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Domingo 22 A 2014

Encontrar la vida

 

Jesús comenzó a anunciar a sus discípulos que debía ir a Jerusalém y sufrir mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar al tercer día.

Pedro lo llevó aparte y comenzó a reprenderlo diciendo:

-“Dios no lo permita, Señor. Eso no te sucederá a tí”.

Pero El, dándose vuelta dijo a Pedro:

- “Retírate! Ve detrás de mí, Satanás! Tú eres para mí una piedra de escándalo, porque los pensamientos con los que juzgas no son de Dios sino de los hombres”.

Entonces Jesús dijo a  sus discípulos:

- “El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, que cargue con su Cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí la encontrará. ¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma? ¿Y qué podrá dar a cambio el hombre para recobrarla? Porque el Hijo del hombre vendrá en la gloria de su Padre, rodeado de sus ángeles, y entonces pagará a cada uno de acuerdo a sus obras” (Mt 16, 21-27).

 

Contemplación

El juicio acertado, que no la chinga, es que “la vida hay que perderla por Jesús para encontrarla, porque el que trata de salvarla para sí, la perderá”.

Cada uno puede entender como quiera todo lo que entra en este salvar y perder, pero no se puede dudar que Jesús nos comparte dos elementos bien contrapuestos para trabajar nuestro juicio: o esto o lo otro.

 No puede dejar de llamar la atención la brusquedad del Señor y la dureza con que reprende a Simón Pedro, tratándolo de Satanás por el juicio con que ha juzgado. El Señor que se mostraba tan paciente con los suyos, hasta el punto de sentarlos a su alrededor, poner a un niño en medio de ellos y enseñarles que el que quiere ser el más grande debe ser el servidor de todos, aquí se muestra intolerante en grado sumo.

El punto es la Cruz y la Resurrección y en eso, el Señor que dejaba que otros hicieran milagros en su nombre aunque no fueran del grupo y que era capaz de dialogar pacientemente hasta con los escribas y fariseos, aquí, con Pedro, no negocia nada. Lo corta en seco y lo cura, diría que para siempre, no sólo a él sino a la institución del papado, de toda rebaja en cuanto a la Cruz y a la Resurrección.

Para encontrar la resurrección hay que abrazar la Cruz, cargarla y seguir igual a Jesús con ella.

Vamos entrando en tema, quizás un poco teóricamente, pero es que la cuestión son los juicios que hacemos. Y esto de los juicios que hacemos incide totalmente, no sólo en nuestra práctica sino en cómo nos sentimos. Si uno juzga que está “perdiendo su vida” y nunca escuchó lo de Jesús (que hay una manera fecunda de perder la vida, y, más aún, que si es por Él, perderla es la única opción sensata!), entonces, digo, que si uno juzga que está perdiendo su vida, lo que hará será defenderse o deprimirse, irse, cambiar, pensar más en sí, como decimos, y no tanto en los otros, y todas esas cosas que comportan juicios como ese, el de estar perdiendo “mi” vida ( como si la vida no fuera, por un lado, puro y maravilloso don, totalmente gratuito e inmerecido, y, por otro, como si no se gastará igual, aunque uno se la viviera todita solo para sí).

Escribo esto desde Mendoza, en el mismo sillón de toda la vida, juntó al ventanal que da al patiecito  de casa, y que “perdí” hace 39 años, cuando me vine a la Compañía, y la verdad es que cada vez que vengo “lo encuentro” ( y me reencuentro). En este rinconcito me sacaron la foto de primera comunión y acá seguimos celebrando las Eucaristías con mi madre. Este sillón nos sentábamos a charlar con papá…

Lo que quiero compartir, con lo del sillón, es un pequeño testimonio de que lo que perdés por Jesús es verdad que lo volvés a encontrar!  La Vida eterna espero que también, aunque me quede grande y el milagro tendrá que incluir un ensanchamiento de la tinaja para que entre ese vino nuevo. No en gordura, el ensanchamiento, sino en esa capacidad de soñar sueños mayores, que todos la tenemos pero medio apachuchada. Con Jesús reencontrás todo, hasta las monedas perdidas. El prometio pagar hasta lo que gastemos de más por ayudar al prójimo. Pero yo cuento lo del silloncito, porque la vida está hecha de cosas pequeñas.

Con Él es verdad lo de la cultura del reencuentro.

Jesús recapitula y, cuando te vas con Él y parece que te lleva lejos y que perdés todo y que, encima, se nota más la cruz porque esa sí que va con uno, resulta que, misteriosamente,  como Él recapitula todo, digo – o dice Pablo, en realidad-, a cada momento reencontrás algo o a alguien que dejaste.

Jesús ya de chico jugó a esto de perderse y ser encontrado. En la vida publica también, muchas veces desaparecía y se hacía buscar -vemos a Pedro que llega todo agitado y le dice “todos te andan buscando”- y ni hablar de su proceder una vez resucitado! Como que su pedagogía fue está de crear la confianza de que Él viene – vendrá-, y de que en cualquier momento de la vida (de una vida en salida y con la cruz bien abrazadita a cuestas) nos saldrá al encuentro.

Por eso lo levantó en pesó a Pedro. Porque con su juicio de que no hay que perder la vida nos estaba cerrando la puerta a los encuentros.

Así cómo lo único más lindo que leer es releer (Martín Descalzo), lo único más lindo que encontrar la vida es reencontrarla. Y Jesús es el caminito de todos los reencuentros de los que perdieron algo por seguirlo a Él, cuando iba de camino a servir al prójimo más pobrecito y descuidado por todos.

Diego Fares sj

Domingo 21 A 2014

Elegir la elección o “las exigencias de la gratuidad”

 profesion-feliz

 

Al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos

- ‘Qué dice la gente sobre el Hijo del hombre? Quién dicen que es?’

Ellos respondieron:

-‘Unos dicen que es Juan el Bautista, otros, Elías y otros Jeremías o alguno de los profetas’.

- ‘Y ustedes –les preguntó- ‘¿Quién dicen que soy?’

Tomando la palabra Simón Pedro respondió:

- ‘Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo’.

Y Jesús le dijo:

-‘Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre sino mi Padre que está en el cielo.

Y Yo te digo: Tú eres Pedro y sobre esta Piedra edificaré mi Iglesia,

y el poder de la muerte no prevalecerá sobre ella.

Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos.

Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo’

Entonces ordenó severamente a sus discípulos que no dijeran a nadie que él era el Mesías” (Mt 16, 13-20).

 

Contemplación

Podemos comenzar con una pregunta: ¿Por qué Jesús quiere saber quién es él para los demás?

Hay una frase que se repite en el evangelio y que puede ayudarnos a responder esta pregunta. La frase es “muchos son llamados pero pocos elegidos”. En la misa del jueves pasado se me aclaró de la siguiente manera: tanto el llamado como la elección son gracias. Lo que tienen de distinto es que el llamado –la vocación- la hace Jesús; la elección, en cambio, la hacemos juntos. Si a uno lo llaman uno siempre algo responde, pero cuando le dicen que lo han elegido para una misión uno tiene que elegir, no basta con que nos digan “has sido elegido”. Es como esos anuncios que aparecen en internet: Ud. es el ganador de un Ipad. El cartel aparece llamativamente, pero uno no da el click así nomás.

Esto venía a cuento de la parábola de los invitados al banquete: como no vienen los primeros, el Señor llama a los más pobres y estos sí acuden. Hay uno que no se pone el vestido de fiesta y es echado afuera. Parece exagerado ¿no? “Si es un pobre, ¿cómo le van a exigir que se ponga un vestido de fiesta? Aunque sea gratis, los pobres no tienen costumbre de vestirse bien…”.

Ponerse el vestido es señal de que uno elige la elección y se pone a la altura de la fiesta. Todo es gratuito, pero la gratuidad también tiene sus exigencias –paradójicamente-.

Las exigencias de la gratuidad son las de las bienaventuranzas:

hay que elegir andar feliz -con vestido de fiesta- en la pobreza y en las persecuciones. Se elige andar perfumado y no poniendo cara de que uno ayuna. Se elige quiere decir que no es obligación: las bienaventuranzas son consejos, no mandamientos, como siempre nos recordaba el Maestro Fiorito sj.

Cuando escuchamos “felices los pobres porque de ellos es el reino de los cielos, uno puede escuchar: si elijo la pobreza Jesús me promete la felicidad del reino de los cielos. Pero también uno puede escuchar: si elijo la felicidad que tiene la pobreza será mío el reino de los cielos. ¿Qué felicidad tiene la pobreza? Tiene varias, quizás la mayor es que las pobrezas transitorias y comparativas son como un reflejo de la pobreza de fondo que es “no poseer la vida sino estar recibiéndola a cada instante como don”. Sentir esta pobreza existencial nos hace sentir la Mano del Padre que no sostiene y sabe bien lo que necesitamos.

Cuando escuchamos “felices los que lloran porque serán consolados” podemos escuchar: si me banco tener que llorar ahora, Jesús me promete que después me consolará. Pero también podemos escuchar: Si elijo la felicidad de llorar experimentaré la consolación. ¿Qué tiene de felicidad llorar? Cuando uno llora de verdad se da cuenta de que es una gracia poder llorar bien algunas tragedias, algunas desgracias. Sólo cuando uno puede llorar se siente digno de esas situaciones. Cualquier otra expresión no alcanza. Pero llantos hay muchos y no todos son de pena. Ayer en el tren una mamá con HIV pedía cinco centavitos para darles la leche a sus dos hijitos. El más grande la ayudaba a repartir tarjetitas y Benicio, el más pequeño lloraba y quería estar en brazos. Le di una limosna grande arrugando el billete para que no se viera y ella lo recibió sin mirar y dio dos pasos con su hijo en brazos. Entonces miró el billete y giró la cabeza con mucho ímpetu y una sonrisa de la que comenzó a brotar una lágrima y me hizo saltar una lágrima a mí. Siguió dos pasos más y me miró de nuevo y lloramos juntos un breve instante sin que nadie más se diera cuenta. Se me desdibuja la cara y me queda la imagen de conjunto de mamá gorda con sus hijitos algo desarrapados, pero la lágrima que nos brotó al unísono no se me olvidará más. Y elijo esa felicidad de llorar de consolación junto con otro.

 

La elección es de la alegría de llorar con Cristo que llora. Se nos brinda la oportunidad de elegir la alegría de la pobreza con Cristo pobre. Uno no elige las humillaciones y la pobreza por sí mismas, sino que elige andar en ellas como Jesús anduvo: sin perder la paz ni la alegría.

Es lo de Hurtado: contento, Señor contento. No conmigo mismo ni con las situaciones conflictivas y duras de la vida. Contento con Vos, aceptando lo que venga vestido de fiesta.

 

La pregunta del Señor a los discípulos apunta a consolidar el llamado mediante la confesión de fe. Creer en alguien, adherirse a su persona y confiar es elegirlo.

Y sobre esa elección trabaja el Señor.

Cuando Simón Pedro confiesa: “Tú eres el Cristo, el Hijo el Dios Vivo”, el Señor lo reviste no sólo con el ministerio petrino, sino con la felicidad del ministrio petrino: Feliz de ti, Simón! Y le da la alegría de tener las llaves del Reino y el gozo de poder atar y desatar, es decir, la alegría de resolver todos los conflictos en el Amor de Cristo y de aunar todo lo bueno en ese mismo Amor.

 

A lo que voy es a que el Señor trabaja en dos tiempos –el del llamado, atrayendo con su Palabra y su Bondad, y el de la elección, invitándonos a participar libremente, eligiendo “apacentar a sus ovejas como las apacienta él” e “imitando su estilo de vida, de oración y de servicio”.

Para este segundo tiempo –el de la elección- el Señor necesita definiciones precisas: quién soy Yo para vos. Esto es algo muy humano. Cuando uno quiere dar un paso más en una relación, se impone definir claramente si la pareja va a convertirse en un matrimonio, si una tarea se va a convertir en una relación laboral…, y también si una ayuda voluntaria se va a institucionalizar. El bien es siempre concreto –si no no es bien- y necesita concretarse, definirse, limitarse…, para poder crecer y expandirse.

 

Quién decís que soy yo. El Cristo, el Hijo del Dios vivo. Y vos sos Pedro para mí y para tus hermanos.

Todos somos “piedra” en Pedro: podemos convertirnos en alegres cimientos para sostener la construcción común o en patéticos elementos arrojadizos para herir a los demás.

Todos tenemos nuestra “llave del reino” en Pedro: podemos ser alegres abridores de puertas y caminos para incluir a todos o gruñones cerradores de puertas en lo que vendría a ser nuestro espacio privado de control.

Todos somos cuerdas en Pedro: podemos ser alegres desatanudos como la Virgen y alegres anudadores de buenas alianzas o tristes enmarañadores de situaciones y distraídos que dejan pasar oportunidades.

Cada uno elige la elección, y esto cada día, porque las dos puntas son libres. La del Señor es inamovible, su alianza es fiel. La nuestra la tenemos que ir renovando con su gracia cada día.

…………..

En El Hogar estamos haciendo jornadas por áreas en las que reflexionamos acerca de nuestra misión: cómo fue que vinimos al Hogar y por qué seguimos, si conocemos bien cuál es la misión del Hogar y si sentimos que nuestra pequeña tarea contribuye al programa integral…

Me encantó oír cómo todos respondimos que habíamos llegado “llamados por otro” y que “seguíamos eligiendo venir cada día”. Salió muy espontáneo y ahora que lo reflexiono veo la profundidad que tiene, y cómo el evangelio es real en nuestro presente. Como que en la misión es muy claro que uno es llamado y luego tiene que elegir cada vez y  también que da gusto reelegir lo que se ama.

 

En la pregunta sobre si conocemos la misión, en general todos respondimos que sí y alguno dijo que las definiciones no alcanzan. Lo cual es verdad, agrego yo, si uno mira al futuro y a todo lo que se puede hacer, pero es importante tener bien definida la misión para que desde allí se aclaren perfectamente los roles y se puedan “anudar” las distintas capacidades de cada uno y “desatar” los conflictos.

 

En nuestra definición decimos que “La misión que se ha propuesto el Hogar consiste en acoger a hombres mayores de edad que se hallan en situación de calle o en extrema pobreza contribuyendo a satisfacer algunas de sus necesidades de supervivencia mientras se les brinda la oportunidad de participar en experiencias de crecimiento humano orientadas hacia su promoción social”.

 

Como ven, las tres cosas son importantes: Acoger, contribuir a satisfacer algunas necesidades, brindar la oportunidad de participar. Este última va en la línea de elegir la elección y de tratar al otro como un par: él tiene que ponerse el vestido de fiesta (de la amabilidad y las ganas de participar), él tiene que decir “quiénes somos para él, en qué le hacemos bien y en qué le hacemos mal” (cuando con nuestras acciones no los ayudamos a asumir su responsabilidad).

 

Así como en lo médico uno, por más que sea pobre, no se resigna a un diagnóstico apurado ni considera burocrático todo el tiempo que lleva hacerse los análisis para tener bien definidos los números que indican su estado de salud real antes de iniciar un tratamiento, de la misma manera, en lo social, se requiere un diagnóstico preciso tanto de la situación de las personas como de lo que una institución debe y puede brindar bien. Una cosa es dar limosna en la calle y otra en un Hogar que, si quiere ser para todos, tiene que ser justo, lo cual implica definir bien la misión. Y la misión tiene dos voces: quién soy yo para vos y quién sos vos para mí. Eso sí, el “yo” de los misionados es un “yo comunitario”, institucional, eclesial, no un yo individualista. No tienen sentido las posiciones individualistas en una institución. Por eso lo de la elección. No es que uno piense siempre lo mismo, es más, es bueno que haya diferentes miradas. Pero a la hora de salir uno elige la posición común, la defiende y la sostiene, mientras la va trabajando internamente.

 

Diego Fares sj

 

 

 

 

Domingo 20 A 2014

 

Las fronteras del desear e insistir, del adorar e imaginar

Palaestina-Mauer-2011

 

Jesús partió de Genesaret y se retiró al país de Tiro y Sidón.

Entonces una mujer siro-fenicia, saliendo de aquella región fronteriza, comenzó a gritar:

- “Apiádate de mí, Señor! Hijo de David: mi hija está malamente atormentada por un demonio”.

Pero El no le respondió nada.

Sus discípulos se acercaron y le pidieron:

- “Señor, despídela (dale lo que pide) que nos persigue con sus gritos”.

Jesús respondió:

- “Yo he sido enviado solamente a las ovejas perdidas del pueblo de Israel”.

Pero la mujer fue a postrarse ante El y, adorándolo, le dijo:

- “Señor, ¡socórreme!”.

Jesús le dijo:

- “No es lindo (no queda bien) tomar el pan de los hijos para tirárselo a los cachorritos”.

Ella respondió:

- “¡Pero sí, Señor! Los cachorritos comen las migas que caen de la mesa de sus dueños”.

Entonces Jesús le dijo:

- “¡Oh Mujer!, ¡qué grande es tu fe! Hágase como deseas”.

Y en ese momento su hija quedó sana (Mt 15, 21-28).

 

Contemplación

El encuentro con la mujer siro-fenicia es un encuentro en la frontera, de esos de los que habla Francisco. “Oríon” significa frontera, región vecina.

Pero no sólo se trata de una frontera geográfica sino que el evangelio muestra todas las fronteras existenciales: la religiosa, la cultural, la política. Y de última, el diálogo se da en la frontera entre la compasión y el sacarse de encima un problema, y entre la religión como costumbres culturales y la fe limpia y jugada en Jesús que pasa por nuestra vida.

 

Jesús y la mujer tienen algo en común: los dos “salen” de sus lugares acostumbrados. El Señor partió de Genesaret y la mujer salió de su comarca al encuentro de Jesús. No sabemos cómo se habrá enterado de que pasaba y de quién era, pero se ve que estaba atenta a todo, buscando solucionar el problema de su hija. Era una de esas madres del dolor que no se resignan a las enfermedades, adicciones, desapariciones y endemoniamientos de sus hijos. A primera vista parece algo primitivo decir: “mi hija está malamente atormentada por un demonio”. Sin embargo ¿no es más desalentador decir “mi hija tiene una adicción de la cual las estadísticas dicen que el 70% por ciento que se recupera, reincide”. Culpar a un demonio es situar el problema en el ámbito de la libertad. En algún lado una libertad (demoníaca) influyó en la libertad de mi hija. Por eso la mujer apela líbremente a la libertad de Jesús. Plantear los problemas desde esta realidad última –la libertad- hace que se modifiquen todos nuestros comportamientos. Es salir del terreno del azar y del determinismo (que son tan incomprobables como la libertad si pensamos a nivel cósmico, pero a escala humana, uno experimenta lo bien que hace actuar líbremente y apelar a la libertad del otro).

 

Los discípulos tratan de poner un límite a la situación incómoda: dale lo que pide para que no nos siga con sus gritos. Andan al lado de Jesús y deben sentirse ocupados en cosas importantes porque viven lo de la mujer no como un drama digno de compasión sino como una molestia. En algo se parecen a los sacerdotes de las sinagogas que le decían a la gente que viniera a curarse otro día y no en sábado. Esta frontera entre la legalidad y el caso excepcional está siempre presente en nuestra vida cristiana y aquí es donde debemos recurrir al discernimiento espiritual, al consejo de otros y al diálogo para ver bien qué hacer.

 

Y Jesús, como para no ser menos, marca otro límite, ante el cual ellos se detienen: es un límite religioso, él ha sido enviado sólo para las ovejas perdidas del pueblo de Israel, no para esta extranjera (sin embargo el sólo hecho de mencionar a las ovejas perdidas abre una puertita a la esperanza). Me resulta simpática esta ironía del Señor. Digo ironía porque al hablar él de esta frontera que no puede traspasar los discípulos habrán asentido, como diciendo: “acá tenemos una frontera marcada por el mismo Señor”. Su pensamiento moldeado en la ley que se fraccionaba en incontables preceptos, se alimentaba de este tipo de formulaciones y, en cambio, las actitudes inesperadas del Maestro los ponían inseguros. De allí vienen las preguntas de “cuántas veces hay que perdonar” y otras similares.

 

La mujer traspasa todos los límites porque está verdaderamente desesperada por el demonio que atormenta a su hija. Vaya a saber qué le pasaba a la hija y cuántos años tenía, todo eso queda en el misterio. A nosotros sólo se nos da a ver, por la decisión de la mujer, que le iba la vida de su familia en este problema.

 

Traspasa todas las fronteras… y a Jesús le encanta, al punto de exclamar admirado: “¡Mujer, qué grande es tu fe!” y traspasar esa frontera tan poco franqueada de salir del propio deseo y hacer que se cumpla el de otro.

 

Sigamos los pasos. La primera frontera es la de “no responder” a los gritos. Esto les resulta insoportable a los discípulos y en cambio a la mujer la lleva a más: fue a postrarse y adorándolo le dijo: Señor socórreme. Este adorar (proskunein = arrodillarse y bajar la cabeza delante de otro) es infalible para atraer la compasión de Jesús. Hay dos formas de pedir: una como empujando para mover y la otra como capitulando para atraer. Esta última es más infalible. No es el mangueo directo sino el mostrar la necesidad y ponerse a merced de la bondad del otro. Francisco cuenta que él reza “capitulando ante Dios”. No es un ofrecerse activamente sino un despojarse de todo y quedar a merced del otro.

 

El Señor, al ver esta oración tan radical y necesitada, la prueba con un refrán. Es una manera de sacarla de su postración y hacerle activar su imaginación. El Señor, una vez que la ve “adoradora”, apela a su “libertad e imaginación”. Y ella responde con ingenio: no se amilana ni se muestra perpleja o resentida, percibe la bondad de Jesús y en todo lo que hace y dice capta una oportunidad para crecer.

El refrán pone sobre el tapete la relación cultural y religiosa que existe entre ellos y el Señor de alguna manera le pregunta si está dispuesta a traspasarla para relacionarse directamente con él. Imaginemos que hoy le dijera a alguien: “pero no está permitido comulgar”, como si uno dijera: “la eucaristía es pan para los hijos y no para los ilegales” (lo cual es menos fuerte que decir los perros o los cachorros, pero en el fondo es lo mismo, aunque más elegante). Y la mujer se las ingenia para traspasar esa frontera formal y cultural apelando a la vida familiar, donde los cachorritos comen las miguitas que les tiran los chicos.

 

Y el Señor exclama: Qué grande es tu fe, mujer. Nosotros (y quizás los discípulos) usaríamos otros adjetivos: qué pesada, qué indiscreta, qué viva. Pero no sé si somos capaces de ver “fe grande” en estos gestos y retruques.

En qué ve Jesús una “mega Fe” (megale, dice el griego). ¿Cuáles son los pasos en que esa fe se agranda o despliega su agrandamiento?

Yo señalaría primero, es una fe que nace de un deseo auténtico: que su hija se libere del tormento del mal espíritu es un deseo real. Un demonio es un mal absoluto y no hay resignación ni negocio con su accionar.

Conectarnos con nuestros deseos más auténticos, los de los bienes verdaderos y que son buenos por sí mismos es la base para actuar con fe, con confianza de que lo que hacemos es legítimo y vale la pena. Por eso el Señor le bendice su deseo: que se haga como deseas. Le reconoce autenticidad y se sitúa en esa misma línea, de lo más humano. No le hace un milagro desde afuera.

El segundo paso de agrandamiento de la fe consiste en la insistencia. Parece que al Señor y al Padre le gusta que les insistamos. No por hacerse rogar sino porque hace crecer nuestra fe.

El tercer paso es la adoración, este capitular ente Dios, esta ponerse totalmente en sus manos. Jesús lo llevará a su culmen en la Cruz.

El cuarto paso es ser creativos. La fe necesita expresiones imaginativas, que la reafirmen y la expresen, que traspasen lo habitual y ya trillado.

Y por último, el hacerse cargo de los deseos profundos. Toda una tarea habrá tenido que comenzar esa mujer con su hija sanada, como el Padre con el hijo pródigo que volvió.

Desear, insistir, adorar, imaginar y hacerse cargo de lo deseado, todos pasos de salida a las fronteras en los que se agranda la fe y recibimos la felicitación de Jesús.

En el día de la Asunción, podemos ver en la Cananea una imagen de nuestra Señora, cuya fe también es una Mega Fe, que se agranda de plenitud en plenitud.

En el “hágase” de María está todo. Ella misma se dice lo que Jesús le dice a la Cananea. Hágase en mí, lo que dice tu Palabra, y la Palabra dice: hágase lo que deseas. Hagan todo lo que Él les diga, es el consejo de María a los servidores de Caná y a todos nosotros. En estos “hágase” confiados y plenos crece la fe. Esa fe que nos sana y que alegra el corazón. Esa fe que se vuelve activa por la caridad.

 

Diego Fares sj

Domingo 19 A 2014

Para atraer al Espíritu

 Jesús en soledad

 

Después que se sació la multitud, Jesús obligó a los discípulos que subieran a la barca y pasaran antes que él a la otra orilla, mientras él despedía a la multitud. Después, subió a la montaña para orar a solas. Y al atardecer, todavía estaba allí, solo.

La barca ya estaba muy lejos de la costa, sacudida por las olas, porque tenían viento en contra. A la madrugada, Jesús fue hacia ellos, caminando sobre el mar. Los discípulos, al verlo caminar sobre el mar, se asustaron.

«Es un fantasma,» dijeron, y llenos de temor se pusieron a gritar.

Pero Jesús les dijo:

«Cálmense (tengan coraje, ánimo, calma) soy Yo; no teman.»

Entonces Pedro le respondió:

«Señor, si eres tú, mándame ir a tu encuentro sobre el agua.»

«Ven,» le dijo Jesús. Y Pedro, bajando de la barca, comenzó a caminar sobre el agua en dirección a él. Pero, al ver la violencia del viento, tuvo miedo, y como empezaba a hundirse, gritó:

«Señor, sálvame.»

En seguida, Jesús le tendió la mano y lo sostuvo, mientras le decía:

«Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?».

En cuanto subieron a la barca, el viento se calmó.

Los que estaban en ella se postraron ante él, diciendo:

«Verdaderamente, tú eres el Hijo de Dios» (Mateo 14, 22-33).

 

Contemplación

Jesús solo. Subió al monte para orar a solas y al atardecer todavía estaba allí, solo. Y siguió solo hasta la madrugada, en que fue hacia los discípulos caminando sobre el mar, en medio de la tormenta.

Leo hoy este evangelio de “La tempestad calmada” y de “Pedro que camina sobre las aguas” y me llama la atención algo anterior: el deseo de Jesús de estar a solas.

En realidad ese había sido su deseo original luego de la muerte de Juan el Bautista. Mateo dice que “Al oír la noticia Jesús, se apartó de allí, él solo, en una barca a un lugar desierto (Mt 14, 13).

 

Jesús quería rezar a solas la muerte de su amigo y precursor.

 

Lo que pasó fue que la gente supo a dónde iba y lo siguió a pie desde las ciudades.

 

Y al ver a la gente, Jesús se compadeció y por eso pospuso su soledad y su oración para curar a los enfermos y compartir los panes.

Así lo hizo, pero apenas pudo se volvió a quedar solo.

 

Muchas veces en el Evangelio se nos narra cómo el Señor buscaba esta soledad. Levantándose temprano se iba solo al monte para  en la que se encuentra más plenamente con el Padre: El que me envió, está conmigo; no me ha dejado solo el Padre, porque yo hago siempre lo que le agrada” (Jn 8, 29). “La hora viene, y ha venido ya, en que serán dispersados cada uno por su lado y me dejarán solo; pero no estoy solo, porque el Padre está conmigo” (Jn 16, 32).

 

La soledad de Jesús es, pues, una soledad acompañada, una soledad de la gente –deseada, postergada por el servicio y recuperada- para estar con el Padre, hablando con Él de sus hijos, especialmente de los que más sufren y de los más pequeños del Reino que necesitan ayuda en sus tormentas y para apoyarse en Dios, como Pedro sobre las aguas.

 

Llegado a este punto, de una soledad cuyo deseo no se ve perturbado por el ir y venir de los rostros y de los requerimientos de la gente, sentí que la soledad de Jesús tiene que ver con el Espíritu.

 

Buscando en el evangelio, en las cartas de Pablo y en las oraciones al Espíritu, me quedé con la invocación que le hacemos como “dulce Huésped del alma”. La soledad es para recibir bien a este Huésped Espiritual, que nos trae consigo también al Padre como Abba y a Jesús como Señor.

Y pensaba que para recibir bien a un huésped se requiere cierta soledad.

 

En el Hogar, mi oficinita recibe el  sol de frente y no se ve bien desde afuera, por lo cual la gente – en especial la Hna Juliana-, tiene que pispiar un poco, acercando la nariz al vidrio y cubriéndose la cara con una mano. Si ven que estoy con gente no entran o sólo saludan. Y si me ven ocupado, hablando por teléfono o escribiendo, tampoco. Imagino que el Espíritu hace lo mismo, pero como es más discreto, a veces de adentro no nos damos cuenta de que está pispiando para ver si es oportuno entrar (o hacer notar su presencia, ya que por el Bautismo, habita con derecho propio en nuestra interioridad). Lo que quiero decir es que no solo hay que estar solo para que el Otro toque la puerta sino que hay que parecerlo.

Siempre recuerdo al padre Cullen, solito largas horas en su confesionario, cosiendo fútboles viejos o con un diccionario chino enorme (que yo heredé y que da miedo sólo abrirlo porque uno ve la inmensidad de una lengua que nos resulta tan misteriosa). Una vez le pregunté para qué cosía los fulbos si ya venían desechables y sin cámara y más baratos… y él sonriendo me compartió su secreto (tenía muchos de estos secretos apostólicos, como yo les llamo), me dijo que eran un anzuelo, para que la gente pensara: este cura viejo está al cuete y no tiene nada que hacer con esos diccionarios chinos y esos gajos de cuero, me voy a arrimar a charlar un rato. “Y entonces yo los confieso casi sin que se den cuenta”, decía Cu con picardía.

Parecer solo…

Por ahí me gusta esto de tirarle un anzuelo al Espíritu y quedarnos un rato “como si no tuviéramos nada que hacer”, en vez de parecer siempre ocupados. Por ahí pica y golpea la puerta y se queda un rato.

Imagino así la soledad del Señor en la montaña, como una especie de pararrayos de intensidad infinita atrayendo al Espíritu del Padre, con toda su fuerza de cable a tierra –que se volverá irresistible en la Cruz-, para que venga a este mundo que tanta sed tiene de su Luz y de su Misericordia entrañable.

 

Pedimos la gracia de ser como la gente, que aprovechaba que lo veía al Señor solo y se le acercaba para contarle sus cosas y pedirle que los curara y que los evangelizara con sus parábolas.

 

Y también para imitarlo en esto de “quedarnos a solas un rato” por si tiene ganas de venir el Espíritu.

Sería como un preámbulo antes de la oración. Para no sentir que uno tiene que “entrar directamente a rezar”, cosa que a veces cuesta.

Más bien se trata de hacer una pausa y expresarle al Espíritu: ahora me quedo un ratito a solas por si tenés ganas de venir a mí. A ver si te atrae que alguien tan insignificante como yo, deje las cosas un ratito y se ponga a disposición, por si te agrada hospedarte unos instantes en mi pobre alma, siendo que tanta gente anda tan ocupada y no se conecta con Vos y con tu gracia. Como un pobrecito te mendigo un rayito de tu luz, una gota de tu agua viva, un momento de tu Presencia, por si me querés honrar con tan grata compañía…

Y así, cada uno puede quedarse un momento a solas –en medio de lo que sea que está haciendo- y hablarle al Espíritu para atraer su atención.

 

Diego Fares sj

 

 

 

 

 

 

 

Domingo 18 A 2014

Los aforismos viscerales de Francisco

berni

“Berni es el Dostoievski argentino, un experto en humanidad, que sabe plasmar esa humanidad. Tienen que ver los ojos de los chicos que pinta Berni. Son ojos tristes sufridos”

(Papa Francisco)

 

 

Jesús se alejó en una barca a un lugar desierto para estar a solas.

Apenas lo supo la gente, dejó las ciudades y lo siguió a pie.

Al salir de la barca, Jesús vio toda esa gente

y se le enterneció con ellos el corazón

y se puso a curar a sus enfermos.

Al atardecer, los discípulos se acercaron y le dijeron:

‘Este es un lugar desierto y ya se hace tarde, despide a la gente para que vaya a las ciudades a comprarse alimentos’.

Pero Jesús les dijo:

‘No necesitan ir, denles ustedes de comer’.

Ellos le respondieron:

‘Aquí no tenemos nada más que cinco panes y dos pescados’.

‘Traiganmelos aquí’, les dijo.

Y después de ordenar a la gente que se sentara sobre el pasto,

tomó los cinco panes y los dos pescados,

y levantando los ojos al cielo,

pronunció la bendición, partió los panes,

los dio a sus discípulos y ellos los distribuyeron entre la multitud.

Todos comieron hasta saciarse

y con los pedazos que sobraron se llenaron doce canastas.

Los que comieron fueron unos cinco mil hombres,

sin contar las mujeres y los niños” (Mt 14, 13-21).

 

Contemplación

 

Dice un autor: “El evangelio de Mateo es un drama sobre la venida del Reino de los cielos: luego de exponer el  Misterio del reino en parábolas, Mateo presenta ahora las Primicias del reino y nos va dando un esbozo de la vida de la Iglesia, que comienza con la primera multiplicación de los panes”.

Me gustó esto de que “la vida de la iglesia comienza con la primera multiplicación de los panes”. Aunque en realidad, si somos justos, podemos decir que la vida de la Iglesia comienza con ese “enternecimiento visceral del corazón de Jesús” al ver a la gente como “fragmentada, como ovejas sin pastor”. Contarles sus parábolas del reino, curar a los enfermos y compartir con ellos su pan, son expresiones de esa ternura que siente Jesús y que lo lleva a hacer de la multitud anónima un pueblo fiel, una comunidad: la Iglesia.

El griego “Splagnizomai” es muy gráfico, significa “entrañas”. Más aún, “splagna” son todas las partes internas del animal –corazón, higado, riñones, chinchulines…, hablando en criollo,  las achuras- que, cuando se sacrificaba un animal, se apartaban para el asadito de los que hacían el sacrificio.

Esta compasión y enternecimiento se traduce también como “gran afecto” (y aquí entra Ignacio, con sus Ejercicios para afectarnos bien a Jesús y desafectarnos de todo lo que nos impide ser sus compañeros).

En el lenguaje coloquial siempre se han utilizado estas “achuras” para expresar que los sentimientos humanos más verdaderos, en el sentido de más básicos, repercuten no sólo en la mente y en el corazón sino que “hay cosas que nos revientan el hígado”, hay “gente que es del riñón de alguien importante” y hay situaciones terribles que “nos revuelven las tripas” o nos hacen sentir “una compasión entrañable”.

En Jesús, no sólo su corazón es digno de veneración sino todo en él. El evangelio suele ser bien explícito, como cuando Jesús cura al mudo con su saliva o le mete el dedo en las orejas al sordo. Y si no nos basta, qué más explícito que decir que nos salvó “derramando su sangre como un corderito degollado” y que “su cuerpo es verdadera comida”.

Por eso, este sentimiento ante las multitudes, en el que el Señor pone en juego todas sus pasiones más básicas es, creo yo, algo que anda necesitando nuestra época.

No bastan la mente y el corazón “limpios” para contemplar a “toda esa gente” que sufre en los bombardeos de Gaza, en los aeropuertos donde debían llegar los aviones que fueron derribados o sufrieron un desperfecto, toda esa gente que se amontona en las barcazas que llegan a Lampedusa, toda esa gente que sufre el virus de Ebola en Guinea, Sierra Leona y Liberia. Si uno pone en Google “fotografiando la condición humana”, verá fotos que apelan a una mirada como la de Jesús: llena de compasión entrañable. Ninguna otra mirada puede bastar para “ver” realmente lo que sufre la gente.

No sé si me explico. Lo que quiero decir es que Jesús no sólo es necesario para adorar al Padre sino que se ha vuelto imprescindible para “mirar a la humanidad”.

Ni siquiera digo para comenzar a ayudar, a hacer algo, sino simplemente para mirar. Sin Jesús “no hay mirada” que vea lo que le pasa a la gente.

Si se animan miren los rostros de ese sitio que puse y díganme quién puede responder al grito del inmigrante de la foto 8 o a los gestos de los refugiados de la foto 7. Sin Jesús, cada uno sólo puede ver “sus muertos”, “sus heridos” y a veces ni siquiera, porque si mira al lado puede que pierda su porción de ayuda humanitaria o su lugar en el tren de los niños de México. Sin Jesús nos vamos volviendo miopes y sólo nos vemos a nosotros mismos.

Cuando digo “la mirada compasiva de Jesús” estoy diciendo dos cosas: que necesitamos no solo los ojos y el corazón humano de Dios sino también sus entrañas, su hígado y sus riñones, para que nos indignemos como se indigna Él y no como nos indignamos nosotros, que desencadenamos más violencia. Necesitamos las entrañas de Jesús, su amor visceral, pero con vísceras que convierten todo su ser en alimento pacificador y no en rabia. Necesitamos toda la sangre derramada del Señor, derramada para el perdón de los pecados y no para la venganza furiosa y destructiva.

Hay un aspecto del Cuerpo de Cristo que es bueno para los tiempos de paz y de armonía en la humanidad. En esos tiempos el Cuerpo del Señor se convierte en hermosos templos, en música y en alabanzas, en ceremonias que expresan lo mejor de la comunidad reunida como para una fiesta de bodas. Todo eso es lo hermoso del cuerpo de Cristo y hace que la Iglesia se vista como una Novia con sus joyas y que disfrutemos del Banquete con vino de calidad como en Caná.

Pero hay otro aspecto del Cuerpo de Jesús que nos habla de Cruz y no de Fiesta, de sangre y no de vino, de pan comido multitudinariamente a la intemperie y no de cena íntima entre amigos.

Lo que quiero expresar es que hay una Liturgia que se da en las periferias existenciales, como dice Francisco, y ahí hay que revestirse no con albas y casullas de fiesta sino con delantales de cocina y de quirófano y hay que rezar para purificar no sólo el corazón sino más bien los riñones y el hígado y las entrañas. Porque eso es lo que necesitamos de Jesús, para indignarnos bien, para enojarnos bien, para conmovernos bien. Estos órganos expresan lo más humano nuestro y lo menos “universal”, por eso necesitan ser “evangelizados”, para que nuestra indignación sea la de Jesús y no la que nos hace mostrar la hilacha y excedernos en algunos puntos más sensibles para cada uno dejando pasar otros sensibles para los demás.

Si le sacamos un poco más el jugo a la metáfora del asado diríamos que si el desafío es salir a evangelizar las “achuras” de la humanidad, en la Iglesia no podemos perder tiempo discutiendo si el bife de lomo lo queremos cocido o a punto. La gente necesita a Jesús para que le cure a sus enfermos y le perdone sus pecados. Pero para que cure las enfermedades y los pecados graves, no para que haga tratamientos estéticos o mitigue escrúpulos.

Necesitamos que nos cure ese odio que envenena nuestros riñones y lleva a arrojar bombas sobre civiles inocentes, necesitamos que nos haga un transplante de entrañas a ese sistema financiero que no las tiene, literalmente, y que amontona la plata en bolsas virtuales cuando debería ir destinada a un pancito para los que tienen hambre y a un remedio para los que están enfermos, necesitamos que cure la corrupción que desvía dineros públicos y se traduce en vida de mala calidad para la gente.

La imagen de Francisco, del mundo como un hospital de campaña, la tenemos que incorporar de modo tal que se traduzca en comportamientos cristianos no sólo concretos sino “viscerales”,  que él mismo nos explicita cada día.

Entre las prioridades yo pondría, en primer lugar, una que es “evangelizadora” y que formularía así:

“Anunciar el evangelio de manera que todos entiendan (y se alegren con la alegría del evangelio)”. A este entendimiento pleno apuntan su testimonio y sus gestos, junto con sus palabras.

A nivel mundial, lo visceral de la paz es “rezar sin discutir” y “convenir en que es insoportable la guerra”.

Rezaremos con los dos (Shimon Perez y Mahmud Abbas). Rezar sin llevar a cabo discusiones de ningún tipo es importante, ayuda. Después, cada uno vuelve a su casa. Habrá un rabino, un musulmán y yo”.

Construir la paz es trabajoso pero vivir en guerra es insoportable”.

 

A nivel político-económico, lo visceral es incluir a todos. Todos sin excepción, sin sobrantes.

En relaciones con los ortodoxos, lo visceral está en hacer la unidad en la calle, caminando juntos”. “Con Bartolomé hemos hablado de la unidad que se construye caminando; no podremos construir la unidad en un congreso de teología.

 

En relación con la misericordia todo lo que nos dice Francisco es visceral: “Dios no se cansa nunca de perdonar”. “Dejémonos envolver por la misericordia de Dios; confiemos en su paciencia que siempre nos concede tiempo; tengamos el valor de volver a su casa, de habitar en las heridas de su amor dejando que Él nos ame, de encontrar su misericordia en los sacramentos”.

 

En el asunto del abuso de menores fue contundente: es como una misa negra. “Un sacerdote que hace esto traiciona el cuerpo del Señor porque este sacerdote debe llevar a este niño o a esta niña, a la santidad; los niños confían en ellos y en vez de llevarlos a la santidad, abusan de ellos. Es gravísimo. Es como una misa negra: tú tienes que llevarlo a la santidad y lo llevas a un problema que le va a durar toda su vida”.

 

En lo de los divorciados vueltos a casar, lo visceral está en profundizar, en no banalizar el problema: “No me ha gustado que muchas personas, incluso dentro de la Iglesia, hayan dicho: el Sínodo será para dar la comunión a los divorciados que se han vuelto a casar; como si todo se redujese a una casuística: ¿Se podrá o no dar la comunión?… Sabemos que la familia hoy está en crisis, es una crisis mundial, los jóvenes no quieren casarse, o conviven, el matrimonio está en crisis y también la familia”.

 

Y así con todo…

Son los “aforismos viscerales de Francisco”, palabras que hieren con amor el corazón. Las palabras de Francisco son verdaderamente panes –los cinco pancitos- que alimentan, que crean cercanía entre todos y nos dan aire de familia. Son palabras que nos hacen Iglesia, pueblo de Dios, lugar donde cada uno puede sentirse incluido “visceralmente” y no sólo más o mejos o de manera puramente formal. Y esa es la respuesta a las inmensas necesidades y deseos de la humanidad hoy.

Diego Fares sj

Domingo 17 A 2014

Vendiendo todo lo que tengo

 

Jesús dijo a la multitud:

- Con el Reino de los cielos sucede como con un tesoro escondido en el campo que un hombre al encontrarlo lo esconde y por la alegría que le da va y vende todas las cosas que tiene y compra aquel campo.

Con el Reino de los cielos sucede también como con un hombre de negocios que anda buscando perlas preciosas. Al encontrar una de muchísimo valor se fue a vender todo lo que tenía y la compró.

También, así sucede con la llegada del Reino de los cielos, a saber, como cuando se echa una red al mar y junta todo género de peces; entonces, cuando la red está llena, los pescadores la sacan a la orilla y, sentándose, recogen los peces buenos en canastas y arrojan afuera los malos. Así sucederá al fin del mundo: vendrán los ángeles y separarán a los malos de entre los justos, para arrojarlos en el horno ardiente. Allí habrá llanto y rechinar de dientes.

- ¿Comprendieron todo esto?

- Sí -, le respondieron.

Entonces agregó:

- Así todo escriba que se ha convertido en discípulo del Reino de los Cielos es como un padre de familia que extrae de su tesoro cosas nuevas y cosas antiguas. (Mt 13, 44-52).

 

Contemplación

Estoy dudando, al escribir la contemplación, si darle más lugar a una experiencia personal o a un dato exegético. Lo personal es que sintonicé enseguida con lo de vender todo lo que tengo por la alegría que dan el tesoro y la perla. El dato que me llamó la atención es que toda la parábola del Tesoro está “contenida” en un solo versículo (Mt 13, 44).

Ahora que le di cabida a las dos cosas y no me quedé dudando, me ilumina la última parábola, la del discípulo del reino de los cielos que es como un padre de familia que saca de su tesoro cosas “de la vida” y “de la Palabra”. Francisco dice que debemos ser “contemplativos de la Palabra y contemplativos del pueblo” (EG 154), tener una mirada contemplativa que “descubra al Dios que habita en los hogares, en las calles…” (EG 71).

 

Intuitivamente me focalizo ahora en la “alegría”. Creo que Jesús, con esta parábola, quiere centrar nuestra mirada interior en este tesoro escondido que es la alegría. Como dice la canción:

Oh Jesús de dulcísima memoria,

que nos das la alegría verdadera,

más que miel y que toda otra cosa

nos infunde dulzura tu presencia.

….

La alegría es una de las “emociones básicas”. Es respuesta a la presencia de un bien que se nos dona.

Humanamente, como los bienes tienen distinta validez, distinta duración –algunos son intensos pero efímeros, por ejemplo- y podemos engañarnos, como cuando festejamos un gol que no entró y la alegría que brotó incontenible se desinfla irremediablemente, tendemos si no a sospechar de la alegría al menos a ponerla un poco entre paréntesis. Por eso quizás es tan fuerte la tendencia a sobrevalorar los resultados: un resultado favorable nos permite alegrarnos una y otra vez sin temor a que cambie. Si ganamos, ganamos. Detrás del número ganador lo que se esconde es “una alegría que nadie nos puede quitar”. Es en un ámbito de la vida, el del juego, pero es “absoluta”. Y en el fondo es como una parábola de lo que anhela nuestro corazón: la alegría de un bien que nadie nos pueda quitar.

 

Pues bien, eso es precisamente lo que promete Jesús. Ni más ni menos. El cristianismo o es una alegría que nada ni nadie nos puede quitar o no es nada.

 

A despertar este deseo, que a veces ponemos entre paréntesis por miedo a ser defraudados, tienden las parábolas del tesoro y de la perla. Jesús apela a dos  experiencias de alegría suma, propias de su tiempo y nos dice que es con esas alegrías con las que hay que comparar el reino de los cielos.

 

La fantasía popular de aquel entonces iba por este lado: los sueños de los campesinos que araban campos ajenos iban por el lado de encontrar un tesoro escondido; los sueños de los trabajadores más independientes, iban por el lado de encontrar una perla fina.

Hoy en día ¿cuáles serían las alegrías con las que podríamos comparar el reino de los cielos?

Yo comparto la mía y que cada uno busque la suya, porque de eso se trata.

 

Mis alegrías tienen que ver con la misión. A los 21 años dejé todo lo que tenía, que más que cosas (en realidad las cosas que tenía no eran más que algunos libros, ropa y una bici, que me robaron la semana antes de entrar al noviciado), eran sueños y posibilidades y me puse a disposición de la Compañía de Jesús que me fue dando distintas misiones. Mi experiencia de ser misionado tuvo mucho que ver con el hoy Papa Francisco. Más que mucho, tuvo todo que ver, ya que fue él el que me admitió en el Noviciado un día de feria, el que me concedió los votos “hasta la muerte”, me misionó al Ecuador como maestrillo, dándome total libertad de confrontarme con otros modos de pensar en la Compañía, y luego me trajo de vuelta a trabajar en la formación de los jesuitas. El fue el que me envió a los barrios de Guadalupe y Sumampa, con los sacerdotes que estaban en la religiosidad popular, el que me enseñó a dar Ejercicios y me animó a pedir las órdenes, el que me compartió su gusto por von Balthasar, cuya obra estudié para  hacer el doctorado, el que me animó a escribir, me apoyó siempre en el trabajo en El Hogar, me invitó a Aparecida y hasta me dio permiso especial, como Arzobispo, para la pastoral con los chinos.

Todas estas misiones han sido y son para mí motivo de profunda alegría y fecundidad espiritual. Por eso, cuando nuestro padre General me mandó preguntar si estaba disponible para trabajar en Roma, cerca de Francisco, la alegría que me vino y el comenzar inmediatamente a “venderlo todo”, fue una y la misma cosa. El que ve de afuera, quizás ve un gran cambio. Desde adentro, es la profundización de la única misión que he recibido en la Compañía a lo largo de toda mi vida. ¡Es como haber andado trabajando toda la vida con Jorge Bergoglio y de golpe dar Francisco!

 

De entre todos los bienes que existen en esta tierra, el mayor de todos y que da alegría más intensa y duradera, es el de poder comunicar a otro un bien que uno tiene: enseñar a otro a dar ejercicios es fuente de más alegría que sólo darlos, si es que se puede hablar de más y menos en lo que ya de por sí es una alegría plena. En este sentido, misionar a otro, encontrarle el lugar donde Dios lo bendice más y donde puede hacer mayor bien a la gente, especialmente a los pequeñitos y más necesitados, es una gracia muy grande en la Iglesia. Encontrar al que te puede misionar, junto con otros, es un tesoro. Los que descubrimos temprano esta gracia en Francisco, no sólo hemos encontrado nuestra tarea en el mundo sino que nos hemos hecho amigos para siempre, con él y entre nosotros. Y esta alegría es expansiva, incluye a mucha gente que la percibe y que se suma y encuentra en esta misión compartida una fuente de alegría profunda y verdadera.

Hoy, la iglesia entera, y muchísimos hombres y mujeres de buena voluntad, como se dice, quieren gozar de “sentirse pastoreados –misionados- por Francisco”, porque intuyen y saben que cuando hay un buen pastor es Jesús mismo el que pastorea y misiona.

Bueno esto es lo que quería compartir hoy: que el tesoro y la perla es “encontrar quién nos misione”.

El hilo conductor hay que agarrarlo, cada uno, por la punta del ovillo de sus alegrías verdaderas, de aquello que ha andado buscando y con lo que ha soñado desde chico, toda la vida. Cuando uno le encuentra la punta del ovillo a la misión, la vida se vuelve como un solo versículo en cuyo centro está, simplemente, la alegría de Jesús con su dulcísima presencia.

alegría

 

Diego Fares sj

 

 

Domingo 16 A 2014

Jugar con las parábolas

 

“Jesús propuso a la gente esta parábola:

El reino de los cielos se parece a

un hombre que sembró buena semilla en su campo;

pero mientras todos dormían vino su enemigo,

sembró cizaña en medio del trigo y se fue.

Cuando creció el trigo y aparecieron las espigas, también apareció la cizaña.

Los siervos fueron a ver entonces al padre de familia y le dijeron:

‘Señor, ¿no era que habías sembrado semilla buena en tu campo?

¿Cómo es que ahora hay cizaña?’

El les respondió: ‘Un enemigo hizo esto’.

Los siervos replicaron: ‘¿Quieres que vayamos a arrancarla?’

No –les dijo- porque al arrancar la cizaña

corren el peligro de arrancar también el trigo.

Dejen que crezcan juntos hasta la cosecha,

y entonces diré a los cosechadores:

arranquen primero la cizaña y átenla en manojos para quemarla,

y luego recojan el trigo en mi granero.

 

También les propuso otra parábola:

«El Reino de los Cielos se parece a un grano de mostaza que un hombre sembró en su campo. En realidad, esta es la más pequeña de las semillas, pero cuando crece es la más grande de las hortalizas y se convierte en un arbusto, de tal manera que los pájaros del cielo van a cobijarse en sus ramas.»

Después les dijo esta otra parábola:

«El Reino de los Cielos se parece a un poco de levadura que una mujer mezcla con gran cantidad de harina, hasta que fermenta toda la masa.»

 

Todo esto lo decía Jesús a la muchedumbre por medio de parábolas, y no les hablaba sin parábolas, para que se cumpliera lo anunciado por el Profeta: Hablaré en parábolas anunciaré cosas que estaban ocultas desde la creación del mundo.

 

Entonces, dejando a la multitud, Jesús regresó a la casa; sus discípulos se acercaron y le dijeron: «Explícanos la parábola de la cizaña en el campo.»

El les respondió:

«El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre;

el campo es el mundo;

la buena semilla son los que pertenecen al Reino;

la cizaña son los que pertenecen al Maligno,

y el enemigo que la siembra es el demonio;

la cosecha es el fin del mundo

y los cosechadores son los ángeles.

Así como se arranca la cizaña y se la quema en el fuego, de la misma manera sucederá al fin del mundo. El Hijo del hombre enviará a sus ángeles, y estos quitarán de su Reino todos los escándalos y a los que hicieron el mal, y los arrojarán en el horno ardiente: allí habrá llanto y rechinar de dientes. Entonces los justos resplandecerán como el sol en el Reino de su Padre. ¡El que tenga oídos, que oiga!»  (Mt 13, 24 ss.).

 

Contemplación

¡Tres parábolas juntas! Jesús, y la Iglesia que nos regala la liturgia, piensan que somos como niños pequeños. ¿Vieron cómo los chicos chiquitos despliegan primero todos sus  juguetes en el suelo y luego van usando lo que les gusta? No hay otra manera de tomar las tres parábolas y, encima, la explicación de la del padre de familia que sembró buena semilla y un enemigo le metió cizaña. Si uno racionaliza es mucha riqueza para contemplar y se tiende a elegir una sola, pero si actúa como un niño pequeñito, despliega todos los juguetes en el suelo y va prestando atención a lo que le gusta.

Tomamos primero el granito de mostaza. Creo que recién hoy comprendí algo muy concreto de ese Reino que Jesús compara con este granito que se convierte en arbusto. Siempre entendí que el Reino comienza siendo pequeñísimo y luego se hace grande. Pero me chocaba la palabra “hortaliza”, que me suena a zanahoria (por la h y la z, seguro). Y al ver la imagen de este arbusto, no mucho más alto que un hombre, en el que se cobijan las bandadas de gorriones, también algo me chocaba. Como dice Pagola, no es que el granito de mostaza se convierte en un cedro del Líbano.

Lo que me hizo bien es que, aunque crece mucho, el Reino sigue siendo pequeñito. Enseguida se me vino la imagen del Hogar: aunque hemos crecido muchísimo, seguimos siendo un Hogar chico y para pequeñitos. No sólo porque vienen nuestros hermanos que están en situación de ser casi nada, los que ni se los mira, los que vemos al bulto, igualados por sus ropas modestas y la riqueza de los dolores de sus historias –escondida- sin nadie que las escuche con interés, salvo sus trabajadoras sociales (a veces al entrar al comedor pienso qué distinto si fueran todos embajadores o presidentes del Unasur, cómo distinguiría al de cada país, y a ellos, que son todos cristos, mi mirada los sobrevuela y pesco solo a uno que sonríe y a aquel que levanta la mirada, pero los más se me escabullen en su anonimato, que busca pasar desapercibido, tan al revés del deseo más cultivado de nuestra sociedad actual en la que tantos se desviven por “aparecer”. Me fui por las ramas (pero está bien, porque el reino es un arbusto de mostaza). También son pequeñitos nuestros colaboradores, que se suman con el mismo “igualamiento”, todos gorrioncitos yendo de aquí para allá, atareados cada uno en sus pequeños servicios –que las servilletas de papel envolviendo el juego de cubiertos de plástico, que los cartelitos con el nombre para cada cama, que el cambio de billetes chicos para repartir entre los artesanos y los papelitos con el número para que te atienda la trabajadora social o el doctor… El hogar –el reino- sigue siendo pequeño. En todo caso, cobija más bandadas de gorriones y crece el número de tareas y de proyectos creativos, pero su pequeñez se mantiene íntegra, armónica y esplendida (acá me fui de nuevo por las ramas y metí los rasgos esenciales de toda cosa bella). La pequeñez es como una invitación a que otros hagan su pequeño reino también en otros lugares.

Agarro ahora la levadura. Seguro que de chico Jesús jugaría con pedacitos de masa que le daba su madre mientras amasaba el pan. La imagen del poquito de levadura metido bien adentro de la masa y el olor a pan crudo leudando envuelto en un repasador, era para el Señor imagen hogareña. Y nos tiene que hacer venir a la nariz todo ese olor a pan –amasado y, después horneado y calentito- para sentir mejor la Eucaristía. Todo lo que es del Reino tiene que tener olor a Eucaristía, que es como decir olor a María, olor a su casita de Nazaret. Este poco de levadura que la mujer mezcla con gran cantidad de harina hasta que fermenta toda la masa, me habla de estar metido entre la gente y las cosas de todos los días con un fermento poderoso. La imagen linda es esta de mezclarse, suavemente, sin hacerse notar, para que el fermento que nos da Jesús se nos pase de uno a otro sin que nos demos cuenta. El reino de Jesús se hace por mezcla (qué curioso ¿no?, para mí, digo, que tiendo a decir que no hay que mezclar…). El reino de Jesús se amasa, con esa confianza natural del que hace el pan, sabiendo que la levadura fermentará toda la masa. “Ya se convencerán” decía una voluntaria del Hogar de Cristo, cuando le pregunté cómo hacían con la gente dura de cabeza para integrarse al proyecto común: “Ya se convencerán”, dijo con una sonrisa (y habían pasado cuarenta años).

 

Y, ahora sí, encuentro la punta para pasar a la parábola larga y que requirió explicación (aunque capaz que los discípulos se apuraron creyendo que las del granito de mostaza y la levadura eran las fáciles y resulta que no es tan así, porque eso de una pequeñez que se mantiene alegre en su pequeñez no es algo que se aprenda a vivir así nomás, a todos nos hubiera gustado que el pequeño Messi se convirtiera en un gigante y, como dijo casi llorando uno a mi lado en la plaza de Congreso, cuando iba a patear el último tiro libre que salió altísimo “Dale Messi, vos tenés que salvar la Argentina, ahora”. Ya me fui por las ramas de nuevo, pero como dijimos que las parábolas se nos ponen todas juntas para jugar no me parece impertinente decir que, recién ahora, luego del dolor estresante de haber perdido habiendo podido ganar con un poquito de suerte, me va surgiendo de adentro una imagen muy linda de nuestro seleccionado, más de 23 obreros del fútbol que de 4 fantásticos, más de 7 partidos jugados con inteligencia y corazón que de diez  segundos de pase, pechito y embocada perfecta. Si el fútbol puede convertirse, cada tanto, en una parábola de la realidad (gracias a su inigualable dramatismo que te pone en el cielo o en la muerte en un segundo), creo que acepto mejor esta imagen de un dinamismo de trabajo en equipo que llega a un segundo puesto (como dice la oración de San José: se pueden hacer cosas magníficas siendo el número dos) que la imagen de un dinamismo mágico en el que la argentina siempre se salva en el último segundo gracias a alguna avivada o genialidad de unos pocos. El gusto amarguísimo de ese instante (todavía me duele ver el Congreso y repito el gol en Youtube a ver si en algún momento no entra y en vez el de Messi sí) se va convirtiendo en un gusto distinto, en vez de gustar un resultado del que todos nos apropiamos sin merecerlo, viene el gusto de tener gente como nuestros pibes (porque son jóvenes), que trabajan bien en su profesión y hacen bien lo suyo, con amor a la celeste y blanca.

Bueno, con la parábola de la cizaña salió esto y lo dejo así. Digo que lo que salió es lo de haberme aguantado la cizaña esta semana (los “¿no era que teníamos un buen equipo?”) y, amasando la derrota y viendo el conjunto, uno dice: fue un lindo mundial. Nos hizo tener un cachito más de esperanza. El resultado no mágico nos preservó de un exitismo malsano y revanchista. El esfuerzo logrado asumiendo los límites y enfrentando con inteligencia a otros mejores o tan buenos como nosotros nos ayuda a cosechar una buena enseñanza: hay que confiar en nuestro trigo, una y otra vez, y no desalentarnos por la cizaña. El fútbol, como nuestro Dios, no se cansa de perdonar y siempre ofrece una nueva oportunidad, un nuevo sueño de jugar mejor y de ganar.argentina-

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