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En aquel tiempo dijo Jesús a Nicodemo:

Tanto amó Dios al mundo

que le dio a su Hijo unigénito

para que todo el que cree y confía en Él no muera

sino que tenga vida eterna.

Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo

sino para que el mundo se salve por él.

El que cree en Él, no es condenado,

el que no cree, ya está condenado,

porque no ha creído en el Nombre del Hijo unigénito de Dios (Jn 3, 16-18).

Contemplación

Si uno mira el evangelio de hoy, en que el tema daría para un tratado sobre la Trinidad que podría llevar varios tomos, ve que la Iglesia elige un textito de nada en el que sólo se nos dice que Dios amó tanto al mundo que le dio a su Hijo para que confiando en Jesús nadie se muera, sino que todos tengan vida. Ni se mencionan las Tres divinas Personas. Solo un adverbio de cantidad –“tanto”- para hacernos sentir el peso suave de un amor incondicional: nos dio a su Hijo, a Jesús. Qué más se puede dar.          Es propio de Jesús esto de “engrandecer al Padre” –“¡nos amó tanto!”. También es propio suyo “quitar peso a nuestros pecados”, ejercitar la misericordia que suaviza la ley. Él es como el administrador infiel que le hacía agarrar los recibos a los deudores de su amo y donde en uno estaba escrito “cien barriles de aceite”, él le decía “anota 50”, y donde el recibo de otro decía “100 sacos de trigo”, él administrador se lo devolvía: “Mira, toma tus recibos y anota sólo ochenta”. Esta manera de “decir la verdad rebajando la obligación” permite a la persona sentir la presencia amorosa del Señor y recomenzar de nuevo desde una moral interior, movida por el amor.

En el oficio de lecturas de hoy sábado Santo Tomás cita a San Agustín que dice: “es mejor andar rengueando por el Camino que correr fuera de él. Porque el que va por el Camino –que es Jesús-, aunque avance poco, porque renguea, se acerca a la meta”. Me conmovió esto de: “aunque avance poco”. Me sentía identificado. Me venía la imagen de la peregrinación a Luján: de esas personas que uno al pasar los ve caminar totalmente acalambrados. Cómo arrastran los pies y otro los sostiene y los ayuda a ir adelante. Los pies son un desastre, pero en la cara se les ve que solo sienten “la meta”. Engrandecer a la Virgen les hace disminuir el dolor…

Nos centramos, pues, en ese “tanto” del amor de Dios.

El Padre no nos dio otras tablas con mandamientos y leyes. Nos dio a Jesús.

Nuestro Padre del Cielo no nos dio un tratado de teología. Nos dio a Jesús.

Y la Alegría del evangelio (“Evangelii gaudium”) de la carne frágil del Niño Jesús, que su Madre envolvió en pañales y recostó en un pesebre, se la anunció a los pastorcitos de las periferias de Belén, no a los escribas y fariseos de la corte y del templo.

Nuestro Padre no nos dio un tratado de moral sexual. Nos dio a Jesús.

Y la Alegría del amor (“Amoris laetitia”) que envolvió la infancia y la adolescencia de Jesús, quedó sellada en la intimidad familiar que sus padres –José y María- vivieron lejos de las miradas indiscretas de los demás.

El lieto anuncio de lo que llamamos “la vida oculta”, es que cuando una pareja se ama y Dios la bendice con la vida nadie debe meterse a opinar perturbando desde afuera. Nunca debemos olvidar que en el silencio de María y en el sueño de José, lo que a los ojos de la ley era motivo de excomunión se convirtió en un “no temas tomar a María tu esposa porque el que ha sido generado en ella por el Espíritu es santo (Mt 1, 20).

El Padre nos dio a su Hijo gracias a que María se bancó las miradas y los chusmeríos de la gente (que saldrían a la luz con toda su hiel en la vida adulta del Señor cuando regresó a Nazaret y en sus discusiones con los fariseos, que le dijeron que ellos no eran hijos de prostituta).

El Padre nos dio a Jesús gracias a que José no se atuvo a la ley y se jugó por un sueño, en una sociedad en la que la puerta del juez estaría abierta para redactar un acta de repudio con puntos y comas ya que todo era público y estaba catalogado con la precisión con que solo la ley judía puede hacerlo.

Nuestro Padre nos dio a Jesús y Él, su Hijo amado, para revelarnos a ese Padre suyo y Padrenuestro, no se le ocurrió mejor cosa que rezar delante de la gente diciendo Alabado Seas (“Laudato si’”) mi Señor . Y agradecerle y alabarlo porque hace salir el sol sobre buenos y malos, alimenta a los pajaritos del cielo, cuidando que no caiga ni un solo sin estar Él en persona presente, y viste a los lirios del campo mejor de lo que se visitó el rey Salomón.

El Padre nos dio a Jesús y Jesús se puso a enseñar a la gente:

– que Dios es un Padre que hace fiesta a los hijos pródigos y les tiene infinita paciencia a los hijos conservadores;

– que Dios es un Padre que sale a buscar trabajadores para su viña y no se fija mucho en los contratos;

– que Dios es un Padre que invita a todos a la fiesta de bodas de su hijo y regala entradas y trajes de fiesta.

El Padre nos dio a Jesús y Jesús, después de hacer todo lo posible por “suavizar la ley” -no para que no se cumpliera sino para darle la oportunidad a la gente de cumplirla entera, pero de corazón y a su propio ritmo-, al final, no pudiendo ya dar más, se dio a sí mismo en la Eucaristía –lavando los pies y partiendo el pan- como signo concreto y real de ese “amor tan grande” –de ese “tanto”- del Padre.

Jesús, al igual que el Padre, nos amó “hasta el extremo”. Y la mejor palabra para hacer ver este amor es ese mismo adverbio: “tanto”.

Jesús nos amó tanto que nos dio su Palabra, su compañía, sus sentimientos, su estilo, su carne, su servicio, su vida, a su Madre… Y, por si fuera poco, Él y el Padre nos dieron su Espíritu.

Al decir su “Espíritu” se nos agranda el Don y hay que tener cuidado porque, como todo gran regalo puede hacer que “hasta el santo desconfíe”. Por eso el Espíritu, si bien tiene algunos Pentecostés y a veces se deschava y se vuelve Efusivo, gradúa ese “tanto” del Padre y de Jesús y lo convierte en un “tanto cuanto”. Como dice Ignacio: nos manifiesta el Amor discretamente.

Discreción no significa para nada “términos medios”, tibieza o “nivelar por lo bajo”. Nada de eso. Caridad discreta significa mirar el bien del otro, no a sí mismo ni a la ley en abstracto. El Espíritu se vuelca y se da totalmente a todos según la capacidad de cada uno. El Espíritu es especialista en hacerse a la medida a cada persona: toma su paso, se “incultura”, se “hace todo a todos”.

Como el Espíritu del Padre y de Jesús es Alguien que no se mira a sí mismo, por eso el mundo no lo ve ni lo percibe; porque el mundo cuando dice “espíritu” piensa en un yo cuya soberbia hace girar el mundo en torno a su vanidad y a su poder. El Espíritu del Padre y de Jesús, en cambio es común, es inclusivo, unifica al pueblo fiel de Dios y da a cada uno un carisma para el bien común. El Espíritu es el “tanto” de Dios convertido en “tanto cuanto”: tanto cuanto puede cada uno recibir, tanto cuanto uno pueda dar las gracias que recibe.

El “tanto cuanto” –que se adapta perfectamente a cada persona y a cada pueblo- actúa en lo grande y en lo pequeño. Y lo hace en un nivel de magnitud que se nos escapa: lo macro, porque actúa en la Iglesia y en los pueblos a una escala que cuesta ver. A veces un cambio tarda dos milenios –como el tomar conciencia de que no se pueden bendecir las guerras- y otras veces el cambio se da en un microsegundo, como cuando Hurtado vio a ese pobre aterido de frío, le dio su sobretodo y supo que era Cristo, o cuando la pequeña Jacinta de Fátima comprendió que podía ofrecer sacrificios por los pecadores.

El Espíritu revela la verdad a algunos a sorbos y a otros lanzándolos a mar abierto.

El Espíritu enciende en algunos la fe como una velita y en otros es un fuego que enciendo otros fuegos.

El Espíritu hace rezar a algunos con las palabras de las oraciones aprendidas de niño y a otros los hace hablar y cantar en lenguas desconocidas, pura expresión de afecto y amor.

El Espíritu ayuda a los pobres creando y sosteniendo instituciones de caridad estructuradas y visibles y también con gestos personales, de esos en los que la mano derecha no sabe lo que dio la izquierda…

El Espíritu sopla donde quiere y cuando quiere y es Soberano en su modo de unir a los hombres, de enseñar a servir y de hacer adorar. Gracias a Dios, no se lo puede enjaular, como dijo el Papa a los carismáticos.

Bendita sea la Santísima Trinidad: el Padre misericordioso, el Hijo, Jesús, nuestro Señor y el Espíritu Santo Consolador.

Diego Fares sj

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probervio

 

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos:

“Saben que está mandado: ‘Ojo por ojo, diente por diente’.

Pero yo les digo:

No hagan frente al malo.

Al contrario si uno te abofetea en la mejilla derecha, ofrecele la otra;

al que quiere hacerte un juicio para quitarte la túnica, dale también la capa;

y si uno te quiere forzar a caminar un kilómetro, acompañalo dos;

a quien te pide, dale, al que te pide prestado, no le escapes.

Han oído que se dijo: ‘Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo’. Yo en cambio, les digo: Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los aborrecen y recen por los que los persiguen y calumnian. Así serán hijos de su Padre que está en el cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos y manda la lluvia a justos e injustos. Porque si aman a los que los aman, ¿qué premio tendrán? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y si saludan sólo a sus hermanos, ¿qué hacen de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles? Por tanto, sean perfectos como su Padre celestial es perfecto” (Mt 6, 38-48). 

Contemplación

Estamos viviendo en un mundo en el que cada país se arma para aniquilar a sus enemigos y se construye muros para no permitirles entrar. Sostener que al enemigo hay que eliminarlo lleva a aceptar como algo lógico que haya “daños colaterales”. Este es el nombre para la muerte de personas inocentes. No solo estamos lejos de la lógica del Señor sino muy lejos incluso del “ojo por ojo y diente por diente”.

En un mundo así, ¿son aplicables los consejos del Señor “no hagan frente al malo” y “amen a sus enemigos”?

Creo que debemos insistir en la novedad absoluta de esta ley de Jesús. Se sintetiza en “amar a los enemigos” y esto es algo que no podemos repetir a la ligera, sin medir las consecuencias.

El concreta sus consejos con ejemplos muy claros. La primera actitud que recomienda es no resisitir al malo, e implica:

“poner la otra mejilla”

“acompañar el doble de lo que se nos pide”

y “no escaparse del que nos viene a pedir prestado”. No solo “dar al que nos pide” sino “no escaparse”.

Vemos que Jesús no deja resquicio alguno para la excusa.

La segunda actitud es positiva, y lo de amar a los enemigo se concreta en ejemplos para las manos –hacer el bien a los que nos aborrecen- y para el corazón –recen por los que los calumnian. El Señor no deja que se escape ni siquiera el saludo! Porque uno puede aceptar que nos pida rezar en nuestra pieza por un perseguidor y hasta hacerle un bien si lo vemos necesitado, pero saludarlo… sonreírle! Qué difícil, no?

Por eso debemos sentir la dificultad que supone aceptar estas palabras. Por que si no, escuchamos el evangelio como uno que dice “sí, pero no”. Y esta es la peor manera de volverlo intrascendente.

Qué es lo que nos está diciendo el Señor? Qué significa hoy “poner la otra mejilla”, y “no esquivar al que sabemos que nos va a pedir prestado”?

Leamos detenidamente.

No resistir a los malos

Convengamos que los tres primeros son ejemplos muy distintos, pero parecen estar dentro de un ambito “vecinal”, por decirlo de alguna manera. En esto de no resistir al mal, el Señor no está hablando de un ataque con drones o de un terrorista suicida, ni tampoco del corrupto que deja que se desgaste asesinamente la maquinaria de un tren o del que por venganza te rocía con fósforo la casa y quema a tu familia.

La no resistencia al mal, el Señor la pone en escenas de la vida cotidiana. Una es de esas situaciones en las que una discusión, de pronto, pasa a mayores y termina en un empujón o en un cachetazo. El que sigue el consejo del Señor, es el que logra contener el  desborde sin recurrir a la violencia, poniendo un gesto de mansedumbre que desarma al otro.

Hacer el bien a los que nos odian        

Fijémonos ahora en otro detalle. Cuando habla de “hacer el bien” al que nos aborrece, no dice qué bien o cuánto. El Señor aquí dice simplemente “hacerle el bien”. No dice cuál bien. No dice que no lo esquivemos. Podemos esquivarlo y hacerle un bien sin que lo sepa. No dice que nos dejemos odiar más y más. A veces solo es posible hacer un bien muy pequeño a uno que nos odia mucho, pero siempre podemos actuar concentrándonos en algo positivo y no contagiados por el odio.

Rezar por los que nos persiguen

En la oración, los consejos del Señor se vuelven más radicales: rezar y bendecir al que nos persigue y nos calumnia. Aquí sí, el Señor nos dice que le deseemos el bien incluso al que puede quitarnos la vida. Que recemos para que se convierta, cambie, deje de obrar mal. Es que cuando hablamos con Dios, el tema tiene que ser el amor y no el rencor: no podemos dejar que el corazón se nos llene con sentimientos de odio y venganza.

Como vemos, hay una graduación en esto de los enemigos. No todos son igual de malos y hay muchos modos de resistir el mal y de hacer el bien.

Si damos un paso más, es bueno caer en la cuenta del tono que usa el Señor. Es de consejo, no de mandamiento. Estos no son preceptos legales, son  consejos espirituales.

¿Qué diferencia hay? Que los mandamientos obligan bajo pena de pecado; los consejos, en cambio, no: son libres. Uno se obliga lo que puede o quiere. Si uno no los sigue, se pierde su alegría. No es que Dios lo vaya a castigar.

El que se mete a caminar según estos consejos y modos de amar –incluso al enemigo-, se mete en unos líos tales que sólo el Espíritu Santo lo puede ayudar. Pero bueno. Si no para que se habría gastado tanto el Señor en enviarnos a su Espíritu, si con el derecho canónico bastara.

Diego Fares sj

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No piensen que vine para disolver la Ley o los Profetas: yo no he venido a disolver sino a plenificar. Les aseguro que no desaparecerá ni una i ni una coma de la Ley, antes que desaparezcan el cielo y la tierra, hasta que todo se realice. El que no cumpla el más pequeño de estos mandamientos, y enseñe a los otros a hacer lo mismo, será considerado el menor en el Reino de los Cielos. En cambio, el que los cumpla y enseñe (estos pequeños mandamientos), será considerado grande en el Reino de los Cielos. Yo les aseguro que, si la justicia de ustedes no supera la justicia de los escribas y fariseos, no entrarán en el Reino de los Cielos (Mt 5, 17-37).

Contemplación

Un pueblo que ama sus costumbres y cumple la ley interiormente, no por miedo a la policía, es un pueblo sabio y maduro.

Solo el Espíritu Santo es capaz de dar esta gracia: la ley interior de la caridad, que la gente cumpla de corazón las leyes, con gusto de buen ciudadano, por amor al bien.

Sin el Espíritu Santo de Jesús, las costumbres más buenas se vuelven secas y duras o se corrompen y se pudren. Si no se enseñan y se practican con amor las costumbres, los jóvenes se preguntan ¿por qué tengo que hacer esto si no me gusta?

Por eso se compara a las leyes con las frutas. Para enseñarlas a los niños hay que hacer como las madres que nos hacen gustar la dulzura interior de las leyes de la casa.

Dice el proverbio: “Deja que el carácter sea formado por la poesía, fijado por las leyes del buen comportamiento, y perfeccionado por la música”. O como decía un amigo: Dulce, salado, dulce. Así tiene que ser el proceso de una enseñanza. Dulce, salado, dulce.

El Espíritu es el que origina primero y luego perfecciona la ley.

Un buen árbol frutal da fruto en todas sus ramas. Puede ser que algún grano de uva no madure bien o se vuelva agrio, pero el racimo si es bueno, tiene buen gusto en cada grano pequeño. En esos últimos y pequeños frutos se ve la bondad de la planta.

Por eso el Señor habla de los “pequeños mandamientos”. No sólo “no matar”, sino tratar con dulzura y respeto al prójimo: no enojarse ni gritar a nadie, no llamar estúpido ni loco a ninguno. El modo de hablar es importante: es el fruto del corazón, porque de la abundancia del corazón habla la boca. Y si uno está lleno del Amor del Espíritu Santo sus palabras son buenas y dichas en buen tono.

Lo mismo con el adulterio. No basta con un “no adulterar” vivido como cáscara. El Señor nos invita a no dar mucho tiempo a pensamientos que –en un momento nos damos cuenta- están haciendo de otra persona un objeto en función de nuestro placer. El Señor nos invita a cultivar en cambio pensamientos que se dirijan a desear el bien a la otra persona.

Si un cristiano quiere dar estos frutos sin estar muy unido a Jesús (por la oración y la comunión que son el espacio donde actúa su Espíritu) será como una rama cortada: no sirve para nada, se secará pronto y su fruto se marchitará. El cristianismo no consiste en pensar lo que Jesús dice. En primer lugar, es buscar modos de encontrarnos con Él y de permanecer en el ámbito de su amistad. Y estos modos no son “costumbres” o “ritos” sino que son la relación con una Persona –el Espíritu-. El cristianismo es buscar al Espíritu Santo: dejarnos encontrar por Él, que viene, que sopla, que actúa… y canta!

El canto del Espíritu es una suave melodía que uno puede inventar y tararear cuando tiene pocas ganas de rezar.

Es el Espíritu Santo el que vuelve disfrutable la cercanía con Jesús. Y unidos a Jesús, el Espíritu en persona circula por nuestra vida –se mueve, suscita mociones, despierta ideas, hace gustar…-. Así va haciendo madurar nuestras costumbres, nuestros sentimientos y nuestro modo de pensar, de modo que todo se convierte en alimento dulce para los que nos rodean y nuestra vida da fruto.

Más que enseñarnos verdades como “cosas”, el Espíritu toma a su cargo el ritmo de nuestros días y hace que se sucedan las consolaciones del Padre, eligiendo sus momentos oportunos (kairós), dentro del tiempo de Dios, que todo lo ha planeado para bien de los que ama.

Pidamos al Espíritu Santo que cante en nuestros corazones las notas de la ley interior de la caridad, ese canto que hace que se vuelva dulce y fácil de cumplir toda otra ley y nos permite cumplir con gusto –cantando- los “pequeños mandamientos del Señor”.

……………

Como se habrán dado cuenta, la contemplación de hoy es la que mando a la comunidad china. Más corta, ya que los chinos trabajan todo el día y no tienen tiempo para leer largas teologías (ya sé que los argentinos tampoco (je)). La imagen para hablar de la ley es “alusiva”. Es que la pintura china, si quiere pintar un templo, no lo pinta, sino que pinta a un monje cortando leña o llevando un cubo de agua por el camino, de modo que se sienta que “hay un templo en la cercanía”.

El asunto es que hoy me puse a escribir primero la contemplación que le mando a Shu Qin, una amiga monja de la Compañía de María que me las traduce. Siempre rezo con lo más sentido de la semana y como ayer, un grupo de amigas de mi comunidad China de Regina, que andaban de paseo por Mendoza, me inundaron de WhatsApp y de fotos de la visita que le fueron a hacer a mi madre, el tiempo se me fue con esta contemplación “china”. Extendiendo un poco la confidencia personal, comparto que es muy lindo como cura que la gente me exprese su cariño “saludando a mi madre”. No solo los chinos, también los refugiados de San Saba siempre preguntan “cómo está tu mamá” (Ely –el pintor- hasta le mandó uno de sus cuadros).

Cuando le contaba, mi madre reflexionaba que “se ve que el cariño a la madre está muy metido en esas culturas”. Yo le decía que también en la nuestra y que hasta el Papa, ayer, en la audiencia que tuvo con La Civiltà Cattolica por nuestro número 4000, cuando me tocó saludarlo –como siempre- me dijo: “dale un saludo a tu madre”. Su modo formarnos a los jesuitas siempre estuvo unido a su cariño por nuestras madres.

Pienso que esto es así y que por algo el Señor confió la enseñanza de la ley de la caridad al Espíritu, que nos habla “en lengua materna” (y que actúa en la Iglesia, y de modo particular a través de nuestra Madre la Virgen).

Como nuestras madres, el Espíritu nos inculca los pequeños mandamientos que hacen que la ley sea cumplible y vivible, que se convierta en cultura, es decir: en el corazón de cada pueblo.

Diego Fares

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estadio

Jesús decía a los discípulos:

«Había un hombre rico que tenía un mayordomo al cual difamaron de que malgastaba sus haberes. Lo llamó y le dijo: “¿Qué es esto que oigo de ti? Dame cuenta de tu administración, porque ya no podrás administrar más.”

El mayordomo pensó entonces para sí: “¿Qué voy a hacer ahora que mi señor saca la administración de mi responsabilidad? ¿Cavar? No tengo fuerzas. ¿Pedir limosna? Me da vergüenza. ¡Ya sé lo que voy a hacer para que, al dejar la administración de la casa de mi señor, haya quienes me reciban en su casa!”

Llamó uno por uno a los deudores de su señor y preguntó al primero: “¿Cuánto debes a mi señor?”

“Veinte barriles de aceite”, le respondió.

El administrador le dijo: “Toma tu recibo, siéntate en seguida, y anota diez.”

Después preguntó a otro: “Y tú, ¿cuánto debes?”.

“Cuatrocientos quintales de trigo”, le respondió.

El administrador le dijo: “Toma tu recibo y anota trescientos.”

Y el Señor alabó a este mayordomo infiel, porque obró sagazmente.

 

* Porque los hijos de este mundo son más astutos en su trato con los demás que los hijos de la luz. Pero yo les digo: Gánense amigos con el dinero de la injusticia, para que el día en que este les falte, ellos los reciban en las moradas eternas.

* El que es fiel en lo poco, también es fiel en lo mucho, y el que es deshonesto en lo poco, tam­bién es deshonesto en lo mucho. Si ustedes no son fieles en el uso del dinero injusto, ¿quién les confiará el verdadero bien? Y si no son fieles con lo ajeno, ¿quién les confiará lo que les pertenece a ustedes?

* Ningún servidor puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se interesará por el primero y menospreciará al segundo. No se puede servir a Dios y al Dinero.» (Lc 16, 1-13).

Contemplación

El Señor alaba al mayordomo infiel porque obró sagaz y prudentemente. La parábola nos recuerda otra parábola, la del administrador “fiel y prudente a quien el Señor podrá al frente de su familia para que dé a cada uno su ración a su tiempo” (Lc 12, 42). El administrador de la parábola de hoy no fue fiel, pero sí prudente. Se dio cuenta de que le había llegado la hora y actuó perdonando deuda a los deudores de su amo, para que lo recibieran después en sus casas.

Jesús alaba su viveza, su rapidez para decidir cómo salvarse, su discernimiento de la situación. Utiliza a propósito como ejemplo a uno que no fue fiel, a un corrupto, diríamos hoy, para que quede más claro, creo yo, que obrar con misericordia no sólo es cuestión de bondad, sino de inteligencia.

Porque a veces se divide bondad y viveza. Pareciera que la “viveza criolla” es sólo para la trampa, para el provecho propio… Y aquí Jesús viene a decir que no, que también hay que ser pícaro y vivo para hacer el bien.

Las personas que se le acercan con fe en el evangelio tienen, todas, esta viveza. Me vienen a la mente un montón: la viveza del petizo Zaqueo que se da cuenta de que tiene que salirse del tumulto de la gente y corre a subirse a un sicomoro para que lo vea Jesús; la viveza de la mujer sirio-libanesa para darle vuelta al Señor la parábola de los perritos que comen las migas que los chicos les tiran debajo de la mesa; la viveza de Bartimeo para hacer lío cuando pasa Jesús, de manera que el Señor lo escuche y lo mande llamar; el razonamiento que hace el centurión romano, basándose en su experiencia de mando, cuando le dice a Jesús que él no es digno de que entre en su casa y que bastará con que el Señor diga una palabra para que su servidor se sane; la viveza decidida de la hemorroisa, que se propone algo posible para ella –dada su timidez y la cantidad de gente-: tocar la orla del manto del Señor; la simpática creatividad y desfachatez de los cuatro amigos del paralítico, que metieron a su amigo por el techo de la casa de Simón…

A Jesús le encantan estas personas caraduras para las cosas del Reino. Todo lo contrario de los que le cargan pesadas leyes a la gente y complican la misericordia con reglamentos y condiciones.

Es muy notable y extendida esta tentación tan “cristiana” entre comillas, de paralizarnos a la hora de hacer algún bien! Surgen multitud de pensamientos de todo tipo y nos cuesta discernir con claridad que tantos escrúpulos, peros, excusas, posibles inconvenientes o malinterpretaciones…, que surgen cuando nos decidimos a hacer algo bueno, son impedimentos que pone el mal espíritu. Aceptamos fácilmente que para hacer el mal todo está permitido (lógico) y que para hacer el bien, como hay que hacerlo bien, no se pueda utilizar cualquier medio. Esto es verdad, pero la táctica del mal espíritu consiste en exagerar las condiciones ideales, para que no podamos hacer un bien concreto, y obnubilar nuestra creatividad, ya que, si bien a veces es arduo hacer bien el bien, el Espíritu siempre nos da forma y modo de llevarlo a cabo con su gracia.

Lo que hace el Señor, al contar esta parábola, es consolidar la virtud de la prudencia. La prudencia es la virtud que elige y utiliza el mejor medio para lograr un fin bueno. El Señor pone a propósito como modelo a una persona que solo busca su conveniencia y su bien personal, para mostrar cómo, de última, para salvarse ella, tiene que actuar misericordiosamente con los demás, perdonando deuda para ser luego ayudado.

La confianza que tiene el pícaro en su propia astucia para caer parado, debemos tenerla para hacer el bien. El Espíritu santo activa y favorece esta viveza natural y la mejora cuando tratamos de pensar rápido cómo hacer un bien, de la misma manera (y mucho mejor) que el mal espíritu la favorece cuando el malo se las ingenia para obrar el mal.

Por este lado creo que va el Señor: por el de hacernos confiar en nuestro ingenio y en la ayuda del Buen Espíritu, para hacer obras de misericordia y de bondad.

Es una cuestión de sentar principio que va contra la idea de que la misericordia consistiría en “cerrar un ojo”, en hacer una excepción a La Ley. No es así. Si el administrador sagaz le cierra un ojo a parte de lo que deben los deudores, es porque tiene los dos ojos bien abiertos a la situación última en la que se encuentra. Lo suyo es sabiduría que contempla las realidades últimas: lo echan, no sabe cavar y le da vergüenza pedir limosna. Necesita gente que lo reciba dignamente. Por tanto, se debe ganar su favor. Y lo hace perdonándoles deuda.

El razonamiento es el de una “escatología a medida”, una “ciencia de las cosas últimas” (escatología) no sólo las del fin del mundo, sino las muy concretas: así como para el administrador es muy concreto lo del fin de su trabajo y lo del juicio que se le viene, también es muy concreto el hambre que tienen los más pobres y todas las necesidades a las que apuntan las obras de misericordia.

Si lo pensamos bien, cada santo puede ser definido desde la viveza que tuvo para hacer eficaz una obra de misericordia al servicio del prójimo. Detrás del accionar bueno de cada santo hay algún razonamiento sólido que no deja lugar a dudas a la hora de hacer el bien y quita todos los impedimentos que el mal espíritu pone. Para Hurtado “el pobre es Cristo” y punto. Si es Cristo, necesita que le abramos la puerta de un Hogar, y que le demos ropa, comida y cariño. Esto contra todos los peros de que “no es Cristo, sino un borracho o un vago o un desempleado por causas estructurales o uno al que si lo ayudo, atraerá muchos más y entonces…

Hurtado se las ingeniaba para hacer sentir a los que tenían más dinero que otros que les hacía un favor pidiendo su ayuda.

Brochero lo mismo: tenía el arte de ser convincente como cuando le manda un cajón de duraznos que llega podrido a un alto funcionario para hacerle sentir la necesidad de que llegue el tren a traslasierra.

La madre Teresa decía que a ella nunca se le había cerrado una puerta, porque la gente sabía que iba a dar, no a pedir. Pedía de tal manera que se llenaba de gracia el corazón del que la ayudaba.

San Ignacio, con sus Ejercicios, tiene la gracia de brindar ayuda eficaz al que quiere discernir. Los ejercicios siempre dan fruto, es increíble el testimonio de todo el que los hace.

Las verdades de fe que muchos convierten en abstractos silogismos son vividas sencilla y creativamente por los santos que encuentran maneras prácticas de rezar, como decía un sacerdote en un bautismo que ponía el ejemplo de San Leónidas mártir, que se inclinaba cada mañana para besar el corazón de su pequeño hijo –Orígenes-, reconociendo y adorando en su pecho la Trinidad presente y operante.

Lo mismo Santa Teresita, que se plantea cuál sería su carisma y su modo concreto para poder hacer todos los bienes que deseaba su corazón ingenuo y fervoroso y encuentra la fórmula de San Pablo, la del himno de la caridad, y decide que “en la Iglesia, ella será la caridad”. Nada menos y nada más. Algo tan imposible como simple y al alcance de cualquiera, dado que es una gracia.

El criterio escatológico –el criterio último, necesario para hacer el bien- está presente en las parábolas del Señor. En todas, de alguna manera, nos dice: miren que llega la hora, avívense y conviértanse. Sus gestos, sus milagros, curaciones y perdones, tienen esta característica de algo último. Después, como el tiempo pareció alargarse y que el juicio final no venía, las enseñanzas del Señor fueron tomando un carácter más moral, diríamos, y en muchos casos, esto degeneró en un nuevo legalismo, peor que el de los fariseos. Es verdad que el Señor, cuando perdona, advierte “no peques más”. Pero es capaz de repetir esto “setenta veces siete”. Si absolutizamos sus palabras, tenemos que absolutizarlas todas, no solo algunas. Y absolutizar también, sin miedo, lo de ser misericordiosos siempre de nuevo, setenta veces siete.

Si somos misericordiosos, aunque no hayamos sido fieles, el Señor nos alabará al menos la sagacidad. Y además, tendremos quién nos defienda en el día del juicio: las personas a las que ayudamos, aquellos a los que les perdonamos deudas, aquellos a los que no condenamos socialmente… Yo, cuando le doy a alguien una absolución que me pide humildemente y que no sé si es cumple todas las condiciones legales, digamos, por la situación compleja en la que la persona se encuentra, le advierto que “si lo detienen en el purgatorio, me mande llamar, para que paguemos la deuda juntos”. A mí me ayuda imaginarme en un purgatorio largo junto a todos los que perdoné “de más”, que en un purgatorio hecho sólo a la medida de mis pecados personales. Prefiero ser acusado de haber perdonado de más y ser purificado junto con aquellos a los que dejé entrar sin que cumplieran todas las exigencias ni tuvieran todos los papeles en regla, a ir a esa oficina del purgatorio en la que estarán los que se cuidaron bien de no infringir ninguna regla. Capaz que en tiempo, la purificación dura lo mismo, solo que en un lado estarán solo los funcionarios eclesiásticos que cumplieron todos los reglamentos que se les dieron y en el otro, cada cura estará mezclado junto con la gente de su rebaño.

La imagen que tengo dándome vueltas es la del estadio Malvinas Argentinas, en el Challao (cuenco de agua, en huarpe), en Mendoza. Mi cuñado nos sacó entradas vip en la empresa del Ivo para ver a la Selección contra Uruguay. Jugaba Messi! Y vimos su gol de bastante cerca!

Eran entradas para la platea y el paquete incluía ida y vuelta al Estado en una linda combi, de manera de evitar en lo posible el problema de estacionamiento. Llegamos como gente del primer mundo, con nuestra entrada magnetizada en mano, pero la entrada real fue cosa de otro mundo. Habían cerrado con policías todas las distintas entradas al estadio y todos teníamos que entrar por un solo lugar, bastante alejado. Así que de golpe pasamos a ser una masa de gente que llenaba compacta una cuadra de terreno pedregoso y a oscuras, sin saber bien qué hacer con nuestra famosa entrada (¡!), más que no hacerla notar mucho ya que íbamos mezclados y bien igualados los de la platea y los de la popular. Tardamos cuarenta y cinco minutos en recorrer 200 metros y al final había sólo tres pobres gauchos que no daban abasto para cortar las entradas de los que avanzábamos de a cinco por cada molinete. A mí ni me cortaron la entrada y la guardé como testimonio del valor que tienen los papeles en regla en los momentos apocalípticos.

Por supuesto que, cuando llegamos a “nuestros asientos”, con el partido ya empezado, varios estaban ocupados por gente que se había colado y tuvimos que negociar cada uno un asiento en el momento, a las buenas y apurados por los gritos de los de la fila de atrás, a los que les tapábamos la visión por estar parados… Estuvieron bien dos compañeros que esperaron a que llegara el primer tiempo para poder conversar amablemente con los que les habían sacado el lugar y, mostrándoles las entradas, los instaron a ir a defender ellos a su lugar su derecho, así como nosotros lo hacíamos en el nuestro con ellos.

La experiencia fue la de sentir que la entrada que decía que todo estaba en regla y superbien, no valía mucho en medio de una multitud que pujaba por entrar y de un partido ya empezado. Allí lo que valió fue el sentimiento de la común humanidad. Cuando avanzábamos, compactados de manera peligrosa, fue impresionante cómo cesaron automáticamente todos los “reclamos por nuestros derechos” (aunque de vez en cuando se elevaba algunos insultos a la policía que, con su habitual estrategia de escritorio, había complicado las cosas en vez de simplificarlas) y la prudencia de cada uno cuajó en una especie de instinto común de supervivencia: sólo se podía avanzar y entonces bajamos un cambio y todos nos cuidamos de no empujar, de no adelantarnos, de no exasperar los ánimos, de poner buen humor (como uno que al escuchar a otro que vendía agua sin mucho éxito, comenzó a ofrecer “champan, champan”), y de cuidar a los chicos que iban pegados a sus papás y por ahí no los veías…

El bien siempre es concreto. Y nuestra inteligencia práctica que lo ha gustado y lo desea, funciona bien. La virtud que Jesús alaba y que llamamos prudencia, es esa respuesta concreta de nuestra voluntad al bien. Es ese poner manos a la obra decididamente en el momento preciso en que nuestra inteligencia, luego que ha escaneado y sopesado todas las posibilidades, emite un juicio que dice: esto es lo mejor y hay que hacerlo, movete ya. Movete así. Cuando se trata de sobrevivir, si entendemos bien que lo que está en juego es definitivo, somos decididos y actuamos prudentemente. El Señor apela a esta sagacidad humana para que la pongamos al servicio del reino, al servicio del anuncio del Evangelio y de las obras de misericordia. Contamos para ello, además de nuestra inteligencia humana que, cuando la apuramos un poco, funciona bien, con la gracia del Espíritu, que nos indica qué debemos decir y que podemos hacer en cada momento.

Diego Fares sj

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