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“En aquel momento de gracia Jesús dijo:

Te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra,

y concuerdo plenamente contigo en que

habiendo ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes

se las has revelado a los pequeñitos.

Sí, Padre porque así lo has querido.

Todo me ha sido dado por mi Padre

y nadie conoce al Hijo sino el Padre,

así como nadie conoce al Padre sino el Hijo

y aquel a quien el Hijo se lo quiere revelar.

 

Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados,

y Yo les daré un descanso.

Tomen el yugo mío sobre ustedes

y aprendan de mí,

pues soy manso dulce, pacífico y humilde de corazón,

y  encontrarán alivio para sus almas,

pues mi yugo es suave

y mi carga liviana” (Mt 11, 25-30).

 

Contemplación

 

Este pasaje tan consolador del Evangelio, en que Jesús homologa lo que hace al Padre, que oculta sus cosas a los sabios y prudentes y se las revela a los pequeñitos –al pueblo fiel de Dios-, Mateo y Lucas lo ponen en contextos diferentes.

Siempre lo he relacionado con la misión de los setenta y dos discípulos que regresan después de haber predicado el reino y Jesús, “lleno de gozo en el Espíritu Santo”, exclama: “Yo te bendigo, Padre”. Pero en Mateo, el contexto es diferente. Jesús dice estas palabras después de una dura crítica a su generación, a la que no hay “nada que les venga bien” y de una fortísima maldición: “Se puso a maldecir a las ciudades en las que había realizado la mayoría de sus milagros, porque no se habían convertido” (Mt 11, 20).

Jesús se da cuenta de que sólo la gente sencilla, los pequeñitos, lo reciben y lo escuchan, mientras que muchos que son gente de peso en la sociedad, lo cuestionan y no se quieren convertir. Entonces, toma la palabra y bendice al Padre. Lo “homologa” dice Mateo. No solo no se queja de que las cosas vayan así, de que haya desprecio y críticas de los “sabios y prudentes”, sino que le parece que esto es parte del plan de su Padre y concuerda plenamente con Él. Está bien que sea así. Lo importante es que lo acojan los pequeñitos.

Y como esos pequeñitos son los que están cansados y agobiados, oprimidos por el peso de la vida y la falta de ayuda de la sociedad, a ellos dirige el Señor toda la compasión, toda la ternura y la misericordia de su Corazón: “Vengan a mí, dice, todos los que están fatigados y agobiados, que yo los aliviaré”.

Veamos el accionar de Jesús: juzga, maldice, bendice y compadece.

Juzga a su generación duramente.

Maldice sin contemplaciones: “Y tú Cafarnaún, hasta el cielo te vas a encumbrar? Hasta el infierno te hundirás”.

Bendice y alaba al Padre con toda la alegría de su corazón.

Y se compadece tiernísimamente, con dulzura y mansedumbre, de los más miserables y agobiados.

El corazón humilde y manso de Jesús posee una energía indescriptible que podemos vislumbrar en este “ponerse a maldecir” y en este “llenarse de gozo”. Es capaz de una ironía demoledora –“ustedes son como esos adolescentes a los que no hay nada que les venga bien- y de una pedagogía suave –“aprendan de mí, que soy dulce y pacífico de corazón”.

El Padre Cantalamessa pone este ejemplo: “Cuanto más alta es la tensión y más potente la corriente eléctrica que pasa por un cable, más resistente debe ser el aislante que impide a la corriente descargarse al suelo o provocar cortocircuitos. La humildad en la vida espiritual es este gran aislante que permite a la corriente de la gracia divina pasar a través de una persona sin disiparse, o lo que sería peor, provocar llamaradas de orgullo o de rivalidad”.

La humildad custodia los carismas. Hace que fluyan para bien común. El mal espíritu en cambio o trata de que su energía se disipe y se malgaste o tienta para que quemen al mismo agraciado, por el orgullo y la vanidad, o hace que susciten peleas de envidia, competencia y agresividades, con los que tienen otros carismas.

El Padre se revela a los humildes por medio de su Hijo humilde.

El pueblo fiel de Dios tiene esta gracia de encauzar bien la fuerza de la gracia para bien común y de resistir al mal pacíficamente. En estas actitudes se concreta esa gracia del Espíritu Santo que hace que el pueblo fiel sea infalible in credendo, como siempre recuerda el Papa Francisco.

No hay que interpretar esto como si se dijera que el pueblo fiel escribe o hace de árbitro en las discusiones de los teólogos.

Los sabios y prudentes se burlan un poco de la fe de la gente porque sus formulaciones y su estética les parecen poco elaboradas.

Sin embargo, bajo este “aislante” humilde de la religiosidad popular, que recicla lo que encuentra más a mano para revestir su vida, corre una corriente poderosa de revelación pura del Padre y un aprendizaje profundo de la caridad y la misericordia de Jesús.

La gente seria de la época del Señor consideraba que la gente lo seguía porque era un milagrero, un populista, diríamos hoy. Jesús en cambio, valoraba la fe de la gente como un don único del Padre.

Ahora bien, la categoría de pequeñitos hay que entenderla bien, literalmente. Los pequeñitos no son pequeñitos “de estampita”. Son los “nepioi”, que quiere decir los inmaduros, los ignorantes, la mano de obra no cualificada.

Se oponen a los “teleioi”, que son los perfectos, los más avanzados, los cultos y capacitados.

Estos defectos y virtudes comunes se transforman al “tocar” a Cristo. Lo que es positivo mundanamente hablando pareciera que se convierte en negativo. Y viceversa: lo que para el mundo no cuenta, pareciera que es lo que más ayuda a “descubrir” y “valorar” quién es Jesús.

Paradójicamente, son nuestros pecados los que nos ayudan a experimentar la misericordia de Jesús. El que considera que no tiene ningún pecado “grave” –como se dice-, se impermeabiliza para con la misericordia. En cambio, el que está “fatigado y agobiado”, encuentra en Jesús un descanso.

Una categoría que quizás ayuda es la de “ordinario”, con la carga negativa que puede contener. El Padre le revela a Jesús a la gente ordinaria.

Ordinaria en el sentido de que “no se la cree”: no se siente superior a otros.

Esto de creérsela es algo que atraviesa todas las clases sociales y todas las edades de la vida. Lo decimos: es un niño “creído”. Los futbolistas valoran a uno que juega bien y es humilde: “no se la cree”. La gente se da cuenta cuando el cura que predica “es creído”. Las modelos, cuando critican a otra dicen: “quién se cree que es esa”. Entre los compañeros de trabajo se distingue al que se cree superior, siendo que es un empleado como cualquiera.

En penúltima instancia, si uno se la cree o no sólo lo puede ir juzgando cada uno en la intimidad de su conciencia. Y, en última instancia, sólo el Señor nos lo puede hacer ver con su misericordia infinita.

Como lo de “creérsela” tiene mucho de comparativo, es fluctuante ver cuánto nos la creemos si solo nos comparamos con los demás. Por eso Jesús es la piedra de toque.

Jesús y también sus santos –los especiales, sí, pero sobre todo los santos ordinarios, la gente buena que da la vida con amor.

¿Qué quienes son los santos ordinarios?

Si usted es de los que hacen esta pregunta, entonces está en el horno (el de la credidurez). Porque el termómetro para ver hasta dónde uno es humilde o se la cree es uno que mide lo siguiente:

Cuanto más gente mejor que uno reconoce uno, menos se la cree.

Y cuanto menos gente mejor que uno reconoce uno, es que más se la cree.

Porque Jesús es un Jesús presente en los ordinarios, no hay otro Jesús que este.

Por eso hablo de la gente que nos rodea. Con la cual convivimos. No estoy hablando de reconocer que Messi sabe más de fútbol que un comentarista (y aquí hago un excurso porque hay comentaristas –profesionales y de café- que consideran que Messi juega mejor que ellos, por supuesto, pero que sus opiniones sobre el seleccionado son totalmente erróneas y parciales. He escuchado decir que se rodea solo de sus amigos y los protege, aunque el seleccionado pierda, y que en el fondo es un egoísta que no quiere a su patria. Por supuesto que te muestran una foto en la que se ve que no cantó el himno. Pero, digo yo, cuando alguien habla así, ¿de qué está hablando? Ciertamente, no de fútbol. Porque puede ser que Messi tenga sus ideas de lo que es mejor y puedan discutirse, pero pensar que “no sabe” es confundir un saber abstracto con el saber vital. Estos sabios y entendidos preferirían hacernos ver un partido de play-station, armado por ellos, a un partido real. Y pensar que no le gusta jugar, ganar y ganar con el seleccionado, es signo de una ceguera de tal magnitud que sólo la soberbia o el interés económico pueden justificar. Y, sin embargo, hay gente que se traga esos discursos y cuando lo ve a Messi cansado o deprimido en un partido en el que no le salen las cosas, en vez de sentir que a él le debe doler más que a uno, porque él está en la cancha, le viene a la mente el discurso perverso que le inocularon y dice: este no quiere a la Argentina).

La alegoría futbolística, si ayuda a discernir, bienvenida sea. Y si no, como decía mi abuela de la leche caliente con miel y cognac cuando uno tenía tos: aunque no te cure del todo, vos tomala que hace bien y es rica.

Hay una frase de Einstein que viene bien para terminar la contemplación de hoy. Decía el genio: “Mi religión consiste en una humilde admiración del ilimitado espíritu superior que se revela en los pequeños detalles que podemos percibir con nuestra frágil y débil mente”.

No dudo de que al Señor, esta frase le habrá encantado.

Diego Fares sj

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estadio

Jesús decía a los discípulos:

«Había un hombre rico que tenía un mayordomo al cual difamaron de que malgastaba sus haberes. Lo llamó y le dijo: “¿Qué es esto que oigo de ti? Dame cuenta de tu administración, porque ya no podrás administrar más.”

El mayordomo pensó entonces para sí: “¿Qué voy a hacer ahora que mi señor saca la administración de mi responsabilidad? ¿Cavar? No tengo fuerzas. ¿Pedir limosna? Me da vergüenza. ¡Ya sé lo que voy a hacer para que, al dejar la administración de la casa de mi señor, haya quienes me reciban en su casa!”

Llamó uno por uno a los deudores de su señor y preguntó al primero: “¿Cuánto debes a mi señor?”

“Veinte barriles de aceite”, le respondió.

El administrador le dijo: “Toma tu recibo, siéntate en seguida, y anota diez.”

Después preguntó a otro: “Y tú, ¿cuánto debes?”.

“Cuatrocientos quintales de trigo”, le respondió.

El administrador le dijo: “Toma tu recibo y anota trescientos.”

Y el Señor alabó a este mayordomo infiel, porque obró sagazmente.

 

* Porque los hijos de este mundo son más astutos en su trato con los demás que los hijos de la luz. Pero yo les digo: Gánense amigos con el dinero de la injusticia, para que el día en que este les falte, ellos los reciban en las moradas eternas.

* El que es fiel en lo poco, también es fiel en lo mucho, y el que es deshonesto en lo poco, tam­bién es deshonesto en lo mucho. Si ustedes no son fieles en el uso del dinero injusto, ¿quién les confiará el verdadero bien? Y si no son fieles con lo ajeno, ¿quién les confiará lo que les pertenece a ustedes?

* Ningún servidor puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se interesará por el primero y menospreciará al segundo. No se puede servir a Dios y al Dinero.» (Lc 16, 1-13).

Contemplación

El Señor alaba al mayordomo infiel porque obró sagaz y prudentemente. La parábola nos recuerda otra parábola, la del administrador “fiel y prudente a quien el Señor podrá al frente de su familia para que dé a cada uno su ración a su tiempo” (Lc 12, 42). El administrador de la parábola de hoy no fue fiel, pero sí prudente. Se dio cuenta de que le había llegado la hora y actuó perdonando deuda a los deudores de su amo, para que lo recibieran después en sus casas.

Jesús alaba su viveza, su rapidez para decidir cómo salvarse, su discernimiento de la situación. Utiliza a propósito como ejemplo a uno que no fue fiel, a un corrupto, diríamos hoy, para que quede más claro, creo yo, que obrar con misericordia no sólo es cuestión de bondad, sino de inteligencia.

Porque a veces se divide bondad y viveza. Pareciera que la “viveza criolla” es sólo para la trampa, para el provecho propio… Y aquí Jesús viene a decir que no, que también hay que ser pícaro y vivo para hacer el bien.

Las personas que se le acercan con fe en el evangelio tienen, todas, esta viveza. Me vienen a la mente un montón: la viveza del petizo Zaqueo que se da cuenta de que tiene que salirse del tumulto de la gente y corre a subirse a un sicomoro para que lo vea Jesús; la viveza de la mujer sirio-libanesa para darle vuelta al Señor la parábola de los perritos que comen las migas que los chicos les tiran debajo de la mesa; la viveza de Bartimeo para hacer lío cuando pasa Jesús, de manera que el Señor lo escuche y lo mande llamar; el razonamiento que hace el centurión romano, basándose en su experiencia de mando, cuando le dice a Jesús que él no es digno de que entre en su casa y que bastará con que el Señor diga una palabra para que su servidor se sane; la viveza decidida de la hemorroisa, que se propone algo posible para ella –dada su timidez y la cantidad de gente-: tocar la orla del manto del Señor; la simpática creatividad y desfachatez de los cuatro amigos del paralítico, que metieron a su amigo por el techo de la casa de Simón…

A Jesús le encantan estas personas caraduras para las cosas del Reino. Todo lo contrario de los que le cargan pesadas leyes a la gente y complican la misericordia con reglamentos y condiciones.

Es muy notable y extendida esta tentación tan “cristiana” entre comillas, de paralizarnos a la hora de hacer algún bien! Surgen multitud de pensamientos de todo tipo y nos cuesta discernir con claridad que tantos escrúpulos, peros, excusas, posibles inconvenientes o malinterpretaciones…, que surgen cuando nos decidimos a hacer algo bueno, son impedimentos que pone el mal espíritu. Aceptamos fácilmente que para hacer el mal todo está permitido (lógico) y que para hacer el bien, como hay que hacerlo bien, no se pueda utilizar cualquier medio. Esto es verdad, pero la táctica del mal espíritu consiste en exagerar las condiciones ideales, para que no podamos hacer un bien concreto, y obnubilar nuestra creatividad, ya que, si bien a veces es arduo hacer bien el bien, el Espíritu siempre nos da forma y modo de llevarlo a cabo con su gracia.

Lo que hace el Señor, al contar esta parábola, es consolidar la virtud de la prudencia. La prudencia es la virtud que elige y utiliza el mejor medio para lograr un fin bueno. El Señor pone a propósito como modelo a una persona que solo busca su conveniencia y su bien personal, para mostrar cómo, de última, para salvarse ella, tiene que actuar misericordiosamente con los demás, perdonando deuda para ser luego ayudado.

La confianza que tiene el pícaro en su propia astucia para caer parado, debemos tenerla para hacer el bien. El Espíritu santo activa y favorece esta viveza natural y la mejora cuando tratamos de pensar rápido cómo hacer un bien, de la misma manera (y mucho mejor) que el mal espíritu la favorece cuando el malo se las ingenia para obrar el mal.

Por este lado creo que va el Señor: por el de hacernos confiar en nuestro ingenio y en la ayuda del Buen Espíritu, para hacer obras de misericordia y de bondad.

Es una cuestión de sentar principio que va contra la idea de que la misericordia consistiría en “cerrar un ojo”, en hacer una excepción a La Ley. No es así. Si el administrador sagaz le cierra un ojo a parte de lo que deben los deudores, es porque tiene los dos ojos bien abiertos a la situación última en la que se encuentra. Lo suyo es sabiduría que contempla las realidades últimas: lo echan, no sabe cavar y le da vergüenza pedir limosna. Necesita gente que lo reciba dignamente. Por tanto, se debe ganar su favor. Y lo hace perdonándoles deuda.

El razonamiento es el de una “escatología a medida”, una “ciencia de las cosas últimas” (escatología) no sólo las del fin del mundo, sino las muy concretas: así como para el administrador es muy concreto lo del fin de su trabajo y lo del juicio que se le viene, también es muy concreto el hambre que tienen los más pobres y todas las necesidades a las que apuntan las obras de misericordia.

Si lo pensamos bien, cada santo puede ser definido desde la viveza que tuvo para hacer eficaz una obra de misericordia al servicio del prójimo. Detrás del accionar bueno de cada santo hay algún razonamiento sólido que no deja lugar a dudas a la hora de hacer el bien y quita todos los impedimentos que el mal espíritu pone. Para Hurtado “el pobre es Cristo” y punto. Si es Cristo, necesita que le abramos la puerta de un Hogar, y que le demos ropa, comida y cariño. Esto contra todos los peros de que “no es Cristo, sino un borracho o un vago o un desempleado por causas estructurales o uno al que si lo ayudo, atraerá muchos más y entonces…

Hurtado se las ingeniaba para hacer sentir a los que tenían más dinero que otros que les hacía un favor pidiendo su ayuda.

Brochero lo mismo: tenía el arte de ser convincente como cuando le manda un cajón de duraznos que llega podrido a un alto funcionario para hacerle sentir la necesidad de que llegue el tren a traslasierra.

La madre Teresa decía que a ella nunca se le había cerrado una puerta, porque la gente sabía que iba a dar, no a pedir. Pedía de tal manera que se llenaba de gracia el corazón del que la ayudaba.

San Ignacio, con sus Ejercicios, tiene la gracia de brindar ayuda eficaz al que quiere discernir. Los ejercicios siempre dan fruto, es increíble el testimonio de todo el que los hace.

Las verdades de fe que muchos convierten en abstractos silogismos son vividas sencilla y creativamente por los santos que encuentran maneras prácticas de rezar, como decía un sacerdote en un bautismo que ponía el ejemplo de San Leónidas mártir, que se inclinaba cada mañana para besar el corazón de su pequeño hijo –Orígenes-, reconociendo y adorando en su pecho la Trinidad presente y operante.

Lo mismo Santa Teresita, que se plantea cuál sería su carisma y su modo concreto para poder hacer todos los bienes que deseaba su corazón ingenuo y fervoroso y encuentra la fórmula de San Pablo, la del himno de la caridad, y decide que “en la Iglesia, ella será la caridad”. Nada menos y nada más. Algo tan imposible como simple y al alcance de cualquiera, dado que es una gracia.

El criterio escatológico –el criterio último, necesario para hacer el bien- está presente en las parábolas del Señor. En todas, de alguna manera, nos dice: miren que llega la hora, avívense y conviértanse. Sus gestos, sus milagros, curaciones y perdones, tienen esta característica de algo último. Después, como el tiempo pareció alargarse y que el juicio final no venía, las enseñanzas del Señor fueron tomando un carácter más moral, diríamos, y en muchos casos, esto degeneró en un nuevo legalismo, peor que el de los fariseos. Es verdad que el Señor, cuando perdona, advierte “no peques más”. Pero es capaz de repetir esto “setenta veces siete”. Si absolutizamos sus palabras, tenemos que absolutizarlas todas, no solo algunas. Y absolutizar también, sin miedo, lo de ser misericordiosos siempre de nuevo, setenta veces siete.

Si somos misericordiosos, aunque no hayamos sido fieles, el Señor nos alabará al menos la sagacidad. Y además, tendremos quién nos defienda en el día del juicio: las personas a las que ayudamos, aquellos a los que les perdonamos deudas, aquellos a los que no condenamos socialmente… Yo, cuando le doy a alguien una absolución que me pide humildemente y que no sé si es cumple todas las condiciones legales, digamos, por la situación compleja en la que la persona se encuentra, le advierto que “si lo detienen en el purgatorio, me mande llamar, para que paguemos la deuda juntos”. A mí me ayuda imaginarme en un purgatorio largo junto a todos los que perdoné “de más”, que en un purgatorio hecho sólo a la medida de mis pecados personales. Prefiero ser acusado de haber perdonado de más y ser purificado junto con aquellos a los que dejé entrar sin que cumplieran todas las exigencias ni tuvieran todos los papeles en regla, a ir a esa oficina del purgatorio en la que estarán los que se cuidaron bien de no infringir ninguna regla. Capaz que en tiempo, la purificación dura lo mismo, solo que en un lado estarán solo los funcionarios eclesiásticos que cumplieron todos los reglamentos que se les dieron y en el otro, cada cura estará mezclado junto con la gente de su rebaño.

La imagen que tengo dándome vueltas es la del estadio Malvinas Argentinas, en el Challao (cuenco de agua, en huarpe), en Mendoza. Mi cuñado nos sacó entradas vip en la empresa del Ivo para ver a la Selección contra Uruguay. Jugaba Messi! Y vimos su gol de bastante cerca!

Eran entradas para la platea y el paquete incluía ida y vuelta al Estado en una linda combi, de manera de evitar en lo posible el problema de estacionamiento. Llegamos como gente del primer mundo, con nuestra entrada magnetizada en mano, pero la entrada real fue cosa de otro mundo. Habían cerrado con policías todas las distintas entradas al estadio y todos teníamos que entrar por un solo lugar, bastante alejado. Así que de golpe pasamos a ser una masa de gente que llenaba compacta una cuadra de terreno pedregoso y a oscuras, sin saber bien qué hacer con nuestra famosa entrada (¡!), más que no hacerla notar mucho ya que íbamos mezclados y bien igualados los de la platea y los de la popular. Tardamos cuarenta y cinco minutos en recorrer 200 metros y al final había sólo tres pobres gauchos que no daban abasto para cortar las entradas de los que avanzábamos de a cinco por cada molinete. A mí ni me cortaron la entrada y la guardé como testimonio del valor que tienen los papeles en regla en los momentos apocalípticos.

Por supuesto que, cuando llegamos a “nuestros asientos”, con el partido ya empezado, varios estaban ocupados por gente que se había colado y tuvimos que negociar cada uno un asiento en el momento, a las buenas y apurados por los gritos de los de la fila de atrás, a los que les tapábamos la visión por estar parados… Estuvieron bien dos compañeros que esperaron a que llegara el primer tiempo para poder conversar amablemente con los que les habían sacado el lugar y, mostrándoles las entradas, los instaron a ir a defender ellos a su lugar su derecho, así como nosotros lo hacíamos en el nuestro con ellos.

La experiencia fue la de sentir que la entrada que decía que todo estaba en regla y superbien, no valía mucho en medio de una multitud que pujaba por entrar y de un partido ya empezado. Allí lo que valió fue el sentimiento de la común humanidad. Cuando avanzábamos, compactados de manera peligrosa, fue impresionante cómo cesaron automáticamente todos los “reclamos por nuestros derechos” (aunque de vez en cuando se elevaba algunos insultos a la policía que, con su habitual estrategia de escritorio, había complicado las cosas en vez de simplificarlas) y la prudencia de cada uno cuajó en una especie de instinto común de supervivencia: sólo se podía avanzar y entonces bajamos un cambio y todos nos cuidamos de no empujar, de no adelantarnos, de no exasperar los ánimos, de poner buen humor (como uno que al escuchar a otro que vendía agua sin mucho éxito, comenzó a ofrecer “champan, champan”), y de cuidar a los chicos que iban pegados a sus papás y por ahí no los veías…

El bien siempre es concreto. Y nuestra inteligencia práctica que lo ha gustado y lo desea, funciona bien. La virtud que Jesús alaba y que llamamos prudencia, es esa respuesta concreta de nuestra voluntad al bien. Es ese poner manos a la obra decididamente en el momento preciso en que nuestra inteligencia, luego que ha escaneado y sopesado todas las posibilidades, emite un juicio que dice: esto es lo mejor y hay que hacerlo, movete ya. Movete así. Cuando se trata de sobrevivir, si entendemos bien que lo que está en juego es definitivo, somos decididos y actuamos prudentemente. El Señor apela a esta sagacidad humana para que la pongamos al servicio del reino, al servicio del anuncio del Evangelio y de las obras de misericordia. Contamos para ello, además de nuestra inteligencia humana que, cuando la apuramos un poco, funciona bien, con la gracia del Espíritu, que nos indica qué debemos decir y que podemos hacer en cada momento.

Diego Fares sj

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