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En aquella época apareció un decreto del emperador Augusto,

ordenando que se realizara un censo en todo el mundo.

Este primer censo tuvo lugar cuando Quirino gobernaba la Siria.

Y cada uno iba a inscribirse a su ciudad de origen.

José, que pertenecía a la familia de David, salió de Nazaret, ciudad de Galilea,

y se dirigió a Belén de Judea, la ciudad de David, para inscribirse con María, su esposa, que estaba embarazada.

Mientras se encontraban en Belén, le llegó el tiempo de ser madre;

y María dio a luz a su Hijo primogénito, lo envolvió en pañales

y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el albergue.

En esa región acampaban unos pastores, que vigilaban por turno sus rebaños durante la noche. De pronto, se les apareció el Ángel del Señor y la gloria del Señor los envolvió con su luz.

Ellos sintieron un gran temor, pero Ángel les dijo:

«No teman, porque les traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo:

Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor. Y esto les servirá de señal: encontrarán a un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre.»

Y junto con Ángel, apareció de pronto una multitud del ejército celestial,

que alababa a Dios, diciendo: «¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra, paz a los hombres amados por él!» (Lucas 2, 1-14).

 

Contemplación

La contemplación de Navidad debe ser sencilla. Porque la Palabra se hizo carne y entonces no tenemos que andar dando muchas vueltas para “bajarla a la realidad”. Porque ya bajó.

Más bien tenemos que partir de nuestra realidad, allí donde nuestra carne nos es más cercana: allí donde cada familia tiene a sus niños más pequeños, a sus bebés, los que han nacido en estos días; allí donde cada pueblo tiene a sus niños que vemos que sufren y necesitan ser atendidos inmediatamente, ya sea que se encuentren en una maternidad, en casa, en una barcaza en el Mediterráneo o en medio de un bombardeo en Alepo o en Mosul.

Como la Palabra se hizo carne y nació en un pesebre, hay que salir buscar los pesebres de hoy. No es complicado ni hay que buscar necesariamente los pesebres más lejanos o peligrosos. Por todos lados hay “pesebres”-situaciones precarias que sostienen la carne frágil de los niños-.

En realidad todas las situaciones de los niños son precarias, frágiles, necesitan constante atención y cuidado.

Y allí hay que ir. Con pañalitos para limpiar y abrigar, como la Virgen cuidando que las pajitas no pinchen al Niño. Con manos fuertes para consolidar el pesebre, como San José, con dos golpes que lo asientan y enclavijan bien.

Se pueden llevar también regalitos simples, como los de los pastores. O regalos más para elaborados y para el largo plazo, como el incienso o el oro de los Reyes Magos. Todo sirve.

Pero cada uno tiene que encontrar “su pesebre”, porque lo que la Palabrita que Dios tiene para decirle esta Navidad sólo la escuchará yendo a adorar allí y no en ningún otro lado.

Como la Palabra se hizo carne, el Evangelio hay que aplicarlo inmediatamente. Con un bebé –lo experimentamos- todo es “inmediatamente”: lavarlo, abrazarlo, amamantarlo, vestirlo, acunarlo…

Después la vida irá poniendo distancias entre la palabra y la acción. Al comienzo no. La carne requiere todo ya.

Y lo mismo pasa con la carne de los que tienen hambre, de los que tienen frío, de los que no tienen casa ni patria, de los que están solos: hay que atender su carne ya. No sirve hablar de problemas que vienen de antes ni de los plazos de la macroeconomía.

Eso es mentira.

Y la prueba es que las finanzas funcionan en un constante ya. Por eso es que el dinero se transforma en ídolo y es el estiércol del demonio. No porque vaya contra Dios en abstracto sino porque va contra el Dios que se hizo carne.   La instantaneidad del dinero –esa que hace que algunos ganen millones de dólares en segundos y otros no logren juntar un dólar y medio para entrar en el Indec como pobres en vez miserables-, roba el derecho a la instantaneidad que tiene nuestra carne cuando se ve en riesgo.

Porque en un instante se muere un niño, en un instante nace una vida.

Como la Palabra se hizo carne, habrá que arreglar las cosas de la carne, no las del espíritu. Lo que quiero decir es que no se trata de que nuestra carne haga una pausa y se vuelva un poco más espiritual, cantando algún villancico o elaborando alguna ingeniosa tarjeta de navidad.

Es totalmente al revés: de lo que se trata es de que nuestro espíritu se haga carne; de que nuestro espíritu, tan acostumbrado a “reflexionar” mirándose al espejo, vuelva la mirada a los demás; de que nuestro espíritu, tan despierto siempre para lo que le conviene a él, se abaje y se ponga a pensar cómo volverse más carnal en el servicio, en la misericordia y en la ternura.

Navidad es para que nuestra espiritualidad se encarne, no para que nuestra carne se espiritualice.

Pero para esto hay que salirse de esa discusión entre carne y espíritu y hay que entrar en el corazón. Entrar en nuestro corazón y en el de los demás, como quien entra en la gruta de Belén; sentir al Niño en nuestro corazón y en el de los demás, como recién recostado por su Madre en el pesebre.

La Palabra se hizo carne primero en el corazón de María y de José. Cuando se dice que María concibió primero en la fe, no se trata de una fe “mental” sino en la fe del corazón, allí donde se unifica la carne y el espíritu. Un corazón de madre y de padre intuye esto. Fuera del corazón, afirmar cosas como “la Palabra se hizo carne”, es algo muy extraño.

Si no ponemos el corazón, si no vamos al pesebre con el regalito de nuestro corazón en las manos, si no vamos a ponerle la oreja en el pecho para sentir cómo late su corazoncito (así dicen que rezaba el papá de Orígenes, después de bautizar a su hijito, poniéndole el oído en el pecho para escuchar a Dios en el latido de ese corazón), la Navidad termina siendo una fiesta muy extraña. Con algún plato de comida muy carnal y algún deseo de paz muy espiritual, con algún regalito muy carnal y alguna tarjeta con un pensamiento muy espiritual.

Si le ponemos el corazón, la comida, el regalito, el pensamiento y el deseo, serán palabra hecha carne. Pero carne como la del corazón!

Y todos sabemos –podemos sentir y gustar- que, cada uno en su corazón, es único y al mismo tiempo igual a los demás. Igual a todo ser humano. También a Jesús.

captura-de-pantalla-2016-12-24-a-las-8-53-08            Y gracias a él sabemos que nuestro corazón es igual al de nuestro Padre. E igual al corazón del más pequeñito recién nacido que llora reclamando a su madre (y también al corazón de los niños de Alepo, que como ven que lloran sus madres, ellos han dejado de llorar).

En el corazón no hay que separar las imágenes de los que sufren y las de los que ríen. Compartimos de corazón las alegrías y las penas, las esperanzas y los sufrimientos de cada corazón.

Padre Diego

 

 

 

 

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Ejercicios sencillos para “apesebrar el corazón” en Nochebuena

Misa de Nochebuena

En aquella época apareció un decreto del emperador Augusto,
ordenando que se realizara un censo en todo el mundo.
Este primer censo tuvo lugar cuando Quirino gobernaba la Siria.
Y cada uno iba a inscribirse a su ciudad de origen.
José, que pertenecía a la familia de David,
salió de Nazaret, ciudad de Galilea,
y se dirigió a Belén de Judea, la ciudad de David,
para inscribirse con María, su esposa, que estaba embarazada.
Y aconteció que estando ellos allí, se le cumplieron a ella los días del parto; y dio a luz a su Hijo primogénito, y lo envolvió en pañales
y lo acostó en un pesebre,
porque no había lugar para ellos en la hospedería (Lucas 2, 1-14).

Contemplación

La contemplación del Pesebre es como la contemplación de la Cruz. Hace bien repetirla; porque, si al mirar de paso, tal vez los pesebres parecen siempre lo mismo, al inclinarnos para mirar de cerca el Niño del pesebre nos ilumina los ojos con la fe de la infancia y nos sacia el hambre de ternura que inquieta nuestro corazón.
Es que el pesebre – la patena para la Eucaristía- está siempre en el centro de nuestra oración de Navidad. Y hace bien “rumiarlo”, que para enseñarnos a rumiar están allí el buey y el burrito dando calor al Niño; y hace bien volver sobre las mismas cosas, esas que “María, su Madre, guardaba rumiándolas en su corazón”. Contemplar al Niñito Jesús en el Pesebre de Belén – la Casa del Pan- hace que nos llenemos de ganas de apesebrar el corazón para recibirlo.

Recordamos algunos ejercicios sencillos para “dejarnos apesebrar el corazón”

Para apesebrar el corazón tenemos que aceptarlo tal como es
El pesebre es como es: rústico, práctico, no decorativo, útil para usar, sin pretensión de notoriedad ni de protagonismo… humilde. El pesebre sabe que es Jesús el que lo hace importante.
Y que fueron María y José los que lo eligieron para poner allí al Niño Jesús.
Si María lo recostó en el pesebre fue por que vio en él algo familiar, algo simple y seguro, como su corazón. Si no no hubiera puesto allí a su Hijo.
¿Qué vio en vos María, pesebrito de Belén, para confiarte a Jesús recién nacido?
El Pesebre es como nuestro corazón, el lugar humilde y pecador que Dios ama para venir a salvar.
Y si Jesús lo acepta, si María y José le confían al Niño, nosotros también podemos aceptar nuestro corazón y el de los demás –la realidad toda, tal como es- como lugar para que venga a nacer Jesús. Hogar de tránsito, es verdad, pero Hogar al fin, gracias al cariño y los sacrificios de María y de José y de todos los pastores que ayudaron a hacer más cálido el pesebre de Belén.
Al poner al Niño en el pesebre, María y José nos transmiten un mensaje claro y consolador: el Señor quiere comenzar a salvarnos en centro mismo de nuestra realidad-pesebre, con todas sus precariedades y crudezas.
Basta pues ser lo que somos, mantenernos pesebre – o mejor, dejarnos apesebrar el corazón- para que María nos ponga al Niño y nos lo confíe.

¿Y cómo se hace este ejercicio de “apesebrar el corazón?

El corazón se apesebra dejando que San José nos lo afirme
Nuestro corazón es vacilante. Se agita por todo, todo lo teme y todo lo desea. Para que María ponga al Niño en nuestro corazón, tiene que estar firme, sin temblequeos, en paz.

Imagino a José que ajusta las tablas con dos o tres golpes de sus manos carpinteras y afirma el pesebre en el suelo, para que no esté tembleque.
El pesebre son cuatro tablas o troncos, bien calzados pero ajustables. Cada tanto requiere unos golpes que encajen bien los encastres y también requiere que se busque su posición en el suelo, para salvar desniveles.
Así pasa con nuestro corazón. Si en algo se asemeja a un pesebre es en que en él resuena todo lo humano y todo lo divino. Nuestro corazón es el lugar misterioso donde encajan nuestra carne –con sus pasiones- y nuestro espíritu –con sus consolaciones y desolaciones. Y los encastres se desvencijan y necesitan ajuste, para que el corazón no ande tembleque y con una pata más corta que la otra.
De frágil equilibrio el pesebre, sin embargo, en manos de un buen carpintero, es fácil de ajustar y de afirmar.
Por eso, al contemplar cómo María reclina al Niño en él, advertimos el detalle de un José que se le adelanta y en un instante lo ajusta y lo afirma bien en el piso con cuatro palmadas y buscándole la posición.

Que San José nos apesebre el corazón, para que “no temamos recibir al Niño”. Que San José nos apesebre el corazón, para que el Niño pueda reposar en nosotros en paz.
Como dice el Salmo: “Mi corazón está firme y se mantiene en paz”.
El signo de que tu corazón está apesebrado es la paz:
Que sobre tu alegría y tu fatiga reine la paz.
Que tu trabajo tenga esa tranquilidad del buen orden en la que consiste la paz.
Que tu fiesta familiar transcurra en paz: que ayudes en paz a hacer las cosas y aprendas a corregir en paz…
Que proyectes en paz tus planes y que recuerdes en paz el año que ha pasado,
¡Y, por sobre todo esto, que al besar al Niño El te transmita su paz!
La paz es la gracia del bebé recién nacido, del que duerme envuelto en pañales sobre el pesebre afirmado: Él es el que nos trae la paz.

El corazón se apesebra dejando que María nos lo ahueque y lo ponga mullido
Nuestro corazón tiene sus pinches, sus rispideces, sus durezas y cerrazones. Pero si nos encuentran la vuelta con cariño, nuestro corazón se deja moldear.
Como el pesebre, que se deja ahuecar.
Tiene forma ahuecada pero, además, las ramitas de paja se dejan moldear y por eso son aptas para contener al Niño en paz.

Imaginamos a María, que moldea suavemente el huequito quitando alguna rama pinchuda para que no lastime el pañal, y juntando el pastito para que la dureza de las tablas no moleste al Niño.
Mantenerse en paz es también dejarse ahuecar el corazón, dejar que nos ablanden las aristas –angustias, pensamientos obsesivos, miedos, necesidad de controlar todo…-, que pueden molestar al Niño.

Es el peso del Niño el que da la medida de cuán mullido debe estar el hueco del corazón. No las circunstancias de la vida.
La paz es poder hacer las cosas sin perder el sentido del peso del Niño que reposa en nuestro corazón.
Por eso, cuando miramos a María que reclina al Niño en el pesebre, advertimos el detalle de cómo no lo pone directamente sino que al ponerlo aplasta un poco la paja y hace un huequito acogedor.

Que María nos apesebre, pues, el corazón, para que el Niño se acomode a gusto y encuentre su centro, su lugar justo para estar.
La miramos cómo se aleja un poquito, y se queda junto a José, contemplando a su Niño en torno al cual todo comienza a girar distinto: ordenado en su paz.
María fue la primera en realizar este gesto trascendente. Y al reclinar al Niño en el pesebre centró el mundo y la historia en su quicio. Al tener en sí a Jesús, ese pesebrito marginal, se convirtió en el centro del Imperio y de la historia. No es que fuera por sí mismo más que antes, pero el amor de Dios el Padre que lo centró todo en Jesús, lo centró con pesebre incluido. Así, todo cristiano que lleva a Jesús en sí camina en paz, porque es el centro del mundo y de la historia. Centro no para ser admirado sino para poder actuar con amor. Y por eso cada cristiano puede desarrollar en paz mil pequeñas acciones, limitadas y pobrísimas exteriormente, pero llenas de caridad, y hacerlo con los mil estilos distintos propios de cada uno –así como cada quien arma su pesebrito particular-: la paz brota del centro que todo lo ordena y todo lo bendice y ese centro es Jesús –con pesebre (nosotros) incluido-.
Algún día nos daremos cuenta de que el universo entero es eso: pesebre en el que está recostado Jesús. Eso somos nosotros: lugar para que se recueste Dios. Morada de Dios. Su casa. Donde quiere habitar. Por eso nos atrae tanto el pesebrito. Porque es lo que somos. Y quisiéramos serlo más, para que habite Jesús en nosotros.

Que el Niño nos apesebre el corazón con su paz, para que obrando en paz Él pueda centrar todo lo que hacemos en sí.

Centrado en el pesebre, el Niño se convierte en alimento.
El pesebre es donde comen paja el asno y el buey.
Es verdad que tiene forma de cuna, pero en realidad es mesa: la mesa de los animales que sirven al hombre, del de carga y del de yugo.
Allí va a ser recostado el que se convertirá en nuestro alimento.
La primera patena para el pan de la eucaristía es un pesebrito (phatne en griego, de allí “patena”).
Al recostar al Niño en el pesebre María ya nos puso el pan a la mesa, en Belén, la casa del pan. Jesús ya es Eucaristía desde el primer momento.
Es Nochebuena.
Los ángeles nos dicen:
“Paz a los hombres que le caen bien al Señor”.
Y con este anuncio, la Esperanza
–ese hueco que nada ni nadie puede llenar en el corazón del hombre-
se vuelve gesto sencillo:
el gesto de dejarnos apesebrar el corazón
por las manos de José y de María.
Para que el Niño se acomode bien
y con su peso leve y tierno de Eucaristía
nos quite los temores y nos llene de paz el corazón.
Diego Fares sj

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La Palabra del juez que ilumina lo más bello y lo mejor

Al principio existía la Palabra,
y la Palabra estaba junto a Dios,
y la Palabra era Dios.
Al principio estaba junto a Dios.

Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra
y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe.
En ella estaba la vida,
y la vida era la luz de los hombres.
La luz brilla en las tinieblas y las tinieblas no la acogieron.

La Palabra era la luz verdadera
que ilumina a todo hombre
viniendo a este mundo.
Ella estaba en el mundo,
y el mundo fue hecho por medio de ella,
y el mundo no la conoció.
Vino a los suyos y los suyos no la recibieron.

Pero a todos los que la recibieron,
a los que creen en su Nombre,
les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios.
Ellos no nacieron de la sangre,
ni por obra de la carne,
ni de la voluntad del hombre,
sino que fueron engendrados por Dios.

Y la Palabra se hizo carne
y habitó entre nosotros.
Y nosotros hemos visto su gloria,
la gloria que recibe del Padre como Hijo único,
lleno de gracia y de verdad.
Juan da testimonio de él al declarar:
‘Este es Aquel del que yo dije:
El que viene después de mí me ha precedido,
porque existía antes que yo’.

De su plenitud todos nosotros hemos participado
y hemos recibido gracia sobre gracia:
porque la ley fue dada por medio de Moisés,
pero la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo.

Nadie ha visto jamás a Dios;
el que lo ha revelado es el Dios Hijo único, que está en el seno
del Padre (Juan 1, 1-5. 9-18).

Contemplación

Con el prólogo de Juan, volvemos a poner la mirada sobre Jesús –sobre Jesús Niño en este tiempo de Navidad- como Palabra.
¿Qué quiere comunicarnos Juan con esta contemplación suya, que es como una Obertura en la que resuenan todos los temas de su Evangelio?
No quisiera entrar en reflexiones teológicas acerca de la Palabra. Vendrán bien luego, cuando contemplemos otros misterios de la vida del Señor, cuando Él mis-mo empiece a hacer uso de la palabra y a revelarnos los sentimientos íntimos de su Padre, las paradojas del Reino de los cielos, qué cosas son las únicas impor-tantes en la vida, y los misterios de la Cruz y de la Vida Eterna…
Ahora, en Navidad,
ante esta Palabra hecha Niño chiquitito,
ante esta Palabra que María acomoda en el Pesebre
o estrecha junto a su corazón,
ante esta Palabra que hace hablar maravillas a los pastorcitos y a los ángeles,
ante esta Palabra que llena de tal manera el corazón de José que lo sumerge en el Silencio más hondo y amoroso que un padre haya podido experimentar con-templando a su hijito amado,
ante esta Palabra que sin alejarse del Corazón del Padre
viene a habitar humildemente en el corazón de cada creatura,
quisiera detenerme en esa frase de Juan que dice que es la Palabra que ilumina a todo hombre. Nos ilumina a todos, viniendo a este mundo, viniendo a nuestra historia, nos ilumina a todos:
La Palabra era la luz verdadera
que ilumina a todo hombre
viniendo a este mundo.
Viene a iluminarnos con su lucecita,
viene a luminarnos como ilumina alguien cuando nos comunica su amor,
viene a iluminarnos como ilumina alguien que nos hace participar de su vida de familia, haciéndonos sentir esto tan lindo como es ser hijos de nuestro Padre Dios.

Que ilumina a todos quiere decir que es una Palabra que se puede entender. Que toda persona puede entender. Que toda cultura puede entender.

Llegados a este punto, hay que comenzar a caminar despacito, hay que bajar el tono.
¿Qué quiere decir que “todos pueden entender”?
De hecho pareciera que no es así. Al menos en lo inmediato.
Nuestro mundo se parece más a Babel que al Reino del Espíritu.

Quisiera tomar un aspecto de lo que significa iluminar.
Iluminar significa juzgar, discernir, separar la luz de las tinieblas, el trigo de la ci-zaña.

Aquí es donde debemos prestar mucha atención a la manera cómo Jesús ilumina, al modo que tiene de juzgar las cosas y de discernir.

Lo diría así: Jesús ilumina lo mejor.
O también, Jesús ilumina siempre el Amor y sólo el Amor.
En otras cosas no se mete, o a veces sí y a veces no.

El pecado, por ejemplo, no lo juzga, lo perdona.
No explica mucho el mal (lo com-padece con nosotros), pero siempre resalta el bien.
Jesús es un Juez que aprovecha todas las oportunidades para dictar sentencia sobre lo que es más hermoso.
Diría que de entre todo lo bueno él viene a juzgar lo que es mejor, lo más valioso, lo perfecto.

Y aquí es donde tenemos que prestar oído al Espíritu para poder escuchar estas Palabras de Jesús que iluminan siempre lo mejor.
Eso sí, tengamos mucho cuidado con esta palabra “lo mejor”. Porque no se trata de lo mejor entre dos opciones nuestras, sino lo mejor a los ojos de Dios.
Por eso a veces nos parece que Dios no habla, o que habla otro lenguaje…
¿Se acuerdan de aquel pasaje en que “Uno de la gente le dijo: «Maestro, di a mi hermano que reparta la herencia conmigo.» Y El le respondió: «¡Hombre! ¿quién me ha constituido juez o repartidor entre ustedes?» (Lc 12, 13)”. El pasaje viene justo para aclarar lo que venimos diciendo. La Palabra no viene en primer lugar a “responder a las preguntas que inquietan a nuestra sociedad”. La Palabra viene en primer lugar a anunciarnos el sentido de la Vida tal como brota de su fuente: el Co-razón del Padre.
Responde, sí, a las preguntas más hondas del corazón humano. Pero no a las cu-riosidades y caprichos de los paradigmas de moda.

Jesús –y nosotros los cristianos con Él- tenemos la misión de ser jueces. Jueces que juzgan e iluminan a la sociedad desde la Luz mejor. En este caso (del tiempo litúrgico que vivimos) la Luz mejor del Niño que se acomoda en paz en el pesebri-to.
¡La Paz del Niño recostado en el Pesebre es la Paz mejor!
Podemos gritar esto a los cuatro vientos.
No juzgamos de otros tipos de paz. Sí anunciamos para el que quiera hacerle un huequito en su corazón que esta Paz del Niño es la mejor.
Y así con todo.

Por eso el anuncio “El Señor ha resucitado” no es una noticia que responda a pre-guntas del momento, sino “La Buena Noticia” a cuya luz hay que empezar la labo-riosa tarea de responder (y también de formular de nuevo) todas las demás pre-guntas.
Que “el Verbo se haya hecho carne y esté habitando entre nosotros”, no parece que fuera una Palabra que preocupara a los pastores a nivel superficial y cotidia-no. Sin embargo, por la manera como recibieron el anuncio y por la alegría con que lo transmitieron, se ve que en el fondo de su corazón sencillo y creyente sí te-nían esta pregunta guardada, silenciosamente guardada, guardada como en espe-ranza.
Pablo expresa de manera muy clara esto de que la Palabra dice “lo mejor de Dios” utilizando el término “Espiritual”. La Palabra hecha carne es “Espiritual” –lo cual equivale a decir que es la más hermosa, la más verdadera y la más buena:

“Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que viene de Dios, para conocer las gracias que Dios nos ha otorgado, de las cuales también hablamos, no con palabras aprendidas de sabiduría huma-na, sino aprendidas del Espíritu, expresando realidades espirituales. El hombre naturalmente no capta las cosas del Espíritu de Dios; son necedad para él. Y no las puede conocer pues sólo espiritualmente pueden ser juz-gadas. En cambio, el hombre de espíritu lo juzga todo; y a él nadie pue-de juzgarle. Porque ¿quién conoció la mente del Señor para instruirle? Pe-ro nosotros tenemos la mente de Cristo.” (1 Cor 2, 12 ss)

Contemplando al Niño Jesús,
nos animamos a afirmar que “tenemos la mente de Cristo”,
abrazando al Niñito con todo “acatamiento y humildad amorosa”,
como dice Ignacio, nos animamos a decir que “juzgamos todo”,
en el sentido de que damos testimonio de que ese Niño es “lo mejor del mundo”,
el tesoro más valioso,
la hermosura en persona,
lo único que vale la pena.
Contemplando al Niño nos animamos a anunciar al mundo que la fe es bella,
que los valores que proclama el evangelio son de lo mejor,
que las propuestas de Jesús en sus bienaventuranzas hacen felices a los que las practican.
Escuchando el silencio del Niño nos animamos a hablar,
no para condenar a nadie,
sino para dar testimonio de lo que, por pura gracia,
se nos ha revelado como lo mejor.
Y así como los buenos jueces hablan por sus sentencias y no opinando ni respon-diendo a las preguntas de los medios, nosotros como cristianos, hablamos con nuestras obras y con nuestros gestos, sentenciando con la alegría de nuestra ora-ción y de nuestra caridad, que la Palabra de Jesús es lo mejor de lo mejor, y “a to-dos los que la reciben, a los que creen en su Nombre, les da el poder de llegar a ser hijos de Dios”.
Diego Fares sj

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