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Jesús partió de Genesaret y se retiró al país de Tiro y Sidón.

Entonces una mujer siro-fenicia, saliendo de aquellos confines, comenzó a gritar:

– “Apiádate de mí, Señor! Hijo de David: mi hija está malamente atormentada por un demonio”.

Pero El no le respondió nada.

Sus discípulos se acercaron y le pidieron:

– “Señor, despídela concediéndole lo que pide, porque nos persigue con sus gritos”.

Jesús respondió:

– “Yo he sido enviado solamente a las ovejas perdidas del pueblo de Israel”.

Pero la mujer fue a postrarse ante El y le dijo:

– “Señor, socórreme!”.

Jesús le dijo:

– “No queda bien tomar el pan de los hijos para tirárselo a los cachorros”.

Ella respondió:

-“¡Pero sí, Señor! Los cachorros comen las migas que caen de la mesa de sus dueños!”.

Entonces Jesús le dijo:

-“¡Oh Mujer!, ¡qué grande es tu fe! Hágase como deseas”.

Y en ese momento su hija quedó sana (Mt 15, 21-28).

Contemplación

Siempre me conmueve el pasaje de la mujer “siro-fenicia”, como la llama Mateo, porque Tiro y Sidon son parte del Líbano – tierra de mis abuelos – y la composición de lugar -el meterse en la escena, en el territorio- se me hace familiar. Siria es también para nosotros la tierra de donde estamos tratando de traer familias que escapan de la guerra. La hermana Marta me contaba las dificultades burocráticas interminables que enfrentan los que quieren conseguir ayuda oficial para comprar los pasajes de una familia que ya tiene todo en orden para venir a la Argentina. Son tantas las postergaciones que Manos Abiertas decidió pagar directamente los pasajes que faltan para traer a cinco personas a nuestra patria. La realidad es que los gobiernos de buena voluntad, que abren sus puertas a los refugiados, al ver que otros las cierran directamente, comienzan a poner restricciones.

A la simple compasión ante el sufrimiento de los que se ven obligados a dejar su tierra y sus cosas y emigrar se le van agregando otros sentimientos. Miedo a los extraños, sentirse invadidos, conciencia de los propios necesitados… Me contaba Marta cómo le había impresionado que gente de nuestras propias obras de misericordia, influida se ve por esta mentalidad, le dijera “no saben lo equivocados que están”. Es curioso que entre las razones para no emprender esta empresa (porque traer una sola familia de refugiados sirios es toda una empresa), se use la de: “Y cuantos traen? Una sola familia, nada más?”.

En Italia, que es de los paises que mas solidariamente acoge a los refugiados e inmigrantes, se siente como se van consolidando, entre la gente común, las objeciones a recibir a esta pobre gente que busca una vida mejor. Las razones son de peso -la dificultad para integrar tanta gente de culturas diferentes en una época donde escasea el trabajo…- pero a lo que voy es a que son razones para cerrar el corazón.

Resuena la frase de los discípulos ante los gritos de mi paisana que persigue a Jesús suplicándole que tenga compasión de ella porque su hija está atormentada por un demonio: “saquémonosla de encima”. Aunque con cierta generosidad practica, porque le dicen a Jesús que le conceda lo que pide, la actitud es la de sacársela de encima: despídela.

Y el Señor no es de los que se saquen de encima a nadie. Al contrario, no solo no le molesta que los pobres lo persigan sino que Él es de los que salen a buscar al que necesita. Esta es la tendencia, el dinamismo, el espíritu de nuestras obras de misericordia: construir estructuras que salgan al encuentro de las necesidades, sabiendo que la gente vendrá.

Y hay que estar muy atentos a que el mal espíritu no nos erosione esta actitud radical, de simple y pura misericordia, con razonamientos falaces que se instalan poco a poco y terminan por cambiar totalmente nuestros comportamientos prácticos. Cuando se llega al punto de que la misma gente que está trabajando en obras de misericordia (no hablo de gente que solo piensa en su interés sino de gente que piensa en los demás) se vuelve selectiva y temerosa, es que estamos en presencia de una tentación y hay que discernir por donde sé metió. San Ignacio dice que cuando algo que era bueno termina en algo menos bueno hay que revisar el proceso de los pensamientos y ver donde fue que el mal espíritu entró con la nuestra y nos llevó a sus acostumbrados engaños.

No se trata de no ser razonables en cuanto a los recursos y posibilidades de ayuda que una institución tiene. Pero sí de tomar conciencia que si una institución atiende a 2000 personas por obra y gracia de la divina providencia que motiva a tanta gente a donar trabajo, tiempo y dinero, si la misma providencia lo desea, podrá ayudar a 2005 -incluir a una familia siria-. Podrá también multiplicarse la ayuda, como los cinco pancitos, si el Señor así lo quiere. Y si falta, se achicara la cantidad de lo que se de, pero no el corazón! Este es el punto: las razones que dilatan el corazon y las razones que lo angustian, lo cierran y lo quieren achicar.

Si uno ve el sufrimiento del mundo, lo razonable siempre es darse cuenta de que no alcanza. Aunque de ahora en adelante pusiéramos todo el dinero del mundo al servicio de los mas pobres (que alcanza y sobra), no llegaríamos a ayudar a los que ya nacieron desnutridos, por ejemplo. Pero esta pobreza y limite de los recursos puede tomar dos direcciones: la de dilatar el corazon o la de cerrarlo. El que dilata el corazon, como la mamá del evangelio, no deja de luchar por los que ama y reza con mas fuerza al Señor, buscando conmover su corazón. El que lo cierra, se va volviendo como los discípulos que siempre tenían a flor de labios esa frase: “despide a la gente”.

La creatividad para dialogar con Jesús, para pedirle de manera que no se pueda resistir, es signo de un corazon dilatado. Dilatado por la compasión frente al que sufre y por la fe en Jesús.

Los problemas reales son complicados. Los razonamientos generales tienen, todos, su parte de verdad. Pero el que abre su oido a una necesidad concreta, el que dialoga con el que le pide ayuda y pone manos a la obra para resolver el caso que se le presenta cada día, experimenta que el corazón se le dilata. Pasa a formar parte de los que tienen mas corazón que recursos, mas compasión que manos (y por eso buscan otras manos y trabajan junto con otros). En cambio el que se queda en las consideraciones generales y no se arremanga, seguramente encontrará razones que lo justifiquen. Pero pasara a formar parte de los que tienen mas razón que corazon, mas recursos que manos, porque dudando como gastar mejor se quedaron sin dar todo lo que podían.

San Alberto Hurtado, que dejo que se le dilatara el corazon al ritmo de cada necesidad que le salía al encuentro cada día es patrono de los que desean tener un corazón mas grande que sus recursos. Y como buen patrono, intercede por los que pedimos esta gracia, que es la que mas necesitan los pobres: encontrarse con gente que los recibe con un corazon mas grande que la limosna o la ayudita que les brindan.

Decía Hurtado:

“No hay sólo que darse, sino darse con la sonrisa. No hay sólo que dejarse matar, sino ir al combate cantando.

Hay que hacer amar la virtud. Hacer que los ejemplos sean contagiosos,

de otra manera quedan estériles. Hacer la vida de los que nos rodean sabrosa y agradable.

Esto es triunfar sobre el egoísmo sutil, que una vez expulsado de la

trama de nuestra vida, tiende a refugiarse en los repliegues, es decir, en nuestra sensibilidad egoísta haciendo sentir que uno es un mártir o al menos una víctima, alzándose sobre un pedestal y buscando el ser consolado.

Canta y avanza, la abnegación total es alegría perpetua. ¿Es la cuadratura

del círculo? No. Porque hay un vínculo secreto entre el don de sí, por amor, y la paz del alma”.

Diego Fares sj

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Después de esto, Jesús ordenó a los discípulos: «Suban a la barca y vayan a la otra orilla del lago. Yo me quedaré aquí para despedir a la gente, y los alcanzaré más tarde.» Cuando toda la gente se había ido, Jesús subió solo a un cerro para orar. Allí estuvo orando hasta que anocheció. Mientras tanto, la barca ya se había alejado bastante de la orilla; navegaba contra el viento y las olas la golpeaban con mucha fuerza. Todavía estaba oscuro cuando Jesús se acercó a la barca. Iba caminando sobre el agua. 26 Los discípulos lo vieron, pero no lo reconocieron. Llenos de miedo, gritaron: —¡Un fantasma! ¡Un fantasma!

Enseguida Jesús les dijo: —¡Cálmense! ¡Soy yo! ¡No tengan miedo!

Entonces Pedro le respondió: —Señor, si eres tú, mándame ir a Ti sobre las aguas.

Y Jesús le dijo: —¡Ven! 

De inmediato Pedro bajó de la barca. Caminó sobre el agua y fue hacia Jesús. Pero cuando sintió la fuerza del viento, tuvo miedo. Allí mismo empezó a hundirse, y gritó: —¡Señor, sálvame! Entonces Jesús extendió su brazo, agarró a Pedro y le dijo: —Pedro, tú confías muy poco en mí. ¿Por qué dudaste?

En cuanto los dos subieron a la barca, el viento dejó de soplar. Todos los que estaban en la barca se arrodillaron ante Jesús y le dijeron: —¡Es verdad, tú eres el Hijo de Dios!

Contemplación

Señor, si eres Tú, mándame ir a Ti sobre las aguas.

La frase de Simón Pedro nos enseña algo que él ha aprendido del Señor: para discernir a Jesús de los fantasmas hay que jugarse.

Lo mismo vale para “las cosas de Jesús”: si uno quiere saber si una misión es del Señor, si una obra es de Iglesia, hay que tirarse al agua; ponerse en camino, comenzar a trabajar como voluntario, involucrarse con los otros en un proyecto… Son cosas que, si uno las mira desde la seguridad de su barca, pueden dar miedo. Y el mal espíritu aprovecha el temor para causar confusión, suscitar dudas y robarnos la alegría y la esperanza.

Así fue la tentación que tuvieron los discípulos: al ver a Jesús venir a su encuentro caminando sobre las aguas en medio de la tormenta, el demonio aprovechó su miedo y les hizo ver como un fantasma al que era su mejor Amigo y Salvador. En vez de dar lugar a la gracia más grande de sus vidas, como era la de contar con Alguien como Jesús, y saltar de alegría dejándose llenar del Espíritu Santo, dieron lugar a la tentación, que se sirvió de sus miedos para hacerles proyectar fantasmas. Pedro, sin embargo, al escuchar la voz de su Maestro, mantuvo la cordura y sobreponiéndose al griterío de sus compañeros, centró su corazón en Jesús.

Con la ayuda de Simón Pedro podemos reflexionar y sacar provecho de la escena.

Es una lección sobre los fantasmas y los miedos. Una lección para crecer en el discernimiento, que afirma  lo siguiente: No siempre que uno ve fantasmas y se asusta por la fuerza de vientos en contra y de un mar agitado, se trata de algo negativo. Puede que sea todo lo contrario. Que uno esté viviendo un tiempo de gracia espectacular y que por eso mismo se desaten las tormentas y el mal espíritu quiera aprovechar para tentarnos y meternos miedo.

Pedro resuelve la cosa dirigiéndose directamente al Señor-fantasma (no lo tiene claro del todo y por eso dice: “si eres Tu”) y pronunciando una de esas frases que Jesús le enseñó a discernir como “la voz del Padre” (esto no son ideas tuyas sino que esto te lo ha revelado mi Padre).

Sabemos cómo siguió la cosa: el Señor le dijo “ven”, Pedro se tiró al agua y allí experimentó de nuevo la tentación del miedo y se le apocó la fe. Pero ya tenía la clave y en el mismo vértigo de estar hundiéndose, gritó “Señor, sálvame”, y Jesús, que estaba bien atento a todo el proceso, ahí nomás le extendió su mano salvadora y lo confirmó en su fe inicial, la que le había hecho sentir el Padre: “Se te apocó la fe” -le reprochó cariñosamente-. Por qué dudaste”.

Pedro aprendió a fiarse de esa voz interior que invita a dar un pasito hacia Jesús en todas las circunstancias de la vida.

Podemos formular así la lección: en toda situación -de tormenta o de paz, de certezas o de confusión-

la voz interior que te dice “jugate por Jesús”, siempre es del Padre,

y el paso concreto que se te ocurre dar para acercarte a Jesús, es del Espíritu Santo.

Eso sí, tenes que saber que estos dos discernimientos son personales. Ni siquiera en el grupo de los doce se tiraron al agua todos. Solo Pedro se animó y luego todos gozaron de los beneficios de que el Señor subiera a la Barca y calmara la tormenta. Allí también ellos se arrodillaron y lo adoraron diciendo “Es verdad, Tu eres el Hijo de Dios”. Tuvieron que hacer su acto de fe y discernir su miedo anterior como tentación y corregir su juicio acerca del fantasma.

El Evangelio nos dirá que esta experiencia de sentir que  “a uno le vienen dudas” y que hay cosas que no entiende, se mantendrá incluso ante Jesús resucitado. No hay que extrañarse: Es el Señor mismo el que produce este movimiento de espíritus. Su venir a nuestro encuentro suscita movimiento de espíritus. Su presencia no es para que nos sentemos a mirarla como quien mira la vida por tv. Ante las cosas de Jesús todos sentimos la provocación a dar un paso de conversión en nuestra vida. Ahí sentimos -instintivamente- que se nos mueve el piso y el demonio aprovecha para meter todo tipo de frases e interpretaciones como la de que es un fantasma.

Hagamos un replay y contemplemos de nuevo la escena: los discípulos se encuentran en medio de una tormenta. Hay vientos contrarios, olas y peligro de hundirse. Interiormente sienten que Jesús los dejó solos. Los apuró para que se fueran y le obedecieron, aunque como gente de mar, sabían que se venía una tormenta. La realidad, como se supo después, es que el Señor se había quedado solo rezando por ellos y que, atento al momento justo, había decidido ir a su encuentro caminando sobre las aguas en medio de la tormenta. Algo totalmente impensable. Sin embargo, ahí donde todos actúan de manera lógica juzgando que si alguien viene sobre las aguas no puede ser sino un fantasma, Pedro juzga de otra manera. Intuye que esta locura viene de su Maestro, le hace caso a la voz interior del Padre y se deja conducir por el Espíritu que lo lleva a jugársela para poder discernir: pide a Jesús que, si es él, le mande acercarse caminando sobre las aguas.

Pedro sabe que se discierne caminando, que se discierne experimentando el movimiento de espíritus contrarios, que se discierne metiéndose en una situación de fragilidad que solo Jesús puede resolver, se discierne dando uno un paso adelante. Por eso no se puso a tratar de convencer a sus compañeros de que podía tratarse de Jesús… Pedro se tiró al agua. No le fue de todo bien, porque se pegó un remojón y se llevó un flor de susto. Pero el  Señor lo bendijo.

Hay algunas situaciones que se viven en la Iglesia que se pueden interpretar amplificando los momentos de esta escena evangélica. Me gusta imagina, por ejemplo, algunos momentos (que a veces duran mucho tiempo) en los que Jesús no está en la Barca de la Iglesia. Para meterse en una situación así hay que dejar de lado, por un rato, la idea de que Dios está en todas partes.  En esta escena contemplamos a un Jesús que no se sube a la Barca, que deja que navegue sin Él. El se queda con la gente a la que había dado de comer los panes y peces y a la que quiso despedir personalmente.

Es un Jesús sin su Iglesia, un Jesús que se dedica personalmente a esos “otros rebaños”  que también son suyos.

Un Jesús que se dedica a la gente directamente sin intermediación de los discípulos.

Primero sí, les hizo distribuir los cinco pancitos multiplicados. Pero después los mandó a que lo dejaran solo y se despidió de la gente sin ellos. Y por si fuera poco, subió a la montaña a rezar a solas con su Padre. Aunque desde allí los veía, dejó que se alejaran sin él y que quedaran a merced del viento en contra.

La imagen de la Iglesia como una Barca sin Jesús y en medio de la tormenta. Pienso que algo así fue lo que vivimos en ese espacio de tiempo que medió entre la renuncia del Papa Benedicto y la elección de Francisco.

Cuando es elegido (antes, en realidad, porque eso fue lo que dijo y por eso lo eligieron) Bergoglio discierne que la Iglesia tiene que salir. Discierne que Jesús viene a la Iglesia desde afuera y que hay que salir a su encuentro.

En el evangelio, para los otros discípulos al igual que para  muchos en la Iglesia actual, un Jesús que viene de afuera, de un afuera tormentoso y líquido, como la cultura moderna, es un fantasma. Para Pedro no. Y como prueba, pide que le mande salir de la Barca y caminar sobre las aguas.

Para mí esto es lo que ha hecho y está haciendo el Papa Francisco: ha discernido que Jesús no estaba en la Barca y se ha largado al agua. Le ha pedido al Señor que le mande ir a Él poniéndose en su misma situación: la de uno que camina sobre las aguas. La de uno que no se refugia en definiciones sino que se larga al encuentro con la gente. Y el Señor se lo ha concedido. Y si de vez en cuando se pega un remojón el Señor le tiende la mano, lo ayuda y lo bendice.

Muchos de los que se quedan en la Barca, ahora igual que entonces, no están todavía en el momento en que el Señor y Pedro se suben de vuelta a ella y les permiten tener una misa de acción de gracias y adoración. Muchos están paralizados por sus miedos a dar un paso adelante también ellos y desde la barca piensan: encima que no sabe si es el Señor o un fantasma, este le pide que le mande caminar sobre las aguas y se tira nomás! Veremos…

Este “veremos como sigue la cosa” está detrás de todas las opiniones sobre Francisco, cada vez que se tira al agua, cada vez que “se mete”, cada vez que sale al encuentro de un Jesús que ciertamente no está en nuestra barca sino dando de comer y charlando con la gente, rezando al Padre a solas en la montaña, y que viene a nosotros caminando sobre la liquidez de la cultura actual, en la que se han perdido fundamentos y caminos.

El punto para mi y para vos es si nos tiramos al agua con Pedro y Francisco para ir al encuentro de este Jesús, o nos quedamos en la barca a ver programas de periodismo y gritamos y nos lamentamos por los fantasmas en vez de dar el pasito adelante al que nos invita el Señor diciendo “Ven!”.

Diego Fares sj

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“Jesús propuso a la gente esta parábola:

El reino de los cielos se parece a

un hombre que sembró buena semilla en su campo;

pero mientras todos dormían vino su enemigo,

sembró cizaña en medio del trigo y se fue.

Cuando creció el trigo y aparecieron las espigas, también apareció la cizaña.

Los siervos fueron a ver entonces al padre de familia y le dijeron:

‘Señor, ¿no era que habías sembrado semilla buena en tu campo?

¿Cómo es que ahora hay cizaña?’

El les respondió: ‘Un hombre enemigo hizo esto’.

Los siervos replicaron: ‘¿Quieres que vayamos a arrancarla?’

No –les dijo- porque al arrancar la cizaña

corren el peligro de arrancar también el trigo.

Dejen que crezcan juntos hasta la cosecha,

y entonces diré a los cosechadores:

arranquen primero la cizaña y átenla en manojos para quemarla,

y luego recojan el trigo en mi granero.

También les propuso otra parábola: «El Reino de los Cielos se parece a un grano de mostaza que un hombre sembró en su campo. En realidad, esta es la más pequeña de las semillas, pero cuando crece es la más grande de las hortalizas y se convierte en un arbusto, de tal manera que los pájaros del cielo van a cobijarse en sus ramas.»

Después les dijo esta otra parábola: «El Reino de los Cielos se parece a un poco de levadura que una mujer mezcla con gran cantidad de harina, hasta que fermenta toda la masa.»

Todo esto lo decía Jesús a la muchedumbre por medio de parábolas…(Mt 13, 24 ss.).

 

Contemplación

 

En el Ángelus del domingo pasado, el Papa Francisco, hizo una reflexión sobre el lenguaje de Jesús: “Jesús, cuando hablaba, usaba un lenguaje simple y usaba también imágenes, que eran ejemplos tomados de la vida cotidiana (como la parábola del Sembrador y la del enemigo que siembra cizaña), para poder ser comprendidos fácilmente por todos. Por esto la gente lo escuchaba encantada y apreciaba su mensaje que llegaba directo a su corazón; y no era ese lenguaje complicado de entender, el que usaban los doctores de la ley de la época, que no se entendía bien pero que estaba lleno de rigidez y alejaba a la gente. Y con este lenguaje Jesús hacía entender el misterio del Reino de Dios; no era una teología complicada”.

El discernimiento de los dos lenguajes es claro: el lenguaje que me acerca directamente al amor de Jesús, es del buen espíritu; y el lenguaje que me aleja del amor de Jesús, es del malo.            Pero podemos preguntarnos: ¿Y qué sucede con el lenguaje de algunos medios? También es simple y ciertamente entra directo al corazón, no para sembrar semilla buena, esto lo intuimos, pero la cizaña se nos mete y se propaga por el todo el terreno, especialmente allí donde estaba removido y abonado para el trigo.

Cada tanto, como ha sucedido en estas semanas, surge una andanada de artículos con ataques a la Iglesia y al Papa (convengamos que es un único ataque, aunque algunos digan que atacan al Papa para defender la doctrina de la Iglesia y otros digan que defienden al Papa y atacan a la Iglesia).

El lenguaje que usan muchos medios, no parece complicado; es más, los titulares que hablan de intrigas de poder, venenos, luchas internas, errores clamorosos, ataques a la doctrina, casos de pederastía…, son bien directos.

Sin embargo, a veces es un lenguaje simplista, no simple. No hay que confundir trigo con cizaña, aunque se parezcan exteriormente. El trigo alimenta, la cizaña envenena (y si es nuestro “chamico”, hace alucinar. Y lo que de ninguna manera hay que confundir (aunque no sea simple discernir las trampas) es si el que habla es amigo o enemigo.

El hombre de la parábola lo discierne al primer golpe de vista: el que sembró la cizaña es un enemigo. El que sembró semilla buena es contundente en su juicio y firme en su decisión de no intentar arrancar la plaga antes de tiempo. El cuida el trigo y no quiere correr el riesgo de arrancar también alguna plantita buena.

La cizaña es contagiosa. Los mismos servidores ya estaban dudando si no la habría sembrado su patrón –queriendo o sin quererlo- y le proponían arrancarla inmediatamente. Pero el que sembró semilla buena no duda de lo que sembró y no se apura solucionar la cosa de cualquier manera. Es coherente: sembró el bien, sufrió un ataque, se bancará la cizaña y la separará al final.

Eso no quita que, cuando en algún sitio del campo se ve que el exceso de cizaña sofoca a algunas plantitas tiernas de trigo, se pueda cortar con sumo cuidado algunos yuyos más evidentes, para darle aire a las plantas.

Cortarla con eso de justificar el lenguaje escandaloso

Algunos justifican el uso de un lenguaje escandaloso diciendo que cuentan “hechos escandalosos”. Si se tratara solo de hechos, serían los mismos que el Papa señala cuando afirma que hay corrupción en el Vaticano o condena un escándalo.

Pero la verdad no solo consiste en hechos que cualquiera dice y muestra de cualquier manera sin importar quién esté escuchando o leyendo ni a quién use para mostrar su mensaje o cuántos se vean afectados. Por ello, parafraseando algún comentario, podríamos decir que el verdadero ataque de cierto tipo de lenguaje es al Esplendor de la Verdad.

Cuidar entre todos el lenguaje, es tan vital como cuidar el aire del planeta. Cuidar el sentido del lenguaje que no está, en primer lugar, en los conceptos e imágenes que se utilizan para armar un discurso racional, sino en el consenso respetuoso que se dan entre sí los que dialogan y buscan juntos la verdad. El lenguaje público se sostiene gracias al consenso tácito que todos nos prestamos, y debe ser custodiado. No como el espacio público, que ante la amenaza de actos terroristas se vigila con el ejército en las calles. El lenguaje público se custodia hablando bien, corrigiendo de buena manera y denunciando el mal uso (que si termina en la justicia puede ser que tarde una sentencia). En el día a día toca a cada persona –a cada uno de nosotros-la decisión de no contaminarse ni contaminar el lenguaje común.

Para ello, el único camino es crecer en el discernimiento.

No es fácil, dado el grado de sofisticación del lenguaje actual, discernir con nitidez cuándo está en acto un discurso tramposo. Los hay de todo tipo. Desde el lenguaje liviano, propio de las revistas de chismes, que se usa para instalar algún concepto o imagen pesada, hasta el lenguaje serio que, utilizando conceptos teológicos (como el demonio usaba la biblia para tentar al Señor en el desierto), razona de manera falaz y quiere torcer la verdad encarnada que es Cristo. En el caso del niño al que filmó el programa Periodismo para todos, el lenguaje audiovisual se discierne por el vómito. Cuando el niño le dice al periodista: “Eh, ustedes qué me están preguntando, si yo maté a alguno?”. El periodista responde con firmeza: “Sí”. El niño agrega con las manos en la nuca: “¿Para qué…?”. Y el periodista musita afinando la voz: “Para saber”. Si uno hace caso al estómago de su oído, vomita. Hay cosas que no son “para saber” allí, de ese modo.

Menapace, en su cuento “Los anteojos de Dios” narra la escena del usurero que fue al cielo y (hay que leer todo el cuento) se puso los anteojos de Dios para ver lo que pasaba en el mundo. Vio una injusticia de un exsocio suyo y con certera puntería le revoleó por la cabeza el banquito donde Dios apoya sus pies. Cuando Dios regresa le dice que estaba todo bien, que viera las cosas con sus anteojos, pero, agrega: Hay que tener mucho cuidado con ponerse mis anteojos, si no se está bien seguro de tener también mi corazón. Sólo tiene derecho a juzgar, el que tiene el poder de salvar”. Y el que no tiene el poder de salvar, debe discernir para que lo que dice y muestra pueda ser usado bien por El que sí lo tiene.

Decir la verdad con el Espíritu de la verdad

Puede ayudaremos en este camino de crecer en el discernimiento del lenguaje usar algunos criterios de San Pedro Fabro, el jesuita compañero de Ignacio y de Francisco Javier. Fabro, según el juicio de Ignacio, era quien mejor daba los Ejercicios Espirituales y tenía el carisma del discernimiento y de la conversación espiritual. Sabía dialogar con todos y tenía un modo especialmente respetuoso y convincente con sus adversarios.

Su primer criterio dice así:

“Durante la misa me nació otro deseo: y fue que todo el bien que pueda realizar en adelante, la pueda hacer con la mediación del Espíritu bueno y santo. Y me vino la idea de que a Dios no le debía complacer la manera con que algunos herejes (partidistas) quieren hacer ciertas reformas en la Iglesia. Si bien de hecho dicen algunas cosas verdaderas, lo cual también hacen los demonios, no lo hacen con aquel espíritu de verdad que es el Espíritu Santo”.

Distingue Fabro, en la práctica, tres “verdades”: las cosas verdaderas, el espíritu de verdad, en cuanto disposición con que se dicen las cosas verdaderas, y el Espíritu de la Verdad como Persona. Entre la verdad de los hechos y el Espíritu de la Verdad, está situado ese “espíritu de verdad” o “buen espíritu”, como le llamamos en Ejercicios. Es bueno porque permite que se vinculen los hechos de la vida –no solo los buenos, también el pecado- con la Gracia. Así uno habla “con buen espíritu” cuando lo que dice puede ser usado por el Espíritu para el bien común.

Este es el primer discernimiento para juzgar si algo es verdad o mentira en este sentido ampliado. Hay que preguntar(se): Esto que se dice ¿puede ser usado por el Buen Espíritu o, por el contrario, lo aprovechará el malo?

Recuerdo un criterio del padre Fiorito, nuestro maestro espiritual durante la etapa de formación que, cuando le contaba algún hecho y utilizaba para calificar a otro una palabra insultante – “es un tal por cual”-, preguntaba sonriendo: “Y esa palabra, dónde se encuentra en la Escritura?” Como siempre venía a la mente el pasaje de Mateo 5, 22, en el que los insultos o descalificaciones a un hermano son duramente condenados por el Señor, yo mismo me daba cuenta de que “estaba tentado” por el mal espíritu. En una palabra destemplada se podía discernir el mal espíritu que animaba toda una argumentación. Y era una argumentación que utilizaba hechos objetivos y razonamientos innegables… pero para alimentar el enojo con un hermano y justificar una división.

También uno puede seguir el camino inverso: partir de la realidad e ir a ver qué discurso la alimentó. Cuando uno nota, como le sucede a tanta gente al escuchar el lenguaje simple de Francisco que llega al corazón, que le nace dentro una atracción al bien y visualiza la posibilidad de corregir algo que anda mal en su vida, de tal manera que queda al alcance de la mano dar un pasito adelante, quizás pequeño, pero decididamente bien orientado, es señal clara de que el discurso que suscitó todo esto es verdadero. El Espíritu Santo bendijo este lenguaje –aún con sus límites- y lo utilizó para conducir la vida de la Iglesia y/o de una persona en un momento dado.

Si, por el contrario, uno nota, como sucede al leer algún artículo, que se le bloquea el deseo de hacer algún bien que tenía pensado, le sobreviene oscuridad a la mente y se le instala la desesperanza de que alguna vez se solucione algo en concreto, es señal de que está en acto un discurso tramposo. De esos que entristecen al Espíritu Santo porque algo obstaculiza su accionar benéfico.

Más allá de que se pueda desmontar la trampa, se discierne en conjunto.

Así como hay trampas que no se pueden desmontar porque explotan (hay gente que no teme decir cualquier cosa aunque parezca que “se suicida” mediáticamente, pero es porque saben que pueden “resucitar” en otro formato), así hay discursos que no se pueden desmontar porque sólo son vehículo para que algo malo pase y se incorpore al modo de pensar del otro.            Hay un lenguaje que envenena el alma. El asunto es alejarse y no tragarse el veneno.

Así, lo que puede parecer una diferencia pequeña –la de decir bien una verdad o la de decirla con burlas, ira o desprecio- en algún punto origina un gran cambio. Una verdad dicha con mansedumbre y respeto es una mano tendida que crea puentes. En cambio, una verdad dicha con acritud y falta de respeto es una bofetada que rompe posibilidades de entendimiento.

Este espíritu con que se dicen las verdades influye también en la manera de ver las cosas del mismo que habla. El hablar mal lleva a pensar mal y a ver mal, lleva a la ceguera. Utilizar un lenguaje ofensivo termina por ofuscar la propia visión de la realidad.

Concluimos reafirmando que la verdad no consiste solo en “hechos” que se “muestran” por televisión o se definen en “definiciones abstractas”. La Verdad incluye como algo esencial el modo respetuoso y amoroso con que se expresan las cosas, de modo tal que atraigan con su esplendor y hagan bien y nunca mal. Todos hemos experimentado alguna vez cómo un tono o una mirada intencionadamente sarcástica es capaz de subvertir totalmente la verdad más inocente o amigable, introduciendo en ella un veneno mortal que muchas veces ni deja rastro. Las cosas verdaderas se dicen con ese espíritu de verdad que es el Espíritu Santo.

Salvar la proposición ajena

A ponerse en esta actitud de buen espíritu, de pronunciar palabras y argumentar discursos a los que el Espíritu Santo pueda dar la eficacia de la Verdad, ayuda una cosa. Lo que San Ignacio llama “salvar la proposición ajena”. En tres frases Ignacio da todo un tratado para dialogar con buen espíritu con cualquiera (arte en el que el Papa Francisco siempre se ha destacado).

Dice Ignacio: “se ha de presuponer que todo buen cristiano ha de ser más pronto a salvar la proposición del prójimo, que a condenarla; y si no la puede salvar, pregunte cómo la entiende (qué quiso decir), y, si mal la entiende (si el otro está equivocado), corríjale con amor; y si no basta, busque todos los medios convenientes para que, bien entendiéndola, se salve” (EE 22). Por supuesto que se trata de un diálogo entre personas que desean entenderse. En el caso de los que escriben utilizando un lenguaje tramposo, uno tendería a pensar que ya tienen posturas tomadas y por tanto es inútil tratar de dialogar.

Sin embargo, no ha sido esta la actitud del Papa Francisco para enfrentar este tipo de críticas. El Papa ha tenido muchos gestos de respeto y de apertura al diálogo con muchos de sus críticos. En sus acercamientos por teléfono, por mail o mediante cartas manuscritas, el estilo de Francisco sigue estos pasos:

Agradecer cuando siente que el otro tiene voluntad de comunicarse frontalmente y de expresar las disidencias con paz, sin agresiones ni expresiones altisonantes.

Alguna vez que ha corregido alguna imprecisión informativa, ha tenido la deferencia de hacerlo privadamente al interesado.

Y en ocasiones en que la crítica ha sido directamente ofensiva, ha tenido la grandeza de salvar la crítica misma, en cuanto que puede ayudar a caminar por la recta vía del Señor.

Eso sí, siempre destaca el Santo Padre que la mansedumbre es lo que debe primar en el modo de hablar y de dar noticias.

Las actitudes del Papa, aunque no siempre logren cambiar las ideas y las estrategias comunicativas de algunas de estas personas, a todas les tocan el corazón. Esto muestra la estatura moral de alguien que en el mano a mano desarma –aunque solo sea por un momento- la hostilidad de sus adversarios. Por eso, al escribir sobre el lenguaje tramposo, no hace falta atacar a los que lo usan sino tratar de discernir las tentaciones. Y lo primero es “ponerse uno de buen espíritu”.  Entonces sí, se pueden aportar algunas reflexiones que ayuden al que se ve afectado por este lenguaje, a que pueda examinarlo con mirada crítica y serena, y aprenda a no dejarse empantanar en las falacias de los lenguajes tramposos y, sobre todo, a no dejar que le roben o disminuyan su amor a la Iglesia y al Papa. También puede ayudar a los periodistas a conectarse con su pasión más honda: la de anunciar bien la buena noticia. Aunque se trate del peor mal, si se anuncia bien, se ayuda a corregirlo o al menos a neutralizarlo. Condenar bien las cosas malas, cuando lo hace unanimente la gran mayoría de un pueblo consolida su corazón común. Por eso es que no hay que condenar cualquier cosa ni todo todo el tiempo ni usando un lenguaje negativo.

Diego Fares sj

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“Jesús salió de la casa y se sentó a orillas del mar.

Una gran multitud se reunió junto a él,

de manera que tuvo que subir a una barca y sentarse en ella,

mientras la multitud permanecía en la orilla.

Entonces él les habló extensamente por medio de parábolas.

Les decía…:

El sembrador salió a sembrar.

Al esparcir las semillas,

algunas cayeron al borde del camino

y los pájaros se las comieron.

Otras cayeron en terreno pedregoso, donde no había mucha tierra,

y brotaron enseguida, porque la tierra era poco profunda;

pero cuando salió el sol, se quemaron y, por falta de raíz, se secaron.

Otras cayeron entre abrojos,

y estos, al crecer, las ahogaron.

Otras cayeron en una linda tierra

y dieron fruto:

unas cien,

otras sesenta,

otras treinta.

El que tenga oídos, que oiga.

Los discípulos se le acercaron y le dijeron:

– ‘Por qué les hablas por medio de parábolas?’.

Él les respondió:

– ‘A ustedes se les ha concedido conocer los misterios del reino de los cielos, pero a ellos no. Porque a quien tiene se le dará más todavía y tendrá en abundancia, pero al que no tiene, se le quitará aun lo que tiene. Y así se cumple en ellos la profecía de Isaías, que dice: ‘Por más que oigan no comprenderán, por más que vean, no conocerán. Porque el corazón de este pueblo se ha endurecido, tienen tapados sus oídos y han cerrado sus ojos, para que sus ojos no vean y sus oídos no oigan, y su corazón no comprenda, y no se conviertan y yo no los sane’.

Felices, en cambio los ojos de ustedes, porque ven; felices sus oídos, porque oyen…” (Mt 13, 1-23).

Contemplación

Las parábolas son siempre nuevas para el que tenga oídos y quiera oir, como dice el Señor.

Estos oídos y este oír son algo complejo. No es que cualquiera pueda oír lo que el Señor dice. Sus palabras están literalmente escritas en el Evangelio y en las palabras que la tradición de la Iglesia conserva en las oraciones, en los cantos, en la liturgia de los Sacramentos… Pero para que esas palabras “den fruto” hoy, en la tierra actual de nuestro corazón y de nuestra vida como pueblos, se requiere una mediación.

Jesús lo dejó claro: “El Espíritu de la Verdad, cuando venga, los guiará en toda la Verdad, porque no hablará por su cuenta, sino que, de lo que oiga, de eso hablará, y les anunciará lo que ha de venir” (Jn 16, 13).

Así, la totalidad de la Verdad –la Verdad íntegra- de la que habla Jesús, no está en los libros. Es una Verdad viva, una Palabra Viva que el Espíritu está escuchando con su Oído y nos la dice a nuestro oído. Esa Palabra Viva no es que Jesús la esté inventando ahora y diciendo cosas que se le ocurren. Jesús no es que “habla de cosas” o “desarrolla discursos” sino que lo que tenía para decirnos lo encarnó, es una Palabra hecha carne. Tiene por tanto los límites de la carne. Caminó por una geografía y vivió una historia, dialogó con su pueblo y sus discípulos, padeció en la Cruz y resucitó. La narración de los testigos de esta Palabra encarnada que tocaron con sus manos, contemplaron lo que hacía con sus ojos y escucharon con sus oídos, está contenida en los Evangelios. Contenida en una integridad apta para suscitar la fe: es decir, para suscitar la escucha de lo que dice el Espíritu acerca de esas palabras. Porque el Espíritu “toma de lo de Jesús”, es decir, “toma de su vida entre nosotros” y nos introduce en esa Verdad total encarnada, guiándonos paso a paso, anunciando el paso que viene.

Nada más lejos, pues, de una Verdad abstracta, enlatada en fórmulas, que interpretan sólo algunos que estudiaron filosofía de escuela y que discuten interminablemente usando términos ininteligibles que definen de manera distinta en cada escuela. Este envase formal de la Verdad tiene un gran valor a la hora de definir algo en torno a lo cual se suscita una discusión. La Iglesia, en los Concilios, escuchando todas las opiniones, a veces en directa confrontación, definió algunos dogmas de fe, con las mejores palabras con que contaba. Lo hizo “escuchando al Espíritu”. Al igual que lo hace cuando elige un Papa o cuando habla de las cosas de fe y costumbre en los distintos documentos –Encíclicas, exhortaciones apostólicas…- y en cada homilía. Pero cada una de estas palabras deben ser leídas y actualizadas en una nueva escucha del Espíritu. ¡Imagínese! Si el mismo Jesús dijo que muchas cosas que Él decía no las podían entender los suyos, sino que necesitarían de la ayuda del Espíritu, cuánto más todo el resto. Ni Jesús con sus más fieles encontraba la palabra justa para iluminarles la mente a los que tenía delante! Ni qué hablar de sus detractores y enemigos, que le pedían y exigían que definiera esto y aquello, si era lícito o no apedrear a la adúltera y pagar los impuestos al César (qué curioso, no, que ya en aquella época todo lo que más les interesaba a estos personajes eran cuestiones legales sobre sexo y dinero). El Señor les respondía con gestos (muéstrenme la moneda, a ver quién tira la primera piedra…), les contaba una parábola, les respondía con otra pregunta o directamente pegaba media vuelta y se iba.

Y las cosas que “ya se definieron según el Espíritu Santo”?

Es increíble que haya gente que siga buscando, en el cristianismo, palabras como “cosas” (definidas en una fórmula como si fuera que las enlataron) para arrojárselas en la cara a los demás. Amoris Laetitia lo dice: Algunos, en lugar de ofrecer la fuerza sanadora de la gracia y la luz del Evangelio, quieren «adoctrinarlo», convertirlo en «piedras muertas para lanzarlas contra los demás” (AL 49). Por eso el Papa a ciertas personas no les responde como ellos quieren, con “ulteriores definiciones”. Una porque “Recordando que el tiempo es superior al espacio, quiero reafirmar que no todas las discusiones doctrinales, morales o pastorales deben ser resueltas con intervenciones magisteriales. Naturalmente, en la Iglesia es necesaria una unidad de doctrina y de praxis, pero ello no impide que subsistan diferentes maneras de interpretar algunos aspectos de la doctrina o algunas consecuencias que se derivan de ella. Esto sucederá hasta que el Espíritu nos lleve a la verdad completa (cf. Jn 16,13), es decir, cuando nos introduzca perfectamente en el misterio de Cristo y podamos ver todo con su mirada” (AL 3). Pero otra razón es porque mucha de esta gente, apenas logra “una definición”, la usa como una piedra!!!  Lo vemos todos los días en la red, cómo las personas se arrojan verdades y palabras evangélicas como piedras, con odio y furor, para herir y denigrar al otro.

Si las cosas de Jesús tenían la dinámica de la encarnación (qué es la encarnación de la Palabra sino un darle tiempo a que crezca, como la semilla), la dinámica del Espíritu, cuando enseña algo, es la misma. Es una tentación (una más pero muy sutil y escurridiza, porque tiene apariencia de bien) querer “enjaular” al Espíritu en jaulas abstractas. Es como decir: Jesús se encarnó, le dio otra oportunidad a los pecadores, hizo excepciones a la ley en un momento para permitir que las personas se convirtieran y reemprendieran su camino… pero ahora, una vez que el Espíritu definió toda la verdad (y citan encíclicas y documentos) en este tema, ya no hay nada más que tocar ni que decir. Todo el esfuerzo del Señor por poner su Palabra en contacto con la vida, toda su creatividad para inventar sacramentos concretos que tocaran a la gente –como el agua que moja, el aceite que unge y el pan que se saborea y la señal de la cruz que perdona todos los pecados- todo eso es ahora empaquetado y su uso reglamentado. En algunos puntos, la reglamentación es como la de esas aduanas, que te dicen que tu paquete llegó, pero es imposible sacarlo del depósito. Algunos tendrán cuenta de las absoluciones y comuniones con nombre y apellido que dejaron en suspenso, guardadas para que no se manchen, siendo que el Señor quería que llegaran a sus hijos en un momento determinado de su vida.

Escuchar, por tanto, es escuchar lo que escucha el Espíritu. Que con un oído escucha al Padre y al Hijo y con el otro a la humanidad, el llanto de cada bebé que nace y el canto de cada enamorado, el gemido de cada persona que sufre y el grito de todos los pueblos.

Así se escucha la Palabra de Jesús, así se escuchan las parábolas: con los Oídos del Espíritu, que son Oídos de Amor, atentos a lo que dice Jesús –a lo que ha dicho en el Evangelio-, y a las preguntas de los hombres. El Espíritu escucha de manera práctica, orientando su escucha a la concreción en la vida. Por eso es Maestro, porque baja una enseñanza a la capacidad de los alumnos que tiene delante.

Este escuchar lo que escucha otro es la esencia de toda enseñanza en la que, tanto el maestro como el alumno están con el oído atento a la Verdad.

“El que tenga oídos, que oiga” es la frase que resume la parábola.

El que tenga tierra buena que reciba la semilla. Si la semilla es una metáfora de la Palabra, la tierra buena es nuestro oído.

Prestemos atención que identifica Palabra con semilla. Oír una semilla requiere tiempo. Lo que se desarrolla en la semilla es algo preciso y concreto –cada planta es única en su especie- pero se va manifestando en formas distintas: raíz, tallo, ramas, hojas, flor, y fruto, que es nueva semilla. No compara el Señor su Palabra con un producto humano, con un grabador, en el que cada palabra queda registrada en una cinta o en un soporte digital y sintetizada en sus elementos principales (dejando de lado todos los matices reales) puede ser reproducida en otro aparato. Sabemos que los aparatos actuales “comprimen” el sonido y uno escucha sólo un pequeño porcentaje de lo que sonó en la realidad. El Espíritu en cambio es todo lo contrario. No sólo registra perfectamente todo lo que la Palabra del Señor dijo –dice- sino que lo transmite fielmente con todos sus matices y potencia nuestro oído para que oiga cada día mejor.

Por eso el Señor quiso que su palabra quedara registrada en corazones –que tienen memoria imborrable y reconocen una voz a través de los años- y no escribió usando las palabras de su lengua. Sus Palabras escritas por Él hubieran corrido el riesgo de ser usadas como “objetos”. En cambio, cuando uno escucha a Alguien en vivo, lo primero que escucha no es cada palabra sino la fuerza y el tono de la voz que modula las emociones y los afectos e imprime en la inteligencia la contundencia unitaria de un mensaje. Uno siente que el otro anuncia un kerigma de conversión. Después vienen las palabras, una por una, y cada frase… Por eso es que los evangelios que canoniza la Iglesia son cuatro y tienen sus diferencias de palabras: porque el registro de La Palabra necesita de esta multiplicidad de registros para situarnos como en medio de varias voces que nos cantan lo mismo en distintos tonos.

“El que tenga oídos como tierra buena” se contrasta con otros tipos de oído, duros como el camino, pedregosos y superficiales o en los que resuenan otras voces, como yuyos que distorsionan la Palabra. Son las dificultades que no permiten que la Palabra eche raíz suficiente y crezca con fuerza y ganando altura para no ser sofocada.

“Que oiga”. Esta frase apunta al otro momento de la Palabra. Estamos ya en un oído fiel que es tierra buena, en la que la Palabra puede crecer. Pero ese “que oiga” revela que se puede oír más y mejor. Que algunos “oyen a medias”. La Palabra da fruto con distinta fuerza. Es la misma semilla, pero en algunos oídos da fruto en un ciento por uno, en otros en un sesenta y en otros en un treinta. Nuestra Señora es la que, lo sabemos porque lo sentimos al gozar de esos frutos, da fruto en un ciento por uno. También los santos, dan mucho fruto. Este “que oiga” tiene relación con el Espíritu, que es el que hace oír con fruto la Palabra. Y el fruto es a medias, es fruto de dos libertades: lo que el Espíritu libremente nos quiere dar y lo que nosotros libremente queremos dar.

Dar fruto tiene un sentido doble: dar en el sentido de producir y dar en el sentido de compartir. Dar en el sentido de producir, dependemos más de nuestra naturaleza y de lo que el Espíritu nos quiera hacer producir para bien común, como hace con todo lo suyo. Dar en el sentido de compartir, depende más de nosotros, del trabajo previo que cada uno haya hecho y de la generosidad que tenga. Qué pena no haberme preparado mejor para poder dar más! Siempre queda la alegría de ser fundamentalmente un pobre al que el Espíritu hace dar frutos ricos para los demás de su misma pobreza.

Diego Fares sj

 

 

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“En aquel momento de gracia Jesús dijo:

Te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra,

y concuerdo plenamente contigo en que

habiendo ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes

se las has revelado a los pequeñitos.

Sí, Padre porque así lo has querido.

Todo me ha sido dado por mi Padre

y nadie conoce al Hijo sino el Padre,

así como nadie conoce al Padre sino el Hijo

y aquel a quien el Hijo se lo quiere revelar.

 

Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados,

y Yo les daré un descanso.

Tomen el yugo mío sobre ustedes

y aprendan de mí,

pues soy manso dulce, pacífico y humilde de corazón,

y  encontrarán alivio para sus almas,

pues mi yugo es suave

y mi carga liviana” (Mt 11, 25-30).

 

Contemplación

 

Este pasaje tan consolador del Evangelio, en que Jesús homologa lo que hace al Padre, que oculta sus cosas a los sabios y prudentes y se las revela a los pequeñitos –al pueblo fiel de Dios-, Mateo y Lucas lo ponen en contextos diferentes.

Siempre lo he relacionado con la misión de los setenta y dos discípulos que regresan después de haber predicado el reino y Jesús, “lleno de gozo en el Espíritu Santo”, exclama: “Yo te bendigo, Padre”. Pero en Mateo, el contexto es diferente. Jesús dice estas palabras después de una dura crítica a su generación, a la que no hay “nada que les venga bien” y de una fortísima maldición: “Se puso a maldecir a las ciudades en las que había realizado la mayoría de sus milagros, porque no se habían convertido” (Mt 11, 20).

Jesús se da cuenta de que sólo la gente sencilla, los pequeñitos, lo reciben y lo escuchan, mientras que muchos que son gente de peso en la sociedad, lo cuestionan y no se quieren convertir. Entonces, toma la palabra y bendice al Padre. Lo “homologa” dice Mateo. No solo no se queja de que las cosas vayan así, de que haya desprecio y críticas de los “sabios y prudentes”, sino que le parece que esto es parte del plan de su Padre y concuerda plenamente con Él. Está bien que sea así. Lo importante es que lo acojan los pequeñitos.

Y como esos pequeñitos son los que están cansados y agobiados, oprimidos por el peso de la vida y la falta de ayuda de la sociedad, a ellos dirige el Señor toda la compasión, toda la ternura y la misericordia de su Corazón: “Vengan a mí, dice, todos los que están fatigados y agobiados, que yo los aliviaré”.

Veamos el accionar de Jesús: juzga, maldice, bendice y compadece.

Juzga a su generación duramente.

Maldice sin contemplaciones: “Y tú Cafarnaún, hasta el cielo te vas a encumbrar? Hasta el infierno te hundirás”.

Bendice y alaba al Padre con toda la alegría de su corazón.

Y se compadece tiernísimamente, con dulzura y mansedumbre, de los más miserables y agobiados.

El corazón humilde y manso de Jesús posee una energía indescriptible que podemos vislumbrar en este “ponerse a maldecir” y en este “llenarse de gozo”. Es capaz de una ironía demoledora –“ustedes son como esos adolescentes a los que no hay nada que les venga bien- y de una pedagogía suave –“aprendan de mí, que soy dulce y pacífico de corazón”.

El Padre Cantalamessa pone este ejemplo: “Cuanto más alta es la tensión y más potente la corriente eléctrica que pasa por un cable, más resistente debe ser el aislante que impide a la corriente descargarse al suelo o provocar cortocircuitos. La humildad en la vida espiritual es este gran aislante que permite a la corriente de la gracia divina pasar a través de una persona sin disiparse, o lo que sería peor, provocar llamaradas de orgullo o de rivalidad”.

La humildad custodia los carismas. Hace que fluyan para bien común. El mal espíritu en cambio o trata de que su energía se disipe y se malgaste o tienta para que quemen al mismo agraciado, por el orgullo y la vanidad, o hace que susciten peleas de envidia, competencia y agresividades, con los que tienen otros carismas.

El Padre se revela a los humildes por medio de su Hijo humilde.

El pueblo fiel de Dios tiene esta gracia de encauzar bien la fuerza de la gracia para bien común y de resistir al mal pacíficamente. En estas actitudes se concreta esa gracia del Espíritu Santo que hace que el pueblo fiel sea infalible in credendo, como siempre recuerda el Papa Francisco.

No hay que interpretar esto como si se dijera que el pueblo fiel escribe o hace de árbitro en las discusiones de los teólogos.

Los sabios y prudentes se burlan un poco de la fe de la gente porque sus formulaciones y su estética les parecen poco elaboradas.

Sin embargo, bajo este “aislante” humilde de la religiosidad popular, que recicla lo que encuentra más a mano para revestir su vida, corre una corriente poderosa de revelación pura del Padre y un aprendizaje profundo de la caridad y la misericordia de Jesús.

La gente seria de la época del Señor consideraba que la gente lo seguía porque era un milagrero, un populista, diríamos hoy. Jesús en cambio, valoraba la fe de la gente como un don único del Padre.

Ahora bien, la categoría de pequeñitos hay que entenderla bien, literalmente. Los pequeñitos no son pequeñitos “de estampita”. Son los “nepioi”, que quiere decir los inmaduros, los ignorantes, la mano de obra no cualificada.

Se oponen a los “teleioi”, que son los perfectos, los más avanzados, los cultos y capacitados.

Estos defectos y virtudes comunes se transforman al “tocar” a Cristo. Lo que es positivo mundanamente hablando pareciera que se convierte en negativo. Y viceversa: lo que para el mundo no cuenta, pareciera que es lo que más ayuda a “descubrir” y “valorar” quién es Jesús.

Paradójicamente, son nuestros pecados los que nos ayudan a experimentar la misericordia de Jesús. El que considera que no tiene ningún pecado “grave” –como se dice-, se impermeabiliza para con la misericordia. En cambio, el que está “fatigado y agobiado”, encuentra en Jesús un descanso.

Una categoría que quizás ayuda es la de “ordinario”, con la carga negativa que puede contener. El Padre le revela a Jesús a la gente ordinaria.

Ordinaria en el sentido de que “no se la cree”: no se siente superior a otros.

Esto de creérsela es algo que atraviesa todas las clases sociales y todas las edades de la vida. Lo decimos: es un niño “creído”. Los futbolistas valoran a uno que juega bien y es humilde: “no se la cree”. La gente se da cuenta cuando el cura que predica “es creído”. Las modelos, cuando critican a otra dicen: “quién se cree que es esa”. Entre los compañeros de trabajo se distingue al que se cree superior, siendo que es un empleado como cualquiera.

En penúltima instancia, si uno se la cree o no sólo lo puede ir juzgando cada uno en la intimidad de su conciencia. Y, en última instancia, sólo el Señor nos lo puede hacer ver con su misericordia infinita.

Como lo de “creérsela” tiene mucho de comparativo, es fluctuante ver cuánto nos la creemos si solo nos comparamos con los demás. Por eso Jesús es la piedra de toque.

Jesús y también sus santos –los especiales, sí, pero sobre todo los santos ordinarios, la gente buena que da la vida con amor.

¿Qué quienes son los santos ordinarios?

Si usted es de los que hacen esta pregunta, entonces está en el horno (el de la credidurez). Porque el termómetro para ver hasta dónde uno es humilde o se la cree es uno que mide lo siguiente:

Cuanto más gente mejor que uno reconoce uno, menos se la cree.

Y cuanto menos gente mejor que uno reconoce uno, es que más se la cree.

Porque Jesús es un Jesús presente en los ordinarios, no hay otro Jesús que este.

Por eso hablo de la gente que nos rodea. Con la cual convivimos. No estoy hablando de reconocer que Messi sabe más de fútbol que un comentarista (y aquí hago un excurso porque hay comentaristas –profesionales y de café- que consideran que Messi juega mejor que ellos, por supuesto, pero que sus opiniones sobre el seleccionado son totalmente erróneas y parciales. He escuchado decir que se rodea solo de sus amigos y los protege, aunque el seleccionado pierda, y que en el fondo es un egoísta que no quiere a su patria. Por supuesto que te muestran una foto en la que se ve que no cantó el himno. Pero, digo yo, cuando alguien habla así, ¿de qué está hablando? Ciertamente, no de fútbol. Porque puede ser que Messi tenga sus ideas de lo que es mejor y puedan discutirse, pero pensar que “no sabe” es confundir un saber abstracto con el saber vital. Estos sabios y entendidos preferirían hacernos ver un partido de play-station, armado por ellos, a un partido real. Y pensar que no le gusta jugar, ganar y ganar con el seleccionado, es signo de una ceguera de tal magnitud que sólo la soberbia o el interés económico pueden justificar. Y, sin embargo, hay gente que se traga esos discursos y cuando lo ve a Messi cansado o deprimido en un partido en el que no le salen las cosas, en vez de sentir que a él le debe doler más que a uno, porque él está en la cancha, le viene a la mente el discurso perverso que le inocularon y dice: este no quiere a la Argentina).

La alegoría futbolística, si ayuda a discernir, bienvenida sea. Y si no, como decía mi abuela de la leche caliente con miel y cognac cuando uno tenía tos: aunque no te cure del todo, vos tomala que hace bien y es rica.

Hay una frase de Einstein que viene bien para terminar la contemplación de hoy. Decía el genio: “Mi religión consiste en una humilde admiración del ilimitado espíritu superior que se revela en los pequeños detalles que podemos percibir con nuestra frágil y débil mente”.

No dudo de que al Señor, esta frase le habrá encantado.

Diego Fares sj

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“Jesús dijo a sus apóstoles:

No teman a los hombres.

No hay nada oculto que no deba ser revelado

y nada secreto que no deba ser conocido.

Lo que Yo les digo en privado repítanlo públicamente;

y lo que escuchen al oído proclámenlo desde los techos.

No teman a los que matan el cuerpo pero no pueden matar el alma.

Teman más bien a aquél que puede arrojar el alma y el cuerpo al infierno.

¿Acaso no se vende un par de canaritos por unas monedas?

Sin embargo ni uno solo de ellos cae en tierra sin el Padre (sin que el Padre esté)

También ustedes tienen contados todos sus cabellos.

No teman entonces, porque valen más que muchos pájaros.

Al que se declare por mí ante los hombres,

Yo me declararé por él ante mi Padre que está en el cielo.

Pero Yo negaré ante mi Padre que está en el cielo

a aquél que me niegue ante los hombres” (Mt 10, 26-33).

 

Contemplación

No teman. No teman. No teman.

No teman confesarse los pecados y predicar públicamente el evangelio.

No teman a las persecuciones externas, que no pueden matarles el alma.

Ustedes son valiosos para el Padre, que los cuida más que a los pajaritos: no teman.

La persecución viene de anunciar la alegría del evangelio, que es la alegría del amor.

Y los lobos –tanto los que devoran las ovejas como los que dejan que otros las devoren porque ellos cuidan letras y frases y no a las personas concretas- meten miedo, amenazan, difaman, matan.

El Señor dice que al que se declare abiertamente por él ante los hombres, él se declarará por él ante el Padre. Y que negará ante el Padre al que reniegue de Él ante los hombres.

Esto es pues lo único que debemos temer: que Jesús no nos reconozca ante el Padre.

A esto se refiere también lo de “temer al que puede arrojarnos al infierno”.

El infierno es quedar fuera del reconocimiento salvífico de Jesús.

El demonio no nos puede “arrojar” al infierno si primero no nos hemos soltado de la mano y de la mirada del Señor. Solo fuera del ámbito de acción de su Misericordia, quedamos a merced de los empujones y zarpazos del maligno.

Ahora bien, el Señor ha querido ligar su reconocimiento a –al menos- tres confesiones que tenemos que saber hacer sin miedo.

La primera confesión es de nuestros pecados. Es íntima y personal. Es la Confesión sincera de que somos pecadores, manifestación sacramental de nuestras enfermedades y de nuestros pecados.

Es una confesión privada en la que uno abre su conciencia ante el confesor que en nombre del Señor y de la Iglesia nos concede la absolución y el perdón.

El día en que “todo lo secreto sea revelado”, nuestros pecados se tendrán que revelar como pecados confesados, como pecados de los que pedimos perdón y que tratamos de  reparar de acuerdo a lo que la Iglesia nos dio como penitencia.

Saligo al paso de una dificultad: el Señor nos manda confesamos ante otro. Y esto es algo que algunos cuestionan. Pero esa persona cuida con delicado respeto que lo confesado abra nuestra conciencia a la fuente de misericordia salvadora del Señor, esa que inunda el alma de paz y nos da un arrepentimiento amoroso que  nos lleva a la conversión.

El confesionario no es una tintorería ni una sala de torturas. Es, como decía alguien, el único lugar donde uno puede hablar mal de uno mismo sin temor a que sea mal usado. En la confesión se perdona todo para que la persona pueda repartir de nuevo. Se perdonan todas los malos “pensamientos, palabras, obras y omisiones”, no minimizando su malicia íntima y su malos efectos en los demás, sino todo lo contrario: se perdonan para que la persona se libere de sus ataduras y comience a “pensar, hablar y obrar” bien desde una decisión suya, de corazón.

El Señor lo hizo ver tan claro cuando curó al que tenía la mano paralizada, seca –como señal concreta de que no podía “hacer” nada, y por tanto no podía hacer el bien-. Lo curó en sábado y “miró con enojo a los que lo rodeaban y sintiendo tristeza por su dureza de corazón”. Es que ellos no miraban la persona sino la formulación de la ley y consideraban como un desastre que el Señor se la saltara en público. Pero lo que Jesús quería era hacerles ver precisamente eso: que había un ámbito en que, si la ley permitía que el hombre siguiera con su mano paralizada, nunca se daría un paso adelante en su salvación.

Pedimos al Espíritu: quitanos el miedo a la confesión, que tanto alivio nos da y tanto bien nos hace. Perdonados podemos ir para adelante en la misión que nos has encomendado, libres de los enredos narcisistas de culpas y autojustificaciones. Es mejor tu juicio bueno que el nuestro o el ajeno.

La otra confesión es de que Dios es misericordioso. La tenemos que hacer de modo visible y comunitario (uno solo no alcanza a dar testimonio de esto). Consiste en declararnos por Jesús con palabras encarnadas en gestos concretos y obras de misericordia.

Se trata de nuestro reconocimiento de la Persona de Jesús en la persona de cada pobre y necesitado que encontramos por el camino de la vida. Los pobres son los pobres concretos que cada uno encuentra cada día. Más aún: no solo estamos atentos al que nos encontramos casualmente sino que abrimos obras específicas para salir al encuentro de cada tipo de pobreza y de miseria.

¿Cuándo fue que no te reconocimos?, será la pregunta de algunos en el juicio. Cada vez que no hiciste esto –darle de comer, vestirlo, hospedarlo, visitarlo…- con uno de mis hermanos más pequeños, no lo hiciste conmigo.

Pedimos al Espíritu de misericordia: quitanos quite ese respeto humano, ese temor a dar un pasito de cercanía amable hacia el otro con quien podemos tener un pequeño gesto de misericordia que él sabrá completar con la suya hacia nosotros. Es tanta la alegría que devuelven estos pequeños gestos, que es una pena perderlos por temerosos.

La tercera confesión es de obediencia explícita a nuestros pastores. Es la más controvertida actualmente. Tiene que ver con la persona del Pastor: del Papa, del Obispo, del párroco, del padre espiritual, del maestro, del papá y de la mamá para cada hijo… Algo muy obvio (al menos para mí) en lo que el demonio muestra su cola serpentina, es que con esta tentación tienta tanto a los hijos pródigos como a los hijos cumplidores. Con el papa, por ejemplo, es muy notable: lo “desobedece” la gente que se considera a sí misma como liberada de todo paternalismo y que se rebela contra todo lo que sea dogmatismo eclesial, y lo desobedece también la gente que se considera defensora a ultranza del dogma y de la tradición. Por arriesgar un discernimiento nomás: ¿no será que ambos tipos de personas coinciden en que al defender “ideas” –las propias o las de la tradición- no se animan a confrontarse con personas de carne y hueso?

La cuestión es que, en el ámbito del reino que Jesús abre y establece, la autoridad es personal. La autoridad no son los libros, son personas concretas. El Señor no “escribió un código de leyes y dogmas”. Confió su poder –que es servicio- a Pedro y a sus apóstoles.

En el pueblo de Dios las relaciones son personales y disimétricas. Manda uno y –paradójicamente- para mandar debe ser el que sirve a todos. Pero manda uno.

A ese que manda sirviendo humildemente, el Señor le confía las llaves de su Reino y le da el poder de atar y de absolver.

Mirar y juzgar las cosas como nuestro pastor –hacerle caso a nuestros padres y maestros, seguir el consejo del confesor, hacer las cosas como nos pide el párroco, seguir el ritmo de nuestros obispos y declararnos públicamente a favor de lo que dice el Papa- a alguno le puede sonar paternalista o anticuado. Sin embargo, este modo de obrar “eclesial”, escuchando la voz del Señor –que nos dice “cada vez que hiciste lo que te decía tu padre espiritual hiciste lo que Yo quería”- es bendecido por el Espíritu Santo. Incluso cuando lo que nos manda el pastor no es “lo más perfecto”, el Señor escribe derecho con líneas torcidas.

Cuando uno se acostumbra a seguir solo sus propios criterios –con todo lo que tienen de criterios de otros- puede que tenga más “razón” y que en sí mismo esté bien, pero no cuenta con la misma bendición del Espíritu que lo que uno hace obedeciendo a Cristo en la persona de sus pastores.

La obediencia es “ob-audire”, tender el oído para escuchar al Otro que habla en “otros” (no en formulaciones abstractas). Esa obediencia no significa no dialogar y discutir, pero el principio es que es mejor obedecer a otra persona “en nombre de Cristo” que a sí mismo.

Me viene siempre la anécdota de San Alberto Hurtado que cuenta Larraín:

“…Un joven jesuita viajó a Santiago con una lista inmensa de encargos. Al llegar se topó con el Padre Hurtado y le pidió la camioneta. Él sacó las llaves del bolsillo y le dijo “encantado, patroncito”. Apenas partió el joven en la camioneta, el Padre Hurtado salió a hacer sus numerosas diligencias en micro. Este detalle muestra su humildad espontánea”.

También muestra su obediencia espontánea. Así como veía a Cristo en el pobre, y los servía como a sus patroncitos” también oía a Cristo en los mandatos de otro y le obedecía como a un “patroncito”.

Si el amor a la persona de Jesús se concreta en las obras de misericordia para con los pobres, el amor a la persona del Espíritu Santo se concreta en la obediencia a quien en la Iglesia tiene el encargo de conducir.

Diego Fares sj

 

 

 

 

 

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Trinidad.jpg

En aquel tiempo dijo Jesús a Nicodemo:

Tanto amó Dios al mundo

que le dio a su Hijo unigénito

para que todo el que cree y confía en Él no muera

sino que tenga vida eterna.

Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo

sino para que el mundo se salve por él.

El que cree en Él, no es condenado,

el que no cree, ya está condenado,

porque no ha creído en el Nombre del Hijo unigénito de Dios (Jn 3, 16-18).

Contemplación

Si uno mira el evangelio de hoy, en que el tema daría para un tratado sobre la Trinidad que podría llevar varios tomos, ve que la Iglesia elige un textito de nada en el que sólo se nos dice que Dios amó tanto al mundo que le dio a su Hijo para que confiando en Jesús nadie se muera, sino que todos tengan vida. Ni se mencionan las Tres divinas Personas. Solo un adverbio de cantidad –“tanto”- para hacernos sentir el peso suave de un amor incondicional: nos dio a su Hijo, a Jesús. Qué más se puede dar.          Es propio de Jesús esto de “engrandecer al Padre” –“¡nos amó tanto!”. También es propio suyo “quitar peso a nuestros pecados”, ejercitar la misericordia que suaviza la ley. Él es como el administrador infiel que le hacía agarrar los recibos a los deudores de su amo y donde en uno estaba escrito “cien barriles de aceite”, él le decía “anota 50”, y donde el recibo de otro decía “100 sacos de trigo”, él administrador se lo devolvía: “Mira, toma tus recibos y anota sólo ochenta”. Esta manera de “decir la verdad rebajando la obligación” permite a la persona sentir la presencia amorosa del Señor y recomenzar de nuevo desde una moral interior, movida por el amor.

En el oficio de lecturas de hoy sábado Santo Tomás cita a San Agustín que dice: “es mejor andar rengueando por el Camino que correr fuera de él. Porque el que va por el Camino –que es Jesús-, aunque avance poco, porque renguea, se acerca a la meta”. Me conmovió esto de: “aunque avance poco”. Me sentía identificado. Me venía la imagen de la peregrinación a Luján: de esas personas que uno al pasar los ve caminar totalmente acalambrados. Cómo arrastran los pies y otro los sostiene y los ayuda a ir adelante. Los pies son un desastre, pero en la cara se les ve que solo sienten “la meta”. Engrandecer a la Virgen les hace disminuir el dolor…

Nos centramos, pues, en ese “tanto” del amor de Dios.

El Padre no nos dio otras tablas con mandamientos y leyes. Nos dio a Jesús.

Nuestro Padre del Cielo no nos dio un tratado de teología. Nos dio a Jesús.

Y la Alegría del evangelio (“Evangelii gaudium”) de la carne frágil del Niño Jesús, que su Madre envolvió en pañales y recostó en un pesebre, se la anunció a los pastorcitos de las periferias de Belén, no a los escribas y fariseos de la corte y del templo.

Nuestro Padre no nos dio un tratado de moral sexual. Nos dio a Jesús.

Y la Alegría del amor (“Amoris laetitia”) que envolvió la infancia y la adolescencia de Jesús, quedó sellada en la intimidad familiar que sus padres –José y María- vivieron lejos de las miradas indiscretas de los demás.

El lieto anuncio de lo que llamamos “la vida oculta”, es que cuando una pareja se ama y Dios la bendice con la vida nadie debe meterse a opinar perturbando desde afuera. Nunca debemos olvidar que en el silencio de María y en el sueño de José, lo que a los ojos de la ley era motivo de excomunión se convirtió en un “no temas tomar a María tu esposa porque el que ha sido generado en ella por el Espíritu es santo (Mt 1, 20).

El Padre nos dio a su Hijo gracias a que María se bancó las miradas y los chusmeríos de la gente (que saldrían a la luz con toda su hiel en la vida adulta del Señor cuando regresó a Nazaret y en sus discusiones con los fariseos, que le dijeron que ellos no eran hijos de prostituta).

El Padre nos dio a Jesús gracias a que José no se atuvo a la ley y se jugó por un sueño, en una sociedad en la que la puerta del juez estaría abierta para redactar un acta de repudio con puntos y comas ya que todo era público y estaba catalogado con la precisión con que solo la ley judía puede hacerlo.

Nuestro Padre nos dio a Jesús y Él, su Hijo amado, para revelarnos a ese Padre suyo y Padrenuestro, no se le ocurrió mejor cosa que rezar delante de la gente diciendo Alabado Seas (“Laudato si’”) mi Señor . Y agradecerle y alabarlo porque hace salir el sol sobre buenos y malos, alimenta a los pajaritos del cielo, cuidando que no caiga ni un solo sin estar Él en persona presente, y viste a los lirios del campo mejor de lo que se visitó el rey Salomón.

El Padre nos dio a Jesús y Jesús se puso a enseñar a la gente:

– que Dios es un Padre que hace fiesta a los hijos pródigos y les tiene infinita paciencia a los hijos conservadores;

– que Dios es un Padre que sale a buscar trabajadores para su viña y no se fija mucho en los contratos;

– que Dios es un Padre que invita a todos a la fiesta de bodas de su hijo y regala entradas y trajes de fiesta.

El Padre nos dio a Jesús y Jesús, después de hacer todo lo posible por “suavizar la ley” -no para que no se cumpliera sino para darle la oportunidad a la gente de cumplirla entera, pero de corazón y a su propio ritmo-, al final, no pudiendo ya dar más, se dio a sí mismo en la Eucaristía –lavando los pies y partiendo el pan- como signo concreto y real de ese “amor tan grande” –de ese “tanto”- del Padre.

Jesús, al igual que el Padre, nos amó “hasta el extremo”. Y la mejor palabra para hacer ver este amor es ese mismo adverbio: “tanto”.

Jesús nos amó tanto que nos dio su Palabra, su compañía, sus sentimientos, su estilo, su carne, su servicio, su vida, a su Madre… Y, por si fuera poco, Él y el Padre nos dieron su Espíritu.

Al decir su “Espíritu” se nos agranda el Don y hay que tener cuidado porque, como todo gran regalo puede hacer que “hasta el santo desconfíe”. Por eso el Espíritu, si bien tiene algunos Pentecostés y a veces se deschava y se vuelve Efusivo, gradúa ese “tanto” del Padre y de Jesús y lo convierte en un “tanto cuanto”. Como dice Ignacio: nos manifiesta el Amor discretamente.

Discreción no significa para nada “términos medios”, tibieza o “nivelar por lo bajo”. Nada de eso. Caridad discreta significa mirar el bien del otro, no a sí mismo ni a la ley en abstracto. El Espíritu se vuelca y se da totalmente a todos según la capacidad de cada uno. El Espíritu es especialista en hacerse a la medida a cada persona: toma su paso, se “incultura”, se “hace todo a todos”.

Como el Espíritu del Padre y de Jesús es Alguien que no se mira a sí mismo, por eso el mundo no lo ve ni lo percibe; porque el mundo cuando dice “espíritu” piensa en un yo cuya soberbia hace girar el mundo en torno a su vanidad y a su poder. El Espíritu del Padre y de Jesús, en cambio es común, es inclusivo, unifica al pueblo fiel de Dios y da a cada uno un carisma para el bien común. El Espíritu es el “tanto” de Dios convertido en “tanto cuanto”: tanto cuanto puede cada uno recibir, tanto cuanto uno pueda dar las gracias que recibe.

El “tanto cuanto” –que se adapta perfectamente a cada persona y a cada pueblo- actúa en lo grande y en lo pequeño. Y lo hace en un nivel de magnitud que se nos escapa: lo macro, porque actúa en la Iglesia y en los pueblos a una escala que cuesta ver. A veces un cambio tarda dos milenios –como el tomar conciencia de que no se pueden bendecir las guerras- y otras veces el cambio se da en un microsegundo, como cuando Hurtado vio a ese pobre aterido de frío, le dio su sobretodo y supo que era Cristo, o cuando la pequeña Jacinta de Fátima comprendió que podía ofrecer sacrificios por los pecadores.

El Espíritu revela la verdad a algunos a sorbos y a otros lanzándolos a mar abierto.

El Espíritu enciende en algunos la fe como una velita y en otros es un fuego que enciendo otros fuegos.

El Espíritu hace rezar a algunos con las palabras de las oraciones aprendidas de niño y a otros los hace hablar y cantar en lenguas desconocidas, pura expresión de afecto y amor.

El Espíritu ayuda a los pobres creando y sosteniendo instituciones de caridad estructuradas y visibles y también con gestos personales, de esos en los que la mano derecha no sabe lo que dio la izquierda…

El Espíritu sopla donde quiere y cuando quiere y es Soberano en su modo de unir a los hombres, de enseñar a servir y de hacer adorar. Gracias a Dios, no se lo puede enjaular, como dijo el Papa a los carismáticos.

Bendita sea la Santísima Trinidad: el Padre misericordioso, el Hijo, Jesús, nuestro Señor y el Espíritu Santo Consolador.

Diego Fares sj

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