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epa05194757 Pope Francis confesses as he leads a penitential service in Saint Peter's Basilica at the Vatican, 04 March 2016.  EPA/MAX ROSSI / POOL

Refiriéndose a algunos que confiaban en sí como si fueran justos y menospreciaban a los demás, dijo Jesús también esta parábola:

«Dos hombres subieron al Templo para orar;

uno era fariseo y el otro, publicano.

El fariseo, de pie,

oraba así:

“Dios mío, te doy gracias

porque no soy como los demás hombres,

que son ladrones, injustos y adúlteros;

ni tampoco como ese publicano.

Ayuno dos veces por semana

y pago la décima parte de todas mis entradas.”

En cambio, el publicano,

manteniéndose a distancia,

no se animaba siquiera a levantar los ojos al cielo,

sino que se golpeaba el pecho, diciendo:

“¡Dios mío, bancame, que soy un pecador!”

Les aseguro que este último volvió a su casa justificado,

pero no el primero.

Porque todo el que se enaltece a sí mismo será humillado y el que se humilla a sí mismo será enaltecido» (Lc 18, 9-14).

 

Contemplación

La frase del publicano es “sé propicio conmigo” (ilastheti), se benigno, indulgente, muéstrate favorable. Bancame, decimos en argentino.

“Yo te banco” es: “estoy con vos”, “te apoyo”, “te sostengo”, “te aguanto… y pago por vos, me hago cargo”.

El publicano, que sabía de dinero, de préstamos y deudas, bien pudo utilizar la palabra en este sentido de “bancame, Señor, que no puedo pagar. Soy pecador”.

En Argentina también usamos el gesto universal de golpearnos dos o tres veces el corazón con el puño y luego señalar al otro al que “bancamos” con el dedo y asentir con la cabeza. “Yo te banco”, decimos, y se lo hacemos sentir al otro que es nuestro amigo.

“No me lo banco” es la expresión contraria y significa no solo que no lo soporto, sino que no lo quiero soportar. Solemos aludir a la actitud del otro –que se la cree o que se siente superior o autosuficiente- más que a tal o cual defecto.

Bancar o no bancar es cuestión de libertad, es algo gratuito que se hace porque se siente, por pura amistad: o se hace con gusto o no se hace.

Cuando decimos “me lo tuve que bancar” estamos diciendo que “fue por esta vez” y porque que “no me quedó otra”, ya que estaba en juego algo más importante, que es lo que en realidad “nos bancamos” soportando al otro.

Este lenguaje que tenemos “incorporado” es el que tenemos que usar cuando hablamos con el Señor.

El publicano dice “bancame”.

Y no lo dice como el chanta que ruega: “salvame en esta que después te pago”, sino que dice de verdad: “salvame en todo porque soy pecador”.

Soy pecador. No dice: “me mandé una macana”.

El publicano sabe de verdad que necesita que el Señor lo purifique y lo perdone totalmente.

Seguro que reza con sentimient el Salmo 50: “Bancame Señor, ten piedad de mí, por tu gran compasión borra mi culpa, perdona todas mis deudas”.

Y aquí es donde entra Jesús. En realidad, Él es el que nos banca a todos. La carta a los Hebreos lo dice más en difícil pero ese es el sentido: “Jesús debía ser en todo semejante a los hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel Pontífice en lo que es para con Dios, para expiar los pecados del pueblo” (Hb 2, 17).

En la mentalidad antigua, estaba claro que, en esto de “bancar”, alguno tenía que pagar o poner el cuero. En el rito de la expiación, para “expiar” los pecados del pueblo, para purificarlos, se elegía dos chivos y se echaba suertes. Uno era para el Señor, y el sumo sacerdote lo sacrificaba sobre el altar y se rociaba con su sangre el Arca de la Alianza, pidiendo perdón por los pecados del pueblo. Al otro –al chivo expiatorio- el sacerdote le ponía las manos sobre la cabeza, lo cargaba con los pecados del pueblo y lo soltaba en el desierto para que se perdiera y no volviera más al campamento.

En nuestro caso ambas acciones las cumplió Jesús, que nos purificó con su Sangre y cargó sobre sí nuestros pecados y los borró para siempre.

Es importante recuperar este sentido de que Otro nos banca.

La mirada benévola y misericordiosa del Padre para con nosotros se la tenemos que agradecer a Jesús. Que Dios nos sea “propicio”, como le pide el publicano, es gracias a que Jesús nos bancó.

En la liturgia siempre estamos expresando que por medio de Cristo y en Cristo el Padre realiza el designio de su amor eterno (1 Jn 4, 8) “mostrándose propicio”, es decir “perdonando” a los hombres con un perdón eficaz, que destruye verdaderamente el pecado, que purifica al hombre y le comunica su propia vida (1 Jn 4, 9).

¿Por qué digo que es importante recuperar este sentido de que Otro nos banca?

Porque el concepto dañino que está instalado activamente en nuestra cultura es que “lo importante es bancarse a sí mismo”. Y esto es terrible.

Si no te bancás a vos mismo porque naciste en la pobreza o en un país en guerra del que tuviste que huir o no te alimentaron bien o no tuviste educación o caíste en una adicción no podés exigir que la sociedad te banque.

Si no te bancás a vos mismo porque tenés apenas unas semanas de vida, no sos persona. Sos “parte” del cuerpo de otra que se banca a sí misma y te puede eliminar.

Y así en todo. La meritocracia, como se dice, instala el lema de que cada uno se tiene que bancar a sí mismo.

Y esto es lo más antievangélico y antihumano que se pueda pensar.

Porque lo humano es que nacemos y vivimos gracias a que otros nos bancan y lo cristiano es que cuando este sistema humano “falló” por el pecado, Jesús vino a hacerse cargo y a bancarnos a todos.

Y la realidad es que los “que se bancan a sí mismos” y son “autosustentables” en realidad lo que están haciendo es utilizar para beneficio propio y consumir los recursos que cientos y de miles de personas han producido y de los que no pueden gozar.

Nadie es autosustentable si lo largan solo en medio de la naturaleza. Poné a un multimillonario sin documentos ni dinero en una barcaza en medio del mediterráneo con gente que hable otro idioma y veamos si puede hacer otra cosa que expresar con gestos un “bánquenme”.

Por eso tenemos que aprender humildemente del publicano y usar su lenguaje en todos los niveles.

A nivel personal, tenemos que decirle a Jesús: bancame, Señor, intercedé por mí para que el Padre me aguante con paciencia y no se canse de perdonarme. Que no corte esta higuera a ver si con tu ayuda y tu gracia puede dar frutos en adelante.

A nivel social, tenemos que decirle al Señor: mirá cómo me estoy bancando a todos los que puedo, pagando impuestos, dando trabajo, luchando por la justicia y colaborando en las obras de misericordia de la Iglesia, ayudando a mis hermanos, tratando de tener paciencia y dar una mano. Así como vos me bancás a mí yo me banco a los otros.

A nivel ecológico también podemos tener esta actitud humilde de cuidar el planeta y la ciudad y los lugares en que habitamos así como el planeta y la ciudad y la casa nos bancan a nosotros y nos tienen paciencia en todo lo que ensuciamos y consumimos de más y no sembramos para el futuro.

Inmensamente agradecidos a Jesús que nos bancó a todos y a sus santos y a tanta gente buena que nos banca día a día, con una actitud humilde, como publicanos, le pedimos al Padre: muéstrate propicio con nosotros, Señor. Se indulgente con tus hijos. Perdona nuestros pecados y danos tu gracia para que no nos cansemos de pedirte que nos banques y nos convirtamos en gente positiva, dispuesta a bancarse todo con tal de ganar tu amor, tu benevolencia y, si es posible, tu confianza y tu amistad.

Diego Fares sj

 

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… Para el perdón de las adicciones

Jesús les dijo: “Estas son las palabras que les hablé estando aún con ustedes: que era necesario que se cumpliera todo lo que está escrito de mí en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos. Entonces les abrió el entendimiento para que comprendieran las Escrituras y les dijo:
«Así está escrito: el Mesías debía sufrir
y resucitar de entre los muertos al tercer día,
y comenzando por Jerusalén,
en su Nombre debía predicarse a todas las naciones la conversión
para el perdón de los pecados.
Ustedes son testigos de todo esto.
Y yo les enviaré al Prometido de mi Padre.
Permanezcan en la ciudad,
hasta que sean revestidos con la fuerza que viene de lo alto.»
Después Jesús los llevó hasta las proximidades de Betania y, elevando sus manos, los bendijo. Y aconteció que, mientras los bendecía, se desprendió de ellos y era llevado en alto al cielo. Los discípulos, que lo habían adorado postrándose ante El, volvieron a Jerusalén con un gozo grande, y estaban siempre en el Templo bendiciendo a Dios (Lc 24, 46-53).

Contemplación
La escena de la Ascensión contiene la esencia del Evangelio.
Primero, Jesús da testimonio de que en su vida se ha cumplido todo lo que estaba escrito en la Ley de Moisés, en los profetas y en los Salmos.
En el evangelio de la semana pasada lo había expresado de otra manera:
“es necesario que el mundo sepa que amo al Padre y que tal como él me lo mandó (como está escrito en las Escrituras) así hago las cosas” (Jn 14, 31). Es decir: el Señor da testimonio de que ha vivido su vida humana, singular y única como la de cada uno, sin nada agregado, buscando cumplir con amor todo lo que el Padre había ido enseñando a su pueblo elegido. Y gracias a esta fidelidad, todas las promesas que el Padre había hecho a su pueblo, muchas de las cuales parecían imposibles por demasiado hermosas (la promesa de cambiar nuestro corazón de piedra por uno de carne, la promesa de establecer un reino de paz en el que todos se amaran y ayudaran, la promesa de que Dios fuera Dios con nosotros…), todas las promesas han encontrado en el corazón de Jesús como un imán: en Él todo lo bueno se hace real y posible.

Segundo, les abre el entendimiento para comprendan todas las Escrituras y les anuncia la esencia del Evangelio. Tengamos en cuenta que el Nuevo Testamento no estaba escrito! Jesús les da la gracia de poder comprender, partiendo de Él, todo lo escrito antes. Para lo nuevo, para lo que tendrán que anunciar y escribir, necesitarán la fuerza que viene de lo alto.
Si uno mira bien, esta pedagogía de Jesús es muy consoladora para nosotros. Al ascender a las Alturas, al ocultarlo la Nube de la vista de ellos, Jesús Resucitado abre un espacio y un tiempo nuevo en los que el protagonismo lo tienen “el Espíritu Santo y nosotros”. Al irse al Padre y dejar a los suyos, iguala a los discípulos de todos los tiempos. Lo que transmiten los apóstoles es el kerygma: que en Jesús muerto y resucitado nos son perdonados los pecados. Esta semilla del evangelio es anunciada con la fuerza del Espíritu y el mismo Espíritu obra en los que escuchan. El Espíritu es el encargado de “recordar todas las cosas que dijo e hizo Jesús” y de ir marcando el camino, lo que hay que hacer. Esto significa que no tienen ventaja los primeros. El Espíritu da la misma chance a todos.

Con pequeños “toques” el Señor “recapitula su vida” y la “comunica” de manera tal que, sin dejar de estar presente, permite que nosotros, gracias al Espíritu, vivamos nuestra propia vida sin perder autonomía. Esto es lo que diferencia al cristianismo de toda religión mítica o racionalista.
El que ha hecho la experiencia de lo que significa enseñar a un discípulo de modo tal que el discípulo tome lo que uno sabe y lo haga propio y lo retransmita mejorado, puede vislumbrar la maestría del Señor. ¡Qué manera de vivir algo y de dejarlo como herencia viva!
Gracias a que Jesús toma Altura (no se va sino que abre espacio ocupando su lugar, junto al Padre) nos permite crecer. Crecer desde abajo y desde lo más íntimo, desde la virtud del Espíritu que hace nido en lo más íntimo de los apetitos (sensitivo y racional) de nuestro corazón humano. Al tomar Altura Jesús atrae a todos desde adentro.

Por eso la semilla va directo a lo más íntimo: al perdón de los pecados. Ese es el nudo que el hombre no puede desatar y absolver por sí solo y que impide crecer en el amor: los propios pecados contra el amor. Los pecados de los que sentimos que nos tendrían que haber amado más y los pecados contra los que tenemos conciencia de que tendríamos que haber amado más (nuestros padres y hermanos, maestros y amigos, de la sociedad en la que nacimos y nosotros mismos también).
Nuestra carne sufre las heridas del pecado y aunque racionalmente uno se de cuenta de las cosas y siga adelante, la carne herida conserva las huellas del pecado sufrido o cometido y dificulta o impide la vida. En las personas adictas se ve con tanta claridad este mecanismo (no hay que dejar de ver la película “Paco” que es conmovedora)! Los adictos, digo (una vez pasado el aviso), se dan cuenta con más lucidez que nadie de lo mal que les hace la sustancia a la que están ligados y desearían más que nada en el mundo liberarse de ella. Pero el hambre de las células de su carne es tan voraz que en ciertos momentos los arrastra irremisiblemente hacia lo que los esclaviza. De eso es de lo que Jesús nos libera con su Carne. En su carne crucificada, muerta y resucitada, nuestra carne, que era lo que nos impedía acceder a Dios, es liberada (conservando las llagas, como los adictos que quedan adictos para siempre pero pueden “no pecar”) de su esclavitud y cuidada por la gracia, principio de una libertad nueva.
El testimonio de la muerte y resurrección de Jesús para el perdón de nuestras ‘adicciones’ es la tarea de los apóstoles.
Lo demás lo dejan al Espíritu y a cada uno.
Este es el principio de una Iglesia que anuncia la vida y sigue adelante,
porque confía en el corazón de los hombres,
confía en que cada comunidad (cada persona, cada familia, cada cultura) sacará por sí misma las consecuencias de un Anuncio tan hermoso para su vida cotidiana.
Es el principio de una Iglesia que propone y no que impone,
de una Iglesia que convoca a los que quieren y no persigue a los que no quieren…

Queda, entonces para cada uno la tarea linda de “ver las consecuencias de la resurrección del Señor”. Resurrección enmarcada en este contexto en que me sitúo en el tiempo y el espacio del “Espíritu Santo” y del “nosotros” que me anuncian los testigos.
Si en la Reconciliación está el remedio para mis adicciones, ¿cómo tengo que hacer para conseguirlo?.
Si la Eucaristía es el Pan de vida que sacia todas mis hambres, las más carnales y las más espirituales, ¿qué estrategia debo implementar para que mi vida gire en torno a ese Pan?
Si las Escrituras, cuando las abro, se iluminan con la luz del Espíritu, que me enseña a rezar y a contemplar y me abre la mente para comprender lo que dicen de Jesús y lo que eso significa para mi vida, ¿qué puedo hacer para tenerlas más a mano, para rezar con ellas?

PD
Llamo adicciones al pecado porque puede ayudar a descubrir de qué me tengo que confesar, qué es aquello que me esclaviza y entibia o directamente reemplaza el amor incondicional a Jesús. La mentalidad moderna nos hace sonreir con cierta suficiencia al leer las listas de pecados que el catecismo nos presenta. Algunos nos parecen “pasados de moda” por su contenido, que antes era tabú y ahora es socialmente aceptado; otros nos parecen cosas muy formales y que no se pueden “exigir”; otros, directamente nos parecen imposibles de cumplir… Y así, descartando los pecados uno por uno, no nos fijamos en el problema de la “esclavitud” que el pecado (grande o pequeño) produce. Por eso lo de la adicción. Si sos adicto a algo tan banal como la Tele o al Chat y eso te quita el gusto por la contemplación del Evangelio, de esa adicción te tiene que liberar el Señor Jesús, pero no porque en sí misma sea muy mala, sino para que no te pierdas lo mejor de tu vida, haciendo zapping en la de otros. Así, cada uno tiene que sacar las consecuencias de recibir el anuncio de que Jesús ha resucitado para el perdón de sus pecados. El que no tenga ninguna adicción, se lo pierde. El vino para los adictos y no para los sanos… Pero ¿acaso no es ese el problema de los adictos: el no reconocer su adicción, que son adictos no solo a una sustancia sino a su propia interpretación de lo que les pasa? De ahí que sea clave el tocar el propio líimite y buscar ayuda. En ese punto es donde se sitúa el Señor Resucitado, donde asciende a la Altura y envía al Espíritu a los suyos para que nos vengan a encontrar en ese confín de la frontera de la adicción donde todos estamos necesitados de ayuda.
Diego Fares sj

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resucitado2La paz y el perdón

“Siendo tarde aquel día, el primero después del Sábado,
Y estando las puertas cerradas del lugar
donde se encontraban los discípulos, por miedo a los judíos,
vino Jesús y se presentó en medio de ellos y les dijo: «La paz con ustedes».
Y diciendo esto, les mostró las manos y el costado.
Se alegraron entonces los discípulos viendo al Señor.
Jesús les dijo otra vez: «La paz con ustedes. Como el Padre me envió, también yo los envío.» Y cuando dijo esto, sopló sobre ellos y les dice: «Reciban el Espíritu Santo. A quienes perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos.»
Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús.
Los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor.»
Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré.»
Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro y Tomás con ellos.
Vino Jesús estando las puertas cerradas, y se presentó en medio de ellos y dijo:
«La paz con ustedes.»
Luego dice a Tomás: «Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no quieras ser incrédulo sino fiel.»
Tomás le contestó: « Señor mío y Dios mío. »
Le dice Jesús: «Porque me has visto has creído. Felices los que no vieron y creyeron.»
Jesús realizó en presencia de los discípulos otras muchas señales que no están escritas en este libro. Estas han sido escritas para que crean que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengan vida en su nombre” (Jn 20, 19-29).

Contemplación

Contemplamos la paz que el Señor nos da, pidiendo la gracia de gustar su dulzura y suavidad.

En el evangelio de hoy el Señor comunica su paz personal a su comunidad para que luego difundan esta paz a todos los hombres.

La paz se hace presente y se establece

Contemplamos primero la paz que es Jesús mismo. La paz no es una cosa sino una Persona pacificada y pacificante.
El Señor resucitado, “Él es nuestra paz” (Ef 2, 14).
Jesús Resucitado es paz, se hace presente “deseando la paz”, pronunciando un saludo de paz.
Él es el que viene y entra ─ estando cerradas nuestras puertas ─ y nos da la paz.

La paz muestra sus fuentes

El modo de comunicar la paz que tiene el Señor consiste en saludar y acto seguido mostrar sus heridas y su costado. Nos muestra el lugar de su carne desde el cual brota, como un manantial, la paz. Es el lugar de las llagas, el lugar donde la paz parecía que se había perdido, el lugar abierto por la violencia.
Ayer falleció Martín, uno de nuestros comensales y uno de su grupo de la plaza me decía: “ahora descansa en paz. Porque ya sufrió mucho. Estaba hecho una miseria, todo lastimado, no se podía levantar”. Nuestro sentido común nos dice que no se pueden juntar llagas y paz. Y eso es precisamente lo que une Jesús resucitado: sus llagas y su paz. Está llagado y está en paz. “El odio ha cesado de enfurecerse contra él, su amor ha tenido un aliento más largo”, como dice Balthasar. Jesús llagado–resucitado es nuestra paz: por sus llagas fuimos sanados.
Resucitar es, pues, que de las llagas brote paz. Y no culpa ni resentimiento. Paz.
Por eso nosotros “comulgamos” con el Cuerpo y la Sangre del Señor. Con su Cuerpo llagado y resucitado. Para que nos cure nuestras llagas y su carne nos resucite y nos ponga en paz.
Para poder comulgar con las llagas que nos muestra la realidad debemos estar “sanados” y pacificados interiormente por las llagas resucitadas del Señor Jesús. Sólo contemplando sus llagas curadas podemos animarnos a mirar todas las llagas. Sólo escuchando su saludo ─ la paz esté con ustedes ─ mientras nos muestra sus llagas, podemos contemplar las llagas de los hombres nuestros hermanos sin escuchar las otras voces, las que nos perturban: las voces de la indignación (qué barbaridad!), las voces de la queja
(¿Cómo puede ser esto?), las voces de la desesperación (no lo puedo tolerar).
Solo teniendo a Jesús en los ojos y en los oídos podemos sostener la mirada sobre las llagas del mundo.
No de otra manera es que las hermanas de la Caridad lavan las llagas de los que están por morir. Una amiga que vino de estar en Calcuta un mes nos compartía la semana pasada, en la reunión de la Casa de la Bondad, que donde se lavan los enfermos hay carteles que dicen “es el Cuerpo de Cristo”. “Y se ve en tantos lados la frase que a uno se le vuelve experiencia real” –nos decía.

Esta paz básica, diríamos, brota del Cuerpo mismo del Señor, y es señal de que la Resurrección no deja lugar a ningún reproche por lo que le hicimos. El Señor preparó esto instituyendo la Eucaristía “antes” de la Pasión, haciendo ver que entregaba su Carne por nosotros estando bien. Y ahora nos muestra su Carne con las llagas curadas pero no “borradas”. Todo esto obra misteriosamente evitando cualquier movimiento de autorreferencia en nosotros, haciéndonos pender totalmente de lo que brota de Jesús, del Señorío de su libertad que no nos culpa sino que nos pone en paz. En el movimiento que fluye de sus llagas y de su costado se estrella y se diluye todo movimiento de culpa que brota de nuestras dudas y del examinarnos a nosotros mismos y a nuestras intenciones y deberes.
Definitivamente, la Carne del Señor nos pacifica el corazón. Comulgar con su Cuerpo y con su Sangre todo lo posible es la fuente “carnal” de la paz espiritual.

La paz se expande

Luego viene el segundo saludo de paz.
«La paz con ustedes.
Como el Padre me envió,
también yo los envío.»
Y cuando dijo esto, sopló sobre ellos y les dice:
«Reciban el Espíritu Santo.
A quienes perdonen los pecados, les quedan perdonados;
a quienes se los retengan, les quedan retenidos.»
El Señor “sopla” su paz. Para que sintamos que la paz es un don que se respira. Se puede respirar por los ojos, posando sobre Jesús ─ y en Él sobre toda la realidad ─ una mirada de paz.
Se puede respirar con los oídos, haciendo silencio y escuchando el ritmo interior de la paz del Espíritu que late en lo escondido de toda realidad…
En este saludo de paz misionera, Jesús nos revela que la paz viene de la Fuente más honda, del Padre que lo envió, y también que esa paz desea extenderse más lejos, abarcarlo todo en el Espíritu, perdonando todo pecado.

De última, la paz la rompe sólo el pecado y por eso el Señor la restablece perdonando los pecados.
El problema está en que se nos ha vuelto confuso el concepto del pecado. Quizás cada uno pueda encontrar el hilo de su pecado allí donde pierde la paz. Tu pecado es lo que te quita la paz.
Y tu sacramento de la confesión es aquello en lo que el Señor te devuelve la paz.
Por ahí tiene que empezar de nuevo el que se sienta confuso en cuanto a lo que es pecado y en cuanto a la manera de confesarse.
¿Te animás a probar llamarle “pecado” a lo que te quita la paz y dejar que Jesús le llame “perdón” al hacerte sentir pacificado?
No importa que de entrada no encuentres a “eso que te quita la paz” en la “lista de los pecados” que salen en los libros de catequesis. Vos por ahí le llamás “angustia” a lo que te quita la paz. Dejá que Jesús te “perdone” la angustia (¿cómo se va a perdonar la angustia?). Y, el Señor quizás la quiera “perdonar” a su manera, mostrándote la llaga de su costado, la que se abrió en la angustia tremenda del Huerto y que ahora está convertida en Paz.
Vos por ahí le llamás “miedo” a lo que te quita la paz. Dejá que el Señor te tranquilice a su manera, con su presencia, que entre en el ámbito cerrado de tus miedos y te salude. Dejá que a esto El le llame “perdón”. (¿Se puede perdonar el miedo?) Es que el perdón no va tan solo a los efectos del pecado sino a su raíz. ¿No es el miedo a la muerte lo que nos vuelve esclavos del pecado? San Pablo dice que sí. Entonces, necesitamos ser perdonados ─pacificados, mejor ─ de ese miedo, para no dar frutos de cobardía, de borrarnos, de zafar, de mentir, de ceder…
Vos quizás le llamás dudas a lo que te quita la paz. Dejá que el Señor acalle tus dudas y te las perdone a su manera. Como perdonó las dudas de Tomás, haciéndole meter el dedo en su llaga, pero como amigo fiel, no como escéptico.
Y así, cada uno puede ir “traduciendo” pecado y perdón en el vocabulario de la inquietud y de la paz. Es un lindo trabajito de resurrección, que se puede hacer en pequeñas pausas durante la actividad. Al pasar de una cosa a otra, uno puede retardar unos momentos el cambio y examinar si está en paz o no y cómo visualiza lo que viene, si pacificante o angustiante… Y dejar que el Señor se haga presente en eso que pasó o en lo que viene y lo llene de su Paz.
Por supuesto que este ejercicio se tiene que hacer en la Fe, como le dice el Señor a Tomás. Y en el ámbito de mi familia y comunidad, para estar allí en paz con los otros y con la tarea de cuidar la paz común.
Diego Fares sj

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