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                                                            Trinidad de vida, Ana Graça Bessan

Jesús les habló de nuevo en parábolas diciendo: Lo que pasa con el reino de los cielos es semejante a lo que le pasó a un rey que preparó las bodas de su hijo; envió a sus servidores a llamar a los que habían sido invitados a las bodas y no quisieron venir. De nuevo envió otros servidores diciendo: ‘Digan a los invitados: mi banquete está preparado, mis toros y animales cebados han sido sacrificados y todo está a punto. Vengan a las bodas’. Pero ellos no haciendo caso se fueron, uno a su propio campo, otro a sus negocios y los demás, echando mano a los servidores los ultrajaron y los maltrataron. El rey se llenó de ira y enviando sus ejércitos, hizo perecer a aquellos homicidas e incendió su ciudad. Entonces dice a sus servidores: ‘Las bodas están listas, pero los invitados no eran dignos, vayan pues a los cruces de los caminos y a cuantos encuentren invítenlos a las bodas’. Y saliendo aquellos servidores a los caminos, reunieron a cuantos encontraron, malos y buenos, y la sala de bodas se llenó de comensales. Entrando el rey a ver a los que estaban a la mesa vio allí un hombre que no vestía el vestido de bodas y le dice: ‘Compañero,¿cómo entraste acá, no teniendo el vestido de bodas’? El no abrió la boca. Entonces el rey dijo a los servidores: ‘Atenlo de pies y manos y arrójenlo a las tinieblas de allá afuera; allí será el llanto y el rechinar de dientes’. Porque muchos son los llamados pero pocos los elegidos” (Mt 22, 1-14).

Contemplación

En la parábola de hoy, lo que más me llama la atención es –no sé si esta es la palabra- la obstinación del rey con la celebración de las bodas de su hijo, con que todo salga bien.

Lo que depende de sólo de él y de sus servidores, sale impecable. Se puede ver en lo que manda a decir a los invitados: “Miren, mi banquete está preparado, se han matado ya mis novillos y animales cebados, y todo está a punto”. Lo que depende de la libertad de los otros, se complica, y mucho.

Pero al contemplar hoy no siento deseo de poner el acento en los invitados, sino en el Rey al que por ahora llamo obstinado, aunque no sea la palabra justa.

Como en la parábola del Padre misericordioso, en la que las actitudes de los hijos sirven para comprender que debemos “ser perfectos en misericordia (y no en autorrealizarnos), como el Padre”, frente a todo endurecimiento del corazón, aquí me interesa más contemplar al Rey que a los invitados.

Los invitados representan todos los tipos de rechazo a la invitación a la fiesta, que es lo importante. Unos porque que están en otra cosa y no les interesa, otros porque, como bien lo demuestran sus actos de violencia, son malos y matan a los servidores, y el último, el que no se puso el vestido de fiesta y –lo que es más grave- ni siquiera se excusó ni dio muestras de arrepentimiento sino que se quedó callado, puede ser que represente a los que no se sabe por qué no se suman al esplendor de la fiesta, pero de hecho no se suman.

Los ejemplos sirven, pues, para ver la decisión del Rey, al que no lo detiene ni deprime ningún rechazo ni ningún obstáculo.

Él va adelante con la fiesta de bodas de su hijo y cuida que nada empañe la alegría de la celebración.

A los que mataron a sus servidores, los manda matar e incendia su ciudad. En el otro extremo, al que con su actitud puede poner una nota discordante en la fiesta, simplemente lo hecha sin dar muchas vueltas. Si nos parece excesivo, tengamos en cuenta que no se trata de una parábola de misericordia. Si fuera así, habría que compadecerse de este pobre tipo que se liga un reto que parece desmesurado (sin embargo, es común que, si entra un desubicado en una ceremonia, uno haga que lo saquen. En todo caso, se lo atiende en otra parte, pero no se puede permitir que arruine la entrada de los novios, por ejemplo). Aquí la cosa es más drástica, porque la fiesta es “la última” –son las bodas del Hijo con la humanidad-. Los pobres –buenos y malos- han sido invitados y vestidos de fiesta y no hay más tiempo ni lugares a dónde ir que no sean o en la Fiesta o afuera, donde hay llanto y rechinar de dientes.

Despejamos, pues, la cuestión de los invitados: de los que están en la suya, de los que están en contra y de los que son “ni”. Y tomamos nota de los que aceptaron la invitación y “llenaron la sala de bodas como comensales”. Estos se suman al deseo del Rey, que quiere que las bodas de su hijo sean algo especial y contribuyen con su presencia. Saben que son invitados “de tercera” (ni siquiera de segunda) y aceptan ponerse el vestido que les dan y que los “hace dignos” de estar en una fiesta real, en una fiesta así. Los otros mostraron, con sus actitudes, “que no eran dignos”. Ese fue el juicio categórico del Rey para calificar su rechazo. Estos, buenos y malos (Lucas agrega “pobres, lisiados, ciegos y tullidos”) son dignos, no porque tengan méritos propios, sino porque aceptan la invitación y el vestido y lo hacen de corazón. Es como cuando uno se da cuenta de que está en un lugar más alto del que le corresponde y trata de no desentonar para ayudar al dueño de casa a que su fiesta salga bien. No sabría describir bien un ejemplo, pero hay situaciones en las que se da cierta complicidad entre alguien muy poderoso y rico y alguien muy humilde y pobre. Quizás este tipo de situaciones sólo se de en una fiesta de bodas, en las que un detalle (como el que estaba mal vestido) puede amargar la fiesta y, por el contrario, hay muchos pequeños detalles de gente atentam que “salvan la fiesta”, que solucionan un problema como el de que “no haya lugares vacíos”, por ejemplo. Digo esto porque pienso que tampoco es que los invitados que se excusan fueran tan tan importantes. Seguro que en una fiesta así había muchos más invitados. Los de la propia familia, por comenzar. Y otros de otros reinos, ya que se trata de un rey. Estos más bien parecen los del propio reino y vienen a “llenar” la sala. Son un poco de relleno, digamos. Como para no darles mucha importancia… Y con esto llego por fin a lo que quería hacer, que era no darles mucha importancia, para poner la atención en el rey “obstinado”.             Esta “obstinación” en que todo salga perfecto, revela la actitud del rey frente a los obstáculos. Pero, una vez salvados y mejor aún relativizados, todos los rechazos y problemas, vemos que surge otra cosa: surge el hijo y su fiesta de bodas.

La Fiesta del Banquete de Bodas se hizo –se está celebrando- y salió -está saliendo- perfecta, gracias a muchos y pese a algunos. El rey entra en ella para ver cómo va todo y cuida de que nada arruine la alegría de la Fiesta (en Lucas le dicen que “todavía hay sitio” y él manda que “obliguen a entrar gente hasta que se llene la casa”). Lo importante es la Fiesta de bodas, lo importante es el hijo y su esposa, que seguramente será como dice el Salmo: “Toda espléndida, la hija del rey, va adentro, con vestidos recamados en oro; con sus brocados es lleva ante el rey” y “prendado estará el rey de su belleza” (Sal 45, 11-14).

La Fiesta es la Fiesta de Bodas del Cordero –que simboliza el establecimiento definitivo del Reino de los Cielos ya en nuestra historia- y por eso, como dice el libro del Apocalipsis: son “Bienaventurados los que están invitados a las Bodas del Cordero” (Ap 19, 9).

Es esta una Bienaventuranza muy especial. Porque están otras en las que la condición es algo en lo que está implicada la vulnerabilidad humana. Hago un paréntesis para recordar que el Papa afirmó que esta vulnerabilidad nos es “esencial”. En Cartagena, una niña discapacitada intelectual –Leda María- le dijo al Papa algo que lo emocionó mucho. Y el Papa le pidió que lo leyera de nuevo porque era importantísimo. Ella leyó pronunciando cuidadosamente cada palabra y levantando varias veces los ojos para conectarse con Francisco: “Queremos un mundo en el que la vulnerabilidad sea reconocida como esencial en lo humano. Que lejos de debilitarnos nos fortalece y dignifica. Un lugar de encuentro común que nos humaniza”. Pues bien, hay bienaventuranzas que bendicen nuestra vulnerabilidad: nuestra pobreza, nuestro llanto, nuestra paciencia, las persecuciones… Ésta en cambio es una bienaventuranza final y bendice nuestra capacidad de ser invitados por el Padre a la fiesta de bodas de su Hijo con la humanidad.

Uno tiene muchas cosas que trabajar y mejorar en su vida, pero es fundamental trabajar esta: la capacidad de ser invitado. Y hay que tener “el aceite en la lámpara” y “aceptar que a uno le pongan el vestido”. El Padre, como el Rey de la parábola, es –al igual que Jesús- fundamentalmente un “invitador”. Es decir: alguien que prepara y realiza cosas muy lindas y que invita a participar. Ni las hace para él solo ni obliga a nadie: invita. Pero invita insistentemente –con obstinación, diría- y no acepta que ningún rechazo arruine su fiesta. De última uno puede optar por quedarse o ser echado fuera. Aunque el “afuera” sea tenebroso y lleno de llantos, hay un afuera. Eso sí, no se puede pedir que el “afuera del amor” sea lindo o neutro.

Con esto hemos caracterizado al rey como una Persona que invita, como un Rey que recibe en su casa, que sienta invitados a su mesa y los atiende cuidadosamente. La palabra es buen anfitrión. Los sinónimos no dan –hospitalario, invitante, acogedor, hospedador-. Quizás es porque no hay tantos “reyes” y la actitud tenga que ver con alguien cuya condición sea real, en el sentido de que esté por encima de sus huéspedes y se note que recibirlos bien y atenderlos magníficamente se debe a su magnanimidad y no a los derechos de los otros. Algo de esta experiencia se da hoy cuando el Papa recibe a alguna persona humilde y la hace sentir especial. Me lo decía por whatsapp la mamá de un adolescente que salió de un coma profundo y que tuvo una invitación para ir a la audiencia de los miércoles: “No puedo creer estar aquí”. Y después, viendo las fotos, me decía que, en el momento, por la emoción, no se había dado cuenta de que Francisco había tenido todo el tiempo la mano sobre el hombro de su hijo…

………….

Y hablando de manos de padre, paso a Manos Abiertas, que este fin de semana festeja en el Encuentro Nacional, sus 25 años de vida. Estos encuentros, que en algún momento por el trabajo que implica organizarlos (y que siempre recae en los mismos animosos que no saben decir que no) alguno planteó espaciarlos de un modo más funcional y que otros insistimos en que, si se había dado como una gracia de esas que surgen por la acción espontánea y carismática que tanto le agrada al Espíritu Santo, lo mejor era alimentar la gracia y no restringirla, estos Encuentros, digo, gozan de esa bienaventuranza de la Fiesta: “Bienaventurados los que están invitados a las Fiestas de Manos Abiertas”, podemos bien decir.

Son encuentros en los que se dan todas las gracias y los frutos que el evangelio describe para el banquete que será el cielo: uno se reencuentra con gente amiga y descubre amigos que no sabía que tenía y que están en lo mismo; hay alegría, comida compartida, testimonios de vida, eucaristías lindas, proyectos y sueños, obras nuevas…

Todo gira en torno a los otros invitados –a los patroncitos y a las patroncitas- que en cada obra participan de este mismo espíritu. La condición de todos, eso que se le ha regalado a cada uno de los que formamos parte de Manos Abiertas, es la de “invitados”.

E “invitados de tercera”. Invitados para “invitar a otros” –pobres, lisiados, ciegos y tullidos, buenos y malos-, es decir “invitados servidores”.

Este espíritu de “sentirse invitado indigno” y “hecho digno”, vestido de fiesta, hace brillar que el único “Dueño de casa” es el Padre y que la Fiesta es para Jesús con su Esposa –la Iglesia pueblo de Dios que reúne a todos los pequeños de la tierra-.

Esta gracia de sentirse “invitado” –y no dueño- se cultiva con la memoria agradecida de quién era uno antes de que lo invitaran, en qué andaba y qué le faltaba y qué recibió participando en Manos.

Esta gracia de sentirse invitado se mantiene y se cuida con dos actitudes más, una positiva y otra de resistencia. Positivamente, uno cuida el ser invitado sirviendo. No acomodándose ni exigiendo, sino sirviendo a los demás.

Negativamente, se ve si uno realmente no se la cree y sigue sintiéndose invitado, si en la práctica rechaza toda actitud de patrón y de funcionario. Si uno no se enoja de que le paguen a los últimos igual que a los primeros, si uno perdona deudas chicas y no se indigna por cualquiera que le debe cinco pesos siendo que le han perdonado un millón, si uno entra a la fiesta cuando el Padre le festeja a algún hermano pródigo que regresa…

La gracia de ser buen anfitrión, como el Rey de la parábola, es una gracia linda que nuestro amigo el padre Rossi ha recibido y a la que, con ayuda de muchos, hace dar fruto como el buen servidor de la parábola de los talentos. Somos siempre más los que gozamos de este carisma suyo de hacernos sentir a todos bien recibidos. Es una gracia que tiene un ida y vuelta muy especial: se nota, paradójicamente, en la manera que tiene Rossi de ser buen huésped, de hacer sentir cómo se siente a gusto cuando es invitado a visitar a otros por todo el país. Es una gracia grande. No es solo simpatía y bondad natural. Es una gracia de Paternidad, de brazos amplios para abrazar a muchos. Y de obstinación para superar todos los conflictos, rechazos y complicaciones que salgan, cosa que lleva sus buenos disgustos y angustias. Es gracia de fe. Rossi es una persona que cree – y nos ha embarcado a muchos en esta misma fe- con fe inquebrantable en que nuestro Padre tiene preparado un lugar para cada uno –esto se hace realidad en cada casa de Manos Abiertas- y de verdad desea que su salón de Fiesta se llene de comensales. Y por eso es que sale tanto a invitar gente para fiestas nuevas. Damos gracias por eso y como invitados servidores pedimos al Espíritu que bendiga la capacidad de los pobres de sentirse invitados del Padre al banquete de Jesús.

Diego Fares sj

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Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:

¿Qué le parece?:

Un hombre tenía dos hijos.

Acercándose al primero le dijo: Hijo, vete hoy a trabajar en la viña.

Él le respondió: No quiero, pero después, arrepentido, fue.

Acercándose al otro le dijo lo mismo.

Este le respondió: Yo iré, señor, pero no fue.

¿Cuál de los dos hizo la voluntad del Padre?

El primero –respondieron.

Les dijo Jesús:  En verdad les digo: los publicanos y las prostitutas se les adelantan a ustedes en el reino de los cielos. Vino Juan a ustedes enseñándoles el camino de la justicia y no creyeron en él; los publicanos y las prostitutas sí le creyeron; y ustedes, ni viendo esto se han convertido de modo de creer en él (Mt 21,28-32).

 

Contemplación

Comienzo con algunas palabras que me llaman más la atención y desde ellas paso al contexto del ejemplo que propone Jesús a los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo que le están cuestionando su autoridad.

En la frase: “Hijo, vete hoy a trabajar en la viña”, me resuena la palabra “trabajar”.

El trabajo es lo que hay que hacer y esa es “la voluntad del padre”.

La frase está puesta por el Señor en un contexto de relaciones familiares. Lo vemos en el hecho de que las expresiones “hijo” y “la viña” nos hablan de familia, de un padre que distribuye los encargos de la casa.

No es este el caso del que sale a contratar gente por el día o por una temporada y luego les paga. Aquí se trata de un padre que, ese día –hoy-, se acerca primero al hijo mayor para pedirle que vaya a trabajar en la viña familiar y, como este le dice “no quiero” –cosa que suelen decir los hijos cuando en un primer momento no dan importancia a lo que les pide el padre-, el padre va y le pide lo mismo al segundo.

Hago aquí un paréntesis para recordar ese pasaje tan hermoso de Amoris Laetitia (que el papa recomienda que leamos entera, de comienzo a fin) en el que se muestra cómo “La Biblia está poblada de familias, de generaciones, de historias de amor y de crisis familiares, desde la primera página, donde entra en escena la familia de Adán y Eva (…), hasta la última página donde aparecen las bodas de la Esposa y del Cordero” (AL 8). Amoris Laetitia nos hace notar cómo Jesús elegía ejemplos de la vida familiar, y cita este de “los hijos difíciles con comportamientos inexplicables (Mt 21, 28…). Son ejemplos que muestran que “La Palabra de Dios no se muestra como una secuencia de tesis abstractas, sino como una compañera de viaje, también para las familias que están en crisis o en medio de algún dolor” (AL 22).

Volvemos a nuestra escena. Si el padre pide una mano es porque necesita que ese día vaya uno a la viña. Se ve en el detalle de que no obliga al primero, sino que, cuando le dice “no quiero”, va y le pide al segundo. Se ve que necesitaba uno ese día. Quizás le había faltado un empleado… La cuestión es que me parece que de lo que trata el ejemplo es del trabajo que hay que hacer y de quién es el que efectivamente lo hace. Por eso el marco de lo que pasa en una relación familiar cotidiana. Es totalmente distinto al de la parábola de los obreros de la última hora. Allí el Señor quería hablar de la bondad, gratuidad y libertad soberana del Padre. Por eso eligió un ejemplo en el que se sobrepasa la justicia con la trampita que hace el dueño de la viña al pagar a los últimos igual que a los primeros. El ejemplo es “picante”. En términos humanos es una “injusticia”, y eso mueve los corazones y hace saltar al que tenía un ojo envidioso, al que miraba “lo que le tocaba a él” y no “la bondad del que lo había contratado a trabajar en su viña”. Aquí, en cambio, el ejemplo apunta a “la voluntad del Padre”. Y Jesús la sitúa en el terreno objetivo. La pregunta que les hace a los sumos sacerdotes y ancianos es bien concreta. “¿Cuál de los dos hijos hizo la voluntad del Padre?”.

Para comprender tenemos que retroceder al pasaje precedente.

Jesús estaba enseñando en el Templo.

El día anterior había expulsado a los vendedores y compradores del Templo (Mateo señala que echó a todos “los que vendían y compraban”, no solo a los que vendían).

Las autoridades van a cuestionarle: “¿Con qué autoridad haces esto?”

El Señor, por un lado, no les responde directamente, como quieren ellos.

(Se ve que esto de pretender que el Señor o los suyos “están obligados a responder” no es nuevo, sino que viene de lejos. Digo que no es cuestión de ahora, de 4 cardenales o de 42 teólogos o de gente que junta firmas en change.org y que el papa estaría obligado a responderles en los términos que ellos pretenden).

Como vienen con mal espíritu, el Señor les plantea el dilema de que se definan acerca de Juan Bautista. Y ellos, como calcularon que no les convenía definirse, le dijeron: “No sabemos”.

Jesús les replicó: entonces, “tampoco yo les digo con qué autoridad hago esto”. Pero luego les cuenta el cuento -ellos querían definiciones y él les cuenta cuentos… (Je!)- del padre y los dos hijos, el que le dice no, pero luego va a trabajar y el que le dice que sí, pero luego no va a trabajar. En la parábola siguiente –la de los viñadores homicidas- el Señor insistirá en el tema de los frutos.

La cuestión, por tanto, son las obras, quién es el que hace; no las palabras ni las definiciones. En las palabras, los “no” a veces terminan siendo “sí”. Y muchos “sí” después son “no”… o “ni”. El trabajo realizado, en cambio, es concreto. Y lo concreto se puede resignificar.

Si uno realizó una obra de misericordia por el motivo que sea, ese motivo podrá corregirse y mejorarse, podrá pasar de ser un motivo meramente humanitario –incluso con algo de egoísmo, como una limosna que se da para sacarse a alguien de encima- a ser por amor de Dios. Pero la intención se puede corregir si la obra se hizo. Y la obra, el trabajo del que habla el Señor, el que le “agrada al Padre”, tiene dos grandes objetos, o mejor dos grandes sujetos: el prójimo y Jesús. Con respecto al prójimo, las obras que el Padre quiere que “hagamos” (no importa si a veces vamos un poco diciendo “no quiero”) son las obras de misericordia. Con respecto a su Hijo amado y predilecto, las obras son “que lo escuchemos” y que “creamos en Él”: “La obra de Dios es que crean en quien Él ha enviado” (Jn 6, 29).

La relación que establece el Señor es: “Voluntad del Padre”-“Obras de Jesús”-“Confianza y fe en su autoridad”-“Obras nuestras”.

Y remacha el ejemplo con la afirmación de que “los publicanos y las rameras llegan antes que ustedes al Reino de Dios”.

Podemos imaginar la cara de los sumos sacerdotes y ancianos.

Le habían cuestionado la autoridad a Jesús y él los compara con publicanos y rameras y les dice que “se apuren” porque al Reino de Dios se entra y hay que caminar en medio de la gente que va hacia él. El reino no es ese Templo en torno al cual ellos han organizado sus negocios.

No podemos dejar de notar que, si bien a estas personas con autoridad teológica les molestaba que Jesús curara a la gente en sábado o que predicara, no saltaban así nomás. En cambio, acá, cuando tocó el negocio de los puestos, de los cuales ellos cobraban su buena parte, ahí fueron con todo.

Y así salieron.

El Señor les dice que los publicanos y rameras “creyeron en Juan Bautista”. Y que ellos, aunque reconocían que era un hombre justo, no se arrepintieron para luego creer en él.

La secuencia de “arrepentirse-creer” se supone en los pecadores. En cambio en los sumos sacerdotes y ancianos se explicita.

Con esto, el Señor está haciendo una afirmación fuerte: los que creen en Jesús es que ya se arrepintieron. Es lo mismo que le hace ver al fariseo que lo invitó a comer cuando le hace ver que si la mujer pecadora muestra mucho amor es porque se le ha perdonado mucho.

En el amor y la fe a Jesús, mostrada en obras, el Señor ve arrepentimiento oculto, dolor de corazón por los pecados.

En la vida cotidiana, en la familia, es así. Al hijo que dice que no y protesta, pero luego hace las cosas, el arrepentimiento se ve en el gesto. No hacen falta declaraciones formales.

El Reino de Dios no está asegurado a los que dicen un “sí” formal ni está cerrado para los que dicen “no quiero”. El Reino de Dios es para los que hacen, arrepintiéndose y poniendo manos a la obra cada día, la voluntad del Padre, para los que creen en Jesús y sirven con obras de misericordia al prójimo. Y en esto del “hacer” a mí me gusta estar atento y descubrir y valorar todo lo que pueda a toda esa gente que se me adelanta. Escribir las historias de los que se me adelantan es la consolación más grande. Hasta me hace agradecer mi poca cosa y mi renguera que me hace ir detrás, porque así los veo. Si fuera adelante no los vería…

Siempre que rebusco alguno de los miles de ejemplos que guardo y que pesco cada día –de gente que se me adelanta en esto de “hacer cosas que le agradan al padre”- aparece Antonito. Ayer me mandó un montón de fotos por Whatsapp (me lo pidió el último día en Argentina en que pasó a verme por el Hogar, porque cuando yo había ido a la Verdulería de Caputo donde trabaja él no estaba). Son fotos de unas familias con montones de chicos a los que él ayuda. Les llevó zapatillas “Tridy” y “Running” y agradecía por una ayudita que le di para esos chicos a los que él ayuda. Y decía el Whatsapp: “Esta es su hinchada q lo quiere y le agradece tda su ayuda q yo tantas veses lo molesté pero bien y cntento xq la ayuda siempre llegó”. Ese “siempre llegó” fue lo que más me llegó.

(Antonio Hualpa –Antoñito-, para el común de la gente es el empleado de Caputo, el que lleva las verduras y frutas en un carro grande, por las calles vecinas al Spinetto. Es el que siempre que me ve, se para a pedir la bendición. Lo que muchos no saben es que tiene esa Obra que él lleva en particular – una de esas en las que “la ayuda siempre llega”- pero que a los ojos de Dios debe ser tanto o más grande que El Hogar de San José, por decir).

Diego Fares sj

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Lo que sucede en el reino de los cielos es semejante a lo que sucede con

un hombre -señor de su casa y dueño de una viña-

que salió a primera hora del amanecer a contratar obreros para su viña.

Habiendo concertado con los obreros en un denario por día,

Los misionó a su viña.

Salió hacia la hora tercia (a las 9) y vio a otros que estaban en la plaza desocupados y les dijo:

– ‘Vayan a mi viña y les pagaré lo que sea justo’.

Ellos fueron.

De nuevo salió cerca de la hora sexta y nona (a las 12 y a las 15) e hizo lo mismo.

Saliendo cerca de la hora undécima (a eso de las 17) encontró a otros desocupados y les dijo:

– ‘¿Qué hacen aquí, todo el día sin trabajar?’

Le respondieron:

– ‘Es que nadie nos ha contratado’.

Y les dice:

‘Vayan ustedes también a mi viña’.

Cuando atardeció, el Señor de la viña dijo a su mayordomo:

‘Llama a los obreros y dales el jornal comenzando por los últimos hasta llegar a los primeros’.

Y viniendo los de la hora undécima recibieron cada uno un denario.

Al llegar los primeros, habían calculado que recibirían más,

pero recibieron ellos también cada uno un denario.

Recibiéndolo murmuraban contra el Dueño de la viña diciendo:

-‘Estos últimos trabajaron sólo una hora y los igualaste a nosotros, los que hemos soportado el peso del día y el calor’.

El, respondiendo a uno de ellos, le dijo:

– ‘Amigo, yo no te hago ninguna injusticia a ti. ¿No te concertaste conmigo en un denario? Toma lo tuyo y vete. Si yo quiero darle a este último lo mismo que a ti ¿no puedo hacer con lo que es mío lo que quiero? ¿O es que tu ojo es envidioso por culpa de que yo soy bueno?’.

Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos (Mt 20 1-16).

 

Contemplación

El comienzo de estas parábolas tiene una fórmula aramea que se traduce:

“Lo que sucede con (el reino) … es como (lo que sucede) con…”.

Las parábolas de Jesús van siempre directo a un punto dramático. Cuál es el drama aquí? El drama es que a un hombre bueno, una murmuración que se hace por lo bajo, le pone en cuestión todo su modo de proceder. Y él no lo permite. Reta severamente al murmurador envidioso y reafirma su bondad. No deja que una murmuración manche y amargue lo que fue una jornada hermosa de trabajo en su viña, de contratar gente y de pagar generosamente.

Hay que tener en cuenta el momento particular en el que se sitúa la parábola. En el pasaje anterior, el joven rico se había alejado de Jesús, triste y sin haber recibido en su corazón la mirada de amor que Jesús le regaló. La reflexión que el Señor hizo a continuación, acerca de lo difícil que es para los ricos entrar en el Reino de los Cielos, causó desconcierto y confusión entre los discípulos. Quién podrá entrar a este reino, decían. Simón Pedro, como siempre, fue el que se animó a sacar lo que tenía adentro: y nosotros, que lo hemos dejado todo (que hemos trabajado desde el comienzo…) que recompensa tendremos?. Jesús promete el ciento por uno y la vida eterna e, inmediatamente, cuenta la parábola de “los trabajadores de la viña”.

La llamo así pero hago notar que los títulos, como el del “hijo pródigo”, no suelen hacer justicia plena a las parábolas. Como en las películas, lo importante es que el título ayude a entrar en el drama no que sea una frase general que “resuma” abstractamente toda la película. El asunto en una parábola del reino es que el título que le pongamos en cada situación, sirva de ayuda para “meternos en lo que está en juego”, para entrar en la parábola como uno que entra en territorio santo, en una parcela del Reino de Dios. La parábola es palabra viva y meterse en ella es vivir durante el tiempo que dura la contemplación en el mismo Reino de Dios.

Releamos, pues, la parábola centrándonos en el detalle del “reto al murmurador”. Este detalle es significativo desde el momento en que los seis retos se narran tan prolijamente como las cinco salidas del dueño a contratar obreros para su viña. Escuchemos:

Lo que sucede con el reino de los cielos… es como lo que sucedió con un hombre Dueño de una viña que salió a contratar obreros… y cuando le pagó a los últimos el jornal completo igualándolos a los primeros, algunos murmuraron y se le quejaron. Entonces él le dio seis retos contra la envidia diciéndole:

‘Amigo, … yo no te hago ninguna injusticia a ti.

2º ¿No te concertaste conmigo en un denario?

3º Toma lo tuyo y vete.

4º Si yo quiero darle a este último lo mismo que a ti

5º ¿no puedo hacer con lo que es mío lo que quiero?

6º ¿O es que tu ojo es envidioso por culpa de que yo soy bueno?’.

Si leemos esto como continuación de la respuesta a Simón Pedro, que preguntaba por su parte de recompensa, sentimos varias cosas. La primera, que este murmurador no es un ser despreciable, un envidioso ajeno al grupo de amigos, sino que puede ser Pedro mismo, los discípulos, los cristianos de bien, los más cercanos al Señor, cualquiera de nosotros…, en definitiva: yo. Ese que se escandaliza de que el Señor trata a “un último como a un primero”, soy yo. Y lo soy cada vez que una “murmuración” –propia o insinuada por otro (por los medios)- me hace nacer una indignación “religiosa” ante algún gesto de bondad concreto.

Por eso puede hacerme bien aplicarme como una cura estos seis retos del Señor cada vez que la envidia anida en mi corazón con alguna comparación odiosa.           La envidia del jornalero es la misma que le hacía decir a los fariseos: mirá con qué gente se junta Jesús. Come con los pecadores. Recibe al corrupto de Mateo (que al final fue el que escribió este evangelio que estamos leyendo). Se deja ungir con los perfumes de la pecadora… Y esa envidia tan sórdida es la mismita misma que otras, aparentemente más inofensivas, como la que le lleva a Pedro a calcular qué le tocará a él, a ellos, o la que llevará en la escena que sigue a la madre de los Zebedeo a pedir un puesto para sus hijos suscitando la reacción de los demás. Son todas la misma envidia. Y la envidia es asesina. En cualquiera de sus formas.

Por envidia, dice la Biblia, entró el diablo en el mundo. Por la envidia entra el diablo en mi corazón y en el tuyo. Con otras cosas el mal espíritu “nos saca”, pero por la envidia “nos entra”.

Por la ira nos saca, nos hace insultar o maltratar… pero como el fruto se exterioriza y uno ve el desastre que hizo o el mal efecto que causo, se siente mal y puede pedir perdón. Con la envidia, en cambio, uno se justifica y hasta se siente justo por tener sentimientos tan nobles y compartidos por todos, de que es algo bueno pagar más al que trabajó más y no a los vagos. Y con ese sentimiento justo hasta se le anima a Jesús. Con buenos modales, por supuesto, pero uno dice “en esto, Señor, no estoy de acuerdo con vos”. Y sale la frase: “has igualado a estos con nosotros”.        Es una frase molde. Aquí los términos de comparación son “estos últimos que trabajaron sólo una hora y nosotros, los que hemos soportado el peso del día y el calor”. (No deja de tener su sutileza la comparación. Sicológicamente nos habla de uno que estuvo “masticando” envidia todo el día. Que el primer gustito amargo lo sintió, no con los últimos sino con los que vinieron segundo y luego con los del mediodía… Y así, su envidia fue creciendo a medida que crecía el día y se hacía sentir el sol.

La envidia no es un sentimiento puntual, es una tentación que se cocina al fuego lento de las comparaciones retorcidas de quien no goza con lo que tiene y está siempre mirando de reojo lo que tienen los demás).

Ese “los igualaste a nosotros” es una piedra de toque que divide la entera historia de la humanidad. La divide entre los que se alegran cada vez que el Señor “iguala a nosotros” a alguno más humilde y los que se retuercen de envidia.

Los que se alegran son como nuestra Señora, la humilde servidora, que se alegra en su alma al ver cómo Dios derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes (no subiéndolos al trono del que derribó a los otros, sino igualando las sillas).

Aquellos a los que se les ensombrece la mirada son (podemos ser en algún momento) gente de todo tipo. La envidia tiene mil matices y grados. Siempre me sorprende ver cómo la envidia puede hincar su raíz en la mirada de un niño pequeño, cuando saca la vista de su juguete y al ver un juguete igual en manos de otro niño, siente ese tirón en el ojo que lo impulsa a querer arrebatárselo. Siempre me hace sentir mal cuando siento que la envidia tiñó mi corazón por un momento al ver que aplaudían a un amigo… Desearía que no existiera ni la sombra de un sentimiento así y me disgusta tener que echarla, porque el que haya entrado significa que alguna puerta abierta tenía.

Sin embargo, hay que rechazar su invitación con firmeza pero amablemente, sin inquietarse. Porque entra por la capacidad comparativa del ojo humano, que es parte esencial de la inteligencia. Lo que es maligno es ese pase mágico demoníaco que insinúa que el bien del otro es mal para mí. Nunca y por nada del mundo hay que aceptar esta falacia. Contra esto va tan fuertemente Jesús en la parábola: “que yo sea bueno no puede ser la causa de que tu ojo sea envidioso”.

El bien no puede ser causa del mal! Buscá en otro lado el motivo de tu envidia. Quizás es que se te fueron subiendo los humos y de golpe caes en la cuenta de tu realidad. Pero no tienes que hacer como Caín, que envidió a su hermano Abel y lo mató, en vez de corregir su propio egoísmo (si es que el problema fue que no le ofrecía lo mejor suyo a Dios sino algo de menor calidad).

La parábola del hombre que contrata a toda hora y paga a los últimos igual que a los primeros nos viene a decir que Dios es Bueno por encima de toda medida y que esta bondad de ninguna manera es la causa del mal. La envidia de la gente de bien de la época de Jesús no venía de que el Señor recibiera a los pecadores. La envidia les venía del demonio que se les había metido por algún lado en su propio corazón (por la idea de una justicia rígida que terminaba excluyendo a los demás).     Es cuestión de vida o muerte esto de discernir que la envidia no es natural. Hay una puerta natural –la capacidad comparativa- que está siempre abierta y no puede no estarlo porque equivaldría a cerrar la inteligencia a la objetividad. Por ella puede entrar la envidia. Pero la envidia –el entristecerse y rabiar por el bien de otro- no es natural. Coagula por un plus de veneno que agrega el demonio. La envidia es demoníaca y hay que rechazarla como tal. Apenas uno siente que se le mezcló como si fuera lo más natural del mundo insinuando que el bien del otro es algo malo para uno, hay que rechazarla con un “sal de aquí, Satanás”. Aquí hay que sacar a relucir los seis retos del Señor y decirle al demonio que nos quiere hacer murmurar contra el bien:

‘Amigo, nadie me hace ninguna injusticia a mí.

2º ¿No me concerté yo con el Señor en un denario?

3º Yo recibo lo mío y me voy contento.

4º Si el Señor le quiere dar a este último lo mismo que a mí

5º ¿no puede hacer con lo que es suyo lo que Él quiera?

6º ¿O es que mi ojo va a ser envidioso por culpa de que Dios sea bueno?’.

Y así, uno tiene las respuestas para acallar cualquier tentación de murmuración envidiosa que el mal espíritu le sugiera. Cada uno puede elegir a alguien que por algún motivo le haga sentir estos despuntes de envidia (digo elegir a alguien porque nadie le tiene envidia a todo el mundo sino que es una tentación muy personalizada) y aplicar la curación de los seis retos al demonio de la envidia, hasta que se ponga verde y se vaya.

Diego Fares sj

 

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la grieta

Jesús dijo a sus discípulos:

Si tu hermano se equivoca y actúa mal contra ti (peca contra ti), ve y corrígelo, entre tú y él solos. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano.

Si no te escucha, toma contigo uno o dos más para que ‘el asunto se decida por la declaración de dos o tres testigos’;

y si no los quiere oír, díselo a la Iglesia (a la comunidad).

Y si tampoco quiere escuchar a la Iglesia, consideralo como un pagano o publicano.

De verdad les digo,

todo lo que aten en la tierra queda atado en el cielo

y lo que desaten en la tierra será desatado en el cielo.

También les digo: Si dos de ustedes se ponen de acuerdo (synfonesosin)

sobre la tierra acerca de cualquier cosa que pidan,

les será otorgado que se les realice por mi Padre que está en el cielo.

Porque donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre,

allí estoy Yo presente en medio de ellos (Mt 18, 15-20).

 

Contemplación

Hay que escuchar bien y comprender lo que está diciendo Jesús a sus discípulos en este pasaje del evangelio porque es increíble.

Y cómo hacemos –nos podemos preguntar- para “leer bien”?

Comparto algunas cosas que a mí me ayudan.

Lo primero que ayuda es poner en medio al Espíritu.

Ponerlo en medio quiere decir tener en cuenta su modo de estar, su estilo…

El Espíritu está y actúa en los detalles: es brisa suave, lucecita que se prende, pasito adelante…

Un detalle de lo nuevo que dice Jesús está en una frase aparentemente insignificante: “cualquier cosa”. Si la tomamos en serio no puede no sorprendernos que Jesús diga que gracias a Él el Padre nos concederá cualquier cosa que le pidamos. Por supuesto que el asunto tiene su contexto y sus condiciones: es algo que sucede sólo si nos reunimos en Nombre de Jesús y cuando nos ponemos de acuerdo con respecto a… “cualquier cosa en la que haya desacuerdo”. Jesús nos dice que el Padre hará que este deseo de común de concordar se convierta en realidad.

Todos sabemos que Jesús es el Mediador, el que permite que se restablezca la paz entre Dios y los hombres y el que suprimió el muro de división (o la grieta) que había entre el pueblo de Dios y los otros pueblos, haciendo de la humanidad “un solo pueblo”. Pero esto por ahí queda muy grande y con esta pequeña frase –cualquier cosa en la que haya desacuerdo- el Señor baja su mediación a todas las circunstancias de la vida en las que hay un conflicto personal, familiar o político. Se trata de “cualquier cosa” en la que dos o más personas sienten que el otro o los otros han “pecado contra uno”. La palabra pecado (amartía) significa “error” “falta”, “infracción a la ley”. Tiene el sentido de algo que obstaculiza la relación entre las personas porque se ha vulnerado algún acuerdo. Pues bien, el Espíritu de Jesús es el que realiza todo lo contrario: crea acuerdos a partir de cualquier cosa, por pequeña que sea.

El Espíritu está en la Verdad plena, no en verdades que favorecen bandos. Por eso, lo segundo es salir, por un momento, del ámbito de nuestro sentido común, que suele ser bastante parcial, si tenemos en cuenta que lo que nos parece obvio, no lo es para otros y viceversa. El evangelio es un texto que ha costado la sangre de Cristo y no se merece que lo leamos con la ligereza con que se habla en la calle y en los medios.

El sentido común afirma: “no es posible ponerse de acuerdo en todo” (y menos que nada en la política!). Sin embargo, el Señor anula esta especie de “maldición de la imposibilidad” y la transforma radicalmente. Gracias a Él nos podemos poner de acuerdo en todo y nuestro Padre hará que este consenso se vuelva realidad efectiva.

El tema en el que el Señor nos exhorta a ponernos de acuerdo para pedir gracia no es el tema acostumbrado de la salud, al que nos sumamos con cadenas de oración. El tema son los desacuerdos, las peleas, las malas interpretaciones y las tomas de posición que ocasionan conflictos. Si lo pensamos un poco, se trata de un ámbito en el cual lo que menos se nos ocurre es “ponernos de acuerdo para rezar”. Nos decimos cristianos, pero en las peleas excluimos el recurso al evangelio. Cómo vamos a rezar juntos los de tal partido con los de tal otro!

El Espíritu hace que el Nombre de Jesús sea algo real y eficaz y no un slogan o algo puramente “nominal”.

“Reunirse y ponerse de acuerdo en Nombre de Jesús” es algo que sólo puede realizar el Espíritu Santo. Nadie puede “nombrar” a Jesús si el Espíritu no se lo inspira. Se trata de un nombrar que se traduce en seguir los criterios de Jesús, que son los de evangelio. Estos criterios son siempre sorprendentes e inagotablemente nuevos. No debemos pensar que “ya sabemos cuáles son los criterios de Jesús”. En realidad, hemos incorporado solo muy pocos.

Veamos un ejemplo de un criterio inspirado por el Espíritu. El Papa en su visita a Colombia puso como lema y criterio para la paz: “Demos el primer paso”. Este es uno de esos “criterios evangélicos escondidos” que el Espíritu nos revela indirectamente, como si los inspirara en el espacio en blanco que da aire a los renglones de palabras evangélicas. No sé si está escrito en algún lado la frase “demos el primer paso”, pero sí sé que, si uno la usa como clave de lectura, hace que “irradien luz nueva” muchas parábolas del evangelio que tal vez se nos volvieron rutinarias.

El buen samaritano es uno que da el primer paso cuando sigue lo que le dicta su conmoción, al ver al herido, y se acerca; el padre misericordioso da el primer paso cuando sale corriendo a abrazar a su hijo que regresa maltrecho y también cuando sale a la puerta a hablar con el hijo que no quiere entrar en la fiesta; el sembrador da el primer paso cuando sale a sembrar, así como el Dueño de la viña, cada vez que sale de nuevo a contratar obreros para la cosecha.

Cuando uno da el primer paso hacia el encuentro, el perdón y el anuncio evangélico, el Padre lo bendice y el Espíritu Santo otorga a estos pasos eficacia y fecundidad.

Así pasa con todos los criterios evangélicos que se formulan distinto en cada época. No son criterios prefabricados sino palabra viva, consejos llenos de la fuerza y el poder transformador de la realidad que el Espíritu suscita en la mente de los que rezan y piden juntos, dos o más, en el corazón de los que quieren actuar en Nombre de Jesús y no en nombre propio o en nombre de cualquier formulación de moda.

El Espíritu hace notar que el tono de Jesús es distinto a todo. Un ejemplo de esto está en lo que el Papa les decía ayer a los Obispos del CELAM: “Dios, al hablar en Jesús al hombre, no lo hace con un vago reclamo, como a un forastero, ni con una convocación impersonal como lo haría un notario, ni con una declaración de preceptos a cumplir, como lo hace cualquier funcionario de lo sacro”. El Papa hace ver que Dios nos habla a través de la calidez y amistad con que nos habla Jesús. Cuando escuchamos a Jesús que se involucra totalmente con sus discípulos y les confía lo que ha planeado en su corazón: que sus amigos puedan acudir con esta total familiaridad al Padre en nombre suyo, con la sola condición de ponerse de acuerdo entre ellos”, sentimos que nuestros oídos no están acostumbrados a escuchar la palabra de Dios dicha con este tono que le da Jesús. Cuando se nos dice que podemos poner en práctica los criterios del Evangelio, puede ser que pensemos en una retahíla de “preceptos morales” que los curas nos repiten desde el púlpito y que escuchamos como quien tacha frases en un formulario, diciendo: esto no va, esto no se puede, esto no tiene mucho sentido… Que no nos pase esto.

El Espíritu hace leer todo en orden al bien común.

Lo que en realidad está diciendo Jesús con esto de que el Padre nos dará cualquier cosa que le pidamos en orden a superar los desacuerdos, es que nos da libertad para consensuar. Hacerse todo a todos, como dice Pablo, para ganar aunque más no sea a uno, no es un recurso más, es lo propiamente cristiano! Cuando se trata de restablecer la unidad y las relaciones filiales y fraternas con los demás, el Señor se muestra creativo, al punto de transgredir muchos límites formales y ser tildado de exagerado. El modo como se ganaba el corazón de los pecadores muestra que es verdad que el Padre bendice este modo de actuar.

El Espíritu nos re-cuerda la Verdad, nos hace conectar unas cosas del evangelio con otras y el evangelio con la vida.

Por eso insisto en que “no tenemos incorporada” esta revelación de Jesús. Tenemos incorporada, por ejemplo, la revelación de que Él está en la persona de cualquiera que tiene una necesidad. El Señor fue bien claro al bajar esta presencia suya de manera prolija y detallada diciendo que “era Él a quien servíamos” cuando dábamos de comer al que tenía hambre, de beber al que tenía sed…, y así con cada necesidad.

No tenemos incorporada, en cambio, la revelación de cuál es su modo de estar presente en los conflictos. Se hace presente apenas alguien da el primer paso!!!

Y esta presencia es tan importante como su modo de estar presente en los pobres. Porque para poder dar de comer a todos los hambrientos se requiere algo más que la caridad individual o grupal, se requiere todo el despliegue de la forma más alta de la caridad, es decir, de la política. Y es la política, precisamente, la que está tentada hoy de ser “fuente de nuevos conflictos” en vez de ser la manera no violenta de resolverlos.

Así, puede venir bien leer este pasaje de la corrección fraterna trayendo a la memoria las obras de misericordia. Así como las obras de misericordia corporales no son puntuales (si uno se conmueve ante un herido, debe acercarse, y si se acerca y lo cura, debe luego ocuparse de que lo sigan atendiendo…, así también, en un conflicto, si uno da el primer paso y se acerca, luego debe poner en medio al Espíritu Santo, para que cree un ámbito de diálogo común, y después hay que seguir buscando creativamente los modos de consensuar para ir paso a paso en el camino de la reconciliación, que lleva tiempo, sobre todo si hay heridas antiguas y profundas.

Incorporar que el Señor está en cada paso y no solo en el resultado, ya es un gran avance. Y la analogía con el valor de cada paso en una obra de misericordia corporal ayuda a darse cuenta.

Puede ser bueno considerar las obras de misericordia espirituales como “pasos” o “modos” para ponerse de acuerdo en alguna cosa que queramos que el Padre bendiga para bien de una comunidad (familia, grupo o patria):

Las tres primeras son:

Enseñar al que no sabe; dar buen consejo al que lo necesita y corregir al que está en error.

El espíritu con que las debemos poner en práctica nos lo dan las otras tres que son: perdonar las injurias; consolar al triste y sufrir con paciencia los defectos de los demás.

Al cultivar estas actitudes como “obras de misericordia espiritual, la corrección fraterna se convierte en un proceso en el que Jesús se hace presente en cada “miseria” del prójimo. Ser ignorante, no saber qué hacer y estar equivocado son, para un cristiano, cosas tan dignas de misericordia como tener hambre o sed o estar forastero. También son necesarias, en un proceso de reconciliación, considerar que el que injuria, el que está triste y el que molesta con sus defectos, son personas que sufren una miseria espiritual. Esta valoración fortalece la misericordia en cuanto que se ve como la única actitud capaz de vencer esos males con bienes y no incrementarlos combatiéndolos con más injurias y violencia.

Diego Fares sj

 

 

 

 

 

 

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Jesús comenzó a anunciar a sus discípulos que debía ir a Jerusalén

y sufrir mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar al tercer día.

Pedro lo llevó aparte y comenzó a reprenderlo diciendo:

-“Dios no lo permita, Señor. Eso no te sucederá a tí”.

Pero El, dándose vuelta dijo a Pedro:

– “Retírate! Ve detrás de mí, Satanás! Tú eres para mí una piedra de escándalo, porque los pensamientos con los que juzgas no son de Dios sino de los hombres”.

Entonces Jesús dijo a sus discípulos:

– “El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, que cargue con su Cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí la encontrará. ¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma? ¿Y qué podrá dar a cambio el hombre para recobrarla? Porque el Hijo del hombre vendrá en la gloria de su Padre, rodeado de sus ángeles, y entonces pagará a cada uno de acuerdo a sus obras” (Mt 16, 21-27).

Contemplación

El reto del Señor a su amigo Simón Pedro, que acababa de confesarlo como el Cristo, el Hijo De Dios, no fue un reto así nomás. Fue un reto que lo despegó del mal espíritu que se había apoderado de su ánimo y le enseñó a discernir en su corazón los pensamientos del Padre distinguiéndolos de los del mal espíritu.

“Tus pensamientos no son de Dios”, le dice Jesús. Son “de los hombres”. Este “de los hombres”, el Señor lo usa para decir que son una opinión “demasiado humana”, que no está a la altura del modo de pensar y sentir que el Espíritu Santo trae a nuestra vida.

El Señor contradice fuertemente esos criterios que pueden ser muy de sentido común pero que, en momentos clave, como es este -en el que Él está hablando de la cruz y anunciando que nos salvará mediante su pasión, su muerte y su resurrección-, se convierten en una piedra de escándalo. La clave para discernir los pensamientos que nos vienen es si están abiertos a que los utilice el Buen Espíritu para bien de todos o si tienen algo tramposo que hace que el mal espíritu los utilice para apartarnos de la voluntad De Dios.

Este pensamiento de Pedro, de ir contra la cruz del Señor, es del mal espíritu, lisa y llanamente. Por eso la reacción tan fuerte del Señor.

El primer reto es para Satanás: ve detrás de mí, Satanás! Es un Satanás que ha mezclado sus criterios con los de Simón Pedro y dirige sus buenas intenciones contra Jesús. El Señor lo pesca al vuelo y utiliza el método que los padres del desierto llamaban “antirrético” y que consiste en retar el demonio nombrándolo y utilizando palabras de la Escritura que lo contradicen.

Este método no es muy del gusto de la cultura actual pero es muy eficaz. Eso sí, se puede usar si uno tiene “autoridad espiritual” con respecto a la otra persona. El Señor lo usaba siempre, precisamente porque Él es el Señor y tiene autoridad sobre hombres y demonios y el Padre ha sometido todo bajo sus pies. (Es bueno recordar aquí que, aunque el Señor tiene esta autoridad por ser quien es, quiso sin embargo “ganársela” como hombre, viviendo como uno de tantos y padeciendo la cruz sin utilizar su poder sino ganándonos el corazón con su humildad y su amistad!). Nosotros podemos usar este método de “retarlo al diablo” con nosotros mismos o con alguien con quien tenemos relación de amistad espiritual y que nos pide consejo o acompañamiento. En el caso del Señor y de su amigo vemos cómo Simón Pedro le había dado autoridad sobre sí mismo a Jesús al confesar que era el Mesías y entonces Jesús lo ubica y lo pone en su lugar como un Mesías a su primer seguidor y hombre de mayor confianza en un momento clave de su vida y de su misión.

Lo que tiene que quedar claro es que se trata de un reto especial a una persona especial en un momento especial. No es que cualquiera puede andar diciéndole a los otros “ve detrás de mi Satanás” en cualquier momento. Paradójicamente, en nuestra cultura mediática actual, vemos que este método es muy usado por todo tipo de personas que se demonizan mutuamente por cuestiones políticas. El demonio es el “mono de Dios”, caricaturiza el modo de actuar del Señor y, así como no le gusta que lo “demonicen” a él -más bien le gusta pasar desapercibido, como “un tipo normal” (como lo presenta muy bien la película “La cordillera”)- le encanta hacer que los humanos nos demonicemos unos a otros.

En este tipo de tentaciones, que San Ignacio llama “bajo apariencia de bien” y que describe usando la imagen, muy significativa, de que son tentaciones de “angel de luz”, porque la persona así tentada parece que actúa bajo la inspiración de un angelito cuando en realidad está bajo la influencia de un demonio, hace bien enfrentarlas enérgicamente, “contradiciendo” al diablo de manera explícita, nombrándolo y oponiéndole, a las palabras que nos sugiere, otras totalmente contrarias y que vienen del evangelio. Diciendo, por ejemplo: eso que pensé o que dijo alguno estará muy bien y será muy sensato, pero el evangelio dice algo totalmente contrario.

El efecto suele ser fuerte y la reacción del que está tentado, si no es dócil como Simón Pedro, que por algo lo eligió Papa el Señor, también. Si la persona experimenta enojo ante estos retos evangélicos, se le hace evidente, al menos, que no era un pensamiento angelical el suyo. Es notable cómo se endurece el corazón cuando el evangelio contradice una actitud o un criterio que estaba instalado muy a gusto dirigiendo nuestra vida. El ejemplo típico es el endurecimiento de los fariseos a los que la misericordia de Jesús les hacía rechinar los dientes cada vez que les sacaba a la luz del día alguna actitud muy legal y justificada que los eximía del amor al prójimo. Simón Pedro, en cambio, es ejemplo del que se expone a estos retos del Señor y aprende a discernir “en carne propia”.

Un fruto que me viene al corazón al escribir esto es el de leer el evangelio dejándome retar por Jesús. Cariñosamente, como cuando le dice a Simón Pedro “poca fe, por qué dudaste” mientras le da la mano y lo sube consigo a la barca, o enérgicamente, como en el pasaje de hoy, en que lo manda alejarse y ponerse en su lugar, que es detrás de Cristo y no “delante suyo” (como diciendo no seas más papista que el papa).

Este modo de leer apasionado, afectivo, comprometido, es todo lo contrario de una lectura “moralizante” del evangelio. El Señor no es uno de esos profesionales de las dinámicas de autoayuda que dan recetas en abstracto para el que quiera seguirlas. El Señor es un amigo apasionado que reclama nuestro amor absoluto y nuestra fidelidad incondicional en todo momento porque se ha subido a nuestra misma barca y está tratando de que se suban todos los que corren peligro de naufragar. No le sirven buenos modales ni medias tintas. Quiere gente que esté con él y, si no, que esté en contra. Pero no tibios. Quiere gente que “tenga los mismos sentimientos suyos”, como le dice Pablo a los Filipenses (Fil 2, 5), que tenga la “mente de Cristo” (1 Cor 2, 16), que juzgue con sus criterios y esté atento a los criterios “de los hombres”, que suelen ser muy influenciables.

Veamos alguno criterios que Jesús “consolidó” con su propia vida y que el Espíritu Santo nos recuerda cada vez que el mal espíritu intenta endulzarnos el oído o indignarnos el discurso.

El primer criterio es el de la misericordia, a la que ningún razonamiento, por ético que parezca, puede hacer descender de su primer lugar.

Ese criterio, de poner por sobre todo la Misericordia, lleva al segundo: que es el de abrazar la cruz uno para no cargársela a los otros. Este criterio impide toda solución fácil, de buscar chivos expiatorios y de dividir la vida en bandos, en internas y en malos y buenos. En la medida en que somos un poco más misericordiosos cargamos un poco más la cruz nosotros y aliviamos a los demás.

Nuestro pueblo nos da ejemplo con ese modo de actuar que, como dice el Papa, “resiste pasivamente el mal”, cultivando actitudes amor a la vida, protestando cuando hay que protestar, pacífica y sostenidamente, sin dejar nunca de trabajar y de cuidar a los más pequeños, sabiendo también festejar la vida y la fe cada vez que se puede, mientras se resiste la injusticia.

Estos dos criterios -el de la misericordia como criterio último y el de la cruz como medio e instrumento inexcusable- lleva al tercer criterio, que es el de la esperanza en la resurrección. Actuar esperando que Otro nos resucite es el riesgo mayor, en el que se apuesta todo lo que uno tiene, que es la propia vida.

Estos tres criterios se resumen en uno que más que un criterio lógico es una persona: Jesús. Esto me acerca a Jesús o me aleja de Jesús. Esto es lo que haría Jesús, esto Jesús no lo haría nunca. En esto me juego por Jesús, esto lo hago en Nombre de Jesús. Esto lo hago con Jesús, por Jesús y para él. Esto no lo hago porque Jesús no lo haría…

Diego Fares Sj

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Al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos

– ‘Qué dice la gente sobre el Hijo del hombre? Quién dicen que es?’

Ellos respondieron:

-‘Unos dicen que es Juan el Bautista, otros, Elías y otros Jeremías o alguno de los profetas’.

– ‘Y ustedes –les preguntó- ‘¿Quién dicen que soy?’

Tomando la palabra Simón Pedro respondió:

– ‘Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo’.

Y Jesús le dijo:

-‘Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre sino mi Padre que está en el cielo.

Y Yo te digo: Tú eres Pedro y sobre esta Piedra edificaré mi Iglesia,

y el poder de la muerte no prevalecerá sobre ella.

Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos.

Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo’

Entonces ordenó severamente a sus discípulos que no dijeran a nadie que él era el Mesías” (Mt 16, 13-20).

Contemplación

Feliz de ti Simón!

Es la bienaventuranza de la fe.

De lo feliz que hace tener fe en Jesús.

La alegría que da hacerle caso a la fe cuando algo la despierta en nuestro corazón y sentimos el impulso a adherirnos sin peros a una certeza, que tiene que ver con un bien común, con algo que nos hace sentir plenamente humanos.

Algo especial se ilumina en los ojos de Jesús, mientras les va preguntando: “quién dice la gente que soy yo, quien dicen ustedes que soy yo…” y Simón le hace caso a lo que le dice su corazón.

Me pregunto si todos sentimos la voz del Padre cuando nos indica quién es Jesus, cuando nos revela que es su predilecto, el que esperamos, el Ungido…

El Señor dirá que el Padre se hace oír mejor por los pequeñitos y no por los que se complacen en escucharse a si mismos y en escuchar a los que los aplauden.

En todo caso, escuchar la voz del Padre e interpretarla como algo especial requiere ayuda, confirmación.

Esto es lo que hace Jesús con Simón: lo confirma, lo consolida en esa confianza que hace que se juegue y que lo convierte en Pedro, en piedra para confirmar la fe de sus hermanos, de todos nosotros.

Desde entonces, Simón Pedro -siempre con sus dos nombres, como hoy Jorge Bergoglio/Francisco- tiene la misión de confirmar personalmente la fe de los que queremos ser discípulos de Jesús.

Me gusta la idea evangélica de una fe en Jesús que necesita confirmación.

Una confirmación que no viene de la carne ni de la sangre, que no es cultural ni genética, sino que viene del Padre, del Altísimo, del Misericordioso, del que siempre está, estuvo y estará (que es una forma cercana de decir que es eterno).

Nuestra fe necesita esta confirmación de nuestro Padre y Él nos la hace llegar por dos vías, ambas eclesiales: por Pedro y por los pequeñitos del pueblo fiel, infalible en su modo de creer y de vivir la fe en su vida cotidiana.

Una fe que necesita confirmación es una fe pobre, es una “poca fe”.

Una “poca fe” que grita: Señor! Auméntanos la fe.

El plural indica que no se trata de una pobreza individual, de esas de las que uno podría salir por esfuerzo propio, sino de una pobreza que nos orienta hacia los demás, que nos hace salir de nosotros mismos y pedir ayuda. A Jesús , a Pedro y a las personas que vemos que tienen más fe que nosotros.

Volviendo a Simón Pedro, diría que él y todos los que con su nombre propio reciben el nombre de Pedro, solo se entienden desde esta fe. No se los entiende desde categorías meramente políticas, sicológicas, sociológicas…

Si se los elige es porque son gente que se deja confirmar y que se hace cargo de la tarea de confirmar a los demás.

Desde esta perspectiva se puede decir que Simón buscó ser Pedro, quería ser Pedro, fue siempre un Pedro, uno que era piedra para los demás, uno que se dejaba confirmar y que confirmaba a los demás en la fe, ya se tratara de tirar la red una vez más , aunque no hubieran pescado nada en toda la noche, o de caminar sobre las aguas en dirección a lo que para los demás era solo un fantasma.

Desear ser Pedro, desear ser confirmado para poder confirmar, es un deseo que regala el Padre a quien quiere. Suele dárselo a los que se animan a caminar sobre las aguas (y no a los que quieren trepar), a los que se dejan corregir y saben pedir perdón, a los que se juegan por sus hermanos sin miedo a quemarse…

Dejarse confirmar es disponerse a recibir el fruto de una acción conjunta: del Padre que pone a Jesus bajo la Luz del Espíritu Santo y lo transfigura ante nuestros ojos.

Confirmar a los demás también implica una tarea compleja, mas compleja que la que conlleva definir un dogma o escribir una encíclica. Esta es solo una cara, la cara intelectual de la fe. Pero confirmar requiere también acompañamiento, conducción pastoral a lo largo del tiempo, cariño y misericordia para perdonar las caídas, paciencia y fortaleza para iniciar un proceso y llevarlo a buen fin…

Es decir: confirmar en la fe es cosa de Padre.

Va más allá de decirle a un hijo “tienes que hacer esto” o “esto está bien y esto está mal”.

La fe se confirma bancando a los hijos. Hijos que, como Simón Pedro, a veces dicen cosas geniales y otras cualquier pavada, que se tiran al agua porque quieren caminar sobre el mar y después piden ayuda porque se hunden, que se entusiasman y también a veces niegan cobardemente, que se arrepienten y regresan…

Jesus elige a Pedro porque se anima a pasar por todas estas cosas escuchando la voz interior del Padre que le hace ver desde adentro quién es Jesus a quien tiene delante. Confía en el. Fíate. Es mi Hijo. Es tu Amigo, tu Señor, escúchalo: es uno que te puede enseñar, tu maestro (tu director espiritual, tu rabí, tu iman, tu sensei, tu shifu…, como quiera llamarlo tu cultura).

Pero, como decíamos, no se trata de una fe individual sino comunitaria, eclesial. Es una fe misionera, que responde quién es Jesus en medio de la gente y para ir a confirmar a la gente. Una fe que escucha lo que dicen los medios -que Jesus es esto y lo otro-, y dice: para mí Jesus es el Hijo De Dios y esto salgo a anunciarlo y a compartirlo con los demás. En el conflicto de las interpretaciones, la fe resuena -Jesus quiere que resuene- con el tono de voz único y personal de cada uno. El Señor no le interesa sacar un promedio estadístico de lo que la gente piensa de él para que uno se quede con ese tanto por ciento. Le interesan voces que se jueguen por el el cien por ciento. Le interesa lo que yo pienso y elijo cultivar de mi relación con él en lo íntimo de mi corazón, no que yo tenga una opinión promedio acerca de quién es él.

Nadie puede decir Jesús es mi Señor si el Espíritu no le mueve el corazón.

Y el Espíritu no mueve sino corazones que quieren confirmar la fe de sus hijos pequeñitos, de los pobres mas pobres y de los que quieren aprender las enseñanzas del evangelio.

Diego Fares sj

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Jesús partió de Genesaret y se retiró al país de Tiro y Sidón.

Entonces una mujer siro-fenicia, saliendo de aquellos confines, comenzó a gritar:

– “Apiádate de mí, Señor! Hijo de David: mi hija está malamente atormentada por un demonio”.

Pero El no le respondió nada.

Sus discípulos se acercaron y le pidieron:

– “Señor, despídela concediéndole lo que pide, porque nos persigue con sus gritos”.

Jesús respondió:

– “Yo he sido enviado solamente a las ovejas perdidas del pueblo de Israel”.

Pero la mujer fue a postrarse ante El y le dijo:

– “Señor, socórreme!”.

Jesús le dijo:

– “No queda bien tomar el pan de los hijos para tirárselo a los cachorros”.

Ella respondió:

-“¡Pero sí, Señor! Los cachorros comen las migas que caen de la mesa de sus dueños!”.

Entonces Jesús le dijo:

-“¡Oh Mujer!, ¡qué grande es tu fe! Hágase como deseas”.

Y en ese momento su hija quedó sana (Mt 15, 21-28).

Contemplación

Siempre me conmueve el pasaje de la mujer “siro-fenicia”, como la llama Mateo, porque Tiro y Sidon son parte del Líbano – tierra de mis abuelos – y la composición de lugar -el meterse en la escena, en el territorio- se me hace familiar. Siria es también para nosotros la tierra de donde estamos tratando de traer familias que escapan de la guerra. La hermana Marta me contaba las dificultades burocráticas interminables que enfrentan los que quieren conseguir ayuda oficial para comprar los pasajes de una familia que ya tiene todo en orden para venir a la Argentina. Son tantas las postergaciones que Manos Abiertas decidió pagar directamente los pasajes que faltan para traer a cinco personas a nuestra patria. La realidad es que los gobiernos de buena voluntad, que abren sus puertas a los refugiados, al ver que otros las cierran directamente, comienzan a poner restricciones.

A la simple compasión ante el sufrimiento de los que se ven obligados a dejar su tierra y sus cosas y emigrar se le van agregando otros sentimientos. Miedo a los extraños, sentirse invadidos, conciencia de los propios necesitados… Me contaba Marta cómo le había impresionado que gente de nuestras propias obras de misericordia, influida se ve por esta mentalidad, le dijera “no saben lo equivocados que están”. Es curioso que entre las razones para no emprender esta empresa (porque traer una sola familia de refugiados sirios es toda una empresa), se use la de: “Y cuantos traen? Una sola familia, nada más?”.

En Italia, que es de los paises que mas solidariamente acoge a los refugiados e inmigrantes, se siente como se van consolidando, entre la gente común, las objeciones a recibir a esta pobre gente que busca una vida mejor. Las razones son de peso -la dificultad para integrar tanta gente de culturas diferentes en una época donde escasea el trabajo…- pero a lo que voy es a que son razones para cerrar el corazón.

Resuena la frase de los discípulos ante los gritos de mi paisana que persigue a Jesús suplicándole que tenga compasión de ella porque su hija está atormentada por un demonio: “saquémonosla de encima”. Aunque con cierta generosidad practica, porque le dicen a Jesús que le conceda lo que pide, la actitud es la de sacársela de encima: despídela.

Y el Señor no es de los que se saquen de encima a nadie. Al contrario, no solo no le molesta que los pobres lo persigan sino que Él es de los que salen a buscar al que necesita. Esta es la tendencia, el dinamismo, el espíritu de nuestras obras de misericordia: construir estructuras que salgan al encuentro de las necesidades, sabiendo que la gente vendrá.

Y hay que estar muy atentos a que el mal espíritu no nos erosione esta actitud radical, de simple y pura misericordia, con razonamientos falaces que se instalan poco a poco y terminan por cambiar totalmente nuestros comportamientos prácticos. Cuando se llega al punto de que la misma gente que está trabajando en obras de misericordia (no hablo de gente que solo piensa en su interés sino de gente que piensa en los demás) se vuelve selectiva y temerosa, es que estamos en presencia de una tentación y hay que discernir por donde sé metió. San Ignacio dice que cuando algo que era bueno termina en algo menos bueno hay que revisar el proceso de los pensamientos y ver donde fue que el mal espíritu entró con la nuestra y nos llevó a sus acostumbrados engaños.

No se trata de no ser razonables en cuanto a los recursos y posibilidades de ayuda que una institución tiene. Pero sí de tomar conciencia que si una institución atiende a 2000 personas por obra y gracia de la divina providencia que motiva a tanta gente a donar trabajo, tiempo y dinero, si la misma providencia lo desea, podrá ayudar a 2005 -incluir a una familia siria-. Podrá también multiplicarse la ayuda, como los cinco pancitos, si el Señor así lo quiere. Y si falta, se achicara la cantidad de lo que se de, pero no el corazón! Este es el punto: las razones que dilatan el corazon y las razones que lo angustian, lo cierran y lo quieren achicar.

Si uno ve el sufrimiento del mundo, lo razonable siempre es darse cuenta de que no alcanza. Aunque de ahora en adelante pusiéramos todo el dinero del mundo al servicio de los mas pobres (que alcanza y sobra), no llegaríamos a ayudar a los que ya nacieron desnutridos, por ejemplo. Pero esta pobreza y limite de los recursos puede tomar dos direcciones: la de dilatar el corazon o la de cerrarlo. El que dilata el corazon, como la mamá del evangelio, no deja de luchar por los que ama y reza con mas fuerza al Señor, buscando conmover su corazón. El que lo cierra, se va volviendo como los discípulos que siempre tenían a flor de labios esa frase: “despide a la gente”.

La creatividad para dialogar con Jesús, para pedirle de manera que no se pueda resistir, es signo de un corazon dilatado. Dilatado por la compasión frente al que sufre y por la fe en Jesús.

Los problemas reales son complicados. Los razonamientos generales tienen, todos, su parte de verdad. Pero el que abre su oido a una necesidad concreta, el que dialoga con el que le pide ayuda y pone manos a la obra para resolver el caso que se le presenta cada día, experimenta que el corazón se le dilata. Pasa a formar parte de los que tienen mas corazón que recursos, mas compasión que manos (y por eso buscan otras manos y trabajan junto con otros). En cambio el que se queda en las consideraciones generales y no se arremanga, seguramente encontrará razones que lo justifiquen. Pero pasara a formar parte de los que tienen mas razón que corazon, mas recursos que manos, porque dudando como gastar mejor se quedaron sin dar todo lo que podían.

San Alberto Hurtado, que dejo que se le dilatara el corazon al ritmo de cada necesidad que le salía al encuentro cada día es patrono de los que desean tener un corazón mas grande que sus recursos. Y como buen patrono, intercede por los que pedimos esta gracia, que es la que mas necesitan los pobres: encontrarse con gente que los recibe con un corazon mas grande que la limosna o la ayudita que les brindan.

Decía Hurtado:

“No hay sólo que darse, sino darse con la sonrisa. No hay sólo que dejarse matar, sino ir al combate cantando.

Hay que hacer amar la virtud. Hacer que los ejemplos sean contagiosos,

de otra manera quedan estériles. Hacer la vida de los que nos rodean sabrosa y agradable.

Esto es triunfar sobre el egoísmo sutil, que una vez expulsado de la

trama de nuestra vida, tiende a refugiarse en los repliegues, es decir, en nuestra sensibilidad egoísta haciendo sentir que uno es un mártir o al menos una víctima, alzándose sobre un pedestal y buscando el ser consolado.

Canta y avanza, la abnegación total es alegría perpetua. ¿Es la cuadratura

del círculo? No. Porque hay un vínculo secreto entre el don de sí, por amor, y la paz del alma”.

Diego Fares sj

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