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Jueves Santo A 2014

Hagan como Yo he hecho con ustedes

Papa-Francisco-misa-jueves-santo      Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. Durante la cena, cuando ya el diablo había puesto en el corazón a Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarle, sabiendo que el Padre le había puesto todo en sus manos y que había salido de Dios y a Dios volvía, se levanta de la mesa, se quita sus vestidos y, tomando una toalla, se la ciñó. Luego echa agua en un recipiente y se puso a lavar los pies de los discípulos y a secárselos con la toalla con que estaba ceñido.

Llega a Simón Pedro; éste le dice: “Señor, ¿tú lavarme a mí los pies?”

Jesús le respondió: “Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora: lo comprenderás más tarde.”

Le dice Pedro: “No me lavarás los pies jamás.”

Jesús le respondió: “Si no te lavo, no tienes parte conmigo.“

Le dice Simón Pedro:”Señor, no sólo los pies, sino hasta las manos y la cabeza.”

Jesús le dice: “El que se ha bañado, no necesita lavarse; está del todo limpio. Y ustedes están limpios, aunque no todos.” Sabía quién le iba a entregar, y por eso dijo: ‘No están limpios todos.’

Después que les lavó los pies, tomó sus vestidos, volvió a la mesa, y les dijo: “¿Comprenden lo que he hecho con ustedes? Ustedes me llaman ‘el Maestro’ y ‘el Señor’, y dicen bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros. Porque les he dado ejemplo, para que también ustedes hagan como yo he hecho con ustedes. En verdad, en verdad les digo: no es más el servidor que su patrón, ni el enviado más que el que le envía. Sabiendo esto, serán dichosos si lo hacen (Jn 13, 1 ss.).

 

Contemplación

 

“Hagan”. El cristianismo que Jesús nos encomienda –su seguimiento- es acción.

No sólo “reciban” –la eucaristía, el lavado de pies, el perdón del Espíritu Santo- sino “hagan”. Hagan la Eucaristía, laven los pies, perdonen los pecados.

 

Ser amigos de Jesús, ser sus discípulos no es cuestión, en primer lugar, de sentimientos y de doctrina sino de acción. Pero no de cualquier activismo sino de realizar las acciones de Jesús, de hacer como él hizo por nosotros.

 

Por eso nuestras obras de caridad ayudan a la fe, porque en ellas “hacemos” lo que Jesús haría hoy, lo que de hecho hace gracias a nuestras manos: dar de comer al que tiene hambre, hospedar al que está en la calle, visitar y cuidar al que está enfermo, vestir al que anda con ropa vieja, dar de beber al que tiene sed, visitar al que cayó en la cárcel…

 

Las obras de misericordia son eso “obras”. No es que las obras vayan contra los sentimientos y las palabras. Todo lo contrario: haciendo esas obras los sentimientos se ordenan y salen las palabras justas. “No el que me dice Señor Señor entrará en el reino de los cielos sino el que hace la voluntad de mi Padre”. Hurtado lo decía en criollo cuando hablaba de “escuchar al que hace” y no perder tiempo con los opinadores, con los criticones y diletantes. El que más trabaja y el que mejor sirve es el que va teniendo más y mejores razones.

 

Si cada uno mira el trabajo que hace con más gusto y con más amor, verá cómo allí ha integrado su cruz y su alegría, su grado de humildad y el poder que puede ejercer bien, lo que sabe y lo que tiene que preguntar a otro. Es que el trabajo manda.

 

Hoy en día esto es especialmente consolador. Es como un bálsamo que Jesús nos diga: no necesito que me digas nada sino que hagas algo. No quiero examinarte en la doctrina ni saber qué sentís. Lo primero es si querés darme una mano, venir conmigo y hacer lo que yo hago. ¿Querés ayudarme a lavar los pies? Después charlamos de lo que pensás y sentís.

 

Entramos en la Pasión haciendo profundo silencio a ver, a contemplar –a bebernos con los ojos, ojos que escuchan- todo lo que Jesús hizo por nosotros.

Besamos el crucifijo y decimos “por mí”, como nos dijo Francisco. Lo besamos y decimos, “gracias Jesús, lo hiciste por mí”.

 

Ignacio, en uno de los coloquios de la primera semana, nos hace hablar con Jesús “como un amigo habla con su amigo” haciendo así: “Imaginando a Cristo nuestro Señor delante y puesto en cruz, hacer un coloquio; cómo de Creador ha venido a hacerse hombre, y de vida eterna a muerte temporal, y así a morir por mis pecados. Otro tanto, mirándome a mí mismo, lo que he hecho por Cristo, lo que hago por Cristo, lo que debo hacer por Cristo; y así viéndole tal, y así colgado en la cruz, discurrir por lo que se ofreciere” (EE 53).

 

Como vemos todo se centra en el “hacer”: lo que Jesús ha hecho por mí y lo que yo he hecho, hago y debo hacer por él. En los últimos ejercicios que hicimos los jesuitas, el predicador decía que era consolador esto de “hacer” porque nos permitía reivindicar ante el Señor cosas que hemos hecho por él. No nos preguntaba con qué sentimientos las habíamos hecho ni cuánta generosidad habíamos tenido sino simplemente si las habíamos hecho

 

¿Qué he hecho yo por Él y por sus pequeñitos?

¡Cuántas cosas puede decir una mamá que ha hecho en su vida por sus hijos! Y un padre, ¡cuánto ha trabajado! Un sacerdote ¡cuántas Eucaristías “hechas en memoria suya”, cuantos pecados perdonados, cuántos bautismos, cuántas visitas a los enfermos y limosnas a los pobres…!

 

¿Y qué ha hecho Jesús por mí?

Jesús ha hecho todo y todo lo ha hecho bien. La clave de nuestra vida es ir descubriendo cómo Jesús lo ha planeado todo para mi bien, para ganarme el corazón, para quitarme los miedos, para perdonarme y ponerme de pie, para enseñarme, para ir haciéndome más comunitario, más integrado al bien común que él hace con los demás…

En la oración puedo descubrir, maravillado, de cuántos males me salvó el Señor, cuántas cosas que dañé las reparó, cuántas oportunidades me brindó de nuevo, cada vez que desperdicié una y cómo me invita cada día a comenzar de nuevo, a dar un pasito adelante en su seguimiento.

 

Una anécdota, como siempre:

 

Ayer, viniendo de dar clase en un subte atestado quedé cerca de una pareja de menos de cuarenta años, creo, que venía charlando amigablemente ya desde antes de subir. Yo estaba de espalda y venía pensando en Francisco que me acababa de llamar por teléfono hacía dos horas y escuché con sorpresa la frase del que reconocí como el marido porque le había escuchado la voz antes de subir: “¿te imaginás al papa en el subte?”. Estábamos a medio metro pero en esa situación de subte lleno en el que vas como flotando en un mar de cabezas mientras los cuerpos se abren paso a pequeños empujones y forcejeos y me sorprendió la coincidencia de pensamientos. Como bajamos ahí nomás en Pueyrredón los seguí y les dije que los había escuchado y les pregunté los nombres y si eran amigos de Jorge. Con mucha sencillez me dijeron que: “no, pero emociona sentirlo tan cercano”. “A mí, me emociona todo lo que hace, cada vez que lo escucho, me hace llorar”, dijo la esposa. Seguimos charlando mientras subíamos por la escalera mecánica y nos despedimos con una sonrisa al salir a la calle.

Ese “me emociona todo lo que hace” me quedó resonando. Y si él que es el papa… hace estas cosa, también nosotros seremos dichosos si las hacemos, como dice el Señor.

 

Diego Fares sj

 

 

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Los mandados de Jesús

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Cuando se aproximaron a Jerusalén, al llegar a Betfagé, junto al monte de los Olivos envió Jesús a dos discípulos, diciéndoles: «Vayan al pueblo que está enfrente de ustedes, y enseguida encontrarán un asna atada y un pollino con ella; desátenlos y tráiganmelos. Y si alguien les dice algo, dirán: El Señor los necesita, pero enseguida los devolverá. »

Esto sucedió para que se cumpliese el oráculo del profeta:

Digan a la hija de Sión:

Mira que tu Rey viene a ti,

manso y montado en un asna y un pollino,

hijo de animal de yugo.

Fueron, pues, los discípulos e hicieron como Jesús les había encargado: trajeron el asna y el pollino. Luego pusieron sobre ellos sus mantos, y él se sentó encima.

La gente, muy numerosa, extendió sus mantos por el camino; otros cortaban ramas de los árboles y las tendían por el camino. Y la gente que iba delante y detrás de él gritaba:

« ¡Hosanna al Hijo de David!

¡Bendito el que viene en nombre del Señor!

¡Hosanna en las alturas! »

Y al entrar él en Jerusalén, toda la ciudad se conmovió. « ¿Quién es éste?»  decían.

Y la gente decía: « Este es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea » (Mt 21, 1-11).

 

Contemplación

Jesús entra en Jerusalén “manso y montado en un asna y un burrito”. Les mandó decir a los dueños que se lo presten, que “los necesita y se los mandará de vuelta enseguida”.

Es un pedido como los que hace la gente humilde: “prestame que necesito. Te lo devuelvo enseguida”. La palabra que usa es “aposteilo” – la misma que usa para sus “enviados”, los apóstoles: aquí es “les mando de vuelta el asna y el burrito”. Son “los mandados  de Jesús”.

Este año, el lema de la jornada de la juventud que se celebra el domingo de Ramos es “felices los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos” (Mt 5, 3). El Papa dijo en su mensaje a los jóvenes: “Los pobres –y este es el tercer punto– no sólo son personas a las que les podemos dar algo. También ellos tienen algo que ofrecernos, que enseñarnos. ¡Tenemos tanto que aprender de la sabiduría de los pobres!”.

Y se me ocurre que una cosa es esta de “los mandados”. Siempre me sorprende en el Hogar la disponibilidad que tiene la mayoría de los más pobres para hacer un mandado en el momento mismo en que les pido. Con otras personas me cuesta más, por ahí llamo a un colaborador y me dice “ya voy”, pero tarda un rato, porque está ocupado en otras cosas. Los pobres que ayudan también están ocupados, pero apenas les digo “podés venir un momento”, dejan todo y vienen “inmediatamente”, como dice Jesús. Es que no consideran “las cosas que están haciendo” como suyas. El jueves que había paro, al ir llegando al Hogar vimos que no había pasado el camión de la basura. Les pedí ahí nomás a los que estaban en la cola para el desayuno si me daban una mano para llevar las bolsas hasta uno de esos volquetes nuevos que están a una cuadra. Dos me siguieron antes de ver bien lo que había que hacer, ahí nomás se les sumaron otros tres y a dos que los vi hacerse los desentendidos, cuando volvíamos para una segunda tanda (porque era mucha basura), ya estaban viniendo con algunas bolsitas en la mano.

Hace unos días también tuve una situación con esto de los mandados. Uno de los huéspedes se había enojado mucho porque decía que lo mandaban siempre a él a las tareas y a otros no  y que lo habían tratado mal. Me esperaba porque “quería hablar con el director”. Lo escuché un rato y dejé que me contara todo y cuando terminó con sus quejas (que como yo hacía silencio repitió dos o tres veces) le pregunté: “Y ¿qué era lo que te mandaron?”. Puso cara de “qué tiene que ver” y dijo “a lavar los platos”. Yo puse todo el énfasis que pude y le dije ¡¿Lavar los platos?! En el Hogar lavar los platos es un honor!. Te cuento que el otro día tuve que reemplazar en la cocina a Favio que se tenía que ir al médico y no había otro y me tocó lavar una olla. No sabés lo contento que estuve lavando esa olla. Hacía como un año que no lavaba una. Varios me ofrecieron deje padre, pero yo la lavé con gusto… Yo iba hablando  y de golpe lo miro y me doy cuenta de que le caía una lágrima. ¡Una lágrima! Una sola. Se la enjugó con la manga y me dijo: No padre, yo estuve mal. No fue que me forrearon. Yo fui mal, estaba con bronca. Ya está. Ya entendí.

Hay otras personas que para que hagan una tarea que no les gusta mucho o que les pidieron de improviso uno les puede explicar horas y hasta años enteros por qué conviene que hagan algo y siempre hay un sí, pero… en el fondo me estás usando. Como soy de esas personas y muchas veces, cuando estoy entre pares, me fijo quién es el que me pide y si no le toca a otro, no tengo empacho en decir que en esto los pobres me enseñan (nos enseñan, si queremos aprender). Nos enseñan la pobreza de espíritu que tiene su termómetro en la rapidez y el gusto con que uno “hace los mandados”.

Me animaría a decir que así como el amor se nota en la alegría (tanto amo cuanto estoy alegre) y la humildad en las humillaciones (la medida de mi humildad la da la medida de las humillaciones que soy capaz de soportar sin hacer caras ni reclamos), así la pobreza de espíritu se nota en la prontitud para los mandados, especialmente esos imprevistos que me hace cualquiera en cualquier momento.

 

En la oración del Huerto, todo el diálogo del Señor con el Padre es acerca de este tema: “No se haga lo que yo quiero sino lo que tú quieres”. “Si es posible, que pase y se aleje de mí este cáliz, pero si no puede pasar sin que yo lo beba que se haga tu voluntad”.

Y así como él está atento a “los mandados del Padre” quiere que sus amigos estén atentos a los suyos: le encanta que le pregunten “donde quieres que te preparemos la cena de Pascua” y, cuando está rezando en el Huerto, les manda que lo acompañen, que le estén cerca, rezando a su lado. Les reprocha que no hayan podido velar una hora con él, en ese momento tan importante, el más importante de la historia. Sin embargo el reproche es de amigo y más por ellos mismos que por él, para que saquen enseñanza y no se pierdan las oportunidades grandes de mostrar su amor en pequeños mandados.

El Cirineo puede ser ejemplo de estos “pobres” que pasan por allí y les encajan la cruz como mandado: lo forzaron, dice Mateo, a que llevara la cruz. En general son los pobres quienes se ven “forzados” a llevar la cruz. Otros sabemos zafar. La cuestión es que el Cirineo –más forzado o menos- quedó como ejemplo en esto de los mandados en los que, sin saberlo, estamos ayudando al mismo Jesús.

También podemos reflexionar en los otros “mandatos”: los de los que le dicen al Señor: “Bajate de la cruz”. Esos no los obedece. Y eso que “hasta los bandidos que estaban crucificados con él lo insultaban.

José de Arimatea siente el “mandato” interior de hacerse cargo del cuerpo del Señor y se anima a pedírselo a Pilato. María Magdalena y la otra María, “se quedaron allí sentadas enfrente al sepulcro”. Eran las más pobres de espíritu y por eso fueron las primeras mandadas por el Señor resucitado: “Vayan, anuncien a mis discípulos que vayan a Galilea, que allí me verán”.

El ser apóstoles tiene que ver con esta “actitud existencial” de ser pobre de espíritu que se concreta en un estar pronto para los mandados. Eso es lo que hoy llamamos “voluntariado”: la gente que se ofrece para colaborar en lo que se le mande, en lo que haga falta. Es el sentido del voluntariado: así como el sentido social se ve en la capacidad para conmoverse y sentir lo que les pasa a los otros como propio, el sentido del voluntariado se ve en la prontitud para los mandados, lo que en el lenguaje de San Ignacio se llama “disponibilidad”.

La petición al Rey eterno que entra en Jerusalén será: “pedir gracia a nuestro Señor para que no sea sordo a su llamamiento, mas presto y diligente para cumplir su santísima voluntad” (EE 92).

Esta prontitud para los mandados Ignacio la ejemplificaba con “dejar la letra comenzada”. Cuando te pedían algo, si uno estaba escribiendo una carta, ser capaces de dejar no sólo la carta o la frase sino “la letra comenzada”.

Diego Fares sj

 

Cuaresma 5 A 2014

Las tardanzas del Señor

 

Había un hombre enfermo, Lázaro de Betania, del pueblo de María y de su her­mana Marta. María era la misma que había ungido con perfume al Señor y enjugado sus pies con sus cabellos. Su hermano Lázaro era el que estaba enfermo. Las herma­nas enviaron a decir a Jesús: «Señor, el que amas, está enfermo.» Al oír aquella frase, Jesús dijo:

«Esta enfermedad no es mortal; es para gloria de Dios,

para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.»

Jesús amaba con predilección a Marta, a su hermana y a Lázaro. Sin embargo, cuando oyó que este se encontraba enfermo, se quedó dos días más en el lugar donde estaban.

 

Después les dijo a sus discípulos: «Volvamos a Judea.» Ellos le dijeron: «Maestro, hace poco los judíos querían apedrearte, ¿y quieres volver allá?»  Jesús les respondió: «¿Acaso no son doce la horas del día? El que camina de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo; en cambio, el que camina de noche tropieza, porque la luz no está en él.» Después agregó: «Nuestro amigo Lázaro duerme, pero yo voy a despertarlo.» Le dijeron: «Señor, si duerme, se curará.» Ellos pensaban que hablaba del sueño, pero Jesús se refería a la muerte. Entonces les dijo abiertamente: «Lázaro ha muerto, y me alegro por ustedes de no haber estado allí, a fin de que crean. Vayamos a verlo.» Entonces, Tomás, el Mellizo, como le apodaban, les dijo a los otros “Vayamos también nosotros a morir con él.»

 

Cuando Jesús llegó, se encontró con que Lázaro estaba sepultado desde hacía cuatro días. Betania quedaba de Jerusalén sólo a unos tres kilómetros y muchos judíos habían venido a consolar a Marta y a María, por la muerte de su hermano.

Al enterarse Marta de que Jesús llegaba, salió a su encuentro, mientras María permanecía en la casa. Al verlo le dijo: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto. Pero yo sé que aún ahora, Dios te concederá todo lo que le pidas.» Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará.» Ella le respondió: «Sé que resucitará en la resurrección del último día.»

Jesús le dijo:

«Yo soy la Resurrección y la Vida.

El que cree en mí, aunque muera, vivirá;

y todo el que vive y cree en mí,

no morirá para siempre.

¿Crees esto?»

Le respondió:

«Sí, Señor, creo que tú eres el Mesías,

el Hijo de Dios, el que viene al mundo.»

Entonces, sin decir más, lo dejó y fue a llamar a María, su hermana, y le dijo en voz baja: «El Maestro está aquí y te llama». Al oír esto, se levantó rápidamente y fue a su encuentro. Jesús no había llegado todavía al pueblo, sino que estaba en el mismo sitio donde yo lo había encontrado. Los judíos que estaban en la casa consolando a su hermana, al ver que ella se levantaba de repente y salía, la siguieron, pensando que iba al sepulcro para llorar allí.

María llegó a donde estaba Jesús y, al verlo,

se postró a sus pies y le dijo:

«Señor, si hubieras estado aquí,

mi hermano no habría muerto.»

Jesús, al verla llorar a ella,

y también a los judíos que la acompañaban,

se estremeció en su espíritu y se conturbó, y preguntó:

«¿Dónde lo pusieron?».

Le respondieron: «Ven, Señor, y lo verás.»

Y Jesús lloró.

Los judíos dijeron: «¡Cómo lo amaba!»

Pero algunos decían:«Este que abrió los ojos del ciego de nacimiento,¿no podría impedir que Lázaro muriera?»

Jesús, conmoviéndose nuevamente,

llegó al sepulcro,

que era una cueva con una piedra encima,

y dijo: «Quiten la piedra.»

Marta le dijo:

«Señor, huele mal;

ya hace cuatro días que está muerto.»

Jesús le dijo:

«¿No te he dicho que si crees,

verás la gloria de Dios?»

Entonces quitaron la piedra,

y Jesús, levantando los ojos al cielo, dijo:

«Padre, te doy gracias porque me oíste.

Yo sé que siempre me oyes,

pero le he dicho por esta gente que me rodea,

para que crean que tú me has enviado.»

Después de decir esto,

gritó con voz fuerte:

«¡Lázaro, ven afuera!»

El muerto salió con los pies y las manos atados con vendas,

y el rostro envuelto en un sudario.

Jesús les dijo: «Desátenlo para que pueda caminar.»

Al ver lo que hizo Jesús,

muchos de los judíos que habían venido a la  casa

creyeron en él.

(Juan            11, 1-45).

 

Contemplación

Si algo llama la atención en el evangelio de Lázaro es el tiempo. Iba a decir “el manejo del tiempo”, pero no se trata de un manejo. Jesús vive su tiempo de una manera única, única pero compartible. El Señor “padece” el tiempo y también lo “transfigura”.

Es verdad que el tiempo es de Dios, como bien dice el Papa Francisco, pero Jesús deja bien claro que es el Padre el dueño de su hora. Y que Él, como hombre, está bien atento a la hora del Padre, a hacer las cosas cuando es el momento oportuno. Podríamos decir que vive su tiempo “desde nuestra orilla”. Con una conciencia especialísima, es verdad, pero que no lo hace omnipotente sino todo lo contrario: el Señor obedece a los tiempos del Padre y tiene paciencia también y respeta los tiempos de cada uno.

Lo primero que le llama la atención a Juan es que Jesús deje pasar dos días desde que recibe el mensaje de Marta y María hasta que se pone en camino. Juan lo hace notar diciendo que:“Jesús amaba con predilección a Marta, a su hermana y a Lázaro” Y, “ sin embargo, cuando oyó que este se encontraba enfermo, se quedó dos días más en el lugar donde estaban”.

Luego es también de notar cómo piensa el Señor dos dificultades: una la que viene de la persecución y la otra la de la muerte. Los discípulos se asombran de que quiera regresar a Jerusalén. Estamos en el peor momento, le dicen (creo que a eso apunta la frase que está en un presente especial: “”ahora trataban de apedrearte y otra vez vas allá?”). El Señor responde con otra alusión al tiempo: “¿No son doce las horas del día? Si uno camina de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo, pero si uno camina de noche, tropieza porque le falta la luz”. Es una frase medio enigmática. Sin consultar a los exegetas me parece que el sentido es que Jesús vive la hora del Padre: sabe que antes de su hora nadie le va ha hacer nada.

Inmediatamente vemos otra manera especial del Señor de vivir el tiempo en su carácter más inquietante: la muerte. El Señor la toma como un sueño: “Lázaro, nuestro amigo, está dormido”. Como ve que no le entienden, deja de lado su lenguaje misterioso y les dice claramente: “Lázaro murió”. Y les revela por qué esperó dos días: “me alegro de no haber estado allí para que ustedes crean”.

¿Qué podemos sacar de provecho en esta manera de vivir el tiempo que manifiesta Jesús con sus actitudes y palabras?

Me impresiona que diga que se alegra de no haber estado con Lázaro en el momento de su muerte. Después sabemos que llorará. No se trata por tanto de una estrategia precalculada para producir un efecto. La verdad es que el Señor está centrado en dos cosas: una la Gloria del Padre; la otra, que se afiance en los suyos la fe en él.

En la oración que hace al Padre antes de resucitar a Lázaro, explicita con claridad su intención: “Te doy gracias Padre porque me oíste. Yo ya sabía que siempre me oyes, pero lo dije por esta gente que me rodea, a fin de que crean que tú me enviaste”.

También podemos ver la misma pedagogía en lo de hacer esperar a las hermanas: “Si hubieras estado aquí mi hermano no habría muerto”, le dicen Marta y María, como reprochándole su tardanza.

Al poner esta palabra, luego de las idas y vueltas de las reflexiones anteriores, creo que encontré la palabra justa. ¡Las tardanzas del Señor! Este es quizás el problema de la fe: las tardanzas del Señor (y sus apuros). Creemos en él pero vivimos en tiempos distintos. Por eso muchas veces no lo vemos. Es que llegamos tarde al sitio por donde ya pasó, donde esperaba a que acudiéramos. O nos apuramos: no terminamos de aguantar un proceso y nos vamos antes de que el Señor haga su obra.

Me animaría a decir que “más que estar atentos al “qué”, de lo que quiere el Señor, tenemos que estar atentos al “cuando”.

Aunque ningún indicio exterior de señales de que Jesús puede todo, porque nada es imposible para Dios, incluso “resucitar a un muerto”, si actuamos en su nombre cuando él nos indica, veremos sus milagros. Recordemos el pasaje de la pesca milagrosa: “echen las redes”, aunque no sea la hora. Pedro es el que las echa al lago obediente en la fe.

Es que no hacen falta condiciones exteriores (que son las que nosotros vemos). Jesús mismo crea las condiciones para que se hagan las cosas con su presencia: “Yo soy la resurrección y la vida”. Es decir: no es que “haya o vaya a haber algo así como una resurrección que se pueda predecir o avizorar”. Lo único “visible” es Jesús –el Pan de vida, la Eucaristía-. Si él está, hay vida, la muerte es un sueño, la cruz es salvación, todo lo que pasa es admirable y el tiempo es tiempo de gracia, kairos, momento justo y oportuno.

Las cosas, en ese “día de doce horas de luz” que Jesús lleva puesto como un vestido transfigurado, son “para que creamos en él, para dar gracias al Padre que siempre escucha a su Hijo y nos salva”.

 

El papa Francisco dice que “el tiempo es superior al espacio”. El tiempo humano, pero, sobre todo, el tiempo de Jesús.

Al describir la tentación de la acedia el papa la refiere al tiempo vivido de manera egoísta:

“Cuando más necesitamos un dinamismo misionero que lleve sal y luz al mundo, muchos laicos sienten el temor de que alguien les invite a realizar alguna tarea apostólica, y tratan de esca­par de cualquier compromiso que les pueda qui­tar su tiempo libre. Hoy se ha vuelto muy difícil, por ejemplo, conseguir catequistas capacitados para las parroquias y que perseveren en la tarea durante varios años. Pero algo semejante sucede con los sacerdotes, que cuidan con obsesión su tiempo personal. Esto frecuentemente se debe a que las personas necesitan imperiosamente pre­servar sus espacios de autonomía (EG 81).

 

Vemos cómo la obsesión por el tiempo propio en realidad es por un “espacio propio”, porque la verdad es que nadie puede poseer un “tiempo propio”. Mientras se nos regala el tiempo (y no le podemos agregar ni un minuto a nuestra vida) podemos poseer “espacios” y “cosas”, pero no el tiempo mismo.

En cambio, cuando dejamos las cosas propias y ponemos nuestro tiempo a disposición del Señor (que ya lo tiene a su disposición pero le encanta que uno se lo regale libre y alegremente), sentimos su influencia benéfica y nuestro tiempo se plenifica.

Cuando lo queremos poseer se nos escurre como viento entre los dedos, cuando lo regalamos se ensancha y se vuelve más intenso y fecundo.

 

También habla el Papa de una acedia “por no saber esperar”:

“Otros caen en la acedia por no saber esperar y querer dominar el ritmo de la vida. El inmediatismo ansioso de estos tiempos hace que los agentes pastorales no toleren fácil­mente lo que signifique alguna contradicción, un aparente fracaso, una crítica, una cruz” (EG 82).

Aquí la tentación es querer controlar el tiempo. Ya que no podemos “poseerlo” pretendemos controlarlo: planificamos, organizamos, nos fijamos metas…, y cuando algo no sale como queremos nos entristecemos.

Sepamos que es esencial al tiempo de Jesús que Él de los frutos cuando quiera, como cuando se le ocurrió pedirle higos a la higuera aunque no era el tiempo de los higos. Cuando quiera el vendrá a resucitar a Lázaro: basta que le hagamos saber: “el que tu amas se ha enfermado”.

Esta tentación de “controlar” el tiempo, en vez de gozar sabiendo que el Señor dispone las cosas como le parece mejor, va junto con otra que consiste en “apurar” los tiempos de Dios: “El mal espíritu de la derrota es hermano de la tentación de separar antes de tiempo el trigo de la cizaña, producto de una desconfianza ansiosa y egocéntrica” (EG 85).

 

Como decía el beato Pedro Fabro: « El tiem­po es el mensajero de Dios » (EG 171). Por eso, contemplar los tiempos que se toma Jesús –sus tardanzas que son paciencia para que maduremos-, es equivalente a “ser evangelizados”, a recibir sus “mensajes”.

 

Transcribo a continuación los puntos en que el Papa Francisco trata este tema porque pienso que pueden ser de más provecho una vez que hemos visto la importancia que tiene “el tiempo de Jesús”:

 

El tiempo es superior al espacio (EG 222-225)

Hay una tensión bipolar entre la plenitud y el límite. La plenitud provoca la voluntad de poseerlo todo, y el límite es la pared que se nos pone delante. El « tiempo », ampliamente consi­derado, hace referencia a la plenitud como expre­sión del horizonte que se nos abre, y el momento es expresión del límite que se vive en un espacio acotado. Los ciudadanos viven en tensión entre la coyuntura del momento y la luz del tiempo, del horizonte mayor, de la utopía que nos abre al fu­turo como causa final que atrae. De aquí surge un primer principio para avanzar en la construcción de un pueblo: el tiempo es superior al espacio.

Este principio permite trabajar a largo plazo, sin obsesionarse por resultados inmedia­tos.

Ayuda a soportar con paciencia situaciones difíciles y adversas, o los cambios de planes que impone el dinamismo de la realidad.

Es una in­vitación a asumir la tensión entre plenitud y lí­mite, otorgando prioridad al tiempo.

Uno de los pecados que a veces se advierten en la actividad sociopolítica consiste en privilegiar los espacios de poder en lugar de los tiempos de los procesos. Darle prioridad al espacio lleva a enloquecerse para tener todo resuelto en el presente, para in­tentar tomar posesión de todos los espacios de poder y autoafirmación. Es cristalizar los pro­cesos y pretender detenerlos. Darle prioridad al tiempo es ocuparse de iniciar procesos más que de poseer espacios. El tiempo rige los espacios, los ilu­mina y los transforma en eslabones de una ca­dena en constante crecimiento, sin caminos de retorno. Se trata de privilegiar las acciones que generan dinamismos nuevos en la sociedad e in­volucran a otras personas y grupos que las desa­rrollarán, hasta que fructifiquen en importantes acontecimientos históricos. Nada de ansiedad, pero sí convicciones claras y tenacidad.

A veces me pregunto quiénes son los que en el mundo actual se preocupan realmente por generar procesos que construyan pueblo, más que por obtener resultados inmediatos que pro­ducen un rédito político fácil, rápido y efímero, pero que no construyen la plenitud humana. La historia los juzgará quizás con aquel criterio que enunciaba Romano Guardini: « El único patrón para valorar con acierto una época es preguntar hasta qué punto se desarrolla en ella y alcanza una auténtica razón de ser la plenitud de la existencia humana, de acuerdo con el carácter peculiar y las posibilidades de dicha época ».

Este criterio también es muy propio de la evangelización, que requiere tener presente el horizonte, asumir los procesos posibles y el ca­mino largo. El Señor mismo en su vida mortal dio a entender muchas veces a sus discípulos que había cosas que no podían comprender toda­vía y que era necesario esperar al Espíritu Santo (cf. Jn 16,12-13). La parábola del trigo y la cizaña (cf. Mt 13,24-30) grafica un aspecto importan­te de la evangelización que consiste en mostrar cómo el enemigo puede ocupar el espacio del Reino y causar daño con la cizaña, pero es venci­do por la bondad del trigo que se manifiesta con el tiempo”.

Diego Fares sj

 

 

 

 

 

 

Cuaresma 4 A 2014

 Luz del mundo

 luz

Jesús, al pasar, vio a un hombre ciego de nacimiento.

Sus discípulos le preguntaron: «Maestro, ¿quién ha pecado, él o sus padres, para que haya nacido ciego?» «Ni pecó él ni sus padres, respondió Jesús; sino que se habían de manifestar en él las obras de Dios. Es preciso que Yo trabaje haciendo las obras de aquel que me envió, mientras es de día; llega la noche, cuando nadie puede trabajar. Mientras estoy en el mundo, soy Luz del mundo.»

Después que dijo esto, escupió en la tierra e hizo lodo con la saliva y le ungió con el lodo los ojos y le dijo:

«Anda, lávate en la piscina de Siloé» que significa ‘Enviado’”.

Fue, pues, se lavó y volvió viendo.

Los vecinos y los que antes me habían visto mendigar, se preguntaban:

«¿No es este el que se sentaba a pedir limosna?»

Unos opinaban:

«Es el mismo.» «No, respondían otros, es uno que se le parece.»

El decía:

«Soy yo.»

Ellos le dijeron:

« Y cómo te fueron abiertos los ojos

El respondió:

«Ese hombre que se llama Jesús hizo lodo, y me ungió los ojos y me dijo: “Ve a Siloé y lávate”. Conque fui y me lavé y veo.»

Ellos le preguntaron:

«¿Dónde está?»

El respondió:

«No lo sé.»

El que había sido ciego fue llevado ante los fariseos. Era sábado cuando Jesús hizo lodo y le abrió los ojos. Los fariseos, a su vez, le preguntaron cómo había llegado a ver.

El les respondió:

«Me puso barro sobre los ojos, me lavé y veo.»

Algunos fariseos decían:

«Ese hombre no viene de Dios, porque no observa el sábado.»

Otros replicaban:

«¿Cómo un pecador puede hacer semejantes signos?»

Y se produjo una división entre ellos. Entonces le dijeron nuevamente:

«Y tú, ¿qué dices del que te abrió los ojos

El respondió:

«Es un profeta.»

Sin embargo, los judíos no querían creer que  había sido ciego y que había llegado a ver, hasta que llamaron a sus padres y les preguntaron:

«¿Es este el hijo de ustedes, el que dicen que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?»

Sus padres respondieron:

«Sabemos que es nuestro hijo y que nació ciego, pero cómo es que ahora ve y quién le abrió los ojos, no lo sabemos. Pregúntenle a él: tiene edad para responder por su cuenta.»

Sus padres dijeron esto por temor a los judíos, que ya se habían puesto de acuerdo para excluir de la sinagoga al que reconociera a Jesús como Mesías. Por esta razón dijeron: «Tiene bastante edad, pregúntenle a él.»

Los judíos lo llamaron por segunda vez al que había sido ciego y le dijeron:

«Glorifica a Dios. Nosotros sabemos que ese hombre es un pecador.»

«Yo no sé si es un pecador, respondió; lo que sé es que antes yo era ciego y ahora veo.»

Ellos le preguntaron:

«¿Qué te ha hecho? ¿Cómo te abrió los ojos

El les respondió:

«Ya se lo dije y ustedes no me han escuchado. ¿Por qué quieren oírlo de nuevo? ¿También ustedes quieren hacerse discípulos suyos?»

Ellos lo injuriaron y le dijeron:

«¡Tú serás discípulo de ese hombre; nosotros somos discípulos de Moisés! Sabemos que Dios habló a Moisés, pero no sabemos de donde es este.»

Elles respondió:

«Esto es lo asombroso: que ustedes no sepan de dónde es, a pesar de que me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, pero sí al que lo honra y cumple su voluntad. Nunca se oyó decir que alguien haya abierto los ojos a un ciego de nacimiento. Si este hombre no viniera de Dios, no podría hacer nada.»

Ellos le respondieron:

«Tú naciste lleno de pecado, y ¿quieres darnos lecciones?» Y lo echaron.

Jesús se enteró de que lo habían echado y, al encontrarlo, le preguntó:

«¿Crees en el Hijo del hombre?»

El respondió:

«¿Y Quién es, Señor, para que crea en él?»

Jesús le dijo:

«Tú lo has visto y el que está hablando contigo, El es.»

Entonces exclamó:

«Creo, Señor», y se postró  ante él  (Juan 9, 1-41).

 

Contemplación

Me llamó la atención que Jesús diga “mientras estoy en el mundo soy la Luz del mundo”. Pensaba en qué quiere decir ese “mientras”. Primero lo pensé mirando las idas y venidas del Señor. El se va al cielo, pero dice claramente: “Yo estoy todos los días con ustedes, hasta el fin del mundo”. Puede ser que esté hablando de los pocos días de su muerte. El expresó “por un tiempo no me verán y luego me volverán a ver”…

Después, rezando un poco más, me pareció que la clave está en la palabra “mundo”. Jesús siempre ilumina a todo aquel que lo recibe, como bien dice Juan en su prólogo. Pero al mundo, en el sentido de lo no cristiano o lo anticristiano, aunque no lo reciba, mientras estuvo (o mientras está de alguna manera cuando lo hacemos presente) también lo ilumina aunque el mundo no se de cuenta.

 

¿Qué importancia tiene esto para nosotros? Creo que a la hora de interactuar con el mundo, de salir a evangelizar y de tener que meternos en las cosas de la vida política y social de nuestro tiempo, es importante tener esta confianza en que, si Jesús está, ilumina. Es decir: el evangelio es luz –criterio de verdad- para todos y en todas las cosas. No es que haya cosas que sean impenetrables a su luz.

En sus palabras a todo el mundo, el Papa Francisco tiene esta confianza. Y opina con autoridad en muchos temas, aunque a algunos no les guste y otros se retuerzan de rabia, como pasó con los del Tea Party cuando a la foto del “derrame” le puso al lado la del “vaso que crece” y no deja que se derrame nada.

Esta imagen también puede usarse para discernir nuestro modo de proceder dentro de la Iglesia. Lo del vaso que crece creo que puede contrapesar la actitud de algunos que están siempre retocando la liturgia o discutiendo la doctrina de manera tal que nunca se puede formular algo que incluya a todos o armar una fiesta a la que todos estén invitados: de sus vasos no se derrama nada de misericordia, la tienen siempre enlatada.

Esto hace falta formularlo para que no haya gente que siembre dudas en los más débiles en la fe poniendo sospechas sobre si tal formulación de Francisco será ortodoxa o si el hecho de no usar algún ornamento le estará quitando sacralidad al papado y disminuyendo la Gloria de Dios.

Volvemos a la frase del Señor. Fijémonos que ese “mientras” estoy soy Luz, aunque relativiza su capacidad de iluminar todo el tiempo, por otro lado resalta el valor infinito de su existencia concreta, históricamente limitada. Si tomamos bien la frase, lo importante es que Jesús “esté”, porque si está, ilumina. Y si no está, no ilumina.

El es una luz personal, no una luz a pilas o abstracta cuyas frases sirvan siempre. Sirven si estamos con él, de todas las maneras en las que se quiso quedar: en la Eucaristía y en los pobres, en el sacramento del perdón y en esa oración en la que dos o tres nos juntamos a rezar en su Nombre.

 

El “estar” de Jesús es un estar humano, personal, concreto. No está “difuso” en cualquier lugar sino que se concentra con mayor intensidad en algunos lugares, así como de otros… se iba.

La Iglesia ha respetado y cuidado siempre este carácter encarnado de la presencia del Señor. El Señor está verdaderamente presente en la Eucaristía. La Eucaristía no es algo “simbólico”, que pueda ser reemplazado por otro tipo de presencias. Lo mismo podemos decir de los pobres y excluidos. En ellos la presencia del Señor es concreta, se renueva cada día. No es que “como ayer hicimos un gesto por los pobres” ahora nos podemos tomar unos días… Y si bien es una exigencia, porque los pobres vienen a todas horas y todos los días, también es una genialidad del cariño del Señor, porque es otra manera de decir que se quiere quedar siempre con nosotros de verdad.

Lo mismo vale para su presencia por medio de sus vicarios. El Señor quiere estar presente en la acción pastoral de Pedro: quiere iluminar con la palabra de cada Papa concreto, quiere gobernar con las decisiones de cada Papa concreto. Y las instancias en que la “individualidad” de un Papa puede ser ayudada y complementada, también son personales (los Obispos reunidos en concilio por ejemplo). Es decir: el evangelio y los dogmas, las tradiciones y costumbres, no son un elenco de papeles abstractos que cualquiera puede interpretar a su gusto como si, usándolos, pudiera saltearse a las persona encargadas de cuidarlos e interpretarlos.

Quiero decir: la luz no está en “lámparas” que cualquiera pueda manipular a gusto y decir: “miren que estoy iluminando al Papa con este Concilio, eh? Ojito!”. Suena ridículo así formulado pero si uno está atento este tonito se puede escuchar detrás de muchos críticos y de muchos que hacen “silencio obsequioso”, como dijo alguien.

Sí, es verdad, que todo bautizado y toda persona puede brindar el servicio de iluminar a otros con la luz de Cristo: con dulzura, respeto y humildad, como dice el Papa, dando así razón de la esperanza. Y más cierto todavía es que cualquier cristiano y cualquier persona puede iluminar dando testimonio con su propio servicio y su propia vida y en esto a nadie se le niega el derecho de ser más radical que todos. Nadie prohíbe iluminar dando la propia vida.

Otra cosa es apuntar con reflectores a los demás –Papa incluido- y pretender decirles lo que tienen que pensar y decir.

Esta ceguera de ponerles reflectores a los demás y no prender ni una velita para ver el propio corazón, es la que se ve en los fariseos que no quieren ver el milagro que ha hecho Jesús aunque tienen delante de sus ojos al que había sido ciego de nacimiento.

Fijémonos también cómo Jesús lo cura con saliva y barro, untándole los ojos: todo bien terrenal. Como dando a entender que él es luz hasta con su saliva y con todo lo que tocan sus manos.

Todo el proceso de los fariseos es una clarísima metáfora de ese tipo de ceguera del que sólo ve sus propias ideas (o las del evangelio pero mal apropiadas) y no a la persona viva y sanada por Jesús que tiene delante.

En cambio el que era ciego, atándose a las evidencias –hizo barro, me lo untó y ahora veo- va viendo cada vez más y con criterio propio, que es como decir con luz propia.

Esta es la gracia de la luz que emana de la persona de Cristo, es una luz personal que ilumina y enciende la luz personal de cada uno. El que se deja iluminar por Cristo, paradójicamente, no piensa con ideas ajenas o prestadas, comienza a pensar con sus propias ideas, que se emparejan y retro-iluminan con las del Señor, en un diálogo de luces totalmente común y a la vez, personal.

Hace pocos días en la misa de Santa Marta, el Papa habló de los que “se adueñan de la Palabra de Dios” (de la Luz de Jesús y e su Iglesia). “La Palabra de Dios se vuelve palabra de ellos, una palabra según su interés, sus ideologías, sus teologías… una palabra a su servicio. Y cada uno la interpreta según su propia voluntad, según su propio interés. Y para conservar esto, asesinan. Esto sucedió a Jesús”.

Al concluir su homilía Francisco se preguntó: ¿“Y nosotros, qué podemos hacer para no matar la Palabra de Dios”, para “ser dóciles”, “para no enjaular al Espíritu Santo”? Su respuesta fue: “Dos cosas sencillas”: “Ésta es la actitud de quien quiere escuchar la Palabra de Dios: primero, humildad; segundo, oración. Esta gente no rezaba. No tenía necesidad de rezar. Se sentían seguros, se sentían fuertes, se sentían ‘dioses’. Humildad y oración: con la humildad y la oración vamos adelante para escuchar la Palabra de Dios y obedecerle. En la Iglesia. Humildad y oración en la Iglesia. Y así, no nos sucederá a nosotros lo que le pasó a esta gente: no mataremos para defender la Palabra de Dios, esa palabra que nosotros creemos que es la Palabra de Dios, pero que es una palabra totalmente alterada por nosotros”.

 

Diego Fares sj

 

 

 

 

 

Los diálogos de Jesús

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Diálogo de las fatigas del camino

“Jesús abandonó la Judea y se fue de nuevo a Galilea. Debía pasar por Samaría. Llega, pues, a una ciudad de Samaría, llamada Sicar, cerca de la posesión que Jacob le dio a su hijo José. Estaba allí el pozo de Jacob. Jesús fatigado del camino se había sentado junto al pozo. Eran como las doce del mediodía. Llega una mujer samaritana a sacar agua y Jesús le dice:

- “Dame de beber” (los discípulos se habían ido al pueblo a comprar algo para comer).

La samaritana le dice:

- “¿Cómo tú, judío como eres, me pides de beber a mí que soy una mujer samaritana?” (Es que los judíos no se tratan con los samaritanos)

Diálogo sobre las fuentes de agua viva

Le respondió Jesús y le dijo:

-“Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice ‘dame de beber’ tal vez tú le pedirías a él y él te daría a ti agua viva”.

Le dice la mujer:

- “Señor, no tienes con qué sacar agua y el pozo es profundo ¿de dónde sacas entonces agua viva?”

Respondió Jesús:

“Todo el que toma de esta agua tendrá sed de nuevo, pero el que tome del agua que yo le daré no tendrá sed por toda la eternidad, sino que el agua que yo le daré se hará en él fuente de agua que brota hasta la vida eterna.”

Le dice la mujer: – “Señor, dame de esa agua, para que se me quite la sed y no tenga que venir acá a sacarla”.

 

Diálogo  sobre la familia

Le dice Jesús: – “Ve, llama a tu marido y vuelve acá”.

Respondió la mujer y dijo: – “No tengo marido”.

Le dice Jesús: – “Dijiste bien que no tienes marido, porque has tenido cinco y el que tienes ahora no es tu marido; en eso has dicho la verdad”.

Diálogo sobre la adoración

Le dice la mujer: – “Señor, veo que tú eres un profeta. Nuestros padres adoraron a Dios en este monte y ustedes dicen que en Jerusalén está el lugar donde hay que adorarlo”

Le dice Jesús: – “Créeme, mujer, llega el tiempo en que ni a ese monte ni a Jerusalén estará vinculada la adoración al Padre. Porque los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad. Esos son los adoradores que busca el Padre para que lo adoren. Espíritu es Dios y los que lo adoran, deben adorarlo en espíritu y en verdad”.

Le dice la mujer: – “Yo sé que el Mesías tiene que venir, el que se llama Cristo; y cuando venga nos enseñará todo”

Le dice Jesús: – “Yo soy, el que habla contigo”.

En eso volvieron sus discípulos y se sorprendieron de que estuviese conversando con una mujer, pero nadie le dijo “qué preguntas” o “qué hablas con ella”.

Diálogo con todo el pueblo

La mujer dejó su cántaro y se marchó a la ciudad a decir a los hombres: – “Vengan a ver un hombre que me dijo todas las que hice. ¿Acaso será éste el Mesías?” Y salieron de la ciudad y venían a él.

Entre tanto los discípulos le rogaban diciendo:

- “Rabí, come”.

El les dijo:

- “Yo tengo para comer un alimento que ustedes no conocen.

(Los discípulos se decían entre sí: “¿Acaso alguien le trajo de comer?)

Les dice Jesús:

- “Mi alimento es hacer la voluntad del que me misionó y llevar a cabo su obra…”. ¿No dicen ustedes: Cuatro meses más y llega la siega? Pues bien, yo les digo: Alcen sus ojos y vean los campos, que blanquean ya para la siega. Ya el segador recibe el salario, y recoge fruto para vida eterna, de modo que el sembrador se alegra igual que el segador. Porque en esto resulta verdadero el refrán de que uno es el sembrador y otro el segador: yo los he enviado a segar donde ustedes no se han fatigado. Otros se fatigaron y ustedes sacan provecho de su fatiga”.

Muchos samaritanos de aquella ciudad creyeron en él por las palabras de la mujer que atestiguaba: “Me ha dicho todo lo que he hecho”. Así como llegaron a él los samaritanos le rogaban que se quedase con ellos. Y se quedó allí dos días. Y muchos más creyeron por la palabra de él. Y le decían a la mujer: “Ya no creemos por lo que tú nos has dicho pues por nosotros mismos hemos oído y sabemos que él es verdaderamente el Salvador del mundo” (Jn 4, 5-42).

 

Contemplación

En el corazón del Evangelio de la Samaritana se encuentra este pasaje: “En eso volvieron sus discípulos y se sorprendieron de que estuviese conversando con una mujer, pero nadie le dijo ‘qué preguntas’ o ‘qué hablas con ella’”.

Los discípulos se sorprenden de los diálogos que entabla Jesús. Se sorprenden tanto de que hable con la Samaritana, que ni se animan a preguntarle de qué hablan, que al fin y al cabo es interesantísimo.

La verdad es que se “hablaron todo”. La Samaritana, como buena mujer “lo hace hablar a Jesús”. Y a Jesús, que es La Palabra, le encanta que lo hagan hablar. Le encanta que se le acerquen, que le pregunten, que le planteen dudas, que escuchen sus explicaciones… Al fin y al cabo el vino a dialogar con nosotros.

No hablar con Jesús, no establecer un diálogo personal con él, sea como sea, es un desperdicio.

 

Ahora que el Papa Francisco habla con todos, ahora que llama por teléfono, manda mails, escribe cartas, twittea, predica sin papeles en la misa de Santa Marta, recibe personalmente… creo que podemos recobrar esta dimensión dialogal de Jesús y renovar nuestra mentalidad sobre la oración: rezar es dialogar con Jesús. “Como un amigo habla con otro amigo”, agrega San Ignacio, para indicar cuál es el tono de esos ‘coloquios’.

Algunos se admiran de lo cuantitativo –de las dos mil cartas por día que recibe Francisco-; otros de sus llamados telefónicos –‘¿cómo encuentra tiempo para llamar?’-. Otros piensan ‘¿y de qué hablará?’ Igualito que los discípulos…

Creo que de lo que nos tenemos que admirar de cuánto se nos había desgastado nuestro  concepto de la oración, de lo que es “hablar con nuestro Dios”, que nos parece raro que su representante nos llame y llame a muchos.

Qué lejos había quedado nuestro Buen Pastor Jesús, ¿no? para que una ovejita perdida se asombre de que la llame uno de sus pastores ayudantes, de que la conozca por su nombre, de que le quiera vendar alguna herida…

Abrir la posibilidad cierta y cercana de un diálogo personal, de eso trata el largo evangelio de la Samaritana. Viéndolo a Jesús hablar tan familiarmente con ella nos despierta ganas de hablar nosotros también con Jesús, de poder hablar todos nuestros temas: de cansancios y agua viva, de la familia y la iglesia…, y de incluir a los demás en este diálogo contándoles que existe uno que “nos dice todo lo que hemos hecho”.

Miramos a Jesús fatigado del camino.

Charlar sobre el cansancio. ¿No es ese uno de nuestros grandes temas de nuestra conversación? Con los amigos, en familia, poder contar lo cansado que estamos, cómo nos costó viajar, lo que tuvimos que soportar durante el día, son los temas habituales. Poder charlarlos nos descansa. Hay que aprender a compartir bien nuestros cansancios. ¿Vieron que hay gente que con su cansancio nos descansa? Esa gente que uno la ve muerta de cansancio físico luego de haber hecho un trabajo por los demás y que sin embargo está sonriente y entera, espiritualmente fresca. Esa gente nos descansa porque nos hace sentir el cansancio bueno, el que es don de sí, entrega generosa y alegre. Es el cansancio del que ansía descansar para volver con alegría a su trabajo.

A veces, en cambio, cansamos a los demás con nuestro cansancio. Hay una manera de decir “estoy cansado” que lleva al otro a replicar “yo también estoy cansado”. Debe ser por el tono o algo, porque otras veces contar nuestro cansancio hace que el otro empatice y sienta que puede compartir el suyo.

Pero vayamos a Jesús.

Francisco nos hizo notar lo de Pablo, que el Señor nos “enriqueció con su pobreza”.

Podemos animarnos y decir aquí que Jesús “nos descansa con su cansancio”.

Jesús es por excelencia el que nos descansa con su fatiga: “Vengan a mí los que están cansados y agobiados, que yo los aliviaré”. Y agrega Jesús: “porque mi yugo es suave y mi carga ligera”.

Nos descansa con su yugo, que es como decir ¡con su cansancio!

Pero para esto, para que nos descanse, no basta con mirarlo cansado, hay que charlar. Porque las imágenes por ahí, más que hablarnos de lo que el otro es nos hacen de espejo a lo que llevamos dentro. Mirar a Jesús cargando con la cruz por ahí nos cansa más. Por eso hay que dejarlo hablar, que nos diga “dame de beber”.

Esa es la frase mágica de Jesús para los cansados. Como en Emaús, cuando los ve caminar entristecidos y les dice. ¿de qué conversan?

Contame, ¿me querés contar lo que te pasa?… de eso se trata el “dame de beber”. Quiero beber el agua de tu pozo, lo que fluye de tu corazón.

Siempre recuerdo a nuestro querido hermano Reclusa, enfermero del Máximo durante nuestros largos años de formación; la vez que me asomé a la capilla de noche y él, a oscuras hablaba en voz baja con el Señor y le contaba sus cosas: “fíjate Señor lo que me ha pasado hoy con este tipo (le encantaba la palabra “tipo” a él que venía de Navarra y había recalado en Buenos Aires y entrado en la Compañía ya de grande). “Ha venido a golpear la puerta de madrugada porque quería un remedio. Y yo le he respondido “no molestes, no ves que está sano” y no lo he atendido aunque golpeaba más fuerte y le he dicho “venga después…”.  No quise escuchar más el tema porque era cosa entre él y el Señor. Pero sí aproveché el tono y la confianza y se me grabó en el corazón esa manera de rezar en voz alta y dando rienda suelta a su indignación. Por cómo se lo veía luego a la mañana, siempre de buen humor, se nota que el Señor le respondía muy bien. Él le contaba sus cansancios… y el Señor lo reponía.

De eso trata la imagen del agua viva: de un agua que “arrolla la sed”, que nos repara las fuerzas, que sacia las fatigas más profundas y luego nos da un ánimo que salta “hasta la vida eterna”.

Miramos a la Samaritana, cómo intuye que se trata de una nueva fuente de agua viva. Ella, que todos los días tenía que ir al pozo a buscar agua, valora que le hablen de “otra fuente”, de una interior, de una fuente que salta hasta la vida eterna. ¿Acaso eres más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo? Así le habla a Jesús.

¿Qué es este “agua viva” que promete Jesús a la Samaritana?

Los padres dicen que es imagen del Espíritu Santo. Está bien y está claro, pero “quién es el Espíritu Santo? ¿Qué es lo que hace?

En este contexto diremos que es El que nos permite “establecer diálogo con Dios”. Sin él es como si el diálogo se cortara o no atinara a establecerse bien. Esa fuente de agua viva (que para los antiguos era vital y no podían alejarse mucho tiempo de ella ya que no había agua corriente) hoy sería una especia de Wi Fi interior, sin enchufes ni baterías, que nos permitiera estar conectados 24 hs. sin necesidad de servidores ni de aparatos (“no tienes con qué sacar el agua, dice la Samaritana”).

El Espíritu es el que nos permite “adorar al Padre en espíritu y en verdad”, cada uno desde su interior, como se inspire, sin necesidad – en último término- de “liturgias” ni de “templos”, aunque aproveche una buena liturgia y un buen templo.  El Espíritu es la fuente de la liturgia y de los templos –de los modos y lugares de hablar con Dios-; y también de su renovación interior.

Todos tenemos sed de un agua viva, de que se libere lo mejor de nuestro interior y se lo podamos expresar a Dios libremente, sin culpas porque no rezo de esta manera o tanto tiempo o en todo momento.

Hoy dejo aquí para ir a rezar a la estación de Once, ya que es 22 y recordamos a “nuestras queridas y sagradas víctimas de la tragedia evitable de Once” y pedimos para que el juicio oral que comenzó el 18 sea justo y rápido.

Diego Fares sj

 

 

 

San José 2014

El papa Francisco y San José: o la atención que brota de la bondad

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Jacob fue padre de José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, que es llamado Cristo. Jesucristo fue engendrado así: María, su madre, estaba comprometida con José y, cuando todavía no habían vivido juntos, concibió un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, que era un hombre justo y no quería denunciarla públicamente, resolvió abandonarla en secreto. Mientras pensaba en esto, el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: “José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que ha sido engendrado en ella proviene del Espíritu Santo. Ella dará a luz un hijo, a quien pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará a su pueblo de todos sus pecados”. Al despertar, José hizo lo que el Ángel del Señor le había ordenado (Mt 1, 16. 18-21. 24).

Contemplación

Se cumple hoy un año del comienzo del pontificado del Papa Francisco. Fue en esta fiesta de San José que llegó a la Plaza de San Pedro en el Jeep descapotable y todo el mundo sintió que se venía otro tipo de cercanía. En este año, ha tenido varias referencias a su querido San José, a quien nos enseñó a muchos a tenerle especial devoción y a confiarle todos nuestros asuntos, especialmente el cuidado de los pobres y todas nuestras preocupaciones materiales. Me quedé rezando con la virtud de la “atención”, que Francisco destaca como propia del Custodio: “la atención constante a Dios de San José, siempre abierto a sus signos, disponible a su proyecto y no tanto al propio”. En Adviento retomó el tema:  “Este Evangelio nos muestra toda la grandeza del alma de san José. Él estaba siguiendo un buen proyecto de vida, pero Dios reservaba para él otro designio, una misión más grande. José era un hombre que siempre dejaba espacio para escuchar la voz de Dios, profundamente sensible a su secreto querer, un hombre atento a los mensajes que le llegaban desde lo profundo del corazón y desde lo alto. No se obstinó en seguir su proyecto de vida, no permitió que el rencor le envenenase el alma, sino que estuvo disponible para ponerse a disposición de la novedad que se le presentaba de modo desconcertante”. El papa desarrolla algunas virtudes que le ayudan a José a estar atento. Pone varias: “José es «custodio» porque sabe escuchar a Dios, se deja guiar por su voluntad, y precisamente por eso es más sensible aún a las personas que se le han confiado, sabe cómo leer con realismo los acontecimientos, está atento a lo que le rodea, y sabe tomar las decisiones más sensatas. En él, queridos amigos, vemos cómo se responde a la llamada de Dios, con disponibilidad, con prontitud”. Son las cualidades de la persona atenta: sabe escuchar, es sensible al otro, está disponible, actúa con prontitud… Pero lo que más destaca el Papa del estar atento de San José es su bondad: “Y aquí añado una ulterior anotación: el preocuparse, el custodiar, requiere bondad, pide ser vivido con ternura. En los Evangelios, san José aparece como un hombre fuerte y valiente, trabajador, pero en su alma se percibe una gran ternura, que no es la virtud de los débiles, sino más bien todo lo contrario: denota fortaleza de ánimo y capacidad de atención, de compasión, de verdadera apertura al otro, de amor. No debemos tener miedo de la bondad, de la ternura.

Francisco pidió esa gracia para sí: “Nunca olvidemos que el verdadero poder es el servicio, y que también el Papa, para ejercer el poder, debe entrar cada vez más en ese servicio que tiene su culmen luminoso en la cruz; debe poner sus ojos en el servicio humilde, concreto, rico de fe, de san José y, como él, abrir los brazos para custodiar a todo el Pueblo de Dios y acoger con afecto y ternura a toda la humanidad, especialmente a los más pobres, los más débiles, los más pequeños”. Es lo que ha hecho este año. San José le ha concedido esta gracia de manera eminente, sobreabundantemente. Todos nos sentimos recibidos en los brazos abiertos de Francisco.

En Adviento agregaba lo mismo: “San José era un hombre bueno. No odiaba, y no permitió que el rencor le envenenase el alma. ¡Cuántas veces a nosotros el odio, la antipatía, el rencor nos envenenan el alma! Y esto hace mal. No permitirlo jamás: él es un ejemplo de esto. Y así, José llegó a ser aún más libre y grande. Aceptándose según el designio del Señor, José se encuentra plenamente a sí mismo, más allá de sí mismo. Esta libertad de renunciar a lo que es suyo, a la posesión de la propia existencia, y esta plena disponibilidad interior a la voluntad de Dios, nos interpelan y nos muestran el camino.  Esta es por tanto la enseñanza: para cuidar, para custodiar, hay que estar atentos. Y lo que nos vuelve atentos es la ternura, la bondad.

Pongámoslo al revés: el odio, la antipatía, el rencor nos vuelven “desatentos”. Aunque parezca que el rencoroso es bicho y está atento a la oportunidad para herir y hacer el mal –la astucia de los malos- en realidad no es así: el rencor nos hace “desatender” tantas cosas de la realidad y estar fijados sólo en algunas. El odio ciega y el que odia termina siendo un necio. De última, la falta de bondad nos hace perder de vista el plan de Dios, las cosas buenas que el preparó para los que lo aman.  Así, nos hace bien unir en San José atención y bondad. La bondad le clarifica la mente no sólo en los detalles de la vida cotidiana, para cuidar que Jesús crezca en edad, estatura y gracia, sino también en los dramas familiares (es su bondad la que lo lleva a “tomar consigo a María” fiándose de un sueño en el que le habló el Angel) y, además, su bondad lo hace lúcido para escapar de Herodes, del mal estructural, de la violencia social, y para sobrevivir en el destierro de Egipto. El papa dice que San José “sabe cómo leer con realismo los acontecimientos, está atento a lo que le rodea, y sabe tomar las decisiones más sensatas”. Es decir: es el hombre fuerte y prudente, que sabe llevar adelante su familia y, actualmente, la Iglesia.

A nadie le gusta “estar desatento”, ser burlado como distraído, perderse las cosas buenas… Pues bien, lo que hay que cultivar es la bondad, la ternura. Esa es la virtud que “despierta” la atención, la agudiza, la fija en lo importante, la clarifica. Pero la clave está en que no se trata de algo subjetivo solamente – si yo soy bueno me daré más cuenta de las cosas-, sino que la bondad hace que el otro se confíe, se abra, muestre lo mejor de sí. Por eso es fácil estar atentos entre los amigos y los que se quieren, porque ambas personas contribuyen a la mutua atención.

Es que el amor es la fuente, la raíz y el fin deseado de todas las cosas y la actitud de bondad sintoniza con eso profundo y hace que las personas se muestren y se pueda verlas mejor. Para bajarlo a nuestra vida podríamos formularlo así: decime cuán atento estás a una persona y te diré cuánto la amás, decime cuán atento estás a tus tareas y te diré cuánto las querés. Podemos poner a San José por patrono de nuestras “desatenciones” para que su bondad atenta nos despierte a la ternura y supla como buen padre lo que nos falta, comunicándonos el gusto por esa atención que se traduce en gestos de bondad.

Diego Fares sj

 La transfiguración cura los miedos

 

chofer asesinado

 

Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan,

y los llevó aparte a un monte elevado.

Allí se transfiguró en presencia de ellos:

su rostro resplandecía como el sol

y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz.

De pronto se les aparecieron Moisés y Elías, hablando con Jesús.

Pedro dijo a Jesús:

«Señor, ¡qué bien estamos aquí!

Si quieres, levantaré aquí mismo tres carpas,

una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.»

Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra

y se oyó una voz que decía desde la nube:

«Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección: escúchenlo

Al oír esto, los discípulos cayeron con el rostro en tierra,

llenos de temor.

Jesús se acercó a ellos y, tocándolos, les dijo:

«Levántense, no tengan miedo.»

Cuando alzaron los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús solo.

Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó:

«No hablen a nadie de esta visión,

hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos» (Mt 17, 1-9).

 

Contemplación

Contemplo hoy releyendo contemplaciones anteriores.

Me admira que en todas encuentro gusto en algo y ganas de retomarlo.

El que la transfiguración es la contemplación por excelencia (2008).

Jesús se muestra más allí, en el Tabor, que luego, como resucitado.

Muestra “la “Belleza de su amor compasivo que salva al mundo” (Martini).

Jesús irradia todo el amor que, antes y después, en la vida cotidiana, va destellando rayitos para atraer nuestra fe (2002).

 

Y el Padre lo confirma. Así nos infunde confianza en el proceso de transfiguración de corazones que está en marcha.

Se trata de una audición más que de una contemplación (2005).

Sabemos por Ignacio que “contemplar” es usar todos los sentidos espirituales y aquí se trata de ver la luz de Jesús escuchando las palabras del Padre: “este es mi Hijo amado, escúchenlo”.

Esta voz les quedó grabada a los discípulos en su corazón. Unos corazones cuya carne resultó ser material más fiel que el de un DVD.

Jesús confió en que su voz, transmitida a viva voz por sus amigos, tendría más efecto que una palabra escrita.

Confió en que las madres cristianas, al susurrar el nombre de Jesusito en los oídos de sus hijos reproducirían el tono exacto de su voz.

Confió en que los amigos, al comunicarles a otros amigos que habían encontrado al que esperaban, tendrían el mismo timbre sincero y auténtico suyo.

 

Y cuando le encargó a Pedro que apacentara sus corderos, aunque no está escrito (porque no se puede escribir una voz) creo que le regaló su modo de hablar y su tonadita, esa que “reconocen las ovejas”.

Esta es, desde entonces, la gracia del Papa. En el 2005 decía: uno escucha la voz de Juan Pablo II, ahora ronca y entrecortada, y reconoce la voz del Pastor. Una voz que, como la de Jesús, supo ser discurso vibrante y ahora es apenas gemido de dolor. Porque necesitamos todos los matices de la voz del Señor, no sólo intérpretes de sus discursos brillantes.

Me encantó recordar la voz de Juan Pablo y sentir que ahora reconocemos a Jesús en el italiano porteño de Francisco. Es una de las gracias humanas que tiene el tono de voz: cuando habla Francisco hasta entendemos italiano porque la cadencia es la nuestra.

Ignacio nos recomienda escuchar a Jesús en el tiempo más largo de unos buenos ejercicios.  En su Diario espiritual nos da una preciosa indicación de cómo suena la voz del Señor en su interior. El la llama “loqüela” (un lenguajecito especial, diríamos nosotros). Es una voz que no llega a proferirse, son “palabras suavísimas” que le armonizan el alma sin que las pueda expresar. Son como una “música celeste, que le produce gran deleite y alegría y lágrimas cuando las “escucha”.

Digo “lenguajecito” y no sólo voz porque Jesús habla a todos y eso es lenguaje: “el acto personal de expresión que se realiza en el intercambio social con el prójimo”.

Esto nos lleva a lo común: Jesús se nos transfigura “tomándonos en su compañía”. San Ignacio tomó el nombre de la Compañía de este pasaje: “Tomando en compañía Cristo nuestro Señor  a sus amados discípulos, a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan… (EE 284). Por eso, cuán “compañero de Jesús” sea cada uno es algo vital –existencial como dice Francisco. No es un título de los jesuitas, quiero decir. Qué grado de cercanía tendrá cada uno con Jesús, cuán compañero suyo será, cuánto se dejará acompañar por él, no son cuestiones jurídicas sino vitales (2008).

De lo que se trata es de la transfiguración de nuestro corazón, de lo que sea en que se haya convertido, en un corazón de hijos. En algunos, los más jóvenes, la tarea será la de crecer para pasar de ser hijitos (teknon) a hijos maduros (huios), capaces de heredar los bienes de la familia y hacerse cargo de la casa. En otros, adultos, aunque la primera tarea nunca cesa porque a veces somos chiquilines en el Espíritu, el trabajo transfigurador consistirá más en despojarnos de las máscaras, de esos roles que nos imponemos o nos cargan y que –decimos- no nos dejan tiempo para ser hijos, para gozar de sentirnos y comportarnos como hijos que viven en la casa del Padre y trabajan en su viña.

San José es el modelo de “compañero de Jesús y la Virgen” en esto de “tomarlos consigo” (2011).

………….

Hasta aquí la memoria agradecida por tantas alegrías y gozos de Jesús transfigurado.

Desde este Tabor, donde dan ganas de quedarse, bajamos a la realidad actual.

Hoy leía algo de Pagola sobre los miedos y me quedé en que las consolaciones de Jesús son antídoto para los miedos. Así como el Padre cura la ansiedad, Jesús cura nuestros miedos.

Entre los muchos miedos de la vida moderna, el que provoca la inseguridad es fuerte. Proviene de las muertes sin necesidad, arbitrarias, como la de Leonardo Paz en la madrugada de ayer, ocasionada por los que roban unos pesos en un colectivo. La imagen del miedo queda asociada a pibes jóvenes, drogados, nerviosos, que ni aprovechan lo que roban, que te matan ante tu esposa e hijos, te roban el auto y chocan a las pocas cuadras. Se trata de una violencia enferma. Los jóvenes que ya se sienten muertos vivos por la droga y la falta de esperanzas, matan sin problemas a los que tienen una vida, a los que como Paz, sueñan con ser colectiveros. Se trata de una violencia que tiene sesgo social. No se entiende “personalmente” –“yo no te hice nada a vos, no me mates vos a mí, te doy lo que tengo”-. Es una violencia anónima, impersonal. Por eso asusta más que otras. Incluso que las persecuciones ideológicas o por la fe, en las que uno sabe lo que viene y está preparado. La de la inseguridad es una violencia que salta a cualquier hora en cualquier lugar y se cobra una víctima sin motivos especiales.

Los mártires de hoy son eminentemente “sociales”: cualquiera nos representa a todos.

Hay que sentirlo así y rezarlo así. Y nos tiene que afectar profundamente. Yo suelo bendecir haciendo una cruz sobre las fotos de los caídos en las páginas de los diarios y pedir la gracia de estar preparado si me toca a mí, ofreciéndolo por todos. Tanto nos debe afectar “socialmente” que nos lleve a identificar el remedio, la vacuna. El antídoto es –tiene que ser- social. Es un antídoto a larguísimo plazo. O quizás no tanto. Francisco con su cultura del encuentro, nos ha mostrado que ese remedio tiene efecto inmediato: casi todo el mundo responde bien al encuentro. Por eso creo que está bien hacer un paro por algo así. Parar todos, aunque genere molestias en muchos y a otros, que tienen medios, no los afecte. El remedio es tomar consigo a los otros y mostrar lo mejor de la vida poniéndolo a disposición de todos. La imagen contraria son las vidrieras llenas de comida y de ropa ante los ojos del que está tirado en la calle. O edificios-torres de vidrio y acero contemplados desde las casillas de chapas y cartones de la villa.

La transfiguración actual no tiene que ser de brillo –tenemos excesos de brillo- sino de disponibilidad. Las cosas y nosotros mismos, que nos vamos “privatizando” tenemos que cambiar el logo. Cada cosa y cada actitud debe llevar el logo que diga “disponibilidad”: esto es para todos, estoy abierto a lo común, atento a lo que necesitas vos y los demás, puesto a disposición mi tiempo, disponibles para ser compartidas mis cosas. Esto es lo que debe “brillar”, lo que debe estar claro.

Al fin y al cabo, eso fue lo que hizo Jesús: abrió el cielo, abrió su interior, mostró que todos sus bienes como Dios estaban disponibles para el que los quisiera recibir, escuchar y contemplar. Nada oculto, nada privado, todo abierto y manifiesto.

No hay ningún fuego prometeico que los hombres tengan que robar a los dioses.

Esta es la raíz mítica que Jesús corrige con su revelación de que la gloria de Dios está donada, no hay que robarla.

El mensaje enfermo que emite nuestra sociedad es que los bienes son de pocos. Uno va teniendo que empujar para subir al colectivo, que gritar para conseguir un turno de hospital, que amontonarse para recibir un plato de comida en el Hogar (por eso damos números: aunque igual no todos entran con eso nadie tiene que empujar). Ese empujar se va haciendo parte de la propia piel y genera violencia.

Contra eso sólo sirve la disponibilidad. El hacer sentir que todo es común, que lo recibimos de otros y se lo dejaremos a otros. Solo esa actitud genera tranquilidad y, a la larga, vence a la violencia.

Mientras tanto, mientras uno va dejando que la belleza compasiva del Señor nos transfigure el corazón, mientras uno va trabajando por poner los bienes a disposición ordenada de todos los que pueda, hay que estar dispuestos y preparados a que nos “desfiguren” tirándonos una cruz, en cualquier momento. La diferencia está en que, al que está trabajando en las transfiguraciones, la cruz que le cae viene con Jesús incluido. Y si Él pone el hombro, no hay yugo que no sea suave ni carga que no sea ligera.

Diego Fares sj

 

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