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Posts Tagged ‘Papa Francisco’

Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:

¿Qué le parece?:

Un hombre tenía dos hijos.

Acercándose al primero le dijo: Hijo, vete hoy a trabajar en la viña.

Él le respondió: No quiero, pero después, arrepentido, fue.

Acercándose al otro le dijo lo mismo.

Este le respondió: Yo iré, señor, pero no fue.

¿Cuál de los dos hizo la voluntad del Padre?

El primero –respondieron.

Les dijo Jesús:  En verdad les digo: los publicanos y las prostitutas se les adelantan a ustedes en el reino de los cielos. Vino Juan a ustedes enseñándoles el camino de la justicia y no creyeron en él; los publicanos y las prostitutas sí le creyeron; y ustedes, ni viendo esto se han convertido de modo de creer en él (Mt 21,28-32).

 

Contemplación

Comienzo con algunas palabras que me llaman más la atención y desde ellas paso al contexto del ejemplo que propone Jesús a los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo que le están cuestionando su autoridad.

En la frase: “Hijo, vete hoy a trabajar en la viña”, me resuena la palabra “trabajar”.

El trabajo es lo que hay que hacer y esa es “la voluntad del padre”.

La frase está puesta por el Señor en un contexto de relaciones familiares. Lo vemos en el hecho de que las expresiones “hijo” y “la viña” nos hablan de familia, de un padre que distribuye los encargos de la casa.

No es este el caso del que sale a contratar gente por el día o por una temporada y luego les paga. Aquí se trata de un padre que, ese día –hoy-, se acerca primero al hijo mayor para pedirle que vaya a trabajar en la viña familiar y, como este le dice “no quiero” –cosa que suelen decir los hijos cuando en un primer momento no dan importancia a lo que les pide el padre-, el padre va y le pide lo mismo al segundo.

Hago aquí un paréntesis para recordar ese pasaje tan hermoso de Amoris Laetitia (que el papa recomienda que leamos entera, de comienzo a fin) en el que se muestra cómo “La Biblia está poblada de familias, de generaciones, de historias de amor y de crisis familiares, desde la primera página, donde entra en escena la familia de Adán y Eva (…), hasta la última página donde aparecen las bodas de la Esposa y del Cordero” (AL 8). Amoris Laetitia nos hace notar cómo Jesús elegía ejemplos de la vida familiar, y cita este de “los hijos difíciles con comportamientos inexplicables (Mt 21, 28…). Son ejemplos que muestran que “La Palabra de Dios no se muestra como una secuencia de tesis abstractas, sino como una compañera de viaje, también para las familias que están en crisis o en medio de algún dolor” (AL 22).

Volvemos a nuestra escena. Si el padre pide una mano es porque necesita que ese día vaya uno a la viña. Se ve en el detalle de que no obliga al primero, sino que, cuando le dice “no quiero”, va y le pide al segundo. Se ve que necesitaba uno ese día. Quizás le había faltado un empleado… La cuestión es que me parece que de lo que trata el ejemplo es del trabajo que hay que hacer y de quién es el que efectivamente lo hace. Por eso el marco de lo que pasa en una relación familiar cotidiana. Es totalmente distinto al de la parábola de los obreros de la última hora. Allí el Señor quería hablar de la bondad, gratuidad y libertad soberana del Padre. Por eso eligió un ejemplo en el que se sobrepasa la justicia con la trampita que hace el dueño de la viña al pagar a los últimos igual que a los primeros. El ejemplo es “picante”. En términos humanos es una “injusticia”, y eso mueve los corazones y hace saltar al que tenía un ojo envidioso, al que miraba “lo que le tocaba a él” y no “la bondad del que lo había contratado a trabajar en su viña”. Aquí, en cambio, el ejemplo apunta a “la voluntad del Padre”. Y Jesús la sitúa en el terreno objetivo. La pregunta que les hace a los sumos sacerdotes y ancianos es bien concreta. “¿Cuál de los dos hijos hizo la voluntad del Padre?”.

Para comprender tenemos que retroceder al pasaje precedente.

Jesús estaba enseñando en el Templo.

El día anterior había expulsado a los vendedores y compradores del Templo (Mateo señala que echó a todos “los que vendían y compraban”, no solo a los que vendían).

Las autoridades van a cuestionarle: “¿Con qué autoridad haces esto?”

El Señor, por un lado, no les responde directamente, como quieren ellos.

(Se ve que esto de pretender que el Señor o los suyos “están obligados a responder” no es nuevo, sino que viene de lejos. Digo que no es cuestión de ahora, de 4 cardenales o de 42 teólogos o de gente que junta firmas en change.org y que el papa estaría obligado a responderles en los términos que ellos pretenden).

Como vienen con mal espíritu, el Señor les plantea el dilema de que se definan acerca de Juan Bautista. Y ellos, como calcularon que no les convenía definirse, le dijeron: “No sabemos”.

Jesús les replicó: entonces, “tampoco yo les digo con qué autoridad hago esto”. Pero luego les cuenta el cuento -ellos querían definiciones y él les cuenta cuentos… (Je!)- del padre y los dos hijos, el que le dice no, pero luego va a trabajar y el que le dice que sí, pero luego no va a trabajar. En la parábola siguiente –la de los viñadores homicidas- el Señor insistirá en el tema de los frutos.

La cuestión, por tanto, son las obras, quién es el que hace; no las palabras ni las definiciones. En las palabras, los “no” a veces terminan siendo “sí”. Y muchos “sí” después son “no”… o “ni”. El trabajo realizado, en cambio, es concreto. Y lo concreto se puede resignificar.

Si uno realizó una obra de misericordia por el motivo que sea, ese motivo podrá corregirse y mejorarse, podrá pasar de ser un motivo meramente humanitario –incluso con algo de egoísmo, como una limosna que se da para sacarse a alguien de encima- a ser por amor de Dios. Pero la intención se puede corregir si la obra se hizo. Y la obra, el trabajo del que habla el Señor, el que le “agrada al Padre”, tiene dos grandes objetos, o mejor dos grandes sujetos: el prójimo y Jesús. Con respecto al prójimo, las obras que el Padre quiere que “hagamos” (no importa si a veces vamos un poco diciendo “no quiero”) son las obras de misericordia. Con respecto a su Hijo amado y predilecto, las obras son “que lo escuchemos” y que “creamos en Él”: “La obra de Dios es que crean en quien Él ha enviado” (Jn 6, 29).

La relación que establece el Señor es: “Voluntad del Padre”-“Obras de Jesús”-“Confianza y fe en su autoridad”-“Obras nuestras”.

Y remacha el ejemplo con la afirmación de que “los publicanos y las rameras llegan antes que ustedes al Reino de Dios”.

Podemos imaginar la cara de los sumos sacerdotes y ancianos.

Le habían cuestionado la autoridad a Jesús y él los compara con publicanos y rameras y les dice que “se apuren” porque al Reino de Dios se entra y hay que caminar en medio de la gente que va hacia él. El reino no es ese Templo en torno al cual ellos han organizado sus negocios.

No podemos dejar de notar que, si bien a estas personas con autoridad teológica les molestaba que Jesús curara a la gente en sábado o que predicara, no saltaban así nomás. En cambio, acá, cuando tocó el negocio de los puestos, de los cuales ellos cobraban su buena parte, ahí fueron con todo.

Y así salieron.

El Señor les dice que los publicanos y rameras “creyeron en Juan Bautista”. Y que ellos, aunque reconocían que era un hombre justo, no se arrepintieron para luego creer en él.

La secuencia de “arrepentirse-creer” se supone en los pecadores. En cambio en los sumos sacerdotes y ancianos se explicita.

Con esto, el Señor está haciendo una afirmación fuerte: los que creen en Jesús es que ya se arrepintieron. Es lo mismo que le hace ver al fariseo que lo invitó a comer cuando le hace ver que si la mujer pecadora muestra mucho amor es porque se le ha perdonado mucho.

En el amor y la fe a Jesús, mostrada en obras, el Señor ve arrepentimiento oculto, dolor de corazón por los pecados.

En la vida cotidiana, en la familia, es así. Al hijo que dice que no y protesta, pero luego hace las cosas, el arrepentimiento se ve en el gesto. No hacen falta declaraciones formales.

El Reino de Dios no está asegurado a los que dicen un “sí” formal ni está cerrado para los que dicen “no quiero”. El Reino de Dios es para los que hacen, arrepintiéndose y poniendo manos a la obra cada día, la voluntad del Padre, para los que creen en Jesús y sirven con obras de misericordia al prójimo. Y en esto del “hacer” a mí me gusta estar atento y descubrir y valorar todo lo que pueda a toda esa gente que se me adelanta. Escribir las historias de los que se me adelantan es la consolación más grande. Hasta me hace agradecer mi poca cosa y mi renguera que me hace ir detrás, porque así los veo. Si fuera adelante no los vería…

Siempre que rebusco alguno de los miles de ejemplos que guardo y que pesco cada día –de gente que se me adelanta en esto de “hacer cosas que le agradan al padre”- aparece Antonito. Ayer me mandó un montón de fotos por Whatsapp (me lo pidió el último día en Argentina en que pasó a verme por el Hogar, porque cuando yo había ido a la Verdulería de Caputo donde trabaja él no estaba). Son fotos de unas familias con montones de chicos a los que él ayuda. Les llevó zapatillas “Tridy” y “Running” y agradecía por una ayudita que le di para esos chicos a los que él ayuda. Y decía el Whatsapp: “Esta es su hinchada q lo quiere y le agradece tda su ayuda q yo tantas veses lo molesté pero bien y cntento xq la ayuda siempre llegó”. Ese “siempre llegó” fue lo que más me llegó.

(Antonio Hualpa –Antoñito-, para el común de la gente es el empleado de Caputo, el que lleva las verduras y frutas en un carro grande, por las calles vecinas al Spinetto. Es el que siempre que me ve, se para a pedir la bendición. Lo que muchos no saben es que tiene esa Obra que él lleva en particular – una de esas en las que “la ayuda siempre llega”- pero que a los ojos de Dios debe ser tanto o más grande que El Hogar de San José, por decir).

Diego Fares sj

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Al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos

– ‘Qué dice la gente sobre el Hijo del hombre? Quién dicen que es?’

Ellos respondieron:

-‘Unos dicen que es Juan el Bautista, otros, Elías y otros Jeremías o alguno de los profetas’.

– ‘Y ustedes –les preguntó- ‘¿Quién dicen que soy?’

Tomando la palabra Simón Pedro respondió:

– ‘Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo’.

Y Jesús le dijo:

-‘Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre sino mi Padre que está en el cielo.

Y Yo te digo: Tú eres Pedro y sobre esta Piedra edificaré mi Iglesia,

y el poder de la muerte no prevalecerá sobre ella.

Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos.

Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo’

Entonces ordenó severamente a sus discípulos que no dijeran a nadie que él era el Mesías” (Mt 16, 13-20).

Contemplación

Feliz de ti Simón!

Es la bienaventuranza de la fe.

De lo feliz que hace tener fe en Jesús.

La alegría que da hacerle caso a la fe cuando algo la despierta en nuestro corazón y sentimos el impulso a adherirnos sin peros a una certeza, que tiene que ver con un bien común, con algo que nos hace sentir plenamente humanos.

Algo especial se ilumina en los ojos de Jesús, mientras les va preguntando: “quién dice la gente que soy yo, quien dicen ustedes que soy yo…” y Simón le hace caso a lo que le dice su corazón.

Me pregunto si todos sentimos la voz del Padre cuando nos indica quién es Jesus, cuando nos revela que es su predilecto, el que esperamos, el Ungido…

El Señor dirá que el Padre se hace oír mejor por los pequeñitos y no por los que se complacen en escucharse a si mismos y en escuchar a los que los aplauden.

En todo caso, escuchar la voz del Padre e interpretarla como algo especial requiere ayuda, confirmación.

Esto es lo que hace Jesús con Simón: lo confirma, lo consolida en esa confianza que hace que se juegue y que lo convierte en Pedro, en piedra para confirmar la fe de sus hermanos, de todos nosotros.

Desde entonces, Simón Pedro -siempre con sus dos nombres, como hoy Jorge Bergoglio/Francisco- tiene la misión de confirmar personalmente la fe de los que queremos ser discípulos de Jesús.

Me gusta la idea evangélica de una fe en Jesús que necesita confirmación.

Una confirmación que no viene de la carne ni de la sangre, que no es cultural ni genética, sino que viene del Padre, del Altísimo, del Misericordioso, del que siempre está, estuvo y estará (que es una forma cercana de decir que es eterno).

Nuestra fe necesita esta confirmación de nuestro Padre y Él nos la hace llegar por dos vías, ambas eclesiales: por Pedro y por los pequeñitos del pueblo fiel, infalible en su modo de creer y de vivir la fe en su vida cotidiana.

Una fe que necesita confirmación es una fe pobre, es una “poca fe”.

Una “poca fe” que grita: Señor! Auméntanos la fe.

El plural indica que no se trata de una pobreza individual, de esas de las que uno podría salir por esfuerzo propio, sino de una pobreza que nos orienta hacia los demás, que nos hace salir de nosotros mismos y pedir ayuda. A Jesús , a Pedro y a las personas que vemos que tienen más fe que nosotros.

Volviendo a Simón Pedro, diría que él y todos los que con su nombre propio reciben el nombre de Pedro, solo se entienden desde esta fe. No se los entiende desde categorías meramente políticas, sicológicas, sociológicas…

Si se los elige es porque son gente que se deja confirmar y que se hace cargo de la tarea de confirmar a los demás.

Desde esta perspectiva se puede decir que Simón buscó ser Pedro, quería ser Pedro, fue siempre un Pedro, uno que era piedra para los demás, uno que se dejaba confirmar y que confirmaba a los demás en la fe, ya se tratara de tirar la red una vez más , aunque no hubieran pescado nada en toda la noche, o de caminar sobre las aguas en dirección a lo que para los demás era solo un fantasma.

Desear ser Pedro, desear ser confirmado para poder confirmar, es un deseo que regala el Padre a quien quiere. Suele dárselo a los que se animan a caminar sobre las aguas (y no a los que quieren trepar), a los que se dejan corregir y saben pedir perdón, a los que se juegan por sus hermanos sin miedo a quemarse…

Dejarse confirmar es disponerse a recibir el fruto de una acción conjunta: del Padre que pone a Jesus bajo la Luz del Espíritu Santo y lo transfigura ante nuestros ojos.

Confirmar a los demás también implica una tarea compleja, mas compleja que la que conlleva definir un dogma o escribir una encíclica. Esta es solo una cara, la cara intelectual de la fe. Pero confirmar requiere también acompañamiento, conducción pastoral a lo largo del tiempo, cariño y misericordia para perdonar las caídas, paciencia y fortaleza para iniciar un proceso y llevarlo a buen fin…

Es decir: confirmar en la fe es cosa de Padre.

Va más allá de decirle a un hijo “tienes que hacer esto” o “esto está bien y esto está mal”.

La fe se confirma bancando a los hijos. Hijos que, como Simón Pedro, a veces dicen cosas geniales y otras cualquier pavada, que se tiran al agua porque quieren caminar sobre el mar y después piden ayuda porque se hunden, que se entusiasman y también a veces niegan cobardemente, que se arrepienten y regresan…

Jesus elige a Pedro porque se anima a pasar por todas estas cosas escuchando la voz interior del Padre que le hace ver desde adentro quién es Jesus a quien tiene delante. Confía en el. Fíate. Es mi Hijo. Es tu Amigo, tu Señor, escúchalo: es uno que te puede enseñar, tu maestro (tu director espiritual, tu rabí, tu iman, tu sensei, tu shifu…, como quiera llamarlo tu cultura).

Pero, como decíamos, no se trata de una fe individual sino comunitaria, eclesial. Es una fe misionera, que responde quién es Jesus en medio de la gente y para ir a confirmar a la gente. Una fe que escucha lo que dicen los medios -que Jesus es esto y lo otro-, y dice: para mí Jesus es el Hijo De Dios y esto salgo a anunciarlo y a compartirlo con los demás. En el conflicto de las interpretaciones, la fe resuena -Jesus quiere que resuene- con el tono de voz único y personal de cada uno. El Señor no le interesa sacar un promedio estadístico de lo que la gente piensa de él para que uno se quede con ese tanto por ciento. Le interesan voces que se jueguen por el el cien por ciento. Le interesa lo que yo pienso y elijo cultivar de mi relación con él en lo íntimo de mi corazón, no que yo tenga una opinión promedio acerca de quién es él.

Nadie puede decir Jesús es mi Señor si el Espíritu no le mueve el corazón.

Y el Espíritu no mueve sino corazones que quieren confirmar la fe de sus hijos pequeñitos, de los pobres mas pobres y de los que quieren aprender las enseñanzas del evangelio.

Diego Fares sj

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“Jesús dijo a la multitud:

Es semejante el Reino de los cielos a un tesoro escondido en el campo, al cual, hallándolo un hombre lo esconde y por la alegría del hallazgo va y vende todas las cosas que tiene y compra aquel campo.

También es semejante el Reino de los cielos a un hombre de negocios que anda buscando perlas hermosas. Habiendo encontrado una perla de gran valor se fue a vender todo lo que tenía y la compró.

También es semejante el Reino de los cielos a una red echada al mar que junta todo género de peces. La cual cuando está llena, los pescadores la sacan a la orilla y, sentándose, recogen los peces buenos en canastas y arrojan afuera los malos. Así sucederá al fin del mundo: vendrán los ángeles y separarán a los malos de entre los justos, para arrojarlos en el horno ardiente. Allí habrá llanto y rechinar de dientes.

– ¿Comprendieron todo esto?

– Sí -, le respondieron.

Entonces agregó:

– Así todo escriba que es discípulo formado en las cosas del Reino de los Cielos es semejante a un padre de familia que saca de su tesoro cosas nuevas y cosas antiguas” (Mt 13, 44-52).

Contemplación

Las cuatro parábolas finales del misterio del Reino de los Cielos de Mateo, son contundentes. Iluminan la inteligencia espiritual del que es y quiere ser siempre “discípulo formado en las cosas del Reino”. Por eso, antes de la última parábola, Jesús les pregunta a sus discípulos “¿comprendieron todo esto? Les pregunta y nos pregunta no como quien duda de sus alumnos sino como quien se da cuenta de que enseñó algo claramente y fue comprendido. Por eso refuerza con la última parábola y dice que el “discípulo formado” es como un padre de familia que saca de su tesoro cosas nuevas y antiguas.

Un padre de familia es uno que “sabe” enseñar a sus hijos. Tiene la gracia de estado y confía en ella. No porque se crea que sabe todo, pero sí sabe discernir lo que le hace bien a su hijo y lo que le hace mal. En esto no duda. Y cuando duda, es cuando tiene más claro que en ese ámbito no lo meterá a su hijo hasta que él vea bien si es buena o mala la cosa. Esta sabiduría y este discernimiento de padre de familia y de discípulo de Jesús es la inteligencia espiritual que el Padre del Cielo revela a los que se hacen como niños, a los pequeñitos. Y se la confunde a los que se creen que se las saben todas.

Pedimos al Espíritu Santo, nuestro fiel abogado, este discernimiento de madre y de padre de familia. Es un discernimiento como el de los papás del pequeño Charlie.

“Nuestro hermoso pequeño niño se ha ido, estamos tan orgullosos de ti Charlie”.

Estas fueron las palabras de sus papás al comunicar su partida.

La batalla judicial fue adquiriendo caracteres épicos y terminó con un juez decidiendo que el niño muriera en un lugar anónimo –bajo pena de infringir la ley-, dado que los padres y el hospital no se pusieron de acuerdo. Ellos querían que partiera en su cunita, querían llevarlo a casa!

Creo que se llegó al extremo en la lucha de los saberes con poder de decisión. Son los saberes de la ciencia, de la ley y el de los padres, entre los que un bebé que nace hoy se encuentra tironeado. No estoy en posición de juzgar los saberes en sí mismos. Es complicado y hay que estudiar medicina y derecho para opinar. Sí me animo a juzgar que cuando hay tironeo de un bebé, mejor que ganen los padres. De hecho, el tironeo de dos saberes –el de la ciencia del Great Ormond Street hospital y el de la ciencia del juez Nicholas Francis-, terminaron siendo el tironcito que desconectó al hermoso Charlie de su respirador. Una vez que se lo pusieron pasó a ser parte de su vida, como me dijo una mamá en una terapia que le había dicho a los médicos que le decían que no había que usar medios extraordinarios. No le pongan nada más, les dijo, pero no le saquen lo que le pusieron. Cuando se trata de un niño, él se queda siempre con el saber de sus padres. Sabe que sus tironeos –con todos sus defectos- son para abrazarlo.

Esta es la inteligencia espiritual a la que apela Jesús para juzgar las cosas del reino, que son las cosas de los pequeños, de los pobres, de los pecadores que quieren ser ayudados, de la gente buena, que desea gastar su vida ayudando a los demás.

Y no se trata para nada de una sabiduría de segunda, de un sentido común al que los que tienen las llaves de la ciencia y del derecho pueden hacer callar así nomás. San Pablo dice que la persona espiritual “tiene la mente de Cristo”, puede “juzgar todo y a él nadie lo juzga” (1 Cor 2, 14-16). Es ese juicio absoluto con que juzga el que tiene el poder de salvar, el juicio absoluto de la mamá y del papá que le dicen a su hijito esto sí y esto no. Si algunos en nuestro mundo ponen en duda esto, los que lo creemos, estamos mal, porque no tenemos poder para imponer nada, pero los que toman decisiones guiados por un saber que contradice al de este espíritu paterno, están perdidos en su propia humanidad.

…………..

Dicho esto sobre la inteligencia espiritual de padres de familia, dejamos que la iluminen las tres últimas parábolas de Jesús. Son las parábolas del tesoro, la perla y la red. O mejor, son las tres parábolas de la alegría del Reino. Así como están las parábolas de la semilla, las parábolas de la misericordia, las parábolas de los talentos y las parábolas de la fiesta, estas tres son las parábolas de la alegría.

La alegría es la característica que invade a los hombres de las tres parábolas: se la menciona expresamente en la parábola del que descubre el Tesoro, pero la podemos ver en los ojos del buscador de perlas, al examinar la que encontró, y en las manos de los pescadores, mientras eligen cantando los peces buenos y los ponen en canastas, y tiran los que no sirven.

Estas parábolas vienen muy bien para comprender y seguir al Papa Francisco, que en sus exhortaciones y encíclicas ha puesto la alegría como criterio de discernimiento. Criterio para ver si se está predicando bien el evangelio, criterio para ver cómo anda el amor en la familia y criterio para ver si estamos tratando como se debe a nuestra hermana madre tierra.

Cómo es esta alegría que produce la presencia del reino –del tesoro, de la perla y de saber tirar los pescados que no sirven y quedarnos con los buenos que pescamos?

Es una alegría “que nadie nos la puede quitar”. Al pueblo fiel de Dios nadie le puede quitar la alegría del evangelio, la alegría de tener un buen Pastor, la alegría del abrazo de nuestro Padre misericordioso, la alegría de nuestra Madre la Virgen y la Iglesia. Es una alegría completa, plena. San Ignacio en los Ejercicios nos hace ver que es duradera y la distingue de las alegrías pasajeras, que son mala imitación.

Tentaciones contra la alegría

Cuál es el peligro, entonces, si la alegría de fondo nadie nos la puede quitar? Qué táctica usa el enemigo, del demonio, padre de la mentira y del odio, el diablo que divide y acusa, usando incluso las palabras de la Escritura y de la tradición para confundir?

San Pedro Fabro, cuyas clases de discernimiento venimos siguiendo por indicación del Papa Francisco que lo tiene por maestro, nos proporciona un segundo criterio para discernir los lenguajes tramposos. El primer criterio era decir las verdades con buen espíritu, de modo tal que el Espíritu Santo las pueda usar para ayudar.

El segundo, dice así:

“Le pedía (al Señor) que: “me enseñase como hablar de cosas que yo u otros habíamos recibido como gracia bajo el influjo del buen Espíritu. Continuamente hablo, escribo y hago una cantidad de cosas sin prestar atención al espíritu con que las he sentido primero. Y así me sucede, por ejemplo, que expreso afablemente, con viveza y ánimo chistoso, algo que, por el contrario, había experimentado con un espíritu de compasión y de íntimo dolor: de este modo, el que escucha saca menos fruto, porque la verdad se le anuncia con un espíritu menos bueno de aquel con que fue recibida.

Fabro cayó en la cuenta de una tentación que tiene que ver con un “menos”. El demonio no le podía robar una gracia, pero hacía que cuando la comunicaba hiciera “menos bien” a los otros. Discierne que puede haber algo, en su lenguaje, en su manera de hablar de las cosas de Dios, que, si no está atento, depotencia la gracia que recibió. Y ese menor grado de bondad lo nota en lo que podemos llamar un “cambio de tono”. Algo que le había provocado compasión, lo expresó de modo chistoso.

Este criterio lo podemos aplicar a todos esos discursos en los que, para decirlo simplemente, a algo (o alguien) que es más (que es un tesoro), le roban algo para que sea (o parezca) menos.

No siempre el mal espíritu busca el mal mayor

San Ignacio expresa este tipo de tentación en una regla de discernimiento que hace ver que no siempre el mal espíritu busca el mal mayor. A veces se conforma con algo “distractivo, o menos bueno que lo que uno tenía propuesto hacer, o tira abajo el ánimo, o inquieta o turba, quitando la paz, la tranquilidad y la alegría que uno tenía antes. Todos estos “menos” son señal de mal espíritu.

Es más, este “mal menor” es a veces decididamente buscado y planificado por el que ve que, si apunta a un mal mayor, no tendrá éxito.

En el lenguaje de muchos discursos sobre el Papa y la Iglesia, esto es bastante común y es lo que más inadvertidamente se traga mucha gente.

Para discernir bien este lenguaje que apunta a un mal menor –pero efectivo porque “nos entra”-, hay que reconocer primero la disminución de un bien (el cariño o la confianza que le tenía al Papa, por ejemplo), y conectarla luego con algún “ruido” que hace el tono del discurso que leemos o escuchamos (el modo de descalificar, las palabras que se usan…).

El punto en algunos discursos es darse cuenta de que la estrategia no es lograr que uno odie al Papa o no le crea más nada, sino que la estrategia es, por ejemplo, que uno diga: “del papa mejor no hablar mucho ahora porque va a ser para discutir”. Si la trampa va por el lado del “menos”, eso es lo que hay que discernir. No digo que sea fácil, pero al menos darse cuenta de que el que me dice “quedate tranquilo que no te estamos robando la casa ni matando a tu familia” me está robando las zapatillas”.

Hace unos días salió en un diario argentino una editorial hablando del artículo de Spadaro y Figueroa sobre la tentación de un ecumenismo del odio que se advierte en el lenguaje de algunos evangélicos y católicos en EE.UU.

El autor se muestra ecuánime en cuanto a alabar algunas cosas y criticar otras haciendo reflexionar al lector con preguntas inteligentes y afirmaciones bien matizadas. En medio del discurso una frase que suena así: Dejemos de lado dura crítica (de Spadaro y Figueroa) a la “teología de la prosperidad” desarrollada por algunos de aquellos cristianos mesiánicos: a mí tampoco me gusta, pero no me suena peor que la “teología de la pobreza” tan en boga en la Iglesia Católica. Cuestión de gustos.

El tono que instala la frase “es cuestión de gustos” (una frase que todos usamos y que entra como gota de agua en la esponja, porque en cuestión de gustos no hay nada escrito…) a mí me hace ruido (como gota de agua que cae sobre la piedra). ¿Es verdad que es cuestión de gustos elegir entre una teología de la prosperidad y una teología de la pobreza? Dejo que cada uno se lo pregunte y se lo responda, no solo leyendo el evangelio, ya que el autor no es creyente, sino mirando la humanidad, simplemente. A mí, un discurso que me mete frases como esta, que rebajan la bienaventuranza a los pobres y pequeñitos y que son como una burla si se la tengo que ir decir a los niños que tienen hambre, me hace discernir un lenguaje tramposo que usa la trampa del menos. Y al que no solo no tira el pescado de baja calidad, sino que me lo quiere vender por bueno, no le compro, ni ese ni nada. Y menos si su discurso afecta a mis hijos:

“Quién de ustedes, si su hijo le pide un pescado le dará una serpiente?” (Mt 7, 9-10).

Quién de ustedes y en nombre de qué teología de la prosperidad y del presupuesto, si los papás del pequeñito Charlie Gard les piden unos días para despedirse de su hijo, les dará solo unas horas?

Diego Fares sj

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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“Jesús dijo a sus apóstoles:

El que ama a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí.

Y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mi.

El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí.

El que encuentra su vida la perderá y el que pierda su vida por mí la encontrará.

El que los recibe a ustedes me recibe a mí y el que me recibe a mí recibe a Aquel que me envió.

El que recibe a un profeta por ser profeta, tendrá recompensa de un profeta,

Y el que recibe a un justo por ser justo, tendrá recompensa de un justo.

Les aseguro que cualquiera que dé de beber aunque sólo sea un vasito de agua fresca,

a uno de estos pequeños por ser mi discípulo, no quedará sin recompensa” (Mt 10, 37-42).

 

Contemplación

El que pierda su vida por Mí… la encontrará!

Perder la vida por Él. Por Jesús.

Perderla por la gente, por los más pequeñitos, por los demás.

Perder la vida en esas tareas pequeñas en las que se nos puede pasar una manaña, como cuando buscamos cómo dar mejor un vasito de agua fresca a uno de sus pequeños…

El agua fresca de la canilla.

El vastio de agua de un criterio evangelico, que nos hace mirar distinto.

O el agua fresca de las parábolas, esas fuentes de agua viva.

Las parábolas del Señor estan distribuidas a lo largo de nuestra vida como las fuentes de Roma. Lo más hermoso de Roma es que de sus fuentes se pueda beber. La gente lleva en sus mochilas una pequeña botella de plástico para cargarla cuando tenga sed.

Las parábolas… Urge discernir en qué parábola estamos viviendo en el momento presente. Y también a qué parábola nos invita el Señor a ir.

El Papa Francisco nos dice que la parábola del Buen Samaritano es clave en nuestros días. A su luz debemos leer las otras. El hijo pródigo, por ejemplo, no es tanto uno que vuelve por sí mismo suscitando la indignación de su hermano mayor que reclama justicia; hoy es un hijo pródigo que Jesús nos trae porque lo encontró tirado por el camino. Uno que ni siquiera puede llegar por sí mismo a la casa del padre. Uno al que los salteadores modernos lo suben a un gomón y en medio del mar lo tiran al agua o lo dejan a la deriva para que otros lo rescaten.

Desde la parábola del Buen Samaritano hay que leer también la parábola de la invitación a la Fiesta de bodas; ese momento en que –como los invitados con derecho no vienen- el padre manda a buscar a los pobres y enfermos y los sienta a su mesa, vistiéndolos con vestido de fiesta.

Lo que quiero decir es que la parábola del Buen Samaritano da el tono a las otras y hace descubrir en ellas ese momento en el que, por pura misericordia, somos puestos en las manos del Señor, que nos cuida y repara nuestras fuerzas.

Una Iglesia samaritana quiere decir una Iglesia de discípulos que salen a actuar “fuera de su cultura” e incluso “fuera de la ley”.

La imagen potente de la Iglesia hospital de campaña es la que el Papa profetiza para discernir actitudes. Compartimos un mundo con al menos 10 millones de niños en situación de “apatridia”, que no tienen ninguna nacionalidad porque han nacido en campamentos de refugiados. Es decir: los papás de esos niños ni siquiera pueden contar con un lugar legal donde registrar sus nombre para darles documento de identidad. Por eso el Papa responde a las preguntas de los cardenales no con definiciones magisteriales sino con actitudes magisteriales. Es que “la Palabra de Dios no se muestra como una secuencia de tesis abstractas, sino como una compañera de viaje también para las familias que están en crisis” (AL 22).

Perder la vida es salir de la parábola confortable en la que estamos instalados: a veces limitamos nuestra vida cristiana a repetir dos escenas: la del hijo pródigo que se va con su parte de la herencia y –después de un tiempo- la del hijo pródigo que vuelve a confesarse; o nos instalamos en esa escena en la que el hijo mayor “no quiere entrar a la fiesta”, y se nos va la vida en alimentar algún resentimiento que no nos deja vivir.

Perder la vida hoy es buscar alguna manera de entrar en la parábola del Buen Samaritano, buscando algún lugar de apostolado, alguna manera, de ayudar a los que están tirados al borde del camino, de invitar a los que se quedaron sin trabajo aunque sea la última hora, de salir a buscar a los pobres para que entren a la fiesta…

El otro día alguien comentó en la mesa algo de los mendigos de Roma. Fue un comentario “en general”, muy razonable. Y a mí me salió comenzar a nombrar a algunos que conozco con su nombre propio: a Elíe, el discapacitado en sus piernas que anda sentado en un skate y sube y baja nuestra calle Francesco Crispi empujándose con las manos, y a Gabriella, la que tiene el mismo problema que Elíe y pide en la Fontana di Trevi, que resultó ser hermana de Elíe; y a María, la rumena que pedía frente a nuestra puerta, y a María, que es de Moldavia y que pide en el subte, a la que todos los miércoles le llevo una limosna que me dan para ella y un día me dijo que querría que todos los días fueran miércoles, pero no por la plata sino por mi visita; y de Patrizia y Assunta, las dos abuelas que viven al aire libre en Piazza Spagna… y de Constantino, el de Términi, a quien no veo hace tiempo.

Siempre digo a los que hablan de los mendigos truchos y de toda la explotación y el negocio que se esconde detrás de la mendicidad en Roma, que si no fuera por los pobres, Roma sería una disneylandia espiritual, en la que todo sería un sueño de película en el que los turistas cumplimos el deseo de ver al Papa, comer tallarines y hacernos una selfie mientras tiramos la monedita que no le damos a los mendigos en la Fontana di Trevi.

Perder la vida por Él buscando amarlo más.

Más que a un padre y a una madre –dice Jesús-, más que a un hijo o a una hija.

Esto de las comparaciones parece un perdedero de tiempo. Si estamos en la parábola del Buen Samaritano, llevando gente al hospital de campaña, a qué viene esto de Jesús de que “lo amemos más”. Si ya sabemos que “no somos dignos”, que nunca lo seremos…

Este mandamiento de amarlo más hace que resuene en el corazón el tono con que Jesús le preguntó a Simón Pedro: “¿me amas más que estos?”.

Si estamos perdiendo tiempo en la tarea de “apacentar sus corderos” y “salir a buscar a sus ovejas perdidas”, es bueno que Jesús nos pregunte si lo amamos más y nos recuerde esa otra pérdida de tiempo: la que consiste en adorarlo a Él.

“Las comparaciones son odiosas”, dice el dicho. Y es verdad, pero con una excepción: comparar las cosas (todo, también las personas y hasta la propia vida) con Jesús  sopesando a quien o a qué amamos más, no solo no es odioso sino que hace mucho bien.

La comparación tiene su trampita, porque si amamos más a Jesús apacentaremos a sus ovejas. No es que tengamos que dejar de lado a nuestros seres queridos.

Lo que pasa es que se trata de una comparación y de un más especiales: amar más es “centrarse más” en Jesús, enfocar la mirada en Él, ir directo y primero a Él.

Entonces vemos que se trata de un Jesús en movimiento.

No es que estén todos sentados a la mesa, Jesús y nuestros seres queridos, y nosotros tengamos que servirle primero a Él, haciendo esperar a los demás. Para nada! Incluso es al revés, porque en las imágenes de banquetes, el Señor dice que Él está como el que sirve (y así estará en el cielo!!).

Si nos centramos en Jesús veremos que está en salida, que pasa.

Amarlo más es cultivar la actitud de “si viene, dejo todo y lo sigo”.

El otro día una parejita de mexicanos en luna de miel decía que para ellos “Francisco es el mismo Jesús que camina entre nosotros”. Los pequeños lo captan.

El mensaje del Papa, con sus gestos de salir, de caminar, testimonia y profetiza que Jesús camina entre nosotros.

Después cada uno tendrá que sacar las consecuencias y escuchar lo que ese Jesús le dice, pero se trata de un Jesús “en camino”.

Por eso hay que mirar a dónde va y por dónde caminó y anduvo.

Para leer bien sus gestos en el presente hay que hacer memoria de dónde los hizo primero y mirar a dónde irá a hacerlos de nuevo. Yo cuando lo veo lavar los pies en la cárcel de Roma recuerdo cuando se los lavó a los huéspedes de nuestro Hogar de San José, en el 2001, y miro que ahora que irá Colombia, en Medellín, visitará uno de los “Hogares San José”, para niños desplazados por la guerra.

Todas las “críticas” a Francisco nos lo muestran “en una foto”.

Basta mirarlo en camino –de donde venía y a dónde va luego de esa foto de algo que hizo o dijo y que es objeto de comentarios, enojos e interpretaciones- para que nos vuelva la alegría al corazón.Tenemos a un Papa en cuya persona Jesús camina con nosotros.

Nos da testimonio así de que la Palabra de Dios, para entenderla bien, hay que entenderla “en camino”. Hay que dejar todo (también las propias interpretaciones) y seguirla. Como sucede con las personas, que uno no puede seguir sino a uno por vez, también sucede con la Palabra. Hay que seguir de a una por vez, aplicarla y ponerla en práctica lo mejor posible. Y seguirla cada uno como está y como es. Si uno tiene una cruz (los pecados son una cruz, una familia separada a cuestas es una cruz…) tomarla y seguirlo con ella. Los que se dedican a discutir cuestiones abstractas más que malos o equivocados son gente que está sentada: no es que no tengan razón en algunas cosas que dicen de la moral o de la tradición, lo que pasa es que no hay tiempo para quedarse a discutir con ellos. Hay mucha gente que está esperando por un vasito de agua fresca, por esa Verdad que el Espíritu da a sorbos hasta que un día, uno mismo, se bautiza en Ella.

 

 

Diego Fares sj

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Al atardecer del Domingo encontrándose los discípulos con las puertas cerradas por temor a los judíos, vino Jesús y se puso en medio de ellos y les dijo:

‘La paz esté con ustedes’.

Mientras les decía esto les mostró sus manos y su costado.

Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor.

Jesús les dijo de nuevo:

‘La paz esté con ustedes. Como el Padre me envió a mí,

Yo también los misiono a ustedes’.

Al decir esto sopló sobre ellos y añadió:

‘Reciban el Espíritu Santo.

Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen

y serán retenidos a los que ustedes se los retengan’ (Jn 20, 19-23).

Contemplación

Cómo se hace para que en nuestra vida se de un “nuevo Pentecostés”? En un mundo donde el consumo y la prisa nos petrifican el corazón, necesitamos una verdadera y literal reanimación espiritual. Hay que “masajear” el corazón, como cuando a alguno se le detiene y otro con ambas manos trata de ponérselo en movimiento y le hace respiración asisitida. La oración es la que nos hace entar el Aire que nos falta, cuando con toda la Iglesia suplicamos y cantamos: “Ven Espíritu Santo, eres bienvenido en este lugar, eres bienvenido en mi corazón”. Y luego viene el segundo movimiento que consiste en ponerse a amar. Ya, inmediátamente, sin dudar ni postergar. Amar aunque sea con un pequeño gesto, pequeñísimo: desear simplemente el bien a otro. Ya. No importa si es a fuerza de voluntad, no pasa nada si no lo sentimos tanto. Amar a todos, a cualquiera: a los cercanos y a los más desconocidos, al que nos quiere y mejor aún a alguno que nos cae antipático. Ninguno debería pensar que puede conocer el Amor que  Dios ha “infundido en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo regalado” (Rm 5, 5), si ese Amor no le ha servido, al menos una vez, para perdonar una ofensa, para amar a un enemigo, para reconciliarse con un hermano, para tener un gesto de ternura al dar una limosna a un pobre…

Para que el Espíritu venga y permanezca, hay que ponerse a amar. Gestos de amor. No importa cuáles. No importa a quién. No importa cómo. El amor no hace daño, el amor purifica todo y mejora todo lo que toca.

El gesto de amor pequeño, florece y alegra;

el gesto de amor momentáneo, abre una ventana;

el gesto de amor acotado, hace experimentar que su plenitud queda intacta, es más: se multiplica, como el aceite y la harina en el frasco de la viuda de Sarpta, que compartió su última hogaza de pan con el profeta y no se agotó nunca más el aceite en su frasco ni se acabó la harina en su tinaja (1 Re 17, 14). Hay que ponerse a adorar y a servir. Son los dos movimientos simples e infalibles para recibir al Espíritu y para que permanezca del único modo que sabe hacerlo: expandiéndose a todos, llenándolo todo.

El Pueblo fiel de Dios es el que mejor sabe y el que mejor hace esto. Lo hace con millones de manos y de rostros, de manera invisible y oculta, como son invisibles y ocultos los movimientos del corazón.

Hay que saber intuir al Espíritu en el Pueblo fiel. Hay que aprender a verlo en los signos. Cuando uno ve la muchedumbre de fieles que peregrina a Luján –y a todos los santuarios marianos del mundo- hay que saber ver, como dijo el Concilio Vaticano II, que es “muchedumbre reunida por la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Lumen Gentium 4).

El Papa Francisco es uno que siempre ha sabido ver como nos dice el Concilio que veamos; es uno que siempre ha insistido en que el Espíritu Santo hace que el pueblo fiel de Dios sea “infalible en su modo de creer”.

El Concilio lo dice así: «La universalidad de los fieles que tiene la unción del Espíritu Santo no puede fallar en su creencia”. Y agrega que no se trata de un acto de fe intelectual, como si el Pueblo de Dios escribiera documentos y definiera dogmas. El Pueblo de Dios cree con su presencia –nada más-  y con sus gestos –nada menos-: “ejerce esta peculiar propiedad mediante el sentido sobrenatural de la fe de todos, cuando desde los obispos hasta el último de los fieles seglares, manifiestan un asentimiento universal en las cosas de fe y costumbres» (LG  12).

Este plus del Pueblo fiel en su totalidad sobre lo que sería la fe de cada persona considerada individualmente, se debe a que el Sujeto o la Persona que hace actuar como una sola persona a la muchedumbre, unificándola, es el Espíritu Santo, que en el conjunto se muestra «indefectible»: da el sentido de la fe que «mueve y sostiene» a todo el Pueblo fiel de Dios.

El Concilio dice que “el Pueblo de Dios, con ese sentido de la fe que le da el Espíritu, recibe la verdadera Palabra de Dios, penetra más profundamente en ella con rectitud de juicio y la aplica más íntegramente a su vida». Fijémonos bien en las tres palabras: recibe, profundiza con rectitud de juicio y aplica de modo íntegro a su vida. Es tan maciza y sólida esta fe, que, si uno no participa, si uno no sale y se mete en la procesión, corre el riesgo de no verla.

El cardenal Bergoglio decía que no se puede pronunciar la palabra “Pueblo de Dios” sin comprometerse. Si uno habla como desde afuera, queriendo objetivar, si uno no siente con el corazón del pueblo fiel de Dios y está en su lugar de servicio, no lo ve.

Lo dice Evangelii Gaudium: “Yo soy una misión (…) en el corazón del pueblo” (EG 237).

Si separo mi trabajo y mi misión de mi vida –si no soy “maestro de alma, enfermera de alma, político de alma”- dejo de ser pueblo… Y no recibo ni puedo dar el amor que el Espíritu Santo infunde en los corazones. Porque solo en el seno de un Pueblo -movido y sostenido por el Espíritu Santo-, puede cada uno recibir y ejercitar el propio carisma y la propia misión, que no es un deber sino una bendición y una fuente de alegría y plenitud, ya que haciendo encontrar a cada uno su carisma es como el Espíritu conduce concretamente a la totalidad del Pueblo fiel.

En ese sentido nuestra Señora y los santos y santas son expresión de esta indefectibilidad y eficacia del Espíritu: al dejarse conducir por él, todo en ellos redunda en beneficio de la totalidad del Pueblo fiel. Y el pueblo lo reconoce honrando a nuestra Señora y a los santos y nombrándose a sí mismo -a los lugares que habita y a las instituciones que crea- con el nombre de sus santos que es personal y común.

De entre todos los modos de rezar y de servir que el Amor –porque el Espíritu Santo es el Amor- inspira, uno es privilegiado. Es semilla flor y fruto, en ese sentido digo que es privilegiado. Tiene que ver con la unidad. San Agustín dice que, así como en el primer Pentecostés “las diversas lenguas que un hombre podía hablar eran el signo de la presencia del Espíritu Santo, así ahora el amor por la unidad de todos los pueblos es el signo de su presencia” (Discurso 267). Lo decía Agustín hace 1500 años y ese “ahora” del que habla es más actual que nunca: hoy tiene el Espíritu Santo –lo hospeda, recibe sus bienes, lo discierne en la vida y actúa según su conducción amorosa- el que “ama la unidad de todos los pueblos”. Y el que no, no. El que solo piensa en su país o en su cultura, en su religión o, menos aún, en su sector, no es del Espíritu. El Espíritu respira con todos y cada uno de los que en este momento inhalamos y exhalamos. Nadie puede “respirar de más”. Pero sí podemos respirar juntos, igualados en esta “espiritualidad” que nos hace ser más por comunión y no por posesión. O por posesión de lo único que podemos realmente poseer, interiorizar, hacer nuestro y hacernos suyos, íntegramente y modo pleno: el Amor que el Espíritu Santo infunde en el corazón común del pueblo fiel de Dios.

Diego Fares sj

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En aquel tiempo, Jesús dijo: «Les aseguro que el que no entra por la puerta en el corral de las ovejas, sino que sube por otro lado, es un ladrón y un asaltante. El que entra por la puerta es el Pastor de las ovejas. El portero le abre y las ovejas escuchan su voz. Él llama a cada una por su nombre y las hace salir. Cuando las ha sacado a todas, va delante de ellas y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz. Nunca seguirán a un extraño, sino que huirán de él, porque no conocerán quién es el que les habla.»

Jesús les hizo esta comparación,  pero ellos no comprendieron lo que les quería decir. Entonces Jesús prosiguió: «Les aseguro que Yo soy la puerta de las ovejas. Todos aquellos que han venido antes de mí son ladrones y asaltantes, pero las ovejas no los han escuchado. Yo soy la puerta. El que entra por mí se salvará; podrá entrar y salir, y encontrará su alimento. El ladrón no viene sino para robar, matar y destruir. Pero yo he venido para que las ovejas tengan Vida, y la tengan en abundancia. Yo soy el Pastor hermoso. El Pastor hermoso y bueno expone su vida por las ovejas. El mercenario, el que no es pastor, a quien no pertenecen las ovejas, ve venir al lobo abandona las ovejas y huye, y el lobo las arrebata y dispersa, porque es asalariado y no le importan las ovejas (Jn 10, 1-13).

Contemplación

¿Cómo presentar a los que van a hablar hoy, siguiendo aquello de San Ignacio en los Ejercicios de “mirar a las personas y escuchar lo que dicen”? Había comenzado imaginando que decían: “Somos las ovejas de las que habla Jesús en el Evangelio de hoy”. Pero después pensé que esto le puede sonar mal a alguna persona: “Ahora van a hablar las ovejas! Lo que faltaba…”. Sin embargo, esto de que hablen los personajes del Evangelio no es nuevo. Martín Descalzo, por ejemplo, hizo hablar hasta a los objetos de la pasión. Es algo propio de La Palabra hacer que todo hable… Y que no sea fábula. Pero como puede ser que haya algún prejuicio contra las ovejas y no se nos considere tan valiosas como en la época del Señor, pensamos que conviene presentarnos diciendo que “somos algunas de esa multitud inmensa de personas a las que Jesús llama “sus ovejas” y con respecto a las cuales se define a sí mismo como Buen Pastor, como Pastor bueno y hermoso. Esperamos con esto atajar cualquier comentario de que discriminamos a otros animales, haciendo notar bien claro que el Señor elije ponernos como ejemplo porque interactuando, Él saca lo mejor de nosotras y nosotras lo mejor de Él.

Por ejemplo: Él lo que más valora de nosotras es que reconozcamos su voz y eso nos baste para hacernos andar juntas. Y a nosotras, lo que siempre nos conmueve como si la escucháramos por primera vez, es cuando Él cuenta la parábola del pastorcito que salió a buscar a su oveja perdida. Esto por no hablar de todo: de su ternura con los corderitos indefensos, de su valentía contra los lobos hasta el punto de exponer su vida por nosotras, de lo lindo que es que nos llame a cada una por su nombre, de la confianza que nos tiene cuando nos deje ir adelante, porque sabe que nuestro instinto es infalible, el hecho de que no tenga miedo de darle palos a los mercenarios, que nos vigilan solo por interés, para vestirse con nuestra lana y tomarse nuestra leche, y que deje en evidencia a los que se disfrazan de oveja y hablan de la ley y la santa doctrina pero son fríos como lobos… También nos gusta cuando dice que somos muchas más de lo que parece, que Él tiene otros rebaños y que formaremos uno solo un día… Tantas cosas lindas que Jesús reveló de su corazón mirándonos a nosotras, humildes creaturas. Por todo esto, aun siendo personas como somos, no nos da ningún reparo hablar sintiéndonos “ovejas de Jesús, nuestro buen Pastor”. Y si alguna persona se anima a meterse en nuestra lana y a sumergirse en un rebañito para experimentar lo que es ser una más junto con todas, verá que es una linda experiencia de oración. Esta de rezar, decimos, haciéndose una con todas, como una oveja, haciéndose pequeño, como un corderito.

Dicho esto, no es que tengamos mucho más para decir, ni tampoco se trata de cosas que ustedes no sepan, pero viene bien que las digamos nosotras, hablando –aunque seamos incontables- como un solo rebaño, con un solo corazón y una sola fe.

Lo primero que se nos ocurre compartir es que las ovejas del evangelio somos ovejas comunes. Un rebañito nomás en cada lugar, pero que se sabe parte del Rebaño grande. Ese que nuestro Papa Francisco llama el santo Pueblo fiel de Dios, y que está esparcido por todas las naciones.

Esta conciencia de ser “comunes” es algo muy especial. Se reconoce de lejos. Nosotras nos damos cuenta enseguida y es muy divertido porque es al revés de lo que parece: hay gente que se siente común y que es muy especial y otra que se quiere hacer la especial y es de lo más ordinaria. Capaz que alguno no se ha dado cuenta, pero si se fijan bien, los famosos -de esos que caminan por la alfombra roja de Hollywood- en su afán de distinguirse por su vestido o su peinado, terminan siendo todos iguales. En cambio, la gente común, los mozos, las enfermeras, las maestras, esos que se visten todos iguales para dedicarse a su servicio, son todos únicos. Quién no recuerda a esa maestra única que tanto amó en su infancia, o a esa enfermera que lo curó con delicadeza o a ese mozo que lo reconoce y lo hace sentir apreciado apenas uno entra en un restaurant.

La segunda cosa a compartir es la gracia que tenemos de juntarnos. Muchos que nos ven acudir multitudinariamente a la plaza de San Pedro, en las Misas, las Audiencias y los Ángelus del Papa, no entienden cómo nos podemos juntar. Nos ven tan distintas entre nosotras… Algunos hasta se cuestiona si somos todas ovejas del rebaño católico, cuestionan por qué entonces no somos más practicantes… Es gracioso, porque entre nosotras no tenemos problemas. Nos aceptamos unas a otras, no importa de qué rebaño vengamos. Venimos a escucharlo a él, no a miramos entre nosotras. Aceptamos mansamente la compañía y la presencia de la de al lado, sin necesidad de fijarnos mucho en su aspecto ni juzgar sus comportamientos. Somos ovejas que, cuando nos silba un buen pastor, nos unimos como un solo rebaño.

Los que quieren ser “distintos”, no saben lo que se pierden. Lo lindo que es ser “una más del pueblo de Dios”, lo lindo que es poder unirse con otras ovejas, distintísimas de una y, aunque solo sea por unas horas, formar un único rebaño bajo un solo pastor.

Es divertido ver cómo algunos se ponen nerviosos al vernos unidas y no poder controlarnos ni aprovecharnos para la estadística. Hay algunos que nos valoran, valoran nuestra fe y nuestro amor a Jesús y a su vicario, pero tratan de sacar algún provecho de nuestra presencia. Cuando se nos acercan estos pastores, que no son mercenarios pero que tienen sus pequeños intereses privados, nosotras los esquivamos un poco. Logran juntar a algunas en un grupito por aquí, pero las otras nos corremos un poquito para allá… Ninguno puede juntarnos a todas.

Hay otros también que, como no aprecian al papa, nos disminuyen a nosotras, nos tratan de sentimentalistas. Nos llaman “ovejas”, precisamente, que para ellos significa “sin conciencia crítica”. Y “rebaño”, que para ellos es algo contrario a ser personas. Nosotras no nos enojamos. Ya cambiarán. Es que esta gracia – porque es una gracia- de juntarnos y de aguantarnos la juntada, no es algo espontáneo o que surja de primera. En general las que nos juntamos somos ovejas que “están de vuelta”. Si ustedes preguntan, casi todas tenemos alguna historia de habernos perdido y de haber sido buscadas y encontradas. Muchas fuimos de esas ovejitas perdidas que volvieron en hombros del buen pastor. Y en nuestra gran mayoría, somos parte de esas otras de las que Jesús dice: “también tengo otras ovejas, que no son de este redil; también a ésas las tengo que conducir y escucharán mi voz; y habrá un solo rebaño, un solo pastor” (Jn 10, 16). Es decir, somos las que nadie juntó ni vino nunca a buscar, pero no perdimos las ganas ni la nostalgia de que nos junten y por eso cuando se da la oportunidad y aparece un buen pastor, la aprovechamos.

Por último, y para no cansar demasiado, les confesamos que nos agrada que Jesús nos caracterice como “las que escuchamos su voz”. Nuestro testimonio no es otro que este: somos las que, en la voz de los buenos pastores, sabemos reconocer la Voz del Único Pastor. Nada más. Y nada menos. La voz lo es todo en el pastor. Y de modo particular en esta época, en la que las imágenes son más fáciles de manipular. ¿Vieron que el Señor, cuando resucitó, parece que a propósito se mostraba bajo apariencias diversas? Aparecía como jardinero, como un peregrino, como uno que parecía que quería comprar pescado… Pero cuando hablaba, lo reconocían. Sobre todo los más amigos, como Magdalena, cuando la llamó por su nombre (como a nosotras sus ovejitas); como Juan, apenas escuchó que les decía: “tiren la red a la derecha de la barca”. No es que su voz fuera reconocible “científicamente” –digamos- sino que “les iba haciendo arder el corazón” y, en algún momento, cuando pronunciaba alguna palabra especial, como el nombre de María, o cuando hacía algún gesto, como el de partir el pan, su voz se volvía inconfundible. Bueno, esa es la gracia que tenemos nosotras, las ovejas del pueblo fiel de Dios: que reconocemos su voz, en el sentido de algo que dice, en el momento en que lo dice y cómo –con qué tono- lo dice. Porque no vayan a creer que esto de reconocer la voz es algo así nomás. Piensen que hay gente que estudia teología toda su vida y no reconoce su voz. Parece increíble, pero es así: se saben toda la letra y no aciertan con el tono o con el momento histórico. También puede ser que como hablan solo entre ellos, y poco o nada con las ovejas comunes , de tanto discutir dando importancia a temas abstractos se les vaya perdiendo el gusto de reconocer la calidez de una voz…

Pero este problema de oído lo tienen también algunas ovejas. Creemos que es de tanto ver y escuchar pavadas por los noticieros. Es un problema personal. Cuando te gusta que te endulcen el oído o que te lo llenen de chismes y noticias escandalosas, la voz llana del pastor se te puede ir volviendo aburrida, poco convincente. Pero no es problema que pueda resolver él, ni gritando más ni respondiendo a todos sus acusadores. Es problema de cada oveja, de sus oídos.

El oído es menos objetivo que la vista. El oír está más inmediatamente ligado a “lo que uno quiere -ama- oír”. Por eso es que cuando el Señor dice que nosotras reconocemos su voz, en realidad nos está diciendo un piropo. Está diciendo que lo amamos mucho. Por eso es que lo sabemos reconocer.

Diego Fares sj

 

 

 

 

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Entonces Jesús fue conducido (anago) por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo.  Y después de hacer un ayuno de cuarenta días y cuarenta noches, al fin sintió hambre.  Y acercándose el tentador, le dijo:

«Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes».

Pero él respondió: «Está escrito: No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios».

Entonces el diablo le lleva consigo a la Ciudad Santa, le pone sobre el alero del Templo, y le dice:

«Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: ‘A sus ángeles te encomendará, y en sus manos te llevarán, para que no tropiece tu pie en piedra alguna’».

Jesús le dijo: «También está escrito: ‘No tentarás al Señor tu Dios’».

Todavía le lleva consigo el diablo a un monte muy alto, le muestra todos los reinos del mundo y su gloria, y le dice:

«Todo esto te daré si postrándote me adoras».

Le dice entonces Jesús:

«Apártate, Satanás, porque está escrito: ‘Al Señor tu Dios adorarás, y sólo a él darás culto’».

Entonces el diablo le dejó. Y he aquí que se acercaron unos ángeles y le servían (Mt 4, 1-11).

 

Contemplación

Hoy vamos a contemplar la “desaparición de una palabra”: anagogía.

En castellano ha quedado la palabra “analogía”, que usamos para explicar algo “por analogía”, es decir con otra cosa semejante. Pero “anagogía” no se usa más.

Es parecida a la otra, porque las dos señalan “hacia arriba” (aná). Pero anagogía incluye la acción (ago) no solo la idea (logos).

En tiempo de Jesús era una palabra muy común. Se usaba para decir que alguien te “impulsaba a la acción”, te “lanzaba”, te “conducía”, “te llevaba a un lugar más alto” (Lc 4, 5), “hacía zarpar una nave hacia alta mar” (Lc 8, 22).

Esta palabra sencilla y común se empezó a utilizar para expresar un sentido de la Escritura que va más allá de lo literal: el sentido espiritual (San Clemente de Alejandría -150-215 dC).

Si uno toma la Palabra de Dios solo a la letra puede terminar muy mal, como les pasó a los escribas y fariseos. El Señor les decía: La ley hay que cumplirla, por supuesto; pero es para dar vida! Si viene a mí uno que está enfermo, yo lo curo, aunque tenga que hacer un paréntesis en la ley que dice que el sábado no se puede trabajar.

La Palabra de Dios, por tanto, hay que interpretarla espiritualmente. (Nuestro Padre General, en una entrevista que le concedió a uno de estos fundamentalistas, dijo que “en la época de Jesús no existían grabadores”. Esto hizo enfurecer a algunos, que comenzaron a predecir que se está por terminar la Iglesia porque se “relativiza todo. Hasta las palabras de Jesús”. No entienden que “interpretar” no siempre es relativizar o disminuir. Es entender bien. Jesús mismo pide que lo entendamos bien, cada vez que dice “el que pueda entender que entienda” o cuando explica las cosas una y otra vez a sus discípulos o cuando les dice que ni siquiera Él les puede explicar todo en ese momento, pero que cuando venga el Espíritu, Él les (nos) enseñará toda la verdad”. Interpretar puede ser descubrir un sentido más profundo y exigente todavía, no solo un sentido más comprensivo y misericordioso. Interpretar es “interpretar con buen espíritu” y no con burlas, odio y desprecio. Estos son “científicos del evangelio”. Se contagiaron de las ciencias positivistas, que pretendían definir todo “objetivamente”. Lo terrible es que la ciencia evolucionó a posturas más humildes y estos “científicos del evangelio” se quedaron en el tiempo).

Dentro de los sentidos espirituales de la Escritura, el sentido anagógico es el más alto. Más alto (incluyéndolo, por supuesto) que el dogma, que te dice la verdad; más alto (incluyéndolo, por supuesto) que el sentido del deber moral, que te dice lo que hay que hacer.

El sentido anagógico es místico (enciende el fuego del fervor),

está tensionado por la Esperanza,

te impulsa a dar un paso adelante en el bien,

te hace madurar,

te lleva a discernir el bien concreto en el momento presente sin temor a infringir ninguna ley.

Este sentido tan fuerte y tan importante –el más importante diría yo- que se le atribuyó a esta humilde palabra, hizo que sufriera la burla y el menosprecio de las palabras cultas y, directamente, la hicieran “desaparecer”.

Sentido espiritual, anagógico, pasó a ser “sentido espiritualoide”, sentido idealista, sentido no “científico”.

Se trata de una palabra “mártir”, de una palabra “desaparecida”.

Dicen algunos: “Cómo vas a decir que la realidad no solo se “puede explicar” con números y conceptos científicos sino que, además, tiene un sentido anagógico, un sentido más alto y más noble! Nada de eso! La realidad es materia, economía, números, estadísticas, intereses, pasiones.

Y todo lo explican por “katagogía”, no por “anagogía”. (Katá quiere decir abajo).

Todo se explica por lo más bajo, no por lo más alto.

Ese es nuestro mundo. Lo más alto es “magia” o “ilusiones”, “expresión de deseos”, “sentimentalismo”…

Uno de los pocos que siempre usó este “modo de pensar” anagógico, es el Papa Francisco.

En sus cuatro principios – si escuchamos bien-, de lo que nos habla es de dejar que el Espíritu nos impulse a interpretar las cosas desde un nivel más alto –superior, dice él-.

Interpretar las cosas desde la altura (aná) del tiempo, que es superior al espacio.

Pero ojo, que no es una altura como la de la terraza del templo, a donde el mal espíritu lleva a Jesús para tentarlo de “tirarse abajo”, de interpretar su misión desde los deseos bajos de la vanidad y de las expectativas de aplauso. No se trata de la altura del monte, desde la que se ven todos los reinos de la tierra, a donde el demonio lleva a Jesús para que –curiosamente- “se agache” y lo adore. La superioridad del tiempo es una superioridad que nos pone a caminar, que no nos instala en el lugar de dominio más alto, sino que humildemente nos saca a caminar.

Lo mismo hace el papa en los otros tres principios: la realidad es superior a la idea porque es bien concreta y no se deja dominar. Las ideas se pueden ordenar y retocar a piacere y por eso cada pensador inventa su sistema de pensamiento (esto sólo –que haya tantos sistemas distintos- nos debería llevar a sospechar de su verdad…). La realidad, en cambio, supera nuestras ideas porque nos pone a su servicio, nos hace estar disponibles y atentos a lo que viene porque si no perdemos el tren. Y bien que cuando viene un tren real todos dejan de lado sus trenes ideales y se suben y van…

También los conflictos. El Papa dice que se resuelven desde el plano superior de la unidad, no quedando metidos en ellos. No enredándonos. No “llevando como si fuera un ícono, un conflicto que se dio una vez, a lo largo de toda la historia”, como dijo en la catedral anglicana. Y así con todo (el todo es superior a las partes).

El Papa Francisco usa este modo de pensar “anagógico” que nos pone en salida, nos impulsa a las fronteras, nos saca de la autorreferencialidad…

Es el “modo de pensar y de obrar” del Espíritu Santo. El que le inspiraba a Jesús y a la primera Iglesia, que era capaz de decir, con mucha sencillez: “Nos ha parecido, al Espíritu Santo y nosotros… no imponerles más cargas” (Hc 15, 28).

En todo el libro de “Los hechos de los Apóstoles… con el Espíritu Santo” la Iglesia siente que “interpreta las cosas desde este nivel espiritual”.

Y esta interpretación es lo que llamamos “discernimiento”.

El discernimiento del momento, del que habla el Papa.

Ese momento en el que el Espíritu Santo nos impulsa a dar un paso (porque no se trata de definir en un papel, sino dar un paso, como el que dieron los Apóstoles cuando decidieron con el Espíritu Santo no imponer más cargas a los gentiles) y jugarnos por lo que el Espíritu nos inculca en el corazón para hacer un bien concreto.

Ese paso “anagógico”, superior, es un paso práctico.

No es para congelarlo luego y convertirlo en una definición abstracta.

Lo propio de lo anagógico es abrirse a nuevos pasos, es seguir interpretando la realidad no en sentido literal sino espiritual, abiertos a la dinámica del Espíritu, a sus sorpresas, siempre orientadas hacia el bien común, hacia el bien concreto de los más pobres.

Es lo que el Espíritu le hace discernir –anagógicamente- al Señor, cuando responde a las tentaciones “rastreras” con el sentido espiritual de la Escritura: no solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios: no tentarás al Señor tu Dios (actuando según las pasiones más bajas). Solo a Dios adorarás, sólo ante él te arrodillarás.

Cuando el Evangelio nos dice que el Espíritu “impulsó a Jesús al desierto”, no está diciendo que lo condujo allí y luego lo dejó. El Espíritu conduce e inspira al Señor en todo el diálogo contra el tentador. Le hace encontrar el sentido espiritual a cada cosa, la palabra justa que no nos deja “caer en la tentación” y que nos impulsa a dar un paso más en el camino de la salvación. Toda nuestra vida, con sus tentaciones, está contenida en esa “oración del Señor en el desierto” que ahora es “oración del Señor en el Cielo”.

Diego Fares sj

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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