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Jesús que viene desde más allá de lo esperado

Jesús dijo a sus discípulos:
- “Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas;
en la tierra habrá angustia de la gente,
y desesperación por el sonido del mar y del oleaje,
los hombres perderán el sentido por el terror y la ansiedad
de lo que va a sobrevenir al mundo,
porque las fuerzas del cielo se conmoverán.

Y entonces verán al Hijo del hombre viniendo en una nube, con potestad y gloria grande. Comenzando a acontecer estas cosas, pónganse de pie y alcen la cabeza, porque se aproxima su redención.

¡Guarda! que no se les embote el corazón con los excesos, con el alcohol y con las preocupaciones de esta vida, no sea que ese día les caiga de repente, como un lazo, porque sobrevendrá a todos los que habitan sobre la faz de toda la tierra.

Velen en todo tiempo rogando para que tengan fuerza para escapar de todas estas cosas que van a suceder y puedan mantenerse en pie en presencia del Hijo del hombre» (Lc 21, 25-36).

Contemplación

“Verán al Hijo del hombre viniendo en una nube, con potestad y gloria grande…”.
“Padre, venga a nosotros tu reino. Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo…”

Las imágenes evangélicas nos hablan de un lugar –el Cielo- y de un tiempo –el futuro, el porvenir-.
Jesús nos manda estar atentos a ese cielo y a ese porvenir.
Jesús nos revela que nuestro modo de vida, lo que tenemos que hacer, reciben su norma no del ahora ni de lo cotidiano y terrenal, sino de ese cielo y de ese porvenir en el que El volverá en una nube a redimirnos.

¡Guarda! que no se nos embote el corazón.
¡Velemos, para tener fortaleza en ese día!

¿Qué nos quiere decir Jesús, el Señor con su lenguaje apocalíptico?
Nos quiere decir que la vida que Él enseña, recibe su criterios y sus normas del Cielo y del porvenir. Por eso quiere que alcemos la cabeza y levantemos la mirada de los pensamientos en los que estamos sumergidos y, mirando al azul del cielo, abramos el corazón a esa Palabra suya que ilumina nuestro corazón viniendo desde su Libertad.

El problema, Señor, es que nos han robado no sólo el mes de Abril, como canta Sabina, sino también el cielo entero y el porvenir.

Más que robar, no los han numerado: ya no podemos contemplar el cielo y el futuro sin hacer estadísticas. Y los números que dicen 100.000 millones de galaxias en expansión, más que admiración producen vértigo.

¿Qué han hecho los números?
Han logrado que la imagen del Padre de los cielos y de su Hijo amado Jesús viniendo en una nube no despierten ya ninguna esperanza real.

Esto hay que afrontarlo, porque si estas dos imágenes ya no deslumbran con su belleza, la moral cristiana se queda sin su gloria y deja de atraer a los hombres.
Al robarnos la imagen bella nos roban el contenido bueno.
Y si nuestro corazón se queda sin cielo y sin porvenir, deja de ser un corazón humano.

¿A dónde alzar la cabeza, cuando vemos tantos desastres apocalípticos, si no hay cielo para que “esté nuestro Padre”, ni porvenir desde el que “venga el Señor Jesús”?

A veces pareciera que ya no hay gente que alce la cabeza, que ya no hay hombres como Ignacio, al que lo reconocían como “el vasco de los ojos alegres que siempre anda mirando al cielo”. Ignacio confesó que su mayor gozo –del que obtenía un grande esfuerzo y deseo de servir a Dios- se lo daba quedarse largo rato mirando al cielo.

Adviento era el tiempo para mirar al cielo y para otear el porvenir. Por eso la Iglesia canta:
“Rociad cielos de lo alto,
nubes lloved al justo…
y que se abra la tierra
y brote el Salvador,
como una flor…”.
¿Podemos seguir imaginando y gozando lo que las imágenes del cielo y del porvenir nos regalan? ¿O tenemos que renunciar a ellas, reemplazándolas por imágenes más “tecnológicas”?

Tomemos la imagen de Jesús viniendo en una nube, con gran potestad y gloria. Es imagen de cielo y de porvenir.
El Señor nos promete que lo veremos.
No hay pues que renunciar fácilmente a este imagen.
En las contemplaciones del cuadro de nuestra Señora de Guadalupe, se nos dice que para la cultura náhuatl, “venir sobre las nubes” era una manera metafórica de decir “que alguien venía desde más allá de lo esperado, para hacer algún bien al reino”.
Para los antiguos, el cielo y el futuro, eran un lugar y un tiempo que venía desde más allá de lo visible y de lo esperado.

Nos quedamos sólo con esto.
Dicen que hoy los cristianos no hablamos del cielo ni decimos que esperamos de verdad a Jesús por temor a causar “la risa de los atenienses” (los que se le rieron a Pablo cuando les anunció la resurrección).
Para nuestra cultura, el cielo y el porvenir se han convertido en lugares y tiempos inspeccionables, predecibles, al menos hasta extremos en que ya no deseamos seguir mirando más. No esperamos nada que venga de allí.

¿Qué significa entonces para nosotros “que alguien venga –en una nube- desde más allá de lo esperado”?

¿No es verdad que lo que no se expresa de manera cuantificable nos parece poco realista? ¿No es verdad que cuando nos prometen algo enseguida exigimos precisiones numéricas: cuánto costará, cuándo llegará…?

Por tanto, si Jesús viene de algún cielo y en alguna nube, si Jesús viene desde más allá de lo culturalmente esperado, vendrá en una manera de presencia que no será cuantificable. Es más, puede que ya esté presente, viniendo a cada instante, pero si los números nublan nuestra mirada, no lo veremos. (La expresión “nublar la mirada” es elocuente. Los deseos pueden nublar la mirada o limpiarla si son deseos puros, de los que permiten “ver a Dios”).

Concretemos un poco más qué implica “alzar la cabeza de lo cuantificable”. Algo “no cuantificable” es algo muy subversivo para el mundo en que vivimos. Porque la norma de nuestro mundo viene de los negocios y como a algo que no es cuantificable no se le puede poner precio, resulta que es algo con lo que no se puede negociar. Y eso le molesta a mucha gente.

Decir que nuestro Padre está en el cielo equivale, para nosotros, a decir que está “en un ámbito donde no hay negocio posible”.
El Cielo donde vive el Padre es un ámbito que se abre apenas uno deja de negociar. Así de simple. Tan cerca está el Cielo! Basta dejar de negociar.
Es un ámbito donde el Padre, desde su libertad, hace salir el sol para justos e injustos, manda que se pague a los últimos igual que a los primeros, exige que se perdonen las deudas y sueña con que todos los invitados acudan al banquete de las bodas de su Hijo…

Señalamos que lo que espera nuestra cultura, lo que envuelve todos los deseos y proyecciones de nuestro paradigma es “negociar más”.
¿Es así?
Creo que sí. Que “la posibilidad de negociar todo” es lo que oscurece el cielo. Hasta no hace mucho, los negocios requerían más tiempo. Negociar una cosecha requería un año. Hoy se negocia a futuro! Y cada aparato que compramos viene con el mensaje “acordate que me tenés que recargar”, “estate atento que pronto me tendrás que cambiar”. ¿No nos llama la atención el lenguaje de los aparatos? Es el mismo que utiliza nuestro Señor. Los aparatos hablan como si fueran nuestros dioses. Exigen que estemos a su disposición. Nuestro mundo no tiene descanso, no hay lugar para el ocio. Todo es negocio.
El problema es hondo porque no solo negociamos cosas, sino que hemos invadido también el espacio y el tiempo y uno tiene la sensación de que no hay nada “inesperado”. Como que tenemos “medido” el cielo y la tierra, el pasado y el futuro. La consecuencia de esta “mirada negociadora” es que todo se convierte en gestión.

El mundo natural tenía su límite. Si uno carneaba un ternero cuando no había heladera, como cuenta Menapace, tenía que compartirlo con sus vecinos. Esto tenía como consecuencia una solidaridad como natural. En el mundo tecnológico que hemos inventado, los aparatos no sólo no se pudren sino que el próximo siempre es mejor que el anterior –más veloz y más potente.
Discernido bien este “horizonte” de “infinitos negocios”, imitación tecnológica de lo que sería la eternidad, es bien sencillo descubrir la puerta del cielo y divisar la nube en la que viene Jesús.
Jesús si viene de algún lado debe ser de lo que está fuera de los negocios esperados.
Cielo será entonces un espacio y un tiempo en el que el negocio no existe. No tiene validez.
El que entra en ese reino no tiene moneda para negociar porque todo lo que allí se obtiene e intercambia es gratuito.
El Padre y Jesús habitan en lo gratuito y vendrán de lo gratuito.

¿Podemos alzar la cabeza y poner la mirada en lo gratuito?
Alzar la cabeza significa sacar la mirada de los números, alzar los ojos y dejar de contar –codiciosa o angustiosamente- números: cuánto ganaste, qué tan alto te dio el colesterol, cuántas horas durará el viaje, qué velocidad tiene la memoria ram, cuántos gigabytes…

Pobres números! No seamos injustos con ellos. El cielo está más allá de los números usados para negociar. Pero los números tienen también una dimensión de gratuidad y amor. En el cielo dos son Uno y Uno es Tres. Justamente porque entre ellos hay un espacio que es el espacio abierto del amor y no el espacio cerrado del negocio.

Para decirlo ya de una vez: el cielo es “no negocio”. Está en lo alto, pero no en la altura espacial sino en la altura del que no negocia sino que se da gratuitamente.

Jesús en este Adviento vendrá del no negocio.
Vendrá de allí donde uno se anima a darlo todo y no mira si gana o pierde .
Vendrá en esa nube que está “por sobre nuestros cálculos”, en la altura de lo gratuito, de lo que cae de arriba y se nos brinda como don.

¿Querés ver a Jesús viniendo en una nube lleno de poder y gloria?
Esa imagen de cielo, de altura, de algo que viene desde más allá de toda expectativa interesada, está unida a otra imagen de la que es inseparable. Así como los negocios requieren dos partes interesadas, así también la gratuidad del amor. La imagen del cielo se despeja cuando abrimos bien los ojos para mirar la tierra. El Jesús de la nube –inesperado- tiene de la mano al Jesús del pesebre –siempre a mano, requiriendo de nuestro amor y servicialidad.

Cuanto más mires al Jesús del Pesebre –y lo beses y lo abraces y lo sirvas en los jesusitos pobres que encontrás en tu vida cotidiana- más se te abrirán los ojos para ver al Jesús del cielo.
Cuánto más creas con obras que de verdad ya ha venido y está en tus hermanos a los que cuidás y servís, más fe tendrás en que volverá sobre una nube lleno de poder y gloria.

Diego Fares sj

La verdad es el Amor del Padre

Entró de nuevo Pilato en el Pretorio y llamó a Jesús.
Y le preguntó:
- ¿Tú eres el rey de los judíos?
Jesús le respondió:
- ¿Dices esto por ti mismo o bien otros te lo han dicho de mí?
Pilato replicó:
- ¿Acaso yo soy judío? Tus compatriotas y los sumos sacerdotes son los que te han entregado a mí ¿Qué hiciste?
Jesús respondió:
- Mi realeza no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, los que están a mi servicio habrían combatido para que Yo no fuera entregado a los judíos. Pero ahora mi reino no es de aquí.
Pilato le dijo:
- Entonces, ¿tú eres rey?
Jesús respondió:
- Tú dices que Yo soy rey. Para esto he nacido y he venido al mundo:
para testimoniar la verdad. El que es de la verdad escucha mi voz.
Le dice Pilato
- ¿Qué es la verdad?” (Jn 18, 33-38).

Contemplación
Para contemplar a Jesucristo Rey del universo, la liturgia de este año nos sitúa en el drama de la Pasión. Entramos en la escena en el preciso instante en que Pilato está interrogando al Señor y le pregunta: “¿Tú eres el rey de los judíos?”.
Jesús atado de manos, de pie ante el Procurador romano, que lo interroga. Esta es la “composición del lugar” para contemplar, como dice Ignacio en los Ejercicios.

Martini muestra que toda la escena del juicio en el Pretorio tiene un ritmo marcado por las 7 entradas y salidas de Pilato. Todo este pasaje de Juan apunta a revelarnos cuál es la verdadera realeza de Jesús.
Las 7 entradas y salidas de Pilato, si se leen circularmente tienen en su centro la escena 4ª: la coronación de espinas. Allí se nos revela que Jesús es Rey coronado de espinas.
No emana de su cabeza una corona de gloria propia sino que su corona es hacer la voluntad del Padre y como el Padre respeta la libertad de los hombres que no reconocen su amor, este amor rechazado y burlado se convierte en espinas. Jesús es Rey haciendo reinar el amor del Padre, perdonando y redimiendo, sin imponerse por la fuerza, es Rey padeciendo.

Si leemos el pasaje en la línea de un dramatismo que crece, la escena culminante nos muestra una paradoja: Pilato, intentando burlarse, en realidad profetiza. Saca afuera a Jesús y lo hace sentar en el trono, justo a la hora sexta (en que el cordero pascual era inmolado) y dice a todos: “Aquí tienen a su Rey”.

Este es el marco del diálogo que escuchamos hoy en la fiesta de Cristo Rey. Nuestro diálogo corresponde a la escena 2ª, paralela con la 6ª y en ambas se trata el tema del poder (en la escena 6ª Pilato le dirá a Jesús “¿A mí no me hablas? ¿No sabés que tengo poder para soltarte y poder para crucificarte?”).

Lo que nos interesa contemplar es, como decíamos, cuál es la verdadera realeza de Jesús. Cuál es su poder. Sobre quiénes reina y cómo reina. Y para esto, Pilato es un interlocutor ideal.
Si alguien ha sabido lo que es el poder en este mundo ese es Pilato.
Jesús de alguna manera se lo reconoce cuando le dice: “no tendrías ningún poder contra mí si no te hubiera sido dado de arriba”.
Pilato era un Procurador, tenía el poder absoluto del Emperador por delegación (de hecho todo poder humano es “delegado”). Y en el caso del juicio de Jesús, el mismo Padre Altísimo le “delegó” de alguna manera, el poder de decidir sobre el destino de su Hijo amado.
Pilato fue aquel día el hombre más poderoso del mundo y en sus idas y vueltas manifiesta cómo se dio cuenta de que la situación lo superaba. Si uno lee bien a Juan notará que no pone la escena en la que Pilato se lava las manos. Tampoco se dice que haya dictado sentencia sino que “les entrega a Jesús para que fuera crucificado”. Además Pilato pone el cartel “Jesús Nazareno, Rey de los judíos”. A los que habían confesado “no tenemos otro rey sino al César”, Pilato les encaja el “Rey de los judíos” en la Cruz. Estos detalles nos llevan a conjeturar que Pilato tuvo por unos instantes el poder más absoluto del mundo y patéticamente lo usó para dejar que las presiones de los intereses demoníacos hiceran su obra: crucificar a Jesús.

Pilato es la contraimagen de Jesús Rey. El poder real lo tiene Jesús, que dejando hacer también, convierte la circunstancia de la cruz en redención de la humanidad.

¿Dónde reside, pues, el poder verdadero del Señor?
Reside en el testimonio que da de la verdad.
¿Y qué es la verdad?
Esta pregunta que formuló Pilato en medio de la situación en la que se encontraba, yendo y viniendo, y que no quiso escuchar, es la pregunta clave de la vida. Pilato no escuchó la respuesta de Jesús porque en su mundo político la única verdad es el negocio. No escuchó porque estaba negociando y para poder escuchar tendría que haber estado amando.
Si hubiera escuchado a Jesús en vez de irse, si hubiera escuchado la voz del Rey que musitaba algo perceptible sólo para los que son de la verdad, hubiera escuchado esta respuesta: la verdad es el amor de mi Padre por el mundo. Y Yo doy testimonio de la verdad de ese amor misericordioso, infinitamente tierno y compasivo, dando mi vida por todos.

La verdad del amor del Padre.
Esa es la verdad que reina en el corazón de Jesús
y que va a dejar sembrada en los corazones de los que lo aman.

¿Qué quiere decir Jesús con que “la verdad es el amor del Padre”.
Quiere decir que el amor del Padre es la clave para entender todo y para hacer todo.
Y el amor tiene sus condiciones y sus exigencias, que brotan de su mismo ser.

La primera condición del amor del Padre es la gratuidad. Como es gratuito, puro don libremente donado, hay que recibirlo y darlo también gratuitamente. Como dice el Cantar: “Si uno quisiera comprar el amor solo se ganaría el desprecio”.
El amor del Padre brota de su Libertad inefable. El Padre nos creó y nos ama porque quiere. Jesús da testimonio de esta Realeza y verdadero poder que se muestra en no condicionado por nada. Y el Padre pone todo el poder en manos de Jesús que también se muestra libre de amar hasta el extremo, todo lo que desea, sin que nada ni nadie le ponga límites a su amor. En esto consiste su realeza. Esta característica del amor del Padre y de Jesús, la libertad y gratuidad, contiene una exigencia: que le respondamos también líbremente, no por obligación sino por gusto y libre decisión.

Ya estamos con esto en la segunda condición del amor del Padre: su infinitud, su incondicionalidad…El Padre nos ama cuanto quiere y nadie puede ponerle límites a su amor. De eso vino a dar testimonio Jesús con su vida y con su muerte. Por eso no habrá excusa para el que se haya dejado amar poco y perdonar poco. Podremos pedir perdón por no habernos dejado amar más, pero no podremos decir que nadie nos dijo que teníamos un Padre que nos ama incondicionalmente. La vida entera de Jesús es un testimonio patente de algo así como un Amor infinito e incondicional. No otra cosa grita el silencio de Jesús crucificado, abandonado en las manos del Padre. Esta característica del amor del Padre contiene una exigencia: la de no ponerle límites a su amor. Esto implica dejar que el Padre que es más grande que nuestra conciencia nos perdone siempre y que como él perdona a todos también nosotros perdonemos a los demás.

Con esto estamos en la otra condición del amor del Padre que es la omni-inclusividad, el que no se pierda ninguno de sus pequeñitos. Jesús vino a dar testimonio de que el amor del Padre, gratuito e incondicional, es para todos. Dios no excluye ni discrimina. Y el que es de la verdad, el que no está negociando sino que está abierto al amor, sabe que tiene lugar en la fiesta del Padre. Esta característica del amor del Padre y de Jesús Rey contiene una exigencia: la de trabajar por incluir a todos. Y esto implica creatividad, paciencia y humildad para perdonar y comenzar de nuevo cada día.

Nos quedamos con la imagen de Jesús atado a quien Pilato acaba de dejar solo un momento y dejamos que nos mire a los ojos y nos diga que la verdad es el Amor de nuestro Padre. Jesús es Rey de esta verdad. Está dispuesto a reinar crucificado si nosotros no nos abrimos a este amor y permitimos que lo crucifiquen. Pero le agrada más reinar glorioso si escuchamos sus palabras y lo recibimos líbremente como Rey en nuestro corazón.
Diego Fares sj

Domingo 33 B 2009

Jesús orando

Sólo el Padre

    (Después de salir del templo, fueron al monte de los Olivos y habiendo llegado, Jesús, se sentó mirando a lo lejos, hacia el templo. Pedro especialmente, pero también Santiago, Juan y Andrés, le preguntaban: Dinos ¿cuándo será el fin, y cuál la señal de que todas estas cosas están por cumplirse?)Y Jesús comenzó a decirles….:
    -En aquellos días, después de la tribulación
    (en que los discípulos serán perseguidos
    y aborrecidos por todos a causa del nombre de Jesús)
    el sol se entenebrecerá
    y la luna no dará su esplendor,
    las estrellas irán cayendo del cielo
    y las fuerzas que están en los cielos se conmoverán.

    Entonces verán al Hijo del Hombre
    viniendo sobre las nubes, con gran poder y gloria.
    El enviará a los ángeles y congregará a sus elegidos desde los cuatro vientos
    desde el extremo de la tierra hasta el extremo del cielo.

    Aprendan esta parábola, tomada de la higuera:
    cuando sus ramas se hacen flexibles y brotan las hojas,
    ustedes se dan cuenta de que se acerca el verano.
    Así también, cuando vean que suceden todas estas cosas,
    dense cuenta que está cerca, a la puerta (el reino de Dios).
    Les aseguro que no pasará esta generación, sin que suceda todo esto.

    El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.
    En cuanto a ese día y a la hora,
    nadie las conoce,
    ni los ángeles del cielo
    ni el Hijo, nadie
    sino el Padre.
    (Mc 13, 24-32)

    Contemplación
    El Padre. Sólo el Padre.
    Es la última palabra de este evangelio.
    Esa “Palabra de Jesús que no pasará”.

    Jesús grabó en el corazón de la humanidad la Palabra Padre.

    Y quizás lo más lindo de este evangelio con imágenes apocalípticas es que Jesús nos diga lo más pancho que Él no lo sabe todo, que hay cosas que son sólo del Padre.
    El Señor les revela muchas cosas a sus amigos pero la más hondo que les revela es cómo Él tiene su corazón metido en el del Padre. Jesús vive su vida humana centrado y abandonado en el Padre, pendiente de su voz, dejando que lo inunde su Misericordia, disponible para hacer lo que el Padre le mande…

    Jesús les revela a sus amigos cuatro cosas: que el universo terminará, que él volverá, que podemos leer bien las señales de los tiempos y que el Padre es más grande que todo.
    última verdad es la más profunda y la más cercana.
    Afirmar que la hora, el tiempo, sólo lo conduce el Padre, es como ponerlo al alcance de la mano.
    Porque no sabemos lo que pasará dentro de un minuto. No solo dentro de un día, una semana o un año.
    No sabemos qué será de nosotros en el próximo instante,
    no sabemos qué nos espera en el próximo renglón…

    Mostrando este límite Jesús se revela como Señor de la Historia porque nos enseña a sumergirnos íntegramente con todo el corazón, con toda el alma, con toda nuestra mente y con todas nuestras fuerzas, en el Padre nuestro.

    Amar a Dios con todo el corazón y en todas las cosas
    es como dilatar un poco el tiempo.
    en vez de volcar nuestro deseo inmediatamente en lo que proyectamos,
    hacer una pausa y nombrarlo a Él
    –Padre nuestro, santificado sea tu Nombre-,
    hace que pasemos primero por el Corazón del Padre
    antes de ir a las cosas.
    Como Él es el Padre de todos y está en todas las cosas,
    bendecir su Nombre y detenernos en el deseo
    de que venga su Reino y se haga su Voluntad,
    no nos quita tiempo
    sino que lo dilata.
    Al nombrar al Padre y ponerlo antes que nada y por encima de todo
    las demás cosas no se posponen sino que se centran.

    La confidencia de , de que ni siquiera Él controla su tiempo, pone freno a nuestro universo desenfrenado que corre de aquí para allá, de deseo en deseo y de proyecto en proyecto.
    Adorar al Padre en Espíritu y en verdad se convierte entonces en la actividad fundamental de nuestra vida.
    Con cada suspiro podemos invocarlo:
    Padre nuestro, que estás en los cielos,
    Santificado sea tu Nombre…
    Entonces nuestro tiempo se serena:
    no brota ya –preocupado y angustioso- desde nuestros múltiples anhelos,
    sino que brota de la Fuente de la Santidad,
    brota de la Providencia de nuestro Padre
    que ha preparado todas las cosas para el bien de los que lo amamos.

    Nombrar al Padre es la verdadera conversión.
    Es frenar nuestra carrera ciega en pos de deseos vanos (ya que no sabemos si los podremos llevar a cabo) y partir desde el Padre.
    La conversión es el camino de vuelta del hijo pródigo:
    “Volveré junto a mi Padre”.
    El que corrió y se dispersó siguiendo sus deseos vanos regresa al abrazo del Padre que lo espera con el banquete de su misericordia preparado.

    Decir “Padre nuestro” es como decir “Tiempo nuestro” o “Vida Nuestra”.
    Es lo mismo que decir “danos el pan nuestro de cada día” o “hágase ahora mismo tu voluntad así en la tierra como en el cielo”, o “líbranos del mal” (ahora, de este mal, y no nos dejes caer en esta tentación”).
    Con sólo afirmar que hay algo –el día y la hora” (que es la manera concreta que tiene un judío de decir “el tiempo”)- que sólo el Padre conoce, Jesús detiene el tiempo y lo centra en su quicio: la Voluntad del Padre siempre más grande que todo lo que podamos pensar.
    Es como cuando a una persona le dicen que no tiene más tiempo (como Kazantzaki que se sentía morir y ansiaba terminar su “Carta al Greco” y decía: “«Tengo ganas de bajar a la esquina, extender la mano y mendigar, a los que pasan- ‘Por favor, dadme un cuarto de hora’.»). Cuando no queda tiempo se frenan de golpe todas las ansias y nuestra mirada se alza al cielo y el corazón se centra en el amor: todos nuestros recuerdos y proyectos se ordenan como por arte de magia de lo más amado a lo que se ama menos, y uno sabe lo que tiene que hacer y lo que tiene que dejar.

    Decirnos que sólo el Padre conoce el tiempo es equivalente a decirnos que “se nos acabó el tiempo”, en el sentido de que no lo poseemos y, entonces, debemos … ¿preguntar…?
    Sí, si no somos dueños de un instante de nuestra vida debemos preguntar al Padre “Qué quieres Señor de mi. Muéstrame tu voluntad”.

    Pero antes de preguntar debemos abrir el corazón al don del tiempo y agradecerlo.

    Porque aún para preguntar necesitamos tiempo y por eso la actitud primera es de receptividad humilde y confiada: “Hágase en mí según tu Palabra”.

    Como dice hermosamente Isaías:
    “Señor, tú eres nuestro Padre,
    nosotros somos la arcilla y tú el alfarero,
    somos todos obra de tus manos (Is 64, 7).

    Antes de preguntar, entonces, agradecemos el don del tiempo que nos modela como arcilla en las manos del alfarero. Y luego de agradecer, ponemos en las manos del Padre nuestro futuro, con esa oración tan profundamente filial de Carlos de Foucauld:
    Padre, me pongo en tus manos.
    Haz de mí lo que quieras.
    Sea lo que fuere,
    por ello te doy las gracias.
    Estoy dispuesto a todo.
    Lo acepto todo,
    con tal de que se cumpla Tu voluntad en mí
    y en todas tus criaturas.
    No deseo nada más, Padre.
    Te encomiendo mi alma,
    te la entrego con todo el amor de que soy capaz,
    porque te amo y necesito darme,
    ponerme en tus manos sin medida,
    con infinita confianza,
    porque tu eres mi Padre.

    Ignacio resume la adoración al Padre y la entrega del propio tiempo con su:
    “Tomad Señor y recibid toda mi libertad…”. Con su libertad Ignacio entrega su deseo, con su deseo su tiempo y con su tiempo todo lo demás: –“mi memoria, mi entendimiento, y toda mi voluntad, todo mi haber y mi poseer. Vos me lo diste, a Vos Señor lo torno. Todo es vuestro. Disponed a toda vuestra voluntad. Dadme vuestro amor y gracia que esta me basta”.

    Diego Fares sj

dos moneditasOlvidada de sí, notada por Jesús

Jesús enseñaba a la multitud:
«Cuídense de los escribas, a quienes les gusta pasearse con largas vestiduras, ser saludados en las plazas y ocupar los primeros asientos en las sinagogas y los banquetes; que devoran los bienes de las viudas y fingen hacer largas oraciones. Estos serán juzgados con más severidad.»
Jesús habiéndose sentado frente a la sala del tesoro del Templo, contemplaba atentamente el modo como la gente iba echando monedas de cobre en la alcancía. Muchos ricos echaban mucho. Y llegando una viuda pobre echó dos moneditas de cobre.
Ahí llamó Jesús a sus discípulos y les dijo:
─ «En verdad les digo esta viuda pobre echó más que todos los que echan en la alcancía, porque todos los demás echaron de sus sobrantes, pero ella, de su indigencia echó cuanto tenía, todo el sustento de su vida» (Mc 12, 38-44).

Contemplación
Jesús se sienta a contemplar a la gente “cómo da limosna”.
No mira simplemente, contempla con atención. Se fija en el modo como la gente echa las monedas de cobre en los tambores que hacen de alcancía. Las monedas pesan y hacen ruido. Los que echan mucho, vacían sus bolsitas de golpe y hacen que se note un poco. Cuando llega la viuda pobre echa sus dos moneditas de una manera especial. ¿Habrá tenido algún gesto distinto? ¿Las habrá echado sin hacerse notar? Creo que echó primero una y luego la otra, porque Jesús las distinguió perfectamente.

Cuando uno contempla a la gente que pasa por San Cayetano o en San Expedito se ven muchas cosas. Gestos intensos, íntimos, personales… Cada persona se comporta de manera especial cuando hace sus visitas a los santos y les expresa su devoción, pone sus peticiones, agradece, deja una ofrenda. Uno ve de afuera y aún así es mucho el cariño y la fe que se perciben.
Imaginemos lo que vería Jesús, si leía los corazones aún de lejos, si pescaba en un gesto de la cara los pensamientos íntimos de los corazones, lo que habrá visto en la viuda pobre cuando con cariño echó sus dos moneditas en la alcancía. Jesús vio todo su corazón, escuchó el tintineo nítido de cada una de las dos moneditas. Se ve que la viuda las echó de a una. No vació una bolsita ni echó un puñado. Primero una y luego la otra. Y tintineó cada una en el corazón de Jesús.

Siempre llama la atención que Jesús no hable de premio.
No hay ningún “tu fe te ha salvado”,
no hay ningún “qué quieres que haga por ti, mujer”.
No hay ninguna exposición pública que ayude a sanar un pecado (Mujer, ¿nadie te ha condenado?) o a terminar de perfeccionar la fe (¿Quién me ha tocado?) como con la hemorroisa, que le sacó una fuerza sanadora y Jesús la hizo confesar en público la fe de su gesto de tocarle el manto.
Nada de eso. La viuda pobre ni se entera de que el Señor la pone como ejemplo.
Jesús la deja perderse entre la multitud, con su dignidad inmensa y anónima a los ojos de la gente y resplandeciente de gloria a los ojos del Padre que ve en lo secreto, y de Jesús su Hijo encarnado, perdido también igual que ella, como uno más, entre la gente que entraba y salía del Templo.

No hay premio porque, como nos damos cuenta todos, el premio es el gusto de poder darlo todo, el sabor hermoso de poder donarse a sí misma dando todo lo que tenía ese día para vivir.

El premio de la viuda pobre es “estético” en el sentido de “agrado por el brillo de algo que se hace gratuitamente para Gloria de Dios”; el premio es cómo se le unifica íntegro el corazón bajo la mirada de Jesús en el momento en que suelta –una después de la otra- sus dos moneditas, y queda su vida toda –ese su día- en las manos del Padre. Ella sale del Templo sin nada, cantando quizás como cantaría un día Teresita:
“Vivir de amor
es darse sin medida,
sin reclamar salario aquí en la tierra.
Yo me doy sin cuento
segura de que en el amor el cálculo no entra.

Lo he dado todo,
al corazón divino que rebosa ternura.
Nada me queda ya, corro ligera.
Ya mi única riqueza es y por siempre será,
vivir de amor.

Vivir de amor “oh que locura extraña” me dice el mundo;
cese ya tu canto: no pierdas tus perfumes, no derroches tu vida,
aprende a utilizarlos con ganancia.

Jesús, amarte es pérdida fecunda.
Tuyos son mis perfumes para siempre”.

También Teresita pasa del amor a la belleza, del darse entera, a los perfumes. El premio del amor es un aroma, que al expandirse expande el alma, llena la casa como el perfume de Nardo de María cuando rompe el frasco para ungir a Jesús.
El premio del amor es sólo amor. El amor como don es desprendimiento, trabajo, cruz muchas veces.
El amor como premio es gusto, perfume, alegría y belleza.
Y ambas cosas se dan al mismo tiempo –cruz y gloria-, no sucesivamente.
Por eso el Señor contrapone el ejemplo del don de la viuda pobre al vedettismo de los fariseos, porque el problema es cuando a uno le comienza a gustar más hacerse ver que amar. Señal de que se ha desplazado el eje esencial de la vida: al pasar de ser actores a ser espectadores nos perdemos lo mejor de la vida.
La viuda pobre es protagonista absoluta de esta escena contemplada sólo por el ojo atentísimo de Jesús gracias al cual quedó filmada y estampada en el evangelio de Marcos. Lo ha dado todo y no mira si la miran. Ya había entrado olvidada de sí al Templo, concentrada en lo que quería dar y en darlo bien –una monedita y luego la otra-, en darlo con intención de dar y con buen deseo. Y sigue luego su camino, invisible a todos porque invisible para sí. Sigue adelante –corre ligera- con la mirada puesta en que tiene que seguir trabajando para ganar su sustento del día, alegre de tener que comenzar de cero.

Me la imagino como tantas mujeres de nuestro pueblo que limpian por hora… Estuvo limpiando, ganó unos pesitos, fue a la Iglesia, los dio todos y sale corriendo a la otra casa para tener su platita para el día.
Teresita tenía estas cosas desde pequeña. Cuenta que “como premio ( a una buena nota), papá me regaló una preciosa monedita de veinte céntimos
que eché en un bote destinado a recibir casi todos los jueves una nueva
moneda, siempre del mismo valor… (De este bote sacaba yo dinero en
determinadas fiestas solemnes, cuando quería dar de mi bolsillo una
limosna para la colecta de la Propagación de la Fe u otras obras
parecidas)”.

Me queda retintineando lo de que dio las dos moneditas una a una, no las soltó las dos juntas. Se ve que venía dándolas vuelta en la mano, como cuando uno repasa las monedas con los dedos y las separa subiendo una con el pulgar contra el índice y dejando la otra entre los otros tres dedos y la palma… Las repasaba porque eran las únicas que tenía. Cuando uno tiene muchas monedas no se fija tanto. Y al llegar su turno echó primero una y luego la otra. Y ya está.
Quizás habrá pensado en quedarse una…
Pero cuando se tiene tan poco es mejor darlo todo
¿Qué iba a hacer con una sola? De todos modos tenía que volver a trabajar para poder comprarse algo para comer. La cuestión es que echó las dos, lo dio todo.
Se me ocurre esto de que volvía a trabajar para desdramatizar. No es que lo dio todo y se murió de hambre.
Trabajó una hora, cobró, fue al Templo, dio de limosna lo que tenía y se volvió a trabajar. Sacrificó el almuerzo, diríamos.
Después de imaginar esto me fijo bien en las monedas del tiempo de Jesús y veo que el salario por el día de trabajo era un denario (parábola de los contratados último que reciben cada uno un denario igual que los primeros). Los dos leptones de la viuda son la 128ª parte de un denario. Para uno que cobra quince pesos la hora (como los que hacen changas con el flete al lado del Hogar), las dos moneditas de la viuda serían como dos pesos: el decir, el cafecito y la factura de la media mañana… En vez de tomarse el café, los dio de limosna y se volvió a trabajar.
Este fue el gesto. Bien preciso. Sin romanticismos. Sacrificó la media mañana. El cafecito entre un trabajo y el otro.
Y Jesús lo pone como cierre y punto conclusivo supremo de todos sus discursos y acciones (como ejemplo del mandamiento del amor que acaba de promulgar) antes de entrar en la Pasión.

El puro don de sí por agradar sólo a Dios sin esperar premio ni fijarse siquiera en ello, es el punto más alto de la enseñanza de Jesús, la bienaventuranza de la viuda pobre: “feliz el que, olvidado de sí, lo da todo cada día por puro amor”.

En la vida de Teresita este punto es central. Cuenta ella:
“Como era la más pequeña, no estaba acostumbrada a arreglármelas yo sola. Celina arreglaba la habitación donde dormíamos las dos juntas, y yo no hacía ni la menor labor de la casa. Después de la entrada de María en el Carmelo, a veces, por agradar a Dios, intentaba hacer la cama, o bien, cuando Celina no estaba, le metía por la noche sus macetas de flores. Como he dicho, hacía esas cosas únicamente por Dios, y por tanto no tenía por qué esperar el agradecimiento de las criaturas. Pero sucedía todo lo contrario: si Celina tenía la desgracia de no parecer feliz y sorprendida por mis pequeños servicios, yo no estaba contenta y se lo hacía saber con mis lágrimas…
Debido a mi extremada sensibilidad, era verdaderamente insoportable. Si, por ejemplo, sucedía que hacía sufrir involuntariamente un poquito a un ser querido, en vez de sobreponerme y no llorar, lloraba como una Magdalena, lo cual aumentaba mi falta en lugar de atenuarla, y cuando comenzaba a consolarme de lo sucedido, lloraba por haber llorado. Todos los razonamientos eran inútiles, y no lograba corregirme de tan feo defecto. No sé cómo podía ilusionarme con la idea de entrar en el Carmelo estando todavía, como estaba, en los pañales de la infancia…
Era necesario que Dios hiciera un pequeño milagro para hacerme crecer en un momento, y ese milagro lo hizo el día inolvidable de Navidad. En esa noche luminosa que esclarece las delicias de la Santísima Trinidad, Jesús, el dulce niñito recién nacido, cambió la noche de mi alma en torrentes de luz… En esta noche, en la que él se hizo débil y doliente por mi amor, me hizo a mí fuerte y valerosa; me revistió de sus armas, y desde aquella noche bendita ya no conocí la derrota en ningún combate, sino que, al contrario, fui de victoria en victoria y comencé, por así decirlo, «una carrera de gigante ». Se secó la fuente de mis lágrimas…
Fue el 25 de diciembre de 1886 cuando recibí la gracia de salir de la niñez; en una palabra, la gracia de mi total conversión. Volvíamos de la Misa de Gallo, en la que yo había tenido la dicha de recibir al Dios fuerte y poderoso. Cuando llegábamos a los Buissonnets, me encantaba ir a la chimenea a buscar mis zapatos. Esta antigua costumbre nos había proporcionado tantas alegrías durante la infancia, que Celina quería seguir tratándome como a una niña, por ser yo la pequeña de la familia… Papá gozaba al ver mi alborozo y al escuchar mis gritos de júbilo a medida que iba sacando las sorpresas de mis zapatos encantados, y la alegría de mi querido rey aumentaba mucho más mi propia felicidad. Pero Jesús, que quería hacerme ver que ya era hora de que me liberase de los defectos de la niñez, me quitó también sus inocentes alegrías: permitió que papá, que venía cansado de la Misa del Gallo, sintiese fastidio a la vista de mis zapatos en la chimenea y dijese estas palabras que me traspasaron el corazón: «¡Bueno, menos mal que éste es el último año…!» Yo estaba subiendo las escaleras, para ir a quitarme el sombrero. Celina, que conocía mi sensibilidad y veía brillar las lágrimas en mis ojos, sintió también ganas de llorar, pues me quería mucho y se hacía cargo de mi pena. «¡No bajes, Teresa! -me dijo-, sufrirías demasiado al mirar así de golpe dentro de los zapatos». Pero Teresa ya no era la misma, ¡Jesús había cambiado su corazón! Reprimiendo las lágrimas, bajé rápidamente la escalera, y conteniendo los latidos del corazón, cogí los zapatos y, poniéndolos delante de papá, fui sacando alegremente todos los regalos, con el aire feliz de una reina. Papá reía, recobrado ya su buen humor, y Celina creía estar soñando … Felizmente, era un hermosa realidad: ¡Teresita había vuelto a encontrar la fortaleza de ánimo que había perdido a los cuatro años y medio, y la conservaría ya para siempre…! Aquella noche de luz comenzó el tercer período de mi vida, el más hermoso de todos, el más lleno de gracias del cielo… La obra que yo no había podido realizar en diez años Jesús la consumó en un instante, conformándose con mi buena voluntad, que nunca me había faltado. Yo podía decirle, igual que los apóstoles: «Señor, me he pasado la noche bregando, y no he cogido nada». Y más misericordioso todavía conmigo que con los apóstoles, Jesús mismo cogió la red, la echó y la sacó repleta de peces… Hizo de mí un pescador de almas, y sentí un gran deseo de trabajar por la conversión de los pecadores, deseo que no había sentido antes con tanta intensidad… Sentí, en una palabra, que entraba en mi corazón la caridad, sentí la necesidad de olvidarme de mí misma para dar gusto a los demás, ¡y desde entonces fui feliz…!

Diego Fares sj

inauguracion7El deseo de santidad

Lo seguían grandes multitudes que llegaban de Galilea, de la Decápolis, de Jerusalén, de Judea y de la Transjordania. Al ver a la gente, Jesús subió a la montaña, se sentó, y sus discípulos se acercaron a él.
Entonces tomó la palabra y comenzó a enseñarles, diciendo:
“Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.
Felices los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia.
Felices los afligidos, porque serán consolados.
Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados.
Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia.
Felices los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios.
Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios.
Felices los que son perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.
Felices ustedes, cuando sean insultados y perseguidos, y cuando se los calumnie en toda forma a causa de mí.
Alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo; de la misma manera persiguieron a los profetas que los precedieron” (Mt 4, 25 -5, 12).

Contemplación

¿Qué es lo que canonizamos en los santos? ¿Los grandes milagros? ¿Los hechos heroicos? ¿La vida sacrificada en bien de los demás…?
Lo que canonizamos es el amor.
Sólo el amor es canonizable.
Después viene lo demás, como por añadidura.

Este pensamiento consuela. Porque el amor –el amor recibido y el que damos- lo reconocemos todos.
Si sabemos distinguir quién es de verdad santo o santa, es porque percibimos lo que es amor verdadero y puro. Desde nuestro amor pequeño y temeroso de darse por entero sabemos reconocer el amor que se entrega sin mirarse a sí mismo, gozoso de ser puro amor.
Y si sabemos reconocer un amor así, es porque lo anhelamos con todo el corazón.
Nos alegra y nos libera de toda angustia cuando podemos amar así, cuando nos sentimos amados así, sin condiciones, por encima de todo, gratuitamente y sin cálculos.
Sufrimos cuando no encontramos el camino para amar así, cuando nos vemos obligados a calcular, cuando nos sentimos apresados por una regla o un muro que nos impide amar libremente.
Sufrimos cuando otras cosas menores que el amor lo atan, lo acorralan, lo reducen, lo postergan, lo dejan a un costado.
Y si sufrimos es porque tenemos esa medida interior que nos dice “no es verdad que no se pueda amar”… Y seguimos buscando.
Los santos son los que nos muestran que hay caminos para amar en toda ocasión. Y la fiesta de todos los santos y santas nos muestra una muchedumbre de testigos que testifican con su vida que les fue dado el don de amar así y que hicieron fructificar, cada uno, su denario de amor de muchas maneras y en diverso grado.
La comunión de los santos es comunión en ese amor que da fruto duradero. Y a nosotros se nos permite sumarnos a ese amor en acto, como a la peregrinación a Luján, sin otra condición que la de caminar. Caminando y caminando, a medida que se iguala el paso (y la renguera) el corazón se va purificando de todo lo que es amor con condiciones, amor con peros, de modo que paso a paso va quedando sólo amor, sólo santidad.

Balthasar cita un pasaje de Bernanos que tenía pasión por la comunión de los santos. Lo traduzco porque va al fondo de lo que es el deseo de santidad:
“Existe el peligro ─ dice Bernanos ─ de imaginarse el amor de Dios como un amor de benévola condescendencia. No es así. Dios cela a sus creaturas con un bramido cuya más pálida representación debería partirnos en pedazos hasta convertirnos en polvo. Es por esto que El ha infundido este celo y este bramido (por los pecadores, por todos los hombres…) en la profundidad del tierno y amoroso Corazón de Jesucristo. Jesús ha venido no como vencedor sino como uno que implora protección (como un pobre). El está en mí como un prófugo que se ampara bajo mi protección y yo debo salirle de garante ante su Padre.

Nosotros queremos verdaderamente aquello que Jesús quiere, nosotros queremos de verdad, sin saberlo, nuestro dolor, nuestro sufrimiento, nuestra soledad, aunque tenemos la sensación de que sólo queremos nuestro gozo.
Nos imaginamos que tememos y huimos de la muerte y en realidad deseamos esta nuestra muerte, así como Jesús deseaba la suya (…).
Amamos todo aquello que Jesús ama, pero no sabemos que lo queremos; es que no nos conocemos: el pecado nos hace vivir en la superficie de nosotros mismos y sólo en el momento de la muerte entramos de nuevo en nosotros mismos, y es allí donde Él nos espera (…).
Si nos ponemos en contra suyo, esto ocurre solo al precio de un desgarramiento de todo nuestro ser interior, de una terrible disipación de nosotros mismos. Es que nuestra voluntad está unida a la suya desde la creación del mundo. El ha creado el mundo junto con nosotros.
Qué dulce que es esta idea, que nosotros, aún cuando lo ofendemos, no cesamos sin embargo de desear aquello que Él desea, en el más escondido santuario de nuestra alma”.

Este deseo que tan bien narra Bernanos no es un deseo puramente natural, es ese “gemido” del Espíritu Santo que Jesús ha infundido en nuestros corazones con su pasión y muerte y resurrección:
“En efecto, toda la creación espera ansiosamente esta revelación de los hijos de Dios. Ella quedó sujeta a la vanidad, no voluntariamente, sino por causa de quien la sometió, pero conservando una esperanza. Porque también la creación será liberada de la esclavitud de la corrupción para participar de la gloriosa libertad de los hijos de Dios. Sabemos que la creación entera, hasta el presente, gime y sufre dolores de parto. Y no sólo ella: también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos interiormente anhelando que se realice la redención de nuestro cuerpo (…) El mismo Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad porque no sabemos orar como es debido; pero el Espíritu intercede por nosotros con gemidos inefables. Y el que sondea los corazones conoce el deseo del Espíritu y sabe que su intercesión en favor de los santos está de acuerdo con la voluntad divina” (Rm 8, 19 ss.).
El deseo del Espíritu es el deseo de santidad, el deseo de un amor entero. Un amor que abrace el gozo y la cruz y la esperanza de la resurrección. Un amor que incluya todo, que no deje nada fuera. Ni sólo el gozo, ni sólo la cruz, ni sólo la esperanza de la resurrección: las tres realidades juntas, cada una a su tiempo y en la medida en que se nos dan y las sentimos.
La comunión de los santos es comunión en este deseo profundo e inalterable, del cual no se puede apagar el ardor ni acallar los gemidos.
El mundo de hoy trata de distraernos de esta sed y de este anhelo por lo auténtico. Trata de unirnos en la comunión de los consumidores o en la comunión de los que protestan o en la comunión de los que han llegado a la fama. Todas islas que no satisfacen ni hacen que disminuya el único deseo: el de la comunión de los santos, que busca y busca con sed el amor puro y auténtico, tanto en lo grande como en lo pequeño. Sed de autenticidad es la roca contra la que se estrellan todas las propuestas alternativas que tratan de que negociemos lo único que nos interesa: ser amados de verdad y poder amar de verdad.
……………….
Ayer inauguramos la Casa de la Bondad en Buenos Aires.
Y la casa se llenó de gente para la misa.
Se llenó de una manera especial,
porque la gente fue llegando como preveíamos
y fue colmando cada sitio
─ el altar hubo que armarlo en el patio del fondo
(bajo una carpa por si llovía) ─
hasta que la casa quedó literalmente henchida de gozo.
Serenamente plena y linda.
El P. Rossi habló de la lindura de la Casa de la Bondad.
Celebramos la misa de todos los santos.
Y la presencia de todos fue un testimonio
de que es verdad que existe la comunión de los santos,
de que es incontenible y cohesionadora la fuerza mansa que tiene el deseo cuando es amor puro, cuando es puro deseo de recibir a Cristo moribundo, como dice Bernanos, deseo de brindar una casa linda para ese encuentro,
en el que en el momento de morir entramos en nosotros mismos
allí donde Él nos espera.
Ese deseo auténtico y sin otros agregados,
convocó, animó y volvió creativa y constante
a una pequeña multitud de voluntarios y voluntarias
que trabajaron durante seis años en esperanza
como si vieran ya desde el comienzo la Casa tal como estaba ayer:
hecha una lindura.

Poder comulgar en la Eucaristía
luego de haber comulgado en la esperanza y en los trabajos,
fue algo así como debe haber sido la Transfiguración.
Y nos dio fuerzas para bajar del Monte al encuentro de los que serán los invitados al Banquete, los pobres Cristos a los que deseamos hospedar y servir con puro amor.
Diego Fares sj

 

greco ciego

Permiso para ver

(Iban de camino subiendo a Jerusalen…) Y llegan a Jericó…
Y saliendo Jesús de Jericó,
acompañado de sus discípulos y de una multitud considerable,
el hijo de Timeo –Bartimeo-, un ciego mendigo,
estaba sentado al costado del camino.
Y cuando oyó decir que era Jesús el Nazareno,
comenzó a dar gritos y decir:
─ ¡Hijo de David, Jesús ¡Misericordiame!
Y le increpaban muchos para que se callara,
pero él gritaba mucho más:
─ ¡Hijo de David, misericordiame!

Deteniéndose Jesús dijo “llámenlo”.

Entonces llaman al ciego diciéndole:
─ ¡Animo, levántate! El te llama.
Él, tirando su manto, se puso de pie de un salto y se vino a Jesús.
Y en respuesta Jesús le dijo:
─ ¿Qué quieres que haga para tí?
El le respondió:
─ Rabboní, (haz algo para) que vuelva a ver.
Jesús le dijo:
Vete. Tu fe te ha salvado.
Y al instante comenzó a ver
y lo seguía en el camino (Mc 10, 46-52).

Contemplación
“¿Qué quieres que haga para ti?”.
Es la misma pregunta que les hizo el domingo pasado a Santiago y Juan:
“¿qué quieren que haga por ustedes?”.
Quizás Jesús haya remarcado la pregunta haciéndoles notar que era la misma para que  compararan sus deseos con los de Bartimeo. Ellos deseaban un puesto a su lado, el ciego quería volver a ver. Y no para quedarse sentado sino para seguirlo por el camino.
Algunas miradas habrá habido entre ellos. Entre los otros diez y Santiago y Juan, que habrán bajado la vista avergonzados.
Los deseos…
Qué deseas que haga por vos. Qué querés que haga contigo.
Qué esperás de mí, nos dice Jesús.
“Qué tengo yo contigo, Mujer” le dice Jesús a su Madre cuando ella le hace ver que los novios de Caná no tienen vino. Qué vínculo tenemos entre vos y yo que hago lo que deseas adelantando mi hora.
Hay que saber imaginar las miradas en estas escenas para pescar el sentido hondo de los diálogos y de lo que acontece.
Hay que afinar el oído, como el ciego, que no veía pero que escuchaba los silencios, las pausas, el tono de voz (primero lo chistaban para que se callara y ahora lo apuran: “ánimo, levantate, él te llama”).
Bartimeo, el ciego mendigo, que estaba sentado al borde del camino, como dice Marcos. Lucas dice que era “un ciego que estaba mendigando”. Marcos en cambio pone el énfasis en que “estaba sentado”. No mendigó ese día. Estuvo atento. Lo deducimos porque apenas oyó que era Jesús, comenzó a dar gritos para llamar su atención. Antes, Bartimeo debe haber notado algo especial, seguramente, porque Jesús cuando entró en Jericó debe haber pasado a su lado. Pero pasó rápido… Y entonces decidió pescarlo a la salida.
Marcos no nos dice nada de lo que hizo Jesús en Jericó (la Ciudad pagana cuyos muros cayeron al son de las trompetas de Israel). Imaginamos que el Señor no entró y salió inmediatamente. Sin embargo todo transcurre como en un instante. No hay imágenes de ese día. Sólo la expectación oscura y decidida del hijo de Timeo a quien Marcos enfoca y pone en el centro de la escena. Por la reacción tan inmediata e insistente se ve que entre la entrada de Jesús a la ciudad y su salida, Bartimeo fue madurando su deseo y pensando bien su petición. La estrategia de acción se nota en los verbos:

Estaba sentado. Sin mendigar ni hacer otra cosa. En el lugar justo, el que eligen los mendigos, allí donde uno no puede no ver su mano extendida, que nos encaja una estampita, allí donde uno no puede no escuchar su queja y su pedido.

Cuando oyó decir. Bartimeo estaba atento a todas las voces, a los cambios de la calle. Quizás le habría pedido a alguno que le dijera cuando pasaba Jesús. Vos avisame cuando esté por pasar, porque viene mucha gente y por ahí se me escapa. Tal cual.

Comenzó a dar gritos diciendo… La frase estaba bien elegida: eso de llamar a Jesús “por su apellido” –Hijo de David-, era lo que muchos hacían. Hijo de David el bendecido, David el Rey amado por su pueblo, el Rey magnánimo y generoso. El era “hijo de Timeo”, que puede significar el deshonrado y también el honorable, según se vea. Bartimeo apela personalmente a Jesús.

Gritaba mucho más. Tenía previsto que no sería fácil. La gente comenzó a chistar. Jesús se les iba a todos así que no había por qué hacer escándalo por un mendigo más. (Me hizo acordar que en Aparecida, cuando el Papa salía de la sala, luego de la Inauguración de la V Conferencia, me fui colando entre los presentes yendo hacia el lugar por donde saldría y cuando estaba a dos metros y le pedí a un cardenal que se corriera un poquito me dijo “No” con cara de no sea impertinente. Y entre mirarlo a él y no saber si insistir, la espalda de Benedicto se perdió por la puerta de salida. Pensé que no era para tanto y que no tenía nada especial que pedirle… Viene a cuento porque Bartimeo sí tenía algo que pedirle personalmente a Jesús y por eso… gritaba mucho más fuerte)

¡Misericordiame! No existe el verbo en castellano. Apiádate, sí. “Ten misericordia de mí”. Misericordiame es la palabra que eligió Bartimeo. Es “La palabra”. Jesús no puede resistirla. Toca las entrañas de su Ser Dios. Porque Dios es el Padre de las Misericordias y él es su Hijo. Bartimeo eligió bien la Palabra mágica capaz de hacer detener al Hijo de David en medio de una multitud. Cuando alguien dice misericordiame, Jesús se detiene, Jesús escucha. Aunque no lo diga con palabras, aunque el que esté al costado del camino no pueda hablar porque está desmayado, su situación misma dice “misericordiame”. Y Jesús se compadece. Y va hacia él o lo manda llamar.

Tirando su manto, se puso de pie de un salto y se vino a Jesús. Creo que el Señor no fue Él porque quería hacer ver de lo que era capaz Bartimeo. Y no se equivocó porque Bartimeo tiró su manto, pegó un salto y encaró solo a Jesús. No dice que lo llevaron. Se orientó perfectamente mientras todos le abrían paso en silencio, con ese sentido de orientación de los no videntes que siempre nos asombra.
El gesto de tirar el manto tiene algo de teatral (en el sentido auténtico de dramático). Es un gesto simbólico de alguien que ya está curado. Bartimeo deja su vida de mendigo y camina libre hacia Jesús: va a hacer su último mangazo, o penúltimo más bien, va a pedir la fe para poder seguir a Jesús por el camino.

Rabboní que vuelva a ver. Ese ha sido siempre su deseo. Expresado al aire. Expresado a nadie (a Dios) en su interior. Y ahora encuentra al destinatario de ese deseo que parecía frustrante, imposible, mantenido para nadie, cultivado en la oscuridad en que vivía a pleno sol en su puesto de mendigo. Ese deseo que ha moldeado obsesivamente su corazón encuentra por fin al que lo puede percibir y Bartimeo escucha las palabras que esperaba: “Qué deseas que haga para ti”. Y él se lo expresa con meridiana claridad: Rabboní que vuelva a ver. Ese Rabboní dicho primero debe haber conmovido a Jesús. Bartimeo pone una pausa a su deseo. No le sale a borbotones. No es el “Uno diez” del que ni mira al colectivero. “Rabboní”, “Mi maestro”. “Hijo de David” fue para llamar su atención. Y para poner las cosas en claro en medio de la multitud. Nombre político de Jesús al que apela un ciudadano del pueblo de Israel, aunque viva en Jericó.
Rabboní, en cambio, es nombre de amigo. ¡Desde cuándo Bartimeo se considera “discípulo” de Jesús! ¡Faltaría más! Les debe haber picado a Santiago y a Juan, cuyos deseos apuntaban al Mesías triunfante más que al humilde Maestro. Marcos remarca esta conciencia de discípulo al culminar la escena con la imagen de un Bartimeo nuevo que “lo seguía por el camino”, expresión ‘técnica’ si se quiere para un discípulo de Jesús.

Comenzó a ver. Pero no nos adelantemos. La acción central de Bartimeo es esta: comenzar a ver. Jesús no hizo “nada” para que comenzara a ver. Es como si más que pedirle un milagro Bartimeo le hubiera pedido permiso. Y el Señor se lo concedió. Es uno de esos “derechos de los amigos” de los que hablamos hace poco. Basta pedirle a Jesús permiso y uno puede empezar a ver las cosas como Él las ve. Tenés permiso, eso significa “tu fe te ha salvado”.
Jesús no le puso barro en los ojos ni lo tocó ni le sopló las basuritas. Ni siquiera tuvo que hacer un gesto –el de partir el pan- como con los de Emaús. Es que Bartimeo ya venía creyendo desde hacía rato. Desde que Jesús entró en Jericó. Y desde mucho antes quizás, vaya uno a saber. Es una de esas personas de las que dice la misa: “cuya fe sólo tú conociste”. Uno de los pequeñitos del pueblo fiel de Dios que “comienzan a ver” a Jesús un buen día, casi sin darse cuenta de que han comenzado a habitar decididamente en su Reino. Esos pequeñitos a los que Dios les concede su deseo más hondo y lo viven sin que nadie lo sepa, adorando e intercediendo, siguiendo a su Maestro por el camino. Son esa muchedumbre incontable de testigos que el mundo ciego no sabe ver (por eso no aparecen en los diarios, que hablan sólo de esos dos o tres vivos que se creen que la tienen clara).
Aparecida expresa muy lindo este modo de caminar con Jesús que tenemos muchos Bartimeos del pueblo fiel de Dios:
“… Las peregrinaciones. En ellas se puede reconocer al Pueblo de Dios en camino. Allí, el creyente celebra el gozo de sentirse inmerso en medio de tantos hermanos, caminando juntos hacia Dios que los espera. Cristo mismo se hace peregrino, y camina resucitado entre los pobres. La decisión de partir hacia el santuario ya es una confesión de fe, el caminar es un verdadero canto de esperanza, y la llegada es un encuentro de amor. La mirada del peregrino se deposita sobre una imagen que simboliza la ternura y la cercanía de Dios. El amor se detiene, contempla el misterio, lo disfruta en silencio. También se conmueve, derramando toda la carga de su dolor y de sus sueños. La súplica sincera, que fluye confiadamente, es la mejor expresión de un corazón que ha renunciado a la autosuficiencia, reconociendo que solo nada puede. Un breve instante condensa una viva experiencia espiritual” (Ap 260).

Diego Fares sj

cana

La viveza cristiana

Andaban en el camino, subiendo a Jerusalén.
Jesús se les adelantaba y ellos se asombraban. Le seguían pero tenían miedo.
Y tomando consigo de nuevo a los Doce … (les anunció por tercera vez la pasión).
……………….
Se le acercan entonces Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, y le dicen:
─ Maestro, queremos que lo que te vamos a pedir lo hagas con nosotros.
El les dijo:
─ ¿Y qué quieren que haga Yo con ustedes?
Ellos le dijeron:
─ Concédenos que nos sentemos, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda, en tu Gloria.
Jesús les dijo:
─ No saben lo que están pidiendo. ¿Pueden beber el cáliz que yo he de beber o ser bautizados con el bautismo con que Yo voy a ser bautizado?
─ Podemos ─ le respondieron ellos.
Pero Jesús dijo:
─ El cáliz que yo bebo, ustedes lo beberán y con el bautismo con que voy a ser bautizado, serán bautizados también ustedes, pero hacer que alguien se siente a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo; es para quienes está preparado.
Los otros diez, como escucharon esto, comenzaron a indignarse con Santiago y Juan.
Jesús, llamándolos junto a sí les dice:
─ Ustedes saben que los que figuran o pasan como jefes de las naciones
los tratan despóticamente como si fueran sus dueños absolutos y los grandes (de las naciones) las oprimen, abusando de su poder y autoridad contra ellos. No es así entre ustedes:
Sino que el que quiera convertirse en el más grande entre ustedes,
será su servidor (diakono)
y el que quiera ser el primero entre ustedes,
será esclavo (doulos) de todos.
Porque el Hijo del hombre no vino para ser servido
sino para dar su vida en rescate por muchos” (Mc 10, 35-45).

Contemplación
“Jesús se les adelantaba” (proagon).
Marcos utiliza de nuevo este verbo al final de su evangelio y lo pone en boca de los ángeles de la Resurrección que les dicen a las mujeres: “Vayan, digan a sus discípulos, y a Pedro: ‘Él va delante de ustedes a Galilea; allí lo verán’, como les dijo” (Mc 16, 7). Así, “adelantarse” queda como algo propio de Jesús.
El Señor se adelanta para subir primero a Jerusalen; se adelanta a padecer por nosotros.
El Señor se adelanta para llegar primero a Galilea, al lugar del primer amor; se adelanta a consolar a los suyos.
El Señor se adelanta en el camino del servicio. Nos primerea no para sacar ventaja y ganar los mejores puestos, como querían Santiago y Juan, sino para que nadie le quite el último lugar, el puesto del servicio.
Ante la actitud de sus dos amigos, que ventajean a los otros y le piden sentarse uno a su derecha y el otro a su izquierda en el Reino, para indignación de los otros diez (que se ve que deseaban lo mismo pero no se avivaron antes), Jesús responde con este otro adelantamiento: adelantarse a dar, adelantarse para poder ayudar, adelantarse para evitar que los otros sufran, adelantarse para preparar la fiesta, adelantarse para consolar.
Esta es la viveza cristiana, tan contraria a la viveza criolla.
La viveza de los “campeonatos de cariño” que iluminaron de felicidad la infancia de Martín Descalzo:
“En nuestra casa jugábamos un permanente campeonato de cariño, en el que ganábamos todos al pasarnos la vida obsesionados por cómo haríamos felices a los demás.
Había ocasiones en las que este campeonato subía a primera división. Sobre todo cuando faltaba Engracia, la chica -la criada, decíamos entonces- que vivía con nosotros desde siempre. En casa las tareas diarias eran de todos, pero lo eran más especialmente en el mes de vacaciones de Engracia. Entonces estallaba la competición de mis hermanas, que luchaban como descosidas para ver quién trabajaba más (he dicho más, no crea, señor linotipista, que es un error). Si bajaba Angelines a hacer la compra, Crucita aprovechaba su ausencia para hacer todas las camas. Luego había que oír las quejas de Angelines porque le había quitado lo que era obligación suya. Y, para vengarse, aprovechaba la ausencia de Crucita para limpiar ella todos los dorados.
Era gracioso verlas a las dos agarradas a la escoba, pegándose porque las dos querían barrer. «Hijas -decía mi madre-, lo único por lo que siento la ausencia de Engracia son estos jaleos. Callaos, me volveréis loca.» Pero yo sé que a mi madre le gustaba tener que enfadarse por eso.
Pero lo mejor era lo del fregoteo nocturno. Si alguna vez se prolongaba la conversación después de la cena, mi madre decía: «Ahora dejamos los cacharros en el fregadero y ya se fregará mañana.» Todas estaban de acuerdo y nos acostábamos. Pero, a los veinte minutos, cuando las tres pensaban que las otras dos estaban ya dormidas, se levantaban todas sigilosamente, mi madre y mis hermanas, y, en camisón y de puntillas, como si fueran a cometer un delito, se dirigían a la cocina para fregar los platos. ¡Y allí coincidían las tres, sorprendidas y felices! 0 se sentían muy avergonzadas las dos que comprobaban que otra se les había adelantado.”

Cuando el Señor adoctrina a los discípulos acerca del servicio y les dice: “el que quiera hacerse grande entre ustedes será su servidor, creo que la traducción correcta debe explicitar “se adelantará a ser su servidor”. Porque para servir hay que adelantarse. Si no, se llega tarde y sucede que otro ya tomó el puesto o que la necesidad dejó de estar al alcance de nuestra mano. Así como el grado de humildad de una persona se ve en cómo reacciona ante alguna humillación concreta, así la servicialidad se ve en la capacidad de adelantarse. Cuando uno quiere servir de verdad, se adelanta. Y si uno se adelanta, siempre encuentra en qué servir.
Pero para experimentar la alegría del servicio hay que interpretar bien a fondo lo que dice el Señor. Muchas veces se malinterpreta esta enseñanza sobre el servicio tomándola sólo como mandato moral. Más que de un mandamiento se trata de una bienaventuranza: “si hacen esto serán dichosos”, como les dice Jesús a los discípulos luego de haberles lavado los pies.
Es que el bien mueve de distintas maneras.
“Tenés que ayudar, movete, mirá que otro ya se levantó…”. Como mandamiento, el bien empuja desde la conciencia del deber. Esto es importante a la hora de marcar límites y de consensuar una ética de mínimos (tan de moda en nuestros tiempos).
“¡Qué lindo sería poder dar una mano en tal lado…! Como bienaventuranza el bien mueve atrayendo con su promesa de dicha. Es mejor pedagogía, ya que no empuja (cosa que siempre suscita resistencia) sino que atrae y ensancha así el deseo desde una plenitud, haciendo que nuestro corazón se purifique en la gratuidad.

Estas dos tendencias del bien miran al futuro, al servicio como algo que debo hacer o que sería lindo poder hacer. Pero hay otro aspecto del bien que es más fuerte todavía y que brota en el momento presente. Es la alegría inmensa que da sentir que en este momento el Señor está sirviendo y que me invita a participar en su servicio. Es como esa alegría que da caer justo en medio de una fiesta en la que nuestros amigos están sirviendo y que uno sienta que sintoniza en el acto y se suma a dar una mano que viene justo. “Qué bueno que viniste, caiste justo para dar una mano”. El Señor ya se nos ha adelantado y está entre nosotros siempre como “el que nos ama primero”: “Yo estoy entre ustedes como el que sirve”. Y tiene la delicadeza de permitir que nos sumemos a su empresa, de invitarnos a servir con Él.
Así como la imagen de la misericordia es la de un Pastor que sale a buscar a la ovejita perdida antes que está desee ser encontrada, así también la imagen de la Caridad del Señor es la del que se adelanta a nuestras dificultades y nos enseña y nos ayuda antes de que se lo pidamos. Esto es propio de la amistad, el adelantarse a los amigos sabiendo lo que necesitan y lo que les agrada.
Y si uno se fija bien, es lo más propio del amor de madre, que no sabe vivir de otra manera que “adelantándose” a lo que su familia necesita. Es algo que está tan delante de nuestros ojos que muchas veces no nos damos cuenta. Las madres “adelantan”. De niños lo gozamos sin darnos cuenta, dando por supuesto que nuestra madre tendrá todo listo para cuando tengamos hambre o necesitemos algo. En la adolescencia nos quejamos, porque nuestro tiempo se vuelve más centrado en nosotros mismos y vivimos como exigencia el hecho de que nuestra madre “adelante” y prevea “que nos podemos resfriar” si no nos abrigamos…
Así es el amor de Dios: adelanta, como el amor de nuestra madre, como el de nuestra Señora, que le hace adelantar su hora al Hijo en Caná, cuando se da cuenta antes que nadie de que estaba por faltar el vino.
Así son las cosas en el Reino de Jesús. Cuando el Señor dice que su Reino está cerca no lo dice en sentido espacial sino temporal. El Reino está un poquito adelantado, a veces unos segundos nomás. Y si uno se aviva y se adelanta a servir, se encuentra no solo con Jesús sino con una inmensa multitud de gente alegre, plena y radiante, que vive y trabaja en este reino, que acontece unos segundos adelante de la vida corriente.
Diego Fares sj

Joven ricoAmigos de Jesús, el Bien y los bienes

Y cuando salía Jesús al camino, uno lo corrió y arrodillándose ante él le rogaba: Maestro bueno, dime: ¿qué debo hacer para poseer en herencia la Vida eterna?
Jesús le dijo: ¿Por qué me llamas bueno? Ninguno es bueno sino el único Dios.

Conoces los mandamientos: No mates, no adulteres, no robes, no des falso testimonio, no defraudes, honra a tu padre y a tu madre.
El, respondiendo dijo: Maestro, todas estas cosas las he practicado y guardado desde chico.
Jesús mirándolo a los ojos, lo amó (con amor gratuito, de caridad), y le dijo: Te falta una cosa, andá, vendé todo lo que tenés y dáselo a los pobres, así poseerás un tesoro en el cielo. Luego volvé acá y seguime.
El, quedó frunciendo el ceño a estas palabras, se marchó malhumorado, porque era una persona que poseía muchos bienes.
Jesús, mirando a su alrededor, dice a sus discípulos:
¡Cuán difícilmente los que posean bienes y riquezas entrarán en el Reino de Dios!
Los discípulos se asombraban al oírle decir estas palabras.
Pero Jesús, tomando de nuevo la palabra, insistió:
¡Hijos, cuán difícil es que los que tienen puesta su confianza en sus bienes entren en el Reino de Dios! Es más fácil que un camello pase por el ojo de la aguja, que un rico entre en el Reino de Dios.
Los discípulos se pasmaban más y más y se decían unos a otros: Entonces ¿quién podrá salvarse?
Jesús, mirándolos a los ojos, les dice:
Para los hombres, imposible; pero no para Dios, pues todas las cosas son posibles para Dios.
Pedro se puso a decirle: Ya lo ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido.
Jesús dijo: Yo les aseguro: nadie que haya dejado casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos o hacienda por mí y por el Evangelio, quedará sin recibir el ciento por uno: ahora al presente, casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y hacienda, con persecuciones; y en el mundo venidero, vida eterna.
Pero muchos primeros serán últimos y los últimos, primeros (Mc 10, 17-31).

Contemplación
“Ninguno es Bueno sino el único Dios”.
Jesús pesca la palabra justa en torno a la cual giran los deseos del corazón del joven rico: Maestro “Bueno”.
Salía Jesús para ponerse de nuevo en camino y esto joven lo corrió y lo llamó “Maestro bueno” (agathon).
El oído atento del Señor escucha las resonancias de fondo que tienen nuestras palabras. En las expresiones que usamos escucha nuestros anhelos más íntimos, los gemidos del Espíritu que habla en el corazón de las creaturas, deseando crecer y ser más.

¿Por qué me llamás Bueno?, le dice y no lo deja contestar sino que le revela Él mismo el por qué. Le dice: “Ninguno es Bueno sino el único Dios”, como diciendo: si te salió espontáneamente llamarme Maestro Bueno, sabé que eso no procede de la carne sino del Padre que te hace venir corriendo hacia mí.
Jesús le valora al joven las palabras que ha utilizado, se las resignifica como una declaración de amor: intuiste bien, me percibiste como Bueno, me viste como lo que realmente Soy: el único Bueno, el único Valioso, el Bien en Persona.

Jesús no lo deja responder sino que le responde Él mismo, como para que esa expresión feliz no pase inadvertida, e inmediatamente lo vuelve a confrontar con su mentalidad. El joven al decir “bueno”, visualiza al Maestro como un “medio” para lograr un bien para él: la vida eterna como herencia que se puede poseer. La mentalidad del joven es que los bienes se consiguen “haciendo cosas”. ¿Qué debo hacer para poseer este bien?.
Jesús lo remite a la Ley: “Feliz el hombre que cumple la Ley de Dios”. Los mandamientos ensanchan el corazón y cumpliéndolos la vida se vuelve plena, se expande y se consolida.
El joven desea más. Todo eso ya lo vivo desde niño; el bien que se dona a un corazón que cumple los mandamientos, él ya lo recibe y lo pone en práctica desde siempre.
Jesús da un nuevo paso en este diálogo de amor.
Marcos dice que fijó en él su mirada -lo miró a los ojos- y lo amó.
Lo amó con amor gratuito de agape, de caridad.
Tendríamos que decir mejor que “se lo amigó”, ya que no hay un verbo para caridad.
El amor de amistad puede utilizar el verbo “amigar”, que no se utiliza en abstracto sino que tira para el lado reflexivo y personal: “amigarse”.
Amar puede ser una necesidad, un impulso (eros) o un acto gratuito (agape); amigar solo puede ser un amigarse que se ofrece líbremente y que requiere la libertad del otro que responde.
Quiero decir: uno puede amar sin ser amado, pero no puede amigarse sin que otro corresponda.
Jesús se sintió amado por esto joven y lo miró con amor.
Se sintió amado como Bueno, pero no quiso ser confundido con uno de los muchos bienes que el joven poseía. Por eso lo amó (como nos ama a todos), no tanto con misericordia, porque el joven era sano y santo, no necesitaba ser curado ni perdonado de algo especial; lo amó con amor de caridad, con amor que Dios regala gratuitamente y que, para ser plenamente eficaz requiere la contrapartida de nuestro amor gratuito. Cuando estos dos amores gratuitos se dan la mano, nace la Amistad. La amistad son dos o más amores, gratuitos, líbremente recibidos y donados.

Este amor de amistad necesita idas y vueltas.
Tiene que reafirmarse como gratuito en cada ocasión. Para lo cual es necesario ir y volver, ir a vender bienes y volver al único Bien.

Esta es la propuesta del Maestro: sólo una cosa te falta, andá, vendé todos los bienes que tenés, dáselos a los pobres y poseerás un tesoro en el cielo (hasta acá seguimos en el terreno de los bienes, en una operación comercial entre bienes de la tierra y bienes del cielo), después volvé acá (a este punto en el que te estoy mirando con amor de amistad) y seguime como amigo.

Jesús se revela al joven como el único Bien, como el sólo Dios, y le propone Amistad; ser amigos…
Le propone el Bien sumo e inimaginable: ser amigo de Dios, ser amigo con Jesús.
Entendámoslo bien: no “cosas”, sino “ser amigos”.

En la mente del joven debe haber resonado el Sirácida:
“El amigo fiel no tiene precio,
no hay peso que mida su valor
El amigo fiel es seguro refugio,
el que le encuentra, ha encontrado un tesoro” (Ecl 6, 14…).
“No cambies un amigo por dinero,
ni un hermano de veras por el oro de Ofir” (Ecl 7, 18).

Imagínense que Jesús públicamente nos llame, o si nos hemos acercado nosotros con alguna petición, la responda como al joven y nos proponga ser sus amigos.
No “uno más”, sino amigos. Amigos de verdad. Con todos los “derechos que un amigo tiene” ya que el Amigo le da derechos a su amigo líbremente y con gusto porque “La dulzura del amigo consuela el alma”.

Amigos con derecho a importunar a Jesús (como el amigo que llama a la puerta de su amigo de noche, cuando éste ya está acostado y le pide un pan para otro amigo que llegó tarde…), porque “El amigo ama en toda ocasión” (Prov 17, 17).

Amigos con derecho a conocer todo lo que pasa por el corazón de Jesús (“Ya no los llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que piensa su Amo. Yo los llamo amigos porque les he dado a conocer todo lo que he oído del Padre”).

Amigos con derecho a hablar cara a cara con Jesús, con “descaro”, con familiaridad, como Moisés y Yahvéh (“Yahveh hablaba con Moisés cara a cara, como habla un hombre con su amigo”).

Amigos con derecho a recibir las promesas de Jesús, como Abraham, el amigo de Dios, nuestro padre en la fe en que Dios cumple lo que promete.

Amigos con derecho a una amistad incondicional con Jesús y sus amigos, como la que tenían entre sí los Macabeos, leales a muerte para defenderse de los enemigos.

Amigos con derecho a ser mimados por Jesús. Como dice el Salmo 4: “Sepan que el Señor mima a su amigo, Yahveh me escucha cuando yo le invoco”.
A ser mimados y a mimarlo, como las amigas del Señor que lo ungían con sus perfumes; como las familias amigas que lo recibían en sus casas, como Lázaro y sus hermanas, como Simón el leproso, como Zaqueo y, Mateo, los publicanos (Jesús era conocido como “amigo de publicanos y pecadores”). El Señor hizo y hace amigos de todas clases, entre los que saben apreciar su Amistad como el Bien de los bienes.

Amigos con derecho a nunca ser abandonados por Jesús: “Porque el Señor no abandona a sus amigos” (Sal 37, 28).

Amigos con derecho a ser siempre protegidos por Jesús, como Él protegió a sus amigos en la Pasión, evitando que sufrieran daño: “Él guarda el camino de sus amigos” (Prov 2, 8).

Amigos con derecho a exultar de alegría y a compartir la gloria de Jesús: “Exulten de gloria sus amigos, desde su lecho griten de alegría, porque es un honor para todos sus amigos que se cumplan sus decretos” (Sal 149).

Amigos con derecho a ser siempre justificados, como Jesús justifica siempre a Simón Pedro, su amigo, porque “Las heridas del amigo despiertan lealtad” (Prov 27, 6).

Amigos con derecho a ser formados por la Sabiduría de Jesús que, “entrando en las almas santas, forma en ellas amigos de Dios y profetas, porque Dios no ama sino a quien vive con la Sabiduría” (Sab 7, 28).

Amigos con derecho a alegrarse con la alegría de su Amigo, como Juan Bautista se alegraba (desde el seno de su madre y durante toda su vida) de las alegrías de Jesús su amigo.
Amigos con derecho a reclinar la cabeza sobre el Corazón del Señor, como Juan en la Cena.
Amigos con los derechos de la Esposa del Cantar de los Cantares:
“- Hermosa eres, amiga mía,
- Yo soy para mi amado y mi amado es para mí:
él, que pastorea entre los lirios” (Cant 6, 3…).

La amistad del Señor con María y Juan abre un ámbito de amistad eclesial en el que se nos regala ese ciento por uno del que el Señor habla y promete a los que dejan todos los bienes por el Bien de su Amistad.
Diego Fares sj

sagrada_familiaGSe indignó Jesús…

Y levantándose de allí (Cafarnaún) se va a los confines de Judea, más allá del Jordán, y de nuevo se le juntan muchedumbres en el camino y de nuevo Jesús les enseñaba como solía.
Se acercaron entonces unos fariseos y le preguntaron, con ánimo de tentarlo:
─ ¿Es lícito al marido repudiar a su mujer?
Él, respondiendo, les dijo:
─ ¿Qué les mandó Moisés?
Ellos dijeron:
─ Moisés permitió dar carta de divorcio y repudiar.
Pero Jesús, les dijo:
─ Fue por la dureza del corazón de ustedes que les escribió este precepto; pero al principio de la creación, Dios los creó varón y mujer. Por esto dejará el varón a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne; así que ya no son más dos, sino una carne. Por tanto, lo que Dios juntó, el hombre no lo separe.
En casa volvieron los discípulos a preguntarle sobre lo mismo, y les dijo:
─ Cualquiera que repudia a su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra ella; y si la mujer repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio.

Entonces le presentaron unos niños para que los bendijera, pero los discípulos reprendían a los que los presentaban. Viéndolo Jesús, se indignó y les dijo:
─ Dejen a los niños venir a mí, y no se lo impidan, porque de los que son como ellos es el reino de Dios. En verdad les digo que el que no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él. Y tomándolos en los brazos, ponía las manos sobre ellos y los bendecía (Mc 10, 2-16).

Contemplación

Otro “evangelio molesto” el de hoy, diría Pronzato. El tema del divorcio suscita opiniones destempladas. Basta leer un poco los comentarios al libro de Martini y Verzé, “Todos estamos en la misma barca”, para sentir que, a pesar de que han transcurrido dos mil años desde aquel encontronazo de los fariseos con el Maestro, los “tonos” que se agitan en el evangelio de hoy siguen igual de caldeados. Verzé (sacerdote de 89 años, trabajó siempre con los pobres y enfermos y parece ultra-crítico) le pregunta a Martini, entre otras cosas:
─“Y ya que estamos en materia de práctica moral, ¿qué me dice, eminente padre, de la negación de los sacramentos a fidelísimos divorciados?

Martini le responde:
─ “Usted me pregunta qué pienso sobre el rechazo de los sacramentos a fieles divorciados. Yo me he alegrado por la bondad con que el Santo Padre ha quitado la excomunión a cuatro obispos lefebvrianos. Pienso, sin embargo, en otros muchos, que hay muchas personas en la Iglesia que sufren porque se sienten ellos mismo marginados y que sería necesario pensar también en ellos. Y me refiero, especialmente, a los divorciados que se han vuelto a casar. No a todos, porque no debemos favorecer la falta de consideración y la superficialidad, sino promover la fidelidad y la perseverancia. Pero hay algunos que hoy están en una situación irreversible y sin culpa. Han incluso contraído nuevos deberes hacia los hijos tenidos del segundo matrimonio y no existe ningún motivo para volver la historia atrás; más bien, sería insensato aconsejarle esto. Retengo que la Iglesia debe encontrar soluciones para estas personas. Dije a menudo, y repito a los sacerdotes, que ellos están formados para construir el hombre nuevo según el Evangelio. Pero en la realidad ellos tienen que ocuparse también en recomponer huesos rotos y salvar a las personas que han naufragado. Estoy contento de que la Iglesia se muestre a veces benevolente y apacible, pero retengo que debe tener este talante con todas las personas que lo merecen realmente. Son, sin embargo, problemas que no puede resolver un simple sacerdote ni un obispo. Es necesario que toda la Iglesia se ponga a reflexionar en estos casos y, guiada por el Papa, encuentre un camino de salida”.

Transcribo la respuesta entera porque Martini no habla a la ligera, como dan a entender los que lo sacan de contexto. La suya es una respuesta ponderada, respetuosa, que acoge tanto la ironía de Verzé (los “fidelísimos divorciados”) como la doctrina de la Iglesia, y busca ampliar el “lugar” donde se debe tratar el tema y el “sujeto” que puede llevar la reflexión a buen puerto. No se trata de cosas sobre las que valga la opinión de cualquier sacerdote o laico suelto que escribe por internet. Es un tema para toda la Iglesia guiada por el Papa.
Y también es importante el tono con que se dicen las cosas.
La imagen que eligen Martini y Verzé para dialogar es la de dos que están en la misma barca. Barca en la que ─ nos recuerdan ─ estamos todos:
─ “Yo no sé si estoy despierto o soñando. Sé que me encuentro completamente en la oscuridad, mientras un batir lento me hace pensar que estoy en una barca que desliza por el agua. Busco tanteando determinar mejor el lugar en el que me encuentro y me doy cuenta de que cerca de mí hay un árbol, quizás el palo maestro de la embarcación. Poco a poco me acerco para poder adherirme a él con las manos, para tener un poco de seguridad y de la estabilidad en los movimientos cada vez más frecuentes del barco en las olas. En este intento encuentro algo que me parece como una mano de hombre. Quizás es otro pasajero que busca también él apoyarse en el árbol maestro. Yo no sé quién es, como tampoco se cómo me encuentro yo mismo en esta barca. Pero el toque de esa mano me da confianza: me inclino hacia delante para poder estrecharla y para expresar mi solidaridad con alguien en esa oscuridad que estremece. Querría también intentar decir algo, aun sin saber si mi compañero de barca comprende el italiano. Pero entretanto él comienza a hacerme algunas breves preguntas, a las que contesto con mucho gusto. Se trata de una persona que no conocía, pero de quien había oído hablar. Me impresiona su interés por mí en este difícil momento, en que cada uno sólo debería tener ganas de pensar en sí mismo. Dialogando así en la noche profunda, en ese momento de incertidumbre y también de peligro fueron despuntando poco a poco las primeras luces del alba. Reconocí el lugar en el que me encontraba: estábamos nosotros dos solos en la barca. Y utilizando algunos remos que encontramos en el fondo de ella, nos pusimos a remar hacia la orilla, parándonos de vez en cuando para saborear la calma del lago. Nos hemos dicho muchas cosas en esas horas. Ha quedado bien claro durante la conversación que éramos muy diferentes uno del otro. Pero nos respetamos como personas y nos a queremos como hijos de Dios. También el hecho de encontrarnos en la misma barca nos ha permitido comprendernos y acogernos tal cómo éramos. Entre lo primero que nos hemos dichos hay naturalmente un poco de autopresentación. Así que aprendí que mi interlocutor tenía realmente ochenta y nueve años, mientras que yo estoy en los ochenta y dos. Don Luigi Verzé (me enteré después que este era el nombre de mi compañero de barca) presentó su vida como la uno que había vivido sesenta y un años de sacerdote (… ).

Martini termina su vida dialogando en lugares especiales y con personas especiales. Esto le da un tono particular a los temas que trata. En “Coloquios nocturnos en Jerusalen”, dialoga con Georg Sporschill s.j., que trabaja en Europa del Este ayudando a niños de la calle y a jóvenes desamparados. En “Todos estamos en la misma barca”, dialoga con Luigi Verzé, fundador de un hospital en Milán y de una Fundación y Universidad nacidas en torno a él y que llevan el mismo nombre: San Raffaele.

Reflexiono sobre esto porque son cosas que hacen al mensaje evangélico. El evangelio es Palabra viva, dialogante. No se puede abstraer un contenido sin tener en cuenta a quién le dijo Jesús cada palabra, dónde las dijo y que otras cosas agregó, no solo en palabras sino en gestos.

El Señor y Maestro da su doctrina sobre el divorcio en medio de las multitudes que se le juntan por el camino y a las que “como era su costumbre” les enseña.
El evangelio no dice qué le enseñaba Jesús a la gente. Sí podemos distinguir esto: que cuando el Señor está hablando con el pueblo fiel, lo que le sale del corazón son las parábolas, las bienaventuranzas, el Padre nuestro… Con el Pueblo fiel el Señor siembra generosamente y confía en que su semilla dará fruto a su tiempo.
Son los suyos los que luego le piden precisiones y cuando las da, el Señor muestra cierta impaciencia. Aclara, pero como diciendo: “Cómo es posible que Uds. no entiendan esto por ustedes mismos”.
Con los fariseos, que más que pedir aclaraciones van derecho a ponerle trampas, el Señor se muestra implacable por un lado ─ Moisés les permitió divorciarse por la dureza de sus corazones ─, pero luego vuelve a abrir el panorama ─ lean el Génesis, vean las cosas no sólo en el marco moral sino en el marco del misterio de la creación de la vida y de la familia ─.
De última, el Señor no sigue discutiendo la situación de hecho –el divorcio judío-, lo refiere, eso sí al pecado de dureza de corazón (y de cultura) y abre el tema hacia la Vida más allá del legalismo farisaico (que en este punto, paradójicamente, era más “progresista” que el Señor!!).
Cuando los discípulos le exigen que aclare más, el Maestro dice las cosas como son: cuando se unen dos en una sola carne la unión que se da es tal que otra unión es adulterio. Adulterio significa mezclar cosas que no se pueden mezclar. Pero acto seguido se pone a bendecir a los niños y da su doctrina sobre la cercanía con él, que nada ni nadie impida que los pequeños se acerquen a Él.
La verdad sobre el adulterio es dura, pero los gestos de mayor amor del Señor fueron para la adúltera y para los pecadores, con los cuales el Señor comía y compartía.
Jesús junta, de manera inigualable, la verdad y la misericordia.
Como dice Martini: “Sin la caridad, la fe está ciega. Sin caridad no hay esperanza y no hay justicia”.
Como dice el Papa: “Si en mi vida omito del todo la atención al otro, queriendo ser sólo « piadoso » y cumplir con mis « deberes religiosos », se marchita también la relación con Dios. Será únicamente una relación « correcta », pero sin amor (Dios es caridad 18).
Sin caridad, la verdad es solo “correcta”, pero no da vida.
Y sin verdad, la caridad puede quedar relegada al ámbito de lo asistencial y privado, sin incidencia política ni social, como dice el Papa en Caritas in veritate (4-5).

Ahora bien ¿cuál es el camino para unir en nuestra vida cotidiana la verdad con la caridad? ¿Cómo saber si por ser sinceros no fuimos demasiado duros o si por ser buenos no fuimos demasiado contemporizadores?
Quedémonos contemplando el gesto de Jesús: cómo se pone a bendecir a los niños que le traen las mamás y la indignación y el reto severo que le da a los discípulos cuando tratan de impedir que se le acerquen con el pretexto de no molestar al Maestro.
El evangelio dice que Jesús se indignó.
No se indignó con la trampa de los fariseos. No se indignó con su dureza de corazón. Mucho menos se indignará con la adultera o con los pecadores que se le acercan. No se indigna de que los discípulos le pidan precisiones tipo derecho canónico… Y se indigna ostensiblemente de que le aparten a los niños!
Es como que el Señor aprovecha la oportunidad para cambiar de objeto el tono de indignación que ha provocado la cuestión del divorcio. El Señor dice su verdad sobre el matrimonio pero no usa el tema para indignarse ni para discutir. Y apenas puede la corta y dirige la mirada de los discípulos hacia lo importante: los pequeños.
El estandar evangélico para la indignación no va ciertamente por el lado de rasgarse las vestiduras ante el divorcio o el adulterio. Sí hay un tono de cierta pena, al recordar con el relato del Génesis lo lindo que es el amor humano y la vida de familia tal como la sueña el Padre Creador; sí hay un tono de misericordiosa recomendación (en privado) a la adúltera: “vete en paz y no peques más”. Pero nada de indignación. Lo único que le indigna a Jesús es que alguien le aparte a sus pequeñitos! Y las familias rotas o armadas a medias son a veces lo único que tienen para crecer sus predilectos, los niños. Así pues, con cuánto amor mira el Señor a todo aquel que lucha por cuidar a los chicos y a los jóvenes y llevar adelante su familia, sea cual fuere la situación legal y moral en que se encuentren.

Samaritana 5

Diego Fares sj

Domingo 26 B 2009

Bartimeo

Estándares evangélicos de intolerancia

Le dice Juan:
─ Maestro, vimos a uno, que no anda con nosotros,
expulsar demonios en tu Nombre, y se lo prohibimos.
Pero Jesús dijo:
─ No se lo prohiban, porque no habrá nadie que obre un milagro en mi Nombre
y pueda enseguida hablar mal de mí. Porque quien no está contra nosotros está a favor de nosotros.
Y quien les dé de beber un vasito de agua en nombre de que son de Cristo,
en verdad les digo que no quedará sin su recompensa.

(Y como digo esto, también les digo:) al que escandalice a uno de estos pequeñitos que creen en mi, sería un bien mayor para esa persona que le fuera colgada al cuello una piedra de moler y así fuera arrojado al mar.
Si tu mano te es motivo de escándalo, córtala; más te vale entrar manco en la vida que no con las dos manos irte a la gehena, al fuego inextinguible.
Y si tu pie te hace tropezar, córtalo; más te vale entrar rengo en la vida que no con los dos pies ser arrojado a la gehena, donde su gusano no muere y su fuego no se extingue.
Y si tu ojo te escandaliza, sácalo; más te vale con un ojo entrar en el reino de Dios que no con los dos ojos ser arrojado a la gehena, donde su gusano no muere y su fuego no se extingue (Mc 9, 38-48).

Contemplación

Las últimas imágenes son duras y atrapan la atención. Llevan a discutir si Jesús habla literal o simbólicamente.
Esta vez busqué bastantes explicaciones y no me terminaron de convencer. Como dice un amigo, a veces parece que Jesús empieza a dar para todos lados y el lenguaje del evangelio se torna durísimo.
Me ayudó Von Balthasar, que hace una sencilla exégesis de este pasaje distinguiendo que hay cosas que se toleran y cosas que no, que son intolerables.
Cada persona, cada cultura, cada época, tiene las suyas.
Nos escandaliza ahora que en la época de la colonia se defendiera la libertad de los pueblos originarios de América Latina y el Caribe y, los mismos que defendían esto, consideraran normal que hubiera esclavos negros. Nos parece intolerable y sin embargo no termina de escandalizarnos que haya un niño trabajando en los subtes y en la calle, en vez de estar estudiando en la escuela.
El escándalo o “lo socialmente correcto” tienen mucho de cultural.
Y aquí, Jesús sale con los tapones de punta.
Partiendo de algo que les resulta intolerable a los discípulos (y lo expresa nada menos que Juan!), aprovecha para establecer los “estándares evangélicos de tolerancia”.
De cualquiera que hace el bien, Jesús no sólo dice que no hay que prohibírselo de ninguna manera, sino que recomienda alabarlo explícitamente. Afirma que no quedará sin recompensa; es más lo considera como alguien que está a favor. El Señor no requiere adhesión formal sino que se fija en la adhesión de corazón que se muestra en los gestos. Y lo razona bien: si uno utiliza mi Nombre para hacer el bien, luego no podrá usar mal ese mismo Nombre.
A Jesús se lo podría ver como Alguien que sinceró y amplió los estrechos límites de tolerancia en los que se movía su pueblo. Y como su mirada es tan lúcida para lo que es criterio sano y criterio enfermo, su evangelio, sus parábolas y bienaventuranzas, sinceran y amplían los criterios de tolerancia de toda persona de buena voluntad y de toda mentalidad cultural.

Jesús toma pie en el reclamo de los discípulos para ampliarles sus criterios de tolerancia y, acto seguido, muestra lo único que a Él, el más misericordioso y bueno de los hombres, le resulta intolerable: los actos de corrupción que hacen que los pequeñitos se escandalicen de la bondad de Dios. Hay actos de maldad y corrupción que hacen que la gente se escandalice de la Vida: no puede ser que Dios exista y permita que esta persona haga tanto daño.
Hay actos de maldad y seducción que hacen que la gente se escandalice de la Iglesia y se aparte de Jesús: no puede ser que la Iglesia sea Madre y permita que algunas personas hagan tanto daño utilizando su prestigio y su poder.

Aquí Jesús se pone del lado de los intolerantes.
Él también condena al que pudre la confianza en el amor de Dios en el corazón de otra persona, especialmente en el corazón de un pequeñito indefenso. Y va más lejos, aprovechando el natural impulso que todos tenemos a caerle al corrupto y a asentir cuando es condenado algún monstruo, el Señor utiliza tres imágenes fuertes para que interioricemos la intolerancia. Para que no nos dejemos arrastrar por el mecanismo de buscar el chivo expiatorio que nos hace sentir justos porque castigamos a otro, sino para que seamos intolerantes con aquello que sí depende de nosotros y que podría ser ocasión de escándalo para los demás.

Aquí ayuda quizás leer las imágenes que usa Jesús contraponiéndolas así:
Poner una recompensa en la mano del que sirve un vasito de agua a un pequeñito por amor a Cristo vs cortar la propia mano si puede llevarme a hacer algo que haga perder la fe en el amor de Jesús a otro más pequeñito.

No prohibir que siga adelante uno que hace milagros en Nombre de Jesús, aunque no sea de los nuestros, vs cortar el propio pie si hace que otros más pequeñitos que me siguen, caminen hacia algo que los aparta del amor de Dios.

Mirar con ojos favorables al que no está contra nosotros, vs sacar mi ojo torcido si mira con envidia y dirige la mirada de otros más pequeños de manera tal que incorporan criterios que los apartan del amor del Padre. Aquí el ejemplo puede ser el reproche que le hace al Padre de familias al que levanta quejas porque se le paga a los últimos igual que a los primeros. “¿Acaso tu ojo es malo porque Yo soy bueno?”. El ojo es ese criterio que se absolutiza y se justifica afirmando falacias, haciendo caer a los más ingenuos diciendo: “¿ven cómo es ese Dios? ¿Se dan cuenta de que es ridículo, o perverso? Y hacen que algo que está bien parezca una ridiculez e incluso una injusticia.

Como vemos, las tres imágenes de intolerancia que usa Jesús están en relación con las tres de tolerancia y de amor que sacó al ampliar el planteo de sus discípulos.
Y volviendo al título, el diccionario dice que: “estándar es aquello que sirve como tipo, modelo, norma, criterio, patrón o referencia”. ¿Ajusto cada día mis estándares de vida a los del Evangelio?
La tarea de ajustar –con sintonía fina- podría ir por este lado:
1º Puedo examinar mis criterios de intolerancia para con los demás: ¿qué cosas me resultan intolerables, en lo cotidiano y en lo grande, a la hora de elevar una queja y a la hora de decidir un voto o de salir a reclamar…
2º Puedo confrontarlos con los de Jesús: ¿Le preocupan a Jesús las mismas cosas que a mí? ¿Con la misma intensidad?
3º Puedo mirarme a mí mismo: quizás en aquello que no soporto en los demás hay algo que me escandalizó y que no dejo que Jesús cure en mí o algo que he ido armando para justificarme y que no tendría que tolerar, que tendría que cortar con su ayuda.
4º Siempre es bueno comenzar por lo positivo: tomarle el gusto a ampliar los límites de mi tolerancia poniendo los de Jesús. Pensar bien, perdonar, ser paciente y más misericordioso, mirar a los otros como los mira el Padre, ellos son tan hijos suyos como yo…, servir a los pequeños con amabilidad…
La tolerancia evangélica –la paciencia buena de Jesús- afloja las intolerancias que tanto mal nos hacen y que suelen venir de alguna autodefensa, innecesaria si tenemos a Jesús. Si está Jesús que me defiende ¿a quién temeré? Como dice el Salmo: “El Señor es la defensa de mi vida ¿quién me hará temblar?”. “¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo?”

Diego Fares sj

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