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Peces deseosos de los anzuelos de Dios

Estaba Jesús en cierta ocasión junto al lago de Genesaret y la gente se agolpaba para oír la palabra de Dios.
Vio entonces dos barcas a la orilla del lago;
los pescadores habían desembarcado y estaban lavando las redes. Subió a una de las barcas, que era de Simón, y le pidió que la separase un poco de tierra. Se sentó y estuvo enseñando a la gente desde la barca.
Cuando terminó de hablar, dijo a Simón:
– Navega mar adentro y echen sus redes para pescar.
Simón respondió:
– Maestro, hemos estado toda la noche trabajando sin pescar nada,
pero como tú lo dices, echaré las redes.
Lo hicieron y capturaron una gran cantidad de peces.
Como las redes se rompían, hicieron señas a sus compañeros de la otra barca para que vinieran a ayudarlos. Vinieron y llenaron las dos barcas, hasta el punto de que casi se hundían.
Al verlo, Simón Pedro cayó a los pies de Jesús diciendo:
– Apártate de mí, Señor, que soy un hombre pecador.
Pues tanto él como sus hombres estaban sobrecogidos de estupor ante la cantidad de peces que habían capturado; e igualmente Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón.
Entonces Jesús dijo a Simón:
– No temas, a partir de ahora serás pescador de hombres.
Y después de llevar las barcas a tierra, dejado todo, lo siguieron (Lc 5, 1-11).

Contemplación
La escena de la pesca milagrosa nos resulta bien conocida, pero la solemos tener incorporada como si estuviera en todos los evangelios y la verdad es que sólo está en Lucas y en Juan. Y Lucas es el único que junta el llamamiento con la pesca milagrosa. Tratemos de “ver” con qué intención lo hace, qué es lo que desea destacar del llamamiento.
En los otros dos sinópticos Jesús llama directamente a los pescadores amigos: “¡Síganme!”. En Lucas no los llama: ellos lo siguen libremente, atraídos se ve, de manera irresistible por el Señor que les ha regalado una pesca milagrosa. Tal es la atracción que dejan la pesca, no sólo las barcas y las redes.
La clave está en la frase con que el Maestro le quita los miedos a Simón Pedro. Notamos que Lucas adelanta aquí el doble nombre, siendo que Jesús se lo dará recién en el capítulo 6 cuando “elija a los doce”. Y lo adelanta porque adelanta también la confesión de Fe de Pedro: ese “Aléjate de mí que soy un hombre pecador”.
Jesús le responde a Simón Pedro con un “No temas. De ahora en adelante serán hombres lo que pescarás”.
Meditando en esta frase le preguntaba al Señor por qué “pescar hombres” quita el temor y “cómo se pesca a los hombres”. Con mucho consuelo sentí que a un hombre se lo pesca atrayéndolo de manera tal que él mismo se ofrezca.
Jesús nos pesca aceptando que lo abandonemos todo y lo sigamos, incorporándonos en su misión de Pescador.
Desde esta perspectiva, vemos que Lucas ha construido toda la escena como una pesca de hombres: la pesca de los primeros discípulos, que serán los primeros de esa larga cadena de anzuelos, con los cuales los últimos que hemos sido pescados somos  nosotros.
¿Cuáles son los pasos de esta “autopesca”, de esta pesca en que el Pescador no atrapa sino que atrae y el hombre mismo muerde líbremente el anzuelo y se va tras el Pescador?
La iniciativa la tiene el Señor, por supuesto. El evangelio nos dice que, estando en acción, en medio de la gente que se agolpa y escucha la Palabra, Jesús ve dos barcas y a los pescadores que estaban limpiando las redes. Decide subirse a una, la de Simón, pero ya ha visto también la otra, que luego se incorporará a la pesca para dar una mano.
Y el morder el anzuelo se va dando por pequeños sí por parte de los hombres pescados.

Sí al Señor que se va “metiendo”
El primer sí de Simón Pedro se da cuando acepta que el Señor suba a su barca.

Sí al Señor que pide por favor
El segundo sí es de obediencia al ruego de Jesús cuando le pide que tire un poco para atrás la barca para poder predicar a la gente sin que se amontone a su alrededor.
Estos primeros sí se dan sin palabras. Son un aceptar que Jesús entre en nuestra barca, que se vaya metiendo en nuestra vida, en nuestras cosas de trabajo.
Jesús siempre tiene la iniciativa: unas veces activamente, como cuando entra en los pueblos, mira y se acerca (Zaqueo), da pie a una conversación (la Samaritana), sube a la barca (Pedro); otras veces por atracción, como cuando “pasa” (Bartimeo), o es señalado por otro (Juan a los primeros discípulos)…
Recibir al Señor que viene y llamar al Señor que pasa son las primeras actitudes de la fe que es un querer confiar, un querer que nos pesquen.
El primer anzuelo, el primer gancho, siempre lo pone Jesús.
Y el Padre hace que sintamos el impulso a recibir al Señor en nuestra barca, en nuestra casa.
Pero hay gente que ya viene cultivando las ganas de dejarse pescar, hay peces atentos al anzuelo –deseosos de los anzuelos de Dios- no solo pescadores atentos a los peces.

Sí al Señor que manda
El tercer sí, Simón lo dará pero haciendo notar que lo hace por el Señor: “en tu palabra”, “por que Vos lo decís”. Es un sí más personal, un acto de fe, de confianza plena en la persona del Maestro, aunque a Pedro en el fondo le parezca que el Señor no conoce su profesión de pescador.

Lo que le pidió primero le implicó a Pedro dejar lo que estaba haciendo, que era limpiar las redes, y poner su barca a disposición del Señor.
El segundo pedido ya fue una orden: “Conduce la barca mar adentro y echen las redes para la pesca”. Este sí implica hacer lo que el Señor manda. Y lo que manda (como en Caná) no siempre es muy lógico ni fácil.

El cuarto sí de Simón Pedro es un sí de adoración, bajo la forma de una confesión de la propia indignidad. “Alejate de mi que soy un hombre pecador”. Simón Pedro confiesa la distancia infinita que hay entre él y el Señor. Al mirar maravillado lo que ha ocurrido, alza los ojos de la pesca y del trajín en que están todos metidos y se tira de rodillas a los pies de Jesús.
¡Le dice “aléjate” pero acercándose! Eso es la “autopesca”. La pesca por atracción. Jesús ya no necesitará mandarle, Simón le toma el gusto a ofrecerse y el Señor irá confirmando y corrigiendo sus “acercamientos en la fe y en la entrega total”.
Eso será “pescar hombres”. Un proceso en el que, enganchándonos nosotros líbremente en su anzuelo más y más, sin esperar a que nos pida, ofreciéndole qué más quiere de nosotros…, atraeremos a otros al ser atraídos nosotros por Él.
El Señor confirma este modo de proceder, yéndose sin decir nada y aceptando que abandonen todo por él, que se suban a su barca, que lo sigan y le vayan preguntando y pidiendo…

Teresita expresaba esto pidiéndole al Señor: “Atráeme a ti y atraeré conmigo a los que amo”.
Sólo puede pescar hombres el que es pescado –el que busca el anzuelo libremente- cada vez de nuevo por el Pescador.

Pescamos en la medida en que buscamos ser pescados.
Pescamos en la medida en que recibimos a Jesús en nuestra barca, en cada Eucaristía; pescamos en la medida en que “hacemos todo lo que él nos dice” y “cuándo nos lo dice”, aunque hayamos trabajado la noche o la vida entera sin sacar nada.
Pescamos en la medida en que confesamos nuestra indignidad y distancia infinita acercándonos confiados a Jesús y nos dejamos llamar y misionar de nuevo por Él.
Pescamos en la medida en que “abandonamos” toda pesca ya realizada y lo seguimos más allá, adonde sea que vaya.
Que el Señor nos de la gracia de tomarle el gusto a morder sus anzuelos y que, pescados por él, le atraigamos a muchos otros a su amor.

Diego Fares sj

La fe de José: creer en Jesús en medio de la vida ordinaria

Y Jesús comenzó a decirles:
– Hoy se ha cumplido esta Escritura en los oídos de ustedes.
Todos daban testimonio en su favor y se admiraban de las palabras de gracia que salían de sus labios y comentaban:
– Pero ¿acaso no es éste el hijo de José?
Él les dijo:
– Seguramente ustedes me aplicarán a mí este proverbio: «Médico, cúrate a ti mismo. Lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún, hazlo también aquí, en tu patria».
Sin embargo añadió:
– De verdad les digo que ningún profeta es aceptado en su patria. De verdad les digo que muchas viudas había en Israel en tiempo de Elías, cuando se cerró el cielo por tres años y seis meses, y hubo gran hambre en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda de Sarepta, en la región de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel al tiempo de Eliseo el profeta, y ninguno de ellos fue curado, sino únicamente Naamán el sirio.
Y se llenaron de ira todos en la sinagoga al oír estas cosas. Y levantándose, lo arrojaron fuera de la ciudad y lo llevaron hasta la cima del monte sobre el cual estaba edificada su ciudad, para despeñarlo. Pero El, abriéndose paso por en medio de ellos, seguía su camino” (Lc 4, 21-30).

Contemplación
Como en la contemplación del Pan de Vida del año pasado (Domingo 19 B), la mención a San José es para mi una invitación a contemplar la Figura de nuestro Patrono y Protector. Son contadas las veces que San José aparece en el evangelio y, así como no hay que forzarlo a salir del silencio y del ocultamiento amoroso propios de su misión, tampoco hay que dejarlo pasar desapercibido cuando aparece. De contemplarlo en silencio podemos sacar mucho provecho para nuestra relación de fe con Jesús.

Meditando en la frase “Pero ¿acaso no es éste el hijo de José?”, me llama la atención que las mismas palabras tengan sentidos distintos en Juan y en Lucas. Las respuestas de Jesús nos revelan cómo Él entendió intenciones diversas en cada ocasión.
En el evangelio de San Juan, los Fariseos ‘ningunean’ al Señor cuando les revela que Él es “el Pan bajado del Cielo”. Con ironía se dicen entre sí: “Pero ¿acaso este no es el Hijo de José?. ¿Cómo es eso de que ha bajado del Cielo?”. Notábamos cómo Jesús no dejó pasar la frase. No sólo por un cariño natural a su padre adoptivo sino para que aprovechemos en la fe, uniendo la imagen de San José a la de la Eucaristía, Pan del Cielo.
Contemplamos nuevamente cómo para Jesús la imagen del pan está unida a ese pan cotidiano que San José, como padre de familia hebrea, bendecía y partía con amor en la mesa familiar. Jesús no es Pan “caído de un Cielo extramundano”, es Pan que viene de un Cielo que es la Intimidad Amorosa del Padre con el Hijo. Y esta Intimidad –este Reino de los Cielos – brota desde adentro del corazón humano de Jesús. A ese corazón María le brindó su carne purísima y San José un hogar. Ese hogar, en el que José partía el pan, fue durante muchos años el espacio terreno del Cielo, de la intimidad de Dios. Como dice el Card. Suenens en su hermosa “Carta a San José”: “Que misterio el hogar de Nazaret, esta degustación anticipada del cielo sobre la tierra”.

En el evangelio de hoy la frase es la misma –¿acaso no es éste el hijo de José?-, pero la tentación de los paisanos de Jesús no es la de menospreciarlo por ser hijo de José sino la de exigirle trato especial por ser de los suyos. Lo deducimos de la respuesta del Señor. Les dice: “Seguramente ustedes me aplicarán a mí este proverbio: ‘Médico, cúrate a ti mismo. Lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún, hazlo también aquí, en tu patria’”.
Jesús pesca que lo consideran uno del pueblo y que el reproche va por el lado de los celos. ¿Por qué hacés milagros en otro lado? Tanto tiempo con nosotros sin darte a conocer y ahora resulta que volvés lleno de fama…
En el caso de los Fariseos la tentación de murmurar con ironía proviene de corazones totalmente cerrado de antemano. Entre los paisanos de Jesús la tentación tiene otra raíz. Primero quedaron encantados con Jesús, “todos estaban admirados por las palabras de gracia que salían de sus labios”.
Es notable cómo el mal espíritu puede mete su púa venenosa en el corazón mismo de una gracia y hacer que termine mal algo que comenzó bien!
La imagen de José fue utilizada para escandalizar!
Si es el hijo de José, tiene que hacer milagros aquí.

Resulta evidente que el Señor provoca a los que se tentaron con esta frase, porque les adivina lo que están pensando y agudiza la confrontación: “ningún profeta es aceptado en su patria”, les dice. Y para peor pone dos ejemplos de milagros hechos a extranjeros.
Digo provoca, pero no como provocamos nosotros. El Señor provoca amorosamente, con la esperanza de suscitar la fe en el corazón que está bajo la influencia de la tentación, que lo ciega manipulando sus pasiones. Lástima que no tengamos la grabación del diálogo, porque el tono de voz y la mirada de Jesús agregarían muchísimo a las frases escritas.
Podemos imaginar, sin embargo, que el Señor no les habló de manera hiriente. Aunque les haya soltado una serie de verdades duras de tragar. Tenemos muchos ejemplos de respuestas duras del Señor –a su Madre, a la Sirofenicia…- que en corazones buenos producen el efecto maravilloso de un notable aumento de fe y no de un rechazo.
Las mismas palabras a unos los hacen entregarse por entero a Jesús, con un acto de fe radical y a otros, en cambio, les endurecen más el corazón y los llevan a obstinarse en el alejamiento de la bondad de Dios. Qué misterio!
Y es la carne del Señor, su humanidad el ser “el hijo de José”, la piedra angular de la fe, que es también piedra de escándalo.

Recuerdo que cuando estaba por entrar en el Noviciado tuve que completar un trámite para la excepción del servicio militar y, en la cola que hacíamos en el Regimiento, me arrepentí y fui a decirle al padre Pangrazzi, que era mi director espiritual, que iba a esperar un poco. Que pensaba que era mejor hacer un año de colimba y luego decidir si entraba en la Compañía. El me escuchó y con bastante ironía me dijo: “Qué le vamos a hacer. Ya veo que nunca te vas a decidir”. Fue como un puñal que me hizo salir lo más hondo del corazón, y ahí nomás volví al Regimiento, completé el trámite (quedé demorado unas horas porque en esa época los que trabajábamos en el Barrio San Martín, en Mendoza, éramos sospechosos) y… aquí estamos. Siempre recuerdo esa palabra fuerte que me ayudó a jugarme.

Los paisanos de Jesús podrían haber tomado bien sus palabras. Le podrían haber dicho:
“Señor, auméntanos la fe”.
“Perdón por no haberte reconocido antes”.
“La verdad es que siempre notamos algo especial en Vos, en María, tu Madre y en José… Es que la humildad de ustedes guardaba muy bien el secreto… Pero ahora reconocemos que Vos sos el Mesías, el Hijo del Dios bendito”.

Jesús arrancaba estas confesiones de fe de los corazones que lo habían estado esperando, de los corazones buenos y humildes, que no le ponían peros ni condiciones a la revelación de Dios. Los ejemplos de la Viuda de Sarepta y de Naamán el Sirio son muy lindos. El general Sirio se deja sacar de su enojo con el profeta por las palabras sensatas de una criada y cumple con la condición “fácil” de bañarse siete veces en el Jordán, aunque sienta que los ríos de su patria son mucho mejores. Es que quería curarse de verdad. Y la pobre viuda no pone reparos en prepararle una tortita de pan a Elías con el poco de harina y de aceite que le quedaba. Dios le hace el milagro de que no se le agote nunca más la tinaja de harina ni la orza de aceite y, además, Elías le resucitará a su hijo, cuando poco después de haberlo hospedado, caiga enfermo y muera.

¿Y cómo entra San José en este pasaje tan lleno de imágenes?

Si vamos a lo esencial, lo que Jesús les dice a sus paisanos es que él no es un hacedor de milagros mágicos sino Alguien que obra allí donde encuentra fe. Les reclama la fe.
Pero ¿Qué tipo de fe?
Una fe como la de su padre. La humildad de la fe de José es más grande que la de Naamán el Sirio y que la de la viuda de Sarepta, porque José hace todo lo que el Angel de Dios le dice sin chistar ni protestar nunca, sin poner objeciones ni mostrar decaimientos de ánimo. Pero quizás lo más provechoso para nosotros de la fe de José sea lo de vivirla en la vida ordinaria.
Santa Teresita, refiriéndose a su devoción a San José, decía:
“Lo que más me edifica cuando medito el secreto de la Sagrada Familia es la idea de su vida del todo ordinaria. La Santísima Virgen y San José sabían ciertamente que Jesús era Dios y, sin embargo, muchos misterios les estaban ocultos y, como nosotros, vivían de fe. ¿No le ha extrañado esta afirmación del texto sagrado: “ellos no comprendieron lo que les decía?”. Y aquella otra, no menos misteriosa: “Sus padres estaban maravillados de lo que se decía de Él” ¿No es de creer que aprenderían algo? Porque esta admiración arguye alguna sorpresa”.
Vemos que la no comprensión y la admiración, a María y a José los llevaron a sumergirse más hondamente en el misterio de la fe. Por eso Jesús replica tan fuerte a sus paisanos. Usan a su padre para rechazar la fe en Él siendo que precisamente en José está la clave para tratar a Jesús, para creer en Él sin que nos haga ningún favor especial por ser de su familia. La fe lleva a más fe y a más amor, no a hechos milagrosos externos. La fe lleva a cuidar a los otros, no a lograr favores especiales para uno mismo.
No se trata de una tentación menor. Lo de “cúrate a ti mismo” se repetirá en la Pasión, cuando le digan: “Si eres el Hijo de Dios, sálvate a ti mismo y baja de la Cruz”. San José y María son un ejemplo extendido en el tiempo de una fe que va madurando el amor al prójimo, renunciando cotidianamente a los propios intereses. La vida enteramente ordinaria de José y María conviviendo con Jesús es escuela de fe.
Una fe que los lleva a salir de sí constantemente para sumergirse más y más en Jesús. No miran lo que Jesús podría hacer por ellos sino lo que ellos pueden hacer por Jesús. Y en eso encuentran mayor felicidad.
Una fe que los hace adaptarse a los ritmos de Jesús, que de golpe se les escapa y luego vive largos años sujeto a ellos.
Una fe que los hace salir de sus expectativas para esperar los tiempos de Dios.
A veces habrán querido apurar a Jesús y otras les habrá parecido que no pasaba nada… El silencio simple y rotundo de Nazareth es la respuesta de José y María, de la fe de José y María, cuyo fruto es luego su relación con Jesús maduro. ¡Dejaron que Jesús creciera en el interior de su hogar y de sus corazones!

Por eso Jesús los provoca a sus paisanos. En la frase que usó alguno que estaba tentado se encuentra la clave para una gracia.
Este es el hijo de José.
Felices nosotros que hemos convivido con él sin saberlo.
Podemos ahora dejar que nos explique todo lo que aprovechó de nuestra vida ordinaria para ir madurando y llegar a revelarse plenamente como Hijo de Dios.
Felices de nosotros que estuvimos cerca suyo.
Cuántos beneficios nos hizo en pequeños detalles, sin que nos diéramos cuenta!
Somos el más privilegiado de los pueblos.
Dios ha querido habitar entre nosotros y compartir nuestra vida.
Nuestra vida sencilla es valiosa a los ojos del Señor…
Jesús les reclama una fe que, si miran bien, es cercana a ellos, ya que han convivido con María y con José.
Que nuestro Patrono y Protector nos conceda la gracia de su fe silenciosa que le ensanchó el corazón con el gozo de vivir con Jesús y María una vida común.
Diego Fares sj

El Espíritu del Señor que nos aquieta y sincroniza con los demás

Muchos han tratado de relatar ordenadamente los acontecimientos
que se cumplieron entre nosotros, tal como nos fueron transmitidos por aquellos que han sido desde el comienzo testigos oculares y luego servidores de la Palabra. Por eso, después de informarme diligentemente de todo desde los orígenes, yo también he decidido escribir para ti, excelentísimo Teófilo, un relato ordenado, a fin de que conozcas bien la solidez de las enseñanzas que has recibido.

Jesús volvió en la dinámica del Espíritu a Galilea y su fama se extendió en toda la región. Enseñaba en las sinagogas y todos lo alababan.
Jesús fue a Nazaret, donde se había criado; el sábado entró como de costumbre en la sinagoga y se levantó para hacer la lectura. Le presentaron el libro (“biblíon”) del profeta Isaías y, abriéndolo, encontró el pasaje donde estaba escrito:
“El Espíritu del Señor está sobre mí,
porque me ha consagrado por la unción.
El me envió a evangelizar a los pobres,
a anunciar la liberación a los cautivos
y la vista a los ciegos,
a dar la libertad a los oprimidos
y proclamar un año de gracia del Señor”.
Jesús cerró el Libro, lo devolvió al ayudante y se sentó. Todos en la sinagoga tenían los ojos fijos en él. Entonces comenzó a decirles:
“Hoy se ha cumplido esta Escritura que acaban de oír” (Lc 1, 1-4; 4, 14-21).

Contemplación

Contemplamos a Jesús que comienza a obrar en la dinámica del Espíritu Santo.
Lo contemplamos sintiendo una diferencia con lo que nos pasa a nosotros, diferencia que nos muestra la singularidad de Jesús.
En cuanto Dios, podemos decir que Jesús es un Dios de bajo perfil, un Dios humilde.
En cuanto hombre, es Alguien realmente excepcional.

Nosotros, cuando recibimos una gracia del Espíritu Santo notamos enseguida un cambio, algo especial. La consolación del Espíritu se hace sentir de tanto en tanto y nos maravilla qué distintos somos cuando estamos consolados!
Qué diferencia con lo que experimentamos cuando estamos bajo el acoso de las dudas y del mal espíritu y las angustias de la desolación!

En cambio en Jesús no se da nada de esto.
Y nos hace bien contemplar a un Jesús “lleno de la quietud y la movilidad del Espíritu”. “Jesús no experimenta al Espíritu como una fuerza que le viniera de fuera”. El Espíritu reposa sobre Él y lo mueve a obrar desde su interior como connaturalmente. Es su propio Espíritu. Es el Espíritu del Padre.
Tan sincronizados están el Señor y el Espíritu que en general imaginamos a Jesús sólo, siendo que Él está siempre “con el Padre”, siendo que todo lo hace “conducido por el Espíritu”.
Este silencioso posarse sobre la Cabeza del Señor y esta silenciosa expansión del Espíritu en el Corazón del Señor es el Don que nos hace en la Iglesia. Esa Iglesia de la cual dice Pablo, en la segunda lectura, que es un solo cuerpo, porque “todos hemos bebido de un mismo Espíritu”.
En la medida en que hacemos actos de fe en Jesucristo –creo en Jesucristo, nuestro Dios y Señor- nuestro espacio interior queda protegido y libre para que se expanda el Espíritu del Señor como se expande en el espacio interior del Hijo amado. Como un agua que se expande brotando de su misma fuente, como dice Santa Teresa.

En Nazareth, con las palabras de Isaías, Jesús anuncia solemnemente que ha comenzado a insuflar su Espíritu.
Comienza por los pobres, evangelizándonos.
A los que sólo les llegan malas noticias el Señor les trae la buena noticia: buena noticia que libera de la cautividad a que nos somete el mal espíritu con sus continuas “pálidas”, con su discurso negativo, con sus “no se puede”, sus “todo está mal”;
buena noticia que permite ver las cosas de manera distinta, con los ojos de Jesús;
buena noticia que nos da libertad interior.
Donde está el Espíritu está la libertad (2 Cor 3, 17).
Libertad de toda atadura,
libertad de nuestros condicionamientos sicológicos,
libertad de toda preocupación obsesiva y excesiva por el mañana, por lo que dicen los demás, por lo que hemos sido o tendremos que hacer…

El Espíritu que el Señor derrama con su Palabra, que contagia con su cercanía al que “está con Él” y “permanece en su amor”, al que lo confiesa como Señor y Amigo fiel, el Espíritu de Jesús , digo, obra en nosotros principalmente dos efectos: uno interior, que es la libertad que reina en nuestro espacio interior, protegido por los actos de fe de las asechanzas de las palabras del enemigo, que nos conmocionan y nos agitan haciéndonos pasar de un estado de ánimo a otro.
El otro efecto es hacia el exterior: el Espíritu nos hace comprender que nuestras ideas y nuestras acciones son a la vez únicas y parte integral de un todo. El único Espíritu nos hace obrar eclesialmente, sintonizando con el buen espíritu de los demás (no contagiándonos con sus tentaciones).
El Viento del Espíritu despeja el aire interior y exterior y abre un espacio propicio a lo que le agrada al Padre.
El Espíritu de Jesús nos armoniza interiormente y acompasa nuestro ritmo con el de los demás para que las cosas se vayan haciendo en paz.
Para ello nos defiende del Acusador y está a nuestro lado como Abogado, Paráclito, Consolador.

En estos días en que todos rezamos por Haití, por los heridos y desamparados y por los que trabajan incansablemente ayudando, me llegó al corazón el testimonio de un compañero jesuita que está trabajando allí. Lo transcribo como expresión de esta acción del Espíritu que aquieta y coordina los corazones haciendo de ellos un solo Cuerpo:
Una de las señales más esperanzadoras y solidarias dentro de la situación, la describe Mario Serrano sj, quien está en Puerto Príncipe junto con compañeros del Centro Cultural Poveda:
“Llegamos al noviciado jesuita ya casi de noche y no descargamos los camiones por miedo a la reacción de la población. Ya no teníamos seguridad militar, pero diligenciamos para tener dos policías para la vigilancia de esa noche. Al día siguiente, temprano en la mañana descargamos y luego nos reunimos para organizarnos. Mientras nos reuníamos un gran número de personas empezó a golpear la puerta pidiendo que se distribuyera la comida. Detuvimos la reunión y pensamos en lo peor. Hubo que llamar al policía. Llego la policía y la gente no se disperso. El comandante nos pidió que les diéramos una botella de agua y les despidiéramos con la promesa de que también a ellos les daríamos de la ayuda recibida.
La gente aceptó y les prometí que iría a hablar con ellos mas tarde. Esa tarde me acerque a ellos. Nuestro noviciado está en la entrada de su barrio, que es muy pobre y en el que residen muchas víctimas del sismo. Esa tarde tuvimos una excelente asamblea de moradores. Entendieron que necesitábamos tiempo para organizar la distribución, nosotros entendimos que ellos también debían ser beneficiarios de nuestra ayuda. Les compartí nuestro miedo e sentimiento de inseguridad, ellos nos afirmaron que en la zona ellos pondrían la seguridad, se organizaron para recibir la ayuda y se comprometieron a ayudarnos a descargar los camiones de ayuda.
No saben la alegría que me dio todo este proceso. Una alegría ligada a una nueva compresión de la situación, a unas referencias muy concretas de personas, a una nueva forma de gerenciar la ayuda. Hay que integrar a la gente lo más que se pueda en el proceso mismo… Cuando se agolparon la gente a nuestra puerta recuerdo la voz y el rostro de Soucet, una mujer muy valiente que exigía comida, con enojo y valor. Recuerdo mi temor frente a tanta gente. Ahora veo caras amigas, gente con las cuales compartir y trabajar juntos por una misma causa… Ahora tenemos una seguridad y protección mas fuerte que la que nos pueden brindar las fuerzas militares, tenemos el acompañamiento de quienes pretendíamos acompañar y ayudar…”

Diego Fares sj

Caná: el lugar donde comienza la fe

Tres días después (del llamamiento a los primeros discípulos) se celebraron unas bodas en Caná de Galilea y estaba allí la Madre de Jesús. También Jesús fue invitado con sus discípulos a las bodas. Y como faltase el vino, la Madre de Jesús le dice a él: «No tienen vino».
Y Jesús le dice a ella: «¿Y qué a mí y a ti, mujer? Aún no ha llegado mi hora.»
Le dice su madre a los sirvientes:
«Hagan todo lo que El les diga.»
Había allí seis tinajas de piedra destinadas a los ritos de purificación de los judíos, que contenían unos cien litros cada una. Jesús dijo a los sirvientes: «Llenen de agua estas tinajas.» Y las llenaron hasta el borde. «Saquen ahora, agregó Jesús, y lleven al encargado del banquete.» Así lo hicieron. El encargado probó el agua cambiada en vino y como ignoraba su origen, aunque lo sabían los sirvientes que habían sacado el agua, llamó al esposo y le dijo: «Siempre se sirve primero el buen vino y cuando todos han bebido bien, se trae el de inferior calidad. Tú, en cambio, has guardado el buen vino hasta este momento.»
Este fue el primero de los signos de Jesús, y lo hizo en Caná de Galilea. Así manifestó su gloria, y sus discípulos creyeron en él (Jn 2, 1-11).

Contemplación
La vida del Señor tiene sus lugares privilegiados. La casa de Caná, en Galilea, es uno de ellos.
Nos podemos quedar un rato tratando de imaginar la casa de Caná.
Está vestida de fiesta: se celebran las bodas de dos jóvenes que son amigos de María y de Jesús. Está toda la familia y mucha gente del pueblo. Reina la alegría, hay música y danzas. María ayuda con la comida. Los novios conversan con Jesús…

San Ignacio nos dice que para contemplar hace bien “imaginar el lugar” donde se desarrolla la escena evangélica. Es lo que llama “la composición de (cómo era) el lugar”.

Jesús es la Palabra hecha carne y para “visualizarlo” tenemos que verlo situado en su lugar: en su casa, en su paisaje, con su gente.
Por eso, si queremos “contemplar a Jesús” nuestra contemplación tiene que ir por el lado de su humanidad, como le gustaba decir a Santa Teresa.
Resalto esta tendencia hacia lo concreto y situado (tan propia de la mística popular) porque hoy en día se presenta como muy moderna una tendencia contraria: con el pretexto de “ver” a un Jesús así llamado “histórico”, se siguen métodos que le van quitando pieza a pieza todo lo concreto -poniendo en duda lugares, hechos, palabras…-, hasta dejarnos a un Jesús sin carne ni paisaje, en una especie de milagro de Caná al revés: en vez del vino bueno nos ofrecen a beber un agua destilada, que no es precisamente el Agua Viva de la fe.
Por eso, cuando uno escucha que le hablan de Jesús como si fuera un personaje histórico cualquiera, sujeto a la investigación periodística, hay que calzarse el casco de la fe y poner entre paréntesis “el contenido” que nos proponen, mientras nos informamos un poco más acerca del “lente” (del método) por el cual nos invitan a mirar las cosas. Porque muchos le aplican al evangelio métodos que, como dice el Papa, son “una red con agujeros de cierto tamaño, que pescan cierto tipo de peces y dejan pasar otros”. Son métodos que “ven lo que proyectan” e, iluminando con mucha luz algún aspecto particular del Evangelio, ponen un manto de sombra sobre el Evangelio entero. Nos permiten ser poseedores de una verdad abstracta, que informa pero no da vida, y nos privan de recibir el Don de la Fe (el vino nuevo).

Nuestra Madre la Iglesia, en cambio, nos deposita en la fe un Jesús que viene siempre entero:
en el pesebre con burro y buey,
en la Cruz con los dos ladrones
y en Caná, tomando buen vino.

Este excurso viene al caso para abrir el tema de los “lugares de la fe” que iremos viendo a lo largo de este año en los talleres de ejercicios de los primero miércoles. La idea es de la Hna Marta y nos ayudará a rezar contemplando a un Jesús situado,
que elige lugares y sitios para darse
y para manifestarse en toda su bondad y hermosura:
para nacer, el Pesebre de Belén;
para morir, la cruz del Calvario, en las afueras de la Ciudad Santa;
para entrar en la vida religiosa y civil de su pueblo, el Agua del río Jordán;
… y para la primera manifestación de su gloria: la casa de familia de Caná de Galilea, el día de la fiesta de bodas de sus amigos.
Nunca debemos dar por gustado este misterio de Caná: que la Gloria de Jesús se manifieste primero que todo en el seno de la familia, en un casamiento, con el don del Vino rico que pone el broche de oro en la fiesta.
Caná siempre tiene gusto a lindo.
Caná es luminosa, ilumina con la luz mansa de la gloria de Jesús.

La gloria de Jesús es lo que despierta el sentido de la Fe:
“Este fue el primero de los signos de Jesús,
y lo hizo en Caná de Galilea.
Así manifestó su gloria
y sus discípulos creyeron en Él”.
El primero de los signos no es uno más dentro de una serie: se trata de un signo paradigmático, primordial: un signo que marca con su sello a todos los demás.
Todos los signos de Jesús –sus palabras y milagros, sus gestos de amor y cercanía, sus caminatas, entradas y salidas…- se orientan a suscitar la fe en el corazón de sus discípulos y del pueblo fiel de Dios. De ahí la importancia del signo que elige como primero para manifestar su gloria y del lugar donde lo realiza.
el signo es una “transformación”.
El momento o “la hora”: la celebración de una fiesta de bodas, un momento especialmente comunitario en la vida de una familia.
El lugar: un pueblo pequeño y una casa común.
Y dentro de la casa, el lugar es la cocina y el patio, donde están las tinajas de agua para los ritos de purificación.
Allí los testigos “presencian” y prueban la transformación del agua en vino.
Allí en el patio de Caná siembra el Sembrador la semilla de la fe.

La fe es una transformación: transformación de la manera de pensar y de ver suscitada por el resplandor de un hecho inusitado que despierta la capacidad de maravillarnos y creer.
Transformación de la manera de sentir y de obrar que se suscita al “probar” una transformación como la del agua en vino.

Y Jesús elige a María para que haga de maestra de ceremonias de este Milagro que hizo brotar la fe en el corazón de sus discípulos y los unió para siempre como comunidad de discípulos misioneros.
“Nosotros hemos visto su gloria, dirá ochenta años más tarde san Juan recordando esta hora, que apenas comprenden cuando la están viviendo. María, desde el gran silencio en que acaba de entrar, ha comenzado a rumiar todo esto en su corazón” (Martín Descalzo).

“Hagan todo lo que Él les diga”, es la doctrina de la fe.
Hagan todo lo que Él les diga” es la frase feliz de la que es feliz porque ha creído.
“Cualquier cosa que Él les diga, ustedes háganla”, es la consigna clara de María que firme y sin vacilaciones, precede y encamina la fe.
“Crean en lo que dice Jesús. No duden. No vacilen. Pónganlo en práctica enseguida y verán. Háganle caso. Obedézcanle. Hagan un acto de fe poniendo manos a la obra. Crean en Él”.

La misma voz que viene del Cielo Altísimo de la intimidad del Padre
es la que brota de lo más tierno del Corazón de Madre de María: “escuchen al Hijo amado, hagan todo lo que Él les diga”.

De allí en más esta transformación en la que consiste la Fe será el ingrediente esencial de todos los signos y milagros de Jesús.
Con fe, lo podrá todo. Porque nada es imposible para Dios.
Sin fe no podrá hacer nada.

Por eso el demonio ataca la fe.
Nosotros creemos muchas veces que ataca la moral, que nos tienta con placeres o nos mete miedo con padeceres. Pero esas cosas son sólo el envase de la tentación. Lo que el demonio ataca es nuestra fe. Nos quiere hacer desconfiar de lo que dice Jesús.
“No hagás lo que Él te dice. Para qué, si total no va a cambiar nada”.
Ese es el contenido de toda tentación. Y va contra la transformación que se inició en Caná y que transformó todo.

Por eso contra toda tentación del enemigo, de no hacer lo que Jesús dice, la gracia es “hacer actos de fe”.
Creo en Jesucristo, nuestro Señor.
Creo que Jesús es el Mesías, el Hijo del Dios Bendito.
Creo que Jesús es mi Salvador.
Creo que Jesús es el Cordero de Dios.
Creo que Jesús transforma el agua en vino, la desolación en consuelo y alegría.
Creo que Jesús es nuestra Paz.
Creo. Quiero Creer. Creo y espero.

E lugar donde la fe de María comenzó a ser bebida para los demás fue Caná. Allí los discípulos, los servidores y los novios comenzaron a beber de la fuente de la fe.
María es “lugar de la fe”, ámbito materno, espacio receptivo y de crecimiento de la fe de los hijos de Dios.

Juan habla sólo dos veces de María.
Y la sitúa en la hora primera, en Caná – “estaba allí la Madre de Jesús”-
y en la hora definitiva, al pie de la Cruz – “estaban junto a la Cruz de Jesús, su Madre…”.
En ambas ocasiones María está y hace de mediadora entre los signos de Jesús y la fe de los discípulos, esa fe la que nos transforma en hijos de Dios: “Mujer, ahí tienes a tu hijo. Hijo, ahí tienes a tu Madre”.
María, la carne de María –y por extensión todo lo que tocan sus manos, todo lo que ven sus ojos y escuchan sus oídos, todos los caminos que recorren sus pies- es lugar de venida y de morada del Dios hecho carne. De ahí la importancia de los lugares donde la fe brota y se consolida, que son siempre lugares marianos. Lugares de gozo y de fiesta, como Caná. Lugares de dolor y compasión, como el Calvario.
El que confiesa a Cristo venido en carne, es de Dios.
El que desencarna la Palabra, el que la saca de contexto, el que la vuelve abstracta, sin rostro ni paisaje ni tono de voz, ese está contra Jesús.
Diego Fares sj

El Bautismo de Jesús o “La uva está hecha de vino”

Estando el pueblo expectante
todos se preguntaban en su corazón acerca de Juan,
si no sería el Mesías -el Cristo-,
respondió Juan diciendo a todos:
«Yo los bautizo a ustedes en agua;
pero viene el que es más fuerte que yo,
al cual yo ni siquiera soy digno de desatar la correa de sus sandalias;
Él los bautizará en Espíritu Santo y en fuego.»
Y aconteció que,
cuando el pueblo se hacía bautizar,
habiendo sido bautizado también Jesús,
y estando en oración,
se abrió el cielo
y el Espíritu Santo descendió
en figura corporal, a manera de paloma,
sobre Él.
Y una voz vino del cielo:
«Tú eres el Hijo mío, el predilecto,
en Ti me he complacido» (Lc 3, 15-16. 21-22).

Contemplación

En estas contemplaciones, con la ayuda del Señor, seguimos a Ignacio, que en las “Adiciones para mejor hacer los ejercicios y para mejor hallar lo que se desea” recomienda lo siguiente:
“En el punto en el cual hallare lo que quiero, allí me reposaré, sin tener ansia de pasar adelante, hasta que me satisfaga” (EE 76).
Por eso el trabajo contemplativo consiste en ir regulando y manteniendo una tensión: la que se da entre el buscar y hallar esa Palabra que es para mí (vs no concretar) y el contener el ansia de pasar adelante (vs dispersión).
En cada contemplación que hacemos hay alguna Palabra en la que todo se reposa. Una vez encontrada, lo demás es andamiaje “desmontable”, que puede servir o no para otra vez.
Y la invitación al que lee estas contemplaciones es a que haga él mismo este doble trabajo. Tenés que buscar “tu Palabra” y reposarte en ella hasta que te satisfaga, conteniendo el ansia de pasar adelante. Esto se puede hacer leyendo todo y luego releyendo para quedarse donde el Espíritu le hace sentir un poco más de gusto o bien deteniéndose simplemente en una frase y dejando lo demás.

Una intuición de von Balthasar en la contemplación del Bautismo del Señor ayuda a profundizar esto del trabajo contemplativo. Juan dice al Señor: “Soy yo el que tengo que ser bautizado por vos”; Jesús le responde: “Dejá que se hagan así las cosas ahora”. “El Antiguo Testamento busca hacer la justicia, el Nuevo “deja que acontezca” (esta es su acción primaria).
Como dice María: “fiat, hágase”.
Como nos enseña Jesús en el Padrenuestro:
“Padre, venga tu reino;
hágase tu voluntad,
danos, perdonanos, no nos dejes, libranos…”.

La contemplación cristiana es pues don y tarea de dejar que “se haga el don”: “hágase en mí según tu Palabra”.

Si uno mira bien, en el Bautismo Jesús no solo obedece a Juan (la ley, lo humano, lo histórico que viene de la cultura de su pueblo) sino también al Espíritu. Es una paradoja que Jesús “obedezca al Espíritu”.
¿Cómo es que “obedece” al Espíritu si el Espíritu “procede del Padre y de Él”?

Es que Jesús comienza a manifestar que un mismo Espíritu de Amor reina entre los deseos del Padre y los suyos, y este mismo Espíritu no solo viene de lo Alto “sobre” Él sino que brota desde lo más íntimo de su corazón humano, de su carne.
Se da en Jesús esa doble tensión que guarda el secreto de la ética cristiana: la tensión entre el Espíritu que está “sobre” Él y “en” Él.
En el Bautismo se une el cielo y la tierra, lo más alto de la voluntad del Padre y lo más íntimo del corazón humano.
Y en ambas realidades Jesús deja que actúe un mismo Espíritu, el Espíritu del Amor.
El Espíritu está “sobre” Él, porque así lo requiere la misión, que viene siempre de lo Alto (el hombre no puede automisionarse).
El Espíritu está “en” Él, porque Jesús hace lo que le agrada al Padre desde lo más íntimo de su corazón y no como obligado por una ley impuesta desde afuera; Jesús conoce y ama los secretos deseos del corazón del Padre.

Así, el trabajo contemplativo es un trabajo de “Bautismo y Confirmación”, de sumergirse en la Palabra y de salir confirmado y misionado por ella.

Contemplar es dejar que Jesús nos sumerja en al Agua viva de su Palabra y que nos encienda en el Fervor apostólico que es Fuego que enciende otros fuegos, como decía Hurtado.

Contemplar es leer el Evangelio en el mismo Espíritu con que fue escrito, que es el mismo Espíritu con que Jesús lo vivió.

Para unificar estas cosas es que Jesús se bautizó, siendo que “no tenía necesidad” en cuanto que no tenía pecado de qué purificarse. Lo que el Señor quiso hacer fue “manifestar” que el mismo Espíritu que descendía del cielo sobre él era el Espíritu que lo impulsaba desde dentro a sumergirse en el agua de los seres humanos comunes y pecadores.
El Padre confirma su predilección sobre “este” Jesús: Hijo suyo único e hijo del hombre.
Y el Espíritu unifica el Amor entre el Padre y el Hijo bajo la forma de la igualdad (el Padre y yo somos uno, dirá Jesús) y bajo la forma de la obediencia (el Padre es más grande que yo, dirá también Jesús).

A partir de allí, todos los que somos bautizados en Cristo,
sumergidos en este Amor de un único Espíritu Santo que viene de lo Alto y brota de lo profundo,
que procede del Padre y que aletea en la historia de Israel y de los hombres,
que nos atrae irresistiblemente a Jesús y nos envía, con fuerza también irresistible, a bautizar a todos los pueblos,
todos los que somos bautizados
en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo,
experimentamos esta salvación:
se unifica en nosotros lo más espiritual y lo más carnal.
Los deseos del Espíritu y los deseos de la Carne encuentran su paz en Jesús.
Sólo Él es capaz de unificar estos deseos, siempre en lucha.
Los otros intentos de unificar espíritu y carne terminan en pecado: en espiritualismos desencarnados o en carnaduras endiosadas.

Ahora bien, esta unificación no es automática.
Es una plenitud que se nos regala el día del Bautismo y en la Confirmación y que luego, como hizo también Jesús, tenemos que desarrollar y cuidar para que crezca y se haga fuerte en un proceso que nos lleva la vida entera.
Pero no se trata de “inventar algo que quizás se de” sino de desplegar en toda su amplitud una realidad que está latente y plena.
Quizás la mejor imagen sea esa que Galeano escribe en su Libro de los Abrazos:

“Un hombre de las viñas habló, en agonía, al oído de Marcela. Antes de morir le reveló su secreto: —La uva —le susurró— está hecha de vino”.

La uva está hecha de vino y nosotros de las palabras que nos habitan, reflexiona el poeta.
Estamos hechos de La Palabra. Llenos de Jesús. Y contemplando la Palabra que se nos anuncia desde afuera, se desencadena el proceso que va transformando en vino nuevo la palabra que llevamos dentro.

La Palabra se hizo carne quiere decir que tomó un ritmo distinto al de las puras palabras.
Me imagino que la Palabra Pura en la vida Trinitaria es una sola: Amor.
Amor del Padre que “engendra” al Hijo,
Amor del Hijo que recibe y entrega todo al Padre,
Amor de ambos, que es Espíritu Santo.

También imagino que las palabra humanas se multiplican en multitud de lenguajes, muchas veces contrapuestos, que nos llevan de la mudez al palabrerío.

Entre estos dos extremos la Palabra única de Dios toma nuestra carne (antes de comenzar a hablar con nuestras palabras se toma su tiempo) y va aprendiendo a hablar como aprenden los niños, gracias al lenguaje amoroso, sereno y paciente de María y de José. Lenguaje de largo aliento, en el que todas las palabras humanas van siendo pronunciadas por Jesús, una a una, de manera tal que se van centrando en su contenido verdadero y tejiendo entre sí todo un lenguaje lleno de sentido: el evangelio.
Jesús va viviendo auténticamente su vida humana y pronunciando las palabras justas en cada situación, de manera tal que las palabras se purifican en sus labios, se sanan y se plenifican al pasar por su corazón y se llenan de vida y de sentido al ser puestas en obras de misericordia por sus manos.

Así, el proceso de Bautizar que desencadena el Señor es un proceso complementario con el suyo:
Él, Palabra pura, al tomar carne, entra en el ritmo lento de ir aprendiendo y pronunciando las palabras una a una, haciéndose entender por cada uno en cada situación concreta y única.
Nosotros, que estamos llenos de palabras a medias, que no logran expresar todo lo que siente nuestra carne espiritual, al sumergirnos en Cristo vamos aprendiendo a hablar un lenguaje desconocido, a cantar un cántico nuevo, como dice el Salmo. Así se purifican nuestras palabras mal dichas y se vuelven plenas las mejores. En Cristo, Palabra encarnada, podemos expresarnos a nosotros mismos, podemos expresar los anhelos más íntimos de nuestro corazón, que tanto sufre al no encontrar las palabras adecuadas.
Nuestra carne se hace Palabra en Jesús, porque así como la uva está hecha de vino, nuestra carne, al ser bautizada, está rehecha de Jesús.

Diego Fares sj

Dios quiso prodigarnos su Amor con un Corazón humano

Al principio existía la Palabra,
y la Palabra estaba junto a Dios,
y la Palabra era Dios.
Al principio estaba junto a Dios.

Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra
y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe.
En ella estaba la vida,
y la vida era la luz de los hombres.
La luz brilla en las tinieblas,
y las tinieblas no la percibieron.

La Palabra era la luz verdadera
que, al venir a este mundo,
ilumina a todo hombre.
Ella estaba en el mundo,
y el mundo fue hecho por medio de ella,
y el mundo no la conoció.
Vino a los suyos,
y los suyos no la recibieron.

Pero a todos los que la recibieron,
a los que creen en su Nombre,
les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios.
(Hijos que) no nacieron de la sangre,
ni por obra de la carne,
ni de la voluntad del hombre,
sino que fueron engendrados por Dios.

Y la Palabra se hizo carne
y habitó entre nosotros.
Y nosotros hemos visto su gloria,
la gloria que recibe del Padre como Hijo único,
lleno de gracia y de verdad.

Juan da testimonio de él al declarar:
‘Este es Aquel del que yo dije:
El que viene después de mí me ha precedido,
porque existía antes que yo’.

De su plenitud todos nosotros hemos recibido
y gracia sobre gracia:
porque la ley fue dada por medio de Moisés,
pero la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo.

Nadie ha visto jamás a Dios;
el que lo ha revelado es el Dios Hijo único,
que está en el seno del Padre (Juan 1, 1-5. 9-18).

Contemplación
Para comenzar bien el Año Nuevo –el 2010- la Iglesia nos invita a profundizar en el misterio de la Encarnación. Proclama la fiesta de María Madre de Dios y en el Prólogo de Juan nos dice que “la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros”. Lo grande se hace pequeño, Aquel que hizo todas las cosas, el Hijo de Dios se hace Hijo de María.
Como dice Guardini: Dios quiso prodigarnos su Amor con un corazón humano. Esto excede nuestros esquema mentales. Pero no excede a nuestro corazón. Nuestro corazón sabe que “el amor hace cosas así”: se deja contener por lo pequeño y, lo que parece un límite, con el tiempo se convierte en un proceso, en un camino. Así sucede en la familia: el largo tiempo que se dedica a los niños va dando frutos y es un gozo verlos crecer y madurar. Así sucede con nuestras obras de caridad: los pequeños gestos se consolidan y crean familia, comunidades de inclusión, de cuidado y promoción.
En Jesús, Dios quiso prodigarnos su Amor infinito con un Corazón de carne: lo más universal se volvió concreto.

Este es un principio puramente cristiano, que choca quizás con otras mentalidades. En Economía, por ejemplo, los grandes números se distancian de lo concreto. Se nos dice que la macroeconomía anda bien aunque eso no se refleje en el bolsillo de un ama de casa cuando va a hacer las compras. En la economía de la salvación, en cambio, sucede al revés: el Padre se alegra, por ejemplo, por un solo pecador que se convierte y se alegra más que por 99 justos que no necesitan conversión. Lo cualitativo –el amor- sobrepasa y da consistencia a lo cuantitativo. Los 20 centavos de la viuda tienen otro peso, cualitativamente mejor, que las grandes limosnas de los ricos…

Otra expresión es la del amor tal como lo presenta Juan: el amor de Dios, el más sublime, se verifica con el grado de amor al prójimo más común y más ‘casualmente’ cercano. El que dice que ama a Dios a quien no ve y no ama a su hermano a quien sí ve, miente o se engaña.

Que Dios haya querido prodigarnos su Amor con un Corazón humano es una buena noticia que nos ilumina la vida y nos llena de esperanza. También nosotros, con nuestro corazón humano, podemos prodigar el Amor de Dios.

Por supuesto que esta “encarnación”, este “concretarse y dejarse contener por lo pequeño” tiene sus consecuencias para el Amor. Una consecuencia es que requiere tiempo. De allí los largos años de vida familiar del Señor.
Este Amor encarnado requiere tiempo pero cuando madura se desborda. El Corazón de Jesús metido en medio de su Pueblo comienza a desbordarse sin medida, todos lo buscan, todos le piden, todos lo reclaman… y algunos comienzan a sentirse amenazados por la fuerza incontenible de un Amor así.
Cuando el Amor se concreta –en matrimonio, en votos religiosos, en compromisos apostólicos…- durante un tiempo parece que no pasa nada. Pero el crecimiento de ese amor comprometido, cuando se desborda no inunda sino que crea camino. De tanto ir de lo universal a lo concreto el amor hace historia, abre un camino, permite que otros lo transiten. Y la historia vivida juntos nos da pertenencia. Una pertenencia linda que, cuando recordamos lo vivido y planeamos vida nueva, nos plenifica y nos da identidad.

Contra este Amor que se concreta en obras, que llevan tiempo y dan pertenencia, el mundo propone un amor que se diluye en experiencias. La plenitud forzada de querer vivirlo todo en un instante tiene la inconsistencia de las pompas de jabón, que fascinan al inflarse y luego se desvanecen.
Por otro lado, nuestro mundo nos ofrece obras y estructuras globales pero sin la semilla del amor. Entonces uno tiene el celular pero pocos amigos con quienes charlar. O cientos de amigos virtuales pero con los que puede compartir pocas cosas profundas.
Experiencias puntuales, sin historia y universalidades abstractas, sin contenido.
A salvarnos de esta tristeza viene el Señor Jesús.
Viene a encarnarse en María, que lo acepta y lo recibe con todo su amor: hágase en mí tu Palabra. Y ese “hágase” incluye todas las generaciones.

En Jesús, Dios quiere prodigarnos su amor con un Corazón humano.
Sin palabras, el sólo hecho de pedirle permiso a María para venir a habitar en Ella, ya es una invitación. Al ver este gesto, nuestro corazón de carne dice “yo también quiero ser parte de esta historia de salvación”. Escuchamos entonces lo que dice Juan, el discípulo amado:
“A todos los que reciben la Palabra, a los que creen en su Nombre,
les da el poder de llegar a ser hijos de Dios”.
Que el Señor y la Virgen nos concedan la gracia de vivir este año nuevo en su Compañía, dejando que la Palabra se haga carne en nuestros corazones, comunitariamente comprometidos en obras de amor por la familia y por los más necesitados.
Diego Fares sj

Las cosas del Padre son “cosas de familia”

El Niño crecía y se robustecía, llenándose de sabiduría,
y la gracia de Dios estaba sobre él.

Sus padres iban todos los años a Jerusalén en los días de la fiesta de la Pascua. Y cuando tuvo doce años, subieron ellos como de costumbre a la fiesta y, al volverse, pasados los días, el Niño Jesús se quedó en Jerusalén, y sus padres no se enteraron de ello.
Suponiendo ellos que él andaría en la caravana, caminaron una jornada, y le buscaban entre los parientes y conocidos; pero al no encontrarle, se volvieron a Jerusalén en su busca. Y sucedió que, al cabo de tres días, le encontraron en el Templo sentado en medio de los maestros, escuchándoles y preguntándoles; todos los que le oían, estaban estupefactos por su inteligencia y sus respuestas.
Cuando le vieron, quedaron atónitos, y su madre le dijo:
«Hijo, ¿por qué nos hiciste esto a nosotros? Aquí estamos tu padre y yo que, angustiados, te andábamos buscando».
El les dijo:
«¿Y por qué me buscaban? ¿No sabían que Yo tenía que estar en las cosas de mi Padre?»
Pero ellos no comprendieron la respuesta que les dio. Bajó en su compañía y fue a Nazaret, y vivía sujeto a ellos. Su madre guardaba cuidadosamente todas estas cosas en su corazón.

Jesús progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres (Lc 2, 40-52).

Contemplación
«¿Y por qué me buscaban? ¿No sabían que Yo tenía que estar en las cosas de mi Padre?» Así responde Jesús preadolescente a la pregunta de su Madre. José con la mirada y María con palabras le reprochaban: «Hijo, ¿por qué nos hiciste esto? No ves la angustia con que tu padre y yo te andábamos buscando».
Jesús parece dejar de lado lo de la angustia para centrarles el corazón en lo de la búsqueda. Les retruca, “por qué me buscaban”, haciéndoles ver no solo para atrás sino también para adelante: “Dense cuenta que yo tengo que estar, sí o sí, siempre, en las cosas de mi Padre.

El diálogo es típico. Los hijos responden con un “obvio que estaba en tal lado” a los reproches angustiados de sus padres cuando no los encuentran. En Jesús, este “obvio” adolescente son “las cosas del Padre”.

Un adolescente “tiene que estar con sus amigos”. Ese “tengo qué” es tan fuerte que les hace saltar a veces todos los códigos. Es el impulso a crecer, a independizarse, a encontrar su propia identidad. Por supuesto que nuestros jóvenes no siempre terminan “en el templo” o “en las cosas de Dios”. Los que lucran con todo lo humano saben de este impulso irresistible y fabrican para los jóvenes todo tipo de “templos” y todo tipo de sustitutos para saciar artificialmente este deseo hondo del corazón humano cuando apenas despierta. Nos austa este impulso porque el riesgo es grande, pero sin ese impulso nadie saldría del resguardo de la vida familiar. El impulso a “salir” para “estar allí donde se plenifica nuestro ser” es el impulso más fuerte de la vida. Y Jesús vive este comienzo de la adolescencia con una radicalidad plena.

Hago aquí un paréntesis para que nos admiremos: es increíble el evangelio! Cómo nos hace entrar en una escena cotidiana y las palabras comunes que utilizamos todos los días adquieren una apertura a lo profundo y una transparencia tal que se vuelven inagotables. Si alguien nos cuenta una situación familiar similar a esta, enseguida uno ve dos límites: lo que es típico de los problemas con adolescentes y lo que es especial de esa familia. La escena del evangelio, en cambio, asume lo típico y lo original de cada uno y, vivido por Jesús, todo adquiere un sentido pleno.
Las angustias de todos los papás, por ejemplo, pueden encontrar en María y José un lugar seguro donde descargarse. Con ellos podemos decirle a Jesús “Por qué nos hacés esto”, cuando no entendemos lo que nos hacen nuestros hijos. Y encontrándolo a Él, junto con Él, podemos sentir que está con nosotros “en las cosas del Padre”, buscando a los que se pierden, sanando a los enfermos, perdonando a los pecadores, evangelizando a los pobres…
Con María y José encontramos a Jesús y con Jesús “sujeto a nosotros” nos metemos a buscar a los demás. En la vocación de Jesús todos podemos encontrar nuestra propia vocación.

Lucas nos narra cómo un Jesús preadolescente actúa y formula su vocación: estar con el Padre. La actúa obedeciendo a ese “llamado” que se le despierta en esta visita al Templo, con una obediencia que no mira a nada ni a nadie. Jesús siente que tiene que estar en las cosas del Padre y al pasar por algún aula donde los maestros están discutiendo acerca de algún punto de la ley, se mete y se queda allí. Y luego se pone a conversar con ellos, con tal intensidad que nadie se pregunta cómo es que este jovencito no se vuelve a su casa… Las preguntas y respuestas los envuelven a todos de manera tal que cuando sus padres lo ven –a los tres días-, Jesús está sentado en medio de los doctores y maestros de la ley, escuchándolos y haciéndoles preguntas.
Algo especial pasó en esos dos días para que el jovencito que entró al aula discretamente haya terminado en el centro de la sala con todos a su alrededor.
Martini se pregunta por qué será que Jesús eligió del Templo las aulas de estudio y no el lugar de los sacrificios y de la oración. Y responde que en las aulas “el tema central era el de la interpretación de la voluntad de Dios”. Eso debe haber atraído como un imán su corazón de Hijo. “Se hablaba de la voluntad de su Padre, de aquella voluntad de la que Él, como Hijo, tenía una inteligencia profunda, ese conocimiento habitual que se llama Sabiduría”.

Hay un momento en el que uno descubre lo que más desea en esta vida. El descubrimiento consiste en que se vuelve reflejo algo que se vivía como normal y uno siente una invitación a apropiarse líbremente de ese deseo. Uno siente “tengo que ser esto dado que es lo que más amo”. Algo así debe haber sentido Jesús al escuchar hablar de “la voluntad de su Padre”. “Tengo que estar aquí, metido en esta discusión, porque están hablando de algo que Yo conozco con transparente claridad y se ve que estos maestros no terminan de ver”. Es más, quizás fue alguna interpretación desacertada lo que motivó que Jesús se metiera. Como cuando leía las mentes de los escribas y fariseos y se daba cuenta que estaban interpretando mal lo que él hacía bien. Jesús, tan discreto, en esto no se aguantaba y hacía público lo que los otros malinterpretaban de su manera de ver las cosas con los ojos del Padre. Algo así debe haberle pasado por primera vez a Jesús al escuchar las discusiones de los doctores de la ley. Quizás el shock provino de haber estado siempre con José y María, quienes le responderían muy normalmente a sus preguntas siempre según Dios. En cambio en el Templo le debe haber pasado como le pasa a nuestros chicos cuando escuchan criterios raros en la escuela o en los medios yeso les produce un shock que los lleva a reflexionar por sí mismos.

De toda la riqueza de este pasaje, en la fiesta de la Sagrada Familia, me quedo con este punto, el de estar en las cosas del Padre. Hago algunas afirmaciones y las dejo para meditar.
Para poder responder por sí mismo, libre y concientemente, a ese “tengo que” estar en las cosas de mi Padre, Jesús necesitó primero los doce años de ir con sus padres al Templo, al comienzo en brazos, como nos narra el misterio de la Presentación, y luego de la mano de José y María.
Para poder sentir la disonancia de las interpretaciones de los doctores de la ley, de manera tal que pudiera por sí mismo, con sus propias palabras, ponerse a dialogar con ellos, Jesús necesitó de la catequesis de sus papás y maestros, que lo formaron en la verdad y el bien y en la belleza de dar culto a Dios. Si no las discusiones lo hubieran “aburrido” o le hubieran “lavado la cabeza” tal como sucede a muchos jóvenes cuya fe no bien formada, al chocar con los criterios del mundo hace que el volverse reflexivos y autoconcientes los lleva a la confusión mental y hacer suyos los criterios más disparatados.
Para haberse quedado lo más pancho dando clase a los doctores, Jesús preadolescente tuvo que haber estado seguro de que contaba con unos papás que lo buscaban. Por algo volvió en su compañía y siguió viviendo sujeto a ellos. Más allá de la “incomprensión” –que es también generacional -,Jesús cuenta con la cercanía y la presencia de sus padres. Hoy que los valores se han licuado, los niños y jóvenes necesitan que alguien esté a su lado para dialogar cada vez que se produce un cortocircuito de criterios o un valor es asesinado públicamente sin que a nadie se le mueva un pelo.

En las interpretaciones de este pasaje el haberse quedado Jesús en el Templo suele verse como opuesto al quedarse en la familia. Pero Jesús no dice “por qué no me buscaron en el Templo” sino que se asombra de que lo buscaran. Como si sintiera que Él nunca se les fue ni se les perdió.
“Estar en las cosas del Padre” es lo habitual en él. De hecho se encarnó sin dejar de “estar en el seno del Padre”. Por eso me parece que la enseñanza es más honda. Les hace ver a José y a María que “estar en las cosas del Padre” es algo dinámico:
que se amplía a veces hasta extenderse al Templo (y a todo el mundo) y se concentra por momentos a un único lugar, allí donde alguien necesita la misericordia del Padre.
Estar en las cosas del Padre tiene también sus tiempos. Y ellos (y nosotros) debemos notar cuándo Jesús se “tiene que quedar más tiempo” en un lugar, o porque está en juego la “interpretación de las cosas del Padre” o porque un gesto de la misericordia del Padre requiere más tiempo para ser recibido y para dar fruto.
Por eso Jesús “rechaza” el reproche de la angustia que les sobrevino al tener que buscarlo. Debían saber (debemos saber de ahora en adelante) dónde es que él está. Siempre, en todo momento.
El tiempo que nos lleva acercarnos será el mismo que nos llevó alejarnos o el que requiere que de fruto lo que en su nombre sembramos. Pero no es que no se sepa dónde está Jesús.
El tiempo que nos lleva ser iluminados por este criterio absoluto, claro y cierto, tiene que ver con el tiempo que nos pasamos sin rezar, incorporando inconcientemente esos otros criterios, complicados y retorcidos –esas falacias, diría Ignacio- que los hombres inventamos para justificar nuestro egoísmo.
Hoy Jesús sigue estando en las cosas del Padre, que siempre son cosas de familia.
Jesús está allí donde una familia está dialogando con sus pequeñitos de manera que nada ni nadie impida “que se acerquen a Dios”.
Jesús está allí donde uno de la familia cierra la puerta de su cuarto y reza en lo secreto, adorando al Padre en espíritu y en verdad.
Jesús está allí donde uno de la familia da limosna en lo secreto y suple con cariño lo que otro no hizo.
Jesús está allí donde alguien de la familia padece amando y hace un sacrificio en lo secreto por los demás.
Jesús está allí donde uno de la familia salió a buscar a otro que andaba perdido.
Jesús está allí donde uno de la familia está cuidando a uno enfermito…
Jesús está allí donde hay obras que son como una extensión de este espíritu de familia que le agrada al Padre, porque las cosas del Padre son cosas de familia.

Diego Fares sj

Ejercicios sencillos para “apesebrar el corazón” en Nochebuena

Misa de Nochebuena

En aquella época apareció un decreto del emperador Augusto,
ordenando que se realizara un censo en todo el mundo.
Este primer censo tuvo lugar cuando Quirino gobernaba la Siria.
Y cada uno iba a inscribirse a su ciudad de origen.
José, que pertenecía a la familia de David,
salió de Nazaret, ciudad de Galilea,
y se dirigió a Belén de Judea, la ciudad de David,
para inscribirse con María, su esposa, que estaba embarazada.
Y aconteció que estando ellos allí, se le cumplieron a ella los días del parto; y dio a luz a su Hijo primogénito, y lo envolvió en pañales
y lo acostó en un pesebre,
porque no había lugar para ellos en la hospedería (Lucas 2, 1-14).

Contemplación

La contemplación del Pesebre es como la contemplación de la Cruz. Hace bien repetirla; porque, si al mirar de paso, tal vez los pesebres parecen siempre lo mismo, al inclinarnos para mirar de cerca el Niño del pesebre nos ilumina los ojos con la fe de la infancia y nos sacia el hambre de ternura que inquieta nuestro corazón.
Es que el pesebre – la patena para la Eucaristía- está siempre en el centro de nuestra oración de Navidad. Y hace bien “rumiarlo”, que para enseñarnos a rumiar están allí el buey y el burrito dando calor al Niño; y hace bien volver sobre las mismas cosas, esas que “María, su Madre, guardaba rumiándolas en su corazón”. Contemplar al Niñito Jesús en el Pesebre de Belén – la Casa del Pan- hace que nos llenemos de ganas de apesebrar el corazón para recibirlo.

Recordamos algunos ejercicios sencillos para “dejarnos apesebrar el corazón”

Para apesebrar el corazón tenemos que aceptarlo tal como es
El pesebre es como es: rústico, práctico, no decorativo, útil para usar, sin pretensión de notoriedad ni de protagonismo… humilde. El pesebre sabe que es Jesús el que lo hace importante.
Y que fueron María y José los que lo eligieron para poner allí al Niño Jesús.
Si María lo recostó en el pesebre fue por que vio en él algo familiar, algo simple y seguro, como su corazón. Si no no hubiera puesto allí a su Hijo.
¿Qué vio en vos María, pesebrito de Belén, para confiarte a Jesús recién nacido?
El Pesebre es como nuestro corazón, el lugar humilde y pecador que Dios ama para venir a salvar.
Y si Jesús lo acepta, si María y José le confían al Niño, nosotros también podemos aceptar nuestro corazón y el de los demás –la realidad toda, tal como es- como lugar para que venga a nacer Jesús. Hogar de tránsito, es verdad, pero Hogar al fin, gracias al cariño y los sacrificios de María y de José y de todos los pastores que ayudaron a hacer más cálido el pesebre de Belén.
Al poner al Niño en el pesebre, María y José nos transmiten un mensaje claro y consolador: el Señor quiere comenzar a salvarnos en centro mismo de nuestra realidad-pesebre, con todas sus precariedades y crudezas.
Basta pues ser lo que somos, mantenernos pesebre – o mejor, dejarnos apesebrar el corazón- para que María nos ponga al Niño y nos lo confíe.

¿Y cómo se hace este ejercicio de “apesebrar el corazón?

El corazón se apesebra dejando que San José nos lo afirme
Nuestro corazón es vacilante. Se agita por todo, todo lo teme y todo lo desea. Para que María ponga al Niño en nuestro corazón, tiene que estar firme, sin temblequeos, en paz.

Imagino a José que ajusta las tablas con dos o tres golpes de sus manos carpinteras y afirma el pesebre en el suelo, para que no esté tembleque.
El pesebre son cuatro tablas o troncos, bien calzados pero ajustables. Cada tanto requiere unos golpes que encajen bien los encastres y también requiere que se busque su posición en el suelo, para salvar desniveles.
Así pasa con nuestro corazón. Si en algo se asemeja a un pesebre es en que en él resuena todo lo humano y todo lo divino. Nuestro corazón es el lugar misterioso donde encajan nuestra carne –con sus pasiones- y nuestro espíritu –con sus consolaciones y desolaciones. Y los encastres se desvencijan y necesitan ajuste, para que el corazón no ande tembleque y con una pata más corta que la otra.
De frágil equilibrio el pesebre, sin embargo, en manos de un buen carpintero, es fácil de ajustar y de afirmar.
Por eso, al contemplar cómo María reclina al Niño en él, advertimos el detalle de un José que se le adelanta y en un instante lo ajusta y lo afirma bien en el piso con cuatro palmadas y buscándole la posición.

Que San José nos apesebre el corazón, para que “no temamos recibir al Niño”. Que San José nos apesebre el corazón, para que el Niño pueda reposar en nosotros en paz.
Como dice el Salmo: “Mi corazón está firme y se mantiene en paz”.
El signo de que tu corazón está apesebrado es la paz:
Que sobre tu alegría y tu fatiga reine la paz.
Que tu trabajo tenga esa tranquilidad del buen orden en la que consiste la paz.
Que tu fiesta familiar transcurra en paz: que ayudes en paz a hacer las cosas y aprendas a corregir en paz…
Que proyectes en paz tus planes y que recuerdes en paz el año que ha pasado,
¡Y, por sobre todo esto, que al besar al Niño El te transmita su paz!
La paz es la gracia del bebé recién nacido, del que duerme envuelto en pañales sobre el pesebre afirmado: Él es el que nos trae la paz.

El corazón se apesebra dejando que María nos lo ahueque y lo ponga mullido
Nuestro corazón tiene sus pinches, sus rispideces, sus durezas y cerrazones. Pero si nos encuentran la vuelta con cariño, nuestro corazón se deja moldear.
Como el pesebre, que se deja ahuecar.
Tiene forma ahuecada pero, además, las ramitas de paja se dejan moldear y por eso son aptas para contener al Niño en paz.

Imaginamos a María, que moldea suavemente el huequito quitando alguna rama pinchuda para que no lastime el pañal, y juntando el pastito para que la dureza de las tablas no moleste al Niño.
Mantenerse en paz es también dejarse ahuecar el corazón, dejar que nos ablanden las aristas –angustias, pensamientos obsesivos, miedos, necesidad de controlar todo…-, que pueden molestar al Niño.

Es el peso del Niño el que da la medida de cuán mullido debe estar el hueco del corazón. No las circunstancias de la vida.
La paz es poder hacer las cosas sin perder el sentido del peso del Niño que reposa en nuestro corazón.
Por eso, cuando miramos a María que reclina al Niño en el pesebre, advertimos el detalle de cómo no lo pone directamente sino que al ponerlo aplasta un poco la paja y hace un huequito acogedor.

Que María nos apesebre, pues, el corazón, para que el Niño se acomode a gusto y encuentre su centro, su lugar justo para estar.
La miramos cómo se aleja un poquito, y se queda junto a José, contemplando a su Niño en torno al cual todo comienza a girar distinto: ordenado en su paz.
María fue la primera en realizar este gesto trascendente. Y al reclinar al Niño en el pesebre centró el mundo y la historia en su quicio. Al tener en sí a Jesús, ese pesebrito marginal, se convirtió en el centro del Imperio y de la historia. No es que fuera por sí mismo más que antes, pero el amor de Dios el Padre que lo centró todo en Jesús, lo centró con pesebre incluido. Así, todo cristiano que lleva a Jesús en sí camina en paz, porque es el centro del mundo y de la historia. Centro no para ser admirado sino para poder actuar con amor. Y por eso cada cristiano puede desarrollar en paz mil pequeñas acciones, limitadas y pobrísimas exteriormente, pero llenas de caridad, y hacerlo con los mil estilos distintos propios de cada uno –así como cada quien arma su pesebrito particular-: la paz brota del centro que todo lo ordena y todo lo bendice y ese centro es Jesús –con pesebre (nosotros) incluido-.
Algún día nos daremos cuenta de que el universo entero es eso: pesebre en el que está recostado Jesús. Eso somos nosotros: lugar para que se recueste Dios. Morada de Dios. Su casa. Donde quiere habitar. Por eso nos atrae tanto el pesebrito. Porque es lo que somos. Y quisiéramos serlo más, para que habite Jesús en nosotros.

Que el Niño nos apesebre el corazón con su paz, para que obrando en paz Él pueda centrar todo lo que hacemos en sí.

Centrado en el pesebre, el Niño se convierte en alimento.
El pesebre es donde comen paja el asno y el buey.
Es verdad que tiene forma de cuna, pero en realidad es mesa: la mesa de los animales que sirven al hombre, del de carga y del de yugo.
Allí va a ser recostado el que se convertirá en nuestro alimento.
La primera patena para el pan de la eucaristía es un pesebrito (phatne en griego, de allí “patena”).
Al recostar al Niño en el pesebre María ya nos puso el pan a la mesa, en Belén, la casa del pan. Jesús ya es Eucaristía desde el primer momento.
Es Nochebuena.
Los ángeles nos dicen:
“Paz a los hombres que le caen bien al Señor”.
Y con este anuncio, la Esperanza
–ese hueco que nada ni nadie puede llenar en el corazón del hombre-
se vuelve gesto sencillo:
el gesto de dejarnos apesebrar el corazón
por las manos de José y de María.
Para que el Niño se acomode bien
y con su peso leve y tierno de Eucaristía
nos quite los temores y nos llene de paz el corazón.
Diego Fares sj

María, ese espacio seguro de la visita de Dios

Levantándose María en aquellos días
se encaminó con premura
a la montaña, a un pueblo de Judá
y entró en la casa de Zacarías
y saludó a Isabel.
Y aconteció que, apenas esta oyó el saludo de María,
exultó el niño en su seno,
e Isabel quedó llena del Espíritu Santo,
y levantó la voz con gran clamor y dijo:
- ¡Bendita tú entre las mujeres
y bendito el fruto de tu vientre!
¿De dónde a mí (esta alegría): que la madre de mi Señor venga a mí?
Porque he aquí que, apenas sonó la voz de tu saludo en mis oídos,
exultó de alegría el niño en mi seno.
Dichosa la que creyó que se le cumplirían plenamente
las cosas que le fueron dichas de parte del Señor (Lc 1, 39-45).

Contemplación

La Visitación: “¿De dónde a mí esta alegría: que la Madre de mi Señor venga a mí?”
María con Jesús en su seno visita a todos.
María visita a Isabel, su prima anciana, y hace que todo el Antiguo Testamento se convierta en Precursor en la persona de Juan Bautista y cobre sentido si se orienta a Jesús, el Esperado.

María visita a Juan, se va a su casa, enviada por su Hijo en la Cruz, y apacienta a los discípulos hasta la Visita del Espíritu Santo en Pentecostés.

María visita a su pueblo fiel y lo invita a visitarla a ella en sus Santuarios, apacentando a todos. Como dice hoy Miqueas:
“Los apacentará con la fuerza del Señor,
con la majestad del nombre del Señor su Dios
y ellos habitarán tranquilos su tierra y él mismo será su paz”

Visitando y siendo visitada María nos apacienta en Jesús.

Jesús ha prometido claramente la gracia de estas visitas:
“Yo soy el pan de vida. El que viene a mí nunca tendrá hambre,
y el que en mí cree no tendrá sed jamás”
“Todo aquel que el Padre me da, vendrá a mí,
y al que a mí viene, no lo echo fuera.
Escrito está en los Profetas: “Y todos serán enseñados por Dios”.
Así que, todo aquel que oye al Padre y aprende de él, viene a mí” (Jn 6, 35-45).

En María todo va y viene hacia Jesús.
Ella ha nacido del Espíritu que “sopla donde quiere” (Juan 3, 8)
y la lleva a visitar a Isabel, la lleva a centrar a los discípulos, la lleva a apacentar a su pueblo .

En este Adviento hemos estado contemplando los espacios donde Dios viene a nosotros:
el cielo y el desierto.
Y el espacio del Espíritu en el que el Señor nos mete:
el espacio común y jerárquico de la Iglesia.
Hoy contemplamos a María como espacio de Dios.
En ese pequeño espacio que ocupa una persona
se abre un espacio espiritual infinito para Dios:
en el seno puro de María viene a habitar el Verbo hecho carne,
el Hijo del Padre Altísimo.
María se convierte así en Templo vivo,
en Iglesia que camina y sale a visitar a sus ovejitas.
Ella, la Pastora, es espacio de pastura en el desierto para los corderitos del Señor.
Ella, la Mujer de carne como la nuestra, es Puerta abierta al espacio del Cielo, a lo gratuito de la gracia del Señor.

María es espacio abierto para Dios y crea espacios de adoración y de alabanza con su presencia y con sus visitas.
Sus pequeñas imágenes que están constantemente visitando nuestras casas van creando ese espacio común y santamente ordenado en torno al bien, a la verdad y a la belleza, que llamamos el reino de Dios.

En María nuestro pueblo fiel siente que “llega a un espacio seguro”.
No hay torno a ella nada que sea barrera o exclusión.
En ella es verdad que Jesús “no rechaza a ninguno de los que, porque n en su interior la enseñanza del Padre, vienen a Él”.

María es espacio jerárquicamente ordenado.
El aparente “desorden” que reina en los santuarios, en los que parece que todas las ovejitas andan por donde quieren en el corral, es sólo aparentemente desordenado.
Si uno pudiera ver los corazones (y a veces se ven clarísimamente en los ojos iluminados de la gente que mira a la Madre), vería que están cada uno en su sitio, en la cercanía justa entre Ella y los demás.
Los más sinceros y amantes, imantados por ella hasta esa cercanía que los hace girar en torno al Amor como un planeta en torno a su Sol.
Los más lejanos, visitados por el cariño y la palabra de Ella que los apacienta, que sin dejar de girar en la órbita de su Amor a Dios, se inclina y se acerca a sus pequeñitos: “De dónde a mí que la Madre de mi Señor me venga a visitar”.

A los que como Isabel anciana, su peso excesivo no los deja salir a Jesús atraídos por la enseñanza del Padre, María les acerca a Jesús visitándolos ella misma.

Ir a visitar o recibir la visita, la alegría y el gozo es el mismo.

Salir a apacentar o ser apacentados son dos caras de la misma moneda, ya que siempre somos discípulos misioneros.

María la primera: la visitada por el Espíritu y la que visita llenando del Espíritu a los demás.

La invitamos a nuestra casa, para que nos ensanche el corazón esta Navidad y podamos hacernos un lugarcito para recibir la visita del Niño Jesús.
Y le pedimos la gracia de salir, con ella, a visitar a los que no pueden responder como tanto desearían a esa atracción del Padre hacia su Hijo Amado.
Salir a visitar a los pobres de Dios,
salir con el deseo de apacentar de María,
creando esos espacios comunes y ordenados en torno a la bondad y a la belleza, que son pesebres –casas, hogares e iglesias- donde nace y si ha muerto resucita el Reino de Dios.
Diego Fares sj

El espacio del Espíritu, en el que Jesús nos sumerge

La gente le preguntaba a Juan:
- «¿Qué debemos hacer entonces?»
El les respondía:
- «El que tenga dos túnicas, dé una al que no tiene;
y el que tenga alimentos, que haga lo mismo.»

Algunos recaudadores de impuestos
vinieron también a hacerse bautizar y le preguntaron:
- «Maestro, ¿qué debemos hacer?»
El les respondió:
- «No cobren más de la tasa estipulada por la ley»

A su vez, unos militares le preguntaron:
- «Y nosotros, ¿qué debemos hacer?»
Juan les respondió:
- «No extorsionen a nadie, no hagan falsas denuncias y conténtense con su sueldo.»

Como el pueblo estaba a la expectativa
y todos se preguntaban si Juan no sería el Mesías,
él tomó la palabra y les dijo:
- «Yo los bautizo con agua,
pero viene uno que es más poderoso que yo,
y yo ni siquiera soy digno de desatar la correa de sus sandalias;
él los bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego.
Tiene en su mano la horquilla para limpiar su era
y recoger el trigo en su granero.
Pero consumirá la paja en el fuego inextinguible.»
Y por medio de muchas otras exhortaciones,
anunciaba al pueblo la Buena Noticia (Lucas 3, 10-18).

Contemplación
Hemos identificado y resignificado dos “lugares de Adviento”, dos espacios o ámbitos donde Jesús viene a nosotros: el cielo y el desierto.

Que Jesús viene del cielo quiere decir que viene “desde más allá de lo esperado”. Y en nuestro mundo en el que todo es negociable, lo único inesperado es lo gratuito. Por eso decíamos que para ver venir a Jesús debemos fijar la mirada en los espacios de de no-negocio, en los lugares de gratuidad que hay en nuestra vida: la familia, la amistad, la eucaristía, el voluntariado…

Que la Palabra viene a nosotros en lo desierto quiere decir que viene “en lo que es capaz de ser consolado”, en lo que con nuestras solas fuerzas es estéril pero se vuelve capaz de florecer y dar frutos con la gracia, como los desiertos florecen con las lluvias.
Y decíamos que pueden florecer en Dios los corazones y las obras que permanecen fieles al compromiso de su amor,
los corazones y las obras que no aceptan consolaciones artificiales,
los corazones y las obras en los que hemos sembrado semillas verdaderas que cuando las visita la consolación florecen y dan fruto. Mantenerse paciente y fielmente en lo desierto implica no querer otro consuelo que no sea el de Jesús.
Allí donde hemos sido enviados por él, allí donde están los que amamos, allí esperamos la consolación que nos haga florecer.
No queremos consolaciones artificiales.

Hoy el evangelio nos habla de un espacio totalmente especial, un espacio donde sólo Jesús puede sumergirnos: “El los bautizará en el Espíritu y en el fuego”, dice Juan Bautista.
Este espacio no existe como parte de la naturaleza.
Es un espacio sobrenatural, espiritual; un espacio que Dios crea, que sólo él abre y delimita con su presencia.
Es el espacio del Espíritu.

Se puede hablar del Espíritu en términos de espacio.
El territorio del Espíritu es lo que llamamos “Reino de Dios” o “Reino de los cielos”.
Es un espacio que “viene”.
Por eso rezamos al Padre: “venga a nosotros tu reino”.
Cuando el Señor envía su Espíritu, la presencia del Espíritu crea un ámbito especial. No es algo puntual sino una realidad que se expande. Esto es tan así que la presencia del Espíritu en un corazón siempre lo lleva a “hacer lugar”, a crear lugar, a transfigurar lugares, como hizo José con el pesebre de Belén, como hacemos nosotros con nuestras casas y hogares.

Este espacio del Espíritu tiene sus características especiales.
Se me ocurren algunas muy lindas y espero que cada uno aporte lo suyo.

El espacio que se genera cuando viene el Espíritu y cuando aceptamos bautizarnos en Él es siempre un Espacio Común.
En el territorio donde reina el Espíritu del Señor no hay sitios exclusivos –ni countries ni villas ni ningún tipo de lugar reservado sólo para algunos o que se puedan reclamar como “propio”: todo es común, eclesial, comunitario.
Debemos tener cuidado sin embargo en malinterpretar este espacio común con criterios mundanos. Como nuestro mundo se ocupa constantemente de crear espacios exclusivos para negociarlos, lo común está desvalorizado, se convierte en tierra de nadie. Lo vemos con tristeza e impotencia en nuestras ciudades: las plazas, los parques, los lugares públicos, son objeto del descuido y el maltrato.

En el Espacio común del Espíritu no es así. Lo más común es lo más sagrado: en vez de ser tierra de nadie es tierra de todos, pero de todos jerárquicamente organizados. Es decir, espacio común que todos cuidamos respetuosa y organizadamente. Con caridad discreta, diría Ignacio. Caridad que brinda su servicio en el tiempo oportuno y con la distancia óptima.
Así, el espacio que se genera cuando viene el Espíritu y nos dejamos bautizar en él es siempre un Espacio Jerárquico. “A cada cual se le da la manifestación del Espíritu para el bien común” (1 Cor 12, 7).

Jerarquía significa “principio santo” u “orden sagrado”. Es un orden que se establece teniendo en cuenta lo principal, lo más santo. Cuando la jerarquía es artificial o se utiliza para los negocios y la fama de algunos en desmedro de otros, es detestable. Pero cuando la jerarquía es verdadera, cuando se distribuyen los cargos y roles de acuerdo al mayor servicio, a la mayor belleza y al mayor conocimiento, entonces es amable y defendible a toda costa.
Si hablamos en términos de belleza es muy claro. En una fiesta de bodas los tiempos y espacios deben estar ordenados para realzar a los novios: la mesa principal, destacada, el momento del vals, momento en que se deja todo lo demás de lado…
Si hablamos en términos de salud, también es claro: en un hospital todo se organiza para el bien del enfermo, tanto los lugares como los roles de los que deciden qué hay que darle, cómo y cuándo.
Y así también en una universidad… el que más sabe hace valer sus conocimientos ordenadamente, para bien de los que aprenden…
Resulta obvio que si la vida social y política no está organizada según las jerarquías de la verdad, el bien y la belleza, no es porque carezca de orden. El problema no es el “desorden”. Lo que sucede es que en vez de jerarquía –orden sagrado- hay “negociarquía”, por usar un neologismo. Y el orden de los negocios es impiadoso: no deja lugar para la gratuidad, que es propiamente “lo sagrado”, la “gracia”, lo “no-comprable ni controlable”.
Por eso el espacio del reino choca –a veces de manera manifiesta y otras (muchas más) de manera sorda y tapada- con los espacios de los negocios. Cuando alguien está defendiendo el espacio de sus negocios causa interferencias de distinto tipo y grado con los que están cuidando los espacios del Espíritu. Dos señales son el boicot al espacio común y al orden que busca la verdad, el bien y la lindura.

Para no abundar, destaco otra característica del espacio del Espíritu.
Si los espacios humanos tienen límites inciertos y fluctuantes, el espacio del Reino en el que nos bautiza Jesús es un ámbito de certeza.
El espacio del Espíritu tiene una sola ley, la caridad, y la caridad no tiene límites ni condicionamientos.
Por eso su fruto y corona, la alegría del espíritu, se expande de manera tal que nada ni nadie nos la puede quitar.
Todas las alegrías humanas tienen como contrapartida algún miedo o tristeza, real o posible, pasado o futuro.
El gozo del Espíritu, la alegría de tanta alegría de Jesús resucitado, no tienen límite que los amenace, no son gozo mezclado con angustias.
Pablo es el que mejor se anima a formularlo como es él, sin medias tintas: “No se angustien por nada”, le dice los Filipenses.
“Alégrense siempre en el Señor. Insisto, alégrense”.
Este es el mensaje de Juan el Bautista, el Precursor, el Amigo del Novio que se alegra con su alegría: Jesús los bautizará en este ámbito del Espíritu: espacio común, santa y hermosamente ordenado, donde la caridad reina y la alegría es cierta.

Adviento es tiempo de dejarnos bautizar por Jesús en el Espíritu para que “venga a nosotros el Reino del Padre”.

Diego Fares sj

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