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            Jesús dijo a sus discípulos: «Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria rodeado de todos los ángeles, se sentará en su trono glorioso. Todas las naciones serán reunidas en su presencia, y él separará a unos de otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos, y pondrá a aquellas a su derecha y a estos a su izquierda.

Entonces el Rey dirá a los que tenga a su derecha: “Vengan, benditos de mi Padre, y reciban en herencia el Reino que les fue preparado desde el comienzo del mundo, porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; estaba de paso, y me alojaron; desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; preso, y me vinieron a ver.”

Los justos le responderán: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer; sediento, y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos de paso, y te alojamos; desnudo, y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o preso, y fuimos a verte?” Y el Rey les responderá: “Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo.”

Luego dirá a los de su izquierda: “Aléjense de mí, malditos; vayan al fuego eterno que fue preparado para el demonio y sus ángeles, porque tuve hambre, y ustedes no me dieron de comer; tuve sed, y no me dieron de beber; estaba de paso, y no me alojaron; desnudo, y no me vistieron; enfermo y preso, y no me visitaron.” Estos, a su vez, le preguntarán: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, de paso o desnudo, enfermo o preso, y no te hemos socorrido?”

Y él les responderá: “Les aseguro que cada vez que no lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, tampoco lo hicieron conmigo.” Estos irán al castigo eterno, y los justos a la Vida eterna» (Mt 25, 35-46).

Contemplación

“Vengan benditos de mi Padre”.

La palabra “benditos” la usa el evangelio para nombrar a nuestra Señora y a Jesús: Bendita tú entre las mujeres –le dice Isabel- y bendito el fruto de tu vientre, Jesús. También la usará el pueblo fiel en la entrada de Jesús a Jerusalén, cuando le cantaban Bendito el que viene y trae el Reino. Es una palabra hermosa y Jesús la elige como su palabra última, esa que nuestros oídos anhelan tanto escuchar: Vengan benditos de mi Padre, porque tuve hambre… y la une a nuestra pertenencia al Padre y a nuestro servicio a los pobres.

Jesús, Rey y Pastor, lo resume todo haciendo suyas estas dos  simples palabras: aléjense o vengan.

El Señor bendice todos nuestros “vengan” dichos con amor a los que tienen hambre y sed, a todos los que necesitan ropa, hogar y patria. Un vengan que se convierte en “voy yo” a visitarte cuando no puedes venir tú porque estás enfermo o en la cárcel.

El Señor maldice los “aléjense” dichos con bronca o con desprecio o de manera formal a todos los que piden una limosna, tienen hambre y sed, necesitan ropa, casa y pertenencia política porque son extranjeros, refugiados, requirentes de asilo humanitario. Un aléjense que se convierte en “me alejo yo” o “paso de largo”, cuando te veo de lejos que estás pidiendo, o ni siquiera pienso en que estás en algún lugar internado o preso en algún campo de refugiados, junto a otros cientos y miles como vos.

Cuando nuestro Rey Pastor nos examine no mirará las palabras escritas en nuestros certificados y diplomas; tampoco prestará atención a los telegramas de despido y a las carta-documentos, a las multas o la lista de pecados que escribimos para la confesión (al menos la primera vez, cuando éramos chicos).

El Señor mirará sólo estas dos palabras –vengan o aléjense- que son palabras que no se escriben en papeles, sino que quedan escritas en las manos, en los pies y en la retina de los ojos.

Mirará el cuenta-pasos donde quedaron registrados los que dimos para acercarnos a los que nos necesitaban y también los que no dimos o que nos llevaron a dar un rodeo para alejarnos.

El Señor mirará bien dentro de los ojos la cantidad de rostros que se nos quedaron grabados en la retina porque nos acercamos bien para ver.

Mirará cuántos “vengan” dije, cuántos “voy yo”.

Y mi ángel los pondrá en un platillo de la balanza.

Mirará cuántos “váyanse” dije, cuántos “que vaya otro” o “yo no puedo” o “yo no voy”…

Todo será juzgado en clave de cercanía, en clave de prójimo.

Ese es el único lenguaje que Jesús escucha. Lo demás, como que son puras palabras…

El Señor era todo “voy yo” y “vengan a mí”: Vengan a mí, los que están cansados y agobiados por la vida, que yo los aliviaré.

Todas sus parábolas son acerca de gente que va al encuentro, que sale a buscar: el padre que va corriendo a abrazar al hijo que viene, el pastor que sale a buscar la ovejita perdida. Los hombres con que el Señor compara al Padre son gente que invita, que dice: vengan, que el banquete está preparado; vengan a trabajar en mi viña, vengan con lo que ganaron con el talento, que les daré mucho más.

Vengan! Contra las formas de exclusión y de descarte, contra todas las maneras violentas, elegantes o burocráticas de decir “aléjense”, también hoy hay alguien que dice “vengan” a todos los pobres del mundo. Tomando las palabras de Pablo VI afirma decididamente: los pobres pertenecen a la Iglesia por derecho evangélico y esto nos obliga a una opción preferencial por ellos.

…………

Me quedo con esto, con pedir la gracia de ser gente abre los brazos para recibir y que va al encuentro, gente que sale a buscar. Gente que se une a la búsqueda, como todos los países que se nos han unido y están buscando nuestro submarino San Juan, que desapareció hace ya diez días en el océano atlántico, al sur. Han venido y vienen barcos y aviones de naciones amigas y también de otras que no lo son tanto.

Dicen que entre la gente de mar hay una solidaridad especial. Yo diría que las situaciones límites, como ver a alguien que se está ahogando, activan lo esencial. Y aquí se me activa a mí que como sociedad nuestros protocolos de búsqueda se activan tarde y mal. O se activan como a todos, pero hay algo que los frena y retarda y es que nos miramos primero a nosotros mismos y a nuestro enemigo antes de mirar al que se ahoga.

Me impactó un comunicado que decía: “se ha cumplido a la letra con el protocolo” que dice que hay que esperar 36 horas para empezar a buscar. En el mismo comunicado se decía: “si se han cometido errores, se pedirán disculpas”. No es así! Estas dos frases tienen que ir más juntas: “hemos cometido errores, tendríamos que haber salido a buscar antes, por las dudas…”. Y entonces los familiares hubieran dicho: “Está bien. Comprendemos que hay que seguir un protocolo. Nuestros familiares que están en el submarino eran los primeros en decir esto…”.

Pero para tener estas actitudes hacen falta dos condiciones.

Una, básica, es tomar conciencia de que todos estamos en medio del océano, del universo y de la historia, y que esta pequeñez y vulnerabilidad nos tienen que unir tan sólidamente como une a los marinos el mar.

La segunda condición, para que no anestesiemos el instinto de salir a buscar al que se puede estar ahogando, es una medida de paz básica, de fondo, que pacifique y relativice todas las demás luchas y divergencias que ponen freno a nuestro instinto básico de solidaridad humana.

El instinto paterno del que nos creó –de nuestro Padre celestial- tiene escrito en sus entrañas “no quiero que se pierda nadie, ninguno de estos pequeñitos”. Ese instinto se traduce en un “salir corriendo a buscar”, en un “dejar todo para ir a buscar al que se perdió”.

La anti-imagen –triste, patética, condenable- es la de un corazón social en el que con letras de molde se acepta la palabra “desaparecidos” en alguna de las mil formas que tiene de justificarlas nuestra sociedad: Desaparecido-por-culpa-suya, desaparecido-porque-se lo merece, desaparecido-por-error-técnico, desaparecido-no-se-sabe-por-culpa-de quien, desaparecido-por-un-tiempo-hasta-que-sale-a-flote, desaparecido-para-siempre-por-estar-a-gran-profundidad…

Para conectarnos con las entrañas de nuestro Padre, donde esta palabra no tiene lugar nunca y de ninguna manera, me hizo bien recordar nuestro primer librito –Pequeños gestos- donde escribí la historia de

Cecilia y su papá

Hace un tiempo, en nuestra Iglesia, una vez terminada la catequesis, en medio del revuelo de chicos que salen y de padres que los buscan, nos dimos cuenta de que no estaba Cecilia. Cecilia es la hermanita de una de las chicas de Perseverancia. Tiene cuatro añitos y es, demás está decirlo, un encanto. Había venido como siempre con su hermana mayor a buscar a la del medio y parece que cuando la grande entró, Cecilia se quedó en la puerta con otras amiguitas. Al salir las dos hermanas, Cecilia ya no estaba. Como a veces se esconde -la muy pícara-  para jugar, comenzamos a buscarla por todos lados: en  la Iglesia, en las aulas, en los baños… Nada. Tres mamás salieron inmediatamente a buscarla, cada una en una dirección (para qué lado agarrar en la ciudad!) y yo, desorientado y afligido ante el peligro de que alguien se la hubiera llevado (nuestra Iglesia está en el centro de la Capital y pasa todo tipo de gente),  no atiné sino a llamar a su padre (la mamá estaba enferma). Les digo que no había acabado de colgar el teléfono que el papá ya estaba llegando… Hizo las cuatro cuadras que hay desde su casa a la Iglesia en tres minutos! Estaba como loco. Hacía preguntas,  entraba y salía de la Iglesia, miraba hacia un lado y hacia otro de la calle, volvía a entrar… (después pensé que era como un animal que ventea a su cachorro)… Aunque iba y venía y preguntaba cosas estaba ensimismado (como si tuviera que encontrarla primero adentro suyo para después salir a buscarla afuera). Hasta que, de repente, se quedó quieto y dijo: “Ella no cruza la calle sola. Debe estar por aquí nomás”. Y sin mirarnos salió corriendo hacia mano izquierda, ya sin dudar. Yo me le fui atrás, atento a lo que hacía. Al llegar a la esquina dobló a la izquierda y siguió decidido hasta llegar a la Avenida, que es ancha. Casi se larga a cruzar en medio del flujo del tránsito, mientras yo, a pocos pasos, miraba hacia todos lados. De golpe se da vuelta y veo que me mira, pero no me mira a mí sino que mira más atrás (yo estaba al lado y no la veía!). “¡Cecilia!” – dice. En medio de la multitud que pasaba entre el bar y un quiosco de revistas, sentada en el banquito del quiosquero que le había comprado una gaseosa, estaba Cecilia con cara de asustada, como un gorrióncito,  acurrucadita contra la pared. Recién cuando su papá la alzó en brazos y comenzó a besarla, la pequeña se animó a dejar la gaseosa a la que estaba prendida y se largó a llorar desconsolada. Se había ido siguiendo a los otros chicos y de golpe se quedó sola, perdida en la gran ciudad a cuadra y media de la Iglesia, sin poder explicar nada, llamando a su papá con el gemido de su corazoncito. Nadie me quita de la cabeza que el papá la buscó primero dentro suyo. Allí, en ese corazón de padre, Cecilia nunca estuvo perdida. Se perdió afuera, por un ratito. Y aunque a ella le haya parecido un mundo, estaba allí nomás, cerquita”. (A. Rossi –D. Fares, Pequeños gestos con gran amor, 2001).

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la grieta

Jesús dijo a sus discípulos:

Si tu hermano se equivoca y actúa mal contra ti (peca contra ti), ve y corrígelo, entre tú y él solos. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano.

Si no te escucha, toma contigo uno o dos más para que ‘el asunto se decida por la declaración de dos o tres testigos’;

y si no los quiere oír, díselo a la Iglesia (a la comunidad).

Y si tampoco quiere escuchar a la Iglesia, consideralo como un pagano o publicano.

De verdad les digo,

todo lo que aten en la tierra queda atado en el cielo

y lo que desaten en la tierra será desatado en el cielo.

También les digo: Si dos de ustedes se ponen de acuerdo (synfonesosin)

sobre la tierra acerca de cualquier cosa que pidan,

les será otorgado que se les realice por mi Padre que está en el cielo.

Porque donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre,

allí estoy Yo presente en medio de ellos (Mt 18, 15-20).

 

Contemplación

Hay que escuchar bien y comprender lo que está diciendo Jesús a sus discípulos en este pasaje del evangelio porque es increíble.

Y cómo hacemos –nos podemos preguntar- para “leer bien”?

Comparto algunas cosas que a mí me ayudan.

Lo primero que ayuda es poner en medio al Espíritu.

Ponerlo en medio quiere decir tener en cuenta su modo de estar, su estilo…

El Espíritu está y actúa en los detalles: es brisa suave, lucecita que se prende, pasito adelante…

Un detalle de lo nuevo que dice Jesús está en una frase aparentemente insignificante: “cualquier cosa”. Si la tomamos en serio no puede no sorprendernos que Jesús diga que gracias a Él el Padre nos concederá cualquier cosa que le pidamos. Por supuesto que el asunto tiene su contexto y sus condiciones: es algo que sucede sólo si nos reunimos en Nombre de Jesús y cuando nos ponemos de acuerdo con respecto a… “cualquier cosa en la que haya desacuerdo”. Jesús nos dice que el Padre hará que este deseo de común de concordar se convierta en realidad.

Todos sabemos que Jesús es el Mediador, el que permite que se restablezca la paz entre Dios y los hombres y el que suprimió el muro de división (o la grieta) que había entre el pueblo de Dios y los otros pueblos, haciendo de la humanidad “un solo pueblo”. Pero esto por ahí queda muy grande y con esta pequeña frase –cualquier cosa en la que haya desacuerdo- el Señor baja su mediación a todas las circunstancias de la vida en las que hay un conflicto personal, familiar o político. Se trata de “cualquier cosa” en la que dos o más personas sienten que el otro o los otros han “pecado contra uno”. La palabra pecado (amartía) significa “error” “falta”, “infracción a la ley”. Tiene el sentido de algo que obstaculiza la relación entre las personas porque se ha vulnerado algún acuerdo. Pues bien, el Espíritu de Jesús es el que realiza todo lo contrario: crea acuerdos a partir de cualquier cosa, por pequeña que sea.

El Espíritu está en la Verdad plena, no en verdades que favorecen bandos. Por eso, lo segundo es salir, por un momento, del ámbito de nuestro sentido común, que suele ser bastante parcial, si tenemos en cuenta que lo que nos parece obvio, no lo es para otros y viceversa. El evangelio es un texto que ha costado la sangre de Cristo y no se merece que lo leamos con la ligereza con que se habla en la calle y en los medios.

El sentido común afirma: “no es posible ponerse de acuerdo en todo” (y menos que nada en la política!). Sin embargo, el Señor anula esta especie de “maldición de la imposibilidad” y la transforma radicalmente. Gracias a Él nos podemos poner de acuerdo en todo y nuestro Padre hará que este consenso se vuelva realidad efectiva.

El tema en el que el Señor nos exhorta a ponernos de acuerdo para pedir gracia no es el tema acostumbrado de la salud, al que nos sumamos con cadenas de oración. El tema son los desacuerdos, las peleas, las malas interpretaciones y las tomas de posición que ocasionan conflictos. Si lo pensamos un poco, se trata de un ámbito en el cual lo que menos se nos ocurre es “ponernos de acuerdo para rezar”. Nos decimos cristianos, pero en las peleas excluimos el recurso al evangelio. Cómo vamos a rezar juntos los de tal partido con los de tal otro!

El Espíritu hace que el Nombre de Jesús sea algo real y eficaz y no un slogan o algo puramente “nominal”.

“Reunirse y ponerse de acuerdo en Nombre de Jesús” es algo que sólo puede realizar el Espíritu Santo. Nadie puede “nombrar” a Jesús si el Espíritu no se lo inspira. Se trata de un nombrar que se traduce en seguir los criterios de Jesús, que son los de evangelio. Estos criterios son siempre sorprendentes e inagotablemente nuevos. No debemos pensar que “ya sabemos cuáles son los criterios de Jesús”. En realidad, hemos incorporado solo muy pocos.

Veamos un ejemplo de un criterio inspirado por el Espíritu. El Papa en su visita a Colombia puso como lema y criterio para la paz: “Demos el primer paso”. Este es uno de esos “criterios evangélicos escondidos” que el Espíritu nos revela indirectamente, como si los inspirara en el espacio en blanco que da aire a los renglones de palabras evangélicas. No sé si está escrito en algún lado la frase “demos el primer paso”, pero sí sé que, si uno la usa como clave de lectura, hace que “irradien luz nueva” muchas parábolas del evangelio que tal vez se nos volvieron rutinarias.

El buen samaritano es uno que da el primer paso cuando sigue lo que le dicta su conmoción, al ver al herido, y se acerca; el padre misericordioso da el primer paso cuando sale corriendo a abrazar a su hijo que regresa maltrecho y también cuando sale a la puerta a hablar con el hijo que no quiere entrar en la fiesta; el sembrador da el primer paso cuando sale a sembrar, así como el Dueño de la viña, cada vez que sale de nuevo a contratar obreros para la cosecha.

Cuando uno da el primer paso hacia el encuentro, el perdón y el anuncio evangélico, el Padre lo bendice y el Espíritu Santo otorga a estos pasos eficacia y fecundidad.

Así pasa con todos los criterios evangélicos que se formulan distinto en cada época. No son criterios prefabricados sino palabra viva, consejos llenos de la fuerza y el poder transformador de la realidad que el Espíritu suscita en la mente de los que rezan y piden juntos, dos o más, en el corazón de los que quieren actuar en Nombre de Jesús y no en nombre propio o en nombre de cualquier formulación de moda.

El Espíritu hace notar que el tono de Jesús es distinto a todo. Un ejemplo de esto está en lo que el Papa les decía ayer a los Obispos del CELAM: “Dios, al hablar en Jesús al hombre, no lo hace con un vago reclamo, como a un forastero, ni con una convocación impersonal como lo haría un notario, ni con una declaración de preceptos a cumplir, como lo hace cualquier funcionario de lo sacro”. El Papa hace ver que Dios nos habla a través de la calidez y amistad con que nos habla Jesús. Cuando escuchamos a Jesús que se involucra totalmente con sus discípulos y les confía lo que ha planeado en su corazón: que sus amigos puedan acudir con esta total familiaridad al Padre en nombre suyo, con la sola condición de ponerse de acuerdo entre ellos”, sentimos que nuestros oídos no están acostumbrados a escuchar la palabra de Dios dicha con este tono que le da Jesús. Cuando se nos dice que podemos poner en práctica los criterios del Evangelio, puede ser que pensemos en una retahíla de “preceptos morales” que los curas nos repiten desde el púlpito y que escuchamos como quien tacha frases en un formulario, diciendo: esto no va, esto no se puede, esto no tiene mucho sentido… Que no nos pase esto.

El Espíritu hace leer todo en orden al bien común.

Lo que en realidad está diciendo Jesús con esto de que el Padre nos dará cualquier cosa que le pidamos en orden a superar los desacuerdos, es que nos da libertad para consensuar. Hacerse todo a todos, como dice Pablo, para ganar aunque más no sea a uno, no es un recurso más, es lo propiamente cristiano! Cuando se trata de restablecer la unidad y las relaciones filiales y fraternas con los demás, el Señor se muestra creativo, al punto de transgredir muchos límites formales y ser tildado de exagerado. El modo como se ganaba el corazón de los pecadores muestra que es verdad que el Padre bendice este modo de actuar.

El Espíritu nos re-cuerda la Verdad, nos hace conectar unas cosas del evangelio con otras y el evangelio con la vida.

Por eso insisto en que “no tenemos incorporada” esta revelación de Jesús. Tenemos incorporada, por ejemplo, la revelación de que Él está en la persona de cualquiera que tiene una necesidad. El Señor fue bien claro al bajar esta presencia suya de manera prolija y detallada diciendo que “era Él a quien servíamos” cuando dábamos de comer al que tenía hambre, de beber al que tenía sed…, y así con cada necesidad.

No tenemos incorporada, en cambio, la revelación de cuál es su modo de estar presente en los conflictos. Se hace presente apenas alguien da el primer paso!!!

Y esta presencia es tan importante como su modo de estar presente en los pobres. Porque para poder dar de comer a todos los hambrientos se requiere algo más que la caridad individual o grupal, se requiere todo el despliegue de la forma más alta de la caridad, es decir, de la política. Y es la política, precisamente, la que está tentada hoy de ser “fuente de nuevos conflictos” en vez de ser la manera no violenta de resolverlos.

Así, puede venir bien leer este pasaje de la corrección fraterna trayendo a la memoria las obras de misericordia. Así como las obras de misericordia corporales no son puntuales (si uno se conmueve ante un herido, debe acercarse, y si se acerca y lo cura, debe luego ocuparse de que lo sigan atendiendo…, así también, en un conflicto, si uno da el primer paso y se acerca, luego debe poner en medio al Espíritu Santo, para que cree un ámbito de diálogo común, y después hay que seguir buscando creativamente los modos de consensuar para ir paso a paso en el camino de la reconciliación, que lleva tiempo, sobre todo si hay heridas antiguas y profundas.

Incorporar que el Señor está en cada paso y no solo en el resultado, ya es un gran avance. Y la analogía con el valor de cada paso en una obra de misericordia corporal ayuda a darse cuenta.

Puede ser bueno considerar las obras de misericordia espirituales como “pasos” o “modos” para ponerse de acuerdo en alguna cosa que queramos que el Padre bendiga para bien de una comunidad (familia, grupo o patria):

Las tres primeras son:

Enseñar al que no sabe; dar buen consejo al que lo necesita y corregir al que está en error.

El espíritu con que las debemos poner en práctica nos lo dan las otras tres que son: perdonar las injurias; consolar al triste y sufrir con paciencia los defectos de los demás.

Al cultivar estas actitudes como “obras de misericordia espiritual, la corrección fraterna se convierte en un proceso en el que Jesús se hace presente en cada “miseria” del prójimo. Ser ignorante, no saber qué hacer y estar equivocado son, para un cristiano, cosas tan dignas de misericordia como tener hambre o sed o estar forastero. También son necesarias, en un proceso de reconciliación, considerar que el que injuria, el que está triste y el que molesta con sus defectos, son personas que sufren una miseria espiritual. Esta valoración fortalece la misericordia en cuanto que se ve como la única actitud capaz de vencer esos males con bienes y no incrementarlos combatiéndolos con más injurias y violencia.

Diego Fares sj

 

 

 

 

 

 

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Al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos

– ‘Qué dice la gente sobre el Hijo del hombre? Quién dicen que es?’

Ellos respondieron:

-‘Unos dicen que es Juan el Bautista, otros, Elías y otros Jeremías o alguno de los profetas’.

– ‘Y ustedes –les preguntó- ‘¿Quién dicen que soy?’

Tomando la palabra Simón Pedro respondió:

– ‘Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo’.

Y Jesús le dijo:

-‘Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre sino mi Padre que está en el cielo.

Y Yo te digo: Tú eres Pedro y sobre esta Piedra edificaré mi Iglesia,

y el poder de la muerte no prevalecerá sobre ella.

Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos.

Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo’

Entonces ordenó severamente a sus discípulos que no dijeran a nadie que él era el Mesías” (Mt 16, 13-20).

Contemplación

Feliz de ti Simón!

Es la bienaventuranza de la fe.

De lo feliz que hace tener fe en Jesús.

La alegría que da hacerle caso a la fe cuando algo la despierta en nuestro corazón y sentimos el impulso a adherirnos sin peros a una certeza, que tiene que ver con un bien común, con algo que nos hace sentir plenamente humanos.

Algo especial se ilumina en los ojos de Jesús, mientras les va preguntando: “quién dice la gente que soy yo, quien dicen ustedes que soy yo…” y Simón le hace caso a lo que le dice su corazón.

Me pregunto si todos sentimos la voz del Padre cuando nos indica quién es Jesus, cuando nos revela que es su predilecto, el que esperamos, el Ungido…

El Señor dirá que el Padre se hace oír mejor por los pequeñitos y no por los que se complacen en escucharse a si mismos y en escuchar a los que los aplauden.

En todo caso, escuchar la voz del Padre e interpretarla como algo especial requiere ayuda, confirmación.

Esto es lo que hace Jesús con Simón: lo confirma, lo consolida en esa confianza que hace que se juegue y que lo convierte en Pedro, en piedra para confirmar la fe de sus hermanos, de todos nosotros.

Desde entonces, Simón Pedro -siempre con sus dos nombres, como hoy Jorge Bergoglio/Francisco- tiene la misión de confirmar personalmente la fe de los que queremos ser discípulos de Jesús.

Me gusta la idea evangélica de una fe en Jesús que necesita confirmación.

Una confirmación que no viene de la carne ni de la sangre, que no es cultural ni genética, sino que viene del Padre, del Altísimo, del Misericordioso, del que siempre está, estuvo y estará (que es una forma cercana de decir que es eterno).

Nuestra fe necesita esta confirmación de nuestro Padre y Él nos la hace llegar por dos vías, ambas eclesiales: por Pedro y por los pequeñitos del pueblo fiel, infalible en su modo de creer y de vivir la fe en su vida cotidiana.

Una fe que necesita confirmación es una fe pobre, es una “poca fe”.

Una “poca fe” que grita: Señor! Auméntanos la fe.

El plural indica que no se trata de una pobreza individual, de esas de las que uno podría salir por esfuerzo propio, sino de una pobreza que nos orienta hacia los demás, que nos hace salir de nosotros mismos y pedir ayuda. A Jesús , a Pedro y a las personas que vemos que tienen más fe que nosotros.

Volviendo a Simón Pedro, diría que él y todos los que con su nombre propio reciben el nombre de Pedro, solo se entienden desde esta fe. No se los entiende desde categorías meramente políticas, sicológicas, sociológicas…

Si se los elige es porque son gente que se deja confirmar y que se hace cargo de la tarea de confirmar a los demás.

Desde esta perspectiva se puede decir que Simón buscó ser Pedro, quería ser Pedro, fue siempre un Pedro, uno que era piedra para los demás, uno que se dejaba confirmar y que confirmaba a los demás en la fe, ya se tratara de tirar la red una vez más , aunque no hubieran pescado nada en toda la noche, o de caminar sobre las aguas en dirección a lo que para los demás era solo un fantasma.

Desear ser Pedro, desear ser confirmado para poder confirmar, es un deseo que regala el Padre a quien quiere. Suele dárselo a los que se animan a caminar sobre las aguas (y no a los que quieren trepar), a los que se dejan corregir y saben pedir perdón, a los que se juegan por sus hermanos sin miedo a quemarse…

Dejarse confirmar es disponerse a recibir el fruto de una acción conjunta: del Padre que pone a Jesus bajo la Luz del Espíritu Santo y lo transfigura ante nuestros ojos.

Confirmar a los demás también implica una tarea compleja, mas compleja que la que conlleva definir un dogma o escribir una encíclica. Esta es solo una cara, la cara intelectual de la fe. Pero confirmar requiere también acompañamiento, conducción pastoral a lo largo del tiempo, cariño y misericordia para perdonar las caídas, paciencia y fortaleza para iniciar un proceso y llevarlo a buen fin…

Es decir: confirmar en la fe es cosa de Padre.

Va más allá de decirle a un hijo “tienes que hacer esto” o “esto está bien y esto está mal”.

La fe se confirma bancando a los hijos. Hijos que, como Simón Pedro, a veces dicen cosas geniales y otras cualquier pavada, que se tiran al agua porque quieren caminar sobre el mar y después piden ayuda porque se hunden, que se entusiasman y también a veces niegan cobardemente, que se arrepienten y regresan…

Jesus elige a Pedro porque se anima a pasar por todas estas cosas escuchando la voz interior del Padre que le hace ver desde adentro quién es Jesus a quien tiene delante. Confía en el. Fíate. Es mi Hijo. Es tu Amigo, tu Señor, escúchalo: es uno que te puede enseñar, tu maestro (tu director espiritual, tu rabí, tu iman, tu sensei, tu shifu…, como quiera llamarlo tu cultura).

Pero, como decíamos, no se trata de una fe individual sino comunitaria, eclesial. Es una fe misionera, que responde quién es Jesus en medio de la gente y para ir a confirmar a la gente. Una fe que escucha lo que dicen los medios -que Jesus es esto y lo otro-, y dice: para mí Jesus es el Hijo De Dios y esto salgo a anunciarlo y a compartirlo con los demás. En el conflicto de las interpretaciones, la fe resuena -Jesus quiere que resuene- con el tono de voz único y personal de cada uno. El Señor no le interesa sacar un promedio estadístico de lo que la gente piensa de él para que uno se quede con ese tanto por ciento. Le interesan voces que se jueguen por el el cien por ciento. Le interesa lo que yo pienso y elijo cultivar de mi relación con él en lo íntimo de mi corazón, no que yo tenga una opinión promedio acerca de quién es él.

Nadie puede decir Jesús es mi Señor si el Espíritu no le mueve el corazón.

Y el Espíritu no mueve sino corazones que quieren confirmar la fe de sus hijos pequeñitos, de los pobres mas pobres y de los que quieren aprender las enseñanzas del evangelio.

Diego Fares sj

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“En aquel momento de gracia Jesús dijo:

Te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra,

y concuerdo plenamente contigo en que

habiendo ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes

se las has revelado a los pequeñitos.

Sí, Padre porque así lo has querido.

Todo me ha sido dado por mi Padre

y nadie conoce al Hijo sino el Padre,

así como nadie conoce al Padre sino el Hijo

y aquel a quien el Hijo se lo quiere revelar.

 

Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados,

y Yo les daré un descanso.

Tomen el yugo mío sobre ustedes

y aprendan de mí,

pues soy manso dulce, pacífico y humilde de corazón,

y  encontrarán alivio para sus almas,

pues mi yugo es suave

y mi carga liviana” (Mt 11, 25-30).

 

Contemplación

 

Este pasaje tan consolador del Evangelio, en que Jesús homologa lo que hace al Padre, que oculta sus cosas a los sabios y prudentes y se las revela a los pequeñitos –al pueblo fiel de Dios-, Mateo y Lucas lo ponen en contextos diferentes.

Siempre lo he relacionado con la misión de los setenta y dos discípulos que regresan después de haber predicado el reino y Jesús, “lleno de gozo en el Espíritu Santo”, exclama: “Yo te bendigo, Padre”. Pero en Mateo, el contexto es diferente. Jesús dice estas palabras después de una dura crítica a su generación, a la que no hay “nada que les venga bien” y de una fortísima maldición: “Se puso a maldecir a las ciudades en las que había realizado la mayoría de sus milagros, porque no se habían convertido” (Mt 11, 20).

Jesús se da cuenta de que sólo la gente sencilla, los pequeñitos, lo reciben y lo escuchan, mientras que muchos que son gente de peso en la sociedad, lo cuestionan y no se quieren convertir. Entonces, toma la palabra y bendice al Padre. Lo “homologa” dice Mateo. No solo no se queja de que las cosas vayan así, de que haya desprecio y críticas de los “sabios y prudentes”, sino que le parece que esto es parte del plan de su Padre y concuerda plenamente con Él. Está bien que sea así. Lo importante es que lo acojan los pequeñitos.

Y como esos pequeñitos son los que están cansados y agobiados, oprimidos por el peso de la vida y la falta de ayuda de la sociedad, a ellos dirige el Señor toda la compasión, toda la ternura y la misericordia de su Corazón: “Vengan a mí, dice, todos los que están fatigados y agobiados, que yo los aliviaré”.

Veamos el accionar de Jesús: juzga, maldice, bendice y compadece.

Juzga a su generación duramente.

Maldice sin contemplaciones: “Y tú Cafarnaún, hasta el cielo te vas a encumbrar? Hasta el infierno te hundirás”.

Bendice y alaba al Padre con toda la alegría de su corazón.

Y se compadece tiernísimamente, con dulzura y mansedumbre, de los más miserables y agobiados.

El corazón humilde y manso de Jesús posee una energía indescriptible que podemos vislumbrar en este “ponerse a maldecir” y en este “llenarse de gozo”. Es capaz de una ironía demoledora –“ustedes son como esos adolescentes a los que no hay nada que les venga bien- y de una pedagogía suave –“aprendan de mí, que soy dulce y pacífico de corazón”.

El Padre Cantalamessa pone este ejemplo: “Cuanto más alta es la tensión y más potente la corriente eléctrica que pasa por un cable, más resistente debe ser el aislante que impide a la corriente descargarse al suelo o provocar cortocircuitos. La humildad en la vida espiritual es este gran aislante que permite a la corriente de la gracia divina pasar a través de una persona sin disiparse, o lo que sería peor, provocar llamaradas de orgullo o de rivalidad”.

La humildad custodia los carismas. Hace que fluyan para bien común. El mal espíritu en cambio o trata de que su energía se disipe y se malgaste o tienta para que quemen al mismo agraciado, por el orgullo y la vanidad, o hace que susciten peleas de envidia, competencia y agresividades, con los que tienen otros carismas.

El Padre se revela a los humildes por medio de su Hijo humilde.

El pueblo fiel de Dios tiene esta gracia de encauzar bien la fuerza de la gracia para bien común y de resistir al mal pacíficamente. En estas actitudes se concreta esa gracia del Espíritu Santo que hace que el pueblo fiel sea infalible in credendo, como siempre recuerda el Papa Francisco.

No hay que interpretar esto como si se dijera que el pueblo fiel escribe o hace de árbitro en las discusiones de los teólogos.

Los sabios y prudentes se burlan un poco de la fe de la gente porque sus formulaciones y su estética les parecen poco elaboradas.

Sin embargo, bajo este “aislante” humilde de la religiosidad popular, que recicla lo que encuentra más a mano para revestir su vida, corre una corriente poderosa de revelación pura del Padre y un aprendizaje profundo de la caridad y la misericordia de Jesús.

La gente seria de la época del Señor consideraba que la gente lo seguía porque era un milagrero, un populista, diríamos hoy. Jesús en cambio, valoraba la fe de la gente como un don único del Padre.

Ahora bien, la categoría de pequeñitos hay que entenderla bien, literalmente. Los pequeñitos no son pequeñitos “de estampita”. Son los “nepioi”, que quiere decir los inmaduros, los ignorantes, la mano de obra no cualificada.

Se oponen a los “teleioi”, que son los perfectos, los más avanzados, los cultos y capacitados.

Estos defectos y virtudes comunes se transforman al “tocar” a Cristo. Lo que es positivo mundanamente hablando pareciera que se convierte en negativo. Y viceversa: lo que para el mundo no cuenta, pareciera que es lo que más ayuda a “descubrir” y “valorar” quién es Jesús.

Paradójicamente, son nuestros pecados los que nos ayudan a experimentar la misericordia de Jesús. El que considera que no tiene ningún pecado “grave” –como se dice-, se impermeabiliza para con la misericordia. En cambio, el que está “fatigado y agobiado”, encuentra en Jesús un descanso.

Una categoría que quizás ayuda es la de “ordinario”, con la carga negativa que puede contener. El Padre le revela a Jesús a la gente ordinaria.

Ordinaria en el sentido de que “no se la cree”: no se siente superior a otros.

Esto de creérsela es algo que atraviesa todas las clases sociales y todas las edades de la vida. Lo decimos: es un niño “creído”. Los futbolistas valoran a uno que juega bien y es humilde: “no se la cree”. La gente se da cuenta cuando el cura que predica “es creído”. Las modelos, cuando critican a otra dicen: “quién se cree que es esa”. Entre los compañeros de trabajo se distingue al que se cree superior, siendo que es un empleado como cualquiera.

En penúltima instancia, si uno se la cree o no sólo lo puede ir juzgando cada uno en la intimidad de su conciencia. Y, en última instancia, sólo el Señor nos lo puede hacer ver con su misericordia infinita.

Como lo de “creérsela” tiene mucho de comparativo, es fluctuante ver cuánto nos la creemos si solo nos comparamos con los demás. Por eso Jesús es la piedra de toque.

Jesús y también sus santos –los especiales, sí, pero sobre todo los santos ordinarios, la gente buena que da la vida con amor.

¿Qué quienes son los santos ordinarios?

Si usted es de los que hacen esta pregunta, entonces está en el horno (el de la credidurez). Porque el termómetro para ver hasta dónde uno es humilde o se la cree es uno que mide lo siguiente:

Cuanto más gente mejor que uno reconoce uno, menos se la cree.

Y cuanto menos gente mejor que uno reconoce uno, es que más se la cree.

Porque Jesús es un Jesús presente en los ordinarios, no hay otro Jesús que este.

Por eso hablo de la gente que nos rodea. Con la cual convivimos. No estoy hablando de reconocer que Messi sabe más de fútbol que un comentarista (y aquí hago un excurso porque hay comentaristas –profesionales y de café- que consideran que Messi juega mejor que ellos, por supuesto, pero que sus opiniones sobre el seleccionado son totalmente erróneas y parciales. He escuchado decir que se rodea solo de sus amigos y los protege, aunque el seleccionado pierda, y que en el fondo es un egoísta que no quiere a su patria. Por supuesto que te muestran una foto en la que se ve que no cantó el himno. Pero, digo yo, cuando alguien habla así, ¿de qué está hablando? Ciertamente, no de fútbol. Porque puede ser que Messi tenga sus ideas de lo que es mejor y puedan discutirse, pero pensar que “no sabe” es confundir un saber abstracto con el saber vital. Estos sabios y entendidos preferirían hacernos ver un partido de play-station, armado por ellos, a un partido real. Y pensar que no le gusta jugar, ganar y ganar con el seleccionado, es signo de una ceguera de tal magnitud que sólo la soberbia o el interés económico pueden justificar. Y, sin embargo, hay gente que se traga esos discursos y cuando lo ve a Messi cansado o deprimido en un partido en el que no le salen las cosas, en vez de sentir que a él le debe doler más que a uno, porque él está en la cancha, le viene a la mente el discurso perverso que le inocularon y dice: este no quiere a la Argentina).

La alegoría futbolística, si ayuda a discernir, bienvenida sea. Y si no, como decía mi abuela de la leche caliente con miel y cognac cuando uno tenía tos: aunque no te cure del todo, vos tomala que hace bien y es rica.

Hay una frase de Einstein que viene bien para terminar la contemplación de hoy. Decía el genio: “Mi religión consiste en una humilde admiración del ilimitado espíritu superior que se revela en los pequeños detalles que podemos percibir con nuestra frágil y débil mente”.

No dudo de que al Señor, esta frase le habrá encantado.

Diego Fares sj

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En aquel tiempo dijo Jesús a Nicodemo:

Tanto amó Dios al mundo

que le dio a su Hijo unigénito

para que todo el que cree y confía en Él no muera

sino que tenga vida eterna.

Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo

sino para que el mundo se salve por él.

El que cree en Él, no es condenado,

el que no cree, ya está condenado,

porque no ha creído en el Nombre del Hijo unigénito de Dios (Jn 3, 16-18).

Contemplación

Si uno mira el evangelio de hoy, en que el tema daría para un tratado sobre la Trinidad que podría llevar varios tomos, ve que la Iglesia elige un textito de nada en el que sólo se nos dice que Dios amó tanto al mundo que le dio a su Hijo para que confiando en Jesús nadie se muera, sino que todos tengan vida. Ni se mencionan las Tres divinas Personas. Solo un adverbio de cantidad –“tanto”- para hacernos sentir el peso suave de un amor incondicional: nos dio a su Hijo, a Jesús. Qué más se puede dar.          Es propio de Jesús esto de “engrandecer al Padre” –“¡nos amó tanto!”. También es propio suyo “quitar peso a nuestros pecados”, ejercitar la misericordia que suaviza la ley. Él es como el administrador infiel que le hacía agarrar los recibos a los deudores de su amo y donde en uno estaba escrito “cien barriles de aceite”, él le decía “anota 50”, y donde el recibo de otro decía “100 sacos de trigo”, él administrador se lo devolvía: “Mira, toma tus recibos y anota sólo ochenta”. Esta manera de “decir la verdad rebajando la obligación” permite a la persona sentir la presencia amorosa del Señor y recomenzar de nuevo desde una moral interior, movida por el amor.

En el oficio de lecturas de hoy sábado Santo Tomás cita a San Agustín que dice: “es mejor andar rengueando por el Camino que correr fuera de él. Porque el que va por el Camino –que es Jesús-, aunque avance poco, porque renguea, se acerca a la meta”. Me conmovió esto de: “aunque avance poco”. Me sentía identificado. Me venía la imagen de la peregrinación a Luján: de esas personas que uno al pasar los ve caminar totalmente acalambrados. Cómo arrastran los pies y otro los sostiene y los ayuda a ir adelante. Los pies son un desastre, pero en la cara se les ve que solo sienten “la meta”. Engrandecer a la Virgen les hace disminuir el dolor…

Nos centramos, pues, en ese “tanto” del amor de Dios.

El Padre no nos dio otras tablas con mandamientos y leyes. Nos dio a Jesús.

Nuestro Padre del Cielo no nos dio un tratado de teología. Nos dio a Jesús.

Y la Alegría del evangelio (“Evangelii gaudium”) de la carne frágil del Niño Jesús, que su Madre envolvió en pañales y recostó en un pesebre, se la anunció a los pastorcitos de las periferias de Belén, no a los escribas y fariseos de la corte y del templo.

Nuestro Padre no nos dio un tratado de moral sexual. Nos dio a Jesús.

Y la Alegría del amor (“Amoris laetitia”) que envolvió la infancia y la adolescencia de Jesús, quedó sellada en la intimidad familiar que sus padres –José y María- vivieron lejos de las miradas indiscretas de los demás.

El lieto anuncio de lo que llamamos “la vida oculta”, es que cuando una pareja se ama y Dios la bendice con la vida nadie debe meterse a opinar perturbando desde afuera. Nunca debemos olvidar que en el silencio de María y en el sueño de José, lo que a los ojos de la ley era motivo de excomunión se convirtió en un “no temas tomar a María tu esposa porque el que ha sido generado en ella por el Espíritu es santo (Mt 1, 20).

El Padre nos dio a su Hijo gracias a que María se bancó las miradas y los chusmeríos de la gente (que saldrían a la luz con toda su hiel en la vida adulta del Señor cuando regresó a Nazaret y en sus discusiones con los fariseos, que le dijeron que ellos no eran hijos de prostituta).

El Padre nos dio a Jesús gracias a que José no se atuvo a la ley y se jugó por un sueño, en una sociedad en la que la puerta del juez estaría abierta para redactar un acta de repudio con puntos y comas ya que todo era público y estaba catalogado con la precisión con que solo la ley judía puede hacerlo.

Nuestro Padre nos dio a Jesús y Él, su Hijo amado, para revelarnos a ese Padre suyo y Padrenuestro, no se le ocurrió mejor cosa que rezar delante de la gente diciendo Alabado Seas (“Laudato si’”) mi Señor . Y agradecerle y alabarlo porque hace salir el sol sobre buenos y malos, alimenta a los pajaritos del cielo, cuidando que no caiga ni un solo sin estar Él en persona presente, y viste a los lirios del campo mejor de lo que se visitó el rey Salomón.

El Padre nos dio a Jesús y Jesús se puso a enseñar a la gente:

– que Dios es un Padre que hace fiesta a los hijos pródigos y les tiene infinita paciencia a los hijos conservadores;

– que Dios es un Padre que sale a buscar trabajadores para su viña y no se fija mucho en los contratos;

– que Dios es un Padre que invita a todos a la fiesta de bodas de su hijo y regala entradas y trajes de fiesta.

El Padre nos dio a Jesús y Jesús, después de hacer todo lo posible por “suavizar la ley” -no para que no se cumpliera sino para darle la oportunidad a la gente de cumplirla entera, pero de corazón y a su propio ritmo-, al final, no pudiendo ya dar más, se dio a sí mismo en la Eucaristía –lavando los pies y partiendo el pan- como signo concreto y real de ese “amor tan grande” –de ese “tanto”- del Padre.

Jesús, al igual que el Padre, nos amó “hasta el extremo”. Y la mejor palabra para hacer ver este amor es ese mismo adverbio: “tanto”.

Jesús nos amó tanto que nos dio su Palabra, su compañía, sus sentimientos, su estilo, su carne, su servicio, su vida, a su Madre… Y, por si fuera poco, Él y el Padre nos dieron su Espíritu.

Al decir su “Espíritu” se nos agranda el Don y hay que tener cuidado porque, como todo gran regalo puede hacer que “hasta el santo desconfíe”. Por eso el Espíritu, si bien tiene algunos Pentecostés y a veces se deschava y se vuelve Efusivo, gradúa ese “tanto” del Padre y de Jesús y lo convierte en un “tanto cuanto”. Como dice Ignacio: nos manifiesta el Amor discretamente.

Discreción no significa para nada “términos medios”, tibieza o “nivelar por lo bajo”. Nada de eso. Caridad discreta significa mirar el bien del otro, no a sí mismo ni a la ley en abstracto. El Espíritu se vuelca y se da totalmente a todos según la capacidad de cada uno. El Espíritu es especialista en hacerse a la medida a cada persona: toma su paso, se “incultura”, se “hace todo a todos”.

Como el Espíritu del Padre y de Jesús es Alguien que no se mira a sí mismo, por eso el mundo no lo ve ni lo percibe; porque el mundo cuando dice “espíritu” piensa en un yo cuya soberbia hace girar el mundo en torno a su vanidad y a su poder. El Espíritu del Padre y de Jesús, en cambio es común, es inclusivo, unifica al pueblo fiel de Dios y da a cada uno un carisma para el bien común. El Espíritu es el “tanto” de Dios convertido en “tanto cuanto”: tanto cuanto puede cada uno recibir, tanto cuanto uno pueda dar las gracias que recibe.

El “tanto cuanto” –que se adapta perfectamente a cada persona y a cada pueblo- actúa en lo grande y en lo pequeño. Y lo hace en un nivel de magnitud que se nos escapa: lo macro, porque actúa en la Iglesia y en los pueblos a una escala que cuesta ver. A veces un cambio tarda dos milenios –como el tomar conciencia de que no se pueden bendecir las guerras- y otras veces el cambio se da en un microsegundo, como cuando Hurtado vio a ese pobre aterido de frío, le dio su sobretodo y supo que era Cristo, o cuando la pequeña Jacinta de Fátima comprendió que podía ofrecer sacrificios por los pecadores.

El Espíritu revela la verdad a algunos a sorbos y a otros lanzándolos a mar abierto.

El Espíritu enciende en algunos la fe como una velita y en otros es un fuego que enciendo otros fuegos.

El Espíritu hace rezar a algunos con las palabras de las oraciones aprendidas de niño y a otros los hace hablar y cantar en lenguas desconocidas, pura expresión de afecto y amor.

El Espíritu ayuda a los pobres creando y sosteniendo instituciones de caridad estructuradas y visibles y también con gestos personales, de esos en los que la mano derecha no sabe lo que dio la izquierda…

El Espíritu sopla donde quiere y cuando quiere y es Soberano en su modo de unir a los hombres, de enseñar a servir y de hacer adorar. Gracias a Dios, no se lo puede enjaular, como dijo el Papa a los carismáticos.

Bendita sea la Santísima Trinidad: el Padre misericordioso, el Hijo, Jesús, nuestro Señor y el Espíritu Santo Consolador.

Diego Fares sj

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Jesús fatigado del camino se había sentado junto al pozo (de Jacob). Eran como las doce del mediodía. Llega una mujer samaritana a sacar agua y Jesús le dice: Dame de beber” (pues sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar algo para comer).

La samaritana le dice: ¿Cómo tú, que eres judío, me pides de beber a mí que soy una mujer samaritana?” (Porque los judíos no se tratan con los samaritanos).

Jesús le respondió: Si conocieras el Don de Dios y quién es el que te dice ‘dame de beber’ tú le habrías pedido a Él y te habría dado agua viva.

Le dice la mujer: “Señor, no tienes con qué sacar agua y el pozo es profundo ¿de dónde sacas entonces agua viva? Es que tú eres más que nuestro padre Jacob, que nos dio el pozo y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?

Le respondió Jesús: Todo el que beba de esta agua volverá a tener sed, pero el que beba del agua que yo le dé no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé se convertirá en él fuente de agua que brota para vida eterna.

Le dice la mujer: Señor, dame de esa Agua, para que no tenga más sed y no tenga que venir aquí a sacarla.

Jesús le dice: Ve, llama a tu marido y vuelve acá.

Respondió la mujer y dijo: No tengo marido.

Le dice Jesús: Dijiste bien que no tienes marido, porque has tenido cinco maridos y el que ahora tienes no marido tuyo; en eso has dicho la verdad.

Le dice la mujer: Señor, veo que tú eres un profeta. Nuestros padres adoraron a Dios en este monte y ustedes dicen que en Jerusalén es donde se lo debe adorar.

Le dice Jesús: Créeme, mujer, llega la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adorarán al Padre.

Ustedes adoran lo que no conocen. Nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero llega la hora (ya estamos en ella) en que los adoradores verdaderos adorarán al Padre en Espíritu y en verdad, porque así quiere el Padre que sean los que lo adoren. Dios es Espíritu y los que lo adoran deben adorarlo en Espíritu y en verdad.

Le dice la mujer: Yo sé que va a venir el Mesías, el llamado Cristo. Cuando él venga nos anunciará todo.

Le dice Jesús: Yo soy, el que habla contigo”.

En eso volvieron sus discípulos y quedaron sorprendidos de que estuviese conversando con una mujer, pero nadie le dijo “qué preguntas” o “qué hablas con ella”. La mujer dejando su cántaro, corrió a la ciudad, y dijo a la gente: Vengan a ver un hombre que me dijo todas las que hice. ¿No será éste el Cristo?” Y salieron de la ciudad y venían donde él.

Muchos samaritanos de aquella ciudad creyeron en él por las palabras de la mujer que atestiguaba: “Me ha dicho todo lo que he hecho”. Así como llegaron a él los samaritanos le rogaban que se quedase con ellos. Y se quedó allí dos días. Y muchos más creyeron por la palabra de él. Y le decían a la mujer: “Ya no creemos por lo que tú nos has dicho pues por nosotros mismos hemos oído y sabemos que él es verdaderamente el Salvador del mundo” (Jn 4, 5-42).

Contemplación

Adelanto de Pentecostés

“Si conocieras el Don de Dios…”.

La Samaritana “adelantó” algo que el Señor tenía planeado para después de su ascensión al Cielo. Ella le pidió a Jesús el Don del Agua viva, al mismo tiempo que charlaba y le daba de beber. La Samaritana confesó su pecado y fue instruida por el Señor –el Cristo, como ella dice- en lo que respecta a la adoración en Espíritu y en verdad.

El evangelio nos dice que hubo un momento en el que se juntaron muchas cosas. Contemplemos la secuencia:

* Jesús apura la charla. Apenas ella le dice “Dame de esa Agua”, el Señor cambia de tema: le manda que se vaya, que llame a su marido y que regrese.

Es como hacer ver que la cosa puede ir para largo.

Pero la mujer confiesa directamente: “No tengo marido”.

Es una frase seca.

Como era ella, se ve que tenía la ocasión servida en bandeja para comenzar a dar vueltas y explicarle al Señor lo complicada que había sido su vida…

Sin embargo, le larga su verdad más honda con una sola frase: No tengo marido.

*Jesús se ve que se admira, porque cambia de nuevo la marcha.

Ya no le insiste en que vaya a buscar su marido, sino que con infinita delicadeza le habla siguiendo esa pedagogía del “dulce, salado, dulce”. La alienta con un dulce: “Bien has dicho”; mete la salada explicitación de los cinco maridos, que dejan clara una vida tumultuosa, no solo para la vida de un pequeño pueblo; y concluye con el dulce: “En eso has dicho la verdad”, que no solo es un elogio sino una invitación a decir la verdad en otras cosas profundas suyas, no solo en su pecado.

Y ella se anima y nos sorprende a todos sacando el tema de la adoración!

Debo decir que creo que es la primera persona que le saca este tema a Jesús.

* Y se ve que al Señor le encanta, porque no solo cambia de marcha, sino que acelera. Como hizo en Caná, motivado por ese diálogo con su Madre que lo llevó a adelantar su hora. Pero ante el alma abierta de la Samaritana, en la que siente el agrado del Padre, el Señor adelanta nada menos que Pentecostés.

Vemos como le empieza a decir que “llegará la hora” de un nuevo modo de adorar y de golpe –como si Él se diera cuenta de lo que está sucediendo, de lo que ha desencadenado la Samaritana- le dice: “ya estamos en esa hora, en que los adoradores verdaderos adorarán al Padre en Espíritu y en verdad”.

Ella le ha dicho la verdad y el Señor le revela que al Padre le agradan las personas que lo adoran en la verdad. Que el Padre quiere personas como ella, como la Samaritana, eso es lo que le está diciendo.

* Y a continuación agrega el Señor la frase: “Dios es Espíritu y los que lo adoran deben adorarlo en Espíritu y en verdad”.

Al decir esta frase, vemos que las cosas se precipitan: la mujer insinúa su confesión acerca del Mesías y Jesús, que a nadie le confesaba esto, sino que más bien pedía que se guardara el secreto, a ella se lo confiesa claramente: “Yo soy, el que habla contigo”.

* En ese instante llegan los discípulos y se corta el diálogo, porque todos quedan sorprendidos.  Mientras ellos miran a Jesús y de alguna manera le “hacen sentir” que algo no encaja, la samaritana aprovecha, deja su cántaro y sale corriendo a llamar a su pueblo.

En alguno de esos instantes, el Don de Dios –el Espíritu- descendió sobre ella en este Pentecostés interior.

Y nuestra querida Samaritana, convertida, perdonada e instruida en la fe, corrió a evangelizar a todo un pueblo y se lo trajo a Jesús.

* La gente recibió el Espíritu Santo. No recibieron sólo un anuncio previo… Le dicen: “Ahora nosotros mismos hemos oído y sabemos que Jesús es verdaderamente el Salvador del mundo”. Tiempo después, en su carta, Juan dirá: “En esto nos damos cuenta de que estamos en Él y Él en nosotros: en que nos ha hecho Don de su Espíritu” (1 Jn 4, 13).

Decíamos que la palabra Don es el mejor nombre para esta Tercera Persona que Jesús y el Padre nos anuncian que nos donarán. En el pasaje de la Samaritana lo vemos como Don en acción. No como una cosa que se nos regala sino en el acto de donarse. Y lo vemos porque la Samaritana se transforma en una persona que se dona. Es decir, se convierte en una persona espiritual, lo cual no quiere decir en una persona que pone cara de devota o es muy compuesta y nos mira desde arriba, sino en una persona que se dona entera. Que sale corriendo a anunciar el evangelio y arrastra con su entusiasmo a la gente hasta ponerla con Jesús.

Don es el mejor nombre para nombrar la Persona del Espíritu Santo 

“Qué debemos hacer, hermanos” -preguntaba la gente con el corazón compungido a los apóstoles, cuando salieron a predicar luego de Pentecostés. “-Conviértanse… y recibirán el Don del Espíritu Santo”-, les dijo Pedro (Hc 2, 38).

Don, por tanto, pero no como una cosa que se nos pone en las manos, sino como “don de sí”. El Espíritu es el que, donándosenos Él mismo, nos hace comprender que Dios es el Padre que nos donó la vida y que Jesús es Pan que se nos dona y Hermano que nos enseña a vivir donándonos a los demás. Esto, que Dios es Don, nos lo enseña y comunica el Espíritu dándosenos personalmente.

A nosotros nos resulta difícil imaginar a una persona que sea “puro don”. Nosotros tenemos necesidad de “guardarnos” algo, por así decirlo. Si nos donáramos enteros, desapareceríamos. Nosotros necesitamos recibir, no podemos ser “puro don”.

Quizás por eso es que el Espíritu “se nos escapa”. No lo podemos imaginar como ese tú tan humano, que es Jesús: uno que se sienta a hablar con la Samaritana y le pide “dame de beber”.

En ese sentido, el Espíritu es lo “menos humano” y lo “más Dios” de Dios. No quiero decir que sea “inhumano”. Todo lo contrario. El Espíritu es el que nos humaniza, enseñándonos a ser para los demás. Pero ser Espíritu es lo más propio de Dios y en este sentido es lo más misterioso: no lo podemos “cosificar”. Es puro viento-fuego-agua; pura pasividad y pura acción, puro amor.

No quiere decir que no tenga rostro: pero es más bien “todos los rostros”, es el rostro del pueblo de Dios en marcha, el rostro que, para poder tener los rasgos de todos los rostros, no se dibuja de modo particular.

Se nos escapa, pero no es porque sea como esas amas de casa que nos invitan a comer y no paran de servir, de modo que en cierto momento uno les dice: “Sentate un poco. Vení a charlar”. No es que el Espíritu no tenga tiempo para sentarse a charlar de “sus cosas”.

Lo que pasa es que no “tiene cosas suyas”, no tiene cosas para decirnos que no sean las de Jesús. Una, porque en Jesús el Padre nos dijo todo. Otra, porque bastante trabajo tiene con hacer que cada cosa sea comprensible y eficaz en cada momento, en cada situación y para cada persona.

Nosotros no entendemos a Alguien que diga que “no tiene algo propio para decir”. Porque en toda conversación, si no tenemos algo nuestro para decir o no nos dejan decirlo, perdemos interés. Pero en el Espíritu se ve que esto funciona diferente: él estuvo en el origen de todo lo que dijo y reveló Jesús y es el que está en el origen de que nosotros lo entendamos. Es como un buen maestro que no nos cuenta su vida, sino que nos enseña las materias; y nos enseña también el modo de aprender y a leer, a escribir y a  pronunciar… Y no por eso es menos un tú, aunque acalle lo suyo personal y se haga a nosotros, para enseñarnos lo que necesitamos aprender.

Cuántos maestros y maestras en los que no pensamos todo el tiempo, pero que apenas hacemos memoria, vemos dibujarse su rostro o escuchamos su voz. Rostros y voces que están indisolublemente mezcladas con las materias y las técnicas que nos enseñaron.

Al Padre le agrada la gente que adora

El Espíritu nos enseña a creer, y a Jesús le encanta la gente que confía en Él. El Espíritu nos enseña a donarnos, en el servicio y en la adoración. Y al Padre le agrada la gente que sirve a sus pequeñitos y que adora.

Le agrada especialmente la gente que se siente pequeñita y poca cosa, y por eso lo adora a Él como un hijito pequeño adora a su mamá y a su papá.

Al Padre le agrada la gente que lo adora al levantarse, besando el crucifijo y tocando con la frente el suelo.

Al Padre le agrada la gente que lo adora en medio del trabajo, que se para un instante y le muestra su rostro sonriente a Dios (como si uno se sacara una selfie sólo para que la vea el Padre en lo secreto, para que vea que su hijo o su hija están contentos con él).

Al Padre le agrada la gente que lo adora a la noche, dándole gracias por el día y poniéndose en sus manos.

Al Padre le agrada la gente que lo adora sirviendo a los demás, que trata a los demás como a hijos de Dios y los ayuda en todo. Especialmente le gusta la gente que enseña a otros a adorar. Como hizo la Samaritana, acerca a su pueblo a Jesús. Así hacemos nosotros cuando enseñamos a nuestros hijos a adorar a Dios.

Diego Fares sj

 

 

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Jesús tomó (en su compañía a sus amados discípulos),

a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan,

y los llevó aparte a un monte elevado.

Allí se transfiguró en presencia de ellos:

su rostro resplandecía como el sol

y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz.

De pronto se les aparecieron Moisés y Elías, hablando con Jesús.

Pedro dijo a Jesús: «Señor, ¡qué bien estamos aquí! Si quieres, levantaré aquí mismo tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.»

Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra

y se oyó una voz que decía desde la nube:

«Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección: escúchenlo

Al oír esto, los discípulos cayeron con el rostro en tierra, llenos de temor.

Jesús se acercó a ellos y, tocándolos, les dijo: «Levántense, no tengan miedo.»

Cuando alzaron los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús solo.

Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó: «No hablen a nadie de esta visión,

hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos» (Mt 17, 1-9).

Contemplación

¡Escúchenlo!

Esta es la Palabra del Padre para todos los hombres: Escuchen a mi Hijo, escuchen a Jesús.

Toda la escena de la transfiguración apunta a inculcar para siempre este mensaje: tomar aparte a sus amigos, llevarlos consigo al monte Tabor, la transfiguración del Señor que se muestra en toda su gloria, la aparición de Elías y Moisés charlando con Jesús, la Nube luminosa que los cubre con su sombra (el Espíritu Santo) …, todo ayuda a que se grabe en los discípulos la Voz del Padre que dice: «Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección: escúchenlo

En esto nos va la vida: en escuchar a Jesús.

¿Es fácil escuchar a Jesús? Siempre me impresionó la respuesta que dio un jesuita a uno que preguntaba si habían estado lindos los Ejercicios que había hecho. “Los ejercicios no son ni lindos ni difíciles –le dijo-: los ejercicios hacen mucho bien”.

Creo que se puede aplicar a Jesús: escuchar a Jesús nos hace bien, mucho bien. A veces será fácil, a veces difícil. A veces será agradable escucharlo, a veces será como tomar un purgante o cauterizar una herida… Pero “escuchar a Jesús” siempre nos hace bien.

San Ignacio, en el centro de los Ejercicios que es la meditación del Llamado del Rey, hace pedir esta gracia: “no ser sordo a su llamamiento, sino presto y diligente para cumplir su santísima voluntad” (EE 91). No ser sordo… No hacerme el sordo, como bien decimos.

Como en muchas cosas del evangelio, hay que estar atentos a un detalle: aquí se trata de una reduplicación. Se trata de “escuchar al Padre” que nos dice que “escuchemos a Jesús”…

Siempre me acuerdo de un hecho de mi formación que, recordado después de tanto tiempo, tiene un sabor simpático, pero que en el momento me zarandeó la fe en mis formadores. Eran nada menos que mi provincial de entonces y mi rector (Bergoglio). El provincial me había misionado a hacer el magisterio en Ecuador y fui a Bergoglio para pedirle plata para sacar el pasaje. Estaba ocupado y me dijo que le pidiera al Provincial, que estaba en la oficina de al lado con el secretario. Fui y estaban ocupados también. El provincial apenas levantó la vista y me dijo que eso se lo pidiera al rector. Volví a Bergoglio y le dije que el provincial me mandaba que eso se lo pidiera a él y me respondió que volviera a pedirle al provincial. Yo me disgusté y le dije: Pónganse de acuerdo entre ustedes, porque si no, yo no sé a quién obedecer. El me miró y como uno a quien le parece evidente que allí no había ningún problema, me aclaró: “Vos no te preocupés, vos obedecé a los dos”.

La verdad es que no “entendí” la formulación y salí medio queriéndome enojar, pero a los dos pasos se me quitó el enojo. Así que fui de nuevo al provincial, y le pedí lo mismo, con buen humor. Y él se rio y me hizo dar la plata para el pasaje.

Después de haber visto tantos problemas con respecto a la obediencia a lo largo de mi vida, creo que fue la lección práctica que más me ha servido para no enroscarme en esas tentaciones que tanto dañan y complican la vida de la iglesia. Si tenés que obedecer a este superior o a aquel, a la ley escrita en papel o a tu conciencia, al concilio Vaticano o al de Trento. “Vos obedecé a los dos”, ha sido siempre la fórmula que me ha puesto en el presente concreto y me ha llevado a dejar las cosas en manos del Espíritu. Nunca me olvidaré ese momento en que salí de la pieza de Bergoglio y caminé por el patio del Máximo aquellos diez o doce pasos que me llevaban a la Secretaría, cómo me hizo sonreír el pensamiento de que me podía pasar la mañana entera yendo y viniendo sin la plata, obedeciendo a los dos, de a uno por vez.

Esta anécdota es para introducirnos en esta especie de juego entre el Padre, que nos dice que escuchemos a su Hijo, y Jesús, que nos dice que hagamos la voluntad del Padre… Mientras vamos de uno al otro, el Espíritu nos acomoda las cargas de la vida y nos hace discernir.

Escúchenlo. Escuchar a Alguien como Jesús no es “escuchar nomás”.

En el escuchar, la intención lo es todo. Uno puede oír como quien oye llover o escuchar guardando en el corazón cada palabra –con sus tonos y sus énfasis-, como escuchaba María, según Lucas.

Uno puede oír apurado, ya sabiendo lo que viene y preparando la respuesta, o escuchar bien atento, como salido de sí y volcado en lo que dice Jesús, para tratar de que le pesen las palabras como le pesan a Él. Apurado lo escuchó Pilato, que ya tenía decidido hasta dónde se podía extender en la justicia y hasta donde no. Bien atento lo escuchó Zaqueo, que sin que Jesús le dijera nada, él solito se dijo lo que tenía que hacer, cuánto iba a devolver, cuánto iba a regalar.

Uno puede escuchar las cosas con el “oído teórico”, como aquel escriba que le dio la razón a Jesús (¡!) cuando el Señor citó los mandamientos como están “escritos”. Y también se ve que escuchó lo del prójimo, porque juzgó bien al decir que el que “se había hecho prójimo había sido el samaritano”. Pero a Jesús hay que escucharlo también con el “oído práctico”, que no se queda teorizando, sino que pasa directo a la acción, como lo escucharon los discípulos cuando “dejaron las redes y lo siguieron”.

Uno puede escuchar como escucha el mal espíritu –el acusador- o como escucha el Paráclito, nuestro abogado defensor. El Abogado defensor nos escucha atentamente, buscando la verdad, pero para salvarnos. El acusador en cambio, no se fija en si usa verdad o mentira, pero lo que quiere es hundir y condenar.

Ayer fui a renovar el permiso de estadía en Italia, que te renuevan por dos años. El lugar es un campo militar, bien en las afueras de Roma y para llegar hay que cambiar subte y luego tomar un colectivo. La cuestión es que no venía el micro y me tuve que tomar un taxi para llegar. El tipo se hizo el tonto y arrancó con el reloj en 6 euros en vez de en 3. Como me di cuenta a los dos minutos le pregunté “elegantemente” si variaba la tarifa “di partenza” (yo le dije “di partita” y habrá pensado que hablaba de la partida de fútbol). Se hizo el tonto y me respondió en abstracto: diciendo que dependía de si era horario nocturno o diurno y si era feriado. Yo le dije que me refería a la de ahora, porque había arrancado en 6 euros y no en 3 y me dijo que no importaba porque el viaje hasta el “ufficio immigrazione” eran 15 euros siempre. Me mostraba el reloj como diciendo “ahí está” pero no tiene nada que ver. En esto de hacerse los que no entienden los tanos son especialistas. La cuestión es que no me quería bajar porque tenía el turno fijo (que te lo dan 2 meses antes y si lo perdés es complicado) así que me dispuse a hacer lo del evangelio y pagarle de más. El reloj marcó 16,10. Le di 50 y le dije que me cobrara 20. Ahí no entendió de veras, porque me pidió monedas. Le insistí que cobrara 20, pero me dijo que no tenía cambio y entonces le di 15. Aceptó. Le dije: te quería dar 20 pero como parece que no nos entendemos bien, te doy los 15 que decís que cuesta. Ahí se le abrieron los ojos y me dijo un poco avergonzado: Está bien padre, está bien así. Le di una bendición y quedamos todos contentos.

Al salir del trámite, luego de dos horas compartidas con cientos de inmigrantes africanos, norteamericanos, chinos, suecos y de otros lados que no reconocí, como había tenido que llegar en taxi, no sabía cómo volver. Así que le pregunté a dos militares que estaban mirando un videíto en el celular, si sabían cómo podía llegar a la estación de Termini. Me miraron como si les hubiera preguntado cómo se hacía para llegar a González Catán o algo así y sacando por un instante la mirada del jueguito uno me dijo que la verdad es que ellos no sabían estas cosas. Pero que fuera hasta la esquina que por ahí pasaba un bus y que seguramente a alguna parte me iba a llevar. Con un poco de ironía le dije que estaba muy bueno eso de que “seguramente a alguna parte me iba a llevar”. “É buona questa!” – agregué y me parece, por la cara que pusieron, que dudaron un poco si yo era infradotado o si los estaba mandando “va fan c…”, como dicen aquí. Pero se olvidaron de mí y volvieron al jueguito. En ese mismo momento escuché una voz de atrás que me decía que el colectivo de la esquina a donde iban ellas me llevaría hasta el subte… Mientras me seguía explicando, me di vuelta y vi que era una señora, que resultó ser brasilera de Bahía, que escuchó mi conversación al pasar y con dos palabras me orientó al micro. Iba con una amiga cubana y charlamos todo el viaje, primero en el micro y después en los dos subtes. La señora brasilera, mamá de dos hijos ya grandes y que trabajaba en Italia desde hacía 12 años…, me dijo que era raro estar charlando, porque ella no solía hablar con nadie en la calle, pero que conmigo había sentido confianza. Y yo le dije que ella me había escuchado primero y me había hablado…

Digamos que hay gente que escucha, que quiere escuchar y con la que te hacés amigo… Y gente que no escucha, o se hace la que no entiende… Se evitan algunos problemas, es verdad, pero se pierden oportunidades, de ganar 5 euros o de hacer amigos. Cuento todo esto porque el Padre dice que escuchemos a Jesús y Jesús dice que él habla a través de los pequeñitos.

Diego Fares sj

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