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Posts Tagged ‘Resurrección’

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“Pasado el sábado, al amanecer del primer día de la semana, con María (la de Santiago), fuimos a ver el sepulcro. De pronto, se produjo un gran terremoto pues el Angel del Señor bajó del cielo y, acercándose, hizo rodar la piedra y se sentó sobre ella. Su aspecto era como el relámpago y su vestido blanco como la nieve. Los guardias se pusieron a temblar de espanto ante él y se quedaron como muertos. El Ángel se dirigió a nosotras, las mujeres y nos dijo: «Ustedes no tengan miedo, yo sé que buscan a Jesús, el Crucificado; no está aquí, ha resucitado, como lo había dicho. Vengan, vean el lugar donde estaba, y ahora vayan en seguida a decir a sus discípulos: “Ha resucitado de entre los muertos, e irá delante de ustedes a Galilea; allí lo verán”. Esto es lo que tenía que decirles.» Nosotras, partimos a toda prisa del sepulcro, con mideo y gran gozo y corrimos a dar la noticia a sus discípulos. En esto, Jesús nos salió al encuentro y nos saludó diciendo: «Alégrense». Nosotras, acercándonos, nos abrazamos a sus pies y lo adoramos. Entonces Jesús nos dijo: «No teman; avisen a mis hermanos que salgan para Galilea; allí me verán» (Mt 28, 1-10).

Contemplación

Aunque al narrar el evangelio así, en primera persona, saqué mi nombre, y dejé el de “la otra” María, como la llama Mateo, ya se habrán dado cuenta de quién es la que habla. La tradición se hace lío con tantas Marías en el evangelio. Las dos Marías que fuimos  al santo Sepulcro la mañana de Pascua. Las tres Marías que estabamos al pie de la cruz. María, la hermana de Lázaro… A mí me gusta recordar la primera vez que Lucas me nombra como “una más del pequeño grupo de mujeres” que acompañabamos al Señor y lo servíamos con nuestros bienes: “Le acompañaban los Doce, y algunas mujeres que habían sido curadas de espíritus malignos y enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios, Juana, mujer de Cusa, un administrador de Herodes, Susana y otras muchas que les servían con sus bienes” (Lc 8, 2-3). Por esto de los siete demonios muchos me identifican con esa pobre mujer que fueron a ‘sorprender’ en adulterio, la que querían apedrear delante del Señor! También me confunden con la otra María, la hermana de Marta y de Lázaro, por lo de los perfumes… Y con la otra pecadora, a la que el Señor dijo que se le había perdonado mucho porque “había amado mucho”. A mí me hacen sonreir estas “confusiones” de nombre. Me gusta lo que dice Pablo, que: “Todos los bautizados en Cristo nos hemos revestido de Cristo: y ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos somos uno en Cristo Jesús” (Gal 3, 26-28).

Si ahora me identifico más es para que mi testimonio les llegue mejor a ustedes, no por otra pretensión, ni para satisfacer ninguna curiosidad.

Mi nombre cristiano, mi identidad, lo que soy por gracia, no me viene ni de afuera –del rol que teníamos las mujeres en mi época y que ha cambiado en la de ustedes-, ni de adentro –de mis heridas o de mis deseos-, sino de Otro, de Él. Fue el Maestro el que terminó de configurar y consolidó para siempre en mí la conciencia de lo que soy por su gracia cuando me llamó por mi nombre:

María -me dijo-,

y yo le respondí con el suyo para mí:  Rabbuní.

Y ahí está todo.

Lo que digan los demás, y lo que a veces yo misma cavilo, me tiene sin cuidado.

Pero lo que quería compartir con ustedes en esta mañana de Pascua, es que mis nombres más lindos no son nombres propios – al fin y al cabo, como decía, mi nombre propio es el más común-, ni tampoco nombres que signifiquen cargos o títulos jerárquicos dentro de la Comunidad. Mis nombres más lindos son nombres de los gestos que mi Maestro tuvo conmigo; nombres de lo que hizo conmigo y de lo que me permitió hacer por Él. Y en eso los invito a identificarse conmigo y con los otros discípulos y discípulas. Los invito porque es una verdad también para ustedes que, en el Maestro, todos nosotros podemos ser uno. Es como que juntándonos en torno a Él quedamos “revestidos” de Él.

El “hace nuevas todas las cosas” y lo primero que nos renueva es el nombre: nos regala nombres nuevos, nos reviste con los nombres de la resurrección.

¿Cuáles son estos nombres?

Son los nombres del evangelio. Hay una infinidad. Son tantos como los gestos y las obras de misericordia, de anuncio y de adoración…

Uno se los puede probar cada día y revestirse con uno de ellos. Tienen que ver con preguntarse no tanto “quién soy” (lo cual está bien, como dice su Rabbuní –Francisco-) sino primero: “para quién soy hoy”.

Los que nos da el Señor son nombres para otros. Nombres de acción. ¡Pruébenselos ustedes! Prueben lo que se siente, por ejemplo, luego de confesarse, ponerse como nombre “la-pecadora-perdonada” o “el-pecador-perdonado”.

Yo soy “La pecadora perdonada” (con el “la” como usa la gente del interior).

Para mí ese fue el primer nombre con que me bautizó el Señor y no lo cambio por nada, aunque le agregue otros nombres, también muy significativos, este siempre está en la base. Soy “La pecadora perdonada”, de la que salieron los siete espíritus impuros que poseían mi corazón y lo dejaron libre para que sólo fuera su Dueño mi Rabbuní.

Prueben también, en esta semana santa, llamarse “uno-o-una-de-los-que-están-junto-a-la-Cruz-de-Jesús”. Este nombre a mí también me encanta. Me lo puso Juan, que fue el que mejor me conoció. Los otros discípulos, a los que el Señor nos mando a anunciarles que había resucitado, siempre se quedaron un poco con la primera impresión –de locas- que se hicieron de nosotras al vernos llegar tan alborotadas. Y parece que de alguna manera la transmitieron, porque por lo que veo, en el imaginario eclesial, apenas si hay alguna imagen de nuestra “Anunciación”. A mí me pintan siempre llorosa y a los pies del Señor, penitente y sensual a la vez… Pero como alegre compañera de evangelización, poco o nada. No importa. Decía que Juan, en cambio, como habíamos estado juntas con él y María su Madre, al pie de la Cruz, nos miraba de otra manera. Haber estado allí aquellas interminables horas nos cambió todo, nos fundió en un solo sufrimiento los corazones. El gólgota nos quitó toda presunción, toda exageración, nos hizo “testigos veraces”…, nos hizo confiar entre nosotros. Por eso a Juan le bastó vernos a los ojos para creer.

“La pecadora perdonada” es un nombre íntimo. Un nombre con el que sólo el Maestro abre y cierra nuestra vida. El otro, en cambio, el de “uno de los que estamos junto a la Cruz de Jesús”, es un nombre “social”, de grupo. Es el nombre que ilumina nuestra pertenencia a la comunidad, nuestro quehacer solidario y nuestro compadecer junto con los demás. Es un nombre que nos pone junto a María, su Madre, que más que “una de las que estábamos” era “La que estaba”, “La que está siempre junto a toda cruz”. Este es un nombre que nos hermana a Jesús, un nombre que nos iguala con los pobres, con todos los que sufren. ¿Quién hay que no “esté junto a alguna cruz?”

Prueben también llamarse “uno-de-los-que-buscan-a-Jesús-el-Crucificado”. Este nombre nos lo puso el Angel y les confieso que me tocó en lo más profundo del corazón. Es tan propio nuestro andar “buscando (temiendo) a un Crucificado. Como si algo en lo más íntimo nos dijera “mirá que ahí termina todo: en una cruz”. “¿Cuál será la próxima desgracia?”, nos preguntamos. Y caminamos hacia ella resignados. Sin embargo este nombre tiene algo lindo. Es un nombre “puerta”, como yo le llamo. Es verdad que uno camina siempre al encuentro de alguna cruz, de algún sepulcro, de su cita personal con su muerte…Yo puedo dar testimonio de cuánto es verdad esto de que buscamos muertos. Acuérdense que tenía delante a mi Maestro Resucitado y mis lágrimas sólo me permitían pensar en su cuerpo muerto. De allí me vino otro nombre: el de “la-que-llora-porque-no-sabe-dónde-han-puesto-a-su-Señor”. Estos tres últimos nombres parecen medio fúnebres, es cierto. Pero hablan de fidelidad. Y desde que El Señor no faltó a su cita con la muerte, desde que Él abrazó la Cruz, esta se abrió y se convirtió en puerta hacia la vida. Fue por perseverar junto al sepulcro vacío que el Señor se me manifestó primero.

Y entonces me cambió el nombre -nos lo cambió a las dos- y fuimos: “Las-que-abrazan-a-los-pies-de-Jesús-y-lo-adoran”. En este nombre exageramos un poco con la efusividad y el Señor nos pidió que lo soltáramos, porque todavía no había ido al Padre. Pero ahora, gracias al Espíritu que nos hace “adoradores en Espíritu y en Verdad” podemos abrazar y adorar todo lo que queramos.

De todos estos nombres hay uno que le llama la atención a los demás y es “La-primera-a-la-que-se-le-manifestó-Jesús-resucitado”. Este sería un nombre sólo para mí… Pero lo de “la primera” va en la dirección de los títulos y los cargos y no pega conmigo.  Además, si uno lee bien Marcos dice: “Jesús resucitó en la madrugada, el primer día de la semana, y se manifestó primero a María Magdalena, de la que había echado siete demonios” (Mc 16, 9). Para mí, más que nombre mío es el Nombre de Él. Mi Maestro es: “El-resucitado-que-se-manifestó-primero-a-María Magdalena-y-a-las-otras-mujeres”. Porque de hecho, si bien Marcos y Juan me mencionan a mí sola, Mateo y Lucas nos mencionan a varias.

El asunto es que esto de que se manifestara primero a las mujeres siempre trajo cola. Con Pedro lo charlamos muchas veces, porque él y Juan nos creyeron. Al menos fueron a ver. Pero los otros! A los de Emaús pareciera que fue nuestro anuncio lo que terminó de convencerlos de que la cosa no daba para más y se marcharon. Se les veía en la cara lo de “esto es demasiado”. Lo lindo es que después a ellos les gustaba llamarse “Los que están de vuelta”, y eran de los más respetuosos con nosotras. Se nos ponían al lado, un paso atrás. Quizás por que comprendían lo que es sentir que los otros te envidian un poco por ser preferidos. Ellos habían tenido al Señor como compañero de camino y gracias a que siguieron la corazonada de invitarlo a quedarse aquella tarde, les partió el Pan! Nada menos.

Por cosas como esta yo digo que el que lleva la palabra “primero” no es nombre mío o nuestro sino del Señor: El lleva por Nombre “El que se manifiesta primero a los pequeños”. En todo caso, el nombre que nos queda a nosotras a partir de su acción es el de “testigos”. Simples y pequeñas testigos.

Este nombre, el de testigos, es clave en la Iglesia. Es el fundamento de la jerarquía apostólica. Cuando hubo que cubrir el lugar de Judas, se eligió, tirando los dados!

-con ese buen humor y esa simplicidad propios sólo de la Iglesia cuando está consolada-. Se sorteó entre los que “anduvieron con nosotros todo el tiempo que Jesús convivió con nosotros, para ser constituido “testigo de la resurrección” (Hc 1, 21). Es tan fuerte este nombre –“testigos del Resucitado”- que por ahí a alguno o a alguna se le sube a la cabeza. Se me sugirió –un poco a destiempo, por supuesto- desde la época de ustedes que por qué no reclamaba mis derechos. “Vos sos la primera testigo. Te tendrían que poner a vos en lugar de Judas”. “E incluso primero que Pedro”, se entusiasmó otro…

Yo pienso que, como reclamo, tal vez sería justo. Pero automáticamente me haría perder para adelante, lo que se me donó. Porque el Señor sigue siendo “El-que-se-manifiesta-primero-a-los-pequeños”, y a mí, lo que me interesa en la vida es que se me siga manifestando mi Rabbuní. ¿O acaso no está claro que “Él se manifiesta primero a los últimos”? Yo creo que el Señor dejó bien claro que este es el camino por donde viene su Don: viene primero por los más pequeños y se da siempre para beneficio de los más pequeños. La autoridad y la jerarquía es puro servicio de este Don. Y además, está en un lugar intermedio, que un día desaparecerá. Y yo no quiero perder “Lo que no desaparece”

Pero bueno, cada uno tiene que hacer su propio camino en esto del nombre que quiere tener y el nombre que le dan en la Iglesia.

Además, como dice San Ignacio, basta “tener entendimiento” del evangelio para darse cuenta de que la primera Testigo del resucitado fue su Madre. Como decía un padre español contemporáneo de ustedes y muy simpático: Esta es una verdad obvia. Al Señor le habían quitado la ropa y se habían sorteado su túnica. Así es que seguro que lo primero que ha hecho al resucitar es ir a casa de su Madre a buscar esa ropa de recambio que ella siempre le tenía lista”.

Así como la primera vez el Don vino a través de la pequeñez de “su servidora” –como le gusta a Ella que la llamemos-, así también en Pentecostés, el Don del Espíritu vino a los que estábamos reunidos en torno a Ella. Y si Ella no reclama…

En esta Pascua de ustedes, del 2017 dC, les deseo la gracia del Evangelio de hoy: que “El Señor les salga al encuentro y les diga, como a nosotras, ¡Alégrense!”.

Cumplo así con mi oficio y mi rol dentro de la Iglesia, que es el de consolar a los amigos del Señor, con el nombre que no acaba nunca de: “La-que-anunciauna-y-otra-vez-que-el-Maestro-ha-resucitadoy-que-los-espera-en-Galilea-y-que-sube-a-su-Padre-y-nuestro-Padre”, para que de esa alegría y de la contemplación de tanta gloria y gozo del Señor resucitado, sienta cada uno su pertenencia a la Iglesia de Cristo y descubra sus nombres: esos que se forman con los nombres de aquellos a los que el Señor nos envía cada día a consolar y misericordiar.

 

 

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Cuando se aproximaron a Jerusalén, al llegar a Betfagé, junto al monte de los Olivos envió Jesús a dos discípulos, diciéndoles: «Vayan  al pueblo que está enfrente de ustedes, y enseguida encontrarán un asna atada y un pollino con ella; desátenlos y tráiganmelos. Y si alguien les dice algo, dirán: El Señor los necesita, pero enseguida los devolverá. »

Esto sucedió para que se cumpliese el oráculo del profeta:

Digan a la hija de Sión: He aquí que tu Rey viene a ti, manso y montado en un asna y un pollino, hijo de animal de yugo.

Fueron, pues, los discípulos e hicieron como Jesús les había encargado: trajeron el asna y el pollino. Luego pusieron sobre ellos sus mantos, y él se sentó encima.

La gente, muy numerosa, extendió sus mantos por el camino; otros cortaban ramas de los árboles y las tendían por el camino. Y la gente que iba delante y detrás de él gritaba:

« ¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas! »

Y al entrar él en Jerusalén, toda la ciudad se conmovió. « ¿Quién es éste?»  decían.

Y la gente decía: « Este es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea » (Mt 21, 1-11).

 

Contemplación

“Si alguien les dice algo…”

Yo soy ese “alguien”. Pero no les dije nada a los discípulos. Más aún, yo mismo desaté mi asna y le dí una palmada al burrito que se fue con ellos de lo más contento, como si supiera que iba a ver a su Dueño. Con mi padre criamos burros y los alquilamos. También la gente nos deja los suyos para que se los cuidemos cuando vienen en peregrinación al Templo. Tengo más o menos la edad del Maestro y he seguido todas sus cosas. No hemos hablado nunca, pero él me vió una vez entre la gente y en su mirada yo supe que me conocía. Por eso me ha llenado de alegría este gesto de confianza de parte suya. El sabe que aquel día en que lo escuché hablar, tuve fe en Él. En el sentido de que interiormente hice una especie de promesa de que, si me necesitaba para lo que fuera, podía contar conmigo. Así que cuando vi que sus discípulos entraban en mi corral como si fueran de mi familia, me dije a mi mismo: “era verdad”. Era verdad todo lo que había sentido aquel día: que Él había escuchado mi ofrecimiento. Todo era cierto. Nunca pensé que me fuera a pedir mi burra y el burrito. Confieso que había pensado en cosas más heroicas. Que me llamaba a ser su discípulo, a dejar todo y a seguirlo… A veces me inquietaba pensando si sería capaz de dejarlo todo: mi familia, mis animales, mi terreno… Pero Él solo me pidió prestada mi burra y su pollino. Fue solo por esa mañana. Al mediodía ya me los habían devuelto. Y aunque los evangelios no lo dicen, Él en persona pasó a agradecerme por la tarde. Fue un gesto de su parte. Quería pagarme pero yo, por supuesto, no le acepté nada (debo decir que me chocó mucho la actitud del que tenía la bolsa, ya que apenas yo dije que no quería nada, al mismo tiempo que el Señor insisitía, él ya había cerrado la bolsa y miraba para otro lado…). Le ofrecí al Señor que se quedaran en mi casa, pero me dijo que iba camino a Betania, que está un poco más abajo, a casa de Lázaro y de sus hermanas. Comprendí inmediatamente. En toda la región no se hablaba de otra cosa que de la resurrección de Lázaro. Aunque fue muy amable y no solo saludó a mi mujer y a mis hijos sino que le dio unas palmadas al burrito, que con Él no se mostraba para nada desconfiado como con los extraños, lo ví preocupado. Había tenido un encontronazo con las autoridades del Templo y la gente comentaba que había expulsado a los vendedores, en un arranque de ira como nunca se había visto. Yo después les decía a todos que a nosotros nos había parecido el hombre más manso del mundo. Pero parece que lo del Templo fue impresionante. Dio vuelta las mesas de dinero y con el látigo él mismo movió a los animales. Nadie lo hubiera dicho viéndolo ahora acariciar a mi burrito. Yo se que lo suyo fue un gesto, como esos que la Escritura narra de los profetas. Pero la gente estaba alborotada. Unos decían que debía ser nuestro Rey. Otros desconfiaban, porque las autoridades decían que era un falso profeta. La cuestión es que yo le había dado mis animales y, montado sobre mi asna, Él había entrado triunfalmente en nuestra Ciudad Santa. Bueno, las cosas grandes todos las saben. Yo cuento lo chiquito, lo que me pasó a mí. Y debo decir que hubo algo más. A la mañana siguiente, Él pasó de nuevo. Iba otra vez al Templo y sucedió lo de la higuera. Ustedes sabrán que Betfagé, el nombre de mi pueblo, significa “Casa de las brevas o de los higos verdes”. Pues bien, una higuera quedó seca de raíz esa madrugada. Dicen que el Señor, “al amanecer, cuando volvía a la ciudad, sintió hambre; y viendo una higuera junto al camino, se acercó a ella, pero no encontró en ella más que hojas. Entonces, dicen que le dijo a la higuera: “que nunca jamás brote fruto de ti!” Y al momento se secó la higuera”. Yo quedé muy impresionado. Por la maldición y porque no era tiempo de higos. Miraba la higuera y miraba mi burra y el burrito y pensaba que menos mal que había tenido todo preparado. Creo que estos signos cobraron sentido después de la pasión del Señor. Estas muestras de poder contrastaron con la mansedumbre que mostró al recibir la flagelación y al tener que cargar con la cruz. Los que habíamos sido testigos de la expulsión de los vendedores del Templo y de la maldición de la higuera, que se secó en un instante como si le hubiera caído un rayo, comprendimos que Él iba libremente a la pasión, que nadie le quitaba la vida sino que Él mismo la entregaba. Pero, como decía, estas reflexiones más teológicas, creo que las puede hacer cualquiera. Yo me quedo con que Él ya me conocía (como le dijo a Natanael, que lo había visto cuando estaba debajo de la higuera); Él ya sabía de mi deseo hondo de estar disponible para cualquier cosa que necesitara y, cuando se dio la oportunidad, mandó  a que me pidieran mi burra y el borriquito. Me quedo también con ese gesto que tuvo de volver a agradecerme personalmente. Y lo de querer pagar el alquiler de los animales. Imaginense. He visto que en su época, el sucesor de uno de sus discípulos (de Simón Pedro, al que el Señor mandó a que me trajera la burra después de su entrada triunfal en Jerusalen), también volvió al albergue a pagar el alquiler después de que lo habían elegido Papa. Son esas cosas concretas que a la gente común nos dicen más que todas las teologías. Cuando a la semana siguiente, después de la muerte del Señor, los mismos discípulos comenzaron a anunciar que había resucitado, yo fui de los primeros en unirme a ellos y en hacerme bautizar. Y no uso la expresión vulgar de que “habría que ser muy burro para no darse cuenta de que quién era Jesús”, porque sería faltarle el respeto a mi borriquito, que tan a gusto se había sentido con el Maestro, y que tan campantemente lo había acompañado, junto a su madre, guardando en sus grandes orejas la maravillosa música de las aclamaciones del pueblo, sobre todo las hurras y viva viva de los chicos de Jerusalen, que desde aquel día venían siempre a verlo y me pedían si lo podían montar un rato, como si fueran cada uno un Niño Jesús, y le daban  terrones de azucar… Ellos lo reconocen como el burrito sobre cuya madre el Hijo de David entró proféticamente en la ciudad Santa y yo no dejo de maravillarme de que mi asna y mi burrito, que siempre han sido parte de mi trabajo cotidiano, hayan cobrado un valor tan grande, como para darle sentido a toda mi vida, ya que me ha bastado siempre mirarlos nada más un momento, para que se me agolpen en la memoria –llenándome de consuelo- todos los hechos de la pasión de Jesús y los que siguieron a su resurrección bendita y sienta que, gracias a mi burra y a su borriquito, yo fui protagonista y puedo ser testigo de tanto bien que nos ha venido a todos gracias a Jesús, que quiso comenzar la semana santa de su entrega entrando humildemente en Jerusalen montado sobre mi asna y mi burrito.

 

Diego Fares sj – Domingo de ramos A 2017

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 Se acercaron a Jesús algunos saduceos, que niegan la resurrección, y le dijeron: «Maestro, Moisés nos ha ordenado: Si alguien está casado y muere sin tener hijos, que su hermano, para darle descendencia, se case con la viuda. Ahora bien, había siete hermanos. El primero se casó y murió sin tener hijos. El segundo se casó con la viuda, y luego el tercero. Y así murieron los siete sin dejar descendencia. Finalmente, también murió la mujer. Cuando resuciten los muertos, ¿de quién será esposa, ya que los siete la tuvieron por mujer?»

Jesús les respondió:

«En este mundo los hombres y las mujeres se casan, pero los que sean juzgados dignos de participar del mundo futuro y de la resurrección, no se casarán. Ya no pueden morir, porque son semejantes a los ángeles y son hijos de Dios, al ser hijos de la resurrección. Que los muertos van a resucitar, Moisés lo ha dado a entender en el pasaje de la zarza, cuando llama al Señor el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. Porque Él no es un Dios de muertos, sino de vivientes; pues todos viven para él. Al oír esto la gente se maravillaba de su doctrina. Pero los fariseos, al enterarse de que había tapado la boca a los saduceos, se reunieron en grupo…» (Lc 20, 27-38).

Contemplación

La “antiparábola” de la viuda que se casó siete veces debió parecerle muy ingeniosa a los saduceos. Ingeniosa como es ingenioso el mal, cuando quiere ser cruel, burlarse y herir. Sin embargo es patético que alguien ponga toda su inteligencia para burlarse de Alguien como Jesús, en vez de preguntarle humildemente acerca de un tema tan grande como el de la resurrección. La resurrección de la carne –que el Señor nos resucitará con toda nuestra historia, esa que se graba en nuestra frágil carne mortal- es el misterio de la Vida mismo y no puede ser tratado irónicamente ni con silogismos ingeniosos. Que no la podamos “demostrar” científicamente como se muestra la energía que se enciende en nuestro cerebro cuando pensamos y amamos, no significa que tengamos que desarraigar esta esperanza que habita de alguna manera en nuestro corazón.

Toco aquí la palabra corazón y me viene lo más hondo que he leído en mucho tiempo. Es de Romano Guardini y lo dice describiendo a Stavròghin, un personaje de su obra “Los demonios”:

“Stavròghin no tiene corazón; por eso su espíritu es frío y vacío y su cuerpo se intoxica en una pereza y sensualidad bestial. No tiene corazón, por eso no puede encontrar íntimamente a nadie y nadie se encuentra verdaderamente con él. Porque solo el corazón crea la intimidad, la verdadera cercanía entre dos seres. Solo el corazón sabe acoger y dar una patria. La intimidad es el acto, la esfera del corazón. Stavròghin está siempre infinitamente lejano, incluso de sí mismo, porque interior a sí el hombre sólo puede serlo con el corazón, no con el espíritu. El hombre no tiene en su poder el entrar en la propia interioridad con el espíritu. Por eso, si el corazón no vive, el hombre es un extraño para sí mismo”.

            Sin enredarnos en muchas distinciones, lo que me iluminó como un rayo es esa frase de Guardini que afirma que, a la intimidad, se entra de corazón o no se entra.

Esto es para todos los que se hacen lío con los razonamientos y cuando algún Saduceo moderno da cátedra sobre la evolución, sobre la química del cerebro o sobre la materia, se confunden y dudan de lo que dice el Evangelio porque les parece que es poco científico.

Nuestro corazón es ese misterioso “corazón” (iba a decir “lugar” o “centro” pero es una palabra primordial, no hay otra palabra para decir corazón que “corazón”) donde laten al unísono lo que llamamos espíritu y lo que llamamos carne. No somos “espíritu y carne”. Lo que somos sólo lo podemos saber si entramos en nuestro corazón y si lo hacemos de corazón.

Si entramos allí donde “latimos”, donde somos amados y amamos.

Si entramos allí donde sabemos si somos amados o no.

Si entramos amando “de todo corazón”, como decimos.

Cuando Jesús dice que Dios es un Dios de vivientes, está diciendo que Dios es Dios de los corazones. Sin corazón un cerebro puede ser reemplazado por una computadora, porque no tiene capacidad de “decidir por amor”. 

Confesiones de un Saduceo (2007)

Creo que fue la serena convicción con que lo dijo lo que me llevó a reflexionar…

Sí, fueron más sus ojos sin rastro de ira ante nuestra burla, que pretendía avergonzarlo en público, lo que me llamó la atención.

Después se sumaron otros detalles, especialmente el contraste entre la gente, que se maravillaba de su doctrina y la furia de mis colegas (más contra la satisfacción que le producía a los fariseos el ver cómo nos había tapado la boca, que contra Él…).

Yo había ideado y escrito la “anti-parábola de la viuda resucitada”, como le dí en llamar. Y me creí que era verdaderamente ingeniosa. El inventaba parábolas que describían el cielo de los resucitados con la intención de cambiar nuestras costumbres en la tierra y a mí se me ocurrió proyectar una situación terrena para burlarme de sus ideas del cielo. Esperaba, al menos, otra parábola en respuesta. O que rebatiera el argumento, como hizo con lo de la moneda del César…

La verdad es que el Rabbí me resultaba interesante.

Oírlo discutir con los fariseos me encantaba y prefería su apertura moral antes que la sarta de leyes escrupulosas sobre las que ellos discutían interminablemente…

Pero lo que no podía entender era cómo un hombre inteligente como él podía creer en la resurrección de los muertos.

Soy capaz de comprender que los que trabajan en torno al templo y viven de la religión, necesiten prometer algo bueno a la gente para mantenerla sumisa y colaboradora. Para ello, nada mejor que hablarles del cielo mientras se aprovechan de su dinero en esta tierra… Pero que alguien pobre y humilde como el Rabbí, sin ambiciones ni intereses personales y a la vez tan inteligente, hablara tanto del cielo, me intrigaba mucho. ¿No se daba cuenta que con eso favorecía a los comerciantes de la religión?

La verdad es que la explicación que dio de las Escrituras, lo de que seremos como ángeles y que no nos casaremos, no la seguí mucho. Lo que me golpeó fue la última frase. Me miró especialmente a mí, como si supiera que era yo el que había inventado la anti-parábola y dijo: “Él no es un Dios de muertos sino de vivientes; pues todos viven para él”.

Lucas no lo pone, pero Mateo y Marcos sí lo registraron: Él dijo también: “Ustedes están en un error grave, por no comprender bien las Escrituras”.

Si hay algo que no me gusta es estar en un error; y menos que me lo digan en público. Pero que me dejen ahí, sin más explicaciones y que todo el mundo se dé por satisfecho con lo que dijo el que me corrigió, ya es el colmo.

Ahí me di cuenta de que la gente no tenía interés en nuestras discusiones de palabras: estaban fascinados con la Palabra de Jesús.

Cualquier cosa que él dijera, estaba bien.

No se ponían a pensar si podrían cumplir todo lo que él les decía.

Sus palabras, simplemente, les conmovían el corazón.

No eran “razonables”, como esos argumentos que suenan lógicos, pero te dejan afuera.

Sus palabras entraban en uno y permanecían, como si se aposentaran.

Sin apuro por dar fruto…

Entraban mansamente en el corazón, como semillas en la tierra blanda por la llovizna…  

Y eso fue lo que me pasó a mí. Le escuché decir que nuestro Dios no es un Dios de muertos sino de vivos y se despertó en mí el deseo de ese Dios Vivo; le escuché decir que todos vivimos para él y se despertó en mi corazón el deseo de vivir también yo para él.

¡El deseo! ¿Pueden creer que estando ante Él, por primera vez en mi vida, descubrí lo que era tener un deseo? Hasta ese momento yo había tenido necesidades. Y tenía claro que cuando las satisfacía, dejaban de interesarme. Así entendía yo esas ideas del cielo: como una carencia que algunos pretendían llenar con una ilusión.

Pero al escucharlo hablar del Cielo a Él, algo nuevo se movió en mi corazón. Deseaba que siguiera hablando.

Aunque dijera cosas dolorosas, como eso de que estábamos en un grave error. Todo lo que percibía en él, su coherencia, su señorío, su limpieza, su sinceridad… todo, eran cosas positivas que despertaban deseos de más en todas mis facultades.

No sé si han tenido alguna vez la experiencia de estar ante una persona así, cuya sola presencia basta para que uno no quiera otra cosa sino seguir estando ante ella. Gozando de que esté viva, quiero decir. Gozando de que exista.

¡El Dios vivo del que hablaba era Él mismo!

Y distinto a la vez.

Y no es que le brillara ninguna luz especial.

El Dios vivo estaba en sus Palabras.

Se hacía presente en cada una de sus Palabras como si fueran Palabras vivas, capaces de crear lo que nombraban.

Cada Palabra suya era como un tapiz bordado, como una pieza musical… Cada Palabra que salía de sus labios iluminaba como un amanecer,

limpiaba el alma como un viento fuerte,

regaba el corazón como una acequia que trae agua de la montaña.

Y después que decía las cosas así, la experiencia no desaparecía, sino que cada Palabra se guardaba ella misma en mi corazón y quedaba disponible, como un tesoro escondido, como una fuente de agua viva, para ser de nuevo saboreada como… ¡como un pan vivo…!

Desde entonces creo en él.

Creo en su Dios, que no es un Dios de muertos.

Creo en la resurrección de la carne, de la que me burlaba por ignorante.

Creo todo, porque lo dice Él.

Y lo más asombroso es que creo como toda la gente sencilla que cree en Él y se le acerca. Es más, quiero mezclarme con esa gente de manera tal que nada me distinga, para que nada me distraiga de estar cerca de Él. Cuánto más anónimo y escondido yo, uno más entre los otros, todos juntos e iguales, más Él, más en Él.”

Diego Fares sj

 

 

 

 

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Jesús se dirigió a una ciudad llamada Naím, acompañado de sus discípulos y de una gran multitud. Justamente cuando se acercaba a la puerta de la ciudad, llevaban a enterrar al hijo único de una mujer viuda, y mucha gente del lugar la acompañaba. Al verla, el Señor se conmovió y le dijo: “No llores”. Después se acercó y tocó el féretro. Los que lo llevaban se detuvieron y Jesús dijo: “Joven, yo te lo ordeno, levántate”. El muerto se incorporó y empezó a hablar. Y Jesús se lo entregó a su madre. Todos quedaron sobrecogidos de temor y alababan a Dios, diciendo: “Un gran profeta ha aparecido en medio de nosotros y Dios ha visitado a su Pueblo”. El rumor de lo que Jesús acababa de hacer se difundió por toda la Judea y en toda la región vecina (Lc 7, 11-17).

 

Contemplación

 

Hay noticias que se transmiten solas. En un mundo que inventa noticias, que las arma y las difunde con medios poderosos, hay otras, que por la fuerza misma de su verdad, se transmiten boca a boca y se imponen por sí mismas. Los intentos de manipulación vienen después y a veces logran confundir, pero cuando una buena noticia se difunde es imparable. Ha ocurrido algo maravilloso, único. Por eso la noticia vuela con una fuerza que se contagia, que no se puede callar. “Viste lo que pasó?”. “Supiste lo que hizo Jesús?” Así se difunde boca a boca la buena noticia de la resurrección del hijo único de la viuda de Naím. Qué no fue solo una resurrección maravillosa en cuanto hecho físico e individual. La gente vio cómo Jesús “se conmovió y lleno de una compasión entrañable y sin que nadie le pidiera nada, resucitó a este joven en un impulso que le nació del corazón y se lo devolvió vivo a su madre”. Esto fue lo que la gente comentaba: todo lo que vivieron todos en esa resurrección.

 

Me llamó la atención que una traducción que tenía hablara de “rumor”: “El rumor de lo que Jesús acababa de hacer se difundió por toda la Judea y en toda la región vecina”. La palabra que utiliza Lucas es “logos”: el “logos” de lo que había hecho Jesús…

Fui a ver las traducciones en otras lenguas y todas eran distintas. Una francesa decía: “el ruido” de lo que había hecho Jesús. Rumor no en el sentido de “una noticia no confirmada” sino en el sentido de algo que “hace ruido”, como decimos. Una alemana prefiere decir: “la narración de esta historia”, porque “logos” significa también “narración” o “una historia que se cuenta”. Los italianos traducen “este dicho” de lo que Jesús había hecho, y otra: este razonamiento en torno a él”. Porque “logos” es “razonamiento”, en el sentido de que no se cuenta un hecho nomás sino que se interpreta –con razón- como algo único. Los ingleses, más asépticos, traducen: “el informe o reporte” de lo que Jesús había hecho.

Y así, cada lengua matiza distinto. Es que “logos” es una palabra común, pero cuando se refiere a Jesús, que es “el Logos hecho carne”, adquiere una fuerza especial. Lucas quiere hacer notar que el pueblo, la gente, vivió la resurrección del hijo de la viuda como lo que era: un milagro inmenso. Se apoderó de ellos el temor de Dios, dice Lucas, y glorificaban al Señor con palabras de la Escritura. Veían a Jesús como “un gran profeta que ha surgido entre nosotros” y decían llenos de alegría: “Dios ha visitado a su pueblo”.

La frase “ha surgido” (egerthe) significa “se ha puesto de pie” y los evangelios la usan para hablar de la resurrección de los muertos. La gente siente que en ese joven han resucitado todos, que Jesús mismo es como un profeta resucitado.

Esta es la experiencia doble del milagro de la resurrección del joven: por un lado, la gente siente que El que lo resucita “es” Él mismo resurrección y vida; por otro, la gente siente que se trata de una visita de Dios a todo su pueblo: si resucita un joven, resucitamos todos.

En Lucas la experiencia de fe del pueblo de Dios es como un abrazo lleno de amor y de devoción que envuelve a Jesús creyendo en Él, esperando todo de Él, acompañándolo con atención, bebiéndose sus palabras, grabando en los ojos del corazón todo lo que hace. Jesús actúa en medio de su pueblo, haciendo las cosas –las obras buenas del Padre- para suscitar la fe en la gente, para que crean y reciban vida. No había mediación entre Jesús y su pueblo en aquella época. Las noticias no llegaban a la gente a través de los medios. Los que habían visto el milagro lo contaban en su casa, a su familia y a sus amigos. Y estos a los suyos. Por eso la fe que nos transmite la Iglesia, es una fe viva, en la que importa no sólo lo que Jesús hace –los milagros- sino cómo lo recibe la gente, cómo lo entiende y cómo interactúa con Jesús, haciendo que se manifieste.

El evangelio no es un libro de escritorio. Se nos cuentan los “logos” de Jesús, las historias de lo que hizo, tal como las veía, experimentaba y transmitía la gente que lo rodeaba. Y lo que Jesús hacía y decía era en respuesta y en diálogo con esa gente, con ese pueblo suyo. Nosotros solemos dejar de lado las expresiones que nos cuentan cómo se alegraba la gente o que la noticia corría de boca en boca. Y sin embargo esta recepción y esta fe de la gente es parte constitutiva del Evangelio, es la buena noticia que Jesús hace que la transmita la gente misma. Los evangelios como libro son luego una expresión (no exhaustiva ni mucho menos) de esta fe y evangelización viviente que suscitó Jesús en su pueblo, haciendo exclamar a la gente: Dios ha visitado a su Pueblo.

….

Este jueves y viernes, los sacerdotes venidos de muchas partes del mundo, tuvimos un día de Ejercicios Espirituales que nos dio el Papa Francisco. Y luego una misa, en la que Francisco se quedó saludando largamente a sus sacerdotes. La experiencia fue única y se notaba la consolación en los curas. Uno me escribió después:

“Francisco hablo como un padre que comunica la vida a sus hijos. No una clase. Transmitía vida. Si hubiera podido nos hubiera abrazado a todos”.

Me llegaron de manera muy especial estas frases: “transmitía vida” y “nos hubiera abrazado a todos si hubiera podido”.

Es lo mismo del evangelio de hoy, lo mismo que el pueblo de Dios sentía con Jesús. Las dos experiencias: la de la persona misma que está transmitiendo vida y el sentirse todos abrazados en el abrazo que da a cada uno. Cuando alguien habla abrazando no se lo puede escuchar sino abrazándolo. Así escuchaba el pueblo fiel de Dios a Jesús. Y ese abrazo el Señor obraba y enseñaba.

En ese abrazo, el Logos es Palabra que comunica vida a sus hijos, Palabra que resucita y brinda la Alegría del Evangelio.

Fuera de ese abrazo, el logos será un rumor, un informe, una historia de algo que pasó…

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Diego Fares sj

 

 

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Jesús, nuestra Resurrección

Había un hombre enfermo, Lázaro de Betania, del pueblo de María y de su her¬mana Marta. María era la misma que había ungido con perfume al Señor y enjugado sus pies con sus cabellos. Su hermano Lázaro era el que estaba enfermo. Las herma¬nas enviaron a decir a Jesús: «Señor, tu amigo está enfermo.» Al oír aquella frase, Jesús dijo:
«Esta enfermedad no es mortal; es para gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.»
Jesús tenía predilección por Marta, por su hermana y por Lázaro. Sin embargo, cuando oyó que este se encontraba enfermo, se quedó dos días más en el lugar donde estaban.
Después les dijo a sus discípulos: «Volvamos a Judea.» Ellos le dijeron: «Maestro, hace poco los judíos querían apedrearte, ¿y quieres volver allá?» Jesús les respondió: «¿Acaso no son doce la horas del día? El que camina de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo; en cambio, el que camina de noche tropieza, porque la luz no está en él.» Después agregó: «Nuestro amigo Lázaro duerme, pero yo voy a despertarlo.» Le dijeron: «Señor, si duerme, se curará.» Ellos pensaban que hablaba del sueño, pero Jesús se refería a la muerte. Entonces les dijo abiertamente: «Lázaro ha muerto, y me alegro por ustedes de no haber estado allí, a fin de que crean. Vayamos a verlo.» Entonces, Tomás, el Mellizo, como le apodaban, les dijo a los otros “Vayamos también nosotros a morir con él.»

Cuando Jesús llegó, se encontró con que Lázaro estaba sepultado desde hacía cuatro días. Betania quedaba de Jerusalén sólo a unos tres kilómetros y muchos judíos habían venido a consolar a Marta y a María, por la muerte de su hermano.
Al enterarse Marta de que Jesús llegaba, salió a su encuentro, mientras María permanecía en la casa. Al verlo le dijo: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto. Pero yo sé que aún ahora, Dios te concederá todo lo que le pidas.» Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará.» Ella le respondió: «Sé que resucitará en la resurrección del último día.»
Jesús le dijo: «Yo soy la Resurrección y la Vida.
El que cree en mí, aunque muera, vivirá;
y todo el que vive y cree en mí,
no morirá para siempre.
¿Crees esto?»
Le respondió:
«Sí, Señor, creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que viene al mundo.»
Entonces, sin decir más, lo dejó y fue a llamar a María, su hermana, y le dijo en voz baja: «El Maestro está aquí y te llama». Al oír esto, se levantó rápidamente y fue a su encuentro. Jesús no había llegado todavía al pueblo, sino que estaba en el mismo sitio donde yo lo había encontrado. Los judíos que estaban en la casa consolando a su hermana, al ver que ella se levantaba de repente y salía, la siguieron, pensando que iba al sepulcro para llorar allí.
María llegó adonde estaba Jesús y, al verlo, se postró a sus pies y le dijo:
«Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto.»
Jesús, al verla llorar a ella, y también a los judíos que la acompañaban, se estremeció en su espíritu y se conturbó, y preguntó:
«¿Dónde lo pusieron?».
Le respondieron: «Ven, Señor, y lo verás.»
Y Jesús lloró.
Los judíos dijeron: «¡Cómo lo amaba!» Pero algunos decían: «Este que abrió los ojos del ciego de nacimiento, ¿no podría impedir que Lázaro muriera?»
Jesús, conmoviéndose nuevamente, llegó al sepulcro, que era una cueva con una piedra encima, y dijo:
«Quiten la piedra.»
Marta le dijo:
«Señor, huele mal; ya hace cuatro días que está muerto.»
Jesús le dijo:
« ¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?»
Entonces quitaron la piedra, y Jesús, levantando los ojos al cielo, dijo:
«Padre, te doy gracias porque me oíste.
Yo sé que siempre me oyes,
pero lo he dicho por esta gente que me rodea,
para que crean que tú me has enviado.»
Después de decir esto, gritó con voz fuerte:
« ¡Lázaro, ven afuera!»
El muerto salió con los pies y las manos atados con vendas, y el rostro envuelto en un sudario.
Jesús les dijo:
«Desátenlo para que pueda caminar.»
Al ver lo que hizo Jesús, muchos de los judíos que habían venido a la casa creyeron en él (Juan 11, 1-45).

Contemplación
Nos vamos quedando en alguna frase que nos tocan más.

“Tu amigo está enfermo”.
En otra contemplación había expandido la traducción: “Tu amigo, el que amas, está enfermo”. Pero hoy “tu amigo” basta. Pienso que los tres hermanos eligieron bien la frase para hacerle sentir a Jesús lo que querían. Y quizás querían lo mismo pero de distinto modo. Marta, por ejemplo, pensó que esa frase lo haría venir rápido a curar a su hermano. Por eso le reprochó: “Si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto”. Pero “tu amigo está enfermo” es una frase muy especial: contiene más que un mero pedido. Le hace saber a Jesús que su amigo Lázaro deja en sus manos lo que tiene que hacer. Explícitamente no le pide nada. Quiere que sepa nomás.

“Esta enfermedad no es mortal; es para gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella”.
Me llama la atención que Jesús diga la misma frase que dijo cuando le preguntaron quién tenía la culpa de la enfermedad del ciego de nacimiento. Es una frase contenedora. Jesús la pone como freno y como marco de contención a todo lo que viene luego. El Padre está primero. La Gloria del Padre. Que se vea bien clara la bondad del Padre y que el Hijo es el que hace todo lo que el Padre quiere.

«Padre, te doy gracias porque me oíste. Yo sé que siempre me oyes, pero lo he dicho por esta gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado.»
Antes de hacer el milagro de resucitar a Lázaro, Jesús se dirige al Padre en voz alta y nos revela lo que desea: que creamos en Él como enviado del Padre.
Esa referencia al Padre nos indica a dónde tenemos que mirar primero antes de comprender lo que hace Jesús. Todo hombre –Jesús también como hombre- tiene una referencia interior hacia Aquel que le ha dado la vida. Todos buscamos íntimamente, sin que nadie nos lo enseñe, a nuestro Padre. Cada vez que constatamos que nuestra vida es un Don, nos preguntamos por el Donante. Algunos con alegría, agradeciendo, como Jesús. Otros con angustia, sintiendo que se les oculta el rostro de su creador. Algunos buscan más, otros posponen la búsqueda… que siempre renace, especialmente en los momentos fuertes de la vida. ¡Dios mío!, decimos.
Si uno no está conectado con la pregunta por el Padre, Jesús tiene poco o nada que decir. Si uno está buscando al Padre, todo lo que dice y hace Jesús va cobrando nitidez de respuesta. Por eso el Señor hace tantos milagros con gente que no es “oficialmente” religiosa. Eran gente “conectada con Dios interiormente”, libre de las convenciones religiosas que suelen “tapar” la búsqueda personal.
Jesús, por tanto, se hermana a todo hombre que se siente creatura y que busca adorar al Padre en espíritu (desde lo más personal de sus afectos) y en verdad (sin inventar nada, buscando). Escuchemos de nuevo la frase, que es admirable: «Padre, te doy gracias porque me oíste.Yo sé que siempre me oyes, pero lo he dicho por esta gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado.»

Padre.
El Padre es todo para Jesús. El viene a enseñarnos a buscar y a querer al Padre. Si le preguntamos otras cosas, de esas que interesan a cada cultura y a cada época, Jesús a veces responde y otras no. Es más, puede que otras personas y otras religiones y filosofías tengan respuestas mejores. Jesús es experto sólo en el Padre. Busca sólo que sea glorificado, amado y adorado. En lo demás, Jesús no destaca sino que se suma a los hombres sus hermanos. Por eso el cristianismo es una religión pobre, somos pobres culturalmente y por eso nos podemos inculturar. Nuestra única riqueza es Jesús. Y la de Jesús es el Padre. Eso tenemos para dar y casi todo lo demás lo tenemos que aprender.

Te doy gracias porque me oíste.
Eucaristhezo, dice el griego. Jesús hace una Eucaristía con la vida como viene. Antes de hacer nada Jesús hace la Eucaristía, hace una Acción de gracias, elevando los ojos al Padre y bendiciendo la realidad. Luego actúa.

Yo se que siempre me escuchas.
Aunque sabe, lo expresa. Por nosotros, para que creamos e interiormente, porque expresar su “Gracias” es su Fuente de vida divina. “Gracias” es la Palabra que el Padre y el Hijo se están diciendo siempre. “Gracias” es el Espíritu Santo en Persona. Jesús dice “Gracias” por que lo recibe todo. Y el Padre dice “Gracias” también, como cuando uno da y nota que es bien recibido y que le dicen gracias y uno dice “Gracias a ud. también”.

“Lo he dicho por esta gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado”
Todo el evangelio de San Juan está escrito “para que creamos que Jesús es enviado de ese Padre al que cada hombre busca “con todo su corazón, con todas su mente y con todas sus fuerzas” aunque a veces no lo sepa conscientemente. Nouwen dice que Jesús vino a invitarnos a “habitar en esa relación tan linda que tienen el Padre y Él”: allí está nuestro Hogar. Esa relación tiene estructura de Eucaristía. Ir a misa es “habitar un rato en esa relación”.
«Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?»
Es la frase central del evangelio. Completa las otras, Yo soy la Luz del mundo. Yo soy el Pan de Vida. Yo doy el Agua Viva. Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida.
Dicen que Lázaro tuvo que volver a morir. Que esta resurrección fue “provisoria”… Es una manera de expresar lo que nos excede –la resurrección-. Sin embargo hay otras perspectivas. Marta expresa esto mismo a Jesús, cuando le dice que “ella sabe (como nosotros, de alguna manera) que su hermano resucitará en la resurrección del último día.» Es ahí que Jesús responde “Yo soy la Resurrección y la Vida”.
No se trata de tratar de elucubrar cómo, cuando y de qué manera nos va a resucitar Dios a nosotros. Si tomamos esta línea de razonamiento terminamos en la búsqueda de “luces al final de un túnel” o en “encefalogramas que decretan muerte cerebral”, según tengamos una razón científica o poética. El otro camino, en vez de pensar a Jesús en función de nuestras ideas de “otra vida” y de “resurrección de muertos”, es repensar nuestras ideas a la luz de la Persona de Jesús. La resurrección de la que él habla no es sólo un “hecho” sino la misteriosa e inmensa realidad de su misma Persona. El es nuestra Resurrección y nuestra Vida. En la medida en que nos “adherimos” a El (el que cree en mi) “resucitamos”. En la medida en que nos adherimos a Él –cumplimos sus mandamientos, celebramos la Eucaristía, escuchamos su Palabra, recibimos el Don de su Espíritu…- tenemos vida.
Jesús parte de que ya estamos muertos (ciegos, sedientos, paralíticos…). Y nos dice que Él es la Luz, el Agua, el Camino. Ya estamos muertos o, como dice Pronzato, estamos acabando de morir, porque la muerte es eso: “acabar de morir”. Y sólo Jesús es nuestra Vida.
Por eso Jesús deja que “muera” Lázaro y lo resucita, para despertarnos a que, como dice Pablo: “Ninguno de nosotros vive para sí mismo; así como tampoco nadie muere para sí mismo. Si vivimos, vivimos para el Señor; y si morimos, para el Señor morimos. Así que, ya sea que vivamos o que muramos, somos del Señor. Porque Cristo murió y volvió a la vida para eso, para ser Señor de muertos y vivos” (Rm 14, 7-9). Somos suyos, a Él pertenecemos. Y como Marta le decimos de corazón:
«Sí, Señor, creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que viene al mundo.»

¡Gracias, Padre,
por darnos la Gracia
de creer de corazón
en tu Hijo Jesús!
Danos resucitar en Él
cada día, de cada muerte,
para vivir y habitar
en esa relación tan linda que hay entre ustedes dos,
y que es nuestro verdadero hogar.

Diego Fares sj

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Confesiones de un Saduceo

Se acercaron a Jesús algunos saduceos, que niegan la resurrección, y le dijeron: «Maestro, Moisés nos ha ordenado: Si alguien está casado y muere sin tener hijos, que su hermano, para darle descendencia, se case con la viuda. Ahora bien, había siete hermanos. El primero se casó y murió sin tener hijos. El segundo se casó con la viuda, y luego el tercero. Y así murieron los siete sin dejar descendencia. Finalmente, también murió la mujer. Cuando resuciten los muertos, ¿de quién será esposa, ya que los siete la tuvieron por mujer?»
Jesús les respondió:
«En este mundo los hombres y las mujeres se casan, pero los que sean juzgados dignos de participar del mundo futuro y de la resurrección, no se casarán. Ya no pueden morir, porque son semejantes a los ángeles y son hijos de Dios, al ser hijos de la resurrección. Que los muertos van a resucitar, Moisés lo ha dado a entender en el pasaje de la zarza, cuando llama al Señor el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. Porque Él no es un Dios de muertos, sino de vivientes; pues todos viven para él. Al oír esto la gente se maravillaba de su doctrina. Pero los fariseos, al enterarse de que había tapado la boca a los saduceos, se reunieron en grupo…» (Lc 20, 27-38).

Contemplación
Comencé a releer las “Confesiones de un Saduceo” del año 2007 y me quedé gustándolas de nuevo, repitiendo lo que me hizo bien sin deseo de pasar a otro tema… Así que las comparto como estaban, agregando solamente el dibujito de Fano que despierta el deseo de que las Palabras de Jesús se aposenten en nuestro corazón y nos den Vida Plena.

“Creo que fue la serena convicción con que lo dijo lo que me llevó a reflexionar…
Sí, fueron más sus ojos sin rastro de ira ante nuestra burla, que pretendía avergonzarlo en público, lo que me llamó la atención.
Después se sumaron otros detalles, especialmente el contraste entre la gente, que se maravillaba de su doctrina y la furia de mis colegas (más contra la satisfacción que le producía a los fariseos el ver cómo nos había tapado la boca, que contra Él…).
Yo había ideado y escrito la “anti-parábola de la viuda resucitada”, como le dí en llamar. Y me creí que era verdaderamente ingeniosa. El inventaba parábolas que describían el cielo de los resucitados con la intención de cambiar nuestras costumbres en la tierra y a mí se me ocurrió proyectar una situación terrena para burlarme de sus ideas del cielo. Esperaba, al menos, otra parábola en respuesta. O que rebatiera el argumento, como hizo con lo de la moneda del César…
La verdad es que el Rabbí me resultaba interesante.
Oírlo discutir con los fariseos me encantaba y prefería su apertura moral antes que la sarta de leyes escrupulosas de nuestros adversarios. Lo que no podía entender era cómo un hombre inteligente como él podía creer en la resurrección de los muertos. Soy capaz de comprender que los que trabajan en torno al templo y viven de la religión, necesiten prometer algo bueno a la gente para mantenerla sumisa y colaboradora. Para ello nada mejor que hablarles del cielo mientras se aprovechan de su dinero en esta tierra… Pero que alguien pobre y humilde como el Rabbí, sin ambiciones ni intereses personales, y a la vez tan inteligente, hablara tanto del cielo, me intrigaba mucho. ¿No se daba cuenta que con eso favorecía a los comerciantes de la religión?
La verdad es que la explicación que dio de las Escrituras, lo de que seremos como ángeles y que no nos casaremos, no la seguí mucho. Lo que me golpeó fue la última frase. Me miró especialmente a mí, como si supiera que era yo el que había inventado la anti-parábola y dijo: “Él no es un Dios de muertos sino de vivientes; pues todos viven para él”.
Lucas no lo pone, pero Mateo y Marcos sí lo registraron: Él dijo también: “Ustedes están en un error grave, por no comprender bien las Escrituras”…
Si hay algo que no me gusta es estar en un error; y menos que me lo digan en público. Pero que me dejen ahí, sin más explicaciones y que todo el mundo se de por satisfecho con lo que dijo el que me corrigió, ya es el colmo.
Ahí me dí cuenta de que la gente no tenía interés en nuestras discusiones de palabras: estaban fascinados con la Palabra de Jesús. Cualquier cosa que él dijera, estaba bien. No se ponían a pensar si podrían cumplir todo lo que él les decía. Sus palabras, simplemente, les conmovían el corazón. No eran “razonables”, como esos argumentos que suenan lógicos, pero te dejan afuera. Sus palabras entraban en uno y permanecían, como si se aposentaran. Sin apuro por dar fruto… Entraban mansamente en el corazón, como semillas en la tierra blanda por la llovizna… Y eso fue lo que me pasó a mí. Le escuché decir que nuestro Dios no es un Dios de muertos sino de vivos y se despertó en mí el deseo de ese Dios Vivo; le escuché decir que todos vivimos para él y se despertó en mi corazón el deseo de vivir también yo para él.
¡El deseo! ¿Pueden creer que estando ante Él, por primera vez en mi vida, descubrí lo que era tener un deseo? Hasta ese momento yo había tenido necesidades. Y tenía claro que cuando las satisfacía, dejaban de interesarme. Es lo propio de toda necesidad, ya que brota de una carencia. Así entendía yo esas ideas del cielo: como una carencia que algunos pretendían llenar con una ilusión. Pero al escucharlo hablar del Cielo a Él, algo nuevo se movió en mi corazón. Deseaba que siguiera hablando. Aunque dijera cosas dolorosas, como eso de que estábamos en un grave error. Todo lo que percibía en él, su coherencia, su señorío, su limpieza, su sinceridad… todo, eran cosas positivas que despertaban deseos de más en todas mis facultades.
No se si han tenido alguna vez la experiencia de estar ante una persona así, cuya sola presencia basta para que uno no quiera otra cosa sino seguir estando ante ella. Gozando de que esté viva, quiero decir. Gozando de que exista.
¡El Dios vivo del que hablaba era Él mismo! Y distinto a la vez.
Y no es que le brillara ninguna luz especial. El Dios vivo estaba en sus Palabras. Se hacía presente en cada una de sus Palabras como si fueran Palabras vivas, capaces de crear lo que nombraban. Cada Palabra suya era como un tapiz bordado, como una pieza musical… Cada Palabra que salía de sus labios iluminaba como un amanecer, limpiaba el alma como un viento fuerte, regaba el corazón como una acequia que trae agua de la montaña. Y después que decía las cosas así, la experiencia no desaparecía, sino que cada Palabra se guardaba ella misma en mi corazón y quedaba disponible, como un tesoro escondido, como una fuente de agua viva, para ser de nuevo saboreada como… ¡como un pan vivo…!
Desde entonces creo en él. Creo en su Dios, que no es un Dios de muertos. Creo en la resurrección de la carne, de la que me burlaba por ignorante. Creo todo, porque lo dice Él. Y lo más asombroso es que creo como toda la gente sencilla que cree en Él y se le acerca. Es más, quiero mezclarme con esa gente de manera tal que nada me distinga, para que nada me distraiga de estar cerca de Él. Cuánto más anónimo y escondido yo, uno más entre los otros, todos juntos e iguales, más Él, más en Él.”

Diego Fares sj

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