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“Jesús propuso a la gente esta parábola:

El reino de los cielos se parece a

un hombre que sembró buena semilla en su campo;

pero mientras todos dormían vino su enemigo,

sembró cizaña en medio del trigo y se fue.

Cuando creció el trigo y aparecieron las espigas, también apareció la cizaña.

Los siervos fueron a ver entonces al padre de familia y le dijeron:

‘Señor, ¿no era que habías sembrado semilla buena en tu campo?

¿Cómo es que ahora hay cizaña?’

El les respondió: ‘Un hombre enemigo hizo esto’.

Los siervos replicaron: ‘¿Quieres que vayamos a arrancarla?’

No –les dijo- porque al arrancar la cizaña

corren el peligro de arrancar también el trigo.

Dejen que crezcan juntos hasta la cosecha,

y entonces diré a los cosechadores:

arranquen primero la cizaña y átenla en manojos para quemarla,

y luego recojan el trigo en mi granero.

También les propuso otra parábola: «El Reino de los Cielos se parece a un grano de mostaza que un hombre sembró en su campo. En realidad, esta es la más pequeña de las semillas, pero cuando crece es la más grande de las hortalizas y se convierte en un arbusto, de tal manera que los pájaros del cielo van a cobijarse en sus ramas.»

Después les dijo esta otra parábola: «El Reino de los Cielos se parece a un poco de levadura que una mujer mezcla con gran cantidad de harina, hasta que fermenta toda la masa.»

Todo esto lo decía Jesús a la muchedumbre por medio de parábolas…(Mt 13, 24 ss.).

 

Contemplación

 

En el Ángelus del domingo pasado, el Papa Francisco, hizo una reflexión sobre el lenguaje de Jesús: “Jesús, cuando hablaba, usaba un lenguaje simple y usaba también imágenes, que eran ejemplos tomados de la vida cotidiana (como la parábola del Sembrador y la del enemigo que siembra cizaña), para poder ser comprendidos fácilmente por todos. Por esto la gente lo escuchaba encantada y apreciaba su mensaje que llegaba directo a su corazón; y no era ese lenguaje complicado de entender, el que usaban los doctores de la ley de la época, que no se entendía bien pero que estaba lleno de rigidez y alejaba a la gente. Y con este lenguaje Jesús hacía entender el misterio del Reino de Dios; no era una teología complicada”.

El discernimiento de los dos lenguajes es claro: el lenguaje que me acerca directamente al amor de Jesús, es del buen espíritu; y el lenguaje que me aleja del amor de Jesús, es del malo.            Pero podemos preguntarnos: ¿Y qué sucede con el lenguaje de algunos medios? También es simple y ciertamente entra directo al corazón, no para sembrar semilla buena, esto lo intuimos, pero la cizaña se nos mete y se propaga por el todo el terreno, especialmente allí donde estaba removido y abonado para el trigo.

Cada tanto, como ha sucedido en estas semanas, surge una andanada de artículos con ataques a la Iglesia y al Papa (convengamos que es un único ataque, aunque algunos digan que atacan al Papa para defender la doctrina de la Iglesia y otros digan que defienden al Papa y atacan a la Iglesia).

El lenguaje que usan muchos medios, no parece complicado; es más, los titulares que hablan de intrigas de poder, venenos, luchas internas, errores clamorosos, ataques a la doctrina, casos de pederastía…, son bien directos.

Sin embargo, a veces es un lenguaje simplista, no simple. No hay que confundir trigo con cizaña, aunque se parezcan exteriormente. El trigo alimenta, la cizaña envenena (y si es nuestro “chamico”, hace alucinar. Y lo que de ninguna manera hay que confundir (aunque no sea simple discernir las trampas) es si el que habla es amigo o enemigo.

El hombre de la parábola lo discierne al primer golpe de vista: el que sembró la cizaña es un enemigo. El que sembró semilla buena es contundente en su juicio y firme en su decisión de no intentar arrancar la plaga antes de tiempo. El cuida el trigo y no quiere correr el riesgo de arrancar también alguna plantita buena.

La cizaña es contagiosa. Los mismos servidores ya estaban dudando si no la habría sembrado su patrón –queriendo o sin quererlo- y le proponían arrancarla inmediatamente. Pero el que sembró semilla buena no duda de lo que sembró y no se apura solucionar la cosa de cualquier manera. Es coherente: sembró el bien, sufrió un ataque, se bancará la cizaña y la separará al final.

Eso no quita que, cuando en algún sitio del campo se ve que el exceso de cizaña sofoca a algunas plantitas tiernas de trigo, se pueda cortar con sumo cuidado algunos yuyos más evidentes, para darle aire a las plantas.

Cortarla con eso de justificar el lenguaje escandaloso

Algunos justifican el uso de un lenguaje escandaloso diciendo que cuentan “hechos escandalosos”. Si se tratara solo de hechos, serían los mismos que el Papa señala cuando afirma que hay corrupción en el Vaticano o condena un escándalo.

Pero la verdad no solo consiste en hechos que cualquiera dice y muestra de cualquier manera sin importar quién esté escuchando o leyendo ni a quién use para mostrar su mensaje o cuántos se vean afectados. Por ello, parafraseando algún comentario, podríamos decir que el verdadero ataque de cierto tipo de lenguaje es al Esplendor de la Verdad.

Cuidar entre todos el lenguaje, es tan vital como cuidar el aire del planeta. Cuidar el sentido del lenguaje que no está, en primer lugar, en los conceptos e imágenes que se utilizan para armar un discurso racional, sino en el consenso respetuoso que se dan entre sí los que dialogan y buscan juntos la verdad. El lenguaje público se sostiene gracias al consenso tácito que todos nos prestamos, y debe ser custodiado. No como el espacio público, que ante la amenaza de actos terroristas se vigila con el ejército en las calles. El lenguaje público se custodia hablando bien, corrigiendo de buena manera y denunciando el mal uso (que si termina en la justicia puede ser que tarde una sentencia). En el día a día toca a cada persona –a cada uno de nosotros-la decisión de no contaminarse ni contaminar el lenguaje común.

Para ello, el único camino es crecer en el discernimiento.

No es fácil, dado el grado de sofisticación del lenguaje actual, discernir con nitidez cuándo está en acto un discurso tramposo. Los hay de todo tipo. Desde el lenguaje liviano, propio de las revistas de chismes, que se usa para instalar algún concepto o imagen pesada, hasta el lenguaje serio que, utilizando conceptos teológicos (como el demonio usaba la biblia para tentar al Señor en el desierto), razona de manera falaz y quiere torcer la verdad encarnada que es Cristo. En el caso del niño al que filmó el programa Periodismo para todos, el lenguaje audiovisual se discierne por el vómito. Cuando el niño le dice al periodista: “Eh, ustedes qué me están preguntando, si yo maté a alguno?”. El periodista responde con firmeza: “Sí”. El niño agrega con las manos en la nuca: “¿Para qué…?”. Y el periodista musita afinando la voz: “Para saber”. Si uno hace caso al estómago de su oído, vomita. Hay cosas que no son “para saber” allí, de ese modo.

Menapace, en su cuento “Los anteojos de Dios” narra la escena del usurero que fue al cielo y (hay que leer todo el cuento) se puso los anteojos de Dios para ver lo que pasaba en el mundo. Vio una injusticia de un exsocio suyo y con certera puntería le revoleó por la cabeza el banquito donde Dios apoya sus pies. Cuando Dios regresa le dice que estaba todo bien, que viera las cosas con sus anteojos, pero, agrega: Hay que tener mucho cuidado con ponerse mis anteojos, si no se está bien seguro de tener también mi corazón. Sólo tiene derecho a juzgar, el que tiene el poder de salvar”. Y el que no tiene el poder de salvar, debe discernir para que lo que dice y muestra pueda ser usado bien por El que sí lo tiene.

Decir la verdad con el Espíritu de la verdad

Puede ayudaremos en este camino de crecer en el discernimiento del lenguaje usar algunos criterios de San Pedro Fabro, el jesuita compañero de Ignacio y de Francisco Javier. Fabro, según el juicio de Ignacio, era quien mejor daba los Ejercicios Espirituales y tenía el carisma del discernimiento y de la conversación espiritual. Sabía dialogar con todos y tenía un modo especialmente respetuoso y convincente con sus adversarios.

Su primer criterio dice así:

“Durante la misa me nació otro deseo: y fue que todo el bien que pueda realizar en adelante, la pueda hacer con la mediación del Espíritu bueno y santo. Y me vino la idea de que a Dios no le debía complacer la manera con que algunos herejes (partidistas) quieren hacer ciertas reformas en la Iglesia. Si bien de hecho dicen algunas cosas verdaderas, lo cual también hacen los demonios, no lo hacen con aquel espíritu de verdad que es el Espíritu Santo”.

Distingue Fabro, en la práctica, tres “verdades”: las cosas verdaderas, el espíritu de verdad, en cuanto disposición con que se dicen las cosas verdaderas, y el Espíritu de la Verdad como Persona. Entre la verdad de los hechos y el Espíritu de la Verdad, está situado ese “espíritu de verdad” o “buen espíritu”, como le llamamos en Ejercicios. Es bueno porque permite que se vinculen los hechos de la vida –no solo los buenos, también el pecado- con la Gracia. Así uno habla “con buen espíritu” cuando lo que dice puede ser usado por el Espíritu para el bien común.

Este es el primer discernimiento para juzgar si algo es verdad o mentira en este sentido ampliado. Hay que preguntar(se): Esto que se dice ¿puede ser usado por el Buen Espíritu o, por el contrario, lo aprovechará el malo?

Recuerdo un criterio del padre Fiorito, nuestro maestro espiritual durante la etapa de formación que, cuando le contaba algún hecho y utilizaba para calificar a otro una palabra insultante – “es un tal por cual”-, preguntaba sonriendo: “Y esa palabra, dónde se encuentra en la Escritura?” Como siempre venía a la mente el pasaje de Mateo 5, 22, en el que los insultos o descalificaciones a un hermano son duramente condenados por el Señor, yo mismo me daba cuenta de que “estaba tentado” por el mal espíritu. En una palabra destemplada se podía discernir el mal espíritu que animaba toda una argumentación. Y era una argumentación que utilizaba hechos objetivos y razonamientos innegables… pero para alimentar el enojo con un hermano y justificar una división.

También uno puede seguir el camino inverso: partir de la realidad e ir a ver qué discurso la alimentó. Cuando uno nota, como le sucede a tanta gente al escuchar el lenguaje simple de Francisco que llega al corazón, que le nace dentro una atracción al bien y visualiza la posibilidad de corregir algo que anda mal en su vida, de tal manera que queda al alcance de la mano dar un pasito adelante, quizás pequeño, pero decididamente bien orientado, es señal clara de que el discurso que suscitó todo esto es verdadero. El Espíritu Santo bendijo este lenguaje –aún con sus límites- y lo utilizó para conducir la vida de la Iglesia y/o de una persona en un momento dado.

Si, por el contrario, uno nota, como sucede al leer algún artículo, que se le bloquea el deseo de hacer algún bien que tenía pensado, le sobreviene oscuridad a la mente y se le instala la desesperanza de que alguna vez se solucione algo en concreto, es señal de que está en acto un discurso tramposo. De esos que entristecen al Espíritu Santo porque algo obstaculiza su accionar benéfico.

Más allá de que se pueda desmontar la trampa, se discierne en conjunto.

Así como hay trampas que no se pueden desmontar porque explotan (hay gente que no teme decir cualquier cosa aunque parezca que “se suicida” mediáticamente, pero es porque saben que pueden “resucitar” en otro formato), así hay discursos que no se pueden desmontar porque sólo son vehículo para que algo malo pase y se incorpore al modo de pensar del otro.            Hay un lenguaje que envenena el alma. El asunto es alejarse y no tragarse el veneno.

Así, lo que puede parecer una diferencia pequeña –la de decir bien una verdad o la de decirla con burlas, ira o desprecio- en algún punto origina un gran cambio. Una verdad dicha con mansedumbre y respeto es una mano tendida que crea puentes. En cambio, una verdad dicha con acritud y falta de respeto es una bofetada que rompe posibilidades de entendimiento.

Este espíritu con que se dicen las verdades influye también en la manera de ver las cosas del mismo que habla. El hablar mal lleva a pensar mal y a ver mal, lleva a la ceguera. Utilizar un lenguaje ofensivo termina por ofuscar la propia visión de la realidad.

Concluimos reafirmando que la verdad no consiste solo en “hechos” que se “muestran” por televisión o se definen en “definiciones abstractas”. La Verdad incluye como algo esencial el modo respetuoso y amoroso con que se expresan las cosas, de modo tal que atraigan con su esplendor y hagan bien y nunca mal. Todos hemos experimentado alguna vez cómo un tono o una mirada intencionadamente sarcástica es capaz de subvertir totalmente la verdad más inocente o amigable, introduciendo en ella un veneno mortal que muchas veces ni deja rastro. Las cosas verdaderas se dicen con ese espíritu de verdad que es el Espíritu Santo.

Salvar la proposición ajena

A ponerse en esta actitud de buen espíritu, de pronunciar palabras y argumentar discursos a los que el Espíritu Santo pueda dar la eficacia de la Verdad, ayuda una cosa. Lo que San Ignacio llama “salvar la proposición ajena”. En tres frases Ignacio da todo un tratado para dialogar con buen espíritu con cualquiera (arte en el que el Papa Francisco siempre se ha destacado).

Dice Ignacio: “se ha de presuponer que todo buen cristiano ha de ser más pronto a salvar la proposición del prójimo, que a condenarla; y si no la puede salvar, pregunte cómo la entiende (qué quiso decir), y, si mal la entiende (si el otro está equivocado), corríjale con amor; y si no basta, busque todos los medios convenientes para que, bien entendiéndola, se salve” (EE 22). Por supuesto que se trata de un diálogo entre personas que desean entenderse. En el caso de los que escriben utilizando un lenguaje tramposo, uno tendería a pensar que ya tienen posturas tomadas y por tanto es inútil tratar de dialogar.

Sin embargo, no ha sido esta la actitud del Papa Francisco para enfrentar este tipo de críticas. El Papa ha tenido muchos gestos de respeto y de apertura al diálogo con muchos de sus críticos. En sus acercamientos por teléfono, por mail o mediante cartas manuscritas, el estilo de Francisco sigue estos pasos:

Agradecer cuando siente que el otro tiene voluntad de comunicarse frontalmente y de expresar las disidencias con paz, sin agresiones ni expresiones altisonantes.

Alguna vez que ha corregido alguna imprecisión informativa, ha tenido la deferencia de hacerlo privadamente al interesado.

Y en ocasiones en que la crítica ha sido directamente ofensiva, ha tenido la grandeza de salvar la crítica misma, en cuanto que puede ayudar a caminar por la recta vía del Señor.

Eso sí, siempre destaca el Santo Padre que la mansedumbre es lo que debe primar en el modo de hablar y de dar noticias.

Las actitudes del Papa, aunque no siempre logren cambiar las ideas y las estrategias comunicativas de algunas de estas personas, a todas les tocan el corazón. Esto muestra la estatura moral de alguien que en el mano a mano desarma –aunque solo sea por un momento- la hostilidad de sus adversarios. Por eso, al escribir sobre el lenguaje tramposo, no hace falta atacar a los que lo usan sino tratar de discernir las tentaciones. Y lo primero es “ponerse uno de buen espíritu”.  Entonces sí, se pueden aportar algunas reflexiones que ayuden al que se ve afectado por este lenguaje, a que pueda examinarlo con mirada crítica y serena, y aprenda a no dejarse empantanar en las falacias de los lenguajes tramposos y, sobre todo, a no dejar que le roben o disminuyan su amor a la Iglesia y al Papa. También puede ayudar a los periodistas a conectarse con su pasión más honda: la de anunciar bien la buena noticia. Aunque se trate del peor mal, si se anuncia bien, se ayuda a corregirlo o al menos a neutralizarlo. Condenar bien las cosas malas, cuando lo hace unanimente la gran mayoría de un pueblo consolida su corazón común. Por eso es que no hay que condenar cualquier cosa ni todo todo el tiempo ni usando un lenguaje negativo.

Diego Fares sj

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Pedro y Jesús

Apostar a Jesús

Muchos de los discípulos que lo oyeron dijeron:
– ‘¡Es duro este lenguaje! ¿Quién es capaz de escucharlo?’
Sabiendo Jesús que murmuraban acerca de esto les dijo:
– ‘¿Esto los escandaliza?
¿Y si vieran al Hijo del hombre subir a donde estaba primero?
El Espíritu es el que vivifica, la carne de nada aprovecha.
Las palabras que Yo les he hablado son Espíritu y son Vida.
Pero hay algunos de entre ustedes que no creen.
Porque Jesús sabía desde un principio quiénes eran los que no creían
y quién era el que le había de entregar.
Y decía:
– ‘Por esto les he dicho que nadie puede venir a mí a no ser que le sea concedido por mi Padre.
Desde ese momento muchos de sus discípulos se volvieron atrás
y no andaban ya en su compañía.
Dijo pues Jesús a los Doce:
– ‘¿Acaso también ustedes quieren marcharse?’
Le respondió Simón Pedro:
– ‘Señor ¿a quién iremos?
Tú tienes palabras de vida eterna. Y nosotros hemos creído y conocido que tú eres el Santo de Dios’.
Jesús les respondió: ‘¿No los he elegido yo a ustedes, los Doce? Y uno de ustedes es un diablo.’ Hablaba de Judas, hijo de Simón Iscariote, porque éste le iba a entregar, uno de los Doce (Jn 6, 60-69).

Contemplación

Pedro y Jesús se entienden bien: se trata de “andar en compañía”, de ser amigos fieles, de adhesión de corazón a las personas.
Jesús eligió a Pedro y a los discípulos como personas, no por sus cualidades para un trabajo. Después comenzó la tarea de formarlos bien, tarea que nunca acaba: el discípulo no es más que su Maestro.
Y Pedro le responde al Señor eligiéndolo también como Persona: no quiere “ir a otro”.
Y eso supone que le acepta lo más valioso de una persona, que son las palabras que salen de su corazón. Después vendrá el trabajo de interpretación y de llevarlas a la práctica… Pero Pedro salva entera la proposición de Jesús, su Prójimo.

En cambio los discípulos que se alejan de la Persona de Jesús y dejan de andar en su compañía, se justifican con la excusa de que el lenguaje es duro. Entienden “comer su carne” de manera literal. Martini califica estos “malentendidos” como “interpretaciones materialistas de las palabras de Jesús; interpretaciones literales, fundamentalistas”.
También hoy se da esta tentación cuando uno, en la vida espiritual, pasa a un nivel de compromiso más hondo y se toma más en serio la religión. Por ahí se exagera la letra. Ahora bien, si la vida espiritual es un camino en el que vamos “de bien en mejor subiendo”, como dice San Ignacio, esta adhesión a la materialidad de las enseñanzas de Jesús es algo bueno si uno mira lo que dejó atrás (uno que no se interesaba por tratar de cumplir nada, ahora cumple y exagera un poco); y si miramos para adelante o para arriba, es necesario dar un paso más: pasar al espíritu de esa ley. Quedarse en la letra terminará haciendo que uno se aleje de Jesús, como les sucedió a muchos de sus discípulos. Es que la ley, si no se vive su espíritu, tiende a la burocracia y a la dureza, y al final uno se cansa: cuando queremos cumplir todo terminamos no cumpliendo nada.

Por eso, escuchemos bien lo que dice el Señor. Jesús habla de cosas concretas: nos invita a comulgar con Él, nos asegura que su Carne es verdadera comida. Pero, agrega, “estas palabras que les digo son Espíritu y vida”. “La carne sola no aprovecha para nada”. Fijémonos en la libertad con que el Señor usa el lenguaje: dice que “el que no come su Carne no tiene Vida” y dice también que “la carne no aprovecha para nada”.
Es que al hablar, la primera “adecuación” es entre corazones, entre personas espirituales que quieren ponerse de acuerdo. Luego viene la adecuación a las cosas y a las palabras.
La Carne que Jesús nos da es Él mismo, toda su Vida. Comulgar con Él es adherirnos a Él de corazón, mediante la fe. Comer es algo más que saborear un instante la sagrada Eucaristía. Comer la Carne de Jesús es recibirlo con toda la fe y con todo el amor del corazón en el sacramento, aceptando el don de su muerte y resurrección que recibimos eclesialmente, junto con todos nuestros hermanos, con las consecuencias prácticas que esto conlleva, de comulgar luego con toda la realidad, creando vínculos de comunión justa y misericordiosa con todos.

Pedro mira a los ojos a Jesús y entiende que está diciendo algo de Corazón, que está tratando de buscar su adhesión de fe (uno se da cuenta cuando un amigo está buscando que nos juguemos por él). Por eso Pedro no dice: “nosotros vamos comer tu carne ahora mismo y acá comenzamos a anotar a los que no vienen a Misa y sepan que están en pecado mortal”. Pedro dice: aunque no entienda bien cómo se concreta lo que estás diciendo (aún no había instituido el Señor la Eucaristía) sólo Vos tenés palabras de vida eterna. Nosotros nos adherimos a Vos, a tu Persona. Nos quedamos con Vos. No vamos a ir tras ningún otro. Y como nos adherimos a Vos, nos adherimos a lo que decís. Después te pedimos explicación –como María, cuando dice “cómo será posible esto”, como tantas veces los discípulos: “Señor, entonces quién podrá salvarse, si no se puede ser rico, si no hay que divorciarse, si…-. Nos tendrás que explicar cómo es eso de “comer tu carne”. Pero tus Palabras son pan, no son duras.

Me conmueve esa frase de Jesús (ese ruego):
─ ¿Acaso también ustedes quieren marcharse?
Pedro saltó espontáneamente y –como en esos casos en que su amor hablaba primero que su mente- el Padre le inspiró esas benditas palabras: “Señor, a quién iremos”. Bendito Simón Pedro, amigo de Jesús, porque no dijiste “a dónde” sino “a quién”.
Algunos se pierden a Jesús por cuestiones de palabras.
Algunos se pierden a Jesús por que no les gustó algo de la Iglesia.
Algunos se pierden a Jesús, la amistad con Jesús, la maravilla de poder profundizar en las riquezas de las Palabras de Jesús, por motivos intrascendentes.
Feliz de vos, Simón, por haber creído.
En ese instante te podrías haber ido (o dejado que Jesús siguiera su camino).
Podrías haber regresado a casa, a “tus cosas”: a la dureza conocida de las redes y de las noches en el lago, al calor de tu hogar… Pero te quedaste con Jesús. Gracias porque no solo te quedaste sino que te jugaste entero por tu Maestro. Allí perdiste, seguramente, algunos compañeros. Y se te juntaron otros que tal vez no eran los que más congeniaban con tus ideas…

La frase de Jesús aludiendo a que también se quedó Judas siendo un demonio endureció más todavía el discurso. No fue que se fueron los malos y el grupo se purificó y quedaron menos pero más contentos y todo resultó más fácil. Los demonios también se juegan y apuestan fuerte.
El Señor lo advierte precisamente en este momento de lealtad para que los suyos no se engañen. Están los que se alejan… Pero cerca de Jesús quedan los que se van volviendo buenos como el Pan ─ aquellos cuyo corazón se va volviendo líquido, como decía el Cura de Ars ─, y los que se van volviendo duros como la piedra ─ aquellos cuyo corazón se va esclerotizando ─. Entre los que perseveran cercanos, la proporción es de once a uno. Pero ese uno, Judas, hace mal.
Jesús no se asusta ni hace aspavientos.
Pero lo saca a la luz con toda claridad:
─ “Yo mismo los he elegido y uno es un demonio”.

¿Por qué es así? No sabría decirlo. Pero lo que Jesús deja claro ante la opción que Pedro y los discípulos hacen generosamente por Él es que el drama de la salvación sigue abierto. Cada opción por Jesús llevará a otras, más comprometidas y exigentes.
Eso sí, Él también se dará más enteramente:
nos defenderá,
nos perdonará,
nos cuidará,
nos dará su Espíritu,
nos preparará una morada,
nos hará fecundos,
nos colmará de una alegría que nadie nos podrá quitar,
estará con nosotros todos los días,
su Padre nos amará y nos concederá todo lo que le pidamos en su Nombre…

Algunos se alejaron…
Y el Señor me hace elegir una vez más:
─ ¿Quizás también vos te querés ir?
─ “Señor, a quién iré. Vos tenés palabras de Vida eterna”.
Son apuestas. Y valen la pena.

Diego Fares sj

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