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Posts Tagged ‘Paz’

 

“Pedro se acercó entonces y le dijo:

– «Señor, ¿cuántas veces me ofenderá mi hermano y lo perdonaré? ¿Hasta siete veces?».

Jesús le dijo:

– «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.»

“Por eso el Reino de los Cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos. Al empezar a ajustarlas, le fue presentado uno que le debía 10.000 talentos. Como no tenía con qué pagar, ordenó el señor que fuese vendido él, su mujer y sus hijos y todo cuanto tenía, y que se le pagase. Entonces el siervo se echó de rodillas a sus pies, y le rogaba rendidamente:

– “Sé magnánimo conmigo, y te lo devolveré todo.”

Conmovido entrañablemente el señor de aquel siervo, le dejó ir libre y lo liberó de la deuda.

Al salir de allí aquel siervo se encontró con uno de sus compañeros, que le debía cien denarios; le agarró y, agarrándolo del cuello lo ahogaba diciéndole:

–  “Paga lo que debes.”

Arrodillándose a sus pies su compañero, le suplicaba diciendo:

  • “Se magnánimo conmigo, que ya te pagaré.”

Pero él no quiso, sino que fue y le hizo meter en la cárcel, hasta que pagase lo que debía.

Al ver sus compañeros lo ocurrido, se entristecieron mucho, y fueron a contar a su señor todo lo sucedido.

Su señor entonces le mandó llamar y le dijo:

– “Siervo ruin, yo te perdoné a ti toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también compadecerte de tu compañero, del mismo modo que yo me compadecí de ti?”

Y encolerizado su señor, le entregó a los verdugos hasta que pagase todo lo que le debía.

Esto mismo hará con ustedes mi Padre celestial, si no perdonan de corazón cada uno a su hermano» (Mt 18, 21-35).

Contemplación

Como siempre, es Simón Pedro el que se anima a preguntarle a Jesús si es que han entendido bien. El Señor, en el pasaje anterior, estaba hablando de nuestros desacuerdos, de la ofensa que supone el hecho de que un hermano nuestro rompa lo pactado, no haga las cosas como tiene que ser, se equivoque con nosotros. El Señor dice que, si nos ponemos de acuerdo para solucionar el asunto y pedimos la gracia, el Padre nos la concederá. No importa cuál sea el conflicto ni “la grieta”: el Espíritu actúa donde dos o más se ponen de acuerdo en Nombre de Jesús.

Simón Pedro le pide al Maestro que “le ponga números” a la bella propuesta. Esto de pedirle al Señor que concrete cuántas veces es como decirle: “está muy lindo esto de perdonar, pero no parece muy realista”.

La respuesta de Jesús de que hay que volver a reconstruir “setenta veces siete”, es algo propio del ámbito familiar. En la educación de los hijos los padres tienen esta “medida”. Y el Señor quiere que se aplique a la Iglesia, a la vida de comunidad. Y también a la política. Es la reconciliación de la que el Papa habla siempre y que propuso ahora en Colombia. Su prédica sobre perdonar deudas y ofensas es conmovedoramente realista. Y no es prédica suya, sino prédica hecha en conjunto, con los que dieron su testimonio, que se puede leer entrelíneas (o buscar en internet). Viene bien para nuestra nación (para cualquier nación), viene bien para nuestros desacuerdos de “cien denarios”, escuchar estos de quienes se anima a perdonar deudas más grandes porque son conscientes de que a todos el Señor nos ha perdonado más.

Queridos hermanos y hermanas:

Desde el primer día deseaba que llegara este momento de nuestro encuentro. Ustedes llevan en su corazón y en su carne huellas, las huellas de la historia viva y reciente de su pueblo, marcada por eventos trágicos pero también llena de gestos heroicos, de gran humanidad y de alto valor espiritual de fe y esperanza. Los hemos escuchado. Vengo aquí con respeto y con una conciencia clara de estar, como Moisés, pisando un terreno sagrado (cf. Ex 3,5). Una tierra regada con la sangre de miles de víctimas inocentes y el dolor desgarrador de sus familiares y conocidos. Heridas que cuesta cicatrizar y que nos duelen a todos, porque cada violencia cometida contra un ser humano es una herida en la carne de la humanidad; cada muerte violenta nos disminuye como personas.

Para estar cerca de ustedes… y también abrazarlos

Y estoy aquí no tanto para hablar yo sino para estar cerca de ustedes, mirarlos a los ojos, para escucharlos, abrir mi corazón a vuestro testimonio de vida y de fe. Y si me lo permiten, desearía también abrazarlos y, si Dios me da la gracia, porque es una gracia, quisiera llorar con ustedes, quisiera que recemos juntos y que nos perdonemos ―yo también tengo que pedir perdón― y que así, todos juntos, podamos mirar y caminar hacia delante con fe y esperanza.

Nos reunimos a los pies del Crucificado de Bojayá, que el 2 de mayo de 2002 presenció y sufrió la masacre de decenas de personas refugiadas en su iglesia. Esta imagen tiene un fuerte valor simbólico y espiritual. Al mirarla contemplamos no sólo lo que ocurrió aquel día, sino también tanto dolor, tanta muerte, tantas vidas rotas, tanta sangre derramada en la Colombia de los últimos decenios. Ver a Cristo así, mutilado y herido, nos interpela. Ya no tiene brazos y su cuerpo ya no está, pero conserva su rostro y con él nos mira y nos ama. Cristo roto y amputado, para nosotros es «más Cristo» aún, porque nos muestra una vez más que Él vino para sufrir por su pueblo y con su pueblo; y para enseñarnos también que el odio no tiene la última palabra, que el amor es más fuerte que la muerte y la violencia. Nos enseña a transformar el dolor en fuente de vida y resurrección, para que junto a Él y con Él aprendamos la fuerza del perdón, la grandeza del amor.

Cuánto bien nos hace escuchar sus historias…

Gracias a ustedes cuatro, hermanos nuestros que quisieron compartir su testimonio, en nombre de tantos y tantos otros. ¡Cuánto bien, parece egoísta, pero cuánto bien nos hace escuchar sus historias! Estoy conmovido. Son historias de sufrimiento y amargura, pero también y, sobre todo, son historias de amor y perdón que nos hablan de vida y esperanza; de no dejar que el odio, la venganza o el dolor se apoderen de nuestro corazón.

El oráculo final del Salmo 85: «El amor y la verdad se encontrarán, la justicia y la paz se abrazarán» (v.11), es posterior a la acción de gracias y a la súplica donde se le pide a Dios: ¡Restáuranos! Gracias Señor por el testimonio de los que han infligido dolor y piden perdón; los que han sufrido injustamente y perdonan. Eso sólo es posible con tu ayuda y con tu presencia. Eso ya es un signo enorme de que quieres restaurar la paz y la concordia en esta tierra colombiana.

Para romper el círculo de violencia

Pastora Mira, tú lo has dicho muy bien: Quieres poner todo tu dolor, y el de miles de víctimas, a los pies de Jesús Crucificado, para que se una al de Él y así sea transformado en bendición y capacidad de perdón para romper el ciclo de violencia que ha imperado en Colombia. Y tienes razón: la violencia engendra violencia, el odio engendra más odio, y la muerte más muerte. Tenemos que romper esa cadena que se presenta como ineludible, y eso sólo es posible con el perdón y la reconciliación concreta. Y tú, querida Pastora, y tantos otros como tú, nos han demostrado que esto es posible. Con la ayuda de Cristo, de Cristo vivo en medio de la comunidad es posible vencer el odio, es posible vencer la muerte, es posible comenzar de nuevo y alumbrar una Colombia nueva. Gracias, Pastora, qué gran bien nos haces hoy a todos con el testimonio de tu vida. Es el crucificado de Bojayá quien te ha dado esa fuerza para perdonar y para amar, y para ayudarte a ver en la camisa que tu hija Sandra Paola regaló a tu hijo Jorge Aníbal, no sólo el recuerdo de sus muertes, sino la esperanza de que la paz triunfe definitivamente en Colombia. ¡Gracias, gracias!

Las heridas del corazón son más profundas y difíciles de curar

Nos conmueve también lo que ha dicho Luz Dary en su testimonio: que las heridas del corazón son más profundas y difíciles de curar que las del cuerpo. Así es. Y lo que es más importante, te has dado cuenta de que no se puede vivir del rencor, de que sólo el amor libera y construye. Y de esta manera comenzaste a sanar también las heridas de otras víctimas, a reconstruir su dignidad. Este salir de ti misma te ha enriquecido, te ha ayudado a mirar hacia delante, a encontrar paz y serenidad y además un motivo para seguir caminando. Te agradezco la muleta que ofreces. Aunque aún te quedan heridas, te quedan secuelas físicas de tus heridas, tu andar espiritual es rápido y firme. Ese andar espiritual no necesita muletas. Y es rápido y firme porque piensas en los demás -¡gracias!- y quieres ayudarles. Esta muleta tuya es un símbolo de esa otra muleta más importante, y que todos necesitamos, que es el amor y el perdón. Con tu amor y tu perdón estás ayudando a tantas personas a caminar en la vida, y a caminar rápidamente como tú. Gracias.

Todos somos víctimas, las de un lado y las del otro

Quiero agradecer también el testimonio elocuente de Deisy y Juan Carlos. Nos hicieron comprender que todos, al final, de un modo u otro, también somos víctimas, inocentes o culpables, pero todos víctimas. Los de un lado y los de otro, todos víctimas. Todos unidos en esa pérdida de humanidad que supone la violencia y la muerte. Deisy lo ha dicho claro: comprendiste que tú misma habías sido una víctima y tenías necesidad de que se te concediera una oportunidad. Cuando lo dijiste, esa palabra me resonó en el corazón. Y comenzaste a estudiar, y ahora trabajas para ayudar a las víctimas y para que los jóvenes no caigan en las redes de la violencia y de la droga, que es otra forma de violencia. También hay esperanza para quien hizo el mal; no todo está perdido. Jesús vino para eso: hay esperanza para quien hizo el mal. Es cierto que en esa regeneración moral y espiritual del victimario la justicia tiene que cumplirse. Como ha dicho Deisy, se debe contribuir positivamente a sanar esa sociedad que ha sido lacerada por la violencia.

El sembrador, cuando ve despuntar la cizaña, no tiene reacciones alarmistas

Resulta difícil aceptar el cambio de quienes apelaron a la violencia cruel para promover sus fines, para proteger negocios ilícitos y enriquecerse o para, engañosamente, creer estar defendiendo la vida de sus hermanos. Ciertamente es un reto para cada uno de nosotros confiar en que se pueda dar un paso adelante por parte de aquellos que infligieron sufrimiento a comunidades y a un país entero. Es cierto que en este enorme campo que es Colombia todavía hay espacio para la cizaña. No nos engañemos. Ustedes estén atentos a los frutos, cuiden el trigo, no pierdan la paz por la cizaña. El sembrador, cuando ve despuntar la cizaña en medio del trigo, no tiene reacciones alarmistas. Encuentra la manera de que la Palabra se encarne en una situación concreta y dé frutos de vida nueva, aunque en apariencia sean imperfectos o inacabados (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 24). Aun cuando perduren conflictos, violencia o sentimientos de venganza, no impidamos que la justicia y la misericordia se encuentren en un abrazo que asuma la historia de dolor de Colombia. Sanemos aquel dolor y acojamos a todo ser humano que cometió delitos, los reconoce, se arrepiente y se compromete a reparar, contribuyendo a la construcción del orden nuevo donde brille la justicia y la paz.

Resulta indispensable también asumir la verdad

Como ha dejado entrever en su testimonio Juan Carlos, en todo este proceso, largo, difícil, pero esperanzador de la reconciliación, resulta indispensable también asumir la verdad. Es un desafío grande pero necesario. La verdad es una compañera inseparable de la justicia y de la misericordia. Las tres juntas son esenciales para construir la paz y, por otra parte, cada una de ellas impide que las otras sean alteradas y se transformen en instrumentos de venganza sobre quien es más débil. La verdad no debe, de hecho, conducir a la venganza, sino más bien a la reconciliación y al perdón. Verdad es contar a las familias desgarradas por el dolor lo que ha ocurrido con sus parientes desaparecidos. Verdad es confesar qué pasó con los menores de edad reclutados por los actores violentos. Verdad es reconocer el dolor de las mujeres víctimas de violencia y de abusos.

Es la hora para desactivar los odios

Quisiera, finalmente, como hermano y como padre, decir: Colombia, abre tu corazón de pueblo de Dios, déjate reconciliar. No le temas a la verdad ni a la justicia. Queridos colombianos: No tengan miedo a pedir y a ofrecer el perdón. No se resistan a la reconciliación para acercarse, reencontrarse como hermanos y superar las enemistades. Es hora de sanar heridas, de tender puentes, de limar diferencias. Es la hora para desactivar los odios, y renunciar a las venganzas, y abrirse a la convivencia basada en la justicia, en la verdad y en la creación de una verdadera cultura del encuentro fraterno. Que podamos habitar en armonía y fraternidad, como desea el Señor. Pidámosle  ser constructores de paz, que allá donde haya odio y resentimiento, pongamos amor y misericordia (cf. Oración atribuida a san Francisco de Asís).

Y todas estas intenciones, los testimonios escuchados, las cosas que cada uno de ustedes sabe en su corazón, historias de décadas de dolor y sufrimiento, las quiero poner ante la imagen del crucificado, el Cristo negro de Bojayá:

* * *

Oh Cristo negro de Bojayá,
que nos recuerdas tu pasión y muerte;
junto con tus brazos y pies
te han arrancado a tus hijos
que buscaron refugio en ti.

Oh Cristo negro de Bojayá,
que nos miras con ternura
y en tu rostro hay serenidad;
palpita también tu corazón
para acogernos en tu amor.

Oh Cristo negro de Bojayá,
haz que nos comprometamos
a restaurar tu cuerpo.
Que seamos tus pies para salir al encuentro
del hermano necesitado;
tus brazos para abrazar
al que ha perdido su dignidad;
tus manos para bendecir y consolar
al que llora en soledad.

Haz que seamos testigos
de tu amor y de tu infinita misericordia.

Hemos rezado a Jesús, al Cristo, al Cristo mutilado. Antes de darles la bendición les invito a rezar a nuestra Madre que tuvo el corazón atravesado de dolor.

 

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Nadie puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro, o bien, se interesará por el primero y menospreciará al segundo. No se puede servir a Dios y al Dinero.

Por eso les digo: no se angustien por su vida pensando qué van a comer, ni por su cuerpo, pensando con qué se van a vestir. ¿No vale acaso más la vida que la comida y el cuerpo más que el vestido? Miren los pájaros del cielo: ellos no siembran ni cosechan, ni acumulan en graneros, y sin embargo, el Padre que está en el cielo los alimenta. ¿No valen ustedes acaso más que ellos? ¿Quién de ustedes, por mucho que se angustie, puede añadir un solo instante al tiempo de su vida? ¿Y por qué se ponen ansiosos por el vestido? Miren los lirios del campo, cómo van creciendo sin fatigarse ni tejer. Yo les aseguro que ni Salomón, en el esplendor de su gloria, se vistió como uno de ellos. Si Dios viste así la hierba de los campos, que hoy existe y mañana será echada al fuego, ¡cuánto más hará por ustedes, hombres de poca fe! No anden preocupados entonces, diciendo: ‘¿Qué comeremos, qué beberemos, o con qué nos vestiremos?’. Son los paganos los que andan así detrás de estas cosas. El Padre que está en el cielo sabe bien que ustedes las necesitan.  Busquen primero el Reino y su justicia, y todo lo demás se les dará por añadidura. No se angustien por el día de mañana; el día de mañana tendrá su propia angustia. Cada día ya tiene bastante con su propia cuota de cosas malas (Mt 6, 24-34).

 

Contemplación

Siempre me impresiona una frase que mis amigos musulmanes del Centro San Saba tienen a flor de labios cada vez que cuentan algo triste o duro que les pasó. La primera vez que presté atención fue cuando le pregunté a uno por su familia y me dijo que hacía tres años que no los veía. Su rostro se ensombreció de tristeza y ahí nomás dijo algo de lo que solo entendí “Alá”. Después de escucharla en otras ocasiones, pregunté bien cómo se decía y qué significaba. Al-ḥamdu li-l-lāh, dicen. Y significa “Dios sea alabado”. Lo agregan y es como que cierra el pensamiento triste. Porque “hamdu” es un “sentimiento de gratitud, no una mera palabra. Ese sentimiento de gratitud de creatura concluye el discurso. Yo veo que pasan a otro tema y no se quedan masticando su impotencia o su tristeza.

Ayer me conmovió un papá a quien se le había muerto su bebé y repitió esa frase con mucha convicción y sentimiento. Estábamos en el corredor del Hospital Bambino Gesù. Yo había bajado para ir a tomar un café mientras esperaba una horita para poder ver y darle una bendición a Riccardo, un chico de catorce años que está en reanimación, hijo de una amiga de la señora que plancha en casa y al pasar escuché que este joven decía “casa mortuoria”. Como lo miré me preguntó si conocía una. Le dije que no era del hospital y le pregunté quién había fallecido. Mi hijo. De pocos meses –me dijo. Me acerqué para que me contara y me explicó que había nacido con muchos problemas y que anoche había muerto. Al-ḥamdu li-l-lāh, dijo, y al ver mi cara de compasión agregó: él se nos ha adelantado al lugar donde yo también iré después y lo encontraré.

La fe siempre es algo que me conmueve. La fe sincera y expresada con sencillez, sobre todo en los momentos de dolor grande, interpela y causa admiración. Grande es tu fe, pensé. Con ella abrazás tu dolor y lo ceñis para que no se desborde. Te dejás contener por tu Dios y él te reconforta.

La gente humilde de nuestro pueblo tiene la misma fe. “Dios sabe lo que hace”, es la frase que cierra las situaciones inexplicables. También los musulmanes tienen esta frase de “Dios sabe”.  Es lo que Jesús dice en el evangelio: “El Padre que está en el cielo sabe bien lo que necesitan”. Pero Al-ḥamdu li-l-lāh va más allá. Es “Bendito sea Dios”. Es el Alleluya nuestro, “Alabado sea Yavé”. Lo usamos para expresar alegría, cuando alguien se cura o nos salvamos de algo malo “Gracias a Dios”. Pero hemos dejado de usar esta alabanza en las situaciones tristes o malas. Job decía: “Dios me lo dio, Dios me lo quitó. Bendito sea el nombre del Señor”.

El “Bendito sea Dios” a mí me lo enseñaron a decir cuando alguien muere o cuando sucede alguna tragedia y me sale espontáneo, cuando no tengo ninguna palabra mía. Antes de quedarme en silencio digo: Bendito sea Dios. Son estas palabras últimas y conclusivas que, como sentí que hacía este papá, abrazan la angustia y el dolor y lo contienen en el misterio. Evitan que se banalice, con las frases hechas que no dicen nada y con las cavilaciones que no llevan a ninguna parte. Nuestro Padre del Cielo sabe todo: Bendito sea.

Jesús hace extensiva esta fe a todos los momentos de la vida. Nos enseña cómo no tenemos que pensar y cómo sí. “No se angustien por su vida pensando qué van a comer, ni por su cuerpo, pensando con qué se van a vestir”. El Señor ataja los pensamientos de angustia más comunes. Esos que surgen cuando uno ve que no tiene plata, que la plata no alcanza. Son pensamientos muy lógicos, muy obvios. Cómo querés que no ande así si no tengo plata, nos dice uno. Y uno piensa: y qué le voy a decir. O le presto plata o no le digo nada. Pero Jesús es más valiente. Se anima a hacernos razonar y dice: “¿No vale más la vida que la comida y el cuerpo más que el vestido?” Al escuchar esta frase, el dios dinero patalea dentro del corazón del que anda sin plata, del que vive murmurando la oración lamentosa del que ha perdido contacto con la fuente de su calma –tener dinero-. “Probá a vivir sin comida y sin vestido”, nos dice. Pero Jesús –con gran ingenuidad, digámoslo claramente- continúa: “Miren los pájaros del cielo: ellos no siembran ni cosechan, ni acumulan en graneros, y sin embargo, el Padre que está en el cielo los alimenta. ¿No valen ustedes acaso más que ellos? ¿Quién de ustedes, por mucho que se angustie, puede añadir un solo instante al tiempo de su vida?”.

El razonamiento parece ingenuo al comienzo. Porque eso de mirar los pájaros del cielo suena a gente que vive en el campo, no en la ciudad. Pero Jesús lo remata con tres golpes que dejan nocaut al dios dinero.

El primero es la referencia al Padre Creador, que alimenta a los pajaritos y sostiene en la vida a toda la creación. Ahí nos hace mirar para arriba y entonces nos encaja bien dos golpes, uno de derecha y otro de izquierda.

El de derecha nos hace tomar conciencia de cómo es el Padre. Si es uno que cuida de los pajaritos –que no siembran ni cosechan ni acumulan dinero en el banco- cómo no nos va a cuidar a nosotros. Aquí hay que tener cuidado de no banalizar la parábola. Porque las conclusiones rápidas –y totalmente erradas, sugeridas por el dios dinero que siempre nos está haciendo su discursito interesado- llevan a muchos a decir que lo que Jesús sugiere es que vivamos como los pajaritos.

Es una posibilidad. San Francisco la siguió al pie de la letra y triste no vivió.

Pero el punto de Jesús es que la confianza la debemos poner en que Dios nos da de comer y nos viste, sea que sembremos y guardemos en la heladera y tengamos ropa en el ropero o no.

La confianza es para ponerla en nuestro Padre. Y decir “Alabado sea Dios” cuando trabajamos y cosechamos y cuando lo perdemos todo. Bendito sea Dios, siempre. Porque nuestra vida es suya. Obra de sus manos. Él nos la dio. No la compramos con dinero y no debemos rebajarnos a pensar que la conservaremos gracias al dinero.

Y si alguno considera que este golpe de lógica Providencial es muy idealista, el segundo es bien realista. Jesús dice: “¿Quién de ustedes, por mucho que se angustie, puede añadir un solo instante al tiempo de su vida?”. Nos saca de la burbuja artificial que crea el dinero y nos sitúa en la desnudez del tiempo natural, del cual solo Dios es el Dueño y Señor.

Así, los pensamientos de “angustia” se contienen con la fe en nuestro Padre Creador y con la humildad de reconocernos creaturas. No con los seguros de vida que nos ofrece el dios dinero. Insisto en personalizar al dios dinero porque siendo claro que es un dios “impersonal”, habla y se comporta como si fuera una persona. Nadie va a decir que “adora al dinero” o que “habla con él”. Pero en la manera de hablar y de sentir más íntima uno puede discernir que muchas veces le está “rezando” a algo y ese “algo” es el dinero. Se ve en la satisfacción que sentimos cuando lo obtenemos y en los deseos de tenerlo que alimentamos y en los lamentos que gemimos al ver que conseguimos poco.

Si vamos más a fondo, el dinero no es un Dios sino el “escamoteo del Dios verdadero”. Es una imagen sustitutiva de Dios. En sí mismo no es nada, pero puede comprar todo. Y aumentar infinitamente, con esos números que terminan siendo inimaginables de tantos ceros que tienen. Por eso es tan fascinante. No es malo en sí mismo, porque no es nada (basta que haya una devaluación para se reduzca a papel o que no haya productos para comprar para que no sirva para nada).

Y por qué es malo entonces?

El dios dinero es malo porque nos roba al Dios concreto y verdadero. Nos hace sacar la confianza en el que es nuestro Padre.

La prueba del robo cada uno la puede constatar en sus labios y en su corazón. Si no encuentra la frase: “Bendito sea Dios” cuando le falta alguna cosa concreta, es que ha sufrido el robo y no se había enterado.

El dios dinero le dirá: “Te falta plata. Te falta plata”.

Pero si uno se anima a responderle: Bendito sea Dios, se dará cuenta del engaño y el corazón encontrará paz. En toda ocasión podrá decir: Mi Padre sabe lo que necesito. Alabado sea.

Por ahí ayuda decirlo en árabe: Al-ḥamdu li-l-lāhAl-ḥamdu li-l-lāh. O en hebreo: Alleluya.

Dios sea Alabado. Así rezaba siempre Jesús: Alabado seas, Padre, porque le has enseñado estas cosas a tus pequeñitos.

Diego Fares sj

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cuenta ovejitas-01

El Señor designó a otros setenta y dos, y los envió de dos en dos para que lo precedieran en todas las ciudades y sitios adonde él debía ir. Y les dijo: «La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha. ¡Vayan! Yo los envío como a ovejas en medio de lobos. No lleven dinero, ni alforja, ni calzado, y no se detengan a saludar a nadie por el camino. Al entrar en una casa, digan primero: “¡Que descienda la paz sobre esta casa!” Y si hay allí alguien digno de recibirla, esa paz reposará sobre él; de lo contrario, volverá a ustedes. Permanezcan en esa misma casa, comiendo y bebiendo de lo que haya, porque el que trabaja merece su salario. No vayan de casa en casa. En las ciudades donde entren y sean recibidos, coman lo que les sirvan; curen a sus enfermos y digan a la gente: “El Reino de Dios está cerca de ustedes.”Pero en todas las ciudades donde entren y no los reciban, salgan a las plazas y digan: “¡Hasta el polvo de esta ciudad que se ha adherido a nuestros pies, lo sacudimos sobre ustedes! Sepan, sin embargo, que el Reino de Dios está cerca.” Les aseguro que en aquel Día, Sodoma será tratada menos rigurosamente que esa ciudad.»

Los setenta y dos volvieron y le dijeron llenos de gozo: «Señor, hasta los demonios se nos someten en tu Nombre.»

El les dijo: «Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo. Les he dado poder para caminar sobre serpientes y escorpiones y para vencer todas las fuerzas del enemigo; y nada podrá dañarlos. No se alegren, sin embargo, de que los espíritus se les sometan; alégrense más bien de que sus nombres estén escritos en el cielo.»

Y en aquel momento, exultó de gozo Jesús en el Espíritu Santo (Lc 10, 1-12; 17-21).

Contemplación

“Si somos ovejas venceremos, si nos convertimos en lobos seremos vencidos” (San Juan Crisóstomo).

Quizás sólo viniendo de Asís se pueda sentir que es verdad esto de que es bueno permanecer siendo ovejitas, esto de ir armados sólo con una misión, de dar paz a la gente y anunciar el Reino con alegría.

Quizás nunca haya sido tan consolador como hoy escuchar de labios de Jesús que lo de “estar como ovejas en medio de lobos” no es una situación terrificante o inevitable sino una misión.

Que estamos en medio de lobos no hace falta que lo diga Jesús.

La imagen del lobo solitario que va cargado de explosivos nos atemoriza al entrar en cualquier aeropuerto.

Las medidas económicas de muchos gobiernos se sienten como verdaderos zarpazos que le arrebatan a la gente que vive solo de su sueldo tajadas significativas de su limitado poder adquisitivo.

Cada tanto se vuelve patente el hedor de la corrupción que muestra cómo alguno estuvo rapiñando dinero para sí y escondiéndolo, literalmente, en guaridas y cuevas.

Los voces de muchos periodistas suenan más a aullidos que a comentarios y uno escucha como gruñen sus sarcasmos ideológicos amenazando a la manada rival.

Matar indiscriminadamente, dar zarpazos, rapiñar, aullar… son todas actitudes de lobo contra las que el Señor nos previene: si nos convertimos en lobos, perdemos.

Cuáles son las actitudes de ovejitas en medio de lobos?

Hay una de la que siempre habla el Papa y es caminar. Las ovejitas tienen que caminar. Y no solas sino todas juntas, así las puede proteger el pastor.

Por eso lo de ir ligeros de equipaje, sin dinero ni mochila ni calzado extra: caminar. La imagen “ no detenerse a saludar a nadie por el camino” nos habla de la misión de caminar. Si estamos en medio de lobos, la actitud de ovejitas es caminar…

La otra actitud, que también es central en el estilo de Francisco es la de dar la paz. Los mensajes suyos son de paz. Si la persona no es digna, la paz vuelve a él. Pero él no manda mensajes de guerra. Esto de Jesús de que los suyos dicen siempre y a todos: “que la paz descienda sobre esta casa”, es clave para distinguir a un cristiano. Jesús agrega que si hay allí alguien digno de la paz, esa paz reposará sobre esa persona y si hay alguien que no es digno o la rechaza, la paz volverá a nosotros. Pero a nosotros no nos toca discernir a esta casa sí y esta no. La paz de Jesús se desea a todos y se da a todas “las casas”. Podríamos decir: a todos los pueblos, a todas las culturas, a todos los grupos –sociales, religiosos, políticos, de género, de ideas y modos de accionar- a todos.

Luego de estas dos actitudes de ovejitas, la de andar siempre caminando y caminando como los rebaños con su pastor y la de dar la paz porque un rebañito de ovejas nunca puede dar miedo o generar violencia, sino que de su vista misma y de su modo de moverse emana paz, vienen otras actitudes que el Señor señala.

Una es la de entrar en las casas y permanecer un tiempo en ellas, compartiendo la comida. Es como decir que la actitud de paz no es algo que se da de lejos sino que requiere convivir, visitar, ser recibido, compartir. En ese tiempo el Señor nos hace poner especial atención a “curar a los enfermos”. Uno ve esta dedicación en el Papa Francisco que, en medio de la gente, saludando a todos, se detiene especialmente a acariciar y abrazar a los enfermos.

En este clima de paz y de cuidado por los más débiles, viene la misión de “anunciar el Reino”. El Reino no se anuncia como un estado de cosas sino como una cercanía. El reino no se instala sino que camina con los enviados y genera ese clima de paz y de obras de misericordia. Camina, no se impone: el que lo desea tiene que “entrar” por sí mismo. Y cada día se tiene que entrar y, si uno no desea permanecer puede salir.

No es un reino con papeles, visados, scanners y muros. Es más bien un reino en marcha: no se instala en nuestro territorio sino que nos pone a nosotros en camino. Camina a paso lento, como un rebañito de ovejas. Pero no se detiene a ocupar espacios sino que siempre está en movimiento.

Jesús dice que si alguno no recibe este anuncia ni se deja cautivar por esta cercanía, la actitud más “agresiva” diríamos es “sacudirse hasta el polvo de las sandalias” y seguir camino, remarcando no obstante que “el reino está cerca”.

Esta actitud de darle para adelante, de no detenerse a discutir, es lo que a algunos les desespera, literalmente, del Papa Francisco. Se ve en la exasperación de los comentarios, en las palabras fuertes, en las frases altisonantes, en la satisfacción que manifiestan cuando creen que lo atraparon en un error “in-dis-cu-ti-ble”.

El Papa les regaló la Amoris Laetitia a las familias y las que la gozan y se alimentan de sus palabras mansas y llenas de paz familiar, son bendecidas, y las que no, se la pierden por ahora, pero sepan que “está cerca” –que la “Alegría del amor familiar” está cerca-.

A los que discuten frases y citan definiciones antiguas, el papa los deja hablando solos. Ya se puso en camino a otras periferias y está planeando nuevos anuncios evangélicos para los pequeñitos.

Este seguir para adelante es tan suave que ni siquiera se nota que se sacude el polvo de los zapatos, pero el gesto está, aunque sea tan leve como cuando una ovejita sacude las patitas. Ni siquiera aquí hay la más mínima actitud de lobo. Respecto de esas preguntas impertinentes que algunos dejan picando el aire –al estilo de “cómo puede ser que haga esto”-, alguien dijo: este papa no responde preguntas sino que las plantea. Es ese gesto tan evangélico del Señor ante toda pregunta tramposa, de pegar media vuelta e irse a otra parte, a hablar con la gente que está interesada en recibir un evangelio.

La última actitud “de ovejita” con que el Señor remacha su envío misionero hace a la manera de cantar victoria: no se alegren porque el demonio se les someta sino porque sus nombres están escritos en el cielo.

Por tanto: nada de triunfalismos ni de revanchas de ovejas que festejan como lobos.

Caminar y caminar, dar la paz, quedarse con la gente y cuidar a los enfermos, anunciar la cercanía del reino, seguir adelante sin discutir, festejar sin revanchismos… Cada una de estas actitudes genera un ámbito vital que se expande como un reino por sí mismo. Son actitudes que dilatan el corazón y abren un espacio social distinto.

Lucas corona este envío misionero diciendo una frase misteriosa: “Y en aquel momento, exultó de gozo Jesús en el Espíritu Santo”.

El Señor confirma con el gozo la misión, el enviarnos así, como a ovejitas en medio de lobos. Nada confirma más que ver no solo alegría en los ojos del que nos envió sino ver que “exulta de gozo” cuando regresamos y le contamos lo que hicimos y cómo lo hicimos.

Esa imagen de Jesús exultando de gozo en el Espíritu Santo es la imagen evangélica más poderosa del nuevo testamento. Equivale a la Transfiguración, pero ésta no es solo ante los tres grandes amigos –Pedro, Santiago y Juan- sino ante los 72 discípulos y discípulas, ante la Iglesia que sale.

Dicen algunos que no entienden nada que Jesús nunca sonríe en el evangelio. Podemos imaginar de otra manera que con su mejor sonrisa a este Jesús que exulta de gozo en el Espíritu Santo?

Esta alegría y este gozo es su única arma, la que disuelve todo temor y quita todas las ansiedades, sospechas y escrúpulos.

Y el Señor nos la regala a los discípulos y discípulas que en misión fueron como ovejitas en medio de lobos y no se contagiaron de los lobos: volvieron como ovejas al seno de su Buen Pastor.

Diego Fares sj

 

 

 

 

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Después que Judas salió, Jesús dijo: 

«Ahora el Hijo del hombre ha sido glorificado

y Dios ha sido glorificado en él. 

Si Dios ha sido glorificado en él, 

también lo glorificará en sí mismo, 

y lo hará muy pronto. 

Hijos míos, ya no estaré mucho tiempo con ustedes.

Les doy un mandamiento nuevo: 

ámense los unos a los otros. 

Así como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros. 

En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos

en el amor que se tengan los unos a los otros» (Jn 13, 31-35).

 

Contemplación

Amense, nos dice Jesús. Así como Yo los he amado. Eso hará que la gente crea que ustedes son mis discípulos. Es decir: gente que aprende de Mí, gente que va ha hacer las cosas como Yo le diga (como en Caná).

No les van a creer porque ustedes muestren que han estudiado bien mis palabras y que sus interpretaciones son ortodoxas, dogmáticas, infalibles, fieles a la tradición. Los consideraran una secta o una religión más: gente que vive según unos valores y los defiende de manera tal que no deja entrar sino a los que piensan como ellos. La gente, también la ovejas mías que viven en los rebaños de otras culturas y religiones, intuye que Yo vine por algo más grande. Por eso sólo les creerán si se aman entre ustedes. Si se aman hasta el punto de crear comunidades abiertas y miseriocordiosas, capaces de incluir a todos, como dice Francisco.

El amor que nos manda poner en práctica Jesús más que un mandamiento es un don. Si escuchamos bien el mandato de amarnos entre nosotros tiene una condición: con el amor con que Yo los he amado. Ese “los he amado” apunta al Evangelio: allí se encuentran los gestos de Amor de Jesús. Desde los más pequeñitos, como cuando bendecía a los niños, hasta el más grande, el de su muerte en la Cruz.

Nos preguntamos: este amor ¿sólo está en el Evangelio? Tenemos que leer, llenarnos de sus hermosas imágenes y luego ¿con qué fuerza lo aplicamos? ¿Con las nuestras?

Justamente no. Todo lo contrario. Humanamente, cuando uno ha sido amado ese amor sigue activo en uno. En los besitos que una mamá da a los piecitos de su bebé está vivo el mismo amor con que su mamá la besó a ella. En la hospitalidad de uno para con sus amigos está vivo el amor de su abuelo que uno heredó a través de la hospitalidad de su padre…

Pero yo no siento, dirá alguno, esa fuerza del Amor con que Jesús me amó. Apenas decirlo y ya uno se da cuenta de que no es verdad. Al menos a veces la ha sentido. O la siente todo el tiempo cuando ama, pero el problema está en que siente más fuerte la fuerza contraria, la del amor egoista, la del amor con que uno se ama a sí mismo.

Hay algún modo para amar con el Amor con que me ha amado Jesús?

La fórmula en pasado perfecto lo salva al Amor, porque puedo volver a ese Amor tal como está en su fuente, en el Evangelio. Yo he amado con ese Amor, pero luego, por mis costumbres y hábitos, lo “reduje” al mío, digamos así. Amo con el amor de Jesús pero diluído, mochado, puesto en pausa, dejado de lado directamente, cada vez que me muevo por mis intereses egoístas.

Para amar con el amor con que Jesús me ha amado pueden ayudar tres cosas simples:

Una, volver a gustarlo reviviendo en la contemplación alguna escena de amor del Evangelio. Lo importante es esto: leer un pasaje o quedarme en un detalle, pero yendo a buscar sólo el amor que puso allí Jesús. Porque eso es lo que busco ver bien, contemplar en toda la riqueza de sus recursos, en toda la profundidad de  su entrega, en toda la  altura de su estima, en todos los más pequeños detalles de su ternura.

La segunda es reflexionando y agradeciendo, porque ese amor que Jesús puso allí ha tenido mucho que ver conmigo.

La tercera es elegir poner en práctica algún aspecto, el que tenga más a mano en  este momento, respondiendo con el gesto de amor que mi prójimo más inmediato me pida.

Estas tres actitudes de la oración, cuando me lleven a la practica, mientras esté haciendo ese gesto de amor “con el amor de Jesús” tal como lo vi, agradecí y elegí en la oración, tendrá una respuesta por parte del Señor. El responde inmediátamente a los que aman a sus pequeñitos: nos hará sentir un “a mí me lo hiciste, es a mí que me lo estás haciendo”.

Esta respuesta de Jesús es un amor presente. Yo diría que al hacer algún gesto con ese amor suyo, nosotros “entramos en el tiempo y en el espacio del evangelio”, entramos en el ámbito de su Reino, donde todo amor es presente.

Aquí, recordando una contemplación del 2010, me parece bueno listar diez señales de que Jesús responde confirmando la presencia real y motivante de su Amor en nuestro amor.

  1. Distingo claramente que sigo siendo un pecador, pero estoy amando a otro con el Amor de Jesús. El sentimiento es de alivio y paz, porque este amor le quita fuerza a la culpay me permite pedir perdón serenamente de mis pecados.

El amor de Jesús lava las culpas.

  1. La segunda señal viene de los otros. De repente alguien en la familia o entre los amigos nos hace notar que estamos un poco monotemáticos: hablamos mucho de la obra en que trabajamos. Se nota que la queremos.

El amor de Jesús hace hablar oportuna e inoportunamente.

  1. La tercera señal tiene que ver con un modo nuevo de (no) sentir el tiempo: pasa cuando uno se quedó trabajando en tanta paz y no se dio cuenta de que se pasó la hora.

El amor de Jesús trae una paz que no es como la que da el mundo

  1. La cuarta señal es una experiencia del yugo: lo que antes era difícil ahora se hizo fácil lo pesado se volvió liviano.

El amor de Jesús es un yugo suave y llevadero

  1. La cuarta señal es un sentimiento de gustoque da hacer bien el bien. Se nota por ejemplo en que uno empiece a llegar más temprano y se vaya más tarde…

El amor de Jesús nos hace gustar el bien.

  1. La sexta señal de que Jesús responde cuando amamos con su amor es un volvernos como cuando eramos niños: uno experimenta que puede trabajar como quien juega. De hecho se ríe mucho y se divierte con los compañeros.

El amor de Jesús nos hace como niños.

  1. La séptima señal es que se nos despierta algún tipo de creatividad: uno siente que le viene una cierta caradurez para hacer cosas nuevas, distintas de “lo que siempre se hizo así”.

El amor de Jesús hace hacer cosas siempre más grandes.

  1. La octava señal tiene que ver con fidelidad: uno agarra el bien y no lo suelta. Da testimonio en las malas y hasta se alegra con las persecuciones.

El amor de Jesús crea lazos de fidelidad.

  1. La novena señal es la alegría interior: un brillito en los ojos en medio de las tareas más humildes y escondidas.

El amor de Jesús nos da una alegría que nadie nos puede quitar.

  1. La décima señal es una transfiguración de la realidad, un solcito interior que ilumina la belleza en las almas mas pobres y hace que uno sienta que recibe calidez al mismo tiempo que la da.

El amor de Jesús glorifica lo que toca.

 Estas “respuestas de Jesús”, esto hay que decirlo, son muy respetuosas de nuestra libertad. Uno puede hacer de cuenta como que no las sintió y el Señor no insiste. Deja constancia que estuvo y cada tanto regresa y nos hace sentir su amor. Pero Él espera que como los de Emaús, respondamos a esa “calidez que sentimos en el corazón” con un gesto de hospitalidad de corazón: Quédate con nosotros, que atardece.

Una cosa linda de estas “respuestas” de Jesús a los gestos que hacemos con su amor es que puede responder con la uno o con la diez. Hay gente humildísima que vive con el brillito en los ojos del noveno paso toda la vida y hay gente que siempre está en el primer paso, de necesitar sentir de nuevo el alivio de su culpa. Santa Teresita dice que cuando se daba cuenta de su fragilidad decía: otra vez estoy en el primer escalón. Pero lo decía sin enojo ni desilusión para consigo misma. Le alegraba poder ofrecer siempre de nuevo su imperfección.

Diego Fares sj

 

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La paz es cosa de la Trinidad o “¿qué pasa que no se aclaran las cosas?”

Le pregunta Judas (no el Iscariote): Señor ¿qué pasa que vas a manifestarte a nosotros y no al mundo?
Respondió Jesús y le dijo:
«El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará;
y a él vendremos y en él haremos morada.
En cambio el que no me ama no es fiel a mis palabras.
La palabra que ustedes oyeron no es mía, sino del Padre que me envió.
Yo les he dicho estas cosas mientras permanezco con ustedes;
Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi Nombre,
Él a Ustedes les enseñará todas las cosas
y les recordará a ustedes todas las cosas que les dije a ustedes.
Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo.
¡No se inquiete su corazón ni se acobarde!
Me han oído decir: “Me voy y volveré a ustedes”.
Si me amaran, se alegrarían de que vuelva junto al Padre,
porque el Padre es mayor que yo.
Les he dicho esto antes que suceda,
para que cuando se cumpla, ustedes crean»
Ya no hablaré muchas cosas con ustedes porque viene el príncipe del mundo. A mí no me hace nada, pero es necesario que el mundo conozca que amo al Padre y que hago las cosas tal como el Padre me las mandó. Levantémonos, vámonos de aquí.
(Jn 14, 22-31).

Contemplación
“Señor ¿qué pasa que vas a manifestarte a nosotros y no al mundo? “
Manifestarte (enfanizein) es “volverte claro”, visible, comprensible, creíble.
La pregunta es de Judas Tadeo.
Se ve que le impresionó la palabra que usó Jesús: “El que me ama será amado de mi Padre y Yo también lo amaré y me le “manifestaré”.

Para el pueblo fiel, que conserva la memoria de los santos, Judas Tadeo es el patrono de las cosas imposibles, y es muy querido. Para la tradición puede haber sido primo hermano de Jesús (hijo de un hermano de San José, cosa que nos lo vuelve muy cercano en el afecto). El autor de la Epístola de Judas, la última de la Epístolas católicas, se identifica por su estilo con el Apóstol que le hace esta pregunta a Jesús. En su carta se dirige a “los que han sido llamados amados de Dios Padre”. Toma la respuesta tan linda de Jesús que dice que “si alguno me ama, mi Padre lo amará”.
Bueno, esto para ponerle rostro a uno de los discípulos queridos de Jesús, rostro que el tiempo ha borrado pero cuyos rasgos se pueden dibujar de nuevo en la fe común. A Judas le quedó esta semilla del evangelio, la de ser uno de los que amaban a Jesús y fueron amados por el Padre. Nada menos!

Jesús, si le preguntan, responde. Y esta última pregunta de uno de sus discípulos encierra el tema “global” de “cómo se comunican las cosas de Dios”. Martini comenta estas preguntas de los discípulos diciendo que son preguntas que surgen de “malentendidos”. Malentendidos que se suscitan en el corazón de los discípulos y que Jesús aclara con amor hasta donde puede y, tomando pie precisamente en la dificultad de hacerse comprender a fondo, revela que será el Espíritu Santo el que aclarará todas las cosas.
En toda relación interpersonal y comunitaria es muy importante “aclarar los malos entendidos”. Es el trabajo del diálogo generoso y natural entre las personas que conviven y trabajan juntas. Ahora, de última, como nos enseña Jesús, los malos entendidos no los aclara ni Él viviendo entre nosotros. Hace falta la Trinidad íntegra habitando en el corazón de las personas que conviven para que se de esa Paz del Espíritu en la que todo se vuelve claro y no quedan malentendidos.

Al primo de Jesús le preocupaba esto de que “… y qué pasa con el resto del mundo”.
Para mucha gente es motivo de tentación sentir “cómo es que algo tan esencial nos llega recién ahora”. Es el famoso “cómo yo no me enteré antes! O también: “si esto es tan verdadero, cómo es que no les llegó a todos”.
Jesús toma pie en el buen deseo que suscita la pregunta en el corazón de Judas Tadeo y le responde algo hermoso. Lo desarrollaré en orden inverso para que ayude a releer las palabras tal como las dijo Jesús, que son de las más amorosas de todo el Evangelio.

Por qué no se aclaran las cosas, es pues, la pregunta.
¿Qué es lo último que Jesús le responde?
Jesús dice que “ya no hablará muchas más cosas”. Llega la hora en la que se acaban las palabras y tiene que pasar a la acción. El testimonio de su amor al Padre lo tendrá que dar padeciendo la Cruz.
Es que las cosas no se aclaran sólo con palabras. Hace falta dar testimonio con la propia vida. Si Jesús que es el Logos, La Palabra, dice que ya no puede aclarar más, no podemos pretender nosotros un acuerdo y un consenso que brote de nuestras razones y argumentos. Lo que aclara todo malentendido es demostrar con nuestra vida que amamos al Padre y que hacemos las cosas tal como Él las dice, que buscamos “hacer su voluntad y no la nuestra”.

¿Por qué es tan difícil aclarar las cosas?
Lo penúltimo que Jesús dice es que “Viene el príncipe de este mundo…”. Las cosas son tan difíciles de aclarar porque este mundo está bajo el poder del padre de la mentira, del divisor –diablo-, del acusador. Diariamente vemos cómo nada se aclara y todo se confunde. En vez de escandalizarnos debemos recordar que Jesús ya nos lo dijo. Y creer en Él, y en su camino para “aclarar las cosas”. Ni el mismo Jesús puede hacer frente a los “argumentos mentirosos” con “argumentos verdaderos”. Dios mismo para convencer, necesita “dar testimonio”. Con su Palabra no alcanza. Menuda lección ¿no?

¿Y entonces?
Jesús concluye con que “nos tenemos que alegrar de que El se vaya al Padre, porque: “el Padre es mayor que Yo”.
Para aclarar las cosas tampoco basta el testimonio de dar la vida. La vida de Jesús podría haber quedado en un escándalo y ser causa de una desilusión y de una tristeza como la de los discípulos de Emaús, cuando intentan explicar “las cosas que han pasado entre nosotros”.
Para aclarar las cosas hace falta el testimonio del Padre. Jesús va a su Padre para que Él lo glorifique. Para que el Padre certifique que Jesús hizo todo bien, según su voluntad. Eso es “glorificar”: volver manifiesto y claro –no “así nomás” sino de manera luminosa y esplendente- toda la vida de Jesús.
Por tanto, para aclarar las cosas hay que ir a buscar a otro: en el caso de Jesús, a su Padre amado. Y nos tenemos que alegrar de esta “necesidad” tan humana de un hijo de tener que ir a buscar a su papá.
La imagen de un hijo con su padre da paz. Pensarlo a Jesús en el Corazón del Padre nos pacifica. De allí fue enviado a nosotros, así lo conocimos. Y vuelve a su lugar de origen. Como le manda anunciar a María Magdalena: “Ve y diles: ‘vuelvo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios’” (Jn 20, 17).

Aquí es donde, para aclarar las cosas, Jesús revela los frutos de su unión con el Padre. Es en ese momento cuando les promete el Espíritu y –ahí mismo- les da la Paz.
Para aclarar las cosas, para que Jesús se nos vuelva manifiesto, primero tiene que darnos su Paz. Una paz que Él mismo tiene al estar unido con el Padre. No es una paz cualquiera. En el Huerto Jesús no tenía paz. Estaba ansioso y angustiado hasta la muerte. Se puso en paz cuando se decidió a entregarse a lo que el Padre quería.
En la cruz Jesús no estaba en paz, tenía sed, preguntaba, sentía el abandono… Hasta que se puso en las manos del Padre. Por eso, esta paz que Jesús les da y les deja a sus amigos es una paz que brota de su corazón de hijo, unido al Padre, y por la que tendrá que luchar al día siguiente en la pasión. Es una paz padecida, la que nos regala Jesús. Y por eso es tan linda y tan verdadera. Porque podemos “pasar en paz todos los pasos angustiosos que él pasó por nosotros”, podemos pasar las angustias con El, en paz, poniendo cada inquietud nuestra en una de Jesús, para dejar que Él nos la pacifique.
El mundo no puede “ver claramente” a Jesús porque no tiene su paz. Porque el príncipe de la mentira lo desasosiega constantemente con nuevas guerras y armisticios provisorios.
El opuesto al príncipe de este mundo –al mal espíritu, como dice san Ignacio- es el buen espíritu, el Espíritu Paráclito. Él a Ustedes, dice Jesús. Qué frase tan breve y tan hermosa: “Él a Ustedes”. El Espíritu que mi Padre les envía en mi Nombre. En el Nombre bendito de Jesús –que es nuestro nombre, nombre de hermano nuestro, del primo de Judas Tadeo, sobrino de San José y de María-. En Nombre de ese Jesús que las pasó todas para darnos su paz, para que no se inquiete ni se acobarde por nada nuestro corazón, el Padre nos envía su Espíritu, el Espíritu de ambos espirado.
Y la Paz es, desde ahora, don de la Trinidad.
Que Jesús se nos vuelva claro, es cosa de la Trinidad.

Y lo más lindo de todo, lo primero que le responde a Judas Tadeo (que era lo que venía diciendo cuando Judas lo interrumpió), es que la Trinidad se viene a vivir a casa. Jesús se va al Padre pero para venir con el Padre al corazón de los que lo amamos. Desde allí, desde lo hondo de nuestro corazón donde habitan y moran, el Padre y Jesús nos comunican su Espíritu aclarador: Él nos enseña a nosotros todas las cosas que dijo Jesús y nos las recuerda en el momento oportuno, a medida que las necesitamos para aclarar los “malentendidos”.

En el Hogar de San José venimos haciendo unas reuniones “trinitarias” con grandes frutos desde hace unas semanas. Nos juntamos de a tres, un colaborador, la coordinadora y el director, y conversamos de nuestro trabajo en común. Nos juntamos en Nombre de Jesús y ponemos en medio a nuestros hermanos a quienes queremos servir. Y es notable cómo –así, de a tres- se aclaran los malentendidos! Se ve que del buen espíritu de estas reuniones me nació esta reflexión sobre la paz. Paz trinitaria, paz padecida por Jesús, paz confiada que nos dejó para que la cuidemos.
Le pedimos a la Virgencita de Lujan que guarda en su corazón la paz de la Trinidad para su pueblo argentino que cada uno de los peregrinos que hoy la visiten se lleve esa paz que tanto necesita nuestra sociedad desasosegada. La Paz que sólo Jesús puede dar.

Diego Fares sj

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Se muere el amor y el corazón sigue vivo ¿puede haber mayor dolor?

Aquel mismo domingo, por la tarde, estaban reunidos los discípulos en una casa con las puertas bien cerradas, por miedo a los judíos. Jesús se presentó en medio de ellos y les dijo:
–La paz esté con ustedes.
Y les mostró las manos y el costado. Los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús les dijo de nuevo:
–La paz esté con ustedes.
Y añadió:
–Como el Padre me envió a mí, así los envío yo a ustedes.
Sopló sobre ellos y les dijo:
–Reciban el Espíritu Santo. A quienes les perdonen los pecados, Dios se los perdonará; y a quienes se los retengan, Dios se los retendrá.
Tomás, uno del grupo de los doce, a quien llamaban «El Mellizo», no estaba con ellos cuando se les apareció Jesús. Le dijeron, pues, los demás discípulos:
–Hemos visto al Señor.
Tomás les contestó:
–Si no veo las señales dejadas en sus manos por los clavos y meto mi dedo en ellas, si no meto mi mano en la herida abierta en su costado, no lo creeré.
Ocho días después, se hallaban de nuevo reunidos en casa todos los discípulos de Jesús. Estaba también Tomás. Aunque las puertas estaban cerradas, Jesús se presentó en medio de ellos y les dijo:
–La paz esté con ustedes.
Después dijo a Tomás:
–Acerca tu dedo y comprueba mis manos; acerca tu mano y métela en mi costado. Y no seas incrédulo, sino creyente.
Tomás contestó:
–¡Señor mío y Dios mío!
Jesús le dijo:
–¿Crees porque me has visto? Bienaventurados los que creen sin haber visto.
Jesús hizo en presencia de sus discípulos muchos más signos de los que han sido recogidos en este libro. Estos han sido escritos para que crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios; y para que, creyendo tengan en él vida eterna (Jn 20,19-31).

Contemplación
¿Qué evangelio, qué buena noticia quiere comunicarnos el Señor Resucitado con estos encuentros en los que, por un lado, se presenta físicamente y por otro lado, desaparece una semana; estos encuentros en los que, por un lado, muestra sus llagas y por otro lado dice “felices los que creen sin haber visto”?
Los cuarenta días de este “dejarse ver y retener los ojos”, de estos venir al encuentro y luego desaparecer de Jesús Resucitado, creo que apuntan a suscitar la expectativa de una nueva manera de Presencia suya en nuestra vida.
No se trata pues de añorar sólo los “apariciones” del Señor durante aquellos cuarenta días benditos, sino también de aprender de sus “ausencias”.

Gracias a la pedagogía del Resucitado la comunidad entra en un ritmo de Esperanza, en el que están atentos a que el Señor se les haga visible en cualquier momento y situación de la vida:
por el camino (como a los de Emaús y a las mujeres),
en medio de la comunidad reunida,
durante el trabajo de pesca, junto al lago.
Jesús los acostumbra a esperar que venga: el “¡Ven Señor Jesús!” se hará oración en la Iglesia. Tomás aprende hoy la lección de que el Señor viene a sus tiempos y hay que estar atento: a los ocho días “estaba también Tomás con ellos cuando se presentó el Señor”.

Además de educarnos en este ritmo que hace bien a la fe dado que deja espacio a nuestra libertad, dándonos tiempo para ir y venir con nuestros sentimientos y decisiones (Tomás decidió estar aquel día, así como luego decidió estar al lado de Pedro en la barca, cuando se fueron a pescar, dado que el Señor no “aparecía” y ellos no sabían bien qué hacer mientras esperaban), ¿qué otro mensaje comunica el Señor Resucitado con sus presencias y ausencias?

Otro mensaje es el de los frutos de la Resurrección. “Por sus frutos reconocerán a las personas”, les había enseñado Jesús. La Resurrección irradia paz. La paz de Cristo es el primer fruto de su Resurrección; y lo capta nuestra sensibilidad antes que nuestra mente. Antes de reconocer que “es el Señor” los discípulos sienten que su paz lo precede. En esos días el Señor dice la frase repetidas veces: “La paz esté con ustedes”. Pero esa paz pasa a ser don de los cristianos: nos damos la paz al comenzar la misa, en medio de la Eucaristía, y al despedirnos nos vamos en paz. El don de la paz es el ámbito en el que luego “viene y se va” el Resucitado. Y es algo que podemos sentir. Es la primera señal de la consolación, dice Ignacio. Y la más estable, la de fondo. Paz alegre en los momentos lindos y paciencia en el dolor. La paz quita el temor, que es una de las cuatro pasiones principales: gozo y tristeza, esperanza y temor. Como dice Santo Tomás:
Respecto del bien, el movimiento comienza en el amor, continúa en el deseo y termina en la esperanza; mientras respecto del mal, comienza en el odio, continúa en la huida y termina en el temor.
Vemos pues que el Señor como Buen Pastor de nuestras pasiones, va a buscar lo más perdido de nuestros sentimientos, el temor, y lo rescata con la paz. Invierte así el movimiento de huida que provocó el no tolerar sus llagas, su pasión y muerte, y llena de amor sus corazones con su presencia, despertando la Esperanza de su regreso y el gozo de su presencia física.
La paz la comunica el Señor mostrando sus llagas, que es lo que producía rechazo, odio a los enemigos, miedo al dolor y a la muerte, huida, tristeza y desesperanza. Sensiblemente cura a los discípulos inundándolos de suave paz. Sus llagas nos han curado:
Vengo Señor, junto a las ígneas huellas
De tus sacras heridas luminosas:
Quíntuple abrir de inmarcesibles rosas,
Suma constelación de cinco estrellas.

Vengo a poblar sus oquedades bellas,
A estudiar en sus aulas silenciosas
Y a beber, con ternuras dolorosas,
La miel de acibar que pusiste en ellas.

Cuando zozobre mi valor, inerme,
Y vaya en turbias ansias a abismarme
Y llagado también llegue yo a verme,

Deja a tus dulces llagas allegarme,
Y en sus íntimos claustros esconderme
Y en su divina suavidad curarme.

El mensaje de fondo que nos comunica el Resucitado, con sus presencias y ausencias, con su paz y su perdón, es que, gracias a su ayuda, puede resucitar siempre nuestra capacidad de amar. Y para que se abran de nuevo los ojos al amor es necesario dialogar con sus heridas. Inmersos en este ritmo de la Esperanza, que hace “desear” en paz la presencia del Señor, podemos dialogar con las heridas del Señor, pidiéndole con fe que nos dinamicen con el movimiento sanante de la resurrección y nos rescaten de la tendencia hacia el miedo, la tristeza y la desesperación.

¿Cuál es tu llaga? -te dice Jesús- mostrámela. ¿Es una llaga de tus manos? ¿Sentís que te cuesta dar la mano, que te cuesta abrirlas, que te cuesta recibir y compartir? Si es así, es una llaga en tus manos. Quizás te faltó quién te diera la mano de niño, quien te consolidara y te hiciera sentir seguro en tu adolescencia, quien te enseñara a hacer las cosas en tu trabajo. Quizás no te daban bien y tenías que manotear y robar vos y te quedó una huella de manos cerradas, de manos lastimadas. Agarrate de mi Mano –te dice el Señor-, dejá que te tome la mano, como a Pedro cuando se hundía, que te alce como a la Magdalena. Dejá qué ponga en tus manos mi Eucaristía, dejá que te ayude a abrazar la Cruz que has tomado con tus manos heridas para seguirme, dejá que te bendiga en la frente con mi mano.

¿Cuál es tu llaga? – te dice Jesús- mostrámela. ¿Es una llaga de tus pies? ¿Sentís que te cuesta levantarte a la mañana, que cada paso es un acercarte a lo que temés, una incertidumbre? Te cuesta ir a tus cosas, sentís que no avanzás, que caminás lento como cargando un peso, o que vas y venís desorientado,? Si es así, es una llaga en tus pies.
Quizás tropezaste muchas veces y no te levantaron rápido, con cariño, o saliste a dar vueltas de joven y metiste la pata, y no te animaste a regresar a la casa del Padre, quizás te has vuelto demasiado temeroso y estás paralizado en tu espacio reducido sin animarte a los caminos… Ponete tras mis huellas –te dice Jesús-. Seguime. No mirés para atrás ni a los otros: Vos seguime a mí. Vamos juntos. Yo soy la Luz, Yo soy el Camino. Dejá que te cargue un trecho en mis hombros, como a la ovejita perdida, como al herido del camino, permitime que te ponga en pie como al paralítico, dejá que ordene cargar tu camilla y caminar.

¿Cuál es tu llaga? – te dice Jesús- mostrámela ¿Es una llaga en tu costado? ¿Sentís que tenés el corazón indeciso, que perdés el ánimo y la confianza cuando te invaden sentimientos tristes, de bronca, de culpa, de impotencia, de desesperación? Si es así, se trata de una llaga en tu corazón.
Quizás te lastimaron de pequeño, esperabas más amor del que te dieron tus papás, te quedó la impresión de que mejor no esperar mucho amor para no desilusionarte…
En esta llaga hay que ser muy pero muy delicados. Las otras son estandar, por decirlo de alguna manera. Las llagas del corazón, en cambio son únicas. Inimaginable es lo que puede herir el corazón de un niño, el corazón de un adolescente, el corazón de una madre, el corazón de un padre, el corazón de un amigo… Aquí sí que es imprescindible que dejés que se te acerque Jesús, con la llaga de su Corazón a la de tu corazón. Sólo Alguien como él puede ayudar. Porque las otras llagas, con una curita pueden andar, aunque uno renguée o le moleste al agarrar. Pero el corazón, si tiene una llaga necesita “resurrección”. No menos. Porque si no se muere. Se muere espiritualmente. Funciona en automático. Manda sangre. Siente. Pero no ama. Se muere el amor y el corazón sigue vivo ¿puede haber mayor dolor?
Cada corazón es infinitamente sensible: tanto el de un niño como el de un anciano, el de los pobres como el de los ricos, el de los enfermos como el de los fuertes… No importa quién o qué seas por fuera si se te ha muerto el amor. Cada corazón es infinitamente sensible porque está hecho de carne y espíritu, de una manera tan delicada que solo puede ser obra de Dios. Y si está herido en su capacidad de amar, sólo lo puede sanar Él. Y con un Corazón también herido, que para eso se dejó traspasar: para poder curar nuestros corazones. Sólo Jesús puede curar el corazón de un niño abusado y con miedo, de una abuelita despreciada por sus hijos, de un pobre tratado sin respeto, de un poderoso humillado injustamente, de una adolescente engañada por su novio, de un padre de familia que perdió el trabajo, de una mujer maltratada por su esposo…
La Resurrección acontece en el corazón y allí tiene que acercarse Jesús Resucitado y, con su paz y su alegría, con el soplo suavecito que cura el ardor de las heridas, tiene que perdonarte tus pecados (y las llagas que tus pecados o los pecados ajenos produjeron en tu corazón), para que resucite y siente que, de nuevo, puede amar.
Esa es la señal definitiva de la Resurrección: que uno siente, experimenta, que de nuevo puede amar. Que gracias a Jesús podemos amar: a Dios, a nosotros mismos y a los demás.
Diego Fares sj

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Ejercicios sencillos para “apesebrar el corazón” en Nochebuena

Misa de Nochebuena

En aquella época apareció un decreto del emperador Augusto,
ordenando que se realizara un censo en todo el mundo.
Este primer censo tuvo lugar cuando Quirino gobernaba la Siria.
Y cada uno iba a inscribirse a su ciudad de origen.
José, que pertenecía a la familia de David,
salió de Nazaret, ciudad de Galilea,
y se dirigió a Belén de Judea, la ciudad de David,
para inscribirse con María, su esposa, que estaba embarazada.
Y aconteció que estando ellos allí, se le cumplieron a ella los días del parto; y dio a luz a su Hijo primogénito, y lo envolvió en pañales
y lo acostó en un pesebre,
porque no había lugar para ellos en la hospedería (Lucas 2, 1-14).

Contemplación

La contemplación del Pesebre es como la contemplación de la Cruz. Hace bien repetirla; porque, si al mirar de paso, tal vez los pesebres parecen siempre lo mismo, al inclinarnos para mirar de cerca el Niño del pesebre nos ilumina los ojos con la fe de la infancia y nos sacia el hambre de ternura que inquieta nuestro corazón.
Es que el pesebre – la patena para la Eucaristía- está siempre en el centro de nuestra oración de Navidad. Y hace bien “rumiarlo”, que para enseñarnos a rumiar están allí el buey y el burrito dando calor al Niño; y hace bien volver sobre las mismas cosas, esas que “María, su Madre, guardaba rumiándolas en su corazón”. Contemplar al Niñito Jesús en el Pesebre de Belén – la Casa del Pan- hace que nos llenemos de ganas de apesebrar el corazón para recibirlo.

Recordamos algunos ejercicios sencillos para “dejarnos apesebrar el corazón”

Para apesebrar el corazón tenemos que aceptarlo tal como es
El pesebre es como es: rústico, práctico, no decorativo, útil para usar, sin pretensión de notoriedad ni de protagonismo… humilde. El pesebre sabe que es Jesús el que lo hace importante.
Y que fueron María y José los que lo eligieron para poner allí al Niño Jesús.
Si María lo recostó en el pesebre fue por que vio en él algo familiar, algo simple y seguro, como su corazón. Si no no hubiera puesto allí a su Hijo.
¿Qué vio en vos María, pesebrito de Belén, para confiarte a Jesús recién nacido?
El Pesebre es como nuestro corazón, el lugar humilde y pecador que Dios ama para venir a salvar.
Y si Jesús lo acepta, si María y José le confían al Niño, nosotros también podemos aceptar nuestro corazón y el de los demás –la realidad toda, tal como es- como lugar para que venga a nacer Jesús. Hogar de tránsito, es verdad, pero Hogar al fin, gracias al cariño y los sacrificios de María y de José y de todos los pastores que ayudaron a hacer más cálido el pesebre de Belén.
Al poner al Niño en el pesebre, María y José nos transmiten un mensaje claro y consolador: el Señor quiere comenzar a salvarnos en centro mismo de nuestra realidad-pesebre, con todas sus precariedades y crudezas.
Basta pues ser lo que somos, mantenernos pesebre – o mejor, dejarnos apesebrar el corazón- para que María nos ponga al Niño y nos lo confíe.

¿Y cómo se hace este ejercicio de “apesebrar el corazón?

El corazón se apesebra dejando que San José nos lo afirme
Nuestro corazón es vacilante. Se agita por todo, todo lo teme y todo lo desea. Para que María ponga al Niño en nuestro corazón, tiene que estar firme, sin temblequeos, en paz.

Imagino a José que ajusta las tablas con dos o tres golpes de sus manos carpinteras y afirma el pesebre en el suelo, para que no esté tembleque.
El pesebre son cuatro tablas o troncos, bien calzados pero ajustables. Cada tanto requiere unos golpes que encajen bien los encastres y también requiere que se busque su posición en el suelo, para salvar desniveles.
Así pasa con nuestro corazón. Si en algo se asemeja a un pesebre es en que en él resuena todo lo humano y todo lo divino. Nuestro corazón es el lugar misterioso donde encajan nuestra carne –con sus pasiones- y nuestro espíritu –con sus consolaciones y desolaciones. Y los encastres se desvencijan y necesitan ajuste, para que el corazón no ande tembleque y con una pata más corta que la otra.
De frágil equilibrio el pesebre, sin embargo, en manos de un buen carpintero, es fácil de ajustar y de afirmar.
Por eso, al contemplar cómo María reclina al Niño en él, advertimos el detalle de un José que se le adelanta y en un instante lo ajusta y lo afirma bien en el piso con cuatro palmadas y buscándole la posición.

Que San José nos apesebre el corazón, para que “no temamos recibir al Niño”. Que San José nos apesebre el corazón, para que el Niño pueda reposar en nosotros en paz.
Como dice el Salmo: “Mi corazón está firme y se mantiene en paz”.
El signo de que tu corazón está apesebrado es la paz:
Que sobre tu alegría y tu fatiga reine la paz.
Que tu trabajo tenga esa tranquilidad del buen orden en la que consiste la paz.
Que tu fiesta familiar transcurra en paz: que ayudes en paz a hacer las cosas y aprendas a corregir en paz…
Que proyectes en paz tus planes y que recuerdes en paz el año que ha pasado,
¡Y, por sobre todo esto, que al besar al Niño El te transmita su paz!
La paz es la gracia del bebé recién nacido, del que duerme envuelto en pañales sobre el pesebre afirmado: Él es el que nos trae la paz.

El corazón se apesebra dejando que María nos lo ahueque y lo ponga mullido
Nuestro corazón tiene sus pinches, sus rispideces, sus durezas y cerrazones. Pero si nos encuentran la vuelta con cariño, nuestro corazón se deja moldear.
Como el pesebre, que se deja ahuecar.
Tiene forma ahuecada pero, además, las ramitas de paja se dejan moldear y por eso son aptas para contener al Niño en paz.

Imaginamos a María, que moldea suavemente el huequito quitando alguna rama pinchuda para que no lastime el pañal, y juntando el pastito para que la dureza de las tablas no moleste al Niño.
Mantenerse en paz es también dejarse ahuecar el corazón, dejar que nos ablanden las aristas –angustias, pensamientos obsesivos, miedos, necesidad de controlar todo…-, que pueden molestar al Niño.

Es el peso del Niño el que da la medida de cuán mullido debe estar el hueco del corazón. No las circunstancias de la vida.
La paz es poder hacer las cosas sin perder el sentido del peso del Niño que reposa en nuestro corazón.
Por eso, cuando miramos a María que reclina al Niño en el pesebre, advertimos el detalle de cómo no lo pone directamente sino que al ponerlo aplasta un poco la paja y hace un huequito acogedor.

Que María nos apesebre, pues, el corazón, para que el Niño se acomode a gusto y encuentre su centro, su lugar justo para estar.
La miramos cómo se aleja un poquito, y se queda junto a José, contemplando a su Niño en torno al cual todo comienza a girar distinto: ordenado en su paz.
María fue la primera en realizar este gesto trascendente. Y al reclinar al Niño en el pesebre centró el mundo y la historia en su quicio. Al tener en sí a Jesús, ese pesebrito marginal, se convirtió en el centro del Imperio y de la historia. No es que fuera por sí mismo más que antes, pero el amor de Dios el Padre que lo centró todo en Jesús, lo centró con pesebre incluido. Así, todo cristiano que lleva a Jesús en sí camina en paz, porque es el centro del mundo y de la historia. Centro no para ser admirado sino para poder actuar con amor. Y por eso cada cristiano puede desarrollar en paz mil pequeñas acciones, limitadas y pobrísimas exteriormente, pero llenas de caridad, y hacerlo con los mil estilos distintos propios de cada uno –así como cada quien arma su pesebrito particular-: la paz brota del centro que todo lo ordena y todo lo bendice y ese centro es Jesús –con pesebre (nosotros) incluido-.
Algún día nos daremos cuenta de que el universo entero es eso: pesebre en el que está recostado Jesús. Eso somos nosotros: lugar para que se recueste Dios. Morada de Dios. Su casa. Donde quiere habitar. Por eso nos atrae tanto el pesebrito. Porque es lo que somos. Y quisiéramos serlo más, para que habite Jesús en nosotros.

Que el Niño nos apesebre el corazón con su paz, para que obrando en paz Él pueda centrar todo lo que hacemos en sí.

Centrado en el pesebre, el Niño se convierte en alimento.
El pesebre es donde comen paja el asno y el buey.
Es verdad que tiene forma de cuna, pero en realidad es mesa: la mesa de los animales que sirven al hombre, del de carga y del de yugo.
Allí va a ser recostado el que se convertirá en nuestro alimento.
La primera patena para el pan de la eucaristía es un pesebrito (phatne en griego, de allí “patena”).
Al recostar al Niño en el pesebre María ya nos puso el pan a la mesa, en Belén, la casa del pan. Jesús ya es Eucaristía desde el primer momento.
Es Nochebuena.
Los ángeles nos dicen:
“Paz a los hombres que le caen bien al Señor”.
Y con este anuncio, la Esperanza
–ese hueco que nada ni nadie puede llenar en el corazón del hombre-
se vuelve gesto sencillo:
el gesto de dejarnos apesebrar el corazón
por las manos de José y de María.
Para que el Niño se acomode bien
y con su peso leve y tierno de Eucaristía
nos quite los temores y nos llene de paz el corazón.
Diego Fares sj

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