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Posts Tagged ‘San José’

 

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La generación de Jesucristo fue así:

Estando comprometida su Madre María con José,

antes de que estuviesen juntos,

se encontró con que había concebido en su vientre por obra del Espíritu Santo.

José, su esposo, que era un hombre justo y no quería denunciarla públicamente, resolvió repudiarla en secreto.

Mientras tenía estas cosas en el ánimo,

el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo:

‘José, hijo de David, no temas recibir en tu casa a María, tu esposa,

porque lo que ha sido engendrado en ella es del Espíritu Santo.

Ella dará a luz un hijo, a quien pondrás el nombre de Jesús,

porque él salvará a su Pueblo de todos sus pecados.’

Todo esto sucedió para que se cumpliera

lo que el Señor había anunciado por el Profeta:

‘La Virgen concebirá y dará a luz un hijo

a quien pondrán el nombre de Emmanuel,

que traducido significa: «Dios con nosotros.»’

Al despertar, José hizo lo que el Ángel del Señor le había ordenado

y recibió consigo a su mujer (Mt 1, 18-24).

 

Contemplación

El título que San Ignacio da a sus Reglas de discernimiento es “Reglas para en alguna manera sentir y conocer las varias mociones que en el alma se causa, las buenas para recibir y las malas para lanzar” (EE 313).

En el pasaje del evangelio de hoy, vemos cómo San José sintió y conoció que se causaban en su alma pensamientos muy distintos y contradictorios entre sí.

Por un lado, sus pensamientos humanos, fruto de una deliberación bien pensada, en la que no encontraba otra salida racional para no ser injusto ni con María ni consigo mismo, que repudiarla en secreto. No quería exponerla públicamente ni podía hacerse cargo por su cuenta de un bebé que no era suyo.

Esos eran “sus pensamientos propios” y aunque el evangelio no lo dice, seguramente se le habrán cruzado otros sentimientos y pensamientos del mal espíritu antes de llegar a este decisión libre y deliberada.

Por otro lado, San José tiene ese sueño en el que se le aparece el ángel bueno y le da una interpretación totalmente distinta e impensada de lo que ha sucedido.

Y Mateo nos dice que, “al despertar, San José hizo lo que el ángel del Señor le había ordenado y recibió consigo a su mujer”.

No nos cuenta qué pensó ni si elaboró una oración. Simplemente se decidió por el buen espíritu y pasó directamente a la acción.

San José recibió no sólo el buen pensamiento, sino que se levantó y fue derechito a buscar a María y con todo amor se la llevó a su casa.

Los otros razonamientos, sentimientos y resolución anterior los “lanzó” fuera de sí, sin ninguna duda ni vuelta atrás.

 

Se suele decir que San José es el hombre del silencio y que no se conserva ninguna palabra suya en el Evangelio.

Sin embargo, Mateo nos permite entrar en su mundo interior, en el que su resolución y buen juicio humano, su capacidad de escuchar a Dios en sueños y sus acciones buenas, no solo nos hablan sino que nos abren el espacio de un diálogo interior rico y elocuente.

Su silencio es como el silencio de esos padres que abren la oreja y el corazón a sus hijos y los dejan hablar y contar todo lo que necesitan y con pequeños gestos y miradas los invitan a hablar y a hablar más hasta que desahogan todo su corazón. Son esos silencios llenos de sí, de aprobación, de aliento, de “yo te comprendo” “entiendo todo” “contame”, más elocuentes que cualquier discurso. Silencios dialogantes. Así es el silencio de San José: un silencio en el que cabían todos los diálogos entre Jesús y María en el hogar de Nazaret.

Es que el alma de San José habita en las fuentes de la Palabra.

Veamos, si no, su misión.

El Ángel le dice que como padre, será él el que le ponga el Nombre a Jesús: “le pondrás el nombre de Jesús”.

Esta misión nos recuerda a Adán, cuando Dios le trajo delante a todos los animales para que les pusiera nombre y Adán le puso un nombre a cada uno (Gn 2, 19-20).     Ponerle el Nombre a Jesús es habérselo puesto a toda la nueva creación: todo, de ahora en mas, llevará el logo “Jesús”.

Una vez que José, delante del sacerdote que lo circuncidaba, pronunció el Nombre de Jesús, qué otra cosa le quedaba para decir. Ya antes lo había comenzado a pronunciar en voz baja, mientras lo tenía en brazos y se lo daba a María: Jesús, Jesucito.       Imagino que San José tendría en sus labios este “Jesús” para todo. Jesús, Jesucito, Jesús tomá, Jesús vení, Jesús escuchá, Jesús vamos a rezar, Jesús ayudame, Jesús traéme el martillo, Jesús andá decile a tu mamá, Jesús vamos que te llevo a la sinagoga, Jesús, ahora bendecimos el pan, Jesús vamos a dormir, Jesús, despertate, que tenemos que salir rápido porque hay gente mala que nos quiere hacer mal, Jesús esperame aquí y cuidá a tu madre, Jesús no te nos pierdas de nuevo, que tu madre se angustia mucho…, Jesús, Jesús, Jesús.

Cómo dicen algunos que San José no hablaba si se la debió pasar cantando y saboreando el Nombre bendito de su Hijo. Y no solo por gusto de padre, como todo papá que saborea el nombre que le puso a su hijo, sino además, como misión dada por el Señor.

El Magníficat de San José tiene una sola palabra.

Las demás, como un rebaño de ovejitas en torno a su buen pastor, acudirían al escuchar “Jesús” y le andarían siempre cerca.

Y las palabras lobo, huirían de su corazón y desaparecerían de su mente, con solo pronunciar Jesús.

El discernimiento fatigoso que José tuvo que hacer por sí solo, antes de escuchar de labios del Ángel el Nombre que lo discierne todo, el Nombre que revela los pensamientos que cada hombre tiene en su corazón, como le diría Simeón a María, ese discernimiento, una vez escuchado el Nombre de Jesús que tendría que ponerle a su hijo, se volvió parte de su mismo corazón.

Al poner a Jesús su Nombre, San José no solo se convirtió en padre de Jesús, sino que Jesús se le encarnó en su corazón y tomó posesión de él haciéndolo uno con el Suyo.

De ahí en más, San José discernirá lo que tiene que hacer sin necesidad de andar dando vueltas y sopesando pros y contras.

Le bastará con decir Jesús y los pensamientos buenos se le arremolinarán como ovejitas y los pensamientos malos huirán como lobos espantados por el cayado del pastor.

San José, diciendo Jesús, sabrá lo que tiene que hacer: si huir a Egipto o si regresar a Nazaret.

Y se consolidará esta experiencia cuando Jesús se les pierda en el templo y se pasen tres días buscándolo. Sin Jesús, el mundo se les habrá caído y al recuperarlo, maduro –ya ocupado en las cosas de su Padre-, lo habrán sentido ya no solo como hijo querido sino como Salvador, que no otra cosa significa el Nombre de Jesús.

 

No tengo mucho más para decir sino solo esto: que San José es patrono del discernimiento.

Y que si uno quiere “discernir” como dice el Papa Francisco, no tiene que iniciarse en ningún tipo de procedimiento complicado. Basta con que comience a invocar a San José y le pida que lo acompañe en este camino, recordándole como buen Padre de invocar el Nombre bendito de su Hijo, de decir Jesús a cada rato y todo lo que pueda, para ir sintiendo y conociendo las mociones que se causan en su alma, las buenas para recibir y las malas para lanzar.

Con San José se volverá claro lo que hay que “tomar consigo” y lo que “no hay que repudiar”; uno sabrá cuándo hay que “huir a Egipto” escapando de los Herodes y cuándo hay que volver a Nazaret; uno sabrá buscar y hallar a Jesús cuando se le pierda, regresando a las cosas del Padre…

San José hablaba poco en el sentido de que no hablaba por hablar. Habló poco porque decidió y pasó a la acción. Lo cual equivale a “pronunciar” interiormente las palabras esenciales, los “sí” que lo llevan a hacerlo todo como el Señor le dice.

En esa frase de Mateo: “Al despertar, José hizo lo que el Ángel del Señor le había ordenado”, está interiormente dicha la frase de María: “Yo soy la Servidora del Señor, hágase en mí según tu Palabra”.

En el “hágase” que pronuncia constantemente la Iglesia, abriéndose a la Acción del Espíritu, San José es el que “hace” –e invita ha hacer- todas esas pequeñas tareas y servicios necesarias para cuidar y custodiar lo que misteriosamente lleva a cabo el Señor.

San José discierne los momentos, diría Francisco, actúa en lo cotidiano, cuidando al Niño y a su Madre.

Y porque está siempre pronunciando la Palabra más grande –Jesús- es que no necesita pronunciar otros discursos, sino sólo las palabras más pequeñas y simples, que casi ni se pronuncian, pero se ve que están dichas, cuando alguien como él las pone en acción.

Diego Fares sj

 

 

 

 

 

 

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 padre con niño (1)

Un día, Jesús estaba orando en cierto lugar, y cuando terminó,

uno de sus discípulos le dijo:

«Señor, enséñanos a orar, así como Juan enseñó a sus discípulos.»

El les dijo entonces:

«Cuando oren, digan:

Padre

¡Que sea santificado Tu Nombre!

¡Que Venga Tu Reino!

El pan nuestro, el necesario para la existencia, dánoslo cotidianamente,

Y perdónanos nuestros pecados,

Porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe;

Y no nos metas en la prueba.

Jesús agregó:

«Supongamos que algunos de ustedes tiene un amigo

y recurre a él a medianoche, para decirle:

“Amigo, préstame tres panes, porque uno de mis amigos llegó de viaje y no tengo nada que ofrecerle,” y desde adentro él le responde:

“No me fastidies; ahora la puerta está cerrada, y mis hijos y yo estamos acostados. No puedo levantarme para dártelos.”

Yo les aseguro que aunque él no se levante para dárselos por ser su amigo, se levantará al menos a causa de su insistencia y le dará todo lo necesario.

También les aseguro: pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá. Porque el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abre. ¿Hay entre ustedes algún padre que da a su hijo una piedra cuando le pide pan? ¿Y si le pide un pescado, le dará en su lugar una serpiente? ¿Y si le pide un huevo, le dará un escorpión? Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más vuestro Padre celestial dará desde el cielo el Espíritu Santo a los que se lo pidan!» (Lc 11, 1-13).

Contemplación

La primera moción, al leer la oración de petición en que Abraham busca cambiarle el corazón a Dios, haciendo que se compadezca por los diez justos de Sodoma, me hizo sentir que la oración que se adentra en el corazón de Dios es para cambiar el mío, no el de Él.

El de Él en el sentido de cómo lo siento yo, cómo me comporto de acuerdo a lo que imagino que Él pensará y querrá. Eso puede cambiar en mi oración: cambiar lo que yo siento de Dios.

Por eso la oración es charlar como con los amigos: buscando el sentimiento más auténtico para compartirlo como un pan.

Los amigos se alimentan de sentimientos auténticos, de lo que le pasa al otro: lo que más le gusta, lo que está soñando, lo que siente que no es leal, las dificultades, el amor… Todo lo auténtico alimenta la amistad.

Y con el Señor, la dificultad es que hay mucho espacio libre en medio. El responde, sí, pero no como un amigo inoportuno que viene de noche a pedir algo y nos obliga a cambiar nuestros sentimientos.

Del sentimiento de ir recluyéndonos en la intimidad propia del sueño el amigo inoportuno nos interpela a salir de nosotros mismos y a atenderlo a él.

Esa insistencia, es una manera de presencia del otro, que nos cambia.

Con los amigos no es difícil salir de nosotros mismos para abrirles la puerta. Porque la amistad enseguida transfigura la relación y del fastidio propio se pasa a la alegría compartida.

Pero con Dios es distinto. Aunque ahora que lo pienso, fue a Jesús al que se le ocurrió este ejemplo del amigo inoportuno. Es que Jesús es así. Si uno lee bien el evangelio es más cercano de lo que parece. Nos adivina todo lo humano. Es más: lo profundiza. Nos hace descubrir cosas nuestras –bien humanas- que no conocíamos que existieran en el hombre. Y nos lo encamina. Encamina hacia Dios precisamente eso que a nosotros nos parecía que nos aleja. Con el pecado es claro: es el receptáculo para Dios mismo, cuyo nombre es Misericordia. Pero también aquí, ese respeto humano que nos aleja, para no molestar, Jesús nos hace ver que es lo más importante: molestarlo a Dios.

Por estas cosas, que se le notarían al rezar, será que al verlo, a ese discípulo, bendito discípulo que se animó a importunar a Jesús que estaba rezando con el Padre, nada menos, se le ocurrió hacerle esta petición!: enséñanos a rezar.

El pensamiento de un amigo es así: si veo que estás en otra cosa, igual te insisto porque sé que eso te hará ver que lo que me pasa es auténtico –si este me llama a esta hora, dirás, es por algo-, y apenas veas esto sé, que como sos mi amigo, me ayudarás con alegría. Esta es la confianza de la amistad.

Esto que yo siento cada vez que tengo que pedirle algo a un amigo que se que está ocupado –o que se está recluyendo en la intimidad del sueño, como el de la parábola- me lleva a ver que Jesús dice la parábola pensando en el discípulo que lo “importunó”. O sea, el amigo inoportuno fue el que le pidió que nos enseñara a rezar. Capaz que Jesús vio que alguno le daba un codazo, como diciendo cómo se te ocurre pedir una cosa así en este momento…

La verdad es que no se si es tan así como me lo imagino, porque el evangelio dice que le preguntó “cuando terminó de rezar”. O sea que no le cortó la oración para pedirle que les enseñara a rezar (lo pidió para todos, pero fue él el que sintió la necesidad). Pero capaz que le pidió medio con un exabrupto ya que me imagino que si el Señor estaba rezando con el Padre sería algo así como cuando uno comulga y se queda un rato en silencio. No es que cortó con el celular y pasa a atenderte a vos. O capaz que Jesús le leyó el corazón y vio que había dudado si hacerle la petición o no, porque se ve que no era Pedro ni ninguno de los más importantes, de los que siempre hablaban, sino solo “uno de sus discípulos”, como dice Lucas, y entonces Jesús lo anima contando esta parábola. Le hace sentir que estuvo bien y que eso tiene que ser la oración: importunarlo a Dios. (Si no, para qué rezar? Para pedirle lo que ya sabe? O lo que es lógico que siga su curso normalmente? Jesús viene a decir que a Dios le gustan más las oraciones molestas!).

Sin embargo, este respeto humano que por ahí sentimos con Jesús, y que seguramente sentimos más con ese Señor Misterioso y un Poco Lejano, a quien Jesús nos dice que lo llamemos Padre, es el que Jesús aprovecha para enseñarnos a rezar.

No hay que tener respeto humano con Dios en la oración. Eso nos enseñó.

Llámalo Padre. Ahí está todo. Esta palabra es mágica. Te abre la puerta de su corazón.

Pero entrá en tu corazón antes de pronunciarla con los labios y decila auténticamente. Es decir sintiéndola.

Con sencillez, porque es una palabra muy sencilla y de lo más común, pero sintiéndola. Siempre que digo esto de que padre es una palabra común, me viene al corazón la voz del niño… Iba caminando por Once, en Buenos Aires, entre los negocios de ropa, de sábanas, de calzado, de artículos para el hogar…, y siento entre las voces de la gente, una voz de niño que dice “abba… y no se si “mirá esto” o “vamos ahora a comprar aquello…” No recuerdo lo que siguió porque yo solo escuché “abba”. Me quedé conmovido y para que no se notara que me daba vuelta aminoré el paso y dejé que se me adelantaran. Les ví un momento el rostro, cuando me pasaban, y luego de espaldas, los dos de negro y con saco, el papá, joven, con su sombrero y las trenzas, y el niño de unos ocho o diez años, de la mano, también de negro y con kipá y trenzas castaño claro, que alzaba un poco el rostro, con lentes, y seguía hablando con su abba, delante de mí, en medio de la gente. Sentí que tenía ganas de decirle: enseñame a rezar. Con lágrimas en los ojos, lo dije en voz baja. No a él, a ese niño, ni a su abba. Pero también a ellos. Porque me imaginaba a Jesús de niño, de la mano de José, por el Once en Nazaret. Cosas que sólo pasan en Buenos Aires.

….

Retomo luego de un rato. Cuando llegué al corazón de la contemplación, con el recuerdo lindo del niño y su abba, me puse a buscar la foto. Encontré esta que está linda. El niño va agarrado a su abba y ambos miran cada uno para su lado. Pero en cualquier momento él niño se da vuelta y le dice “abba” tal cosa… Por eso me gustó.

El Abba –el Padrenuestro- con sus palabras sencillas es un poco así.

Uno puede ir con Dios mirando cada uno para su lado, pero en cualquier momento puede darse vuelta –el que lo sienta primero- y decir “abba” tal cosa –santificado sea tu nombre o comprame el pan o perdona lo que hice o librame de este mal…- o él puede decirnos “hijo” tal cosa –quiero que vengas a trabajar a mi viña, o todo lo mío es tuyo, o escúchalo a tu Hermano (a Jesús)-.

Pensaba que la parábola del amigo inoportuno viene tan pero tan bien para rezar! Lo de inoportuno es una de esas palabras impertinentes que resalta la amistad diciendo todo lo contrario. Porque en el amor a un hijo, por ejemplo, la inoportunidad no existe. Si un hijo llama de noche y en el celular suena el ringtone especial, un papá no piensa qué molesto sino “qué le habrá pasado”, “qué necesita”, “qué bueno que llame porque seguro que le pasó algo y gracias a que llama lo puedo ayudar”… Un papá piensa sin pensarlo todas esas cosas y otras por el estilo. Si el que llama a medianoche es un amigo, como el que describe Jesús, el sentimiento no es tan inmediatísimo como con un hijo, pero tarda pocos segundos en sintonizarse con la necesidad del otro. Quizás cuánto tarde sea un medidor de la amistad, si es que ese aparato existe. En todo caso, si la amistad se mide es para cultivarla mejor y no para reprochar nada.

Pero poniendo las cosas en el marco de la enseñanza que el discípulo pidió y que el Señor le dio con esta parábola, podemos concluir que nuestra capacidad de insistencia es lo que indica el grado de familiaridad que tenemos con nuestro Abba y Amigo y allí está el punto para crecer en la oración.

Que esto lo sabemos –que somos hijos- es una verdad. Se constata en las malas, porque ahí acudimos a Dios sin vergüenza y le decimos “Dios mío”, por qué me abandonás o no permitas que esto pase. El líbranos del mal es una oración que traemos de fábrica, digamos. Pero otras, más cotidianas, como la del pan y la del perdón, las tenemos que trabajar mejor. Y la de santificar su Nombre –bendecirlo y cariñosearlo gratuitamente- es algo que tiene que salir de un corazón que se trabaja a sí mismo y cultiva los sentimientos más nobles. Lo mismo la de venga tu reino. Esa es una oración que la tenemos que hacer en la acción, mientras nos arremangamos para poner manos a la obra.

Como yo escribo rezando (o rezo escribiendo) la seguiría…, pero dejo aquí la contemplación para enviarla, sonriendo porque con la diferencia horaria les llegará a muchos a “medianoche”. Pero al fin y al cabo la oración es suponer que uno tiene un amigo a quien puede recurrir a medianoche.

Diego Fares sj

 

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Tomar consigo

Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan,
y los llevó aparte a un monte elevado.
Allí se transfiguró en presencia de ellos:
su rostro resplandecía como el sol
y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz.
De pronto se les aparecieron Moisés y Elías, hablando con Jesús.
Pedro dijo a Jesús:
«Señor, ¡qué bien estamos aquí!
Si quieres, levantaré aquí mismo tres carpas,
una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.»
Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra
y se oyó una voz que decía desde la nube:
«Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección: escúchenlo.»
Al oír esto, los discípulos cayeron con el rostro en tierra,
llenos de temor.
Jesús se acercó a ellos y, tocándolos, les dijo:
«Levántense, no tengan miedo.»
Cuando alzaron los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús solo.
Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó:
«No hablen a nadie de esta visión,
hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.» (Mt 17, 1-9).

Contemplación
Tomar consigo. “Tomó en su compañía”, dice Ignacio en los Ejercicios.
Hoy la Transfiguración coincide con la fiesta de San José, de quien podemos pensar que Jesús aprendió lo que significa “tomar consigo” a alguien. San José ha quedado grabado en el imaginario de nuestro corazón como el que “tiene consigo al Niño Jesús en brazos”. Este abrazo de Padre (que Jesús expresa tan emotivamente en la parábola del hijo pródigo) es lo que Jesús vive en “el seno del Padre” y lo que vivió en su infancia en Nazareth, cada vez que José lo alzaba en brazos y lo tomaba consigo. De su padre aprendió Jesús lo que significa “hacerse cargo de la gente”, tomar consigo a sus amigos y hacerles participar de su transfiguración y de su pasión.

Si la perfección de la fe de Abraham fue respuesta a un “dejá” –“sal de tu tierra y deja tu casa paterna”-, la perfección de la fe de San José es respuesta a un “tomar consigo”: “Pensando él en esto, un ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: “José, hijo de David, no temas tomar contigo y recibir a María tu mujer, porque lo que en ella es engendrado, es del Espíritu Santo” (Mt 1, 20).
San José pensaba que tenía que “dejar a María” y lo que Dios le pide ahora, en esta nueva etapa de la fe, es que “la tome consigo y tome consigo a Jesús”.

Esta será la manera de obrar de Jesús, la de tomar consigo. Así lo hace en la transfiguración con sus compañeros Simón Pedro, Santiago y Juan: los tomó consigo, se hizo acompañar por ellos. Así también hará en la pasión: los tomará consigo y los llevará a rezar con él en el Huerto.

Con Jesús la fe ya no consiste en dejar sino en tomar. “Tomen y coman, esto es mi Cuerpo”. Este es el estilo de Jesús resucitado: “Les dijo Jesús: — Vengan y coman. Y ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: “¿Vos, quién sos?”, porque sabían que era el Señor. Vino, pues, Jesús, y tomó el pan y les dio (Jn 21, 12).
La fe consiste en recibir y tomar con nosotros al Espíritu Santo que se nos envía: “Entonces sopló sobre ellos y les dijo: reciban el Espíritu Santo (Jn 20, 20).
La fe consiste en recibir a Jesús, sabiendo que “el que reciba al que yo envíe, me recibe a mí; y el que me recibe a mí, recibe al que me envió (Jn 13, 20).

San José es el primero en esta “obra de la fe” que le agrada al Padre.
Pareciera que es “lo único que hace”: tomar consigo, una y otra vez, al Niño y a su Madre.
María “toma consigo” a Jesús de una manera única, como sólo se da en la concepción (con-captar): “Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre Jesús”. Lo que ella “recibe” y “acepta” físicamente en la Encarnación es lo que hace y hacemos todos en la fe: “concebir” a Jesús que entra en nuestra intimidad por la Palabra recibida en la fe y “recibir” y “tomar con nosotros” a Jesús que viene a nosotros en los pobres , en la Eucaristía y en cada “consolación” del Espíritu Santo. San Ignacio dice que las consolaciones hay que “recibirlas” y las tentaciones “lanzarlas”.

Es muy clara, entonces, la dinámica de Jesús. En el cristianismo lo primero no es “dejar” sino “agarrar”: tomar y recibir.
En el AT también, si se dejaba algo era para recibir algo mayor, pero en promesa. Como le promete Dios a Abraham cuando deja todo por él: “Haré de ti un gran pueblo, te bendeciré, haré famoso tu nombre y será una bendición para los demás”.
Con Jesús la promesa se hace realidad en el acto.
Al tomar José consigo a María y a Jesús lo tiene todo y por eso no agarra nada más.

Esto lo experimenta el que pone manos a la obra en alguna tarea de servicio que implica “tomar consigo” a los demás. De afuera, otros ven lo que uno deja. Pero la persona experimenta lo que “toma”, lo que recibe de más al tomar consigo el servicio.

De allí viene esa experiencia de gozo que uno no sabe explicar muy bien por qué. Los voluntarios dicen: después de trabajar sirviendo a los necesitados salgo lleno, salgo contento. A veces me cuesta ir (dejar lo que tengo entre manos) pero después cuando estoy allí me olvido de todo y salgo mejor que antes. Es la llenura que da el recibir a Cristo en la persona de los que servimos. Por eso la frase para los voluntarios es la del Angel a José: “No temas tomar contigo” a los que vas a servir en la Iglesia, porque lo que hay en ellos es del Espíritu Santo. Está Jesús en ellos, al servirlos a ellos recibís a Jesús.

Esta es la palabra que San José nos comunica en su silencio perfecto: con sueños y acciones. San José es el que abre esos dos espacios en los que la Palabra se gesta, crece y es fecunda: el sueño y la acción. San José no habla porque su Palabra es Jesús entero: La Palabra. No habla porque está lleno de La Palabra, lleno de escuchar y contemplar –embobado como un padre con su hijo- a Jesús, las transfiguraciones cotidianas de su Jesucito. No habla porque está ocupado en “hacer lo que esa palabra le dice interiormente”. El silencio de José es como el silencio del Padre, que lo único que repite es: “Esté es mi hijo amado, el predilecto. Escúchenlo”.

San José sueña esos sueños tormentosos en los que el deseo y la angustia luchan hasta que son pacificados por la Palabra de Dios cuando brota de lo más íntimo de nuestro interior, allí donde somos “creados” por el Padre. Ese sueño en el que nuestro espíritu se libera de todo límite racional y fluye en la libertad imaginativa del que duerme, es ámbito propicio para que el Padre hable una palabra plena, esas palabras que aclaran todo y que uno siente plenamente propias y a la vez de Dios.

“Cuando José se despertó hizo lo que le había mandado el ángel del Señor”.
El otro ámbito de la Palabra es la acción pura y concreta. San José no se sienta a cavilar si lo que soñó es sólo un sueño. Se despertó y puso en práctica la Palabra que le había sido revelada. No pone peros ni le da vueltas a lo recibido sino que lo ejecuta obedientemente. Allí está la perfección de la fe: poner en práctica la palabra oída: obedecer (“ob-audire”).
La reflexión no se excluye, pero viene después.
San José nos enseña esta “matriz” cohesionada y fecunda de la fe: total disponibilidad para oír y recibir (sueño) y total fidelidad y prontitud para llevar a la práctica (acción). La reflexión viene luego, para sacar fruto y aprender.
La belleza del sueño y lo trabajoso del bien están primero que la verdad.
El que se anima y lo hace lo goza.
El que pone en medio, entre lo soñado y lo actuado, las idas y vueltas de la razón, pierde tiempo y muchas veces pierde el momento oportuno.

Le pedimos a San José estas sus gracias: la de soñar las cosas de Dios: soñar que el Angel nos dice, tomá contigo a María y a Jesús, tomalos con vos y no los sueltes, agarralos bien contra tu pecho y tu corazón. No importas cómo estés: soñá que los tomás contigo. Soñá que te toman ellos de la mano. Tomá con vos a Jesús en la Eucaristía. Tomalo de la mano en algún pobre que te pida. Alzá en brazos a los bebés de tu familia y tomalos contra tu corazón, tal como ves en la imagen de San José con el Niño. No tengas miedo: tomalos. Abrazá a algún anciano, bendecí en la frente a un enfermo, poné la mano en el hombro de los jóvenes… No temas.
Y también le pedimos la otra gracia suya, la de “hacer”, hacer lo que Dios nos hizo soñar, levantarnos y salir rapidito a comenzar a hacer, poner manos a la obra, no pensar, hacer. Después que hagamos un rato lo que soñamos que se nos mandaba, sí, parar un momento y pensar. Veremos que el pensamiento corre libre, agradecido, que no necesitamos pensar mucho si hacemos o no sino más bien “cómo”. El “cómo hacerlo mejor” orientará nuestro pensamiento puesto en acción. Tomá con vos a Jesús y sentirás cómo el Padre te toma en brazos a vos: “al que me ama, el Padre lo amará y vendremos a él y habitaremos con él”.
Diego Fares sj

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La fe de José: creer en Jesús en medio de la vida ordinaria

Y Jesús comenzó a decirles:
– Hoy se ha cumplido esta Escritura en los oídos de ustedes.
Todos daban testimonio en su favor y se admiraban de las palabras de gracia que salían de sus labios y comentaban:
– Pero ¿acaso no es éste el hijo de José?
Él les dijo:
– Seguramente ustedes me aplicarán a mí este proverbio: «Médico, cúrate a ti mismo. Lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún, hazlo también aquí, en tu patria».
Sin embargo añadió:
– De verdad les digo que ningún profeta es aceptado en su patria. De verdad les digo que muchas viudas había en Israel en tiempo de Elías, cuando se cerró el cielo por tres años y seis meses, y hubo gran hambre en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda de Sarepta, en la región de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel al tiempo de Eliseo el profeta, y ninguno de ellos fue curado, sino únicamente Naamán el sirio.
Y se llenaron de ira todos en la sinagoga al oír estas cosas. Y levantándose, lo arrojaron fuera de la ciudad y lo llevaron hasta la cima del monte sobre el cual estaba edificada su ciudad, para despeñarlo. Pero El, abriéndose paso por en medio de ellos, seguía su camino” (Lc 4, 21-30).

Contemplación
Como en la contemplación del Pan de Vida del año pasado (Domingo 19 B), la mención a San José es para mi una invitación a contemplar la Figura de nuestro Patrono y Protector. Son contadas las veces que San José aparece en el evangelio y, así como no hay que forzarlo a salir del silencio y del ocultamiento amoroso propios de su misión, tampoco hay que dejarlo pasar desapercibido cuando aparece. De contemplarlo en silencio podemos sacar mucho provecho para nuestra relación de fe con Jesús.

Meditando en la frase “Pero ¿acaso no es éste el hijo de José?”, me llama la atención que las mismas palabras tengan sentidos distintos en Juan y en Lucas. Las respuestas de Jesús nos revelan cómo Él entendió intenciones diversas en cada ocasión.
En el evangelio de San Juan, los Fariseos ‘ningunean’ al Señor cuando les revela que Él es “el Pan bajado del Cielo”. Con ironía se dicen entre sí: “Pero ¿acaso este no es el Hijo de José?. ¿Cómo es eso de que ha bajado del Cielo?”. Notábamos cómo Jesús no dejó pasar la frase. No sólo por un cariño natural a su padre adoptivo sino para que aprovechemos en la fe, uniendo la imagen de San José a la de la Eucaristía, Pan del Cielo.
Contemplamos nuevamente cómo para Jesús la imagen del pan está unida a ese pan cotidiano que San José, como padre de familia hebrea, bendecía y partía con amor en la mesa familiar. Jesús no es Pan “caído de un Cielo extramundano”, es Pan que viene de un Cielo que es la Intimidad Amorosa del Padre con el Hijo. Y esta Intimidad –este Reino de los Cielos – brota desde adentro del corazón humano de Jesús. A ese corazón María le brindó su carne purísima y San José un hogar. Ese hogar, en el que José partía el pan, fue durante muchos años el espacio terreno del Cielo, de la intimidad de Dios. Como dice el Card. Suenens en su hermosa “Carta a San José”: “Que misterio el hogar de Nazaret, esta degustación anticipada del cielo sobre la tierra”.

En el evangelio de hoy la frase es la misma –¿acaso no es éste el hijo de José?-, pero la tentación de los paisanos de Jesús no es la de menospreciarlo por ser hijo de José sino la de exigirle trato especial por ser de los suyos. Lo deducimos de la respuesta del Señor. Les dice: “Seguramente ustedes me aplicarán a mí este proverbio: ‘Médico, cúrate a ti mismo. Lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún, hazlo también aquí, en tu patria’”.
Jesús pesca que lo consideran uno del pueblo y que el reproche va por el lado de los celos. ¿Por qué hacés milagros en otro lado? Tanto tiempo con nosotros sin darte a conocer y ahora resulta que volvés lleno de fama…
En el caso de los Fariseos la tentación de murmurar con ironía proviene de corazones totalmente cerrado de antemano. Entre los paisanos de Jesús la tentación tiene otra raíz. Primero quedaron encantados con Jesús, “todos estaban admirados por las palabras de gracia que salían de sus labios”.
Es notable cómo el mal espíritu puede mete su púa venenosa en el corazón mismo de una gracia y hacer que termine mal algo que comenzó bien!
La imagen de José fue utilizada para escandalizar!
Si es el hijo de José, tiene que hacer milagros aquí.

Resulta evidente que el Señor provoca a los que se tentaron con esta frase, porque les adivina lo que están pensando y agudiza la confrontación: “ningún profeta es aceptado en su patria”, les dice. Y para peor pone dos ejemplos de milagros hechos a extranjeros.
Digo provoca, pero no como provocamos nosotros. El Señor provoca amorosamente, con la esperanza de suscitar la fe en el corazón que está bajo la influencia de la tentación, que lo ciega manipulando sus pasiones. Lástima que no tengamos la grabación del diálogo, porque el tono de voz y la mirada de Jesús agregarían muchísimo a las frases escritas.
Podemos imaginar, sin embargo, que el Señor no les habló de manera hiriente. Aunque les haya soltado una serie de verdades duras de tragar. Tenemos muchos ejemplos de respuestas duras del Señor –a su Madre, a la Sirofenicia…- que en corazones buenos producen el efecto maravilloso de un notable aumento de fe y no de un rechazo.
Las mismas palabras a unos los hacen entregarse por entero a Jesús, con un acto de fe radical y a otros, en cambio, les endurecen más el corazón y los llevan a obstinarse en el alejamiento de la bondad de Dios. Qué misterio!
Y es la carne del Señor, su humanidad el ser “el hijo de José”, la piedra angular de la fe, que es también piedra de escándalo.

Recuerdo que cuando estaba por entrar en el Noviciado tuve que completar un trámite para la excepción del servicio militar y, en la cola que hacíamos en el Regimiento, me arrepentí y fui a decirle al padre Pangrazzi, que era mi director espiritual, que iba a esperar un poco. Que pensaba que era mejor hacer un año de colimba y luego decidir si entraba en la Compañía. El me escuchó y con bastante ironía me dijo: “Qué le vamos a hacer. Ya veo que nunca te vas a decidir”. Fue como un puñal que me hizo salir lo más hondo del corazón, y ahí nomás volví al Regimiento, completé el trámite (quedé demorado unas horas porque en esa época los que trabajábamos en el Barrio San Martín, en Mendoza, éramos sospechosos) y… aquí estamos. Siempre recuerdo esa palabra fuerte que me ayudó a jugarme.

Los paisanos de Jesús podrían haber tomado bien sus palabras. Le podrían haber dicho:
“Señor, auméntanos la fe”.
“Perdón por no haberte reconocido antes”.
“La verdad es que siempre notamos algo especial en Vos, en María, tu Madre y en José… Es que la humildad de ustedes guardaba muy bien el secreto… Pero ahora reconocemos que Vos sos el Mesías, el Hijo del Dios bendito”.

Jesús arrancaba estas confesiones de fe de los corazones que lo habían estado esperando, de los corazones buenos y humildes, que no le ponían peros ni condiciones a la revelación de Dios. Los ejemplos de la Viuda de Sarepta y de Naamán el Sirio son muy lindos. El general Sirio se deja sacar de su enojo con el profeta por las palabras sensatas de una criada y cumple con la condición “fácil” de bañarse siete veces en el Jordán, aunque sienta que los ríos de su patria son mucho mejores. Es que quería curarse de verdad. Y la pobre viuda no pone reparos en prepararle una tortita de pan a Elías con el poco de harina y de aceite que le quedaba. Dios le hace el milagro de que no se le agote nunca más la tinaja de harina ni la orza de aceite y, además, Elías le resucitará a su hijo, cuando poco después de haberlo hospedado, caiga enfermo y muera.

¿Y cómo entra San José en este pasaje tan lleno de imágenes?

Si vamos a lo esencial, lo que Jesús les dice a sus paisanos es que él no es un hacedor de milagros mágicos sino Alguien que obra allí donde encuentra fe. Les reclama la fe.
Pero ¿Qué tipo de fe?
Una fe como la de su padre. La humildad de la fe de José es más grande que la de Naamán el Sirio y que la de la viuda de Sarepta, porque José hace todo lo que el Angel de Dios le dice sin chistar ni protestar nunca, sin poner objeciones ni mostrar decaimientos de ánimo. Pero quizás lo más provechoso para nosotros de la fe de José sea lo de vivirla en la vida ordinaria.
Santa Teresita, refiriéndose a su devoción a San José, decía:
“Lo que más me edifica cuando medito el secreto de la Sagrada Familia es la idea de su vida del todo ordinaria. La Santísima Virgen y San José sabían ciertamente que Jesús era Dios y, sin embargo, muchos misterios les estaban ocultos y, como nosotros, vivían de fe. ¿No le ha extrañado esta afirmación del texto sagrado: “ellos no comprendieron lo que les decía?”. Y aquella otra, no menos misteriosa: “Sus padres estaban maravillados de lo que se decía de Él” ¿No es de creer que aprenderían algo? Porque esta admiración arguye alguna sorpresa”.
Vemos que la no comprensión y la admiración, a María y a José los llevaron a sumergirse más hondamente en el misterio de la fe. Por eso Jesús replica tan fuerte a sus paisanos. Usan a su padre para rechazar la fe en Él siendo que precisamente en José está la clave para tratar a Jesús, para creer en Él sin que nos haga ningún favor especial por ser de su familia. La fe lleva a más fe y a más amor, no a hechos milagrosos externos. La fe lleva a cuidar a los otros, no a lograr favores especiales para uno mismo.
No se trata de una tentación menor. Lo de “cúrate a ti mismo” se repetirá en la Pasión, cuando le digan: “Si eres el Hijo de Dios, sálvate a ti mismo y baja de la Cruz”. San José y María son un ejemplo extendido en el tiempo de una fe que va madurando el amor al prójimo, renunciando cotidianamente a los propios intereses. La vida enteramente ordinaria de José y María conviviendo con Jesús es escuela de fe.
Una fe que los lleva a salir de sí constantemente para sumergirse más y más en Jesús. No miran lo que Jesús podría hacer por ellos sino lo que ellos pueden hacer por Jesús. Y en eso encuentran mayor felicidad.
Una fe que los hace adaptarse a los ritmos de Jesús, que de golpe se les escapa y luego vive largos años sujeto a ellos.
Una fe que los hace salir de sus expectativas para esperar los tiempos de Dios.
A veces habrán querido apurar a Jesús y otras les habrá parecido que no pasaba nada… El silencio simple y rotundo de Nazareth es la respuesta de José y María, de la fe de José y María, cuyo fruto es luego su relación con Jesús maduro. ¡Dejaron que Jesús creciera en el interior de su hogar y de sus corazones!

Por eso Jesús los provoca a sus paisanos. En la frase que usó alguno que estaba tentado se encuentra la clave para una gracia.
Este es el hijo de José.
Felices nosotros que hemos convivido con él sin saberlo.
Podemos ahora dejar que nos explique todo lo que aprovechó de nuestra vida ordinaria para ir madurando y llegar a revelarse plenamente como Hijo de Dios.
Felices de nosotros que estuvimos cerca suyo.
Cuántos beneficios nos hizo en pequeños detalles, sin que nos diéramos cuenta!
Somos el más privilegiado de los pueblos.
Dios ha querido habitar entre nosotros y compartir nuestra vida.
Nuestra vida sencilla es valiosa a los ojos del Señor…
Jesús les reclama una fe que, si miran bien, es cercana a ellos, ya que han convivido con María y con José.
Que nuestro Patrono y Protector nos conceda la gracia de su fe silenciosa que le ensanchó el corazón con el gozo de vivir con Jesús y María una vida común.
Diego Fares sj

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Ejercicios sencillos para “apesebrar el corazón” en Nochebuena

Misa de Nochebuena

En aquella época apareció un decreto del emperador Augusto,
ordenando que se realizara un censo en todo el mundo.
Este primer censo tuvo lugar cuando Quirino gobernaba la Siria.
Y cada uno iba a inscribirse a su ciudad de origen.
José, que pertenecía a la familia de David,
salió de Nazaret, ciudad de Galilea,
y se dirigió a Belén de Judea, la ciudad de David,
para inscribirse con María, su esposa, que estaba embarazada.
Y aconteció que estando ellos allí, se le cumplieron a ella los días del parto; y dio a luz a su Hijo primogénito, y lo envolvió en pañales
y lo acostó en un pesebre,
porque no había lugar para ellos en la hospedería (Lucas 2, 1-14).

Contemplación

La contemplación del Pesebre es como la contemplación de la Cruz. Hace bien repetirla; porque, si al mirar de paso, tal vez los pesebres parecen siempre lo mismo, al inclinarnos para mirar de cerca el Niño del pesebre nos ilumina los ojos con la fe de la infancia y nos sacia el hambre de ternura que inquieta nuestro corazón.
Es que el pesebre – la patena para la Eucaristía- está siempre en el centro de nuestra oración de Navidad. Y hace bien “rumiarlo”, que para enseñarnos a rumiar están allí el buey y el burrito dando calor al Niño; y hace bien volver sobre las mismas cosas, esas que “María, su Madre, guardaba rumiándolas en su corazón”. Contemplar al Niñito Jesús en el Pesebre de Belén – la Casa del Pan- hace que nos llenemos de ganas de apesebrar el corazón para recibirlo.

Recordamos algunos ejercicios sencillos para “dejarnos apesebrar el corazón”

Para apesebrar el corazón tenemos que aceptarlo tal como es
El pesebre es como es: rústico, práctico, no decorativo, útil para usar, sin pretensión de notoriedad ni de protagonismo… humilde. El pesebre sabe que es Jesús el que lo hace importante.
Y que fueron María y José los que lo eligieron para poner allí al Niño Jesús.
Si María lo recostó en el pesebre fue por que vio en él algo familiar, algo simple y seguro, como su corazón. Si no no hubiera puesto allí a su Hijo.
¿Qué vio en vos María, pesebrito de Belén, para confiarte a Jesús recién nacido?
El Pesebre es como nuestro corazón, el lugar humilde y pecador que Dios ama para venir a salvar.
Y si Jesús lo acepta, si María y José le confían al Niño, nosotros también podemos aceptar nuestro corazón y el de los demás –la realidad toda, tal como es- como lugar para que venga a nacer Jesús. Hogar de tránsito, es verdad, pero Hogar al fin, gracias al cariño y los sacrificios de María y de José y de todos los pastores que ayudaron a hacer más cálido el pesebre de Belén.
Al poner al Niño en el pesebre, María y José nos transmiten un mensaje claro y consolador: el Señor quiere comenzar a salvarnos en centro mismo de nuestra realidad-pesebre, con todas sus precariedades y crudezas.
Basta pues ser lo que somos, mantenernos pesebre – o mejor, dejarnos apesebrar el corazón- para que María nos ponga al Niño y nos lo confíe.

¿Y cómo se hace este ejercicio de “apesebrar el corazón?

El corazón se apesebra dejando que San José nos lo afirme
Nuestro corazón es vacilante. Se agita por todo, todo lo teme y todo lo desea. Para que María ponga al Niño en nuestro corazón, tiene que estar firme, sin temblequeos, en paz.

Imagino a José que ajusta las tablas con dos o tres golpes de sus manos carpinteras y afirma el pesebre en el suelo, para que no esté tembleque.
El pesebre son cuatro tablas o troncos, bien calzados pero ajustables. Cada tanto requiere unos golpes que encajen bien los encastres y también requiere que se busque su posición en el suelo, para salvar desniveles.
Así pasa con nuestro corazón. Si en algo se asemeja a un pesebre es en que en él resuena todo lo humano y todo lo divino. Nuestro corazón es el lugar misterioso donde encajan nuestra carne –con sus pasiones- y nuestro espíritu –con sus consolaciones y desolaciones. Y los encastres se desvencijan y necesitan ajuste, para que el corazón no ande tembleque y con una pata más corta que la otra.
De frágil equilibrio el pesebre, sin embargo, en manos de un buen carpintero, es fácil de ajustar y de afirmar.
Por eso, al contemplar cómo María reclina al Niño en él, advertimos el detalle de un José que se le adelanta y en un instante lo ajusta y lo afirma bien en el piso con cuatro palmadas y buscándole la posición.

Que San José nos apesebre el corazón, para que “no temamos recibir al Niño”. Que San José nos apesebre el corazón, para que el Niño pueda reposar en nosotros en paz.
Como dice el Salmo: “Mi corazón está firme y se mantiene en paz”.
El signo de que tu corazón está apesebrado es la paz:
Que sobre tu alegría y tu fatiga reine la paz.
Que tu trabajo tenga esa tranquilidad del buen orden en la que consiste la paz.
Que tu fiesta familiar transcurra en paz: que ayudes en paz a hacer las cosas y aprendas a corregir en paz…
Que proyectes en paz tus planes y que recuerdes en paz el año que ha pasado,
¡Y, por sobre todo esto, que al besar al Niño El te transmita su paz!
La paz es la gracia del bebé recién nacido, del que duerme envuelto en pañales sobre el pesebre afirmado: Él es el que nos trae la paz.

El corazón se apesebra dejando que María nos lo ahueque y lo ponga mullido
Nuestro corazón tiene sus pinches, sus rispideces, sus durezas y cerrazones. Pero si nos encuentran la vuelta con cariño, nuestro corazón se deja moldear.
Como el pesebre, que se deja ahuecar.
Tiene forma ahuecada pero, además, las ramitas de paja se dejan moldear y por eso son aptas para contener al Niño en paz.

Imaginamos a María, que moldea suavemente el huequito quitando alguna rama pinchuda para que no lastime el pañal, y juntando el pastito para que la dureza de las tablas no moleste al Niño.
Mantenerse en paz es también dejarse ahuecar el corazón, dejar que nos ablanden las aristas –angustias, pensamientos obsesivos, miedos, necesidad de controlar todo…-, que pueden molestar al Niño.

Es el peso del Niño el que da la medida de cuán mullido debe estar el hueco del corazón. No las circunstancias de la vida.
La paz es poder hacer las cosas sin perder el sentido del peso del Niño que reposa en nuestro corazón.
Por eso, cuando miramos a María que reclina al Niño en el pesebre, advertimos el detalle de cómo no lo pone directamente sino que al ponerlo aplasta un poco la paja y hace un huequito acogedor.

Que María nos apesebre, pues, el corazón, para que el Niño se acomode a gusto y encuentre su centro, su lugar justo para estar.
La miramos cómo se aleja un poquito, y se queda junto a José, contemplando a su Niño en torno al cual todo comienza a girar distinto: ordenado en su paz.
María fue la primera en realizar este gesto trascendente. Y al reclinar al Niño en el pesebre centró el mundo y la historia en su quicio. Al tener en sí a Jesús, ese pesebrito marginal, se convirtió en el centro del Imperio y de la historia. No es que fuera por sí mismo más que antes, pero el amor de Dios el Padre que lo centró todo en Jesús, lo centró con pesebre incluido. Así, todo cristiano que lleva a Jesús en sí camina en paz, porque es el centro del mundo y de la historia. Centro no para ser admirado sino para poder actuar con amor. Y por eso cada cristiano puede desarrollar en paz mil pequeñas acciones, limitadas y pobrísimas exteriormente, pero llenas de caridad, y hacerlo con los mil estilos distintos propios de cada uno –así como cada quien arma su pesebrito particular-: la paz brota del centro que todo lo ordena y todo lo bendice y ese centro es Jesús –con pesebre (nosotros) incluido-.
Algún día nos daremos cuenta de que el universo entero es eso: pesebre en el que está recostado Jesús. Eso somos nosotros: lugar para que se recueste Dios. Morada de Dios. Su casa. Donde quiere habitar. Por eso nos atrae tanto el pesebrito. Porque es lo que somos. Y quisiéramos serlo más, para que habite Jesús en nosotros.

Que el Niño nos apesebre el corazón con su paz, para que obrando en paz Él pueda centrar todo lo que hacemos en sí.

Centrado en el pesebre, el Niño se convierte en alimento.
El pesebre es donde comen paja el asno y el buey.
Es verdad que tiene forma de cuna, pero en realidad es mesa: la mesa de los animales que sirven al hombre, del de carga y del de yugo.
Allí va a ser recostado el que se convertirá en nuestro alimento.
La primera patena para el pan de la eucaristía es un pesebrito (phatne en griego, de allí “patena”).
Al recostar al Niño en el pesebre María ya nos puso el pan a la mesa, en Belén, la casa del pan. Jesús ya es Eucaristía desde el primer momento.
Es Nochebuena.
Los ángeles nos dicen:
“Paz a los hombres que le caen bien al Señor”.
Y con este anuncio, la Esperanza
–ese hueco que nada ni nadie puede llenar en el corazón del hombre-
se vuelve gesto sencillo:
el gesto de dejarnos apesebrar el corazón
por las manos de José y de María.
Para que el Niño se acomode bien
y con su peso leve y tierno de Eucaristía
nos quite los temores y nos llene de paz el corazón.
Diego Fares sj

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Jesús el hijo de José, Pan del Cielo

Niño bendiciendo el pan

Los judíos murmuraban de Jesús, porque había dicho:
‘Yo soy el pan que ha bajado del cielo’.
Y decían: ‘¿Acaso este no es Jesús, el hijo de José?
Nosotros conocemos a su padre y a su madre.
¿Cómo puede decir ahora: Yo he bajado del cielo?’

Jesús tomó la palabra y les dijo:
‘No murmuren entre ustedes.
Nadie puede venir a mí a no ser que mi Padre que me envió lo atraiga a mí;
Y yo lo resucitaré en el último día.
Está escrito: Todos serán instruidos por Dios.
Todo el que oye al Padre y aprende su enseñanza, viene a mí.
No (quiero decir) que al Padre lo haya visto alguien:
Solo el que viene de parte de Dios: ese es el que ha visto al Padre.
Se los digo de verdad: el que cree, tiene vida eterna.

Yo soy el pan de la Vida.
Sus padres, en el desierto, comieron el maná y murieron.
Pero éste es el pan que desciende del cielo,
para que aquél que lo coma no muera.
Yo soy el pan vivo que descendió del cielo.
El que coma de este pan vivirá eternamente,
Y el pan que Yo daré es mi carne para la vida del mundo’ (Jn 6, 41-51).

Contemplación

La mención de San José en medio del evangelio del Pan de vida me encanta.
Es verdad que se trata sólo de una mención indirecta, que no está dicha con cariño sino con menosprecio y que más que alabar a José quiere rebajar a Jesús. Pero en el evangelio las cosas no son lo que parecen y las maledicencias pueden terminar siendo bienaventuranzas.
Los judíos murmuran, critican las palabras de Jesús sobre el Pan del Cielo argumentando entre ellos para confirmarse que tienen razón:
“¿Acaso este no es Jesús, el hijo de José?
Nosotros conocemos a su padre y a su madre.
¿Cómo puede decir ahora: Yo he bajado del cielo?”.

La respuesta de Jesús parece no tener en cuenta que utilizaron el nombre y el oficio de su padre para quitarle veracidad a sus palabras.
Sin embargo, podemos releer las palabras del hijo de José poniendo a San José en el centro de la escena.
¿Por qué?
Antes que nada, por gusto; por cariño a San José.
Son tan pocas sus apariciones que cuando sale a la luz, (que siempre suele ser como al costadito, en un rol secundario), cuando se lo menciona, digo, hay que aprovechar para sacarle el jugo. Teológicamente seguimos la lógica de la Encarnación de Juan que revela cómo “a los que creen en la Palabra hecha Carne –hecha Pan-, Dios les da la gracia de ser sus hijos. Y en esto de ser discípulos del Reino, si la primera es María, el segundo, sin dudas, es San José. Juan XXIII que sentía así puso por eso a San José en el Canon, después de la Virgen y antes que todos los demás santos.

La grandeza de José a los ojos de Jesús es indudable. Baste solo una referencia, que tiene que ver con el Pan de vida del que trata el evangelio de hoy: el origen del gesto de partir el pan en nuestra Eucaristía lo conocemos todos. La cena judía, sobre todo la pascual, comenzaba con un pequeño rito: el padre de familia partía el pan para repartirlo a todos, mientras pronunciaba una oración de bendición a Dios. Este gesto expresaba la gratitud hacia Dios y a la vez el sentido familiar de solidaridad en el mismo pan. Así que la imagen que tenía Jesús de cómo se partía el pan le venía de José. Cada día, desde pequeño, le vio partir el pan bendiciendo al Padre. Cada día recibió Jesús en sus manitos de niño el pan partido por José. Horneado por María, bendecido, partido y repartido por José. Al elegir el gesto de partir el pan como modo de estar presente entre nosotros, el Señor nos incluye en sus sentimientos de familia.

Imaginemos entonces los sentimientos de Jesús cuando, mientras está hablando de sí mismo como Pan del cielo, le hacen un desprecio a su padre cuya imagen tiene tan unida al gesto del partir el pan.

¿Qué siente el Señor, que está dando su enseñanza mayor, la del Pan de Vida, cuando le meten a su padre José en la conversación con el fin de desautorizar su Palabra? En otro pasaje sus adversarios acentuarán la ironía al utilizar la expresión: “el hijo del carpintero”. ¿Qué siente Jesús cuando ve que utilizan la condición de artesano de su padre para desautorizar su “pretensión” de dar vida?
Se trata de esos argumentos que se usan para ningunear al otro, a los que estamos tan acostumbrados en nuestro tiempo. Lo primero que uno siente es que el Señor no tendría que haberlo dejado pasar. Jesús no está reivindicando para sí un título que podría ser mérito exclusivo suyo, más allá de la condición de su familia. Al presentarse como Pan de vida la imagen de su madre que le amasó el pan de cada día y de su padre que lo partió dando gracias al Padre del Cielo, están integradas al contenido de lo que quiere revelar. San José y la Virgen María son parte integral de Jesús como Pan de Vida. El es el Pan del Cielo que el Padre nos da, pero no “caído del cielo” como el maná, Jesús no es el pan en serie de la panadería sino el pan que fue “creciendo (levando) en sabiduría y gracia, durante largos años en el hogar de San José.

Si es así, la respuesta que da Jesús a continuación, puede leerse desde la perspectiva de un hijo que honra a su padre. Lo quieren sacar del juego despreciando a su familia y él mete en el juego a su familia y realza su participación en su misión.

Escuchemos con intención las palabras del hijo de José:

“No murmuren entre ustedes”, les reprocha.
El Señor recoge el guante. Juzga que están criticando mal. Es decir: que están utilizando argumentos para herir, no para mejorar la comprensión de las cosas. Esto es lo que nos dio pie a sentir que a Jesús le afectó que mencionaran a sus padres.
Luego agrega un largo párrafo que pareciera que no tiene mucho que ver, pero que podemos leer en el mismo espíritu con que leemos las respuestas de Jesús cuando le mencionan a su Madre. Cuando le dicen que su Madre y sus hermanos lo buscan, el Señor responde que “su Madre y sus hermanos son sus discípulos, los que escuchan la Palabra y la ponen en práctica”. La Iglesia siempre ha interpretado este pasaje, no como un menosprecio a María sino como una manera de honrar a su Madre, que fue la primera discípula, la que mejor escuchó la Palabra y aceptó activamente que se hiciera realidad en ella.
En esta misma línea podemos leer lo que Jesús dice a continuación como una manera de resaltar la fe de buen discípulo de su padre San José.
Leemos el pasaje teniendo en el corazón –paralelamente- la Anunciación a José, cuando el evangelio nos narra cómo:
“el ángel del Señor se le apareció en sueños a José y le dijo:
no temas recibir en tu casa a María, tu mujer”; y luego continúa mostrando la docilidad de José a la Palabra:
“Despertado José del sueño
hizo como le mandó el angel del Señor” (Mt 1, 20 ss.).

Escuchemos lo que dice Jesús contra los que murmuran menospreciando su condición de hijo de José:
“Nadie puede venir a mí
a no ser que mi Padre que me envió
lo atraiga a mí; y Yo lo resucitaré en el último día.
Está escrito: Todos serán instruidos por Dios
(Isaías 54, 13: “Todos tus hijos serán discípulos de Yahvéh
y será grande la dicha de tus hijos”).
Todo el que oye al Padre
y aprende su enseñanza,
viene a Mí.
No (quiero decir) que al Padre lo haya visto alguien:
Solo el que viene de parte de Dios:
ese es el que ha visto al Padre. Se los digo de verdad:
el que cree, tiene vida eterna”.
Si aplicamos a San José las palabras de Jesús entonces está diciendo:
José es mi padre terrenal no originándome,
sino dejando libre paso a la Paternidad de mi único Padre,
él, mi padre adoptivo.

José es mi padre terrenal siendo “no protagonista”,
aceptándome en la fe luego de haberme ya encarnado,
él, la sombra del Padre.

José es mi padre terrenal viniendo a mí,
siendo atraído a mí, que ya había sido concebido en el seno de mi Madre,
él, el hombre nacido del Espíritu, que sin saber de dónde viene ni a donde va se deja guiar por él (Jn 3, 8).
José es mi padre terrenal tomándome bajo su custodia,
él, el Custodio del Redentor.

José es mi padre terrenal porque es
“el que oye al Padre y aprende su enseñanza”,
él, el “discípulo de Yahvéh”.

José, mi padre terrenal, al igual que mi Madre,
son esos “discípulos” que profetizó Isaías en el libro de la Consolación,
en los cuatro cantos del Siervo de Yavéh.
Y por eso los reivindico reconociéndome como hijo de estos dos discípulos
a quienes mi Padre “ha abierto el oído” y los ha instruido
para que me reciban y, creyendo en Mí, tengan vida eterna.

Así, en esta línea, cada uno puede ir sintiendo y gustando la paternidad de San José, tal como la realza Jesús. Lo que Dios hace en María no lo hace en ella sola, sino integrando a José. Suele deslumbrarnos el polo luminoso de la llena de gracia, su respuesta hecha canto en el Magnificat, su participación en Caná, el estar junto a su Hijo al pie de la Cruz, su tomar a Juan ( a nosotros) por hijo y ser adoptada por él  (por nosotros) como Madre. Todas y cada una de estas dimensiones de las maravillas que el Todopoderoso hace en la vida de María pueden ser contempladas en unión con su Esposo San José.
La anunciación a María en la conciencia despierta de la fe tiene su otro polo en la anunciación a José en la lucidez del sueño. El fruto en ambos es el mismo: la encarnación de Jesús aceptada y adoptada en la fe. María deja que la Palabra se haga carne en ella, José hace lo que el Padre le dice y toma consigo al Niño y a su Madre.
La visitación tiene a María por protagonista, llevando la alegría del Niño que hace saltar de gozo a los que lo reciben con fe. La huida a Egipto tiene como protagonista defensivo a José, que custodia al Niño defendiéndolo de los que odian la fe.
El Magnificat es explosión de júbilo cantado por María a viva voz. El silencio de José es un silencio de Magnificat cantado interiormente. La misma alabanza, con dos maneras de expresarlo. ¿No le sienta acaso el Magnificat a San José?
No imaginamos su oración interior desbordada de gozo por que el Señor ha mirado con bondad su pequeñez y ha hecho grandes cosas con él?
En Caná, María sintetiza su espiritualidad en esas dos frases: a su Hijo: “No tienen vino” y a los servidores: “Hagan todo lo que él les diga”. José fue envuelto por esta Autoridad de la palabra y vivió toda su vida en la Obediencia de la fe: hizo como el ángel del Señor le dijo.

María da pie a esta integración de José a todo lo que ella vive en el pasaje de Jesús perdido y hallado en el Templo, cuando habla en nombre de ambos y le reprocha cariñosamente al Niño Jesús: “Hijo, por qué nos has hecho esto. Tu padre y yo con angustia te buscábamos” (Lc 2, 48).
Podemos sacar de aquí el criterio exegético (la búsqueda interpretativa) de María para con lo que Jesús hace y dice: ella expresa que buscan a Jesús de a dos: es un criterio esponsal, familiar, eclesial.
María puede revelarnos: recibí a Jesús pensando en José (cómo puede ser esto si no conozco varón);
di a luz a Jesús ayudada por José,
lo presentamos en el Templo juntos (“…cuando sus padres entraban en el Templo, Simeón…”);
lo custodiamos juntos con José
y creció en sabiduría y gracia sujeto a nosotros…
Y así, como en la mesa familiar, que los incluía a los tres, cada cosa de Jesús puede situarse teológicamente en esta espacio de amor generado entre José y María. Especialmente la Eucaristía: Pan bajado del cielo y compartido cotidianamente en el hogar de José y de María.
Profundizar en esta espiritualidad que integra a Jesús en esa polaridad vital de amor y fe que se alimenta mutuamente en el corazón de José y María, ayuda a acercar más la encarnación a nuestra vida. José representa todo el trabajo humano, vivido con la dignidad del silencio y del trabajo que un simple servidor realiza con alegría, para que Jesús sea protagonista de la Redención y María resplandezca a su lado, en el primer lugar para bien de todos.

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Diego Fares sj

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Sagrada Familia 2

El Hospedero a quien nos confió el Buen Samaritano

Hermanos, nadie puede decir: ‘Jesús es el Señor’,
si no está impulsado por el Espíritu Santo…
En cada uno el Espíritu se manifiesta para el bien común”
(1 Cor 12, 3 ss.)

Al atardecer del Domingo los discípulos estaban con las puertas cerradas
por miedo a los judíos; vino Jesús y se puso en medio de ellos y les dijo:
‘La paz esté con ustedes’.
Mientras les decía esto les mostró sus manos y su costado.
Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor.
Jesús les dijo de nuevo: ‘La paz esté con ustedes.
Como el Padre me envió a mí, Yo también los envío a ustedes’.
Al decir esto sopló sobre ellos y añadió: ‘Reciban el Espíritu Santo.
Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen
y serán retenidos a los que ustedes se los retengan’ (Jn 20, 19-23).

“Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar. De repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso,
que llenó toda la casa en la que se encontraban.Se les aparecieron unas lenguas como de fuego que, repartiéndose, se aposentaron sobre cada uno de ellos; todos quedaron llenos del Espíritu Santo y se pusieron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse” (Hc 2, 1 ss.).

Contemplación

En la liturgia de las horas de Pentecostés hay un hermoso pasaje de San Ireneo sobre el Envío del Espíritu Santo, en el que lo compara con el Hospedero a quien el Buen Samaritano le confió al hombre herido que estaba tirado al borde del camino. Dice así:
“Y ya que tenemos a quien nos acusa, tengamos también un Abogado, pues que el Señor encomienda al Espíritu Santo el cuidado del hombre, posesión suya, que había caído en manos de ladrones, del cual se compadeció y vendo sus heridas, entregando después los dos denarios regios para que nosotros, recibiendo por el Espíritu la imagen y la inscripción del Padre y del Hijo, hagamos fructificar el denario que se nos ha confiado, retornándolo al Señor con interés”.

Me llamó la atención la comparación y buscando en griego el nombre del “hospedero” a ver si se aplicaba al Espíritu, descubrí con alegría que se dice “pandojei” =el que recibe bien (dejomai) a todos (pan). “Dejomai” significa “recibir”, tomar con la mano, y se usa para acoger a un huésped y para recibir hospitalidad, también para tomar y recibir una enseñanza… De ahí que San Ireneo compare al Espíritu con el Hospedero.
El Espíritu es el Dulce Huésped del alma y cuando un alma lo hospeda, se convierte Él en Hospedero.
Él es el hospedero que sana nuestras heridas, el Espíritu que el Señor sopló sobre los discípulos “para el perdón de los pecados”.
Él es el que nos recibe y nos acoge como buen Abogado y Paráclito y se pone a nuestro lado para defendernos y consolarnos de quien, con sus insidias, nos acusa y nos zahiere, del mal espíritu que intenta desolarnos y para impedir ese suave y constante “permanecer en el amor” que nos manda el Maestro.
El Espíritu huésped-hospedero es quien nos enseña a recibir las enseñanzas de Jesús en tierra buena, de modo tal que la semilla de fruto abundante.

Esta misteriosa cualidad de hospedar y ser hospedado es lo más propio de la relación entre Jesús y el Padre, relación de amor en la cual el Señor nos quiere incluir para que incluyamos.
“El que reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe; y el que me reciba a mí, no me recibe a mí sino a Aquel que me ha enviado” (Mc 9, 37).

El milagro de la comunidad

Guardini expresa muy bien el fruto de este recibirse y hospedarse mutuamente en el amor y el perdón: la comunidad. ¡El milagro de la comunidad! como decía Hurtado. Milagro más grande que los milagros de las obras exteriores, porque es el Espíritu de alegría de la comunidad el que fructifica en obras de amor.
El Espíritu posibilita ese anhelo que no podemos realizar de ser nosotros mismos y de formar comunidad plenamente con otros. El Padre y el Hijo sí que pueden estar plenamente el uno en el otro sin perderse como personas, ser plenamente uno siendo dos. Esto es el Amor entre ellos y ese Amos es el Espíritu que se Donan mutuamente y que nos envían a nosotros como Don. Por eso, en el Espíritu podemos recibirnos todos: podemos incluir a todos los hombres, podemos hospedar al mismo Dios que viene a habitar en nuestro interior.

Odres nuevos para recibir a Jesús

El Espíritu, al ser bien recibido, crea en nosotros eso que llamamos “gracia”, Él mismo es la Gracia increada y al dársenos a cada uno en nuestra medida, nos transforma en “odres nuevos”. Permite que tengamos un lugar en nosotros mismos (por decirlo de alguna manera) donde podemos recibir bien a Jesús. Recibirlo, digo,de manera definitiva: sin roturas ni parches. El Espíritu nos hace recipientes aptos para la Buena Nueva. Sin el espíritu no nos sería posible recibir a Jesús. Lo vemos en las apariciones del Señor resucitado: el efecto que produce en sus discípulos es tal que no terminan de creer. Cada vez que el Señor se les presenta, les cuesta reconocerlo. Luego de un camino juntos, lo reconocen y eso los llena de alegría. Una alegría que permanece cuando se va, pero que al poco tiempo decrece y las vacilaciones y las dudas vuelven a ganar lugar.
Sin el Espíritu tendríamos idas y venidas, nuestra fe sería vacilante.
Es un milagro la fe: ¡que uno crea y crea para siempre!.
La fe de los sencillos es el milagro mayor.
En otras cosas de la vida uno avanza y retrocede, cree y descree.
Esto también sucede con la fe (o mejor con la práctica de la fe), pero en su cara más superficial. En el fondo más hondo, el que cree sabe que una vez que creyó, cree para siempre. El temor mismo a perder la fe y lo que sufrimos cuando la sentimos “poca”, no son sino confirmaciones de cuánto la sentimos indeleble.

Las pausas del Espíritu

Por estas cosas, al promediar nuestra contemplación sobre el Espíritu Santo, es bueno hacer una doble pausa (las pausas en el Espíritu son la fuente de una continua paz interior). Una primera pausa, como la de quien entra en una Iglesia: dejando afuera el movimiento de la calle, doblamos la rodilla y centramos nuestra mirada en la lucecita del sagrario para adorar a Jesús. Es la pausa para entrar en la presencia de Dios que nos serena y pacifica. Hecho esto, es bueno detenerse nuevamente un instante más, ralentar la adoración al Padre o a Jesús e hincar de nuevo la rodilla para mirar no ya al Dios Otro sino al Dios que se hace un Espíritu con nosotros. Nos hace bien dar gracias expresamente al que fue Motor de nuestro deseo de entrar en la iglesia, al Espíritu que nos hace reconocer que “Jesús es el Señor”, al Espíritu que nos impulsa a exclamar de corazón ¡Abba, Padre!

Es que el Espíritu es protagonista de la oración y de las acciones de la Iglesia, no su objeto. Pablo lo expresa muy bien: “Hermanos, nadie puede decir: ‘Jesús es el Señor’, si no está impulsado por el Espíritu Santo…” Nadie podría ponerse a rezar con el evangelio si el Espíritu no le hubiera dado ya el deseo de rezar y el gusto que lleva a comprender lo que se lee. Por eso, es siempre lindo y noble el gesto de agradecer al Espíritu al comienzo, en el medio o al final de cualquier cosa que hagamos en el nombre de Jesús y para la Mayor Gloria del Padre. Sin el impulso del Espíritu no podríamos iniciar ni terminar nada en lo que a las cosas de Dios respecta. “Él lo ordena todo para el bien común”, como dice Pablo.

San José Hospedero

Terminamos buscando una imagen que nos ayude a enfocar nuestra relación con el Espíritu, porque esta doble pausa y reflexión requiere trabajo y de alguna manera pareciera que va como a contrapelo del movimiento del Espíritu, que siempre llena y hace salir, produce éxodos y misiones, lleva a contemplar a Jesús, a adorar al Padre y a salir al encuentro de nuestros hermanos necesitados de evangelio y de justicia amorosa…
Con la conciencia de que al Espíritu le agrada que lo reconozcamos, es bueno hacerlo a su estilo:
Reconocerlo con gestos, no con palabras.
Reconocerlo dejándonos conducir y amaestrar por él, no haciéndolo objeto de estudio.

La imagen más linda que me viene al corazón es la de San José.
San José es el hombre del Espíritu.
Su silencio se parece mucho al del Espíritu, que no habla nada suyo porque hace hablar a Jesús, la Palabra.
San José es el que “recibe” y toma consigo al Niño a su Madre, y cuidándolos a ellos, ellos le cuidan su paz a él.
Su no tener una palabra propia que haya quedado en el Evangelio es una elocuente forma de decir que pasaron por su corazón todas las palabras de Jesús. A Él si le habló y mucho, seguramente. Pero así como María habla poco (y como Madre hace suyas las palabras del Padre: “hagan todo lo que el Hijo les diga”), San José, como el Espíritu, sólo muestra a su Hijo en brazos y con su amor invita a que lo recibamos nosotros también y lo cuidemos con el mismo amor.
El silencio de José crea el ámbito de hogar y hospedería para que la Palabra crezca en estatura, gracia y sabiduría, sanando heridas y dando frutos del ciento por uno y del doble de los denarios recibidos.
Los gestos de Hospedero fiel y previsor de San José, a quien el Señor puso al frente de su familia, traducen la acción del Espíritu en acciones de la vida diaria, convirtiendo nuestras Obras en Reino de Dios.

Sagrada Familia zefirelli 1

Diego Fares sj

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