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Posts Tagged ‘Pedro’

Después de esto, Jesús ordenó a los discípulos: «Suban a la barca y vayan a la otra orilla del lago. Yo me quedaré aquí para despedir a la gente, y los alcanzaré más tarde.» Cuando toda la gente se había ido, Jesús subió solo a un cerro para orar. Allí estuvo orando hasta que anocheció. Mientras tanto, la barca ya se había alejado bastante de la orilla; navegaba contra el viento y las olas la golpeaban con mucha fuerza. Todavía estaba oscuro cuando Jesús se acercó a la barca. Iba caminando sobre el agua. 26 Los discípulos lo vieron, pero no lo reconocieron. Llenos de miedo, gritaron: —¡Un fantasma! ¡Un fantasma!

Enseguida Jesús les dijo: —¡Cálmense! ¡Soy yo! ¡No tengan miedo!

Entonces Pedro le respondió: —Señor, si eres tú, mándame ir a Ti sobre las aguas.

Y Jesús le dijo: —¡Ven! 

De inmediato Pedro bajó de la barca. Caminó sobre el agua y fue hacia Jesús. Pero cuando sintió la fuerza del viento, tuvo miedo. Allí mismo empezó a hundirse, y gritó: —¡Señor, sálvame! Entonces Jesús extendió su brazo, agarró a Pedro y le dijo: —Pedro, tú confías muy poco en mí. ¿Por qué dudaste?

En cuanto los dos subieron a la barca, el viento dejó de soplar. Todos los que estaban en la barca se arrodillaron ante Jesús y le dijeron: —¡Es verdad, tú eres el Hijo de Dios!

Contemplación

Señor, si eres Tú, mándame ir a Ti sobre las aguas.

La frase de Simón Pedro nos enseña algo que él ha aprendido del Señor: para discernir a Jesús de los fantasmas hay que jugarse.

Lo mismo vale para “las cosas de Jesús”: si uno quiere saber si una misión es del Señor, si una obra es de Iglesia, hay que tirarse al agua; ponerse en camino, comenzar a trabajar como voluntario, involucrarse con los otros en un proyecto… Son cosas que, si uno las mira desde la seguridad de su barca, pueden dar miedo. Y el mal espíritu aprovecha el temor para causar confusión, suscitar dudas y robarnos la alegría y la esperanza.

Así fue la tentación que tuvieron los discípulos: al ver a Jesús venir a su encuentro caminando sobre las aguas en medio de la tormenta, el demonio aprovechó su miedo y les hizo ver como un fantasma al que era su mejor Amigo y Salvador. En vez de dar lugar a la gracia más grande de sus vidas, como era la de contar con Alguien como Jesús, y saltar de alegría dejándose llenar del Espíritu Santo, dieron lugar a la tentación, que se sirvió de sus miedos para hacerles proyectar fantasmas. Pedro, sin embargo, al escuchar la voz de su Maestro, mantuvo la cordura y sobreponiéndose al griterío de sus compañeros, centró su corazón en Jesús.

Con la ayuda de Simón Pedro podemos reflexionar y sacar provecho de la escena.

Es una lección sobre los fantasmas y los miedos. Una lección para crecer en el discernimiento, que afirma  lo siguiente: No siempre que uno ve fantasmas y se asusta por la fuerza de vientos en contra y de un mar agitado, se trata de algo negativo. Puede que sea todo lo contrario. Que uno esté viviendo un tiempo de gracia espectacular y que por eso mismo se desaten las tormentas y el mal espíritu quiera aprovechar para tentarnos y meternos miedo.

Pedro resuelve la cosa dirigiéndose directamente al Señor-fantasma (no lo tiene claro del todo y por eso dice: “si eres Tu”) y pronunciando una de esas frases que Jesús le enseñó a discernir como “la voz del Padre” (esto no son ideas tuyas sino que esto te lo ha revelado mi Padre).

Sabemos cómo siguió la cosa: el Señor le dijo “ven”, Pedro se tiró al agua y allí experimentó de nuevo la tentación del miedo y se le apocó la fe. Pero ya tenía la clave y en el mismo vértigo de estar hundiéndose, gritó “Señor, sálvame”, y Jesús, que estaba bien atento a todo el proceso, ahí nomás le extendió su mano salvadora y lo confirmó en su fe inicial, la que le había hecho sentir el Padre: “Se te apocó la fe” -le reprochó cariñosamente-. Por qué dudaste”.

Pedro aprendió a fiarse de esa voz interior que invita a dar un pasito hacia Jesús en todas las circunstancias de la vida.

Podemos formular así la lección: en toda situación -de tormenta o de paz, de certezas o de confusión-

la voz interior que te dice “jugate por Jesús”, siempre es del Padre,

y el paso concreto que se te ocurre dar para acercarte a Jesús, es del Espíritu Santo.

Eso sí, tenes que saber que estos dos discernimientos son personales. Ni siquiera en el grupo de los doce se tiraron al agua todos. Solo Pedro se animó y luego todos gozaron de los beneficios de que el Señor subiera a la Barca y calmara la tormenta. Allí también ellos se arrodillaron y lo adoraron diciendo “Es verdad, Tu eres el Hijo de Dios”. Tuvieron que hacer su acto de fe y discernir su miedo anterior como tentación y corregir su juicio acerca del fantasma.

El Evangelio nos dirá que esta experiencia de sentir que  “a uno le vienen dudas” y que hay cosas que no entiende, se mantendrá incluso ante Jesús resucitado. No hay que extrañarse: Es el Señor mismo el que produce este movimiento de espíritus. Su venir a nuestro encuentro suscita movimiento de espíritus. Su presencia no es para que nos sentemos a mirarla como quien mira la vida por tv. Ante las cosas de Jesús todos sentimos la provocación a dar un paso de conversión en nuestra vida. Ahí sentimos -instintivamente- que se nos mueve el piso y el demonio aprovecha para meter todo tipo de frases e interpretaciones como la de que es un fantasma.

Hagamos un replay y contemplemos de nuevo la escena: los discípulos se encuentran en medio de una tormenta. Hay vientos contrarios, olas y peligro de hundirse. Interiormente sienten que Jesús los dejó solos. Los apuró para que se fueran y le obedecieron, aunque como gente de mar, sabían que se venía una tormenta. La realidad, como se supo después, es que el Señor se había quedado solo rezando por ellos y que, atento al momento justo, había decidido ir a su encuentro caminando sobre las aguas en medio de la tormenta. Algo totalmente impensable. Sin embargo, ahí donde todos actúan de manera lógica juzgando que si alguien viene sobre las aguas no puede ser sino un fantasma, Pedro juzga de otra manera. Intuye que esta locura viene de su Maestro, le hace caso a la voz interior del Padre y se deja conducir por el Espíritu que lo lleva a jugársela para poder discernir: pide a Jesús que, si es él, le mande acercarse caminando sobre las aguas.

Pedro sabe que se discierne caminando, que se discierne experimentando el movimiento de espíritus contrarios, que se discierne metiéndose en una situación de fragilidad que solo Jesús puede resolver, se discierne dando uno un paso adelante. Por eso no se puso a tratar de convencer a sus compañeros de que podía tratarse de Jesús… Pedro se tiró al agua. No le fue de todo bien, porque se pegó un remojón y se llevó un flor de susto. Pero el  Señor lo bendijo.

Hay algunas situaciones que se viven en la Iglesia que se pueden interpretar amplificando los momentos de esta escena evangélica. Me gusta imagina, por ejemplo, algunos momentos (que a veces duran mucho tiempo) en los que Jesús no está en la Barca de la Iglesia. Para meterse en una situación así hay que dejar de lado, por un rato, la idea de que Dios está en todas partes.  En esta escena contemplamos a un Jesús que no se sube a la Barca, que deja que navegue sin Él. El se queda con la gente a la que había dado de comer los panes y peces y a la que quiso despedir personalmente.

Es un Jesús sin su Iglesia, un Jesús que se dedica personalmente a esos “otros rebaños”  que también son suyos.

Un Jesús que se dedica a la gente directamente sin intermediación de los discípulos.

Primero sí, les hizo distribuir los cinco pancitos multiplicados. Pero después los mandó a que lo dejaran solo y se despidió de la gente sin ellos. Y por si fuera poco, subió a la montaña a rezar a solas con su Padre. Aunque desde allí los veía, dejó que se alejaran sin él y que quedaran a merced del viento en contra.

La imagen de la Iglesia como una Barca sin Jesús y en medio de la tormenta. Pienso que algo así fue lo que vivimos en ese espacio de tiempo que medió entre la renuncia del Papa Benedicto y la elección de Francisco.

Cuando es elegido (antes, en realidad, porque eso fue lo que dijo y por eso lo eligieron) Bergoglio discierne que la Iglesia tiene que salir. Discierne que Jesús viene a la Iglesia desde afuera y que hay que salir a su encuentro.

En el evangelio, para los otros discípulos al igual que para  muchos en la Iglesia actual, un Jesús que viene de afuera, de un afuera tormentoso y líquido, como la cultura moderna, es un fantasma. Para Pedro no. Y como prueba, pide que le mande salir de la Barca y caminar sobre las aguas.

Para mí esto es lo que ha hecho y está haciendo el Papa Francisco: ha discernido que Jesús no estaba en la Barca y se ha largado al agua. Le ha pedido al Señor que le mande ir a Él poniéndose en su misma situación: la de uno que camina sobre las aguas. La de uno que no se refugia en definiciones sino que se larga al encuentro con la gente. Y el Señor se lo ha concedido. Y si de vez en cuando se pega un remojón el Señor le tiende la mano, lo ayuda y lo bendice.

Muchos de los que se quedan en la Barca, ahora igual que entonces, no están todavía en el momento en que el Señor y Pedro se suben de vuelta a ella y les permiten tener una misa de acción de gracias y adoración. Muchos están paralizados por sus miedos a dar un paso adelante también ellos y desde la barca piensan: encima que no sabe si es el Señor o un fantasma, este le pide que le mande caminar sobre las aguas y se tira nomás! Veremos…

Este “veremos como sigue la cosa” está detrás de todas las opiniones sobre Francisco, cada vez que se tira al agua, cada vez que “se mete”, cada vez que sale al encuentro de un Jesús que ciertamente no está en nuestra barca sino dando de comer y charlando con la gente, rezando al Padre a solas en la montaña, y que viene a nosotros caminando sobre la liquidez de la cultura actual, en la que se han perdido fundamentos y caminos.

El punto para mi y para vos es si nos tiramos al agua con Pedro y Francisco para ir al encuentro de este Jesús, o nos quedamos en la barca a ver programas de periodismo y gritamos y nos lamentamos por los fantasmas en vez de dar el pasito adelante al que nos invita el Señor diciendo “Ven!”.

Diego Fares sj

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simples-empleados

 

Los apóstoles le dijeron al Señor:

«Auméntanos la fe.»

El respondió:

«Si ustedes tuvieran fe del tamaño de un granito de mostaza, dirían a esa morera que está ahí:

“Erradícate y trasplantate en el mar,” y les obedecería.

¿Quién de ustedes si tiene un servidor para arar o cuidar el ganado, cuando este regresa del campo, le dice:

“Ven pronto y siéntate a la mesa”?

¿No le dirá más bien:

Prepárame la cena y recógete la túnica para servirme hasta que yo haya comido y bebido, y tú comerás y beberás después”?

¿Deberá mostrarse agradecido con el servidor porque hizo lo que se le mandó?

Así también ustedes, cuando hayan hecho todo lo que se les ordenó, digan:

“Somos simples servidores, lo que debíamos hacer, solamente eso hemos hecho» (Lc 17, 5-10).

 

Contemplación

Jesús estaba diciendo: “si tu hermano peca, repréndelo. Y si se arrepiente, perdónalo” Y si se repite la cosa siete veces por día, perdónalo. Aquí es donde los Apóstoles, a coro, dicen ese “Auméntanos la fe!”.

Mateo alarga un poco el episodio y nos cuenta que Pedro, como veía que el Señor se iba entusiasmando con esto del perdón y quizás notó que alguno de los discípulos ponía cara o hacía algún gesto, fue al frente como siempre y le preguntó como para precisar la cosa: “A ver, entonces cuántas veces tendríamos que perdonar? Hasta siete veces?”.

Me parece escuchar aquí el tono que luego dio lugar a otros tonos (y tonitos) que ponen los que saben teología o derecho canónico o alguna otra ciencia y cuando escuchan hablar del amoor y de la misericooordia bajan la charla de su nivel romántico –por decir una palabra- y le ponen números. Pedro lo hizo por primera vez y se mandó con ese “… hasta siete veces?”, que habrá sonado bárbaro para la línea misericordiosista y demasiado jugado para la línea juridicista.

El Señor respondió lo de “setenta veces siete”. Entonces todos exclamaron -como muchos que leen Amoris Laetitia-: “Auméntanos la fe”.

Ese auméntanos la fe coral suena a como si dijeran: Aceptamos que hables a nivel ideal, pero si realmente querés eso, Señor, entonces la cosa cambia. No nos hagas cargo a nosotros de cosas imposibles. Sos Vos el que tenés que darnos más fe.

Me detengo un poco aquí y hago notar cómo estas exigencias del Señor, que suscitan un diálogo franco con Pedro y los otros, un diálogo en el que el Señor plantea un perdón y una misericordia incondicional, grande, generosa, y los discípulos le expresan lo difícil que es y cómo para algo así necesitarán ayuda, suscita en muchos hombres de iglesia un tercer tipo de postura. Es el de los que aceptan que la misericordia es infinita y también aceptan que para vivir en este mundo y llevar adelante una organización como la Iglesia, lo que hay que hacer es “perdonar, sí, pero con condiciones”. Son los que escuchan la palabra misericordia, pero enseguida van al “si se arrepiente”, y allí se sientan en la cátedra de Moisés y empiezan… con las condiciones del arrepentimiento, que al final son tantas que nunca se puede perdonar no digo siete veces sino ni siquiera una. O sólo se pueden perdonar pequeñeces y no ningún pecado de verdad, ninguna falta ni metida de pata en serio.

Un ejemplo que me quedó resonando en estos días fue una expresión que usó un cardenal muy importante de la iglesia italiana que, hablando del Papa y de lo “innegable que era todo el bien que hacía” dijo (y cito): “Rezo al Señor para que la indispensable búsqueda de las ovejas perdidas no ponga en dificultad las conciencias de las ovejas fieles”.

La frase me pareció terrible, sinceramente. Y más cuanto más inteligente se cree y más consenso tiene y busca obtener en esas “conciencias de ovejas fieles”. Los diarios pescaron inmediatamente la cosa y titularon: “el doble discurso del cardenal…”

Discerniendo, lo de “ovejas fieles vs ovejas perdidas” es una tergiversación de la parábola, ya que consolida precisamente lo que el Señor quiere, combatir, que es la conciencia de los “que se creen fieles y superiores a los demás”. Para ellos cuenta Jesús la parábola: para los fariseos que se escandalizaban de que él comiera con los pecadores, como dice Lucas al comienzo del capítulo 15.

Además, se reduce al absurdo a sí misma, ya que, si alguna conciencia fiel se siente perdida y en dificultad, pasa a ser una “oveja perdida” a la que el Señor irá a buscar con igual cariño que a la otra. Esto es lo que sucede en la parábola del hijo pródigo, que la conciencia del hijo mayor encuentra dificultad en comprender cómo es que el Padre le hace una fiesta al hijo pródigo y el Padre con el mismo amor va a buscarlo y a dialogar con él. Así que con cariño de hijos le decimos al cardenal que rece pero que no haga más este tipo de declaraciones. Que él y todas las ovejas fieles están y han estado siempre con el Señor y que todo lo de la Iglesia es suyo. Pero que es justo hacer fiesta por tantos que estaban lejos de casa y que ahora vuelven y que es bueno alegrarse. Y que esas mismas ovejas perdidas que regresan lo hacen humildemente, saben mejor que nadie que no tienen todos los papeles en regla y no quieren poner en dificultad ni cuestionar a las ovejas fieles, sino recibir el abrazo del Padre y el perdón del Señor.

Bueno, y ahora sigue la respuesta de Jesús a ese suspiro del auméntanos la fe. Si tuvieran fe como un granito de mostaza…

Siempre he interpretado la frase como si el Señor dijera: la verdad es que sí, que necesitan que les aumente la fe, porque no tienen nada de nada. Les bastaría con una fe chiquita como un granito de mostaza… Es decir: se las tengo que aumentar, pero tampoco es que la tenga que aumentar mucho… Bastaría con un poquito…

Sin embargo, hoy leo distinto y me parece que el Señor responde dando vuelta la cosa: no se trata de que Él nos aumente la fe sino de que nosotros nos ubiquemos como lo que somos: simples servidores. Y lo primero de un simple servidor es no andar retrucando al patrón. Como si uno cada vez que el patrón nos manda algo suspirara y le dijera: para eso, primero me aumenta el sueldo y me pone otro que ayude. Si uno dice algo así en un empleo, seguramente le muestran la cola que hay afuera esperando el puesto sin tantas condiciones.

Jesús nos enseña que tenemos que hacer todo lo mandado y más y encima después que hicimos nuestro trabajo y encima perdonamos al otro con la poca o mucha fe que tenemos (que con la gracia suficiente nos basta) debemos decir: somos servidores inútiles. Inútiles en el sentido de simples o pobres servidores.  Esto no lo dice para desvalorizarnos sino para ubicarnos. La fe no es “nuestra fe” sino la fe en Él. En que si perdonamos en nombre suyo Él cambiará a las personas.

No se trata, por tanto, de tener una fe de grandes señores sino de pobre servidores. Por aquí me parece que va la cosa.

El Señor va contra una mentalidad bastante extendida de que para ser cristiano y cumplir con el evangelio uno tendría que ser una especie de Superman, porque que esas exigencias son cosas para los grandes santos. Y en cambio el Señor nos dice que son cosas para simples servidores! Pone la fe al nivel de la obediencia sencilla de los empleados, que naturalmente obedecen y sirven.

Así tenemos que recibir su evangelio y cuando nos dice que perdonemos tenemos que perdonar, como un empleado al que su patrón le dice vos vas a trabajar con este y uno se lo banca aunque no le guste; y si el jefe le dice ahora me trae esto o hace aquello, el empleado obedece, simplemente, porque es un empleado y lo tiene claro. Y al final del día no se hace el héroe porque hizo todo lo que le dijeron sino que simplemente dice “hice mi trabajo. Soy un simple empleado”.

Entonces, de lo que se trata es de valorar bien quién es Jesús y lo que nos dice acerca de cómo debemos obrar cuando obramos en su Nombre. Si Él nos manda que creamos, creemos. Si él nos manda que perdonemos, perdonamos. Sí él nos dice que recemos, rezamos. Y lo hacemos por obediencia. Una obediencia de empleado. De uno que tiene claro no sólo quién es Jesús que nos manda sino quién es uno. Como el centurión –genio- que saca la conclusión de que si a él, sus soldados le obedecen, cuánto más le obedecerá la enfermedad a Jesús y le dice que “basta con que diga una palabra y su siervo quedará sano”. Así nosotros, cuando perdonamos, debemos confiar que con una palabra del Señor, tanto nosotros como la otra persona nos podemos convertir.

Diego Fares sj

 

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Jesús nos conoce y le gusta que lo conozcamos

Un día en que Jesús estaba orando a solas y sus discípulos estaban con él, les preguntó: «¿Quién dice la gente que soy Yo?»
Ellos le respondieron: «Unos dicen que eres Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, alguno de los antiguos profetas que ha resucitado.»
«Y ustedes, les preguntó, ¿quién dicen que soy Yo?»
Respondiendo, Pedro dijo: «El Mesías de Dios.»
Y él con órdenes terminantes les mandó que a nadie comunicaran esto, diciendo: «El Hijo del hombre tiene que padecer muchas cosas, ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser condenado a muerte y resucitar al tercer día.»
Y decía a todos: «Si alguno quiere venir en mi seguimiento, niéguese a sí mismo, cargue con su cruz cada día y sígame. Porque el que quiera poner a salvo su vida, la perderá pero el que pierda su vida por mí, ese la salvará» (Lc 9, 18-24).

Contemplación
“No hay que darle más vueltas: sólo el que está convencido de ser conocido personalmente por Jesús, logra acceder al conocimiento de Él; y sólo el que tiene la seguridad de conocer a Jesús tal cual es, se sabe también conocido por Él”.

Esta frase de Von Balthasar nos puede ayudar a entrar en el corazón del Evangelio de hoy: Jesús confía en que podemos saber bien quién es Él. Es más, le agrada preguntarnos para ver si lo vamos descubriendo. Jesús es la Verdad y a la Verdad le encanta que la conozcan plenamente. A Jesús le gusta ser transparente, manifiestamente conocido por todos –especialmente por los más pequeños, esos que el mundo cree que no saben nada y resulta que saben lo más importante-.
Jesús bendice al Padre cuando es reconocido y se cuida bien de poner a salvo este conocimiento, guardándolo en el secreto. Y se ocupa también de consolidarlo, poniéndolo en clave de Vida y no de habladurías.

Nuestro modelo, en esto de conocer a Jesús y de ser conocidos por Él, es Pedro.
Jesús conoce a Pedro y se siente bien conocido por él.

¿Quién es el Mesías de Dios para Pedro? Es el que llena todas sus esperanzas y las de todo su pueblo. Alguien que viene a guiarlos y a salvarlos. Alguien a quien seguir dejándolo todo y dando la vida por Él.

¿Y quién es Pedro para Jesús? Un amigo con quien puede crear algo nuevo para bien de todos, la persona en torno a la cual reunirá a su Iglesia ,porque Pedro los edificará en la confianza para con Jesús y los pastoreará en su Amor y su perdón.

Pedro está convencido de que Jesús lo conoce a fondo. Lo supo desde el primer día, cuando el Maestro fijó su mirada en sus ojos y le descubrió que su Nombre de fondo era Piedra. Pedro tarminó de expresar cuánto lo conocía Jesús después de la resurrección cuando le dijo con pena: “Señor, Vos lo sabés todo, Vos sabés que te quiero como amigo”.
Pedro fue creciendo en esta intuición de que Jesús lo conocía mejor de lo que él se conocía a sí mismo. Esta convicción es básica para poder conocer realmente a Jesús.
Y Jesús lo fue librando de sus pretensiones y fanfarronadas, lo fue volviendo humildemente sólido en dos cosas: en la confianza a toda prueba y en la caridad pastoral. Sólido y simple como una piedra bien trabajada y bien puesta en su lugar por la mano del arquitecto.
El Señor lo fue haciendo crecer a Pedro en este saberse conocido y aceptado en lo más íntimo: en su capacidad de ser fiel a muerte con su Amigo Jesús. Jesús lo fue confirmando en las intuiciones que tenía con respecto a lo que estaba escondido en Jesús. Pedro intuía que Jesús lo era todo y Jesús lo iba animando a que lo expresara cada vez mejor.

La pedagogía de Jesús es apasionante. El no dice “Yo soy el Hijo de Dios, háganme caso”. Jesús no dice nada. Se mete en medio de su pueblo y comienza a actuar: predica, perdona, sana, llama, envía… Y luego trae a los suyos a su intimidad y les pregunta qué dice la gente, quién dicen ellos que es Él.
Y cuando van acertando, lo que hace Jesús es cuidar que no saquen mal las consecuencias.

Aquí nos podemos detener un momento.

Por que también nosotros, junto con todo el pueblo fiel, sentimos bien de Jesús. Lo amamos y sabemos que “tenemos que ir a Él”. Cada uno a su manera, todos lo sabemos. Jesús nos pertenece. El Padre nos lo ha regalado y Él no rechaza a ninguno de los que se le acercan. El es nuestro y nosotros somos suyos.
Aquí cada uno tiene que encontrar su manera de “conocer mejor a su Amigo y Señor Jesús y de dejarse conocer sanadoramente por Él”. Es una doble tarea en la que hay que enfrascarse si darle más vueltas, como recomienda von Balthasar.

Sí puede ayudar remarcar las recomendaciones que Jesús hace a sus amigos una vez que les ha confirmado que en lo esencial lo conocen bien.
La primera recomendación es “esconder este hallazgo”. Es difícil, porque cuando uno descubre un secreto de otro no resulta fácil callarlo. ¡Resulta que yo sé quién es Jesús y no tengo que decirlo! Me parece que la cosa es así: no tengo que contarlo yéndome en palabras –como los que están a la pesca de “la frase” que hace ver que están en “el paradigma” de la espiritualidad-, pero sí tengo que “contar el conocimiento de Jesús” con un cambio en mi vida. ¿Cómo? Yendo a buscar en silencio mi cruz allí donde están los que amo, allí donde está mi puesto de servicio, y poniéndome en ese camino en el que uno va perdiendo su vida por Jesús, darme cuenta de que voy ganando la Vida que brota de su Amor.

El conocimiento de Jesús no es teórico, no está sujeto al paradigma de moda. El conocimiento de Jesús es vital, se va haciendo más claro en el intercambio de vidas.
Yo voy perdiendo mi vida viviendo como Él quiere.
Voy perdiendo mi vida significa que me ocupo más de los que le interesan a él que de los que me interesan a mí. Dedico más tiempo a los que me necesitan a mí y, paradójicamente, voy encontrando a los que necesito yo, pero no donde los hubiera buscado de seguir mis intereses “propios” por decirlo así. Buscando ayudar a otros más pobres termino siendo mejor ayudado yo mismo. Jesús me va dando Vida en la medida en que la pierdo por servirlo a él. Encuentro mejores amigos donde nunca los hubiera buscado…

Es que cuando “buscamos nuestra vida”, cuando “elegimos” lo que pensamos que nos salvará, solemos equivocarnos, y mucho. De aquí viene tanta desilusión de nosotros mismos y de los demás. En cambio cuando elegimos las cosas que nos propone el Evangelio, lo que primero parece un deber y un servicio a otros, termina siendo lo que nos permite encontrar la clave de nuestra propia Vida.
Conociendo y amando a los más pobres como los conoce y ama Jesús uno termina aceptando que es pobre, también, y muy amado. Y entonces puede, como decía Bernanós: “Amarse a sí mismo lo mismo que a cualquier otro pobre miembro del Cuerpo místico de Cristo. Dicho, si se quiere, con palabras menos teológicas (la frase es de Martín Descalzo): hay que aprender a mirarnos a nosotros mismos con la misma ternura con que nos miraríamos si fuéramos nuestro propio padre”. Por este lado va lo de conocernos como Jesús nos conoce, con ese conocimiento que brota del amor y que da Vida.
Diego Fares sj

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Para que el amor sea un sentimiento, más aún: una pasión

Poco después, Jesús se apareció otra vez a sus discípulos junto al lago de Tiberíades. Estaban juntos Simón Pedro, Tomás «El Mellizo», Natanael el de Caná de Galilea, los hijos de Zebedeo y otros dos discípulos. En esto dijo Pedro:
–Voy a pescar.
Los otros dijeron:
–Vamos contigo.
Salieron juntos y subieron a una barca; pero aquella noche no lograron pescar nada. Al hacerse claro el día Jesús estaba en la orilla del lago, pero los discípulos no lo reconocieron.
Jesús les dijo:
–Muchachos, ¿no tienen algo de pescado para comer?
Ellos contestaron: –No.
El les dijo:
–Echen la red al lado derecho de la barca y pescarán.
Ellos la echaron, y la red se llenó de tal cantidad de peces que no podían moverla.
Entonces, el discípulo a quien Jesús tanto quería le dijo a Pedro:
–¡Es el Señor!
Al oír Simón Pedro que era el Señor, se ciñó un vestido, pues estaba desnudo, y se lanzó al agua. Los otros discípulos llegaron a la orilla en la barca, tirando de la red llena de peces, pues no era mucha la distancia que los separaba de tierra; tan sólo unos cien metros. Al saltar a tierra, vieron unas brasas, con peces colocados sobre ellas, y pan. Jesús les dijo:
–Traigan ahora algunos de los peces que han pescado.
Simón Pedro subió a la barca y sacó a tierra la red llena de peces; en total eran ciento cincuenta y tres peces grandes. Y, a pesar de ser tantos, la red no se rompió. Jesús les dijo:
–Vengan a comer.
Ninguno de los discípulos se atrevió a preguntar: «¿Quién eres?», porque sabían muy bien que era el Señor. Jesús se acercó, tomó el pan en sus manos y se lo repartió; y lo mismo hizo con los peces. Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a sus discípulos, después de haber resucitado de entre los muertos.
Después de comer, Jesús preguntó a Pedro:
–Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?
Pedro le contestó:
–Sí, Señor, tú sabes que te quiero.
Entonces Jesús le dijo:
–Apacienta mis corderos.
Jesús volvió a preguntarle:
–Simón, hijo de Juan, ¿me amas?
Pedro respondió:
–Sí, Señor, tú sabes que te quiero.
Jesús le dijo: –Pastorea mis ovejas.
Por tercera vez insistió Jesús:
–Simón, hijo de Juan, ¿me quieres como amigo?
Pedro se entristeció, porque Jesús le había preguntado por tercera vez si lo quería, y le respondió:
–Señor, Tú todo lo sabes, Tú conoces que te quiero.
Entonces Jesús le dijo: –Apacienta mis ovejas. Te aseguro que cuando eras más joven, tú mismo te ceñías el vestido e ibas adonde querías; mas, cuando seas viejo, extenderás los brazos y será otro quien te ceñirá y te conducirá adonde no quieras ir. Jesús dijo esto para indicar la clase de muerte con la que Pedro daría gloria a Dios. Después añadió:
–Sígueme” (Jn 21, 1-19).

Contemplación
“Simón ¿Me amas más que estos?”
Jesús hace como hacemos con los chicos: “¿A quién querés más?” “¿Hasta dónde me querés?” “Hasta el cielo”. El amor expresa su profundidad en esta manera ingenua del comparar no por celos sino para hacer sentir al niño que su amor no tiene límites de manera que le tome el gusto al amor y entre en esa dinámica del más. Con juegos de cariño las mamás y los papás le enseñan a sus hijos pequeños la verdad más honda de la vida: que lo que nos importa es su amor.
Y este y no otro es el evangelio de Jesús resucitado: hacerle experimentar a Simón Pedro, su amigo, que lo que le importa es su amor.
Y Pedro, que no escribirá mucho pero que dará su vida por Jesús, nos dejará testimonio de este amor y de esta amistad que sintieron y cultivaron Jesús y él.
Juan, ya anciano, recordará estas cosas y nos dejará como regalo este diálogo que Simón, su amigo mayor, le habrá confiado y acerca del cual habrán conversado tantas veces.
Y en la primera carta de Pedro está esa frase tan hermosa que tiene su fuente en esto que decimos, en lo que le enseñó Jesús que era lo único importante. Pedro nos habla de un Jesucristo: “a quien ustedes aman sin haberlo visto” (1 Pe 1, 8). Y nos exhorta a purificarnos en la verdad de “un amor fraternal sin hipocresía”. Dice: “Ámense unos a otros de corazón e intensamente”. “Sean de un mismo sentir, compasivos, fraternales, misericordiosos, de humildes sentimientos, no devolviendo mal por mal” (1 Pe 3, 8).

La última “manifestación” o “encuentro” del Señor con los suyos se da en el ámbito de la vida cotidiana, en medio del trabajo. Jesús ya no “se aparece” en medio de ellos, ni les sale al encuentro por el camino sino que “está” a la orilla del lago donde trabajan, atrayéndolos hacia sí, hacia la Eucaristía que les tiene preparada, atrayéndolos hacia las preguntas sobre el amor.
El Señor Resucitado es el que atrae a todos a su amor. Y como la Resurrección acontece en el corazón, es hacia este diálogo de corazones hacia lo que nos atrae el Resucitado. No solo a Pedro y a sus amigos, no solo las redes con la pesca milagrosa de aquella mañana, sino a toda la humanidad. Pedro arrastrando las redes hacia la orilla es la imagen del Pescador de hombres que le lleva a todos a Jesús. ¿Para qué? Para que el Señor interrogue a todos acerca del amor.
El Señor “está”, esperándonos con el bien que despierta en nosotros el amor: el pan calentito de la Eucaristía. Nos está esperando luego del trabajo para partirnos el pan. Y si un desayuno calentito en una mañana fría nos hace sentir el cariño de quien nos lo preparó, cuánto más si no es solo pan el bien que nos alimenta sino el mismo Cuerpo del Señor. En ese Bien supremo podemos arraigar con todos los afectos de nuestro corazón, arraigar de modo tal que nada nos pueda apartar de ese nuestro sumo Bien y en él permanezcamos adheridos por la fe y el amor.
El Señor “está” esperándonos para charlar, para realizar con nosotros eso que llamamos “oración”, a la que damos tantas vueltas y que en el fondo es algo muy sencillo: rezar es hablar con Jesús –nuestro Bien- y dejar que nos pregunte si lo amamos: si lo amamos más que todos, si lo amamos simplemente, si lo queremos como amigos. Cuando nos hace arder el corazón en este triple amor que brota de su Corazón (como decía Santa Margarita María) –de misericordia infinita, que perdona todo pecado, de caridad perfecta que completa lo que nos falta y de amistad gratuita que goza al igualarse con nosotros-, cuando nos hace arder el corazón, digo, entonces nos confía sus ovejas y sus corderitos, lo que le es más querido, nos confía a sus hermanos, a nuestros hermanos, para que los cuidemos y apacentemos.
Como dice Pedro, que experimentó este amor del Señor: “Ante todo mantengan ardiente la caridad unos con otros, porque “la caridad cubre la muchedumbre de los pecados”, practiquen una amorosa hospitalidad unos con otros, sin murmuraciones, cada uno conforme al don que recibió” (1 Pe 4, 8 ss.). A los pastores nos dirá: “Apacienten el rebaño de Dios en medio de ustedes no a la fuerza sino de buen grado, espontáneamente en Dios, no por interés sino de corazón (…) revestidos con sentimientos de humildad, como esclavos los unos de los otros” (1 Pe 5, 2 ss.).

En este clima, contemplando al Señor y a Pedro cómo dialogan acerca del amor, quisiera aprovechar para sanar algunas ideas erradas acerca del amor. Me llamó la atención un sencillo texto de Santo Tomás en el que valora más el simple amor sensible que el amor que depende de una elección de la razón (amor de dilección). ¿Cómo argumenta? Diciendo que “el hombre puede tender mejor a Dios por el amor -atraído pasivamente en cierto modo por Dios mismo-, de lo que pueda conducirle a ello la propia razón, lo cual pertenece a la naturaleza de la dilección. Y por esto el amor es más divino que la dilección”.
Explicamos un poco. El amor de dilección presupone “elegir” y uno elige juzgando con la razón. Cuando elegimos nuestros amores, a veces nos equivocamos y elegimos mal. El simple amor natural, en cambio, el amor que está en el apetito sensitivo, ese amor que es una “pasión” (un bien ante el que nuestro apetito es pasivo porque ese bien se nos impone naturalmente), el simple amor, decimos, nos mueve el corazón sin que podamos resistirlo. Es el amor de un hijo pequeño por su madre: un amor natural, irresistible. El bien que la madre es para el bebé despierta en él el amor.
En estos términos plantea Jesús el Amor a Dios, al revelarnos que Dios es nuestro Padre, nuestro querido Padre.
En estos términos plantea Jesús su propio amor por nosotros al darnos por Madre a su Madre en la hora de la Cruz. Nos dio a la Virgen por Mamá. Cuando vemos con qué cariño nos adoptó ella en sus afectos, comprendemos lo “sentido” que fue este gesto para el Señor. Ella comprendió con qué amor quería su Hijo que nos amara! El Señor nos muestra, pues, con este gesto que nos ama como a hermanos, dándose tan por entero a nosotros, con una misericordia sin condiciones, con una dedicación y entrega tan sentidas que no nos dejan dudas de que nos considera su mayor bien. El Señor nos ama “sensiblemente”, nos tiene “afecto”, nos quiere “naturalmente”, nos siente hermanos, amigos. Le gusta estar entre nosotros, todos los días, hasta el fin del mundo. Le agrada haberse llevado al Cielo todas nuestras anécdotas, toda nuestra existencia humana, se siente cómodo en el Cielo con nuestra humanidad, sintiendo las cosas de la Trinidad “apasionadamente”, con un corazón de carne. Porque Él es así, puro amor. Y nos ha creado, nos ha dado el don de la vida. Y al encarnarse y sentir con un corazón humano, su Amor se ha vuelto “apasionado”: nos ama sintiendo cariño sensible, con una sensibilidad riquísima, ya que está imbuida por su Espíritu, pero bien sensibilidad (nada de “espiritualismo intelectual y desencarnado).
Y le interesa saber si Simón Pedro, su discípulo y amigo del alma (si cada uno de nosotros) nos damos cuenta de cómo siente él su amor. El amor sensible “siente” si es correspondido “sensiblemente”. Siente si el otro siente lo mismo o no. No le basta con el amor de elección (ya te elegí y me quedo con vos aunque no “sienta que te amo”). A Jesús le interesa saber si llegó con su amor a hacernos sentir amor. Cuando uno es muy amado, con el amor justo que corresponde a la condición del otro, ese amor despierta irresistiblemente un amor igual. Cuanto más es amado un hijo por su padre con amor de padre, más siente crecer en sí el amor de hijo. Lo mismo sucede con cada amor: si en el trabajo nos amamos con amor de compañeros de trabajo, ese amor suscita más amor de compañerismo. El problema son, pues, los amores “mezclados”, los que provienen de proyectar expectativas de un tipo de amor donde deberíamos notar otro…
Con Jesús, tengámoslo bien claro, no se trata para nada de un amor formal, cultual, de cumplimiento de deberes…. El Señor quiere saber si lo queremos como amigo, si tenemos ganas de andar en su Compañía y de comer y trabajar con él.
Hay una canción preciosa que dice: “Para que el amor no sea un sentimiento, tan solo un deslumbramiento pasajero”. Y está bien lo que dice, en cuanto a arraigar en el amor perfecto, que dice sí hasta el final. Pero creo que no valora lo que significa un “sentimiento” y un “deslumbramiento” cuando del otro lado está la Persona de Jesús. Eso que es tan carnal y fragil, nuestro sentimiento, el afecto, la pasión, es la materia con la que le interesa trabajar a Jesús. Y cuando ponemos en juego nuestros afectos y los dejamos en sus manos, El hace que nuestro corazón arraigue de tal manera en su Corazón, el Bien Sumo, que se convierten en lo más movilizante. ¿No es acaso este amor sensible y real lo que más nos atrae en la vida de los Santos? La Pasión del simple amor cura el temor y la tristeza y nos asienta en el territorio del alegre fervor espiritual.

Diego Fares sj

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