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Posts Tagged ‘Presencia’

 

En aquel tiempo, los once discípulos fueron a Galilea,

a la montaña donde Jesús los había citado.

Al verlo, se postraron delante de El;

sin embargo, algunos todavía dudaron.

Acercándose, Jesús les dijo:

«Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra.

Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos,

bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo,

y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado.

Y yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo…» (Mateo 28, 16-20).

 

Contemplación

Hoy es la fiesta de la Ascensión del Señor al Cielo, donde está sentado a la derecha del Padre, para interceder siempre por nosotros. Jesús nos prometió que estará con nosotros todos los días, hasta el fin del mundo.

Para sentir y gustar esta compañía de Jesús en medio de nuestra vida cotidiana es necesario comprender de qué tipo de presencia se trata, para poder mirar en la dirección correcta, valorar los signos concretos y discernir los sentimientos precisos.

Comprender de qué presencia se trata. No toda presencia es igual. La presencia de las personas desconocidas, con las que viajamos codo a codo en un medio de transporte, es el tipo de presencia en la que la mayor cercanía física hace más patente la distancia. No nos conocemos, no sabemos nada del otro y olvidamos su rostro apenas nos separamos. En el otro extremo, dentro de ese mismo medio de transporte, la presencia de un hijo que quedó en casa para su madre que va al trabajo, es más real que la de todas las otras personas que tiene al lado. La madre lo imagina, le habla interiormente, le aconseja como si lo tuviera delante, sonríe interiormente recordando algún gesto, se apena advirtiendo algún problema…

La presencia del Señor va por este lado: Él está presente como Alguien muy amado. Por eso es que se presentaba en medio de sus amigos reunidos o ante los que lo conocían y le querían. Para otros, aunque lo hayan visto caminando con los de Emaús o a la orilla del lago, encendiendo el fuego, su figura y su presencia física habrá sido como la de las personas con las que nos cruzamos por la calle.

El principio básico de este modo de presencia humano –el de un hijo y el de Jesús- es espiritual: cuanto más amada una persona más presente está.

El amor es adhesión al bien y nuestro corazón se adhiere a quien ama movilizando todo nuestro ser. Si la persona está físicamente presente, el corazón moviliza los sentidos físicos y se expresa a través de ellos, escuchando, mirando, tocando, gustando y oliendo. Si la persona amada está físicamente alejada, el corazón moviliza los sentidos espirituales: tiende hacia atrás los puentes del recuerdo y hacia el futuro, los del deseo. Hace memoria de lo que sintió y gustó y se proyecta hacia el encuentro venidero.

Hay que notar que estos sentidos espirituales tienen la preeminencia también en el presente. Así como uno se aleja espiritualmente de la persona desconocida con la que viaja y pone distancia sensible -no la mira a los ojos ni se interesa demasiado en lo que charla con otro-, también se acerca espiritualmente a la persona amada haciendo que los sentidos físicos se muevan en el medio espiritual. Mediante el recuerdo del pasado y la proyección del deseo, la presencia física adquiere una realidad de mucha mayor significación.

Así, vemos que la presencia de alguien no depende solo ni en primer lugar de su estar enfrente o al lado físicamente. La adhesión libremente elegida y cultivada de un corazón hace más densa y más real la presencia de la persona amada.

La otra persona, cuya presencia experimentamos en mayor o menor medida de acuerdo a nuestra capacidad de adherirnos y de gustar su existencia, no solo está ahí pasivamente sino que es también presencia activa.

Hay personas que hacen “sentir su presencia”. Algunos, por fuerza de atracción: irradiando y gravitando, siendo ellos mismos, sin necesidad de imponerse ni llamar la atención. Otros la hacen sentir a empujones, como Trump que el otro díacuando percibió que el primer ministro de Montenegro se le había adelantado, lo hizo a un lado groseramente con un empujón.

El Señor es de los que hacen sentir su presencia humildemente. Poniéndose al lado como uno más, escuchando e interesándose por lo de uno antes de hablar de sí, brindando algún servicio humilde o recibiéndolo en la persona de un necesitado… Estas dos últimas son sus formas preferidas de “hacerse presente”.

Como decíamos, el corazón tiene la capacidad de “hacer presente” a la persona amada movilizando todos nuestros sentidos –físicos y espirituales-. Los sentidos físicos se mueven por sí solos ante un estímulo exterior. Los espirituales son más libres. En una relación asimétrica, como la que se da entre el Creador y la creatura, la presencia del Creador no puede darse de otra manera que haciendo crecer en libertad a su creatura. Por eso la pedagogía del Señor es la de la Encarnación, la del abajamiento, la del ocultar su divinidad y la de ir mostrándose poco a poco en la medida en que vamos deseando su presencia y haciéndonos capaces de sostener su compañía.

El punto de inflexión –porque hay un punto en el que todo cambia- es saber interpretar –de una vez y para siempre- que toda aparente ausencia suya es un clamoroso signo de una presencia amorosa y real “un escalón más abajo” o “a un costado” de la dirección en la que nos parece no encontrarlo.

Si no nos dejamos engañar por las apariencias a las que nos tiene acostumbrado el mundo de publicidad compulsiva en que nos toca vivir, sabremos encontrar y descubrir a Jesús presente en nuestra vida, todos los días hasta el fin del mundo, en cada situación en la que alguien, aparentemente insignificante, nos esté brindando un servicio humilde o requiera de nosotros poner en movimiento los sentido espirituales para ver a Jesús, que son el sentido de la misericordia y el sentido de la amistad gratuita.

PD.

Ya había terminado la contemplación y antes de mandarla abro el correo y me encuentro con los mails de dos amigos, uno a quien no veo hace años y otro de una mamá a quien conozco por mail. Ambos me cuentan de sus hijos, Jimmy, de su hija que ha entrado a la vida religiosa, y que “al ver su cara serena”, se le pasó la urgencia que tenía por contactar conmigo para hablarme de ella y pasó a compartirme un mail lleno de esa misma serenidad;  Xime me cuenta de su hijo pequeño que ha sufrido un calvario de operaciones a lo largo de su vida y que, sin conocerme, reza por mí a Santa Jacinta (y yo acabo de caer en la cuenta de donde me vino “de golpe” la devoción por Jacinta, a la que nunca había prestado mucha atención. Revisando mails veo que Fran le rezaba a Jacinta por mí desde hacía tiempo). No hay palabras que alcancen para contar todo lo que cada historia tiene, por eso mejor unas pocas como testimonio de esa presencia de Jesús “un escalón más abajo” o en el mail de al lado.

Padre Diego

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corissoud-icono-sagrado-corazonLa paz, la Presencia y la Palabra de Jesús

Los discípulos de Emaús, por su parte, narraron las cosas que habían acontecido en el camino y de qué modo le habían conocido en la fracción del pan.
Mientras estaban hablando de estas cosas, Jesús se presentó en medio de ellos y les dijo:
«La paz esté con ustedes.» Aterrados y llenos de miedo, les parecía que estaban viendo un espíritu. Pero él les dijo: «¿Por qué están perturbados? y qué es ese vaiven de pensamientos que se levantan en sus corazones? Miren mis manos y mis pies; soy yo mismo. Pálpenme y vean que un espíritu no tiene carne y huesos como ven que yo tengo.»
Y, diciendo esto, les mostró las manos y los pies. Como ellos no acababan de creer a causa de la alegría y la admiración, les dijo: «¿Tienen aquí algo de comer?» Ellos le ofrecieron parte de un pez asado. Y tomándolo delante de ellos lo comió. Después les dijo: «Estas son aquellas palabras mías que Yo les decía cuando todavía estaba con ustedes:
“Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos acerca de mí”».
Y, entonces, les abrió sus mentes para que comprendieran las Escrituras, y les dijo: «Así está escrito que el Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día y se predicara en su Nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones, empezando por Jerusalen. Ustedes son testigos de estas cosas. Y he aquí que Yo envío al Prometido de mi Padre sobre ustedes. Ustedes permanezcan quietos en la ciudad hasta que sean revestidos de fortaleza desde lo alto» (Lc 24, 35-48).

Contemplación

Contemplamos al Señor Resucitado que viene a trayendo la paz a sus amigos.
Convengamos que la contemplación del Evangelio no es una actividad más en nuestra agenda. Animarse a la contemplación no consiste sólo en abrir un mail entre muchos y darle una leída rápida. Hay que estar dispuestos a que, “mientras estamos leyendo estas cosas”, se nos haga presente el Señor y quiera quedarse un rato con nosotros. No nos llevará todo el día ─ las visitas del Señor Resucitado suelen ser cortas y para nada invasivas; él viene de tanto en tanto a nuestra vida… A los suyos los acostumbró, durante aquellos memorables cincuenta días, al ritmo semanal de su Presencia. Ritmo que la Iglesia aprendió y que transmite como ritmo Eucarístico. Ritmo que quieren tener estas contemplaciones semanales que van como “visitas” a muchos amigos y amigas y “se hacen presentes” estando cada uno ante su compu, en la intimidad de la habitación (salvo Ema que las baja en el call center).

El Señor da la paz a un grupo humano que vemos en estado de conmoción y de agitación. Han llegado los discípulos de Emaús, están contando sus experiencias con el Resucitado…, en ese instante se presenta Jesús y… vuelven a quedar aterrados! El Señor los saluda cariñosamente, les da el saludo tan lindo de la paz, pero ellos sienten miedo.
La realidad de la resurrección se les hace patente a nivel existencial pero no les entra en la cabeza. Esto les produce un shock muy fuerte. En realidad “el más fuerte” que pueda experimentar un ser humano: el encuentro con Jesús Resucitado! Lucas logra transmitirnos los esfuerzos que hacen estos hombres por reducir lo que ven a alguna racionalidad. La palabra que les viene a la mente, desde su paradigma cultural, es “espíritu” o “fantasma”. Es decir: un muerto que se aparece a los vivos y produce un susto espantoso.
Si creemos que el Evangelio no es una mera narración, cuyo poder evocador depende de nuestra fuerza de imaginación, si creemos de corazón que el Evangelio es Palabra Viva, entonces podemos leer el pasaje como algo que está aconteciendo en este momento y sentir que Jesús nos transmite paz y que nosotros, en algún lugar, si nos animamos a creer de veras, sentimos miedo. Estamos muy seguros en nuestros miedos ─ viejos conocidos ─ y le tememos a Su Paz ─ tan inquietante y desinstaladora de seguridades humanas ─.

Pongamos atención en las palabras que les dice Jesús.
«¿Por qué están perturbados? y ¿qué es ese vaiven de pensamientos que se levantan en sus corazones?
Tratemos de pescar cómo discierne el Señor lo que están sintiendo en ese momento los discípulos. Esto es importante para contemplar, porque tranquiliza mucho saber que el Señor nos conoce, que sabe lo que nos pasa cuando queremos contemplarlo. Hace bien sentir que El sabe que nos ponemos inquietos, que nos da miedo, que no sabemos rezar, ni cómo hay que hacer. La gracia de la Presencia significa que Él nos tiene presentes, no que nosotros lo hacemos presente a Él. Él nos tiene presentes y se nos presenta en el momento y de la manera que más nos conviene.
Cuando El nos dice “por qué te inquietás”, eso ya basta para pacificarnos. El serena nuestros corazones con su Palabra y su Presencia.

Presencia y Palabra…
Nosotros comenzamos leyendo estas palabras para luego recibir la gracia de sentir la Presencia. Pero recordemos que la Presencia y la Palabra de Jesús Resucitado van siempre juntas. Gracias al Espíritu, que nos “enseña toda la verdad”, están mutuamente abiertas.
La gracia que dio de una vez para siempre el Señor resucitado fue instaurar esta apertura: “les abrió sus mentes”, dice Lucas.
Esta Apertura,
este Ámbito abierto,
este “Cielo”, este “Reino de los Cielos”,
es algo que instaura Jesús:
abriéndose paso en nuestras estructuras cerradas
con su Presencia gloriosa,
con su Saludo de Paz,
con sus Llagas abiertas,
con su Palabra,
con ese gesto con que logra “abrirnos la mente” y, por fin,
con el Espíritu que nos reviste de fortaleza para mantener siempre abierto el acceso al Padre.

Volvamos al discernimiento del Señor.¿Cómo interpreta lo que les sucede a los discípulos cuando lo ven resucitado? Les dice:
«¿Por qué están perturbados? y ¿qué es ese vaiven de pensamientos que se levantan en sus corazones?
Traducimos “tarasso” = perturbados. Es una palabra griega que significa la agitación y la perplejidad que surge al experimentar, dentro de uno, sentimientos e ideas encontrados. Por eso el Señor apunta directo al “vaiven de pensamientos” que se levantan de sus corazones. No pueden creer lo que ven y les surgen todo tipo de ideas en el esfuerzo por procesar lo que tienen delante. Ese vaiven no sólo es de sentimientos de miedo y espanto sino también de gozo y de admiración.

Vemos que el Señor, como Buen Pastor, los va tranquilizando.
Les muestra sus manos y sus pies, hace que lo palpen… y eso los llena de alegría y de asombro.
Pero estos sentimientos buenos producen también una agitación y un vaivén que no deja que se abra el espacio de la fe:
“De puro gozo no acababan de creer”.
Entonces el Señor les pide de comer y come un poco de pescado en presencia de ellos.

Notamos cómo Jesús los va pacificando y serenando con lo más carnal de su persona. Es la resurrección de la carne lo que los pacifica.
Ver que Jesús está bien,
que es Él,
que es su misma carne y que conserva sus llagas.
Tiene las llagas y está bien.
Tiene carne y huesos y se hace presente con las puertas cerradas.
Puede compartir un trozo de pescado aunque no se vea que “necesite” comer.
La resurrección de la carne se les vuelve manifiesta a nivel existencial: Jesús les hace sentir y gustar su presencia ─ sus llagas gloriosas, su carne glorificada ─ como algo absolutamente nuevo y distinto de cualquier otra experiencia humana. Por eso se convierten en testigos de esta “Buena Nueva” y es a partir de allí que se debe interpretar todo lo demás, todo lo que somos y todo lo que acontece en la historia.
En el vaivén de ideas y sentimientos que experimentan los discípulos vemos reflejado nuestro propio ir y venir con respecto a la Resurrección. También nosotros con nuestra mentalidad, quizás más sofisticada, experimentamos las mismas perplejidades. ¿Será verdad esto de la resurrección?

Y es necesario que Jesús nos pacifique, igual que a sus amigos.
Allí donde tenemos miedo, allí donde nos da terror la Vida, terror porque la sentimos viva y frágil a la vez. En el centro mismo del miedo por la vida, allí es donde tenemos que estar atentos a la Paz de Jesús.

También nuestra mentalidad moderna se desasosiega haciendo esfuerzos desesperados por racionalizar los miedos. En vez de eso, animémonos a sentir nuestros miedos y terrores y a escuchar cómo Jesús los conjura diciéndonos:
«¿Por qué se ponen ansiosos? y ¿qué es todo ese vaiven de pensamientos que se levantan en sus corazones? No tengan miedo. Soy Yo mismo. Miren mis manos y mis pies….

Miremos a Jesús comulgando con nuestros sentimientos, ofreciéndose a nuestra necesidad de palpar y de tocar sus manos y sus pies.

Pidámosle que se quede un largo rato pacificándonos y que luego nos revele que su Resurrección ya estaba “prometida” en la Escritura.

Supliquémosle que nos abra la mente para que podamos comprender el sentido del Evangelio.

Roguémosle que nos “revista de la fortaleza de lo Alto”, para que su Espíritu Santo consolide la Apertura de nuestros corazones, de manera tal que queden convertidos en Un Solo Corazón, un Corazón eclesial.

Que el Espíritu nos haga comprender que la Resurrección no es algo que se pueda interpretar y analizar “desde afuera”. No se puede; y por eso le pedimos al Espíritu Santo:
Que nos haga entrar dentro del ámbito que el Señor Resucitado nos abrió: el ámbito de la Paz y de la Fe.
Que Jesús Resucitado se haga presente cuando gastamos nuestro tiempo rezando y contemplando.
Que la Paz de Jesús Resucitado se difunda en nuestros corazones, ya que nos animamos a dejarlo entrar en nuestros miedos y angustias.
Que la Paz de Jesús Resucitado ilumine nuestras mentes, ya que nos animamos a nombrar nuestras dudas y perplejidades con las Palabras del Evangelio.
Que la Paz de Jesús Resucitado reine entre los que nos animamos a la Comunidad, a una Iglesia que acepta incluir a todos.

Diego Fares sj

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