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Domingo 16 A 2014

Jugar con las parábolas

 

“Jesús propuso a la gente esta parábola:

El reino de los cielos se parece a

un hombre que sembró buena semilla en su campo;

pero mientras todos dormían vino su enemigo,

sembró cizaña en medio del trigo y se fue.

Cuando creció el trigo y aparecieron las espigas, también apareció la cizaña.

Los siervos fueron a ver entonces al padre de familia y le dijeron:

‘Señor, ¿no era que habías sembrado semilla buena en tu campo?

¿Cómo es que ahora hay cizaña?’

El les respondió: ‘Un enemigo hizo esto’.

Los siervos replicaron: ‘¿Quieres que vayamos a arrancarla?’

No –les dijo- porque al arrancar la cizaña

corren el peligro de arrancar también el trigo.

Dejen que crezcan juntos hasta la cosecha,

y entonces diré a los cosechadores:

arranquen primero la cizaña y átenla en manojos para quemarla,

y luego recojan el trigo en mi granero.

 

También les propuso otra parábola:

«El Reino de los Cielos se parece a un grano de mostaza que un hombre sembró en su campo. En realidad, esta es la más pequeña de las semillas, pero cuando crece es la más grande de las hortalizas y se convierte en un arbusto, de tal manera que los pájaros del cielo van a cobijarse en sus ramas.»

Después les dijo esta otra parábola:

«El Reino de los Cielos se parece a un poco de levadura que una mujer mezcla con gran cantidad de harina, hasta que fermenta toda la masa.»

 

Todo esto lo decía Jesús a la muchedumbre por medio de parábolas, y no les hablaba sin parábolas, para que se cumpliera lo anunciado por el Profeta: Hablaré en parábolas anunciaré cosas que estaban ocultas desde la creación del mundo.

 

Entonces, dejando a la multitud, Jesús regresó a la casa; sus discípulos se acercaron y le dijeron: «Explícanos la parábola de la cizaña en el campo.»

El les respondió:

«El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre;

el campo es el mundo;

la buena semilla son los que pertenecen al Reino;

la cizaña son los que pertenecen al Maligno,

y el enemigo que la siembra es el demonio;

la cosecha es el fin del mundo

y los cosechadores son los ángeles.

Así como se arranca la cizaña y se la quema en el fuego, de la misma manera sucederá al fin del mundo. El Hijo del hombre enviará a sus ángeles, y estos quitarán de su Reino todos los escándalos y a los que hicieron el mal, y los arrojarán en el horno ardiente: allí habrá llanto y rechinar de dientes. Entonces los justos resplandecerán como el sol en el Reino de su Padre. ¡El que tenga oídos, que oiga!»  (Mt 13, 24 ss.).

 

Contemplación

¡Tres parábolas juntas! Jesús, y la Iglesia que nos regala la liturgia, piensan que somos como niños pequeños. ¿Vieron cómo los chicos chiquitos despliegan primero todos sus  juguetes en el suelo y luego van usando lo que les gusta? No hay otra manera de tomar las tres parábolas y, encima, la explicación de la del padre de familia que sembró buena semilla y un enemigo le metió cizaña. Si uno racionaliza es mucha riqueza para contemplar y se tiende a elegir una sola, pero si actúa como un niño pequeñito, despliega todos los juguetes en el suelo y va prestando atención a lo que le gusta.

Tomamos primero el granito de mostaza. Creo que recién hoy comprendí algo muy concreto de ese Reino que Jesús compara con este granito que se convierte en arbusto. Siempre entendí que el Reino comienza siendo pequeñísimo y luego se hace grande. Pero me chocaba la palabra “hortaliza”, que me suena a zanahoria (por la h y la z, seguro). Y al ver la imagen de este arbusto, no mucho más alto que un hombre, en el que se cobijan las bandadas de gorriones, también algo me chocaba. Como dice Pagola, no es que el granito de mostaza se convierte en un cedro del Líbano.

Lo que me hizo bien es que, aunque crece mucho, el Reino sigue siendo pequeñito. Enseguida se me vino la imagen del Hogar: aunque hemos crecido muchísimo, seguimos siendo un Hogar chico y para pequeñitos. No sólo porque vienen nuestros hermanos que están en situación de ser casi nada, los que ni se los mira, los que vemos al bulto, igualados por sus ropas modestas y la riqueza de los dolores de sus historias –escondida- sin nadie que las escuche con interés, salvo sus trabajadoras sociales (a veces al entrar al comedor pienso qué distinto si fueran todos embajadores o presidentes del Unasur, cómo distinguiría al de cada país, y a ellos, que son todos cristos, mi mirada los sobrevuela y pesco solo a uno que sonríe y a aquel que levanta la mirada, pero los más se me escabullen en su anonimato, que busca pasar desapercibido, tan al revés del deseo más cultivado de nuestra sociedad actual en la que tantos se desviven por “aparecer”. Me fui por las ramas (pero está bien, porque el reino es un arbusto de mostaza). También son pequeñitos nuestros colaboradores, que se suman con el mismo “igualamiento”, todos gorrioncitos yendo de aquí para allá, atareados cada uno en sus pequeños servicios –que las servilletas de papel envolviendo el juego de cubiertos de plástico, que los cartelitos con el nombre para cada cama, que el cambio de billetes chicos para repartir entre los artesanos y los papelitos con el número para que te atienda la trabajadora social o el doctor… El hogar –el reino- sigue siendo pequeño. En todo caso, cobija más bandadas de gorriones y crece el número de tareas y de proyectos creativos, pero su pequeñez se mantiene íntegra, armónica y esplendida (acá me fui de nuevo por las ramas y metí los rasgos esenciales de toda cosa bella). La pequeñez es como una invitación a que otros hagan su pequeño reino también en otros lugares.

Agarro ahora la levadura. Seguro que de chico Jesús jugaría con pedacitos de masa que le daba su madre mientras amasaba el pan. La imagen del poquito de levadura metido bien adentro de la masa y el olor a pan crudo leudando envuelto en un repasador, era para el Señor imagen hogareña. Y nos tiene que hacer venir a la nariz todo ese olor a pan –amasado y, después horneado y calentito- para sentir mejor la Eucaristía. Todo lo que es del Reino tiene que tener olor a Eucaristía, que es como decir olor a María, olor a su casita de Nazaret. Este poco de levadura que la mujer mezcla con gran cantidad de harina hasta que fermenta toda la masa, me habla de estar metido entre la gente y las cosas de todos los días con un fermento poderoso. La imagen linda es esta de mezclarse, suavemente, sin hacerse notar, para que el fermento que nos da Jesús se nos pase de uno a otro sin que nos demos cuenta. El reino de Jesús se hace por mezcla (qué curioso ¿no?, para mí, digo, que tiendo a decir que no hay que mezclar…). El reino de Jesús se amasa, con esa confianza natural del que hace el pan, sabiendo que la levadura fermentará toda la masa. “Ya se convencerán” decía una voluntaria del Hogar de Cristo, cuando le pregunté cómo hacían con la gente dura de cabeza para integrarse al proyecto común: “Ya se convencerán”, dijo con una sonrisa (y habían pasado cuarenta años).

 

Y, ahora sí, encuentro la punta para pasar a la parábola larga y que requirió explicación (aunque capaz que los discípulos se apuraron creyendo que las del granito de mostaza y la levadura eran las fáciles y resulta que no es tan así, porque eso de una pequeñez que se mantiene alegre en su pequeñez no es algo que se aprenda a vivir así nomás, a todos nos hubiera gustado que el pequeño Messi se convirtiera en un gigante y, como dijo casi llorando uno a mi lado en la plaza de Congreso, cuando iba a patear el último tiro libre que salió altísimo “Dale Messi, vos tenés que salvar la Argentina, ahora”. Ya me fui por las ramas de nuevo, pero como dijimos que las parábolas se nos ponen todas juntas para jugar no me parece impertinente decir que, recién ahora, luego del dolor estresante de haber perdido habiendo podido ganar con un poquito de suerte, me va surgiendo de adentro una imagen muy linda de nuestro seleccionado, más de 23 obreros del fútbol que de 4 fantásticos, más de 7 partidos jugados con inteligencia y corazón que de diez  segundos de pase, pechito y embocada perfecta. Si el fútbol puede convertirse, cada tanto, en una parábola de la realidad (gracias a su inigualable dramatismo que te pone en el cielo o en la muerte en un segundo), creo que acepto mejor esta imagen de un dinamismo de trabajo en equipo que llega a un segundo puesto (como dice la oración de San José: se pueden hacer cosas magníficas siendo el número dos) que la imagen de un dinamismo mágico en el que la argentina siempre se salva en el último segundo gracias a alguna avivada o genialidad de unos pocos. El gusto amarguísimo de ese instante (todavía me duele ver el Congreso y repito el gol en Youtube a ver si en algún momento no entra y en vez el de Messi sí) se va convirtiendo en un gusto distinto, en vez de gustar un resultado del que todos nos apropiamos sin merecerlo, viene el gusto de tener gente como nuestros pibes (porque son jóvenes), que trabajan bien en su profesión y hacen bien lo suyo, con amor a la celeste y blanca.

Bueno, con la parábola de la cizaña salió esto y lo dejo así. Digo que lo que salió es lo de haberme aguantado la cizaña esta semana (los “¿no era que teníamos un buen equipo?”) y, amasando la derrota y viendo el conjunto, uno dice: fue un lindo mundial. Nos hizo tener un cachito más de esperanza. El resultado no mágico nos preservó de un exitismo malsano y revanchista. El esfuerzo logrado asumiendo los límites y enfrentando con inteligencia a otros mejores o tan buenos como nosotros nos ayuda a cosechar una buena enseñanza: hay que confiar en nuestro trigo, una y otra vez, y no desalentarnos por la cizaña. El fútbol, como nuestro Dios, no se cansa de perdonar y siempre ofrece una nueva oportunidad, un nuevo sueño de jugar mejor y de ganar.argentina-

Domingo 15 A 2014

No se dejen robar la alegría de sembrar

“Jesús salió de la casa y se sentó a orillas del mar.

Una gran multitud se reunió junto a él, de manera que tuvo que subir a una barca y sentarse en ella, mientras la multitud permanecía en la orilla.

Entonces él les habló extensamente por medio de parábolas.

Les decía…:

El sembrador salió a sembrar.

Al esparcir las semillas,

algunas cayeron al borde del camino y los pájaros las comieron.

Otras cayeron en terreno pedregoso, donde no había mucha tierra,

y brotaron enseguida, porque la tierra era poco profunda;

pero cuando salió el sol, se quemaron y, por falta de raíz, se secaron.

Otras cayeron entre abrojos, y estos, al crecer, las ahogaron.

Otras cayeron en una linda tierra y dieron fruto: unas cien, otras sesenta, otras treinta.

El que tenga oídos, que oiga.

Los discípulos se le acercaron y le dijeron:

- ¿‘Por qué les hablas por medio de parábolas?’.

El les respondió:

- ‘A ustedes se les ha concedido conocer los misterios del reino de los cielos, pero a ellos no. Porque a quien tiene se le dará más todavía y tendrá en abundancia,  pero al que no tiene, se le quitará aún lo que tiene. Y así se cumple en ellos la profecía de Isaías, que dice: ‘Por más que oigan no comprenderán, por más que vean, no conocerán. Porque el corazón de este pueblo se ha endurecido, tienen tapados sus oídos y han cerrado sus ojos, para que sus ojos no vean y sus oídos no oigan, y su corazón no comprenda,  y no se conviertan y yo no los sane’. Felices, en cambio los ojos de ustedes, porque ven; felices sus oídos, porque oyen…” (Mt 13, 1-23).

Contemplación

Me gustó un párrafo de José A. Pagola: “Jesús sembraba con el realismo y la confianza de un labrador de Galilea. Todos sabían que la siembra se echaría a perder en más de un lugar en aquellas tierras desiguales. Pero eso no desalentaba a nadie: ningún labrador dejaba por ello de sembrar”.

Me gustó porque me ayudó a avivarme de algo que nos está robando el mundo de hoy: el gusto y la alegría de sembrar.

En el espíritu de La Alegría del Evangelio, donde Francisco nos dice tantas veces: “No nos dejemos robar el entusiasmo y la fuerza misionera” (EG 80 y 109); “No nos dejemos robar la alegría evangelizadora” (EG 83); “No nos dejemos robar la esperanza” (EG 86), no desentonaría un: “No nos dejemos robar la alegría de sembrar”. En nuestros hijos y para ellos, en nuestra Patria (y que no sea sólo soja), en nuestras obras, aunque ya caminen y anden sirviendo bien, en nuestro corazón, aunque seamos grandes… No nos dejemos robar el gusto de sembrar… ¿qué cosa? Semilla nueva, por supuesto: más evangelio, más ideas nuevas, más prácticas nuevas. Se trata, dice Francisco, citando a su querido Pablo VI,  de esa “dulce y confortadora alegría de evangelizar, incluso cuando hay que sembrar entre lágrimas” (EG 10).

Sembrar no es algo que se hace una vez: cuando los chicos son chicos, cuando uno estudio su carrera, cuando se inicia una familia… Tampoco es algo de todos los días: sembrar es una actividad anual. Cada año se siembra de nuevo.

Esta dinámica propia de Jesús no es una más entre otras: la parábola del Sembrador es la Parábola madre. El Evangelio “tiene siempre la dinámica del éxodo y del don, del salir de sí, de caminar, de sembrar siempre de nuevo, siempre más allá (EG 21).

Y, aclarémoslo bien, no se trata de una cuestión en primer lugar voluntarista: “hay que sembrar. La Vida misma es sinónimo de siembra. Toda vida es semilla que se siembra, que sale de los frutos de un árbol o de un ser vivo  y da fruto en otro terreno, en otro ser. Si hay vida es que hubo Sembrador.

Claro, esta frase atenta contra el paradigma actual, que está muy metido. Nos hacen creer que la vida surgió como “automáticamente”, de las piedras –con unos cuantos millones de años luz- salieron espigas. Sin embargo, no se ve mucha vida en las piedras estelares del universo. Tan automática, la cosa no es. Más que la imagen chata del azar y del automatismo, en que lo más sale de lo menos, me gusta la imagen de un Sembrador que sembró en todos los terrenos del Universo y en nuestra Tierra buena, la vida dio fruto. Al fin y al cabo, la otra –la de una evolución automática y azarosa- también es “una imagen”.

Pero vayamos más a lo cotidiano. ¿Qué es eso de que “nos roban el gusto de sembrar”?

Sembrar es una tarea esforzada y que lleva tiempo. Me decía la abuela Amelia, con sus más de 95 años, hablando de que iba a cocinarse dos papas para el almuerzo: “En mi pueblo, en España, éramos gente que nos gustaba la tierra: plantábamos nuestras verduras, teníamos una linda huertita”. Me vino ahora al corazón eso que me tocó: nos gustaba la tierra. En nuestras grandes ciudades, basta que uno tenga una plantita para que sienta el gusto de la tierra, pero somos gente práctica, nos decidimos por lo enlatado. Y de alguna manera, el empujón del consumismo, se nos va metiendo en otros ámbitos de la vida.

Lo primero que aprendía un chico en el campo era esto de sembrar: los trabajos de la siembra, el esfuerzo, la paciente espera… Lo primero que aprende un chico hoy es la inmediatez de los aparatos: tocás el botón y aparece la magia de las imágenes.

¿Está mal esto? ¿Es mejor el tiempo lento del campo que el tiempo veloz de la ciudad?

Yo creo que no, pero creo también que hay que reencontrar el paradigma fundamental: porque lo tecnológico también es siembra. Que haya tantas cosas y tantas realidades al alcance de la mano es fruto de una siembra gigantesca: miles de millones de personas trabajan (y muchas son explotadas crudelísimamente) para que tener millones de celulares al alcance de la mano parezca algo tan natural como ver las infinitas hojas de los árboles de un bosque o las espigas de un trigal.

Por eso es que creo que hay que “visibilizar” a los sembradores. Primero, a los sembradores y sembradoras que siembran entre lágrimas y que no gozan de casi ningún fruto de su siembra.

Visibilicemos esas “lágrimas de las cosedoras de los ojales en nuestras camisas” como decía Hurtado en “¿Sabes cuánto cuesta hacer un ojal?”.

Luego, visibilicemos también a los que siembran cantando, a todas las personas que se sienten dignas trabajando y brindan con amor de sembradores y sembradoras esas semillas cuyos frutos pueden ver y gustar en alguna medida.

Los de las lágrimas primero porque no es justo borrar la imagen de que, cuánto más sofisticado y caro es un producto, más sembradores hubo. Tenemos que sentir el peso del cansancio en los ojos de los que elaboran nuestros productos cada vez más miniaturizados, los pinchazos de las agujas en los dedos de los que bordan a mano los detalles de las ropas caras, la pena más que el hambre de los mozos que no pueden llevar a casa para sus hijos algo de las comidas riquísimas que sirven por horas y horas a los invitados a una fiesta.

Lo de la alegría de los que se sienten felices y dignos al sembrar, porque es la imagen de esperanza más verdadera que hay: el sentido de la vida es sembrar mucho más que consumir. El consumo anula el deseo, aunque lo exacerbe. La siembra estimula el deseo y nos hace crecer como personas espirituales, nos pone ante la presencia de un bien que se goza ya en la siembra misma y que, cuando luego lo disfrutamos, nos hace sentir felices de haberlo trabajado y esperado.

Que no nos roben la alegría de sembrar. Cada uno lo que pueda, especialmente en los más chicos, en los jóvenes, en los que continúan una tarea que comenzamos.

Sembrar la fe, el amor a Jesús, la confianza de hijitos en nuestro Padre.

Sembrar los valores más genuinos, la dignidad del trabajo, el orgullo hondo de la libertad, el gusto por todo lo bello, la adhesión sin dudas a todo lo que es bueno, el alivio que da la verdad, la honradez de pedir perdón, la humildad de reparar lo que no se hizo bien…

Cada uno sabrá cuál es su semilla. Pero lo importante es andar atento a sembrar. No importa si hay terrenos hostiles. Lo humano es sembrar. Ser gente que siembra. No está mal ser consumidores de espectáculos. Especialmente con algo tan emocionante como una final de un mundial. Lo que hay que saber es que cosechamos la alegría de contemplar un triunfo que otros sembraron y cultivaron esforzadamente. Es muy notable cómo los jugadores tienen bien claro lo que es suerte y resultado, y lo agradecen, y lo que es siembra y trabajo del equipo: de esto último se sienten orgullosos.

Mascherano: “Vos, hoy, vas a ser el héroe”

 

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No lo puedo creer. Estoy feliz de formar parte de un equipo de hombres, que luchó por un objetivo y hoy tiene la tranquilidad de haber puesto a Argentina donde se merece: en una final del mundo. Por eso y porque jugamos con una inteligencia táctica impresionante. Y era lo que pretendíamos: estar a la altura. Después, el destino decidirá donde nos pone. Ahora nos puso en la final y hay que disfrutarlo. No lo vamos a volver a vivir: es el partido más importante de nuestras carreras.

¿Basta de esto para ganar?

No, con el corazón no vas a ganar. Va a ayudar mucho, pero hay que jugar con la cabeza, con la inteligencia, con el orden. El corazón lo ponés y lo vamos a poner seguramente. Pero si no hay una idea, como la hubo ayer, va a ser muy difícil. Está muy bien que se hable de ganas, de hambre, de todo lo que tuvo el equipo durante este campeonato, pero me gustaría que se hable de la inteligencia y el orden táctico: desde Gonzalo hasta Leo, pasando por los volantes externos, todo el mundo corrió una salvajada. Y corrió con sentido.

El quite a Robben

Más que virtud mía, él me da un segundo más porque toca una vez más la pelota, gracias a Dios no enganchó. El fútbol es esto, a veces tener esta pizca de suerte. Además de jugar con el corazón y el alma, si no pensás, si no cubrís los espacios y si no ayudás a los laterales… Y el equipo lo pensó todo y lo hizo. Holanda prácticamente no tuvo situaciones.

Diego Fares sj

Domingo 14 A 2014

Tiempo de gracia

pequeños

“En aquel momento de gracia (kairos)Jesús dijo:

Te alabo y te agradezco, Padre, Señor del cielo y de la tierra,

porque habiendo ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes

se las has revelado a los pequeñitos.

Sí, Padre porque así lo has querido.

Todo me ha sido dado por mi Padre

y nadie conoce al Hijo sino el Padre,

así como nadie conoce al Padre sino el Hijo

y aquel a quien el Hijo se lo quiere revelar.

Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados,

y Yo les daré un descanso.

Tomen el yugo mío sobre ustedes

y aprendan de mí,

pues soy manso (praus =dulce, pacífico) y humilde de corazón,

y  encontrarán alivio para sus almas,

porque mi yugo es suave

y mi carga liviana” (Mt 11, 25-30).

 

Contemplación

No puedo negar que este evangelio es uno de mis preferidísimos (palabra que hace reír a Iñaki y crea una linda complicidad de cariño). Contemplar la alegría en los ojos de Jesús al experimentar que el Padre se revela – a través suyo- a los pequeños y que Él con su ejemplo de dulzura y humildad, consuela y fortalece a los que andan agobiados, es siempre motivo de gozo.

Y creo que nadie puede negar que con Francisco los pequeños de este mundo estamos experimentando un baño de gracia, una “alegría del evangelio”, un sentimiento íntimo de que “este era el Dios en el que creíamos y su imagen verdadera  estaba como tapada y ahora se nos revela” con su misericordia que no se cansa de perdonar y su amor que nos primerea cada día.

¿No es increíble que desde hace un año y tres meses con todos los pequeños del mundo se pueda hablar bien de Francisco? Digo con todos los pequeños y no con todos, porque sigue ocurriendo lo que dice Jesús: que el Padre le oculta estas cosas a los sabios y prudentes y se las revela sólo a los pequeñitos que se fían de su Hijo venido en Carne.

Esta semana salió en Italia uno de los libritos de “La biblioteca de Francisco” (20 libros que el Papa amaba y que salen con el Corriere de la Sera). Es el Sermón sobre los Pastores, de Agustín. En el prólogo que me pidieron, porque era uno de los textos que Francisco nos enseñaba en sus clases de pastoral, allá por los 80, pongo que es “un sermón incómodo”, porque Agustín –como Francisco- son pastores que dicen “la verdad sin descuentos”. Y desarrollaba esto, lo de que Francisco incomoda, así:

“He elegido esta característica del Sermón de los Pastores –la incomodidad- porque creo que es como la punta de un hilo que permite desenrollar toda la madeja. No se puede expresar esto en una sola frase. Intentaré decirlo formulando algunas preguntas. ¿Han visto que la gente en general, cuanto más sencilla, más “cómoda” se siente con Francisco? Esto es muy impresionante. Y cuando digo “sencilla” nombro algo interior: la “no auto-referencialidad”. Agustín diría “ovejas”: gente que se siente parte de un rebañito y su referencia es su pastor. 

¿Han notado también quiénes son los que se sienten algo o muy “incómodos” con Francisco? ¿Podríamos decir que se sintieron más incómodos los que estaban aprovechando más la leche y la lana de las ovejas? ¿Agregaríamos al grupo de los incómodos a los que, cuando el rebaño está dividido, tienen su protagonismo y, en cambio, cuando el rebaño se unifica y “el que pastorea es Cristo”, sienten que pierden ese protagonismo?

¿Será que cuando uno escucha a Francisco sintiéndose oveja, se alegra de que “Dios no se canse de perdonar”, de que “nadie esté excluido de la alegría del evangelio” y de que él sienta que “no es quién para juzgar a nadie”? ¿Será también que cuando uno lo escucha desde la misión de pastorear uno no pueda no sentirse “incomodado” y se vea interpelado a optar entre dar un paso de conversión o buscar justificarse?”.

 

En la segunda frase hay una especie de paradoja en cuanto a como llegamos a conocer las cosas de Dios: por un lado Jesús dice que es el Padre el que “quiere” revelarse a los pequeños y por otro dice que es Él –el Hijo- el que revela al Padre a los que Él “quiere”. ¿Cómo se da el acercamiento? En las cosas del amor la experiencia más propia es la de la simultaneidad. Dos personas que se vienen queriendo y buscando en cierto momento cruzan sus miradas y experimentan el mismo amor que sienten dentro de su corazón en los ojos del otro. Con Jesús y nuestro Padre ocurre lo mismo: los pequeños somos incluidos en esa mirada que siempre está activa entre los dos, que no dejan de mirarse, totalmente atentos el uno a lo que siente el otro. Cuando sentimos el amor que se tienen somos instantáneamente incluidos. Porque lo más propio del ser humano es “captar el amor” y donde hay amor verdadero ese amor incluye.

Tres llamados hace Jesús a los pequeños: Vengan, tomen –abracen- y aprendan.

Notemos que los tres llamados son “a Él”: vengan a mí, tomen mi yugo, aprendan de mí. No se trata de una tarea externa sino de una cercanía a su Persona. No es el suyo, en primer lugar, un llamado a hacer cosas sino a una manera de sentir y de cargar con el peso de la vida.

Y el premio o lo lindo de esta cercanía es el descanso, el alivio, la humildad de corazón y la dulzura.

Releamos: en el primer llamado nos invita: “Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y Yo les daré un descanso”.

En los otros dos nos dice: “Tomen el yugo mío sobre ustedes y aprendan de mí, pues soy manso (praus =dulce, pacífico) y humilde de corazón, y encontrarán alivio para sus almas, porque mi yugo es suave y mi carga liviana”.

 

La semana pasada les decía a los niños que podíamos “tocar a Jesús con el corazón”, tocarlo poniendo las manos atrás, acercarnos a Él sin miedo, probar hasta encontrar la tecla adecuada, seguros de que “su amor funciona bien”. Con este corazón hay que escuchar las llamadas del Señor en el evangelio de hoy.

Cuando uno anda triste hay que automatizar el “vengan a mí”. No hay que dar vueltas.

Cuando uno siente el peso y la angustia de lo que no puede resolver (eso es la cruz, lo que no podemos resolver), hay que automatizar el “intercambio de yugos” –tomar el suyo y dejar el nuestro en sus manos-. Nuestro yugo suele ser un problema concreto –de salud, de dinero, de relación familiar, de trabajo, de aspiraciones…-, el suyo es más bien una cuestión de actitud –dulzura y humildad. Nuestra aflicción se cura con su dulzura y nuestro agobio con su humildad.

Aquí cada uno se las tiene que arreglar a solas con él y pedirle que nos haga gustar “la dulzura de la Cruz”, el fruto de la Cruz, que es Él mismo, convertido en Eucaristía, que podemos comulgar.

…………….

Siempre que puedo trato de bajar el evangelio a alguna experiencia fuerte de la semana. En general son historias de otros –historias de esos pequeños del Hogar y de la Casa de la Bondad en cuyas vidas Jesús se nos revela en todo su esplendor (el padre Boasso dice que la Gloria de Dios es “la fortaleza para hacer hazañas”). Esta semana lo más fuerte me pasó a mí y es que la Compañía me destinó a ir a Roma, a partir de mayo del año que viene, a trabajar en la revista la Civiltà Cattolica, para contribuir un poco a difundir bien el pensamiento del Papa Francisco (carga liviana, si las hay, ya que él se hace entender perfectamente por los pequeños y a los que no lo son, por más que alguien quiera explicarles…). La cuestión es que esta misión me ha alegrado en lo más hondo de mi corazón jesuita: que sea la Compañía, digo, la que me encomienda esta misión. Con Francisco, desde que entramos en la Compañía, somos un grupo de jesuitas los que trabajamos con él de distintas maneras, cada uno en un lugar que él siempre nos supo encontrar y encomendar a cada uno. El hecho de que la Compañía me envíe a realizar esto que ya hago, estando más cerca de él, es un privilegio y un motivo de gozo profundo. Los que se alegran conmigo (con esa alegría tan especial que tienen los despojos de Dios y que llevan a decir: “¡qué buena mala noticia!”, como dijo una amiga) me hacen sentir que no voy sólo, por supuesto, ya que cuento con mucho cariño, pero también algo más que quiero compartir. Me hacen sentir que no se me elige a mí por mis cualidades “abstractas” (y en esto la juego de filósofo y digo que ab-stracto significa “separado de”) sino por mis cualidades concretas, que están tan mezcladas y bien amasadas con las cualidades de aquellos con los que he compartido la misión en estos años que sería imposible separarlas. Y en este sentido siento que voy en representación, aunque no es la palabra justa porque es algo más fuerte, de mucha gente del Barrio, del Hogar y de Manos, de los chinos y del grupo de matrimonios, de los alumnos y de las personas que acompaño espiritualmente.

En una dinámica que hicimos el otro día con los jóvenes del Mej, una pregunta a compartir decía: ¿Cuáles son tus dos mejores cualidades? Fue interesante porque los jóvenes decían que les costaba pensar en sus cualidades así, tan directamente. Uno decía que ponía las que apreciaban los demás aunque a ella no le parecía que fuera tan así. En general todos coincidían e poner cualidades que eran “para los demás”, como saber escuchar o ser fieles amigos… A mí, ya medio mayor para estos grupos, me salió señalar la compasión y la inteligencia, como dos gracias gratuitamente dadas más que como cualidades propias. Y ahora, rezando con esto sentía que mi compasión es totalmente distinta a la que tenía cuando comencé a trabajar en el Hogar. Antes tenía una compasión a medida de mis entrañas  y de mis posibilidades de ayudar (de cuyo límite tomé conciencia cuando quise llevar a Don Rojas desde la plaza 1º de mayo hasta el Hogar porque estaba tomado y cuando lo sostenía para dar un paso, se le caía el pantalón y cuando le quería levantar el pantalón, se me caía él), ahora tengo una compasión a medida del Hogar y de la Casa de la Bondad. Es una compasión comunitaria, menos inmediata quizás, porque es una compasión que se toma tiempo para que miremos entre varios, pero mucho más grande y eficaz para la persona misma a la que ayudamos. Si uno piensa “auto-referencialmente”, diría Francisco, esta compasión brinda menos satisfacciones, porque nadie se la puede atribuir a sí mismo sino al equipo y por ahí el agradecimiento lo liga otro, pero si se mira al que está “afligido y agobiado”, es una compasión más de Jesús, una compasión más eclesial e inclusiva y, por eso mismo, más digna.

Lo mismo puedo decir de la inteligencia. Cuando escribí mi primer artículo para una revista, que fue sobre “El corazón de Ignacio”, el padre Horacio que me lo corrigió me hizo “reescribirlo pensando en los que lo iban a leer”. Yo andaba por hacer el doctorado y me dijo que un intelectual tenía que optar si iba a estudiar y a escribir para impresionar con su saber a los eruditos que sabían más que él o para ayudar con su saber a los que sabían menos y estaban sedientos de verdad. Esta segunda opción fue la que me llevó a elegir a von Balthasar y a los temas más difíciles pero no para dominarlos yo sino para ir bajándolos como pudiera a la gente más sencilla. Así, en estos años de docencia, mi inteligencia se ha vuelto más de profesor que de investigador y tiene más el lenguaje de los alumnos que el de los profesores. Tanto que alguno me carga con que yo doy clase para contar historias del Hogar, lo cual tiene más verdad de lo que aparenta, ya que por algo es de lo único que se acuerdan con el tiempo los alumnos. La cuestión es que, paradójicamente, es por este tipo de “intelectualidad no erudita sino de frontera” que me invita Spadaro a darle una mano en Roma.

Bueno, con esto baste para compartir lo que quería decir y que es que me encomienden a la Virgen y a San José y que sientan que vamos muchos a estar un poquito más cerca de Francisco, dicho esto más con un sentir popular que con la objetividad de una tarea precisa.

La última, es que espero que este medio de anunciar la alegría del evangelio que son estas “contemplaciones” no se agote al estar como pez fuera del agua del Hogar y de la Casa y pueda aprovechar la ventaja de lo virtual que llega igual de rápido al corazón sea que lo escribo desde Regina o desde Roma.

Padre Diego

 

 

 

 

 

 

Tocar a Jesús con el corazón

En aquel tiempo, llegó Jesús a la región de Cesarea de Felipe y preguntaba a sus discípulos: – ¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre? Ellos contestaron: — Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que jeremías o uno de los profetas. El les preguntó: — Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Simón Pedro tomó la palabra y dijo: — Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Jesús le respondió: —¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo. Ahora te digo yo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del Reino de los Cielos; lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo (Mt 16, 13-19).

Contemplación

Pedro es uno de esos pequeños a quienes el Padre les revela el secreto del Reino, quién es Jesús, su Hijo amado, nuestro Mesías Salvador. Y esta revelación, que no es de nadie de carne y hueso sino directamente del Padre que está en el cielo, se da a un hombre de carne y hueso y es una revelación sobre la Carne de Jesús, sobre su Corazón. Ayer, dando misa a las Carmelitas de Mar del Plata, la Capilla estaba llenita con un curso de niños de los Maristas que se preparan para la primera comunión. Yo había preparado alguna cosa para las monjas y había que hablarle a los chicos de primera comunión. Nada más lindo (ni más parecido a las carmelitas). Como el ejemplo salió lindo, lo comparto. Les pregunté a los chicos si tenían celular. Gracias a Dios la mayoría no tenía (todavía no, dijo uno como diciendo mirá lo que pregunta) pero había como cinco que levantaron la mano y uno dijo “pero no lo traigo” (otra vez gracias a Dios). Pero lo saben usar. Aquí el por supuesto con cara de suficiencia fue general. Y saben manejar la play y la compu y el ipad… Siiii. Les pregunté si alguno sabía por qué los chicos saben manejar los dispositivos electrónicos mejor que los grandes y se vino una catarata de manos levantadas y respuestas que nos dejaron medio de cama a los adultos presentes. Y, porque nosotros somos “más jóvenes”, “más modernos”, porque cuando hay algo que nos gusta lo aprendemos enseguida, porque tenemos la inteligencia más fresca, porque aprendemos cosas nuevas. Estas respuestas que mostraban la conciencia que los chicos tienen de sí mismos, iban mezcladas con las que tienen de nosotros: porque ustedes “son más antiguos”, porque cuando ustedes nacieron no existían, porque son más lentos… Uno solo salvó a su papi diciendo que él también sabía. La cuestión es que les competí un poco desarmando los argumentos y me dejaron que les dijera mi idea, a ver si les parecía. Yo creo que es porque los chicos no tienen miedo de tocar todo y los adultos sí, tenemos miedo. Ustedes toquetean los aparatos porque confían que no se van a romper y si se desconfiguran tiene arreglo. Aquí saltamos a que con Jesús es igual: se revela a los pequeños que no le tienen miedo. A Jesús hay que tocarlo, gustarlo en la comunión, comerlo, hincharle, preguntarle, acercarse, tirarle del manto, llamarlo. No hay que tener miedo porque no se rompe ni le molesta. Si preguntamos una tontera igual nos responde con cariño y nos enseña, como hacía con Pedro, su amigo. Si metemos la pata lo repara todo y nos perdona. No se impacienta por nuestra cercanía: para eso vino, para que pudiéramos “tocar a Dios”, un Dios de Carne y Hueso, con un Corazón como el nuestro. Los grandes le tenemos miedo a Jesús, un miedo medio “cultual” o de derecho canónico que nos dice “no sé bien cómo tengo que dirigirme y acercarme a Él, no se si puedo comulgar, no sé rezar… Igual que nos pasa con algunos aparatos. La segunda lección de “tocar a Jesús” fue por el lado de que a los aparatos digitales los tocamos con los dedos, pero también hay otra forma de tocar y es “tocar con el corazón”. Uno puede tocar con el corazón a los que quiere. Les dije que el corazón es puerta por donde entramos en contacto con Dios y con el prójimo. Que las carmelitas abrían esa puerta hacia el cielo, y tocaban a Dios con su corazón en la oración, con los cantos tan lindos y todos los gestos de la liturgia tan cuidadosamente preparados cada día. Y que también se podía tocar a Jesús con el corazón compadeciéndonos de los que andan más pobrecitos y necesitados. Se puede tocar sin manos, sin jugar a la mancha, tocando con el corazón. Luego hicimos un momento de silencio, como el que podemos hacer ahora, y jugamos a tocar a Jesús con el corazón, haciendo una comunión espiritual. No los ví, pero una monja que los espió dijo que juntaron las manos como angelitos. Se hizo un silencio muy lindo y creo que a muchos el Padre nos reveló que “se puede tocar a su Hijo con nuestro corazón”. Nos damos cuenta por los frutos, porque uno queda alegre, se sabe perdonado, siente la presencia. En el día de Pedro y Pablo, dos pequeñitos “grosos” a quienes Jesús se les reveló, pedimos por el Papa Francisco, que es otro de los que nos enseñan a tocar a Jesús, a estar cerca de los más necesitados, y nos revela las cosas de Dios de manera tal que todos entendemos.

Padre Diego

Corpus A 2014

El Corpus traducido

  Corpus 2 2014 Jesús dijo a los judíos que lo rechazaban: «Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo.» Ellos discutían entre sí, diciendo: «¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?» Jesús les respondió: «Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. Así como yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí. Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres y murieron. El que coma de este pan vivirá eternamente» (Juan 6, 51-58).   Contemplación Comulgar con la Carne y la Sangre de Jesucristo es comulgar con el Jesús de todos. Pensando caseramente, que el Señor Resucitado nos insufle su Espíritu, equivale a compartirnos una realidad –a Alguien, más bien- que es sólo del Padre y Suyo. Pero su Carne es “nuestra” carne. La Carne de María y, gracias a ella, la de todos sus antepasados y la de todos sus parientes que la continuaron. Por eso digo que lo de comulgar con su Carne es una invitación a comulgar con la carne de todos los hombres, nuestros hermanos. Dos realidades son importantes en el Cuerpo de Cristo: una que es Suyo –único como el de cada uno, con huellas digitales y ADN-, la otra que es común a todos. Se trata de nuestra Carne asumida por Jesús, santificada por su modo de tratarla y de darse “realmente”, caminando, curando, compartiendo, padeciendo, resucitando. Comulgar con él es comulgar con lo más nuestro mejorado, transfigurado, convertido en Pan de vida. Esto me despierta deseo de comulgar todo lo que pueda, ya que Él es un alimento  verdadero, que vivifica. Un alimento que se asimila a nuestra necesidad y nos asimila a su gratuidad. El Señor lo dice claramente: el Vive por el Padre y el que lo come vivirá por Él. De la misma manera, dice. ¿Qué necedad, qué falta de viveza, qué tentación, que ceguera, qué ignorancia puede robarnos la alegría de poder comulgar con Alguien como Jesús? Nosotros que nos desvivimos porque alguien nos mire, por poder estar cerca de alguien a quien admiramos, por compartir un rato con alguien interesante… ¿Quizás el desafortunado sentido de la obligación desde el cual, como adolescentes rebeldes, interpretamos todo lo que dice nuestra Madre Iglesia como si nos estuviera prohibiendo hacer lo que queramos? “Yo no voy siempre a misa”, decimos; o “hace mucho que no comulgo…”, y lo decimos con el mismo tono de: “a mí me aburre ir mucho al shopping” o “yo prefiero no tomar tantos medicamentos”. El gran desafío de la cultura actual –que conlleva una tarea enorme y que hay que realizar paso a paso, como por goteo- consiste en poder traducir el evangelio, las poderosas imágenes que creó Jesús, al lenguaje actual. Porque las Palabras vivas del Señor están como enlatadas en envases de santería, convertidas en estampitas de primera comunión con angelitos para bebés, en estatuitas inofensivas, made in china, con cajitas de plástico y luces de colores. Confieso que a mí me encantan las estampitas y no tiro ninguna, colecciono las de bautismo de mis sobrinos y conservo la del mío, en la que mis padres pusieron lo del Cantar de los cantares: “mi Amado es para mí y yo soy para mi Amado, Él, que pastorea entre lirios” y “Mi amor te acompañará todos los días de tu vida”. También creo en las imágenes y acabo de ponerle un San Expedito al lado a San José, en la ermita que está en el frente del Hogar, para sumar otro santo protector a la casa, dada la violencia reinante en la calle. Eso no quita que cuando comulgo, la Eucaristía que sabe a pan de los ángeles, no me traiga también la imagen  desesperante de los ojos de los niños desnutridos, la sensación de cansancio infinito de los pies de los que duermen en la calle y el olor a hospital de la Casa de la Bondad después que cambian a uno de nuestros patroncitos. Y también al revés, cada vez que saboreo el disgusto de alguna cruz, me viene a la boca el sabor de su fruto dulce: la Eucaristía. La Eucaristía es la dulzura de la Cruz. No sería ético comulgar con el Pan de los Ángeles si no compartiéramos durante la jornada el pan duro de la vida de nuestro pueblo, especialmente el de los que más sufren. Y al revés, no es ético tampoco comulgar con los sinsabores de la vida de los que amamos, trabajar y hacer todo lo que hay que hacer para sostener la familia… y no comulgar con el que se nos ofrece como Pan que repara nuestras fuerzas. Pero hablaba de traducir. La primera traducción me vino antes de ayer escuchando el evangelio en el que Jesús nos enseña a rezar el Padrenuestro. Se me hizo clara esta traducción: que el “Santificado sea tu Nombre” podía expresarlo diciendo “Te pido permiso Padre, para rezarte”. Pedirle permiso, eso es respetar su Nombre, santificarlo: invocarlo pidiendo permiso. Permiso para comenzar a rezar y permiso para terminar de rezar. Como le pido a los enfermos de la Casa de la Bondad cuando quiero terminar la visita (el miércoles le pedí el último a Hugo, que falleció antenoche, y me lo dio con una sonrisa: “Huguito, ¡permiso para retirarme!” “Puede retirarse” me dijo sonriendo como si fuera mi superior militar). Pedir permiso nos hace salir de nosotros mismos, salir del narcisismo del deber y del narcisismo de la culpa, entre los que rebotamos como en un pelotero gran parte de la vida. Con la Eucaristía y la Misa, igual que con la oración, se trata de un “permiso” especial, porque el Señor no sólo invita al banquete sino que manda que comamos. Pero es como en las fiestas en las que está todo abierto y preparado para uno que viene de invitado e igual uno pide permiso o espera a que la dueña de casa haga un pequeño gesto de iniciación. Pequeñísimos detalles que el que se los saltea se los pierde, porque en ellos va -como envuelta para regalo – toda la gratuidad y la alegría de la fiesta, en la que todo es don, porque está preparado y servido para uno, pero se goza más si el que invita reduplica el regalo cada vez que sirve una copa más de vino o pregunta de nuevo qué porción le agrada a cada uno… Lo mismo pasa cada vez que el invitado pide con humilde amabilidad si le pueden servir otro poquito de eso que está tan rico y la que cocinó lo sirve con una linda sonrisa de satisfacción porque se aprecia todo el cariño que le llevó pensar ese postre. En este tono, que si a alguno le suena demasiado a comida del domingo es señal de que, en penitencia, tiene que repetir su primera comunión, porque no la aprobó para nada, en este tono, digo, hay que escuchar el evangelio del Corpus en que Jesús recrimina a los que se le han puesto en contra y les dice: «Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.» Para entender bien lo que quiere decir esto hay que escuchar antes al Padre que, como aquel Rey de la Parábola del Banquete de Bodas, nos manda a decir: miren que la fiesta ya está preparada. Es el banquete de bodas de mi Hijo y ustedes están invitados. Hay algunos que ni se enteraron de lo grande –grandísima- que era la fiesta y zafaron con cualquier excusa, y otros, como los del evangelio de hoy, que entendieron bien que el Señor hablaba de participar en algo muy serio y no les gustó: son los que discutían entre sí, diciendo: «¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?» Que traducido sería algo así como “quién se cree este que invita a una comunión tal”. Nos vienen bien estos hombres duros para caer en la cuenta de lo que implica comulgar con la Carne de Jesús. No es cuestión de recibir un pancito que me da un momento lindo con Dios dentro de una semana atareada, es toda la semana atareada, con sus rostros alegres y esperanzados, angustiados y doloridos, que se concentran en ese Pancito y Jesús los hace su Carne y nos la entrega transfigurada para darnos Vida. “¿Cómo puede este hombre darnos a comer su carne?” significa ¿quién puede realizar un trabajo de asimilación tan grande y tan íntimo con todos? Si hay Alguien que realiza este trabajo de asimilación entre las personas, hay que acudir a Él, porque es la fuente de la vida. Y a algunos, esto, les parecía mucho. Como pasa hoy: a algunos les parece demasiado que la Eucaristía sea el lugar donde se sintetiza la vida, donde se comulga con todos, donde Dios nos transforma… Es un poco mucho… Si lo creyeran, tendrían que ir a misa todos los días. Por eso Jesús insiste, “les aseguro, créanme”: «Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Escuchemos bien estas dos advertencias: “si no comemos no tendremos vida y no nos podrá resucitar”. Hasta ahora la cosa venía como si comer su Carne fuera opcional, como si la vida ofreciera un menú variado. Alguna gente lo entiende así también hoy. Incluso dentro del cristianismo. Está bien el menú Eucarístico, pero yo soy vegano. Yo rezo cuando paso por la Iglesia, o tengo en cuenta a Dios pero a mi manera. Es algo así como: si hubiera un delivery comulgaría, pero ir a las iglesias me cuesta, no hay una en la que me sienta del todo cómodo. El Señor no está hablando de una espiritualidad a la carta, como dice Francisco, sino de “no tener vida” y de poner en juego nuestra resurrección. Pero bueno, “no será para tanto” pensará alguno. Como que esta contemplación ya está pasando para el lado de la obligación, con eso de “si no hacés esto…”. Por las dudas, volvamos al discurso de Jesús. Agrega el Señor: “Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. Así como yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí”. No sé si a esta altura tengo que seguir intentando traducir. Me viene más bien aquello de “el que quiera entender que entienda”. Pero sigamos con la hipótesis de que no es por dureza de corazón que algunos minimizan el valor de la Eucaristía sino por una tentación muy pero muy sutil del maligno que vela nuestros ojos con el velo de finísimo de algunas ideas que parecen tan obvias e inofensivas y resulta que son el smog del alma. El Señor agrega su último argumento, contundente por sí mismo y que no necesita explicaciones sino animarse a probarlo: “porque mi Carne, dice, es la verdadera comida”. Es como cuando uno le dice a sus chicos que se están atragantando con chizitos “eso no es comida”. Verdadera comida es la que no solo es rica sino que asimilamos bien y no contiene nada extra pernicioso. Sólo la Carne de Jesús es buena para todos, todo en ella es asimilable –y más bien nos asimila a nosotros con Él- y nada resulta pernicioso. Comer algo así, en este mundo contaminado, es, además de un gozo, algo indispensable. Y termina el Señor: “Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres y murieron. El que coma de este pan vivirá eternamente”. Es algo nuevo. Hay que abrir la mente. La Eucaristía no es sólo “el pancito que mis papás me hicieron comer al recibir la primera comunión”. Aunque el Señor habla en otro sentido, el que está en el fondo de la palabra “sus padres” es el de todo esquema cultural heredado. Hoy heredamos esquemas que vienen de “otros padres”, pero todo esquema mental tiene padres y todo esquema mental “muere”, salvo el del Evangelio que nos da la buena noticia de que “tenemos permiso para poder recibir la Eucaristía”. Ayer el papa Francisco expresaba esto de “abrir la mente” hablando de “recuperar la memoria”: “Cada uno de nosotros puede preguntarse: ¿Cuál es mi memoria? ¿La del Señor que me salva o la del ajo y las cebollas de la esclavitud? ¿Con qué memoria sacio mi alma? Si miramos a nuestro alrededor, nos damos cuenta de que hay muchas ofertas de alimento que no proceden del Señor y que, aparentemente, satisfacen más. Algunos se alimentan del dinero, otros del éxito y de la vanidad, otros del poder y del orgullo. ¡Pero el alimento que nos nutre verdaderamente y que nos sacia es solo el que nos da el Señor! El alimento que el Señor nos ofrece es distinto de los demás, y tal vez no nos parezca tan sabroso como ciertas viandas que el mundo nos ofrece. Entonces soñamos con otras comidas, como los judíos en el desierto, que añoraban la carne y las cebollas que comían en Egipto, pero olvidaban que aquellos alimentos los comían en la mesa de la esclavitud. Ellos, en aquellos momentos de tentación, tenían memoria, pero una memoria enferma, una memoria selectiva. Una memoria esclava, no libre. El Padre nos dice: «Te alimenté de maná que tú no conocías». Recuperemos la memoria. Esta es nuestra tarea: recuperar la memoria y aprender a reconocer el pan falso que engaña y corrompe (… y apreciar) el pan vivo que da vida al mundo (…) Vivir la experiencia de la fe significa dejarse alimentar por el Señor y construir la propia existencia no sobre los bienes materiales, sino sobre aquello que no perece: los dones de Dios, su Palabra y su Cuerpo. Hoy, cada uno de nosotros puede preguntarse: ¿Y yo? ¿Dónde quiero comer? ¿En qué mesa quiero alimentarme? ¿En la mesa del Señor? ¿O sueño con comer alimentos sabrosos, pero en la esclavitud?”. Corpus 2014 Diego Fares sj

Trinidad A 2014

La Trinidad tiene historia

 

Moisés talló dos tablas de piedra iguales a las primeras, y a la madrugada del día siguiente subió a la montaña del Sinaí, como el Señor se lo había ordenado, llevando las dos tablas en sus manos.

El Señor descendió en la nube, y permaneció allí, junto a él. Moisés invocó el nombre del Señor.

El Señor pasó delante de él y exclamó: «El Señor es un Dios compasivo y bondadoso, lento para enojarse, y pródigo en amor y fidelidad.

El mantiene su amor a lo largo de mil generaciones y perdona la culpa, la rebeldía y el pecado; sin embargo, no los deja impunes, sino que castiga la culpa de los padres en los hijos y en los nietos, hasta la tercera y cuarta generación.

Moisés cayó de rodillas y se postró, diciendo: «Si realmente me has brindado tu amistad, dígnate, Señor, caminar en medio de nosotros. Es verdad que este es un pueblo obstinado, pero perdona nuestra culpa y nuestro pecado, y conviértenos en tu herencia».

El Señor le respondió: Yo voy a establecer una alianza. A la vista de todo el pueblo, realizaré maravillas como nunca se han hecho en ningún país ni en ninguna nación (Ex 34, 4-10).

 

Dijo Jesús: Dios amó tanto al mundo que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no es condenado; el que no cree ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios (Jn 3, 16-18).

 

Hermanos, alégrense, trabajen para alcanzar la perfección, anímense unos a otros, vivan en armonía y en paz. Entonces, el Dios del amor y de la paz permanecerá con ustedes. Salúdense mutuamente con el beso santo. Todos los hermanos les envían saludos. La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo permanezcan con todos ustedes (2 Cor 13, 11-13)

 

Contemplación

Anoche, en esas charlas de sobremesa que requieren especial atención, porque el padre Boasso anda por los 92 y está muy sordo, me dijo algo de la Trinidad que me quedó picando: “la Trinidad tiene historia”. Me quedó picando porque no lo decía en el sentido de que el dogma de la Santísima Trinidad tiene una larga historia de controversias entre los teólogos –que terminan por cansar la mente de la gente cuando los predicadores empezamos con lo de tres personas distintas y un solo Dios verdadero-, sino que Boasso aludía a su tema preferido: que Dios se mete en nuestra historia.

La Trinidad no está – limpia y perfecta como una abstracción numérica- en los libros de los que quieren pensar a Dios con categorías científicas, sino… (Iba a decir “sucia y hecha bolsa”, y pensé que no quedaba, pero lo comencé a describir y sí que queda), … sino que la Trinidad está metida en la vida de la gente: sucia y hecha bolsa como un pobre cristo crucificado, medio tristona como un espíritu, santo, sí, pero al que pocos le hacen caso cuando quiere levantar el ánimo, ansiosa y preocupada como un padre bueno al que se le fue el hijo y no sabe por dónde anda.

La Trinidad tiene historia. O más bien “historias”, muchas y distintas historias: la tuya y la mía, ¡tantas! Todas únicas y diferentes.

 

En la liturgia de hoy se puede ver esto que digo, porque para hablar del Padre, la primera lectura  nos recuerda la historia de Moisés, ese segundo padre del pueblo de Dios, con sus angustias y esperanzas como las de Abraham, preocupados ambos como todo padre por sus hijos. Abraham por el único, Isaac; Moisés por todos los del pueblo, tratando de escribirles una ley en tablas de piedra para que aprendieran a convivir como hermanos y a tener un solo Dios.

Ese Moisés nos regala una imagen del Padre  como Dios “compasivo y misericordioso”, y agrega eso tan lindo de: “lento para enojarse” (se ve que él era rápido –así fue como mató al egipcio y rompió las primeras tablas de la ley…-, y le impresionaba que Dios fuera tan paciente).

 

Moisés tiene esas frases geniales que nos consuelan tanto: “Si realmente me has brindado tu amistad, dígnate, Señor, caminar en medio de nosotros”.

 

Que la Trinidad tiene historia significa eso, que Dios camina en medio de nosotros, de nuestra familia, de nuestra comunidad, en medio del pueblo fiel. Y que es amigo…

 

De última: uno tiene historia sólo con (y para) sus amigos. Incluso dentro de la familia de uno, las cosas que se recuerdan brotan de la memoria de los que fueron más amigos, no de la simple crónica o del árbol genealógico. Los que transmiten la historia familiar son los hijos y los nietos que fueron amigos de los tíos y de los abuelos, los que les preguntaban cosas y les hacían hablar de los mayores…

 

Este sería un buen oasis donde detenernos un rato a descansar contemplando a la Trinidad desde esta experiencia (la de cada uno es única, pero todos sabemos de qué estamos hablando): la de la amistad.

Si queremos entrar de lleno en el Misterio de la Trinidad tenemos que usar esta puerta, o ventanita, de la amistad.

Jesús la abrió cuando dijo que no nos llamaba siervos (ni mucho menos espectadores teológicos) sino amigos, porque un amigo le revela su corazón al que es su amigo y él nos reveló su relación con el Padre.

La relación entre ellos dos es la de un Padre y un Hijo que juegan como amigos y esa Amistad es tan increíble que es Otra persona, como si fuera posible (que a veces parece que lo es) que cuando dos amigos se ríen juntos esa Alegría común se personificara y tuviera vida propia y común a la vez.

(Íbamos con un amigo al Máximo; me llevaba después de cenar y de haber extendido un poquito la sobremesa jugando a los palitos chinos con Iñaki, que cada vez juega mejor y, aunque había juntado como catorce palitos, como su papá haciendo el tonto contó empezando de cuarenta y cinco y llegó a cincuenta y tantos, él, con su inocencia, dijo “ganó papá”, dejando que la admiración por su padre le ganara a su espíritu competitivo que es bastante acentuado. Digo que íbamos charlando y terminamos el viaje riéndonos con un cuento de médicos sobre un mundial pasado. Me contaba Mingo la historia de un médico que era bastante volado y no tenía idea de que se jugaba un mundial y entonces el guacho que le tomaba los turnos le anotó como veinte turnos ficticios para la hora en que jugaba argentina y cuando llegó el día le mostró que no había venido nadie y le propuso doctor, no le parece que podemos ir a ver el partido, y el otro ni idea de lo que había pasado. Nos quedamos riendo un ratito con el cuento y al abrir la puerta para bajar me dice mi amigo: estuvo lindo. Y cuando ya iba a cerrarla agregó: “gracias por Iñaki”. Me quedó el buen sabor de ese gracias por su hijo, que es “mi mejor amigo”, como le dice Iñaki a algunos que quiere, que somos muchos pero no todos, y me lo llevé en el corazón dejando que quedara en el aire si había sido por los palitos chinos o porque Iñaki me había pedido en la mesa que se quería confesar). Cuento esto porque es la imagen que tenía en mente cundo escribí eso de que una Alegría entre amigos a veces parece que se personifica y tiene que ver con estar agradeciendo por otro).

Así pues, la historia de la trinidad tiene que ver con la amistad, porque sólo la amistad crea esos “hechos irreversibles” que son los hilos con que se teje la historia (lo demás pasa al olvido y se pierde en el baúl de los papeles viejos que ya no releemos).

Díganme si no es amistad esto de decir Jesús al Padre “vos siempre me ponés la oreja” (“Yo sé que siempre me escuchas”), o “yo nunca estoy solo porque el Padre está conmigo”. ¿No es acaso la amistad la que considera que el amigo “siempre es mejor que uno”, o “mayor”? ¿Y eso de no hacer las cosas por cuenta propia sino “como las hace el Otro”? ¿No es esa, precisamente, una de las cosas que sólo la amistad puede hacer, lo de actuar en nombre de un amigo haciendo las cosas tal cual le gustarían al otro, aunque uno las haría distinto?

 

Estas reflexiones apuntan a que cada uno se meta en el misterio de la Trinidad abriendo la puerta de sus propias experiencias de amistad. Es una puerta segura y va derechito al misterio. Como para reforzar, me viene lo de los tres mosqueteros: solo en la amistad tres pueden ser uno –uno para todos y todos para uno-.tres mosqueteros

 

La otra reflexión va por el lado de las palabras que usamos. A veces nos cuesta decir “Padre” (o “Dios” o “Trinidad”, lo que sea), pero todos podemos decir “hermano”. Jesús se lo enseñó a Juan que es el que nos transmitió eso de que: “¿Cómo puede amar a Dios, a quien no ve, el que no ama a su hermano, a quien ve?”(1 Jn 4, 20).

Afirmar la Trinidad, confesar el misterio de la Santísima Trinidad, es decir (y tratar a los otros como) hermanos.

Decir hermanos no es decir sólo que tenemos un mismo Padre. Es decir y vivir adhiriendo a una familia, con padre, madre y hermanos, tíos y primos… Hermano es la palabra clave para la Trinidad. Jesús se desvivió –literalmente- por ser nuestro hermano. Y como pasa con los hermanos: uno lo es, pero tiene que actualizarlo en las situaciones concretas en que nos mete la vida. Allí se juega si uno se convierte en el mejor amigo de sus hermanos o se la pierde. Y cuando nos presentamos ante el Dios del culto, tenemos que ir habiendo arreglado las cosas con nuestros hermanos (aquello de “si te acordás que tu hermano tiene algo contra vos, dejá la ofrenda ante el altar, andá a reconciliarte con tu hermano y después volvé a presentar tu ofrenda”). Más claro, agua. La relación con el Dios a quien no vemos se juega en las historias que tenemos con nuestros hermanos.

Pablo lo dice en la lectura elegida para hoy: “Hermanos, alégrense, trabajen para alcanzar la perfección, anímense unos a otros, vivan en armonía y en paz. Entonces, el Dios del amor y de la paz permanecerá con ustedes. Salúdense mutuamente con el beso santo. Todos los hermanos les envían saludos. La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo permanezcan con todos ustedes”.

En este contexto fraterno es donde surgen esas formulaciones trinitarias que luego se convertirán en fórmulas numéricas como modo de salvarlas de deformaciones conceptuales. Pero detrás de esos “tres” (amigos) y de ese “Único” (compasivo y misericordioso que, por amistad, quiso y quiere caminar con nosotros”) está la experiencia de tantos hermanos y hermanas en la fe cuya historia es la nuestra y la de nuestra querida y santísima trinidad también.

Diego Fares sj

Pentecostés A 2014

En la propia lengua

Al cumplirse el día de Pentecostés, estaban todos juntos en un mismo lugar. Y de repente sobrevino del cielo un ruido, como de un viento que irrumpe impetuosamente, y llenó toda la casa en la que se hallaban. Entonces se les aparecieron unas lenguas como de fuego, que se dividían y se posaban sobre cada uno de ellos. Quedaron todos llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les hacía expresarse. Habitaban en Jerusalén judíos, hombres piadosos venidos de todas las naciones que hay bajo el cielo. Al producirse aquel ruido se reunió la multitud y quedó perpleja, porque cada uno les oía hablar en su propia lengua. Estaban asombrados y se admiraban diciendo:
—¿Es que no son galileos todos éstos que están hablando? ¿Cómo es, pues, que nosotros les oímos cada uno en nuestra propia lengua materna las grandezas de Dios. (Hc 2, 1-11).

Evangelio
Al atardecer de aquel día, el siguiente al sábado, con las puertas del lugar donde se habían reunido los discípulos cerradas por miedo a los judíos, vino Jesús, se presentó en medio de ellos y les dijo:
—La paz esté con vosotros.
Y dicho esto les mostró las manos y el costado.
Al ver al Señor, los discípulos se alegraron. Les repitió:
—La paz esté con vosotros. Como el Padre me envió, así os envío yo.
Dicho esto sopló sobre ellos y les dijo:
—Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les son perdonados; a quienes se los retengáis, les son retenidos (Jn 20, 19-23)

Contemplación
En esta fiesta del Espíritu Santo, nuestro otro “ayudante”, como dice Jesús, quisiera dar testimonio de su ayuda contando algunas gracias que he recibido para la comunidad china en Buenos Aires, de la que soy capellán desde hace casi diez años.
Desde que llegué a Regina, en diciembre del 94, siempre me conmovía ver al Padre Cullen los domingos a la siesta, esperando a sus chinitos en el patio de la fuente. El había sido de los estudiantes jesuitas destinados a China que, luego de años de aprender la lengua, no habían podido entrar al continente y, en sus lugares de origen, habían tratado de mantener contacto con los chinos. Cu, como le llamábamos, juntó aquí a los taiwaneses que, luego, cuando comenzaron a venir los de Fu Jian, se alejaron un poco y los otros, que con Menem vinieron en gran cantidad, ocuparon el lugar.
Resulta que un domingo de Pentecostés en que Cu se había enfermado y estaba en el San Camilo, me encuentro a la siesta con que los chinos llenaban el patio de Regina. Para ellos, Pentecostés, junto con la Asunción, son dos fiestas muy grandes, tanto como Navidad y Pascua. Me dio mucha pena que se quedaran sin misa y, aunque tiraba la siesta luego de las misas de la mañana y el almuerzo, le ofrecí a Chen Wen, que era el que más conocía por saludarnos casi siempre a lo largo de varios años, darles la misa en la Iglesia, en castellano, por supuesto, y que ellos rezaran y cantaran en su lengua. Todavía recuerdo la impresión que me dio cuando, al decir: que la paz del Señor esté con ustedes, que los 150 chinos que me parecía que llenaban los bancos de Regina respondieran a una sola voz algo así como “ye yu ni de tun zai”. Agregué: “hermanos, reconozcamos nuestros pecados”, y ellos, a una, comenzaron el pésame y cantaron el Señor ten piedad…
Me maravilló y me sigue maravillando lo que es nuestra misa, nuestra liturgia, que se puede seguir exactamente paso a paso en dos lenguas distintas sabiendo que el otro dice para adorar a nuestro Dios, es lo mismo, aunque no se entiendan las palabras una por una.
Fue mi pequeño Pentecostés y desde entonces, nos hemos entendido cada vez mejor, más por el cariño que por las palabras.
Como sabía que me resultaría imposible aprender chino (aunque me sigue tentando) me propuse aprender solo las partes dialogadas de la misa. Gracias a la tecnología emprendí una prolija tarea de seguimiento en los ratos libres. Por un lado pedí fotocopias de la misa y de los sacramentos a amigos misioneros, escaneé textos y los reescribí escuchando cómo me sonaban a mi luego de grabar a distintos chinos y tratar de sacar la fonética. Ahora ya distingo los sonidos y los transcribo bastante acertadamente, especialmente los nombres cuando hacemos expedientes matrimoniales o de bautismo, pero al comienzo era chino. Con el tiempo, hemos logrado mejorar la interactuación, eso que hace que dos se quieran entender aunque no se entiendan. Porque con los chinos la mayor dificultad es que ellos piensan que no los vas a entender nunca y no se esfuerzan en volver a decir una palabra: muy difícil, dicen y prefieren aprender ellos la palabra castellana que enseñarte la china.
Gracias a Dios la mayor parte de la misa es cantada y eso evita las diferencias de acentos que son imposibles de incorporar sin un estudio dedicado. Como me decía un amigo que ha tenido mucha relación con China, los chinos son afectivamente más duros que nosotros, pero cuando te los ganás son incondicionales y muy buenos amigos. En este tiempo la comunidad católica en Buenos Aires ha crecido un poco (son unos dos mil de los mas o menos setenta mil que hay) y todos pasan por Regina. He bautizado a ciento cincuenta chinitos y casado unas 60 parejas. Viene a misa los domingos a la siesta en grupos de unos 60 y en las fiestas llenan la Iglesia.
Los datos son para compartir una idea de un pequeño rebañito de católicos que encontraron en Regina una casa y en el padre Cullen su pastor que los supo congregar. Mis compañeros jesuitas toman las misas en las que no estoy y ayudan con las confesiones y la atención de los enfermos cuando lo piden.
La cuestión es que eso de “entenderse en la propia lengua” se da de manera un poco particular, pero se da. Sin hablar en lenguas, nos entendemos en la lengua de nuestra madre la Iglesia que es la del Espíritu Santo. El entendimiento tiene ayuda, desde la traducción que hace Wan Aie de la predica hasta los chinitos que se confiesan usando el google traductor, cuyas traducción de los pecados chinos a veces suena muy “especial” (por no decir hilarante) en castellano, pero esto queda para el secreto de confesión.
Esto de comunicarse sin tener los matices de las palabras es duro. Uno quisiera consolar al que llora porque se le murió un ser querido y no cuenta más que con la palabra “ping an” –paz-, que no alcanza para nada. No hay manera de compartir una broma o de poner un ejemplo al evangelio… En la traducción, muchas veces yo digo dos palabras y Wan habla dos minutos, y otras, yo trato de decir tres frases seguidas y ella sólo encuentra dos palabras.
Pero cada tanto, el Espíritu ayuda y pasa como el domingo pasado, en que Jesús mencionaba al otro “Paráclito”.Yo no le había preguntado cómo traducían Paráclito (porque algunas palabras griegas ellos también las dejan como están) y me animé a decir que el Espíritu era nuestro Abogado. Wan estuvo explicando largamente la cosa y de golpe veo que frota el pulgar con el índice y el mayor y todos se ríen. “Qué les dijiste” le pregunté, y me respondió que “los abogados cobran mucha plata”. Ahí nomás aproveché y dije en castellano que el Espíritu era Abogado gratis y todos entendieron con sonrisa incluida. “Abogado gratuito y lo podés llamar a todas horas, porque te defiende siempre” agregué, y también entendieron el gesto de llamar por celular. La cuestión es que la metáfora les encantó a los chinos. Es que para ellos, que tienen todo el tiempo problemas con inmigraciones, con la Afip, con los juicios laborales y las habilitaciones, los abogados chinos que hablan castellano les resultan vitales y ellos suelen hacerlo valer y les cobran saladito. Por eso la imagen de un Abogado Gratuito les caía muy simpática. Más que a nosotros que tal vez no experimentamos tanto la necesidad cotidiana de tener que ser defendidos.
De aquí me quedó grabada la imagen del Defensor que usa Jesús, del que acude a nuestro llamado y nos acompaña en los trámites… Y comencé a pedirle más ayuda para que me defienda, más de mi mismo que de los demás. Y que defienda la unidad del Hogar y de la Compañía y de la Patria y la Iglesia, que es como decir que nos defienda de nosotros mismos que somos los que no cuidamos bien estos dones propios del Espíritu como son la unidad y la paz.
Diego Fares sj

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