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IgnacioElegir de corazón lo que amamos

Entre los que habían subido para adorar durante la fiesta,
había unos griegos que se acercaron a Felipe, el de Betsaida de Galilea, y le dijeron: «Señor, queremos ver a Jesús.»
Felipe fue a decírselo a Andrés, y ambos se lo dijeron a Jesús.
El les respondió:
«Ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser glorificado.
Les aseguro que si el grano de trigo que cae en la tierra no muere,
queda solo; pero si muere, da mucho fruto.
El que tiene apego a su vida la perderá; y el que no está apegado a su vida en este mundo, la conservará para la Vida eterna.
El que quiera servirme que me siga, y donde yo esté, estará también mi servidor. El que quiera servirme, será honrado por mi Padre.

Mi alma ahora está turbada.
¿Y qué diré: “Padre, líbrame de esta hora”?
¡Si para eso he llegado a esta hora!
¡Padre, glorifica tu Nombre!»
Entonces se oyó una voz del cielo:
«Ya lo he glorificado y lo volveré a glorificar.»

La multitud que estaba presente y oyó estas palabras, pensaba que era un trueno. Otros decían: «Le ha hablado un ángel.»
Jesús respondió:
«Esta voz no se oyó por mí, sino por ustedes. Ahora ha llegado el juicio de este mundo, ahora el Príncipe de este mundo será arrojado afuera; y cuando yo sea levantado en alto sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12, 20-33).

Contemplación
Estos pasajes de Juan son fáciles y difíciles. Fáciles porque uno va leyendo y encuentra frases muy profundas de Jesús que hacen bien. Algunas son duras, ─ como la del grano de trigo que debe morir para dar fruto ─, pero son tan ciertas que nos iluminan sobre la realidad de la vida.
Otras son increíblemente consoladoras, como lo que dice el Señor del Padre, que “honrará al que sirva a Jesús”. ¡Imaginémonos que el Padre nos honra a nosotros! Confieso que nunca había prestado bien atención a esta frase. Siempre me conmovió esa otra “el que me ama será amado por mi Padre”. Suena natural que el Padre nos ame como hijos. Y si amamos a su Hijo predilecto y somos sus amigos, más aún. Pero que nos honre! Que se sienta orgulloso de nosotros! Parece mucho. Y sin embargo… ¿no es la mayor alegría y el deseo más hondo de un hijo que su padre se sienta orgulloso de él, de su valía moral, de sus logros… ¿Y no es acaso el deseo más hondo del corazón de un padre este de poder sentirse orgulloso de sus hijos? ¿Acaso no viene precisamente de aquí ─ de este amor ─ el dolor profundo cuando los hijos actúan como el hijo pródigo o como el hijo mayor de la parábola y el padre sufre aguantando comportamientos y sentimientos de sus hijos de los cuales no puede enorgullecerse?
Decía que la narración de Juan es fácil y difícil. Es difícil porque el discurso se vuelve por momentos tan denso que uno siente que todas las palabras de Jesús tienen relación entre sí pero habría que hundirse en lo profundo de su Corazón para que tenga sentido lo que está diciendo. Porque comienza con que Felipe le dice que lo quieren ver los Griegos y el Señor sale con este larguísimo párrafo sobre su glorificación.

Bueno, luego de este rodeo, que espero nos haya puesto en clima, haciéndonos experimentar un poco de lo que habrán sentido Andrés y Felipe (como cuando uno tiene gente esperando una respuesta y el que tiene que darla se entretiene con un discurso larguísimo que no termina de responder la pregunta concreta de si los va a recibir o no), nos centramos ahora en el Corazón del Señor.

Siguiendo con nuestros “ejercicios para el corazón” el de hoy apunta a lo más propio del corazón que es “elegir”. Elegir de corazón lo que amamos. Esto es lo que hace el Señor y como lo explicita, podemos aprender del Maestro cómo “discernía” la voluntad del Padre en su corazón. En este pasaje podemos encontrar una de las fuentes de lo que en Ejercicios Ignacio llama un “proceso de discernimiento”.

El primer paso: el discernimiento parte de un hecho externo que resuena de manera especial en el corazón del Señor. Se trata de una decisión que tiene que tomar y que parece común: recibir o no en ese momento a los paganos que vienen a él. En esa decisión cotidiana se encierra, sin embargo, para Jesús La decisión más honda. El Señor está atento a los signos de los tiempos, como dice el Concilio, está atento a su Hora y lo que le informan Felipe y Andrés, acerca del interés de verlo que tienen los paganos, es para Jesús un toque de alerta: interiormente siente que “Ha llegado su hora…”.
Así sucede en nuestra vida. La vida está tejida con dos hilos, uno de textura ordinaria, que fluye unido al de todos los demás y se reconstituye cada vez que se anuda o se corta ─ la vida sigue ─; el otro es totalmente personal y único: es el hilo primordial (como en el cuento de Menapace) que tensiona todo el tejido desde los tironcitos que provienen de las manos bondadosas de nuestro Padre. Pues bien, en este hecho trivial, Jesús siente el tironcito hacia lo Alto del Hilo primordial que marca la hora del Padre, la hora de la salvación.

Esto causa turbación en su alma y el Señor explicita sus sentimientos (segundo paso).
En el lenguaje de los ejercicios esta agitación interior o turbación se llama “movimiento de espíritus”. No se trata de un sentimiento negativo ante algo inevitable, como cuando a uno le dicen que alguien está enfermo o falleció. Se trata de la agitación ante una decisión que hay que tomar. Tener que decidir genera lucha espiritual. Uno siente mociones encontradas que agitan su alma. Tenemos que decidir algo y eso nos conmociona. Animarse a sentir, darle tiempo a cada sentimiento contrario, ponerle nombre y confrontarlo son parte del proceso de discernimiento.
Jesús expresa su aguda agitación espiritual: “Mi alma ahora está turbada”.

Viene entonces un tercer paso, que consiste en juzgar (deliberando) esos sentimientos y mociones contrarias. Gandhi decía que “cuando uno se encuentra en el dilema de elegir, la cobardía dice ¿será esto seguro?. La política dice: ¿será rentable?. La vanidad dice: ¿quedará bien mi imagen? Y la conciencia moral dice: ¿es lo correcto?”. Cristianamente le podemos agregar otra pregunta, al Espíritu del Señor y suplicarle que nos muestre si este el tiempo de gracia oportuno y el modo que le agrada al Padre.
Jesús expresa este proceso del juicio mediante un diálogo interior, preguntándose a sí mismo:
─ “¿Y qué diré: “Padre, líbrame de esta hora”?”
A lo cual se responde con claridad de juicio:
─ “¡Si para eso he llegado a esta hora!”.

El cuarto paso del discernimiento (que es inmediato pero distinto del juicio que se realiza en la mente) es la adhesión del corazón a lo que se juzga como bueno en concreto y el rechazo de todo lo demás (malo o bueno en sí pero no en concreto para mí, aquí y ahora).
El juicio claro de Jesús sobre su misión, sobre lo que da sentido a su vida se convierte en una aceptación y elección libre de la Voluntad de Dios: “la pasión voluntariamente aceptada” como decimos en la Eucaristía.

Entonces el Señor se juega por la Voluntad del Padre y se lo manifiesta (quinto paso: manifestar pública y expresamente la decisión tomada como compromiso explícito – consentimiento matrimonial, votos…-):
─ “¡Padre, glorifica tu Nombre!”.
En el huerto dirá lo mismo con otras palabras:
─ “Padre, que se haga tu voluntad y no la mía”.

Viene entonces el último paso del discernimiento, que es la confirmación. El Padre allí lo confirma inmediatamente: se oye la voz del cielo que dice:
─ “Lo he glorificado y lo volveré a glorificar”.
Jesús aclara que esta confirmación es “para nosotros”. Nosotros, además de la confirmación que uno pide y recibe interiormente en Ejercicios, es necesaria también la confirmación eclesial, del que nos acompaña en los Ejercicios y de la Iglesia, si se trata de una misión pública.

Rescatamos en todos estos pasos la importancia del juicio sobre la Hora, sobre el momento de gracia oportuno. Está presente en todo el discernimiento del Señor. Es lo que hace la diferencia entre un discernimiento puramente ético (lo correcto, lo que hay que hacer) y un discernimiento en Cristo. Mirar los tiempos (que es lo único que el hombre no puede manejar) implica estar constantemente atentos al evangelio y al Espíritu que nos da signos en el tiempo. Mirar los tiempos implica comulgar con el Padre en el momento presente, en lo secreto del corazón, muchas veces cada día.
Lo que trae paz a la hora de elegir es esta adhesión íntegra a querer lo que Dios más quiera, del modo que quiera y en el momento en que quiera.
Es muy lindo lo que cuenta Ribadeneyra del modo de rezar de Ignacio cuando tenía que decidir y determinarse en alguna cosa grave e importante.
“Siempre la consultaba primero en la oración con nuestro Señor, y la manera de consultarla era esta:
Desnudábase primeramente de cualquier pasión y afecto, que suele ofuscar el juicio y oscurecerle, de manera que no pueda tan fácilmente descubrir el rayo y luz de la verdad, y se ponía sin inclinación ni forma alguna como una materia prima en las manos de Dios nuestro Señor.
Después, con gran vehemencia le pedía gracia para conocer y para abrazar lo mejor.
Luego consideraba muy atentamente, y pesaba las razones que se le ofrecían por una parte y por otra; y la fuerza de cada una de ellas, y las cotejaba entre sí.
Al cabo volvía a Nuestro Señor con lo que había pensado y hallado y lo ponía todo delante de su divino acatamiento, suplicándole que le diese luz para escoger lo que le había de resultar más agradable a El”.

Diego Fares sj

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Nicodemo

Con el corazón ensanchado de Luz

Jesús dijo a Nicodemo:
«De la misma manera que Moisés levantó en alto la serpiente en el desierto, también es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto,
para que todos los que creen en él tengan Vida eterna.

Sí, tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único
para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna.
Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo,
sino para que el mundo se salve por él.
El que cree en él, no es condenado;
el que no cree, ya está condenado,
porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.

En esto consiste el juicio: la luz vino al mundo,
y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz,
porque sus obras eran malas.
Todo el que obra mal odia la luz y no se acerca a ella,
por temor de que sus obras sean descubiertas.
En cambio, el que practica la verdad se acerca a la luz,
para que se ponga de manifiesto que sus obras han sido hechas en Dios»
(Juan 3, 14-21).

Contemplación
Contemplamos hoy a Nicodemo el “discípulo oculto de Jesús”, el que lo visita de noche y no se adhiere públicamente al Señor hasta después de su muerte en la Cruz. Nicodemo tiene un corazón de esos “que aman más de lo que se animan a confesar”. Y aunque de afuera parecen más quedados, incluso poco comprometidos, la intensidad de su lucha interior hace que “el corazón se les vaya ensanchando”. Son de esa gente a la que les cuesta jugarse pero cuando llega la hora se dan con todo, sin calcular, sin mirar cómo queda su imagen: caen con cien libras de perfume, como cayó Nicodemo al velorio de Jesús. Cuando hasta los más amigos se escondieron, él se hizo cargo del muerto y sepultó al ajusticiado por blasfemo como si fuera un Rey. Nicodemo comulgó con el Cuerpo de Cristo ya en descomposición ─ pública y física ─. Salió a la luz, compartió la suerte del Rabbí a quien admiraba y seguía en secreto.
Quizás alguno habrá pensado “¿de dónde salió este?”; “con qué derecho viene ahora…?”. Lo que no sabe el que juzga así (el Padre que ve en lo secreto del corazón sí que lo sabe) es que el “ahora” de Nicodemo es un “ahora” que no dejó de madurar desde que sostuvo con Jesús aquel “coloquio nocturno en Jerusalen” (recordamos aquí este “testamento iluminador” del Cardenal Martini, que ha sido publicado hace poco).
Aquella noche (noche dichosa…, diría San Juan de la Cruz) en que Nicodemo fue a ver a Jesús y se quedaron charlando hasta tarde, el Señor le sembró una luz en el corazón. El Sembrador le sembró una semillita de su Luz y esta lucecita le fue ensanchando el corazón.
Ciento por uno se lo ensanchó.
De hecho Jesús le comunicó su Espíritu aquella noche, la semilla de su Espíritu y lo hizo nacer de lo Alto, lo hizo nacer de nuevo sin que Nicodemo lo supiera, como nosotros, cuando somos bautizados de chicos. Y este nuevo corazón fue madurando en la fe, en una lucha silenciosa aunque sin tregua, a medida que esa lucecita crecía. Bien podría hacer suyos Nicodemo, estos versos de San Juan de la Cruz:

“En la noche dichosa,
en secreto, que nadie me veía,
ni yo miraba cosa,
sin otra luz y guía
sino la que en el corazón ardía.

Aquésta (luz) me guiaba
más cierto que la luz del mediodía,
adonde me esperaba
Quien yo bien me sabía
en parte donde nadie parecía.

En el diálogo con Nicodemo el Señor explica lo que antes hizo simbólicamente al expulsar a los mercaderes del Templo. Nicodemo es “Maestro en Israel”, y representa ese Templo anciano ─ ese corazón de piedra que es Israel, que es el hombre ─ al que el Señor purifica de todo comercio y lo reconstruye como corazón de carne, con su muerte y resurrección.
De toda la riqueza de evangelio de Juan nos quedamos con la imagen que usa Jesús de la Luz. El es Luz, una luz que ensancha el corazón. Porque hay luces que lo angostan (angustian). Como dice el Salmo:
“Tu Palabra Señor es la verdad
y la luz de mis ojos”.
La Palabra de Jesús es luz para los ojos del corazón.
Hay en cambio otras palabras que son tinieblas: esas ideas que con sus futuribles ensombrecen el corazón, esas ideas alimentando el resentimiento ciegan los ojos de rabia y oscurecen con sus obsesiones el entendimiento.

Jesús no. El nunca oscurece.
Es más, él no apaga ni la velita que apenas chisporrotea.
El Señor junta toda lucecita, por pequeña que sea, como junta las ovejitas perdidas del rebaño, como junta los pancitos que sobran de la eucaristía… Donde ve que se prende una lucecita de entendimiento y de fe en un corazón, el Señor entra inmediatamente en diálogo con ella y la alimenta con su Palabra, como una madre alimenta a sus hijos pequeñitos, o como un nieto que se queda explicándole pacientemente a su abuela algo de esas cosas modernas que a los adultos mayores les cuesta entender cómo funcionan.
Así conversa Jesús con Nicodemo, que no entiende cómo funciona esto de “nacer de nuevo y de lo Alto”. Sin embargo, ha tenido la humildad de venir a Jesús; se ha acercado a la luz. Y Jesús se lo valora, dice que el que se acerca a la luz es porque sus obras son buenas. “El que practica la verdad se acerca a la luz, para que se ponga de manifiesto que sus obras han sido hechas en Dios».
En las contemplaciones de esta Cuaresma hemos puesto en el centro de nuestra contemplación al corazón. En cada contemplación hemos practicado un “ejercicio espiritual” que ha tratado de afectar directamente a nuestro corazón, dejando de lado otros aspectos no tan esenciales de la vida espiritual.
Vamos a repasar hoy estos “ejercicios cordiales” acercándolos al fogón de este coloquio nocturno en Jerusalen entre Jesús y Nicodemo, para que la Luz del Señor ilumine las verdades contempladas y se ponga de manifiesto que son buena doctrina, obras buenas, hechas ─ ejercitados ─en Dios.

El primer ejercicio para el corazón consiste en bajar:
“descender con la mente al corazón”.
Este descenso se hace “hablando”,
pronunciando en voz baja Palabras esenciales que nos enseñó a decir Jesús:
Padre, te doy gracias,
Padre, Yo se que siempre me escuchas
Padre, todas las cosas son posibles para Ti…

Pronunciar estas palabras silencia la mente y aquieta el corazón.
En la mente las palabras son conceptos abstractos y pueden producir multitud de imágenes y hacernos “volar” la imaginación. Cuando uno “pronuncia” las palabras, como que la mente baja: la voz viene del aire del pecho, y sube a la garganta… La pronunciación en voz baja de las Palabras de Jesús hace bajar la mente a sentir el corazón. Y como son Palabras de Vida, que incluyen a todas las otras, las otras se adhieren a ellas y se acallan y el corazón se alimenta con el Pan de la Verdad que sale de la boca de Dios y es manjar sólido y no papitas y palitos salados…

El segundo ejercicio para el corazón consiste en subir:
Subir al Monte de la Transfiguración.
Aquí practicamos un ejercicio auditivo y otro visual.
Probamos escuchar (pronunciando las palabras en voz baja: “Este es mi Hijo, el predilecto. Escúchenlo a Él”) la voz del Padre.
Escuchando como quien lee los labios y repite una oración, la Voz del Padre nos dibuja rasgos del Rostro de Jesús. Lo sentimos a Jesús iluminado, lo vemos radiante y sonriente, lo experimentamos glorioso, gustamos su luz, nos sentimos apacentados por su cayado de Buen Pastor….

La subida a la mente, en cuya altura podemos imaginar sin disiparnos porque el rebaño de ideas está sujeto por la Voz del Padre y todas las ideas tienen los ojos fijos en Jesús, autor y consumador de la fe, es una subida en compañía de Jesús, una subida humilde y conducida. No hay temor a irse por las ramas y si uno delira un poco, como le pasó a Pedro, enseguida el Señor nos baja.

El tercer ejercicio para el corazón es doble: consiste en expulsar y re-centrar
El ejercicio consiste en “sentir los empujones del Señor”. Dejarlo que expulse a “los vendedores del Templo”, para sentir luego como se “sienta como en un trono sobre nuestro corazón”. Solo el Amor debe reinar en el centro del Corazón. Así, sentado en nosotros, el Señor reina, y nuestro corazón se aquieta y se centra en su humildad. Este ejercicio de “sentirlo” cómo asentado, puede hacerse también gustando su única ley. A veces nuestro corazón está inquieto porque recibe multitud de mandatos de la mente, mandatos que provienen de las exigencias y placeres del mundo exterior y mandatos internos que brotan de la culpa y del deber… El Señor simplifica todo y reina pronunciando un único mandamiento: el del Amor. Gustar este mandamiento es pronunciarlo diciendo:
“Escucha Israel, el Señor tu Dios es el único Dios.
Y tú amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón,
con toda tu mente,
con todo tu espíritu
con todas tus fuerzas.
Y amarás a tu prójimo como a ti mismo”.

El cuarto ejercicio para el corazón consiste en ensanchar
El corazón se ensancha cuando recibe la Luz del mandato de sólo amar. Este mandato imperado interiormente por el Espíritu, expande el corazón, lo hace respirar, le da un movimiento amplio y constante que llega con su ánimo a todos los rincones de nuestro ser y se convierte en oración y en obras de misericordia y de bondad para con los demás. Obras que dan fruto y fruto duradero: como dice la canción: “sólo el amor alumbra lo que perdura”.
Otras mandatos angostan el corazón, son mentiras o verdades a medias que con su tiniebla van achicando el movimiento del corazón, hasta obsesionarlo en torno a uno o dos puntos que le quitan vida.
La verdad, en cambio, así “practicada” y ejercitada por medio de estos ejercicios espirituales, nos hace vivir “con el corazón ensanchado de luz”.

Diego Fares sj

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greco-explusion-mercaderes2

Con el corazón en el centro de su humildad

Se acercaba la Pascua de los judíos.
Jesús subió a Jerusalén
y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas
y a los cambistas sentados delante de sus mesas.
Hizo un látigo de cuerdas y los echó a todos del Templo,
junto con sus ovejas y sus bueyes;
desparramó las monedas de los cambistas, derribó sus mesas
y dijo a los vendedores de palomas:
«Saquen esto de aquí y no hagan de la casa de mi Padre un mercado.»
Y sus discípulos recordaron las palabras de la Escritura:
“El celo por tu Casa me fagocitará” (Sal 69, 10).
Entonces los judíos le preguntaron:
«¿Qué signo nos das para obrar así?»
Jesús les respondió:
«Destruyan este templo y en tres días lo levanto (resucito).»
Los judíos le dijeron:
«Han sido necesarios cuarenta y seis años para construir este Templo,
¿y tú lo vas a levantar en tres días?»
Pero él se refería al templo de su cuerpo.
Por eso, cuando Jesús resucitó, sus discípulos recordaron que él había dicho esto, y creyeron en la Escritura y en la palabra que había pronunciado.

Mientras estaba en Jerusalén, durante la fiesta de Pascua,
muchos creyeron en su Nombre al ver los signos que realizaba.
Pero Jesús no se confiaba a ellos, porque él conocía a todos
y no necesitaba que lo informaran acerca de nadie:
Él sabía lo que hay en el interior de cada uno.
(Juan 2, 13-25)

Contemplación
San Juan de la Cruz, en su “Subida al Monte Carmelo” tiene una serie de consejos para que:
El alma espiritual encuentre su quietud y descanso,
de manera tal que, no codiciando nada, nada le fatigue hacia arriba
y nada le oprima hacia abajo,
porque está en el centro de su humildad.

Es en este centro donde nos queremos situar hoy, dejando que Jesús “expulse a todos los mercaderes del templo” que es nuestra alma, para que nuestro corazón pueda estar en el “centro de su humildad”.
Los dos primeros domingos de Cuaresma hemos seguido un camino descendente y otro de subida.
Descendimos primero al desierto de nuestro corazón para luego subir a su monte elevado; dos caminos a los que Jesús nos invita siempre y de manera especial en este tiempo de preparación de la Pascua.
Bajamos al silencio y a la soledad del corazón, allí donde no hay imágenes ni muchas palabras…; sólo las esenciales: Padre, perdón, te agradezco, intercedo, tú sabes que me considero tu amigo…

Subimos con Jesús, Pedro, Santiago y Juan, Elías y Moisés, al monte elevado, a lo más alto de nuestro corazón, allí donde se ve el panorama total de la vida y la mirada se ensancha en los horizontes grandes. Subimos a donde sopla el Viento de los valores puros encarnados en Jesús. Subimos con Jesús dejando que todo lo humano adquiera su perspectiva de pequeñez ante la belleza y majestad del Dios siempre Mayor (Deus semper Maior).

Y así como hay días en que uno necesita el corazón-desierto y tiene hambre de abajarse, de estar en soledad…
… así hay días en que uno necesita el corazón-Tabor y tiene sed de altura, de horizonte amplio, de viento y cielo…
y también hay días en que uno necesita el corazón-corazón,
─ el corazón en el centro de su humildad ─,
y tiene necesidad de paz,
de estar centrado,
de aquietarse en su propio centro y recentrarse en Jesús,
de latir al ritmo del Corazón del Señor
de sentir las cosas
y pesarlas
y sopesarlas como las valora Él.

Para ello ayuda la contemplación de hoy, en la que Jesús expulsa a los vendedores del Templo.
El Templo es nuestro corazón, ese lugar donde el Padre quiere adoradores que lo adoren en Espíritu y en Verdad.
Allí no tiene que haber ningún otro Dios.
Allí no tiene que haber ninguna actividad regida por las leyes de otros dioses.
Y como el dinero es “El ídolo”, la actividad mercantilista no tiene que ocupar el espacio del Templo de nuestro corazón.
Los negocios son por su propia naturaleza interesados, egoístas (incluso en el sentido bueno de buscar lo propio y luchar por la vida), y por eso mismo no deben estar en el centro de nuestro corazón.
El centro debe estar ocupado sólo por Dios nuestro Creador y Señor.
El centro del corazón debe estar ocupado sólo por el agradecimiento del Don de la vida y por el humilde pedido de perdón de los pecados.
El centro del corazón debe estar ocupado sólo por el vacío de la disponibilidad atenta a lo que Dios quiera en el momento en que quiera y no lleno de otras ocupaciones que nos impidan seguirlo apenas nos llame.

Las únicas monedas con que se negocia en el Templo del Corazón son los Talentos de oro o plata que el Señor nos confió ─ el Talento de la Fe, el Talento de la Esperanza, el Talento de la Caridad y los Talentos de la vocación, del carisma y de la misión de cada uno…─.
Los denarios con la imagen del César son para el César y los diez centavitos de la viuda son para la alcancía de los pobres.
En este espacio Jesús quiere que:
El alma espiritual encuentre su quietud y descanso,
de manera tal que, no codiciando nada,
nada le fatigue hacia arriba
y nada le oprima hacia abajo,
porque está en el centro de su humildad.

Y aquí Jesús no negocia. Se apasiona, deja que “el celo por esta Casa de Dios lo devore, se lo fagocite, lo consuma”. Jesús se deja llevar por la ira ─ se recalienta ─ para defender este espacio y es capaz, Él que es tan manso y sereno siempre, de pegar latigazos y empujones, de ocasionar pérdidas y desparramos… Es que está defendiendo la vida misma de esos mercaderes, está derribando los valores falsos que impiden que los verdaderos ocupen su lugar.

En el mundo actual mucha gente nos empuja (basta subir al subte en hora pico),
de muchos lugares se nos expulsa o ni siquiera se nos permite acceder,
recibimos diariamente muchos guazcasos (agresiones de todo tipo que nos sacuden como un latigazo los ojos, los oídos y nos golpean el alma y a veces nuestra misma carne). Mal acostumbrados a tanta violencia quizás nos animemos con buen humor a aguantar un poquito sin miedo la vehemencia de Jesús. Estemos ciertos de que, aún pegando un cintazo, Jesús es tan certero que no hace daño sino a lo que nos hace daño y que, cuando empuja, es para que caigamos en los brazos del amor del Padre y no para que nos apartemos de él.

Hablaba al comienzo de San Juan de la Cruz. Entre sus consejos, el primero es el de “imitar a Cristo en todas las cosas”. Y para tener “los sentimientos de Jesús” nos invita a “descebar el corazón de objetos vanos y a apaciguar las cuatro pasiones naturales que son el gozo, la esperanza, el temor y el dolor.
Y en su esquema del Monte Carmelo puesto al principio de la Subida da una serie de consejos famosos. Podemos leerlos como si fueran “chirlos” de Jesús, que nos hacen sacar las manos de aquello que tenemos agarrado.
Podemos leerlas al ritmo de los empujones y desparramos que ocasiona el Señor, de ovejas, monedas y palomas, empujones no a nosotros sino a aquello que ha ocupado el centro de nuestro corazón, de manera tal que experimentemos el gozo de sentirlo de nuevo en el “centro de su humildad”.
(Antes de leer, para no empacharnos, ya que no se trata sólo de consejos morales sino de la mejor poesía de la lengua hispana y puede que nos quede grande tanto por el lado del bien como por el de la belleza, cuando leemos es bueno quedarnos con una sola de las frases ─ la que intuyamos que más nos cabe ─ y darle vueltas unos días…).
Dice San Juan de la Cruz:
Para venir a gustarlo todo (a Jesús),
no quieras tener gusto en nada;
para venir a poseerlo todo (a Jesús),
no quieras poseer algo en nada;
para venir a serlo todo (que Jesús viva en vos),
no quieras ser algo en nada;
para venir a saberlo todo (con los criterios de Jesús),
no quieras saber algo en nada;

Para venir a lo que no gustas (aún de Jesús),
has de ir por donde no gustas;
para venir a lo que no posees (de Jesús),
has de ir por donde no posees;
para venir a lo que no eres (y desearías ser por llamado de Jesús),
has de ir por donde no eres.

Cuando reparas en algo (que te da temor),
dejas de arrojarte al todo (a Jesús que te dice no temas);
porque, para venir del todo al todo,
has de negarte del todo en todo;
y cuando lo vengas del todo a tener (a Jesús, tu Señor),
has de tenerlo sin nada querer;
porque, si quieres tener algo en todo,
no tienes puro en Dios tu tesoro.
“En esta desnudez halla el alma espiritual su quietud y descanso,
porque, no codiciando nada, nada le fatiga hacia arriba
y nada le oprime hacia abajo,
porque está en el centro de su humildad”.

Estando así centrados en el centro de nuestra humildad podemos comulgar con Cristo y, en Él, con toda la realidad, con lo positivo y con lo negativo, con las alegrías y con las penas, sin que se nos adueñen del corazón. Porque el problema no son las cosas que nos pasan ni los sentimientos e ideas que tenemos sino el lugar que les damos en nuestro corazón.
Podemos estar descentrados tanto por exceso de comercio con angustias como por el exceso de comercio con ideales.
Se nos puede endurecer el corazón (como se endurecen los mercados, el merval y el dow jones, y la gente cuando hablamos de dinero) tanto si comerciamos la defensa ante las agresiones como si comerciamos la imposición de nuestros ideales. El evangelio es invitación y propuesta, no comercio ni imposición. Y los únicos “excesos” del Señor, sus únicas intransigencias, son precisamente contra los ídolos del dinero y de la hipocresía, que se apoderan del centro del corazón imponiendo sus negocios.
Cuando este centro está libre y centrado en su humildad, comulgando con el amor de Dios que ha sido derramado en nuestros corazones, todo lo demás el Señor lo perdona, lo resucita y lo misiona con una bendición de fecundidad.

Diego Fares sj

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transfiguracion 

  

La transfiguración: “Comulgar con Él con los ojos del corazón”

 

Jesús tomó consigo a Pedro, Santiago y Juan,

y los condujo a ellos solos a un monte elevado.

Allí se transfiguró en presencia de ellos.

Sus vestiduras se volvieron esplendentes, blanquísimas,

como ningún batanero en el mundo sería capaz de blanquearlas.

Y aparecieron a su vista Elías y Moisés,

y estaban conversando con Jesús.

Pedro dijo a Jesús:

– «Maestro, ¡es lindísimo para nosotros estar aquí!

Hagamos tres carpas, para ti una, para Moisés una y para Elías una.»

Pedro no sabía qué responder (al acontecimiento),

porque estaban fuera de sí por el terror.

Y se formó una nube ensombreciéndolos,

y vino una voz de la nube:

– «Este es mi Hijo dilecto, escúchenlo a Él.»

Súbitamente, mirando a su alrededor, ya no vieron a nadie,

sino a Jesús solo con ellos.

Mientras bajaban del monte,

Jesús les previno de no contar lo que habían visto,

hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos.

Ellos guardaron la cosa para sí,

y se preguntaban qué significaría

«resucitar de entre los muertos» (Mc 9, 2-10).

 

Contemplación

            También nosotros nos preguntamos (o más bien “tememos preguntarnos”) que significará “resucitar de entre los muertos”.

La verdad es que no lo sabemos ni podremos entenderlo nunca si pretendemos saberlo como se “saben” las cosas humanas. No lo sabremos ni por el sentido común que brota de nuestras experiencias, ni por las ciencias. Todo nos dice que los muertos no resucitan (y que las vueltas a la vida puntuales son más bien propias de películas románticas o de terror).

 

La pregunta “¿qué significa resucitar de entre los muertos?” es una pregunta que, si la queremos hacer, sólo tiene sentido hacérsela a Jesús. Y Jesús sólo responde al que se acerca a preguntarle con fe de buen amigo, al que desea situarse dentro de ese ámbito de comunión eclesial que se da en torno a la contemplación del Evangelio. Una contemplación que “sabe” las cosas “saboreándolas”, comulgando con ellas. A este saber de comunión apuntamos cuando le preguntamos al Señor por la resurrección. Nos interesa comulgar con su muerte y resurrección, como cuando recibimos la Eucaristía. Esta comunión con su carne hace que se nos abran los ojos y lo reconozcamos transfigurado…, en lo cotidiano de la vida.

 

Llegar a saborear lo qué significa “resucitar de entre los muertos” es la esencia del cristianismo. Y el Señor nos muestra que es camino largo, de subida, y de subida en compañía. Por algo se llevó a sus tres amigos al Monte y les previno que no contaran nada de la belleza de su Gloria hasta que él resucitara de entre los muertos. Y cuando resucitó, se les reveló sólo a los que habían compartido su vida y su pasión, para que la buena nueva se fuera transmitiendo ─ como se transmite la vida ─ en el ámbito íntimo del amor interpersonal.

 

Hacer esta pregunta en otro ámbito lleva rápido al ridículo. Y algunos cristianos se sienten mal al ver que se cae en el ridículo cuando se trata el tema de la resurrección en algún programa de televisión o en un ámbito profano. Como si fuera ridícula la resurrección. ¡No! Lo que es ridículo es tratarla fuera del ámbito de la fe. Lo ridículo no es la Perla sino tirar la perla a los chanchos.

 

Nos ponemos, pues, con humildad de corazón, en este ámbito elegido por Jesús para iluminarnos con su transfiguración.

 

Subimos al Monte junto con los que él eligió como “testigos de su belleza”.

 

Mientras subimos, recordamos la imagen de nuestro corazón como el desierto donde Dios nos habla. “Orar es descender con la mente dentro del corazón”. Descender a sentir el silencio del corazón, a escuchar cómo el Espíritu nos recuerda allí las pocas palabras esenciales:

 

Padre.

 

Te doy gracias.

 

Jesús, ten misericordia de mi, pecador.

 

No teman. Tengan paz.

 

Yo soy la resurrección y la vida.

 

Este descenso a lo hondo del corazón ─ donde el Señor nos hace saborear que El es la resurrección y la vida ─ no es posible mantenerlo si Jesús no se nos transfigura.

Los padres hablan de descender al corazón “y estarse allí ante el Rostro del Señor, siempre presente”.

Sólo el Rostro de Jesús transfigurado ─ con el peso de su Amor y de su Gloria ─ es capaz de atraernos al interior de nuestro corazón y hacer que nos “estemos allí”.

 

Sin el brillo transfigurado de su Rostro amable, sin la sonrisa de sus ojos buenos, nuestra mente genera imágenes que  nos expulsan compulsivamente hacia el exterior. Hay que atravesar esa zona media del corazón, zona de turbulencia y de impulsos ciegos, de movimientos compulsivos, de temor o de ansiedad de novedades, para llegar a la zona quieta y serena, a ese monte que se eleva en el centro de nuestro corazón, punto firme desde donde surge el impulso de la vida como Don del Padre.

 

Allí, sólo ocurren dos cosas, o bien se nos desvela el rostro transfigurado de Jesús y entonces nos estamos allí, comulgando con esa luz en silencio o bien se nos vela como en medio de una nube y entonces nos estamos allí, comulgando con la Voz del Padre que nos dice al oído: “Este es mi Hijo amado, escúchenlo”.

 

Comulgando con la carne transfigurada del Señor y con la voz transaudicionada del Padre, tal como nos lo transmiten los testigos podemos saborear en la fe, en la esperanza y en la caridad, qué significa “resucitar de entre los muertos”.

 

“Resucitar de entre los muertos” es creer en Jesús, adherirnos a su Persona, comulgar con él con los ojos del corazón.

La fe es en sí misma es una resurrección. Creer en otro, confiarse enteramente en otro y ponernos en sus manos es una experiencia que nos hace morir de alguna manera ─ a nuestros criterios, a controlar nuestra propia seguridad ─ y resucitar cuando el otro no nos defrauda.

Me contaba ayer Rossi una experiencia de fe y un milagro que le hizo el Hno. Figueroa (santo hermano jesuita que fue portero de nuestro Colegio de la Inmaculada de Santa Fe) una tarde de niebla cerrada en las sierras de Córdoba. Habían subido con el Hno. Luis Rausch al Champaquí ya con niebla de mañana y al caer la noche se dio cuenta de que estaba perdido. No se veía ni a un metro y como caía la noche le propuso al Rausch hacer carpa mientras tenían algo de luz. El otro se plantó con que “de ninguna manera” y le dijo que le pidieran al Hno. Figueroa que los orientara. Rossi contaba que al ponerse de rodillas y comenzar el Padrenuestro sentía bajar un escepticismo más denso que la neblina. Tipo “estamos perdiendo dos minutos que lamentaremos cuando no podamos ni armar la carpa”. Sin embargo es difícil contradecir a un Rausch y más si está rezando, así que rezó nomás. Me contaba que en el mismo instante en que terminaron el Padrenuestro escucharon voces de niños! La escuela estaba a unos 600 metros y los chicos habían salido de clase y conversaban. La experiencia del milagrito fue fuerte. Por haberlo pedido en la fe del otro…; y por las voces de los niños… me decía Rossi. (Me acuerdo ahora de San Agustín, cuando rezaba pidiendo una señal y escuchó las voces de aquellos chicos que del otro lado del muro de su jardín cantaban en medio de un juego “toma y lee; toma y lee” y él tomó la Escritura y leyó “No en banquetes ni embriagueces, no en vicios y deshonestidades, no en contiendas y emulaciones, sino revístanse de Nuestro Señor Jesucristo, y no empleen su cuidado en satisfacer los apetitos del cuerpo (Rm 13, 14)” (Confesiones 8, 12).

Hacer un acto de fe, comulgando con otro, es “resucitar de entre los muertos”, resucitar del escepticismo, que nubla la mente más que la niebla de la sierra los ojos.

 

“Resucitar de entre los muertos” es tener esperanza, beberse en el momento presente, de un trago, el Cáliz del Señor, confiando en que luego de beberlo se nos abrirán los ojos y veremos distinto. La esperanza es en sí misma una resurrección. Aquellos que “sólo en Jesús ponen su esperanza”, experimentan en su vida lo que significa “resucitar de muchas muertes”. La esperanza nos hace resucitar de esa muerte que es cada desilusión que nos pegamos cuando no esperamos sólo en “Cristo Jesús, nuestra Esperanza”─ (1 Tm 1), sino que nos ilusionamos con los espejismos de nuestro propio yo o con las proyecciones de las estadísticas.

La esperanza cristiana es una resurrección porque es una reduplicación. Esperar es “creer en la esperanza misma (no en cosas que vendrán)”. Así lo expresa hermosísimamente Pablo refiriéndose a Abraham: “contra toda esperanza, creyó en esperanza…” (Rm 4, 18). Esperanza cristiana es creer allí donde ya no hay esperanza humana. Creer cuando la niebla no deja ver ni a dos pasos adelante y esperar hasta oír las voces del Buen Pastor que nos orientan a la fuente de vida.

 

Resucitar de entre los muertos es tener caridad. Poner manos a la obra con caridad. La caridad es en sí misma una resurrección, porque nos saca de la parálisis de la muerte y nos pone a caminar y a trabajar en el Nombre de Jesús resucitado. La caridad es más que el mero amor. Es amor esperanzado y creativo, que da vida allí donde parece que sólo hay esterilidad. La caridad resucita la vida donde ha muerto por el pecado o por agotamiento natural.

 

Resucitar de entre los muertos es orar. Orar con fe, esperanza y caridad.

 

Orar es descender (morir) con la mente dentro del corazón… y alzar los ojos (resucitar) al Rostro del Señor, siempre presente, cuya mirada transfigura todo en tu interior”.

Diego Fares sj

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Descender con la mente al corazón

 

Al punto (apenas fue bautizado por Juan),

el Espíritu lo condujo a Jesús al desierto.

Y estuvo en el desierto cuarenta días siendo tentado por Satanás;

y vivía entre las fieras y los ángeles lo servían.

 

Después que Juan fue entregado, vino Jesús a Galilea

y allí predicaba el Evangelio de Dios, y decía:

«Se ha cumplido el tiempo propicio y se ha vuelto cercano el Reino de Dios.

Conviértanse y crean en la Buena Nueva» (Mc 1, 12-15).

 

Contemplación

 

El Espíritu condujo a Jesús al desierto.

Tras haber escuchado en su corazón la voz de su Padre diciéndole “Tú eres mi Hijo amado, el predilecto”, Jesús necesita estar solo y en silencio. Necesita estar a solas con esa Palabra amorosa del Padre en su corazón. Le hace falta la inmensidad del desierto para que la Palabra del Padre se expanda en su corazón humano, en el que están todos nuestros corazones, los corazones de todos los hombres y mujeres del mundo. Jesús necesita el desierto para beberse de un sorbo todo el Espíritu del Padre. Luego lo insuflará como Buena Nueva, como Evangelio, como Bienaventuranzas, como Espíritu de perdón de los pecados, como Eucaristía…   

 

Cuando en la Cuaresma se nos habla de ir al desierto, nos da un poco de miedo. Pero no hay que temer. Creo que ayuda unir la imagen del desierto con la del corazón. En la Biblia están unidos. Oseas hace hablar a Yahvéh que contempla a Israel y se dice: “La llevaré al desierto y hablaré a su corazón” (Os 2, 16).

Ir a desierto (como ir a un retiro o hacerse un tiempo para rezar a solas, en silencio) es ir a que Dios nos hable al corazón.

 

Los monjes del desierto hablan de “descender al corazón” (H. Nouwen, El camino del corazón):

 

Orar es descender con la mente dentro del corazón y estarse allí ante el Rostro del Señor, siempre presente, que lo ve todo, en tu interior”.

 

¡Descender con la mente al corazón!

Ahí está el secreto.

En vez de salir proyectados al mundo de imágenes en lucha que produce nuestra mente, inclinarnos un poco y bajar con el oido a nuestro pecho para escuchar a nuestro corazón.

El corazón no habla. Late en silencio. Y cuando le prestamos atención, se acallan las voces y las imágenes de la mente y, por un momento, nos sentimos nosotros mismos. En ese silencio surgen algunas palabras. Suelen ser pocas. Las que nos definen. Las de nuestro amor.

 

¡Descender con la mente dentro del corazón! Si surgen muchos pensamientos, temores y angustias ─ las tentaciones ─ , descender un poquito más. Ir más hondo, a la fuente de donde brotan nuestros deseos. Ir a donde nos definimos por el amor y por la verdad. Allí donde el corazón dice mi verdad creatural: “Abba, Padre”, soy tu creatura. Soy tu hijo. Fuera de ti soy nada. Polvo. Soy vasija de barro en tus manos. ¡Padre Creador!

 

Descender con la mente dentro del corazón. Escuchar a mi corazón que dice mi verdad moral: “Misericordia, Señor. Jesús ten piedad de mí que soy pecador!”.

 

Descender con la mente dentro del corazón y escuchar la Verdad evangélica de Jesús, su Buena Nueva. Escuchar cómo nos dice: No tengan miedo. Les doy mi paz. Yo soy la resurrección y la vida…

 

Cuando tratamos de descender con nuestra mente dentro de nuestro corazón solemos encontrarnos con las fieras que suben. Nouwen dice que nos encontramos con nuestro yo compulsivo. Hay una zona del corazón que es difícil de atravesar. El impulso vital nos expele hacia fuera y ese impulso pone a nuestra mente a imaginar mundos de fantasía en los que luchan entre sí angustias contra placeres, miedos contra ilusiones, cólera contra avaricia… 

 

Pero más adentro, nuestro corazón está humilde y callado. Tiene pocas cosas, pero auténticas: los rostros de los que amamos más, las palabras de Jesús, la imagen de María… Nuestro deseo de ser buenos, de ser ayudados. El sentirnos pares con los demás, a gusto con la gente pequeña y sencilla. El gusto por el Evangelio, por la Palabra.

 

Orar es descender con la mente dentro del corazón y estarse allí ante el Rostro del Señor, siempre presente, que lo ve todo, en tu interior.

 

Antes de que Jesús “fuera al desierto” y lo llenara con su amor, el desierto era símbolo del corazón humano con su miedo a la nada y a la soledad. De ese miedo y de esa angustia brotan todas las compulsiones del corazón que, si no recibe amor, comienza a enojarse y a volverse avaro.

Jesús enfrentó y venció todas esas tentaciones (que en el fondo son miedo a la muerte) alimentándose sólo de la Palabra de amor que sale de la boca del Padre.

Con ese “Tú eres mi Hijo amado”, el Señor vence todo miedo y vuelve amigable todo desierto. Desde entonces “ir al desierto” es “descender con la mente al corazón”. Para escuchar esa Palabra da gusto “descender con la mente dentro del desierto de nuestro corazón” y estarnos allí, en compañía de Jesús, en el Reino del Padre que ve en lo secreto y ama a los que aman a su Hijo amado.

Diego Fares sj

 

 

 

 

 

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