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Algunos agradecimientos más…

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En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Cuando venga en su gloria el Hijo del hombre, y todos los ángeles con él, se sentará en el trono de su gloria, y serán reunidas ante él todas las naciones. Él separará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas, de las cabras. Y pondrá las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda. Entonces dirá el rey a los de su derecha: “Vengan ustedes, benditos de mi Padre; a heredar el reino preparado para ustedes desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me dieron de comer, tuve sed y me dieron de beber, fui forastero y me hospedaron, estuve desnudo y me vistieron, enfermo y me visitaron, en la cárcel y vinieron a verme.” Entonces los justos le contestarán: “Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?; ¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?; ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?” Y el rey les dirá: “Les aseguro que cada vez que lo hicieron con uno de éstos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicieron.” Y entonces dirá a los de su izquierda: “Apártense de mí, malditos, vayan al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre y no me dieron de comer, tuve sed y no me dieron de beber, fui forastero y no me hospedaron, estuve desnudo y no me vistieron, enfermo y en la cárcel y no me visitaron. Entonces también éstos contestarán: “Señor, ¿cuándo te vimos con hambre o con sed, o forastero o desnudo, o enfermo o en la cárcel, y no te asistirnos?” Y él replicará: “Les aseguro que cada vez que no lo hicieron con uno de éstos, los humildes, tampoco lo hicieron conmigo.” Y éstos irán al castigo eterno, y los justos a la vida eterna» (Mt 25,31-46).

Contemplación

Bajé de mi oficinita, en la planta alta del Hogar, para ir a la Casa de la Bondad a despedir a Julita, que falleció hoy (y que me dice Celina que no tenía a nadie nadie y que apenas pudimos conocer, ya que llegó hace dos semanas y enseguida se puso mal) y al volver al Hogar, viendo las dos mesas en el patio con los que participan del Taller de Dibujo, se me ocurrió que Jesús podía muy bien agregar algunos agradecimientos más a los que nos cuenta Mateo 25.

Es que vi a dos de los más pibes (18 o 19 años) dibujando con la alegría y la concentración de los chicos casi de jardín. Uno me mostró un corazón inmenso al que estaba llenando de colores y me lo mostraba como hacen los chicos, orgullosos de su monigote. Y a mí me partió el corazón, porque sentí que tenían hambre de dibujar, que como sociedad les habíamos robado esa etapa, porque que los chicos no vayan a la escuela es una cuestión de estado, no solo de la familia.

Fue un instante nomás: me mostró el dibujo y por mirarlo ni le vi la cara a él, que se concentró en seguir con lo suyo. Pero ahora que escribo me doy cuenta de que percibí eso tan humano ante lo que muchas veces paso de largo. Y se me ocurre ahora que Jesús nos diría a la comunidad del Hogar: porque estaba sin hacer nada con mis manos y ustedes me dieron lápices de colores y papel canson para dibujar. No sabía que tenía hambre de hacer un dibujito para mostrárselo a mi mamá y la seño de Dibujo me lo apreció y lo puso en la cartelera para adornar las paredes del patio.

Me viene ahora otro, unos años mayor, que después del cine del jueves, en que vieron Caballos salvajes, no se quedó al debate y bajó llevando una silla. Yo miraba desde arriba para que no se metieran en las piezas y salieran en orden y vi que este volvía. “¿No tiene el chocolate…?”, me decía subiendo y yo al principio no entendí y le dije que no había más. Pregunté al equipo de Cine debate y Luis me mostró que se habían comido todo, pero el muchacho entró y en su silla había una barrita de cereal. Se la había dejado. La agarró y se fue sin decir más. Y lo que me quedó fue también la sensación de un hambre de niñez, de ver una peli y que te regalen golosinas y agarrar de más para llevarte.

A medida que escribo me convenzo que lo del Señor “tuve hambre y me diste de comer” no se trata sólo del plato de comida del Hogar. Esa barrita de cereal nos habla de una comida que no fue dada a su tiempo. Igual que el dibujo. Hay chicos que con sus manitos sucias revuelven basura y aspiran bolsitas en vez de estar coloreando dibujos. Tuve hambre y me diste de comer es la materia básica del juicio. No es una buena intención ni un sentimiento, ni siquiera habla el Señor de amor. Se trata simplemente de acciones, de dar de comer, empezando por los bebés y terminando por los ancianos. Dar de comer quiere decir fuiste a trabajar para ganarnos el pan para comer y trataste de formar una familia en la que se sirviera la leche a su tiempo…

Después me acordé del Taller de música del lunes, que llovió y en el último comedor cantaban igual, y pensé que Jesús diría: andaba callado y triste y me invitaste a cantar. Y pese a que no estaba para música, canté y fue como un agua fresca. Pensaba en la profesora de música y en que es más difícil ir un lunes de lluvia a cantar que hacerlos dibujar o servir el mate con leche. Después de un rato, el canto te lleva y por unos instantes la música nos envuelve a todos y nos arropa… pero ¡hay que remarla para comenzar a cantar en el Comedor!

Y ya me entusiasmé con esto del juicio y pensé que habría un segundo juicio, ya para hilar más fino, para ver quién va con quiénes, porque dentro de la igualdad de los benditos del Padre también hay predilecciones, y me puse a meditar en los del Taller de Artesanías. Jesús diría: me miraba los dedos torpes y pensaba que nunca podría hacer algo tan fino y me enseñaste a hacer no sólo los cuadros en piedra y las cajas, sino esas Arcas de Noé con todos los animalitos de porcelana fría, las sillitas de Jacques y los pesebritos de Soruco. Esta actividad básica por la que seremos juzgados tiene que ver con el vestido, que no sirve solo para abrigo sino como adorno.

Y luego el Señor agradece las visitas: a los enfermos y a los presos. No habla aquí de sanación ni de liberación sino sólo de visita. Y pensaba en el Taller de sentido de la vida, en la biblioteca y el cine. Me viniste a visitar y hablamos de películas, de novelas que me gustaron. Hacía rato que nadie me preguntaba nada profundo y en el taller de sentido de la vida me ayudaste a que me soltara y contara lo que tenía por dentro. Porque la actividad de visitar requiere todo un arte. Para ser visita linda y no visita molesta. Visitar es una actitud. Hay que saber visitar y saber recibir visitas. No sólo los enfermos y los presos necesitan ser visitados… O quizás, mejor, los enfermos y los presos son como la imagen más fuerte de cuándo y dónde necesitamos ser visitados todos. Qué bien que hace, cuando alguien “nos alivia” por su modo de preguntarnos por algo que nos hace sentir frágiles (débiles, in-firmus). Qué bien que nos hace cuando otro, con delicadeza, nos saca de algún encierro, mental o emocional…

Y así, el Señor nos irá diciendo a la Comunidad del Hogar: andaba sin trabajo y pensaba cómo sería poder mandar un curriculum por internet y me enseñaste a crear una dirección de mail y a mandar mis datos a una agencia…, me invitaste a la Cooperativa, me pediste que te diera una mano con las mesas.

La contemplación fue por este lado: contemplar cuidadosamente todas estas “pequeñas acciones” que hacemos en el Hogar y que se pueden sumar a las que dice Jesús que le importan.

Creo que se puede porque él llega a hablar hasta de un vasito de agua dado en su nombre a sus pequeños. Cuánto más estas que más que acciones buenas son “co-acciones”, oportunidades de que los más pobres se organicen, luchen, se expresen, creen cosas y trabajen con sus manos, como le decía el Papa a los Participantes en el Encuentro de Movimientos Populares:

Pese a esta cultura del descarte, a esta cultura de los sobrantes, tantos de ustedes, trabajadores excluidos, sobrantes para este sistema, fueron inventando su propio trabajo con todo aquello que parecía no poder dar más de sí mismo… pero ustedes, con su artesanalidad, que les dio Dios… con su búsqueda, con su solidaridad, con su trabajo comunitario, con su economía popular, lo han logrado y lo están logrando…. Y déjenme decírselo, eso además de trabajo, es poesía. Gracias.

Creo que es lindo pensar que Jesús nos dirá: “y por la oportunidad que le brindaron a los más pequeños de poder crear cosas lindas con “la artesanalidad que les dio Dios”, muchas gracias. Muchas gracias por brindar a los pequeños la posibilidad de hacer poesía!

En las lecturas de hoy, también se habla de enemigos. Pablo dice que “el último enemigo aniquilado será la muerte”. Mirando a Julita, mientras rezábamos en coro con ocho voluntarias, pensaba que en la Casa de la Bondad el Señor logra la primera victoria ante la muerte: nos quita el miedo, nos hace recibir la muerte y tratar con ella en paz. Le hemos hecho una Casa para que la gente más solita muera rodeada de Bondad.

Me decía una amiga que había acompañado a su esposo hasta en la ambulancia, indignada porque la funeraria de renombre lo había trasladado envuelto en una bolsa raída, que “a los muertos se los trata mal” y es verdad: hay una falta de respeto que nada tiene que ver con esa obra de piedad evangélica que es enterrar dignamente a los muertos. También pienso que Jesús nos podrá decir: porque estuve muerto y me trataste con bondad.

Y también pensaba, volviendo al Hogar, que hay muchos otros enemigos que no son la muerte misma pero sí sus adláteres y sus avanzadas. Son enemigos que el Señor quiere poner bajo el estrado de sus pies. Y se me ocurrían tantos enemigos contra los que el Hogar lucha cada día: la indiferencia, la exclusión, el no mirar al otro como igual, los prejuicios, la dureza, las excusas… En realidad son todas “faltas de compasión”. Porque seremos juzgados por la compasión que es igual a decir vida, porque la compasión es lo que hace latir el corazón humano. Y el que no se compadece, el que no practica la misericordia no es que incumple con un deber, es que está muerto. Porque la vida es pasión y la primera pasión es la compasión.

Nuestro corazón realiza 70 veces por minuto –apasionadamente- esa obra de creatividad y misericordia que es enviar sangre fresca a las periferias de nuestra carne para recibirla de regreso, sucia y cansada, y darle un hospedaje transitorio en su cavidad, para que se purifique y vuelva a salir, a dar vida. El Señor nos dice que nos juzgará por esta actividad que no pertenece a ninguna creencia ni religión sino que es propia de todos los hombres y mujeres y que podemos “aprender a mejorar” sin que nadie nos lo enseñe desde afuera, porque es expresión de lo que somos.

Un último agradecimiento que me gusta imaginar: el Señor me dirá “estaba sin buenas noticias y me mandaste una contemplación”. La verdad es que esta actividad fue un regalo que nació de un no saber bien cómo rezar y probar a escribir una contemplación con el evangelio del Domingo que fuera para compartir. Se la envío a los que la reciben pero no sólo a cada uno sino al Jesús que está ustedes y que se alegra de que “le comenten su propio Evangelio”, como cuando los hizo hablar a los de Emaús y les pidió que le contaran lo que había pasado, haciéndose un poco el tonto. Esta acción tiene algo de dar de comer a los hambrientos de toda palabra que sale de la boca de Dios. Tiene algo de dar de beber a los que como la Samaritana anhelan y desean: Dame de esa Agua viva para que no tenga que venir a buscarla al pozo. Tiene algo de vestido, en el sentido de buscar palabras lindas y narraciones que alegran y le dan un tono lindo al día. Tiene algo de visita que llega por mail e invita a charlar un rato de las cosas de Jesús. El Señor me la agradece desde ahora, sin esperar al juicio y no le importa tanto si alguna sale medio media, si es como esas visitas que por ahí se hacen laaargas o resultan un poquito incómodas. El sabe escribir derecho con contemplaciones torcidas. Y como tienen la gracia de la “levedad virtual”, que con un click desaparecen o se mandan a guardar, mal no hacen.  Esta, por ejemplo, pesa menos de 40 Kbytes.

Diego Fares sj

Domingo 33 A 2014

Domingo 33 A 2014

 

Humor angélico vs ironía satánica

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En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos esta parábola: “El Reino de los cielos se parece también a un hombre que iba a salir de viaje a tierras lejanas. Llamó a sus servidores de confianza y les encargó sus bienes. A uno le dio cinco talentos; a otro, dos; y a un tercero, uno, según la capacidad de cada uno, y luego se fue. El que recibió cinco talentos fue enseguida a negociar con ellos y ganó otros cinco. El que recibió dos hizo lo mismo y ganó otros dos. En cambio el que recibió un talento, hizo un hoyo en la tierra y allí escondió el dinero de su señor. Después de mucho tiempo regresó aquel hombre y llamó a cuentas a sus servidores. Se acercó el que había recibido cinco talentos y le presentó otros cinco, diciendo: ‘Señor, cinco talentos me dejaste; aquí tienes otros cinco, que con ellos he ganado. Su señor le dijo: ‘Te felicito, siervo bueno y fiel. Puesto que has sido fiel en cosas de poco valor te confiaré cosas de mucho valor. Entra a tomar parte en la alegría de tu señor: Se acercó luego el que había recibido dos talentos y le dijo: ‘Señor, dos talentos me dejaste; aquí tienes otros dos, que con ellos he ganado’. Su señor le dijo: ‘Te felicito, siervo bueno y fiel. Puesto que has sido fiel en cosas de poco valor, te confiaré cosas de mucho valor. Entra a tomar parte en la alegría de tu señor’. Finalmente, se acercó el que había recibido un talento y le dijo: ‘Señor, yo sabía que eres un hombre duro, que quieres cosechar lo que no has plantado y recoger lo que no has sembrado. Por eso tuve miedo y fui a esconder tu talento bajo tierra. Aquí tienes lo tuyo’. El Señor le respondió: ‘Siervo malo y perezoso. Sabías que cosecho lo que no he plantado y recojo lo que no he sembrado. ¿Por qué, entonces, no pusiste mi dinero en el banco para que, a mi regreso, lo recibiera yo con intereses? Quítenle el talento y dénselo al que tiene diez. Pues al que tiene se le dará y le sobrará; pero al que tiene poco, se le quitará aun eso poco que tiene. Y a este hombre inútil, échenlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y la desesperación”.

Contemplación

“Porque has sido fiel en lo poco…”

Se ve que el hombre que iba a salir de viaje a tierras lejanas era muy rico ya que consideraba que los 35 kg de oro, que le dio al servidor perezoso, o los 175 kg de oro que le dio al de mayor confianza, eran “cosa de poco valor”. Quizás podemos interpretar que el dinero es algo de poco valor y que “las cosas de mucho valor” que le confía a los servidores buenos y fieles son de otro orden. Pero ¿qué puede haber que sea de más valor que muchos kilos de Oro? En otras versiones de la parábola se indica que las “cosas de mucho valor” tienen que ver con personas. El servidor bueno y fiel, cuyo ícono es nuestro padre San José, es el que cuida del personal y distribuye a cada uno su tarea y su ración a su tiempo y no maltrata a los servidores.

Curiosamente, pareciera que hay alguna conexión entre el oro y los afectos, entre la manera de ganar plata y de ganar amigos…

Como la parábola es bien comparativa: con el Reino sucede como con un hombre que, a los que le fueron fiel en las cosas de poco valor (talentos) les confió cosas de mucho valor (personas), podemos ampliar la comparación y hablar de “talentos” de cualquier tipo, no solo dinero) y de “relaciones personales”.

La dinámica de los dos primeros colaboradores es la de “dar fruto” con los talentos confiados y devolver el doble a su Señor.

Notemos que ni siquiera se preocupan de guardarse algo para sí. Su alegría está en haber ganado el doble para su Señor. Me confiaste cinco, aquí tienes otros cinco.

Y al hombre que se fue de viaje se ve que le gusta esta actitud proactiva y desinteresada. Lo vemos porque los premia a los trabajadores y al que enterró su talento le reprocha su pereza: ni siquiera dejaste que ese talento me diera intereses, como diciendo, con sólo ponerlo en el banco algo hubiera dado ya que el dinero vale por sí mismo (y hoy en día más).

¿A qué apunto?

Voy a dar un pequeño rodeo. Ayer me escribe un cura amigo que está de misionero, junto con un equipo de gente muy capaz, y me hizo reír mucho con un comentario. Dice: “Con el equipo de los padres, vamos caminando, hablamos y compartimos lo que más podemos, y cuando sale la oportunidad, seguimos viendo como crecer, tratamos de ver lo que Dios nos va diciendo como equipo…, cosa que no es sencilla, pareciera que Dios nos habla a cada uno por separado y nos dice cosas diferentes a los cuatro jajaja…, pero vamos viendo”.

Yo le comentaba que su buen humor es una gracia y que tenía que publicar la frase (cosa que estoy haciendo ahora). Está muy bueno esto de gente con mucho talento a la que, a la hora de trabajar en equipo, pareciera que “Dios le habla a cada uno por separado y le dice cosas diferentes a los cuatro jajaja”.

No dejemos de notar el jajaja, que es lo más valioso, porque, como dice Marechal al comienzo del Adan Buenosayres, hay un humor angélico que hace bien, da una superioridad sobre los problemas y las tonterías humanas que permite resolver las contradicciones con altura  (contra lo que decía Baudelaire: que el humor y la ironía eran algo diabólico, porque implicaban hacer sentir al otro la propia superioridad al ironizar).

Es verdad que hay un humor y una ironía o sarcasmo que le hace el juego al poder (que suele ser diabólico) y hay otro humor, como el de Jesús, que apunta al servicio, que humilla sin denigrar, como cuando le dice a Nicodemo: “qué cosa que vos siendo maestro en Israel no sepas que hay que nacer de nuevo”, o como cuando le pregunta a los discípulos haciéndose el tonto “¿y de qué estaban hablando por el camino?”.

La ironía de mi amigo cura es de las de buen espíritu, porque agarra a cada uno por lo mejor que tiene (que es que le hable Dios y le de buenas ideas e intenciones) y hace ver que no puede ser que el mismo Señor le diga cosas diferentes a los cuatro. O, en todo, caso, si se las dice, es para que se las ingenien en ponerse de acuerdo con la riqueza de las diferencias y no para distanciarse, como diría Francisco.

Desde esta óptica de la ironía diabólica y del buen humor angélico, caigo en la cuenta de que en la respuesta del servidor que enterró el talento hay una ironía amarga de fondo.

Escuchemos de nuevo la frase. ‘Señor, yo sabía que eres un hombre duro, que quieres cosechar lo que no has plantado y recoger lo que no has sembrado. Por eso tuve miedo y fui a esconder tu talento bajo tierra. Aquí tienes lo tuyo’.

Es una frase fea ¿no? El que la dice es un pobre tipo, es cierto, pero uno que con su ironía destruye la imagen del patrón y rebaja la actitud de sus compañeros fieles. Si no estuvieran los otros, uno podría coincidir, como tantas veces que alguien nos larga una frase así, triste, sobre una autoridad y uno muerde el anzuelo y asiente. Me lo imagino haciendo comentarios, después de haber enterrado su talento., diciendo cosas como: “qué tipo exigente, nuestro patrón ¿no? Qué querrá con esto de darnos talentos…? A mí me dio uno solo, pero se ve que a otros les dio más. Creo que a aquel le dio cinco, date cuenta. Mirá como anda agrandado haciendo negocios. Se ve que se le subieron los humos. Yo pienso que aquí mejor no arriesgarse mucho, porque después metés la pata y te la cobran…”.

Estas frases dichas a otros me las imagino yo. Pero las que los servidores le dijeron a su jefe, están claritas y es el mismo Señor el que eligió las palabras para que se entienda bien qué es lo que le gusta y qué es lo que condena.

El patrón no era para nada un tipo duro y exigente. Era un buen tipo de esos que le confían sus bienes a su gente con la esperanza de poder confiarles cosas más grandes. Cómo va a venir éste a hacerle un análisis sicológico y decirle: “Ya sé como es Ud. Ud. es tan exigente! Lo digo en el buen sentido, no crea. Pero a mí me dio miedo… así que aquí tiene “lo suyo”.

El Patrón no era para nada uno que quiere cosechar donde no sembró. ¿Se dan cuenta lo que es decirle a alguien: “vos querés cosechar lo que no has plantado y recoger lo que no has sembrado? Es como decirle: vos te apropiás de los talentos que ganaron los otros, los hiciste laburar y ahora te quedás con todo. Sos uno que busca fama. Te querés quedar con todo. Pero a mí no me agarrás. Aquí te devuelvo lo tuyo y listo. Mi trabajo me lo hago yo para mí y no para que lo aproveche otro…

Es una lógica muy pero muy diabólica que atenta contra el Bien y contra el que es Bueno y lo hace de manera camuflada, bajo la apariencia de un pobre tipo que tenía un solo talento y lo escondió, allá él. Pero no, porque este tipo rebaja todo: hace aparecer como duro al que es Ternura, como muy exigente al que se deja entusiasmar por el trabajo y el dar frutos, como un aprovechador y vanidoso, al que es pura generosidad y cuya gloria es que los otros crezcan y vivan bien.

Por eso la condena del patrón es tan dura. No es un simple: dame lo mío, quedamos a mano y andate en paz. La condena es llamarlo primero malo, segundo perezoso y tercero necio, lo cual se ve en que lo condena usando sus propios argumentos.

La condena es también reduplicar su apuesta dándole más al que más había negociado los talentos con alegría y desinterés. Lo cual equivale a decir que el patrón se da cuenta de que este servidor malo, perezoso y necio, no sólo lo rebajaba a él sino también al que era más fiel.

Y además lo manda al reino de las tinieblas, que es el reino del chusmerío, de las lamentaciones y del rechinar de dientes, el reino de los envidiosos, de los detractores, de los que ni hacen ni dejan hacer, de los que se creen vivos, de los que tienen enterrado su talento en vez de ponerlo alegremente a disposición de los demás, de los que se ríen de los que son fieles.

El Papa Francisco suele hablar muy fuerte acerca de las distintas formas de “rebajar a los demás” con ese humor satánico que es una forma solapada de buscar poder.

En la misa del 18 de Mayo de 2013 decía:

El chisme y la envidia hacen mucho daño a la comunidad cristiana. No se puede “decir solo la mitad que nos conviene”.

Hay dos modalidades de entrometerse mal en la vida y la misión de los otros. En primer lugar, la “comparación“, el “compararse con los demás”. Cuando existe esta comparación, dijo, “terminamos en la amargura y hasta en la envidia, y la envidia arruina la comunidad cristiana”, “le hace mucho daño”, y “el diablo quiere eso”.

La segunda forma de esta tentación, agregó, son los chismes. Se empieza de una manera “muy educada”, pero luego terminamos “despellejando al prójimo”: “¡Cuánto se chusmea en la Iglesia! ¡Cuánto chusmeamos nosotros los cristianos! El chisme es despellejarse, ¿no? Es maltratarse el uno al otro. Como si se quisiera disminuir al otro, no? En lugar de crecer yo, hago que el otro sea rebajado y me siento muy bien. ¡Esto no va! Parece agradable chusmear… No sé por qué, pero se siente bien. Como un caramelo de miel, ¿verdad? Te comes uno -¡Ah, qué bien! -Y luego otro, otro, otro, y al final tienes dolor de estómago. ¿Y por qué? El chisme es así: es dulce al principio y luego te arruina, ¡te arruina el alma! Los chismes son destructivos en la Iglesia, son destructivos… Es un poco como el espíritu de Caín: matar al hermano, con la lengua; ¡matar a su hermano!”.

En este camino, dijo, “¡nos convertimos en cristianos de buenas costumbres y malos hábitos!” Pero ¿cómo se presenta el chisme? Normalmente, ha distinguido el papa Francisco, “hacemos tres cosas”:

 Desinformamos: decir solo la mitad que nos conviene y no la otra mitad; la otra mitad no la decimos porque no es conveniente para nosotros.

En segundo lugar está la difamación: Cuando una persona realmente tiene un defecto, y ha errado, entonces contarlo, “hacer del periodista”… ¡Y la fama de esta persona está arruinada!

Y la tercera es la calumnia: decir cosas que no son ciertas. ¡Eso es también matar a su hermano! Todas estas tres –la desinformación, la difamación y la calumnia– ¡son pecado! ¡Este es el pecado! Esto es darle una bofetada a Jesús en la persona de sus hijos, de sus hermanos”.

Durante su homilía, Francisco recordó también un episodio de la vida de Santa Teresita que se preguntaba por qué Jesús dio tanto a uno y poco a otro. La hermana mayor, tomó un dedal y un vaso y los llenó con agua, y luego le preguntó a Teresita cuál de los dos estaba más lleno. “Ambos están llenos”, dijo la futura santa. Jesús, dijo el papa, hace “así con nosotros”, “no le importa si eres grande, si eres pequeño”. Él está interesado en que “estés lleno del amor de Jesús”.

 

Diego Fares sj

El Señor se encarnó para poder entregársenos

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Se acercaba la Pascua de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén.
Y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados; y, haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo, ovejas y bueyes; y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas; y a los que vendían palomas les dijo: «Quiten esto de aquí; no conviertan en un mercado la casa de mi Padre.»
Sus discípulos se acordaron de lo que está escrito: «El celo de tu casa me devora.»
Entonces intervinieron los judíos y le preguntaron: « ¿Qué signos nos muestras para obrar así?»
Jesús contestó: «Destruyan este templo, y en tres días lo levantaré.»
Los judíos replicaron: «Cuarenta y seis años ha costado construir este templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?»
Pero él hablaba del templo de su cuerpo. Y, cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos se acordaron de que lo había dicho, y dieron fe a la Escritura y a la palabra que había dicho Jesús. Juan (2,13-22).

 

Contemplación

“Pero Él hablaba del templo de su cuerpo”.

Humanamente, calculamos las cosas en términos temporales. 46 años habían demorado los judíos en construir el Templo de Jerusalén y les resultaba pretencioso que Jesús afirmara que lo podía reconstruir en 3 días. Pero Él hablaba del templo de su Cuerpo, nos dice Juan.

Me llama la atención esta frase porque estoy meditando algo de von Balthasar sobre la Eucaristía, donde afirma que “todo en Jesús tiene el carácter de la entrega”: Él Señor se queda entre nosotros como “pan entregado” y “sangre derramada”.

Balthasar hace notar que Jesús no entrega su vida para “recuperarla para sí” sino que, resucitado, permanece para siempre como “entregado a nosotros”, como intercesor”, como “recapitulador” de todo lo humano, agrego yo.

 

La intuición se baja a lo cotidiano pensando que si el Señor nos invita a comulgar con Él cada día, es porque encontró la forma de “darse a nosotros cada día más, cada día de manera novedosa”. Como si dijéramos que, siendo la misma, cada Eucaristía es totalmente nueva, distinta; cada Eucaristía es como los encuentros que Jesús tenía cada día con la gente: se les revelaba, de acuerdo a su fe, como Alguien siempre interesante, por descubrir, como el que “hacía nuevas todas las cosas”.

Y esto tiene que ver con su Cuerpo, con el sentido que el Señor le da a su corporeidad, a su estar encarnado, viviendo en la concretez de la carne, en las relaciones que uno mantiene con cada prójimo, en la situación en la que está inserto.

 

El Cuerpo del Señor es Templo, estructura en la que habita el Espíritu, Casa de oración, en la que nos religamos (religión) con el Padre, lugar donde se celebra el banquete de bodas, donde está la mesa de la Eucaristía, en la que su Cuerpo-Pan nos alimenta y nos unifica, entrando en comunión con lo más “material” y “carnal” de nuestra persona.

 

El Cuerpo del Señor Resucitado no es un trofeo de sí mismo que, luego de haber ofrecido para que lo destruyeran, lo habría recuperado para poseerlo íntegro en sí mismo. ¿Para qué querría el Señor recuperar su cuerpo, siendo que Él es Dios (Espíritu Puro, diríamos), si no fuera para “darlo mejor”?

 

A veces tenemos la imagen de un Dios que se encarnó por unos años y luego regresó a su Cielo… igual a cómo era “antes”, si se puede hablar así. Es verdad que volvió al Cielo, pero no “como era antes”. De eso dan testimonio sus llagas, como signo de la marca que dejó en él la Pasión, su tiempo histórico vivido entre nosotros. Cuando uno se da cuenta de que, al encarnarse, el Señor aceptó nuestra carne para siempre, se modifica nuestra comprensión de su grandeza.

Imaginemos por un instante lo que significaría “tener nuestra carne para siempre (y llagada)” en Alguien que no nos amara fuera de toda medida. Si concebimos a Dios como un ser que es puro espíritu, todopoderoso e inmutable, quedar encarnado para siempre suena, al menos, “raro”. Aunque su Cuerpo sea el de un Resucitado y el Espíritu lo convierta de “cuerpo frágil como el nuestro, en un cuerpo glorioso”, sigue siendo “carne”.

 

Si no fuera así, cómo podríamos nosotros, seres de carne y hueso (y de carne no sólo como la de un bebé o una persona joven y sana, sino carne en todos sus estados, carne también enferma, carne envejecida, carne ultrajada por tantas violencias…), como podríamos, digo, imaginar un cielo en el que todo fuera espíritu y purezas celestiales.

Nuestro Cielo es Jesús, la Carne de Jesús, la que él tomó para siempre de manera que pudiéramos tener lugar en ella para habitar en el Cielo.

Por eso él dice que “nos preparará una morada” con sus manos de carne, porque tiene conciencia de lo que es “necesitar un rinconcito para cobijar nuestra humanidad en la noche”.

Por eso usa la imagen de que “él mismo nos sentará a la mesa y nos servirá”, porque sabe que al ser de carne necesitamos un cielo en el que nos podamos sentar a la mesa como en casa a compartir una comida.

Todas estas imágenes que usa Jesús, no son poesía. Le significaron hacer de su Carne un instrumento al servicio nuestro y quedar para siempre como albañil que construye habitaciones, como mozo que sirve a los comensales y como esclavo o enfermera o padre que lava los pies, como amigo que enjuga las lágrimas.

 

Las imágenes de cielo que nos deja el Señor tienen que ver con su Cuerpo y tenemos que cambiar todas las imágenes viejas de cielos que no existen, para centrarnos en un Cielo que es puro Jesús. Debemos hacer un proceso de “agrandamiento imaginativo” de su Corazón, hasta que nuestra imagen del Cielo tenga no solo las dimensiones de su Corazón, sino su textura, su latir, su dinamismo y su capacidad de purificar nuestra sangre y transfundirnos la suya, llena de vida.

Este Cielo en el que podemos entrar si nos empequeñecemos lo suficiente, como hace todo el que ama para poder vivir en el corazón del otro, entrando despacito, descalzado y en puntas de pie, haciéndose a la sensibilidad y a los deseos del otro, es un Cielo real, al que no se entra con ninguna ascensión sino con diarios abajamientos. Es un cielo que tiene 7.140.000.000 de puertas, una en cada corazón de cada prójimo.

Este Cielo de la Carne de Jesús, es un cielo abierto en cada Eucaristía, un cielito que se recibe con las manos abiertas y se come, o se le da un besito, como hizo el Toto del Hogar, que no se sintió digno de comulgar pero sí de darle un besito, (cosa que ningún moralista prohibiría, supongo). Digo esto con cariñosa “ironía”, como diciendo que “ese besito” a la Eucaristía nadie se atrevería a negárselo a nadie y va por el lado de la hemorroísa que “entró en comunión con Jesús tocando el borde de su manto”. Jesús se hizo carne para entrar en comunión con todos los hombres y hay que ingeniárselas para comulgar con Él.

 

Yo contribuyo tratando de plasmar estas imágenes de un Cielo de Carne -la de Jesús crucificado y resucitado- que abren la mente para las cosas de todos los día, que es lo que andamos necesitando. No parece pero tienen mucho -muchísimo- que ver las imágenes que nos hacemos del cielo y las cosas prácticas en las que sentimos gusto o no.

El Cielo de Carne que describo es el cielo del Hogar -donde cada día Jesús está como el que sirve-; y es el cielo de la Casa de la Bondad -donde Brittany Maynard quizás podría haber regalado a su familia y a toda la humanidad a la que se conectó por youtube, unos cuantos meses más de amor de los que nos regaló, ya que en la Casa se evita la indignidad del sufrimiento y se potencia toda la inmensa riqueza de vida que una carne en sus últimas etapas tiene para dar. Pero esto requiere comprender, gracias a Jesús, que nuestra carne es Cielo en sí misma, en todas sus etapas, y no sólo cárcel de un espíritu puro, al cual hay que liberar cuando la carne se enferma.

 

No digo que todos tengan que creer en Jesús de buenas a primeras (aunque no estaría mal). Puede que a muchos les resulten “raras” nuestras imágenes de Dios y de la Vida Eterna, porque no las sabemos explicar bien y muchas veces no damos testimonio con nuestra vida. Pero si de rarezas hablamos, díganme si no hay una imagen muy extraña de lo que es el ser humano detrás de una persona que se suicida con pastillas entre música en su cuarto frente a toda su familia. No digo que esté bien o mal. Lo que digo es que es algo “extraño”. Y estéticamente diría que resulta insoportable. La vida es vida porque la muerte es muerte y si tenemos que morir, espero que sea pataleando: con entrega, con entereza, humildad, todo lo que quieran, pero la verdad es que “morir sin patalear”, sin decirle al Padre “por qué me has abandonado”, es perderse lo más dramático de la vida, lo que hace que el resto también tenga sabor. Morir en un cuarto de muñecas como en una película de Hollywood, salvando primero la decisión sagrada de Brittany y sintiendo todo el respeto y cariño por alguien tan valiente y encantadora como persona, es, como propuesta para todos, algo realmente patético y desesperanzador. El mensaje de esa muerte, como me decía Ana, es la “antiCasa de la Bondad”.

 

Como vemos, hace falta profundizar en el mensaje que nos entrega el Señor al darnos su Carne, al encarnarse, al padecer en la Cruz y al resucitar en Carne y huesos.

El Papa Francisco, en Evangelii Gaudium, nos muestra que la tristeza del mundo radica en su avaricia y la alegría del Evangelio, en cambio, en la entrega generosa. La entrega de Jesús en la Cruz no es más que la culminación de ese  estilo que marcó toda su existencia” (EG 269). Y nuestra alegría como discípulos suyos brota al “percibir a Jesús presente en el corazón mismo de la entrega misionera” (EG 266). En la medida en que nos entregamos, percibimos y recibimos más y mejor la entrega de Jesús, que cada día quiere dársenos más.

Diego Fares sj

 

 

8Comunión de los santos

Seguían a Jesús grandes multitudes, que llegaban de Galilea, de la Decápolis, de Jerusalén, de Judea y de la Transjordania.
Al ver a la gente, Jesús subió a la montaña, se sentó, y sus discípulos se acercaron a Él.
Entonces tomó la palabra y comenzó a enseñarles, diciendo:
“Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.
Felices los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia.
Felices los afligidos, porque serán consolados.
Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados.
Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia.
Felices los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios.
Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios.
Felices los que son perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.
Felices ustedes, cuando sean insultados y perseguidos, y cuando se los calumnie en toda forma a causa de mí.
Alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo; de la misma manera persiguieron a los profetas que los precedieron.”  (Mt 4,25.5, 1-12).

 

Contemplación

Releo la homilía radial de von Balthasar para la fiesta de todos los Santos y encuentro a George Bernanos, con sus imágenes tan poderosas sobre la comunión de los santos.

Antes de transcribirlas me detengo un momento y busco en Google si hay alguien más a quien le haya conmovido eso que dice: que “Jesús ha venido no como vencedor sino como uno que implora protección” –como un pobrecito del Hogar-,  y “Él está en mí como un prófugo que se ampara bajo mi protección”. Busco y lo primero que encuentro –y me maravilla- es una cita de la contemplación del 2009, el día que inauguramos la Casa de la Bondad y elegimos con Rossi celebrar esta misa de Todos los Santos.

Dos sentimientos vienen juntos, uno profundo y otro más superficial –cierta molestia de “cómo puede ser que no me acuerde de que ya había escrito sobre esta frase”-.

El sentimiento profundo es de alegría por esta “comunión con el propio deseo de santidad”. Es lindo reencontrarse con ese deseo de santidad que el Señor sembró en nuestro corazón desde pequeños y que sale a la luz cada vez que cavamos un poco, cada vez que regresamos al cuarto secreto del corazón, luego de andar de aquí para allá por la superficie de la vida. La comunión con los santos no es sólo con los que están en el cielo, es también comunión con el amor que vivieron muchos en esta tierra, con el niño que fuimos, con los que comparten la fe en otras culturas, y esperanza de comunión con los que vendrán.

 

Vuelvo a Bernanos para poner un círculo de protección definitiva a este amor de Jesús prófugo que se ampara bajo nuestra protección y establece así la comunión de sus santos protectores. Dice Bernanos que “el diablo, que puede tantas cosas, no llegará a fundar jamás su iglesia, una iglesia que ponga en común el pecado y los (de)méritos del infierno. De aquí hasta el fin del mundo será necesario que el pecador peque solo, siempre solo”.

Esta es la anti-imagen necesaria para que la comunión de los santos –en su humildad y pequeñez aparente- nos llene de consolación. Es verdad lo que decimos que en los medios, el mal aparece por todos lados, creando “una sensación de inseguridad”  (aquí me animo a decir que algunos del gobierno profetizan, quizás como Caifás cuando dijo que uno tenía que morir por el pueblo, pero profetizan: lo de la “sensación de inseguridad” es –teológicamente- una gran verdad. Porque de última: “nada ni nadie podrá separarnos (de la seguridad) del amor de Cristo”).  El mal, aunque parezca devastador, omnipresente y todopoderoso, no puede “crear comunión”. Es verdad que como nos ametralla incesantemente parece que todos los males del mundo se confabulan y tienen consistencia, pero no es así: lo que tiene consistencia es la vida, que renace y por eso, en su fragilidad renovada, ofrece al mal un lugar donde actuar destructivamente. Pero comunión, sólo la hay de los santos. Sólo el amor –los actos de amor más ocultos y pequeños, decididos en el secreto del corazón y llevados a cabo en silencio y ocultamente- tiene capacidad de crear vínculos, de establecer alianza, de entrar en comunión.

….

Estas cosas no las dice sólo Bernanos o von Balthasar. Tampoco son sólo de Pablo. Ni siquiera el Señor se reserva para sí la exclusiva. La comunión de los santos es una gracia “gratis data” –dada gratuitamente-, por el Señor de una vez para siempre, gracia que constituye el tejido tierno e irrompible que teje la trama de nuestra vida y la afirman con gestos y palabras –cotidianamente- todos los pequeños que viven el amor de Cristo como un aire que se respira.

Un ejemplo lindo: lo que me dijo Gladys con una hermosa sonrisa en la recepción del Hospital Español el sábado pasado, yendo a visitar a una enferma. Justo cuando llego a recepción salía una señora “a comprar algo a la ferretería” –dijo- y la recepcionista, cuando le digo que soy sacerdote para que me deje pasar aunque no es horario de visita, se ilumina y me dice “esa señora está buscando un sacerdote para que le bautice a su nietito”. Los dos miramos y la otra ya se había ido. Quedamos en que iba a mi enferma y luego volvía para que me avisara cómo se llamaba el nieto. La cuestión es que, luego de unas cuantas vueltas, encontré a la mamá, lo bauticé a Enzo Osvaldo, quedé en volver…,  y al salir le cuento a Gladys y me dice, mirándome a los ojos, emocionada: “en este lugar uno ve cómo Dios hace bien todas las cosas y tiene todo organizado y previsto”. Que lo dijera en ese lugar, precisamente, que podía ser el de la queja con todo derecho de “lo mal que anda este país y el mundo entero”, dado el despelote que es ese hospital, me conectó con la esperanza y con esto que llamamos “la comunión de los santos”, una comunión gestionada por gente como Gladys, de recepción, atenta al corazón de las abuelas que quieren bautizar a sus nietitos y a los curas que van a visitar enfermos, en medio de los problemas sanitarios de la Capital.

 

Todo esto es para disipar esa telaraña que se extiende sobre nuestra realidad dando la impresión de que todo anda mal. Para nada es así. Basta que uno se decida a un pequeño gesto de amor para que se abra el Cielo y uno se sienta –como Gladys- “predilecto” y parte de ese plan “de cosas buenas preparadas por el Padre para los que aman”.

Eso sí, y hay que decirlo, el amor teje y crea vínculos que sólo sirven para el amor. En ese sentido, el amor es exigente y por eso a veces preferimos vínculos más cómodos, menos comprometidos.

………………..

Después de escribir esto caí en la cuenta de que no podía seguir si no lo volvía a ver a Enzito y me pegué una corrida al Hospital. De paso le llevé la comunión a Titina y en vez de hacer las visitas por la tarde las hice de mañana. No pude entrar porque estaban medicando en terapia, pero la enfermera me dijo que el bebé estaba bien, mejor. Hubo algunos amagues de acercamiento pero quedaron ahí. La otra recepcionista me dijo el apellido de Gladys y que entraba a las cinco. Un papá me comentó que no lo dejaban entrar todavía a ver a su hijito, que tenía un problema en el esófago, otras mamás que esperaban saludaron…, pero nada especial. Se ve que las cosas son parte y parte y uno encuentra lo que anda buscando y lo que no, le pasa cerquita. Esa abuela que quería el bautismo para su bebito, tanto como para comentarlo con una recepcionista, hizo que esta me conectara con su hija y el bebe unos segundos después que ella partió para la ferretería (todavía me pregunto qué iba a comprar en la ferretería y si escuché bien o dijo otra cosa).

 

Bueno, la moraleja de las pequeñas historias del amor de Jesús, que tiene la grandeza de asociarnos a su acción y de hacer pasar su amor por nuestras manos, no es una moraleja que se pueda escribir. Así como a mí me hizo volver al hospital, cada uno tiene que agarrar el tejido en el punto de amor en que lo dejó y retomar con las puntadas. Cada historia es una historia de amor, como dice Vanier y la tenemos que escribir con hechos cada día.

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Diego Fares sj

 

 

 

 

Las cinco luces que enfrían el amor

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Cuando los fariseos se enteraron de que Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron con él, y uno de ellos, que era doctor de la ley le preguntó con ánimo de probarlo:

‘Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?’

Jesús le respondió:

‘Amarás al Señor, tu Dios, con amor de gratuidad

con todo tu corazón (kardía)

con toda tu alma (psiché)

y con toda tu razón (dianoia).

Este es el más grande y el primer mandamiento.

El segundo es semejante al primero:

Amarás (agapeseis) a tu prójimo como a ti mismo.

De estos dos mandamientos penden la ley entera y los Profetas’” (Mt 22, 34-40).

 

Contemplación

Un autor de nombre difícil (para nosotros) –Erich Przywara sj-, muy apreciado por Francisco, tiene un tratadito del amor –el ágape- que es de lo mejor que he leído: trata de cómo el Amor es lo único esencial y digno de fe y, también, de cómo nos las arreglamos los hombres para contradecirlo o achicarlo o convertirlo en algo que él no es –solo amor- y, más hondo aun, de cómo el Señor se las arregla para que con todas estas contradicciones y “herejías contra el ágape”, éste Amor suyo siempre triunfe (cumpliendo esa ley misteriosa propia de todo lo de Jesús y que es que el amor se realice invisiblemente bajo la apariencia de su contrario, como sucedió en la Cruz, que parecía que le quitaban todo y en realidad Él se estaba dando entero, por amor).

 

En lo que me quedé enganchado para meditar y contemplar cuando se diera el momento (que es el del evangelio de hoy, en el que los que gestionaban una religión de 613 preceptos, le preguntaron a Jesús cuál era el mandamiento más grande), es en que el padre Przywara dice que, muchas veces, nos quedamos con la visión del AT, en la que se da un doble mandamiento (Amar a Dios directamente, por sí mismo, y al prójimo como a nosotros mismos), cuando “el misterio único y el mandamiento único del ágape nupcial, del amor cristiano, proclamado por el Señor, suprime esa disociación entre Dios, prójimo y nosotros, y sólo sabe de la unión con Dios en el amor de las personas entre sí”.

 

Vamos a profundizar teológicamente en este amor. Sé que a algunos les gusta más cuando cuento las parábolas del Hogar y que hoy estamos cansados de eso que el Papa Francisco llama “una lengua minuciosa y un lenguaje pomposo para decir tantas cosas y no decir nada”. Pero confío en que, como dice Pablo: “el amor no hace mal al prójimo” (Rm 13, 10). Y también en lo que dice Ignacio: que “el amor se debe poner más en las obras que en las palabras” pero como “es comunicación”, hablar de él es esencial.

 

La caridad absoluta de la que habla el NT es “el amor de unos a otros como participación en el Amor de Dios al hombre” (…) Es el único mandamiento, la única ley, lo único que hemos de imitar, la única señal para reconocer a un cristiano. San Juan dice todo esto de modo inequívoco cuando afirma rotundamente que sólo en la caridad mutua permanece Dios en nosotros y nosotros en Él, porque Dios mismo es caridad”.

Y este amor de ágape que trae Jesús tiene un sello “matrimonial”, “nupcial”: es desposamiento, alianza, comunicación íntima de distintos, amor fecundo, que crece como familia, en un ritmo en que se combinan la unión y la distancia, ese espacio tan único de la buena familia que tiene momentos de intimidad exclusiva y momentos de apertura a los demás.

 

Dios no hace otra “alianza” que no sea esta del amor nupcial y la Eucaristía es el memorial y la actualización de este único ágape y alianza, en la que, como una familia, los distintos nos respetamos y amamos, sanamos nuestras heridas y nos perdonamos, nos animamos unos a otros a ser cada uno feliz realizando su carisma al servicio de los demás, sin celos, ni enojos ni impaciencias… Pablo lo expresa en el Himno a la Caridad: “El amor es paciente, es servicial; el amor no es envidioso, no hace alarde, no se envanece, no procede con bajeza, no busca su propio interés, no se irrita, no tiene  en cuenta el mal recibido, no se alegra de la injusticia, sino que se regocija con la verdad. El amor todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta” (1 Cor 13).

 

Este amor, dice Przywara, que el Señor ha donado y que el Espíritu mantiene encendido y fecundo en la Iglesia, sufre persecuciones y herejías internas, dentro de la Iglesia. De última, para entender lo que pasa en la Iglesia, hay que fijar la mirada en este amor nupcial de Jesús crucificado y resucitado y discernir, en nuestras discusiones y problemas, lo que nos aleja de este amor y lo que nos hace poder vivirlo.

 

Lo bajo ahora a la realidad (como en la reunión que hicimos la semana pasada con los huéspedes del Hogar. Tratábamos, a propuesta de ellos, el tema del bien y del mal; si se podía ser bueno estando tan condicionados por la sociedad actual, si era posible ser solidario estando cascoteado… Discurría el diálogo y cobraba altura hasta que uno dijo: “ya que lo tenemos entre nosotros, que hable el padre, a ver si baja esto a la realidad, porque estamos hablando muy en general”. Yo les pregunté si de verdad querían que lo bajara a la vida del Hogar y como dijeron que sí, les dije que “el mal, en el Hogar, era robar a un compañero. Aunque fuera una toalla. Robar en el Hogar era un pecado gravísimo y causaba un daño muy grande, porque dañaba la confianza para descansar en paz a gente que no tenía otro refugio donde estar”. Seguí sacudiendo con todo, diciendo que enojarse o discutir no estaba bien pero era comprensible: un estado de ánimo o cuestión de carácter, pero robar era algo planeado y deliberado y eso era muy malo… Bueno, el excurso es para ir a lo concreto).

 

Tentaciones contra el amor entre nosotros, amor en el que permanece (o perece) el Amor de Dios.

Yo me pregunto: ¿este servicio que presto es gratuito y amoroso de verdad, como los que brindo en mi familia, donde sé que “tendré que lavar los platos toda la vida…” o apenas lo brindo un tiempo ya pongo tantas condiciones y hago tantos reclamos que terminan estando los que quería ayudar al servicio mío?

Esta idea que tengo, ¿me lleva a dialogar con el otro con el deseo de unirme a él o la uso para cerrarme y atacar o apartarme con impaciencia?

Este juicio que hago sobre el otro, ¿es un juicio como los que hago con los de mi familia –misericordioso- o como los que hago sobre los políticos –burlón y despiadado?

 

Como ven, partimos del servicio que realmente brindamos, luego examinamos las ideas y por último los juicios.

Es el orden del amor, que se pone más en las obras que en las palabras (ideas y juicios).

Francisco decía que el Papa tiene la última palabra porque es “el servidor de los servidores” del pueblo fiel. En la Iglesia, el juicio más último lo tiene el que más sirve, no el que más “sabe”. Como en la familia.

 

Algunas herejías contra el amor familiar (cada uno busca la que más lo tienta)

 

La primera es la que Francisco llama “gnóstica”. Hablando en criollo es la de “sobrenaturalizar” tanto el amor que pareciera que el ideal es tratar con Dios directamente de espíritu a espíritu, prescindiendo de todo lo que es “carne y huesos”, situación social, vida cotidiana con el prójimo concreto con el que viajo, trabajo y convivo. Desde que Jesús se encarnó, el Amor ya no se puede desencarnar. Todo lo contrario, su dinámica es la de naturalizarse y cotidianizarse más y más.

 

La segunda forma de herejía interna contra el amor es la de “intelectualizarlo”. Esta herejía tiende a darse en los que defienden la primacía del entendimiento y de la ciencia por sobre el amor. Se ve en los que defienden “definiciones” que terminan siendo trampas para alejar a la gente de la misericordia y del amor incondicional de Dios.

 

La tercera forma de herejía interna contra el amor es la que le otorga la primacía a la obediencia formal, a la disciplina y al orden por el orden mismo. Es una caricatura de la lealtad de amigos y de la fidelidad matrimonial. Se ve en las instituciones de caridad que no ponen en el centro “al que está en situación de pobreza”, buscando lo que le hace bien a él, sino que ponen sus normas y leyes sin revisarlas ni confrontarlas.

 

La cuarta forma es la del “personalismo”. Es como la anterior, pero la obediencia no es a una ley, dogma o institución que se impone desde arriba, sino a una persona o líder carismático, libremente elegido desde abajo. Cada uno elige a los líderes que le caen bien y los obedece incondicionalmente. Con esta actitud se fragmenta necesariamente la unidad familiar de la Iglesia, una, santa y católica.

 

La quinta forma de tentación contra el amor es la colectivista, que elimina todo lo personal y pone el acento en las mayorías, en la gestión de las cosas, en los números, que pasan a ocupar el lugar del ágape.

 

Lo común a estas tentaciones contra el amor (aunque parezcan opuestas entre sí) es que son formas de querer “hacer visible y dominable” ya, totalmente, el amor de Cristo, que requiere la paciencia de la levadura y del grano de trigo que muere para fructificar.

 

Przywara muestra luego, magistralmente, cómo el Espíritu armoniza estas resistencias contra el amor y escribe derecho con líneas torcidas. En el fondo son faltas de fe, renuncias a “esperar” que el amor de fruto.

El espiritualismo es falta de fe en que Dios se ha hecho hombre de carne y huesos y camina con nosotros en nuestra historia.

El intelectualismo es falta de fe en la “locura de la Cruz” que es más sabia que la sabiduría de los intelectuales.

La obediencia formal es falta de fe en el diálogo y en la reciprocidad del amor.

El personalismo es falta de fe en que el amor no es sólo entre amigos sino también entre enemigos y adversarios.

El colectivismo es falta de fe en la fuerza del amor uno a uno, a la oveja perdida. Los números no cuentan por sí mismos.

 

Estas resistencias al amor, propias de cada cultura y de cada tipo humano, han sido vencidas por Cristo. “¿Quién nos separará del amor de Cristo?” Nada ni nadie, dice Pablo.

Tampoco estas “tentaciones bajo especie de bien, disfrazadas de ángel de luz”:

Estas son las “cinco luces que pueden oscurecer el amor”:

la luz del ensimismamiento en dinámicas espiritualistas,

la luz del saber teológico,

la luz de la obediencia institucional,

la luz de la adhesión personal al líder libremente elegido,

la luz de la embriaguez del número y de la gestión.

 

Estas tentaciones contienen también –como las herejías externas- algo de verdad y hay que saber aprovecharla.

Es bueno desear estar “cara a cara” con Dios. Y esta esperanza hay que mantenerla viva animándonos a mirar cara a cara a Jesús en los pobres.

Es verdad que el amor da sabiduría y recta doctrina, y hay que animarse a que no todos acepten la verdad del amor y algunos la consideren “locura”, la locura de la cruz: “no quise saber otra cosa sino a Cristo crucificado”.

Es bueno obedecer la voluntad de Dios tal como la expresa la Iglesia jerárquica, siempre que esa obediencia sea “de corazón”, con libertad de espíritu y no algo formal.

Es verdad que el amor es adhesión a la Persona de Cristo y a las personas que él elige, y este amor personal hay que animarse a vivirlo sin ningún sectarismo.

Es bueno hacer números para que el amor llegue a todo el pueblo de Dios pero sin regodearse en los números como expresión de nuestra buena gestión.

 

Así, vemos que hay algo bueno y verdadero incluso en las “herejías” contra el ágape. Lo que hay que pedir es la gracia de discernir en cada caso y en cada actitud esta “perla” del amor y “saber vender –con buen humor- todo lo demás” o “cerrar un poco los ojos a esas “luces” que, si se absolutizan, enfrían el amor.

Diego Fares sj

 

 

 

«Queridos: Eminencias, Beatitudes, Excelencias, hermanos y hermanas:

¡Con un corazón lleno de reconocimiento y de gratitud quiero agradecer junto a ustedes al Señor que nos ha acompañado y nos ha guiado en los días pasados, con la luz del Espíritu Santo!

Agradezco de corazón a S. E. Card. Lorenzo Baldisseri, Secretario General del Sínodo, S. E. Mons. Fabio Fabene, Sub-secretario, y con ellos agradezco al Relator S. E. Card. Peter Erdő y el Secretario Especial S. E. Mons. Bruno Forte, a los tres Presidentes delegados, los escritores, los consultores, los traductores, y todos aquellos que han trabajado con verdadera fidelidad y dedicación total a la Iglesia y sin descanso: ¡gracias de corazón!

Agradezco igualmente a todos ustedes, queridos Padres Sinodales, Delegados fraternos, Auditores, Auditoras y Asesores por su participación activa y fructuosa. Los llevaré en las oraciones, pidiendo al Señor los recompense con la abundancia de sus dones y de su gracia.

Puedo decir serenamente que – con un espíritu de colegialidad y de sinodalidad – hemos vivido verdaderamente una experiencia de sínodo, un recorrido solidario, un camino juntos.

Y siendo «un camino» –como todo camino– hubo momentos de carrera veloz, casi de querer vencer el tiempo y alcanzar rápidamente la meta; otros momentos de fatiga, casi hasta de querer decir basta; otros momentos de entusiasmo y de ardor. Momentos de profunda consolación, escuchando el testimonio de pastores verdaderos (Cf. Jn. 10 y Cann. 375, 386, 387) que llevan en el corazón sabiamente, las alegrías y las lágrimas de sus fieles.

Momentos de gracia y de consuelo, escuchando los testimonios de las familias que han participado del Sínodo y han compartido con nosotros la belleza y la alegría de su vida matrimonial. Un camino donde el más fuerte se ha sentido en el deber de ayudar al menos fuerte, donde el más experto se ha prestado a servir a los otros, también a través del debate. Y porque es un camino de hombres, también hubo momentos de desolación, de tensión y de tentación, de las cuales se podría mencionar alguna posibilidad:

  • La tentación del endurecimiento hostil, esto es, el querer cerrarse dentro de lo escrito (la letra) y no dejarse sorprender por Dios, por el Dios de las sorpresas (el espíritu); dentro de la ley, dentro de la certeza de lo que conocemos y no de lo que debemos todavía aprender y alcanzar. Es la tentación de los celantes, de los escrupulosos, de los apresurados, de los así llamados «tradicionalistas» y también de los intelectualistas.
  • La tentación del «buenismo» destructivo, que a nombre de una misericordia engañosa venda las heridas sin primero curarlas y medicarlas; que trata los síntomas y no las causas y las raíces. Es la tentación de los «buenistas», de los temerosos y también de los así llamados «progresistas y liberalistas».
  • La tentacion de transformar la piedra en pan para romper el largo ayuno, pesado y doloroso (Cf. Lc 4, 1-4) y también de transformar el pan en piedra , y tirarla contra los pecadores, los débiles y los enfermos (Cf. Jn 8,7), de transformarla en «fardos insoportables» (Lc 10,27).
  • La tentación de descender de la cruz, para contentar a la gente, y no permanecer, para cumplir la voluntad del Padre; de ceder al espíritu mundano en vez de purificarlo y inclinarlo al Espíritu de Dios.
  • La Tentación de descuidar el «depositum fidei», considerándose no custodios, sino propietarios y patrones, o por otra parte, la tentación de descuidar la realidad utilizando una lengua minuciosa y un lenguaje pomposo para decir tantas cosas y no decir nada.

Queridos hermanos y hermanas, las tentaciones no nos deben ni asustar ni desconcertar, ni mucho menos desanimar, porque ningún discípulo es más grande de su maestro; por lo tanto si Jesús fue tentado –y además llamado Belcebú (Cf. Mt 12,24)– sus discípulos no deben esperarse un tratamiento mejor.

Personalmente, me hubiera preocupado mucho y entristecido si no hubiera habido estas tenciones y estas discusiones animadas; este movimiento de los espíritus, como lo llamaba San Ignacio (EE, 6) si todos hubieran estado de acuerdo o taciturnos en una falsa y quietista paz.

En cambio, he visto y escuchado – con alegría y reconocimiento – discursos e intervenciones llenos de fe, de celo pastoral y doctrinal, de sabiduría, de franqueza, de coraje y parresía. Y he sentido que ha sido puesto delante de sus ojos el bien de la Iglesia, de las familias y la «suprema lex»: la «salus animarum» (Cf. Can. 1752).

Y esto siempre sin poner jamás en discusión la verdad fundamental del Sacramento del Matrimonio: la indisolubilidad, la unidad, la fidelidad y la procreatividad, o sea la apertura a la vida (Cf. Cann. 1055, 1056 y Gaudium et Spes, 48).

Esta es la Iglesia, la viña del Señor, la Madre fértil y la Maestra premurosa, que no tiene miedo de aremangarse las manos para derramar el aceite y el vino sobre las heridas de los hombres (Cf. Lc 10,25-37); que no mira a la humanidad desde un castillo de vidrio para juzgar y clasificar a las personas.

Esta es la Iglesia Una, Santa, Católica y compuesta de pecadores, necesitados de Su misericordia. Esta es la Iglesia, la verdadera esposa de Cristo, que busca ser fiel a su Esposo y a su doctrina. Es la Iglesia que no tiene miedo de comer y beber con las prostitutas y los publicanos (Cf. Lc 15).

La Iglesia que tiene las puertas abiertas para recibir a los necesitados, los arrepentidos y ¡no sólo a los justos o aquellos que creen ser perfectos! La Iglesia que no se avergüenza del hermano caído y no finge de no verlo, al contrario, se siente comprometida y obligada a levantarlo y a animarlo a retomar el camino y lo acompaña hacia el encuentro definitivo con su Esposo, en la Jerusalén celeste.

¡Esta es la Iglesia, nuestra Madre! Y cuando la Iglesia, en la variedad de sus carismas, se expresa en comunión, no puede equivocarse: es la belleza y la fuerza del ‘sensus fidei’, de aquel sentido sobrenatural de la fe, que viene dado por el Espíritu Santo para que, juntos, podamos todos entrar en el corazón del Evangelio y aprender a seguir a Jesús en nuestra vida, y esto no debe ser visto como motivo de confusión y malestar.

Tantos comentadores han imaginado ver una Iglesia en litigio donde una parte está contra la otra, dudando hasta del Espíritu Santo, el verdadero promotor y garante de la unidad y de la armonía en la Iglesia. El Espíritu Santo, que a lo largo de la historia ha conducido siempre la barca, a través de sus Ministros, también cuando el mar era contrario y agitado y los Ministros infieles y pecadores.

Y, como he osado decirles al inicio, era necesario vivir todo esto con tranquilidad y paz interior también, porque el sínodo se desarrolla ‘cum Petro et sub Petro’, y la presencia del Papa es garantía para todos.

Por lo tanto, la tarea del Papa es garantizar la unidad de la Iglesia; recordar a los fieles su deber de seguir fielmente el Evangelio de Cristo; recordar a los pastores que su primer deber es nutrir a la grey que el Señor les ha confiado y salir a buscar –con paternidad y misericordia y sin falsos miedos– a la oveja perdida.

Su tarea es recordar a todos que la autoridad en la Iglesia es servicio (Cf. Mc 9,33-35), como ha explicado con claridad el Papa emérito Benedicto XVI con palabras que cito textualmente: «La Iglesia está llamada y se empeña en ejercitar este tipo de autoridad que es servicio, y la ejercita no a título propio, sino en el nombre de Jesucristo… a través de los Pastores de la Iglesia, de hecho, Cristo apacienta a su grey: es Él quien la guía, la protege y la corrige, porque la ama profundamente».

«Pero el Señor Jesús, Pastor supremo de nuestras almas, ha querido que el Colegio Apostólico, hoy los Obispos, en comunión con el Sucesor de Pedro … participaran en este misión suya de cuidar al pueblo de Dios, de ser educadores de la fe, orientando, animando y sosteniendo a la comunidad cristiana, o como dice el Concilio, ‘cuidando sobre todo que cada uno de los fieles sean guiados en el Espíritu santo a vivir según el Evangelio su propia vocación, a practicar una caridad sincera y operosa y a ejercitar aquella libertad con la que Cristo nos ha librado’ (Presbyterorum Ordinis, 6)»

… «Y a través de nosotros –continua el Papa Benedicto– el Señor llega a las almas, las instruye, las custodia, las guía. San Agustín en su Comentario al Evangelio de San Juan dice: ‘Sea por lo tanto un empeño de amor apacentar la grey del Señor’ (123,5); esta es la suprema norma de conducta de los ministros de Dios, un amor incondicional, como el del buen Pastor, lleno de alegría, abierto a todos, atento a los cercanos y premuroso con los lejanos (Cf. S. Agustín, Discurso 340, 1; Discurso 46,15), delicado con los más débiles, los pequeños, los simples, los pecadores, para manifestar la infinita misericordia de Dios con las confortantes de la esperanza (Cf. Id., Carta 95,1)» (Benedicto XVI Audiencia General, miércoles, 26 de mayo de 2010).

Por lo tanto, la Iglesia es de Cristo – es su esposa – y todos los Obispos del Sucesor de Pedro tienen la tarea y el deber de custodiarla y de servirla, no como patrones sino como servidores. El Papa en este contexto no es el señor supremo, sino más bien el supremo servidor – «Il servus servorum Dei»; el garante de la obediencia , de la conformidad de la Iglesia a la voluntad de Dios, al Evangelio de Cristo y al Tradición de la Iglesia, dejando de lado todo arbitrio personal, siendo también –por voluntad de Cristo mismo– «el Pastor y Doctor supremo de todos los fieles» (Can. 749) y gozando «de la potestad ordinaria que es suprema, plena, inmediata y universal de la iglesia» (Cf. Cann. 331-334).

Queridos hermanos y hermanas, ahora todavía tenemos un año para madurar, con verdadero discernimiento espiritual, las ideas propuestas, y para encontrar soluciones concretas a las tantas dificultades e innumerables desafíos que las familias deben afrontar; para dar respuesta a tantos desánimos que circundan y sofocan a las familias; un año para trabajar sobre la «Relatio Synodi», que es el resumen fiel y claro de todo lo que fue dicho y discutido en este aula y en los círculos menores.

¡El Señor nos acompañe y nos guie en este recorrido para gloria de Su Nombre con la intercesión de la Virgen María y de San José! ¡Y por favor no se olviden de rezar por mí!».

 

 

El sínodo de la familia o “Darle a los medios lo que es de los medios y a Dios lo que es de Dios”

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(Después de escuchar la parábola de la invitación a las bodas) Se retiraron los fariseos para consultar cómo podrían entrampar a Jesús con sus propias palabras. Enviaron a varios de sus discípulos con unos herodianos para decirle:

- Maestro, sabemos que eres sincero y enseñas fielmente el camino de Dios, que contigo no va el respeto humano, porque no te fijas en la categoría de las personas. Dinos, pues, a nosotros, ¿qué te parece?: (a la luz de la Ley) ¿Es lícito dar tributo al César o no?

Pero Jesús, conociendo su mala intención, les dijo:

- ¿Por qué me tienden una trampa, hipócritas? Muéstrenme la moneda del tributo”.

Ellos le presentaron un denario.

Y El les preguntó:

- ¿De quién es esta imagen y esta inscripción?

Le respondieron:

- Del César.

Jesús les dijo:

- Devuelvan al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

Sorprendidos al oír aquello, lo dejaron allí y se mandaron a mudar (Mt 22, 15-16).

 

Contemplación

Ponemos la contemplación en el contexto del Sínodo de la Familia (y sus repercusiones en los medios). Viene justo el evangelio. Primero por la paz con que Jesús resuelve un clima de tensión creado por los que querían entramparlo. Jesús no cae en ninguna trampa que consista en discusiones de palabras. La imagen de Francisco escuchando en silencio atento y con buen humor a los padres sinodales tiene mucho de esta sabiduría.

El “Relato luego del debate” (Relatio post disceptacionem) tiene, por supuesto, un valor provisorio. La iglesia se toma sus tiempos para decir su palabra y eso hace bien en un mundo que titula espectacularmente para olvidar al día siguiente. El Relato es provisorio pero hay que valorar muchísimo que el Sínodo publique no sólo los documentos terminados y pasados por los filtros correspondientes, sino que se anime a relatarnos lo que hablaron “libremente”, como les pidió Francisco, y “escucharon con humildad”. Mostrar los diálogos y las discusiones es una señal de apertura y de humildad.

Esto de participar a la sociedad los documentos “en estado de elaboración” ya se hizo en Aparecida y la verdad es que, en un primer momento, pareció que era como “tirar perlas a los chanchos”, porque mucha gente “despedazó el documento”. Pero, paradójicamente, calmó los ánimos y evitó los trascendidos –que fulano dijo esto y mengano aquello-. La Iglesia hace oficial también lo provisorio y se puede ver lo que se dijo en el tono con que se dijo y dentro de un esquema general.

Dicho esto, fíjense cómo comienza el Relato. Ponen una homilía-oración del Papa que trasmite una paz hermosa:

En la vigilia de oración celebrada en la Plaza de San Pedro el sábado 4 de octubre de 2014 en preparación al Sínodo de la familia, el Papa Francisco ha evocado de manera simple y concreta la centralidad de la experiencia familiar en la vida de todos, expresándose así: “Cae ya la noche sobre nuestra asamblea. Es la hora en la cual gustoso se regresa a casa para reunirse en la misma mesa, en espesor de los afectos, del bien realizado y recibido, de los encuentros que calientan el corazón y lo hacen crecer, del vino bueno que anticipa en los días del hombre la fiesta sin ocaso. Es también la hora más pesada para quien se encuentra a ‘tú a tú’ con su propia soledad, en el crepúsculo amargo de los sueños y de los proyectos rotos: cuantas personas arrastran sus jornadas en el callejón sin salida de la resignación, del abandono, también del rencor; en cuantas casas se ha terminado el vino de la alegría y, por consiguiente, el sabor – la sabiduría misma – de la vida […] De unos y de otros esta noche somos sus voces con nuestra oración, una oración para todos”.

Este es el lenguaje que están intentando hablar los padres que “caminan juntos” (sínodo) en este encuentro. Francisco nos habla imaginándonos en el regreso a casa por la tarde, luego del trabajo. Nos iguala a todos los hombres del planeta en esa experiencia de familia –gustada, extrañada o sufrida- que todos revivimos al caer la tarde y recogernos en algún lugar (palacio, casa o fueguito de ranchada). Y nos hace rezar una oración para todos. La oración de Francisco tiene clima de Emaús –el regreso a casa- y el sabor a fiesta de Caná – el vino bueno- y el sabor amargo del hijo pródigo –que se encuentra “tú a tú” con la propia soledad-.

Que los relatores hayan comenzado así, es un consuelo.

Contrastemos, si es que hace falta más, este tono con el de los medios al reflejar las declaraciones de algunos personajes que hablan de decretos, de los “esto no se puede de ninguna manera”, del “vaya a saber qué querrá decir tanta imprecisión…” y de los “no vaya a ser que ahora todos los…”.

Lo que hay que olfatear (discernir) es la trampa detrás de toda declaración airada, amarga, amenazante…, por parte de unos y de toda declaración reivindicativa, burlona, caricaturesca…, por parte de otros. Aquí sirve leer en el evangelio cómo se pusieron de acuerdo fariseos y herodianos, que es como decir lefevristas y agnósticos para entrampar a Jesús, para obligarlo a definirse por alguno de sus bandos.

 

El segundo punto de la introducción consiste en corroborar que el deseo de familia sigue vivo:

No obstante las diversas señales de crisis de la institución familiar en los diversos contextos de la “aldea global”, el deseo de familia permanece vivo, especialmente entre los jóvenes, y esto motiva la necesidad de que la Iglesia anuncie sin descanso y con profunda convicción el “Evangelio de la familia” que le ha sido confiado con la revelación del amor de Dios en Jesucristo.

 

El tercer punto es de nuevo una cita de Francisco, sobre el valor que tiene dialogar sinodalmente: “Ya el “convenire in unum” alrededor del Obispo de Roma es un evento de gracia, en el cual la colegialidad episcopal se manifiesta en un camino de discernimiento espiritual y pastoral”: así el Papa Francisco ha descrito la experiencia sinodal, indicando las tareas en la doble escucha de los signos de Dios y de la historia de los hombres y en la consiguiente y única fidelidad que sigue.

 

El cuarto punto nos muestra un método antiguo y nuevo, formulado –al menos para mis oídos- de manera original. Dicen así los padres: (Primero) la escucha, para mirar la realidad de la familia hoy, en la complejidad de sus luces y de sus sombras; la mirada fija en Cristo para repensar con renovada frescura y entusiasmo cuanto la revelación, transmitida en la fe de la Iglesia, nos dice sobre la belleza y sobre la dignidad de la familia; el encuentro con el Señor Jesús para discernir los caminos con los cuales renovar la Iglesia y la sociedad en su compromiso por la familia.

 

Es una formulación muy interesante: Escuchar (escucharse entre todos y escuchar al Señor) paramirar la realidad”. No se trata de un “mirar la realidad” desde ninguna ciencia particular solamente, sino desde el diálogo atento a lo que dicen los demás. Segundo, “mirar fijamente a Cristo para poder repensar lo que nos dice el evangelio y la tradición con renovada frescura y entusiasmo. El aprecio por la revelación no está en duda, pero van más allá de los que creen que por tener la letra tienen el Espíritu. Los padres desean repensar mirando a Jesús vivo, considerando todo lo que nos reveló. Nada de “cambiar la doctrina”, como vemos. Algo mucho más desafiante: repensar su riqueza, reentusiasmarnos con su belleza. Esto contra los que creen que defender la doctrina es embalsamarla, que defender la positividad interior de una verdad viva es mantenerla en el molde de una definición marmolizada.

Por último, el encuentro con el Señor para discernir caminos. El discernimiento no es una tarea meramente intelectual sino que se hace en la cercanía y la calidez del encuentro con el Señor vivo y resucitado.

Como vemos, la introducción ya es toda una maravilla. En ese tono toda familia se puede sentir interpelada y atraída.

 

La Primera parte, la de la escucha, describe atenta y cariñosamente el contexto social y afectivo en que vive la familia hoy. Y el desafío pastoral es “dar una palabra de esperanza y sentido”. Los padres parten de la confianza en que el deseo de ser familia está vivo en medio de una sociedad con mucho egoísmo y hedonismo. Y sienten que el desafío es: “aceptar a las personas con su existencia concreta, saber sostener la búsqueda, alentar el deseo de Dios y la voluntad de sentirse plenamente parte de la Iglesia, incluso de quien ha experimentado el fracaso o se encuentra en las situaciones más desesperadas. Esto exige que la doctrina de la fe, que siempre se debe hacer conocer en sus contenidos fundamentales, vaya propuesta junto a la misericordia”.

Creo que esto tiene que ver con el “devolver a Dios lo que es de Dios”. La existencia concreta de cada persona, sostenida e incluida eclesialmente, es de Dios. Y esto exige que las verdades reveladas vayan propuestas junto con la misericordia. Jesús formulaba las cosas así: la mayor exigencia junto con la mayor misericordia. Entre estos dos polos absolutos –de vida plena puesta como deseo irresistible y de misericordia entrañable regalada con gratuidad- se mueve toda “verdad” que nos enseña Jesús.

 

La Segunda parte, nos brinda un modo de mirar. Leamos el párrafo 13:

Desde el momento en que el orden de la creación es determinado por la orientación a Cristo, es necesario distinguir sin separar los diversos grados mediante los cuales Dios comunica a la humanidad la gracia de la alianza. En razón de la ley de la gradualidad (cf. Familiaris Consortio, 34), propia de la pedagogía divina, se trata de leer en términos de continuidad y novedad la alianza nupcial, en el orden de la creación y en el de la redención.

Lo sintetizan titulando: La mirada en Jesús y la gradualidad en la historia de la salvación. De nuevo me resuenan las palabras de Jesús: devolver al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Devolver al César su tributo, con su efigie y la inscripción que alababa su divinidad, era reconocer en su realidad socio-política, la situación en que se encontraba Israel, celoso por “servir sólo a Dios” y abominando toda idolatría, pero metido en las reglas de juego del Imperio Romano. Esta “situación” que los fariseos vivían como intolerable doctrinalmente y que los saduceos vivían “negociando”, Jesús la relativiza y nos hace mirar “lo que es de Dios”. Esto es lo que trata de hacer el sínodo. La familia es de Dios. No sólo como sueño ideal y futuro, sino en sus realizaciones cotidianas de todo tipo y grado de perfección y de heridas. Mirar fijamente a Jesús y desde sus ojos contemplar cada familia y cada paso que da y en cada grado de realización, es la tarea. De allí viene “El discernimiento de los valores presentes en las familias heridas y en las situaciones irregulares”.  Y el desafío pastoral de tal mirada: De acuerdo a la mirada misericordiosa de Jesús, la Iglesia debe acompañar con atención y cuidado a sus hijos más frágiles, marcados por el amor herido y perdido, dándoles confianza y esperanza, como la luz del faro de un puerto o una antorcha llevada en medio de la gente para iluminar a aquellos que han perdido la dirección o se encuentran en medio de la tempestad.

 

La Tercera parte, que pone el acento en discernir desde el encuentro, utiliza los siguientes verbos:

Anunciar, acompañar, valorar, sanar, acoger… Son opuestos a dogmatizar, excluir, condenar, rechazar…

Los padres se concentran en mejorar sus propias actitudes de pastores antes de querer cambiar las de las familias.

La conclusión es muy clara acerca del valor que tiene este documento de trabajo:

Las reflexiones propuestas, fruto del diálogo sinodal llevado a cabo en gran libertad y en un estilo de escucha recíproca, buscan plantear cuestiones e indicar perspectivas que deberán ser maduradas y precisadas por las reflexiones de las Iglesias locales en el año que nos separa de la Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los obispos prevista para octubre de 2015. No se trata de decisiones tomadas, ni de perspectivas fáciles. Sin embargo, el camino colegial de los obispos y la implicación de todo el pueblo de Dios bajo la acción del Espíritu Santo, podrán guiarnos para encontrar vías de verdad y de misericordia para todos. Es la esperanza que desde al comienzo de nuestros trabajos el Papa Francisco nos ha dirigido invitándonos a la valentía de la fe y a la acogida humilde y honesta de la verdad en la caridad.

 

Creo que puede hacernos bien darle un espacio a este “Relato” –que mañana será otra vez reelaborado- valorando algo que se nos suele escapar: teniendo la palabra misma, escuchamos “lo que dicen los medios”. Me hace acordar a cuando estaba en el Barrio de Guadalupe y hacíamos la Novena al Señor de Mailín. Como la novena la pasaban por la FM local, una abuela me preguntó al tercer día si íbamos a terminar un poquito antes porque ella “quería escucharla por la radio”. No la convenció mucho que le dijera que la trasmitían en vivo. La radio parece que le agregaba algo a lo que hacíamos en la capilla. Y puede ser. Pero creo que tenemos que tomar conciencia de que con Francisco “estamos viviendo la vida en vivo y en directo” y muchos medios hacen ruido porque pescan que hay alguien que puede establecer contacto directo con la gente y eso los reduce a ser “simples servidores” siendo que muchos medios se han “idolatrizado”.

Así que “a darle a los medios lo que es de los medios y a Dios lo que es de Dios”.

 

Diego Fares sj

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