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Posts Tagged ‘gente común’

 

Cuando se aproximaron a Jerusalén, al llegar a Betfagé, junto al monte de los Olivos envió Jesús a dos discípulos, diciéndoles: «Vayan  al pueblo que está enfrente de ustedes, y enseguida encontrarán un asna atada y un pollino con ella; desátenlos y tráiganmelos. Y si alguien les dice algo, dirán: El Señor los necesita, pero enseguida los devolverá. »

Esto sucedió para que se cumpliese el oráculo del profeta:

Digan a la hija de Sión: He aquí que tu Rey viene a ti, manso y montado en un asna y un pollino, hijo de animal de yugo.

Fueron, pues, los discípulos e hicieron como Jesús les había encargado: trajeron el asna y el pollino. Luego pusieron sobre ellos sus mantos, y él se sentó encima.

La gente, muy numerosa, extendió sus mantos por el camino; otros cortaban ramas de los árboles y las tendían por el camino. Y la gente que iba delante y detrás de él gritaba:

« ¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas! »

Y al entrar él en Jerusalén, toda la ciudad se conmovió. « ¿Quién es éste?»  decían.

Y la gente decía: « Este es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea » (Mt 21, 1-11).

 

Contemplación

“Si alguien les dice algo…”

Yo soy ese “alguien”. Pero no les dije nada a los discípulos. Más aún, yo mismo desaté mi asna y le dí una palmada al burrito que se fue con ellos de lo más contento, como si supiera que iba a ver a su Dueño. Con mi padre criamos burros y los alquilamos. También la gente nos deja los suyos para que se los cuidemos cuando vienen en peregrinación al Templo. Tengo más o menos la edad del Maestro y he seguido todas sus cosas. No hemos hablado nunca, pero él me vió una vez entre la gente y en su mirada yo supe que me conocía. Por eso me ha llenado de alegría este gesto de confianza de parte suya. El sabe que aquel día en que lo escuché hablar, tuve fe en Él. En el sentido de que interiormente hice una especie de promesa de que, si me necesitaba para lo que fuera, podía contar conmigo. Así que cuando vi que sus discípulos entraban en mi corral como si fueran de mi familia, me dije a mi mismo: “era verdad”. Era verdad todo lo que había sentido aquel día: que Él había escuchado mi ofrecimiento. Todo era cierto. Nunca pensé que me fuera a pedir mi burra y el burrito. Confieso que había pensado en cosas más heroicas. Que me llamaba a ser su discípulo, a dejar todo y a seguirlo… A veces me inquietaba pensando si sería capaz de dejarlo todo: mi familia, mis animales, mi terreno… Pero Él solo me pidió prestada mi burra y su pollino. Fue solo por esa mañana. Al mediodía ya me los habían devuelto. Y aunque los evangelios no lo dicen, Él en persona pasó a agradecerme por la tarde. Fue un gesto de su parte. Quería pagarme pero yo, por supuesto, no le acepté nada (debo decir que me chocó mucho la actitud del que tenía la bolsa, ya que apenas yo dije que no quería nada, al mismo tiempo que el Señor insisitía, él ya había cerrado la bolsa y miraba para otro lado…). Le ofrecí al Señor que se quedaran en mi casa, pero me dijo que iba camino a Betania, que está un poco más abajo, a casa de Lázaro y de sus hermanas. Comprendí inmediatamente. En toda la región no se hablaba de otra cosa que de la resurrección de Lázaro. Aunque fue muy amable y no solo saludó a mi mujer y a mis hijos sino que le dio unas palmadas al burrito, que con Él no se mostraba para nada desconfiado como con los extraños, lo ví preocupado. Había tenido un encontronazo con las autoridades del Templo y la gente comentaba que había expulsado a los vendedores, en un arranque de ira como nunca se había visto. Yo después les decía a todos que a nosotros nos había parecido el hombre más manso del mundo. Pero parece que lo del Templo fue impresionante. Dio vuelta las mesas de dinero y con el látigo él mismo movió a los animales. Nadie lo hubiera dicho viéndolo ahora acariciar a mi burrito. Yo se que lo suyo fue un gesto, como esos que la Escritura narra de los profetas. Pero la gente estaba alborotada. Unos decían que debía ser nuestro Rey. Otros desconfiaban, porque las autoridades decían que era un falso profeta. La cuestión es que yo le había dado mis animales y, montado sobre mi asna, Él había entrado triunfalmente en nuestra Ciudad Santa. Bueno, las cosas grandes todos las saben. Yo cuento lo chiquito, lo que me pasó a mí. Y debo decir que hubo algo más. A la mañana siguiente, Él pasó de nuevo. Iba otra vez al Templo y sucedió lo de la higuera. Ustedes sabrán que Betfagé, el nombre de mi pueblo, significa “Casa de las brevas o de los higos verdes”. Pues bien, una higuera quedó seca de raíz esa madrugada. Dicen que el Señor, “al amanecer, cuando volvía a la ciudad, sintió hambre; y viendo una higuera junto al camino, se acercó a ella, pero no encontró en ella más que hojas. Entonces, dicen que le dijo a la higuera: “que nunca jamás brote fruto de ti!” Y al momento se secó la higuera”. Yo quedé muy impresionado. Por la maldición y porque no era tiempo de higos. Miraba la higuera y miraba mi burra y el burrito y pensaba que menos mal que había tenido todo preparado. Creo que estos signos cobraron sentido después de la pasión del Señor. Estas muestras de poder contrastaron con la mansedumbre que mostró al recibir la flagelación y al tener que cargar con la cruz. Los que habíamos sido testigos de la expulsión de los vendedores del Templo y de la maldición de la higuera, que se secó en un instante como si le hubiera caído un rayo, comprendimos que Él iba libremente a la pasión, que nadie le quitaba la vida sino que Él mismo la entregaba. Pero, como decía, estas reflexiones más teológicas, creo que las puede hacer cualquiera. Yo me quedo con que Él ya me conocía (como le dijo a Natanael, que lo había visto cuando estaba debajo de la higuera); Él ya sabía de mi deseo hondo de estar disponible para cualquier cosa que necesitara y, cuando se dio la oportunidad, mandó  a que me pidieran mi burra y el borriquito. Me quedo también con ese gesto que tuvo de volver a agradecerme personalmente. Y lo de querer pagar el alquiler de los animales. Imaginense. He visto que en su época, el sucesor de uno de sus discípulos (de Simón Pedro, al que el Señor mandó a que me trajera la burra después de su entrada triunfal en Jerusalen), también volvió al albergue a pagar el alquiler después de que lo habían elegido Papa. Son esas cosas concretas que a la gente común nos dicen más que todas las teologías. Cuando a la semana siguiente, después de la muerte del Señor, los mismos discípulos comenzaron a anunciar que había resucitado, yo fui de los primeros en unirme a ellos y en hacerme bautizar. Y no uso la expresión vulgar de que “habría que ser muy burro para no darse cuenta de que quién era Jesús”, porque sería faltarle el respeto a mi borriquito, que tan a gusto se había sentido con el Maestro, y que tan campantemente lo había acompañado, junto a su madre, guardando en sus grandes orejas la maravillosa música de las aclamaciones del pueblo, sobre todo las hurras y viva viva de los chicos de Jerusalen, que desde aquel día venían siempre a verlo y me pedían si lo podían montar un rato, como si fueran cada uno un Niño Jesús, y le daban  terrones de azucar… Ellos lo reconocen como el burrito sobre cuya madre el Hijo de David entró proféticamente en la ciudad Santa y yo no dejo de maravillarme de que mi asna y mi burrito, que siempre han sido parte de mi trabajo cotidiano, hayan cobrado un valor tan grande, como para darle sentido a toda mi vida, ya que me ha bastado siempre mirarlos nada más un momento, para que se me agolpen en la memoria –llenándome de consuelo- todos los hechos de la pasión de Jesús y los que siguieron a su resurrección bendita y sienta que, gracias a mi burra y a su borriquito, yo fui protagonista y puedo ser testigo de tanto bien que nos ha venido a todos gracias a Jesús, que quiso comenzar la semana santa de su entrega entrando humildemente en Jerusalen montado sobre mi asna y mi burrito.

 

Diego Fares sj – Domingo de ramos A 2017

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Eucaristizar la vida

Mientras se dirigía a Jerusalén,
Jesús pasaba a través de los confines entre Samaría y Galilea.
Y al entrar él en cierta aldea, le salieron al encuentro diez hombres leprosos,
los cuales se detuvieron a distancia y alzaron la voz diciendo:
«¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!»
Luego que los vio, Jesús les dijo:
«Vayan, preséntense ustedes a los sacerdotes.»
Y lo que pasó es que mientras iban quedaron purificados.
Uno de ellos, al ver que estaba sano,
pegó la vuelta glorificando a Dios en voz alta
y cayendo sobre su rostro a los pies de Jesús, le agradecía (eujariston).
Era un samaritano.
Respondiendo Jesús dijo entonces:
«¿Acaso no quedaron limpios los diez?
Los otros nueve, ¿dónde están?
¿No ha habido quién volviera a dar gloria a Dios, sino este extranjero?»
Y agregó:
«Levántate, ve, tu fe te ha salvado» (Lc 17, 11-19).

Contemplación
Agradecer. Eucaristizar la vida.
La contemplación son apuntes para poner el corazón en alto, para elevarlo dando gracias como se hace en la Misa con la Eucaristía…

Pimer apunte: Maravillarnos de que a Jesús, el Maestro, le encante como me hacía notar un amigo, realzar la vida de la gente simple, de la gente común.
El Maestro se complace en darnos lecciones de vida con las reacciones espontáneas de los Samaritanos.
Uno no puede no maravillarse si cae en la cuenta de cómo Jesús vuelve interesantísimo lo que le pasa en el corazón a la gente simple, como este samaritano. El se miró las manos, se sintió curado y pegó la vuelta dando gritos de alegría y alabanza. Fue corriendo a ponerse de rodillas a los pies de Jesús y no dejaba de decir “gracias, Señor, gracias. Bendito sea Dios. Gracias…”.
El evangelio no narra la historia de grandes personajes (Abraham, Moisés, los Profetas…) sino de personas anónimas que al ser tocadas por Jesús se iluminaron en toda su belleza y sacaron a relucir toda la bondad de su corazón.
Y Jesús, el Maestro, se detiene y hace un alto en el camino cada vez que se encuentra con gente así y nos muestra lo que hace la fe, lo que logra el amor.
Así, nos evangeliza haciéndonos caer en la cuenta de lo que acontece en una persona cuando responde de corazón a la gracia.

Segundo apunte: recordatorio de los tres samaritanos
El Buen Samaritano sintió el enternecimiento de la compasión y se dejó llevar por ella: se conmovió, miró bien, se acercó… y de allí vino todo lo demás.

La Samaritana sintió la sed de hablar con el extranjero que estaba sentado en el brocal del Pozo de Jacob, aquel mediodía, y le brotó un manantial de agua viva, ese diálogo con Jesús que no se cortó ya, que se volvió cada vez más profundo e refrescante, más verdadero e iluminador.

El Samaritano curado de su lepra sintió la alegría del agradecimiento, sintió que estaba purificado, que su carne estaba limpia y tirante otra vez, sin las pústulas de la lepra, y le brotó un agradecimiento incontenible y se dejó llevar… Así fue que pegó la vuelta, se olvidó del grupo y del mandato de Jesús, no le importaron los papeles –el certificado de sanidad- ni la vida nueva que le esperaba, sino que sintió que sólo quería dar gracias en alta voz al cielo y estar de rodillas a los pies de Jesús.

Tercer apunte: un evangelio que se puede encontrar a la vuelta de la esquina
Jesús aprovecha para evangelizar, no con un evangelio que viene de arriba, de una super ley que costaría comprender, sino con un evangelio que viene de al lado nuestro, de esas reacciones espontáneas de la gente común, que le hace caso a su corazón. Jesús hace un evangelio del agradecimiento conmovedor del leproso curado. No importa lo que le pasó sino lo que hizo con lo que le pasó, cómo reaccionó él. Le pasó lo mismo que a los otros nueve, pero él reaccionó con agradecimiento y se dejó llevar por el impulso de su corazón.
Jesús bendice esta corazonada, este afecto, este sentimiento, esta pasión … Jesús bendice el desborde y la alegría, el “bendito sea Dios”.

Apunte para ir mejor a misa, apunte para eucaristizar la vida.
La palabra “gracias” se apoderó del corazón del Samaritano y una liturgia comenzó a armarse en todos sus gestos, palabras y acciones.
Entonces, hacemos un alto aquí en nuestra contemplación y apuntamos lo siguiente: el Samaritano agradecido nos enseña a vivir la Eucaristía. A ir a misa, para ser más claros.

Hay misa cuando la palabra Gracias se apodera de nuestro corazón.
La misa como tal es la Palabra Gracias, Padre, que se apodera del Corazón de Jesús y lo mueve a hacer todo lo demás.

Nosotros participamos de la misa cuando dejamos que se instale la Palabra Gracias, Padre, en el centro de nuestro corazón. Gracias como preludio de nuestras acciones; gracias como coronación de lo realizado.

La misa comienza a distancia.
Jesús está siempre en camino hacia Jerusalen y pasa por los confines de nuestra vida pagana actual –Galilea y Samaría- y entra en nuestra aldea.
La misa comienza cuando sentimos la lepra de esta cultura pegajosa y pudridora que nos enferma y, a distancia, vemos a Jesús como una fuente de agua limpia a la que nos gustaría acceder.
La misa comienza cuando le decimos al Señor, desde algún lugar distante, pero cercanos en el corazón: “Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros”.
Siempre es lindo sentir cómo los más alejados de la sociedad lo llamaban “Jesús” al Señor. Esa confianza que sentían apenas lo veían de lejos. Esa intuición que tienen los pequeños de que con Jesús todo está bien.

La lectura de la Palabra nos “purifica” de nuestros pecados: “Ustedes están limpios gracias a la Palabra que les he anunciado” (Jn 15,3).

Y al tomar conciencia de esta Palabra, que nos limpia al instante de recibirla, se nos eucaristiza el corazón: entonces la misa se vuelve vida porque sentimos un Gracias que se posa sobre nuestro ánimo y comienza a generar sentimientos auténticos, que nos ubican en nuestro verdadero ser de hijos, de creaturas. Podemos rezar entonces el Padre nuestro y bendecir y glorificar al Padre que nos libra de todo mal y nos perdona y alimenta.

Comulgar con el Gracias de Jesús transforma nuestro gracias en un Gracias perfecto.
Necesitamos ayuda para dar gracias por tanto bien recibido. No solo para ser perdonados necesitamos a Jesús sino, más que todo, para dar un Gracias que esté a la altura del Padre.
El Magníficat de María es la mejor expresión de este “eucaristizar” la vida. Ella desde la pureza conservada intacta, el samaritano desde la impureza sufrida y sanada, ambos nos enseñan a glorificar a Dios que nos ha mirado con bondad en nuestra pequeñez. Y así, con esta consolación del corazón, salir a transfigurar la vida cotidiana, tocándola con manos que bendicen porque se saben bendecidas.
La acción necesita el preludio de la Eucaristía, ese Gracias que, antes de emprender cualquier trabajo, nos hace sentir el don de la vida y de la misión que el Señor nos encomienda.
Y una vez realizada la tarea, se completa con un gracias que es corona: bendición y ofrecimiento de todo que se confía en las manos del Padre para que lo haga fructificar.
Agradecer. Eucaristizar. Lo que hace el sacerdote en la Misa: tomar el pan, dar gracias, bendecir, partirlo y repartirlo, dando gloria a Dios Padre Omnipotente, por Cristo, con Él y en Él, eso tenemos que hacer, como pueblo sacerdotal, en todas las cosas de la vida.
Diego Fares sj

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