.

Y luego una acción que se extiende en el tiempo: “les iba dando” los panes para que los sirvieran.

Lo que uno siente es que el Señor bendijo los panes que tenía abrazados mientras estaba mirando al cielo y que luego los partió decididamente y comenzó la larga tarea de repartirlos.

Detenernos en estos pequeños gestos del Señor es un modo de entrar en comunión con Él, de ir haciéndonos a su ritmo, a su modo de hacer las cosas.

Invirtiendo los términos, nosotros, que estamos metidos en ese ir y venir de los discípulos que llevan las canastas con panes y peces y las ponen delante de cada familia y de cada grupo de cincuenta y que vuelven al Señor con las canastas vacías a buscar más panes y peces; nosotros que luego tenemos que juntar las sobras para que nada se pierda… podemos imitar la actitud de Jesús que toma y abraza todo lo nuestro y tomar y abrazar nosotros todo lo suyo; y con el mismo sentimiento de hijos,

podemos alzar los ojos al cielo y centrarnos en el Padre que es nuestro referente último,

al que todo agradecemos y de quien todo recibimos y esperamos;

con la misma fuerza con que Jesús abraza nuestros pecados y nuestra Cruz,

podemos abrazar nosotros su misericordia y su perdón;

con la misma alegría con que Él toma nuestros pocos panes,

podemos tomar nosotros sus dones, que aunque son grandes, inmensos,

se nos dan bajo forma contraria, envueltos de pequeñez, de simples gracias cotidianas.

Podemos tomar y recibir (sabiéndolos discernir…):

los pequeños gestos de Jesús, que está con nosotros todos los días de la historia y se nos aparece por el camino en la persona de algún hermano y nos acompaña un trecho…

los pequeños gestos de Jesús, cada vez que recibimos la Eucaristía en la misa…

los pequeños gestos de Jesús, cada vez que una simple palabra del Evangelio se nos enciende como una velita y nos ilumina una situación…

los pequeños gestos de Jesús, en la mirada agradecida del que servimos…

los pequeños gestos de Jesús, en la compasión que compartimos con el que padece.

 Diego Fares sj

 

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