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Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo:

– “¡La paz esté con ustedes!”.

Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor. Jesús les dijo de nuevo:

– “¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes”.

Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió:

– “Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan”.

Tomás, uno de los Doce, de sobrenombre el Mellizo, no estaba con ellos cuando llegó Jesús. Los otros discípulos le dijeron:

– “¡Hemos visto al Señor!”.

Él les respondió:

– “Si no veo la marca de los clavos en sus manos, si no pongo el dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no lo creeré”.

Ocho días más tarde, estaban de nuevo los discípulos reunidos en la casa, y estaba con ellos Tomás. Entonces apareció Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio de ellos y les dijo:

– “¡La paz esté con ustedes!”.

Luego dijo a Tomás:

– “Trae aquí tu dedo: aquí están mis manos. Acerca tu mano: Métela en mi costado. En adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe”.

Tomas respondió:

– ¡Señor mío y Dios mío!”.

Jesús le dijo:

– “Ahora crees, porque me has visto. ¡Felices los que creen sin haber visto!” (Jn 20, 19-31).

 

Contemplación

Estas contemplaciones, como de tanto en tanto digo, no son sino “media contemplación”. En el sentido de que lo que intentan son cosas tales como:

despejar el camino, quitando algún obstáculo;

contar una historia, que sirve para acompañar la marcha;

compartir una reflexión para que cada uno profundice en lo que el Espíritu le da a sentir y gustar.

Hoy vamos por el lado de la reflexión, por si ayuda a quitar el obstáculo de un lugar común. Ese de que “si no veo no creo”.

Felices los que creen sin haber visto no significa los que creen “imaginando” o “suponiendo” sino los que creen a impulsos del Espíritu Santo.

El Espíritu sopla, tú no lo ves, pero puedes experimentar su movimiento, escuchar su canto y su voz, que es como el canto y la voz del viento.

Digo “impulsos” en plural porque el Espíritu tiene su ritmo, sus buenas ondas, sus olas con distinta intensidad. A veces sopla bajito y es como el aire fresco de la mañana que imprime alegría al día nuevo. A veces sopla hondo, en lo profundo del corazón cuando se estremece de pena al contemplar a uno que ha dormido en la calle, apenas envuelto en una frazada. Y así: a veces es viento de altura, aire límpido de montaña, que permite ver lejos el horizonte; otras veces se transforma en voz íntima, que dice Padre, Abba; y Señor Jesús, Señor mío y Dios mío! Sólo el Espíritu puede hacer que escuchemos y digamos estas palabras y que las asintamos de corazón.

Esto para decir que no siempre hace falta ver.

Debería ser obvio para una cultura como la nuestra.

En esta época no tiene sentido eso de “si no lo veo no lo creo”.

Hoy vemos un exceso de imágenes, pero todos sabemos que son modificadas.

Uno mismo modifica las fotos que saca para que precisen un detalle o tengan más luz. Como decía una amiga: felices los que pueden cambiar su foto de Facebook cada semana. Otros, cuando conseguimos salir más o menos decentes en una, la dejamos por tres años.

Hoy vemos pocos rostros reales y muchos en las pantallas. Hoy una de las cosas que más tocamos son las pantallas táctiles de nuestros celulares.

El ver y el tocar, que para Tomás eran los sentidos de lo inmediato, de lo propio suyo, hoy ya no lo son más. Vemos y tocamos con pantallas de por medio, que no nos ensucian con sangre los dedos y, si nos hieren los ojos, bajamos el brillo. No es lo mismo tocar con el dedo las llagas del Señor, como quería Tomás, que tocar una pantalla táctil.

En nuestra época necesitamos, más que nunca, otros sentidos para creer en Jesús (y en los demás).

A la realidad no se sale mejorando la calidad de las pantallas para que sean 3D.  A la realidad se sale –paradójicamente- yendo primero para adentro, directo al corazón, a lo que uno siente –allí interactúa el Espíritu, con los afectos-, y conectándose de corazón a corazón.

A la realidad de los pobres se sale “sintiendo misericordia”, no leyendo estadísticas.

A la realidad se sale, como dice Francisco, tocando la mano al pobre al que le damos una moneda, mirándolo a los ojos, diciéndole “buenos días”, “cómo estás hoy”.

Si solo ves los noticieros, que te dan la imagen que justifica la estadística, verás lo que te hacen ver.

Cuesta ver noticias frescas. Las que te muestran tienen algo ya pre-armado, para corroborar algo que te quieren hacer sentir.

Por eso hoy quizás sea bueno decir, al revés que Tomás: Si lo veo, no lo creo.

“Si lo veo, no lo creo” en el sentido de: tengo que confrontar muchas imágenes y opiniones y no dar crédito a lo primero que veo (a lo primero que me hacen ver).

Yo suelo hacer así: cuando leo una noticia o veo algo por TV, primero trato de sentir bien lo que siento. Dejo que el mensaje me impacte. Y luego me examino a mí mismo y me preguntó: qué sentí? Por qué pensé esto? Por qué me pegó justo allí la noticia? Cuál es mi prejuicio, mi parte débil? Y suelo descubrir lo que llamo: “mis lugares comunes”.

Un lugar común afecta a los refugiados

Si uno lee los titulares de los diarios sin estar muy atento, la sensación es que los refugiados están invadiendo Europa. Este año han venido a Italia a través del Mediterráneo 43.000 personas y se han ahogado más de mil. Pero estamos hablando de países como Italia, con una estructura hotelera que en 2015, por ejemplo, registró 89.000.000 de llegadas. Por supuesto que los inmigrantes no se quedan un promedio de 3 noches, pero impacta cuando un ministro del interior dice que “no es simple gestionar la llegada de 10.000 personas por mes”. Las estadísticas hay que leerlas comparando muchas cosas, si no, si lo que ves son dos o tres datos, mejor decir: si lo veo, no lo creo.

Otro ejemplo, pero cualitativo.

Mamadhou Alfa, un chico de 20 años que está en el centro de refugiados de San Saba, me decía que subió al subte, se sentó en un puesto libre y la señora que estaba al lado se llevó la mano a la nariz. Él estaba recién bañado y bien vestido, pero ella lo vio -y lo olió! – sucio. Él decía que no era justo. Y lo repetía… Pero la señora “lo olió sucio”. Esto es muy impresionante. Por eso, si mi mentalidad está influida por estadísticas malintencionadas, aunque lo huela, no lo creo.

 

Dejamos ahora lo de los refugiados, que conmueve las entrañas y pasamos a otro campo: el de la astrofísica.

El año pasado, con la colaboración de una Cordobesa, un grupo de científicos confirmó la teoría de las ondas gravitacionales. Son ondas como las que produce una piedra al caer en un lago. La noticia decía así:

“Después de semanas de rumores, el equipo del observatorio Advanced LIGO (Advanced Laser Interferometer Gravitational-Wave Observatory) ha confirmado que, efectivamente, el 14 de septiembre de 2015 los dos interferómetros del experimento detectaron la sutil deformación del espacio-tiempo causada por el paso de ondas gravitacionales creadas por la colisión de dos agujeros a 1300 millones de años luz de la Tierra”.

La Cordobesa Gabriela González que es parte del equipo, dio una conferencia el año pasado: “Ondas gravitacionales: una nueva manera de admirar el universo”.

Lo que me impresionó es que estas ondas no se ven (como las electromagnéticas) sino que “se escuchan”. ¡Los científicos se pasaron un año confirmando con otros científicos si “el sonido” detectado eran esas ondas o si se trataba de algún hacker que había interferido el proyecto!

Esto puede servir para reflexionar acerca del trabajo que se toman los científicos antes de creer lo que experimentan. Pero mejor aún puede servir como metáfora de las cosas del Espíritu.

Vivimos en un universo que “se hace oír” lentamente, a un ritmo de millones de años luz, con un lenguaje que permite escuchar colisiones de estrellas que sucedieron miles de millones de años atrás… ¿Debería sorprendernos que el Espíritu Santo Creador, que aleteaba sobre las aguas de ese Universo, como dice el Génesis, y que descendió sobre nuestra Señora y los apóstoles con un fuerte ruido el día de Pentecostés, se siga haciendo oír en nuestros días?

¿Nos sorprende que pueda ser muy real y no solo algo poético afirmar que también hoy, gracias a ese delicado y sensible instrumento que es nuestro corazón humano, podemos “escuchar” el canto de ese Espíritu, cuyas ondas gravitacionales se expanden suavemente a través del espacio-tiempo, de generación en generación?

¡Decía un científico que, gracias a estas ondas detectadas e identificadas, podemos “escuchar” en vivo y en directo lo que pasó hace millones de años! Es decir: así como cuando uno ve una transmisión en directo, la voz se retarda un poco más que la imagen, pero uno sabe que está “en vivo”, así también con las estrellas, que vemos “en vivo” como eran hace millones de años a medida que se alejan, y así también en las cosas del Espíritu, que podemos vivir en vivo, agradeciendo incluso esa rugosidad y espesor que adquiere su voz al atravesar la historia pasando por otros corazones.

Los corazones de los santos testigos y evangelizadores son el instrumento vivo por el que se transmite esta voz del Espíritu –no por el aire ni por el mero paso del tiempo- y le dan, cada uno, su tono y su timbre especial, que enriquece el mensaje. El lieto anuncio de la Resurrección de Cristo –del que hablaba el Papa Francisco- no es un anuncio abstracto sino un anuncio en el que la voz del Señor se une a la voz de todos los suyos. Él quiere que sumemos la nuestra para anunciar al mundo que Cristo es el Señor y todos podamos decir como Tomás: Señor mío y Dios mío, sin necesidad de verlo, siguiendo los “impulsos” de su Espíritu.

Diego Fares sj

 

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Cuando se aproximaron a Jerusalén, al llegar a Betfagé, junto al monte de los Olivos envió Jesús a dos discípulos, diciéndoles: «Vayan  al pueblo que está enfrente de ustedes, y enseguida encontrarán un asna atada y un pollino con ella; desátenlos y tráiganmelos. Y si alguien les dice algo, dirán: El Señor los necesita, pero enseguida los devolverá. »

Esto sucedió para que se cumpliese el oráculo del profeta:

Digan a la hija de Sión: He aquí que tu Rey viene a ti, manso y montado en un asna y un pollino, hijo de animal de yugo.

Fueron, pues, los discípulos e hicieron como Jesús les había encargado: trajeron el asna y el pollino. Luego pusieron sobre ellos sus mantos, y él se sentó encima.

La gente, muy numerosa, extendió sus mantos por el camino; otros cortaban ramas de los árboles y las tendían por el camino. Y la gente que iba delante y detrás de él gritaba:

« ¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas! »

Y al entrar él en Jerusalén, toda la ciudad se conmovió. « ¿Quién es éste?»  decían.

Y la gente decía: « Este es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea » (Mt 21, 1-11).

 

Contemplación

“Si alguien les dice algo…”

Yo soy ese “alguien”. Pero no les dije nada a los discípulos. Más aún, yo mismo desaté mi asna y le dí una palmada al burrito que se fue con ellos de lo más contento, como si supiera que iba a ver a su Dueño. Con mi padre criamos burros y los alquilamos. También la gente nos deja los suyos para que se los cuidemos cuando vienen en peregrinación al Templo. Tengo más o menos la edad del Maestro y he seguido todas sus cosas. No hemos hablado nunca, pero él me vió una vez entre la gente y en su mirada yo supe que me conocía. Por eso me ha llenado de alegría este gesto de confianza de parte suya. El sabe que aquel día en que lo escuché hablar, tuve fe en Él. En el sentido de que interiormente hice una especie de promesa de que, si me necesitaba para lo que fuera, podía contar conmigo. Así que cuando vi que sus discípulos entraban en mi corral como si fueran de mi familia, me dije a mi mismo: “era verdad”. Era verdad todo lo que había sentido aquel día: que Él había escuchado mi ofrecimiento. Todo era cierto. Nunca pensé que me fuera a pedir mi burra y el burrito. Confieso que había pensado en cosas más heroicas. Que me llamaba a ser su discípulo, a dejar todo y a seguirlo… A veces me inquietaba pensando si sería capaz de dejarlo todo: mi familia, mis animales, mi terreno… Pero Él solo me pidió prestada mi burra y su pollino. Fue solo por esa mañana. Al mediodía ya me los habían devuelto. Y aunque los evangelios no lo dicen, Él en persona pasó a agradecerme por la tarde. Fue un gesto de su parte. Quería pagarme pero yo, por supuesto, no le acepté nada (debo decir que me chocó mucho la actitud del que tenía la bolsa, ya que apenas yo dije que no quería nada, al mismo tiempo que el Señor insisitía, él ya había cerrado la bolsa y miraba para otro lado…). Le ofrecí al Señor que se quedaran en mi casa, pero me dijo que iba camino a Betania, que está un poco más abajo, a casa de Lázaro y de sus hermanas. Comprendí inmediatamente. En toda la región no se hablaba de otra cosa que de la resurrección de Lázaro. Aunque fue muy amable y no solo saludó a mi mujer y a mis hijos sino que le dio unas palmadas al burrito, que con Él no se mostraba para nada desconfiado como con los extraños, lo ví preocupado. Había tenido un encontronazo con las autoridades del Templo y la gente comentaba que había expulsado a los vendedores, en un arranque de ira como nunca se había visto. Yo después les decía a todos que a nosotros nos había parecido el hombre más manso del mundo. Pero parece que lo del Templo fue impresionante. Dio vuelta las mesas de dinero y con el látigo él mismo movió a los animales. Nadie lo hubiera dicho viéndolo ahora acariciar a mi burrito. Yo se que lo suyo fue un gesto, como esos que la Escritura narra de los profetas. Pero la gente estaba alborotada. Unos decían que debía ser nuestro Rey. Otros desconfiaban, porque las autoridades decían que era un falso profeta. La cuestión es que yo le había dado mis animales y, montado sobre mi asna, Él había entrado triunfalmente en nuestra Ciudad Santa. Bueno, las cosas grandes todos las saben. Yo cuento lo chiquito, lo que me pasó a mí. Y debo decir que hubo algo más. A la mañana siguiente, Él pasó de nuevo. Iba otra vez al Templo y sucedió lo de la higuera. Ustedes sabrán que Betfagé, el nombre de mi pueblo, significa “Casa de las brevas o de los higos verdes”. Pues bien, una higuera quedó seca de raíz esa madrugada. Dicen que el Señor, “al amanecer, cuando volvía a la ciudad, sintió hambre; y viendo una higuera junto al camino, se acercó a ella, pero no encontró en ella más que hojas. Entonces, dicen que le dijo a la higuera: “que nunca jamás brote fruto de ti!” Y al momento se secó la higuera”. Yo quedé muy impresionado. Por la maldición y porque no era tiempo de higos. Miraba la higuera y miraba mi burra y el burrito y pensaba que menos mal que había tenido todo preparado. Creo que estos signos cobraron sentido después de la pasión del Señor. Estas muestras de poder contrastaron con la mansedumbre que mostró al recibir la flagelación y al tener que cargar con la cruz. Los que habíamos sido testigos de la expulsión de los vendedores del Templo y de la maldición de la higuera, que se secó en un instante como si le hubiera caído un rayo, comprendimos que Él iba libremente a la pasión, que nadie le quitaba la vida sino que Él mismo la entregaba. Pero, como decía, estas reflexiones más teológicas, creo que las puede hacer cualquiera. Yo me quedo con que Él ya me conocía (como le dijo a Natanael, que lo había visto cuando estaba debajo de la higuera); Él ya sabía de mi deseo hondo de estar disponible para cualquier cosa que necesitara y, cuando se dio la oportunidad, mandó  a que me pidieran mi burra y el borriquito. Me quedo también con ese gesto que tuvo de volver a agradecerme personalmente. Y lo de querer pagar el alquiler de los animales. Imaginense. He visto que en su época, el sucesor de uno de sus discípulos (de Simón Pedro, al que el Señor mandó a que me trajera la burra después de su entrada triunfal en Jerusalen), también volvió al albergue a pagar el alquiler después de que lo habían elegido Papa. Son esas cosas concretas que a la gente común nos dicen más que todas las teologías. Cuando a la semana siguiente, después de la muerte del Señor, los mismos discípulos comenzaron a anunciar que había resucitado, yo fui de los primeros en unirme a ellos y en hacerme bautizar. Y no uso la expresión vulgar de que “habría que ser muy burro para no darse cuenta de que quién era Jesús”, porque sería faltarle el respeto a mi borriquito, que tan a gusto se había sentido con el Maestro, y que tan campantemente lo había acompañado, junto a su madre, guardando en sus grandes orejas la maravillosa música de las aclamaciones del pueblo, sobre todo las hurras y viva viva de los chicos de Jerusalen, que desde aquel día venían siempre a verlo y me pedían si lo podían montar un rato, como si fueran cada uno un Niño Jesús, y le daban  terrones de azucar… Ellos lo reconocen como el burrito sobre cuya madre el Hijo de David entró proféticamente en la ciudad Santa y yo no dejo de maravillarme de que mi asna y mi burrito, que siempre han sido parte de mi trabajo cotidiano, hayan cobrado un valor tan grande, como para darle sentido a toda mi vida, ya que me ha bastado siempre mirarlos nada más un momento, para que se me agolpen en la memoria –llenándome de consuelo- todos los hechos de la pasión de Jesús y los que siguieron a su resurrección bendita y sienta que, gracias a mi burra y a su borriquito, yo fui protagonista y puedo ser testigo de tanto bien que nos ha venido a todos gracias a Jesús, que quiso comenzar la semana santa de su entrega entrando humildemente en Jerusalen montado sobre mi asna y mi burrito.

 

Diego Fares sj – Domingo de ramos A 2017

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Jesús, al pasar, vio a un hombre ciego de nacimiento.

Sus discípulos le preguntaron: «Maestro, ¿quién ha pecado, él o sus padres, para que haya nacido ciego?» «Ni él ni sus padres han pecado, respondió Jesús; nació así para que se manifiesten en él las obras de Dios. Debemos trabajar en las obras de aquel que me envió, mientras es de día; llega la noche, cuando nadie puede trabajar. Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo.»        

Después que dijo esto, escupió en la tierra, hizo barro con la saliva y lo puso sobre los ojos del ciego, diciéndole: 

«Ve a lavarte a la piscina de Siloé», que significa «Enviado.

El ciego fue, se lavó y, al regresar, ya veía. 

 

Me presento: yo soy el que se lavó y volvió viendo, el “(ex) ciego de nacimiento”.

Perdón por no poner mi nombre. Puede parecer contradictorio hablar en primera persona y firmar con un nombre genérico, el de mi enfermedad. Espero que sea para gloria de Dios y sirva de modelo, para que todo el que “no ve” las cosas de Jesús, pueda meterse en mi pellejo y personalizar el relato. Testifico que vale la pena. Estamos de acuerdo entonces: que hable yo contando las cosas desde adentro, es un recurso para que ustedes se puedan meter en la escena. A favor de esto hago notar que tiene un fundamento evangélico. Soy uno de los sanados qué más habla en el evangelio. Y les confieso que cuando comencé a hablar de Jesús y a defenderlo contra los “opinadores”, como llamo yo a los fariseos de mi época, me entusiasmé. A todos nos gusta hablar de lo que vemos. Y cuando hemos sido ciegos y lo que vemos son las cosas que hace Jesús, imagínense!

Esto de hablar en primera persona, ajustándose a lo que uno va viendo en realidad, creo que es importante. Lo de los que opinan por boca de otro o de modo interesado, es algo que se ha dado en todas las épocas. Pero en la de ustedes, se ha convertido en un problema. Por la amplitud del fenómeno. Hay mucha gente no ve, o que ve lo que le conviene, y opina constantemente. De esos hay que defenderse. También hay gente como yo, ciegos a los que nos abrieron los ojos y comenzamos a hablar. Tenemos menos prensa. Pero no damos opiniones. Damos testimonio del que nos regaló la fe.

Perdón si parezco un poquito soberbio, no se me vayan a enojar ustedes también como se me enojaron los fariseos que creyeron que les quería dar cátedra… Comprenderán que cuando uno pasa de “oír” la realidad a “verla”, la ve con mucha fuerza y es más difícil que se la vendan prefabricada.

Si uno ha sido ciego, el oído fino para distinguir los tonos de voz sinceros de los falsos, se conserva y, encima, se le agrega el poder mirar a la gente a los ojos… Por eso es difícil engañar a un ciego que ha recuperado la vista.

Vuelvo a lo que dije de entrada, a lo que me motiva a hablar: veo que entre ustedes también hay un montón de opiniones acerca de Jesús, de sus palabras y de sus seguidores… En torno a lo que dice y hace el Papa Francisco, esta gente –como los virus en internet- se concentra con una malignidad pertinaz. En mi caso, descubrí cómo este tipo de personas, para los que un pobre ciego que comienza a ver por sí mismo se les convierte en una amenaza, trataban de desautorizar a Jesús por todos los medios. Le tendían trampas con planteos legalistas, tergiversaban sus dichos, se le burlaban, buscaban ensuciarlo… Comenzaron por cerrarle los oídos. Esto les endureció el corazón y les hizo perder fidelidad. Se volvieron ciegos y confundieron a Jesús con el diablo. Su modo de hablar, capcioso al principio, terminó en gritos de blasfemia.

En la época de ustedes veo que los temas que se discuten son otros, pero la actitud es la misma. Están los que quieren creer, los que van creyendo y defienden su fe en el que les hace bien. Y están los que no creen en nada, opinan de todo y terminan blasfemando. Es un detalle al que hay que estar atento: hay gente que dice defender la noble causa de la ley divina, pero su lenguaje está plagado de blasfemias. Son juguetes del demonio, que no por nada es llamado el acusador, caricatura del Espíritu Santo, que dice la verdad, pero siempre como Defensor misericordioso y bueno.

La cuestión es que, en mi humilde opinión, no hay que perderse la gracia de ver a Jesús con los ojos de nuestra propia fe por dar crédito a “lo que se dice” buscando ponerlo en duda. Yo quisiera que todos tuvieran la gracia de oírlo y de verlo por sí mismos, como la tuve yo. Dejen, pues, que los guíe de la mano un humilde ex ciego de nacimiento y vean si les resulta.

 

Para mí todo empezó cuando me di cuenta de que Él me estaba mirando. Juan dice: Jesús, al pasar, vio a un hombre ciego de nacimiento. Bueno, ese era yo. Y yo, que viví esto desde adentro, les confieso que me di cuenta de que Él me estaba mirando.

Cómo te diste cuenta, me dirán.

Me di cuenta porque los ciegos nos damos cuenta siempre cuando alguien se nos queda mirando un rato. La persona respira distinto. Se hace un silencio alrededor… Algo pasa y uno se da cuenta. Pero yo me quedé expectante y silencioso porque esta mirada era distinta a todas. No lo conocía, pero digo Él porque esa fue la experiencia: la de Alguien que me resultaba tan familiar que era como si me hubiera estado mirando toda la vida.

También percibí enseguida que estaba con otros y que hablaban de mí.

Y agucé el oído para escuchar, por que trataban de que no los oyera.

Discutían mi caso.

Y, como suele suceder con los casos como el mío, todos opinaban.

En mi época la gente pensaba que una ceguera como la mía era fruto de algún pecado. Sé que ustedes son más modernos y ya saben que si uno nace ciego es por una cuestión genética o por alguna enfermedad y no hay que preguntarse mucho más… Pero la cuestión es que uno se lo pregunta igual ¿Qué hice yo para merecer esto? ¿Quién tiene la culpa? Y para los que sufren la cosa, como me pasó a mí, todas las explicaciones son igual de inútiles.

Pero en eso, lo escuché a Él. Al que me había estado mirando.

Dijo que no era culpa de nadie…

Eso se me quedó grabado.

Y también dijo que Él era la luz del mundo.

Las otras cosas no me las acuerdo, pero pueden verlas en el evangelio de Juan.

Yo seguía callado y quieto.

La verdad es que escuchar que no era culpa de mis padres, fue un gran alivio. Yo sentía mucha pena por mi papá y por mi madre. Culpa de mi desgracia, la gente los discriminaba a ellos (esa es la palabra que me dijeron que usan ustedes y la verdad es que es una palabra muy clara). Yo sabía que no era culpa de ellos, pero no me atrevía a formularlo. Es difícil ir contra las opiniones de la gente con la que vivimos.

Ya me han contado que ustedes tienen muy elaborado esto de las culpas. Que hay gente que se dedica exclusivamente a este tema…

La cuestión es que escuchar que alguien dijera que no era culpa de nadie, ni de mis padres ni mía, me pareció tan liberador, tan encantador, tan refrescante que creo que ahí ya comencé a ver. A ver de otra manera, digo. No desde la culpa sino desde eso que dijo Él después: “Esto es para que se manifiesten en él las obras de Dios”.

Qué manera linda de ver las cosas: esto que pasó es “para que se manifiesten en mí las obras de Dios”. Les digo que por eso me quedé callado y lo dejé hacer. Dejé que escupiera y me untara con barro y obedecí cuando me mandó a ir a lavarme a Siloé: lo hice todo como automáticamente. Yo ya iba curado. Como si supiera que iba a poder ver. Porque lo que más nubla los ojos es la culpa (me imagino que esto ustedes ya lo saben, con todos los especialistas en el tema que tienen). Las culpas no dejan ver. Tanto las propias como las de los demás. Las culpas que uno no quiere ver y las culpas que uno ve demasiado claro: en uno mismo y en los demás. En cambio, cuando uno mira al Señor y le pregunta “Cómo puede servir esto para gloria tuya”, todo se aclara.

Lo que sí recuerdo ahora es cómo se me acercó: de pronto Él me tocó un brazo. Actuaba como los médicos que saben infundirte confianza cuando te tocan. Y enseguida me untó los ojos con barro. Yo no decía nada. Escuchaba su respiración, sentía sus manos apretando bien mis párpados… Confieso que fue como si me los moldeara. Después he andado leyendo la Escritura y cada vez que puedo, me detengo en el libro del Génesis, cuando dice que Dios formó al hombre de barro. Yo no sé cómo se habrá sentido Adán, si es que sintió algo, porque cuando lo modelaron todavía no tenía espíritu, pero a mí me quedó la experiencia de cómo Dios me modelaba de nuevo los ojos. Me los modelaba desde adentro.

En eso creo que yo salí distinto a todos (digo esto, por las discusiones que vinieron después. Era como si solo yo viera claras las cosas y todos los demás las vieran distintas, confusas…).

Claro, es que yo pasé de un extremo al otro: de no ver nada a ver con los ojos nuevos que me abrió Jesús… Y ya se sabe que el que mira con ojos nuevos, lo ve todo nuevo: una nueva creación!

“Ve a lavarte a la piscina del enviado” le escuché decir. Eso fue lo único que dijo. Y yo no discutí. Aunque me hubiera gustado quedarme allí para siempre y que me siguiera modelando “mis ojos sin culpa” –como yo digo-, le obedecí y me fui.

Conocía el camino. El evangelio no cuenta nada de cómo llegué a la piscina y cómo me lavé los ojos… sólo dice que volví viendo. Y fue así. Lo que yo sentí se los puedo contar en otro momento, pero no es lo importante. El asunto es que me volví, porque quería ver a Jesús, pero… como suele suceder, me agarró la gente. Los opinadores… Creo que ustedes tienen la experiencia cuando los periodistas le meten los micrófonos a una persona y no lo dejan hablar, sino que opinan ellos. Bueno, igual.

Les pongo ahora el texto que sigue, para no perder objetividad. Porque, la verdad es que, misteriosamente, lo que empecé a ver coincide con el punto de vista del evangelista. Esto es muy lindo, cuando uno ve que el evangelio expresa las cosas, sencilla y perfectamente, desde el mismo punto de vista con que uno mira desde su interior.

 

Los vecinos y los que antes me habían visto mendigar, se preguntaban:

 «¿No es este el que se sentaba a pedir limosna?» 

Unos opinaban

«Es el mismo.» «No, respondían otros, es uno que se le parece.» 

Yo decía: 

«Soy realmente yo.» 

Ellos me dijeron: 

« Y cómo se te han abierto los ojos?» 

Yo respondí: 

«Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, lo puso sobre mis ojos y me dijo: “Ve a lavarte a Siloé”. Yo fui, me lavé y vi.» 

Ellos me preguntaron: 

«¿Dónde está?»

Yo respondí: 

«No sé.»

Yo que había sido ciego fui llevado ante los fariseos. Era sábado cuando Jesús hizo barro y me abrió los ojos. Los fariseos, a su vez, me preguntaron cómo había llegado a ver.     Yo les respondí: 

«Me puso barro sobre los ojos, me lavé y veo.» 

Algunos fariseos decían: 

«Ese hombre no viene de Dios, porque no observa el sábado.» 

Otros replicaban: 

«¿Cómo un pecador puede hacer semejantes signos?» 

Y se produjo una división entre ellos. Entonces me dijeron nuevamente: 

«Y tú, ¿qué dices del que te abrió los ojos?» 

Yo respondí: 

«Es un profeta.» 

Sin embargo, los judíos no querían creer que yo había sido ciego y que había llegado a ver, hasta que llamaron a mis padres y les preguntaron: 

«¿Es este el hijo de ustedes, el que dicen que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?» 

Mis padres respondieron: 

«Sabemos que es nuestro hijo y que nació ciego, pero cómo es que ahora ve y quién le abrió los ojos, no lo sabemos. Pregúntenle a él: tiene edad para responder por su cuenta.» 

Mis padres dijeron esto por temor a los judíos, que ya se habían puesto de acuerdo para excluir de la sinagoga al que reconociera a Jesús como Mesías. Por esta razón dijeron: «Tiene bastante edad, pregúntenle a él.» 

Los judíos me llamaron por segunda vez a mí que había sido ciego y me dijeron: 

«Glorifica a Dios. Nosotros sabemos que ese hombre es un pecador.»

«Yo no sé si es un pecador, respondí; lo que sé es que antes yo era ciego y ahora veo.» 

Ellos me preguntaron: 

«¿Qué te ha hecho? ¿Cómo te abrió los ojos?»

Yo les respondí: 

«Ya se lo dije y ustedes no me han escuchado. ¿Por qué quieren oírlo de nuevo? ¿También ustedes quieren hacerse discípulos suyos?»

Ellos me injuriaron y me dijeron: 

«¡Tú serás discípulo de ese hombre; nosotros somos discípulos de Moisés! Sabemos que Dios habló a Moisés, pero no sabemos de donde es este.» 

Yo les respondí: 

«Esto es lo asombroso: que ustedes no sepan de dónde es, a pesar de que me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, pero sí al que lo honra y cumple su voluntad. Nunca se oyó decir que alguien haya abierto los ojos a un ciego de nacimiento. Si este hombre no viniera de Dios, no podría hacer nada.»

Ellos me respondieron: 

«Tú naciste lleno de pecado, y ¿quieres darnos lecciones?» Y me echaron. 

 

Como ven, al contarles de nuevo el evangelio en primera persona, no hay que agregarle nada. Esto es obra del Espíritu Santo y en esto, los evangelistas se distinguen de los “opinadores”. No sé qué les llame la atención a ustedes de mis diálogos con los opinadores. Cada uno puede quedarse en la parte del evangelio que más le llegue al corazón, en la escena o en el diálogo que más le guste. Yo, al rememorar una vez más ante ustedes lo que me pasó, me gustaría compartirles algo que no está escrito, pero que surge del texto: la atmósfera que había.

Todo el mundo hablaba y discutía y el ambiente se iba calentando. Yo, sin embargo, estaba tranquilo. No sé si lo notaron, pero yo no necesitaba gritar ni hablar mucho. Ellos en cambio me insultaban, iban de aquí para allá, discutían entre ellos… Habrán notado, eso sí, mi tonito irónico… Creo que eso terminó de sacarlos. Pero no me iban a hacer enojar a mí, que ahora veía!

Eso quería comentarles, nada más. Cuando uno ve las cosas con los “anteojos de Dios” como dice un monje de ustedes, adquiere cierto buen humor y no discute enojado. Yo aprendí eso, escuchándome hablar a mí mismo (después leí que Jesús decía que es el Espíritu el que nos hace hablar en esas situaciones), aprendí a mantener el buen humor y a desconfiar cuando por defender a Dios me comienzan a brotar frases agrias, quejumbrosas, enojos, iras y blasfemias…

Bueno, pero ya hablé demasiado. Les cuento el final del evangelio que fue muy lindo, porque Jesús me vino a buscar por segunda vez y nuestro diálogo fue emocionante… Espero que mi testimonio les ayude a desear esos ojos nuevos, ojos puros, ojos sin culpa, que miran con buen humor…. Esos ojos que Jesús regala y que son, sobre todo, para verlo a Él.

 

Jesús se enteró de que me habían echado y, al encontrarme, me preguntó:

 «¿Crees en el Hijo del hombre?»

Yo respondí: 

«¿Quién es, Señor, para que crea en él?» 

Jesús me dijo:

 «Tú lo has visto: es el que te está hablando.»

Entonces exclamé:

 «Creo, Señor», y me postré ante él  (Juan 9, 1-41).

Diego Fares, 4 A Cuaresma 2017.

 

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Jesús tomó (en su compañía a sus amados discípulos),

a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan,

y los llevó aparte a un monte elevado.

Allí se transfiguró en presencia de ellos:

su rostro resplandecía como el sol

y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz.

De pronto se les aparecieron Moisés y Elías, hablando con Jesús.

Pedro dijo a Jesús: «Señor, ¡qué bien estamos aquí! Si quieres, levantaré aquí mismo tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.»

Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra

y se oyó una voz que decía desde la nube:

«Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección: escúchenlo

Al oír esto, los discípulos cayeron con el rostro en tierra, llenos de temor.

Jesús se acercó a ellos y, tocándolos, les dijo: «Levántense, no tengan miedo.»

Cuando alzaron los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús solo.

Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó: «No hablen a nadie de esta visión,

hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos» (Mt 17, 1-9).

Contemplación

¡Escúchenlo!

Esta es la Palabra del Padre para todos los hombres: Escuchen a mi Hijo, escuchen a Jesús.

Toda la escena de la transfiguración apunta a inculcar para siempre este mensaje: tomar aparte a sus amigos, llevarlos consigo al monte Tabor, la transfiguración del Señor que se muestra en toda su gloria, la aparición de Elías y Moisés charlando con Jesús, la Nube luminosa que los cubre con su sombra (el Espíritu Santo) …, todo ayuda a que se grabe en los discípulos la Voz del Padre que dice: «Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección: escúchenlo

En esto nos va la vida: en escuchar a Jesús.

¿Es fácil escuchar a Jesús? Siempre me impresionó la respuesta que dio un jesuita a uno que preguntaba si habían estado lindos los Ejercicios que había hecho. “Los ejercicios no son ni lindos ni difíciles –le dijo-: los ejercicios hacen mucho bien”.

Creo que se puede aplicar a Jesús: escuchar a Jesús nos hace bien, mucho bien. A veces será fácil, a veces difícil. A veces será agradable escucharlo, a veces será como tomar un purgante o cauterizar una herida… Pero “escuchar a Jesús” siempre nos hace bien.

San Ignacio, en el centro de los Ejercicios que es la meditación del Llamado del Rey, hace pedir esta gracia: “no ser sordo a su llamamiento, sino presto y diligente para cumplir su santísima voluntad” (EE 91). No ser sordo… No hacerme el sordo, como bien decimos.

Como en muchas cosas del evangelio, hay que estar atentos a un detalle: aquí se trata de una reduplicación. Se trata de “escuchar al Padre” que nos dice que “escuchemos a Jesús”…

Siempre me acuerdo de un hecho de mi formación que, recordado después de tanto tiempo, tiene un sabor simpático, pero que en el momento me zarandeó la fe en mis formadores. Eran nada menos que mi provincial de entonces y mi rector (Bergoglio). El provincial me había misionado a hacer el magisterio en Ecuador y fui a Bergoglio para pedirle plata para sacar el pasaje. Estaba ocupado y me dijo que le pidiera al Provincial, que estaba en la oficina de al lado con el secretario. Fui y estaban ocupados también. El provincial apenas levantó la vista y me dijo que eso se lo pidiera al rector. Volví a Bergoglio y le dije que el provincial me mandaba que eso se lo pidiera a él y me respondió que volviera a pedirle al provincial. Yo me disgusté y le dije: Pónganse de acuerdo entre ustedes, porque si no, yo no sé a quién obedecer. El me miró y como uno a quien le parece evidente que allí no había ningún problema, me aclaró: “Vos no te preocupés, vos obedecé a los dos”.

La verdad es que no “entendí” la formulación y salí medio queriéndome enojar, pero a los dos pasos se me quitó el enojo. Así que fui de nuevo al provincial, y le pedí lo mismo, con buen humor. Y él se rio y me hizo dar la plata para el pasaje.

Después de haber visto tantos problemas con respecto a la obediencia a lo largo de mi vida, creo que fue la lección práctica que más me ha servido para no enroscarme en esas tentaciones que tanto dañan y complican la vida de la iglesia. Si tenés que obedecer a este superior o a aquel, a la ley escrita en papel o a tu conciencia, al concilio Vaticano o al de Trento. “Vos obedecé a los dos”, ha sido siempre la fórmula que me ha puesto en el presente concreto y me ha llevado a dejar las cosas en manos del Espíritu. Nunca me olvidaré ese momento en que salí de la pieza de Bergoglio y caminé por el patio del Máximo aquellos diez o doce pasos que me llevaban a la Secretaría, cómo me hizo sonreír el pensamiento de que me podía pasar la mañana entera yendo y viniendo sin la plata, obedeciendo a los dos, de a uno por vez.

Esta anécdota es para introducirnos en esta especie de juego entre el Padre, que nos dice que escuchemos a su Hijo, y Jesús, que nos dice que hagamos la voluntad del Padre… Mientras vamos de uno al otro, el Espíritu nos acomoda las cargas de la vida y nos hace discernir.

Escúchenlo. Escuchar a Alguien como Jesús no es “escuchar nomás”.

En el escuchar, la intención lo es todo. Uno puede oír como quien oye llover o escuchar guardando en el corazón cada palabra –con sus tonos y sus énfasis-, como escuchaba María, según Lucas.

Uno puede oír apurado, ya sabiendo lo que viene y preparando la respuesta, o escuchar bien atento, como salido de sí y volcado en lo que dice Jesús, para tratar de que le pesen las palabras como le pesan a Él. Apurado lo escuchó Pilato, que ya tenía decidido hasta dónde se podía extender en la justicia y hasta donde no. Bien atento lo escuchó Zaqueo, que sin que Jesús le dijera nada, él solito se dijo lo que tenía que hacer, cuánto iba a devolver, cuánto iba a regalar.

Uno puede escuchar las cosas con el “oído teórico”, como aquel escriba que le dio la razón a Jesús (¡!) cuando el Señor citó los mandamientos como están “escritos”. Y también se ve que escuchó lo del prójimo, porque juzgó bien al decir que el que “se había hecho prójimo había sido el samaritano”. Pero a Jesús hay que escucharlo también con el “oído práctico”, que no se queda teorizando, sino que pasa directo a la acción, como lo escucharon los discípulos cuando “dejaron las redes y lo siguieron”.

Uno puede escuchar como escucha el mal espíritu –el acusador- o como escucha el Paráclito, nuestro abogado defensor. El Abogado defensor nos escucha atentamente, buscando la verdad, pero para salvarnos. El acusador en cambio, no se fija en si usa verdad o mentira, pero lo que quiere es hundir y condenar.

Ayer fui a renovar el permiso de estadía en Italia, que te renuevan por dos años. El lugar es un campo militar, bien en las afueras de Roma y para llegar hay que cambiar subte y luego tomar un colectivo. La cuestión es que no venía el micro y me tuve que tomar un taxi para llegar. El tipo se hizo el tonto y arrancó con el reloj en 6 euros en vez de en 3. Como me di cuenta a los dos minutos le pregunté “elegantemente” si variaba la tarifa “di partenza” (yo le dije “di partita” y habrá pensado que hablaba de la partida de fútbol). Se hizo el tonto y me respondió en abstracto: diciendo que dependía de si era horario nocturno o diurno y si era feriado. Yo le dije que me refería a la de ahora, porque había arrancado en 6 euros y no en 3 y me dijo que no importaba porque el viaje hasta el “ufficio immigrazione” eran 15 euros siempre. Me mostraba el reloj como diciendo “ahí está” pero no tiene nada que ver. En esto de hacerse los que no entienden los tanos son especialistas. La cuestión es que no me quería bajar porque tenía el turno fijo (que te lo dan 2 meses antes y si lo perdés es complicado) así que me dispuse a hacer lo del evangelio y pagarle de más. El reloj marcó 16,10. Le di 50 y le dije que me cobrara 20. Ahí no entendió de veras, porque me pidió monedas. Le insistí que cobrara 20, pero me dijo que no tenía cambio y entonces le di 15. Aceptó. Le dije: te quería dar 20 pero como parece que no nos entendemos bien, te doy los 15 que decís que cuesta. Ahí se le abrieron los ojos y me dijo un poco avergonzado: Está bien padre, está bien así. Le di una bendición y quedamos todos contentos.

Al salir del trámite, luego de dos horas compartidas con cientos de inmigrantes africanos, norteamericanos, chinos, suecos y de otros lados que no reconocí, como había tenido que llegar en taxi, no sabía cómo volver. Así que le pregunté a dos militares que estaban mirando un videíto en el celular, si sabían cómo podía llegar a la estación de Termini. Me miraron como si les hubiera preguntado cómo se hacía para llegar a González Catán o algo así y sacando por un instante la mirada del jueguito uno me dijo que la verdad es que ellos no sabían estas cosas. Pero que fuera hasta la esquina que por ahí pasaba un bus y que seguramente a alguna parte me iba a llevar. Con un poco de ironía le dije que estaba muy bueno eso de que “seguramente a alguna parte me iba a llevar”. “É buona questa!” – agregué y me parece, por la cara que pusieron, que dudaron un poco si yo era infradotado o si los estaba mandando “va fan c…”, como dicen aquí. Pero se olvidaron de mí y volvieron al jueguito. En ese mismo momento escuché una voz de atrás que me decía que el colectivo de la esquina a donde iban ellas me llevaría hasta el subte… Mientras me seguía explicando, me di vuelta y vi que era una señora, que resultó ser brasilera de Bahía, que escuchó mi conversación al pasar y con dos palabras me orientó al micro. Iba con una amiga cubana y charlamos todo el viaje, primero en el micro y después en los dos subtes. La señora brasilera, mamá de dos hijos ya grandes y que trabajaba en Italia desde hacía 12 años…, me dijo que era raro estar charlando, porque ella no solía hablar con nadie en la calle, pero que conmigo había sentido confianza. Y yo le dije que ella me había escuchado primero y me había hablado…

Digamos que hay gente que escucha, que quiere escuchar y con la que te hacés amigo… Y gente que no escucha, o se hace la que no entiende… Se evitan algunos problemas, es verdad, pero se pierden oportunidades, de ganar 5 euros o de hacer amigos. Cuento todo esto porque el Padre dice que escuchemos a Jesús y Jesús dice que él habla a través de los pequeñitos.

Diego Fares sj

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Nadie puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro, o bien, se interesará por el primero y menospreciará al segundo. No se puede servir a Dios y al Dinero.

Por eso les digo: no se angustien por su vida pensando qué van a comer, ni por su cuerpo, pensando con qué se van a vestir. ¿No vale acaso más la vida que la comida y el cuerpo más que el vestido? Miren los pájaros del cielo: ellos no siembran ni cosechan, ni acumulan en graneros, y sin embargo, el Padre que está en el cielo los alimenta. ¿No valen ustedes acaso más que ellos? ¿Quién de ustedes, por mucho que se angustie, puede añadir un solo instante al tiempo de su vida? ¿Y por qué se ponen ansiosos por el vestido? Miren los lirios del campo, cómo van creciendo sin fatigarse ni tejer. Yo les aseguro que ni Salomón, en el esplendor de su gloria, se vistió como uno de ellos. Si Dios viste así la hierba de los campos, que hoy existe y mañana será echada al fuego, ¡cuánto más hará por ustedes, hombres de poca fe! No anden preocupados entonces, diciendo: ‘¿Qué comeremos, qué beberemos, o con qué nos vestiremos?’. Son los paganos los que andan así detrás de estas cosas. El Padre que está en el cielo sabe bien que ustedes las necesitan.  Busquen primero el Reino y su justicia, y todo lo demás se les dará por añadidura. No se angustien por el día de mañana; el día de mañana tendrá su propia angustia. Cada día ya tiene bastante con su propia cuota de cosas malas (Mt 6, 24-34).

 

Contemplación

Siempre me impresiona una frase que mis amigos musulmanes del Centro San Saba tienen a flor de labios cada vez que cuentan algo triste o duro que les pasó. La primera vez que presté atención fue cuando le pregunté a uno por su familia y me dijo que hacía tres años que no los veía. Su rostro se ensombreció de tristeza y ahí nomás dijo algo de lo que solo entendí “Alá”. Después de escucharla en otras ocasiones, pregunté bien cómo se decía y qué significaba. Al-ḥamdu li-l-lāh, dicen. Y significa “Dios sea alabado”. Lo agregan y es como que cierra el pensamiento triste. Porque “hamdu” es un “sentimiento de gratitud, no una mera palabra. Ese sentimiento de gratitud de creatura concluye el discurso. Yo veo que pasan a otro tema y no se quedan masticando su impotencia o su tristeza.

Ayer me conmovió un papá a quien se le había muerto su bebé y repitió esa frase con mucha convicción y sentimiento. Estábamos en el corredor del Hospital Bambino Gesù. Yo había bajado para ir a tomar un café mientras esperaba una horita para poder ver y darle una bendición a Riccardo, un chico de catorce años que está en reanimación, hijo de una amiga de la señora que plancha en casa y al pasar escuché que este joven decía “casa mortuoria”. Como lo miré me preguntó si conocía una. Le dije que no era del hospital y le pregunté quién había fallecido. Mi hijo. De pocos meses –me dijo. Me acerqué para que me contara y me explicó que había nacido con muchos problemas y que anoche había muerto. Al-ḥamdu li-l-lāh, dijo, y al ver mi cara de compasión agregó: él se nos ha adelantado al lugar donde yo también iré después y lo encontraré.

La fe siempre es algo que me conmueve. La fe sincera y expresada con sencillez, sobre todo en los momentos de dolor grande, interpela y causa admiración. Grande es tu fe, pensé. Con ella abrazás tu dolor y lo ceñis para que no se desborde. Te dejás contener por tu Dios y él te reconforta.

La gente humilde de nuestro pueblo tiene la misma fe. “Dios sabe lo que hace”, es la frase que cierra las situaciones inexplicables. También los musulmanes tienen esta frase de “Dios sabe”.  Es lo que Jesús dice en el evangelio: “El Padre que está en el cielo sabe bien lo que necesitan”. Pero Al-ḥamdu li-l-lāh va más allá. Es “Bendito sea Dios”. Es el Alleluya nuestro, “Alabado sea Yavé”. Lo usamos para expresar alegría, cuando alguien se cura o nos salvamos de algo malo “Gracias a Dios”. Pero hemos dejado de usar esta alabanza en las situaciones tristes o malas. Job decía: “Dios me lo dio, Dios me lo quitó. Bendito sea el nombre del Señor”.

El “Bendito sea Dios” a mí me lo enseñaron a decir cuando alguien muere o cuando sucede alguna tragedia y me sale espontáneo, cuando no tengo ninguna palabra mía. Antes de quedarme en silencio digo: Bendito sea Dios. Son estas palabras últimas y conclusivas que, como sentí que hacía este papá, abrazan la angustia y el dolor y lo contienen en el misterio. Evitan que se banalice, con las frases hechas que no dicen nada y con las cavilaciones que no llevan a ninguna parte. Nuestro Padre del Cielo sabe todo: Bendito sea.

Jesús hace extensiva esta fe a todos los momentos de la vida. Nos enseña cómo no tenemos que pensar y cómo sí. “No se angustien por su vida pensando qué van a comer, ni por su cuerpo, pensando con qué se van a vestir”. El Señor ataja los pensamientos de angustia más comunes. Esos que surgen cuando uno ve que no tiene plata, que la plata no alcanza. Son pensamientos muy lógicos, muy obvios. Cómo querés que no ande así si no tengo plata, nos dice uno. Y uno piensa: y qué le voy a decir. O le presto plata o no le digo nada. Pero Jesús es más valiente. Se anima a hacernos razonar y dice: “¿No vale más la vida que la comida y el cuerpo más que el vestido?” Al escuchar esta frase, el dios dinero patalea dentro del corazón del que anda sin plata, del que vive murmurando la oración lamentosa del que ha perdido contacto con la fuente de su calma –tener dinero-. “Probá a vivir sin comida y sin vestido”, nos dice. Pero Jesús –con gran ingenuidad, digámoslo claramente- continúa: “Miren los pájaros del cielo: ellos no siembran ni cosechan, ni acumulan en graneros, y sin embargo, el Padre que está en el cielo los alimenta. ¿No valen ustedes acaso más que ellos? ¿Quién de ustedes, por mucho que se angustie, puede añadir un solo instante al tiempo de su vida?”.

El razonamiento parece ingenuo al comienzo. Porque eso de mirar los pájaros del cielo suena a gente que vive en el campo, no en la ciudad. Pero Jesús lo remata con tres golpes que dejan nocaut al dios dinero.

El primero es la referencia al Padre Creador, que alimenta a los pajaritos y sostiene en la vida a toda la creación. Ahí nos hace mirar para arriba y entonces nos encaja bien dos golpes, uno de derecha y otro de izquierda.

El de derecha nos hace tomar conciencia de cómo es el Padre. Si es uno que cuida de los pajaritos –que no siembran ni cosechan ni acumulan dinero en el banco- cómo no nos va a cuidar a nosotros. Aquí hay que tener cuidado de no banalizar la parábola. Porque las conclusiones rápidas –y totalmente erradas, sugeridas por el dios dinero que siempre nos está haciendo su discursito interesado- llevan a muchos a decir que lo que Jesús sugiere es que vivamos como los pajaritos.

Es una posibilidad. San Francisco la siguió al pie de la letra y triste no vivió.

Pero el punto de Jesús es que la confianza la debemos poner en que Dios nos da de comer y nos viste, sea que sembremos y guardemos en la heladera y tengamos ropa en el ropero o no.

La confianza es para ponerla en nuestro Padre. Y decir “Alabado sea Dios” cuando trabajamos y cosechamos y cuando lo perdemos todo. Bendito sea Dios, siempre. Porque nuestra vida es suya. Obra de sus manos. Él nos la dio. No la compramos con dinero y no debemos rebajarnos a pensar que la conservaremos gracias al dinero.

Y si alguno considera que este golpe de lógica Providencial es muy idealista, el segundo es bien realista. Jesús dice: “¿Quién de ustedes, por mucho que se angustie, puede añadir un solo instante al tiempo de su vida?”. Nos saca de la burbuja artificial que crea el dinero y nos sitúa en la desnudez del tiempo natural, del cual solo Dios es el Dueño y Señor.

Así, los pensamientos de “angustia” se contienen con la fe en nuestro Padre Creador y con la humildad de reconocernos creaturas. No con los seguros de vida que nos ofrece el dios dinero. Insisto en personalizar al dios dinero porque siendo claro que es un dios “impersonal”, habla y se comporta como si fuera una persona. Nadie va a decir que “adora al dinero” o que “habla con él”. Pero en la manera de hablar y de sentir más íntima uno puede discernir que muchas veces le está “rezando” a algo y ese “algo” es el dinero. Se ve en la satisfacción que sentimos cuando lo obtenemos y en los deseos de tenerlo que alimentamos y en los lamentos que gemimos al ver que conseguimos poco.

Si vamos más a fondo, el dinero no es un Dios sino el “escamoteo del Dios verdadero”. Es una imagen sustitutiva de Dios. En sí mismo no es nada, pero puede comprar todo. Y aumentar infinitamente, con esos números que terminan siendo inimaginables de tantos ceros que tienen. Por eso es tan fascinante. No es malo en sí mismo, porque no es nada (basta que haya una devaluación para se reduzca a papel o que no haya productos para comprar para que no sirva para nada).

Y por qué es malo entonces?

El dios dinero es malo porque nos roba al Dios concreto y verdadero. Nos hace sacar la confianza en el que es nuestro Padre.

La prueba del robo cada uno la puede constatar en sus labios y en su corazón. Si no encuentra la frase: “Bendito sea Dios” cuando le falta alguna cosa concreta, es que ha sufrido el robo y no se había enterado.

El dios dinero le dirá: “Te falta plata. Te falta plata”.

Pero si uno se anima a responderle: Bendito sea Dios, se dará cuenta del engaño y el corazón encontrará paz. En toda ocasión podrá decir: Mi Padre sabe lo que necesito. Alabado sea.

Por ahí ayuda decirlo en árabe: Al-ḥamdu li-l-lāhAl-ḥamdu li-l-lāh. O en hebreo: Alleluya.

Dios sea Alabado. Así rezaba siempre Jesús: Alabado seas, Padre, porque le has enseñado estas cosas a tus pequeñitos.

Diego Fares sj

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No piensen que vine para disolver la Ley o los Profetas: yo no he venido a disolver sino a plenificar. Les aseguro que no desaparecerá ni una i ni una coma de la Ley, antes que desaparezcan el cielo y la tierra, hasta que todo se realice. El que no cumpla el más pequeño de estos mandamientos, y enseñe a los otros a hacer lo mismo, será considerado el menor en el Reino de los Cielos. En cambio, el que los cumpla y enseñe (estos pequeños mandamientos), será considerado grande en el Reino de los Cielos. Yo les aseguro que, si la justicia de ustedes no supera la justicia de los escribas y fariseos, no entrarán en el Reino de los Cielos (Mt 5, 17-37).

Contemplación

Un pueblo que ama sus costumbres y cumple la ley interiormente, no por miedo a la policía, es un pueblo sabio y maduro.

Solo el Espíritu Santo es capaz de dar esta gracia: la ley interior de la caridad, que la gente cumpla de corazón las leyes, con gusto de buen ciudadano, por amor al bien.

Sin el Espíritu Santo de Jesús, las costumbres más buenas se vuelven secas y duras o se corrompen y se pudren. Si no se enseñan y se practican con amor las costumbres, los jóvenes se preguntan ¿por qué tengo que hacer esto si no me gusta?

Por eso se compara a las leyes con las frutas. Para enseñarlas a los niños hay que hacer como las madres que nos hacen gustar la dulzura interior de las leyes de la casa.

Dice el proverbio: “Deja que el carácter sea formado por la poesía, fijado por las leyes del buen comportamiento, y perfeccionado por la música”. O como decía un amigo: Dulce, salado, dulce. Así tiene que ser el proceso de una enseñanza. Dulce, salado, dulce.

El Espíritu es el que origina primero y luego perfecciona la ley.

Un buen árbol frutal da fruto en todas sus ramas. Puede ser que algún grano de uva no madure bien o se vuelva agrio, pero el racimo si es bueno, tiene buen gusto en cada grano pequeño. En esos últimos y pequeños frutos se ve la bondad de la planta.

Por eso el Señor habla de los “pequeños mandamientos”. No sólo “no matar”, sino tratar con dulzura y respeto al prójimo: no enojarse ni gritar a nadie, no llamar estúpido ni loco a ninguno. El modo de hablar es importante: es el fruto del corazón, porque de la abundancia del corazón habla la boca. Y si uno está lleno del Amor del Espíritu Santo sus palabras son buenas y dichas en buen tono.

Lo mismo con el adulterio. No basta con un “no adulterar” vivido como cáscara. El Señor nos invita a no dar mucho tiempo a pensamientos que –en un momento nos damos cuenta- están haciendo de otra persona un objeto en función de nuestro placer. El Señor nos invita a cultivar en cambio pensamientos que se dirijan a desear el bien a la otra persona.

Si un cristiano quiere dar estos frutos sin estar muy unido a Jesús (por la oración y la comunión que son el espacio donde actúa su Espíritu) será como una rama cortada: no sirve para nada, se secará pronto y su fruto se marchitará. El cristianismo no consiste en pensar lo que Jesús dice. En primer lugar, es buscar modos de encontrarnos con Él y de permanecer en el ámbito de su amistad. Y estos modos no son “costumbres” o “ritos” sino que son la relación con una Persona –el Espíritu-. El cristianismo es buscar al Espíritu Santo: dejarnos encontrar por Él, que viene, que sopla, que actúa… y canta!

El canto del Espíritu es una suave melodía que uno puede inventar y tararear cuando tiene pocas ganas de rezar.

Es el Espíritu Santo el que vuelve disfrutable la cercanía con Jesús. Y unidos a Jesús, el Espíritu en persona circula por nuestra vida –se mueve, suscita mociones, despierta ideas, hace gustar…-. Así va haciendo madurar nuestras costumbres, nuestros sentimientos y nuestro modo de pensar, de modo que todo se convierte en alimento dulce para los que nos rodean y nuestra vida da fruto.

Más que enseñarnos verdades como “cosas”, el Espíritu toma a su cargo el ritmo de nuestros días y hace que se sucedan las consolaciones del Padre, eligiendo sus momentos oportunos (kairós), dentro del tiempo de Dios, que todo lo ha planeado para bien de los que ama.

Pidamos al Espíritu Santo que cante en nuestros corazones las notas de la ley interior de la caridad, ese canto que hace que se vuelva dulce y fácil de cumplir toda otra ley y nos permite cumplir con gusto –cantando- los “pequeños mandamientos del Señor”.

……………

Como se habrán dado cuenta, la contemplación de hoy es la que mando a la comunidad china. Más corta, ya que los chinos trabajan todo el día y no tienen tiempo para leer largas teologías (ya sé que los argentinos tampoco (je)). La imagen para hablar de la ley es “alusiva”. Es que la pintura china, si quiere pintar un templo, no lo pinta, sino que pinta a un monje cortando leña o llevando un cubo de agua por el camino, de modo que se sienta que “hay un templo en la cercanía”.

El asunto es que hoy me puse a escribir primero la contemplación que le mando a Shu Qin, una amiga monja de la Compañía de María que me las traduce. Siempre rezo con lo más sentido de la semana y como ayer, un grupo de amigas de mi comunidad China de Regina, que andaban de paseo por Mendoza, me inundaron de WhatsApp y de fotos de la visita que le fueron a hacer a mi madre, el tiempo se me fue con esta contemplación “china”. Extendiendo un poco la confidencia personal, comparto que es muy lindo como cura que la gente me exprese su cariño “saludando a mi madre”. No solo los chinos, también los refugiados de San Saba siempre preguntan “cómo está tu mamá” (Ely –el pintor- hasta le mandó uno de sus cuadros).

Cuando le contaba, mi madre reflexionaba que “se ve que el cariño a la madre está muy metido en esas culturas”. Yo le decía que también en la nuestra y que hasta el Papa, ayer, en la audiencia que tuvo con La Civiltà Cattolica por nuestro número 4000, cuando me tocó saludarlo –como siempre- me dijo: “dale un saludo a tu madre”. Su modo formarnos a los jesuitas siempre estuvo unido a su cariño por nuestras madres.

Pienso que esto es así y que por algo el Señor confió la enseñanza de la ley de la caridad al Espíritu, que nos habla “en lengua materna” (y que actúa en la Iglesia, y de modo particular a través de nuestra Madre la Virgen).

Como nuestras madres, el Espíritu nos inculca los pequeños mandamientos que hacen que la ley sea cumplible y vivible, que se convierta en cultura, es decir: en el corazón de cada pueblo.

Diego Fares

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