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Posts Tagged ‘Semana Santa’

 

Cuando se aproximaron a Jerusalén, al llegar a Betfagé, junto al monte de los Olivos envió Jesús a dos discípulos, diciéndoles: «Vayan  al pueblo que está enfrente de ustedes, y enseguida encontrarán un asna atada y un pollino con ella; desátenlos y tráiganmelos. Y si alguien les dice algo, dirán: El Señor los necesita, pero enseguida los devolverá. »

Esto sucedió para que se cumpliese el oráculo del profeta:

Digan a la hija de Sión: He aquí que tu Rey viene a ti, manso y montado en un asna y un pollino, hijo de animal de yugo.

Fueron, pues, los discípulos e hicieron como Jesús les había encargado: trajeron el asna y el pollino. Luego pusieron sobre ellos sus mantos, y él se sentó encima.

La gente, muy numerosa, extendió sus mantos por el camino; otros cortaban ramas de los árboles y las tendían por el camino. Y la gente que iba delante y detrás de él gritaba:

« ¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas! »

Y al entrar él en Jerusalén, toda la ciudad se conmovió. « ¿Quién es éste?»  decían.

Y la gente decía: « Este es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea » (Mt 21, 1-11).

 

Contemplación

“Si alguien les dice algo…”

Yo soy ese “alguien”. Pero no les dije nada a los discípulos. Más aún, yo mismo desaté mi asna y le dí una palmada al burrito que se fue con ellos de lo más contento, como si supiera que iba a ver a su Dueño. Con mi padre criamos burros y los alquilamos. También la gente nos deja los suyos para que se los cuidemos cuando vienen en peregrinación al Templo. Tengo más o menos la edad del Maestro y he seguido todas sus cosas. No hemos hablado nunca, pero él me vió una vez entre la gente y en su mirada yo supe que me conocía. Por eso me ha llenado de alegría este gesto de confianza de parte suya. El sabe que aquel día en que lo escuché hablar, tuve fe en Él. En el sentido de que interiormente hice una especie de promesa de que, si me necesitaba para lo que fuera, podía contar conmigo. Así que cuando vi que sus discípulos entraban en mi corral como si fueran de mi familia, me dije a mi mismo: “era verdad”. Era verdad todo lo que había sentido aquel día: que Él había escuchado mi ofrecimiento. Todo era cierto. Nunca pensé que me fuera a pedir mi burra y el burrito. Confieso que había pensado en cosas más heroicas. Que me llamaba a ser su discípulo, a dejar todo y a seguirlo… A veces me inquietaba pensando si sería capaz de dejarlo todo: mi familia, mis animales, mi terreno… Pero Él solo me pidió prestada mi burra y su pollino. Fue solo por esa mañana. Al mediodía ya me los habían devuelto. Y aunque los evangelios no lo dicen, Él en persona pasó a agradecerme por la tarde. Fue un gesto de su parte. Quería pagarme pero yo, por supuesto, no le acepté nada (debo decir que me chocó mucho la actitud del que tenía la bolsa, ya que apenas yo dije que no quería nada, al mismo tiempo que el Señor insisitía, él ya había cerrado la bolsa y miraba para otro lado…). Le ofrecí al Señor que se quedaran en mi casa, pero me dijo que iba camino a Betania, que está un poco más abajo, a casa de Lázaro y de sus hermanas. Comprendí inmediatamente. En toda la región no se hablaba de otra cosa que de la resurrección de Lázaro. Aunque fue muy amable y no solo saludó a mi mujer y a mis hijos sino que le dio unas palmadas al burrito, que con Él no se mostraba para nada desconfiado como con los extraños, lo ví preocupado. Había tenido un encontronazo con las autoridades del Templo y la gente comentaba que había expulsado a los vendedores, en un arranque de ira como nunca se había visto. Yo después les decía a todos que a nosotros nos había parecido el hombre más manso del mundo. Pero parece que lo del Templo fue impresionante. Dio vuelta las mesas de dinero y con el látigo él mismo movió a los animales. Nadie lo hubiera dicho viéndolo ahora acariciar a mi burrito. Yo se que lo suyo fue un gesto, como esos que la Escritura narra de los profetas. Pero la gente estaba alborotada. Unos decían que debía ser nuestro Rey. Otros desconfiaban, porque las autoridades decían que era un falso profeta. La cuestión es que yo le había dado mis animales y, montado sobre mi asna, Él había entrado triunfalmente en nuestra Ciudad Santa. Bueno, las cosas grandes todos las saben. Yo cuento lo chiquito, lo que me pasó a mí. Y debo decir que hubo algo más. A la mañana siguiente, Él pasó de nuevo. Iba otra vez al Templo y sucedió lo de la higuera. Ustedes sabrán que Betfagé, el nombre de mi pueblo, significa “Casa de las brevas o de los higos verdes”. Pues bien, una higuera quedó seca de raíz esa madrugada. Dicen que el Señor, “al amanecer, cuando volvía a la ciudad, sintió hambre; y viendo una higuera junto al camino, se acercó a ella, pero no encontró en ella más que hojas. Entonces, dicen que le dijo a la higuera: “que nunca jamás brote fruto de ti!” Y al momento se secó la higuera”. Yo quedé muy impresionado. Por la maldición y porque no era tiempo de higos. Miraba la higuera y miraba mi burra y el burrito y pensaba que menos mal que había tenido todo preparado. Creo que estos signos cobraron sentido después de la pasión del Señor. Estas muestras de poder contrastaron con la mansedumbre que mostró al recibir la flagelación y al tener que cargar con la cruz. Los que habíamos sido testigos de la expulsión de los vendedores del Templo y de la maldición de la higuera, que se secó en un instante como si le hubiera caído un rayo, comprendimos que Él iba libremente a la pasión, que nadie le quitaba la vida sino que Él mismo la entregaba. Pero, como decía, estas reflexiones más teológicas, creo que las puede hacer cualquiera. Yo me quedo con que Él ya me conocía (como le dijo a Natanael, que lo había visto cuando estaba debajo de la higuera); Él ya sabía de mi deseo hondo de estar disponible para cualquier cosa que necesitara y, cuando se dio la oportunidad, mandó  a que me pidieran mi burra y el borriquito. Me quedo también con ese gesto que tuvo de volver a agradecerme personalmente. Y lo de querer pagar el alquiler de los animales. Imaginense. He visto que en su época, el sucesor de uno de sus discípulos (de Simón Pedro, al que el Señor mandó a que me trajera la burra después de su entrada triunfal en Jerusalen), también volvió al albergue a pagar el alquiler después de que lo habían elegido Papa. Son esas cosas concretas que a la gente común nos dicen más que todas las teologías. Cuando a la semana siguiente, después de la muerte del Señor, los mismos discípulos comenzaron a anunciar que había resucitado, yo fui de los primeros en unirme a ellos y en hacerme bautizar. Y no uso la expresión vulgar de que “habría que ser muy burro para no darse cuenta de que quién era Jesús”, porque sería faltarle el respeto a mi borriquito, que tan a gusto se había sentido con el Maestro, y que tan campantemente lo había acompañado, junto a su madre, guardando en sus grandes orejas la maravillosa música de las aclamaciones del pueblo, sobre todo las hurras y viva viva de los chicos de Jerusalen, que desde aquel día venían siempre a verlo y me pedían si lo podían montar un rato, como si fueran cada uno un Niño Jesús, y le daban  terrones de azucar… Ellos lo reconocen como el burrito sobre cuya madre el Hijo de David entró proféticamente en la ciudad Santa y yo no dejo de maravillarme de que mi asna y mi burrito, que siempre han sido parte de mi trabajo cotidiano, hayan cobrado un valor tan grande, como para darle sentido a toda mi vida, ya que me ha bastado siempre mirarlos nada más un momento, para que se me agolpen en la memoria –llenándome de consuelo- todos los hechos de la pasión de Jesús y los que siguieron a su resurrección bendita y sienta que, gracias a mi burra y a su borriquito, yo fui protagonista y puedo ser testigo de tanto bien que nos ha venido a todos gracias a Jesús, que quiso comenzar la semana santa de su entrega entrando humildemente en Jerusalen montado sobre mi asna y mi burrito.

 

Diego Fares sj – Domingo de ramos A 2017

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lavatorio21Comulgar con Jesús, con su muerte y resurrección

Entramos en la Pascua de la mano de Pablo, el apasionado por comulgar con todo lo que sea de Jesús su Señor: comulgar con su resurrección, comulgar con sus padecimientos, comulgar con el conocimiento de su Evangelio… Para Pablo todo lo que lo aleje de estar en comunión con Jesús es “basura”, pérdida, y todo lo que lo ponga en comunión con Jesús es ganancia, aunque sean sufrimientos y problemas.
Juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas, y las tengo por basura para ganar a Cristo (…) y conocerle a él, el poder de su resurrección y la comunión en sus padecimientos hasta hacerme semejante a él en su muerte, tratando de llegar a la resurrección de entre los muertos (…). Por eso una cosa hago: olvido lo que dejé atrás y me lanzo a lo que está por delante (Fil 3, 13-17).

Jueves Santo
Comulgar con lo que Jesús “hace”

“Bienaventurados ustedes si, sabiendo esto, lo hacen”

Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. Durante la cena, cuando ya el diablo había puesto en el corazón a Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarle, sabiendo que el Padre le había puesto todo en sus manos y que había salido de Dios y a Dios volvía, se levanta de la mesa, se quita sus vestidos y, tomando una toalla, se la ciñó. Luego echa agua en un recipiente y se puso a lavar los pies de los discípulos y a secárselos con la toalla con que estaba ceñido. Llega a Simón Pedro; éste le dice:
─ Señor, ¿tú lavarme a mí los pies?
Jesús le respondió:
─ Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora: lo comprenderás más tarde.
Le dice Pedro:
─ No me lavarás los pies jamás.
Jesús le respondió:
─ Si no te lavo, no tienes parte (comulgas) conmigo.
Le dice Simón Pedro:
─ Señor, no sólo los pies, sino hasta las manos y la cabeza.
Jesús le dice:
─ El que se ha bañado, no necesita lavarse; está del todo limpio. Y ustedes están limpios, aunque no todos. Sabía quién le iba a entregar, y por eso dijo: No están limpios todos. Después que les lavó los pies, tomó sus vestidos, volvió a la mesa, y les dijo:
─ ¿Comprenden lo que he hecho con ustedes? Ustedes me llaman ‘el Maestro’ y ‘el Señor’, y dicen bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros. Porque les he dado ejemplo, para que también ustedes hagan como yo he hecho con ustedes. En verdad, en verdad les digo: no es más el servidor que su patrón, ni el enviado más que el que le envía. Bienaventurados ustedes si, sabiendo esto, lo hacen” (Jn 13, 1 ss.).

Contemplación

Ponemos entero el Evangelio del lavatorio de los pies porque incluye en sí toda la pasión y la resurrección del Señor. La dicha de la resurrección perfuma ya el gesto de cariñoso abajamiento de Cristo y en la limpieza maternal que hace de los pies de los discípulos, la redención alcanza ese límite adonde el pecado había hecho caer al hombre y desde el cual Jesús hace que se ponga de nuevo en pie la Vida.

La bienaventuranza de Juan incluye un saber y un hacer.
Un saber que no es un saber cualquiera sino la sabiduría que “el Padre revela a los pequeños, a los que aman a su Hijo amado”.
Y un hacer que implica el estilo humilde y servicial del Maestro.
“Bienaventurados ustedes si, sabiendo esto, lo hacen”.
Se podría traducir diciendo: ¡feliz aquel que sabe hacer las cosas del Padre a la manera de Jesús! Feliz aquel que, al hacer las cosas, las hace comulgando con Jesús.

Comulgar con Jesús es una dicha

Nos detenemos primero en la dicha, en la bienaventuranza. Entrar en comunión con Jesús, es una dicha: la dicha serena y plena de una paz profunda.
Feliz la persona que al relacionarse con los demás entra en comunión con los sentimientos de Jesús (y no se engancha con los sentimientos cambiantes de los hombres):
“Tengan entre ustedes los sentimientos de Jesús…”

Feliz aquel que cuando se pone a pensar las cosas, cuando juzga o recuerda o proyecta, trata de entrar en comunión con la mente de Cristo, para renovar sus criterios (y no se engancha con los criterios del paradigma de moda):
“El hombre espiritual puede juzgarlo todo
(… Porque) tenemos la mente de Cristo”.

Feliz el que cuando anda afligido y agobiado por las cosas de la vida, descansa entrando en comunión con el corazón de Jesús, con su manera de sobrellevar la cruz (y no se engancha en la queja ni en la desesperanza):
“Aprendan de mí que soy manso y humilde de corazón”.

No resistirnos a que Jesús comulgue con nosotros lavándonos los pies

En segundo lugar, nos detenemos en la resistencia de Pedro a que Jesús le lave los pies. Para comulgar con Jesús es fundamental superar estas resistencias.
Para entrar en comunión con nosotros y para que nosotros podamos entrar en comunión con Él, Jesús juzga que es necesario que nos lave los pies. “Si no, no tienes parte conmigo”.
No basta que Jesús nos redima en grande, diríamos, sino que es necesario que se haga cargo personalmente de todas los pequeños “peros” que obstaculizan y empañan nuestra comunión con Él.
Cada uno tiene alguna culpa o se le cuela algún criterio que no lo deja estar en paz en comunión con Jesús en los momentos en que más lo necesita. Y el Señor quiere que dejemos eso – precisamente eso- en sus manos.

Como Pedro, nos resistimos.
Martini dice que:
“Es necesario que como Pedro nos dejemos penetrar de tal manera por el amor del Padre y del Hijo, que en todo dependa de Dios nuestra vida –como el Hijo depende del Padre – y que vivamos totalmente en esta dependencia de amor y de reconocimiento (comunión), al que nuestro corazón humano no siempre está dispuesto a abrirse, porque preferimos más bien salvarnos por nosotros mismos”.

Comulgar con Jesús sabiendo que somos amigos

Para entrar en comunión con él, el Señor nos dice que tenemos hacer lo que él hizo pero con una conciencia especial, sabiendo algo.
Comulgar ¿sabiendo qué? Sabiendo que Jesús lo hizo todo primero y como amigo.
Jesús nos revela su mente como a amigos, lo cual equivale a decir que tenemos todas las claves. Así como un amigo sabe si algo le gustará o no a su amigo y lo que haría en tal situación, así quiere Jesús que sepamos cómo hace Él las cosas y cómo quiere que las hagamos nosotros. No como siervos sino como amigos. “No los llamo ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a ustedes los he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre se los he dado a conocer. Ustedes son mis amigos, si hacen lo que yo les mando” (Jn 15, 13-16).

Comulgar con Jesús mientras “hacemos las cosas”

En la bienaventuranza de Jesús, más que el saber lo que predomina es el “hacer”. Jesús sabe todo lo que va a pasar y se concentra en un hacer bien concreto, creativamente concreto. El gesto de lavar los pies es un gesto Eucarístico por naturaleza, es un gesto de comunión. Jesús comulga con esa necesidad humana de sentarse limpios a la mesa, entra en la mayor cercanía e intimidad con sus amigos prestándoles este servicio de esclavo, o más que de esclavo, servicio de madre. Seguramente Jesús recordaría cómo la Virgen le lavaba los piecitos de niño, cada día antes de cenar. El lavatorio de los pies es un gesto maternal, una entrada mariana a la pasión.

En el lavatorio de los pies encontró el Señor el hacer del amor más significativo para ese momento. Expresión de toda su vida que fue de una continua creatividad para encontrar maneras concretas de entrar en comunión con su prójimo, con pequeños y grandes gestos de amor.

Comulgar bebiendo nuestros sufrimientos del único cáliz de Cristo

Junto con el lavatorio, destacamos otro gesto de comunión muy especial de este Jueves Santo: el gesto de hacerles beber a todos de un único cáliz, el Suyo (y no a cada uno de su copa). El beber del mismo cáliz hace sentir muy fuerte el deseo del Señor de que todo sufrimiento sea suyo, de que no haya ningún sufrimiento que se particularice. Haremos obras mayores que las que él hizo, pero no sufriremos más de lo que él sufrió. Entrar en comunión con el Cáliz de Jesús significa que nadie debe beber los sufrimientos de su propia copa. Todo sufrimiento tenemos que aprender a beberlo, a comulgarlo, sintiendo y creyendo que lo bebemos de un único cáliz, el del Señor Jesús.
Si uno quiere beber los sufrimientos propios sólo en su cáliz, termina sintiéndose miserable.
Si uno quiere beber el sufrimiento de los otros, termina ahogado por el sufrimiento del mundo.
Sólo bebiendo del Cáliz de Jesús el sufrimiento sabe distinto, sabe a él, a comunión de los santos y de los mártires, y es bebida espiritual, bebida de salvación.

Viernes santo
Comulgar con la realidad

El viernes santo no se “hace la Eucaristía”.
Es el único día del año en que no se consagran el pan y el vino y la comunión se realiza con el Cuerpo y la Sangre del Señor consagrados la noche anterior.
El Viernes Santo es un día en que el rito rompe todos los ritos. Es signo de que la Eucaristía no es algo simbólico sino real. Por eso se realizan los Via Crucis en las calles.
El Viernes santo es un día para “comulgar con la realidad”, como comulgó Jesús.
Jesús dio su vida en la calle. Entregó su carne en manos de sus verdugos y derramó su sangre hasta la última gota en la Cruz.

Cuando muere un personaje importante, ese día se vuelve simbólico. Ese día se junta la gente, se hace una misa, se dicen discursos…
Con Jesús es al revés. La Eucaristía la realizó Él mismo antes de su muerte. Y luego, el viernes santo, la vivió como se la impusieron.

Por eso los cristianos, el Viernes Santo suspendemos la Eucaristía sacramental y salimos a la calle, cada uno a su Via Crucis, a comulgar con la realidad.
A Jesús te lo vas a encontrar en lo más real de tu realidad, allí donde están los que más querés y los que más odiás, allí donde tenés tu Cruz más dolorosa y tu entrega más total. Es el día en que Jesús sale a tu encuentro en tu calle. Y vos tenés que ver si sos la Verónica o el Cireneo, Juan y Magdalena o los soldados romanos…

El Viernes Santo es un día muy pero muy especial. Es triste, porque representa lo que sería (lo que en gran medida es) nuestra vida si Cristo no hubiera resucitado.
Nuestra vida sería (y lo es en gran medida) un viernes santo, en el que los inocentes padecen y la injusticia triunfa.

Se trata de un tiempo breve en la vida del Señor, pero intensísimo.

Es imagen de esa característica del tiempo que consiste en “devorarnos”, en pasar, en empujarnos, en hacernos sentir que no hacemos pie en la existencia sino que nos disolvemos en ella: el Viernes Santo es tiempo de pasión y de Cruz, de sufrimiento y de muerte.

En realidad el tiempo del Viernes Santo es el tiempo que nos muestran a diario los medios de comunicación: siempre estamos viendo a alguien que sufre y esos sufrimientos como que se apoderan o tapan todo el resto de la vida normal y corriente. La intensidad y lo inexplicable del sufrimiento parece tener más intensidad que la otra característica del tiempo que es la del don: la experiencia de que la vida se nos da, crece en nosotros, fructifica, se comunica y se comparte. Porque el Viernes Santo, en lo escondido y gracias a Jesús, es el tiempo del pan que se deshace en nuestra boca y muere en nosotros pero para darnos Vida.

Sábado Santo
Comulgar con la muerte de Jesús

Desde que Jesús comulgó con lo más doloroso de nuestra realidad ─ con nuestra muerte ─, en toda realidad podemos comulgar con Él y con su Vida!

mujeres-resurreccion-rostrosVigilia Pascual
Comulgar con su resurrección desde nuestros miedos

“Cuando pasó el sábado, María Magdalena, María, la madre de Santiago, y Salomé compraron perfumes para ir a ungirle .
Y muy de madrugada, el primer día de la semana, vienen al sepulcro, salido ya el sol. Y se decían entre ellas:
─ ¿Quién nos correrá la piedra de la entrada del sepulcro?
Y mirando atentamente, observan que la piedra había sido corrida a un lado; era una piedra muy grande. Y entrando en el sepulcro, vieron a un joven sentado a la derecha, cubierto con una túnica blanca y quedaron estupefactas.
El les dice:
─ No teman. Buscan a Jesús, el Nazareno Crucificado. Resucitó, no está aquí. Miren el lugar donde lo pusieron. Vayan, digan a sus discípulos y a Pedro: El va antes que ustedes a Galilea; allí lo verán, como les dijo.
Y saliendo huyeron del sepulcro, pues se había apoderado de ellas un temblor y un estupor, y no dijeron nada a nadie, pues tenían miedo” (Mc 16, 1-8).

Contemplación

Las primeras en comulgar con la resurrección del Señor son las discípulas.
San Ignacio nos dice que, aunque el evangelio no lo diga, la primera en comulgar con la Resurrección de su Hijo fue Nuestra Señora. Si el Evangelio no lo dice es “porque supone que tenemos entendimiento”.
En la fe, así como creyó en encarnación antes de “experimentarla” físicamente, María también creyó en la resurrección de su Hijo antes de verlo o tocarlo o hablar con él. La comunión de la Madre con la carne de su hijo sigue un camino de mayor hondura que todas las demás comuniones. Por eso a comulgar con la carne del Señor la que mejor nos lo enseña es ella, María.

Las discípulas ─ María Magdalena, María de Santiago y Salomé ─ comulgan con la resurrección del Señor y se llenan de miedo. Temblor y pavor, dice Marcos. Y no cuentan nada de lo que el Angel les anuncia.
Nos sorprende esta reacción y sin embargo es lo que hace al evangelio tan creíble. Estas mujeres eran valientes. No se habían arredrado ante la Pasión del Señor. Estuvieron de pie junto a la Cruz. No le tienen miedo a los soldados ni a sus compatriotas. Hay en ellas más coraje que en todos los demás discípulos. Encima se les aparece un Ángel, les muestra que Jesús no está allí y les anuncia que ha resucitado. Y en vez de correr a proclamarlo, huyen temblando de miedo y no cuentan nada a nadie.

Este santo miedo. Este temor de Dios, este no poder contar lo que no tiene palabras, este callar y quedarse juntas en silencio, abre paso interior a la fuerza imparable de la Resurrección del Señor. El Señor quiere resucitar primero en el corazón más frágil, en el interior de las que más lo amaron en silencio, de las que se atrevieron a ir más lejos sin hacer bulla, en la intimidad de las que son conscientes de su pequeñez y no tienen cómo instrumentar un acontecimiento tan enorme. Jesús resucita primero en el silencio creyente de María,
Jesús resucita primero en el miedo y en el temblor de sus amigas y discípulas (miedo que vencen a fuerza de perfumes),
Jesús resucita primero en el llanto desconsolado de la Magdalena (llanto que no le quita lucidez para preguntar),
Jesús resucita primero en la desilusión de los discípulos de Emaús (desilusión que no los cierra a la hospitalidad)…
Jesús resucitado sigue entrando en comunión con lo más humilde de la humanidad. Y nos muestra así el camino para entrar en comunión con él. Es el mismo camino que comenzó en Galilea, en el miedo de los primeros discípulos al verlo calmar la tempestad ¿Por qué tienen miedo? ¿No tienen fe? (Mc 4, 40).
Jesús entra en comunión con nuestros miedos, que radican en nuestra percepción más aguda de la realidad y allí se establece con la paz de su resurrección. Como las discípulas, dejamos que entre en nuestro corazón y se haga presente allí donde tenemos las puertas cerradas por nuestros miedos (que se nos cuelan igual) y nos serene y consuele con la alegría de su paz.

Diego Fares sj.

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huerto-grecoJesús entra en la pasión “perfumado”

“Trajeron el burrito a Jesús y le echaron encima sus mantos y montó en él… La gante aclamaba Hosanna! Bendito el que viene en el nombre del Señor!… Y entró Jesús en Jerusalen en el templo, y echando una mirada sobre todo, como era ya tardía la hora, salió para Betania con los Doce” (Mc 11, 7-11).

El Domingo de Ramos es un domingo de entrada. Por eso comenzamos la ceremonia afuera, en la puerta del Templo, para entrar luego con Jesús y todo el pueblo de Dios a Jerusalen, a vivir con él esta semana santa.

Se trata de una Entrada especial, una Entrada al Reino de los Cielos, tal como lo revela y lo vive Jesús. Digo que es una entrada especial porque del Reino no se puede decir “está aquí” o “está allá”. Jesús dice que está “cerca”, “en medio de nosotros”: en el interior del corazón viviendo los acontecimientos sociales que se dan en medio de la vida familiar y pública del momento presente que nos toca vivir.
Por eso es que hay que estar recogidos interiormente y a la vez en medio de la Iglesia y de la vida, atentos a lo que sucede a nuestro alrededor.
La imagen rectora es la del Señor que vive lo que va sucediendo en la Pasión atento al Padre y los hombres, sin oponer resistencia ni escapar, pero al mismo tiempo con una actitud de amor activo que hace y dice lo que tiene que decir y hacer. El Señor cumple su misión, como bien dice Guardini.

La puerta de Entrada al Reino es la Cruz. No hay otra puerta. El Reino es Reino de Vida, Reino de paz y de justicia, Reino de amor y de alegría. Pero hay que entrar por la puerta estrecha y sólo de la mano de Jesús nos animamos a entrar por donde Él entró primero.
La puerta de la Cruz es sobre todo interior. Exteriormente la Cruz puede tomar muchas formas, algunas más notables y dolorosamente espectaculares, y otras más ocultas, que son vividas casi anónimamente, sin muchos testigos. Pero la Cruz interior de cada persona es a la vez única y la misma.
Y la gracia de la Cruz de Cristo es que hay en ella lugar para la nuestra, para la mía debe decirse cada uno.
Mi Cruz entra en la del Señor y allí lo que es sólo dolor sin sentido y sufrimiento se “hace santo” –sacrificio quiere decir “sacrum facere”, hacer que algo se vuelva sagrado-. Es que hacer un sacrificio no es “hacer algo que nos cuesta” sino que “lo que ya nos cuesta se vuelve sagrado. ¿Cómo? Lo que para nosotros es una cruz, al ofrecerlo al Padre comulgando con los sufrimientos de Cristo, se vuelve algo sagrado.
La caridad de Jesús en la Cruz hace que se vuelva sagrado todo sufrimiento humano en la medida en que “entra” en Él.

Unir nuestros sufrimientos a los de Cristo, esa es la gracia de la Pascua.

Unir nuestros sufrimientos, los sufrimientos de los que amamos y los de todos los hombres, especialmente los de los más pequeñitos y abandonados, unirlos a Cristo para que en él se vuelvan santos, esa es la gracia de la Pascua.

Al unirlos a los suyos nuestros sufrimientos adquieren sentido.

Sentido de amor, no explicación lógica.
Sentido de amor que se vuelve fuente de mayor amor y de vida.

San Gregorio Nacianceno lo dice con mucha fuerza y belleza en el Breviario de hoy:
“Sacrifiquemonos a nosotros mismos a Dios,
inmolemos cada día nuestra persona y toda nuestra actividad,
imitemos la pasión de Cristo con nuestros propios padecimientos,
honremos su sangre con nuestra propia sangre,
subamos con denuedo a la Cruz.
Si quieres imitar a Simón el Cireneo (puedes hacerlo),
toma tu cruz y sigue al Señor.
Si quieres imitar al buen ladrón crucificado con él (puedes hacerlo),
reconoce honradamente su divinidad…
Adora al que por amor a ti pende de la Cruz
y crucificándote tu también
(en la misma cruz que ya estés y te sientas interiormente crucificado)
procura recibir algún provecho de tu misma culpa…”.

San Gregorio nos indica un camino de entrada a la Pasión. Con Marcos, que nos pinta breves escenas de encuentros de Jesús con distintas personas, podemos entrar con las que más nos lleguen al corazón a los sufrimientos de Cristo para acercarle los nuestros y que queden santificados.
Elijo dos entradas, una que abre la pasión y otra que la cierra. Las dos tienen tienen en común un perfume.

El perfume de nardo

Mientras Jesús estaba en Betania, comiendo en casa de Simón el leproso, entró una mujer con un frasco lleno de un valioso perfume de nardo puro, y rompiendo el frasco, derramó el perfume sobre la cabeza de Jesús (Mc 14, 3).

La primera entrada a la Pasión del Señor es una entrada anticipada. Es la de la mujer que entra en la casa de Simón el leproso llevando un frasco lleno de un valioso perfume de nardo puro y rompiendo el frasco, derrama todo el perfume sobre la cabeza de Jesús.
Nos quedamos contemplando su gesto.
“Juan dice que “la casa se llenó del aroma del perfume•.
Dejamos pues que se nos perfume el alma, que nos entre el evangelio por el sentido espiritual del olfato.
Como comienza el Cantar de los Cantares:
“Mejores son que el vino tus amores;
mejores al olfato tus perfumes;
ungüento derramado es tu Nombre,
por eso te aman las doncellas” (Cant 1, 2-3).
Jesús entró en la pasión así perfumado ya que tanta cantidad de perfume le habrá impregnado el cabello para varios días.

Desde la perspectiva de hoy, de unir nuestros sufrimientos a los de Cristo para que se vuelvan sagrados, el gesto de la mujer me resuena como la imagen del sufrimiento que nos causa la misma gracia que hemos recibido, lo más noble que logramos construir con nuestro esfuerzo. En ese perfume están todas las ganancias y todos los gastos, todos los sueños y los deseos de esta mujer. En ese perfume está lo mejor de su vida y ella lo vuelca íntegro en la Cabeza santa de Jesús.

Otra mujer ungió con su perfume los pies del Señor llorando arrodillada sus pecados. Y el Señor alabó su mucho amor.

Esta, de pie, unge su cabeza en un gesto que el Señor alaba por su lucidez: “ungió mi cuerpo anticipadamente para la sepultura” y profetiza que su gesto quedará grabado como evangelio dentro del Evangelio.
No hay que mezclar perfumes. De esta mujer no se dice (ni se ve por su actitud) que sea pecadora. Por el contrario, es profetisa: interpreta el fondo de lo que está aconteciendo en el Corazón de Jesús –su entrega total- y le corresponde con una entrega también total, perfumándola humildemente con su perfume más valioso.

Junto con esta mujer pedimos la gracia de entrar en la pasión del Señor rompiendo el frasco donde guardamos lo mejor de nosotros mismos, nuestro amor más sincero y puro, que es como un valioso perfume, para derramarlo íntegro –en señal de total abandono- en su Cabeza. Para que sea Él el que de sentido a todo lo que vivimos con más pasión e intensidad, a todo aquello que perfuma nuestra alma y le da su tono existencial, de alegría y de angustia tembién.
Al Señor le interesa este perfume nuestro más que todos los demás. Le interesa más que nuestras buenas obras, el perfume con que están realizadas, más que nuestros deberes cumplidos, el perfume con que perfumamos nuestros sentimientos y pensamientos.
San Ignacio nos da el criterio del gusto (y por tanto del perfume) para rezar con aquello en lo que encontramos algo más de sentimiento, lo que nos huele más rico, podríamos decir, de alguna frase de Jesús. Así también al Señor le interesa dialogar con nosotros tomando pie en aquello que perfuma nuestras palabras y acciones, para bendecirlo. Así como se fija con misericordia inmensa en aquello que huele mal en nuestro corazón, aquello que hiede a pecado, para lavarlo y perdonarlo, así valora con Amistad infinita el perfume de nuestra amistad más sincera e íntegra.

Por este lado va lo de entrar en la Pasión de la mano de Jesús, sabiendo que va perfumado con lo mejor de la humanidad, representado por este valioso (y a la vez humilde) perfume de mujer leal al Señor. Y le llamo leal apoyándome en la contraimagen: la de la rabia sórdida de Judas, que critica el gesto. El mal olor de la traición no soporta el perfume de la lealtad.

Perfume de mirra y áloe

La segunda entrada es una entrada tardía. Es la entrada que cierra la pasión, la de José de Arimatea al palacio de Pilato:
“Vino José de Arimatea, miembro prominente del concilio, que también esperaba el reino de Dios; y llenándose de valor, entró adonde estaba Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús” (Mc 15, 43).
Marcos destaca cómo se armó de valor y tomó coraje para comparecer ante Pilato y pedirle el cuerpo de Jesús. Juan nos dirá que fue con Nicodemo y que así como José compró la sábana santa, Nicodemo compró las cien libras de mirra y aloe (Jn 19, 39).
La sábana llena de especies aromáticas con que fue envuelto el cuerpo muerto del Señor también huele bien. Aunque tardío, es perfume de lealtad y de coraje de los que se juegan enteros. Y el jugarse entero vale aunque no llegue a tiempo. Jesús se va también perfumado con el perfume de Nicodemo y de José de Arimatea, sus discípulos ocultos. Ellos también han sufrido su cobardía y no la han tapado, han dejado que salga a la luz y humildemente han sabido soportar la crítica de su falta de compromiso y de coherencia con lo que creían. El Cuerpo del Señor acepta todo perfume auténtico y hasta después de muerto se deja ungir por lo mejor de la humanidad.
Tanto los que entran tarde como los que entran temprano pueden encontrar su lugar en la Pasión del Señor, que vuelve sagrados nuestros sufrimientos. Sólo es cuestión de ir con nuestros mejores perfumes para ofrecérselos a él, que se anima a morir así ,de nosotros perfumado, para resucitar glorioso y volver a darnos vida.

Diego Fares sj

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