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Posts Tagged ‘Luz’

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Ustedes son la sal de la tierra.

Pero si la sal pierde su sabor, ¿con qué se la volverá a salar?

Ya no sirve para nada, sino para ser tirada y pisada por los hombres.

Ustedes son la luz del mundo.

No se puede ocultar una ciudad situada en la cima de una montaña.

Y no se enciende una lámpara para meterla debajo de un cajón, sino que se la pone sobre el candelero para que ilumine a todos los que están en la casa.

Así debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes, a fin de que ellos vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre que está en el cielo.”

Contemplación

El Señor junta la luz y la sal, la iluminación de los ojos y el sabor de la lengua.

El Espíritu Santo, cuando se nos acerca y nos dejamos iluminar y conducir por Él, es el que nos permite percibir “la luz y el esplendor de la verdad y gustar su íntima dulzura”.

No nos da Jesús su Sal y su Luz como si fueran “cosas”: nos da su Espíritu que es el que hace que “las palabras de las Escrituras –cuando leemos el Evangelio con fe y deseo de ponerlo en práctica- se transformen en una especie de palabras fosforescentes, que emiten luz”.

La sal del Espíritu, como sucede cuando se hecha un poquito de sal al melón, acentúa la dulzura de la Palabra.

Es por la acción del Espíritu que la Escritura se anima: frases que uno había leído y escuchado muchas veces sin ninguna particular emoción, de pronto se llenan de sentido y de sabor, parece que hubieran sido escritas personalmente para uno, para iluminar precisamente la situación particular que uno está viviendo. Como dice Cantalamessa en su libro “El canto del Espíritu”, es como si Jesús te estuviera hablando allí mismo, en persona, con autoridad y dulzura inmensas.

El hecho de que esto no suceda siempre y cuando se da la gracia y la consolación, sea algo tan claro y tan intenso, debe llevarnos a inclinar la cabeza en adoración y humilde acción de gracias al Espíritu, cuya acción suave y poderosa –como un Viento- nos invita a desplegar nuestras velas y a dejarnos conducir a donde Él quiera.

Es importante distinguir el estilo y el modo de “mover” que es propio del Espíritu que nos dan nuestro Padre y Jesús. Estamos acostumbrados a los empujones, en los subtes, en los trenes, en el tránsito… Estamos acostumbrados a una sociedad de consumo que utiliza la luz y los sabores de modo que provoquen reacciones inmediatas y adicción. Por eso, el modo de utilizar la luz y el sabor que es propio del Espíritu, puede pasarnos desapercibido. Puede sucedernos que su luz mansa y su sabor natural –como el del agua o el del pan- nos parezcan poco atrayentes, si es que nos hemos acostumbrado a ser empujados.

El Espíritu actúa a través de nuestros sentidos y gustos, pero –y esta es la clave- disminuye su capacidad de influenciarnos en el preciso momento en que sentimos que podemos elegir. El de la elección es un momento sagrado que sólo el Espíritu Santo respeta y aprecia más que nadie, incluso más que nosotros mismos, que nos acostumbramos a dejarnos llevar por lo que nos interesa y a rechazar espontáneamente lo que nos molesta.

Siempre hay un instante en el que uno experimenta que es libre de elegir: entre levantarse o quedarse un ratito más, entre detenerse o pasar de largo, entre hablar o cerrar la boca, entre jugarse o esperar a ver qué hacen los demás… El Espíritu no sólo respeta y acepta nuestra decisión, sino que “podés elegir” es la palabra que Él vuelve fosforescente y sabrosa.

El Espíritu realza el valor que tiene el hecho de que podamos elegir. Elegir lo que nos da a gustar, libremente, con gusto y por amor.

Elegir produce vértigo. Por eso, aunque no parezca, le tenemos tanto miedo a la libertad. Algunos se justifican con leyes objetivas, que les aseguran que lo que hacen está bien siempre y en todos los casos, porque es La Verdad. Otros se justifican con leyes subjetivas, que les aseguran que lo que hacen está bien en el momento en que lo hacen y si quieren podrán cambiar.

El Espíritu en cambio nos abre un espacio de libertad, nos da tiempo para pensar y sentir y sopesar. Nos hace gustar sus propuestas y permite que experimentemos las contrarias, da lugar a que digamos no, no quiero, no puedo, no entiendo, no soporto… Espera a que recorramos los caminos alternativos que el mal espíritu nos propone, hasta que decidimos regresar al punto justo donde no lo elegimos a Él para, ahora sí, pedirle humildemente que nos explique de nuevo cómo sería su propuesta.

Sus propuestas son simples. Se pueden resumir en dos Palabras y un criterio de discernimiento. Las dos palabras son una, “Abba”, y es para que se la digamos a Dios, cualquiera sea la idea que nos hayamos hecho de Aquel que nos creó; la otra es “Señor”, y es para decírsela a Jesús, que se hizo hombre para ganarse nuestra amistad.

Se entiende que son dos palabras para ser dichas no solo con la boca sino con el corazón:

Papá es para decirla como un hijo, con el cariño y la honra filial con que nos dirigimos al que nos trajo a la vida.

Señor es para decírsela a Jesús con gestos, “haciendo cualquier cosa que Él nos diga”, como nos recomienda nuestra Madre, la Virgen.

El criterio de discernimiento –que ilumina y pone sal a las cosas- es el que nos revela que el Espíritu es Alguien que se puede “entristecer” si lo tratamos mal, y que “se enciende de luz y de gozo”, cuando sintonizamos con Él.

Es decir: el criterio es muy humano, en el sentido de algo muy sensible. Uno se da cuenta si entristeció a alguien o si le alegró el día.

No es, por tanto, criterio de discernimiento, fijarme si “cumplí” o si “infringí una ley”. Por supuesto que esto entra y se da por descontado, pero es el mínimo y si no se hace de corazón puede ser la mayor trampa, como le pasaba a los Fariseos, que cumpliendo la letra de la ley pecaban contra el Espíritu Santo, contra la Verdad y el Bien que Jesús encarnaba en la vida de los hombres, con gestos de amor para con los pecadores y los enfermos.

Sal y luz son el criterio. Ni pura sal ni pura luz. El Espíritu ilumina los momentos importantes de la vida y luego nos los hace gustar y reflexionar. Y así quiere que lo tratemos, compartiendo con Él un poco de luz para hacer y trabajar y otro poco gustando las cosas, interiorizándolas.

Se trata, como vemos, de un criterio propio de la amistad, siempre rica en luz y en sal. Como decía Juan Luis Vives: “la amistad es la sal de la vida”. Y como decía Tagore: “la amistad es como una luz fosforescente, resplandece mejor cuando todo se oscurece”.

Diego Fares sj

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Jesús vino a mirarnos

Jesús, al pasar, vio a un hombre ciego de nacimiento.
Sus discípulos le preguntaron: «Maestro, ¿quién ha pecado, él o sus padres, para que haya nacido ciego?» «Ni pecó él ni sus padres, respondió Jesús; sino que se habían de manifestar en él las obras de Dios. Es preciso que Yo obre las obras de aquel que me envió, mientras es de día; llega la noche, cuando nadie puede traba-jar. Mientras estoy en el mundo, soy Luz del mundo.»
Después que dijo esto, escupió en la tierra e hizo barro con la saliva y le ungió con el barro los ojos y le dijo:
«Anda, lávate en la piscina de Siloé» que significa ‘Enviado’”.
Fue, pues, se lavó y volvió viendo.
Los vecinos y los que antes le habían visto mendigar, se preguntaban:
– « ¿No es este el que se sentaba a pedir limosna?»
Unos opinaban:
– «Es el mismo.» «No, respondían otros, es uno que se le parece.»
El decía:
– «Soy yo.»
Ellos le dijeron:
– « ¿Y cómo te fueron abiertos los ojos?»
El respondió:
– «Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, y me ungió los ojos y me dijo: “Ve a Siloé y lávate”. Conque fui y me lavé y veo.»
Ellos le preguntaron:
– « ¿Dónde está?»
El respondió:
– «No lo sé.»
El que había sido ciego fue llevado ante los fariseos. Era sábado cuando Jesús hizo lodo y le abrió los ojos. Los fariseos, a su vez, le preguntaron cómo había llegado a ver.
El les respondió:
– «Me puso barro sobre los ojos, me lavé y veo.»
Algunos fariseos decían: «Ese hombre no viene de Dios, porque no observa el sába-do.» Otros replicaban: « ¿Cómo un pecador puede hacer semejantes signos?»
Y se produjo una división entre ellos. Entonces le dijeron nuevamente: «Y tú, ¿qué dices del que te abrió los ojos?»
El respondió:
– «Es un profeta.»
Sin embargo, los judíos no querían creer que había sido ciego y que había llegado a ver, hasta que llamaron a sus padres y les preguntaron:
– « ¿Es este el hijo de ustedes, el que dicen que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?»
Sus padres respondieron:
– «Sabemos que es nuestro hijo y que nació ciego, pero cómo es que ahora ve y quién le abrió los ojos, no lo sabemos. Pregúntenle a él: tiene edad para res-ponder por su cuenta.»
Sus padres dijeron esto por temor a los judíos, que ya se habían puesto de acuerdo para excluir de la sinagoga al que reconociera a Jesús como Mesías. Por esta razón dijeron: «Tiene bastante edad, pregúntenle a él.»
Los judíos lo llamaron por segunda vez al que había sido ciego y le dijeron:
– «Glorifica a Dios. Nosotros sabemos que ese hombre es un pecador.»
– «Yo no sé si es un pecador, respondió; lo que sé es que antes yo era ciego y ahora veo.»
Ellos le preguntaron:
– « ¿Qué te ha hecho? ¿Cómo te abrió los ojos?»
El les respondió:
– «Ya se lo dije y ustedes no me han escuchado. ¿Por qué quieren oírlo de nuevo? ¿También ustedes quieren hacerse discípulos suyos?»
Ellos lo injuriaron y le dijeron:
– « ¡Tú serás discípulo de ese hombre; nosotros somos discípulos de Moisés! Sabemos que Dios habló a Moisés, pero no sabemos de donde es este.»
El les respondió:
– «Esto es lo asombroso: que ustedes no sepan de dónde es, a pesar de que me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, pero sí al que lo honra y cumple su voluntad. Nunca se oyó decir que alguien haya abierto los ojos a un ciego de nacimiento. Si este hombre no viniera de Dios, no podría hacer nada.»
Ellos le respondieron:
– «Tú naciste lleno de pecado, y ¿quieres darnos lecciones?» Y lo echaron afuera.

Oyó Jesús que lo habían echado afuera y, cuando se encontró con él, le preguntó:
– « ¿Crees en el Hijo del hombre?»
El respondió:
– « ¿Y Quién es, Señor, para que crea en él?»
Jesús le dijo:
– «Tú lo has visto; el que está hablando contigo, El es.»
Entonces exclamó:
– «Creo, Señor», y se postró ante él.
Y dijo Jesús:
– «Para un discernimiento he venido Yo a este mundo: para que los que no ven vean y los que ven se vuelvan ciegos.»
Oyeron esto algunos de los fariseos que estaban con Él y le dijeron:
« ¿Es que también nosotros estamos ciegos? »
Les dijo Jesús:
– «Si fueran ciegos no tendrían pecado, pero como dicen “vemos” su pecado permanece. » (Juan 9, 1-41).

Contemplación
“Jesús, al pasar, vio a un hombre ciego de nacimiento”.
No fue que lo vio así nomás, como de pasadita. Si los discípulos le preguntaron por las culpas debe haber sido porque les llamó la atención la manera en que Jesús lo miraba al ciego.
Es que para nosotros si alguien usa la expresión “al pasar” es para decir que “mi-ramos rápido” o “sin querer comprometernos”.
En Jesús no es así: su “pasar” y su “ver” nunca son apurados ni desatentos. Vea-mos si no en otros pasajes. Fue “al pasar” (que) vió a Mateo, el publicano, sentado a la mesa de los impuestos” (Mt 9, 9); fue también “al pasar junto al Mar de Gali-lea, (que) vio a Simón y a su hermano Andrés que echaban la red en el mar, porque eran pescadores. Y los llamó” (Mc 1, 16); también fue de pasada que “lo vio” a Na-tanael junto a la higuera”.
Quizás el pasaje más significativo para ver cómo miraba Jesús, con qué sentimien-tos, es el de la muerte de su amigo Lázaro, cuando ve llorar a María, a la que tanto quería: “Jesús al verla llorando y a los judíos que la acompañaban, también lloran-do, se estremeció en espíritu y se conmovió, y preguntó: – ¿Dónde lo pusieron? Le dijeron: – Señor, ven y ve. Y Jesús lloró.” (Jn 11, 33).
También Marcos nos hace ver cómo miraba Jesús a la gente con mirada de Buen Pastor: “Al desembarcar Jesús vio una gran multitud, y tuvo compasión de ellos, porque eran como ovejas que no tenían pastor; y comenzó a enseñarles muchas cosas” (Mc 6, 34).
Jesús ve de lejos como el Padre Misericordioso que vio a su hijo cuando aún estaba lejos y se conmovió llenándose de misericordia (Lc 15, 20). Jesús es capaz de per-cibir en un abrir y cerrar de ojos el gesto de la viuda que pone dos moneditas en la alcancía del Templo, en medio de una multitud que pone sumas ruidosas (Lc 21, 1).
Por estas y por muchas cosas más, podemos estar seguros de que si nos dejamos mirar por Jesús su mirada nos comunicará su paz, la compasión que siente por nuestras heridas y su alegría indescriptible por nuestra fe.

Hace un tiempo tuve una gracia grande. El Señor me hizo “cambiar la orientación del esfuerzo que hacía”. Me di cuenta de que al rezar hacía fuerza por entender, por ver, por comprender en qué tenía que mejorar… Y de golpe sentí que podía “de-jarme mirar”. Me di cuenta de que me esforzaba por ver pero con miedo: si veo más me va a exigir más. Y era al revés. Si me dejo mirar me va a calmar mis ansiedades. Comencé a rezar así, dejándome mirar, y la verdad es que se convirtió en una ora-ción fácil de hacer en todo momento. No me cansa y me hace bien siempre. A ve-ces dura un instante: el tiempo de decirle al Señor “mirame al pasar”. Es como cuando era chico y cada tanto constataba si mamá me miraba mientras jugaba, o cuando en los actos del colegio y en los partidos de tanto en tanto miraba al público buscando la mirada de los míos.
Otras veces dejarme mirar dura largo rato: me pongo en su presencia y voy notando lo que me pasa y lo que siento y tranquilamente lo refiero a la mirada buena del Señor: mirá esto que siento, Señor, mirá cómo estoy, mirá lo que me pasa…, esto que pensé ¿cómo lo ves? Es un dejarme mirar por el Dios más grande que mi con-ciencia, sin apuro por juzgar ni por sacar cosas que hacer: simplemente dejar que el lo mire todo.
Para conectarse con esta mirada son importantes los recuerdos de la infancia. Los papás primerizos, que no les quitan los ojos de encima a sus bebés, toman con-ciencia de cómo y cuánto hemos sido constantemente mirados durante nuestros primeros meses de vida. Despertamos a la conciencia a la luz de los ojos de nues-tra madre. Y esta experiencia fundante y vivificante nunca la debemos perder: es signo de la mirada más honda de nuestro Creador que es la fuente de la vida espiri-tual. Dice un filósofo actual que sólo la mirada de los demás nos pone un límite. Las cosas se dejan mirar y nuestra mirada ávida no encuentra límite a su curiosi-dad. Por eso al mirar las cosas corremos el riesgo de dispersarnos una y otra vez siempre más. En cambio el rostro de las personas nos limita, las personas nos hacen sentir que se requiere su permiso para que las miremos. Y este límite de la libertad del otro nos hace bien, porque nos remite a nuestra propia libertad, nos hace experimentar que ser mirados con respeto y aceptados tal como somos es nuestro anhelo más hondo.
Pues bien: sólo Jesús puede calmar nuestra sed de ser mirados así. Cuando Jesús dice que Él es la Luz de todo el mundo está hablando de la Luz de su mirada bue-na, de la Luz de sus ojos: Él nos vuelve real la mirada Creadora del Padre.
Jesús vino a mirar, a mirarnos, a ser Testigo, a decirle a todo hombre, especialmen-te a los más pequeñitos, a los que nadie mira, a los que caminan mirando para abajo, que Dios los mira con mirada de Amor infinito, que “nos piensa” en todo momento, como una madre y un padre piensan a sus hijos (los italianos tienen esa expresión tan linda y tan íntima para expresar su cariño: “ti penso”, dicen). Jesús nos piensa, Jesús nos mira.

La mayor parte del tiempo quisiéramos “ver a Jesús” y sentimos que se nos escapa. Como aquí al ciego. Es curioso pero lo cura y en vez de ponerse ante sus ojos se esconde y deja que vaya viendo otras cosas… Como si le despertara la sed de verlo a Él con los ojos nuevos de una fe que fue conquistando por sí mismo, en la con-frontación con lo que pensaban los otros.
Ver a Jesús lleva tiempo. Dejarse ver por él, en cambio, es algo que uno puede hacer en cualquier instante, porque Jesús siempre nos está viendo. Por eso pedirle que nos mire, que mire nuestro corazón, que mire lo que nos pasa, lo que estamos sintiendo, lo que somos…, es algo que nos conecta inmediatamente con Él. Como decía San Alonso Rodriguez, nuestro santo portero: “Le acontece a esta persona que a menudo todo su trato y conversación es con Jesús y la Virgen Santísima Madre y amores de mi alma, dándoles cuenta de lo que pasa por mí, porque yo soy tan nada de veras y grosero e ig-norante que no valgo nada para nada y acudo a ellos dándoles cuenta de lo que pasa por mí, pidiéndoles que me ayuden y favorezcan, para que todo vaya hecho a su gusto y no de otra manera. Y como el Señor ve mis buenos deseos y trato con Él y con la Virgen y que yo no quie-ro sino a ellos y a lo que ellos quieran, acudo a ellos poniéndome a mí y a todas las cosas pro-pias y ajenas, todo, en sus manos (bajo su mirada), y así sale todo próspero y según Dios”.

Este dejarse mirar por Dios era “el secreto” de Hurtado: “Usted me pregunta có-mo se equilibra mi vida, yo también me lo pregunto. Estoy cada día más y más comido por el trabajo: correspondencia, teléfono, artículos, visitas; el engranaje terrible de las ocupaciones, congresos, semanas de estudios, conferencias prometidas por debilidad, por no decir “no”, o por no dejar esta ocasión de hacer el bien; presupuestos que cubrir; resoluciones que es necesario tomar ante acontecimientos imprevistos. La carrera a ver quién llegará el primero en tal aposto-lado urgente. Soy con frecuencia como una roca golpeada por todos lados por las olas que sub-en. No queda más escapada que por arriba. Durante una hora, durante un día, dejo que las olas azoten la roca; no miro el horizonte, sólo miro hacia arriba, hacia Dios (…). ¡Ah, y cómo he comprendido su bondad aun en estos momentos! En mi trabajo de cada día, era a Él a quien yo buscaba, pero me parece que aunque mi vida le estaba entregada, yo no vivía bastante para Él… ahora sí… en mis días de sufrimiento, yo no tengo más que a Él delante de mis ojos, a Él solo, en mi agotamiento y en mi impotencia (…) La fe dirige todavía mi mirada hacia Dios. Rodea-do de tinieblas, me escapo más totalmente hacia la luz. En Dios me siento lleno de una espe-ranza casi infinita. Mis preocupaciones se disipan. Se las abandono. Yo me abandono todo ente-ro entre sus manos. Soy de Él y Él tiene cuidado de todo, y de mí mismo. Mi alma por fin reapa-rece tranquila y serena. Las inquietudes de ayer, las mil preocupaciones porque ‘venga a noso-tros su Reino’, y aun el gran tormento de hace pocos momentos ante el temor del triunfo de sus enemigos… todo deja sitio a la tranquilidad en Dios, poseído inefablemente en lo más espiritual de mi alma. Dios, la roca inmóvil, contra la cual se rompen en vano todas las olas; Dios, el per-fecto resplandor que ninguna mancha empaña; Dios, el triunfador definitivo, está en mí. Yo lo alcanzo con plenitud al término de mi amor. Toda mi alma está en Él, durante un minuto, como arrebatada en Él. Estoy bañado de su luz. Me penetra con su fuerza. Me ama.” (San Alberto Hurtado, Un fuego que enciende otros fuegos, págs. 61-63).
Diego Fares sj

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Nicodemo

Con el corazón ensanchado de Luz

Jesús dijo a Nicodemo:
«De la misma manera que Moisés levantó en alto la serpiente en el desierto, también es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto,
para que todos los que creen en él tengan Vida eterna.

Sí, tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único
para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna.
Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo,
sino para que el mundo se salve por él.
El que cree en él, no es condenado;
el que no cree, ya está condenado,
porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.

En esto consiste el juicio: la luz vino al mundo,
y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz,
porque sus obras eran malas.
Todo el que obra mal odia la luz y no se acerca a ella,
por temor de que sus obras sean descubiertas.
En cambio, el que practica la verdad se acerca a la luz,
para que se ponga de manifiesto que sus obras han sido hechas en Dios»
(Juan 3, 14-21).

Contemplación
Contemplamos hoy a Nicodemo el “discípulo oculto de Jesús”, el que lo visita de noche y no se adhiere públicamente al Señor hasta después de su muerte en la Cruz. Nicodemo tiene un corazón de esos “que aman más de lo que se animan a confesar”. Y aunque de afuera parecen más quedados, incluso poco comprometidos, la intensidad de su lucha interior hace que “el corazón se les vaya ensanchando”. Son de esa gente a la que les cuesta jugarse pero cuando llega la hora se dan con todo, sin calcular, sin mirar cómo queda su imagen: caen con cien libras de perfume, como cayó Nicodemo al velorio de Jesús. Cuando hasta los más amigos se escondieron, él se hizo cargo del muerto y sepultó al ajusticiado por blasfemo como si fuera un Rey. Nicodemo comulgó con el Cuerpo de Cristo ya en descomposición ─ pública y física ─. Salió a la luz, compartió la suerte del Rabbí a quien admiraba y seguía en secreto.
Quizás alguno habrá pensado “¿de dónde salió este?”; “con qué derecho viene ahora…?”. Lo que no sabe el que juzga así (el Padre que ve en lo secreto del corazón sí que lo sabe) es que el “ahora” de Nicodemo es un “ahora” que no dejó de madurar desde que sostuvo con Jesús aquel “coloquio nocturno en Jerusalen” (recordamos aquí este “testamento iluminador” del Cardenal Martini, que ha sido publicado hace poco).
Aquella noche (noche dichosa…, diría San Juan de la Cruz) en que Nicodemo fue a ver a Jesús y se quedaron charlando hasta tarde, el Señor le sembró una luz en el corazón. El Sembrador le sembró una semillita de su Luz y esta lucecita le fue ensanchando el corazón.
Ciento por uno se lo ensanchó.
De hecho Jesús le comunicó su Espíritu aquella noche, la semilla de su Espíritu y lo hizo nacer de lo Alto, lo hizo nacer de nuevo sin que Nicodemo lo supiera, como nosotros, cuando somos bautizados de chicos. Y este nuevo corazón fue madurando en la fe, en una lucha silenciosa aunque sin tregua, a medida que esa lucecita crecía. Bien podría hacer suyos Nicodemo, estos versos de San Juan de la Cruz:

“En la noche dichosa,
en secreto, que nadie me veía,
ni yo miraba cosa,
sin otra luz y guía
sino la que en el corazón ardía.

Aquésta (luz) me guiaba
más cierto que la luz del mediodía,
adonde me esperaba
Quien yo bien me sabía
en parte donde nadie parecía.

En el diálogo con Nicodemo el Señor explica lo que antes hizo simbólicamente al expulsar a los mercaderes del Templo. Nicodemo es “Maestro en Israel”, y representa ese Templo anciano ─ ese corazón de piedra que es Israel, que es el hombre ─ al que el Señor purifica de todo comercio y lo reconstruye como corazón de carne, con su muerte y resurrección.
De toda la riqueza de evangelio de Juan nos quedamos con la imagen que usa Jesús de la Luz. El es Luz, una luz que ensancha el corazón. Porque hay luces que lo angostan (angustian). Como dice el Salmo:
“Tu Palabra Señor es la verdad
y la luz de mis ojos”.
La Palabra de Jesús es luz para los ojos del corazón.
Hay en cambio otras palabras que son tinieblas: esas ideas que con sus futuribles ensombrecen el corazón, esas ideas alimentando el resentimiento ciegan los ojos de rabia y oscurecen con sus obsesiones el entendimiento.

Jesús no. El nunca oscurece.
Es más, él no apaga ni la velita que apenas chisporrotea.
El Señor junta toda lucecita, por pequeña que sea, como junta las ovejitas perdidas del rebaño, como junta los pancitos que sobran de la eucaristía… Donde ve que se prende una lucecita de entendimiento y de fe en un corazón, el Señor entra inmediatamente en diálogo con ella y la alimenta con su Palabra, como una madre alimenta a sus hijos pequeñitos, o como un nieto que se queda explicándole pacientemente a su abuela algo de esas cosas modernas que a los adultos mayores les cuesta entender cómo funcionan.
Así conversa Jesús con Nicodemo, que no entiende cómo funciona esto de “nacer de nuevo y de lo Alto”. Sin embargo, ha tenido la humildad de venir a Jesús; se ha acercado a la luz. Y Jesús se lo valora, dice que el que se acerca a la luz es porque sus obras son buenas. “El que practica la verdad se acerca a la luz, para que se ponga de manifiesto que sus obras han sido hechas en Dios».
En las contemplaciones de esta Cuaresma hemos puesto en el centro de nuestra contemplación al corazón. En cada contemplación hemos practicado un “ejercicio espiritual” que ha tratado de afectar directamente a nuestro corazón, dejando de lado otros aspectos no tan esenciales de la vida espiritual.
Vamos a repasar hoy estos “ejercicios cordiales” acercándolos al fogón de este coloquio nocturno en Jerusalen entre Jesús y Nicodemo, para que la Luz del Señor ilumine las verdades contempladas y se ponga de manifiesto que son buena doctrina, obras buenas, hechas ─ ejercitados ─en Dios.

El primer ejercicio para el corazón consiste en bajar:
“descender con la mente al corazón”.
Este descenso se hace “hablando”,
pronunciando en voz baja Palabras esenciales que nos enseñó a decir Jesús:
Padre, te doy gracias,
Padre, Yo se que siempre me escuchas
Padre, todas las cosas son posibles para Ti…

Pronunciar estas palabras silencia la mente y aquieta el corazón.
En la mente las palabras son conceptos abstractos y pueden producir multitud de imágenes y hacernos “volar” la imaginación. Cuando uno “pronuncia” las palabras, como que la mente baja: la voz viene del aire del pecho, y sube a la garganta… La pronunciación en voz baja de las Palabras de Jesús hace bajar la mente a sentir el corazón. Y como son Palabras de Vida, que incluyen a todas las otras, las otras se adhieren a ellas y se acallan y el corazón se alimenta con el Pan de la Verdad que sale de la boca de Dios y es manjar sólido y no papitas y palitos salados…

El segundo ejercicio para el corazón consiste en subir:
Subir al Monte de la Transfiguración.
Aquí practicamos un ejercicio auditivo y otro visual.
Probamos escuchar (pronunciando las palabras en voz baja: “Este es mi Hijo, el predilecto. Escúchenlo a Él”) la voz del Padre.
Escuchando como quien lee los labios y repite una oración, la Voz del Padre nos dibuja rasgos del Rostro de Jesús. Lo sentimos a Jesús iluminado, lo vemos radiante y sonriente, lo experimentamos glorioso, gustamos su luz, nos sentimos apacentados por su cayado de Buen Pastor….

La subida a la mente, en cuya altura podemos imaginar sin disiparnos porque el rebaño de ideas está sujeto por la Voz del Padre y todas las ideas tienen los ojos fijos en Jesús, autor y consumador de la fe, es una subida en compañía de Jesús, una subida humilde y conducida. No hay temor a irse por las ramas y si uno delira un poco, como le pasó a Pedro, enseguida el Señor nos baja.

El tercer ejercicio para el corazón es doble: consiste en expulsar y re-centrar
El ejercicio consiste en “sentir los empujones del Señor”. Dejarlo que expulse a “los vendedores del Templo”, para sentir luego como se “sienta como en un trono sobre nuestro corazón”. Solo el Amor debe reinar en el centro del Corazón. Así, sentado en nosotros, el Señor reina, y nuestro corazón se aquieta y se centra en su humildad. Este ejercicio de “sentirlo” cómo asentado, puede hacerse también gustando su única ley. A veces nuestro corazón está inquieto porque recibe multitud de mandatos de la mente, mandatos que provienen de las exigencias y placeres del mundo exterior y mandatos internos que brotan de la culpa y del deber… El Señor simplifica todo y reina pronunciando un único mandamiento: el del Amor. Gustar este mandamiento es pronunciarlo diciendo:
“Escucha Israel, el Señor tu Dios es el único Dios.
Y tú amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón,
con toda tu mente,
con todo tu espíritu
con todas tus fuerzas.
Y amarás a tu prójimo como a ti mismo”.

El cuarto ejercicio para el corazón consiste en ensanchar
El corazón se ensancha cuando recibe la Luz del mandato de sólo amar. Este mandato imperado interiormente por el Espíritu, expande el corazón, lo hace respirar, le da un movimiento amplio y constante que llega con su ánimo a todos los rincones de nuestro ser y se convierte en oración y en obras de misericordia y de bondad para con los demás. Obras que dan fruto y fruto duradero: como dice la canción: “sólo el amor alumbra lo que perdura”.
Otras mandatos angostan el corazón, son mentiras o verdades a medias que con su tiniebla van achicando el movimiento del corazón, hasta obsesionarlo en torno a uno o dos puntos que le quitan vida.
La verdad, en cambio, así “practicada” y ejercitada por medio de estos ejercicios espirituales, nos hace vivir “con el corazón ensanchado de luz”.

Diego Fares sj

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