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Posts Tagged ‘mal espiritu’

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Entonces Jesús fue conducido (anago) por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo.  Y después de hacer un ayuno de cuarenta días y cuarenta noches, al fin sintió hambre.  Y acercándose el tentador, le dijo:

«Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes».

Pero él respondió: «Está escrito: No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios».

Entonces el diablo le lleva consigo a la Ciudad Santa, le pone sobre el alero del Templo, y le dice:

«Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: ‘A sus ángeles te encomendará, y en sus manos te llevarán, para que no tropiece tu pie en piedra alguna’».

Jesús le dijo: «También está escrito: ‘No tentarás al Señor tu Dios’».

Todavía le lleva consigo el diablo a un monte muy alto, le muestra todos los reinos del mundo y su gloria, y le dice:

«Todo esto te daré si postrándote me adoras».

Le dice entonces Jesús:

«Apártate, Satanás, porque está escrito: ‘Al Señor tu Dios adorarás, y sólo a él darás culto’».

Entonces el diablo le dejó. Y he aquí que se acercaron unos ángeles y le servían (Mt 4, 1-11).

 

Contemplación

Hoy vamos a contemplar la “desaparición de una palabra”: anagogía.

En castellano ha quedado la palabra “analogía”, que usamos para explicar algo “por analogía”, es decir con otra cosa semejante. Pero “anagogía” no se usa más.

Es parecida a la otra, porque las dos señalan “hacia arriba” (aná). Pero anagogía incluye la acción (ago) no solo la idea (logos).

En tiempo de Jesús era una palabra muy común. Se usaba para decir que alguien te “impulsaba a la acción”, te “lanzaba”, te “conducía”, “te llevaba a un lugar más alto” (Lc 4, 5), “hacía zarpar una nave hacia alta mar” (Lc 8, 22).

Esta palabra sencilla y común se empezó a utilizar para expresar un sentido de la Escritura que va más allá de lo literal: el sentido espiritual (San Clemente de Alejandría -150-215 dC).

Si uno toma la Palabra de Dios solo a la letra puede terminar muy mal, como les pasó a los escribas y fariseos. El Señor les decía: La ley hay que cumplirla, por supuesto; pero es para dar vida! Si viene a mí uno que está enfermo, yo lo curo, aunque tenga que hacer un paréntesis en la ley que dice que el sábado no se puede trabajar.

La Palabra de Dios, por tanto, hay que interpretarla espiritualmente. (Nuestro Padre General, en una entrevista que le concedió a uno de estos fundamentalistas, dijo que “en la época de Jesús no existían grabadores”. Esto hizo enfurecer a algunos, que comenzaron a predecir que se está por terminar la Iglesia porque se “relativiza todo. Hasta las palabras de Jesús”. No entienden que “interpretar” no siempre es relativizar o disminuir. Es entender bien. Jesús mismo pide que lo entendamos bien, cada vez que dice “el que pueda entender que entienda” o cuando explica las cosas una y otra vez a sus discípulos o cuando les dice que ni siquiera Él les puede explicar todo en ese momento, pero que cuando venga el Espíritu, Él les (nos) enseñará toda la verdad”. Interpretar puede ser descubrir un sentido más profundo y exigente todavía, no solo un sentido más comprensivo y misericordioso. Interpretar es “interpretar con buen espíritu” y no con burlas, odio y desprecio. Estos son “científicos del evangelio”. Se contagiaron de las ciencias positivistas, que pretendían definir todo “objetivamente”. Lo terrible es que la ciencia evolucionó a posturas más humildes y estos “científicos del evangelio” se quedaron en el tiempo).

Dentro de los sentidos espirituales de la Escritura, el sentido anagógico es el más alto. Más alto (incluyéndolo, por supuesto) que el dogma, que te dice la verdad; más alto (incluyéndolo, por supuesto) que el sentido del deber moral, que te dice lo que hay que hacer.

El sentido anagógico es místico (enciende el fuego del fervor),

está tensionado por la Esperanza,

te impulsa a dar un paso adelante en el bien,

te hace madurar,

te lleva a discernir el bien concreto en el momento presente sin temor a infringir ninguna ley.

Este sentido tan fuerte y tan importante –el más importante diría yo- que se le atribuyó a esta humilde palabra, hizo que sufriera la burla y el menosprecio de las palabras cultas y, directamente, la hicieran “desaparecer”.

Sentido espiritual, anagógico, pasó a ser “sentido espiritualoide”, sentido idealista, sentido no “científico”.

Se trata de una palabra “mártir”, de una palabra “desaparecida”.

Dicen algunos: “Cómo vas a decir que la realidad no solo se “puede explicar” con números y conceptos científicos sino que, además, tiene un sentido anagógico, un sentido más alto y más noble! Nada de eso! La realidad es materia, economía, números, estadísticas, intereses, pasiones.

Y todo lo explican por “katagogía”, no por “anagogía”. (Katá quiere decir abajo).

Todo se explica por lo más bajo, no por lo más alto.

Ese es nuestro mundo. Lo más alto es “magia” o “ilusiones”, “expresión de deseos”, “sentimentalismo”…

Uno de los pocos que siempre usó este “modo de pensar” anagógico, es el Papa Francisco.

En sus cuatro principios – si escuchamos bien-, de lo que nos habla es de dejar que el Espíritu nos impulse a interpretar las cosas desde un nivel más alto –superior, dice él-.

Interpretar las cosas desde la altura (aná) del tiempo, que es superior al espacio.

Pero ojo, que no es una altura como la de la terraza del templo, a donde el mal espíritu lleva a Jesús para tentarlo de “tirarse abajo”, de interpretar su misión desde los deseos bajos de la vanidad y de las expectativas de aplauso. No se trata de la altura del monte, desde la que se ven todos los reinos de la tierra, a donde el demonio lleva a Jesús para que –curiosamente- “se agache” y lo adore. La superioridad del tiempo es una superioridad que nos pone a caminar, que no nos instala en el lugar de dominio más alto, sino que humildemente nos saca a caminar.

Lo mismo hace el papa en los otros tres principios: la realidad es superior a la idea porque es bien concreta y no se deja dominar. Las ideas se pueden ordenar y retocar a piacere y por eso cada pensador inventa su sistema de pensamiento (esto sólo –que haya tantos sistemas distintos- nos debería llevar a sospechar de su verdad…). La realidad, en cambio, supera nuestras ideas porque nos pone a su servicio, nos hace estar disponibles y atentos a lo que viene porque si no perdemos el tren. Y bien que cuando viene un tren real todos dejan de lado sus trenes ideales y se suben y van…

También los conflictos. El Papa dice que se resuelven desde el plano superior de la unidad, no quedando metidos en ellos. No enredándonos. No “llevando como si fuera un ícono, un conflicto que se dio una vez, a lo largo de toda la historia”, como dijo en la catedral anglicana. Y así con todo (el todo es superior a las partes).

El Papa Francisco usa este modo de pensar “anagógico” que nos pone en salida, nos impulsa a las fronteras, nos saca de la autorreferencialidad…

Es el “modo de pensar y de obrar” del Espíritu Santo. El que le inspiraba a Jesús y a la primera Iglesia, que era capaz de decir, con mucha sencillez: “Nos ha parecido, al Espíritu Santo y nosotros… no imponerles más cargas” (Hc 15, 28).

En todo el libro de “Los hechos de los Apóstoles… con el Espíritu Santo” la Iglesia siente que “interpreta las cosas desde este nivel espiritual”.

Y esta interpretación es lo que llamamos “discernimiento”.

El discernimiento del momento, del que habla el Papa.

Ese momento en el que el Espíritu Santo nos impulsa a dar un paso (porque no se trata de definir en un papel, sino dar un paso, como el que dieron los Apóstoles cuando decidieron con el Espíritu Santo no imponer más cargas a los gentiles) y jugarnos por lo que el Espíritu nos inculca en el corazón para hacer un bien concreto.

Ese paso “anagógico”, superior, es un paso práctico.

No es para congelarlo luego y convertirlo en una definición abstracta.

Lo propio de lo anagógico es abrirse a nuevos pasos, es seguir interpretando la realidad no en sentido literal sino espiritual, abiertos a la dinámica del Espíritu, a sus sorpresas, siempre orientadas hacia el bien común, hacia el bien concreto de los más pobres.

Es lo que el Espíritu le hace discernir –anagógicamente- al Señor, cuando responde a las tentaciones “rastreras” con el sentido espiritual de la Escritura: no solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios: no tentarás al Señor tu Dios (actuando según las pasiones más bajas). Solo a Dios adorarás, sólo ante él te arrodillarás.

Cuando el Evangelio nos dice que el Espíritu “impulsó a Jesús al desierto”, no está diciendo que lo condujo allí y luego lo dejó. El Espíritu conduce e inspira al Señor en todo el diálogo contra el tentador. Le hace encontrar el sentido espiritual a cada cosa, la palabra justa que no nos deja “caer en la tentación” y que nos impulsa a dar un paso más en el camino de la salvación. Toda nuestra vida, con sus tentaciones, está contenida en esa “oración del Señor en el desierto” que ahora es “oración del Señor en el Cielo”.

Diego Fares sj

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Entonces llegó Jesús,

que venía de Galilea al Jordán

donde Juan, para ser bautizado por él.

Pero Juan trataba de disuadirlo diciendo:

«Soy yo el que necesita ser bautizado por ti,

¿y tú vienes a mí?»

Jesús le respondió:

«Déjame ahora, pues conviene que de este modo

cumplamos toda justicia.»

Entonces le dejó.

Después de ser bautizado, Jesús salió del agua;

y he aquí que se abrieron los cielos

y vio al Espíritu de Dios que bajaba en forma de paloma y venía sobre él.

Y se oyó una voz que salía de los cielos que decía:

«Este es el Hijo mío, el Amado, en quien me complazco» (Mt 3, 13-17).

 

Contemplación

Siempre impresiona ver a Jesús haciendo fila en medio del pueblo de Dios, como si fuera un pecador más, para hacerse bautizar por Juan. El estar metido de lleno en las costumbres populares, no solo en las más puras sino en todo, como cuando comía con los pecadores o tocaba a los leprosos o charlaba con la samaritana, son como “bautismos cotidianos” en los que Jesús se sumerge y se deja purificar por lo humano. Uso a propósito esta frase “se deja purificar” por lo humano, se deja tocar, se deja conmover, dialoga… y así redime.

Por eso elegí esta foto en que al Papa Francisco le salió del corazón agacharse a tocar el agua y remojando los dedos en ella se hizo la señal de la Cruz, como hace cualquiera de nuestro pueblo fiel al entrar en un santuario y ver la pila de agua bendita.

Esto es obra del Espíritu Santo. Un Espíritu que el Señor enviará en Pentecostés no como desde un Cielo lejano, sino como el Espíritu que ya recibió sobre sí, como una Palomita-, en su bautismo en el Jordán. Se abrió el Cielo y el Espíritu de Dios bajó en forma de paloma y se vino al Señor que estaba con los pies hundidos en el barro del río, metido en sus aguas. Este Hijo, así metido en la humanidad y así bendecido por el Espíritu, es el Hijo amado del Padre, en el que se complace.

Esta “inculturación” del Señor en las costumbres de su pueblo –en este caso en una nueva, que Juan Bautista inventa proféticamente como rito de purificación- viene de más hondo: su carne misma tiene un ADN de dos naturalezas, como dice la Teología: el de María y el del Espíritu Santo.

El misterio de la vida consiste en que una persona nueva y única nace de la unión de otras dos, pero de una unión que viene de adentro, no de afuera. Dentro mismo de cada ADN hay una intimidad más íntima que es a la vez única y compartible, abierta a hacerse una con otra, sin perder las características propias, pero combinándolas amorosamente de manera nueva. Hay una plasticidad en la materia que permite esto: que cada uno se apropie lo común y lo haga enteramente suyo, cuando somos engendrados, cuando comemos, cuando nos trasplantan un corazón…

Cuando el Señor manda que todos seamos bautizados en este Espíritu Santo que es Espíritu y Fuego, no se trata de un bautismo exterior –no es solo con agua, que purifica lo externo- sino interior, con la energía del Fuego. Así como Él se encarnó en nuestra carne y se bautizó en nuestra cultura y en nuestra vida cotidiana, así quiere que nuestra carne se bautice en su Espíritu, que seamos engendrados espiritualmente como hijos y nos hagamos un solo corazón con Él y con el Padre.

Lo importante es caer en la cuenta de que el Espíritu actúa desde adentro (y el mal espíritu sólo desde afuera).

El mal espíritu ha sido “expulsado” de la interioridad de la carne y de la historia por Jesús. Es un enemigo vencido. Actúa desde afuera. Y se nos mete sólo cuando lo dejamos. Pero siempre permanece como un cuerpo extraño, no logra “encarnarse”, digamos así.

Basta una buena confesión para barrerlo, basta cerrarle la puerta para que quede afuera, basta no dejarlo que nos enturbie el corazón.

Esta doctrina sencilla pone a salvo todo lo humano, en su fragilidad. Todo lo humano es limpio y ha sido limpiado desde adentro por Jesús.

Por eso el Señor no tiene problema en mezclarse con todo lo humano. No necesita “leyes” que lo protejan de los malos, ni ritos que no dejen que se contamine. Él no se contamina con nada y lo purifica todo. Lo hace por contacto, pero porque el contacto restablece la unión de corazón que el pecado bloqueaba, no porque tenga que ir avanzando con una limpieza externa que tendría que llegar a no sé qué interior manchado.

Este discernimiento –de que el mal espíritu actúa desde afuera- es fundamental. Porque el mayor engaño del demonio es hacernos creer que “dentro nuestro hay algo malo”.

Puede ser que en la medida en que el pecado se entrometió en la vida y en la cultura, el mal haya llegado a estratos muy profundos de nuestro ser y de nuestra sicología y de las estructuras sociales injustas que hemos creado. Pero la llamita de la conciencia, que nos atrae hacia el bien y nos manda buscarlo siempre de nuevo, es interior.

Con esa conciencia deseosa del bien, que es lo que nos constituye como personas (desde donde nos rearmamos, cada uno como puede, para construir su vida lo mejor que puede), con ese interior, se conecta Jesús, rompiendo toda barrera exterior que diga que “con ese no se puede juntar” o que “eso no se puede integrar”. El Señor vence el mal –externo- con el bien interior (el Suyo y el nuestro).

Bautizarse en el Espíritu es sumergirse totalmente en esa Interioridad misteriosa de Dios que no tiene nada malo porque no tiene nada externo a su propio Amor. Nos sumergimos con todo nuestro cuerpo y nuestra historia afectada en mayor o menor medida por el mal, pero desde ese interior bueno, de hijos amados y que quieren amar.

Y lo hacemos de modo tal que “nada nos robe la paz del corazón”. El corazón es ese interior bueno, el más íntimo, que el pecado no penetra ni contamina totalmente y que es donde podemos hacer pie para “arrepentirnos”.

Puede afectar el mal espíritu a nuestra mente –que se llena de imágenes e ideas que vienen de afuera y la contaminan y la llevan a pensar esto y aquello.

Puede afectar nuestras pasiones con bienes externos que hacen “reaccionar” y mueven a cada una según el objeto que se les pone delante. Pero todo esto está discernido como “exterior”.

Nuestro corazón sabe que no son su Bien. Que su Bien es sólo otro Corazón, otros corazones, bienes que no se poseen, sino que se nos dan y los aceptamos y amamos en esta libertad que nos nace de adentro.

Cuando somos bautizados, nuestro nuevo ADN de Hijos de Dios, no es un componente “espiritual” que se uniría a uno “carnal”, de modo tal que surgiría es engendro que algunas teologías desarrollan, en el que el cuerpo es lo impuro y el espíritu –protegido por la letra de leyes abstractas- sería lo puro.

El ADN de Hijos es el de Jesús, que ya integró en sí nuestra carne –gracias a su carne heredada de la carne purísima de María- y también todo lo que es “extensión de lo humano” –léase cultura, costumbres, estructuras sociales, paradigmas…-. Ese ADN de Jesús es ya unión del Espíritu con la carne y es capaz de sanar y convertir desde adentro enteramente a todo el que se injerte en él y se le una, como un sarmiento a una Cepa de Vid buena.

Esta conexión de corazones de hijos, que nos hace hermanos, se dio una vez en el Bautismo y se renueva cuantas veces queramos en cada confesión y crece y fructifica en cada nueva cosecha.

El mal no viene de adentro de la carne (Sí puede ser “elegido” desde adentro, por una decisión espiritual, pero no se convierte en parte nuestra si no queremos).

Esta es la Buena Noticia.

Aunque esté muy metido, aunque parezca que nace de las estructuras más íntimas de la sociedad, aunque parezca que, si un niño sufrió violencia de pequeño, ese mal se le habrá metido tan hondo que tendrá que repetirlo. No es así.

Sí es verdad que hace falta cambiar un país entero para que el ambiente favorable pueda ir incidiendo en la fragilidad herida de un pequeñito que nació entre bombardeos.

Sí es verdad que se necesitan mil años o dos mil para cambiar una cultura que considera inferiores a las mujeres y que es capaz de explotar a los niños y aislar en asilos a los ancianos.

Sí es verdad que para que alguien que quedó en situación de calle hace falta un hogar que sea como una pequeña ciudad, con todas las prestaciones gratis y todo el cariño gratuito que uno necesita para reconectarse con su deseo de vivir en comunidad y en sociedad.

Sí es verdad que para un enfermo terminal que no tiene contención haga falta toda una Casa de la Bondad en la que 150 cuiden solo a seis o siete por vez.

Sí es verdad que hay que cambiar de raíz la cultura del dinero –que es el Dios de lo externo y cuantificable- y que esto puede llevar diez mil años (dicen que el dinero nació con la acuñación de monedas entre los siglos VII y V antes de Cristo, por lo cual llevamos entre 7000 y 9000 años bajo este diosecito que, una vez acuñado (idolizado) comenzó a permitir que algunos más vivos se dedicaran a las finanzas en vez de trabajar). Así pues, lo que se construyó en diez mil años puede llevar otro tanto para cambiarse. No digo que volvamos al trueque, sino que lo que digo es que las estructuras en que vivimos no son “naturales” –no nacemos con un monto de dinero bajo el brazo- ni, mucho menos, sobre-naturales. Por tanto, se pueden cambiar y mejorar.

Que el Bautismo del Señor nos haga sentir deseos de ser bautizados en el Espíritu Santo, muchas veces, como nos enseñan nuestros hermanos pentecostales. Porque el Espíritu es todo bueno y sopla donde quiere y suscita adoradores del Padre, que vuelven a Él, como el hijo pródigo, y amigos de Jesús, que lo invocan como Señor y conectan con él de corazón a corazón.

Diego Fares sj

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Jesús, para mostrarles que es necesario orar siempre sin desanimarse

les proponía una parábola diciendo:

«Había un juez en cierta ciudad que no temía a Dios ni le importaba lo que los hombres pudieran decir de él.

Había también en aquella misma ciudad una viuda que recurría a él siempre de nuevo, diciéndole:

“Hazme justicia frente a mi adversario.”

Y el Juez se negó durante mucho tiempo. Hasta que dijo para sí:

“Es verdad que yo no temo a Dios ni me importan los hombres, sin embargo, porque esta viuda me molesta, le haré justicia, para que no venga continuamente a fastidiarme” (no vaya a ser que termine por desprestigiarme con sus enredos)».

Y el Señor dijo:

«Oyeron lo que dijo este juez injusto?

Y Dios, ¿no se apresurará en auxilio de sus elegidos, Él que los escucha pacientemente, cuando día y noche claman a él? Les aseguro que en un abrir y cerrar de ojos les hará justicia.

Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?» (Lc 18, 1-8)

 

Contemplación

La parábola es sobre el Padre.

Sobre el Padre Presente y Atento, lleno de cariño para socorrernos y rápido para actuar.

En segundo lugar, se habla sobre la insistencia en la oración. Pero en primer lugar para Jesús está revelar esta imagen de su Padre y Padre nuestro.

Porque detrás del desánimo en la oración puede estar la imagen de un padre ausente. Y el mal espíritu que la fogonea con razonamientos falaces…

  • Tu padre no te escucha. ¿Para qué le rezás…?
  • ¡Claro que los escucha! Es vuestro Padre, ¿cómo no los va a escuchar?

Aquí, al igual que en la parábola del hijo pródigo, lo que Jesús quiere es revelarnos cómo está de atento y cuán presente está el Corazón de nuestro Padre Misericordioso. No cae un pajarito, dice en otro lado Jesús, sin que mi Padre “esté”, sin que lo sienta caer sobre la hierba y lo reciba en sus Manos Buenas.

El Señor hace contra enfáticamente a esa insidia del demonio que nos induce a pensar que, porque a veces tarda o no nos da lo que pedimos, nuestro Padre no nos escucha.

Y el Señor va con fuerza contra esta tentación poniendo el ejemplo del juez inicuo, que es realmente detestable. Como diciendo, si hasta uno así escucha y sabe, cómo no va a saber tu Padre.

Un juez a quien no le importa la justicia es la peor peste que puede tener una sociedad. El juez inicuo es peor que el rico insensible. Y el hecho de que se vea en la obligación de hacer justicia a la viuda sólo por cuidar su imagen, lo vuelve más falso todavía. Los que están en otros cargos públicos de la sociedad pueden cometer faltas, pero un juez que introduce la mentira en la justicia misma, corrompe de raíz toda la vida social. Pues bien, hasta un personaje como este –dice Jesús- es capaz de escuchar. ¡Cómo no nos va a escuchar nuestro Padre!

No solo nos escucha, sino que Jesús da testimonio de que nos escucha con todo su corazón. Eso quiere decir que escucha con paciencia y con magnanimidad.

Y además, se apresura en venir a nuestro auxilio.

Más aún: nos hace justicia en un abrir y cerrar de ojos.

Algo así sólo pasa en una familia. Cuando una madre, apenas siente que su hijito pequeño grita, corre a ver qué le pasó y si se ha caído o ha quedado encerrado, inmediatamente lo socorre y consuela su llanto.

Así obra nuestro Padre, dice Jesús.

Uno duda. Pero convengamos que las dudas no son espontáneas ni naturales.

¿Acaso un hijo pequeño duda intelectualmente de su madre o de su padre?

No. La vida no se estructura desde la duda y la sospecha. La vida confía y cree en el amor.

Somos creados para alabar y adorar… y para no dudar.

La duda viene después. Es tentación. Fue un enemigo el que sembró la cizaña de la duda en mi corazón.

El niño cree en el amor. Por eso llora desconsoladamente e insiste hasta que es escuchado. Es más, a veces los chicos pequeñitos, cuando se caen o golpean, antes de llorar buscan con la mirada a su mamá y, cuando la ven, recién ahí sueltan el llanto.

Por eso uno tiene que examinar qué ideas falaces se le metieron en la cabeza y cómo sin espíritu crítico las dejó crecer y permitió que le fueran instilando estas sospechas y dudas.

Jesús, en cambio, apunta a nuestro instinto filial para disolver toda imagen falsa de un Dios sordo, que no escucha, a quien no le importa…

Él es la prueba viviente de que el Padre sí nos escucha. Y da la vida para testimoniarlo.

“Te doy gracias Padre. Yo sé que Tú siempre me escuchas” (Jn 11, 42).

Reconocemos en el Dios de la parábola al Padre misericordioso que corre a abrazar al hijo pródigo que regresa. Ese estar atento y verlo venir desde lejos, es lo que Jesús describe aquí como un “apresurarse a socorrer a sus elegidos”.

Y el abrazo del Padre misericordioso al hijo pródigo es equivalente a este “hacer justicia en un abrir y cerrar de ojos”. El Padre lo arregló a su hijo con ese abrazo.

Así, esta imagen entrañable es la que Jesús quiere que nos grabemos en el corazón. Para que cuando vayamos a rezar y a pedir algo que necesitamos mucho, no perdamos ánimo si es que nos parece que Dios tarda una eternidad en venir a ayudarnos.

Jesús promueve esta fe y esta confianza imperturbable en el Padre. Como si nos dijera: ¡Tomen en serio a Dios! El hace milagros y su misericordia con los suyos es la cosa más cierta que hay. El escucha siempre la oración de sus elegidos.

Ahora bien, así como es una tentación grosera consentir al pensamiento del mentiroso y del acusador que nos tienta diciéndonos que Dios no nos escucha, también es una tentación –más sutil quizás- intentar explicarlo con frases hechas y cayendo en lugares comunes.

Esta tentación hace que, con el tiempo, uno termine por desilusionarse peor que cuando se queja con enojo. Es mejor quejarse amargamente como Jesús, diciendo: “Padre, por qué me has abandonado”, que tapar la queja con razonamientos del tipo: “Si no te da lo que querés ahora es porque no te conviene o te lo dará después…”. Estas frases hechas, que a veces usamos para contrarrestar la queja de alguno que sufre o para contentarnos a nosotros mismos, son una tentación.

Jesús no dice: Dios te escucha, pero dentro de su plan racional, lo que vos le pedís te lo dará a su debido tiempo. Jesús dice que el Padre se apresura a socorrernos y que nos hace justicia en un abrir y cerrar de ojos. La imagen es la de un padre que corre a socorrer a su hijito, no la de un funcionario que te hace hacer la cola y te muestra a todos los demás que también están pidiendo lo mismo. El consuelo es personal, más allá de “la cosa” que pedimos. Los papás explican por qué actúan de una manera y charlan con sus hijos…

Entonces, para reflexionar y meditar y para corregir nuestras imágenes falsas –racionalistas y sentimentalistas- de Dios, es mejor tomar en serio las palabras que usa Jesús.

Si quiero ver la acción de mi Padre tengo que tratar de ver –con los ojos de la fe- dónde “se apresura” a socorrerme.

Y también tengo que entrenar mi mirada para captar su justicia, porque, así como se hace en un abrir y cerrar de ojos, así también si se pasa el momento, hay que volver a estar atentos. La justicia, como es virtud relacional, está en constante cambio. Basta una nada para desequilibrar la balanza…

Me gusta mucho esta imagen de un Dios velocísimo –más que Flash-, de un Dios que obra en “abrires y cerrarses de ojos”. Podríamos decir que la de hoy es la Parábola del Padre que hace justicia: nos socorre en la cercanía de Jesús a toda velocidad.

Así como está instalado que Dios obra en la pequeñez, tenemos que instalar también que Dios obra “rápido”.

La imagen clásica es que Dios obra a laaargo plazo,

que sus cosas son “eternas”,

que su obra se ve luego que pasan generaciones y generaciones…

Esto es verdad, pero es solo un polo de la verdad.

Porque el otro polo es que este Dios que espera miles de años, de repente comienza a obrar…

Y Jesús se encarna en lo que dura el Sí de la Virgen.

Y cuando se viene el parto, los agarra donde los agarra y tuvo que nacer en el pesebrito de Belén.

Y lo mismo pasó cuando salió a predicar.

Estuvo el Señor largos años en la tranquilidad de la vida de Nazaret, pero cuando comenzó su vida pública todo se volvió vertiginoso.

Todo fue ya, ahora, sólo esta vez.

El Señor pasó haciendo el bien y al que se le pasó se le pasó para siempre

y los que, como Bartimeo y Zaqueo y Juan y Pedro y el leproso agradecido y el paralítico y la hemorroisa y la Magdalena y el sordo y la de la espalda encorvada y el chico de los cinco pancitos…, lo pescaron al vuelo, el Señor los curó y los bendijo en “un abrir y cerrar de ojos”.

El Dios rápido que nos revela Jesús es su Padre.

Por eso, es en la cercanía de la carne de Jesús que el tiempo se vuelve veloz y que las cosas buenas suceden rapidísimo y a cada momento.

Lejos de Jesús, pareciera que Dios se vuelve más lento, como indicándonos que no nos alejemos de la fuerza de gravedad benévola con que nos atrae el peso del amor de Jesús.

Así, nuestra fe debe estar atenta a cómo hace justicia Dios en Jesús, en un abrir y cerrar de ojos.

¿En qué podríamos ver que Dios hace justicia hoy a sus elegidos?

Como la justicia del Padre se realiza en la cercanía de Jesús,

es algo que cada uno solo lo puede ver en su propia vida.

No nos es dado verlo siempre “en general”.

Yo puedo dar testimonio de que el Señor ha sido justo siempre conmigo.

Y no solo justo, sino muy paciente y bondadoso con mis defectos

y generoso en extremo con las gracias y dones que una y otra vez me ha dado y vuelto a dar cada vez que malogré una oportunidad.

Y que si no ha hecho más conmigo no es solo por mis pecados sino por su gran sabiduría, para no sacarme antes de tiempo del horno y que le saliera medio crudo o mal levado o inmaduro.

Si miro mi vida no puedo sino ver cómo, cada vez que incliné mal la balanza, el Señor compensó mis desequilibrios; y cada vez que empecé a desbarrancar, él se me puso al lado y me fue subiendo, con su tranco firme y sereno, como decía Brochero que había que sacar a la gente díscola que se desbarrancaba, sin darles coces y empujándolos suavemente con el anca, como su mula. Así ha obrado el Señor conmigo.

El discernimiento espiritual, como dice el Papa Francisco, es cosa del momento. Cuando uno discierne, elige el bien que el Señor le ofrece y rechaza el mal que le presenta el mal espíritu, en un abrir y cerrar de ojos, encuentra socorro, consuelo y se le hace justicia. Pero estos abrires y cerrares de ojos de la justicia de Dios sólo se pueden experimentar en la propia experiencia personal.

Brochero utiliza una palabra linda para esto del abrir y cerrar de ojos. Decía en 1905: “He podido pispear que viviré siempre, siempre en el corazón de la zona occidental, puesto que la vida de los muertos está en el recuerdo de los vivos”. El santo cura, con sus ojos ciegos casi al remate, nos enseña a pispear con picardía y fe en las cosas de nuestro padre Dios.

Mañana, si Dios quiere, en un abrir y cerrar de ojos, el Papa Francisco lo declarará santo y su vida y obras quedarán transfiguradas ante nuestros ojos, en la fe.

Diego Fares sj

 

 

 

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Un sábado Jesús entró en casa de uno de los principales fariseos para comer y ellos lo estaban espiando. Notando que los invitados se elegían los primeros puestos, les propuso esta parábola:
«Cuando te inviten a un banquete de bodas, no te sientes en el puesto principal, porque puede suceder que haya sido invitada otra persona más importante que tú, y cuando llegue el que los invitó a los dos, tenga que decirte: ‘Déjale el sitio’, y así, lleno de vergüenza, tengas que ponerte en el último lugar. Al revés, cuando te inviten, ve a sentarte en el último puesto, de manera que cuando llegue el que te convocó, te diga: “Amigo, sube más arriba”, y así quedarás bien ante de todos los comensales. Porque todo el que enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.»
Después dijo al que lo había invitado:
«Cuando des una comida o una cena, no llames a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos, porque corresponderán invitándote y quedarás pagado. Al revés, cuando des un banquete, invita a los pobres, a los lisiados, a los paralíticos, a los ciegos. ¡Dichoso tú, porque ellos no tienen cómo pagarte, te pagarán en la resurrección de los justos!» (Lc 14, 1. 7-14).

Contemplación
Jesús inventa dos parábolas de mirar a la gente nomás, con solo ver un detalle, eso que se hace evidente cuando todo el mundo busca el mejor lugar en una fiesta. Es algo espontáneo: al entrar en un lugar donde hay puestos, miramos eligiendo. Están los que les gusta el primer lugar y los que prefieren algo más discreto, por el medio; los que van derecho a ubicarse apenas llegan y los que dejan pasar un rato… Pero son pocos los que eligen directamente el último puesto. El consejo del Señor es directo: al gesto de querer enaltecerse le opone el de abajarse.
Es lo que captó Ignacio en las meditaciones de los Ejercicios Espirituales que sirven para disponer el corazón a una reforma radical de la propia vida, las Dos Banderas, los Tres Binarios y las Tres maneras de humildad. Ignacio estructura toda lectura y contemplación del evangelio en el modo de un diálogo: nos hace charlar con la Virgen, con Jesús y con el Padre. Y el tema es este: el de humillarse. Va junto con la otra bienaventuranza, la que dice “dichosos los pobres”, que es de lo que trata la segunda parábola. Invitar a los que no pueden retribuirnos es una manera de empobrecernos, ya que uno da sin esperar recibir.
Dichoso el que se abaja, porque será enaltecido. Dichoso el que se empobrece para enriquecer a los más pobres, porque los más pobres le pagarán en la resurrección de los justos.
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Lo primero que me viene con estas dos parábolas es eso que hace el Papa Francisco de poner las palabras en acción, de cambiar sustantivos por verbos: misericordiar y ser misericordiados, por ejemplo. Aquí no se trata de “la pobreza” y de “la humildad”, ni menos aún de “ser humilde” y de “ser pobre”. Se trata más bien de dos gestos: uno improvisado –cuando todos eligen el mejor puesto agarrar para el otro lado e ir a sentarse al último-; el otro gesto, más trabajado: organizar una fiesta e invitar a los excluidos.
Una de las más grandes tentaciones del cristianismo, creo yo, es una operación –aparentemente mínima- que el mal espíritu ha llevado a cabo en la modalidad misma de las palabras importantes del Evangelio. No se trata de una operación que se pueda categorizar de modo general. Hay que motivar a que cada uno ponga en acción su capacidad de discernir y se vaya dando cuenta de todas las implicancias. Se trata de advertir pequeños cambios en las palabras que modifican el sentido. Podemos poner como ejemplo lo que sucede en la parábola del invitado que se enaltece por sí mismo. Esto es lo que hace el mal espíritu cuando logra que que algunas palabras del Evangelio “ocupen los primeros puestos”, se “enaltezcan” a sí mismas (o dejen que algunos Legalistas y Fariseos actuales las enaltezcan de más). La Humildad, por ejemplo. Si uno habla de ella como si fuera un Valor con mayúsculas y la sienta en un trono, termina convirtiéndola en una estatua, la vuelve admirable e inaccesible. Una humildad poco humilde, digamos.
Por eso Ignacio Prefiere hablar de “humillaciones”, que si uno acepta, va llegando a la humildad. Para ver si uno es verdaderamente humilde tiene que experimentarse a sí mismo viviendo alguna humillación concreta, como esta de que le digan que ha sido invitado otro más importante y tenga que ceder el puesto de honor (Ahí me quiero ver!!!).
Jesús predica parábolas en las que la humildad se describe en una acción cotidiana. No consagra Valores abstractos. Como hay palabras que son esenciales y que expresan valores últimos, como la humildad, la misericordia, la caridad…, el mal espíritu opera sobre ellas “enalteciéndolas tanto” que terminan por quedarnos lejos. Las vuelve abstractas. Todo lo contrario del Señor que narra parábolas simples y reales en las que esas virtudes se ven en acciones pequeñas y concretas, al alcance de la mano.
La operación del mal espíritu consiste en sustituir la flexibilidad de la humildad, que se concreta en un pequeño gesto como el del que decide, sin que nadie lo note, elegirse el último puesto, de sustituir digo, este carácter concreto, momentáneo, de abajarse en vez de enaltecerse, por la grandilocuencia de hacer de la humildad una especie de ídolo “bueno pero abstracto”. Nos dice el mal espíritu: ojo humanos, que Jesucristo les está predicando “La Humildad”. Entendieron bien? No pueden seguirlo si no son HUMILDES. Están seguros de que podrán caminar toooda su vida por este camino? En cada fiesta que vayan, van a tener que elegir siempre el último puesto, eh?”.
Y con discursos de este tipo nos desalienta
El mal espíritu convierte en estatuas palabras vivas, convierte en conceptos abstractos (eternos) palabras que Jesús narra simpáticamente para que uno por sí mismo dosifique lo que puede recibir y practicar dando un pasito adelante en su vida de cada día.
Jesús no está hablando de “La humildad”, sino de gozar de una fiesta sin dar codazos por una silla. Jesús no está hablando de “La Gratuidad del que regala todos sus bienes” sino de darse el gusto de hacer un regalo sin calcular qué te regalarán a cambio.
Jesús va a la raíz de algo tan humano como el invitar y el ser invitado y nos invita a discernir los dinamismos que se ponen en juego en nuestro interior: donde uno es invitado, aconseja dar lugar al dinamismo de esperar a que el que nos invitó nos ubique; donde somos nosotros los que invitamos, nos invita a dar lugar al dinamismo de preferir a los más pobres.
Lo que está diciendo es que invitar y ser invitados son gestos gratuitos por sí mismos y no los tenemos que contaminar con cálculos egoístas. Pero el Señor habla de estas cosas poniendo el acento en los gestos pequeños, espontáneos, improvisados en el momento. Gestos vivos, de esos que surgen cuando uno mira a los ojos a las personas. El Señor no intenta hacer un manual de comportamientos para fiestas, un Código de Derecho sobre Invitaciones. Volver abstractos los valores vivos del evangelio es propio del espíritu farisaico, y embalsamar las parábolas además de feo y triste es demoníaco, porque las parábolas son lo “anti-abstracto”, son palabra viva en acción, lista para practicar. Y hay una parábola para cada situación de la vida.
El papa decía a los jesuitas polacos, en su reciente viaje, que la gente sale muchas veces desilusionada del confesionario porque siente que le aplican un código abstracto. Y en cambio, la actitud correcta sería la de ver, antes que nada, qué parábola se aplica al penitente. No clasificar el tipo de pecado sino de ver qué parábola está en acción en ese momento: si se trata de un hijo pródigo al que hay que abrazar sin dejarle que diga nada o de un hijo mayor al que hay que hablarle con paciencia y explicarle todo de nuevo, detalladamente. O si es una oveja que uno mismo sale a buscar y perdona sin que la oveja lo pida…
Lo mismo en nuestras obras de misericordia, que son como una fiesta para los excluidos: en cuanto invitados (y aceptados) como colaboradores, el Señor nos invita a vivir nuestro servicio en la dinámica de elegir siempre el último puesto y no adueñarnos de espacios de poder (sean cargos o esos espacios que generamos con la lengua cuando todopoderosamente juzgamos de todos y de todo); y en cuanto somos los que invitan (en el ámbito de servicio que nos ha sido encomendado) el Señor nos invita a vivir en la dinámica de la gratuidad, sirviendo a los más excluidos sin esperar otra recompensa que la que ellos nos quieran dar con su cariño, en el presente, los que puedan, y los que no, el día de la resurrección¡, como dice el Señor.
Diego Fares sj

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