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Al ver a las muchedumbres, Jesús subió a la montaña, se sentó, y sus discípulos se acercaron a él.

Entonces tomó la palabra y comenzó a enseñarles, diciendo:

«Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el

Reino de los Cielos.

Felices los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia.

Felices los afligidos, porque serán consolados.

Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados.

Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia.

Felices los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios.

Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios.

Felices los que son perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.

Felices ustedes, cuando sean insultados y perseguidos, y cuando se los calumnie en toda forma a causa de mí.

Alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo» (Mateo 5, 1-12ª).

 

Contemplación

El Señor, al comienzo de su ministerio, retoma al profeta Isaías. Le dice a la gente que el Espíritu Santo lo ha ungido para anunciar la buena noticia a los pobres y consolar a los afligidos.

Las bienaventuranzas son ese Anuncio.

Son las bendiciones consoladoras de Jesús a su pueblo.

Nos hará bien escucharlas de los labios de un Jesús sentado en medio de su pueblo.

Al ver a la gente que lo había seguido multitudinariamente –grandes y chicos, familias enteras que lo siguieron en procesión, esperando que el Maestro los juntara en algún lugar adecuado y se pusiera a enseñarles-, Jesús subió al monte y allí –rodeado de sus discípulos- se sentó tranquilamente y comenzó a “anunciar la buena noticia a los pobres”.

Su anuncio no es comparable a ningún tipo de anuncio o enseñanza humana. O mejor, es el más humano de los anuncios y la mejor de las enseñanzas.

Dos detalles. Se dieron cuenta de que, para empezar, toma la pobreza, las penas y el hambre y sed de justicia de la gente? Jesús no anuncia ni enseña lo que la gente “no sabe” sino que toma lo que la gente “vive” y eso es lo que ilumina.

 

Felices los pobres, los afligidos, los que tienen hambre y sed de justicia. El reino es de ustedes, los pobres: serán consolados en sus penas, serán saciados en su sed de justicia.

Vemos como en la primera bendición consoladora está todo: Benditos los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.

El discurso es convocante: los está mirando a ellos, notando su pequeñez

¿Quiénes eran, uno a uno, esas personas que estaban escuchando aquel día?

¿Qué tenían de especial para ser destinatarios del anuncio más bello de la historia?

No eran nadie y, por eso mismo, eran todos.

Eran los más comunes. Ninguno pudo reivindicar “yo estuve allí, aquel día”, porque no había periodistas.

Eran las familias del pueblo, las mamás que salieron con sus hijas a ver si Jesús se las bendecía. Eran los hombres con sus hijos que estaban trabajando en su campito: dejaron el arado y se fueron con sus compañeros a escuchar a Jesús. Eran los viejos, que estaban sentados a la puerta de su casa y les decían a todos que estaba bien ir a escuchar al Rabí. Y, por supuesto, en primera fila estaban los mendigos que habían ido todos. Y los enfermos, los que el Señor había curado y los que tenían la esperanza de hacerse curar.

Felices los que tienen alma de pobres, los que no pretenden mucho para sí, solo poder estar sanos para trabajar por su familia…

Jesús anuncia que su Reino, el de los cielos que han bajado a ese monte y a esa pequeña multitud del pueblo fiel –en la que bien caben todos los pueblos de la historia, esos pueblos que somos todos cuando nos abajamos a estar juntos, contentos de ser uno más que escucha junto con todos a Alguien como Jesús, cuando convoca-, su Reino… les pertenece: es de ellos!

A veces uno se pregunta cómo llegaría el mensaje a tanta gente, qué escucharían, qué podrían entender… Yo creo que esto, lo entendieron todos. Perfectamente.

Uno presta atención cuando, en medio de una multitud, dicen “los que tienen asiento de la fila 20 a la 40 suben primero”; o “las personas con niños a cargo o personas ancianas, por este lado”. Cuando Jesús dijo “los que tienen alma de pobres”, nadie se movió, pero todos los que estaban allí, sentados en el suelo, después de haber dejado sus cosas para seguir a Jesús, sintieron que les estaba hablando a ellos. Y les decía que El Reino de los Cielos era de ellos.

Y apenas sintieron que les hablaba a ellos, que los pobres de espíritu eran ellos, los que “lo habían seguido para escucharlo y estaban allí sentados en el suelo”, el Maestro los contuvo con la bienaventuranza de la paciencia y les hizo sentir que comprendía su estado de ánimo y su sed. Como si hubiera dicho levanten la mano los que tienen alguna aflicción y los que están esperando que se haga justicia. No hizo falta que levantaran la mano. El anuncio era, indudablemente, para ellos.

Y entonces, después de escuchar esto, se les abrieron bien los oídos y entendieron todo lo demás, que les vino como un agua fresca para sus corazones y los consoló como el solcito de la tarde que los iluminaba haciendo que las palabras del Reino entraran en sus mentes y se fijaran para siempre en su memoria común.

Ustedes serán consolados, serán saciados. Eso vengo a anunciarles, esa es la buena noticia. Ahora cambian las cosas, se dan vuelta: lo mismo que los afligía se convierte en su bendición. Porque Yo estoy con ustedes, el Padre me ha enviado, y Yo los veo y los comprendo, yo los consuelo, yo les hago justicia.

Fue en ese momento, en el que todos estaban pendientes de sus labios porque se sentían comprendidos en su situación y en sus aspiraciones más hondas y comunes, que el Señor sembró La Bienaventuranza: Felices los misericordiosos porque alcanzarán Misericordia. Allí, en el corazón de su discurso, en el momento culminante de esa homilía que duró nueve minutos –porque el Señor hacía silencio luego de cada una y esperaba que se la dijeran unos a otros, especialmente a los que estaban más lejos- Jesús anunció y reveló que las dos Misericordias van unidas: la que damos a los demás con la que recibimos de Dios.

Esta es la más importante, si se puede hablar así, o mejor, es el corazón, que da vida a las demás, en ese latir que purifica todo, asumiéndolo, y oxigena todo, con sangre renovada. Por eso, ahí mismo, viene la que dice: Felices los de corazón puro, porque verán a Dios.

A continuación, todos comprendieron que el Señor les daba una tarea –la de trabajar por la paz, como buenos hijos de Dios. Y los precavía contra la tentación de pensar en un reino fácil o triunfalista. El Señor les enseña que, así como asume todas sus pobrezas, sus penas y deseos de justicia, también asume las persecuciones. Pone dos clases –y por eso se dice que estas dos últimas bienaventuranzas son una que se desdobla-: la persecución por practicar la justicia (por luchar por los pobres y oprimidos) y la persecución por causa suya (por confesar la fe). Así como unió las misericordias en una sola, también une los martirios en uno solo. La confesión de la fe y la lucha por la justicia van unidas en una misma bienaventuranza.

 

El asunto es que la gente entendió perfectamente estas bienaventuranzas.

La gente recibió estas bendiciones consoladoras de Jesús que los iban convirtiendo así, de mera multitud en el pueblo fiel de Dios.

Cuando Jesús dice que “de ellos –de los pobres de espíritu que lo escuchan allí sentados como Él en el suelo- es el Reino de los Cielos” está diciendo que son el pueblo de Dios, porque un Reino más que un territorio o una Constitución es un pueblo fiel a ese territorio y a esa constitución. Aquí el territorio es el del Cielo y la ley carismática e identitaria son estas bienaventuranzas.

El pueblo fiel de Dios es el de los afligidos –enfermos, pecadores y esclavos de alguna adicción que los somete al poder del diablo- a los que el Señor consuela.

El pueblo fiel de Dios es el de los que tienen hambre y sed de justicia y esperan pacientemente la herencia. Mientras tanto son el pueblo de Dios que el Señor alimenta multiplicando los panes y los peces y dándose a sí mismo como viático en la Eucaristía.

El pueblo fiel de Dios es el que practica y recibe la Misericordia en un mismo gesto: como es misericordioso y comprensivo con las debilidades de los demás y se compadece de sus miserias, con la misma grandeza de corazón recibe el perdón de Dios.

El pueblo fiel de Dios tiene el corazón purificado, no por muchas virtudes, que también las tiene, sino sobre todo por esa misericordia común e inclusiva, con que los más pobres acogen a todos y siempre tienen lugar para uno más.

El pueblo fiel de Dios está formado por las inmensas multitudes que trabajan por la paz. Siempre allí donde uno levanta un arma y hiere a otro, hay diez que tratan de contenerlo y que asisten al herido.

El pueblo fiel de Dios es el de los perseguidos (hoy también se persigue excluyendo o tratando como sobrante) por reclamar justicia para los hombres y por adorar a Dios.

El Señor convoca, armoniza y conduce a su pueblo

dándole pertenencia –sellada con su sangre y caracterizada en el bautismo-,

conteniéndolo y consolándolo,

saciando su sed de justicia

haciéndolo misericordioso y misericordiado,

revelando sus cosas a los más pequeñitos

otorgando a todos el don de trabajar artesanalmente por la paz (en todos sus trabajos, más allá de las distintas tareas que cada uno esté realizando, la gente sencilla siempre está construyendo la paz),

y alegrándolo en medio de las persecuciones y desprecios.

Bendito Jesús que dio las bienaventuranzas a su pueblo!

Diego Fares sj

 

 

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Jesús dijo a sus discípulos:

«No temas, pequeño Rebaño, porque el Padre se ha complacido en darles a ustedes el Reino.

Vendan sus bienes y denlos como limosna.

Trabajen haciendo bolsas que no envejezcan y tesoros que no se agoten, en el cielo, donde no se aproxima ningún ladrón ni la polilla puede corroer.

Tengan en cuenta que allí donde uno tiene su tesoro, allí está también su corazón.

Estén preparados, ceñido el vestido y con las lámparas encendidas. Sean como los hombres que esperan el regreso de su señor, que fue a una boda, para abrirle apenas llegue y llame a la puerta. ¡Felices los servidores a quienes el señor encuentra velando a su llegada! Les aseguro que él mismo recogerá su túnica, los hará sentar a la mesa y se pondrá a servirlos. ¡Felices ellos, si el señor llega a medianoche o antes del alba y los encuentra así!

Entiéndanlo bien: si el dueño de casa supiera a qué hora va a llegar el ladrón, no dejaría perforar las paredes de su casa. Ustedes también estén preparados, porque el Hijo del hombre llegará a la hora menos pensada.»

Pedro preguntó entonces: «Señor, ¿esta parábola la dices para nosotros o para todos?»

El Señor le dijo: «¿Cuál es el ecónomo fiel y prudente, a quien el Señor pondrá al frente de su personal para distribuirle la ración de trigo en el momento oportuno? ¡Feliz aquel a quien su señor, al llegar, encuentra ocupado en este trabajo! Les aseguro que lo pondrá por sobre todos sus bienes. Pero si este servidor piensa en su corazón: “Se demorará la llegada de mi señor”, y se dedica a maltratar a los servidores y servidoras más pequeños, y se pone a comer, a beber y a emborracharse, su señor llegará el día y la hora menos pensada, lo castigará y le hará correr la misma suerte que los infieles. El servidor que, conociendo la voluntad de su señor, no tuvo las cosas preparadas y no obró conforme a lo que él había dispuesto, recibirá un castigo severo. Pero aquel que sin saberlo, se hizo también culpable, será castigado menos severamente.

Al que se le dio mucho, se le pedirá mucho; y al que se le confió mucho, se le reclamará mucho más» (Lc 12, 32-48).

Contemplación

En el evangelio de hoy escuchamos hablar a Jesús muy familiarmente con los suyos y todos sus consejos y recomendaciones apuntan a un solo punto: a centrarnos en Él.

No lo dice pero se trata de Él.

Son muchas las imágenes que salen de su corazón y con las cuales reviste su presencia.

En la primera imagen que usa dice que Él es como un señor que fue a una boda y al regresar encuentra a sus servidores velando. Otras veces se presenta como el esposo mismo, que regresa. Aquí como que se esconde más: parece un hombre cualquiera que se va a un casamiento y al volver parece que quiere que en su casa esté todo en orden y bajo control. Uno se pregunta ¿para qué hacer esperar a todos sus servidores despiertos? Parece exagerado… Sin embargo hay un detalle que traiciona la presencia de Jesús. ¿Se fijaron que la parábola habla dos veces de la felicidad de estos servidores? Son gente feliz, están felices de servir a este señor y el señor también está feliz con ellos. El detalle inusitado es que los ha hecho esperar para recogerse la túnica, hacerlos sentar a la mesa y ponerse el mismo a servirlos!

Si en las parábolas siempre hay un detalle que produce un quiebre en el sentido común, en esta, que parece una parábola menor, se esconde una riqueza igual a la de la oveja perdida. No es una parábola que tenga tanta fama como la otra, pero es más consoladora todavía. Porque no se trata de un pastor que se compadece y va a buscar su ovejita perdida. Cosa notable, pero al fin y al cabo, es su ovejita y se puede pensar que ir a buscarla y “perdonarla” es una manera de no perder algo suyo. Pero esta de los servidores va más allá. Porque se trata de servidores fieles y buenos, que hacen lo suyo con alegría. Cumplen con su deber y un “muchas gracias” o un regalo, aunque no fuera necesario, sería una buena forma de mostrar agradecimiento por parte del patrón. Pero ponerse a servirlos! Jesús nos da a conocer lo que siente en su corazón por nosotros, la alegría que le da haber creado otros seres a quienes puede hacer que se igualen a Él, que puedan experimentar su misma felicidad. Por eso expresa aquí las dos bienaventuranzas del servidor: “Feliz el servidor al que su Señor lo encuentra velando”; y más feliz si no tercerizó los tiempos y su Señor “lo encuentra velando personalmente a cualquier hora!”.

Cómo podríamos titular esta parábola: la del Buen Señor, en consonancia con el Buen Pastor…; me gusta más la parábola de los servidores felices, en contraposición con la de la oveja perdida.

Es la parábola que prepara el Lavatorio de los pies; esto se ve en el detalle de “recogerse la túnica”. Pero también alude al hecho de que, en la Eucaristía, el Señor no solo es Pan de vida, sino también el que lo sierve y lo reparte: “tomó el pan, lo partió y se los dio, diciendo…”. En la Eucaristía es el Señor mismo el que se nos da y se nos sirve. Al fin y al cabo eso es un Pan Vivo: un pan que se sirve él mismo, no hay que ir a comprarlo ni disponer nada para comerlo.

Si tomamos esta parábola como la de los servidores y servidoras contemplativos, felices porque velan, podemos pensar que a estos amigos el Señor les hace el trabajo.

La otra parábola sería para los de vida activa. Pedro pregunta si la primera es para todos y Jesús le responde regalándole otra parábola con bienaventuranza incluida. La dinámica es la misma, Jesús se presenta bajo la imagen del señor que cuando vuelve juzga cómo están las cosas en su casa. Pero la parábola es todo otro universo: aquí no se habla de velar sino de trabajar. Curiosamente, Jesús le responde comenzando con una pregunta: “¿Quién es el ecónomo fiel y prudente, a quien el Señor pondrá al frente de su personal para distribuirle la ración de trigo en el momento oportuno?

La parábola se aplica a Pedro y a todos los que tienen a su cargo “la gestión”, como decimos hoy. La tarea de la que habla el Señor es la de administrar las raciones de trigo en el momento oportuno. Se requiere fidelidad al señor y prudencia para conocer los tiempos y la medida de las raciones para cada uno del personal.

En realidad, cuando Pedro pregunta, el Señor le responde con una parábola especial para él, que será a quien “pondrá” a cargo de su Iglesia. El mecanismo “esto lo decís para mí” siempre logra una profundización por parte del Señor y es signo de buena oración, de uno que reflexiona y saca provecho para sí, como dice San Ignacio. Actitud contraria por cierto a la del que escucha el evangelio en las partes que “se le aplican a los otros” principalmente.

La bienaventuranza es grande: El Señor dice que pondrá a este servidor “sobre todos sus bienes”. Es como si lo hiciera Papa, digamos, ya que lo “encontró ocupado en este trabajo”. No viene mal pensar que esta parábola la estamos viviendo con la elección del Papa Francisco, uno a quien el Señor lo encontró (y cualquier día o noche que lo hubiera venido a buscar, al menos desde que lo conozco, puedo testimoniar que lo habría encontrado igual) trabajando por dar la ración a cada uno de los suyos. Y lo puso al frente de todos sus bienes. Feliz de él (y pobrecito él).

La parábola tiene una malaventuranza que la concreta y la refuerza. No hay aquí condena al infierno sino castigos, más y menos severos, a los que piensan que el señor tardará y se dedican a comer, beber, emborracharse y, lo que es peor, a maltratar a los servidores y servidoras más pequeños. Desdichados de ellos, desdichados de nosotros si nos encuentra así. El Señor refuerza que el trabajo se debe hacer rendir, los talentos son para dar fruto, la gestión debe ser eficaz, porque se nos ha confiado mucho, pero el punto no son las cosas sino el trato a los empleados más pequeñitos. Esto es distintivo en la Iglesia: cómo trata cada uno a los empleados…

Se distinguen las actitudes del señor ante los que velan y ante los que gestionan. A los primeros los premia con una cena; a los segundos, con más trabajo –les confía todos sus bienes-. Son dos parábolas muy distintas y diría que la segunda –la de la gestión- se ordena a la primera –la del velar-. La segunda nos revela la actitud última del Señor: la de sentarnos a la mesa en su Reino y mostrarnos su Amor sirviéndonos, ya que nosotros somos sus hijos y creaturas y más que servirlo a él El nos da todo a nosotros. La segunda, al no hablar de castigos eternos, sino de más y menos, y de premios que son más trabajos y administrar más bienes, es una parábola más para la historia, para nuestro tiempo de servicio en esta tierra.

¿Cómo le podríamos llamar a esta segunda parábola? Está en el género de las parábolas de la promoción social, digo yo. La solemos llamar la del administrador fiel y previsor. Esta frase siempre se aplica a San José, porque es el único que está a la altura, digamos, de un cargo así en la familia del Señor. También puede ser la del Patrón exigente, como el de la parábola de los talentos. Me gusta pensarla desde el detalle de “distribuir la ración de trigo en el momento oportuno” vs “pensar que el señor tardará en llegar”. Yo la llamaría: la parábola del administrador con sentido del tiempo. Este sentido tiene que ver con las personas, con el conocimiento de los tiempos de las personas: cuánto tarda en volver un Señor que nos ama, cuándo necesitan su ración los servidores y servidoras más pequeños… El detalle de los “servidores y servidoras pequeños” (paidas y paidiskas), es significativo. Pensemos que nuestra Señora se define como “servidora pequeña” y que Jesús se identifica “con uno solo de estos pequeñitos”. Si en la otra Jesús se reviste de “señor que sirve”, en esta se reviste de “servidor pequeñito maltratado o servido con la ración justa en el tiempo oportuno”. Diría que si la otra la titulamos “la parábola de los servidores felices de ser atendidos por Jesús” a esta la podríamos llamar: “la parábola de los servidores pequeñitos, maltratados por el que Jesús dejó a cargo”. Y así las dos parábolas hacen una sola: si ponemos en el centro a los pequeñitos de Jesús –los que velan su llegada, los que se dejan consolar por Él, los que son bien cuidados y tienen su ración en el momento oportuno y a veces son maltratados por los que están arriba.

 

Son estas dos parábolas de la misericordia especiales. Nosotros pensamos la misericordia solamente como perdonando pecados. Lucas, que es el que escribió las del Hijo pródigo, la oveja perdida y la dracma perdida, es también el que escribe estas que nos muestran una misericordia que va más allá de perdonar los pecados. Es la misericordia del señor que se compadece de que sus servidores hayan estado esperándolo y hayan dejado la casa impecable y les regala una cena servida por él mismo. Así como Jesús se compadece de la gente que anda como ovejas sin pastor, también se compadece de los servidores fieles, que se matan trabajando y tratan de hacer las cosas bien y, por supuesto, se cansan. Por eso es que el regalo de servirlos es también una obra de misericordia. Consolar al triste, quizás…, incluyendo lo de dar de comer al hambriento…

Es que a veces, luego de hacer todo bien, uno queda medio triste si no es reconocido o si alguno nota sólo lo que faltó… La misericordia también se vuelca –desbordante- sobre este aspecto de nuestra condición humana que se alegra tanto cuando descubre que el Señor no es un amo ni un patrón sino un amigo.

La otra parábola, la del trabajo, nos habla de una misericordia que se vuelca en los detalles –la ración justa en el momento oportuno, para los más pequeños-. Es algo que está a nuestro alcance y que el Señor valora muchísimo, tanto que premia desmesuradamente un vasito de agua dado a un pequeño y castiga severamente al que maltrata a los empleados pequeñitos. Esta misericordia es la nuestra, la que se nos regala para dar. Los cargos en la Iglesia son para hacer misericordia con los pequeños, no para gestionar el reino. Imaginense! Gestionar el reino de Uno que ni siquiera se pudo salvar a sí mismo, ni morir con algún decoro al menos!

La verdad es que hay algunos que, si uno mira cómo se visten, en qué autos van y en qué casas viven (me incluyo en lo de la casa) y sobre todo, cómo se comportan con los empleados, pareciera que se creyeron que el cargo de administrar que les han dado es para “gestionar el reino” y no para “hacerse amigos con el dinero de la iniquidad y purgar así sus pecados”.

La parábola del ladrón, que está en medio de las dos parábolas, sirve de despertador para los adormecimientos en las cosas del reino que suelen ir unidos a las trasnochadas de “divano-felicidad”, como le llamó el papa a la tentación de apoltronarse en vez de salir a servir.

Diego Fares sj

 

 

 

 

 

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El Señor designó a otros setenta y dos, y los envió de dos en dos para que lo precedieran en todas las ciudades y sitios adonde él debía ir. Y les dijo: «La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha. ¡Vayan! Yo los envío como a ovejas en medio de lobos. No lleven dinero, ni alforja, ni calzado, y no se detengan a saludar a nadie por el camino. Al entrar en una casa, digan primero: “¡Que descienda la paz sobre esta casa!” Y si hay allí alguien digno de recibirla, esa paz reposará sobre él; de lo contrario, volverá a ustedes. Permanezcan en esa misma casa, comiendo y bebiendo de lo que haya, porque el que trabaja merece su salario. No vayan de casa en casa. En las ciudades donde entren y sean recibidos, coman lo que les sirvan; curen a sus enfermos y digan a la gente: “El Reino de Dios está cerca de ustedes.”Pero en todas las ciudades donde entren y no los reciban, salgan a las plazas y digan: “¡Hasta el polvo de esta ciudad que se ha adherido a nuestros pies, lo sacudimos sobre ustedes! Sepan, sin embargo, que el Reino de Dios está cerca.” Les aseguro que en aquel Día, Sodoma será tratada menos rigurosamente que esa ciudad.»

Los setenta y dos volvieron y le dijeron llenos de gozo: «Señor, hasta los demonios se nos someten en tu Nombre.»

El les dijo: «Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo. Les he dado poder para caminar sobre serpientes y escorpiones y para vencer todas las fuerzas del enemigo; y nada podrá dañarlos. No se alegren, sin embargo, de que los espíritus se les sometan; alégrense más bien de que sus nombres estén escritos en el cielo.»

Y en aquel momento, exultó de gozo Jesús en el Espíritu Santo (Lc 10, 1-12; 17-21).

Contemplación

“Si somos ovejas venceremos, si nos convertimos en lobos seremos vencidos” (San Juan Crisóstomo).

Quizás sólo viniendo de Asís se pueda sentir que es verdad esto de que es bueno permanecer siendo ovejitas, esto de ir armados sólo con una misión, de dar paz a la gente y anunciar el Reino con alegría.

Quizás nunca haya sido tan consolador como hoy escuchar de labios de Jesús que lo de “estar como ovejas en medio de lobos” no es una situación terrificante o inevitable sino una misión.

Que estamos en medio de lobos no hace falta que lo diga Jesús.

La imagen del lobo solitario que va cargado de explosivos nos atemoriza al entrar en cualquier aeropuerto.

Las medidas económicas de muchos gobiernos se sienten como verdaderos zarpazos que le arrebatan a la gente que vive solo de su sueldo tajadas significativas de su limitado poder adquisitivo.

Cada tanto se vuelve patente el hedor de la corrupción que muestra cómo alguno estuvo rapiñando dinero para sí y escondiéndolo, literalmente, en guaridas y cuevas.

Los voces de muchos periodistas suenan más a aullidos que a comentarios y uno escucha como gruñen sus sarcasmos ideológicos amenazando a la manada rival.

Matar indiscriminadamente, dar zarpazos, rapiñar, aullar… son todas actitudes de lobo contra las que el Señor nos previene: si nos convertimos en lobos, perdemos.

Cuáles son las actitudes de ovejitas en medio de lobos?

Hay una de la que siempre habla el Papa y es caminar. Las ovejitas tienen que caminar. Y no solas sino todas juntas, así las puede proteger el pastor.

Por eso lo de ir ligeros de equipaje, sin dinero ni mochila ni calzado extra: caminar. La imagen “ no detenerse a saludar a nadie por el camino” nos habla de la misión de caminar. Si estamos en medio de lobos, la actitud de ovejitas es caminar…

La otra actitud, que también es central en el estilo de Francisco es la de dar la paz. Los mensajes suyos son de paz. Si la persona no es digna, la paz vuelve a él. Pero él no manda mensajes de guerra. Esto de Jesús de que los suyos dicen siempre y a todos: “que la paz descienda sobre esta casa”, es clave para distinguir a un cristiano. Jesús agrega que si hay allí alguien digno de la paz, esa paz reposará sobre esa persona y si hay alguien que no es digno o la rechaza, la paz volverá a nosotros. Pero a nosotros no nos toca discernir a esta casa sí y esta no. La paz de Jesús se desea a todos y se da a todas “las casas”. Podríamos decir: a todos los pueblos, a todas las culturas, a todos los grupos –sociales, religiosos, políticos, de género, de ideas y modos de accionar- a todos.

Luego de estas dos actitudes de ovejitas, la de andar siempre caminando y caminando como los rebaños con su pastor y la de dar la paz porque un rebañito de ovejas nunca puede dar miedo o generar violencia, sino que de su vista misma y de su modo de moverse emana paz, vienen otras actitudes que el Señor señala.

Una es la de entrar en las casas y permanecer un tiempo en ellas, compartiendo la comida. Es como decir que la actitud de paz no es algo que se da de lejos sino que requiere convivir, visitar, ser recibido, compartir. En ese tiempo el Señor nos hace poner especial atención a “curar a los enfermos”. Uno ve esta dedicación en el Papa Francisco que, en medio de la gente, saludando a todos, se detiene especialmente a acariciar y abrazar a los enfermos.

En este clima de paz y de cuidado por los más débiles, viene la misión de “anunciar el Reino”. El Reino no se anuncia como un estado de cosas sino como una cercanía. El reino no se instala sino que camina con los enviados y genera ese clima de paz y de obras de misericordia. Camina, no se impone: el que lo desea tiene que “entrar” por sí mismo. Y cada día se tiene que entrar y, si uno no desea permanecer puede salir.

No es un reino con papeles, visados, scanners y muros. Es más bien un reino en marcha: no se instala en nuestro territorio sino que nos pone a nosotros en camino. Camina a paso lento, como un rebañito de ovejas. Pero no se detiene a ocupar espacios sino que siempre está en movimiento.

Jesús dice que si alguno no recibe este anuncia ni se deja cautivar por esta cercanía, la actitud más “agresiva” diríamos es “sacudirse hasta el polvo de las sandalias” y seguir camino, remarcando no obstante que “el reino está cerca”.

Esta actitud de darle para adelante, de no detenerse a discutir, es lo que a algunos les desespera, literalmente, del Papa Francisco. Se ve en la exasperación de los comentarios, en las palabras fuertes, en las frases altisonantes, en la satisfacción que manifiestan cuando creen que lo atraparon en un error “in-dis-cu-ti-ble”.

El Papa les regaló la Amoris Laetitia a las familias y las que la gozan y se alimentan de sus palabras mansas y llenas de paz familiar, son bendecidas, y las que no, se la pierden por ahora, pero sepan que “está cerca” –que la “Alegría del amor familiar” está cerca-.

A los que discuten frases y citan definiciones antiguas, el papa los deja hablando solos. Ya se puso en camino a otras periferias y está planeando nuevos anuncios evangélicos para los pequeñitos.

Este seguir para adelante es tan suave que ni siquiera se nota que se sacude el polvo de los zapatos, pero el gesto está, aunque sea tan leve como cuando una ovejita sacude las patitas. Ni siquiera aquí hay la más mínima actitud de lobo. Respecto de esas preguntas impertinentes que algunos dejan picando el aire –al estilo de “cómo puede ser que haga esto”-, alguien dijo: este papa no responde preguntas sino que las plantea. Es ese gesto tan evangélico del Señor ante toda pregunta tramposa, de pegar media vuelta e irse a otra parte, a hablar con la gente que está interesada en recibir un evangelio.

La última actitud “de ovejita” con que el Señor remacha su envío misionero hace a la manera de cantar victoria: no se alegren porque el demonio se les someta sino porque sus nombres están escritos en el cielo.

Por tanto: nada de triunfalismos ni de revanchas de ovejas que festejan como lobos.

Caminar y caminar, dar la paz, quedarse con la gente y cuidar a los enfermos, anunciar la cercanía del reino, seguir adelante sin discutir, festejar sin revanchismos… Cada una de estas actitudes genera un ámbito vital que se expande como un reino por sí mismo. Son actitudes que dilatan el corazón y abren un espacio social distinto.

Lucas corona este envío misionero diciendo una frase misteriosa: “Y en aquel momento, exultó de gozo Jesús en el Espíritu Santo”.

El Señor confirma con el gozo la misión, el enviarnos así, como a ovejitas en medio de lobos. Nada confirma más que ver no solo alegría en los ojos del que nos envió sino ver que “exulta de gozo” cuando regresamos y le contamos lo que hicimos y cómo lo hicimos.

Esa imagen de Jesús exultando de gozo en el Espíritu Santo es la imagen evangélica más poderosa del nuevo testamento. Equivale a la Transfiguración, pero ésta no es solo ante los tres grandes amigos –Pedro, Santiago y Juan- sino ante los 72 discípulos y discípulas, ante la Iglesia que sale.

Dicen algunos que no entienden nada que Jesús nunca sonríe en el evangelio. Podemos imaginar de otra manera que con su mejor sonrisa a este Jesús que exulta de gozo en el Espíritu Santo?

Esta alegría y este gozo es su única arma, la que disuelve todo temor y quita todas las ansiedades, sospechas y escrúpulos.

Y el Señor nos la regala a los discípulos y discípulas que en misión fueron como ovejitas en medio de lobos y no se contagiaron de los lobos: volvieron como ovejas al seno de su Buen Pastor.

Diego Fares sj

 

 

 

 

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Después que Judas salió, Jesús dijo: 

«Ahora el Hijo del hombre ha sido glorificado

y Dios ha sido glorificado en él. 

Si Dios ha sido glorificado en él, 

también lo glorificará en sí mismo, 

y lo hará muy pronto. 

Hijos míos, ya no estaré mucho tiempo con ustedes.

Les doy un mandamiento nuevo: 

ámense los unos a los otros. 

Así como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros. 

En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos

en el amor que se tengan los unos a los otros» (Jn 13, 31-35).

 

Contemplación

Amense, nos dice Jesús. Así como Yo los he amado. Eso hará que la gente crea que ustedes son mis discípulos. Es decir: gente que aprende de Mí, gente que va ha hacer las cosas como Yo le diga (como en Caná).

No les van a creer porque ustedes muestren que han estudiado bien mis palabras y que sus interpretaciones son ortodoxas, dogmáticas, infalibles, fieles a la tradición. Los consideraran una secta o una religión más: gente que vive según unos valores y los defiende de manera tal que no deja entrar sino a los que piensan como ellos. La gente, también la ovejas mías que viven en los rebaños de otras culturas y religiones, intuye que Yo vine por algo más grande. Por eso sólo les creerán si se aman entre ustedes. Si se aman hasta el punto de crear comunidades abiertas y miseriocordiosas, capaces de incluir a todos, como dice Francisco.

El amor que nos manda poner en práctica Jesús más que un mandamiento es un don. Si escuchamos bien el mandato de amarnos entre nosotros tiene una condición: con el amor con que Yo los he amado. Ese “los he amado” apunta al Evangelio: allí se encuentran los gestos de Amor de Jesús. Desde los más pequeñitos, como cuando bendecía a los niños, hasta el más grande, el de su muerte en la Cruz.

Nos preguntamos: este amor ¿sólo está en el Evangelio? Tenemos que leer, llenarnos de sus hermosas imágenes y luego ¿con qué fuerza lo aplicamos? ¿Con las nuestras?

Justamente no. Todo lo contrario. Humanamente, cuando uno ha sido amado ese amor sigue activo en uno. En los besitos que una mamá da a los piecitos de su bebé está vivo el mismo amor con que su mamá la besó a ella. En la hospitalidad de uno para con sus amigos está vivo el amor de su abuelo que uno heredó a través de la hospitalidad de su padre…

Pero yo no siento, dirá alguno, esa fuerza del Amor con que Jesús me amó. Apenas decirlo y ya uno se da cuenta de que no es verdad. Al menos a veces la ha sentido. O la siente todo el tiempo cuando ama, pero el problema está en que siente más fuerte la fuerza contraria, la del amor egoista, la del amor con que uno se ama a sí mismo.

Hay algún modo para amar con el Amor con que me ha amado Jesús?

La fórmula en pasado perfecto lo salva al Amor, porque puedo volver a ese Amor tal como está en su fuente, en el Evangelio. Yo he amado con ese Amor, pero luego, por mis costumbres y hábitos, lo “reduje” al mío, digamos así. Amo con el amor de Jesús pero diluído, mochado, puesto en pausa, dejado de lado directamente, cada vez que me muevo por mis intereses egoístas.

Para amar con el amor con que Jesús me ha amado pueden ayudar tres cosas simples:

Una, volver a gustarlo reviviendo en la contemplación alguna escena de amor del Evangelio. Lo importante es esto: leer un pasaje o quedarme en un detalle, pero yendo a buscar sólo el amor que puso allí Jesús. Porque eso es lo que busco ver bien, contemplar en toda la riqueza de sus recursos, en toda la profundidad de  su entrega, en toda la  altura de su estima, en todos los más pequeños detalles de su ternura.

La segunda es reflexionando y agradeciendo, porque ese amor que Jesús puso allí ha tenido mucho que ver conmigo.

La tercera es elegir poner en práctica algún aspecto, el que tenga más a mano en  este momento, respondiendo con el gesto de amor que mi prójimo más inmediato me pida.

Estas tres actitudes de la oración, cuando me lleven a la practica, mientras esté haciendo ese gesto de amor “con el amor de Jesús” tal como lo vi, agradecí y elegí en la oración, tendrá una respuesta por parte del Señor. El responde inmediátamente a los que aman a sus pequeñitos: nos hará sentir un “a mí me lo hiciste, es a mí que me lo estás haciendo”.

Esta respuesta de Jesús es un amor presente. Yo diría que al hacer algún gesto con ese amor suyo, nosotros “entramos en el tiempo y en el espacio del evangelio”, entramos en el ámbito de su Reino, donde todo amor es presente.

Aquí, recordando una contemplación del 2010, me parece bueno listar diez señales de que Jesús responde confirmando la presencia real y motivante de su Amor en nuestro amor.

  1. Distingo claramente que sigo siendo un pecador, pero estoy amando a otro con el Amor de Jesús. El sentimiento es de alivio y paz, porque este amor le quita fuerza a la culpay me permite pedir perdón serenamente de mis pecados.

El amor de Jesús lava las culpas.

  1. La segunda señal viene de los otros. De repente alguien en la familia o entre los amigos nos hace notar que estamos un poco monotemáticos: hablamos mucho de la obra en que trabajamos. Se nota que la queremos.

El amor de Jesús hace hablar oportuna e inoportunamente.

  1. La tercera señal tiene que ver con un modo nuevo de (no) sentir el tiempo: pasa cuando uno se quedó trabajando en tanta paz y no se dio cuenta de que se pasó la hora.

El amor de Jesús trae una paz que no es como la que da el mundo

  1. La cuarta señal es una experiencia del yugo: lo que antes era difícil ahora se hizo fácil lo pesado se volvió liviano.

El amor de Jesús es un yugo suave y llevadero

  1. La cuarta señal es un sentimiento de gustoque da hacer bien el bien. Se nota por ejemplo en que uno empiece a llegar más temprano y se vaya más tarde…

El amor de Jesús nos hace gustar el bien.

  1. La sexta señal de que Jesús responde cuando amamos con su amor es un volvernos como cuando eramos niños: uno experimenta que puede trabajar como quien juega. De hecho se ríe mucho y se divierte con los compañeros.

El amor de Jesús nos hace como niños.

  1. La séptima señal es que se nos despierta algún tipo de creatividad: uno siente que le viene una cierta caradurez para hacer cosas nuevas, distintas de “lo que siempre se hizo así”.

El amor de Jesús hace hacer cosas siempre más grandes.

  1. La octava señal tiene que ver con fidelidad: uno agarra el bien y no lo suelta. Da testimonio en las malas y hasta se alegra con las persecuciones.

El amor de Jesús crea lazos de fidelidad.

  1. La novena señal es la alegría interior: un brillito en los ojos en medio de las tareas más humildes y escondidas.

El amor de Jesús nos da una alegría que nadie nos puede quitar.

  1. La décima señal es una transfiguración de la realidad, un solcito interior que ilumina la belleza en las almas mas pobres y hace que uno sienta que recibe calidez al mismo tiempo que la da.

El amor de Jesús glorifica lo que toca.

 Estas “respuestas de Jesús”, esto hay que decirlo, son muy respetuosas de nuestra libertad. Uno puede hacer de cuenta como que no las sintió y el Señor no insiste. Deja constancia que estuvo y cada tanto regresa y nos hace sentir su amor. Pero Él espera que como los de Emaús, respondamos a esa “calidez que sentimos en el corazón” con un gesto de hospitalidad de corazón: Quédate con nosotros, que atardece.

Una cosa linda de estas “respuestas” de Jesús a los gestos que hacemos con su amor es que puede responder con la uno o con la diez. Hay gente humildísima que vive con el brillito en los ojos del noveno paso toda la vida y hay gente que siempre está en el primer paso, de necesitar sentir de nuevo el alivio de su culpa. Santa Teresita dice que cuando se daba cuenta de su fragilidad decía: otra vez estoy en el primer escalón. Pero lo decía sin enojo ni desilusión para consigo misma. Le alegraba poder ofrecer siempre de nuevo su imperfección.

Diego Fares sj

 

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Llamarle la atención a Dios

Un día, Jesús estaba orando en cierto lugar, y cuando terminó,
uno de sus discípulos le dijo:
«Señor, enséñanos a orar, así como Juan enseñó a sus discípulos.»
El les dijo entonces:
«Cuando oren, digan:
Padre
¡Que sea santificado Tu Nombre!
¡Que Venga Tu Reino!
El pan nuestro, el necesario para la existencia, dánoslo cotidianamente,
Y perdónanos nuestros pecados,
Porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe;
Y no nos metas en la prueba.
Jesús agregó:
«Supongamos que algunos de ustedes tiene un amigo
y recurre a él a medianoche, para decirle:
“Amigo, préstame tres panes, porque uno de mis amigos llegó de viaje y no tengo nada que ofrecerle,” y desde adentro él le responde:
“No me fastidies; ahora la puerta está cerrada, y mis hijos y yo estamos acostados. No puedo levantarme para dártelos.”
Yo les aseguro que aunque él no se levante para dárselos por ser su amigo, se levantará al menos a causa de su insistencia y le dará todo lo necesario.
También les aseguro: pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá. Porque el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abre. ¿Hay entre ustedes algún padre que da a su hijo una piedra cuando le pide pan? ¿Y si le pide un pescado, le dará en su lugar una serpiente? ¿Y si le pide un huevo, le dará un escorpión? Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más vuestro Padre celestial dará desde el cielo el Espíritu Santo a los que se lo pidan!» (Lc 11, 1-13).

Contemplación

El dibujo de Fano con esa María pequeñita que, con sus manitos juntas y su mirada pícara, “capta” la atención del Espíritu, me conmovió el corazón. La mente me decía que no era el dibujo que correspondía, ya que no aparecían ni Jesús ni el Padre y el evangelio era justo el del Padrenuestro, pero ¡quién mejor que María para rezar el Padrenuestro, quién mejor que ella para sentir lo que significa que el Padre da su Espíritu a quienes lo desean! Guiándome más por el gusto que por la razón, comencé a mirar bien el dibujo. Primero el espacio: en ese espacio entre la Altura del Espíritu y las rodillas en tierra de María, se hacen sentir Jesús y el Padre. ¡Y están! Los podemos descubrir, pequeñitos también ellos, en la imagen del Triangulo con dos Remienditos –esa Trinidad Remendada- que es como le gusta representar a Fano a Dios.
Advertimos también la perspectiva en la que nos sitúa el autor: nos pone entre María y el Espíritu y, entre los dos, más cerca del Espíritu, que gira su cabecita porque algo le tocó el corazón.
Al mencionar el corazón se ilumina María arrodillada en la Sombra de un Corazón grande. Eso remite a un Sol que está más Alto y nos recuerda la frase del Arcángel: “el Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cobijará con su sombra”. Esa es la escena que dibujó Fano y es lo que acontece cada vez que alguien reza con fe, como dice Jesús: “¡Cuánto más vuestro Padre celestial dará desde el cielo el Espíritu Santo a los que se lo pidan!”.
Nos detenemos un instante en el giro de la cabecita del Espíritu. Con su vuelo surca el Reino a gran altura y sin embargo la oración de María le hace girar la cabecita “para mirar con bondad su pequeñez”.
Es como otra faceta de la escena, que la vuelve casual, cotidiana. No es un vuelo teledirigido y planeado sino una advertencia al pasar. Esto pinta muy bien lo esencial de la escena en la que Jesús está rezando y los discípulos le piden “Enséñanos a rezar”. Por un lado, el Maestro les regala las palabras infinitas del Padre Nuestro, que abarcan el Reino en toda su amplitud, altura y profundidad, y por otro lado les cuenta la parábola del amigo hincha que despierta a su amigo a medianoche para pedirle tres pancitos para otros amigos que cayeron de visita.
Nos enseña así Jesús que la oración es para las cosas grandes y para las cosas pequeñas. Para pedir la justicia del Reino y para encontrar el botón que se perdió. Lo que importa es la fe, esa confianza filial de los hijitos con su Padre Y la fe de los niños se consolida tanto con los gestos grandes con que los papás los cuidan y los defienden de los peligros y con los gestos pequeños que les prometen un regalito y se lo dan luego de un jueguito de escondidas.
La confianza filial se teje en lo grande y en lo pequeño. Por eso el Padre nuestro hay que aprender a rezarlo para el pan de cada día y para que venga el Reino y su justicia en todo el esplendor de su gloria y su poder. Jesús nos enseña a rezar deseando lo grande en lo pequeño, conectando mi pancito con el pan de todos, mi perdón de las pequeñas deudas cotidianas con el perdón de las deudas grandes, no solo las sociales sino las definitivas, el perdón de las deudas que nos apartarían del cielo.
En el pan de cada día bendecido y hecho Eucaristía, está el deseo multiplicado del pan que sacia todas las hambres de todos los hombres del mundo.
En el perdón de las ofensas personales está el deseo de la paz que calme todas las violencias y agresiones del mundo.
En pronunciar el Nombre del Padre, bendiciéndolo e invocándolo en secreto muchas veces, está la Gloria inabarcable de un Dios cuyo corazón se ensancha si se puede decir así cuando el hombre, su hijo querido, vive y ama.
En el deseo del Reino, con sus semillas que dan ciento por uno, sus ovejitas encontradas, sus tesoros escondidos y sus fiestas de bodas, están unificados en una misma dinámica el Bien grande y el bien pequeño.
En el “hágase tu voluntad” expresamos claramente la voluntad definitiva del Cielo y la cambiante de esta tierra y de nuestra historia.
De la misma manera está unida la petición de que nos libre del Maligno y del Mal mayor con la petición de que no nos deje caer en cada tentación.
Lo grande y lo pequeño, lo definitivo y la fugaz, lo serio y lo “sin importancia” van de la mano en la oración de los hijos.
Le pedimos al Señor y a María que nos enseñen a rezar de tal manera que nuestra oración le “llame la atención a Dios”, que haga que el Espíritu se de vuelta en su vuelo y obediente a la Voluntad del Padre atienda los deseos de sus hijos y nos llene con su Llenura.
Diego Fares sj

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Encantados por el Reino o “el magnificat de Jesús”

El Señor designó a otros setenta y dos,
y los envió de dos en dos para que lo precedieran en todas las ciudades y sitios adonde él debía ir. Y les dijo:
«La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha.
¡Vayan! Yo los envío
como a ovejas en medio de lobos.
No lleven dinero, ni alforja, ni calzado,
y no se detengan a saludar a nadie por el camino.
Al entrar en una casa, digan primero:
“¡Que descienda la paz sobre esta casa!”
Y si hay allí alguien digno de recibirla, esa paz reposará sobre él; de lo contrario, volverá a ustedes.
Permanezcan en esa misma casa, comiendo y bebiendo de lo que haya, porque el que trabaja merece su salario. No vayan de casa en casa.
En las ciudades donde entren y sean recibidos, coman lo que les sirvan; curen a sus enfermos y digan a la gente:
“Se ha vuelto cercano a ustedes el Reino de Dios.”
Pero en todas las ciudades donde entren y no los reciban, salgan a las plazas y digan:
“¡Hasta el polvo de esta ciudad que se ha adherido a nuestros pies,
lo sacudimos sobre ustedes! Sepan, sin embargo, que se ha vuelto cercano el Reino de Dios.”
Les aseguro que en aquel Día, Sodoma será tratada menos rigurosamente que esa ciudad.»
Los setenta y dos volvieron y le dijeron llenos de gozo (jarás):
«Señor, hasta los demonios se nos someten en tu Nombre.»
El les dijo:
«Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo. Les he dado poder para caminar sobre serpientes y escorpiones y para vencer todas las fuerzas del enemigo; y nada podrá dañarlos. No se alegren, sin embargo, de que los espíritus se les sometan; alégrense más bien de que sus nombres estén escritos en el cielo.»
Y en aquel momento, exultó de gozo (egalliasato) Jesús en el Espíritu Santo (Lc 10, 1-12; 17-21).

Contemplación
El Magnificat de Jesús es misionero. Igual que su Madre, el Señor exulta de gozo lleno del Espíritu Santo al contemplar cómo el Padre se revela a los pequeñitos. Los ojos del Señor y todo su corazón están centrados en la misión. En el ir y venir de Jesús a los hombres y de la gente al Señor.

El maestro les comunica a los Setenta y dos el espíritu con que deben salir a misionar. Y no sólo les dice cómo deben ir sino cómo deben actuar en medio de la misión y cómo deben regresar.
Nos hace bien detenernos a escuchar atentamente qué es lo que nos encomienda el Señor a todos, ya que la misión de los setenta y dos abarca a todos los discípulos misioneros, cualquiera sea su estado de vida.

Comencemos por lo que nos encomienda que hagamos. Teóricamente es mejor comenzar por el llamado y el don, pero todo discípulo siente cierta urgencia práctica. “No le des mucha vuelta Señor, decime qué querés que haga y yo lo haré”.
Bueno, aquí tenemos los verbos bien concretitos para nosotros:
Rueguen-vayan, coman-curen, entren-permanezcan-digan, salgan-digan, alégrense (de… estar incluidos).

“Rueguen” al Padre es la primera acción que el Señor encomienda a los discípulos misioneros. Este ruego brota espontáneo al mirar el mundo tal como lo ve Jesús; con una mirada de discípulos misioneros, como dice Aparecida.

Jesús mira el mundo como una gran cosecha, lo ve lleno de cosas buenas, de frutos que el Padre ha sembrado y que Él junto con nosotros, tenemos que cosechar. Experimentamos con Él la abundancia de bienes y los pocos que somos los cosechadores. Esta mirada hace elevar nuestro corazón al Dueño de los frutos y rogarle que envíe más cosechadores.

Se trata de una mirada positivísima, de una manera de ver al mundo que no es la que estamos acostumbrados. Cuando nos dicen misión y envío lo primero que resuena en nuestra mentalidad es “nos mandan a trabajar porque el mundo anda mal”. Nada de eso. Es como si Jesús mirara la Argentina y viera los campos sembrados de soja, de trigo y maíz espirituales y sintiera que hay que convocar más gente para esa cosecha sobreabundante.

El comienzo de la misión parte de contemplar un derroche de bienes y de belleza que hay que cosechar. ¡Qué no se pierda tanto bien! Ese es el ruego. Que muchos sintamos todo lo bueno y hermoso que podemos hacer juntos con Jesús. El bien está a la mano, hace falta “pescar hombres”, convocar cosecheros, manos que quieran cosechar los frutos.

El final de la misión es el gozo exultante de Jesús en el Espíritu Santo, bendiciendo al Padre que hace cosechar tantos bienes a gente pequeñita. La alegría al regresar de la misión es también sobreabundante, igual que la cosecha.
Como vemos, la belleza, el gozo, la alegría, el derroche de bienes, son lo primordial en el Reino de Dios.
Las fronteras del Reino son –objetivamente- terreno cultivado y con frutos abundantes, y –subjetivamente- sentimientos de plenitud y de gozo ante la potencia del Padre que hace dar frutos de Vida a los hombres.

Cuando Jesús manda a anunciar que el Reino de Dios se ha vuelto cercano, lo que está queriendo comunicar es que “una cosecha abundante de bienes y de gozos” está a la mano, en medio de la sociedad. Hace falta ver con los ojos de la fe para que todo este bien se vuelva visible y experimentable. Al mandarlos a ellos antes de ir Él en persona, lo que está queriendo el Señor es despertar la atención de la gente para que, cuando lo vean a Él en medio de ellos, caigan en la cuenta de que Él es el Reino de Dios actuando entre nosotros. Jesús es el fruto que hay que “cosechar” en el corazón del mundo, fruto que se come y da Vida, fruto sembrado que ha ido creciendo en lo secreto, fruto que se comparte y alimenta, que se vuelve a sembrar y da el ciento por uno.

¿A qué se opone esta mirada espiritual, positiva, esperanzada, gozosa?
Se opone a toda riqueza menor, a todo bien que no sea el Reino mismo. Por eso el Señor hace ir en pobreza, sin muchas cosas en las manos: porque es más grande y hermoso lo que hay que cosechar que lo que uno puede llevar. Hay que rogar con las manos juntas y salir con las manos abiertas. Más que lo que tenemos que dar es lo que tenemos que juntar y cosechar.

Esta mirada encantada y deslumbrada ante tanto bien por cosechar es lúcida de los peligros. El que está cosechando en cierta manera está indefenso. No puede usar sus manos para tener armas porque las tiene llenas de frutos.
El Señor sabe que esto implica estar en la vida “como corderos en medio de lobos”. El que está atento al bien que hay que cosechar sufre los zarpazos y las mordidas de los lobos. Sin embargo el Señor redobla la apuesta: nada de previsiones. Ni para el propio confort ni para la defensa.

Las culturas y las personas que están deseando el Reino recibirán a los enviados y reposará sobre ellos la paz. Tendrán así la buena disposición para que pueda ser cosechado en ellos el Fruto del Reino de Dios, que es Jesús, el Hijo de Dios venido en carne.
Es tan sólido y verdadero este Bien y está tan maduro ya para la cosecha, que urge que los hombres se den cuenta, para que puedan elegir y jugarse por acogerlo y comenzar a vivirlo. Está tan extendido el fruto que no se puede perder tiempo en convencer al que no quiere participar en la cosecha. Se anuncia de todas maneras que El Reino está cerca, que lo tienen a la mano, pero se parte para otra ciudad si en una no quieren recibirlo.
Ni los enemigos (lobos) ni los que no tienen interés o rechazan a los enviados tienen peso al lado del peso glorioso de la cosecha de bienes que tenemos para cosechar. Jesús envía discípulos misioneros a convocar gente que quiera trabajar en torno a lo positivo, cosecharlo, desarrollarlo, compartirlo, extenderlo… No somos un ejercito a la defensiva sino cosechadores de bienes y sembradores de esperanza.
………..
Tenemos en el Hogar una colaboradora que ha venido de España. Habla con todo el salero y a todos nos encanta. Y contaba cómo le preguntaba un comensal del desayuno “que cuánto ganaba ella. Porque para venirse de España ha hacer este trabajo, debe ser mucho”. Y que “cuando yo les digo sonriente que no gano nada ¡hombre!, que lo hago por gusto, y es que me encanta poder servir en un lugar así, pues que no se lo creen!”. Y lo dice de tal manera que uno se da cuenta de que sí se lo creen. Y que si uno no se lo cree, cuando pasa con el plato o con la panera, ella ya está sirviendo a otro, igual de encantada.

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María, ese espacio seguro de la visita de Dios

Levantándose María en aquellos días
se encaminó con premura
a la montaña, a un pueblo de Judá
y entró en la casa de Zacarías
y saludó a Isabel.
Y aconteció que, apenas esta oyó el saludo de María,
exultó el niño en su seno,
e Isabel quedó llena del Espíritu Santo,
y levantó la voz con gran clamor y dijo:
– ¡Bendita tú entre las mujeres
y bendito el fruto de tu vientre!
¿De dónde a mí (esta alegría): que la madre de mi Señor venga a mí?
Porque he aquí que, apenas sonó la voz de tu saludo en mis oídos,
exultó de alegría el niño en mi seno.
Dichosa la que creyó que se le cumplirían plenamente
las cosas que le fueron dichas de parte del Señor (Lc 1, 39-45).

Contemplación

La Visitación: “¿De dónde a mí esta alegría: que la Madre de mi Señor venga a mí?”
María con Jesús en su seno visita a todos.
María visita a Isabel, su prima anciana, y hace que todo el Antiguo Testamento se convierta en Precursor en la persona de Juan Bautista y cobre sentido si se orienta a Jesús, el Esperado.

María visita a Juan, se va a su casa, enviada por su Hijo en la Cruz, y apacienta a los discípulos hasta la Visita del Espíritu Santo en Pentecostés.

María visita a su pueblo fiel y lo invita a visitarla a ella en sus Santuarios, apacentando a todos. Como dice hoy Miqueas:
“Los apacentará con la fuerza del Señor,
con la majestad del nombre del Señor su Dios
y ellos habitarán tranquilos su tierra y él mismo será su paz”

Visitando y siendo visitada María nos apacienta en Jesús.

Jesús ha prometido claramente la gracia de estas visitas:
“Yo soy el pan de vida. El que viene a mí nunca tendrá hambre,
y el que en mí cree no tendrá sed jamás”
“Todo aquel que el Padre me da, vendrá a mí,
y al que a mí viene, no lo echo fuera.
Escrito está en los Profetas: “Y todos serán enseñados por Dios”.
Así que, todo aquel que oye al Padre y aprende de él, viene a mí” (Jn 6, 35-45).

En María todo va y viene hacia Jesús.
Ella ha nacido del Espíritu que “sopla donde quiere” (Juan 3, 8)
y la lleva a visitar a Isabel, la lleva a centrar a los discípulos, la lleva a apacentar a su pueblo .

En este Adviento hemos estado contemplando los espacios donde Dios viene a nosotros:
el cielo y el desierto.
Y el espacio del Espíritu en el que el Señor nos mete:
el espacio común y jerárquico de la Iglesia.
Hoy contemplamos a María como espacio de Dios.
En ese pequeño espacio que ocupa una persona
se abre un espacio espiritual infinito para Dios:
en el seno puro de María viene a habitar el Verbo hecho carne,
el Hijo del Padre Altísimo.
María se convierte así en Templo vivo,
en Iglesia que camina y sale a visitar a sus ovejitas.
Ella, la Pastora, es espacio de pastura en el desierto para los corderitos del Señor.
Ella, la Mujer de carne como la nuestra, es Puerta abierta al espacio del Cielo, a lo gratuito de la gracia del Señor.

María es espacio abierto para Dios y crea espacios de adoración y de alabanza con su presencia y con sus visitas.
Sus pequeñas imágenes que están constantemente visitando nuestras casas van creando ese espacio común y santamente ordenado en torno al bien, a la verdad y a la belleza, que llamamos el reino de Dios.

En María nuestro pueblo fiel siente que “llega a un espacio seguro”.
No hay torno a ella nada que sea barrera o exclusión.
En ella es verdad que Jesús “no rechaza a ninguno de los que, porque n en su interior la enseñanza del Padre, vienen a Él”.

María es espacio jerárquicamente ordenado.
El aparente “desorden” que reina en los santuarios, en los que parece que todas las ovejitas andan por donde quieren en el corral, es sólo aparentemente desordenado.
Si uno pudiera ver los corazones (y a veces se ven clarísimamente en los ojos iluminados de la gente que mira a la Madre), vería que están cada uno en su sitio, en la cercanía justa entre Ella y los demás.
Los más sinceros y amantes, imantados por ella hasta esa cercanía que los hace girar en torno al Amor como un planeta en torno a su Sol.
Los más lejanos, visitados por el cariño y la palabra de Ella que los apacienta, que sin dejar de girar en la órbita de su Amor a Dios, se inclina y se acerca a sus pequeñitos: “De dónde a mí que la Madre de mi Señor me venga a visitar”.

A los que como Isabel anciana, su peso excesivo no los deja salir a Jesús atraídos por la enseñanza del Padre, María les acerca a Jesús visitándolos ella misma.

Ir a visitar o recibir la visita, la alegría y el gozo es el mismo.

Salir a apacentar o ser apacentados son dos caras de la misma moneda, ya que siempre somos discípulos misioneros.

María la primera: la visitada por el Espíritu y la que visita llenando del Espíritu a los demás.

La invitamos a nuestra casa, para que nos ensanche el corazón esta Navidad y podamos hacernos un lugarcito para recibir la visita del Niño Jesús.
Y le pedimos la gracia de salir, con ella, a visitar a los que no pueden responder como tanto desearían a esa atracción del Padre hacia su Hijo Amado.
Salir a visitar a los pobres de Dios,
salir con el deseo de apacentar de María,
creando esos espacios comunes y ordenados en torno a la bondad y a la belleza, que son pesebres –casas, hogares e iglesias- donde nace y si ha muerto resucita el Reino de Dios.
Diego Fares sj

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