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Ustedes son la sal de la tierra.

Pero si la sal pierde su sabor, ¿con qué se la volverá a salar?

Ya no sirve para nada, sino para ser tirada y pisada por los hombres.

Ustedes son la luz del mundo.

No se puede ocultar una ciudad situada en la cima de una montaña.

Y no se enciende una lámpara para meterla debajo de un cajón, sino que se la pone sobre el candelero para que ilumine a todos los que están en la casa.

Así debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes, a fin de que ellos vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre que está en el cielo.”

Contemplación

El Señor junta la luz y la sal, la iluminación de los ojos y el sabor de la lengua.

El Espíritu Santo, cuando se nos acerca y nos dejamos iluminar y conducir por Él, es el que nos permite percibir “la luz y el esplendor de la verdad y gustar su íntima dulzura”.

No nos da Jesús su Sal y su Luz como si fueran “cosas”: nos da su Espíritu que es el que hace que “las palabras de las Escrituras –cuando leemos el Evangelio con fe y deseo de ponerlo en práctica- se transformen en una especie de palabras fosforescentes, que emiten luz”.

La sal del Espíritu, como sucede cuando se hecha un poquito de sal al melón, acentúa la dulzura de la Palabra.

Es por la acción del Espíritu que la Escritura se anima: frases que uno había leído y escuchado muchas veces sin ninguna particular emoción, de pronto se llenan de sentido y de sabor, parece que hubieran sido escritas personalmente para uno, para iluminar precisamente la situación particular que uno está viviendo. Como dice Cantalamessa en su libro “El canto del Espíritu”, es como si Jesús te estuviera hablando allí mismo, en persona, con autoridad y dulzura inmensas.

El hecho de que esto no suceda siempre y cuando se da la gracia y la consolación, sea algo tan claro y tan intenso, debe llevarnos a inclinar la cabeza en adoración y humilde acción de gracias al Espíritu, cuya acción suave y poderosa –como un Viento- nos invita a desplegar nuestras velas y a dejarnos conducir a donde Él quiera.

Es importante distinguir el estilo y el modo de “mover” que es propio del Espíritu que nos dan nuestro Padre y Jesús. Estamos acostumbrados a los empujones, en los subtes, en los trenes, en el tránsito… Estamos acostumbrados a una sociedad de consumo que utiliza la luz y los sabores de modo que provoquen reacciones inmediatas y adicción. Por eso, el modo de utilizar la luz y el sabor que es propio del Espíritu, puede pasarnos desapercibido. Puede sucedernos que su luz mansa y su sabor natural –como el del agua o el del pan- nos parezcan poco atrayentes, si es que nos hemos acostumbrado a ser empujados.

El Espíritu actúa a través de nuestros sentidos y gustos, pero –y esta es la clave- disminuye su capacidad de influenciarnos en el preciso momento en que sentimos que podemos elegir. El de la elección es un momento sagrado que sólo el Espíritu Santo respeta y aprecia más que nadie, incluso más que nosotros mismos, que nos acostumbramos a dejarnos llevar por lo que nos interesa y a rechazar espontáneamente lo que nos molesta.

Siempre hay un instante en el que uno experimenta que es libre de elegir: entre levantarse o quedarse un ratito más, entre detenerse o pasar de largo, entre hablar o cerrar la boca, entre jugarse o esperar a ver qué hacen los demás… El Espíritu no sólo respeta y acepta nuestra decisión, sino que “podés elegir” es la palabra que Él vuelve fosforescente y sabrosa.

El Espíritu realza el valor que tiene el hecho de que podamos elegir. Elegir lo que nos da a gustar, libremente, con gusto y por amor.

Elegir produce vértigo. Por eso, aunque no parezca, le tenemos tanto miedo a la libertad. Algunos se justifican con leyes objetivas, que les aseguran que lo que hacen está bien siempre y en todos los casos, porque es La Verdad. Otros se justifican con leyes subjetivas, que les aseguran que lo que hacen está bien en el momento en que lo hacen y si quieren podrán cambiar.

El Espíritu en cambio nos abre un espacio de libertad, nos da tiempo para pensar y sentir y sopesar. Nos hace gustar sus propuestas y permite que experimentemos las contrarias, da lugar a que digamos no, no quiero, no puedo, no entiendo, no soporto… Espera a que recorramos los caminos alternativos que el mal espíritu nos propone, hasta que decidimos regresar al punto justo donde no lo elegimos a Él para, ahora sí, pedirle humildemente que nos explique de nuevo cómo sería su propuesta.

Sus propuestas son simples. Se pueden resumir en dos Palabras y un criterio de discernimiento. Las dos palabras son una, “Abba”, y es para que se la digamos a Dios, cualquiera sea la idea que nos hayamos hecho de Aquel que nos creó; la otra es “Señor”, y es para decírsela a Jesús, que se hizo hombre para ganarse nuestra amistad.

Se entiende que son dos palabras para ser dichas no solo con la boca sino con el corazón:

Papá es para decirla como un hijo, con el cariño y la honra filial con que nos dirigimos al que nos trajo a la vida.

Señor es para decírsela a Jesús con gestos, “haciendo cualquier cosa que Él nos diga”, como nos recomienda nuestra Madre, la Virgen.

El criterio de discernimiento –que ilumina y pone sal a las cosas- es el que nos revela que el Espíritu es Alguien que se puede “entristecer” si lo tratamos mal, y que “se enciende de luz y de gozo”, cuando sintonizamos con Él.

Es decir: el criterio es muy humano, en el sentido de algo muy sensible. Uno se da cuenta si entristeció a alguien o si le alegró el día.

No es, por tanto, criterio de discernimiento, fijarme si “cumplí” o si “infringí una ley”. Por supuesto que esto entra y se da por descontado, pero es el mínimo y si no se hace de corazón puede ser la mayor trampa, como le pasaba a los Fariseos, que cumpliendo la letra de la ley pecaban contra el Espíritu Santo, contra la Verdad y el Bien que Jesús encarnaba en la vida de los hombres, con gestos de amor para con los pecadores y los enfermos.

Sal y luz son el criterio. Ni pura sal ni pura luz. El Espíritu ilumina los momentos importantes de la vida y luego nos los hace gustar y reflexionar. Y así quiere que lo tratemos, compartiendo con Él un poco de luz para hacer y trabajar y otro poco gustando las cosas, interiorizándolas.

Se trata, como vemos, de un criterio propio de la amistad, siempre rica en luz y en sal. Como decía Juan Luis Vives: “la amistad es la sal de la vida”. Y como decía Tagore: “la amistad es como una luz fosforescente, resplandece mejor cuando todo se oscurece”.

Diego Fares sj

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Jacques

Cuando estaba por cumplirse el tiempo de su Ascensión al cielo, Jesús se encaminó decididamente (puso rostro firme) hacia Jerusalén y envió mensajeros delante de él. Ellos se pusieron en camino y entraron en un pueblo de Samaría para prepararle alojamiento. Pero no lo recibieron porque iba a Jerusalén. Cuando sus discípulos Santiago y Juan vieron esto, le dijeron: «Señor, ¿quieres que mandemos caer fuego del cielo para consumirlos?» Pero él se dio vuelta y los reprendió. Y se marcharon a otro pueblo.

Mientras iban marchando por el camino, alguien le dijo a Jesús:

«¡Te seguiré adonde vayas!»

Jesús le respondió:

«Los zorros tienen sus cuevas y las aves del cielo sus nidos, pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza.»

Y dijo a otro:

«Sígueme.»

El respondió:

«Permíteme que primero vaya a enterrar a mi padre.»

Pero Jesús le respondió:

«Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú ponte en marcha, anuncia el Reino de Dios.»

Otro le dijo:

«Te seguiré, Señor, pero primero permíteme ir a despedirme de los míos.»

Jesús le respondió:

«Uno que ha puesto la mano en el arado y mira hacia atrás, no es apto para el Reino de Dios» (Lc 9, 51-62).

 

Contemplación

Tener una misión en la vida lo es todo. Y si esa misión nos la encomienda Jesús, qué mejor.

Y ser cristiano es gozar esa libertad que da seguir ahora a Jesús sin poseer otra cosa que su misión

El evangelio de hoy nos presenta así a Jesús, polarizado por su misión, encaminado decididamente a Jerusalén.

Y sus diálogos con los que le salen al encuentro apuntan todos a lo mismo: a quitar impedimentos que retrasan o le quitan fuerza a la misión principal.

Cómo nos salva el Señor? Nos salva encargándonos una misión.

Una misión en la que, mientras la vamos realizando, se nos aclara el sentido de nuestra vida, encontramos muchas oportunidades para reparar lo que hicimos mal, nos encontramos en el camino con muchos amigos y le damos una mano a tantos que no tienen sitio en este mundo…

Jesús nos señala el camino de la salvación recorriendo Él el suyo. Haciendo su parte.

No le tuvo miedo a dejarse determinar por una sola misión.

El vivió para el Padre, se dejó guiar, se fue dando en cada gesto y estuvo atento a su hora. Cuando le llegó el momento, se dio todo.

Tener una misión, dedicarse por entero a algo, es una metáfora de la vida. La energía y el dinamismo que ponemos en una tarea concreta nos pone en sintonía con el dinamismo del que nos está creando y salvando, apasionadamente, a nosotros.

……….

El 20 de junio partió a la casa del Padre (y a su Norte querido donde quería ser enterrado) Jacques Parraud. Jacques es voluntario en nuestra Casa de la Bondad y en El Hogar de San José. Y digo “es” porque estas obras tienen sucursal en el cielo. O más bien al revés: son sucursales del cielo en esta tierra.

En la Nación del 2007 sacaron una linda historia de “Un abuelo malcriador, tallador de muebles íntimos” que dice así:

“Había una vez, en Neuquén, una chica de 6 años que quería un ropero para sus muñecas. Por eso le pidió a su abuelo si le podía hacer uno. Aunque éste no sabía fabricar muebles de juguete, aceptó el pedido y buscó la manera de cumplir con el encargo.

Así, como si fuera un cuento, detrás de la puerta del departamento de Jacques Parraud, sobre la calle Juncal, en la ciudad de Buenos Aires, comenzó a brotar un mundo de proporciones diminutas. Mientras este abuelo malcriador por demás se esforzaba por darle el gusto a su nieta menor, surgía en él este gusto por hacer miniaturas que ya lo acompaña hace más de diez años y al que dedica casi todas las tardes de su vida.

  • “Mi padre decía que cuando uno llega a viejo tiene que tener un hobby, si no, molesta”, bromea este veterinario del INTA, de abuelos franceses, nacido en Jujuy.

Detrás del ropero vinieron la cama, la mesa de luz, la cómoda y los pedidos de las demás nietas. A estas primeras piezas pensadas para conformar un mobiliario de juguete, les siguieron muebles de estilo. Una mesa isabelina sobre la cual un repollito de Bruselas sería considerado enorme, la silla de Molière, un escritorio de correspondencia para señora, chaise longue, ruecas para lino… Y es que una vez que empezó no hubo vuelta atrás.

El primer obstáculo que tuvo que sortear fue el movimiento de sus manos.

  • Soy muy torpe – dice, para sorpresa de todo aquel que conoce su delicada obra liliputiense-. Se me rompen muchas cosas.”

El segundo fue encontrar las herramientas adecuadas.

  • Te vas dando cuenta de qué necesitás y vas mejorando“, cuenta Parraud, que se define como ansioso e impaciente, aunque persistente.

Y agrega:

– “Descubrís algunos trucos“.

 

(… Y en estas tres frases, agrego yo, tenemos las claves del que se embarca en una misión).

 

Recorriendo librerías encontró inspiración en las páginas de catálogos para coleccionistas de antigüedades o en libros sobre historia del mueble, y definió sus preferencias.

  • Me gustan los muebles rústicos, regionales, hechos por buenos artesanos y que se han desarrollado para cumplir una función, no de adorno“, explica sobre su elección, que muestra una inclinación por los modelos del período que va del siglo XVII a principios del XX.

Bien podría decirse que su casa está tomada. En todos los rincones hay estantes con pueblitos -como él los llama- de estilos Windsor, amish, sueco o gótico, en una escala de uno en diez. Minuciosamente, y a cada uno, Parraud le pega en la parte posterior un papelito en el que están impresos algunos datos de la historia de esa pieza. La madera que más emplea es el pino, aunque a veces la enchapa con otras más costosas, como la de cerezo, su predilecta. Sin embargo, con el trabajo de carpintería no están terminados los muebles, les faltan los detalles. Una nieta les hace los colchoncitos y almohadones, otra pinta los platitos para que parezcan de porcelana, y él mismo teje los esterillados o los tapiza con cabritilla. (…)

  • Tienen que tener las mismas características que los originales y ser copias lo más fieles posibles“, dice sobre sus creaciones.

En los últimos tiempos ha empezado a producir galeras, carruajes coloniales. Ya suma alrededor de 25, entre ellos, una reducida réplica del modelo que trasladaba a Facundo Quiroga cuando fue emboscado en Barranca Yaco.

Cuando se le pregunta sobre este pasatiempo, responde:

  • Me gusta porque como es todo trabajo manual puedo escuchar música clásica mientras trabajo. Pierdo la sensación del tiempo“. A veces se queda hasta la madrugada cortando, pintando, tallando, y no se da cuenta. “Me produce una gran satisfacción haberlo terminado”, añade.

Familiares, amigos y conocidos le regalan herramientas, libros, revistas, y cada vez que ven algo chiquito, lo compran y se lo traen.

  • A todo el mundo le encantaría tener en miniatura las cosas que le gustan“, explica sobre la atracción que provocan estos objetos minimizados.

….

Hasta aquí La Nación. Yo la seguía así, en una carta que hace unos días le envié a sus hijos:

“Desde el día en que me lo crucé a Jacques en la Casa de la Bondad (él estaba entrando a la cocina y yo a mitad de las escaleras subiendo a la planta alta) y me dijo algo que no recuerdo con precisión en cuanto a las palabras pero sí al sentimiento (fue algo así como que para un viejo como él había poco para mejorar interiormente, como diciendo que sólo le quedaba hacer algún servicio a los más pobrecitos, y yo le respondí algo así como que la misericordia del Señor era infinita en el sentido de que nos podía transfigurar totalmente ), desde aquel día se enlazó una amistad. Y Jacques me brindó la gracia de poder participar de la transfiguración que el Señor hizo en su vida y que todos hemos gozado y compartido.

Uso sí la palabra transfiguración porque fue eso: era algo que él tenía –en su corazón, en sus sentimientos- y que estaba como tapado, quizás por algún escrúpulo, algo así como: «qué te la vas a dar de bueno, vos a esta edad».

Cuando sintió que podía darse y que expresar esa bondad era gracia y que sintonizaba y se emparejaba muy bien con la misma gracia en otros, desató todo ese caudal de fineza, de ternura, de pícara simpatía, de saber ver lo importante, de pequeños servicios, de creatividad en su tarea, de apreciar lo que valemos los demás, de buen humor… Una increíble infinitud de detalles con los que sazonó nuestra vida, como si a cada uno le sirviera también algún plato espiritual, así como hacía con las comidas de los domingos para los enfermos, o a cada uno le enseñara a tallar la pata de una silla, como hacía con los artesanos del Hogar.

Lo imaginaba en la misa entrando al cielo muy sencillamente, contento pero sin creérsela, dejando hacer al Señor (…) Sentía que Jacques entraba al cielo y ocupaba su lugar exactamente como lo hacía en la cocina de la Casa y en el Taller de Artesanías del Hogar. Entraba llevando lo suyo para los demás, sus sangüichitos y sus sillitas, y entablando una conversación totalmente centrada sobre estas cosas y no sobre sí mismo, haciendo notar esto y aquello de lindo y de bueno para hacer con los demás.

Qué lindo entrar al cielo como uno es, a estar con los que uno estuvo haciendo lo que uno hacía  (con el mismo amor).

….

Por malcriar a una nieta, pero no así nomás, sino con el denuedo de quien descubre una pasión y la lleva hasta sus últimas consecuencias, Jacques se dedicó con noches y días a sus miniaturas de pino y cerezo, quizás sin saber por qué, hasta esa mañana en que entró en el Taller de Artesanías del Hogar y descubrió a los pobres que ahora reproducen sus sillitas con su misma torpe fineza y pasión. Y su taller de miniaturas, en el que “Una nieta hace los colchoncitos y almohadones y otra pinta los platitos para que parezcan de porcelana”, abrió otra sucursal en el Taller de Artesanías San Roque González de Santa Cruz. Aunque me tientan las imágenes, me parece un poco infantil levantar la mirada e imaginarlo haciendo miniaturas en el cielo. Me parece más claro volver la mirada a la oscuridad de mi interior, allí donde las pequeñas cosas que me apasionan solicitan, como una nieta malcriada, que les preste absoluta atención y me dedique a ellas con la pasión y la libertad gozosa con que Jacques se dedicó a su misión en esta tierra.

Diego Fares sj

 

 

 

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Palabras para que el Espíritu nos encamine en el Amor de Dios

Durante la última Cena, Jesús dijo a sus discípulos: -“Todavía tengo muchas cosas que decirles, Pero ustedes no las pueden sobrellevar ahora. Cuando venga, el Espíritu de la Verdad, El los encaminará a la Verdad total: porque no hablará desde sí mismo, sino que lo que oiga, eso hablará, y les anunciará lo por venir. El me glorificará a Mí porque recibirá de lo mío y se lo anunciará a ustedes. Todo lo que es del Padre es mío. Por eso les digo: Recibirá de lo mío y se lo anunciará a ustedes” (Jn 16, 12-15).

Contemplación

Buscando imágenes de la Trinidad me encantó este dibujo y lo elegí entre todas las imágenes más sublimes y serias. Lo elegí más que todo por los colores y por la alegría que transmite el hecho de que se restablezca la comunicación entre el Padre y sus hijos gracias al Espíritu Santo.
La imagen no es del todo exacta pero está bien, porque el Espíritu no se deja atrapar por ninguna imagen. No es exacta, digo, porque pone al Padre en una punta y a Jesús en la otra, siendo que para enviarnos el Espíritu el Señor dice que es necesario que Él esté de vuelta junto al Padre. Pero lo bueno es la centralidad del Espíritu para que nos podamos comunicar con Dios. Me gusta además la sencillez de la imagen: esos remiendos en el vestido del Padre, que al volverlo pobre hacen más paterno su amor por el mundo; y también Jesús allá lejos, pequeñito, perdido en el mundo sosteniendo un teléfono que le queda grande como una cruz, haciendo posible con su esfuerzo que el mundo pueda llamar al Padre…
De última, la imagen es linda por su claridad (los contrastes de blanco sobre el espacio azul) y la ‘Claritas’ –el esplendor de la belleza- es lo propio de la Gloria de Dios.

Glorificar
Jesús dice que el Espíritu lo glorificará. ¿Qué significa, dicho simplemente?
Glorificar es hacer ver en todo su esplendor y claridad la belleza del amor de Jesús.
Glorificar es hacer que podamos comprender y gozar de la obra de arte consumada que es la vida entera de Jesús sobre esta tierra. Y que podamos verla no como un espectáculo sino sintiéndonos incluidos en ella.
Como dice von Balthasar: La misión del Espíritu es totalmente distinta de la del Hijo. Sin el Espíritu, lo que hizo Jesús, su honrar al Padre mientras nosotros, privados de gloria, sólo buscábamos nuestro propio honor, su haber-hecho-por-nosotros lo que como pecadores nunca hubiéramos podido hacer…, nos tendría que haber dejado en un estado de tristeza y muy cercano a la desesperación. Jesús, nuestro hermano, dio la vida por nosotros. Nos invitó a su seguimiento, es verdad, pero nosotros nos quedamos atrás en cuanto al punto decisivo. Huimos, no podemos negarlo, pero ¿cómo podríamos haber caminado con Él? Sin el Espíritu Jesús hubiera quedado siempre como el Otro, como alguien especial, buenísimo, pero inalcanzable. ¿Qué sería del amor fraterno que nos mostró en su vida si hubiera quedado como inimitable? (Esto es justamente lo que muchos cristianos piensan al leer el evangelio: sienten que es “imposible” de cumplir. Lo cual es muy cierto y tiene que llevarnos, sencillamente, a invocar al Espíritu para que venga en nuestra ayuda).
Jesús mismo sale al frente de esta dificultad cuando dice que “hay muchas cosas que no puede decirnos porque no las podríamos sobrellevar”. ¿Cómo cargar con el peso de un Amor tan grande como el suyo siendo nosotros tan infieles y débiles como los apóstoles, que lo abandonaron en el momento decisivo? Cuanto más generoso se muestra Jesús más nos hundimos, como Pedro, en el abismo de nuestra debilidad. De ahí que el Señor diga: “les conviene que Yo me vaya, porque si no me voy no vendrá a ustedes el Paráclito, pero si me voy se los enviaré”.

Encaminar
Esta es la misión del Espíritu: introducirnos en el Amor de Jesús de manera tal que nos sintamos incluidos, salvados, fortificados, esclarecidos. Si uno no se zambulle en el Amor entre Jesús y el Padre, contemplarlo desde afuera, como espectadores, hace que se cierre el corazón. O no se puede creer que exista algo así, o es tan pero tan puro que uno se siente rechazado, indigno, incapaz de participar.

Tengámoslo bien claro: no conviene acercarse a Jesús si no es invocando humldemente a cada instante a su Espíritu para que venga en nuestra ayuda.

La expresión que utiliza Jesús para referirse a la tarea del Espíritu Santo es guiar, conducir, introducir, “encaminar” (“hodegesei” viene de hodos, camino y del hebreo naha = guiar, pastorear, instruir). Elijo “encaminar” porque es más fraterna. Conducir y guiar suenan más exteriores. Encaminar, en cambio, como que es más amigable, uno mismo camina y el camino se nos abre por sí mismo; no es que otro nos guía sin que sepamos por donde. El Espíritu nos hace caminar por Jesús que con su vida es el Camino. El Espíritu nos encamina mostrándonos las huellas de Jesús: por aquí pasó el Señor y obró de esta manera, fijate cuál fue su estilo, cómo de golpe apuraba, cuál era su ritmo, observá sus gestos, mirá cómo sus sentimientos son “camino” para tus sentimientos: podés ir seguro sintiendo así como Él, obrando al estilo de Jesús, con caridad.

¿Y cómo me doy cuenta de que el Espíritu me encamina? ¿Se puede reconocer su pedagogía?
La pedagogía del Espíritu tiene que ver con lo estético, con la belleza.
El Espíritu nos conduce “glorificando” a Jesús.
¿Parece difícil de entender?
Mejor, así cada uno le tiene que pedir ayuda al Espíritu:
¡Ven Espíritu Santo!
Haceme ver lo bueno y hermoso que es Jesús en mi corazón
y que me sienta perdonado y salvado en el interior de su Amor,
abrazado por el Padre, bajo al mirada de María…
Así puede uno ir rezando mientras lee…

Decimos que el Espíritu nos ayuda con una pedagogía que tiene que ver con la Gloria de Dios, con la Belleza. Fijémonos las palabras con que el Nuevo Testamento describe las cualidades y la acción del Espíritu: unidad, alegría, paz, consolación, libertad, armonía, integridad, totalidad, claridad, gloria… Son todas palabras que tienen que ver con la Belleza.

Integridad
Tomemos integridad, totalidad. Jesús dice que el Espíritu nos introducirá en la Verdad total. Verdad total no puede ser un silogismo intelectual. Verdad total es la concordancia de todo nuestro ser con el de Dios. Y una concordancia así sólo se da cuando uno contempla una obra de arte.
Un ejemplo cercano de una concordancia así de plena la experimentamos muchos en estos días patrios del Bicentenario. A mi se me dio ante el Colón iluminado como una bandera argentina hecha de luz, al cantar el Himno nacional junto con toda la gente: fue una experiencia de sentir la Patria entera e igual en todos. El sentimiento era tan íntegro que a uno le bastaba con participar un poquito para sentirse compartiendo enteramente el mismo sentimiento patrio, con paz y alegría serenas. Esa unidad e integridad es un don espiritual. No se lo puede “fabricar” o producir externamente, nace de adentro y unifica. Los diarios lo expresan diciendo que “la presencia de la gente superó las expectativas”. Es una expresión pobre. Es que a algunos les sorprende que “el todo sea mayor que las partes”, como dijo Bergoglio. Les sorprende que “la realidad sea superior a las ideologías y que la unidad sea superior al conflicto”. A muchos les sorprende que haya “un espíritu patriótico”. Sin embargo es así. Aunque sólo salga a la luz en ocasiones especiales, esta “integridad espiritual” es la que mueve todo.
Esto que se da a nivel humano y que es bien real a pesar de su fragilidad (luego sentimos que no alcanza a plasmarse ese sentimiento común en instituciones, en justicia, en equidad…), es lo que el Espíritu Santo hace real en la vida de los que creen y aman a Jesús. La unión espiritual que se da entre los hombres y luego se fragmenta en mil tironeos, en el Espíritu es una Persona indivisible que genera unidad. La belleza del Amor entre Jesús y el Padre, que contemplamos como un ideal hermoso e inalcanzable, se nos comunica entera gracias al Espíritu. Somos introducidos en ese amor y, si nos dejamos encaminar y guiar, paso a paso, el Espíritu nos permite vivir en esa integridad todo el tiempo.

El Espíritu nos permite vivir la integridad del Amor de Dios sin control de gestión ni de agenda. El Espíritu es Libre y se nos da cuando quiere y como quiere.
Nos permite vivir esa integridad del amor si nos confiamos dócilmente a su “encaminarnos”.
La palabra para ser líbremente encaminados por el Espíritu es hágase: ‘Hágase en mi según tu Palabra’.

El Espíritu nos permite vivir la integridad del Amor de Dios sin dominarla como una posesión. El Espíritu es Don gratuito y requiere que uno esté abierto a lo gratuito, con ojos atentos a lo que no es puro comercio, mero intercambio de intereses contabilizables.
La palabra para abrir los ojos a los dones gratuitos del Espíritu es bendito: ‘bendito sea Dios que mira con bondad mi pequeñez y me hace ver sus maravillas’.

El Espíritu nos permite sentirnos incluidos en el Amor de Dios sin mérito de nuestra parte.
Y la palabra para sentirnos así es piedad: ‘¡Ten piedad de mí Señor! Perdona mis pecados’.

El Espíritu nos permite vivir en la intimidad del Amor de Dios con su Presencia y la palabra para llamarlo es ven: ‘Ven Espíritu Santo, visita el alma de tus fieles’. ‘Dulce Huésped del Alma, Ven. Ven Padre de los pobres’…

El Espíritu nos permite interpretar el Evangelio, leer y entender todas las Palabras de Jesús y cargar con ellas, llevándolas a la práctica con prontitud y alegría.
Y la Palabra para comprender el evangelio es creo: ‘Creo en Jesucristo Hijo del Padre, mi Señor y Salvador’.

Diego Fares sj

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Pentecostés: cómo tratar con Alguien totalmente libre

Siendo, pues, tarde aquel día, el primero después del sábado,
y estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos,
por miedo a los judíos,
vino Jesús y se presentó en medio de ellos, y les dice:
¡La paz esté con ustedes!
Y diciendo esto, les mostró sus manos y su costado.
Se alegraron los discípulos al ver al Señor.
Entonces Jesús les dijo de nuevo:
¡La paz esté con ustedes!
Como me ha enviado a mí el Padre, también Yo los envío a ustedes.
Y al decirles esto, sopló sobre ellos y añade:
Reciban el Espíritu Santo.
A quienes les perdonen los pecados les quedan perdonados
y a quienes se los retengan les quedan retenidos (Jn 20, 19-23).

Contemplación
El Espíritu es libre. Por eso, para tratar con Él, lo primero es invocarlo.
En voz baja, suavemente, con insistencia de Salmo, pedirle que quiera venir:
¡Ven Espíritu Santo!
Y para ello nada mejor que el Veni Creator.
Lo rezamos en una versión remendada, traducción propia del latín, aprovechando a Francisco Luis Bernardez en algunas rimas, poniendo la traducción más fuerte y cambiando algunas peticiones en afirmaciones de gracias presentes:

¡Ven, Creador Espíritu!, visita el alma de los tuyos,
y llena con la gracia de lo alto
el corazón de los que Tú creaste.
Tú, que con el nombre de “El que nos consuela”
eres el altísimo Don del Dios Altísimo,
y la Fuente viva y el Fuego,
y la Caridad y la Unción espiritual.
Tú, que te nos das en siete Dones,
Y eres Índice de la Mano Paterna,
Tú, prometido del Padre,
pones en nuestros labios los tesoros de la Palabra…
…Y enciendes con tu luz nuestros sentidos,
e infundes tu amor en nuestro pecho,
y fortaleces con tu fuerza inquebrantable
la flaqueza carnal de nuestro cuerpo.
Repeles al enemigo muy muy lejos,
y nos das tu paz y tus dones sin demora,
conducidos por Ti siempre podemos
evitar los peligros que nos rondan
Es gracias a Ti que conocemos
al Padre y a su Hijo Jesucristo,
y que creemos, hoy y en todo tiempo,
En Ti que eres de ambos el Espírítu
Gloria sin fin al Padre y, con el Padre,
al Hijo, resucitado de la muerte,
y al Espíritu Santo que los une
desde siempre, por siempre y para siempre.

Luego de invocarlo, o mejor mientras lo seguimos invocando y rogandole que venga a nosotros, que se haga presente, que sintamos su acción bienhechora, su paz, su alegría, su consuelo, meditamos en su Persona: hacemos teología.

El Espíritu Santo unifica en nosotros sabiduría y fortaleza, sentimientos y claridad mental. Sin su ayuda hay algo en nuestro interior que tiende a dividirnos: si pensamos, nos vamos por las ramas y la teología del Espíritu se vuelve abstracta, complicada –tres personas distintas, un solo Dios verdadero…-. Se van aclarando los conceptos pero el alma queda seca.
Y por otro lado, si lo sentimos, si experimentamos la paz del Espíritu, el gusto por la oración y por las obras de caridad, por ahí no tomamos suficiente conciencia de su Persona. Nos queda la experiencia como algo que nos pasó, que fue lindo pero que luego desaparece.

Es propio del Espíritu unir emociones y reflexiones:
el Espíritu nos quita el temor y nos enseña a ver a Jesús,
nos da sentimientos de paz y nos ayuda a discernir las cosas,
nos anima y fortalece para la misión y nos ilumina en la oración con la Palabra.

Jesús nos enseña que al Espíritu nadie lo puede controlar. Es libre como el Viento, sopla adonde quiere, no sabemos de donde viene ni adonde va. Esta libertad soberana del Espíritu es clave a la hora de establecer alianza con Él, a la hora de reflexionar sobre su Persona. El Espíritu es Alguien totalmente libre. Si queremos acercarnos a Él o más bien pedirle que se nos acerque, tenemos que volver una y otra vez sobre esta verdad: Él es libre. Vendrá cuándo Él mismo lo disponga y de la manera que Él quiera. Se nos comunicará en la medida y con la intensidad que Él establece, siempre para el Bien Común, como dice Pablo y nosotros, con toda humildad y agradecimiento, con espíritu de adoración y alabanza y con docilidad plena, nos iremos ajustando a su ritmo y a su estilo.
No se trata para nada de desconcertarnos o decir “no entiendo” o “por qué así” ni “por qué a mí sí o a mí no”, sino que se trata de estar atentos a Él, con renovada admiración de que Alguien así tenga a bien venir a nosotros.

Causa desconcierto que algo (o mejor Alguien) hermosísimo, claro y potente se nos regale y no podamos manejarlo. Nosotros nos movemos en el ámbito de lo que podemos controlar y lo distinguimos claramente de aquello que nos supera. El Espíritu escapa a esta disyuntiva (¡gracias a Dios!): es nuestro y nos hace ser suyos, nos ha sido dado y hace que nos demos a Él.
El Padre lo ha derramado en nuestros corazones, está a nuestro servicio, es nuestro Abogado, el que defiende nuestra vinculación con Dios contra toda acusación del enemigo y a la vez nosotros debemos estar atentísimos a sus sugerencias para dejarnos cuidar líbremente.
Es nuestro Amigo Fiel, el que nos consuela en toda tristeza, y como todo buen amigo, no se nos impone, sino que su consuelo depende también de la medida en que nos dejemos consolar por él.
Es nuestro Maestro particular e interior, el que nos clarifica todas las dudas pero no nos clarifica cosas que no le planteemos con verdadero interés.
Es Maestro de oración, el que nos enseña a rezar exclamando Jesús es el Señor y nos hace invocar a Dios como Padre, pero espera a que sea nuestra sed de Dios la que lo haga brotar como Agua Viva.
El Espíritu es nuestro Defensor, nuestro justificador, el que nos perdona los pecados y nos muestra el camino a seguir… pero espera a que humildemente sintamos la necesidad del perdón y del discernimiento.
Y así, cada uno puede ir descubriendo maravillado lo que significa tener un amigo así: poderoso pero que espera a que lo llamen.
En el Hogar siempre nos reimos cuando alguien nos soluciona algún problema hablando de “nuestros amigos superpoderosos”. La frase vino de una empleada del banco que no encontraba la manera de resolvernos un problema y me pedía que le diera tiempo para hacerlo ella. Me decía, espere un poco y no llame a sus amigos superpoderosos (cercanos a los dueños del banco), porque en otra ocasión uno de ellos había intervenido directamente y se ve que a ella le había valido un reto de su superiora, a la que habían puesto en órbita. Bueno, siempre en el Hogar hay algún amigo superpoderoso que ayuda a resolver cosas que se traban –en lo económico, en lo jurídico, en lo técnico….- porque ve que la obra es para bien y necesita ser liberada de impedimentos. Detrás o más arriba de estos amigos terrenales que se sienten “movidos a ayudar” está, por supuesto, San José, que es el que dispone todo para que cada uno reciba su ración a su tiempo. Y San José es el hombre del Espíritu. El dócil y fiel al Espíritu. La libertad que José le deja al Espíritu es total, sin un pero. Por eso es tan eficaz su ayuda y su protección: porque el Espíritu pasa directo y actúa a través suyo, en su tarea de “tomar consigo al Niño y a su Madre”, de cuidar a Jesús y a María en nuestro corazón así como lo hizo en su vida terrena.
Nos quedamos pues, con esta idea de la “libertad” del Espíritu, pidiendo la gracia de ponernos a la altura de Alguien que nos quiere ayudar, cuidar y conducir en libertad. Alguien que se “retrae” pedagógicamente si queremos condicionarlo o controlar lo que nos da y nos hace y a dónde nos lleva.
Le pedimos a San José que, de su mano, nos animemos a confiar en lo que el Angel del Señor nos dice: no temas al Espíritu.
Le pedimos a nuestra Señora que, de su mano, nos animemos a recibir en nuestro interior al Espíritu y digamos con ella: hágase en mí según tu Palabra.
Le pedimos a Jesús, a quien amamos sin haber visto, que el hambre que tenemos de su Carne, se vea colmado por su Espíritu.
Le pedimos al Padre que nos envíe su Espíritu y nos haga sentir sus hijos muy queridos.
Le suplicamos al Espíritu mismo que venga a nuestros corazones y encienda en ellos el Fuego de su Amor.
¡Ven Espíritu Santo!
Diego Fares sj

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