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Posts Tagged ‘Pan de vida’

Reconocer el hambre de nuestro corazón

Jesús habló a la multitud acerca del Reino de Dios y devolvió la salud a los que tenían necesidad de ser curados.
Al caer la tarde, se acercaron los Doce y le dijeron:
«Despide a la multitud, para que vayan a los pueblos y caseríos de los alrededores en busca de albergue y alimento, porque estamos en un lugar desierto.»
El les respondió:
«Denles de comer ustedes mismos.»
Pero ellos dijeron:
«No tenemos más que cinco panes y dos pescados, a no ser que vayamos nosotros a comprar alimentos para toda esta gente.»
Porque eran alrededor de cinco mil hombres.
Entonces Jesús les dijo a sus discípulos:
«Háganlos sentar en grupos de cincuenta.»
Y ellos hicieron sentar a todos.
Jesús tomó los cinco panes y los dos pescados y, levantando los ojos al cielo, pronunció sobre ellos la bendición, los partió y los fue entregando a sus discípulos para que se los sirvieran a la multitud. Todos comieron hasta saciarse y con lo que sobró se llenaron doce canastas (Lc 9, 11b-17).

Contemplación

Este dibujo de Patxi, en el que Jesús aparece en una actitud servicial tan linda y nuestro corazón aparece tan corazón, me encantó porque me recordó las épocas del Cottolengo, en que servíamos la comida a nuestros hermanitos en unos platos como el de la imagen. El hambre y las ganas con que almorzaban está pintado en esa servilleta a cuadros, en ese tenedor inofensivo y en ese corazón que es todo boca. El dibujo hace sentir nuestro hambre de Dios, con todas sus ansias y desorden, y a un Jesús que acude a saciarlo “litúrgicamente” –diría-, con mansedumbre y prontitud de madre.
Resuena el denles ustedes de comer: ayúdenme a repartirme para saciar el hambre de la gente, Yo soy Pan de Vida y deseo darme como alimento. La gente tiene hambre de este Pan y le dan cualquier cosa. Ayúdenme a darles de comer lo que les alegrará el corazón y saciará todas sus ansias.
La alegría de ese corazón al recibir el Pan en el plato no tiene desperdicio. Quizás nos haga bien reconocer allí nuestro propio corazón, tan hambriento, tan impulsivo, tan corriendo de aquí para allá en busca de su bien, tan tironeado por tantos bienes que sacian por un ratito y tan necesitado de un alimento sólido, rico y verdadero, que lo tranquilice y lo serene, que lo sacie y lo centre en sí, para poder dejar de reclamar desde sus carencias y comenzar a latir al ritmo de los deseos más hondos que, saciados por la plenitud del Don, se ensanchan serenamente multiplicándose para los demás, y ya sin necesidad de devorar, inclinan más bien todo el peso del corazón a la alegría de poder darse a los demás.
Contemplar nuestro hambre, contemplar nuestro corazón de Cottolengo, es tan sano! Y es la contrapartida para poder contemplar el Corazón de Jesús, tan simple y tan sin maldad como el de los Cottolenguinos, pero con toda su lucidez y libertad. En el Cottolengo uno aprende a ver lo que es el ser humano sin pecado, lo que es el corazón sin maldad (porque el mal como que ha salido todo afuera y se muestra en la enfermedad y en la discapacidad). Uno se da cuenta de que el pecado sale de nuestra mente, que piensa mal, que se equivoca, que se emperra en su error y no se deja iluminar por Jesús. Y comprende que, para iluminar nuestra mente obcecada Jesús tiene primero que alimentar nuestro corazón. Recién cuando estamos bien saciados podemos pensar con sus palabras y dejarnos iluminar por sus criterios. Por eso Jesús se hizo Pan y no luz. El que es la Luz y la Palabra, se hizo Pan. Para que primero lo comamos y luego, llenitos de Dios, lo podamos comprender. El Corpus es Jesús saliendo a la calle como Pan, hablándole directo a nuestro corazón, más allá de las ideas, más allá de los conceptos, el Pan del Corpus nos habla directo al corazón. Pero hay que mostrarle un corazón como el de la imagen, angurriento como uno de los pequeñitos del Cottolengo a la hora de almorzar. Un corazón con plato de lata, servilleta a cuadros y tenedor. Un corazón todo boca, con hambre de Dios. Si reconocemos bien nuestra hambre, si tenemos al humildad de pintar así, ese hambre básico que está debajo de todas nuestras hambres sofisticadas, entonces se dibujarán bien claritos, con esa magia con que el Espíritu dibuja las facciones de Jesús de manera tal que las podemos visualizar con claridad, los rasgos de Jesús: por qué es tan bueno, por qué es tan manso, por qué tiene tanta paciencia, por qué se parte y se reparte como Pan. La Eucaristía es el sacramento de su Amor. Jesús, Pan de Vida para nuestro hambre, es Don del Padre. Nos lo da el Padre, que es la fuente. Lo santifica el Espíritu, que hace que se multiplique. Nos lo sirve Jesús mismo, de las manos de sus amigos sacerdotes, por los que elevamos una oración conclusiva y fervorosa en este fin del año sacerdotal.
Diego Fares sj

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Jesus_pan-vino2

Condiciones para una vida eterna

Jesús dijo a los judíos:
Yo soy el pan viviente que ha bajado del cielo.
Si alguien comiere de este pan vivirá para siempre,
Y el pan que Yo daré es mi carne para la vida del mundo.

Los judíos discutían entre sí, diciendo:
¿Cómo puede este hombre darnos a comer su carne?

Jesús les respondió:
Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del Hombre
Y no beben su sangre, no tienen vida en ustedes mismos.
El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna,
Y Yo lo resucitaré en el último día.

Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre la verdadera bebida.
El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y Yo en él.
Así como Yo que he sido enviado por el Padre Viviente,
vivo por el Padre, de la misma manera el que me come vivirá por mí.

Este es el pan bajado del cielo,
No como el que comieron sus padres y murieron.
El que coma de este pan vivirá eternamente.
Jesús enseñaba todo esto en la sinagoga de Cafarnaún.
(Jn 6, 51-59)

Contemplación
La contemplación de hoy se centra en lo que dice Jesús acerca de darnos vida eterna.
Tenemos que saber que, para esta vida, hay algunas condiciones.
Condiciones para tener el tipo de Vida que Jesús comunica y condiciones para escuchar contemplativamente las palabras con que Jesús nos explica en qué consiste esa vida eterna.
En realidad hay un montón de condiciones:
para comenzar a escuchar,
para realmente interesarse,
para comprender de lo que se trata,
para recibir de verdad lo que Jesús quiere dar,
para mantener esta vida viva, viviente, vivificando cada instante de la vida común…
Por eso, ante tantas condiciones, se me ocurre que la primera condición es si a uno le interesa escuchar algo nuevo sobre la vida eterna. Porque si estamos como los contemporáneos de Jesús, que ya sabían muy bien qué cosas querían escuchar y cuáles no, mejor no leer este pasaje del evangelio. Nos enojaremos con Jesús; con su pretensión de dar Vida.
– “¿Cómo es que se está dando algo tan esencial como la vida y nosotros no estábamos enterados?” “No puede ser que la fuente de la Vida esté ahí nomás, a nuestro alcance, y que la condición sea humillarnos ante Jesús y mendigar un sorbo de vida eterna. Supondría hacernos sus discípulos… Dejar de lado tantas posiciones adquiridas, pedir tanto perdón por tanta soberbia…”
Muchos de los contemporáneos de Jesús simplemente no pudieron aceptar este lenguaje y las palabras del Maestro, en vez de ser pan para su vida, les endurecieron el corazón, hasta el punto de desear matar a la fuente de Vida! Por eso digo que hay que tener ojo y preguntarse con sinceridad si uno desea escuchar hablar de una vida así, porque para tenerla debe hacerse discípulo incondicional de Jesús. Preguntarse, digo, si uno desea que el Padre lo instruya en su interior. Si uno está dispuesto a hacerle caso, con la actitud de obediencia en la fe que contemplamos en san José la semana pasada.

Esta condición, de estar ante la vida como quien no sabe y quiere aprender y practicar, tiene otra que, aunque aparece después, es anterior.
Te tenés que preguntar si de verdad te interesa vivir una vida eterna. Si te interesa existencialmente, digo, porque ya vimos que a nivel de comprensión Jesús nos va a tener que explicar lo que significa “vida eterna”. Pero lo que es la vida uno “ya lo vive”. Así que si estás satisfecho con tu vida, si sólo te interesa que te solucionen algunos problemas, como los de trabajo, te quiten algunos miedos, como los de la salud, te permitan conseguir algunas cosas que te gustan y puedas ir tirando… entonces mejor no entrar en conversación con Jesús. Porque la vida que Él da se paga perdiendo la vida que uno tiene. Asi que si uno está muy contento, o si dice, “es lo que hay”, o si ya midió la vida y piensa que hay cosas que se pueden tener realmente y otras que nadie te va a dar (“una vida eterna no te la va a dar nadie; es un concepto lindo para creer, pero no algo que uno pueda obtener ahora mismo. Queda en todo caso para la otra vida…”), mejor no ahondar.
Quiero decir: si tu interés por la Vida eterna no es grande,
si no nace de tus entrañas ─ ahí donde la vida se gesta ─,
si no late en tu corazón ─ ahí donde la vida se ama por elección ─,
si el interés no te hace escudriñar en el misterio con toda la potencia de los ojos de tu mente,
entonces mejor no te pongas a charlar con Jesús de este tema.
Dejalo para el final. Como esa gente que espera a estarse muriendo para comenzar a hablar con Jesús de la vida eterna.
Lo que sí hay que saber es que el problema de que la vida se acabe no es el único problema. Para eso el Señor tiene la resurrección: “Yo lo resucitaré en el último día”. Digo que no es el problema mayor y lo baso en la fe natural: porque uno puede recionalmente pensar que “así como misteriosamente se me regaló la vida, confío instintivamente en que el que me la dio me la puede resucitar”. Todo ser humano tiene esta semilla de esperanza que hace a la esencia de la vida misma: todo gesto vital tiene una altura y una profundidad en la que resuena algo definitivo, algo eterno.

El problema entonces no es la vida eterna “después” sino la vida eterna “ahora”.

Para esto hay otra condición. Entrar en diálogo con Jesús como Pan de Vida eterna “ahora”, requiere tener despierto el sentido de la admiración. Así como se dice que hay un “sexto sentido” que percibe el peligro y da la alarma, así como se habla del séptimo sentido, por el cual, cuando un ser humano hace o aprende algo nuevo los demás, por ser de la misma especie, lo pescamos enseguida, hay un sentido que nos pone en contacto con lo admirable de la vida que brilla en cada cosa y a cada instante.
Si uno piensa en la vida en términos cuantitativos (cuanto dura, qué cantidad de experiencias puedo tener…, etc.) Jesús no tiene mucho que decir. Él más bien hace ver los límites de preocuparse por una vida así ─ “no se inquieten por el mañana, qué comerán o con qué se vestirán”, “para quién será lo que has acumulado”, “a cada día le basta su sufrimiento y afán”─.
La vida de la que habla Jesús requiere que uno sea capaz de alzar los ojos y bendecir la vida en este instante, sea cual sea la circunstancia que está viviendo ─ linda o dolorosa, tranquila o angustiante, alegre o triste ─ .
Este sentido es personal: yo bendigo mi vida y celebro toda vida y doy testimonio personalmente de que mientras estoy involucrado en lo que me toca vivir, entablo este diálogo positivo con los demás y con Dios.
Digo: agradezco la Vida gracias a la cual vivo esto particular.
Aprendo de la Vida lo que esta circunstancia me enseña y atesoro la experiencia para transmitirla a los niños y a los más jóvenes.
Amo la Vida entera sirviendo humildemente a quien la vida me pone como prójimo en este momento.

Cuando uno se interesa por dialogar así con su Vida en medio de la vida cotidiana, entonces Alguien como Jesús comienza a destacarse como interlocutor válido.

Al que está despierto a este “aprender a Vivir” con lo que vive,
al que no está sumergido,
ni de aquí para allá, absorbido por “las cosas que le pasan”
(con ese criterio consumista de que “hay cosas que pasan que son mejores que otras”),
al que le importa más cómo Vive él desde su interior “las cosas”,
al que se siente gestado por la Vida,
amaestrado por la Vida,
pastoreado y conducido por la Vida,
amado y agraciado por la Vida,
a esa persona,
Alguien como Jesús, que se le propone como Pan de esta Vida,
le resulta fascinante.
No porque le “de” cosas (el Pan de vida no es un objeto), sino porque entrando en comunión con Jesús uno aprende a Vivir la cara personal de la vida dialogando con la cara externa, que son las cosas que pasan.

¿Qué es Pan de Vida eterna en Jesús?
Su modo de vivir mismo,
su prontitud para vivir el instante,
su disponibilidad para acompañar a cualquiera,
su jovialidad y buen humor para conversar con la gente,
su interioridad que le lleva a entrar en contacto con la interioridad de los otros,
su mirada atenta a todo lo que es vida en las personas más simples,
su amor,
su capacidad de ver al Padre en todas las cosas,
sus ganas de alabar al Padre en todo momento
y de dar testimonio de que Dios es Alguien con quien se puede establecer contacto en cualquier instante.
El Pan de vida de Jesús es su carne y su sangre,
carne y sangre hechas de vida cotidiana,
encarnadas en su cultura y su tiempo
y a la vez, animadas por su Espíritu.
Carne y sangre iguales que las nuestras pero vivificadas desde adentro por el sentido interior y personal que Jesús les comunica.
Si pudo vivir siendo Dios en la carne que recibió de María, puede vivir también en mi carne, vivificando mi vida común.

Así como Jesús, siendo Dios, tuvo que ingeniárselas para aprender a vivir como hombre y entre los hombres, así nosotros, siendo hombres, podemos aprender a vivir como Jesús, en ese diálogo de Amor suyo con el Padre, plenitud en la que consiste la Vida eterna.

Me gustaría terminar poniendo las condiciones que el catecismo antiguo ponía para recibir el Pan de Vida eterna. Preguntaba:
─¿Cuántas cosas son necesarias para hacer una buena Comunión?
Respondíamos:
─ Para hacer una buena Comunión son necesarias tres cosas:
• 1ª estar en gracia de Dios
• 2ª guardar el ayuno debido
• 3ª saber lo que se va a recibir y acercarse a comulgar con devoción.

Me gusta traducir más amplio lo que significa cada una de estas condiciones. Estar en gracia de Dios no es sólo “no tener pecados gordos” como decía una nena de catecismo.
Estar en gracia de Dios significa “desear agradarlo”,
sentir que le agradamos y que se complace en nosotros,
que nos ama porque amamos a Jesús,
que le conmueve las entrañas cuando nos ve que venimos como hijos pródigos necesitados de perdón y de alimento,
cuando ve que deseamos hacer todo lo que a Él le agrada…

El ayuno debido no es sólo de una hora ni de si se puede tomar mate (excepción jesuítica extensible a los materos basada en que el mate es fundamentalmente agua). El ayuno debido hace a todo lo que es “alimento perecedero”. Ayuno de preocupaciones por las cosas, ayuno de autorreferencias culposas o meritorias, ayuno de ambiciones egoístas y de deseos dobles, ayuno de todo lo que no sea hambre del Pan gratuito que es Jesús y se nos sirve a los hijos en la mesa del Padre.

Y “saber lo que se va a recibir” es clave. Porque hace a la esencia de la Vida que este Pan del Cielo comunica.
Saber que vamos a recibir el Cuerpo y la Sangre de Cristo, en su materialidad vivificada por el Espíritu.
Cuerpo y Sangre entregados y derramados en cada instante de vida que vivió Jesús, que “pasó haciendo el bien”, entregándose y derramándose en cada situación.
Cuerpo y Sangre compartidos con los hombres, con María y José en Nazareth, con sus amigos los apóstoles, con la gente sencilla de su pueblo.
Cuerpo y Sangre evangelizados, signo material de la Buena Nueva que le “habla al corazón” a quien los come.
Diego Fares sj

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Pan del cielo 3La dinámica del Pan del Cielo

Cuando la gente vio que Jesús no estaba allí, ni tampoco sus discípulos,
subieron a las barcas y fueron a Cafarnaúm, en busca de Jesús.
Al encontrarle a la orilla del mar, le dijeron:
«Rabbí, ¿cuándo has llegado aquí?»
Jesús les respondió:
«En verdad, en verdad les digo: ustedes me buscan, no porque hayan visto signos, sino porque han comido de los panes y se han saciado.
Obren, no por el alimento perecedero,
sino por el alimento que permanece para vida eterna,
el que les dará el Hijo del hombre,
porque a éste es a quien el Padre, Dios, ha marcado con su sello »
Ellos le dijeron:
«¿Qué tenemos que hacer para obrar las obras de Dios? »
Jesús les respondió: «La obra de Dios es que crean en quien él ha enviado.»
Ellos entonces le dijeron:
«¿Qué señal haces para que viéndola creamos en ti? ¿Qué obra realizas? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, según está escrito: les dio a comer Pan del cielo.»
Jesús les respondió:
«En verdad, en verdad les digo: No fue Moisés quien les dio el pan del cielo; es mi Padre el que les da el verdadero pan del cielo; porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo.»
Entonces le dijeron:
«Señor, danos siempre de ese pan.»
Les dijo Jesús:
«Yo soy el pan de la vida.
El que venga a mí, no tendrá hambre,
y el que crea en mí, no tendrá nunca sed (Jn 6, 24-35).

Contemplación

Pan del Cielo.
Sabe linda la frase de Jesús.
Digo que “sabe” porque no es una mera imagen que Jesús imaginó.
Nosotros saboreamos ese Pan del Cielo, en la Eucaristía, cotidianamente.

Aquellas primeras reflexiones del Señor con la gente en torno al pan, que San Juan convirtió en su contemplación del Pan de Vida, han pasado no solo por la mente de todos los que leen la Palabra sino también por la boca de todos los que hemos recibido la comunión en cada misa.

El Pan del Cielo es el que comieron nuestros padres:
nuestra Señora, los Apóstoles, los primeros cristianos y todos “los que vivieron en tu amistad a través de los tiempos, Señor”, como rezamos en la plegaria eucarística: los mártires, los santos, las santas…

Centramos la mirada en Jesús y escuchamos con atención el diálgo que tiene con la gente. Creo que Jesús aclaró de entrada un posible malentendido. Un malentendido o un “pocoentendido” que se repite a lo largo de las generaciones de cristianos.
La gente probó su pan y le gustó.
Se dieron cuenta de que era un pan distinto.
Pero, como nos pasa a todos cuando encontramos algo valioso,
querían manipularlo rápidamente, aún sin entender del todo de qué se trataba.

Y por eso Jesús tiene que ir explicando poco a poco y con muchas imágenes qué tipo de alimento es su Pan. A qué hambre y cuál sed va dirigido.

Se ve que no es algo fácil de digerir y de procesar, porque mucha gente no siente hambre de este Pan del Cielo. Y aún los que comulgamos diariamente, muchas veces no conectamos bien el alimento que se nos entrega y los hambres que tenemos. Sabemos que es algo bueno, sí. Pero puede ser que muchas veces nos quede grande: como un regalo demasiado hermoso que no sabemos dónde poner o cuando usar.

Sin embargo, la grandeza de la Eucaristía es en sencillez, no en complicación.

El Pan del Cielo es de una gran sencillez.
Es como si nos regalaran agua, aire, luz y pan, en el preciso momento en que comienzan a escasear y sentimos la necesidad.

Al decir necesidad se vuelve más claro dónde puede ser que esté el malentendido.
El Pan del Cielo no es un alimento perecedero, dice Jesús.
No es un alimento que viene a llenar una carencia, a cubrir una necesidad.
Los alimentos primarios, como el pan y el agua, sólo los valoramos mucho cuando tenemos gran necesidad. No es lo mismo decir pan en la Argentina que en África. Quizás recuerde alguno la película “Ser digno de ser” (“Vete, vive y hazte digno de ser”, le dice la madre a su hijo al desprenderse de él en el campo de refugiados de Sudán, para que vaya a Jerusalen con los judíos etíopes que Israel aceptó como ciudadanos en los años 60). Hay una escena en que están bañando a los refugiados y de pronto el niño, que tiene los ojos cerrados por el jabón, los abre y ve cómo se escurre el agua por la rejilla. Ahí se desespera y comienza a manotear tratando de tapar la rejilla, de retener el agua. Lo tienen que calmar entre varios y sacudirlo para que reaccione: “En Israel abunda el agua” le repiten; “hay agua, sobra el agua!”.

En la fiesta del Corpus, el padre Rossi contaba aquella experiencia tan fuerte del Padre Arrupe en Hiroshima, que le reveló: “el valor que tiene el Santísimo Sacramento cuando se ha estado en contacto familiar y prolongado con él durante la vida y sentimos la falta de él cuando no podemos recibirlo…
Recuerdo a una muchacha japonesa de unos 18 años. La había bautizado yo tres o cuatro años antes y era cristiana fervorosa: comulgaba diariamente en la Misa de 6,30 de la mañana, a la que venía puntualmente todos los días. Después de la explosión de la bomba atómica, recorría yo un día las calles destrozadas, entre montones de ruinas de toda clase. Donde estaba antes su casa, descubrí como una especie de choza, sostenida por unos palos y cubierta con hojas de lata: me acerqué y quise entrar, pero un hedor insoportable me echó hacia atrás. La joven cristiana -se llamaba Nakamura- estaba tendida sobre una tabla un poco levantada del suelo, con los brazos y piernas extendidos, cubierta con unos harapos chamuscados. Las cuatro extremidades estaban convertidas en una llaga, de la que emanaba pus. La carne requemada apenas dejaba ver más que el hueso y las llagas. Así llevaba 15 días sin que la pudieran atender y limpiar, comiendo sólo un poco de arroz que le traía su padre también mal herido (…) Anonadado ante tan terrible visión no sabía qué decir. Al poco tiempo Nakamura abrió los ojos y, al ver que era yo quien estaba allí sonriéndole, mirándome con dos lágrimas en sus ojos y en un tono que nunca olvidaré, me dijo, tratando de darme la mano: ‘Padre, ¿me ha traído la comunión?’. Que comunión fue aquella, tan diversa de la que por tantos años le había dado cada día! Olvidando toda pena, todo deseo de alivio corporal, Nakamura me pidió lo que había estado deseando durante dos semanas, desde el día en que explotó la bomba atómica: la Eucaristía, Jesucristo, su gran consolador, al que ya hacía meses se había ofrecido en cuerpo y alma para trabajar por los pobres como religiosa. ¿Qué no hubiera yo dado por obtener una explicación de aquella experiencia de la falta de la Eucaristía y de la alegría de recibirla después de tantos dolores? Nunca había tenido la experiencia directa de una petición semejante ni de una comunión recibida con tanto deseo. Nakamura murió poco después”.

Deseo es la palabra que lo ilumina todo. Deseo, no necesidad.

La Eucaristía es alimento para esa dimensión del ser humano que no se sacia con nada que no sea espiritual.
Todos los hombres y mujeres del mundo somos seres sedientos de este Agua, más que el niño africano de la película, pero no nos damos cuenta.

O más bien, no sabemos ponerle nombre a esa sed y a ese hambre. Erramos al vivir hambreados y probar todo tipo de sustitutos para calmar ese hambre que solo sacia el Pan del Cielo. La muchacha japonesa, Nakamura, sabía bien el nombre del alimento que podía calmar su hambre: “Padre, ¿me trajo la comunión?”.

Esa es la gracia que nos tiene que “explicar” Jesús.
Mientras se nos da en la Eucaristía, una y otra vez, tiene que enseñarnos a conectar nuestros hambres con su Pan.

Y para eso no hay otra pedagogía que la de despertar e incrementar el deseo.

Lo cual no es fácil en un mundo que pendula entre los extremos de la saciedad y el hambre, el hiperconsumo y la miseria total.

El deseo no puede sobrevivir cuando es tironeado por estos extremos.

A nuestros oídos la palabra “deseo” suena muy unida a necesidad, a satisfacción inmediata, a exacerbación…
Allí es donde Jesús nos tiene que educar mostrándonos que hay en nosotros un deseo que no es de objetos.
Es deseo de que unos Ojos nos miren,
deseo de que la Persona que nos dio la vida
y nos sostiene en ella nos hable con amor.
Es deseo de ser alimentados con una Palabra buena y sabrosa como un Pan.
Pero un Pan del Cielo: un Pan que se queda, un Pan que permanece, un Pan Compañero.

El Pan del Cielo es una Persona, la Persona de Jesús,
y despierta en nosotros “hambre de más Jesús”.

Es un hambre no sólo de recibir “algo”, sin de entrar en comunión con Alguien.

No es un Pan para estar fuertes para hacer cosas.
Má bien es un Pan que se come para estar juntos,
para celebrar una cena,
para compartir vida de familia.

No se trata de “para qué me sirve comulgar” o de “cuantas veces hay que comulgar”. Se trata de pensar al revés: para que sirve todo lo demás si no es para entrar en comunión.
Lo que no puedo convertir en Eucaristía es desecho.
Lo que se puede convertir en ofrenda agradable para que el Señor la convierta en Eucaristía, eso sí vale.
¿Para qué sirve comulgar?
Para que crezca mi deseo de comulgar con Jesucristo, Pan de Vida,
por quien tenemos acceso al Padre, en quien somos todos hermanos.

Comenzamos diciendo que la imagen “Pan del Cielo” tiene un sabor lindo.
Jesús junta allí dos realidades que parecen opuestas: el pan parece cosa de la tierra, del trabajo del hombre, necesario para ser consumido y transformado en energía vital… El Cielo, en cambio, parece cosa espiritual, ausencia de necesidad, paz eterna…
Sin embargo Jesús nos hace ver estas dos realidades juntas, unidas.
Él es un Pan Espiritual, que da vida eterna. Y esa Vida del Cielo requiere un alimento cotidiano como el Pan, no es vida automática ni estática. Es vida compartida, es alimento y comunión no de cosas sino entre personas.

La dinámica del Pan del Cielo es la que, con su enérgica sencillez, pone en movimiento todo el universo y lo centra en Jesucristo.
Pero esta dinámica nos la tiene que explicar Él, Jesús.
Sólo Él, puede hacernos arder de deseo el corazón mientras nos acompaña por el camino.
Sólo Él es capaz de despertar, con su ademán de irse, de pasar de largo, el deseo de que se quede.
Sólo Él es capaz de hacer surgir de nuestros labios esa frase feliz, apenas susurrada: “quedate con nosotros, Señor, que ya es tarde y anochece”.
Sólo Él es capaz de partir el pan de tal manera que el gesto simple haga que se nos abran los ojos, como a los de Emaús.
Sólo Él es capaz de desaparecer de nuestra vista y de ponernos en movimiento hacia la Comunidad: la Comunidad del Pan del Cielo.
Esa Comunidad en la que las personas se alimentan de lo más personal como si fuera un Pan.
Esa Comunidad en la que lo cotidiano se vuelve mágico, como dice la canción.
Esa Comunidad en la que lo fragmentario es absoluto y lo fugaz puede ser amado como eterno.
Esa comunidad en la que los servicios más terrenos son reflejo de lo más celestial.
La Comunidad del Pan del Cielo, que cuanto más saciado tiene su hambre con más amor suplica diciendo: “Señor, danos siempre de ese pan”.
Diego Fares sj

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