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Posts Tagged ‘adviento’

 

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos:

«Estén atentos, velen,

porque no saben cuándo es el tiempo.

Será como un hombre que emprendiendo un viaje,

dejó su casa y lo puso todo en manos de sus servidores,

asignando a cada cual su tarea,

y al portero le ordenó que velase.

Velen, entonces,

porque no saben cuándo llegará el dueño de casa,

si a primera hora de la noche,

o a la medianoche,

o al canto del gallo

o a la madrugada.

No sea que llegando de improviso los encuentre durmiendo.

Y esto que les digo a ustedes, lo digo a todos: Velen!» (Mc 13, 33-37).

 

Contemplación

A qué tenemos que estar despiertos? Qué es lo que nos tiene que desvelar? Tenemos que estar despiertos al amor. Y el amor es una fuerza que se extiende a todas las personas, pero a condición de que esté siempre centrado en alguien especial. Si no se centra con predilección en alguien, al amor se dispersa.

Por eso, en este comienzo del Adviento, el Señor reclama esta atención especial hacia su Persona. Ese Alguien especial -especialísimo- es Él, Jesús: el predilecto del Padre y de los pequeños.

Podemos leer la parábola como un reclamo de cariño, de atención: el Dueño de casa que viene a cualquier hora y quiere que lo estemos esperando -insomnes y levantados- lo que hace es reclamar para sí un trato especial, un trato de Esposo que vuelve de un largo viaje y sueña con que lo esperan su esposa y sus hijitos.

La parábola no trata de un juicio final al que deberíamos temer y de tener todo en orden para poder salir airosos del examen.

La parábola no habla de nosotros.

Habla de Jesús.

Jesús quiere que lo miremos a Él, que estemos atentos a su venida y a sus encargos. No dice “miren que no saben cuándo vengo” para obligarnos a mirar las cosas que hacemos a ver si las estamos haciendo bien, sino que nos alerta para que nos demos cuenta de que Él es la Persona especial.

En términos de amor, Jesús es Especial porque en Él podemos amar a todos: al Padre, a los hombres y a nosotros mismos.

Es el “elemento aglutinante” por utilizar una palabra que quizás sea poco humana, pero la usamos teniendo en cuenta que el Señor mismo se comparó con una piedra cuando usó la metáfora de la “piedra angular”.

Él es el pan que nos une, el perdón que nos iguala, la palabra que nos interpreta.

Él es el alfa y la omega, el Predilecto del Padre, la Palabra en la que fuimos creados, el Nombre clave que activa todo…

Él es el que nos vino a buscar, el que nos perdona y nos sana, el que puede unir a todas las culturas y a todos los hombres.

Sin Él sólo podemos amar a pocos.

Y precisamente en estos pocos se ve que el amor se estructura siguiendo esta “tendencia” propia suya, que consiste en ser fecundo y extensivo a varios eligiendo y siendo fiel a una persona en especial.

Enamorarse es descubrir a ese alguien único y especial.

Formar familia es traer a la vida y hacer participar a los hijos de ese amor especial que, de ser entre dos, pasa a ser amor especial a la propia familia.

Ese amor por la familia es lo que impulsa a salir a trabajar con los demás, construyendo la sociedad.

Dice el dicho que “se trabaja por los hijos” y es una gran verdad. Si la esperanza de un futuro mejor para los hijos no centrara los esfuerzos de las personas, la sociedad se convertiría en algo extraño. Si cada uno fuera sólo él ese “alguien especial”, si todos fuéramos como esos hijos de multimillonarios que sólo piensan en pasarla bien y no contribuyen haciendo algo positivo para los demás, implosionaría la sociedad.

El amor crece en esta tensión entre algo que es especial para uno -su esposa y su esposo, su familia, su barrio, su escuela, su club, su pueblo, su patria, su comunidad eclesial- y algo que es común de todos.

Por tanto, al comenzar el Adviento, lo único que nos debe quitar el sueño es el amor a Jesús. Él nos manda que nos despertemos y resucitemos a su amor. Que salgamos de la anestesia del mundo, cuyo espectáculo pasa sin dejar alegría en el corazón, y volvamos a la vida verdadera, centrando nuestro amor en Él, nuestra Persona especial, para de allí poder amar a todos los demás.

La imagen del amor que no tiene horarios es una imagen familiar. Los papás con hijos pequeños saben que sus hijitos se despiertan a cualquier hora, que se asustan y vienen a la cama matrimonial a medianoche o de madrugada, o se despiertan primero los feriados y despiertan a todos los demás. También los papás de adolescentes saben de este “llegar a cualquier hora” de sus hijas y de sus hijos, y estar en vela hasta que los sienten llegar.

La venida de Jesús -el Adviento- hay que esperarlo velando y despiertos como esos papás. Y si en esta imagen de hijos que no te dejan dormir hay un resabio de cansancio, podemos empequeñecernos más y recordar nuestros desvelos infantiles. La noche de reyes en que no nos podíamos dormir de la emoción de los regalos. Cómo nos quedábamos dormidos sin darnos cuenta y al despertar era como si no hubiera durado nada la noche y nos levantábamos enseguida para ir a ver qué nos habían dejado en los zapatitos.

Para empezar el Aviento despertándonos al amor, nada mejor que aprender de los niños que fuimos, pues los niños son, como dice Martín Descalzo,

Los maestros de la esperanza

“Cuando algunos amigos me escriben diciéndome que mis articulejos de los domingos les llevan cada semana una ración de esperanza, yo me pregunto si estos amigos estarán tan solos o tan miopes como para no percibir que, con toda seguridad, tienen en sus casas infinitas más razones para esperar de las que yo pudiera dar en estas líneas.

Las tienen. Sobre todo en estos días. En este tiempo antes de Navidad, que es como un cursillo intensivo de la asignatura de la esperanza. Y que conste que hablo de las dos esperanzas: de la que se escribe con mayúscula y que se hizo visible en el portal de Belén y de esas esperancillas en moneda fraccionada que cada día nos regala la vida. Pero no voy a hablar hoy de las grandes esperanzas sino de ese libro de texto que se puede tener sin acudir a las librerías, el mejor tratado de esperanzas que existe en este mundo: los ojos de los niños.

Sobre todo en Adviento ahí puede leerse todo. ¿Qué daría yo porque todos mis artículos juntos valiesen la milésima parte o dijeran la mitad de lo que unos ojos de niño pueden decir en una fracción de segundo?

Leedlos, por favor, en estos días. Convertíos en espías de sus ojos. Estad despiertos al milagro que en ellos se refleja. Seguro que todos, en casa o en el vecindario, tenéis este texto que no cuesta un solo céntimo. Observadles cuando juegan en la calle, cuando os los cruzáis en los ascensores de vuestra casa, cuando se quedan como perdidos en el mundo de sus sueños. Perseguid en estos días las miradas de vuestros hijos, de vuestros nietecillos, de vuestros pequeños sobrinos. Nadie, nada, nunca os contará tanto como esos ojos, como ese tesoro que todos tenéis al alcance de la mano.

Observadlos, sobre todo, la víspera de Nochebuena y de Reyes. Entonces descubriréis que las suyas son esperanzas de oro, mientras que las de los mayores son simples esperanzas de barro. ¿Y sabéis por qué? Porque las de los pequeños son esperanzas «ciertas». Comparadlas con esa mirada con la que el jugador sigue la bola que gira en la ruleta y acabaréis de entender. Los ojos de éste se vuelven vidriosos, el girar de la bolita le da esperanza, pero es una esperanza torturadora que le crea una tensión enfebrecido y casi le multiplica el dolor en lugar de curárselo: sabe que la suya no es una esperanza cierta. Más que esperanza es hambre, pasión, ansia. Nada de eso hay en el niño. El pequeño, la víspera de Reyes, también espera, también está impaciente. Pero su impaciencia consiste no en que dude si le vendrá la alegría o la tristeza, sino tan sólo en que no sabe qué tipo de alegría le van a dar. Sabe que es amado, que será amado y su esperanza consiste en tratar de adivinar de qué manera le van a amar y cuán hermoso será el fruto de ese amor. ¡Esa es la verdadera esperanza! La de los adultos siempre les encoge un poco el alma, les hace cerrarse en ella, la aprietan a la vez que los puños, como con miedo a que se les escape. La esperanza de los niños es abierta, les vuelve comunicativos, saltan y se agitan, pero se agitan porque la esperanza les ha multiplicado su vitalidad y no son ya capaces de contenerla; arden, pero están serenos y tranquilos. Saben. Saben que no hay nada que temer. No han visto aún sus regalos. Pero sienten la mano que les acaricia ya antes de entregárselos”.

Diego Fares sj

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arca-de-noe 

En aquél tiempo Jesús dijo a sus discípulos: Como en los días de Noé, así será la venida del Hijo del hombre. Así como pasó en los días que precedieron al diluvio, que la gente comía, bebía y se casaba, hasta el día en que entró Noé en el arca; y no se dieron cuenta de nada, hasta que sobrevino el cataclismo y los arrastró a todos, así será también el Adviento del Hijo del hombre.

Entonces habrá dos hombres en el campo: uno será tomado y uno abandonado; dos mujeres estarán moliendo con la muela, una será tomada y una abandonada.

Vigilen, pues, porque no saben qué día viene su Señor.

Sepan esto: si el amo de casa supiera a qué hora de la noche viene el ladrón, vigilaría y no dejaría abrir un boquete en su casa.

Por eso, también ustedes estén preparados, porque a la hora menos pensada viene el Hijo del hombre (Mt 24, 37-44).

 

 

Contemplación

La contemplación al comienzo del Adviento es muy simple. Se basa en una verdad que a veces se nos tapa, y es ésta: si Jesús dice que vendrá, entonces es que hay una puerta abierta.

Si vino una vez, si viene a consolarnos cada día mientras vamos de camino por la vida, si vendrá trayendo consigo el último día, significa que tenemos que mirar hacia allí donde la realidad es una puerta abierta.

Como cuando uno espera la salida del sol y concentra la mirada allí donde el cielo irradia ese esplendor de luz primero blanca y luego amarillo como oro fundido.

El libro del Génesis nos regala la primera imagen de la creación como la de la luz que se abre espacio en medio del caos y las oscuras tinieblas. Dijo Dios: Haya Luz. Y la luz se hizo” (Gn 1. 2-3).

Las cosas son lo que son, pero tienen un lugar abierto en sí para dar a luz algo mejor.

Las estrellas son estrellas desde hace quince mil millones de años –cada una con sus planetas y asteroides girando alrededor- y lo siguen siendo, pero en nuestro planeta, hace 2.700 millones de años, surgió algo totalmente nuevo: se abrió paso la vida fotosintética de las plantas marinas.

Las plantas siguen siendo plantas desde entonces, pero en ellas –en su estructura íntima- hubo espacio para que se abriera paso la vida animal.

Los animales siguen siendo animales desde entonces, pero en su estructura íntima hubo espacio abierto para que hace menos de dos millones de años, adviniéramos nosotros, los hombres: la vida autoconsciente y libre, la vida espiritual.

Los hombres seguimos siendo animales racionales, cosa que una cultura que se dice agnóstica, se empeña en querer demostrar… Como si no bastara con ver en el noticiero las noticias sobre Mosul o estudiar nuestros propios comportamientos egoístas, para darnos cuenta de que somos eso, simples animales, a los que la razón nos permite “salirnos de los límites” y experimentar sobre nuestra propia vida y, lo que es muchas veces muy triste, sobre la vida de los demás.

Es importante esta verdad: que si no nos abrimos a ese “algo más”, que hizo que surgiéramos desde el interior de las otras especies, y damos a luz “algo mejor”, no sólo somos “simples animales racionales”, sino que nos convertimos en algo negativo. La racionalidad, cuando no se abre al corazón, se enfría y, paradójicamente, esto hace que nuestras pasiones animales pierdan sus límites naturales y enloquezcan.

¿Qué sino paranoia es esa violencia que convierte la lucha natural por un pedazo de carne, propia de un lobo tanto como de una gaviota, en la fabricación y venta organizada a escala mundial de armas de todo tipo, incluso químicas, que bombardea poblados indefensos y hace explotar bombas humanas en aeropuertos?

¿Qué sino exacerbación frenética es una sexualidad que convierte la expresión del amor y la fecundidad en una industria de pornografía y recurre a la trata de personas –incluso niños y niñas- para alimentarla?

¿Qué sino delirio es una industria que produce cosméticos con carne humana y deja que se pudran toneladas de alimento mientras millones de personas padecen hambre y los niños nacen y viven desnutridos?

Paranoia, exacerbación frenética, delirio… El mal, antes que problema moral, es locura que sólo la razón y una obcecada libertad pueden sostener.

Cuando cerramos la puerta a esta apertura que es constitutiva de toda realidad, no solo nos apartamos de Dios, sino que engendramos en nuestro interior algo peor que un simple “animal racional”. Le abrimos la puerta a la locura del mal.

Lo que narra el Génesis en el relato del Diluvio no es simple pasado, sigue siendo actual: “Vio Dios que la maldad del hombre cundía en la tierra, y que todos los pensamientos que ideaba su corazón eran puro mal de continuo”. Esto hizo que le pesara “a Dios haber creado al hombre en la tierra y se indignó su corazón” (Gn 6, 5-6).

La imagen de Noé construyendo el Arca, es la imagen que contrasta con toda esta locura. Aunque parezca poca cosa: “Basta un hombre bueno para que haya esperanza” dice de él Laudato Si (71).

Resulta conmovedora la imagen de Noé –“el hombre más justo y cabal de su tiempo”- que se puso a construir un Arca en las afueras de su pueblo. Todos se le reían y “comían y bebían y se casaban…”, dice la Biblia, dando a entender que cada uno estaba en lo suyo. Pero Noé soñaba un Arca en la que cupieran todas las especies animales de la tierra.

Luego de que las aguas hayan “tapado” todo, el Arca será una puerta abierta flotante, desde la que la humanidad verá salir por fin el arco iris de la alianza.

Es clave para nosotros abrir espacio y darle peso a esta imagen primordial y al mensaje de fondo que contiene: los seres humanos que vivimos actualmente descendemos de hombres como Noé.

No descendemos de los necios que murieron ahogados en su maldad y no dejaron descendencia.

Es cierto que el mal cubre toda la superficie de la tierra, pero los que vivan en el futuro nacerán de los que seamos como Noé, de los que construyamos estructuras omni-inclusivas –Arcas- y no de los que vivan sólo para sí, ni mucho menos de los que construyen estructuras que descartan.

Alguno dirá –siguiendo las pautas publicitarias-: “Pero la vida es para gozársela uno, no es para perderla pensando en los que vendrán”.

Esta verdad que pone en movimiento a toda la sociedad del consumo es una verdad muy extendida, pero es bastante superficial.

¿Hay acaso gozo más grande en la vida que gozar con los nietos?

¿Tiene sentido envejecer rodeado de lujos y poder en espacios vacíos de nietos?

Y digo no solo de los propios sino de los de todos los demás.

¿No es lo más lindo de la vida tomar conciencia de que otros soñaron con nosotros, trabajaron para nosotros, gastaron su vida por nosotros?.

¿No hay un Noé en la historia no muy lejana de toda familia actual, uno que tomó consigo a los suyos y se subió a una barca salvando a la familia de alguna guerra o de alguna crisis y estableciéndose en un nuevo país?

Para comenzar el Adviento le abrimos espacio en el corazón a esta pequeña abertura que todos tenemos y que nos constituye como creaturas y como seres humanos. Por esa apertura, que llamamos nuestros sueños, nuestra esperanza, nuestro amor que nos hace abrirnos a los demás, entrará Jesús. Igual que un día entró por es “Sí” abierto y acogedor de María, nuestra Señora.

Si la realidad es abierta ¿es tan extraño el anuncio de que hace dos mil años, en un momento preciso y único de la historia, Advino Aquel en quien fueron creadas todas las cosas, precisamente gracias a este carácter suyo de estar abiertas? ¿Es tan extraño que haya venido a habitar entre nosotros Aquel que nos creo habitables, es decir “abiertos a lo otro”?

“Hay toda una mentalidad que descarta y da por supuesto que no tiene sentido hablar de una venida de Dios a este mundo pequeñito dentro de un universo infinito y en un momento concreto de la historia.

Lo cual es como no entender que precisamente es eso lo único que tiene sentido en un universo así, en que la apertura de las grandes estructuras acoge la vida como pequeña semilla.

Dentro del cosmos infinito, nuestro pequeño planeta vivo.

Dentro de la madre, la vida que comienza.

Dentro de nuestro cuerpo, la chispa espiritual de nuestro corazón.

Dentro de nuestro corazón, la pequeñez infinita de la Trinidad.

Ese Dios que se hace presente y viene a habitar en nosotros porque se ha enamorado de nuestra abierta pequeñez” (2010).

P. D. La imagen del Arca de Noé es del Taller de artesanías San Roque González de Santa Cruz, de El Hogar de San José, una de esas Arcas de misericordia que abre sus puertas a las personas en situación de calle en Buenos Aires (En Youtube hay un lindo video donde se puede ver la magia de las manos de los artesanos: https://www.youtube.com/watch?v=o2Fa71_WRDE).

Diego Fares sj

 

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El espacio del Espíritu, en el que Jesús nos sumerge

La gente le preguntaba a Juan:
– «¿Qué debemos hacer entonces?»
El les respondía:
– «El que tenga dos túnicas, dé una al que no tiene;
y el que tenga alimentos, que haga lo mismo.»

Algunos recaudadores de impuestos
vinieron también a hacerse bautizar y le preguntaron:
– «Maestro, ¿qué debemos hacer?»
El les respondió:
– «No cobren más de la tasa estipulada por la ley»

A su vez, unos militares le preguntaron:
– «Y nosotros, ¿qué debemos hacer?»
Juan les respondió:
– «No extorsionen a nadie, no hagan falsas denuncias y conténtense con su sueldo.»

Como el pueblo estaba a la expectativa
y todos se preguntaban si Juan no sería el Mesías,
él tomó la palabra y les dijo:
– «Yo los bautizo con agua,
pero viene uno que es más poderoso que yo,
y yo ni siquiera soy digno de desatar la correa de sus sandalias;
él los bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego.
Tiene en su mano la horquilla para limpiar su era
y recoger el trigo en su granero.
Pero consumirá la paja en el fuego inextinguible.»
Y por medio de muchas otras exhortaciones,
anunciaba al pueblo la Buena Noticia (Lucas 3, 10-18).

Contemplación
Hemos identificado y resignificado dos “lugares de Adviento”, dos espacios o ámbitos donde Jesús viene a nosotros: el cielo y el desierto.

Que Jesús viene del cielo quiere decir que viene “desde más allá de lo esperado”. Y en nuestro mundo en el que todo es negociable, lo único inesperado es lo gratuito. Por eso decíamos que para ver venir a Jesús debemos fijar la mirada en los espacios de de no-negocio, en los lugares de gratuidad que hay en nuestra vida: la familia, la amistad, la eucaristía, el voluntariado…

Que la Palabra viene a nosotros en lo desierto quiere decir que viene “en lo que es capaz de ser consolado”, en lo que con nuestras solas fuerzas es estéril pero se vuelve capaz de florecer y dar frutos con la gracia, como los desiertos florecen con las lluvias.
Y decíamos que pueden florecer en Dios los corazones y las obras que permanecen fieles al compromiso de su amor,
los corazones y las obras que no aceptan consolaciones artificiales,
los corazones y las obras en los que hemos sembrado semillas verdaderas que cuando las visita la consolación florecen y dan fruto. Mantenerse paciente y fielmente en lo desierto implica no querer otro consuelo que no sea el de Jesús.
Allí donde hemos sido enviados por él, allí donde están los que amamos, allí esperamos la consolación que nos haga florecer.
No queremos consolaciones artificiales.

Hoy el evangelio nos habla de un espacio totalmente especial, un espacio donde sólo Jesús puede sumergirnos: “El los bautizará en el Espíritu y en el fuego”, dice Juan Bautista.
Este espacio no existe como parte de la naturaleza.
Es un espacio sobrenatural, espiritual; un espacio que Dios crea, que sólo él abre y delimita con su presencia.
Es el espacio del Espíritu.

Se puede hablar del Espíritu en términos de espacio.
El territorio del Espíritu es lo que llamamos “Reino de Dios” o “Reino de los cielos”.
Es un espacio que “viene”.
Por eso rezamos al Padre: “venga a nosotros tu reino”.
Cuando el Señor envía su Espíritu, la presencia del Espíritu crea un ámbito especial. No es algo puntual sino una realidad que se expande. Esto es tan así que la presencia del Espíritu en un corazón siempre lo lleva a “hacer lugar”, a crear lugar, a transfigurar lugares, como hizo José con el pesebre de Belén, como hacemos nosotros con nuestras casas y hogares.

Este espacio del Espíritu tiene sus características especiales.
Se me ocurren algunas muy lindas y espero que cada uno aporte lo suyo.

El espacio que se genera cuando viene el Espíritu y cuando aceptamos bautizarnos en Él es siempre un Espacio Común.
En el territorio donde reina el Espíritu del Señor no hay sitios exclusivos –ni countries ni villas ni ningún tipo de lugar reservado sólo para algunos o que se puedan reclamar como “propio”: todo es común, eclesial, comunitario.
Debemos tener cuidado sin embargo en malinterpretar este espacio común con criterios mundanos. Como nuestro mundo se ocupa constantemente de crear espacios exclusivos para negociarlos, lo común está desvalorizado, se convierte en tierra de nadie. Lo vemos con tristeza e impotencia en nuestras ciudades: las plazas, los parques, los lugares públicos, son objeto del descuido y el maltrato.

En el Espacio común del Espíritu no es así. Lo más común es lo más sagrado: en vez de ser tierra de nadie es tierra de todos, pero de todos jerárquicamente organizados. Es decir, espacio común que todos cuidamos respetuosa y organizadamente. Con caridad discreta, diría Ignacio. Caridad que brinda su servicio en el tiempo oportuno y con la distancia óptima.
Así, el espacio que se genera cuando viene el Espíritu y nos dejamos bautizar en él es siempre un Espacio Jerárquico. “A cada cual se le da la manifestación del Espíritu para el bien común” (1 Cor 12, 7).

Jerarquía significa “principio santo” u “orden sagrado”. Es un orden que se establece teniendo en cuenta lo principal, lo más santo. Cuando la jerarquía es artificial o se utiliza para los negocios y la fama de algunos en desmedro de otros, es detestable. Pero cuando la jerarquía es verdadera, cuando se distribuyen los cargos y roles de acuerdo al mayor servicio, a la mayor belleza y al mayor conocimiento, entonces es amable y defendible a toda costa.
Si hablamos en términos de belleza es muy claro. En una fiesta de bodas los tiempos y espacios deben estar ordenados para realzar a los novios: la mesa principal, destacada, el momento del vals, momento en que se deja todo lo demás de lado…
Si hablamos en términos de salud, también es claro: en un hospital todo se organiza para el bien del enfermo, tanto los lugares como los roles de los que deciden qué hay que darle, cómo y cuándo.
Y así también en una universidad… el que más sabe hace valer sus conocimientos ordenadamente, para bien de los que aprenden…
Resulta obvio que si la vida social y política no está organizada según las jerarquías de la verdad, el bien y la belleza, no es porque carezca de orden. El problema no es el “desorden”. Lo que sucede es que en vez de jerarquía –orden sagrado- hay “negociarquía”, por usar un neologismo. Y el orden de los negocios es impiadoso: no deja lugar para la gratuidad, que es propiamente “lo sagrado”, la “gracia”, lo “no-comprable ni controlable”.
Por eso el espacio del reino choca –a veces de manera manifiesta y otras (muchas más) de manera sorda y tapada- con los espacios de los negocios. Cuando alguien está defendiendo el espacio de sus negocios causa interferencias de distinto tipo y grado con los que están cuidando los espacios del Espíritu. Dos señales son el boicot al espacio común y al orden que busca la verdad, el bien y la lindura.

Para no abundar, destaco otra característica del espacio del Espíritu.
Si los espacios humanos tienen límites inciertos y fluctuantes, el espacio del Reino en el que nos bautiza Jesús es un ámbito de certeza.
El espacio del Espíritu tiene una sola ley, la caridad, y la caridad no tiene límites ni condicionamientos.
Por eso su fruto y corona, la alegría del espíritu, se expande de manera tal que nada ni nadie nos la puede quitar.
Todas las alegrías humanas tienen como contrapartida algún miedo o tristeza, real o posible, pasado o futuro.
El gozo del Espíritu, la alegría de tanta alegría de Jesús resucitado, no tienen límite que los amenace, no son gozo mezclado con angustias.
Pablo es el que mejor se anima a formularlo como es él, sin medias tintas: “No se angustien por nada”, le dice los Filipenses.
“Alégrense siempre en el Señor. Insisto, alégrense”.
Este es el mensaje de Juan el Bautista, el Precursor, el Amigo del Novio que se alegra con su alegría: Jesús los bautizará en este ámbito del Espíritu: espacio común, santa y hermosamente ordenado, donde la caridad reina y la alegría es cierta.

Adviento es tiempo de dejarnos bautizar por Jesús en el Espíritu para que “venga a nosotros el Reino del Padre”.

Diego Fares sj

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Jesús viene en lo desierto, “en lo que es capaz de ser consolado”

El año decimoquinto del reinado del Imperio de Tiberio César,
cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea,
siendo Herodes tetrarca de Galilea,
su hermano Filipo tetrarca de Iturea y Traconítide,
y Lisanias tetrarca de Abilene,
bajo el pontificado de Anás y Caifás,
vino la Palabra de Dios sobre Juan, hijo de Zacarías, en el desierto.
Este comenzó entonces a recorrer toda la región del río Jordán,
anunciando (kerygma) un bautismo de conversión para la remisión de los pecados,
como está escrito en el libro de los discursos del profeta Isaías:
“Voz de que clama en el desierto diciendo:
Aparejen el camino del Señor, rectifiquen sus senderos.
Todo barranco se rellenará, y todo monte y colina se humillará.
Y lo tortuoso se volverá recto, y lo áspero, camino llano.
Y toda carne verá la Salvación de Dios” (Lucas 3, 1-6).

Contemplación
En la contemplación anterior interiorizamos la imagen del cielo. Con la nube, los antiguos querían significar que Jesús viene desde lo no esperado y decíamos que en nuestra época “inesperado” es todo lo que no se puede contabilizar, todo lo que no es negocio, …
El cielo es por tanto “no negocio”, el cielo es gratuidad. El cielo del que viene Jesús es un espacio físico que se abre en el mismo espacio en que estamos cuando lo transfigura la mirada gratuita de la fe que opera por la gratuidad del amor.
¿No es verdad que cuando hay alegría y gratuidad la casa se expande, uno se siente como a sus anchas y el aire vibra distinto con las sonrisas…?
Ese es el cielo del que viene Jesús cada día, el cielo de la gratuidad, el cielo del don de sí y de la alegría.

Hoy el evangelio nos propone la imagen del desierto.
─ “La Palabra de Dios vino sobre Juan en el desierto”.
Si el cielo es “el no negocio” ¿qué será el desierto para nosotros?

Primero una dificultad. No se si les sucede lo mismo pero a mí, cuando oigo que Dios viene en el desierto las imágenes que me vienen son de soledad, de no confort, de sed, aridez y desolación… Me viene a la mente que hay que hacer sacrificio, dejarlo todo y quedarse vacío para que Dios venga.
Todo esto está, por supuesto, en la imagen del desierto.
“La inmensidad del desierto, que no es otra cosa que ella misma, sin adornos, es un símbolo de la perfecta pureza” (P. Charles sj). El desierto nos posee, no podemos hacerlo a nuestra imagen. Y nosotros no queremos perdernos sino encontrarnos por doquier y hacer nuestro mundo a nuestra imagen. En nuestro mundo tecnológico nos encontramos a nosotros mismos. En el desierto nos encontramos al Señor.
Pero hay más.
Buscando imágenes del desierto donde vivía Juan el Bautista, se me cambió la perspectiva. O más bien se me completó: la imagen de desolación se puso en tensión con la de consolación.
Me explico.
Como bien dice un autor: “Los habitantes de Palestina están acostumbrados a una doble imagen de sus desiertos, que son cambiantes sin que por ello pierdan su identidad. En la corta estación que sigue a las lluvias torrenciales del invierno, el desierto se viste de pasajero, pero encantador, ropaje. Es completamente el reverso de la imagen del verano. Los arbustos reverdecen y una alfombra de tímida hierba verde salpicada de infinitas florecillas de colores variados e intensos hace sonreír al desierto. Y los autores sagrados, abiertos siempre a ver en todo la obra salvadora de Dios, aprovechan esta nueva imagen del desierto como símbolo de esperanza: “No teman animales del campo, que reverdecerán los pastizales del desierto y darán fruto los árboles” (Jl 2, 22). “Chorrean los pastizales del desierto (midbar) y las colinas se embellecen de alegría” (Sal 65,13).

El desierto no son meras dunas de arena, no es lo opuesto a un jardín.
El desierto del que habla el evangelio es una realidad que cambia de acuerdo a la época de lluvias. Cuando la Biblia dice que “reverdecerán los pastizales del desierto” y que “las colinas se vestirán de flores”, no está utilizando imágenes irreales sino que habla de una experiencia hermosa y esperanzadora de la vida cotidiana, que sirve para despertar la esperanza en Dios.

Si la Palabra viene en ese desierto que es capaz de florecer ¿qué es ese desierto para nuestra cultura actual? ¿Qué lugares encierran semillas de flores siendo que en la superficie parecen pura esterilidad?

La primera imagen que se me ocurre es la de nuestro pueblo fiel peregrinando a Luján. ¿No sucede lo mismo que con los desiertos de Palestina? Cuando camina hacia María nuestro pueblo florece. Uno siente que esa noche somos otro pueblo: un pueblo fiel, capaz de sacrificio, alegre, solidario, esperanzado. El que no interpreta que es verdada que somos así cuando nos visita la consolación del Padre a través de su hija predilecta, no entiende. Piensa que es un fenómeno superficial! Cuando en verdad es al revés: es un fenómeno profundo, que brota cuando es visitado por la gracia. Lo superficial es el resto, esa vida hecha de la arena siempre igual de lo autoreferencial en la que no pueden brotar los valores profundos.

Me viene también la imagen de la inauguración de la Casa de la Bondad. Cinco años caminando en el desierto y de pronto una Casa florecida y esplendente, llena de gracia, que luego de esa Eucaristía vuelve a recuperar su paso anónimo y esforzado del trabajo cotidiano.

También es desierto el trabajo paciente del Hogar, que de golpe florece unas horas, cuando celebramos los cumpleaños de nuestros comensales. Basta ver el rostro de los que soplan su velita, con el brillo de una lágrima en ojos que hace tiempo no lloraban de alegría, para renovar la fe profunda en que toda persona puede renacer cuando es querida.

El desierto es imagen de nuestra alma. Cuando el Señor nos consuela, florecemos. ¡Qué distintos somos cuando estamos consolados y cuando estamos desolados! Salvo algunas personas muy santas, en las que siempre florece la sonrisa y sus frutos son siempre amables, en general en nuestra alma el paisaje que predomina es el de los grises de la rutina y el de la aridez de lo poco interesante. Nuestra alma suele presentarse como una especie de desierto en el que rondan las fieras de los temores y las alimañas que molestan, con algunos oasis en los que hay agua y alegría…
Sin embargo, toda alma cuando es visitada por la consolación, florece como esos desiertos de Palestina.
Hay una secreta relación entre la lluvia que viene de lo alto y las semillas que están en lo profundo. En la superficie, en cambio, prevalece lo desértico.

Jesús viene, pues, en ese espacio humano que son las almas, las comunidades y los pueblos consolados. Su venida misma crea la consolación.
Cuando una persona está consolada, siempre brotan de sus labios y de sus acciones, semillas del evangelio.
Hace tanto bien escuchar al que sale consolado de Ejercicios, por ejemplo.
Uno se admira que de una persona común salga evangelio puro. Es que la Palabra ha hecho florecer su “desierto” y el Espíritu hace brotar frutos inesperados. Cuando más sencillas las almas, mejores frutos y flores brotan.
Por eso es bueno “ayudar a que las personas sean consoladas”, porque un consolado alegra la familia, revitaliza la comunidad, cambia el rostro y el ánimo a la Iglesia.
Eso es lo que quiere decir Juan citando a Isaías cuando habla de “preparar el camino del Señor”. Preparar el camino es preparar la consolación. Y la consolación se prepara con las actitudes que uno tiene cuando camina por el desierto.
Ignacio dice que la consolación se prepara “esperándola” y “ansiándola”, se prepara cuando un trabaja por estar en paciencia en la desolación.
La consolación se cuida “empequeñeciéndose y abajandose” lo más posible, humillándonos como María en el Magníficat.
Sentido de la propia pequeñez, paciencia, sentido de la inmensidad de Dios, caminar y perseverar… son actitudes propias del que va por el desierto.

El Señor viene en ese desierto que son un alma, una comunidad y un pueblo trabajando por estar en paciencia en medio de las espinas, arideces y sinsabores de la vida cotidiana.
La paciencia es aridez en la superficie, pero este desierto que significa abandono del éxito superficial, es porque el paciente está poniendo en contacto las zonas profundas de su corazón, allí donde están las semillas valiosas, con la gracia que espera de lo alto.
El que no entiende este trabajo maravilloso de la paciencia solo ve lo superficial del desierto y se pierde la fecundidad que esconde.

El Señor viene, pues, en el desierto de la paciencia, en lo que en nosotros “es capaz de ser consolado”. Y cuando llega: todo florece.

Adviento es tiempo de paciencia, espera de lluvias que anhelan nuestras semillas profundas para dar sus flores apenas Él venga.

Diego Fares sj

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Jesús que viene desde más allá de lo esperado

Jesús dijo a sus discípulos:
– “Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas;
en la tierra habrá angustia de la gente,
y desesperación por el sonido del mar y del oleaje,
los hombres perderán el sentido por el terror y la ansiedad
de lo que va a sobrevenir al mundo,
porque las fuerzas del cielo se conmoverán.

Y entonces verán al Hijo del hombre viniendo en una nube, con potestad y gloria grande. Comenzando a acontecer estas cosas, pónganse de pie y alcen la cabeza, porque se aproxima su redención.

¡Guarda! que no se les embote el corazón con los excesos, con el alcohol y con las preocupaciones de esta vida, no sea que ese día les caiga de repente, como un lazo, porque sobrevendrá a todos los que habitan sobre la faz de toda la tierra.

Velen en todo tiempo rogando para que tengan fuerza para escapar de todas estas cosas que van a suceder y puedan mantenerse en pie en presencia del Hijo del hombre» (Lc 21, 25-36).

Contemplación

“Verán al Hijo del hombre viniendo en una nube, con potestad y gloria grande…”.
“Padre, venga a nosotros tu reino. Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo…”

Las imágenes evangélicas nos hablan de un lugar –el Cielo- y de un tiempo –el futuro, el porvenir-.
Jesús nos manda estar atentos a ese cielo y a ese porvenir.
Jesús nos revela que nuestro modo de vida, lo que tenemos que hacer, reciben su norma no del ahora ni de lo cotidiano y terrenal, sino de ese cielo y de ese porvenir en el que El volverá en una nube a redimirnos.

¡Guarda! que no se nos embote el corazón.
¡Velemos, para tener fortaleza en ese día!

¿Qué nos quiere decir Jesús, el Señor con su lenguaje apocalíptico?
Nos quiere decir que la vida que Él enseña, recibe su criterios y sus normas del Cielo y del porvenir. Por eso quiere que alcemos la cabeza y levantemos la mirada de los pensamientos en los que estamos sumergidos y, mirando al azul del cielo, abramos el corazón a esa Palabra suya que ilumina nuestro corazón viniendo desde su Libertad.

El problema, Señor, es que nos han robado no sólo el mes de Abril, como canta Sabina, sino también el cielo entero y el porvenir.

Más que robar, no los han numerado: ya no podemos contemplar el cielo y el futuro sin hacer estadísticas. Y los números que dicen 100.000 millones de galaxias en expansión, más que admiración producen vértigo.

¿Qué han hecho los números?
Han logrado que la imagen del Padre de los cielos y de su Hijo amado Jesús viniendo en una nube no despierten ya ninguna esperanza real.

Esto hay que afrontarlo, porque si estas dos imágenes ya no deslumbran con su belleza, la moral cristiana se queda sin su gloria y deja de atraer a los hombres.
Al robarnos la imagen bella nos roban el contenido bueno.
Y si nuestro corazón se queda sin cielo y sin porvenir, deja de ser un corazón humano.

¿A dónde alzar la cabeza, cuando vemos tantos desastres apocalípticos, si no hay cielo para que “esté nuestro Padre”, ni porvenir desde el que “venga el Señor Jesús”?

A veces pareciera que ya no hay gente que alce la cabeza, que ya no hay hombres como Ignacio, al que lo reconocían como “el vasco de los ojos alegres que siempre anda mirando al cielo”. Ignacio confesó que su mayor gozo –del que obtenía un grande esfuerzo y deseo de servir a Dios- se lo daba quedarse largo rato mirando al cielo.

Adviento era el tiempo para mirar al cielo y para otear el porvenir. Por eso la Iglesia canta:
“Rociad cielos de lo alto,
nubes lloved al justo…
y que se abra la tierra
y brote el Salvador,
como una flor…”.
¿Podemos seguir imaginando y gozando lo que las imágenes del cielo y del porvenir nos regalan? ¿O tenemos que renunciar a ellas, reemplazándolas por imágenes más “tecnológicas”?

Tomemos la imagen de Jesús viniendo en una nube, con gran potestad y gloria. Es imagen de cielo y de porvenir.
El Señor nos promete que lo veremos.
No hay pues que renunciar fácilmente a este imagen.
En las contemplaciones del cuadro de nuestra Señora de Guadalupe, se nos dice que para la cultura náhuatl, “venir sobre las nubes” era una manera metafórica de decir “que alguien venía desde más allá de lo esperado, para hacer algún bien al reino”.
Para los antiguos, el cielo y el futuro, eran un lugar y un tiempo que venía desde más allá de lo visible y de lo esperado.

Nos quedamos sólo con esto.
Dicen que hoy los cristianos no hablamos del cielo ni decimos que esperamos de verdad a Jesús por temor a causar “la risa de los atenienses” (los que se le rieron a Pablo cuando les anunció la resurrección).
Para nuestra cultura, el cielo y el porvenir se han convertido en lugares y tiempos inspeccionables, predecibles, al menos hasta extremos en que ya no deseamos seguir mirando más. No esperamos nada que venga de allí.

¿Qué significa entonces para nosotros “que alguien venga –en una nube- desde más allá de lo esperado”?

¿No es verdad que lo que no se expresa de manera cuantificable nos parece poco realista? ¿No es verdad que cuando nos prometen algo enseguida exigimos precisiones numéricas: cuánto costará, cuándo llegará…?

Por tanto, si Jesús viene de algún cielo y en alguna nube, si Jesús viene desde más allá de lo culturalmente esperado, vendrá en una manera de presencia que no será cuantificable. Es más, puede que ya esté presente, viniendo a cada instante, pero si los números nublan nuestra mirada, no lo veremos. (La expresión “nublar la mirada” es elocuente. Los deseos pueden nublar la mirada o limpiarla si son deseos puros, de los que permiten “ver a Dios”).

Concretemos un poco más qué implica “alzar la cabeza de lo cuantificable”. Algo “no cuantificable” es algo muy subversivo para el mundo en que vivimos. Porque la norma de nuestro mundo viene de los negocios y como a algo que no es cuantificable no se le puede poner precio, resulta que es algo con lo que no se puede negociar. Y eso le molesta a mucha gente.

Decir que nuestro Padre está en el cielo equivale, para nosotros, a decir que está “en un ámbito donde no hay negocio posible”.
El Cielo donde vive el Padre es un ámbito que se abre apenas uno deja de negociar. Así de simple. Tan cerca está el Cielo! Basta dejar de negociar.
Es un ámbito donde el Padre, desde su libertad, hace salir el sol para justos e injustos, manda que se pague a los últimos igual que a los primeros, exige que se perdonen las deudas y sueña con que todos los invitados acudan al banquete de las bodas de su Hijo…

Señalamos que lo que espera nuestra cultura, lo que envuelve todos los deseos y proyecciones de nuestro paradigma es “negociar más”.
¿Es así?
Creo que sí. Que “la posibilidad de negociar todo” es lo que oscurece el cielo. Hasta no hace mucho, los negocios requerían más tiempo. Negociar una cosecha requería un año. Hoy se negocia a futuro! Y cada aparato que compramos viene con el mensaje “acordate que me tenés que recargar”, “estate atento que pronto me tendrás que cambiar”. ¿No nos llama la atención el lenguaje de los aparatos? Es el mismo que utiliza nuestro Señor. Los aparatos hablan como si fueran nuestros dioses. Exigen que estemos a su disposición. Nuestro mundo no tiene descanso, no hay lugar para el ocio. Todo es negocio.
El problema es hondo porque no solo negociamos cosas, sino que hemos invadido también el espacio y el tiempo y uno tiene la sensación de que no hay nada “inesperado”. Como que tenemos “medido” el cielo y la tierra, el pasado y el futuro. La consecuencia de esta “mirada negociadora” es que todo se convierte en gestión.

El mundo natural tenía su límite. Si uno carneaba un ternero cuando no había heladera, como cuenta Menapace, tenía que compartirlo con sus vecinos. Esto tenía como consecuencia una solidaridad como natural. En el mundo tecnológico que hemos inventado, los aparatos no sólo no se pudren sino que el próximo siempre es mejor que el anterior –más veloz y más potente.
Discernido bien este “horizonte” de “infinitos negocios”, imitación tecnológica de lo que sería la eternidad, es bien sencillo descubrir la puerta del cielo y divisar la nube en la que viene Jesús.
Jesús si viene de algún lado debe ser de lo que está fuera de los negocios esperados.
Cielo será entonces un espacio y un tiempo en el que el negocio no existe. No tiene validez.
El que entra en ese reino no tiene moneda para negociar porque todo lo que allí se obtiene e intercambia es gratuito.
El Padre y Jesús habitan en lo gratuito y vendrán de lo gratuito.

¿Podemos alzar la cabeza y poner la mirada en lo gratuito?
Alzar la cabeza significa sacar la mirada de los números, alzar los ojos y dejar de contar –codiciosa o angustiosamente- números: cuánto ganaste, qué tan alto te dio el colesterol, cuántas horas durará el viaje, qué velocidad tiene la memoria ram, cuántos gigabytes…

Pobres números! No seamos injustos con ellos. El cielo está más allá de los números usados para negociar. Pero los números tienen también una dimensión de gratuidad y amor. En el cielo dos son Uno y Uno es Tres. Justamente porque entre ellos hay un espacio que es el espacio abierto del amor y no el espacio cerrado del negocio.

Para decirlo ya de una vez: el cielo es “no negocio”. Está en lo alto, pero no en la altura espacial sino en la altura del que no negocia sino que se da gratuitamente.

Jesús en este Adviento vendrá del no negocio.
Vendrá de allí donde uno se anima a darlo todo y no mira si gana o pierde .
Vendrá en esa nube que está “por sobre nuestros cálculos”, en la altura de lo gratuito, de lo que cae de arriba y se nos brinda como don.

¿Querés ver a Jesús viniendo en una nube lleno de poder y gloria?
Esa imagen de cielo, de altura, de algo que viene desde más allá de toda expectativa interesada, está unida a otra imagen de la que es inseparable. Así como los negocios requieren dos partes interesadas, así también la gratuidad del amor. La imagen del cielo se despeja cuando abrimos bien los ojos para mirar la tierra. El Jesús de la nube –inesperado- tiene de la mano al Jesús del pesebre –siempre a mano, requiriendo de nuestro amor y servicialidad.

Cuanto más mires al Jesús del Pesebre –y lo beses y lo abraces y lo sirvas en los jesusitos pobres que encontrás en tu vida cotidiana- más se te abrirán los ojos para ver al Jesús del cielo.
Cuánto más creas con obras que de verdad ya ha venido y está en tus hermanos a los que cuidás y servís, más fe tendrás en que volverá sobre una nube lleno de poder y gloria.

Diego Fares sj

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