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En aquel tiempo, Jesús dijo: «Les aseguro que el que no entra por la puerta en el corral de las ovejas, sino que sube por otro lado, es un ladrón y un asaltante. El que entra por la puerta es el Pastor de las ovejas. El portero le abre y las ovejas escuchan su voz. Él llama a cada una por su nombre y las hace salir. Cuando las ha sacado a todas, va delante de ellas y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz. Nunca seguirán a un extraño, sino que huirán de él, porque no conocerán quién es el que les habla.»

Jesús les hizo esta comparación,  pero ellos no comprendieron lo que les quería decir. Entonces Jesús prosiguió: «Les aseguro que Yo soy la puerta de las ovejas. Todos aquellos que han venido antes de mí son ladrones y asaltantes, pero las ovejas no los han escuchado. Yo soy la puerta. El que entra por mí se salvará; podrá entrar y salir, y encontrará su alimento. El ladrón no viene sino para robar, matar y destruir. Pero yo he venido para que las ovejas tengan Vida, y la tengan en abundancia. Yo soy el Pastor hermoso. El Pastor hermoso y bueno expone su vida por las ovejas. El mercenario, el que no es pastor, a quien no pertenecen las ovejas, ve venir al lobo abandona las ovejas y huye, y el lobo las arrebata y dispersa, porque es asalariado y no le importan las ovejas (Jn 10, 1-13).

Contemplación

¿Cómo presentar a los que van a hablar hoy, siguiendo aquello de San Ignacio en los Ejercicios de “mirar a las personas y escuchar lo que dicen”? Había comenzado imaginando que decían: “Somos las ovejas de las que habla Jesús en el Evangelio de hoy”. Pero después pensé que esto le puede sonar mal a alguna persona: “Ahora van a hablar las ovejas! Lo que faltaba…”. Sin embargo, esto de que hablen los personajes del Evangelio no es nuevo. Martín Descalzo, por ejemplo, hizo hablar hasta a los objetos de la pasión. Es algo propio de La Palabra hacer que todo hable… Y que no sea fábula. Pero como puede ser que haya algún prejuicio contra las ovejas y no se nos considere tan valiosas como en la época del Señor, pensamos que conviene presentarnos diciendo que “somos algunas de esa multitud inmensa de personas a las que Jesús llama “sus ovejas” y con respecto a las cuales se define a sí mismo como Buen Pastor, como Pastor bueno y hermoso. Esperamos con esto atajar cualquier comentario de que discriminamos a otros animales, haciendo notar bien claro que el Señor elije ponernos como ejemplo porque interactuando, Él saca lo mejor de nosotras y nosotras lo mejor de Él.

Por ejemplo: Él lo que más valora de nosotras es que reconozcamos su voz y eso nos baste para hacernos andar juntas. Y a nosotras, lo que siempre nos conmueve como si la escucháramos por primera vez, es cuando Él cuenta la parábola del pastorcito que salió a buscar a su oveja perdida. Esto por no hablar de todo: de su ternura con los corderitos indefensos, de su valentía contra los lobos hasta el punto de exponer su vida por nosotras, de lo lindo que es que nos llame a cada una por su nombre, de la confianza que nos tiene cuando nos deje ir adelante, porque sabe que nuestro instinto es infalible, el hecho de que no tenga miedo de darle palos a los mercenarios, que nos vigilan solo por interés, para vestirse con nuestra lana y tomarse nuestra leche, y que deje en evidencia a los que se disfrazan de oveja y hablan de la ley y la santa doctrina pero son fríos como lobos… También nos gusta cuando dice que somos muchas más de lo que parece, que Él tiene otros rebaños y que formaremos uno solo un día… Tantas cosas lindas que Jesús reveló de su corazón mirándonos a nosotras, humildes creaturas. Por todo esto, aun siendo personas como somos, no nos da ningún reparo hablar sintiéndonos “ovejas de Jesús, nuestro buen Pastor”. Y si alguna persona se anima a meterse en nuestra lana y a sumergirse en un rebañito para experimentar lo que es ser una más junto con todas, verá que es una linda experiencia de oración. Esta de rezar, decimos, haciéndose una con todas, como una oveja, haciéndose pequeño, como un corderito.

Dicho esto, no es que tengamos mucho más para decir, ni tampoco se trata de cosas que ustedes no sepan, pero viene bien que las digamos nosotras, hablando –aunque seamos incontables- como un solo rebaño, con un solo corazón y una sola fe.

Lo primero que se nos ocurre compartir es que las ovejas del evangelio somos ovejas comunes. Un rebañito nomás en cada lugar, pero que se sabe parte del Rebaño grande. Ese que nuestro Papa Francisco llama el santo Pueblo fiel de Dios, y que está esparcido por todas las naciones.

Esta conciencia de ser “comunes” es algo muy especial. Se reconoce de lejos. Nosotras nos damos cuenta enseguida y es muy divertido porque es al revés de lo que parece: hay gente que se siente común y que es muy especial y otra que se quiere hacer la especial y es de lo más ordinaria. Capaz que alguno no se ha dado cuenta, pero si se fijan bien, los famosos -de esos que caminan por la alfombra roja de Hollywood- en su afán de distinguirse por su vestido o su peinado, terminan siendo todos iguales. En cambio, la gente común, los mozos, las enfermeras, las maestras, esos que se visten todos iguales para dedicarse a su servicio, son todos únicos. Quién no recuerda a esa maestra única que tanto amó en su infancia, o a esa enfermera que lo curó con delicadeza o a ese mozo que lo reconoce y lo hace sentir apreciado apenas uno entra en un restaurant.

La segunda cosa a compartir es la gracia que tenemos de juntarnos. Muchos que nos ven acudir multitudinariamente a la plaza de San Pedro, en las Misas, las Audiencias y los Ángelus del Papa, no entienden cómo nos podemos juntar. Nos ven tan distintas entre nosotras… Algunos hasta se cuestiona si somos todas ovejas del rebaño católico, cuestionan por qué entonces no somos más practicantes… Es gracioso, porque entre nosotras no tenemos problemas. Nos aceptamos unas a otras, no importa de qué rebaño vengamos. Venimos a escucharlo a él, no a miramos entre nosotras. Aceptamos mansamente la compañía y la presencia de la de al lado, sin necesidad de fijarnos mucho en su aspecto ni juzgar sus comportamientos. Somos ovejas que, cuando nos silba un buen pastor, nos unimos como un solo rebaño.

Los que quieren ser “distintos”, no saben lo que se pierden. Lo lindo que es ser “una más del pueblo de Dios”, lo lindo que es poder unirse con otras ovejas, distintísimas de una y, aunque solo sea por unas horas, formar un único rebaño bajo un solo pastor.

Es divertido ver cómo algunos se ponen nerviosos al vernos unidas y no poder controlarnos ni aprovecharnos para la estadística. Hay algunos que nos valoran, valoran nuestra fe y nuestro amor a Jesús y a su vicario, pero tratan de sacar algún provecho de nuestra presencia. Cuando se nos acercan estos pastores, que no son mercenarios pero que tienen sus pequeños intereses privados, nosotras los esquivamos un poco. Logran juntar a algunas en un grupito por aquí, pero las otras nos corremos un poquito para allá… Ninguno puede juntarnos a todas.

Hay otros también que, como no aprecian al papa, nos disminuyen a nosotras, nos tratan de sentimentalistas. Nos llaman “ovejas”, precisamente, que para ellos significa “sin conciencia crítica”. Y “rebaño”, que para ellos es algo contrario a ser personas. Nosotras no nos enojamos. Ya cambiarán. Es que esta gracia – porque es una gracia- de juntarnos y de aguantarnos la juntada, no es algo espontáneo o que surja de primera. En general las que nos juntamos somos ovejas que “están de vuelta”. Si ustedes preguntan, casi todas tenemos alguna historia de habernos perdido y de haber sido buscadas y encontradas. Muchas fuimos de esas ovejitas perdidas que volvieron en hombros del buen pastor. Y en nuestra gran mayoría, somos parte de esas otras de las que Jesús dice: “también tengo otras ovejas, que no son de este redil; también a ésas las tengo que conducir y escucharán mi voz; y habrá un solo rebaño, un solo pastor” (Jn 10, 16). Es decir, somos las que nadie juntó ni vino nunca a buscar, pero no perdimos las ganas ni la nostalgia de que nos junten y por eso cuando se da la oportunidad y aparece un buen pastor, la aprovechamos.

Por último, y para no cansar demasiado, les confesamos que nos agrada que Jesús nos caracterice como “las que escuchamos su voz”. Nuestro testimonio no es otro que este: somos las que, en la voz de los buenos pastores, sabemos reconocer la Voz del Único Pastor. Nada más. Y nada menos. La voz lo es todo en el pastor. Y de modo particular en esta época, en la que las imágenes son más fáciles de manipular. ¿Vieron que el Señor, cuando resucitó, parece que a propósito se mostraba bajo apariencias diversas? Aparecía como jardinero, como un peregrino, como uno que parecía que quería comprar pescado… Pero cuando hablaba, lo reconocían. Sobre todo los más amigos, como Magdalena, cuando la llamó por su nombre (como a nosotras sus ovejitas); como Juan, apenas escuchó que les decía: “tiren la red a la derecha de la barca”. No es que su voz fuera reconocible “científicamente” –digamos- sino que “les iba haciendo arder el corazón” y, en algún momento, cuando pronunciaba alguna palabra especial, como el nombre de María, o cuando hacía algún gesto, como el de partir el pan, su voz se volvía inconfundible. Bueno, esa es la gracia que tenemos nosotras, las ovejas del pueblo fiel de Dios: que reconocemos su voz, en el sentido de algo que dice, en el momento en que lo dice y cómo –con qué tono- lo dice. Porque no vayan a creer que esto de reconocer la voz es algo así nomás. Piensen que hay gente que estudia teología toda su vida y no reconoce su voz. Parece increíble, pero es así: se saben toda la letra y no aciertan con el tono o con el momento histórico. También puede ser que como hablan solo entre ellos, y poco o nada con las ovejas comunes , de tanto discutir dando importancia a temas abstractos se les vaya perdiendo el gusto de reconocer la calidez de una voz…

Pero este problema de oído lo tienen también algunas ovejas. Creemos que es de tanto ver y escuchar pavadas por los noticieros. Es un problema personal. Cuando te gusta que te endulcen el oído o que te lo llenen de chismes y noticias escandalosas, la voz llana del pastor se te puede ir volviendo aburrida, poco convincente. Pero no es problema que pueda resolver él, ni gritando más ni respondiendo a todos sus acusadores. Es problema de cada oveja, de sus oídos.

El oído es menos objetivo que la vista. El oír está más inmediatamente ligado a “lo que uno quiere -ama- oír”. Por eso es que cuando el Señor dice que nosotras reconocemos su voz, en realidad nos está diciendo un piropo. Está diciendo que lo amamos mucho. Por eso es que lo sabemos reconocer.

Diego Fares sj

 

 

 

 

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El Señor designó a otros setenta y dos, y los envió de dos en dos para que lo precedieran en todas las ciudades y sitios adonde él debía ir. Y les dijo: «La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha. ¡Vayan! Yo los envío como a ovejas en medio de lobos. No lleven dinero, ni alforja, ni calzado, y no se detengan a saludar a nadie por el camino. Al entrar en una casa, digan primero: “¡Que descienda la paz sobre esta casa!” Y si hay allí alguien digno de recibirla, esa paz reposará sobre él; de lo contrario, volverá a ustedes. Permanezcan en esa misma casa, comiendo y bebiendo de lo que haya, porque el que trabaja merece su salario. No vayan de casa en casa. En las ciudades donde entren y sean recibidos, coman lo que les sirvan; curen a sus enfermos y digan a la gente: “El Reino de Dios está cerca de ustedes.”Pero en todas las ciudades donde entren y no los reciban, salgan a las plazas y digan: “¡Hasta el polvo de esta ciudad que se ha adherido a nuestros pies, lo sacudimos sobre ustedes! Sepan, sin embargo, que el Reino de Dios está cerca.” Les aseguro que en aquel Día, Sodoma será tratada menos rigurosamente que esa ciudad.»

Los setenta y dos volvieron y le dijeron llenos de gozo: «Señor, hasta los demonios se nos someten en tu Nombre.»

El les dijo: «Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo. Les he dado poder para caminar sobre serpientes y escorpiones y para vencer todas las fuerzas del enemigo; y nada podrá dañarlos. No se alegren, sin embargo, de que los espíritus se les sometan; alégrense más bien de que sus nombres estén escritos en el cielo.»

Y en aquel momento, exultó de gozo Jesús en el Espíritu Santo (Lc 10, 1-12; 17-21).

Contemplación

“Si somos ovejas venceremos, si nos convertimos en lobos seremos vencidos” (San Juan Crisóstomo).

Quizás sólo viniendo de Asís se pueda sentir que es verdad esto de que es bueno permanecer siendo ovejitas, esto de ir armados sólo con una misión, de dar paz a la gente y anunciar el Reino con alegría.

Quizás nunca haya sido tan consolador como hoy escuchar de labios de Jesús que lo de “estar como ovejas en medio de lobos” no es una situación terrificante o inevitable sino una misión.

Que estamos en medio de lobos no hace falta que lo diga Jesús.

La imagen del lobo solitario que va cargado de explosivos nos atemoriza al entrar en cualquier aeropuerto.

Las medidas económicas de muchos gobiernos se sienten como verdaderos zarpazos que le arrebatan a la gente que vive solo de su sueldo tajadas significativas de su limitado poder adquisitivo.

Cada tanto se vuelve patente el hedor de la corrupción que muestra cómo alguno estuvo rapiñando dinero para sí y escondiéndolo, literalmente, en guaridas y cuevas.

Los voces de muchos periodistas suenan más a aullidos que a comentarios y uno escucha como gruñen sus sarcasmos ideológicos amenazando a la manada rival.

Matar indiscriminadamente, dar zarpazos, rapiñar, aullar… son todas actitudes de lobo contra las que el Señor nos previene: si nos convertimos en lobos, perdemos.

Cuáles son las actitudes de ovejitas en medio de lobos?

Hay una de la que siempre habla el Papa y es caminar. Las ovejitas tienen que caminar. Y no solas sino todas juntas, así las puede proteger el pastor.

Por eso lo de ir ligeros de equipaje, sin dinero ni mochila ni calzado extra: caminar. La imagen “ no detenerse a saludar a nadie por el camino” nos habla de la misión de caminar. Si estamos en medio de lobos, la actitud de ovejitas es caminar…

La otra actitud, que también es central en el estilo de Francisco es la de dar la paz. Los mensajes suyos son de paz. Si la persona no es digna, la paz vuelve a él. Pero él no manda mensajes de guerra. Esto de Jesús de que los suyos dicen siempre y a todos: “que la paz descienda sobre esta casa”, es clave para distinguir a un cristiano. Jesús agrega que si hay allí alguien digno de la paz, esa paz reposará sobre esa persona y si hay alguien que no es digno o la rechaza, la paz volverá a nosotros. Pero a nosotros no nos toca discernir a esta casa sí y esta no. La paz de Jesús se desea a todos y se da a todas “las casas”. Podríamos decir: a todos los pueblos, a todas las culturas, a todos los grupos –sociales, religiosos, políticos, de género, de ideas y modos de accionar- a todos.

Luego de estas dos actitudes de ovejitas, la de andar siempre caminando y caminando como los rebaños con su pastor y la de dar la paz porque un rebañito de ovejas nunca puede dar miedo o generar violencia, sino que de su vista misma y de su modo de moverse emana paz, vienen otras actitudes que el Señor señala.

Una es la de entrar en las casas y permanecer un tiempo en ellas, compartiendo la comida. Es como decir que la actitud de paz no es algo que se da de lejos sino que requiere convivir, visitar, ser recibido, compartir. En ese tiempo el Señor nos hace poner especial atención a “curar a los enfermos”. Uno ve esta dedicación en el Papa Francisco que, en medio de la gente, saludando a todos, se detiene especialmente a acariciar y abrazar a los enfermos.

En este clima de paz y de cuidado por los más débiles, viene la misión de “anunciar el Reino”. El Reino no se anuncia como un estado de cosas sino como una cercanía. El reino no se instala sino que camina con los enviados y genera ese clima de paz y de obras de misericordia. Camina, no se impone: el que lo desea tiene que “entrar” por sí mismo. Y cada día se tiene que entrar y, si uno no desea permanecer puede salir.

No es un reino con papeles, visados, scanners y muros. Es más bien un reino en marcha: no se instala en nuestro territorio sino que nos pone a nosotros en camino. Camina a paso lento, como un rebañito de ovejas. Pero no se detiene a ocupar espacios sino que siempre está en movimiento.

Jesús dice que si alguno no recibe este anuncia ni se deja cautivar por esta cercanía, la actitud más “agresiva” diríamos es “sacudirse hasta el polvo de las sandalias” y seguir camino, remarcando no obstante que “el reino está cerca”.

Esta actitud de darle para adelante, de no detenerse a discutir, es lo que a algunos les desespera, literalmente, del Papa Francisco. Se ve en la exasperación de los comentarios, en las palabras fuertes, en las frases altisonantes, en la satisfacción que manifiestan cuando creen que lo atraparon en un error “in-dis-cu-ti-ble”.

El Papa les regaló la Amoris Laetitia a las familias y las que la gozan y se alimentan de sus palabras mansas y llenas de paz familiar, son bendecidas, y las que no, se la pierden por ahora, pero sepan que “está cerca” –que la “Alegría del amor familiar” está cerca-.

A los que discuten frases y citan definiciones antiguas, el papa los deja hablando solos. Ya se puso en camino a otras periferias y está planeando nuevos anuncios evangélicos para los pequeñitos.

Este seguir para adelante es tan suave que ni siquiera se nota que se sacude el polvo de los zapatos, pero el gesto está, aunque sea tan leve como cuando una ovejita sacude las patitas. Ni siquiera aquí hay la más mínima actitud de lobo. Respecto de esas preguntas impertinentes que algunos dejan picando el aire –al estilo de “cómo puede ser que haga esto”-, alguien dijo: este papa no responde preguntas sino que las plantea. Es ese gesto tan evangélico del Señor ante toda pregunta tramposa, de pegar media vuelta e irse a otra parte, a hablar con la gente que está interesada en recibir un evangelio.

La última actitud “de ovejita” con que el Señor remacha su envío misionero hace a la manera de cantar victoria: no se alegren porque el demonio se les someta sino porque sus nombres están escritos en el cielo.

Por tanto: nada de triunfalismos ni de revanchas de ovejas que festejan como lobos.

Caminar y caminar, dar la paz, quedarse con la gente y cuidar a los enfermos, anunciar la cercanía del reino, seguir adelante sin discutir, festejar sin revanchismos… Cada una de estas actitudes genera un ámbito vital que se expande como un reino por sí mismo. Son actitudes que dilatan el corazón y abren un espacio social distinto.

Lucas corona este envío misionero diciendo una frase misteriosa: “Y en aquel momento, exultó de gozo Jesús en el Espíritu Santo”.

El Señor confirma con el gozo la misión, el enviarnos así, como a ovejitas en medio de lobos. Nada confirma más que ver no solo alegría en los ojos del que nos envió sino ver que “exulta de gozo” cuando regresamos y le contamos lo que hicimos y cómo lo hicimos.

Esa imagen de Jesús exultando de gozo en el Espíritu Santo es la imagen evangélica más poderosa del nuevo testamento. Equivale a la Transfiguración, pero ésta no es solo ante los tres grandes amigos –Pedro, Santiago y Juan- sino ante los 72 discípulos y discípulas, ante la Iglesia que sale.

Dicen algunos que no entienden nada que Jesús nunca sonríe en el evangelio. Podemos imaginar de otra manera que con su mejor sonrisa a este Jesús que exulta de gozo en el Espíritu Santo?

Esta alegría y este gozo es su única arma, la que disuelve todo temor y quita todas las ansiedades, sospechas y escrúpulos.

Y el Señor nos la regala a los discípulos y discípulas que en misión fueron como ovejitas en medio de lobos y no se contagiaron de los lobos: volvieron como ovejas al seno de su Buen Pastor.

Diego Fares sj

 

 

 

 

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