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Domingo 25 A 2014

Qué porquería es la envidia

 

Lo que sucede en el reino de los cielos es semejante a lo que sucede con

un Empresario que salió a primera hora del amanecer a contratar obreros para su viña.

Habiendo concertado (synfonesas) con los obreros en un denario por día,

Los misionó a su viña.

Salió hacia la hora tercia (a las 9) y vio a otros que estaban en la plaza desocupados y les dijo:

- ‘Vayan a mi viña y les pagaré lo que sea justo’.

Ellos fueron.

De nuevo salió cerca de la hora sexta y nona (a las 12 y a las 15) e hizo lo mismo.

Saliendo cerca de la hora undécima (a eso de las 17) encontró a otros desocupados y les dijo:

- ‘¿Qué hacen aquí, todo el día sin trabajar?’

Le respondieron:

- ‘Es que nadie nos ha contratado’.

Y les dice:

‘Vayan ustedes también a mi viña’.

 

Cuando atardeció, el Dueño de la viña dijo a su mayordomo:

‘Llama a los obreros y dales el jornal comenzando por los últimos hasta llegar a los primeros’.

Y viniendo los de la hora undécima recibieron cada uno un denario.

 

Al llegar los primeros, habían calculado que recibirían más,

pero recibieron ellos también cada uno un denario.

Recibiéndolo murmuraban contra el Empresario diciendo:

-‘Estos últimos trabajaron sólo una hora y los igualaste a nosotros, los que hemos soportado el peso del día y el calor’.

El, respondiendo a uno de ellos, le dijo:

- ‘Amigo, yo no te hago ninguna injusticia a ti. ¿No te concertaste conmigo en un denario? Toma lo tuyo y vete. Si yo quiero darle a este último lo mismo que a ti ¿no puedo hacer con lo que es mío lo que quiero? ¿O es que tu ojo es envidioso por culpa de que yo soy bueno?’.

Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos (Mt 20 1-16).

 

Contemplación

Sería tiempo de Vendimia (a los mendocinos esta sola palabra nos trae aires de comienzos de otoño, tiempo de uvas y de cosecha, fiesta con carrozas y reinas de la vendimia, hallazgos de vinos buenos…) y Jesús quiso acercarle a toda la gente humilde –los jornaleros-  que iban a la plaza del pueblo a esperar que los contrataran, una imagen de cómo es la gente que él quiere para su reino. Es una imagen muy especial y  llena de dinamismo, la de este empresario del reino que imagina Jesús. El tipo  contrata a todos los que puede, sale una y otra vez a darle trabajo a la gente, dialoga personalmente con todos…

Como todos los empresarios, anda apurado. Lo apura la preocupación por su viña, tanto que él en persona contrata a la gente, aunque tiene mayordomo. A este le encomendará la paga del salario, pero no la contratación (este es un pequeño detalle).

 

Esta imagen del Empresario que sale a todas horas, es potente. Después viene la imagen final (esa que acapara la atención de los comentaristas): la del Empresario que se ocupa de pagar de una manera tan particular que suscita reacciones adversas, porque les paga primero a los últimos, les da a todos el salario entero y, por si esto fuera poco, está como esperando que le salte alguno para retrucarle con mucho énfasis que la concertación fue libre y justa, remarcando que él es el Dueño y que, si hay envidiosos es porque tienen el ojo torcido y no porque él sea demasiado bueno.

 

La picardía del Empresario, de hacer pagar a cada uno un denario, comenzando por los últimos, no tiene que opacar la primera imagen, la de la madrugada, cuando sale a contratar personalmente a todos los que están en la plaza, ni tampoco las imágenes de las otras tres salidas: a las nueve, a las doce y a eso de las cinco de la tarde… (la verdad es que esto de contratar a las cinco de la tarde obliga a hacer algún comentario, no?. Especialmente si uno estuvo trabajando desde las seis de la mañana).

 

Este Empresario (puse empresario porque es una de las traducciones posibles y creo que da la imagen de un hombre emprendedor, que sale a buscar, que concierta con la gente, que da trabajo y que está atento a lo que paga), este Empresario, digo, es alguien muy especial: se ve que tiene mentalidad de hombre de negocios.

 

Confieso que me encanta, cuando encuentro alguno, charlar con hombres de negocios, con gente que tiene una empresa, que manejan empleados y proyectan cosas. Hace poco un empresario amigo me decía: “a vos con la Fundación te pasa como a mí, cuando has estado veinte años en una empresa, terminás siendo bombero. La gente recurre a último momento porque sabe que le vas a apagar el incendio y uno está un poco en todo. Ahora que te vas, tenés que dejar un equipo que ponga el fuego… a doscientos metros, digamos (y empujaba el horizonte con las manos mientras hablaba convencido). Quiero decir, que sepa que los problemas van a llevar más tiempo…”. Yo lo escuchaba con atención y me encantaba esta especie de parábola al revés: que él se comparara conmigo como empresario, que le entusiasmara, quiero decir, que las cosas del reino fueran iguales a las suyas, personalmente hablando.

 

En general las imágenes top del evangelio suelen ser la de los pobres y pequeños, las de los heridos al costado del camino, las de las mujeres de la calle, los leprosos y los ciegos… Pero estos personajes que Jesús saca a la luz, no son los únicos de los que se sirve para revelarnos lo que es la Misericordia del Padre. También están los personajes de las parábolas de la promoción, como yo les llamo: este empresario de hoy, dueño de una viña con su bodega, el mayordomo que le rebajó la deuda a los que le debían a su amo, el que se fue a un país lejano y le confió sus talentos de oro a sus empleados, el que organizó un fiestón para las bodas de su hijo. El evangelio está lleno también de estas imágenes en las que la Misericordia de los que tienen más se muestra creando puestos de trabajo, negociando bien con el dinero (perdonando deudas y confiando dinero a otros), haciendo fiestas convocantes…

Muchos de los discípulos del Señor vienen de estas filas de emprendedores. No diría que Simón Pedro era un gran empresario, pero tenía su grupo de botes, con su padre, su hermano y sus amigos, Juan y Santiago  (y quizás hasta soñaban con una pescadería…). Mateo cobraba impuestos y seguro que tenía su agencia de cambios en blue. Hay muchas imágenes lindas de gente generosa con sus bienes, que tiene gestos de derroche como la de este Empresario que le paga a todos un denario. Está también Zaqueo, que no llegó a apóstol pero le pegó en el poste y si María de Betania rompió un frasco de una libra de perfume de nardo, se ve que su familia era de buena posición.

Así como en los que están en situación de pobreza o de enfermedad veo a Jesús crucificado y me despiertan compasión, en la gente emprendedora veo a Jesús que sale a la vida pública, que convoca gente, que usa su poder para alegrar fiestas de Caná, regalar pescas milagrosas y multiplicar panes para compartir. Esta imagen de Jesús “saliendo a contratar gente”, este Jesús que camina por la orilla del lago y le echa el ojo a los cuatro compañeros pescadores, que se fija en el comportamiento de Mateo y llama a Natanael…, es un Jesús con mentalidad de empresario.

 

Ambas imágenes, la del Señor compasivo y la del Señor creativo y emprendedor, se plenifican en la Resurrección. El Resucitado muestra sus llagas curadas y sopla su Espíritu evangelizador. Manda a perdonar los pecados y a construir un Reino con los valores que él enseñó y practicó.

 

En Francisco, vemos estas dos imágenes del Señor, activamente representadas. Por un lado, mucha misericordia para con los más frágiles y desvalidos. Por otra, mucha creatividad para convocar iniciativas de paz, de trabajo, de reformas estructurales. Francisco hace real esta imagen de alguien que “sale a todas horas” al encuentro con la gente. No es un Papa de papeles sino de palabras vivas, dichas en medio de la plaza, entre la gente que sale a buscar acudiendo a todas las periferias (¿se han fijado que siempre elige periferias: la de Lampedusa, las de las parroquias alejadas, las de la dividida Corea, las de la favela de Brasil, las de la mamá soltera, las de la cárcel donde lavó los pies a los presos y presas…).

Detrás de este salir está la invitación de Jesús, sugerida en las parábolas: “Salió el Sembrador a sembrar…. Salió el Empresario a contratar…”.

 

Hace poco el Cardenal Kasper citaba a Juan XXXIII que al convocar el Concilio decía que “«Hoy, la Iglesia debe usar no las armas de la severidad, sino la medicina de la misericordia». La misericordia es, agrega Kasper, el tema central de la época conciliar y post-conciliar de la Iglesia católica”.

Él lo decía por la inédita acción de estos Cardenales de sacar un libro con los “no se puede” justo antes de que comience el Sínodo sobre la Familia. Y así como hay gente que se especializa en ser sumamente imaginativa para que la Misericordia no llegue a muchos para sanar y perdonar, también hay especialistas en que la Misericordia no sea creativa a la hora de contratar, confiar, repartir y festejar.

Los primeros, los Fariseos, son más conocidos y públicamente repudiados. Los segundos, los envidiosos que critican a los emprendedores, cuentan con gente que les presta el oído. Seguramente el que alzó la voz para protestar porque le pagaban a los vagos igual que a ellos, los trabajadores, habrá contado con muchas miradas de aprobación y muchos asentimientos en secreto.

Este tipo de mentalidad envidiosa no está lejos de nuestra actualidad. Hace unos días me contaba la Hna. Juliana que al bajar de la camioneta que trae la comida al Hogar, se le acercó una vecina a saludarla y, viendo que bajaban las ollas llenitas de cuartos de pollo al horno, exclamó, con tonito de parábola: “¡Les dan pollo!”. “A los más necesitados hay que darles lo mejor”, le respondió Juliana y ahí dejó la cosa. Yo me quedé dando vueltas al asunto y ahora, con esta parábola, me vuelve la imagen. Pienso que la vecina no necesitó agregar nada a su comentario. Está como instalado que a los pobres habría que darles polenta o que, si son adictos no tienen derecho a comer algo rico… No sé. Tantas cosas hay en esa exclamación: “les dan pollo”. Me dan ganas de responderle ahora, aunque no la vea a ella (pero sí a toda esta mentalidad): nosotros con la limosna que nos regalan hacemos lo que queremos. Y si usted envidia el pollo, es una porquería, como la suegra del cuento del mendocino: peor que el chorro. (El cuento se puede encontrar en youtube y es un paisano mío que llama a la radio para hablar de la inseguridad y cuenta cómo estaba haciendo un pollito a la parrilla cuando no viene que entra un chorro por la medianera y, pistola en mano, le dice: “Dame el poyio”. Él le responde: “el poyio no te lo doy ni m…” Y comienzan con un tira y afloje. Al final lo convence de que se siente a la mesa con su familia, como si fuera un conocido y coma con ellos. Todo parece encaminado pero no va que el chorro le pide “dame la pata muslo”, justo después que él le cortó una para su señora y tiene a la suegra esperando la otra. La suegra lo amenaza con que “Ud. sabe a nombre de quién está esta casa y lo que le  puede pasar si no me da la pata-muslo”. Entonces el tipo, acorralado, se pone a  “yorar y yorar..” tanto que el chorro se compadece y le dice: “dale la pata-muslo a la vieja y yo me como un choripan”. Con lo cual, concluye nuestro personaje que la inseguridad es real, que está y es un peligro, “pero peor es la porquería de la suegra”).

Hay que escuchar el rrelato en mendocino, pero lo cuento para concluir que “la falta de compasión es mala, pero ser envidiosos y criticar a los emprendedores, es peor: una porquería”. Porque con la misericordia compasiva se llega a cada uno en su ser más único y personal: no hay dos sufrimientos iguales, pero con la misericordia creativa se llega a muchos y los que saben contratar a otros para trabajar en la viña del Señor y saben hacer que todos se sientan incluidos y bien pagados como pares, realizan una misericordia expansiva que ayuda a la comunidad entera. Por eso el reino de Jesús es de los que son como este Empresario, que siempre está pensando en su viña, preocupado por contratar gente, por la cosecha y por que todos sean bien pagados. Y es también de la gente que se deja contratar, que trabaja contenta y sabe recibir su denario sin considerar menos a los demás ni criticar el estilo del Empresario.

 

Diego Fares sj

 

Domingo 24 A 2014

Volver pagables las deudas

buitres

“Pedro se acercó entonces y le dijo:

- «Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano? ¿Hasta siete veces?»

Dícele Jesús:

- «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.»

“Por eso el Reino de los Cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos. Al empezar a ajustarlas, le fue presentado uno que le debía 10.000 talentos. Como no tenía con qué pagar, ordenó el señor que fuese vendido él, su mujer y sus hijos y todo cuanto tenía, y que se le pagase. Entonces el siervo se echó a sus pies, y postrado le decía:

- “Ten paciencia conmigo, que todo te lo pagaré.”  Movido a compasión el señor de aquel siervo, le dejó en libertad y le perdonó la deuda.

Al salir de allí aquel siervo se encontró con uno de sus compañeros, que le debía cien denarios; le agarró y, ahogándole, le decía:

- “Paga lo que debes.”

Su compañero, cayendo a sus pies, le suplicaba:

- “Ten paciencia conmigo, que ya te pagaré.”

Pero él no quiso, sino que fue y le metió en la cárcel, hasta que pagase lo que debía.  Al ver sus compañeros lo ocurrido, se entristecieron mucho, y fueron a contar a su señor todo lo sucedido.

Su señor entonces le mandó llamar y le dijo:

- “Siervo malvado, yo te perdoné a ti toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también compadecerte de tu compañero, del mismo modo que yo me compadecí de ti?”

Y encolerizado su señor, le entregó a los verdugos hasta que pagase todo lo que le debía.

Esto mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si no perdonáis de corazón cada uno a vuestro hermano.» (Mt 18, 21-35)

 

Contemplación

Esta parábola siento que la tengo que contemplar pensando en concreto en todo lo que el Señor me ha perdonado a mí y compararlo con algo que me está costando perdonar a alguno de mis hermanos.

Comienzo con el perdón del Señor. En mi sacerdocio, mi deuda es como la del primer deudor. No tendría con qué pagar todo lo que el Señor me confió y lo poco que lo he hecho rendir. Aunque visto de afuera quizás no muchos lo noten, es así. Los pobres a veces lo expresan. Cuando alguno queda fuera del Hogar me dicen: cómo puede ser que un sacerdote me niegue un plato de comida o una noche en El Hogar. Como la mayoría de las veces no se trata de quitar algo sino de no poder darlo porque se trata de un servicio colectivo, no es una injusticia. Pero de un sacerdote se espera más que lo justo y hay muchas cosas que uno puede hacer personalmente, no digo siendo un santo de altar sino rezando un poco más y dejando que aflore la compasión de Cristo que se nos regala para regalar. Como muchas veces he actuado con esa compasión y caridad y sé la alegría que se siente y cómo el Señor me bendice y bendice al otro en estas ocasiones, sé también la deuda impagable que tengo de todas las veces que no puse en práctica esta caridad. Es como si uno dejara una Eucaristía a medias o negara una absolución. Encarecer esta deuda impagable y sentir dolor por estos pecados no es para alimentar ninguna culpa auto-referencial ni para tirar una indirecta a otro. Es tomarme en serio la primera parte de la parábola y tener conciencia agradecida porque “se me ha perdonado mucho”.

 

Paso ahora a lo que me cuesta perdonar. A mí no me cuesta perdonar en la confesión, por supuesto. Aunque está bien decirlo como gracia, porque sé que hay algunos sacerdotes que son duros en la confesión y que por ahí preguntan mal o complican a la gente. Lo que a mí me cuesta es perdonar a mis pares. Pedro ayuda con su pregunta porque habla de “mi hermano”. No habla de “los paganos” o de los lejanos. Por eso, para mí, se trata de revisar mi deseo de perdón para con mis hermanos, y entre todos (la familia, los jesuitas, los del Hogar, en Regina, en Manos, en la facultad, en el barrio, en nuestro país) lo que más me cuesta es entre jesuitas…

 

Aquí me ayuda pensar un poco en cuáles eran las ofensas que preocupaban a Pedro. Identifico algunas:

Un tipo de ofensas de esas que “hieren entre hermanos” tiene que ver con la traición, el poder, el abandono y las borradas: “Dijo Jesús: Porque el Hijo del hombre se marcha según está determinado. Pero, ¡ay de aquel por quien es entregado!»  Entonces se pusieron a discutir entre sí quién de ellos sería el que iba a hacer aquello. Entre ellos hubo también un altercado sobre quién de ellos parecía ser el mayor” (Lc 22, 23-24). Tomo esta cita porque Lucas junta las dos peleas o altercados: la discusión acerca de quién traiciona y la de quién es el mayor (ambición). También hay que notar que la traición no es sólo vender a Jesús sino que habrá “abandono” y negación: el no poder velar con Jesús y las borradas de Pedro.”Todos me abandonaron”, se lamentará Pablo.

 

Otro tipo de ofensas tiene que ver con la sinceridad y los puntos de vista acerca de lo que hay que hacer. Los Hechos nos narran varias “peleas” entre los apóstoles y discípulos: que en general giran en torno al cumplimiento de la ley: “Se produjo con esto una agitación y una discusión no pequeña de Pablo y Bernabé contra ellos; y decidieron que Pablo y Bernabé y algunos de ellos subieran a Jerusalén, donde los apóstoles y presbíteros, para tratar esta cuestión (de la circuncisión) (Hc 15, 2).

Los diferentes puntos de vista en torno a la ley llevan a peleas por “faltas de sinceridad”: cuando Pedro come carne con los paganos y luego disimula ante los judíos, y Pablo se lo reprocha en una pasaje que vale la pena releer por la vehemencia de Pablo: Cuando vino Cefas a Antioquía, me enfrenté con él cara a cara, porque era digno de reprensión. Pues antes que llegaran algunos del grupo de Santiago, comía en compañía de los gentiles; pero una vez que aquéllos llegaron, se le vio recatarse y separarse por temor de los circuncisos. Y los demás judíos le imitaron en su simulación, hasta el punto de que el mismo Bernabé se vio arrastrado por la simulación de ellos. Pero en cuanto vi que no procedían con rectitud, según la verdad del Evangelio, dije a Cefas en presencia de todos: « Si tú, siendo judío, vives como gentil y no como judío, ¿cómo fuerzas a los gentiles a judaizar? » …Yo por la ley he muerto a la ley, a fin de vivir para Dios: con Cristo estoy crucificado: y no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí; la vida que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gal 2, 11-20).

 

Estas ofensas son las que Pedro debía tener en mente cuando pregunta al Señor “cuántas veces debe perdonar y tolerar a su hermano”. Son pecados entre hermanos en la misión y la afectan. No son cosas menores ni estrictamente personales sino que hacen a lo comunitario: hermanos que no son sinceros y simulan, que ambicionan el reconocimiento que da el “ser mayor”, que quieren imponer sus puntos de vista con dureza, que se borran y traicionan.

Como vemos, son faltas muy íntimas, que se dan entre hermanos en la misión. Uno no se siente “traicionado” si el carnicero de la esquina se muda a otro barrio ni le hiere en el alma que un político no sea sincero.

 

Así, puedo identificar a quién siento que no me es sincero, quién siento que me traicionó o se borró, quién siento que pelea conmigo por ambición o por celos, a quién siento duro en sus puntos de vista sobre la tarea.

 

Aquí entra entonces la proporción en la que la parábola me sitúa (todo es cuestión de proporcionalidad). Recordemos que el talento era la mayor unidad de moneda del mundo antiguo (34,373 kg de oro o de plata) y 10.000 era el número más alto hasta el que se contaba. Estamos hablando de 343.730 kg de oro.

Un denario equivalía al salario diario de un obrero o un soldado. 100 denarios serían unos 436 gramos de plata y significaban unos 3 meses de sueldo. Es una buena suma pero se trata de una deuda pagable. La otra en cambio es imposible de pagar hasta para un país.

 

Ante el Señor que es mi Hermano y ante el Padre que es mi Rey, mis traiciones, abandonos, faltas de sinceridad y durezas, suman 10.000 talentos.

Y ante mí, perdonado, las de mis hermanos jesuitas pueden llegar a sumar unos 3 sueldos.

 

Esta es la matemática a la que mi invita el Señor cuando de la contabilidad de las ofensas se trata. Tengo que cotizar bien: lo mío ante el Señor se cotiza en oro. Lo de mis hermanos conmigo se cotiza en pesos.

 

Hace unos años reflexionábamos sobre algo que siempre sigue vigente: el concepto de “deuda pagable”. Perdonar es convertir una deuda en “pagable”. Ni dejarla impaga, con el consiguiente rencor e injusticia. Ni castigar al deudor de manera inmisericorde, como hace el de la parábola.

 

Puedo hacer el ejercicio de “arreglar mis cuentas” con los que considero que me han ofendido o que han ofendido a la Iglesia o a otros… e intentar imaginarme un escenario en el que hay que arreglar sí o sí. ¿Qué condiciones pondría, qué plazos, qué gestos de reparación hacen falta? Es algo “pagable”. Y recordar que a mí se me perdona siempre con sólo confesarme.

 

Entre nosotros, jesuitas argentinos, que supimos pelearnos fuerte en otras épocas, hace tiempo que iniciamos un camino para hacer las deudas “pagables”. Creo que este concepto ayudó (no sé si todos lo tienen explícito pero de hecho describe bien lo que sucede). Es lo mismo que pasa con la deuda externa: si se vuelve impagable pierde todo el mundo. Pagable es, me parece, el concepto que quiere instalar Jesús, para que legisle como ley suprema en todo conflicto entre hermanos: lo único impagable ya lo pagó él y, desde entonces, nuestro ingenio no debe estar más al servicio de ningún “estrangulamiento para que los otros me paguen lo que me deben” sino al servicio de estrategias para que, ya que toda deuda es pagable en esta vida, cómo hacer para que esto se logre más rápido y de la mejor manera. Dios no permita que ninguno de nosotros sea como un fondo buitre en la vida cotidiana de la Iglesia! Y que cuando alguno actúa así  –y rapiña- que el otro no se mimetice, como suele pasar.

 

 

Diego Fares sj

 

 

 

Domingo 23 A 2014

El espacio donde está presente Jesús

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Jesús dijo a sus discípulos:

-“Si tu hermano peca contra ti, anda y corrígelo, entre tú y él solos.

Si te escucha, habrás ganado a tu hermano.

Si no te escucha, toma contigo uno o dos más para que ‘el asunto se decida por la declaración de dos o tres testigos’;

y si no los quiere oír, díselo a la Iglesia.

Y si tampoco quiere escuchar a la Iglesia, considéralo como un pagano o publicano.

En verdad les digo, todo cuanto aten en la tierra queda atado en el cielo y cuanto desaten en la tierra será desatado en el cielo.

También les digo: Si dos de ustedes se unen en la tierra para pedir algo, mi Padre que está en el cielo se lo concederá.

Porque donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, Yo estoy presente en medio de ellos” (Mt 18, 15-20).

 

Contemplación

Hay un librito de Martini -¿Qué debemos hacer? Meditaciones sobre San Mateo- que es una joya. De este capítulo, sobre el “actitudes que hacen la Iglesia (y las que la boicotean), se pregunta: ¿Hay indicaciones en las palabras de Jesús para “hacer una comunidad según el evangelio” capaz de vivir la alegría de la fe en medio de un mundo hostil?”(pág. 86).

Y categoriza las actitudes de Mateo 18 como comportamientos prácticos que “hacen la Iglesia”.

La Iglesia, por un lado, “está hecha”, Jesús la fundó y está jerárquicamente organizada en torno al Papa y a los Obispos…, pero por otro lado, siempre “se está haciendo”: el Espíritu Santo la convoca incesantemente en torno a la Eucaristía, renace en cada bautismo, en cada casamiento…

 

Si lo miramos con el Papa Francisco podemos decir que “hacemos la Iglesia” –la comunidad de los convocados (ecclesia)- cada vez que nos “encontramos”, cada vez que gestamos esos encuentros en el Nombre de Jesús que se van haciendo cultura.

Hacemos la Iglesia cuando nuestros gestos de hospitalidad se convierten en Hospederías.

Hacemos la Iglesia cuando nuestros gestos de bondad se convierten en Casas de la Bondad.

Hacemos la Iglesia cuando nuestras oraciones se convierten en Encuentros de Oración y en Eucaristías y cuando nuestras correcciones fraternas se convierten en Encuentros de Formación, para aunar criterios de acción de modo que actuemos iluminados por el evangelio y no por nuestros criterios parciales.

Hacemos la Iglesia cuando nuestra capacidad de diálogo se convierte en “espacios de diálogo”, ordenados en sus tiempos y de acuerdo a las necesidades de cada servicio.

Hacemos la Iglesia cuando nuestra sencillez de corazón, que aquieta y pacifica nuestras ambiciones de poder y nuestra sed de reconocimiento, se convierte en obediencia alegre a las cabezas de la comunidad y en elegir el último, puesto sabiendo que en algún momento el dueño de casa nos hace “ir más arriba” y que “nos pagará según nuestras obras”, siempre todo para gloria de Dios y no nuestra.

 

En este marco grande me quisiera centrar hoy en ese “espacio de Jesús”, como dice Pagola, en el que Él “domina” o “reina”.

Es un espacio que Él necesita para “estar presente”.

Lo creamos “el Espíritu Santo y nosotros” cuando “dos o tres nos reunimos en su Nombre”, cuando dos amigos nos ponemos de acuerdo “para pedir algo al Padre”, cuando en  comunidad “nos jugamos” atando algunas cosas (aquí procedemos de este modo) y desatando otras.

 

Pensaba cuando definimos, sin ningún tipo de concesión, ni de agachadas o alianzas por miedo o conveniencia, que en El Hogar no se tolera ningún tipo de violencia: ni verbal, ni de gestos y maltratos ni mucho menos de agresiones físicas”.

Nos jugamos a que los que están en situación de pobreza tampoco quieren la violencia, ni siquiera la que ellos mismos ejercen cuando están alcoholizados, por ejemplo.

Apostamos a que todos juzgan que es injusto tolerar la violencia y no hacerle frente. Todo ser humano juzga que hay que hacer frente a la violencia: en paz y con cariño, pero con firmeza total.

Eso hizo que el Hogar se fuera pacificando de manera muy notable. Hizo que los episodios de agresividad, que cada tanto se dan –no solo entre comensales y huéspedes sino también entre colaboradores-, desentonen como desentonaría una discusión en una misa.

 

Una herramienta para crear y cuidar este “espacio de Jesús”, donde “Él domina, pacíficamente”, es la corrección fraterna. No dejamos pasar las cosas. A veces nos lleva tiempo y consideración, pero no “miramos para otro lado”. Aunque al que le toca ponerse el sayo, como se dice, patalee en el momento (y cuando es algo en lo que uno habitualmente cae, -en mi caso, suelo impacientarme y herir con ironías, por ejemplo-, patalee siempre). Después uno agradece las correcciones. Por eso tratamos, en el pequeño espacio que nos toca cuidar, que “no se generalice el maltrato y la agresión” como sucede en ámbitos más grandes.

El extremo intolerable a que ha llegado la humanidad son las muertes de inocentes, cuyo grado máximo estamos presenciando en las decapitaciones usadas como mensaje explícitamente verbalizado.

Pero no creamos que está tan lejos de nosotros. Me ha tocado escuchar en ámbitos de iglesia personas que utilizaban la expresión “hay que cortar cabezas” (y las cortaban, no física sino institucionalmente, por supuesto). Pronzato tiene aquel famoso artículo “Los cortadores de cabeza” (en: “La provocación de Dios, Sígueme, 1974), en las que señala “el olfato infalible” de los envidiosos, que “no se molestan por nulidades” sino que ponen el ojo (y el facón) allí donde los demás tienen alguna cualidad linda y buena para el bien común.

Puede venir bien, en estas épocas de decapitaciones públicas, recordar “La leyenda de los cortadores de cabeza”, para “en todo aborrecer “y expulsar este comportamiento, como dice Ignacio, sea donde sea que se de y en el mínimo grado en el que intente consolidarse como comportamiento aceptado socialmente.

 

“Había una vez un grupo esmirriado de individuos que observaban un comportamiento más bien extraño. Se reunían muchas veces y siempre con gusto, charlaban, silbaban, miraban en torno con aire de sospecha (se callaban inmediatamente si entraba uno ajeno), realizaban con cuidado cierto trabajo –siempre el mismo, cambiaba solamente el sujeto, pobrecito, que hacía de conejillo de indias involuntario- y después se separaban muy de prisa, no demasiado satisfechos, simplemente ansiosos por contar pronto con otra persona para “arreglarla” por las buenas.

Lo que les impulsaba a reunirse, con gesto de complicidad, en aquellos conciliábulos, era una enfermedad común en ellos: la alergia a la estatura de los demás. Extraño, pero era así, tal cual.

En definitiva, no podían soportar la grandeza de sus semejantes. Las dotes personales, las buenas cualidades, especialmente si eran un poco destacadas, les molestaban, a veces les enfurecían, se retorcían como locos. Consideraban, en efecto, el valor de una persona como una ofensa personal, un insulto a su pequeñez. Por eso… se habían especializado en ¡zas! cortar las cabezas de aquellos que les exasperaban tanto por su estatura. Y las cabezas sesgadas eran muchas, demasiadas, casi todas. Un botín alucinante, inverosímil.

Identificada esta singular tendencia de los hombrecitos, habían sido bautizados por quien les había sorprendido muchas veces en aquella operación, como “cortadores de cabezas”, y la denominación, acuñada, ha permanecido hasta el día de hoy. Pero ellos no se daban y no se dan cuenta. Al contrario, están convencidos de realizar un provechoso y obligado trabajo de reducción y, sobre todo, de información” (Cfr. Boletín de Espiritualidad 151, 1995, penúltimo publicado por el padre A. Rossi como Director del Boletín y Maestro de Novicios).

Pronzato continúa con “el trabajo de reclutamiento” de los cortadores de cabeza, su ley de “talla cero”, para reducir estaturas y que no se note su petisismo, la pérdida de la sonrisa de los que caen en sus telarañas de chismes (las murmuraciones que tanto critica Francisco como el mal de nuestras comunidades), etc.

Como esta secta jíbara renace cada vez que surge alguien “de talla”, es bueno ponerla en evidencia, no para cortarle la cabeza a ellos, ya que renacen duplicadas como las de la hidra mitológica, sino para invitarlos a “madurar” ya que es verdad lo que dice el dicho, que la envidia nos pone verdes, hace que se pudra el fruto sin haber madurado. No hay motivo para la envidia allí donde Jesús da abundantísimos dones a todos sus hijos, y tampoco hay motivo para cortar cabezas en el reino de Jesús, que no quiebra ni la caña partida y en el trigal del Padre donde ni siquiera se corta la cizaña sino que se cuida el trigo.

La verdad es que no pensaba ir por este lado de los cortadores de cabeza sino por el lado de los que se reúnen en Nombre de Jesús y gestan ese espacio –esa cultura- del encuentro. Pero salió la anti-imagen, la de los que se reúnen a chusmear y gestan el espacio de las cabezas empaladas. Poner las cosas en este contraste terrible, es necesario. Porque si no lo de la cultura del encuentro suena a torta de bizcochuelo y crema chantilly. Hay una cultura de cortar cabezas que está activa en el mundo y si no gestamos la cultura del encuentro a todo nivel y de manera urgente, le estamos haciendo el juego a la otra. La guerra se libra en todos los ámbitos y nosotros, en nuestras pequeñas comunidades, cuando nos damos cuenta de que con nuestra lengua le estamos cortando la cabeza a alguien, tenemos que corregirnos inmediatamente. Cuando Francisco insiste tanto en no “chiacchierar”, en no cotorrear, criticar, murmurar, participar en habladurías…, algunos lo escuchan como si fueran consejos de abuelo para viejas de parroquia. Y es algo mucho más serio. Justamente, los cortadores de cabeza utilizan variados métodos: el brutal de los militantes de ISIS, el silencioso, de todas las operaciones encubiertas de las que ni nos enteramos y otro popular, que se practica casi como un deporte en oficinas, reuniones sociales y encuentros de a dos o tres,  y que se minimiza como un “sacar un poquito el cuero”.

En tiempos de paz y bonanza, puede ser algo inofensivo. En épocas de exclusión y de violencia, todo lo que no une, es criminal, porque los más pobres e indefensos nos necesitan unidos con un solo corazón, sin el menor resquicio de envidia o de resentimiento entre nosotros. Con menos que eso, no le servimos a los pobres, por más que demos limosna o trabajemos en obras de caridad. El que no recapitula en Cristo, decapita.

Domingo 22 A 2014

Encontrar la vida

 

Jesús comenzó a anunciar a sus discípulos que debía ir a Jerusalém y sufrir mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar al tercer día.

Pedro lo llevó aparte y comenzó a reprenderlo diciendo:

-“Dios no lo permita, Señor. Eso no te sucederá a tí”.

Pero El, dándose vuelta dijo a Pedro:

- “Retírate! Ve detrás de mí, Satanás! Tú eres para mí una piedra de escándalo, porque los pensamientos con los que juzgas no son de Dios sino de los hombres”.

Entonces Jesús dijo a  sus discípulos:

- “El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, que cargue con su Cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí la encontrará. ¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma? ¿Y qué podrá dar a cambio el hombre para recobrarla? Porque el Hijo del hombre vendrá en la gloria de su Padre, rodeado de sus ángeles, y entonces pagará a cada uno de acuerdo a sus obras” (Mt 16, 21-27).

 

Contemplación

El juicio acertado, que no la chinga, es que “la vida hay que perderla por Jesús para encontrarla, porque el que trata de salvarla para sí, la perderá”.

Cada uno puede entender como quiera todo lo que entra en este salvar y perder, pero no se puede dudar que Jesús nos comparte dos elementos bien contrapuestos para trabajar nuestro juicio: o esto o lo otro.

 No puede dejar de llamar la atención la brusquedad del Señor y la dureza con que reprende a Simón Pedro, tratándolo de Satanás por el juicio con que ha juzgado. El Señor que se mostraba tan paciente con los suyos, hasta el punto de sentarlos a su alrededor, poner a un niño en medio de ellos y enseñarles que el que quiere ser el más grande debe ser el servidor de todos, aquí se muestra intolerante en grado sumo.

El punto es la Cruz y la Resurrección y en eso, el Señor que dejaba que otros hicieran milagros en su nombre aunque no fueran del grupo y que era capaz de dialogar pacientemente hasta con los escribas y fariseos, aquí, con Pedro, no negocia nada. Lo corta en seco y lo cura, diría que para siempre, no sólo a él sino a la institución del papado, de toda rebaja en cuanto a la Cruz y a la Resurrección.

Para encontrar la resurrección hay que abrazar la Cruz, cargarla y seguir igual a Jesús con ella.

Vamos entrando en tema, quizás un poco teóricamente, pero es que la cuestión son los juicios que hacemos. Y esto de los juicios que hacemos incide totalmente, no sólo en nuestra práctica sino en cómo nos sentimos. Si uno juzga que está “perdiendo su vida” y nunca escuchó lo de Jesús (que hay una manera fecunda de perder la vida, y, más aún, que si es por Él, perderla es la única opción sensata!), entonces, digo, que si uno juzga que está perdiendo su vida, lo que hará será defenderse o deprimirse, irse, cambiar, pensar más en sí, como decimos, y no tanto en los otros, y todas esas cosas que comportan juicios como ese, el de estar perdiendo “mi” vida ( como si la vida no fuera, por un lado, puro y maravilloso don, totalmente gratuito e inmerecido, y, por otro, como si no se gastará igual, aunque uno se la viviera todita solo para sí).

Escribo esto desde Mendoza, en el mismo sillón de toda la vida, juntó al ventanal que da al patiecito  de casa, y que “perdí” hace 39 años, cuando me vine a la Compañía, y la verdad es que cada vez que vengo “lo encuentro” ( y me reencuentro). En este rinconcito me sacaron la foto de primera comunión y acá seguimos celebrando las Eucaristías con mi madre. Este sillón nos sentábamos a charlar con papá…

Lo que quiero compartir, con lo del sillón, es un pequeño testimonio de que lo que perdés por Jesús es verdad que lo volvés a encontrar!  La Vida eterna espero que también, aunque me quede grande y el milagro tendrá que incluir un ensanchamiento de la tinaja para que entre ese vino nuevo. No en gordura, el ensanchamiento, sino en esa capacidad de soñar sueños mayores, que todos la tenemos pero medio apachuchada. Con Jesús reencontrás todo, hasta las monedas perdidas. El prometio pagar hasta lo que gastemos de más por ayudar al prójimo. Pero yo cuento lo del silloncito, porque la vida está hecha de cosas pequeñas.

Con Él es verdad lo de la cultura del reencuentro.

Jesús recapitula y, cuando te vas con Él y parece que te lleva lejos y que perdés todo y que, encima, se nota más la cruz porque esa sí que va con uno, resulta que, misteriosamente,  como Él recapitula todo, digo – o dice Pablo, en realidad-, a cada momento reencontrás algo o a alguien que dejaste.

Jesús ya de chico jugó a esto de perderse y ser encontrado. En la vida publica también, muchas veces desaparecía y se hacía buscar -vemos a Pedro que llega todo agitado y le dice “todos te andan buscando”- y ni hablar de su proceder una vez resucitado! Como que su pedagogía fue está de crear la confianza de que Él viene – vendrá-, y de que en cualquier momento de la vida (de una vida en salida y con la cruz bien abrazadita a cuestas) nos saldrá al encuentro.

Por eso lo levantó en pesó a Pedro. Porque con su juicio de que no hay que perder la vida nos estaba cerrando la puerta a los encuentros.

Así cómo lo único más lindo que leer es releer (Martín Descalzo), lo único más lindo que encontrar la vida es reencontrarla. Y Jesús es el caminito de todos los reencuentros de los que perdieron algo por seguirlo a Él, cuando iba de camino a servir al prójimo más pobrecito y descuidado por todos.

Diego Fares sj

Domingo 21 A 2014

Elegir la elección o “las exigencias de la gratuidad”

 profesion-feliz

 

Al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos

- ‘Qué dice la gente sobre el Hijo del hombre? Quién dicen que es?’

Ellos respondieron:

-‘Unos dicen que es Juan el Bautista, otros, Elías y otros Jeremías o alguno de los profetas’.

- ‘Y ustedes –les preguntó- ‘¿Quién dicen que soy?’

Tomando la palabra Simón Pedro respondió:

- ‘Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo’.

Y Jesús le dijo:

-‘Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre sino mi Padre que está en el cielo.

Y Yo te digo: Tú eres Pedro y sobre esta Piedra edificaré mi Iglesia,

y el poder de la muerte no prevalecerá sobre ella.

Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos.

Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo’

Entonces ordenó severamente a sus discípulos que no dijeran a nadie que él era el Mesías” (Mt 16, 13-20).

 

Contemplación

Podemos comenzar con una pregunta: ¿Por qué Jesús quiere saber quién es él para los demás?

Hay una frase que se repite en el evangelio y que puede ayudarnos a responder esta pregunta. La frase es “muchos son llamados pero pocos elegidos”. En la misa del jueves pasado se me aclaró de la siguiente manera: tanto el llamado como la elección son gracias. Lo que tienen de distinto es que el llamado –la vocación- la hace Jesús; la elección, en cambio, la hacemos juntos. Si a uno lo llaman uno siempre algo responde, pero cuando le dicen que lo han elegido para una misión uno tiene que elegir, no basta con que nos digan “has sido elegido”. Es como esos anuncios que aparecen en internet: Ud. es el ganador de un Ipad. El cartel aparece llamativamente, pero uno no da el click así nomás.

Esto venía a cuento de la parábola de los invitados al banquete: como no vienen los primeros, el Señor llama a los más pobres y estos sí acuden. Hay uno que no se pone el vestido de fiesta y es echado afuera. Parece exagerado ¿no? “Si es un pobre, ¿cómo le van a exigir que se ponga un vestido de fiesta? Aunque sea gratis, los pobres no tienen costumbre de vestirse bien…”.

Ponerse el vestido es señal de que uno elige la elección y se pone a la altura de la fiesta. Todo es gratuito, pero la gratuidad también tiene sus exigencias –paradójicamente-.

Las exigencias de la gratuidad son las de las bienaventuranzas:

hay que elegir andar feliz -con vestido de fiesta- en la pobreza y en las persecuciones. Se elige andar perfumado y no poniendo cara de que uno ayuna. Se elige quiere decir que no es obligación: las bienaventuranzas son consejos, no mandamientos, como siempre nos recordaba el Maestro Fiorito sj.

Cuando escuchamos “felices los pobres porque de ellos es el reino de los cielos, uno puede escuchar: si elijo la pobreza Jesús me promete la felicidad del reino de los cielos. Pero también uno puede escuchar: si elijo la felicidad que tiene la pobreza será mío el reino de los cielos. ¿Qué felicidad tiene la pobreza? Tiene varias, quizás la mayor es que las pobrezas transitorias y comparativas son como un reflejo de la pobreza de fondo que es “no poseer la vida sino estar recibiéndola a cada instante como don”. Sentir esta pobreza existencial nos hace sentir la Mano del Padre que no sostiene y sabe bien lo que necesitamos.

Cuando escuchamos “felices los que lloran porque serán consolados” podemos escuchar: si me banco tener que llorar ahora, Jesús me promete que después me consolará. Pero también podemos escuchar: Si elijo la felicidad de llorar experimentaré la consolación. ¿Qué tiene de felicidad llorar? Cuando uno llora de verdad se da cuenta de que es una gracia poder llorar bien algunas tragedias, algunas desgracias. Sólo cuando uno puede llorar se siente digno de esas situaciones. Cualquier otra expresión no alcanza. Pero llantos hay muchos y no todos son de pena. Ayer en el tren una mamá con HIV pedía cinco centavitos para darles la leche a sus dos hijitos. El más grande la ayudaba a repartir tarjetitas y Benicio, el más pequeño lloraba y quería estar en brazos. Le di una limosna grande arrugando el billete para que no se viera y ella lo recibió sin mirar y dio dos pasos con su hijo en brazos. Entonces miró el billete y giró la cabeza con mucho ímpetu y una sonrisa de la que comenzó a brotar una lágrima y me hizo saltar una lágrima a mí. Siguió dos pasos más y me miró de nuevo y lloramos juntos un breve instante sin que nadie más se diera cuenta. Se me desdibuja la cara y me queda la imagen de conjunto de mamá gorda con sus hijitos algo desarrapados, pero la lágrima que nos brotó al unísono no se me olvidará más. Y elijo esa felicidad de llorar de consolación junto con otro.

 

La elección es de la alegría de llorar con Cristo que llora. Se nos brinda la oportunidad de elegir la alegría de la pobreza con Cristo pobre. Uno no elige las humillaciones y la pobreza por sí mismas, sino que elige andar en ellas como Jesús anduvo: sin perder la paz ni la alegría.

Es lo de Hurtado: contento, Señor contento. No conmigo mismo ni con las situaciones conflictivas y duras de la vida. Contento con Vos, aceptando lo que venga vestido de fiesta.

 

La pregunta del Señor a los discípulos apunta a consolidar el llamado mediante la confesión de fe. Creer en alguien, adherirse a su persona y confiar es elegirlo.

Y sobre esa elección trabaja el Señor.

Cuando Simón Pedro confiesa: “Tú eres el Cristo, el Hijo el Dios Vivo”, el Señor lo reviste no sólo con el ministerio petrino, sino con la felicidad del ministrio petrino: Feliz de ti, Simón! Y le da la alegría de tener las llaves del Reino y el gozo de poder atar y desatar, es decir, la alegría de resolver todos los conflictos en el Amor de Cristo y de aunar todo lo bueno en ese mismo Amor.

 

A lo que voy es a que el Señor trabaja en dos tiempos –el del llamado, atrayendo con su Palabra y su Bondad, y el de la elección, invitándonos a participar libremente, eligiendo “apacentar a sus ovejas como las apacienta él” e “imitando su estilo de vida, de oración y de servicio”.

Para este segundo tiempo –el de la elección- el Señor necesita definiciones precisas: quién soy Yo para vos. Esto es algo muy humano. Cuando uno quiere dar un paso más en una relación, se impone definir claramente si la pareja va a convertirse en un matrimonio, si una tarea se va a convertir en una relación laboral…, y también si una ayuda voluntaria se va a institucionalizar. El bien es siempre concreto –si no no es bien- y necesita concretarse, definirse, limitarse…, para poder crecer y expandirse.

 

Quién decís que soy yo. El Cristo, el Hijo del Dios vivo. Y vos sos Pedro para mí y para tus hermanos.

Todos somos “piedra” en Pedro: podemos convertirnos en alegres cimientos para sostener la construcción común o en patéticos elementos arrojadizos para herir a los demás.

Todos tenemos nuestra “llave del reino” en Pedro: podemos ser alegres abridores de puertas y caminos para incluir a todos o gruñones cerradores de puertas en lo que vendría a ser nuestro espacio privado de control.

Todos somos cuerdas en Pedro: podemos ser alegres desatanudos como la Virgen y alegres anudadores de buenas alianzas o tristes enmarañadores de situaciones y distraídos que dejan pasar oportunidades.

Cada uno elige la elección, y esto cada día, porque las dos puntas son libres. La del Señor es inamovible, su alianza es fiel. La nuestra la tenemos que ir renovando con su gracia cada día.

…………..

En El Hogar estamos haciendo jornadas por áreas en las que reflexionamos acerca de nuestra misión: cómo fue que vinimos al Hogar y por qué seguimos, si conocemos bien cuál es la misión del Hogar y si sentimos que nuestra pequeña tarea contribuye al programa integral…

Me encantó oír cómo todos respondimos que habíamos llegado “llamados por otro” y que “seguíamos eligiendo venir cada día”. Salió muy espontáneo y ahora que lo reflexiono veo la profundidad que tiene, y cómo el evangelio es real en nuestro presente. Como que en la misión es muy claro que uno es llamado y luego tiene que elegir cada vez y  también que da gusto reelegir lo que se ama.

 

En la pregunta sobre si conocemos la misión, en general todos respondimos que sí y alguno dijo que las definiciones no alcanzan. Lo cual es verdad, agrego yo, si uno mira al futuro y a todo lo que se puede hacer, pero es importante tener bien definida la misión para que desde allí se aclaren perfectamente los roles y se puedan “anudar” las distintas capacidades de cada uno y “desatar” los conflictos.

 

En nuestra definición decimos que “La misión que se ha propuesto el Hogar consiste en acoger a hombres mayores de edad que se hallan en situación de calle o en extrema pobreza contribuyendo a satisfacer algunas de sus necesidades de supervivencia mientras se les brinda la oportunidad de participar en experiencias de crecimiento humano orientadas hacia su promoción social”.

 

Como ven, las tres cosas son importantes: Acoger, contribuir a satisfacer algunas necesidades, brindar la oportunidad de participar. Este última va en la línea de elegir la elección y de tratar al otro como un par: él tiene que ponerse el vestido de fiesta (de la amabilidad y las ganas de participar), él tiene que decir “quiénes somos para él, en qué le hacemos bien y en qué le hacemos mal” (cuando con nuestras acciones no los ayudamos a asumir su responsabilidad).

 

Así como en lo médico uno, por más que sea pobre, no se resigna a un diagnóstico apurado ni considera burocrático todo el tiempo que lleva hacerse los análisis para tener bien definidos los números que indican su estado de salud real antes de iniciar un tratamiento, de la misma manera, en lo social, se requiere un diagnóstico preciso tanto de la situación de las personas como de lo que una institución debe y puede brindar bien. Una cosa es dar limosna en la calle y otra en un Hogar que, si quiere ser para todos, tiene que ser justo, lo cual implica definir bien la misión. Y la misión tiene dos voces: quién soy yo para vos y quién sos vos para mí. Eso sí, el “yo” de los misionados es un “yo comunitario”, institucional, eclesial, no un yo individualista. No tienen sentido las posiciones individualistas en una institución. Por eso lo de la elección. No es que uno piense siempre lo mismo, es más, es bueno que haya diferentes miradas. Pero a la hora de salir uno elige la posición común, la defiende y la sostiene, mientras la va trabajando internamente.

 

Diego Fares sj

 

 

 

 

Domingo 20 A 2014

 

Las fronteras del desear e insistir, del adorar e imaginar

Palaestina-Mauer-2011

 

Jesús partió de Genesaret y se retiró al país de Tiro y Sidón.

Entonces una mujer siro-fenicia, saliendo de aquella región fronteriza, comenzó a gritar:

- “Apiádate de mí, Señor! Hijo de David: mi hija está malamente atormentada por un demonio”.

Pero El no le respondió nada.

Sus discípulos se acercaron y le pidieron:

- “Señor, despídela (dale lo que pide) que nos persigue con sus gritos”.

Jesús respondió:

- “Yo he sido enviado solamente a las ovejas perdidas del pueblo de Israel”.

Pero la mujer fue a postrarse ante El y, adorándolo, le dijo:

- “Señor, ¡socórreme!”.

Jesús le dijo:

- “No es lindo (no queda bien) tomar el pan de los hijos para tirárselo a los cachorritos”.

Ella respondió:

- “¡Pero sí, Señor! Los cachorritos comen las migas que caen de la mesa de sus dueños”.

Entonces Jesús le dijo:

- “¡Oh Mujer!, ¡qué grande es tu fe! Hágase como deseas”.

Y en ese momento su hija quedó sana (Mt 15, 21-28).

 

Contemplación

El encuentro con la mujer siro-fenicia es un encuentro en la frontera, de esos de los que habla Francisco. “Oríon” significa frontera, región vecina.

Pero no sólo se trata de una frontera geográfica sino que el evangelio muestra todas las fronteras existenciales: la religiosa, la cultural, la política. Y de última, el diálogo se da en la frontera entre la compasión y el sacarse de encima un problema, y entre la religión como costumbres culturales y la fe limpia y jugada en Jesús que pasa por nuestra vida.

 

Jesús y la mujer tienen algo en común: los dos “salen” de sus lugares acostumbrados. El Señor partió de Genesaret y la mujer salió de su comarca al encuentro de Jesús. No sabemos cómo se habrá enterado de que pasaba y de quién era, pero se ve que estaba atenta a todo, buscando solucionar el problema de su hija. Era una de esas madres del dolor que no se resignan a las enfermedades, adicciones, desapariciones y endemoniamientos de sus hijos. A primera vista parece algo primitivo decir: “mi hija está malamente atormentada por un demonio”. Sin embargo ¿no es más desalentador decir “mi hija tiene una adicción de la cual las estadísticas dicen que el 70% por ciento que se recupera, reincide”. Culpar a un demonio es situar el problema en el ámbito de la libertad. En algún lado una libertad (demoníaca) influyó en la libertad de mi hija. Por eso la mujer apela líbremente a la libertad de Jesús. Plantear los problemas desde esta realidad última –la libertad- hace que se modifiquen todos nuestros comportamientos. Es salir del terreno del azar y del determinismo (que son tan incomprobables como la libertad si pensamos a nivel cósmico, pero a escala humana, uno experimenta lo bien que hace actuar líbremente y apelar a la libertad del otro).

 

Los discípulos tratan de poner un límite a la situación incómoda: dale lo que pide para que no nos siga con sus gritos. Andan al lado de Jesús y deben sentirse ocupados en cosas importantes porque viven lo de la mujer no como un drama digno de compasión sino como una molestia. En algo se parecen a los sacerdotes de las sinagogas que le decían a la gente que viniera a curarse otro día y no en sábado. Esta frontera entre la legalidad y el caso excepcional está siempre presente en nuestra vida cristiana y aquí es donde debemos recurrir al discernimiento espiritual, al consejo de otros y al diálogo para ver bien qué hacer.

 

Y Jesús, como para no ser menos, marca otro límite, ante el cual ellos se detienen: es un límite religioso, él ha sido enviado sólo para las ovejas perdidas del pueblo de Israel, no para esta extranjera (sin embargo el sólo hecho de mencionar a las ovejas perdidas abre una puertita a la esperanza). Me resulta simpática esta ironía del Señor. Digo ironía porque al hablar él de esta frontera que no puede traspasar los discípulos habrán asentido, como diciendo: “acá tenemos una frontera marcada por el mismo Señor”. Su pensamiento moldeado en la ley que se fraccionaba en incontables preceptos, se alimentaba de este tipo de formulaciones y, en cambio, las actitudes inesperadas del Maestro los ponían inseguros. De allí vienen las preguntas de “cuántas veces hay que perdonar” y otras similares.

 

La mujer traspasa todos los límites porque está verdaderamente desesperada por el demonio que atormenta a su hija. Vaya a saber qué le pasaba a la hija y cuántos años tenía, todo eso queda en el misterio. A nosotros sólo se nos da a ver, por la decisión de la mujer, que le iba la vida de su familia en este problema.

 

Traspasa todas las fronteras… y a Jesús le encanta, al punto de exclamar admirado: “¡Mujer, qué grande es tu fe!” y traspasar esa frontera tan poco franqueada de salir del propio deseo y hacer que se cumpla el de otro.

 

Sigamos los pasos. La primera frontera es la de “no responder” a los gritos. Esto les resulta insoportable a los discípulos y en cambio a la mujer la lleva a más: fue a postrarse y adorándolo le dijo: Señor socórreme. Este adorar (proskunein = arrodillarse y bajar la cabeza delante de otro) es infalible para atraer la compasión de Jesús. Hay dos formas de pedir: una como empujando para mover y la otra como capitulando para atraer. Esta última es más infalible. No es el mangueo directo sino el mostrar la necesidad y ponerse a merced de la bondad del otro. Francisco cuenta que él reza “capitulando ante Dios”. No es un ofrecerse activamente sino un despojarse de todo y quedar a merced del otro.

 

El Señor, al ver esta oración tan radical y necesitada, la prueba con un refrán. Es una manera de sacarla de su postración y hacerle activar su imaginación. El Señor, una vez que la ve “adoradora”, apela a su “libertad e imaginación”. Y ella responde con ingenio: no se amilana ni se muestra perpleja o resentida, percibe la bondad de Jesús y en todo lo que hace y dice capta una oportunidad para crecer.

El refrán pone sobre el tapete la relación cultural y religiosa que existe entre ellos y el Señor de alguna manera le pregunta si está dispuesta a traspasarla para relacionarse directamente con él. Imaginemos que hoy le dijera a alguien: “pero no está permitido comulgar”, como si uno dijera: “la eucaristía es pan para los hijos y no para los ilegales” (lo cual es menos fuerte que decir los perros o los cachorros, pero en el fondo es lo mismo, aunque más elegante). Y la mujer se las ingenia para traspasar esa frontera formal y cultural apelando a la vida familiar, donde los cachorritos comen las miguitas que les tiran los chicos.

 

Y el Señor exclama: Qué grande es tu fe, mujer. Nosotros (y quizás los discípulos) usaríamos otros adjetivos: qué pesada, qué indiscreta, qué viva. Pero no sé si somos capaces de ver “fe grande” en estos gestos y retruques.

En qué ve Jesús una “mega Fe” (megale, dice el griego). ¿Cuáles son los pasos en que esa fe se agranda o despliega su agrandamiento?

Yo señalaría primero, es una fe que nace de un deseo auténtico: que su hija se libere del tormento del mal espíritu es un deseo real. Un demonio es un mal absoluto y no hay resignación ni negocio con su accionar.

Conectarnos con nuestros deseos más auténticos, los de los bienes verdaderos y que son buenos por sí mismos es la base para actuar con fe, con confianza de que lo que hacemos es legítimo y vale la pena. Por eso el Señor le bendice su deseo: que se haga como deseas. Le reconoce autenticidad y se sitúa en esa misma línea, de lo más humano. No le hace un milagro desde afuera.

El segundo paso de agrandamiento de la fe consiste en la insistencia. Parece que al Señor y al Padre le gusta que les insistamos. No por hacerse rogar sino porque hace crecer nuestra fe.

El tercer paso es la adoración, este capitular ente Dios, esta ponerse totalmente en sus manos. Jesús lo llevará a su culmen en la Cruz.

El cuarto paso es ser creativos. La fe necesita expresiones imaginativas, que la reafirmen y la expresen, que traspasen lo habitual y ya trillado.

Y por último, el hacerse cargo de los deseos profundos. Toda una tarea habrá tenido que comenzar esa mujer con su hija sanada, como el Padre con el hijo pródigo que volvió.

Desear, insistir, adorar, imaginar y hacerse cargo de lo deseado, todos pasos de salida a las fronteras en los que se agranda la fe y recibimos la felicitación de Jesús.

En el día de la Asunción, podemos ver en la Cananea una imagen de nuestra Señora, cuya fe también es una Mega Fe, que se agranda de plenitud en plenitud.

En el “hágase” de María está todo. Ella misma se dice lo que Jesús le dice a la Cananea. Hágase en mí, lo que dice tu Palabra, y la Palabra dice: hágase lo que deseas. Hagan todo lo que Él les diga, es el consejo de María a los servidores de Caná y a todos nosotros. En estos “hágase” confiados y plenos crece la fe. Esa fe que nos sana y que alegra el corazón. Esa fe que se vuelve activa por la caridad.

 

Diego Fares sj

Domingo 19 A 2014

Para atraer al Espíritu

 Jesús en soledad

 

Después que se sació la multitud, Jesús obligó a los discípulos que subieran a la barca y pasaran antes que él a la otra orilla, mientras él despedía a la multitud. Después, subió a la montaña para orar a solas. Y al atardecer, todavía estaba allí, solo.

La barca ya estaba muy lejos de la costa, sacudida por las olas, porque tenían viento en contra. A la madrugada, Jesús fue hacia ellos, caminando sobre el mar. Los discípulos, al verlo caminar sobre el mar, se asustaron.

«Es un fantasma,» dijeron, y llenos de temor se pusieron a gritar.

Pero Jesús les dijo:

«Cálmense (tengan coraje, ánimo, calma) soy Yo; no teman.»

Entonces Pedro le respondió:

«Señor, si eres tú, mándame ir a tu encuentro sobre el agua.»

«Ven,» le dijo Jesús. Y Pedro, bajando de la barca, comenzó a caminar sobre el agua en dirección a él. Pero, al ver la violencia del viento, tuvo miedo, y como empezaba a hundirse, gritó:

«Señor, sálvame.»

En seguida, Jesús le tendió la mano y lo sostuvo, mientras le decía:

«Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?».

En cuanto subieron a la barca, el viento se calmó.

Los que estaban en ella se postraron ante él, diciendo:

«Verdaderamente, tú eres el Hijo de Dios» (Mateo 14, 22-33).

 

Contemplación

Jesús solo. Subió al monte para orar a solas y al atardecer todavía estaba allí, solo. Y siguió solo hasta la madrugada, en que fue hacia los discípulos caminando sobre el mar, en medio de la tormenta.

Leo hoy este evangelio de “La tempestad calmada” y de “Pedro que camina sobre las aguas” y me llama la atención algo anterior: el deseo de Jesús de estar a solas.

En realidad ese había sido su deseo original luego de la muerte de Juan el Bautista. Mateo dice que “Al oír la noticia Jesús, se apartó de allí, él solo, en una barca a un lugar desierto (Mt 14, 13).

 

Jesús quería rezar a solas la muerte de su amigo y precursor.

 

Lo que pasó fue que la gente supo a dónde iba y lo siguió a pie desde las ciudades.

 

Y al ver a la gente, Jesús se compadeció y por eso pospuso su soledad y su oración para curar a los enfermos y compartir los panes.

Así lo hizo, pero apenas pudo se volvió a quedar solo.

 

Muchas veces en el Evangelio se nos narra cómo el Señor buscaba esta soledad. Levantándose temprano se iba solo al monte para  en la que se encuentra más plenamente con el Padre: El que me envió, está conmigo; no me ha dejado solo el Padre, porque yo hago siempre lo que le agrada” (Jn 8, 29). “La hora viene, y ha venido ya, en que serán dispersados cada uno por su lado y me dejarán solo; pero no estoy solo, porque el Padre está conmigo” (Jn 16, 32).

 

La soledad de Jesús es, pues, una soledad acompañada, una soledad de la gente –deseada, postergada por el servicio y recuperada- para estar con el Padre, hablando con Él de sus hijos, especialmente de los que más sufren y de los más pequeños del Reino que necesitan ayuda en sus tormentas y para apoyarse en Dios, como Pedro sobre las aguas.

 

Llegado a este punto, de una soledad cuyo deseo no se ve perturbado por el ir y venir de los rostros y de los requerimientos de la gente, sentí que la soledad de Jesús tiene que ver con el Espíritu.

 

Buscando en el evangelio, en las cartas de Pablo y en las oraciones al Espíritu, me quedé con la invocación que le hacemos como “dulce Huésped del alma”. La soledad es para recibir bien a este Huésped Espiritual, que nos trae consigo también al Padre como Abba y a Jesús como Señor.

Y pensaba que para recibir bien a un huésped se requiere cierta soledad.

 

En el Hogar, mi oficinita recibe el  sol de frente y no se ve bien desde afuera, por lo cual la gente – en especial la Hna Juliana-, tiene que pispiar un poco, acercando la nariz al vidrio y cubriéndose la cara con una mano. Si ven que estoy con gente no entran o sólo saludan. Y si me ven ocupado, hablando por teléfono o escribiendo, tampoco. Imagino que el Espíritu hace lo mismo, pero como es más discreto, a veces de adentro no nos damos cuenta de que está pispiando para ver si es oportuno entrar (o hacer notar su presencia, ya que por el Bautismo, habita con derecho propio en nuestra interioridad). Lo que quiero decir es que no solo hay que estar solo para que el Otro toque la puerta sino que hay que parecerlo.

Siempre recuerdo al padre Cullen, solito largas horas en su confesionario, cosiendo fútboles viejos o con un diccionario chino enorme (que yo heredé y que da miedo sólo abrirlo porque uno ve la inmensidad de una lengua que nos resulta tan misteriosa). Una vez le pregunté para qué cosía los fulbos si ya venían desechables y sin cámara y más baratos… y él sonriendo me compartió su secreto (tenía muchos de estos secretos apostólicos, como yo les llamo), me dijo que eran un anzuelo, para que la gente pensara: este cura viejo está al cuete y no tiene nada que hacer con esos diccionarios chinos y esos gajos de cuero, me voy a arrimar a charlar un rato. “Y entonces yo los confieso casi sin que se den cuenta”, decía Cu con picardía.

Parecer solo…

Por ahí me gusta esto de tirarle un anzuelo al Espíritu y quedarnos un rato “como si no tuviéramos nada que hacer”, en vez de parecer siempre ocupados. Por ahí pica y golpea la puerta y se queda un rato.

Imagino así la soledad del Señor en la montaña, como una especie de pararrayos de intensidad infinita atrayendo al Espíritu del Padre, con toda su fuerza de cable a tierra –que se volverá irresistible en la Cruz-, para que venga a este mundo que tanta sed tiene de su Luz y de su Misericordia entrañable.

 

Pedimos la gracia de ser como la gente, que aprovechaba que lo veía al Señor solo y se le acercaba para contarle sus cosas y pedirle que los curara y que los evangelizara con sus parábolas.

 

Y también para imitarlo en esto de “quedarnos a solas un rato” por si tiene ganas de venir el Espíritu.

Sería como un preámbulo antes de la oración. Para no sentir que uno tiene que “entrar directamente a rezar”, cosa que a veces cuesta.

Más bien se trata de hacer una pausa y expresarle al Espíritu: ahora me quedo un ratito a solas por si tenés ganas de venir a mí. A ver si te atrae que alguien tan insignificante como yo, deje las cosas un ratito y se ponga a disposición, por si te agrada hospedarte unos instantes en mi pobre alma, siendo que tanta gente anda tan ocupada y no se conecta con Vos y con tu gracia. Como un pobrecito te mendigo un rayito de tu luz, una gota de tu agua viva, un momento de tu Presencia, por si me querés honrar con tan grata compañía…

Y así, cada uno puede quedarse un momento a solas –en medio de lo que sea que está haciendo- y hablarle al Espíritu para atraer su atención.

 

Diego Fares sj

 

 

 

 

 

 

 

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