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Posts Tagged ‘Vida’

“Jesús salió de la casa y se sentó a orillas del mar.

Una gran multitud se reunió junto a él,

de manera que tuvo que subir a una barca y sentarse en ella,

mientras la multitud permanecía en la orilla.

Entonces él les habló extensamente por medio de parábolas.

Les decía…:

El sembrador salió a sembrar.

Al esparcir las semillas,

algunas cayeron al borde del camino

y los pájaros se las comieron.

Otras cayeron en terreno pedregoso, donde no había mucha tierra,

y brotaron enseguida, porque la tierra era poco profunda;

pero cuando salió el sol, se quemaron y, por falta de raíz, se secaron.

Otras cayeron entre abrojos,

y estos, al crecer, las ahogaron.

Otras cayeron en una linda tierra

y dieron fruto:

unas cien,

otras sesenta,

otras treinta.

El que tenga oídos, que oiga.

Los discípulos se le acercaron y le dijeron:

– ‘Por qué les hablas por medio de parábolas?’.

Él les respondió:

– ‘A ustedes se les ha concedido conocer los misterios del reino de los cielos, pero a ellos no. Porque a quien tiene se le dará más todavía y tendrá en abundancia, pero al que no tiene, se le quitará aun lo que tiene. Y así se cumple en ellos la profecía de Isaías, que dice: ‘Por más que oigan no comprenderán, por más que vean, no conocerán. Porque el corazón de este pueblo se ha endurecido, tienen tapados sus oídos y han cerrado sus ojos, para que sus ojos no vean y sus oídos no oigan, y su corazón no comprenda, y no se conviertan y yo no los sane’.

Felices, en cambio los ojos de ustedes, porque ven; felices sus oídos, porque oyen…” (Mt 13, 1-23).

Contemplación

Las parábolas son siempre nuevas para el que tenga oídos y quiera oir, como dice el Señor.

Estos oídos y este oír son algo complejo. No es que cualquiera pueda oír lo que el Señor dice. Sus palabras están literalmente escritas en el Evangelio y en las palabras que la tradición de la Iglesia conserva en las oraciones, en los cantos, en la liturgia de los Sacramentos… Pero para que esas palabras “den fruto” hoy, en la tierra actual de nuestro corazón y de nuestra vida como pueblos, se requiere una mediación.

Jesús lo dejó claro: “El Espíritu de la Verdad, cuando venga, los guiará en toda la Verdad, porque no hablará por su cuenta, sino que, de lo que oiga, de eso hablará, y les anunciará lo que ha de venir” (Jn 16, 13).

Así, la totalidad de la Verdad –la Verdad íntegra- de la que habla Jesús, no está en los libros. Es una Verdad viva, una Palabra Viva que el Espíritu está escuchando con su Oído y nos la dice a nuestro oído. Esa Palabra Viva no es que Jesús la esté inventando ahora y diciendo cosas que se le ocurren. Jesús no es que “habla de cosas” o “desarrolla discursos” sino que lo que tenía para decirnos lo encarnó, es una Palabra hecha carne. Tiene por tanto los límites de la carne. Caminó por una geografía y vivió una historia, dialogó con su pueblo y sus discípulos, padeció en la Cruz y resucitó. La narración de los testigos de esta Palabra encarnada que tocaron con sus manos, contemplaron lo que hacía con sus ojos y escucharon con sus oídos, está contenida en los Evangelios. Contenida en una integridad apta para suscitar la fe: es decir, para suscitar la escucha de lo que dice el Espíritu acerca de esas palabras. Porque el Espíritu “toma de lo de Jesús”, es decir, “toma de su vida entre nosotros” y nos introduce en esa Verdad total encarnada, guiándonos paso a paso, anunciando el paso que viene.

Nada más lejos, pues, de una Verdad abstracta, enlatada en fórmulas, que interpretan sólo algunos que estudiaron filosofía de escuela y que discuten interminablemente usando términos ininteligibles que definen de manera distinta en cada escuela. Este envase formal de la Verdad tiene un gran valor a la hora de definir algo en torno a lo cual se suscita una discusión. La Iglesia, en los Concilios, escuchando todas las opiniones, a veces en directa confrontación, definió algunos dogmas de fe, con las mejores palabras con que contaba. Lo hizo “escuchando al Espíritu”. Al igual que lo hace cuando elige un Papa o cuando habla de las cosas de fe y costumbre en los distintos documentos –Encíclicas, exhortaciones apostólicas…- y en cada homilía. Pero cada una de estas palabras deben ser leídas y actualizadas en una nueva escucha del Espíritu. ¡Imagínese! Si el mismo Jesús dijo que muchas cosas que Él decía no las podían entender los suyos, sino que necesitarían de la ayuda del Espíritu, cuánto más todo el resto. Ni Jesús con sus más fieles encontraba la palabra justa para iluminarles la mente a los que tenía delante! Ni qué hablar de sus detractores y enemigos, que le pedían y exigían que definiera esto y aquello, si era lícito o no apedrear a la adúltera y pagar los impuestos al César (qué curioso, no, que ya en aquella época todo lo que más les interesaba a estos personajes eran cuestiones legales sobre sexo y dinero). El Señor les respondía con gestos (muéstrenme la moneda, a ver quién tira la primera piedra…), les contaba una parábola, les respondía con otra pregunta o directamente pegaba media vuelta y se iba.

Y las cosas que “ya se definieron según el Espíritu Santo”?

Es increíble que haya gente que siga buscando, en el cristianismo, palabras como “cosas” (definidas en una fórmula como si fuera que las enlataron) para arrojárselas en la cara a los demás. Amoris Laetitia lo dice: Algunos, en lugar de ofrecer la fuerza sanadora de la gracia y la luz del Evangelio, quieren «adoctrinarlo», convertirlo en «piedras muertas para lanzarlas contra los demás” (AL 49). Por eso el Papa a ciertas personas no les responde como ellos quieren, con “ulteriores definiciones”. Una porque “Recordando que el tiempo es superior al espacio, quiero reafirmar que no todas las discusiones doctrinales, morales o pastorales deben ser resueltas con intervenciones magisteriales. Naturalmente, en la Iglesia es necesaria una unidad de doctrina y de praxis, pero ello no impide que subsistan diferentes maneras de interpretar algunos aspectos de la doctrina o algunas consecuencias que se derivan de ella. Esto sucederá hasta que el Espíritu nos lleve a la verdad completa (cf. Jn 16,13), es decir, cuando nos introduzca perfectamente en el misterio de Cristo y podamos ver todo con su mirada” (AL 3). Pero otra razón es porque mucha de esta gente, apenas logra “una definición”, la usa como una piedra!!!  Lo vemos todos los días en la red, cómo las personas se arrojan verdades y palabras evangélicas como piedras, con odio y furor, para herir y denigrar al otro.

Si las cosas de Jesús tenían la dinámica de la encarnación (qué es la encarnación de la Palabra sino un darle tiempo a que crezca, como la semilla), la dinámica del Espíritu, cuando enseña algo, es la misma. Es una tentación (una más pero muy sutil y escurridiza, porque tiene apariencia de bien) querer “enjaular” al Espíritu en jaulas abstractas. Es como decir: Jesús se encarnó, le dio otra oportunidad a los pecadores, hizo excepciones a la ley en un momento para permitir que las personas se convirtieran y reemprendieran su camino… pero ahora, una vez que el Espíritu definió toda la verdad (y citan encíclicas y documentos) en este tema, ya no hay nada más que tocar ni que decir. Todo el esfuerzo del Señor por poner su Palabra en contacto con la vida, toda su creatividad para inventar sacramentos concretos que tocaran a la gente –como el agua que moja, el aceite que unge y el pan que se saborea y la señal de la cruz que perdona todos los pecados- todo eso es ahora empaquetado y su uso reglamentado. En algunos puntos, la reglamentación es como la de esas aduanas, que te dicen que tu paquete llegó, pero es imposible sacarlo del depósito. Algunos tendrán cuenta de las absoluciones y comuniones con nombre y apellido que dejaron en suspenso, guardadas para que no se manchen, siendo que el Señor quería que llegaran a sus hijos en un momento determinado de su vida.

Escuchar, por tanto, es escuchar lo que escucha el Espíritu. Que con un oído escucha al Padre y al Hijo y con el otro a la humanidad, el llanto de cada bebé que nace y el canto de cada enamorado, el gemido de cada persona que sufre y el grito de todos los pueblos.

Así se escucha la Palabra de Jesús, así se escuchan las parábolas: con los Oídos del Espíritu, que son Oídos de Amor, atentos a lo que dice Jesús –a lo que ha dicho en el Evangelio-, y a las preguntas de los hombres. El Espíritu escucha de manera práctica, orientando su escucha a la concreción en la vida. Por eso es Maestro, porque baja una enseñanza a la capacidad de los alumnos que tiene delante.

Este escuchar lo que escucha otro es la esencia de toda enseñanza en la que, tanto el maestro como el alumno están con el oído atento a la Verdad.

“El que tenga oídos, que oiga” es la frase que resume la parábola.

El que tenga tierra buena que reciba la semilla. Si la semilla es una metáfora de la Palabra, la tierra buena es nuestro oído.

Prestemos atención que identifica Palabra con semilla. Oír una semilla requiere tiempo. Lo que se desarrolla en la semilla es algo preciso y concreto –cada planta es única en su especie- pero se va manifestando en formas distintas: raíz, tallo, ramas, hojas, flor, y fruto, que es nueva semilla. No compara el Señor su Palabra con un producto humano, con un grabador, en el que cada palabra queda registrada en una cinta o en un soporte digital y sintetizada en sus elementos principales (dejando de lado todos los matices reales) puede ser reproducida en otro aparato. Sabemos que los aparatos actuales “comprimen” el sonido y uno escucha sólo un pequeño porcentaje de lo que sonó en la realidad. El Espíritu en cambio es todo lo contrario. No sólo registra perfectamente todo lo que la Palabra del Señor dijo –dice- sino que lo transmite fielmente con todos sus matices y potencia nuestro oído para que oiga cada día mejor.

Por eso el Señor quiso que su palabra quedara registrada en corazones –que tienen memoria imborrable y reconocen una voz a través de los años- y no escribió usando las palabras de su lengua. Sus Palabras escritas por Él hubieran corrido el riesgo de ser usadas como “objetos”. En cambio, cuando uno escucha a Alguien en vivo, lo primero que escucha no es cada palabra sino la fuerza y el tono de la voz que modula las emociones y los afectos e imprime en la inteligencia la contundencia unitaria de un mensaje. Uno siente que el otro anuncia un kerigma de conversión. Después vienen las palabras, una por una, y cada frase… Por eso es que los evangelios que canoniza la Iglesia son cuatro y tienen sus diferencias de palabras: porque el registro de La Palabra necesita de esta multiplicidad de registros para situarnos como en medio de varias voces que nos cantan lo mismo en distintos tonos.

“El que tenga oídos como tierra buena” se contrasta con otros tipos de oído, duros como el camino, pedregosos y superficiales o en los que resuenan otras voces, como yuyos que distorsionan la Palabra. Son las dificultades que no permiten que la Palabra eche raíz suficiente y crezca con fuerza y ganando altura para no ser sofocada.

“Que oiga”. Esta frase apunta al otro momento de la Palabra. Estamos ya en un oído fiel que es tierra buena, en la que la Palabra puede crecer. Pero ese “que oiga” revela que se puede oír más y mejor. Que algunos “oyen a medias”. La Palabra da fruto con distinta fuerza. Es la misma semilla, pero en algunos oídos da fruto en un ciento por uno, en otros en un sesenta y en otros en un treinta. Nuestra Señora es la que, lo sabemos porque lo sentimos al gozar de esos frutos, da fruto en un ciento por uno. También los santos, dan mucho fruto. Este “que oiga” tiene relación con el Espíritu, que es el que hace oír con fruto la Palabra. Y el fruto es a medias, es fruto de dos libertades: lo que el Espíritu libremente nos quiere dar y lo que nosotros libremente queremos dar.

Dar fruto tiene un sentido doble: dar en el sentido de producir y dar en el sentido de compartir. Dar en el sentido de producir, dependemos más de nuestra naturaleza y de lo que el Espíritu nos quiera hacer producir para bien común, como hace con todo lo suyo. Dar en el sentido de compartir, depende más de nosotros, del trabajo previo que cada uno haya hecho y de la generosidad que tenga. Qué pena no haberme preparado mejor para poder dar más! Siempre queda la alegría de ser fundamentalmente un pobre al que el Espíritu hace dar frutos ricos para los demás de su misma pobreza.

Diego Fares sj

 

 

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Jesús se dirigió a una ciudad llamada Naím, acompañado de sus discípulos y de una gran multitud. Justamente cuando se acercaba a la puerta de la ciudad, llevaban a enterrar al hijo único de una mujer viuda, y mucha gente del lugar la acompañaba. Al verla, el Señor se conmovió y le dijo: “No llores”. Después se acercó y tocó el féretro. Los que lo llevaban se detuvieron y Jesús dijo: “Joven, yo te lo ordeno, levántate”. El muerto se incorporó y empezó a hablar. Y Jesús se lo entregó a su madre. Todos quedaron sobrecogidos de temor y alababan a Dios, diciendo: “Un gran profeta ha aparecido en medio de nosotros y Dios ha visitado a su Pueblo”. El rumor de lo que Jesús acababa de hacer se difundió por toda la Judea y en toda la región vecina (Lc 7, 11-17).

 

Contemplación

 

Hay noticias que se transmiten solas. En un mundo que inventa noticias, que las arma y las difunde con medios poderosos, hay otras, que por la fuerza misma de su verdad, se transmiten boca a boca y se imponen por sí mismas. Los intentos de manipulación vienen después y a veces logran confundir, pero cuando una buena noticia se difunde es imparable. Ha ocurrido algo maravilloso, único. Por eso la noticia vuela con una fuerza que se contagia, que no se puede callar. “Viste lo que pasó?”. “Supiste lo que hizo Jesús?” Así se difunde boca a boca la buena noticia de la resurrección del hijo único de la viuda de Naím. Qué no fue solo una resurrección maravillosa en cuanto hecho físico e individual. La gente vio cómo Jesús “se conmovió y lleno de una compasión entrañable y sin que nadie le pidiera nada, resucitó a este joven en un impulso que le nació del corazón y se lo devolvió vivo a su madre”. Esto fue lo que la gente comentaba: todo lo que vivieron todos en esa resurrección.

 

Me llamó la atención que una traducción que tenía hablara de “rumor”: “El rumor de lo que Jesús acababa de hacer se difundió por toda la Judea y en toda la región vecina”. La palabra que utiliza Lucas es “logos”: el “logos” de lo que había hecho Jesús…

Fui a ver las traducciones en otras lenguas y todas eran distintas. Una francesa decía: “el ruido” de lo que había hecho Jesús. Rumor no en el sentido de “una noticia no confirmada” sino en el sentido de algo que “hace ruido”, como decimos. Una alemana prefiere decir: “la narración de esta historia”, porque “logos” significa también “narración” o “una historia que se cuenta”. Los italianos traducen “este dicho” de lo que Jesús había hecho, y otra: este razonamiento en torno a él”. Porque “logos” es “razonamiento”, en el sentido de que no se cuenta un hecho nomás sino que se interpreta –con razón- como algo único. Los ingleses, más asépticos, traducen: “el informe o reporte” de lo que Jesús había hecho.

Y así, cada lengua matiza distinto. Es que “logos” es una palabra común, pero cuando se refiere a Jesús, que es “el Logos hecho carne”, adquiere una fuerza especial. Lucas quiere hacer notar que el pueblo, la gente, vivió la resurrección del hijo de la viuda como lo que era: un milagro inmenso. Se apoderó de ellos el temor de Dios, dice Lucas, y glorificaban al Señor con palabras de la Escritura. Veían a Jesús como “un gran profeta que ha surgido entre nosotros” y decían llenos de alegría: “Dios ha visitado a su pueblo”.

La frase “ha surgido” (egerthe) significa “se ha puesto de pie” y los evangelios la usan para hablar de la resurrección de los muertos. La gente siente que en ese joven han resucitado todos, que Jesús mismo es como un profeta resucitado.

Esta es la experiencia doble del milagro de la resurrección del joven: por un lado, la gente siente que El que lo resucita “es” Él mismo resurrección y vida; por otro, la gente siente que se trata de una visita de Dios a todo su pueblo: si resucita un joven, resucitamos todos.

En Lucas la experiencia de fe del pueblo de Dios es como un abrazo lleno de amor y de devoción que envuelve a Jesús creyendo en Él, esperando todo de Él, acompañándolo con atención, bebiéndose sus palabras, grabando en los ojos del corazón todo lo que hace. Jesús actúa en medio de su pueblo, haciendo las cosas –las obras buenas del Padre- para suscitar la fe en la gente, para que crean y reciban vida. No había mediación entre Jesús y su pueblo en aquella época. Las noticias no llegaban a la gente a través de los medios. Los que habían visto el milagro lo contaban en su casa, a su familia y a sus amigos. Y estos a los suyos. Por eso la fe que nos transmite la Iglesia, es una fe viva, en la que importa no sólo lo que Jesús hace –los milagros- sino cómo lo recibe la gente, cómo lo entiende y cómo interactúa con Jesús, haciendo que se manifieste.

El evangelio no es un libro de escritorio. Se nos cuentan los “logos” de Jesús, las historias de lo que hizo, tal como las veía, experimentaba y transmitía la gente que lo rodeaba. Y lo que Jesús hacía y decía era en respuesta y en diálogo con esa gente, con ese pueblo suyo. Nosotros solemos dejar de lado las expresiones que nos cuentan cómo se alegraba la gente o que la noticia corría de boca en boca. Y sin embargo esta recepción y esta fe de la gente es parte constitutiva del Evangelio, es la buena noticia que Jesús hace que la transmita la gente misma. Los evangelios como libro son luego una expresión (no exhaustiva ni mucho menos) de esta fe y evangelización viviente que suscitó Jesús en su pueblo, haciendo exclamar a la gente: Dios ha visitado a su Pueblo.

….

Este jueves y viernes, los sacerdotes venidos de muchas partes del mundo, tuvimos un día de Ejercicios Espirituales que nos dio el Papa Francisco. Y luego una misa, en la que Francisco se quedó saludando largamente a sus sacerdotes. La experiencia fue única y se notaba la consolación en los curas. Uno me escribió después:

“Francisco hablo como un padre que comunica la vida a sus hijos. No una clase. Transmitía vida. Si hubiera podido nos hubiera abrazado a todos”.

Me llegaron de manera muy especial estas frases: “transmitía vida” y “nos hubiera abrazado a todos si hubiera podido”.

Es lo mismo del evangelio de hoy, lo mismo que el pueblo de Dios sentía con Jesús. Las dos experiencias: la de la persona misma que está transmitiendo vida y el sentirse todos abrazados en el abrazo que da a cada uno. Cuando alguien habla abrazando no se lo puede escuchar sino abrazándolo. Así escuchaba el pueblo fiel de Dios a Jesús. Y ese abrazo el Señor obraba y enseñaba.

En ese abrazo, el Logos es Palabra que comunica vida a sus hijos, Palabra que resucita y brinda la Alegría del Evangelio.

Fuera de ese abrazo, el logos será un rumor, un informe, una historia de algo que pasó…

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Diego Fares sj

 

 

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Jesús, nuestra Resurrección

Había un hombre enfermo, Lázaro de Betania, del pueblo de María y de su her¬mana Marta. María era la misma que había ungido con perfume al Señor y enjugado sus pies con sus cabellos. Su hermano Lázaro era el que estaba enfermo. Las herma¬nas enviaron a decir a Jesús: «Señor, tu amigo está enfermo.» Al oír aquella frase, Jesús dijo:
«Esta enfermedad no es mortal; es para gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.»
Jesús tenía predilección por Marta, por su hermana y por Lázaro. Sin embargo, cuando oyó que este se encontraba enfermo, se quedó dos días más en el lugar donde estaban.
Después les dijo a sus discípulos: «Volvamos a Judea.» Ellos le dijeron: «Maestro, hace poco los judíos querían apedrearte, ¿y quieres volver allá?» Jesús les respondió: «¿Acaso no son doce la horas del día? El que camina de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo; en cambio, el que camina de noche tropieza, porque la luz no está en él.» Después agregó: «Nuestro amigo Lázaro duerme, pero yo voy a despertarlo.» Le dijeron: «Señor, si duerme, se curará.» Ellos pensaban que hablaba del sueño, pero Jesús se refería a la muerte. Entonces les dijo abiertamente: «Lázaro ha muerto, y me alegro por ustedes de no haber estado allí, a fin de que crean. Vayamos a verlo.» Entonces, Tomás, el Mellizo, como le apodaban, les dijo a los otros “Vayamos también nosotros a morir con él.»

Cuando Jesús llegó, se encontró con que Lázaro estaba sepultado desde hacía cuatro días. Betania quedaba de Jerusalén sólo a unos tres kilómetros y muchos judíos habían venido a consolar a Marta y a María, por la muerte de su hermano.
Al enterarse Marta de que Jesús llegaba, salió a su encuentro, mientras María permanecía en la casa. Al verlo le dijo: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto. Pero yo sé que aún ahora, Dios te concederá todo lo que le pidas.» Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará.» Ella le respondió: «Sé que resucitará en la resurrección del último día.»
Jesús le dijo: «Yo soy la Resurrección y la Vida.
El que cree en mí, aunque muera, vivirá;
y todo el que vive y cree en mí,
no morirá para siempre.
¿Crees esto?»
Le respondió:
«Sí, Señor, creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que viene al mundo.»
Entonces, sin decir más, lo dejó y fue a llamar a María, su hermana, y le dijo en voz baja: «El Maestro está aquí y te llama». Al oír esto, se levantó rápidamente y fue a su encuentro. Jesús no había llegado todavía al pueblo, sino que estaba en el mismo sitio donde yo lo había encontrado. Los judíos que estaban en la casa consolando a su hermana, al ver que ella se levantaba de repente y salía, la siguieron, pensando que iba al sepulcro para llorar allí.
María llegó adonde estaba Jesús y, al verlo, se postró a sus pies y le dijo:
«Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto.»
Jesús, al verla llorar a ella, y también a los judíos que la acompañaban, se estremeció en su espíritu y se conturbó, y preguntó:
«¿Dónde lo pusieron?».
Le respondieron: «Ven, Señor, y lo verás.»
Y Jesús lloró.
Los judíos dijeron: «¡Cómo lo amaba!» Pero algunos decían: «Este que abrió los ojos del ciego de nacimiento, ¿no podría impedir que Lázaro muriera?»
Jesús, conmoviéndose nuevamente, llegó al sepulcro, que era una cueva con una piedra encima, y dijo:
«Quiten la piedra.»
Marta le dijo:
«Señor, huele mal; ya hace cuatro días que está muerto.»
Jesús le dijo:
« ¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?»
Entonces quitaron la piedra, y Jesús, levantando los ojos al cielo, dijo:
«Padre, te doy gracias porque me oíste.
Yo sé que siempre me oyes,
pero lo he dicho por esta gente que me rodea,
para que crean que tú me has enviado.»
Después de decir esto, gritó con voz fuerte:
« ¡Lázaro, ven afuera!»
El muerto salió con los pies y las manos atados con vendas, y el rostro envuelto en un sudario.
Jesús les dijo:
«Desátenlo para que pueda caminar.»
Al ver lo que hizo Jesús, muchos de los judíos que habían venido a la casa creyeron en él (Juan 11, 1-45).

Contemplación
Nos vamos quedando en alguna frase que nos tocan más.

“Tu amigo está enfermo”.
En otra contemplación había expandido la traducción: “Tu amigo, el que amas, está enfermo”. Pero hoy “tu amigo” basta. Pienso que los tres hermanos eligieron bien la frase para hacerle sentir a Jesús lo que querían. Y quizás querían lo mismo pero de distinto modo. Marta, por ejemplo, pensó que esa frase lo haría venir rápido a curar a su hermano. Por eso le reprochó: “Si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto”. Pero “tu amigo está enfermo” es una frase muy especial: contiene más que un mero pedido. Le hace saber a Jesús que su amigo Lázaro deja en sus manos lo que tiene que hacer. Explícitamente no le pide nada. Quiere que sepa nomás.

“Esta enfermedad no es mortal; es para gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella”.
Me llama la atención que Jesús diga la misma frase que dijo cuando le preguntaron quién tenía la culpa de la enfermedad del ciego de nacimiento. Es una frase contenedora. Jesús la pone como freno y como marco de contención a todo lo que viene luego. El Padre está primero. La Gloria del Padre. Que se vea bien clara la bondad del Padre y que el Hijo es el que hace todo lo que el Padre quiere.

«Padre, te doy gracias porque me oíste. Yo sé que siempre me oyes, pero lo he dicho por esta gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado.»
Antes de hacer el milagro de resucitar a Lázaro, Jesús se dirige al Padre en voz alta y nos revela lo que desea: que creamos en Él como enviado del Padre.
Esa referencia al Padre nos indica a dónde tenemos que mirar primero antes de comprender lo que hace Jesús. Todo hombre –Jesús también como hombre- tiene una referencia interior hacia Aquel que le ha dado la vida. Todos buscamos íntimamente, sin que nadie nos lo enseñe, a nuestro Padre. Cada vez que constatamos que nuestra vida es un Don, nos preguntamos por el Donante. Algunos con alegría, agradeciendo, como Jesús. Otros con angustia, sintiendo que se les oculta el rostro de su creador. Algunos buscan más, otros posponen la búsqueda… que siempre renace, especialmente en los momentos fuertes de la vida. ¡Dios mío!, decimos.
Si uno no está conectado con la pregunta por el Padre, Jesús tiene poco o nada que decir. Si uno está buscando al Padre, todo lo que dice y hace Jesús va cobrando nitidez de respuesta. Por eso el Señor hace tantos milagros con gente que no es “oficialmente” religiosa. Eran gente “conectada con Dios interiormente”, libre de las convenciones religiosas que suelen “tapar” la búsqueda personal.
Jesús, por tanto, se hermana a todo hombre que se siente creatura y que busca adorar al Padre en espíritu (desde lo más personal de sus afectos) y en verdad (sin inventar nada, buscando). Escuchemos de nuevo la frase, que es admirable: «Padre, te doy gracias porque me oíste.Yo sé que siempre me oyes, pero lo he dicho por esta gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado.»

Padre.
El Padre es todo para Jesús. El viene a enseñarnos a buscar y a querer al Padre. Si le preguntamos otras cosas, de esas que interesan a cada cultura y a cada época, Jesús a veces responde y otras no. Es más, puede que otras personas y otras religiones y filosofías tengan respuestas mejores. Jesús es experto sólo en el Padre. Busca sólo que sea glorificado, amado y adorado. En lo demás, Jesús no destaca sino que se suma a los hombres sus hermanos. Por eso el cristianismo es una religión pobre, somos pobres culturalmente y por eso nos podemos inculturar. Nuestra única riqueza es Jesús. Y la de Jesús es el Padre. Eso tenemos para dar y casi todo lo demás lo tenemos que aprender.

Te doy gracias porque me oíste.
Eucaristhezo, dice el griego. Jesús hace una Eucaristía con la vida como viene. Antes de hacer nada Jesús hace la Eucaristía, hace una Acción de gracias, elevando los ojos al Padre y bendiciendo la realidad. Luego actúa.

Yo se que siempre me escuchas.
Aunque sabe, lo expresa. Por nosotros, para que creamos e interiormente, porque expresar su “Gracias” es su Fuente de vida divina. “Gracias” es la Palabra que el Padre y el Hijo se están diciendo siempre. “Gracias” es el Espíritu Santo en Persona. Jesús dice “Gracias” por que lo recibe todo. Y el Padre dice “Gracias” también, como cuando uno da y nota que es bien recibido y que le dicen gracias y uno dice “Gracias a ud. también”.

“Lo he dicho por esta gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado”
Todo el evangelio de San Juan está escrito “para que creamos que Jesús es enviado de ese Padre al que cada hombre busca “con todo su corazón, con todas su mente y con todas sus fuerzas” aunque a veces no lo sepa conscientemente. Nouwen dice que Jesús vino a invitarnos a “habitar en esa relación tan linda que tienen el Padre y Él”: allí está nuestro Hogar. Esa relación tiene estructura de Eucaristía. Ir a misa es “habitar un rato en esa relación”.
«Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?»
Es la frase central del evangelio. Completa las otras, Yo soy la Luz del mundo. Yo soy el Pan de Vida. Yo doy el Agua Viva. Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida.
Dicen que Lázaro tuvo que volver a morir. Que esta resurrección fue “provisoria”… Es una manera de expresar lo que nos excede –la resurrección-. Sin embargo hay otras perspectivas. Marta expresa esto mismo a Jesús, cuando le dice que “ella sabe (como nosotros, de alguna manera) que su hermano resucitará en la resurrección del último día.» Es ahí que Jesús responde “Yo soy la Resurrección y la Vida”.
No se trata de tratar de elucubrar cómo, cuando y de qué manera nos va a resucitar Dios a nosotros. Si tomamos esta línea de razonamiento terminamos en la búsqueda de “luces al final de un túnel” o en “encefalogramas que decretan muerte cerebral”, según tengamos una razón científica o poética. El otro camino, en vez de pensar a Jesús en función de nuestras ideas de “otra vida” y de “resurrección de muertos”, es repensar nuestras ideas a la luz de la Persona de Jesús. La resurrección de la que él habla no es sólo un “hecho” sino la misteriosa e inmensa realidad de su misma Persona. El es nuestra Resurrección y nuestra Vida. En la medida en que nos “adherimos” a El (el que cree en mi) “resucitamos”. En la medida en que nos adherimos a Él –cumplimos sus mandamientos, celebramos la Eucaristía, escuchamos su Palabra, recibimos el Don de su Espíritu…- tenemos vida.
Jesús parte de que ya estamos muertos (ciegos, sedientos, paralíticos…). Y nos dice que Él es la Luz, el Agua, el Camino. Ya estamos muertos o, como dice Pronzato, estamos acabando de morir, porque la muerte es eso: “acabar de morir”. Y sólo Jesús es nuestra Vida.
Por eso Jesús deja que “muera” Lázaro y lo resucita, para despertarnos a que, como dice Pablo: “Ninguno de nosotros vive para sí mismo; así como tampoco nadie muere para sí mismo. Si vivimos, vivimos para el Señor; y si morimos, para el Señor morimos. Así que, ya sea que vivamos o que muramos, somos del Señor. Porque Cristo murió y volvió a la vida para eso, para ser Señor de muertos y vivos” (Rm 14, 7-9). Somos suyos, a Él pertenecemos. Y como Marta le decimos de corazón:
«Sí, Señor, creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que viene al mundo.»

¡Gracias, Padre,
por darnos la Gracia
de creer de corazón
en tu Hijo Jesús!
Danos resucitar en Él
cada día, de cada muerte,
para vivir y habitar
en esa relación tan linda que hay entre ustedes dos,
y que es nuestro verdadero hogar.

Diego Fares sj

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Confesiones de un Saduceo

Se acercaron a Jesús algunos saduceos, que niegan la resurrección, y le dijeron: «Maestro, Moisés nos ha ordenado: Si alguien está casado y muere sin tener hijos, que su hermano, para darle descendencia, se case con la viuda. Ahora bien, había siete hermanos. El primero se casó y murió sin tener hijos. El segundo se casó con la viuda, y luego el tercero. Y así murieron los siete sin dejar descendencia. Finalmente, también murió la mujer. Cuando resuciten los muertos, ¿de quién será esposa, ya que los siete la tuvieron por mujer?»
Jesús les respondió:
«En este mundo los hombres y las mujeres se casan, pero los que sean juzgados dignos de participar del mundo futuro y de la resurrección, no se casarán. Ya no pueden morir, porque son semejantes a los ángeles y son hijos de Dios, al ser hijos de la resurrección. Que los muertos van a resucitar, Moisés lo ha dado a entender en el pasaje de la zarza, cuando llama al Señor el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. Porque Él no es un Dios de muertos, sino de vivientes; pues todos viven para él. Al oír esto la gente se maravillaba de su doctrina. Pero los fariseos, al enterarse de que había tapado la boca a los saduceos, se reunieron en grupo…» (Lc 20, 27-38).

Contemplación
Comencé a releer las “Confesiones de un Saduceo” del año 2007 y me quedé gustándolas de nuevo, repitiendo lo que me hizo bien sin deseo de pasar a otro tema… Así que las comparto como estaban, agregando solamente el dibujito de Fano que despierta el deseo de que las Palabras de Jesús se aposenten en nuestro corazón y nos den Vida Plena.

“Creo que fue la serena convicción con que lo dijo lo que me llevó a reflexionar…
Sí, fueron más sus ojos sin rastro de ira ante nuestra burla, que pretendía avergonzarlo en público, lo que me llamó la atención.
Después se sumaron otros detalles, especialmente el contraste entre la gente, que se maravillaba de su doctrina y la furia de mis colegas (más contra la satisfacción que le producía a los fariseos el ver cómo nos había tapado la boca, que contra Él…).
Yo había ideado y escrito la “anti-parábola de la viuda resucitada”, como le dí en llamar. Y me creí que era verdaderamente ingeniosa. El inventaba parábolas que describían el cielo de los resucitados con la intención de cambiar nuestras costumbres en la tierra y a mí se me ocurrió proyectar una situación terrena para burlarme de sus ideas del cielo. Esperaba, al menos, otra parábola en respuesta. O que rebatiera el argumento, como hizo con lo de la moneda del César…
La verdad es que el Rabbí me resultaba interesante.
Oírlo discutir con los fariseos me encantaba y prefería su apertura moral antes que la sarta de leyes escrupulosas de nuestros adversarios. Lo que no podía entender era cómo un hombre inteligente como él podía creer en la resurrección de los muertos. Soy capaz de comprender que los que trabajan en torno al templo y viven de la religión, necesiten prometer algo bueno a la gente para mantenerla sumisa y colaboradora. Para ello nada mejor que hablarles del cielo mientras se aprovechan de su dinero en esta tierra… Pero que alguien pobre y humilde como el Rabbí, sin ambiciones ni intereses personales, y a la vez tan inteligente, hablara tanto del cielo, me intrigaba mucho. ¿No se daba cuenta que con eso favorecía a los comerciantes de la religión?
La verdad es que la explicación que dio de las Escrituras, lo de que seremos como ángeles y que no nos casaremos, no la seguí mucho. Lo que me golpeó fue la última frase. Me miró especialmente a mí, como si supiera que era yo el que había inventado la anti-parábola y dijo: “Él no es un Dios de muertos sino de vivientes; pues todos viven para él”.
Lucas no lo pone, pero Mateo y Marcos sí lo registraron: Él dijo también: “Ustedes están en un error grave, por no comprender bien las Escrituras”…
Si hay algo que no me gusta es estar en un error; y menos que me lo digan en público. Pero que me dejen ahí, sin más explicaciones y que todo el mundo se de por satisfecho con lo que dijo el que me corrigió, ya es el colmo.
Ahí me dí cuenta de que la gente no tenía interés en nuestras discusiones de palabras: estaban fascinados con la Palabra de Jesús. Cualquier cosa que él dijera, estaba bien. No se ponían a pensar si podrían cumplir todo lo que él les decía. Sus palabras, simplemente, les conmovían el corazón. No eran “razonables”, como esos argumentos que suenan lógicos, pero te dejan afuera. Sus palabras entraban en uno y permanecían, como si se aposentaran. Sin apuro por dar fruto… Entraban mansamente en el corazón, como semillas en la tierra blanda por la llovizna… Y eso fue lo que me pasó a mí. Le escuché decir que nuestro Dios no es un Dios de muertos sino de vivos y se despertó en mí el deseo de ese Dios Vivo; le escuché decir que todos vivimos para él y se despertó en mi corazón el deseo de vivir también yo para él.
¡El deseo! ¿Pueden creer que estando ante Él, por primera vez en mi vida, descubrí lo que era tener un deseo? Hasta ese momento yo había tenido necesidades. Y tenía claro que cuando las satisfacía, dejaban de interesarme. Es lo propio de toda necesidad, ya que brota de una carencia. Así entendía yo esas ideas del cielo: como una carencia que algunos pretendían llenar con una ilusión. Pero al escucharlo hablar del Cielo a Él, algo nuevo se movió en mi corazón. Deseaba que siguiera hablando. Aunque dijera cosas dolorosas, como eso de que estábamos en un grave error. Todo lo que percibía en él, su coherencia, su señorío, su limpieza, su sinceridad… todo, eran cosas positivas que despertaban deseos de más en todas mis facultades.
No se si han tenido alguna vez la experiencia de estar ante una persona así, cuya sola presencia basta para que uno no quiera otra cosa sino seguir estando ante ella. Gozando de que esté viva, quiero decir. Gozando de que exista.
¡El Dios vivo del que hablaba era Él mismo! Y distinto a la vez.
Y no es que le brillara ninguna luz especial. El Dios vivo estaba en sus Palabras. Se hacía presente en cada una de sus Palabras como si fueran Palabras vivas, capaces de crear lo que nombraban. Cada Palabra suya era como un tapiz bordado, como una pieza musical… Cada Palabra que salía de sus labios iluminaba como un amanecer, limpiaba el alma como un viento fuerte, regaba el corazón como una acequia que trae agua de la montaña. Y después que decía las cosas así, la experiencia no desaparecía, sino que cada Palabra se guardaba ella misma en mi corazón y quedaba disponible, como un tesoro escondido, como una fuente de agua viva, para ser de nuevo saboreada como… ¡como un pan vivo…!
Desde entonces creo en él. Creo en su Dios, que no es un Dios de muertos. Creo en la resurrección de la carne, de la que me burlaba por ignorante. Creo todo, porque lo dice Él. Y lo más asombroso es que creo como toda la gente sencilla que cree en Él y se le acerca. Es más, quiero mezclarme con esa gente de manera tal que nada me distinga, para que nada me distraiga de estar cerca de Él. Cuánto más anónimo y escondido yo, uno más entre los otros, todos juntos e iguales, más Él, más en Él.”

Diego Fares sj

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Jesús nos conoce y le gusta que lo conozcamos

Un día en que Jesús estaba orando a solas y sus discípulos estaban con él, les preguntó: «¿Quién dice la gente que soy Yo?»
Ellos le respondieron: «Unos dicen que eres Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, alguno de los antiguos profetas que ha resucitado.»
«Y ustedes, les preguntó, ¿quién dicen que soy Yo?»
Respondiendo, Pedro dijo: «El Mesías de Dios.»
Y él con órdenes terminantes les mandó que a nadie comunicaran esto, diciendo: «El Hijo del hombre tiene que padecer muchas cosas, ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser condenado a muerte y resucitar al tercer día.»
Y decía a todos: «Si alguno quiere venir en mi seguimiento, niéguese a sí mismo, cargue con su cruz cada día y sígame. Porque el que quiera poner a salvo su vida, la perderá pero el que pierda su vida por mí, ese la salvará» (Lc 9, 18-24).

Contemplación
“No hay que darle más vueltas: sólo el que está convencido de ser conocido personalmente por Jesús, logra acceder al conocimiento de Él; y sólo el que tiene la seguridad de conocer a Jesús tal cual es, se sabe también conocido por Él”.

Esta frase de Von Balthasar nos puede ayudar a entrar en el corazón del Evangelio de hoy: Jesús confía en que podemos saber bien quién es Él. Es más, le agrada preguntarnos para ver si lo vamos descubriendo. Jesús es la Verdad y a la Verdad le encanta que la conozcan plenamente. A Jesús le gusta ser transparente, manifiestamente conocido por todos –especialmente por los más pequeños, esos que el mundo cree que no saben nada y resulta que saben lo más importante-.
Jesús bendice al Padre cuando es reconocido y se cuida bien de poner a salvo este conocimiento, guardándolo en el secreto. Y se ocupa también de consolidarlo, poniéndolo en clave de Vida y no de habladurías.

Nuestro modelo, en esto de conocer a Jesús y de ser conocidos por Él, es Pedro.
Jesús conoce a Pedro y se siente bien conocido por él.

¿Quién es el Mesías de Dios para Pedro? Es el que llena todas sus esperanzas y las de todo su pueblo. Alguien que viene a guiarlos y a salvarlos. Alguien a quien seguir dejándolo todo y dando la vida por Él.

¿Y quién es Pedro para Jesús? Un amigo con quien puede crear algo nuevo para bien de todos, la persona en torno a la cual reunirá a su Iglesia ,porque Pedro los edificará en la confianza para con Jesús y los pastoreará en su Amor y su perdón.

Pedro está convencido de que Jesús lo conoce a fondo. Lo supo desde el primer día, cuando el Maestro fijó su mirada en sus ojos y le descubrió que su Nombre de fondo era Piedra. Pedro tarminó de expresar cuánto lo conocía Jesús después de la resurrección cuando le dijo con pena: “Señor, Vos lo sabés todo, Vos sabés que te quiero como amigo”.
Pedro fue creciendo en esta intuición de que Jesús lo conocía mejor de lo que él se conocía a sí mismo. Esta convicción es básica para poder conocer realmente a Jesús.
Y Jesús lo fue librando de sus pretensiones y fanfarronadas, lo fue volviendo humildemente sólido en dos cosas: en la confianza a toda prueba y en la caridad pastoral. Sólido y simple como una piedra bien trabajada y bien puesta en su lugar por la mano del arquitecto.
El Señor lo fue haciendo crecer a Pedro en este saberse conocido y aceptado en lo más íntimo: en su capacidad de ser fiel a muerte con su Amigo Jesús. Jesús lo fue confirmando en las intuiciones que tenía con respecto a lo que estaba escondido en Jesús. Pedro intuía que Jesús lo era todo y Jesús lo iba animando a que lo expresara cada vez mejor.

La pedagogía de Jesús es apasionante. El no dice “Yo soy el Hijo de Dios, háganme caso”. Jesús no dice nada. Se mete en medio de su pueblo y comienza a actuar: predica, perdona, sana, llama, envía… Y luego trae a los suyos a su intimidad y les pregunta qué dice la gente, quién dicen ellos que es Él.
Y cuando van acertando, lo que hace Jesús es cuidar que no saquen mal las consecuencias.

Aquí nos podemos detener un momento.

Por que también nosotros, junto con todo el pueblo fiel, sentimos bien de Jesús. Lo amamos y sabemos que “tenemos que ir a Él”. Cada uno a su manera, todos lo sabemos. Jesús nos pertenece. El Padre nos lo ha regalado y Él no rechaza a ninguno de los que se le acercan. El es nuestro y nosotros somos suyos.
Aquí cada uno tiene que encontrar su manera de “conocer mejor a su Amigo y Señor Jesús y de dejarse conocer sanadoramente por Él”. Es una doble tarea en la que hay que enfrascarse si darle más vueltas, como recomienda von Balthasar.

Sí puede ayudar remarcar las recomendaciones que Jesús hace a sus amigos una vez que les ha confirmado que en lo esencial lo conocen bien.
La primera recomendación es “esconder este hallazgo”. Es difícil, porque cuando uno descubre un secreto de otro no resulta fácil callarlo. ¡Resulta que yo sé quién es Jesús y no tengo que decirlo! Me parece que la cosa es así: no tengo que contarlo yéndome en palabras –como los que están a la pesca de “la frase” que hace ver que están en “el paradigma” de la espiritualidad-, pero sí tengo que “contar el conocimiento de Jesús” con un cambio en mi vida. ¿Cómo? Yendo a buscar en silencio mi cruz allí donde están los que amo, allí donde está mi puesto de servicio, y poniéndome en ese camino en el que uno va perdiendo su vida por Jesús, darme cuenta de que voy ganando la Vida que brota de su Amor.

El conocimiento de Jesús no es teórico, no está sujeto al paradigma de moda. El conocimiento de Jesús es vital, se va haciendo más claro en el intercambio de vidas.
Yo voy perdiendo mi vida viviendo como Él quiere.
Voy perdiendo mi vida significa que me ocupo más de los que le interesan a él que de los que me interesan a mí. Dedico más tiempo a los que me necesitan a mí y, paradójicamente, voy encontrando a los que necesito yo, pero no donde los hubiera buscado de seguir mis intereses “propios” por decirlo así. Buscando ayudar a otros más pobres termino siendo mejor ayudado yo mismo. Jesús me va dando Vida en la medida en que la pierdo por servirlo a él. Encuentro mejores amigos donde nunca los hubiera buscado…

Es que cuando “buscamos nuestra vida”, cuando “elegimos” lo que pensamos que nos salvará, solemos equivocarnos, y mucho. De aquí viene tanta desilusión de nosotros mismos y de los demás. En cambio cuando elegimos las cosas que nos propone el Evangelio, lo que primero parece un deber y un servicio a otros, termina siendo lo que nos permite encontrar la clave de nuestra propia Vida.
Conociendo y amando a los más pobres como los conoce y ama Jesús uno termina aceptando que es pobre, también, y muy amado. Y entonces puede, como decía Bernanós: “Amarse a sí mismo lo mismo que a cualquier otro pobre miembro del Cuerpo místico de Cristo. Dicho, si se quiere, con palabras menos teológicas (la frase es de Martín Descalzo): hay que aprender a mirarnos a nosotros mismos con la misma ternura con que nos miraríamos si fuéramos nuestro propio padre”. Por este lado va lo de conocernos como Jesús nos conoce, con ese conocimiento que brota del amor y que da Vida.
Diego Fares sj

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La pequeña condición

 En aquel tiempo, Jesús dijo:

«Mis ovejas escuchan mi voz, Yo las conozco y ellas me siguen.

Yo les doy Vida eterna: ellas no perecerán jamás

y nadie las arrebatará de mis manos.

Mi Padre, que me las ha dado, es mayor que todos

y nadie puede arrebatar nada de las manos de mi Padre.

El Padre y yo somos uno» (Jn 10, 27-30).

 Contemplación

“Las ovejas, que están custodiadas en esta unidad entre Padre e Hijo, poseen la vida eterna; ningún poder terreno puede hacerles mal”, dice Balthasar. Y la pequeña condición para un Bien tan grande como la Vida eterna consiste en “escuchar la voz de Jesús, dejarse conocer por El y seguirlo”. Porque así: “Yo les doy vida eterna y nadie las arrebatará de mis manos”.

 Escuchar su voz

La imagen del Buen Pastor con la ovejita en sus hombros despierta confianza.

Nos acercamos, entonces, con los miedos propios de las ovejas, es verdad, pero atraídos irresistiblemente por la voz de nuestro Pastor hermoso. Si nos sentimos un  poco ariscos como las ovejas que no tienen pastor, su voz es el remedio que necesitamos. Queremos estar “custodiados en esta unidad” en la que viven Jesús y el Padre: “El Padre y Yo somos uno”. Queremos ser uno con Jesús.

 ¿Por qué la imagen de las ovejas? Ayer, haciendo contemplación con un pequeño grupo de espiritualidad del Hogar de San José, hablábamos del amor natural, de ese que brota instintivamente ante el bien, y salió el ejemplo de los animalitos. Son incondicionales, dijo Rita. El amor de nuestro perro, que criamos de cachorrito, es incondicional. El amor de las ovejas por su pastor es incondicional. Si escuchan la voz de su pastor la reconocen entre miles y se sienten confiadas, atraídas irresistiblemente. Han nacido en ese rebaño y han seguido a sus madres que seguían la voz del pastor; no conocen otra cosa que las confunda: la voz de su pastor es clara y única, un bien que moviliza instantáneamente los afectos de su corazón al unísono con el del rebaño entero. En las ovejas, la atracción ante la voz del Pastor tiene el plus del rebaño: cada una escucha y el rebaño entero escucha. Si alguna ovejita se retrasa un poco o no reconoce rápido al pastor, al ver que todo el rebaño reacciona, también la díscola se pliega fácilmente.

La verdad es que está bien elegida la imagen de las ovejas que utiliza el Señor para hacernos entender cómo funcionan las cosas entre nosotros y Él.

Me imagino que es una imagen que el Señor debe haber sacado de sus madrugadas de oración, en las que contemplaría atentamente a los pastorcitos de su pueblo cuando sacaban las ovejas a pastar…

A Jesús y a nosotros nos conmueve el amor natural de los animalitos. Desearíamos amar así: sin dudas, incondicionalmente, sin los peros de la razón. Pero hemos escuchado tantas voces! Nos hemos entusiasmado con tantas otras voces que prometían pastos mejores…! Tenemos tantas voces dentro nuestro! Hemos pactado con tantos pastores mercenarios que nos han desilusionado!

 Dejarse conocer por El

Sin embargo Jesús lo hace simple: “mis ovejas escuchan mi voz”.

Fijate que Jesús nos dice “mis ovejas”. Si somos suyos no hay que dudar.

A esto apunta la pequeña condición del medio: cuando Jesús dice “Yo las conozco” esta afirmación tiene como contrapartida un “dejarnos conocer por El”. Dejarnos mirar por El, en eso consiste la oración. Más que en tratar de imaginarlo, confiar en que nos mira. Hacer actos de fe hasta que sintamos que somos suyos, que estamos en sus manos.

Si dudamos miremos el rebaño de los santos, de las personas que más queremos y que sentimos que ellos sí son de Jesús. Sentiremos que somos suyos nosotros también. No porque lo hayamos elegido nosotros a Él sino porque Él nos hizo nacer en su rebaño y somos suyos.

No porque no lo hayamos abandonado nunca sino porque Él en persona nos vino a buscar y nos rescató ¡y a qué precio!

Date cuenta de que somos valiosos y valiosas para Él desde antes que lo supiéramos. ¡Es tan consolador saber que somos suyos! Podemos hacernos el test del ADN sin temores: somos hijos suyos, aunque nos hayan dicho otra cosa: “Para nosotros no hay más que un solo Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas y para el cual somos;  y un solo Señor, Jesucristo, por quien son todas las cosas y por el cual somos nosotros” (1 Cor 8, 6).

 Cuando se trata de la Vida, el problema de la horfandad es el primero. La vida humana no es plena si nos sentimos huérfanos. Por eso el Señor afirma primero nuestra pertenencia. Pertenecer a su familia –la de su ser uno con el Padre y la familia de su Iglesia- hace a nuestra identidad. Es que a nadie le interesa vivir sino está seguro de su identidad, si no sabe quiénes son sus padres, su pueblo y sus hermanos. La vida humana es vida personal, no simples experiencias pasajeras. Vivir es poder decir “soy tuyo”, “soy de ustedes”. Vivir es tener quien nos diga “sos mío”, “sos de nuestra familia”, “sos de nuestro pueblo”.

 Por eso es tan injusta y terrible la exclusión. Es peor que la agresión, que al menos nos reconoce como sujetos con quiénes pelear. La exclusión, el dejar a la gente en la calle, el dejarlos morir solos en un hospital, el dejar que los chicos estén durmiendo drogados en las estaciones, es decirles “no son nuestros”, no sos mío, no sos de esta sociedad. Y ese negar la pertenencia y desconocer la identidad es peor que la muerte física. Es como la pena del destierro que los pueblos antiguos practicaban como castigo más severo que la muerte.

 ¡Somos de Jesús! A anunciar este evangelio, esta buena noticia, somos enviados nosotros y tratamos de testimoniar esta filiación no solo con palabras sino con obras. Las Casas de la Bondad y los Hoages de San José, cada una de nuestras obras, son en primer lugar obras de inclusión. Apuntan a decirle a la gente “ustedes son nuestros y nosotros somos suyos”. Esta es su casa. Luego vienen las tareas, los cuidados… Pero lo primero es la pertenencia. Hacer sentir al otro que es una ovejita de Jesús y que tiene su casa abierta.

Es por esto que el Señor, al decirnos que El nos da Vida eterna, Vida plena, habla de unidad. La Vida Plenamente humana es plenitud de relaciones y esto implica pertenencia, estar custodiados en sus manos, ser suyos y del Padre, estar incluidos en su amor. Y esta inclusión es un don –porque somos suyos- que debemos recibir con agradecimiento y cultivar activamente: escuchando su voz y siguiéndolo. Somos sus ovejas, ovejas de su rebaño y nos hacemos sus ovejas siguiendo su voz.

Escuchar la voz del buen pastor que resuena en toda palabra buena del evangelio y seguirlo poniendo en práctica “todo lo que El nos dice” es ser sus hijos eligiendo líbremente ser lo que somos por don.

 Se trata, como vemos, de una pequeña condición para un Bien tan grande como la Vida Plena. Ser suyos, escuchar con agrado su voz, seguirlo a El, donde quiera que vaya, y como nos recomienda nuestra Señora y Madre: “hacer todo tal cual El nos lo diga”.

Diego Fares sj

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