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“En aquel momento de gracia Jesús dijo:

Te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra,

y concuerdo plenamente contigo en que

habiendo ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes

se las has revelado a los pequeñitos.

Sí, Padre porque así lo has querido.

Todo me ha sido dado por mi Padre

y nadie conoce al Hijo sino el Padre,

así como nadie conoce al Padre sino el Hijo

y aquel a quien el Hijo se lo quiere revelar.

 

Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados,

y Yo les daré un descanso.

Tomen el yugo mío sobre ustedes

y aprendan de mí,

pues soy manso dulce, pacífico y humilde de corazón,

y  encontrarán alivio para sus almas,

pues mi yugo es suave

y mi carga liviana” (Mt 11, 25-30).

 

Contemplación

 

Este pasaje tan consolador del Evangelio, en que Jesús homologa lo que hace al Padre, que oculta sus cosas a los sabios y prudentes y se las revela a los pequeñitos –al pueblo fiel de Dios-, Mateo y Lucas lo ponen en contextos diferentes.

Siempre lo he relacionado con la misión de los setenta y dos discípulos que regresan después de haber predicado el reino y Jesús, “lleno de gozo en el Espíritu Santo”, exclama: “Yo te bendigo, Padre”. Pero en Mateo, el contexto es diferente. Jesús dice estas palabras después de una dura crítica a su generación, a la que no hay “nada que les venga bien” y de una fortísima maldición: “Se puso a maldecir a las ciudades en las que había realizado la mayoría de sus milagros, porque no se habían convertido” (Mt 11, 20).

Jesús se da cuenta de que sólo la gente sencilla, los pequeñitos, lo reciben y lo escuchan, mientras que muchos que son gente de peso en la sociedad, lo cuestionan y no se quieren convertir. Entonces, toma la palabra y bendice al Padre. Lo “homologa” dice Mateo. No solo no se queja de que las cosas vayan así, de que haya desprecio y críticas de los “sabios y prudentes”, sino que le parece que esto es parte del plan de su Padre y concuerda plenamente con Él. Está bien que sea así. Lo importante es que lo acojan los pequeñitos.

Y como esos pequeñitos son los que están cansados y agobiados, oprimidos por el peso de la vida y la falta de ayuda de la sociedad, a ellos dirige el Señor toda la compasión, toda la ternura y la misericordia de su Corazón: “Vengan a mí, dice, todos los que están fatigados y agobiados, que yo los aliviaré”.

Veamos el accionar de Jesús: juzga, maldice, bendice y compadece.

Juzga a su generación duramente.

Maldice sin contemplaciones: “Y tú Cafarnaún, hasta el cielo te vas a encumbrar? Hasta el infierno te hundirás”.

Bendice y alaba al Padre con toda la alegría de su corazón.

Y se compadece tiernísimamente, con dulzura y mansedumbre, de los más miserables y agobiados.

El corazón humilde y manso de Jesús posee una energía indescriptible que podemos vislumbrar en este “ponerse a maldecir” y en este “llenarse de gozo”. Es capaz de una ironía demoledora –“ustedes son como esos adolescentes a los que no hay nada que les venga bien- y de una pedagogía suave –“aprendan de mí, que soy dulce y pacífico de corazón”.

El Padre Cantalamessa pone este ejemplo: “Cuanto más alta es la tensión y más potente la corriente eléctrica que pasa por un cable, más resistente debe ser el aislante que impide a la corriente descargarse al suelo o provocar cortocircuitos. La humildad en la vida espiritual es este gran aislante que permite a la corriente de la gracia divina pasar a través de una persona sin disiparse, o lo que sería peor, provocar llamaradas de orgullo o de rivalidad”.

La humildad custodia los carismas. Hace que fluyan para bien común. El mal espíritu en cambio o trata de que su energía se disipe y se malgaste o tienta para que quemen al mismo agraciado, por el orgullo y la vanidad, o hace que susciten peleas de envidia, competencia y agresividades, con los que tienen otros carismas.

El Padre se revela a los humildes por medio de su Hijo humilde.

El pueblo fiel de Dios tiene esta gracia de encauzar bien la fuerza de la gracia para bien común y de resistir al mal pacíficamente. En estas actitudes se concreta esa gracia del Espíritu Santo que hace que el pueblo fiel sea infalible in credendo, como siempre recuerda el Papa Francisco.

No hay que interpretar esto como si se dijera que el pueblo fiel escribe o hace de árbitro en las discusiones de los teólogos.

Los sabios y prudentes se burlan un poco de la fe de la gente porque sus formulaciones y su estética les parecen poco elaboradas.

Sin embargo, bajo este “aislante” humilde de la religiosidad popular, que recicla lo que encuentra más a mano para revestir su vida, corre una corriente poderosa de revelación pura del Padre y un aprendizaje profundo de la caridad y la misericordia de Jesús.

La gente seria de la época del Señor consideraba que la gente lo seguía porque era un milagrero, un populista, diríamos hoy. Jesús en cambio, valoraba la fe de la gente como un don único del Padre.

Ahora bien, la categoría de pequeñitos hay que entenderla bien, literalmente. Los pequeñitos no son pequeñitos “de estampita”. Son los “nepioi”, que quiere decir los inmaduros, los ignorantes, la mano de obra no cualificada.

Se oponen a los “teleioi”, que son los perfectos, los más avanzados, los cultos y capacitados.

Estos defectos y virtudes comunes se transforman al “tocar” a Cristo. Lo que es positivo mundanamente hablando pareciera que se convierte en negativo. Y viceversa: lo que para el mundo no cuenta, pareciera que es lo que más ayuda a “descubrir” y “valorar” quién es Jesús.

Paradójicamente, son nuestros pecados los que nos ayudan a experimentar la misericordia de Jesús. El que considera que no tiene ningún pecado “grave” –como se dice-, se impermeabiliza para con la misericordia. En cambio, el que está “fatigado y agobiado”, encuentra en Jesús un descanso.

Una categoría que quizás ayuda es la de “ordinario”, con la carga negativa que puede contener. El Padre le revela a Jesús a la gente ordinaria.

Ordinaria en el sentido de que “no se la cree”: no se siente superior a otros.

Esto de creérsela es algo que atraviesa todas las clases sociales y todas las edades de la vida. Lo decimos: es un niño “creído”. Los futbolistas valoran a uno que juega bien y es humilde: “no se la cree”. La gente se da cuenta cuando el cura que predica “es creído”. Las modelos, cuando critican a otra dicen: “quién se cree que es esa”. Entre los compañeros de trabajo se distingue al que se cree superior, siendo que es un empleado como cualquiera.

En penúltima instancia, si uno se la cree o no sólo lo puede ir juzgando cada uno en la intimidad de su conciencia. Y, en última instancia, sólo el Señor nos lo puede hacer ver con su misericordia infinita.

Como lo de “creérsela” tiene mucho de comparativo, es fluctuante ver cuánto nos la creemos si solo nos comparamos con los demás. Por eso Jesús es la piedra de toque.

Jesús y también sus santos –los especiales, sí, pero sobre todo los santos ordinarios, la gente buena que da la vida con amor.

¿Qué quienes son los santos ordinarios?

Si usted es de los que hacen esta pregunta, entonces está en el horno (el de la credidurez). Porque el termómetro para ver hasta dónde uno es humilde o se la cree es uno que mide lo siguiente:

Cuanto más gente mejor que uno reconoce uno, menos se la cree.

Y cuanto menos gente mejor que uno reconoce uno, es que más se la cree.

Porque Jesús es un Jesús presente en los ordinarios, no hay otro Jesús que este.

Por eso hablo de la gente que nos rodea. Con la cual convivimos. No estoy hablando de reconocer que Messi sabe más de fútbol que un comentarista (y aquí hago un excurso porque hay comentaristas –profesionales y de café- que consideran que Messi juega mejor que ellos, por supuesto, pero que sus opiniones sobre el seleccionado son totalmente erróneas y parciales. He escuchado decir que se rodea solo de sus amigos y los protege, aunque el seleccionado pierda, y que en el fondo es un egoísta que no quiere a su patria. Por supuesto que te muestran una foto en la que se ve que no cantó el himno. Pero, digo yo, cuando alguien habla así, ¿de qué está hablando? Ciertamente, no de fútbol. Porque puede ser que Messi tenga sus ideas de lo que es mejor y puedan discutirse, pero pensar que “no sabe” es confundir un saber abstracto con el saber vital. Estos sabios y entendidos preferirían hacernos ver un partido de play-station, armado por ellos, a un partido real. Y pensar que no le gusta jugar, ganar y ganar con el seleccionado, es signo de una ceguera de tal magnitud que sólo la soberbia o el interés económico pueden justificar. Y, sin embargo, hay gente que se traga esos discursos y cuando lo ve a Messi cansado o deprimido en un partido en el que no le salen las cosas, en vez de sentir que a él le debe doler más que a uno, porque él está en la cancha, le viene a la mente el discurso perverso que le inocularon y dice: este no quiere a la Argentina).

La alegoría futbolística, si ayuda a discernir, bienvenida sea. Y si no, como decía mi abuela de la leche caliente con miel y cognac cuando uno tenía tos: aunque no te cure del todo, vos tomala que hace bien y es rica.

Hay una frase de Einstein que viene bien para terminar la contemplación de hoy. Decía el genio: “Mi religión consiste en una humilde admiración del ilimitado espíritu superior que se revela en los pequeños detalles que podemos percibir con nuestra frágil y débil mente”.

No dudo de que al Señor, esta frase le habrá encantado.

Diego Fares sj

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Trinidad.jpg

En aquel tiempo dijo Jesús a Nicodemo:

Tanto amó Dios al mundo

que le dio a su Hijo unigénito

para que todo el que cree y confía en Él no muera

sino que tenga vida eterna.

Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo

sino para que el mundo se salve por él.

El que cree en Él, no es condenado,

el que no cree, ya está condenado,

porque no ha creído en el Nombre del Hijo unigénito de Dios (Jn 3, 16-18).

Contemplación

Si uno mira el evangelio de hoy, en que el tema daría para un tratado sobre la Trinidad que podría llevar varios tomos, ve que la Iglesia elige un textito de nada en el que sólo se nos dice que Dios amó tanto al mundo que le dio a su Hijo para que confiando en Jesús nadie se muera, sino que todos tengan vida. Ni se mencionan las Tres divinas Personas. Solo un adverbio de cantidad –“tanto”- para hacernos sentir el peso suave de un amor incondicional: nos dio a su Hijo, a Jesús. Qué más se puede dar.          Es propio de Jesús esto de “engrandecer al Padre” –“¡nos amó tanto!”. También es propio suyo “quitar peso a nuestros pecados”, ejercitar la misericordia que suaviza la ley. Él es como el administrador infiel que le hacía agarrar los recibos a los deudores de su amo y donde en uno estaba escrito “cien barriles de aceite”, él le decía “anota 50”, y donde el recibo de otro decía “100 sacos de trigo”, él administrador se lo devolvía: “Mira, toma tus recibos y anota sólo ochenta”. Esta manera de “decir la verdad rebajando la obligación” permite a la persona sentir la presencia amorosa del Señor y recomenzar de nuevo desde una moral interior, movida por el amor.

En el oficio de lecturas de hoy sábado Santo Tomás cita a San Agustín que dice: “es mejor andar rengueando por el Camino que correr fuera de él. Porque el que va por el Camino –que es Jesús-, aunque avance poco, porque renguea, se acerca a la meta”. Me conmovió esto de: “aunque avance poco”. Me sentía identificado. Me venía la imagen de la peregrinación a Luján: de esas personas que uno al pasar los ve caminar totalmente acalambrados. Cómo arrastran los pies y otro los sostiene y los ayuda a ir adelante. Los pies son un desastre, pero en la cara se les ve que solo sienten “la meta”. Engrandecer a la Virgen les hace disminuir el dolor…

Nos centramos, pues, en ese “tanto” del amor de Dios.

El Padre no nos dio otras tablas con mandamientos y leyes. Nos dio a Jesús.

Nuestro Padre del Cielo no nos dio un tratado de teología. Nos dio a Jesús.

Y la Alegría del evangelio (“Evangelii gaudium”) de la carne frágil del Niño Jesús, que su Madre envolvió en pañales y recostó en un pesebre, se la anunció a los pastorcitos de las periferias de Belén, no a los escribas y fariseos de la corte y del templo.

Nuestro Padre no nos dio un tratado de moral sexual. Nos dio a Jesús.

Y la Alegría del amor (“Amoris laetitia”) que envolvió la infancia y la adolescencia de Jesús, quedó sellada en la intimidad familiar que sus padres –José y María- vivieron lejos de las miradas indiscretas de los demás.

El lieto anuncio de lo que llamamos “la vida oculta”, es que cuando una pareja se ama y Dios la bendice con la vida nadie debe meterse a opinar perturbando desde afuera. Nunca debemos olvidar que en el silencio de María y en el sueño de José, lo que a los ojos de la ley era motivo de excomunión se convirtió en un “no temas tomar a María tu esposa porque el que ha sido generado en ella por el Espíritu es santo (Mt 1, 20).

El Padre nos dio a su Hijo gracias a que María se bancó las miradas y los chusmeríos de la gente (que saldrían a la luz con toda su hiel en la vida adulta del Señor cuando regresó a Nazaret y en sus discusiones con los fariseos, que le dijeron que ellos no eran hijos de prostituta).

El Padre nos dio a Jesús gracias a que José no se atuvo a la ley y se jugó por un sueño, en una sociedad en la que la puerta del juez estaría abierta para redactar un acta de repudio con puntos y comas ya que todo era público y estaba catalogado con la precisión con que solo la ley judía puede hacerlo.

Nuestro Padre nos dio a Jesús y Él, su Hijo amado, para revelarnos a ese Padre suyo y Padrenuestro, no se le ocurrió mejor cosa que rezar delante de la gente diciendo Alabado Seas (“Laudato si’”) mi Señor . Y agradecerle y alabarlo porque hace salir el sol sobre buenos y malos, alimenta a los pajaritos del cielo, cuidando que no caiga ni un solo sin estar Él en persona presente, y viste a los lirios del campo mejor de lo que se visitó el rey Salomón.

El Padre nos dio a Jesús y Jesús se puso a enseñar a la gente:

– que Dios es un Padre que hace fiesta a los hijos pródigos y les tiene infinita paciencia a los hijos conservadores;

– que Dios es un Padre que sale a buscar trabajadores para su viña y no se fija mucho en los contratos;

– que Dios es un Padre que invita a todos a la fiesta de bodas de su hijo y regala entradas y trajes de fiesta.

El Padre nos dio a Jesús y Jesús, después de hacer todo lo posible por “suavizar la ley” -no para que no se cumpliera sino para darle la oportunidad a la gente de cumplirla entera, pero de corazón y a su propio ritmo-, al final, no pudiendo ya dar más, se dio a sí mismo en la Eucaristía –lavando los pies y partiendo el pan- como signo concreto y real de ese “amor tan grande” –de ese “tanto”- del Padre.

Jesús, al igual que el Padre, nos amó “hasta el extremo”. Y la mejor palabra para hacer ver este amor es ese mismo adverbio: “tanto”.

Jesús nos amó tanto que nos dio su Palabra, su compañía, sus sentimientos, su estilo, su carne, su servicio, su vida, a su Madre… Y, por si fuera poco, Él y el Padre nos dieron su Espíritu.

Al decir su “Espíritu” se nos agranda el Don y hay que tener cuidado porque, como todo gran regalo puede hacer que “hasta el santo desconfíe”. Por eso el Espíritu, si bien tiene algunos Pentecostés y a veces se deschava y se vuelve Efusivo, gradúa ese “tanto” del Padre y de Jesús y lo convierte en un “tanto cuanto”. Como dice Ignacio: nos manifiesta el Amor discretamente.

Discreción no significa para nada “términos medios”, tibieza o “nivelar por lo bajo”. Nada de eso. Caridad discreta significa mirar el bien del otro, no a sí mismo ni a la ley en abstracto. El Espíritu se vuelca y se da totalmente a todos según la capacidad de cada uno. El Espíritu es especialista en hacerse a la medida a cada persona: toma su paso, se “incultura”, se “hace todo a todos”.

Como el Espíritu del Padre y de Jesús es Alguien que no se mira a sí mismo, por eso el mundo no lo ve ni lo percibe; porque el mundo cuando dice “espíritu” piensa en un yo cuya soberbia hace girar el mundo en torno a su vanidad y a su poder. El Espíritu del Padre y de Jesús, en cambio es común, es inclusivo, unifica al pueblo fiel de Dios y da a cada uno un carisma para el bien común. El Espíritu es el “tanto” de Dios convertido en “tanto cuanto”: tanto cuanto puede cada uno recibir, tanto cuanto uno pueda dar las gracias que recibe.

El “tanto cuanto” –que se adapta perfectamente a cada persona y a cada pueblo- actúa en lo grande y en lo pequeño. Y lo hace en un nivel de magnitud que se nos escapa: lo macro, porque actúa en la Iglesia y en los pueblos a una escala que cuesta ver. A veces un cambio tarda dos milenios –como el tomar conciencia de que no se pueden bendecir las guerras- y otras veces el cambio se da en un microsegundo, como cuando Hurtado vio a ese pobre aterido de frío, le dio su sobretodo y supo que era Cristo, o cuando la pequeña Jacinta de Fátima comprendió que podía ofrecer sacrificios por los pecadores.

El Espíritu revela la verdad a algunos a sorbos y a otros lanzándolos a mar abierto.

El Espíritu enciende en algunos la fe como una velita y en otros es un fuego que enciendo otros fuegos.

El Espíritu hace rezar a algunos con las palabras de las oraciones aprendidas de niño y a otros los hace hablar y cantar en lenguas desconocidas, pura expresión de afecto y amor.

El Espíritu ayuda a los pobres creando y sosteniendo instituciones de caridad estructuradas y visibles y también con gestos personales, de esos en los que la mano derecha no sabe lo que dio la izquierda…

El Espíritu sopla donde quiere y cuando quiere y es Soberano en su modo de unir a los hombres, de enseñar a servir y de hacer adorar. Gracias a Dios, no se lo puede enjaular, como dijo el Papa a los carismáticos.

Bendita sea la Santísima Trinidad: el Padre misericordioso, el Hijo, Jesús, nuestro Señor y el Espíritu Santo Consolador.

Diego Fares sj

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Jesús fatigado del camino se había sentado junto al pozo (de Jacob). Eran como las doce del mediodía. Llega una mujer samaritana a sacar agua y Jesús le dice: Dame de beber” (pues sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar algo para comer).

La samaritana le dice: ¿Cómo tú, que eres judío, me pides de beber a mí que soy una mujer samaritana?” (Porque los judíos no se tratan con los samaritanos).

Jesús le respondió: Si conocieras el Don de Dios y quién es el que te dice ‘dame de beber’ tú le habrías pedido a Él y te habría dado agua viva.

Le dice la mujer: “Señor, no tienes con qué sacar agua y el pozo es profundo ¿de dónde sacas entonces agua viva? Es que tú eres más que nuestro padre Jacob, que nos dio el pozo y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?

Le respondió Jesús: Todo el que beba de esta agua volverá a tener sed, pero el que beba del agua que yo le dé no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé se convertirá en él fuente de agua que brota para vida eterna.

Le dice la mujer: Señor, dame de esa Agua, para que no tenga más sed y no tenga que venir aquí a sacarla.

Jesús le dice: Ve, llama a tu marido y vuelve acá.

Respondió la mujer y dijo: No tengo marido.

Le dice Jesús: Dijiste bien que no tienes marido, porque has tenido cinco maridos y el que ahora tienes no marido tuyo; en eso has dicho la verdad.

Le dice la mujer: Señor, veo que tú eres un profeta. Nuestros padres adoraron a Dios en este monte y ustedes dicen que en Jerusalén es donde se lo debe adorar.

Le dice Jesús: Créeme, mujer, llega la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adorarán al Padre.

Ustedes adoran lo que no conocen. Nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero llega la hora (ya estamos en ella) en que los adoradores verdaderos adorarán al Padre en Espíritu y en verdad, porque así quiere el Padre que sean los que lo adoren. Dios es Espíritu y los que lo adoran deben adorarlo en Espíritu y en verdad.

Le dice la mujer: Yo sé que va a venir el Mesías, el llamado Cristo. Cuando él venga nos anunciará todo.

Le dice Jesús: Yo soy, el que habla contigo”.

En eso volvieron sus discípulos y quedaron sorprendidos de que estuviese conversando con una mujer, pero nadie le dijo “qué preguntas” o “qué hablas con ella”. La mujer dejando su cántaro, corrió a la ciudad, y dijo a la gente: Vengan a ver un hombre que me dijo todas las que hice. ¿No será éste el Cristo?” Y salieron de la ciudad y venían donde él.

Muchos samaritanos de aquella ciudad creyeron en él por las palabras de la mujer que atestiguaba: “Me ha dicho todo lo que he hecho”. Así como llegaron a él los samaritanos le rogaban que se quedase con ellos. Y se quedó allí dos días. Y muchos más creyeron por la palabra de él. Y le decían a la mujer: “Ya no creemos por lo que tú nos has dicho pues por nosotros mismos hemos oído y sabemos que él es verdaderamente el Salvador del mundo” (Jn 4, 5-42).

Contemplación

Adelanto de Pentecostés

“Si conocieras el Don de Dios…”.

La Samaritana “adelantó” algo que el Señor tenía planeado para después de su ascensión al Cielo. Ella le pidió a Jesús el Don del Agua viva, al mismo tiempo que charlaba y le daba de beber. La Samaritana confesó su pecado y fue instruida por el Señor –el Cristo, como ella dice- en lo que respecta a la adoración en Espíritu y en verdad.

El evangelio nos dice que hubo un momento en el que se juntaron muchas cosas. Contemplemos la secuencia:

* Jesús apura la charla. Apenas ella le dice “Dame de esa Agua”, el Señor cambia de tema: le manda que se vaya, que llame a su marido y que regrese.

Es como hacer ver que la cosa puede ir para largo.

Pero la mujer confiesa directamente: “No tengo marido”.

Es una frase seca.

Como era ella, se ve que tenía la ocasión servida en bandeja para comenzar a dar vueltas y explicarle al Señor lo complicada que había sido su vida…

Sin embargo, le larga su verdad más honda con una sola frase: No tengo marido.

*Jesús se ve que se admira, porque cambia de nuevo la marcha.

Ya no le insiste en que vaya a buscar su marido, sino que con infinita delicadeza le habla siguiendo esa pedagogía del “dulce, salado, dulce”. La alienta con un dulce: “Bien has dicho”; mete la salada explicitación de los cinco maridos, que dejan clara una vida tumultuosa, no solo para la vida de un pequeño pueblo; y concluye con el dulce: “En eso has dicho la verdad”, que no solo es un elogio sino una invitación a decir la verdad en otras cosas profundas suyas, no solo en su pecado.

Y ella se anima y nos sorprende a todos sacando el tema de la adoración!

Debo decir que creo que es la primera persona que le saca este tema a Jesús.

* Y se ve que al Señor le encanta, porque no solo cambia de marcha, sino que acelera. Como hizo en Caná, motivado por ese diálogo con su Madre que lo llevó a adelantar su hora. Pero ante el alma abierta de la Samaritana, en la que siente el agrado del Padre, el Señor adelanta nada menos que Pentecostés.

Vemos como le empieza a decir que “llegará la hora” de un nuevo modo de adorar y de golpe –como si Él se diera cuenta de lo que está sucediendo, de lo que ha desencadenado la Samaritana- le dice: “ya estamos en esa hora, en que los adoradores verdaderos adorarán al Padre en Espíritu y en verdad”.

Ella le ha dicho la verdad y el Señor le revela que al Padre le agradan las personas que lo adoran en la verdad. Que el Padre quiere personas como ella, como la Samaritana, eso es lo que le está diciendo.

* Y a continuación agrega el Señor la frase: “Dios es Espíritu y los que lo adoran deben adorarlo en Espíritu y en verdad”.

Al decir esta frase, vemos que las cosas se precipitan: la mujer insinúa su confesión acerca del Mesías y Jesús, que a nadie le confesaba esto, sino que más bien pedía que se guardara el secreto, a ella se lo confiesa claramente: “Yo soy, el que habla contigo”.

* En ese instante llegan los discípulos y se corta el diálogo, porque todos quedan sorprendidos.  Mientras ellos miran a Jesús y de alguna manera le “hacen sentir” que algo no encaja, la samaritana aprovecha, deja su cántaro y sale corriendo a llamar a su pueblo.

En alguno de esos instantes, el Don de Dios –el Espíritu- descendió sobre ella en este Pentecostés interior.

Y nuestra querida Samaritana, convertida, perdonada e instruida en la fe, corrió a evangelizar a todo un pueblo y se lo trajo a Jesús.

* La gente recibió el Espíritu Santo. No recibieron sólo un anuncio previo… Le dicen: “Ahora nosotros mismos hemos oído y sabemos que Jesús es verdaderamente el Salvador del mundo”. Tiempo después, en su carta, Juan dirá: “En esto nos damos cuenta de que estamos en Él y Él en nosotros: en que nos ha hecho Don de su Espíritu” (1 Jn 4, 13).

Decíamos que la palabra Don es el mejor nombre para esta Tercera Persona que Jesús y el Padre nos anuncian que nos donarán. En el pasaje de la Samaritana lo vemos como Don en acción. No como una cosa que se nos regala sino en el acto de donarse. Y lo vemos porque la Samaritana se transforma en una persona que se dona. Es decir, se convierte en una persona espiritual, lo cual no quiere decir en una persona que pone cara de devota o es muy compuesta y nos mira desde arriba, sino en una persona que se dona entera. Que sale corriendo a anunciar el evangelio y arrastra con su entusiasmo a la gente hasta ponerla con Jesús.

Don es el mejor nombre para nombrar la Persona del Espíritu Santo 

“Qué debemos hacer, hermanos” -preguntaba la gente con el corazón compungido a los apóstoles, cuando salieron a predicar luego de Pentecostés. “-Conviértanse… y recibirán el Don del Espíritu Santo”-, les dijo Pedro (Hc 2, 38).

Don, por tanto, pero no como una cosa que se nos pone en las manos, sino como “don de sí”. El Espíritu es el que, donándosenos Él mismo, nos hace comprender que Dios es el Padre que nos donó la vida y que Jesús es Pan que se nos dona y Hermano que nos enseña a vivir donándonos a los demás. Esto, que Dios es Don, nos lo enseña y comunica el Espíritu dándosenos personalmente.

A nosotros nos resulta difícil imaginar a una persona que sea “puro don”. Nosotros tenemos necesidad de “guardarnos” algo, por así decirlo. Si nos donáramos enteros, desapareceríamos. Nosotros necesitamos recibir, no podemos ser “puro don”.

Quizás por eso es que el Espíritu “se nos escapa”. No lo podemos imaginar como ese tú tan humano, que es Jesús: uno que se sienta a hablar con la Samaritana y le pide “dame de beber”.

En ese sentido, el Espíritu es lo “menos humano” y lo “más Dios” de Dios. No quiero decir que sea “inhumano”. Todo lo contrario. El Espíritu es el que nos humaniza, enseñándonos a ser para los demás. Pero ser Espíritu es lo más propio de Dios y en este sentido es lo más misterioso: no lo podemos “cosificar”. Es puro viento-fuego-agua; pura pasividad y pura acción, puro amor.

No quiere decir que no tenga rostro: pero es más bien “todos los rostros”, es el rostro del pueblo de Dios en marcha, el rostro que, para poder tener los rasgos de todos los rostros, no se dibuja de modo particular.

Se nos escapa, pero no es porque sea como esas amas de casa que nos invitan a comer y no paran de servir, de modo que en cierto momento uno les dice: “Sentate un poco. Vení a charlar”. No es que el Espíritu no tenga tiempo para sentarse a charlar de “sus cosas”.

Lo que pasa es que no “tiene cosas suyas”, no tiene cosas para decirnos que no sean las de Jesús. Una, porque en Jesús el Padre nos dijo todo. Otra, porque bastante trabajo tiene con hacer que cada cosa sea comprensible y eficaz en cada momento, en cada situación y para cada persona.

Nosotros no entendemos a Alguien que diga que “no tiene algo propio para decir”. Porque en toda conversación, si no tenemos algo nuestro para decir o no nos dejan decirlo, perdemos interés. Pero en el Espíritu se ve que esto funciona diferente: él estuvo en el origen de todo lo que dijo y reveló Jesús y es el que está en el origen de que nosotros lo entendamos. Es como un buen maestro que no nos cuenta su vida, sino que nos enseña las materias; y nos enseña también el modo de aprender y a leer, a escribir y a  pronunciar… Y no por eso es menos un tú, aunque acalle lo suyo personal y se haga a nosotros, para enseñarnos lo que necesitamos aprender.

Cuántos maestros y maestras en los que no pensamos todo el tiempo, pero que apenas hacemos memoria, vemos dibujarse su rostro o escuchamos su voz. Rostros y voces que están indisolublemente mezcladas con las materias y las técnicas que nos enseñaron.

Al Padre le agrada la gente que adora

El Espíritu nos enseña a creer, y a Jesús le encanta la gente que confía en Él. El Espíritu nos enseña a donarnos, en el servicio y en la adoración. Y al Padre le agrada la gente que sirve a sus pequeñitos y que adora.

Le agrada especialmente la gente que se siente pequeñita y poca cosa, y por eso lo adora a Él como un hijito pequeño adora a su mamá y a su papá.

Al Padre le agrada la gente que lo adora al levantarse, besando el crucifijo y tocando con la frente el suelo.

Al Padre le agrada la gente que lo adora en medio del trabajo, que se para un instante y le muestra su rostro sonriente a Dios (como si uno se sacara una selfie sólo para que la vea el Padre en lo secreto, para que vea que su hijo o su hija están contentos con él).

Al Padre le agrada la gente que lo adora a la noche, dándole gracias por el día y poniéndose en sus manos.

Al Padre le agrada la gente que lo adora sirviendo a los demás, que trata a los demás como a hijos de Dios y los ayuda en todo. Especialmente le gusta la gente que enseña a otros a adorar. Como hizo la Samaritana, acerca a su pueblo a Jesús. Así hacemos nosotros cuando enseñamos a nuestros hijos a adorar a Dios.

Diego Fares sj

 

 

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Jesús tomó (en su compañía a sus amados discípulos),

a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan,

y los llevó aparte a un monte elevado.

Allí se transfiguró en presencia de ellos:

su rostro resplandecía como el sol

y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz.

De pronto se les aparecieron Moisés y Elías, hablando con Jesús.

Pedro dijo a Jesús: «Señor, ¡qué bien estamos aquí! Si quieres, levantaré aquí mismo tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.»

Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra

y se oyó una voz que decía desde la nube:

«Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección: escúchenlo

Al oír esto, los discípulos cayeron con el rostro en tierra, llenos de temor.

Jesús se acercó a ellos y, tocándolos, les dijo: «Levántense, no tengan miedo.»

Cuando alzaron los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús solo.

Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó: «No hablen a nadie de esta visión,

hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos» (Mt 17, 1-9).

Contemplación

¡Escúchenlo!

Esta es la Palabra del Padre para todos los hombres: Escuchen a mi Hijo, escuchen a Jesús.

Toda la escena de la transfiguración apunta a inculcar para siempre este mensaje: tomar aparte a sus amigos, llevarlos consigo al monte Tabor, la transfiguración del Señor que se muestra en toda su gloria, la aparición de Elías y Moisés charlando con Jesús, la Nube luminosa que los cubre con su sombra (el Espíritu Santo) …, todo ayuda a que se grabe en los discípulos la Voz del Padre que dice: «Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección: escúchenlo

En esto nos va la vida: en escuchar a Jesús.

¿Es fácil escuchar a Jesús? Siempre me impresionó la respuesta que dio un jesuita a uno que preguntaba si habían estado lindos los Ejercicios que había hecho. “Los ejercicios no son ni lindos ni difíciles –le dijo-: los ejercicios hacen mucho bien”.

Creo que se puede aplicar a Jesús: escuchar a Jesús nos hace bien, mucho bien. A veces será fácil, a veces difícil. A veces será agradable escucharlo, a veces será como tomar un purgante o cauterizar una herida… Pero “escuchar a Jesús” siempre nos hace bien.

San Ignacio, en el centro de los Ejercicios que es la meditación del Llamado del Rey, hace pedir esta gracia: “no ser sordo a su llamamiento, sino presto y diligente para cumplir su santísima voluntad” (EE 91). No ser sordo… No hacerme el sordo, como bien decimos.

Como en muchas cosas del evangelio, hay que estar atentos a un detalle: aquí se trata de una reduplicación. Se trata de “escuchar al Padre” que nos dice que “escuchemos a Jesús”…

Siempre me acuerdo de un hecho de mi formación que, recordado después de tanto tiempo, tiene un sabor simpático, pero que en el momento me zarandeó la fe en mis formadores. Eran nada menos que mi provincial de entonces y mi rector (Bergoglio). El provincial me había misionado a hacer el magisterio en Ecuador y fui a Bergoglio para pedirle plata para sacar el pasaje. Estaba ocupado y me dijo que le pidiera al Provincial, que estaba en la oficina de al lado con el secretario. Fui y estaban ocupados también. El provincial apenas levantó la vista y me dijo que eso se lo pidiera al rector. Volví a Bergoglio y le dije que el provincial me mandaba que eso se lo pidiera a él y me respondió que volviera a pedirle al provincial. Yo me disgusté y le dije: Pónganse de acuerdo entre ustedes, porque si no, yo no sé a quién obedecer. El me miró y como uno a quien le parece evidente que allí no había ningún problema, me aclaró: “Vos no te preocupés, vos obedecé a los dos”.

La verdad es que no “entendí” la formulación y salí medio queriéndome enojar, pero a los dos pasos se me quitó el enojo. Así que fui de nuevo al provincial, y le pedí lo mismo, con buen humor. Y él se rio y me hizo dar la plata para el pasaje.

Después de haber visto tantos problemas con respecto a la obediencia a lo largo de mi vida, creo que fue la lección práctica que más me ha servido para no enroscarme en esas tentaciones que tanto dañan y complican la vida de la iglesia. Si tenés que obedecer a este superior o a aquel, a la ley escrita en papel o a tu conciencia, al concilio Vaticano o al de Trento. “Vos obedecé a los dos”, ha sido siempre la fórmula que me ha puesto en el presente concreto y me ha llevado a dejar las cosas en manos del Espíritu. Nunca me olvidaré ese momento en que salí de la pieza de Bergoglio y caminé por el patio del Máximo aquellos diez o doce pasos que me llevaban a la Secretaría, cómo me hizo sonreír el pensamiento de que me podía pasar la mañana entera yendo y viniendo sin la plata, obedeciendo a los dos, de a uno por vez.

Esta anécdota es para introducirnos en esta especie de juego entre el Padre, que nos dice que escuchemos a su Hijo, y Jesús, que nos dice que hagamos la voluntad del Padre… Mientras vamos de uno al otro, el Espíritu nos acomoda las cargas de la vida y nos hace discernir.

Escúchenlo. Escuchar a Alguien como Jesús no es “escuchar nomás”.

En el escuchar, la intención lo es todo. Uno puede oír como quien oye llover o escuchar guardando en el corazón cada palabra –con sus tonos y sus énfasis-, como escuchaba María, según Lucas.

Uno puede oír apurado, ya sabiendo lo que viene y preparando la respuesta, o escuchar bien atento, como salido de sí y volcado en lo que dice Jesús, para tratar de que le pesen las palabras como le pesan a Él. Apurado lo escuchó Pilato, que ya tenía decidido hasta dónde se podía extender en la justicia y hasta donde no. Bien atento lo escuchó Zaqueo, que sin que Jesús le dijera nada, él solito se dijo lo que tenía que hacer, cuánto iba a devolver, cuánto iba a regalar.

Uno puede escuchar las cosas con el “oído teórico”, como aquel escriba que le dio la razón a Jesús (¡!) cuando el Señor citó los mandamientos como están “escritos”. Y también se ve que escuchó lo del prójimo, porque juzgó bien al decir que el que “se había hecho prójimo había sido el samaritano”. Pero a Jesús hay que escucharlo también con el “oído práctico”, que no se queda teorizando, sino que pasa directo a la acción, como lo escucharon los discípulos cuando “dejaron las redes y lo siguieron”.

Uno puede escuchar como escucha el mal espíritu –el acusador- o como escucha el Paráclito, nuestro abogado defensor. El Abogado defensor nos escucha atentamente, buscando la verdad, pero para salvarnos. El acusador en cambio, no se fija en si usa verdad o mentira, pero lo que quiere es hundir y condenar.

Ayer fui a renovar el permiso de estadía en Italia, que te renuevan por dos años. El lugar es un campo militar, bien en las afueras de Roma y para llegar hay que cambiar subte y luego tomar un colectivo. La cuestión es que no venía el micro y me tuve que tomar un taxi para llegar. El tipo se hizo el tonto y arrancó con el reloj en 6 euros en vez de en 3. Como me di cuenta a los dos minutos le pregunté “elegantemente” si variaba la tarifa “di partenza” (yo le dije “di partita” y habrá pensado que hablaba de la partida de fútbol). Se hizo el tonto y me respondió en abstracto: diciendo que dependía de si era horario nocturno o diurno y si era feriado. Yo le dije que me refería a la de ahora, porque había arrancado en 6 euros y no en 3 y me dijo que no importaba porque el viaje hasta el “ufficio immigrazione” eran 15 euros siempre. Me mostraba el reloj como diciendo “ahí está” pero no tiene nada que ver. En esto de hacerse los que no entienden los tanos son especialistas. La cuestión es que no me quería bajar porque tenía el turno fijo (que te lo dan 2 meses antes y si lo perdés es complicado) así que me dispuse a hacer lo del evangelio y pagarle de más. El reloj marcó 16,10. Le di 50 y le dije que me cobrara 20. Ahí no entendió de veras, porque me pidió monedas. Le insistí que cobrara 20, pero me dijo que no tenía cambio y entonces le di 15. Aceptó. Le dije: te quería dar 20 pero como parece que no nos entendemos bien, te doy los 15 que decís que cuesta. Ahí se le abrieron los ojos y me dijo un poco avergonzado: Está bien padre, está bien así. Le di una bendición y quedamos todos contentos.

Al salir del trámite, luego de dos horas compartidas con cientos de inmigrantes africanos, norteamericanos, chinos, suecos y de otros lados que no reconocí, como había tenido que llegar en taxi, no sabía cómo volver. Así que le pregunté a dos militares que estaban mirando un videíto en el celular, si sabían cómo podía llegar a la estación de Termini. Me miraron como si les hubiera preguntado cómo se hacía para llegar a González Catán o algo así y sacando por un instante la mirada del jueguito uno me dijo que la verdad es que ellos no sabían estas cosas. Pero que fuera hasta la esquina que por ahí pasaba un bus y que seguramente a alguna parte me iba a llevar. Con un poco de ironía le dije que estaba muy bueno eso de que “seguramente a alguna parte me iba a llevar”. “É buona questa!” – agregué y me parece, por la cara que pusieron, que dudaron un poco si yo era infradotado o si los estaba mandando “va fan c…”, como dicen aquí. Pero se olvidaron de mí y volvieron al jueguito. En ese mismo momento escuché una voz de atrás que me decía que el colectivo de la esquina a donde iban ellas me llevaría hasta el subte… Mientras me seguía explicando, me di vuelta y vi que era una señora, que resultó ser brasilera de Bahía, que escuchó mi conversación al pasar y con dos palabras me orientó al micro. Iba con una amiga cubana y charlamos todo el viaje, primero en el micro y después en los dos subtes. La señora brasilera, mamá de dos hijos ya grandes y que trabajaba en Italia desde hacía 12 años…, me dijo que era raro estar charlando, porque ella no solía hablar con nadie en la calle, pero que conmigo había sentido confianza. Y yo le dije que ella me había escuchado primero y me había hablado…

Digamos que hay gente que escucha, que quiere escuchar y con la que te hacés amigo… Y gente que no escucha, o se hace la que no entiende… Se evitan algunos problemas, es verdad, pero se pierden oportunidades, de ganar 5 euros o de hacer amigos. Cuento todo esto porque el Padre dice que escuchemos a Jesús y Jesús dice que él habla a través de los pequeñitos.

Diego Fares sj

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epa05194757 Pope Francis confesses as he leads a penitential service in Saint Peter's Basilica at the Vatican, 04 March 2016.  EPA/MAX ROSSI / POOL

Refiriéndose a algunos que confiaban en sí como si fueran justos y menospreciaban a los demás, dijo Jesús también esta parábola:

«Dos hombres subieron al Templo para orar;

uno era fariseo y el otro, publicano.

El fariseo, de pie,

oraba así:

“Dios mío, te doy gracias

porque no soy como los demás hombres,

que son ladrones, injustos y adúlteros;

ni tampoco como ese publicano.

Ayuno dos veces por semana

y pago la décima parte de todas mis entradas.”

En cambio, el publicano,

manteniéndose a distancia,

no se animaba siquiera a levantar los ojos al cielo,

sino que se golpeaba el pecho, diciendo:

“¡Dios mío, bancame, que soy un pecador!”

Les aseguro que este último volvió a su casa justificado,

pero no el primero.

Porque todo el que se enaltece a sí mismo será humillado y el que se humilla a sí mismo será enaltecido» (Lc 18, 9-14).

 

Contemplación

La frase del publicano es “sé propicio conmigo” (ilastheti), se benigno, indulgente, muéstrate favorable. Bancame, decimos en argentino.

“Yo te banco” es: “estoy con vos”, “te apoyo”, “te sostengo”, “te aguanto… y pago por vos, me hago cargo”.

El publicano, que sabía de dinero, de préstamos y deudas, bien pudo utilizar la palabra en este sentido de “bancame, Señor, que no puedo pagar. Soy pecador”.

En Argentina también usamos el gesto universal de golpearnos dos o tres veces el corazón con el puño y luego señalar al otro al que “bancamos” con el dedo y asentir con la cabeza. “Yo te banco”, decimos, y se lo hacemos sentir al otro que es nuestro amigo.

“No me lo banco” es la expresión contraria y significa no solo que no lo soporto, sino que no lo quiero soportar. Solemos aludir a la actitud del otro –que se la cree o que se siente superior o autosuficiente- más que a tal o cual defecto.

Bancar o no bancar es cuestión de libertad, es algo gratuito que se hace porque se siente, por pura amistad: o se hace con gusto o no se hace.

Cuando decimos “me lo tuve que bancar” estamos diciendo que “fue por esta vez” y porque que “no me quedó otra”, ya que estaba en juego algo más importante, que es lo que en realidad “nos bancamos” soportando al otro.

Este lenguaje que tenemos “incorporado” es el que tenemos que usar cuando hablamos con el Señor.

El publicano dice “bancame”.

Y no lo dice como el chanta que ruega: “salvame en esta que después te pago”, sino que dice de verdad: “salvame en todo porque soy pecador”.

Soy pecador. No dice: “me mandé una macana”.

El publicano sabe de verdad que necesita que el Señor lo purifique y lo perdone totalmente.

Seguro que reza con sentimient el Salmo 50: “Bancame Señor, ten piedad de mí, por tu gran compasión borra mi culpa, perdona todas mis deudas”.

Y aquí es donde entra Jesús. En realidad, Él es el que nos banca a todos. La carta a los Hebreos lo dice más en difícil pero ese es el sentido: “Jesús debía ser en todo semejante a los hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel Pontífice en lo que es para con Dios, para expiar los pecados del pueblo” (Hb 2, 17).

En la mentalidad antigua, estaba claro que, en esto de “bancar”, alguno tenía que pagar o poner el cuero. En el rito de la expiación, para “expiar” los pecados del pueblo, para purificarlos, se elegía dos chivos y se echaba suertes. Uno era para el Señor, y el sumo sacerdote lo sacrificaba sobre el altar y se rociaba con su sangre el Arca de la Alianza, pidiendo perdón por los pecados del pueblo. Al otro –al chivo expiatorio- el sacerdote le ponía las manos sobre la cabeza, lo cargaba con los pecados del pueblo y lo soltaba en el desierto para que se perdiera y no volviera más al campamento.

En nuestro caso ambas acciones las cumplió Jesús, que nos purificó con su Sangre y cargó sobre sí nuestros pecados y los borró para siempre.

Es importante recuperar este sentido de que Otro nos banca.

La mirada benévola y misericordiosa del Padre para con nosotros se la tenemos que agradecer a Jesús. Que Dios nos sea “propicio”, como le pide el publicano, es gracias a que Jesús nos bancó.

En la liturgia siempre estamos expresando que por medio de Cristo y en Cristo el Padre realiza el designio de su amor eterno (1 Jn 4, 8) “mostrándose propicio”, es decir “perdonando” a los hombres con un perdón eficaz, que destruye verdaderamente el pecado, que purifica al hombre y le comunica su propia vida (1 Jn 4, 9).

¿Por qué digo que es importante recuperar este sentido de que Otro nos banca?

Porque el concepto dañino que está instalado activamente en nuestra cultura es que “lo importante es bancarse a sí mismo”. Y esto es terrible.

Si no te bancás a vos mismo porque naciste en la pobreza o en un país en guerra del que tuviste que huir o no te alimentaron bien o no tuviste educación o caíste en una adicción no podés exigir que la sociedad te banque.

Si no te bancás a vos mismo porque tenés apenas unas semanas de vida, no sos persona. Sos “parte” del cuerpo de otra que se banca a sí misma y te puede eliminar.

Y así en todo. La meritocracia, como se dice, instala el lema de que cada uno se tiene que bancar a sí mismo.

Y esto es lo más antievangélico y antihumano que se pueda pensar.

Porque lo humano es que nacemos y vivimos gracias a que otros nos bancan y lo cristiano es que cuando este sistema humano “falló” por el pecado, Jesús vino a hacerse cargo y a bancarnos a todos.

Y la realidad es que los “que se bancan a sí mismos” y son “autosustentables” en realidad lo que están haciendo es utilizar para beneficio propio y consumir los recursos que cientos y de miles de personas han producido y de los que no pueden gozar.

Nadie es autosustentable si lo largan solo en medio de la naturaleza. Poné a un multimillonario sin documentos ni dinero en una barcaza en medio del mediterráneo con gente que hable otro idioma y veamos si puede hacer otra cosa que expresar con gestos un “bánquenme”.

Por eso tenemos que aprender humildemente del publicano y usar su lenguaje en todos los niveles.

A nivel personal, tenemos que decirle a Jesús: bancame, Señor, intercedé por mí para que el Padre me aguante con paciencia y no se canse de perdonarme. Que no corte esta higuera a ver si con tu ayuda y tu gracia puede dar frutos en adelante.

A nivel social, tenemos que decirle al Señor: mirá cómo me estoy bancando a todos los que puedo, pagando impuestos, dando trabajo, luchando por la justicia y colaborando en las obras de misericordia de la Iglesia, ayudando a mis hermanos, tratando de tener paciencia y dar una mano. Así como vos me bancás a mí yo me banco a los otros.

A nivel ecológico también podemos tener esta actitud humilde de cuidar el planeta y la ciudad y los lugares en que habitamos así como el planeta y la ciudad y la casa nos bancan a nosotros y nos tienen paciencia en todo lo que ensuciamos y consumimos de más y no sembramos para el futuro.

Inmensamente agradecidos a Jesús que nos bancó a todos y a sus santos y a tanta gente buena que nos banca día a día, con una actitud humilde, como publicanos, le pedimos al Padre: muéstrate propicio con nosotros, Señor. Se indulgente con tus hijos. Perdona nuestros pecados y danos tu gracia para que no nos cansemos de pedirte que nos banques y nos convirtamos en gente positiva, dispuesta a bancarse todo con tal de ganar tu amor, tu benevolencia y, si es posible, tu confianza y tu amistad.

Diego Fares sj

 

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 padre con niño (1)

Un día, Jesús estaba orando en cierto lugar, y cuando terminó,

uno de sus discípulos le dijo:

«Señor, enséñanos a orar, así como Juan enseñó a sus discípulos.»

El les dijo entonces:

«Cuando oren, digan:

Padre

¡Que sea santificado Tu Nombre!

¡Que Venga Tu Reino!

El pan nuestro, el necesario para la existencia, dánoslo cotidianamente,

Y perdónanos nuestros pecados,

Porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe;

Y no nos metas en la prueba.

Jesús agregó:

«Supongamos que algunos de ustedes tiene un amigo

y recurre a él a medianoche, para decirle:

“Amigo, préstame tres panes, porque uno de mis amigos llegó de viaje y no tengo nada que ofrecerle,” y desde adentro él le responde:

“No me fastidies; ahora la puerta está cerrada, y mis hijos y yo estamos acostados. No puedo levantarme para dártelos.”

Yo les aseguro que aunque él no se levante para dárselos por ser su amigo, se levantará al menos a causa de su insistencia y le dará todo lo necesario.

También les aseguro: pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá. Porque el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abre. ¿Hay entre ustedes algún padre que da a su hijo una piedra cuando le pide pan? ¿Y si le pide un pescado, le dará en su lugar una serpiente? ¿Y si le pide un huevo, le dará un escorpión? Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más vuestro Padre celestial dará desde el cielo el Espíritu Santo a los que se lo pidan!» (Lc 11, 1-13).

Contemplación

La primera moción, al leer la oración de petición en que Abraham busca cambiarle el corazón a Dios, haciendo que se compadezca por los diez justos de Sodoma, me hizo sentir que la oración que se adentra en el corazón de Dios es para cambiar el mío, no el de Él.

El de Él en el sentido de cómo lo siento yo, cómo me comporto de acuerdo a lo que imagino que Él pensará y querrá. Eso puede cambiar en mi oración: cambiar lo que yo siento de Dios.

Por eso la oración es charlar como con los amigos: buscando el sentimiento más auténtico para compartirlo como un pan.

Los amigos se alimentan de sentimientos auténticos, de lo que le pasa al otro: lo que más le gusta, lo que está soñando, lo que siente que no es leal, las dificultades, el amor… Todo lo auténtico alimenta la amistad.

Y con el Señor, la dificultad es que hay mucho espacio libre en medio. El responde, sí, pero no como un amigo inoportuno que viene de noche a pedir algo y nos obliga a cambiar nuestros sentimientos.

Del sentimiento de ir recluyéndonos en la intimidad propia del sueño el amigo inoportuno nos interpela a salir de nosotros mismos y a atenderlo a él.

Esa insistencia, es una manera de presencia del otro, que nos cambia.

Con los amigos no es difícil salir de nosotros mismos para abrirles la puerta. Porque la amistad enseguida transfigura la relación y del fastidio propio se pasa a la alegría compartida.

Pero con Dios es distinto. Aunque ahora que lo pienso, fue a Jesús al que se le ocurrió este ejemplo del amigo inoportuno. Es que Jesús es así. Si uno lee bien el evangelio es más cercano de lo que parece. Nos adivina todo lo humano. Es más: lo profundiza. Nos hace descubrir cosas nuestras –bien humanas- que no conocíamos que existieran en el hombre. Y nos lo encamina. Encamina hacia Dios precisamente eso que a nosotros nos parecía que nos aleja. Con el pecado es claro: es el receptáculo para Dios mismo, cuyo nombre es Misericordia. Pero también aquí, ese respeto humano que nos aleja, para no molestar, Jesús nos hace ver que es lo más importante: molestarlo a Dios.

Por estas cosas, que se le notarían al rezar, será que al verlo, a ese discípulo, bendito discípulo que se animó a importunar a Jesús que estaba rezando con el Padre, nada menos, se le ocurrió hacerle esta petición!: enséñanos a rezar.

El pensamiento de un amigo es así: si veo que estás en otra cosa, igual te insisto porque sé que eso te hará ver que lo que me pasa es auténtico –si este me llama a esta hora, dirás, es por algo-, y apenas veas esto sé, que como sos mi amigo, me ayudarás con alegría. Esta es la confianza de la amistad.

Esto que yo siento cada vez que tengo que pedirle algo a un amigo que se que está ocupado –o que se está recluyendo en la intimidad del sueño, como el de la parábola- me lleva a ver que Jesús dice la parábola pensando en el discípulo que lo “importunó”. O sea, el amigo inoportuno fue el que le pidió que nos enseñara a rezar. Capaz que Jesús vio que alguno le daba un codazo, como diciendo cómo se te ocurre pedir una cosa así en este momento…

La verdad es que no se si es tan así como me lo imagino, porque el evangelio dice que le preguntó “cuando terminó de rezar”. O sea que no le cortó la oración para pedirle que les enseñara a rezar (lo pidió para todos, pero fue él el que sintió la necesidad). Pero capaz que le pidió medio con un exabrupto ya que me imagino que si el Señor estaba rezando con el Padre sería algo así como cuando uno comulga y se queda un rato en silencio. No es que cortó con el celular y pasa a atenderte a vos. O capaz que Jesús le leyó el corazón y vio que había dudado si hacerle la petición o no, porque se ve que no era Pedro ni ninguno de los más importantes, de los que siempre hablaban, sino solo “uno de sus discípulos”, como dice Lucas, y entonces Jesús lo anima contando esta parábola. Le hace sentir que estuvo bien y que eso tiene que ser la oración: importunarlo a Dios. (Si no, para qué rezar? Para pedirle lo que ya sabe? O lo que es lógico que siga su curso normalmente? Jesús viene a decir que a Dios le gustan más las oraciones molestas!).

Sin embargo, este respeto humano que por ahí sentimos con Jesús, y que seguramente sentimos más con ese Señor Misterioso y un Poco Lejano, a quien Jesús nos dice que lo llamemos Padre, es el que Jesús aprovecha para enseñarnos a rezar.

No hay que tener respeto humano con Dios en la oración. Eso nos enseñó.

Llámalo Padre. Ahí está todo. Esta palabra es mágica. Te abre la puerta de su corazón.

Pero entrá en tu corazón antes de pronunciarla con los labios y decila auténticamente. Es decir sintiéndola.

Con sencillez, porque es una palabra muy sencilla y de lo más común, pero sintiéndola. Siempre que digo esto de que padre es una palabra común, me viene al corazón la voz del niño… Iba caminando por Once, en Buenos Aires, entre los negocios de ropa, de sábanas, de calzado, de artículos para el hogar…, y siento entre las voces de la gente, una voz de niño que dice “abba… y no se si “mirá esto” o “vamos ahora a comprar aquello…” No recuerdo lo que siguió porque yo solo escuché “abba”. Me quedé conmovido y para que no se notara que me daba vuelta aminoré el paso y dejé que se me adelantaran. Les ví un momento el rostro, cuando me pasaban, y luego de espaldas, los dos de negro y con saco, el papá, joven, con su sombrero y las trenzas, y el niño de unos ocho o diez años, de la mano, también de negro y con kipá y trenzas castaño claro, que alzaba un poco el rostro, con lentes, y seguía hablando con su abba, delante de mí, en medio de la gente. Sentí que tenía ganas de decirle: enseñame a rezar. Con lágrimas en los ojos, lo dije en voz baja. No a él, a ese niño, ni a su abba. Pero también a ellos. Porque me imaginaba a Jesús de niño, de la mano de José, por el Once en Nazaret. Cosas que sólo pasan en Buenos Aires.

….

Retomo luego de un rato. Cuando llegué al corazón de la contemplación, con el recuerdo lindo del niño y su abba, me puse a buscar la foto. Encontré esta que está linda. El niño va agarrado a su abba y ambos miran cada uno para su lado. Pero en cualquier momento él niño se da vuelta y le dice “abba” tal cosa… Por eso me gustó.

El Abba –el Padrenuestro- con sus palabras sencillas es un poco así.

Uno puede ir con Dios mirando cada uno para su lado, pero en cualquier momento puede darse vuelta –el que lo sienta primero- y decir “abba” tal cosa –santificado sea tu nombre o comprame el pan o perdona lo que hice o librame de este mal…- o él puede decirnos “hijo” tal cosa –quiero que vengas a trabajar a mi viña, o todo lo mío es tuyo, o escúchalo a tu Hermano (a Jesús)-.

Pensaba que la parábola del amigo inoportuno viene tan pero tan bien para rezar! Lo de inoportuno es una de esas palabras impertinentes que resalta la amistad diciendo todo lo contrario. Porque en el amor a un hijo, por ejemplo, la inoportunidad no existe. Si un hijo llama de noche y en el celular suena el ringtone especial, un papá no piensa qué molesto sino “qué le habrá pasado”, “qué necesita”, “qué bueno que llame porque seguro que le pasó algo y gracias a que llama lo puedo ayudar”… Un papá piensa sin pensarlo todas esas cosas y otras por el estilo. Si el que llama a medianoche es un amigo, como el que describe Jesús, el sentimiento no es tan inmediatísimo como con un hijo, pero tarda pocos segundos en sintonizarse con la necesidad del otro. Quizás cuánto tarde sea un medidor de la amistad, si es que ese aparato existe. En todo caso, si la amistad se mide es para cultivarla mejor y no para reprochar nada.

Pero poniendo las cosas en el marco de la enseñanza que el discípulo pidió y que el Señor le dio con esta parábola, podemos concluir que nuestra capacidad de insistencia es lo que indica el grado de familiaridad que tenemos con nuestro Abba y Amigo y allí está el punto para crecer en la oración.

Que esto lo sabemos –que somos hijos- es una verdad. Se constata en las malas, porque ahí acudimos a Dios sin vergüenza y le decimos “Dios mío”, por qué me abandonás o no permitas que esto pase. El líbranos del mal es una oración que traemos de fábrica, digamos. Pero otras, más cotidianas, como la del pan y la del perdón, las tenemos que trabajar mejor. Y la de santificar su Nombre –bendecirlo y cariñosearlo gratuitamente- es algo que tiene que salir de un corazón que se trabaja a sí mismo y cultiva los sentimientos más nobles. Lo mismo la de venga tu reino. Esa es una oración que la tenemos que hacer en la acción, mientras nos arremangamos para poner manos a la obra.

Como yo escribo rezando (o rezo escribiendo) la seguiría…, pero dejo aquí la contemplación para enviarla, sonriendo porque con la diferencia horaria les llegará a muchos a “medianoche”. Pero al fin y al cabo la oración es suponer que uno tiene un amigo a quien puede recurrir a medianoche.

Diego Fares sj

 

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Jesus pan de vida2 (1)

Jesús habló a la multitud acerca del Reino de Dios y devolvió la salud a los que tenían necesidad de ser curados. Al caer la tarde, se acercaron los Doce y le dijeron:«Despide a la multitud, para que vayan a los pueblos y caseríos de los alrededores en busca de albergue y alimento, porque estamos en un lugar desierto.» El les respondió: «Denles de comer ustedes mismos.» Pero ellos dijeron: «No tenemos más que cinco panes y dos pescados, a no ser que vayamos nosotros a comprar alimentos para toda esta gente.» Porque eran alrededor de cinco mil hombres. Entonces Jesús les dijo a sus discípulos: «Háganlos sentar en grupos de cincuenta.» Y ellos hicieron sentar a todos. Jesús tomando los cinco panes y los dos pescados y, levantando los ojos al cielo, los bendijo, los partió, y se los iba dando a sus discípulos para que se los sirvieran a la multitud. Todos comieron hasta saciarse y con lo que sobró se llenaron doce canastas (Lc 9, 11 b-17).

Contemplación

El jueves, en la misa del Corpus en San Juan de Letrán, una frase del Papa me gustó para compartirla. Habló de dos pequeños gestos que son parte de la Eucaristía: ofrecer los pocos panes y peces que tenemos y recibir de manos de Jesús el pan partido y distribuirlo a todos.

Decía así Francisco, acercar del mandato del Señor:

«Denles Ustedes de comer». En realidad, es Jesús el que bendice y parte los panes, con el fin de satisfacer a todas esas personas, pero los cinco panes y los dos peces fueron aportados por los discípulos. Y Jesús quería precisamente eso: que, en lugar de despedir a la multitud, ofrecieran lo poco que tenían.

Hay además otro gesto: los trozos de pan, partidos por las manos sagradas y venerables del Señor, pasan a las pobres manos de los discípulos para que los distribuyan a la gente. También esto es «hacer» (la Eucaristía) con Jesús, es «dar de comer» con él. Es evidente que este milagro no va destinado sólo a saciar el hambre de un día, sino que es un signo de lo que Cristo está dispuesto a hacer para la salvación de toda la humanidad ofreciendo su carne y su sangre. Y, sin embargo, hay que pasar siempre a través de esos dos pequeños gestos: ofrecer los pocos panes y peces que tenemos; recibir de manos de Jesús el pan partido y distribuirlo a todos. (Francisco, Misa del Corpus, 2016).

Se trata, entonces, de dirigir rápido la mirada a esto pequeño. Cuando contemplamos el hambre de la humanidad, los ojos de los niños, los rostros de los papás que llevan a su familia escapando de Siria, las mamás que abrazan a sus bebés en los barcones atestados de refugiados…, hay que buscar algo pequeño. Algo nuestro, para ofrecer y algo (también pequeño) de Jesús, para recibir y distribuir. Lo nuestro es fácil: unas monedas, ropa linda que tenemos y no usamos, un ratito de nuestro tiempo para hacer una llamada o una visita… Pero ¿cuáles son los pequeños gestos de Jesús que podemos recibir y compartir?

Me gustó esta imagen de que también Jesús realiza “pequeños gestos”. Incluso los grandes gestos, como este de convertir los cinco pancitos en panes para cinco mil personas, lo fue haciendo de a poquito, dándole a cada discípulo el pan y los peces que debían llevar a cada grupo de cincuenta.

Contemplamos los pequeños gestos de Jesús con el pan.

Digamos ante todo que son los mismos que hace cuando instituye la Eucaristía.

Yo no soy exegeta y el pasaje está muy estudiado, por supuesto, pero uno puede ver que la actitud de Jesús para con los pancitos, que le sale espontánea, es marcadamente especial. Alzar los ojos al Cielo, pronunciar la bendición, partirlos… son pequeñas acciones del Señor que quedaron grabadas para siempre en los ojos y en el corazón de los discípulos. Repetirlos no fue un intento de apropiarse mágicamente de sus gestos. El Señor mismo mandó que “hiciéramos esos gestos” en memoria suya. Además, como son gestos con el pan, a todos nos salen naturales. Son gestos de madre y de padre que simplemente parten el pan para sus hijos y lo hacen bendiciéndolo de corazón, sin nada especial, con el amor mismo cotidiano, que en algún momento contempla al hijito que toma el pan con sus deditos y uno agradece a Dios y sonríe interiormente y atesora esa imagen en el corazón. Son esas imágenes que alimentan el alma y dan sabor y fuerza a la vida.

Los pequeños gestos de Jesús para con el pan conforman un solo gesto en el que todo está integrado: tomar-alzar los ojos/pronunciar la bendición-partir-repartir.

Se trata de una acción que fluye, espontánea, sin titubeos ni apuros.

Pero no es algo que le salga así nomás a cualquiera.

En una mesa familiar el tomar y partir y repartir se hace con espontaneidad y cariño. Quizás el momento de alzar los ojos al cielo y bendecir, queda medio como sobrentendido. La bendición de la comida no siempre está integrada perfectamente a la acción de servir y compartir.

En Jesús ese alzar la mirada buscando la bendición del Padre es algo connatural, algo que entra en el ritmo habitual de su vida y es parte de cómo hace las cosas. En mucha gente sencilla esta bendición, esta conexión con el Padre forma parte del lenguaje. Los musulmanes, por ejemplo, en medio de su conversación dicen muchas veces “alabado sea Dios”; también muchos pentecostales. Nosotros usamos el “Dios quiera” como modo de referirnos a lo alto cuando expresamos un deseo…

La otra espontaneidad del Señor, que no es tan fácil para nosotros, es la de tomar con sus manos los pocos panes en un gesto que está referido a la multitud: los toma con intención de repartir. En nosotros esto no es tan espontáneo. Si vemos que no va a alcanzar no queremos ni agarrar. Nos alejamos del pan, tomamos distancia. Lo espontáneo más generoso sería no comer tampoco nosotros, o guardarlos para después, como parece que habían hecho los discípulos…

Jesús, así como une el pan con el Padre une también los pancitos para sí y los pancitos para los otros, une con sus gestos lo poco y lo mucho, lo poquitito y lo desmesuradamente mucho. Esto es bien de Él.

La actitud de partir el pan, en cambio, es más de todos. Espontáneamente el pan invita a ser partido y repartido. Su estructura misma es así: fácil de partir y no sujeta a mucho cálculo. Un chocolate se puede partir en pedacitos iguales. El pan es distinto. No es tan cuantificable, digamos. Está fuera de la lógica del sistema, que se maneja con ese dios cuantitativo que es el dinero. Si uno parte muy igualito el pan queda medio ridículo. En cambio si uno no parte parejo un chocolate o una torta, queda medio egoísta.

Como vamos viendo y sintiendo, en estos pequeños gestos de Jesús con el pan, hay cosas que son muy comunes y fáciles para nosotros, como el tomar y partir y repartir en un ámbito pequeño, y otras que son más de Él, como el hacer esto refiriéndose al Padre y a todos los hombres.

Este es el Evangelio de los pequeños gestos eucarísticos de Jesús.

Nos evangeliza porque se encarna en nuestra cultura humana, familiar, y haciendo lo mismo que nos gusta hacer a nosotros, lo mejora infinitamente con su amor. Todo sin que se note demasiado, sin hacer alarde. Pero abierto a que uno “abra los ojos” –porque cuando el Señor parte el pan se nos abren los ojos- y aprenda a sentir y a recibir un amor grande y tierno como un pan en una pequeña Eucaristía.

Miramos ahora unos instantes los tiempos que el Señor se toma y el modo como realiza sus gestos. Sin ser exegeta uno ve que Lucas usa tiempos verbales distintos: no dice “tomó” los panes sino “habiendo tomado o tomando los panes”; y la referencia al Padre no es “alzó” los ojos sino un “habiendo alzado o alzando los ojos al cielo”.

Tomar y abrazar lo nuestro, lo poquito de nuestros cinco panes, es algo que el Señor hace de una vez para siempre y lo está haciendo de manera constante. El está “tomando y abrazando nuestra humanidad”. Lo mismo sucede con su estar en contacto constante y directo con su Padre.

En el centro del gran gesto vienen dos acciones precisas y puntuales: bendijo y partió los panes.

Y luego una acción que se extiende en el tiempo: “les iba dando” los panes para que los sirvieran.

Lo que uno siente es que el Señor bendijo los panes que tenía abrazados mientras estaba mirando al cielo y que luego los partió decididamente y comenzó la larga tarea de repartirlos.

Detenernos en estos pequeños gestos del Señor es un modo de entrar en comunión con Él, de ir haciéndonos a su ritmo, a su modo de hacer las cosas.

Invirtiendo los términos, nosotros, que estamos metidos en ese ir y venir de los discípulos que llevan las canastas con panes y peces y las ponen delante de cada familia y de cada grupo de cincuenta y que vuelven al Señor con las canastas vacías a buscar más panes y peces; nosotros que luego tenemos que juntar las sobras para que nada se pierda… podemos imitar la actitud de Jesús que toma y abraza todo lo nuestro y tomar y abrazar nosotros todo lo suyo; y con el mismo sentimiento de hijos,

podemos alzar los ojos al cielo y centrarnos en el Padre que es nuestro referente último,

al que todo agradecemos y de quien todo recibimos y esperamos;

con la misma fuerza con que Jesús abraza nuestros pecados y nuestra Cruz,

podemos abrazar nosotros su misericordia y su perdón;

con la misma alegría con que Él toma nuestros pocos panes,

podemos tomar nosotros sus dones, que aunque son grandes, inmensos,

se nos dan bajo forma contraria, envueltos de pequeñez, de simples gracias cotidianas.

Podemos tomar y recibir (sabiéndolos discernir…):

los pequeños gestos de Jesús, que está con nosotros todos los días de la historia y se nos aparece por el camino en la persona de algún hermano y nos acompaña un trecho…

los pequeños gestos de Jesús, cada vez que recibimos la Eucaristía en la misa…

los pequeños gestos de Jesús, cada vez que una simple palabra del Evangelio se nos enciende como una velita y nos ilumina una situación…

los pequeños gestos de Jesús, en la mirada agradecida del que servimos…

los pequeños gestos de Jesús, en la compasión que compartimos con el que padece.

 Diego Fares sj

 

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